Prólogo

Octave Mirbeau
Octave Mirbeau nació en Trévières, Normandía, el 16 de febrero de 1948, y murió en París el 6 de febrero de 1917. Periodista influyente, crítico de arte con una especie de don de previsión, panfletario comprometido con la verdad y la justicia, fue además un novelista de éxito y un dramaturgo de fama europea que aún triunfando en las grandes escenas no dejó de seducir, lo que es muy raro, a las vanguardias artísticas y literarias. Tras su debut periodístico al servicio de los bonapartistas y su debut literario como “negro”, luego de los grandes cambios de 1884-1885, Octave Mirbeau se lanzó a la palestra por sí solo poniendo la pluma al servicio de sus propios valores éticos y estéticos. Ganado por el anarquismo y ardiente dreyfusista, encarna al intelectual comprometido en los asuntos públicos y lejos de todo partido. ¿Su deber primordial? Ser lúcido y forzarnos a ver aquello que, ciegos recalcitrantes, solemos rehusar mirar de frente. Crítico de arte, se batió por los “grandes dioses de su corazón”: fue chantre de Rodin, Claude Monet, Camille Pissarro, Félix Vallotton y Pierre Bonnard, así como “descubridor” de Van Gogh, Camille Claudel, Aristide Maillol y Maurice Utrillo. Luego de escribir unas diez novelas como “negro” debuta oficial y ruidosamente con Le Calvarie (1886), novela en la que se libera de los traumas de una pasión devastadora por una mujer no muy santa llamada Judith y rebautizada Juliette en la ficción. En 1888 publica L’Abbé Jules, primera novela dostoievskiana y prefreudiana de la literatura francesa, en la que aparecen dos personajes fascinantes: el abate Jules y el padre Pamphile. En Sébastien Roch (1890) se alivia de otro trauma: el de su pasaje por los jesuitas de Vannes y la violencia padecida con ellos, transgrediendo un tabú que cien años después no ha desaparecido —la violación de adolescentes por sacerdotes. Entonces atraviesa una larga y grave crisis en el curso de la cual publica en edición de folletín una extraordinaria novela llamada Dans le ciel, en la que pone en escena a un pintor inspirado directamente en Van Gogh. Poco después del caso Drayfus, que acentúa su pesimismo, publica dos novelas juzgadas “escandalosas” por los Tartufos y los bienpensantes, y que tuvieron gran éxito de ventas en el mundo: Le Jardin des supplices (1899) y Journal d’une femme de chambre (1900). Ya en ellas pone en jaque el género novelesco, practicando la técnica del collage, transgrediendo los códigos de la verosimilitud, de la credibilidad novelesca y de los remilgos hipócritas. El remate de la vieja novela supuestamente realista se deberá a sus dos últimas obras narrativas, La 628-E8 (1907) y Dingo (1913), donde la fantasía se libera y cuyos héroes son su automóvil y su perro.

En el teatro Mirbeau alcanzó un triunfo mundial con una comedia clásica de costumbres y caracteres en la tradición de Molière: Les affaires sont les affaires (1903), en la que aparece el personaje de Isidoro Lechat, arquetipo del moderno hombre de negocios, producto de un mundo nuevo, ancestro de los Bernard Tapie y de los Berlusconi, que de todo hace dinero y expande sus tentáculos por el mundo. En 1908, al término de una larga batalla judicial y mediática, hace representar en la Comedia Francesa Le Foyer, una obra destinada al escándalo en la que transgrede otro tabú: la explotación económica y sexual de adolescentes en hogares de supuesta caridad… Mirbeau también ha hecho representar seis pequeñas obras en un acto, innovadoras en extremo, publicadas con el nombre de Farces et moralités (1904); en ellas anticipa el teatro de Bertolt Brecht, Marcel Aymé, Harold Pinter y Eugène Ionesco, y lleva la revuelta al seno del lenguaje. Desmitifica la ley, la monogamia y las instituciones sociales, además de poner en ridículo el discurso de los políticos y el lenguaje del amor. Mirbeau nunca cayó en el olvido: ha sido publicado de continuo en más de treinta lenguas. Sin embargo, ha menudo se lo ha leído mal, su inmensa producción ha sido injustamente reducida a tres obras y ha atravesado un largo período de incomprensión de parte de los autores de manuales y de historias de la literatura; y el falso "Testamento político" redactado por Gustave Hervé y publicado cinco días después de su muerte por su abusiva viuda, la antigua actriz Alice Regnault, ha contribuido a desdibujar su imagen. Felizmente, desde hace unos quince años se lo viene releyendo bajo una luz nueva que permite apreciar el importante papel que ha jugado en la escena política, literaria y artística de la Belle Epoque y en la evolución de los géneros literarios.

En el cielo
Se trata de una novela inédita en volumen hasta 1989. Tras haberla publicado en 27 capítulos de folletín en las columnas de L’Écho de Paris, entre el 20 de septiembre de 1892 y el 2 de mayo de 1893, despertando con ella la admiración de Camille Pissarro y Marcel Schwob, el novelista no se creyó en la obligación de recogerla en volumen. Quizá por haberla escrito a toda prisa y sin plan preestablecido, por razones esencialmente económicas, en una época en la que atravesaba una seria crisis existencial agravada por una crisis conyugal y por otra literaria (experimentaba un doloroso sentimiento de impotencia y se creía “perdido”), la consideró indigna de una publicación destinada a perdurar. Quizá también por la imagen aparentemente negativa que daba de un pintor innovador inspirado en Vincent Van Gogh —de quien había comprado dos cuadros que en 1987 se convirtieron en los más caros del mundo: Los lirios y Los girasoles—, le pareció contraproducente para los combates estéticos que tenía la intención de proseguir.

Pero no por ello En el cielo deja de ser una obra de sorprendente modernidad, y tal vez precisamente porque Mirbeau renunció a corregirla y a hacerla entrar por la fuerza en uno de esos moldes novelescos que él consideraba incorregiblemente vulgares, como se lo confía a Claude Monet en septiembre de 1891: “Me siento cada vez más asqueado de la inferioridad de la novela como modo de expresión. Aun simplificándolo”, como lo han intentado sobre todo los naturalistas, “el punto de vista novelesco sigue siendo algo muy bajo y, en el fondo, muy vulgar; y la naturaleza me da cada día un asco más profundo, más invencible, como de cosa mezquina”1. En efecto, En el cielo es una obra profundamente original. En primer lugar es una novela en abismo (los relatos se encajan unos en otros y hay tres yo diferentes) que rompe con toda preocupación por el realismo (el escenario del pico montañoso, sobre todo, raya el simbolismo) y manifiesta un desprecio total por las reglas habituales de composición: el relato no obedece a un rígido orden lógico o cronológico, y deteniéndose abruptamente, sin retorno al primer narrador, da la impresión de no haber sido terminada. En el cielo expresa además una concepción pre-existencialista de la condición humana, muy pesimista, en la que se siente la influencia de Pascal, un Pascal laico, claro está: el hombre, “hierba rastrera”, perdido entre dos infinitos, en un universo sin rima ni razón y que no responde a su medida, está condenado a una vida absurda, a la angustia, a la soledad y la incomunicación. A través del caso emblemático de Lucien —un pintor al que atribuye las obras de Van Gogh, especialmente La noche estrellada— Mirbeau trata por último de la tragedia del artista. El artista exigente que ve el mundo con sus propios ojos en lugar de contentarse con la rutina académica o con producir para el mercado, abocado a correr eternamente tras un ideal que se le hurta una y otra vez porque los medios de que dispone, su cerebro y su mano “culpable”, jamás logran la altura del ideal. La enfermedad de “lo siempre mejor”, de la que sufre por ejemplo Claude Monet, lo condena al sufrimiento, a la frustración, e incluso a la locura y a la muerte; y es demasiado diferente de las “larvas” que son los hombres ordinarios, cretinizados como es debido por la familia patriarcal y por la escuela, para no ser objeto de la burla y la incomprensión. Sin duda este extraño objeto literario de contornos borrosos que es En el cielo habría sido mal recibido por la crítica misoneísta y retrógrada de 1893. En cambio más de un siglo después de su redacción el libro revela toda —o casi toda— su oscura fascinación.

Pierre Michel [Trad. por Daniel Attala]

1

Octave Mirbeau, Correspondance générale, L’Age d’Homme, 2005, t. II, p. 447.