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Las moradas del Castillo Interior

Las moradas del Castillo Interior
José Alfonso Delgado (versión resumida y comentada de las Moradas de Teresa
de Jesús)
Madrid, Diciembre de 2008



JHS
“Este tratado llamado “El Castillo interior” escrivió Teresa de Jesús, monja de
nuestra Señora del Carmen, a sus hermanas e hijas, las monjas carmelitas
descalzas”

Escritas en 1577, en lenguaje castellano de la época, Teresa de Jesús trata de
explicar los diferentes estadios por los que pasa el alma en su aproximación hacia
Dios. Es un camino en el que el alma sólo ha de consentir que Dios obre en ella.
Casi que sus esfuerzos son inútiles y torpes, tanto que dificultan el proceso.

Para un lector actual, la redacción es a veces confusa, así que este ensayo no
pretende otra cosa que poner en lenguaje actual, para mi personal comprensión lo
que ella explicó a sus monjas, y contrastar conceptos y procesos, con los que en
la actualidad son de uso común al hablar de la mística.

Líbreme Dios de quitar y poner una tilde que distorsione lo que Teresa trató de
explicar en sus escritos. No me considero digno de quitar ni poner, aunque no libre
de interpretar en ocasiones erróneamente lo que en su lenguaje expone.

Así describe ella el Castillo interior y entiendo yo lo que salió de su pluma y
corazón.

El ensayo respeta en todo la secuencia expositiva, tanto en el orden de las
moradas, que son siete, así como los capítulos y los epígrafes en los que está
estructurado el texto, a fin de que se pueda consultar la redacción y comprobar si
mi torpeza ha cometido algún desaguisado en la transcripción. No todos los
epígrafes están referidos, por considerar a mi juicio no ser imprescindible para la
comprensión global.

No obstante, incluyo comentarios de mi cosecha. Para no confundir con lo que es,
o trata de ser “traducción” en lenguaje actual lo que ella escribió, están
puntualizados como notas personales [NP].





Manuscrito, de puño y letra de Teresa de Jesús


Índice de contenidos

Presentación
Desarrollo de la obra


Moradas primeras
Capítulo primero: de la dignidad de nuestras almas
Capítulo segundo: de la fealdad del pecado
Moradas segundas
Capítulo único: de la perseverancia.
Moradas terceras
Capítulo primero: de las inseguridades del destierro
Capitulo segundo: de las sequedades en la oración.
Moradas cuartas
Capítulo primero: diferencia entre contento y ternura en la oración.
Capítulo segundo: de la consolación sin desearla.
Capítulo tercero: de la oración de recogimiento.
Moradas quintas
Capítulo primero: cómo en la oración el alma se une a Dios
Capítulo segundo: de la oración de unión.
Capítulo tercero: Amor al prójimo.
Capítulo cuarto: del riesgo de retroceder.
Moradas sextas
Capítulo primero: el tormento y el éxtasis
Capítulo segundo: el despertar del alma.
Capítulo tercero: de cómo Dios habla con el alma.
Capítulo cuarto: el arrobamiento del alma en oración.
Capítulo quinto: de cuando Dios levanta el alma.
Capítulo sexto: de otras mercedes de Dios.
Capítulo séptimo: del poco aprecio de uno mismo.
Capítulo octavo: de los aparecimientos.
Capítulo noveno: de la visión contemplativa.
Capítulo décimo: de otras mercedes, además.
Capítulo décimo primero: muero porque no muero
La Séptima Morada
Capítulo primero: traspasando el umbral de la Unidad.
Capítulo segundo: del Matrimonio espiritual.
Capítulo tercero: efectos del más alto grado de oración.
Último capítulo: que Marta y María sean también una.
Epílogo
Reflexiones finales y conclusión

Texto de “Las Moradas” tomado del editado de las Obras Completas de Santa
Teresa de Jesús.
BAC. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid 1982,
Pag. 363 a 450
Presentación

La mística cristiana está cultivada por grandes santos y doctores en la fe.

Sin subestimar a otros autores como Santo Tomás, Fray Luis de león, San
Francisco de Asis, San Ignacio de Loyola, etc, en mi caso personal, en mi historia
personal, los nombres de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz desde
bien pequeño han resonado en mi corazón, y lo que de ellos me enseñó mi madre
ha supuesto la más efectiva defensa contra lo que podría haber sido mi
alejamiento prácticamente total de la Iglesia, que en grave riesgo he estado, de no
ser por la experiencia que desde el aprendizaje siendo yo muy niño, tuve de la
mística cristiana.

El conocimiento de las tres vías del camino interior, o la representación en mi
mente y en mi corazón de las moradas de mi Castillo interior, han hecho posible
resistir multitud de amenazas procedentes tanto desde fuera como desde dentro
de la Iglesia católica, con cuya jerarquía eclesiástica he mantenido un delicado
equilibro de amor, colaboración y rencor manifiesto por sus rigideces, escándalos
y actitudes amenazantes.

Considero todos estos pasajes de mi vida como episodios a veces tormentosos de
dudas, caídas y recuperaciones del ánimo, que me han estimulado a continuar
este Camino de Perfección en el que con el inmenso regalo que Dios me ha dado
de tan genial compañera como es mi esposa Paloma, hemos podido juntos seguir
avanzando, encontrándonos ahora en el umbral de nuevas vivencias.
No sabría decir en qué morada nos encontramos, pero cierto es que llevamos ya
muchos años caminando y entregando a Dios todos los días (con más o menos
éxito) nuestra vida a Él.

Estemos donde estemos, no creemos seamos dignos de estar, salvo que Él nos
quiera ahí.


La lectura y meditación de las moradas de Teresa de Jesús ha sido siempre una
fuente de inspiración en mi caminar. Durante muchos años las he recordado de las
lecturas que mi madre me ofrecía. Ahora, me he atrevido a comenzar la lectura
meditada de las obras originales de estos dos increíbles pilares de la fe y de la
mística cristiana. He recomenzado con Teresa, mi gran amiga y mi gran maestra.

Espero seguir profundizando en el increíble sendero de la Vida Interior a través de
las enseñanzas de Teresa y de Juan, mis grandes maestros, inmejorables
discípulos del Gran Maestro Jesús, del que todo nace y termina, para seguir
dejándome amar por Él, amándonos por Él y amar a nuestros hermanos los seres
humanos, como Él nos ha amado.


Desarrollo de la obra

Moradas primeras

Capítulo primero: de la dignidad de nuestras almas

[2] Es gran necedad no tratar de conocernos a nosotros mismos. Sabemos que
tenemos un alma, pero a penas sabemos nada de ella. Toda la vida se nos va en
merodear la cerca que rodea la muralla del Castillo que son estos nuestros
cuerpos.

[3] Describe Teresa el alma humana como un Castillo con muchas moradas en lo
alto, bajo, centro y los lados. De todas son las del centro donde suceden las cosas
de mucho secreto entre Dios y el alma.

Es posible en este destierro que Dios tenga a bien comunicarse con unos gusanos
tan llenos de mal olor como nosotros, con una misericordia sin tasa.

[5] Se pregunta Teresa sobre cómo se puede acceder al Castillo. Sería desatino
pretender entrar si ya estamos dentro, pues el Castillo es nuestra propia alma.
Pero como ella dice “va mucho de estar a estar”.

Es estar dentro de sí, porque muchos son los que merodean en el cerco y no
saben qué tienen de precioso dentro de su Corazón.

[NP] Se refiere aquí el término Corazón, como lo más íntimo en términos
coloquiales, pero no a lo que de afectividad sensual tiene el término en el lenguaje
de los sentimientos humanos. Corazón es sinónimo del “hondón” del ser.


[6] La falta de oración es como un cuerpo tullido, que aún teniendo pies, no puede
andar.

Las personas que viven extrovertidas viven enfermas, pues están contaminadas
con las sabandijas y bestias que merodean el Castillo. Y además no tienen
remedio. De no procurar resolver su gran miseria, quedan convertidas en estatuas
de sal, por no acertar en volver la cabeza hacia sí.

[7] La puerta de entrada al Castillo es la oración. Pero es una oración mental, que
no vocal, pues si no sabemos con quien hablamos, de poco nos vale menear los
labios, que es como quien habla con su criado.

[8] Quien trata de entrar, aún metido en el mundo, de tarde en tarde se
encomienda a Dios. Alguna vez, de mes en mes, rezan llenos de mil negocios, en
los que centran sus pensamientos, pues en ellos tienen puestos su corazón.

Si alguna vez atinasen a decir algo con sentido, que no fuera pedir por lo que ellos
consideran necesario desde el punto de vista sólo material, entrarían en las
primeras piezas; pero con tanta sabandija metida en sus asuntos, están tan
ocupados en sus propios negocios, que sólo miran al suelo donde están estos,
que no aciertan a levantar la cabeza para contemplar aunque de lejos, la
hermosura del Castillo que el Señor les tiene reservados, si quisieran atender en
algo a su llamada.

Pero el simple hecho de balbucear algún que otro rezo les permiten entrar en la
primera morada, y con ello aceptar que tienen Vida Interior y un camino que
recorrer hacia Dios.

[9] Hablar de estas cosas no es cosa de estudios y conocimiento, sino de
experiencia de vida. No se trata de saber, sino de vivir.

Capítulo segundo: de la fealdad del pecado

[1] Perla tan bella que es el alma, se cubre de tinieblas cuando cae en pecado
mortal.

[2] Cuenta Teresa de una persona a quien Dios le mostró el alma en pecado
mortal, le asustó tanto, que si lo supiéramos, nadie se atrevería a pecar así. Es
como la diferencia entre un árbol plantado en un manantial de agua pura a otro
malviviendo en medio de una ciénaga hedionda.

[3] La Fuente y aquel Sol que habita en el centro del alma, no pierde su
hermosura. Pero si la fuente se cubre de paño negro, no hará su claridad pasar al
exterior.

[4] Los aposentos quedan sucios, los sentidos turbados y la luz del día se torna en
total oscuridad, sólo mitigada por las luces del conocimiento, que de nada sirven
en la vida interior.

[5] No es tan grave lo que hace el alma en pecado, sino lo que no hace. Asusta
esto, y es lo que Teresa recomienda roguemos a Dio, no tanto no hacer el mal,
como dejar de obrar el bien, de amar, que es lo auténticamente dramático. El mal
no es otra cosa que dejar de amar.

[6] “Tenga piedad de mi el lector”, ruega Teresa, pues se sabe corta de luces para
expresar lo que Su majestad obra en el alma, que a veces, al tomar el papel, se
considera una boba que es incapaz de saber cómo empezar a escribir.

[7] La oración como artificio celestial para la vida interior, es escasamente
entendido por los mortales.

[NP] Nos dirigimos a alguien que creemos conocer, cuando la distancia entre
nuestras pobres entendederas y la Verdad de Dios es tan abismal, que Jesús
apiadándose de nosotros, nos manifestó a Dios de la única forma que podíamos
entender al todo misericordioso, al Amor en estado puro, como un Padre bueno.

[8] Las moradas no están en hiladas. En el centro de las estancias está como
plantado un palmito (fruto de la palmera), que ha de ser deshojado hasta llegar a
lo sabroso.

El Castillo es amplio, así que el alma no ha de estar apretada. Y la luz del interior
puede llegar a todas las estancias.

[9] La condición fundamental para avanzar en esta, la Vida Interior a través de las
moradas es la humildad del propio conocimiento. Así que es importante entrar
primero en el aposento donde se trata de esto, que volver a los demás.

Jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios, mirando su
Grandeza para comprender nuestra bajeza; para comprender cuán lejos estamos
de ser humildes de corazón.

[10] Así, lo negro de lo nuestro sobre el blanco purísimo de Él, destaca tanto que
no queda cuestión.

[11] La Morada primera es la de la humildad. Es la puerta de entrada al interior
sabernos “cero” frente al “infinito”. Es la morada de la humillación, para bajarnos
los humos. Es una cura de humildad. Y no se trata de un proceso vergonzante y
despreciativo. Somos una maravilla creada por Dios, pero el pecado nos ha hecho
creernos mucho más de lo que realmente somos por mor de la soberbia. La
humildad no quita ni pone sobre lo que somos, sino que nos hace reconocernos
en nuestra integridad.

[NP] Humillación viene de humillar, y esta viene de humus o suelo en latín, Suelo,
tierra, barro del que procedemos. Ser humildes supone reconocer nuestras
virtudes y talentos regalados y concedidos por el Creador, así como nuestros
defectos y pecados. Sin esta objetividad respecto de nosotros no podemos dar un
paso en este castillo. Por eso, la primera morada es la de la humillación, es decir,
la del propio conocimiento.

[12] El demonio nos confunde aquí continuamente con trampantojos, porque aquí
el alma está grandemente enredada en asuntos efímeros. Así que es menester
orar a Dios continuamente para saber evitar los ardides.

[14] En las moradas primeras apenas llega la luz del interior donde Dios habita, no
por culpa de la estancia, sino de las culebras y sabandijas que mantienen la
atención del alma y le impiden atender a la luz que procede del interior.

Es necesario empezar de dar de mano a los negocios innecesarios, cada cual
conforme a su estado y responsabilidades; que es tan importante para llegar a la
estancia principal, que de no comenzar a hacerlo, se torna imposible la empresa
pretendida.

[15] Las barahúndas del mundo serán siempre un obstáculo para avanzar en el
viaje al hondón de nuestro ser.
Hemos de guardarnos de cuidados ajenos, pues hay muchas cosas que interfieren
los pasos que en un principio sinceramente se dan.
Hay que soltarse de celos indiscretos que más son vanidad que virtud.

[NP] En este estado nos encontramos el común de los cristianos y de los seres
humanos. Creemos en Dios, cumplimos preceptos religiosos en su caso, pero
apenas si nuestra fe se manifiesta durante la media hora de misa dominical, para
a continuación y hasta la semana siguiente, volver a nuestros asuntos y
acordarnos en su caso de Dios, cuando se nos plantea un problema de esos que
se nos antojan difíciles de resolver y le pedimos una ayudita, a ver si cuela una
manita celestial. Un adecuado cumplo y miento, casi hasta bien visto con buenos
ojos por los eclesiásticos, que ven cumplido el cupo de feligreses que asisten a los
ritos y liturgias.

Moradas segundas

Capítulo único: de la perseverancia.

[2] Estas moradas reciben a aquellos que han comenzado a tener oración, y han
decidido dar el primer paso, para abandonar las murallas del castillo y adentrarse
en las moradas interiores. Sin embargo, en estas moradas segundas, no muestran
demasiada determinación de evitar las ocasiones de peligro, aunque son
conscientes de que han de trabajar para dejarlas.

Ellos tienen aquí más fatiga que en las primeras moradas, porque ya parece,
tienen esperanza de entrar más adentro, y tratan de escuchar la voz de Dios, una
y otra vez. Mas no por oír, responden siempre, pues en esencia, continúan
atareados en asuntos, pasatiempos y “baraterías”.


[3] Dios les llama, no con voces interiores, sino a través de gente buena,
sermones y libros de piedad. Aunque también señales de su presencia pueden ser
enfermedades y trabajos. Y también, en ratos de oración.

Esta es la primera merced de Dios, aunque no se le responda, pues “sabe su
Majestad aguardar muchos días y años, en especial, cuando ve perseverancia y
buenos deseos”.

El demonio aquí, da mucha guerra, porque está el entendimiento más vivo y las
potencias más hábiles.

[4] Es tal la barahúnda que ponen los demonios, que no sabe la pobre alma, si
pasar o quedarse en la primera morada. Pero la razón, por otra parte, le
representa el engaño que es pensar que todo esto (las cosas del mundo) vale
nada en comparación a lo que aspira alcanzar, las profundidades del Castillo.

[5] Pero está en esta morada aún tan muerta la fe, que queremos más lo que
vemos con nuestros ojos, que lo que la fe nos dice. Pasa, entonces, aquí el alma
grandes trabajos; en especial si el demonio entiende que está muy apegada a su
condición.

[6] La ayuda de Dios aquí es irremplazable.

[NP] Esta es una situación de gran duda, donde ambas fuerzas establecen una
singular batalla entre la atracción por las cosas de este mundo, y la que Dios
genera hacia sí; entre lo conocido y lo desconocido. En terminología normal, en la
segunda morada, la persona entra en claro conflicto entre el plan del mundo y el
plan de Dios; entre la vida hasta ahora conocida y otra de la que apenas sabemos
nada. Todavía no ha llegado el momento de la gran decisión que ha de tomar el
joven rico, pero algo se barrunta ya. El alma se sitúa entre la disyuntiva de seguir
practicando una vida de fe convencional, con sus prácticas y devociones religiosas
habituales, de buen feligrés y parroquiano ejemplar, y el inicio de una vida
espiritual adulta y comprometida con el Evangelio.

En este estadio es muy importante la determinación de seguir, aún sin
comprender, porque a partir de ahora el alma va a comprender bastante poco de
lo que le haya de suceder. Se plantea pues aquí, el primer gran salto de fe (que no
el más importante); un salto de fe en el vacío del conocimiento, que todo lo que
vendrá será duda e incertidumbre. Se adentra el alma en una primera noche
guiada aún por los tenues faros de corto alcance del conocimiento, que aún es
capaz de intuir lo que vendrá. Pero justamente porque comienza el camino por
senderos ignotos, el alma experimenta el miedo a lo desconocido.

[7] No son estas las moradas donde llueve maná. Con mil imperfecciones y
débiles virtudes, que aún no saben andar. Porque habituados estamos al relajo,
que nos quejamos de las sequedades y quisiéramos disfrutar de los gustos de la
oración.

[NP] Aparece por primera vez en las moradas el término “sequedad”. Esta es una
palabra que Teresa utiliza habitualmente para definir los trabajos espirituales, el
estado del alma en el que no se siente nada, o incluso se padecen situaciones de
cansancio, hastío, aburrimiento. El camino de la vida interior es un sobrenatural
proceso en el que Dios somete al alma a un severo aprendizaje y entrenamiento
de la voluntad. Primero el alma que decide caminar, experimenta el placer de la
alegría de sentir por primera vez a Dios; va como en volandas, impulsada por un
arrebatador viento celestial, pero no ha de pasar mucho tiempo antes de empezar
a experimentar las primeras sequedades. Estas fases son las auténticamente
eficaces en el proceso de maduración espiritual, porque es donde se forja la
voluntad. Teresa recomienda en estos casos aceptar con gusto y agradecimiento
las tribulaciones de la vida como oportunidad para fortalecer la voluntad, que es el
único medio por nuestra parte para neutralizar el poder de este mundo.

[8] No hemos de pedir a Dios cosas concretas, sino tan sólo lo que nos enseña el
Padrenuestro, que Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene. La petición más
perfecta es que nuestra voluntad se ajuste a la suya,

[9] El Señor permite, nos persigan los malos pensamientos y nos aflijan, y seamos
sometidos a sequedades. Y también que las sabandijas nos muerdan, pues así
son reforzadas nuestras defensas y el “pesar” de haberle ofendido, al estilo de
Job. Porque en las caídas extrae Dios el tremendo bien de la humillación y el
arrepentimiento. Y aún más valiosa es la perseverancia, que no tiene mayor mérito
el que no cae, sino el que cayendo, sabe levantarse.

[NP] Hay que buscar la paz en nuestra propia casa. En este estadio de las
moradas segundas, las potencias del alma parece que le hacen la guerra, porque
están sublevadas ante el viaje que el alma ha decidido emprender hacia lo
desconocido, hacia las moradas íntimas del Castillo. Hemos de conseguir que las
potencias se calmen y sosieguen, para que se convenzan que no hay peligro en
seguir avanzando; que el único peligro han de sentirlo en todo lo que el
pensamiento ha elaborado y es ficticio. Porque seguir avanzando implica morir a
todo lo falso que hemos creído hasta ahora que somos.

Así que “cese la guerra, soltemos las manos del timón de nuestra nave, y
dejémonos guiar como el ciego por su lazarillo, y veremos cómo Su Majestad nos
lleva de su mano, de una morada a otra”.

[10] Que no es útil luchar con nuestras fuerzas, que mínimas son, sino dejar que
Él nos defienda. No luchamos nosotros, luche Él por nosotros.

El hombre no puede entrar en el Reino por sí mismo, ya lo dice el Maestro, no es
posible para el hombre salvarse, más para Dios todo es posible. Lo único que
realmente ha de hacer el alma es dejar que su Padre celestial le coja en brazos
para cruzar el umbral. Más si esto no lo permite el alma, Dios no le va a forzar.

[NP] No caminas tú, es Dios el que camina por ti, pero has de consentir reconocer
que tú no puedes. Esto no va de un programa de crecimiento y desarrollo
personal, ni de mejorar la autoestima. Todo lo contrario, esto va de un programa
de humillación para por fin comprender que lo único que has de hacer es ser
consciente de que el “cero” se ha de poner en manos del “infinito”.

[11] Es peor una recaída que una caída; y aún peor, volver atrás, que mejor sería
no haber comenzado. Es lo de poner la mano en el arado y luego dejarla. Porque
el que anda en el peligro, en el perece. La puerta de entrada es la oración, y orar
es pedir el auxilio del Señor ante nuestra nula capacidad para caminar.

Pensar en pretender entrar en el Cielo sin entrar en nuestro interior es un dislate,
un desatino.

[12] El Maestro nos dice que “nadie puede ir al Padre sino por mí, y quien me ve a
mí, ve al Madre”

[NP] Desde Pentecostés, el Espíritu Santo mora en cada uno de nosotros. Si no le
ves en ti, no le puedes ver en el hermano; así que has de darte cuenta de que
habita en ti.

Esta es la razón de la pedagogía de la oración y del Amor; saber que Dios te ama,
dejarte amar por Él, para así poder amar como Él te ha amado primero y te sigue
amando.

Moradas terceras

Capítulo primero: de las inseguridades del destierro

[NP] Teresa muestra una permanente fijación en la propia inseguridad. Es como si
sentirnos seguros en nuestro estado fuera dar pie a un descanso peligroso, pues,
para ella, las acechanzas del demonio no cesarán hasta que demos el último
aliento de nuestra vida. Nada está ganado mientras nuestro corazón de carne siga
latiendo.

[1] Dichoso es aquel que cruza la segunda puerta para entrar en la tercera
morada, si no torna dejar el camino iniciado.

[2] Gran miseria es vivir siempre con la amenaza del enemigo a las puertas. Es
vivir en zona de frontera, donde aún habiendo entrado en una nueva morada,
existe siempre el peligro de volver atrás.


[3] Aquí Teresa exhorta a sus monjas a imitar a María.

[4] Bueno es orar y aborrecer las cosas de este mundo; más no basta.

[5] “Ya no sé que estaba diciendo, que me he divertido mucho”.

[NP] Teresa con su natural gracejo escribe como si estuviese hablando a sus
monjas en animada conversación, de modo que a veces “se le va la olla”, y
pensamientos cruzados los escribe en medio del discurso argumental, y cuando
se da cuenta de que se le ha ido la pinza, en vez de borrarlo, lo que supondría un
manchón de tinta en el manuscrito, pide perdón por sus despistes… Y continúa
con un “como estábamos diciendo…”

[5] Que gran merced hace el Señor de abrirnos paso a las moradas terceras. En
esta situación se encuentran muchas almas en el mundo.

Parece este un estado de virtud, alcanzable no sin esfuerzo, pero ciertamente
posible para el común de los cristianos que son conscientes de que el Señor
habita en sus corazones.

[6] Estas almas, ya de por sí virtuosas, “no pueden poner a paciencia que se les
cierre la puerta para entrar a donde está nuestro Rey, por cuyos vasallos se tienen
y lo son”.

No queramos querer tanto que nos quedemos sin nada. Que ambicionar es un
gesto de soberbia y avaricia, porque, una vez más, no somos nosotros los que
tenemos derecho a subir en este castillo.

[NP] Es como el deseo de la madre de Santiago y Juan, que le pidió al Señor que
sentara a sus dos hijos uno a su derecha y otro a su izquierda. Ni aún siquiera
siendo capaces de beber el cáliz del Señor.

… No pidamos lo que no tenemos merecido. Seguir a delante no está en nosotros.

[7] El joven rico, habiendo superado el examen de preguntas al que le sometió
Jesús, se encontraba en la morada tercera. Bien por él, que todo esto lo había
cumplido pero, ya sabemos qué le pasó ante la pregunta definitiva. Se fue triste,
porque tenía muchas riquezas.

[8] Parecía que ya estaba todo hecho.

[9] El valor de la sequedad es la humildad y el sosiego.

Capitulo segundo: de las sequedades en la oración.

[1] Muchas son las almas tan aparentemente expertas que no son capaces de
admitir consejos, porque “como ha tanto que tratan de virtud, paréceles que
pueden enseñar a otros y que les sobra razón en sentir aquellas cosas”.

Dios, en sus escogidos, tiene a bien que sientan sus miserias y les aparta su
favor, porque necesitan darse cuenta de que por ellos mismos no pueden nada.

[NP] Este es severo proceso de la humillación, la negación del “yo”. En la época
de Santa Teresa, se desconocían los conceptos de la moderna psicología y la
filosofía oriental. Se hablaba de cuerpo, mente, imaginación, potencias, alma,
espíritu, cuando en la actualidad, sobre todo desde Freud, Jung y los monjes
tibetanos, se habla del “ego”, el “yo”, el soma, el cuerpo emocional, la mente, el
“Yo profundo” de Karl Jung, el cuerpo sutil o astral, etc. Son formas de denominar
las mismas esencias. De lo que se trata, en suma es de reconocer como
absolutamente imperativo “dejarse amar”, para poder amar como Él nos ha
amado. No puedes amar creyendo que eres tú el que ama, sino que es Él el que
ama a través de ti. Entender esto, ser consciente de esta realidad, de que sólo
somos faros, pero que la luz nos la aporta el Eterno, supone “la travesía del
desierto”, que es lo que Teresa denomina el paso por las sequedades del alma,
porque el desierto es un lugar árido y seco. Y esto concluye en la negación del
“yo”, negarse a sí mismo.

[2] Hay personas que, como el joven rico, no son capaces de reconocer esta
realidad y renuncian a seguir porque tiene muchas riquezas [su yo es demasiado
poderoso y soberbio para rendirse a esta evidencia].

[3] El preocupado por su hacienda, por qué comerá mañana ¿cómo va a
responderle a Nuestro Señor cuando le pida que deje todo por Él? No tiene el
alma serena aún, y esto le hace imposible poder avanzar.

[4] Procurar haciendo más y más con las propias fuerzas, aún con buena intención
es una barrera insuperable, de modo que no hay posibilidad de avanzar en más
moradas junto al Rey. Ahí se quedan. Porque no son las fuerzas de uno las que
nos permiten seguir.

[NP] Es todo mucho más fácil (dejarse), pero a la vez mucho más difícil (consentir
dejarse). Un duro golpe para el orgullo y la “autoestima”… “Yo puedo, yo sé, yo
valgo…, yo, yo, yo”

[5] Tan aferrado están a su honra que el hecho de que Dios les honre con
humillarles, por afrenta lo toman, de modo que sólo viven inquietud. Y sin embargo
dicen que están dispuestos padecer por el Señor. Acaso son como los fariseos,
que ayunan para ser vistos y halagados. Soberbia espiritual es esto.

[6] Este estado del alma indica que estamos siendo “señores de nuestras
pasiones”. El hábito no hace al monje, que el secreto es rendir nuestra voluntad a
la de Su Majestad, y el concierto de nuestra vida sea que el Gran Rey nos ordene.
Y no desear hacer nuestra voluntad sino la suya. Que Dios sea el “zurujano” que
sane nuestras heridas.

[8] Como vamos con tanto seso, todo lo tememos y no osamos seguir, ¡como si
nosotros pudiéramos seguir!

Hay que dejar razón y temores en sus manos. ¿Y qué decir de pretender echar
carreras entre nosotros a ver quien llega antes?

[NP] Qué mayor desatino que aquí también ver a ver quien mea más lejos.

[9] Esta situación es penosa, pues estamos en mil avatares y sufrimientos, porque
no habremos sabido quitarnos el tremendo peso que llevamos a cuestas, como
pesado morral, que hace imposible subir más allá de estas terceras moradas.

[10] No está la perfección en el gusto y la satisfacción de lo propio, sino en el
Amor.

[11] Conviene, hijas mías (exhorta Teresa a sus monjas), tratar aquí con personas
de experiencia, pues lo que nos parece imposible, si alguien con experiencia nos
lo comparte, es más liviano.

[12] Y una cosa más, podríamos empezar en fijarnos más en nuestras faltas que
en las ajenas; esto es, abandonar en odioso vicio de juzgar a los demás, entre
otras cosas para no ser juzgados, o serlo por Su Majestad, con mejor clemencia,
para que perdone nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los
que nos ofenden.


[NP] En suma, las moradas terceras suponen el límite posible del camino para el
cristiano convencional, devoto de devociones y practicante de liturgias y
oraciones; devoto de la Virgen, fiel cumplidor de dogmas y preceptos;
parroquianos ejemplares, es decir, los estereotipos de los jóvenes ricos que en el
mundo han sido, en la medida en que han creído que sólo con sus fuerzas pueden
caminar, en la medida en que han basado su “esfuerzo” espiritual en sus propias
fuerzas, y rogado a Dios por aquello que ellos creían convenía. Es decir, hasta
aquí llegan los que basan su vida de fe en ellos mismos.

A partir de aquí, el que se crea que algo depende de él, de lo que haga, consiga y
trabaje, se llevará un lastimoso desengaño, como se llevó San Pedro al pretender
caminar sobre las aguas por sus propios medios. Es por eso por lo que las
primeras moradas son moradas de humildad. Choca tan de bruces este enfoque
con aquel que en la actualidad tratan de promocionar todos los métodos de
autoayuda, tratando de sacar y explotar todas las potencias del ser humano,
estimulando la autoestima, que aunque parezca lo mismo, la gente confunde estos
métodos de búsqueda de la serenidad y de la paz interior que abarrotan las
librerías de autoayuda y las revistas dedicadas a saber vivir, belleza y vida sana,
que es en este asunto de “todo depende de mí”, donde está el tremendo error de
tanta gente bien intencionada que confunde los caminos de la vida interior.

Si pudiéramos hacer uno de esos símiles tan útiles para entendernos, diríamos
que es como aquellos que viven en un valle pirenaico de alta montaña, que está
permanentemente cubierto de nubes, y que deseando subir por las laderas para
ver que hay más allá de las nubes, tratan de trepar por riscos, senderos
empinados y pedrizas, pero llegan un punto en el que la niebla y la noche les
impide seguir subiendo con sus propias fuerzas. En esto que alguien se acerca
montado en un globo y les ofrece un viaje alucinante volando por los aires. El
paisano sólo tiene que acceder a montarse en el globo, pero sabe que si se
monta, dejará la casa de su pueblo por la promesa de lo que pudiera encontrar
allá arriba, más allá de las nubes. El no pilotará el globo. Será llevado, conducido
por otro, un piloto experto, pero tendrá que renunciar a la seguridad que le
proporciona pisar tierra firme y arriesgarse a volar. Es un gran salto de fe.




Moradas cuartas

Capítulo primero: diferencia entre contento y ternura en la oración.

[1] Según Teresa, aquí da comenzó lo sobrenatural, y sólo la inspiración del
Espíritu Santo es capaz de acertar a explicar (si es que esto se pudiera), lo que
comienza a acaecer al alma.


[2] Es grande la hermosura de estas moradas, pues se encuentran ya cerca de la
Morada Real. De lo que el alma experimenta, el entendimiento ya no es capaz de
dar traza.

Se diga lo que se diga, ningún lector que no tenga cierta experiencia en la oración,
es capaz de alcanzar con su mente lo que acontece en estas estancias.

Parece que para llegar a las cuartas moradas hay que permanecer largo tiempo
en las anteriores, pero no hay regla. Todo depende de la capacidad que el alma
tenga de desprenderse de su soberbia de creer que en ella está la posesión de su
destino. Pero también depende, y sobre todo, de lo que Dios tenga preparado al
alma.

[NP] Aparentemente, Saulo de Tarso era la persona menos indicada para recibir la
gran merced de ser llamado por Dios. Era soberbio, violento, colérico, apasionado,
perseguía a los cristianos. Acaso precisamente con la vehemencia con la que les
atacaba, sería después la misma con la que les defendería y propagaría el
Evangelio. Eso sólo Dios lo sabía, porque habita en nosotros, queramos o no, le
sintamos o no, lo deseemos o no.

[3] Aquí ya no entra la ponzoña. Aunque persisten las tentaciones, y es mejor que
las haya, porque a poco que la cosa nos vaya bien, creemos que es por nuestro
esfuerzo, así que el propio demonio, puede engañarnos con falsos gustos en la
oración.

[4] Es importante aquí comenzar a diferenciar las diferentes sensaciones que
provoca la Vida Interior. Teresa es muy clara en este sentido al diferenciar lo que
es contento de lo que es gusto o consolación.

Los contentos se adquieren con la meditación y ruegos a Dios, que proceden de
nuestro deseo natural. Aunque Dios nos da a entender que no podemos nada sin
Él, como quiera que estas devociones son premio a nuestro esfuerzo, nos da
contento habernos empleado de tal guisa. Este tipo de sentimiento de alegría es
similar a lo que nos provocan otras circunstancias agradables en la vida, tales
como ganar hacienda, encontrarnos con un buen amigo tras mucho tiempo de
ausencia, la curación de una enfermedad, etc. De igual forma, los “contentos” en
la oración son similares a “estotros”, que no son malos, pues comienzan en
nosotros y acaban en el Señor.

[5] Los “gustos” o consolaciones comienzan en Dios y acaban en el natural, en
nosotros. Vienen de Él y provocan una extraña paz interior, no comparable con
nada grato en este mundo. No es ningún tipo de sentimiento. Es casi una dulce
pena o una triste alegría. Nadie que no lo haya experimentado se lo puede
imaginar.

[6] Los contentos no ensanchan el corazón, antes bien, excitan la propia alegría,
hasta el extremo de “llorar de alegría”. Es una alegría agitada, excitada, pasional.
Vivir el contento termina con el quebranto de la cabeza.

Todo es obra del pensamiento, de la reflexión y de la meditación. Las almas
experimentadas en meditación y acostumbrados a “contentos”, deben seguir
ejercitándose en ella hasta que Dios diga “basta”.

[NP] La alegría con la que los miembros de Cursillos expresamos diciendo que
nos sentimos “de colores”, da a entender una alegría desbordante. Esto es un
“contento”. Procede de la alegría de sabernos hijos de Dios y de la recompensa
que sentimos al vivir y celebrar en comunidad nuestra fe, etc. Es una exaltación
comunitaria del gozo, que anima a caminar a seguir adelante. La consolación es
algo completamente diferente, los colores son otros que aquellos que adornan el
arco iris, que jamás ojos humanos vieron, ni música que jamás oídos humanos
disfrutaron.

[7] Pero no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho. Se ha de vivir lo
que despertare a amar.

Amar no está en buscar el mayor contento, o incluso el gusto y la consolación,
sino en la mayor determinación de desear cumplir la voluntad de Dios.

[8] Cuando uno anda en la barahúnda del pensamiento, sólo la experiencia te
hace darte cuenta que el pensamiento o la imaginación no es el entendimiento.

[NP] El entendimiento es una de las potencias del alma, junto a la memoria y la
voluntad, según la tradición cristiana. El pensamiento alborota y nos desata en
asuntos domésticos. Generan un ruido muy desagradable para lo que nos ocupa,
que es escuchar a Dios.

[9] Por falta de saber, el alma sufre mucho y anda despistada, engañada y
alucinada. Como quiera que no nos imaginamos qué hay que saber más, ni
sabemos qué hay que preguntar, parece que todo se encierra en nuestra propia
industria.

Mucha gente se queja de los trabajos interiores, y vienen las melancolías y
desesperan porque piensan haber llegado a un muro insuperable.

La situación es esta: el alma es el Castillo que alberga a Dios en su Séptima
Morada, pero el pensamiento está entretenido en los miles de negocios, trabajos y
esfuerzos inútiles que suceden en los arrabales y primeras moradas, “padeciendo
con mil bestias fieras y ponzoñosas, y mereciendo con este padecer”.

[10] Explicar todo esto genera en el seso como un río caudaloso, se lamenta
Teresa, porque a penas encuentra formas de explicar todo esto. Y plega a Dios se
acuerde en las moradas superiores explicar todo esto, que aquí no viene bien.

[11] No obstante esto, “si en lo superior de la cabeza está lo superior del alma
¿cómo no la turba? No hemos de turbarnos por los pensamientos, que en este
camino serán como las últimas luces de la ciudad que dejemos atrás, hasta que
sólo quede un lejano resplandor en medio de la noche que se nos avecina.

[12] Es igual que el comer y dormir, necesarios en este mundo. Igual es el
pensamiento.

[NP] Pero la oración es otro plano de la realidad donde ni el comer ni el dormir es
necesario, ni tampoco el pensamiento.

[13] No se inquiete el corazón por sentir el enredo del pensamiento, no dejando de
obrar la voluntad y el entendimiento.

[14] Ni sienta culpa. Es natural y humano, en esperar que Dios tenga a bien
darnos luz.

Capítulo segundo: de la consolación sin desearla.

[1] Los consuelos del alma envuelta en pasiones traen más desasosiego que
serenidad. Hay personas que les aprieta el pecho o sufren temblores o sangrados
de nariz.

[2] Los gustos de Dios son de muy otra manera, como podrá comprobar aquel que
los haya probado. Son como dos fuentes con dos pilas llenas de agua.

[3] Las dos pilas se hinchan de agua de diferente manera. El agua de una viene de
lejos por muchos acueductos y artificios. El otro yace del mismo manantial, y
rebosa sin ruido alguno. Al rebosar nace un arroyuelo sin necesidad de artificio. El
agua siempre brota de allí.

[4] El agua que procede de los arcaduces es la que se obtiene por la meditación,
ya que se traen a base de pensamientos, imágenes y alegorías. El artificio que
precisa es ruidoso.

El pilón del manantial recibe el agua de la fuente que es Dios. El efecto de esta
agua es la paz interior, el silencio, la quietud, la suavidad de lo muy interior.

El rebosadero resulta en un arroyo que todo lo inunda y lo nutre. Y así el agua
baja por todas las moradas de dentro a fuera, hasta llegar al cuerpo. Así que
comienza en Dios, acaba en el cuerpo, creado en todo nuestro ser una extraña
paz.

[5] Nace esta agua de algo más profundo que el propio corazón, pero lo ensancha.

Estos son secretos tan muy profundos del alma – exclama Teresa-, que a veces
“me espantan”.

[6] El alma recibe esta agua sin comprender. Percibe una fragancia desde lo más
profundo. No se ve la lumbre, pero se percibe claramente su aroma. Aquí las
potencias no están unidas, sino espantadas sobre qué será aquello.

[8] La voluntad de alma comienza a unirse, a rendirse a la de Dios, y sus efectos
comienzan a ser patentes, si no se torna atrás.

[10] Después de hacer el ejercicio de humildad en las moradas pasadas, por esta
se deja vencer al Señor a cuanto de Él queremos.

Y el primer efecto es la gran merced del silencio interior. Pero no penséis –avisa
Teresa- que en esto tenemos gran merecimiento, que el Señor nos lo regala
gratis. No es pago a nada que hayamos podido hacer.

Primero, pues, recibimos estas mercedes porque Dios quiere y nosotros no
merecemos.

Segundo, descartemos absolutamente que nuestro esfuerzo nos llevará a alguna
parte, que no sea el reconocimiento humano, en su caso (y como los fariseos que
gustan en ser vistos para que se asombren de su virtud los demás).

Tercero, surge un gran deseo de imitar a nuestro Señor en las alegrías y en los
padecimientos.

Cuarto, porque es un don gratuito del Señor y sabe lo que nos conviene y quién le
ama de verdad.

Quinta, esta agua no viene de arcaduces, así que es inútil cansarse.

“Ansí” que no por mucho meditar y cansarnos vamos a crecer un palmo de
estatura, que el Agua viva la da Dios porque quiere, gratuitamente a aquellos que
la desean.

[NP] No nos enojemos por no recibir lo que creemos justo, como lo explica Jesús
en la parábola de los obreros que tanto si trabajaron todo el día como si lo hicieron
sólo una hora, recibieron en ambos caso un denario. Porque Dios hace con lo
suyo lo que considera justo y conveniente.

Aquí comienza a darse cuenta ya el alma de qué va esto, y que tanto menos se
reconozca merecedora de nada, cuanto más recibe de Dios las mercedes de
modo gratuito. Es aquí donde comienza a darse cuenta del cambio absoluto de
paradigma que supone recorrer los senderos de la Vida Interior. Tanto nos han
educado para luchar por nosotros mismos, por desarrollar nuestras capacidades,
nuestra autonomía, nuestros recursos mentales y nuestras habilidades; tanto nos
han obligado a estrujar todos nuestros recursos, que ahora… ¿resulta que no
hacen falta?

Incluso Nuestro Señor nos impulsa a explotar nuestros talentos, pues el dueño de
la hacienda, ya sabemos lo que le hizo a aquel que guardó el único que recibió
bajo tierra. ¿Cómo entonces se nos da a entender que lo que hagamos no vale
nada?

Inútil es explicar esto, pues poco alcanza a entender el entendimiento, que lo que
Dios quiere es que nos esforcemos en “dejarle obrar en nosotros”, para que esos
talentos realmente den su fruto. Porque cada talento tiene su función y objetivo, y
no podemos arriesgarnos a derrocharlos en apetencias de una voluntad débil,
como lo hizo el hijo pródigo.

Pero no pasa nada por no entender estas cosas todavía.

Sigamos.

Capítulo tercero: de la oración de recogimiento.

[NP] Comienza aquí Teresa a explicar los tipos de oración más importantes, más
allá de los rezos y la meditación. Habla de la oración de recogimiento, para en
postreras moradas hablar de la oración de unión y de quietud.

[1] El recogimiento es sobrenatural, porque no consiste en estar oscuro, cerrar los
ojos, ni en cosa exterior aunque sea esta actitud de recogimiento la que se adopta
sin querer. Se desea soledad, y así, sin artificios se va labrando el edificio para la
oración de recogimiento.
Aquí los sentidos exteriores van perdiendo su derecho a participar, porque el alma
va cobrando, recuperando, los sentidos interiores, que tenía perdidos o dormidos.

[2] El alma entra ahora dentro de sí o se sube sobre sí.

[3] El tema no es imaginar a Dios dentro de mí. Esto es meditación, que ya pasó.
Sucede como si Dios con un silbido, subido a la atalaya del castillo, hubiera
atraído a las gentes y estas hubieran entrado.

Estas cosas pasan en aquellos que van dando de mano las cosas del mundo.

[4] La disposición está en escuchar, sin discurrir, sin reflexionar, sino estar atento
a ver qué obra Dios en el alma.

[5] Teresa da ahora una serie de razones para el recogimiento:

La primera es que en estas cosas del Espíritu hace más quien menos piensa y
razona. Hemos de presentarnos ante Su Majestad como pobres de espíritu,
necesitados y menesterosos, que pordiosean la caridad del Señor del Castillo, y
esperar con humildad.

Cuando entendamos que nos oye, es bien callar, pues el pensamiento estorba
durante la recepción.

Si no lo entendemos, no se agite nuestro corazón, que “Él sabe bien lo que nos
cumple.” No hay industria humana en las cosas de Dios.

[6] La segunda razón la da Teresa en ser conscientes de que estas obras
interiores son suaves y pacíficas, y cualquier intervención nuestra lo fastidia.

[NP] Es como la torpe intervención del aprendiz durante los trabajos que sólo el
maestro sabe hacer.

[7] La tercera razón la centra Teresa en saber que el mismo cuidado de no pensar
es el que provoca el pensamiento.

[NP] La moderna psicología esto lo sabe, e incide en que los pensamientos han de
ser siempre de carácter proactivos, no en contra de nada. No hemos de luchar
contra la violencia, sino trabajar por la paz. Los mensajes “no” son ignorados por
el pensamiento, de modo que si me fuerzo en “no” pensar, pensaré. Si me
esfuerzo en “no” juzgar a mi hermano, le juzgaré. Es por eso que los
mandamientos de la Ley de Moisés son antiguos y están superados por el único
mandamiento nuevo que es el paradigma de la pro actividad “Amar”, porque en su
mayor parte aquellos lanzan mensajes “no”, prohibitivos: “no” matar, “no” cometer
actos impuros, “no” robar, “no” calumniar, “no” tener pensamientos impuros y “no”
codiciar. El pobre San Antonio se tiró toda su vida retirada tratando de “no” tener
pensamientos impuros y desviados. Lo pasó bastante mal, el pobre, y además, ha
sido objeto de muchas obras pictóricas que reflejan sus tormentos ante sus
imaginaciones de elevado contenido erótico, entre ellas, las más famosas, el
tríptico del Bosco y el cuadro de Salvador Dalí.
Es por ello que no debemos forzarnos en no pensar, sino, como dice Consuelo
Martín, mirar cómo las hojas caen de los árboles, o cómo las olas rompen en la
playa y se retiran.

[8] La agradable a Dios es su Gloria y olvidarnos de nosotros mismos. Cuando
Dios quiere que el entendimiento cese, lo ocupa con su propia luz, tal que lo deja
absorto. Entonces la Sabiduría nos alcanza y nuestra consciencia iluminada se
ensancha.

En estas circunstancias el alma no ha de hacer nada, que ninguna fuerza ni ruido
turbe la paz interior que Dios derrama.

¡Está delante de Dios!

Si le sobrecoge esta Presencia, enhorabuena, más no procure entender. Deje el
alma gozar sin ninguna industria, excepto alguna palabra o gemido amoroso.

[9] La oración de recogimiento tiene el asombroso efecto de ensanchar el alma. Se
nota esto en que “ya no está atada como antes en las cosas del servicio a Dios,
sino con mucha más anchura”. Desaparece el temor al infierno, pues se siente
plenamente redimida, perdonada. Ya no es necesario hacer penitencia hasta la
mortificación, pues todo lo puede en Aquel que le conforta. El temor a los trabajos
va más templado; ni el temor a las tribulaciones permanece.

[NP] Todo está bien. Sucede lo que ha de suceder, tanto lo positivo como la
adversidad, porque todo lo que sucede es su Voluntad.

[10] Pero en este estado se puede ofender a Dios, pues el alma aún no está
“criada”. Está como un niño en fase de lactancia, y no se puede apartar de sus
pechos.

Por eso, con todo, el alma, como las vírgenes prudentes, debe estar en vela y
vigilante, que no por sentirse serena y protegida, puede disminuir la intensidad de
la oración, que es su pan espiritual cotidiano.

El demonio se esforzará mucho más en tentar a estas almas, que a las
superficiales.

[NP] De los temores está la religión llena. Se nos ha educado en la tradición
cristiana en el temor al infierno, al pecado, hasta el extremo de provocar actitudes
paralizantes. Estos son uno de los excesos eclesiásticos que tanto ha desvirtuado
el mensaje evangélico y tantos traumas psicológicos y espirituales han generado,
y tanto rechazo a todo lo religioso. Sin embargo, descartado el pánico y el temor a
un “Dios eternamente enojado” como dice un torpe y lamentable verso de un
cantico de misa, el “temor de Dios” es considerado por la tradición cristiana como
un don del Espíritu Santo, en el sentido de temer volver a las andadas y de
anteponer nuestra voluntad a la suya. No es tanto temor a la ira incontrolada de
Dios, como la que generó el diluvio o la destrucción de Sodoma y Gomorra, como
a las consecuencias de alejarnos por nuestra torpeza de Él, que en este caso,
como el Padre bueno de la parábola, no podrá hacer nada para evitarnos el
sufrimiento que nosotros mismos nos infringiremos en aquel país venido a menos.

Moradas quintas

Capítulo primero: cómo en la oración el alma se une a Dios

[NP] En las moradas quintas comienzan ya a aparecer episodios que se salen de
las experiencias religiosas habituales. En expresión de Teresa, aparecen tesoros y
deleites, y ninguna comparación con cosa terrena se puede hacer, que el
entendimiento logre entender ni siquiera imaginar. En concreto describe el primer
encuentro cara a cara con Dios, como un súbito fogonazo de luz.

[2] Llegar a las puertas de las quintas moradas ya supone harta misericordia por
parte de Su Majestad, que muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

[3] Y por parte del alma, ya es trabajo grande aceptar y consentir a Dios dejar
hacer para empujarnos a las altas estancias del Castillo.

[4] El alma ha de aceptar aquí, sin resquicio de duda, el tremendo desafío del
Maestro: “ve, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, toma tu cruz y
sígueme”.

Aquí es menester con artificio suspender el pensamiento. Porque Dios quiere y de
modo gratuito y sin merecimiento por el alma, se produce un “arrancamiento del
alma” de todas las operaciones que puede tener estando en el cuerpo. Es un
estado de estasis total.

Todo se detiene. De manera que parece que ya no le queda “vida por resolgar”. (el
término actual es resollar: salir, aliviarse de los trabajos, respirar profunda tras un
esfuerzo). Quisiera el entendimiento saber qué pasa pero no puede No llegan sus
fuerzas a esto. No siente el alma al cuerpo, tal que parece desmayado, si no
muerto. Vendido está todo.

[5] Al alma le queda la duda de qué fue aquello que vivió; queda con muchas
dudas. Y es buena la sospecha porque aún aquí alguna lagartijilla puede colarse.
Como ángel de luz el demonio puede intentar engañarnos con algún que otro
trampantojo. En su caso, todo es obra de la imaginación que no permite quedarse
en paz y todo lo confunde.

No obstante, nada hay de lo falso, que se mida con las mercedes de Dios, ni
lagartijillas, ni demonios, ni pensamientos.

[8] El recuerdo que le queda al alma de aquel arrebato es imborrable. Y sin
embargo, lo ve y entiende, sin verlo ni entenderlo. No ve el arrebato en el
momento. Es después, una vez pasado, que lo ve claro. Es una certeza absoluta.
No se explica, no se entiende, pero es así.

[NP] Teresa a veces se desespera porque no sabe cómo explicar todo esto. Le
faltan palabras, pero hace lo que puede para que al menos, los que pudieran
haber tenido experiencia, sino iguales, al menos algo parecidas, la puedan
comprender. Por lo demás, recuerda en el Libro de su vida, cómo cuando cayó
lamentablemente una de las copias de su autobiografía en manos de la Princesa
de Éboli,
como con saña se mofaba de la descripción de estos fenómenos místicos,
ridiculizándola como si estuviera mentalmente trastornada.

[12] No busquemos razones. Es inútil. Sólo sucede. El alma no hace nada. Es
como en el cantar de los cantares: “Llevome Dios a la interior bodega”.

Condúcenos a la interior bodega
Donde la vida en Dios es transformada
Donde la fe se ilumina y se sosiega
Donde la muerte es vida renovada
(Himno a San Juan de la Cruz)

Capítulo segundo: de la oración de unión.

[NP] Compara aquí Teresa la evolución del alma con la metamorfosis del gusano
de seda. Es una de sus comparaciones más bellas y conocidas, la de la “blanca y
graciosa mariposilla”.

[1] “Pareceros ha que ya está todo dicho lo que hay que ver en esta Morada, y
falta mucho, porque, como dije, hay más y menos. Cuanto a lo que es unión, no
creo saber decir más; mas cuando el alma, a quien Dios hace estas mercedes, se
dispone, hay muchas cosa que decir de lo que el Señor obra en ellas; algunas
diré, y de la manera que queda. Para darlo mejor a entender, me quiero
aprovechar de una comparación que es buena para este fin; y también para que
veamos cómo, anque en esta obra que hace el Señor no podemos hacer nada
más, para que su Majestad nos haga esta merced, podemos hacer mucho
dispuniéndonos.”

[2] “Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda, que sólo Él pudo
hacer semejante invención”…

Y comienza la comparación. De cómo con las hojas del moral los gusanos hacen
las hiladuras de seda forjando unos capuchillos muy apretados, de donde este
gusano se transforma en una “mariposilla blanca muy graciosa”.

[5] El pobre gusanillo pierde la vida en tal demanda. La casa de seda es Cristo,
nuestra morada. El trabajo nuestro no es hacer y poner, sino en quitar, dejar sitio,
para que Él habite en nosotros.

[8] El arrebato vivido [anterior capítulo] es la eclosión de la mariposilla blanca, que
desasosegada, no sabe dónde posarse, porque todo en esta tierra se torna
extraña para ella. Ya no tiene nada en obras que hacía siendo gusano.

Todo le cansa, porque el verdadero descanso no se lo dan ya las criaturas. Pero
su descanso aquí no llega, que queda mucho por vivir.

[9] Hay cruz mientras vivimos. Más hay paz, que no descanso.

Del mismo descontento que dan las cosas de este mundo nace un deseo penoso
de salir de él. Que sólo se tolera por el hecho de saber que es la voluntad de Dios
que sigamos aquí por algún tiempo.

También al alma le da pena cómo viven desorientados y perdidos sus hermanos
los hombres.

[NP] Aunque no lo refiere en el texto de las moradas, es en esta fase cuando
comienza a aplicar el sentimiento de querer salir de este mundo, que lo expresa
magistralmente en sus cuartetos “muero porque no muero”.

[12] Metida por Dios el alma en la bodega y el Gran Amor la tiene tan rendida, que
no sabe ni quiere más de que haga Dios lo que quisiera de ella. Quiere Dios que,
sin ella entenderlo, salga de allí, sellada con su sello.

Capítulo tercero: Amor al prójimo.

[NP] Exhorta Teresa a sus monjas a que las mercedes recibidas de Dios, no sólo
aproveche a las que tienen la dicha de recibirlas, sino a otros.

[1] “Digo que echa la simiente, porque tengo para mí que quiere Dios que no sea
dada en balde una merced tan grande, sino que ya no se aprovecha de ella para
sí, aproveche a otros”.

Que si no, “ya podría yo dejar quemarme vivo, si no tengo amor, de nada sirve”.

[5] El gusano de seda ha de morir para que salga la mariposa.

[NP] Es la negación de uno mismo. De modo recurrente aparece el elemento
absolutamente fundamental de la Vida Interior, la muerte del “yo”, la negación de
uno mismo, pasar de soy yo quien vive a “no ser yo quien vive, sino Cristo quien
vive en mi”. De verdad que no vivir este estado de desapego de uno mismo es la
gran e infranqueable barrera donde toda persona bien intencionada (como el joven
rico) se estrella, sin posibilidad de poder seguir adelante. Por eso el Maestro habla
de puerta estrecha, porque nuestra inflada autoestima se comporta como una
persona tan con sobrepeso, que es imposible que su autocomplaciente barriga
consiga atravesar el pórtico.

Es por eso que Teresa sentencia que de no entregar la propia vida al servicio de
los demás, “no hay asunto”.

Las mercedes de Dios no son tales en el alma que no ama a su hermano, tanto
más cuanto Más le necesite.

Capítulo cuarto: del riesgo de retroceder.

[NP] Teresa comienza aquí a comparar la relación del alma con Dios, con el
proceso del amor humano, que va desde el primer conocimiento y acuerdo de
relación, para seguir con los desposorios espirituales y concluir con el matrimonio
espiritual. En estas comparaciones, ahora en vez de referirse a la mariposilla, la
convierte en palomica de altos vuelos [claro que la mariposilla no muestra estas
prestaciones aeronáuticas]. A veces le pasan estas cosas, que no se acuerda
cómo lo escribió y no está el asunto para releer lo escrito. Claro, que como ella
creía que escribía para sus hermanas, todo quedaba en casa:

…”plega a Dios se me acuerde u tenga lugar de escribirlo, porque han pasado casi
cinco meses desde que lo comencé hasta ahora, y como la cabeza no está para
tornarlo a leer, todo debe ir desbaratado, y por ventura dicho algunas cosas dos
veces. Como es para mis hermanas, poco va en ello”.

[4] Y lo primero vivido en este nivel de relación, será el encuentro y lo sentido en
Él, que ni en mil años lo entendería, y aquí lo “entiende en brevísimo tiempo”.

Mas como es tal el Esposo, de sola aquella vista, deja al alma más digna de que
vengan a dar las manos, porque el alma queda tan enamorada que hace de su
parte lo que puede para que no se desconcierte este divino desposorio.

Mas si el alma se descuida en poner su afición en cosa que no sea Él, “piérdelo
todo”.

[5] Porque aún en estas moradas quintas no está el alma libre de tentación, ni de
no caer en ella.

[NP] Se podría decir que en este primer encuentro cara a cara, el alma
experimenta “el flechazo”. No fue más que una vista, un fogonazo de luz, con el
que el alma quedó flasheada y con gran turbación.

En este momento, tras la confusión de lo vivido, el alma puede ser engañada por
el demonio, en una de las últimas oportunidades que tiene, según Teresa, de
poder hacerlo.

El riesgo estriba, como siempre, en creer qye en algo el alma merece tal regalo;
que acaso es recompensada por su esfuerzo, y lo peor, que se vanaglorie de ello,
creyéndose por tan gran merced, superior a los demás.

Y como siempre, el mejor indicador es la humildad con que recibe tal merced,
reconociendo las maravillas de Dios, pero como regalo gratuito, no merecido;
antes bien, buscando siempre ser la menor entre los hermanos y hermanas.

La vanagloria es radicalmente incompatible con los desposorios espirituales.

[10] En suma, que el alma que ha pretendido “ser esposa del mesmo Dios,
tratándose ya con Su Majestad y llegando a los términos que queda dicho, no ha
de echarse a dormir.”

Moradas sextas

Capítulo primero: el tormento y el éxtasis

[1] El alma, con esta primera experiencia referida en las moradas quintas ha
quedado herida del Amor del Esposo. Desea la soledad. Aquella visión del
Encuentro, ha quedado tan a fuego grabada, que sólo desea recordarla y tornar a
ella.

En esta oración de quietud no se ve nada. El alma ya no desea otra cosa que el
desposorio, pero el Esposo espera a que el alma desee más si cabe.

[NP] Teresa habla aquí de un problema serio en este estado, cual es la
incomprensión por parte de todos los que le rodean. En un lenguaje castellano un
tanto confuso, creo, viene a decir cómo el alma así recibe mofa e incomprensión
de los demás, sobre todo de los sacerdotes.



[3] El alma comienza a perder amigos, que la tachan de enferma, neurótica y
merecedora de ser confinada en una casa de locos.

Y lo más problemático para ella es la incomprensión de los propios sacerdotes y
confesores, que dejan de comprenderla, porque lo que ella experimenta en su
interior no viene en los libros de teologías y de doctrinas eclesiásticas.

[5] Por otra parte el alma, poco tiempo atrás, sumida en una vida normal de
pecado, recibe tanto sin merecerlo, que no entiende por qué a ella le suceden
estas cosas. Y nadie es capaz de explicárselo, porque nadie las ha vivido. Sólo si
el alma se deja amar por Él, será capaz de comprender la gratuidad del regalo
recibido.

[6] Estas y otras razones que Teresa explica, suaviza la pena y desconcierto que
el alma experimenta, al punto que coge más cariño y ternura por aquellos que la
critican, que por los que la ensalzan.

[7] Es frecuente en este estado padecer enfermedades incluso bastante serias,
con dolores agudos. Dice la Santa que a mayores pecados en la vida pasada,
mayor sufrimiento en las moradas sextas, tanto de tipo físico como espiritual, que
bien lo merece por haber sido salvada del merecido infierno.

[8] Pero si los trabajos exteriores son duros, los interiores son aún más duros. De
los más molestos están el tener un confesor ni iniciado y que por tanto no sabe
aconsejar y sólo sabe generar dudas y temores en el alma, que bastante ansiosa
está ya la pobre, por todos estos fenómenos que experimenta.

El alma acude temerosa al confesor como a un juez que sabe le va a condenar.

Si a esto le sobreviene una época de sequedad, el tormento del alma puede ser
insufrible.

[9] Ningún remedio hay en esta tempestad.

[10] Sólo queda aguardar la misericordia del Señor, que en un instante puede
hacer amainar la tempestad y tornar el huracán en día apacible y fuente del mayor
consuelo.

Teresa advierte que estas penas no son castigo, sino la forma en que el alma “al
ver que todas las almas con las que se podía defender le parece que las ve en
manos de su contrario”. Así reconoce su infinita debilidad y que su vida sólo
depende d la misericordia de Dios.

[13] Lo realmente duro es resistir este trance sin enloquecer, “porque si rezas es
como si no rezase”. No vale la oración vocal ni mental. No vale nada, ni el silencio,
ni peor aún, las compañías.

Vuelve aquí Teresa a no saber cómo explicar todas estas cosas “¿Es verdad que
sabré decir lo que ha?, que con este desabrimiento no sabré ponerle nombre a lo
que sucede”.

El mejor remedio, no para quitar el tormento, sino para poderlo sufrir, es volcarse
en el amor a los demás, y amarles hasta el extremo, con locura, dando el todo por
el todo. Que así se entiende el mandamiento que nos dio el Señor. Y esperar su
respuesta pacientemente.

Capítulo segundo: el despertar del alma.

[1] Estos trabajos y tormentos no son sino las turbulencias que no hacen otra cosa
que elevar la palomica a más altos vuelos.

Poco a poco el alma va despertando con otras mercedes que el Señor intercala en
medio de la tormenta, tales como deleites, consolaciones de una belleza tal que le
resultan a Teresa imposibles de describirlos, “a manera de una cometa que pasa
de presto”. Que el alma sí sabe que viene de Dios. Se queja sin dolor. Siente
herida sin herida, ni atina quién le hirió, ni quisiera sanar de aquella herida.
“Quéjase con palabras de amor aún exteriores, que más le satisface este dolor no
doloroso que el embelesamiento de la oración de quietud”.

[2-3] Es tan indescriptible la sensación, que Teresa no encuentra ningún símil que
pudiera aproximarse ni de lejos a lo que experimenta el alma.

Se siente herida y nota cómo le es extraída la saeta (flecha), que parece, cuando
sucede que el alma sale tras ella, arrancada de cuajo del cuerpo.

[4] Es como brasero del que saltan centellas que impactan en el alma y la queman
sin abrasar. Se apaga la centella y el alma desearía que no fuera así y le saltara
otra.

[5] La forma de saber dónde se encuentra un alma en este proceso es comprender
por experiencia propia todo esto, o sólo imaginar como si otro se lo contara, pero
ella no lo ha vivido.

[6] A Teresa le preocupa aquí y en otros pasajes de las moradas, saber
discriminar si los deleites vienen de Dios o del demonio, que al parecer, vestido de
“ángel de luz” es capaz de meterse hasta muy arriba, y dice lo siguiente:

“Jamás sabe el demonio dar pena sabrosa.”
“Sabe dar deleite, pero no pena y con tanta quietud y gusto del alma.”
“Todos sus poderes son sensuales y de “adefueras”, y sus penas no son con paz,
sino con desasosiego e inquietud.

[7] Y algo muy importante, el alma con los deleites del demonio no desea amar a
los demás. Es una experiencia que tras haberla sentido, deja un regusto de
amargura muy desabrido.

[9] Queda pues descartada la acción del demonio en el despertar del alma, que de
súbito experimenta los deleites referidos anteriormente, con dolor no doloroso, con
pena sin pena, que deja el alma sosegada y llena de paz interior.

Capítulo tercero: de cómo Dios habla con el alma.

[1] Otra forma tiene Dios de despertar el alma, aunque más peligrosa. Es
hablándole. Son voces que a veces parece que vienen de fuera, y otras de lo más
profundo.

[2] A veces pueden parecer antojos de la propia alma, y así dice Teresa que hay
que considerarlas. Ella misma afirma que escuchar voces en el interior es propio
de mentes enfermas.

[NP] Esta forma de manifestación divina es de lo más comprometedor que le
puede suceder a una persona, pues como afirma el protagonista de la serie de TV.
House, quien habla con Dios es un creyente, pero quien oye a Dios es un
psicópata.

[3] ¿Cómo entonces reconocer la voz de Dios? Dios con voz real, se manifiesta en
un alma de elevado estado de oración, con larga trayectoria en el Camino, y
además su actitud será siempre para bien dl alma y de las demás. Dios no habla
desvaríos.

[4] No es reprobable en principio no dar crédito, porque con todo, es difícil concluir
que no es fábrica del demonio ni de la imaginación de una mente enferma. Por
eso Teresa avisa que todo el bien está en cómo se aprovechan esas palabras y
sean conforme al Evangelio.

[5] “No tengas pena”. “Soy Yo, no hayas miedo”. Con estas palabras escuchadas,
el alma queda en infinita paz. No hay duda de que es Dios quien habla.

[6] El alma así despertada, queda en gran quietud y recogimiento, devoto y
pacífico, dispuesta a alabar al Señor.

[7] La tercera señal es que la voz de Dios y us palabras no pasan de la memoria
jamás, como puede suceder con una frase escuchada de otra fuente.

[8] Aunque incluso los más letrados confesores digan que es disparate, el alma
quédale certeza total de que ha sido Él. No hay duda del prodigio, sino muchísima
paz y ganas infinitas de alabar a Dios.

[9-10] Si las voces son de la imaginación, ninguna de estas señales hay, ni
sensación de gran paz, ni gusto interior.

[11] Si la voz manda u obliga a negocios con terceros, muchísimo cuidado, pues
Dios no obra así. Es necesario consultar al confesor, tanto más cuanto la acción
pudiera entrañar peligro. Para sí o para otras personas.

[12-14] La imaginación compone lo que ella misma quiere que la digan, poco a
poco.

[15] Una sola palabra de Dios expresa anto, que no requiere discurso, lo que sí
precisa la imaginación.

[16] Y el significado de Dios va mucho más allá de la propia palabra. La voz de
Dios no deja duda; cualquier otra fábrica deja inquietud y sospecha, así como
desasosiego.

[18] Tan equívoco es escuchar lo que no viene de Él, como desatender lo que de
Él viene. Y que nadie piense que a el, ella, no le ha de suceder.

En suma, la voz de Dios es serena, e incita siempre a amar, y eso el alma que
escucha bien lo sabe.

Capítulo cuarto: el arrobamiento del alma en oración.

[1] Todo es para desear gozar más con el Esposo.

[2] Es menester desear más de lo que se piensa, pues nuestro natural es muy
tímido y bajo para tan gran cosa.

Para concluir los desposorios espirituales, el Señor da arrobamientos que saca el
alma de sus sentidos, porque si estando en ellos, se viera el alma delante del
Señor, su presencia sería imposible de resistir y quedar con vida.

Es arrobamiento, que no flaqueza de mujer.

[3] Aunque parezca arrobamiento o desmayo, en estas, el alma no ha estado tan
despierta nunca más que ahora para las cosas de Dios.

[4] Sin embargo, las potencias están absortas y los sentidos físicos muertos. Nada
de lo que sucede en las moradas sextas y séptimas es natural. Se podrían juntar
las dos, pues no hay puertas entrambas, pero las separo, porque en la séptima
suceden cosas diferentes.

[5] En este estado de suspensión, el alma recibe revelaciones y visiones que
quedarán siempre fijas en la memoria. Las hay inexplicables e incomprensibles
para los humanos, tal que no se pueden ni contar a riesgo de que te tachen de
loca. Teresa las denomina “visiones intelectuales”.

[6-7] No se pueden buscar razones para entender las cosas ocultas de Dios.

[8] Un ejemplo para poder siquiera imaginar esto es algo así como si se entrara en
el camarín de un rey con innumerables géneros de oro, vidrios, cerámicas y
piedras preciosas. Es tanto lo que hay que ver y de tan grande valor que al final
todo se olvida. Es tal el impacto y la fascinación, que al salir, sólo puedes decir
que lo viste, pero no sabes qué en concreto. El ejemplo lo refiere Teresa a cuando
fue recibida por la duquesa de Alba en su mansión; algo así le sucedió.

Así, cuando Dios somete al alma a un arrobamiento, visión o éxtasis, tanto ve
esta, que lo único que recuerda es el esplendor infinito de lo que vio.

[10] Si amáramos como Él nos ama, nos daría todas estas mercedes.

[13] El cuerpo con el alma en éxtasis queda como muerto, pues el Señor le cierra
todas las puertas y ventanas en ese momento.

[14] Después de ese trance, el alma queda tan absorta y enajenada, que el
entendimiento queda sin posibilidad de volver plenamente en sí durante días.

[15]Cuando torna del todo en sí, sólo desearía permanecer en oración. Siente
insuficiente todo cuanto hace por amor a Dios.

[16] En esta actitud no hay falta de humildad. Es Dios el que desea que todos
sepan que esta alma es ya suya.

Capítulo quinto: de cuando Dios levanta el alma.

[1] Otro fenómeno místico que puede experimentar el alma es el “vuelco” que
siente como un movimiento de elevación muy rápido y vertiginoso. No sabe a
dónde va.

[2] No hay forma de detenerlo.

[3] Ni una nave es capaz de domar este mar impetuoso.

[7] No puede saber el alma si está o no en el cuerpo. Siente como si estuviera en
un lugar jamás imaginado. Y en un instante El Señor le muestra tantas cosas
como jamás antes pudo imaginar.

Dice Teresa que esto no es visión intelectual, sino contemplación que se ve sólo
con los ojos del alma.

[8] Aunque no sea intelectual, el alma es plenamente consciente de estas visiones.

Capítulo sexto: de otras mercedes de Dios.

[1] El alma tras estos fenómenos místicos queda con harto tormento, aunque
pacífico, pues tiene ganas de morir y pide a Dios le saque de este destierro.

Todo le cansa. No se hace a seguir aquí. No acaba la mariposa de hallar su
asiento.

En esta morada, estos fenómenos de arrobamiento son frecuentes, y aún en
público, lo que supone una situación muy incómoda y embarazosa.

[2] El alma recibe críticas y severos aviso de peligros por parte de los confesores.

[3] Tiende también a obsesionarse con no desagradar a Dios, tal que quisiera irse
al desierto para no caer en tentación alguna. Pero también desea estar en el
mundo para convertir a muchos.

[4] Se siente atada por muchas cadenas. Implora a Dios para que la libere.

[5] “No sé por qué he dicho esto”. Éste es el efecto de quedar el alma suspendida
entre el cielo y la tierra. No son deseos que pasan, sino que se viven en
permanente tiempo presente. Se siente frágil y cobarde, atemorizada ante
semejante iluminación.
La presencia y visión directa de Dios es pues, según Teresa, tan insoportable para
el alma, como para nuestros ojos la visión directa del Sol.

[6] Grandes son los deseos de ver a Dios, pero más se vive en el deseo que es
tan fuerte que obsesiona.

[7] El alma se vuelve muy emotiva y con suma facilidad rompe en lágrimas. Sin
embargo, hasta en corazones recios como el de Teresa, reconoce ella, que es
inevitable.

[10] Entre estos trabajos, de vez en cuando otorga Dios al alma “algunos júbilos” y
oración extraña, que no sabe bien qué es. Goza y disfruta sin saber muy bien por
qué. Es algarabía que quisiera el alma compartir y que todos entendieran su gozo.
No lo puede disimular. Tiene ganas de gritar, de alabar a Dios como le pasaba a
Francisco de Asis.

[12] “Anda uno casi como otro que ha bebido” que aunque conserve el seso, no
sale de su pensamiento en aquel que le conforta tan grandemente.

Capítulo séptimo: del poco aprecio de uno mismo.

[1] Puede parecer que llegados a estas alturas, el alma no ha de pensar en sus
pecados. Pues es un gran engaño, dado que tanto más duelen los fallos y
pecados cuanto más cercanos estamos de Dios.

[2] Además, tanto más se recibe de Dios, cuanto más ingratitud siente el alma por
sí misma por ofenderle. Así, el más mínimo fallo se ve como gran ofensa que
parécela una pesadísima cruz.

[3] Así, parécele al alma que las suyas son las mayores ofensas que el ser
humano puede cometer. Y el temor que acaece es el de verse dejados de la mano
de Dios por sus ofensas.

[7] El alma que ha gozado de la contemplación perfecta, quisiera siempre estar
así. Y no puede ser. Paradójicamente, queda en un estado sorprendentemente
inhabilitado para la meditación. No puede centrarse en nada espiritual, ni en los
misterios de la Pasión.

[8] El alma desearía emplearse en el Amor, pero parece que no tiene fuerzas por
sí misma, sino es porque Dios se la da. Quisiera amar, pero siente que n o puede,
y Dios no la ampara. Así que se siente seca y desolada por ello.

[9] Así, el alma que una vez goza de la merced de Dios y no la siente, como refleja
el Cantar de los cantares, ha de preguntar a las criaturas a ver si por los sotos ha
pasado, en vez de quedarse boba esperando.

¡Oh bosques y espesuras
Plantadas por las manos del Amado!
¡Oh prado de verduras,
De flores esmaltado!
¡Decid si por vosotros ha pasado!

Esta es la estrofa para la canción cuarte del Cántico espiritual de San Juan de la
Cruz, donde expresa este ansioso deseo.

[10] Teresa llama meditación al discurrir mucho con el entendimiento, pensando
en los misterios de la vida de Cristo o en las mercedes de Dios. Ver a Cristo bajo
el peso de la cruz da para meditar muchas horas y muchos días.

[12] Si de aquí dejara Dios al alma en suspenso, bendito sea Su Majestad.

[13] “No se me embeban las almas que quisieran gozar permanentemente de las
mercedes de Dios” que larga es la vida y hay mucho trabajo que hacer.

[15] No obstante, el alma se encuentra como un ave que no encuentra lugar dónde
posarse.

Capítulo octavo: de los aparecimientos.

[NP] Continúa teresa describiendo como puede los fenómenos místicos
extraordinarios que experimenta el alma que llega a semejantes alturas en la
oración. Son fenómenos absolutamente impredecibles y fuera de toda lógica; tanto
que como ella afirma en varias ocasiones, vano es pretender explicarlo a personas
(sacerdotes incluidos) que no estén experimentadas en la vida interior, porque el
efecto literal es igual que el de darle perlas a los cerdos, las pisotean y se
revuelven contra ellas, tachándolas de locura y demencia.

[1] Pero volviendo a lo nuestro, cuanto más adelante va el alma, más cerca se
siente de Dios y acompañada de Jesús. Y es que aunque quisiera, no podría
caminar sin Él.

Y se le muestra, además de con los fenómenos descritos, con llas visiones
admirables que Teresa denomina “aparecimientos”.

[2] Son visiones de Dios al alma, que acaecen estando ésta descuidada, sin haber
pensado jamás en merecerlas. Y sienten intensamente en su intimidad a Jesús,
aunque no le ven con los ojos del cuerpo, ni del alma. Las denomina visiones
intelectuales, sin que ni ella misma (Teresa) sepa bien por qué.

[3] El alma que esto experimenta, queda confusa, porque no entiende qué le
sucede. Además, no son visiones rápidas, sino que duran muchos días y a veces
hasta años. Sólo sabe, harto fatigada, que es Él, y que no es antojo. Siente el
alma que está siempre mirada y observada por Él, así que queda presta en no
fallar ante tan Gran Señor.

[4] Queda descartado que pueda ser el demonio. Porque no hay industria humana
que pueda sentir así. Y siente el alma grandes deseos de servir al Señor.

[5] … que en las ganancias del alma se ve tan grandísima merced, sin poderlo
merecer.

[6] El alma no puede explicar por qué sabe que en la visión se muestra Jesús o
María. Sólo sabe que lo sabe. Y uno descubre ciertamente cuán raquítico es
nuestro natural entender para las grandezas de Dios.

[9] Importa compartir estas cosas con personas muy espirituales, o si no, con
doctos letrados, para asegurarse de ello, pues de lo contrario pueden confundir,
desorientarse y subestimar lo acaecido.

[NP] Interesa hacer notar aquí, que aunque Teresa escribió las moradas al final de
su vida, cuando ella ya había experimentado sobradamente todos estos
fenómenos místicos, sin embargo, en el trascurso de los capítulos de las moradas
quintas, sextas y séptima, siempre hace referencia a terceras personas que le
cuentan a ella, todos estos episodios, y no habla por experiencia propia, lo que
tenía más que de sobra.

Todo este proceso místico entronca en terminología de San Juan de la Cruz en lo
que él denomina la noche oscura del espíritu.

En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada,
(¡oh dichosa ventura!)
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

El alma sale de sí, dejando su espacio templado y sosegado para que el Esposo
reine y habite totalmente toda su existencia, o lo que quede de ella en este mundo,
antes del gran tránsito.

Capítulo noveno: de la visión contemplativa.

[2] Es como si en una pieza de oro tuviésemos una piedra preciosa de grandísimo
valor. Sabemos que está allí, aunque nunca la hemos visto. Y nos ha curado de
enfermedades, aunque no nos atrevamos a abrir el relicario, ni podemos hacerlo
porque el Señor es el que tiene la llave.

[3] Pues ahora Él ha decidido abrir el cofre, y cuando ocurre, el resplandor de la
piedra es como un relámpago, en el que el alma contempla la humanidad de
Cristo resucitado, pero sólo un instante, aunque lo suficiente para que ese
relámpago quede grabado en la memoria para siempre.

[4] No es simplemente una imagen como la de un cuadro, sino una escena
realmente viva, por la que se le muestra al alma grandes secretos. Pero no se
puede mirar mucho tiempo, como no se puede mirar al Sol mucho rato. Su
resplandor es de luz infusa y de un sol cubierto de una delgada capa de purísimo
diamante. El alma, ante tal visión queda en arrobamiento, una situación imposible
de soportar más allá de un instante.

Sin embargo, es la visión más hermosa que nadie pudiera jamás imaginar ni
viviendo mil años. Va por delante de cualquier imaginación posible.

[5] Ante estos relatos, Teresa exclama con muy real conocimiento de causa “¡qué
poco conocemos a Jesús los cristianos!” y “ ¡quién podrá resistir tu voz el último
día!”

[6] Es tanto el sentimiento (que no de tipo sensual, apercibido por los sentidos),
que el alma queda sin sentir, queda en suspenso, suspendida, levantada, colgada
o detenida en el aire.

[10] Así como cuando fue derrocado San Pablo vino aquella tempestad interior, así
acá en el mundo interior, tras un gran e impetuoso movimiento, queda todo en paz
y sosegado. La verdadera Sabiduría ha entrado definitivamente en el alma, le
quita para siempre la torpeza en entender.

Si cupiera duda del demonio, éste jamás puede dejar con tanta paz y tantos
bienes.

[11] Y vuelve el problema con los confesores. Ellos no pueden comprender esto,
porque no lo experimentan, y por ello así se les cuente don detalle lo vivido, no
pueden ni comprenderlo ni aconsejar, porque en ellos no ha acampado la
Sabiduría, sino el conocimiento académico. Sólo aquel que por fortuna haya
experimentado algo similar, puede comprenderlo y aconsejar.

[NP] Este es un problema reiterativo el que apunta Teresa, cuando el alma se
enfrenta a las moradas quintas y superiores. El problema radica en que la
autoridad de los eclesiásticos no siempre va acompañada de una vivencia intensa
de la vida interior. Un sacerdote no es necesariamente un hombre que haya
experimentado a Dios, sino un buen cristiano con vocación de servicio, que
entregado, trata de vivir lo mejor posible esa entrega, con la carga de
conocimientos que le proporcionan los estudios, la vida de fe, el sacramento del
Orden y de ayuda espiritual a los demás. Esto no resta mérito alguno a su
vocación, pero llegados a ciertos niveles de vida interior, la formación recibida no
es suficiente, porque el conocimiento humano, las teologías, los dogmas y
planteamientos doctrinales, las exégesis y las hermenéuticas ya no sirven.

Un alma en estos niveles de Oración necesita un maestro, no necesariamente
sacerdote; necesita alguien con la Sabiduría de la experiencia real de Dios.
Dichosa el alma que lo encuentre. Y dichoso el consagrado que vive a Dios desde
la experiencia del Camino de Perfección, porque entonces y sólo entonces será un
verdadero maestro, y la Sabiduría que viene de lo alto, que no de los libros,
habitará en él. Y dichosos los fieles que gocen de su presencia.

[13] Teresa pide calma a sus hijas, y que no se turben por todos los problemas
que esta experiencia divina les aporta. Tampoco se angustien por si viniera o no
del demonio, que esta gran paz, sólo puede venir de Su Majestad.

[16] También advierte Teresa que no es bueno desear estas mercedes. Y esto por
varias razones que pasa a enumerar:

Primero porque es falta de humildad querer recibir lo que nunca es merecido,
como un labrador estaría loco si pretendiera ser rey.

Lo segundo, porque el deseo vicioso se deriva del engaño del demonio, que ve la
puerta abierta para hacernos mil trampantojos.

Lo tercero, porque es la misma imaginación la que nos puede engañar, viendo lo
mismo que desea sin caer en la cuenta que es de su propia fábrica.

Cuarto. Es gran atrevimiento pretender ir por este camino, no sabiendo si conviene
ni si esta es Su Voluntad.

Y quinto, no sabemos cuántos trabajos y fatigas sufren los que Dios da estas
mercedes. “¿Qué sabéis vos si seríades para sufrirlos?”

Y finalmente, la sexta razón es que por lo mismo que piensas ganar, perderás.

[17] No deseemos nada, sino aquello que Dios desea.

[18] No por recibir mercedes “destas”, se merece más gloria, pues más obligados
estamos a servir.

[22] Que todo redunda en el insaciable deseo de amar y morir, porque aún no nos
llega la muerte.; “y buscar invenciones para consumir el alma en el fuego del
Amor”.

Capítulo décimo: de otras mercedes, además.

[1] De otras muchas maneras se comunica el Señor al alma. No toda imaginación
es visión. Ni se ha de estar afligido porque sí o no, que la inquietud es gozo para
el demonio. Nada te turbe, canta Teresa en uno de sus más conocidos poemas.

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta

[3] Sucede que, estando en oración, acontece una “suspensión”, donde sin ver ni
oír, da el Señor al alma grandes secretos, donde se descubre cómo en Dios se
ven todas las cosas y las tiene todas en sí mismo. Y se comprenden las ofensas
que cometemos, que las hacemos en el mismo palacio, en la misma morada
donde Dios habita.

[6] También acontece muy presto mostrar Dios una verdad, que parece deja
oscurecidas todas las demás verdades de todas las criaturas, de modo que el
alma entiende que es Él la única verdad, que no puede mentir.

Que somos como Pilatos, que no sabemos qué es la Verdad, y lo poco que
entendemos de la suma Verdad.

[9] Esta es, sin duda, la más grande merced que Dios obra en el alma, mucho más
que todos los arrobamientos juntos, iluminarla con la plena luz de la Suma Verdad.
Es la merced, el don de la Sabiduría verdadera.

Capítulo décimo primero: muero porque no muero

[1] Tan grandes mercedes concede Dios a la palomilla o mariposica (que no la ha
olvidado Teresa), que quisiera tomar asiento donde morir. Pero de cada merced le
queda mayor dolor porque no termina de morir.

Vivir, seguir viviendo aquí, habiendo gozado de las mercedes de Dios es gran
suplicio. Crece el Amor y con él, el deseo de abandonar este mundo.

[2] En este deseo de sufrir y de morir, viene de otra parte (no se sabe dónde) un
golpe, como una saeta o flecha de fuego, que agudamente hiere en l más íntimo
del alma, y deja todo lo creado convertido en polvo. Su duración es imposible de
medir con nuestro ser, porque en un punto ata todas las potencias.

[3] Las palabras todas quedan cortas para expresar lo acontecido. Es un
arrobamiento de sentidos y potencias para todo lo que no es ayudar a sentir esta
aflicción.

Es tal la pena de estar ausente de Dios, es tan alto el grado que obliga a dar
grandes gritos. Personas recias en dolores, nos incapaces de soportarlo, que no
son heridas del cuerpo, sino del alma.

Se le representa al alma así los sufrimientos del purgatorio, que experimenta el
alma por no poder sentir a Dios plenamente.
[4] Teresa cuenta de una persona que así sentía, que parecía morir. Y deja el
cuerpo muy descoyuntado, hecho pedazos y sin posibilidad de alivio. Siente el
alma una extraña soledad, pues criatura alguna acierta a hacerle compañía.

[6] Oh! Váleme Dios, Señor como apretáis a vuestros amadores. Mas todo es poco
para lo que les daréis después. Bien está que lo mucho cueste mucho para
purificar el alma y ponerla en el umbral de la séptima morada.

Es tan poco el padecer, con serlo, como una gota en el Océano. Es una pena de
tan alto precio, que no se puede merecer.

[7] Compara Teresa las penas del infierno igual o mayores que estas, pero sin
posibilidad de alivio. Esto es importante, pues en este estado de lamento, el alma
comprende lo que supone estar alejada de Dios, la tragedia de que este estado
sea eterno y la inmensa gracia que Dios nos da de vernos salvados por Él.

[8] Este estado de angustia no dura mucho; entre tres o cuatro horas, que más no
aguantaría la flaqueza humana, quedando hecha pedazos.

[10] de tal manera queda, no obstante, el alma aprovechada, que gustaría
padecerlas muchas veces. Queda con mucho mayor desprecio que antes y con
harto deseo de morir.

VIVO SIN VIVIR EN MÍ
(Versos nacidos del fuego del amor de Dios que en sí tenía)

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.


Este poema lírico de Teresa de Jesús es una glosa de lamentos (probablemente el
más famoso de ella), donde por múltiples razones muere porque ve que aún no le
sobreviene la muerte. Juan de la Cruz, con el mismo estribillo, también escribe un
poema similar.



La Séptima Morada

[NP] La extensa y detallada descripción que hace Teresa de las moradas sextas,
le imprimen un carácter épico, salpicado de gran cantidad de fenómenos místicos
de carácter sobrenatural, que salen fuera de toda capacidad de razonamiento
sobre el cómo o el por qué.

En su manera de describirlas, parece referir una época de la vida interior de gran
agitación, tormentosa y dolorosa. En parte dolorosa, en parte suave, viene a
describir con otros términos lo que Juan de la Cruz describe en la noche oscura
del espíritu.
De los muchos fenómenos místicos que describe Teresa, el más conocido es la
transverberación, que se define como Éxtasis Religioso, un estado alterado de la
conciencia caracterizado por una gran reducción de la percepción externa al
mismo tiempo que ocurre un incremento de la percepción interior tanto espiritual
como mental, los cuales son frecuentemente acompañados de visiones y euforia
emocional/intuitiva (y a veces física). Aunque la experiencia suele ser breve en el
tiempo físico existen registros de dichas experiencias durando varios días e
incluso más. La percepción subjetiva del tiempo, espacio y/o uno mismo pueden
cambiar dramáticamente e incluso desaparecer durante el éxtasis.



Pero tras la tempestad viene la calma al cruzar el umbral de la Séptima morada y
producirse el matrimonio espiritual.

Capítulo primero: traspasando el umbral de la Unidad.




[1] Es imposible terminar de contar las misericordias del Señor.

[2] Esta es la morada de la más íntima y total unión con Dios, el Matrimonio
espiritual.

Teresa se nonada de pensar que alguien pueda pensar que lo sabe por
experiencia (lo cual es rigurosamente cierto). Pero su humildad le hace inmerecer
tales mercedes.

[3] El alma en la séptima morada es tomada por esposa. En el alma (en todos
nosotros) existe una morada donde sólo Dios habita, esperando nuestro regreso,
como el padre bueno esperaba el regreso de su pródigo hijo.

[6] Ya no con arrobamientos, el Señor la une, haciéndola ciega y muda, quitándole
el sentir y arrebatándole todas las potencias.

[7] Arrebatadas las potencias para entrar en la Séptima morada, una vez dentro,
quiere ya nuestro buen Dios quitarle la escama de los ojos y los tapones de los
oídos, para que vea y entienda algo de la merced otorgada. Y se le muestra la
Santísima Trinidad. Lo que sabemos por fe, lo ve directamente el alma por vista
espiritual (Jn 14.23)

[8] El alma así se da cuenta, es plenamente consciente de la plena presencia de
Dios, consustancial con Él, ambos son Uno, son la misma esencia.

[10] Esta presencia no es tan entera como el arrobamiento, porque de ser así, el
alma no podría andar entre la gente, ni entender otra cosa. Mas sin tan clara luz
siempre vive advirtiendo su presencia constante.

[11] Es como estar en una estancia con gente y se apagara la luz; no se ven, pero
saben que se encuentran allí.

No está en el alma encender las velas para que haya luz. Ni debe ser así, para
que el alma, que vive en esta vida, no se encuentre disociada entre los trabajos
cotidianos y la contemplación de Dios; que Marta no se queje de María.

[12] El alma parece toda junta, pero parece disociada porque debe seguir
atendiendo los asuntos de esta vida, que no puede pasarse todo el tiempo en
éxtasis.

[NP] Curiosamente, es en la séptima morada cuando Teresa da un golpe de timón
inesperado y en contra de lo que cabría suponer, que es seguir contando las
excelencias de la visión directa de Dios, hace como Jesús en la transfiguración del
Tabor, que cuando los tres apóstoles decían “qué bien se está aquí, hagamos tres
tiendas”, Jesús y Teresa dicen, arriba, volvamos a la tierra, que hay trabajo
todavía por hacer entre los hombres. En la séptima morada, el alma, encumbrada
en las más altas cimas de la Mística, casi a punto de saltar a la Gloria, de repente,
se vuelve a la tierra y habita entre los mortales como una de tantos, trabajando
codo con codo en los asuntos cotidianos, para ser “Luz del Mundo”, “para que el
Mundo crea”.

Capítulo segundo: del Matrimonio espiritual.

[1] La unión o desposorio espiritual es la máxima perfección en la tierra, aunque
no es completa, pues mientras vivimos, puede desvanecerse.

La primera vez, en la unión espiritual Dios se muestra por visión imaginaria de su
humanidad en Cristo, que es lo que el alma puede entender, ver un hombre como
ella. Esto es el desposorio o compromiso.

[2] En el Matrimonio espiritual se pasa del compromiso a la fusión marital total,
para no separarse ya más.

[3] Estas son, de todas formas, comparaciones muy groseras, pues nada hay
conocido que pueda compararse con la unión – fusión total con Dios.

[NP] Teresa insiste una y otra vez que utiliza para explicar estos fenómenos y
experiencias místicas, ejemplos de los sentidos y vivencias conocidas para
entendernos, para imaginarnos lo que sucede. Es un “la unión con Dios es como
si…” Pero hay que recalcar que las experiencias místicas se viven sin
participación de los sentidos y sentimientos, tal y como los entendemos
habitualmente. La alegría emocional no es la alegría espiritual, ni la pena es la
pena, ni el sufrimiento, sufrimiento; ni el temor, temor. Es otra cosa.

[4] Nada es comparable al deleite espiritual. El alma queda tan fusionada con
Dios, que deja de ser ella para ser toda Él.

[5] El desposorio espiritual es diferente, pues en este estado, elevado de por sí
pero de menor nivel, es posible la separación, es posible la caída.

El Matrimonio es para siempre, no hay ya separación.

[6] La unión es como dos velas de cera que por el calor se funden en el extremo,
pero conservan sus cuerpos identificados y con posibilidad de separarse. El
Matrimonio espiritual es como si sobre un rio cae agua del Cielo, tal que al final,
todo es la misma agua; o como si un arroyo desembocara en el océano. O como
dice San Pablo en Corintos (1Cor 6, 17) “Mas el que se une al Señor, se hace un
solo espíritu con él.”

Aquí es donde al final, la mariposica muere con grandísimo gozo, porque su vida,
ella misma es ya Cristo.

[7] Es en este estado en el que el alma siente tanto deleite, que aranca sin freno
expresiones más propias de la poesía erótica, tales como “vida de mi vida”,
“sustento que me sustenta con la leche que emana de tus pechos”, y cosas así.

[NP] Juan de la Cruz lo expresa en el cántico espiritual, del que extraemos las
canciones 17 y 18, a modo de ejemplo.
17 En la interior bodega
De mi amado bebí, y cuando salía
Por toda aquesta vega,
Ya cosa no sabía,
Y el ganado perdí que antes seguía.
18 Allí me dio su pecho
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa
Y yo le di de hecho
A mí, sin dejar cosa
Allí le prometí de ser su esposa.

[8] El alma, en suma, experimenta como las delicias de dos esposos enamorados,
bañándose en un baño perfumado.

[9] Asemeja este estado al pasaje de unión absoluta del padre y el Hijo y ellos con
el Espíritu Santo. (Jn 17. 21)

“…para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.”

[10] Y también en Juan 17, 22 y 23:

22 Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros
somos uno: 23 yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el
mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has
amado a mí.

[12] No se crea, empero, el alma, que tiene asegurada la salvación. Todo va en
abstenerse de ofenderle.

Y en eso el alma invierte cada instante, pues el más mínimo fallo lo considera ya
una gran ofensa que le provoca gran pena y confusión. Y se enreda en severas
penitencias porque todo lo considera poco para penar sus ofensas.

[13] Las potencias y pasiones no siempre están en paz. Mas el alma sí.

[14] Esto parece difícil, vivir en paz más con trabajos en lo habitual.

Capítulo tercero: efectos del más alto grado de oración.

[1] La mariposa ya murió con gran felicidad de haber hallado el reposo. Qué vida
tan diferente a cuando ella vivía…

Primero, olvido de sí, que toda su vida es para Dios. De todo lo que puede
suceder no tiene cuidado, sino un extraño olvido. Ya no es en nada.

Tiene cuenta en trabajar para comer y dormir, que harto tormento es para ella.

[2] Lo segundo. Un deseo grande de padecer, mas no de manera que la inquiete
porque siempre prevalece el deseo de hacer su voluntad.

[3] Vive el alma gran gozo interior cuando son perseguidos y acusados, y sienten
un particular afecto por quienes le hacen daño.

[4] El deseo que el alma tenía en las sextas moradas de morirse, es ahora el
deseo de vivir muchos años para glorificar a Dios donando por entero su vida a los
demás, padeciendo si fuera menester grandísimos trabajos. Aunque a veces le
vuelve el deseo de salir de este destierro.

[5] No hay temor de morir.

[6] No se desean ya ni gustos ni regalos, porque ya viven en continua unión con
Él. Son Uno.

[7] Experimenta un desasimiento total de todo lo creado. Busca la soledad para
contemplar cara a cara al Amado.

[8] Ni sequedades ni trabajos interiores, sino una infinita ternura en cada instante.
Un estado continuo de alabanza.

[9] El alma está en un estado de quietud permanente.

[10] Aquí ya no osa entrar el demonio.

[11] Todo transcurre en el hondón del ser, en quietud y sosiego. Es como la
edificación del templo de Salomón, sin ruidos. 3Reyes 6. 7.
No hay nada que buscar, pues todo está encontrado.

[12] Ya no hay arrobamientos ni éxtasis. No proceden ya. Todo está en sosiego,
silencio y reposo.

[13] Estos son los efectos de la oración de quietud. Aquí se dan las aguas a la
cierva herida (Sal 41. 2). Aquí se deleita en el tabernáculo de Dios (Sal 83. 2).
Aquí halla la paloma enviada por noé, el reposo tras la tempestad de este mundo.

[14] Tanta paz encuentra cuanto más temor de perderla. El alma es consciente de
ello. No todo está aún ganado.

[NP] Teresa da a entender que tras la tempestad sufrida en las moradas sextas, la
vida alcanza una nueva “normalidad”. Es como si, siguiendo el símil de la
ascensión en globo, el alma, montada en él, atravesara una gruesa capa de nubes
con grandes turbulencias con vientos huracanados y entre nubes, eventualmente
recibiera intensos rayos de un sol que jamás pudo contemplar desde el valle. Esos
rayos de sol le ciegan y no comprende a qué puede deberse.



Hasta que el globo perfora las nubes y entonces el Sol brilla espléndido y la calma
cubre todo el Espacio.



Así, el alma elevada por encima de las cosas, de las nubes, ya ve claramente la
inmensidad. Y también descubre otras almas que también han realizado el mismo
viaje. Esa visión ya es suya, y la contemplación de Dios la acompañará siempre,
pero recuerda que allí abajo, en el oscuro valle (en los arrabales de los castillos)
hay mucha gente que desconoce totalmente las maravillas que el Rey de su
Castillo Interior, el piloto del divino globo, le ha mostrado, y recuerda la
responsabilidad de ayudar a otros a realizar el fantástico y arriesgado viaje, cruzar
esa tormentosa capa de nubes para conseguir ver lo que ella está disfrutando sin
haberlo merecido.
Sabe que no se puede quedar allí, contemplando esa maravillosa inmensidad,
porque ya la lleva dentro de sí, en lo más íntimo de lo que queda de su ser. Ha de
volver.

Último capítulo: que Marta y María sean también una.

[1] No siempre el alma reposa en estos efectos. De cuando en cuando, Dios
consiente en incordiar al alma con cosas de los arrabales de este mundo.

Pero Dios aporta la gran entereza de ánimo para resolver los asuntos de casa.

[2] No ha de perder el alma memoria de su ser, para que siempre esté humilde, y
para que sea siempre consciente de que nada de lo que vive es por su industria,
sino por gratuidad de Su Majestad.

[3] Pero también hay crisis y errores y pecados. No estamos libres de fallar
mientras estemos en este mundo. No siempre suceden las cosas a voluntad. El
alma ha de recordar una y otra vez que aún no vive en el Paraíso, sino en medio
de los hombres, en un mundo lleno de dificultades y peligros.

[4] Conviene saber el por qué obra Dios todas estas mercedes. No son regalos
gratuitos, que esto sería un gran yerro. Pues el mayor regalo que nos da Dios es
la fuerza del Amor extremo de su Hijo. Luego todo está en aras de fortalecer la
voluntad Para poderle imitar y así amar como Él nos ha amado.

[NP] De hecho, lo que le ha sucedido al alma en las moradas terceras a sextas no
ha sido otra cosa que las consecuencias de haber dejado que Él nos ame. Y nos
ha amado hasta el extremo de colocarnos en las cumbres del Amor. Pero las
mercedes recibidas, no son regalos a fondo perdido. El Señor de la Hacienda es
exigente con los talentos que regala a sus siervos. Y el alma sabe que debe
mucho en obras de amor a los demás, y que «No todo el que me diga: “Señor,
Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre
celestial. (Mt 7. 21)

[5] Todo el que le sigue ha de tomar su cruz, dejarlo todo y aceptar lo que
acontezca en su vida convertida en ofrenda a Dios. Todas las visiones y estados
contemplativos tienen por objeto fortalecer el ánimo para mayores trabajos y
desafíos en el Amor.
Teresa pone como ejemplo los trabajos de los apóstoles, en especial Pedro y
Pablo.

[6] Este es el objetivo del matrimonio espiritual, dejarse amar intensamente por
Dios, por el Esposo, como la esposa accede a ir al tálamo con el marido, para
amarse ambos intensamente en la intimidad. Así amar a Dios y recibir el amor de
Dios ha de traducirse en un amor a todos los seres humanos, a imitación de
Cristo, que nos amó hasta el extremo.

[NP] Todas las mercedes de Dios son un delicado proceso de aprendizaje a base
de estímulo de Dios y respuesta del alma, para convertir al alma en reflejo real de
Dios en este mundo.

[7] Esta es la verdadera dimensión de la obra de Dios en el alma, porque de nada
sirve el recogimiento y la quietud, el abandono a Dios en nuestro aposento, “si en
saliendo de allí, hacemos todo al revés.” Si no tengo amor, nada soy (1Cor. 13)

[9] El cimiento del castillo se llama humildad y sus muros “fortaleza” y voluntad de
amar.

Ser espirituales es ser esclavos de Dios, a quienes su majestad puede vender por
todo el mundo, como Él lo fue.

[10] Para ser esclavos del Señor es menester no poner el fundamento tan sólo en
la oración y contemplación, porque si no hay ejercicio de la virtud, nos quedamos
enanos, nos detendríamos en el Camino, y “bien sabéis hijas mías, que pararse es
retroceder”.

[11] El avance que Dios hace al alma, morada tras morada, es tal si tras aceptar
los regalos de Dios, el alma los pone en ejecución amando al prójimo, de la misma
forma que Dios le ama a ella.

[12] El alma que transmite la luz de Dios por las ventanas del Castillo atrae a los
que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Y las vecindades del Castillo se
verá frecuentado por almas en busca de luz.

[NP] De la misma forma que un castillo iluminado en la noche es luz y referencia
en medio de la oscuridad, así el alma que vive a Dios es luz en medio de la noche
de este mundo, lanzándole un claro mensaje “es por aquí”.





[13] No queramos ir por caminos no andados, que nos oerderemos. Marta y María
han de caminar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo ¿Cómo
le daría de comer María a Jesús si Marta no preparara la comida?

[15] Sin embargo, María escogió la mejor parte porque ya había servido al Señor
previamente enjugándole sus pies con sus cabellos.

[17] Sea vuestro prójimo el que tenéis al lado y necesita vuestra ayuda.

[18] En el caso de las hermanas del Carmelo, parece que todas sois buenas. Pero
sois humanas y no estáis libres de caer en la tentación.

“No hagamos torres sin fundamento, que el Señor mira tanto la grandeza de las
obras por el amor con el que se hacen”

Epílogo

Para finalizar, Teresa exhorta a las hijas del Carmelo (y a todos nosotros)
finalmente con este mensaje:

No en todas las moradas podéis entrar con vuestras fuerzas, si no os mete el
Señor en el Castillo.

No os esforcéis en vuestras fuerzas. No sirve de nada, y casi que impiden el
propio avance.

Todo lo que acontece en el Castillo es obra suya. Sólo os pide una cosa Nuestro
Señor, humildad para reconocer vuestra flaqueza y alegraos de que Él se digne en
obrar en vosotras.

Aunque las moradas son siete, muchas son las estancias con jardines secretos y
deleitosas fuentes que llenan de paz el ambiente interior.

[NP] Todo más o menos dicho para resumir y minimizar las dificultades de
comprensión del castellano del Siglo XVI.
JHS


Reflexiones finales y conclusión

Aunque Santa Teresa no refiere las experiencias como las vividas ella misma en lo
que es el texto de las moradas, sin embargo en su obra autobiográfica, “el libro de
la vida”, si refiere las experiencias místicas acaecidas a lo largo de su vida.

Así, a mediados de 1539 Teresa quedó sanada según ella por San José. Vivía
Teresa de nuevo en el convento, donde recibía frecuentes visitas. Languideció
según ella entonces su espíritu, y dejó la oración (1541). Afirma que luego se le
apareció Jesucristo (1542) en el locutorio con semblante airado, reprendiéndole su
trato familiar con seglares. No obstante, permaneció Teresa en él durante muchos
años, hasta que se movió a dejar el trato de seglares (1555) a la vista de una
imagen de Jesús crucificado. Ya había perdido a su padre (1541), cuyas últimas
palabras le hicieron profunda impresión. El sacerdote que le había asistido en sus
últimos momentos (el Dominico Vicente Barón), se encargó de dirigir la conciencia
de Teresa, la cual, hasta la fecha citada, conociendo sus faltas, no quería
corregirlas. Al cabo Teresa se confortó con la lectura de las Confesiones, de San
Agustín. Los Jesuitas Juan de Prádanos y Baltasar Álvarez fundaron en Ávila un
colegio de la Compañía (1555). Teresa confesó con Prádanos; que al año
siguiente (1556) comenzó a sentir grandes favores espirituales, y poco después se
vio animada (1557) por San Francisco de Borja. Tuvo en 1558 su primer rapto y la
visión del infierno; tomó por confesor (1559) a Baltasar Álvarez, que dirigió su
conciencia durante unos seis años, y disfrutó, dice, de grandes favores celestiales,
entre los que se contó la visión de Jesús resucitado. Hizo voto (1560) de aspirar
siempre a lo más perfecto; San Pedro de Alcántara aprobó su espíritu, y San Luis
Beltrán la animó a llevar adelante su proyecto de reformar la Orden del Carmen,
concebido hacia dicho año.

Es decir, todo lo que Teresa expone en las moradas lo escribe con personal
conocimiento de causa.

Es importante saber que las moradas son una forma de representar el Camino,
como de otra forma lo representa San Juan de la Cruz mediante la subida al
monte Carmelo, y las fases de las diferentes noches oscuras, las activa y pasiva
del sentido y las activas y pasivas del espíritu. Son formas, ejemplos, símiles para
poder explicar lo inexplicable.

También interesa indicar los cuatro niveles o grados de oración, que refiere Teresa
en el libro de su vida. El primer grado u oración verbal, recitativa, el segundo
meditativo, el tercero de recogimiento o unión, y el cuarto de quietud. Los grados
tercero y cuarto son los que requieren el silencio de los sentidos y del
pensamiento, donde el alma se recoge y vaciándose de sí, permite que dios se
manifieste. Es el estado en el que el alma se deja amar realmente.

En suma, la Moradas del Castillo Interior suponen un monumento espiritual y
literario de primera magnitud, donde todos nosotros nos podemos ver reflejados e
identificarnos en tres grandes grupos de personas, los que aman a Dios lo justito y
sin saberlo, los que le aman de modo inconsciente (saben que Dios le ama) y los
que le aman conscientemente (son conscientes de que Dios le ama y finalmente,
se dejan amar por Él.