EDITORIAL

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DOMINGO 2 DE MARZO DE 2008

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El Siglo de Torreón

| 5A

Grupo de presión
LUIS RUBIO

GUAYO

¿

Por quién debería apostar México? ¿Por el pasado o por el futuro? ¿Por el consumidor o por el productor? ¿Por los grupos de interés creado o por las empresas que todavía están por nacer? ¿Por las cúpulas sindicales abusivas o por los derechos de todos los trabajadores? ¿Por el mérito o por el privilegio? ¿Por la modernización institucional o por el statu quo? ¿Por el crecimiento acelerado o por el mantenimiento de la distribución actual de la riqueza? Estos son los dilemas medulares que el país tiene que resolver y definir. Todo indica que algunos de esos dilemas estarán en la palestra legislativa más temprano que tarde. El tema es la iniciativa de ley que flota en el poder legislativo sobre la creación de un “Consejo Económico y Social de Estado” (CES). Se trata de una propuesta que se ha venido gestando desde hace varios años y que no ha cambiado de naturaleza: su objetivo es el de preservar la discrecionalidad que impide que el país cuente con reglas claras y predecibles para que la economía pueda prosperar para beneficio de todos los mexicanos. Se trata de una burda propuesta de corte fascista para preservar privilegios. En un país de alma corporativista como el nuestro, todo se quiere resolver en privado. Existe una marcada tendencia por evitar el debate público, presentar puros fait accompli, es decir, decisiones tomadas de antemano sin el tipo de discusión que sería normal y necesario en una democracia. Nuestra historia es propensa a decidir en privado los temas donde la opacidad y el tráfico de influencias son práctica común. La idea de crear un CES consiste en formalizar ese mundo de arreglos privados y de tráfico de influencias y privilegios a través de un mecanismo formal de presión cuyo objetivo es proteger los intereses de sus integrantes. De crearse semejante instrumento, el obstáculo para la modernización del país quedaría interconstruido en el proceso político y legislativo. El proyecto de crear un Consejo de esta naturaleza lleva años siendo promovido por las organizaciones sindicales más militantes y favorecidas del país, así como por algunas

Los objetivos podrían parecer razonables, pero cuando uno ve la integración que se propone para el CES, se puede apreciar su verdadera naturaleza. Lo que se busca es oficializar y centralizar la representación del corporativismo: organizaciones sindicales, empresariales y de la sociedad civil. Da la impresión de que, en el fondo, se trata de recrear al viejo PRI como organización capaz de sumar a las organizaciones, cámaras y empresas que acaparan el poder y que buscan impedir que el resto de la población tenga la oportunidad de competir, crecer y desarrollarse.
cámaras empresariales que se han sumado al objetivo de institucionalizar los privilegios de que gozan. Todos los integrantes del grupo que promueve la creación de este mecanismo tienen la fuerte convicción de que el país funcionaba mejor antes, cuando la toma de decisiones estaba concentrada, pero sobre todo cuando el criterio que animaba las decisiones sobre todo en materia económica residía en la preservación del statu quo. Los objetivos que propone la iniciativa de ley hacen imposible no caer en un cinismo irredento. Según la iniciativa, el CES propone objetivos aparentemente inofensivos, hasta inocentes, pero que en realidad implican una transformación del régimen de (medio) libertad económica que nos caracteriza. Las atribuciones que tendría el Consejo incluirían algunos como los siguientes: “promover el diálogo, la deliberación… y la concertación entre los …sujetos sociales y económicos”, “ser órgano de consulta obligatorio”, “formular recomendaciones…”, “eliminar la desigualdad e inequidad de las mujeres”, “analizar los problemas generales”, “promover iniciativas de ley”, “interponer demandas de controversia constitucional”, “elaborar investigaciones”. En suma, ser un órgano de presión política. Los objetivos podrían parecer razonables, pero cuando uno ve la integración que se propone para el CES, se puede apreciar su verdadera naturaleza. Lo que se busca es oficializar y centralizar la representación del corporativismo: organizaciones sindicales, empresariales y de la sociedad civil. Da la impresión de que, en el fondo, se trata de recrear al viejo PRI como organización capaz de sumar a las organizaciones, cámaras y empresas que acaparan el poder y que buscan impedir que el resto de la población tenga la oportunidad de competir, crecer y desarrollarse. Los objetivos que se propone perseguir el CES y la integración de sus miembros revela lo que yace detrás de la iniciativa: se busca preservar lo existente, lo que inevitablemente implica negar la posibilidad de un futuro distinto. Por ejemplo, hoy lo crucial para el desarrollo económico reside en la agregación de valor, sobre todo en servicios. Sin embargo, este organismo excluiría de entrada a cualquier cámara, asociación o empresa que se dedique o pretenda dedicarse a esa línea de negocio por la simple razón de que no tendría “representatividad” como supuestamente sí la tienen las viejas y caducas organizaciones sindicales o las empresas oligopólicas. En realidad, el CES procuraría objetivos como los siguientes: a) promover los intereses de los integrantes del propio Consejo; b) proteger lo existente; c) definir la identidad nacional en términos de lo que convenga a los miembros del Consejo; d) promover una definición de competitividad que sirva para preservar lo existente, así implique negar otras formas de competencia, otro tipo de empresas, otros sectores de la economía. Un proyecto como éste no sería más que otro clavo en el ataúd del futuro económico del país. El CES se convertiría en un grupo de presión al servicio de los intereses más retrógrados del país, retrógrados porque ven su futuro en mantener el pasado, no por que sus

dueños o integrantes sean personas indecentes o impresentables. Se promovería la preservación de los monopolios públicos y privados que impiden que se liberen las fuerzas productivas y que se desarrolle cada individuo y cada región. Una entidad de esta naturaleza no haría sino anular los ya de por sí pocos derechos ciudadanos, políticos y económicos que como votantes y consumidores tenemos. Un CES no constituye un complemento, sino un substituto, una alternativa a un sistema político que aspira a ser democrático y representativo y a una economía que busca generar oportunidades para todos los integrantes de la sociedad, sin excepción, a través de la competencia y la productividad. Los objetivos

que los promotores del CES ven como positivos son precisamente los que impiden el desarrollo de una economía moderna y competitiva. Por todo eso es una pésima idea que nuestros legisladores deberían rechazar sin contemplación. En lugar de un CES, nuestro Congreso debería abocarse a eliminar las fuentes de privilegio que hoy mantienen amarrado al país. Es decir, se debería adoptar un marco regulatorio libre de preferencias y privilegios para comenzar a limpiar al país de las fuentes de poder y riqueza que nutren a quienes hoy las quieren perpetuar a través de un CES. Eso es lo que requiere el país; no un Corporativismo Eternamente Sobreprotegido. www.cidac.org

Más Iván que Camilo
JORGE ZEPEDA PATTERSON

RELATOS DE ANDAR Y VER
ERNESTO RAMOS COBO

C

alderón incurrió en un grave riesgo al colocar a Camilo Mouriño en la secretaría de Gobernación. Y agravó su error al pedirle que coordinara los esfuerzos para conducir las negociaciones que sacarían adelante a la reforma energética. Como es sabido, hace unos días Andrés Manuel López Obrador presentó copias de convenios de Pemex y Transportes Especializados firmados por “Iván” como apoderado de la empresa Ivancar: el 20 de diciembre de 2002, el 1 de septiembre de 2003 y el 29 de diciembre de 2003. En esas fechas fungía como asesor del entonces secretario de Energía, Felipe Calderón, y se había desempeñado como presidente de la Comisión de Energía en la Cámara de Diputados en la Legislatura 57 (años 2000-2003). Poco después de la firma de esos convenios, Mouriño fue designado subsecretario en la Sener. Los convenios amparan la prestación de servicios por valores entre 3 y 8 millones de pesos (cada uno) en beneficio de la empresa de Mouriño y sus familiares y López Obrador asegura que fueron entregados por adjudicación directa, sin pasar por licitaciones o concursos. Al margen de lo que arroje la investigación sobre estos hechos, es evidente que Mouriño cometió una enorme imprudencia, por decir lo menos. Habrá quienes descalifiquen estas acusaciones por venir de López Obrador, un rival político. Pero tampoco se podrá confiar gran cosa en las averiguaciones que realice la Secretaría de la Función Pública, dependencia que forma parte del Gabinete que el mismo Mouriño coordina. Cuesta trabajo creer en la imparcialidad de una investigación contra el “Jefe”. El secretario de Gobernación se ha defendido de estas acusaciones asegurando que la relación entre su familia y Pemex se remonta a más de veinte años, y que el primer convenio se firmó cuando él tenía 14 años. Afirma también que desde 2003 está totalmente desvinculado de los negocios familiares (un consorcio con poco más de 80 empresas). Seguramente es así, pero eso no explica por qué andaba firmando en 2002 y 2003 documentos que lo convertían en juez y parte.

A pesar de la improbabilidad de que el asunto llegue a tribunales, en términos políticos queda bastante mal parado el delfín del presidente. La presentación de los convenios firmados por Mouriño, hacen de éste un mal negociador de una reforma que se supone no está diseñada para favorecer a la Iniciativa Privada. El Gobierno ha gastado fortunas para convencer a la opinión pública de que la entrada de capital privado bajo distintas modalidades, no entraña la privatización, ni supone entregar en manos del empresariado un recurso natural que pertenece a los mexicanos. Por lo mismo, resulta absurdo hacer “visible” en esta negociación a Mouriño, cuya familia ha hecho fortuna como concesionaria de gasolineras en el sureste y como prestadores de servicios de transporte en Pemex. La participación del hispano-mexicano en la reforma seguramente también generará suspicacias por lo que respecta a las empresas extranjeras. López Obrador también acusó a la empresa española Repsol de haberse quedado con un contrato por 16 mil millones de dólares para vender a Pemex gas peruano, gracias a la intervención de Mouriño, quien habría “llevado tajada”, según El Peje. Aún cuando esta última acusación tiene más probabilidades de ser una baladronada, lo de Repsol y el origen gallego del secretario de Gobernación dañará políticamente a Calderón. En la misma nota se aseguraba que el Gobierno “le construiría” gratis a Repsol un puerto para el desembarque de gas peruano y que el convenio convertiría a la empresa española en la mayor distribuidora de este combustible en el país. Desde luego se trata de un asunto delicado y seguramente el Gobierno revisó los pros y los contras financieros, pero haber involucrado a Mouriño es, a todas luces, un equívoco mayúsculo. El Gobierno de Calderón necesita prácticamente de todos los votos de los diputados priistas para alcanzar los dos tercios que requieren las modificaciones a la Constitución que exige una reforma energética de fondo. Los panistas tienen 204 de un total de 500; necesitan 331. Si bien es cierto que la descalificación de Mouriño proviene

esencialmente de los militantes del PRD, hay muchos priistas para quienes resultará difícil votar en contra de los “principios nacionalistas” que han defendido durante tanto tiempo. A tales priistas les resultará más complicado votar por la reforma que impulsa un empresario de origen español. Cuando Camilo Mouriño fue designado secretario de Gobernación, hace algunas semanas, expresé en este espacio mi percepción de que se trataba de una maniobra muy arriesgada. Desde hace varios sexenios los presidentes mexicanos colocan en “Bucareli” a un político respetado, pero no a un miembro de su círculo de confianza y nunca a su brazo derecho. De esa forma, el secretario de Gobernación puede cumplir funciones de “fusible” para soportar las tensiones políticas y hacer el trabajo sucio frente a la opinión pública, mientras la verdadera política se hace en Los Pinos. De allí la fuerza que llegaron a tener Emilio Gamboa, Córdoba Montoya, Liébano Sáenz y Ramón Muñoz-Marta Sahagún, quienes desde la residencia oficial ejercieron un poder mayor que los secretarios de Gobernación en los sexenios de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox, respectivamente. Los presidentes priistas hace mucho tiempo decidieron que no convenía colocar en Gobernación a un futuro candidato a la Presidencia, porque ello deterioraba su capacidad como mediador entre las fuerzas políticas del país (la Oposición no querría otorgar triunfos políticos a un seguro rival en las siguientes elecciones). Pero Felipe Calderón hizo a un lado tales prudencias. En el pecado puede llevar la penitencia. Al colocar a su hombre de confianza en la primera línea de fuego, el presidente opera sin red de protección. Hubo un exceso de confianza al convertirlo en el ariete de la reforma energética. Lejos de sumar, Mouriño terminó restándole posibilidades al proyecto y permitió a López Obrador volver a “posicionarse” en la escena política nacional. Un error impensable en un hombre del oficio político de Calderón. Sin duda, el poder prohíja la soberbia. (www.jorgezepeda.net)

Dylan
E
l auditorio entero es de Bob Dylan, el hombre con piel de lagarto. Desfigurado fantasma generacional que comanda una banda de pistoleros, más longevo que la capa geológica y más sabedor de voz ronca que cualquier otra cosa. Quieto, dueño de sí, se aferra al teclado y parece follárselo, en gesto de sombrero oculto, en delgada textura de Giacometti. Es pastor patilargo y parsimonioso más sabio que la huesuda misma. Es ángel inmaculado murmurando canciones negras en las orillas bajas del Styx. Digamos que ese muchacho ha estado aquí desde siempre. Su legado en el siglo XX es toral, fecundo, y su poesía hecha música es significado y reclamo, eco de todas las voces ante la invasión del desasosiego como rasgo de nuestros días. Él ha estado aquí desde siempre. Desde el hervidero ideológico de la década de los sesenta –donde él comandó el viraje y el rompimiento de ataduras—, hasta casi cincuenta años después, el día de hoy, ya después de tantos sueños caídos por la borda, del choque civilizatorio y del fin de la historia. Aquí sigue Dylan aposentado frente a nosotros sin elegía de pedestal. Con la simpleza de siempre. Robot esquelético de bota picuda y pantalón entubado, que en total control disecciona el teclado como si fuera estuche de herramientas en un garaje sureño. Y su canto es el mismo y su mensaje es el mismo y la realidad es la misma: somos piedras rodantes solitarias, desconocidas, y sin dirección a casa. En Mr. Tambourine Man la armónica de Bob Dylan no parece llorar porque no puede, pero termina llorando legados: la melancolía como esencia misma del Blues. Precisamente resulta ahora un misterio cómo la suave melodía de la armónica Marine Band –por allá, a principios del siglo XX— comenzó a generalizarse en las cárceles y en los sembradíos de algodón estadounidenses. Un pequeño artefacto aferrado siempre al bolsillo, al alcance del tacto tibio, acompañante de soledades que cerraban los ojos debajo de cualquier sombra campestre. Justamente así, y sin que nos diéramos cuenta, Dylan ha sacado del bolsillo lentamente la armónica, y ha comenzado a soplarla con naturalidad pasmosa, desparramando migajas de generaciones perdidas para quien quiera agarrarlas. Y, ante el resoplar de su armónica, resurge el fervor sesentero de las cabezas moviéndose, la nostalgia asociada a las obvias razones, y ese hombre que a mi lado se rasca las patillas encanecidas y crecidas, gritando ante al patetismo del celular que ha remplazado el mechero en el tiempo oscuro de los conciertos. Asistir a un concierto de Dylan es cápsula de tiempo hacia lejanas latitudes. El ayer junto al ahora, y en medio del todo la vida misma esfumándose rauda. Tal vez por ello, y misteriosamente, en el escenario se fragua espontánea la interacción de dos imágenes del concierto bajo el mando del piel de lagarto: la primera, la real y tangible, el grupo compacto que frente a nosotros va creando la música nota a nota; y la segunda, el reflejo mismo de la primera imagen, la legión de sombras de los músicos, proyectándose movedizas en la cortina negra del fondo. Cada una de esas dos imágenes fascina por sí sola. La de Dylan y su banda es la sincronía de una campamocha dirigiendo los compases de un grupo de contrabandistas de la época de la prohibición. La de atrás, la de las sombras, es nebulosa y metáfora de lo intemporal, de lo que no llego a ser, del drama implícito en todo esto, y de Huracán Carter que se le impidió llegar a ser campeón del mundo. Son siluetas negras que también se detienen por instantes y que parecen tener ojos. Que se congelan. Y que acompañan a la sombra misma del pequeño artefacto que parece flotar en el aire acompañado de un brazo. Resurge entonces la armónica virtuosa, con aire de sembradío y liberación verdadera. ramoscobo@hotmail.com