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Filosofía de la Religión

- Notas de clase -
Bloque IV: La religión después de la crítica
Tema 15: ¿Seguir creyendo en Dios?. La hipótesis de Dios.

I.-Dios: una muy buena hipótesis.
En las Historias del Señor Keuner de Brecht se puede leer: “ Alguien preguntó al señor
Keuner si Dios existe. Y él respondió: yo te aconsejo que pienses si tu comportamiento
cambiaría según la respuesta que diésemos esta cuestión. Si no cambiase, podemos
prescindir de la pregunta. Pero si cambiase, entonces yo puedo por lo menos ayudarte
diciéndote que tú mismo ya te has decidido: tu necesitas un Dios”.
El interrogante planteado por Brecht exige una respuesta clara: si Dios existe, ¿cambiaría
algo la conducta del hombre o no? Si cambia algo, es la hora de dar una respuesta clara y
terminante, aunque hayamos de guardar muy bien de incurrir en una moralización del
problema: ¡los creyentes en Dios no son por principio mejores personas!
Preguntamos entonces: ¿qué cambiaría sí …?
Posiblemente para algunos creyentes sea muy fácil responder a la hipótesis negativa de la
existencia de Dios: si Dios no existe, todo está permitido. Pero aquí buscamos abordar la
tarea difícil, desarrollando la hipótesis positiva.
Si Dios existiera:
Entonces esta vida – un tanto ruidosa y que a veces no se entiende muy
bien – no sería todo, entonces sería posible ya ahora una trascendencia
liberadora, un trascender hacia otra dimensión.
Entonces el anhelo infinito del hombre como ser inquieto, inacabado,
insatisfecho, eterno caminante, que cada vez exige más, sabe más,
busca más, que constantemente alarga sus brazos hacia lo distinto y lo
nuevo, tendría sentido y no desembocaría finalmente en el vacío;
Entonces no sólo se ensayaría una “salvación posible” en el laboratorio
experimental del mundo, sino que se hablaría de una “salvación real”
para el individuo como para la sociedad, salvación que el mundo –
capitalista o socialista – no puede darse a sí mismo.
Entonces estaría fundamentada la ancestral esperanza en una nueva
vida, y la reconciliación del hombre y la naturaleza; entonces el mismo
sufrimiento inevitable, que según los representantes de la teoría crítica
no puede ser eliminado racionalmente, el infortunio y el dolor, la vejez y
la muerte del individuo e incluso la ultimidad amenazante del hastío
dentro de un mundo totalmente administrado ya no serían lo definitivo,
sino que podrían remitir a algo enteramente distinto
Entonces el anhelo por la justicia cumplida, por el sentido absoluto y la
verdad eterna no sería algo irreal, sino algo últimamente realizable,
infinitamente realizable.
Entonces los signos y las cifras de la trascendencia, las exigencias de
una nueva conciencia y una nueva determinación de los valores, la
necesidad de la religión, las preguntas relativas al origen y al fin no nos
rermitirían a la nada sino a la mas real realidad.
Éstos son los grandes problemas vitales del hombre en el futuro y en el presente, a los
que es preciso responder y que, por decir relación a la totalidad, sólo pueden ser
respondidos desde la solución al problema de Dios. La respuesta a tales problemas variará
fundamentalmente según que Dios exista o no exista. Todos ellos pueden agruparse en los
tres interrogantes siguientes:
¿Qué somos? Seres deficientes, que no son lo que podrían ser. Seres
expectantes, esperanzados y anhelantes, que se trascienden sin cesar a
sí mismos. Pero, ¿por qué somos así? ¿Qué es lo que explica este
extraño impulso hacia una constante trascendencia? ¿Qué puede
explicar esto, no solo fáctica y provisionalmente? ¿Existe alguna
respuesta para esta pregunta? ¿O acaso ni siquiera cabe la pregunta
misma?
Pero si Dios existiera, habría una respuesta para el gran interrogante de porque somos
seres deficientes y finitos y a la vez ilimitadamente expectatntes, esperanzados,
anhelantes.

¿De dónde venimos? Preguntando de causa en causa podemos
retroceder a lo largo de toda la secuencia de causas. Pero este recorrido
de causa en causa no sirve de nada si lo que se necesita explicar es el
todo. Porque ¿cuál es la causa de todas las causas?¿No vamos a dar
aquí con la nada? Pero ¿qué explica la nada justamente en
cuanto….nada? ¿O tendremos acaso que contentarnos con una materia a
la que hay que atribuir atributos divinos, eternidad y ominipotencia, que
como ninguna otra cosa hace surgir de nuevo la pregunta por el origen?
¿No hay ninguna respuesta para esta pregunta? ¿O es que ni siquiera es
lícito formularla?
Pero si Dios existiera, se podría responder al grave interrogante del origen del hidrógeno y
de la materia, del origen del mundo y del hombre.
¿Hacia dónde vamos? Podemos ir examinando toda una serie de fines.
Así podemos alcanzar un fin tras otro, pero todo ello no basta para dar
un sentido al todo, a la totalidad de la vida humana y de la historia de la
humanidad. Porque ¿Cuál es el fin de todo los fines? ¿no habrá de ser la
nada también el fin, como puede ser el principio? Pero la nada, lo mismo
que no explica el principio, tampoco explica el final. ¿Es que el fin debe
ser una sociedad totalmente tecnificada o radicalmente revolucionada,
algo que tanto en uno como en otro caso se presenta hoy mas
problemático que nunca? ¿No hay respuesta para esta pregunta? ¿O es
que ni siquiera es lícito formularla?

Pero, si Dios existiera, se podría responder al grave interrogante del fin del hombre y de la
humanidad, del fin de la vida humana y de la historia de la humanidad.
II.-Dios: fundamento o, soporte y meta de la realidad.
Es verdad que en el hombre concreto las preguntas esenciales por el sentido y la verdad,
las normas y los valores, pueden permanecer encubiertas o reprimidas, ahora más que
nunca, bajo el influjo adormecedor de nuestra sociedad de consumo y bienestar. Hasta
que nuevamente son evocadas por reflexión o mejor aún, por “destino colectivo”
particular y sobresaltan al hombre, despertándole de repente de su confianza radical,
más o menos ingenua, en la realidad.
Aún para aquel que con una actitud de
confianza radical da su sí a la realidad
del mundo y del hombre, la
problematicidad general de la realidad
sigue en pie. La problemática realidad no pierde su problematicidad radical porque se
confíe en ella: esa misma realidad que es capaz de fundamentar una confianza radical
aparece, enigmáticamente, como infundada; siendo sustentadora, aparece ella misma
como sin meta. Una enigmática facticidad de lo real que se manifiesta en una radical falta
de fundamento, de soporte y meta. Ella es la que invita en todo momento a replantearse
la cuestión de la realidad, la cuestión de la relidad, la cuestión del ser o el no ser, de la
confianza radical o nihilismo.
La cuestión que se ventila es: ¿dónde se encuentra el que cree en Dios, en una
competición o confrontación teórica y práctica con el no creyente? ¿Quién puede
interpretar mejor las experiencias humanas fundamentales, del hombre y el mundo, la
realidad en general?¿Desde dónde hay que explicar la realidad universalmente
problemática? ¿Qué la hace posible? ¿Cuál es por tanto, la condición de posibilidad de esta
realidad problemática?
La pregunta general por el origen de la realidad, por su fundamento, soporte y meta, es
solo un acceso a Dios, ciertamente, pero este acceso viene impuesto por la
omnicomprensiva problemática moderna en el horizonte del nihilismo y el ateísmo.
Si el hombre no quiere renunciar a la comprensión de sí mismo, del mundo y de la
realidad en general, no debe sentirse impedido por ninguna prohibición de pregunta,
cualquiera que sea quien le imponga (por intereses bastante claros la mayoría de las
veces). Estas preguntas últimas que son a la par las primeras, claman inexorablemente por
una respuesta. Pues cuando se experimenta en concreto la inseguridad de la vida, la
incertidumbre del saber, la angustia de esa tentación del hombre a tantos niveles, no
puede menos de preguntarse: ¿de dónde proviene esta realidad, suspendida entre el ser y
el no ser, entre el sentido y el absurdo, sustentada en la inconsistencia, caminante sin
rumbo, tan radicalmente problemática en suma?
¿Existe entonces Dios? Nos dirigimos ahora al no creyente: hasta quien no cree que Dios
existe puede al menos admitir la hipótesis, cuyo sentido intrínseco ha quedado patente en
un tema anterior y que, por supuesto, nada decide todavía sobre la existencia o no
existencia de Dios.
La hipótesis dice así: si Dios existiera, habría una solución radical para el enigma de la
realidad, que sigue siendo problemática: se encontraría una respuesta básica, - que sería
preciso desarrollar e interpretar -, para la pregunta por el “de donde”. Esta hipótesis,
cuyas implicaciones han quedado patentes tras nuestra confrontación con el ateísmo y el
nihilismo, puede formularse así, con la máxima concisión:
Si Dios existiera, la realidad fundante como tal ya no estaría
últimamente infundada. ¿Por qué? Porque Dios sería en tal caso el
fundamento primordial de toda realidad.
Si Dios existiera, la realidad autosustentante no carecería en última
instancia de soporte. ¿Por qué? Porque Dios sería en tal caso el soporte
primordial de toda realidad.
Si Dios existiera, la realidad autoevolutiva no carecería en último
término de meta. ¿Por qué? Porque Dios sería entonces la meta
primordial de toda realidad.
Si Dios existiera, la realidad suspendida entre el ser y el no ser ya no
sería últimamente sospechosa de inanidad. ¿Por qué? Porque Dios sería
entonces el ser mismo de toda realidad.
O bien de otro modo:
Si Dios existiera, ¿por qué se podría finalmente admitir, en una actitud
de confianza básica razonable, que tras todo desgarramiento de la
realidad se esconde una última unidad, que tras toda su absurdidad se
oculta un último sentido, que tras toda su futilidad late un último valor?
¡Porque Dios seria origen, el sentido y el valor primordial de todo ente!
Si Dios existiera, ¿por qué se podría admitir, en una actitud de confianza
básica razonable, que tras la inanidad de lo real se esconde el ser?
¡Porque Dios sería el ser mismo de todo ente!
Si Dios existiera, también podría entenderse la cara negativa de la
realidad, su inanidad: ¿por qué la realidad fundante del hombre y del
mundo aparece como últimamente infundada en sí misma, la realidad
sustentante como carente en sí misma de un último soporte y la
realidad de autoevolutiva como carente de un último objetivo para sí
misma? ¿Por qué su unidad se ve continuamente amenazada por la
división, su sentido por el absurdo y su valor por la futilidad? ¿Por qué la
realidad, fluctuante entre el ser y el no ser, se hace al final sospechosa
de irrealidad e inanidad?
La respuesta básica sería la misma en todos los casos:
¡Porque la realidad problemática como tal no es Dios!
¡Porque el yo, la sociedad y el mundo no pueden identificarse con su fundamento,
soporte y meta primordiales, con su origen, sentido, el valor originales, con el ser mismo!
III.-Dios: fundamento soporte y meta de la existencia humana.
Podemos aplicar la misma hipótesis, pero más agudizada, a la especial problematicidad
de la existencia humana. Sería como sigue: si Dios existiera, estaría también básicamente
resuelto el enigma de mi existencia humana con su permanente problematicidad. Lo cual
significa, si Dios existiera:
Entonces yo puedo afirmar confiadamente y con fundamento la unidad e
identidad de mi existencia humana frente al amenaza del destino y de la
muerte. ¿Por qué? Porque Dios sería efectivamente el origen primero de
mi propia vida.
Entonces yo podría afirmar confiadamente y con fundamento la verdad y
el sentido de mi existencia frente al amenaza del vacío y del absurdo.
¿Por qué? Porque Dios sería también el sentido último de mi vida.
Entonces yo podría afirmar confiadamente con fundamento que la
bondad y el valor de mi existencia frente a la amenaza de la culpa y la
condenación. ¿Por qué? Porque Dios sería también la esperanza
abarcadora de mi vida.
Entonces yo podría afirmar confiadamente y con fundamento el ser de
mi existencia humana frente a la amenaza de la nada: Dios sería
también el ser mismo de la vida del hombre.
O dicho de otra manera:
¿Por qué la unidad y la identidad, la verdad y el sentido, la bondad y el
valor de mi propia existencia humana están continuamente amenazados
por el destino y la muerte, el vacío y el absurdo, la culpa y la
reprobación? ¿Por qué el ser de mi propia existencia está amenazado sin
cesar por el no ser?
La respuesta básica sería: ¡porque el hombre no es Dios! ¡Porque mi yo humano no puede
identificarse con su origen, sentir y valor primordiales, con el Ser mismo!
Todo esto es si Dios existiera. Pero de la realidad puede concluirse la posibilidad y no al
revés. Por tanto, de la hipótesis de Dios no cabe deducir la realidad de Dios. ¿Cómo llegar,
pues, de la hipótesis a la realidad? Intentaremos una respuesta.
IV.-La realidad de Dios.
a) El sí o no a Dios, posible.
La confrontación con Feurbach, Marx, Freud y Nietzsche ha demostrado que hay una cosa
que no podemos discutir al ateísmo:
 El no a Dios es posible. El ateísmo no puede ser eliminado racionalmente. ¡Es
irrefutable!
¿Por qué? La experiencia de la problematicidad radical da al ateísmo motivo suficiente
para afirmar que la realidad carece en absoluto del fundamento, soporte y meta
primordiales. Cualquier discurso sobre un origen común sentido y un valor primero es
inaceptable. Tal vez lo último sea el caos, el absurdo, la ilusión, la apariencia y el no ser,
exactamente la nada.
Así pues, de hecho no hay pruebas positivas de la
imposibilidad del ateísmo. No es posible refutar positivamente
al que dice: ¡no hay Dios! Ante una afirmación semejante, de
nada sirve una prueba estricta una demostración general de
Dios. Este aserto negativo se base en última instancia en una
decisión profunda, que depende de la opción fundamental
ante la realidad en general. La negación de Dios no puede
refutarse por caminos puramente racionales.
Pero la confrontación con Feurbach, Marx, Freud también ha
evidenciado que tampoco el ateísmo por su parte, puede excluir positivamente la otra
alternativa:
 También es posible el sí a Dios. El ateísmo no puede ser fundamentado racionalmente.
¡Es indemostrable!
¿Por qué? Porque es la realidad con toda su problemática la que ofrece motivo también
suficiente para arriesgar un si confiado no sólo a esta realidad, a su identidad, sentido y
valor, sino también a Aquel sin el que esa misma realidad aparece, pese a su carácter
fundante, en último término infundada; pese a su condición sustentante, en último
término sin soporte; pese a su autoevolución, en último término sin meta; esto es, un sí
confiado al fundamento, soporte y meta últimos de la problemática realidad.
En síntesis: no existe de hecho ninguna prueba concluyente de la necesidad del ateísmo.
Tampoco se puede abatir positivamente al que dice: ¡hay un Dios! Semejante confianza, -
que la misma realidad insta a tener -, no se ve conmovida por el ateísmo. También la
afirmación de Dios descansa últimamente en una decisión que, lo mismo que la otra,
depende de la opción fundamental ante la realidad en general. También ella es
racionalmente irrefutable.
b) Dios, o una cuestión de confianza.
Es entonces posible tanto el si como él no a Dios. ¿No nos encontramos nuevamente en
un empate, en tablas? Examinamoslo:
 Si Dios existe, él es la respuesta a la radical problematicidad de la realidad.
 La existencia de Dios es algo que puede ser aceptado:
No en virtud de una prueba o demostración estricta de la razón pura (teología natural)
Ni en virtud de un postulado moral incondicionado de la razón práctica (Kant).
Ni exclusivamente en virtud al testimonio de la Biblia (teología dialéctica).
 La existencia Dios es algo que sólo puede ser admitido mediante una confianza basada
en la realidad misma.
A esta entrega confiada a un fundamento, soporte
y sentido último de la realidad se la llama ya
atinadamente en el lenguaje universal “ creencia ”
en Dios, fe en Dios. En sentido análogo a la
“confianza radical”, también se podría hablar en
general de “confianza en Dios”, si esta expresión
no llevase una carga excesivamente teológica o
emocional. Pero para no dejar que este importante
término se deteriore totalmente, hablaremos a
veces de “confianza en Dios”, consciente de su
analogía con la “confianza en el fundamento”. En
ese caso se trata también de auténtica fe, aunque
en un sentido amplio, porque tal fe no tiene que
ser suscitada por la predicación cristiana, sino que también está al alcance de los no
cristianos. A los hombres que profesan una fe semejante se les llama justamente, sean o
no cristianos, “creyentes en Dios”. En cambio, el ateísmo, que supone una negativa a la
confianza en Dios, recibe en el lenguaje corriente la denominación de “incredulidad”.
De modo que es ineludible que el hombre tome una decisión libre, aunque no arbitraria,
ante la realidad como tal e igualmente ante el primer fundamento, soporte y meta de esa
misma realidad. Como ni la realidad ni su fundamento, soporte y meta primeros se
imponen con evidencia avasalladora, queda margen para la libertad humana. El hombre
debe decidirse sin coacción intelectual, aunque también sin prueba racional. Tanto el
ateísmo como la fe en Dios son, por tanto, una aventura, un riesgo. La fe en Dios tiene
carácter de opción y la opción por Dios tiene carácter de fe.
Lo que en el problema de Dios se ventila es, por tanto, una decisión, una decisión vital,
situada sin lugar a dudas a un nivel más profundo que la opción a favor o en contra de la
realidad como tal, necesaria frente al nihilismo. Apenas se le abre al individuo esta última
profundidad y surge la pregunta, la decisión se torna ineludible.
Y como en el caso de la confianza radical, también aquí en el problema de Dios vale lo
siguiente: quien no elige, elige: ha elegido no elegir. Abstenerse de votar significa denegar
la confianza y es en la práctica un voto de censura. Quien aquí no dice sí, está diciendo
no.
¿Y la seguridad? Lo malo es que la “profundidad”
de una verdad y la seguridad de su aceptación por
el hombre están en relación inversa. Cuanto más
insignificante es la verdad (perogrullada,
trivialidad), mayor es la seguridad. Cuanto más
importante la verdad (la verdad estética, moral o
religiosa en comparación con la aritmética), menor
es la seguridad. Y cuanto más honda es para mí la
verdad, tanto más debo yo abrirme a ella,
prepararme interiormente, dedicarme ella con
entendimiento voluntad y sentimiento, para llegar al auténtica “certidumbre”, que no es
lo mismo que “seguridad” garantizada.
c) Fe en Dios como confianza radical últimamente fundada
Pero de la posibilidad del si y del no ¿no se sigue la igual validez del sí y del no? ¡De
ninguna manera!
 El no a Dios significa una confianza radical últimamente infundada en la realidad: el
ateísmo no puede aducir ninguna condición de posibilidad de la realidad problemática.
Quien niega a Dios no sabe en definitiva porque confía en la realidad. Así de fácil.
Esto significa que el ateísmo vive, si no de una desconfianza radical nihilista, si al menos de
una confianza radical en el fondo infundada. Con el no a Dios el hombre se decide en
contra del fundamento primero, del soporte más radical, de la última meta de la realidad.
En el ateísmo el sí a la realidad resulta a fin de cuentas infundado: es una confianza radical
fluctuante, a la deriva, no anclada ni enraizada en parte alguna, desorientada y
paradójica.
En el nihilismo, debido a su radical desconfianza básica, no es posible en absoluto el sí a la
realidad. El ateísmo es incapaz de señalar una condición de posibilidad de la realidad
problemática. Por eso en él se echa de menos, si no toda, si cuando menos una
racionalidad radical, cosa que se encubre a menudo con una confianza racionalista, - pero
irracional en definitiva -, en la razón humana.
No; no es indiferente decir sí o no a Dios. ¡El precio que el ateísmo paga por su no es bien
conocido! Pone en peligro su propia existencia por falta de un último fundamento,
soporte y meta: se arriesga a la posible división, absurdidad y futilidad, a la inanidad de la
realidad en general.
Todo ateo que sea consciente de su ateísmo se expone, por decisión enteramente
personal, al riesgo del abandono, la peligrosidad y el desmoronamiento con todas sus
secuelas de duda, angustia y hasta desesperación. Todo esto, naturalmente, en caso de
que el ateísmo sea serio y no mera posee intelectual, coquetería esnobista o
superficialidad irreflexiva.
Para el ateo quedan sin respuesta los “eternos” interrogantes de la vida humana, tan
últimos como primeros e inmediatos, que ninguna prohibición intelectual puede sofocar y
que se plantean irremediablemente tanto en los límites de la vida del hombre como en el
centro de la vida personal y social. Atendamos una vez más a los interrogantes de Kant:
¿Qué podemos saber? ¿Por qué existe algo en absoluto? ¿Por qué no, más bien, la nada?
¿De dónde viene y a dónde va el hombre? ¿Por qué es el mundo como es? ¿Cuál es el
fundamento y sentido último de toda realidad?
¿Qué debemos hacer? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué y ante quién somos,
en última instancia, responsable? ¿Qué merece repulsa absoluta y que amor? ¿Qué
sentido tienen la fidelidad y la amistad, el sufrimiento y la culpa? ¿Qué es decisivo para el
hombre?
¿Qué nos cabe esperar? ¿Para qué estamos en la
tierra? ¿Qué significa todo esto? ¿Existe algo que
nos sustenta en medio de toda la inanidad, que nos
permita nunca desesperar? ¿Hay algo estable en
medio de todos los cambios, algo incondicionado
en medio de todo lo condicionado? ¿Un absoluto
en medio de la relatividad que experimentamos por doquier? ¿Qué nos queda: la muerte,
que al final todo lo vuelve sin sentido? ¿Qué nos da coraje para vivir y coraje para morir?
Todos estos son interrogantes que apuntan a la totalidad: interrogante no sólo para los
que mueren, sino también para los que viven; no sólo para los pusilánimes y poco
informados, sino especialmente para los informados y comprometidos. No son
subterfugios para la inactividad, sino incentivos para la acción. Todos estos interrogantes
quedan sin respuesta definitiva en el ateísmo.
Por eso vale la pena afirmar la tesis contraria:
 El sí al Dios implica la confianza radical últimamente fundada en la realidad. La fe en
Dios, en cuanto confianza raical y fundamental, puede aducir la condición de posibilidad de
la problemática realidad. Quien afirma a Dios sabe por qué puede fiarse de la realidad.
En la fe en Dios mi sí a la realidad resulta últimamente fundamentado y consecuente: es
una confianza fundamental anclada en la más honda de las profundidades y en el
fundamento de todo fundamento y que orienta hacia la meta de todas las metas. Mi
confianza en Dios, en cuanto confianza fundamental, cualificada y radical, es capaz de
precisar la condición de posibilidad de la problemática realidad. A diferencia del ateísmo,
muestra una racionalidad radical, que no puede confundirse con el simple racionalismo.
¡No; no hay un empate entre la fe en Dios y el ateísmo! La recompensa que la fe en Dios
recibe por su si es evidente. Puesto que yo optó confiadamente por un fundamento
primero en lugar de optar por la sin razón, por un soporte primordial, en vez de optar por
la inconsistencia, por una meta última, en vez de optar por el absurdo, puedo descubrir
fundadamente una unidad dentro de la escisión, un valor dentro de la futilidad y un
sentido dentro de todo el sinsentido de la realidad del mundo y del hombre.
Y pese a toda la incertidumbre e inseguridad, desvalimiento y desamparo, riesgo,
fragilidad y finitud de mi propia existencia, ese origen primero, ese sentido originario y ese
último valor me regalan una radical certidumbre, una última seguridad y una inamovible
consistencia.
d) Fe en Dios racionalmente justificada.
No puede pues hablarse de un empate. El hombre no se encuentra indiferente ante la
opción entre ateísmo y fe en Dios. Tiene ya una propensión: de suyo quiere entender el
mundo y comprenderse asimismo. Dar solución a lo problemático en la realidad, descubrir
la condición de posibilidad de lo real problemático, conocer el fundamento primero, el
soporte profundo y la meta última de la realidad, saber su origen, sentido el valor
primordial. Aquí es donde se fundamenta el hecho originario de la religión.
Y también es aquí donde el hombre sigue siendo libre, porque puede decir no. Puede
ignorar ya hasta ahora en el escepticismo cualquier brote de confianza en un fundamento,
soporte y meta últimos.
Puede con toda honradez y autenticidad, atestiguar su no~poder~saber: agnosticismo con
tendencia al ateísmo. Puede afirmar la absoluta inanidad, la falta de fundamento y meta,
de sentido y valor de la realidad siempre problemática: ateísmo con tendencia al
nihilismo.
Y aun cuando yo diga “ sí ” a Dios, el “no” sigue siendo una tentación constante. Pero
como con la confianza fundamental, la confianza en Dios también dista de ser irracional. Si
yo no me cierro, sino que me abro la realidad, no me sustraigo al fundamento, soporte y
meta, últimos y primeros, de la realidad, sino que me arriesgo a basarme y confiar en
ellos, descubro no antes, ni tampoco después, sino al hacerlo, que estoy haciendo lo
correcto, en definitiva, “lo más razonable”. Eso mismo que de antemano no puede
probarse, yo lo experimentó en la ejecución misma, en el acto o mismo de conocer
reconociendo: Yo experimentó la racionalidad radical de mi propia razón; la confianza
radical en la razón no es, pues, irracional, sino que está racionalmente fundada. La
realidad primera y última, Dios, aparece así como la garantía de la racionalidad de la razón
humana.
¿Qué tipo de racionalidad es ésta? Semejante a la de la confianza fundamental:
 No es una racionalidad externa, capaz de proporcionar una seguridad garantizada. La
existencia de Dios no es primero racionalmente probada y demostrada y luego creída, cosa
que garantizaría la racionalidad de la fe en Dios. No es primer lugar conocimiento racional
de Dios y luego reconocimiento confiado. La realidad oculta de Dios no se impone
necesariamente a la razón.
 Antes bien se trata de una racionalidad interna, capaz de proporcionar una
certidumbre fundamental: en la realización, en la “praxis” de la aventura de confiar en la
realidad de Dios, el hombre experimenta, pese a todas las acometidas de la duda, la
racionalidad de su confianza; la ve fundada en la identidad, verdad y bondad últimas de la
realidad, en su fundamento, sentido y valor primordiales.
Y al igual que la confianza fundamental, la fe en Dios:
Es cosa no sólo de la razón humana, sino del hombre entero, existente y
concreto: con espíritu y cuerpo, con razón e instintos, en su situación
histórica concreta, en su dependencia de tradiciones, autoridades,
modos de pensar, escalas de valores, con sus intereses personales y sus
implicaciones sociales. El hombre no puede hablar de este “asunto” y
mantenerse a la vez distanciado de él.
Es, por tanto, suprarrcional: como para la realidad de la realidad
tampoco para la realidad de Dios hay prueba lógica concluyente. En el
plano de la lógica, las pruebas de la existencia de Dios son tan poco
constrictivas como el amor. La relación con Dios es una relación de
confianza.
Pero no es irracional: sobre la realidad de Dios hay una reflexión que
parte del experiencia humana y apela a la libre determinación del
hombre. La fe en Dios puede justificarse ante una crítica racional. Tiene
respaldo en la misma experiencia de la problematicidad de la realidad,
que plantea los interrogantes últimos~primeros sobre su condición de
posibilidad.
Por tanto no es una decisión ciega e irrealista, sin una decisión
fundamentada, realista y racionalmente justificable en la vida concreta
de cada uno: su relevancia se pone de manifiesto en la realidad del
mundo y del hombre, tanto para las necesidades existenciales como
para la relaciones sociales.
Se ejecuta en la relación concreta con los demás: sin la experiencia de
haber sido aceptado por el hombre, parece difícil la experiencia de una
aceptación por parte de Dios.
No se decide de una vez para siempre, sino que debe realizarse
reiteradamente de forma siempre nueva. La fe en Dios jamás está
asegurada contra el ateísmo, ni inmunizada a frente a las crisis por
argumentos racionales invulnerables a todo ataque. La fe en Dios está
de continuo amenazada y, frente a los embates de la duda, tiene que
ser continuamente realizada, mantenida, vivida y conquistada en una
decisión incesantemente nueva: el hombre, incluso ante el mismo Dios,
permanece siempre en una insalvable contradicción entre confianza y
desconfianza, entre fe e incredulidad. Pero precisamente pasando por
todo tipo de duda es cómo se confirma el sí a Dios en fidelidad a la
decisión tomada en su día: así es como se convierte en una fe en Dios
probada y acrisolada.