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Champollion y la Piedra Rosetta

El día 23 de diciembre de 1790, a las dos de la madrugada, nació en Figeac, una aldea
de Francia, un niño que se llamaría Jean-Franlois Champollion. Tenía una afición tan grande
al estudio de las lenguas que a los siete años aprendió a leer solo y a los once empezó a
estudiar el latín y el griego. También se dedicó con verdadero interés al estudio del hebreo.
Una vez tuvo la ocasión de poder ver una colección de trozos de papiros y unas cuantas
inscripciones egipcias en planchas de piedra. Esto le hizo pensar mucho. Sentía un verdadero
deseo de saber qué podían decir esos signos tan extraños que nadie había entendido nunca.
Quedó tan impresionado al ver esos signos y los encontró tan atrayentes que, sin darse cuenta,
dijo: «Cuando sea mayor, yo sabré qué significan».
Continuó estudiando lenguas y a los trece años comenzó el estudio del árabe, del sirio,
del caldeo y del copto.
A siete kilómetros y medio al nordeste de Rosetta, cerca del río Nilo, un soldado
encontró una piedra. La encontró mientras hacía trabajos de fortificación en unas ruinas de una
fortaleza. Con el pico notó que tocaba la piedra; dejó el pico en tierra y vio en seguida que esa
piedra tenía unas inscripciones muy extrañas. los demás compañeros, al ver la cara de
sorprendido que ponía, se acercaron. Era una piedra como una tabla normal, de un grano fino,
duro, de basalto negro, y estaba pulida de un lado. Estaba escrita con tres clases de signos
diferentes. La llevaron a un general, quien mandó que se empezaran a traducir aquellos signos.
Había catorce líneas escritas con jeroglíficos, treinta y dos líneas con caracteres
demóticos, y cincuenta líneas ... escritas en lengua griega, que mucha gente podía comprender
bien.
Todos los sabios del mundo interesados en descubrir la antigua escritura de los
egipcios se enteraron del descubrimiento de la piedra de Rosetta. Todos empezaron a
traducirla. Todos habían traducido el fragmento que estaba escrito en griego y todos habían
pensado que, con las otras dos clases de escritura, descubrirían la lengua que tanto les traía
de cabeza.
Sin embargo, pasó el tiempo y ninguno pudo llegar a saber qué decían esos signos
extraños que Champollion había dicho que cuando fuese mayor descifraría. ChampoHion vivía
pendiente de todo lo que los sabios hacían y esperaba que, de un momento a otro, alguien
descubriera el significado de aquellos signos. Mirando una copia de la piedra, que se había
hecho en Londres, pensó que quizás sí sería él y no ningún otro quien descubriera qué
significaban esos signos. Todo el mundo creía que los signos eran una escritura de imágenes
y no de letras. No pensaban que se trataba de buscar la equivalencia de las imágenes en las
letras, y se rompían la cabeza buscando el sentido de las imágenes. Y un buen día
Champollion pensó lo contrario.
A Champollion se le ocurrió repente que esos signos, esas imágenes, eran letras.
Supuso también que esa inscripción empezaría con el nombre de los reyes que gobernaban
cuando se había escrito. Comprobó que en el nombre de Cleopatra -que era el nombre de la
reina- los signos 2, 4 y 5 concordaban con los signos 4, 3 y 1 del nombre del rey Ptolomeo.
Así quedaba, pues, descubierta la clave para traducir los jeroglíficos. Ahora se podría
leer todo lo que habían escrito los habitantes del antiguo Egipto. Se descubría, en cierto modo,
un nuevo mundo.
Contado así, parece que Champollion descubrió -tal como había dicho- el significado
de la piedra Rosetta por casualidad. No es así; él había estudiado tanto y sabía tanto que
conocía muchos modos de buscar las relaciones entre las palabras y así tenía la posibilidad
de encontrar más fácilmente el sistema correcto.
Se organizó una expedición y Champollion, muy emocionado, fue a Egipto para saber
qué decían todas esas escrituras que él ya podía leer.
Entraba en todos los sitios, leía todas las inscripciones de los templos, leía montones
de papiros. Era un hombre que, ya de niño, había tenido la idea de descubrir aquellos
jeroglíficos y lo consiguió con un esfuerzo muy grande y con una tenacidad admirable.
Hoy todo el mundo conoce la historia de las pirámides y de los faraones gracias a
Champollion. Sin su afán y su inteligencia, hoy iríamos a Egipto y nadie sabría explicarnos
nada de su historia, que es, en cierto modo, la historia de sus pirámides.
J. FERRER 1 COSTA (1991), Temps era temps, Barcelona, Casals.