NICOLÁS MALEBRANCHE

(1638-1715)


Filósofo, religioso y teólogo francés. Nació en París en el seno de una familia
vinculada con la realeza. Estudió filosofía y teología en la Sorbona. Pero estimulado por
el Tratado del hombre de Descartes, inició estudios científicos. De salud débil, se
incorporó a la Congregación del Oratorio desde 1664. En 1699 fue elegido miembro de
la Academia de Ciencias, donde presentó un importante estudio sobre la luz y los
colores, que explicaba como fruto de la frecuencia de las vibraciones luminosas.

Muy influenciado por el agustinismo -que inspiraba la orden a la que pertenecía-
consideraba que no hay ruptura real entre la religión y la filosofía. Ambas pueden
colaborar en el esclarecimiento de la verdad, y si se da algún conflicto entre ambas ello
es debido al carácter imperfecto del hombre marcado por el estigma del pecado
original. En el contexto de una reflexión sobre la relación entre el cuerpo y el alma,
entró en contacto con la obra de Descartes, a la que saludó como altamente positiva, ya
que consideraba que el dualismo cartesiano y el hecho de relegar las funciones vitales
del alma a meras funciones mecánicas, permitía destacar mejor el carácter puramente
espiritual del alma, y reformular el espiritualismo agustiniano.. Su primera obra La
búsqueda de la verdad (1674-1675), que obtuvo un gran éxito (se reeditó cuatro veces
en cuatro años), y que provocó importantes objeciones teológicas, parecía a primera
vista una sistematización del cartesianismo. De Descartes aceptaba el dualismo entre
pensamiento y extensión, la regla de la evidencia, el método y la teoría de las pasiones
(aunque completada con tesis agustinianas). Pero aparecían, también, importantes
diferencias. Por una parte corregía las leyes cartesianas del movimiento, pero lo más
importante es que rechazó la teoría de las ideas innatas y la teoría del conocimiento de
Descartes, e interpretó el problema de la relación entre alma y cuerpo a partir de las
tesis ocasionalistas iniciadas previamente por Cordemoy, y que desarrollaron Geulincx
y La Forge, que fue quien introdujo la noción de causa ocasional.

Respecto de la gnoseología cartesiana, Malebranche pone en duda que el alma
sea necesariamente mejor conocida que el cuerpo ya que, argumenta, la conciencia es
difusa y un sentimiento poco claro, mientras que la idea clara es la de extensión. De
esta manera rechaza que la idea sea un modo del espíritu, sino que es el objeto del
pensamiento. Con ello avanzará la tesis de que el conocimiento es la aprehensión de
las esencias de los cuerpos directamente en Dios. Dicha tesis la elabora a partir de la
negación y la crítica a las otras teorías del conocimiento: contra la teoría escolástica de
la emisión de imágenes parecidas a los objetos; contra la teoría empirista de la
transformación de impresiones corporales en ideas y contra la teoría de las ideas
innatas de Descartes. A su vez, esta teoría del conocimiento le conduce a las tesis
ocasionalistas, al señalar que la relación mutua de los sentimientos con los movimientos
de los órganos está fundamentada en Dios. El choque de los cuerpos da ocasión a
Dios, autor del movimiento de la materia, para realizar su voluntad, que es la causa
universal de todas las cosas. Otorgar una fuerza real a los seres creados es
divinizarlos, por ello se enfrentó a la física de las fuerzas de Newton y a Leibniz. A su
vez, no sólo los cuerpos no pueden ser verdaderas causas, sino que también los
espíritus son ciegos si Dios no los ilumina.

Así, la aceptación del dualismo y del mecanicismo cartesiano, junto con el
refuerzo del espiritualismo agustiniano, plantean a Malebranche el problema crucial de
la comunicación de las sustancias o relación mente-cuerpo, a la que dará como
explicación el ocasionalismo: Dios, que es lo infinitamente infinito, contiene en sí mismo
las ideas arquetípicas de las cosas creadas. De ahí que, puesto que conocer una cosa
es conocer su idea, el verdadero conocimiento sea la visión en Dios. De hecho, incluso
la misma visión de los cuerpos extensos es posible sólo porque primeramente hay una
idea de infinita extensión, de la cual los cuerpos son solamente particularidades. La
atención, entonces, es como una «plegaria natural» que conduce a la iluminación
divina, a la evidencia de las ideas matemáticas que son los modelos perfectos de las
realidades materiales. Esta tesis fue calificada por Leibniz de milagro perpetuo. Pero
Dios no sólo es la causa de nuestros conocimientos, sino también la causa de todo
cuanto se produce en el universo y la causa de la correspondencia entre las sustancias
extensas y las sustancias pensantes. Así, para solucionar el problema de la
comunicación de las substancias, sustituye el concepto habitual de causa por el de
causa ocasional, de forma que considera que, en ocasión de producirse un movimiento
en el alma, Dios interviene para producir el movimiento del cuerpo correspondiente, y
viceversa. No hay, pues, una interacción directa entre cuerpo y mente, sino mediatizada
por la acción de Dios. A pesar de su orientación religiosa, su concepción racionalista de
la fe le granjeó abundantes críticas de los sectores más conservadores de la religión.
Su teoría de la visión en Dios puede considerarse como un precedente del
inmaterialismo de Berkeley (quien le conoció personalmente), y su crítica de la noción
de causa es un precedente del asociacionismo de Hume.


FUENTE: CORTÉS MORATÓ, J ordi; MARTÍNEZ RIU, Antoni, Diccionario de filosofía en
CD-ROM, Herder, Barcelona, 1996.

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