Entrevista El célebre historiador italiano visita Chile

Carlo Ginzburg: el conocimiento es posible
Uno de los historiadores más conocidos del mundo -especialmente por su libro "El queso y los gusanos"-, Carlo Ginzburg (Turín, 1939), visita Chile, invitado por Unión Latina y la Universidad Adolfo Ibáñez, para participar en un encuentro en su homenaje. Patricio Tapia Antes de uno de sus interrogatorios, el molinero friulano Menocchio, quien moriría en la hoguera por orden de la Inquisición en 1599, había prometido que "hablaría cosas que sorprenderían". Uno de los sorprendidos, sin duda, fue el historiador italiano Carlo Ginzburg, quien 400 años después, se encontró, en los registros inquisitoriales de un pequeño pueblo del norte de Italia, con la historia de Domenico Scandella, conocido como Menocchio, quien había desarrollado su propia cosmogonía a partir de ciertas lecturas. De esta suerte, Ginzburg, en 1976, publicaría "El queso y los gusanos" (para Menocchio el cosmos surgió del caos como el queso de la leche y aparecieron en él gusanos, que eran los ángeles). En uno de los ensayos de su último libro, "Il filo e le tracce" (2006), Ginzburg señala que quizá las historias sobre brujas escuchadas cuando muy niño en los Abruzzos (donde su padre estaba confinado), podrían haber determinado su interés en esos temas. Sus padres -el profesor de literatura rusa Leone Ginzburg y la novelista Natalia Ginzburg- eran parte de la generación de jóvenes intelectuales antifascistas, implicados activamente en la vida política y cultural de la Italia de entonces. Su hijo Carlo, se dedicó a la historia y en su primer libro (de 1966) estudió a unos contrahechiceros (aún así procesados por la inquisición) del siglo XVI, los "benandanti" y algunos de los postulados antropológicos de ese libro los desarrollaría en su obra mayor "Historia nocturna" (1989). Ginzburg ha sido celebrado por sus brillantes e innovadoras exploraciones en diversos aspectos de la historia: la social, la del arte, la de las mentalidades yse le suele vincular a la llamada "microhistoria". Después de trabajar durante bastantes años en la Univesidad de California, en Estados Unidos, ha regresado a Italia, a la institución donde se formó, la Scuola Normale Superiore di Pisa. -Usted proviene de una familia de intelectuales y de escritores. ¿Cree que ese entorno influyó en las orientaciones de su trabajo? "Sí, desde luego, de muchas maneras. Mi padre era un filólogo y un historiador; también estaba profundamente comprometido en la política. Mi madre era una novelista. Yo me he comprometido sólo de manera indirecta con la política, pero creo que mi aproximación a la escritura histórica ha sido profundamente influida por la lectura de novelas. Ese es uno de los motivos de mi sensibilidad frente a la relación entre la historia y la ficción; y también de mi renuencia a los intentos por hacer borrosas las fronteras entre ellas. -Su nombre está estrechamente asociado con la "microhistoria" y la "historia de las ideas". Pero usted parece no sentirse muy cómodo con estas etiquetas.. "Las etiquetas son convenientes, pero obviamente ellas no tienen un valor cognoscitivo. La mala microhistoria es mala"

-Hasta dónde sé sus primeras publicaciones, en 1966, fueron "I benandanti" y un largo artículo sobre Warburg y sus seguidores. Parecía moverse de la brujería al estudio de historia de arte, de los campesinos en el siglo XVI a algunos de los eruditos más distinguidos del siglo XX. ¿Hay algo que unifique temas tan distintos? "Detesto repetirme. Intento reproducir tan a menudo como sea posible la experiencia del estudio, incluyendo la posibilidad del estudio desde el principio. Esa es la razón de por qué he estado trabajando sobre asuntos diferentes. Creo que hay algunos elementos comunes en mi acercamiento a ellos. También creo que la mayor parte de mi trabajo ha sido una respuesta a, y un desarrollo de, mi temprano trabajo sobre la brujería: más precisamente, de mi tentativa por rescatar las actitudes de los acusados desde los 'archivos de la represión'. Mi compromiso con las cuestiones de metodología es una consecuencia de esta empresa algo paradójica. Paradójica, pero también emocional e ideológicamente motivada". -Hay quien dice que detrás de todo su trabajo hay una preocupación metodológica. Pero entiendo que usted, como Granet, piensa que el método es el camino pero una vez recorrido. "Estoy de acuerdo (algo decía al respecto en mi respuesta anterior). Las discusiones metodológicas a menudo son irrelevantes porque no están relacionadas con la investigación empírica. Hay excepciones, por cierto: Marc Bloch es una obvia". -Pero hay elementos que se repiten en sus libros: el desafío a la autoridad, la persecución de algunos grupos o individuos.. "Tiene razón. Yo pondría esos elementos bajo la etiqueta de 'motivaciones emocionales e ideológicas'. Ellos pueden dar combustible a la investigación, pero buenos sentimientos y buenos trabajos no son sinónimos. La investigación también necesita algo más". -Usted ha estudiado especialmente a las víctimas de la Inquisición. Pero en su artículo "El inquisidor como antropólogo ", ha trazado paralelos no sólo entre los inquisidores y los antropólogos, sino entre los inquisidores y los historiadores.. "En un cierto momento me di cuenta que mi cercanía emocional con las víctimas de la Inquisición estaba emparejada a una cercanía cognoscitiva con los inquisidores. Esto fue un descubrimiento inquietante. Pero uno tiene que enfrentar la realidad, especialmente cuando ella es desagradable. Aquella grieta entre la emoción y la cognición era instructiva; todavía reflexiono sobre ella de vez en cuando". -En sus libros hay constantes alusiones a la literatura. ¿Cree que su vinculación con ella podría pensarse no sólo biográfica, sino también conceptualmente? ¿Hay una división clara entre historia y ficción? "He tratado de argumentar que la relación entre historia y ficción ha sido ambivalente: ha implicado rivalidad, préstamos mutuos (de modelos, temas y así sucesivamente). Esta aproximación me parece mucho más interesante, y más apropiada, que aquella de moda que sostiene (o al menos sostuvo) que tanto la historia como la ficción son, a fin de cuentas, ficcionales".

-¿Podría usted resumir su crítica tanto de la supuesta neutralidad del conocimiento científico como del relativismo posmoderno? ¿Y su defensa de nociones tan poco en boga como las de "verdad" y "realidad"? "No puedo hacerlo en un par de frases. Diré simplemente que el conocimiento localizado (es decir, el énfasis sobre el punto de vista específico del autor) no es incompatibile con el conocimiento. Alguna vez escribí: 'El conocimiento es posible', lo que es deliberadamente banal, pero mucha gente tiende a olvidarlo. Para decirlo de otra manera: la construcción es necesaria (todo conocimiento implica un elemento constructivo) pero la reconstrucción es posible. ¿Reconstrucción de qué? De 'la realidad ahí fuera', como muchos académicos norteamericanos dicen irónicamente. Tomo muy en serio esta expresión despectiva. La realidad ahí fuera existe, aunque nos sea accessibile sólo en formas mediatas. Nuestros cuerpos, nuestras emociones, nuestros compromisos ideológicos, etc., actúan como filtros". -En sus ensayos, con el tiempo, han aparecido reflexiones más autobiográficas. ¿Tiene usted la tentación de escribir una autobiografía? "Espero que no". -Escribió recientemente sobre Hobbes. ¿Cree que nuestro mundo es parecido al imaginado por él (lobos incluidos)? "Hasta cierto punto, sí. Sobre todo, uno siente que su voz viene al caso. Leer a Hobbes es una experiencia que recomendaría fuertemente. El 'Leviatán' es como una bebida fuerte que te deja perfectamente lúcido”. Fuente: El Mercurio – Artes y Letras- E 12 – 13.

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