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El padre espiritual en el cristianismo ortodoxo

Por el obispo Kallistos Ware


El que sube por una montaña por primera vez necesita seguir un camino
conocido, y necesita tener con él, como compañero y guía, a alguien que
haya estado subiendo antes y esté familiarizado con el camino. Servir como
tal compañero y guía es precisamente el rol del “Abba” o padre espiritual, a
quien los griegos llaman “geronta” y los rusos “staretz”, un título que en
ambas lenguas significa “hombre anciano” o “padre” (1).

La importancia de obedecer a un geronta está subrayada desde la aparición
del monasticismo en el oriente cristiano. San Antonio de Egipto decía:
“Conozco a muchos monjes que cayeron después de mucho esfuerzo y se
desvanecieron en la locura, porque confiaron en su propio trabajo... En lo
posible, para cada paso que dé un monje, para cada sorbo de agua que beba
en su celda, debería confiar la decisión a los gerontas, para evitar cometer
un error en lo que haga” (2).

Este es un tema constantemente enfatizado en los Apotegmata o Dichos de
los padres del desierto: “Los staretz solían decir: „si veis a un joven monje
ascendiendo al cielo por su propia voluntad, cogedlo por los pies y tirad de
él, pues esto es para su provecho... si un hombre tiene fe en otro y se
entrega a él en total sumisión, no necesita ocuparse en los mandamientos de
Dios, sino que sólo necesita confiar su voluntad entera en las manos de su
padre. Entonces estará sin mancha ante Dios, pues Dios no requiere nada
de los principiantes tanto como la auto entrega por medio de la obediencia”
(3).

Esta figura del staretz, tan prominente en las primeras generaciones del
monasticismo egipcio, ha conservado su pleno significado hasta el día de
hoy en la cristiandad ortodoxa. “Hay algo más importante que todos los
libros e ideas posibles”, señala un laico ruso del siglo XIX, el eslavófilo
Kireyevsky, “y este es el ejemplo del staretz ortodoxo, ante quien se puede
depositar cada uno de los pensamientos y de quien se puede escuchar, no
una opinión más o menos valiosa, sino el juicio de los santos padres.
Alabado sea Dios, pues los staretz no han desaparecido aún de nuestra
Rusia”. Y un sacerdote de la emigración rusa de nuestro propio siglo, el
padre Aleksander Elchaninov (+ 1934), escribe: “Su capacidad de acción es
ilimitada... son indudablemente santos, reconocidos como tales por el
pueblo. Siento que en nuestros días trágicos es precisamente mediante sus
medios por los que la fe sobrevivirá y será fortalecida en nuestro país” (4).


El padre espiritual como una figura “carismática”

¿Qué capacita a un hombre para actuar como un staretz? ¿Cómo y por
quién es nombrado?

Para esto, hay una simple respuesta. El padre espiritual o staretz es
esencialmente una figura profética y “carismática”, acreditada para su labor
por la acción directa del Espíritu Santo. Es ordenado, no por la mano de un
hombre, sino por la mano de Dios. Es una expresión de la Iglesia como
“evento” o “suceso”, más que de la Iglesia como institución (5).

Por supuesto, hay una línea clara de demarcación entre lo profético y lo
institucional en la vida de la Iglesia; cada uno deja pequeño al otro y es
entrelazado con él. El ministerio del staretz, en sí mismo carismático, está
relacionado con una función claramente definida en el marco institucional
de la Iglesia, el oficio de sacerdote-confesor. En la tradición ortodoxa
oriental, el derecho a escuchar confesiones no es concedido
automáticamente en la ordenación. Antes de actuar como confesor, un
sacerdote requiere la autorización de su obispo; en la Iglesia de Grecia, sólo
una minoría del clero está autorizada.

Aunque el sacramento de la confesión es ciertamente una ocasión
apropiada para la dirección espiritual, el ministerio del staretz no es
idéntico al del confesor. El staretz da consejo, no sólo en la confesión, sino
en muchas otras ocasiones; de hecho, mientras que el confesor debe ser
siempre un sacerdote, el staretz puede ser un simple monje, no con las
santas órdenes, o una monja, o un laico. El ministerio del staretz es
profundo, porque sólo pocos sacerdotes confesores afirmarían hablar con la
perspicacia y autoridad del primero.

Pero si el staretz no es ordenado o designado por un acto de la jerarquía
oficial, ¿cómo se embarca en su ministerio? A veces un staretz existente
designará a su propio sucesor. En esta forma, en ciertos centros monásticos
como Optina, en la Rusia del siglo XIX, se estableció una “sucesión
apostólica” de maestros espirituales. En otros casos, los staretz
simplemente surgen espontáneamente, sin ningún acto de autorización
externa. Como dijo Elchaninov, son “reconocidos como tales por el
pueblo”. En la continua vida de la comunidad cristiana, se hace evidente
para el pueblo creyente de Dios (el verdadero guardián de la Santa
Tradición) que esta o aquella persona tiene el don de la paternidad
espiritual. Entonces, de forma libre e informal, otros empiezan a acudir a él
o a ella para pedir consejo y dirección.

Cabe señalar que la iniciativa proviene, como una regla, no del maestro,
sino de los discípulos. Sería peligrosamente presuntuoso para alguno decir
en su propio corazón o a otros: “venid y someteos a mí; soy un staretz y
tengo la gracia del Espíritu Santo”. Lo que sucede más bien es que, sin que
el mismo staretz haga ninguna afirmación, otros lo proclamen, buscando su
consejo o pidiendo vivir permanentemente bajo su cuidado. En primer
lugar, probablemente los despedirá, diciéndoles que consulten a otros.
Finalmente llegará el momento en el que ya no podrá despedirlos sino
aceptar su venida a él como una revelación de la voluntad de Dios. Así, son
sus hijos espirituales quienes revelan al staretz mismo.

La figura de los staretz ilustra los dos niveles de interpretación con los que
la Iglesia terrenal existe y funciona. Por un lado, está el nivel jerárquico,
oficial y externo, con su organización geográfica en diócesis y parroquias,
sus grandes centros (Roma, Constantinopla, Moscú y Canterbury), y su
“sucesión apostólica” de obispos. Por otro lado, está el nivel interno,
espiritual y “carismático”, al que pertenecen principalmente los staretz.
Aquí los centros principales son, en su mayor parte, no las grandes sedes
primadas y metropolitanas, sino algunas remotas ermitas en las que
resplandecen algunas personalidades ricamente dotadas con los dones
espirituales. Muchos staretz no han poseído un estatus exaltado en la
formación jerárquica de la Iglesia; sin embargo, la influencia de un simple
hieromonje como San Serafín de Sarov ha superado la de cualquier
patriarca u obispo en la Ortodoxia del siglo XIX. De esta forma, junto con
la sucesión apostólica del episcopado, existe la de los santos y los hombres
espirituales. Ambos tipos de sucesión son esenciales para el verdadero
funcionamiento del Cuerpo de Cristo, y mediante su interacción, la vida de
la Iglesia se cumple en la tierra.


Huida y regreso: la preparación del staretz

Aunque el staretz no es ordenado o designado para esta tarea, ciertamente
es necesario que esté preparado. El patrón clásico para esta preparación,
que consiste en un movimiento de huida y regreso, debe ser claramente
discernido en las vidas de San Antonio de Egipto (+356) y San Serafín de
Sarov (+1833).

La vida de San Antonio cae bruscamente en dos mitades, con sus cincuenta
y cinco años como punto de inflexión. Los años de su temprana madurez a
la edad de cincuenta y cinco años fueron su tiempo de preparación, pasados
en un aislamiento cada vez mayor del mundo mientras se retiraba cada vez
más al desierto. Eventualmente pasó veinte años en un fuerte abandonado,
sin encontrarse con nadie. Cuando hubo alcanzado la edad de cincuenta
años, sus amigos ya no pudieron contener su curiosidad y rompieron la
entrada. San Antonio salió y, “tras permanecer medio siglo de su larga
vida, sin abandonar la vida de un eremita, se hizo disponible libremente a
los demás, obrando como „médico concedido por Dios a Egipto‟”. Fue
amado por todos, añade su biógrafo, San Atanasio, “y todos deseaban
„tenerlo como su padre‟” (6). Observa que la transición de un anacoreta
recluido a padre espiritual surgió, no por ninguna iniciativa por parte de
San Antonio, sino por medio de la acción de los demás. Antonio era un
monje laico, nunca ordenado al sacerdocio.

San Serafín siguió un camino similar. Tras quince años pasados en la vida
ordinaria de la comunidad monástica, como novicio, monje profeso,
diácono y sacerdote, se retiró durante treinta años a la soledad y al casi total
silencio. Durante la primera parte de este periodo, vivió en una cabaña en
un bosque; en un momento dado pasó mil días en el tronco de un árbol y
mil noches de sus días sobre una roca, entregándose él mismo a la oración
incesante. Llamado nuevamente por su higumeno al monasterio, obedeció
el mandato sin el menor retraso, y durante la última parte de su tiempo de
soledad vivió rígidamente recluido en su celda, la cual no abandonó incluso
para asistir a los oficios de la iglesia; los domingos, el sacerdote le traía la
comunión a la puerta de su celda. Aunque era un sacerdote no celebraba la
liturgia. Finalmente, en los últimos ocho años de su vida, terminó su
reclusión, abriendo las puertas de su celda y recibiendo a todo el que venía.
No hacía nada para darse notoriedad o para convocar a la gente; fueron los
demás los que tomaron la iniciativa de acercarse a él, pero cuando acudían
(algunas veces cientos o incluso miles en un mismo día) no los enviaba de
vuelta.

Sin esta intensa preparación ascética, sin este vuelo radical a la soledad,
¿podrían San Antonio o San Serafín haber actuado en el mismo grado
como guía para los de su generación? No, pues se retiraron con el fin de
llegar a ser maestros y guías de los demás. “Huyeron, no para prepararse a
sí mismos para alguna otra tarea, sino como un deseo consumado de estar a
solas con Dios. Dios aceptó su amor, pero los envió de vuelta como
instrumentos de sanación para el mundo, del que habían escapado. Aunque
no los hubiera enviado de vuelta, su huída habría sido supremamente
creativa y valiosa para la sociedad, pues el monje ayuda al mundo, no
principalmente por lo que haga o diga, sino por lo que es, por el estado de
oración incesante que se ha apoderado de su ser más íntimo. Aunque San
Antonio y San Serafín no hicieron más que rezar en soledad, estuvieron
sirviendo así a sus fieles al más alto grado. Sin embargo, como resultado de
esto, Dios ordenó que también deberían servir a otros de una forma más
directa. Pero este servicio directo y visible fue esencialmente una
consecuencia del servicio invisible que hicieron con su oración.

“Adquirid paz interior”, decía San Serafín, “y una multitud de hombres a
vuestro alrededor encontrará su salvación”. Tal es el rol del padre
espiritual. Estableceos en Dios; entonces podréis conducir a otros a su
presencia. Un hombre debe aprender a estar sólo, debe escuchar en el
silencio de su propio corazón la voz sin palabras del Espíritu Santo, y
descubrir así la verdad sobre sí mismo y sobre Dios. Así, su labor con otros
será una palabra poderosa, porque será una palabra en el silencio.

Lo que Nikos Kazantzakis decía del almendro es cierto también para los
staretz: “Le dijo al almendro: „Hermano, háblame de Dios‟, y el almendro
floreció”.

Formado por el encuentro con Dios en soledad, el staretz es capaz de sanar
por su sola presencia. Él guía y forma a otros, no por medio de palabras y
consejos, sino por su compañerismo, por la vida y el ejemplo específico
que estable, en una palabra, por el florecimiento como el almendro. Él
enseña tanto por su silencio como por su discurso. Abba Teófilo, el
arzobispo, visitó una vez Scetis, y cuando los hermanos se reunieron, le
dijeron a Abba Pambo: “Di una palabra al padre para que pueda ser
edificado”. El anciano les dijo: “Si no es edificado por mi silencio, no será
edificado por mi conversación” (8). Se cuenta una historia de San Antonio
con la misma moral. “Los tres padres tenían la costumbre de visitar al
bendito Antonio una vez al año, y dos de ellos solían preguntarle cosas
sobre sus pensamientos (logismoi) y sobre la salvación de sus almas, pero
el tercero permanecía en completo silencio, sin hacer preguntas. Tras una
larga espera, Abba Antonio le dijo: “Mira, tienes el hábito de acudir a mí
en todo este tiempo, y sin embargo, no me haces preguntas”. Y el otro
replicó: “Padre, me es suficiente sólo con mirarte” (9).

El viaje real de los staretz no es espacialmente en el desierto, sino
espiritualmente en el corazón. La soledad externa, si bien es útil, no es
indispensable, y un hombre puede aprender a permanecer sólo ante Dios,
mientras aún continúa llevando una vida de servicio activo en medio de la
sociedad. Se le dijo a San Antonio de Egipto que un médico, en Alejandría,
era su igual en logros espirituales: “En la ciudad hay alguien igual que tú,
un médico de profesión, que da todo su dinero a los necesitados, y todo el
tiempo canta el himno Tres veces Santo con los ángeles” (10). No se nos
dice cómo llegó esta revelación a San Antonio, ni cuál era el nombre del
médico, pero una cosa está clara. La oración incesante del corazón no es
monopolio de los solitarios; la vida mística y “angélica” es posible tanto en
la ciudad como en el desierto. El médico alejandrino cumplió el viaje
interior sin romper su vínculo exterior con la comunidad.

Hay también otros muchos casos en los que la huída y regreso no se
distinguen claramente en la secuencia temporal. Tomemos, por ejemplo, el
caso del joven contemporáneo de San Serafín, el obispo San Ignacio
Briantchaninov (+1867). Formado originalmente como un oficial de la
armada, fue designado a la temprana edad de 26 años para hacerse cargo de
un monasterio influyente cerca de San Petersburgo. Su propia formación
monástica había durado poco más de cuatro años antes de ser situado en
una posición de autoridad. Después de 24 años como abad, fue consagrado
obispo. Cuatro años después renunció, para pasar el resto de los seis años
de su vida como eremita. Aquí, precedió un periodo de activo trabajo
pastoral al periodo de reclusión anacoreta. Cuando fue nombrado abad,
seguramente se sintió muy mal preparado. Su retiro secreto al corazón se
llevó a cabo durante los muchos años en que administró un monasterio y
una diócesis, pero no recibió una expresión exterior hasta casi el final de su
vida.

La carrera del obispo Ignacio (11) puede servir como un paradigma para
muchos de nosotros en el tiempo presente, aunque (sin necesidad de
decirlo) estamos muy por debajo de su nivel de alcance espiritual. Bajo la
presión de las circunstancias exteriores y probablemente sin darse cuenta
de lo que estaba pasándonos, hemos sido lanzados a una carrera de
enseñanza, predicación y consejo pastoral, mientras carecemos de cualquier
conocimiento del desierto y su silencio creativo. Pero por las enseñanzas de
otros, nosotros mismos empezamos a aprender. Poco a poco reconocemos
nuestra impotencia para sanar las heridas de la humanidad únicamente con
los programas filantrópicos, el sentido común y la psiquiatría. Nuestra
complacencia se descompone, apreciamos nuestra insuficiencia, y
empezamos a entender lo que Cristo quiso decir con lo “una sola cosa es
necesaria” (Lucas 10:42). Este es el momento en el que entramos en el
camino de los staretz. Por nuestra experiencia pastoral, por nuestra angustia
por la pena de los otros, somos conducidos a realizar el viaje interior, para
ascender por la escalera secreta del Reino, donde sólo se puede encontrar
una solución genuina a los problemas del mundo. Sin duda, si algunos de
nosotros pensáramos de nosotros mismos como un staretz en el sentido
pleno, siempre y cuando buscáramos con sinceridad el entrar en la “cámara
secreta” de nuestro corazón, podríamos compartir en cierta medida la
gracia de la paternidad espiritual. Quizá nunca se nos conduzca a la vida de
un recluso monástico o de un eremita (que descansa y permanece siempre
en Dios) pero lo que es más importante es que cada uno debería ver la
necesidad de ser un eremita del corazón.


Los tres dones del padre espiritual

Tres dones, en particular, distinguen al padre espiritual. El primero es
visión y discernimiento (diakrisis), la habilidad para percibir intuitivamente
los secretos del corazón de otro, para entender las profundidades ocultas de
las que el otro no se da cuenta. El padre espiritual penetra por debajo de los
gestos convencionales y las actitudes que podamos ocultar de nuestra
verdadera personalidad a los otros y a nosotros mismos, y además de todas
estas trivialidades, llega a aferrarse con la única persona hecha a imagen y
semejanza de Dios. Su poder es espiritual más que físico; no es
simplemente una especie de percepción extra sensorial o clarividencia
santificada sino el fruto de la gracia, que presupone la oración concentrada
y una lucha ascética sin tregua.

Con este don de la visión llega la habilidad de usar las palabras con poder.
Ante cada persona que viene ante él, el staretz sabe (inmediata y
específicamente) qué es lo que el individuo necesita escuchar. Hoy,
estamos inundados de palabras, pero la mayor parte de ellas no son
conspicuamente palabras poderosas (12). El staretz usa pocas palabras, y a
veces ninguna, pero por estas pocas palabras o por su silencio, es capaz de
alterar la dirección total de la vida de un hombre. En Betania, Cristo usó
sólo tres palabras: “Lázaro, ven fuera” (Juan 11:43, Straubinger) y estas
tres palabras, dichas con poder, fueron suficientes para devolver al muerto
la vida. En una era en la que el lenguaje se ha trivializado
desgraciadamente, es vital redescubrir el poder de la palabra, y esto
significa redescubrir la naturaleza del silencio, no sólo como una pausa
entre palabras sino como una de las primeras realidades de la existencia.
Muchos maestros y predicadores hablan demasiado; el staretz se distingue
por una economía austera del lenguaje.

Pero para que una palabra tenga poder, es necesario que exista no sólo el
que habla con la genuina autoridad de la experiencia personal, sino también
el que escuche con atención y entusiasmo. Si alguien pregunta a un staretz
sólo por simple curiosidad, es probable que obtenga poco beneficio, pero si
se acerca al staretz con fe ardiente y profunda hambre, la palabra que
escuche podrá transfigurar su ser. Las palabras de los staretz son en su
mayoría simples en expresiones verbales y desprovistas de artificio
literario; para los que las leen de una forma superficial, podrán parecer
inmaduras y banales.

El don de la visión del padre espiritual es ejercida principalmente por
medio de la práctica conocida como “revelación de los pensamientos”
(logismoi). En el temprano monasticismo oriental, el joven monje solía
acudir diariamente a su padre y exponía ante él los pensamientos que
venían a él durante el día. Esta revelación de los pensamientos incluye más
que una confesión de los pecados, pues el novicio también habla de
aquellas ideas e impulsos que pueden parecerle inocentes, pero que el padre
espiritual puede discernir como peligrosos secretos o signos significativos.
La confesión es retrospectiva, pues se ocupa de los pecados que ya han sido
cometidos; por otro lado, la divulgación de los pensamientos es preventiva,
pues pone al descubierto nuestros logismoi antes de que conduzcan al
pecado y así los priva de su poder para dañar. El propósito de la revelación
no es jurídico, ni para garantizar la absolución de la culpa, sino el auto
conocimiento, para que cada uno pueda verse a sí mismo como es
verdaderamente (13).

Dotado con discernimiento, el padre espiritual no se limita a esperar a que
una persona se revele a sí misma, sino que le muestra los otros
pensamientos ocultos en él. Cuando la gente venía a San Serafín de Sarov,
a menudo contestaba a sus dificultades antes de que tuvieran tiempo de
poner sus pensamientos ante él. En muchas ocasiones la respuesta parecía
al principio un poco irrelevante, e incluso absurda e irresponsable, por lo
que San Serafín respondía que no era la pregunta que su visitante tenía
conscientemente en su mente, sino la que debería haber preguntado. En
todo esto, San Serafín confiaba en la luz interior del Espíritu Santo. Lo veía
importante, según explicaba, no ejercitarse con antelación en rol que iba a
emprender; en ese caso, sus palabras representarían sólo su propio juicio
humano que bien podría estar equivocado, y no el juicio de Dios.

A ojos de San Serafín, la relación entre el staretz y el hijo espiritual es más
fuerte que la muerte, y por lo tanto instaba a sus hijos a continuar su
revelación de pensamientos con él incluso tras su partida a la otra vida.
Estas son las palabras que, por su propio mandato, fueron escritas en su
tumba: “Cuando esté muerte, venid a mi, a mi tumba, y cuanto más, mejor.
Sea lo que sea que esté en tu alma, lo que te haya sucedido, venid a mi
como cuando estaba vivo, y arrodillados en el suelo, verted toda vuestra
amargura en mi tumba. Decídmelo todo y os escucharé, y toda la amargura
se alejará de vosotros. Y así como hablabais conmigo cuando estaba vivo,
haced así ahora. Pues estoy vivo, y lo estaré por siempre”.

El segundo don del padre espiritual es la habilidad para amar a otros y
hacer el sufrimiento de otros el suyo propio. De Abba Pimen, uno de los
más grandes staretz egipcios, se registró breve y simplemente: “Tenía
amor, y muchos venían a él” (14). Tenía amor: esto es indispensable en
toda la paternidad espiritual. Con ilimitado conocimiento de los secretos de
los corazones de los hombres, si carece de amor, no sería creativo, sino
destructivo, y el que no pueda amar a los demás tendrá poco poder para
sanarlos.

El amar a otros supone sufrir con y por ellos; tal es el sentido literal de la
compasión. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis
la ley de Cristo” (Gálatas 6:2, Straubinger). El padre espiritual es “el único
que por excelencia lleva las cargas de los otros”. Dostoievsky escribe en
Los hermanos Karamazov: “Un staretz es el que toma tu alma, tu voluntad,
sobre su alma y su voluntad…”. No le es suficiente con ofrecer consejo.
También se le requiere cargar el alma de sus hijos espirituales sobre su
propia alma, sus vidas en su vida. Su labor es rezar por ellos, y es más
importante para ellos su constante intercesión por ellos, en su nombre, que
cualquier palabra o consejo (15). Así mismo, su labor es asumir sus penas y
sus pecados, llevar su culpa sobre él mismo, y responder por ellos en el
Juicio Final.

Todo esto se hace manifiesto en el primer documento de dirección
espiritual oriental, el Libro de Barsanufio y Juan, que engloba algunas de
las 850 preguntas dirigidas a los dos ancianos palestinos del siglo VI, junto
con sus respuestas escritas. Así, Barsanufio insistía a sus hijos espirituales:
“Como Dios mismo sabe, no hay un segundo o una hora en la que no os
tenga en mi mente y en mis oraciones… Cuido de vosotros más que
vosotros mismos… Con sumo gusto daría mi vida por vosotros”. Esta es su
oración a Dios: “Oh Maestro, dirige a mis hijos contigo, a tu Reino, o
elimíname también del Tu libro”. Retomando el tema de llevar las cargas
de los otros, Barsanufio afirma: “Llevo vuestras cargas y vuestras
ofensas… Os habéis convertido en hombres sentados bajo un árbol con
sombra… Asumo vuestra sentencia condenatoria, y por la gracia de Cristo,
no os abandonaré, ni en este siglo, ni en el siglo venidero” (16).

Los lectores de Charles Williams recordarán el principio del “amor
sustituto”, que juega un papel central en Descendiendo al infierno. La
misma línea de pensamiento se expresa en el staretz Zósimo, de
Dostoievsky: “Sólo hay un camino de salvación, y es hacerse responsable
de los pecados de los hombres… Hacerse uno mismo responsable con toda
sinceridad y por todos”. La habilidad de los staretz de soportar y alentar a
otros está medida por su disposición para adoptar este camino de salvación.

Sin embargo, la relación entre el padre espiritual y sus hijos no es
unilateral. A pesar de que lleva el peso de sus culpas sobre él mismo y
responde por ellos ante Dios, no puede hacer esto de manera efectiva, a
menos que ellos mismos se esfuercen con todo su corazón por su propia
salvación. Una vez, acudió un hermano a San Antonio de Egipto y le dijo:
“Reza por mí”, pero el anciano le respondió: “No voy a tener piedad de ti,
ni Dios, a menos que hagas un pequeño esfuerzo por tu parte” (17).

Cuando se considera el amor de un staretz por los que están bajo su
cuidado, es importante dar un sentido completo a la palabra “padre” en el
título “padre espiritual”. Así como un padre y sus hijos, en una familia
ordinaria, deberían estar unidos en amor mutuo, así debe ser también en la
familia “carismática” de los staretz. Es principalmente una relación en el
Espíritu Santo, y mientras que la fuente de la afección humana no se
suprime insensiblemente, debe ser contenida dentro de los límites. Se
cuenta cómo un joven monje cuidaba de su padre espiritual, que estuvo
gravemente enfermo durante doce años sin interrupción. Ni una sola vez en
este periodo se lo agradeció este anciano, ni tan siquiera le dirigió una sola
palabra bondadosa. Sólo en su lecho de muerte, el anciano señala a la
asamblea de hermanos: “Es un ángel y no un hombre” (18). La historia es
válida como indicación de la necesidad por un destacamento espiritual,
pero tal incomprensible supresión de muestras de afección externa no es
típica de los Dichos de los padres del desierto, y menos aún de Barsanufio
y Juan.

Un tercer don del padre espiritual es el poder de transformar el entorno
humano, tanto el material como el inmaterial. El don de la curación,
poseído por muchos staretz, es un aspecto de este poder: muy
generalmente, los staretz ayudan a sus discípulos a percibir el mundo como
Dios lo creó y como Dios desea una vez más que sea. “¿Podéis regocijaros
por las obras de vuestro Padre?”, se pregunta Thomas Traherne. “Él mismo
está en todo”. El verdadero staretz es el que discierne esta presencia
universal del creador en todo lo creado, y asiste a los otros para discernirlo.
En palabras de William Blake: “Si las puertas de la percepción fueran
puras, todo aparecería ante el hombre tal y como es, infinito”. Así, para el
hombre que mora en Dios, no hay nada infame y trivial: lo ve todo con la
luz del Monte Tabor. “¿Qué es un corazón misericordioso?”, se pregunta
San Isaac el Sirio. “Es un corazón que arde con amor „por toda la creación,
por los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por toda
criatura. Cuando un hombre con tal corazón como este piensa en las
criaturas o las mira, sus ojos se llenan de lágrimas; una compasión
abrumadora hace crecer su corazón, pequeño y humilde, y no puede
soportar escuchar o ver ningún sufrimiento, incluso la más pequeña pena
infligida a cualquier criatura. Por lo tanto, nunca cesa de orar con lágrimas,
incluso por los animales irracionales, por los enemigos de la verdad, y por
aquellos que le hacen mal, pidiendo para que puedan ser guardados y
recibidos en la misericordia de Dios. Y también reza por los reptiles con
una gran compasión, que crece sin cesar en su corazón hasta que brilla
nuevamente y es glorioso como Dios” (19).

Un amor que lo abarca todo, como el del staretz Zósimo de Dostoievski,
transfigura su objeto, haciendo el entorno humano transparente, para que
las energías increadas de Dios brillen por medio de él. Una visión
momentánea de lo que esta transfiguración envuelve se proporciona por la
célebre conversación entre San Serafín de Sarov y Nicolás Motovilov, su
hijo espiritual. Caminaban por el bosque un día de invierno y San Serafín
hablaba sobre la necesidad de adquirir el Espíritu Santo. Esto condujo a
Motovilov a preguntar cómo puede un hombre conocer con certeza que está
“en el Espíritu de Dios”:

Entonces el Padre Serafín me tomó por los hombros y apretándolos muy
fuerte dijo:
- Los dos estamos, tú y yo, en la plenitud del Espíritu Santo. ¿Por qué no
me miras?
- No puedo, Padre, miraros. Rayos brotan de vuestros ojos. Vuestro rostro
se tornó más luminoso que el sol. Tengo mal los ojos.
El Padre Serafín dijo: No tengáis temor, amigo de Dios. También vos os
habéis tornado luminoso como yo. También estáis presente en la plenitud
del Espíritu Santo, de otro tundo no habríais podido verme.
Inclinando su cabeza hacia mi, él me dijo al oído: Agradezcamos al Señor
el habernos acordado esta gracia indecible, por la cual, como habéis visto,
ni siquiera hice la señal de la cruz, sino, apenas oré, con mi pensamiento en
el corazón: "Señor, hacedme digno de ver claramente, con los ojos de la
carne, el descenso del Espíritu Santo, como Tus servidores selectos, cuando
Te dignas aparecer ante ellos en la magnificencia de Tu gloria." E
inmediatamente Dios acogió la humilde plegaria del miserable Serafín.
¿Cómo no agradecerle por este extraordinario don que nos acuerda a los
dos? No siempre Dios manifiesta de este modo Su gracia a los grandes
eremitas. Como una madre amante, esta gracia consuela vuestro corazón
afligido, ante la plegaria de la misma Madre de Dios. ¿Pero por qué no me
miráis a los ojos? Osad mirarme sin temor, Dios está con nosotros.
Después de esas palabras, alcé mis ojos hacia él y, nuevamente, un gran
temor se apoderó de mi. Imaginaos el rostro de un hombre que os habla
envuelto por los rayos del sol del mediodía. Veis el movimiento de sus
labios, la expresión cambiante de sus ojos, escucháis el sonido de su voz,
sentís la presión de sus manos sobre vuestros hombros, pero al mismo
tiempo no percibís sus manos, ni su cuerpo ni el vuestro, nada más que una
brillante luz que se propaga alrededor, a una distancia de muchos metros,
aclarando la nieve que recubre la pradera y cae sobre el gran staretz y sobre
mí mismo (20).


Obediencia y libertad

Tal es la gracia de Dios, los dones de los staretz. Pero, ¿qué decir sobre el
hijo espiritual? ¿Cómo contribuye a la mutua relación entre padre e hijo en
Dios?.

Brevemente, lo que ofrece es su completa e incuestionable obediencia.
Como clásico ejemplo, está la historia en los Dichos de los padres del
desierto de un monje al que se le dijo que plantara un palo seco en la arena
del desierto y que lo regara diariamente. La fuente estaba tan distante de su
celda que tenía que salir por la tarde para recoger el agua y sólo regresaba a
la mañana siguiente. Durante tres años cumplió pacientemente el mandato
de su Abba. Al final de este tiempo, repentinamente el palo floreció y dio
fruto. El Abba recogió el fruto, lo llevó a la iglesia, e invitó a los monjes a
comer, diciendo: “Comed y probad el fruto de la obediencia” (21).

Otro ejemplo de obediencia es el monje Marcos que fue convocado por su
Abba, mientras copiaba un manuscrito, y tan inmediata fue su respuesta
que incluso no completó el circulo de la letra que estaba escribiendo. En
otra ocasión, mientras caminaban juntos, su Abba vio un pequeño cerdo;
probando a Marcos, le dijo: “¿Ves aquel búfalo, hijo mío?. Sí, padre”,
replicó Marcos. “¿Y ves qué poderosos cuernos tiene?. Sí, padre”,
respondió una vez más sin demora (22). Abba José de Panefo, siguiendo
una política similar, probó la obediencia de sus discípulos asignándoles
tareas ridículas, y sólo si las cumplían les daba entonces mandatos
sensibles (23). Otro staretz instruyó a su discípulo para robar cosas de las
celdas de sus hermanos (24); sin embargo, otro le dijo a su discípulo (que
no había sido del todo sincero con él) que lanzara a su hijo al horno (25).

Tales historias son propensas a dar una impresión un tanto ambivalente al
lector moderno. Parecen reducir al discípulo a un nivel infantil o
infrahumano, privándole de todo poder de juicio y elección moral. Con
indignación nos preguntamos: ¿Es esta “la libertad de la gloria de los hijos
de Dios”? (Romanos 8:21, Straubinger).

Se deben señalar aquí tres puntos. En primer lugar, la obediencia ofrecida
por el hijo espiritual a su Abba no está forzada sino que es voluntaria y
dispuesta. Es la labor del staretz tomar nuestra voluntad sobre la suya, pero
sólo puede hacer esto si por nuestra propia libre elección la ponemos en sus
manos. No rompe nuestra libertad, sino que la acepta de nosotros como un
don. Una sumisión que es forzada e involuntaria, está desprovista
obviamente de valor moral; el staretz pide a cada uno que ofrezca a Dios su
corazón, no sus obras externas.

La naturaleza voluntaria de la obediencia está vívidamente enfatizada en la
ceremonia de la tonsura en el rito ortodoxo de la profesión monástica. Las
tijeras son situadas sobre el Libro de los Evangelios, y el novicio debe
cogerlas y entregárselas al abad. El abad inmediatamente las pone sobre el
Libro de los Evangelios. De nuevo, el novicio coge las tijeras, y de nuevo
se vuelven a poner en el Evangelio. Sólo cuando el novicio coge por tercera
vez las tijeras, el abad procede a cortar el pelo. A partir de entonces, el
monje no tendrá derecho a decir al abad o a sus hermanos: “Mi
personalidad es restringida y suprimida en el monasterio; me habéis
privado de mi libertad”. Nadie le ha quitado su libertad, pues fue él mismo
quien cogió las tijeras y las puso tres veces en las manos del abad.

Pero este ofrecimiento voluntario de nuestra libertad es, obviamente, algo
que no puede ser hecho una vez y para siempre, por un simple gesto; debe
ser un ofrecimiento continuo, que exceda toda nuestra vida; nuestro
crecimiento en Cristo está medido precisamente por el grado creciente de
nuestra auto entrega. Nuestra libertad debe ser ofrecida cada nuevo día y a
cada hora, en constantes formas diferentes, y esto significa que la relación
entre el staretz y el discípulo no es estática, sino dinámica, no inmóvil, sino
infinitamente diversa. Cada día y a cada hora, bajo la guía de su Abba, el
discípulo se enfrentará a nuevas situaciones, pidiendo una respuesta
diferente, una nueva clase de auto entrega.

En segundo lugar, la relación entre el staretz y el hijo espiritual no tiene
una, sino dos caras. Así como el staretz permite a los discípulos verse a sí
mismo como son realmente, así es el discípulo quien se revela al staretz
mismo. En muchas instancias, un hombre no se da cuenta de que es
llamado a ser un staretz hasta que otros vienen a él y le insisten que los
ponga bajo su guía. Esta reciprocidad continúa mediante la relación entre
los dos. El padre espiritual no posee un programa exhaustivo,
cuidadosamente elaborado con antelación e impuesto de la misma forma
para todos. Por el contrario, si es un verdadero staretz, tendrá una palabra
diferente para cada uno; y puesto que la palabra que da está en el nivel más
bajo, no siendo la suya, sino la del Espíritu Santo, no conoce de antemano
la palabra que dará. El staretz actúa sobre la base, no de unas reglas
abstractas, sino de unas situaciones humanas concretas. Él y su discípulo
entran en cada situación juntos, sin saber ninguno de ellos cuál será el
resultado, sino esperando la iluminación del Espíritu Santo. Cada uno de
ellos, tanto el padre espiritual como el discípulo, deben aprender a medida
que avanzan.

La mutualidad de su relación se indica por ciertas historia de los Dichos de
los padres del desierto, donde un indigno Abba tenía un hijo espiritual
mucho mejor que él. El discípulo, por ejemplo, descubre a su Abba en el
pecado de fornicación, pero finge no haber sabido nada y permanece bajo
su cargo; y así, por la paciente humildad de su nuevo discípulo, el padre
espiritual fue conducido al arrepentimiento y a una nueva vida. En tal caso,
no es el padre espiritual quien ayuda al discípulo, sino al revés.
Obviamente, tal situación se aleja de la norma, pero indica que el discípulo
es llamado a dar tanto como para recibir.

En realidad, la relación no es a dos bandas, sino triangular, ya que, además
del staretz y del discípulo hay también un tercer participante, Dios. Nuestro
Señor insistió en que no deberíamos llamar a ningún hombre “padre”, pues
sólo tenemos un Padre, que está en el cielo (Mateo 13:8-10). El staretz no
es un juez infalible o un tribunal de última instancia, sino un ferviente
seguidor del Dios vivo, no un dictador, sino un guía y compañero en el
camino. El único y verdadero “director espiritual”, en el sentido pleno de la
palabra, es el Espíritu Santo.

Esto nos lleva al tercer punto. En la tradición oriental ortodoxa en su mejor
momento, el padre espiritual siempre ha tratado de evitar cualquier clase de
coacción y violencia espiritual en su relación con su discípulo. Si, bajo la
guía del Espíritu Santo, habla y actúa con autoridad, es con la autoridad del
amor humilde. Las palabras del staretz Zósimo en Los hermanos
Karamazov expresan un aspecto esencial de la paternidad espiritual: “Por
algunas ideas, os quedáis perplejos, especialmente a la vista del pecado de
los hombres, sin saber si combatirlas por la fuerza o por el humilde amor.
Siempre decidís: „Combatiré por el amor humilde‟. Si os decidís sobre esto
de una vez por todas, podréis conquistar el mundo. El amor humilde es una
fuerza terrible; es más fuerte que todas las cosas y no hay nada igual a él”.

Ansiosos por evitar toda restricción mecánica, muchos padres espirituales
del oriente cristiano rechazaron otorgar a sus discípulos una regla de vida,
una serie de mandatos externos para que se aplicaran automáticamente. En
palabras el contemporáneo monje rumano, el staretz no es “un legislador,
sino un mistagogo” (26). Guía a otros, no imponiendo sus reglas, sino
compartiendo su vida con ellos. Un monje le dijo al Abba Pimen: “Algunos
hermanos han venido a vivir conmigo; ¿quieres que les de órdenes?. „No‟,
dijo el anciano. El monje persistió: „Pero padre, ellos mismos quieren que
les dé ordenes‟. „No‟, repitió Pimen: „Sé un ejemplo para ellos, pero no un
legislador” (27). La misma moral surge de la historia de Isaac el sacerdote.
Como un joven hombre, permaneció en primer lugar con Abba Kronis y
después con Abba Teodoro de Ferme, pero ninguno de ellos le dijo qué
tenía que hacer. Isaac se quejaba a los otros monjes y ellos vinieron le
reprobaron ante Teodoro. “Si lo desea”, respondió Teodoro finalmente,
“dejadle hacer lo que me ve hacer” (28). Cuando se le pidió a Barsanufio
que otorgara una norma detallada de vida, se negó, diciendo: “No quiero
que estéis bajo la ley, sino bajo la gracia”, y en otras cartas, escribía:
“Sabéis que nunca he impuesto cadenas a nadie... No forcéis la libre
voluntad de los hombres, sino más bien sembrad la esperanza, pues nuestro
Señor no obliga a nadie, sino que predicó la buena nueva, y los que lo
desearon, le obedecieron” (29).

No forcéis el libre albedrío de los hombres. La tarea del padre espiritual es
no destruir la libertad de un hombre, sino asistirle para que vea la verdad
por sí mismo; no reprimáis la personalidad de un hombre, sino hacedlo
capaz de descubrirse a sí mismo, para que crezca en completa madurez y se
convierta en lo que realmente es. Si en alguna ocasión el padre espiritual
requiere una implícita y aparente obediencia “ciega” de un discípulo, esto
no es hecho como un fin en sí mismo, ni con vistas a esclavizarlo. El
propósito de esta clase de tratamiento de choque es simplemente para
liberar al discípulo de su falso e imaginario “yo”, para que pueda entrar en
la verdadera libertad. El padre espiritual no impone sus ideas o sus
devociones, sino que ayuda al discípulo a encontrar su propia vocación
especial. En palabras del benedictino del siglo XVII, Agustín Baker: “El
director no está para enseñar su propio camino, ni de echo ninguna
determinada forma de oración, sino para instruir a sus discípulos sobre
cómo pueden encontrar por sí mismos el camino propio... En una palabra,
sólo es el siervo de Dios, y debe conducir las almas según el camino de
Dios, y no según el suyo” (30).

En última instancia, lo que el padre espiritual da al su discípulo no es un
código de regulaciones escritas u orales, ni un conjunto de técnicas de
meditación, sino una relación personal. En esta relación personal, el Abba
crece y cambia así como el discípulo, pues Dios está constantemente
guiándolos a los dos. En alguna ocasión puede proveer a su discípulo
detalladas instrucciones verbales, con respuestas precisas a preguntas
específicas. En otras ocasiones fracasará dando alguna respuesta, ya sea
porque no piensa que la pregunta necesite respuesta, o porque él mismo no
conoce, sin embargo, la respuesta que debería darse. Pero estas respuestas
(o este fracaso en responder) son siempre dadas en el marco de una relación
personal. No se pueden decir muchas cosas con palabras, pero pueden
transmitirse por medio de un encuentro personal directo.


En ausencia de un staretz

Y, ¿qué se debe hacer, si no encontramos un padre espiritual?

Se debe dirigir, en primer lugar, a los libros. Escrito en la Rusia del siglo
V, San Nilo de la Sora lamenta la extrema escasez de padres espirituales
cualificados, y sin embargo, ¡cuán frecuentes deben haber sido en aquellos
días, más que en nuestros días! Nos insta a buscar diligentemente, un
confiable y digno guía. “Sin embargo, si no se puede encontrar tal maestro,
entonces los santos padres nos ordenas dirigirnos a las Escrituras y
escuchar a nuestro Señor mismo hablando” (31). Puesto que el testimonio
de las Escrituras no debería estar aislado del testimonio continuo del
Espíritu en la vida de la Iglesia, el investigador también deberá leer las
obras de los padres, y por encima de todo, la Filocalía. Pero hay un
evidente peligro en esto. El staretz adapta su guía al estado interior de cada
uno; los libros ofrecen el mismo consejo para todos. ¿Cómo puede
discernir el principiante si un texto es aplicable o no a su propia situación?
Incluso si no puede encontrar un padre espiritual en el sentido pleno,
debería al menos intentar encontrar a alguien más experimentado que él,
capaz de guiarlo en su lectura.

Es posible aprender también visitando lugares donde la divina gracia se
haya manifestado y donde ha oración se haya concentrado especialmente.
Antes de tomar una mayor decisión, y en ausencia de otra guía, muchos
cristianos ortodoxos peregrinan a Jerusalén o al Monte Athos, o a algún
monasterio o la tumba de un santo, donde pueden orar pidiendo
iluminación. Esta es la forma en la que he tomado las decisiones más
difíciles de mi vida.

En tercer lugar, podemos aprender de las comunidades religiosas con una
tradición establecida de la vida espiritual. En ausencia de un maestro
personal, el entorno monástico puede servir como gurú; podemos recibir
nuestra formación de la secuencia ordenada del programa diario, con sus
periodos de oración y silencio litúrgicos, con su equilibro de trabajo
manual, estudio y recreo (32). Esto parece haber sido la base principal con
la que San Serafín de Sarov dirigió su entrenamiento personal. Un
monasterio bien organizado encarna, de forma accesible y viva, la sabiduría
heredada de muchos staretz. No sólo los monjes, sino los que vienen como
visitantes durante un largo o corto periodo, pueden ser formados y guiados
por la experiencia de la vida comunitaria.

De hecho, no es una coincidencia que la clase de paternidad espiritual que
hemos estado describiendo surgiera inicialmente en Egipto en el siglo IV,
ni en las comunidades organizadas completamente por San Pacomio, sino
entre los eremitas y en los centro semi eremíticos de Nitria y Scetis. En el
primer caso, la dirección espiritual fue provista por Pacomio mismo, por
los superiores de cada monasterio, y por los responsables de las “casas”
individuales dentro del monasterio. La regla de San Benito también prevé
al abad como padre espiritual, y no hay provisión de un tipo más
“carismático”. Con el tiempo, por supuesto, las comunidades cenobíticas
incorporaron muchas de las tradiciones de la paternidad espiritual que se
desarrollaron entre los eremitas, pero la por estas tradiciones siempre se
dejó sentir menos intensamente en los cenobios, precisamente porque la
dirección era provista por la vida corporativa realizada dentro del marco de
la orientación de la regla.

Finalmente, antes de que dejemos el tema de la ausencia de los staretz, es
importante reconocer la extrema flexibilidad en la relación entre el staretz y
el discípulo. Algunos pueden ver a su padre espiritual diariamente o incluso
a cada hora, rezando, comiendo y trabajando con él, quizá compartiendo la
misma celda, como sucedía a menudo en el desierto egipcio. Otros pueden
verlo sólo una vez al mes o incluso una vez al año, mientras que otros,
nuevamente, pueden visitar a un staretz tan sólo en una sola ocasión en
toda su vida, y sin embargo será suficiente para ponerlos en el camino
recto. Por otro lado, hay muchos tipos diferentes de padre espiritual, y
quizá pocos sean taumaturgos como San Serafín de Sarov. Hay numerosos
sacerdotes y laicos que, si bien carecen de los dones más espectaculares de
los staretz, son ciertamente capaces de proveer a otros la orientación que
necesitan.

Mucha gente imagina que no puede encontrar a un padre espiritual, porque
lo esperan que sea de un tipo particular: quieren un San Serafín, y así,
cierran sus ojos a los guías a los que Dios en realidad les está enviando. A
menudo, sus supuestos problemas no son muy complicados, y en realidad
ya saben en su corazón cuál es la respuesta. Pero no les gusta la respuesta,
porque se trata de un esfuerzo paciente por su parte, y así buscan un deus
ex machina que, por una simple palabra milagrosa, lo haga repentinamente
todo más fácil. Tales personas necesitan ser ayudadas para entender la
verdadera naturaleza de la dirección espiritual.


Ejemplos contemporáneos

En conclusión, brevemente deseo nombrar a dos staretz de nuestros propios
días, a quienes he tenido la suerte de conocer personalmente. El primero es
el padre Anfilogio (+1970), abad del monasterio de San Juan en la isla de
Patmos, y padre espiritual de una comunidad de monjas que fundó, no lejos
del monasterio. Lo que más distinguía su carácter era su gentileza, el
candor de su afección, y su sentido de tranquilidad, y sin embargo,
triunfante gozo. La vida en Cristo, como él la entendía, no es un yugo
pesado, una carga que se lleva con resignación, sino una relación personal
que se persigue con afán de corazón. Estaba firmemente opuesto a la
violencia espiritual y a la crueldad. Como era típico, mientras agonizaba, se
despidió de las monjas a su cuidado, instando a la abadesa a no ser
demasiado severa con ellas: “Ellas lo han dejado todo para venir aquí, y por
eso no deben ser infelices” (33). Cuando tuve que volver de Patmos a
Inglaterra como nuevo sacerdote ordenado, insistió que allí no tenía
necesidad de tener temor por nada.

Mi segundo ejemplo es el arzobispo San Juan (Maximovitch), obispo ruso
de Shangai, en Europa occidental y finalmente en San Francisco (+1966).
Hombre de poca altura, con el pelo enmarañado y barba, y con
impedimento en su discurso, poseía el toque de un “loco en Cristo”. Desde
el momento de su profesión como monje, no se volvió a tumbar en una
cama para dormir por la noche; siguió trabajando y orando, arrastrando su
sueño y durmiendo escasos momentos en las 24 horas. Anduvo descalzo
por las calles de París, y una vez celebró una panikidia entre unas líneas de
metro cerca del puerto de Marsella. La puntualidad tenía poco significado
para él. Desconcertado por su comportamiento impredecible, el más
convencional entre los de su rebaño a veces lo juzgaba inadecuado para el
trabajo administrativo de un obispo. Pero con su total desprecio a las
formalidades normales, tuvo éxito donde los demás, basándose en la
influencia y experiencia mundana, habían fracasado por completo, como
cuando, contra toda esperanza, y bajo la mordedura del sistema de
“cuotas”, aseguró la admisión de miles de personas rusas sin hogar
refugiadas en los Estados Unidos.

En una conversación privada era muy gentil, y rápidamente ganaba la
confianza de los niños pequeños. Particularmente notable fue la intensidad
de su intercesora oración. Cuando era posible, le gustaba celebrar la Divina
Liturgia diariamente, y a menudo la liturgia duraba dos o tres veces más del
tiempo normal, pues tal era la multitud de los que conmemoraba
individualmente por su nombre. Cuando rezaba por ellos, nunca eran
despreciados sus nombres de las largas listas, sino que siempre los
mencionaba a todos. Se me contó una historia muy típica. Era su costumbre
visitar cada año el monasterio de la Santa Trinidad de Jordanville, en
Nueva York. Cuando se iba, después de tal visita, un monje le dio un trozo
de papel con cuatro nombres de aquellos que estaban gravemente enfermos.
El arzobispo Juan recibía miles y miles de peticiones de oración en el
transcurso de cada año. A su regreso al monasterio un año después, le hizo
una señal al monje, y para sorpresa de este, del fondo de la rasa del
arzobispo Juan salió un trozo idéntico de papel, ahora arrugado y roto.
“Recé por tus amigos”, dijo, “pero dos de ellos” (y señaló sus nombres),
“ahora están muertos y los otros dos se han recuperado”. Y de hecho, así
fue.

Incluso a gran distancia compartía las preocupaciones de sus hijos
espirituales. Uno de ellos, superior de un pequeño monasterio ortodoxo de
Holanda, estaba sentado una noche en su habitación, incapaz de dormir por
la ansiedad de los problemas a los que tenía que hacer frente. Sobre las tres
de la madrugada, sonó el teléfono; era el arzobispo Juan, hablando a unos
cuantos centenares de kilómetros. Lo llamó para decirle que ya era hora de
que el monje se fuera a la cama.

Tal es el papel del padre espiritual. Como lo expresó Barsanufio: “Cuido de
ti más de lo que tú cuidas de ti mismo”.


Traducido por P.A.B