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Pierre Simon de Laplace, el genio zalamero.

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Pierre Simon de Laplace (1749 - 1827) fue uno de los matemáticos más grandes de la historia,
aunque, como ser humano, se han dicho de él muchas cosas y, de ellas, pocas buenas. Tenía un
interesado afán por agradar a los poderosos, de hecho, consiguió navegar entre las aguas
revueltas de la Revolución Francesa y sobrevivir a la restauración de la monarquía tras la caída de
Napoleón. Donde otros perdieron la cabeza, él supo llevarla muy alta y sobre los hombros.
Su inteligencia magnífica dejó una huella imborrable en múltiples campos del conocimiento. En
matemáticas fue un verdadero genio cuyos logros ponen en aprietos a muchos estudiantes de
ciencias, que tiemblan ante la sola visión de su famosa "laplaciana" y las ecuaciones que la
acompañan.
En astronomía, enunció la "hipótesis nebular" para explicar la formación del Sistema Solar. De
acuerdo con su visión, el Sol, los planetas y el resto de los cuerpos que orbitan a su alrededor, se
formaron a partir de una enorme nube de gas incandescente que rotaba alrededor de su centro de
masas. A medida que se enfriaba la nube se iba contrayendo en sucesivos anillos que, a su vez,
se enfriaron y condensaron dando lugar a los planetas.
Laplace estudió la estabilidad del sistema Tierra-Luna. Explicó la relación entre la aceleración lunar
y los cambios de la excentricidad de la órbita terrestre. Este análisis sirvió para completar su
demostración de que todos los cuerpos del Sistema Solar forman un conjunto estable que se
mueve por el vacío del espacio.
Cuentan que Laplace, siempre inclinado a alagar a los poderosos, presentó a Napoleón el primero
de los cinco tomos de su "Mecánica Celeste", un compendio de conocimientos que contenía los
métodos analíticos para determinar las órbitas de los planetas, su forma y las influencias de las
mareas. El emperador consultó a sus consejeros y uno de ellos le indicó que, en la obra, no había
ni una sola mención del nombre de Dios. Napoleón, que disfrutaba poniendo en aprietos a sus
interlocutores con preguntas embarazosas, le dijo: "Monsieur Laplace, me dicen que habéis escrito
este grueso libro sobre el sistema del Universo y ni siquiera habéis mencionado a su Creador." El
genio, que, a pesar de ser muy comedido con los políticos, no consentía la más mínima objeción a
su visión filosófica, dio un paso atrás y contestó sin rodeos, "No he tenido necesidad de tal
hipótesis".
Escuchen ustedes su biografía. Comienza así:
Érase una vez un muchacho, hijo de un pobre labrador, que vivía en una hermosa aldea de la
Normandía, llamada BEAUMONT EN AUGE. Por su condición social estaba predestinado a
heredar el oficio del padre y a vivir de las labores del campo. Pero el pequeño PIERRE SIMON no
era un niño como los demás. Era altivo, soberbio, ambicioso, calculador y extremadamente
inteligente. Desde muy temprana edad aprendió también a cultivar el arte de la lisonja y gracias a
ello conquistó el afecto de un vecino adinerado que se ofreció a costearle los estudios.

Tycho Brahe. El científico con la nariz de plata.
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Antes de que Galileo apuntara al cielo con el primer telescopio (1610), sólo había una forma de
escrutar el firmamento: a simple vista. Aun así, algunos genios de La Ciencia lograron alcanzar
cotas de observación increíbles.
De entre todos los astrónomos pregalileanos,Tycho Brahe brilla con luz propia. Nació en 1546, en
Dinamarca y durante sus 55 años de vida identificó cientos de estrellas, descubrió y estudió una
supernova, se deleitó observando cometas y, aunque no llegó a destronar a la Tierra de su puesto
central en el Sistema Solar, al menos colocó a los otros planetas en sus órbitas correctas alrededor
del Astro Rey.
Así comienza nuestra historia:
En un rincón de Dinamarca flota una isla en la que una vez, hace ya muchos años, se erigió un
lugar maravilloso llamado Urianburg, en honor a Urania, la musa de la Astronomía. Lo mandó
levantar el Rey de los daneses como regalo al más sabio de sus vasallos, un hombretón de
encendido genio, que se hacía acompañar siempre de un enano apodado Jepp, y que se
pavoneaba de tres rasgos que lo hacían inconfundible: su colosal altura, su barriga prodigiosa y
una nariz postiza de plata de la que se sentía especialmente orgulloso....
Henry Cavendish, el hombre que pesó la Tierra.
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Henry Cavendish, fue un científico singular, tímido entre los tímidos, vergonzoso, maniático,
misógino y... genial. Es tan famoso por su extravagante forma de vivir como por sus experimentos
científicos.
Nació en 1731 en Niza, Francia, de padres ingleses y murió en Londres, en 1810. Estudió la forma
en la que las sustancias acumulan o pierden el calor (calor específico). Descubrió las propiedades
del hidrógeno y demostró la composición del agua, un experimento cuyos resultados anunció a la
manera de aquellos tiempos "el agua está compuesta por aire deflogistizado (oxígeno) unido al
flogisto (hidrógeno)". Midió la densidad de la atmósfera e hizo importantes aportaciones sobre la
electricidad.
Su experimento más famoso consistió en demostrar que las masas, no importa cuál sea su
composición o forma, se atraen entre sí. Lo hizo con un experimento maravilloso que ha pasado a
ser uno de los más emblemáticos de la historia de la ciencia, hasta el punto que lleva su
nombre:Experimento de Cavendish. Utilizando unabalanza de torsión determinó la densidad media
de la Tierra con un error mínimo, dicho de otra manera, pesó la Tierra.
La biografía que les ofrecemos hoy empieza así:

Eran las siete en punto de la mañana del 17 de febrero de 1810 y como todos los días, desde hace
más de cincuenta años , un anciano frágil y encorvado daba su paseo matutino por las solitarias
calles de Londres. Caminaba con la cabeza gacha, la barbilla escondida y la mirada clavada en el
suelo. Un gesto huidizo que había adoptado para encubrir su enfermiza timidez y su inconfesada
antipatía por el género humano. No sentía el menor interés por sus semejantes pero, en cambio,
era imposible pasar a su lado y no reparar en él ...
Max Planck y el enigma del cuerpo negro.
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No somos conscientes de ello pero nuestra visión del mundo es un engaño, una ilusión creada por
cada objeto y su peculiar forma de comportarse ante la luz.
Un vestido rojo podríamos decir que es de todos los colores, menos rojo. Cuando incide sobre él la
luz blanca, que es el conjunto de todos los colores del arco iris, el vestido rechaza el rojo y se
queda con todos los demás. Si iluminamos el vestido con luz verde solamente, no reflejará ningún
color, para nosotros será negro.
Nuestro limitado sentido de la vista tiene la culpa del engaño, al menos en parte. Miramos a través
de una ventana porque el vidrio es transparente a los colores que podemos ver, sin embargo es
opaco ante las radiaciones que no vemos, las que están por debajo del rojo (infrarrojas) o más allá
del azul (ultravioletas). Si nuestro sentido de la vista pudiera ver el infrarrojo tendríamos que
cambiar el vidrio de las ventanas.
Otros cuerpos no reflejan la luz, la generan; son fuentes de luz, una bombilla o una estrella son
buenos ejemplos. Estos objetos brillan más o menos y nos parece que podemos reducir la
intensidad de la luz a voluntad, haciéndola más y más tenue hasta el infinito. Otra mentira.
Fue el científico alemán Max Planck el que descubrió ese otro engaño de la Naturaleza y, al
hacerlo, revolucionó nuestra visión del mundo. La energía, se pensaba antes de él, es continua y la
podemos dividir en trocitos tan pequeños como queramos. Planck descubrió que no.
El juego de absorción y emisión de energía que modela nuestro mundo atraía de forma muy
especial a los científicos de finales del siglo XIX. Para ellos estaba claro que la luz visible, la
radiación infrarroja o la ultravioleta son sólo distintos aspectos de un tipo de emisión que recibe el
nombre genérico de "radiación electromagnética". Sabían también que si un cuerpo absorbe
radiación se calienta y, por otro lado, un cuerpo caliente emite radiación.
Lo que los científicos de aquellos tiempos no sabían es cómo emite la radiación cada material.
Para averiguarlo se les ocurrió un juego: idearon un cuerpo teórico capaz de absorber todas las
radiaciones,un cuerpo negro.
Un cuerpo negro se asemeja a un horno hermético, perfectamente aislado, en cuyo interior las
paredes absorben todas las radiaciones sin dejar escapar nada. Dicho así tenemos un problema:
no podemos ver lo que pasa dentro. Para averiguarlo, no hay más remedio, tenemos que abrir un
pequeño agujero.
Si abrimos un agujero para mirar, las radiaciones exteriores podrán entrar por él, añadirán energía
a su interior y el cuerpo se calentará. Lo mismo sucede al ponernos ropa negra al Sol, la ropa
absorbe la energía y empezamos a sudar. Así pues, como hemos dicho que un cuerpo negro es un
absorbente perfecto, irá aumentando la energía acumulada y cada vez se pondrá más caliente.
No puede existir un cuerpo capaz de acumular energía hasta el infinito porque acabaría robando
toda la que existe y el Universo moriría helado. Imposible. Si abrimos un agujero, abrimos también
una puerta de escape para la radiación. El cuerpo negro es, a la vez, un absorbente perfecto y un
perfecto emisor.
En 1859, Kirchhoff, que después sería profesor de Max Planck, realizó una serie de experimentos
calentando un horno y midiendo la emisión que salía por un agujero. Era lo más aproximado a la
emisión de un cuerpo negro pero los resultados fueron difíciles de interpretar.
Fue en 1900 cuando Max Planck dio con la clave del problema y lo hizo con una visión
revolucionaria: La radiación no se emite de forma continua, va en paquetes pequeñísimos pero
indivisibles que llamó "quanta". Con esa premisa dedujo la fórmula que cuadra de manera precisa
con los experimentos del cuerpo negro y cambió para siempre la visión del mundo de lo diminuto.
Nació el mundo cuántico.
Les invitamos a escuchar la vida de Max Planck. Empieza así:
El último día de julio de 1945, un oficial norteamericano llamó al timbre de una casa desolada y
derruida por los estragos de la guerra. Le abrió la puerta un anciano de ojos tristes y casi 90 años,
que momentos antes había estado tocando el piano para recuperar las ganas de vivir. Al verlo, el
militar lo saludó con un gesto solemne. Tenía enfrente al profesor MAX PLANCK, el físico más
respetado de Alemania; un hombre de integridad intachable al que debía trasladar, por motivos de
seguridad, fuera de Berlín…






















Emmanuel Kant. El filósofo que vislumbró un universo de galaxias.
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Una mañana de 1750, en la villa prusiana de Koningsburg, un joven llamado Enmanuel Kant leía
con avidez el periódico de Hamburgo. Entre páginas de sucesos llamó su atención la reseña de la
última obra del astrónomo inglés Thomas Wright, titulada "Una teoría original o nueva hipótesis del
Universo"
Kant, que por entonces nada hacía sospechar que llegaría a ser uno de los mayores filósofos de
todos los tiempos, leyó con interés el artículo en el que un periodista poco riguroso comentaba,
más mal que bien, el contenido del libro.
Wright era un hombre piadoso que se había empeñado en demostrar la grandeza de Dios a través
de la astronomía. Sus teorías sobre el origen del Universo mezclaban los conocimientos
astronómicos con la búsqueda del Trono de Dios, que él situaba en el centro del Universo, o del
infierno, que relegaba al extremo oscuro.
En su obra, Wright asumía que el Universo es esférico, con los astros situados en capas sucesivas,
como las capas de una enorme cebolla, colocando las estrellas en la capa más alejada del centro.
Platón, Aristóteles y Ptolomeo defendieron esta idea y colocaron a La Tierra en el centro pero el
astrónomo inglés proponía, y esa es una de las pocas cosas en las que llevaba razón, que el Sol
es una estrella más, situada sobre la esfera de estrellas fijas lejos del centro del Universo.
Si el Sol tuviera su lugar en la esfera de estrellas fijas, razonaba Wright, tendríamos una visión muy
peculiar del firmamento. Al mirar tangencialmente para ver los astros más cercanos, observaríamos
que las estrellas se acumulan unas tras otras en el campo de visión mostrando una banda
luminosa muy semejante a la Vía Láctea, al mirar en otras direcciones, en cambio, las estrellas se
ven dispersas..
La imagen parecía ajustarse bastante bien a la realidad pero el artículo del periódico no explicaba
correctamente la teoría, dejaba de lado la existencia de las esferas y sólo resaltaba la última parte.
Kant sacó la conclusión, errónea, de que Wright describía el Universo, no como una esfera sino
como un disco plano de estrellas.Pensando que esto era lo que defendía el astrónomo inglés, Kant
comenzó a desarrollar su propia visión del Universo.
"Lo mismo que los planetas se encuentran confinados en su movimiento a un plano común -
razonaba el filósofo-, las estrellas también están situadas aproximadamente en las cercanías de un
plano que se dibuja por el firmamento de manera muy similar a la franja de luz que llamamos Vía
Láctea. Pienso que, dado que esa zona, iluminada por innumerables soles, tiene la forma casi
exacta de una gran circunferencia, el Sol debe estar situado muy cerca de ese gran plano."
Posteriormente, Kant conoció la existencia de nebulosas elípticas gracias a un trabajo del
astrónomo francés Maupertius y sugirió que se trataba de enormes aglomeraciones de estrellas
(después se les llamó galaxias) como la Vía Láctea.
Así fue como el libro de un astrónomo enloquecido, el artículo de un periodista poco informado y la
mente de un filósofo genial lograron destronar al Sol del centro del Cosmos y abrir las puertas a un
Universo infinitamente más grande y hermoso.
Escuchen ustedes la historia de la vida de Emmanuel Kant. Comienza así:
El 29 de mayo de 1781 fue, aparentemente, un día como otro cualquiera en la pequeña localidad
prusiana de KONINGSBURG. Como todas las tardes, un hombre de aspecto enfermizo y pequeña
estatura salió por la puerta de su casa acompañado de un criado que le sujetaba el paraguas por si
empezaba a llover. . Sin mediar palabra, ambos enfilaron calle abajo por la avenida principal y,
nada más verlos, los vecinos se apresuraron a poner los relojes en hora.

Arquímedes, el hombre que movió el mundo. (Siracusa, 287 - 212 a.C.)
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Arquímedes murió durante la captura de Siracusa por los romanos, a pesar de que el general
Marcelo había dado órdenes expresas que se respetara la vida del sabio. Marcelo,
apesadumbrado por la noticia, ordenó enterrarlo según su deseo, colocando una esfera y un
cilindro sobre la tapa del sepulcro. Arquímedes había descubierto la relación entre los volúmenes y
las superficies de estos cuerpos y se sentía especialmente orgulloso de ello.
Pasaron más de cien años y, lamentablemente, el monumento a uno de los científicos más
grandes de la historia cayó en el olvido.
El año 75 a.C. el gran orador y filósofo, Cicerón, fue enviado a Siracusa para ayudar con sus
conocimientos al administrador romano de Sicilia. Cicerón había oído hablar de Arquímedes
cuando era niño y en muchas ocasiones había propuesto al matemático como "modelo de vida",
frente a los excesos de Dionisio, un tirano cruel que instaló un régimen brutal en Siracusa.
En el libro V de su obra "Tusculanarum Disputationum" Cicerón cuenta como redescubrió la tumba
de Arquímedes y compara el estilo de vida del sabio con el de Dionisio. He aquí una traducción del
párrafo:
"(...) Cuando era quaestor en Sicilia, conseguí localizar la tumba de Arquímedes. Los siracusanos
no sabían nada de ella, incluso negaban que tal cosa existiera. Pero allí estaba, completamente
rodeada de matorrales, oculta por las zarzas y espinas. Recordé haber oído hablar que en la
tumba había escritos algunos versos que hacían referencia a las figuras de una esfera y un cilindro
que habían sido modelados en piedra sobre el sepulcro. Me llevó un tiempo revisar todas las
numerosas tumbas que existen tras la puerta Agragentina.
Finalmente reparé en una pequeña columna, apenas visible tras los matorrales, coronada por una
esfera y un cilindro. Inmediatamente comuniqué a los habitantes de Siracusa, algunos de cuyos
ciudadanos principales estaban conmigo en ese momento, que aquel era el objeto que había
estado buscando. Enviaron hombres con hoces para limpiar el lugar y, cuando el camino al
monumento quedó despejado, nos acercamos. Los versos eran visibles todavía, aunque la
segunda mitad de cada línea se había borrado.
Así pues, una de las más famosas ciudades del mundo griego, y también uno de los grandes
centros del saber en el pasado, había permanecido en una total ignorancia sobre la tumba del
ciudadano más brillante que había producido, ¡y así seguiría si un hombre de Arpino (ciudad natal
de Cicerón) no hubiera venido a señalarla!.
Pero ahora volvamos al punto en el que comencé esta disgresión. Seguramente cualquier persona
que tenga la más mínima conexión con las musas, es decir, con la civilización y el aprendizaje,
preferiría ser el matemático Arquímedes al tirano Dionisio. Si pesamos los modos de vida y el
comportamiento de ambos hombres, encontramos que uno de ellos alimentó su cerebro con
investigación científica y descubrimiento, con la satisfacción que se produce tras el intenso ejercicio
intelectual -que es el alimento espiritual más maravilloso del mundo-, mientras que los
pensamientos del otro insisten en el asesinato y la opresión, y el temor es su compañero noche y
día. Comparen a Dionisio con Demócrito,Pitágoras o Anaxágoras. En toda la Tierra, ¿qué tronos o
posesiones pueden tener un rango superior a sus logros filosóficos y la satisfacción que de ellos se
deriva?"
Les invitamos a escuchar la vida y obra de Arquímedes.
Nicolás Copérnico. El genio que expulsó a la Tierra del centro
del Universo.
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Todo gira alrededor de nosotros, es obvio, el Sol se mueve de Este a Oeste todos los días y, como
él, lo hace la mayoría de las estrellas, exceptuando -cosa digna de mención- la estrella Polar, que
se empecina en permanecer inmóvil. Eso no tiene nada de particular, el cielo es una enorme esfera
que gira alrededor de la Tierra y la Polar está justo en el eje. Lo que está claro es que el Universo
es esférico y nosotros, que somos tan importantes, estamos en el centro. Así pensaban los que
vivieron en los tiempos antiguos, incluidos grandes sabios griegos, como Parménides, Platón o
Aristóteles.
Estas observaciones dieron luz a una nueva ciencia, la Astronomía. Los más observadores
descubrieron que no todos los astros se mueven por igual en el firmamento. La Luna gira alrededor
de nosotros siguiendo un ritmo distinto al de las estrellas fijas, el Sol lo hace al suyo y una serie de
"estrellas errantes" (eso significa en griego "esteres planetai", de ahí el nombre de "planetas") giran
siguiendo movimientos extraños que van y vienen por el cielo, como si sus esferas pararan en un
momento dado, dieran marcha atrás, y volvieran de nuevo.
Así de fácil parecía funcionar el Universo, pero cuando los astrónomos se pusieron a diseñar un
modelo que permitiera predecir los eclipses, las fases de la luna, el movimiento de los planetas o la
aparición de las estrellas sobre el horizonte, las cosas se fueron complicando. El sabio griego
Eudoxo, alumno de Platón, necesitó 27 esferas de distinto radio para describir los movimientos del
cielo. Unas esferas semitransparentes que se movían a distinto ritmo tirando del Sol, de la Luna y
de los planetas. Aristóteles perfeccionó el modelo añadiendo más esferas, no menos de 55, y lo
hizo con tal maestría y belleza que logró convencer al mundo durante muchos siglos, a pesar de
estar equivocado.
El modelo fue ajustado por Ptolomeo, en el siglo II d.C. Propuso tal número de esferas, unas
dentro de otras, excéntricas, grandes, pequeñas, que el modelo perdió la simetría y la estética de
Aristóteles pero, más o menos, daba resultado a la hora de hacer predicciones. Ese "más o menos"
permitió la supervivencia del sistema, pero era tan complejo que algunos protestaron abiertamente.
Cuentan que el rey Alfonso X el Sabio, al ser informado del modelo ptolomeico, dijo: "si es
realmente así como Dios ha construido el universo, yo le podría haber aconsejado mejor".
En toda sociedad hay una "oveja negra" y en la sociedad griega fue un genio de las matemáticas
llamado Aristarco de Samos. Cuando era joven, se atrevió a decir que el Sol era mayor que la
Tierra, algo peligroso de afirmar, porque al gran sabio Anaxágoras lo habían desterrado por mucho
menos, al sugerir que el Sol era tan grande como el Peloponeso. El caso es que en la cabeza de
Aristarco no cabía la idea de que algo mucho más grande que la Tierra fuera obligado a girar
alrededor de ella, era como si un lanzador de peso pudiera lanzar con facilidad un cuerpo cien
veces más pesado que él. Con estas premisas, contra corriente, mil setecientos años antes que
Copérnico, Aristarco elaboró un sistema del Universo que desplazaba a la Tierra de su posición y
ponía el Sol en el centro del Universo. Desgraciadamente el libro en el que desarrolló su teoría se
perdió y sólo sabemos de su existencia gracias a los comentarios de Arquímedes y de algunos
escritores como Plutarco.
La historia de la ciencia pasa de puntillas por los oscuros siglos de la Edad Media y vuelve a brillar
con la llegada del Renacimiento. La mirada atrás, hasta los grandes pensadores del pasado, y la
invención de la imprenta, que puso en manos de muchos las obras tanto tiempo olvidadas, provocó
una revolución cultural sin precedentes. Se dice que Nicolás Copérnico miró más los libros que
estrellas. Así fue como pudo comprobar los errores de Ptolomeo y, posiblemente, oyó hablar de las
ideas de Aristarco. Su gran talento le permitió elaborar una nueva visión del Cosmos con el Sol en
el centro, la teoría heliocéntrica, una revolución que destronó para siempre al ser humano del
centro del Universo.
Les invitamos a escuchar la biografía de Nicolás Copérnico. Comienza con estas palabras:
Cuentan las crónicas que en mayo de 1543 un mensajero llamó a la puerta del canónigo de
Fraunburg, en Polonia, con un correo urgente. Traía el primer ejemplar de un libro recién salido de
la imprenta y deseaba entregarlo al autor en propia mano. Tras muchos titubeos, lo dejaron pasar y
se encontró con un anciano que agonizaba ya en su lecho de muerte. Con cuidado de no perturbar
al enfermo, el mensajero dejó el volumen sobre la cama y dio por concluida su misión. Sospechaba
que NICOLÁS COPÉRNICO moriría sin tener conciencia de esa inesperada visita... pero no fue
así.
William y Caroline Herschel, los músicos de las estrellas.
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La música y la ciencia son dos viejas compañeras que han marcado la vida de muchos seres
humanos, grandes y pequeños. El padre de William y Caroline Herschel era músico y, además de
inculcar una excelente formación musical a sus seis hijos, después de cada comida, disfrutaba
estimulando discusiones acaloradas sobre música, ciencia y filosofía. Con esa base, William y
Caroline se dedicaron a la música, pero triunfaron en la ciencia.
William comprendió que hacían falta telescopios más grandes para ver los detalles del firmamento
y no dudó en construir sus propios instrumentos. Caroline se unió a él en la empresa. En un
principio, cuando la astronomía era sólo una afición, fundían espejos metálicos en su propia casa y
los pulían con un esmero extraordinario para darles la curvatura adecuada. Influidos por su
dedicación a la música, hacían los tubos de telescopio tan elegantes como violonchelos y
construían los oculares con la madera noble empleada para hacer los oboes que William tocaba
de joven.
Con aquellos instrumentos artesanales, ante los Herschel se abrió un mundo inexplorado que
amplió de forma dramática los límites del Sistema Solar y del Universo. A los seis planetas
conocidos, los Herschel añadieron uno nuevo, Urano, ampliando al doble los dominios del Sol,
descubrieron dos nuevos satélites que orbitan alrededor de Saturno, Encélado y Mimas,
observaron cometas, estrellas, nebulosas y galaxias. William identificó a la nebulosa de Orión
como "el material caótico de soles futuros" exactamente lo que es, un espacio inmenso en el que
están naciendo incontables estrellas.
Cuando, gracias al descubrimiento de Urano, William recibió una asignación de 4.000 libras para la
construcción del mayor telescopio de la época, decidió fundir un espejo de 90 centímetros de
diámetro, con el triple poder de resolución que el más grande construido hasta entonces. Como
ninguna fundición se atrevió a hacerlo, los Herschel no dudaron en intentarlo ellos mismos. En el
sótano de su casa de New King Street, construyeron un molde del lo que Caroline describió como
"una inmensa cantidad de estiércol de caballo". Pueden imaginar el trabajo que suponía triturar esa
masa hasta darle la forma adecuada y las condiciones que los astrónomos debieron soportar.
Desgraciadamente, al echar el material fundido, el molde se agrietó y se derramó por el suelo
haciendo explotar las baldosas, mientras los Herschel y sus ayudantes lograba ponerse a salvo a
duras penas.
La experiencia estuvo a punto de terminar en desgracia y el rey Jorge II decidió poner su propio
dinero para que la construcción se hiciera con las garantías adecuadas. Así fue cómo, bajo la
dirección de William, se construyó el telescopio más grande de la época, con un espejo de 1,22
metros, alojado en un tubo de 12 metros de largo. Cuentan las crónicas que, el día de la
inauguración, el rey cogió del brazo al arzobispo de Canterbury y le dijo "Venid, mi lord obispo, os
mostraré el camino del cielo".
Aunque el telescopio resultó ser demasiado difícil de utilizar, los Herschel lograron descubrir con él
nuevos satélites en Saturno. Después dejaron de utilizarlo y continuaron haciendo
descubrimientos con otros telescopios más pequeños. Con ellos observaron unas manchas
lechosas en forma de nubecillas tenues llamadas nebulosas. Al enfocar hacia ellas el telescopio,
William observó que, en la mayoría de los casos, la nube se resolvía en estrellas. Así fue como
descubrió que Andrómeda, la galaxia hermana de la Vía Láctea, brilla gracias al resplandor unido
de millones de soles.
En un principio William creyó que todas las nebulosas eran así, pero el 13 de noviembre de 1790,
observando una mancha lechosa en la constelación Taurus, descubrió que aquella nebulosa tenía
una estrella en el centro exacto. Comprendió que algunas de las nebulosas no están compuestas
de estrellas sino de -según sus propias palabras- de "un fluido brillante" de naturaleza
desconocida. Ahora sabemos que éstas nebulosas planetarias son inmensas nubes de gas
despedidas al espacio durante los últimos estertores de ciertas estrellas.
La visión de William y Carolina Herschel cambió por completo la astronomía. Los telescopios, hasta
entonces construidos para mirar planetas, satélites y cometas, comenzaron a descubrir un
Universo infinitamente más grande y complejo, dejando, al mismo tiempo, al ser humano, más
humilde y más pequeño.
Hoy, en Ciencia y Genios, les ofrecemos la vida de William y Caroline Herschel.
Sbrahmanyan Chandrasekhar. El joven que descubrió los
agujeros negros.
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La historia se repite una y otra vez. La juventud, unida al conocimiento y al trabajo extenuante,
proporciona, a los más despiertos, visiones insólitas del mundo. Como tantas veces sucede, la
osadía de las nuevas ideas choca con las verdades establecidas y, sobretodo, con los que las
defienden. Pero el conocimiento, como la juventud, no tiene color, raza o fronteras y, tarde o
temprano, el método científico triunfa.
En 1930, Sbrahmanyan Chandrasekhar era un joven hindú de 24 años de edad, natural de Lahore
(ahora Pakistán), recién licenciado en físicas. En el colegio había destacado por su habilidad con
las matemáticas, física y química e, incluso, en el estudio del sánscrito. A pesar de la falta de
medios y libros adecuados, Chandra -que así le llamaban sus amigos- se las había apañado para
adquirir unos aceptables conocimientos de una de las más novedosas teorías del momento: la
mecánica cuántica. Incluso ganó un concurso en la facultad gracias a un ensayo sobre esta
materia, el premio era un libro y él pidió uno titulado: La constitución de las estrellas, de Sir Arthur
Eddington.
Eddington era por entonces uno de los físicos más eminentes del planeta. Conquistó la fama tras
un viaje a las Islas Príncipe, cerca de África, para observar el eclipse solar del 29 de mayo de
1919. La Teoría de la Relatividad General de Einstein había predicho que, al ocultarse el Sol tras la
Luna durante el eclipse, la luz procedente de las estrellas cercanas al Astro Rey sería curvada por
la gravedad solar falseando su posición en el firmamento. Aunque la expedición tuvo muchos
problemas, los datos recopilados demostraron que Einstein llevaba razón. Cuentan que, a su
vuelta, un periodista le preguntó: "Sir Arthur, ¿es verdad que sólo hay tres personas en el mundo
que comprenden la Teoría de la Relatividad y que usted es una de ellas?". Eddington quedó
pensativo y contestó: "Estoy intentando averiguar quién es la tercera persona."
Eddington ni siquiera había oído hablar de él, pero el joven Chandrashekar comprendía muy bien
las teorías de Einstein. Recién licenciado, con el libro del físico inglés bajo el brazo, se embarcó
hacia Inglaterra para estudiar en la Universidad de Cambridge, gracias a una beca del gobierno.
Poco propenso a perder el tiempo, Chandra decidió enfrascarse en un problema durante la
travesía: intentar descubrir la estructura interna de las estrellas denominadas "enanas blancas".
Es maravilloso pensar que el cerebro humano pueda ser tan osado. Aquel jovenzuelo armado de
papel y lápiz, luchando contra el tedio de un viaje de varios meses en barco, escribiendo extrañas
ecuaciones pobladas de signos incomprensibles, fue capaz de descender hasta el mismísimo
corazón de las estrellas.
Las ecuaciones fueron fluyendo, una tras otra, descifrando el complejo comportamiento de la
estrella moribunda cuando el combustible nuclear se acaba. Chandra imaginaba la terrible lucha de
la gravedad, que todo lo comprime, cuando desaparece la fuente de energía interna que calienta y
expande la materia. Según las creencias de entonces, llegado un momento, las estrellas no se
podían comprimir más y morían lentamente radiando el calor remanente al espacio hasta
convertirse en cenizas errantes, oscuras y frías. Pero Chandra comprendió que la Teoría de la
Relatividad tenía algo que decir a ese proceso y aplicó las ecuaciones de Einstein.
Para sorpresa del joven físico, los resultados de sus cálculos decían que cuando la masa de la
estrella supera un límite (ahora establecido en 1,44 veces la masa del Sol), el astro se contrae más
y más, hasta el infinito. La estrella moribunda se convierte entonces en un objeto extraño, pequeño
e inmensamente denso, tan masivo que nada escapa a su atracción gravitatoria, ni siquiera la luz.
Es un objeto enigmático, que engulle sin piedad todo lo que tiene alrededor: un Agujero Negro.
Eddington, el mismo Eddington que había creído a ciegas en las teorías del joven Einstein hasta el
punto de embarcarse en un peligroso viaje para demostrarlas, no supo ver la extraordinaria
creación de aquel joven hindú y puso en duda sus resultados. "Creo que debe haber una ley
natural que impida a una estrella comportarse de forma tan absurda"- exclamó. La historia se
repitió pero, una vez más, ganó la Ciencia. Chandrasekhar rompió los moldes y demostró que el
Cosmos es muy diverso, dinámico y vivo, cargado de energía que evoluciona de infinitas maneras
dando a luz a insospechadas maravillas. En 1983, la comunidad científica concedió el Premio
Nobel de Física a Sbrahmanyan Chandrasekhar.
El 23 de Julio de 1999, la NASA puso en órbita el Observatorio de rayos-X Chandra. Este
observatorio no puede ver los agujeros negros directamente pero sí puede detectarlos de manera
indirecta, observando las emisiones de rayos X que libera la materia al caer en ellos. Gracias a
Chandra y a otros instrumentos ahora sabemos que existen agujeros negros de muchos tamaños.
Unos, enormes, habitan en el centro de las galaxias y tienen masas de miles de millones de soles,
otros son más modestos, como GRS 1915, que tiene una masa de 10 soles y se alimenta del
material que roba a una estrella compañera. Se habla, incluso, de mini agujeros negros del tamaño
de partículas elementales.
Escuchen ustedes la biografía de Sbrahmanyan Chandrasekhar.
La nariz de Charles Darwin.
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Una nariz pudo haber cambiado el ritmo de la historia y de la ciencia. El apéndice nasal al que me
refiero pertenecía a un hombre que nació hace 200 años, que publicó el libro más polémico de la
historia hace 150 años y que, aún en nuestros días, levanta ampollas entre los que, por su
cabezonería, han perdido el olfato necesario para reconocer la evidencia. Entre estos últimos
estaba Robert Fiz-Roy, un joven que en 1831, a sus 23 años, había logrado el rango de capitán de
un barco de nombre Beagle.
Cuando a Fiz-Roy le presentaron a Charles Darwin, apenas un año más joven que él, se fijó en su
nariz. En aquellos tiempos la afición de moda era la frenología, una teoría que afirmaba que es
posible determinar el carácter y los rasgos de la personalidad, incluidas las tendencias criminales,
basándose en la forma del cráneo, cabeza y facciones. La primera impresión fue desastrosa: la
forma de la nariz de Charles era "poco propicia".
Darwin no fue la primera opción para Fiz-Roy, pero se tuvo que conformar cuando la persona
elegida decidió no embarcar.
El capitán tenía razón, esa nariz no era de fiar. En lugar de buscar contra viento y marea las
señales inequívocas de la Creación, Darwin se dedicó a husmear por los rincones más escondidos
de la Naturaleza sin hacer preguntas. A pie, a caballo o a lomos de una mula exploró desiertos de
arenas ardientes, escaló montañas y glaciares, desde la Patagonia hasta Australia. Ningún objeto
escapaba a su concienzudo reconocimiento, fuese flor, ave o insecto; tantas fueron las muestras
recolectadas que sus compañeros se preguntaban si se había propuesto hundir el Beagle.
Las muestras se fueron acumulando en la bodega del barco y, al mismo tiempo, las experiencias
fueron dejando un poso de preguntas que se amontonaban en desorden dentro de la cabeza del
joven Darwin. En las cimas montañosas de Chile, a 4.000 metros de altura, encontró fósiles de
animales marinos, presenció un terremoto que levantó el suelo más de un metro en unos
segundos, observó el anillo de vida de los atolones del Pacífico -y elaboró una preciosa teoría que
explica su extraña forma-, y fue testigo de la extraordinaria diversidad de vida y su exquisita
adaptación a cada medio.
Charles había heredado el olfato de su abuelo Erasmus, es más, fue su ilustre antepasado el
primero en escribir sobre evolución en un libro que tituló Zoomonia. Erasmus Darwin había escrito:
¿Sería demasiado audaz imaginar que, quizás millones de eras antes del comienzo de la historia
de la humanidad, todos los animales de sangre caliente surgieron de un único filamento vivo, al
que la GRAN CAUSA PRIMERA dotó de carácter animal?
El gran logro de Charles Darwin no fue proclamar que la vida había evolucionado, sino identificar el
mecanismo evolutivo que permite el nacimiento de nuevas especies: la selección natural. De sus
observaciones extrajo varias premisas que le permitieron después construir el edificio de su teoría.
La primera defendía que cada individuo, de cada especie, es diferente -ahora sabemos que cada
uno de nosotros tiene su propia carga genética, pero entonces nadie conocía la existencia de los
genes-.
La segunda se basaba en un hecho inapelable: todos los seres vivos engendran más vástagos de
los que el medio puede soportar. El mundo, cruel por naturaleza, elimina a la mayoría de las crías y
sólo unas pocas de cada generación logran sobrevivir y reproducirse.
La tercera es producto de las anteriores: solo los más aptos sobreviven a la selección que impone
el medio y transmiten sus ventajas genéticas a los descendientes, los menos aptos mueren sin
descendencia y desaparecen. Así funciona la selección natural.
Efectivamente, el capitán Fiz-Roy -un fanático defensor de la Biblia- llevaba razón, Darwin, como
indicaba claramente su nariz, inspiraba poca confianza. Por su culpa, el ser humano, hasta aquel
momento creado a imagen y semejanza de Dios, dejó de ser una criatura especial para convertirse
en un eslabón más de la inmensa cadena de criaturas que han ido sobreviviendo durante la
encarnizada lucha por la supervivencia. Un ser que, como las demás especies, ha evolucionando
lentamente desde aquel espécimen primordial que, hace miles de millones de años, comenzó la
andadura de la vida.
Les invitamos a escuchar la vida de CHARLES DARWIN.

Galileo. La pluma y el martillo.
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Tomen ustedes un martillo con la mano derecha y una pluma de ave con su mano izquierda,
eleven los brazos hasta situar ambos objetos a la misma altura y suéltenlos a la vez. No es difícil
imaginar lo que sucederá. El martillo caerá en línea recta, cada vez más veloz, hasta chocar
pesadamente contra el suelo; la pluma, en cambio, se balanceará lenta y suavemente en el aire,
trazando un camino caprichoso arrastrada por la más tenue brisa, hasta aterrizar delicadamente
mucho más tarde que el martillo.
Aristóteles decía que los cuerpos más pesados caen a tierra con mayor velocidad que los más
livianos. Así fue aceptado durante más de 1.900 años, por dos razones: porque lo decía el gran
Aristóteles y porque era evidente a los ojos. Lo malo es que extendió su máxima a todos los
cuerpos, ya se movieran en el aire o en el vacío, y cuando los razonamientos no se apoyan en la
experimentación se suele meter la pata.
Antes de Galileo hubo quienes dudaban de las afirmaciones del griego. En el siglo I a.C., apenas
300 años después de la muerte de Aristóteles, el poeta y filósofo romano Lucrecio dejó bien claras
sus dudas en un poema didáctico titulado Sobre la naturaleza de las cosas (De rerum natura).
Era una obra extensa, escrita en seis tomos, que defendía la idea de Demócrito sobre un Universo
compuesto de átomos. En un pasaje, Lucrecio escribe: "… a través del vacío inalterado, todos los
cuerpos deben desplazarse a velocidades iguales, aunque estén impelidos por pesos desiguales".
Pero, Lucrecio decía esas cosas sin ninguna demostración previa, como Aristóteles, por si esto
fuera poco, el romano defendía una humanidad liberada de los dioses y el ateísmo nunca ha
estado bien visto, especialmente por los poderes religiosos. En resumen, Aristóteles le ganó la
partida.
Así estaban las cosas a principios del siglo XVII, cuando Galileo Galilei decidió hacer lo que nadie
había hecho hasta entonces: experimentar. Lo ideal hubiera sido dejar caer un martillo y una pluma
en un ambiente sin aire, pero en aquellos tiempos no había medios para crear un vacío artificial.
Según cuenta un alumno del sabio, Vincenzo Viciani, Galileo llevó a cabo una demostración
pública lanzando cuerpos de distinto peso desde lo alto de la Torre Inclinada de Pisa, un hermoso
experimento sobre el que hay dudas porque Galileo nunca lo mencionó en sus escritos. Lo que sí
es cierto es que el sabio diseñó una serie de experimentos, exquisitamente realizados,
consistentes en hacer rodar bolas de distinto peso por planos inclinados. Al rodar, la aceleración de
los cuerpos es menor y el sabio podía medir y comparar el tiempo que tardaban en llegar a la base
de la rampa.
Galileo decía"…la razón debe intervenir cuando los sentidos nos fallan…" y, dado que vivía en una
época en la que los sentidos se apoyaban en rudimentarios aparatos experimentales -por ejemplo,
utilizaba el pulso como reloj-, el sabio optó por apoyar sus ideas con ingeniosos "experimentos
imaginarios".
Su razonamiento más famoso dice, más o menos, lo siguiente: Imaginemos que lanzamos una
bala de cañón desde lo alto de una torre y medimos el tiempo que tarda en golpear el suelo -
pongamos que tarda dos latidos-. Después, partimos la bala en dos mitades iguales y repetimos el
experimento. Si Aristóteles está en lo cierto, cada media bola, al pesar la mitad, debe caer más
lentamente que la bola entera. Posteriormente, atemos ambas mitades con una cuerda y
lancémoslas de nuevo. El conjunto ¿caerá rápidamente como si la bola estuviera entera o
lentamente puesto que está partida? Así quedó reducida al absurdo la idea de Aristóteles.
La demostración más impresionante del experimento real de Galileo tuvo que esperar muchos
años, hasta la llegada del primer ser humano a la Luna. Durante uno de los viajes, concretamente
el del Apolo 15, el astronauta David Scout dejó caer un martillo y una pluma ante los ojos de
millones de espectadores. La ausencia de atmósfera dio la razón a Galileo: ambos objetos
golpearon el suelo al mismo tiempo.
Ver el video.