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LAS MUJERES QUE LO TENEMOS

TODO

lRADlER MIRANDA

ÉPICA
COLECCiÓN EL CUENTO NUEVO
© Manuel Iradier Miranda Avilés, 2009

© Editorial Épica,2009
Portada: Mujer sentada con vestido azul, Amedeo Modigliani,
1918.
Av. Río Magdalena 101-10
Colonia San Ángel
Delegación Álvaro Obregón
México D. F.
CPOIOOO
(0155) 56162769
www.epicavirtual.com
http://editorialepica.blogspot.com/
ISBN: 978-607-00-0784-2
Impreso y hecho en México
Printed and made in Mexico

Queda prohibida la reproducción parcial o total, directa o indirecta


del contenido de la presente obra, sin contar previamente con la
autorización por escrito del autor, en términos de la Ley Federal
del Derecho de Autor y, en su caso, de los tratados internacionales
aplicables.
Todas las mañanas, todas.

Todas las mañanas cuando abrimos los ojos gozamos de un par


de segundos antes de despertar por completo, un par de segundos
que separan nuestros sueños de la bienvenida al mundo real. En
este limbo caben cientos de pensamientos serenos y placenteros
que se desvanecen cuando acude a nuestra mente el primer pen-
samiento que provoca sobresalto, el primer pensamiento sobre
las aguijoneantes ocupaciones del día. Es tarde para el trabajo.
El desayuno de los niños que se van al colegio. El pago de la hi-
poteca que vence esta semana. El examen de matemáticas de fin
de curso. Las facturas de los clientes no enviadas ayer a tiempo.
La operación de mi madre programada para esa tarde. El plomero
que vendrá a reparar la tubería. Las maletas no hechas para las
vacaciones. El tráfico. Las deudas. El trabajo. La casa. Los ni-
ños. El marido. El jardín. El perro. En fin, nuestros dos segundos
de tranquilidad se ven desplazados en el mismo instante en que
surgen por todas las ocupaciones y preocupaciones que caben en
un día, son olvidados porque tenemos que solucionar ahí mismo,
antes de salir de la cama, todas nuestras tareas y deberes. ¿Pero
acaso son estas ocupaciones más importantes e inevitables que
nuestros sueños y deseos reales? ¿Serán tan de vital importancia
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como creemos que son? y, si no es así, ¿por qué la regla no es
inversa y gastamos dos segundos al inicio de nuestro día para
resolver quehaceres y el resto del tiempo para concentramos en
lo que nuestra alma y nuestro espíritu anhela?
Dejamos la cama, y comienza la carrera para ser el vencedor
del tiempo que nunca alcanza para nada, comienza la carrera por
solucionar nuestros problemas en un desesperado e inútil intento
de resolver el conflicto de lo que haremos con el resto de nuestras
vidas en una sola tarde.
Muchos, muchos de nosotros nos detenemos un minuto al día
a pensar en esos placenteros pensamientos que se albergan en
nuestra mente en aquellos dos segundos en que nos encontramos
en ese limbo entre sueño y realidad, reflexionamos sobre nues-
tros deseos reales y pedimos que algo cambie el día que vivimos,
deseamos que algo ocurra aunque sea pequeño y de un golpe mo-
difique nuestra existencia; algo, cualquier cosa. Es este genuino
y auténtico deseo de modificar nuestro tiempo, nuestras existen-
cias, lo que nos orilla a comprar billetes de lotería, cambiar de
trabajo, planear vacaciones, iniciar estudios, familias, comprar
un bolso. Cualquier cosa que nos desvíe aunque sea un poco, que
nos desvíe un centímetro de la rutina, la cual en muchas ocasio-
nes nos atrapa y nos asfixia, aun cuando se nos presenta con el
perfecto disfraz de obligaciones y responsabilidades.
Buscamos algo que nos lleve un poco más allá de los paráme-
tros de la normalidad, miramos películas y nos asalta un deseo o
una añoranza de transformamos en el protagonista, vivir tan in-
tensamente como vive en dos horas el actor; escuchamos nuestras
canciones favoritas una y otra vez a manera de sedante de nuestro
creciente e ínconsciente vacío.
Si dispusiéramos de algo, una mínima visión, una mínima am-
bición, un nuevo interés, nos encontraríamos más tranquilos y sa-
tisfechos. Sentimos en el pecho una inexplicable necesidad por ser
alguien diferente, vivir una vida intensa y diferente, de vivir aven-
turas, correr riesgos, conocer personas, tener intensos y pasionales
romances, conocer otros lugares, otras comidas, de ver amanecer
y ver el ocaso en la orilla de la playa. Si tan sólo se nos presentara
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una oportunidad, un golpe de suerte, tendríamos la ocasión de ir un
poco más allá de los límites de nuestro diario vivir.
Aceptamos la realidad de nuestro mundo tal como se nos pre-
senta y en pocas ocasiones, o nulas, nos cuestionamos la exacta
naturaleza del mundo en el que vivimos, algunas ocasiones crea-
do y sostenido por nosotros mismos. Nos adaptamos, llenamos
el molde que nos toca vivir y en él transcurrimos. Aceptamos
nuestra posición en la familia, en el trabajo, en nuestro hogar, en
nuestra relación de pareja, en la sociedad, en el país y el mismo
país acepta su situación respecto del mundo. Encajamos como
pieza en el rompecabezas y vivimos el papel que nos ha tocado
interpretar en la película de las diferentes existencias que con-
viven y se perpetúan simultáneamente. No es que esta interpre-
tación sea un acto voluntario, es un reflejo al que respondemos
y reconocemos, y al ser tan conocido por nosotros nos negamos
a abandonar, tenemos absolutamente dominado nuestro guión y
nuestras escenas trágicas o alegres y pocas veces nos atrevemos a
salirnos de las líneas escritas con anticipación para nosotros.
Muchas, muchas veces nos sentimos más pequeños de lo que
en realidad somos, nos miramos minúsculos comparados con lo
que en realidad podemos ofrecer. Prestamos atención a voces que
no son nuestras, escuchamos palabras guiándonos y diciéndonos
qué dirección debemos tomar, cuál es el camino a elegir, cuál es
el camino correcto. Escuchamos voces que están más perdidas o
equivocadas en sus brújulas que nosotros mismos, aun cuando en
nuestro fuero interno deseamos acallar todas esas voces de una
sola vez y mirar detenidamente hacia dentro, prestando atención
únicamente a nuestra intuición e inconsciencia.
Sin embargo existe un selecto puñado de personas que se re-
sisten a aceptar que todo debe transcurrir en una sola dirección
y consiguen alejarse del sendero trazado lo suficiente para visua-
lizar que aquello a lo que habían estado sujetos tantos años no
era tan importante ni era tan difícil o dramático dejarlo atrás, se
alejan lo suficiente para enterarse de que no desean vivir de esa
manera y que son dueños de sus propias acciones aunque a sus
compañeros de viaje les resulte una locura.
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Todas las mañanas todas, cuando despertamos guardamos en
el pecho la secreta esperanza, la pequeña ilusión de que al tocar
la cama otra vez por la noche todo sea diferente, que ocurra algo
que nos modifique, que se atraviese algo que nos cambie, que por
fin nos libere de las cadenas de la rutina y la monotonía ...
Ésta es la historia de tres mujeres que como tantos de nosotros
se encuentran atrapadas en su preexistencia y que descubrieron
en un momento ordinario y cotidiano de su vida que no podían
más y que necesitaban el papel de director de la puesta en escena
de su propia existencia pues no querían seguirse conformando
con un papel secundario.

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Apoyando las manos contra el barandal negro del balcón de


su casa, Beatriz miraba en la distancia a las personas caminando
en la calle, los miraba sin ninguna atención sobre nadie en parti-
cular, su mente estaba completamente ausente pensando en qué
prepararía para la cena de esa tarde. Hacía un rato ya que se había
acercado a respirar un poco de aire, aun cuando el sopor del calor
de aquella tarde era agobiante. "Pollo, cenaremos pollo", con-
cluyó. Beatriz solía acercarse al balcón casi involuntariamente
en todas las ocasiones en que necesitaba concentrarse en algo,
fuera esto de importancia o totalmente intrascendente; unas veces
apoyaba, como en esta ocasión, las manos sobre el barandal y se
asía a él con fuerza, otras se sentaba en una silla de color plata de
acero inoxidable puesta junto a una mesa del mismo color y ma-
terial, las cuales habían sido colocadas por ella allí diez años atrás
cuando llegó a aquel piso recién casada; otras ocasiones sólo se
mantenía de pie apoyada contra la pared en el quicio de la puerta,
definitivamente aquél era su lugar favorito en la casa.
La silla y la mesa habían sido comprados por ella cuando era
soltera en su último año de universidad dado que en casa de sus
padres tenía un balcón muy parecido a aquel pero mucho más
amplio, con una vista a un pequeño jardín; en aquel balcón justo
como hacía ahora salía a tomar fresco de la noche, salía a leer, es-
tudiar y observar a la gente caminando por aquel jardín; sentada
en esa silla pensaba en lo que haría al día siguiente, imaginaba
su futuro, se imaginaba a sí misma y pensaba cómo sería en diez,
veinte o treinta años, era su escondite preferido también.
En las tardes lluviosas de verano cuando se asomaba a ese
balcón, era invadida violentamente por la sensación de que se
desplegaban alas de su espalda, por la sensación de poder salir
corriendo y hacer todo lo que quisiera, la invadía una sensación
de poder, la invadía una sensación de libertad, una sensación que
le susurraba al oído que todo es posible, que alcanzaría cualquier
meta, que llegaría lejos, que conocería el mundo y sus secretos,
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que viajaría en globo, en tren y en barco; la sacudía la idea de
cambiar la vida de otros y así transformar la propia, su corazón se
aceleraba cuando pensaba en los amantes y amores que cn aquel
camino encontraría, los que le harían el amor bajo un árbol, los
que le escribirían cartas, los que amaría y los que dejaría libres,
los que nunca olvidaría y aquellos por los cuales lloraría con el
corazón destrozado.
Cuando se casó, llevó a su nuevo hogar aquella mesa y sílla
con la firme convicción de que todo lo que soñaba pasaría de un
momento a otro y que en su nuevo balcón, aunque con una vista
menos inspíradora, tendría nuevas tardes de encanto; seguramen-
te cra por aquella nostalgia que ahora, cada vez quc necesitaba
reflexionar sobre algo, se asomaba al balcón, aun cuando ella no
se enteraba de este comportamiento.
Había decidido preparar pollo para la cena de ese día, como una
inocente acción por luchar contra los kilos de más que no había
logrado derrotar en los veinticuatro meses anteriores, desde el
nacimiento de su hija más pequeña; había intentado por muchos
medios deshacerse del sobrepeso que ganó durante el embarazo
sin ningún resultado, después de un año lleno de sacrificios sin
respuesta renunció a la idea de recuperar su figura en secreto,
incluso para ella misma; sin embargo todos los lunes despertaba
con la desesperada determinación de que aquella sería la semana
en la cual podría apegarse a una dieta y una rutina de ejercicio,
convicción que antes de la media tarde había desaparecido por la
punzante prisa de atender a sus hijas, su casa, su matrimonio y
hasta su cabello.
Se sentía triste con cierta frecuencia cada vez que se duchaba
y no aceptaba la idea de que aquél era su nuevo cuerpo, ignora-
ba el espejo cn medida de lo posible por ser un juez inflexible
que le recordaba que su redonda figura en nada correspondía con
las delgadas líneas que lucía menos de tres años atrás. Yaun-
que constantemente repetía hacia sus adentros que ahora era una
madre de dos niñas y que esto era suficiente justificación de la
nueva condición de su cuerpo, en la profundidad de su mente
se reprochaba de una manera severa semejante descuido. ¿Cómo
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habría de sentirse una mujer bonita o deseada con aquella figura?
Se martirizaba mentalmente por horas cuando sucumbía a la ten-
tación de comer un pastel, un helado o bebía una gaseosa. Este
martirio autoprovocado comenzaba desde el primer bocado y la
culpabilidad se le adhería como cadenas hasta que daba un bo-
cado a un nuevo alimento prohibido, entonces era momento de
cambiar de reproche.
Beatriz se mortificaba mucho con el peso y por eso decidió pre-
parar pollo que no tenía grasa y que además le gustaba. Ahí, sujeta
del barandal del balcón, de repente escuchó un llanto, levantó sú-
bitamente la cabeza que miraba hacia la calle y despertó, de golpe,
de su pequeño conflicto sobre quéprepararía para la cena; el llanto
provenía de la habitación de la pequeña de dos años, quien había
despertado. Se apresuró a acercarse a la habitación de la niña. La
levantó de la cuna suavemente y la abrazó con genuina ternura.

-Mamá está aquí, mi vida, mamá está aquí -Ie dijo a la pequeña.

-¿Se despertó la bebé? -preguntó la pequeña Ana, la hija mayor


de Beatriz que estaba jugando en el salón desde hacía una hora.

-Sí, mi amor -contestó-. \éngan vamos a damos prisa que se


está haciendo tarde y hay muchas cosas que hacer ---<lijo a las
niñas.

Dejó a las pequeñas en el salón y se dispuso a iniciar sus labo-


res. Beatriz se encontraba en la cocina preparando la cena con el
televisor encendido, el cual prendía por costumbre y a manera
de compañía cada vez que preparaba la comida o fregaba los
trastos. La bebé y la pequeña Ana estaban en el salón delante de
otro televisor viendo su película favorita, la que miraban una y
otra vez sin señal de hartazgo. "Quién fuera niño para no abu-
rrirse con las mismas cosas mil veces", pensó Beatriz. Admira-
ba la capacidad de sus hijas, y en general de todos los niños, de
absorberse en una sola actividad sin queja y al mismo tiempo
encontrarse maravillados en su tarea.
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Estaba en la cocina totalmente concentrada en la preparación de
la cena cuando llamó su atención la entrevista que pasaban en la
tele, dejó su quehacer por unos instantes, secó sus manos con una
toalla y prestó oído atento a lo que se decía. Era un programa de
chismes de los muchos que inundan la televisión todas las tardes,
nunca les prestaba atención pero en esta ocasión entrevistaban a
una joven actriz sobre su nueva puesta en escena y el tema cap-
turó su mente.

-Háblanos de este nuevo trabajo tuyo -inquiría la presentadora.

-Con mucho gusto -respondió la joven actriz-o Se trata de una


obra totalmente nueva, escrita pensando en la vida que llevamos
a diario las mujeres, me muero de nervios pues es la primera vez
que me enfrento al público, sin la protección de una lente. En el
teatro no se admiten errores, todo debe salir bíen en el instante,
así que es mi prueba de fuego en el mundo real.

-Háblanos un poco de la trama, para irnos emocionando -sugí-


rió la presentadora.

-Sí, es la historia de una mujer que rebasa los treinta y cinco


años. Una mujer que es muy respetada en su círculo de amigos
por tener una familia maravillosa, por tener un marido y un hogar
perfectos, es feliz, o al menos ella cree serlo, pero una tarde cono-
ce un hombre que le arrebata la tranquilidad, después de muchas
meditaciones y mucho sufrimiento interno toma una decisión que
cambia su vida, ella ama a su familia y a su marido, pero aquel
hombre la hace pensar en una acción que jamás se habría plan-
teado. Fugarse con él. Esa es la médula de la historia -concluyó
la actriz.

-¿ y lo hace? -pregunta la presentadora.

-Tramposa, tienen que ir al teatro para saber cómo finaliza


---<lijo entre risas la actriz.
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Beatriz apagó el televisor y reanudó su labor con la cena. "Papi,
papi", escuchó la voz de Ana desde la cocina. Era su marido lle-
gando de trabajar. Se acercó al salón para saludarlo.

-Huele a pollo, ¿no me digas que cenaremos pollo otra vez


Beatriz?, cenamos pollo tres veces por semana, ¿no tienes imagi-
nación para preparar algo diferente?, lo menos que esperas des-
pués de diez horas de estar sentado trabajando, es llegar a tu casa
y tener una buena comida ---dijo con tono exasperado su marido.

-Ya sabes, es por mi dieta, pero mañana prepararé pasta -dijo


Beatriz.

-¡Ah!, sí, tu dieta -rnusitó entre dientes su marido con una son-
risa burlona, se quító el sacó y se puso a mirar fútbol en la tele-
visión.

La cena y la primera parte de la noche transcurrieron con la tran-


quilidad de siempre, el marido se fue a la habitación mientras ella
arropaba a las niñas y las dormía; regresó a la cocina, fregó los
trastos y se dirigió a la habitación, su esposo se encontraba ya
dormido. Se adentró en el cuarto de baño y mientras se cepillaba
los dientes recordó la entrevista que había mirado esa tarde. La
entrevista a la joven actriz que titubante resumía la obra en la que
participaba como la historia de una mujer que tiene una aventura a
pesar de vivir en un matrimonio sólido, al menos aparentemente.
Caviló una y otra vez sobre las palabras de la actriz y reflexio-
nó "¿De verdad una mujer cualquiera, sin proponérselo puede
arriesgarse sin conciencia alguna en una aventura tan repentina?
¿Acaso una mujer es capaz de materializar acciones que ni siquie-
ra se habría permitido pensar en sus cabales?" Ese pensamiento
le desbordaba la cabeza, le costaba incluso seguir imaginándolo.
La verdad es que no era un pensamiento nuevo en su cabeza,
hacía meses que se sentía desesperada y aburrida dentro de su
propia existencia; hacía años que sentía una creciente necesidad
por hacer algo nuevo; hacía años que buscaba algo que hacer para
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ser algo más que una ama de casa; había intentado con esfuerzos
inútiles muchas cosas como clases de pintura o gimnasia, pero
apenas conseguía asistir a una o dos sesiones pues sus quehaceres
del hogar se lo impedían. Después de renunciar en alguna clase
nueva inmediatamente se avocaba a buscar una nueva actividad
más cerca de casa o que fuera por las mañanas con la idea de que
sería más fácil asistir y ser constante, buscaba clases de yoga,
idiomas, etc., sin apegarse con éxito a ninguna, pagaba hasta un
semestre por adelantado con la idea de que al menos al pensar en
la pérdida de dinero se forzaría en encontrar tiempo para asistir,
pero al final siempre dejaba todo pues era justamente el tiempo.
Él nunca le rendía.
Su último intento había sido una inscripción a la universidad
en línea en un diplomado de Estrategia de \éntas; se lo había
recomendado la madre de una compañera de colegio de Ana; la
idea le emocionó porque era una oportunidad de hacer algo des-
de casa. Hizo el contrato de la línea de Internet y se inscribió la
misma tarde de la instalación. Las primeras semanas todas las no-
ches, cuando ya estaban dormidos todos, se dedicó con alegría y
pasión a realizar las lecturas propuestas por los asesores, resolvía
velozmente los cuestionarios y enviaba antes que los demás los
trabajos solicitados.
Durante dos semanas apenas encontraba un espacio libre en el
día, como la siesta de las niñas, encendía la computadora y repa-
saba sus clases, obtuvo excelentes notas y se sentía satisfecha por
el esfuerzo realizado y el éxito cosechado, se sentía productiva.
En la cuarta semana el moderador principal del curso en línea
anunció vía electrónica que los alumnos se reunirían los viernes
por la tarde en la sede fisica de la universidad para resolver du-
das y auxiliarlos en su aprendizaje. El primer viernes de reunión
pidió a su marido que cuidara de las niñas, él accedió sin queja,
sin embargo en la mañana de ese día, Alejandra, la pequeña que
cn ese entonces tenía un año despertó eon fiebre y Beatriz no se
atrevió a dejarla eon su marido, quien a pesar de estar dispuesto
a cuidar de ella, se mostraba torpe y saltaba a la vista que no te-
nía idea de qué haeer eon un bebé eon fiebre. El siguiente lunes
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cuando leyó los mensajes en el foro común, todos hablaban de lo
bueno que había sido reunirse personalmente aunque sólo fuera
una vez por semana. "Es una oportunidad excelente de aprender
y conocer nuevas personas, fue enriquecedor conocer a gente tan
diferente e interesante", escribía una alumna del curso en línea.
Cuando leyó aquello Beatriz descubrió que eso era lo que real-
mente necesitaba, conocer nuevas personas, platicar con alguien
diferente, aunque no fueran personas interesantes, se desanimó y
antes de darse cuenta ya había dejado de lado la idea del curso.
Frente al espejo cepillándose los dientes continuó pensando.
¿Puede una mujer arriesgarse en una aventura sin pensar en las
consecuencias? ¿De verdad es posible? Beatriz se tomó unos mi-
nutos para reflexionar un poco más sobre ello porque desde un
par de meses atrás sentía aquel cosquilleo en el estómago más
fuerte que nunca, sentía una emoción que aparecía de la nada
y se le instalaba en el pecho con forma de taquicardia, era una
emoción creciente pero no del todo nueva, ella la conocía y la
conocía bien, sólo que se le había olvidado por un tiempo, era
esa sensación que le exigía desplegar las alas de su espalda, la
que periódicamente sentía en el balcón de la casa de sus padres.
Desplegar las alas y usarlas. Necesitaba algo nuevo, necesitaba
un poco de emoción, necesitaba sentirse más útil y productiva, de
verdad necesitaba sacudirse esa inundante sensación de aburri-
miento y desesperación.
Salió del cuarto de baño y se metió en la cama lo más sigilosa-
mente que pudo para no despertar a su marido. No lo logró.

-Buenas noches mi vida, descansa, te amo -le dijo él.

-Yo también te amo -respondió.

Ya metida en la cama se quedó dormida pensando en sus hijas


pidiéndole que pusiera en la televisión su película favorita otra
vez, una y otra vez. Pensó en su inocente solicitud y en la mágica
voluntad de los niños de hacer cien veces las mismas cosas, mis-
ma voluntad de la que ella carecía pues estaba totalmente cansada
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de ver su vida mil veces repetida, todos los días una y otra vez
siendo lo mismo, mil días seguidos haciendo todo igual. De sobra
conocía cómo acababa la película al final del día, de sobra sabía
que no existirían sorpresas y que el día siguiente todo correría
igual.

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III

Unas gotas de orina fue lo que sintió en las bragas de repente,


unas gotas de orina que sintió húmedas y tibias tan pronto esca-
paron, sintió una ola de calor invadiéndole el cuerpo en sólo un
segundo, era una ira repentina que le llenaba, una furia por la
vergüenza de aquel descuido, aun cuando absolutamente nadie se
había enterado; sintió la sangre agolpada en su cabeza y rápida-
mente pensó que seguro estaba sonrojada.
Estaba desayunando con un par de amigas que hacía tiempo
no veía, antiguas colegas del trabajo, compañeras a las que no
tenía en ninguna estima, es más una de ellas siempre le había
desagradado; había aceptado aquella invitación a desayunar por
dos razones muy tontas, la primera era que sencillamente no te-
nía nada importante que hacer en esa mañana; la segunda, que
nunca desperdiciaba la oportunidad de hablar de su hermosa y
extraordinaria vida, la cual en los últimos meses era más bien
monótona y vacía, dolorosa y llena de sinsabores, estresante y
con una sensación de soledad que la atacaba, una sensación tan
inmensa como el océano, hacía tiempo que su vida se había tor-
nado insufrible y cargaba una pesada losa sobre la espalda sola y
en secreto; aunque ella prefería hacer pensar al resto del mundo
que su vida por fin se había tornado tranquila y podía disfrutar de
las comodidades por las que tanto trabajó.
El autoengaño y la sonrisa perfecta y permanente eran meca-
nismos de defensa que Laura había desarrollado magistralmente
hacía ya treinta años cuando comenzó a trabajar y ser madre de
familia; sin embargo era como una niña comiendo dulces delante
de otro crío que no puede comerlos cuando presumía sus éxitos
y veía la cara de envidia que todos los demás ponían por sus lo-
gros, una cara disfrazada con una pequeña sonrisa sarcástica, que
a pesar de los esfuerzos por ocultar de sus escuchas se percibía
inmediatamente la envidia que hacia ella sentían, se percibía y se
percibía fuertemente.
Sentada en aquel restaurante y con la recién escapada orina co-
rriendo lentamente por su pierna se hizo consciente en un segun-
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do que usaba bragas blancas y, además para colmo de su desgra-
cia tenía puesta una falda blanca de lino en la cuál si no se daba
prisa aparecería una mancha por la orina y todos inmediatamente
descubrirían su accidente. Lo último que podía permitir, lo último
que deseaba, era que al ser descubierta la voz corriera y alguno
de esos típicos buenos samaritanos con mucho tiempo libre y más
interesados en las vidas, y sobre todo en desgracias ajenas, le
aconsejara o la consolara diciendo que eso es de lo más normal
con el paso de los años y, que en las mujeres era un evento muy
propio y casi obligado. Aquella idea la aturdía de sólo imaginar
que por una tontería como aquella saliera a la luz otro secreto
digno de importancia y que celosamente guardaba para sí. Por
eso mismo lo que más le preocupaba era que alguno de estos en-
trometidos le aconsejará acudir al médico para buscar ayuda, que
se ofreciera voluntariamente a acompañarla a la clínica, no por
una disposición y voluntad real de ayuda sino por mero cotilleo.
Así en el restaurante pensó rápidamente en una solución discreta
antes de que alguien advirtiera siquiera lo sonrojado de su rostro;
discreta y con cada movimiento calculado tiró un poco de vino
sobre su saco.

-Oh, por el amor de Dios, te has manchado, pero de verdad que


has estado distraída toda la mañana Laura -Jijo María, una de las
compañeras de almuerzo.

-Te digo mujer que no te ves nada bien, insisto en que necesi-
tas reposar unos días tirada en la arena y disfrutando del sol, ese
pálido tuyo no se mira nada saludable, cuídate mujer, que si no te
cuidas tú, ¿quién? -añadió Teresa, la otra compañera.

-No pasa nada, fue un descuido, pero ahora mismo voy al ser-
vicio y quedará como nuevo en segundos, ha sido culpa suya por
hacerme distraer pensando en que necesito pasar días en la pla-
ya para tomar color, ¡las culpo directamente! -sentenció Laura
apuntado con el dedo índice a sus dos acompañantes, al tiempo
que esbozaba una sonrisa nerviosa en el rostro.
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Se levantó cuidadosamente para que nadie supiera la verdadera
razón por la que debía ausentarse, aunque tenía la horrible sensa-
ción de que todos lo sabían y que todas las miradas estaban sobre
ella, mesurada como siempre había sido, caminó hacia el cuarto
de baño, entró al retrete, bajó su falda, las bragas y no pudo evitar
que las lágrimas remplazaran la ira que había sentido minutos
atrás, ahora sentía dolor, mucho dolor, no comprendía por qué
le estaba pasando esto a ella, no era la primera vez, hacía ya dos
meses que una incontinencia la encontraba en el momento menos
oportuno, apenas la semana pasada un buen chorro se le escurrió
por la entrepierna, pero a diferencia de esta ocasión estaba en
casa y nadie supo nada.
¿Por qué?, por qué le estaba pasando algo tan terrible a ella,
¿por qué de repente todo se había transformado en una horrible
pesadilla que apenas comprendía? ¿Por qué?, esa era la pregunta
que se le encajaba en las sienes como los espolones se encajan en
los caballos para que vayan más a prisa, dos meses atrás le habían
diagnosticado cáncer de mama, no podía creerlo cuando se ente-
ró, estaba sola y no daba crédito a lo que escuchaba, había ido a
realizarse la mastografia como un mero método de prevención.
Cuando se lo comunicaron, se maldijo y odio a sí misma por
habérsela saltado el año anterior; había faltado a la cita médica
por un almuerzo con la familia de su difunto marido, [un almuer-
zo!, ¡un almuerzo con personas con quienes no le gustaba pasar
el tiempo!, había aceptado ir por temor a que pensaran que era
antipática o que pensasen que no sentía ningún vínculo por la que
hubiera sido la familia del hombre con quien pasó la vida más
de treinta años, esa fue la razón por la que aceptó esa mañana
almorzar con su familia política, que ya ni eso eran de ella; por
esa estúpida razón se saltó la mastografía; por quedar bien con
personas con quienes no le interesaba quedar siquiera. Después
vinieron meses llenos de compromisos, bodas, bautizos, cenas,
cocteles, exposiciones en museos, bailes y por supuesto desayu-
nos con colegas, los meses simplemente transcurrieron hasta que
cayó en cuenta de que hacía tiempo no se realizaba un chequeo de
salud correcto, entonces acudió a realizarse los exámenes comu-
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nes para mujeres, los exámenes comunes para mujeres mayores y
todo fue bien excepto uno, la mastografia.
Tenía un tumor en el seno izquierdo bastante desarrollado, era
altamente probable dada la edad y los antecedentes familiares
que fuera cáncer. Cuando se lo dijo el médico, Laura perdió la
cabeza por unos segundos, gritó al medico que era un idiota y un
incompetente, que necesitaba una segunda opinión, que aquello
no era posible. Minutos después presa de un tipo de autocompa-
sión preguntó al doctor cuál era el procedimiento a seguir. Éste
junto a una enfermera le explicó lo más dulce y calurosamente
que pudo que sería un largo proceso además de doloroso, que
debía estar preparada.

-No debió venir sola señora -le dijo el medico-, se le solicitó


explicitamente que no acudiera sola por los resultados.

-Nadie podía acompañarme --contestó con ojos cristalinos-,


todos los que conozco están demasiado ocupados -concluyó ba-
jando la mirada al suelo.

Preparada, ¿preparada? ¿Cómo jodidos te preparas para el cán-


cer?, ¿cómo se le pide a un ser humano que se prepare para un
evento así? ¿Preparada? Pero si no eran vacaciones o un partido
de tenis. ¿Dónde te preparas? ¿En la iglesia? ¿En el reclinatorio?
¿Cómo? Sí, en esos momentos parecía estar más enojada y que-
jumbrosa con Dios que en todos los anteriores, y lo más jodido es
que después de sesenta años de quejas con él, era la primera vez
que de verdad había motivos. ¿Dónde te preparas? ¿En el mis-
mo hospital?, ¿apoyándose en personas con la enfermedad más
avanzada, con personas que le deprimían pues se imaginaba a sí
misma en su futura condición, personas a las que a menudo se
les escuchaba decir que nada más esperaban su momento final?
¿Dónde se preparaba? Y más dificil e importante porque al final
de las cuentas el lugar era lo de menos ¿cómo se preparaba?
A lo largo de su vida siempre, aunque nerviosa, había estado
preparada para todo y había salido victoriosa. Superó un abor-
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to involuntario de su primer embarazo a los veintiocho que des-
trozó su corazón, el parto de sus dos hijos años después cuando
creía que no podría concebir de nuevo, las enfermedades y los
problemas de crianza de los hijos; el trabajo, su jefe gritando,
amenazando con despedirla. Estuvo preparada para cuidar de sus
hijos, asistir a la oficina y atender al marido con un brazo roto.
Había salido triunfante de problemas de dinero cuando el mari-
do se quedó sin trabajo y tuvieron que apretar por meses. Laura
siempre se sentía prevenida para afrontar cualquier reto, incluso
cuando su marido enfermó y murió diez años atrás. Sin embargo
aunque la muerte de su marido fue el evento más doloroso de su
vida, perder la propia le asustaba más. En su vida como madre
y ama de casa pudo con todo, con todo. Laura estaba preparada
para todo, pequeño o grande, siempre resolvía todo. Durante se-
senta años había sido el apoyo de todos hasta cuando ella misma
se desplomaba por dentro. Cuando sus hijos tenían problemas
ella los resolvía, sus hermanas, sus amigos, todo mundo acudía a
ella. Laura en sesenta años de vida había estado siempre en guar-
dia, todos los días, todos lo días con la guardia arriba y ahora la
bajaba pues por vez primera no pudo prevenir el knock out que el
enemigo le daba.
¿Cómo demonios se prepara un ser humano al ver que su vida
puede verse concluida de un momento a otro? Que pese a que
siempre hemos escuchado que nadie tiene la vida asegurada,
nunca imaginamos que seremos presa de puntos suspensivos en
nuestra existencia, esperando vivir o resignándonos a pensar que
acabará nuestro tiempo, como en reloj de arena que cae grano por
grano al fondo indicando cómo escasea lentamente y que cuando
caiga el último se habrá agotado, que si bien sigue corriendo y
aunque sea despacio al final sin forma de detenerlo está conta-
do. Laura se sentía superada por el temor de tener cáncer, sentía
mucho miedo, lo peor es que cuando pensaba en prepararse no
pensaba en la enfermedad en sí, imaginaba mejor dicho en que se
perdería de muchas cosas al morir.
Le quedaban tantas cosas por hacer, tantas cosas por decir, tan-
tas por mirar, y ahora se le solicitaba explícitamente prepararse,
21
no precisamente contra el cáncer, sino prepararse para afrontar
la posibilidad de que todas esas cosas no serían hechas, no se-
rian vistas, y no serían dichas. Precisamente en este punto, con
el tiempo contado, Laura advertía que lo habia perdido. Había
perdido el tiempo.
Se detuvo a pensar en qué había gastado el tiempo en los
últimos años. ¿Qué había hecho de importante? ¿Qué había
hecho que recordara como un momento inolvidable en los úl-
timos veinte años? ¿Cuántas personas nuevas habia conocido?
¿Cuántos viajes había hecho? Si bien era cierto que tenía her-
mosos recuerdos de navidades junto a sus hijos y sus nietos,
cumpleaños, bodas e innumerables fiestas llenas de risas y bai-
les rebosantes de sonrisas. También era absolutamente cierto
que en esos mismos eventos sólo se recordaba platicando con
sus cuñadas, hermanas y parientes sobre esas mismas fiestas
pero veinte años atrás cuando no eran los nietos los bautizados
sino los hijos, platicaban de lo jóvenes que eran en aquel enton-
ces y siempre remataban con la frase: "¿cómo pasa el tiempo
de rápido, no?"
Pues sí el tiempo pasaba rápido y sin perdonar a nadie en su
transcurso. No dejaba de pensar en que moriría pronto con o sin
cáncer, tenía sesenta años y no había advertido que seguro le que-
daba poco tiempo.
Hizo un breve repaso de las últimas décadas, un inventario de
su vida. Encontró muchas tardes preocupada por las cuentas; por
el pago del recibo telefónico, el gas, la electricidad, las colegia-
turas de los hijos, la comida del mes, las compras de zapatos,
de ropa, de enseres domésticos, de regalos para familiares, etc.
Descubrió que nunca le habían cortado el teléfono ni la luz ni el
gas. Resultado: tiempo perdido. Siguió con el repaso y se encon-
tró limpiando la casa, lavando los baños, lavando y planchando
la ropa, paseando al perro, se vio a sí misma cocinando todos los
días para su familia, para la familia de su marido en navidades,
para las fiestas, para los amigos de sus hijos, se vio haciendo las
camas, fregando los pisos y fregando los trastos. Resultado: dolor
de espalda en el invierno.
22
Continuando con su resumen se encontró cuidando de sus hijos
treinta años hasta que se casaron y después se encontró cuidando
a sus nietos. Se encontró a ratos feliz y a ratos deprimida. Se en-
contró llorando por la muerte de su amado marido. Se encontró
mirando televisión y leyendo un libro de vez en cuando por las
tardes. Pero lo que aparecia más constantemente en aquel inven-
tario eran preocupaciones
No pudo evitar preguntarse si había, de alguna forma, soma-
tizado en enfermedad todo lo que a lo largo de su vida se había
angustiado sin una razón real, y ahora como recompensa a sus
muchas horas, días y años de preocupaciones obtenía un terri-
ble mal anidado en su pecho y creciente tal como aumentaban
sus preocupaciones por naderías. Un mal que crecía en su pecho,
aquél en el que en tantas ocasiones había recargado sus manos
por aflicciones, que en su mayoría fueron imaginarias.
Cargaba ahora dentro de su pecho en forma fisica y palpable
toneladas de molestias transformadas en unos gramos de células
destructivas. "Menuda y jodida recompensa", pensó entre lágri-
mas que se asomaban en los ojos.
Una semana después fue intervenida quirúrgicamente para reti-
rar el tumor, asistió sola, no informó a nadie, mucho menos a sus
hijos, no veía por qué alarmar a medio mundo o hacerlos pasar
lo mismo que ella estaba pasando, sería un sufrimiento vano. La
operación duraría solamente dos horas y esa misma noche estaría
en casa. Ingresó al quirófano nerviosa, asustada; la anestesia fue
local por lo que estaba alerta de todo durante la intervención, ese
sufrimiento era peor todavía que las pesadillas mentales que ha-
bia vivido los días anteriores, supo que todo estaba mal con solo
ver el rostro del médico, tenía mala cara y movía la cabeza con
un movimiento de no reprimido, pero Laura se enteró. Se enteró.
Seguro tenía cáncer.
Laura aceptó la idea de su enfermedad apenas abandonaba
el hospital seis horas después, tenía que recoger los resultados
dos días después pero no era necesario, estaba consciente que su
cuerpo estaba siendo atacado por aquella terrible enfermedad. Se
sentía mareada por la impresión, totalmente debilitada, se sentia
23
incapaz de dar un paso más. En la puerta del hospital llamó a un
taxi, pidió la llevara a casa y una vez allí, en un piso vacío, se
desplomó en el sofá del salón y lloró, lloró por horas y horas, se
quedó dormida en el sofá presa inevitablemente del cansancio de
las emociones vividas, despertó y continuó llorando, continuó llo-
rando toda la noche. No podía creer que esto le sucediera a ella.
En el cuarto de baño del restaurante limpiando la orina que se
había escapado apenas cinco minutos antes, pensó en que no po-
dría seguir así, que todo lo malo se había agolpado en su vida en
un segundo, siguió reprochándose el hecho de haberse saltado
hace un año su cita medica y se reprochó haber seleccionado una
falda blanca para aquel desayuno, debió pensar que sería más no-
table si su incontinencia se presentaba; tuvo que ahogar el llanto
rápidamente cuando escuchó que alguien entraba al servicio por
temor a ser descubierta con lágrimas, apretó fuertemente en el
puño el papel que había tomado y soltó todas sus emociones con
aquel ejercicio. Lavó su rostro muy, muy de prisa y se puso rubor
en un instante, salió del servicio, regresó a la mesa y se sentó sin
titubeos ni movimientos torpes.
Cuando salía del cuarto de baño pensó en lo que acaba de de-
cirle Teresa, "cuídate mujer, que si no te cuidas tú, ¿quién?", la
supuesta amiga que no le agradaba completamente, tenía razón
después de todo, aunque sólo lo hubiera dicho como un juego.

-Ustedes dos me deben un saco muy costoso por hacerme pen-


sar en ir a la playa, espero estén conscientes de ello y me regalen
uno nuevo en mi próximo cumpleaños --dijo. Las tres rieron por
el comentario.

Laura reía de nervios y de dolor, era una pequeña cortina de humo


que aplicaba para disimular el peso que sostenía en su espalda; ha-
bía en un segundo desarrollado un nuevo mecanismo de defensa
que se sumaba a sus ya practicados autoengaño y sonrisa perfecta,
sólo que en esta ocasión no era un mecanismo para luchar contra la
presión del trabajo, o de las angustias de la casa, era un mecanismo
para luchar contra sus miedos más escondidos y secretos.
24
IV

Alicia estaba sentada desde hacía más de veinte minutos mi-


rando su nuevo jarrón circular de vidrio soplado con vivos ver-
des menta al fondo y al inicio del mismo, estaba sentada en un
sofá blanco el cual había comprado meses atrás en una tienda
de descuentos que tan pronto vio por el aparador supo debía te-
ner. Había estado buscando el sillón exacto que combinara con
el resto de sus muebles por semanas y ese sofá blanco era justo
lo que necesitaba, cada vez que buscaba un mueble, un vestido
o un collar nuevo Alicia no podía evitar pensar si aquel sillón,
vestido o collar era lo que quería que la definiera como perso-
na, todo esto lo hacía porque quería asegurarse de que la gente
que la veía caminar tuviera una adecuada impresión acerca de lo
que ella era, admirarían su buen gusto, sabrían que era una mujer
con talento, con dinero, con clase, con poder, hermosa y valiente
y sabrían que era una mujer segura de sí misma; nadie debía tener
duda sobre ello.
Sí, era esa imperante preocupación suya sobre lo que los de-
más piensan de ella lo que hacía tan importante encontrar el lugar
adecuado para aquel jarrón circular de vidrio soplado con vivos
verdes menta al inicio y fin, el que ubicó en la mesita de entra-
da a su piso, sobre la cual había un enorme espejo cuadrado en
el que se miraba antes de dejar la casa para asegurarse de que
salía impecable. Aquella tarde compró orquídeas blancas con el
haz rojo y las colocó en el jarrón en agua con azúcar, una vieja
costumbre que aprendió de su madre, quien decía que las flo-
res duraban frescas por más tiempo si las ponías en agua dulce.
Compró aquellas flores como un detalle para consentirse. Era
una especie de premio por lo bien hecho. Eran un regalo, una
recompensa adelantada. También era un capricho de ver flores en
casa pues hacía ya un tiempo largo que nadie le regalaba flores.
En los últimos meses, por no decir en los últimos años, no ha-
bía dispuesto de mucho tiempo para citas o mejor dicho no se
había dado tiempo para ellas.
25
Así era Alicia, gastaba una cantidad sorprendente de energía y
tiempo buscando soluciones a problemas que no existían, y que
sin embargo estaba convencidísíma de que eran elecciones tras-
cendentales para su futuro. Gastaba el tiempo pensando en cosas
como la ropa que iba a usar en la junta del viernes con los accio-
nistas, pensaba en si llevaría un vestido, o un traje sastre o debía
comprar un nuevo diseflo, porque después de todo era una junta
importante. Reflexionaba con atención si era correcto tener una
amistad con la chica de la recepción, lo cual podría ser mal visto
por los directivos de la empresa, pero al mismo tiempo le permi-
tiría conocer mejor a sus subordinados. Tardaba horas en decidir
si prefería ir al cine o al teatro, porque finalmente el cine siempre
estaba de moda y tendría un tema del cual platicar con el resto de
la gente en una semana, que por cierto era poca y regularmente
hablaban de lo mismo; o ir al teatro, al que nunca nadie iba yeso
la hacía sentirse un poco más culta e inteligente que el resto del
mundo. Gastaba un día entero pensando si comería una ensalada
o pollo almendrado en la cena, la ensalada le ayudaría a mantener
su hermosa figura pero tendría hambre toda la noche yeso le mo-
lestaba, el pollo era pesado para una cena y de cualquier forma no
dormiría por pesadez de estómago.
Así eraAlícia, tomando todo el tiempo decisiones que la moles-
taban y no la dejaban dormir, pocas cosas la conformaban, no le
daba tregua a sus pensamientos ni a sus sentimientos en ningún
momento, ella debía conocer las respuestas adecuadas a todo, de
otra forma se sentía expuesta y débil, se sentía demasiado vul-
nerable y la debilidad era un lujo que Alicia jamás se permitía.
En esa noche después de colocar las flores miró el reloj, eran
las once de la noche. Apagó las luces y se metió en la cama, esa
noche no estaba enojada, por el contrario, estaba feliz y nervio-
sa, un pequeflo cosquilleo le anidaba en el pecho, se acostó una
hora más temprano de lo normal pues queria despertar fresca y
descansada.
Por primera vez en muchas noches no se iba a la cama con
sensación de molestia, no tenia ninguna decisión inaplazable que
tomar y se sentía plena, realizada. Sin embargo tampoco podía
26
dormir, ese cosquilleo en el pecho le robaba el sueño, pero no
importaba, no importaba porque al día siguiente, la mañana si-
guiente sabía que su vida cambiaría. Sabía sin temor a equivo-
carse que comenzarían las veinticuatro horas que modíficarían
en buena medida su existencia, daría un nuevo paso en su vida,
un paso gigantesco. Sentía el estómago revuelto, toda la emo-
ción que la invadía se depositaba en el estómago lentamente, se
sentía incluso mareada; siendo esta sensación cada vez mayor
tuvo que dejar la cama rápidamente y correr al cuarto de baño,
se arrodilló frente al váter y vomitó. Se enjuagó la cara con
agua fría. "Cálmate, cálmate que no pasa nada", se dijo y regre-
só a la cama intentando serenarse, pensando en su vida en los
próximos meses yen la cantidad de flores que le enviarían como
felicitación en las próximas horas. Se fue quedando dormida
poco a poco.
Con las primeras luces de la mañana despertó, abrió los ojos
lentamente, estiró los brazos de par en par en la enormidad de su
cama, sonrió y se quedó sentada en la orilla de la cama mirando
el atuendo que había dejado preparado desde la noche anterior,
lo dejó en una silla en el dormitorio, era el atuendo que llevaría
a la oficina ese día. Sentada en la orilla de la cama fantaseó por
un tiempo en todos los eventos en los que se vería involucra-
da en los siguientes días. Era consciente que los trabajos se le
multiplicarían, que cada vez tendría menos tiempo libre, que las
responsabilidades aumentarían y le encantaba. La idea le en-
cantaba. Estaba absorta en los beneficios de la noticia que sería
anunciada en un par de horas. Pensó que haría historia dentro
de su campo profesional, pensó en que muchas de sus ilusiones
juveniles se estaban transformando en realidades. Las manos
le temblaban un poco pues estaba inundada por el sentimiento
de ver un sueño emerger como realidad, y no es un evento que se
viva todos los días. Detenerse un segundo y darte cuenta de que
aquellos lugares, personas y experiencias que un día sentada en
un banco escolar dijiste a tus amigos de la escuela que tendrías,
son ahora una realidad. Es una sensacíón extraña, es como vivir
en un constante déja v u.
27
Un constante déjá vu porque todo eso ya has vivido mil veces
en la intimidad de tus pensamientos, porque de tanto imaginarlo
ya sabes incluso qué pasará en el siguiente momento.
Embriagada de emoción reflexionó en sus padres, ¿Cuándo les
llamaría? ¿Cómo se los diría? Posiblemente lo mejor sería ir a
visitarlos y ver de frente su reacción. Aquel nerviosismo se incre-
mentó cuando imaginó a su madre llorando y felicitándola y su
padre con rostro de orgullo. Alicia estaba en la orilla de la cama
tan ensimismada en aquellas ideas que no advirtió que ya estaba
retrasada para llegar a la oficina. Corriendo dejó la cama y entró
a la ducha. Una vez más la intensidad de la alegría y la sensación
de mareo le pegaron en el cuerpo en un segundo, se le revolvió el
estómago y corrió a vomitar de nuevo.
Dejando la ducha y dejando sus emociones correr con el agua
del váter, Alicia se alistó rápidamente para salir a trabajar. Al
ser consciente de lo apremiante del tiempo recorría con toda
prisa su amplio y hermoso piso, el cual estaba ubicado en un
barrio muy tradicional y sereno, en un plano de la ciudad muy
costoso; era consciente de que el precio que pagaba era excesi-
vo, sobre todo porque una mujer sola no necesita tanto espacio
y lo único que provocaba era incrementar sus quehaceres y sus
preocupaciones debido a que algunos meses apenas podía reunir
el dinero para el pago del piso, pero era un esfuerzo necesario,
en su mente aquellos esfuerzos sólo eran un paso que la acer-
caba más y más a transformarse en la mujer que soñaba de sí
misma.
Alicia era gerente de publicidad de una de las firmas más des-
tacadas e importantes de la ciudad, había ingresado como becaria
cuando aún se encontraba en la universidad y, al terminar, debido
a que destacó sobre sus compañeros se quedó trabajando para la
firma. Era una chica respetada pues sus ideas eran frescas y origi-
nales, no tenía miedo de hablar con los clientes, los directores o
colegas del trabajo, cosa que sus jefes veían con buenos ojos; era
disciplinada y dedicada en sus labores y todo el tiempo demos-
traba que quería aprender más, preguntaba temas sobre todos los
departamentos.
28
Ofrecía ayuda a colegas en proyectos que no eran los suyos
sólo por involucrarse y dominar más su profesión; investigaba,
proponía, y siempre ofrecía el plus que todas las grandes firmas
buscan en su personal. Además de esto Alicia era bonita, muy
hermosa; tenía cabellos rubios largos y lacios, peinaba su dora-
da cabellera con pequeñas coletas o peinados altos en todas las
ocasiones. Poseía también unos ojos marrones profundos, expre-
sivos y grandes que eran enmarcados por una largas y tupidas pes-
tafias y unas delgadas y bien delineadas cejas; su nariz era recta
y pequeña, hacía un juego perfecto con su boca carnosa con esa
forma de corazón que todos quieren tener, sumada a una denta-
dura blanca con dientes pequeños y alineados que hacían de su
sonrisa una arma infalible para desarmar a sus enemigos, sobre
todo a los hombres. Sus senos eran firmes y redondos, no eran
grandes ni pequeños, eran justo de la dimensión que atraía mira-
das sin ser éstas muy evidentes, era delgada y un poco más alta
que el promedio de las mujeres, con manos pequeñas y suaves,
piernas largas y torneadas, lo que acentuaba su hermosa figura y
sus nalgas duras y redondas.
Alicia era la afortunada poseedora de la armonía entre belle-
za e inteligencia tan duro de encontrar. Todos estos atributos la
transformaron en sólo un par de años en una de las subgerentes de
cuentas especiales, el área más añorada por cualquier publicista y
a la de más dificil acceso pues sólo los más capacitados alcanzan,
y, sólo cuatro años después en la gerente de la misma división
más joven que la firma jamás había tenido.
Aquella era una mañana especial porque el mes anterior el
coordinador general de cuentas especiales, quien era jefe deAli-
cia, había tenido su fiesta de retiro, se iba de la firma después
de veinticinco años de trabajo. Su decisión de separarse de la
empresa tomó por sorpresa a todos, sobre todo a Alicia quien vio
inmediatamente una oportunidad de escalar un peldaño más en
su carrera profesional, así que en los últimos días llegaba a tra-
bajar más contenta, más decidida, más radiante que nunca y con
la determinación de cambiar de oficina, decidida a mudarse a la
oficina de su antiguo jefe por supuesto.
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En las últimas semanas en la oficina no se había discutido en
los almuerzos ni en las comidas otra cosa que no fuera el nombre
del próximo coordinador general de cuentas especiales, se men-
cionaban muchos nombres, se discutía quién estaba más prepa-
rado, quién tenía más meritos, quién sería un jefe noble y quién
un tirano, el cotilleo estaba en su apogeo como nunca en toda la
empresa, era un puesto muy importante y deseado.
Todos los candidatos lucharían por ser el seleccionado, todos
en sus cubículos deseaban en secreto ocupar ese puesto y to-
dos guardaban dentro de sí la esperanza de que su nombre fuera
el triunfador. Fuera de los cubículos los empleados seguían discu-
tiendo sobre el nombre del próximo coordinador, nombres iban y
nombres venían pero de todos aquellos nombres el más mencio-
nado era el de ella, el de Alicia, algunas veces a favor por su in-
discutible talento, otras veces en contra por su rápido crecimiento
en la empresa, pero aun así su nombre era el más mencionado.
Aquellos días de agosto el calor estaba en el punto más alto de
todo el año, y Alicia había seleccionado usar un traje blanco con
falda corta y un saco cruzado con botones plateados y zapatillas
del mismo color, un collar de plata del que pendía una figura con
forma de luna menguante que hacia parecer más largo su ya alto
cuello, y un brazalete igual en plata en la muñeca izquierda; iba
de prisa pues estaba retrasada para llegar a la oficina y, lo que
menos podía tolerarse era llegar tarde aquella mañana, aquella
era una mañana más que atípica.
Preparada para salir de casa se detuvo unos segundos para verse
en el espejo una última vez como era su costumbre, se gustó; se
encontraba a sí misma radiante. Había seleccionado ese atuendo
detenidamente la semana anterior porque esa mañana en la oficina
se haría el anuncio del nuevo coordinador de cuentas especiales;
Alicia estaba segura que el puesto sería de ella, ¿de quién más?
Ella era la primera de los gerentes en llegar a trabajar, también
era comúnmente la última en dejar la oficina, su equipo se ha-
bía anotado muchos éxitos en su historial con su trabajo, el cual
alcanzaba ventas muy elevadas; gracias a su campaña para una
multinacional de lácteos la firma había ganado un muy alto reco-
30
nacimiento en el mundo de la publicidad. Alicia había consegui-
do que su departamento redujera considerablemente sus gastos y
había elevado en igual proporción sus ingresos, sabía que era una
pieza importante en la empresa y sabía que los directores eran
conscientes de ello, además todos en la compañía apostaban por
ella.

El puesto era suyo, no tenía dudas.

Ensayó un pequeño discurso que llevaba preparando desde cua-


tro días antes, un discurso de agradecimiento en el que incluía
lecciones de motivación para el personal, un discurso en el que
dejaba claro que el trabajo duro era el único camino para llegar a
la cima; había ensayado incluso una sonrisa de sorpresa fingida
y había imaginado abrazos de felicitación de todos sus compa-
ñeros, los cuales recibiría con falsa modestia. Se vio a sí misma
respondiendo a correos electrónicos y tarjetas de felicitación en-
viados a su oficina, distribuyó mentalmente dónde colocaría las
flores que le enviarían como regalo, en ese momento bosquejó
una sonrisita al advertir que las primeras flores las había recibi-
do de ella misma. Festejos, abrazos y risas. Felicitaciones, pala-
bras de apoyo y cenas de celebración. El momento estaba ahí,
había llegado. Materializado podía tocarlo.
Caminando de prisa, maquillándose y colocando aretes en sus
orejas, miraba los muebles de su casa y en su imaginación com-
praba nuevos, compraba muebles con el nuevo ingreso del que
dispondría, decoraba todo el departamento en sólo unos instantes.
Compraría algo para sus padres, sería un triunfo extra.
Ya lista para salir, durante su último vistazo frente al espejo co-
locada estratégicamente en la puerta de salida y acomodando los
cabellos sueltos del peinado dio un giro y la cadena de su bolso
se atoró con las hermosas orquídeas. En un segundo todo se había
transformado en un caos, el jarrón cayó y se destruyó, cientos
de esquirlas de vidrio se habían abalanzado contra las paredes,
contra el piso de madera y contra la cara de Alicia, quien apenas
alcanzó a cubrir sus ojos con el dorso de la mano; el agua y las
31
orquídeas brincaron todas sobre su traje blanco manchando todo
el atuendo de polen yagua azucarada. Arruinándolo.

"Maldición -gritó. Todo estaba arruinado, el traje, el piso, el


jarrón, las flores, todo-. Maldición, maldición", no paraba de chi-
llar Alicia.

Había comprado las flores como un pequeño regalo a sí misma


por su nuevo puesto, pero en aquellos segundos las odiaba total-
mente. Regresó corriendo a su habitación para cambiar la ropa,
se encontraba en un momento de neurosis, estaba manoteando
contra el aire, se quitaba la falda arruinada con furia. Había espe-
rado aquella mañana prácticamente toda su vida, todo debía ser
perfecto y ahora todo estaba arruinado. Buscó en el closet sin éxi-
to un nuevo atuendo dígno de la ocasión, no encontraba nada y el
tiempo se le hacía eterno, no encontraba nada decente para usar;
gritó, se enrabietó y finalmente escogió un traje negro con falda
corta y blusa blanca. Salió corriendo, brincando los vidrios de la
recién ocurrida tragedía y ni siquiera se miró en el espejo antes
de salir, llamó un taxi que siguió de frente sin apenas notarla: la
ira la invadía más y más, y la ¡prisa! La maldita prisa, el avance
de las manecillas del reloj se le presentaba más rápido de lo co-
mún, y no podia soportar por más tiempo aquella desesperación.
Finalmente un taxi se detuvo, le dio instrucciones del destino y
remarcó que debía llegar lo más pronto posible, le pagaría el do-
ble si hacía un record en recorrer esa distancia. El taxista sonrió y
pensó: "Con el tráfico de esta hora, está loca".
Una vez en el taxi comenzó a serenarse poco a poco, se alisó
las arrugas del traje y murmuró en voz muy queda: "Tranquila,
tranquila, en una hora todo estará bien y estarás riendo, después
de todo llegar un poco tarde ofrecía la oportunidad involuntaria
de crear suspenso y hacer más interesantes las cosas"; comenzó
a ensayar en la mente su discurso de agradecimiento y la falsa
sonrisa de sorpresa.
Un día tras otro las cosas transcurrían con ese mismo tono en
su vida, lo que a otras personas no les habría preocupado ni un
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segundo, como romper un jarrón, a Alicia podían dejarla sin dor-
mir días, no se permitía errores y le encantaba tener la sensación
de tener todo bajo control ante los ojos de las personas, de los
amigos, de los compa/leros de trabajo, con sus padres, con sus
hermanos, con los compañeros de clase de pintura, en fin, arrui-
nar un traje blanco con manchas de polen no era permisible en su
mundo.
Alicia era víctima de una desesperación inevitable, era víctima
de sus propias imposiciones y pocas veces era capaz de disfrutar
por entero algo que le gustaba, en ocasiones no se podía concen-
trar en las lecturas de sus libros por pensar cuál sería el siguiente
paso en su vida, cómo llegaría a ser mejor profesionista, amiga,
amante, etc., cómo ahorraría para comprar el vestido más im-
presionante, cómo conocer a la gente más fascinante, como ser
una mujer exitosa y que nadie dudara que todo su esfuerzo se
había convertido en éxito; muchas personas consideraban a Ali-
cia una mujer obsesionada con el triunfo, incapaz de sentir algo,
una mujer vacía y superficial, del tipo que sólo le interesa cómo
luce y que compra la mejor ropa para impresionar a los demás,
una mujer llena de diplomas y títulos pero profundamente sola, y
posiblemente no se equivocaban.
Alicia era todo eso y más. Sin embargo, lo que Alicia realmente
hacía era construir murallas alrededor suyo para no ser herida,
para no ser atacada, se protegía del dolor, del sufrimiento y de
no llegar a ser todo aquello que había soñado de sí misma años
atrás, construía caminos que nadie más podía recorrer hacia ella,
hacia su mente, hacia su cuerpo, hacia su corazón, construía todas
estas barreras con la esperanza de que nadie llegará a conocerla
lo suficiente como para ser indispensable en su existencia y ser
expuesta al fracaso o mucho peor, al dolor.
Alicia llegó a su oficina. Entró en el edificio caminando con
paso seguro y una enorme sonrisa dibujada en el rostro, saludó
cortésmente a la chica en la recepción, quien le regresó el saludo
con una amplia sonrisa también. Entró en el ascensor, que ex-
trañamente estaba vacío; en el reflejo de los cristales del eleva-
dor retocó rápidamente su maquillaje y revisó por última vez su
33
atuendo. Estaba lista, estaba preparada para aquella mañana tan
esperada, tan largamente planeada; el momento estaba frente a
ella y era imposible aplazarlo más, se sentía nerviosa, alterada; su
corazón estaba agitado, palpitaba mucho más veloz que de cos-
tumbre su estómago estaba revuelto y sus piernas perdían fuerza.
¿Cómo no voy a estar nerviosa? Se preguntó. Es el día que he es-
perado toda mi vida y ahora estoy viviéndolo, está sucediendo.
El ascensor se detuvo, sonó el timbre y las puertas se abrieron.
"Todo está bien querida, todo está bien", dijo Alicia suspiró para
tomar fuerza. Al abrirse la puertas del ascensor, la luz le dio en
los ojos directamente cegándola por un segundo, se cubrió la cara
con el dorso de la mano y cuando la bajo no había nadie delante
de ella. Caminó por el pasillo extrañada de la ausencia de todos
sus compañeros; era evidente que estaban ahí, los bolsos, las ca-
zadoras y los portafolios estaban en cada cubículo, en cada ofici-
na, pero no se veía a nadie. Caminó lentamente hacia su oficina
con pasos titubeantes, cada vez más extrañada y girando la cabe-
za hacía la izquierda y hacía la derecha. Nadie. Nadie estaba.
Cuando dio un giro para entrar a su oficina se dio un golpe de
frente con su asistente.

-Buenos días Alicia -le dijo--. La gente está reunida en la sala


de conferencias, me parece que tu jefe está esperándote -su asis-
tente le decía esto mientras jugaba con un anillo entre sus manos
y lo estrujaba y lo estrujaba más fuerte. Nerviosa.

-¿TIenen mucho tiempo reunidos? ---<lijo Alicia.

-Poco más de media hora ---<lijo la asistente apretando aún el


anillo y con voz entrecortada, con ojos llorosos. La miraba dife-
rente, miraba a Alicia de una forma totalmente dístinta. Sujetó a
Alicia por la muñeca y le dijo con una tono de voz dulce y hasta
compasivo -creo que eres la mejor de todos aquí y es un placer
trabajar contigo.
-Gracias, yo creo que tú eres una excelente asistente y pase
lo que pase seguirás a mi lado, ¿entiendes? No tienes nada por
34
qué preocuparte, y ahora vamos a la sala de conferencias que me
están esperando.

Su asistente movió la cabeza asentando con los mismos ojos a


punto de reventar en lágrimas.
Caminaron de frente y rápido mientras Alicia pensaba en la es-
pera que se había generado y que el retraso tal vez no sería tan
positivo. Llegaron juntas a la sala de conferencias. Alicia suspiró
fuertemente antes de entrar, apretó los puños para reunir valor, se
mordió el labio inferior y dibujó una sonrisa.
Entró y todos giraron la cabeza casi al unísono; se hizo un
silencio aplastante y lo poco que se alcanzaba a escuchar eran
murmullos acompañados de miradas dirigidas sobre ella. Avanzó
lentamente y vio en las mesa botellas de vino medio llenas, copas
en las manos de sus compañeros y copas vacías sobre la mesa,
servilletas de papel usadas y un pastel de chocolate cortado en el
centro de la mesa, en la pared frontal había colgado un letrero que
decía "Bienvenido". Caminó hacia el fondo de la sala en donde
estaba el director de su división, todos la seguían con la mirada,
algunos murmuraban algunas frases, algunos evitaban mirarla a
la cara distrayendo los ojos al techo o al suelo, algunos le dirigían
sonrisas burlonas sin ningún disimulo, otros sonreían tímidamen-
te, con pena. Uno de ellos levantó su copa cuando Alicia pasó
junto a él moviendo la cabeza con movimiento de negación. Lle-
gó al final de la sala casi sin fuerza, casi sin aliento, el director del
área sonrió cuando la miró y se dirigió a ella diciendo:

-Hola Alicia, quiero presentarte a Daniel Hudson, de la ofici-


na en New York, el nuevo coordinador de cuentas especiales, tu
nuevo jefe.

Mil estacas con forma de hielo se clavaron en su pecho cuando


escuchó aquello, se quedó muda por unos segundos, se paralizó y
no articulaba las palabras con entera propiedad.
-Mucho gusto, es un placer conocerle finalmente -dijo usando
la sonrisa que originalmente había ensayado, con la diferencia de
35
que la sorpresa había sido real-o Estoy segura que trabajaremos
juntos como un gran equipo y que haremos una buena mancuer-
na.

-Yo lo espero también así sellorita, pero si no fuera así yo me


encargaré de que todo funcione y no haya fallas, me han hablado
mucho de usted y espero lo mejor de su trabajo ~ijo Daniel Hud-
son con un tono áspero y cortante.

-Necesito ir al servicio, me disculpan ~ijo Alicia con extrema


amabilidad.

Se dirigió al cuarto de bailo y cuando caminaba entre sus


compalleros se encontró con las mismas reacciones. Algunos
evadiéndola, algunos apoyándola con una sonrisa, algunos mur-
murando y algunos disfrutando del momento por el que pasaba
Alicia. Cuando salió de la sala se detuvo contra la puerta unos
momentos para tomar aire y escuchó a dos compalleras diciendo:
"¿A dónde va?", decía una. "Pues seguro va al bailo para llorar",
y las dos reventaron en carcajadas. Efectivamente Alicia sentia
ganas de llorar y no se atrevía, no podía llorar, estaba en estado
de inanición, no era enteramente consciente de lo que estaba su-
cediendo, o mejor dicho de lo que no estaba sucediendo. Repasó
los últimos cinco minutos y miró las copas de su brindis vacías,
sus abrazos de felicitación perdidos, sus flores de regalo desvane-
cidas. Todo lo que se supone sería parte del día más feliz de los
últimos allos no existía, se había esfumado, no estaba preparada
para ello, se había dedicado a prepararse exclusivamente para las
buenas noticias no para las malas. La coordinación de sus ideas y
su cuerpo eran prácticamente inexistente.
A pesar de ello no era capaz de llorar, no podía, sólo continuaba
apretando los pullos y mordisqueando el labio pero ahora como
señal de furia, de descontento, sin poder verter lágrimas, todo el
sentimiento se alojaba en su estómago que estaba cada vez más
presionado y agitado, se revolvía como nunca antes en su vida
provocando que Alicia corriera al váter de nuevo para vomitar.
36
Todos fueron abandonando poco a poco la sala de conferencias
y se fueron reintegrando a sus actividades diarias. Alicia se reclu-
yó en su oficina frente al ordenador pretendiendo estar trabajando
pero en realidad su mente estaba completamente absorta en el
pensamiento de por qué no le hablan seleccionado a ella, pensan-
do en lo incómodo que le resultaba saber que todos en la compa-
ñía la veían como vencedora vencida y que ahora en el almuerzo
y en la comida las pláticas de sobremesa serían sobre su actitud y
que no había conseguido el puesto.

37
v

Beatriz despertó un poco más temprano de lo normal la mañana


siguiente de su encuentro con la incertidumbre. La verdad es que
no había dormido bien en toda la noche y cuando abrió los ojos
definitivamente a las cinco de la mañana decidió que lo mejor era
levantarse. Se dirigió a la cocina y preparó café, se sentó en una
silla del desayunador y cogió papel y lápiz, inició una lista de las
cosas que debía hacer a lo largo del día; deseaba apretar su agenda
a fin de encontrar un espacio para ella, un par de horas para ella
misma, tenía ganas de hacer algo diferente. No sabía qué queria
hacer pero si que sabía que por aquella ocasión no le apetecía en
lo menos quedarse como siempre encerrada en casa todo el día.
Sentada en la cocina y buscando sacar tiempo de donde no hay,
pensó de repente: "\by a ir al teatro en la noche, voy a ir a ver la
obra". Hizo planes en su mente, dispuso con quién dejaría a las
niñas por la tarde, pensó quién podria cuidarlas y anotó en el pa-
pel un horario al que prometió apegarse, hizo un itinerario de lo
que haría cada hora de esa tarde tal como los horarios escolares.

-Beatriz, Beatriz -escuchó la voz de su marido llamándola desde


la habitación. Se levantó de la silla y se acercó al dormitorio.

-Ya es tardisimo, ¿Por qué no me despertaste? ¿Dónde estabas?


-inquiría su marido.

-En la cocina -contesté Beatriz.

-Bueno, no importa, ayúdame a vestir que llego tarde a la ofici-


na; ¿ya preparaste el desayuno?

-No -respondió Beatriz en seco.

-¡Pero si estabas en la cocina], por eso no te rinde el dia Bea-


triz, desperdicias mucho el tiempo.
38
-Ahora mismo preparo todo.

-No, no. Ayúdame a vestir, pásame el portafolio, que te digo


que ya es tarde, ahora hasta sin desayuno tengo que salir de esta
casa -dijo el marido.

Cuando estaba abotonando la camisa de su marido, entró Ana a


la habitación todavía medio dormida. "Alejandra ya se despertó y
está llorando". Beatriz salió casi corriendo para ver a la pequeña
mientras el esposo seguía gritando desde la recámara.

-¿Dónde está mi corbata?

-Detrás de la puerta -respondió ella desde la habitación de la


bebé.

Con Alejandra en brazos se dirigió a la cocina para prepararle


leche, Ana le seguía diciendo que tenía hambre y que no quería ir
a la escuela. "TIenes que ir Ana por favor no empieces."

-¿Dónde está mi corbata? -repetía el marido gritando desde el


dormitorio.

-Está colgada en la puerta de atrás del armario como siempre.

-Pero quiero la azul-él insistía-, y no la encuentroven a dármela.

Exasperada gritó desde la cocina:

-Ahí están todas las corbatas Eduardo, todas están ahí, por el
amor de Dios búscala.

Apabullada en mareo de llantos de la bebé, Ana quejándose y


el marido gritando sintió que no tenía fuerza para dominar todo
al mismo tiempo, por primera vez en varios años tuvo la certeza
de que esa prisa y esa presión eran superiores a su fuerza. No en-
39
tendía por qué toda la mecánica matutina se le estaba colando por
las manos, si todo aquel alboroto era su pan nuestro de cada día.
Como todas las mujeres poseía la increíble capacidad de hacer
tres, cuatro o más cosas al mismo tiempo, aquella era una mañana
común, estaba completamente llena de hábitos y costumbres de
las mismas mañanas de agosto, de julio, de enero y de todos los
meses del año. Pero en realidad estaba esforzándose por hacerlo
más rápido, su mente se quedó enganchada a la idea de ponerse
un vestido bonito y salir por la tarde al teatro. Ya irritada apenas
a la primera hora del día, intentó poner orden al pequeño caos
que su familia organizaba, sentó a las niñas frente al televisor y
despidió a Eduardo en la puerta con prisa.
"Que tengas un día hermoso. Te amo. y, por favor no cocines
pollo para hoy", dijo él besándola en la frente y agitando la mano
en señal de adiós
Dispuso todo para comenzar el día, su día. No, en realidad no
dispuso nada, todo lo tenía calculado, todo lo tenia sincronizado de
hacerlo trescientos días al año igual, poco le fallaba, pues todo se
lo sabía de memoria y por si acaso la memoria le traicionaba sus
manos y piernas estaban tan acostumbrados a lo mismo cada hora
que sin que ella se los exigiera, ellas iban voluntariamente a los
lugares y a los objetos que todos los días recorrían. Todo su cuerpo
y sus pensamientos eran en conjunto como una canción con el mis-
mo ritmo y el mismo tono. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Se repite el
estribillo. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Y así toda la canción de un
disco que para colmo está rayado y sólo toca esa pieza.
En fin, repasó cómo eran sus días en la cabeza y pensó en su ho-
rario escrito en la madrugada para encontrar tiempo e ir al teatro.
Ana en el colegio a las ocho, la charla de media hora con las ma-
dres de las otras niñas sobre lo rápido que crecen o el intercambio
de recetas de cocina, que por cierto nadie daba completas para
que no les robasen tan preciados secretos. El mercado a las nueve
para las compras del día; luego, a las diez el tráfico, con la niña
en la silla en asiento trasero llorando por el calor, por hambre, por
ejercicio pulmonar y el sofocante calor. La limpieza a las doce;
pisos, cuarto de baño, salón y la comida, la comida se comienza
40
a las dos. El baño de la bebé a las tres para que después duerma
la siesta. Ana de regreso del colegio a las cuatro; risas, gritos y
travesuras hasta las siete, discusiones porque no quiere hacer las
labores escolares. La cena a las nueve. Eduardo. Los trastos fre-
gados antes de irse a la cama.
Un vestido, un vestido nuevo para ir al teatro. Qué magnífica
idea. Se consentiría; se compraría un vestido nuevo, se peinaría,
iría sola al teatro, las niñas serían cuidadas por una niñera en la
tarde, por la noche las cuidaría Eduardo. Disfrutaría la obra, los
otros asistentes la verían guapa y valiente por haber ido sola al
teatro, le gustó esa idea. Saldría y entraría a un bar a tomar una
copa de vino. Una estupenda idea para darse un capricho, se le
aceleró el corazón con el plan.
No fue al mercado, decidió que compraría comida china para
la tarde y la cena y así de una vez se ahorraba los disgustos de
las filas en el supermercado y el fastidio de cocinar por una tarde,
lo mejor era que se saltaba un montón de horas que guardaría
para ella. Llegó corriendo a casa, ordenó todo un poco, limpió
velozmente y sin profundidad, tomó a Alejandra, la colocó en el
cochecito y se dirigió a la calle a buscar un vestido nuevo.
"\ámos a ir de compras mi amor, mamá y su bebé van a salir
juntas", le dijo a la niña.
Caminó una larga avenida llena de tiendas empujando el co-
checito con la niña, vio vestidos y precios en muchos aparadores,
entró en varias tiendas y nada le convencía, siguió buscando por
dos horas. Finalmente se detuvo frente al aparador de una tienda
en donde vio un vestido blanco, muy sencillo, de corte largo y
con tirantes, era un vestido idéntico en forma al que usó en su
boda civil con Eduardo, se ilusionó y entró a la tienda a probárse-
lo. Pidió a la dependienta el modelo y le indicó la talla, se acercó
al probador con la niña y se dispuso a probarlo. El vestido le
parecía hermoso, le encantaba y cuando comenzó a subirlo por la
espalda un millón de recuerdos se le agolparon en la cabeza, un
millón de recuerdos se peleaban por llegar a su mente en primer
lugar. Recordó cuando ella y Eduardo eran novios, las mentiras
piadosas que contaba a sus padres cuando llegaba a casa después
41
de la hora convenida, las caminatas en el parque, las salidas al cine
sin importar cuál era la película, recordó e! primer beso, cuando se
acostaron por vez primera, las flores, los abrazos, las largas llama-
das telefónicas nocturnas. Recordó cuando se comprometieron, la
boda civil. La boda donde colocaba todas sus esperanzas. El dfa
cuando pensó que comenzaba su vida de verdad, e! dfa que no que-
rfa que terminara; la música, los regalos, los invitados. Su futuro,
recordó el futuro que nunca llegó, el futuro que con tanto empeño se
dedicó a soñar y construir en sus tardes de verano, el mismo futuro
que en nada se parecfa a su realidad presente y sintió como un balde
de agua fria, como un escalofrio la nostalgia de lo no vivido, sintió
cómo se cayeron de un martillazo en forma de accidente todos esos
recuerdos que colocó en la memoria de lo que nunca existió.
Suspiró fuertemente, miró a la pequeña Ana y le dijo en voz
baja: "Esto no es por ti, mi amor, ni por tu hermana, yo las amo y
no imagino mi vida sin ustedes". Lo dijo propiamente para ella,
como justificándose; pidiendo disculpas por sus recientes pensa-
mientos, consolándose por recordar lo que nunca tuvo.
Tenía que suceder. El vestido una vez hasta arriba no cerraba.
Se lo quitó, salió de! probador y la dependiente le preguntó si es-
taba bien todo. "Sí, el vestido es encantador pero necesito una ta-
lla más grande." El solo decirlo le dolía. La dependiente tardó un
par de minutos y trajo la nueva talla. Beatriz entró con coraje al
probador de nuevo apretando en la mano el vestido pero al verse
frente al espejo perdió todo valor de verse dentro de él de nuevo.
Lo hizo. Entró perfecto en el vestido pero el hecho de saber que
era una talla más grande de la que ella creía le restaba merito.
Salió para verse en los espejos en diferentes ángulos. Con manos
y piernas temblorosas se acercó y comenzó a observarse.
Frente a los espejos reflexionó en las palabras de la actriz du-
rante la entrevista cuando mencionaba sus nervios por enfrentar-
se al público por primera vez. Ella siempre había estado frente al
público real, sin ensayos, sin líneas aprendidas de memoria, ojalá
hubiera tenido una sola oportunidad de ensayar su vida antes de
la presentación, ojalá dispusiera de un lente o una cámara que
fiItraran sus errores y pudiera hacer una segunda toma. Imposible.
42
Imposible. Seguramente en una segunda oportunidad de hacer las
cosas cualquiera las haria mejor. Pero no, no existía tal posibilidad.
Sin embargo en algo tenia razón la actriz. En la vida real, en la
vida sin apuntadores diciéndote qué hacer, si te equivocas la pagas
y el precio puede ser alto. En la vida real no se admiten errores o
terminas acariciando recuerdos que nunca existieron. Beatriz había
tenido mil pruebas de fuego frente al público y sólo muy pocas
habian salido como esperaba, la mayoría habian sido mucho menos
agradables. Actuar en directo no es sencillo, olvidar el guión que
escribiste para ti mismo tiene sus consecuencias, como terminar in-
terpretando el papel que menos hubieras deseado. Podría terminar
ocurriendo justo lo que menos querías que pasara. Podría suceder
lo que menos necesitabas que sucediera.
Beatriz continuaba mirándose el vestido frente a los espejos,
con sus propios ojos como reflectores que amplificaban los de-
fectos de cómo lucía y minaban los atributos de su belleza. Se
observaba frente a los espejos de los que tanto huía, se gustaba
pero no se convencía a sí misma. Además seguía en su cabeza la
lucha de todas las memorias por vencer a las demás; luchaban con
fuerza todos los recuerdos y todas las memorias, todos estaban en
batalla; las vividas, las no vividas, las buscadas, las olvidadas,
las que quería recuperar, las que nunca podría recobrar. Estaban
las añoradas y las despreciadas, las locuras y las divertidas. Todas
coexistían en ese momento.
Se miró por última vez en todos los ángulos. Se recogió el ca-
bello con las manos en alto pensando en el peinado, se lo soltó y
lo recogió otra vez.

-Suelto, se ve mejor suelto -dijo un hombre detrás de ella-.


Perdón por opinar, pero es verdad, el cabello sobre sus hombros
la hace ver más hermosa.

-Gracias, es muy amable -respondió nerviosa y sonrojada.

Beatriz lo observó rápidamente de arriba hacía abajo, de un


solo ojo.
43
El hombre era guapo, muy guapo. Era un hombre maduro de
cuarenta años aproximadamente, tenia una voz gruesa y varonil,
ese tipo de VOZ que tienen los hombres que fuman. Su cabello era
castaiIo, de un c:astafto oscuro en el que asomab8n algunas canas.
las canas lo hacían lucir más inten:sante. Su piel era blanca y
con1raStaba con el color del cabello y los ojos. pues los ojos eran
café, café oscuro. Una nariz recta Y una boca carnosa remataban
un rostro maswlino, viril cubierto por una barba castaña en for-
ma de perilla. Era alto, más alto que ella. más alto que su marido.
Con espalda ancha y hombros fuertes. se notaba el resultado de
un cuerpo ejen:itado. 'tbtia un traje gris. camisa azul y corbata
en igual colOl: Su buen gusto Y ropa costosa eran evidentes.

-Gracias --n:pitió Y bajó el par de escalones en donde admira-


ba el vestido y desde donde lo había admirado a él. Nerviosa y
sorprendida resbaló y casi cae. El hombre la sujetó por el brazo
para impedir su caída. Sus manos cálidas y fuertes hicieron que
Beatriz sintiera una oleada de calor por todo el cuerpo en un se-
gundo, su corazón se acelero y sus pechos se irguieron. Lo notó y
los cubrió con el brazo velozmente.

--{Jracias nuevamente -etinó a decir. El hombre sonrió y descubrió


sus dientes perfectamente alineados y nacarados. Alejandra. que es-
taba en el cochecito lloro. Ella se acercó y la cargó en brazos.

-Perdone, es mi hija -dijo apenada.

-Está bien --respondió él-o Es igual de hermosa que su madre


-dijo mientras sacudía el cabello de la niña con la mano-. Yo
también estoy aquí con mi hija, tiene quince años, he venido
con ella a comprar un vestido para su cumpleaños, creo que
estaremos aquí por horas mientras se decide, y yo le resulto de
poca ayuda.

-Así somos las mujeres, todas tardamos horas en elegir un ves-


tido -contestó Beatriz aún nerviosa-o Debo, debo quitarme este
44
vestido, con permiso -se dirigió al probador sonriendo y girando
la cabeza para verle.

Cuando salió del probador el hombre seguía ahi, se emocionó


pensando que la esperaba, aunque se mortificó un poco al darse
cuenta de que ahora la vería con la ropa ordinaria, la de todos los
días. La dependiente de la tienda se aproximó.

-Muy bien, señora, ¿se lleva el vestido?

-No, no lo llevo -respondió-. Muchas gracias.

-Deberla llevarlo, quien quiera que la espere en casa se llevaría


una agradable sorpresa al verla radiante con ese vestido puesto.

"Es posible, es posible", pensó. Colocó a Alejandra en el co-


checito y salió de la tienda sonriendo y mirando a ese misterioso
hombre por los espejos sin que él se enterara de nada.
Condujo a casa nerviosa, distraída. Las palabras de aquel hom-
bre le habían dejado perpleja. Descubrió que por unos breves ins-
tantes se había olvidado de la bebé en la tienda, se había olvidado
de Ana y de Eduardo, se había olvidado de todo. Se sintió como
adolescente y se lo reprochó. La noche anterior se había plante-
ado esas situaciones, por eso decidió ir al teatro. ¿De verdad una
mujer cualquiera, sin proponérselo puede arriesgarse sin concien-
cia alguna en una aventura tan repentina? Apenas veinticuatro
horas atrás habría sido incapaz de lanzarse en una aventura, fren-
te a aquel hombre, lo consideró. ¿Acaso una mujer es capaz de
materializar acciones que ni siquiera se habría permitido pensar
en sus cabales? Pues entre pensar y hacer hay un abismo pero a
veces no se mira tan profundo.
Conducía en dirección a casa, era la una de la tarde, el sol esta-
ba en lo alto y tenía el tiempo encima. Tenía mucho que hacer y
Ana volvía a las cuatro, había gastado toda la mañana buscando
el dichoso vestido y no podía perder más tiempo en sueños de co-
legiala. "Mañana me organizo mejor y voy al teatro -pensó-, hoy
45
ya no tengo tiempo." Las manos del hombre sujetando su brazo
se le aparecieron como revelación en la mente, volvió a sentir la
oleada de calor y entonces recapacitó; tenía un plan. Se había pro-
puesto disfrutar una tarde ella sola, se apegaría a él. Dio un giro
en la siguiente glorieta y se dirigió al teatro. Compró la entrada
para la función de las nueve en la zona preferente, se llevó un pro-
grama de la función con los nombres de los actores, los detalles y
la sinopsis de la trama. Las alas de la libélula era el nombre de la
puesta en escena. Camino a casa miró por la calle para seleccionar
el bar en que bebería la copa de vino que se prometió.
No tengo nada que ponerme reflexionó. Súbitamente recordó
que había ido a la tienda con la determinación de salir con un
vestido nuevo pero fue tanta su premura por dejar aquel lugar que
salió con las manos vacias. Eran las tres de la tarde, aún había
tiempo y se dirigió a la tienda otra vez. Aparcó y caminó con la
pequeña en el cochecito. Beatriz dentro de sí misma sabía que te-
nía vestidos en el armario y que cualquiera que usara estaria bien;
sabía en su fuero interno que la razón real de entrar a la tienda de
nuevo era una extraña necesidad por encontrarse con aquel hom-
bre una vez más. Una curiosidad de conocer un poquito más de
él, una curiosidad por saber si se acercaría a ella de nuevo.
A cada paso que se acercaba a la tienda su pulso se incremen-
taba, sentía que iba a explotar, era como una bomba de tiempo en
donde la tensión aumenta con cada segundo que el reloj dismi-
nuye. Las manos le sudaban y las piernas se le desvanecían ca-
rentes de fuerza. Si aquel hombre estaba ahí con su hija tardarían
horas. Seguro aún se encontraba en la tienda. Entró lentamente,
titubeante. Miró a su derredor con un aire de despiste que apenas
podía disimular. Giró hacia los espejos, hacia el mostrador, hacia
la caja y hacía los probadores, nadie, no había nadie, se había
marchado. Una decepción se le presentó en forma de un profundo
y largo suspiro. Una tristeza la invadió en segundos cuando no
vio al hombre ahí.
La dependiente de la tienda se acercó y saludó.

-Hola, otra vez, ¿ha decidido llevar el vestido finalmente?


46
-Sí, sí lo llevo -dijo Beatriz un poco distraída.

-Perfecto, lo envuelvo ahora mismo señora, es un bonito mode-


lo y usted luce hermosa con él puesto -dijo la dependiente aleján-
dose para envolver el vestido.

-Disculpe -le dice Beatriz.

-Sl, dígame señora.

Sin atreverse a preguntar ninguna cosa dice a la dependiente


con el mismo tono distraído.

-Nada, no es nada señorita.

Llegó a casa a tiempo justo para recibir a Ana del colegio, llamó
al restaurante de comida china y solicitó una entrega a casa con
dos órdenes de todo, una para la comida y otra para la cena. Llamó
a la niñera para confirmar la hora a la que llegaría, a las seis en
punto, con lo que tendria una hora para arreglarse y una hora para
llegar al teatro. Escribió una nota para Eduardo explicando que una
amiga de la universidad le había llamado por la tarde y que sólo se
encontraría en la ciudad por una noche pues por su trabajo viajaba
constantemente, le daba recomendaciones e instrucciones para el
cuidado de las niñas y le pedía que no llamara mientras estaba con
su amiga. En realidad no quería responder durante la función.
Beatriz no sabía exactamente el porqué de la mentira que de-
cía a Eduardo en aquella nota, era mucho más sencillo escribir:
"Necesito un poco de aire fresco, salir por la noche y platicar con
adultos que no sean madres de otros niños, necesito recordar que
hay un mundo fuera de la casa, el mundo en el que estás tú todos
los días, por eso salgo sola esta noche". No sabía la razón de por
qué escribía un pequeño cuento pero sabia que la mentira era nece-
saria, el interrogatorio a su regreso sobre su encuentro con la amiga
seria amplio. ¿Dónde fueron? ¿De qué hablaron? ¿Qué hicieron
después? ¿Por qué tardaste tanto? ¿Y ese vestido? ¿Cuánto te gas-
47
taste? ¿Dónde lo compraste? ¿Por qué no hiciste de comer? Quería
leche y no encontré en el frigorífico, ¿por qué no hay? Sería un arn-
plio interrogatorio y si decía la verdad sería una eterna entrevista, a
la que se sumarían otras preguntas y otras sugerencias tales como:
¿Por qué no fuiste conmigo a la obra? No te debes sentir sola, tienes
a las niñas. Si quieres el próximo sábado saldremos a cenar todos
juntos y tú y yo podemos salir a bailar. Podríamos haber alquilado
algunas películas y verlas en casa sin molestamos en salir o podrías
haber preparado algo para cenar e invitar a tus padres. No tienes
que ir sola a ningún lado, mi vida, le diría Eduardo.
No, no y no; ella quería escuchar otras voces que no fueran las
de su familia por un par de horas, sentirse sola por un momento,
pensar un poco en ella y sobre todo sentirse un poco más ella
misma.
Cuando pensaba en todas las preguntas que le haría su marido
si le decía la verdad, recordó unas palabras que su abuela le dijo
cuando aún era pequeña. "Beatriz -le decía-, cuando una mu-
jer se transforma en eso precisamente, en una mujer, con hijos
y esposo, su vida se transforma y debe estar atenta a sus nuevas
responsabilidades. Si te dejas distraer por otras cosas u otras ocu-
paciones estás en riesgo de ser una mala mujer."
En ese entonces no entendió nada de lo que su abuela le dijo
pero ahora eran claras, tan claras como la luz del amanecer que te
recuerda que es nuevo día. Su abuela creció en otra generación y
la entendía pero al final de cuentas lo que realmente quiso decírle
es que si una mujer se ocupa un poco más por ella que por sus hi-
jos o su marido no es una buena esposa. Recordando las palabras
de su abuela se dio cuenta que las había escuchado también de su
madre y de muchas otras mujeres con otras expresiones, con otros
términos, pero siempre era la misma idea repetida mil veces.
Suena el timbre de la calle, es la niñera que llegaba veinte mi-
nutos antes, Beatriz la recibe sonriente. "Las niñas están en el
salón mirando televisión -le dice-o Yo fregaré los trastos de la co-
mida para ayudarte un poco, después me preparo para la noche."
Se retira a la cocina y enciende el televisor como de costumbre.
Están transmitiendo un documental sobre la vida de las mujeres
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en el Medio Oriente. Escucha atenta sobre los sufrimientos y pa-
decimientos que esas mujeres viven, padecimientos reales e in-
frahumanos, condenadas a cubrir su cuerpo bajo un sol abrasante
para no despertar deseos en los hombres, sumisas y sin derecho a
voz ni voto, sin poder trabajar, destinadas a prostituirse si enviu-
dasen pues su ley no les permite ejercer otro oficio, recluidas en
harenes toda su vida sin oportunidad de conocer nada más allá de
la puerta de su prisión. "Eso sí es una vida dura -recapacita-, yo
no tengo nada de qué quejarme." Sigue fregando los trastes escu-
chando el documental y pensando en las horas que le esperaban,
pensando en los días que le esperaban, se distrae y súbitamente
regresa a las horas que precedieron ese día. Pasa por todas sus ac-
ciones en la mañana y se detiene en el hombre de la tienda. Luce
hermosa, recuerda sus palabras. Se sonroja.
Recuerda la fuerza de sus manos auxiliándola para no caer, el
corazón por tercera vez en un día se acelera, comienza a cavilar
en Eduardo y un sentimiento de culpabilidad comienza a alo-
jarse en su mente; está casada, no puede pensar en otro hombre
y mucho menos sentir excitación por otro hombre que no sea
Eduardo, el corazón se acelera más rápido pero ahora por te-
mor, temor a que alguien pudiera leer su mente y reconociera la
naturaleza exacta de sus pensamientos, que descubriera que se
siente emocionada, unas gotas de sudor aparecen en su frente y
se siente tensa, los músculos se le tensan, se le contraen. "No,
no está bien", piensa y revienta en su mano el vaso de cristal
que está fregando.
Un hilillo de sangre tiñe en segundos el fregadero, escurre por
su mano, se ha dañado, se ha hecho una herida y tiene un trozo de
cristal incrustado en la piel, se lo arranca con la idea de arrancar-
se los sentimientos, las emociones y los pensamientos que vivía
hace unos minutos. La sangre comienza a correr con más fuer-
za, su sentimiento de culpa comienza a correr con la misma fuer-
za. Se enjuaga con el agua del grifo la herida, no puede enjuagar
su culpa con el agua. Coge una toalla de la cocina y aprieta la
herida para evitar que la sangre se siga escapando pero sus senti-
mientos no los puede reprimir. Grita a la niñera que le ayude. La
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niñera corre y la mira sangrando, corre por más toallas y le ayuda a
atarlas en la parte alta del brazo para detener el flujo de la sangre.

-Pide un taxi -dice Beatriz a la niñera-. Cuida a las niñas por


favor y no le digas nada a mi marido. No le digas nada. Baja las
escaleras y sube al taxi.

En el trayecto al hospital sigue sudando, su corazón está pal-


pitando más rápido que nunca antes en su vida y su cabeza está
más hinchada de ideas que en los últimos diez años, Su mente
se detiene un momento y le avisa. "Qué suerte que no me había
puesto el vestido blanco o lo habría arruinado por completo y hu-
biera sido dinero tirado a la basura." Rio, ni siquiera en las crisis
dejaba de recriminarse.
Por más esfuerzos que realizaba no podía alejar la imagen de
aquel soberbio y hermoso hombre deslumbrado y fascinado fren-
te a ella, por ella. ¿Tener ese tipo de pensamientos era realmente
malo? Sólo eran eso, pensamientos. ¿Sentir deseos por otro hom-
bre era lo peor de mundo? Sólo eran pensamientos. ¿Y si no era
el hombre? ¿Y si sólo era la idea de aventura lo que la impulsaba
a pensar así? Apenas la noche anterior no pudo dormir pensando
en que quería hacer algo diferente y que se sentía desesperada por
un cambio; la idea del teatro, la salida por la noche y la compra
del vestido había venido directamente del intento de regalarse
una tarde distinta, de escapar por unas horas de su rutina. Haber
conocido aquel hombre era únicamente una consecuencia de su
plan escrito en la madrugada.
Amaba su vida, amaba a sus hijas sobre todas las cosas, no
se atrevía a pensar ni un momento cómo sería su vida sin ellas,
eran su única alegría, su felicidad, su vida se consagraba a verlas
sonreír. Amaba a Eduardo más de lo que él se imaginaba, cuando
lo veía caminar del cuarto de baño a la cama en calzoncillos de
noche aún le deseaba. Era el hombre de su vida, el padre de sus
hijas, lo amaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sin em-
bargo, había algo que no encajaba del todo, que no la dejaba sen-
tirse enteramente satisfecha, había un hueco en su vida que había
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intentado llenar por muchos medios, con muchas distracciones,
un hueco que quiso llenar con amor a su familia y su hogar, pero
que estaba presente a pesar de todos sus esfuerzos. No estaba
segura si el vacío provenía de una falta de amor a ella misma o
una necesidad de realizarse como persona más allá de su papel de
madre y esposa. Quizá eran ambas cosas.
Después de todo es normal que una mujer guste de ser admirada
y quiera dejar en los otros una impresión inolvidable. Que sus hi-
jos la admiren y después sus nietos, que la respeten y la recuerden
cuando no esté. Una mujer quiere sentirse deseada por su marido
después de cincuenta años de matrimonio, todos los días, quiere
suscitar amor y pasión, dejar una impresión indeleble, escuchar
que le dicen "te amo".
Pero en contra es también absolutamente normal que quiera co-
nocer el mundo, no precisamente viajar, conocer el mundo; reír,
coleccionar experiencias, vivencias, amigos. ¿Cómo va a ense-
ñarles a sus hijos a vivir si ella misma no ha vivido plenamente?
¿Cómo habrá de advertirles de lo dificil del mundo si apenas ella
conoce el mundo? Es normal que una mujer quiera crecer, pensar,
ganar dinero, ser un ejemplo para sus hijos, ser una mujer adrni-
rable, todas esas ambiciones son tan normales como las tradicio-
nales aunque mucho menos apreciadas.
Llegó al hospital con el brazo totalmente morado por la pre-
sión de las toallas, le atendieron en curaciones y un enfermero
le preguntó:

-¿Quiere anestesia para los puntos, es alérgica a algún medica-


mento?

-No gracias, no podría estar más anestesiada -contestó en for-


ma sarcástica.

-¿Perdón, qué dice? -dijo desconcertado el enfermero.

-Nada, disculpa, quiero decir que no soy alérgica a nada, a casi


nada.
51
Cuatro puntos que bajaban del inicio del pulgar al dorso de la
mano fue el resultado de la presión que la atacó cuando fregaba
los trastes. Cuatro puntadas que ahora se quedaban ahí a manera
de recordatorio, que le decían que tenía que hacer algo por ella y
que era urgente.

Cuando llegó a casa, Eduardo había dormido a las niñas, la ni-


llera ya se había ido y él estaba vuelto loco de nervios.

-¿Por qué no me llamaste al trabajo?, Beatriz. Hubiera venido


corriendo, me asusté mucho. Dejaste el celular aquí así que no
tenía dónde llamarte y no dijiste a qué hospital ibas, no sabía
donde buscarte. Me asusté, me preocupé. La niñera me dijo que
te cortaste y que mucha sangre escurría por tus manos. ¿Qué te
pasó? ¿Cómo te fue?

-Me corté la mano fregando los trastes con un vaso, estaba dis-
traída y se me reventó sin que me diera cuenta. La niñera estaba
aquí, así que no tenía sentido molestarte en el trabajo, no es nada
grave ya estoy aquí.

-¿ y por qué estaba aqui una niñera?

-Mi amiga Carolina de la universidad está en la ciudad y me


llamó para cenar juntas. ¿La recuerdas? Sólo iba a estar por esta
noche y te iba a dejar una nota. De cualquier forma el plan se
. arruinó y no he ido a ninguna parte, estoy muy cansada y perdí
sangre, vamos a dormir Eduardo.

-Me alegra saber que estás bien, me diste un gran susto, in-
sisto en que debiste llamarme, grave o no, debiste llamarme, y
también debiste llamarme si pensabas salir, hoy pensaba llegar
tarde a casa, tengo mucho trabajo. ¿Qué hubiera pasado con las
niñas si yo no hubiera llegado y tú en el hospital o cenando con
tu amiga?
52
-Nada, no hubiera pasado nada, nunca pasa nada Eduardo, va-
mos a dormir por favor que estoy muy cansada -dijo con acento
de enfado Beatriz.

Eduardo miró a su esposa agotada, débil y con ojeras. Se tran-


quilizó y la tomó de la mano para acercarse al dormitorio. Cuan-
do vio la venda que cubría la mano de su mujer rio y en forma
de broma le dijo al oído: "Con la pinta que tienes ahora mismo
y esa venda en la muñeca cualquiera diría que intentaste cortarte
las venas".
Beatriz calló, no tenia nada que decir. Mejor dicho no quería
decir lo que estaba pensando en ese momento. Se tumbó en la
cama y se quedó dormida. La mañana siguiente cuando despertó,
Eduardo ya se había alistado para dejar la casa.

-Llamé a la niñera para que te ayude hoy, no podrás hacerlo


sola -dijo Eduardo-. ¿Qué es ese paquete? -dijo señalando la
bolsa con el vestido.

-Es un regalo para Carolina, quería darle algo, pero hoy mis-
mo lo devuelvo a la tienda. No hay razón para conservarlo -dijo
Beatriz ocultando la verdad que de cualquier forma no le intere-
saría a su marido, al menos hasta el final de mes que se pagaran
las tarjetas y entonces diera su típica letanía de lo difícil que era
ganar el dinero.

-Mi vida -dijo Eduardo-, tú siempre intentando impresionar a


los demás, siempre queriendo quedar bien con todo mundo, no
tienes remedio -la besó en la frente y salió de la habitación.

"Es verdad -se dijo Beatriz-. Yo, sólo yo estoy tratando de


quedar bien con los demás todo el tiempo, soy yo la que quiere
complacerlos, nadie me lo exige, yo me lo he dado como auto-
imposición,"

53
VI

Fue un día terriblemente duro paraAlicia en el trabajo con gen-


te pasando por delante de su oficina, girando el rostro y murmu-
rando cosas entre ellos. Gente que le sonreía cuando levantaba
la vista del ordenador y seguían su camino disimuladamente. Un
día terriblemente duro con la asistente mirándola desde fuera
con rostro de compasión. ¿Compasión? ¿Cuál compasión? Ella
no necesitaba nada de eso. No necesitaba que nadie se sintiera
mal por ella. No necesitaba conmiseración, lástima o indulgencia
de ninguno. Con la rabia de que además de personas burlándose
de ella, existieran, como su asistente, personas que sentían pena
por ella decidió hacer algo para borrar esa imagen que era más
dolorosa que el hecho en sí mismo.
Abrió la cuenta de correo electrónico y envió un correo a todos
los colaboradores del área solicitándoles que se presentaran con
Daniel Hudson y le ofrecieran todo su apoyo. "Debemos hacer
todo lo posible para darle la bienvenida y hacer que sus funcio-
nes se desarrollen con la mayor facilidad y profesionalismo posi-
bles", escribió. Una vez enviado espió disimuladamente desde la
distancia las reacciones de la gente sorprendidos al leer aquello
y levantándose de sus puestos para seguir comentando el aconte-
cimiento del día y las reacciones que crecían como bola de nieve
que baja por una montaña.
Terminó el día, Alicia dejó la oficina, era la primera vez en mu-
cho tiempo que se retiraba a la hora exacta en que terminaba su
tumo, a nadie sorprendía esa decisión de su parte, salvo a ella
misma; tomó un taxi y le dio instrucciones para que la llevara a
casa. Justo a medio camino cuando circulaban cerca de un parque
le pidió que se detuviera, necesitaba caminar, respirar, despejar
su mente, pero sobre todo quería dilatar la hora de llegar a casa,
no quería enfrentarse a la soledad y vacío de su apartamento. Ca-
minó a través del parque sin mucha intención, sin mucha volun-
tad, los brazos le colgaban y arrastraba los pies, le pesaba todo el
cuerpo, tenía la sensación de que caeria desplomada de un mo-
mento a otro. Se sentia cansadísima.
54
Todo el orden de su mundo se habia movido en una sola ma-
ñana y a su mente acudian preguntas que ni siquiera consideró
en los años anteriores. ¿Por qué no le habían dado el puesto?
Estaba convencida que era la mejor, se había esforzado mucho
tiempo, muchas horas, muchos años y en un momento decisivo
habia perdido su posición. ¿Necesitaban a un hombre en el pues-
to por considerarlo más agresivo? No, eso era hasta cierto punto
un absurdo, la compañia no se caracterizaba por entrar en esos
juegos sexistas. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿En que habia fallado? Pero
de pronto como revelación llegó a su cabeza una cuestión aún
mayor. ¿Y ahora qué?
¿ y ahora qué? ¿Qué seguia? Tenía treinta y seis años y había
estado trabajando para la misma compañia por catorce, el trabajo
se habia transformado en su vida, en su estilo de vida. No tenía
muchos amigos reales en el trabajo ni fuera de él. Tenia treinta y
seis años y debia pagar una hipoteca por veinte años más, tenía
que pagar una hipoteca de una casa que compró para impresio-
narse de su capacidad y anotarse un éxito en su historia personal,
mejor dicho en su historia económica, pero también para impre-
sionar a otros y ciertamente no tenía en su vida a nadie a quien
impresionar.
Tenia treinta y seis años y aún no habia encontrado un hombre
con quien compartir sus logros o éxitos, no habia encontrado un
amor de verdad que en esos momentos le sujetara la mano y le
murmurara al oido: "No pasa nada, todo sigue estando bien". No
habia encontrado alguien que hiciera las cargas menos pesadas;
esto debido en gran parte porque su trabajo le había absorbido en
su totalidad y nunca tenía tiempo para citas o romances, no tenia
tiempo para conocer gente nueva y mucho menos tenia tiempo
para conocer hombres nuevos y los pocos que llegaba a conocer
por casualidad se alejaban con prisa al descubrir que ella nunca
tenía espacios en su apretada agenda para estar con ellos.
Alicia tenía treinta y seis años, un guardarropa envidiable, una
colección de premios, una oficina más grande de la que imaginó,
decenas de pares de zapatos en el armario, montones de fotogra-
fías de viajes que realizó por varios sitios, fotograflas en donde
55
aparecía sola frente a las construcciones más importantes y más
representativas y, sin embargo Alicia se daba cuenta en ese mo-
mento de que no tenía nada, dentro de tanta tela fina, dentro de
tantos accesorios costosos, peinados elaborados y sonrisas torcí-
das, Alicia no poseía nada, no poseía a nadie y nadie la poseía a
ella.
¿Y ahora qué? Tenía treinta y seis años y se despertaba sola y se
dormía sola, y no es que esto fuera lo peor del mundo, de hecho
lo había buscado ella misma, lo había planeado y dispuesto de
esa forma, pero en aquella noche no podía evitar replantearse las
razones de esta decisión. Tenía treinta y seis años y no tenía otro
plan fuera de su oficina ni otro tipo de metas, se hahía envuelto en
sus pretensiones ciegamente sin advertir que nunca trazó un plan
alternativo por si acaso, por si acaso algo salía mal.
¿ y ahora qué? Tenía treinta y seis años y no conocía muchas
formas de vivir la vida y a pesar de tener una imaginación me-
teórica para crear campañas publicitarias, carecía de un ápice de
inventiva para virar el curso de su existencia. Parecía espontánea.
No lo era. Parecía tranquila. No lo era. Parecía feliz. No lo era.
Parecía satisfecha. No lo estaba.
¿Y ahora qué? ¿Qué seguía? Tenía treínta y seis años y pasa-
rían al menos seis años o más para que surgiera otra oportuni-
dad de crecer en la empresa como la que se le había escapado
esa mañana, ¿Y si ésta no se presentaba? Si nunca llegaba a sus
metas ¿Qué haría? Parecía que era un poco tarde para iniciar en
otra cosa, no precisamente en el campo de la publicidad porque
siempre cabía la posibilidad de cambiar de compañía, parecía un
poco tarde para iniciar una nueva profesión, una nueva empresa,
una nueva aventura; y jodidamente también era muy temprano
para renunciar a todo, en términos absolutos estaba en el mejor
momento de su vida. No estaba preparada emocional ni sicológi-
camente para hacer otras cosas que no fueran su trabajo, Alicia no
sabía qué haría con el resto de su vida a partir de ese momento.

Caminó con esa montaña de reflexiones y pensamientos rna-


chacándole la cabeza. Caminó por más de dos horas con pasos
56
lentos y pisando las hojas secas del suelo que comenzaban a caer
de los árboles hasta que se encontró totalmente exhausta y se acer-
có a casa. Cuando cruzó la puerta de su apartamento encontró el
desastre de flores, vidrios y suelo pegajoso por el agua con azúcar
del jarrón roto en la mañana. Saltándose sus propias reglas pasó de
largo por él fingiendo no advertirlo y se fue recto a su habitación.
Se quitó la ropa, la tiró por el suelo y tomó un baño de agua
tibia para serenarse un poco, se relajó bajo el agua caliente que
resbalaba sobre sus hombros, salió de la ducha y jaló una toalla
del armario de blancos. Al momento de tirar de la toalla un pa-
quete de toallas femeninas cayó por el piso. Se colocó las ma-
nos en la cara con susto, había estado tan ocupada en el trabajo;
había salido de casa tan temprano y llegado tan tarde, había
estado tan emocionada, tan llena de planes, de proyectos para
su nuevo puesto, se había involucrado tanto en sus fantasías que
no había advertido que la regla debía haber llegado hacía más
de ocho días.
Más pensamientos, más imágenes, más cavilaciones se agol-
paron en su cabeza. Las copas. El vino. El aroma del cuerpo del
hombre. La cabeza distraída. El apartamento de aquel hombre. El
deseo. El mareo provocado por el alcohol. Sus manos. Su cama.
Su orgasmo. Las copas chocando. Las sonrisas pretendidas con
aquel extraño. El bar de hacia tres semanas. Las toallas femeni-
nas. El retraso. El vómito de la noche anterior y de la mañana. Por
Dios, por Dios, [no eran nervios! ¡Por eso había vomitado! ¿Y si
estaba embarazada?
Sacudió la cabeza con las manos aún en la cara diciendo: "No,
no, no".
Se vistió de prisa con lo primero que encontró por ahí, salió
corriendo de casa a una farmacia, encontró una que comenzaba
a bajar la cortina y rogó al dependiente le permitiera pasar, el
chico al mirarla totalmente desesperada le atendió, Alicia compró
dos pruebas de embarazo y ni las gracias dio, ni siquiera recogió
el vuelto. Salió disparada de nuevo a su apartamento. Entró, se
cortó un pie con los vidrios sueltos y ni lo advirtió por dirigir-
se a toda velocidad al cuarto de baño. Abrió ambas pruebas con
57
manos temblorosas y desesperada desenvolvió con los dientes el
celofán de las dos, orinó sobre las dos tiras y las colocó sobre
el lavabo, no había mucho que hacer por el momento ahora, ahora
tenía que esperar.
Cinco minutos que jamás le habían parecido tan largos ni tan
eternos.
Cogió las cajillas que arrojó por ahí en su prisa y leyó las ins-
trucciones. Hay que orinar sobre la tira. Estaba hecho. Hay que
esperar cinco minutos. Estaba esperando. Si ambas ventanillas
son color de rosa el resultado es positivo. Estaban pasando aque-
llos minutos lentamente, si las dos ventanillas eran color rosa es-
taba embarazada.
Cuatro minutos para conocer el resultado y Alicia esta sentada
sobre la tapa del váter mordisqueándose el labio con el corazón
latiendo más rápido que colibríes, restregándose la mano izquier-
da sobre el hombro derecho, abrazándose sola. Tres minutos y
Alicia sigue sentada con una taquicardia que asustaría a cualquier
cardiólogo, ahora está con ambas manos de nuevo en la cara di-
ciendo: "No, no, no, por favor no". Dos minutos y ya se está mor-
diendo las uñas, ¿Y el resto de las instrucciones? ¿Dónde está el
resto de las instrucciones? Si ambas ventanillas son color de rosa
está embarazada ¿Y el resto de las instrucciones? ¿Qué se hace,
qué se hace si una mujer está embarazada sin planearlo?, ¿qué
se hace? No hay indicaciones que le tranquilicen, no le sugieren
nada, sólo le dicen que el color de rosa define si lleva cargando
a otro humano en el vientre. Un minuto y Alicia no resiste más
se pone de pie y coge una de las tiras para mirar el resultado.
Ambas ventanas son color de rosa. Está embarazada. Coge la se-
gunda con la esperanza de que la primera haya errado, la segunda
muestra ambas ventanillas color de rosa. Se marea. Siente que
se desmaya. Se le revuelve el estómago y, curioso, vomita. Las
ventanas color de rosa y su vida de un color más oscuro del que
se atrevió a imaginar.
Ciertamente había imaginado una situación parecida muchas,
muchas veces. Había previsto qué debía hacer si tuviera que en-
frentarse con una situación parecida. Tenía dispuesto todo. Re-
58
suelto todo. Tenía anotado el número de un médico que le ayuda-
ría a terminar con el inconveniente. Tenía claro que no deseaba
tener hijos. Lo tenía claro a los veinte, a los veinticinco y a los
treinta. Pero ahora a los treinta y seis hacía muchos años que ni se
asustaba ni se preocupaba por quedar embarazada, había dejado
de pensar en la posibilidad y ahora se le presentaba la situación
de frente, le caía sobre la cabeza como balde de agua helada.
Esta ocasión todo había pasado de una forma muy repentina,
un mes atrás había entrado en un bar a tomar una copa de vino al
salir del trabajo, un hombre alto, rubio y con un rostro.de revista
se le acercó en la barra y comenzó a charlar con ella de temas di-
versos; de la banca, de los impuestos, de teatro, de muchos temas
más bien triviales. La invitó a tomar otra copa y después de esa
otra copa el alcohol se fue instalando en su sangre y fue perdien-
do la inhibición, a medida que tomaba más copas encontraba al
hombre más atractivo, más interesante y más fuerte. Estaba exci-
tada. El hombre rubio la invitó a su casa. Ella aceptó. Era sábado
por la noche y no tenía que ir a la oficina, no habría problema. El
calor producido en medida por el vino y en medida por su exci-
tación iba en aumento. La urgencia por irse al departamento del
rubio era mayor en ella que en él.
Fue un amante experto, decidido, amoroso y considerado. Ella
se encontraba turbada por el deseo y por el mareo, olvidó la pro-
tección, olvidó el preservativo. Se despertó a la siguiente mañana
y se fue antes que él despertara. Se vieron en una segunda cita
relámpago en la que ella se mostraba ansiosa, ansiedad provoca-
da por el estrés en el trabajo y la proximidad del anuncio de su
ascenso, así que la cita no corrió bien. El hombre rubio la buscó
y la llamó por teléfono un par de veces más pero al no encontrar
respuesta desistió.
Un día terriblemente largo, un día dolorosamente pesado y aún
no terminaba, aún tenía por delante una noche aún más larga
que el mismo día y más amarga que los hechos que había tenido
que vivir. Imposible, imposible que tantas cosas pasaran juntas en
una sola jornada. Estaba embarazada, estaba metida en la cama
con una preocupación mayor que la de no obtener una posición.
59
Sabía que no deseaba ser madre en ese momento. Sabía que de
hecho no deseaba hijos nunca y menos en aquella edad y con tan-
tas cosas que hacer y sobre todo sabía que en aquel preciso punto
era más que claro que un hijo retrasaría sus planes, los mismos
que repasó una y otra vez caminando por el parque y de pronto la
interrogativa volvió a su mente. ¿Y ahora qué?
Alicia estaba metida en la cama con un calor impresionante,
daba vuelta sobre el lado derecho para después darla al lado iz-
quierdo, se mordía el labio más fuerte y con más ganas que nun-
ca. Se sentó en la orilla de la cama moviendo la pierna derecha
desesperada, tenía las tripas revueltas, el corazón acelerado y un
dolor de cabeza que incluso le nublaba la vista y le ensordecia
los oídos. Se puso de pie, fue a la cocina y bebió agua, se sentó
en una silla del comedor y siguió mordiendo el labio, moviendo
la pierna y ahora tamborileaba los dedos sobre la mesa. No se
tranquilizaba, se preparó café, lo llevó a la boca calientísimo y
apenas lo notó. Se levantaba, caminaba por toda la cocina, se
sentaba una vez, se levantaba otra y así por muchas horas siguió
el asunto. Miró la hora, eran las 3:45. Estaba cansada, apabulla-
da, mareada y confundida. ¿Y ahora qué? No quería hijos. No
quería estar embarazada. Su decisión era inamovible, pero ¿y la
oficina? Tendría que ausentarse al menos tres días después de
la intervención para recuperarse. ¿Qué dirían todos? Años sin
tomar un descanso verdadero y de repente después del anuncio
se va. No, no quería despertar comentarios extras en la ya albo-
rotada oficina. Pero al mismo tiempo sabía que debía concluir
con el asunto lo más pronto posible. Una situación de esta mag-
nitud no debe dilatarse, sólo perjudica, dilatar una decisión de
este tamaño sólo crea dudas, crea vacilaciones. No, aplazarlo
era infinítamente peor.
En bata, recargando la cabeza sobre la mano que a su vez se
recarga en la mesa, Alicia miró de nuevo el reloj. Eran las 5:15.
Tenía que alistarse para el trabajo. No durmió. No descansó. Las
últimas veinticuatro horas habían sido de los más duro en su vida.
Ni siquiera el más despreocupado de los humanos habría logrado
conciliar sueño con semejante losa a cuestas.
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Llegó muy temprano al trabajo, como siempre, pero estaba oje-
rosa, su rostro se mostraba absolutamente cansado y su atuendo no
era ni de lejos la perfección con la que siempre se presentaba. El
dla transcurrió lento, el asunto del ascenso habla pasado a segundo
plano en su cabeza, ahora le taladraba la idea de encontrarse en-
cinta. Apenas pudo concentrarse en los asuntos más elementales
durante el día, Pensaba en el encuentro con el médico. Pensaba en
el momento en el quirófano. La incomodidad. El dolor. Los días
siguientes. Los rostros de las enfermeras o de los trabajadores del
hospital que quizá la juzgarlan. El cotilleo en la oficina por su au-
sencia. Pensaba en los rostros de otras mujeres que se encontraran
ahí para practicarse un aborto igualmente. Pensaba en la insufrible
conversación de todas ellas tratando de justificarse. "Tengo ya tres
hijos y éste nos traerá problemas", dirla una. "Mi papá me mata
si se entera que quedé embarazada", dirla otra jovencita distraída.
"Mi salud está en riesgo", diría una tercera. "Mi marido y yo no
tenemos recursos suficientes", etc., etc., etc. Y ella sonriendo con
ganas de gritarles que ella no tenía pretextos, simplemente no que-
ría hijos.
A la hora de la comida escuchó a dos compañeras conversando so-
bre ella. "Mira si le pegó que trajeran a alguien de Nueva York, tiene
la cara pálida, pálida y la pobre está, distraída como nunca", decían
las mujeres. Alicia queria gritarles: "¿Y ustedes qué saben, idiotas?
¿Ustedes qué saben sobre mi cara? ¿Qué saben de mí, qué saben de
mis problemas?" Tontas, tontas de ellas. Cabreada como en pocas
ocasiones se había sentido pensó "A la mierda todos, estoy harta,
que piensen lo que quieran" y se fue a su oficina. Preparó un memo-
rando solicitando vacaciones y se presentó con su jefe. El hombre al
verla notablemente alterada no vaciló en conceder la petición.

-¿Pero a partir de cuándo, Alicia? -preguntó él.

-Mañana mismo señor -dice ella con voz irritada.

Llegó a casa por la noche con las piernas cansadas, la cabe-


za punzante y a punto de estallar y una sensación nueva. Esta-
61
ba enojada. Sentía una ira que no había tenido en muchos años,
una ira que iniciaba en el estómago y le recorría todo el cuer-
po, una ira que sentía como una ola de calor deslizándose desde
la nuca hasta las rodillas. Todo el trayecto a casa tuvo los puños
cerrados y los brazos cruzados, su enfado iba en aumento y era
evidente. Cuando llegó a casa y abrió la puerta, los restos del ja-
rrón roto seguían evidentemente en el suelo. "Maldición -gritó-,
maldición, maldición, maldición", siguió gritando. Se dispuso a
limpiar lentamente el desastre con un coraje que se inflaba en
su pecho como madera hinchada por el agua. Todo estaba sobre
sus hombros, todo aquello que no hubiera deseado que sucediera
era su presente. Todo aquello que había evitado era su realidad
y tenía que tomar decisiones. "No quiero este niño -pensó-, No
quiero este niño", gritó, para reafirmar su pensamiento. Decidió
acudir al medico el siguiente día para encontrar así la forma de
acabar con aquella parte que le atormentaba.
Durmió toda la noche, durmió cansada, cayó en un sueño pro-
fundo. Hacía meses que no conciliaba el sueño de una manera tan
profunda. El despertador sonó a la hora acostumbrada para que
despertase, Alicia lo ignoró y siguió durmiendo. La luz del día
le dio en la cara pues nunca corría las cortinas y la ignoró, con-
tinuó durmiendo, continuó aplazando un poco más el momento
de despertar de nuevo en un mundo que había enloquecido y que
le daba la espalda, aplazando el momento de abrir los ojos en su
realidad presente. Finalmente fue el timbrazo del teléfono lo que
le despertó de aquella profundidad. El timbre del teléfono insistía
y de repente pensó que seguramente estarían llamando desde la
oficína con algún problema por resolver y lo que menos deseaba
era descuidar aquella otra parte de su vida que en apariencia era
al menos algo que la mantendría a flote en su desesperanza. Saltó
de la cama y corrió a coger la llamada.

-Diga.

-¿Alicia, eres tú? ¿Qué te ha sucedido? ¿Por qué estás en casa?


He llamado a tu oficina y me dijeron que habías solicitado vaca-
62
ciones. ¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo? Ya me estaba preocupan-
do. ¿Por qué no me has llamado?

Era su madre, la llamada era de su madre. Lo único que faltaba,


su madre la estaba buscando. La voz de su madre la descolocó
inmediatamente dejándola muda. Había pasado cinco segundos
y ya había formulado suficientes preguntas como para hacerla
vomitar de nuevo. Siempre había sido así. Alicia podía manejar
cientos de llamadas dificiles en la oficina, con colegas, en con-
ferencias, con otros ejecutivos agresivos, pero una llamada de su
madre seguía siendo una prueba para la que no estaba preparada.
Nunca tenía una respuesta acertada.

-Sl, soy yo, hola mamá.

-¿Qué te pasa, niña? ¿Estás enferma? ¿Por qué no has venido


a visitarnos a tu padre y a mi, si estás de vacaciones? Pero es que
a ti siempre se te tiene que rogar para todo. Pero bueno, dime,
¿estás bien? ¿Estás enferma?

-No, yo. Es que. No mamá, no estoy enferma. Estoy bien.

-Menos mal, ya hablaremos. Sólo llamó para decirte que tu


padre y yo pasaremos por tu casa el próximo sábado, quere-
mos comer contigo. Qué suerte que estás de vacaciones, así no
tendrás problemas. Estaremos de paso, sólo estaremos el fin de
semana. \!Imos a visitar a tu hermano Carlos y pasaremos a
saludarte.

-Mamá. Es que yo. Yo. Es que no es un buen momento. Tengo


muchas cosas que hacer. Mamá es que. Yo. Mamá no es un buen
momento.

-Nunca es un buen momento Alicia, te lo he dicho mil veces.


y contigo menos, ¿es que de verdad, todo tiene que ser tan com-
plicado contigo?
63
-Mamé, no empieces.

-Si no empiezo, eres tú la que nunca termina, tú eres la que


nunca termina, Alicia.

-Madre, estoy ocupada y no es un buen momento para una vi-


sita. Yo. Yo.

-Por favor deja de decirme eso. Ya me voy que tu padre está es-
perando en el auto. El sábado a mediodía nos vemos, ¿sí? Y si es-
tás de vacaciones bien podrías acompañarnos a visitar a Carlos.

-Madre. Yo. Yo. -No concluyó la frase y el tono de espera ya


sonaba en el auricular y las lágrimas resbalaban por la cara de
Alicia.

Con el auricular sostenido en la mano derecha y el puño iz-


quierdo cerrado, Alicia dejó que las lágrimas resbalaran copio-
samente por sus mejillas. Su madre era la prueba final que siem-
pre reprobaba, que por más que se esforzaba nunca superaba. No
importaba cuánto empeño pusiera Alicia en sus acciones, éstas
nunca eran suficientes para su madre. Alicia siempre estaba por
detrás de las expectativas de su madre.
Con el dorso de la mano secó las últimas lágrimas que se aso-
maron y comenzó a vestirse lentamente para acudir al medico
e iniciar el proceso que la había atormentado tanto en las horas
anteriores. No hizo esmero en su arreglo personal, era miérco-
les y su madre advertía con visitarla el próximo sábado. Apenas
contaba con tiempo suficiente para acudir al médico y dejar todo
preparado para practicar el aborto la próxima semana.
Dejó la casa de prisa. Al salir no miró como de costumbre al es-
pejo, pasó de largo. Cogió un taxi y le pidió la llevara al hospital.
Abúlica, confundida y con las palabras de su madre aún aturdién-
dole el oido.Alicia comenzó a pensar en lo dificil que se pondrian
las cosas con la visita de sus padres. Pensó en que debia ocultar
a toda costa su embarazo o iniciaría una guerra contra su madre
64
quien no cejaría en esfuerzos por obligar a Alicia en conservar al
niño. Apenas reflexionaba esto y casi podía escuchar la voz de si
madre diciendo: "Cuando me embaracé de ti tuve que pasar siete
meses tirada en una cama, con los pies levantados hacia el techo,
fue un embarazo de alto riesgo y lo resistí, resistí un año en esas
condiciones por ti y ahora tú me dices que eres una cobarde al no
querer darle a un niño inocente que no puede defenderse por sí
solo la oportunidad que te di yo".
Así era siempre, durante muchos años su madre le había recal-
cado una y otra vez que le debía la vida porque al dársela casi se
fue la suya. Cada vez que Alicia hacía o decía alguna cosa que no
encajaba con los ideales de su madre ella le repetía que era una
malagradecida que no valoraba todo lo que se hacía por ella y
todo lo que sufrió para que ella llegara al mundo.
La determinación deAlicia fue absoluta, suspendería todo hasta
que la visita de sus padres terminara, no podía arriesgarse ni en
broma a que sus padres se enterasen.

65
VII

Una semana atrás, un miércoles por la mañana Laura despier-


ta lentamente. La fecha había llegado y era imposible aplazarla i
más. Miércoles 27 de agosto, 17:30 hrs. Laura G. Cita oncología.
Instituto de la Mujer. Primera quimioterapia.
I
Apenas abrió los ojos los cerró de nuevo aún tumbada en la
cama. No quería despertar. Era consciente del proceso que de-
¡
bía enfrentar aquella tarde, era consciente de que no podía evadir i
la enfermedad alojada en su pecho ni un día más; de hecho toda la 1
semana anterior se había estado preparando para aquel dfa. Sin
embargo al despertar enteramente en el día marcado en el ca-
lendario supo que era falso, no estaba preparada. Tenía miedo,
mucho miedo.
Abrió los ojos y miró el reloj despertador sobre el buró, mar-
caba las 5:45 hrs, para colmo se había despertado una hora antes
de lo habitual, y por delante le quedaba sostener doce horas de
paciencia y autoayuda para sobrellevar el tiempo previo a su se-
gunda batalla contra el cáncer. Se sentía debilitada pues el perder
la primera, después de la confirmación de cáncer ya había sido
perder. A ella no le gustaba perder y mucho menos una guerra y
ya había sido vencida en la mitad. Le quedaban por delante doce
horas antes del siguiente mundo doce horas en las que se tenía
que sostener en pie. Sin embargo, Laura no había calculado que 1

el tiempo que transcurriría antes de su cita sería el más sencillo, 1


contra lo que realmente habrfa de batallar serían las intermina-
bles horas y dfas después de la radiación sobre su cuerpo. Y con
aquellas horas, y aquellos días después del tratamiento. ¿Podría?
¿Podrfa sostenerse en pie?
Laura, Laura. Siempre igual. Siempre obsesiva. Ella tenía la
compulsión de saberlo todo. Estudió y estudió. Leyó y Leyó. Una
vez más no se obsequió la oportunidad de la tregua o el descanso
hasta conocer todos los detalles de su enfermedad. Laura apren-
dió todo lo que podía aprender sin ser médico. Si bien es cier-
to que durante su investigación hubo momentos en los cuales se
hizo consciente de su comportamiento tan persistente, ella mísma
66
se reprochaba y se decía que por qué no habría de dirigirse
así, en el último de los casos siempre había sido así y en esta
ocasión el tema de verdad ameritaba todo su esfuerzo y toda su
atención.
A estas alturas Laura era una experta en el cáncer de mama,
había leído un sinfin de ejemplares médicos que explicaban la en-
fermedad, su tratamiento y su seguimiento después de las accio-
nes correctivas; los términos de hormonas y medicamentos como
docetaxel, vinorelbina, capecitabina, cisplatino y trastuzumab
eran más que comunes en su vocabulario.
Antes de optar por la quimioterapia los médicos le habían bara-
jado una serie de opciones que estarían disponibles para ella en la
lucha contra el cáncer.
La quimioterapia, la radioterapia, el tratamiento conservador
entre otros eran opciones para ella. El más recomendado de to-
dos era el conservador, de hecho era el más recomendado para
cualquier mujer. Sin embargo era un método que exigía más tole-
rancia y más paciencia y la única ventaja real y discutible sobre
los otros era que ofrecía la posibilidad de conservar la mama en
medida de lo posible, pero no era seguro y era altamente probable
que deberían apoyarse en la radio y la quimio para asegurarse que
no quedaban restos de células cancerígenas.
Era una mujer mayor, su época de mayor belleza se había des-
vanecido hacía tiempo y aunque su coquetería se mantenía intac-
ta y prestaba mucha atención a su aspecto personal cuando hubo
de tomar una decisión sobre su propio tratamiento no vaciló en
concentrarse en salvar la vida sobre salvar su pecho. No vaciló.
Así se sometió quirúrgicamente y su pecho izquierdo se vio mo-
dificado, reducido, fue extirpado en la exacta medida en que sus
ilusiones y sus esperanzas se contrajeron.
Los días posteriores a la extirpación del tumor Laura se sintió
más extraña por la mutilación a la que había sido sometida. Por
las noches mientras dormía sus manos tocaban su pecho involun-
tariamente. ¡Ay!, ¿qué hice? Se auto cuestionaba cuando entre
sueños recordaba que una parte integral de sí misma le había sído
arrebatada por el mal.
67
"Ya no eres una muchachita, Laura -se decía-, los hombres ya
no te miran ni te siguen como antes, ya no te buscan para tocarte
¿Por qué demonios es tan importante un seno?"
Dormida lloraba sin darse cuenta. La única evidencia eran sus
ojos excesivamente hinchados al despertar. Laura pensaba que
eran sólo el cansancio y las preocupaciones. En el transcurso del
día mientras más se esforzaba por olvidar el problema, más pre-
sente se volvía éste. Se tocaba, se acariciaba, la cicatriz que que-
daba en lugar del seno le daba una comezón irresistible. "Ja, y yo
que me he burlado toda la vida de la gente que decía que sentían
partes de su cuerpo que les habían quitado, el famoso miembro
fantasma", se burlaba de sí misma. Irónica. Sarcástica.
Le dolió. Le dolió muchísimo. Le costó trabajo aceptar la idea.
Le tomó muchos días el reunir valor para mirarse totalmente des-
nuda frente al espejo. Lo evitaba. Cada vez que cambiaba de ropa
o salía de la ducha, hacía las cosas con la mayor velocidad para
no enterarse de la pérdida, se secaba rápido el cuerpo, se vestía
rápido. Si lo ignoraba no existía. No era real.
La tarde que lo consiguió se colocó frente a un espejo en donde
podía verse de pies a cabeza sin que faltara un solo centímetro de
su cuerpo. Aquel era un ejercicio que tal vez debió hacer mucho
tiempo atrás antes de la mutilación de su carne. Se miró. Se echó
todo el cabello hacía atrás y lo ató.
Se recordó joven y hermosa, La imagen de su juventud se so-
brepuso a la imagen que tenía de frente en ese momento de ella
misma. El paso del tiempo se reflejaba en cada parte de su cuer-
po de una forma diferente. Era más bajita, había perdido altura
durante el andar de su vida. Tenía menos cabello, era más débil
y escaso. La piel se le había tomado rugosa, había perdido su
elasticidad y el color rosado de sus jóvenes días; en el rostro el
sol había hecho su tarea, había obscurecido su tono natural, en
el resto de su cuerpo las manchas del paso del tiempo saltaban a
la vista, en las rodillas, los codos y en general en las articulacio-
nes los pliegues se acumulaban con más fuerza, las capas de la
carne desvanecida se agolpan con cierta violencia. Había perdido
carne pero la piel que la sostenía permanecía en su sitio. Sus nal-
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gas caían, su firmeza se había esfumado. Su pecho caía. Se tocó,
se tocó frenéticamente todo el cuerpo intentando reconocerse. Lo
que veía frente a ella no lo reconocía, sentía que no era ella. Tocó
su vagina y la tocó de nuevo, sintió una necesidad creciente por
masturbarse, por darse placer, lo deseaba. No lograba identificar
de dónde provenía aquel arrebato pero quería hacerlo. Tocó de
nuevo su vagina sin atreverse y en lugar de ello sus manos se
dirigieron al espacio vacfo de su pecho arrebatado. Se acarició
y miró una vez más su cuerpo desnudo en su totalidad, lo miró
marchito y frágil frente al espejo. Se dejó caer al suelo y echó
a llorar. Sólo así, con ese pequeño ritual se perdonó y libero el
dolor de su pérdida.
La complicación real de la operación se presentó tiempo des-
pués durante el desayuno con colegas. Tenía un pecho intacto, un
cáncer alojado en el otro que ya no existía como tal y la misión
de ocultar que estaba pasando por un momento tan indescriptible-
mente dificil y doloroso. Esa mañana eligió un traje blanco con
saco por la razón de que así podria disimular con cierta facilidad
la operación. Lo consiguió y a pesar de que su aspecto era fran-
camente desmejorado nadie podría saber qué sucedía en realidad.
Disimular sin embargo era un ejercicio que ya no podía sostener
porque la fuerza se le acababa cada día que el secreto crecía y las
estrategias para alimentar la farsa disminuían.
Sin embargo ese día era diferente al menos para ella, la primera
vez que sería sometida a la quimioterapia era algo mayor, había
bebido letras y letras acerca de los síntomas que le sobrevendrían
a semejante ataque sobre su cuerpo. "Sentirá mareo y se podrá
sentir un poco desorientada." Ja, no era nuevo, desde el diag-
nóstico se sentía mareada y desorientada desde el alba hasta el
anochecer. La quimioterapia podría provocarle falta de sueño. Ja,
la pobre de Laura no había conseguido hilar hasta ese dia una
noche de sueño reparador, en mayor medida porque solía gastar
la noche pensando cómo hacer, en cómo ocultar al mundo que
estaba cerca de morir.
Vómito, mareo, falta de apetito. la, ja, ja. Cuando lo pensaba
detenidamente aquellas descripciones no eran muy diferentes de
69
su vida ordinaria. Pérdida de cabello. "¡Joder! -pensó-, eso sí
que era una novedad, la pérdida de cabello sí que era algo dig-
no de tomarse en cuenta". Le dolió inicialmente al imaginarse
la cabeza desnuda, se imaginó cómo se acentuarlan las arrugas
alrededor de sus ojos al tener la cabeza desnuda, cómo se podria
amplificar la flacidez de la piel en el rostro, cómo se enmarcaria
que los ángulos de pómulos y nariz habían desaparecido. Pero
sobre todo pensó en que sin cabello, sin cabello no podría dísi-
mular más tiempo, deberia confesar su secreto. Tarde o temprano
lo descubrirlan y seria ridículo esconderse.
Una vez más sentada en el sofá Laura echó a llorar, lo último
que deseaba en la vida, y que comenzó a cavilar con las prime-
ras caricias de la vejez, era que la recordaran o la trataran como
una viejecilla lastimosa. No deseaba que sus hijos o sus nietos la
miraran con pena, o sus amigos y familiares comenzaran a reali-
zar llamadas de consuelo que no habían realizado en los últimos
años. Tampoco quería volverse una anciana achacosa que carga
el pastillero a todas partes y hace competencia con otros enfer-
mos sobre quién toma más medicamentos para continuar vivos
un poco más, un poquito más.
Llorando, llorando continuaba recargada en el brazo del sofá,
y con cada lágrima se le extinguía un pensamiento positivo y en
su lugar se acurrucaban sentimientos de atleta vencido y resig-
nado, esperando la próxima temporada. Pero Laura no tenía una
segunda temporada, una vez más la realidad le devenía como un
crash de autos, con muchas pérdidas, mucho gritos y sobre todo
con mucho dolor.
Eran las 4: 18 hrs por la tarde, la cita se acercaba y debía duchar-
se y prepararse. "¿Prepararme? -pensó de nuevo-, ¿pero cómo?"
Se puso de pie y se dirigió al armario. Quería tener buena pinta
al salir del hospital y quería llevar un vestido bonito, no deseaba
usar ropa cómoda como sugería su folleto de preparación.
Como consecuencia de los últimos meses sin dormir y sin ali-
mentarse adecuadamente Laura había perdido ya más de seis ki-
los. No lo había siquiera notado hasta que en el extremo derecho
del armario vio un vestido rosa que hacía años que ya no le venía
70
bien pues no poseia la talla del vestido. Una sonrisa pícara se
le dibujó. "Bueno alguna ventaja debía tener tanta cosa", pensó.
Bajó el vestido y se lo probó, le quedaba perfecto, le quedaba
igual que el día en que lo compró. Se alegró y comenzó a arre-
glarse para su cita con el sufrimiento.
Llegó al Hospital de la Mujer con media hora de anticipación.
El doctor que la había diagnosticado con cáncer pasaba caminan-
do por el pasillo y la reconoció.

-Buenas tardes, ¿cómo está usted? -dijo el médico.

-Ay, doctor, no se burle, que usted mejor que nadie sabe cómo
me siento -contestó Laura.

-Bueno, bueno, no se queje, no estará tan mal, mírese, hoy luce


fabulosa, la más guapa de todo el salón, ¿por qué está aquí?

-Quimioterapia, la primera.

-Mmm -musitó el médico-. Ánimo, pasará pronto, verá cómo


antes de que se imagine todo esto serán sólo recuerdos.

-Mmm -dijo con tono frívolo Laura-. Lo dice tan convencido


que casi le creo.

-Laura, ¿no habrá venido sola, verdad? Éste es un proceso duro,


y no es recomendable que pase por él sin apoyo.

-No, mi hijo espera fuera, en el auto, no quise que me acom-


pañara dentro, es difícil verme rodeada de otras mujeres con el
mal.

-Hizo bien, para los familiares es un proceso aún más lastimo-


so que para el paciente en sí, hizo bien. Tengo que irme señora,
ánimo y siga esforzándose por lucir tan bella como hoy .--dijo el
médico.
71
-Gracias '¡ijo Laura agitando la mano para despedirse.

Laura reparó detenidamente en las últimas palabras del médico,


aquel tratamiento y en si la enfermedad es un proceso más lasti-
moso para la familia que para el paciente en muchas ocasiones.
"Mi cabello", pensó. Ah no, no quería que la miraran con dolor
sus hijos, sus nietos, no, no quería. Un nuevo temor se apoderó
de ella, uno más fuerte y más venenoso, el temor de ver sufrir a
la gente que amaba, ¡y ella sería la causa! Sesenta años luchó por
ahorrar disgustos y sinsabores a sus seres queridos, se esforzó por
verlos felices, sonrientes, se privó de muchas cosas y muchas co-
modidades por colocar a sus hijos en un mejor lugar en el mundo,
trabajó y se quedó sin dormir a cuenta de verles contentos y años
después a sus nietos y ahora, ahora ella era una causa de tragedia,
de dolor. La idea le pesaba en la cabeza tremendamente y en me-
dio de la sala del hospital sintió deseos de llorar de nuevo. "No,
Laura, aquí no por favor", se dijo y consiguió frenar el llanto.
Una mujer de mediana edad que hacía rato que observaba a
Laura se levantó de su silla, se acercó a ella y sin más la rodeó
con los brazos y la apretó fuertemente. Desconcertada ante aquel
gesto Laura levantó la vista y miró el rostro de aquella mujer
directo a los ojos.

-Llore si le sienta bien, no pasa nada, está bien, desahóguese


'¡ijo la mujer-o Sacar todos los sentimientos que se le atoran a
una en el pecho es la mejor forma de librar tanto pesar. Llore,
llore todo lo que sea necesario o le va a hacer daño, se puede
enfermar.

Las dos mujeres echaron a reír a borbotones, las otras mujeres


en el salón giraron y las miraron como si estuvieran chaladas.

-Eso está mejor, ahora ríase, ría como una loca, que a pesar de
lo que digan los médicos yo estoy convencida de que la risa es
mejor terapia que todo esto y a lo mucho le dolerá el estómago y
las mejillas, en vez de todo el cuerpo. Me llamo Teresa.
72
-Yo soy Laura.

Teresa estaba sentada a su derecha, vestida con una falda larga


y una blusa de botones al frente, usaba un pañuelo en la cabeza,
señal evidente de que había perdido todo el cabello. Su cara lucia
marchita y la carne se le hundía en los ojos y en los pómulos, era
alta para la media femenina, tendría poco más de 1.70 mts de altura
pero estaba tan delgada que su estado de deterioro se acentuaba aún
más. Mirando un poco más y eliminando la cortina de su aspecto
provocado por el cáncer se advertía que era una mujer guapa pues
sus facciones eran rectas y afiladas, con ojos grandes y negros con-
trastando con una piel blanca, orejas pequeñas y piernas largas. Sus
manos eran largas aun cuando tenía uñas polvosas. "Seguro hacía
un tiempo no muy atrás atrapaba muchas miradas", pensó Laura.

-Gracias -dijo Laura-. ¿Está usted aquí esperando la quimio?

-No, ya he estado dentro, hace un par de horas, lo que sucede


es que me quedo de un mareo que te cagas, ¡ah!, perdone mis
palabras.

-No pasa nada -dijo Laura moviendo la cabeza y tocando con


la mano el dorso de la mano de la mujer.

-Te decía, que cada vez que salgo me viene un mareo tremendo
y una sensación de vómito inmensa, a veces se queda en mera
sensación, pero otras muchas veces se me sale el estómago por la
boca, así que prefiero quedarme por aqui una hora y no meterme
en brete en el auto. ¿Y tú? ¿Es la primera vez que vienes, cierto?
¿Es tu primer encuentro con la medicación?

-Sí, es la primera vez, y la verdad me estoy muriendo de miedo


-dijo Laura sujetando la mano de Teresa fuertemente.

-Es normal, no te asustes, verás cómo pasa rápido. ¿Vienes


sola? ¿Quién te acompaña?
73
-Nadie, he venido sola, no he querido molestar a nadie.

-Laura, estás enferma y no es gripe o un hongo en la uña del


pie, si le dices a alguien que te acompalle y cree que le molestas
evidentemente se lo has solicitado a la persona equivocada.

Una enfermera se asomó por la puerta del cuarto que indicaba


con un letrero sobre la puerta "Radiación". "Laura O., adelante",
dijo. Laura se levantó aún sujetando la mano de su nueva amiga.

-Tranquila, te vaya esperar aqul fuera, mi marido y yo te es-


peraremos aqul.

-No es necesario pero te lo agradezco.

-Laura, deja de hacerte la valiente, deja de hacerte la invencible


y déjame esperarte, entra ahl y da una batalla a esta enfermedad.

Laura asintió con la cabeza soportando las lágrimas que ya se


asomaban en sus ojos, caminó con pasos temblorosos hacía la
puerta, respiró profundo y entró.

-Buenas tardes, Sra. O., colóquese la bata y después túmbese


por favor -le indicó la enfermera.

-¿Es la primera vez que se le suministra el tratamiento?

-SI, primera vez -contestó Laura con voz trémula.

-\by a leerle algunas indicaciones antes de colocarle el suero,


son indicaciones para el antes y el después de cada una de sus
visitas, algunos formularios y seguimientos de sus reacciones
que deberá traer consigo -dijo en un tono gélido la enfermera.

"Falta de sueño, mareo, vómito ..." bla, bla, bla; Laura ya estaba
acatarrada de esas palabritas, las había escuchado tanto que habían
74
perdido por completo el sentido en su cabeza. La enfermera conti-
nuaba... "Después de unos meses de terminado el tratamiento..."
bla, bla, bla. Laura pensaba en otras cosas en esos momentos, las
normas y las instrucciones le pasaban de largo, hacía tiempo que
no le interesaban, en aquellos instantes lo único que le preocupaba
era el dolor. ¿Le dolería? ¿De verdad se sentiría tan mal? ¿Cabría la
posibilidad de que como muchas publicaciones y personas decían
el mal pasará y nadie lo notará? Esa, esa era su máxima esperanza,
que nadie lo notara. Los pensamientos que la habían encontrado
apenas una hora atrás sobre el dolor que podría causar en sus hijos
y sus nietos era mucho mayor que el dolor que ella misma vivía. La
enfermera continuaba rezando las instrucciones... "Vida normal
y acercarse a programas de ayuda..." bla, bla, bla; "ts ésta qué
sabe?", pensaba Laura. ¿Habrá estado enferma de lo mismo que
yo? ¿Cómo puede estar tan segura de que puedo salir adelante?
La minimización de sus sentimientos se le manifestaba por todas
partes y era patente en aquella sala. Hacía unas semanas que Lau-
ra cuando caminaba por las calles sentía que cargaba una piedra
y que nadie era capaz de resistirlo. Cada vez que escuchaba una
conversación pensaba sobre las tonterías en las que se preocupa la
gente, la cantidad de tiempo que se gasta en preocupaciones vacías
dejando que la vida misma se escape de las manos, dejando correr
tiempo en cosas que no merecen la pena. La enfermera seguía con
su discurso y Laura seguía inmersa en sus reflexiones, sorda ante
las palabras de la enfermera hasta que escuchó justo lo que nunca
habría querido oír ... "a menos que el mal reaparezca..." ¿Amenos
que el mal reaparezca?¿Qué? Interrumpió a la mujer.

-Perdón, Pensé que este tratamiento era para destruir alguna


célula que hubiese quedado rezagada con la cirugía.

-Exactamente esa es la función señora, mas siempre existe al-


guna posibilidad, nada es definitivo, le estaba comentando que en
su caso es probable que el mal reaparezca.

Se le cerró la garganta. En un minuto se quedó sin habla.


75
La enfermera continuaba informando a Laura sobre su estado.
su condición; intentaba aclararle el panorama. la gravedad de la
enfermedad. su sentido definitivo. le hablaba de tratamientos. de
edades.de riesgos.de ejemplos e incluso le daba porcentajespara
sostener sus palabras.
A pesar de que Laura habla intentado mantenerse informada y
estaba al tanto de antemano sobre todo lo que escuchaba. la men-
te ya se le habla disparado a otro sitio. La mente se habla ido a su
casa, cocinaba estofado para sus hijos. para sus nietos; su mente
envolvla regalos para las fiestasdecembrinas; estaba tejiendo bu-
fandas. estaba tejiendo jerseys. La intensidad con que escuchó
la noticia por primera vez se reprodujo en aquel momento. ¿De
cuánto se perderla?¿Cuánto dejarla de vivir. de disfrutar?
Pero el pensamiento con más peso de todos era el de despertar
dolor entre sus hijos, entre la gente que amaba y que la amaban.
Si el tumor regresabano serla algo sencillode callar u ocultar aun
ante la distancia. Sentla el deseo de aferrarse a la vida, pero su
sentido de evitar sufrimientoera mayor,mucho mayor;

-¿Está lista?-preguntó la enfermera.

-Dispuesta, no lista-contestó Laura.

Le enfermera le colocó una solución intravenosa, Laura ya dema-


siado absorta en sus pensamientos apenas se enteró, estuvo veinte
minutos as!. La solución le ardia, sentlacomo un pequeño caminito
de fuego entrando porsusvenas, unasligeras brazas quelequemaban
con paciencia. El tratamiento terminó, la enfermera le dijo cuándo
deblapresentarse de nuevo. El próximo viemesa lascincoen punto,
le dio las últimas instrucciones y laacompaíló a la puerta.
Afuera, atenta esperaba Teresa, cumplió y estuvo fuera atenta
esperándola.

-¿Y... ? -dijo Teresa.

-Bien -contestó Laura-, sólo bien.


76
-Te acercaremos a casa.

-Está bien, muchas gracias -dijo sin chistar Laura.

Teresa llamó a su pequeña hija de unos ocho años aproxima-


damente quien jugaba en un banco cercano, el esposo de esta
sostuvo del brazo a Laura y la ayudó a dejar el hospital. Teresa
y la pequeña caminaban detrás de ella. El marido de Teresa fue
por el auto, se acercó a la puerta, él condujo y las tres mujeres se
colocaron en la parte trasera. A mitad del camino Laura se giró
hacía Teresa y con ojos vidriosos preguntó en voz muy baja.

-¿Cuánto tiempo tienes con el tratamiento?

-Dos años -contestó aquella.

-¿ y cómo puedes llevarlo, cómo lo manejas? ¿No te cansas?

Teresa suspiró profundo, sonrió levemente y dijo:

-Hombre, claro que me canso, hay muchas, infinidad de oca-


siones en que quiero darme por vencida y de terminar de una
buena vez; mi cuerpo ya no resiste, mi mente ya no resiste, mi
corazón no resiste más malas noticias, a veces, a veces quiero
que todo termine. Quiero salir corriendo y dejar todo atrás, quie-
ro quedarme dormida por la noche y no despertar más. Pero no
es una opción para mí, yo no soy así, quiero continuar, tengo
que continuar. Aún tengo muchas razones para luchar, para se-
guir adelante -decía esto mientras abrazaba a su pequeña y con
los ojos le indicaba a Laura que aquella niña era el motivo, su
motivo-. Hay muchos que aún necesitan de mí -añadió, esta vez
mirando a su esposo.
Llegaron al portal del edificio de Laura, ésta se negó a ser acom-
pañada por el ascensor. "Estoy bien, de verdad", dijo. Se despidió
de su nueva amiga con un par de besos en las mejillas y un beso
para la niña también.
77
Subiendo por el ascensor Laura sintió un mareo y una sensa-
ción de náusea pero no podía asegurar si esas sensaciones eran
producto del medicamento o de sus pensamientos. Con poca
fuerza llegó a su casa y se tumbó en la cama. Se quedó dormi-
da.
Pasadas tres horas despertó eran ya las nueve y media, su es-
tómago seguía revuelto y no tenía mucha voluntad para ponerse
en pie. Acomodó las almohadas y cogió un libro que estaba en
un cajón del buró, lo había abandonado hacía semanas. El libro
venía de la historia de una chico americano que había iniciado
un viaje a Tierra de Fuego, en Chile, había salido de su casa
abandonando su trabajo, un empleo seguro que le daba para vi-
vir mejor de lo que él esperaba, había dejado su país con la idea
de encontrarse consigo mismo, de descubrirse; el libro narraba
todas las aventuras que había pasado para llegar hasta allí, lo
que había sufrido, lo que había aprendido. Laura estaba por fi-
nal izar la lectura y se detuvo a reflexionar sobre las palabras de
Teresa y el viaje que ella misma estaba iniciando, el viaje que
estaba viviendo.
"Dos años", pensó. Teresa había estado luchando dos años contra
el cáncer. Reflexionó sobre las palabras de la enfermera diciendo
que siempre existe la posibilidad de que regrese. Sus temores más
entrañables eran una realidad. Sus más grandes miedos eran reales
ahora. Su nueva compañera de enfermedad le había manifestado de
dónde obtenía la fuerza para continuar, le había confesado que su
família era su motor. Sin embargo para Laura las cosas eran bien
diferentes. Sus hijos eran mayores. Su marido había muerto y sus
nietos tenían a sus padres jóvenes y sanos para salir adelante. Ella
en esas condiciones corría el riego de transformarse en carga, en
preocupaciones para ellos. Dos años podrían pasar siendo cada día
más difícil para ella. Dos años podrían pasar siendo cada día más
doloroso para sus hijos. Sacudió la cabeza, cerró el libro del cual
no alcanzó a leer más de una página y se puso en pie. Caminó has-
ta el salón y cogió el teléfono. Marcó con manos temblorosas los
números y se aclaró la voz. La llamada era importante. La llamada
era crucial, debía mostrarse serena y normal.
78
-Diga -contestó una vocecilla en el otro lado del teléfono. Era
su pequeña nieta.

-¿Mari?, mi vida soy yo, tu abuelita.

-¿Cuál abuelita, mi abuelita Laura o mi abuelita Gloria? -pre-


guntó con suma inocencia la niña.

-Tu abuelita Laura, ¿cómo estás mi vida, qué haces despierta


a esta hora?

-Ah, bien abuelita, es que mi mamá me dejó ver una peli.

-Muy bien, oye, ¿está tu mamá? Ponla al teléfono por favor.

-Hola, ¿mamá? ¿Cómo estás, qué ha sucedido? ¿Qué milagro


que llamas, y a esta hora?

-Nada, nada, no ha pasado nada, pero si no te llamo yo tú no


te enteras.

-Ay, mamá no exageres, ¿qué pasó, cómo estás?

-Bien, estoy bien. Necesito pedirte algo. ¿Están libres el sá-


bado en la tarde? Me gustaría que vinieran a comer a la casa.
Tengo algo importante que decirles. \by a llamarle a tu hermano
también.

-Pues si, sí podemos ir, pero me estás asustando, ¿de verdad no


sucede nada?

-Que no, que no. Pero tengo ganas de verlos juntos, me estoy
poniendo vieja y quiero ver a mi familia. ¿Qué, está mal?

-Ay, mamá, no exageres -contestó su hija.

79
Ambas continuaron charlando por una hora sobre un tema y
sobre otro. Sobre las primas, sobre las tías. Sobre la ropa. Sobre
la comida. Hablaron del clima, de los precios de la verdura y de
la carne. Hablaron de los muebles de casa y de cómo combatir
el moho de las paredes del baño, las hormigas en el jardín y los
vendedores de puerta en puerta. Pasaba la media noche y Laura
se despidió, todavía debía llamar a su hijo. Repitiendo el ejerci-
cio anterior tomó aliento y marcó los números del teléfono de su
hijo. Nadie respondió. Buscó en su agenda el número del móvil
y marcó de nuevo.

-Bueno ~e escuchó con algo de ruido.

-Hola, ¿hijo? Soy tu mamá.

-Hola mamá, ¿cómo estás?, mira no puedo hablar estoy condu-


ciendo no puedo hablar mucho. Estoy saliendo del trabajo apenas.

-Sí, no te distraigo mucho. Sólo llamo para decirte que tu her-


mana viene a casa este sábado a comer por la tarde y queremos
que vengas aquí con el niño y tu mujer, tengo algo importante
que decirles.

-El sábado, bueno está bien, ¿pasa algo, está todo bien?

-Sí, todo bien, ¿entonces vienes?

-Sí, sí. Estaremos ahí. Te dejo antes de que me vea la poli y me


multen.

-Un beso, hijo, hasta pronto.

Las conversaciones con su hijo siempre eran más cortas, gra-


cias a Dios en este caso. Estaba hecho. Había reunido el valor y
estaba hecho. El sábado en la tarde sus hijos estarían en casa. Sus
nietos estarían en casa. Los disfrutaría, los besaría, los abrazaría,
80
cocinaría para ellos, les haría regalos, les diría cuánto los ama. Se
despediría. Diría adiós.
Aquella tarde lo había decidido mientras hablaba con Tere-
sa. Dos años. Dos años y con un aspecto cada vez peor. Con la
posibilidad de una recaída. Con la posibilidad de ver a su gen-
te preocupada por ella, asustada por ella. Con la posibilidad de
transformarse en una carga. No, eso no. Esa no era vida para ella.
El viernes debía acudir a la quimioterapia, se la saltaría. ¿Qué
más daba? Laura no podría tolerar vivir con puntos suspensivos.
Nunca habla sido así y no era el momento para iniciar.Tomó una
decisión.
Lo determinó todo, la siguiente mañana al banco a verificar el
dinero disponible, la siguiente semana al notario para ajustar los
documentos del testamento. Las disposiciones de la casa. Com-
praría un vestido bonito para ella. Para sus nietos, para su hija.
Sonrió, se divirtió cuando advirtió que estaba planeando su pro-
pio funeral. Ja, ja, ja. Qué risa después de todo tenía frente a sí la
ocasión para disponer todo como ella quisiera.
Dos años eran demasiado tiempo. No podría, simplemente no
podría.
Si el medicamento no le aseguraba nada, ella lo aseguraría
todo. Si las medicinas no le auxiliaban al cien por ciento, ella
les auxiliaría en su totalidad. Dos años era mucho tiempo para
una anciana que sólo estaba cobrando horas "extra", luchando
contra un fin que de cualquier forma llegarla. No, ella no tenía
tanta madera para soportarlo. Nada de puntos suspensivos. Nada
de punto y seguido. Ella pondría punto final. Estaba determinada,
no dejaría que el cáncer la matara, lo haría ella misma y de una
forma menos dolorosa.
"¡Ja!, y lo mejor de todo -pensó-. Adiós a la incontinencia."

81
VIII

El sábado por la mañana Alicia se despierta muy temprano,


arregla la casa, se arregla el cabello y se enfila en pantalones va-
queros con camiseta blanca, quería lucir el estado más neutro po-
sible para la visita de sus padres. Hace más de un año que no los
ve, afortunadamente para ella ahora viven en una ciudad pequeña
a más de tres horas de su propia ciudad por lo cual/as visitas fre-
cuentes se extinguieron. Sin embargo es absolutamente conscien-
te de que por aquella mañana eso dificultaría las cosas porque su
madre llegaría con una lista de puntos a revisar. Su madre habrá
acumulado un año de regaños e intromisiones que no ha podido
desahogar.
Son las diez y media y suena el timbre de la puerta. El corazón
de Alícia se agita en ese instante. Han llegado. Sus padres han
llegado. Se acerca al interfón y levanta la bocina.

-Hola -dice Alicia.

-Sornos nosotros, niña, abre -se escucha la voz de su madre por


el comunicador.

-Suban -Alicia oprime el timbre de la puerta externa y se acer-


ca a la puerta de su departamento para recibir a sus padres.

De frente a la puerta da un suspiro fuerte y profundo. "Tú pue-


des Alicia, tú puedes -se decía-o Hay cosas mucho más impor-
tantes por las que preocuparse ahora. Sólo es una mañana, a las
cinco de la tarde se subirán al auto y se marcharan. Sólo debes
resistir y ser cortés por unas horas", pensaba Alicia.
Suena el timbre de la puerta de su casa. Alicia abre y mira de
frente a sus padres.

-Hola, papá -dice Alicia y le da un beso en la frente.

-Hola, mamá -dicc y da un paso hacía atrás.


82
Alicia se siente presionada, ésta no es una visita ordinaria, su
madre tiene un fólder con documentos bajo el brazo. Algo gordo
le va a soltar y seguramente no será agradable. Algo grave se
va a discutir y una vez más no se le informó con anticipación.
Se preocupa y comienza a mordisquear como siempre el labio
superior.
Sirvió café y pastas para acompaí'iarlo, su padre se quejó por-
que era descafeinado; platicaron un poco sobre los achaques de
su padre, los achaques de su madre, sobre las montañas de me-
dicamentos que ambos debían tomas todos los días. Platicaron
de simplezas, de las cosas ordinarias de todos los días, que si la
casa necesitaba pintura, que si la chica que ayudaba a limpiar
cada vez era más lenta, que si cerraron el cine del pueblo, char-
laban de cosas sin importancia. Alicia escuchaba extrañada todas
aquellas historias, sus padres ni siquiera habían mencionado sus
vacaciones ni otra cosa relevante. Sin embargo aquello no era
precisamente una buena señal. Era una vieja argucia que sus pa-
dres usaban contra ella desde que era pequeña, cada vez que se
iban a discutir un tema importante la llamaban y hablaban incluso
por horas de cosas sin importancia y de repente, ¡zas!, le soltaban
una noticia dura. Alicia conocía la escena de memoria y había
desarrollado un condicionamiento de temor impresionante hacia
aquella actitud de sus padres. Comenzaba a sentirse nerviosa, una
creciente ansiedad la invadía, respiraba con dificultad, sudaba y
hasta sentía mareos. Probablemente sus padres prolongaban la
entrega de malas noticias pensando que así suavizaban las cosas,
pero lo único que conseguían era prolongar la angustia.
Con una desesperación in crescendo Alicia comenzó a morder el
labio como de costumbre y a restregarse las manos una contra otra.

-Alicia, deja de morderte el labio, por Dios apenas puedo creer


que sigas manteniendo tan mala costumbre ---<lijo en tono seco su
madre.

Alicia estaba preocupada y sentía cómo la habitación se iba


llenando de estrés, además no podía sacar de su mente la idea del
83
embarazo no deseado, que ya por sí solo era su mayor problema.
Respíró profundamente y con fuerza se dejó de rodeos y dijo a
su madre.

-Madre, muerdo mi labio porque me pones nerviosa, por favor


ya dejémonos de tonterías y díganme de una buena vez cuál es el
motivo de esta visita. ¿Han venido a saber por qué no me he ca-
sado aún? ¿Es que acaso se sienten preocupados porque no tengo
un marido que cuide de mí y que pueda acompañarme a las bodas
de mis primas y los bautizos de sus hijos? Díganme de una buena
vez de que va esta ocasión.

-Pues sí, has dado en el blanco, esa es la razón por la que es-
tamos aquí una vez más. ¿Sabes qué tengo en este fólder, Alicia,
acaso lo sabes? -dijo su madre tirando los documentos en la mesa
de centro del salón.

-No madre, no lo sé, no tengo idea. ¿De qué son estos pape-
les?

-Son todos los documentos de la hipoteca de nuestra casa,


de nuestros ahorros, de nuestros bienes en resumen. Tu padre y
yo hemos decidido escribir el testamento y queremos saber qué
quieres de nosotros. Siempre te quejas de no ser tomada en cuen-
ta. Siempre te quejas de sentirte desplazada y no queremos más
reclamaciones. ¿Qué quieres Alicia?

¿Qué quieres Alicia? La eterna pregunta de su madre. La más


pura expresión de la incomprensión. Su madre nunca podía cono-
cer un poco sobre ella. De pequeña, cuando Alicia pedía algo ya
fuera un juguete, salir con sus amigas al parque o un caramelo, su
madre respondía: ": Y para qué?"
¿Qué quieres Alicia? Era una pregunta que le representó un
constante dolor de cabeza durante su niñez, durante su adoles-
cencia, su juventud temprana y ahora mismo seguía dándole pun-
zadas en las sienes casi cuarenta años después.
84
Amaba a sus padres, después de todo ella sabía perfectamente
que no había nada, absolutamente nada que ellos hubieran hecho
con intención de dañarla, el problema era que habían errado te-
rriblemente en los métodos para transmitir disciplina, para ense-
ñarla a luchar por sus ideales, para darle ejemplos. Los métodos
errados de sus padres no habían sido ni de lejos los mejores o
más apropiados y como resultado solo habían hecho de Alicia
una mujer temerosa e indiferente a las cosas que sucedían a su
alrededor. Sin embargo enfrentárseles en una discusión seguía
siendo como enfrentarse a cientos de medusas marinas y tener
cientos de quemaduras.

-No entiendo la pregunta, madre, siempre había pensado que


esto no lo discutirían conmigo, pensé que ustedes tomarían una
decisión.

-Sí, sí. No te equivoques, te estamos consultando pero la de-


cisión sigue siendo nuestra. Y a qué viene esa reacción, siempre
estás quejándote de no ser tomada en cuenta por tu padre y por mí
y cuando te lo pregunto dices que nos compete sólo a nosotros.
Mira Alicia lo que no queremos es que te pases el tiempo rene-
gando de nosotros aún muertos.

-Mira, madre -dijo Alicia con voz fuerte y de golpe, sorprendién-


dose a sí misma por atreverse a hablar en ese tono a su madre--. Mira
madre -continuó-, eso no será un problema les prometo y pienso
que en última instancia lo más lógico, lo más coherente sería que
todo fuese repartido en partes iguales entre mi hermano y yo.

El padre deAlicia no opinaba nada, se limitaba a girar la cabeza


de un lado a otro prestando atención a la mujer que hablaba en
turno. Durante muchos, muchos añosAlicia recordaba a su padre
de una forma similar, escuchando y resignándose a negar con la
cabeza o asentir. Sin juicios, sin participación.
Cuando era niña después de una discusión con su madre en los
muchos desacuerdos que ambas tenían a lo largo de una semana
85
y otras veces incluso en el transcurso de un día su padre venía
con ella a su habitación y le consolaba, le acariciaba el cabello
y le decía que se calmara que su madre sólo tenía por intención
hacerla mejor persona. Y sin embargo nunca podía fungir como
abogado defensor en una discusión porque por lo general su ma-
dre era la dueña de la última palabra.

-Eso, eso podría ser lo más lógico para ti Alicia, pero piensa,
piensa; ¿en un sentido inexorable de justicia, es lo más equili-
brado? ¿Es lo más justo que tu hermano y tú reciban bienes en
proporciones iguales? Su situación y sus condiciones son muy
diferentes, muy diferentes y me parece una actitud muy egoísta
de tu parte el pretender que se les trate como iguales -dijo su
madre agitando las manos en el aire y elevando el tono de su voz
con cada palabra.

Ya había aparecido a qué se debía la visita. Sus padres habían


tomado una decisión y sólo se detuvieron en casa para comuni-
cársela y tratar de justificarse. Nada nuevo. Ninguna novedad.
La misma canción distinto verso. La misma tonada diferente
compás. Había aparecido en menos de dos horas de estar juntos.
Su hermano merecía más ayuda. Su hermano necesitaba más re-
cursos. Su hermano. Su hermano.
Su hermano era ocho años mayor que ella y como sus padres
siempre habian soñado un hijo varón como primogénito a nadie
sorprendió el nacimiento de Alicia. Él siempre iba y siempre iria
un paso delante de ella. Era más fuerte, más listo y más educa-
do. Fue miembro destacado del equipo de fútbol. Un deportista.
Obtenía notas elevadas en sus clases. Un estudiante modelo. No
solía salir de casa en los fines de semana y no iba a fiestas. Un
hijo modelo. En cambio Alicía no era ni por mucho una deportis-
ta, estudiante o hija modelo. Involuntariamente vivia a la sombra
de su hermano. Él no era responsable. Pero asi era. Siempre que
ella hacia algo pensaba en cómo lo habia hecho, sus aciertos y sus
falios y después pensaba en su hermano. Después de pensar en él
descubria que seguramente lo habría hecho mucho mejor.
86
Con el paso del tiempo Alicia medía todas sus acciones en base
a los logros de su hermano, Cada vez que emprendía un nuevo
proyecto, que estudiaba una materia, que presentaba un examen
o buscaba un trabajo nuevo pensaba en su hermano, Pensaba en
lo bueno y capaz que él era. Pensaba en su hermano cada vez
que hacía algo, pensaba en él porque seguramente lo haría mejor
que ella. Y lo peor es que en muchas ocasiones la sentencia era
real. Después de todo su hermano era su modelo a seguir. Alicia
era su fan.
La admiración que en el fondo de todo sentía por su hermano
se veía eclipsada por el dolor que le provocaba la indiferencia de
sus padres hacia ella. La eterna comparación. El perenne vaivén
entre ambos.

-Sí, mamá, creo que es justo que ambos seamos tratados de


igual fonna -dijo Alicia recobrando el aliento después de las pa-
labras de su madre y de haber hecho un pequeño paseo a su pasa-
do a través de sus recuerdos.

-Pues no, Alicia, no es justo, no lo es. Tú ahora tienes una posi-


ción y una situación diferente a la de él. Tienes menos necesida-
des que él y además, ¿no decías hace un tiempo que seguramente
tendrías una nueva posición en tu trabajo? Y piensa, Alicia, tu
hermano necesita de nuestra ayuda, de tu ayuda, tú sabes perfec-
tamente que pasa por grandes apuros para mantener a sus hijos,
tus sobrinos. ¿Y tú, tú cuándo piensas damos nietos? ¿Cuándo
vas a casarte y formar una familia? Perdóname hija pero no te es-
tás haciendo más joven. Y si te piensas que llegamos a este mun-
do para que todo sea diversión, alegría y pasar olímpicamente de
las cosas importantes, te equivocas hijita, te equivocas, eh. Dime,
¿cuándo? ¿Cuándo nos vas a dar nietos tú?

Segunda quemadura de medusa de la tarde. Segunda. Pero ésta


más fuerte y más grave. Si bien éste era un tema que se había
discutido ampliamente desde que cumplió veinticinco años en
aquella tarde se dibujaba con matices diferentes, los colores del
87
cuadro en el que se veían todos sentados en el salón eran absolu-
tamente distintos.
Estaba embarazada, no deseaba tener al hijo. Apenas unas ho-
ras atrás había estado disponiendo todo para no tenerlo. Más de
diez años Alicia se había defendido del ataque de su decisión de
no transformarse valientemente en madre ni en esposa , había
dejado su punto claro y no permitía que se le cuestionase, con el
tiempo su madre se cansó de insistir y abandonó el tema, pero en
esa tarde, en el afán de justificar su punto su madre había echado
mano del tema sin saber que desarmaba a Alicia. Desconcertada
Alicia titubeó un poco y respirando profundo tomó valor para
responder.

-No madre, ya sé que no estamos en este mundo para ser feli-


ces, estamos aquí para llenar nuestra existencia de pesar, de tra-
bajos y de sufrimientos. Ese, ese es el verdadero camino, entre
más caña tengas en la vida mejor. Tuve a la mejor de las maestras.
y ya conoces la respuesta, no tendrás nietos de mí nunca.

Alicia se sentía peor. Nunca había sido tan grosera y tan fuerte
con su madre pero la ocasión ameritaba medidas drásticas. Su
madre impávida miró fijamente aAlicia y no podía comprender
semejante reacción. Su padre la miraba fijamente y dibujaba una
sonrisa traviesa de haber escuchado a su hija enfrentarse a su ma-
dre de esa forma.

-Bueno, Alicia no has respondido. ¿Qué quieres?

-Tienes razón, dale a mi hermano lo que necesite, yo no tengo


ningún problema.

-Eso pensé --dijo su madre.

La tarde transcurrió con una aparente tranquilidad pero los áni-


mos se percibían estropeados, ambas habían cruzado una linea y
lo sabían. Su padre miraba televisión en el salón y ellas prepara-
88
ban algo para comer. Siguieron hablando de cosas triviales; de
la vecina que estaba perdiendo el oído, del perro del vecino del
número catorce que orinaba en todas la puertas de las casas de la
calle, de la subida en el precio de la carne, cosas sin importancia
como siempre. Como si nada hubiera sucedido. La misma can-
ción distinto verso. La misma tonada distinto compás.
Comieron juntos y tomaron café de nuevo. Alicia tenía una es-
pecial urgencia porque terminara la visita cargada con miles de
pensamientos. Era como una nube que se carga más y más y la
tormenta se adivina, una nube que se iba cargando más y más. La
precipitación de las lágrimas se presentía como se presiente una
tormenta cuando se mira al cielo gris, pero Alicia resistía, resistía.
Lo que menos necesitaba era un cuestionario de por qué se ponía
así. Si no es para tanto le dirían.
Al punto de las ocho sus padres se despidieron. Su padre la
beso en la frente y se metió en el auto. Su madre le acarició
la cara con el dorso de la mano y comenzó a caminar. A unos
cuantos pasos se giró y dijo:

-¿Sabes que después de todo me gusta que seas mi hija, verdad


Alicia?

-Lo sé madre, lo sé -contestó. Sus padres se fueron y Alicia se


quedo allí y por fin las lágrimas brotaron.

Desplomada en el sillón blanco Alicia hizo un nuevo viaje por


su vida.
Su hermano había sido la vara con que se medía, la vara con
que la median. No era algo exagerado ni falso que él siempre to-
maba decisiones correctas, que tenía un futuro prometedor y que
ella iba muy por detrás de él. Una tarde en que su hermano llegó a
casa eufórico, lleno de ilusiones, gritando y sonriendo para anun-
ciar que había sido admitido como becarío en la embajada de su
país en Francia. Sus sueños se estaban cumpliendo. A su madre
se le inundaron los ojos en lágrimas. "Gracias a Dios, lo sabía, lo
sabía. Sabía que mi hijo lo lograría." Su padre sólo sonreía pero
89
no ocultaba su orgullo. Alicia miró la cara de satisfacción que te-
nían sus padres, el orgullo dibujado en sus rostros. Ella por dentro
se sentía orgullosa por su hermano pero al mismo tiempo pensaba
que nunca había visto rostro similar en sus padres.
Pensó que nunca vería reflejada tanta alegría por un mérito
de ella en la cara de sus padres. Quería conocer el sentimiento,
quería que sus padres agradecieran al cielo como ahora lo hacían
por su hermano. Fue ese el preciso momento en que se forjó me-
tas enormes. En que se decidió a llegar alto, esa noche pensó en
todas las cosas que podría hacer. No durmió. Estaba emocionada,
algún día sería grande ¡Algún día sería exitosa, la gente lo sabría!
¡SUS padres la reconocerían! ¡Qué ilusión, que emoción! Se le-
vantó de la cama e hizo una lista de las cosas que haría. Estudiaría
fuerte, trabajaría fuerte. Sin descanso, sin tregua. Tenía una meta
y no cejaría en esfuerzos hasta que sus padres tuvieran esa cara de
satisfacción. La misma que había tenido por su hermano.
Lo hizo. Pero nunca era suficiente. La cara de satisfacción no
llegaba. No llegó cuando se graduó con honores. No llegó cuando
se unió como becaria a una multinacional. No llegó cuando fue
elegida entre sus compañeros para trabajar de permanente allí.
Aparentemente no poseía la capacidad de sorprender a sus padres
y cada vez que ella alcanzaba algo sólo le decían: "Felicidades,
nos alegramos por ti. Pero ... ¿y cuándo te vas a casar?"
Recordó su trabajo, la oportunidad que se le había escurrido de
las manos el lunes anterior; en secreto, en secreta esperanza es-
peraba que aquel nombramiento le regalara la total aprobación de
sus padres. Estaba segura que lo lograría pero no había sido así.
¿Cuánto tiempo le faltaba para alcanzar la meta original? ¿Lle-
garía? ¿Lo lograría? Mucho tiempo pensó que sí, pero ahora la
duda la llenaba.
Daniel, su hermano nunca llegó a Francia, dos meses después
de haber llegado saltando y casi llorando de alegría llegó de nue-
vo pero ahora llorando de pena y muerto de miedo; habló con
sus padres en la cocina. Él no cesaba de llorar. Su madre gritaba
sin parar: "¿Pero cómo? ¿Pero cómo?" La discusión en la coci-
na terminó. Daniel se fue a su habitación aún sollozando y sus
90
padres se quedaron en la cocina sentados, lamentándose. Alicia
miró toda la escena sin ser vista desde el salón. Vio a Daniel salir
de la cocina y se cruzaron de frente.

-¿Qué pasó?, ¿estás bien? -le preguntó Alicia.

-No, nada irá bien de ahora en adelante. Todo se fue a la mier-


da. Todo.

-¿Francia? -preguntó con tono triste Alicia.

-Francia, mi vida, todo, todo se fue a la mierda -dijo con voz


cortada Daniel-, mi novia está embarazada.

-Ah -dijo Alicia.

Daniel se fue a su habitación y ella se quedó sin palabras.

Los padres de la chica se presentaron la siguiente tarde en su


casa. Ella no se atrevió a espiar. Al día siguiente se enteró por Da-
niel que los obligarían a casarse y lo hicieron. Un mes después se
celebró una boda exprés. Todos los invitados conocían el motivo
de la velocidad del compromiso y se podían escuchar cuchicheos
en todas direcciones durante la boda. Que si se atrevió a vestirse
de blanco. Que si se habían arruinado la juventud. Que quién se-
guiría con una sorpresita similar y el resumen de todos los jóve-
nes que habían pasado por lo mismo en los últimos tres años.
Daniel y la novia apenas se miraban entre ellos. Estaban allí
por la fuerza. Alicia nunca había visto tan triste la cara de su her-
mano. Nunca. Comprendia su dolor y lo sentía casi como suyo a
pesar de ser muy joven, de ser ocho años menor que él.
Dos años después su hermano trabajaba en un almacén admi-
nistrándolo, en el colmo de la inconsciencia había embarazado a
su ahora esposa de nuevo y tenía una familia por sostener. Apenas
salía al final de mes con las cuentas por pagar y su visita a casa
de sus padres para pedirles ayuda se había vuelto una costumbre,
91
casi una tradición; se podía adivinar el día y la hora en la que
aparecería con sus hijos y su mujer en la puerta.
La mujer jugando con los niños en el parque y el pobre de
Daniel tragándose los discursos de mamá durante horas sobre
cómo él se había buscado esa vida. Recordándole dónde podría
estar viviendo y cómo podría estar viviendo. Recordándole lo
que había perdido. Recordándole lo que ya nunca tendría. Todo
esto por una ayuda. Una tarde después de haber soportado su
discurso de ritual salió a fumar un cigarrillo. Alicia lo siguió.
Daniel le ofreció un cigarrillo que Alicia aceptó en señal de soli-
daridad. Se sentaron en una banca de parque para fumarlo y después
de ese fumaron otro. Se quedaron así, callados un largo rato miran-
do hacia la nada por casi una hora, fumando sin decirse nada.

-¿Estás bien? -le preguntó Alicia.

-Pero cómo se puede estar bien con esta jodienda, Alicia. Lo


peor de esto es que nunca estás mal totalmente y nunca estás bien
totalmente. Lo único que queda es soportar, aguantar, esperando
que un día se ponga bueno de nuevo. Esperando -contestó Daniel
con ojos vidriosos. Se acercó a ella y la abrazó, la abrazó muy
fuerte, como nunca lo había hecho.

-Prométeme una cosa, niña -le dijo Daniel sosteniéndola entre


los brazos.

-Lo que quieras, lo que me pidas -le contestó.

-Prométeme que no la vas a cagar nunca, que nunca te verás


como yo, que no echarás todo por la borda por un error, no es que
lo hijos sean un error, pero promete que vas a vivir como quieres
siempre, vas bien chavita, estoy seguro de que lo lograrás, hazlo,
promételo. No la vas a cagar.

-Te lo juro -dijo Alicia con un honestidad y una seguridad in-


quebrantables.
92
Segunda tarde que marcó la vida de Alicia, había hecho una
promesa a su hermano en su momento más bajo, pero sobre todo
se había hecho una promesa a ella misma. No lo estropearía. No
lo arruinaría.
Desde esa tarde comenzó su defensa sobre su destino, sobre sus
decisiones. Discutió tardes y noches enteras con su madre sobre
no tener hijos, no casarse. No estropearlo.
Resucitada de su mar de recuerdos, de su profundo e inmenso
mar de recuerdos, Alicia se levantó del sillón blanco y se fue a la
cama. Tenía una cita con el médico al día siguiente y ahora estaba
más decidida que nunca.

93
IX

Con la luz del día pegándole directo en la cara, Beatriz fue des-
pertando lentamente poco después de las ocho de la mañana. Ha-
cía años que no se despertaba después de las ocho de la mañana,
o al menos así se sentía.
Todas las mañanas despertaba antes que el resto de su familia
para ayudarlos a comenzar el día; las camisas de su esposo, el
cuidado de las niñas, el desayuno, la limpieza, todo, tenía que
estar al pendiente de todo. Incluso en las vacaciones despertaba
antes que todos para tener listo todo para el venir del día, vestir
a las niñas y estar listos para aprovechar el día al máximo, se iba
a la cama después que todos estaban durmiendo, se entretenía un
poco más disponiendo la ropa para el día siguiente, cerrando las
ventanas, limpiando las manchas en la mesa de la cocina, vigi-
lando que las niñas estuvieran arropadas y sin frío, todos los días
sus deberes comenzaban antes que el resto y terminaban mucho
después que todo mundo descansaba.
Una vez enteramente despierta escuchó la voz de las niñas ju-
gueteando al final del pasillo. Escuchaba puertas abrirse y cerrar-
se una y otra .vezen la cocina, seguro era la niñera buscando algo
sin conocer su ubicación, "pobrecilla", pensó. No sabe dónde está
nada. El ruido de las puertas la enloquecía, no era capaz de tole-
rarlo. Eran sus puertas. Cada cosa en su lugar dispuesta por ella.
Sólo ella sabía dónde estaba cada cosa. No soportaba el sonido de
las puertas abriéndose y cerrándose.
El colegio. Reaccionó rápidamente y se puso de pie en segun-
dos. Recargó la mano herida en la orilla de la cama y el dolor se
manifestó, aún asi se puso en pie. Afuera estaba la niñera ocupán-
dose de las niñas, la bebé tomaba leche y Ana ya estaba lista para
dejar la casa y marcharse al colegio.
Cuando entró en el salón Ana gritó: "Mami", y se abalanzó so-
bre ella. La abrazó por la cintura y Beatriz le dio un beso en la
frente. "\k a desayunar que se hace tarde", le dijo. Caminó y sa-
cudió el cabello de Alejandra que estaba sentada en la periquera.
94
-Buenos días -dijo la niñera.

-Buenos días, veo que tienes todo controlado -contestó Beatriz.

-No ha sido tan dificil, son buenas niñas.

-Eso lo sé, ¿verdad mis amores? -dijo Beatriz.

-Duerma un poco más si quiere -le dijo la niñera-o Necesita


descansar.

-Sí, ya veo que todo aquí marcha bien.

Regresó al dormitorio y se tumbó en la cama de nuevo, pero


no durmió, no podía, simplemente no podía dormirse de nuevo,
se sentía incomoda, inútil y aquella era un sensación nueva, des-
conocida. Tenía alguien que cuidara a las niñas, su marido había
llamado a alguien sin que ella se lo pidiera, eso la hizo pensar. La
hizo pensar en las cosas que le solicitaba a Eduardo y él nunca
hacía, la interminable lista de cosas que ella le pedía y ante las
cuales él nunca reaccionaba. Las muchas cosas que igualmente le
pedía no hiciera y él hacía.
Tumbada en la cama escuchó a Ana marcharse al colegio, y
escuchó a la niñera jugando con Alejandra. Tumbada comenzó a
revisar en la cabeza lo que había sucedido el día anterior
Miró el reloj, eran las doce menos quince, ya no soportaba que-
darse metida en la cama. Se levantó.
Estaba cansada. Agotada. No poseía mucha fuerza, pero en
aquel momento lo que aún seguía creciendo era su voluntad. To-
dos los hechos sucedidos el día anterior, los del día anterior a ese.
Una vez más, lo intentaría una vez más. Se duchó. Se vistió y
dejó la habitación.
La niñera y Alejandra jugaban con luces en el salón, la pequeña
reía y reía.

-\by a salir un momento -dijo Beatriz a la chica.


95
-Mmm, ah. Perdone, pero el señor Eduardo me pidió que me
mantuviera al tanto de usted, me ha dicho que usted perdió mu-
cha sangre ayer por la tarde y que debía descansar y comer. Ni
siquiera ha tomado el desayuno.

Inaceptable. Lo único que faltaba. Una niña de veinte años era


quien le daba instrucciones. La voz y las instrucciones de su ma-
rido se manifestaban a través de la voz de una chiquilla. Beatriz
se molestó pero no tenía tiempo para tonterias. Suspiró. Levantó
la cabeza y se dirigió a la niñera.

-\by a una cita médica. Tomaré el desayuno en la cafetería


de la esquina. Cuida bien a las niñas, no sé cuanto tiempo estaré
fuera. Si algo sucediera mi número de móvil está anotado junto al
teléfono. Si mi marido llama dile que me busque ahí.

El tono de voz que usó Beatriz no podía ser más brusco, no


podía ser mas duro.

Llamó a un taxi. Lo abordó. La música en el taxi era horrible,


de fiesta, a un volumen ensordecedor. Necesitaba silencio. Ne-
cesitaba pensar. Apenas dos calles después le indicó al operador
que se detuviera. Quería caminar, quería aquel instante para ella.
Beatriz no entendía por sí misma por qué le había invadido aque-
lla tristeza, por qué sentía una melancolía que le acariciaba. Hacía
años que no sentía eso. Era la sensación que le provocaba el aire
frío de los meses de invierno en el balcón de la casa de sus padres.
Caminó y caminó.
Una hora después recordó la obra de teatro. Ese había sido el
plan frustrado de la tarde anterior. Aún no conocia el final de
la historia. ¿Es capaz una mujer de cambiar su vida en un dia?
¿Dejar todo atrás en aras de una ilusión? Necesitaba conocer el
final. Sus pasos comenzaron a andar en dirección al teatro. Sólo
eran quince o veinte minutos a pie. No habría vestido elegante.
No habría copa al final de la función. Sólo quería conocer la
historia.
96
Llegó una vez más al teatro. Compró la entrada de las ocho
treinta de nuevo y regresó sobre sus pasos con un latido de co-
razón acelerado. Con una intensidad de latidos que casi había
olvidado.
El frío presente del otoño que comenzaba se podía sentir en el
aire pero a ella no le molestaba. Una banca cerca de un parque.
Estaba sola. Se sentó ahí para pensar un poco, mejor dicho para
distraer su mente. Quería dilatar un poco su regreso a casa.
El latido del corazón iba en aumento. "Qué extraña sensación,
-pensó-. Qué mal se siente. Qué mal me siento. Se recargó y
casi se quedó dormida. De repente a lo lejos vio a una mujer
más o menos mayor con bolsas de compra en las manos, casi no
podía con ellas. Beatriz se apresuró a levantarse de la banca para
ayudarle. Era Laura G., una amiga de su madre. No la reconoció
hasta que la tuvo muy de cerca.

-Hola, Sra. G. --<lijo Beatriz contenta de mirar un rostro fami-


liar. La mujer mayor la miró con desconcierto-o Soy yo, ¿no me
recuerda? Beatriz, la hija de la señora Marta.

-Ah, Beatriz, pero mira qué cambiada estás, perdona no te re-


conocí, has cambiado mucho.

-Sí, he cambiado veinte kilos -respondió la otra. Déjeme ayu-


darle.

Beatriz no fue de gran ayuda, tenía una mano lastimada. La mu-


jer mayor se veía cansada. Entre las dos apenas pudieron cargar
las bolsas. Ambas se sentaron en la banca donde Beatriz descan-
saba antes.
La mujer mayor se tumbó por completo en la banca. Se abando-
nó en cansancio y tardó unos minutos en descubrir que estaba en
compañía. Beatriz la observaba detenidamente pues su imagen le
recordaba otros tiempos. Su rostro le evocaba recuerdos de hacia
años. Regresando de su pequeño viaje su compañera regresó en
cuerpo y mente a sentarse junto a ella.
97
-Bueno, y ¿cómo has estado Beatriz? ¿Cómo va todo? ¿Cómo
está tu madre? Hace años que no hablo con ella, éramos buenas
amigas. ¿Y tu marido, como está tu marido? ¿Tus niñas, cómo
están? Me enteré que ahora tienes dos. Ay, por Dios cuantas pre-
guntas, qué indiscreta soy -dijo Laura.

-Muchas, muchas preguntas. Todas fáciles de responder. Mi


madre está bien. Hace dos años que está viviendo en una casa
cerca de la playa. Fue una recomendación del médico, por salud.
Ella habla aún de usted, todavía son amigas. ¿Por qué dice éra-
mos?-

-Por tonta -respondió Laura.

Beatriz continuó:

-M is hijas están bien; creciendo. La mayor en el colegio. Es


una niña modelo. No me da problemas. La pequeña sonriendo.
Aprendiendo a hablar. Aprendiendo a caminar. Mis hijas están
bien. Mi marido en el trabajo. Mi marido en el trabajo -la voz de
Beatriz se comenzó a cerrar en ese punto. Su voz se debilitaba,
temblaba.

Laura notó el cambio en un segundo, se acercó a ella y le pasó


el brazo por el hombro.

-¿Está todo bien? ¿Estás bien? -preguntó Laura.

Suspirandoprofundamente Beatriz levanto la cara.Tenía lágrimas.

-No, no estoy bien. No lo estoy -decía entre sollozos, restregán-


dose las manos entre sí. Balanceando su cuerpo hacía el frente.

-No sé qué me pasa, no lo sé. No lo entiendo. No me siento


bien desde hace días. Estoy nerviosa. Estoy irascible. Me siento
abrumada, desesperada. Siento que nada va bien. Nada. Necesito
98
algo. Algo me falta. No sé qué es. Necesito respirar. Me estoy
ahogando. No puedo más. No puedo más. Mis hijas están bien.
Mi casa está bien. Mi esposo está bien. Pero yo no. Yo no. Al _
gunas mañanas cuando despierto, quiero salir corriendo. Quiero
coger un auto e irme lejos, lo más lejos posible. Quiero gritar.
Quiero llorar. ¿Qué me pasa? ¿Qué me está sucediendo? Debe
pensar que estoy loca por decir esto.

-No lo pienso querida, no lo creo -dijo Laura

Beatriz notablemente más alterada continuaba balanceando su


cuerpo. Se había transformado en una pequeña que necesitaba
protección. Las emociones. Los pensamientos. Los sentimientos.
Todo lo reprimido por años se manifestaba en ese momento frente
a una desconocida prácticamente y sin embargo no podía detener-
se. Había un río de palabras contenidas por una presa construida
por ella misma y ahora le desbordaban, las palabras fluían por
todas partes, inundaban todo a su paso. Su cuerpo. Su mente, su
corazón.

-Pienso una vez y lo vuelvo a pensar. Tengo una vida maravi -


llosa en donde todo funciona. No me falta nada. Todo en aparien-
cia está bien, pero no lo está. Lo siento. Lo respiro. Pero nadie lo
nota, sólo yo me entero. Todos transcurren y yo con ellos vivien-
do una vida que no me gusta, que no me satisface. Viviendo una
existencia que no quiero. Estoy loca. Sé que debo estar agrade-
cida por todo lo que tengo y lo estoy. Mis hijas, mi familia. Los
amo, de verdad, los amo. Son ellos quienes me hacen resistir, son
ellos quienes me hacen seguir adelante, pero, pero. Algunas ve-
ces no puedo. No puedo más. Estoy loca. Gorda y loca.

-No, No. No estás loca. Quieres vivir, eso es lo que tienes. No


pasa nada. Tu familia sabe que la amas. Estas ahí todos los días.
Estás con ellos, ellos lo saben. Lo único que quieres es vivir. Vi-
vir. Nadie puede juzgarte por ello. Perder el sentido de nuestra
vida es fácil, recuperarlo es difícil. Hazlo. Sólo hazlo.Vive. El
99
tiempo dura poco. Menos de lo que te crees. Un día despertarás
y descubrirás que ya no hay más tiempo, que se ha terminado.
La posibilidad de terminar la vida aparece cada día. La posibi-
lidad de dejar de vivir se despierta con nosotros y se tumba por
la noche a nuestro lado. Nos acompaña cada momento. Y no es
necesario dejar de respirar para dejar de vivir. Besa a tus hijas,
abraza a tu marido, pero sobre todo abraza la vida. Entrégate a
ella. Sólo hazlo.
Laura acarició el cabello de Beatriz y mirándola directo a los
ojos remató diciendo:

-No se puede encontrar paz evitando ser lo que anhelamos ser.

Desconcertada con las palabras de Laura, Beatriz dejó de llorar


en un instante. La miró fijamente a los ojos y le abrazó.

-Gracias -dijo Beatriz.

-Gracias a ti -replicó Laura.

Las dos mujeres cogieron las bolsas y caminaron. Beatriz se


ofreció a acompañar a Laura hasta su casa.

-No es necesario -dijo Laura.

-Me caerá bien -respondió Beatriz.

Anduvieron varias calles en silencio, ninguna se atrevía a pro-


nunciar palabra. Llegaron a la casa de Laura. Se despidieron con
dos besos. En el último momento, Beatriz recordó la obra.

-Esta noche voy a una obra teatral al centro, va sobre una mujer
que quiere vivir. Laura, ¿le gustaría ir, le gustaría acompañar-
me?

-Lo siento, no puedo -contestó ella-, no me es posible.


100
Beatriz se alejó. Tomó el metro y volvió a casa. Todo estaba
bien, las niñas habían comido y echaban la siesta.

-¿Ha ido todo bien señora? Se ha tomado mucho tiempo -pre-


guntó la niñera inocentemente.

-Excelente. ¿Qué no ves? -contestó Beatriz con un tono iróni-


co y desafiante.

La chica entendió que había fonnulado una pregunta equivo-


cada y se calló. Regresó la vista al televisor, de donde la desvió
cuando Beatriz entró en la casa.
Beatriz se tumbó en su cama, agotada por el cansancio de sus
emociones. Despertó a las seis de la tarde. Era tarde, era muy
tarde. Una vez más seguramente no estaría a tiempo en la puer-
ta del teatro para mirar la obra, pero su pensamiento se había
desviado de aquel objetivo, tumbada comenzó a pensar en las
palabras de Laura en el parque. ¿Siempre habría una segunda
oportunidad en su vida? ¿Acaso siempre podría comenzar de
nuevo? ¿Tendría fuerza? ¿Estaba dispuesta? Decidió que por
esta ocasión sí, se daría otra oportunidad. No se encontraba con
disposición de sentirse de aquella manera de nuevo. No quería
sentir esa sensación de vacío ni una vez más. No se permitiría
sentirse ajena a ella misma y al mundo a su alrededor en gene-
ral. Haría un último esfuerzo.
Sumergida en sus ideas y en sus soluciones se quedó dormida.
Despertó a las nueve de la noche. La casa se encontraba en silen-
cio. No se podía escuchar absolutamente nada. Se asustó, no estaba
acostumbrada a tanto silencio en su casa y en aquella hora parecía
más imposible, era la hora de más ruido, niñas jugando, televisor
encendido yagua corriendo por el grifo para fregar trastos. Llena
de sorpresa y desconcierto caminó lentamente por la casa. En el
salón, sentado de espaldas estaba Eduardo.
Beatriz se aproximó a él despacio, muy despacio. Quería sor-
prenderle. Cubrirle los ojos como cuando eran novios. Besarle.
Abrazarle. Esperaba recuperar con ese pequeño gesto un poco
101
de lo que había sido antes. Esperaba que él girara como hacía
diez años, sonriera con sorpresa y la besara con genuina deses-
peración, que la estrujara, que le arrancara la ropa y le hiciera el
amor con gritos, con pasión, con exceso de deseo, con exceso de
locura. Un poco de lo de antes. Un repaso del ayer.
Justo detrás de él muy suavemente colocó su mano izquierda
sobre los ojos. Eduardo se asustó, le arrojó la mano bruscamen-
te y de un salto se puso de pie. Tenía el teléfono celular en la
mano.

-¿Qué haces?, me asustaste -dijo Eduardo con voz agitada y


vacilante.

-Nada, quería sorprenderte, ¿qué te pasa? ¿Por qué te pones


así?

-Por eso, ya te lo dije. Me asustaste. ¿Cómo sigues? Me dijo la


niñera que saliste a visitar al médico. ¿Dónde fuiste? Se supone
que te quedarías en casa a descansar, ayer perdiste sangre, ¿qué
no entiendes que necesitas descansar?

-Sí, si. Fui a ver al médico, quería preguntarle algunas cosas.


¿ y la niñera? ¿Se ha ido?

-Sí, le pagué y se fue. Me dijo que te habías tumbado a dormir y


no quise molestarte. Mañana temprano regresará para ayudarte.

-Muy bien, muy bien. ¿Y tú qué estabas haciendo?

-Nada, nada. Ya te dije que nada. Anda déjate ya de cosas y


vamos a la cama que estoy hecho polvo.

Beatriz una vez más no encontró la respuesta que esperaba, una


vez más no encontró la reacción que buscaba, estaba paralizada,
desconcertada, Eduardo nunca le había hablado con tanta brus-
quedad por nada. Nunca.
102
-Otra vez, Beatriz, no te quedes ahí como tonta vamos a dormir
-repitió Eduardo.

-Anda tú a la cama. Yo he dormido mucho, no tengo sueño


-replicó Beatriz.
-Pues como quieras, yo necesito descansar. Algunos tenemos
que trabajar mañana.

Eduardo cogió el saco y se fue al dormitorio. Beatriz tomó el


lugar de Eduardo en el sofá y se quedó acompañada por las voces
del televisor que hablaba y hablaba de cosas que no le interesa-
ban. Se acariciaba la mano izquierda con la derecha. Se tocaba
el brazo izquierdo con el derecho. Pensaba, pensaba qué debía
hacer para sentirse mejor, para estar mejor con su familia, con su
casa, con su marido. Lo tenía todo, todo y lo sabía; era absoluta-
mente consciente de ello pero había un pequeño vacío dentro de
ella que no se alcanzaba a llenar con nada, con nada de las cosas
a su alrededor, con nada de las personas a su alrededor.
Pensaba y volvía a pensar sin llegar a una conclusión lógica,
sin ningún resultado contundente de sus pensamientos por qué
se sentía de esa forma, por qué no estaba satisfecha, por qué no
podía conformarse con lo que tenía como todas las personas con
quienes convivía parecían conformarse. No encontraba la causa
de la tristeza que la inundaba, esa tristeza que le había brota-
do unos meses atrás, corrigiendo, un par de años atrás. Primero
pensó que era depresión post parto después del nacimiento de la
pequeña Alejandra. "Ya se me pasará", dedujo en ese tiempo; la
pequeña y los quehaceres. de la casa la distrajeron un poco, pero
como una astilla encajada en la mano la tristeza se mantenía allí
lastimando sin ser nada, sin ser algo que mata; pero finalmente
está ahí encajada impidiendo hacer la tarea más simple sin que
duela un poco, un poquito.
Pasado un año atribuyó su creciente desaliento al sobrepeso;
a que su cuerpo no era el que deseaba, pero ahora sentada en el
sofá en un ejercicio absoluto de honestidad sabía que el sobre-
peso nunca le había molestado realmente. Era un asunto de los
103
demás, un asunto que le preocupaba a su familia, a sus amigos
y sobre todo a su marido. En esa noche diciéndose a sí misma la
verdad absoluta, la pérdida de peso era algo que quería Eduardo,
que necesitaba Eduardo, ella podía vivir sin preocuparse por ello
pero él se encargaba de recordarle cada día, en cada comida que
debía cuidarse, que debía adelgazar. Seguir la dieta balanceada,
el ejercicio, la privación de pasteles y dulces, los sufrimientos de
hambre encontraban su fuente de inspiración en la petición de su
marido, no en un deseo auténtico de ella.
Así que no, no era la idea de los kilos de más lo que la mante-
nía atrapada en su sentimiento de tristeza, en su sentimiento de
soledad.
Reflexionando en el sofá se hallaba totalmente ensimismada
en sus cavilaciones, inmersa, perdida. No salió del encierro de
su cabeza hasta que el teléfono celular de Eduardo vibró so-
bre la mesa de centro del salón. El ruido del móvil vibrando la
despertó.
No supo por qué. No dudó. Nunca lo había hecho. Cogió el
teléfono y leyó el mensaje.
"He tenido la tarde más deliciosa de mi vida. Eres el mejor
hombre que he encontrado a mi lado. El mejor que he encontrado
en mi cama. Ansío el encuentro de mañana, María."
El teléfono cayó al suelo de la mano de Beatriz. Ella misma
cayó en el sofá del que se había levantado un minuto atrás.
Tenía las manos sobre la cara y comenzó a llorar como una
niña. No es verdad. No es verdad. Se repetía. Las palabras del
texto recién leído se le atoraban en la cabeza, una encima de
la otra. Hombre. Mejor. Deliciosa. Mi vida. Mañana. Maña-
na. Mañana, Para Eduardo habría un mañana. ¿Para ella lo
habría?
No lo podía creer, se resistía a la idea. ¿Cómo era posible? ¿Era
verdad? Tal vez el mensaje no era para su marido. Tal vez el men-
saje era para otro hombre. Para otro hombre maravilloso. No, no,
no. Seguía repitiendo Beatriz. Se puso de pie y caminó de un lado
a otro en el salón. Se sentó. Se puso de pie de nuevo. No, no, no.
Repetía sin cansancio. La respiración se le agitó. Un nerviosismo
104
se le metió en el cuerpo, le temblaban las manos. "Ay, no por
favor, no por favor", se rezaba a sí misma.
"Es un error, es un error", pensó. Respiró profundo. Tomó valor
y recogió el teléfono del suelo. El destinatario del mensaje estaba
guardado en la memoria del teléfono solamente como "Oficina".
Es un error. Eso mostraba que quien enviaba el mensaje podía
ser cualquiera. Pero qué más daba finalmente, el número estaba
guardado en la memoria del móvil. Entre las manos temblorosas
de Beatriz se escurrió el teléfono. Lo cogió del suelo de nuevo
y se decidió a leer el resto de los mensajes. Los enviados. Los
recibidos. Los no enviados.
Entre los mensajes recibidos no encontró nada que no fuera de
oficina, nada que no fuera de trabajo. Nada fuera de lo normal.
No se conformó. Revisó la bandeja de los no enviados, el resul-
tado fue el mismo, no encontró nada. Finalmente los mensajes
enviados. Ahí estaba la confirmación de algo que Beatriz sabía
desde hace tiempo. El último mensaje enviado. Hacía apenas
veinte minutos.

"Te tengo a ti. Lo más maravilloso lo tengo yo. Espero con


locura verte mañana. Tuyo, Eduardo."

El sentimiento cambió en un segundo. No sentía más dolor.


Se había derrumbado cuando leyó el primer mensaje. Se levantó
cuando leyó el segundo. No sentía desconsuelo. Sentía ira. Sus
puños de cerraron. Sus dientes se apretaron. Su corazón se calmó
y dejó la palpitación excesiva. Se puso de pie. Su rostro reflejaba
su enojo, su malestar. Todas las facciones de su cara estaban con -
traídas. "Maldito, maldito, maldito", dijo.
Se sentó de nuevo en el sofá jugueteando entre las manos el
móvil. Se sentó a pensar pero ahora en él, en el hombre con quien
había pasado los últimos diez años y que ahora se había transfor-
mado en un traidor, en un infiel, en un mentiroso.
Diez años juntos le cayeron encima. Una vez más en un perio-
do tan breve de tiempo Beatriz veía derrumbarse todo en lo que
había creído. Diez años de risas, de caricias, de compañía, diez
105
años de apoyo incondicional de su parte, diez años de atender su
casa, a sus hijas, diez años de ayuda. ¿Cómo podía hacerle esto?
¿Cómo se atrevía?
Entre más lo pensaba, la rabia crecía. Quería matarlo. Quería en-
trar a la habítación en donde habían pasado juntos los últimos años
yen la cual ahora descansaba el muy maldito y gritarle que se mar-
chara, que se largase, que no quería volver a verlo en toda la vida.
Destinatario: oficina. El muy idiota se había querido proteger,
seguro por si acaso, y había grabado el número bajo un pseudóni-
mo estúpido. Se había protegido, por si acaso. Maldito. Maldito.
Por eso se había asustado cuando le cubrió los ojos, ese había
sido el susto. Por eso saltó del sofá. Maldito. Maldito. Por eso
estaba nervioso, por eso le urgía irse a la cama. La misma cama
en la que ya no hacían el amor desde hacía un par de meses. Esa
era la condenada razón por la cual no se acostaban, él se estaba
acostando con otra.
¿ y ella, y ella? Ella era una tonta, una tonta que pensaba que su
marido ya no dormía con ella porque estaba gorda. ¿Tonta? No,
tonta no. Ingenua. Pero si ya lo sabía, la verdad era esa. Beatriz
lo sospechaba desde hace tiempo, lo intuía, pero había preferido
fingir que no se enteraba de las pequeñas señales de alerta que
se le habían presentado en los meses anteriores. La ocasión que
Eduardo reprendió aAna por jugar con su teléfono cuando nunca
le había molestado. Llegadas tarde a casa cada vez más frecuen-
tes y cada vez más tarde. Cuando se afeitó el bigote y presumía de
verse diez años más joven. El encierro en el estudio para trabajar,
para hacer llamadas telefónicas. Sonrisas nerviosas por cuestio-
namientos sencillos. La evasión sexual. Su irritabilidad con sus
hijas. Pistas, más pistas, mil pistas que ella pretendió desconocer,
que prefirió ignorar.
Sin embargo en esa hora con la prueba contundente en sus ma-
nos no sabía qué hacer. No sabía cómo reaccionar. Continuaba
enfadada, enfurecida, pero no sabía qué hacer. No sabía cómo re-
accionar. ¿Qué hacía? ¿Lo despertaba en ese momento y le exigía
una explicación? ¿Que le dijera qué demonios significaba todo
aquello? ¿Y qué ganaría? ¿Cómo reaccionaría Eduardo? Segura-
106
mente como todos lo hombres lo negaría una y otra vez. Le diría
que está confundida, que es un error. Que nada sucede. Discuti-
rían por horas, él caería en contradicciones una y otra vez y ella
señalaría las inconsistencias de sus palabras. De cualquier forma
si dijera la verdad, ¿cómo podría creerle?
¿Qué hacía? ¿Le despertaba y lo echaba de la casa sin más? Po-
día optar por ello pero la situación sería más o menos la misma.
Él exigiría saber el por qué de aquella discusión. La situación
no sería muy diferente. ¿Y qué hacía? ¿Ignoraría simplemente el
hecho? ¿Pero cómo?
Más confundida que en las noches anteriores fue a la cocina y
preparó café. Una vez más se quedó ahí pensando en lo que haría.
Una vez más recordó la obra a la que no había asistido tras dos
intentos. Una mujer conoce a otro hombre y hace algo inespera-
do. Beatriz no conocía la determinación que aquella mujer había
tomado en la obra. ¿Se habría fugado con el hombre? ¿Habría
pasado por alto el incidente del hombre que apareció en su vida
y se habría quedado a lado de su marido? ¿Sin cuestionar? ¿Sin
sufrir?
En ese mismo hilo de pensamiento se apareció en su mente la
imagen del hombre que conoció en la tienda de ropa el anterior
lunes, el hombre guapo, atento, que se había detenido a obser-
varla, a admirarla. Eduardo tenía una aventura, eso era un hecho
innegable, pero, si a ella se le presentara la oportunidad de vivir
algo similar ¿lo haría? Si ella fuera la protagonista de su propia
obra -y lo era-, ¿se entregaría a una pasión? Pero aun cuando se
combinaran las circunstancias para vivirlo, ¿dónde quedaba su
familia? ¿Su hogar? ¿Sería capaz de dejar todo atrás? ¿Tendría el
valor? ¿Se atrevería? No. Simplemente eso rebasaba sus límites,
ella no podria dejar todo así dando un portazo a su vida de golpe.
¿Cómo se puede tomar una decisión de esa magnitud? ¿Cómo se
deja todo atrás de un día a otro? No. Ella no se atrevería.
Sin embargo cuando lo reflexionaba caía en la cuenta de que
era evidente que su marido había pasado por alto todas estas pre-
guntas, que en definitiva él era capaz de eso, que aun cuando esto
hubiera aparecido en su cabeza, se había desvanecido. ¿De qué
107
más era capaz Eduardo? ¿A qué más se atrevería? Si el hombre
con el que vivía, con el que dormía, con el que compartía su ho-
gar había logrado rebasar la linea, ¿se atrevería a abandonarlo
todo? Afin de cuentas Beatriz le conocía y era consciente de que
aquel hombre sí era capaz.
Una obra de teatro realizada sobre la base de una decisión cru-
cial de una mujer. Enamorarse y abandonarse a otro hombre o
mantenerse donde ha estado parada hasta el fin del tiempo. Ese
era el argumento. ¿Por qué no era al revés? La respuesta era sim-
ple. Un hombre si lo quiere hacer no se lo piensa. Lo hace. Lo
deja todo atrás e inicia una nueva vida. Una mujer, una mujer en
cambio lo piensa una, dos, cien veces y en el tiempo que se toma
pensándolo se escapa la oportunidad o el sentimiento.
¿Era la aventura de Eduardo algo pasajero? ¿Era deseo? ¿Era
pasión? Si era todo aquello podía consolarse pensando que
pronto podría desvanecerse y todo encajaría en su lugar tal
como había venido transcurriendo en todo el tiempo. ¿Pero y si
no? Si aquello rebasaba el deseo y tenía una semilla de cariño,
de amor, ¿entonces qué? Y si todo aquello no era pasajero y
Eduardo tal como hacen tantos hombres se fuera con la mujer.
Menudo final para una obra que millones de mujeres conocen.
A nadie le sorprendería saber que un hombre dejó a su esposa
y se fue con otra. Esas cosas pasan todo el tiempo. La ira de
Beatriz se fue y regresó el dolor. Echó a llorar una vez más en el
salón. A lamentarse y sollozar propiamente dicho. Ella ya había
llorado mucho esa tarde.
Exhausta, dejó el salón. Se iba a la cama. Sus emociones es-
taban en el aire. Su vida estaba prendida de un hilo. Su marido
estaba durmiendo en la cama.
Entró en la habitación y lo miró tumbado, sumergido en un sue-
ño profundo. El dolor se mezcló con la ira de nuevo al verlo ahí
durmiendo tan tranquilo. Maldito. ¿Cómo era capaz de dormir
así, sin ninguna preocupación? Sólo ahí durmiendo como si nada
sucediera. Avanzó hacía su balcón y se recargó en el quicio de la
puerta. De pie lo observaba. La sangre se le calentaba. Le hervía.
La respiración se le volvió a agitar.
108
Quería matarlo, despertarlo a golpes y matarlo, deseaba que su-
friera. Que sintiera un poco de lo que ella estaba sintiendo, quería
vaciar la ropa de los cajones y echarla a la calle y a él mismo por
el balcón, quería desollarlo, arrancarle la piel a pedacitos. Que
sufriera. Que sintiera dolor en la justa medida que él lo provo-
caba. La habitación. Su balcón. Los recuerdos. Todo lo que ella
había hecho por él. Todo el apoyo. Todo, todo lo que ella había
puesto de empeño por un matrimonio que se opacaba. Todos los
silencios. Todas las ocasiones que le regaló la razón aun sabien-
do que estaba equivocado. Los malos tiempos que ella alargaba
el dinero, que encogía los gastos. Miles de camisas planchadas,
trastos fregados, comidas servidas. ¿Nada de eso le valía? ¿Todo
aquello se le había olvidado? Dolor e ira conviviendo en su pe-
cho. Quería saltar sobre la cama y rasgarle la cara con las uñas,
arrancarle pedacitos de carne igual que él le arrancaba pedacitos
de vida. Quería despertarle suavemente y pedirle que la dejara,
que ella haría lo imposible por mantenerle a su lado. Confusión,
confusión. Todo era muy confuso.
Beatriz se acercó al balcón. Se recargó en el barandal, en su
barandal. Mirando a la nada como de costumbre se quedó allí
como estatua. Como obra de mánnol con rostro tragicómico. Ni
siquiera sentía el frio. Ni siquiera sentia el viento. Estaba dema-
siado concentrada en su sufrir que lo demás se le pasaba de largo.
Suspiraba profundo, suspiraba largo. No encontraba la fuerza, no
encontraba la voluntad de meterse en la cama con Eduardo. No
podia. No podía.
El último pensamiento que le invadió la mente esa noche fue
la continuidad de la idea de que la aventura de Eduardo fuera pa-
sajera y todo continuara como había venido siendo. Todo igual.
Después de todo ella no queria eso. No quería seguir igual. Unas
horas antes de descubrir la traición de Eduardo estaba repasando
opciones para recuperar su energía, su ánimo, a su familia. No
quería que todo continuara igual. No.
Tomó una determinación. "Espero con locura verte mañana.
Tuyo Eduardo." Esa era la última parte del mensaje de Eduardo.
Mañana. Se verían mañana. Ella estaría ahí, su rival. Beatriz tam-
109
bién estaría ahí. Ya verían, ya vería, Eduardo se enteraría. Beatriz
no estaba dispuesta a que todo siguiera igual. Suspiró por última
vez y caminó hacia la cama. Entró en el1a. Eduardo despertó unos
segundos.

-Estás helada -dijo.

-Sí, estaba en el balcón.

-Bueno ya duérmete, te amo -dijo Eduardo.

-Yo también -contestó Beatriz.

Había aparecido el típico "te amo" de todas las noches. El usual,


el típico "te amo mucho". Beatriz muchas veces había deseado
que lo demostrara en vez de decirlo. "Desgraciado, mañana te
enterarás", pensó Beatriz.

110
x
Aquella misma noche tumbada en la cama le era imposible con-
ciliar el sueño de nuevo; tenía un fuerte dolor de cabeza, una
terrible punzada que le golpeaba la nuca. ¿Serían acaso las pri-
meras secuelas del tratamiento? ¿Serían sus propias obsesiones,
sus pensamientos manifestándose? De cualquier forma vinieran
de donde vinieran el dolor se transformaba en insoportable. No
había ningún sentido en continuar tumbada. El dolor no cesa-
ría. Se puso en pie, fue al cuarto de baño y se mojó la cara con
agua fría, notó que debajo de la llave del lavabo se escapaba el
agua por una fuga. Su impulso normal hubiera sido buscar la foro
ma de repararlo inmediatamente. "Hoy no, me da igual-pensó-.
Tengo mejores cosas que hacer", regresó a la cama y cogió el
libro que dejó pendiente. "No me quiero morir sin leer el final",
pensó. El asunto comenzaba a tomarse divertido, sarcástico e iró-
nico en su cabeza.
Retomó el hilo de la lectura, el chico después de haber carnina-
do miles de kilómetros, después de haber pasado hambres y haber
sufrido calor en el trópico y frío en el sur llegaba a su destino. Ex-
hausto. Sin fuerza. La carne se le había ido de los huesos, su ros-
tro estaba demacrado, débil; pero curiosamente él se encontraba
mejor que nunca, el final de su viaje había llegado. Habia alcan-
zado su meta. Caminó. Se buscó. Aprendió de él mismo. Hacía un
año que había salido de su casa dejando atrás todo; amigos, tra-
bajo, casa, ropa, todo absolutamente todo con la sola idea de en-
contrarse consigo. Muchos trabajos, mucho sufrimiento, muchas
penas con el único fin de conocerse un poco más. De encontrarse.
Finalmente sentado sobre un roca y con un viento helado que le
golpeaba la cara descubre que en el camino se encontró muchas
veces, el mismo número de veces que volvió a perderse. Y estaba
feliz. Y estaba satisfecho. [Se había perdido, se había buscado, se
encontró y se perdió de nuevo!
Laura pensaba en su propia andanza cuando cerró e/libro. En lo
largo de su vida se había visto sometida a un sinfín de pruebas, al·
gunas muy dolorosas como la muerte de su marido. Algunas muy
111
dificiles como cuando no había dinero en casa. Algunas imagi-
narias como las discusiones con sus hijos adolescentes. Muchas,
muchas pruebas y todas ellas superadas, sin chistar, sin lugar a
nervios, sin lugar a titubeos. Pero en esta última que se le presen-
taba, el cáncer. Había perdido. Estaba perdiendo. Argumentos le
sobraban para pensar y estar convencida de su derrota. Ella, ella
sí que se había perdido por última vez y no tendría tiempo de
encontrarse de nuevo. El dolor de cabeza ya se había esfumado,
apagó la luz y se quedó dormida.
Con un sinfin de tareas por ser realizadas en los días siguientes,
Laura despertó más temprano de lo normal. Se duchó, tomó una
taza de café y abrió el archivo donde resguardaba los documen-
tos importantes. Cuentas bancarias, escrituras, hipotecas, etc.,
se vieron esparcidas en lo ancho de la mesa del comedor. Los
estudiaba, los organizaba, los disponía con una sencillez y una
parsimonia deliciosa. Mientras se aseguraba que nada faltara y
que todo se encontrara en orden pensaba que en realidad estaba
viviendo sus últimas horas, que estaba organizando su despedida,
su última aparición. Pensaba en qué prepararía para la cena del
sábado, en los regalos que quería entregar a sus hijos y nietos.
Pensaba incluso dónde los compraría.
Para el mediodía ya había terminado, no era un trabajo extre-
mo, finalmente siempre había sido una mujer organizada, con las
cosas bajo control. Todos los documentos se encontraban en or-
den. Laura había mantenido todo en orden desde la muerte de su
marido, sólo hacían falta algunas firmas y comunicar a bancos y
abogados sus nuevas disposiciones. La primera etapa de su plan
había concluido. La segunda comenzaba. Organizada y controla-
da como siempre, había dispuesto un plan de morir por etapas.
Tenía decidido que era mucho mejor no continuar con su vi-
da y con su enfermedad. Había decidido evitar a costa de su vida
el sufrimiento a sus hijos, así que no habría marcha atrás. ¿Pero
cómo? ¿Cómo habría de morir evitándose a si misma más dolor?
No daba con la respuesta. Simplemente no daba con la respuesta.
Después de mucho meditarlo pensó en la solución que le parecía
más sencilla en ese momento. Una sobredosis, una sobredosis de
112
fármacos. Sí, aquella era la mejor solución, la mejor opción, su
respuesta.
Una sobredosis de somníferos quizás, o de tranquilizantes. Mo-
rir durmiendo es un lujo que pocas veces pueden darse los seres
humanos. Ella al parecer moriría de cualquier forma, así que ese
sería su regalo. Morir con el lujo que pocos hombres tienen, que
pocos pueden permitirse. Durmiendo.
Laura suspiró profundo, las. cosas comenzaban a tomar for-
ma, las piezas del rompecabezas se acomodaban lentamente en
su cabeza. Las cuestiones más importantes de sus últimos días
se acomodaban. Hasta la forma de terminar habla sido resuelta,
pero por el momento debía concentrarse en labores menores, en
pequeñas tareas como las compras.
Entró en la ducha y se preparó para salir de casa. Dispuso todo.
El dinero, las bolsas, hizo una lista de las cosas que necesitaba, lo
arregló todo, todo. Caminó y caminó por las calles. No le apete-
cía usar transportes, no quería hablar con nadie, no quería platicar
con nadie, deseaba que de ser posible el mundo entero hubiera
desaparecido.
Las calles con gente corriendo de un lado hacia otro le asfixia-
ban, el ruido de los autos, los silbatos de los policías, la música de
los adolescentes, los martilleos, las máquinas de lavar. las puertas
abriéndose y cerrándose y sobre todo la gente gritando; todo se
le presentaba como una escena sin sentido. había visto esa escena
miles de veces a lo largo de su vida y nunca le había prestado
atención. Todo carecía de sentido. ¿Por qué la gente se molestaba
tanto por cosas sin importancia? ¿Por qué las personas discutían
por asuntos que no tendrían ninguna importancia al final del día?
¿Por qué corrían y se agitaban para llegar a lugares en los que no
quería estar? Nada tenía un sentido. nada.
Un día normal, un día común, un día como cualquier otro y
nada encajaba. Laura miraba a la gente a su alrededor con deseos
confusos, deseaba con la misma intensidad que todos se esfu-
maran, quedarse sola y detener a cada uno de ellos en la calle y
decirles que despierten, que la vida se acaba en un segundo, que
nada de lo que hacen los llevará a ningún lugar. Estaba confun-
113
dida y caminaba entre la marea de personas, se confundía entre
ellos y a veces se preguntaba si alguien podría cargar con lo que
ella estaba viviendo, o mejor dicho con lo que ella estaba murien-
do. Por supuesto que sí, se respondía.
Caminó tan lejos como le fue posible, no deseaba hacer sus
compras en los lugares de siempre, coincidiendo con las perso-
nas de siempre. "¿Cómo estás? ¿Cómo están sus hijos? ¿Y sus
nietos? ¿Cómo sigue del golpe de la rodilla? ¿No tiene frío con
este clima?" Todas las preguntas de siempre, todas las charlas
absurdas en las que solía participar cada vez que se asomaba a
la calle, en la escalera de su edifico, en las aceras, en el super-
mercado, en el autobús, en el metro, en fin, en todas partes. Por
aquella mañana no. Por esos días no quería saber de nadie. No
quería que nadie le preguntara: ¿cómo estás? Tenía la respuesta
pero no quería compartirla, tenía la respuesta a la pregunta que
no deseaba escuchar.
Era dificil evítar a las personas y sus cuestionamientos. Era impo-
sible evitar la fuerza de sus propios sentimientos y pensamientos.
Entró en el supermercado, compró con lentitud todo lo que ne-
cesitaba para la cena que preparaba. Los días le parecían cada vez
más largos, necesitaba ocupar las horas de su tiempo, el tiempo
que se le terminaba se le hacía paradójicamente más largo cada
vez. Dolorosamente cada mañana abría los ojos preguntándose
¿Por qué me desperté? ¿Para qué me desperté?
Cada mañana perdía un trozo de sentido el dejar la cama, fi-
nalmente no había ya muchas razones para hacerlo. ¿Por qué me
desperté? ¿Para qué me desperté? Estas preguntas le inundaban
la cabeza y le inundaban el corazón, la alegría se le diluía, y cada
vez era más dificil encontrar la voluntad para comenzar el día. Su
cuerpo se sentía cansado, muy cansado. Su mente se sentía ago-
biada, muy agobiada. Al pensar en la esperanza prometida de su
propia muerte, Laura encontraba esa fuerza que necesitaba para
continuar. "Falta poco, ya falta poco", se decía.
Cuando dejó el supermercado quiso caminar un poco antes de
llegar a casa a pesar de las bolsas con compras que estaba car-
gando. "Sólo una vueltecita por el parque", se dijo.A Laura le re-
114
sultaba cada vez más dificil y doloroso encontrarse sola en casa.
Prolongaba en medida de lo posible llegar a casa, el vacío y el
silencio de los cuales disfrutaba tanto antes ahora le aumentaban
un poco más la sensación de abatimiento. Atravesó un parque
sólo para llegar a una vía más transitada y tomar un taxi.
A mitad del parque se resbaló con una piedra. Una mujer se le
acercó para ayudarle. Laura le conocía. Era la hija de una vieja
amiga. La conocía desde hace años. Le emocionó encontrarla, no
por ella, sino por su madre. Se le escapó de la memoria su nombre
hasta que ella se lo recordó. Se acercaron a una banca del parque.
Laura se recargo contra el respaldo y dejó que muchos recuerdos
de su juventud acudieran a su mente. Las sonrisas, las fiestas, los
paseos, su marido, otros tiempos, los otros tiempos, donde no se
sentía sola, donde el tiempo no se acababa, donde la vida conti-
nuaba todos los días, tantos, tantos recuerdos. Los saboreó por un
minuto antes de descubrir que estaba acompañada por la hija de
su amiga. Estaba cambiada, ya no era niña, era una mujer. Pensó
en sus propios hijos y su despedida de ellos.
Le preguntó cómo estaba. "Gorda", respondió ella con tono iró-
nico pero lastimoso.
Le preguntó un poco de todo, las preguntas básicas. ¿Cómo es-
tás? ¿Cómo están tus hijas? ¿Tu marido? Las preguntas que había
querido evitar las estaba cuestionando ella. La chica se limitaba a
responder bien, todo está bien. En un segundo el semblante de la
chica cambió por completo y rompió en llanto.
La chica entre lágrimas explotó. Comenzó a explicar cómo se
sentía, su soledad, compartió con Laura su pena.
"No sé qué me pasa", decía la mujer. Habló de su vida, de su
desesperación. Habló de una tristeza que le crecía por dentro y
de lo mal que le hacía sentir todo esto. Estoy loca se decía a ella
misma. Laura le consolaba diciéndole que no, que aquello era
pasajero, que no estaba loca.
La mujer hablaba de lo agradecida que debía sentirse por todo
lo que la vida le daba y que otros menos afortunados no poseían
y en cambio se sentía superada por sus circunstancias, por sus
emociones. Explicaba que no se sentía satisfecha.
115
Laura se acercó a ella y comenzó a consolarla. Palabras que
para ella misma eran extrañas salieron de sus labios. La seguia
consolando, seguía apoyándola. Le habló de la alegria de vivir
con todas sus consecuencias, las buenas y las malas.
La chica se tranquilizó lentamente, despacio dejó de llorar. Lau-
ra se sentía mejor al ayudarla. Fue un sedante para ella misma.
La joven mujer se ofreció para acompañarla a casa, Laura explicó
que no era necesario. Aun así echaron a andar juntas. Al llegar a
la casa de Laura la mujer le abrazó y le agradeció su ayuda.

-Esta noche voy a una obra teatral al centro, va sobre una mujer
que quiere vivir. Laura, ¿le gustarla ir, le gustaría acompañarme?
-soltó la mujer casi desesperadamente.

-Lo siento, no puedo -contestó Laura-. No me es posible.

A Laura tal vez le hubiera gustado decir que estaría encantada


de acompañarla pero no lo hizo. Quería decir que si y dijo que
no. Le sucedla a menudo y en la inversa también. Decía que sí
cuando quería decir que no.
Bueno, ya le habia dicho que no, no podia hacer nada más.
Agotada se sentó en el salón a pensar un poco sobre su singular
encuentro de la tarde. Al ir pensando en sus palabras más y más
recuerdos le venian a la cabeza, se transformaban casi en realida-
des que podía acariciar.
Laura era amiga de la madre de la mujer del encuentro y le
habla perdido la pista, disfrutaba de su amistad, la había llegado
a querer de verdad, era su confidente, su pequeña fuga de las
preocupaciones diarias. ¿Por qué se había alejado de ella? ¿Por
qué se habian perdido la pista? Laura no era capaz de encontrar
el momento preciso en el cual se habían dejado de llamar, de
buscar, de apoyar. Las deudas, las niños, los problemas, todas sus
ocupaciones redujeron las llamadas y después las visitas, con el
tiempo su amistad se había transformado en un recuerdo que salía
en charlas de sobremesa con su marido cuando vivía, después ni
eso.
116
¿Cuántas amistades había perdido a lo largo de su vida? ¿Cuántas
cosas que amaba se habían visto desplazadas por quehaceres que ni
siquiera le interesaban? ¿Cuántas actividades había dejado de dis-
frutar por hacer las camas, la comida, fregar los trastos? En aquel
momento Laura extrañó mucho, como nunca, a su amiga, a sus
amigas, a todos sus amores perdidos, se sintió más sola que nunca.
Todas las personas que habían pasado por su vida, que la habían
acompañado en el camino que· le tocó vivir, todas las pequeñas
alegrías, los abrazos y las palabras de apoyo. Había tenido de todo
y de cierta forma había perdido de todo .
¿Por qué, por qué? El dolor de los recuerdos se le agolpó de mo-
mento, por unos minutos superó al que le provocaba la enfermedad
que encaraba y de la cual había decidido salir vencedora acabándo-
la antes de que la misma acabara con ella.
Regresó al pensamiento de su conversación con la mujer y cami-
nando sobre sus propias palabras se encontró con una idea que le
dijo: "Le habló de la alegría de vivir con todas sus consecuencias,
las buenas y las malas".
Había pasado toda la tarde convenciendo a una mujer de vivir, ¡con
cualquiera que fuera la consecuencia! ¿Cómo había podido decirle
todo aquello? ¿Cómo pudo ser tan falsa como para intentar conven-
cer a alguien de vivir con intensidad cuando ella misma estaba pla-
neando acabar con la suya porque ya no podía resistir más? ¿Debería
ella misma aplicarse sus propias ideas? ¿Debería retroceder y vivir
hasta el último aliento? ¿Debería dar marcha atrás con sus planes?
Laura reflexionaba sobre sí misma y el valor de su vida. Estaba
dudando, estaba acobardándose de su decisión. Estaba retroce-
diendo. El teléfono sonó.

-Hola mamá, soy yo.

-Hola hija. ¿Qué pasó, cómo estás?

-Bien, bien, sólo llamaba para preguntarte si quieres que lleve


algo a casa el sábado. ¿Quieres que lleve el postre? ¿Quieres que
llegue más temprano para ayudarte?
117
-No gracias, no es necesario, ya tengo todo listo, no te preocu-
pes -Ia voz de Laura estaba afectada por los momentos que había
pasado con su mente recientemente.

-¿Estás bien, sucede algo? Tu voz suena extraña.

-Estoy perfecta, nada más un poco cansada, mira ya te dejo que


estaba ocupada, los espero el sábado. ¿Está bien?

-Me preocupas, nos mandas llamar de un momento a otro di-


ciendo que nos quieres ver a todos juntos. Te he llamado varias
veces por la tarde y no estabas en casa. Cuando consigo hablar
contigo te noto extraña, ¿segura que todo está bien?

-Que sí, que todo está bien, no pasa nada y lo que acabas de
describir es mi historia cada mes contigo y con tu hermano, y ya
me voy que estoy ocupada, un beso. Adiós.

Laura colgó el teléfono y echó a llorar. Su hija, el amor de su


vida, la había atrapado en un mal momento. Justo lo que quería
evitar, lo que deseaba evadir. Las dudas de segundos atrás se re-
trajeron, Se había jurado que protegería a sus hijos de cualquier
cosa que les hiciera daño, haría cualquier cosa por verlos felices
y ella estaba incluida en esa promesa. Sufrirían un par de días tras
su muerte, pero sólo un par, no meses esperando algo inevitable,
algo que llegaría con grandes posibilidades, algo que pasaría an-
tes o después, no señor, eso sí que no. Recobró coraje para con-
tinuar con su plan. "Las pastillas, no he comprado las malditas
pastillas", pensó y se fue a la cama enojada.
"¿A qué me desperté? ¿Para qué me desperté?" Se cuestio-
nó Laura cuando abrió los ojos. Intentó quedarse dormida una
vez más para evadir la realidad. Lo intentó con fuerza. No lo
consiguió. Se quedó tumbada en la cama por mucho tiempo,
horas. Cada mañana se volvía más difícil encontrar motivos
para ponerse en pie. Cada día se tornaba más complicado que el
anterior.
1I8
La cama estaba mojada, la incontinencia que le había dado una
pequeña tregua se le había presentado de nuevo. Se enfureció.
"Maldita sea, maldita sea", repitió. Soy una vieja inútil. Se enojó
fuerte pues ni siquiera lo notó durante la noche. Ni síquiera des-
pertó ¿Por qué todo va mal? Con movimientos violentos quitó
las sábanas de la cama. Continuaba enojada. Nadie estaba en
casa, pero ella sentía una necesidad imperante de correr a poner-
la en la lavadora, no quería que nadie lo descubriese, y aunque
aquello era imposible su idea de ser atrapada era más fuerte.
¿Bueno y ahora qué hago?
Miró el reloj, era el mediodía, era viernes, todos sus planes se
habían realizado en tiempo y forma. Ese día tenía programada la
siguiente sesión de quimioterapia. Tenía tiempo para asístir, no
quería despertar sospechas de ningún tipo, no quería llamadas
buscándola, de los médicos o de Teresa la mujer que se había
transformado en su compañera de tratamiento, así que decidió
asistir.

Se convenció. Asistiría a la sesión.

Al llegar al hospital entró con más naturalidad que nunca. Ya


conocía el camino, el método, el pasillo y los rostros de los traba-
jadores del hospital. Al final del pasillo se encontró con Teresa.

-Hola, ¿cómo estás, cómo te sientes? -preguntó Teresa.

-Bien, creo que bien -respondió Laura.

-Ja, ja, ja -rio Teresa con fuerza-o A que odias que te pregun-
ten eso, es lo peor que pueden preguntarle a alguien con este mal
conviviendo y creciendo dentro de nosotras, no entiendo y nunca
entenderé por qué la gente se cree que eso nos hace sentir mejor.
Pues, ¿qué se creen? ¿Qué esperan que respondamos? Bien, bien.
Mejor que nunca. Si no es un resfriado. Si lo único que deseamos
es que todo desaparezca, imaginamos que es un mal sueño y que
pronto despertaremos.
119
-O al revés -Interrumpió Laura-. Es un mal día y pronto nos
dormiremos definitivamente.

-No digas eso Laura, no es el enfoque adecuado -respondíó


Teresa algo perturbada por el comentario.

Teresa fue llamada para suministrarle el tratamiento. Después


de treinta minutos estaba fuera, en poco Laura sería llamada al
propio.
Teresa se acercó a ella con el rostro más agotado que antes, con
ojos vidriosos y con pocas fuerzas. Se podía notar a través de sus
ojos cómo la vida se le escapaba poco a poco, a mordiditas. Cada
día se veía más consumida y por más que como ella misma decía
mantuviera el enfoque "adecuado", la realidad que se dibujaba
en sus lánguidas y devastadas formas, no podía compararse con
ningún enfoque positivo. Se sentó a un lado de Laura.

-No te puedo negar que cada vez esto es más dificil, cada vez
más -dijo Teresa.

-Me imagino, de verdad que me lo imagino, es más lo siento.


¿Cómo estás?

-Ja, ja, ja --echó a reír Teresa-, ¿No acabábamos de aclarar lo


ridículo de esa pregunta? Bueno, no importa, déjalo. ¿Quieres
que te espere a que salgas? ¿Te puedo ayudar en algo?
Laura se sorprendía por Teresa. ¿Cómo podía encontrar fuerza
para ayudar a alguien en sus condiciones? ¿Cómo lograba mante-
ner su espíritu con tanto optimismo? ¿Acaso no era consciente de
su mal, de que debía concentrar su fuerza en ella misma?

-No gracias, no es necesario, anda no luces muy bien -dijo


Laura

-Claro que no luzco bien, eso lo sé de sobra, pero está bien, es


más no debí preguntártelo, te esperaré.
120
-Te digo que está bien, no pasa nada, eso tú ya lo sabes.

-De acuerdo, pero, ¿no necesitas nada? -dijo Teresa.

-Sí, sí necesito algo. Ahora que lo mencionas, he tenido mu-


chos problemas de sueño últimamente. ¿Sabes de algo que pueda
tomar para dormir pronto?

-Muchísimos, no te preocupes, te daré una llamada esta tarde


para darte los nombre de varios, pero tal vez deberías intentar
antes con valeriana, ya tienes muchos químicos en el cuerpo.

-Tal vez tienes razón pero por ahora sigo pensando que no me
caerán mallos nombres por si acaso.

-Está bien, te llamaré esta tarde. Cuídate.

Teresa y Laura se pusieron de pie y se dieron un fuerte abrazo.


Uno de verdad, un abrazo sincero. De apoyo. De complicidad.
Laura vio la delgada y desgastada figura de Teresa alejarse
cuando escuchó su nombre.
Laura Gutiérrez. Pase por favor.
Como la anterior ocasión la enfermera le preguntó cómo había
reaccionado su cuerpo desde la última quimioterapia, cómo se
había sentido, le preguntó algunas cosas sobre su alimentación.
La pesó, la midió, revisó su presión sanguínea y le pidió que se
tumbara para comenzar con el tratamiento.
En esta ocasión Laura se sintió menos incómoda, fue menos
engorroso, menos bochornoso y casi no sentía nada, por primera
vez en muchos meses se relajó y dejó que por al menos aquellos
treinta minutos las cosas transcurrieran a su propio ritmo y mar-
cha. Que la vida tal como se presentaba transcurriera.
Al término del tratamiento, Laura se puso de pie como si nada
hubiese sucedido. Extrañamente se sentía bien. No sentía males-
tares ni mareos como en otro momento.
La enfermera se acercó a Laura para programar su próxima visita.
121
--Catorce días después. Su próxima cita será dentro de catorce
días con exactitud, a la misma hora señora Gutiérrez ---<lijo la en-
fermera.

"No habrá catorce días más, bonita, terminaré con esto yo


sola", se dijo a sí misma Laura.

122
Xl

La luz del día se asomaba tímidamente por entre las cortinas


de la habitación que Beatriz compartía con Eduardo desde hacía
diez años. La luz de la conciencia se colocaba sobre la cabeza
de Eduardo con menos timidez y lo despertaba delicadamente.
Beatriz estaba acostada hecha un ovillo en el lado derecho de la
cama, en el mismo lado en que había estado durmiendo diez años,
la misma posición en la que había gastado la noche, la misma
posición en la que no pudo cerrar los ojos durante toda la noche,
una larga noche, una eterna noche.
Eduardo dejó la cama y entró en la ducha como de costumbre,
Beatriz, devastada no encontraba la voluntad para ponerse en pie.
Cuando él entró en la habitación, ella continuaba hecha un ovillo.
Su aspecto definitivamente no era el mejor.

-Hola, buenos días, ¿cómo estás? ---<lijo Eduardo.

"¿Y cómo podría estar, desgraciado?", pensó Beatriz. De cuan-


tas formas o de cuantas opciones disponía ella en aquel estado.
¿Cómo podría estar? Había estado viajando toda la noche en una
montaña rusa de sentimientos que comenzaban con el dolor, atra-
vesaba la ira y terminaba con el autodesprecio. "¿Cómo demo-
nios voy a estar?", continuaba pensando Beatriz. Beatriz sólo lo
pensaba, no respondía.

-No has tenido una buena noche, tienes un aspecto fatal ---<lijo
Eduardo al no encontrar respuesta.

"¿Un aspecto, fatal maldito? ¿Y qué aspecto debería tener?


¿Cuál debería ser mi aspecto? ¿Qué sentirías tú si fuera al contra-
rio? ¿Cómo estarías tú si yo me hubiera acostado con otro hom-
bre? ¿Cómo? ¿Cómo te sentirías? ¿Herido? ¿Herido, porque me
amas? ¿Herido en tu orgullo masculino? ¿Cómo te sentirías al
pensar que otro hombre ha estado tocando mi cuerpo? ¿Cómo te
sentirías si supieras que otro hombre ha estado penetrándome?
123
Probablemente no sentirías nada, y si algo sintieras no sería por
mí, sería porque es una ofensa para ti, sería porque tú eres el per-
dedor."

-Efectivamente, no me siento bien -Beatriz encontró la fuerza


para pronunciar palabra. Tuvo que extraer la fuerza de la boca del
estómago.

-No pasa nada, si no te sientes bien llamaré ahora mismo a la


niñera, duerme, descansa -dijo Eduardo.

-Sí, por favor llámala, lo necesito -arrancó Beatriz palabras a


su silencio de nuevo.

Eduardo salió de la casa, las niñas no habían despertado. Bea-


triz se refugió de nuevo en la cama, se cubrió con las mantas. En
esos momentos ella era la niña. En esos momentos ella necesitaba
sentirse protegida bajo las mantas.
Para fortuna de Beatriz, las niñas la apoyaban inconsciente-
mente, la apoyaban en secreto. No había despertado a pesar de la
que la mañana ya estaba bastante entrada. Era una de esas cosas
que los niños presienten, uno de esos momentos en que los niños
parecen presentir que algo no anda bien y deciden darle tregua a
sus padres por momentos.
No, no fueron las niñas las que levantaron a Beatriz de la cama.
Fue el sonido del timbre de la puerta. Era la niñera.
Beatriz lo intentaba pero no conseguía ponerse en pie. Lo inten-
taba y no lo lograba.
¿Cómo te pones en pie un día que hasta el cabello te pesa?
¿Dónde encuentras el valor para dejar la protección de la cama?
La cama que es una graciosa y desleal aliada en momentos difíci-
les, que te protege momentáneamente del dolor, porque mientras
estás en ella nada es real. nada se materializa, siempre existe el
deseo, la fe. de que al abandonarla todo haya sido un mal sueño.
Pero una vez que te pones en pie tienes que enfrentarte con la
vida. tienes que encarar la realidad. al primer paso el dolor se
124
toma real porque la vida misma comienza a ser real venciendo a
la fantasía.
"Levántate Beatriz, es la niflera; si se marcha será aún más difi-
cil", se animó sola y logró ponerse en pie.
Una hora más tarde las niñas ya estaban despiertas. No hacían
ruido. Ellas mantenían su pacto de apoyo silencioso. Beatriz esta-
ba tumbada en la silla del balcón, estaba fumando, había encendi-
do un cigarrillo. Después de muchos años, lo necesitaba.
Estaba muy nerviosa, incluso el silencio de la casa la pertur-
baba. Miraba a la calle e intentaba inútilmente encontrar en los
rostros de la gente que caminaba una mueca de solidaridad, inten-
taba hallar en los desconocidos lo que no conseguia encontrar en
ella misma. Intentaba desesperadamente encontrar el valor para
dejar la silla y tomar una decisión.
No sabía cómo reaccionar. Se puso de pie y se sujetó fuerte-
mente de su barandal negro, sus manos podrían haber fundido
el metal de lo hirviente que su sangre fluía. Estaba desesperada.
Quería gritar. Queria gritar desesperadamente. Quería gritarle
a toda la gente que pasaba por debajo de su balcón. ¿Acaso no
lo ven? ¿Acaso no notan que me estoy muriendo? ¿Acaso nadie
comprende que me estoy quemando por dentro, que no puedo
más?
Se quería aventar por el balcón para que alguien la notara. No
era solamente el descubrimiento nocturno el móvil para tirarse
en picada. Era todo, los días anteriores, los meses anteriores,
los años anteriores. Su asfixia, su monotonía. Su propia inca-
pacidad para ser feliz. Muchas mañanas sintiéndose sola, mu-
chas noches acostándose asustada, muchas horas pensando en
que algún día todo sería diferente. Mucho tiempo de espera. La
última ilusión que le mantenía en pie se había resquebrajado
doce horas atrás. ¿Es que acaso nadie lo nota? ¡Me muero, me
muero!
La gente continuaba caminando a paso acelerado por la calle,
ensimismada en sus propios problemas, ni uno solo de ellos le-
vantó la vista del suelo siquiera. Beatriz evidentemente no encon-
tró lo que buscaba.
125
Eran las doce con quince minutos. ¿Qué vas a hacer, Beatriz?
¿Regresar a la cama a fugarte entre las mantas? ¿Qué vas a hacer,
Beatriz? ¿Quedarte estática en el balcón todo el día?
No, hoy no. En esta ocasión se enfrentarla a la realidad como
viniera.
Beatriz entró en la casa con pasos temblorosos, se dirigió hacia
su habitación, se metió en la ducha y en menos de quince minutos
estaba lista para dejar la casa. Se dirigió hasta el salón donde se
encontraba la niñera con las niñas.

-Por favor, cuida a las niñas, voy a salir. No sé cuánto tiempo


tardaré. Cualquier cosa, tendré encendido el teléfono móvil y es-
taré atenta -dijo Beatriz a la niñera.

-¿Adónde vas, mami? -preguntó Ana.

-A buscar a tu padre -contestó fríamente Beatriz.

-¿A buscar a mi papi? -replicó la niña.

-SI, eso dije, a buscar a tu padre, ¿estás sorda? -respondió Bea-


triz alterada y elevando el tono de voz. La niñera dio un paso
atrás y tomó a la pequeña Ana por el brazo para alejarla.

-L1évame mami, por favor, quiero ir con mi papi -insistió la


niña ajena al enojo de Beatriz.

-Que no, no Ana. Cállate ya. No vas a ir y punto.

La pequeña comenzó a sollozar por los gritos de su madre. Bea-


triz salió de casa enfurecida y con las manos temblorosas, ape-
nas podía sostener adecuadamente las llaves para abrir la puerta.
Salió y dio un fuerte golpe a la puerta tras de si. Una vez afuera
recapacitó. "[Ana!", pensó. Una vieja estrategia de los padres en
guerra, la más antigua y la más equivocada. El armamento per-
fecto para dar dolor al enemigo. Los hijos.
126
Abrió la puerta de nuevo y caminó hacia las niñas. Ana conti-
nuaba llorando mientras la niñera le consolaba.

-Si vas a venir, vámonos -le ordenó Beatriz a la niña,

-Ya no quiero ir -respondió la pequeña desconcertada.

-SI vas a venir. ¡Vámonos! -gritó Beatriz sujetando a la peque-


ña por el brazo y prácticamente arrastrándola hasta la puerta.

Cobarde, infeliz. \timos a ver qué sientes al ver a tu hija frente


a tu amante.
Beatriz llamó a un taxi y subió a él con la niña llorando.
Eran las dos menos veinte minutos de la tarde. Beatriz estaba en
la contra esquina del edificio donde Eduardo trabajaba. Tenia que
salir a las dos en punto para comer. Si iba a encontrarse con ella
seria a esa hora, ¿a qué otra?
El sol de la tarde era fuerte, era abrazante, eran los últimos dlas
del sol voraz del verano. Beatriz se encontraba aún en la esqui-
na contraria esperándolo, esperando al traidor. En su mente se
dibujaban miles de escenarios, uno detrás de otro; todos, todos
los escenarios de lo que habrla de suceder en pocos minutos eran
mutuamente excluyentes. Las imágenes producidas por su mente
eran producto de la anestesia que el dolor, la ira y la tristeza le
inyectaban.
Los minutos eran eternos y las ideas seguían reproduciéndose
en su cabeza como fragmentos de una película en donde el di-
rector está eligiendo entre las diferentes alternativas de las que
dispone para poner fin a una mala historia.
Cuando la ira era el sentimiento que más fuerte atacaba a Bea-
triz en el ensayo mental de lo que ocurrirla, ella se acercaba has-
ta Eduardo con decisión y se le plantaba de frente; él salía del
edificio tomando del brazo a la otra mujer. Beatriz le gritaba un
improperio tras otro, la mujer se refugiaba detrás de Eduardo,
Beatriz continuaba gritando, ofendiendo; le decía una y otra vez
todo lo que merecía, el castigo al que se enfrentaría y le advertía
127
que su felicidad al lado de aquella zorra sería tan efimera como
eterna seria su soledad. Eduardo callaba, Eduardo no decía nada,
la cólera de Beatriz iba en aumento, gritaba más alto y con más
fuerza; amenazaba, advertía. De la nada la mujer detrás de Eduar-
do se colocaba de frente y respondía a las ofensas de Beatriz, aho-
ra era la otra mujer la que ofendía, la otra mujer le decía a Beatriz
que se acostumbrara a la idea, que había perdido y que ella era la
vencedora sin importar lo que hiciera. Una bofetada se propinaba
de la mano de Beatriz al rostro de la mujer, ella le regresaba el
favor con otra bofetada. Beatriz vuelta loca sacaba de su bolso un
arma y disparaba a los dos. Se acabó el problema. Se terminaba
la historia con un final dramático.

-Mami, tengo sed, hace mucho calor -decía Ana.

-Espérate Ana, por Dios, ¡espérate! -le gritaba a la niña visi-


blemente afectada.

La niña se quedó callada, el enojo de su madre era evidente.

Para la suerte de Beatriz la inocencia de la niña la sacaba de la


fantasía en donde se transformaba en asesina. Sin embargo tan
pronto se salía esa idea otra venía a instalarse velozmente. Eduar-
do salía a comer solo, caminaba hacía la tabaquería que estaba
unos metros adelante, una mujer se le acercaba y le cubría los
ojos por la espalda tal como ella misma lo había intentado apenas
la noche anterior. Eduardo giraba, le sonreía y le plantaba un beso
en la boca. Beatriz observaba toda la escena desde la distancia,
sus puños se cerraban, gritaba pero el grito se asfixiaba dentro de
su garganta, entonces se echaba a llorar. Y lloraba y lloraba des-
consoadamente. Le ardía el pecho, se desmoronaba, podía sentir
cómo se rompía algo dentro de ella. Beatriz incapaz de enfrentar-
se a aquella escena tomaba de la mano a su hija y se marchaba,
se marchaba. Se veía a sí misma caminando hasta casa, se veía a
sí misma cansada, aferrada a su aflicción. Beatriz volvía a casa,
preparaba la cena y callaba. Esperaba a su marido de vuelta a casa
128
y se alistaba para el silencio, se alistaba para fingir que no había
ocurrido nada, se miraba a sí misma desfilando más aílos de esa
forma.

¡No, no y no! Esta vez había sido ella misma quién se había sa-
cado de la cabeza ese pensamiento. No se confonnaria, había ido
hasta allí por algo y no se iría hasta conseguirlo. ¡No, no y no!
Eran las dos con diez minutos. Beatriz ya había esperado por
más de media hora. ¿Y si Eduardo seguía arriba, en su oficina?
¿Y si ni siquiera estaba con ella? ¿Y si todo había sido un malen-
tendido? 1111 vez no existla ninguna traición por parte de Eduardo
y ella sólo había imaginado todo. "Por favor Beatriz, se dijo a sí
misma. "Deja de hacerte la estúpida, deja de ser tu peor rival."
No apartaba ni un segundo la vista de la puerta del edificio don-
de Eduardo trabajaba, se podría decir que no pestañeaba. Una últi-
ma idea le venía a la cabeza, una última representación hipotética
de lo que venia. En esta ocasión, una vez más, él cruzaba la puerta
acompañado de la otra. Beatriz se acercaba hasta ellos con calma.
Eduardo la miraba de frente y se sabía descubierto sin que una
sola palabra fuera pronunciada, en ese momento él comenzaba a
llorar y pedía perdón a Beatriz, se arrepentía, se disculpaba. Se po-
nía de rodillas ante ella y le rogaba que lo disculpara, le decia que
era un idiota que aquella mujer no significaba nada, le decía que
le amaba, que no se imaginaba su vida lejos de ella, le decia que
ella era todo para él. Eduardo no se cansaba de humillarse frente
a toda la gente que miraba cómo aquel hombre pedía perdón a su
mujer una y otra vez. Beatriz le ayudaba a levantarse del suelo, él
la besaba y de repente, ¡pum! Se acaba la fantasía.
Eduardo salía del edificio, en realidad. Se acababan los ensa-
yos, se terminaban las suposiciones. La realidad golpeaba el ros-
tro de Beatriz con fuerza. La verdad estaba de frente sin poder
ser evitada mediante quimeras. No importaba cuántas veces se
imaginara matándolo, cuántas se imaginara en la cocina prepa-
rando la comida resignada a su destino, no importaba cuántas
veces anhelara con que él se pusiera de rodillas rogando perdón.
La realidad siempre supera la fantasía.
129
Eduardo sale del edificio solo, con el teléfono móvil en la mano
derecha y hablando. A lo lejos saluda agitando la mano a una
mujer de cabello negro que está sentada en una mesa de la terraza
de una cafetería frente al edificio. Eduardo cuelga e! teléfono.
Beatriz observa todo desde su esquina. Es evidente que él ha en-
contrado a quien buscaba. Ahora Beatriz irá en su búsqueda.

-Ahí está e! maldito de tu padre -dice Beatriz enfurecida aAna.

-Mi papi, ¿dónde está mi papi? -dice la niña con voz emocionada.

-Ahí, ahí está -dice Beatriz cogiendo a la niña bruscamente


por el brazo y arrancando a caminar arrastrando prácticamente a
la niña.

-Mamá, me lastimas. Me estás lastimando.

-y qué, camina.

-Tengo sed, ¿dónde está mi papá? Quiero a mi papá.

-Allá, allá está tu padre -gritaba Beatriz a la niña violentamen-


te, prensándola con más fuerza por e! brazo-. Allá está tu padre,
vamos con él ahora mismo, ahora mismo.

-Suéltame, me estás lastimando -contestaba la pequeña Ana


llorando mientras se lograba liberar de su madre y echaba a correr
escapando de ella.

La pequeña cruzaba la calle a toda velocidad, la luz de! semá-


foro cambiaba de rojo a verde y un automóvil lanzaba por el aire
a la niña.
Beatriz se llevaba las manos a la boca. Quería correr hacia la pe-
queña para ayudarla y quería correr en dirección contraria para no
enterarse de lo ocurrido. No hizo nada. el miedo la paralizó y se
quedó petrificada.
130
XII

Todo estaba dispuesto en la cabeza de Laura para su acto final,


su despedida del mundo. Estaba convencida de que terminar por
su propia mano con su vida era la mejor opción. Había colocado
en balanza los pros y los contras de esta decisión. Se engaña-
ba. Una decisión así no puede ser tomada pensando en el lado
positivo y en lado negativo, simplemente no se puede. Laura se
engañaba porque si de verdad hubiera hecho caso al resultado de
la balanza la respuesta hubiera sido: la vida, la ganadora era la
vida. Sin embargo existían vocecillas sobre sus hombros que le
murmuraban como si fuesen un ángel y un diablo.
El ángel le rezaba al oído: "Anda, tú quieres vivir, siempre te
han gustado los retos, los has abrazado, ¿por qué tan súbitamente
te das por vencida? ¿Por qué eres cobarde? La gente que te ama
te necesita viva, no les provoques ese dolor".
Por su cuenta el diablo le susurraba con toda astucia: "Es sim-
ple, debes hacerlo. ¿Quieres ver a la gente llorando por ti en los
rincones? ¿Quieres que finjan fuerza frente a ti y se destrocen
a tus espaldas? ¿Cuánto tiempo? ¿Por cuánto tiempo, Laura? O
acaso me vas a venir a decir que soportaremos esto hasta que un
día no sólo sea orina en la cama sino mierda porque no alcanzaste
a llegar al baño. ¿Eso quieres?"
Tal vez el ángel era el dueño de la razón, pero el diablo tenía
más argumentos.
La conciencia de Laura se extraviaba entre tantas ideas, se per-
turbaba analizando los detalles, porque en sus pensamientos morir
era fácil, se engañaba diciendo que era lo mejor pero en el fondo
tenía miedo de morir, en el fondo de sí misma prefería vivir.
Inconscientemente y aún conscientemente buscaba argumentos
más sólidos para reforzar la idea del suicidio.
Discutía contra los argumentos del ángel. ¿Cobarde, acaso soy
cobarde? No, no lo soy, nunca lo he sido, jamás. Se necesita mu-
cho valor para acabar con la propia existencia. "No, no te equivo-
ques -le decía el ángel-, se necesita mucho más valor para seguir
adelante." El ángel tenía razón.
131
Cuando el diablo se sentía debilitado aparecía con un nuevo
razonamiento. "Laura, Laura. No escuches. Evítale el dolor de
verte enferma a la gente que amas. No los hagas sufrir innecesa-
riamente. ¿No es el mayor acto de amor evitar dolor a quien te
ama? ¿No es una prueba más fuerte de que los amas, evitarles el
sufrimiento?" Era evidente que el diablo había hecho los deberes.
Le regaló a Laura el motivo perfecto para llevar al mundo mate-
rial lo que se discutía en el mental. Le regaló el argumento para
no dar marcha atrás.
Lo consiguió. Laura se sentía tranquilizada. "Evitar sufrimiento
y dolor a la gente que te ama es la mayor prueba de amor", la
frase era perfecta. Podía continuar con su plan sin interrupciones
de su conciencia. Lo haría por la gente que amaba, por la gente
que la ama.
Liberada de la prisión de su cabeza que la había detenido por
unos momentos para continuar con sus planes, prosiguió y llamó
a Teresa quién aún no le decía el nombre de los fármacos.

-Hola, guapa. ¿Cómo lo llevas?

-Lo mejor que puedo, lo llevo lo mejor que puedo -respondió


Teresa-, ¿y tú, cómo lo llevas?

-Como quiero, lo llevo como quiero.

-Ay, Laura, tú siempre con tus cosas.

Laura se sintió algo molesta por la respuestade Teresa,después de


todo ella tenía el derecho de llevar su pena como quisiera, ¿o no?

-Llamaba para preguntar sobre las pastillas para dormir, ayer


no pude cerrar los ojos en toda la noche.

-Ah, sí, está bien, ¿tienes dónde anotar?

Teresa le día el nombre de tres medicamentos eficientes.


132
-Sólo trata de no acostumbrarte a ninguno, todo esto de la qui-
mio y la enfermedad pasará y no te conviene acostumbrarte a
ellos.

Laura se desbarataba cada vez que Teresa decía algo como


aquello. ¿Cómo podía decir eso en su estado? ¿Cómo podía estar
ella tan segura de que todo pasaría?
Al otro lado del teléfono unas risas se dejan escuchar. Era el hijo
de Teresa. Esa era la razón. Esa era la fuerza de ella. Su hijo.
El resto de la conversación transcurrió levemente. Se despidie-
ron deseándose suerte mutua. Se despidieron acordando verse en
dos semanas más durante su respectivo tratamiento. "Ya no habrá
más, ya no habrá otra ocasión", se repitió para sí misma.
La siguiente mañana Laura se dirigió hacia la farmacia. Eligió
una vez más una que estuviera lejos de casa para evitar cualquier
tipo de cuestionamientos y más que ello cualquier tipo de charla
absurda. A esas alturas las preguntas ya no le interesaban tanto.
Total, siempre podría dar una respuesta rápida y salir de tonterías,
pero las conversaciones, eso sí que le molestaba.
Llegó a la farmacia y pidió las pastillas, solicitó tres frascos.

-No es necesario que lleve usted tantos frascos. El problema


del sueño podría desaparecer. En algunas ocasiones sólo es estrés
o nervios. Mejor que sólo lleve uno -le dijo la dependiente.

Era el colmo, hasta la dependiente de una farmacia le daba con-


sejos. Había salido lejos para evitar cosas como aquella. Laura
sólo llevó un frasco pero no se fue a casa. No podía regresar sin
la misión cumplida. Caminó por dos horas hasta encontrarse con
dos farmacias más. En ambas ocasiones para evitar la charlita
sólo pidió un frasco. Regresó a casa y los dejó en el cajón del
buró. Esperarían ahí hasta el siguiente lunes. El lunes del punto
final.
Laura había elegido el siguiente lunes para el día de su muerte
por dos razones. La primera era que sus hijos irían a visitarla el
sábado anterior, se despediría, los besaría y los abrazaría como ya
133
había dispuesto. Estaría lista para decir adiós. La segunda razón
obedecía a un orden más mundano, algo muy del estilo de Laura,
el lunes sería un buen día dado que las dependencias administra-
tivas están abiertas y así ahorraría problemas burocráticos a sus
hijos que ya estarían muy afectados por los hechos. Así de precisa
era ella, así era la disciplina que imponía en su vida, en este caso
en su muerte.
El resto de la tarde lo ocupó iniciando con los preparativos para
la despedida con sus hijos.
Laura se acercó hasta la cocina donde comenzó a picar en cubos
frutas y verduras, las cuales colocaba en refractarios por separa-
do. Ella quería tener todo listo poco a poco, no tenía prisa por ter-
minar, era de las pocas, poquísimas ocasiones en su vida en que
se permitía el lujo de no tener prisa. De hecho conforme avan-
zaba podía sentir la tranquilidad, la calma de no hacer algo por
compromiso, de no cocinar contrarreloj, de hacerlo sólo por el
placer de hacerlo. Se sentía rara. Se sentía extraña pero le gustaba
la sensación. Le gustaba saber que nadie evaluaría su desempeño
como cocinera y si lo hacía no le importaba, si su familia hacía
algún comentario negativo sobre la comida no le importaba, ya
no tenía sentido preocuparse por ello. Cuando no tienes nada que
perder y estás preparando la cena previa a tu muerte, no es muy
inteligente fijarte en comentarios absurdos. "Se siente bien -pen-
s6-. Ojalá todo el mundo tuviera la oportunidad de saber cuándo
morirá para quitarse de encima el lastre de pensar en lo que sigue,
para dejar de pensar en lo que sucederá."
Cubos y cubos de comida seguían llenando espacios. Laura es-
taba entretenida. Sus manos realizaban la tarea automáticamen-
te, se movían con autoridad propia. Su cabeza hizo lo mismo y
comenzó a moverse sola, comenzó a hacer un viaje por su vi-
da y en menos de un minuto estaba teniendo recortes de su vida
también.
Pasó por muchos momentos, las imágenes se le venían a la me-
moria como una serie de fotogramas que aparecían uno sobre otro
sin ningún sentido y sin ningún orden de importancia. Fotografías
y fotografías se acumulaban. A los siete años, jugando con su pe-
1.14
rro en el parque. La boda de su hijo mayor y los largos preparati-
vos. Su primer día de escuela. Su primer novio y el amor inocente
que le profesaba. Sus días de trabajo como secretaria, las cartas,
los faxes, las juntas. Sus días en la escuela, las amigas, los juegos,
los deberes. La muerte de su marido y toda la trísteza que acarició
por aflos en su ausencia. El nacimiento de su primer nieto. Las
navidades con su familia. Las fiestas, las cenas, las reuniones.
Libros que había leído. Sus hijos adolescentes y su rebeldía. El
día que compró su primer auto. Cientos y cientos de imágenes
hasta que una congeló a las demás y se quedó fija en su mente. Un
secreto que ella misma había olvidado, uno que sólo ella conocía.
No existía ningún testigo en contra suya con la excepción de su
propia conciencia.
Hacía más o menos treinta años atrás Laura se equivocó o al
menos así lo sentía ella, había sido un error, un gran error. En
ese momento su memoria le recordaba aquella ocasión, la única
ocasión que le fue infiel a su marido. La ocasión en que le fue
infiel de más de una manera pues no sólo lo engañó carnalmente,
aquella noche hubo formas más fuertes de engaño que poco te-
nían que ver con el sexo.
Al recordar aquel secreto tan repentinamente, Laura se hizo una
pequeña herida en el dedo con el cuchillo. Se distrajo y se lasti-
mó. Al parecer mientras cortaba la fruta aquel pequeflo recorte de
su vida fue más profundo.
Apenas tenía un año de haberse casado con su marido, todavía
no había niños. Luis, su marido, trabajaba para una empresa de
transportes y por aquel tiempo viajaba con frecuencia. Una tarde
una amiga de Laura la llamó para quedar y conversar, ella aburrí-
da en casa aceptó encantada; acordaron verse en una cafetería que
frecuentaban cuando era soltera. Laura llegó diez minutos antes
de la hora acordada. Desde que entró el aroma de un hombre que
estaba sentado en la esquina de la barra le hizo girar la cabeza y
encontrarse con su mirada de frente. Laura simplemente siguió su
camino. Pidió una copa de vino al mesero mientras esperaba. Pa-
saron diez minutos y su amiga no llegaba. Pasaron veinte minutos
y pidió al mesero otra copa de vino, después de treinta minutos
135
pensó que su amiga no llegaría. El mesero se le acercó y le sirvió
una copa más.

-No gracias, yo no la he pedido -le dijo al mesero.

-La envía el hombre al final de la barra -Ie sefialó él.

Laura miró por encima del hombro del mesero y vio al hombre
con quien había cruzado miradas a su llegada. El hombre levantó
la copa saludándola. Laura se sonrojó y bajó la mirada. Antes de
que levantara la vista él ya estaba frente a ella.

-Hola, ¿puedo sentarme?

Laura estaba nerviosa. El mismo aroma le removió el estómago.


Se sentía alagada pero no sabía qué responder. Se quedó callada y
antes de que advirtiera por completo lo que sucedía el hombre ya
estaba sentado en su mesa.

-¿Está esperando a alguien? -inquirió el hombre.

-A una amiga que parece no llegará, es una pena -respondió gi-


rando el dedo por la circunferencia de la copa sin beberla.

-Pues para mí no es una pena, es una oportunidad de conversar


con una mujer hermosa.

Laura rio y el hombre comenzó a hablar. El lugar estaba cubier-


to por una capa de humo de cigarro, música de fondo, ruido de
platos y vasos que iban de una mesa a otra, y sobre todo de pala-
bras de todas las personas inmersas en sus conversaciones. Nadie
notó que el hombre postrado a la entrada estaba ahora sentado en
la mesa de la mujer solitaria. Salvo el mesero, nadie se enteró. No
había testigos.
Laura ya estaba aburrida y cansada de esperar a su amiga cuan-
do aquel hombre se le acercó por lo que no le vino malla charla,
136
ni siquiera se enteró cuando se encontraba sumergida en un mar
de palabras y una oleada de calor provocada por el vino. Pala-
bras iban y palabras venían. Historias iban e historias venían.
El hombre continuaba hablando con una elocuencia iniguala-
ble, era pintor. Un bohemio que viajaba de un lugar a otro, sin
reglas ni establecimientos, estaba en lugares diferentes siempre
probando sabores, percibiendo olores, tocando paredes, cono-
ciendo ciudades, conociendo gente, conquistando mujeres.
Aquel hombre no era particularmente atractivo. En realidad, al
menos fisicamente, Laura no se sentía atraída hacia él. Tal vez fue
por ello que se sintió a salvo y permitió que la conversación y el
vino fluyeran.
En el fondo de sí misma y posiblemente ni tan en el fondo Lau-
ra poseía un espíritu y un corazón aventurero. Las palabras de
aquel hombre la hechizaban, ella sonreía pues por un par de horas
vivía aquello que hubiese deseado para sí a través de los cuentos
del desconocido. Estaba fascinada, estaba en medio de un sueño,
un sueño muy bizarro pero sueño al fin. La cabeza comenzaba a
aturdírsele un poco y reía más y más fuerte.
Corno el agua de un río que se dirige al mar, las manos del hom-
bre se acercaron al cuello de Laura con una gracia y una precisión
que asusta, sus movimientos eran tan estudiados, tan conocidos,
que era imposible darse cuenta cuál era su objetivo, al menos
Laura no lo notó. Cuando quiso reaccionar era demasiado tarde.
El intimidante aroma de su cuerpo la había perturbado desde que
entró en el lugar, la fuerza de su mirada y el dulzón poder de sus
palabras la enredaron.
El resto de la historia no fue muy diferente al final de otras
historias como ésta. Laura despertó un poco confundida (más
porque así le convenía que por verdad) fuera de su casa, des-
nuda, con un hombre que no era su marido. Se llevó las manos
a la cabeza y la movió diciendo no frenéticamente. Se vistió y
salió lo más rápido posible de aquel lugar, no dijo adiós, sólo
se fue.
Caminando por las calles tenía la sensación de que toda la gente
en las aceras sabía lo que había hecho, estaba asustada y no deja-
137
ba de reprocharse lo sucedido. ¿Cómo pude? ¿Cómo fue posible?
¿Y si Luis se enterase? La cabeza y la culpa la perseguían.
Llegó a casa y tomó una ducha, se limpiaba y limpiaba el cuer-
po, no podía eximir sus culpas, no dejaba de llorar, no podía creer
a lo que se había atrevido. No dejaba de pensar en las conse-
cuencias si su marido se enterase. ¿Qué dirlan sus padres? ¿Qué
dirían sus amigas? ¿Qué seria de su vida? El miedo, la vergüenza
y el dolor le iban llenando el cuerpo como una pesada carga. Sin
embargo en la misma medida que estos sentimientos la llenaban
conscientemente, en el inconsciente se enfurecía consigo misma.
La noche que había pasado con el otro hombre le había desperta-
do la idea de una traición mayor hacia su marido, le había desper-
tado dudas, y eran dudas grandes.
En realidad Laura sentía que no era feliz. Esa era la verdad ab-
soluta, todavía no se sentía enteramente feliz.
Al encontrarse de frente con el dilema de la infidelidad que co-
metió pudo reflexionar un poco más sobre sí misma. Surgieron a
flote reflexiones que se había hecho hace no más de veinticuatro
meses. Súbitamente se daba cuenta que tal vez se precipitó un
poco al casarse, que debió pensarlo por más tiempo, que el hom-
bre que eligió ni siquiera llenaba del todo su expectativas, sus
deseos, que no era lo que hubiese querido. Tal vez, sólo tal vez
debió vivir más, conocer más hombres, besar más hombres. Tal
vez debió cometer un par de errores más para encontrar al candi-
dato más apropiado que se ajustara a su necesidad y voluntad de
vivir con semejante intensidad.
Cuando se casó lo hizo con la idea de que todo encajaría en su
sitio de una vez por todas y entonces sería una mujer plena, reali-
zada, pero la realidad distaba mucho de sus fantasías.
Al casarse perdió mucho de libertad y ganó mucho de obli-
gaciones. Lo había notado desde los primeros meses pero no se
atrevió a decirlo en voz alta, no se atrevió a confesarse que aque-
llo no le gustaba. Se calló porque seguía esperando que las cosas
cambiaran.
Luis nunca se enteró de nada. Ella jamás volvió a pensar en su
equivocación, pero tampoco volvió a pensar en ese hombre, el
138
hombre de la aventura que le arrancó la venda sobre los ojos por
un día. Laura se volvió a colocar la venda con más fuerza que
antes y decidíó resignarse a aquel escenario que le tocaba vivir.
Con el paso del tiempo, Laura se acostumbró a todo a su alrede-
dor, vinieron los hijos y con ellos más ocupaciones y más quehace-
res. Se decidió a seguir viviendo la vida tal como lo había hecho,
poco a poco acalló la voz interior que le exigía llevar una vida con
más ambiciones, ella misma sofocó el susurro de su espíritu aven-
turero. Sí, era cierto que fue feliz, que con el tiempo llegó a querer
en demasía a Luis, que lo respetaba y que le dolió muchísimo cuan-
do la abandonó el día de su muerte. También era cierto y seguía
siendo cierto que sus hijos llenaban su vida creciendo, riendo y
triunfando, que se sentía orgullosa de sí misma por sus éxitos y sus
logros. También era cierto que pasó veinte años un poco dormida.
Su vida era envidiable ante los ojos de todos pero en el fondo
ella sabía que siempre le faltó algo, que algo le faltaba. Aquella
aventura le dio la justificación precisa que su cerebro necesitaba
para contenerse, la culpa le ató a un destino que aceptó sin titu-
bear como agradecimiento de no haber sido descubierta nunca. El
precio fue muy alto aun cuando ella no era plenamente conscien-
te. El precio fue no vivir plenamente.
Esa era la razón por la que había comprendido perfectamente a
Beatriz en la banca del parque, esa fue la razón por la cual había
sido tan tremendamente empática, Laura conocía el sentimiento.
Sabía la razón por la cual ella se encontraba asfixiándose y tam-
bién entendia lo que significa no saber por qué se siente de esa
manera. "Las mujeres que lo tenemos todo ante los ojos del mundo
debemos sentimos felices y agradecidas, pero no siempre una casa,
hijos y marido nos llena. En el fondo no poseemos nada sino a
nosotras mismas."
Su cuerpo y su cabeza regresaron al presente. Estaba de nuevo
en la cocina de su casa después del pequeño recordatorio. Se sen-
tía triste por las confesiones que su olvido le hizo a su memoria.
Decidió no seguir por aquel día y se fue a dormir.
Al día siguiente Laura se encontraba fuera de sí, estaba ausente.
La serenidad del día anterior se había desvanecido. Corría de un
139
lado a otro preparando todo para la visita de sus hijos, cortaba,
limpiaba y cocinaba. Escuchaba música y tenía encendido el te-
levisor. Todo era una locura, estaba tratando de escapar desespe -
radamente de su cabeza. No quería escucharse, no quería sentir.
Se inyectó una dosis de ocupaciones innecesarias para escapar
de sus reflexiones. No pensar. No pesar. Ese era su objetivo. En
una semana estaría muerta si se apegaba a sus planes, así que no
habla razones para detenerse a complicar las últimas horas de su
existencia con dilemas filosóficos que le hablan perseguido alias
y que la hablan mermado exitosamente. A fuerza de cansancio
consiguió apagar la mente.
El timbre sonaba. Era el timbre de la puerta exterior. El sábado
por la mafíana habla llegado y sus hijos estaban a la puerta de casa.
Se quedó dormida. Dejó la cama con mucha prisa. "Demonios,
dos semanas planeándolo y me quedo dormida, demonios."
Los hijos de Laura entraron en casa y llenaron los espacios
vacíos del piso en cuestión de segundos. Su hijo y su yema se
aduefíaron del salón y encendieron el televisor. El partido de fút-
bol estaba comenzando. Su hija y su nuera se apoderaron de la
cocina, las dos pusieron su "toque" en las cosas que Laura había
preparado y comenzaron a charlar sobre lo rápido que crecen los
niños, Y ellos, los niños, los nifíos se deshicieron del silencio.
Ahí estaban todos. Ahi estaba su vida resumida en una sola jor-
nada. Sus últimas horas en el mundo comenzaban a correr. En ese
momento comenzaban las horas que modificarían su existencia.
El reloj contaba hacia atrás.
Laura observaba a su familia detenidamente. Congelaba cada
instante. Los miraba hablar, los miraba comer, los miraba mover-
se, estaba exageradamente atenta a cada movimiento que cada uno
de ellos realizaba. Los estaba memorizando. Estaba cumpliendo
con su palabra y se estaba despidiendo a su manera. Sin lágrimas.
Sin aspavientos. El corazón le dolía. Frente a ella estaba todo el
amor y la belleza que la vida le había regalado.
No quería dejarlos, no quería separarse de ellos, los amaba.
Finalmente eran todo lo que valia la pena en el mundo. Había
demasiadas cosas que decirles, demasiados consejos que dar-
140
les, muchas experiencias que no les había compartido. ¡Necesitaba
tiempo! ¡Necesitaba más tiempo! Quería disfrutar de ellos aún, los
quería besar y abrazar muchos más días, muchos más años. Laura
entendió en ese momento por qué por todos lados se dice que debe-
mos vivir nuestros días como si fueran el último. Nunca se sabe.
¿No es el mayor acto de amor evitar dolor a quien te ama? ¿No
es una prueba más fuerte de que los amas, evitarles el sufrimiento?
Incluso en las ocasiones en que no se enteran de los motivos para
privarlos de algo. En el caso concreto de Laura tal vez su familia no
entendería nada pero ella sí que podía justificar el motivo.
Era hora de los obsequios.
Se acercaba a su habitación en busca de los regalos cuando se
tuvo que frenar rápidamente al escuchar una conversación entre
sus hijos.

-¿De verdad crees que no pasa nada?, no te parece extraño que


nos llame tan de repente, sin ningún motivo en especial. Yo sigo
pensando que pasa algo extraño.

-No, no hay nada de extraño. Nuestra madre es mayor. Cada


día es mayor y en ningún punto comenzará a hacerse más joven.
Es normal que quiera vemos más y nosotros tendremos que hacer
un esfuerzo por ayudarla.

Extraño. Mujer Mayor. Hacer un esfuerzo por ayudarla. Esas pa-


labras le golpearon y dolieron más fuerte que sus secretos y su
enfermedad. No resistió y se acercó a sus hijos abrazándolos. Ellos
le abrazaron también un poco apenados al saberse descubiertos.
Laura terminó la velada feliz, contenta de verse rodeada de
todo el amor que conocía. Se vio sola por la noche de nuevo,
pero satisfecha de que todo siguiera su rumbo, tranquila. Serena
y agradecida con Dios por no haberla tomado repentinamente.
Agradecida por tener la oportunidad de decir adiós lentamente a
la gente que quiere.

"Se terminó. Se acabó la farsa", se dijo.


141
XIII

Una noche más sin conciliar el sueño totalmente, una noche sin
descansar, ya eran cinco al hilo de forma consciente, más de mil
de forma inconsciente. Las palabras de su madre su abultaban en
su cabeza, los recuerdos de su hermano casi podían acariciarse,
las memorias de su adolescencia le dolían cuando las evocaba.
Un dia más estaba comenzando, una nueva cita con la vida, con
la vida que se le había venido abajo en menos de seis días, todo se
le escapó de las manos, todo se le desvaneció, perdió el control,
la brújula se le cambiaba de dirección.
De mala gana se levantó de la cama, se puso de pie con es-
fuerzos, entró en la ducha y ni se enteró si se lavó el cabello, no
estaba segura de haberlo hecho, todos sus movimientos se habían
tornado torpes, su mente difusa, su mente confusa.
Entró en la habitación. Se sentó en la orilla de la cama todavía
envuelta en las toallas de baño y comenzó a frotarse los pies.
Miró a lo alto del guardarropa. Dudó. Miró de nuevo y volvió a
dudar. Sentía nervios, miedo. La miró y la ignoró.
El reloj sobre el buró indicaba las once de la mañana, ya era tar-
de, su cita con el médico no podía aguardar más. Se vistió. Cogió
un bolso del armario y miró hacia arriba con el mismo nerviosis-
mo. No resistió. Usó un taburete como escalón para alcanzarla.
Era su caja de recuerdos. Largamente olvidada. Intencionalmente
olvidada.
Se sentó de nuevo en la orilla de la cama. La abrió, no era Pan-
dora precisamente, pero como si lo fuera. Las cartas. Las notas.
Las fotografias. Su cuaderno de notas. Su compañero, su único
confidente. Se mareó, corrió al váter a vomitar. Cepilló sus dien-
tes y se tumbó en la cama de nuevo. Ahí estaba todo, todo lo que
se había prometido estaba escrito en aquel cuadernillo, todo lo
que se había perdido estaba en aquellas fotografías, todo lo que
no se había atrevido a decir estaba escrito en aquellas cartas, en
aquellas notas. Todo, estaba todo, veinte años de recuerdos es-
taban ahí resumidos en una cajita de recuerdos. Estaba todo, no
faltaba nada. Eran las once treinta, demasiado tarde.
\42
Fue a la cocina, bebió café. Entró por última vez a la habita-
ción, miró el cuadernillo y lo metió en su bolso junto con una par
de cartas cogidas al azar y unas fotos igualmente seleccionadas.
Salía de casa, se miró como de costumbre en el espejo junto a
la puerta. Como de costumbre se miró. Por primera vez en mu-
cho tiempo no se gustaba demasiado, no se agradaba demasiado.
Hizo mueca de hartazgo y dejó la casa.
"Taxi. Taxi. Al hospital central por favor." Durante el recorrido
sujetaba con fuerza el bolso, lo acariciaba. Sabía que dentro esta-
ba el cuaderno, las fotos y las cartas pero no se atrevía a abrirlo,
era violento pensar en lo que se encontraría, aún cuando sabía
perfectamente lo que encontraría. El ansia le quemaba, la curio-
sidad se le encajaba pero el miedo la frenaba, la detenía. Llegó
al hospital.
No quería hablar con nadie, no quería dar explicaciones a nadie.
Entre menos personas supiesen el motivo por el cual se encontra-
ba en el hospital sería mejor para ella y no precisamente porque
se sintiera avergonzada o que la juzgaran. No, el motivo era más
simple. No quería ver a nadie. No quería hablar. Prefería aislarse
del mundo. Prefería pasar el tiempo retraída en la pequeña isla de
sus pensamientos. Sin saber de nada. Sin saber de nadie.
Se acercó a la recepción y explicó a la administrativa el motivo
de su visita. Aquella le dio la papelería que debía llenar antes de
pasar con el médico. Formatos. Formatos y más formatos. Edad.
Lugar de Nacimiento. Nivel de estudios. Ingresos promedio. Es-
tado civil. Alergias a medicación. Última regla. Semanas en gra-
videz probables. Etc, etc. Era una hoja estadística. ¿Ya quién
demonios le interesaban sus motivos? ¿Y si no tenía ninguno?
Sólo no quería tener hijos y ya. Un segundo formato.Anteceden-
tes familiares. Tipo de sangre. Semanas en gravidez aproximadas
(de nuevo). Edad. Peso. Altura, más y más preguntas; entre tanta
confusión se equivocó de renglón, hubo de solicitar otro formato
que la administrativa le dio con mala leche. Seguro que aquella
sabía el motivo de su visita y ya le estaba juzgando. Presentando
testigos y sentenciándola. Intentó ignorarla pero no fue del todo
fácil. El bolígrafo dejó de pintar y para ahorrarse la cara de la
143
administrativa buscó uno en su bolso. Ahí seguían, nada faltaba.
Los recuerdos esperando por ser revividos. Esperando ser des-
cubiertos. Las letras y las imágenes eran peor que la cara de la
administrativa así que cerró el bolso y le pidió un bolígrafo, el
cual de nuevo le dio de mala gana.
Se acabó el papeleo. Lo entregó. Le indicaron esperar fuera del
consultorio once, ahí le llamarían. Espera. Espera. Minutos largos,
muy largos. Finalmente escuchó su nombre y se acercó. La pe-
saron. Midieron su altura. Se vistió con la bata. Se tumbó en el
banquillo. El médico le hizo las mismas preguntas del formulario.
¿Cuándo fue su última visita al ginecólogo? ¿Cuándo su última
regla? ¿Cuándo, cuándo? Él seguía explorándola y ella odiándolo.
Sentía el metal frío. Le calaba el frío, siempre había odiado visitar
al ginecólogo como todas las mujeres lo odian. Sentía frío en todo,
en el metal y en las palabras del médico. La consulta terminó.
La tortura era la que había terminado.

-Se encuentra en buen estado de salud, flsicamente está usted


preparada para la cirugía, pero quiero que lo piense bien antes de
tomar una decisión tan definitiva -dijo el médico.

-Estoy segura, programe la cirugía, lo más pronto posible -con-


testó Alicia molesta.

-Muy bien, el próximo miércoles entonces si se siente tan se-


gura -dijo el médico.

-Muy segura -remató Alicia.

"¿ y ese idiota qué sabe? ¿Él qué demonios sabe si estoy segura
o no? ¿Que lo piense bien, que lo piense bien? Si no he tenido un
momento de sosiego. ¿Qué le hace imaginarse que no lo he pen-
sado?" Totalmente disgustada abandonó el consultorio. Se acercó
a la administración. Hizo el pago de la operación y se marchó.
Caminó por las calles, caminó y caminó, nunca se le habían
hecho tan largas las calles, nunca tan pesados los pies, nunca tan
144
pesado el bolso. El bolso que aún cargaba con sus notas. El par-
que, tenía de frente el parque por el que solía caminar cuando
reflexionaba sobre algo, cuando necesitaba cavilar. El mismo par-
que por el que caminó el día que se enteró que no era promovida,
el mismo parque por el que caminó la noche que se enteró estaba
embarazada. Todo el mismo día.
Se acercó con pasos vacilantes, las hojas secas de los árboles
crujían por doquier bajo sus pies, el otoño era más que evidente.
El cielo estaba ligeramente nublado y se adivinaba que caería
lluvia para la tarde. Era el marco perfecto para adornar su melan-
colía, su nostalgia. Finalmente se sentó en un banco ubicado en
el centro del parque cerca de una fuente con estatuas de delfines
que escupían el agua hacia arriba.
La angustia en la que su madre la había colocado dos noches
atrás fue desapareciendo. La ira que el médico le inyectó durante
la mañana se fue apaciguando. Alicia escuchaba con claridad el
correr del agua de la fuente y las risas de los niños que jugaban en
el parque; oía lejanamente música que unos chicos escuchaban,
oía sus carcajadas y sus chistes.
Despacio, con mucha calma pasaba sus manos una y otra vez
por el forro externo del bolso, por más de diez minutos repitió el
ademán. Su mente se despejó un poco, pero su corazón se ace-
leró. Estaba asustada. Sentía miedo. Tenía que hacerlo. Casi se
podría decir que se lo debía. Tenía que intentarlo. No estaba se-
gura de muchas de las cosas que se encontraría. "Tal vez estoy
exagerando", se dijo. Pero no, en el fondo sabía que aquello no
era una exageración. Esa caja estaba guardada en lo alto por una
razón. Sí que había un motivo. Evitarla. La había dejado relegada
en el fondo del armario ignorándola, sin valor para abrirla y sin
valor para mirarla.
Todo lo que había querido ser estaba escrito en esas páginas. La
comparación con lo que era actualmente sería inevitable. Alicia
contra Alicia se habían encontrado esa tarde en esa banca del par-
que y el encuentro no se podía aplazar más, no se debía aplazar
más. Alicia niña se encontraría con Alicia mujer. A ver qué pasa.
A ver qué sale. "Ahora o nunca", pensó. Ahora, decidió.
145
Abrió el bolso.
Respiro con fuerza y espero unos segundos a que su corazón
cogiera un ritmo más natural. Espero a que el temblor de las ma-
nos se desvaneciera un poco. Buscó en el fondo y sacó la primera
fotografia.
La imagen era de ella con su hermano cuando tenía cinco ailos
aproximadamente, él la cargaba en hombros. Él tendría trece o
catorce. Suspiró. En los recuerdos hacía ailos que no miraba esa
foto y en la realidad meses que no veía a su hermano. "Es que
estoy demasiado ocupada", susurró intentando justificarse sola.
Los últimos días le habían traído un huracán de memorias y
recuerdos que no podía contenerse y tal como los vientos de un
huracán cobran fuerza y su fuerza se vuelve más destructiva, sus
ideas y sus pensamientos se tomaban más poderosos y arrasaban
con su presente, aun cuando la realidad fuera de sus pensamien-
tos hacia lo propio.
Metió la mano en el bolso de nuevo y esta vez lo que apareció
fue una pequeila libreta, la pasta estaba desgastada y las hojas
amarillentas, algunas se desprendían y algunas ya estaban sueltas.
Hacía muchos ailos que Alicia no leía esas páginas, hacía ailos
que no pensaba en sus propias palabras, tal como había dicho de
su hermano, no había tenido tiempo para acordarse de quién era
ella misma de verdad. De quién habla querido ser.
Aun cuando Alicia conocía lo que estaba escrito en aquellas
páginas sentía un extrailo nudo en la garganta y un cosquilleo en
el estómago.
En las primeras páginas estaban escritas las pequeilas y tontas
preocupaciones que tiene una adolescente; dudas sobre su cuer-
po, cosas de amigos del colegio, algún poema escrito al cantante
favorito, y en esas mismas páginas estaban escritas preocupacio-
nes sobre su madre, y muchas, muchas páginas estaban dedicadas
a sus sentimientos después de cada una de sus discusiones, cada
vez que ella y su madre tenían un altercado Alicia se marchaba a
su habitación y volcaba en su cuaderno lo que sentía.
Sentimientos como miedo, desesperación o frustración estaban
perfectamente plasmados y descritos en esas páginas. Cuidado-
146
samente descritos para ser las palabras de una niña de trece años.
De todos ellos, de todos sus sentimientos el que aparecía con ma-
yor frecuencia era el de la impotencia, la sensación de no poder
hacer nada para cambiar las cosas, la impotencia de trabajar una
y otra vez y no obtener resultado, la impotencia de esforzarse por
agradar a los demás y en especial a su familia y no conseguirlo.
Desgastarse y no lograrlo. Sentada en la banca del parque. Alicia
se rio con un aire sarcástico. "Bueno eso no ha cambiado mu-
cho", se dijo, y continuó girando las páginas de la libreta.
Cosas aparecian y cosas desaparecían. Se reía con gracia de al-
gunas tonterías, se divertía al reconocerse a ella misma aun cuan-
do era lentamente.
Todo transcurría con aparente calma.
Todo transcurría con aparente calma. No fue sino a la mitad de
las notas cuando se encontró con una reflexión que la paralizó,
una reflexión que de verdad se le metió en la cabeza. Eran unos
recortes de revista, eran recortes de vestidos. Y unas notas junto a
ellos sugiriendo modificaciones. Alicia se encontró de frente con
un sueño olvidado.
Quería ser diseñadora de modas.
Quería hacer ropa bonita para ella y para su madre. Quería
hacer diseños para todas las mujeres. Ese era su sueño. Pero se le
había perdido. ¿En dónde se le había perdido?
Lo sabía perfectamente, reconocía el lugar y el momento en
que se le olvidó esa fantasía, en realidad era una combinación
de dos momentos. El primero de ellos fue cuando su madre miró
aquellos recortes en su cuaderno. En la casa de Alicia no había
muchas cosas prohibidas para nadie y su cuaderno de notas no era
la excepción. Su hermano, Daniel, lo había mirado y comenzó
a reírse apenas vio las notas de Alicia. Le arrebató el cuaderno
de las manos y comenzó a hojearlo corriendo por toda la casa,
carcajada tras carcajada Daniel corría y Alicia corría detrás de
él suplicando que se lo regresara. "Quiero ser una diseñadora fa-
mosa y que las mejores actrices se pongan mi ropa." Esa era una
de las frases de la Alicia niña. Su hermano la leyó en voz alta y
se partía de risa. Cuando la madre de ambos se percató de lo que
147
sucedía y Alicia se quejó de las burlas de Daniel, ella sólo dijo
que no era para tanto. "Diseñadora de modas, ay Alicia, qué voy
a hacer contigo", díjo su madre.
Alicia apretó contra su pecho el cuaderno. Recordar aquella
tarde era doloroso, recordó que después de eso se encerró en su
habitación y lloró, lloró por horas. Se vio a sí misma de trece
años sintiéndose inundada por aquel sentimiento, el sentimiento
de impotencia. El de no poder gritar, el de no poder defenderse,
el sentimiento de desplazamiento que sentía. No es que su familia
no la quisiese pero ella, a veces se sentía demasiado sola, sentía
que nadie la entendía, que nadie la comprendía. \éinte años des-
pués el sentimiento de impotencia y soledad seguía viviendo y
conviviendo con ella en todo lo que hacía.
Alicia seguía sintiéndose sola, seguía sintiéndose incompren-
dida e impotente ante situaciones sencillas, o no tan sencillas.
Impotente ante situaciones presentes como la de perder una opor-
tunidad de empleo.
La segunda ocasión en la que los sueños de Alicia parecieron
pequeños y ridículos fue la noche en que su hermano entró a
casa anunciando su partida a Francia. Esa noche fue la definitiva.
Ser diseñadora nunca se compararía con el futuro brillante que
le esperaba a su hermano. Nunca. La cara de las personas a su
alrededor; padres, amigos, familiares, vecinos nunca seria igual
para ella si continuaba pretendiendo ser diseñadora. Ese recuerdo
estaba más fresco, apenas hacía dos noches, después de la cena
con sus padres lo había evocado.
Alicia era incapaz después de renunciar a aquel sueño de com-
partirlo con cualquiera, excepto por una vez que le habló de
aquello a una amiga en el instituto. Era una noche que las dos
se encontraban en una fiesta de pijamas. Las dos amigas habían
comenzado a compartir cosas, cosas de chicas, sus gustos, sus
anhelos, los chicos que les gustaban y,Alicia compartió su sueño.
Su amiga se echó a reír como los otros. Le dolió.

-¿Cómo alguien que es tan inteligente como tú puede querer


ser diseñadora? -le dijo aAlicia.
148
-¿Yeso qué tiene que ver? Ser inteligente no tiene nada que
ver con ello.

-Bueno, si tú quieres perder el tiempo pretendiendo ser la nue-


va Carolina Herrera es tu problema -cerró la amiga.

"Perder el tiempo, si la gente me diera una moneda cada vez


que dice esas palabras sería rica", reflexionó Alicia.
En fin, el sueño se perdió, las ilusiones de una pequeña se es-
caparon y en su lugar se había posado un camino de tareas, de
trabajos, de esfuerzos que si bien nunca fueron inútiles sí fueron
devastadoramente demandantes y cansados. Un trabajo tras otro,
una tarea tras otra. No se daba tregua ni descanso. Luchaba pri-
mero en el colegio, después en el trabajo, no dormía, no se ali-
mentaba apropiadamente. En el camino que ella misma se había
forjado, el que ella eligió había perdido muchas cosas, ninguna de
ellas voluntariamente pero las había perdido.
Alicia ensimismada con su mente reflexionó en aquellas cosas
que se le habían ido, en todas aquellas cosas que se le habían es-
capado por su exigencia, por alcanzar metas cada vez más altas.
Pensó en otras oportunidades, en otros caminos, en aquellos sen-
deros que abandonó o que simplemente no miró por mantener la
vista fija en el que se había trazado como principal.
Noches de sueño, de mal dormir que se habían ido, que no vol-
verían. \éranos enteros esforzándose con cursos extra, con estu-
dios extra. La pérdida de amistades a quienes no tenía tiempo de
atender y buscar. Y romances, amores que se habían quedado en
el camino porque no podían resistir el ritmo de la pobre Alicia,
que no podía avanzar a la velocidad que ella andaba. Éxitos y más
éxitos, y entre más éxitos. Pérdidas y más pérdidas.
Durante muchos, muchos años pensó y estuvo convencida de
que había realizado las acciones correctas, que todo aquel esfuer-
zo era necesario, aquella tarde sentada en la banca del parque
esa seguridad no era real. Se cuestionaba, se cuestionaba. ¿Hacia
dónde iba su vida? ¿Hacia dónde? No lo sabía con la certeza que
creía. Sí, era cierto, tenía un esquema general de lo que deseaba
149
y de lo que no deseaba. Se había concentrado demasiado en el
éxito profesional, más que en el éxito personal. Se había visua-
lizado con dinero a su alrededor, se había visualizado como un
alto ejecutivo de su empresa. Se había visualizado como una gran
gestor de empresas. Se había visualizado en la cima. Se había
esforzado, había trabajado, pero los resultados no habían llegado
ni tan rápido, ni tan seguros como ella se los había planteado. Su
realidad se veía superada por su fantasía pero no precisamente en
una forma positiva.
Se oprimió. El encuentro cara a cara con su pasado y con su
presente había sido violento. Choque frontal del que no habían
sobrevivido muchas cosas. Un impacto del que no había mucho
que rescatar. Sí, ahora era una mujer adulta e independiente. Pero
en otro plano también a veces, se sentía sola y agobiada. Éxitos,
éxitos. Pérdidas, pérdidas. ¿Cuánto le hacía falta por aprender?
El frío comenzaba a aumentar y se le colaba por el tejido de
la ropa. Estaba cansadísima. Exhausta. Nunca se había sentido
tan cansada. Nunca se había debilitado tanto, ni siquiera en esas
arduas horas de trabajo autoimpuestas. Los brazos le pesaban, las
piernas no le obedecían para andar, no respondían. La cabeza le
giraba y la visión se le había tornado nublada. Logró ponerse en
pie. Pensó en caminar para llegar a casa pero no tenía ánimos ni
voluntad y ejerciendo consigo misma un acto de honestidad tam-
poco quería llegar a su casa.
Se sentía un poco extraviada y "un mucho" sola.
Quería perder un poco el tiempo por primera vez en muchos
años. Quería caminar y pasear. Quería distraer su mente, quería
darse una pequeña tregua. Las inundaciones de sus recuerdos y
sus ideas, de sus planteamientos y sentimientos lo habían desbor-
dado todo, desbordaron cuerpo, corazón y mente.
Caminó un poco hacia las orillas del parque, sujetando el bol-
so con fuerza, en aquel momento aquellas fotografías se habían
transformado en un tesoro que no quería perder. Años y años hu-
yendo de ellas y ahora eran su mecanismo de defensa, ahora le
ayudarían a redactar las líneas de su nueva vida. Sí, estaba dis-
puesta a tener una nueva vida. La planearía detenidamente, la es-
150
cribiría y se daría la oportunidad de comenzar de nuevo, de trazar
un nuevo camino. Un andar más tranquilo, más relajado.
La vida de una persona puede cambiar en un segundo por un
hecho repentino, por un instante, un incidente, pero en el caso de
Alicia no era así. Ella había experimentado un cambio paulatino
desde diez días atrás cuando no fue ella la elegida para ser la
nueva coordinadora general de cuentas especiales. Esa mañana
había desembocado todo. Su vida cambió, después vino la noticia
de su embarazo no deseado, la visita de sus padres, la montaña
de recuerdos. Como un pequeño puño de nieve que baja por una
colina, todos sus pensamientos y todas sus consecuencias habían
ido creciendo hasta transformarse en una montaña de nieve. En
una avalancha de reflexiones. ¿Quién soy? ¿En dónde estoy? ¿A
dónde voy? ¿Soy feliz con lo que soy?
Ella no lo sabía pero aquellos pasos de salida del parque se ha-
rían fundamentales en su vida.
Dos almas residían en el pecho de Alicia. Dos Alicias estaban
en pugna una contra la otra, pues eran mutuamente opuestas, pero
finalmente ella era las dos. La primera de esas Alicias luchaba
incansablemente por alejarse de la otra. Aquella Alicia mediante
costumbres resistentes y duraderas pretendía aferrarse al mundo
que siempre había conocido y deseaba mantenerla en el mismo
rumbo que llevaba hasta ese punto; la segunda combatía con fuer-
za para obtener la victoria de la primera. Se esforzaba por salir
de su capullo, se esforzaba, insistía en dejar todo atrás e iniciar
en ese mismo momento una vida nueva, una vida más apegada a
los deseos originales de sí misma, sin tantos trabajos, sin tantos
problemas, sin tantas miradas sobre ella.
La batalla que había iniciado y se desarrollaba en silencio, aje-
na a la parte consciente deAlicia pronto tendría fin, pronto termi-
naría. Finalmente no habría un ganador absoluto. Las dos Alicias
eran una misma, las dos se completaban mutuamente aun cuando
fueran en direcciones opuestas.
Llegó hasta la avenida principal, llamó a un taxi. Seguía sin
ánimo de llegar a casa. Pensó donde podría tontear y entretenerse.
"En el centro, iré de compras", pensó.
151
El camino que recorría el taxi pasó frente a un teatro en cuya mar-
quesina se exhibía el títuloLa vacía existencia. Era una obra de
teatro de la que había escuchado hablar en los cotilleos de la oficina.
Un par de colegas de la oficina la había comentado. Era la historia
de una mujer casada que se sentía encerrada en su existencia y que
se deprimía con facilidad porque su vida carecía de sentido y de di-
rección. La mujer conoce a un hombre del que se enamora y su vida
cambia. La mujer se atreve a abandonarlo todo y se fuga con él.
Alicia había intentado asistir a la puesta en escena, pero las mu-
chas horas que pasaba en la oficina se lo habían impedido, por no
mencionar su eterna discusión acerca de ir al cine para comentar
o al teatro para presumir y como ya le había ganado la primicia
de ver la obra no se decidió a ir.
Como nunca antes, Alicia se dirigió al conductor. Nunca habla-
ba con nadie y mucho menos con los conductores del taxi y lo
estaba haciendo.

-¿Le gusta el teatro? -preguntó Alicia.

-Je, nunca voy al teatro señora, con lo que gano no puedo ir


-respondió de mala gana el taxista.

Alicia que pareció no notar la respuesta malhumorada del con-


ductor continuó.

-A mí sí, a mí sí me gusta. Me hace sentir mejor. He querido


venir y ver esta obra pero no he podido. ¿Usted ya la ha visto?

-Que no señora, que no me gusta el teatro ya se lo dije.

-Ah, pero ... ¿El cine, le gusta el cine? -insistió Alicia.

-Pues no, tampoco me gusta, no me gustan las peliculas ni el


teatro, para mí, como yo lo veo, sólo son fantasías, historias que
escribe alguien que no sabe nada de la vida. Escriben una historia
sin saber nada, nada. Nada más nos ponen delante de los ojos to-
152
das las cosas que uno no puede ser en la vida real. Y luego uno se
deprime porque ve en la tele todo lo que no podrá ser jamás.

-Bueno, pero a veces alguno lo logra y hacen historias de la


vida real-dijo Alicia.

-Pues si usted cree eso debería venir a ver esa obra. Escucho
las conversaciones de la gente que se sube al taxi y dicen que es
la realidad, que es lo que nos pasa a todos, que retrata la tristeza,
decía una mujer con su marido apenas la semana pasada.

-Pues vendré esta noche -concluyó Alicia.

El rojo del semáforo detuvo el taxi en una esquina. Alicia miró


hacia la calle y vio a Beatriz, Beatriz, una compañera suya en
la universidad. Otra persona más de su pasado aparecía. Beatriz
estaba de pie con una niña a su derecha, una pequeña de nueve
años, quizá. "Seguro que es su hija", pensó. El semáforo cambió
de luz roja a verde y el taxi arrancó.

-No espere, dé la vuelta -le díjo Alicia al taxista.

Alicia síntió el deseo de saludarla. La emocionó encontrarse


con ella de esa forma tan fortuita. Habían sido buenas amigas en
la universidad pero se habían perdido la pista. Hacía años que no
hablaba con ella o algún otro de la universidad.

-No puedo dar la vuelta señora. ¿Qué no ve que es un solo sen-


tido? -dijo el taxista casi gritando.

-St, sí. Entonces pare, me bajo en la esquina.

Alicia se bajó del automóvil. Sacó el dinero del bolso. Las foto-
grafías y su libreta seguían en su lugar. Su pasado e ilusiones en
el bolso. Su antigua amiga en la esquina contraria. Qué emoción,
todo regresaba lentamente.
153
Cuando Alicia bajó del taxi giró la cabeza a la esquina donde
vio a Beatriz para ubicarla.
La pequeña que acompañaba a Beatriz se había echado a co-
rrer. Beatriz iba tras de ella. La niña corría sin mirar, en ninguna
dirección. Las luces del semáforo habían cambiado de nuevo. El
rojo se había ido y daba paso al verde. Los motores de los autos
se aceleraban de nuevo. La niña en su carrera atravesó la calle.
Un auto de color rojo no pudo frenar. Nadie habría podido frenar
a tiempo. La niña estaba en medio de la calle, en segundos.
Alicia se llevó una mano a la boca ahogando un grito. Alicia se
llevó la otra mano al vientre protegiendo lo que llevaba dentro.

154
XIV

Un círculo de curiosos y gente asustada alrededor de Ana.


La pequeña yacía tumbada en el suelo inconsciente, un débil
hilo de sangre corría desde su nuca y recorría lentamente la calle
cuesta abajo, desapareciendo entre los pies de los múltiples asis-
tentes al evento trágico.
Un joven hombre rubio no paraba de tocarse la cabeza con las
manos tirando de su cabello. "No la vi, no la vi -decía el hom-
bre-. La niña apareció de la nada frente al auto y se me ha tira-
do encima, ustedes lo han visto", decía el hombre cada vez más
desesperado. El joven apenas alcanzaría los treinta años, el pobre
infeliz no podía dejar de atormentarse.
Una mujer mayor se acercó hasta el hombre, quien se había
desplomado sobre el piso, atormentado por la imagen de la niña
volando por el aire. La mujer lo cogió por el brazo y se sentó
junto a él. "Claro que no fue culpa tuya. Yo lo he visto todo. Tran -
quilizate", animaba al joven.
Beatriz continuaba petrificada, seguía en shock. De repente
parecía que el tiempo se hacía eterno. No habían pasado ni dos
minutos desde el impacto, a Beatriz le parecía una eternidad; ella
continuaba ahí, anclada al suelo, no podía creerlo. No reacciona-
ba, simplemente no era capaz de reaccionar ante la situación. Se
quedaba inmóvil. Anonadada. Permanecía justo en el lugar desde
donde vio a su hija salir proyectada por el auto.
Con una mano en la boca y la otra en el estómago, petrificada,
no movía un músculo.
La misma mujer que hace unos segundos auxiliaba al joven que
conducía el automóvil se acercaba a Beatriz, era Laura. La tomó
por el brazo y la apartó del tumulto. Sosteniendo el teléfono con
la otra mano, Laura ya había llamado a una ambulancia.
Beatriz no terminaba de reaccionar. No hablaba. No respondía.
Laura le dejó sentada en un banco y regresó hasta dónde Ana se
encontraba abriéndose paso por entre la gente.
-¡Dejen que corra el aire!, ¡muévanse, lárguense de aquí! ~gri­
taba Laura. Había tomado el control de la situación.
155
* * *
Alicia continuaba mirando desde la esquina donde había con-
templado el accidente. Estaba llorando. Observaba todo, había
estado observándolo todo. Miró a Laura acercarse a Beatriz cuan-
do la dejó sentada en la banca. Habla visto al hombre del taxi
llorando y gritando desesperado, también miró a la gente alejarse
cuando Laura les había gritado. Desde aquella esquina Alicia se-
guía llorando y continuaba observándolo todo. Miraba a Beatriz,
que continuaba sentada en la banca.
Alicia dudaba, no sabía qué hacer. Estaba totalmente confundi-
da. Acercarse. Alejarse. No tenía idea sobre lo que debía hacer.
Tampoco sabía que la niña tumbada en el suelo era hija de Bea-
triz.

* * *
Desde la otra esquina, Eduardo veía el tumulto que se había for-
mado. Podía observar gente ir y venir. Él continuaba sentado en
la terraza de la cafetería hablando con su amante. No podía evitar
que su atención se desviara al tumulto.

-Eduardo, ¿me estás escuchando? ¿Me estás prestando aten-


ción o estoy hablando contra la pared? -musitó la amante al darse
cuenta de la distracción de Eduardo.

-Sí, sí. Te estoy poniendo atención, pero hay una pelota de gen-
te que se ha formado en la esquina. ¿Qué habrá pasado? -respon-
día él.

-Ya mí qué demonios me importa lo que ha sucedido, a mí lo


único que me interesa es lo que está pasando entre nosotros dos,
eso es lo único que me importa de momento.

-Sí, sí. Ya lo sé. Ya sé que estás muy interesada en nosotros


-respondía Eduardo a la vez que una pareja de chicas se sentaba
156
justo en la mesa, a un lado de ellos, murmurando sobre el acci-
dente que ocurría en la otra esquina.

Eduardo no resistió la curiosidad y preguntó a las chicas sobre


lo que estaba sucediendo.

-Una niña, una pobre niña que han atropellado en la esquina


-contestó una de la chicas velozmente.

-¿Una niña? -cuestionó Eduardo--. ¿Y qué sucedió con ella fi-


nalmente?

-No sabemos, había mucha gente y nos hemos alejado. Al pa-


recer la niña iba corriendo sin ninguna dirección y se aventó en-
cima de un taxi a mitad de la calle cuando estaba la luz verde. No
sabemos si vivió o murió, cuando nos alejamos no había llegado
la ambulancia -intervino de nuevo la mujer.

-¡Eduardo! -gritó exasperada la amante de éste--. ¿Estás escu-


chándome o no?

-Sí, sí, Patricia. Estoy escuchándote.

-¿Entonces vas a casarte conmigo o no? ¿Estás decidido a dejar


a tu mujer y a tus hijas? -dijo con tono desafiante Patricia.

-A mi mujer sí. A mis hijas no -respondió Eduardo tajantemen-


te.

***
No, Alicia no sabía con certeza que la niña postrada en el suelo
era hija de Beatriz pero tampoco se necesitaban muchos más de-
talles para adivinarlo.

Siguió pensando. Seguía sin saber qué hacer.


157
Continuaba mirando a Beatriz desde la distancia y antes de que
se enterara estaba caminando hasta ella.
Antes de notarlo, Alicia estaba de pie justo enfrente de Beatriz,
ella levantó la mirada y se encontró con la de Alicia de frente.
Alicia titubeó por un segundo antes de pronunciar palabra, sólo
atinó a murmurar... la niña...

-Es mi hija -dijo Beatriz. Se puso de pie y se abalanzó a los


brazos de Alicia.

Fue en aquel instante que reaccionó y tomó conciencia de lo


que estaba sucediendo. Su hija. Su amada hija estaba en el suelo
e ignoraba si vivía. Le costó trabajo encontrar el valor para soltar
aAlicia y mirar a espaldas suyas. Le costó, le costó trabajo.
Toda la realidad se le vendría encima al mirar a espalda suya.
Cualquiera que fuera estaba justo detrás de ella y sólo tenía que
girar. Lloraba y lloraba con fuerza, con desesperación. Se desplo-
maba. Alicia le sujetaba con fuerza, pero aún así podía sentir a la
mujer desplomarse en sus brazos.
Laura se quedó en cuclillas a un lado de la niña, hablándole en
tono suave y amigable. Le decía que se calmara, que fuera va-
liente, que todo saldría bien. Ella misma no se convencía de sus
palabras. Estaba asustada. No podía confiar en que todo estaría
bien, ella misma no podía creerlo. M iró sobre su hombro y vio a
Beatriz llorando sobre los brazos de una mujer.
Un sonido de sirenas se escuchó en la distancia.
Beatriz despertó del sollozo y avanzó hacia donde estaba la pe-
queña, El llanto se apagó y en su lugar se instaló la razón.

-Gracias -Ie decía a Laura y la apartaba de la niña ocupando


su lugar.

Beatriz acariciaba la mano de su hija. Sacó del bolso el teléfono


móvil y marcó un número.

-Sí, diga -se escuchó del otro lado del móvil.


158
-Eduardo, soy Beatriz. Ana ha tenido un accidente y tienes que
estar aquí lo más pronto posible.

* * *
Finalmente llegaron paramédicos al lugar del accidente. Cami-
lleros y una enfermera se acercaron hasta la niña y la transporta-
ron al interior de la ambulancia.

-¿Es usted familiar? -preguntó la enfermera dirigiéndose a


Beatriz.

-Su madre -dijo ella con voz tremante.

-Suba en la parte trasera con ella por favor -ordenó la enfer-


mera.

Arriba, en la ambulancia, sentada del lado izquierdo de su hija,


Beatriz se sentía mareada, estaba destrozada, tenía el cabello al-
borotado, los ojos manchados del maquillaje desvanecido. Y se-
guía llorando, Beatriz continuaba llorando.
No paraba de reflexionar, no dejaba de pensar. Se lamentaba.
Se peinaba el cabello con los dedos como un signo de la deses-
peración que la inundaba. Estaba loca, una demencia temporal se
apoderó de ella.
Girando la cabeza sobre su hombro miró a su hija inconsciente
y a la enfermera esforzándose por detener la sangre que no para-
ba de escurrir por la cabeza de la niña. El corazón de Beatriz se
heló, se rompió. La última pieza del rompecabezas se ajustó en
ese momento. Todo tomó su justa medida y su justa forma en ese
momento.

¿Pero qué he hecho? ¿Pero qué hice?


¿Por qué demonios he venido esta tarde aquí?
¿Pero qué buscaba?
¿Qué esperaba encontrar que no hubiese descubierto antes?
159
Eduardo no las había visto acudir hasta aquel lugar, no se había
dado por enterado. Ni siquiera era consciente de que Beatriz esta-
ba al tanto de su infidelidad, tal vez aun cuando fuera consciente
nada sería diferente.

¿A qué había ido?


¿Qué esperaba decirle?
¿Tan sólo quería ganar?
No, perdió. Lo perdía todo en aquel momento.

Nada, las respuestas eran nada. Ninguna de las acciones que hu-
biese emprendido habría cambiado el hecho de que Eduardo estu-
viera con otra. La última pieza del rompecabezas habia encajado.

160
xv
Beatriz estaba sentada en una silla fuera de la sala de emer-
gencias del hospital esperando noticias sobre su hija. El teléfono
móvil sonó. Era Eduardo. Beatriz con los nervios en su máximo
le dijo la ubicación del hospital a donde había trasladado a Ana.
Eduardo llegó después de treínta minutos.

-¿Qué te han dicho? -preguntó Eduardo apenas llegaba.

-Nada, Tenemos que esperar -respondió Beatriz.

Los siguíentes cincuenta minutos ninguno de los dos articuló


palabra. Ni siquiera cruzaban miradas. Cada uno de ellos estaba
absortó en su propio dilema. Beatriz no dejaba de castigarse men-
talmente. No dejaba se pensar en las consecuencias si algo grave
le pasaba a su hija, pensaba en ella y en la otra que estaba en casa.
Le pedía disculpas por haberla arrastrado hasta allá, le pedía per-
dón una y otra vez. Eduardo por su lado ataba los últimos cabos
de la historia. Se sabía descubierto. No tenía que preguntar abso-
lutamente nada. Sabia que el alboroto que se formó en la contra
esquina de su trabajo había sido el provocado por el accidente de
su hija. Sabia por qué estaba su hija en el hospital con su madre
llorando en lado derecho de la sala.
No. Ninguno de los padres de la niña podía abrir la boca. El
primero que hablara absorbería la mayoría de la responsabilidad
por lo ocurrido. Finalmente los dos habían provocado la situación
en la que se encontraban inmersos ahora. La culpa consumía a
Beatriz, no podía detener a su mente imaginado sobre los posi-
bles escenarios, todos ellos horribles. No podía resistir castigarse
por haber usado a su hija en una situación que le correspondía
resolver a ella sola. No podía olvidar que fue ella misma la que
evadió por cobardía esa situación por mucho tiempo.
Un médico salió por la puerta. Se acercó a Beatriz y a Eduardo
lentamente. Cogió una silla y se sentó frente a ellos. Los segun-
dos fueron eternos. El corazón de Beatriz se paralizó. Nunca en
161
toda su vida había tenido tanto miedo. No quería saber qué era lo
que había sucedido. Estaba muy asustada, estaba tan asustada que
su corazón se podía escuchar a simple oído.

-Su hija está bien. El accidente ha sido del tipo fuerte en donde
por fortuna las consecuencias son pequeñas. La niña está dur-
miendo, despertará en unas horas. En menos de diez días estará
en casa. Uno de los padres debe permanecer aquí todo el tiempo
al menos por tres días. Considérense afortunados -dijo el médico
retirándose en menos de un minuto.

Pasaron un par de minutos. Nadie hablaba.

-¿Escuchaste? Somos afortunados -remarcó Eduardo.

-¿Afortunados, afortunados? ¿Cómo demonios te atreves a


decir que somos afortunados? ¿Afortunados de qué? ¿De qué?
Mi hija está en un hospital después de ser arrollada por un taxi.
Idiota. Mi hija ha estado a punto de morir esta tarde y tú te consi-
deras afortunado. Mi vida casi se termina cuando vi a mi pequeña
tirada, desangrándose en el piso. ¿Afortunados de qué? ¿De qué?
Maldito, por ti, por tu culpa.

-¿Por mi culpa? ¿Por qué por mi culpa? ¿Qué demonios esta-


bas haciendo con la niña en mi oficina? ¿Qué demonios estabas
haciendo con mi hija hoy afuera de mi oficina?

-¿Tu hija, ahora es tu hija? ¿Qué, qué demonios estaba haciendo


con ella ahí? Por ti, maldito, por ti maldito estúpido, por tu culpa
es que estábamos ahí. No finjas inocencia, no te acomoda fingir
inocencia, conoces de sobra la maldita razón por la que fui a bus-
carte. Cochino. Maldito cerdo. No me digas ahora que no sabias
qué hacíamos ahí. ¡No me digas eso! ¡No soy tan estúpida! No me
mientas más. No me trates como una tonta porque no lo soy -los
nervios de Beatriz se habían destrozado y se le habia desbordado la
cabeza. La presa de sus emociones se había desbordado al fin.
162
-Tú la llevaste. Tú fuiste quien llevó ahí a mi hija, no me culpes
de ello. Tú decidiste arrastrarla hasta ahí -se defendió Eduardo
tan alterado como Beatriz, tan asustado por confirmar la razón
de la visita de ellas esa tarde que su cabeza sólo buscaba cómo
evadir su parte de la culpa.

-Sí, es cierto, es mi culpa haberla llevado, pero es tu culpa que


hayamos ido. Es tu culpa que todo se haya venido abajo. Tú fuis-
te, Eduardo. Todo viene de ti. En mi maldita vida todo proviene
de ti, todo. Todo, desde hace muchos años comienza y se termina
contigo. Todo. Todo. Las cosas buenas o supuestamente buenas
comienzan contigo y tú las extingues. Las noches sin dormir, el
estrés, los planes futuros, las preocupaciones, las ocupaciones de
mi vida nacen y mueren a través de ti. Sí, es cierto que yo llevé a
la niña, pero tú me llevaste hasta ahí.

-Mi culpa, mi culpa, de qué soy culpable, dime de qué soy culpa-
ble, dime de qué demonios soy culpable -se defendía Eduardo.

-Ten coraje y admítelo, admítelo. Por lo menos ten el valor de


admitirlo. No lo niegues más. No tengo más fuerza, Eduardo, ya
no puedo más, no puedo con el peso de las cosas, no puedo con el
peso que cargo todas los días. Sales con otra mujer, te acuestas con
otra mujer. Dime qué es para ti ella, ¿Qué significa para ti? Dime
qué es esa mujer en tu vida. Dímelo. ¿Es un pasatiempo? Es sólo
algo que ha sucedido en tu vida y se irá, ¿es sólo eso? O acaso es
peor y es sexo. ¿Es una amante regular con la que te revuelcas? O
peor, y estoy segura que es peor y esa mujer es sexo y amor. ¿Qué
significa para ti? ¿Quieres que te diga qué significa para mí?

Eduardo sudaba, se aflojaba el nudo de la corbata y no atinaba a


decir nada. No, mejor dicho no atinaba a decir nada con coherencia.

-No lo sé, no lo sé Beatriz, ¿cómo se te ocurre hablar de esto


en medio de esta situación?, ¿qué no eres consciente? -respondía
Eduardo.
163
-Soy más consciente que nunca en mi vida, soy más congruente
que en muchos años, soy más Beatriz que nunca, y no me voy a
quedar callada ni un minuto más, ni un segundo más. Llevo gas-
tados dos años o más buscando el momento adecuado para hablar
contigo, esperando, esperándote, esperando a que despertaras,
pero ahora la que ha despertado soy yo, te enteras, ¡yo! -le gritó
Beatriz a Eduardo.

-¿De qué te quejas? ¿Cuál es tu reclamo? Lo has tenido todo


Beatriz, ¡todo! Una casa, hijas, dinero, caprichos, lo has tenido
todo, no te ha faltado de nada. ¿Y qué has hecho con todo eso?
Nada, no has hecho nada. Te descuidas, te dejaste engordar, no te
arreglas. No haces nada, Beatriz, no has hecho nada, así que no
me vengas a decir que has perdido el tiempo -la voz de Eduardo
se había dejado sonar por doquier.

-Sí, sí, sí es cierto que en tu cabeza he tenido de todo, según y


de acuerdo a ti nunca me ha faltado nada. Ese, ese es el maldito
problema. No me conoces, no sabes quién soy -dijo con voz más
calmada Beatriz.

-Pues tal vez tienes razón y no te conozco. Lo tienes todo. Ex-


plícame según tú qué no he hecho -retaba Eduardo a Beatriz.

Beatriz dibujó en su cara una pequeña sonrisa, una sonrisa de


resignación. Comenzó a hablar pero hablaba para ella no para
Eduardo.

-No sé qué hacer, no sé qué pensar. No sé a quién dirigirme sin


que suponga que soy una estúpida o me compadezca, así que me-
jor me quedo callada, me quedo callada todo el tiempo y dejo que
se pasen los días. Me pongo a fregar los trastos o mirar televisión
y me quedo callada, pero es sólo mi boca la que guarda silencio
porque mi cabeza no se calla nunca. Nunca. Y entonces ... otra
vez no sé qué hacer, no sé qué pensar. Eres mi amor, eres mi ma-
rido' juré amarte hasta que la muerte nos separara. Eres mi amor,
164
eres tú; todavia me gustas, después de tantos años juntos todavia
me gustas. Cuando te veo andar por las mañanas hasta el baño
te miro, te observo y todavia me gustas, ver tus piernas fuertes,
musculosas, tu espalda. Me siento como la primera vez que te vi
desnudo. Pero tú, tú, tú, Eduardo siempre estás ocupado. Eduardo
siempre estás ocupado, siempre ocupado con tu trabajo, de viaje,
siempre estás de un lado a otro. Siempre estás ocupado mirando
el fútbol. Siempre estás ocupado lavando tu coche. Siempre estás
ocupado. Obsesionado con tu trabajo, con tu carrera, con el éxito,
con el reconocimiento que tanto necesitas. ¿ 'l; yo? Yo siempre
dispuesta, siempre esperándote, incluso en las ocasiones que sur-
gia la oportunidad de quedarnos a solas, tampoco conseguia te-
nerte conmigo por completo, tu cuerpo estaba ahí, a un lado mio,
pero tu cabeza, tu cabeza estaba en tus ocupaciones. ¿De verdad,
de verdad te piensas que decirme te amo al despertar y antes de
dormir es suficiente? ¿De verdad te lo creíste? Seguramente si,
seguramente lo pensaste. Y yo lo fomenté. Yo te permití que ere -
yeras que las cosas son así. Pero no, no son así. ¡Te enteras!
Nos acostamos y hacemos el amor de vez en cuando. Pero,
pero ... no es lo que necesito, no es lo único que necesitaba. Quie-
ro que me mires, que me toques, que me acaricies, que me seduz-
cas. Todas la mujeres queremos eso, todas queremos sentirnos
especiales. Quiero que recorras todo mi cuerpo con tus manos,
que me leas, que me hagas sentir deseada, quiero que me estimu-
les, quiero que me hagas sexo oral, quiero, quiero ... ¡Quiero que
te preocupes por mi orgasmo tanto como te preocupas del tuyo!
He ido cien veces a la peluquería, he gastado horas en la peluque-
ría. Me veo hermosa. Me miro en el espejo y noto que soy bella.
Cuando me ves, yo espero que tú también lo notes pero eso no
sucede, ¿y yo qué hago? Nada, no hago nada. Me voy a la cocina
y friego los trastos o pego un botón a tu camisa. ¿Te parece una
vida entretenida? No, no lo es. Mi boca continúa callada pero mi
cabeza continúa charlando, continúa diciéndome sus deseos, y yo'
deseo vibrar, tener un día lleno de pasión, de aventura, sigo es-
perando algo que me lleve lejos de todo esto, quiero estremecer-
me. y de repente pienso: "A la mierda con todo, a la mierda con
165
todos. Todos al demonio, al demonio con la comida, al demonio
con Eduardo, al demonio con los quehaceres, al demonio con la
limpieza, al demonio". Soy una mujer. Necesito que me abracen.
No puedo esperar ocasiones especiales para vivir, no puedo espe-
rar cumpleaños, navidades o aniversarios para sentirme deseada,
no puedo esperar una ocasión especial. iYo existo todos los días!
iYo existo todos los días! Todos los días soy mujer. Todos los días
necesito sentir que me aman y amar, es hermoso amar apasiona-
damente.
Pero tú, tú Eduardo sigues encerrado en tu estudio para trabajar,
si no estás encerrado en tu estudio estás encerrado en tu cabeza
para no hablar. Y son aquellos instantes en los que quiero estar
en otro lugar, en un jardín enorme, en una montaña, en una fiesta,
en la casa de una amiga, quisiera estar sola, o quisiera estar con
alguien más, alguien que me haga reír y sólo se dedique a mí, que
derrita con calor el frío que me mantíene ínmóvil, alguien que me
saque de esta rigidez que no me permite mover y entonces fluir,
entonces dejarme llevar y vivir, sólo vivir y cansarme pero can-
sarme de ser feliz, agotarme pero agotarme de amor. ¿Quién dice
que rendirse por amor no es maravilloso?
Como era de esperarse Eduardo no comprendió una sola pala-
bra de lo que dijo Beatriz.

-Y, entonces, qué pasa, qué pasa ahora, entiendo que estés mal,
que estés enojada y que te sientas confundida. ¿Qué es lo que
sientes?

-No, no Eduardo, no te confundas, no estoy enojada, no sien-


to más dolor, no estoy insegura. ¿De verdad quieres saber qué
pienso? ¿De verdad quieres saber qué siento? Te lo diré. Siento
envidia de ti, lo que muy dentro de mi corazón y mi cabeza siento
es envidia. Eso es lo que me corroe de verdad, envidia. Envidia
de que tengas algo nuevo en tu vida, envidia de tu fortaleza para
estar con ella y vivir conmigo, envidia de que algo diferente te
pasará todos los días, envidia de tu suerte al encontrar otra ton-
ta que te siga. Esa es la verdad de mis sentimientos. Yo misma
166
quiero tener una nueva dirección en mi vida, yo misma quisiera
tener una fantasía que me aleje de la realidad aunque sólo sea
por fugaces momentos. Yo quiero tener algo nuevo en mi vida.
Yo quiero algo que me haga sentir radiante sólo de pensarlo. Una
ilusión, una aventura.

-¿Pero qué es lo que estás diciendo? ¿Quieres acostarte con


otros tipos? ¿Es eso lo que me estás diciendo? ¿Para qué? ¿Para
qué Beatriz? ¿Para vengarte? -comenzó a gritar totalmente enfu-
recido Eduardo.

-Tú no entiendes nada ni lo harás, simplemente no puedes,


quiero ser feliz. Vivir, vivir y ser feliz es todo lo que deseo -dijo
Beatriz con una serenidad notable.

-¿Estás diciendo que no eras feliz? ¿No eres feliz?

Con un largo suspiro y con una nueva sonrisa en su rostro Bea-


triz se levanto de la silla en la que había permanecido. Se acercó
a Eduardo, lo cogió por las manos y lo miró a los ojos.

-Sí, a veces fui feliz, pero muchas otras no -lo besó en la frente
y le díjo adiós.

167
XVI

El domingo por la noche Laura disponía todo para su muer-


te. Documentos. Dinero. Elegía la ropa que usaria. Limpiaba un
poco la casa. No queria que la encontraran muerta en medio de
una casa sucia.
Buscó en el cuarto de baño los frascos de somniferos que ha-
brian de ayudarle en su misión. Los alineó frente al lavabo, la
fuga de agua debajo de la llave ya era mayor. "Que alguien más
se encargue de esto cuando no esté", pensó con desdén. Había
decidido morir en la cama y no quería ver las pastillas a un lado
de ella en su última noche de sueño, en la última noche antes de
dormir permanentemente.
La gente mayor sobrevive, muchos eligen solamente sobrevivir
y dejan de vivir, sólo sobreviven. Mucha gente reclama a Dios
y a la muerte que se apresuren para considerarlos en su partida,
les reclaman por haberse llevado a otros primero que a ellos. Y
es que nadie quiere ver morir a la gente que ama. Pocos, muy
pocos deciden acabar con su historia por mano propia y los que
eligen este camíno deben ser sumamente ingeniosos en el método
seleccionado pues si fallan sólo evidenciarán sus deseos de dejar
de existir.
Laura tenía miedo, vaya que tenía miedo pero no de la muerte,
tenia miedo de fallar, le asustaba echarlo todo a perder y tener
que enfrentar a sus demonios, tener que luchar contra su mente,
contra ella misma de nuevo.

Se quedó dormida.

Llegó la mañana, nerviosa pero decidida se dirigió hasta el


cuarto de baño, miró los tres frascos de pastillas y se cuestionó si
serian suficientes. Quizá no. El miedo a fallar le llenó el cuerpo.
Un cuarto frasco era una póliza de seguro. Dejó la casa y salió a
buscarlo. Buscó un taxi y recorrió unos cuantos kilómetros. Miró
el parque en el que solía caminar y quiso despedirse de él. Era
como el capricho de una moribunda.
168
Se dio la oportunidad de recorrerlo una última vez. Respiraba
profundo el aire. Olía con atención los aromas de los arboles. Es-
cuchaba el agua de las fuentes correr. Se despedía del mundo con
una parsimonia envidiable.
Caminó unas cuantas calles cuando vio en el otro lado de una
avenida a Beatriz, la hija de su amiga con la que se había encontra-
do una semana atrás. Beatriz estaba con una pequefla nifla de entre
ocho y diez años. "Seguro es su hija", pensó. Laura se sintió alegre
de la casualidad. Esperó por el cambio de rojo a verde del semáforo
para cruzar la calle y saludarla. Perdón, para despedirse.
Mientras esperaba el cambio de luz del semáforo Laura vio a
Beatriz coger por el brazo a la nifla, la sacudió un poco y la miró
gritar. La niña se soltó de la mano de Beatriz y se echó a correr.
La luz del semáforo cambió a verde. Un grito agudo salió de la
garganta de Laura.
Un taxi había arrollado a la niña, La había lanzado un par de
metros adelante. Laura corrió hasta ella. Miro a Beatriz trastorna-
da y atónita. Le ayudó y la dejó lejos. Auxilió al hombre envuelto
en lágrimas que habían golpeado a la niña, Con gritos alejó a los
curiosos que se habían colocado alrededor de la tragedia.
Se acercó a la niña y comenzó a charlar con ella. La sirena de la
ambulancia llegó y Beatriz se acercó hasta la niña tumbada en el
suelo y ocupó el lugar de ella.

-Gracias -Ie decía Beatriz con ojos cristalinos.

Hubiera querido decirle mil cosas, darle un abrazo de aliento.


Hubiera deseado hacer más pero todo sucedía con una velocidad
impresionante. Beatriz se alejaba con la niña en la ambulancia.
Laura echaba a llorar.
Alicia, una mujer que acompafl6 por un minuto a Beatriz se
acercó hasta Laura y la abrazó.

-¿La conoce? -preguntó la mujer.

-st, ¿tú?
169
-Hace muchos años que no la veía y la encontré en la peor si-
tuación. Era su hija. La niña atropellada era su hija.

-Dios mío, lo sabía -dijo Laura.

-Gracias por ayudar -di]o Alicia.

-Pero si no hice nada.

El tumulto se dispersó lentamente, por la calle podían escuchar-


se los comentarios de todos aquellos que habían presenciado el
horrible accidente.
Laura, agotada por la emociones hasta el extremo, perdió el
equilibrio. Su rostro estaba lleno de angustia. Alicia se ofreció
para acompañarla hasta casa. Laura aceptó.
Las dos extrañas comenzaron a charlar en el camino.

-No puedo creer que esto haya sucedido, lo que esa mujer está
pasando en estos momentos deber ser horrible, es lo peor que
le puede pasar a una madre. Quisiera saber qué sucedió. Qui-
siera acompañarla. Un niño debe vivir, estas cosas no deberían
pasar.

Las últimas palabras de Laura crearon un silencio enorme.

-Estoy embarazada y no quiero tener a este niño -confesó Ali-


cia súbitamente.

Laura la miro con una compasión enorme. Sujetó su mano con


fuerza.

-Entiendo -díjo Laura y le dio palabras de apoyo.

Laura llegó a casa. Cuando entraba, su vecina salía.

-¿Está usted bien? No se ve nada bien.


170
-Sí, sí estoy bien, un poco alterada. Ha ocurrido un terrible ac-
cidente y me ha dejado fuera de mí.

-Le entiendo a mí también me pone fatal ver esas escenas en la


calle.: Pero la vida es así. Algunos tienen que morir para que los
que nos quedamos apreciemos el valor de la vida.
El ángel de su lucha interna brillaba de nuevo. Laura se acercó
a la mujer. La abrazo.

-Gracias, muchas gracias por recordármelo.

Laura entró en su casa, se dirigió hasta el cuarto de bailo y co-


menzó a llorar frente al espejo. Lloraba por sí misma, lloraba por
la redención con la que se había encontrado. Apreciar el valor de
la vida. Apreciar el valor de la vida. Esa era la respuesta. No tenía
por qué morir flsicamente pero si renacer mentalmente. Cada día
encierra belleza, cada día es una nueva oportunidad de hacer de
la existencia una obra maestra. Hay gente que no quiere morir
y muere, se les termina el tiempo. No hay más oportunidades.
Vivir, vivir plenamente, conscientemente era el regalo que Laura
recibía.
En un abrir y cerrar de ojos se dio cuenta de que todo lo que
había hecho en su vida había valido la pena, todo, absolutamente
todo, los errores, los aciertos, los triunfos, los fracasos. Amaba
los retos y sentia en su pecho una pasión por vivir inmensa, esa
emoción sería el motor para continuar adelante. No perdería más
tiempo, no perdería ni un segundo más en quejas, en tonterías,
en quehaceres vacíos. En ese momento, justo un mes antes de
cumplir sesenta años veía con claridad, encontraba lo que había
estado buscando cuarenta años, Podría vivir justo como deseaba.
Lloraba con fuerza. Lloraba con más ánimo. Lloraba de ale-
gría. i Iba a vivir! iY estaba dispuesta a vivir de la mejor manera
posible!
El cáncer no era un fin sino un principio. Era una ventaja. Decir
adiós lentamente, no súbitamente. Probar todo lo que le gusta una
vez más, atreverse a hacer todo lo que no había hecho, no había
171
nada que perder y es que, en realidad nunca había nada que per-
der. Su familia que amaba tanto pensando en esforzarse por estar
con ella era una prueba. Su enfermedad era una oportunidad dis-
frazada de problema, ¿Sería acaso un recordatorio de que siempre
vivimos en la cuerda floja? Era una ocasión para vivir en constan-
te riesgo, tenía frente a sí el último intento por vivir desafíos, no
desperdiciaría la ocasión, viviría y después moriría de vieja.
Una inocente niña le había regalado motivos suficientes para
continuar viviendo esa tarde.
Se quitó la ropa y de nuevo miró su cuerpo desnudo frente al
espejo. Le gustó, se admiró. Se tocó con cariño. Se recorrió, miró
el espacio del seno faltante y no le importó. Estaba agradecida
con su cuerpo por todo lo que le había dado, por ser su cómplice
en el trayecto de su historia personal. "Aún nos quedan grandes
cosas por vivir", pensó. Se acarició más y con más amor. Se per-
donó por pensar en acabar con su vida. Estaba en un éxtasis, su
cuerpo y su alma estaban en paz, siguió tocándose y se enamoró
de sí misma otra vez.
Con manos un tanto temblorosas Laura comenzó la tarea que
dejó pendiente la última vez que se miró desnuda; tocó su vagina
y comenzó a masturbarse con devoción, se disfrutó enteramen-
te, sus manos seguían insistiendo sobre su cuerpo y mientras las
pequeñas ondas de calor y placer la recorrían pensaba en lo que
haría con el resto de su vida. Viviría, lucharía contra el cáncer
hasta el último momento, se regalaría los últimos días. \énde-
ría su casa y viajaría, conocería los lugares que siempre quiso
recorrer, iría a París y subiría la Torre Eiffel, conocería gente y
leería más libros, tendría un amante que le hiciera el amor mil
veces, pintaría un cuadro, se retrataría desnuda, besaría todos los
días a sus hijos y a sus nietos, los llenaría de amor y los vaciaría
de preocupaciones, les diría todos los días cuánto los ama, vería
el amanecer más veces, capturaría en su corazón cada atardecer
restante, caminaría por la playa y sentiría la arena entre sus pies,
buscaría a los amigos perdidos y cenaría con ellos, repetirían con
cariño mil veces sus historias, iría al teatro, iría al cine. Abrazaría
la vida. Laura alcanzó el orgasmo más pleno que había vivido, el
172
clímax más grande en todos los sentidos, en toda la extensión de
la palabra. Su cuerpo y su espíritu llegaron al mismo tiempo a su
cumbre.
Laura estaba feliz, las lágrimas seguían corriendo con intensi-
dad pero esta vez eran diferentes, sabían diferente, sabían a feli-
cidad. La felicidad que sólo, que sólo ella podría proporcionarse.
Se quedó sentada en el suelo agradeciendo que sus ojos se habían
abierto. Que la venda se había caído de nuevo. Respiraba con
fuerza y el llanto de alegría no dejaba de correr.
Levantó la vista y miró los frascos de pastillas en el borde del
lavabo. Se puso en pie y los golpeó con la mano violentamente,
Laura ya no los necesitaba, las cosas habían cambiado a su favor.
Los frascos salieron volando por los aires y con ellos un frasco
de jabón líquido.
El jabón se derramó y se mezcló con el agua que se fugaba del
lavabo y se había acumulado, precisamente aquella agua que ig-
noró por planear su muerte, y justo cuando se había despedido de
la muerte la encontró de frente. Laura se resbalo con el jabón, se
fue hacia atrás lentamente. La cabeza se estrelló contra el borde
de la tina de baño.
Mientras caía, Laura pudo ver todo con claridad. No hay tiem-
po, no hay contratos que aseguren la permanencia en el mundo,
hay que vivir cada segundo sin pensar en el siguiente porque no
sabemos si disponemos de él. La muerte había llegado por ella
y la recibía sin quejarse. Unos segundos atrás habían hecho las
paces. Al diablo con el cáncer, al diablo con los planes de suici-
dio, al diablo con la maldita incontinencia, al diablo con todo. Se
moría feliz. Se había encontrado consigo misma en el último mo-
mento. No se podía imaginar una muerte con mayor dignidad.

173
XVII

Alicia continuaba observando todo desde su sitio. Desde la es-


quina en donde presenció el accidente. La mano estaba aun prote-
giendo su vientre sin que ella lo advirtiera. Las lágrimas comen-
zaron a rodar por sus mejillas.
Una mujer mayor se acercaba a su amiga Beatriz para consolar-
la. La mujer alejaba a los curiosos. La pobre Alicia no atinaba a
lo que debía hacer. No sabía si acercarse a Beatriz o simplemente
alejarse. Su antígua amiga no la había visto en años y aquél no era
el mejor momento. Sospechaba que la niña que vio volar contra
el suelo unos minutos atrás era la hija de su amiga. Su cuerpo des-
obediente como siempre tomó la decisión que su cabeza no podía
tomar y estaba frente a Beatriz involuntariamente.

-Es mi hija -le dijo con voz temblorosa su amiga. Las dos se
abrazaron fuertemente. El calor de la complicidad y el apoyo po-
dían palparse,Alicía sentía que su amiga se desplomaría en cual-
quier momento. No sucedió.

Una ambulancia llegó al lugar y partió con la pequeña y Bea-


triz. Alicia se acercó hacia la mujer mayor que ayudó a su amiga
antes. Impulsivamente de nuevo se le echó encima con un abrazo.
Alicia le confirmó que la niña era la hija de su amiga.
Sin saber qué hacer exactamente las dos se miraron desconcer-
tadas. Alicia se ofreció para acompañarla hasta su casa. Laura
aceptó. Hablaron un poco sobre lo ocurrido y lo mal que debería
estarlo pasando Beatriz. Era horrible.
Subieron a un taxi.

-Un niño debe vivir, estas cosas no deberían pasar ---dijo Laura,
la mujer mayor.

Esas palabras petrificaron a Alicia creándose un silencio abru-


manteo Esas últimas palabras de Laura crearon un silencio enor-
me.
174
-Estoy embarazada y no quiero tener a este niño -musitó Ali-
cia desesperada. Había permanecido en silencio respecto al tema
muchos días. No tenía a nadie a quién decírselo. Las dos mujeres
estaban unidas en aquel momento por el desastre y una pena aje-
na, se volvieron confidentes por destino.

Laura la miró y apretó su mano con fuerza en señal de apoyo.

-Llevó dos semanas planeando mi suicidio -le dijo.

Alicia se quedó atónita. No sabía qué responder. Las dos rieron


un poco.

-Todas, todas las mujeres del mundo tenemos secretos que no


podemos revelar. Todas tenemos problemas que el mundo no en -
tendería. Nadie puede saber lo que pasa dentro de nuestros cora-
zones y nuestra mente salvo nosotras mismas, nadie. Nadie sabe
lo que pasa en nuestra vida cuando estamos solas, cuando no hay
nadie observando. Somos maestras del engaño. Podemos fingir
que no pasa nada cuando todo alrededor nuestro se está derrum-
bando. Podemos planear un suicidio o terminar un embarazo sin
que nadie lo sepa. Cada quien tiene sus motivos, cada persona
conoce las razones para tomar determinadas decisiones. Tú y sólo
tú conoces los motivos para no querer tener ese bebé. Sólo ase-
gúrate que tus razones para no tenerlo sean mucho mayores que
las razones para conservarlo -concluyó Laura aún sujetando la
mano de Alicia.

-No tengo razones específicas, sólo no quiero tenerlo. No quie-


ro tener hijos. Mi carrera, mi trabajo, todo se podría venir abajo.
Simplemente no quiero tener este niño.

-Ya veo, entiendo. Mira. Al final de tiempo, no del día de hoy,


no del fin de año, no el día que te retires del trabajo. Al final de
tu tiempo en este planeta descubrirás que lo único que vale la
pena es lo que has amado. Tus novios, tu cuerpo, tu familia, tus
175
amigos, tu ropa, tu mascota. Al final es lo único que cuenta. El
mundo no tiene sentido si dejas que lo que amas se te fugue de
las manos, desaparezca de tu vida. Las cuentas que se revisan
al final de los días no son las cuentas bancarias, son las cuentas
de nuestras acciones. Los títulos que de verdad valen la pena no
son los universitarios, el título de ser una buena hermana, una
buena madre o una buena hija es más importante. Los éxitos pro-
fesionales se empañan cuando los comparas con tus éxitos como
persona. Lo aprendí de la forma dificil, créeme -sentenció Laura
regalándole un beso en la frente.
Laura llegó a su casa y Alicia continuó el camino a la suya.
La vida entera de una mujer está llena de decisiones, las conse-
cuencias de cada decisión la colocarán en un lugar diferente. La
vida de una mujer está llena de personas que modifican su vida en
un instante sin que se enteren. La vida de Alicia había cambiado
radicalmente y su destino debía ser decidido, no podía aplazarlo
más. Las palabras de Laura la habían hecho reflexionar. Sus pro-
pias palabras la habían hecho pensar en la dirección de su vida,
había revivido esa misma tarde sus sueños enterrados a través de
la lectura de su pequeña libreta de notas.
A pesar de que continuaba nerviosa las cosas comenzaban a
encajar en su lugar. Llegó a casa y se sentó en su sofá blanco.
En ese preciso momento la lucha interna de las dosAlicias en-
tró en pugna de nuevo. LaAlicia que deseaba comerse al mundo
a mordidas contra la Alicia que deseaba cambiar el rumbo de su
vida hacia uno más apegado a sus deseos y sueños. Dos Alicias
totalmente distintas. Con opiniones diferentes. Pero en ese mo-
mento Alicia decidió ser honesta consigo misma, total y verdade-
ramente honesta.
Como un choque, Alicia supo que no deseaba transformarse en
una ejecutiva inalcanzable, sonaba bien como plan pero no era lo
que deseaba. En el pasado había sido la mejor opción, era la idea
más maravillosa del mundo pero en aquel momento carecía de
validez. No tenía idea de lo que harta a partir de ese momento con
el resto de su existencia, pero tan repentino como un accidente
modificó sus pensamientos y tuvo claro lo que ya no quería.
176
Supo que no estaba lista para muchas cosas en la vida, que todo
el tiempo invertido en su preparación profesional la habían inca-
pacitado para aprender otros tipos de cosas, otros tipos de habili-
dades, descubrió que no tenía idea de cómo vivir, de que no tenía
una remota idea de cómo vivir plenamente.
Su incapacidad para entregarse fuera de la oficina, fuera de las
presiones y fuera del trabajo con otros humanos. Ni siquiera sa-
bía cómo era el amor exactamente. No lo sabía. En el fondo de sí
misma Alicia hubiera deseado tener algo más, alguien más que le
felicitara por sus éxitos o la consolara en sus fracasos. Le hubiera
encantado encontrar ese amor que describía en su pequeña libre-
ta ¿Estoy preparada para el amor? ¿Realmente estoy lista para
recibir al amor de mi vida? ¿Qué pasaría si apareciera en este
momento?, se preguntaba Alicia. ¿Tengo lo que quiero ofrecerle?
¿Soy lo que quiero que la persona que esté conmigo encuentre?
¿Encontrará una mujer madura con mente clara? ¿Encontrará una
persona agradable? Y cómo podría encontrarla si en aquel instan-
te ella misma no estaba convencida de gustarse totalmente. Era
verdad, Alicia era consciente de que aún se encontraba muy lejos
de ser la mujer que había soñado, muy lejos de ser la mujer que
deseaba.
¿Cuánto tiempo más le tomaría llegar a ser como siempre ha-
bía deseado, cuánto? Había trabajado mucho, demasiado, había
trabajado día y noche para llegar a la cima de su profesión, había
dado mucho de sí para conseguirlo y no había sido suficiente.
"Ojalá pudiera organizarme una campaña para recuperar el
tiempo perdido", se dijo en tono irónico.
"La vida comienza todos los días, los días comienzan a cual-
quier hora, aún puedo continuar y hacerlo mejor esta vez", con-
cluyó.
Se quedó dormida dulcemente en el sofá.
Una semana después Alicia regresó a su trabajo. Mejorada, son-
riente. Todo en su mundo había cambiado y nadie lo sabía. La
abrazaron y le dieron la bienvenida. Ella regresó a su oficina y
comenzó a trabajar. Su asistente la recibió con más gusto que
ninguno.
177
-Te extrañé mucho -Ie dijo su asistente.

-Yo también te extrañe.

-¿Estás bien? Digo, después de todo lo sucedido.

-Mejor que nunca, mejor que nunca, no tienes idea de todo lo


que ha pasado, ahora regresemos al trabajo.

-Claro que sí -respondió la asistente.

Ese primer día de labores después del huracán que había azo-
tado su vida en las semanas anteriores transcurrió normalmen-
te. Tranquilamente. Todo sucedía tal como Alicia pensó que
sería. Pilas y pilas de documentos se apilaban en su escritorio.
Cientos de asuntos acumulados que debían ser resueltos. Su
bandeja de entrada de correo electrónico llena de correos espe-
rando por respuestas. Teléfonos enloquecidos agendando citas
con ella. Compañeros de trabajo que seguían desfi lando frente
a su oficina susurrando el hecho de no haber sido promovida.
Nada la sorprendía, todo transcurría como cualquier otro día.
Las cosas seguían caminando con el mismo ritmo y la mis-
ma dirección pero ella ya no era la misma. Nada fue diferente
salvo la llamada a su oficina del director general al final de la
tarde que le pedía se presentará en su oficina con carácter de
urgente.
Alicia se dirigió hasta la oficina del director. Llamó a la puer-
ta y entró. Él la recibió con un abrazo y le pidió que tomara
asiento.

-Bienvenida.

-Gracias,

-Espero que este descanso que has tomado te haya ayudado a


ver las cosas con mayor claridad, con mayor perspectiva,
178
-Así ha sido, este tiempo me ayudó muchísimo para refrescar
mi mente, tengo nuevas ideas para todo, ha sido un tiempo total-
mente aprovechado.

-Me alegra mucho escuchar eso Alicía, me alegra muchísimo


saber que tienes nuevas ideas, eso te servirá. Mira, sé que el nom-
bramiento de Daniel Hudson te ha tomado por sorpresa, sé que en
buena medida fue la razón por la que decidiste descansar toman-
do vacacíones y yo te las concedí porque sabía que necesitabas un
descanso. Lo que viene para ti es muy fuerte.

-Me imagino, me imagino que lo que viene para mí es muy


fuerte ~ijo Alicia con una sonrisa un poco burlona.

-Alicía todas las cosas suceden por una razón nada pasa por ca-
sualidad. Eres una publicista extraordinaria. Eres la mejor. Defi-
nitivamente eres la mejor y esta compañía necesita al mejor equi-
po. La razón por la que se decidió traer a una persona de Nueva
York en vez de elegirte a ti tiene una razón muy poderosa. Tú te
vas a Nueva York. Te vas a nuestra central mundial. Entenderás
que un anuncio de esta magnitud no podía realizarse sin la con-
firmación. Felicidades, lo conseguiste. Harás falta en esta oficína
-dijo el director orgulloso.

Alicia inhaló profundamente acercándose un poco al escritorio


del director.

-Señor, nunca había estado tan de acuerdo con usted como esta
tarde. Efectivamente todas las cosas suceden por algo, todo tiene
una razón de ser, hace dos semanas mi vida estaba consagrada
a vivir para ese puesto. Cuando supe que no era la elegida me
devasté pero ahora las cosas son diferentes. En unos cuantos días
todo puede cambiar. Creo que no quiero ir a Nueva York, me
siento satisfecha con lo que hago ahora. Agradezco ser elegida
pero debo decir no.
Atónito, el director no daba crédito a lo que estaba escuchando.
179
-¿Crees que no quieres aceptar el puesto? ¿Eres consciente de
lo que dices?

-Disculpe, me corrijo. No creo. Estoy segura que no deseo ese


puesto, pero gracias -dijo Alicia poniéndose de pie a punto de
dejar la oficina.

-Alicia -dijo de nuevo el director-o Oportunidades como ésta


no se repiten nunca.

-Ya lo sé, hay oportunidades que no se repiten nunca.

Alicia salió de la oficina del director. Salió del edificio y se de-


tuvo un segundo en la puerta mirando hacia el cielo.
"Todo lo que necesito de ahora en adelante lo tengo conmigo,
todo está en mi cabeza y en mi corazón, incluido tú, mi amor,
porque tú te quedas conmigo", le dijo a su hijo tocando su vientre
con las manos.

180
XVII!

Hacía una mañana hermosa y llena de luz. Beatriz regresaba a


casa con la pequeña Ana después de dos semanas.
La pequeña nifía regresaba a casa confundida por todo lo que
habla sucedido los últimos días. Apenas recordaba lo ocurrido.
Su madre había estado con ella todo el tiempo en el hospital. Su
padre la había llamado por teléfono y la había visitado un par
de ocasiones. Ana sólo quería volver a jugar con su hermanita y
mirar películas una y otra vez.

-¿Estás contenta de estar en casa mi amor?

-Sl, rnami, ¿dónde está mi papá?

-Papi no está. No estará por un tiempo.

-Bueno -dijo la niña y fue a jugar con su hermana.

Beatriz observaba a sus hijas jugar y se preguntaba qué les esta-


ba enseñando. Una madre siempre se cuestiona si el ejemplo que
les da a sus hijos es el mejor. Una madre siempre se cuestiona
si les está dando las herramientas adecuadas para luchar contra
el mundo en el futuro. ¿Qué les estaba enseñando a sus hijas?
¿Les estaba enseñando amor? ¿Les estaba ensefíando que la vida
se vive plenamente? O acaso, ¿les estaba ensellando que deben
resignarse a las circunstancias que se les presenten?
¿Soy una buena madre? ¿Una buena madre deja al padre de sus
hijos? Muchos pensarían que no. Algunos más conscientes dirían
que en ocasiones es lo mejor. Pero sólo la mujer que se encuentra
en medio de una decisión tan crucial sabe que es lo mejor para
sus hijos.
Mirándolas jugar en el fondo de sí misma, Beatriz sabía que lo
mejor que podía hacer por sus hijas era ser feliz. Sería lo mejor
para todas. No era justo para esas hermosas niñas crecer alIado
de una mujer insatisfecha que les transmitiera su aprisionamiento.
ISI
"¿Dónde está mi felicidad? -se preguntaba Beatriz-. ¿Con quién
está mi felicidad, con quién mi alegría?"
Demasiados argumentos recorrían su cabeza. Demasiados es-
cenarios con múltiples opciones. Destinos de ida y vuelta. Beatriz
era consciente en plenitud de que debía haberse hecho estas pre-
guntas tiempo atrás antes de las que consecuencias de circunstan-
cias anteriores la alcanzaran. Los efectos de esas circunstancias
le habían golpeado la cara sin previo aviso en apariencia. Hace
tiempo!que debió haberse detenido para averiguar si la vida que
estaba viviendo era la que deseaba. Hace tiempo que debió parar
por un instante, dejar quehaceres y deberes para cuestionarse si
su vida era lo que su alma anhelaba.
No, no lo era. Beatriz no era lo que quería ser. No era la mujer
que solió de sí misma.
Hoy como ayer y mailana igual a hoy.
Beatriz no quería enseñarle eso a sus hijas. No era lo que quería
para ellas:

-Niñas, ¿quieren un helado?

-¡Sí!,-gritaron las niilas entusiasmadas.

-Bueno, pues vamos por él ahora mismo.

Las tres mujeres salieron de casa para buscar el helado. Fresa,


chocolate y vainilla para cada una. Un clásico. Subieron a un au-
tobús y bajaron en el parque. Beatriz quería regalar a sus hijas
una tarde llena de color y alegría. Las niñas jugaban contentas so-
bre la hierba. Beatriz estaba contenta, su vida adquiría sentido.
Después de una hora completa, Beatriz advirtió que estaba sen-
tada en la misma banca en la que tuvo una charla con Laura tres
semanas atrás. La conversación vino a su mente. La ayuda que le
dio la tarde del accidente vino a su mente. Ni siquiera le había agra-
decido. Ni siquiera había reparado en que no existía razón alguna
para que Laura estuviera ahí aquella tarde, pero había estado. Ha-
bía aparecido de la nada y le había dado el soporte que necesitó.
182
-Niñas, vengan aquí. ¿Les gustaría acompañarme a visitar a
una amiga?

-¿Cuál amiga, mamá? -preguntó Ana.

-La amiga que nos ayudó el día que te caíste.

-¿La señora que me ayudó el día que se me descompuso la


cabeza?

-Sí, mi amor. La amiga que nos compuso la cabeza a las dos.

Caminaron las mismas calles que Beatriz y Laura habían reco-


rrido veinte días atrás. Llegaron hasta la puerta de Laura. Nadie
respondió. Nadie abría la puerta. Una mujer mayor apareció en
las escaleras.

-¿Busca usted a la señora G?

-Sí, exacto. Busco a la señora Laura G.

-Es una pena, una gran pena. ¿Era su amiga? ~ijo la mujer.

-¿Qué es una gran pena? ¿Qué pasa?

-La señora Laura murió hace dos semanas. La encontraron


muerta en su baño. Al parecer resbaló y se golpeó la cabeza. Ten-
go el teléfono de sus hijos si quiere saber algo más ... -la mujer se
detuvo cuando miró a Beatriz dejarse caer en las escaleras llena
de pena.

-Lo siento, lo siento de verdad. ¿La conocía hace tiempo?

-Sí. No. Ella salvó mi vida. Salvó mi vida y la vida de mi hija.


Salvó mi vida en una forma inexplicable -respondía Beatriz sus-
pirando entre palabras.
183
-El día que murió me encontré con ella en esta escalera. Me
contó que había presenciado un accidente en la calle. Estaba des-
concertada. Visiblemente afectada por lo sucedido. Supongo que
fue el día que salvó su vida.

-Sí, es probable. Mi hija tuvo un accidente ese día.

La mujer que ya estaba sentada junto a Beatriz en la escalera le


pasó un brazo por los hombros.

-Esa tarde le dije que la vida era así. Le dije que algunas perso-
nas mueren para que otros apreciemos la vida.

-¿Qué dijo? -preguntó Beatriz mirando a la mujer a los ojos.

-Dije que algunas personas mueren para que los que vivimos
aprendamos a valorar la vida. Si ella salvo la tuya debes valorar
que estás viva, aprendiendo de su muerte.

-Gracias -dijo Beatriz suspirando y esbozando una ligera son-


risa.

Beatriz se alejó del lugar sujetando a sus hijas en cada mano.

Cuando llegó a casa, Eduardo estaba sentado en la cocina. Es-


perándolas. Las niñas se abalanzaron sobre Eduardo. Él y Beatriz
sólo intercambiaron un hola.

-¿Quieren ver una película, niñas?

-sr -contestó Ana.


Ok, vengan las dos. Beatriz cogió a Alejandra y dejó a ambas
niñas en el salón. Regresó a la cocina.

-¿Podemos hablar? -preguntó Eduardo.


184
-Te escucho.

-Ya sé que estás enojada por todo lo que ha pasado, pero en


estos días he comprendido todo lo que he hecho mal y he venido
aquí para pedirte que me perdones, que me permitas estar contigo
y con mis hijas. He venido a pedirte que dejemos todo esto atrás
y que todo siga como antes.

-Suena sencillo, verdad, Eduardo. Suena fácil dejar todo atrás.


Pero hay un problema. Yo no estoy interesada en continuar como
antes. No quiero que todo siga como antes.

-Mira, Beatriz, lo de esa mujer se terminó, ha quedado en el


pasado, fue sólo una aventura, un error. Sé que fue un terrible
error pero tienes que saber que ha quedado atrás. Definitivamente
ha quedado atrás -decía Eduardo agitadamente.

Beatriz lo interrumpió antes que continuara.

-No. No. No, Eduardo. Esto ya no es acerca de esa mujer, es


acerca de mí, es acerca de lo que quiero, de lo que deseo, de lo
que necesito. Ya no puedo continuar así, ¡ya no quiero!

-¿Y entonces qué? ¿Entonces qué pasa con nosotros, qué pasa
con todo lo que hemos construido? ¿Se acaba y ya? ¿Me estás
diciendo que por un error todo se termina?

-No es un error, ha sido una cadena de errores que yo he per-


mitido.

-¿Y entonces qué pasa con nosotros?

-Entonces tú sigues con tu vida y yo comienzo con la mía -res-


pondió Beatriz serenamente.

-No te entiendo, simplemente no te entiendo -dijo Eduardo.


185
-Ya lo sé. Eso ya lo sé. ¿Sabes?, hace tiempo, hasta hace unas
semanas necesitaba de ti urgentemente, necesitaba de ti y de tu
abrazo con desesperación. Hoy necesito alejarme de ti, por mí.
Esto no es fácil, no es una decisión sencilla de tomar. Lo he pen-
sado mucho y detenidamente. Ha sido duro, muy doloroso pero
ahora veo las cosas con claridad. ¿TIenes idea de lo que es dormir
a lado de un hombre que no conoces más? Es tremendamente di-
ficil dormir con alguien que no reconoces, es eternamente dificil
dormir con alguien que te confunde. ¿Sabes lo que es abrazar a
alguien por la noche con la intención de salir corriendo? ¿Sabes
lo que es desear ser otra persona?

Eduardo la miraba con la vista perdida.

-Por supuesto que no lo sabes -dijo Beatriz concluyendo.

-y entonces, Beatriz, ¿qué pasa con nosotros?

-Entonces tú sigues con tu vida y yo comienzo con la mía.

Eduardo salió de la casa enfurecido dando un golpe a la


puerta.
Beatriz suspiró. Caminó lentamente hasta su balcón y se sujetó
al barandal negro mirando hacia la calle. Tranquila. Sumamente
tranquila. Ana se acercó de repente abrazándola por la cintura.

-¿Sabes amor? Creo que podríamos vender esta casa y comprar


otra en otro sitio. Una casa con un balcón más grande. Una donde
quepamos las tres.

\86
XIX

Todas las noches, todas.

Todas las noches, todas; cuando se agota la luz del sol y con ella
nuestro día tendemos a pensar en todo aquello que hicimos, diji-
mos o pensamos en las horas anteriores, qué aciertos logramos,
qué errores vivimos, con quién hablamos en el transcurso del día.
En muchas ocasiones algunos de nosotros dedicamos un poco de
tiempo para preparar o planear nuestro siguiente día; todas las
noches, todas, podemos ir a la cama siendo alguien diferente.
A veces ocurre que despertamos siendo una persona y dormi-
mos siendo una completamente distinta. Evidentemente la apa-
rición de esta posibilidad se presenta en muy pocas ocasiones y
sin embargo cuando tal posibilidad se torna realidad, aparece y
se presenta inundando todo a nuestro alrededor, llenándolo todo,
incluido lo que ignorábamos existiera dentro de nosotros.
Al cerrar los ojos por la noche para abandonarnos al sueño, la
mayoría de nosotros tiene la habilidad de conectarse con su yo
inconsciente, con su yo escondido, con su yo tímido. Con los
ojos cerrados podemos imaginarnos en otros mundos, en otros
espacios, con otras personas, viviendo otra vida y en cambio al
abrirlos estar ciegos, no ver nada. No ver más allá de nuestra vida
diaria.

¿Y qué deseo yo?


¿Qué me cuenta mi cabeza cuando duermo que no me atrevo a
decirme despierto?
¿Soy más valiente? ¿Soy más capaz? ¿Qué me cuenta? ¿Qué
me dice?

La vida comienza y acaba todos lo días. Eso es un hecho.


A final de cuentas cada día iniciamos de nuevo, todo el tíempo
la vida está comenzando de nuevo. Todos los días decidimos, qui-
zá no de una forma totalmente consciente, continuar cn el sitio en
187
donde nos encontramos, con las mismas personas que pasamos el
tiempo, en el mismo puesto de trabajo, la misma ropa que vesti-
mos. Todos los días decidimos continuar en el mismo lugar.
Pero en este andar no percibimos que cada día vivido se con-
vierte en una nueva memoria, cada día es un nuevo recuerdo, una
nueva aventura que se escribe en el libro de nuestra existencia.
El futuro es una línea delgada, demasiado delgada. Su distancia
de nosotros es pequeña, la fina línea del futuro se rompe cada
segundo, cada momento que deja de ser futuro para transformar-
se en presente. Y es ahí donde la mente no da el salto, donde se
aferra a puerto seguro. Transformamos. Reinventamos.

¿Qué me cuenta mi cabeza cuando duermo?


¿Mis deseos?
¿Mis sueños?
¿Mis temores?

Cada cosa posada en este mundo nació como idea, nació como
deseo. Y nos aferramos, nos asimos, nos abrazamos de lo seguro.

¿Y quién está en el camino correcto?

Cada uno de nosotros elige su camino, cada uno decide cómo


vive su vida. Cada uno hace su mejor intento, su mejor esfuerzo
por hacerlo lo mejor posible.

¿Quién está bien?


¿Quién está mal?

Muchas, muchas personas podemos elegir seguir el camino que


en apariencia demanda más esfuerzo, más coraje, más cansancio.
Un camino que se presenta como modelo a seguir. Nacer-crecer-
reproducirse-morir. El camino que se viste de confianza, de certi-
dumbre, que exige que quienes lo transitan se esfuercen, trabajen.
Pero finalmente es un camino simple, un camino fácil; aunque a
sus ojos parezca complejo. Nacer-crecer-ir al colegio-estudiar-es-
188
tudiar muy duro-obtener el diploma universitario-trabajar-trabajar
muy fuerte, muy duro, sin tegua, sin descanso-ganar dinero-ganar
más dinero-conseguir un puesto más elevado, más alto-casarse-
tener hijos- educarlos- pagar cuentas-morir.Finalmente es un ca-
mino conocido, la línea ya está dibujada, está trazada por sí sola,
no hay sorpresas, no hay descubrimientos. Aquellos que eligen
este sendero se saben seguros de conocer la verdad absoluta. y,
algunas veces tildan de conformistas a aquellos que deciden, que
eligen un camino diferente. Uno que parece más sencillo pero en
realidad es más dificil, más complejo.

¿Quién dice que conformarse es errado?


¿Quién dice que el no conformarse es lo correcto?

¿Qué significa no ser conformista? ¿Tener más dinero? ¿Tener


más bienes? ¿Una posición más alta en el trabajo? ¿Más grados
académicos?

¿Quién está bien?


¿Quién está mal?

Se necesita mucho, mucho valor para renunciar al camino es-


tablecido, al marcado. Se necesita mucho coraje para dejar atrás
de nosotros la seguridad que implica estar en un empleo con-
vencional y cobrar un cheque mensualmente. Se necesita valor
para renunciar a un trabajo que no nos satisface, a una pen-
sión segura, para dejar atrás el reconocimiento, la posición, el
estatus.
Se corren más riesgos enamorándonos de nosotros mismos, de
nuestra vida, de nuestros anhelos y se necesita más fuerza para
seguirlos, para alcanzarlos. Se corren más riesgos cuando deci-
dimos acallar todas las voces que nos invitan a seguir el camino
ideal, el conocido, el estable.
Abandonar tu vida diaria y aventurarte al encuentro de una pa-
sión es un trabajo mayor. Enamorarse con entrega y confianza
absoluta es un acto más valiente que estudiar una carrera. Vivir
189
plenamente es un camino más tropezado, más complejo y más
lleno de confusiones y reflexiones.

¿Quién está bien?


¿Quién está mal?

¿Por qué el ser humano prolonga innecesariamente el sufri-


miento y disminuye voluntariamente la felicidad? ¿Por qué no
prolongar aquello que nos produce placer y aquello que nos gus-
ta? ¿Por qué no elegimos prolongar el disfrute de los pequeños
placeres? Una copa de vino, un atardecer, una cena con amigos,
despertar en abrazos de un amante, un orgasmo, una tarde tibia de
octubre, un verano lleno de nuevas experiencias.
¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué nuestra tendencia de aferramos
al curso natural de las cosas? ¿Por qué asimos al puerto seguro si
notamos que más allá de donde llega nuestra vista se vislumbra
una vida más llena, mejor, o al menos diferente? ¿Por qué dejar
nuestros pies sobre la tierra si es imposible pretender no haber
vivido lo existido?
Caminar sobre nuestros mismos pasos no nos llevará nunca a
un lugar distinto, pero sí al mismo.
Todas las noches, todas, cada uno de nosotros tiene la oportu-
nidad y el poder de comenzar un nuevo día de una manera dife-
rente, de iniciar de nuevo, de llenar nuestra vida de sonrisas, de
belleza, de sueños, de ilusiones, de llenar nuestra existencia.
Ninguno de nosotros tiene contratos firmados con la vida o el
destino que nos obliguen a permanecer cinco o cincuenta años vi-
viendo igual. Todos al abrir los ojos decidimos cómo será nuestra
vida, nuestro nuevo inicio. Nuestra oportunidad real aparece cada
día, la única, la verdadera.
Nos volvemos presas de nuestros pensamientos, de nuestras
propias limitaciones, construimos en derredor nuestro una jaula
invisible, nos atrapamos solos por la idea de no conseguir nues-
tros deseos, nos encerramos por no confiar en nuestra capacidad.
Nos contenemos. Nos reprimimos. Pero cada uno tiene en sus
manos las llaves de su propia jaula. He aqui amable lector la in-
190
vitación a empujar la puerta de Iajaula, a retamos, a perdernos y
encontrarnos, a abandonar la aparente calma.

191
ÍNDICE

II 9

III 17

IV 25

V 38

VI 54

VII 66

VIII 82

IX 94

X 111

XI 123

XII 131

XIII 142

XIV 155

XV 161

XVI 168

XVII 174
193
XVIII 181

XIX 187

194
AGRADECIMIENTOS

A Isabel, Martha y Mariana, las mujeres de mi vida.

Alejandra Villalobos por ser mi incansable compañera de


aventuras, por soportarme cuando caigo y despertarme cuando
duermo.

A mis abuelos, mis tías y tíos, mi cuñado y mis primos por no


dejarme nunca a pesar de mis ausencias.

Amis amigos, Martha C., Lorena O., Iván G.,Alberto R., Ma-
riana M., por estar siempre que les necesito. Por estar conmigo
aunque no esté, para los que estoy aunque no esté.

A Mayra S., por ser mi guía desde que nos vimos por vez pri-
mera.

Por último quiero agradecer a todos aquellos que suelen decir-


me "no", "no se puede", "es muy dificil" por inyectarme valor
para hacerlo.

"Dios me ha dado la fuerza, la vida, el valor y mis miedos, el


impulso."
Las mujeres que lo tenemos todo
se terminó de imprimir y encuadernar
el mes de mayo de 2009
en la Ciudad de México.
Para su composición se usó la fuente
tipográfica TImes New Roman.
La impresión se hizo sobre papel bond blanco de 75 grms.
Empastado rústico en papel cuché de 250 grms.
El cuidado de la edición estuvo a cargo
de José Alejandro Torres.

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