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Trastornos del Afecto asociados al Consumo de Cocaína.

La presencia de síntomas depresivos durante el síndrome de abstinencia a diversas drogas como los
psicoestimulantes y cocaína es un hecho muy contrastado. Es muy significativo que el humor disfórico sea
un fenómeno común en la abstinencia y en la depresión, lo que hace pensar que constituye un aspecto de
trascendencia en la dependencia a sustancias.
La característica esencial del trastorno del estado de ánimo inducido por sustancias es una notable y
persistente alteración del estado de ánimo, que se considera provocada por los efectos fisiológicos directos
de una sustancia (por ejemplo: una droga, un medicamento, la exposición a un tóxico). Dependiendo de la
naturaleza de la sustancia y del contexto en el que aparecen los síntomas, la alteración puede suponer que
el estado de ánimo sea depresivo o con una notable pérdida de placer o interés por las cosas, o que sea un
estado de ánimo elevado, expansivo o irritable.
Este diagnóstico debe establecerse en lugar del de una intoxicación por sustancias o abstinencia de
sustancias sólo si los síntomas son excesivos, en comparación con los habitualmente asociados al síndrome
de intoxicación o de abstinencia, y cuando son de suficiente gravedad como para merecer una atención
clínica independiente. Debido a que en algunas sustancias el estado de abstinencia puede aparecer con
relativo retraso, el inicio de la alteración del estado de ánimo puede ocurrir hasta 4 semanas después del
abandono de la sustancia.
El juicio clínico es esencial para determinar si el tratamiento es verdaderamente el causante, o si se ha
producido el inicio de un trastorno del estado de ánimo primario mientras el sujeto estaba siguiendo el
tratamiento. Por ejemplo, los síntomas maníacos que aparezcan en una persona que sigue tratamiento con
litio no serán diagnosticados como trastorno del estado de ánimo inducido por sustancias, porque no es
probable que el litio provoque episodios parecidos a la manía.
Los efectos sobre el estado de ánimo de la cocaína son conocidos desde hace siglos. Tampoco es reciente el
conocimiento acerca del uso frecuente de sustancias psicoactivas en individuos melancólicos o deprimidos.
Sin embargo los trastornos por uso de sustancias y los afectivos, los adictos y los deprimidos, han sido
durante años estudiados y tratados de forma paralela, sin tratar de establecer los puntos de conexión entre
unos y otros.
Al igual que ocurre con otros trastornos por uso de sustancias, el abuso o dependencia a cocaína se asocia
con un mayor riesgo de depresión. La asociación con el trastorno depresivo mayor se ha estimado en un
18%. Así en estudios realizados con sujetos que se encontraban en tratamiento por trastornos relacionados
con el consumo de cocaína, se han descrito de un 20% a un 61% de antecedentes de trastornos afectivos.
Estos sujetos que presentaron ambos trastornos, resultaron ser más refractarios al tratamiento.
La presencia de un trastornos afectivo condiciona una mayor severidad de la dependencia a cocaína. En una
intoxicación por cocaína el cuadro que presenta es taquicardia, aumento de la tensión arterial,
intranquilidad, disnea, arritmias, crisis comiciales, etc., y siempre va acompañado de un grado de ansiedad
alto. En la abstinencia según la definición clásica de Gawin y Cléber, desde la segunda fase hacia el final
aparece ansiedad acompañado de deseo irrefrenable de consumo. En esta misma línea, es bien conocido
como el estrés aumenta el deseo de consumo de droga y el riesgo de recaída en individuos con
dependencia. Esto se ha confirmando en un estudio realizado en pacientes con abuso de cocaína y alcohol
sometido a situaciones de estrés donde se diferenciaron dos grupos según la frecuencia de consumo. Los
resultados mostraron que los consumidores a altas frecuencias de alcohol y cocaína presentaban un
aumento del deseo de consumo significativamente mayor, igual ocurrió con la ansiedad y con la respuesta
cardiovascular (frecuencia cardiaca, tensión arterial, etc.). Los psicoestimulantes como la cocaína se asocian
principalmente a los ataques de ataque pánico. L a experiencia clínica nos confirma este dato ya que esta
situación puede ser el desencadenante para que un consumidor de cocaína decida iniciar tratamiento.
(Manzanares, García, Celorrio, Sánchez y Rubio, 2010).