Templarios en América: la mentira filonazi de

Terrera
Posted by Gustavo Fernández el 21-03-2014

Está circulando desde hace unas tres décadas. Primero en libros de escaso tiraje,
editados en Argentina por la “Escuela Hermética Primordial de las Antípodas”, la
organización esotérica que el profesor Guillermo Alfredo Terrera instituyó, parte
en la provincia de Córdoba, parte entre sus adláteres en la ciudad de Buenos
Aires. Luego, multiplicada por la Internet. Ahora, llega a aparecer en textos cuasi
documentales de editoriales de gran porte.
Se trata de dos trozos supuestamente literarios. Uno, del mennisinger (trovador)
Wolfram Von Echembach:
“En qué lejana cordillera podrá encontrar/ a la escondida Piedra de la
Sabiduría Ancestral/ que mencionan los versos de los veinte ancianos, de la
isla Blanca y la Estrella Polar/ Sobre la Montaña del Sol con su triángulod e
Luz! Surge la presencia negra del Bastón Austral, en la Armórica antigua que
en el sur está./ Sólo Parsifal el ángel, por los mares irá/ con los tres
caballeros del número impar/ en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo
Grial/ por el Atlántico Océano un largo viaje realizará/ hasta las puertas
secretas de un silencioso país/ que Argentum se llama y así siempre será/….
(…) Oculto lo mantuvieron en Viarava los Dioses de la Tierra/ en un Monte
Sagrado de la innombrable Viarava/ sonde Vultán le otorgara su mágico
destino”.
Y más adelante, palabra más, palabra menos, los mismos conceptos pone Terrera
en boca deChrétien de Troyes, en su obra “Parsifal o el relato del Grial”.

A los lectores no conocedores: Guillermo Alfredo Terrera, profesor en Derecho y
Ciencias Sociales, graduado en la Universidad de Córdoba en 1954 (y no
“antropólogo”, como gustaba presentarse, aunque quizás pueda ser considerado
un autodidacta en ese sentido), poseedor del famoso “Bastón de Mando”,
supuesto Toqui Lítico de extraterrestre origen, nacido en 1922 y fallecido en 1998,
habría recibido en 1948 de manos de Orfelio Ulises Herrera, el “descubridor” de
ese bastón o cetro de mando, originariamente símbolo de poder de un tal “cacique
Vultán” de la etnia comechingón. Pero Terrera, iniciador de una corriente que
denominó “Antropología Metafísica”, allegado personal de Ángel Cristo Acoglanis,
el “guardián de Erks” es recordado también por su relación estrechísima con el
movimiento psicosocial que alimentó mitos y fábulas en la región del Uritorco, y
amigo del doctor Jacques de Mahieu y con él, defensor de la presencia de
Templarios en América.
Incursionar en la investigación histórica, no sólo en conjunción con la investigación
paranormal sino por simple curiosidad intelectual, puede deparar hallazgos
sorprendentes de cuya lectura cada uno se hará responsable. Esto, quizás, ni
amerita la extensión de un artículo. Es, apenas, un dato. Pero no menor.
De todos ustedes es conocida la relación entre nazismo, esoterismo y
civilizaciones desaparecidas. En cualquier punto en que se esté del más dilatado
espectro ideológico posible, y cualquiera sea la interpretación que el lector quiera
darle a esa relación, es innegable que la misma existe. Y sin extenderme sobre el
significado que yo pueda atribuirle, aporto aquí algo novedoso.


Los interesados en estas temáticas han leído o, cuanto menos, oído hablar del
doctor Jacques de Mahieu, nacido en París en 1915 y fallecido en Buenos Aires
en 1990. Sus libros, como “La Agonía del dios Sol”, sus investigaciones sobre la
presencia vikinga en América del Sur, en la fundación de Tiwanaku (o, si lo
prefieren, Tiahuanaco) y los Templarios en esta parte del globo han merecido,
incluso, la considerada atención de sus detractores, que los tuvo y muchos por la
orientación “filoaria” en demasía de sus escritos.
Y esto es lo que averigüé. Jacques Marie de Mahieu, tal su nombre
completo, integró desde 1948 a 1955 la “Comisión Peralta”, formada por orden
expresa de la presidencia argentina y llamada así por estar integrada por el
entonces Director de Migraciones Santiago Peralta. Su misión: recibir, alojar y dar
apoyo a quienes, siguiendo la ruta ODESSA (es decir, miembros prominentes del
Partido Nazi, en fuga tras la derrota militar) llegaban a Argentina. Esta comisión
estaba integrada por una veintena de personas, Mahieu entre ellas. Y eso,
porque nuestro personaje había sido oficial de la División Carlomagno de las
Waffen SS.
Él mismo, sociólogo (y no “antropólogo” como se supone, cuanto menos, no por
formación académica; parece que estos amigos tenían una especial fascinación
por la Antropología) había llegado a nuestro país en 1945 (obsérvese cuán
rápidamente escaló posiciones en el mundo intelectual de entonces, como tantos
otros nazis) había sido en Francia profesor de la Escuela de Altos Estudios
Corporativos y Sociales durante la ocupación alemana, en virtud de su grado
militar. En la Argentina dictó clases en la Universidad de Buenos Aires (donde
conoció a Terrera, de donde puede suponerse el origen de toda una corriente
filonazi-esotérica muy fuerte en Argentina), en la Escuela Argentina de Periodismo
y la Universidad de Cuyo. Escribió para la revista neonazi “Dinámica Social”
(dirigida por el último secretario del partido fascista italiano, Carlo Scorza), trabajó
en la logística local de la “ruta de las ratas” (donde es inobjetable el apoyo del
Vaticano) y frecuentaba militares e intelectuales filonazis como Alberto Ottalagano
(quien siendo muchos años después rector de la Universidad Nacional de La Plata
nombrara entre otros, “Doctor Honoris Causa” al conocido “Reverendo Moon”, de
la secta homónima) y Gabriel Ruiz de los Llanos, con quienes habría fundado el
Instituto de Ciencias del Hombre, entidad que le permitió “justificar” los aportes
privados para sus conocidas exploraciones.
Es importante destacar que nadie, a poco de sumergirse en la lectura de los
trabajos y filosofías de estos hombres, puede ignorar la absoluta orientación
filonazi de sus escritos: Terrera no hesita en describir a Hitler como un “avatar de
la Nueva Humanidad”. Quizás yo aprendí a ser tolerante con quienes piensen
distinto, aún tan distinto. Lo que me produce una sensación muy incómoda,
empero, es que para propagar su ideología se “embarre” la información que da
sustento a muchas especulaciones histórico – esotéricas y, más aún, que tantos
se hagan eco de las mismas, confiesa o de forma encubierta simpatizantes de ese
ideal.
En efecto, es tiempo de dejarnos de hipocresías: tantos admiradores de Terrera
(allá cada uno con sus gustos literarios) tendrían que, cuando menos, tener la
dignidad de reconocer el fascismo de sus lecturas. O, en su defecto, ser víctimas
de una galopante ingenuidad que, por cierto, no los deja muy bien parados como
“investigadores” de estos arcanos.
Quiero, en honor a la verdad, dejar fijada mi posición: me resulta intelectualmente
fascinante el trasfondo esotérico del Nazismo. Estoy convencido que sus jerarcas
tuvieron acceso a conocimientos de los mundo suprasensibles y, tal vez, operaban
en contubernio con ciertas entidades no físicas. Pero este interés no rinde
pleitesía a una política atroz, a sus muertos y el dolor que engendró. Tampoco,
claro, soy tan ingenuo de comprar la historia de “buenos versus malos”. Adhiero
con cierto cinismo (en el más obvio sentido filosófico de la expresiòn) a la versiòn
de “malos versus malos”. Y sospecho que los jerarcas nazis adquirieron ese
conocimiento a costa, precisamente, de la sangre que contribuyeron (como los
aliados) a derramar.
¿Por qué digo esto?. Recordarán las frases de Eichembach y de Chrétien de
Troyes que Terrera argumentaba para construir sus peregrinas torías. Ese Vultán,
“cacique comechingón”, inevitable homófono a Wotan, el dios germano. Y de allí, a
Thule, Hyperbórea y los arios….
Pues bien, no hay ninguna evidencia de un cacique Vultán en la etnia de
referencia, excepto el texto de Echembach. Que no es de Wolfang von
Eichembach, sino de Guillermo Alfredo Terrera.
En efecto: Terrera mintiò descaradamente (o deliró patológicamente) al
adjudicar a los bardos medievales ese texto apócrifo. Quizás se pone en
evidencia cuando en la introducción de su libro “Parsifal, Wolfgang Eichembach,
Ulises” escribe: “… como es sabido, es imposible conseguir en Argentina y en
castellano, la obra de Eichembach”.
Claro, escribiò ello a principios de los ’80. Nada auguraba Internet. Y con Internet,
algunas cosas cambian.
Cambian cuando, ahora sí, podemos tener a nuestra disposición las obras del
“mennisinger” y del poeta de Toulousse. En castellano. Y comprobamos que ni
uno ni otro escribiò nada de lo que Terrera le adjudica. Y no acepten mis
palabras: vayan al enlace al final del artículo, busquen los textos en la Biblioteca
de nuestro portal (están allí, entre otros que, circunstancialmente, quizás puedan
interesarles) y dediquen algunos días a leerlos, como hemos hecho, gracias a los
buenos oficios de nuestro amigo Josep Bello quien descubriò esta contradicciòn y
nos alertó sobre ella.
Tal vez lo más grave no sea que Terrera, en defensa de sus especulaciones,
invente esos textos. Tal vez lo más grave es que tantos pretendidos
“investigadores” del “Bastón de Mando”, del Uritorco, de los Templarios en
América, den por sentado que la menciòn era correcta y no hayan tenido la
prolijidad de ir a las fuentes. Porque una cosa es referir esta pretendida
pertenencia en un coloquio informal o en un artículo episódico en un blog, y otra
darle entidad al citarlo como referencia confiable en una pretendida investigación
o, también, como “guiño histórico” en una novela que busca aunar hechos
supuestamente reales con una trama ficticia, como algunas obras que están
circulando, hoy, en el mercado nacional.
Porque preocupa como un tema tan digno de crédito sobre la posibilidad de
la presencia Templaria en el Cono Sur Americano es bastardeado en aras de
una ideología. Que de eso se trata. Terrera, Mahieu y algunos más –sobre
quienes regresaremos en otra ocasiòn- aprovechan un tema de interés sensible (y
de ecos arquetípicos, como es el Grial y los Templarios) para construir un
andamiaje funcional a sus intereses, que no es otro que afirmar conceptos propios
del pensamiento nacionalsocialista al cual han sido profundamente fieles toda su
vida.
Para comprender por qué Terrera tenía un interés tan particular en consolidar el
pensamiento de esa extracción disimulado bajo el ropaje presuntamente hermético
en la provincia de Córdoba, es dable repasar algunos conceptos.
No es ninguna novedad que desde antes –y más acentuadamente después- de la
Segunda Guerra Mundial la zona, junto con la paradisíaca San Carlos de
Bariloche, en el sur argentino, fue elegida por una colonia de inmigrantes
alemanes para establecer sus vidas. La mayoría de ellos laboriosos trabajadores
que contribuyeron, y siguen haciéndolo, a una Argentina merecedora de mejores
destinos. Pero otros –y a ellos se refiere este trabajo- fueron y son, como sus
adláteres locales, oscuros sicarios de una esotérica historia.
Nadie, tampoco, ignora la pasión que el Ocultismo –o, deberíamos precisar, un
ocultismo de negras raíces- despertó en los jerarcas y subalternos del nazismo.
Sus estandartes, sus proclamas y cosmogonías están plagadas de referencias y
connotaciones que remiten a una extraña y mítica edad de dominaciones arias –
como si “arios” fueran únicamente los germanos- intentos de conquistar el Cielo
por asalto, alianzas entre poderes espirituales en las sombras e instituciones
terrenales, armas consagradas en rituales sangrientos. Y quienes con una sonrisa
socarrona arguyan que ello poco le sirvió a Hitler para la victoria, ignoran
peligrosamente lo cerca que estuvieron de la misma, y las no menos poderosas
fuerzas que, desde el bando aliado, se pusieron en juego para contrarrestarlas.
Algún día, espero, se escribirá sobre este lado cuidadosamente ignorado de la
historia “oficial” de esa gigantesca e inhumana masacre.
Entre las pasiones hitlerianas, la búsqueda de objetos sagrados, para infundir a
sus tropas de poderes desconocidos, no es seguramente la menor. Durante el
desarrollo del conflicto, la Annenerbe , siniestra organización más conocida por
sus experimentos dudosamente científicos con las víctimas de los campos de
concentración, enviaba expediciones de arqueólogos y lingüistas a distintas partes
del mundo ya sea para rescatar del polvo olvidadas ciudades, ya sea para realizar
arcaicas liturgias en puntos geográficos de legendario poder, ya para reunir
valiosas antigüedades a las que se les asignaban energías ocultas. Más aún; es
un secreto a voces que estando Berlín sitiada por los aliados, en un último y
desesperado intento lograron introducir en la destruida ciudad a un grupo de
lamas tibetanos y sus “chelas” para evitar el inminente final.
Su presencia no era en vano. Desde hace centenares de años, circula la versión
de que en algún lugar del Tibet y el Nepal se encuentra el acceso, ora físico, ora
astral, de dos reinos del espíritu. Agharta, con su capital Aghadir, y Shamballa,
con su ciudad Shampullah. De la primera, etérea, las milenarias tradiciones
orientales dicen que es el asiento del “Rey del Mundo”, avatar cósmico que vela
por los caminos del Bien en la Tierra. De la segunda, subterránea, se afirma con
igual convicción que parten las huestes del Mal que negocian con los poderes tras
los gobiernos títeres del mundo. Aún se comenta en cenáculos neonazis que Hitler
habría pactado con esos antros que, de alcanzar el poder temporal, dejaría a su
albedrío la dominación espiritual.
¿Simple leyenda o verdad no revelada?. Quién sabe. Lo cierto, lo que hace al
espíritu de este trabajo, es que entonces y después miles de seguidores de la
svástica levógira creyeron fervorosamente esta historia y a esa creencia
subordinaron sus esfuerzos y recursos. No es ocioso recordar aquí que durante el
asedio a la ciudad de Nuremberg por parte de divisiones del ejército
norteamericano, estos encontraron una inusitada resistencia por parte de
comandos especiales de las SS en el Banco Alemán de esa ciudad.
Desobedeciendo las órdenes de rendición, los SS lucharon furiosamente hasta el
último hombre, y cuando los americanos accedieron al edificio, seguros de
encontrar en sus bóvedas posiblemente enormes reservas de dinero o áureas que
justificaran tamaño sacrificio, se sorprendieron al hallar, dentro de las mismas, una
respetable pero para nada anormal cantidad de efectivo, efectivo que por imperio
de la derrota poco valía ya, algunas obras de arte y una extraña caja forrada en
plomo, de aproximadamente 1,40 metros de largo por unos veinte centímetros de
lado. Abierta por expertos en arte e historia, en su interior hallaron otra caja, pero
ésta de madera casi totalmente putrefacta, y en su interior un oxidado asta de
hierro unido a restos aún más descompuestos de madera. La subsiguiente
investigación certificó que lo hallado era la tal vez mitológica lanza (en realidad, un
“pilum”, una lanza de mango corto) usada por el centurión Longinus, aquél que
según el bíblico relato lo clavó en el costado del Cristo crucificado. De ser cierta
esta especie, ello dotaba al objeto de un poder, un significado espiritual
inestimable.
Esta anécdota pone de relieve el carácter mágico de la liturgia neonazi. Y nos
introduce de lleno en la búsqueda desesperada que tras reivindicar espúreas
raíces, los llevó a encontrar señales de la presencia de la Orden Templaria en
todo el mundo, de cuyos caballeros teutones se creían herederos directos. Aquí,
nuestra peregrinación entronca con la leyenda del Grial, la copa sagrada donde
Jesús bebió en la Última Cena y donde también José de Arimatea recogió la
sangre del Crucificado inmolado en la Cruz.
De los Templarios se ha escrito profusamente y no abundaremos aquí; baste
recordar que se los suponía celosos poseedores de la Copa (En “Parsifal” y las
leyendas artúricas, tan emparentadas con la esencia caballeresca que dio origen a
la Orden del Temple pese en antecederle las segundas varios siglos, volvemos a
encontrar el espíritu de ese deambular por el mundo buscando lo que en definitiva
aparece sólo dentro de cada uno de nosotros) y no fueron pocos los detractores
igualmente imbuidos de misticismo quienes sostuvieron que fue privándola al
mundo cristiano, como monopólicos detentadores de un poder celestial, que los
caballeros de la cruz de “ocho beatitudes” usufructaron sus cualidades para el
enriquecimiento propio. Dueños de una magnífica fortuna que a la larga los
condujo al desastre por ser la envidia del Rey de Francia y el Papa, sus ingentes
cantidades de oro celosamente ocultas en las distintas “factorías” y “capítulos” de
la Orden parecen señalar necesariamente en una dirección: América. Quizás no
otro sea el origen del áureo metal templario, habida cuenta que los eximios
servicios de espionaje de las naciones poderosas de entonces, tanto cristianas
como musulmanas, nunca pudieron localizar en el mundo geográficamente
conocido de entonces los yacimientos de los que se abastecían. Desde La
Rochelle, su poderoso puerto de ultramar, los convoyes templarios partían durante
meses, y actualmente existen confiables investigaciones que demuestran que para
estos intrépidos caballeros América era territorio de visitas cotidianas. Una vez
más, debemos recordar la extraña estatuilla encontrada por el explorador inglés
Sir H. Fawcett en Brasil, con su atuendo típicamente medieval, o las pictografías
del Cerro Colorado en Paraguay, o las denuncias de la existencia de ruinas de un
puerto y un barco “fenicio” (?) cerca de la ciudad de Gualeguaychú, en la provincia
de Entre Ríos, Argentina, o el denominado “El Fuerte”, en Chubut, en plena
Patagonia argentina, según ciertos estudiosos, últimos restos de un asentamiento
templario, o…
¿O Capilla del Monte, provincia de Córdoba, Argentina?.
No seremos redundantes aquí respecto de la magia, el misterio pero también las
gratuitas leyendas exageradas que corren sobre el lugar. Queremos centrar
nuestra atención en un fenómeno que hemos observado en la región, extendido
además a todo lo que se conoce como Valle de Punilla, desde Villa Carlos Paz
hasta Cruz del Eje, comprendiendo Bialet Massé, Parque Siquiman, Cosquín, Los
Cocos, La Cumbre, La Falda, Valle Hermoso, Villa Giardino, San Marcos Sierras,
Charbonier, Ongamira, San Esteban, Huerta Grande, etc. Me estoy refiriendo a la
creciente presencia neonazi en la región.
No se trata aquí de “cabezas rapadas” haciendo sus tropelías en la zona, no.
Tampoco de abiertos desfiles de “camisas pardas” ondeando al viento sus
estandartes con la cruz gamada. Se trata, peor aún, de un movimiento más
solapado y sutil, que acude al reclamo esotérico, a invocar connotaciones
pseudoespiritualistas en sus afirmaciones, alimentándose de manera parasitaria
de la fascinación de esos lugares y sus enigmas.


Puntualicemos. En Capilla del Monte existe una iglesia, la actual construcción
fechada a fines del siglo XIX pero levantada sobre las bases de una anterior, de
fines del siglo XVI –y de cuyo aspecto no se guarda memoria- que es llamada con
bastante justicia la “capilla neotemplaria”. Ello, en consonancia a su planta
octogonal, que en todo el mundo sólo existe en iglesias de filiación de la Orden,
comprensible en una Europa respetuosa de sus monumentos históricos de mil
años o más, pero desconcertante en una joven Argentina y una más joven aún
capilla levantada en un apartado pueblito serrano. La pregunta es: si
arquitectónicamente es un hecho que la planta octogonal es privativa de
edificaciones templarias, y habida cuenta que el estilo edilicio de una iglesia no
queda librada al mero sentido estético de un constructor sino que debe nutrirse de
la adecuada aprobación eclesiástica que en sus altos estamentos no es ignorante
de aquella filiación, ¿qué extraño avatar del destino llevó a que ésta fuera
identificada con la caballeresca sociedad?. Para

que no quede lugar a dudas, en el embaldosado –y original de sus primeros
tiempos- piso se repiten dos símbolos, uno de ellos, ocho pequeños círculos
dispuestos en octógono. El místico 8 templario, presente por todas partes.
El actual párroco de la iglesia se molesta sobremanera cuando alguien –uno
mismo, por caso- se aproxima a señalar tales detalles. Acude a argumentos tan
infantiles como que “era una moda de aquél entonces” o “es lo que había”,
insistiendo en ese sentido cuando, con mirada asaz suspicaz, paseamos nuestra
vista por las paredes, evidentemente refaccionadas una y otra vez: aquí se extrajo
un vitral como rosetón para poner en su lugar inocuas figuras santorales; allá, el
perfil facetado del frontispicio y el ábside, en sus gigantescos y antiguos ladrillos
originales, fue “matizado” con un primoroso revestimiento curvo a la cal. Acullá, los
enormes portones originales fueron retirados para ser reemplazados por hermosas
y gigantescas pero más discretas puertas. Elevo la vista, y allí está el magnífico
rosetón de la cúpula, a través del cual me baña la luz del día. Pero la bajo
también, y entonces, la otra sorpresa.
Hablé de dos símbolos en el embaldosado del piso, pero sólo describí uno. Es el
turno del otro: swástikas de brazos curvos. Miro con atención, comparo y ya no me
quedan dudas: estamos ante una inacabable sucesión de cruces dextrógiras.
¿Qué hacen aquí?.
Afluyen los recuerdos de tantas lecturas. Una vez más: la svástica no es un
invento nazi. Una vez más: el cabo Hitler, desocupado, viviendo en una mísera
pensión de las pocas monedas que obtenía con la venta de sus aceptables
acuarelas paisajísticas, comenzó a frecuentar las tertulias de una sociedad de
ocultistas e iluminados, conocida como “Última Thule”, de la cual llegó a ser
secretario de actas. Pero ya en esta sociedad secreta se cocinaba la supremacía
del ario, la luego famosa “cosmogonía del hielo cósmico”, las alianzas espirituales
con “otros” seres, y en la portada de sus publicaciones ya se distinguía el símbolo
que sólo desde 1928, con la fundación del Partido Nacional socialista, se erigiría
en un símbolo político.
“Última Thule” supo ser filial –luego separada- de otra orden esotérica, esta
inglesa, conocida como “Golden Dawn” (“Amanecer Dorado”), a la que
pertenecieron, entre otros, Sir Arthur Conan Doyle, el poeta W.B. Yeats y Alestier
Crowley, al cual nos hemos referido en extenso en otra oportunidad. Pero a su
vez, era esta sociedad heredera directa de la “Sociedad del Vril”, una organización
germano-británica que estaba a la búsqueda de un fluido vital universal (el “vril”) y
su manipulación. Aquí seguimos la enseñanza de ese maestro de investigadores
de lo insólito que es el argentino Héctor Picco, quien ha demostrado
fehacientemente que ya a fines del siglo XVIII la incipiente Sociedad del Vril creía
que la manipulación de esa fuerza cósmica les permitiría, entre otros logros, la
conquista del espacio, en una época en que apenas los sueños de los Montgolfier
apuntaban a los cielos.
Ominosamente, descubrimos en el exterior de la iglesia que alguien ha pintado
una svástica hitleriana, como oscuro recordatorio que los nazis también están
detrás de estas relaciones. Durante su apogeo, los miembros de la SS gustaban
desfilar en Berlín con atuendo templario, pues se consideraban herederos directos
de su mitología, historia y misión. Seguir los pasos del Temple a través del mundo,
entonces, era una consecuencia necesaria y previsible.


En Capilla del Monte existe, por otra parte, una subcultura de neto corte fascista,
no oriunda del lugar sino “importada” por esoteristas provenientes tanto de la
ciudad de Buenos Aires como de otras partes del mundo, incluso. Están radicados
allí muchos seguidores de Terrera, abierto admirador del jerarca alemán, quien por
ejemplo escribe en su libro “La Svástica; Historia y Metafísica”: “El Führer, en uno
de sus grandes discursos, pronunciado por 1937, había expresado con toda
claridad: “Que el gran talento que poseen los hombres superiores, consiste en
simplificar los problemas complejos y reducirlos a sus términos esenciales”. Esa
habilidad intelectual es propia solo de los grandes hombres, quienes están
dotados de un poder de síntesis, de comprensión y de asimilación que los
convierte en únicos, en maestros, en estadistas. Son verdaderos Sidas, dioses del
conocimiento tanto físico como metafísico…”.
Este libro en particular fue editado en junio de 1989 por la Editorial Patria Vieja,
dependiente de la así llamada “Escuela Hermética Primordial de las Antípodas”,
un grupo de reflexión y difusión no institucionalizado que opera fuertemente en la
región, nucleando a pensadores de esa corriente. Durante un tiempo me pregunté
a qué antípodas se refería, hasta que advertí que estos neonazis sostienen que el
Valle de Punilla está en las antípodas del Tibet. Es sabido que, para esta particular
concepción, las antípodas geográficas de un lugar sacro, o, deberíamos mejor
escribir, un lugar “de poder” repite esa energía. Otra imprecisiòn más: las
antípodas del Valle no es el Tibet, sino un área próxima a Shangai.
Se dice que en algún lugar de la zona los Templarios en fuga ocultaron el Santo
Grial. Se sostiene que hace unos sesenta años el metafísico Orfelio Ulises, a su
regreso de un viaje al Tibet, descubrió, guiado telepáticamente por sus maestros,
el “toqui lítico” o “bastón de mando”, una fina y larga piedra, posiblemente de
basalto, de aproximadamente un metro veinte de longitud, un cetro de fuerza
cósmica celosamente oculta durante milenios por los aborígenes comechingones,
preámbulo para preparar a la Humanidad para la recuperación del Grial. La citada
“Escuela” entonces, realizó numerosos seminarios, retiros espirituales, charlas y
cursos, apadrinó la publicación de muchos textos de Terrera y alimentó, a su
manera, la saga. Actualmente, las gestiones semioficiosas de la Municipalidad de
Capilla del Monte para recuperar ese objeto (en manos del heredero directo de
Terrera, su hijo) para “entronizarlo” como un objeto de cuasi veneración en la
idílica localidad lo transformaría, entonces, en Meca de peregrinaje de personas
afines a esa ideología y su sola presencia retroalimentaría aún más la tradición
aria de la postguerra.
El asunto, sin embargo se complica ante las versiones cada vez más firmes de
que dicho “bastón de mando” sería en realidad un fraude perpetrado para darle
identidad a una conspiración. Nuestro amigo Fernando Diz, periodista e
investigador porteño radicado hace muchos años en el lugar, nos adelanta que ha
logrado el testimonio de quienes estuvieron en su momento vinculados a la
elaboración del mismo, prometiéndonos entrevistas exclusivas que no dudaremos
en su momento en difundir.
La Falda: la caja chica de Hitler

A unos catorce kilómetros al sur de Capilla del Monte se levanta, bellamente
recostada sobre la ladera de los cerros, la ciudad de La Falda. Sus catorce mil
habitantes reciben un masivo turismo que prácticamente no ha decrecido desde la
época de oro de los años ’40. Pero sus tortuosas callejuelas ocultan “otra historia”,
a medias conocida.
A fines del siglo XIX –concretamente, en 1897- se levantó, a cierta distancia de lo
que hoy es el casco urbano, un fastuoso hotel, verdadera joya del Nilo en ese
entonces agreste paraje: el hotel Edén. Su imponente construcción y sus para
entonces avanzadísimos detalles de confort atrajeron a lo más granado de las
élites nacionales e internacionales, presidentes, escritores y actores de renombre,

filósofos de toda laya disfrutaron del paisaje y de su esmerada atención. Pero algo
caracterizó al Edén –desde sus inicios, de propietarios alemanes- a partir de fines
de la década del ’20: la filiación pronazi de sus titulares. En efecto, Roberto Blacke
e Ida Eichorn, que compraron la propiedad a sus constructores originales
alrededor de 1920, tenían amistad personal con Hitler: no sólo hasta el fin de la
Segunda Guerra Mundial aún podía apreciarse en su frontispicio el águila
rampante llevando en sus garras la svástika, sino participaron de manera asaz
activa en el movimiento nacionalsocialista: está escrito en la historia del pueblo
que el primer Mercedes Benz que paseó al Führer no fue un obsequio de la fábrica
alemana sino que ésta entregó, por cuenta y orden de Blacke y Eichorn, el
vehículo al jerarca. Más aún, el 15 de mayo de 1935 Hitler en persona, en salones
del Reichtag, entregó a Ida Eichorn un diploma agradeciéndole su aporte
económico que facilitó el ascenso de aquél a la Chancillería, en 1931. El dinero de
marras provino de la venta de las fracciones de tierra, propiedad del Hotel Edén,
sobre las cuales hoy se asienta la ciudad de La Falda. Cuando uno departe con
sus habitantes y gana su confianza, muchos de ellos murmuran que parece pesar
sobre la localidad una extraña maldición alimentada en mil y una leyendas locales;
algunos, suponen, es la consecuencia kármica de aquellas nada inocentes
transacciones comerciales.

Existen, de hecho, dos ciudades. Una, la turística y comercial, abierta a todo
público. Pero en los alrededores del Hotel –alrededores que sus taciturnos
habitantes aún persisten en llamar “Villa Edén”, para diferenciarse formalmente del
resto de La Falda- los nombres germanos de las calles y las residencias, sus cotos
cerrados y la mirada inquisidora de sus pobladores señalan claramente a quienes,
casi todos de ascendente alemán, se sienten diferentes al resto.

Cuando a poco de comenzada la Guerra en la boca del Río de la Plata el
comandante Lagüendorf decidió hundir al acorazado de bolsillo “Graf Spee”,
suicidándose luego en un hotel de Buenos Aires, sus tripulantes fueron
“internados” (en realidad, huéspedes de honor) hasta el fin de la contienda en el
Hotel Edén. Luego, muchos de ellos se radicaron en nuestro país, algunos en ese
lugar, otros en la no menos germana Villa Belgrano –siempre en la provincia de
Córdoba- y otros más en la sureña Bariloche. La anécdota es que en el largo
tiempo que estuvieron confinados, y seguramente para amenizar las semanas que
devenían aburridas unas tras otras, los militares alemanes, todos los domingos,
organizan desfiles, con uniformes y estandartes, por lo que hoy se llama “avenida
Edén” en el pueblo, hasta culminar en las cercanías de las vías del ferrocarril,
donde se aposentaba un busto del doctor Salomón Maudi, uno de los fundadores
del pueblo de confesión judía. Uno a uno, los soldados pasaban desfilando frente
al busto y los cubrían de escupitajos, domingo a domingo, todo ello ante las
miradas complacientes de las “fuerzas vivas” de la ciudad.
Terminó la guerra y aparentemente el nazismo desapareció. El hotel Edén tuvo
distintos dueños y terminó abandonado, saqueado y a merced de todo tipo de
depredación. Hoy en su planta baja apenas alberga un reducto jazzístico, pero en
sus alrededores crece toda una mitología pronazi que lo ensalza como otra
estación en el Vía Crucis germano local. Es innecesario remarcar que en La Falda
la actividad de aquella Escuela Hermética Primordial de las Antípodas ha
encontrado otro caldo de cultivo.
Los estudiosos de la arquitectura local cuentan que constructores y posteriores
propietarios alemanes se basaron no sólo en planos funcionales o estéticamente
agradables, sino que tomaron en cuenta, en un sinnúmero de detalles –como las
gárgolas que alguna vez jalonaron su frente- enseñanzas de tipo espiritualista. El
mismo Einstein, aún sabida su postura antinazi, fue dilecto visitante del lugar,
durante su visita a nuestro país y en extraña coincidencia con una crisis mística
que sus biógrafos tratan de ocultar pero que él mismo refleja en sus escritos de la
época. Tal vez sea casualidad, tal vez no; no puedo dejar de percibir los ecos del
arcaico enfrentamiento entre Agharta y Shamballa cuando me entero que, pocos
años después, un caballero de apellido Buitrago decide construir, no lejos del
Edén, otro hotel (llamado “Petit Sierras”) basado estrictamente en arquitecturas
sagradas hindúes., y demolido por un tal Jaime Lockman en 1963. (Todos estos
datos pueden ser debidamente cotejados en el libro “El mundo y La Falda en el
siglo XXI, Alberto Moro y Carlos Panizzo, 2001).
Pero la acciòn ideológica de Terrera no se limitó a publicaciones, sino fue
acompañada de talleres, cursos y numerosas conferencias. Es una curiosidad este
texto, que hallamos aquí: “Tribuna de periodistas”, nota, “La revista
“Barcelona”, superada”:
“Un incunable de 1975
Corría octubre de 1975. Militaba en el Frente de Izquierda Popular y veíamos
como el gobierno entraba en una pendiente que más allá de sus horrores, eran los
escasos aciertos y el origen popular del mismo lo que provocarían el golpe. Se
hablaba de pinochetazo. En la Argentina se conocía perfectamente lo que sucedía
del otro lado de la cordillera. Con algunos compañeros concurrimos a una unidad
básica donde se discutiría la situación. En unos de los grupos que conversaban
antes que comenzara la reunión ubicamos a un señor alto de unos 60 años que
nos informó que había formado parte de FORJA, aquella agrupación que fue el
nexo entre el Irigoyenismo y el Peronismo. Nos informó que su libro “ El caballito
criollo en la historia argentino” era de lectura obligatoria en el Colegio Militar.
Estábamos escuchando a Guillermo Alfredo Terrera, cuando se acercó un joven
peinado a la gomina quien nos entregó un libro de 46 páginas del año 1974 que en
la segunda hoja dice “Curriculum Vitae” y en la tercera nos informaba: “Tercera
edición ampliada de esta Bio- bibliografía Se terminó de imprimir en septiembre de
1974, en los talleres gráficos de Gráfica Pafernor S.R.L Cañuelas 274, Buenos
Aires.”
La situación era cuanto menos curiosa. Cuando con mi compañero empezamos
a correr algunas hojas mientras Terrera seguía con su alocución, la necesidad de
obturar primero la sonrisa y luego la risa pasó a ser un esfuerzo ciclópeo. El
currículum era tan minucioso que sólo faltaba donde había hecho el jardín de
infantes y en qué fecha se había aplicado las vacunas. Pero el personaje era un
émulo de renacentista Pico de la Mirándola. Ahí figuraban cargos docentes,
administrativos, instituciones culturales a las que pertenecía, Congresos, Premios
obtenidos, cursos de especialización, trabajos de investigación y programas de
estudio, publicaciones, conferencias pronunciadas, juicios emitidos sobre su obra
y actuación política. En sus publicaciones escribía sobre historia y política,
antropología cultural, sociología, lingüística, musicología, política universitaria,
política agropecuaria, anteproyecto de leyes. Entre las conferencias pronunciadas
figuran algunos títulos llamativos: “La única bandera de los argentinos: ni mercante
ni de guerra” o “ El Hominidio como antecesor del Proto-Homo; “El Patrón
Ambiente en reemplazo del Patrón –Oro; “Influencia del caballo en la formación
del Ser Nacional” o “ El área cultural del caballo” Entre los comentarios sobre su
obra pueden consignarse entre otros: “Déjame que te abrace muchacho, mi
emoción no tiene límites. Tengo en mis manos como un escapulario tu libro, El
Caballo Criollo en la Tradición Argentina…..iremos a Córdoba en peregrinación a
rendirte el homenaje que te mereces…te llevaremos el aliento conmovedor de la
argentinidad ( Del poeta escritor, legislador, y orador argentino Don Justiniano de
la Fuente, La Plata 18-08-1947).
“Siga Ud Trabajando sin miedo y sin descanso y tenga por seguro que la docta
Córdoba, lo ha de anotar en el registro de sus próceres” Francisco Timpone,
periodista y secretario del Senado de la Pcia de Buenos Aires 19-05-1950
“Deseamos que nos visite de nuevo y nos deleite e ilustre con su maravillosa
palabra” (Profesora Gumila Berrondo Catamarca 25-04-1970).
“Siga adelante, somos una multitud los que necesitamos de su palabra y de su
pluma” ( Ramón Miranda, escritor y jefe del Distrito de Correos y
Telecomunicaciones San Isidro 8-03-1971)
Son algunas de los múltiples elogios de ignotos. Tan insólitos como que su
propuesta de Reforma Agraria fue publicada por la Sociedad Rural o que fuera
candidato a Gobernador por Córdoba por la Unión Federalista Revolucionaria pero
aclara no se presentó porque no obtuvieron la personería electoral en 1958. Un
año antes, exiliado en Montevideo publicó el folleto: “ Las famosas persecuciones
al Dr. Guillermo Alfredo Terrera”
¿Por qué traigo a colación este relato?. Porque mientras nos habla de un Terrera
anterior a sus devaneos metafísicos –antropológicos, pone de relieve la ambición
autopromocional del hombre. Era esperable que una década más tarde, en el
crédulo, pretendidamente “abierto” pero visceralmente reaccionario ambiente
esotérico-espiritualista.-contactista encontraría otros espíritus dispuestos a creer
sin las “tres R”: revisar, repasar, reflexionar…
Como ocurriò con el primitivo “Grupo IPEC” –sí, precisamente el mismo que fundé
en 1985 y del que me alejé meses después cuando sus demás integrantes le
dieron un inesperado y peligroso giro “contactista” (y que refundé en fecha
reciente), que, en ocasiòn de un viaje a la zona, reexhibió instrucción y directivas
(estuve tentado de escribir “adoctrinamiento” de parte del mismo Terrera- ¿Cómo
–si no- debe interpretarse esta clasde de texto?:
“Grupo de Tareas Cóndor”_ Jefe de Grupo: xxxxxxx
Subjefe: xxxxx
A las 0900 horas se informó……
(del libro “Erks, el mundo subterráneo” de Dante Franch. Es sólo una línea, el texto
está prácticamente plagado de entradas de ese tenor.)
Si no se observa la redacción absolutamente “paramilitar”…. Es que no se quiere
observar.
Y, obviamente, sabemos claramente la molestia y el escozor que estas reflexiones
despertarán en algunos. Unos, deseosos de creer sin más (allá ellos) pero
tambiñén molestos si se cuestionan los argumentos que esgrimen como
“evidencia” de sus creencias, olvidando que las creencias no necesitan ser
“demostradas”. Otros, que consciente o inconscientemente han sido funcionales a
esta mentira, y cuesta, en ocasiones, reveer las posturas.
Terrera ha muerto hace años. Paz para sus cenizas. Pero que el respeto debido a
los muertos no avale una mentira tendenciosa, eco tardío y triste de autoritarismos
perimidos…

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