You are on page 1of 152

Cuando Llegué

Aventuras de un
Inmigrante

Manuel Ballagas
Cuando llegué
Copyright © 2009 by Manuel Ballagas
All rights reserved. Except as permitted by the U.S.
Copyright Act of 1976, no part of this book may be
reproduced, distributed or transmitted in any form and by
any means, or stored in a database or retrieval system,
without the prior written permission of the author.
A mis padres, a mi hijo, a mi esposa, y a Estados Unidos,
el país que transformó mi vida
Cuando Llegué
Aventuras de un
Inmigrante

Manuel Ballagas
Prólogo

Se dice que Estados Unidos es un país de


inmigrantes, pero no pocos aquí se lamentan a
diario de nosotros, en privado y en público.
Nos acusan de un montón de cosas, desde
pretender imponerles nuestro idioma hasta de
alterari rre
me diableme nt eel“ tejidos oci
a ldel a
na ción” .
Son los nativistas, esos eternos inconformes
que antes dijeron lo mismo de los irlandeses,
los italianos y los chinos que llegaban a estas
orillas. ¿Qué se va a hacer? Los pobrecitos
subestiman la enorme capacidad que tiene
Estados Unidos de alterar irremediablemente a
quienes aceptan, sin reservas, el delirante riesgo
de emigrar.
En efecto, tres décadas después de que me
trasladé a este país, no soy, por mucho, el
mismo que se apeó de un bote en Cayo Hueso
con su familia y las pocas pertenencias que
9
cabían en nuestra única maleta. Ciertamente, he
cambiado bastante, y gracias a Dios y a
nuestros esfuerzos, para bien.
Esta colección de columnas describe el
doloroso –y a veces cómico- proceso de
inmersión en las costumbres y exigencias de mi
patria de adopción. No pretendieron nunca
mover a las lágrimas ni a la risa; sólo promover
una esperanzadora sonrisa en quienes, al igual
que yo hace algunos años, tienen ahora que
superar los numerosos obstáculos y aparentes
enigmas que acosan a los inmigrantes.
Comencé a escribir estos artículos a mediados
del 2005, mientras mi esposa y yo nos
disponíamos a regresar a las soleadas tierras de
la Florida, donde me aguardaba uno de los
retos profesionales más felices que he
enfrentado en mi vida. Tras pasar ocho años en
los fríos de Nueva York, como jefe de
redacción de The Wall Street Journal Américas,
contemplaba este salto con absoluto regocijo y
una tremenda curiosidad.
Quizás, por eso, el mensaje que acabé por
proyectar fue tan positivo. No pocos de mis
lectores me comentaron en algún momento
que mis columnas les habían ayudado a
comprender que, aunque Estados Unidos no es
un hueso fácil de roer, a la postre quien
persevera y no acepta fácilmente la derrota
conquista el éxito que merece.
Los primeros de estos artículos se publicaron
en Tu Dinero, una revista mensual de finanzas
10
personales que dirigió por un tiempo un amigo
y gran periodista colombiano, Jaime Mejía
Azuera; los demás los publiqué yo mismo en
CENTRO Tampa, el semanario en español que
fundé y dirigí por cuatros años en esa antigua e
ilustre ciudad floridana.
Ahora, casi instalado en el retiro, resolví
reunir estas piezas y publicarlas en forma de
libro, de manera que sirvan de inspiración y
estímulo a aquellos que, como yo en un
tiempo, son ahora recién llegados.

11
Un amigo vale más
que un resumé
Cada vez que oigo a alguien quejarse de lo
difícil que es la vida en Estados Unidos, no
puedo evitar sonreírme. No es que me alegre;
es que me acuerdo de las muchas veces que me
lamenté de lo mismo. Imagínense: cuando
llegué, no tenía idea de cómo se conseguía
empleo en este país.
Mi currículum era un desastre. Para empezar,
no era verificable en Estados Unidos.
Desesperado, acudí al santo patrón de muchos
latinoamericanos: el gobierno.
La agencia estatal de empleos estaba en un
edificio enorme, cerca de otros templos de la
burocracia. Como muchos acudían allí a
tramitar los pagos por cesantía, los latinos lo
12
llamaban el desemployment. Allí funcionaba
también una bolsa de empleos, adonde iban los
candidatos a cualquier puesto en el gobierno
estatal.
A una americana se le antojó que yo podía ser
examinador de licencias de conducir. Le
expliqué que ni siquiera tenía licencia, pero ella
me aseguró que eso no era importante. Me
advirtió, eso sí, que tenía que pasar varias
pruebas, incluyendo una de mecanografía.
Pese a ser pésimo mecanógrafo, vencí los
exámenes en un tercer intento. Pero la
avalancha de citaciones que recibí después no
me trajo más que nuevos desencantos. Al cabo
de un tiempo concluí que el gobierno me había
tomado el pelo.
Qué difícil es la vida aquí, volví a decirme.
Había llegado meses antes y estaba en una
parada de ómnibus, con un par de dólares en el
bolsillo y unas ganas enormes de que me
partiera un rayo, cuando de pronto alguien me
habló.
Era un hombrecillo uniformado. Me
preguntó si era recién llegado y si buscaba
trabajo. Cuando le dije que sí, se ofreció para
recomendarme en el restaurante donde
trabaja ba.Ne cesitabanl avaplat os.“Pa g a
n$ 4l a
hor a” , medijo.Nol ope nsédosv ece s.
Esa tarde llegué a casa eufórico, pero mi
mujer frunció el ceño: en mi país, lavar platos
es el estereotipo del fracaso. Con todo, me
sentía triunfante. Estaba seguro de que aquello
13
era el umbral de un alto cargo en una cadena
hotelera.
En eso, sonó el teléfono. Un amigo llamaba
para decir que en el periódico donde trabajaba
su esposa había una vacante. No era en la
redacción, pero al menos estaría cerca del papel
y la tinta.
“¿Ydeq u
ée sel puest
o? ”,pr egunté .
“Pe i
stopist
a”,dijomi ami go.
Pronto descubrí que el paste-up era una de las
tareas más tediosas: pegar tiras cromadas de
texto sobre las planas vacías de un periódico;
pero al menos tenía empleo... y hasta seguro
médico.
Desde entonces, he tenido varios trabajos,
cada uno más remunerado que el anterior. Ya
no maldigo mi suerte. Al contrario, me doy por
afortunado de vivir aquí. He alcanzado niveles
envidiables en mi profesión. Mi capacidad y
perseverancia me ayudaron, y también mi
inquebrantable fe en Dios y en mí mismo,
pero... ¿saben qué? Todos los empleos que he
tenido aquí los he conseguido gracias a la
intercesión de un buen amigo.

14
Una licencia de estacionar
En mi país, tener automóvil era un lujo. El
único que tuvo uno en nuestra familia fue mi
tío,aq u ieny oa poda ba“ TíoPu pú”.Cadav ez
que nos visitaba era una fiesta, porque me
dejaba sentar al timón de su Buick, y hacer
sona rlaboc ina:“ Pu-pú... Pu-pú. .
.
”.Es lo más
cerca que estuve de conducir y nunca creí que
necesitaría una licencia de chofer.
Pero cuando llegué a Estados Unidos lo
primero que me dijo mi primo fue que iba a
tener que manejar. Lo peor del caso es que
tenía razón. En aquella ciudad uno podía
morirse de viejo esperando un ómnibus. ¡Casi
me pasó varias veces!

15
Comencé por sacar una licencia temporal.
Pasé una prueba escrita... pero la práctica era
otra cosa.
Si uno quiere aprender a manejar y no tiene
quien le enseñe, lo mejor que puede hacer es ir
a una escuela. En mi ciudad todo el mundo
aprendía con Mi Tío Driving School. Era muy
popular, sobre todo entre los recién llegados, y
además, era barata.
La maestra de Mi Tío era una argentina. Me
vino a buscar y me sentó al timón enseguida.
Yo creí que me iba a explicar algunas cosas
básicas y luego me enseñaría a operar el auto,
pero en vez de eso me ordenó que arrancara.
¿Arrancar yo?
Tragué en seco, pero me hubiera dado
vergüenza negarme. Así que encendí el motor
como todo un macho, moví la palanca, solté el
freno y pisé el acelerador. ¡Qué sensación!
Nada hay comparable a desplazarse por el
mundo a 40 millas por hora.
Casi sin darme cuenta, aprendí a manejar.
Creí que esto bastaría, pero como comprendí
pronto, ser buen chofer no consiste sólo en
moverse sin atropellar al prójimo. Hay que
aprender, sobre todo, a parquear... o a
estacionar, según el país de donde usted venga.
Se dice fácil, pero parquear en paralelo entre
dos automóviles es algo extraordinario, una
hazaña casi sublime. Imagínense: hay que
deslizarse en marcha atrás entre dos autos tan
pegaditos que parecen hermanos siameses.
16
Por más que lo intenté, nunca lo conseguí. Al
fin, la argentina se dio por vencida y me deseó
suerte en el examen.
Yo me encomendé a San Judas Tadeo, pero
fallé la prueba cinco veces. Pobre santo. Hacía
bien los giros y frenaba como es debido, pero
cuando tenía que estacionar, mi prueba se
desmoronaba.
Frustrado, me presenté otra vez. El día era
caluroso, pero mientras esperaba mi turno vi
que el cielo empezaba a nublarse. Los más
afortunados terminaban sus pruebas y corrían a
retratarse para la licencia definita. ¡Qué envidia!
Al fin, me llamaron. Un relámpago cruzó el
cielo y se escuchó un trueno ensordecedor.
Contraté un viejo Ford de una driving school y
en enseguida estaba examinándome. En eso,
empezó a llover a cántaros. A corta distancia,
bajo la lluvia, vi los dos fatídicos palitos y
pensé que volverían a reprobarme. Pero me
equivoqué: el examinador me dijo que íbamos a
tener que esperar a que escampara.
Aguardamos, viendo cómo el agua azotaba
los palitos sin misericordia. Al rato, el aguacero
ce só. El ex a
mi na dormed i
jo: “Va mos”.
Los palitos habían quedado en pie, pero tan
separados que hubiera cabido un camión entre
ellos. Creí que el examinador iba a colocarlos
en su lugar, pero ni se molestó. Sospecho que
tenía prisa.
En un santiamén, arranqué, me coloqué cerca
de los palitos y me deslicé, dando marcha atrás,
17
en el cómodo espacio que la Naturaleza me
ha bí
a a bi
erto. “ Apr oba do” , d e c
lar
ó e l
examinador.
Desde entonces, he tenido licencias en varios
estados. Conduzco alegremente, a veces con
leve imprudencia, debo confesarlo; pero nunca
más me he vuelto a parquear –o estacionar- en
paralelo. No podría, aunque quisiera. Aquí
entre nosotros: no sé hacerlo todavía.

18
Cómo gané mi primera
demandasinpone run“ s
u”
Este es un país de leyes... y de pleitos.
Demandar aquí es casi un derecho
constitucional. Cualquiera acude a los
tribunales, desde un humilde obrero hasta una
estrella del cine. Los saldos de estos litigios son
a veces millonarios; las causas, a menudo
triviales.
Cuando llegué a Estados Unidos, no sabía
cómo s e poníau n“ su”,nime i nt eresaba
tampoco. No soy dado a resbalar en las tiendas
ni a caerme en las escaleras, algo que es casi un
requisito indispensable para demandar a
alguien en este país.
Quedar inválido o desfigurado es buen
motivo para una querella legal en cualquier
19
parte del mundo, pero no es menos cierto que
en Estados Unidos cualquier razón parece
buena para declararse víctima de la torpeza
ajena. A usted le cae un coco en la cabeza y le
echa la culpa al municipio. O choca con la
limosina de un magnate y corre a ponerse una
“ ne q uer a
”pa raq uel epag ue npors upain and
suffering. No en balde tanta gente anda aquí a la
caza de un traspié. Es como una lotería. A
cualquiera le toca, y lo más gracioso es que uno
a veces acierta los números sin comprar un
boleto. Lo sé por experiencia propia.
Hace años, mi esposa y yo buscábamos un
apartamento barato en Miami. Figúrense.
Acabábamos de mudarnos de Washington DC
y queríamos vivir en un sitio seguro que no
mermara demasiado mis magros ingresos de
periodista.
Recorrimos la zona y dimos con unos
apartamentos muy bonitos, donde una señora
latina nos enseñó un modelo de dos
dormitorios que nos encantó. Ibamos a firmar
el contrato del lease cuando intervino otra
señora, una americana regordeta y seria, y nos
dijo que no había apartamentos disponibles, así
que tendríamos que ponernos en una lista de
espera. Nos fuimos del lugar muy
decepcionados, pero tiempo después
alquilamos una casa con un patio enorme lleno
de mangos y aguacates. El asunto se nos
olvidó, pero la vida aquí está llena de sorpresas.

20
Pasaron dos años y una tarde que repasaba en
mi computadora del Herald los reportajes que
se publicarían al día siguiente me tropecé con
una noticia curiosa: los propietarios de un
complejo de apartamentos habían sido hallados
culpables de discriminar a negros y latinos, y
condenados a pagar a los perjudicados la suma
de $4.5 millones. Era el mismo complejo al que
habíamos acudido mi esposa y yo cuando
vinimos de Washington. Al día siguiente se
publicó la noticia, acompañada de una planilla
de la Fiscalía Federal que todas las presuntas
víctimas deberían llenar y enviar para acceder a
su cuota de aquel botín.
Sin pensarlo dos veces, llenamos el
formulario y lo pusimos en el correo. Siempre
habíamos albergado sospechas sobre aquel
incidente, pero nunca habíamos pensado en
entablar un litigio. Sin embargo, ya ven, parece
que hay algo de cierto en es edi chode“ piensa
ma lya certa
rá s”.
Los archivos de aquella empresa estaban
repletos de documentos donde identificaban a
los inquilinos potenciales que tuvieran la piel
oscura o hablaran inglés con acento. Si no
pasaban la prueba del color y de la lengua, los
condenaban a la lista de espera... una espera
interminable, por supuesto. Qué idiotas. A los
fiscales les resultó muy fácil demostrar que
discriminaban y a nosotros todavía más fácil
recibir un cheque a vuelta de correo.

21
En aquel pleito a cada cual le tocó su parte,
aunque hubo un solo litigante principal.
Nosotros recibimos $15,000, que nos pagaron
más o menos por Thanksgiving. Razón de más
para dar gracias. A eso le llaman aquí demanda
colectiva, y nosotros, sin querer, nos habíamos
vuelto parte de ella.
What a country, señores!

22
Debo, luego existo
Tener deudas en mi país es casi un pecado;
aquí el que no es deudor es un paria. Así como
lo oyen. No puede reservar boletos de avión ni
habitaciones de hotel; tampoco comprar un
automóvil a plazos, ni mucho menos
conseguir, llegado el momento, una hipoteca
con que financiar una casa propia. Es un
verdadero impedimento. Díganmelo a mí.
Una de las primeras cosas que me llamaron la
atención cuando llegué a Estados Unidos
fueron las tarjetas de crédito. Me encantaba el
gesto elegante con que la gente las dejaba caer
sobre la mesa para saldar la cuenta de un
restaurante. O la manera distraída con que la
entregaban a la cajera de una tienda para

23
concluir una compra más o menos
extravagante.
Yo no entendía la lógica de aquellas
transacciones sin moneda, pero un pariente me
explicó que cada vez que se paga con una
tarjeta es como si un banco nos diera un
préstamo. Luego me recomendó que obtuviera
u nal omá spr ontopos i
ble.“ Aqu ínos epu ede
v i
v i
rs i
nc rédito”,medi j
o.
Casi enseguida empecé a pedir tarjetas a
diestra y siniestra. Cada vez que encontraba
u na“ apl ic
ac i
ón”e nu nar e vi
stavieja,l
al lenaba
y la mandaba por correo. A los pocos días
recibía siempre una cortés negativa, y la razón
era siempre la misma, que no tenía suficiente
crédito, es decir, ninguno. Yo había llegado
apenas un año antes y estaba trabajando,
pagaba mis cuentas puntualmente, pero no le
debía un centavo a nadie. Era como si no
existiera.
“No t eda nu nat a
rjetapor q ueno tienes
crédito, pero no tienes crédito porque no te
da nu nat arj
e ta”
,medi jou n dí au na migo
pesimista que se había resignado a pagarlo todo
en efectivo.
Era como el viejo enigma de quién vino
primero, el huevo o la gallina. Pero yo estaba
empeñado en descifrarlo, así que seguí
enviando solicitudes a aquellas gigantes
elusivas, Visa, MasterCard y American Express.
Una tarde que deambulaba por una de las
tiendas más lujosas de Ohio, sólo por el placer
24
de contemplar los costosos artículos que allí se
vendían, mis ojos tropezaron de pronto con un
hermoso reloj de pulsera. Me quedé
hipnotizado mirándolo, hasta que una
empleada me despertó súbitamente. Me
preguntó si podía ayudarme, y como tenía la
tarde libre se me ocurrió decirle que me
mostrara aquel impresionante reloj. Me lo
coloqué en el pulso, lo admiré un instante y
después se lo devolví con desgano. La
empleada ha de haber sospechado mi estado de
ánimo, porque enseguida me ofreció una
planilla de crédito, asegurándome que si la
llenaba podría comprar el reloj de mis sueños...
a plazos. Así lo hice, y me marché de la tienda
riéndome de lo lindo.
Suponía que pronto recibiría la habitual
negativa, pero unos días después me llegó por
correo un sobre de la tienda, un poco más
grueso que de costumbre. No bien lo abrí, mis
manos empezaron a temblar. Surprise, surprise.
¡Adentro venía una resplandeciente tarjeta con
mi nombre en letras de relieve! Tenía una línea
de crédito ínfima, casi patética, pero esa misma
tarde mi esposa y yo corrimos a hacer algunas
compras. Estaba ya en camino de ser un feliz
deudor.
Alguien me explicó más adelante que a veces
pasaba así. Las tiendas por departamento,
sobre todo las más caras, tienden a extender
crédito con más facilidad. Cobran unos
intereses enormes. Las gasolineras también son
25
menos exigentes, me dijeron, así que en
cuestión de semanas tuve en mi posesión otra
tarjeta, que me permitía llenar el tanque de mi
carro sin necesidad de efectivo. ¡Qué emoción!
Más de veinte años después, tengo más
tarjetas de las que caben en mi billetera y
aparezco en el radar de todas las agencias de
crédito. Todos los días recibo nuevas ofertas.
Sólo me preocupa pagar lo que debo
puntualmente y, sobre todo, no deber
demasiado. Son las reglas del juego. Debo,
luego existo.

26
Vida nueva, auto nuevo
La historia de mis automóviles se parece
mucho a la historia de mi vida en Estados
Unidos.
El primer carro que tuve cuando llegué fue
un tiburón. Le decíamos así porque era largo y
hocicudo, como esos temibles peces del Caribe
y otros mares. Por fortuna, no tenía dientes,
quizás porque era ya viejísimo. Lo mejor era
que me costó poco, unos $400 cash. No se
podía pedir más.
El señor que me lo vendió me dijo
orgu l
losame nt e:“ ¡
Ahít i
enesc arro pa ’r a
to,
mu cha cho!”.Me j
orde bi
óde c
ir“pa ’u nr ato”,
porque aquel tiburoncito me duró apenas
cuatro meses. Una tarde exhaló el último
suspiro en la esquina misma de mi casa. No sé
27
qué le pasó. De pronto se detuvo y en medio
de un gran estrépito expulsó una bocanada de
humo. Nunca volvió a moverse. Tuve que
venderlo por $100.
La semana siguiente me compré otro auto,
menos viejo pero igual de largo y puntiagudo.
Lo pagué al contado. Tenía ocho cilindros,
pesaba dos toneladas y media, y consumía más
gasolina que una central termoeléctrica, pero en
aquel entonces yo no me fijaba en esas
tonterías. Jamás había tenido un carro en mi
vida.
Aquel coche me acompañó de Miami a Ohio
y luego de regreso, cuando me quedé sin
empleo allá. Era espacioso y destilaba cierta
elegancia, pero un día le pasó algo terrible: dejó
de frenar. Por más que pisaba el pedal, aquella
mole rehusaba detenerse. Por suerte, el
percance no me ocurrió en una autopista y
pude arrimarme a una acera cuando perdió
impulso y así salvar mi vida. Después, casi tuve
que regalarlo.
Más adelante compré un carro muy peculiar.
Tendría cuatro o cinco años y estaba bastante
cuidado, pero cuando lo encendía hacía un
montón de ruidos mortificantes. Al principio,
no me molestó, pero luego me entró la
inquietud de que tuviera algún problema oculto
y me fuera a dejar varado. Un amigo medio
mecánico lo revisó y concluyó que estaba en
perfecto estado, así que cada vez que arrancaba
encendía el radio y lo ponía a todo volumen.
28
Era mejor oír a Willy Chirino que aquella
sinfonía de golpes y estallidos.
A todas estas yo andaba por el mundo sin
seguro. No me alcanzaba el dinero para
pagarlo, y si hubiera tenido un accidente me
hubiera visto en un gran aprieto, pero por
suerte nunca choqué. Está visto: Dios ampara
al inocente.
El primer seguro que tuve que sacar fue
cuando me enredé con mi primer carro del
año, uno japonés. En esa época vivía en
Washington, tenía un trabajo serio y decidí
complicarme la vida. Mi crédito era por aquel
entonces tan minúsculo que el concesionario
que me hizo el lease se creyó obligado a
advertirme que si dejaba de hacer un solo pago
iría a buscarme al fin del mundo y caería sobre
mí con todo el peso de la ley. Tragué en seco,
pero me llevé el automóvil.
Desde entonces no he manejado más
tiburones. Algunos carros me han durado más
que otros, porque les he cobrado apego; pero
en cuanto un automóvil empieza a romperse y
a hacer ruidos extraños, no enciendo el radio,
sino corro a un concesionario en busca de
mejores ruedas. Digan lo que digan, no hay
aroma más sabroso que el que se respira dentro
de un carro del año. Pregúntenle a cualquiera.

29
De aquí para allá,
de allí para acá
¡Miren que uno se muda en Estados Unidos!
Creo que en ninguna otra parte del mundo la
gente se desplaza tanto, sobre todo en busca de
mejores horizontes profesionales. Uno se pasa
la vida de aquí para allá, de allí para acá. Es
como un carrusel sin freno.
Cuando llegué, nunca creí que volvería a
armar el equipaje. El clima de la ciudad en que
vivía era cálido y pasaba el día rodeado de
parientes, amigos y palmeras. Tenía empleo,
carro; comía lechón asado a toda hora y la vida
parecía sonreírme... pero también quería
alternativas laborales más seguras y, claro, un
mejor sueldo. Imagínense: entonces ganaba $8

30
la hora. ¡Con eso no alcanzaba ni para pagar la
luz!
La primera vez que nos mudamos fue a Ohio.
Una editorial que publicaba libros de texto en
español me ofreció un puesto, con un salario
relativamente decoroso, muchos beneficios y
posibilidades de ascenso. Así que la perspectiva
del frío no nos amedrentó, y sin pensarlo
mucho mi esposa y yo tomamos rumbo norte
en la autopista.
Pasamos casi dos años en la beisbolera ciudad
de Cincinnati, creyendo que habíamos
encontrado nuestro destino, pero nos esperaba
una sorpresa de tacos y chimichangas.
Por aquel entonces la moneda mexicana se
desplomó, y aunque nunca entendí cómo los
vaivenes del peso al sur del Río Bravo podían
afectar mi apacible existencia en un valle del
Medio Oeste, el hecho es que la editorial
redujo de golpe sus operaciones en español y
de pronto me quedé sin empleo. Cosas de la
economía global.
Por un tiempo me dediqué a vender
productos latinos de casa en casa. Ganaba algo,
pero la verdad es que no tengo alma de
bodeguero, y menos bajo tormentas de nieve.
Así que regresamos a Florida al cabo de unos
meses.
Ver el sol de nuevo nos vino bien, pero el
calor no alimenta el bolsillo. Mi empleo en una
estación de radio no era muy bien remunerado
que digamos. ¡Casi calificaba para sellos de
31
alimentos! Por suerte, al poco tiempo, cuando
empezaba a lamentar haberme mudado, me
ofrecieron trabajo en uno de los sectores más
seguros por aquel entonces, el gobierno
federal. Así que un buen día volamos a
Washington DC, con los gastos pagos por el
Tío Sam.
Desde entonces, me he mudado bastante,
pero no me arrepiento. Cada traslado ha
significado, además de un riesgo, un peldaño
de superación en la empinada escalera
profesional.
Mudándome logré formar parte del equipo
que lanzó El Nuevo Herald, uno de los más
importantes diarios en español del país.
Mudándome también pude trabajar en uno de
los periódicos más prestigiosos del mundo, The
Wall Street Journal. Después, regresé a la Florida
nuevamente, donde fundé y dirigí un
semanario varios años. A veces me pellizcaba;
no podía creerlo...
Algunos dirán que ha sido demasiado
mudarse y quizás tengan razón. De hecho,
conozco a muchos que han prosperado sin
convertirse en nómadas. Se han atrincherado
con paciencia y han logrado avanzar. Otros han
fundado empresas rentables en la primera
ciudad donde pusieron los pies. Los admiro,
pero esos son los que tienen suerte. Los
desgraciados como yo no tienen otro remedio
que andar con el equipaje a cuestas y seguir el

32
rumbo que dicta la diosa Economía. Casi nadie
es profeta en su propia tierra.

33
Felices e indocumentados

A ver, ¿quién no ha sido ilegal aquí? Que tire


la primera piedra el que esté libre de pecado.
Nadie viene el mundo con un certificado de
residencia debajo del brazo. Pero la cosa es
más complicada si uno cruza una frontera, y si
es la frontera de Estados Unidos, más
complicada aún.
Los cubanos tenemos escape. Es cuestión de
tomar un bote, aferrarse a un puente o pedir
asilo en un aeropuerto. El que no huye de
Fidel, tiene que buscar a alguien que lo
patrocine o atravesar un río con ayuda de la
Guadalupana. O peor: casarse con la mujer
más fea del mundo, como le pasó a un amigo
mío.

34
Cuando llegué, a mí me dieron un papelito.
Era tan fino que no me atrevía a llevarlo
encima, por miedo a que se estropeara. Eso sí,
contenía mi nombre y un cuño que autorizaba
a darme empleo. Había que renovarlo cada
año, ¿pero qué demonios me importaba?
Pasó el tiempo y empecé a creer que vivía
aquí. Trabajaba y pagaba mis taxes. Así que era
lógico suponer que residía en Estados Unidos.
¡Cuánta ingenuidad!
Un día quise matricularme en la universidad,
para tomar unos cursos, y cuando fui a abonar
los honorarios la empleada de pagos me aplicó
una tarifa exorbitante.
“¿Pe r oporq ué ?
”,c
hil
l
é .
“Por qu eu stednoe sdeaqu í”,expl
icó.
Me quedé atónito. Hacía dos años que vivía
en aquella ciudad y podía demostrarlo, pero la
empleada se negaba tercamente a aceptarme
como residente. Según ella, por más tiempo
que estuviera en cualquier parte, mi
permanencia en el país sería tan endeble como
el papelito que me dieron al llegar. Carecía de
estatus. No era residente, ni ciudadano, ni
habitante, ni nada... y tendría que pagar $360,
cash or credit card?
De golpe, se me quitaron las ganas de
estudiar.
Tiempo después, hallándonos de viaje,
quisimos pasar por Canadá. Fue un capricho...
y un craso error. Estábamos en las cataratas de
Niágara y alguien nos dijo que se veían mejor
35
del lado canadiense, así que acudimos a un
puesto fronterizo, donde tropezamos con un
legionario de la Migra.
“ Pormí ,pu edenc ru zar”,nosdi jo,t rasmi rar
nu e st
rosdoc ume ntos .“ Peros et i
e nenq u e
q ue dare nCa na dá”.
Cuando indagamos la razón, perdió la
paciencia.
“ ¡
Es to no e s na da !
” ,e xclamó, a g i
ta nd o
nuestros papelitos. Por un momento, pensé
que iba a destrozarlos. Afortunadamente, el
hombre recuperó la calma.
“ Miren” ,nose xplic ó,comoa lecciona ndoa
u nosni ños.“ Us t
ede ss onhu éspe des.S is a l
e n
de la casa, no pueden volver a entrar,
¿e ntienden?” .
Claro que entendimos. Retrocedimos
inmediatamente, decididos a contemplar las
cataratas de este lado. Nos pareció más
saludable.
Supongo que todos podríamos relatar
experiencias semejantes o peores. Hay quien no
tiene siquiera un papelito que esgrimir, o el que
tiene parece expirar cada cinco minutos. Las
aguas de la burocracia son turbulentas. Se
puede zozobrar en esa sopa de letras y
números: I-94, H1B, I-130, H2B... Parece
álgebra, y no todos somos Pitágoras.
Yo anduve años con mi papelito a cuestas. Lo
cuidaba más que a un papiro egipcio. Al fin,
después de una eternidad, pude cambiar la
tarjeta de huésped por la llave de la casa. Tuve
36
que llenar un montón de planillas y hacerme
una radiografía, pero un buen día me llegó por
correo la green card. Ahora que lo pienso, me
puedo dar con una piedra en el pecho. Al
menos no tuve que casarme con la mujer más
fea del mundo.

37
La suerte es loca
Tengo un pariente muy pintoresco que no se
pierde un velorio por nada del mundo. El
mi smo s e describe como u n“ rat
ón de
fune rar ia”ya cudeac u antos epelioe ncue ntra
en su camino, sea de un familiar lejano o de un
simpl ec onocido.“ Esqu ey os oya sí
,Ma nol o”,
medi jou nave z.“¡
Tengoq u ecumpl i
r!
” .
No todos compartimos esta afición por las
pompas fúnebres. Es más, si usted es como yo,
lo más probable es que no quiera oír hablar de
la muerte, y menos a la hora de almuerzo.
Forget it! Todos sabemos que nos va a llegar el
turno algún día, pero mientras estamos en esta
enorme sala de espera que es el mundo,
preferimos leer una revista o ver la televisión.
¿Para qué adelantarnos a los acontecimientos?
38
Por eso, cuando llegué a Estados Unidos, me
hice el firme propósito de eludir a esos
portadores de malos augurios, los agentes de
seguros de vida. Era difícil escaparme, porque
andaban por todas partes. Incluso muchos
latinos se han sumado con entusiasmo a esa
profesión. Te salen al paso cuando menos lo
esperas, siempre con la mala noticia de que un
día te vas a morir. Es más, ¡te lo dicen en
español! Cada vez que los veía entrar por una
puerta, salía corriendo por la otra. Aquí entre
nosotros, ¿quién quiere oír hablar del
cementerio cuando acaba de empezar una
nueva vida en este país?
A todas estas, yo me había mudado a Ohio y
vivía en una ciudad donde apenas había
hispanos. Los gringos, como sabemos,
contemplan la muerte desde un ángulo más
práctico. Se preparan para ese viaje con la
misma diligencia con que alistan un road trip
familiar o ahorran para el down de una casa. Así
que los agentes de seguros de vida actuaban allí
a sus anchas. Durante un tiempo, logré vencer
su asedio, recurriendo a un montón de
estratagemas –entre ellas, la de declararme
inmortal- pero tengo que confesar que un día
me tropecé con la horma de mis zapatos.
Resulta que mi jefe trajo un gracioso visitante
a la oficina. Era un americano joven,
compañero de estudios suyo en la universidad.
Amistoso, como casi todos en el Medio Oeste.
Enseguida nos dijo que vendía seguros de vida.
39
Yo tuve que vencer un deseo irrefrenable de
echar a correr, pero me llené de coraje y rehusé
tomar su tarjeta.
“ Hav e nidoa lsiti
oe q ui
v oc ado”,led ij
es in
mucha cortesía.
El hombre se quedó perplejo. Luego me
preguntó por qué.
“ Mire ”,c onte st
é.“ Pors inol os abe,al os
latinos no nos gusta oír hablar de muertos. Su
ne g ocionose spa nta, fr
anc ame nte”.
El hombre se echó a reír.
“ Lo q u e pa sae sq u e nu ncas el o ha n
explicado bi en” ,di jo.Lu ego,me i nvit
óa
almorzar.
Raras veces rechazo una oferta de comer
gratuitamente, así que al rato estábamos en un
restaurante, comiéndonos sendos pollos fritos.
Entre bocado y bocado, aquel americano
redujo el espinoso asunto del seguro de vida a
un divertido juego de azar.
“ Todosl osme ses,c a dav ezq uepa gasl a
cuota, tú apuestas $40 a que te vas a morir, y yo
$ 10 0,
0 00aq ueno” ,mee xplicó.
Aq uell
o mede j
ói ntrigado.“ ¿Ys ino me
mu e r
o? ”,inda gué.
El hombre se encogió de hombros.
“Yo un everkn ow”,contestó. “ Pe r
oc on mi
póliza, si vives hasta los 60, te damos $20,000 y
el juegos et e
rmi nó” .
En verdad, nunca me había planteado el tema
así. Y la perspectiva de entrar en el otoño de mi

40
vida con toda esa plata adicional en el bolsillo
se me antojó, francamente, seductora.
“¿Dóndet eng oq uefir
ma r
?” ,preg unté.
Desde entonces, no me he levantado de la
mesa. He apostado tercamente por mi propio
fin, cada vez por un botín más jugoso y
tentador. A mi edad, el juego se ha vuelto
arriesgado, pero más emocionante. ¿Quién
sabe? Podría ganar un día de estos. La suerte es
loca.

41
Mande usted, jefe

Una vez tuve un supervisor infernal. Estoy


seguro de que ustedes también han tenido el
suyo. Pero el mío era especial. Hasta para darte
un aumento de sueldo se creía obligado a
e spetar
teu nc ome nta
riode sa gr
ada ble
.“ Ojalá
not engaq uea rre pentirme”,medi jomi entras
autorizaba con su firma el minúsculo aumento
de aquel año en el Herald.
Cuando llegué a este país, creí que me había
librado para siempre de la tiranía de los
supervisores mediocres y los altaneros. Pero
me equivocaba. Está visto que el poder –y ni
siquiera el poder absoluto- muchas veces
ahueca el poco seso de quienes lo ejercen.
Estados Unidos no es la excepción. Las
grandes corporaciones absorben a esta
42
gentecita con un gusto enorme; no sé por qué.
Son una plaga.
Mi jefe parecía decididamente surgido del
mismo Averno. Cundía en ira por cualquier
razón, y si le venía en gana, cubría a cualquiera
de improperios en presencia de todos sus
compañeros. A veces, de lejos, lo veíamos
darse golpes contra las paredes de su oficina, o
halarse los pelos sin aparente razón. ¡Era un
verdadero demente!
Cosa comprensible, pero triste: cuando se
enfermaba y faltaba al trabajo, todos
rogábamos no por su pronto restablecimiento,
sino por que su convalencia se prolongara lo
más posible. Siempre sin desearle la muerte,
claro está; pero nos causaba un enorme alivio
no verlo aparecer por la puerta todos los días.
Al fin, harto de lidiar con él y aburrido de
servirle de alfombra a aquel buen señor, me
decidí a probar suerte en otro lugar.
Afortunadamente, di con un mejor empleo, en
uno de los periódicos más prestigiosos del
mundo, y sin pensarlo mucho, acepté la jugosa
oferta y nos mudamos otra vez. Mi esposa es
un ángel; no sé cómo aceptó.
En mi último día de trabajo, me encontré a
solas con mi jefe en la sala de juntas. Mientras
esperábamos a que empezara la reunión donde
todas las tardes discutíamos lo que
publicaríamos en la edición siguiente, me
comentó lo mucho que iba lamentar haberme
ido.“ Yav erásl oq uee ste nerq u ee sperare l
43
tren a las siete de la mañana en la estación de
Roc kefe l
l
er Ce nter”,d ij
o c on t ono de
sabihondo.
“Nu nc as erá pe or qu et enerq u e breg ar
cont igo t odos l os dí as ”, le c ontest
é
tranquilamente. Total: ya me iba.
Pensé que nunca más sabría de aquel jefe
infernal, pero la vida es una caja de sorpresas.
Años más tarde, mientras estaba a punto de
iniciar mis labores del día en la redacción de
The Wall Street Journal, alguien me llamó para
pedirme referencias de él. No lo pude creer.
Normalmente, te piden referencias de un
subordinado. ¿Pero de un ex jefe?
La persona que me llamaba tenía que decidir
si darle un puesto como vocero de una
institución académica importante, y me explicó
que las relaciones personales eran muy
impor tantes pa ra e se c argo. “ Tenemos
ent endi doq u eu st
e dloc onoc eba stantebie n”,
medi j
oc onc i
e r
tomi s
terio.“ Hemosoí dode cir
que a veces... usted sabe... tiene algunos
ex abru ptos”.
Casi me desahogo en ese momento y hago la
historia completa de mis sufrimientos bajo el
mando de aquel energúmeno, pero preferí
recusarme y dejar aquella conversación en
suspenso. Después de todo, ¿qué me
importaba que siguiera por el mundo
avasallando a media humanidad? Ya estaba a
salvo de él, y en este país impera la ley de
sálvese-quien-pueda.
44
Eso sí, se me había olvidado decirles lo más
importante sobre aquel jefe infernal: A pesar de
que siempre me trató peor que a un perro,
tengo que agradecerle el primer cargo de
gerencia que tuve en la vida.
No sé por qué lo hizo. Puede que haya
querido tenerme más sujeto a sus mandatos... o
incluso torturarme un poco más, haciéndome
mayores exigencias. Tratándose de alguien
como él, es muy difícil saber. Lo cierto es que
aquel puesto se convirtió en una catapulta para
las sucesivas jefaturas que ostenté más adelante.
Debo confesar, sin embargo, que en cuanto
comencé a dirigir el trabajo de otros comprendí
lo difícil que es ejercer una cuota –aunque sea
mínima- de poder sobre otros seres humanos.
Algunos agradecen tus consejos y encuentran
en ti a un maestro; se comportan cortesmente y
hasta aportan ideas útiles. Pero otros maldicen
la hora en que naciste y envidian hasta tus
berrugas. ¿Qué se va a hacer? Uno no es onza
de oro para caerle bien a todo el mundo.
Eso sí, nunca he cundido en ira
inopinadamente ni he cubierto de insultos a
ninguno de mis subordinados, por mucho que
se lo merecieran. Y ahora que lo pienso bien,
tampoco me he dado cabezazos contra las
paredes de algunas de mis oficinas.
Será que, después de todo, tengo buen
carácter.

45
Nunca falta un
buen samaritano
Siempre están ahí, cuando más los necesitas.
Son los buenos samaritanos que encontramos
en el camino cuando damos los primeros pasos
en este país. No son muchos, y ojalá hubiera
más.
Cuando llegué a Estados Unidos vine con la
ropa que llevaba puesta. No exagero. Algunos
parientes –y hasta desconocidos- nos ayudaron
a no andar descalzos, pero lo demás nos lo
tuvimos que agenciar nosotros. Mi esposa y yo
trabajamos mucho, pero al principio siempre
parecía que algo nos faltaba.
Cuando no era un televisor era una batidora o
un juego de cuchillos, si no una pieza para el
carro que se rompió. Cada uno de estos
46
artículos cobraba una urgencia inesperada, y lo
peor es que nunca alcanzaba el dinero para
comprarlo. Además, había que comer.
Todavía recuerdo cuando llegamos a Ohio.
Apenas teníamos una cama donde reposar, con
algunas sillas plegables y una mesa de picnic
por todo comedor. El resto eran cajas y
maletas. Un día mi jefe nos visitó y al ver
nuestras modestas pertenencias me dijo en
tono c onf i
de nci
al:“ Tienesq ue ha bl arcon
Ma nín” .
Al principio, no lo entendí. Manín era un
personaje pintoresco de nuestra oficina, un tipo
dicharachero que dedicaba sus ratos libres a
arreglar los autos viejísimos que manejaba. Se
pasaba el tiempo frotándose las manos con
crema, para que el frío no se las lastimara. Por
alguna razón, no se me antojaba la persona más
idónea para resolver mis problemas de
mobiliario.
Craso error. No bien le confesé que no tenía
un centavo y necesitaba algunos muebles
decentes, Manín me invitó a pasar por su casa.
“Tomal oq ueq uieras”,medi joc u andome
vio llegar, abriendo la puerta de su garaje.
No podía creerlo. Aquel lugar, en vez de
cobijar automóviles, era un verdadero museo
de artefactos y muebles de uso. Había de todo:
desde radios portátiles y tostadoras hasta sofás
y aves disecadas. Me deslicé con trabajo entre
las filas de objetos, tratando de divisar lo que
buscaba. El lugar parecía una buhardilla
47
misteriosa, como las de una película de Alfred
Hitchcock.
Me llamó la atención un televisor de pantalla
enorme, alojado entre un par de ventiladores.
Cuando le pregunté si era a colores, Manín me
dijo que sí. Luego me explicó que lo había
encontrado botado en el patio de una casa,
como la mayoría de las cosas que conservaba
allí.
“ Aq uílag ente de spe rdi
cia mu cho”,me
ex pl i
có.“Av e cesl oú nicoq uene ce si
tanesu n
pe q u
eñoa rr
e glo” .
Al cabo de unas horas, me llevé algunas
cosas. Manín mismo me ayudó a cargarlas.
Más adelante, mi jefe me contó que Manín
tenía el hábito de escarbar en la basura ajena,
en busca de desechos útiles. Empezó poco
después de llegar a este país, cuando necesitaba
de todo. Después, no perdió la costumbre y
solía ayudar a los recién llegados de esa manera.
“ Esu npoc oma niáti
c o”, concluyó.
Nunca pude agradecer a Manín lo suficiente.
Varias veces acudió en mi auxilio cuando mi
viejo carro me dejó varado en la nieve, y
también me regaló más artefactos. Además de
filántropo, era un mecánico excelente. Lo
único que lamento es que no sé dónde vive
ahora. Alguien me dijo que enviudó y se mudó
a Miami. Ha de estar más viejo, claro, y
también jubilado, pero donde quiera que esté
me gusta pensar que todavía conserva la linda
manía de ayudar al prójimo.
48
Cuando la policía
toca a tu puerta
Tocaron temprano. Casi no me molesto en
abrirles. Pensé que serían los miembros de un
grupo religioso que solían despertarme a
menudo para darme el recado de que el fin del
mundo estaba cerca. Pero me equivocaba: no
eran emisarios de Dios, sino del César.
Los dos policías de civil se identificaron
cortésmente y se colocaron a una distancia
prudente, observándome con abierta
suspicacia. Sus insignias eran muy visibles y
relucientes, colgadas de una trabilla de sus
pantalones.
-¿Usted conoce a Dionisio Arismendi? –me
preguntó uno en español.
-Yo, no –le contesté, más suspicaz todavía.
49
Los dos cruzaron una mirada de complicidad.
-Qué raro –dijo el otro, en un español pasado
por inglés- El dice que vive aquí.
Tragué en seco. A esas horas del día, no
estaba preparado para un interrogatorio.
Además, cuando llegué a este país, un amigo
mea dvirti
óq uef uerac autoc onl apol ic í
a.“ Te
ma tanynot epa gan” ,medi j
o.
De modo que sonreí y le expliqué al agente
que había comprado aquella casa un año antes
y allí vivíamos sólo mi esposa, mi madre y yo.
-No sé quién es ese Arismendi –insistí,
dispuesto a cerrarles la puerta en las narices.
Pero los agentes sin duda adivinaron mis
intenciones.
-¿Podemos pasar? –me preguntó uno, en un
tono cercano a la súplica.
No respondí, pero reaccioné con la rapidez
de un perro de presa. Salí de pronto, cerré la
puerta a mi espalda y crucé los brazos, como
un firme guardián de mi morada.
-Mire –les dije- Soy el dueño de esta casa y
puedo asegurarles que aquí nunca ha vivido
ningún Arismendi.
Uno de los agentes se acomodó la cartuchera
y el arma que portaba, medio escondida, bajo
una axila. El otro adoptó una postura
levemente rígida.
-¿En qué más puedo servirles? –pregunté.
Los dos volvieron a cruzar una mirada, pero
al cabo se tranquilizaron. Claramente,
entendieron que no tenía intenciones de
50
batirme a tiros. No estábamos, a fin de cuentas,
en un episodio de Miami Vice.
-Perdone la molestia, caballero –dijo uno de
ellos. Después se marcharon, cabizbajos,
seguros de que les ocultaba algo, como buenos
sabuesos.
Todavía a estas alturas me pregunto quién
sería ese Arismendi, ni qué razones tuvo para
dar mi dirección como su residencia. ¿Sería un
asesino en serie? Siempre hay misterios en esta
vida. Eso sí, estoy seguro de que hice muy bien
en portarme así. Al fin y al cabo, estaba en
Estados Unidos y no en mi país de origen,
donde la policía habría echado abajo mi puerta
a patadas y me habría arrastrado a un calabozo,
hasta que confesara que Arismendi era mi
cuñado, un astuto agente de la CIA o algo
peor.
La letra con sangre entra, dice un refrán. Y las
lecciones de cívica a veces se aprenden the hard
way, como dirían los gringos. En este país, la
casa de un ciudadano honesto es una fortaleza.
Por suerte, la policía no ha vuelto a tocar a mi
puerta. Quizás aprendieron también la lección.

51
Si triunfa, tenga
mucho cuidado
¿Quieren un consejo? Cuídense de los
envidiosos.
Están en todas partes, como Dios, y si creen
que no los hay en Estados Unidos, están muy
equivocados.
Cuando llegué a este país creí que me había
librado de esa plaga. Aquí cualquiera tiene una
expectativa razonable de conquistar ciertas
cumbres. Con un poco de inteligencia,
voluntad y, sobre todo, con la paciencia de las
tarjetas de crédito, uno puede cambiar de
bracket, comprar una casita y hasta manejar un
carro del año al cabo de un tiempo.
Díganmelo a mí, que tengo de todo menos de
Donald Trump. ¿Por qué codiciar la dicha

52
ajena cuando uno puede perseguir
tranquilamente la propia?
Pero los envidiosos no creen en los frutos del
esfuerzo personal, porque rinden un culto
secreto a la diosa Fortuna. Para ellos la vida es
como una lotería injusta, donde siempre les
toca perder. La gente como usted y yo tenemos
seguramente algún primo poderoso que nos
ayuda, si no un pacto siniestro con Satanás. De
otra forma, ¿cómo explicar nuestro progreso?
Eso sí, no se dejen engañar. Los envidiosos
no siempre son evidentes. Se fingen a menudo
amigos del alma. Hasta sonríen de oreja a oreja
cuando se tropiezan contigo, te ahogan en
abrazos, pero en el fondo quisieran verte en
silla de ruedas, pidiendo limosnas por las calles.
No hace mucho me encontré con uno, un
escritor talentoso que no ha querido nunca
promover sus obras, porque cree que los
genios viven en la oscuridad y mueren en la
miseria. Durante muchos años trabajó como
operador de montacargas. Le parecía un
empleo excelente.
“ ¿Yq u é
?¿ Cómo t ev a?
” ,me pr e gunt ó,
tanteando el terreno.
Cuando le conté que estaba en otra ciudad,
dirigiendo un nuevo periódico en español, se
quedó muy serio.
“ Tú s i
e mpre bu scando pr etextospa ra no
es cribir”,medi joa lfi
n.S upong oq ue ,as u
manera, quería reprocharme que estuviera

53
vendiendo un seguro Premio Nobel por 30
míseras monedas de plata.
No le dije que escribía a toda hora, y que a
diferencia de él, me pagaban por hacerlo. ¿Para
qué decirle tampoco los muchos buches de
sangre que aquel y otros logros minúsculos me
habían costado? ¿Para qué, en fin, deprimirlo
más de lo que estaba?
Me encogí de hombros y lo invité a un café.
No lo he vuelto a ver.
Hace poco, otro supuesto amigo, un pintor
que podría cobrar un dineral por sus cuadros
pero ha elegido, casi desde que llegó, trabajar
como enfermero a tiempo parcial, me mandó
un e-mail reprochándome algo que nunca
ha go:da r
meí nfulas.“ ¡Quiént ev ioa ntesy
q ui
é nt ev ea hor a,Ma nol
ito!”,ter
mi nabas u
nota, con sarcasmo.
Esta vez le contesté como se merecía, sin
compasión. Después de lamentar las malas
noches que pasaba en el hospital, le dije
tranquilamente que no me culpara de sus
desgracias. Jamás respondió, cosa que me
alegró mucho. Mi buzón electrónico es un
desastre.
¿Qué más puedo contarles?
Tras mucho bregar en este país, he escuchado
de todo. Para algunos triunfar es casi un
pecado. Así que, si les va más o menos bien, no
se sorprendan de que un día les atribuyan
nexos ocultos con el narcotráfico o rumoren

54
que dedican sus ratos libres al espionaje. Los
losers carecen de todo, menos de imaginación.

55
Ni se le ocurra enfermarse
Si usted cree que la vida es cara en Estados
Unidos, prepárese para cuando caiga en un
hospital. Si no lo mata la apendicitis, puede que
semu e radeu n“ jaratá”c uandol epa senl a
cuenta.
Cuando llegué a este país, alguien me dijo que
procurara no enfermarme. Creí que se
preocupaba por mi salud, pero años después
comprendí que trataba de protegerme el
bolsillo.
Una mañana de esas me desperté con un
dolor agudo en medio de la barriga. No se me
quitaba. ¿Me habrían envenenado?
Rápidamente, mi mujer me llevó a un hospital.
Menos mal: resultó ser la vesícula. Estaba
inflamada, necrótica.
56
“Ha yq u eope r
a rt
e”, di
joe lmé dico.
Palidecí. Hay quien se pasa la vida en el
médico y parece que tiene siempre un puesto
reservado en la sala de cirugía; en cambio, yo
padezco de fobia al bisturí. Pero, ¿qué hacer?
El doctor aseguró que si no me operaba, la
infección afectaría al páncreas y moriría con
dolores horribles.
Me ingresaron enseguida, y una vez en la
cama, me conectaron a un montón de
mecanismos que medían cada uno de mis
signos vitales. De vez en cuando, emitían
pitidos, para sumirse después en un silencio
sepulcral.
Me visitaban toda clase de especialistas, aun a
las horas más inhóspitas. Me tomaban el pulso,
la presión y la temperatura; me preguntaban
sobre alergias y me hacían firmar documentos
larguísimos.
Una mañana, apareció una enfermera. Traía
un par de medias elásticas. Me las ajustó como
un torniquete. Según ella, esto evitaría que se
formaran coágulos insidiosos, capaces de
matarme o dejarme paralítico. En mi país
nunca había oído hablar de eso, pero me asusté
y obedecí como un corderito.
Otro día, vino un hombre enjuto, portando
un estrambótico aparatito. Consistía en una
caja de plástico conectada a un tubo.
Pacientemente, me explicó cómo debía soplar
por éste. Cada vez que lo hacía, una pelotita de
ping-pong subía y bajaba por una abertura. Se
57
suponía que este simple ejercicio evitaría que se
me produjera una hernia después de operarme.
Qué ridículo.
Sin pensarlo, le pedí a aquel señor que se
largara. Lo hizo, pero tuve que firmar un
documento librándolo de toda responsabilidad.
Cuando, al fin, llegó el día de operarme,
estaba hecho un manojo de nervios. Me
preparé como un condenado a muerte, pero el
procedimiento pasó como una brisa. Al
despertar, tenía una cicatriz de seis pulgadas en
el vientre.
Después, vinieron las cuentas. Muchas. Todas
llegaban cargadas de severas advertencias. Al
parecer, un montón de gente llevaba las de
ganar con aquella carnicería: el cirujano, el
hospital, los anestesistas, los radiólogos y una
legión de mucamos. Algunas de las pastillas
valían hasta $30. Terminé por pagar varios
miles, a pesar del seguro.
Eso sí, me di el gusto de no pagar por la caja
de la pelotita, que no usé. Por curiosidad, me
fijé en cuánto valía: ¡Cerca de $500! Menudo
juguete...

58
Mejor no chocar,
pero si choca...

Un día choqué. Es decir, me chocaron.


Salía del estacionamiento de un edificio en
Miami cuando sentí el batacazo. No fue fuerte,
pero estremeció mi Mazda 326. Enseguida,
frené y apagué el motor.
Un muchacho saltó de un auto deportivo,
manoteando y preguntándome si estaba ciego.
Le dije que no, y de paso le recordé que él fue
quien me embistió. El insistió, exaltado, en que
yo tenía la culpa. ¿Para qué discutir?
Miré la abolladura de mi carro y me senté a
esperar por la policía. Era mi primer accidente
y estaba emocionado. Cuando llegué a Estados
Unidos, diez años antes, nadie me explicó qué
hacer en una situación así.
59
En eso, apareció un auto-patrulla y frenó con
estrépito. El chico corrió al encuentro del
policía, contándole a voces cómo yo había
estado a punto de cercenar su corta vida, y el
peligro que gente como yo significaba en la
carretera.
No dije ni media palabra. Con la policía es
mejor guardar silencio. Así que le di al agente
mis documentos y esperé mientras éste
garabateaba un informe y hacía un croquis de
nuestro patético choque.
Cuando terminó, el policía nos dio sendas
copias del informe. El muchacho casi se echa a
llorar.
“¡Aq u
ínodi ceq u i
éntu volac ulpa!
” ,
gimió.
El policía sonrió.
“Todost e ne
mosu npoc odec ulpae ne st
a
v i
da ”, ex
pl i
c ófil
os ófi
came nte.
Dos días después, mientras revisaba nuestra
correspondencia en la sala de mi casa, tropecé
con un sobre curioso: largo, blanco y con un
membrete en elegante letra cursiva. Cuando lo
abrí, me quedé boquiabierto.
Era la carta de un abogado, diciendo que su
cliente había sufrido lesiones en un choque con
mi automóvil, y conminándome a reportar el
accidente cuanto antes.
¿Qué era aquello? ¿El augurio de un juicio en
que perdería todos mis ahorros? La última vez
que vi a aquel muchacho gozaba de buena
salud. ¿Qué habría pasado desde entonces?

60
Yo nunca había necesitado un abogado, pero
tenía a un amigo que lo era, y bueno. Así que
fui a su oficina para mostrarle la ominosa carta.
Cuando la leyó, mi amigo se encogió de
hombros y la tiró a un lado, como basura.
“Tr a nquil
o,Ma nolo”
,medi j
o.Yoe s
tabar ojo
de ira.
“¡Pe roe soe su name ntira!”,pr otest
é.“ Lov i
irsec a minando” .
Mi amigo meditó. Luego me dijo que a veces
algunas lesiones sólo muestran síntomas un día
después del accidente.
“S on l esione s de t e j
i
do bl ando, mu y
dol or osas”,me e xpli
có.Yo q ue
ríaq ue me
tragara la tierra. ¿Cómo podía darle crédito a
aquella patraña?
El licenciado se desentendió de mí.
Rápidamente, dio instrucciones a su secretaria y
en cuestión de minutos estaba firmando una
carta.
“¿Yq uélesdi cesa hí
?”,pre gu nté.
“Do n’two rry
”,dijo mi amigo, poniendo la
carta en un sobre. Nunca más supe de aquel
muchacho, ni de su picapleitos. Tampoco volví
a chocar. Pero siempre tuve curiosidad por el
contenido de aquella carta.
Años después, mientras andaba de visita en
Miami, me tropecé con mi amigo, el abogado,
en un restaurante. Después de saludarlo, le
volví a agradecer su ayuda con mi único
accidente de tránsito, y por pura curiosidad, le
pregunté lo que había escrito en su carta.
61
Suponía que había sido algo muy fuerte,
cuando me dejaron en paz. Mi amigo se echó a
reír.
“Le sdij
equet út ambiéne s
ta ba
sl esi
ona do”,
cont e
stó tra nquil
ame nte . “ Herido de
gra v e
dad”
.

62
La fobia al inglés
tiene un alto precio
Con esto del English Only hay muchos que
andan trastornados.
Mientras unos suponen que todos tienen la
obligación de nacer hablando inglés, otros se
empeñan en que su país anfitrión adopte el
idioma de sus ancestros.
Qué tontería.
Yo ya hablaba inglés cuando llegué a este
país, pero no todos los inmigrantes tienen la
misma suerte.
Mi mujer, por ejemplo, tuvo que entenderse
por señas durante cierto tiempo, y hasta fingir
que entendía lo que nuestros vecinos le decían.
Después, aprendió inglés con buenas clases y la
ayuda de la televisión.
63
Lo cómico del caso es que algunos
inmigrantes, en vez de esforzarse por aprender,
asumen su desconocimiento del idioma con
una especie de orgullo. Me viene a la mente un
señor a quien conocí en el primer lugar donde
trabajé en Estados Unidos. Cuando supo que
yo, un simple recién llegado, me entendía con
los gringos a las mil maravillas, se puso casi
furioso.
“ ¡Puesy ol levo2 0a ñose ne stepa ísyno
hablo ni u napa labrad ei ngl
és!”,rug ió,mi entras
me renda bae nl ac afete r
ía
.“ Cu ando no me
queda más remedio que hablarlo, llamo a mi
hi jo”.
Pobres hijos. Desde la más tierna infancia, se
ven obligados a veces a atender los asuntos de
sus padres, como si ellos fueran los adultos. ¿Se
imaginan a una niña de diez años sirviendo de
intérprete en la compra de una casa? ¿O
traduciendo en la consulta de un obstetra? Qué
horror...
No crean que soy un fanático de la
aculturación acelerada. Nadie me molesta más
que esos latinos que, al cabo de unos meses de
llegar al país, fingen olvidar el español y se
pasan el santo día diciéndote que se van a
“ loncha r”oq ue“ tel l
ama n pa t
rás”.S e
empiezan a llamar Frank, o Sam, o Chuck, o
Ralph... Pobres diablos. No son capaces de
aprender inglés, pero pervierten el único
idioma que saben. Y cuando no entiende algo

64
re pit
en e l c ons abi do: “ Mi nos piq ui
ng l
i,
mi nos piqu i
ng l
i
” .
Olvídense del English Only. Uno no está
obligado a aprender nada, pero la verdad es
que aquí el que no sabe inglés está frito.
Conozco a profesionales cultos, incluso
médicos, y hasta algún que otro escritor, que se
ven condenados a desempeñar trabajos de
ínfima categoría sólo porque no saben inglés...
o porque aprendieron el idioma equivocado.
Una compatriota mía dedicó muchos años a
aprender francés. En mi país, acudía varias
veces a la semana a una academia y tenía una
pronunciación fantástica. Me encantaba oírla
hablar y recitar versos en ese idioma. Siempre
pensé que si emigraba se iría seguramente a
París, pero no fue así. Oh, ironías de la vida: en
vez de los Campos Elíseos le tocó vivir en
plena Sagüesera, en Miami. Pocos hablan
francés allí. En cambio, puede que algunos sí
hablen inglés a estas alturas.
Y es que el inglés es como el latín de los
tiempos modernos. Es el idioma común del
comercio y de las relaciones internacionales.
Todos lo hablan o quieren hablarlo.
¿Se imagina usted vivir en la antigüedad
clásica y no poder entenderse con los romanos?
Acabaría uno de esclavo en una mina de sal, o
peor aún, de gladiador en un circo. Así que
aprendan, amigos. Es más fácil que fajarse con
los leones.

65
El día que juré la ciudadanía
El día que juré la ciudadanía estadounidense
estaba lloviendo. No lo interpreté como mal
augurio, ni como nada. En la Florida llueve a
menudo. Peor hubiera sido un ciclón.
Tras doce años en este país, pagando
impuestos y cumpliendo sus leyes, me pareció
justo acogerme a su bandera y, de paso,
conquistar el derecho a votar por los que nos
gobiernan.
No fue fácil, pero tuve buen entrenamiento.
Cuando llegué a este país estaba a punto de
empezar una campaña presidencial y desde
entonces empecé a apostar por demócratas o
republicanos. A veces ganaba; otras, no. Cosas
de la democracia. Hay lugares donde, por arte

66
de magia, gana siempre el mismo candidato.
Aquí no.
Desde que pisé tierra estadounidense he visto
pasar por el trono a varios presidentes y no sé
cuántos congresistas y alcaldes. Algunos han
sido mejores que otros, pero nadie espera que
estén en el poder eternamente. Todos pasan de
moda, como la ropa y los artistas, y es mejor
así. De otra forma, la vida sería demasiado
aburrida.
Así que un día de mayo juré la ciudadanía con
una mezcla de emoción y buenos
presentimientos. De golpe, alzando la mano en
aquel auditorio, renuncié a cualquier otra
lealtad cívica y hasta a la posiblidad de tener un
título de nobleza. Caramba, con lo mucho que
me hubiera gustado ser conde o incluso
marqués...
Muchos me felicitaron, primero que todos mi
mamá, pero uno de mis mejores amigos me
echó un cubo de agua fría cuando lo llamé para
comunicarle la buena noticia.
“Ha straiciona doat upa t
ria,at usr aíces”,me
dijo, con una voz que delataba una cierta dosis
de ira santa.
Francamente, no lo esperaba de él, que vivía
desde niño en este país y hablaba español casi
de milagro. Nunca le habían faltado
oportunidades y tenía una historia profesional
envidiable, una linda casa y una hermosa
familia, dignas del mejor Sueño Americano. ¿A
qué venía, entonces, aquella repulsión?
67
Le expliqué enseguida que, con el paso del
tiempo, los vínculos con mi tierra de origen se
habían ido desvaneciendo hasta convertirse en
tenues memorias. No es que le tuviera menos
apego emocional a mi país natal, pero si mi
vida iba a transcurrir aquí de ahora en adelante,
no tenía sentido aferrarme a una nacionalidad
que, a todos los efectos, no era ya la mía.
“Pa tr
iae sdondee ncu entrast uf elici
dad”,
concluí lapidariamente.
Mi amigo guardó un breve silencio y cambió
de tema. Hizo unos comentarios sobre un
artículo mío que había leído y se despidió,
alegando que tenía prisa. No supe de él hasta
unos años después, cuando regresé a Miami,
tras una de mis habituales ausencias.
Me llamó temprano por teléfono para
decírmelo: se acababa de hacer ciudadano y
quería que yo fuera el primero en saberlo.
“¿Y porq ué?”,pr egunté ,alarma do.S ie
mpr e
me asusto cuando alguien me quiere contar
algún secreto.
“Porl asmu chast ont eríasq uet edi j
ea quel
la
v ez”,c ontestó.
“Yani mea cu er
do” ,repliqué.
Y era casi verdad. Mi memoria es horrible y
no tenía qué reprocharle. Hacerse ciudadano y
c antare l“ JoséCa nyu s
í”e sc omof orma li
zar
una adopción. Lo que dan los papeles no
excluye lo que da la sangre. Patria es felicidad,
ni más ni menos.

68
Los sortilegios del hambre
¡Qué gusto da comer en un buen restaurante!
En este país, dependiendo de la localidad, hay
donde escoger. Como éste es un crisol de
nacionalidades, casi todas las cocinas están
representadas.
Nueva York es famosa por sus restaurantes
italianos, chinos y griegos. Washington, la
capital, se ufana de tener un restaurante por
cada país del mundo. Es exagerado, pero se
acerca a la verdad. Miami es, sin duda, un
paraíso de la comida latinoamericana: desde la
cubana y la colombiana hasta los platos más
exiquistos de Nicaragua, Perú, México y
Argentina. Ah, se me agua la boca...
Pero cuando llegué a este país no podía gastar
mucho en aventuras del paladar... ni en
69
aventuras de ningún otro tipo, por cierto. Con
lo que comprábamos semanalmente en el
mercado teníamos que conformarnos. Con eso,
y una ocasional visita a La Carreta de la Ocho.
¿Qué se iba a hacer?
En eso, un día, un amigo me recomendó el
Ya yo’s.Cr eíq ues ebu rl
aba ,porq uec onoc í
a
perfectamente la escualidez de mi bolsillo. Yo
nunca había oído hablar de aquel sitio y pensé
que sería una de esas fondas elegantes donde
un plato de frijoles cuesta el sueldo de una
semana, sólo porque le han puesto un nombre
francés. Pero me equivocaba.
Ya y o’se ralimpi o,pe q
ue ño ys u spr eci
os
ciertamente no requerían financiamiento. Ha
llovido mucho desde entonces y no creo que el
lugar exista aún, pero recuerdo que por una
suma ínfima (quizás $5) se podía comer todo lo
que uno quisiera, hasta reventar. Había de
todo: lechón asado, pollo de mil maneras,
frijoles de todos colores, pescado, y montañas
de arroz y papas fritas.
“ All-You-Can-Ea t”,a síl ol l
ama ban. Yo
estaba fascinado.
La primera vez que fui me serví varias
paletadas de lechón, arroz y frijoles, para
empezar. Cuando acabé, regresé a las pailas y
elegí una pechuga de pollo, con abundante
compañía de arroz amarillo y plátanos maduros
fritos. Entonces, filete de pescado al horno con
puré de papas. Casi al final, probé los postres:
pudín de pan, arroz con leche, flan... Tuve que
70
aflojarme el cinturón. La cabeza me daba
vueltas.
“¿Ses ientebi en? ”
,mepr eguntó alguien de
pronto.
Era uno de los camareros, que se había
percatado de mi catatonia.
“Re gu lar”,contesté.
El hombre dio media vuelta y regresó con un
vaso de agua fría.
“Us tednoe sdea quí”,medi jo.
“Lle guéha cepoc o”,repli
q ué
, ent
r ebuche sde
agua.
“Sev e”, dij
oé l.
“¿Porq u é?”
“Por l af orma e nq uec ome ” ,c ont e
stó,
sonriendo.
Tenía razón. Mi hambre era vieja, irracional.
La voracidad combinada de todo el Tercer
Mundo.. y más. Enfrentada a una fuente
inagotable de alimento, no hallaba cómo
saciarla. Si seguía comiendo, iban a tener que
llamar a una ambulancia, así que decidí que
debía irme. Pero algo picaba mi curiosidad.
“¿Ye stol essalene g
ocio?” ,
pr e
g unté.
“Cl aroq u es í”,dijoe lc ama rero.“ Nu nc a
fa l
tanc lientes”.
Tenía razón. Decenas de personas
merodeaban las pailas en aquel mismo
momento.
“Son mu chos”,i nsi
stí“ ¿Ys is ea cabal a
c omi da?”.
El camarero se echó a reír.
71
“No t odos t i
e nene lmi smo a pe ti
toq ue
uste d” ,conte
stóa lfi
n.
No supe si agradecerle aquel comentario y me
fui, eructando felizmente en el camino.

72
Cómo afeitarse el
bigote sin llorar
En esta vida uno toma ciertas decisiones
cruciales. No hablo de buscar refugio en un
convento tibetano, por ejemplo, ni de
embarcarse de pronto en una dieta
estrictamente vegetariana. Nada tan drástico.
Estoy hablando de dejarme crecer el bigote, un
acto con que celebré mi mayoría de edad poco
después de cumplir 20 años.
Lo de mayoría de edad es un decir, porque a
juzgar por la ingrata profesión que ejerzo, no
debo tener todavía uso de razón. Sin embargo,
yo estaba convencido de que el bigote me daba
una apariencia distinguida, y sobre todo, ese
aire de madurez que tanto me eludía en aquella
lejana época.
73
No era un bigote fino, de esos que hay que
repasar cotidianamente con la maquinita de
afeitar. Era silvestre, natural, rebelde. Sus
puntas se enroscaban graciosamente, como los
mostachos de esos charros estereotipados que
abundan en las películas de Hollywood. A mí
me parecía de lo más elegante.
Pero cuando llegué a Estados Unidos un
amigo recomendó que me lo afeitara.
“Es ebig otenoe s táe nna ”, di
jo.
Yo no lo podía creer. Aquella sombra de pelo
me había acompañado tantos años que se me
antojaba un crimen borrarla con un golpe de
navaja. Mi amigo aseguraba que nadie me daría
empleo con semejante facha y que, además, los
bigotes habían pasado de moda, como la
minifalda.
¿Será posible?, pensé. Hasta entonces, yo
había dado por sentado que este país era un
faro de libertades, donde todo, desde las
melenas y las patillas hasta los mismos bigotes
y las piernas desnudas se aceptaban con una
mezcla de bondad y condescendencia. Se podía
maldecir al presidente... con tal de que uno
estuviera al día en sus impuestos. Parece que
me había equivocado. Con todo, hice un
último intento por defenderme.
“Bu rtRe ynoldst i
e nebi g ote”,aventurée n
voz tenue.
“Tú no e r
esBu rtRe ynol ds”,contestó mi
amigo, con abundante razón.

74
Esto pareció sellar el destino de mi mostacho.
Además de mi amigo, todos estaban de
acuerdo con que me lo afeitara: mi mujer, mi
tía, mis primos y hasta mi madre. Aseguraban
que me veía feo, sucio, y lo peor de todo, más
viejo que Matusalén. Como dicen los
mexicanos: Ni modo.
Así que dejé pasar varios días y una de esas
mañanas, tras persignarme, empecé a afeitarme
poco a poco. Primero los cachetes y el mentón;
después, la barba rala del cuello. Y luego, con el
mismo impulso, acometí los pelos de mi labio
superior. El agua tibia y la espuma facilitaron la
operación. En cuestión de minutos, mi bigote
había desaparecido.
Fue doloroso, pero confieso que en cuanto
me miré al espejo noté la diferencia. Mi reflejo
era una imagen pulcra, juvenil... y hasta
confiable. No estaba seguro de que aquello me
garantizaría un buen empleo, pero sin duda era
un buen comienzo.
Uno gana muchas cosas cuando viene a
Estados Unidos: excelentes oportunidades
profesionales y, sobre todo, la capacidad de
decidir su propio destino. Pero el alejamiento
de la tierra natal nos priva también de ciertas
cosas: amistades entrañables, memorias de
familia, el alimento invisible que nos dan las
calles que nos vieron crecer...
Es el toma y daca inevitable que asume todo
aquel que arma las maletas y emprende el viaje
definitivo. No hay razón para alegrarse, pero
75
tampoco para derramar lágrimas. Yo, por
ejemplo, perdí el bigote. ¿Qué más da?

76
Por qué no me
importa el Viernes 13
El Viernes 13 es una ocasión fatídica en
Estados Unidos. Es el día ideal para viajar en
avión, porque siempre hay boletos disponibles.
También para alquilar un salón de fiestas o
reservar mesa en un restaurante. Nadie quiere
firmar contratos, y muchos empleados llaman a
sus trabajos para avisar que están enfermos ese
día.
Pocos son supersticiosos, claro, en estos
tiempos incrédulos, pero mejor no arriesgarse.
¿Cómo dice el dicho? Más vale precaver que
tener que lamentar.
Cuando llegué a este país no era un viernes
13, afortunadamente; pero me enteré de esta

77
vieja leyenda americana de la mejor manera
posible: en el cine.
Por esa época estrenaron la primera parte de
Friday the 13th y la malignidad de esa jornada se
me reveló inmediatamente con las sangrientas
travesuras del carnicero Jason.
No sé si ustedes se acuerdan, pero Jason, con
su máscara de hockey rajada, fue el
protagonista de aquella película y varias de sus
secuelas, en que un asesino irracional,
implacable y casi inmortal, acababa a machete
limpio con sus víctimas, casi siempre chiquillos
incautos y lujuriosos, embarcados en una
perenne vacación.
Yo no nunca he tenido la desgracia de
tropezarme con Jason en todos estos años, ni
con ningún otro asesino en serie, por cierto...
quizás porque estaba demasiado ocupado
ganándome la vida honestamente. Tampoco
me ha ocurrido percance alguno un viernes 13
por una razón todavía más poderosa: no soy
gringo.
En mi país de origen (y supongo que en el de
ustedes también) sabemos perfectamente cuál
es el verdadero día fatídico. No nos andamos
con cuentos de caminos ni supersticiones
baratas. Cualquiera, en su sano juicio, sabe que
el día en que definitivamente uno no debe ir al
trabajo, ni firmar un contrato, ni encender
siquiera el carro por la mañana, es el Martes 13,
y no el viernes, como creen erróneamente
algunos.
78
Como bien dicen en mi pueblo, sin respeto
alguno por las leyes de la rima: Martes 13, ni te
cases ni te embarques.
Los pocos incautos que se han atrevido a
transgredir esta sabia regla de vida se han visto
involucrados en peligrosos accidentes de
tránsito; sus vidas, hechas pura leña por haber
osado dar el sí a la mujer de sus sueños en un
día semejante.
No sé de dónde habrán sacado los gringos
que el Viernes 13 es el día de la mala suerte.
Seguramente de uno de esos calendarios que
compilan algunos campesinos mal aconsejados.
Se equivocan constantemente, anunciando
lluvia y granizo, cuando se avecina una racha de
buen clima. O pronosticando abundantes
cosechas de maíz, cuando sólo el plátano
despunta como buena inversión. Habiendo tan
sabios augures entre nosotros, como Walter
Mercado, ¿cómo se puede prestar atención a
esa gentecita?
Eso sí, para ser justos, hay que dar crédito a
los americanos, que por algo inventaron la
aspiradora, la bombilla eléctrica y un montón
de cosas más. Al menos acertaron el día del
mes en que no debemos aventurarnos por las
calles, ni trabajar, ni enamorarnos. El 13, un
número ominoso en que al menos todos
coincidimos.

79
Más vale ciento volando
que pájaro en mano
Parece que huir me viene de familia.
Un pariente mío lejano por la vía materna,
Cirilo Villaverde, se fugó de un cárcel en Cuba
a mediados del siglo XIX. Fue a dar a Nueva
York, donde se casó con una compatriota
acaudalada y publicó la primera novela cubana,
Cecilia Valdés.
Joseíto, uno de mis tíos abuelos, desapareció
en La Habana circa 1905. La familia lo dio por
muerto, incluso lo velaron en ausencia. Pero
una década después resucitó a la puerta de su
viejo hogar, vistiendo el uniforme del ejército
de Estados Unidos y hablando un español roto,
imposible de entender. Ahora se llamaba Joe
López y vivía en Baltimore.
80
Mi abuelo por parte de padre, Mauricio,
apenas tenía 13 años cuando se unió al ejército
independentista cubano. Como no sabía
manejar un arma, lo destinaron a cuidar los
caballos. Menuda tarea. Quizás por eso no lo
pensó dos veces cuando unos soldados
estadounidenses le propusieron tomar rumbo
norte, hacia la ciudad de Atlanta, donde
aprendió inglés y terminó la secundaria.
Cosa más grande la vida, como diría ese gran
fil
ós ofo, “Tr espat
ines”. ¿
Loc onoce n?
Todavía me pregunto qué impulsó a estos
tres hombres a abandonarlo todo, a dejar atrás
un entorno colmado de amigos, parientes y
rincones familiares, para sumergirse en un
mundo ajeno, a veces hostil, donde lo mismo
podían prevalecer que acabar pidiendo
limosnas en una esquina, y para colmo, en un
idioma extraño.
Comprendo, hasta cierto punto, la fuga
precipitada de mi pariente, el novelista.
Francamente, entre los rigores de una cárcel
colonial española y los fríos inclementes de
Manhattan no hay mucho espacio para escoger.
Pero mi tío abuelo no era ciertamente un preso
político, ni un conspirador. No era más que un
niño cuando se trepó inocentemente a un
barco en el puerto de La Habana, con rumbo
desconocido. Y mi abuelo Mauricio fue, que yo
sepa, un hombre práctico y prudente, nada
inclinado a sueños ni fantasías. Con el tiempo,

81
regresó a su ciudad natal y nunca más
contempló el horizonte con instinto viajero.
La verdad es que hay que estar un poco loco
para emigrar. Loco o desesperado, que es casi
lo mismo. Es algo reñido incluso con el más
elemental sentido común, contrario a ese
popu larr efráns e gúne lc ual“ má s vale pájaro
e nma noq uec ient ovola ndo” .
¿Para qué abandonar un hogar seguro por
perseguir un sueño digno de Don Quijote?
¿Para qué montarse en un bote o cruzar un río
sin saber lo que nos espera exactamente del
otro lado?
Tan loco o desesperado estaba yo cuando
llegué a este país, que ni siquiera me pasó por la
mente que al poner pies en polvorosa estaba
siguiendo una vieja tradición familiar; una
tradición de locura que no aconsejaría a mis
semejantes, ahora que lo pienso bien.
Escribo esto con el alivio de quien ha llegado,
al fin, a buen puerto, pero también con la
sabiduría de quien ha pasado el Niágara en
bicicleta.
Porque, en efecto, amigos, todos los que
estamos aquí hemos apostado por el sueño de
las aves del cielo. No las que teníamos
cómodamente a nuestro alcance, comiendo
alpiste, sino las otras, que nos hacían guiños
malévolos desde las alturas. Hemos seguido
pobres o nos hemos hecho ricos, pero cada vez
que vemos una nube, nos entran unas ganas
horribles de atraparlas.
82
¿Cuándo es hora
de volver a casa?
Dicen que nadie sabe lo americano que se ha
vuelto hasta que viaja de vuelta a su país.
Yo nunca he emprendido ese viaje, ni en la
imaginación. Cuando llegué a Estados Unidos
me prometí no hacerlo. Figúrense, con tanto
trabajo que me costó venir... Eso sí, cada vez
que puedo me monto en un avión y despego.
Es mi venganza.
He paseado ya por medio mundo:
Sudamérica, México, el Caribe, Europa. Tocar
tierra firme es el sueño de toda criatura insular
y yo lo he disfrutado con creces. España es mi
destino favorito, aunque no soy gente de
castañuelas y pandereta.

83
“Yu sted,¿ dedóndee s?
” ,mepr egu nt
a na
menudo en los hoteles y los aeropuertos,
después de ver el águila de mi pasaporte.
Cuando les digo que americano, algunos me
miran con suspicacia. Piensan que acaso
miento, o que me estoy dando ínfulas, en el
mejor de los casos.
“S í
,¿ pe rodedónde ,dedónde ?”,insist
e na
veces, curiosos por conocer esa nacionalidad
desechada, oculta, primigenia. Me delata, al
parecer, la circunstancia de no ser alto, rubio y
de ojos azules.
Y es que no todos están acostumbrados a
tropezarse con un latinoamericano de la
diáspora. Uno de esos que afloran a menudo,
anónimamente, en las estadísticas. Uno de
tantos que llegan aquí en bote, en avión, a
nado. Esos, en fin, que aquí llaman hispanos,
como si fuera un gentilicio.
Para divertirme, a veces les pido que adivinen.
Ya me han confundido con venezolano,
colombiano de la costa, puertorriqueño,
guatemalteco, árabe... ¡y hasta griego! Así de
terrible se ha vuelto mi acento.
Por cierto, tengo un amigo peruano que cada
vez que visita a su familia en Lima es blanco de
la burla de muchos de sus vecinos. Todos
dicen que habla como un personaje de La
Tremenda Corte. Y no es para menos; el pobre
vive en Miami. ¿Qué otro acento se le va a
pegar? ¡Suena a puro cubano!

84
A lo largo de los años el acento mío, tengo
que confesarlo, se ha ido nutriendo de muchas
voces, demasiadas entonaciones. Desde el
típico“ cantaít
o”domi nica noha stalag r
a vedad
venezolana en ciertas palabras llanas. Mi
vocabulario es, además, una mezcla eclética de
expresiones y dicharachos, absorbidos de
colegas mexicanos, chilenos, españoles y
pu ertorr
iq ueños.Av ec e
sdi go“ der epente”e n
ve zde“ al ome j
or” ;“ahor ita”e nv ezde“ ahor a
mi smo” .O “ vamosav e r
” ,c omo diría un
madrileño.
Al cabo de tantos años, ya no sé lo que soy, ni
lo que digo. Ay, bendito; soy una ensalada. No
sé si nací en La Habana, Bogotá, Tijuana, San
Juan o la Cochinchina. Me gusta el lechón
asado, pero también el dulce de tres leches, el
pan de bono, los tacos y la salsa de chimichurri.
He perdido mi acento, mis modales, y hasta mi
alma, pero me alegro, después de todo.
¡Cosa más grande la vida!

85
¿I ♥Ne wYor k?
Mejor piénselo
La mayoría de los que sueñan con venir a
Estados Unidos suelen imaginarse a este país
como un inmenso Nueva York, o mejor, un
gigantesco Manhattan donde las puntas de los
edificios casi tocan las nubes y abundan los
teatros, las discotecas y otros hechizos urbanos.
Quizás sea culpa del cine, no sé.
Cuando llegué a este país yo acariciaba
fantasías semejantes, pero al cabo de un tiempo
se desvanecieron, opacadas casi enseguida por
la terca y chata realidad de los tantos lugares
donde nos tocó vivir. Con todo, un buen día
acabé por fijar mi residencia en la Babel de
Hierro, y ésta es la historia de mi decepción.

86
No quiero ser un aguafiestas, pero si usted
está contemplando mudarse a esa megalópolis
que tantos dicen amar, prepárese para unas
cuantas sorpresas.
Para empezar, dígale adiós a su automóvil.
Los neyorquinos los detestan, por la sencilla
razón de que no los pueden usar. Las calles de
Manhattan son estrechas, laberínticas y están
repletas de unos carros amarillos que llaman
taxis, cuyos choferes tienen la declarada misión
de aplastar a cuanta persona o artefacto se
interponga entre ellos y su destino. Sólo un
loco o un as del volante tendría la audacia de
enfrentarlos.
Luego, si usted logra ponerse a salvo de estos
kamikazes de la carretera, descubrirá que es
imposible estacionar su auto sin pagar un
tributo extraordinario al municipio, en algunos
casos de hasta $30 por hora. Mejor contrate
una limosina, como harían Thalía o Ricky
Martin.
Olvídese también de vivir en un apartamento
amplio, limpio, donde sus hijos puedan
corretear a su antojo y usted descansar como se
merece. El espacio en la Gran Manzana se
cotiza a precios superiores al oro, dignos de ese
neoyorquino ejemplar, Donald Trump.
Un simple estudio (o efficiency, como le dicen
en algunas partes) puede costarle más de
$1,000 al mes, lo que incluye ratas, cucarachas y
el dudoso privilegio de trepar largas escaleras

87
para llegar a su domicilio. No se le ocurra
comprar: no hay mortgage que lo financie.
Hay quienes dicen q ue“ a
ll
áa rri
ba ”s eg ana
más, y hasta cierto punto es cierto. Los sueldos
superan a los que se ofrecen en otras regiones
menos ilustres, pero después de todos los
descuentos, que incluyen el estado, la ciudad y
hasta un impuesto para el cuidado médico de
los indigentes, usted se queda en las mismas, es
decir, como pobre de solemnidad.
Se me olvidaba, claro, hablar del frío. Un frío
implacable que cala hondo, muy dentro de las
tripas y hasta del alma, y que la mayoría de las
veces viene acompañado de blanca y
abundante nieve. Si alguna vez ha soñado con
ver de cerca ese prodigio de la naturaleza,
pruebe palearla antes o después del trabajo. No
va a necesitar más ejercicio.
No quiero quitarle la razón a Frank Sinatra.
Pero antes de preparar las maletas y empezar a
cantar New York, New York, yo le aconsejaría
que lo pensara.
Si no le gusta donde vive, hay toda clase de
alternativas más cálidas, cómodas y amables
con la billetera. Pregúntenmelo a mí, que vivo
ahora en la Florida.

88
Ese burlón
espíritu navideño
Mi primera Navidad aquí fue algo serio. No
es que haya pasado la Nochebuena en un
hospital, ni que los Reyes Magos me trajeran de
regalo un saco de carbón.
Cuando llegué a este país sabía perfectamente
dónde me estaba metiendo. Aquí la Navidad,
como otras fechas, se celebra con mucha
ceremonia, pero tienen un fuerte componente
comercial. No es reprochable; al fin y al cabo,
la gente se empeña en hacer regalos, y de algo
tienen que vivir las tiendas. Así que, en cuanto
diciembre asomó en el almanaque, preparé mi
raquítica billetera para lo peor.
Hice una lista pequeña, como mi familia, y
tras algunos cálculos, concluí que iba a

89
sobrevivir aquella temporada. Poner algunos
obsequios al pie de nuestro arbolito no me iba
a dejar en la indigencia. Con mis pocos
ahorros, estaba bien preparado.
Lo que sí no me esperaba era el ataque
traicionero de una vieja tradición americana: el
intercambio de regalos en la oficina. Ustedes
saben, esa costumbre de hacer un sorteo en
que casi siempre te toca regalarle algo a tu peor
enemigo... y a él a ti. Total, ¿para qué? Nada
podrá aliviar ese odio que te vas a llevar a la
tumba.
Al principio no me preocupé. Todos mis
compañeros de trabajo sabían que era pobre de
solemnidad, así que un regalo modesto bastaría
para sacarme de aquel trance. Podía, en última
instancia, olvidarme al mes siguiente de la
cuenta del teléfono, o pedirle dinero prestado a
mi mamá, quien por suerte tenía muy mala
memoria.
En eso estaba, cuando llegó el día de la rifa y
saqué mi papelito de la cesta. Todos
aplaudieron cuando leí el nombre, pero a mí se
me puso la carne de gallina. Me había tocado
en suerte nada menos que el jefe de redacción,
un señor muy vivaracho que tenía un gusto
muy evidente por eso que los gringos llaman
the finer things in life. Conducía un Mercedes, le
agradaba el coñac y toda su ropa era de marca.
“No t epr eoc u pe s,élv aae nt
ender”,me
decían las muchachas, compadecidas de mi
situación.
90
Pero la simple idea de regalarle a aquel
caballero una corbata vieja o un pomo de
sazón completa me resultaba imposible de
digerir. Además, para colmo, la única corbata
que yo tenía en ese entonces era viejísima y
estaba medio deshilachada por un borde. Era
impensable obsequiarle aquello.
Días después, me di una vuelta por una tienda
exclusiva. Mi madre me había hecho uno de
sus préstamos a plazo eterno y yo andaba
buscando algo ni costoso ni miserable; término
medio, como todas mis cosas. Es decir, casi
imposible.
Al fin, buscando, di con un pomo de perfume
en una de las vidrieras. De marca, como a él le
gustaban... y con un 10% de descuento. Fueron
los $45 que he pagado con más renuencia, pero
al menos podía acudir al intercambio de regalos
con la frente en alto.
El jefe de redacción estuvo encantado. No
esperó un segundo para abrir el paquete, y
cuando vio el pomo de aquel perfume caro, me
colmó de abrazos y palabras de agradecimiento.
Yo, por mi parte, no me animaba a abrir el
regalo que él me había dado, seguro de que se
trataba de algo exquisito, como cuadraba a sus
gustos.
Qué equivocado estaba.
No bien llegué a casa, aún inmerso en el aura
generosa de la Navidad, me senté en el sofá y
abrí el envoltorio, adornado con un
impresionante lacito rojo. Dentro, sepultado
91
entre un montón de papeles tenues, casi
invisibles, encontré mi regalo: una corbata a
rayas de marca indefinida, con un tufo
profundo de antigüedad, y un borde claramente
deshilachado.

92
Saque cuentas tras
las 12 campanadas
Mientras todos celebran el fin del año, yo me
pongo a pensar en el siguiente. No es que
padezca un súbito ataque de ansiedad; tampoco
me siento demasiado optimista. Caramba, la
hojas del almanaque van a pasar de todas
formas. En todo caso, me voy a poner más
viejo y cascarrabias.
No, el Año Nuevo no es necesariamente un
augurio de cosas mejores, ni de cambios
importantes en el ámbito de la carrera, ni de un
vuelco repentino en los sentimientos, como
dirían los astrólogos. Se trata de algo más bien
banal y rutinario: el momento en que
inexorablemente tenemos que rendir cuentas al

93
Tío Sam. Es decir, entre enero y abril habrá
que hacer los taxes.
Cuando llegué a este país todos evadieron
hablarme de este espinoso asunto. Mi primo,
siempre tan locuaz, no me explicó que, con el
año nuevo, vendría también esa temporada
difícil en que abrimos nuestros libros contables
(y de paso nuestro corazón) a la mirada
suspicaz del gobierno. Hay que sacar cuentas:
decir claramente lo que se ganó y lo que se
gastó; sumar, restar, multiplicar y dividir. Y
pagar, si aún debemos algo.
“Es toe sc omu nis moc onc omi da” ,medi j
o
un amigo, desconsolado al enterarse de que
tendría que desembolsar más de $200.
La verdad es que mi amigo había llegado 10
años antes y tenía un próspero negocito. Creo
que vendía real estate. Conducía un carro del año
y siempre vestía traje y corbata. Yo, en cambio,
tenía poco que declarar en enero de 1981.
Apenas un sueldo de salario mínimo para una
familia de tres. Aun así, de sólo ver la planilla
del IRS, la carne se me puso de gallina. Nunca
he sido bueno para los números.
“Me j
orbú scateu nc ont
ador” ,mer ecome ndó
alguien.
Pero mi bolsillo no aguantaba un gasto más.
Los mejores contadores costaban un dineral, y
con la ayuda de los peores, de esos que cobran
$5 ó $10 por planilla y trabajan en la mesa de
su comedor, uno podía terminar en la cárcel.

94
“Ac uérdate de AlCa pone”,me di jou n
ve c
ino.“ Nol ee cha rone lg u
anteporma fioso,
sino por no pagar sus t a xes”
.
Bueno, me dije, si voy a ir preso, mejor llegar
al calabozo por mis propios medios. En mi
propia mesa de comedor. Así que pedí prestada
una calculadora pequeña, busqué la planilla más
simple y, a golpe de lápiz, llené mi declaración
en pocos minutos. Fue más sencillo de lo que
parecía, y además, me trajo una agradable
sorpresa: no sólo no tenía que pagar un
centavo; el Tío Sam me iba devolver $600. Mi
amigo, el del real estate, se quedó estupefacto.
Jamás le había pasado algo semejante.
“¿Túe stáss eguro? ”, mepr e
guntó.
Tiempo después me enteré de la razón de
tanta generosidad: era porque vivía, como
dicena qu í
, “bajoe lte chodepobr eza”.
Mira qué ha corrido tiempo desde entonces.
No me he hecho rico, pero mis finanzas han
mejorado un poco. Eso sí, a veces, cuando
miro al techo, me acuerdo de mi primera
declaración de impuestos.

95
El dolor de
comprar una casa
Comprar casa es como enamorarse.
Aprendan del amor, agentes de real estate. Un
flechazo lo decide todo, y el romance, como
supondrán, puede ser para toda la vida o
terminar en hastío, infidelidad o divorcio.
Cuando llegué a este país, la idea de comprar
casa era para mí tan remota como trepar la
cima del monte Everest. Viendo los precios,
me aterraba calcular lo mucho que tendría que
ahorrar para comprar un techo. Más tarde
conocí que un gasto semejante se financia,
pero, ¿qué demonios sabía yo entonces de esas
cosas?
El hecho es que un día Cupido me atacó. Fui
a una urbanización a las afueras de Miami, a
96
pa gare la lquil
erdeu n“ du plecito” enq u
e
íbamos a vivir, y entonces la vi, oculta en los
resquicios de un cul-de-sac. Un verdadero
primor, con puertas francesas y jardín.
Después, llevé mi esposa a verla y ella se
enamoró también. Un par de días más tarde,
hacíamos la primera oferta.
Pero ésta no es la historia de ese amor, sino
más bien la de la boda, es decir, de las
vicisitudes de pagar el dote de aquella novia.
No se engañen: comprar casa, sobre todo por
primera vez, es como sacarse los dientes sin
anestesia. Por suerte, en ese doloroso calvario
tuve la compañía de un buen abogado. Y no
sólo bueno: excelente. Podía calcular tu
hipoteca a 30 años con la misma facilidad que
una propina. ¿Qué se habrá hecho de él?
Casi desde el principio, me dijo con tono muy
pe si
mi s
ta:“ Ma nolo,e ne satrans acciónnoha y
nadie más desamparado que tú; por eso me
ne ces i
tas
” .Y t e ní
a mu cha r azón. Todos
parecían empeñados en que compráramos
aquella casa a cualquier costo y sin condición
alguna: el vendedor, dos realtors, el agente
hipotecario y un montón de gente más.
Nos tendieron toda clase de trampas, desde
espacios en blanco en los contratos hasta
ofertas de servicios innecesarios y costosos.
Pero mi abogado detectaba las estratagemas,
llenaba los vacíos y rechazaba los engaños con
una llamadita telefónica. Mi mujer y yo nos

97
indignábamos, queríamos retirarnos; pero el
licenciado sonreía con calma.
“ Tr anquil
os, espa rtede lj
u e
go”
,nosde cía.
Nosotros no podíamos creer que uno de los
realtors, un aparente amigo, fuera capaz de
timarnos, pero por lo visto todo vale en los
negocios.
Al fin, justo cuando estábamos a punto de
cerrar el trato, un experto que nos ayudaba
determinó que la casa tenía daños estructurales
serios. No nos habían revelado nada, pero el
costo de arreglarlos era de miles de dólares.
Creímos que todo se derrumbaba, pero el
abogado les dio un simple ultimátum: o pagan
los arreglos o esto se acabó.
Remedio santo. Los vendedores pusieron la
plata, sacada de la comisión de los realtors, y
compramos la casa en un santiamén. Todos
nos estrechamos las manos en una oficina,
como si nada hubiera pasado. Congratulations!
Años después, cuando nos mudamos a
Nueva York, vendimos la casa a buen precio.
Contratamos al mismo abogado y la
transacción demoró tres meses, pero nos dio
poca angustia. Al contrario, nos divertimos
tendiendo trampas a distancia. Esta vez los
enamorados eran otros y les tocó sentarse en el
sillón del dentista.

98
Cómo recuperarse
de una dieta infernal
Pasar hambre es duro. ¿Quién lo duda?
Cuando llegué a este país, creí que había
dejado atrás todas las penurias del Tercer
Mundo, incluyendo esa sensación de vacío en
el vientre, y esa ansiedad irremediable del
paladar que los más afortunados identifican
como apetito insatisfecho.
Pero me esperaba una gran sorpresa.
Un día de esos, estaba en la pequeña cafetería
de mi primer centro de trabajo en Estados
Unidos, despachando un contundente
sándwich cubano con su correspondiente
batido de mamey, cuando mis ojos tropezaron
inadvertidamente con el plato de una

99
compañera que acababa de sentarse a la mesa.
Casi me echo a llorar.
El“ lonc he ”deEme l
inac ons istí
adeu nas e
ca
y finísima tostada, cubierta delicadamente por
una verde hojita de lechuga. Acompañaba este
suculento manjar un vaso rebosante de un
líquido blanquecino que quería parecerse a la
leche, sin lograrlo de forma cabal.
“¿ Qu ée se s
o? ”,lepr egu nté,hor rorizado.
“Cá l
late” ,cont est
óe lla.“ Es t
oyadi et
a ,nome
a t
or me ntes” .
Enseguida, Emelina empezó a devorar aquel
frugal almuerzo como si se tratara de un
delicioso guiso de carne vacuna, o incluso algo
más sustancial. Francamente, sentí una enorme
lástima y no pude terminar de comer.
Desde entonces, no deja de fascinarme la
obsesión que hay en este país por hacer dieta.
La evidencia aflora por todas partes: en las
revistas, en los periódicos, en la televisión, y en
secciones completas de todas las librerías.
Hay dietas de cualquier tipo, desde las más
flexibles hasta las que bordean lo sádico; desde
un menú de calabozo hasta las que evocan la
placidez de South Beach.
¿A qué viene tanto afán?
Las mujeres se someten a un régimen tan
riguroso para allegarse la silueta de Jessica
Alba; los hombres, menos vanidosos quizás,
claudican ante la amenaza del colesterol malo,
los triglicéridos y otros seres extraterrestres.

100
Yo no sé. A mí me parece que Jessica (o
cualquier otra divita escuálida) es más que la
suma de sus magras calorías. Hay que
encontrar un equilibrio, creo, entre Miss
Twiggy y Miss Piggy. Pero traten de decirle eso
a cualquier ama de casa estadounidense; lo
negará enfáticamente. No hay peor ciego que el
que no quiere ver, ni peor gordo que quien
quiere adelgazar a toda costa.
En cuanto al colesterol, ¿quién sabe? Mi
abuelo murió casi a los 90 años,
razonablemente delgado. Jamás escudriñó su
metabolismo. Tampoco se puso a dieta.
Yo sí lo hice. Hace años, cuando toda la ropa
empezó a quedarme apretada, seguí el consejo
de un amigo. Su esposa parecía haber dado con
la receta de una mágica sopa de legumbres,
capaz de hacerte bajar 50 libras en un par de
días. La estuve tomando casi un mes como
desayuno, almuerzo y cena. Un buen día me
empezaron a dar mareos; tuve que acudir al
médico, tambaleándome. Por suerte, era un
médico latino.
Después de escuchar mi relato, indagar mis
síntomas y examinarme, el buen doctor
garabateó algo en su recetario y me entregó la
hojita de papel. Hice bien en leerla, porque no
era algo apropiado para llevar a la farmacia.
“¿Ye s t
oq uée s?
” ,pregu nté ,
ala rma do.
“Lame dicinaq u eteha cef alta”,medi joe
l
médico, dando por terminada la consulta.

101
En su receta había escrito, más o menos
c
lar
ame nt
e:“ Bistecc on pa pasfrit
as.Repi
ta
t
odoslosdíasal amismahor a”.

102
Sobreviva, pero no
cambie demasiado
Este país lo cambia a uno irremediablemente.
Potencia nuestras virtudes o nos obliga a dar
un giro de 180 grados. Es la lucha por la
supervivencia.
Cuando llegué a Estados Unidos tuve la
suerte de seguir un rumbo afín a mis intereses
profesionales. Ejerzo un oficio ingrato, pero no
me quejo. Otros no han sido tan afortunados.
Un viejo amigo mío dio el salto dos años
después que yo. En nuestro país era empleado
de la Embajada de Estados Unidos. Siempre
pensé que aquí se convertiría en un capitán de
empresas; talento no le faltaba. Pero un día me
lo encontré en Miami y me quedé atónito.

103
Vestía una túnica púrpura, adornada con
lunas y estrellas, y se había afeitado el cráneo
como un monje budista. Enseguida que me
vio, juntó las palmas de las manos e hizo una
reverencia. Me retorcí de la risa.
Mi amigo me explicó que en su nueva
encarnación se dedicaba a formular profecías y
dar consejos. Publicaba sus pronósticos en una
revista femenina y se ganaba la vida ofreciendo
consultas. No le iba mal; pero nunca me lo
hubiera imaginado como guardián de un
oráculo. Tenía un carácter demasiado práctico.
“Ha yq uev i
v i
r ,Ma nolo”,medi j
o,a l
isando
los pliegos de su batilongo.
Otro conocido mío era un peluquero bastante
conocido en mi país. Su destreza siempre le
sirvió para vivir holgadamente. Tenía una lista
interminable de clientas. Pero cuando llegó a
Estados Unidos se tropezó con una
competencia formidable. Aquí sobran los
peluqueros, y si no tienes para pagarte un
anuncio en televisión, estás frito.
“¿Qu éibaaha cer?” ,medi jor e
signa
dame nte
un día que nos tropezamos.
No le faltaban clientes, pero los que tenía no
eran muy elocuentes que digamos. Además, si
por casualidad les tiraba del pelo, le mordían la
mano.
Mi amigo trabajaba ahora en la próspera
industria de las mascotas, algo que aquí llaman
pet grooming. Los animalitos que atendía no
podían ser más variopintos: los había de pelo
104
ensortijado y agreste; otros apenas necesitaban
cepillarse. Todos ladraban y ninguno daba
propinas. En fin, una vida de perros.
Cada vez que me encuentro con uno de estos
casos, doy gracias a Dios. En Estados Unidos
se triunfa a menudo, pero no siempre en un
giro de nuestra elección. Uno cambia sin
proponérselo. A veces, incluso, la
metamorfosis es dramática.
¿Quién le iba a decir a un escritor amigo mío,
un poeta exquisito, que acabaría convertido en
un capo de la Mafia? Un día nos vimos en una
de tantas galas que se dan en la Capital del Sol.
Vestía elegantemente, creo que de Armani, y lo
rodeaba media docena de guardaespaldas. Al
notar mi sorpresa, me confió en susurros el
origen de su fortuna.
Harto de soñar, el poeta decidió emprender
una carrera más lucrativa, lavando dinero en la
feliz década de los 80. A duras penas había
eludido la cárcel, y ahora llevaba otro nombre y
se hacía custodiar, para evitar que algún sicario
lo matara.
Tragué en seco y me separé de él. Llámenme
cobarde, pero no soy adicto al plomo. Después
de sobrevivir tantos años sin tener que hacer
vaticinios, pelar perros ni lavar dinero, ¿para
qué tentar a la suerte? Sólo se vive una vez...
aun en Estados Unidos.

105
Aquí todo se bota,
nada se arregla
El primer televisor a colores que tuve en este
país lo encontré en un basurero. Era enorme y
tenía un montón de hierba adentro. No me
puedo imaginar por qué. Cuando lo conecté,
albergaba serias dudas de que iba a funcionar,
pero al fin, cuando lo enchufé, su pantalla se
iluminó milagrosamente. ¡Qué alegría nos dio
ver Fantasy Island!
Cuando llegué a este país la gente me decía
que aquí el dinero no cae del cielo. Es verdad,
pero a juzgar por lo que botan a menudo, se
diría que todo es gratis.
En mi país muchos conservan hasta las latas
de refrescos vacías; les parecen un buen adorno
para la sala. Aquí, sin embargo, la vida útil de
106
cualquier objeto es efímera, y no bien da
muestras de cualquier desperfecto, o nos
aburre, lo arrojamos a la basura sin más
contemplaciones.
¿Reparar un estéreo o una plancha? Forget it.
Mejor cómprese un aparato nuevo, que le va a
salir más barato. Y así, de paso, contribuye a la
economía... sobre todo si no le queda más
remedio que usar su buen crédito.
No sé si ustedes se acuerdan todavía, pero en
mi pueblo –y estoy seguro que en el de ustedes
también- no faltaban los zapateros
remendones, los mecánicos de televisión, los
amoladores de tijeras... y hasta los que estiraban
bastidores de camas. Aquí habrían cambiado de
oficio o se estarían muriendo de hambre, estoy
seguro.
Yo no sé a ustedes, pero a mí todavía me da
lástima botar un estéreo viejo, sólo porque se le
rompió un alambre o porque me compré uno
nuevo, con un vozarrón más fuerte. O arrojar
al basurero una computadora de apenas cinco
años para abrir espacio a otra con una más alta
dosis de memoria y otras lindezas que nos
ofrecen.
En otros tiempos había organizaciones de
caridad que recogían estos desechos, pero
parece que aun la compasión ha cambiado de
rumbo. Cuando nos mudamos de Nueva York
y quisimos deshacernos de algunos trastos
viejos, una institución caritativa famosa nos
preguntó en detalle de qué marca eran y
107
cuántos años tenían. Al final, no pasaron a
recogerlos. Qué se va a hacer. No sé si
aceptarán todavía dinero.
No soy un sentimental de esos que acumula
recuerdos. Para mí la vida no es un viaje que
exige suvenires. Unas cuantas fotos y unos
pocos papeles bastan para documentar mi
existencia. Pero me sucede que cobro cierto
apego por algunas cosas, sobre todo los
equipos caseros y los automóviles.
Una vez que entregué un carro de cinco años
a un dealer cuando fui a comprar uno nuevo,
casi me echo a llorar. Me acordé de pronto de
todos los sitios a que me había llevado aquel
coche, tan confiable, tan bonito, tan seguro...
En la casa que dejé en mi país había un
refrigerador americano. Era tan viejo que mis
padres lo usaron para guardar los biberones de
leche que yo consumía cuando aún no
empezaba a hablar. Después, enfrió mi agua y
conservó mis alimentos de adulto. Aquí sería
una reliquia de museo.
En fin, yo me atrevería a pedir un poco más
de respeto por las cosas, incluso en esta época
de consumo desenfrenado. Esos viejos equipos
que nos sirvieron a toda hora, que tanto se
fundieron con nuestras familias, no merecen un
destino tan horrible como el vertedero
municipal. Son seres inanimados, lo reconozco,
pero estoy seguro de que en sus entrañas de
metal y plástico late un corazón amable y
familiar.
108
Por cierto, ¿qué se habrá hecho de aquel
televisor con hierba? No me acuerdo a ciencia
cierta cuándo lo boté.

109
Los premios nunca
llegan por correo
Mi amigo llamó temprano. Demasiado
temprano, mientras me lavaba los dientes y me
preparaba para ir al trabajo. Casi no entendí lo
que decía. Estaba eufórico. Le pedí que se
calmara y me explicara otra vez lo que le
ocurría.
“Meg anéu npr emi o”,dijoa lfi
n.“ ¡Son$ 1 0
mi l
lone s!”.
Confieso que me alarmé. En aquel entonces,
la mayoría de los juegos no eran legales y mi
amigo, de todas formas, no tenía dinero que
apostar a nada. Pensé que se había vuelto loco
y necesitaba ayuda inmediata. Quizás del 9-11.
“¿Está ss eg
uro?”, l
epr egunté.

110
“ Cl a
roq ues í”,c ontestó.“ Ac a
bod er ecibirla
c art a
”.
Me quedé pensando. Cuando llegué a este
país empecé a recibir toda clase de cartas
enseguida. No sé cómo alguien se pudo de
enterar de que acababa de atracar en Cayo
Hueso, pero no pasaba una semana sin que
recibiera un montón de anuncios, ofertas,
crucifijos milagrosos... y hasta noticias de que
me había ganado este o aquel concurso.
No quise desanimar a mi amigo. Dios sabe
que los recién llegados necesitan toda clase de
estímulos, así que le pregunté con cautela si
había participado en algún concurso
recientemente. Me dijo que no.
“ ¿ Y ha sl eído bi e nl ac ar
ta?”,pr eg unté
después.
Se hizo silencio. Un silencio corto pero largo.
No sé si me explico. Luego, se interrumpió de
pronto la comunicación. Supongo que mi
amigo cayó en la cuenta y se decepcionó. En
este país hay que desconfiar rutinariamente de
todo lo que venga en el correo.
Y es que hay farsantes en todas partes. Lo
que pasa es que en Estados Unidos hay
farsantes con patente de corso. Te dicen que te
ganaste un premio, pero a renglón seguido te
explican por qué no lo puedes cobrar. Para eso
se hizo la letra menuda, para decir en voz baja
lo que aquí llaman muy acertadamente el bottom
line.

111
El bottom line es que no hay premio gordo fácil
ni dinero que caiga del cielo. Siempre hay que
comprar algo, responder a tres o cuatro
preguntas o asistir a algún seminario en un sitio
remoto donde casi siempre te espera un
vendedor.
Una vez me llegó una carta extraordinaria.
Decía que me había ganado uno de tres
premios: un viaje a Costa Rica, un carro del
año o una cena romántica para dos en un hotel
de lujo, con limosina incluida. Podía escoger;
sólo tenía que llamar a un número de teléfono.
En aquel entonces no era más que un
primerizo en detectar estafas, así que llamé
enseguida. Quería el carro del año
definitivamente. Un Cadillac, si era posible. Por
fortuna, cuando me dijeron que tenía que
enviar $50 para tramitar el traslado desde
Detroit, se me encendió el bombillo.
¿Tanto dinero por un automóvil que ni
siquiera había visto? Ni pensarlo.
Visto en perspectiva, es lo mejor que pude
hacer. Parece que muchos no lo saben, pero
vivir en este país lleno de oportunidades y de
pillos es premio suficiente. Los otros, los que
llegan por correo o por teléfono, son puros
espejismos. A otro perro con ese hueso.

112
¿Para qué quiere reloj
si no tiene tiempo?

Me falta tiempo. O no tengo ninguno. A


veces me pregunto incluso para qué necesito
un reloj. ¿Para qué contar las horas y los
minutos, si a fin de cuentas no me pertenecen?
Cuando llegué a este país creí que
simplemente había cambiado de residencia. Lo
que hice, en realidad, fue saltar de un carrusel
lento, ceremonioso, a otro que gira sin cesar, a
una velocidad vertiginosa. ¿O será acaso una
montaña rusa?
No sé ustedes, pero todavía me acuerdo de
que en mi país el tiempo nos alcanzaba para
hacer un montón de cosas, además de trabajar.
Los visitantes llegaban a nuestra casa a
113
cualquier hora, y enseguida se improvisaba un
almuerzo o un cena. A cada rato, salíamos a
pasear con las amistades. Caminábamos,
hablábamos, filosofábamos hasta el cansancio...
y todavía nos íbamos a dormir temprano.
Supongo que he de parecer provinciano, pero
extraño aún ese tiempo elástico, amable, de mi
tierra. Aquí, no bien uno llega, le cae encima un
alud de ocupaciones. El trabajo, las compras, la
escuela de los niños, los arreglos de la casa, en
fin...
Hace algunos años, después de una larguísima
espera, un viejo amigo nuestro logró su sueño
de venir a Estados Unidos. Cuando supimos
que había llegado a este país nos alegró mucho,
y enseguida me las arreglé para conseguir su
número de teléfono.
Me enteré así de que vivía bastante cerca de
nosotros, apenas a media hora de distancia. Se
estaba alojando en casa de unos primos.
Tuvimos una conversación muy grata,
salpicada de recuerdos y chismes. Es increíble
lo mucho que uno se pierde cuando emigra:
noviazgos, bodas, divorcios, peleas,
nacimientos. Es como morirse sin ataúd y sin
lágrimas. Nuestro amigo me puso al tanto de
todo. Después, quedamos en vernos... y
todavía lo estoy esperando.
Cada vez que lo llamaba, tenía un obstáculo
distinto, desde una gestión en el Seguro Social
hasta sacar la licencia de conducir. Al fin,
cuando empezó a manejar y trabajar, pensé que
114
podríamos reunirnos, pero todo fue inútil.
Mientras más se sumergía en su nueva vida,
más difícil se hacía. Un día, por casualidad, nos
tropezamos con él en un supermercado, y al fin
pudimos abrazarnos. Meses más tarde, sus
primos me dijeron que se había mudado a otro
estado.
No sé qué tiene este país que consume tanto
tiempo. Sólo llevar las cuentas de una casa
parece ser tarea de tiempo completo. Hay que
tener las mañas de un buen contador para no
e quivoc arsec onlac he
q ueray“ cuadra rlac aja
”,
como dirían en mi pueblo.
Hacer las compras conlleva, además, una
logística excepcional. Aprovechar las ventas,
medirse con el uso del crédito y, sobre todo,
dedicarles casi un día entero. Por no hablar del
bendito automóvil: si se rompe, es mejor
cortarse las venas.
Caramba, hasta hay que pedir turno para
tomar vacaciones.
Han surgido ahora algunos expertos que
ayudan a la gente a gestionar su tiempo. En
este país hay un experto para todo. Según ellos,
para evitar perder el control basta con eliminar
ciertas tareas y dar prioridad a otras. Parece
sencillo, pero considerando lo mucho que
siempre hay que hacer aquí, se me antoja un
ejercicio inútil.
¿Para qué preocuparse si no hay tiempo de
preocuparse? Mejor cerrar los ojos y quitar el
pie del acelerador.
115
Cuidado con la ayuda
del gobierno
Casi nadie es verdaderamente pobre en
Estados Unidos. No quiero menoscabar las
penurias que muchos sufren aquí, pero con la
red de seguridad que impera, en este país se
puede ser pobre y gozar de aire acondicionado
y hasta televisión por cable.
Yo no sabía eso cuando llegué, hace más de
20 años. Me imaginaba que ser pobre en
Estados Unidos significaba andar por ahí
pidiendo limosnas y empujando un carrito. De
sólo pensar en esa situación, se me paraban los
pelos de punta.
Pero un funcionario circunspecto me sacó
pronto de mi error. Tras extendernos los
documentos de refugiados, nos explicó que
116
recibiríamos sellos de alimentos, atención
médica gratuita y cursos acelerados de inglés.
Así que a los pocos días de estar aquí
andábamos de compras, decidiendo entre una
lata de frijoles negros y otra de coctel de frutas.
Cada vez que nos enfermábamos, acudíamos a
un hospital y presentábamos una tarjeta roja
que nos habían dado. Los médicos nos
atendían y nos recetaban medicinas. Las
cuentas las pagaba el Tío Sam.
Al principio, aquello me pareció maná del
cielo, pero al poco tiempo comprendí que tanta
generosidad venía acompañada de una
vigilancia implacable. ¿Han oído hablar del
Gran Hermano?
Cada cierto tiempo, recibíamos unos
formularios larguísimos que teníamos que
llenar y enviar enseguida, so pena de perder
nuestros beneficios. Eran complicados y a
veces apenas se entendían. Para pedir
aclaraciones había que llamar a un teléfono que
siempre estaba ocupado. Para distraerte
mientras esperabas, te obligaban a escuchar una
musiquilla insoportable.
¿Cuánto ganó en los últimos tres meses?
¿Alguien lo ayuda con el alquiler? ¿Tiene
cuenta bancaria? ¿Acciones? ¿Seguro de vida?
¿Sus padres están vivos? El cuestionario era tan
largo que tomaba horas llenarlo, y a veces daba
ganas de responder a todo con una sola
pregunta: ¿Y a usted qué rayos le importa?
Pero la necesidad obliga a callar.
117
Yo me consolaba pensando que algún día
podría desprenderme de aquellos regalitos, y
me sorprendía de que otros recién llegados se
aferraran a ellos con tanto afán, llegando
incluso a mentir para retenerlos. Cada vez que
acudían a las oficinas del gobierno y les
entregaban sus sellos de alimentos, salían
dando brincos de felicidad. Pobrecitos.
En cuanto a mí, uno de los momentos más
felices de mi vida fue cuando llamé a la
asistencia social para decirles que no
necesitaríamos más ayuda. Acababa de obtener
un empleo razonablemente remunerado y les
pedí que cancelaran nuestro expediente.
El empleado que me atendió por teléfono se
quedó mudo.
“ ¿Es t
ás egurodel oq ueha ce?”,mepr eguntó
al fin.
“ Seg uro”,l
edi j
e .
Tras hacer cálculos, el empleado concluyó
que, aun con los nuevos ingresos, podríamos
recibir unos $20 en efectivo al mes, además de
cierta cantidad en sellos de alimentos.
“Fo r g
etit
”,le dije. ¿Para qué seguir llenando
formularios?
Y así, con sólo colgar el teléfono, concluyó
mi arisca relación con el Estado Benefactor.
Confieso que la ayuda no me vino mal al
principio, pero no es bueno acostumbrarse a
esas dávidas. Conozco a algunos que llegaron
por la misma época que nosotros y todavía las

118
reciben. Siempre atentos a no perder su
“ayu da”, l
eshaf altadoí mpe t
upa
ras
upe
rarse.
Eso sí, ahora, cada vez que voy al médico y
tengo que pagar la cuenta, me acuerdo de
aquella bendita tarjeta roja...

119
Aquí hay un
espacio para todos
Debo ser un latino muy extraño. Me fascinan
los oldies americanos y guardo recuerdos de ser
medio hippie en La Habana de los años 60.
¿Qué les parece?
Conmigo no camina aquello de“ eli
get úqu e
ba i
loy o” .I’
ms o
rry
,Beny Moré; ni la salsa ni la
rumba se han hecho para mí. Si alguien quiere
verme mover el esqueleto en una fiesta lo
mejor que puede hacer es apertrechar la
casetera de esos viejos éxitos de Elvis y Neal
Sedaka, de los Beatles y los Rolling Stones.
Ah, qué musica...
Olvídense del danzón y la guaracha, y
también del cha-cha-cha. Aunque mi piel es
morena y converso en español, la brújula de
120
mis pies y mi corazón ha apuntado siempre al
norte. Así que cuando llegué a Estados Unidos
tuve que desafiar muchos estereotipos.
¿Usted es cubano? Caramba, seguro que es un
maestro de la salsa. ¿Conoció a Desi Arnaz,
por casualidad?
Ev i
ta ndoc a
er“pes a
o”e ns i
tuacioness oc
ial
e s,
he sorteado esas difíciles preguntas con mucho
tacto. Casi siempre pretexto un dolor de
espaldas para no demostrar mis habilidades de
guarachero. Les digo que Desi era primo mío,
pero nunca lo conocí.
¡Ay, ay, ay!
Cuando llegué a este país, creí que había
llegado a the land of a thousand dances, pero
encontré que muchos de mis coterráneos se
habían atrincherado en una nostalgia musical
irremediable y los demás latinos tenían una
imagen idealizada de nosotros, los isleños.
Creen que todos somos gente de maraca y
güiros, y no es para menos. Hollywood nos ha
pintado siempre así.
Supongo que lo mismo ha de pasarles a los
mexicanos y a los argentinos. No bien se
presentan, todos se creen que pueden cantar un
corrido o bailar un tango. O charros o gauchos.
¿Qué se va a hacer?
Hace años, cuando vivía en Miami, el carro se
me descompuso en plena calle. Tuve que
empujarlo hasta un garaje. La cara del dueño se
me antojó familiar.
“Yot ec onoz coat i”, medi joél.
121
Era un viejo amigo de mi época de
secundaria. Más gordo, bigotudo, pero con la
misma sonrisa de siempre. En el radio de su
oficina tenía puesta mi emisora favorita. Se
escuchaba una canción de los Four Seasons y,
mecidos por su ritmo, nos dimos a recordar
aquellos buenos tiempos. Las chicas de la
escuela, la batalla por conservar nuestras
melenas...
“¿Sabe sq ué?”,medi j
o.“ Todosl osprime ros
viernesdeme snosr e unimospa r ar ec
ordar” .
Mi amigo me entregó entonces un flyer lleno
de letras sicodélicas, flores y mandalas. No lo
podía creer. Era el mismo grupo de antaño y
ahora se habían agenciado incluso un DJ para
animar sus encuentros.
Nunca fui a aquellas fiestas porque,
francamente, no tenía tiempo. Tampoco quería
empezar a sentirme anciano. Pero con esta
experiencia descubrí algo que seguramente
ustedes ya conocen: en este país hay un espacio
para todos.
Hasta para esos viejos hippies latinos que, por
alguna razón, nunca aprendieron a bailar salsa.

122
No desespere si
ocurre lo peor
Ojalá nunca les pase. Digan lo que digan,
nadie está preparado para que le den layoff.
Sialgú ndí al esentr e
gane l“ chequ er os ado”
sabrán de lo que estoy hablando.
No sé por qué atribuyen ese color al cheque
de despedida, porque ese momento tiene todo
menos de rosado.
Lomi smopa sac onl a“ tar
jetav erd e”,q u
ey a
no es de ese color pero todavía la llaman así.
Será por la esperanza.
Anyway, cuando llegué a este país y encontré
mi primer empleo me puse muy contento.
Cada vez que tropezaba con algún conocido
compartía la buena noticia: ¡Tengo trabajo!

123
Pero al cabo del tiempo un aguafiestas me puso
los pies sobre la tierra.
“ Aq uíno ha yna das egur
o”,di j
o.“ Eldí a
menos pensado te dan l ay o
ff
”.
“ ¿Ye soq uée s ?”, pre gunté.
Lo que me contó me pareció inexplicable y
cruel: pocas semanas después de empezar a
trabajar, lo llamaron a la oficina para decirle
que iban a despedirlo.
No era por ser mal trabajador. Su capacidad y
abnegación eran innegables y la empresa iba a
darle las mejores recomendaciones. Pero tenían
que recortar la plantila.
Aquello me aplastó. Me sentí como un niño
que descubre que Santa Claus no existe, y sus
padres lo pueden desheredar en cualquier
momento.
¿Cómo podía ocurrir semejante injusticia?
Pues sí, como dicen aquí, la mierda sucede.
Dos años después, me encontré frente al jefe
de personal de la editorial en que trabajaba, un
italiano bonachón que trató de explicarme las
cosas tranquilamente.
La compañía enfrentaba problemas, y como
era uno de los últimos en ser contratado, iban a
“ termina r”mipos ición.Tr atédec ons ervarla
calma, pero por mucho que uno que se
prepare, entran ganas de gritar, llorar, dar
patadas... sobre todo si le dicen que su
ejecutoria nada tiene que ver con el despido.
En efecto, junto con la mala noticia me
dieron una carta de recomendación y un
124
cheque por dos semanas de trabajo. Bien poco,
considerando que uno tiene toda una vida por
delante y las cuentas no se pagan solas.
Así que, en cuestión de días, regresamos a
Miami con el rabo entre las piernas. Estábamos
a la entera merced del unemployment, que no era
eterno. ¿Acabaríamos en la calle?
Cobré el subsidio un par de meses, mientras
“ aplic a
ba”adi estr
ays i
niestr
ae nl aCa pi
ta
ldel
Sol, que cada vez me parecía más sombría.
Hasta que, al fin, tras muchas promesas a San
Judas Tadeo, un viejo amigo de la radio me
llamó para pedirme que fuera a trabajar en su
noticiero... ¡y con más sueldo que antes!
De aquel puesto salté a otro mejor y desde
entonces no me han vuelto a dar el temido
layoff.
Así que ya ven: no hay mal que por bien no
venga.

125
A veces, el hábito
hace al monje
Vestirse para una entrevista de trabajo es
como vestirse para un velorio o una boda.
¿Cómo lucir elegante sin exagerar? ¿Color
oscuro o claro? ¿Qué corbata combina mejor?
La moda no es precisamente uno de mis
fuertes, y por más que quisiera, no llegaría
jamás a ser un experto en etiqueta laboral... ni
en ninguna otra etiqueta, por cierto.
Cuando llegué a este país me presentaba a
pedir trabajo vistiendo un modesto blue jean y
una simple T-Shirt. Total, para lo que estaba
buscando –cualquier cosa que diera un cheque-
era suficiente.
Pero un día alguien me dijo que tenía que
comprar un tripisú. No pregunté qué era. En
126
aquel entonces, me pasaba la vida descubriendo
el Mediterráneo. Las puertas que se abrían solas
y los grifos que echaban agua con sólo
mostrarles las manos. La gente me miraba con
una mezcla de compasión y burla. ¿Qué podía
hacer?
Así que una mañana salí a buscar el dichoso
tripisú. La palabra me traía a la mente uno de
esos postres italianos, tan sabrosos, pero
resultó una prenda de vestir.
Me lo explicó un repostero del vecindario
mientras me despachaba unos pastelitos de
guayaba. “ Th r
ee.
..p i
ece.
..s u it
” ,me dijo muy
despacito.
Ah... Sólo entonces caí en la cuenta.
Había visto muchos: azules, grises, rayados.
Mi jefe usaba uno distinto todos los días y
abundaban en las películas, donde los
protagonistas eran casi siempre abogados o
magnates. Se anunciaban en los periódicos,
pero costaban un dineral. ¿De dónde iba a
sacar para comprármelo?
Faltaba una semana para mi entrevista. Era
para un puesto en una estación de radio.
Ciertamente, más serio que el que tenía
entonces, donde la única etiqueta era no andar
desnudo. Alguien me recomendó una tienda de
descuento que estaba a pocos minutos de casa.
Al verme curioseando, un empleado me
preguntó lo que buscaba y enseguida le
expliqué: un tripisú bonito y barato. Lo de

127
bueno era prescindible, tomando en cuenta que
disponía de apenas $60 para aquella compra.
El empleado me miró pensativo.
“Unt r
ipi s
úc omoé s
tee sbu enai nversi
ón” ,
dijo, enseñándome uno color marrón claro.
Generalmente recomendaba el azul para las
e ntr
e v i
st
asdet r
a ba j
o.“ Proy ectaa utori
dad” ,
explicó. Pero tomando en cuenta el clima –y mi
personalidad- favorecía los tonos más suaves.
Francamente, yo no entendía. Me había
criado bajo la divisa de que el hábito no hace al
monje, pero por lo visto, estaba
completamente equivocado.
“¿Yu s
tedc r
eeq uec one stet rajemede ne l
traba jo?”,pr e
gu nté, dudoso.
“Ca ramba ”,di joe le mpl e ado.Lu e go me
explicó las propiedades milagrosas de aquella
pieza, y cómo de sólo verla los gerentes de
personal querían contratarte.
“¿Cómot ecreesq uec ons eguíe stepu est
o? ”,
preguntó, abarcando con un gesto aquella
tienda, como un emperador que muestra sus
dominios.
Pagué los $60 y me fui.
La entrevista duró poco. Tras un par de
respuestas torpes, el gerente de personal se
despidió cortesmente de mí. Nunca más lo
volví a ver.
Eso sí, el traje me dio para dos o tres
entrevistas más, una de ellas exitosa. Después,
con el tiempo, empezó a deshilacharse y se lo

128
regalé a uno que acababa de llegar. No sé si le
dio resultado.

129
Todos pagamos
siempre la novatada
Hace poco cumplimos 27 años en este país.
No es poco tiempo, pero a veces se olvida.
Cuando llegué a Estados Unidos no me
tomaba el trabajo de contabilizar el tiempo que,
inevitablemente, me iba distanciando de mi
país de origen y afincando en éste, donde me
tomaron prestado.
Ahora sí, cada vez que empieza mayo hago
otra marca en el calendario y, de paso, saco
cuentas. Todavía, afortunadamente, el saldo es
favorable.
A veces me pregunto qué hubiera sido de
nosotros si no nos hubiéramos brincado el
charco. ¿Nos habríamos resignado a aquel otro
destino, o por el contrario, estaríamos todavía
130
pensando cómo movernos hacia estos
horizontes?
Es difícil saber. Y además, ¿para qué?
Mis primeros tiempos en Estados Unidos
estuvieron llenos de sorpresas.
Una de las cosas que despertó mi curiosidad
primero fue el agua caliente. No me refiero a la
que se hierve en una olla o a la que se conjura
encendiendo un calentador de gas minutos
antes del baño. Hablo del agua caliente
continua, permanente, las 24 horas, de que se
disfruta en este país.
Confieso que durante varios años no pude
explicarme el origen de este milagro. No fue
hasta que compré una casa que alguien me
explicó que se debía a un aparato cilíndrico
que, día y noche, vela por esa comodidad
doméstica.
En el lado opuesto de las temperaturas me
tropecé con la omnipresencia del aire
acondicionado.
En mi país, y probablemente en el suyo, el
aire acondicionado es una ventaja de
excepción, digna de los centros comerciales y
los cines, que se anuncian, con gran bombo,
como “ clima ti
z ados”.Lo de má sq u
eda a
discreción de la brisa, el ventilador o el
abanico.
Aquí, por el contrario, basta con mover una
palanquita y echa a andar un potente motor
central que mitiga enseguida los rigores del sol
y del verano.
131
Cualquier hijo de vecino tiene a su
disposición este moderno artefacto, siempre y
cuando pague las colosales cuentas eléctricas
que produce mientras nos envuelve con sus
frescos efluvios.
Un par de años después de llegar, me
desayuné con los hornos microondas. Los
había visto en algunas tiendas, pero como un
conocido me dijo que si no tenía cuidado me
podían paralizar el corazón, preferí
mantenerme alejado de ellos.
Por suerte, luego supe que la advertencia
incluía sólo a aquellos que tienen instalado un
marcapasos, así que fui corriendo a comprarme
uno.
Oh, progidio. Sin encender una llama,
podíamos ahora calentar agua y alimentos;
incluso preparar algunas recetas insulsas. Cada
vez que teníamos visita, les mostraba orgulloso
mi nueva adquisición, como si fuera un jarrón
de Sèvres o el Guernica de Picasso.
Al cabo de los años, perdí el interés y relegué
el“ ma i
c robu ey”a lbaú ldelolvido, j
untoc onl a
tele y el estéreo. Confieso que fui ingrato, pero,
¿qué quieren? La costumbre mata la pasión.
Todos tenemos alguna anécdota graciosa de
nuestros primeros tiempos en Estados Unidos.
Como todos, alguna vez fui torpe, pero
tampoco me puse a hablarle a una máquina
refrescos, sólo porque leí en ella la palabra
“di me ”.

132
Eso sí, recuerdo que una vez metí una pizza
en el horno, con caja y todo, creyendo que
seguía las instrucciones al pie de la letra.
Siempre hay que pagar la novatada.

133
¿Juventud eterna?
Piénselo bien
Dicen que Juan Ponce de León vino a estas
tierras buscando la Fuente de la Juventud. Pero
por más que se bañó en aguas floridanas, nunca
logró recuperar la lozanía y el vigor de sus años
mozos. Murió, eso sí, por el veneno de una
flecha indígena.
Es una historia triste que muchos se empeñan
en reeditar. Y es que, por si no se han dado
cuenta, en Estados Unidos se rinde un
verdadero culto a la juventud.
La TV y los periódicos anuncian a toda hora
tintes de cabello y toda clase de remedios
contra las arrugas, las manchas de la piel y otras
lindezas que vienen con los años. También es
una meca de los cirujanos plásticos.

134
Cuando llegué tenía poco más de 30 años, así
que no me preocupaba mucho por el divino
tesoro que muchos buscan recuperar. Mi
madre, sin embargo, me advirtió enseguida
sobre el peligro de enunciar mi edad con
demasiada franqueza.
“S ie mpr eq uítateu n par de a ñit
os”,me
a cons ejó.“Aq uí l
et iene nhorroral osv i
ej
os” .
Aquello me pareció exagerado, pero cuando
me enteré de que aquí las leyes contra la
discriminación te cubren después de los 40
años, empecé a preocuparme por cada canita
que aparecía en mi cabeza.
En nuestros países, cualquiera que frise los 40
ó5 0s ec onsi
de ra“ relati
vament ej ove
n”.En
Estados Unidos, una edad semejante te sitúa de
lleno en la tercera edad, o over the hill, como
dirían en buen inglés.
Eso de ser una especie protegida te pone en
guardia permanente, sobre todo porque en
cada planilla que llenas –y son muchas- hay un
espacio que pide claramente tu fecha de
nacimiento.
Un empleado que roza la edad del retiro eleva
los costos del seguro médico, según algunos.
También, como ha acumulado años de trabajo,
cobra un sueldo demasiado alto para el gusto
de ciertos gerentes. Así que a la hora de dar
layoff, es uno de los primeros en irse.
No en balde hay tantos que siguen buscando
la Fuente de la Juventud. Es cuestión de
supervivencia.
135
Mi mujer me ha convencido de teñirme el
pelo varias veces, pero nunca he mentido sobre
mi edad en este país, al menos en las planillas.
Un amigo me contó una vez que casi lo meten
preso por cuenta de esa mentirita. ¿Para qué
tentar a la suerte?
Estados Unidos rinde culto a la juventud; es
verdad. Pero rinde un culto aún mayor a la
honradez, y eso es mejor no olvidarlo nunca.
Entre tanto, los cirujanos plásticos siguen
haciendo su agosto. Estiran arrugas, eliminan
grasas, te inyectan con bótox. Hay quienes no
aguantan una cirugía más: de sólo reírse, parece
que la piel se les va a reventar. Para levantar el
ánimo, están la Viagra y otras pociones.
¿Valdrá la pena? No sé. Pero prefiero mostrar
mis canas. En este país y en cualquier otro hay
una sola forma de no llegar a viejo: morirse. Y
ya ustedes saben lo que cuesta un funeral en
Estados Unidos.

136
¿Qué hacemos
con este caimán?
Hace unas semanas, somos vecinos de un
caimán. Bueno, tanto como caimán, todavía
no. Es un caimancito, un bebé. Pequeño, pero
con dientes, ojos y cola de caimán. Ustedes
saben, un típico nativo de la Florida.
Se instaló tranquilamente una tarde en la
laguna artificial que adorna el complejo de
apartamentos en que vivimos. No sabemos
cómo se las arregló para entrar. Como todos
los reptiles, ha de ser contorsionista.
La administración de nuestros edificios se
niega a tocarlo, porque es una especie
protegida. La Agencia de Control de Animales
afirma que no puede hacer nada hasta que el
lagarto supere los cinco pies de largo.
Menudo consuelo.
137
Cuando llegué a este país descubrí el hondo
respeto que la mayoría de los estadounidenses
profesa por el reino animal. Es algo digno de
admiración, pero no deja de intrigarme.
Muchos gatos y perritos llevan aquí vida de
príncipes, mientras algunos seres humanos
viven a la intemperie. En las calles, los dueños
siguen a sus mascotas con una bolsa de plástico
en la mano para recoger su caquita. Entre
tanto, algunos municipios declaran la guerra a
los desamparados.
¿Por qué esta disparidad?
Supongo que se trata de una compasión
desplazada. Los animales son como niños
huérfanos. Si alguien no se ocupa de estos seres
desvalidos, ¿quién lo va a hacer? De eso vive en
este país toda una industria que produce
alimentos enlatados, medicinas, juguetes y
hasta vestimentas para estas afortunadas
bestias.
En cuanto a los seres humanos, todos dan
por sentado aquí que son mayores de edad y
responsables de su condición. Si no han sido
capaces de agenciarse un empleo y ganarse la
vida honradamente, el único derecho que les
otorgan sus semejantes es a arreglárselas como
mejor puedan.
A decir verdad, en los países de donde
venimos no creo que somos necesariamente
más compasivos. Francamente, calculo que nos
sobran los menesterosos. La pobreza se reparte
a manos llenas, pero al menos los animales
138
también llevan su cuota en esa repartición.
Pocos perros son completamente felices.
Digo todo esto porque el caimán de mi
vecindario me tiene sumamente preocupado.
Además de haber espantado a los patitos que
nadaban alegremente en nuestra laguna, ahora
ha fijado su residencia debajo de la piscina, a
plena vista de mi balcón.
Parece también que muchos niños se han
encariñado con él y le arrojan migajas de pan y
sobras de perros calientes. A ese paso, va a
engordar y ponerse fuerte en poco tiempo.
¿Qué haremos con él cuando mida cuatro pies
y tenga dientes largos y afilados como
cuchillos?
No tengo ni idea.
En otro país, andaría ya con una escopeta al
hombro, listo para matar a ese largato infernal
y convertirlo en una linda cartera. Pero aquí
una conducta semejante me conduciría
seguramente a la cárcel y el escarnio público.
A veces tengo la impresión de que en este
país los seres humanos somos la especie menos
favorecida. El gobierno nos cobra por
protección, como la Mafia, pero se niega a
defendernos cuando más lo necesitamos. ¿Qué
se va a hacer? Hay que resignarse al caimán.

139
¿Quién se cree que es?
¿Un médico?
Hace años, cuando aún no tenía licencia de
conducir, me hallaba haciendo fila en una
oficina del Departamento de Vehículos de la
Florida, cuando un recién llegado como yo
empezó a relatarme sus penurias y vicisitudes.
El pobre. Era bastante joven y las cosas no le
iban bien. Me contó que todavía no había
conseguido empleo y el dinero apenas le
alcanzaba para pagar su apartamento. No
lograba reinsertarse en su profesión. Creo que
era maestro. Por suerte, yo me encontraba
trabajando ya, y pude darle algunos consejos.
“Not ev enda sba r
ato”,l edi j
e.“ Comoha ce
poco tiempo que estás aquí, te van a ofrecer un
su el
dodemi seria;noloa c eptes”.
140
En ese momento, una señorita que estaba en
la fila, un poco más adelantada, se volvió hacia
un acompañante y le comentó en inglés que no
entendía las ínfulas que se daba esta gente que
acababa de poner los pies en Estados Unidos.
No se conformaban con nada y eran incapaces
del menor esfuerzo.
“¿ Qu ié
ns ec r
eeq uee s?
”,e x cl
amóe nv oz
a l
ta, e mpinandol ana rizd es
deños ame nte .“¿Un
mé dic o?”.
Raras veces me inmuto ante las injurias
cotidianas del género humano. La gente es así;
pero como tenía la suerte y la desgracia de
entender inglés, no pude evitar responderle con
todat ranq u
ili
dad:“ Sí,j oven,s oymé dico.¿ Y
u stedq uée s?¿Pel
u que r
a ?”.
La chica palideció y su acompañante se puso
en guardia, pero la sangre no llegó al río. Un
empleado de la oficina acudió a aplacar los
ánimos.
“Porf avor,doctor,t
r anquilí
cese”, med i
jo.
Casi me muero de la risa.
No sé qué nos pasa a todos los inmigrantes,
que solemos mostrar tanto desdén y
paternalismo por los que llegan a este país un
tiempecito después que nosotros.
Nos empeñamos en aleccionarlos, como si
fueran recién nacidos. A veces me da la
impresión de que vemos en ellos el reflejo de
nuestras pasadas torpezas. Quién sabe. Ellos
pensarán, a su vez, que somos unos animales
raros.
141
Cuando llegué a este país, por ejemplo, a mí
me costaba trabajo entender por qué la gente
atesoraba aquí tantas cosas banales.
Acariciaban sus alfombras, mimaban sus
televisores, se ufanaban del auto o la batidora
que acababan de comprar... Cuánta bobería,
pensaba. Pero ahora hago eso mismo. ¿Por
qué?
De todas formas, nunca se me olvida el
incidente con aquella chica, ni lo que le
contesté. Estoy seguro de que a ella no se le ha
olvidado tampoco. Visto en perspectiva,
aunque perdí un poco la paciencia, creo que
hice muy bien.
La verdad es que en este país hay que trazarse
metas elevadas. Si no crees que te lo mereces
todo, vas a acabar por no merecer nada.
No hay que venderse barato, ni vacilar en
exagerar un poco nuestro valor cuando
convenga. Este país es la meca de la publicidad
y el hype. Todos tenemos que convertimos en
nuestros propios agentes de relaciones
públicas.
A veces, un trabajo codiciado no lo gana el
que más sabe, sino el que más aparenta saber.
No hay que mentir; sólo darse su justo lugar.
Díganmelo a mí, que de médico no tengo un
pelo.

142
¡Qué facil se acostumbra
uno a lo bueno!
Hace poco, nos quedamos sin aire
acondicionado. Me desperté bañado en sudor y
salté de la cama con la peregrina idea de
corregir el desperfecto, pero nada. En vez de
bocanadas de aire fresco, el aparto exhalaba un
vapor denso y caliente. Tuve que apagarlo.
Enseguida, le di a mi esposa la mala noticia:
“El airee s
tár oto”.
La ocurrencia parece vulgar, cotidiana, pero
prueben a pasar un día en la Florida sin la
asistencia de un aparato que mitigue los rigores
del verano. No hay demonio que lo aguante, ni
mucho menos un ser humano. Al menos, eso
parece.

143
Cuando llegué a este país, yo todavía era una
criatura del trópico. Quiero decir, no andaba
por este mundo en short y camisa hawaiana, con
una sonrisa de oreja a oreja y agitando maracas,
como suelen pintarnos en las guías turísticas.
Pero recuerdo, eso sí, que soportaba mejor las
cumbres del termómetro.
Si ustedes son como yo, seguramente vienen
de algún lugar donde pocas casas vienen con
un aire acondicionado central incluido.
A nadie se le ha ocurrido instalar tampoco
esos aparatos en los autobuses. A lo sumo, el
chofer se coloca una tohallita en el pescuezo y
se refresca con un abanico de mano.
El aire frío, en nuestras tierras, es cosa de
turistas. Por eso se le encuentra siempre en los
hoteles de cinco estrellas y en esos ómnibus
preciosos que trasladan a los visitantes de un
lado a otro, como islas de frescura en un mar
tibio y pegajoso.
Se me ocurre que el frío es la mejor medida
del desarrollo. En este país se da por sentado
eso que en una novela de Gabriel García
Má rque zl l
a ma rí
an“ l
api edraf r
ía”.Us te des
saben, el hielo.
En el resto del mundo, quizás con excepción
del Artico, cada vez que uno pide una soda
tiene que especificar que la quiere helada. Si no,
se la dan acabadita de salir del refrigerador...
que no enfría mucho, por cierto.
¿Por qué será?

144
Una vez, sentado en plena zona colonial de
Santo Domingo, se me ocurrió pedir una
cerveza. Con el calor que hacía, supuse
ingenuamente que me la iban a servir crujiente
como la nieve. Pero no; la que me trajeron
apenas guardaba unos grados de diferencia con
la temperatura ambiente, y protesté.
“ Ah” ,di j
oe lcama rero.“ Us t
edl aq ui
ere
‘ce niz
a’” .
“ Sí
,bi en‘ c eni
za’”,i
ns i
stí
.De sde e nt onc
e s
,
siempre la pido así. Bueno, cada vez que paso
por Santo Domingo. En otras ciudades uso
otra palabra que denote frío extremo, glacial.
Cada lugar tiene su vocabulario.
Les cuento todo esto porque ese día que
pasamos sin aire acondicionado fue peor que
es e“ días i
n me xica nos”q u e pa saron l os
gringos el año pasado. Creí que nos íbamos a
derretir. Para colmo, era domingo. Ni pensar
en llamar a la administración del edificio.
Así que compramos un ventilador, nos
abanicamos, y al fin, como solíamos hacer en
nuestra tierra, nos sentamos en el balcón a
matar el tiempo conversando, lejos del televisor
y la computadora.
Igual hubiéramos podido tomar el automóvil
y darnos un paseo por el mall, hasta que se
hiciera de noche, pero el calor no nos dejaba
movernos.
¡Qué pronto uno se acostumbra a lo bueno!

145
Hay fechas que
pueden matarnos
“Yu sted,¿cu ándov i
noaEs t
adosUni dos?”.
Es una pregunta que escucho a menudo. Por
alguna razón, nuestra fecha de ingreso a este
club exclusivo que responde a las siglas USA
tiene un peso enorme sobre la imagen que
otros se forjan de nosotros.
Cuando llegué a este país, la contestaba con
tranquilidad, contando meses o unos pocos
años. Después, traté de evadirla cada vez que
podía, o me tomaba la libertad de jugar con las
fechas.
¿Por qué?
Todavía no me lo explico, pero es una
pregunta difícil, una especie de acertijo. La
respuesta tiene inevitables consecuencias. El
146
grado de antigüedad en este país significa para
muchos la diferencia entre la civilización y la
barbarie.
Válgame Domingo Faustino Sarmiento.
El caso es que hubiera querido hacerme el
sueco (o el chino, si lo prefieren), pero en ese
preciso momento la pregunta provenía de uno
de los más altos ejecutivos de una editorial
norteamericana.
Estábamos cenando, además, en uno de los
clubes más prestigiosos de Manhattan,
reservado para ex alumnos de la Universidad
de Princeton, y el festín se debía ni más ni
menos que a una entrevista de trabajo.
“Yu sted, ¿cu á
ndov inoaEs tadosUni dos?”.
Tragué en seco. El puesto para el que
postulaba era el de director de una de las más
antiguas revistas en español del mundo. Estaba
en juego no sólo un sueldo excelente, sino una
nota de esplendor en mi resumé. No me podía
dar el lujo de irme por la tangente.
El ejecutivo se me antojó, además, un tipo
ilustrado, alguien que contemplaría sin
prejuicio mis modestos orígenes y el vulgar
vehículo que me trajo a estas orillas. Así que
decidí ser honesto.
“En 1 980 ”,r es
pondí .“ En u n ba rco
c ama rone ro.¿ Seacuerdade lMarie l
?”.
El ejecutivo, un hombre de cincuenta y tantos
años, pareció imperturbable. Por un momento,
rumió mi respuesta y creí que no iba a decir

147
nada más, pero de pronto frunció el ceño y dijo
simplemente: “ Oh ?” .
Amigos: supongo que a estas alturas ustedes
conocen a los gringos lo suficiente para
entender la diferencia entre un “ Oh !”
exclamativo, que indica sorpresa o entusiasmo,
y ese otro “ oh ?”que expresa una decepción
repentina e infinita.
Me di cuenta enseguida de que había
cont estadoma l
.De bíha berdi cho“ 19 79”o
“1 978” ,c u
a l
q u ie
rot r
oa ño,me nosé se .¿Qu é
más daba?
A los ojos de aquel señor me había
convertido súbitamente en Tony Montana,
personaje de una excelente película de Brian de
Palma, Scarface, que trazaba la sangrienta carrera
deu n“ mariel
it o”,l l
egadoc omoy oabor dode
un camaronero en el año de gracia de 1980. En
ese momento, casi me escuché decir, como Al
Pacino: “ Iwa nt myh u
ma nrightsn o
w!”.
La entrevista se vino a pique en ese instante
crucial. Hablamos de todo, desde la crudeza del
último invierno hasta el pésimo estado de los
trenes subterráneos en Nueva York. Al final,
nos despedimos con un escueto “ we’llb ei n
touch”,pero jamás supe de él, ni mucho menos
obtuve el puesto.
Cría fama y acuéstate a dormir.

148
De una sola cosa
me arrepiento
Yo casi nazco en Nueva York. ¿Se imaginan?
Pero por culpa de mi padre acabé por venir al
mundo en La Habana. No se me ocurriría
reprochárselo a estas alturas, pero es la pura
verdad.
Mi madre me contó que poco antes de yo
nacer los pies de mi papá empezaron a llenarse
de pequeñas y molestas ampollas. Era la
secuela de la constante humedad que trae el
invierno a las calles de la Ciudad de los
Rascacielos, donde mis padres cursaban por
aquel entonces cursos de posgrado.
En esos tiempos no había la multitud de
remedios para el pie de atleta que encontramos
ahora en cualquier farmacia estadounidense. Mi
padre, además, prefería un medicamento muy
eficaz que sólo se producía entonces en Cuba.
Hoy en día, lo hubiera encargado a Miami,
estoy seguro; pero a fines de los 40 solamente
149
en la isla se podía encontrar una tienda que
vendiera aquel bálsamo.
En todo caso, en pos de alivio para aquella
dolencia trivial, mis padres se trasladaron a
Cuba casi en vísperas de mi nacimiento. El
resto es historia, como dicen. Nací en una
clínica de la barriada de El Cerro y esto selló mi
suerte. Es historia menuda, dirán ustedes. Para
mí, sin embargo, significó una gran diferencia.
Muchas veces me he preguntado cuán distinta
habría sido mi vida de no haber mediado
aquella simple circunstancia de salud paterna,
pero detesto hacer semejantes conjeturas.
Tampoco es justo. El destino, pienso, siempre
tiene las de ganar, sobre todo si te ha marcado
determinado rumbo. Nadie puede alterarlo.
Un pintor amigo mío, por ejemplo, no pudo
esquivar los muchos años de espera que le
costó emigrar a Estados Unidos, a pesar de
haber nacido aquí y tener un pasaporte
americano. Son misterios que no vale la pena
ponderar demasiado, salvo que uno sea
filósofo... o algo peor.
De lo que sí no cabe duda es que tener un
pasaporte estadounidense es y será el sueño de
muchos en este mundo. A unos les cae del
cielo; otros, como yo, tienen que ganárselo. Y
Dios quiso que fuera uno de esos afortunados
para quienes el sueño se convirtió en realidad.
No pocas veces, sin embargo, me han
preguntado si a fin de cuentas valió la pena
esperar tanto, dejarlo todo atrás, cruzar un mar
150
peligroso, batallar, adaptarme, integrarme...
Invariablemente contesto que sí. Y las razones
son tan numerosas como personales. Muchos
quizás no las compartan, pero como dicen:
Para gustos se han hecho los colores.
A veces me tropiezo con algunos inmigrantes
que contemplan sus vidas aquí con una mezcla
de decepción y amargura. Un conocido me
aseguró que hubiera podido ser un gran artista
en su país de origen, y aquí diluyó su carrera en
pos de un sueño que, al fin y al cabo, nunca se
materializó más que en los pequeños papeles
étnicos que protagonizó en algunas películas.
Reconozco que Estados Unidos no es un país
fácil. No todos están preparados para la
multitud de exigencias que plantea la vida en
una nación donde el dinero no cae del cielo,
como muchos piensan antes de llegar aquí.
Tampoco es sencillo abrirse paso en
determinadas carreras, donde la competencia es
colosal y la doble barrera del idioma y la cultura
impone límites que a veces parecen insalvables.
Ciertamente, no es lo mismo ponerse como
meta ser un buen mecánico de automóvil que
convertirse, digamos, en magnate de la
industria del transporte. Aun los sueños tienen
ciertos límites. Y sin embargo, sabemos que
algunos alcanzan sus objetivos... y hasta más.
¿Alguien le habría podido vaticinar acaso a
Roberto Goizueta, humilde administrador de
una embotelladora en Cuba, que llegaría a ser
presidente ejecutivo de la Coca-Cola?
151
Yo, por mi parte, me doy con una piedra en
el pecho de haber conseguido desenvolverme
aquí en mi profesión, el periodismo, y
conquistar en ese ámbito cumbres pequeñas
pero envidiables. No me he ganado el Pulitzer,
pero cada vez que acudía diariamente a mi
oficina en The Wall Street Journal no cesaba de
acordarme que sólo dieciocho años antes había
desembarcado en Cayo Hueso con una maletita
y apenas la esperanza de ganarme la vida en
cualquier cosa. Y ya ven: me encontraba ahora
nada menos que en la catedral del periodismo
financiero global. ¿No parece un sueño?
Es verdad que alguna vez soñé también con
ser poeta, como mi padre; alguna vez quise
verme aceptando el Premio Nobel de
Literatura, y dedicándolo a un pueblo y una
patria que verdaderamente lo merecieran.
Todavía, de hecho, escribo ficciones, y ahora
que más o menos me acomodo al retiro,
acaricio aún ambiciones parecidas. ¿Por qué
no? Quizás lo logre al final de la partida. Pero
todo dependerá, igual que mi éxito profesional
en Estados Unidos, de mi esfuerzo y la
voluntad de Dios. En ellos confío.
Por eso, cuando algún pesimista me pregunta
si no lamento haber abandonado mi tierra
persiguiendo una quimera; cuando algún
amargado sugiere que me hubiera podido ir
mejor allá que aquí, y que este largo viaje no
valió la pena, le contesto sin pensarlo mucho
que ni en sueños volvería sobre mis pasos. Es
152
más, no se vayan a enfadar; pero hay una sola
cosa que lamento a estas alturas: no haber
nacido aquí.

153
Manuel Ballagas es un veterano de los
medios de comunicación hispanos en Estados
Unidos. Llegó a este país en 1980. Fue director
de las páginas de negocios de El Nuevo Herald y
jefe de redacción de
la edición en español
de The Wall Street
Journal. También
lanzó la primera
publicación en
castellano de The
Tampa Tribune.
Actualmente reside
en Fort Myers,
Florida, donde se
desempeña como
consultor de medios para Estados Unidos y
Latinoamérica. Es colaborador asiduo de varias
publicaciones en línea y también tiene su
propio blog, donde aborda temas de interés
público desde una óptica conservadora
hispana.

154

Related Interests