Bárbara Pérez Jaime / La (in)flexión de la opinión: una práctica de la democracia

La (in)flexión de la opinión: una práctica de la democracia ∗ Lic. Bárbara Pérez Jaime ∗∗ Sabemos que a partir del siglo XVIII se lleva a la práctica política y ciudadana la idea de que la racionalidad no emana de principios abstractos absolutos, sino que se desarrolla a partir de la contrastación de opiniones sobre la verdad y la justicia, haciéndose inseparable del debate público. Locke, Rousseau, Kant, los enciclopedistas y otros autores de la ilustración 1 explicitan en sus obras los fundamentos de dicha concepción, y la revolución burguesa plasma sus principios en la "Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1789", que inspira la Constitución francesa de 1791. La libertad de pensamiento, expresión de opiniones y difusión de ideas, junto con la no discriminación, igualdad ante la ley y libertades de asociación y movimiento, abren nuevos caminos para la vida ciudadana y recomponen la estructura de lo público y lo privado; lo íntimo y lo publicitado; el interés social y el negocio privado. “La historia de la opinión pública parece ligada, por su parte, al discurso político de Europa. Es un artefacto moderno (las premisas de las Revoluciones americana y francesa proporcionan aquí la referencia más visible), incluso si un “tiempo fuerte” ha sido preparado por la tradición de una filosofía política. Bajo ese nombre o bajo algún otro, no creo que se haya hablado de opinión pública – tomándosela en serio- sin el modelo de la democracia parlamentaria…” (Derrida, 1992:2)
Ponencia presentada en el III Congreso Iberoamericano de Filosofía, Medellín – Colombia . 1 al 5 de Julio de 2008 ∗∗ Licenciada en Ciencia Política – UBA. Candidata a Magíster en Comunicación y Cultura en la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Jefe de Trabajos Prácticos en la materia Teoría Política y Social II de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Directora del proyecto “El pensamiento alemán en los siglos XVIII y XIX: su influencia en la constitución del sujeto ciudadano contemporáneo”, del Programa de Reconocimiento Institucional de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Integrante del proyecto UBACyT “Sujeto y conflicto: una alteridad vital para la teoría moderna y contemporánea”, director Atilio A. Boron , UBA. “El liberalismo moderado, sin embargo, modificó el concepto de opinión pública relacionándola a los "ciudadanos instruidos", distinguiendo entre opinión legal (expresada por el Parlamento) y natural (derivada de los ciudadanos). Una opinión que sólo podía manifestarse a través de medios jurídicos reglados: la libertad de prensa, el derecho de petición y el sufragio. Esto por un lado la restringió: el número de ciudadanos instruidos era muy bajo; y por el otro la extendió: para ser instruido no era requisito ser noble o miembro de las clases gobernantes. Esta reformulación coincide con la visión de los teóricos de la democracia liberal clásica (Rousseau, Locke, Tocqueville)” en http://es.wikipedia.org/wiki/Opini%C3%B3n_p%C3%BAblica
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Jürgen Habermas desarrolla en su libro Historia y crítica de la opinión pública la teoría sobre el surgimiento de la opinión pública. Habermas concibe ésta como un debate público en el que se delibera sobre las críticas y propuestas de diferentes individuos y clases sociales. Para Habermas, después de su desarrollo en el siglo XVIII, el espacio público donde es posible la opinión pública y que es “controlado por la razón” entra en declive, puesto que la publicidad crítica dejará poco a poco el lugar a una publicidad “de demostración y manipulación”, al servicio de intereses privados. Podemos decir que la opinión pública refleja el eterno debate individuo vs. sociedad, lo público vs. lo privado. La opinión pública en un sentido rousseaneano la rescatamos con un doble carácter, esto es como la enemiga del individuo y la protectora de la sociedad, entendiendo a la opinión pública como elemento de cohesión social que, sin embargo aplasta –o silencia- al individuo. De Locke 2 rescatamos la relación entre ley de opinión y la amenaza que se cierne sobre el individuo si disiente de su grupo de referencia. Y de Kant la capacidad autónoma de razonar de los individuos, como también el carácter público del debate a través de la libertad de pluma. Es la Revolución Francesa la que habilita la libertad de opinión política “Solo el respeto de la opinión pública… concede legitimidad a la autoridad política… La opinión pública es el puente que une el orden legal y la razón. Ha de ser universal y abarcar al conjunto de los ciudadanos. Consiste en un debate público y participativo. Sirve para controlar el poder y sus instituciones” (Zamora, 2002:14) 1. Siglos XVIII y XIX: El Estado entendido como el ámbito de lo público. 1.1 La visión liberal desde Rousseau y Kant y su impronta en la opinión pública. Existe una estrecha relación entre opinión, costumbres y ley: parece que la opinión pública sería la manifestación de las costumbres; sin embargo Rousseau invierte la relación, insistiendo en la opinión pública cuyo control por medio de la censura revierte en la purificación de las costumbres. A través de
Locke establece una distinción entre tres clases distintas de leyes: la ley divina, la ley civil y la ley moral. La primera alude al orden de las cosas establecido por una entidad divina, la segunda está relacionada con el poder legislativo del Estado y la tercera es la también conocida como ley de la opinión o de la reputación.
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la censura, que actúa como correctivo de la opinión, se fuerza a los individuos a desprivatizarse y convertirse de buen grado en “voluntad general”. La

voluntad general supone la supresión del juicio individual, y no sólo eso, sino que el desacuerdo respecto a la opinión pública es muestra de absurdo y de egoísmo, puesto que moral y razón son inherentes dentro de la colectividad, donde se vive la libertad común. No debemos olvidar que la voluntad general es el reino de la libertad civil, por tanto, la cosa pública se discute en asamblea en tanto entendemos que el Soberano es el cuerpo político activo. Sin embargo, se conoce como Estado cuando este cuerpo político esta pasivo, por lo que solo se acata lo que el Soberano ha sancionado. No es sano para el cuerpo político la posibilidad de facciones al interior del Estado debido a que se forman intrigas y ya no van a velar por el interés general, sino por el interés privado que solo expresa las opiniones de las voluntades particulares. La opinión referida por Rousseau en El Contrato Social, como lo revela Habermas, es que ésta no es “pública” sino que todo lo contrario. Y lo que no deja de sorprender es que no está hablando de un estado burgués, sino de un nuevo estado democrático donde el individuo hace plena participación del mismo. Volviendo a la figura del censor en Rousseau: “Así como la declaración de la voluntad general se hace por la ley, la declaración del juicio público se hace por la censura; la opinión pública es la especie de ley de la que el censor es ministro, que él no hace más que aplicar a los casos particulares a ejemplo del príncipe” (Rousseau, 1996:129) El tema de la opinión pública ya había sido ampliamente tratado en el Discurso sobre las ciencias y las artes, en el que se criticaba la opinión del público culto corrompido por la ostentación y el ocio el cual, separándose del resto de la sociedad, había establecido su propia supremacía ejerciendo despóticamente su “destacado juicio”. Este “público”, formado por individuos privados, pretendía hacer uso de su razón, tiranizando a sus semejantes y encumbrando el engaño y la apariencia a categorías de verdad. Rousseau define a la opinión pública como el juicio de la multitud sobre los asuntos generales, del mismo modo que la voluntad general es la acción
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conjunta de la sociedad. De aquí podemos deducir entonces que la opinión pública tendría dos funciones: por un lado, la de ser el árbitro moral de la sociedad a través de la censura. El tribunal censor es el manifestante de la opinión del pueblo; esta opinión, ¿sería indeliberada? Solo en tanto que no se corrompe, porque “la censura mantiene las costumbres impidiendo a las opiniones corromperse” (Rousseau, 1996:130) En tanto que la censura es un juicio que se anticipa al del público; la opinión pública no es en modo alguno libre ni irreflexiva, características por las cuales era desatendida por los liberales, como elemento secundario a la vida social, puesto que no era formalizable 3 ; por el contrario, Rousseau la despoja de este carácter inocente al convertirla en medio de control en manos del Estado. Por el otro, enunciar la voluntad de la sociedad elaborando leyes a través del legislador. Esta figura imprecisa, entre mística y simbólica, se enfrenta con una opinión pública, viéndose obligada a mantener una relación confusa con la comunidad. Kant define a la publicidad como la racionalización de la política, en relación a un mejoramiento moral de ésta, por lo que es un proyecto importante de la Ilustración para él. La publicidad es el mecanismo por el cual los hombres pueden salir de la minoría de edad en términos de participación social, porque “la ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad” (Kant, 1999:25). Así el esquema liberal no se remitía solamente a las libertades individuales en términos de sus derechos sino que Kant construye un modelo que incluye la autonomía del pensamiento y la libertad de expresión. “Él considera que la libertad de pluma es lo que garantiza la autonomía de los individuos, haciendo uso de la razón pública, la cual debe estar permitida a todo el mundo” (Pérez Jaime, 2006:6) Para nuestro filósofo de Königsberg es un deber moral actuar como público activo, pero esto conlleva en la práctica el surgimiento de una élite ilustrada, “los doctos”, la cual se convirtió en el público.

Esto se debe a que para los liberales las costumbres eran un elemento irracional por lo cual no podían formalizarse. Pero para Rousseau, las costumbres son fundamentales a la hora de la distinción de las leyes porque en el capítulo XII del Libro II de “El contrato social” enuncia: “A estas tres clases de leyes (políticas, civiles y criminales) se une una cuarta, la más importante de todas; que no se graba ni sobre el mármol ni sobre el bronce, sino en los corazones de los ciudadanos; que forma la verdadera constitución del Estado… Hablo de las costumbres, de los usos, y sobre todo de la opinión” (Rousseau, 1996: 60)

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Sin embargo “Formey, secretario de la Academia de Ciencias de Berlín 4 , sostiene: “los súbditos de un soberano no deben en ningún caso escribir contra él y su gobierno. Eso es rebelión, crimen de lesa majestad” Esto se debe a que el rey Federico Guillermo II, había impuesto censuras a la libertad de imprenta, sobre todo cuando se tocaban temas religiosos.” (Pérez Jaime, 2006:5-6) No podemos pasar por alto que Habermas recuerda la lucha de los monarcas contra la expresión pública de opiniones "privadas", como cuando Federico II de Prusia escribe en 1784:"una persona privada no está autorizada a emitir juicios públicos, especialmente juicios reprobatorios [...]". 1.2 La publicidad Habermas tampoco olvida los acontecimientos relacionados con la tradición literaria: mundo lector, público de un espectáculo o conferencia y público que juzga. Hay, pues, una "publicidad" gubernamental, vinculada a la estructura de lo público, y la publicidad relacionada con la opinión de un público constituido como conjunto de personas privadas, ciudadanos burgueses, que,

paulatinamente, proyectan su racionalidad en diversos aspectos sociales y se afirman como jueces de las decisiones políticas: La "publicidad" propiamente dicha hay que cargarla en el haber del ámbito privado, puesto que se trata de una publicidad de personas privadas. En el seno del ámbito reservado a las personas privadas distinguimos, por consiguiente, entre esfera privada y publicidad. La esfera privada comprende a la sociedad burguesa en sentido estricto, esto es, al ámbito del tráfico mercantil y del trabajo social; la familia, con su esfera íntima, fluye también por sus cauces. Como dijimos anteriormente, Kant sostiene que salir de la minoría de edad, mediante el uso de la razón pública es un acto de ilustración. Así se puede entender que “los resultados del raciocinio público reclaman racionalidad; la idea de una opinión pública nacida del mejor argumento pretende estar en posesión de esa racionalidad; con ambiciones morales que hace coincidir lo correcto con lo justo” (Habermas, 1986:90), por lo que la publicidad se va a convertir en el elemento legitimador del ejercicio político.

La Academia en ese momento estaba dirigida por extranjeros, sobre todo franceses, porque el mismo Federico Guillermo consideraba a la lengua alemana semibárbara.

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Uno de los componentes fundamentales para la generación de la deliberación social es el parlamento, el cual se convertirá en el lazo de conexión entre la opinión pública y el Estado, cuyo fin será proclamar las leyes que concuerden con la voluntad general expresada por la opinión pública. Habermas (1986:263) no dice que “la legislación misma cede a la voluntad popular precedente de la razón, porque las leyes tienen su origen empírico en la conciencia de un público raciocinante; por eso las llama Kant también leyes públicas, diferenciándolas de las privadas, que al igual que el uso y la costumbre tienen un valor inexpresable” Esta es una cuestión central para Habermas: la opinión pública, formada en un proceso racional de consenso al interior de la

sociedad, otorga legitimidad al régimen democrático. Dicho en otras palabras, la opinión pública se erige como garante de la democracia. Sin embargo, Chartier nos recuerda que las primeras democracias estuvieron restringidas a los círculos de burgueses, ya que las clases populares quedaron al margen. Esta democracia liberal primitiva gozaba de una publicidad política bastante coherente, dado que las minorías activas que tenían derecho a voto podían reunirse fácilmente en los ámbitos como las casas de café. En ellas se leía, se discutía de política y los escritores difundían sus obras y disponían de una prensa que evolucionó de forma paralela al despliegue del sistema político liberal. 2. Democracia y opinión pública 2.1 La visión de El Federalista y el presagio Tocquevilleano en el siglo XX Los 77 5 artículos escritos por Publio en varios periódicos de Nueva York entre octubre de 1787 y mayo de 1788 para explicarle a la sociedad la necesidad imperiosa de la unión de los estado en un gran proyecto constitucional. La convención de Filadelfia fue convocada para revisar los artículos de la Confederación. Es por esto que Madison, Hamilton y Jay, bajo el pseudónimo antes mencionado, montan esta gran tarea de dar a conocer al público las ventajas de este nuevo proyecto que se enfrenta a la vieja Confederación y así, formando opinión y haciendo público el proyecto, logran el aval de los

Si bien se conocen 85 artículos, hay 8 que vieron la luz recién en la publicación en forma de libro bajo el nombre de El Federalista.

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sufragistas neoyorkinos para la incorporación del estado a la nueva ingeniería institucional. Siguiendo la lectura de Montesquieu, Publio mantenía la posición de una división de poderes como forma de gobierno. “La Constitución propuesta, lejos de significar la abolición de los gobiernos de los Estados, los convierte en partes constituyentes de la soberanía nacional, permitiéndoles estar

representados directamente en el Senado, y los deja en posesión de ciertas partes exclusivas e importantísimas del poder soberano. Esto corresponde por completo con la noción del gobierno federal, y con todas las denotaciones racionales de esos términos” (Federalista, 1994:35) Porque la idea de una república federal con un sistema de frenos y contrapesos permite la elección de un número reducido de representantes y también asegura una mayor extensión de territorio y de ciudadanos. Al delegar la facultad de gobierno en los representantes se “afina y amplía la opinión pública, pasándola por el tamiz de un grupo escogido de ciudadanos, cuya prudencia puede discernir mejor el verdadero interés de su país…” (Federalista, 1994:39) Para no correr el riesgo de una “despersonalización” de la política veremos que se propone una “mezcla feliz” –como la llama el Federalista- donde los intereses generales serán pertinencia del poder legislativo nacional, mientras que los intereses particulares y/o locales quedarán para cada uno de los Estados 6 . Así queda salvaguardada la Unión y el espíritu faccioso no se apoderará de ella. Cuanto más numerosa sea la cantidad de representantes en el poder legislativo, mayor será la deliberación debido a las diferencias de pensamiento y posición de los partidos políticos; además una sanción rápida de leyes no es sana para un gobierno. “Las diferencias de opinión y los choques de los partidos en ese departamento del gobierno (la legislatura), aunque a veces pongan obstrucciones a proyectos saludables, sin embargo, favorecen con frecuencia la deliberación y la circunspección y sirven para reprimir los excesos por parte de la mayoría” (Federalista, 1994: 300)
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Recordemos que la Constitución Nacional se sanciona en base a las constituciones estaduales, lo que permite que la Carta Magna sea compatible con las constituciones de cada Estado, sin que estas últimas estén por encima de la Nación. De esta manera el sistema federal tiene una doble representación: Senadores, que en tanto constituyen la representación federal, sosteniendo el carácter nacional, y la Cámara de Representantes, ligados directamente con las peticiones del pueblo.

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Como vemos, la opinión pública es la garante de la puesta en práctica de la democracia representativa. “Si es cierto que todos los gobiernos se apoyan en la opinión, no es menos cierto que la fuerza de la opinión en cada individuo, y su influencia práctica sobre la conducta, dependen en gran parte del número de individuos que cree que comparten la misma opinión.” (Federalista 1994:215) En el artículo Nro. 84, Publio se declara en contra de una “Declaración de derechos” una vez puesta en marcha la Constitución. Uno de los puntos que toma es justamente el de la “libertad de prensa” y se cuestiona, retóricamente así: “A pesar de lo mucho que se ha escrito a propósito de la libertad de prensa, no puedo resistir la tentación de añadir una o dos observaciones: en primer lugar, observo que en la Constitución de este Estado no existe una sola sílaba que se refiera a ella; en segundo, sostengo que lo que se ha dicho en los otros Estados carece de todo valor. ¿Qué significa la declaración de que “la libertad de la prensa gozará de una protección inviolable”? ¿Qué es la libertad de prensa? ¿Quién puede dar de ella una definición que no deje un ancho campo a los subterfugios? Afirmo que resulta impracticable y deduzco de esto que la garantía de la referida libertad, a pesar de las elocuentes declaraciones que se inserten en su favor en cualquier Constitución, depende en absoluto de la opinión pública y del espíritu general del pueblo y del gobierno. Y aquí, al fin de cuentas, es donde hemos de buscar la única base sólida de nuestros derechos, según ya se ha insinuado en otra ocasión” (Federalista, 1994:368369) Sin embargo, Tocqueville sostendrá qué: “LA LIBERTAD de prensa no deja solamente sentir su poder sobre la opinión política, sino también sobre todas las opiniones de los hombres. No modifica sólo las leyes, sino las costumbres” (Tocqueville, 1996:198) Nacido y criado en el seno de la aristocrática francesa, su formación intelectual y un envidiable realismo político llevaron a Tocqueville a reconocer como irreversibles los resultados de la Revolución Francesa, de modo que vio el paso de la aristocracia a la democracia como una tendencia inevitable. Si bien su llegada a Estados Unidos en 1831 se debió a su interés por el sistema penitenciario terminó analizando el nuevo sistema de gobierno que en él había
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surgido, y que al fin y al cabo, le resultaba poderosamente atractivo. Tocqueville centra su análisis de la democracia en la igualdad de condiciones, que comporta la movilidad social, ajena a la estructura jerárquica y a la desigualdad del orden aristocrático. Existe igualdad de condiciones cuando los individuos que componen la colectividad son socialmente iguales, lo cual no quiere decir intelectualmente iguales, pues la diferencia entre los talentos y las capacidades de los individuos es obvia; tampoco significa que los individuos sean económicamente iguales, algo que estima imposible. La igualdad de condiciones significa que no existan diferencias hereditarias y que todas las profesiones, las dignidades y los honores sean accesibles a todos. Ahora bien, con la igualdad de condiciones surge en ocasiones lo que él denomina la envidia democrática, que conduce a una sociedad en la que nadie podrá destacar de sus conciudadanos y en la que la opinión pública ejercerá una severa censura sobre las conciencias independientes. “En Norteamérica, la mayoría traza un círculo formidable en torno al pensamiento. Dentro de esos límites el escritor es libre, pero ¡ay si se atreve a salir de él!” (Tocqueville pag.260) Escribir en contra es haberse cavado la tumba: se le cierran las puertas, “se le rehusa todo, hasta la gloria” El hacerse público el pensamiento lo deja a uno al descubierto, y si pensaba que tenía seguidores, ya no los tendrá, porque sus censores lo vociferan y los que pensaban como él prefieren callar y alejarse. No existe libertad de espíritu en Norteamérica. La tiranía de la mayoría se impone y acalla a la minoría. Pero Tocqueville, cuando analiza la estructura interna del gobierno, descubre que los juristas pueden moderar a la tiranía de la mayoría a través de la descentralización administrativa. Más arriba mencionamos la división de poderes y que los Estados responden a un gobierno central, pero que los asuntos locales se manejaban dentro del Estado. Al no haber llegado nunca al poder central, la tiranía de la mayoría solo se vuelve absoluta a nivel local. Por un lado, el espíritu legista es el verdadero contrapeso de la democracia. Estos representan a la “aristocracia” inexistente de Estados Unidos. En palabras de Tocqueville “El legista pertenece al pueblo por su interés y por su nacimiento, y a la aristocracia por sus hábitos y por sus gustos. Es como el ligamen natural entre ambas cosas, como el anillo que las une” (Tocqueville,
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1996:270) Es un poder que tiene bajo perfil y por ende, se le teme poco, sin embargo envuelve a toda la sociedad y la modela según sus deseos. Por otro lado, el jurado –como institución política- es una cantidad de ciudadanos, elegidos al azar, para ser investidos con el derecho a juzgar. Esta práctica permite a los ciudadanos velar por la ejecución correcta de las leyes emanadas del legislativo. Esto enseña la práctica de la equidad y revestidos como jueces los desapega del ámbito particular – ámbito que genera y regenera el egoísmoy los obliga a cumplir con los deberes de ciudadanos. No debemos pasar por alto el rol de las asociaciones. Tocqueville distingue asociaciones políticas y asociaciones civiles. Las primeras se encargan de defender a los hombres de la tiranía de la mayoría, mientras que las segundas, como los hombres son “individualmente débiles” los reúne y ocupan el lugar de los “particulares poderosos” que la igualdad de condiciones hizo desaparecer. También descubre que existe una estrecha relación entre las asociaciones y la prensa: la cantidad de periódicos es directamente proporcional a la cantidad de asociaciones. Y esto va dependiendo del grado de centralización

administrativo. “Un diario no puede subsistir, sino a condición de reproducir una doctrina o un sentimiento común a un gran número de hombres: representa siempre una asociación cuyos miembros son sus lectores habituales… El diario representa a la asociación y puede decirse que habla a cada uno de sus lectores en nombre de todos los demás; los arrastra con tanta facilidad cuanto más débiles son individualmente” (Tocqueville, 1996: 479) “La soberanía del pueblo y la libertad de la prensa son, pues, dos cosas meramente correlativas: la censura y el voto universal son, por el contrario, dos cosas que se contradicen y no pueden encontrarse largo tiempo en las instituciones políticas de un mismo pueblo” (Tocqueville, 1996:199) Apelar a un individuo autónomo capaz de dotarse de leyes universales, como quiere Kant, en aquel sentido en que se conecta ley moral y ley política mediante un proceso de formación de opinión y de voluntad general, se enfrenta a una situación histórico-empírica en la que incluso la formación de un individuo autónomo y su voluntad personal, no parecen estar garantizados, y mucho menos, por supuesto, la formación de una voluntad general
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democráticamente instituida. Habermas constata que la dinámica social que vivimos presenta rasgos de una "refeudalización" de la sociedad. El sujeto político de nuestra sociedad de masas no es el individuo del liberalismo, sino los grupos sociales y las asociaciones que desde los intereses de determinados sectores privados influyen en funciones y decisiones políticas, o, también viceversa, desde las instancias políticas intervienen en el tráfico mercantil y en la dinámica del mundo de la vida, de especial incidencia en el ámbito de la privacidad. “El Estado nacional incorporó asimismo a una gran diversidad de grupos e intereses, que, según pudo comprobarse, a veces podían convivir

pacíficamente. Por otra parte, como temía Rousseau y como Tocqueville observó más tarde compartiendo su inquietud, la democracia en el Estado nacional no sólo admitía sino que estimulaba la formación de asociaciones relativamente autónomas de toda índole: políticas, sociales, económicas y culturales... comenzó a entenderse que el conflicto, más que el consenso, era la característica normal (dentro de ciertos límites poco definidos), y aun el aspecto saludable, de la vida política” (Dahl, 1992:381) 2.2 Democracia Representativa y Democracia Deliberativa. 2.2.1 Democracia Representativa “La democracia puede ser, vista en estos términos, directa o representativa: "la diferencia básica entre una democracia directa y una representativa es que en esta última el ciudadano sólo decide quién decidirá por él (quién le representará), mientras que en la primera es el propio ciudadano quien decide las cuestiones: no elige a quien decide sino que es el decisor" (Sartoti, 1999: 6) Existen dos contextos que instauran la necesidad de una democracia representativa. En primer lugar, el número de individuos que conforman un Estado- Nación y en segundo término, la gran cantidad y variedad de asuntos sobre los cuales discutir y decidir. Con respecto al rápido desarrollo de las sociedades modernas no podemos dejar de mencionar que esta situación crea también una sensación de alejamiento entre gobernantes y gobernados, lo cual en muchas ocasiones conduce a valoraciones negativas del quehacer político como tal. Obviamente esto trae aparejado una serie de efectos negativos en la
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valoración de la política y del político en estas sociedades. Yendo al segundo punto, la gran cantidad de asuntos sobre los cuales discutir y decidir, hace que, justamente, sea ésta una de las cuestiones por las cuales frecuentemente los individuos permanecen desinformados. La cuestión de la política se transforma en una gran cantidad de asuntos sobre los cuales se tiene un impreciso conocimiento. De éstos se aferra Sartori para sostener taxativamente que la democracia representativa se hace imprescindible. Es necesario, ante tales circunstancias, delegar la autoridad en otro para poder resolver los asuntos de la política. El ciudadano común y corriente no los podría atender directamente y en todo momento. “Según la concepción democrática, la libertad a que se accede gracias al régimen democrático es, ante todo, la libertad de autodeterminación para adoptar decisiones colectivas obligatorias: la

autodeterminación de los ciudadanos con derecho a participar como iguales políticos en la sanción de las leyes y las normas a las cuales en tal carácter desean someterse en su convivencia” (Dahl, 1992:391) Pero la observación de Sennett es abrumadora: “actualmente, la vida pública se ha transformado en una cuestión de obligación formal. La mayoría de los ciudadanos mantienen sus relaciones con el Estado dentro de un espíritu de resignada aquiescencia, pero esta debilidad pública tiene un alcance mucho más amplio que los asuntos políticos” (Sennett, 2002:20) 2.2.2 Democracia Deliberativa La democracia deliberativa pretende compatibilizar la opinión pública, como suma de encuestas y votos, con la opinión de la calle y las iniciativas de la sociedad civil. Supone un ejercicio dialógico entre los ciudadanos, (ya sea que se les tome en cuenta en forma individual o grupal) y el Estado, para generar legitimidad en las decisiones públicas. Garantiza que los ciudadanos conciban, recojan y pongan en común la información necesaria para que perciban sus intereses, de modo que los gobernantes decidan tal como lo harían los gobernados, si ocupasen su puesto. Y si no lo hacen, que les resulte más difícil ignorar o manipular a la opinión pública. La idea de política deliberativa ha sido presentada por Habermas para superar la dificultad que se produce entre los que defienden la prioridad de los
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derechos humanos individuales (liberalismo) y los que enfatizan en la idea de soberanía popular (Republicanismo igualitario). Si bien ciertos presupuestos del Estado de Derecho son importantes para Habermas, el contenido normativo de los derechos humanos no puede dar cuenta totalmente de ellos sólo mediante la leyes generales y abstractas como suponía Rousseau, ya que la significación de los preceptos universales no garantizan la construcción de una legitimidad justa en forma definitiva. Ahora bien, esto nos lleva a interrogar(nos) dónde se halla el origen de la legitimidad de la ley democrática. Lo evidente es que a partir de un acuerdo comunicativo se hace dependiente la legitimidad de la ley. Esto quiere decir que como partícipes en discursos racionales, en convenios equitativos, todos los hombres que están bajo la ley deben ser capaces de reconocer si una regla impugnada obtiene o puede obtener el acuerdo de los posibles afectados por ella. Es necesario tener presente que la idea de legitimidad democrática viene dada cuando las acciones, normas o instituciones que en ella se establecen pueden ser justificadas como tales dentro de un proceso deliberativo. Este proceso deberá regirse por reglas tales como la libertad y la igualdad de las partes, y deberá igualmente estar guiado por el principio del mejor argumento y la exclusión de la coacción. En esta tesis adquiere pleno sentido y profundidad la definición de la democracia como aquella forma política derivada de un libre proceso comunicativo dirigido a lograr acuerdos consensuales en la toma de decisiones colectivas. Podemos percibir que la fuerza legitimadora de una

política deliberativa descansa en la estructura discursiva de una formación de la opinión y la voluntad que sólo puede cumplir su función de integradora social debido a la expectativa de eficacia racional de sus resultados. De ahí que el nivel discursivo del debate público constituya la variable más importante. Sin embargo, Caletti afirma que “la democracia moderna, incluso como propuesta y como batalla por su consecución, significa y ha significado precisamente el intento de conquistar una radical publicidad de los actos políticos y constituir al debate ciudadano en el resorte de las grandes decisiones, en condiciones de visibilidad y accesibilidad generales, de transparencia.

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Pero esta prescripción está lejos de permitirnos sancionar la perfecta coincidencia de la política con la esfera de lo público” (Caletti, 1999:3) Porque él no se olvida de señalar que con la creación de la esfera de lo público vino de la mano el “secreto de Estado” oponiéndose al proyecto de transparencia. El modelo de Democracia Deliberativa 7 no se manifiesta solo a través de discursos que cumplen ciertas características - libertad de expresión de las partes para establecer un diálogo, igualdad, y la deliberación común - sino que además, en negociaciones que reúnan los postulados de una negociación equitativa. Como lo ha señalado Habermas “las negociaciones de este tipo presuponen, claro está, una disposición para cooperar, esto es, la voluntad de lograr -respetando las reglas del juego- resultados que pueden ser aceptables para todas las partes aunque sea por diferentes motivos. No obstante, la formación de compromisos no se lleva a cabo en la forma de un discurso racional que neutralice el poder y excluya la acción estratégica. A pesar de ello, la limpieza y equidad de los compromisos se mide por medio de presupuestos y procedimientos que necesitan por su parte justificación racional o normativa, es decir, desde el punto de vista de la justicia” (Habermas, 1999: 238-239) 3. La encuesta ¿un engaño a la opinión pública? A partir de la segunda mitad del siglo XX, la incursión de los sondeos de opinión en el campo de la política ha transmutado las relaciones de fuerza en los regímenes democráticos. Los gobiernos tienden a guiarse a partir de los resultados obtenidos en las encuestas, asociando así el concepto de opinión pública con los sondeos de opinión. A través de esta práctica, hoy tan generalizada, se intenta medir de una manera científica y, por tanto, incuestionable en su veracidad, la opinión pública. Este argumento se basa en la idea de que la voluntad popular está comprendida en los resultados de las encuestas, que este ir y preguntar directamente a la población a través de una especie de referéndum representa una manera efectiva de conocer lo que el pueblo piensa. Y, en este sentido, poco a poco se ha ido modificando la lógica

7 La Democracia Deliberativa debe excluir, la violencia como método de acción política, las negociaciones falsas, y asimismo, la primacía de los poderes sociales o reales que hacen prevalecer sus intereses en la sociedad obstaculizando una comunicación verdadera entre todos los miembros de ella

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de la representatividad que caracterizaba al antiguo régimen democrático. Una de las consecuencias más notables que están teniendo lugar a partir de la proliferación de los sondeos de opinión en la vida política de las sociedades modernas es la mentalidad popular que tiende a asociar los sondeos con la transparencia democrática de la opinión pública. No deja de sorprender la forma en que la noción de público se ha transformado y la manera también en que esta reorganización de fuerzas en el ámbito político ha venido a reconfigurar el concepto mismo de la democracia. A pesar de la universalidad que ha alcanzado actualmente la confección de encuestas de todo tipo, no han faltado voces científicas que han criticado su uso en general, y particularmente las destinadas a medir opiniones y actitudes. Una de las críticas que ha tenido más impacto ha sido la realizada por Pierre Bourdieu. El sociólogo francés arguye que las preguntas de los cuestionarios inducen a contestar aunque los encuestados no tengan ninguna opinión formada sobre el tema. Por otro lado, la propia confección del cuestionario parte del malentendido basado en la confianza de que lo que se pregunta a la gente es aquello que les preocupa. Derrida también hace eco de esta postura afirmando: “precisos y peligrosos, cada vez más “afinados”, los sondeos se ajustan a un ritmo que no sea jamás el de las representaciones políticas o sindicales. Ahora bien esos sondeos se publican en prensa... el periódico produce la novedad de esa noticia tanto como la refiere, que la opinión pública no es ya en nuestro días lo que ha sido ayer y desde los comienzos de su historia” (Derrida, 1992:2) En definitiva, podría decirse que al confeccionar una encuesta se encuentra lo que quiere encontrarse, y no lo que consta. 4.A modo de cierre Como hemos visto, el concepto de opinión pública se ha ido transformando con el correr del tiempo y los avatares de los diferentes procesos históricos que fueron reconfigurando el concepto de democracia a partir de las mutaciones sufridas en sus prácticas. Me parece importante rescatar la visión rousseuniana-kantiana de la opinión pública, ligada al raciocinio y a la moral siendo Kant quien da el puntapié inicial a las democracias representativas con división de poderes. El esquema norteamericano condice con la necesidad de la opinión pública – llevado a la práctica por Publio como doxa -para establecer
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contacto con los ciudadanos decisores de un nuevo proyecto de país. Y junto con Tocqueville ponen de manifiesto que a través de la discusión y las diferentes opiniones se hace saludable la democracia, en contraposición a la idea de imposición de la tiranía de la mayoría. Este nuevo esquema nos dio el pie para desarrollar la posición de la democracia representativa y su alternativa a una democracia deliberativa. Si bien en un primer momento la intención era también trabajar la poliarquía como sistema y su relación con la opinión pública, no pude dar cuenta de ella debido a la falta de tiempo para desarrollarla en este trabajo. Retomando las democracias, vimos que la democracia representativa es la “solución”, según Sartori, para los ciudadanos que no pueden estar en la cosa pública y en el ámbito privado. Las sociedades de siglo XX se han desarrollado de forma tal que la cantidad de asuntos que lleva la agenda pública, escapa a los ciudadanos, los cuales lo resuelven eligiendo sus representantes. Sin embargo, la postura habermasiana sobre las democracias hace que le busque una vuelta de tuerca más y plantee la posibilidad de una democracia deliberativa basada en una relación dialógica entre los ciudadanos y el Estado, cumpliendo ciertas reglas de transparencia y negociación equitativa. Sin embargo, otros escritores ven que las democracias se encuentran

“manipuladas” por las encuestas y los sondeos, por lo cual afirman, como en el caso de Bourdieu, que “la opinión pública no existe” a causa de generar opinión donde no la hay, y que los cuestionarios “fuerzan” a los ciudadanos a tomar parte de esto, tomando así una “clasificación” de datos que no son acordes a la realidad ni a la expresión ciudadana porque la encuesta no es garante de imparcialidad. Bibliografía Bourdieu Pierre: (2000) “La opinión no existe” en Cuestiones de Sociología (Criado Enrique Martín trad.) Istmo, España pp. 220-232 Col. Fundamentos Nº 166. Versión electrónica en http://sociologiac.net [12/10/2006]

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http://www.jacquesderrida.com.ar/ [25/11/2006] Habermas Jürgen: (1986) Historia y crítica de la opinión pública G.Gill, México. ISBN 978-84-252-2015 Habermas Jürgen, (1999)La inclusión del otro. Estudios de teoría política, Editorial Paidós, Barcelona ISBN 978-84-493-0672-3 Hamilton y otros (1994) El Federalista Fondo de Cultura Económica, México Col. Política y Derecho 430p Kant Immanuel: (1999) “Qué es la Ilustración” en Filosofía de la Historia (Eugenio Ímaz trad.) Fondo de Cultura Económica, México pp. 25-38 Col Popular Nº 147 ISBN968-16-0190-4 Pérez Jaime, Bárbara (2006) “La Revolución Francesa y su influencia en el pensamiento Hegeliano (De Kant a Hegel: una mirada sobre la constitución
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del sujeto ciudadano)” ponencia presentada en las Jornadas Internacionales Georg Wilhelm Friedrich Hegel “La actualidad de su pensamiento para la Filosofía y las Ciencias Sociales, a 200 años de la Fenomenología del espíritu” dirigido por Rubén Dri. UBA octubre 2006 Sartori, Giovanni (1999), "En defensa de la representación política" en Claves de Razón Práctica, No. 91, España Sennett Richard (2002) El declive del hombre Público (Gerardo Di Masso trad. (The Fall of Public Man 1974-1976)) Ediciones Península, Barcelona ISBN 84-8307-423-0 Tocqueville, Alexis de: (1996) “La democracia en América” Fondo de Cultura Económica, México (Luis R. Cuellar trad. (De la Démocratie en Amérique 1835)) 752 p. ISBN 968-16-0091-6 Zamora, José Antonio: (2002) “Democracia y opinión pública” en Iglesia Viva Revista de Pensamiento Cristiano Nro. 212 http://www.iglesiaviva.org [03/12/2007]

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