ANTES DE LEER “SUITE FRANCESA” de IRÈNE NÉMIROVSKY

Recomiendo la lectura de los siguientes artículos:
• MARIO VARGAS LLOSA “Bajo el oprobio” 220810
• J. ERNESTO AYALA DIP “París, verano del 42” 260810
• CÉSAR ANTONIO MOLINA “El eclipse de la razón” 090211
• REPORTAJE de LOLA GALÁN sobre NÉMIROVSKY 160411
• VIOLETA ROJO La vibrante ficción de los últimos días Suite francesa de
Irène Némirovsky 101107



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MARIO VARGAS LLOSA

Bajo el oprobio

22/08/2010
Irène Némirovsky conoció el mal, es decir el odio y la estupidez, desde la cuna, a través
de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen
y se afean; por eso, la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica. El padre
era un banquero que viajaba mucho y al que la niña veía rara vez. Nacida en 1903, en
Kiev, Irène se volcó en los estudios y llegó a dominar siete idiomas, sobre todo el
francés, en el que más tarde escribiría sus libros. Pese a su fortuna, la familia, por ser
judía se vio hostigada ya en Rusia en el tiempo de los zares, donde el antisemitismo
campeaba. Luego, al triunfar la revolución bolchevique, fue expropiada y debió huir, a
Finlandia y Suecia primero y, finalmente, a Francia, donde se instaló en 1920. También
allí el antisemitismo hacía de las suyas y, pese a sus múltiples empeños, ni Irène ni su
marido, Michel Epstein, banquero como su suegro, pudieron obtener la nacionalidad
francesa. Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana.
En los años veinte, las novelas de Irène Némirovsky tuvieron éxito, sobre todo, David
Golder, llevada al cine por Julien Duvivier, le dieron prestigio literario y fueron elogia-
das incluso por antisemitas notorios, como Robert Brasillach, futuro colaboracionista de
los nazis ejecutado a la Liberación. No eran casuales estos últimos elogios. En sus nove-
las, principalmente en David Golder, la autora recogía a menudo los estereotipos del
racismo antijudío, como su supuesta avidez por el dinero y su resistencia a integrarse en
las sociedades de las que formaban parte. Aunque Irène rechazó siempre las acusaciones
de ser un típico caso del "judío que odia a los judíos", lo cierto es que hubo en ella un
malestar y, a ratos, una rabia visceral por no poder llevar una vida normal, por verse
siempre catalogada como un ser "otro", debido al antisemitismo, una de las taras más
abominables de la civilización occidental. Eso explica, sin duda, que colaborara en re-
vistas como Candide y Gringoire, fanáticamente antisemitas. Irène y Michel Epstein
comprobaron en carne propia que no era fácil para una familia judía "integrarse" en una
sociedad corroída por el virus racista. Su conversión al catolicismo en 1939, religión en
la que fueron bautizadas también las dos hijas de la pareja, Denise y Elizabeth, no les
sirvió de nada cuando llegaron los nazis y dictaron las primeras medidas de "arianiza-
ción" de Francia, a las que el Gobierno de Vichy, presidido por el mariscal Pétain,
prestó diligente apoyo.
Irène y Michel fueron expropiados de sus bienes y expulsados de sus trabajos. Ella sólo
pudo publicar a partir de entonces con seudónimo, gracias a la complicidad de su edito-
rial (Albin Michel). Como carecían de la nacionalidad francesa debieron permanecer en
la zona ocupada, registrarse como judíos y llevar cosida en la ropa la estrella amarilla de
David. Se retiraron de París al pueblo de Issy-l'Évêque, donde pasarían los dos últimos
años de su vida, soportando las peores humillaciones y viviendo en la inseguridad y el
miedo. El 13 de julio de 1942 los gendarmes franceses arrestaron a Irène. La enviaron
primero a un campo de concentración en Pithiviers, y luego a Auschwitz, donde fue
gaseada y exterminada. La misma suerte correría su esposo, pocos meses después.
Las dos pequeñas, Denise y Elizabeth, se salvaron de milagro de perecer como sus pa-
dres. Sobrevivieron gracias a una antigua niñera, que, escondiéndolas en establos, con-
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ventos, refugios de pastores y casas de amigos, consiguió eludir a la gendarmería que
persiguió a las niñas por toda Francia durante años. La monstruosa abuela, que vivía
como una rica cocotte, rodeada de gigolós, en Niza, se negó a recibir a las nietas y, a
través de la puerta, les gritó: "¡Si se han quedado huérfanas, lárguense a un hospicio!".
En su peregrinar, las niñas arrastraban una maleta con recuerdos y cosas personales de
la madre. Entre ellas había unos cuadernos borroneados con letra menudita, de araña. Ni
Denise ni Elizabeth se animaron a leerlos, pensando que ese diario o memoria final de
su progenitora, sería demasiado desgarrador para las hijas. Cuando se animaron por fin
a hacerlo, 60 años más tarde, descubrieron que era una novela: Suite francesa.
No una novela cualquiera: una obra maestra, uno de los testimonios más extraordinarios
que haya producido la literatura del siglo XX sobre la bestialidad y la barbarie de los
seres humanos, y, también, sobre los desastres de la guerra y las pequeñeces, vilezas,
ternuras y grandezas que esa experiencia cataclísmica produce en quienes los padecen y
viven bajo el oprobio cotidiano de la servidumbre y el miedo. Acabo de terminar de
leerla y escribo estas líneas todavía sobrecogido por esa inmersión en el horror que es al
mismo tiempo -manes de la gran literatura- una proeza artística de primer orden, un li-
bro de admirable arquitectura y soberbia elegancia, sin sentimentalismo ni truculencia,
sereno, frío, inteligente, que hechiza y revuelve las tripas, que hace gozar, da miedo y
obliga a pensar.
Irène Némirovsky debió ser una mujer fuera de lo común. Resulta difícil concebir que
alguien que vivía a salto de mata, consciente de que en cualquier momento podía ser
encarcelada, su familia deshecha y sus hijas abandonadas en el desamparo total, fuera
capaz de emprender un proyecto tan ambicioso como el de Suite francesa y lo llevara a
cabo con tanta felicidad, trabajando en condiciones tan precarias. Sus cartas indican que
se iba muy de mañana a la campiña y que escribía allí todo el día, acuclillada bajo un
árbol, en una letra minúscula por la escasez de papel. El manuscrito no delata correccio-
nes, algo notable, pues la estructura de la novela es redonda, sin fallas, así como su co-
herencia y la sincronización de acciones entre las decenas de personajes que se cruzan y
descruzan en sus páginas hasta trazar el fresco de toda una sociedad sometida, por la
invasión y la ocupación, a una especie de descarga eléctrica que la desnuda de todos sus
secretos.
Había planeado una historia en cinco partes, de las que sólo terminó dos. Pero ambas
son autosuficientes. La primera narra la hégira de los parisinos al interior de Francia,
enloquecidos con la noticia de que las tropas alemanas han perforado la línea Maginot,
derrotado al Ejército francés y ocuparán la capital en cualquier momento. La segunda,
describe la vida en la Francia rural y campesina ocupada por las tropas alemanas. La
descripción de lo que en ambas circunstancias sucede es minuciosa y serena, lo general
y lo particular alternan de manera que el lector no pierde nunca la perspectiva del con-
junto, mientras las historias de las familias e individuos concretos le permitan tomar
conciencia de los menudos incidentes, tragedias, situaciones grotescas, cómicas, las
cobardías y mezquindades que se mezclan con generosidades y heroísmos y la confu-
sión y el desorden en que, en pocas horas, parece naufragar una civilización de muchos
siglos, sus valores, su moral, sus maneras, sus instituciones, arrebatadas por la tempes-
tad de tanques, bombardeos y matanzas.
Irène Némirovsky tenía al Tolstói de Guerra y paz como modelo cuando escribía su
novela; pero el ejemplo que más le sirvió en la práctica fue el de Flaubert, cuya técnica
de la impersonalidad elogia en una de sus notas. Esa estrategia narrativa ella la domina-
ba a la perfección. El narrador de su historia es un fantasma, una esfinge, una ausencia
locuaz. No opina, no enfatiza, no juzga: muestra, con absoluta imparcialidad. Por eso, le
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creemos, y por eso esa historia fagocita al lector y este la vive al unísono con los perso-
najes, y es con ellos valiente, cobarde, ingenuo, idealista, vil, inteligente, estúpido. No
solo la sociedad francesa desfila por ese caleidoscopio de palabras, la humanidad entera
parece haber sido apresada en esas páginas cuya maniática precisión es engañosa, pues
por debajo de ella todo es dolor, desgarramiento, desánimo, tortura, envilecimiento,
aunque, a veces, también, nobleza, amistad, amor y generosidad. La novela muestra
cómo la vida es siempre más rica y sutil que las convicciones políticas y las ideologías y
cómo puede a veces sobreponerse a los odios, las enemistades y las pasiones e imponer
la sensatez y la racionalidad. Las relaciones que llegan a anudarse, por ejemplo, entre
muchachas campesinas y burguesas -entre ellas, algunas esposas que tienen a sus mari-
dos como prisioneros de guerra- y los soldados alemanes, uno de los temas más difíciles
de desarrollar, están narradas con insuperable eficacia y dan lugar a las páginas más
conmovedoras del libro.
Sobre la Segunda Guerra Mundial y los estragos que ella causó, así como sobre la irra-
cionalidad homicida de Hitler y el nazismo se han escrito bibliotecas enteras de histo-
rias, ensayos, novelas, testimonios y estudios y se han hecho documentales innumera-
bles, muchos excelentes. Yo quisiera decir que, entre todo ese material casi infinito,
probablemente nadie consiguió mostrar de manera más persuasiva, lúcida y sentida, en
el ámbito de la literatura, los alcances de aquel apocalipsis para los seres comunes y
corrientes, como esta exiliada de Kiev, condenada a ser una de sus víctimas, que ante la
adversidad optó por coger un lápiz y un cuaderno y echarse a fantasear otra vida para
vengarse de la vida tan injusta que vivió.

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J. ERNESTO AYALA-DIP

París, verano del 42

26/08/2010
París sufrió un triste verano del 42 y no creo que lo pueda recordar con nostalgia. Se sabe que
algunas ciudades del mundo arrastran un infierno colectivo en su memoria. En el Buenos Aires
de los años setenta ese infierno existió, pero muchos de sus habitantes no se enteraron o no qui-
sieron enterarse. Madrid y tantas ciudades españolas también lo sufrieron durante la inmediata
posguerra. París sin lugar a dudas es dueño de un infierno apenas conocido. Probablemente to-
davía un infierno secreto para muchos parisienses de nuestros días.
No tengo la menor idea de qué pedagogía escolar haría falta para llenar esa laguna atroz. Y
cuando hablo de pedagogía me refiero a una manera eficaz de inculcar en los ciudadanos la
memoria sobre hechos horrorosos que llenan de vergüenza al género humano. No creo que se
pueda resolver contándolo como se cuenta una heroica batallita del pasado. Ni con un monu-
mento, ni con una placa en una plazoleta recóndita o con el nombre de una irrelevante calle.
La primera vez que asocié la ciudad de mis sueños de juventud con un ejemplo de barbarie
histórica fue leyendo Dora Bruder, de Patrick Modiano. La segunda se produjo con la lectura de
Velódromo de Invierno, de Juana Salabert. Y hubo una tercera vez: Suite francesa, de la novelis-
ta de origen ruso Irène Némirovsky. Aquella desdichada jornada tiene una fecha y hora exactas:
16 de julio de 1942 a las cuatro de la madrugada. Y un lugar preciso: el Velódromo de Invierno
de París (distrito XV). ¿Qué ocurrió ese tórrido día? Miles de judíos fueron conducidos al Veló-
dromo de Invierno. Después de ser internados en condiciones humillantes, se los condujo a
Auschwitz. Unos 4.000 eran niños menores de 16 años.
Hagamos un poco de historia. Es evidente que en Francia las condiciones estaban dadas. Una
tradición antisemita que venía de lejos en toda Europa. Esa fuerte corriente antisemita, por
ejemplo, hizo que la residencia de intelectuales judíos extranjeros en París durante entreguerras
no fuera todo lo hospitalaria que se esperaba (de los 270.000 judíos que había en Francia en
1940, 170.000 eran extranjeros). En un ensayo sobre esta cuestión (la de los exiliados judíos en
la Ciudad Luz) uno de ellos comentaba que en cinco años no había logrado que ningún parisien-
se (gentil) lo invitara a cenar a su casa.
Pero eso era una cosa y otra exponencialmente muy distinta la inhumana y trágica decisión de
acabar con todos los judíos de Francia. En términos de logística, dicha decisión se había tomado
el 20 de enero de 1942, en una villa a orillas del lago Wansee, en Alemania. Ese todavía bucóli-
co lago es una zona de esparcimiento para los berlineses de hoy. En medio de una espesa arbo-
leda, se llega a la villa de mediocre arquitectura. Entre sus paredes se decidió la Solución final
al problema judío (Endlösung der Judenfrage, en alemán), con sus respectivos protocolos para
llevarla milimétricamente a cabo. La unidad alemana responsable de la iniciativa recayó en la
sección IVB4 de la Gestapo, dirigida a la sazón por Adolf Eichmann, cuyos delegados de las SS
Theodor Danneck, Heinz Rothke y Alois Brunner (probablemente muerto en Damasco en los
años noventa), dieron la orden a la policía francesa, con el beneplácito del Gobierno de Vichy,
para iniciar la operación llamada Viento Primaveral, que haría que 12.884 judíos fueran arresta-
dos (4.051 niños; 5.802 mujeres; y 3.031 varones, ciudadanos franceses que habían sido conde-
corados, algunos de ellos, en la I Guerra Mundial).
Los gendarmes y policías franceses (9.000) se afanaron en perfeccionar la redada hasta su
máxima crueldad. Cien prisioneros se suicidaron.
Un amigo holandés me contó un día que había propuesto a un colega extranjero un paseo por
Ámsterdam. Bordeando los canales, llegaron casi sin pretenderlo (aunque eso no podría asegu-
rarlo, acotó freudianamente mi amigo) a la casa de Ana Frank. A la puerta del legendario domi-
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cilio, se agolpaba una larga cola de visitantes. Ante la disyuntiva de hacer la cola o seguir cami-
nando, el colega catedrático le contestó a mi amigo que preferiría proseguir la ruta, entre otros
motivos, se disculpó, porque estaba un poco cansado del tema "judío". "Lo dijo con tanta edu-
cación y flema que llegué casi a convencerme de que el tema judío podía realmente llegar a
cansar", comentó mi amigo. "Es evidente que mi colega no era antisemita. Pero practicaba esa
distancia, indiferencia y desapego, que mucho me cuesta no interpretar como, sin nunca serlo, a
la connivencia con el antisemitismo", reflexionó dolido.
Por mi amigo holandés, que no es judío, supe de la existencia del libro de Modiano. En el vera-
no del 42, en París, desapareció la adolescente judía Dora Bruder. El escritor francés encontró,
años después en un diario de la época, una nota donde sus padres rogaban a quien supiera algo
de su hija que se pusieran en contacto con ellos. El mismo 16 de julio es arrestada Irène Némi-
rovsky y conducida al siniestro velódromo (derruido en 1957). Quién sabe si Dora e Irène se
conocieron. De Dora Bruder, Modiano no pudo averiguar nunca su último paradero. Irène
Némirovsky murió gaseada el 17 de agosto del mismo verano.
¿Importó a alguien aquellas redadas antisemitas? No importó a casi nadie, salvo, todo hay que
decirlo, a algunos parisienses de bien que se jugaron la vida protegiendo a sus conciudadanos
judíos. Pero en general, todo el mundo siguió en lo suyo. Se denunció a cambio de prebendas.
Escritores de la talla literaria de Céline ya se sorprendían en 1941 de que los soldados alemanes
no mataran a tiros por las calles a los judíos.
Si uno lee La agonía de Francia, de ese gran periodista que fue el andaluz Manuel Chaves No-
gales, verá que en sus páginas se describen con sorprendente lucidez, en el momento exacto de
los hechos observados, la escasez moral de la mayoría de parisienses, y sobre todo la falta de
entereza de su burguesía, clase solo atormentada por el temor a que no la dejaran acudir a sus
habituales cabarets para bailar la danza de moda en esos días, como si nada luctuoso se cerniera
sobre su ciudad. Sobre su país. Y sobre Europa.
El 22 de julio, es decir seis días después de la detención de Némirovsky, un oficial de la
Wehrhmacht visita el estudio de Pablo Picasso. Toman café y hablan sobre todo de los paisajes
en En los acantilados de mármol, novela del oficial. El oficial posee una vasta cultura y acusa
cierta incomodidad cuando una tarde ve a tres chicas judías con la estrella de David cosida en
sus estivales mangas, aunque esa imagen no le dice nada, ni le impele a abandonar su unidad ni
le presagia la inminente hecatombe. Una lacerante casualidad hace que el mismo día que muere
asesinada Némirovsky en Polonia, el mismo oficial de la Werhrmacht tome el té (cada infusión
según las circunstancias) con la esposa del escritor y antisemita confeso Paul Morand.
El verano del 42 las terrazas de los cafés parisienses estaban llenas de gente satisfecha con su
vida. Los enamorados no judíos podían, bajo los cielos encendidos de París, hacerse promesas
de amor eterno. Los artistas, proseguir su sublime obra. Se seguían también haciendo negocios,
algunos muy espirituales, como el que planeó el editor Gaston Gallimard: pujar el 20 de enero
del mismo año por la adquisición de la editorial Calmann-Lévy, cuyos anteriores propietarios
eran judíos.
En 1995, Chirac reconoció la responsabilidad francesa. Hace unos meses se preestrenó en París
el film La rafle, del director galo de origen catalán Roselyn Bosch, donde se narran estos dan-
tescos hechos.
Que Israel esté gobernado actualmente por la derecha más recalcitrante, con el soporte del ala
más intolerante y fundamentalista de sus religiosos, no obliga a ignorar aquel verano del 42.
Tampoco en su nombre, a justificar cualquier tipo de avasallamiento, llámese asentamientos o
ataques preventivos. Pero ese ignominioso verano existió. Y solo para los judíos.

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CÉSAR ANTONIO MOLINA

El eclipse de la razón

09/02/2011
Estoy en los cafés de París viendo pasar la vida. No hay mejor lugar en el mundo para
ver pasar la vida que un café de París. Y qué mejor que ver pasar la vida después de
visitar las exposiciones de Irène Némirovsky en el Memorial de la Shoah, y la de Felix
Nussbaum en el Musée d'Art et d'Historie du Judaïsme.
Ellos no tuvieron tiempo para disfrutarlo. Apenas les permitieron vivir 40 años. Fueron
sacrificados en la gran hecatombe de la II Guerra Mundial. Su gran delito fue ser judíos
europeos. Ella, francesa (aunque nunca obtuvo la nacionalidad), nacida en Rusia y, a los
16 años, huida con su familia de la revolución bolchevique. Nussbaum, alemán, fue
internado, en 1940, en el campo de concentración de Saint-Cyprien, en el sur de Fran-
cia. Logró evadirse y buscó refugio en Bélgica. En el Autorretrato en el campo de con-
centración (1940) se pinta a sí mismo en un primer plano con barba, demacrado, vis-
tiendo ropa raída, mientras se enmarca en un espacio de alambradas de espino. Por entre
las arenas se ven huesos dispersos. En un balde hacen sus necesidades algunos prisione-
ros esqueléticos. La composición del cuadro se asemeja a la del autorretrato de Rem-
brandt a la edad de 34 años. Nussbaum superaba al holandés en dos. Sobre este asunto
vuelve en un cuadro de mayores dimensiones titulado Prisioneros en Saint-Cyprien
(1942). La invasión de Bélgica, el 10 de mayo de 1940, entre otras consecuencias, había
traído consigo la deportación de los inmigrantes de origen alemán a este campo de in-
ternamiento. Nussbaum, en esta obra, retrató los rostros de ojos desorbitados de varios
prisioneros sentados en destartaladas cajas de madera en torno a una especie de globo
terráqueo cubierto también por una alambrada.
Las extraordinarias pinturas de este artista son premonitorias de lo que va a suceder: la
industria de la muerte. Después de varios años de vivir en la clandestinidad, finalmente
fue detenido junto con su mujer polaca, Felka Platek. Ambos fueron deportados a
Auschwitz en 1944. Dos años antes había pasado ya por este mismo trance Irène y su
esposo, también deportados a Auschwitz. Sus dos hijas pudieron salvarse gracias a la
niñera.
El judío asimilado francés Julien Benda, en La traición de los intelectuales, no mostraba
más que menosprecio por los judíos que no se consideraban franceses y les dedicaba
unas frases que podrían calificarse, en cierto modo, de antisemitas. Némirovsky se sent-
ía profundamente francesa. Escribía en esta lengua, con la que obtuvo un inmediato éxi-
to y reconocimiento ya a partir de 1929 con la publicación de David Golder, llevada
poco después al cine, dirigida por Julien Duvivier. Pero, además, la novelista se había
convertido al cristianismo y bautizó a sus dos hijas. ¿Qué es un intelectual, se pregunta-
ba Benda en La traición de los intelectuales? "Es un letrado, un artista, un científico,
que no se fija como objetivo inmediato un resultado práctico. Dedicado al culto al arte y
al pensamiento puro, pone su felicidad en un goce primero espiritual, 'diciéndose de
alguna manera: mi reino no es de este mundo'. Coloca su razón por encima de las pasio-
nes que animan a la muchedumbre: familia, raza, patria, clase". El intelectual, para el
escritor francés, era el adalid de lo eterno, de la verdad universal. Pero por aquellos años
2
de finales de los veinte del pasado siglo, Benda advertía de una tendencia a perder de
vista los altos valores y abrazar las más bajas disputas.
¿Qué podían hacer Irène y Felix? La primera apenas dispuso de tiempo para manifestar
disconformidades. Nussbaum no tuvo más remedio que bajar a la arena de la lucha. Lu-
cha desigual para la que utilizó frente a las armas sus pinceles. Benda, a los intelectuales
que se ponían al servicio de las pasiones políticas, los calificaba de "intelectuales de
salón". Irène y Felix nunca lo fueron. Irène y Felix eran jóvenes, estaban en la plenitud
de su carrera. Más conocida ella que él. Natural de Ucrania, Irène había nacido en Kiev
en el año 1903, en el seno de una familia judía adinerada. A partir de 1919, instalados
en Francia, desarrolló en su país de adopción y en su nueva lengua aprendida en la ni-
ñez, toda la carrera literaria. Estudió en la universidad, publicó relatos en la prensa y
novelas, entre ellas, Los perros y los lobos, El baile, Jezabel o la póstuma Suite france-
sa. Novelas muy críticas con el rico mundo judío, con la burguesía y los deseos desbo-
cados de determinado tipo de mujeres -como su madre- insatisfechas, caprichosas y
desaprensivas. La Suite francesa, como los cuadros de Nussbaum, narra los graves su-
cesos de la historia del momento, la invasión nazi de Francia y el éxodo de miles de
personas desamparadas. El país de la libertad, la tierra de la igualdad y los derechos
humanos había sido derrotado. La novela se salvó entre las pertenencias de sus hijas. En
la exposición se muestra el cuaderno donde fue escrita, así como la maleta que la trans-
portó.
En Francia el antisemitismo y el odio a los "forasteros" estaba arraigado. La revista
L'Action Française se encargaba de difundir insidias contra los resistentes, judíos, co-
munistas, francmasones y extranjeros. Cuando empezó la deportación de judíos en la
zona ocupada, en 1942, Maurras ironizó sobre ellos calificándolos de "bestias acorrala-
das". Drieu La Rochelle, en su testamento, confesó que moría "antisemita", y Celine
escribió textos vomitivos. Otros muchos escritores e intelectuales simplemente callaron.
Cuando Irène fue detenida en Issy-l'Evêque, en Saône-et-Loire, su esposo mandó tele-
gramas -se pueden ver en la exposición- a sus editores y a otras gentes, entre ellas, a
Pétain. Esta ingenuidad provocó su propia detención pocos meses después. Sus antiguos
editores la habían abandonado hacía ya tiempo, excepto el último, Albin Michel. Ber-
nard Grasset retiró de las librerías sus libros mientras se dedicaba a publicar panfletos
colaboracionistas de La Rochelle. No contestó jamás a sus cartas. Fayard no sólo no le
pagó, sino que la amenazó cruelmente. Irène fue sola al cadalso y su memoria se perdió
durante décadas. Lo mismo le pasó a Nussbaum.
Quizá el cuadro de Felix Nussbaum más conocido sea su Autorretrato con pasaporte
judío (1943). Cubierto por un sombrero, con las solapas del abrigo subidas y la estrella
amarilla de David cosida, muestra su pasaporte. Un alto muro lo enmarca y, sobre él,
alambradas, cuervos volando, un árbol con las ramas tronchadas y un edificio que se
asemeja al de una torreta de un campo de concentración. Su mirada es terrible y muestra
todo el pavor que debió sufrir, meses después, cuando fue detenido. Premoniciones,
siempre premoniciones en los cuadros del alemán. En el Triunfo de la muerte (1944)
avanza su fin y los desastres de la guerra. Una orquesta de esqueletos tocan trompetas y
violines en medio de la muerte y de los restos destruidos de nuestra civilización con-
temporánea. Nussbaum era un pintor metafísico, expresionista, a veces surrealista, pero
tuvo que variar su rumbo artístico para denunciar con sus cuadros el tiempo agónico que
le tocó vivir. Se convirtió, a su pesar, en un documentalista del horror, de la sinrazón, de
la bestialidad. Estudió Bellas Artes en Hamburgo y Berlín, y al ascender el nazismo se
exilió en Francia, Italia y Bélgica. Ambos, Irène y Felix, debieron temer más por sus
libros y cuadros que por sí mismos. Finalmente, cuadros y libros se salvaron.
3
Este agujero negro que abrieron los nazis y en donde fueron precipitados los cuerpos y
las almas de millones de hombres y mujeres, no debe cerrarse. Como poco, se debe con-
tribuir sin descanso a llenarlo de memoria, comenta el francés Onfray, al referirse a los
suicidas Levi-Bettelheim-Améry, víctimas de las tesis revisionistas y negacionistas.
Este agujero negro todavía no se excavó del todo y, por eso, muchas décadas después,
aún siguen saliendo a la luz las vidas y las obras de personas que quedaron sumidas en
las tinieblas.
Las novelas de Némirovsky y las pinturas de Nussbaum iluminan el eclipse de la razón
que produjo el nacionalsocialismo. Las vidas inmoladas de ambos muestran la impoten-
cia de todos los lenguajes. Leyendo la Suite francesa, contemplando los cuadros de
Nussbaum, es imposible decir nada, nuestro silencio lo invade todo. Los dos debieron
sentir, en algún momento, el deseo de comprender. Pero ¿cómo comprender la infamia,
cómo perdonarla?



Felix Nussbaum “Triunfo de la
muerte” 1944
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Felix Nussbaum “Autorretrato
con pasaporte judío” 1943
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Felix Nussbaum “Autorretrato
en el campo de concentración”
1940
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REPORTAJE de LOLA GALÁN sobre NÉMIROVSKY
LOLA GALÁN 16/04/2011

La leyenda de Irène Némirovsky, la escritora de origen judío, crece. Su pueblo y su país de aco-
gida le dieron la espalda. Murió en Auschwitz (Polonia). Tuvo un éxito precoz, luego el olvido y
una recuperación póstuma con su obra Suite francesa. Ahora se edita Los perros y los lobos, su
última novela publicada en vida, y se prepara una exposición y una película.

El salón de la casa de Denise Epstein, en la novena planta de un edificio moderno en un
barrio popular de Toulouse, es una especie de santuario dedicado a su madre, Irène
Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942). Como en todo santuario, hay flores frescas,
un ramo de margaritas amarillas,
frente al particular altar laico
dedicado a la deidad doméstica:
una estantería repleta de edicio-
nes de sus obras en todos los
idiomas, y un montón de foto-
grafías suyas prendidas de las
paredes. Némirovsky en los años
veinte, con un sombrerito calado
hasta las cejas; con su marido, el
banquero Michel Epstein, y con
sus hijas, Denise, la mayor, y
Elizabeth, siete años y medio
más pequeña, muerta de cáncer
en 1996.
Denise, 81 años, es la única su-
perviviente de una familia des-
trozada por el delirio nazi (a la
deportación a Auschwitz de Irène
le siguió la de su marido, muerto
en las cámaras de gas el mismo
año), por el dolor y la enferme-
dad. "Esta es la foto que prefiero,
la última que nos hicimos jun-
tos", dice, señalando una imagen
de la pareja con las dos hijas,
todos sonrientes, tomada el vera-
no de 1939, en Hendaya, donde
solían ir todos los años.
Denise Epstein, pelo corto, camisa marrón, pantalones negros, y un aire jovial que des-
arma, ha sido documentalista y ha creado su propia familia (tiene dos hijos, una hija,
Irène, y varios nietos), pero el motor fundamental de su vida ha sido siempre su madre.
Es decir, recuperar los fragmentos de su vida, reconstruir una memoria coherente de la
mujer y de la escritora que tanto admiraba, y de la que fue separada bruscamente la ma-
ñana del 13 de julio de 1942. Esta dedicación casi obsesiva explica que guardara duran-
2
te décadas el manuscrito de la última obra de su madre. La inacabada Suite francesa,
publicada por ediciones Denoël en 2004.
Una obra escrita, como dijo la autora, "en la lava ardiente". Una historia en tiempo real
de la guerra y sus efectos en una comunidad burguesa europea. Némirovsky retrata con
certera crueldad la reacción del pueblo francés a la ocupación alemana. Obsesionados
por la comida y los objetos mientras el mundo se derrumba a su alrededor. El aplauso
póstumo fue general. Desde entonces, la vida de Epstein gira todavía un poco más alre-
dedor de la de su madre, convertida en una autora superventas, traducida a 35 idiomas.
Denise enciende un cigarrillo rubio y busca en las estanterías la primera edición de Los
perros y los lobos. "Aquí está. Mire. Es uno de los libros que prefiero de mamá. Me
gustan más los que hablan de gente un poco bohemia que los que reflejan a la burguesía
francesa". Los perros y los lobos, que publica ahora la editorial Salamandra -y La Ma-
grana en catalán-, es, como casi siempre en las novelas de Némirovsky, un agudo retrato
social. La obra, que rezuma desencanto, relata la historia de Ada, Ben y Harry, judíos
los tres, parientes lejanos, y situados en los extremos de la escala social. Los sentimien-
tos que alimenta Ada hacia Harry superarán el tiempo y las barreras sociales hasta unir-
les en un amor que va más allá de la experiencia individual, porque ambos se reconocen
en la memoria común de un pueblo arrinconado, rechazado y, por ese motivo, dividido
entre los perros fieles y los lobos salvajes.
Los personajes de Los perros y los lobos son, casi exclusivamente, judíos procedentes
de la Europa del Este, e instalados en París, como la propia familia de la autora. La vi-
sión de Némirovsky no es amable. "Pero sé que es verdad", escribirá en una nota al hilo
de la publicación de la obra, en 1940. Eran años difíciles, pero Némirovsky no podía
imaginar que estaba a un paso del final de su vida humana y artística. Porque a su de-
portación y su muerte en agosto de 1942, en el campo de concentración en Polonia, le
seguiría un largo, profundo silencio editorial.
"Cuando nos lanzamos a publicar Suite francesa, era una autora completamente olvida-
da", reconoce Olivier Rubinstein, su redescubridor, y responsable actual de la editorial
Denoël, en su amplio despacho de la sede parisiense, que se asoma a un patio interior
lleno de árboles florecidos. "Había sido una escritora precoz, una especie de Françoise
Sagan de su época, que publicó su primer libro en una revista literaria en 1926, con 23
años, y conquistó la celebridad absoluta a los 29 años con su novela David Golder".
Cierto que dos de sus libros más célebres, este último y El baile, editados por Grasset,
todavía se vendían, pero los derechos de autor que recibían las hijas de la autora eran de
unos pocos cientos de euros.
Rubinstein conocía a Némirovsky y leyó el texto con interés, pero sin la menor sospe-
cha de que tenía en sus manos uno de los mayores éxitos editoriales de Denoël. Suite
francesa fue un superventas total, no solo en Francia, o en España, donde conquistó el
Premio de los Libreros de Madrid, y tuvo una excepcional acogida. La edición en len-
gua inglesa superó el millón de ejemplares de ventas y sirvió, como dice Rubinstein,
para descubrir "no solo una obra excepcional sino a una autora muy importante". Una
autora que todavía no ha terminado de cosechar triunfos. El año próximo se iniciará el
rodaje de una superproducción cinematográfica de Suite francesa, y existe el proyecto
de inaugurar en Madrid una gran exposición sobre la peripecia humana de la escritora,
que se clausuró en París en marzo pasado. La muestra procedía de Nueva York, donde
bajo el lema Mujeres de letras. Irène Némirovsky y Suite francesa, presentaba la historia
de la escritora, que ya había conmovido a la opinión pública estadounidense cuando se
divulgaron los detalles del descubrimiento de su novela póstuma. Allí estaba su manus-
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crito, un cuaderno de papel cebolla emborronado con una letra diminuta de un azul es-
pecial; allí estaba el pequeño baúl (28,5 centímetros de alto, por 49 centímetros de an-
cho y 42 centímetros de profundidad), donde permaneció guardado junto a cartas, foto-
grafías, pequeños recuerdos familiares, hasta los años noventa, cuando sus hijas se deci-
dieron a depositarlo en un archivo público, no sin antes mecanografiarlo y reservarse
cada una una copia. Y allí estaban las imágenes de Némirovsky. Fotografías de una ado-
lescencia triste, de una juventud loca, vivida en el lujoso ambiente de los rusos blancos
en el exilio. Irène, rodeada de rostros con la mirada esquiva que les identifica como des-
cendientes de una estirpe de víctimas de pogromos, persecuciones, deportaciones. "De-
portación es una palabra tan rusa", exclama Denise Epstein. Pero hábiles también para
reconstruir fortunas y ganarse un sitio en las sociedades de adopción.
Los Némirovsky, huidos de la revolución bolchevique, se instalarían en París en 1919,
después de una etapa en Finlandia y un breve paso por Suecia. París era el centro del
mundo y la jovencísima Irène, educada en francés por su institutriz, encontrará allí, fi-
nalmente, su lugar en el mundo. Y su patria, en el idioma francés, como ha dicho su
biógrafo, Olivier Philipponnat.
La patria francesa, esa a la que siempre aspiró, la rechazó brutalmente, pero también su
pueblo, la comunidad intelectual judía, ha tenido dificultades para aceptar su visión
políticamente incorrecta de lo hebreo. Némirovsky, alabada como una autora excepcio-
nal, dueña de un estilo que mezcla elementos clásicos a lo Balzac, o a lo Tolstói, y ele-
mentos de una sorprendente modernidad por su visión mordaz del mundo, no representa
el prototipo de la judía perfecta a ojos del Museo de la Historia del Judaísmo, de París,
que rechazó la exposición. Será, finalmente, el Memorial del Holocausto, con sede tam-
bién en la capital francesa, el que acoja la muestra. Y los mismos que aplaudieron Suite
francesa retomaron con furia la controversia sobre el antisemitismo de la autora.
"La polémica no arranca de esa obra, sino de los caracteres judíos que traza en otras
obras, por ejemplo en David Golder [historia de un ambicioso banquero hebreo], que
dan vida a clichés antisemitas, que fueron ya polémicos en su época, y volvieron a serlo
después, en América e Inglaterra, cuando se publica Suite francesa", dice el responsable
de Denoël. Se refiere a descripciones físicas de judíos, en las que Némirovsky abusa de
"narices ganchudas", "piel aceitunada", cuerpos delgados y maltrechos. También abun-
dan las referencias a la violenta ambición de los judíos, a la tenacidad para alcanzar las
metas propuestas. "Yo creo que escribía así porque veía así el medio burgués judío que
conocía bien. Lo mismo que a su madre, a la que detestaba. Se servía de ese conoci-
miento tan profundo de los ambientes judíos para criticarlos. Un poco como François
Mauriac se sirve de su dominio de la sociedad católica de Burdeos para atacarla de for-
ma acerba. Pero lo vemos así ahora que conocemos la Shoah. En los años treinta era
distinto. Leerlo ahora, con todo lo que sabemos, es evidente que no nos produce una
sensación agradable".
Myriam Anissimov, autora del prólogo de las ediciones francesa y española de Suite
francesa, la persona que puso en contacto al editor con Denise Epstein, no se ha mordi-
do la lengua a la hora de denunciar el antisemitismo de Némirovsky. La acusa, incluso,
de odiarse a sí misma, probablemente en tanto que judía. Denise Epstein se indigna
cuando se saca el tema. "Mi madre jamás ocultó que fuera judía. Si se convirtió al cato-
licismo al final fue porque creía que eso la salvaría a ella y a nosotras. Por eso nos bau-
tizó. Es difícil comprender el miedo que sentíamos. Pero ese miedo me ha llevado a mí
a bautizar a mis propios hijos en los años cincuenta", recuerda.
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Los Epstein-Némirovsky se convirtieron al catolicismo en 1939. Un gesto de autopro-
tección que no dio frutos en una Francia ocupada por los alemanes, indiferente y egoís-
ta. Muchos de los editores, escritores, artistas e intelectuales del momento se rindieron
al enemigo. Algunos saludaron en los nuevos amos a los verdaderos salvadores de Eu-
ropa frente a bolcheviques y judíos. Fue el caso de Robert Brasillach, al que Némirovs-
ky frecuentó en los años treinta, y el de Louis Ferdinand Céline, uno de los autores
franceses más traducidos del siglo XX, después de Marcel Proust.
La editorial Denoël será precisamente la que publique en esas fechas algunas de las
obras más polémicas y antisemitas del escritor. ¿No es curioso que dos de los autores
más destacados del catálogo de Denoël, ambos galardonados con el prestigioso Premio
Renaudot (Némirovsky a título póstumo), sean el antisemita y polémico Céline y la jud-
ía muerta en Auschwitz?
"No tiene nada de especial", explica Rubinstein. "La editorial ha cambiado de dirección.
El fundador, Robert Denoël, era un belga muy próximo a la extrema derecha, y fue ase-
sinado en la zona de Los Inválidos, nada más terminar la guerra. Pero además de editar
a Céline publicó obras de autores de la talla de Nathalie Sarraute y Tristán Tzara. Es
cierto que durante la guerra fue muy colaboracionista, como tantos editores franceses.
Después de todo, la resistencia fue cosa de unas pocas decenas de miles de personas". El
caso de Sarraute, uno de los nombres destacados del nouveau roman, nacida en Rusia,
judía como Némirovsky y afincada en París, ofrece un amargo contraste con el de la
escritora de Kiev. Sarraute, nacida Natacha Tcherniak, en Ivanovo, cerca de Moscú, en
1900, escapó a las deportaciones viviendo escondida bajo nombre falso, y en 1944 re-
gresó sana y salva a su piso de París.
Némirovsky también se refugió con su marido y sus dos hijas en un pueblecito, Ivry-
L'évêque, pero, víctima probablemente de una delación, fue detenida allí por los gen-
darmes, el 13 de julio de 1942. Del campo de Pithiviers fue conducida a Auschwitz,
cuatro días después, en el convoy número 6. Nunca regresó. Aparentemente murió de
tifus un mes después, pero Rubinstein no lo cree. "Después de la guerra, cuando la gente
pedía un certificado de fallecimiento, decían que todos los prisioneros habían muerto de
tifus, cuando, evidentemente, habían sido gaseados, porque está claro que los prisione-
ros que no podían trabajar eran eliminados de inmediato. Desde luego no hay testigos.
En todo caso la diferencia es pequeña". Para el editor está claro que todo lo que hizo la
propia Némirovsky, publicar sus obras en revistas antisemitas como Gringoire o Candi-
de, codearse con escritores próximos a la derecha, reclamar sin éxito la nacionalidad
francesa en 1939, pedir ayuda a amigos y editores aun a riesgo de humillarse, no son
sino conjugaciones de un mismo y comprensible verbo: sobrevivir.
Cierto que algunos autores franceses de la época se unieron al partido comunista, como
Louis Aragon, o combatieron personalmente contra el nazi-fascismo, como André Mal-
raux. Pero muchos otros se refugiaron como pudieron bajo el ala alemana, decididos
como Némirovsky a sobrevivir. Desgraciadamente, ella no lo consiguió. Mientras su
odiada madre, Anna, vivía regiamente en Niza, disfrazada de refugiada letona, mientras
Nathalie Sarraute huía, como tantos otros judíos instalados en Francia, Némirovsky se
empeñaba en permanecer en una "patria" esquiva cuando no decididamente traidora.
"Hemos tenido etapas de mucha cólera mi hermana y yo", reconoce Denise Epstein con
la mirada perdida. "¿Por qué no huyó? ¿Es que quería escribir a toda costa Suite france-
sa? Quizás, el hecho de haber vivido ya un exilio le hizo más reacia a volver a partir.
Quizás el abandono brutal que sufrió le causó una fatiga, un agotamiento, una falta de
esperanza en relación con los seres humanos, que pudo quitarle las ganas de huir.
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Además, creo que debía haber problemas financieros. Tenían las cuentas bloqueadas,
solo le pagaba un editor, Albin Michel. Pero es cierto que el pueblo donde nos refugia-
mos estaba cerca de Lyon, podríamos haber llegado a Suiza fácilmente".
¿Quería Irène Némirovsky experimentar hasta el final con la guerra y la ocupación, esa
"lava ardiente" de la que habla en una de sus últimas cartas? Consciente de que solo las
situaciones extremas permiten conocer al ser humano, ¿quiso apurar hasta el final ese
cáliz? ¿Quiso escribir su Guerra y paz sobre la materia viva de una guerra que todavía
no había mostrado su peor rostro? Suite francesa estaba proyectada como una obra en
cinco partes. Solo han sobrevivido Tempestad en junio y Dolce, las dos primeras. Cau-
tividad, la tercera, fue apenas esbozada. Pero en las notas sobre ella, Irène se refiere a
los campos de concentración, casi como una certeza. Ya sabía que no podría acabarla.


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VIOLETA ROJO

La vibrante ficción de los últimos días Suite francesa de Irène Némirovsky

Publicado en Papel Literario de El Nacional. 10/11/2007

Irène Némirovsky fue uno de esos seres desdichados a quienes les tocó vivir tiempos interesan-
tes y morir por ellos. Una mezcla de destino lamentable, educación sólida y talento asombroso
son el germen de su extraordinaria Suite francesa.
No sabría decir qué resulta más apasionante y conmovedor en los distintos textos que componen
Suite francesa: la novela magistral sobre la ocupación nazi en Francia; la vida llena de terribles
altibajos de Irène Némirovsky, su autora, quien vivió y sufrió la revolución rusa y ambas gue-
rras mundiales; o el complicado periplo que experimentó el manuscrito de la novela hasta ser
publicado, casi 60 años después de la muerte de su autora en Auschwitz. Son tres historias dis-
tintas, magníficas cada una de ellas, que juntas se convierten en un libro imperdible.
Némirovsky nació en Kiev en 1903, en una familia judía y muy rica. Su familia se mudó a San
Petersburgo y, al comenzar la revolución en 1917, a Moscú, creyendo que sería un lugar más
seguro. Se equivocaron, por supuesto. Huyeron en trineo a Finlandia y de allí Suecia. En 1919
lograron llegar a Francia. En París, la vida volvió a su muy acomodada normalidad, pero los
eventos sucedidos se convirtieron en el tema de sus primeros cuentos (Le Malentendu y
L´Enfant genial). Estudia en la Sorbona, se gradúa con honores y simultáneamente lleva una
vida de flapper coqueta colmada, según sus palabras, de champagne, flirts, gigolós, bailes y
fiestas. En 1926 conoce a Michel Epstein, ingeniero de origen ruso, se casa con él y tienen dos
hijas. Su vida podría ser la de una señora burguesa, pero Némirovsky es mucho más que eso y
se va convirtiendo en una reconocida escritora que publica con gran éxito varias novelas: David
Golder (que es llevada al cine en 1930), El baile, Jézabel, Le vin de solitude, Los perros y los
lobos, entre otras.
Esta vida rutilante en lo económico y muy exitosa en lo profesional, se ve dolorosamente afec-
tada por el antisemitismo furioso de los años 30. En 1939, ella y sus hijas se convierten al cris-
tianismo, posiblemente para evitar a las niñas la desdicha de que su religión las convierta en
parias. Ese mismo año, Irène y Michel llevan a las pequeñas y a su niñera a un pueblo francés.
Pocos días después, cuando se establece el Primer Estatuto de los Judíos, los Epstein-
Némirovski pasan a ser considerados, literalmente, escoria: son judíos, extranjeros y ricos. A
pesar de la difícil situación, entre 1941 y 1942 escribe La vida de Chejov, Las moscas del otoño
y Suite francesa. El 13 de julio del 42 es internada en el campo de concentración de Pithiviers y
luego deportada a Auschwitz, donde muere en la cámara de gas. Su marido dedica meses a es-
cribir cartas solicitando la liberación de Irène, sin saber que ella ha muerto. Debido a sus cartas,
el gobierno de Vichy toma conciencia de que Epstein es un judío libre y resuelven rápidamente
la situación. En octubre lo arrestan y deportan a Auschwitz. Tuvo la suerte de ser ejecutado al
llegar.
Mientras, las maestras y la niñera de sus hijas, Denise y Elisabeth, las esconden en distintos
lugares hasta el fin de la ocupación. No sólo salvan sus vidas, sino también una maleta con do-
cumentos familiares y un cuaderno, escrito en letra minúscula para ahorrar espacio. Más de
treinta años después, las hijas de Irène Némirovsky (una escritora, la otra editora) tienen por fin
el coraje de leer el pequeño cuaderno. Pensaban que encontrarían un diario de sus días finales,
pero dan con una novela que Némirovski fue escribiendo en medio de las penurias de la ocupa-
ción, mientras usaba una estrella amarilla y sufría el racismo, sabiendo que la muerte podía ser
una opción cercana.
2
Lo excepcional de Suite francesa es que su autora escribe una novela sobre su propio día a día,
pero elude el carácter documental e incluso el autobiográfico. Crea personajes sólidos, comple-
jos, que viven lo mismo que ella recién sufrió: la huida de París, el hambre, la convivencia con
los ocupadores nazis, la muerte rondando, pero que son independientes de su autora y que casi
se convierten en seres de carne y hueso al influjo de la lectura: los burgueses y católicos Péri-
cand; Gabriel Corte, escritor vanidoso; el matrimonio Michaud; el señor Corbin y su enjoyada
amante; el muy rico y ridículo Charles Langelet, que huye de París con su colección de porcela-
nas. A través de ellos va mostrando la actitud de los parisinos ante el caos de la huida. No son
decentes, no se comportan como héroes, pocos ayudan a los demás. Al mismo tiempo, los sol-
dados en el frente sufren en igual medida. La guerra es sucia, sangrienta, lamentable, durante
ella se pasa hambre y miedo, hace aparecer lo más bajo y terrible de los seres, que dejan de ser
humanos. Sin embargo, Némirovsky no los enjuicia, sólo los muestra en sus miserias. Suite
francesa es una novela panorámica, en la que la gran protagonista es una sociedad que vive una
experiencia límite y actúa en consecuencia. Los muchos personajes de esta novela van mostran-
do con su comportamiento las contradicciones, tristezas, mezquindades, pequeñas tragedias y
grandes dramas de la Francia ocupada
Sin embargo, la ocupación se muestra no sólo como una desoladora humillación, sino como una
circunstancia particular: no sólo son invadidos, sino que tienen que vivir con los nazis y, como
suele suceder en la convivencia, terminan comprendiendo, queriendo, acompañándose fugaz-
mente con ese otro tan despreciado. Aquí tampoco la autora juzga, sólo muestra la codicia, la
ayuda, la maledicencia, el amor. Los franceses de la ocupación pueden ser Madeleine, “quien
no odiaba a los alemanes (…) pero cada vez que veía aquel uniforme parecía convertirse, ella,
que tan libre y orgullosa había sido siempre, en una especie de astuta, cautelosa y asustada es-
clava, llena de habilidad para adular al vencedor y luego escupir a sus espaldas”; Lucille Ange-
llier, enamorada de un alemán; el sacerdote Phillipe, asesinado por los mismos huérfanos a los
que cuidaba; la patriótica vizcondesa de Montmort, asustada por el peligro francmasón y el co-
munismo, pero que llama a los alemanes para que castiguen a los franceses hambrientos que le
roban maíz. Los alemanes que muestra Némirovski son los nazis, pero también los pobres mu-
chachos campesinos arrastrados a una guerra espantosa en la que preferirían no estar.
Toda la novela (las dos partes que llegó a escribir de las cinco planeadas como movimientos de
una suite) respira el mismo espíritu: la ocupación fue espantosa, pero algunos sacaron buen pro-
vecho. Los alemanes eran soldados que mataban a los franceses, pero éstos también se atacaban
entre ellos; hay franceses malignos y alemanes malignos, franceses decentes y alemanes decen-
tes; el heroísmo y la maldad no tienen nacionalidad ni condición.
El volumen incluye un prólogo en el que se cuenta la vida de Némirovski, el escape de sus hijas
y el destino del manuscrito perdido. También una selección de su diario, donde iba resolviendo
la planificación de su novela. En éste incluye esquemas, pensamientos sobre ritmo o situacio-
nes narrativas y comparaciones con otras obras. Es una especie de monólogo escrito, tan fasci-
nante que nos hace sentir que a hurtadillas la escuchamos reflexionar en voz alta. Al final, la
correspondencia enviada y recibida por Némirovski, Epstein y sus editores, mediante la cual
podemos seguir la angustia de Irène ante el futuro; los esfuerzos de Michel para sacarla de
Auschwitz, las muchas humillaciones que sufrió en inútiles diligencias para recuperar a una
mujer que, sin él saberlo, ya estaba muerta.
La vida de Némirovski, su novela, el diario y las cartas conforman un documento que permite
atisbar con espanto la Europa de principios del XX, pero que también muestra el horror a donde
conducen todos los totalitarismos. Como decía Irène en su diario: “!Dios mío! ¿Qué me hace
este país? Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor
y la vida. Y los otros ¿qué son para mí? Los imperios mueren. Nada tiene importancia. Se mire
desde el punto de vista místico o desde el punto de vista personal, es lo mismo. Conservemos la
cabeza fría. Endurezcamos el corazón. Esperemos”.

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