Stephen King escribio “Danza Macabra” en 1982, cuando ya era un autor leído y

devorado por masas, aunque todavía no plenamente respetado por los lectores cultos y
la crítica. En 1980 estos últimos se encontraron con que un director como Stanley
Kubrick convirtió “El resplandor” en objeto de adaptación al cine y empezaron a
pensar que quizás King no era un escritor banal, como ellos creían. Pero recordemos
que estábamos en los 80, hace más de 30 años atrás.
Los autores de best sellers en aquellos años, incluyendo los 60 y 70, eran mayores
generacionalmente a King, bidimensionales en sus libros, que se consumían como si
fuera fast food e igual de olvidables. Stephen King se propuso que él no quedaría
mezclado alegremente con esa literatura y que demostraría que tenía mucho más para
dar, tanto en la literatura como en la crítica.
Para su libro “Night shift” (que en castellano se editó como “El umbral de la
noche”), escribió un análisis sobre el funcionamiento del género de terror tan brillante
que sintió que debería escribir un estudio mucho más profundo para hacer honor a este
tipo de literatura; y escribió “Danza Macabra”.
El gran motivo de este ensayo era realizar un recorrido personal alrededor de la cultura
popular norteamericana de los años 50 hasta ese presente que era el principio de la
década del 80. Entonces la literatura fantástica y de terror estaba mucho más
estigmatizada que en la actualidad. Se pensaba que sólo alguien que estuviera mal de la
cabeza podría escribirla. Algo así como una versión pop de los autores malditos del
romanticismo.
Stephen King se propuso demostrar que el horror no era algo ajeno a la cultura
americana, y que tampoco estaba ausente en la educación sentimental de los niños de la
posguerra. Él era uno de esos niños (nació en 1947) y creció en medio de esa cultura.
En “Danza Macabra” King clasifica la literatura y el cine popular no desde el
academicismo (tampoco lo rechaza), sino desde una perspectiva inédita, muy concreta
y muy práctica. Por un lado enlaza las obras con su tiempo, con sus
conexiones históricas y políticas más inmediatas. No es un análisis general sino
muy preciso, ya que para él los horrores que se desplegaban en la pantalla eran reflejos
de horrores muy concretos de la vida real, del imaginario colectivo. Un imaginario que
era primariamente de EEUU, pero que por la difusión de su cine impactaba en gran
parte de la cultura mundial. El vuelo del Sputnik, la muerte de Kennedy o las
fantasías que la gente común tenía respecto de la Guerra Fría se convertían en pautas
que permitían conectar los horrores personales con los ficcionales.
Por otro lado, sin volverse psicologista, analiza cómo funcionaban esos
horrores en las personas y tomaba episodios de su propia vida que podrían ayudar
a los demás a entender qué estaba ocurriendo en su psiquis cuando iban al cine o
cuando miraban la TV o leían un diario, de qué manera las imágenes de la vida
pública les estaban afectando.
Pero esto no es lo único que King hace en el libro: también realiza una disección
de la cultura en un sentido más “clásico”. La coloca dentro del marco de una
cultura popular y su industria de producción, al mismo tiempo que la ubica en un
marco más amplio dentro de una tradición literaria.
Stephen King no buscó ofrecer un análisis científico ni académico en “Danza Macabra”,
pero se valió también de esos elementos para demostrar algunas de sus ideas. Sabía que
su público en esta obra no estaría compuesto por fans, sino también por lectores
incisivos y adversarios críticos.
Todo el trabajo realizado en este ensayo se podría haber visto envejecido hoy en 2014 si
sólo hubiera hecho un panorama del género de terror y fantástico. King explicó, en
su faceta de autor cardinal de esos mismos géneros, cómo funcionan y
cómo pueden fallar cuando no se entiende esa mecánica profunda que los
pone en movimiento.
Una de las primeras pistas que nos da se relaciona con la importancia de tener un
panorama sobre cuáles son las obras que vale la pena ver y leer. Ese “mundo”
de obras es un sistema que cumple la importantísima función de informarnos y al
mismo tiempo guiarnos en qué estaría bien ver y leer. Esta construcción de listas no es
caprichosa y está muy bien elaborada. Entenderla es clave para saber de qué va el
género.
Otra de las pistas tiene que ver con cómo el terror y el fantástico se han ido
ajustando, con el paso de los años, a lo que él determina con dos nombres: uno es
el “state of art”, o estado del arte, que comprende todo lo que se puede conseguir en
una época determinada, tecnológicamente hablando, para producir el efecto de
verosimilitud en el público: la suspensión de incredulidad que nos permitirá
experimentar emociones “reales”; el otro es “the set of reality”, que es como la
puesta en escena de la realidad, donde lo que se juegan son los parámetros de realidad.
Estos parámetros también tienen mucho que ver con la verosimilitud, pero en lugar de
residir en los recursos tecnológicos, reside en el ambiente del creador. No es el mismo
“set of reality” el de 1963 con el asesinato por TV de un presidente querido por su
pueblo, que el de la masacre de Columbine más de 30 años después. El mundo en
general y cada país en particular tiene su propio “set of reality” y es trabajo
de los autores encontrar el punto de contacto entre lo que preocupa y
aterra al público de una época determinada y las obras que ellos escriben (o
quieren escribir).
King también habla de esta conexión específica entre los terrores
imaginarios y los terrores reales. En países reales donde poderes formales o
informales pueden secuestrarte, decapitarte o bombardearte, los límites de lo que da
miedo quizás sean sensiblemente distintos a otros en los que esto no pasa de forma
recurrente. Digamos que esto no es un problema exclusivo del género fantástico y de
terror, sino que interviene en todos los géneros. El trabajo de los escritores de
ficción es encontrar los puntos de encuentro entre sus temas personales,
las temáticas sociales, y la capacidad de producción para sus historias en
una sociedad determinada. La posibilidad de trasladar experiencias (o resultados)
que nos gustan de obras que se realizan en otros países, está a veces más limitada de lo
que nos gustaría.
Este ejercicio de reflexión constante es básico para la creación y la
generosidad del libro de Stephen King reside en que nos ofrece, desde su
perspectiva de autor experimentado, un sistema integrado por obras e
historias y cómo estas se imbrican a su vez con los autores que las cuentan
y los públicos que las miran.
“Danza Macabra” es un libro largo, detallado y muy intenso. Lo mejor es anotar junto a
él muchas cosas (mientras lo leemos) que nos ayudarán en nuestra propia escritura.
Hay que tener ganas de leer y aprender, y Stephen King, con su estilo narrativo, aquí
nos ayuda a hacerlo.