José Vico Peinado

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JOSÉ VICO PEINADO
PROFETAS
EN EL
DOLOR
LA ENFERMEDAD
VISTA DESDE
LOS ENFERMOS
2.
a
edición
EDICIONES PAULINAS
® Ediciones Paulinas 1981 (Protasio Gómez, 13-15. Madrid-27)
» José Vico Peinado 1981
Fotocomposición: Fotocompofset, S. L. Burdeos, 2. Mostoles
Impreso en Artes Gráficas Pájaro. Humanes (Madrid)
ISBN: 84-285-0858-5
Depósito legal: M. 31.865-1982
Impreso en España, Printed in Spain
A mis padres,
cuyo amor Dios hizo fecundo,
en señal de gratitud por el don
de la vida que de ellos recibí y
por la luz de la fe que la
ilumina y que ellos se esforza-
ron en transmitirme.
PROLOGO
Siempre que, en mi labor sacerdotal, he tenido que abordar
el mundo de los enfermos para proyectar allí la fe, he sentido
en mi interior una cierta impotencia, que me presentaba este
campo como impenetrable. No sé si la compañía de la
enfermedad a lo largo de mi vida, me ha hecho receloso a la
hora de iluminar esas situaciones difíciles por las que atraviesa
todo enfermo. No sé si el pudor me ha hecho incapaz de
manifestar mis más íntimas vivencias. El caso es que he
preferido desarrollar mi labor más con el personal sanitario, en
cursillos y conferencias, que con los mismos enfermos.
Sin embargo, me sentía deudor también de ellos. Por eso,
cuando se me presentó la ocasión, a través del Secretariado
Nacional de Pastoral Sanitaria, de dirigir unas jornadas de
reflexión radiadas para los enfermos, vi llegado el momento de
saldar mi deuda. A pesar de todo, mi recelo y mi sentimiento de
incapacidad continuaban intimidándome un poco.
Por otra parte, pensé que podía ser interesante que los
enfermos mismos fueran los protagonistas principales de esas
jornadas. No quería que los enfermos fueran sujetos pura-
mente pasivos. Ellos también tenían una experiencia. Quizá,
incluso, más rica que la mía. Y, además, también ellos tenían la
fuerza del Espíritu.
Creí llegado el momento de que a los enfermos les hiciesen
reflexionar los mismos enfermos. Con esta intención lancé
unas preguntas a enfermos y minusválidos de distinta
condición y diagnóstico, repartidos por las diversas latitudes de
la geografía hispana. Las respuestas no se hicieron esperar.
Terminadas las jornadas en la radio, pensé que debía hacer
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llegar estos testimonios a aquellos enfermos que no pudieron
seguir, por diversas causas, las emisiones. A sí nació la idea de
publicar esta obra.
Naturalmente, los testimonios estaban pensados originaria-
mente para la radio. Estaban grabados, en su gran mayoría, en
cintas magnetofónicas. Y, como cada medio tiene su propio
lenguaje, la primera operación que me impuse fue la de "tradu-
cirlos" al lenguaje escrito. Dicen que cualquier traducción es
una pequeña traición. Soy consciente de ello. Y por esto he
tratado de ser lo más imparcial posible a la hora de conservar el
núcleo fundamental del testimonio. Pido perdón tanto a los
autores como a los lectores si, en algún caso, mi interés no se
ha visto recompensado con la fidelidad.
El libro está dividido en cinco capítulos, en los que,
partiendo de ¡a experiencia de la enfermedad (I), que es
considerada como un tiempo de conversión (II), se intenta
descubrir el amor de Dios (III), que hace fecunda para la
Iglesia la vida del enfermo (IV) y bienaventurada su asistencia
(V).
Cada capítulo comienza con una reflexión teológica, que
trata de orientar las cuestiones a las que responden los
testimonios, y termina con un material para que el lector pueda
reposar en una oración serena y tranquila.
El libro no está pensado para ser leído de corrida. Más
bien, se trata de un libro de cabecera, que el enfermo puede
utilizar, leyendo uno u otro testimonio, que le sirva de médico
espiritual para sus momentos de reflexión.
Espero que el libro será útil también para aquellas personas
que tratan con los enfermos. A través de sus páginas podrán ir
sensibilizándose con las vetas más íntimas del mundo interior
de los que sufren. Podrán ir descubriendo lo que se espera de la
asistencia que les prestan.
Tengo que mostrar mi agradecimiento, en primer lugar, a
los enfermos que, con sinceridad, han abierto de par en par las
puertas de su espíritu 'y han permitido que su testimonio se
haga público para bien de otros que o comparten su misma
situación o los están asistiendo. También agradezco al
Secretariado N acional de Pastoral Sanitaria y a los Equipos de
Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos, que, a
o
través de sus capellanes, han recogido el material. Finalmente
no quisiera olvidar a un grupo de mis alumnos del Estudio
Teológico Claretiano de Colmenar Viejo que me han ayudado
algo más que materialmente, y a todas las personas que han
hecho posible que esta obra viera la luz.
EL AUTOR
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CAPÍTULO I
LA EXPERIENCIA
DÉLA
ENFERMEDAD
invitación a la reflexión
V
IVIR es, para todo hombre, algo más que una tarea
biológica. No se vive, simplemente, porque se
vegeta. Vivir es hacerse presente en el mundo y para
los demás. Es moverse. Es tener ilusiones. Es soñar. Es...
participar en la tarea de construir y ser construido.
Sin embargo, la grandilocuencia de estas frases encierra
en su realidad cosas bien sencillas: la posibilidad de hacer lo
que uno quiere, la dedicación a las tareas y quehaceres de la
vida ordinaria, la vida en familia, el trabajo diario, la
preocupación por los seres queridos, la amistad compartida
y un largo etcétera, que da a la vida su sabor. Un sabor
agridulce, ciertamente, porque la vida tiene una capa de cal
y otra de arena. Tiene sus luces y sus sombras. Sus
momentos fáciles y, también, sus momentos difíciles.
En todos los momentos de la vida, el hombre, que
quiere vivirla en plenitud, siente que debe dar una
respuesta calculada y razonable en las distintas situaciones.
Ha de entablar un diálogo con los acontecimientos que se
van sucediendo. Diálogo que no está encerrado en el
esquema de estímulo y respuesta. El no está acoplado
perfectamente con la naturaleza. El tiene que buscar. Tiene
que inventar. Tiene que crear sus propias respuestas. La
vida es un reto permanente, una pregunta a veces
inquietante que espera ser aceptada y respondida. Es una
apelación a la responsabilidad del hombre. A su autentici-
dad.
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Lo que ocurre es que la vida pregunta, a veces, con tal
inquietud e insistencia y nos sorprende tan desprevenidos,
que rompe nuestras formas habituales de responderle. La
vida de cada día nos había dejado el pose de la experiencia.
El paso de la vida nos había legado una forma de pensar, de
ser y hasta de relacionarnos. La vida seguía su curso
pacíficamente. Había ya pasado la niñez, los tiernos años
del brotar de la fuente. Quizá también habían pasado los
años de pendiente de la adolescencia en los que el río de la
vida buscaba atropelladamente su propio cauce. Y, cuando
más tranquila iba, recorriendo sus meandros, se precipitó
en cascada tumultuosa. El poso de nuestra experiencia
habitual se removió entero. Tuvimos que encajar la caída.
Y con la caída remodelar nuestro mundo interior.
Esta caída puede venir provocada por muy diversas
situaciones. Una de ellas, la enfermedad.
La enfermedad puede ser una situación que remueva
nuestra experiencia vital. Una experiencia que nos permita
observar la realidad de otra manera. Certeramente decía
Bonhoeffer que la situación de indefensión quizá permita a
los enfermos contemplar ciertas realidades de la existencia
humana con mayor claridad de lo que puede ser dado a los
sanos. Estar sanos y, de repente, caer enfermo exige una
adaptación que llama a rebato las mejores energías, como
se le piden al deportista en los momentos más duros de su
competición deportiva. El mundo entero parece que ha
cambiado.
Es distinto contemplar la enfermedad desde dentro y
desde fuera. Cuando uno la contempla desde fuera es la
gente la que se enferma. El "se" hace de la enfermedad algo
impersonal. No afecta experiencialmente. Quien contempla
es un espectador, más o menos ligado a la persona del
enfermo. Pero espectador.
En cambio, cuando se está enfermo, se siente uno
implicado en la situación. Estaba acostumbrado a vivir al
día entre los afanes de cada jornada, cuando no en esa
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monotonía del vivir diario que describe A. Camus en las
primeras páginas de El Mito de Sísifo:
"Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de
taller, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo,
descanso, dormir, y el lunes-martes-miércoles-
jueves-viernes-sábado siempre el mismo ritmo, si-
guiendo siempre el mismo camino."
Quizá, por las condiciones en que se desarrolla la vida
moderna, vivía de prisa, actuaba de prisa, gozaba y lloraba
de prisa. Se sentía una persona útil, profesionalmente
recompensada en su actividad. Podía vivir de forma
independiente dentro de una intimidad personal, a la par
que tenía un círculo de relaciones, más o menos amplio,
con las personas que formaban su entorno. En una palabra,
se sentía actor recompensado en el teatro del mundo. En
cambio, ahora, cuando ha llegado el momento de la
enfermedad, tiene la sensación de que los decorados se
desploman.
El "stop" de la enfermedad puede convertirse en una
atalaya desde donde se contemple la vida de otra forma
muy distinta. Tiene que abandonarse la prisa, esa prisa que
el psicólogo López Ibor diagnostica como una de las causas
del nihilismo del hombre contemporáneo, que ha provo-
cado un profundo empobrecimiento del espíritu humano y
una desintegración de las relaciones interpersonales. Se
impone una valoración de la persona humana que no esté
fundamentada simplemente en la utilidad pragmática, en la
capacidad productiva o en el prestigio social.
La situación ha cambiado. El dolor físico quizá haya
hecho acto de presencia, debido a la enfermedad o al
tratamiento aplicado para su curación. El lecho, que antes
servía de reparador de fuerzas después de una jornada de
trabajo, es ahora testigo de largas noches de insomnio, de
pesadilla o de esperanza en poderlo abandonar cuanto
antes. Perdida la independencia y la libre movilidad ha de
recurrir a los servicios de otras personas, a veces, incluso,
para los cuidados más íntimos. Frecuentemente, se tiene la
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sensación de representar una carga para los demás. Por
otra parte, los proyectos y los sueños han quedado
truncados y han dejado paso a la inquietud por quienes
estaban implicados en ellos. ¿Qué será de ellos? La ausencia
de proyectos puede provocar un proceso de introversión,
de concentración y hasta de aburrimiento. Existe toda una
gama de posibilidades de distracción: la lectura, la
correspondencia, las actividades manuales, el transistor...
Pero hay ocasiones en que nada de esto es capaz de matar
la soledad. El aislamiento, roto esporádicamente por
alguna visita, hace que los amigos se vayan perdiendo.
De todos modos, quizá no sea lo más importante la
situación cambiada. Probablemente lo que más afecta al
enfermo sea la "noche oscura" que ha de pasar en su
interior para hacerse con las riendas de este caballo
desbocado.
Dependerá, sin duda, del temperamento y de la
sensibilidad de cada uno. Pero, seguramente también para
todos los enfermos, la enfermedad puede representar un
período de crisis, una experiencia fuerte, un tiempo
privilegiado para la reflexión—que esto quiere decir, en su
sentido originario, la palabra crisis—. Al enfermo la vida
misma le ha colocado en una situación en la que las
preguntas surgen en racimo: ¿Por qué el dolor y la enfer-
medad? ¿Por qué he de sufrirla yo? ¿Qué será de mí y de
los míos? ¿Quién es el responsable? ¿Por qué está presente
el mal, si Dios existe y es bueno y poderoso?
La vida parece acosada por una fiera impresionante
que, en cualquier momento, de un solo zarpazo, destruye
nuestras seguridades. Ahora la vida misma pregunta al
enfermo. La respuesta se hace urgente para seguir gustando
o no, al menos, soportando la vida.
La enfermedad tiene la extraña virtualidad de colocar a
muchas personas entre el absurdo y el misterio.
* * *
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Cuando no hay respuesta, el absurdo y el sinsentido
anegan la existencia del hombre en las aguas de la
amargura. La rebeldía ante el dolor y el sufrimiento será la
consecuencia más frecuente. La vida entera resulta
insufrible. La presencia en el mundo se experimenta como
desgracia y maldición. La agresividad, la protesta y la
susceptibilidad se hacen el pan cotidiano del enfermo, que
se torna inaguantable para sí mismo y para los demás.
En cambio, para quien la pregunta que hace la vida a
través de la enfermedad tiene respuesta, el dolor, el
sufrimiento, la debilidad y aun el aislamiento no son
experimentados como acosos del absurdo. El enfermo vive
su enfermedad como un misterio, que ha de esforzarse en
desentrañar y asumir en el sentido global de su respuesta a
la vida. Está convencido de que el dolor humano en el que
vive no tiene por qué estar ligado a la amargura. Está
convencido de que la única causa de la amargura en el
dolor hay que buscarla en la incapacidad para integrar este
aspecto negativo de la vida en su sentido global. Está
convencido de que debe poner en sus labios la plegaria del
poeta indio Tagore:
No pida yo nunca estar libre de peligros,
sino denuedo para afrontarlos.
No quisiera yo que se apaguen mis dolores,
sino que sepa dominarlos mi corazón.
¡No sea yo tan cobarde, Señor,
que quiera tu misericordia en mi triunfo,
sino tu mano apretada en mi fracaso!
Está convencido de que necesita fortaleza de espíritu
para penetrar el sentido de la vida en el dolor. Necesita luz.
Necesita gracia. Y también necesita ayuda. ¡Qué bueno
sería si alguien que hubiese pasado la experiencia del dolor
y hubiera penetrado su sentido pudiera iluminar con su
experiencia la experiencia del enfermo! ¡El sí sería un
auténtico médico!
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Ya decía Platón, en su libro La República, que el
médico ideal "tendría que haber sufrido todas las
enfermedades en su propio cuerpo y que no debería tener
una naturaleza radicalmente sana". No quería decir el viejo
filósofo que el médico tuviera que haber pasado todas las
enfermedades posibles. Sino, más bien, lo que pretendía era
que el médico fuera un experto en el dolor y que, con su
experiencia, pudiera ayudar a los enfermos no sólo
técnicamente, sino, ante todo, humanamente. Entonces sí
que el lecho del que el enfermo se levantaría sería perfecto.
El enfermo saldría de él reanimado, en lugar de sólo
remendado (ERNF.STBLOCH).
Cristo Jesús es el médico que cura y reanima al
enfermo, que toma sus mismas actitudes humanas.
Durante su vida terrena "le llevaban todos los enfermos y
él curaba a muchos" (Me 1,32-34); "recorría toda la Galilea
enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva
del Reino, curando toda enfermedad y dolencia en el
pueblo" (Mt 4,23-25); (cf. 9,35). Pero las curaciones de
Jesús eran signos de la llegada del Reino (Mt 11,3), en el
que se hacía presente el amor de Dios Padre para con los
hombres. En Jesús, Dios se ha acercado a los ciegos, a los
paralíticos, a los leprosos y a todos los que sufren. Jesús se
ha hecho prójimo de todo el que sufre, como buen
samaritano (Le 10,29-37).
Los poemas del Siervo, que sirven a la Iglesia primitiva
para interpretar a la luz de la Palabra de Dios la pasión de
Jesús, nos le presentan como "varón de dolores y experto
en sufrimientos" (Is 53,3). El ha experimentado la tristeza,
la soledad, la insolidaridad de los que habían de estar más
cercanos, la traición, la angustia y el dolor humano ante la
vida tronchada en flor. ¡Por sufrir, sufrió hasta el silencio
de Dios!
El, "experto en sufrimiento", nos puede enseñar a vivir
en medio del dolor con la misma actitud con la que El
vivió. El puede curar nuestra amargura. El puede curar
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nuestro absurdo y nuestro sinsentido. El, el primer profeta
en el dolor, puede ser luz para nuestros pasos en el
caminar por las sendas de la enfermedad. "Cristo sufrió por
nosotros para que sigamos sus huellas" (1 Pe 2,21).
Jesús conoce "la angustia, la tristeza, la soledad, la
tentación de desesperanza: '¿Por qué me has abandonado?'.
Ha tomado en serio la dureza de la vida de los hombres. No
ha fingido: nuestro sufrimiento lo ha cargado sobre sus
espaldas. Lo ha llenado con su presencia (P. CLAUDEIJ. Más
aún, "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. ¡El no
puede descansar en este intermedio!" (B. PASCAI). El se
identificó con todos los enfermos, afirmando que estaba
presente en cada uno de ellos (Mt 25,36), como estaba con
la Iglesia hasta el fin de los tiempos (Mt 28,20).
El ha compartido nuestra mesa humilde. Se ha hecho
un comensal más en el banquete de nuestra humanidad,
donde se degustan los manjares de sabor agridulce. El,
cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34), se
mantuvo fiel en medio de la tribulación y se ha convertido
en causa de salud para cuantos siguen sus huellas (Heb 5,8).
"Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha
querido desvelar enteramente su misterio. El lo tomó
sobre sí" (Mensaje del Vaticano II a los enfermos).
"Por Cristo y en El se ilumina el enigma del dolor y
de la muerte, que fuera del evangelio nos envuelve en
absoluta oscuridad" (GS 22).
"Cuando falta ese fundamento divino y esa espe-
ranza de la vida eterna, los enigmas de la vida y de la
muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin
solucionar, llevando no raramente al hombre a la
desesperación" (GS 21).
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encuentro desde la vida
1
Dicen que mientras uno no vive una determinada
experiencia no calibra sus efectos. ¿Cómo veías
el dolor y el sufrimiento antes y después de pasar
por la experiencia de enfermedad?
MARÍA DEL CARMEN. Inválida. (Barcelona)
No tengo experiencia de antes de la enfermedad. Estoy
paralítica desde el primer año de mi nacimiento. O, por lo
menos, era muy pequeña cuando me atacó la enfermedad,
de forma que no recuerdo nada.
A los 15 ó 20 años pensaba que la enfermedad era un
medio para ganar el cielo. Así me lo habían dicho muchas
veces en el colegio, en las clases de religión. Sin embargo,
luego, al ser más mayor y hablar con otros enfermos que
estaban peor que yo, entonces fue cuando me rebelé un
poco. Incluso ha habido muchos momentos en los que no
entendía el sentido de la enfermedad.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
Hace precisamente dos años, el médico, después de una
biopsia, consecuencia de un bulto en la mandíbula
izquierda, preocupado por el resultado positivo de dicha
biopsia, me exige el internamiento en el hospital. Después
de muchas comprobaciones, de diferentes análisis y
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estudios, me diagnostica la existencia de un linfoma
linfocítico bien diferenciado estadio 4-A.
La verdad es que yo no lo esperaba. Llevaba una vida más
o menos normal. Mejor dicho, bastante cargada de
actividad: una actividad que conllevaba el desplazamiento
mensual a las cuatro islas de la diócesis de Tenerife, que
son, además de Tenerife, Palma, Gomera y Hierro. Por
aquel entonces me sentía más o menos fuerte, aunque
nunca lo he estado por padecer durante toda mi vida
diferentes enfermedades. Sin embargo, jamás pasó por mi
pensamiento el que pudiera llegar ese susto. Y, efectiva-
mente, en esos dos meses largos de permanencia en el
hospital, cuando ignoraba si el cáncer podía estar
empezando su proceso o podía estar muy avanzado, fue en
ese tiempo cuando sucedió en mi vida algo original.
El dolor físico lo veía —y lo sigo viendo— como algo
impresionante. Soy muy sensible y el dolor me hiere
profundamente. Pero también me hiere el dolor moral. Yo
nunca pensé, antes de mi enfermedad, que fuese capaz de
soportarlo. Cuando hablo de sufrimiento moral en mi
enfermedad, me refiero a ese sentirme próximo a la
muerte; ese sentirme desvalido ante una fiera que podría
desgarrarme pronto o tarde. Me admiro ahora cómo fui
capaz de superar esta experiencia. Y quiero dar testimonio
de cómo con mi fe he podido soportar la enfermedad. ¡Qué
eficaz es la fe en Jesucristo para superar momentos
difíciles como los que tuve oportunidad de sufrir!
VICENTA. Ciega desde los 21 años. (Madrid)
Antes, realmente, yo no sentía la penalidad de la
enfermedad porque era muy joven y la vida me parecía
muy bonita. No me había percatado de que pudiera existir
el dolor. Cierto que me causaba mucha tristeza cuando me
cruzaba con un ciego por las calles. Me corría un
escalofrío por el cuerpo. Pero entonces no me paraba a
pensarlo. Ni siquiera me lo planteaba.
Sin embargo, después pude apercibirme de que el dolor,
aunque en sí mismo es totalmente negativo, encierra
también un gran misterio. Es negativo si se ve humana-
T )
Por Cristo y en El se ilumina el enigma del dolor y de la
muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve con absoluta
oscuridad (GS 22).
mente, por supuesto. Limita muchísimo. Pero también es
verdad que da una madurez, una sensibilidad, un
acercamiento a los demás... un conocimiento de ti mismo
que hace sacar a flote muchas cualidades que, si no
hubiera sido por el dolor, no se hubieran reconocido. Por
eso, a pesar de todos los pesares, pienso que el dolor es
también positivo.
Sufrir ocho operaciones, con un margen de 8 ó 9 meses
cada una, es una ocasión propicia para pensar. Para pensar
en uno mismo y para pensar también en los demás.
Primero piensas con mucha tristeza. Todo parece que se te
cae. Pero después, poco a poco, vas descubriendo muy
lentamente los aspectos positivos a que antes hacía alusión.
Quedarse sin vista no es pararse en el camino. Ni lo es
para mí, ni lo puede ser para los demás. Yo intento que los
demás, en sus circunstancias, lo vayan descubriendo. Y
entonces es cuando me siento útil a pesar de esta
disminución.
JUANI. Inválida. (Madrid)
Trabajé en un hospital hasta los 22 años. Y un tumor
medular hizo que quedara en una silla de ruedas. Hasta ese
momento veía el dolor como un castigo. Sin embargo,
posteriormente y poco a poco, en esa soledad por la que
todo enfermo pasa, creo que me encontré con Dios. Y,
desde entonces, desde que tengo fe, el dolor ha represen-
tado una auténtica liberación.
ADRIANO. Casado y padre de familia. Oclusión intestinal.
(Sevilla)
Soy un seglar en edad madura. Tengo 66 años. He estado
siempre en contacto con los enfermos. He pertenecido
siempre a las Conferencias de san Vicente de Paúl. Por
eso, he estado siempre pendiente del dolor y de la soledad
del enfermo. Permanentemente he tratado de paliar estos
sentimientos en los demás. Antes yo les consolaba y les
aconsejaba, pero al poco tiempo me marchaba y allí
quedaba el enfermo en su soledad y en su dolor.
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Reconozco que actuaba así porque no sentía la enferme-
dad y el dolor en carne propia. En cambio, ahora que lo
siento en mi carne, lo veo bajo el prisma del enfermo.
Debo reconocer con pena, como fruto de mi experiencia,
que no durante todo el tiempo que he estado de
"vicentino" me he acercado al enfermo como me acerco
ahora. Creo que ahora sí me acerco como un verdadero
hermano. La enfermedad me ha hecho más cercano a los
enfermos. Me ha hecho descubrir nuevas facetas de mi
apostolado seglar.
IRENEO. Obispo. Parkinson. (Toledo)
Yo distinguiría dos formas de ver el dolor: una cosa es
verlo desde dentro y otra verlo desde fuera. Y, además,
que puede ser mayor el sufrimiento que el dolor, si
entendemos por dolor un dolor biológico y por sufri-
miento un dolor moral que afecta tanto a lo corporal como
a lo psíquico.
En mi caso concreto, se trata de una parálisis propia del
"Parkinson", cuyos dolores físicos son prácticamente
inexistentes, pero que, sin embargo, afecta a todo el
psiquismo, como funcionamiento insuficiente del sistema
nervioso. Tiene etapas de depresión, de cobardía, etc.,
consecuencia de la parálisis progresiva de todo el
organismo. En mi ministerio sacerdotal, como pastor
diocesano por tierras de Albacete, a veces imaginaba desde
fuera lo que tenía que sufrir el enfermo, pero ahora es
distinto. Es distinto porque he tenido que bajar al ruedo y,
como se suele decir, es distinto ver el toro desde el ruedo
que desde la barrera. Cuando se tiene un espíritu apto para
la pastoral sanitaria, uno se solidariza con el enfermo. Pero
por mucho que alcance nuestra solidaridad, no llega a
hacerse cargo de la situación del enfermo en su totalidad.
Mi experiencia de ahora, gracias precisamente a la
enfermedad, es la de sentirme enfermo entre los enfermos.
Antes, después de visitar a los enfermos me volvía del
mundo doliente a un mundo lleno de trabajo y a los afanes
de la vida normal. Ahora, en cambio, comparto desde
dentro, como pastor, el dolor de mis ovejas. Ahora percibo
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la limitación biológica, la falta de agilidad, la rigidez
progresiva, tengo que enfrentarme con el ejercicio físico
diario. Y eso que mi enfermedad es más llevadera que
otras.
Cristo ha compartido nuestra debilidad. Esta ha sido la
palabra que ahora se hace realidad en mi ministerio.
Tengo que dar gracias a Dios por los valores positivos que
he descubierto al sentirme enfermo.
Religiosa. (Madrid)
Antes de pasar por la enfermedad, yo —que soy Hermana
de la Caridad— la veía como algo costoso y nada
aceptable. Después, cuando me tocó en mi propia carne,
sentí la debilidad de lo humano. Su propia rebeldía. Me
sentía impotente. Inútil. Me creía una carga para las demás
hermanas.
Sin embargo, a pesar de que todos estos sentimientos me
acosaban, sentía y vivía un gozo más profundo. Lo que yo
llamo "vida de dolor" en el amor, la fe, la confianza y la
esperanza. Y todo esto porque sé de Quien me he fiado. Mi
confianza en El es grande.
Mi enfermedad, vivida en fe, da el sentido más profundo.
Me llama a no detenerme en las cosas de aquí abajo. Por
supuesto que no puedo despreciarlas. De ellas tengo que
valerme tratando de sacarles toda la chispa posible. Pero
he aprendido a no poner mi confianza en ellas.
MANUEL. Tetrapkjía. (Toledo)
Creo que al vivir una experiencia en profundidad se sacan
las consecuencias positivas y negativas. Antes de quedar
tetrapléjico a causa de un accidente automovilístico a mis
32 años vivía el sufrimiento y el dolor de los enfermos,
tratando de comprenderlo. Pero entonces me preocupaban
más otros problemas: las grandes tragedias, el hambre, los
problemas del Tercer Mundo... Ahora que yo estoy en
una silla de ruedas sin poder hacer una vida normal, he
?fi
tenido fases de angustia, depresiones nerviosas y también
dolores corporales.
Todo ello ha supuesto para mí una prueba y me ha exigido
poner a contribución todas mis energías. De todos modos
creo sinceramente que lo que más me ha ayudado a
superar esos malos momentos ha sido la fe que siempre
tuve en el Señor.
Sería prolijo contar mi historial. Lo único que me parece
relevante narrar es que cuando tuve el accidente no sentía
miedo a la muerte. Sólo pedía un sacerdote que me pusiese
en paz con Dios, antes que un médico que aliviase mis
dolores.
FRANCISCO. Hemiplejía. (Sevilla)
Tengo 53 años. Estoy casado y tengo 7 hijos. Soy
catedrático de Psicología de la Escuela Normal de Sevilla.
Padecía desde hacía unos años hipertensión. Una buena
mañana, precisamente el día de mi cumpleaños, cuando
desperté, no podía moverme. Me diagnosticaron una
hemorragia cerebral con consiguiente hemiplejía del lado
derecho.
Ciertamente la experiencia de la enfermedad por la que
estoy atravesando ha sido más intensa y más importante
que ninguna otra de las que haya tenido en mi vida, que
no es muy corta.
De dolores no puedo hablar. La que yo sufro es una
enfermedad indolora. Todo se reduce a que no puedes
mover la pierna o la mano o medio cuerpo. Realmente no
se puede decir que sufro ningún dolor. En cambio sí he
tenido sufrimientos morales: el verme en la cama inmóvil,
paralizado, sin poder hacer ningún movimiento, el temor a
quedar oligofrénico o la posibilidad de verme disminuido
en capacidad racional o de no poder comunicarme con los
demás. Esta ha sido la fuente de mis sufrimientos y la
parte negativa de mi experiencia.
A pesar de todo he aprendido a asumirlo e integrarlo
dentro de mi personalidad. Y la experiencia me ha
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resultado realmente nueva. A mis 53 años puedo decir que
esta experiencia ha sido realmente interesantísima y que
ha dejado en mi vida una señal indeleble.
ÁGUEDA. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Ahora tengo 45 años de edad. La enfermedad comenzó
hace 28 años y llevo 13 en una silla de ruedas.
Recuerdo que cuando yo era joven no pensaba nada en la
enfermedad y el sufrimiento. Quizá por eso hube de pasar
por una gran crisis. No comprendía nada, estaba llena de
complejos y no aceptaba mi situación.
Fue en el encuentro con otras personas que estaban en
circunstancias semejantes a las mías, cuando se me abrió
un mundo nuevo y aprendí a luchar y a superar las
dificultades que supone vivir atada a una silla de ruedas.
En la enfermedad se puede sentir la debilidad de
la persona humana. Los sentimientos de humil-
2
dad —y en su vertiente más angustiosa, los
sentimientos de inutilidad, de inferioridad o de
ser una carga para los demás— son efectos
frecuentemente acompañantes en el proceso de la
enfermedad. ¿Cómo has vivido estas experiencias
o cómo las has visto vivir a otros enfermos?
I. F. P. (Madrid)
Entiendo que la pregunta se refiere a las enfermedades
irreversibles o secuelas irreparables, ya que la enfermedad
transitoria, en la que no se pierde la esperanza de curación,
se reduce a un mero episodio que difícilmente trasciende el
ánimo. Por ello mi respuesta se refiere a las enfermedades
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incurables, que se incorporan a la naturaleza del
individuo, de forma que su vida se vea condicionada
continuamente y en ella experimente mutaciones de
sentimientos.
Me parece que la experiencia fundamental de la enferme-
dad consiste en asimilar la pérdida de la esperanza. La
pérdida de la esperanza produce hondas transformaciones,
hasta el punto de que incluso puede llegar a cambiar los
conceptos fundamentales del individuo. La desesperanza
lleva inexorablemente o a la resignación o a la desespera-
ción.
Psicológicamente lo que produce la enfermedad es una
mutación de la personalidad, al quedar condicionada por
elementos diferentes a los que sirvieron de base en la
formación de dicha personalidad. De ahí que se presenten
esas aparentes humildades o complejos que, para mí, no
son otra cosa que la manifestación en los enfermos de la
necesidad que sienten de adaptarse a las nuevas condicio-
nes que les plantea la vida. El enfermo, al quedar limitado
en su capacidad, desea ardientemente huir del mundo
donde su facultad perdida se considera de necesidad vital.
Y es precisamente en esta huida donde va construyéndose
su propio mundo. Va introvertiéndose y alejándose del
mundo de las realidades para refugiarse en el de las ideas,
donde no precisa de las cualidades perdidas. En una
palabra: con la pérdida de actividades físicas, se incremen-
tan las anímicas, de la misma manera que la pérdida de un
sentido, desarrolla los demás para compensarlo.
Sin ningún género de dudas, las enfermedades conducen a
la soledad. Pero es una soledad en la que al final está,
como antes decía, la resignación y, hasta incluso, la alegría
de haber conseguido un nuevo mundo; o, a veces, la
desesperación por no poder seguir participando del
perdido.
No, no creo que la enfermedad produzca humildad o
sensación de inferioridad. En realidad, lo que produce es
sensación de impotencia. Ningún ser, por muy importante
que sea su dolencia, se considera inferior a otro sano,
porque el enfermo no se compara con los sanos en aquello
que les separa. Por el contrario, donde acepta la
29
comparación es en aquellas cosas que les siguen siendo
comunes, ya que la enfermedad se acepta como una
circunstancia de la que el enfermo no se siente responsable
y, mucho menos, culpable.
Cuanto vengo diciendo, son sensaciones absolutamente
personales, aunque huyo de exponerlas personalizando,
tratando de llegarme al convencimiento de que no me
afectan directamente, cuando, en realidad, me encuentro
inmerso en ellas.
Lo que ciertamente tengo por seguro es que el enfermo
trata de huir por todos los medios de su incapacidad y de
situarse en planos o esferas donde pueda encontrar el
interés vital que su enfermedad le niega.
Lo que mejor puede dar idea de mis sentimientos es el
pequeño poema que a continuación expongo:
Mis veleros
Contraluces de poniente
sobre el rojo, silueta
de la velera goleta
que traes rumbo de Occidente.
Navega en el mar serena,
velas hinchadas al viento,
que a mí me traen sentimientos,
que me recuerdan mis penas.
Se llama la "Libertad"
y libre cruza los mares,
añoranzas y pesares
al no poderla alcanzar.
Porque varado me encuentro,
si libre de corazón
esclavo de la razón,
a mí, no me lleva el viento.
Tengo las anclas echadas
en la bahía tranquila
y lento paso la vida
con mis velas replegadas.
ir»
Llorando la libertad
que me ha negado la vida,
infiriéndome la herida
de hundirme en la oscuridad.
Sólo me queda el consuelo
de que puedo navegar
en veleros de la mar
que navegan por los cielos.
Entre nubes de coral,
rodeados de luceros
van y vienen mis veleros
que tienen sabor a sal.
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
La gran lucha que tuve —y tengo— en mi situación de
enfermo es contra ese sentimiento de aparecer inútil. El
sentir que a los 41 años dejaba de ser sujeto de producción
y donación para convertirme en sujeto sólo de recepción
de los servicios de los demás. He luchado contra esto y
sigo luchando no como fruto de una actitud de mi
soberbia, sino como lucha contra la pasividad y como
necesidad de darme. También traté de esforzarme, sobre
todo en los primeros meses, en que mi enfermedad no
fuera una carga para los que me rodeaban.
MARÍA DOLORES. Diabetes. (El Ferrol)
Ahora tengo 40 años y llevo 8 diabética, a veces con 4
gramos y frecuentes trombos. Mi vida transcurría
normalmente por unos senderos lisos y sin muchas
escabrosidades. Era una niña mimada. La vida se portó
bien conmigo. Sin embargo, cuando empecé a estar
diabética, mi vida cambió completamente.
Ahora me siento desgraciada muchas veces. Creo que
tengo un poco de complejo de inutilidad. No estaba
acostumbrada a padecer enfermedad. Era más bien una
persona sana. La situación de mi enfermedad se agravó
precisamente porque estuve 4 ó 5 años diabética sin saber
31
que lo estaba. Cuando me di cuenta tenía el organismo
completamente destrozado y, francamente, cuando veo las
caras tristes de mi familia, de mis hijos, mi marido, aparte
de verme incapacitada para hacer las tareas comunes del
hogar, como las hace cualquier mujer que está sana... esto
me hace sufrir. A veces, incluso, digo: "Dios mío, ¿por
qué estoy yo en el mundo, por qué no me llevas si soy una
carga para los demás?" Sin embargo, eso a mis hijos y a
mi marido, que son personas formidables, les hace sufrir
tremendamente y, riñéndome, me dicen: "Tú no eres una
carga para nosotros". Pero yo sufro, y en mi interior, me
digo muchas veces: "Dios mío, valdría más que me
muriera de una vez". Un día me da un mareo, otro un
coma, otro... Todos están pendientes de mí. En una
ocasión quedé como muerta en mi casa. Todos los que me
rodeaban me friccionaban los pies y estaban preocupados
por mí. Y, francamente, todas estas situaciones hacen que
me sienta con un tremendo complejo de inutilidad. Sufro
mucho, mucho por la familia.
JAIME. Inválido. (Barcelona)
No he tenido conciencia de vivir tales sentimientos.
Cuando alguna vez me asaltaban sentimientos como éstos,
me daba cuenta de que si consentía con ellos, haría sufrir a
quienes me rodeaban. Esto me hizo caer en la cuenta de
que no tenía derecho a hacerlo.
ANÓNIMO I
Efectivamente, en la enfermedad es cuando realmente se
comprende la verdadera dimensión del hombre. Somos
inútiles. Valemos poquísimo. La enfermedad te acompleja.
Sin embargo, es en esta situación cuando más reflexionas
y piensas en Cristo. Si logras superarlo y darle al dolor la
dimensión que le dio Cristo, estás salvado. Es entonces
cuando te sientes más confortado y más conforme. Esta es
mi experiencia personal. En otros enfermos he visto de
todo-, he visto tipos desesperados, renegando de todo, sin
hablar con sus familiares, ni con el personal sanitario, ni
1 ?
con nadie. En general, considero que la persona creyente
lleva mucho mejor su enfermedad.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
En la enfermedad, ciertamente, se experimenta la debili-
dad de la persona, los sentimientos de humildad, los
sentimientos de debilidad, de pequenez... Y también el
sentimiento de poder ser un peso para los demás.
En esas semanas oscuras y nebulosas que pasé en el
hospital —y digo semanas, porque fueron dos meses los
que permanecí encarcelado dentro de una incógnita—
humanamente hablando, no era fácil superar aquel
vendaval. Estas experiencias se metían muy hondo. Sin
embargo, junto a ellas, se daba una presencia de Jesucristo
que capacitaba para poder superarlas.
Yo comprobaba cómo otros enfermos, en mi misma
situación o cuando estaban esperando en la sala para las
sesiones de cobalto, tenían en sus caras reflejada la
angustia. Se encontraban desesperados, como quien ha
perdido el sentido de su vida. Instintivamente yo me
comparaba con ellos y decía: "¡Qué privilegiado soy! ¡Si
pudiera meterles dentro algo de esta serenidad con la que
yo estoy viviendo...!" Claro que, por otra parte, esto me
hacía exclamar: "Gracias, Cristo, por la fe que me has
dado".
La verdad es que, si uno quiere, en esas etapas de
inactividad, en esas horas de aislamiento, ¡cómo se pueden
echar raíces! y ¡cómo se puede comprobar el sentido de la
vida!; ¡cómo se puede hacer distinción entre el trigo y la
paja!; ¡qué interesante poder comprobar la diferencia entre
un enfermo creyente —pero creyente desde lo vital— y un
enfermo que no tiene fe! Yo sacaba la conclusión de que la
enfermedad era como una criba. Iba separando el trigo de
la paja. Iba distinguiendo la línea fronteriza entre lo que es
secundario y lo que es primario. ¡Cómo descubre uno la
utilidad del cristianismo al ver cómo compañeros de
enfermedad afrontan con desesperación y amargura su
propio dolor!
Ti
La gente vive hoy de prisa, trabaja de prisa,
actúa de prisa... Difícilmente se encuentra el
tiempo necesario para la reflexión y el encuentro
consigo mismo. En este ambiente, ¿ la enferme-
dad puede representar un alto en el camino de la
actividad desenfrenada que permita al hombre
plantearse a sí mismo como problema?
MARI CARMEN. Inválida. (Barcelona)
Ciertamente que hoy vivimos de prisa. Yo particularmente
tengo la experiencia de haber trabajado y recuerdo que no
teníamos ni un momento para pensar. Y creo que
necesitaba una circunstancia especial. La enfermedad me
la ha proporcionado. A otras personas les ocurre cuando
han tenido un accidente o cuando no se pueden mover o se
han roto una pierna... En definitiva, situaciones que te
obligan y te dejan tiempo para reflexionar. Creo que la
gente normal no tiene tiempo para pensar. En este sentido,
nosotros somos privilegiados. ¡Tenemos que aprovechar
esta oportunidad que se nos concede!
EUGENIO. Inválida (Barcelona)
Entiendo que la enfermedad puede llevar a la desespera-
ción y al desequilibrio, pero puede representar una ocasión
para darse cuenta de los verdaderos valores de la vida. Se
trata de una pausa en el camino.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Me llamo Santos S. D. Tengo 28 años. Mi enfermedad,
llamada técnicamente distrofia muscular progresiva, se
manifestó cuando solamente contaba 10 meses de edad, si
bien debo aclarar que hasta los 14 años pude andar,
aunque con bastante dificultad. A partir de dicha edad
estoy en silla de ruedas.
34
A través de mi enfermedad he dispuesto de tiempo
suficiente para pensar en demasiadas cosas. Creo haber
llegado al encuentro conmigo mismo, pero no solamente
por estar enfermo y disponer de tiempo, sino porque
interiormente estaba gestando ya esa inquietud.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Creo que sí. A pesar de las prisas con que se vive, a todos
les queda tiempo para reflexionar y para encontrarse
consigo mismo. También en el trabajo. El trabajo, por
ejemplo, a mí me está haciendo olvidar que estoy enferma,
aunque no tengo miedo a estarlo. Ciertamente, cuando me
hacen una sesión de quimioterapia, lo paso mal. Los
primeros días tengo náuseas, vómitos y algunas angustias,
pero los supero trabajando y ni siquiera se me ocurre
pensar en la muerte. Pienso que Dios ha de ayudarme a
superar este bache que estoy pasando. Estoy convencida
de que saldré de este atolladero. Tengo esperanza de que
algún día el cáncer desaparecerá y me encontraré sana.
Pero tampoco tengo miedo a la muerte.
ANÓNIMO II
La enfermedad ha sido para mí un auténtico y gigantesco
"stop" en el camino. Corrías, corrías, y llega el momento
en que te paras en seco. Ha sido una verdadera catapulta
que me ha lanzado irremediablemente a una mayor
consideración de todos mis problemas. Mi persona entera
se me ha tornado un problema vivo, lleno de heridas y
escoceduras. La enfermedad ha sido un trampolín para
sumergirme en lo más hondo de mi intimidad. Es un
berbiquí que me ha barrenado.
ANÓNIMO I
Ciertamente, la enfermedad representa un alto en el
camino. Recuerdo las noches que he pasado en la ventana
de la habitación con otro compañero enfermo, hoy ya
35
muerto. Nos planteábamos los problemas más profundos
sobre la propia existencia y el sentido de la vida del
hombre.
EULALIA. Inválida. (Madrid)
Soy fisioterapeuta de profesión. Fue estando trabajando
como comenzó mi enfermedad, que ha durado 10 ó 12
años. Lógicamente, la enfermedad me impidió ejercer mi
profesión.
La enfermedad ha sido para mí una experiencia muy
positiva. Me ha hecho reflexionar muchísimo, me ha
servido para conocerme muchísimo más, y, también, para
conocer mis posibilidades —la riqueza que antes ni
siquiera sospechaba que tenía—. Me ha servido para
madurar. El dolor, en mi caso, me ha madurado. Ha sido
enormemente positivo. Al principio de mi enfermedad
quedé muy sorprendida. Para mí fue una verdadera
sorpresa quedar enferma. Nunca me lo había planteado.
Yo estaba, al tratar con los enfermos, acostumbrada a
servirlos con humanidad. Pero veía la enfermedad desde
fuera. Era mi campo de trabajo. En cambio, cuando yo caí
fue terrible. Porque lo primero que tuve que dejar fue mi
profesión, que me encantaba.
El primer pensamiento que me invadió fue el de
inutilidad: "Yo no valgo para nada —me decía a mí misma
una y otra vez—, voy a ser una inútil". No hacía más que
llorar. Mi familia, angustiada, tampoco sabía ayudarme.
Visité varios centros hospitalarios. En uno de los que me
estuvieron tratando, uno de los médicos me dijo: "Usted
siempre estará en una silla de ruedas; podrá dar algún
paseo por el pasillo de su casa, pero nada más". Aquello
fue un revulsivo y entonces me atreví a decirle: "Bueno,
usted dice que yo voy a estar en una silla de ruedas. Eso lo
dice usted, pero Dios no sabemos los planes que me tiene
preparados".
Aquella respuesta me hizo superarme bastante. Bastaba
que el médico me había dicho que nunca podría estar
sana, para que yo me esforzara en superarme a mí misma.
36
Y lo primero que noté fue que, haciendo gimnasia
respiratoria durante las 24 horas del día, mejoraba por
momentos.
La enfermedad que, en un principio, me había anulado las
posibilidades me hizo, en un segundo momento, reaccio-
nar con valentía. Con una valentía insospechada y
desconocida en mí.
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
Ante una enfermedad como el cáncer el planteamiento de
mi vida se derrumbó: desde mi relación personal con Dios,
hasta mi trabajo y mi vida de relación con los demás. Yo
dejaba de ser un hombre con una vida por delante, para
entrar en el mundo de la condicional: "...si vivo". Esto me
suponía una limitación muy grande para mirar mi vida
con un poco de alegría.
La tentación de rebeldía era una constante en aquellos
primeros meses ante el hecho de mi enfermedad: ¿Por qué
tenía que ser yo, a los 41 años, cuando estaba en la mejor
época de producción (?) sacerdotal?
Sin embargo, yo no diría que esta enfermedad me obligó a
que mi vida diera un giro nuevo, sino a que se plantease
con mayor profundidad mi propio sacerdocio.
ANÓNIMO III
Para mí la enfermedad ha sido un gran alto en el camino
de la vida. Ha sido muy positivo, a pesar de que al
principio me acomplejaba bastante. Pero me acomplejaba
porque ponía al descubierto y manifestaba mi inseguridad
humana. Esta inseguridad que me manifestaba la enferme-
dad era la que, más o menos inconscientemente, yo trataba
de ocultar con una actividad desenfrenada y con una
aparente comunicación con los demás que, sin embargo,
no era real por falta de auténtica escucha y de verdadero
diálogo.
37
M Vivimos en un mundo en el que se valora la
m utilidad... ¿Qué le dirías a determinadas perso-
^A ñas que únicamente valoran a la gente por lo que
• hace, visto desde su experiencia?
Casada con hijos. Cáncer. (Madrid)
A mí me gustan las personas útiles, por lo que son y por lo
que hacen. No admito personas parásitas, jóvenes
"pasotas". No admito a esas personas payasas que están
esperando que los demás les solucionen la vida. A mí,
personalmente, no quiero que nadie me solucione la vida.
Quiero solucionármela yo.
ANÓNIMO 1
A la gente que valora a una persona por lo que hace, le
diría que está equivocada. De tejas para abajo, puede
conseguir amigos, pero ante Dios todo eso vale muy poco.
Las categorías son distintas.
JUANI. Inválida. (Madrid)
Les diría, no sólo con el testimonio de mi vida, sino con el
de otras muchas personas que he conocido, que han
convivido conmigo, que las he visto sufrir, que todos
somos valiosos. Todos tenemos un puesto en la vida.
Todos podemos hacer algo, aun aquellos que creemos más
inútiles o que no pueden hacer nada.
NURIA. Inválida. (Barcelona)
Esta utilidad habría que valorarla desde muchos ángulos y
desde muchos aspectos. Lo mismo habría que hacer con la
eficacia. No podría asegurar a otras personas cómo debe
valorarse a una persona. Tienen que aprenderlo por sí
38
mismas. Pero para hacerlo es necesario observar a la gente
y valorarla no por lo que aparenta, sino por lo que es
realmente.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
Me preguntáis que qué les diría a esas personas que
valoran a la gente únicamente por lo que hace, visto desde
mi situación. No les voy a decir que pasen por una
experiencia de minusvalía, pero sí les diría que no se dejen
engañar. Que se paren y reflexionen. Que lo importante no
es tener, no es poseer, no es hacer. Que lo importante es
vivir. Vivir a pleno pulmón, aunque se esté uno
asfixiando. La verdad es que somos los reyes de la
creación y no hay nada que nos pueda ahogar. Esto les
diría: que creyeran... que se fíen de los enfermos, que se
fíen de nosotros, los que hemos tenido, sin méritos
propios, el don de haber sido respaldados por la fuerza de
ese Dios hecho hombre, que viene a liberarnos.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Yo diría a cuantos valoran a las personas por su utilidad y
eficacia que no es el hacer sino el ser lo que hace valiosa a
una persona. Tengo la experiencia de que cuando me he
sentido el ser más inútil aparentemente, cuando necesitaba
para todo de los demás, nunca me creí inútil. Mi vida tiene
pleno sentido conforme a la voluntad de Cristo que me
invita a seguirle en el dolor.
39
5
¿Cómo has visto afrontar el dolor y el sufrimiento
en tu familia, en el personal sanitario y en las
personas que te rodean?
ANÓNIMO I
En la familia, al principio, muy preocupados por mí.
Luego, lógicamente, cada vez más indiferentes. Nunca han
comprendido por qué tenía que sufrir si ellos no habían
hecho nunca mal a nadie. Creo que nunca lo aceptaron.
Con relación al personal sanitario, hubo de todo. Algunos
me ayudaron a afrontar la enfermedad con realismo, sobre
todo algunos médicos. En cambio, otros me trataron como
a un objeto, con una total indiferencia.
ANÓNIMO II
Mi familia, como casi todo el mundo... ¡como una
desgracia que te ha caído encima! Siempre se ha
considerado la salud como el don más valioso que Dios
puede conceder al hombre en el plano natural. Ahora, si
cae, no hay más remedio que aceptar las cosas como te
vienen, ajustando el cuello a la soga. Y, estirando un poco
la espiritualidad, que en esos momentos flaquea, aceptarlo
resignadamente, aunque a la fuerza, como venido de Dios:
no hay más remedio.
Por lo que hace al personal sanitario y los que me han
rodeado, puedo decir que me han tratado con verdadero
"interés". El amor no lo he sabido calibrar, aunque debajo
de la palabra "interés" late siempre un cierto impulso de
amor. Yo pienso que, a veces, llevados por un interés
excesivo, se han extralimitado en la aplicación de los
medios y remedios conducentes y apropiados.
40
MARÍA DOLORES. Diabetes. (El Ferrol)
Creo que, en algunas ocasiones, el personal de los
hospitales —no quisiera herir susceptibilidades— es
bastante frío con el enfermo. El enfermo necesita mucho
de su compañía. Una palabra amable, muchas veces, es
algo ya significativo para la persona que está enferma. Y,
de hecho, eso en los hospitales, la mayoría de las veces, no
se ve. Existe mucha frialdad. Cierto que no se puede
generalizar. Hay excepciones muy buenas. Pero recuerdo
un programa de la radio, en el que nos decía un enfermo
que la asignatura de la amabilidad ha quedado pendiente a
muchos. Y es verdad.
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
Es un tema que me ha hecho —y sigue haciéndome—
sufrir tanto o más que el dolor corporal. Desde el mismo
instante en que recobré el conocimiento, después del
accidente, sólo pensaba en mi familia. Ellos padecieron
junto a mí los peores momentos. Mis heridas eran suyas.
Sus lágrimas eran también mías. No puedo describir lo
que padecieron —y siguen padeciendo— por mí. Muchas
veces les consuelo diciéndoles que Dios me está haciendo
pasar una prueba, que sólo yo tengo que superar por mí
mismo.
Al personal sanitario le debo mucho: sus ánimos, sus
alientos, sus cuidados... Ellos han influido de una manera
especial en todos los enfermos, aunque el reconocimiento
y el agradecimiento sean posteriores. Tienen sus errores,
sus descuidos... como todo ser humano, pero, a la hora de
la verdad, la ayuda mutua predomina por encima de todo.
Puedo afirmar, según mí propia experiencia, que el
personal sanitario participa del dolor y del sufrimiento del
enfermo.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Creo* que mis familiares han aceptado mi enfermedad
conforme ha ido evolucionando. A mí no me han tratado
nunca como una enferma.
41
Por su parte, el personal sanitario me ha tratado
fabulosamente. Yo creía que en Puerta de Hierro, donde
me estaban tratando, iba a ser un número y, en cambio,
me han considerado siempre una persona. Esto es lo que
más me ha gustado.
JUANI. Inválida. (Madrid)
Aquí tengo una experiencia muy interesante y que me ha
impresionado mucho. Mi familia, en un principio, no
aceptaba de ninguna manera mi enfermedad e invalidez.
Luego, al transcurrir el tiempo y ver mi alegría, mi
serenidad y cómo yo la aceptaba, no como un castigo de
Dios, sino como un don suyo, mis padres llegaron a
comprender el dolor y el sufrimiento.
Concretamente, quiero citar a mi padre, que murió hace
ocho meses. El, antes de morir, daba gracias a Dios porque
yo estaba así. Murió dando gracias. También él se
encontró con el sufrimiento, y, a la vez, se encontró con
Dios.
Creo que el sufrimiento puede ser una situación especial
para encontrarse con Dios. Así ha sido, al menos, para mi
padre. Por eso, me ha parecido interesante contarlo.
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
Mi familia, después del susto que recibió, poco a poco
fue reaccionando positivamente. Mi padre y mi madre,
con un excesivo proteccionismo al principio, pasaron a ir
viendo y haciendo las cosas con más naturalidad e ir
hablando conmigo de mi estado con tranquilidad. Mis
hermanos desde el principio se comportaron con bastante
naturalidad. Esto ha supuesto una gran ayuda para no
dramatizar el cáncer que tenía y a considerarlo sí como
algo grave, pero no tanto como para que me impidiera
vivir con cierta espontaneidad y alegría.
En cuanto al personal sanitario, haría una doble
distinción: los médicos, en general, han tenido conmigo un
trato positivo; en cuanto al personal sanitario que está al
42
cuidado de las máquinas, etc., lo considero en su trato
bastante negativo, porque en nada me ha ayudado a
superar las preocupaciones lógicas de mi enfermedad.
Más, me han considerado como un objeto totalmente
despersonalizado.
En cuanto a las personas que me rodean, haría también
una distinción: unas me han apoyado muy positivamente,
ya que me han tratado con naturalidad e incluso me han
ayudado a no considerarme inútil, sino como una persona
que soy capaz de prestar un servicio válido; otras, en su
comportamiento para conmigo, han sido involuntaria-
mente.muy negativas, porque, desde su excesivo protec-
cionismo o su pena por mi dolencia, me hacían que me
considerase inútil o, por lo menos, tuviese el peligro de
ello. A algunos de ellos he tenido que animarles yo mismo,
en vez de ellos a mí.
43
para el encuentro con Dios
i
¡Estoy desalentado, Señor; estoy mal, no puedo más!
¡Esto es pesado, Señor, demasiado pesado, no lo puedo
[llevar!
Pierdo la paciencia, el tiempo es largo, me canso,
dependo casi del todo de los otros... ¡Esto me humilla!
A veces desespero... No tengo razón...
¡Si yo pudiera correr y cantar,
v trabajar, como corren, cantan y trabajan los demás!
..Pero no, no puedo, tengo el corazón hundido, la cabeza
[vacía
y todo mi cuerpo cansado, tan cansado que sólo acierto a
[llorar...
Se me dice: "¡No te dejes llevar!"...
Es muy fácil hablar. ¡No tan fácil aceptar!
¿No serán más que algunos días o algunas semanas?
Posiblemente sí. Pero ¡hay que saber resistir!
¿ Es que no es esto un precio excesivamente alto
para volver a tener salud?
Tú sabes, Señor, cómo el sufrimiento
hiere ciegamente y sin explicar
lo mismo al bueno que al malo, al inocente y al criminal,
puede chocar, romper, quebrar y matar...
A unque uno vea que la desgracia y el mal
existen en torno a uno, es como un inmenso mar...
En estos momentos de cansancio mortal,
de rebelión interior y de acabamiento casi total.
Señor, sé tú mi amparo, yo no me sostengo en mí.
Señor, yo tengo necesidad de Ti.
(Inspirado en "COMPRIMES")
45
II
¡Ante tus plantas, Señor,
deposito los rojos claveles
de mi dolor, hecho angustia,
de mi angustia hecha dolor!
¡He hollado la tierra
y yo no he encontrado más que punzantes espinas
que laceran de continuo mis sienes!
¡Cuerpo y alma rotos
como se rompe un cristal!
Tú, Jesús, empapado por dentro
de cuchillos
de fiero dolor
como empapan las aguas la arcilla
para luego crear un primor
te pido que auscultes atento
mi súplica honda
de humilde crucificado.
¡Redime mis penas!
¡Alivia mis fatigas de extenuado!
¡Mi dolor embalsama
y asi brille en mi pozo
tu exquisita Bondad...!
(ANÓNIMO II)
III
Ayer pensé que esto no llegaría a ocurrir nunca.
Hoy, en cambio, —¡qué "hoy" tan largo!—
tengo que rendirme ante la evidencia, Señor,
de estar aquí postrado en el lecho del dolor.
En otro tiempo, cuando era niño, yo también correteaba
[hasta la puesta del sol,
llenando mi vida de luz, de aire y de sudor.
46
A ntes de la enfermedad, uno se sentía actor recompensado
en el teatro del mundo. En cambio, ahora, cuando ha
llpunHn PI mnmpntn flp In pnfprmpHnrl tipnp In spninrión
Señor, si pudiera decirte que me duele mi ociosidad,
que se me pega al cuerpo la inutilidad, el abatimiento y la
[pena...
Si pudiera quejarme en mi confidencia salida de la
[necesidad,
de que, transcurriendo el tiempo, mi alma no se serena...
Me duele este mundo, que Tú creaste para mí, y que se ha
[convertido en un erial
productor de espinas y abrojos, él que estaba llamado a ser
[hermoso trigal.
Me duele verlo ahora cubierto de un tupido velo negro
que me impide descubrir, como antes, tu presencia
[juguetona y sabia
para bien de la humanidad entera.
Me duele que se me seque la alegría, al ver convertidas las
[sonrisas en gemidos,
y las montañas de esperanza en valle de lágrimas.
Me duele la permanente compañía de la soledad de ahora,
cuando hubo otros tiempos en que tenía que rifarla entre la
[familia y la amistad.
Me duele, Señor, verme rodeado de tanta gente
que me ignora, me olvida o no es capaz de comprenderme.
La voz se me hace grito en tu presencia y la palabra queja.
¿Por qué has tornado tan oscura tu presencia?
¿Por qué has dejado que las lágrimas anegaran sonrisas y
[cantos jubilosos?
¿Por qué nos has abandonado?
Mi voz se me hace grito de mendigo
para pedirte la limosna de la luz y del sentido.
Agárrame fuerte, ¡Dios mío!, a Jesús, tu Hijo,
para que en estas experiencias de dolor, que El quiso
[conmigo compartir,
mi corazón no se extravíe y permanezca fijo
en el amor a Ti que El vivió y nos enseñó a vivir.
48
CAPÍTULO II
LA ENFERMEDAD
TIEMPO
DE CONVERSIÓN
invitación a la reflexión
F
RENTE al resto de los seres que pueblan el universo, el
hombre se sabe libre. Libre relativamente, al menos,
ya que también es verdad que su vida transcurre entre
el azar y la necesidad, como dijo J. Monod, premio Nobel
de biología, después de analizar los condicionantes bioló-
gicos de la personalidad.
Sin embargo, la libertad, más que un estado pacífica-
mente poseído, es para el hombre una tarea y una
responsabilidad. No se es libre simplemente porque uno
pueda hacer esto o aquello o sencillamente se pueda
abstener de hacer. Se es libre en la medida en que uno se
responsabiliza de sí mismo. En la medida en que uno elige
los medios que le llevan a la plenitud de sí mismo. A su
autorrealización como persona.
"Otros seres son perfectos con aquella excelencia
que les pertenece desde el primer momento de su
existencia. En cambio, el hombre ha de ir haciéndose
a sí mismo mediante el ejercicio de aquellas
facultades que son su propia herencia natural. Cada
uno de nosotros tiene la misión de completar su
naturaleza, incoada y rudimentaria, y desarrollar su
propia perfección a partir de los elementos vivientes
con los que la inteligencia comenzó a existir. Se nos
ha dado el don de ser creadores de nuestra propia
autarquía y de hacernos a nosotros mismos" (H.
NEWMAN).
51
La encina está, de alguna manera, contenida en la
bellota. La bellota sólo requiere un terreno y un clima
apropiado, un regadío a su debido tiempo y un cultivo
adecuado para que termine haciéndose una encina. Todo
depende del vigor mismo de la naturaleza. En cambio, "la
naturaleza del hombre es lo artificial" (E. MOUNIER). La
evolución del hombre es la historia. Una historia llena de
sorpresas, porque depende de la libertad, del sentido y de
los proyectos que el hombre tiene en su vida.
El hombre no ve, simplemente, venir su futuro. Lo
prevé. Lo proyecta. El futuro será, al menos en parte, lo
que él le haya hecho ser. El futuro de cada hombre —y
también, en parte, el de la humanidad— se juega en la
decisión que se toma en el presente. En la decisión uno
asume sus posibilidades y sus límites. Formula un
proyecto, acorde con un sentido global, en el que se pre-
tende ver anulados los límites y realizadas las posibilidades.
Uno quiere ver realizados sus deseos.
Si "el hombre es un ser de deseo" (M. HEiDEGGER),cada
uno de nosotros tiene conciencia de haber tomado
decisiones a lo largo de su vida para darle cumplimiento.
Unas veces, nuestros esfuerzos se han visto coronados por
el éxito. Otras, no. Pero en todas las decisiones que hemos
ido tomando, de una u otra forma, hemos pretendido ver
colmado nuestro deseo de ser felices. En todas hemos
querido alcanzar la plenitud, aunque no sea esta decisión
más que un camino intermedio. Si preguntamos el por qué
de cualquier decisión y no nos damos por satisfechos con
una respuesta inmediata sino que nos cuestionamos hasta el
fondo, pondremos de manifiesto que nuestro deseo más
recóndito en esta decisión concreta —lo mismo que en el
conjunto de las que vamos tomando a lo largo de la vida—
es el deseo de felicidad, de plenitud, de realización de
nosotros mismos. Más aún, pondremos de manifiesto que
todas las decisiones no son más que eslabones de una
misma cadena. Todas están ligadas. Todas son encarnacio-
nes concretas de esa decisión fundamental que le da la
plenitud.
52
Cada uno de nosotros anhela la plena satisfacción de
este deseo de felicidad y huye de cualquier camino que
pueda poner en jaque sus esperanzas de conseguirlo.
Tenemos indeleblemente marcado el deseo de felicidad y
sentimos una natural aversión a la frustración y a la
negatividad.
Lo que ocurre es que no es fácil encontrar el camino
que nos lleve a buen término. Quizá a nosotros nos pasa un
poco lo que al Tántalo de la mitología griega. Tántalo estaba
con el agua hasta el cuello. Un sabroso árbol frutal estaba
al alcance de sus manos. En cambio, cuando aguijoneado
por la sed b el hambre, quería refrescar sus labios en el
agua que parecía estar tan cercana, o llenarse la boca con la
suculenta fruta que tenía tan próxima, agua y fruta parece
que secretamente acordaban retirarse de él. Tántalo moría
de hambre y de sed, teniendo la solución aparentemente
tan a la mano. Así nos ocurre a nosotros frecuentemente
con la felicidad: parece que la tenemos tan al alcance... y,
sin embargo, ¡no la alcanzamos!
Esto nos hace preguntarnos muchas veces: ¿Será
posible alcanzarla? ¿Tendremos que recortar nuestros
deseos, como proponía Platón, a la medida de nuestras
posibilidades? ¿Tendremos que acallar y moderar nuestros
deseos, pidiendo un corazón humilde que no pretenda
grandezas que superan su capacidad? (Sal 130).
Ciertamente, en todo hombre hay deseos que se pueden
sustituir, acallar, transformar o sublimar. Son los deseos
que dependen de la libertad. Pero también hay deseos que
no dependen de nuestro querer o no querer. Son los deseos
que dependen de nuestra misma estructura. De lo más
hondo de nuestro ser. De nuestra realidad humana
corpórea-espiritual. Porque, "si el espíritu está a la misma
altura del ser"(K. RAHNER), lo propio del espíritu es desear
ser. Ser en plenitud. Ser en absoluto. Elegir sin renunciar.
Ser feliz como Dios.
A esto no podemos renunciar, a pesar de que haya
quien nos aconseje contentarnos con la "inefable finitud"
53
(E. TIERNO GALVÁN). Otra cosa será saber si es posible
alcanzar este tipo de felicidad y —caso de ser posible—
cuál es el camino.
» * *
Algunos han dicho con relación a la felicidad como la
zorra de la fábula con relación a las uvas que no podía
alcanzar: "Están verdes". Están convencidos de que "todo
esfuerzo inútil produce melancolía" (J. ORTEGA Y GASSET) y,
considerando inútil el esfuerzo por conseguir la felicidad,
han cesado en su búsqueda. Se han contentado con decir
que es imposible de conseguir. Así han puesto fin a su
caminar y han dejado que el descanso en el vivir al día.cure
con "realismo" las heridas que las locas ilusiones de
juventud dejaron en sus pies y en su alma de caminante.
Ahora se gozan de gustar la vida. De sacarle todo el jugo
posible, combinando el "principio de placer" con el "prin-
cipio de realidad" (FREUD) para obtener el máximo gozo.
"Hay que aprovechar el momento" (HORACIO).
Estos "gozadores" se han impuesto la tarea de vivir el
presente. ¡Sólo el presente! Han renunciado a prever el
futuro. Han renunciado a plantearse lo que ellos llaman
"problemas trascendentales". Uno se pregunta si no será
esta renuncia una forma solapada de confesar que "el
hombre es una pasión inútil"(J. P.SARTRE).Sino expresará
esta renuncia un temor angustioso a que los llamados "pro-
blemas trascendentales" acaben por poner en crisis los
gozos del momento. Si ese temor no estará gritando a voces
que estos "gozadores" esconden la cabeza debajo del ala del
olvido y de la alienación-, que, si el hombre es "cuidado"
(M. HEIDEGGER) y "providencia de sí" (STO. TOMÁS), ellos
han adoptado una postura inauténtica e inhumana,
queriéndose anclar en el presente.
Ellos han afirmado el gozo del momento como sentido
de la vida. Pero probablemente la vida misma llegará a
hacerles ver la vaciedad de este proyecto, transformando su
pretendido "sentido" en sin-sentido. Porque también hay
momentos en la vida —¡cuánto saben de esto las personas
54
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La enfermedad puede resultar no sólo un tiempo de
reflexión, sino también una especial coyuntura que
descubra la npcpiidnd dp conversión.
enfermas!— en los que el gozo escapa como ave fugaz y
sólo queda un nido de recuerdos que hacen más duro, si
cabe, el dolor de la ausencia. Llegan momentos de dolor, de
soledad, de inmovilidad, de silencio de los amigos... en los
que para seguir gustando la vida es necesario tener otros
móviles que no sean precisamente los del momento.
¡A cuántos no habrá servido la enfermedad de
trampolín para caer en la cuenta de la vaciedad de sus vi-
das! ¡A cuántos no habrán servido las prolongadas horas de
inactividad y de soledad para entrar dentro de sí mismos!
En la vida hay momentos en que, para seguir
manteniendo la ilusión, es necesario tener razones para
vivir y esperanzas radicales en torno al futuro. Pero ¿dónde
están estas esperanzas radicales? "¿Qué podemos saber?
¿Qué podemos hacer? ¿Qué nos cabe esperar?" (M. KANT)
¿Podremos alcanzar algún día esa felicidad que desea
ardientemente nuestro corazón? ¿Llegará para nosotros el
momento en que podamos decir: ¡Ahora soy plenamente
feliz! ¡Ahora tengo una felicidad que no se me va a marchi-
tar! ¡Soy feliz como Dios!?
* * *
Seducidos por no sé qué cantos de sirena —o susurros
de serpiente, según el lenguaje del Génesis— algunos
quieren alcanzar esa plenitud confiando únicamente en sus
propias fuerzas. Renuevan para la modernidad la figura de
Adán y Eva, que querían ser como Dios, volviendo sus
torsos desnudos a quien les había regalado todo (Gen 3,
1-11). Son los nuevos "Prometeos" que, con su propio
esfuerzo, quieren conseguir el "fuego de los dioses". Son
los pregoneros del "superhombre" que se forja en el
progreso de la humanidad. De una humanidad libre y
reconciliada, a la que ha de contribuir con su esfuerzo cada
uno de los individuos que la componen. Son los forenses
que declaran que la "muerte de Dios" tiene que llegar
como condición indispensable para que el hombre sea
autónomo y pueda llegar a ser señor de la historia. Son los
"maestros de la sospecha" que han enseñado que la
56
esperanza en el más allá feliz, tan cacareada desde los
pulpitos por los "ventrílocuos de Dios", no es más que
"opio del pueblo", que merma las energías del hombre en
su esfuerzo por construir el más acá.
El hombre tiene una gran tarea: la de construir una
humanidad feliz, la de hacer de la tierra un vergel, un
paraíso para sí mismo. Tiene que ir haciendo desaparecer
progresivamente esos límites que, como una coraza, le
impiden su libre movilidad. Tiene que ir progresando. El es
su tarea. Su única tarea. Y tiene poco tiempo. Como El
extranjero, el protagonista de la novela de A. Camus, tiene
poco tiempo y no quiere perderlo con Dios.
Está solo para llevar a buen término su labor. Solo en la
tierra. Solo con los hombres. "¡Dios no existe! ¡Sólo hay
tierra! ¡No hay más que hombres!" (J. P. SARTRE). Dios
está ausente. Pero, contra el parecer de Dostoievsky, "la
ausencia de Dios, lejos de autorizar toda licencia, supone
todo lo contrario, porque el hombre está dejado sobre la
tierra, sus actos son un compromiso definitivo, absoluto"
(S. BEAUVOIR). Un compromiso con la humanidad, hasta
que cada uno de nosotros pueda apropiarse la "palabra de
hombre" de ese luchador empedernido que es R. GA-
RAUDY: "Todo lo que he podido crear mediante mi trabajo
queda inscrito en la creación continuada del hombre por el
hombre". La historia debe transformarse en una carrera de
relevos en la que la antorcha del progreso pase de mano en
mano. Un progreso del hombre por el hombre. Un
progreso sin anhelos de altura y sin Dios.
Sólo el hombre.
Sólo el hombre estaba conmigo.
No las manos del árbol,
hermosas como rostros,
ni las graves raíces que conocen la tierra
me ayudaron.
Sólo el hombre.
No sé cómo se llama.
Era un hombre como yo;
57
era tan pobre como yo;
tenía ojos como los míos, y con ellos
descubría el camino
para que otro hombre pasara.
Y aquí estoy.
Por eso, existo.
Creo que
no nos juntaremos en la altura.
Creo que
bajo la tierra nada nos espera.
Pero sobre la tierra
vamos juntos.
Nuestra unidad está sobre la tierra.
(P. NERUDA)
Quienes piensan así "esperan del solo esfuerzo humano
la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan
el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre
la tierra saciará plenamente todos sus deseos" (GS 10).
No son ingenuos. Reconocen.la presencia del mal, de la
enfermedad, de la injusticia, del dolor y de la muerte. Pero
desconfían de otra manera de solucionar todos estos
aspectos negativos que no sea su aportación personal y
comunitaria. Para vivir así se requiere una opción seria: la
opción de la construcción del hombre por el hombre. Por
eso, en el campo del humanismo ateo, también florece el
amor, la esperanza y la solidaridad. ¡Un amor, una
esperanza y una solidaridad para esta tierra!
¿Quién podrá dudar de la seriedad de estos plantea-
mientos? ¿Quién podrá negar los valores de humanidad
que se albergan en sus proposiciones? A la opción por el
humanismo hay que darle la bienvenida. "Creyentes y no
creyentes están generalmente de acuerdo en este punto:
todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del
hombre, centro y cima de todos ellos" (GS 12).
Pero el humanismo ateo cierra herméticamente el
camino de acceso a otro que no sea el hombre mismo. Y
58
aquí está precisamente su tendón de Aquiles. ¿Quién
garantiza el final feliz en la historia de la humanidad?
¿Quién puede asegurar que es evitable la frustración total
de una "condena a muerte en masa"? (A. CAMUS). El
espectro de un agotamiento de los recursos naturales, de
una guerra total o del descontrol del poder de la técnica que
rompa el equilibrio ecológico se cierne amenazante sobre la
humanidad.
Por otra parte, ¿bastaría que la humanidad consiguiese
una felicidad dentro de los límites de este mundo para que
considerase que ha llegado a su plenitud siendo así que hay
quien define" al hombre en sus deseos como "proyecto de
ser Dios" (J. P. SARTRE)? ¿NO sería nuestra libertad un
calabozo que nos permitiría únicamente ir de una a otra
parte del mismo, pero sin poder tener nunca la dicha de
respirar a pleno pulmón el aire libre y de permitir que la luz
del sol inundara nuestros ojos? ¿No daría así nuestra
libertad lo que da de sí la cadena de nuestra finitud? El
hombre necesita un "liberador de la libertad" (K. RAHNER)
que le saque de la finitud y rompa las amarras que impiden
al hombre llegar al ansiado puerto.
Finalmente, nos podríamos preguntar si para quienes
han optado por el progreso de la humanidad tendría
sentido la vida de quienes no pueden contribuir activa-
mente al mismo sino que, más bien, pueden representar, en
determinados momentos y bajo determinados criterios, una
remora. Podríamos preguntárnoslo hoy más que nunca
ante la marginación de la tercera edad, los criterios
favorables a la eutanasia y la presencia de ciertas "técnicas
eugenésicas" que se aplican a la subnormalidad.
* * *
La enfermedad puede ser un tiempo privilegiado para
quitar maquillajes de progreso en la cara de la vida. Puede
representar una ocasión propicia para despojarse de la
-
i
)
confianza radical en los propios esfuerzos que tienden a
construirse un hogar donde poder caldearse con la
felicidad. La presencia de la debilidad y de la incapacidad
puede ser el aguijón clavado en la carne que haga al
hombre despertar de sus delirios de grandeza y le devuelva
al realismo de su pobreza. De su pobreza radical. De su
limitación. De su incapacidad para salir del pozo de la
finitud por su propio esfuerzo, estirándose de los pelos.
La enfermedad puede ser una situación que abra al
hombre al anhelo de que otro, desde el brocal del pozo,
lance un salvavidas que le dé, como regalo, lo que él es
incapaz de ofrecerse. Cuando se experimenta la propia
debilidad, cuando uno se siente incapaz de labrar con sus
manos el propio campo para poder cosechar una felicidad
que dé cumplimiento a los mas íntimos deseos, entonces
sólo queda una alternativa: la confianza radical en otro que
haga fecunda la vida o la desesperación.
"Únicamente la acción salvadora de otro que le
ofrezca una vida nueva, que no tenga que ser vivida
por las propias fuerzas, sino por la gracia de Dios,
puede ayudar a quien está desesperado de la vida. "
(D. BONHOEFFER)
Ese "otro" que puede aplicar el bálsamo de la salvación
y la oferta de una vida nueva no es sino el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo que cura, con su amor entrañable,
la herida de nuestra desesperanza. El es el Dios que, con
amor materno, se cuida de nosotros. Es el Dios que asegura
que, aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas,
El no puede olvidarse de nosotros (Is 49,15; Sal 25,6;
115,5). El es el Padre que nos ha destinado en la persona de
Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos (Ef 1,5-7)
compartiendo así con nosotros la misma felicidad con la
que El es feliz. Es el "Dios crucificado" (J. MOLTMANN) en
cada dolor humano que mostrará su rostro enjugando las
lágrimas de nuestros ojos cansados de sufrir y de llorar (Ap
21,4).
60
Dios no ahorra al hombre ningún esfuerzo humano.
No suple ninguna deficiencia en el cumplimiento de
nuestra tarea. Pero con El nuestra tarea recupera otro
horizonte. Nuestra libertad se libera.
Por consiguiente, desconfiar de El es una enfermedad
mucho más grave que la simple enfermedad corporal. En
ella se sufre de desesperanza. En cambio, encontrarse con
El, aun en medio del dolor, el sufrimiento y hasta la misma
muerte, significa llenarse de luz y de sentido. Encontrarse
con El es recobrar la esperanza. Una esperanza cuyo
cumplimiento toca a quien se cuida de nuestro futuro.
Encontrarse con Dios. Confiarle nuestra vida. Esta es
auestra tarea. Pero también aquí surgen las preguntas-. ¿Por
qué hemos de confiarnos a Dios? ¿Qué signos tenemos de
que esta confianza no es alienante y supone una hipoteca
para nuestra humanidad? ¡No podemos fiarnos del primero
que pasa por nuestra vida dándonos motivos de esperanza':
Como siempre que se habla del amor, también aquí el
espíritu matemático y el ansia demostrativa fracasan. El
amor de Dios no se puede demostrar. Únicamente se puede
mostrar. Y esta mostración exige la labor de una continua
lectura profética de la propia vida a la luz de los signos que
El nos da. Jesús es el signo de la actuación de Dios con
relación a la humanidad y a su futuro.
La actitud fundamental de Jesús en su vida es de
confianza radical en Dios. De esperanza en El aun en medio
de sus fracasos. Jesús vive, obra y padece en la seguridad de
ser escuchado siempre por su Padre (Jn 11,41). Su vida no
está apoyada en su fuerza, sino en la fuerza de Dios. El es el
primer pobre del Reino. No confía únicamente en sus
propias posibilidades. No confía únicamente en sus propios
proyectos. Su vida está proyectada desde la escucha atenta
—éste es en su sentido originario el significado de la
palabra "obediencia"— de la palabra del Padre. Confía y lo
espera todo de Dios. Incluso en el momento de su muerte
en cruz cree en el amor incondicional de Dios.
61
"Esta actitud encuentra su expresión suprema en
el momento en que el siervo vuelve a tomar el grito
del salmista: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?' G rito de angustia de la creatura que se
siente abandonada en el corazón mismo de sú
fidelidad, pero que mantiene, con esta fidelidad, la
misma firme esperanza" (H. BOUILLARD). "El porta
lo insoportable (la petición del huerto de los Olivos lo
muestra claramente) y, por eso, puede dejar que
suceda (la salvación) más allá de sus fuerzas" (H. U.
VON BALTHASAR).
La respuesta por parte de Dios a esta actitud de
confianza radical de Jesús será la de exaltarle y otorgar-
le el nombre sobre todo nombre (Flp 2,9). En Jesús,
resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha del
Padre, está ahora corporalmente toda la plenitud de la
divinidad (Col 2,9). "El, habiendo ofrecido en los días de su
vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y
lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado
por su actitud reverente" (Heb 5,7). Ahora, superado el
poder de la muerte, a su humanidad se le ha dado la
felicidad de Dios para siempre. "Ha llegado a la perfección"
(Heb 5,9). Es "el hombre perfecto" (GS 22). Y también es el
signo, el sacramento de todo el bien que el Padre ha
querido para el hombre, ya que lo acontecido en él, no ha
ocurrido únicamente como a individuo, sino como a
cabeza de una Humanidad Nueva. Todo hombre que,
siguiendo a Jesús, pone su confianza radical en Dios
encontrará por su parte la misma respuesta.
Jesús es el "iniciador y consumador de nuestra fe" (Heb
12,2). Por eso, tenemos que tener los ojos fijos en El.
Tenemos que seguirle, convencidos de que "quien sigue a
Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su
propia dignidad de hombre" (GS 41). Jesús nos ha
enseñado a vivir. Nos ha enseñado la audacia de atrevernos
a llamar a Dios Padre con la confianza filial de quien espera
recibirlo todo de El.
62
"El hombre tiene que alargar la mano para
atreverse a dar el salto hacia Dios. Este salto
presupone el ser total del hombre. El que entrega sin
titubear a Dios todo el espacio que en él se da, puede
estar seguro de Dios con idéntica totalidad: puede
recibir todo de Dios, puede pedirlo todo. Dios es
personalmente garante de esa totalidad" (H. U. VON
BALTHASAR).
La enfermedad puede resultar no sólo un tiempo de
reflexión sino también una especial coyuntura que
descubra la necesidad de conversión. No es la única
ocasión. Pero lo importante es no dejar pasar la
oportunidad. Las parábolas de Jesús aluden frecuentemente
a la urgencia de tomar una decisión de conversión. Ya san
Agustín solía decir: "Temo al Jesús que pasa, pues quizá no
volverá más". El sufrimiento, el dolor, las prolongadas
horas de soledad, pueden ser una ocasión propicia y un
tiempo oportuno para confiarse plenamente a Dios y poner
en El la cumbre de nuestras alegrías. Sólo así se puede ser
fuerte en la debilidad. Sólo así puede cosiderarse la vida útil
y con sentido. La debilidad de la vida del hombre no se
vence más que con la fuerza del amor. ¡Del amor de Dios!
63
encuentro desde la vida
La escuela del sufrimiento y de la inactividad
forzosa son una llamada apremiante para
conseguir una profundidad mayor y para dar
una nueva orientación a la propia vida. ¿Cuál ha
sido tu experiencia en este sentido? ¿Qué
conclusiones vitales has sacado?
ANÓNIMO I
Sí, realmente la vida la veo ahora de muy diferente
manera. Soy mucho más realista. Me he convencido de la
inutilidad del dinero: no soluciona nada. Cuando estás
enfermo, añoras la salud y tienes emulación de la gente
sana.
IRENEO. Obispo. Parkinson. (Toledo)
Cuando era joven, en los primeros años de mi sacerdocio y
de mi episcopado, me encontraba con fuerzas para
afrontar las tareas que recaían sobre mí. Era la etapa
juvenil, cuando parecía que no se encontraban limitacio-
nes ni barreras para poder actuar. En cambio, cuando
llega la enfermedad, se siente uno encadenado y se le
impide actuar y dirigirse donde quiera.
65
A mí me ha hecho pensar mucho la frase de Jesús a Pedro,
cuando él quería saber cuál iba a ser su destino, y el Señor
le contesta: "Cuando eras joven te ceñías e ibas donde
querías; cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará a
donde no quieres".
De la misma manera que Pedro, el cabeza de la Iglesia, me
encuentro yo ahora en medio de la enfermedad. Y también
a mí se me pide la misma fe que a Pedro: la aceptación de
la cruz que se me presenta a través de la inactividad y de la
limitación. Esta es mi tarea. ¡Una tarea difícil! Lo mismo
que ocurre cuando hay que frenar un coche que está
lanzado a gran velocidad. El frenazo supone una ruptura.
Se tiene la sensación de una gran contrariedad. ¡Iba tan
bien con la marcha!
La enfermedad ha supuesto para mí una gran lección. Une
lección práctica: la lección del sufrimiento y de la
inactividad. He conocido de cerca la fragilidad del hombre
mientras camina en la tierra. Esa caducidad que afecta a
todo ser humano, esa caducidad que sabemos que es
transitoria y que es sementera para otra vida, la única
definitiva, basada en el misterio pascual de Cristo. Si nos
identificamos con sus sentimientos y su muerte de cruz,
reinaremos también con El después de la muerte. Se
podrían aprender muchísimas lecciones en la experiencia
de la enfermedad, pero la más importante quizá sea la del
enriquecimiento interior.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
En un primer momento me rebelé. Con todo, cuando
empecé a ser consciente de que me estaba hundiendo
moralmente, reaccioné con gallardía. Llegué a la conclu-
sión de que así no conseguía nada positivo y quise,
mediante un cambio de actitud, empezar una vida nueva.
EULALIA. Inválida ya curada. (Madrid)
Puedo decir que una de las conclusiones que he sacado de
mi experiencia de la enfermedad es la de haber aprendido
el verdadero sentido de lo que supone darse a los demás.
66
JUANI. Inválida. (Madrid)
Para mí el tiempo de la enfermedad ha supuesto un tiempo
privilegiado para pararme, para descansar... para conside-
rar que Dios me ama... que me está amando aquí. Creo
que la escuela del dolor es muy provechosa. A mí
personalmente me ha hecho ser más humana, me ha
hecho llegar más fácilmente a los demás, me ha hecho
quererlos más. Para mí, personalmente, ha supuesto un
enriquecimiento el encuentro con otras personas enfer-
mas, con las que he entrado en contacto, que me han
ayudado y creo que he podido ayudarlas. Además, ha sido
un tiempo que he aprovechado para prepararme más
intelectualmente y que me ha ayudado a conocer mejor
también a Dios.
MANUEL. Tetraplejia. (Toledo)
Transcurrido el período de mayor sufrimiento, incluso
estando dentro de él, la persona le da a la vida un valor
muy superior. El espíritu de superación debe ser el signo
de esta valoración de la vida que antes no le habíamos
dado.
Mi experiencia es muy positiva. Puedo decir que he
conseguido metas que científicamente estaban descartadas
para mí. Llegué a la conclusión de que, a base de tesón, de
ilusión y de esas ganas de vivir que los míos pudiesen ver
en mí, aunque fuese en silla de ruedas, era valorar la obra
del Creador y darle gracias- por haberme hecho compren-
der que todo era posible. Era un esfuerzo por no sentirme
muerto antes de que llegase el momento.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
No es que la enfermedad haya representado para mí hasta
el momento presente una inactividad. Pero ciertamente
algo ha cambiado dentro de mí.
Mi marido me dice que los he hecho cambiar a todos un
poco dentro de mi familia. Todos han tenido que adaptarse
a la nueva situación.
67
Sin embargo, he tratado por todos los medios de no
volverme una persona egoísta. Antes creo que era más
egoísta en las cuestiones económicas y pretendía que me
ayudasen mucho más en las tareas de la casa. En cambio,
ahora no pienso nada de eso. Por eso, creo que la
enfermedad me ha elevado espiritualmente. Ahora quizá
no pueda celebrar la eucaristía a diario, como en otras
ocasiones. Incluso llegan algunos domingos en que no me
encuentro con fuerzas. Pero creo que la enfermedad ha
sido mi "eucaristía".
ANÓNIMO III
Mi experiencia de esta larga fase de inutilidad ha sido
positiva. Hoy así lo creo. Ha sido una especie de cursillo.
Me ha ayudado —y me sigue ayudando— a la
comprensión de Dios. Mi manera de concebirle ahora es
más como un padre que como un juez. Además, me ha
servido para asumir y aceptar la limitación humana, tanto
en mí como en las demás personas, sean jóvenes o
mayores.
De todas formas, en esta tarea me ha ayudado también una
serie de libros que han caído en mis manos y que he tenido
la suerte de poder leer.
2
¿La enfermedad ha supuesto para ti un trampo-
lín para comprender el sentido de la vida?
Habíanos un poco en este sentido.
ANÓNIMO III
Creo que mi situación me ha posibilitado comprender el
sentido de la vida. No la enfermedad en cuanto tal. Sino la
vida misma. Misteriosamente, en muchos sentidos, he
68
tenido la suerte de leer los acontecimientos, de asumir de
muy distintas maneras mis limitaciones y mis insegurida-
des. Esta lectura, hecha a la luz de la Palabra de Dios, me
ha dado una seguridad y una capacidad de convivencia
que antes —¡quién lo diría!— ni siquiera soñaba. He
comprendido mucho mejor lo que dice Jesús: "Si no os
hacéis como niños —escuchando, preguntando, sintién-
doos poca 'cosa'— no entraréis en el Reino de los cielos"
—como felicidad y sentido de la vida—, empezando a
"disfrutarlo" en este mundo. Así lo veo ahora.
JUANI. Inválida. (Madrid)
Antes de pasar la experiencia de la enfermedad yo era una
chica bastante superficial. No me planteaba nada en serio
la vida. En cambio, en la enfermedad, al tener tiempo y
necesitar razones para seguir viviendo con paz y alegría,
encontré una situación que me instaba a inquietarme y a
buscar sin parar. Tuve la dicha de encontrar a Dios. Y hoy
puedo decir que mi vida tiene sentido.
AMADOR. Tórax. (Madrid)
Empecé a sentirme enfermo cuando contaba veinticinco
años aproximadamente. Antes nunca había pensado en el
dolor por las circunstancias de mi vida en el campo. Yo
vivía en un pueblo pequeño. El trabajo y el ambiente no
me habían permitido entrar en este problema. Hasta que
un día empecé con las fatigas, las ronqueras y los demás
problemas respiratorios. A partir de entonces, empecé a
pensar en el problema del dolor. El problema del mal que
existe en el mundo. El problema del sentido de la vida.
Mi vida cambió por completo. Tuve que abandonar mi
trabajo, mi ambiente... todo. Tuve que ingresar en el
hospital.
Ahora puedo decir que la enfermedad ha supuesto para mí
un trampolín verdaderamente importante para encontrar
el sentido de la vida. Antes, cuando no tenía problemas,
69
me encontraba profundamente vacío. Ahora, en cambio,
que los tengo —¡y serios!— cualquier acción me llena y
me plenifica. ¡En la basura de mi enfermedad he encon-
trado la perla del sentido y la plenitud!
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
La enfermedad ha supuesto para mí, debo confesarlo, un
inmenso trampolín para ver las cosas de modo muy
diferente a como las veía antes del accidente. Prueba de
ello es que, en los primeros momentos, me desesperaba,
me deseaba la muerte y vivía amargado, debido al dolor y
sufrimiento que padecía.
En cambio, a medida que fui entablando diálogo con
Cristo, con ese Cristo que estaba en el crucifijo de mi
habitación, aprendí a pedir perdón, a agradecer todo lo
que él me había dado, a reconocer el rostro humano de
muchísimas personas que te ayudan y se solidarizan con tu
situación. ¡He aprendido a ser cristiano en la enfermedad!
Para mí ha sido una auténtica catequesis.
ÁGUEDA. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
La enfermedad en sí, creo que no. Es un mal. El trampolín
para mí ha sido el amor y la comprensión de los que han
vivido junto a mí.
Seglar. Varias. (Madrid)
No recuerdo cómo era mi experiencia respecto de la
enfermedad antes del año 1936. Quizá porque hasta
entonces no me había visto enfrentada a ella de una
manera fuerte. Es en el mes de noviembre de dicho año
cuando, en uno de los bombardeos, queda afectada la casa
donde vivíamos, sepultándome entre los escombros por
espacio de siete horas. A partir de entonces, la precariedad
de mi salud ha sido constante.
Lo primero fue una infiltración pulmonar. En el año 1939
70
me hicieron una punción en el vientre para extraerme
cinco litros de líquido. Después de largas temporadas de
fiebres altas, me operaron de un plaston intestinal y en
1950 de histerectomía. Posteriormente me diagnosticaron
tuberculosis renal. Más tarde también escoliosis lumbar y
artrosis. Últimamente, en el mes de junio pasado, he sido
operada de colestomía.
Me da miedo lo que voy a decir, pero no tengo más
remedio que hacerlo porque es donde reside mi fortaleza:
nunca me he sentido sola. Y nunca se me ha ocurrido
preguntar el por qué de todo lo que me pasaba. Nunca. Me
he limitado a agarrarme fuertemente a El. Así he resistido
con paz. Con una gran paz.
Dice el hermano Cario Carretto, en su libro El desierto en
la ciudad, que el Señor se ha inventado el dolor para venir
detrás de mí. Y yo también lo creo así. Es como la
parábola del hijo pródigo. El hijo vuelve a la casa del
padre porque le falta comida y está arruinado. Es posible
que el Señor se encargue de hacernos difícil el exilio para
que sintamos el deseo de volver a El.
Para mí, la escuela del sufrimiento y de la inactividad me
ha servido para aprender a dar otro sentido a mi vida. Sí,
otro sentido. Nunca la he dejado vacía y sin contenido.
Ahora ya no trabajo. Posiblemente ya no vuelva a trabajar
más. Yo digo, tomándolo a broma, que he estrenado mi
libertad ahora, puesto que durante cincuenta años, de los
sesenta y tres que tengo, he estado trabajando y, por lo
mismo, sujeta siempre a una obligación y a un horario.
Ahora, con mi libertad recién estrenada, dedico mi
tiempo, cuanto tengo y cuanto soy, a compartirlo con los
demás (reuniones, visitas a enfermos y, por supuesto, la fa-
milia).
OCTAVIO. Tórax. (Madrid)
Sí, fue la enfermedad la que me hizo acercarme suplicante
a Dios. Yo vivía en una ciudad de un país extranjero (Pa-
rís). Los médicos de allí tenían dudas acerca de un mal que
padecía en la garganta. Y, en la soledad e incertidumbre de
71
mis días de hospital, llegué a hacerme tan buen amigo y
compañero del Señor que luego me ha sido indispensable
su compañía. Hoy me pregunto: ¿cómo caminaría yo por
la vida si no hubiera sido por aquella dolencia?
MARÍA TERESA. Inválida. (Barcelona)
Sí, al tener muchos ratos para pensar y reflexionar, das
más sentido y valoras más las cosas pequeñas. Cosas que
en otros momentos han tenido poca importancia para
nosotros, las revestimos ahora de un valor extraordinario,
como por ejemplo: la amistad en un momento de
sufrimiento, el aire, el sol en un día que podemos pasear,
etcétera.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Ciertamente nos acordamos de Santa Bárbara cuando
truena. Para mí, ahora que me falta, lo más importante es
recobrar la salud. Pero, sin embargo, reconozco que desde
que estoy enferma he madurado mucho. La vida siempre
se me ha presentado como una lucha. Pero lo que he
aprendido es que la vida vale la pena cuando nos
queremos unos a otros. Cualquier lucha que fomenta la
competencia para situarse más cómodamente por encima
de los demás carece de sentido. La auténtica lucha por la
vida que vale la pena es la del amor, la entrega y el
servicio.
VICENTA. Ciega desde los veintiún años. (Madrid)
Tengo que reconocer que al principio se me cayó el
mundo abajo. Yo quería ser misionera y la enfermedad me
lo impidió. ¡Es curioso observar cómo los planes de Dios
no son nuestros planes! Reflexionando posteriormente
sobre mi vida y misión en el mundo, recibí una gran
fuerza: en el mundo había muchas personas en m's
mismas condiciones, eran ciegas como yo, pero eran
también ciegas en su fe y en su sentido de la vida. Yo, con
mi testimonio, podía aportarles la luz que ellas necesita-
ban.
Dios me había regalado la luz de la fe. Esta luz no sólo
tenía que ayudarme a superar el trance de la ceguera
material. No sólo tenía que ayudarme a mí a vivir con
garbo. Tenía que hacerme apóstol y misionera, desde mi
situación de invidente. Con esta limitación mía, tenía que
ser luz en el camino de los demás. Tenía que enseñarles a
ser personas. Tenía que enseñarles lo importante que es la
vida y lo útil que se puede ser para los demás.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
Por supuesto que la enfermedad ha supuesto para mí un
trampolín. Yo comparo el don recibido de esta enfermedad
con el don de mi ordenación sacerdotal. Ha sido un nuevo
renacer. He experimentado como un relanzamiento. Llevo
treinta años de sacerdote y me siento con una ilusión
enorme. Esta ilusión ha ido creciendo a medida que he ido
encajando en las distintas actividades, según me lo ha ido
permitiendo el estado de convalecencia. En mi enferme-
dad me siento con una energía nueva, porque también en
ella descubro que si uno no emplea su propia vida en bien
de los demás, ¿para qué sirve la vida? Si Dios ha querido
que continúe con cierta capacidad de "acción", ¿cómo voy
a vivir cómodamente?
Además, he descubierto algo que antes no tenía tan claro:
pase lo que pase, aunque vuelva a retroceder, aunque la
enfermedad vuelva a revivir con más fuerza, no importa.
¡Es que ya lo encajo dentro de mi proyecto de vida!
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
Yo no diría que la enfermedad me hizo comprender el
sentido de la vida como algo nuevo. Sí, me hizo
profundizar más en él.
Sin embargo, una de las cosas que más miedo me daba en
mi oración, era decirle a Dios que aceptaba lo que me
viniese en mi enfermedad. Esto me costaba mucho. Y me
costaba porque me figuraba lo que vendría detrás. Aunque
con mi oración acababa diciéndole a Dios que sí, yo creo
que en el fondo no lo aceptaba.
Otro punto que yo considero en mi enfermedad es la
"liberalización" que hice de Dios como castigador con
enfermedades y probador de voluntades. Dios se convirtió
para mí en un interlocutor constante y en el que encuentro
ánimos para ir superando las dificultades y ser capaz de
reaccionar.
Considero importante el hecho de que, a lo largo de mi
enfermedad, no he perdido la alegría en ningún momento
y he estado relativamente tranquilo a lo largo de toda ella.
Esto quizá sea debido a esa "liberalización" de Dios y a ese
diálogo que a menudo tenía con El.
Fue en la situación de convaleciente de una
3
herida como san Ignacio de L oyóla encontró a
Dios y comprometió su vida. Muchos otros han
tenido la misma experiencia. ¿Es también la
tuya?
AMADOR. Tórax. (Madrid)
Puedo decir también que a mí me pasó un poco como a
san Ignacio; la herida me sirvió para enfocar mi vida; me
sirvió para fortalecer mi fe que, aunque ya la tenía, era
débil y quebradiza; me sirvió para ver las cosas, la vida, en
un horizonte nuevo y mucho más claro, en un horizonte
de esperanza.
74
Cuando falta el sentido de la Palabra de Dios, los enig-
mas de la muerte y del dolor llevan al hombre a la
desesperación. El campo de la vida sólo produce
espinas y abrojos.
MANUEL. Tetrapleji'a. (Toledo)
Siempre he sido católico, aunque antes era poco
practicante. Con la enfermedad, mi fe se acrecentó mucho
más y adquirió un compromiso bien concreto: tratar con
mis compañeros enfermos para que también ellos tuvieran
un rayo de fe para soportar con fortaleza los dolores y
aceptar en medio de ellos la voluntad salvadora de Dios.
Tenía que enseñarles a decir aquello que había sido
también mi oración durante mi enfermedad: "Mi vida es
tuya; tómala en tus manos amorosas de Padre".
A menudo encontré en mi camino personas ateas que
pretendían hacerme creer que la vida sólo la salva la
ciencia. Yo les contestaba, con un poco de ironía, que a
todos los médicos, tarde o temprano, se les mueren los
enfermos. Sentía sus palabras como un canto de sirena. Lo
que yo necesitaba eran unas manos amorosas que se
ocupasen de mí. Y no me abandonasen nunca. ¡Necesitaba
vivir para siempre! Y esa vida y esas manos sólo podía
encontrarlas en Dios. En el Dios de Jesús.
JOSÉ MARÍA. (Madrid)
Desde luego en la enfermedad me he encontrado con Dios,
con ese Dios que está también en la tribulación, en la
entrega total, en el amor desinteresado y en la lucha por
una existencia que se hace realidad perdiendo la vida en el
trance. Este encuentro me ha conducido como de la mano
a un compromiso: no tengo derecho a ser feliz a solas.
Mientras haya gente que sufre, tengo que compartir el
dolor y la tristeza de los demás hasta el fin.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
Me alegra que me hayáis presentado en el cuestionario
enviado el testimonio de san Ignacio de Lovola. En una
situación convaleciente, él renació a una vida nueva. Por
supuesto que no es éste mi caso, pero también yo, desde
que estoy enfermo, me siento llamado, de alguna manera,
a algo distinto.
76
Hoy tengo una vivencia que antes no era tan profunda. Os
agradará conocerla-, es que hoy ya no busco el éxito en mi
actividad, como lo buscaba antes. Ahora, al ver lo bueno
que ha sido Dios conmigo, estoy intentando sencillamente
dedicar aprecio, brindar amor, estimar a las personas tal y
como son. Digo intentarlo. La realidad, pues, en muchas
ocasiones, no coincide con mis anhelos. Pero no cedo. Y,
en parte —si no fruto total— ha sido ganado bastante en
estos dos años después de la enfermedad. No quiero decir
que haya sido una conversión. Pero la enfermedad me ha
situado en un nivel de confianza en la vida, me ha situado
en un clima de esperanza. En este clima, veo que todo
tiene un sentido y que vale la pena luchar, aunque haya
dolores fuertes que me asustan, porque, como dije antes,
soy muy sensible. Aun eso puedo asumirlo y puede
convertirse en abono de una vida nueva.
Religiosa. (Madrid)
En el dolor he descubierto mi camino. He aprendido a
valorar mi propia nada. He descubierto que la vida tiene
un sentido. Un sentido profundo. La enfermedad me ha
ayudado a afianzarme más en Cristo. En ese Cristo
paciente y sumiso a la voluntad del Padre. Por eso, cuando
hago referencia a los tres puntos: fe o confianza, amor y
esperanza, hago mías las palabras del apóstol san Pablo:
"Soy fuerte en mi debilidad", porque confío en la Suma
Fortaleza. Espero en El, porque nunca puede fallarme.
Precisamente por esto, mi alegría es grande y brota de lo
más íntimo de mi ser. Más aún: esto me hace decir a todas
esas personas que se sientan en sillas de ruedas, que sufren
el dolor, que se encuentran en cama: no os sintáis nunca
inútiles; ¡vuestra vida tiene sentido!; ¡y un sentido muy
profundo!
JESÚS. Casado y con hijos. Varias. (Sevilla)
Me llamo Jesús J. J. Tengo treinta y siete años y tengo
cinco hijos. Mi profesión es el campo. Así que estoy
siempre conectado con la naturaleza.
77
He tenido varias enfermedades últimamente. La primera
fue una hepatitis, de la que me curé prácticamente a los
dos meses. Entonces me sobrevino un cólico nefrítico.
Pasé unos días un poco fastidiado y estuve otra semana en
la calle, haciendo vida normal, aunque sin poder trabajar.
Una tarde me dio mucho frío. Me miraron los médicos y
diagnosticaron una pulmonía. Estuve una semana de
tratamiento en cama. Y, precisamente durante el trata-
miento, me di cuenta de que tenía una pierna inflamada.
Me asusté bastante. Llamé a un amigo médico y él
determinó que me ingresaran en este hospital, donde me
descubrieron una flebitis en la pierna izquierda. Entonces
me hicieron unas pruebas y decidieron operarme. Ya en la
U.V.I., surgieron nuevos contratiempos: la pierna se me
volvió a inflamar. Y aquí llevo ya unos veinte días.
Yo pienso que hay una buena diferencia entre mi vida y la
de san Ignacio. Pero puedo decir que la enfermedad no ha
sido estéril en mí. Porque, cuando me he sentido enfermo,
ha sido cuando he intentado agarrarme fuertemente a
Dios. Siempre debía haber estado agarrado a El. Pero las
preocupaciones de cada día, la vida vivida únicamente de
tejas para abajo, lo "humano" que es uno... todo esto va
haciendo que, poco a poco, te vayas desenganchando de
El. El dolor me ha servido en mi vida para ponerme otra
vez en sus manos. Así, puesto en las manos de Dios, ¡mi
dolor es menos dolor!
INOCENTE. (Toledo)
Bueno, creo que esos cambios ocurren en la mayoría de los
enfermos. También han ocurrido en mí. Yo he sido
siempre creyente. Pero los remolinos de la vida no le dejan
a uno reflexionar profundamente, cosa que ahora puedo
hacer. Mi único deseo ahora, después de profunda
reflexión, es reforzar mi fe y esperar una pronta
recuperación para poder corregir, una vez recuperada la
salud, tantos errores que cometí antes de mi enfermedad.
78
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Yo también pienso que he encontrado a Dios en la
enfermedad. Ciertamente, un primer encuentro se había
dado ya antes de la enfermedad. Pero también es cierto
que nuestro Dios es un Dios escondido, como dice uno de
los salmos. Y la vida se convierte en una permanente
búsqueda de Dios. Puedo asegurar que, después de la
enfermedad, me he encontrado con Dios de manera
distinta a como me encontraba antes.
Hay personas que, mientras todo les va bien, mantienen la
fe. En cambio, cuando llega el dolor y la cruz, desesperan.
Yo no he desesperado. Al contrario, he dado gracias a
Dios muchas veces por este nuevo encuentro con el que
me ha agraciado. ¡Si antes tenía una imagen mitificada de
Dios, ahora lo veo más real! Lo veo en Jesús, el único que
nos manifiesta el rostro oculto de Dios, que está en la cruz.
¡Quiero apropiarme la actitud de Jesús entregando su
espíritu al Padre Dios en la cruz! Este es el único
encuentro real.
JUANI. Inválida. (Madrid)
Creo que la enfermedad ha sido el camino por el que el
Señor me ha llevado a un mayor conocimiento de El. Y,
por otra parte, me ha impulsado a buscar esos caminos por
los que El me quiere conducir a darme a las personas,
confiando sólo en El, dejándome hacer por El, estando allí
donde El me quiere.
Ahora puedo servir con alegría. En la vida ya he optado:
he optado por el seguimiento de Cristo, que nos lleva al
amor de los hombres, sobre todo de los más pobres, de los
más indefensos y de los que más sufren.
LUISA. Inválida. (Madrid)
Se alude en la pregunta a la herida de san Ignacio de
Loyola. Yo creo que siempre hay una herida abierta en el
corazón de todo creyente, que no la producen las balas. Es
79
una herida que está siempre abierta para acoger a los
demás. Yo quiero tener abierta mi carne en este sentido.
Por eso, creo que la enfermedad me ha hecho más
persona, más humana al vivir en mi carne el sufrimiento
de los demás. Mi dolor me ha hecho solidaria del dolor de
los demás. Me ha abierto a la comprensión de los demás.
Me ha permitido poder consolarlos.
U
Según el Nuevo Testamento, "la auténtica
conversión, tal como la entiende Jesús, se da
cuando el hombre no confia ya en sí mismo, ni
quiere operar su salud por sus propias fuerzas y
confia audazmente en Dios y de El espera todo
bien" (BAUER). ¿La enfermedad te ha puesto en
situación de hacer esta opción de radical
confianza?
JUANI. Inválida. (Madrid)
En sí, la enfermedad me había sumido en una situación de
inseguridad. Inseguridad material, porque a los veintidós
años veía truncada mi carrera profesional y el futuro era
bastante incierto. Pero también inseguridad espiritual por
mi visión de la enfermedad como un castigo. La pregunta
que me hacía muchas veces era ¿qué mal he hecho?;
¿estoy verdaderamente en paz con Dios?; ¿por qué me ha
mandado esto?
Hoy, por el contrario, me siento segura en Dios. Estoy
convencida de que estoy en las manos de Dios. De El me
vendrá todo lo que puedo tener en este mundo, que no
comprendo. Cuando me pongo en sus manos es cuando
atisbo que en la vida hay algo más que lo que se ve a
simple vista. Hay otras seguridades que no son simple-
mente las que una puede labrarse con su propio esfuerzo.
En el evangelio he leído mi vida a la luz de la de Jesús, y
he descubierto el cuidado amoroso de Dios.
MARÍA DOLORES. Diabetes. (El Ferrol)
No sé si en tiempos anteriores habrá sido igual, pero
cuando uno se asoma a la sociedad actual, empieza a
pensar que realmente es un montaje. La vida aparece
como un teatro. Nosotros somos los actores que
interpretamos el papel que a cada uno se nos asigna. Pero,
¿tiene sentido lo que estamos interpretando? ¿No hay
mucha hipocresía? ¿No hay mucha murmuración por el
papel que uno tiene que interpretar? ¿No hay mucho
sinsentido y mucha inseguridad? ¿No hay mucho de eso
que yo llamaría "porquería"?
¡Tenemos necesidad de otra cosa! Y Dios es el único, el
único auténticamente, que puede sacarnos de toda esa
"porquería" y hacer de nuestro mundo un mundo nuevo.
El es el único que puede hacer de nuestro mundo unos
cielos nuevos y una tierra nueva donde more la justicia, el
amor y la paz. El es el único que nos puede ofrecer
seguridad y sentido. Con El, el gran "teatro del mundo"
puede ser interpretado sin hipocresía ni murmuración.
Sí, sin murmuración por el papel que a cada uno le toca
interpretar, aunque sea doloroso. Yo confío totalmente en
El. Tengo mi confianza totalmente puesta en El y no
quedaré defraudada. El se cuida de mí. Un signo de ello
puede ser que, cuando tengo una necesidad material o
espiritual —¡y vaya si las tengo!—, pongo mi corazón en
el Señor y le pido insistentemente, no me niega lo que más
me puede convenir. La mía trato de que sea una oración
de confianza. De corazón a corazón. Por eso, puedo decir
que una de las cosas que tengo más arraigada en el alma es
la confianza en Dios.
MARISA, inválida. (El Ferrol)
Soy Marisa. Tengo 30 años. Llevo 18 años en cama sin
poderme mover y por dos veces he llegado a estado
preagónico.
Yo diría también que la confianza en Dios es lo único que
me da confianza en mí misma y confianza en la vida. Y,
81
además, no sólo confianza en el presente, sino también en
el futuro.
Pero estoy convencida de que esta confianza no se tiene
como ahorrada en una banca. Se va acrecentando o
perdiendo al ritmo de los acontecimientos de la vida. Por
eso, pido siempre al Señor que esta confianza no se
estanque, sino que vaya creciendo, poco a poco, cada día.
Y le pido, por supuesto, que nunca decaiga. ¡Que no me
deje mirar sola los acontecimientos de la vida!
FRANCISCO. Hemiplejía. (Sevilla)
La enfermedad me ha puesto a mí en trance de optar por
Dios en vez de por mí o en vez de por otra cosa. Es decir,
me ha servido para ponerme radicalmente en actitud de
confianza en las manos de Dios.
Cuando me sentí gravemente enfermo, por la misericordia
de Dios, no perdí la lucidez mental. Desde el primer
momento era consciente de mi situación y de mi gravedad.
Era consciente de que me podía morir. Morir de un
momento a otro. Gracias a Dios, tuve, en esos momentos,
una conformidad total ante esa muerte que me acechaba.
Ni por un momento me rebelé. La acepté poniéndome en
las manos de Dios. A todos nos llega el momento de
morir, el momento que Dios ha dispuesto para el
encuentro con El.
A mí, personalmente, había algunas cosas que me
preocupaban: la mayor parte de mis hijos están sin colocar
y era un problema si yo desaparecía entonces, ¡con tantas
cosas como tenía que hacer todavía con ellos!; por otra
parte, me preocupaba la situación de mi mujer. De todas
maneras, consideraba que Dios, que había dispuesto eso
para mí, tendría cuidado de ellos. Para mí, la muerte no
era simplemente un hecho natural. Si para mí había
llegado el momento de gozar para siempre del amor del
Padre, confiaba en ese amor de Dios para con mi mujer y
mis hijos.
También comprendí que podría sobrevivir. Y esto también
lo acepté. Sí, también acepté la posibilidad de ponerme
82
bueno con la misma conformidad con que acepté la
posibilidad de morir. Y lo mismo que acepté la muerte,
pensando que si me iba de esta tierra el Señor sacaría
adelante a mis hijos —si no es con la ayuda de Dios,
ninguno de nosotros puede salir adelante, y mi ayuda poco
podía significar—, de la misma manera acepté mi
responsabilidad ante'la vida. También en esos momentos
di. un "sí" a la vida. Después, a medida que iba pasando el
tiempo y me iba afianzando, aunque estuviera paralítico de
medio cuerpo, tuve que poner voluntad y empeño para
colaborar con la naturaleza y hacer lo posible por
curarme. Seguí las prescripciones del médico al pie de la
letra, procuré hacer los ejercicios gimnásticos que tenía
que hacer y tengo que hacer todavía con todo cuidado y
con toda atención. He procurado hacerlos sin disculparme
y sin tratar de disimular con la menor desidia por mi parte.
En fin, lo he hecho lo mejor que he podido.
Es decir, que tengo que confesar públicamente que he
tenido confianza en Dios y que esta confianza ha sido mi
norte y mi guía en los momentos más importantes de mi
enfermedad.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Doy gracias al Señor porque no ha sido indispensable la
enfermedad para volverme como un niño y así poder
entrar, por la gracia salvadora de Jesús, en el Reino de los
cielos. Mi conversión no ha sido consecuencia de un
escape psicológico por el hecho de sentirme enfermo, sino
que, como toda persona creyente, soy consciente de que
enfermo o no, necesito a Cristo como mi salvador y que
ios propios méritos nunca podrán salvar a ningún hombre.
ANÓNIMO II
Suscribo en su totalidad las palabras de Bauer. Ayer
confiaba mucho en Dios, pero hoy esa confianza en Dios
es tan radical y absorbente, que casi me atrevo a decir que
no poseo más virtud que la "audaz confianza en Dios".
83
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
En mi caso, cuando después del accidente me veía perdido
físicamente y sin muchas posibilidades de sobrevivir,
confié plenamente en Dios. Puesto en esta confianza, le
pedía que me salvase la vida y, si no era posible, que, al
menos, en su misericordia infinita no abandonase a mis
seres queridos. También le pedía perdón por todo el mal
que había hecho, y me ponía en sus manos. Por eso, creo
que mi confianza fue total en aquellos momentos.
84
para el encuentro con Dios
i
Aquí de rodillas me tienes, Dios de bondad,
a cuestas con mi enfermedad
haciendo de trampolín
hacia mi íntima conversión.
Yo tengo bien sabido
que toda debilidad —física o mental—
es, a la postre, látigo que me endereza,
fuente de luz que me limpia...
Mi rostro lo tengo vuelto
a toda criatura. Hoy soy así.
Pon, oh Dios, el vértice de mi alma
cara a cara del oriente divino.
Y quema todas las barcas
que tengo en el puerto varadas.
Mi alma es un rastrojo de frío barbecho:
rózalo con tus dones sagrados
y conviérteme luego
en tierra de miga esponjosa:
tierra fructífera en gracias
y claridades celestes.
Abrasa y arrasa, Señor,
todos mis setos espinosos
y plántalo de rosas
de embriagador perfume.
Trueca, así, mi abrupto sequedal
en corrientes de oceánicas aguas.
85
Limpia y restregó
con tu divina almohaza
lo sórdido de mi cúspide mental
y así sacíame de tu fontal pureza.
Cura y restaña mis sangres...
mis neridas cicatriza...
flexibiliza mi tiesura cadavérica.
Licúa, Dios, con tus calientes plumas,
la costra de espeso hielo que me envuelve.
Rectifica mis torcidas veredas
abarrotadas de inútil cascajo.
¡Tengo roto el vaso!
Reconstruye los trozos
y devuélveme la vida.
(ANÓNIMO II)
II
Señor, ¡qué superficiales somos los humanos!
Nos dijiste que tu Reino está dentro de nosotros.
Tu Reino, es decir, esa tierra de promisión,
esa tierra de la serenidad y de la certidumbre,
de la bondad y la indulgencia,
de la comprensión y de la piedad;
tu Reino, es decir, ese "sueño
decretado absurdo e insensato de siglo en siglo"
por no haber intentado siquiera
empujar lentamente la puerta,
o por no haber sospechado
que teníamos su llave en nuestras manos.
Y ha tenido a veces que llegar el dolor,
siempre bautizado de misionero,
para mostrarnos, Señor,
ese lugar secreto donde Tú te escondes...
86
Probablemente, lo más importante sea la "noche oscu-
ra" que el enfermo ha de pasar en su interior para
hacerse con las riendas de este caballo desbocado.
Ha sido, sí, este tantas veces calificado de absurdo dolor
el mensajero y secreto amigo
que nos ha conducido de la mano
hasta la morada de nosotros mismos,
donde habitas escondido y donde revelas
tu verdad y el sentido de nuestra vida.
Los hombres me dicen, Señor, que eres un invento.
Mas yo, ahora, desde mi dolor, creo y proclamo
que eres, mi Dios, un descubrimiento.
Venga, pues, y muéstrese tu Reino al mundo,
aunque deban mi dolor y mi quebranto
servirle de sendero hasta las almas.
III
Tengo miedo de la noche, estas noches tan largas,
en las que el dolor no me deja y el sueño no llega...
Doy vueltas y vueltas, interminablemente,
esperando, en vano, que llegue el momento
en que, por fin, pueda dormir y olvidar el peso del día,
[Señor.
Visítame, Señor, en estas noches tan largas.
Quizá pensando en Ti encuentre mi descanso y mi paz.
¿No está escrito que en lo más oscuro de la noche
viniste al mundo y apareció tu gloria, tu paz y tu amor?
Haz de mi noche, Señor, una nueva posibilidad de
[conversión.
A Saulo le fue provechosa su caída del caballo
y la consiguiente ceguera, para conocer la Luz en su
[corazón.
¡Cuántas veces yo te he dicho que estaba dispuesto a darlo
[todo!
Bien sé yo mismo que es mentira.
¡Cuántas veces he dicho que lo esperaba todo de Ti!
Bien sabía que me engañaba.
88
Pero ahora sí,
estoy aquí, en medio de mi noche,
y quiero poner mi confianza en Ti,
quiero que tu luz invada el lecho al que estoy cosido,
que es testigo de mis insomnios y mis desvelos.
La ciencia médica, de día en día, más eficaz,
con sus hallazgos, sus combates en todos los frentes y sus
[victorias
te dan gloria: todos los días se manifiesta a través de ella
que Tú has querido "tener necesidad de los hombres"
para continuar tu obra creadora de salvación.
Pero en lo más profundo de mi humanidad encuentro,
[Señor,
algo que siempre me duele y me deja insatisfecho.
A Igo que no me deja ser feliz: mi deseo siempre frustrado de
[más.
Hazme ver, Señor, en la oscuridad de esta noche cerrada,
que mi carencia es tu propia riqueza.
Hazme comprender, Señor, que Tú no has querido
[reservarte
ningún tesoro ávidamente reservado en exclusiva para Ti,
sino que, por medio de tu Hijo, estás dispuesto a
[compartirlo todo.
Hazme descubrir tu dadivosidad en el regalo que me
[haces.
¡Visítame en esta noche larga, mi Dios!
89
CAPITULO III
SI QUIERES,
PUEDES
CURARME
invitación a la reflexión
L
A vida del hombre sobre la tierra se parece a esas
pinturas "caravaggiescas" del siglo XVII, llenas de
contrastes donde las luces se mezclan con las
sombras, los colores vivos con los tenebrosos y los fuertes
con los débiles. En la orquesta en que se interpreta la
melodía de la vida, no sólo hay violines para cantar el amor
o trompetas para entonar himnos de victoria y de éxito.
¡Hay también instrumentos de percusión!
La vida de todo hombre viene a ser un suspiro
intermedio entre dos lágrimas: la del nacimiento y la de la
muerte. Claro que ese intervalo del "suspiro intermedio"
no es para todos los hombres lo mismo. A unos parece que
la vida les presenta un rostro jovial. A otros, en cambio, un
rostro cargado de amargura. Para unos casi siempre brillan
las estrellas. En cambio, para otros la noche es cerrada y el
día tormentoso.
De todas formas, cualquiera que sea la suerte de cada
uno, el dolor y el sufrimiento hacen acto de presencia a lo
largo y a lo ancho de la vida. Desde el alborear de la vida
del hombre en la tierra las alegrías se mezclan con las
tristezas, como se mezclan el bien con el mal y el amor con
el odio, formando las más variadas combinaciones. Si
atendemos a los datos de la psicología profunda, tendremos
que reconocer que estas mezclas y combinaciones se
experimentan desde la más tierna infancia y que dejan sus
huellas, en muchas ocasiones, en todo el ser del hombre.
93
Bien y mal, amor y odio, alegría y tristeza son las
compañeras de la vida de todo hombre. Experimentar la
vida es gozar y es sufrir. ¡También sufrir! "Quien no ha
sufrido no sabe nada; no conoce el bien y el mal; ni conoce
a los hombres ni se conoce a sí mismo" (FENÉLON). Porque
"hay cosas que no las ven sino los ojos que han llorado mu-
cho" (VEUILLOT).
Los animales son sensibles. Sienten el dolor. El hombre
también es sensible. También siente el dolor. Pero, frente a
los animales, al hombre, como ser consciente que es, el
dolor le crea problemas. El dolor humano es peculiar.
Todos tienen que adaptarse a la vida y a las condiciones en
que se les ofrece. Pero al hombre se le ha concedido la
posibilidad de adaptarse e integrarse tomando postura. De
su toma de postura depende, muchas veces, el poder seguir
viviendo con ilusión y alegría. Vivir es para él tomar
postura. ¡Pero, sobre todo, cuando se vive en medio del
dolor!
Cuando el sufrimiento es prolongado y supone una
fuerte ruptura del ritmo vital que se estaba acostumbrado a
llevar, el ser entero del hombre se le hace una herida que
supura problema tras problema, que se gangrena y se
infecta cuando no hay respuestas.
Quien vive a fondo "con tres heridas viene: la de la
vida, la del amor y la de la muerte" (M. HERNÁNDEZ). NO
sólo sufre el dolor físico. Va sufriendo en su espíritu
mientras vive. La vida, el amor, la muerte... van dejando
heridas. Pero, cuando está enfermo, parece como si las tres
heridas se hubiesen dado cita a la misma hora y en el
mismo lugar. El mal y el peso de la vida se experimentan
de una manera especial. Difícilmente puede uno sustraerse
a considerarla una desgracia. La sal de la vida, la vida
agraciada, parece que se han alejado del horizonte del
enfermo.
Las preguntas se acumulan en la mente de quien padece
sin que, en muchas ocasiones, se vean gratificadas con el
don de la respuesta: ¿por qué la enfermedad? ¿Cuál es su
94
origen? ¿Sobreviviré? ¿Qué será de los míos? ¿Por qué he
de padecerla yo? ¿Qué mal he hecho para merecerla? ¿Por
qué Dios me paga Así? ¿Por qué no atiende mis peticiones
y transforma mi dolor en gozo, si es poderoso y me quiere?
¿Por qué guarda silencio ante el sufrimiento de los
hombres? ¿No será tanto dolor humano desatendido una
prueba palmaria de que Dios no se ocupa de nosotros, y
que no nos ama y está desinteresado de nuestra suerte? Y,
si Dios no nos ama, ¿existirá?
Muchas cosas se ponen en cuestión cuando se sufre. Sin
embargo, para no pocos, lo que hace más crisis en su
situación de sufrimiento, en esa situación en que el mal, el
dolor, la injusticia o la enfermedad hacen presa en la vida
humana, es la presencia activa y solícita del amor de Dios.
En las horas de soledad o en las noches de insomnio zumba
y ronronea como un molesto moscardón por la cabeza del
paciente: ¿Existe el cuidado amoroso de Dios si estamos
condenados a amasar el pan de la vida con la sal de nuestro
sufrimiento y las lágrimas de nuestros ojos?
Hay quien se queja con confianza y hasta con un cierto
gracejo castizo: "Señor, a los que te crucifican les amas y a
los que te aman les crucificas" (SANTA TERESA DE AVILA).
Pero, sin embargo, hay también quien pide ardiente-
mente: "¡Que se acabe el mal! ¡Mira que es desdecirte dejar
tanta hermosura en tanta guerra!" Y, al no encontrar más
que la callada por respuesta, desespera y todo su mundo
religioso se viene abajo.
"Incapaz de dormir, me he preguntado si hay un
Dios que se interesa por la suerte del individuo. Lo
encuentro difícil de creer, porque este Dios ha
permitido que unos cientos de miles de hombres,
embrutecidos, dementes o ciegos inunden la humani-
dad con ríos de sangre y agonía hasta aplastarla bajo
montañas de horror y desesperación. Permite, sin
levantar un dedo, que millones de personas honestas
sufran y mueran. ¿Es esto justicia? ¿No es una
especie de castigo colectivo, el verdadero reverso de la
95
justicia? ¡Qué chapucería de Dios que conoce a los
malvados y apóstatas y castiga al justo y al fiel! ¡No!
¡Es inconcebible...!" (K. GOERDELER)
Ha habido quienes han querido evitar la hemorragia,
poniendo algodones y gasas, que hagan de compresas, en la
herida de la vida. Han querido convencerse —y convencer-
nos— de que el dolor, el sufrimiento y el mal son la cosa
más natural del mundo. Que el amor y la muerte, el "eros"
y el "thanatos" van siempre unidos por los caminos de la
vida como, una pareja de enamorados y que es inútil querer
separarlos, puesto que cuanto más se intente más juntos
irán. Que una orquesta no suena con un solo instrumento,
aunque a veces hay un solista, y que en la melodía de la
vida, aunque suenen los instrumentos de percusión, si lo
hacen en el momento oportuno, también producirán un
acorde armónico. Que en un cuadro tenebrista los
contrastes hacen resaltar las luces precisamente por la
presencia de las sombras. Así se quieren amansar y
domesticar los caballos desbocados que zarandean el carro
de nuestros corazones repletos de ira. Se exhorta a asumir
con una buena actitud de impasibilidad estoica la
impotencia ante la cruz, ante el dolor y el sufrimiento. No
hay más remedio que agachar la cabeza con sumisión y
ajustar la soga al cuello con la resignación de quien se
siente impotente ante lo inevitable. Pretenden explicar con
"razones científicas" —biológicas, psicológicas, médicas o
sociales— las raíces del mal, del dolor y del quebranto.
Pero, sin embargo, una explicación que no ponga
remedio se nos antoja insuficiente y nos deja profunda-
mente insatisfechos. Difícilmente puede uno acostumbrarse
a que la enfermedad sea "como una modalidad del ser
humano" (V. VON WEI/.SÁCKKR), que pacíficamente se nos
adhiere como una segunda naturaleza. Aunque la vida nos
haya acostumbrado a lo contrario, nuestro ideal sería tener
"un espíritu sano en un cuerpo sano" (JUVENAL). ¡NO
podemos renunciar a este ideal! Ahí están para demostrarlo
96
todos los esfuerzos de las ciencias que han librado batallas
con el mal en todos los frentes en que ha pretendido
hacerse fuerte.
El hombre sensato y amante de la humanidad sabe que
no puede ser masoquista, encontrando un gozo enfermizo
en el dolor. Sabe también que no puede ser como esos
"devotos" queNiETZSCHEcalificabade"tenebrosos, murmu-
radores, pusilánimes que, encorvados, se arrastran hacia la
cruz y envejecidos y fríos han perdido la gallardía de la
mañana". Sabe que la enfermedad, como cualquier otro
sufrimiento, es en sí misma un mal. Una limitación que no
puede por menos de suscitar en su corazón, ávido de
felicidad y de bien, más que repugnancia y aversión.
Pretender desfigurar con juegos ideológicos esta realidad es
unat r ai ci óndel ahumani dad. No se pueden "adornar de
rosas las cadenas" (K. MARX) para que escondan las
esclavitudes que provocan. ¡El dolor es dolor! ¡Y duele!
¡No sentirlo es insensibilidad!
A pesar de los valores positivos que con ocasión de la
enfermedad hayamos podido encontrar, esto no puede
hacernos perder de vista que en sí misma la enfermedad es
un mal. ¡No podemos convertir la cruz en instrumento de
entrenamiento deportivo! ¡Es duro que la condición
indispensable para adquirir la fuerza sea el esfuerzo! ¡Es
duro que para dar a luz una nueva criatura se tengan que
sufrir dolores de parto, a pesar de que se olvide el dolor por
el gozo de haber traído un nuevo ser al mundo! ¡Cuánto
mejor sería dar a luz sin tener siquiera que olvidar los
dolores del parto!
Uno no puede adoptar una postura resignada ante la
fatalidad de los hechos. Necesita explicaciones profundas.
Pide cuentas. Y el silencio provoca, sobre todo en los
primeros estadios de la enfermedad, irritabilidad y pataleo.
Quien así sufre frecuentemente se vuelve introvertido y
agresivo. Se aisla, al proyectar su agresividad sobre las
personas que le rodean. Consiguientemente, la soledad cae
sobre él como una losa que tiende a sepultarle en vida. Es
97
comprensible que desee la muerte. Pero ni siquiera eso se le
concede. Tiene la sensación de estar condenado como los
reprobos del infierno de La Divina Comedia de Dante que,
añorando la muerte que les librase de sus sufrimientos, no
se les concedía.
Poco a poco se vuelve uno un rebelde. Un rebelde
metafísico que vive su vida como una protesta. O como
una blasfemia.
"El rebelde metafísico no es en realidad un ateo ...es
necesariamente un blasfemo. Sencillamente blas-
fema en nombre del orden, acusándole a Dios de ser
el padre de la muerte y el autor de este atropello
supremo" (A. CAMUS).
El rebelde pone en tela de juicio el amor de Dios. Le
llama al tribunal de la vida y allí le acusa de ser el sádico
gozador del dolor ajeno. Le echa en cara la permisión de la
injusticia, del dolor, de la enfermedad y de la muerte. Le
tacha de rencoroso castigador de no se sabe qué culpas. ¡El
rebelde ha perdido la confianza en el poder y en la bondad
de Dios!
Esta actitud de rebeldía es siempre posible cuando se
experimenta el sufrimiento. El enfermo, sobre todo el
enfermo creyente y religioso con una religiosidad sencilla,
sabe que la enfermedad le ha colocado en una situación de
tentación en la que permanentemente está acechado por la
desconfianza. Sencillamente, no comprende a Dios: si Dios
existe y nos ama, ¿por qué existe el dolor y el mal?; si el
dolor y el mal existen, ¿por qué va a existir un Dios que nos
ame? La enfermedad pone al enfermo creyente, que así
vive, en situación de decidirse por Dios o contra Dios. Pone
a prueba su confianza radical en Dios. El se hace una
pregunta verdaderamente teológica: se cuestiona sobre
Dios y sobre su presencia solícita y amorosa respecto del
hombre. ¡Espera una respuesta de Dios!
# # *
98
Si "teólogo es aquel que descubre las huellas visibles de
Dios al contemplar el dolor y la cruz" (M ARTIN LUTERO), todo
enfermo está llamado a ser un teólogo. Nadie como él está
cosido al dolor y a la cruz. Nadie como él necesita descubrir
las huellas visibles de Dios para seguir sosteniéndose en la
enfermedad sin caer en el absurdo, la desconfianza, la
rebeldía o la blasfemia.
Lo que ocurre frecuentemente es que al enfermo no le
resultan tan visibles las huellas de Dios. Se pregunta
muchas veces dónde encontrarlas. Ensimismado se pre-
gunta por qué Dios calla, como callaba Jesús ante sus
acusadores en el Sanedrín (Mt 26,63).
Quizá la culpa de encontrar silencio en lugar de palabra
la tenga el mismo enfermo. Está demasiado encerrado en sí
mismo. Se ha vuelto incapaz de escuchar. Se ha hecho
impenetrable al rocío mañanero de la Palabra de Dios, que
ha descendido y ha fecundado la tierra (Is 55,10-11) y, por
eso, su vida se agosta presa de la rebeldía (Is 24,20).
¡Dios no calla ante el dolor y el sufrimiento! Lo
ocurrido a Jesús, que es la Palabra de Dios (Jn 1,1), su
palabra definitiva para la humanidad (Heb 1,1-3), es la
respuesta de Dios al sufrimiento humano.
El enfermo creyente ha de estar atento a este Jesús. En
él Dios le ofrece su palabra definitiva sobre todas las cosas.
También, de manera muy particular, sobre el sufrimiento.
Dejando su ensimismamiento, debe entrar en comunidad
con Jesús y allí dejarse esponjar por la Palabra de Dios.
¡Dios no es un sádico que se goce en el dolor de los
humanos! Jesús señala como causa del sufrimiento
humano el poder del maligno (Le 13,10-17; 2 Cor 12,7; He
10,38). El sufrimiento no viene de Dios. Todo lo contrario,
su presencia indica que allí aún no ha llegado el Reino de
Dios. La curación de la ceguera manifiesta la obra de Dios
y su voluntad contraria al sufrimiento de los hombres (Jn
9,1). Que los ciegos vean, los cojos anden, los leprosos
queden limpios, los muertos resuciten y a los pobres se les
anuncie que Dios toma su causa sobre sí son los signos, las
100
huellas visibles, de que el Reino de Dios ha llegado. Dios es
contrario al sufrimiento del hombre y manifiesta su poder
venciéndolo. Sí, venciéndolo. Pero no sin antes haberlo
asumido. La cruz de Jesús no es la última palabra de la
historia. La última palabra de Dios sobre la historia es la
resurrección y la vida para siempre.
A través de la resurrección de Jesús, Dios ha
manifestado que el sufrimiento no tiene la última palabra
en la historia del hombre. En la resurrección de Jesús Dios
se manifiesta como el Salvador de toda cruz humana. En
ella Dios nos ha dado motivo de esperanza, incluso contra
toda esperanza. El nos hará habitar en una tierra nueva y
unos cielos nuevos donde ni la muerte, ni el llanto, ni los
gritos, ni las fatigas tendrán lugar para acomodarse (Ap
21,1 -4). Dios nos ha dispuesto un sitio en el banquete de la
vida. ¡Un día comenzará la fiesta! La resurrección de Jesús
es el signo para toda la humanidad. En él se nos ha dado
motivo de confianza en Dios. En él se nos ha hecho
presente el amor del Padre Dios. ¡Ahora podemos
ponernos confiadamente en sus manos de Padre! La
resurrección y la vida son las últimas palabras para la
historia humana!
Sin embargo, Dios no es un tapa-agujeros. No lo fue
tampoco para Jesús. Durante su vida terrena Jesús
experimentó los gozos y las penas de cualquier hombre. ¡Y
muchas más! No se le ahorró ninguna experiencia
humana. "Varón de dolores y experto en sufrimiento" (Is
53,3) vivió confiando en el poder y en la bondad de Dios.
Creyó en la presencia del sol, aunque los nubarrones del
sufrimiento cubrían su cielo. No se puso frente a Dios,
aunque el trigo crecía junto a la cizaña que el enemigo
sembró. A pesar de que crecían juntos, supo esperar el día
de la siega para recoger el dorado trigo en los graneros y
quemar en el horno la cizaña (Mt 13,24-30.36-43). No
pidió explicaciones de por qué crecían juntos sino que se fió
del dueño de la mies y del sembrado y esperó su
intervención.
101
Como Jesús itinerante, también nosotros estamos ahora
en tiempo de siembra. Y sembramos con lágrimas. Pero
también para nosotros llegará la hora de la siega y entonces
cosecharemos con júbilo (Sal 125,6). ¡Confiamos en la
bondad y el poder de Dios que cambia el luto en danzas de
fiesta (Sal 3 0,12) y trastrueca nuestro destino (J ob 4 2,1 ss)
como trastocó el de Jesús en la resurrección y ascensión a
su derecha! Sabemos que Dios está cercano de los que
sufren quebranto de corazón (Sal 9,19). ¡Dios es nuestra
roca (Sal 27,1) y nuestro escudo de refugio (Sal 94,22) en el
sufrimiento! ¡Sabemos que "el amor de Dios no protege de
todo sufrimiento pero protege en todo sufrimiento"! (H.
KUNG) ¡Nuestra esperanza y serenidad nos vienen de la
vigilante espera del día del Señor!
Para mantener la paz interior hay que mirar a Jesús y
adoptar sus mismas actitudes vitales.
"Habéis orado, pero quizá no habéis obtenido
mejoría ni curación y, por ello, os creéis abandona-
dos. Entonces, una impresión de desaliento invade
vuestro corazón y, vencidos por el sufrimiento y la
tristeza, dejáis escapar una queja de vuestros labios.
Mientras ella no trascienda a murmuración, vuestro
Padre celestial no os reprende por ello. El os oye
como un eco del lamento de su Hijo amado, a cuya
voz pareció no prestar oído. Mirad, pues, a Jesús.
Postrado en agonía, él había orado: 'Padre mío, si es
posible, pase de mí este cáliz'. Pero añadió en
seguida: 'Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya'.
Moribundo sobre la cruz, grita: 'Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?' Pero obediente hasta
la muerte, luego exclama: 'Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu'. Pero luego, mirad el final
de su Pasión, mirad a un Jesús resucitado, glorificado,
beatificado por toda la eternidad.
No, amigos enfermos. Vuestro sufrimiento no durará
siempre. A brid vuestro corazón a la esperanza
inmortal y decid con el afligido Job: 'Yo sé que vive
102
mi redentor y que yo he de resucitar de la tierra en el
último día... y en mi carne veré a mi Dios' (Job
19,25 -26). Escuchad al apóstol san Pablo que os
enseña que los padecimientos del tiempo presente no
guardan proporción con la futura gloria que se
manifestará en vosotros (Rom 8,18)" (Ploxil).
Quien, siguiendo las huellas de Jesús cargado con su
cruz (Me 8,34), confía su vida a Dios y se pone en sus
manos puede que diga muchas veces "pase de mí este cá-
liz". Pero no sufrirá inquietud. Podrá decir con Jesús
"Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" (Mt
6,10), convencido de que la "voluntad de Dios es nuestra
paz" (JUAN XXIII). Puede que, incluso, ni pida para sí la
salud sino la concordia con el querer de Dios, consciente de
que El todo lo dispone para el bien, de los que ama (Rom
8,28).
En modo alguno se siente desgraciado. Considerando
su vida agraciada por el amor y la benevolencia de Dios,
puede darle gracias desde su situación, aunque todavía no
se haya roto "la tela de este dulce encuentro" (SAN JUAN DE
LA CRUZ). ¡Tiene la confianza de que el encuentro pleno se
dará! Por eso, se pone en las manos del Alfarero que
modeló la arcilla de la que estamos hechos (Is 29,16; Jer
18,6-8) y, humedecida con nuestras lágrimas de las que El
se ha hecho solidario, la coció en el horno del amor de su
corazón de Padre.
Puesto en manos de este Alfarero, que es también el
Médico que curará nuestros quebrantos, se puede beber en
el presente el brebaje del dolor sin perder la esperanza, la
serenidad y la paz interior.
"Y dijo una mujer: Habíanos del dolor.
Y él respondió:
Vuestro dolor es la fractura de la cascara
que envuelve vuestro entendimiento.
Así como el Jruto del hueso debe quebrarse
para que su corazón se exponga al sol,
así debéis conocer el dolor.
103
Si vuestro corazón pudiese vivir siempre deslumhrado
ante el misterio cotidiano, vuestro dolor no os
[parecería
menos maravilloso que vuestra alegría.
Y aceptaríais las estaciones de vuestro corazón
como siempre habéis aceptado las estaciones
que experimentan vuestros campos.
Y contemplaríais serenamente los inviernos
de vuestra aflicción.
Gran parte de vuestros sufrimientos
es por vosotros mismos escogido.
Es la amarga poción con la cual el Médico
que se oculta en vosotros cura vuestro Yo doliente.
Confiad, por lo tanto, en el Médico,
y bebea su medicina en silencio y tranquilidad.
Porque su mano, aunque pesada y dura,
está guiada por la suave mano del Invisible.
Y la copa que él os ofrece, aunque quema vuestros
[labios,
está modelada con arcilla que el Alfarero
humedeció con sus lágrimas."
(GlBRAL KHALIL GlBRAÜ
Los sufrimientos del presente se hacen un signo, un
"sacramento", del que participamos con Jesús en su
misterio pascual, que se inició en el bautismo. Participamos
de su muerte para tener también parte en su resurrección (2
Cor 4,8-12). ¡También a nosotros el Padre de todo consuelo
nos confortará en la tribulación! (2 Cor 1,4) ¡"Si morimos
con El, también viviremos con El; si nos mantenemos
firmes, también reinaremos con El"! (2 Tim 2,11-12).
Mantenernos firmes como Jesús en medio de nuestros
sufrimientos, poniendo nuestra confianza radical en Dios,
ésta es nuestra tarea. Una tarea que exige paciencia y
fortaleza en la fe y en la esperanza, ya que "la tribulación
engendra paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud
probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor
104
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,3-4). Por
nuestra parte la fortaleza paciente no es otra cosa que un
gesto de amor —de amor paciente (1 Cor 13,4)— hacia
Dios esperando su venida.
105
encuentro desde la vida
Hay una frase de san Francisco de Sales que
siempre me ha causado impresión: "El amor de
Dios es más grande que lo que puedes sufrir".
Siempre me ha parecido un comentario de lo que
1
decía san Pablo: "¿Quién podrá apartarnos del
amor de Cristo? ¿La tribulación?... en todo esto
vencemos fácilmente gracias a aquel que nos
amó" (Rom 8,3 5 -3 7). ¿Qué piensas de esto? ¿El
dolor que sufres pone en tela de juicio el amor
que Dios te tiene o más bien lo ha puesto de
manifiesto?
ANÓNIMO II
En el fondo, he repetido muchas veces lo de Jesús: "Padre,
si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi
voluntad sino la tuya". Le he dicho también muchas veces
lo del Evangelio: "Si quieres, puedes curarme". Pero el
Señor en su providencia no solamente se hace el sordo
—se ve que quiere probar en profundidad a la gente—
sino que te rodea también de sufrimientos y angustias
mortales para que el sudor de tu lucha sea aún más
copioso.
Uno grita y casi diríamos que desespera viendo el
horizonte cerrado por las cuatro esquinas, se encrespa, se
107
retuerce, pero... todo sigue igual. A veces quisieras ver en
ello a un Dios que se complace en torturar al hombre
poniendo en tela de juicio blasfematoriamente la bondad
de Dios, pero al fin no te queda más remedio que doblar
humilde la cabeza y el mismo espinazo del alma y aceptar
lo que te va viniendo, aunque te duelan las entrañas del
ser. Alguna vez quieres exultar de gozo al pensar que así te
asemejas a Cristo paciente, viendo en ello una manifesta-
ción del amor de Dios reflejado en ti.
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
Aquí yo contestaría con una experiencia que a menudo he
tenido con mis hijos: ¿qué hijo deja de amar a su padre por
un azote o un castigo que le ha puesto en la vida? Esta
experiencia me ha servido para interpretar mi propia
situación. Yo soy padre y, a veces, mi amor por mis hijos
me ha llevado a hacerlos pasar por trances difíciles. No
porque no les haya querido, sino por todo lo contrario.
¿Por qué, entonces, iba yo a dudar, en medio del dolor,
del amor de Dios? No, no he dudado. Y yo también he
pensado, muchas veces, ¿quién podrá apartarme del amor
de Dios? ¿El dolor? ¿La tribulación? No. De todos modos,
hay momentos de debilidad corporal en que uno parece
que quisiera ver lo contrario. Pero no. No podemos pensar
nunca que Dios nos castiga severamente y sin amor,
complaciéndose con nuestro mal.
ANÓNIMO I
Antes de mi enfermedad, el sufrimiento y el dolor los veía
como aconsejables para los demás, en el sentido de que
debían ofrecerlos a Dios para su propia santificación.
Entonces yo no los sentía en mi carne. Más aún, siempre
que podía huía de ellos.
Después de pasar la experiencia de la enfermedad, me
percaté de lo duro que es aceptar el dolor. Me costó
horrores aceptar que Dios permitiera que una persona
pudiera sufrir tanto.
108
Teóricamente, yo estoy convencido de que "el amor de
Dios es más grande de lo que puedes sufrir". Pero, en la
práctica, cuando el sufrimiento está al rojo vivo, no se
piensa en ello, al menos, yo. No se pone en tela de juicio,
en esos momentos, el amor de Dios; lo que ocurre es que
no aceptas que te digan que Dios te quiere porque te hace
sufrir. No creo que Dios quiera el sufrimiento de nadie.
MARÍA DOLORES. Diabetes. (El Ferrol)
Puede que haya momentos en que yo llore. Soy muy
sensible y lloro con facilidad. Puede que haya momentos
en los que yo diga también: "Dios mío, pero ¿por qué yo
no soy como otras mujeres, que pueden estar gobernando
su casa y atendiendo su hogar? ¿Por qué no puedo yo
gobernar mi vida?"
Pero no por esto me desespero. Todo lo contrario. Cuanto
más enferma estoy, más acudo a Dios. Es algo casi
connatural. Quizá cuando las cosas me van bien es cuando
menos me acuerdo de rezar. En cambio, cuando llega el
momento en que me encuentro mal, lo primero que hago
es decirle a Dios: "Padre". Esto me ayuda e incrementa mi
fe más todavía.
Así pues, yo sé que Dios es mi Padre y que me ama. No
puedo desengancharme de El. Muy al contrario: en el
dolor tengo mucha más necesidad de su amor de Padre.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
Me preguntáis si el dolor ha puesto en tela de juicio el
amor de Dios. De ninguna manera. En ningún momento
se me ha ocurrido pensar que mi dolor fuera un castigo de
Dios. La verdad es que... lo he merecido. Hablando en
lenguaje humano, con una lógica puramente humana, lo
he merecido. Yo he recibido la gracia de Dios a raudales y
le he correspondido muy poco. Pero no me he sentido
castigado con la enfermedad por mis pecados.
Me he sentido solidarizado con la humanidad. Me doy
cuenta de que el dolor humano es una de tantas
109
consecuencias del desorden, del pecado universal, que se
inició allá en el paraíso. Me ha tocado a mí, como podía
haberle tocado a otro.
Ahora bien, yo pensaba: si esto que me ha sucedido me
hubiera acontecido siendo yo un hombre sin fe, siendo yo
un budista o una persona que desconociera a Jesucristo...
era como para suicidarse. Ha sido precisamente la fe la que
ha dado sentido a mi vida. Ha sido precisamente en el
proceso más duro, en esos días álgidos en que me tentaba
la desesperanza, cuando he comprobado qué bueno ha
sido Dios, que quiso probar el sufrimiento sin que nadie le
obligara, para poder dar sentido a todo el que sufre.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Estoy de acuerdo perfectamente con la frase de san
Francisco de Sales. Yo también creo que el amor de Dios
es más grande que mi dolor. Muchas veces, el dolor aparta
a la gente de Cristo. La razón hay que buscarla en que
creen que Dios manda los castigos en las enfermedades.
Tienen una imagen de Dios como si fuera un sádico, que
se gozara viendo sufrir a los humanos. Es lógico que
rechacen a un Dios así. Una persona normal no puede
amar a un sádico.
En cambio, yo creo en un Dios que es Padre y que nos
ama, aun a pesar de nuestro sufrimiento. El no quiere
nuestro sufrimiento. El es el Dios que enjuga las lágrimas
de nuestros ojos. No quiere el mal, sino que nos libra del
mal.
Por eso, no debemos decaer en nuestra actitud de
confianza. Como Jesús en la cruz. Ponernos en las manos
de Dios. Esta es la actitud que yo busco en mi vida,
aunque tenga que vivir, lo que me queda de vida, con
"quimios" y con paseos a Puerta de Hierro. Mi vida,
también la enfermedad que me afecta, la tengo que vivir
en confianza radical y en entrega al Padre Dios.
110
EUGENIO. Inválido. (Barcelona)
La tribulación, en muchos casos, puede ser muy grande.
Pero el amor de Dios es mucho mayor porque logra
superarla y vencerla. Esta es nuestra esperanza. Y esta
esperanza me permite vivir con cierta estabilidad, sosiego
y paz.
JAIME. Inválido. (Barcelona)
Yo también creo que Dios me ama. Me ama aun en medio
de mi dolor humano y de mi invalidez. He tenido una
fuerte experiencia de Dios que me ha llevado a convertir
mi vida y a vivirla para Dios, no sólo en mi deficiencia
física, en la que Dios me ha salido al paso, sino también en
mi entrega a los demás, que quiero que sea un reflejo del
amor de Dios que he experimentado.
ANGELA. Inválida. (Madrid)
Me llamo Angela. Desde hace prácticamente cuarenta
años estoy inválida por una artritis reumatoide que me
surgió cuando estaba terminando la carrera de filosofía y
letras. Conseguí terminarla con mucho esfuerzo, aunque
después no he podido ejercer,"ya que, en aquellos tiempos,
no había posibilidades de integración para un minusvá-
lido. Por lo menos yo he quedado marginada totalmente
en cuanto a la adaptación profesional. Esto me ha llevado
a vivir muy precariamente en el plano económico.
He sufrido mucho en la vida. Sin embargo, estoy
convencida de que la tribulación no debe nunca apartar-
nos de Cristo ni de Dios. Si confiamos únicamente en
nuestras propias fuerzas, puede que el dolor nos aparte de
Dios. Pero si vivimos la vida como la vivió Jesús, las cosas
cambian por completo. El nos dio el testimonio de cómo
hemos de vivir nuestra vida humana. Su forma de vivir se
ha hecho contagiosa. Y Jesús no estuvo libre del dolor.
Asumió el dolor para vivirlo en confianza. Ni quiso librar
a su Madre del dolor. ¿Cómo vamos nosotros a pretender
111
librarnos de él? Nuestra fe ha de tener la suficiente
fortaleza para dar al dolor un sentido cristiano.
MARISA. Inválida. (El Ferrol)
A mí me da mucha pena cuando veo enfermos que
reniegan y maldicen de Dios. Le echan la culpa de su
enfermedad. Esto les hace desesperarse y les hace renegar
también de todos los que les rodean: personal sanitario,
doctores e incluso los propios compañeros de habitación,
como si todos tuvieran la culpa de sus males. ¡Cuánto más
les valdría recapacitar y asumir su propia enfermedad,
pidiendo al Señor: líbranos del mal! A lo mejor el mal no
está tanto en la enfermedad, cuanto en el modo de
vivirla...
MARÍA. Inválida. (Madrid)
A mí me hace mucha mella la palabra del evangelio: "Si
quieres, puedes curarme". Me hace mella porque pienso
que Jesús me curó del mal de mi enfermedad el día que le
conocí a El. El día que me encontré con El y comulgué
con El, ese día me sanó. Ciertamente, no me quitó la
invalidez. No. Pero creo que lo que me afectaba de ella, lo
que verdaderamente era un mal para mí, era el sinsentido
de la enfermedad. Y este mal, que me acechaba y destruía
mi paz, sí que me lo curó cuando me encontré con El.
ANÓNIMO III
A mí, personalmente, no me interesa conocer el origen del
dolor, de la enfermedad y de la muerte. Más bien, me
interesa cuál ha de ser mi actitud frente a ella.
Mi modelo de identidad es Cristo. Y ¿cuál fue la actitud de
Jesús ante el dolor y la muerte? Su diálogo con el Padre-
Dios en el huerto creo que lo expresa con bastante
claridad: "Si es posible, aparta de mí este cáliz, mas no se
haga mi voluntad, sino la tuya". ¿Cuál es la voluntad de
Dios?, ¿que suframos? Me parece que no. Su voluntad es
112
que no perdamos la fe y la confianza en el amor que Dios
nos tiene. ¡Ni siquiera cuando el dolor se presenta en
nuestra vida! En el dolor, Jesús ha cumplido la voluntad
de Dios. No ha perdido la fe y la confianza en el amor del
Padre. Y ésta es la actitud que hemos de tener también los
que le tomamos como modelo de identidad.
La enfermedad pone a prueba nuestra fe. Pero no debemos
flaquear. Nuestra postura debe ser la del ladrón que está
colgado al lado de Jesús: arrepentimos del mal y
acogernos a Jesús. ¡Seguro que El también nos acoge y nos
dice: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el pa-
raíso"!
2
¿Has dado gracias alguna vez a Dios por tu
enfermedad?
ÁGUEDA. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Por la enfermedad en sí, no he dado nunca gracias a Dios.
La enfermedad es un mal. Y Dios no quiere el mal. El es
Padre y ningún padre quiere nada malo para su hijo. Por
lo que sí doy gracias a Dios es porque a través de la
experiencia vivida entre las limitaciones de la enfermedad,
he podido descubrir, gracias a El, otras posibilidades, antes
insospechadas para mí, que me hacen sentirme útil a mis
hermanos.
OCTAVIO. Tórax. (Madrid)
Dar gracias a Dios por la enfermedad no he llegado nunca
a hacerlo. Pero sí le he dado gracias porque, a través de la
enfermedad, me permitió acercarme a El y tener el gozo
inmenso de tratarle como a un amigo. Hoy considero que
esta experiencia ha valido la pena. ¡Ha valido la pena el
113
dolor de mi cruz, porque me ha redimido y ha roto el
muro de separación que me apartaba de Dios!
Dios es mi amigo y, cuando rezo el "Padre nuestro", lo
hago como hijo de Dios, con una extraordinaria confianza
filial, con una gratitud inmensa.
VICENTA. Ciega desde los veintiún años. (Madrid)
Sí, sí que se las he dado. Me ha costado mucho. Pero sí se
las he dado y se las sigo dando, porque El, a pesar de mi
ceguera, me ha ayudado muchísimo a ser persona. Por
supuesto que si me ponen los ojos nuevos, mejor. Pero a
pesar de mi ceguera, como he dicho, no me siento
frustrada. Me siento persona. Y este sentimiento se lo debo
a la luz de la fe que ha iluminado los ojos de mi corazón y
me ha permitido encontrar mi misión y mi realización. Por
eso doy gracias a Dios: porque me ha ayudado a que la
enfermedad no me hundiera en la frustración y en la
desesperación; y también porque, dentro de mi limitación,
me ha dado una misión que me ha realizado como
persona.
AMADOR. Tórax. (Madrid)
El dolor duele. Y ha habido momentos de verdadera
angustia y momentos en que he dicho, como el salmo:
"¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?" Momen-
tos en que, abrumado, he dicho: ya vale. He hecho mía
la oración de Jesús: "Pase de mí este cáliz".
Pero también ha habido momentos en que he dado gracias
a Dios porque El quiere que le responda así, desde mi
cruz. Y El, para mí, lo supone todo. Por otra parte, he
sentido cercana la aceptación de mis amigos y, en la
enfermedad, he conocido a otras personas que también me
han brindado su amistad. Esto me ha hecho dar gracias.
Sí.
114
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
Siempre tenemos motivos para dar gracias a Dios, sea en
la situación que sea. Nuestra vida cristiana toma el modelo
de Jesús. Y Jesús vivió en permanente acción de gracias a
Dios. El también padeció y afrontó la muerte. No se
rebeló. Todo lo contrario. Por eso pienso que, por el hecho
de estar enfermo, no tienes por qué rebelarte, sino que
debes vivir en actitud de acción de gracias. Por mucho que
padezcamos, más sufrió y padeció Jesús.
EULALIA. Inválida ya curada. (Madrid)
Sí, sí, le he dado gracias de corazón y le sigo dando
gracias, porque a través de la enfermedad ha aumentado
mi riqueza interior y también porque esa experiencia me
está sirviendo muchísimo para mantenerme en el servicio
de Dios y de los demás.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
Muchas veces he dado gracias a Dios por la enfermedad.
Porque ha sido una ocasión para descubrir, por ejemplo,
que personas a las que había prestado algún servicio hacía
años con unas convivencias, o en unas sencillas charlas
religiosas, o a quienes había ayudado en los ejercicios
espirituales y que estaban desconectadas de mí hacía
tiempo porque la vida lleva su ritmo, de pronto, con esta
ocasión, aparecieron —una llamada telefónica, una carta,
una visita—. Realmente, fue un motivo para que yo
pudiera descubrir la importancia que tiene sembrar la
semilla del Evangelio, aunque no se vea el fruto.
Este fue uno de los motivos que me movió a dar gracias a
Dios por mi enfermedad. Otro motivo es el que se valiera
de esta presencia de Jesucristo en mi vida para alentar a
otros enfermos. E incluso para alentar la fe de otras
personas sanas. A modo de ejemplo, voy a narrar un
hecho ocurrido en mi vida.
Me impresionó mucho cuando, una mañana, me llegan
115
unos jóvenes que desconocía y me dicen: "¿Es usted don
Miguel P. A., sacerdote?" "Sí, sí", les respondí. "Es que el
profesor de religión —me explicaron— nos ha hablado de
que la fe en Jesucristo es capaz de mantener con serenidad
a una persona amenazada por el cáncer y hemos venido a
comprobarlo". Podéis suponer mi impresión cuando oí a
estos jóvenes, con su mentalidad moderna, con su ansia de
comprobar signos... ¡Qué rato tan agradable pasé con ellos!
¡Qué rato más agradable! Veía en sus rostros el impacto
que les producía algo que no es frecuente. Y ellos decían:
"Es verdad, es verdad... Lo que en las lecciones nos decían
de la fe en Jesucristo es verdad. Lo que ocurre es que no
nos hemos acercado a El con interés".
¡Díganme si no es para dar gracias a Dios en estos
contratiempos, que son ocasión de poder hacer el bien a
otros, de poder estimular a otros, de anunciar a Jesucristo
y de solidarizarse con otros enfermos!
IGNACIO. Inválido. (Madrid)
Ciertamente, muchas veces he dado gracias a Dios por esta
enfermedad, por esta oportunidad que me ha brindado la
vida para conocerle mejor a El.
Esto ha sido motivo de diálogo con otras personas que no
aceptaban que yo dijera esto. Pero lo digo con toda el
alma, porque considero que es una realidad muy grande
en mi vida.
IRENEO. Obispo. Parkinson. (Toledo)
Yo he dado gracias a Dios en muchas ocasiones por la
ayuda médica que hoy se puede encontrar. Doy gracias a
Dios porque con los avances médicos se puede llevar una
vida casi normal, aun en medio de esta enfermedad.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Sí, yo también he dado gracias a Dios por haber pasado
esta experiencia de enfermedad por la que estoy pasando.
116
Seducidos por no sé qué cantos de sirena —o susurros de
serpiente, según el lenguaje del Génesis—, algunos
quieren alcanzar la felicidad confiando únicamente en sus
propias fuerzas.
Porque, aparte de lo que ya he dicho, he tenido la
experiencia de lo que se puede ayudar a otras personas.
Un día fui a Puerta de Hierro: me llamaron para hablar
con una señora que estaba desesperada, llorando y
nerviosísima. Su marido también estaba sofocado. Yo
procuré aportar mi granito de esperanza y de fe a esa
señora, y recuerdo que venía en el autobús dando gracias
por la enfermedad que tengo, y por la serenidad que Dios
me ha concedido. La enfermedad vivida con esta
serenidad me ha dado esperanza a mí y me ha hecho capaz
de compartirla con los demás enfermos.
Seglar. Varias. (Madrid)
Como miembro de la Fraternidad Carlos de Foucauld,
rezo todos los días la oración del abandono. Puedo decir
que, al principio, lo hacía con recelo. Pero hace tiempo
desde que descubrí el valor de abandonarme, de fiarme
—porque nadie me quiere más que mi padre Dios—, lo
hago siempre que me viene a la memoria a lo largo del día.
Y de una forma que nunca olvidaré, lo hice cuando, al
volver en mí, después de la última operación, práctica-
mente cosida a la cama, sin poderme mover, con drenajes,
etc., lo primero que se me ocurrió fue eso.- "Padre mío, me
abandono a Ti...". En esos momentos, ya no estaba sola.
¡Fui feliz!
JUANI. Inválida. (Madrid)
Muchas veces le he dado gracias a Dios en mi enfermedad.
Hoy de nuevo quiero dárselas. Y se las doy porque, a
través de la enfermedad, me ha hecho encontrarme
conmigo misma y me ha hecho encontrarme con El. Esto
es lo más importante. Pero, además, me ha hecho
encontrarme con unos amigos que me han ayudado y me
han hecho ver que la vida tiene sentido, que todos somos
personas y que puedes contar con ellos. ¡Si esto no es para
darle gracias a Dios...! Ciertamente, por el dolor no se da
gracias. Yo no soy masoquista. Pero por todo eso, sí.
118
En la oración, cuando llamamos a Dios
"Padre nuestro", le pedimos que se haga su
voluntad, convencidos desde nuestra confianza
en El de que todo lo que dispone contribuye al
bien de sus elegidos. ¿Qué representa para ti esta
oración?
AMADOR. Tórax. (Madrid)
El contacto de comunión con Dios, la oración, es lo que
me mantiene. La comunión con Dios es algo vital para mí.
La oración llena mi vida.
Hay una frase en el evangelio que dice: "Venid a mí, los
que estáis fatigados y yo os aliviaré". Y como, para mí, la
fatiga es el pan nuestro de cada día, le digo, muchas veces,
al Señor: "Aquí tienes un cliente".
JUANI. Inválida. (Madrid)
Hay veces que no me atrevo a rezar el "Padre nuestro".
Me cuesta decir el "hágase tu voluntad" cuando, poco
tiempo antes, le he estado diciendo: "Si es posible, que pa-
se de mí este cáliz". De todas formas, creo que en estas
aparentes contradicciones también estuvo quien nos
mandó orar así. No me parece hipocresía. Me parece el
ritmo de asunción de la dificultad humana, dada nuestra
pobreza y nuestra debilidad.
Mi oración es el "Padre nuestro" precisamente porque
creo que es la oración de los pobres. Por eso la enseñó
Jesús. Los que nos sentimos pobres y débiles ante Dios no
tenemos otro tipo de oración para relacionarnos con El.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Debo decir que mi oración favorita es, precisamente el
"Padre nuestro", porque deseo, en lo más íntimo de mi
119
corazón, que se haga siempre en mi vida la voluntad de
Dios.
Como Jesús, que no tenía otro alimento que hacer la
voluntad del Padre, confiando en El toda su vida, y que
también en los momentos más dolorosos de su existencia
se puso en sus manos diciendo que se hiciese la voluntad
del Padre y no la suya, como Jesús quiero que sea mi vida
ante Dios, mi Padre. El, en su infinita sabiduría y en su
amor entrañable, conoce lo que más me conviene.
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
La oración del "Padre nuestro" es para mí la más bella y la
más significativa. Refleja en sí las actitudes de humildad,
de confianza obediente a su voluntad, propias de Jesús y
de todos los hijos de Dios. Hágase tu voluntad y no la
nuestra: así santificamos su nombre y nos ponemos en sus
manos, confiando que no nos falte el pan de la gracia, que
nos da la fortaleza necesaria para sobreponernos a todas
las adversidades. Con esta oración, le pedimos perdón por
nuestras faltas de fidelidad y queremos perdonar a los que
nos hicieron el mal. De esta forma, podemos vivir una
vida sana, sin caer en las tentaciones que encontramos en
nuestra vida.
Cuando yo viajaba camino del hospital donde recibí las
primeras asistencias sanitarias después del accidente,
recuerdo que me recogieron unos sacerdotes del semina-
rio de León. Ellos, para comprobar si seguía consciente,
me decían: "Manolo, ¿quieres que recemos dando gracias
a Dios porque estás vivo?" Y nos pusimos a rezar el "Pa-
dre nuestro". Yo rezaba con voz de moribundo, casi
apagado. Pero con una fe que fortalecía la esperanza de
sobrevivir. Sobrevivir no sólo para mi recuperación, sino
para poder ver a quienes más quería: a mi esposa, a mis
hijos y a mis padres.
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
¿Qué representó para mí la oración durante la enferme-
dad? Es posible que haya quien no entienda mi
120
experiencia: ni un "Avemaria", ni un "Padre nuestro"
recité a Dios pidiendo por mi salud. ¡No os extrañe! Os
explicaré enseguida.
Sé que muchas personas, bastantes amigos y aun des-
conocidos, elevaron plegarias a Dios por mi salud. Yo,
ni una petición. Y, ¿por qué? Mirad, es un convenci-
miento personal profundo que Dios ha dejado el mundo
en manos del hombre. Es un convencimiento de que el
hombre gobierna el mundo. Dios puede saltar sus normas.
Pero yo no veía a Dios como un "dispensero" o como un
"refugio" o "tapa-agujeros". Mi plegaria al Señor era que
me diera luz y fuerza para que yo actuara como cristiano y
como sacerdote en medio de aquellas dificultades y
contratiempos.
Sí, llegué a pedirle que iluminara a los médicos para que
ellos pudieran acertar. Pedía también para que yo no
defraudara al personal sanitario con mis reacciones
mimosas y mis caprichos. Pero jamás se me ocurrió pedir
por mi salud. Yo sentía interiormente una invitación a
decirle al Señor: "Señor, suceda lo que suceda, dame
coraje, dame fuerza". Cual no sería mi sorpresa...
La víspera de darme de alta en el hospital pregunté al
jefe de sección que me atendía cuál iba a ser el régimen a
seguir, con qué frecuencia había de recibir el tratamiento
de cobalto, etc. Cuál no sería mi sorpresa al oír: "Mire,
hemos comprobado que tiene usted una moral especial,
una postura anímica inusitada y hemos decidido, por
ahora, no iniciar ningún tratamiento de cobalto".
Poneos en mi lugar, amigos, y suponed mi sorpresa
interior. No había pedido a Dios la salud. Únicamente le
había pedido fuerza para conservarme sereno frente a
aquel contratiempo.
¡Cuánto representa para uno la oración hecha en sintonía
con el plan de Dios! ¡En sintonía con ese proyecto que
Dios tiene de hacernos felices, surja lo que surja y suceda
lo que suceda!
¿Es que los males pueden venir de Dios? ¿Cómo de Dios
puede brotar la tiniebla si Dios es Luz y Amor? Por eso,
mi oración era de confianza filial aun en medio del dolor.
121
Podía acogerme a El y pedirle que se hiciera su voluntad
sobre mí. Estaba en sintonía con El de voluntad a
voluntad.
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
La verdad es que he rezado muy poco por mi curación,
porque me parecía que era muy egoísta si lo hacía. Con
todo, a veces lo he hecho presionado por los que me
rodeaban.
IGNACIO. Inválido. (Madrid)
La oración del "Padre nuestro", con la que me dirijo al
Padre Dios con frecuencia, supone siempre un volver a
afianzarme en ese "hágase tu voluntad". Porque, cierta-
mente, estoy convencido de que en el cumplimiento de su
voluntad está mi felicidad y todo el bien para mi vida.
INOCENTE. (Toledo)
Para mí, el "Padre nuestro" es como la raíz y el origen de
todas las demás oraciones. Recitándolo, me entrego al
Señor en cuerpo y alma para que El disponga de mí y
realice en mí su voluntad salvadora. Es el momento en
que entregamos todo a Dios y todo lo esperamos de El.
ANÓNIMO II
Me resulta una oración "viva". Cuando, en teoría, ha-
blamos de que "se haga tu voluntad así en la tierra como
en el cielo", nos parece una frase brillante y hasta bonita y
bien estructurada. Con todo, cambia todo el panorama
cuando lo dices desde tu carne dolorida y desde las
circunstancias adversas que te envuelven. Yo, personal-
mente, lo rezo consciente y lo admito de todo corazón.
Con todo, hay momentos en que solamente tengo una
actitud de resignación. No cabe otra escapatoria, si
122
pretendes ser medianamente bueno y aspirar a la santidad,
que repetir aquello de "humillad vuestras cabezas ante
Dios", que es la versión humana del "hágase tu voluntad".
¡A agacharse tocan, que pasa Dios...!
123
para el encuentro con Dios
i
¿Por qué el sufrimiento?
¿Por qué la parálisis total?
¿Por qué el cáncer?
¿Por qué esta dificultad?
¿Por qué este accidente
que me impedirá volver a andar?
¿Por qué morir en la primavera de la vida
y marchar?
¿Por qué?
¿A quién dirigir esta pregunta? ¿A quién?
¿ A la ciencia? Ella lo sabe todo: me explicará
hasta los mínimos detalles, las causas precisas
de mi sufrimiento y de mi muerte,
pero no me dirá
por qué no queriendo el humano sufrir y morir
y queriendo siempre vivir,
un día no lejano se tenga que ir.
¿Por qué sufren los niños? ¿Por qué?
Si no han hecho mal en la vida y van a estar tristes. ¿Por
[qué?
Puedo intentar no pensar en ello, mentir o
mentirme a mí mismo.
Pero mientras tenga un cerebro y un corazón
este misterio me perseguirá.
Y, cuando, llegada mi hora,
yo mismo me encuentre entre el sufrimiento y la muerte
¿qué me quedará?
125
Espero que en aquella noche yo podré orar,
gritándote a Ti mi Dios:
"¿Por qué has apagado soles que nadie encenderá?"
Y sé que, en diálogo de corazón a corazón, entenderé cosas
que mi mente no puede explicar.
Dios es amor.
Me ama.
Me sostiene.
Moriré empezando a vivir para siempre
de un amor inmortal
Por eso, me atrevo a decir-
Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te confío mi alma, te la doy,
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos con una confianza infinita
porque Tú eres mi padre.
(Inspirada en "COMPRIMES" y FOUCAULD)
TI
Como el ciego que contigo se cruzara en el caminn
pidiendo confiado: "¡Que vea, Señor...!";
como el lisiado que, lleno de fe y humilde, exclama:
"¡Si quieres, puedes curarme!";
también yo mi voz me atrevo a levantar para decirte:
¡Si quieres, Señor, puedes sanarme...!
Porque —y Tú lo sabes— se me hace el dolor tan cuesta
[arriba...
como se te hizo también a Ti,
sudando, angustiado, sangre y dolor,
¿verdad, mi Cristo de Getsemaní?
126
Déjame, pues, que contigo también,
comulgando con tu angustia y tus palabras,
eleve al Padre mi plegaria dolorida:
Si es posible, Padre, siempre Padre,
pase de mí este cáliz de amargo dolor...
mas no se haga mi voluntad, sino la tuya,
siempre sabia y amorosa.
Yo sé que lo dispones todo
de suerte que contribuya
al mayor bien de tus elegidos.
Lo creo, Señor, pero aumenta mi fe.
Lo acepto, mi Dios, pero aviva mi amor.
Creo que también el dolor en tus manos
puede ser creador de nueva tierra y cielos nuevos
Creo ser tu amor más grande que lo que pueda yo sufrir.
Y, porque creo, convertir mi sangre en redentora quiero,
completando la Pasión de Cristo
por la Iglesia que es su Cuerpo.
Desde hoy, Señor,
mi vida de dolor
convertir quiero en ofrenda y oración:
pues que víctima soy,
hazme también altar y sacerdote,
y haz de mi experiencia dolorida
una misa cotidiana
que se celebre en mi carne
y que se diga a sí misma.
III
Mi enfermedad, Jesús,
se hace grito y clamor del universo.
Desde los valles profundos del corazón
me yergo a Ti y me pongo de puntillas
en silencio de esperanza.
¡Tu omnipotencia la sé de corrido...!
127
Sólo apelo a tu voluntad... ¡Si quieres!
Si quieres puedes estancar
todas mis hemorragias por donde se me escapa
a diluvios
la vida que me moja.
Si quieres, puedes cerrar y coser,
Divino Cirujano,
las múltiples plagas que me cubren
todos mis tejidos.
Si quieres, puedes iluminar para siempre
mis cegueras de ayer.
Si quieres, puedes fundir
mi debilidad y hacer moldes de perfección.
Si quieres, puedes crearme de nuevo
y dilatar mi espíritu
bajo prismas de anchurosa holganza
que sepan a eternidad.
Si quieres, puedes poner fuego vivo
en mis íntimas estancias
a donde ninguna creatura tenga acceso.
Si quieres, puedes podar mi maleza y tallos viejos
y construirme entero
en frescura de jardín paradisíaco.
Si quieres, puedes clarificar
las linfas sórdidas de mi fuente
y hacerme surtidor de purísimos cristales.
Si quieres, Jesús, puedes encenderme en amores
después de haberme sanado.
Si quieres, todo lo puedes. ¡Si quieres!
Sáname, Señor, y te pondré música de estrellas.
Y me hartaré de tu pan de blanquísima harina.
(ANÓNIMO II)
IV
Hoy estoy solitario en mi habitación.
Por un momento he creído
128
que, como casi siempre,
empezaría a llorar o a hacerme ilusiones
de mejores tiempos.
Me he puesto a rezar.
Surgió espontáneo, lento.
Y me inundó esa paz
que ahora tengo y que
sólo Tú puedes dar.
Tú, el paciente, confidente,
puedes apoyar.
En tu presencia, aun con dudas,
me puedo expansionar.
Con la esperanza en tu palabra,
confío en tu verdad.
No pienso en milagros.
¡Quiero renovarme afondo!
Paralítico o ciego
¡si pudiera amar! ¡Todo cambiaría...!
Señor, así, entre amigos,
quisiera decirte que
me gustaría ser distinto.
¡Si quieres, puedes curarme!
129
CAPITULO IV
SOPORTO EN MI CARNE
LOS PADECIMIENTOS
DE CRISTO EN FAVOR
DE SU IGLESIA
invitación a la reflexión
H
ACE bastante tiempo que algunos vigías, atentos al
desarrollo de los acontecimientos históricos, otearon
en el horizonte de la humanidad los signos de la
alerta: la superficialidad y la masifícación estaban a las
puertas de la era tecnológicamente avanzada, asediando al
hombre que en ella vivía.
Aseguraban que el proceso social y el ritmo evolutivo
de la cultura occidental estaban conduciendo a la creación
de un hombre sin tarea y sin programa de vida. La
autenticidad, entendida como señorío del hombre sobre su
propia vida, estaba desapareciendo. Y, en su lugar, estaba
apareciendo la manipulación, la uniformación v el anoni-
mato.
Trataban de hacernos ver que, si "el hombre es la
realidad constitutivamente moral" (J. L. L. ARANGUREN)
porque tiene la capacidad de tomar su vida y orientarla
responsablemente en el sentido en que ha determinado
construirse a sí mismo, hoy estamos asistiendo a la
aparición en masa de un tipo de hombre inauténtico y
amoral. "¡Europa se ha quedado sin moral!" denunciaba
hace años, con voz profética, J. Ortega y Gasset. Para él, la
pérdida de la moral no significaba simplemente la
desaparición de unas determinadas costumbres. Lo que
quería decir era que se estaba perdiendo la autenticidad y el
sentido de la vida.
133
El tiempo no ha desmentido sus apreciaciones sobre el
desarrollo de la historia. No son pocos los que hoy
experimentan una crisis de valores que les impide atisbar
para sí y para los demás la línea fronteriza entre lo
constructivo y lo destructivo. Ante el espectro de opiniones
que se encuentran en la sociedad pluralista en la que les ha
tocado vivir, se encuentran perdidos e indecisos, sin saber
por dónde conducirse. Se escucha a unos y a otros, se
atiende a las variadas —y, a veces, contradictorias—
interpretaciones sobre idénticos hechos en el pulular de las
ideologías, se escucha la avalancha del caudal informativo
de medios de comunicación social y... se termina por no
saber dónde está la verdad y el buen camino. Los cambios
son rápidos en todos los aspectos de la vida. Se tiene una
sensación de fatiga angustiosa ante la imposibilidad de tan
rápida adaptación. Se tiene la impresión de fugacidad de la
vida y de relatividad de todas las cosas.
"El género humano se halla hoy en un período nuevo
de su historia, caracterizado por cambios profundos
y acelerados que, progresivamente, se extienden al
universo entero. Los provoca el hombre con su
inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen
luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos
individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y
sobre su comportamiento para con las realidades y los
hombres con quienes convive" (GS 4).
Ante estos cambios, lo que antes parecía una verdad
sólida y un valor humano permanente, hoy nos aparece
como una verdad parcial —si es que no como una mentira
total— que no podemos seguir manteniendo, si no
queremos destruir nuestra humanidad.
Fácilmente se tacha de "quijotes" o de intolerantes a
quienes tratan de asegurar que hay verdades permanentes y
valores inmutables. "Todo fluye" (HERÁCLITO). En el zurrón
de peregrino del hombre no hay vianda que no se eche a
perder con el paso del tiempo. Su brújula sólo le indica que
134
"no hay camino: se hace camino al andar" (A. MACHADO).
¡Está perdido! ¡No sabe qué hacer con sus posibilidades!
"Jamás el género humano tuvo a su disposición
tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder
económico. Y sin embargo, una gran parte de la
humanidad sufre hambre y miseria y son muche-
dumbres los que no saben leer ni escribir. Nunca ha
tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad
y, entretanto, surgen nuevas formas de esclavitud
social y psicológica. Mientras el mundo siente con
tanta viveza su propia unidad y la mutua interdepen-
dencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo,
gravisimamente dividido por la presencia de fuerzas
contrapuestas.
Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políti-
cas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni
siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza
con destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de
las ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras
de los conceptos más fundamentales revisten sentidos
harto diversos en las distintas ideologías. Por último,
se busca con insistencia un orden temporal más
perfecto, sin que avance paralelamente el mejora-
miento de los espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de
nuestros contemporáneos difícilmente llegan a cono-
cer los valores permanentes y a compaginarlos con
exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubri-
mientos" (GS 4).
Lo peor de los cambios que se producen en el momento
actual es que el hombre no tiene tiempo para asimilarlos.
Por eso, fácilmente se le indigestan. Azuzado por el interés
de mejorar su nivel de vida, tiene siempre mucho que
hacer. El trabajo se acumula y pesa sobre sus espaldas.
Manipulado frecuentemente por los "slogans" publicitarios
—lanzados por esos nuevos "mercaderes del templo" de la
humanidad para obtener el máximo beneficio— corre
135
desenfrenadamente a la zaga de las nuevas necesidades que
se le van creando. Todo se envejece y se vuelve anticuado.
Es necesario renovarlo. Hay que estar al día. Y, para estar
al día, hay que tener dinero. Hay que trabajar más. Hay
que robar tiempo al ocio para concedérselo al negocio. El
hombre de hoy, metido en ese ajetreo, no tiene tiempo para
reflexionar. Ni tiempo para encontrarse consigo mismo.
Tampoco lo encuentra para relacionarse con los demás.
Ya la planificación urbanística de las grandes ciudades
modernas supone una seria dificultad para entablar
relaciones permanentes. Normalmente, uno desconoce a
sus vecinos. Los amigos están distantes. Los contactos con
ellos son, frecuentemente, esporádicos. Las relaciones,
superficiales. El espacio disponible, escaso. La familia,
nuclear. Se hacen necesarias, por muchos factores sociales,
las guarderías para los niños pequeños, los internados para
los adolescentes y las residencias para los ancianos.
Puede que hasta el amor, entendido como entrega
personal, constituya un artículo de lujo para el que
tampoco se tiene tiempo. ¡Hay que actuar rápidamente! ¡Lo
importante no es amar, sino "hacer el amor"! El amor ha
desaparecido —si es que alguna vez existió— de las
relaciones laborales y su puesto lo ha ocupado la "lucha de
clases". En las relaciones laborales —en las que socios
anónimos y productores se cuentan por números— todo se
transforma frecuentemente en una lucha de intereses donde
cada uno tira de la manta por donde puede. En esta lucha,
fácilmente sucumben los más débiles a escala nacional e
internacional. Y, como a nadie le gusta estar en los últimos
peldaños, la lucha se transforma en violencia, unas veces
estructural y otras individual. Violencia que engendra
violencia y da a luz destrucción.
El hombre de hoy puede así haber perdido su tiempo
para reflexionar y para encontrarse verdaderamente con
sus semejantes. Ha empobrecido su espíritu. Se siente
perdido. Agente anónimo que se diluye en la masa. Como
en el teatro kafkiano, todo el mundo es culpable de esta
136
situación, pero nadie es responsable. La responsabilidad ha
desaparecido. Y, con ella, la moralidad.
Se ha gestado el hombre amoral, el hombre que vive
pasivamente su propia vida. Un "hombre unidimensional"
(H. M ARCUSE), un "hombre masa" (J. ORTEGA Y GASSET) que,
por carecer de dirección, es fácilmente manejable por otros.
Un hombre que no tiene tiempo para hacerse "preguntas
trascendentales" y que, cuando la vida le pregunta a través
de situaciones comprometedoras, no sabe cómo salir del
atolladero. La vida se hace un enigma o jeroglífico cuyo
sentido no se acierta a descubrir.
No es extraño que, metido en esta ratonera, el hombre
padezca una profunda neurosis. La impotencia para salir de
este callejón sin salida, en el que está viviendo quien estaba
habituado a "los negocios de costumbre" —que dicen los
ingleses— en un ambiente de masificación y superficiali-
dad, se vuelve estado patológico que incapacita para vivir.
No encuentra sentido a nada de lo que hace, ni ha hecho, y
tampoco encuentra dirección para lo que hará. Se ha
perdido el timón y el barco navega a la deriva. ¡Se ha
perdido el sentido! ¡O, simplemente, se ha puesto de
manifiesto la carencia de sentido que estaba ya en las
candilejas antes de que se desplomasen los decorados!
"En nuestra época, la causa más frecuente de
perturbaciones psíquicas parece radicar en la falta o
pérdida del sentido de la vida. ..La mayor parte de los
que recurren a los servicios del psicoterapeuta
ignoran que la verdadera causa de sus dificultades y
de su angustia reside en una vida desprovista de
sentido. Atribuyen su sentimiento de desdicha, su
falta de alegría de vivir, a la desarmonía conyugal, a
fracasos profesionales, a la mala adaptación social.
Sin embargo, cuando se explora su alma más
profunda y atentamente y, sobre todo, sin ningún
prejuicio doctrinal, se descubre con bastante genera-
lidad que el nudo del problema está en que su
137
existencia carece de sentido. Las dificultades conyu-
gales, profesionales, sociales, se manifiestan más que
como causas, como consecuencias de una vida cuyo
sentido se ignora" (I. LEPP).
Muchos hombres hoy están enfermos. No están
enfermos simplemente en su cuerpo o en su psicología.
¡Están enfermos en su vida! Sufren una neurosis noogena
de carencia de sentido. Y, a juzgar por los hechos, esta
enfermedad vital avanza aún entre los más jóvenes.
Atiborrados de cosas materiales, los jóvenes quieren una
realidad diferente y, al sentirse impotentes para conse-
guirla, la sueñan. Necesitan un paraíso artificial. El
consumo masivo de drogas les proporcionará el caballo
para huir de la molesta realidad. El fenómeno del "paso-
tismo" juvenil puede ser un síntoma que puede orientar el
diagnóstico de una sociedad enferma en la que el contagio
de abatimiento y sinsentido puede ser un mal endémico.
"El médico se lava las manos antes de empezar,
todos los instrumentos están relucientes pero esto no
basta. La sociedad misma está sucia y enferma, y es
ella la aue, en primer lugar, necesita atención clínica
y planificación" (E. BLOCH).
En su actividad misionera, la Iglesia, aleccionada por la
revelación, se presenta con una respuesta de salvación y
liberación (GS 12) que "devuelve la esperanza a quienes
desesperan ya de su destino más alto" y sale al encuentro de
"los deseos más profundos del corazón humano" (GS 21).
Su respuesta no es otra que la presentación de "Cristo, el
modelo, el maestro, el liberador, el salvador y el vivi-
ficador" (AG 8) de todo hombre, en quien adquiere sentido
la evolución del mundo. Este es el servicio que puede
prestar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo. ¡Un
servicio ciertamente necesario!
138
"SÍ* el mundo tiene necesidad de justicia, si tiene
necesidad de paz, más todavía y más profundamente
necesidad de luz: tiene necesidad de sentido. El
cristiano, si es auténtico, es el profeta del sentido" (H.
DE LUBAC).
Sí, el cristiano. Todo cristiano, porque "la vocación
cristiana es por su naturaleza una vocación al apostolado"
(AA 2). No sólo los obispos, los sacerdotes y los religiosos.
También los seglares, "porque el apostolado de los seglares,
que brota de la esencia misma de la vocación cristiana,
nunca puede faltar en la Iglesia" (AA 1).
Quizá alguno piense que hacer apostolado es cuestión
de recorrer tierra y mar para hacer un prosélito. ¡Profundo
error que Jesús mismo * estigmatizó! (Mt 23,15). El
apostolado, si es auténtico, surge de la misma vida
iluminada que quiere comunicar la luz. Surge de "aquella
caridad hacia Dios y hacia los hombres, que es el alma de
todo apostolado" (LG 33). Es un "ejercicio de la fe, la
esperanza y la caridad" (AA 3) por el que se pretende "dar
testimonio de Jesús en todo el mundo (AA 3). Uno intenta
comunicar la luz y el sentido que Jesús le ha dado a su vida.
Cada uno tiene su forma peculiar de comunicar este
sentido. Cada uno tiene su propio estilo y su propio
carisma. Pero todos los carismas los suscita el mismo
Espíritu para la edificación de la Iglesia (1 Cor 12,4ss).
A veces, el enfermo se puede sentir inútil. Acostum-
brado al ritmo vital de moda en la sociedad de consumo,
siente que al oxidarse su máquina ha quedado desplazado
del engranaje. Puede que tenga la sensación de ser una
pieza inservible que, incluso, impide el buen funciona-
miento del resto de la máquina. Habituado a hacer y a
producir, puede que ahora sienta el vacío de la inutilidad.
Es posible que intente disipar estos sentimientos
ocupando el tiempo con alguna distracción que le permita
matar el tedio y llenar las horas de soledad. ¡Si conociera
que su utilidad no está lejos de su enfermedad!
139
El enfermo creyente ha tenido tiempo de reflexionar
profundamente sobre su vida. La reflexión no ha sido
estéril. Ha comprendido el sentido de la vida. Ha pasado la
experiencia del dolor. Si "el dolor es carne indómita" (E.
BLOCH) para quien no encuentra sentido en el sufrimiento,
para él ha sido motivo de esperanza en Dios por Jesús.
Su vida puede ser útil a los hombres de su tiempo. No
necesita hacer grandes cosas. Lo único que necesita es ser
transparencia de sentido. Los hombres buscan sentido y el
enfermo, con su vida, puede ser quien les aporte el sentido.
Puede ser él quien haga este servicio urgente a la sociedad
en que vive, particularmente a los más cercanos: su familia,
los otros enfermos, el personal sanitario, las personas que le
visitan, etc. Por otra parte, prestando este servicio a los
hombres edificará la Iglesia y se hará un miembro activo en
su misión apostólica, que podrá llegar allí donde otros, que
no han pasado esta experiencia, no pueden llegar.
Precisamente en su cuerpo enfermo es donde más útil
puede ser. Solemos decir que la cara es el espejo del alma.
Aristóteles decía que "el hombre es un ser parlante". Es un
ser que habla. Pero ¡habla con todo su cuerpo! El cuerpo es
el vehículo de expresión de la personalidad del hombre. El
enfermo creyente manifiesta en su cuerpo —sumido en la
debilidad— la fortaleza de Dios (1 Cor 1,27; 2 Cor 12,10).
Y, manifestándolo, el enfermo "tiene la gran misión de la
unidad de los hombres en torno a la Cruz, única salvación
de la humanidad" (JUAN PABLO II).
El enfermo creyente canta su esperanza en la vida y en
la felicidad, que son su lote y su heredad, porque ha puesto
en Dios toda su confianza. Canta con su vida un cántico
nuevo, porque sabe que toda su existencia es una historia
de salvación que repite la de Jesús. Como miembro de la
comunidad de creyentes, canta con su vida la victoria de la
Pascua en la que culmina el dolor del Viernes Santo.
Cada Semana Santa salen por nuestras calles los "pa-
sos" de madera, contándonos cómo fue el dolor de Jesús.
Salen los "pasos" de nuestras iglesias. Pero, en la Iglesia,
140
quien sufre como creyente es un "paso" vivo. Vive en la
confianza de que el dolor ha sido asumido en el madero de
Jesús y de él ha sacado la vida y la inmortalidad. Está
gritando con su vida que el dolor, la enfermedad y la
muerte no tienen la última palabra de la historia. Que todos
los sufrimientos de la historia no son más que detalles de la
cruz que Jesús ha asumido y ha transformado para
nosotros, mostrando la fuerza y el poder de Dios. Que la
vida no es absurda y sin sentido, porque Dios nos ama y,
en Jesús, nos ha dado motivo de esperanza. Que el camino
de la Pascua pasa por todos los "calvarios" donde se
levantan cruces para destruir la humanidad.
El enfermo se hace así un profeta que anuncia la
salvación de Dios en su cuerpo quebrantado. Es un profeta
en el dolor cuya misión consiste en anunciar que, si todos
somos cofrades en la procesión del sufrimiento, vale la
pena que cada uno coja su vela —esa vela en forma de cruz
que la vida nos otorga a cada uno— y se ponga en la fila de
los que siguen a Jesús. ¡Vestido con la púrpura de su dolor
y punzado por las espinas de sus males, da con su vida
razón de su esperanza a quien se la pide! (1 Pe 3,15).
Como discipulo de Jesús, ha encontrado en El el tesoro
escondido y la perla preciosa del sentido para su vida (Mt
13,44-46). Jesús ha sido, para él, la luz que ha penetrado
por sus pupilas y ha curado su ceguera (Jn 9,1-41). Como
Pablo de Tarso, también él ha caído del caballo de sus
propias seguridades y ha sido iluminado por la fuerza y el
poder de Dios (He 9,3-4). Por eso, ahora, como el ciego de
Jericó, sigue a Jesús glorificando a Dios (Le 18,35-43). Y,
porque sabe que nadie enciende un candil para ponerlo en
sitio oculto, sino en el centro de la habitación para que su
luz se haga patente (Le 11,33), tiene que decir con san
Pablo-. "¡Ay de mí si no evangelizare!" (1 Cor 9,16).
Está convencido de que no puede enterrar el talento
que se le ha concedido (Mt 25,14-30). No puede
avergonzarse de dar testimonio del nombre de Jesús (1 Tim
1,8). El fuego del amor de Dios le apremia y quisiera
141
hacerse todo a todos para ganar a algunos (1 Cor 9,22). La
gracia de Dios no puede ser estéril en él (1 Cor 15,10), por
eso siente en su interior la urgencia de anunciar la Palabra a
tiempo y a destiempo (1 Tim 4,2).
Le duele el dolor de sus hermanos. Le duelen sus
tinieblas. Le duele su sinsentido. Habiendo experimentado
el amor de Dios en su vida, no puede desentenderse, como
Caín el homicida, de la muerte de sus hermanos (Gen 4,9).
¡Tiene que amar! Como Jesús, "el hombre para los demás"
(J. A. T. ROBINSON), ha de estar inquieto con las inquietudes
de los hombres de su tiempo.
"Los gozos y las esperanzas, las angustias y las
tristezas de los hombres de nuestro tiempo, sobre
todo de los más pobres y de cuantos sufren, son a la
vez los gozos y las esperanzas, las angustias y las
tristezas de los discípulos de Cristo. No hay nada
verdaderamente humano que no encuentre eco en su
corazón" (GS 1).
Si el hombre contemporáneo tiene necesidad de luz y
de sentido, la misión del cristiano enfermo, como miembro
de la Iglesia, no es otra que la de anunciar a Jesús "Camino,
Verdad y Vida" (Jn 14,5). ¡Pero anunciarlo con la propia
vida!
142
encuentro desde la vida
¿Has podido decir alguna vez como san Pablo:
1
"Me alegro por los padecimientos que soporto
por vosotros y completo en mi carne lo que falta
a los padecimientos de Cristo en favor de su
Cuerpo que es la Iglesia, de la cual he llegado a
ser ministro" (Col 1,24)?
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
Sí fueron ofrecidos mis dolores en bastantes momentos
por el bien de la Iglesia, sobre todo en los momentos más
difíciles. Aquí tengo que dar gracias a las personas que me
han ayudado a que así lo hiciera. Lo que quizá no puedo
decir es que los dolores fueran motivo de alegría.
ANÓNIMO III
La enfermedad ha significado para mí un momento difícil.
Un momento que puso en crisis mi fe. Una verdadera
crisis de fe. Ahora me parece que tengo un arraigo más
profundo y una fe más real.
En este sentido, aunque no creo que me haya alegrado de
mis padecimientos por la dificultad que han representado,
en cuanto miembro de la Iglesia, creo que mi fe en Dios se
143
ha hecho más firme y segura, aun en medio de la
inseguridad.
Creo que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, se ha edificado en
mí por los padecimientos que he tenido que soportar. Y,
en esta edificación, señalaría como factores decisivos la
Palabra de Dios y la Eucaristía de cada día, que parecen
como si estuviesen hechas expresamente para mí.
En definitiva, creo que por los padecimientos he llegado a
ser un miembro vivo de la Iglesia: una piedra viva en este
edificio.
ANGELA. Inválida. (Madrid)
Aun en el plano puramente humano, yo no creo que nadie
sufra ni goce a solas. Todos los hombres estamos in-
fluyendo unos sobre otros con nuestras actitudes y con
nuestra vida.
O nos construimos o nos destruimos unos a otros. O
hacemos una humanidad que vale la pena, o hacemos una
humanidad que no vale la pena. Todos estamos unidos por
lazos de solidaridad.
Aunque sea mínima mi influencia, lo importante es
plantearse cómo se quiere influir, si de manera positiva o
de manera negativa.
En la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que está formada por
hombres que sufren y gozan, ocurre lo mismo. Todos
influimos en todos. Y también con nuestras actitudes y
con nuestra vida influimos en la construcción o en la
destrucción de la Iglesia.
Yo no creo que siempre haya influido de manera positiva
en la edificación de la Iglesia. Quizás mi espíritu de
entrega no haya sido todo lo generoso que sería de desear.
No obstante, me siento responsable en mis padecimientos
de que soy miembro del Cuerpo de Cristo y soy consciente
de que, unida a El, lo puedo enriquecer, mientras que si
me separo de El, lo voy destruyendo.
144
Algunos han puesto fin a su caminar y han dejado que el
descanso en el vivir al día cure con "realismo" las heridas
que las locas ilusiones de juventud dejaron en sus pies y en
su alma de caminantes. Adoptan la postura inauténtica de
anclarse en el presente. El hombre necesita un "liberador
de la libertad" que le saque de la flnitud y rompa las
amarras que le impiden llegar al ansiado puerto.
JUANI. inválida. (Madrid)
Yo no estoy alegre por estar así, ni mucho menos. Pero sí
que puedo decir, como san Pablo, que me alegro por los
padecimientos que soporto. En ellos está presente la fe. Es
muy distinto sufrir con fe que sufrir sin ella. Esto se nota.
Y la gente lo capta. Yo he visto el fruto de mi actitud en
medio de los padecimientos que soporto. Por eso, me he
sentido redentora con Jesús. Siento que estoy haciendo su
misma obra. Y, por esto, los soporto alegre.
Pero, además, esta actitud debe traducirse en determinado
comportamiento.
Yo estoy convencida de que los enfermos podemos ser
miembros activos dentro de la Iglesia. ¿Cómo? Tratando
de luchar para superar nuestras dificultades y, sobre todo,
en el amor a los demás.
Un enfermo tiene que dar razón de su esperanza, como
creyente que es. Tiene que darla en su enfermedad, en su
dolor y en sus padecimientos. Y la dará en la medida que
viva la fe y la traduzca en amor.
El estar enfermo no le excusa de amar.
En la enfermedad y en la invalidez también se puede
encarnar la Buena Nueva del evangelio. Y así, encarnada
la fe, revierte en bien de la Iglesia.
Religiosa. (Madrid)
Doy gracias a Dios porque el dolor me asemeja a El, y
suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo en
favor de su cuerpo que es la Iglesia.
A todos los que sufrís por la enfermedad o por cualquier
otra causa, os digo que pongáis vuestra confianza en el
Señor. El nunca puede fallar. Aunque te veas sumido en el
dolor y al borde de partir de esta vida a la Vida, aunque
pierdas toda esperanza de curación, si de verdad confías en
El, dispuesto a cumplir su voluntad, te digo, por propia
experiencia, que se experimenta un gozo y una paz que
supera todo dolor y todo bien de este mundo.
Os digo, con toda sinceridad, que bajo ningún concepto
me siento inútil. ¡Soy la mujer más feliz! Y os invito a que
viváis vuestra enfermedad con esa alegría, con esa paz y,
sobre todo, con esa esperanza en Cristo, que nunca falla.
Seglar. Varias. (Madrid)
Procuro vivir íntegramente un estilo de vida cristiana, esté
donde esté, sobre todo en lo que toca al amor. ¡Quiero que-
rer! Y sufro mucho cuando los demás no se dejan querer,
bien porque no me aceptan o porque no descubren mis
motivaciones. Este es mi motivo de gozo en todo
momento. También en la enfermedad.
Casada y con hijos. Cáncer. (Madrid)
Yo no soy san Pablo, ciertamente. Sería pretencioso por
mi parte compararme a él. Pero mi motivación también es
entregarme por el bien de la Iglesia en todo momento y
también en mi enfermedad. Lo que ocurre es que cuando
acaban de darme una sesión de "quimioterapia" me siento
muy triste. Pero entonces no soy yo misma. Porque
cuando reflexiono, estando a solas o haciendo cosas en la
cocina, entonces sí que me alegro de sufrir una cosa de
éstas y le doy gracias a Dios.
JOSÉ MARÍA. (Madrid)
En mi vida he sufrido poco. No he llegado a los
padecimientos de san Pablo. Pero lo poco que he sufrido
se lo he ofrecido al Señor por el bien de la Iglesia y, sobre
todo, por el bien de los enfermos. Tengo conciencia de que
esto es provechoso y fomenta la fraternidad y el espíritu
misionero. Yo sufro y me hago hermano de todos los que
sufren por cualquier causa. Y, con ellos, espero que se
acabe el mal y el pecado, y que todos formemos una
Iglesia con un solo Espíritu en un solo Cuerpo: el de
Cristo.
Soy consciente de que, de la misma manera que el pecado
de un miembro del Cuerpo de la Iglesia la mancha y
arruga a toda ella, lo mismo el espíritu de penitencia de
uno de los miembros revierte en bien de todos. Por eso,
vivo los sufrimientos de mi enfermedad con este espíritu
de penitencia. Y estoy contento porque así contribuyo al
bien de la Iglesia.
2
Tu fe vivida en la enfermedad, ¿ te hace sentirte
apóstol de los que están contigo: los otros
enfermos, la familia, el personal sanitario que te
atiende...?
OCTAVIO. Tórax. (Madrid)
Sí, me siento apóstol de los que me rodean.- de los
enfermos (¡qué más quisiera yo que mi sufrimiento
sirviera, con la ayuda de Cristo, para la salvación de mis
compañeros!), del personal sanitario y de mi misma
familia. También de la familia, aunque ya es cristiana.
¡Han hecho tanto por mí...!
En una enfermedad tan larga como la nuestra, la familia te
ayuda mucho. Notas que es necesaria su presencia para
soportar la parte dolorosa de la misma. Yo quisiera, en
recompensa de tanto desvelo, inculcarles mi fe y
transmitirles la esperanza con que yo soporto mi
enfermedad. De todas formas, tengo que reconocer que
me siento bastante incapaz.
FRANCISCO. Hemiplejía. (Sevilla)
La cuestión del apostolado hace ya tiempo que me
preocupa. Antes de la enfermedad ya tenía inquietudes en
este sentido. Y ahora que he caído enfermo, me examino
sobre este punto para ver si he decaído en esta situación
límite. Pienso que todo cristiano, cualquiera que sea la
situación en que se encuentre, es un apóstol.
No me ha gustado el proselitismo, ni me ha gustado ir
corriendo detrás de la gente. Siempre me ha gustado la
libertad y el que cada uno pueda pensar a su manera. Una
cosa es el apostolado y otra la manipulación de las
conciencias y la pesadez. Y, a veces, hay quien lo
confunde.
Mi mujer trata con todo el mundo, y tengo que reconocer
que ella tiene muchas más iniciativas que yo. No obstante,
si he de hacer una valoración de mi labor apostólica en la
Ciudad Sanitaria de Sevilla, creo sinceramente que el saldo
no es negativo.
Mí apostolado ha consistido, sobre todo, en actuar como
cristiano y, a veces, expresar mi criterio cristiano en
algunos momentos de diálogo con otras personas. Este ha
sido fundamentalmente mi apostolado. Estoy convencido
de que hacer apostolado no es cuestión de moverse mucho
o de grandes cosas. Considero que hacer apostolado es
comunicar a Cristo. Y a Cristo se le comunica en la
medida en que se le vive. Por eso, mi preocupación
fundamental era vivir a Cristo. Conformar mí vida y mi
mentalidad con la suya. La gente que pudiera encon-
trarme querríaquevieraeimitaraaCristo. Con un Cristo
vivo. Digo con un "Cristo vivo" porque hoy casi todo el
mundo es cristiano. Pero su cristianismo afecta, frecuente-
mente, poco a su vida. Es como una hoguera que está llena
de cenizas que impiden que el fuego arda con ímpetu.
Ante todo, he tratado de vivir cristianamente. Durante el
tiempo que he estado en la Ciudad Sanitaria pedía la
comunión, porque estoy convencido de que la vida
cristiana hay que alimentarla con los sacramentos y, en
especial, con el Pan de Vida. Recuerdo la impresión que
causó a otro compañero de habitación, al principio,
cuando estaba en la sala de cirugía, cuando venía el
sacerdote a darme la comunión. El no practicaba los
sacramentos. Pero guardaba respeto ante ellos y estuvimos
conversando varias veces sobre la eucaristía y la vida
cristiana en general. Lo mismo me ocurrió cuando me
trasladaron de habitación.
48
También recuerdo que, estando yo en recuperación con
un compañero que tenía la misma enfermedad que yo,
después de varias conversaciones, bajamos juntos a la
capilla, mejor dicho, nos bajaron en el carrito.
Sinceramente, tengo la impresión de que comportándose
sencillamente como cristiano, en momentos graves de la
vida, como el que a mí me ha tocado vivir, se ejerce un
influjo apostólico grande. Puede que tu vida sirva de cauce
para hacer presente a Cristo y para ser una llamada a la
conciencia.
En este sentido, por estar enfermo y tratar de ser un
enfermo cristiano, creo que he dejado una labor
apostólica. He hecho labor de Iglesia. Y he ofrecido mis
sufrimientos por las necesidades de la Iglesia y las
intenciones del Papa, que es quien creo que mejor conoce
sus problemas más graves y acuciantes.
JESÚS. Casado y con hijos. Varías. (Sevilla)
La fe vivida en la enfermedad me hace sentirme apóstol,
porque indudablemente estoy más cerca de Cristo y en
contacto con Dios. Creo que, si yo estoy unido a Dios y en
contacto siempre con El, de mí emana cierta gracia que
mana de El, aunque no tenga explícita intención de ser
apóstol, que puede servir para la edificación de los demás.
IRENEO. Obispo. Parkinson. (Toledo)
No podemos olvidar también que se puede ser apóstol
estando invalido. Podemos ejercitar el apostolado de la
oración, la asunción del sufrimiento, que es lo que le da
valor, y la vinculación a la Pasión del Señor. No hay que
cesar en la vida apostólica. En lo único que hay que cesar
es en unas actividades normales y concretas, para pasar a
otra clase de actividades espirituales, donde se encarne la
fe cristiana.
Para mí, una de las lecciones más positivas de la
enfermedad es que el dolor y el sufrimiento me han hecho
150
madurar, me han dado un fondo de personalidad que me
ha impulsado a navegar contra corriente. Eso me ha dado
plenitud y ha fortalecido mi interioridad, tanto humana
como cristianamente.
ANÓNIMO II
Yo siempre he querido llevar en silencio y humildad mi
cruz, mi enorme cruz. Esta atmósfera de silencio y
humildad creo que será para cuantos me rodean un
trampolín para pensar en Dios. Así pienso y así le pido al
Señor. Me acuerdo, a este respecto, de las palabras del
profeta: "Vuestra fuerza está en el silencio y la esperanza".
Desde aquí me siento apóstol en mi enfermedad. Convertir
la pasión en acción, ¡como Jesús!
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
¿Que si la fe vivida en mi enfermedad me hace sentir
apóstol de los que están conmigo, sobre todo de los enfer-
mos...? Por supuesto. Prácticamente, la única misión que
tengo es la de consiliario diocesano de la Fraternidad
Cristiana de Enfermos y Minusválidos. El poco tiempo de
que dispongo lo aprovecho, siempre que tengo oportuni-
dad, en reuniones o en visitas particulares, para transmitir-
les esta vivencia personal: que el enfermo o el que padece
una deficiencia física no debe sentirse mal querido u
olvidado por Dios. Y es que me duele mucho que la gente
enferma se sienta castigada u olvidada por Dios precisa-
mente por su enfermedad.
Claro es que de antaño hemos oído: "Si eres bueno, Dios
te protege", "sé bueno para que Dios te haga feliz". Todo
esto me parece un poco de comercio: si uno le hace caso a
Dios, Dios le resuelve los problemas. Me da mucha pena
de que la gente tenga esta visión tan "comercial" de la
religión y de su trato con Dios. No es extraño que, cuando
llega el dolor y la enfermedad o la invalidez, se piense en
un castigo de Dios y en una separación de Él.
Por eso, quisiera que los enfermos^ los minusválidos se
151
liberasen de esa trampa. Que pensaran de una vez que el
mundo es autónomo, que tiene sus leyes y que Dios lo ha
dejado en nuestras manos. Quisiera que pensaran que
Jesús, el Hijo amado del Padre, su predilecto, no se libró
de la pobreza, del sufrimiento, de los desplantes, de las
calumnias y de todo lo adverso. Sino que lo afrontó todo
como cualquier hombre, y se fio del amor de Dios a pesar
de todo eso, esperando de El la salvación de todo eso. Es
Jesús el que va delante de nosotros, iluminándonos para
que no caigamos en la trampa.
Casada y con hijos. (Madrid)
Estoy encantada con el personal sanitario que me atiende
en Puerta de Hierro, pero no he hablado nunca con ellos
de la fe. Pero yo no vivo en el sanatorio, sino que estoy en
casa, con mi familia. Ahí es precisamente donde me siento
apóstol siempre. Me siento miembro de la Iglesia. De esa
"Iglesia doméstica" que dijo el Concilio Vaticano II que
era la familia. (N.B. Este testimonio lo tomó su marido
acompañado de sus hijos en reunión familiar).
MARÍA. Inválida. (Madrid)
Tengo una experiencia bien reciente. De hace un año, en
la clínica "La Paz". Estaba ingresada después de una
operación. Como ya llevo bastante pasado y un largo
camino de vida de oración, veía las cosas con bastante
serenidad. No me quejaba mucho. Aguantaba el dolor. Un
día, el jefe de planta me dijo que los otros enfermos se
fijaban en mí y se admiraban de que yo no me quejara.
En este sentido, creo que soy apóstol. Para serlo, no se
requiere hacer grandes cosas. Se trata de hacer cosas
sencillas. Muy sencillas. Pero que hacen que la gente, los
que están a tu lado, se cuestionen, se pregunten por qué
reaccionas así, ¡con lo que tienes!
Puede ser que, entonces, tengas oportunidad de anunciar a
Quién da sentido y fortaleza a tu vida.
152
VICENTA. Ciega. (Madrid)
Ya dije antes que quería ser misionera y cómo he ido
integrando mi enfermedad en mi vocación.
Creo que, con la gracia de Dios, sí que he ayudado a
bastantes personas a descubrir la Luz y les he ayudado en
el camino de la vida. No porque sea yo, sino porque Dios
se ha valido de mí.
Por otra parte, quiero añadir aquí que pretendo que mi
testimonio sea de alegría y esperanza. Trato de que la
alegría salga a flote en mi voz. Es un talento que he
recibido y que pongo al servicio de los enfermos. Ellos,
cuando ven mi alegría, dicen que por qué canto. Es una
forma, un medio, para llevar a Cristo a los demás, que es
mi misión en la vida.
EULALIA. Inválida ya curada. (Madrid)
Siempre he considerado que mi apostolado estaba en
poner mi granito de arena para ayudar a los enfermos.
En un principio, como fisioterapeuta, trataba de vivir la
caridad con los enfermos. Después, cuando yo misma he
estado enferma, compartiendo con otras personas la
habitación, les he ayudado en lo que he podido: les he
enseñado a hacer ejercicios respiratorios, les he leído un
libro o, simplemente, les he escuchado. Siempre con
limitaciones porque yo tenía asma. Mi apostolado ha sido
la caridad y el servicio.
En mis conversaciones trataba de descubrirle a cada uno
sus mejores cualidades para el servicio de Dios. Mi
oración, repetida incesantemente, ha sido: "Cristo Jesús,
ayúdame y ayúdale también a él". No creo que se
requieran grandes cosas para hacer apostolado. Soy seglar
y mi apostolado es también seglar.
De todos modos, tengo también otra experiencia que
quiero contar. Había una vez en mi habitación una
enferma con la que pude hablar más. Esta enferma estaba
angustiadísima en su enfermedad. Había tenido fe y la
153
había perdido hacía doce años. Yo pude comunicarle mi
experiencia de fe y, francamente, la enferma volvió a
recuperar la alegría.
EUGENIO. Inválido. (Barcelona)
Hace años que vivo en un movimiento apostólico de la
Iglesia. Creo que en este movimiento he recibido mucho y
he dado mucho. He enriquecido muchísimo mi conviven-
cia y me ha hecho orientarla de cara a Cristo y a la vida
cristiana.
3
¿Sientes que tu sufrimiento es salvador para ti en
la medida en que te configuras con Cristo
paciente y que, si sufres, tu dolor puede ser
consuelo y salvación para otros? (cfr. 2 Cor 1,6)
ANÓNIMO II
Esa es mi meta y ésta es mi ilusión y esperanza. De los
hombres me cabe esperar ya muy poco. Quiero convertir
la situación de enfermo por la que paso en una situación
de salvación para mí identificándome con Jesús que sufre
y, a la vez, ¡bendito de mí!, en salvación para otros. Así
me vuelvo misionero.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Yo nunca he visto mi sufrimiento como un factor
necesario o importante para la salvación del mundo. Dios
no necesita el sufrimiento de nadie. Ni se goza en él. Dios
- enjuga las lágrimas de nuestros ojos. Por otra parte, yo no
creo que los propios méritos, sean del tipo que sean,
154
puedan salvar a nadie. El único que salva es Jesús. Su cruz
y su resurrección.
El, asumiendo el sufrimiento de la cruz, ha vencido el
dolor y la muerte. Desde entonces, el sufrimiento ha
cambiado de signo. Ya no es algo definitivo en la historia
del hombre. Es algo pasajero. Se puede aceptar en un gesto
de sumisión al Padre.
Es la forma de vivir el dolor y el sufrimiento como
humildad ante Dios lo que me santifica. Es la forma de
llevar la cruz como la llevó el Señor, lo que santifica a todo
cristiano.
TRINI, inválida. (Madrid)
Soy consciente de que Cristo sufre en todos los hombres
que sufren. El ha querido asumir el dolor de todo hombre
y de todos los hombres. Por eso, pienso que también ha
asumido mi dolor y lo ha salvado.
Esto me lleva a vivir con El mi dolor y a descubrirle en el
dolor de los que me rodean.
JUANI. Inválida. (Madrid)
Yo también siento que mi sufrimiento es salvador. Me
estoy salvando con mi sufrimiento porque me hace pensar
en mí misma, en mis propios pecados, con los que he
contribuido a acrecentar el mal, el dolor y el sufrimiento
en el mundo. Me siento sufrir con un mundo al que yo he
hecho sufrir. Y me arrepiento, y me pesa, y pido perdón al
Señor de todo el mal que he hecho. Además, me dan ganas
de ser cada día un poco mejor de lo que soy.
En este sentido, siento que mi sufrimiento me salva a mí y
a los otros. Me siento querida, salvada y aceptada por Dios
en mi sufrimiento.
155
MARISA. Inválida. (El Ferrol)
Hay un testimonio que yo recuerdo con muchísimo cariño
de tiempo ya lejano, cuando yo tenía dieciséis años. El
sufrimiento puede representar una situación de salvación
para la persona que lo padece. Puede representar una
situación apta para la conversión y la entrega al Señor.
Estaba yo entonces ingresada en un centro hospitalario.
Allí llegó una chica gallega que había recorrido mucho
mundo. Había estado por toda Europa y por América del
Norte y del Sur. Esta chica, que, desgraciadamente, había
llevado una vida nada recomendable, se vio enferma y
volvió a su tierra. La ingresaron en el centro sanitario y le
descubrieron un tumor maligno en el hígado, aunque ella
no lo sabía. Este centro sanitario estaba regido, aparte de
las enfermeras y los médicos, por religiosas dominicas.
Había un capellán, también dominico, ya mayor, muy
majo, buenísimo. Un señor que irradiaba espiritualidad.
Esta chica se portaba muy mal con todo el mundo: con el
personal sanitario, con las religiosas y hasta con sus
mismas compañeras. El capellán iba de cuando en cuando
a decirle: mira, tu mal es un mal del cuerpo, pero tú tienes
dañado el espíritu y, cuando sanes éste, verás cómo
mejoras también en tu mal corporal. Pero ella no aceptaba
nada. Se portaba groseramente con él y también con las
compañeras de habitación.
Cuando se enteró de la enfermedad que tenía y de que
tenían que intervenirla quirúrgicamente, se fue apartando
y aislando. Aparte de que, como era muy descortés con
todo el mundo, nadie le hacía caso. Rehuía todo tipo de
trato y se iba muchas veces a los servicios a llorar. Yo era
muy niña, pero me daba mucha pena de ella. Siempre he
sido muy sensible, y lo sigo siendo. Tengo la sensibilidad a
flor de piel. Yo la veía, me daba mucha pena e iba a hablar
con ella. Ella se sinceraba conmigo. Y yo le decía siempre:
¿por qué, lo que me dices a mí, no se lo cuentas a sor
Martina —que era una monjita joven encantadora— o al
padre Nicolás? Pero ella no me hacía ningún caso.
Se operó sin haberse preparado. Después de la operación
estuvo 48 horas muy grave. Cuál no sería la sorpresa de
todos, cuando mandó llamar al capellán y le pidió que la
56
confesara. Poco a poco se fue recuperando, Y cuando
empezó a levantarse pasaba horas haciendo oración en la
capilla.
No he vuelto a saber más de ella. Posiblemente haya
muerto. Pero la enfermedad le sirvió para enfrentarse
consigo misma y para encontrar a Dios. Encontró la
salvación en su enfermedad.
Además, a mí este hecho y otros que he vivido me han
enseñado que en nuestra enfermedad, en nuestro sufri-
miento o en nuestra minusvalía, cualquiera que sea,
podemos ayudarnos soportándonos y aguantándonos
nuestras impertinencias. ¡Que todos las tenemos! Yo
también. Así podemos ayudarnos un poquito a tener un
pedacito del Reino de Dios.
158
para el encuentro con Dios
i
¿Qué quieres, Señor, que te diga y Tú no sepas?
La enfermedad y el dolor me parecían
una tenaza reduciéndome a la impotencia.
Y despertó la desesperación y hasta la rebeldía en mí...
Pero Tú sabes, Señor,
dar siempre tiempo a nuestro tiempo.
Y hoy estoy ya celebrando tu victoria en mi carne flaca
[y débil.
Y ¡qué paradoja, Señor, que este triunfo
se fuera preparando por los caminos de mi impotencia!
Te había visto un Dios exterior, lejano y ausente.
No, hoy ya no: ¡gracias, Señor!
Más que un "stop" en mi camino,
mi dolor ha sido y está siendo
una senda segura hasta mí mismo;
o, mejor, hasta Ti.
Porque dentro de mí te estás hoy revelando
Dios sorprendente, íntimo, confidencial y siempre
[providente...
Crucificado me siento, sí, Señor;
pero como Cristo, tu Hijo, con El y por El,
quiero el dolor en gracia convertir,
y quiero su Pasión complementar
por la Iglesia, su Cuerpo...
Siervo tuyo soy; heme, pues, aquí.
Y cúmplase tu voluntad en mí.
159
II
Es verdad, Señor:
¡cuan pocos son
los que llegan a darte gracias por la enfermedad!
Pobres seres humanos, se nos hace difícil comprender
el misterio de gracia y de luz
que habita en el dolor y en toda cruz.
Se nos hace difícil adivinar
tu irradiante presencia en el centro del sufrir.
No, no es que nos pidas las cosas disfrazar
para ver luces donde todos ven tinieblas.
Sabemos que el dolor, con fe o sin ella,
hace y hará siempre llorar
a los santos y a los pecadores.
Lo que nos pides es,
más que cansada y simple resignación,
nuestra libre y amorosa aceptación.
Con tu Viernes Santo, Señor de todos los dolores,
nos has enseñado también
que la libertad no es sólo escoger el gozo que anhelamos
sino, sobre todo, aceptar con amor
el sufrimiento que nos sale al paso.
Hoy, pues, en nombre propio
y en nombre de los enfermos, mis hermanos,
quiero darte gracias, Señor;
¡gracias por habernos revelado
el sentido redentor de toda cruz!,
¡gracias porque, de nuestra carne crucificada,
haces nacer una bendición sobre los hombres!
Y ¡gracias, Señor, de todo corazón,
porque, con tu gracia, nuestro largo Viernes Santo
agranda y completa el tuyo,
preparando así nuestra Pascua sinfín!
Y, como última súplica, buen Dios,
la de las hojas otoñales
160
con vocación de Pascua:
que nuestra caída final
tenga la gracia de un vuelo...
III
Mirando la tarde del Calvario,
me sobrecojo y me lleno de estupor.
Aquella tarde, el cielo se cubrió de nubes
y la luz tuvo que apartar la vista.
La tierra guardó silencio
para que se pudiera oir mejor tu Palabra,
la única palabra inocente.
La muerte tuvo que esperar
hasta que todo se hubiese consumado.
Todo fue lento... solemne...
¿Qué pudo faltarte?
No acabo de comprender eso de que
mi sufrimiento complete lo que falta a tu pasión.
¡No sé qué más pudiste hacer por nosotros!
Lo que si sé, Señor,
es que mi enfermedad me asemeja a Ti,
hombre de dolores y acostumbrado al sufrimiento.
Lo que sí sé, Señor,
es que tu dolor ha sido mi maestro
y en el que he aprendido a encontrar sentido en mi
fqueb
Lo que sí sé, Señor,
es que el mundo está necesitado
de sentido en su dolor y de luz para su humanidad.
Quiero, Señor, y me ofrezco
para llevar tu luz, que es la mía,
al corazón del mundo que se anega
en las oscuras aguas del sinsentido.
CAPÍTULO V
VENID, BENDITOS
DE MI PADRE, PORQUE
ESTUVE ENFERMO
Y ME ASISTISTEIS
invitación a la reflexión
H
OY la medicina ha conseguido victorias que coronan
de laureles los esfuerzos de tantos como han
dedicado su vida a la lucha contra el dolor, la
enfermedad y la muerte. Los avances técnicos han hecho
progresos que han tocado a retirada ciertos males
endémicos de la humanidad. ¡Si aquellos "galenos" de
sangrías y sanguijuelas se introdujeran en nuestros moder-
nos "palacios tecnológicos de sanidad", puede ser que
quedaran avergonzados de sus métodos y formas de hacer,
o quizá altamente gratificados porque sus esfuerzos se han
visto continuados tan constructivamente para bien de los
hombres!
Lo cierto es que la ayuda que podía prestar la medicina
hasta mediados del siglo XIX era bastante escasa. Los
hombres tenían que acostumbrarse, quisiéranlo o no, al
sufrimiento durante su vida y a la muerte prematura. La
mortalidad infantil alcanzaba índices elevadísimos. La vida
media del hombre era corta. Las condiciones sanitarias,
precarias. Las intervenciones quirúrgicas, primarias, dolo-
rosas y, en buena proporción, inseguras en sus resultados.
El instrumental médico era rudimentario. Y la farmacopea,
artesanal... Eso sí: normalmente, el enfermo y el mori-
bundo estaban asistidos por familiares y amigos que
trataban de proporcionarle una ayuda atenta y afectuosa y
le preparaban, si llegaba el caso, a los últimos aconteci-
mientos antes de partir para el más allá.
165
En cambio, hoy, la medicina ha experimentado un
extraordinario progreso. Gracias a la medicina preventiva,
se han erradicado infinidad de epidemias que antes
diezmaban las poblaciones. La vida media del hombre
sobre la tierra se ha visto prolongada gracias a la vigilancia
y atenciones sanitarias permanentes. El índice de mortali-
dad infantil ha descendido vertiginosamente. Las condicio-
nes de salubridad constituyen hoy una preocupación
política de casi todos los gobiernos del mundo. Con las
técnicas analgésicas se ha disminuido el dolor. Un equipo
instrumental sofisticado obra en poder de médicos especia-
lizados que pueden seguir con precisión las constantes
vitales de los enfermos y formular con más exactitud que
antes la diagnosis de la enfermedad, aplicándole para su
tratamiento un variado espectro del arsenal de los
productos farmacéuticos.
Se intenta la mejora progresiva de la especie humana con
técnicas biológicas y eugenésicas, como la inseminación
artificial, la reproducción clonal y la ingeniería genética,
cuyos resultados se prevén como verdaderamente revolu-
cionarios. Los trasplantes de órganos —sobre todo de
órganos sencillos y vitales— ofrecen perspectivas inusita-
das a la medicina actual. Las técnicas de reanimación y de
hibernación hacen pensar en una batalla ganada a la
muerte...
Cualquier persona amante de la humanidad no puede
por menos de alegrarse de estos avances de la tecnología.
Ha de dar la bienvenida al progreso. Todo progreso supone
un enriquecimiento para el hombre.
"Por el progreso, logra el hombre un aumento de
libertad, no solamente porque en la medida en que
domina el mundo por la técnica se libera de los
límites impuestos por el determinismo del mundo al
campo de sus decisiones libres, sino también —y
sobre todo— porque en su obra de transformar el
mundo desarrolla y expresa el potencial inexhausto
166
de su espíritu, se conoce a sí mismo más profunda-
mente, se hace más capaz de autoposesión, más
consciente de sí mismo" (J. ALFARO).
Si, además, se consideran los resultados positivos de
estos avances, particularmente en el campo de la medicina,
todo hombre sensato se alegrará por su llegada y unirá sus
esfuerzos, en la medida de sus posibilidades, para que el
proceso continúe.
Pero, sin embargo, si es verdaderamente sensato y no
ingenuo, caerá también en la cuenta de que los problemas
no han desaparecido por la presencia del progreso. El
optimismo del siglo pasado con relación a la "era indus-
trial" debe ceder su puesto a la responsabilidad. No se pue-
de pretender dejar el mundo en manos de la dictadura técni-
ca. No se puede creer que todo progreso técnico traiga
aparejado, sin más, un auténtico progreso humano. "Los
progresos (técnicos) pueden ofrecer, como si dijéramos, el
material de la promoción humana, pero por sí solos no
pueden llevarla a cabo" (GS 35). Se requiere que el hombre
ponga esa materia a su servicio para conseguir un mundo
auténticamente feliz y no la caricatura que describía A.
Huxley. Para conseguir que la técnica no sea un Moloc
ante la que el hombre sacrifica a sus hijos.
La historia más reciente tiene ya bastante experiencia de
estos sacrificios. ¡Y no sólo en los "campos de exterminio"
nazis! Allí se realizaron experimentaciones escalofriantes
con los hombres: los degradaban de su dignidad y se les
reducía a simples "conejillos de indias". Pero no sólo allí.
Las revistas científicas han notificado que en la misma
universidad de Milán se realizó la terrible experiencia de
administrar a niños recién nacidos los vapores de un
determinado insecticida; que en Estados Unidos, de cada
seis operaciones, una es inútil y que cada año son
intervenidos sin necesidad tres millones de norteamerica-
nos, de los cuales mueren unos 10.000. En Francia se ha
hablado de que el 25 por 100 de las intervenciones
quirúrgicas son también innecesarias (J. GAFO). ¿Qué decir
167
de la propuesta de H. Müller, que hacía, en el Congreso de
Genética de Chicago en 1966, de la selección de hombres
de óptimas cualidades físicas y mentales, cuyo semen fuese
conservado en "bancos" para la mejora de la especie? ¿Qué
decir de esa prolongación de la vida por medios artificiales
que no es otra cosa que una prolongación de la agonía que
"degrada al hombre a la condición de un mero ser sensorial
adiestrado o de un autómata viviente"? (Pío XII).
Sin llegar a estos extremos, la técnica sin corazón ha
conducido a serios problemas. La terapia actual se ha
cargado de anonimato, sobre todo en las grandes "ciudades
sanitarias", como reflejo, quizá, de las grandes ciudades en
las que se instalan.
"El médico especialista dispone en los modernos
hospitales de un excelente equipo instrumental.
Cuando a uno de estos modernos palacios clínicos
llega un enfermo necesitado de un examen profundo y
una curación radical, tiene que someterse a variadas y
numerosas visitas de médicos especialistas, servidos
por sus correspondientes instrumentos, cuando, por
desgracia, no es el médico el que está al servicio del
instrumento.
Añádase a esto la incomodidad de los trámites
burocráticos más complicados, a cuyo servicio hay
una nube de empleados, atentos a recoger los datos del
paciente en una estadística minuciosa y a controlar
con toda precisión la observación de los signos
diagnósticos más pequeños.
Así, el gran hospital moderno —el que en la
actualidad funciona—, con su perfecto equipo de
aparatos y su gran número de médicos especialistas,
presenta tales modalidades que le tornan al médico
difícil realizar, de un modo cristiano, el antiguo ideal
de filantropía, estableciendo con el enfermo unas
relaciones cordiales, amistosas y hasta fraternales. En
cuanto al enfermo, en medio de tanto especialista, de
tanto aparato y de tanta meticulosidad, se siente en
168
cierta manera como abandonado, casi aprisionado, a
menos que un médico o una enfermera se encarguen
exclusiva y especialmente de él" (B. HARING).
Este anonimato llega a su culmen, quizá —cuando los
asistentes son puros técnicos sin humanidad— en las
unidades de cuidados intensivos, donde van a parar los
enfermos más graves. Terminar los días allí puede ser
trágico, si se carece de humanidad: en un aislamiento total
y aséptico, con tubos en todos los orificios, agujas en las
venas, en espera de emitir el último aliento. Todo hace que
el sufrimiento que precede a la muerte sea más temido que
el desenlace final, que viene a significar un período de paz
después de una gran batalla librada con los medios
técnicos.
¡No cabe duda: cuando la técnica pierde el corazón se
transforma en enemigo del hombre! Uno se siente objeto.
Un número: es el enfermo de la habitación número... Se
siente una máquina estropeada que hay que volver a poner
a punto para seguir produciendo como pieza del engranaje
social. En estas condiciones, no es extraño que el enfermo
se pregunte con frecuencia: ¿Quién se ocupa de mi persona
en medio de las placas, los análisis y las sucesivas tomas de
temperatura? ¿Quién se preocupa de mí en lugar de
ocuparse únicamente de mi arreglo? ¿A quién le importo
yo realmente?
Quien asiste al enfermo debería pensar que no está
asistiendo a la enfermedad, sino al enfermo. ¡Y el enfermo
es una persona! Una persona que necesita un trato personal
basado en el respeto y en la atención. Necesita socorro y
cercanía afectiva, aunque ésta venga manifestada única-
mente por un silencio elocuente o por una mano que apoya
y sostiene. Necesita que se le atienda a superar físicamente
su enfermedad, pero también necesita que se le ayude,
mientras la enfermedad perdura, a dar respuesta a los
interrogantes humanos que la acompañan. Necesita que
quien le asiste se trague su "compasión" humillante y su
169
paternalismo. Necesita la confianza para sentirse persona.
Necesita que, dentro de un clima de solidaridad, se le
respete y se le atienda desde su propia idiosincrasia. ¡Nece-
sita que se le trate con amor!
"Hay un antiguo proverbio chino que dice: si quieres
amar a otro, has de comenzar por perdonarle que sea
otro... En todas las maneras de ayuda, existe
constantemente el peligro de que aquel que ayuda,
haga de sí y de sus propias convicciones la norma del
auxilio, aun cuando teóricamente sabe muy bien que
esa norma debe venir determinada por las necesidades
reales del paciente. Por eso es muy importante el decir,
en este contexto, expresamente, que la paciencia de
concederle a otro el que sea él mismo, constituye un
dato fundamental e ineludible" (SPORKEN).
Cuando el médico asiste a un enfermo, debería hacer
una cura de humanidad para sí mismo. Debería pensar,
antes de utilizar ninguna técnica, que debe ayudarse a sí
mismo en este sentido.
"Médico, ayúdate a ti mismo: así ayudas también a tu
enfermo. Sea tu mejor ayuda que él vea con sus ojos a
quien se sana a sí mismo" (F. NIETZSCHE).
Creo que esta recomendación no le vendría mal a
cualquiera de los que tratan con enfermos y les asisten en
su enfermedad. A ellos, en la escuela del trato, se les
debería pedir una asignatura decisiva: la de ser experto en
humanidad.
Cuando se recibe un tratamiento verdaderamente
humano, en el que se aprecia la solidaridad, es fácil
considerar esta asistencia como una bendición que pone de
relieve la alta condición en que se tiene la humana
existencia. El enfermo se siente reconocido y estimado. ¡Se
aprecia el valor de su persona!
Fácilmente, entonces, el enfermo se pregunta a sí mismo
170
Yo he recibido el amor de Dios como un derroche de
generosidad y no comprendo mi vida más que ofreciéndome
en derroche a los demás. Mi respuesta de gratitud al Dios, a
quien no veo, pasa por el sacramento del hermano en cuyo
camino me pongo. Respondiendo a tu necesidad, respondo a
Cristo, que me pide por tu boca. El fue el samaritano que
curó la herida de la vida en mí y ahora me ha convertido a
el porqué de ese trato. Y hasta puede que se lo pregunte a
quien así le trata. Puede que él le diga:
—No lo sé. Pero siento que somos eslabones de una
misma cadena. Te considero otro yo. Me veo reflejado en
ti. Eres parte de mí mismo. Estás formado de mi misma
pasta. Somos miembros de una misma humanidad.
Presiento que debo hacer por ti lo mismo que me gustaría
que los demás hicieran por mí.
O puede que diga:
—Yo he recibido el amor de Dios como un derroche de
generosidad y no comprendo mi vida más que ofrecién-
dome en derroche para el bien de los demás. He sido
tratado humanamente por Dios. Sé, con la sabiduría de la
fe, que Dios me ha valorado y ha tomado ese valor muy en
serio en todos los hombres. Sé, además, que mi respuesta
de gratitud a Dios, a quien no veo, pasa por el sacramento
del hermano en cuyo camino me pongo. Respondiendo a
tu necesidad, respondo a Cristo que me pide por tu boca.
El fue el samaritano que curó en mí la herida de la vida y
ahora me ha convertido a mí también en samaritano de
mis hermanos.
Ante esta respuesta, uno siente el cuidado de Dios sobre
su vida y, si no tiene un corazón raquítico y empequeñe-
cido por las exigencias permanentes de una sensibilidad
malsana y exacerbada, lo vuelve con gratitud a quien así lo
trata.
* * »
El cuidado primordial de Dios sobre los hombres se ha
manifestado en Jesús. Conocer a Jesús es comprender el
amor de Dios. Quien le ha visto, ha visto también al Padre
(Jn 14,9). En sus gestos y en sus palabras, se nos hacen
presentes las actitudes del Padre con relación a la
humanidad (DV 2). Su vida es la transparencia del "Padre
de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos
consuela en todas nuestras tribulaciones" (2 Cor 1,3-4).
Con El, el tiempo se ha cumplido (Me 1,15) y ha llegado a
172
nosotros el Reino de Dios (Le 11,20; Mt 12,28). Ha llegado
el tiempo que manifiesta en plenitud el cuidado de Dios
sobre la humanidad y sobre su mundo (Mt 10,29-31).
Con sus hechos y con sus palabras, Jesús ha manifestado
que Dios ama a los hombres y cuida de ellos con cariño;
que no hay otra causa de Dios en la historia de la salvación
que no sea la causa del hombre; que Dios no se goza en la
humillación, la vejación y la destrucción de la humanidad,
sino que se alegra de su plenitud y de su bien. ¡Tanto amó
Dios a los hombres, tanto le valieron la pena que entregó a
su Hijo Único, para que todo el que crea en El, no perezca
sino que tenga la vida eterna! (Jn 3,16).
Con sus dichos y sus hechos, Jesús manifiesta y hace
presente el amor del Padre. Y Jesús pasó por el mundo
haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por la
fuerza del mal porque Dios estaba con El (He 10,38). Vino
no para ser servido, arrodillando de forma humillante a la
humanidad, sino para servir a esta humanidad, entregán-
dose a sí mismo para que ella pudiera contemplar en el
horizonte de sus anhelos el alborear de una clara mañana
de resurrección y de vida (Me 10,45). Convencido de que
"en su destino para imagen de Dios, el hombre no puede
dejarse sustituir por ninguna otra cosa" (J. MOLTMANN),
puso al hombre en la cúspide de los valores mundanos.
No sólo eso. Llegó, incluso, a "secularizar" el culto a
Dios: "El sábado ha sido instituido para el hombre y no el
hombre para el sábado" (Me 2,27). Los "agentes de iniqui-
dad" son rechazados, a pesar de sus largas oraciones, sus
obras maravillosas en milagros y sus predicaciones (Mt
7,21-23) y a pesar de sus posiciones privilegiadas que no
fructificaron en obras de justicia (Le 13,25-27). Jesús re-
chazó a quienes "no supieron amar a su Dios de otro modo
que clavando al hombre en una cruz" (F. NIETZSCHE).
Su postura ante la humanidad fue de despojo de todo
privilegio y de asunción de la condición de servidor,
asemejándose en todo a los hombres (Flp 2,7). "Se puso de
parte de los insignificantes, los marginados y los oprimidos.
173
provocando así el advenimiento del reino de Dios como
fuerza liberadora de un amor sin reservas" (J. B. METZ).
Defendió al hombre de la postura prepotente de los otros
hombres —nacida de sus deseos de ser considerados "dio-
ses para el hombre"— predicando que, con la llegada del
reino de Dios, el dominio del hombre por el hombre había
comenzado a derrumbarse.
Durante su vida terrena, su actitud es de permanente
solidaridad. No sólo proclama bienaventurados a los
pobres porque para ellos ha llegado la hora de poseer el
Reino (Le 6,20), sino que se hace pobre con los pobres
hasta el punto de que no tiene un sitio donde reclinar la
cabeza (Le 9,58). No sólo proclama bienaventurados a los
que lloran porque les ha llegado el momento de la alegría
(Le 6,21), sino que también llora con los que lloran (Jn
11,33-35). No sólo declara bienaventurados a los ham-
brientos de justicia (Mt 5,6), sino que los harta con la
promesa de la justicia de Dios que se hará realidad en su
resurrección (Rom 1,17). No sólo proclama la amnistía de
Dios (Le 4,19) y bienaventurados a los que buscan armarse
de paz (Mt 5,9), sino que en El puede reconocerse al "Prín-
cipe de la Paz" (Is 9,5) que renuncia al uso de la violencia
(Mt 26,51 -54) y crea una comunidad en la que pueden vivir
codo con codo Mateo el Publicano y Simón el Zelota (Mt
10,2-4).
Fue el primer bienaventurado en su misericordia (Mt
5,7). El hizo el oficio de buen samaritano, sintiéndose
prójimo de todo hombre, hospedándole y pagándole la
recuperación (Le 10,30-35). Se compadeció del poseso (Me
5,19) y lloró con Marta y María la muerte de Lázaro (Jn
11,35).
A sus amigos no los redujo a servidumbre (Jn 15,15),
sino que El mismo se puso a servirles y les lavó los pies
como signo de lo que ellos debían hacer unos con otros (Jn
13,1-20). A ellos les recomendó que fueran misericordiosos
como es misericordioso el Padre (Le 6,30), que se amasen
unos a otros como habían sido amados por F.l (Jn 15,12).
174
Este fue su mandamiento principal (Me 12,28-34). Y se
llama "principal" no porque sea el más importante entre
otros, sino porque quien lo cumple lleva la ley a plenitud
(Rom 13,8-10). Que se amen. Este es el mandamiento de
Jesús. ¡Que se amen al estilo de Dios, que hace salir el sol
sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e
injustos! (Mt 5,43-48). ¡Que amen sin fronteras ni distincio-
nes! ¡Que amen con este amor que es paciente y servicial,
que no tiene envidia ni se jacta, que no busca su interés ni
se irrita, que no se alegra de la injusticia, sino que se goza
en la verdad, que cree sin límites, excusa sin límites, espera
sin límites y soporta sin límites! (1 Cor 13,4-7) ¡El Padre no
dejará valdío un amor así (Me 9,41), con tal de que no se
entere la mano izquierda de lo que hace la derecha! (Mt 6,
1-4).
Se sintió herido cuando pudo apreciar la falta de
sensibilidad y de detalle por parte de quienes no se tenían
por discípulos suyos (Le 7,44-46). Pero también echó en
cara a sus discípulos la falta de generosidad (Jn 12,7) y su
falta de acompañamiento en sus momentos de agonía y
tristeza (Me 14,37). Sin embargo, tuvo la delicadeza de
saber disimular y hasta de interceder por quienes, cargados
de temor, le abandonaban (Jn 18,8).
Cuando iba a pasar de este mundo al Padre, oró por sus
discípulos para que también ellos permanecieran en la
unidad que se forja en el amor. Hizo de este amor un signo
de credibilidad (Jn 17,21). El distintivo de sus discípulos
sería su capacidad de curar con amor las heridas de la
humanidad (Me 16,18). ¡El seguía sintiendo como propia la
soledad del enfermo, el hambre del hambriento, la prisión
del cautivo y los andrajos del desnudo! (Mt 25,31-46).
¡Quien no hiciera caso de esa solidaridad de Jesús con los
desheredados de la fortuna, no tendría tampoco parte con
El!
175
Jesús no se ha identificado en vano con el dolor de la
humanidad. Cuando Saulo de Tarso cae del caballo, al ir
persiguiendo a los discípulos para llevarlos cautivos a
Jerusalén, la voz que oye es-. "Saulo, Saulo, ¿por qué me
persigues?" Y, ante la extrañeza de Saulo que pregunta
quién es, sólo hay una respuesta: "Yo soy Jesús, a quien tú
persigues" (He 9,4-5).
Aunque no se conozca a Jesús, se le crucifica de nuevo
en cada cruz que se levanta para la humanidad. Aunque no
se le conozca, se le da de comer cuando un hambriento se
sacia, se le socorre cuando se ayuda a un necesitado y se le
sirve cuando se prestan atenciones a quien las necesita. ¡Je-
sús sigue caminando en nuestro mismo caminar!
Cuando lleguemos al término de nuestro camino, quizá
no se nos pregunte si hemos dicho muchas veces: "Señor,
Señor" (Mt 7,21). Sin embargo, no dejará de preguntárse-
nos como a Caín: "¿Dónde está tu hermano?" (Gen 4,9).
¡Esta es la paradoja: que Dios en Jesús se ha vinculado a lo
humano y que quien le busca no debe huir de la atención
amorosa al necesitado! ¡Quien quiera encontrarse con Dios
ha de acercarse a lo humano! ¡Quien no ama lo humano no
conoce a Dios (1 Jn 4,13), ni le ama! (1 Jn 4,20ss.). ¡Amar
en concreto a los hombres es amar a Dios!
Quien ama a los hombres de carne y hueso en concreto y
de forma desinteresada, si es consciente de las implicacio-
nes de su fe (Sant 2,14-16) que se hace operativa por la
caridad (Gal 5,6), no hace más que transmitir el amor de
Dios que, desinteresadamente, ha recibido (Mt 10,8).
Solidarizándose con lo humano y sirviéndolo atentamente
en cada hombre en cuyo camino se pone, se encuentra con
Dios de forma explícita. El sabe que "el amor a Dios no se
cumple sino en el amor de Cristo, y el amor de Cristo, en el
amor de los hombres" (J. ALFARO).
Pero también es verdad que cuando un hombre ama y
sirve a sus semejantes desinteresadamente sin creer conocer
a Dios, se encontrará también con ese "Dios desconocido"
durante su vida. "¿Cuándo te vimos... y te asistimos?
176
Cuando lo hicisteis a uno de estos hermanos míos mási
pequeños a mí me lo hicisteis" (Mt 25,37-40). "Sólo una
pregunta nos permite saber si un hombre ha 'conocido' a
Dios: ¿cómo y a qué profundidad ha amado?, ya que el que
no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor" (J. A. T.
ROBINSON).
Es verdad que:
Nadie fue ayer,
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
D ios.
(LEÓN FELIPE)
Pero también es verdad que todos los caminos que llevan
a Dios pasan por la atención al hermano. "La atención, en
su grado supremo, es lo mismo que la oración" (S. WEIL).
177
encuentro desde la vida
Los obispos alemanes, hablando en 1975 de la
asistencia al enfermo, afirman que ésta no puede
reducirse al campo puramente técnico-clínico,
sino que consiste también en la creación de una
"atmósfera de confianza y de calor humano en
los que el enfermo siente el reconocimiento y la
M alta consideración hacia la humana existencia",
W y que "no se le deje solo en su necesidad de
I encontrar una respuesta al origen y al fin de la
• vida". ¿Has encontrado personas que te hayan
asistido así?, ¿has reconocido, durante tu enfer-
medad, a alguna persona que te haya ayudado
material o espiritualmente? ¿Cómo juzgas la
asistencia que te han proporcionado en tu
enfermedad?
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bilbao)
En la enfermedad he conocido a varias personas que me
han ayudado en todos los sentidos. No sólo una, sino
varias. Han estado conmigo y me han acompañado.
Sufrían y estaban conmigo de una forma callada pero, a la
vez, ayudándome a superar las dificultades, aunque no
estuvieran constantemente conmigo. Pienso que esta
compañía ha sido clave y fundamental en mi enfermedad.
179
I.F.P. (Madrid)
Uno de los problemas, quizá el más difícil de superar por
el enfermo, es el de la susceptibilidad con las personas que
le rodean. El enfermo es un ser ávido de atenciones. Su
mundo cuenta con aquellos que le rodean y, para él, un
fallo de ellos representa una quiebra de su mundo interior.
En cambio, cada una de las personas que rodean al
enfermo tiene su forma peculiar de tratarle. No hay
patrones tipo. En parte, depende del grado de sensibilidad
de cada persona; en parte, también de su capacidad de
manifestación de esta sensibilidad. La gama es muy
variada: desde la repugnancia hasta la entrega sublime.
Los enfermos tienen una extraña sensibilidad para intuir.
Hasta el punto de ser frecuente que un desvalido rechace
la ayuda por el mero hecho de presentir su prestación con
desagrado.
FRANCISCO. Hemiplejía. (Sevilla)
Durante el tiempo de mi enfermedad, he conocido a
muchas personas que me han ayudado. A otros ya los
conocía. He tenido ocasión de comprobar lo inestimable
que es la ayuda que me han prestado, sobre todo en los
primeros momentos.
Estaba prácticamente rodeado de mis amigos. Me
prestaban todo tipo de ayuda: tanto material como
espiritual. Aunque materialmente, poco necesitaba. La
Seguridad Social proveyó a cuanto necesitaba en este
orden de cosas. Esto tengo que agradecerlo a la sociedad
entera. Pero también tengo que agradecer la presencia de
una asistencia espiritual esmerada, por lo menos en mi
caso. El mismo día de mi llegada, me fue a visitar un
sacerdote que me dio la comunión. Todos los días he
tenido asistencia espiritual por parte de los sacerdotes de
allí. También recuerdo la asistencia especial que me
dispensó un sacerdote, cuyo nombre no quiero revelar por
no herir su modestia, durante el proceso más grave de mi
enfermedad.
180
En este mismo sentido, tengo que agradecer también la
importantísima ayuda y estímulo que me han prestado las
oraciones de tantos amigos, que se han portado conmigo
como auténticos hermanos en la fe. Hoy que me voy
recuperando de la grave enfermedad por la que estoy
pasando, quiero manifestarles mi gratitud.
Puedo decir, en general, que, al menos conmigo, se han
desvivido mis hermanos y no tengo palabras para expresar
mi agradecimiento.
MARÍA DOLORES. Diabetes. (Madrid)
Particularmente, yo he encontrado de todo en la asistencia
que he recibido; bueno y malo. He encontrado personas en
las que se podía apreciar una sensibilidad especial en su
vocación de médicos o de enfermeros y en su trato con los
enfermos. Y he encontrado, también entre el personal
sanitario, personas que se dedicaban a esta tarea por el
sobre que recibirían al final del mes.
Muchas veces, el personal sanitario no se da cuenta de
que, en esos momentos en que uno se siente enfermo,
necesita de ellos, además de necesitar su asistencia técnica.
Un trato humano cordial, a veces la leve silueta de una
sonrisa en la cara, son suficientes para que el enfermo
recupere su juventud interior y la confianza, que la
enfermedad le había hecho perder.
Médicos y enfermeras deben caer en la cuenta de que en
carrera han dejado pendiente la asignatura de la amabili-
dad y de la humanidad, que es tan importante como las
otras. Y, en estos momentos en que tengo oportunidad de
decirlo, les daría un consejo desde mi posición de enferma:
que se den cuenta de que el enfermo es un ser humano;
que los necesita a ellos; que necesita tanto sus conocimien-
tos de medicina como su propia sensibilidad hacia las
personas enfermas.
MARISA. Inválida. (El Ferrol)
Comparto lo que ha dicho María Dolores. Hay médicos y
enfermeras que son encantadores. Tratan a los enfermos
181
con cariño de madre o de hermano muy querido. En
cambio, hay otros cuyo trato deja mucho que desear.
Sin embargo, yo por mi parte quisiera insistir en que
tampoco al enfermo debe quedarle pendiente la asignatura
de la amabilidad y de la humanidad. Es necesario saber
estar enfermo también. Casi siempre el enfermo es tratado
según su comportamiento. Si el enfermo es arisco y
desairado, o está siempre con cara huraña, probablemente
recibirá de los demás el mismo trato. ¡La enfermedad es
una escuela de virtudes humanas y hay que aprenderlas
todas sin dejar asignaturas pendientes! A veces vemos la
mota en el ojo ajeno y no reparamos en la viga que
tenemos en el nuestro.
Seglar. Varías. (Madrid)
He sentido calor humano en los médicos, en las
enfermeras y hasta en la señora que entraba a limpiar la
habitación. Con todos he dialogado mucho, sobre todo con
las enfermeras y con mis compañeras de habitación.
Hemos tenido trato de personas y no de robots.
Sin embargo, me hubiera agradado que el sacerdote, que
se limitaba a traerme la comunión cada día —porque yo se
lo pedí— hubiera perdido algún rato con los enfermos.
Quizá lo haga así, pero yo no lo experimenté. Y creo que
sería bueno.
EULALIA. Inválida ya curada. (Madrid)
Es importante para mí, en cuanto pertenezco al personal
sanitario, haber pasado la experiencia de la enfermedad.
He aprendido la importancia de los detalles. De las cosas
pequeñas.
Recuerdo que una vez vino a mi casa una persona que no
conocía de nada, pero que otra me había presentado. Me
hizo un puré de manzanas y me lo ofreció de corazón con
una sonrisa. Yo quedé con una inmensa alegría. Todo me
gustó: la manzana y la sonrisa.
182
En otra ocasión, estando yo con un ataque de asma,
vinieron un médico y un practicante estupendos a mi casa.
Con toda amabilidad me dijo el médico: "Vengo aquí para
atenderla y voy a estarme con usted hasta que se le pase".
Otra vez, estando yo en una clínica de Pamplona, donde
no conocía a nadie, venían algunas personas y me decían:
"Hemos venido a ver a un familiar nuestro y, de paso,
también a usted. También a usted la queremos. ¿Necesita
algo?"
Con estos pequeños detalles, yo sentía un gran alivio en mi
enfermedad. Ahora yo he aprendido a hacer esto mismo a
otros e.nfermos como fisioterapeuta.
MARÍA. Inválida. (Madrid)
Para mí, la ayuda más importante me la ha prestado el
grupo Fraternidad Cristiana de Enfermos y Minusválidos,
y mi propia familia.
La Fraternidad me ha hecho mucho bien: en diálogo con
mis compañeros he aprendido a integrar mi minusvalía y a
llevar además una profunda religiosidad.
También mi familia me ha ayudado mucho. Mi madre me
buscó un puesto en el despacho de una panadería, en el
que estoy trabajando desde hace seis años. Para mí ha sido
importante el que mi familia se diera cuenta de que podía
hacer algo útil, aunque ellos me tuvieran que ayudar como
me han ayudado. De hecho, mi padre tenía que llevarme y
recogerme todos los días a mi lugar de trabajo. Pero lo
hacía gustoso porque veía que yo así me sentía útil. Lo
más importante de todo esto es que me he sentido tratada
como persona. Ellos me han hecho sentir así.
MANUEL. Tetraplejia. (Toledo)
Lo que más aprecio de todo es la solidaridad que me ha
rodeado en la enfermedad. Cuando estaba entre la vida y
la muerte, hubo varios sacerdotes que me ayudaron. Entre
ellos, los del seminario de León, que me recogieron
183
cuando tuve el accidente. Y también otros que me ani-
maron mucho y me aconsejaron bien, dándome esperanza
y alentándome para que no perdiera la confianza de salir
adelante.
Al trasladarme de León a Toledo, han seguido con esas
mismas atenciones. He tenido a mi alrededor muchas
personas que siempre han tratado de animarme.
Aparte de esto, tengo muchísimo que agradecer a todos los
vecinos del bloque de viviendas en el que yo habitaba en
Gijón, su gesto de solidaridad humana. En el momento en
que ocurrió el accidente tuve que pasar unos momentos
muy duros, porque mi situación económica era bastante
deficiente: mi vida se quedaba cortada. En la empresa no
estaba fijo. No tenía medios económicos. No sabía cómo
podría continuar... Ni siquiera el seguro del coche lo tenía.
Pues bien, en esta situación, mis vecinos decidieron hacer
una colecta y aportar cada uno su granito de arena para
ayudarme a superar ese duro trance.
Cuando me lo comunicaron, me emocioné tanto que me
eché a llorar. No lo esperaba. Como tampoco esperaba los
donativos de otros amigos, familiares, la misma empresa y
la parroquia de San Miguel de Gijón, Pumarín, además de
los de otras personas que no conocía de nada.
Esta ha sido una de las experiencias emocionantes que he
tenido en mi enfermedad: la solidaridad que en todo
momento me ha rodeado.
IRENEO. Obispo. Parkinson. (Toledo)
Durante los siete u ocho años que había ido con
peregrinaciones a Lourdes, había podido hacerme cargo
de la importancia que tiene, para los que están dedicados a
la asistencia sanitaria, conocer la psicología del enfermo y
librarse del gran peligro que supone el acostumbrarse a
tratar con los enfermos.
Había percibido la diferencia que existe entre una
asistencia mecánica y una asistencia donde el amor y la
caridad están presentes, donde se ejerce la profesión, no
184
como una simple tarea social o como un medio para
beneficiarse económicamente de este trabajo sanitario,
sino por vocación. Me di cuenta, entonces, de que esto
exigía del personal sanitario una reflexión permanente y
un espíritu atento para no acostumbrarse a los enfermos,
tratándolos rutinariamente. Este es un peligro que acecha
a todas las profesiones y también a la asistencia sanitaria.
Cuando se suceden cadenas y cadenas de enfermos a los
que hay que atender, es necesario prevenirse contra el
peligro de acostumbrarnos a un trato despersonalizado y
masivo.
En nuestra sociedad, dominada por criterios de utilidad y
eficacia, el peligro es mucho mayor, ya que el enfermo,
revestido de debilidad, se presenta a nuestros ojos como
una carga. La sociedad, ignorando su valor personal,
puede mantener un trato anónimo y puramente burocrá-
tico con el enfermo. No es extraño que en este caldo de
cultivo aparezca una mentalidad favorable a la eutanasia
que, so capa de compasión para con el enfermo, pretenda
quitarlo de en medio con esta medida antihumana y
antipersonal, que viola la vida del hombre.
En cambio, para nuestra fe cristiana está claro que no
podemos manipular al enfermo como si fuese un bien
cualquiera. El enfermo es una persona y merece respeto.
El hecho de manipular a la persona humana, subordinán-
dola a la utilidad, es un atentado a la comprensión
cristiana del hombre. El evangelio nos recuerda que lo que
hacemos a cualquier hombre, a Cristo mismo se lo
hacemos.
En mi caso, por gracia de Dios, no he tenido que
experimentar ninguno de estos fallos. Más bien, he de
agradecer la solicitud, el interés y la ayuda desinteresada
cuando he tenido que acudir a tratamientos médicos.
Desde que presenté mi renuncia al Santo Padre, como
pastor de la Iglesia Universal, y él tuvo el gesto paternal
de aceptarla, he tratado de aprovechar al máximo esta
oportunidad que me brinda la enfermedad para estar más
cerca de los hermanos enfermos. He tratado de manifestar-
les que la Iglesia necesita de los enfermos. He tratado de
vivir desde dentro la Iglesia doliente. Mi disponibilidad
viene orientada en este sentido: ponerme a disposición de
185
los hermanos que comparten conmigo el dolor, la
enfermedad y la cruz para que encuentren también la
alegría de Jesús.
Quiero mostrarles que la cruz es compatible con la alegría
profunda de no sentirse inútil, sino darle a su cruz un
sentido cristiano y utilizar la enfermedad para beneficio de
la Iglesia y de toda la humanidad.
ANÓNIMO I
En la asistencia sanitaria ha habido de todo. Aunque, en
general, es puramente técnica y llena de frialdad, en mi
caso, sobre todo con los médicos, ha habido una asistencia
técnica y humana, llena de confianza.
Normalmente, son los enfermos entre sí los que crean ese
calor humano de confianza y de amistad.
También algunos compañeros capellanes me han ayudado
material y espiritualmente. Incluso el mismo obispo me ha
visitado en las situaciones más graves. Y no quisiera
olvidar tampoco a mis feligreses, que llegaron a hacer una
colecta para enviármela el día de mi santo.
INOCENTE. (Toledo)
Durante mi enfermedad he conocido a muchas personas
que verdaderamente me han ayudado en todos los
sentidos: sacerdotes, religiosas, personal sanitario, amigos,
familiares y, sobre todo, mi esposa, que está siendo para
mí una bendición de Dios. Ha soportado y soporta toda mi
enfermedad con una entereza extraordinaria y me
comunica siempre ánimo, quitándole importancia a las
cosas, cuidándome y contagiándome su fe y su amor.
SANTOS. Distrofia muscular progresiva. (Madrid)
Ciertamente, he encontrado personas encantadoras, ade-
más de mi propia familia, que me han ayudado mucho.
186
Pero quisiera señalar, dentro de mi experiencia espiritual y
como ayuda en mi proceso de conversión y transforma-
ción en Cristo, el encuentro con el movimiento de
Renovación Carismática Católica, al que pertenezco. Allí
he encontrado gente maravillosa que, no sólo me han
ayudado a encontrar a Cristo, sino también a encontrarme
a mí mismo, al darme su amistad y su cariño. Me han
visitado y me han acogido en sus diferentes actividades y
recreaciones.
ANÓNIMO II
He tenido y sentido de todo. Soledad de muerte y ambiente
de confianza. Muchas veces te dejan solo quienes más
debieran acercarse.
Tampoco me han faltado personas caritativas y cariñosas
que iban más allá del puro trámite. Entre ellas, quisiera
señalar a un compañero que me sirve de "muleta". El
acoge y sostiene mi debilidad con el cariño de una madre.
No se cansa nunca de escuchar mis ruegos y mis
molestias. También sé de una persona que fue mi Cirineo.
Hizo de madre, de hermana, de amiga, de esposa, de todo
en el Señor, cuando lo necesité. Iba todos los domingos a
verme. Esa persona, a la que llevo en las entretelas de mi
corazón, me llevaba de comer, de vestir. ¡Dichosa ella!
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer. (Tenerife)
A mí me daba pena ver, muchas veces, el aislamiento de
las personas enfermas. Por mi parte, me siento endeudado
con tantos amigos, con tantas personas.
He pensado muchas veces que el aislamiento y la soledad
no son buenos para nadie. También Jesús en Getsemaní se
lamentaba de la frialdad y el cansancio de los apóstoles:
"Me habéis dejado solo"; "no habéis podido compartir
conmigo", decía Jesús.
Y creo que este aislamiento no es sólo cuestión de buena
asistencia del personal sanitario. A mí me alentaba mucho
187
alguna llamada telefónica de otros enfermos o sanos,
compartiendo conmigo sus sufrimientos y los míos. Por
eso, ¡qué bueno, amigo, si te olvidas de ti mismo, te
desprendes de tu ensimismamiento, de tu dolor, de tu
enfermedad y coges el teléfono o el bolígrafo o a través de
una visita envías un mensaje de aliento y de solidaridad a
alguien que sufre! ¡Es importante no dejar solo a ese Jesús
que está en el Getsemaní de la enfermedad!
JUANI. Inválida. (Madrid)
Ciertamente, a lo largo de mi enfermedad —puedo decir
que también a lo largo de toda mi vida— he sentido a mi
lado a muchas personas que me han ayudado mucho.
Creo que Dios mismo me ha ayudado, poniendo a mi lado
a tantas personas que me han acompañado y me han
ayudado en mi formación a todos los niveles, pero,
particularmente, a encontrar en Dios el sentido de la vida.
Creo, además —y lo digo para conocimiento de todos—
que el enfermo necesita este tipo de ayuda. No puede ser
tratado como un menor o como una máquina que se ha
estropeado y necesita reparación. Es una persona que,
además de las necesidades físicas, tiene necesidades
morales. Necesita encontrar sentido a la vida y encarnarlo
en los momentos concretos de la vida. Y para atender a
estas necesidades hay que saber atenderle y escucharle.
¡Esto es fundamental! Quien lo hace es reflejo del amor de
Dios para el desvalido.
2
¿ Cómo te gustaría que te asistiese el personal que
te cuida y el que te visita?
ANÓNIMO III
Me gustaría que me asistiesen humanamente. Unas veces
habl ando, otras preguntando y escuchando. Es decir,
188
dialogando. Pero también hay momentos en los que he
sentido necesidad de lo que yo llamaría "silencio elocuen-
te". A veces, lo único que necesito es que haya gente que
esté, que esté acompañando. Ya el libro del Génesis dice:
"No es bueno que el hombre esté solo".
JAVIER. Sacerdote. Cáncer. (Bübao)
Yo pediría, tanto a las personas que me asisten como a las
que me visitan:
• que "estén" conmigo y den paso a una intercomunica-
ción y diálogo;
• que me ayuden a ver las cosas desde mi misma realidad
y desde una perspectiva de fe;
• que me ayuden a descubrir mi propia limitación, pero,
a la vez, el valor real de esa limitación en el hombre;
• que, viendo su ejemplo, vea el valor de mi propio
sufrimiento.
MARÍA DEL CARMEN. Inválida. (Barcelona)
Me gusta que me traten como una persona. ¡Que no me
vengan con "historias"! ¡Que no me compadezcan! ¡No
admito que me digan: "pobrecita"! Simplemente, quiero
ser tratada como la persona que soy.
ANGELA. Inválida. (Madrid)
Me gustaría que las personas que me asisten me
escuchasen y prestasen atención a mis indicaciones. ¡Que
me dieran tiempo y posibilidad para explicarme con
relación a los síntomas y a las situaciones!
¡No hay enfermedades, sino enfermos! ¡Y no hay dos
enfermos iguales, si se tiende a hacer de la asistencia una
actividad humana y se respeta la personalidad del enfer-
mo!
189
ANÓNIMO I
Los que me asisten, me gustaría que lo hicieran con
confianza, sosteniendo siempre mi esperanza. Los que me
visitan, me gustaría que no vinieran con el "rollo"
aprendido, que no se compadecieran con lamentaciones.
Me gustaría que me inspirasen el gozo de la amistad y me
hiciesen olvidar, al menos por unos momentos, mis
sufrimientos.
ANÓNIMO II
Me gustaría que me asistiesen y me visitasen con ilusión,
alegría y optimismo. Es, o sería, un paliativo de la cruz
que llevas encima. ¡No quiero compasión ni lastima en mi
calvario!
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo)
Al personal sanitario que me cuida, le pediría que siguiese
asistiéndome como hasta ahora lo ha hecho. Para mí,
todos son formidables. Todos se han portado muy bien
conmigo. Y ahora que estoy a punto de que me den de
alta, quiero agradecerles en el alma sus servicios y pido a
Dios que a todos los enfermos, vengan de donde vengan,
les den la misma fuerza y les infundan la misma moral que
a mí me han proporcionado. A ellos les pido que continúen
dando esa fuerza y ese ánimo, que sigan comprendiendo la
situación del enfermo y poniéndose en su lugar.
Las personas que me visitan han sido, desde el primer
momento, muy comprensivas y han tenido un trato
amistoso y cordial. ¡Me han infundido un ánimo extraor-
dinario! Frecuentemente recibo la visita de un grupo de
personas, desinteresadas totalmente, que vienen al hospi-
tal a visitarnos, a darnos ánimos, interesarse por nuestro
estado de salud y atender nuestras necesidades.
Las visitas de familiares y amigos también tratan de
infundirme ánimos para que me sienta una persona útil y
no decaiga en mi moral. Aunque, muchas veces, se
190
quedan sorprendidos porque me ven con más ánimo del
que ellos creían. Este ánimo, del que nunca he decaído,
me ha hecho tener una rehabilitación superior a la
previsible. A todos les debo mi reconocimiento, y espero
que Dios les pague a ellos con la misma moneda que han
utilizado conmigo.
AMADOR. Inválido. (Madrid)
A mí me gustaría que me tratasen como lo han hecho
hasta ahora: con naturalidad. Como a una persona más,
que está en unas circunstancias concretas, pero que no es
ni mejor ni peor que las demás. Como una persona que
quiere que se la tenga en consideración, que quiere ser
escuchada y tenida en cuenta. Esto es lo que más deseo
para todos los enfermos. ¡No se nos puede considerar ni
como héroes ni como víctimas!
VICENTA. Ciega. (Madrid)
Ante todo, quisiera que no se rechazara a nadie. Recuerdo
que, cuando entré a trabajar en el banco, alguno me dijo a
bocajarro: "Yo no trabajo con una ciega". Realmente me
dio mucha pena. Y no tanto por mí, cuanto por ellos
mismos. Menos mal que después reaccionaron de otra
manera.
Pero parece que, al menos en ciertos sectores, la sociedad
rechaza a las personas disminuidas, minusválidas o
contrahechas. No se dan cuenta de que, a veces, las
disminuciones y las minusvalías son consecuencias de las
malas condiciones sociales de trabajo, por ejemplo, que
originan accidentes laborales.
Hoy, afortunadamente, la sociedad entera está experimen-
tando un cambio de mentalidad en torno a estos temas.
Creo que todos debemos fomentar esta evolución social.
Además, creo que una persona minusválida no es una
persona anulada y que, cuando se sacan a flote sus
cualidades y posibilidades, es también una persona
productiva y eficaz en su trabajo.
191
En cuanto al personal sanitario, quisiera que perdiera de
una vez el anonimato en su trato con los enfermos. No sé
si por la fuerza de la costumbre o porque tienen que tratar
a mucha gente. El caso es que, frecuentemente, el trato se
hace rutinario. El enfermo viene despersonalizado. Es el
"enfermo número 38". Sería conveniente que nosotros
mismos nos mentalizáramos un poco más.
192
para el encuentro con Dios
i
En mi oración de hoy quiero, Señor, hablarte
de esta familia, numerosa y tan solícita,
que multiplica tus manos y alarga tu ternura
hasta nosotros, enfermos e hijos del dolor.
Porque en el múltiple y variado personal sanitario
queremos ver y sentir
padres, madres, hermanos y hermanas
de todos y de cada uno de nosotros.
Compartiendo, como nuevos Cirineos o piadosas
[Verónicas
nuestro cotidiano caminar hacia el Calvario,
proclaman, Señor, y testimonian
que somos prójimo y hermanos suyos
y nuevos Cristos con su cruz a cuestas.
¡Gracias, pues, y ante todo, Señor,
por haberlos hecho salir a nuestro encuentro
en abierta actitud de entrega y de servicio,
para devolvernos la salud perdida,
para llenar de infinitud nuestro dolor,
para enseñarnos a sufrir con Cristo
por su Cuerpo que es la Iglesia!
Por el tiempo que nos consagran
y el consuelo que nos proporcionan,
por el encuentro que contigo nos deparan
y la esperanza que sobre nuestra cruz dibujan,
193
por el amor con que nos sirven
y el sacrificio con que nos soportan,
¡gracias, Señor, de todo corazón!
A ellos y a Ti, ¡gracias, buen Dios!
Y ¡perdón, Señor, también
por no siempre haber sabido valorar
tal entrega y abnegada servicialidad,
o por haber pretendido de ellos exigir
lo que no estaba ya al alcance de sus manos!
Identificándote con nosotros, enfermos,
proclamaste, Señor, bienaventurados
a cuantos te fueran en nuestras personas visitando.
¿Qué bienaventuranza, Señor, reservada tienes
para esta familia asistencial y sanitaria
que convive con nosotros, día a día,
y comparte, noche y día, nuestro via-crucis?
Q ue tu mano providente, que ellos multiplican,
los cubra con su sombra y fecunde con su gracia.
Q ue tu bondad sin límites,
que ellos prolongan en su gesto humano,
haga llover sobre su vida en abundancia
los dones que sólo Tú puedes dar a los humanos.
Y que, cuando también para ellos llegue
la hora de partida,
de tus labios escuchen la palabra alentadora:
"Estuve enfermo y me cuidasteis;
entrad, pues, benditos de mi Padre
en posesión del Reino para vosotros preparado".
II
Hasta entonces, Señor, nos habías hablado en parábolas.
Nos habías hablado de la importancia de la persona
[humana
por encima de los holocaustos y sacrificios.
194
Y hasta por encima de la Ley.
Nos habías presentado como ideal del discípulo
hacerse servidor de todos.
Habías resumido todas tus enseñanzas en el amor
y nos habías dicho que el amor era lo único importante.
¡Que teníamos que amar al prójimo a costa de todo...!
Y ahora nos dices que el prójimo eres Tú.
Q ue quien ame o desprecie, *
quien luche o descanse,
quien dé la vida o la muerte,
lo está haciendo contigo.
Q ue el hambriento, el forastero
y el encarcelado son de tu misma familia.
Que el enfermo, que está dentro de mí,
tiene tu mismo rostro y tus mismas heridas.
Gracias, Señor,
porque Tú lo has dicho de verdad.
Verdad, donde mi enfermedad
ya no es una maldición,
sino una bienaventuranza.
Gracias, Señor, por mi enfermedad,
porque con ella quieres hacer de mí
un auténtico sagrario vivo
donde todo hermano que se acerque
tiene posibilidad
—la sublime posibilidad—
no sólo de creer por fe,
sino de ver, como Tomás,
las manos y los pies traspasados.
¡Que mi sufrimiento sea signo de Ti,
para que, quien me mire, te vea!
¡Que los que reparten a manos llenas
su amor y dedicación para conmigo
sientan, en el día postrero,
tu voz potente y clara que los llama:
"Venid, benditos, porque conmigo lo hicisteis".
195
III
Heme aquí, Señor, alejado del hogar y del trabajo.
Por lo uno y por lo otro estoy inquieto y no encuentro
[descanso.
¿Cómo se arreglarán sin mí los que me esperan?
¿Qué esperan de mí los que no llegan?
Cuando pesa en torno a mí la ausencia,
entonces es cuando mido hondo lo muy hondo:
la cualidad, el alma, un rostro, una presencia.
¡Tú sabes, Señor, que no se puede remplazar una
[presencia!
Hazme, Señor, penetrar y desear siempre
en lo real de las cosas y de los días,
en el trabajo diario y en la monotonía,
vida sana, amistad y buen temple.
¡Que reine siempre en mi vida el amor,
que es presencia de tu don y tu calor,
y no haya egoísmo, dolor, ni rencor!
(Inspirada en "COMPRIMES")
196
índices
ÍNDICE DEL CUESTI ONARI O
CAPÍTULO i: LA EXPERIENCIA DE LA ENFERME-
DAD 11
/ . Dicen que mientras uno no vive una determinada
experiencia no calibra sus efectos. ¿Cómo veías el
dolor y el sufrimiento antes y después de pasar por la
experiencia de enfermedad? 21
2. En la enfermedad se puede sentir la debilidad de la
persona humana. Los sentimientos de humildad—y
en su vertiente más angustiosa, los sentimientos de
inutilidad, de inferioridad o de ser una carga para
los demás— son efectos frecuentemente acompañan-
tes en el proceso de la enfermedad. ¿ Cómo has vivido
estas experiencias o cómo las has visto vivir en otros
enfermos? 28
3 . La gente vive hoy de prisa, trabaja de prisa, actúa de
prisa... Difícilmente se encuentra el tiempo necesario
para la reflexión y el encuentro consigo mismo. En
este ambiente, ¿ la enfermedad puede representar un
alto en el camino de la actividad desenfrenada que
permita al hombre plantearse a sí mismo como
problema? 34
4. Vivimos en un mundo en el que se valora la
utilidad... ¿Qué le dirías a determinadas personas
que únicamente valoran a la gente por lo que hace,
visto desde tu experiencia? 38
5 . ¿Cómo has visto afrontar el dolor y el sufrimiento en
tu familia, en el personal sanitario y en las personas
que te rodean? 40
199
CAPITULO ii LA ENFERMEDAD, TIEMPO DE CON-
VERSIÓN 49
/. La escuela del sufrimiento y de la inactividad
forzosa son una llamada apremiante para conseguir
una profundidad mayor y para dar una nueva
orientación a la propia vida. ¿Cuál ha sido tu
experiencia en este sentido? ¿Qué conclusiones
vitales has sacado? 65
2. ¿La enfermedad ha supuesto para ti un trampolín
para comprender el sentido de la vida? Habíanos un
poco en este sentido 68
3 . Fue en la situación de convaleciente de una herida
como san Ignacio de Loyola encontró a Dios y
comprometió su vida. Muchos otros han tenido la
misma experiencia. ¿Es también la tuya? 74
4. Según el Nuevo Testamento, "la auténtica conver-
sión, tal como la entiende Jesús, se da cuando el
hombre no confia ya en sí mismo, ni quiere operar su
salud por sus propias fuerzas y confia audazmente
en Dios y de El espera todo bien" (Bauer). ¿La
enfermedad te ha puesto en situación de hacer esta
opción de radical confianza? 80
CAPITULO ni SI QUIERES, PUEDES CURARME . . . . 91
/ . Hay una frase de san Francisco de Sales que
siempre me ha causado impresión: "El amor de Dios
es más grande que lo que puedes sufrir". Siempre
me ha parecido un comentario de lo que decía san
Pablo: "¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?
¿La tribulación?... en todo esto vencemos fácilmente
gracias a aquel que nos amó" (Rom 8,3 5 -3 7). ¿Qué
piensas de esto? ¿El dolor que sufres pone en tela de
juicio el amor que Dios te tiene o más bien lo ha
puesto de manifiesto? 107
2. ¿Has dado gracias alguna vez a Dios por tu
enfermedad? 113
3 . En la oración, cuando llamamos a Dios "Padre
nuestro", le pedimos que se haga su voluntad,
convencidos desde nuestra confianza en El de que
200
todo lo que dispone contribuye al bien de sus
elegidos. ¿Qué representa para ti esta oración? 1
CAPÍTULO iv SOPORTO EN MI CARNE LOS PADE-
CIMIENTOS DE CRISTO EN FAVOR
DE SU IGLESIA 1
/ . ¿Has podido decir alguna vez como san Pablo: "Me
alegro por los padecimientos que soporto por vosotros
y completo en mi carne lo que falta a los
padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo que es
la Iglesia, de la cual he llegado a ser ministro (Col
1,24)? 1
2. Tufe vivida en la enfermedad, ¿ te hace sentir apóstol
de los que están contigo.- los otros enfermos, la
familia, el personal sanitario que te atiende? 1
3 . ¿Sientes que tu sufrimiento es salvador para ti en la
medida en que te configuras con Cristo paciente y
que, si sufres, tu dolor puede ser consuelo y
salvación para otros (cfr. 2 Cor 1.6)? 1
CAPÍTULO v VENID, BENDITOS DE MI PADRE,
PORQUE ESTUVE ENFERMO Y ME
ASISTISTEIS 1
/ . Los obispos alemanes, hablando en 1975 de la
asistencia al enfermo, afirman que ésta no puede
reducirse al campo puramente técnico-clínico, sino
que consiste también en la creación de una
"atmósfera de confianza y de calor humano en los
que el enfermo siente el reconocimiento y la alta
consideración hacia la humana existencia", y que
"no se le deje solo en su necesidad de encontrar una
respuesta al origen y al fin de la vida". ¿Has
encontrado personas que te hayan asistido así? ¿Has
reconocido, durante tu enfermedad, a alguna
persona que te haya ayudado material o espiritual-
mente? ¿Cómo juzgas la asistencia que te han
proporcionado en tu enfermedad? 1
2. ¿Cómo te gustaría que te asistiese el personal que te
cuida y el que te visita? 1
Í NDI CE DE TESTI MONI OS
ADRIANO. Casado y padre de
familia. Oclusión intestinal.
(Sevilla) 133
ÁGUEDA. Distrofia muscular
progresiva. (Madrid) 70, 113, 137
AMADOR. Tórax. (Madrid) . . . . 69, 74, 114, 119, 191
ANGELA. Inválida. (Madrid) . . . 111, 144, 189
ANÓNIMO I 32, 35, 38, 40, 65, 108, 186,
190
ANÓNIMO II 35, 40, 83, 107, 122, 151,
154, 187, 190
ANÓNIMO III 37, 68, 112, 143, 188
Casada y con hijos. Cáncer.
(Madrid) 35, 38, 41, 67, 72, 79, 110,
116, 147, 152
EUGENIO. Inválido. (Barcelona). 34, 111, 154
EULALIA. Inválida ya curada.
(Madrid) 36, 66, 115, 153, 182
FRANCI SCO. Hemiplejía.
(Sevilla) 27, 82, 148, 180
I. F. P. (Madrid) 28, 110
IGNACIO, inválido. (Madrid) . . . 116, 122
INOCENTE. (Toledo) 78, 122, 186
IRENEO. Obispo. Parkinson.
(Toledo) 25, 65, 116, 150, 184
203
JAIME. Inválido. (Barcelona). . . . 32, 111
JAVIER. Sacerdote. Cáncer.
(Bilbao) 31, 37, 42, 73, 122, 143,
179,189
JESÚS. Casado y con hijos. Va-
rias. (Sevilla) 77, 150
JOSÉ MARÍA. (Madrid) 76, 147
JUANI. Inválida. (Madrid) 24, 38, 42, 69, 79, 80, 118,
119. 146, 155, 188
LUISA. Inválida. (Madrid) 79
MANUEL. Tetraplejía. (Toledo). 26, 41, 67, 70, 76, 84, 108,
115, 120, 183, 190
MARÍA. Inválida. (Madrid) 112, 152, 183
MARÍA DEL CARMEN. Invá-
lida. (Barcelona) 21, 34, 189
MARÍA DOLORES. Diabetes. (El
Ferrol) 31, 41, 81, 109, 181
MARÍA TERESA. Inválida.
(Barcelona) 72
MARISA. Inválida. (El Ferrol) . . 81, 112, 156, 181
MIGUEL. Sacerdote. Cáncer.
(Tenerife) 21, 33, 39,73,76, 109, 115,
120, 154, 187
NURIA. Inválida. (Madrid) 38
OCTAVIO. Tórax. (Madrid) 71, 113, 148
Religiosa. (Madrid) 26, 77, 146
SANTOS. Distrofia muscular pro-
gresiva. (Madrid) 34, 39, 66, 83, 119, 154, 186
Seglar. Varias. (Madrid) 70, 118, 147, 182
VICENTA. Ciega desde los vein-
tiún años (Madrid) 22, 72, 114, 153, 191
TRINI. Inválida. (Madrid) 155
204
ÍNDICE GENERAL
Prólogo 7
Capítulo I: LA EXPERIENCIA DE LA ENFER-
MEDAD 11
Invitación a la reflexión 13
Encuentro desde la vida 21
Para el encuentro con Dios 45
Capítulo II: LA ENFERMEDAD, TIEMPO DE
CONVERSIÓN 49
Invitación a la reflexión 51
Encuentro desde la vida 65
Para el encuentro con Dios 85
Capítulo III: SI QUIERES, PUEDES CURARME. . 91
Invitación a la reflexión 93
Encuentro desde la vida 107
Para el encuentro con Dios 125
Capítulo IV: SOPORTO EN MI CARNE LOS PADE-
CIMIENTOS DE CRISTO EN FAVOR
DE SU IGLESIA 131
Invitación a la reflexión 133
Encuentro desde la vida 143
Para el encuentro con Dios 159
Capítulo V: VENID, BENDITOS DE MI PADRE,
PORQUE ESTUVE ENFERMO Y ME
VISITASTEIS 163
Invitación a la reflexión 163
Encuentro desde la vida 179
Para el encuentro con Dios 193
205