EDITORIAL

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DOMINGO 9 DE DICIEMBRE DE 2007

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El Siglo de Torreón

| 7A

Paradojas
LUIS RUBIO

P

aradojas de una democracia no consolidada: por un lado, la población quiere más, considera que merece una mejor vida y que tiene derechos absolutos a eso y más; y, por el otro, esa misma población no reconoce obligación alguna, rechaza cualquier costo para lograr lo que desea y exige que esos beneficios le sean entregados sin dilación. Ésa es nuestra realidad y, como dice el refrán, “con esos bueyes hay que arar”. El problema es que ésa no es una base muy sólida para construir una sociedad moderna y democrática y sí, en cambio, una plataforma propicia para la instalación de una regresión política. La democracia mexicana se encuentra ante la tesitura de definir el camino hacia el futuro en materia política: ¿más ciudadanía o más control político desde arriba? La versión optimista de la democracia es tan lógica que resulta imposible minimizarla: una vez alineados los intereses del electorado y sus representantes en la Presidencia y en el Congreso, la toma de decisiones se torna automática. Es decir, en la medida en que los intereses de los gobernantes y legisladores están claramente identificados con los del electorado, el ciudadano siempre va a salir triunfante. Sin embargo, al tildar a la democracia como “el peor sistema de Gobierno con excepción de todos los demás”, hasta el más grande de sus defensores, Winston Churchill, expresaba, en su inigualable prosa, la paradoja que inevitablemente la acompaña. En México ni siquiera hemos comenzado a desmenuzar la ecuación derechos-obligaciones que yace en el corazón de cualquier democracia que se respete y ya estamos enfrentando retos a su existencia. La joven democracia mexicana atraviesa desafíos fundamentales. En una dimensión, es evidente que la población disfruta los límites de un sistema de Gobierno que inexorablemente le impone a los políticos que por décadas abusaron de ella. Pero en otra, como ilustra la inusitada votación por Andrés Manuel López Obrador el año pasado, una por-

ción significativa de la población claramente extraña al Gobierno que decide, resuelve y le entrega beneficios sin costo aparente ni dificultad. Quizá más importante, una vez que la capacidad de abuso ha disminuido es difícil recordar qué tanto abuso era posible y eso hace que mucha gente haya aceptado el statu quo como algo deseable independientemente de que no sea satisfactorio. La paradoja de la democracia mexicana tal vez se pueda resumir en una oración: ha disminuido el potencial de abuso, pero no ha logrado una gran mejoría en los niveles de vida o de participación política. En eso quizá no seamos excepcionales: cualquiera que haya leído las quejas de los alemanes y los estadounidenses, los rusos y los sudafricanos, es decir, de casi todo mundo, podrá apreciar que Churchill sabía de qué hablaba: la democracia no puede resolver todos los males por arte de magia. Pero una diferencia nuestra con respecto a todas esas naciones es que aquí enfrentamos la disyuntiva de un cambio que igual puede ser pacífico y consensuado que impuesto. La pregunta relevante para México es si abandonamos un sistema semiautoritario para construir una democracia o si, en realidad, acabamos construyendo un nuevo estadio que no es muy democrático pero que, sin embargo, guarda ciertas formas democráticas. O, puesto en términos coloquiales, si no acabamos con la misma gata pero revolcada. Claramente, no es la “misma gata”, pero no hay duda que tampoco se ha logrado la construcción de un sistema político que sea, a una misma vez, funcional y democrático en el que el país funciona y los políticos le responden a los ciudadanos y no al revés. Esa tensión –entre si seguir adelante o recrear algo similar al viejo sistema político- es la esencia de la disputa soterrada que vivimos estos días. Para complicar esta fotografía es imperativo también observar las distintas perspectivas que sobre la democracia mexicana tienen distintos componentes de la población. Es per-

fectamente posible que Fox no anduviera tan errado cuando dividió a la población en dos categorías, la del círculo verde (integrado por la mayoría de la población) y la del círculo rojo (integrado por quienes deciden, opinan y discuten). La perspectiva de quienes opinan, discuten y deciden es que la democracia mexicana tiene problemas, pero hasta ahí llega el consenso. Algunos creen que se requieren cambios fundamentales, en tanto que otros abogan por un proceso gradual de reforma. Esa división yace en el corazón de la disputa irresuelta del año pasado y que sigue pululando en la discusión legislativa. Para los integrantes del llamado “círculo verde” los temas son diferentes por la simple razón de que, a diferencia de los del “círculo rojo”, su acceso a la información, así como su capacidad de comprender la realidad, es muy pequeña. Es decir, para la población carente de información su única opción es la de adaptarse de la mejor manera posible a su realidad y actuar por vías de hecho y quizá eso explique tanto la economía informal como la migración hacia fuera del país. Este contraste de perspectivas recuerda la anécdota del asesor que, eufórico, llega a comunicarle a su candidato que toda la gente pensante está con él, a lo que el candidato responde “eso no es suficiente, necesitamos una mayoría”. Esa mayoría de la población es el blanco fundamental de quienes pretenden reconstruir el viejo sistema político con nuevas formas y estructuras. La promesa de reconstruir una economía como la de los setenta que animaba al candidato del PRD o la de reconcentrar el poder priista que yace detrás de la reforma del Estado, son dos maneras de enfocar el percibido clamor de la población por un sistema político y una economía más funcionales y exitosos, así sea a costa de la posibilidad de construir una participación democrática. Lo que no es obvio es que la mayoría de la población comulgue con esas propuestas de solución. Independientemente del reclamo de AM-

OMAR

LO respecto a las elecciones del año pasado, lo evidente es que la mayoría de la población decidió que su candidatura no era deseable como proyecto de Gobierno. Esto no porque mucha gente no se identificara con su proyecto, sino porque reconocía lo insostenible de la propuesta. El país requiere ir hacia adelante para avanzar, no recrear visiones que hace décadas fueron derrotadas por la realidad. Lo que urge son propuestas de transformación constructiva pues tampoco es obvio que la población tenga una paciencia infinita y menos en un entorno

de libertad que antes era en buena medida desconocido. Lo que el país requiere es un proyecto de desarrollo que se apuntale tanto en la ciudadanía como en una economía de mercado, es decir, en competencia, derechos y obligaciones. A la fecha, toda la oferta política es de soluciones mágicas o más de lo mismo, el Gobierno iluminado decidiendo y no la sociedad desarrollando al máximo su capacidad. Ninguna de esas propuestas es aceptable ni deseable: la democracia mexicana sigue coja. www.cidac.org

Castañeda, el mercenario RELATOS DE ANDAR Y VER imprescindible París era una fiesta
JORGE ZEPEDA PATTERSON

ERNESTO RAMOS COBO

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a la impresión de que el Gobierno de Fox no dejó contento a nadie, o a muy pocos, pero por razones que difieren en cada caso. Con el libro La Diferencia de Jorge Castañeda y Rubén Aguilar, sucede exactamente lo mismo. La izquierda lo ha repudiado por la procedencia de los autores, colaboradores ambos del ex presidente, y por la lógica presunción de que se trata de una “defensa de Fox”. Por su parte, la derecha ha mostrado resquemores por la cantidad de trapos sucios sobre los modos de gobernar del presidente con botas. Ambos, izquierdas y derechas, tienen razón para justificar sus recelos, y eso resulta ya una razón para revisar este libro con atención. No considero que La Diferencia sea un libro dedicado esencialmente a justificar a Fox. En todo caso me parece que es un texto para justificar a sus autores. Ciertamente, a ratos parece un ajuste de cuentas de Castañeda y Aguilar con algunos personajes contra los que descargan fobias o resentimientos. En realidad, muchos pasajes me parecen más bien incriminatorios para el Gobierno de Fox. Hay datos que no se conocían, o sólo se sospechaban, que confirman la manera en que el ex presidente boicoteó su propio proyecto por inconsistencia, frivolidad, por la incompetencia de sus colaboradores y/o la competencia entre ellos. El que busque chismes sobre los políticos no saldrá defraudado. El libro puede ser leído como una especie de “Ventaneando” de la clase política. Por ejemplo, al revisar el fracaso en el incremento del IVA, señalan la hipótesis de que haya sido negligencia de Arturo Montiel, quien fue incapaz de asegurar el voto de sus 21 diputados que al parecer había garantizado. “Pero debido a sus líos matrimoniales, patrimoniales y anímicos se fue a refugiar a San Diego para reconquistar a su esposa francesa”. Ella había sido objeto de una golpiza mayúscula por parte de presuntos guardaespaldas de Montiel y el daño fue reparado mediante la compra de una fastuosa casa de playa en la isla

francesa de San Bartolomé, pagada con maletín de efectivo. En ese sentido el libro va de revelación en revelación. Que Fox buscó al empresario Roberto Hernández para financiar la campaña de Madrazo y de Gordillo, y asegurar así la derrota de Beatriz Paredes en la disputa por la presidencia del PRI en 2002. O que Alfonso Romo, un millonario regiomontano, se opuso a que Sabina Berman fuera la titular de Conaculta por ser demasiado “liberal”, los cual confirma que la influencia de los empresarios fue mucho más allá de los ámbitos económicos. O que el teléfono del presidente del Trife fue intervenido ilegalmente por parte del PRI del Gobierno del Estado de México, días antes de que los magistrados dieran su fallo sobre le elección. O que Cerisola no podía ver a Gil Díaz, y éste no tragaba a Derbez, quien a su vez le tenía muina a Castañeda, quien terminó enemistándose con Adolfo Aguilar. Y con este Borondongo le dio a Bernabé y Bernabé le pegó a Muchilanga, que Fox toleraba, podría explicarse un par de proyectos frustrados del sexenio. Algunos pasajes del libro merecerían mayor atención por parte de la izquierda. Constituyen música para sus oídos. Los autores reconocen que Fox habló con los grandes empresarios para que le metieran dinero a la campaña de Calderón y/o a la campaña negativa contra AMLO; que negoció con Elba Esther el apoyo del Panal y acordó la designación del candidato de ese partido; introdujo en las elecciones a Dick Morris, el estratega de las campañas del miedo; intercambió favores con Televisa para contar con una cobertura favorable a Calderón. En otro capítulo los colaboradores de Fox confirman la participación de Diego Fernández de Cevallos y de Carlos Salinas para golpear a AMLO con los videos de Ahumada. El libro documenta una reunión en Los Pinos entre el Jefe Diego, Fox y el procurador Macedo de la Concha antes de pasar los videos a Televisa. Quizá muchos lopezo-

bradoristas no quedarán sorprendidos por esos datos, pero no deja de ser sorprendente que los confirmen dos miembros del círculo interno de Fox. Más allá de las anécdotas y revelaciones, lo más interesante del libro es la visión descarnada que ofrecen del ex presidente, quizá de manera involuntaria. Una y otra vez al analizar algunas coyunturas (el aeropuerto de Atenco, el desafuero, las elecciones) dan cuenta del frecuente divorcio entre los deseos del presidente y la realidad. Una frase muy usada con la que describen el comportamiento de Fox es “falsa ingenuidad”. Remite no a la ingenuidad de Fox, sino a la capacidad de autoengaño del ex presidente. Los autores nos pintan a un hombre de buenas intenciones; sí, pero incapaz de darse cuenta de las muchas ocasiones en que actuó con malas intenciones. El breve capítulo sobre Marta Sahagún, es un texto para curarse en salud. Y de hecho lo hacen “bajo protesta”. Los autores argumentan que no era su papel ponerse hablar de la familia Bibriesca toda vez que el asunto está en tribunales. Pero no debieron ignorar el papel político de la consorte y sus pretensiones de convertirse en sucesora de su marido. Marta no es un simple affaire en la Presidencia, como el de la señora Sarkozy. Cualquier análisis del Gobierno foxista sin abordar a la primera dama queda sospechosamente incompleto. Encuentro muchas razones para estar en desacuerdo con este libro, pero también muchos motivos para leerlo con atención. En la presentación en la FIL de Guadalajara, Castañeda se autodefinió como “un mercenario” en búsqueda de mayor venta de ejemplares. Podría ser también una descripción de su paso por la política que lo ha llevado a ser asesor de Cárdenas, de Gordillo o de Fox. En su calidad de protagonista interesado, sus testimonios nunca serán objetivos, pero sin duda forman parte de una historia con la que podemos coincidir o diferir, pero nunca ignorar. (www.jorgezepeda.net)

E

n A Moveable Feast (París era una fiesta), el libro póstumo de Ernest Hemingway, hay un capítulo singular que despliega la aversión a las interrupciones no deseadas. Comienza hablando del vertiginoso duende que de pronto lo invade, por fin, en uno de esos cafés parisinos, y se describe solitario con lápiz y papel, mientras las letras fluyen frescas como subiendo a un árbol; Hemingway recorre el paisaje, emprende el vuelo, y su escritura es seda tersa que prosigue, como el Jazz de Ornette Coleman, por ejemplo, como un continuo susurro al oído. Más, de pronto, una cara conocida es preludio de interrupción no deseada, el vuelo de la escritura rompiéndose al caer mientras las manos tapan lo escrito en el viejo Moleskino. No hay entonces diplomacia que valga: la plática fútil y la despedida abrupta, los monosílabos como respuesta, la búsqueda inmediata de otro café anónimo, confirman a la escritura como la profesión más solitaria que existe. En la década del cincuenta The Paris Review recogió una serie de entrevistas con escritores, y en ellas la tranquilidad del oficio es tema recurrente. Ante la pregunta expresa, William Faulkner responde que el mejor ambiente para el escritor es la del administrador de burdel, “goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre la cabeza y no tiene nada qué hacer, excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la Policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte de día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, y toda la paz y toda la soledad y todo el placer a un precio asequible”. La entrevista no es sólo la joya que invita a la relectura, sino que es además una puya filosa y sangrante en el costado, porque al final de cuentas hay por allí algo que está queriendo ser escrito, y no sabemos cómo hacerlo, e ignoramos su llegada y su forma y su rostro, pero de cualquier forma sabemos que habremos de sentarnos a enfrentar la página blanca. Entonces buscamos algún sitio para intentar arrancar algo. Ya no el café solitario: una idea más cercana a sombrero de pluma que a cualquier otra cosa; buscamos donde sea y buscamos principalmente tiempo. Porque aunque coincida-

En la década del cincuenta The Paris Review recogió una serie de entrevistas con escritores, y en ellas la tranquilidad del oficio es tema recurrente. Ante la pregunta expresa, William Faulkner responde que el mejor ambiente para el escritor es la del administrador de burdel, “goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre la cabeza y no tiene nada qué hacer, excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la Policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte de día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, y toda la paz y toda la soledad y todo el placer a un precio asequible”.
mos generalmente con Faulkner y con Hemingway, sabemos de las idealizaciones románticas que el siglo anterior nos dejó tatuadas, y que nuestro tiempo es de computadora, de archivo, de messenger que importuna y de celular replicante; nuestro tiempo es de ubicuidad ligera. Hoy buscar las letras es apagar los pendientes de la bandeja de entrada, aunque sean de los que no conocen razones propias. Nos sentamos, rápido, y escribimos y casi terminamos y a lo que sigue, entre el frenesí de esta modernidad cambiante, líquida, que todo lo cubre y todo lo trivializa, al grado de hacernos pensar que encontrar un remanso de quietud resulta imposible, y que no es posible terminar por que ya nos llaman, aunque la tarde esté fantástica, los pájaros se escuchen lejos y ramoscobo@hotmail.com