Al pie de la letra

El arte de editar textos científicos
Arturo Sánchez y Gándara, Fernando Magariños Lamas, Kurt Bernardo Wolf El arte editorial en la literatura científica UNAM México, 2000

Ernesto Castillo Ramírez
En los diversos cursos de latín, el profesor Daniel Gómez Montesinos nos reiteraba cómo la ley del mínimo esfuerzo modifica estructuras sintácticas, fonéticas o léxicas y cómo esas modificaciones impactan en el desarrollo de una lengua. La misma

ley del mínimo esfuerzo también se relaciona con las costumbres, con los modos de producir y otros aspectos económicos. La anterior apreciación tiene que ver con el texto El arte editorial en la literatura científica, obra de Arturo Sánchez y Gándara, Fernando Magariños Lamas y Kurt Bernardo Wolf. Dicha relación se establece a partir de que “es más eficiente adquirir discos compactos o accesar la información por Internet, que mantener colecciones completas de revistas impresas” (p.39). Aún más, las revistas o libros electrónicos son más económicos que el papel impreso. Entre otros aspectos, los autores nos explican cómo, en determinados círculos científicos, todo se da a partir de la computadora, de manera que no es necesario imprimir una obra para que el público sepa de ella. El arte editorial... está dividido en cinco capítulos: La literatura científica, El proceso de edición, La obra científico–técnica, Tipografía de fórmulas y Los canales de promoción y distribución. El prefacio de Mauricio Fortes Besprosvani llama la atención por el siguiente comentario: “La obra es única en su género porque, de hecho, inicia al lector en esta nueva disciplina en el contexto de los estándares internacionales y de una comunidad científica global cuyos miembros están cada vez más cercanos entre sí, vía los enla-

ces de las redes electrónicas.” Desde otra óptica, la obra no es una novedad, pues al elaborar un texto científico se tiene que acudir a determinados procedimientos que ya conocíamos para construir un libro de humanidades o de cualquier otro tipo. Por ejemplo, para que se dé un texto, alguien tiene que generar las ideas, debe existir un corrector de estilo, alguien que revise la tipografía; quien va a pagar la edición debe contemplar algún beneficio o impacto en el público, entre otras similitudes. La propuesta de los autores también es una invitación para que los escritores de ciencia o tecnología se actualicen. Para que se incorporen a esa comunidad científica globalizada, en la cual ya existen determinados estándares que deben respetar, si desean escribir una obra en dicha área y lograr propósitos efectivos. De una manera didáctica, los autores nos explican el papel de los árbitros, del editor; las características internas que debe tener una obra electrónica; asimismo sus elementos externos. Por supuesto que el contacto con la comunidad científica globalizada es fundamental, pues de ahí se desprenden las tipografías para utilizar determinadas fórmulas, teoremas, figuras o tablas de apoyo. Una vez terminada la obra con las rasgos que dicha comunidad sugiere, comienza otra fase: la de convencer
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al editor –o a quien sea necesario– de que el texto o reporte elaborado no solamente cumple con los parámetros establecidos, sino que es –además– una aportación que revela algo trascendente para la comunidad. El arte editorial en la literatura científica es un manual para el interesado en producir textos de carácter científico y técnico, es una aportación que revela aspectos técnicos novedosos, algunos de los cuales pueden ser utilizados, incluso, por los escritores del área de humanidades. Finalmente, la obra es, sobre todo, una manera muy concreta de ver los senderos por donde se encaminan y las metas hacia donde se dirigen, no solamente los textos científicos, sino los libros en general.

El pensamiento racional y sus demonios
Carl Sagan El mundo y sus demonios Planeta, México, 1999, 493 pp.

Eduardo Estrada
En esta obra, con las experiencias de su propia vida y la historia de los descubrimientos de la ciencia, el autor nos muestra cómo el método del pen490

samiento racional supera prejuicios y supersticiones, dejando al descubierto la verdad. El texto esta dividido en 25 capítulos y salpicado de anécdotas personales, con las cuales el autor pone de manifiesto que el mundo de la ciencia es mucho más apasionante que los planteamientos hechos por las paraciencias, las cuales se cuestionan, entre otras cosas, la existencia de extraterrestres congelados en una base de la fuerza aérea norteamericana ubicada en San Antonio, Texas. O si existió realmente una civilización muy adelantada a la nuestra, tecnológica y culturalmente, en el continente hundido de la Atlántida. Habiendo tantas cosas en la ciencia real igual-

mente excitantes, como el hecho de que las moléculas de la vida se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas. O el de que se hayan encontrado huellas de nuestros antepasados plasmadas en ceniza volcánica, con una antigüedad de cuatro millones de años. Es interesante cómo Carl Sagan confronta, de una manera contundente, leyendas como la de la Atlántida: un continente que, según el mito, se encontraba ubicado entre América y Europa. Sagan indica que nunca se ha encontrado, en portadas de revistas o en los programas de televisión de las horas punta, el trazado del fondo del océano, que prueba de modo inequívoco que no pudo haber ningún continente entre América y Europa en una escala de tiempo parecida a la propuesta. Es obvio que el escepticismo no vende. Sagan, a través de este texto, va deslizando la idea de que la ciencia, más que un cuerpo de conocimientos, es una manera de pensar. Y más aún: debería de ser también la actitud que asumiéramos para resolver los problemas que se nos presentan en la vida cotidiana. Por otra parte, el autor culpa, en cierta forma, a los medios de comunicación como el cine o la televisión por hacer una apología de la ignorancia y la estupidez, ejemplificándolo con la película en video que más se rentaba en el momento Dum and

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Dumber con Beavis y Butthead, siendo éstos muy populares e influyentes entre los jóvenes espectadores de la televisión, con la consecuente moraleja de que el estudio y el conocimiento, no sólo de la ciencia, sino de cualquier cosa, son prescindibles e incluso indeseables. Carl Sagan explica que cada una de las ramas de la ciencia tiene su equivalente en las seudociencias. Los geofísicos tienen que enfrentarse con Tierras huecas y profetas de terremotos. Los botánicos, con plantas cuyas apasionantes vidas emocionales se pueden rastrear con detectores de mentiras. Los antropólogos, con supervivientes hombres monos de pies grandes. Los zoólogos, con dinosaurios vivos en las profundidades abismales de los lagos o en las selváticas zonas del África. Y los físicos, con máquinas de movimiento perpetuo. Para aumentar más la confusión, en este asunto metafísico, de por sí embrollado, a veces las paraciencias se entrecruzan unas con otras, como en el caso de la búsqueda telepática de tesoros enterrados de la Atlántida. Por otro lado, Sagan se pregunta si sería realmente posible que hubiera una invasión extraterrestre: ¿Por qué unos seres con avances portentosos en física e ingeniería, por medio de los cuales cruzan grandes distancias interestelares, son tan atrasados en biología como para secuestrar terrícolas para tener encuentros sexuales con

la intención de lograr la superación de su especie; cuando hasta nosotros los humanos, que todavía no podemos cruzar rápidamente el espacio interestelar, podemos clonar células? Definitivamente existe una incongruencia que el pensamiento racional y el método científico con su cuestionamiento riguroso, no pueden admitir. Posteriormente, se nos remite a un caso muy sonado del siglo XIX, cuando la aplicación de simples controles puso de manifiesto que uno de los “descubrimientos“ más grandes de la psicología no eran más que fenómenos que sólo existían, o existen, en la mente de los “experimentadores”: me refiero al mesmerismo llamado eufemísticamente por aquel entonces “magnetismo animal”. Al verse perjudicado el negocio de los practicantes de la medicina convencional, los médicos franceses presionaron a Luis XVI para que tomara medidas enérgicas frente al avance del mesmerismo, el cual, decían, era una amenaza para la salud pública. La Academia Francesa de las Ciencias nombró a una comisión que incluía al físico pionero Antoine Lavoisier y al diplomático norteamericano y experto en electricidad, Benjamín Franklin. Éstos realizaron el experimento de control obvio: cuando los efectos magnetizadores se presentaban sin conocimiento del paciente, no se producía la curación. La conclu-

sión de la comisión fue que las curaciones, si las había, estaban en la mente del que las esperaba. Concluiré esta reseña con una anécdota, producto de la visión analítica y descriptiva, de este hombre que ha sido un pionero en la divulgación del conocimiento y de la ciencia, estando seguro que su muerte prematura dejó a la comunidad científica, en particular, y al público, en general, huérfanos de su saber y de su manera de confrontar la realidad. Sagan nos dice que “existe un dragón en su garaje que escupe fuego por la boca.” –Enséñenoslo –le decimos. Nos lleva a su garaje, miramos y vemos una escalera, latas de pintura y un triciclo viejo; pero el dragón no está. –¿Dónde está el dragón? –le preguntamos. –Oh, está aquí –nos contesta moviendo la mano vagamente–. Me olvidé de decir que es un dragón invisible. Le proponemos que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón. –Buena idea –nos replica–, pero este dragón flota en el aire. Entonces proponemos usar un sensor infrarrojo para detectectar el fuego invisible. –Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor. –Se puede pintar con spray el dra491

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gón para hacerlo visible. -Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría. Y así sucesivamente. Contrarrestándonos cualquier prueba física que le propongamos con una explicación especial de por qué no funcionará. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente?

La ciencia para principiantes
José Antonio Chamizo Guerrero, La ciencia, (¿Cómo ves?, 1), Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM, México, 2000

Hermilo Cisneros Estrada
Se trata de un libro con formato de bolsillo y escrito en un lenguaje sencillo y accesible, el cual se inicia haciendo mención al desarrollo progresivo que ha alcanzado la ciencia, a la forma cómo ésta se ha utilizado, pudiendo en algunas ocasiones ser calificada su aplicación incluso de inmoral. “La ciencia no es más que lo que es, poderosa en su transformación y
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explicación del mundo, frágil en la medida que lo son las obras de las mujeres y los hombres. El problema de hoy está en encontrar la moral que nos permita vivir de acuerdo con nuestro tiempo, tiempo caracterizado y construido por la ciencia” (p. 15). El autor describe cómo ve cada persona al mundo, cómo cada quien tendrá una visión de acuerdo a su quehacer como modo de vida; el campesino tendrá una óptica, según la cual se preocupará por los cultivos y las cosechas; el médico, en cambio, verá la manera de curar los padecimientos o enfermedades que aquejan al hombre; y así, los conductores de vehículos de transporte y otros tendrán cada uno su propia apreciación del entorno, de acuerdo con su oficio o profesión.

La obra aludida contempla rasgos y características de las diferentes ciencias. Las clasifica en cuatro grandes apartados. “Por un lado las que tienen que ver con los planetas y las estrellas; por otro, las que se relacionan con los seres vivos; por otro, aquello que tiene que ver con los objetos materiales y cómo se transforman; otro más, con las razones del movimiento” (p. 18). Se citan los aspectos de la realidad que estudian la biología, la física, la química, la matemática y la antropología, entre otras. El autor explica de manera sencilla lo que cada científico estudia e investiga en su ramo. Hace referencia también de los objetos estudiados por la astronomía y la geología. El papel de la historia está presente prácticamente en toda la obra. Por ejemplo, al destacarse las aportaciones hechas por el griego Eratóstenes, quien vivió en Alejandría hace más de 2 200 años. Este sabio de la antigüedad descubrió que la Tierra es redonda y, además, pudo calcular con gran aproximación la medida del globo terráqueo. Conforme se desarrolla la ciencia, vamos modificando nuestras ideas, porque en muchas ocasiones la ciencia ha demostrado que lo tenido por verdadero, era en realidad falso. La ciencia avanza gracias al gran laboratorio con que cuenta: Nuestro planeta mismo, con todo lo que en él existe. La investigación y la compro-

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bación de los hechos hacen que el conocimiento científico sea objetivo y confiable; porque intervienen muchos elementos humanos en la investigación, por eso “La ciencia más que cualquier otra actividad humana es, ante todo, colectiva. (...) La ciencia es una empresa esencialmente social” (pp. 40–41). El apartado o capítulo que trata sobre la materia proporciona la explicación de cómo se fueron utilizando los diferentes símbolos, para identificar a los elementos estudiados y empleados por la química. Menciona que el elemento que más predomina en el universo es el hidrógeno. Asimismo, señala que la teoría atómica, con su correlación cuántica, es la mejor explicación que tenemos de la materia que nos rodea y que constituye el universo. Otro apartado del libro habla sobre el tiempo y trata sobre el origen

del universo, cómo se formaron las estrellas y cómo fueron apareciendo diversos elementos como el hierro, entre otros. De manera muy amena, se explica cómo está formada la Tierra, cómo se han ido dando los cambios en ella a través del tiempo. Las gráficas donde se representa la evolución de los continentes son un excelente apoyo para la información que se proporciona por escrito. No queda fuera la teoría del origen de la vida y la evolución de la misma, destacándose el medio ambiente donde los seres vivos existen y el tipo de alimentos que requieren para poder vivir. Se incluye, además, un comentario sobre el porqué algunas especies han desaparecido, llegándose finalmente a considerar lo que hoy es la selección natural. El último capítulo hace referencia a la sociedad humana. Trata sobre los

orígenes del hombre e indica geográficamente la ubicación donde podrían haber aparecido los primeros homo sapiens. Indica, además, el tiempo en el que comenzaron éstos a construir sus primeras herramientas, la evolución de la producción, el descubrimiento de la agricultura, la práctica de la ganadería y la conversión de la vida nómada en vida sedentaria. Se explican, por último, algunos aspectos económicos: la forma como se producen y distribuyen los satisfactores y el tipo de materia prima con la que se elabora lo que el hombre consume. El libro culmina con un epílogo, y tres apéndices. Las ilustraciones que acompañan al texto facilitan la comprensión del mismo, el cual es accesible para alumnos del nivel medio superior de educación y puede ser recomendado como lectura de apoyo para cualquier área del conocimiento.

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