EDITORIAL

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DOMINGO 28 DE OCTUBRE DE 2007

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El Siglo de Torreón

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La clave
LUIS RUBIO
Por qué no crece más la economía? Ésa es quizá la pregunta que con mayor insistencia se escucha en foros académicos, empresariales y políticos. Las respuestas que se ofrecen a tan fundamental interrogante son de chile, de dulce y de manteca: que si la economía del mundo o las reformas pendientes, la inversión pública o el gasto privado. El solo hecho de que no haya una respuesta específica y concreta o un consenso sobre la naturaleza del problema, dice mucho de nuestra realidad. Quisiera proponer que, por importante que pudiera ser cada uno de los factores que cada funcionario, empresario, académico o político propone como crucial para el desarrollo, la clave está en la existencia de un Gobierno o, más precisamente, en la ausencia de Gobierno que hemos padecido por años. El problema comienza con el hecho de que, como sociedad, nos hemos acostumbrado a los niveles mediocres de desempeño económico que hemos experimentado por décadas y que viene de la mano de la desidia y del sentido de agravio que se encuentra a flor de piel. No es que no se hayan hecho esfuerzos por lograr elevados niveles de crecimiento de la economía o que no existan factores exógenos que expliquen algunas de las dificultades; tampoco se puede ignorar el enorme costo que ha tenido para el país el extraordinario desorden que en los setenta se introdujo tanto en la administración de la economía mexicana como en la conflictividad social, cuyas consecuencias (legislativas, regulatorias, políticas, de deuda pública y de pérdida de confianza en el futuro) seguimos padeciendo hasta hoy. Las propuestas de corrección a la falta de crecimiento vienen en todos colores y sabores. Un mero listado (que no pretende ser exhaustivo) del tipo de propuestas que están en la mesa de discusión de la sociedad mexicana incluye las siguientes: adoptar un conjunto de reformas orientadas hacia el mercado como algunas de las que se han instrumentado en años recientes; crear un “consejo económico y social” por medio del cual se recrearía una estructura corporativista de coordinación entre los sectores productivos y el Gobierno; recrear un Gobierno “duro” capaz de restablecer el orden y acabar con los impedimentos actuales a la toma de decisiones; darle rienda suelta a los monopolios

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(sobre todo en las comunicaciones y la construcción) para que esas empresas y sectores se conviertan en los pilares señeros o campeones de una transformación industrial; adoptar una política industrial que identifique los sectores que serían ganadores en el futuro para apoyarlos con subsidios y otros mecanismos de protección y promoción; adoptar los principios del Estado de Derecho que son característicos de las sociedades occidentales modernas y hacerlos efectivos; modificar los principios constitucionales que nos rigen a fin de adoptar concepciones occidentales de los derechos de propiedad; eliminar las fuentes de discrecionalidad, arbitrariedad y corrupción que actualmente son imperantes en la toma de decisiones dentro del Gobierno; elevar la inversión pública como mecanismo generador de demanda en la economía nacional; y crear procesos que garanticen la transparencia en el actuar gubernamental y sindical. La lista contenida en el párrafo anterior mezcla propuestas que pretenden construir una economía centrada en el ciudadano y consumidor con aquellas que privilegian al productor o al sindicalismo, las que enfatizan un Gobierno arbitrario con las que propugnan por la visión de unas cuantas empresas líderes. Aunque obviamente tengo preferencias, esta enumeración no pretende argumentar cuál sería el mejor camino; lo que sí hace de manera fehaciente y de hecho, brutal, es evidenciar el grado de confusión y conflictividad política que padecemos. La diversidad es tal que refleja no sólo intereses contrapuestos, sino la extraordinaria incapacidad de los mecanismos institucionales existentes para acotar y encauzar una discusión seria sobre el tema. Si se analiza el contenido de las propuestas específicas se va a encontrar con que, independientemente de preferencias, algunas o muchas de ellas tienen sentido. Algunas son claramente interesadas, pero la mayoría pretende responder a problemas reales. Quienes ven al Gobierno como un ente abusivo y arbitrario proponen transparencia y Estado de Derecho; en contraste, quienes perciben a los problemas sociales y sus riesgos como fundamentales, privilegian las soluciones apoyadas en un Gobierno duro, que se caracterice por su celeridad, independientemente de las consecuencias económicas o finan-

cieras. Quienes han sido frenados en sus proyectos de inversión privados o públicos por activistas de diversa índole (igual ecologistas u Organizaciones No Gubernamentales que comisiones como la de competencia) típicamente abogan por un gobierno capaz de hacer valer la fuerza sin contrapeso alguno. Sea cual fuere la mejor alternativa, lo que los últimos cincuenta años han hecho evidente es que el factor clave en el desarrollo es el Gobierno: no un Gobierno grande o chico, sino un buen Gobierno. La evidencia de esto, en México y en el mundo, es abrumadora: un Gobierno con claridad de rumbo y capacidad de acción hace toda la diferencia; al mismo tiempo, un Gobierno que abusa y que es corrupto no hace sino darle al traste a cualquier posibilidad de desa-

rrollo. El Gobierno chino ha actuado con el criterio de maximizar la estabilidad política a través de un acelerado crecimiento económico; el hindú se ha abocado meramente a allanar problemas y crear espacios para que pueda funcionar la economía privada. Son dos modelos que responden a sus circunstancias, pero ambos exitosos en su objetivo. Nosotros tenemos mucha discusión, pero carecemos de un modelo socialmente aceptado con posibilidad de funcionar. De la era de Gobiernos duros pero funcionales de los sesenta pasamos a la de los Gobiernos abusivos y arbitrarios de los setenta y luego a la de los reformadores de los noventa, pero en todo ese proceso no se consolidó un sistema de Gobierno efectivo. Desde esta perspectiva, parece evidente que nuestra economía

no crece porque hemos tenido Gobiernos incapaces de fajarse los pantalones y actuar de manera clara y consistente, pero dentro de un sistema funcional de pesos y contrapesos así como de un marco de legalidad y de sentido común. Nuestro Gobierno tiene que ser capaz de hacer valer un proyecto de desarrollo y contar con la habilidad política para controlar y limitar los excesos de los poderes fácticos dentro de un contexto de transparencia. En lugar de eso hemos tenido Gobiernos que se autolimitan, que no son capaces de ponerle un “hasta aquí” a los abusos empresariales, sindicales o políticos y que han acabado cosechando la mediocridad que nos caracteriza. La pregunta es ¿hasta cuándo? www.cidac.org

CARREÑO

Planeta negro
JORGE ZEPEDA PATTERSON

RELATOS DE ANDAR Y VER
ERNESTO RAMOS COBO
te de los lectores de estas líneas padecerán los estragos del cambio climático de una manera muchos más dramática que la simple inundación de las calles de su ciudad o el aumento de la cuenta eléctrica por el consumo de refrigeración y calefacción. Solíamos decir que había que cuidar el planeta en beneficio de nuestros hijos y las siguientes generaciones. En realidad tendríamos que hacerlo en beneficio de una vejez apacible. O peor aún, simplemente para poder llegar a viejos. Los mayores responsables de que esto cambie están haciendo muy poco al respecto. Los intereses corporativos controlan a los líderes políticos que hoy tendrían que estar tomando medidas radicales para detener esa cuenta regresiva. Tendremos que padecer muchas inundaciones, incendios y huracanes de efectos descomunales antes de que las élites se decidan a introducir terapias de shock en nuestra desquiciada sociedad de consumo. Mientras tanto, todos podemos hacer algo al respecto. Lo suficiente al menos, para no sentirnos cómplices de la tragedia por venir. Cinco recomendaciones al respecto: Primero, sustituir focos tradicionales por focos de luz fluorescente de baja energía; son más caros, pero duran 10 veces más y sobre todo, consumen sólo la cuarta parte que los focos normales. Se estima que si cada hogar estadounidense cambiara un foco evitaría la emisión de CO2 equivalente a 800 mil autos en todo un año. Segundo, evite al máximo las bolsas de plástico y papel; use las propias de tela. Tercero, disminuya el tiempo en la regadera; un minuto menos representa 2 mil litros al año de ahorro de agua. Cuarto, atempere el termostato del aire acondicionado y el calentador. Quinto, incida políticamente para demandar proyectos de transporte público y mayor severidad en las exigencias de impacto ambiental. Parecen medidas menores, pero en conjunto pueden ser significativas. El mejor momento para haberlas tomado era hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora. (www.jorgezepeda.net)

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as 1,900 casas destruidas por los incendios en California producirán más combustible ecológico entre la opinión pública y las autoridades que los 300 mil hogares desaparecidos por el huracán Katrina, hace dos años. Ambos desastres tienen que ver con el cambio climático, aunque hay una gran desproporción entre ambos fenómenos: Los incendios en San Diego constituyen un corte en el dedo frente a la amputación de un brazo que representa Nueva Orleáns. Pero con una diferencia: el sur de California es el territorio con más millonarios por kilómetro cuadrado en el mundo; mientras que Louisiana es uno de los estados más pobres de la Unión Americana. La presión sobre Washington habrá de ser mucho mayor. Ojalá. La revista Nacional Geographic publicó en su edición de octubre un reportaje que ha conmovido a la opinión pública. El cambio climático es más acelerado de lo que se había considerado hasta ahora. En la mayor parte del hemisferio norte la temperatura promedio ha ascendido alrededor de 3 grados centígrados en los últimos 30 años, tres veces más de lo que hasta ahora se creía. En México el incremento promedio varía entre 1.5 y 2 grados. Lo peor no es el promedio sino las severas variaciones a lo largo del año. Las oleadas de calor son más intensas, pero también las heladas ocasionales. En conjunto están haciendo trizas el ecosistema bajo el cual los seres humanos han vivido durante miles de años. Durante décadas creímos que la contaminación del aire y del agua sería la mayor represalia que el planeta nos asestaría en respuesta a nuestro descuido. Sin embargo, los científicos afirman que el Apocalipsis habrá de desencadenarse por una vía mucho más terrible: la ausencia de agua. El cambio climático sentenciará a los seres humanos a una lenta condena a la deshidratación. Hasta ahora la precipitación pluvial registra variaciones de entre 10 y 15 por ciento en los últimos treinta años, pero tales cambios parecerían haber sido distribuidos en el planeta de acuerdo a

un patrón destinado a producir el mayor daño posible. Sequía en las zonas desérticas o secas, lluvia a raudales en las regiones húmedas. El problema es que mayor cantidad de lluvia no necesariamente se traduce en mayor disponibilidad de agua. En muchos lugares sucede justamente lo contrario. En Europa del norte, por ejemplo, las lluvias invernales han aumentado sustituyendo a la caída de la nieve, lo cual ha colapsado el sistema de recolección de agua que Europa generó a lo largo de siglos. La nieve permite prolongados deshielos que alimentan durante meses los largos y anchos ríos que abastecen de agua a sus ciudades. Las lluvias inclementes de los últimos años simplemente provocan inundaciones calamitosas repentinas, pero desbordan los mecanismos diseñados para retener el agua para los periodos de sequía. El principal causante de todo esto es la emisión de dióxido de carbono que el consumo de combustibles libera en la atmósfera y el efecto invernadero que provoca. Durante miles de años el ser humano vivió en una atmósfera con 280 partes de CO2. Eso cambió repentinamente en el siglo XX. Para 1950 se había alcanzado un nivel de 315 y hoy en día llega a 380. Los científicos estiman que una proporción de 450 sería la frontera límite, tras la cual el proceso sería irreversible; pasado ese punto gran parte de Greolandia y el Antártico se deshelarían y muchas de las ciudades del mundo desaparecerían por el ascenso del nivel del mar. Para entonces, de cualquier manera, sólo habría agua en algunas porciones del planeta. No se trata de una escena de ciencia-ficción. Estamos a 70 puntos de alcanzar esa mojonera de 450 partes de CO2 por millón. Cada año aumentamos dos partículas más, lo cual significa que dentro de 30 años el destino habrá de alcanzarnos. Probablemente antes, porque pese a los esfuerzos de Greenpeace o Al Gore, la generación de dióxido de carbono sigue aumentado, de tal forma que en una década podría pasar de dos a tres partículas por año. Esto significa que la mayor par-

Sobre México
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reguntémonos seriamente si nos gusta este México. Hagámoslo desde la objetividad y ante un recuento de nuestros vicios y virtudes. Evitemos hacerlo desde la comodidad de un sillón o desde el estómago lleno. Comencemos pensando en nuestra frágil institucionalidad —por ejemplo— o en la percepción extendida de que en esta enclenque democracia todo puede arreglarse con dinero. Pensemos en la ausencia de rendición de cuentas y en las complicidades históricas de los grupos de poder. Visualicemos las ataduras asociadas a nuestras carencias estructurales: el desequilibrio y la descoordinación de nuestros poderes constitucionales, los intereses de grupo que inmovilizan procesos legislativos, los niveles educativos deficientes, un Gobierno omnipresente que desparrama símbolos, los procedimientos electorales desaseados y controvertidos, y para colmo el absurdo y medieval comportarse de las iglesias. Preguntémonos entonces seriamente si nos gusta México. Hagámoslo desde la fría objetividad: devastado, aniquilado nuestro campo, sangrando; sangrando también nuestras zonas petroleras, sólo para ver regresar nuestro oro negro en forma de derivados que no hemos sabido producir, con la consecuente balanza deficitaria; sangrando nuestras calles ante asesinatos diarios, desaparecidos, y el miedo de aquella oaxaqueña –que trabaja en una maquiladora de Ciudad Juárez— y que regresa a casa entre un desprotegido páramo de calles obscuras. Sangrando en carencias y sangrando en pobrezas: atados a una economía con productos poco competitivos a nivel mundial, ninguna computadora, ninguna aeronave, la industria nacional mermada por nuestros problemas, las crisis recurrentes, la deficiente planeación estratégica. Probablemente de ese desolador panorama surgiría el debate sobre nuestra identidad nacional. Seguramente saldrían a relucir comunes denominadores: algún despistado hablará de esas piedras prehispánicas que amamos, alguien alzaría la voz sobre nuestra innata capacidad inventiva, seguramente algunos murmurarían sobre creaciones musicales exquisitas, nuestra comida, nuestra historia, nuestra tierra profunda y desquebrajada, donde la realidad es al fin de cuentas el abandono de millones de mexicanos ante las escasas oportunidades. Hemos fallado en ordenar este país y lo hemos hecho terriblemente injusto: un esquema de servicio doméstico esclavizante y una multitud de ciudadanos invisibles, reguero de desesperanza, desigualdad, violencia, droga... y la certeza extendida de que cualquier problema se arreglará con billetes, con la impunidad como pan de todos los días. Entonces la realidad se nos desborda: la sensación de peligro al cruzar nuestras montañas nocturnas, el temor de ser asaltado por el retén en turno, los taladores clandestinos que hemos visto derribar árboles centenarios, el hospital del pequeño pueblo y su multitud de medicinas caducas, el autobús impuntual que ha arrollado algunos peatones. El pan de todos los días: los semáforos descoordinados, los policías corruptos, los fraudes fiscales, la venta indiscriminada de alcohol a nuestros menores y el éxtasis en el día de nuestra independencia, donde con el rostro tricolor salimos a la calle a gritar a una plaza dividida. La lista interminable: la deserción escolar ante la falta de plata, la multitud de sueños resquebrajados, los servicios públicos ineficientes, el uso de suelo obtenido con aquel alcalde corrupto y los malabares del cartero, porque la calle Bravo tiene múltiples posibilidades de ser, y todas ellas embachadas, y todas ellas con bares que seguramente siguen vendiendo a deshoras sin importar las quejas de los vecinos. El colmo: incluso osar prender la televisión es sólo encontrar los vacuos contenidos de siempre, el colmo del embrutecimiento, el circo más dañino que satura de futbol el mediocre domingo. Pero de nueva cuenta podría salir alguien a levantar la voz y hablar de una raza profunda y sensible, de una identidad entrañable, de risa fácil y de fiesta improvisada. Oiríamos voces sobre la riqueza de nuestra multiplicidad étnica y el arte infinito de nuestros artesanos. Incluso justificaríamos nuestro atraso desde las teorías del parto sangriento de nuestro México mestizo, la brutal colonización donde instituciones y grosso poblacional sufrieron, y siguen sufriendo, y de allí la dificultad de encontrar consensos en este complicado mosaico… Buscaríamos justificantes de todo tipo para paliar nuestro atraso, desde la silla del teórico, y las respuestas serían múltiples, mas un dato duro flotaría por encima de todo: sesenta millones de pobres es precisamente sesenta por ciento de la población nacional. Un número es brutal como para seguir allí sentados divagando. Un dato duro que nos obliga a tener una respuesta. ¿Qué pretendemos hacer ante la respuesta obligada? ramoscobo@hotmail.com