EDITORIAL

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DOMINGO 23 DE DICIEMBRE DE 2007

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El Siglo de Torreón

| 7A

Común denominador
LUIS RUBIO

H

ay dos maneras de entender y evaluar el crecimiento de las economías exitosas. La primera es analizando los elementos técnicos que las caracterizan, lo que en el ámbito de los mercados financieros se conoce como los “fundamentales” aunque eso no tenga mucho sentido lingüístico, es decir, los índices de desempeño en términos de inflación, déficit fiscal, balanza de pagos, etcétera. La segunda requeriría dilucidar los factores que efectivamente lograron enfocar a una economía hacia el crecimiento. En México tenemos perfectamente claro lo primero, pero estamos en ascuas respecto a lo segundo. Los economistas, de México y del resto del mundo, llevan años debatiendo –con frecuencia peleando- sobre cuáles son los factores que hacen posible el crecimiento. Algunos, nostálgicos, asocian crecimiento con gasto público deficitario porque supuestamente así funcionó hace varias décadas; otros, optimistas, suponen que unos cuantos cambios legales y regulatorios eliminarían los obstáculos e impedimentos que hoy mantienen aplacado el potencial de desarrollo de nuestra economía. El grupo llamado Huatusco ha estado discutiendo todos estos elementos en los últimos años; han debatido los temas relativos al gasto público y al comercio exterior, los derechos de propiedad y las reglas del juego. Su gran mérito, que no es pequeño dado nuestro conflictivo entorno político, es el de haber logrado sentar en una misma mesa a economistas de todas corrientes e ideologías y su diálogo

Los economistas, de México y del resto del mundo, llevan años debatiendo –con frecuencia peleando- sobre cuáles son los factores que hacen posible el crecimiento. Algunos, nostálgicos, asocian crecimiento con gasto público deficitario porque supuestamente así funcionó hace varias décadas; otros, optimistas, suponen que unos cuantos cambios legales y regulatorios eliminarían los obstáculos e impedimentos que hoy mantienen aplacado el potencial de desarrollo de nuestra economía.
ha logrado reducir las brechas conceptuales que habían dominado (y nublado) el panorama político y académico por años. Lo lamentable es que todos esos diálogos y debates no han tenido impacto alguno en el medio político. La contienda de 2006 mostró que las brechas y los mitos permanecen tan profundos como siempre en estos ámbitos y que nuestros políticos no han tenido la imaginación para remontar esas diferencias. Más bien, al contrario: han convertido esas brechas en obstáculos para una discusión seria de qué es lo que hará posible transformar a la economía mexicana. Como ilustra la recientemente publicada Encuesta Ingreso Gasto de los Hogares, a nuestra economía le ha ido mejor de lo que las cifras oficiales sugieren, pero seguimos teniendo un desempeño por debajo de los deseable y, ciertamente, de lo posible. Más grave, por mucho diálogo, debate o confrontación que exista en materia del desarrollo económico, claramente no estamos cerca de encontrar la piedra filosofal en estos temas. De hecho, a juzgar por lo que ocurre en otras latitudes, es posible que la forma de comportarse y actuar de nuestros políticos tenga un mayor impacto sobre el crecimiento económico que muchos de los temas más técnicos en que se concentran los debates entre especialistas. Si uno analiza los indicadores económicos de un gran número de naciones (las estadísticas que semanalmente reporta la revista The Economist es un buen lugar para compararlos), lo primero que resulta evidente es que, en fuerte contraste con lo que ocurría hace una década o dos, hoy en día hay muchos más países que satisfacen los requisitos técnicos (los llamados “fundamentales”) que países que evidencian economías fuertes y pujantes. Es decir, la solidez de los principales indicadores económicos es una condición necesaria para el crecimiento, pero no suficiente. No hay país en el mundo que haya crecido de manera sistemática por largos periodos que no tenga una fuerte solidez en su macroeconomía; al mismo tiempo, no todos los países que tienen solidez macroeconómica crecen de manera elevada y sostenida. En Mé-

xico tenemos que encontrarle la cuadratura a esta paradoja. Una cosa que resulta clara de observar a las economías del mundo que en las últimas décadas se han distinguido por su capacidad de lograr elevados índices de crecimiento es que no hay un factor único y excepcional que explique su éxito. Pero todas satisfacen dos características que las distinguen de manera dramática respecto al resto del mundo. Por una parte, todas las naciones que crecen con celeridad –pensemos en India, China, Irlanda, Corea, Inglaterra, Chile y el sudeste asiático- se caracterizan por su fortaleza macroeconómica: algunos tienen inmensos superávit fiscales y sus reservas internacionales se cuentan en los cientos de billones de dólares. Pero, como mencionaba antes, la fortaleza macroeconómica no es el factor explicativo. En México llevamos más de una década en esas condiciones y nuestros indicadores son tan convincentes como los de cualquiera de las naciones citadas. Además, aunque todos estos países evidencian fortalezas en tal o cual tema o sector, también tienen severas deficiencias en muchos otros. India es un ejemplo perfecto: si bien su economía ha logrado tasas envidiables de crecimiento, el país sigue siendo terriblemente pobre, su infraestructura es patética y sus rezagos son inenarrables. Con todos nuestros males, el producto per cápita del mexicano es diez veces superior al del hindú. La explicación del éxito económico no se encuentra en la macroeconomía ni en el conjunto de factores que,

en ánimo de resumir, categorizaría de “técnicos”, incluyendo lo fiscal, regulatorio, derechos de propiedad y demás. Lo que parece diferenciar a esas naciones es su actitud para enfrentar y resolver sus problemas y limitaciones. India e Irlanda son dos ejemplos particularmente señeros en esta materia. Sin pretender equipararlos en modo alguno (esto sería absurdo e imposible), lo que los asemeja es su rezago y deterioro ancestral. A lo largo de todo el siglo XX, ambas naciones se rezagaron respecto a sus pares regionales: eran más pobres, peor organizados y ambos expulsaban a su gente más talentosa. Sin embargo, algo les hizo cambiar de manera dramática en las últimas décadas. Aunque ambos llevaron a cabo reformas importantes, lo que de verdad hizo posible su transformación fue un cambio de actitud. Un buen día, se dio un colectivo “basta” y comenzaron a dejar de culpar a los otros de sus males para ponerse a enfrentarlos. El cambio en India no fue producto de un Gobierno visionario que lo transformó todo, sino de muchos miles de acciones individuales que, poco a poco, crearon “clusters” de crecimiento que, agregados, comenzaron una amplia transformación. En México vivimos un cambio de actitud al inicio de los noventa que no se consolidó, pero mostró que es posible cambiar mucho con una actitud proactiva. El problema es que las actitudes las tiene que cambiar cada quien por su propia cuenta. El reto es comenzar. www.cidac.org

RELATOS DE ANDAR Y VER
ERNESTO RAMOS COBO

OMAR

Deambular nocturno

A

veces –nocturno— camino en soledad al abandonar mi oficina. No es solamente el cubo de luz –ya oscuro—, ni las frías tuberías expuestas. No es eso tío. Ni es esa familia del portero –arrinconada entre las sombras—, que comparte una de esas cocinas a las que nadie acude sin respirar antes. No es eso, tío… es otra cosa. A veces, ya en mi auto, ocurre detenerme de súbito ante el tráfico, obtuso y duro, con luces rojas que cuelgan del semáforo cegando un tanto, por largos minutos, hasta que un claxon trasero –insistente e insensible—, se encarga de despertarme de pronto. ¿Por qué pasan estas cosas, tío? ¿Por qué ese calvo –en el auto contiguo—, cuando voltea, lo hace con una mirada perdida, casi dolorosa, como si le pesaran (también) esos tres semáforos próximos?

¿Dónde está el sentido tío? ¿Hacia dónde acelerar? Pareciere todo estar sembrado de desconciertos. Las calles oscuras, desiertas en tramos, el tocacintas inservible. Pareciere no haber oportunidad de nada, ni de poner a My Way a resonar en las bocinas, y acelerar en libertad hacia un horizonte de ojos azules. En casa hay un pasillo largo, tío. A veces –nocturno— arribo a casa, a la soledad de los niños ya dormidos, a la soledad de sus pelos húmedos, de un hueco apenas calentándose, rastro de agitación reciente, de agitación apagada. Es entonces que algo obliga –tal vez— sólo a inclinarme, brevemente, esperando el mañana de sus ojos abiertos. Esperanzadoramente. ¿Por qué pasan esas cosas, tío? Sabemos, —intuimos— que hay algo allí… ¿no es cierto? ramoscobo@hotmail.com

Libros para el sosiego
JORGE ZEPEDA PATTERSON

N

o es fácil dejar de hablar de los pecados capitales de la clase política y de los “sospechosos usuales” de la escena pública. De alguna forma las Gordillo y los “Gober Preciosos” se dan maña para inquietarnos aun en vacaciones. Pero haciendo a un lado lo que los villanos confabulen mientras festeja el resto de los mexicanos, me permito sugerir algunas lecturas para procurar el sosiego en el compás de espera navideño. Comienzo con La Carretera, del norteamericano Cormac McCarthy (Literatura Mondadori), autor del afamado libro Todos los hermosos caballos. Es un poderoso relato de sobrevivencia en un mundo destruido por la hecatombe nuclear, en el que un padre y su pequeño hijo marchan hacia el mar en busca de un posible paraíso. En el camino deben sortear toda suerte de penurias y a las bandas depredadoras en que se ha convertido una sociedad exclusivamente dedicada al despojo. Con todo, es un texto luminoso por la inquebrantable bondad del niño que impide a su padre ceder a la maldad a la que todos los seres humanos parecerían estar condenados. Un libro duro, pero esperanzador, que nos recuerda el sencillo heroísmo que entraña mantenerse del lado de “los buenos”. Unos años antes, la recién galardonada con el Nobel Doris Lessing escribió un libro hermoso con un tema similar: Mara y Dann. Ella de nueve y

El que haya disfrutado la serie de televisión Roma, habrá de interesarle la novela Imperium, del inglés Robert Harris, sobre la vida de Cicerón, el extraordinario tribuno y orador, justamente uno de los personajes centrales de la serie de HBO. La novela está escrita a manera de supuestas memorias del legendario Tiro, esclavo secretario de Cicerón, a quien se atribuye la invención de la taquigrafía. La novela describe a uno de los “animales políticos” más talentosos que ha generado la historia mundial.
él de cinco años de edad, emprenden una larga travesía por tierras de un planeta devastado por una sequía atroz. Los niños viajan acompañados por adultos desconocidos, pero amigables que les toleran y protegen ante los incesantes peligros. Los dos hermanos (y el propio lector) poco a poco comenzarán a entender el papel que ellos tienen en el destino de esas extrañas tierras. Lo mejor del texto es la habilidad de la autora para contarnos este exótico relato de amor y compasión exclusivamente desde la mirada peculiar de esta niña convertida en protectora de su hermano. El que haya disfrutado la serie de televisión Roma, habrá de interesarle la novela Imperium, del inglés Robert Harris, sobre la vida de Cicerón, el extraordinario tribuno y orador, justamente uno de los personajes centrales de la serie de HBO. La novela está escrita a manera de supuestas memorias del legendario Tiro, esclavo secretario de Cicerón, a quien se atribuye la invención de la taquigrafía. La novela describe a uno de los “animales políticos” más talentosos que ha generado la historia mundial. Sin partido, fortuna o padrino, Cicerón, un ferviente republicano, se las ingenió para imponerse a los poderosos una y otra vez gracias a su poderosa labia y su conocimiento de la naturaleza humana. Irvine Welsh es una persona con quien seguramente usted no dejaría salir a su hija, pero escribe libros tan divertidos como astutos. Autor del famoso Trainspotting, llevada al cine, este escocés se ha colado en la “alta literatura” escribiendo sobre la escoria del Reino Unido (justamente uno de sus libros se intitula Escoria; otros, Acid House, Éxtasis, Cola, Porno). El más reciente, publicado por Anagrama, tiene un título intrigante. Secretos de alcoba de los grandes Chefs. Es la saga de un joven funcionario, juerguista irredento, carcomido por la duda de conocer la identidad de su pa-

dre, de quien sólo sabe que en la actualidad es una gran chef de cocina. En el caso de Irvine Welsh el pretexto es lo de menos; también esta trama le sirve para ofrecernos frases punzantes y viñetas hilarantes sobre la sociedad de consumo, el futbol, el rock bueno y la lenta, pero inexorable destrucción del hígado que propicia la adicción a un pub inglés. Desde el otro extremo, pero no menos divertida, es la novela “El curioso incidente del perro a medianoche”, de Mark Haddon, un libro que, como indica su promocional, no se parece a ningún otro. Es un relato aparentemente ingenuo e inocente sobre un chico de quince años, que padece una forma de autismo, que si bien lo convierte en genio matemático le inhabilita para percibir las sensaciones, mentiras y dobles sentidos de los adultos. Christopher es amante de Sherlock Holmes y de los poderes de la deducción racional, y aplicará su virtuosismo para descubrir quién mató al perro de su vecina. Pero en el camino descubrirá los secretos más íntimos de los adultos condescendientes que le rodean, para espanto de éstos, y de paso mostrará al lector las miles de pequeñas incongruencias que entretejen nuestra vida cotidiana. Un libro soberbio e inolvidable. Si de plano no tiene interés en explorar nuevos autores y quiere algo seguro, capaz de hacerle ignorar la música banda de los que acampan al lado,

Stephen King, el amo del terror, sigue siendo infalible. La historia de Lisey, de Plaza Janés, con sus 600 páginas le asegurará varias noches en vela. Lisey es la viuda de un afamado autor de novelas que además de una cuantiosa herencia deja un último manuscrito… Lo demás corre por cuenta suya. Ahora bien, si usted encuentra que las novelas no son lo suyo y no quiere darle vacaciones a “los malosos”, entonces le sugiero Los Amos de México, de editorial Planeta, un libro que acabo de publicar como coordinador de un grupo de colegas periodistas. Es una investigación de la vida de once multimillonarios mexicanos: Carlos Slim, Emilio Azcárraga, Alberto Bailleres, Lorenzo Zambrano, María Asunción Aramuruzabala, Lorenzo Servitje, Roberto Hernández, Olegario Vázquez Raña, Jorge Vergara, Roberto González, Los Ramírez de Cinépolis. Conocer quiénes son, más allá de las notas y fotos de sociales, es una manera mucho más efectiva para empezar a conocer el verdadero México. Por lo demás, estas once biografías contienen un poco de los temas tratados en los libros reseñados arriba: mucho de terror, algunos vicios que no envidiaría un hooligan inglés, disputas por el poder de maneras tan sicilianas como romanas, y apetitos empresariales como si el mundo se fuera acabar mañana. Once realidades que no le piden nada a la ficción. (www.jorgezepeda.net)