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La Edad de Hielo
Política y Sociedad
RBA ACTUALIDAD
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DIEGO LÓPEZ GARRIDO
LA EDAD DE HIELO
Europa y Estados Unidos ante
la Gran Crisis: el rescate del Estado
de bienestar
Traducción de
laura martín de dios
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© Diego López Garrido, 2014.
© del prólogo: Nicolás Sartorius, 2014.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: abril de 2014.
Segunda edición: junio de 2014.
ref.: onfi634
isbn: 978-84-9056-265-9
depósito legal: b. 6.946-2014
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida
a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro
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(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados..
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a masuka, mi mujer.
a mis hijos, diego, maría, jaime y álvaro
(inspirador del título).
y a la bahía de cádiz, frente a la cual escribí
buena parte de este libro
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CONTENIDO
CONTENIDO
Prólogo, por Nicolás Sartorius 15
LA EDAD DE HIELO
Introducción 23
primera parte
LA GRAN CRISIS
1. la crisis de los treinta años 29
La era de Keynes 31
La era neoliberal 35
La política contra el Estado 36
El capitalismo financiero 37
La revolución tributaria 41
El consenso de Washington 43
Menos impuestos. Más deuda soberana 44
Un mercado financiero poderoso y autónomo 48
Préstamo (borrow) 50
El «Moloch» financiero 52
El estallido 56
2. el shock 58
La crisis financiera (2007-2008) 58
Lehman Brothers 59
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10 contenido
El contagio 61
El abismo 63
Políticas keynesianas contra la crisis (2009) 69
La política monetaria 70
La política fiscal 77
Los G-20 de Londres y Pittsburgh 85
La crisis de crecimiento 87
La crisis de deuda soberana europea 88
segunda parte
LA REACCIÓN
3. el fracaso de la austeridad 95
Schuld (culpa, deuda) (2010) 95
Los vehículos de la austeridad (2011) 106
Grecia 107
Irlanda 109
Portugal 112
España e Italia 114
La regla de oro 117
La austeridad no sirve (2012) 119
Recesión. Más deuda. Más paro 121
Mirando de nuevo a Keynes (2013) 124
Invierno. Parálisis en la Unión 124
La «batalla de primavera» 132
Verano. Esperando a Alemania 149
Otoño. Las espadas en alto 156
Los obstáculos políticos a la recuperación 161
4. el banco central europeo y la reserva federal
frente a la crisis 164
El Banco Central Europeo 166
Los límites estructurales de la política monetaria
europea 166
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contenido 11
Trichet: la obsesión antiinflacionista 170
Draghi contra la crisis bancaria 174
El inédito programa OMT de compra de bonos 178
La «guerra de las divisas» 181
De nuevo los tipos de interés 182
Impotencia frente al credit-crunch 186
Un fantasma recorre Europa, la deflación 189
¿Y ahora qué? 191
La poderosa Reserva Federal de Ben Bernanke 193
QE1. QE2. QE3 194
Comunicar la estrategia de salida 196
Good news, bad news 198
Adiós a Bernanke y a la QE3 199
El nuevo papel de los bancos centrales 203
tercera parte
EL LEGADO DE LA CRISIS
5. el asedio al estado de bienestar 209
El golpe al modelo social europeo 209
Los cuatro jinetes del Apocalipsis 216
Desempleo / subempleo 217
Pobreza 220
Desigualdad, el desafío de nuestra época 222
Xenofobia 225
El no consenso de Washington 226
Arriba, abajo 226
Obamacare 229
La financiación del Welfare 231
6. deuda, crisis tributaria y evasión fiscal 239
Cultura de deuda 239
Deuda pública 240
Deuda privada 243
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12 contenido
La devaluación interna 245
Las salidas 247
Taxing times 252
El debate de los impuestos sobre la renta 254
Aumenta el impuesto sobre el valor añadido 255
Disminuye el impuesto de sociedades:
la «devaluación fiscal» 255
Impuestos sobre patrimonio, desaparecidos 259
La industria de la evasión fiscal. Las piezas
del complot 261
Los autores: los capitalistas fugitivos 264
Los cooperadores necesarios: los refugios
fiscales opacos 265
Los cómplices: los bancos y las entidades financieras 274
La política desesperante del paso a paso 276
La sofisticada elusión fiscal de las multinacionales 281
Las manzanas podridas 283
El imperio contraataca 287
Europa: eppur si muove 289
El retorno de los impuestos progresivos 293
Sin impuestos no hay paraíso 297
7. la hegemonía del poder financiero 301
En el núcleo de la crisis y del fraude 301
Cuando los bancos dejaron de ser bancos 302
La ilicitud financiera 303
Rescatar a la banca 308
El rescate español 310
La Ley Dodd-Frank y la regla Volcker, nueva
regulación del sistema financiero norteamericano 311
Too big to fail 313
La FED, máxima autoridad supervisora 315
La banca en la sombra 316
10 de diciembre de 2013: nace la regla Volcker 317
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contenido 13
La ardua aplicación 319
El momento de los controladores 320
La Unión Bancaria Europea aún está en el horizonte 322
La supervisión 324
La decepcionante reforma del mecanismo
de resolución bancaria 325
Del bail-out al bail-in. Salvando a los contribuyentes
de los pecados de los bancos 329
La unión bancaria sin regla Volcker (por ahora) 330
Basilea III y los requerimientos de capital 331
El poder de los mercados financieros 336
La banca sucede a la banca 340
La otra banca... en la sombra 342
Innovación financiera y riesgo sistémico 344
El control sobre el poder financiero 345
¿Es controlable el poder financiero por
el poder político? 345
Programa mínimo 347
El impuesto de transacciones financieras,
instrumento de control del poder financiero 350
Epílogo. La Edad de Hielo no es eterna 359
Anexo. Cronología de la crisis de deuda soberana
en la Unión Europea 369
Notas 375
Bibliografía 427
Índice analítico y de nombres 439
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15
PRÓLOGO
PRÓLOGO
por
nicolás sartorius
I. La Gran Crisis que estamos padeciendo desde hace siete años
es como un terremoto de 8 grados en la escala de Richter, que ha
trastocado nuestras vidas y nuestros pensamientos. De repente,
todo ha cambiado. Millones de personas, sobre todo en el he-
misferio occidental, que llevaban disfrutando algunos años de
bonanza, han sido golpeadas brutalmente en sus vidas en forma
de despidos, cierre de empresas, pérdida en los salarios, las pen-
siones o los ahorros; desahucios de sus viviendas, recortes en
derechos sociales, aumento de la pobreza y la exclusión social.
Y como si ese movimiento telúrico hubiera obnubilado de igual
manera las mentes, los ciudadanos, los medios de comunicación,
todo el mundo se pregunta, todos los días, qué ha pasado, dón-
de está el origen de tanta desgracia, cómo hemos llegado hasta
aquí, cuál podría ser el remedio a esta lamentable situación. El
desconcierto, la confusión, la manipulación es considerable. Me
viene a la memoria aquel poema de Antonio Machado, del que
ahora se cumple el 75 aniversario de su muerte, cuando el poeta,
al hablar de España —hoy sería extensible a buena parte del
mundo—, dice aquello de «nos la pusieron pobre y escuálida y
beoda, para que no acertara la mano con la herida». En efecto,
se está haciendo de todo para que no acertemos la mano con la
herida.
II. Sin embargo, siempre hay personas lúcidas que nos ayu-
dan a acertar con la herida y a proponer los oportunos re-
medios. Eso hace, precisamente, Diego López Garrido en su
espléndido ensayo La Edad de Hielo. Un certero y severo análi-
sis, con profusión de datos, que disecciona con rigor, y no exen-
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16 prólogo
to de pasión, la génesis y desarrollo de la mayor crisis de la so-
ciedad occidental desde aquella que se sufrió, en los años treinta
del siglo pasado, que condujo a los fascismos y a la guerra. Un
libro imprescindible para comprender qué nos está pasando y
quiénes han sido los responsables de tanta calamidad; necesario
para salir del desconcierto y la desesperanza general en que está
sumida la ciudadanía, incluyendo la propia izquierda social y
política. Porque una vez terminado de leer el libro, me acordé de
una frase muy repetida del presidente Clinton cuando, en una
campaña electoral, dijo aquello de «es la economía, estúpido».
Pues bien, en este caso se podría decir, con mayor razón, «es el
capitalismo estúpido», aunque López Garrido, persona pruden-
te, no lo exprese así, pues sin necesidad de faltar a nadie se po-
dría quedar en «es el capitalismo» o, con mayor precisión, «es
el capitalismo financiero». Porque este ensayo es el análisis más
descarnado y riguroso que se haya escrito sobre el capitalismo
especulativo en lengua española, por lo menos que yo conozca.
Se observa la mano de un político con experiencia práctica, eco-
nomista, catedrático de Derecho Constitucional, que ha vivido
la crisis desde la «cocina» de esa Unión Europea que ha defen-
dido siempre con energía.
III. El relato de esta tremenda historia empieza en la era
Nixon, cuando se elimina el patrón oro como consecuencia de
las necesidades financieras de la guerra de Vietnam y comienza
esa vertiginosa escalada en la creación «privada» de dinero,
de esa «industria sin producto», de dinero sobre dinero, que
como inmensa nube tóxica ha acabado cayendo sobre el univer-
so. Luego continúa con las desregulaciones, privatizaciones, li-
beralizaciones de Reagan-Thatcher y su revolución conservado-
ra, que coincide, no por casualidad, con el hundimiento de la
URSS y el campo «socialista»; más tarde sigue con las reformas
de Clinton, cuando se permite a los bancos dejar de ser bancos,
al transformarse en «industria financiera», como la llamara el
canciller Helmut Schmidt, dedicados no tanto a cumplir con la
misión para la que fueron creados, es decir, la de dar créditos a
la economía productiva, sino a una desaforada carrera especu-
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prólogo 17
lativa de alto riesgo por medio de productos incomprensibles, lo
que les ha permitido, no obstante, dominar el conjunto de la
economía, pues, como decía el gran Quevedo, poderoso caba-
llero es don Dinero. No conviene, pues, olvidar el origen de la
crisis y sus responsables, porque si lo olvidamos los culpables
del desaguisado somos nosotros, los ciudadanos, que hemos
vivido por encima de nuestras posibilidades cual derrochadores
incorregibles. Por eso, cuando estalla la crisis financiera, no son
los bancos —o las Cajas— quienes pagan la factura, sino que,
por arte de birlibirloque y ayuda de los gobiernos, la deuda pri-
vada se transforma en deuda soberana y la tenemos que pagar
los ciudadanos, nuestros hijos y nuestros nietos, por aquello del
«too big to fail», ya que nosotros somos, por desgracia, «too
weak to resist». El corolario es examinado, con brillantez, por
el autor. De las finanzas, la crisis se extiende cual metástasis a la
economía real, la deuda se convierte en una losa para los Esta-
dos, el crédito deja de fluir, lo que provoca menos inversión,
más paro, menos demanda, menor crecimiento, y así sucesiva-
mente, cual pescadilla que se muerde la cola. La receta que se
impone, desde el lado de la Unión Europea, es el mantra de la
austeridad, que, en mi opinión, es la expresión macroeconómi-
ca de la lucha de clases, esta vez trufada de componentes geo-
gráficos y que, como dijo el millonario americano Buffet, la están
ganando los ricos por goleada. Por eso, el autor analiza con datos
indiscutibles tres grandes «saqueos»: la socialización de pérdidas
que ha supuesto pasar la deuda privada a soberana; la reducción
de salarios, pensiones, sueldos, etc., con el fin de que el capital re-
cupere la tasa de beneficios, aunque se deprima la demanda y el
crecimiento; y, por último, la masiva evasión de impuestos hacia
los paraísos fiscales, la reducción de impuestos a los más pudien-
tes y el incremento del injusto IVA. Operación esta última que
acrecienta la presión fiscal individual de los menos ricos hasta el
cielo, por la mayor propensión al consumo que estos tienen.
IV. En esta línea de reflexión, es en especial oportuno el aná-
lisis comparativo que hace el autor, a través del libro, entre el
enfoque que adopta la administración Obama para hacer frente
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18 prólogo
a la crisis y el que hace la UE, dominada por la conservadora
Merkel. Mientras en América se le hacen grandes transfusiones
de sangre al postrado enfermo, vía inyecciones de liquidez por la
FED, en la UE se le aplican, por el contrario, innumerables san-
guijuelas —vía austeridad— que le van extrayendo la sangre, lo
que dejan al paciente cada vez más exangüe. Al mismo tiempo,
y para que este no acabe muriendo, el BCE presta dinero sin lími-
tes a los bancos al 1 % de interés para que estos se lo presten a
su vez a los Estados al 4 o 5 %, lo que obviamente acrecienta la
deuda de estos y el poder de aquellos. En realidad, el resultado es
que la política monetaria, como bien señala el autor, queda, en
buena medida, en manos de los bancos privados. Lo fascinante
de la historia es que esta operación se hace sin que el BCE ponga
condiciones a los bancos de prestar ese dinero regalado a las em-
presas y los particulares, lo que facilitaría la creación de empleo.
Hasta tal punto es irracional el mecanismo, que una parte de esas
inmensas canti dades de dinero que recibe el sistema financiero
los bancos la vuelven a depositar en el propio BCE, y con ello se
crea una especie de «manos muertas financieras», en este caso no
en la forma de tierras de la Iglesia como antaño sino en dinero del
sistema financiero, tan imprescindible para que la economía se
reactive. Habría quizá que pensar en una nueva desamortización.
La conclusión que se desprende del análisis del autor, pues
no podemos pensar que todo se deba a la maldad o la estupidez,
es que a la UE le ha cogido la crisis a medio construir y no ha
sido capaz de acelerar los tiempos por falta de voluntad política
y porque no a todos los Estados les iba igual de mal en este
aquelarre, porque unos eran acreedores —los más fuertes, con
Alemania a la cabeza— y otros eran deudores —los países del
sur—. Como es bien sabido y nos recuerda el autor, ni tenemos
todavía unión económica, ni política fiscal común, ni un Tesoro
europeo, ni mutualización de la deuda, ni un BCE prestamista
de última instancia a los Estados, ni política social europea.
Solo una política monetaria, la del BCE, cuya misión esencial es
la estabilidad de precios, cuando ese no es el problema —hay,
por el contrario, un riesgo de deflación— y cuando el drama
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prólogo 19
fundamental es el desempleo masivo —un 12 % en el área euro
y un 26 % en España— mientras en EE.UU., con otra política e
instrumentos, es casi la mitad.
V. Ahora bien, para llevar adelante determinadas políticas
económicas, en este caso la de austeridad, a todo trance, se re-
querían algunas operaciones-aspiraciones históricas de las fuer-
zas liberal-conservadoras: mellar el poder de los sindicatos por
medio de leyes laborales que debilitaran la negociación colec-
tiva y facilitaran el despido; achicar el Estado de bienestar bajo
la premisa de que es insostenible; permitir la «rebelión fiscal» de
los más pudientes, multinacionales, etc., y endurecer las leyes
contra las movilizaciones y los emigrantes. Todo ello es analiza-
do con notable rigor en este libro. Porque parece evidente que,
con el actual sistema fiscal, los paraísos fiscales, la economía
sumergida, las mil maneras de eludir los impuestos, mantener el
Estado de bienestar se hace enormemente complicado. Por eso
tiene toda la razón el autor cuando sitúa en el tema fiscal una de
las líneas estratégicas para enderezar la situación desde un pun-
to de vista de progreso o meramente decente. Los otros ejes bá-
sicos los sitúa López Garrido en reducir y embridar el capital
financiero, en rehacer y modernizar el Estado de bienestar y en
restablecer el dominio de la política. Porque ¿qué se quiere decir
cuando se afirma que los grandes bancos son «sistémicos» y
que, en consecuencia, no se les puede dejar caer? Me temo que
lo que hay detrás de esa afirmación tan repetida es que «el siste-
ma» es el sistema financiero y no la democracia o los ciudada-
nos. Es decir, se pueden dejar caer a 20 millones de ciudadanos
en el paro, porque no son «el sistema», pero no a un gran banco
porque sí lo es. Cuando esto es así hay algo que no estamos ha-
ciendo bien. Hay que reconocer que no deja de tener su lógica,
porque ha llegado a tal punto el poder del sistema financiero
global que una buena parte de los Estados ya no dependen tanto
o solo de los impuestos de los ciudadanos, sino de los créditos
de los «mercados». Es decir, se ha pasado del acreedor-contribu-
yente vía impuestos, base de la representación democrática y del
control del Estado por los ciudadanos, al acreedor-mercado vía
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20 prólogo
créditos y deuda, base del poder actual del sistema financiero.
No hay más que examinar quién tiene en su poder la deuda del
Estado español, más o menos un billón de euros, prácticamente
el 100% del PIB. Casi el 20% está en manos de seis bancos es-
pañoles. Bastante más de la mitad de toda la presión fiscal del
país. Aquí está la razón de por qué se puede decir que estamos
asistiendo a un vaciamiento de la democracia o por qué la gente
en la calle dice «esto no es una crisis, es un atraco». Puede sonar
demagógico pero algo de razón tienen.
Después de leer este libro se entiende mejor por qué llevamos
años diciendo que el problema es que las finanzas y la economía
se ha globalizado y la política no, que entre el capital y el traba-
jo se ha elegido sin duda el capital... financiero, y que, aunque
Sarkozy dijo aquello de que había que «refundar el capitalismo»,
lo que está ocurriendo es que el capitalismo financiero está refun-
dando la política. Y esto está siendo así, en buena medida, porque
la reacción ante la Gran Crisis de las fuerzas políticas y sindicales
progresistas ha sido extremadamente débil. Flojera que demues-
tra una vez más que los fracasos políticos y sociales empiezan
siempre por las dimisiones intelectuales, y en eso consistieron
las dimisiones de las «terceras vías» de los Blair, los Clinton, los
Schröder y tutti quanti, que resultaron ser «vías muertas», algo
de lo que también se deja cumplida constancia en esta obra.
Como era de prever, Diego López Garrido, hombre lúcido y
por lo tanto inasequible al desaliento, no se limita al análisis
severo de la situación sino que ofrece todo un programa de re-
cuperación de una política decente y progresista pensada desde
y para los ciudadanos, pues eso es la democracia. Ha quedado
resumida con anterioridad pero no me resisto a destacarlo: con-
trolar el capital financiero y devolverle a su función de dar cré-
dito a la economía productiva; recuperar el pulso fiscal para que
los Estados dependan de los ciudadanos y no de los mercados;
rehacer el Estado de bienestar y restablecer el dominio de la
política, esto es, de la democracia, en la dirección de los proce-
sos. Una democracia que, como señala el autor, no puede ser
solo nacional sino también europea.
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LA EDAD DE HIELO
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23
INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
El 1 de enero de 2010, la flamante presidencia española del Con-
sejo de la Unión Europea se preparaba para estrenar el Tratado
de Lisboa, que había entrado en vigor solo hacía un mes. Inau-
gurábamos una novedad del mismo: la presidencia en trío, ini-
ciada por España (primer semestre de 2010), seguida por la ve-
terana fundadora Bélgica (segundo semestre) y culminada por la
recién llegada Hungría (primer semestre de 2011). Como secre-
tario de Estado para la Unión Europea, tuve la oportunidad de
participar en la configuración del programa de esa presidencia.
Inevitablemente, a pesar de los deseos del gobierno de dar un
aire distinto a la presidencia introduciendo objetivos como la
innovación o la igualdad, iba a tener que vérselas con la pavo-
rosa y omnipresente crisis.
El Documento de Objetivos Estratégicos de la Presiden-
cia Española de la UE, elaborado por la Secretaría de Estado
para la Unión Europea y entregado al gobierno en diciembre
de 2008, empezaba así:
Estamos atravesando la crisis económica más grave, cuantitativa y
cualitativamente, del último siglo. Es de tal magnitud que contami-
na todo el sistema —crisis sistémica—, de modo que solo puede
abordarse globalmente.
Así pues, éramos conscientes de la gravedad de lo que denomino
Gran Crisis, cuando, a lo largo de 2009, se construyó el Progra-
ma del Trío de Presidencias. Su marco estratégico, aprobado
por todos los miembros de la UE, mantenía como primer objeti-
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24 introducción
vo «el empleo», así como «el retorno a un fuerte cre cimiento». El
programa se centraba en el keynesiano Plan Eu ropeo de Recu-
peración Económica. En ningún lado aparecía la palabra «aus-
teridad». Todo lo más, se hablaba de «sostenibilidad» de las
políticas fiscales.
El programa oficial de la presidencia española del Consejo
de la Unión Europea (1 de enero - 30 de junio de 2010) se movía
en la misma senda. Y añadía, de forma optimista:
Es necesario afianzar la recuperación económica ya iniciada, si-
guiendo de cerca su evolución, para evitar que una retirada prema-
tura de las medidas de apoyo al sector financiero y de estímulo de
la demanda la pongan en riesgo.
Como es sabido, desafortunadamente, la Unión no siguió esa
sensata orientación. Desde mayo de 2010, optó por una política
de ajuste, sin más y hay que hacer autocrítica por ello.
La Unión se encontró a comienzos de 2010 con un problema
descomunal, la crisis finan ciera griega. Surgió con ella un agra-
vamiento mayor de la ya severa situación económica, que llevó
a la Unión a cambiar su agenda y a elaborar sobre la marcha
una nueva estrategia de salida de la crisis. El cambio afectaría
también a Estados Unidos.
La Unión Europea se topa así con desafíos que debe afron-
tar apresuradamente. El primero tiene que ver con la ausencia
de resortes institucionales para hacer frente a los problemas de
cada día. La arquitectura del euro se muestra insuficiente; des-
de las instituciones políticas y ejecutivas —Consejo, Comisión y
Parlamento— hasta las monetarias —Banco Central—, pasando
por la falta de un Tesoro europeo y de resortes efectivos de dis-
ciplina presupuestaria. La Unión se da cuenta de que no puede
gobernar una crisis que, como decía el Documento de Objeti-
vos Estratégicos de 2008, «solo puede abordarse globalmente».
Entre seguir igual o hacer algo, la UE elige, prepara y lanza una
serie de instrumentos de gobernanza económica, cuya negocia-
ción y puesta en marcha efectiva se realizará entre 2010 y 2011.
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introducción 25
Otro problema de fondo es qué orientación de política econó-
mica (fiscal y monetaria) hay que crear desde esas instituciones
de gobierno. La decisión se movió entre mantener los estímulos
fiscales para volver a crecer o dar un volantazo hacia la austeri-
dad presupuestaria, a costa del Estado de bienestar. La UE ele-
girá esto último, como se explica en la segunda parte del libro
(caps. 3 y 4).
Sin embargo, lo más relevante de los retos que la crisis ha
planteado a Europa y a EE.UU. afecta probablemente al modelo
social y económico. Lo anterior tiene tres fundamentales dimen-
siones. Una de ellas va unida a un riesgo sistémico: los podero-
sos mercados financieros. El activismo económico de los Esta-
dos parece desfallecer ante ese sujeto insumergible. La Unión ha
estado arrastrando peligrosamente los pies todo este tiempo.
Cuando ha empezado a abordar la Unión Bancaria, lo ha hecho
con precauciones, dudas y hojas de ruta de muy largo recorrido,
demasiado para la gravedad que encierra.
El poder financiero incontrolado es uno de los tres legados
que nos deja la inacabada crisis. Los otros son: un modelo social
herido de gravedad, en especial en el sur de Europa, y un Estado
sin poder tributario —nervio del poder político—, superado por
una evasión fiscal organizada en los «paraísos» de las grandes
fortunas y las compañías multinacionales, que hacen frente de
forma arrogante a la democracia.
La tercera y última parte de esta obra la he dedicado a las tres
cuestiones anteriores. Cada una de ellas ha sido analizada en Eu-
ropa y en EE.UU. Ciertamente, sin dar respuesta a dichos interro-
gantes no habrá salida de la crisis, sino una situación latente y
crónica de debilidad en todo el mundo occidental. Sobre todo en
Europa, la cual ha reaccionado de modo vacilante al colapso.
La Gran Crisis no es, pues, un mero paréntesis. Europa debe
ser consciente de que vivimos una nueva era, dura y fría como la
Edad de Hielo. Las alternativas que, por tanto, propongo en esta
obra no son políticas variables y coyunturales, sino todo un cam-
bio estructural que defina una época diferente y mejor. Es nues-
tro deber, y nuestro deseo, para la segunda década de este siglo.
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primera parte
LA GRAN CRISIS
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29
1
LA CRISIS DE LOS TREINTA AÑOS
El 9 de agosto de 2007, el banco francés BNP Paribas suspendió
la retirada de dinero de tres de sus fondos.
Para el premio Nobel de Economía Paul Krugman, ese día de
verano es la fecha en la cual la primera gran crisis financiera del
siglo xxi empezó a desen cadenarse. Inesperadamente. Una se-
mana antes, desde Pekín, el secretario del Tesoro de Estados
Unidos, Henry Paulson, había afirmado con toda contundencia
que los problemas con el mercado inmobiliario y con las hipo-
tecas habían sido «completamente contenidos». Esta afirma-
ción era parecida a lo asegu rado en marzo por el presidente de
la Reserva Federal, Ben Bernanke.
Durante un año, después de la desaparición de Bear Stearns,
uno de los mayores bancos de inversiones, y hasta algún tiempo
antes del derrumbamiento del también banco de inversiones
Lehman Brothers (15 de septiembre de 2008), la posición de las
autoridades estadounidenses era firme en cuanto a que la eco-
nomía no sufría peligros, a pesar de las visibles dificultades con
las hipotecas subprime de alto riesgo.
En realidad, la burbuja inmobiliaria norteamericana se tam-
baleaba desde 2005. Los mercados empezaban a ser conscien-
tes de la dinámica depresiva. Los precios de las casas, que entre
1997 y 2006 habían aumentado un 124 %, caían desde la pri-
mavera de este último año. En paralelo, los intereses exigidos
para endeudarse crecieron. Desde 2004 hasta 2006, la Reser-
va Federal aumentó los tipos de interés de los fondos federales
del 1 al 5,25 %, para detener la inflación. Este aumento contri-
buyó al freno y al posterior declive de los precios de la vivienda,
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30 la gran crisis
que habían estado dopados por préstamos inflados artificial-
mente.
A finales de 2007, la economía de EE.UU. estaba ya en rece-
sión. Se acabaron las subprime, y finalizó, por tanto, la deman-
da de casas y la confianza del consumidor norteamericano. En
vez de ello, lo que surgió fue un escalofrío en el cuerpo del capi-
talismo occidental.
El jueves 18 de septiembre de 2008, tres días después de la
caída de Lehman Brothers, la Reserva Federal advirtió una
enorme disminución de las cuentas del mercado monetario en
EE.UU. por valor de 550.000 millones de dólares.
1
La Reserva
decidió cerrar las cuentas monetarias en cuestión de horas. Sin
un plan de rescate, «puede que el lunes no tengamos econo-
mía», dijo su presidente Ben Bernanke al Congreso. Mervyn
King, gobernador del Banco de Inglaterra, advirtió lo siguiente:
«Desde el inicio de la Primera Guerra Mundial nuestro sistema
bancario no había estado tan cerca del colapso».
Tim Geithner, presidente del Banco de la Reserva Federal de
Nueva York, ya había reconocido en junio de 2008 el enorme
riesgo que surgía de invertir en activos financieros a largo plazo,
con poca liquidez, sostenidos por obligaciones de pago a corto
plazo. Eran, por su baja calidad, muy vulnerables a períodos de
pánico financiero, porque, en muchos casos, habían sido fabri-
cados por un sistema financiero paralelo, el shadow banking
system. Sus productos no poseían la protección de los depósitos
que el sistema bancario clásico tiene para reducir tal riesgo.
La extensión de tales productos, multiplicados varias veces
en su valor nominal, «globalizados», hizo que la crisis tuviera
un impacto universal, aterrorizara a los inversores y secara los
mecanismos crediticios. Todo recordaba el crac de la década
de 1930, que hundió el mercado de préstamos responsable de
lubricar la maquinaria económica. Asimismo, se desplomó hasta
cero el interés de los bonos del Tesoro, que se convirtieron en el
valor de refugio par excellence.
Sucedió que los bancos, tan endeudados como sus clientes
deudores, a la vista de la degradación en picado del valor de las
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la crisis de los treinta años 31
hipotecas de baja calidad, no sabían si lo que debían a sus depo-
sitantes y sus acreedores era más que lo que tenían en sus acti-
vos. No sabían si había una crisis de liquidez, o incluso una
crisis de solvencia, porque habían financiado las hipotecas con
créditos a corto plazo que habían obtenido del mercado inter-
bancario. Créditos a corto plazo que los acreedores, atenazados
por el miedo, exigieron cancelar y se negaron a refinanciar.
Además, los banqueros tampoco podían saber lo que les
ocurría a las demás entidades financieras. La confianza, funda-
mento del sistema financiero, se había evaporado. Los bancos
rehusaron prestarse unos a otros, o exigieron intereses muy al-
tos, al nivel del riesgo que asumían. Los mercados mundiales de
crédito entraron en lo que se llamó credit crunch.
El carácter agresivo de la crisis se llevó por delante a muchos
bancos. Otros —too big to fail— serían rescatados mediante
operaciones de alto riesgo económico y político, que aún no han
terminado.
Esta crisis no es el accidente coyuntural de unas malas prácti-
cas, ni producto de la mala suerte, ni de la casualidad. Sus oríge-
nes tienen una base estructural que arrancó hace mucho tiempo.
Sin el brutal viraje político de la década de 1980, no es posible
explicar el shock de 2007 y 2008. Sin la revolución conservadora
de Reagan, que declaró abolida la era de Keynes, no se habría
llegado adonde estamos hoy: a una crisis financiera que tiene un
origen y una naturaleza nítidamente norteamericanos.
la era de keynes
Durante mi licenciatura en Ciencias Empresariales, estudié
—cómo no— el libro de Paul Samuelson, premio Nobel en
Ciencias Económicas. «El Samuelson» dominó académicamen-
te hasta la década de 1970 en América y Europa. Explicaba lo
que se dio en llamar la «economía mixta», que el propio Samuel-
son denominó «síntesis neoclásica», es decir, la creencia en las
virtudes del mercado para asignar recursos y en la capacidad de
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32 la gran crisis
los gobiernos para crear las condiciones macroeconómicas
en las que el mercado funciona: dotación de infraestructuras y
distribución justa de los bienes. Expresaba la cultura económica
que había dejado la época de Roosevelt.
No hay duda de que la personalidad política en el EE.UU. de
la posguerra fue, en efecto, Franklin Delano Roosevelt. Las po-
líticas de alma socialdemócrata del New Deal se extendieron
durante las décadas de 1940, 1950 y 1960. Roosevelt, que asu-
mió la presidencia de EE.UU. en 1933, puso en práctica progra-
mas de inversión, de servicios sociales y de protección social, así
como obligaciones tributarias, inexistentes hasta ese momento
en América. No había tradición de imposición directa en Amé-
rica. De hecho, el impuesto sobre la renta —income tax— fue
declarado inconstitucional a finales del siglo xix por el Tribunal
Supremo, y no pudo ser aplicado por el Gobierno Federal hasta
que se aprobó la importante 16.ª enmienda a la Constitución de
los EE.UU.
Más tarde, la época de Lyndon B. Johnson (1963-1969), que
llegó a la Casa Blanca por el asesinato de John F. Kennedy, fue
quizá la de mayor activismo progresista desde el Estado en la
segunda mitad del siglo xx en EE.UU. en materia de derechos
civiles y políticos, y de la aún limitada Seguridad Social, a tra-
vés de la puesta en marcha de Medicare para los mayores y de
Medicaid para los indigentes. La pobreza entre la gente mayor
de 65 años descendió con rapidez.
Las medidas de Johnson tuvieron su reflejo en los gastos tota-
les federales, porque nació un sistema tributario serio. Cuando
Roosevelt inició su larguísimo y controvertido mandato, los
gastos federales no militares suponían el 3 % del PIB. El New
Deal los elevó al 10 % en 1950. En 1970 alcanzaban el 12 % y,
en 1980, el 16 % (21 % incluyendo gastos militares). Y ahí se
quedaron cuando Ronald Reagan se hizo con la presidencia,
como veremos.
Por lo que respecta a Europa, ya se había desarrollado desde
el último tercio del siglo xix un embrión de «políticas sociales»
de carácter sectorial, y se había teorizado sobre la idea de Esta-
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la crisis de los treinta años 33
do Social de Derecho desde Herman Heller, militante socialde-
mócrata y eminente tratadista de teoría del Estado en los años
veinte y treinta del siglo pasado.
Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, tuvo una
figura deslumbrante, mezcla de científico y político en el sentido
de Weber: John Maynard Keynes; la mejor cabeza para apoyar
el New Deal y para criticar sin reservas lo que llamó «capitalis-
mo de casino», es decir, el depredador cortoplacismo de los
mercados financieros (véase el cap. 12 de su Teoría general).
A lo largo de las tres décadas posteriores a la guerra, el mun-
do fue gobernado monetariamente por el sistema de Bretton
Woods, idea liderada por Keynes y tutelada por EE.UU. y su
potente moneda. Era bastante inevitable, apunta Aldo Giannu-
li.
2
Francia y el Reino Unido no estaban en condiciones de seguir
garantizando sus monedas con reservas de oro, como lo habían
hecho hasta la Segunda Guerra Mundial. Por eso, la conferen-
cia de Bretton Woods (llevada a cabo entre el 1 el 22 de julio
de 1944) consagró al dólar como moneda de reserva internacio-
nal. Solo EE.UU. podía asegurar la convertibilidad inmediata
del dólar en oro al precio estable de una onza de oro (28,35 gra-
mos) por 35 dólares.
Bretton Woods dio a luz dos organizaciones determinantes
para el comercio internacional y las políticas económicas: el
Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Se comple-
taría con el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduane-
ros y Comercio), anticipando una embrionaria globalización y
ayudando al crecimiento de la economía mundial en las décadas
de la posguerra.
Aquellos fueron los años del compromiso «fordista» entre
capital y trabajo. Luciano Gallino ha mostrado que, entre las
décadas de 1960 y 1980, las empresas de los mayores países
industriales registraron un descenso de los beneficios, un consis-
tente aumento de los salarios reales y una reducción del tiempo
de trabajo. Se produjo la introducción de los sistemas naciona-
les de protección social, en especial en el ámbito sanitario.
3
La economía de las dos décadas posbélicas, por otra parte,
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34 la gran crisis
estuvo presidida por la confianza de los productores en que sus
mercancías iban a tener acogida segura en los consumidores.
4
En ese mismo período, el sector público de los países indus-
trializados se expandió considerablemente y generó déficits,
porque crecieron más los gastos —sobre todo en Europa— que
los ingresos fiscales. Según datos de la Comisión Europea, los
gastos públicos en la Unión Europea ascendieron desde un 35 %
del PIB, en 1970, hasta un máximo del 53 % del PIB, en 1993.
Como dice lord Robert Skidelsky —el excelente biógrafo de
Keynes—, durante los más de treinta años posteriores a la Se-
gunda Guerra Mundial, hasta la crisis del petróleo de la década
de 1970, la economía keynesiana de demanda llevó la batuta.
Su filosofía, formulada en 1936, que se podría resumir en el in-
tento de mantener el pleno empleo y un crecimiento regular y
equilibrado de la economía, formaba parte de la caja de herra-
mientas de cualquier gobierno. Hasta el punto de que el propio
Nixon llegó a decir: «Ahora todos somos keynesianos».
Tenía mucho de cinismo esa afirmación en quien acabara
en 1971 definitivamente (lo había apuntado ya en 1968 Lyndon
B. Johnson) con la convertibilidad del dólar, y quien lo devaluó.
Aquella fue la salida a los dispendios colosales que originó la
guerra de Vietnam, financiada con cantidades industriales de
dólares, que se gastaban en buena medida en el exterior y que
no podían ser garantizados, a todas luces, con las reservas de
Fort Knox.
La decisión de Nixon destruyó el sistema monetario de Bret-
ton Woods de tipos de cambio fijo y de control de la circulación
de capitales. En palabras de Richard Duncan, la naturaleza de la
moneda cambió. El resultado fue una proliferación de crédito que
no solo transformó el tamaño y la estructura de la economía esta-
dounidense, sino que transformó el sistema económico mismo.
La producción de bienes ya no era conducida por el ahorro y la
inversión, como lo había sido antes. La creación artificiosa y ma-
siva de crédito reemplazó a la acumulación de capital, y se convir-
tió en el motor de la economía occidental. Hasta el punto de que,
en cincuenta años, el crédito se ha multiplicado cincuenta veces.
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la crisis de los treinta años 35
la era neoliberal
Con estos antecedentes, no es casualidad que los años setenta del
pasado siglo fuesen, en el mundo occidental, una década que vi-
vió el ocaso de la época dorada del Welfare State. Aquellos
fueron los años de la «stagflación», estancamiento con infla-
ción, con el infortunio de sufrir dos crisis del petróleo, en 1973
y 1979. Un momento de europesimismo.
Era evidente que la productividad había experimentado un
descenso, y este fue el caldo de cultivo adecuado para que sur-
giese una reacción conservadora, en la teoría económica y en la
atmósfera política. También en lo cultural y en lo religioso.
Un fugaz presidente, el demócrata —y defensor de los dere-
chos humanos— Jimmy Carter (1977-1981) empezó a fragmen-
tar una de las conquistas de la era de Keynes: los impuestos so-
bre el capital. Aparecieron los primeros atisbos de desregulación
en sectores económicos clave (aviación, sistema financiero,
transporte). Se abría paso la idea de que el intervencionismo
estatal era nefasto para la prosperidad y la libertad. El consenso
keynesiano tocaba a su fin, y las políticas de oferta se pusieron
de moda.
Lo que afirmaba la nueva ola conservadora, entre los teóri-
cos de la economía, era que una macroeconomía que pudiese ser
influenciada por la acción del gobierno, estimuladora o no, era
una creación virtual, sin fundamento. La macroeconomía no
existe. La única realidad es el mercado autorregulado. Los mi-
llones de consumidores, productores y agentes económicos son
los verdaderos protagonistas del rumbo de la economía, por-
que, se decía, siempre actúan por expectativas «racionales».
Era solo cuestión de tiempo que las teorías de la autorregu-
lación del mercado, de las «expectativas racionales», sedicente-
mente científicas, convergiesen con el monetarismo de la Escue-
la de Chicago. Y con un capitalismo de nuevo cuño.
Margaret Thatcher ganó las elecciones británicas en 1979,
iniciando un movimiento privatizador de desmantelamiento del
Estado de bienestar, de enorme proyección posterior gracias a
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36 la gran crisis
Ronald Reagan. El presidente Reagan ganó a Carter en 1980 de
forma aplastante, y, con el eslogan America is back, dio un im-
pulso global desde EE.UU. a lo que el Reino Unido en solitario
no hubiera podido alcanzar. Reagan rompió con la égida roos-
veliana, de influencia europea, y expresó una nueva estrategia
que tiene tres pilares de hierro: el primero, la descentralización
del poder del Estado Federal —o sea, su debilitamiento— en
beneficio de los poderes públicos locales (Estados federados y
municipios), y de los poderes privados a través de lo que se dio
en llamar «desregulación»; el segundo, el poder de las finanzas;
y el tercero, la disminución drástica de la tributación.
La política contra el Estado
Thatcher y Reagan coincidían en que el gobierno (el Estado) era
el problema, no la solución. Por eso había que limitarlo a unos
pocos bienes públicos: justicia, política monetaria, infraestruc-
turas y defensa, por ejemplo. Además, había que poner límites
también a esas políticas.
El debilitamiento de un Estado considerado parásito signifi-
caba el de la más relevante conquista de lo público, el Welfare
State, y, dentro de él, el de la joya de la corona, la Seguridad
Social. La escuela neoliberal lo ha repetido machaconamente:
los servicios públicos gratuitos o semigratuitos crean una rela-
ción viciada con el ciudadano beneficiario, que consume en ex-
ceso ese servicio. No son, por tanto, un instrumento de cohe-
sión, sino una pesada carga que dificulta la competitividad.
Thatcher no logró acabar con el sistema nacional de salud
británico. Ni, por supuesto, influyó negativamente en los siste-
mas de seguridad social de los países europeos continentales.
Tampoco Reagan consiguió hacer desaparecer la ya de por sí
fragmentaria e incipiente atención social estadounidense. Sus
recortes se centraron en las infraestructuras educativas y ener-
géticas. Ambos fracasaron en sus objetivos restauradores del
crecimiento y el empleo, porque las políticas aplicadas, resumi-
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la crisis de los treinta años 37
das con simpleza en «menos Estado», no eran las adecuadas
para afrontar los problemas que los años ochenta del siglo xx
planteaban a los gobiernos occidentales.
No obstante, sí triunfaron al imponer una política devasta-
dora para la acción pública: la desregulación. Las políticas eco-
nómicas de Reagan (Reaganomics) y de Thatcher lideraron la
liberalización de las actividades económicas, hasta entonces
sometidas al interés general representado por las instituciones
elegidas democráticamente y defendidas por los peores enemi-
gos de Thatcher: los sindicatos.
En esa estrategia suicida de desarme del Estado, quien tomó
la delantera, como corresponde a su lógica de expansión sin
respiro, fue el sector de las finanzas, la economía del dinero.
El capitalismo financiero
El segundo pilar de la revolución conservadora de la década
de 1980 fue, en efecto, el crecimiento impetuoso del nuevo gran
poder económico: el mercado financiero y sus agentes institu-
cionales.
La globalización financiera significó —porque lo necesita-
ba— la absoluta libertad de capital, y con ello desbordó a la ya
muy importante libertad de comercio internacional, prota-
gonista de una expansión vertiginosa durante el siglo pasado.
La desregulación anglosajona obligó a los gobiernos europeos
(como el francés o el alemán), ante la amenaza real —que Mit-
terrand sufrió en primera persona— de una fuga masiva de ca-
pitales, a dar todas las posibilidades de movimiento al capitalis-
mo financiero.
Reagan desmanteló la normativa heredada de la Gran De-
presión. Empezó por el Garn-Saint Germain Depository Institu-
tions Act de 1982, que desregulaba las entidades de ahorro y
préstamo y, como apunta Jeffrey D. Sachs,
5
establecía las bases
para las inmediatas crisis crediticias e hipotecarias. Empezó a
romper los muros entre la banca comercial y la banca de inver-
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38 la gran crisis
sión, tarea que luego completaría Clinton. Inició el rosario de
regalos a Wall Street, que correspondía con generosos fondos
para las campañas electorales de la administración Reagan, y
las posteriores. La alianza entre Wall Street y los sucesivos pre-
sidentes no se interrumpió, en buena medida, gracias al sistema
norteamericano de financiación de los partidos políticos, basa-
do en las donaciones privadas libres y sin topes. Creo que ahí
está una de las explicaciones de por qué se llegó adonde se llegó
con un sector financiero desprovisto de límites legales.
No es de extrañar que, en el seno del sector financiero, se
empezase a quebrar la línea de progresiva igualdad en las remu-
neraciones de los distintos estratos sociales que había sido ca-
racterística de la era de Keynes. Quiebra muy visible porque
benefició en particular a los dirigentes de ese sector. El gobierno
de EE.UU. calculaba que, en la década de 1980, los directores de
las compañías habían visto incrementados sus emolumentos en
un 260 %, mientras que los de los empleados crecieron un 50 %.
Todo ello se unió en EE.UU. a una política monetaria de re-
muneración a los proveedores o prestamistas —o sea, al sector
financiero— mediante intereses muy altos (hasta el 20 % en
1980-1981), algo que puso en práctica la Reserva Federal, y que
formaba parte de una serie de reformas incluidas en la Econo-
mic Recovery Act (ERA).
La Unión Europea, azuzada por el Fondo Monetario Interna-
cional, tuvo que seguir el mismo camino. El Tratado de Roma de
1957 establecía las cuatro libertades de circulación: de bienes,
de trabajadores, de servicios y de capitales. Los factores de produc-
ción. Sin embargo, la libertad de circulación de capitales se man-
tuvo paralizada hasta que Jacques Delors, presidente de la Comi-
sión Europea, la impulsó en 1985 como parte del objetivo de un
mercado interior.
6
En paralelo a este movimiento de Delors, el
gobierno francés, a través de personalidades como Michel Cam-
dessus, gobernador del Banco de Francia, o Pierre Bérégovoy,
ministro de Economía, había terminado por construir el «con-
senso de París» sobre la libre circulación de capitales.
El movimiento hacia una moneda única europea se presentó
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la crisis de los treinta años 39
como la consecuencia lógica. A partir de la liberalización del
flujo de capitales, era insostenible que cada país de la entonces
llamada Comunidad Europea tuviera una política monetaria y
tipos de interés divergentes (Albert). Hubiera desencadenado
una lucha competitiva por marcar intereses altos que atrajeran
a los mercados financieros; tanto en el interior del territorio
comunitario como respecto al exterior. Es fácil adivinar quién
marcó la pauta de una moneda fuerte, a la que todos tenían que
seguir: Alemania. Su sólida posición le permitió afrontar la
prueba de la reunificación territorial.
La expansión del sector financiero no fue solo cuantitativa.
Los mercados financieros empezaron a desarrollar —a través de
productos sofisticados como los mercados de futuro, que multi-
plicaron de forma exponencial la cifra de negocios de las bolsas
occidentales (a la cabeza de ellas, Chicago, Wall Street y la City
de Londres)— un movimiento tan potente que creó toda una
sociología de tiburones financieros, tan ácidamente expuesta en
la famosa novela de Tom Wolfe La hoguera de las vanidades, así
como en posteriores filmes de Hollywood.
EE.UU. ha sido —como España, por cierto— un país con
cultura de posesión de la casa. A finales de la década de 1970 y
comienzos de la de 1980, los propietarios, deudores de hipote-
cas, se beneficiaron de una rápida inflación y de un crecimiento
acelerado de los precios de las viviendas. Las hipotecas eran una
forma perfecta de ahorrar. Con la subida de los precios de las
viviendas, sus propietarios podían hipotecarlas más y más con-
tra el valor creciente de las mismas, aunque sus ingresos perso-
nales no aumentaran. Los banqueros no pusieron obstáculos, a
pesar del carácter no líquido de las casas. En realidad, la sofisti-
cada innovación financiera que se estaba fraguando iba a per-
mitir una hazaña propia de un alquimista: empaquetar los pesa-
dos títulos hipotecarios, distribuirlos a otros inversionistas y,
por tanto, convertirlos en líquidos de la noche a la mañana.
La política de apoyo a los propietarios siempre estuvo patro-
cinada por el gobierno, a través de las populares instituciones
federales Fannie Mae y Freddie Mac, productos del New Deal
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40 la gran crisis
para abaratar las hipotecas a los norteamericanos, con el bene-
ficio de deducciones fiscales. Ronald Reagan privatizó ese nego-
cio mediante la Tax Reform Act de 1986.
Este cambio fundamental se unió a la explosión de las tarje-
tas de crédito, que pasaron a ser utilizables para cualquier cosa,
en cualquier sitio. Todo ello dio lugar a un uso del crédito mu-
cho mayor, lo que en la volátil economía de los años ochenta se
cobró un alto coste, porque los fallidos aumentaron entre mu-
chos trabajadores de «cuello blanco» que tenían mayor acceso
a las tarjetas de crédito. A pesar de ello crecieron mucho, por-
que, ante la presión de las compañías de tarjetas de crédito, a los
«yuppies» les sucedieron estratos sociales de menores ingresos,
que hasta entonces habían tenido una conducta crediticia más
prudente. El porcentaje de propietarios de viviendas con tarje-
tas de crédito creció del 35 % en 1980 al 65 % en 1991. La titu-
lación, desde 1986, de esos créditos —securitiza tion— convirtió
en aparentemente ilimitada tal fuente de capital, porque podían
ser vendidos a otros inversores.
De ese modo se aceleró en la década de 1980 la ingeniería
financiera de Wall Street.
Se estaba produciendo un terremoto en el sistema produc-
tivo. Se había dado un paso desde el modelo de producción
manufacturera como núcleo duro de las economías occiden-
tales, hasta la hegemonía del crédito y las transacciones finan-
cieras, apoyadas decisivamente por la aparición deslumbrante
de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones.
En 1980, la industria manufacturera representaba el 21 % del
PIB de EE.UU. Dos décadas después, en 2002, esa industria ha-
bía descendido al 14 %. En ese tiempo, las finanzas habían ocu-
pado su lugar. El vuelco había sido completo y exacto. El sector
financiero ascendió hasta representar el 21 % del PIB en 2002,
desde el 14 % que ocupaba en 1980.
7
Se estaba creando una economía sin base real en mercancías,
infraestructuras o servicios no financieros. Una economía que,
por tanto, podía crecer ilimitadamente al compás de la creación
artificial de crédito.
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la crisis de los treinta años 41
La revolución tributaria
El tercer elemento de la reacción, en la década de 1980, contra
el Welfare State (redistribuidor de los beneficios y del crecimien-
to) fue la socialización de las pérdidas en forma de grandes dé-
ficits públicos, así como la privatización de las ganancias en
forma de fuertes reducciones fiscales a las capas de población
mejor situadas económicamente.
La presidencia Reagan (1981-1989) es la de los déficits abul-
tados, en buena medida debido al incremento en los gastos de
defensa y al fuerte desfallecimiento en los ingresos fiscales
(como más adelante hizo Bush hijo), a pesar de que, a través de
la Tax Equity and Fiscal Responsibility Act, de 1982, recortara
gastos en Medicare, Medicaid y otras prestaciones. El déficit, de
modo inevitable, se convirtió en deuda federal (en 1990 alcan-
zó los 3,1 billones de dólares) y toda deuda origina intereses
que hay que pagar. Así fue como EE.UU. pasó de ser el mayor
prestamista al mayor deudor del mundo. Los demás países de-
sarrollados iniciaron igualmente un crecimiento constante de
endeudamiento público, que llegaría a ser una bomba de espo-
leta retardada.
La otra cara de la moneda —nunca mejor dicho— fue el des-
plome de los impuestos a los mayores perceptores de renta, a las
grandes empresas, a las compañías multinacionales. Se hizo bajo
el señuelo de la célebre curva de Arthur Laffer —nunca verifica-
da, ni científicamente, ni en la práctica— según la cual, si hay
impuestos altos a los más ricos, estos no invertirán, se recaudará
menos por el Estado y crecerá menos la economía y el empleo, a
causa de la desmotivación de aquellos para invertir.
Para el reaganismo, los impuestos eran letales para el objeti-
vo de lograr beneficios a corto plazo, para la iniciativa y la
energía emprendedora en un mercado libre, como habían pues-
to de manifiesto las recesiones sufridas en la década anterior.
Para Margaret Thatcher, los impuestos progresivos constituían
una discriminación a favor de los pobres (de ahí su tristemente
célebre poll-tax, que la hizo salir de Downing Street).
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42 la gran crisis
En 1981, cuando Ronald Reagan tomó posesión en la Casa
Blanca, el impuesto de la renta que pagaban las mayores for-
tunas tenía un tipo del 75 % (había llegado a estar en el 94 %
en 1945). Cuando Reagan dejó la Casa Blanca en 1989, ese tipo
máximo había descendido al 33 %. En el Reino Unido, el cam-
bio fue aún más fuerte. En el impuesto sobre la renta, su tipo
máximo bajó del 83 al 40 %, y en el impuesto de sociedades
bajó del 52 al 33 %.
Todo lo anterior es el corolario de una política de revitaliza-
ción del capitalismo y de una desvitalización del Estado y de los
gastos públicos, a mayor gloria de la mano invisible de Adam
Smith. Es la expresión fiscal, asimismo, de una política moneta-
ria de altos tipos de interés, sin precedentes, y de un desempleo
estructural como única forma de frenar la inflación.
El modelo de reforma fiscal anglosajón, amparado en la de-
bilidad que afectaba a la mayoría de los partidos socialistas
europeos —España, que estaba estrenando democracia, era una
excepción—, se extendió rápidamente. Los países nórdicos, es
cierto, hicieron sus adaptaciones. Sin embargo, no evitaron una
transformación en la estructura de sus sistemas impositivos. Ni
siquiera Suecia. La ley de 1991 dio lugar a una nueva tributa-
ción. El impuesto sobre el capital y el de sociedades se estabili-
zaron en un tipo del 30 %. El tipo máximo del impuesto sobre
la renta bajó de un 87 a un 57 %, a pesar de lo cual Suecia se
mantuvo como uno de los países más igualitarios del mundo.
La revolución tributaria conservadora cambió, dice Michel
Albert, la verdadera naturaleza de las relaciones entre el Estado
y sus ciudadanos; décadas de constantes incrementos en la carga
fiscal, sobre todo en las naciones industrializadas, sufrieron una
súbita inversión en su orientación.
8
Se puso de moda el término
«desgravación fiscal» (tax relief), no solo en los ámbitos políti-
co y administrativo, sino entre el gran público. Era una trans-
formación cultural —«hegemonía» la llamaría Gramsci— que
aún no nos ha abandonado, y que explica la dificultad de los
gobiernos para romper con esa dinámica que los lleva por el
camino de la emisión de deuda, atemorizados ante la mínima
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la crisis de los treinta años 43
posibilidad de incrementar la carga tributaria en los estratos
sociales con mayor capacidad adquisitiva.
La conjunción de los tres componentes esenciales del nuevo
capitalismo postindustrial del siglo xx —Estado débil, merca-
dos financieros internacionales poderosos y déficit público fi-
nanciado preferentemente con deuda, pero no con impuestos
progresivos— condujo irremediablemente a la crisis global del
siglo xxi. Pero antes, la versión más neoliberal del capitalismo
iba a consolidarse aún más firmemente tras la caída del muro de
Berlín. Veámoslo.
el consenso de washington
La década de 1990, que arranca con el fin del comunismo en
Europa —el «fin de la historia» según Fukuyama— y con la
aprobación del proyecto del euro, fue la consolidación de lo que
se dio en llamar «Consenso de Washington», por la etiología
de indudable perfil estadounidense en el cambio que puso fin a
la era keynesiana.
En realidad, la ocasión para que se acuñara esa terminolo-
gía la proporcionó la creciente condicionalidad que se empezó
a exigir a las políticas económicas de los países en desarrollo
cuando necesitaban obtener préstamos del FMI. En 1989, el
economista del Banco Mundial John William sintetizó tales
exigencias: una disciplina presupuestaria orientada al equili-
brio, una recualificación del gasto público, una reforma tributa-
ria dirigida a restar progresividad al impuesto de la renta, una
fijación del valor de la moneda sobre la base de las fluctuaciones
del comercio, una completa liberalización del comercio y de las
importaciones, una apertura a las inversiones extranjeras, una
privatización de las empresas públicas y la más amplia deregu-
lation. Esta es la doctrina del Consenso de Washington, que se
completó con la institución de la Organización Mundial del
Comercio (OMC) después del acuerdo de Marrakech (15 de
abril de 1994), en el cual se exigía la abolición de los obstáculos
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44 la gran crisis
al libre comercio, se extendía la jurisdicción de la OMC a los
ámbitos de los servicios, la agricultura, el sector textil y la sani-
dad, y se imponía la tutela sobre la propiedad intelectual a cargo
de los países occidentales, EE.UU. en especial.
9
Las líneas marcadas por esta transformación en política eco-
nómica no retrocederán sustancialmente por el hecho de que
llegara a la Casa Blanca Bill Clinton, o algunos primeros mi-
nistros socialistas a los gobiernos europeos, aunque, cuando
así sucedió, se frenó la deriva hacia la destrucción del Esta-
do Social.
Como veremos, las dos sólidas columnas del neoliberalismo
realmente existente —en el lado de lo público, el desmantela-
miento de la fiscalidad progresiva, y, en el lado de lo privado, un
sistema financiero desregulado y con características por com-
pleto «imperialistas»— consagraron su hegemonía económica.
Menos impuestos. Más deuda soberana
Estudiando las series históricas de la OCDE observamos que, en
el período 1967-1987, el porcentaje sobre el PIB de los ingresos
de los Estados desarrollados —de Europa, América y el Pacífi-
co— pasó de un 26,9 a un 36,3 % (en Europa, de un 27,7 a
un 38,5 %). Es decir, que la presión fiscal se elevó nada menos
que diez puntos en los veinte años de la época de construcción
del Estado de bienestar. En España, el avance llegó a casi los
14 puntos (del 16,9 al 30,7 % sobre PIB), porque entramos en la
democracia con una hacienda pública mísera, propia de la dic-
tadura franquista.
Veamos ahora el período de 1987 a 2007, las dos décadas de
predominio del Consenso de Washington. En tal período, los
ingresos por impuestos de los Estados de la OCDE, como me-
dia, crecen desde un 36,3 a un 38 % del PIB (en Europa, de un
38,5 a un 39,7 %). Es un aumento de algo más de un punto de
presión fiscal en veinte años. En España, el aumento de la pre-
sión fiscal es mayor en las dos décadas y asciende hasta el 33,1 %
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la crisis de los treinta años 45
en 2008 (seis puntos por debajo de la media europea) porque
partíamos de más atrás.
El contraste de los períodos examinados es nítido. En el tra-
mo de los primeros veinte años (hasta 1987) suben los ingresos
por impuestos diez puntos. En los segundos veinte años (has-
ta 2007) suben solo algo más de un punto en el área OCDE.
Además de eso, hay un profundo cambio en la estructura tri-
butaria a causa de la «competencia fiscal internacional». En los
años noventa del pasado siglo, la liberalización absoluta del flujo
de capitales en los países desarrollados presionó a los gobiernos
—a fin de evitar la deslocalización de empresas— para que redu-
jeran la tributación sobre sociedades y sobre los rendimientos de
capital y para que disminuyeran la progresividad en el impuesto
de la renta. Este proceso lo explica muy bien José V. Sevilla.
10
La Unión Europea mostró siempre su impotencia para intro-
ducir transformaciones progresivas en la imposición sobre las
ganancias de capital. Recuerda Albert que, en 1989, la Comi-
sión ya lo intentó. Propuso un 15 % de deducción en el origen a
toda compra de activos financieros por parte de residentes co-
munitarios.
11
No obstante, lo que se planteó en febrero tuvo que
abandonarse en junio, porque Alemania detectó una fuga masi-
va de capitales a Luxemburgo, ya por entonces convertido en un
paraíso fiscal. Consecuencia: cero deducciones en origen como
norma. En la Unión Europea, la unanimidad es la regla en ma-
terias financieras, y Estados como el Reino Unido o Luxembur-
go siempre dirán «no» a armonizaciones fiscales al alza.
EE.UU. es un caso particular. Bush (padre), presidente des-
de 1989 hasta 1993, cometió el «pecado» de violar su célebre
promesa electoral —«Mire mis labios»— de no incrementar los
impuestos. La intención de Bush de reducir en cinco años y en
482.000 millones de dólares, el creciente déficit, lo llevó en 1990
a hacer votar al Congreso la Omnibus Budget and Reconcilia-
tion Act. Además de elevar los impuestos según los ingresos de
las personas físicas, suprimió los límites a las deducciones e im-
puestos indirectos. La ley de 1990 consiguió el apoyo de 47 re-
publicanos en la Cámara baja y 19 republicanos en el Senado.
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46 la gran crisis
Los conservadores nunca perdonaron a George H. W. Bush
que aceptara subir los impuestos. De hecho, desde entonces
hasta el fin del primer mandato del actual presidente Obama,
ningún congresista republicano ha votado a favor de subir el
impuesto sobre la renta personal, salvo el excepcional pacto
de 2012.
Algunos congresistas vieron en la oposición doctrinaria al
aumento de los impuestos una nueva forma de cemento ideoló-
gico para los republicanos después de la Guerra Fría; el Partido
Republicano, que era el partido del presupuesto equilibrado,
pasó a ser durante dos décadas el partido radicalmente opuesto
a las subidas de impuestos.
12
«Cuando entré en política, el cua-
dro de referencia era un presupuesto equilibrado, como princi-
pal precepto conservador», dijo el antiguo miembro de la Cá-
mara de Representantes James Leach, un republicano de Iowa
que estuvo en la Cámara baja desde 1977 hasta 2007. «Hoy [la
referencia] es el nivel de impuestos».
Esta ideología les condujo a que la negativa a votar subidas
de impuestos se convirtiera en un dogma, aun en los casos en
que esta estuviera orientada a reducir el déficit. De ahí que, pos-
teriormente, a nadie le extrañara que ni uno solo de los congre-
sistas republicanos votara a favor del proyecto presupuestario
de Clinton.
Durante el gobierno de Bush (hijo), esa situación se hizo cla-
morosamente evidente. No muchos saben que Bush, aunque a
regañadientes, llegó a proponer una subida de impuestos, dadas
las proporciones que estaba tomando el desequilibrio del presu-
puesto a causa de los gastos estratosféricos de la guerra de Irak.
Una vez más, una mayoría de los republicanos votó «no» a la
iniciativa de su presidente. Por el contrario, en 2001 y 2003, los
republicanos aceptaron los regalos fiscales a los más ricos que
Bush les planteó.
Los recortes fiscales entre 2001 y 2003, no solo aumentaron
las desigualdades en el interior de la sociedad norteamericana,
sino que no estimularon la economía e influyeron negativamen-
te en el déficit y la deuda del Estado. El Informe Stiglitz conclu-
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la crisis de los treinta años 47
ye que la decisión de Bush estrechó el margen de maniobra de la
política presupuestaria frente al ascenso del paro, haciendo aún
más difícil la tarea de la política monetaria.
13
En suma, en los últimos treinta años, la carga impositiva en
EE.UU. fue la siguiente: disminuyó en la década de 1980, en la
era Reagan; aumentó en la década de 1990, con Clinton, y cayó
otra vez, y mucho, con Bush hijo.
La bajada de impuestos afecta al ámbito federal, a las ma-
yores rentas, pero los impuestos han aumentado en los ámbitos
estatal y local, en las rentas más bajas. De modo que los ahorros
federales se mantienen a costa de los niveles más bajos de in-
gresos.
No obstante, vayamos a la otra gran fuente de ingresos del
Estado, la deuda. Y examinemos también los dos períodos a los
que hemos hecho referencia antes en relación con los impuestos.
Desde 1967 hasta 1987, la deuda pública en los países de la
OCDE pasó de representar un 35 % del PIB a un 55 % de este,
en números redondos (en el área euro la media es similar). Sin
embargo, de 1987 a 2007, la deuda de la OCDE salta hasta un
100 % (en el área euro hasta un 85 %). Estos porcentajes son
debidos al origen de toda deuda soberana: el déficit.
Lo que se desprende de los datos anteriormente expuestos es
que, durante los veinte años anteriores a la crisis económica, los
países desarrollados han ido sustituyendo, ante sus crónicas
necesidades de financiación, impuestos por deuda. Es decir, di-
nero que no hay que devolver por dinero que engorda las obli-
gaciones del Estado con los acreedores y que aumenta exponen-
cialmente los gastos financieros públicos.
Lo anterior queda revalidado por el contenido del informe
de la OCDE Économies en transition, de 1989, que no deja
lugar a dudas sobre las tendencias políticamente dominantes en
los países desarrollados. En el sector privado, el objetivo es con-
seguir una mucho mayor liberalización de los movimientos in-
ternacionales de capital. En el sector público, el objetivo es
impedir la inflación y disminuir el peso de lo público. Esto se
traduce en adelgazar la fiscalidad y los gastos del Estado. Sin
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48 la gran crisis
embargo, al mismo tiempo, el informe —incurriendo en una
contradicción obvia— no tiene más remedio que admitir que los
intereses de la deuda son una carga muy pesada que corre el
riesgo de «crear una situación explosiva» por la necesidad de
importar capitales para financiar los déficits. No obstante, no
plantea subir la tributación; por el contrario, critica que haya
demasiada carga tributaria en muchos países. El informe de la
OCDE, fiel entonces a su orientación neoliberal, abogaba por
bajar las tasas marginales del impuesto sobre la renta y, a la vez,
extender los impuestos indirectos.
14
Un mercado financiero poderoso y autónomo
Si partimos del hecho descrito, esto es, de la desfiscalización de
las mayores rentas y las grandes fortunas, de la crisis fiscal del
Estado, en definitiva, y si nos trasladamos al otro lado del espe-
jo, a las finanzas privadas, nos encontramos con una nueva
realidad: la del desarrollo elefantiásico de un sistema financiero
con características inéditas.
Solo con algunas cifras se puede captar la entidad del fenó-
meno. En 1981, cuando empieza la era Reagan, los activos
financieros equivalían aproximadamente al PIB mundial. En
2007, cuando se manifiesta la crisis, esos activos representan
cuatro veces el PIB del mundo, expresados mayoritariamente en
deuda suscrita con la banca —en la luz o en la sombra— por
particulares y por Estados. En los últimos veinte años, el pro-
ducto bruto mundial ha crecido al ritmo de un 3 %, mientras
que los activos financieros lo han hecho al 8 %.
Las transacciones sobre los mercados financieros globales
que correspondían en 1991 a quince veces el PIB del mundo, en
2007 habían aumentado a 75 veces el PIB del mundo. En 2007,
el 80 % de tales transacciones tenían un objetivo puramente es-
peculativo, separado de la economía real.
Los instrumentos llamados «derivados» representaban, a fi-
nales de 2007, doce veces el PIB mundial.
15
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la crisis de los treinta años 49
Este crecimiento espectacular de la economía financiera no
es casualidad. Tiene un origen político y está indudablemente
vinculado a dos hechos determinantes: la liberación de cual-
quier corsé a la circulación de capitales y la invención de los más
sofisticados productos financieros que nunca se hayan conoci-
do. Con ello, se continúan y reafirman, con mayor intensidad,
las líneas de fuerza que comenzaron en la década de Reagan y
Thatcher.
El iter del proceso que desembocará en la Gran Crisis trans-
curre así: primero, liberalización total de capitales; segundo, de-
sarrollo masivo de nuevos productos financieros; tercero, domi-
nio incontestado de los centros de poder financiero del planeta.
En 1978, un seguidor de Keynes, James Tobin, profesor de
Yale, hoy mundialmente conocido más por su célebre impuesto
que por la obtención del premio Nobel, predijo que la excesiva
movilidad de capitales convertía en imposible cualquier política
monetaria o fiscal. De ahí que el impuesto sobre las transaccio-
nes financieras fuese concebido por este como una forma de con-
trol de los flujos de capital, más que con una finalidad de aumen-
tar la recaudación por parte del Estado.
Pues bien, en los años noventa del siglo xx, sucedió exacta-
mente lo opuesto a la formulación de Tobin. No solo no se recu-
peraron los controles sobre la circulación de capitales, sino que
las dos presidencias de Clinton ahondaron en la desregulación
más importante, la del sector financiero, que había gozado
siempre de una protección especial.
La Ley Glass-Steagall, que había sido creada por el New
Deal, y que establecía la separación nítida entre la banca comer-
cial (de depósito) y la banca de inversiones (en proyectos de
mayor riesgo), fue derogada en 1999 por la Financial Services
Modernisation Act, bajo el mandato de Bill Clinton.
La claudicación de Clinton implicaba mucho. Hacía posible
que se pudieran colocar fuera de balance determinadas opera-
ciones financieras de alto riesgo; llevar a cabo operaciones con
derivados fuera de la bolsa con fines especulativos; o hacer fu-
siones y adquisiciones de gran envergadura. En resumen, se
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50 la gran crisis
permitió desarrollar ese tipo de actividades que nos llevaría
después a la crisis. Los «reguladores» de la bolsa dejaron, ade-
más, a la banca de inversión la posibilidad de que aumentara
desproporcionadamente el riesgo sobre el capital.
Las consecuencias no se hicieron esperar. Las operaciones
de riesgo utilizaron los depósitos de particulares y familias, y se
entró en la era de la deuda privada global.
Préstamo (borrow)
Este es el título que Louis Hyman da a un relato fascinante de
cómo el crédito personal creó la clase media norteamericana y
casi hace caer en la bancarrota a la nación
16
(y al mundo occi-
dental, habría que añadir). Porque la Gran Crisis se engendra,
se desarrolla y eclosiona, sin ninguna clase de dudas, en la pode-
rosa maquinaria financiera de EE.UU.
La deuda privada inundó los mercados. Si en 1989 la deuda
de los propietarios de viviendas en Estados Unidos era del 48 %
del PIB, en 2007 había aumentado al 100 %. Algo parecido
sucedió con otros sectores. Las empresas aumentaron su deuda
del 53 al 76 % del PIB. El propio sector financiero de EE.UU.
usó la compra de deuda como forma de participar en otras ope-
raciones. En el mismo período, esa deuda creció del 22 al 117 %
del PIB. La Reserva Federal ayudó bajando los tipos de interés des-
pués de 2001.
Una técnica clave para llegar a esas cifras mareantes fue la
llamada «titulación» de hipotecas y otras deudas. La «titula-
ción» (securitization) de hipotecas consistía en el ensamblaje de
diversas hipotecas (empaquetado en forma de obligaciones).
A continuación se ofrecían —se vendían— esas obligaciones,
que estaban garantizadas por las hipotecas, es decir, por la deu-
da del prestatario. Se llamaron CDO (colletarized debt obliga-
tions). La innovación financiera consistía en crear una persona
jurídica proveedora de tales títulos (fuera de balance) que, a su
vez, era quien los vendía, por trozos, en función del riesgo (y,
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la crisis de los treinta años 51
por tanto, del beneficio en intereses). Esto se bendecía por parte
de las agencias de rating, que daban la calificación de AAA a los
trozos «sénior» con preferente pago en caso de default o insol-
vencia. Tales inversiones tuvieron mucho éxito porque gozaban
de mejores remuneraciones que los bonos ordinarios.
La técnica de la titulación se infló con el surgimiento de los
CDS (credit default swaps). Los CDS aseguran el riesgo de im-
pago de los títulos empaquetados de créditos hipotecarios que
la banca había repartido a multitud de inversores, a cambio de
suculentas comisiones. Conviene tener en cuenta que esos títu-
los hipotecarios vendidos encerraban intereses muy altos, pero
las viviendas valían siempre más. Las agencias de rating daban
notas altas a lo que en realidad eran deudas de riesgo, dada la
posibilidad de adquirir CDS. Durante el siglo xx el seguro sobre
impago de hipotecas lo cubrían Fannie Mae y Freddie Mac. En
el siglo xxi ese lugar lo ocuparía la compañía líder en esos segu-
ros, AIG, que no tendrá suficiente capital para responder tras la
crisis.
La estrategia a la que se lanzó el mercado implicaba la crea-
ción de riesgo, primero, y la distribución de ese riesgo, después,
al resto del mundo, es decir, también a Europa, que iba a recibir,
por tanto, el golpe de la crisis.
Se asistía a un endeudamiento en cascada infinito, basado en
el cortoplacismo de obtención de ganancias —nada que ver con
la tradición de largo plazo de las hipotecas inmobiliarias—, que
producía una liquidez cada vez mayor. Cada cambio de mano
significaba un aumento de valor nominal del activo, y el cobro
de la correspondiente comisión.
La tesis del actual gobernador del Banco Central de India,
Raghuram G. Rajan, es que los tipos de interés reducidos a gru-
pos de población con bajo estatus social, conducidos por agen-
cias gubernamentales de préstamo, eran la forma en que la clase
política podía ofrecer algo valioso, de forma rápida, a estadou-
nidenses con rentas estancadas o en disminución.
17
Viviendas
asequibles que no requerían esperar años, como hubiera sido
necesario si el objetivo fuera la educación o la sanidad. Este fue
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52 la gran crisis
sin duda un objetivo de la administración Clinton: «Estrategias
de financiación, alimentadas por la creatividad». De este modo
se redujo la entrada mínima para que el gobierno garantizara
una hipoteca, y con ello aumentó la cantidad máxima de las
hipotecas.
Ni siquiera la crisis de las acciones del mercado tecnológico
del año 2000 frenó esta dinámica ciega. Los intereses estaban en
cotas bajas y la capacidad de endeudamiento seguía aumentan-
do. Las hipotecas daban más rendimiento a los inversores que
los bonos del Tesoro. La solvencia del deudor empezó a ser algo
irrelevante en mercados ávidos de invertir a tan corto plazo; y
para los deudores, muchos de ellos con trabajos precarios, la
oportunidad de ser propietario de una vivienda beneficiándo-
se de un préstamo cercano al 100 % del precio de la casa, que se
iba a «revalorizar» casi cada día, era una tentación imposible de
resistir. El mismo modelo de burbuja especulativa se repetía en
Europa.
La abundancia de inversores dispuestos a atender la voraci-
dad de los consumidores de préstamos era debida a la presencia
en los mercados de nuevos agentes que irrumpieron en estas li-
des. Durante la década transcurrida a caballo del nuevo siglo, la
demanda de dinero y de bienes de las familias y empresas nor-
teamericanas y europeas se cubría con creces por financiación
proveniente de los países petrolíferos, con gran capacidad de
ahorro, que en parte se invertía en el exterior, especialmente
en EE.UU. La banca europea, sobre todo la alemana, también
ha financiado la deuda norteamericana.
Al lado de esta monumental deuda, privada y pública, había
crecido un ente gigantesco, alimentado por aquella: el poder fi-
nanciero global.
El «Moloch» financiero
El nombre de «Moloch», un antiguo dios, ha sido figurativa-
mente utilizado en la literatura británica desde la obra de John
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la crisis de los treinta años 53
Milton, El paraíso perdido (1667), para referirse a una persona
o una cosa que requiere un sacrificio oneroso; parece un nom-
bre bastante apropiado para hacer referencia al sistema finan-
ciero, adorador del dios oro, que al final obliga a afrontar sacri-
ficios realmente costosos. Esta figura fue engendrada por los
agentes financieros mediante la cuadratura del círculo: un bene-
ficio máximo con el mínimo riesgo.
La titulación y posterior venta de la deuda permitió a las
instituciones financieras dispersar geográficamente el riesgo,
pero, sobre todo —y aquí está la clave—, hacía posible que tales
activos —tóxicos muchos de ellos— no tuvieran que reflejarse
en los libros de contabilidad de los bancos y, por tanto, no tener
que bloquear reservas de capital contra ellos.
Así se consiguió algo fundamental, extender ilimitadamente
la capacidad crediticia. Las instituciones de crédito podían pres-
tar más y más. Una vez que las necesidades de capital del
prestamista se reducían, los tipos de interés podían bajar, ha-
ciendo posible más créditos —y por tanto más deuda— a un
espectro más amplio —y de mayor riesgo— de prestamistas.
Esto nunca había ocurrido antes (Hyman): la oferta creaba la
demanda. En 1990, solo un 1 % de los créditos de las tarjetas
estaban titulizados; en 1996, lo estaba el 45 %. Lo que quiere
decir que los inversores financieros (no bancarios) eran los que
estaban convirtiéndose en prestadores. A su vez, compañías
como First USA, Advantage Corporation o Capital One actua-
ban de intermediarios con otros inversores de capital, protegi-
dos por la notación AAA que las agencias de rating otorgaban a
esas inversiones de cada vez más alto riesgo.
Mientras tanto, muchas empresas norteamericanas encon-
traban grandes dificultades para que los bancos les prestasen
dinero. En efecto, estos preferían dedicarse al juego de las hipo-
tecas de alto riesgo sobre viviendas con valor ascendente (mante-
niendo el privilegio de la deducción fiscal) y de las tarjetas de
crédito, titulizadas y dispersadas por el mundo. La fórmula de la
titulización hacía posible que cualquier inversor en cualquier
lugar participase de esa cadena de compraventa de bonos o títu-
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54 la gran crisis
los sobre deuda. Siempre apoyado, como he dicho, en la máxi-
ma calificación certificada por Standard and Poor’s, Moody’s
o Fitch, compitiendo por atraer clientes a los que dar buenas
noticias.
La certeza de los directivos de las grandes corporaciones fi-
nancieras de que el gobierno nunca las dejaría caer, porque, en
caso contrario, su caída causaría una catástrofe «sistémica», ha
sido considerada por los analistas como un factor nocivo. Y esto
es así porque tal dinámica impulsaba a esos directivos a no
adop tar precauciones y a lanzarse a aventuras. Si les iba bien, el
alto riesgo aportaba altas ganancias, y si les iba mal, era el go-
bierno quien asumía el riesgo y respondía. Esta idea fue proyec-
tada al «sistema» por Alan Greenspan en sus discursos y en sus
actos (por ejemplo, en su laxitud con la «burbuja tecnológica
[punto.com]» de la primavera de 2000), o en los bajos tipos de
interés que llenaron el mercado de liquidez.
Alan Greenspan, que asumió la dirección de la Reserva Fede-
ral en 1987, fue quien más animó a una regulación autónoma de
los mercados financieros, que no tenían ninguna razón, a su
juicio, para hacerlo mal. También los animó a hacer uso de los
productos derivados, es decir, de innovaciones financieras ima-
ginativas para hacer decrecer el riesgo. Y si había problemas, la
Reserva Federal estaba dispuesta a paliar las consecuencias fa-
voreciendo a las entidades prestadoras, que no tenían por qué
preocuparse de un juego muy peligroso: tomar préstamos a
corto plazo y concederlos a largo. Este era el increíble mensaje
de Greenspan.
18
Seguramente pensaba que la innovación finan-
ciera favorecía la vis atractiva de EE.UU. para el ahorro del res-
to del mundo. El mundo financiero occidental le hizo caso.
Así es como se desarrolla, al calor de la desregulación banca-
ria y de la globalización financiera, lo que se ha denominado «el
sistema bancario en la sombra», el shadow banking, por entida-
des de crédito y fondos de inversión caracterizados por su agre-
sividad, su apuesta por el alto riesgo —y por el correspondiente
alto beneficio— campando a sus anchas por la selva bursátil y
reduciendo la actividad financiera a una casa de apuestas.
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la crisis de los treinta años 55
La capacidad de endeudamiento de esta banca en la sombra
era enorme, porque utilizaba profusamente el apalancamiento
en cascada, lo que permitía, con un millón de dólares de capital,
por ejemplo, crear treinta o cuarenta millones de crédito (y deu-
da) a cargo de la entidad, sin ninguna vigilancia por parte del
supuesto supervisor.
El sistema financiero internacional obtuvo unos beneficios
exorbitantes, armado con instrumentos especulativos y con la
creación ex novo de dinero fresco, es decir, de deuda.
En EE.UU., que es la punta de lanza de esta irresistible ascen-
sión, los beneficios del sector financiero entre 1950 y 1980 re-
presentaban en torno al 10 % del conjunto de los beneficios
empresariales. Esta proporción, durante los años noventa se
duplicó, y alcanzó el 34 % (¡!) en la primera década de nuestro
siglo. Lo mismo sucedió —pero un escalón menos— con las
rentas del trabajo del sector: del 3 al 7 %.
19
En 2007, el año de
máximo beneficio del sector financiero, este llegó a representar
el 47 % de los beneficios corporativos de EE.UU.
Las obscenas remuneraciones de los altos directivos de la
banca y demás entidades —que aún se mantienen y aumentan
(véase la casi duplicación del sueldo del primer ejecutivo [CEO]
de J. P. Morgan en 2014)— son la mejor prueba del enfoque
especulativo de la actividad del sistema financiero. Algo en par-
ticular aplicable a la banca de inversión, siempre tan bien cuida-
da por Alan Greenspan, que ha destinado durante años más de
la mitad de sus beneficios netos a pagar a dirigentes, por dife-
rentes medios (salarios, bonus, opciones sobre acciones, etcé-
tera). Ningún tipo de inversiones en la economía real permiti-
ría dar compensaciones semejantes, algo que demuestra que la
actividad de ese tipo de banca de inversión es especulativa en
buena medida. No es extraño que, en 2008, los cinco prime-
ros bancos de inversión del mundo, todos norteamericanos,
desaparecieran como entidades jurídicamente independientes.
20

Justamente un año antes, sus ejecutivos se repartieron primas de
miles de millones de dólares.
Las finanzas se habían convertido, antes de la crisis que ellas
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56 la gran crisis
mismas provocaron, en el sector líder en crecimiento y genera-
ción de beneficios. Antes no era así. Desde 1948 hasta 1980, los
ingresos en el sector financiero eran parecidos a los de otras in-
dustrias.
21
De nuevo vemos cómo la década de 1980 supuso un
antes y un después en la economía capitalista.
Lo mismo cabe decir de otra fecha: 2007. Ese año, el sector
financiero mostró su fracaso más clamoroso y dañino. Y, para-
dójicamente, su dominio.
el estallido
El precio de las viviendas en EE.UU. creció entre 1996 y 2006,
tanto como lo había hecho en los cien años anteriores. Nadie
advirtió que la apreciación de las viviendas (cercana al 15 % en
algún momento), conviviendo con un mercado laboral a la baja,
era una mezcla combustible. La revalorización inmobiliaria y la
demanda alcista eran producto de la pura especulación, ayuda-
da en este caso por tipos de interés inusitadamente bajos.
No obstante, lo que no se quería ver terminó por aparecer.
En el transcurso de algún día de 2006 los precios de las casas
iniciaron el descenso, porque la inestabilidad del mercado labo-
ral empezaba a dar la cara. Ese efecto se trasladó al mercado
inmobiliario cuando la oferta de nuevas viviendas desbordó la
demanda a causa del exceso de construcción, de los altos pre-
cios y de los cada vez más altos tipos de interés hipotecarios, lo
que desanimó a los hasta entonces inagotables compradores.
22
Las agencias de rating insistieron en mantener irresponsable-
mente la calificación AAA para los activos de deuda hipoteca-
ria. Las aseguradoras exigieron, sin embargo, más títulos para
garantizar los bonos sobre la deuda, sin poder impedir la caída
del gigante asegurador AIG, sostenido solo por el gobierno de
EE.UU.
Ningún dato, ni siquiera el aumento del déficit en EE.UU.
(en 2006 estaba en el 6,5 %) ni el de la correspondiente deuda,
pareció afectar a sus autoridades monetarias, ni a las organiza-
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la crisis de los treinta años 57
ciones internacionales. Alan Greenspan opinaba que el déficit
no era preocupante, y tampoco la deuda.
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El FMI se mantuvo
impávido. En su informe semestral de abril de 2007 (World
Economic Outlook) señaló que los riesgos para la economía
mundial se habían reducido a un nivel muy bajo y que no había
razones para inquietarse demasiado.
Lo que sucedió en 2007 en EE.UU. fue que la deuda acumu-
lada a lo largo de treinta años, 50 billones de dólares (en 1964,
era de un billón), que había generado una enorme actividad
económica a su alrededor y había cambiado el sistema produc-
tivo desarrollando unas finanzas todopoderosas, no se podía
pagar. Se rompió el sueño de una riqueza artificial construida
sobre la deuda, sobre el crédito, que, como dice Richard Dun-
can, ha desplazado al dinero.
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Ese crédito ya no puede expan-
dirse. Esta es la causa final de la Gran Crisis.
La crisis empezó a partir de las hipotecas de alto riesgo. No
obstante, la estructura arborescente de crecimiento del sistema
financiero en las décadas de 1980 y 1990 hizo que ese terremoto
con epicentro en Wall Street se extendiera estruendosamente
por las economías de los países desarrollados. Resultaron afec-
tados con especial fuerza los países europeos, que iniciaron así
un penoso vía crucis de crisis financiera, crisis económica, crisis
de deuda soberana, crisis social y crisis política.
Sin embargo, el responsable de la catástrofe se mantuvo, y se
mantiene, incólume, opaco, cerrado, con capacidad para cons-
tituirse en un verdadero poder que desafía a las instituciones
democráticas: el poder financiero, o lo que eufemísticamente se
da en llamar «los mercados». La crisis es propiamente una crisis
financiera —con una dimensión pública y otra privada—. Esa es
su genuina naturaleza. Si no lo entendemos así, no la supera-
remos.
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