Conversando con mis amigos evangélicos sobre la confesión

Reproduzco esta conversación porque puede servir de
ayuda y guía a la hora de explicar a nuestros hermanos
cristianos de otras denominaciones exactamente que
creemos y por qué.

Autor: José Miguel Arráiz | Fuente: ApologeticaCatolica.org

Continuando con la serie de conversaciones entre amigos sobre
temas de apologética, les comparto un nuevo diálogo ficticio en
donde se trata el tema de la confesión de los pecados, o
sacramento de la penitencia. En esta ocasión, los argumentos los he
tomado de algunas Webs de apologética protestante. Los nombres
de quien participan no son reales.

Miguel: José, me gustaría que nos explicaras por qué ustedes
confiesan sus pecados a un hombre cuando en la Biblia no aparece
absolutamente nada parecido.

Marlene: Es más, la Biblia es bien clara en que es Dios quien
perdona el pecado, no el hombre: "Era yo, yo mismo el que tenía
que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados"
(Isaías 43,25); "Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno
de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus maldades, el que
sana todas tus dolencias" (Salmo 103,2-3).

José: Un momento, antes de comenzar dejemos algo claro.
Nosotros los católicos creemos que es Dios quien perdona los
pecados, pero allí no termina la historia. Me parece bien que hayas
comenzado tomando unos textos del Antiguo Testamento, porque
yo quiero ponerte unos ejemplos tomados también de allí para que
nos analicemos:
"Si un hombre se acuesta maritalmente con una mujer que es una
sierva perteneciente a otro, sin que haya sido rescatada ni liberada,
será él castigado, pero no con pena de muerte, pues ella no era
libre. El ofrecerá un carnero, su sacrificio de reparación para
Yahveh, a la entrada de la Tienda del Encuentro; será un carnero de
reparación. Con el carnero de reparación, el sacerdote hará
expiación por él ante Yahveh por el pecado que cometió, y se le
perdonará su pecado." (Levítico 19,20-22)
Hay muchos otros textos del Antiguo Testamento donde ocurre algo
similar, por ejemplo en Levítico 4, 27-35, en los que se observa que
aunque es Dios quien perdona el pecado, un sacerdote es utilizado
como instrumento para conceder el perdón, por lo que el hecho de
que sea Dios quien perdona el pecado en Isaías 43,25 o en el Salmo
103 de ninguna manera elimina la posibilidad de la existencia de un
sacerdocio ministerial establecido por Dios para comunicar ese
perdón.

Marlene: Yo puedo entender que Dios se sirviera de sacerdotes en
el Antiguo Testamento para administrar el perdón de los pecados,
pero el Nuevo Testamento enseña que todos los creyentes son
sacerdotes: "Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio,
nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las
virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable."
(1 Pedro 2,9). También dice: "nos hizo reyes y sacerdotes para
Dios, su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos"
(Apocalipsis 1,6), y también "nos has hecho para nuestro Dios un
reino y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra" (Apocalipsis 5,10).

En el Antiguo Pacto, los fieles tenían que aproximarse a Dios a
través de los sacerdotes. Los sacerdotes eran mediadores entre Dios
y el pueblo. Los sacerdotes ofrecían sacrificios a Dios en nombre de
la gente. Eso ya no es necesario, porque por el sacrificio de
Jesucristo, podemos aproximarnos al trono de Dios confiadamente:
"Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro."
(Hebreos 4,16). Con la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó
por la mitad, destruyendo así el símbolo de la pared divisoria que
había entre Dios y la humanidad. Podemos acercarnos a Dios
directamente por nosotros mismos, sin el uso de un mediador
humano, porque Jesucristo es nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos
4,14-15; 10,21), y el único mediador entre Dios y nosotros (1
Timoteo 2,15). El Nuevo Testamento enseña que debe haber
ancianos (1 Timoteo 3), diáconos (1 Timoteo 3), obispos (Tito 1,6-
9), y pastores (Efesios 4,11) - pero no sacerdotes [1].

José: En la Iglesia Católica también creemos que todos los
cristianos somos sacerdotes, pero distinguimos entre el sacerdocio
común de los fieles, y el sacerdocio ministerial [2]. Recuerden que
Cristo, "mediador de la nueva alianza" (Hebreos 9,15), establece en
consecuencia los "ministros de la alianza nueva" (2 Cor 3,6); que lo
representan a lo largo del espacio y del tiempo, o sea, en todos los
lugares y en todas las épocas. Su capacidad no es de origen
humano sino divino (2 Cor 3,5).

Pero de esta distinción podemos hablar más adelante, lo que les
quiero hacerles notar es que en la Nueva Alianza, al igual que en la
Antigua, el hecho de que Cristo sea único mediador entre Dios y los
hombres, no excluye que se sirva instrumentalmente de sus
ministros para comunicar el perdón. Recuerden que San Pablo,
refiriéndose al ministerio que desempeñan ellos como apóstoles,
dice "que los hombres los consideren como servidores de Cristo y
administradores de los misterios de Dios" (1 Corintios 4,1) y además
afirma que a ellos se les ha concedido el ministerio de la
reconciliación: "todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió
consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la
reconciliación" (2 Corintios 5,18).

Es a ellos a quien les envía como el poder y autoridad que recibió
del Padre y les concede la autoridad y poder de perdonar los
pecados: "Entonces Jesús les dijo otra vez: "¡Paz a vosotros! Como
me envió el Padre, así también yo os envío". Y al decir esto, sopló y
les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,
les serán perdonados, y a quienes se los retengáis, les serán
retenidos" (Juan 20,21-23).

Marlene: Pero en todo el Nuevo Testamento no se ve a nadie
confesando sus pecados a ningún hombre, sino que en 1 Juan 1,8-9
vemos que el pecado se confiesa directamente a Dios: "Si decimos
que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la
verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es
fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda
maldad".

José: Vamos por partes. En primer lugar, ese texto no dice a quien
se debe confesar el pecado, solo dice que debe confesarse.

En segundo lugar, no es cierto que en el Nuevo Testamento no
aparezca por ninguna parte a nadie confesando sus pecados a un
ministro de Dios. Ya en tiempos de Juan el Bautista "acudía a él
gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran
bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados" (Marcos
1,5).

Si bien en Juan 20,23 no se menciona explícitamente que se deba
confesar el pecado, está fuertemente explícito en el hecho de que
para que un ministro pueda absolver o retener un pecado, tiene
primero que conocerlo a través de la confesión del pecador.
Precisamente por eso, en el libro de los Hechos de los apóstoles se
narra cómo los creyentes acudían a los apóstoles a confesarles sus
pecados: "Y muchos de los creyentes, o fieles, venían a confesar y a
declarar todo lo malo que habían hecho." (Hechos 19,18). Querías
un texto bíblico donde ver cristianos confesando sus pecados a los
apóstoles, y allí lo tienes.

Miguel: José, allí no se menciona un confesionario como lo tienen
los católicos hoy en día, allí ellos confesaban públicamente los
pecados que habían cometido como muestra de arrepentimiento.

José: Pero entonces queda claro que no se cumple aquello de que
en la Nueva Alianza solo se confesaba el pecado directamente a
Dios, y allí tenemos un testimonio tomado del Nuevo Testamento de
que no era así.

Ahora bien, cuando hablamos del sacramento de la penitencia,
tenemos que distinguir entre lo sustancial y lo circunstancial. Lo
sustancial es que Cristo instituyó el ministerio de la reconciliación,
otorgando a sus apóstoles y sucesores el poder de perdonar
pecados, y para que el sacerdote pueda absolver el pecado tiene
que conocerlo. Si lo hace dentro de un confesionario o al aire libre,
es algo que no es sustancial y puede cambiar a lo largo de la
historia. Por ejemplo, en la Iglesia primitiva, la confesión del pecado
era pública [3]: "Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y
orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración
ferviente del justo tiene mucho poder" (Santiago 5,14).
Posteriormente el sacerdote era quien luego de escuchar el pecado,
decidía si este tenía que ser confesado en público o bastaba la
confesión al sacerdote, y finalmente se desarrolla el sacramento tal
como lo conocemos hoy, que busca preservar la privacidad de la
persona por medio de la confesión exclusivamente privada y del
secreto de confesión [4].

Marlene: Supongamos por un momento que tienes razón y Cristo
concedió a los apóstoles el poder de perdonar pecados. No se ve en
ninguna parte de la Biblia que este poder pasara a sus sucesores. La
promesa de Jesús era específicamente dirigida a los apóstoles.

José: El apostolado es un ministerio, y los ministerios en la Iglesia
son permanentes porque fueron instituidos para la edificación de los
fieles que son parte del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12,27-29).
Mientras exista la Iglesia en esta tierra existirán los ministerios y
entre ellos el apostolado, ahora desempeñado por los obispos: "El
mismo "dio" a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto
ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio,
para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a
la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al
estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo"
(Efesios 4,11-13). De nada hubiera servido que Cristo les concediese
ese poder mientras vivían sólo los apóstoles, cuando la misión de
ellos superaría la duración de sus vidas. Recuerda que se les ordenó
hacer discípulos a todas las naciones (Mateo 28) y prometió
asistirles y estar con ellos hasta el fin del mundo.

La Palabra de Dios es sagrada, y no debemos permitir que los
prejuicios que podamos tener nos impidan ser honestos con lo que
en verdad enseña la Escritura [5]. Es el propio Cristo quien concede
a sus apóstoles el poder de perdonar pecados, y vemos a los
primeros cristianos acudiendo a ellos para confesarse, sin que en
ningún modo eso contradiga el hecho de que es Dios quien perdona
el pecado. No seamos como aquellos que se escandalizaban cuando
Jesús perdonaba los pecados con la autoridad que recibió del Padre,
cuando los apóstoles y sus sucesores lo hacen con la autoridad que
recibieron de Cristo: "Como me envió el Padre, así también yo os
envío" (Juan 20,21).
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NOTAS
[1] Este argumento lo he tomado del artículo ¿Qué dice la Biblia
acerca de la confesión de pecados a un sacerdote?, publicado en la
Web de apologética cristiana evangélica GotQuestions.org.
[2] El sacerdocio común de los fieles no excluye el sacerdocio
ministerial o jerárquico, sino que "se ordena el uno para el otro,
aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de
Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el
sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee,
modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico
ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en
cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la
eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de
una vida santa, con la abnegación y caridad operante" (Concilio
Vaticano II, Constitución Dogmática de la Iglesia Lumen Gentium,
15-17)
[3] Algunos hermanos evangélicos interpretan Santiago 5,16
entendiendo que se refiere a la petición de perdón de uno otro
cuando se ofendían. Esta interpretación no es justa con el texto, ya
que allí se habla de confesar pecados, no de pedir perdón por las
ofensas. Es necesario distinguir, que si bien una ofensa al prójimo
es un pecado, no todo pecado es una ofensa al prójimo.
[4] Para una explicación más detallada del desarrollo del
Sacramento de la penitencia a lo largo de la historia puede consultar
mi libro: Compendio de Apologética Católica, Segunda Edición,
Editorial Lulu, Venezuela 2014.
[5] Inicialmente las Iglesias evangélicas no rechazaban la confesión
de los pecados al confesor y los luteranos no lo hacen tampoco hoy
día. La Confesión de Augsburgo, la cual es considerada la Confesión
Protestante más antigua, es la base en la que se funda la Iglesia
Luterana y el modelo más universalmente aceptado por dichas
Iglesias (escrita por Lutero y Melancthon en el año 1530) sostenía:
"Respecto a la confesión se enseña que la absolución privada debe
conservarse en la iglesia y que no debe caer en desuso, si bien en la
confesión no es necesario relatar todas las transgresiones y
pecados, por cuanto esto es imposible. "Los errores, ¿quién los
entenderá?" (Salmo 19:12)." En su Catecismo Menor, Martín Lutero
reafirma la necesidad de confesar los pecados, y en su Catecismo
Mayor dedica una breve exhortación a la confesión en donde trata
duramente y llama "puercos que no deberían tener parte en el
evangelio" a aquellos que rechazan el sacramento de la confesión:
"Pero, ahora estas cosas las sabe cualquiera. Por desgracia, lo
aprendieron demasiado bien, de modo que hacen lo que quieren y
están usando de la libertad como si jamás tuvieran el deber o la
necesidad de confesar. Porque muy pronto captamos lo que nos
agrada y donde el evangelio es suave y benigno penetra en
nosotros con suma facilidad. Mas, como dije, semejantes puercos no
deberían vivir bajo el evangelio, ni deberían tener parte en él, sino
permanecer bajo el papado y más que antes dejarse llevar y
mortificar, de manera que tengan que confesar, ayunar, etc, más
que nunca. Quien no quiere creer en el evangelio, ni vivir de
acuerdo con él, ni hacer lo que debe hacer un cristiano, tampoco
debe disfrutar el evangelio. ¿Qué ocurriría si tú quisieses
únicamente sacar provecho de alguna cosa, sin hacer ni aplicar
nada de ti mismo? Por lo tanto, no queremos haber predicado a
semejantes hombres, ni tenemos la voluntad de concederles algo de
nuestra libertad, ni permitir que gocen de ella. Más bien volveremos
a entregarlos al papa y a sus adictos para que los fuercen, como
bajo un verdadero tirano. Al populacho que no quiere obedecer al
evangelio, no le corresponde sino tal torturador que es un diablo y
un verdugo de Dios. Pero, a los demás que aceptan su palabra,
hemos de predicar siempre y debemos animarlos, estimularlos y
atraerlos para que no dejen pasar en vano un tesoro tan precioso y
consolador, presentado a ellos por el evangelio. En consecuencia,
diremos también algo sobre la confesión para enseñar y exhortar a
la gente sencilla".