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TERAPIA PSICOANALÍTICA DE PAREJA Y DE FAMILIA. Introducción a la técnica.
Última actualización en Martes, 14 Enero 2014 21:35 | | Visitas: 24548

TERAPIA PSICOAALÍTICA DE PAREJA Y DE FAMILIA. Introducción a la técnica.
Dr. Ismail YILDIZ
MD, MSc., Psicoanalista.
Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America
Latina (FEPAL) y de International Psychoanalytical Association (IPA).
MEDICENTRO. Calle 93B No.17-26, Consultorio 406. Bogotá. Tels: 618 26 29/25 18
La pareja o la familia que desea una primera entrevista pueden concertar una cita llamando a mi secretaria
(Tels: 618 26 29/25 18) o escribiéndome un email a iyildiz@etb.net.co
La terapia de pareja por Internet (videoconferencia usando skype o messenger) es también posible. Para más
información puede consular el link "PSICOANÁLISIS Y PSICOTERAPIA ONLINE".
Si el sistema de outlook de su PC no funciona para mandar su email, puede utilizar el correo de "Para
contactarme" del Menú.
Esto es un texto de introducción a la terapia psicoanalítica de pareja y familia. Personas más
interesadas en la comprensión de esta área pueden leer mi libro “PERSPECTIVAS
PSICOANALÍTICAS DE PAREJA Y DE FAMILIA”.
COTEIDO
1. Criterios para una psicopatología de vida de pareja
2. Introducción a la teoría de la técnica de la terapia de pareja y de familia
2.1. Entrevistas de “evaluación” de pareja o de familia
2.2. Los modos de intervención del terapeuta
2.2.1. Fomentar la comunicación
2.2.2. Descripción
2.2.3. Señalamiento
2.2.4. Interpretación
2.3. Transferencia, contratransferencia, identificación proyectiva, contraidentificación proyectiva
3. Algunas conclusiones

En los capítulos anteriores (del libro del enlace), hicimos énfasis no solamente en el funcionamiento de cada
individuo en la elección de pareja y en la evolución de sus relaciones, sino también a sus interrelaciones
recíprocas, como un grupo (sistema), pareja o familia, y cada vez destacando la intervención de los factores
inconscientes en la estructuración de la pareja y de la familia. Esto no significa que no queremos dar
importancia a los factores socioculturales y económicos en la vida de pareja y de familia, sino simplemente no
es el objetivo principal de nuestro estudio.
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Las familias buscan ayuda psicológica cuando aparecen problemas en el vínculo matrimonial o en uno de sus
miembros. Decidir o aceptar buscar ayuda psicológica es en sí mismo un progreso, porque es aceptar que no
pudieron y no pueden resolver los problemas ellos mismos. Es aceptar la no-omnipotencia, un cierto fracaso;
lo que crea una herida narcisista importante. Es por esto que muchas parejas no buscan ayuda y siguen
viviendo la infelicidad como un destino, sin hablar de parejas que ni siquiera conocen la existencia de terapia
de pareja o de familia.
En general, las consultas de psicoterapia o de psiquiatría siguen siendo como vergonzosas, donde se acude
cuando los problemas se vuelven ya bastante graves. No se busca la prevención, no se imagina que la calidad
de vida pueda mejorarse y que la salud mental no sea únicamente la ausencia de enfermedad.
El terapeuta de pareja o de familia psicoanalíticamente orientada colabora con los consultantes en la
búsqueda de las soluciones que éstos deberán encontrar dentro de ellos mismos para progresar en el
entendimiento de lo que les pasa, en la armonía y en la búsqueda de las metas y los ideales escogidos por
ellos. Una terapia individual no se contrapone a una terapia de pareja o de familia, mejor aún, pueden
suplementarse, siempre que ambas tengan una orientación básicamente analítica.
De otra parte, la terapia individual puede indicarse durante la terapia de pareja al integrante que tendría
problemas más importantes. Porque la terapia individual tiene la ventaja de permitir una investigación más
profunda; especialmente para apreciar la evolución de las relaciones de objeto que conducen a la elección de
la pareja.
Además, no se puede negar que la terapia psicoanalítica individual es el modo de investigación más profundo
de los procesos del inconsciente. Hace posible la comprensión de los procesos, deseos y defensas del
analizando, y por ello toda la organización defensiva con sus compromisos, de los que forman parte la
elección del objeto de amor.

1. CRITERIOS PARA UA PSICOPATOLOGÍA DE VIDA DE PAREJA

Podemos definir “la enfermedad psicológica” como un ensayo de elaboración del sufrimiento provocado por
la intensidad de las angustias de base, ensayo que fracasa por la utilización de mecanismos de defensa rígidos,
estereotipados, que se muestran ineficaces para mantener el sujeto en un estado de adaptación activa a su
medio.
De otra parte, la pareja es un lugar donde la frontera entre lo normal y lo patológico es particularmente
fluctuante, incierta, arbitraria a menudo: la vida amorosa y la pasión que subyace en ella suponen
funcionamientos psíquicos heredados de los aspectos más arcaicos; supone también que estos fenómenos
arcaicos se encuentran en interacción con los procesos más arcaicos del compañero: allí surgen las
aspiraciones fusionales más indiferenciadas, las tendencias más regresivas, las pulsiones pregenitales, las
defensas más primitivas.
Desde el punto de vista psicoanalítica, no se puede definir como patológico el hecho de recurrir al
funcionamiento de la posición más arcaica; pero lo que sí puede definirse como patológico es la incapacidad
de funcionar de otro modo que no sea de ese modo particularmente arcaico: recurrir a la escisión o a la
idealización no es patológico en sí; pero en cambio lo es la imposibilidad de recurrir después a otros
funcionamientos.
Lo que aparece como patológico es la imposibilidad de tener acceso a una relación ambivalente, para tratar
de conservar la imagen totalmente favorable al negarle al otro una parte poco gratificante, que se le atribuye
entonces a la influencia de los terceros. Lo patológico es, por lo tanto, mantener una negación prolongada de
la realidad para tratar de desconocer la agresividad y el odio propios.
Si más tarde el compañero se ha convertido en el representante del objeto malo, el sujeto frágil, para
defenderse, se separa de este objeto, y entonces hay que odiarlo totalmente para separarlo mejor y acumular
sobre este objeto de odio todas las proyecciones agresivas. Así se comprenden las presiones que ejercen
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algunos padres sobre sus hijos para incitarlos a rechazar y a odiar al otro padre; es que odiarlo se ha vuelto
una necesidad narcisista vital para preservarse y conservar un mínimo de coherencia y del sentimiento del
propio valor. El cultivo del odio y sobre todo del resentimiento tiene beneficios narcisistas.

De otro lado, es imposible abordar el problema de la psicopatología (disfuncionalidad) de la vida amorosa en
términos estrictamente individuales. Este “engranaje de las vulnerabilidades” no puede concebirse, si no es en
términos de conjunto de funcionamiento vincular y de retroalimentaciones: retroalimentaciones negativas, si
la pareja o uno de sus integrantes atenúa las reacciones del sujeto y restablece el equilibrio anterior;
retroalimentaciones positivas, si la pareja se estructura de tal manera que amplifica la perturbación del primer
integrante por las reacciones simétricas del segundo; y ello sin hablar, por supuesto, del engranaje ligado a la
participación eventual de los hijos, y a veces aun de miembros de familias de origen..
Sin embargo, una impotencia no deja de ser patológica aunque sea el efecto conjunto de las comunicaciones
entre ambos miembros de pareja. Esto significa que uno de los sujetos ha recurrido a una inhibición particular
de su funcionamiento, que traduce su imposibilidad de asumirla totalmente: síntoma que realiza un
compromiso entre sus intenciones explícitas por una lado (buscar satisfacción, procurar satisfacción a su
compañero, afirmar su virilidad y sus significaciones sociales, etc.), y por otro lado sus intenciones implícitas
(negarse a someterse al deseo del otro, a reconocer su poder, castigarlo, etc.) o inconscientes (evitar asumir el
componente agresivo o sádico de la potencia genital, evitar la angustia de castración, etc.).
El síntoma aporta la prueba de una contradicción interna en uno de los sujetos, y en este sentido merece
considerárselo como patológico en el plano individual, sean cuales fueren los factores individuales,
vinculares, intersubjetivos, sistémicos o sociales que operen en el origen y que el terapeuta elegirá como
primordiales desde una perspectiva pragmática.
En estas condiciones hay que distinguir bien una “patología individual” de una “patología de pareja”,
cualesquiera que sean las dificultades para definir estrictamente a una y otra, y especialmente a la segunda.
En todo caso, tal es lo que muestra la clínica cuando subraya el contraste entre parejas que sufren, sofocan y
alienan a los compañeros, quienes no manifestaban antes de su unión ningún signo clínico, y los individuos
que logran a controlar gracias a su unión en la pareja sus grandes perturbaciones psicopatológicas anteriores.

Las parejas de grandes deprimidos son muy frecuentes y a menudo presentan una estructura particular. Su
observación es muy interesante porque pone en evidencia un funcionamiento exagerado entre ellos, pero que
se lo encuentra en estado latente en un gran número, lo que subraya la utilización de la vida conyugal en la
lucha contra la agresividad y violencia. La actitud depresiva de uno de los compañeros (desvalorización,
culpa, dolor moral, pesimismo, duda de sí mismo, etc.) es sentida por el otro como una solicitud de protección
y de una confirmación más vigorosa en cuanto a su valor narcisista. El segundo se encuentra entonces
“confirmado” en su calidad de protector y en su valor propio, tanto por la depresión del primero como por el
sostén que aquél es capaz de proporcionarle. La distribución de los papeles es entonces característica y se
organiza de manera sistémica.
En este caso aparecen varias posibilidades:
1) El segundo puede mantenerse en esta actitud protectora que confirma su poder, del que se sirve
inconscientemente para mantener las reglas del juego y la definición de las relaciones; sólo el primero queda
deprimido, gracias a que el otro, en cambio, se siente bien. A veces, un individuo oculta su angustia a costa de
otro que limita sus propias satisfacciones y se vuelve más angustiado de lo que era, permitiéndole a su
compañero aparecer como normal.
2) Otra posibilidad, más frecuente y más característica, conduce a un movimiento de péndulo, mediante el
cual el segundo se deprime, mientras que el primero recobra confianza en sí mismo hasta llegar a una
inversión completa de la actitud inicial.
Los psicoanalistas conocen bien ese fenómeno por el cual un paciente, al final de una cura, pide la dirección
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de otro analista para tratar la descompensación del compañero. Por su parte, los psicoterapeutas se enfrentan
con frecuencia a una reacción depresiva, en general pasajera, de un miembro presuntamente sano del grupo
familiar, cuando otro inicia una terapia, el que ha sido designado como “paciente” por el grupo.
De otro lado, excepcionalmente, la pareja, en lugar de ejercer sus funciones habituales de defensa y
reparación, ejerce una amplificación positiva y tiene un efecto patógeno. Pero, cuando las relaciones
amenazan con ser patógena para los dos miembros a la vez, en general, la pareja no dura por largo tiempo y se
destruye. El efecto patógeno podría manifestarse entonces cuando los integrantes de la pareja se ven
impedidos de separarse por razones diversas. Mientras que en las parejas que duran sin tener restricción de
separarse, el efecto patógeno aparece solamente en uno de los integrantes de la pareja, mientras que el otro,
por el contrario, se encuentra liberado de su patología visible, como ya indicamos. Esto se aprecia
especialmente en la pareja formada por un paranoico y un deprimido, unión relativamente sólida y estable
mientras el deprimido no se cura. El primero acusa el segundo, y este segundo se acusa a sí mismo, pero el
conjunto se comporta como si estuvieran de acuerdo en reconocer la culpabilidad de uno solo, de la que el
otro queda eximido. Este último actúa entonces de tal manera que impide el tratamiento del deprimido.
De ahí que con frecuencia se interrumpa la terapia individual del más débil, del deprimido, del más
dependiente reconocido culpable, antes de que el tratamiento haya tenido tiempo de ejercer efectos
suficientes.

El criterio de sufrimiento resulta poco apropiado para definir la patología de la pareja, pues en un grado u
otro, forma parte de toda existencia humana y aparece funcionalmente en algunas fases críticas de la pareja,
fases fundamentales para la reorganización de los vínculos internos, donde el dinamismo innovador es
decisivo para la reestructuración constante de una pareja viva.
De otra parte, el término “patología” no se adapta bien a un funcionamiento de grupo. Si se trata de
funcionamiento, la expresión misma, “patología”, pierde su interés y más bien conviene observar, cuando se
considera a la pareja como grupo, su carácter eventualmente “disfuncional”. Se puede considerar como
disfuncional un grupo cuando se puede distinguir en su estructura una diferencia importante entre su
“organización oficial” y su funcionamiento de hecho. El grupo familiar es disfuncional si existen en él
seudoasignaciones de papeles que no corresponden a los papeles reales en el seno de grupo. Sin duda, esta
noción de disfunción puede utilizarse a veces en la observación de parejas, y puede ayudar a simplificar una
comunicación que se ha vuelto demasiado sofisticada en las parejas donde “el organigrama oficial” es en
efecto muy diferente a su funcionamiento de hecho, especialmente en cuanto a las relaciones de poder. Así,
en la práctica pueden observarse efectos terapéuticos importantes, cuando la explicación y comprensión de
las relaciones y contradicciones entre los mensajes paradójicos, les permite percibir a los dos interesados que
su funcionamiento los lleva a recurrir al uso de una verdadera enfermedad, o de sufrimiento real, para
restablecer un equilibrio en su relación de poder.
Por ejemplo, los fracasos repetidos y las manifestaciones somáticas que aparecen en uno de los integrantes de
la pareja -dominado en principio- pueden ser un medio para restablecer un poder que le estaba totalmente
negado por un cónyuge autoritario que definía las leyes de la pareja (Observación No. 18 del link indicado).

En resumen, hemos visto que la pareja es un lugar donde se expresan las tendencias más arcaicas de ser y las
manifestaciones de su inconsciente en sus zonas más oscuras. Por esto, la pareja es también un lugar donde la
definición de lo patológico y de lo normal resulta particularmente arbitraria, y la expresión de los procesos
más primitivos puede asumir una forma erotizada a pesar de su intensidad. Los juegos sadomasoquistas, las
injurias, los golpes, las caricias, las uniones sexuales, las declaraciones y las negaciones manifiestan lo que no
puede expresarse fuera de la pareja. ¿En nombre de qué criterio se les puede definir como patológicos?
Generalmente cada individuo busca en el otro, y en el lazo que los unió, una cierta función protectora, así
como la satisfacción de algunos de sus deseos. Espera del otro una profunda confirmación del valor narcisista
de sí. Si esto no se logra, la pareja está amenazada a corto plazo y generalmente desaparece antes de que
pueda producir efectos directamente patógenos, al menos en la mayoría de los casos; no obstante, la
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estructura de esta pareja y la perturbación de sus comunicaciones que se entrecruzan y se contradicen pueden
conducir a un disfuncionamiento de la pareja como grupo.

Los problemas planteados por la patología dentro de la pareja imponen una triple clave de lectura. La primera
lectura se orienta sobre los procesos individuales intrapsíquicos -aun si son inducidos por la patología del
grupo familiar de origen -, que se traducen por una fragilidad y por contradicciones internas perceptibles en
las comunicaciones con los demás. La segunda es la interpretación sistémica (interpersonal-intersubjetiva-
vincular), observando dentro del sistema-pareja los modos de intercambios simétricos o complementarios, y
las retroalimentaciones recíprocas que restablecen la homeostasis del grupo, o a veces amplían las
manifestaciones patológicas. La tercera lectura incluye el conjunto de las condiciones sociológicas: su base
material, su expresión cultural y especialmente el conjunto de las relaciones que ligan o que oponen al
funcionamiento de la pareja.

Recordemos que cada pareja es diferente; y la “normalidad” depende de los criterios de funcionamiento de la
pareja y de las normas que se ha dado. El terapeuta tiene que entender cómo está organizada una pareja
desde el origen, para ver luego cómo se desarrolla la evolución que reforzará o atenuará esta primera
estructuración.
La superación de la problemática interior de cada uno, defensa de sí, supercatectización del otro, y la
superación de la problemática interpersonal vinculada al engranaje de las interacciones entre los compañeros,
puede exigir tiempo, y nunca queda concluida, puesto que es siempre capaz de evolucionar. Una terapia de
pareja psicoanalíticamente orientada puede facilitar la comprensión de los procesos anteriores.

2. ITRODUCCIÓ A LA TEORÍA DE LA TÉCICA DE LA TERAPIA DE PAREJA Y DE
FAMILIA

En la práctica clínica de las terapias de pareja, la actividad más importante del terapeuta consiste
habitualmente en favorecer la comunicación entre los compañeros. Casi siempre es de este modo como se
obtiene prácticamente sin interpretación los resultados más manifiestos, los más rápidos, a veces hasta
profundos. Aun cuando este primer trabajo resulte insuficiente y requiere una profundización posterior, él
consiste antes que nada en clarificar los mensajes y comparar los sentidos diferentes que ellos tienen para uno
y otro integrante de la pareja: trabajo considerable que, para que resulte eficaz, debe llevarse con precisión.
Hay que trabajar una secuencia hasta que todos los elementos latentes del discurso hayan sido considerados,
retomados, trabajados nuevamente por uno y por el otro, mientras el terapeuta debe intervenir sin cesar para
inducir al que recibe el mensaje a que precise lo que ha entendido, y qué sentidos diversos le otorgó, antes de
actuar sobre el fondo de lo dicho. En seguida tiene que volver a darle la palabra al que emitió el primer
mensaje para que aclare qué entendió de la reacción de su compañero ante su primer discurso; y antes de que
lo corrija es necesario que el receptor pueda también reaccionar ante la reacción del emisor, etc. Sin duda es
en este plano donde se realiza lo fundamental del trabajo en la mayoría de las entrevistas conjuntas.
Aun cuando a veces la entrevista conjunta no consiga profundizar más que una o dos frases, ella es el medio
de enseñarle a los compañeros a comunicarse: aspecto pedagógico del problema absolutamente fundamental
que permite la evolución de la pareja, que aprenderá progresivamente a prescindir de los servicios
provisoriamente necesarios del mediador que ha sido el terapeuta. La evolución de la pareja depende
directamente de este trabajo de clarificación de los mensajes, clarificación que no significa por cierto
mantener las relaciones, sino que va a facilitar la evolución, ya sea en el sentido de una profundización y de
un volver a comprometerse mutuamente, o ya sea en el sentido de una separación. Sólo esta elucidación
puede permitir a antiguos compañeros conservar un mínimo de relaciones funcionales de pareja o una
separación menos dañina posible.
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La contradicción de los mensajes emitidos por canales diferentes, la que sin duda constituye la fuente más
importante de las confusiones de la comunicación. Entre el canal verbal y el canal mímico, la frecuente
inconsciencia del segundo tiene consecuencias particularmente graves. Es lo que justifica algunas tentativas
de terapias de pareja o de familia que utilizan la grabación en video, que le permite al locutor encolerizado
observar la “cara que pone” cuando se enfurece, lo que hace cuando contradice esta expresión mímica con
una negación, poco convincente para quienes lo rodean.

En el campo de la psicoterapia de pareja, es la transferencia grupal la que funda a la pareja como objeto
para el terapeuta, que reacciona ante ella mediante una contratransferencia específica. Desde que aparece
entre los miembros de la pareja la percepción implícita de un “nosotros”, la pareja funciona de hecho como
grupo y desarrolla fenómenos que corresponden a una verdadera transferencia del grupo-pareja sobre el
terapeuta. Por esto es importante distinguir en los aspectos contratransferenciales los que conciernen a los
individuos separados y los que conciernen a su grupo, pues pueden estar desunidos: por ejemplo, el analista
de pareja puede observar en él afectos positivos con respecto a cada integrante de la pareja separadamente, al
mismo tiempo que afectos negativos con respecto a su unión en pareja, o inversamente.
Muchas veces la expresión precisa, circunstancias de la vida real o fantaseada lleva a la pareja a encarar el
problema de cada uno con relación a terceros: terceros que pueden ser miembros de sus familias, padres,
suegros, etc., o incluso sus propios hijos, u otras personas influyentes a las que están ligados por relaciones de
amistad o de rivalidad, de colaboración, de trabajo, etc., o también otros compañeros conocidos en
experiencias extraconyugales platónicas o sexuales. Además hay que considerar la existencia posibles de
otros terceros, menos fáciles de definir porque no son personas concretas, sino objetos poderosamente
cargados en sentido psicoanalítico por uno u otro de los integrantes de una pareja: la práctica de un deporte,
un trabajo particularmente importante, una actividad social, cultural, política o religiosa, o también la imagen
de un padre o una madre fallecidos e idealizados; o incluso una representación más o menos imaginada de
algún “héroe” familiar, alrededor del cual se elabora una representación mítica del grupo familiar.

La terapia de pareja moviliza fuerzas dinámicas considerables y con frecuencia renueva una problemática
enmarañada que tiene grandes efectos inhibidores masivos sobre cada uno de los integrantes. Pero estos
efectos dinámicos de las intervenciones en terapia de pareja sólo son posibles después de una comprensión en
profundidad, tanto de los procesos intrapersonales como interpersonales de cada integrante.
El material que aportan las entrevistas conjuntas es muy rico, expresivo, y referido a la problemática personal
de cada una de las partes, a la vez que particularmente significativo de la organización interna de los procesos
inconscientes de la pareja.
Un oído analítico captará en el discurso global espontáneo de la pareja, la expectativa implícita de cada sujeto
en el momento de su elección, y contra qué se protegía sin saberlo al “preferir espontáneamente” al
compañero elegido. Porque la “racionalidad” de lo inconsciente puede surgir tan clara ante el terapeuta, al
tiempo que se le aparece tan mal o tan inverosímil al propio autor del discurso.
Se aporta también a la pareja de larga duración el enfoque de una comprensión sistémica y vincular, que
tome en cuenta las dimensiones específicas de la díada, el carácter más o menos simétrico de las relaciones de
sus miembros, la importancia de la problemática inconsciente de sus deseos y la naturaleza también
inconsciente de la mayor parte de sus comunicaciones.

2.1. Entrevistas de “evaluación” de pareja o de familia

La terapia psicoanalítica de pareja o de familia es una adaptación de la terapia psicoanalítica individual, sobre
todo teniendo en cuenta que en el campo hay ya no dos sino tres o más personas. La primera implicación muy
importante es que ya no se puede hacer interpretaciones personales profundas porque no se sabe lo que puede
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hacer la tercera persona de esta interpretación.

Los motivos de consulta de pareja son en general las dificultades de su funcionamiento. En otros casos
puede ocultar problemas psicopatológicos individuales. A veces vienen a la consulta porque ya tomaron la
decisión del divorcio y quieren que se facilite la puntualización del caso. Otras parejas acuden por un
problema más agudo, y quieren superarlo. Otras más acuden por motivos de “problemas” que cuestionan su
unión; y desean vivamente modificar sus relaciones mutuas, sin ponerles término. Una última categoría acude
con un sentido preventivo, ya sea por motivo de un conflicto pasajero, o por algún incidente en la vida de
pareja, sobreviniendo imprevisiblemente, como por ejemplo alguna dificultad sexual pasajera.
En general, es el terapeuta quien convoca a la terapia al otro miembro de la pareja u otros miembros de la
familia cuando ve la necesidad, aunque el síntoma pertenezca a un miembro.
Por ejemplo, un síntoma en un niño esconde muchas veces conflictos conscientes o inconscientes de la
pareja, donde el tratamiento del núcleo familiar mejora los síntomas del niño. Pero, cuando hay problemas en
un niño, los padres se sienten culpables y evitan la consulta por miedo a ser condenados. El psicoanálisis no
condena a los padres, por el contrario, en la mayoría de los casos tiende a absolverlos, a desdramatizar un
problema que ellos sienten erróneamente como un fracaso personal y una lesión de orden narcisista. De otra
parte, los padres tienen una reacción afectiva inconsciente que les hace temer que la terapia independice al
niño. Porque muchos padres se apegan a sus hijos y les consideran como una propiedad privada o el único
sentido de la vida, sobre todo cuando la pareja tiene disfunciones importantes.
A veces, algunas conductas vindicativas después de la separación o del divorcio ocurren: como si un
individuo, para no odiarse a sí mismo, tuviera necesidad de canalizar todo su odio sobre otro que antes formó
parte de sí. Esa proyección de la agresividad en el compañero conserva su virtud después de desaparecida la
pareja. Pero a veces, desgraciadamente, el odio y el resentimiento pueden expresarse en términos que afectan
al hijo de la pareja, en cuanto se lo siente como hijo del otro, y este odio puede ir hasta el extremo de suprimir
estos hijos para castigar el ex-cónyuge. En casos similares, es necesaria cierta terapia de padres, ya no por el
vínculo de los ex-esposos, sino para que sigan asumiendo los papeles de padres y no induzcan más conflictos
en el niño. Porque se puede cambiar de pareja pero no la responsabilidad de ser padre o madre de un niño.
El terapeuta empieza a analizar la situación desde la primera llamada telefónica. ¿Quién busca ayuda? ¿Cuál
es el motivo de la consulta?, etc. Las primeras entrevistas sirven de “evaluación” de la pareja o de la familia.
A veces, se hace una o más entrevista individual con cada miembro de pareja explicando que los contenidos
de estas entrevistas serán confidenciales, es decir que el terapeuta no les dirá al otro miembro de pareja ni les
mencionará durante las entrevistas conjuntas.
De la misma manera, el terapeuta pregunta en la primera entrevista qué lo que esperan de él, y explicará su
“neutralidad”. Que no tomará parte de ningún participante, no actuará tampoco como un juez, y no puede
decidir lo que tienen que hacer como pareja o como familia. El ayudará a comprender sus problemas y buscar
soluciones con los participantes, pero que serán ellos, los consultantes quienes tienen que decidir.

Habitualmente, la pareja pregunta sobre la duración de la terapia. Se dirá que esto dependerá más de ellos
que del terapeuta. Pero el terapeuta puede fijar dos o tres meses mínimos, añadiendo que la pareja decidirá
más tarde si sigue o no el tratamiento.
En la primera entrevista hay que decidir de común acuerdo el número de sesiones semanales (dos sesiones
pueden ser necesarios en momentos de crisis, mientras que en otros tiempos pueden bastar una sesión
semanal hasta una sesión mensual, dependiendo del caso), los horarios y los honorarios.

Las primeras entrevistas de evaluación son necesarias, porque la elaboración aun de un solo problema en
cuestión no se puede hacer sin una comprensión más general de la evolución de la pareja, que a la vez
requiere una exploración de la personalidad de cada uno de sus integrantes. El terapeuta se informará y
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analizará especialmente los puntos siguientes:
1. Ante todo, el motivo manifiesto de la consulta, que tiene en general otros motivos latentes que se buscarán
más tarde.
2. Existencia de crisis anteriores y sus vivencias.
3. Se informará sobre las circunstancias de la elección mutua y sobre la “luna de miel” y su duración.
4. Las relaciones con las familias de origen, y el pasado individual de cada integrante. Eventuales
dependencias actuales con ellos.
5. Las relaciones de poder en la pareja y la familia. Los bienes, la distribución del dinero, el trabajo dentro y
fuera de la casa. Las posiciones de dominio y sumisión son muy importantes en las relaciones de pareja. Y la
apariencia de dominación no es la dominación; los conflictos de poder pueden quedar ocultos o invertidos.
6. Cuando hay hijos, las relaciones con ellos, buscar si existen “alianzas” entre los hijos y uno de los padres.
¿Quién se ocupa de la educación de los hijos en función de sus edades? ¿Quién es la autoridad en la casa y
cómo lo aplica, si hay autoritarismo o no, etc.?
7. Ya hemos mencionado la importancia de la comunicación verbal y paraverbal en las relaciones de pareja y
de familia; además de observar todo lo que pasa en el consultorio, informarse sobre sus diversos aspectos
fuera del consultorio.
8. Las costumbres de la familia, porque cada pareja o familia es un mundo diferente.
9. ¿Qué lo que quisiera (conscientemente) del otro integrante de la pareja, si todo fuera posible? Es una
pregunta difícil muchas veces para la pareja, porque en casos de crisis se concentran más en lo que no quieren
del otro que en lo que pueden desear.

2.2. Los modos de intervención del terapeuta

La intervención del terapeuta es mucho más activa en la terapia de pareja y de familia que en psicoanálisis
individual. Recordemos que este activo no quiere decir “directivo”; es más en el sentido de facilitar la
información y la comunicación entre los integrantes de pareja o de la familia. En casos excepcionales, el
terapeuta puede sugerir a una pareja con muchas dificultades de comunicación, que tratan de no discutir en la
casa hasta la próxima sesión un tema doloroso y reciente (por ejemplo, una relación extraconyugal
“accidental” y arrepentida).
De todos modos, en la terapia de pareja, durante el transcurso de una crisis mas o menos aguda, el terapeuta
debe utilizar sólo lo que es asimilable en ese momento por sus consultantes, por más que deba al mismo
tiempo, pero sin decirlo, captar el dinamismo y la evolución de sus relaciones.

2.2.1. Fomentar la comunicación

Ya hemos comentado la importancia de la intervención activa del terapeuta para fomentar la comunicación
entre los miembros de la pareja o de la familia. En una segunda fase, cuando vuelve más seguridad y más
confianza a los miembros de la pareja, el terapeuta destacará las contradicciones emitidas por los diferentes
canales de comunicación; verbal y paraverbal (cómo se dice) y no verbal (gestos o mímicas sin verbalizar).
Otros modos de intervención del terapeuta, la descripción, el señalamiento y la interpretación, ayudan a la
clarificación, a la discriminación y a la mayor comprensión consciente del material presentado por los
integrantes de la familia.
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2.2.2. Descripción

La descripción sintética del material obtenido en la consulta permite la reorganización de los temas
fundamentales, aparentemente caóticos, que expresan los consultantes en sus interacciones y que por lo
general se presenta en forma repetida, a veces redundante.
Con la descripción se aclaran los aspectos manifiestos y repetitivos de la interacción de la pareja, lo ocurrido,
no se busca todavía los motivos latentes.
Es necesario analizar con detenimiento el por qué del cambio de la situación de la pareja a partir de un
momento determinado. Más allá de los motivos manifiestos expresados, se descubrirá en general otro u otros
factores (motivos latentes) que dieron comienzo a una nueva situación.

2.2.3. Señalamiento

El señalamiento muestra a la pareja algunos elementos de su conducta que ellos mismos no perciben en su
totalidad o lo hacen de manera distorsionada. Pueden existir variaciones en cuanto a la consideración de un
hecho concreto, o en opiniones diferentes de los integrantes sobre los hechos. Importa entonces llegar a la
esencia misma del asunto, eliminando todo elemento jerárquico, de fuerza o de autoridad que pudiera ser
utilizado por alguien en su propio beneficio. Por ejemplo, en algunos medios de la sociedad el hombre sigue
todavía con costumbres anteriores, utilizando su esposa sin remuneración alguna como una administradora de
su casa. El esposo no dice cuanto gana y no se da cuenta del grado de la sumisión que tiene que soportar su
esposa, además de la falta de intimidad que genera esta actitud. Además se añade a esta sumisión, el no
reconocimiento del trabajo de ama de casa ni de su cansancio físico al final de la jornada de trabajo. Esta
actitud puede ser por ejemplo el motivo latente de la dificultad o rechazo sexual de la esposa.
Otros aspectos de la conducta de la interacción de la pareja que se pueden aclarar con señalamientos
oportunos son las contradicciones de la comunicación en sus diferentes modalidades (verbal, paraverbal y no
verbal) de un compañero. Para seguir con el mismo ejemplo, la esposa puede desviar la mirada cada vez que
el esposo insinúa una relación sexual, sin rechazar abiertamente. Pueden existir otros actitudes más
conscientes de la esposa que pueden disminuir a lo largo los deseos sexuales del esposo: esperar y traer a la
“cama” los problemas del día o de días anteriores, o problemas eventuales del futuro; apariciones del
cansancio no bien justificado o de dolor de cabeza justo antes de ir a la cama, etc.

Mediante los señalamientos los miembros de la pareja comprenden aquellos aspectos que han sido
sistemáticamente inadvertidos por uno y por otro. Con el uso de este elemento, el terapeuta le plantea el
problema a la pareja en una nueva forma, para que cambie la percepción sobre la propia experiencia. Con
este trabajo preliminar se sientan las bases de la interpretación de esas conductas.
El señalamiento ha de ser claro y debe recaer sobre aspectos innegables del comportamiento de la pareja,
porque lo que interesa no es todavía el significado de la conducta, sino su puesta en evidencia. Así se
promueve el descubrimiento de los comportamientos que llevan a las dificultades del subsistema familiar. En
consecuencia, hay que utilizar al máximo todos aquellos datos directamente observados, verbales o no, pero
inadvertidos, en la interacción del “aquí y ahora” (en la consulta) entre los miembros de la pareja y el
terapeuta.

2.2.4. Interpretación

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Ya hemos diferenciado la interpretación en el psicoanálisis individual y en la terapia de pareja o de familia.
El objetivo de la interpretación en la terapia de pareja o de familia es aclarar algunos aspectos de las
situaciones de las interacciones entre los miembros de la pareja o de familia, y de ellos con el terapeuta. Para
esto puede recurrirse a los hechos relatados por ellos mismos en el grupo, referidos a las costumbres o a las
ideas de una u otra rama de origen de los cónyuges que seguramente se han trasladado a los hijos en el caso
de la familia. También puede recurrirse al establecimiento de relaciones de los miembros de la pareja o de la
familia con el terapeuta, es decir de las transferencias múltiples que ocurren dentro de la situación de la
terapia.

Con bastante frecuencia se observa cómo los conflictos actuales son repeticiones de hechos ocurridos en el
pasado, y comúnmente relacionados con otros que pueden calificarse como antecesores. Sin embargo, son
también repeticiones, de una manera u otra, dentro de la relación de pareja, con una “complicidad”
inconsciente del otro miembro. Se llega así en cierto grado a la historia individual de cada miembro de la
pareja a partir de su constitución.

Otro objetivo de la interpretación es el poner de presente las posibles causas reales, más allá de las aparentes,
que han determinado el establecimiento de una costumbre o su prolongación no funcional. Se puede explorar
la educación sexual de los hijos, el autoritarismo del padre-esposo sobre la madre-esposa y los hijos, la
“fusión” prolongada de la madre con los hijos excluyendo el padre por falta de comunicación de la pareja, el
alejamiento exagerado del esposo de la casa por motivos aparentes del trabajo desenfrenado, que ya no es
indispensable, puede ocultar dificultades no reconocidos de relación de pareja, etc.

Sabemos que la libertad tiene limitaciones en la relación de pareja y de la familia, empero oprimir los niños o
el otro miembro de la pareja utilizando la autoridad se vuelve disfuncional. De otra parte, el grado de libertad
y autonomía de los hijos debe cambiar según sus edades.
No se trata que el terapeuta imponga sus valores personales a la pareja o a la familia, sino se promueve el
tema y se discute ampliamente haciendo surgir los argumentos en favor y en contra de una situación, para
llegar a adoptar una fórmula que convenga a una pareja o a una familia. Recordemos otra vez que el
terapeuta ideal es neutral, pero la neutralidad o la objetividad es asintótica, como una línea hacia la que se
tiende sin que se pueda alcanzar jamás con mejores intenciones conscientes sostenidas. Esto implica que el
terapeuta debe vigilar continuadamente su contratransferencia para no favorecer uno u otro miembro de
pareja y familia. La neutralidad no significa no señalar (a su tiempo oportuno) su convicción cuando una tal
actitud de un miembro es dañina para sí mismo y sobre todo para el otro u otros, y explicarlo.

2.3. Transferencias, contratransferencia, identificación proyectiva, contraidentificación proyectiva

Se interpreta también, en función de la evolución de la terapia, los aspectos de la transferencia con el
terapeuta de cada miembro de pareja o de la familia, o del grupo. Al inicio, los miembros toman el terapeuta
como un juez, y más tarde cada uno puede tratar de hacer “alianza” con el terapeuta; o pueden también
rechazar inconscientemente al terapeuta cuando se reforma el “nosotros” de la pareja. Puede ocurrir
cualquier transferencia positiva o negativa con el terapeuta por parte de cada miembro de la pareja o de la
familia. Es casi constante que el terapeuta represente una figura de autoridad para los miembros de la familia.
Además cada uno lo percibe de acuerdo con su propio pasado, con su propia historia. Esto, desde luego se
puede señalar, según el caso, si se encuentra alguna utilidad en ello. Además de esto, es necesario conocer
para qué se hace una interpretación y cuáles serán sus consecuencias. Si esto se sabe con claridad, se puede
proceder, desde luego, a la interpretación, aun cuando en ocasiones hay circunstancias cuyas consecuencias
no se pueden conocer.
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En los capítulos anteriores (del link indicado) hemos estudiado la complejidad del engranaje de los procesos
psicológicos inconscientes en la elección y en la evolución de la pareja. Dentro de esta complejidad podemos
señalar la existencia de la transferencia, y muy fuerte, entre los integrantes de la pareja, lo que representa la
fuente de la atracción y de los conflictos de la pareja. La distorsión de la percepción que cada uno de los
integrantes de la pareja tiene del otro y de sí mismo se manifiesta porque cada uno revive la historia de sus
relaciones personales, incluidas las de la más tierna infancia. Lo cual hace que los miembros perciban al otro
distorsionado por la relación que hacen inconscientemente con personas del pasado.

Otro elemento muy importante es la identificación proyectiva y la contraidentificación proyectiva entre
los integrantes de la pareja y de la familia de una parte, y de otra, entre los miembros de la familia y el
terapeuta. Vimos anteriormente ejemplos de estos mecanismos que intervienen de manera muy inconsciente
entre los miembros de la pareja y de la familia. El terapeuta debe rescatarse de estos mecanismos cuando
ocurren gracias a su función autoanalítica. La mejor manera de adquirir este función autoanalítica es
haciendo un psicoanálisis individual con otro analista durante la formación profesional.
Si bien en la terapia individual la interpretación de las transferencias es el principal instrumento, en las
terapias de pareja o de la familia existen límites derivados de la carencia de intimidad, de la indispensable
reserva con cada persona frente a las demás, así se trata de padres, hijos, esposos o compañeros.
La no utilización explícita de la transferencia no significa que no se la tome en cuenta ni que el terapeuta
tenga impedimento para derivar deducciones y conclusiones, aunque no pueda comunicarlas.

La contratransferencia existe siempre: en el terapeuta surgen también impulsos y sentimientos hacia los
consultantes, que se entrometen inevitablemente en su función de comprender e interpretar el vínculo. A la
transferencia de la pareja, responde la contratransferencia del terapeuta, con sentimientos, angustias, defensas
y deseos. Tanto la transferencia como la contratransferencia representan dos componentes de una misma
unidad, que se dan vida mutua y crean la relación interpersonal pareja-terapeuta. Es a través de ésta como
percibimos y podemos comprender algunos sentimientos que cada uno de los miembros de la pareja
experimenta a su vez hacia nosotros. El terapeuta, al poder aclarar a sí mismo el conjunto de sus reacciones
inconscientes hacia los consultantes o hacia uno de ellos en particular y los elementos transferenciales de los
integrantes de la pareja, llega a comprender y evaluar el vínculo de los consultantes, con miras a su
tratamiento. El hecho de no comprender el sentido de la contratransferencia, puede producir contra-
actuaciones y provocar un efecto perturbador en el conjunto de la terapia que dificulta la dinámica del
proceso.
La contratransferencia es también dinámica como la transferencia. Es decir, el terapeuta revive con los
consultantes sentimientos, recuerdos, reviviscencias, impulsos, que inicialmente estuvieron en relación con
otro u otros seres. De manera que esto le quita la libertad en la medida en que no conozca esos vínculos y
acepte sus repercusiones y sus consecuencias. Muchas veces una persona o una pareja nos producen una
sensación de incomodidad o de simpatía en forma desigual y aparentemente inexplicable.
Las primeras entrevistas deben servir entonces no sólo para la exploración de los consultantes sino del
terapeuta frente a ellos. Como no existe la neutralidad absoluta, debemos saber por qué es así y cómo
podemos utilizarlo en provecho de la comprensión de sentimientos de una preferencia o un sentimiento
contrario frente los integrantes de una pareja o familia.

Muchos son los indicios que pueden sugerir la presencia de elementos contratransferenciales inadecuados o
perturbadores, tal como sucede en la terapia individual. Los principales son:
1. Preocupación persistente durante o después de las horas de terapia con ciertas parejas o con ciertas
familias.
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2. Halagar a los consultantes por temor a perderlos.
3. La aparición de los indicios de una preferencia marcada por uno de los participantes.
4. Descuido en los convenios sobre aspectos económicos y de tiempo; lo mismo que el temor a hablar de los
aumentos en los honorarios.
5. Olvido de la cita con los consultantes, llegar tarde a ella, o prolongar repetidamente y sin motivo especial la
hora de la sesión.
6. Experimentar repetidamente sentimientos eróticos o agresivos con alguno de los consultantes.
7. Fomentar la dependencia continuada de una u otra persona.
8. Perturbarse por las sensaciones o reproches de uno u otro de los participantes.
9. Deseos de que se presenten situaciones que dificulten por parte de ellos la continuación del tratamiento o la
asistencia a una o más citas.
10. Aparición de indicios de fastidio o de sentimientos de antipatía respecto a uno o más de los consultantes.

En los casos 3 y 10, la diferencia de sexo entre el o la terapeuta y los consultantes, puede llevar a situaciones
donde este factor adquiere importancia, más allá de lo corriente, y puede llegar entonces a perturbar la
relativa neutralidad del terapeuta, perturbando también la eficacia de la terapia.

El solo hecho de encarar una situación en que la norma es la desigualdad, como ocurre con frecuencia en las
relaciones de pareja y en las de familia, nos incita por lo menos a tomar partido o a la solidaridad con los más
débiles (niños oprimidos por ejemplo) o con los más fuertes. Por otra parte, es necesario recordar que el
propósito no es ningún momento el de obtener reconciliaciones, sino el de colaborar en la búsqueda conjunta
de las soluciones escogidas, van escogiendo, por ellos.

Si en la relación terapéutica individual se remueven numerosos puntos oscuros en el analista, estos se ven
aumentados en las terapias de pareja y de familia; los recuerdos, los conflictos, los sentimientos latentes que
tienen que ver con la propia familia o con la pareja parental interiorizadas cobran relieve y hacen aún más
necesaria su comprensión por un psicoanálisis personal para no “contaminar”, o no seguir contagiando la
terapia con conflictos personales.

3. ALGUAS COCLUSIOES

Creo que se hizo un acercamiento más que introductorio con los enfoques psicoanalíticos en la comprensión
de la elección de pareja y la evolución de la vida de pareja y de familia (ver el link indicado). No quise
abarcar todos sus aspectos ni otros enfoques. Ciertamente los aspectos económicos y socioculturales tienen
mucha importancia en la formación del individuo, de la pareja y de la familia. Por ejemplo, problemas
económicos tienen repercusiones psicológicas que pueden destruir la harmonía conyugal (angustia, mal
humor, frustraciones, etc.).

Hemos entendido indirectamente la importancia del hogar para la salud mental del individuo y de la familia
que formará más tarde. Efectivamente cuando son más tempranos los traumatismos son más graves sus
consecuencias. Los países del norte de Europa debían comprender muy bien la importancia de este período
para dar un año de maternidad a las madres y eventualmente a los padres que lo deseen. Porque la primera
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escuela es la cuna, el primer maestro es la mamá y la primera lección es el amor en la familia. En el hogar se
forman (empezando con la adquisición de la confianza básica o su mantenimiento) o deforman las
personalidades que luego se proyectarán, con sus virtudes y defectos, sobre otros y el ámbito social.

Las fantasías incestuosas forman parte de la vida secreta de toda la familia. Estas fantasías son inevitables y
“necesarias”, pero su expresión abierta tiene que ser controlada por los padres según la edad del niño. La
época edípica del desarrollo del niño es de importancia central si queremos entender la vida de pareja y de
familia. La respuesta amorosa de los padres es indispensable en este período difícil para que se desarrolle la
capacidad de dar y recibir emocionalmente y lo pueda aplicar más tarde en su vida de pareja y de familia.

Hay que incluir en la “educación sexual” no solamente la sexualidad genital o cómo evitar la maternidad, sino
también la importancia de afectividad y de la comunicación en las relaciones familiares y humanas en
general, incluyendo la educación de cómo ser esposos-esposas y padres-madres, para que la niña, sobre todo
la que es educada para ser ejecutiva, no se sienta “atrapada” en su función materna o no se sienta una “vaca
lechera” con el nacimiento del bebé.

No existen fórmulas mágicas para la vida de pareja, y tampoco para la convivencia de dos seres que se aman.
El encantamiento erótico inicial de una pareja debe transformarse a la larga en una devoción afectuosa
recíproca y comprometida que soporte el paso del tiempo. Se necesita una preocupación real por el otro (es
la definición del amor según Melanie Klein), una intimidad afectiva y sexual. Además, este tiempo es
dinámico: una pareja funcional es la que se adapta en forma constante y gradual a los cambios de dos
personas que evolucionan. Saber resolver las dificultades y las crisis, y lograr acuerdos satisfactorios es lo que
hace crecer el vínculo de la pareja. Muchas veces necesitan tener creatividad personal e interpersonal para
seguir reconstruyendo y remodelando su paraje particular, singular y original, en lugar de repetir lo que han
visto en las relaciones de sus padres o copiar lo que hacen otras parejas o familias.

Nos dimos cuenta también que la verdadera relación de la pareja comienza cuando se desvanecen las
ilusiones muy irrealistas (las súper-idealizaciones), cuando las expectativas se vuelven más reales y cuando se
aprende que las propias necesidades no tienen por qué ser satisfechas en forma incondicional por el otro. De
otra parte, para no destruirse por invasión de la pareja, se necesita encontrar un equilibrio sutil entre la
autonomía y la fusión, y entre la libertad y la interdependencia adulta.

Ningún individuo tiene la capacidad necesaria para satisfacer todas las necesidades primordiales (falta, dice
Lacan) de otra persona. Puede ayudarle o estorbarle, pero la realización personal en el sentido más
profundo de la expresión, denominada la felicidad, sólo puede cumplirse dentro de la relación del ser humano
consigo mismo.

La pareja o la familia que desea una primera entrevista pueden concertar una cita llamando a mi secretaria
(Tels: 618 26 29/25 18) o escribiéndome un email a iyildiz@etb.net.co
La terapia de pareja por Internet (videoconferencia usando skype o messenger) es también posible. Para más
información puede consular el link "PSICOANÁLISIS Y PSICOTERAPIA ONLINE".
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