ElPostmodernismoy la Iglesia.

La Iglesia de hoy está llena de personas que defienden ideas post-
modernas. Algunos de ellos lo hacen conscientemente y deliberadamente,
pero la mayoría lo hace sin darse cuenta. (Después de haber bebido
demasiado del espíritu de la época, simplemente repiten mecánicamente
las opiniones mundanas.) El movimiento evangélico en su conjunto, que
todavía se está recuperando de su larga batalla con el modernismo, no
está preparado para un adversario nuevo y diferente. Muchos cristianos,
por tanto, no han reconocido aún el gran peligro que plantea el
pensamiento post-modernista.

La influencia del Post-modernismo (iglesia
emergente) claramente ya ha infectado a la Iglesia. Los
evangélicos están moderando su mensaje para que las crudas
afirmaciones de la verdad del Evangelio no suenen tan discordantes al
oído post-moderno. Muchos evitan señalar claramente que la Biblia es
la Verdad y todos los otros sistemas religiosos y visiones del mundo son
falsos. Algunos de los que se llaman cristianos han ido más
lejos,negando a propósito la exclusividad de Cristo (y su
divinidad), y cuestionando abiertamente su afirmación de que
es el único camino a Dios.
El mensaje bíblico es claro. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la
verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan
14:6).El apóstol Pedro proclamó a un público hostil: “Y en ningún otro
hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a
los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos:12). El apóstol
Juan escribió: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el
que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios
está sobre él” (Juan 3:36). Una y otra vez, la Escritura hace
hincapié en que Jesucristo es la única esperanza de salvación
para el mundo. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador
entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo
2:5).Sólo Cristo puede expiar el pecado, y por lo tanto sólo
Cristo puede ofrecer la salvación. “Y este es el testimonio: que
Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que
tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no
tiene la vida” (1 Juan 5: 11-12).
Estas verdades son la antítesis de los principios centrales del post-
modernismo. Hacen exclusivas las afirmaciones de verdad
universalesdeclarando a Cristo como el único camino verdadero
al cielo y todos los otros sistemas de creencias erróneas. Eso es
lo que enseña la Escritura. Es lo que la verdadera Iglesia ha
proclamado en toda su historia. Es el mensaje del
cristianismo. Y, simplemente, no puede ser ajustado para
acomodar las sensibilidades post-modernas.
En cambio, muchos cristianos, simplemente, pasan por alto las
afirmaciones exclusivas de Cristo en un silencio embarazoso. Aún
peor, algunos en la Iglesia -incluyendo algunos de los mejores líderes
evangélicos conocidos – comienzan a sugerir que tal vez la
gente puede salvarse sin conocer a Cristo.
Los cristianos no pueden capitular ante el post-
modernismo, sin sacrificar la esencia misma de nuestra fe. La
afirmación de la Biblia de que Cristo es el único camino de salvación está,
sin duda fuera de armonía con la noción post-moderna de “tolerancia”.
Pero es, después de todo, justo lo que la Biblia enseña claramente. Y la
Biblia – no la opinión post-moderna – es la autoridad suprema
para el cristiano. Sólo la Biblia debe determinar lo que
debemos creer y proclamar al mundo. No podemos vacilar en esto,
no importa cuánto este mundo post-moderno se queje de que nuestras
creencias nos hacen "intolerantes".
John MacArthur
Tomado de Verdad y Palabra
http://www.verdadypalabra.com

Diversas y preocupantes aberraciones -llamadas "espirituales"-están
azotando fuertemente los fundamientos bíblicos de la Iglesia de Jesucristo.
Es evidente, que es una manifestación del espíritu del anticristo del que
nos advierte la Palabra de Dios con relación a los últimos tiempos (1ª Juan
2:18 s.s; 4:1-5). Aquí les incluímos una dirección web con el fin de que
accedan a un interesante trabajo sobre el tema:




La fe cristiana en el tiempo posmoderno

por Bernard Coster

Posmodernismo y posmodernidad son palabras que señalan ciertos
fenómenos culturales de la segunda parte del siglo XX, que tienen relación
con la aceleración de la cultura a partir de los años sesenta que todavía no
tienen explicación definitiva. Las palabras mismas, por su fuerza sugestiva,
forman parte de los fenómenos que se llaman posmodernos. A veces parece
que establecen sus propios fenómenos. No son conclusiones, sino hipótesis
de trabajo por las cuales podemos investigar ciertas expresiones culturales.
Su función es la de un imán que separa y aísla ciertos fenómenos, para
observar la analogía y lo común de ellos. ¿Podemos atribuir a ellos una
misma causalidad, una misma moralidad, espiritualidad, podemos
explicarlos desde una misma raíz? Por esta función de imán,
posmodernismo es una palabra sobrecargada y vacua. Hay una tendencia de
agrupar demasiados fenómenos bajo su título: literatura, arte, teatro,
arquitectura, filosofía, historia, religión, medios de comunicación. En cada
una de estas áreas se señala un momento de cambio y de transición, pero
también un vacilar entre moderación, renovación y radicalización de los
motivos. Para unos posmodernismo es el resumen de todas las fuerzas
destructivas de nuestro tiempo, para otros es la consecuencia necesaria de
las tendencias modernas, una señal de la dinámica de nuestra cultura. Para
los pesimistas es una amenaza, un mundo ajeno y extraño, el golpe mortal
de los valores tradicionales, para los optimistas es un momento de nuevas
oportunidades y para los realistas es la consecuencia necesaria del proyecto
moderno.

El propósito de este artículo es investigar el posmodernismo para explicar
sus consecuencias para la fe, para la iglesia y para la teología. Después de
una explicación breve de la relación entre modernismo y posmodernismo,
vamos a intentar discernir con claridad sus tendencias por observarlo como
estilo de vida, existencia posmoderna y como corriente y tendencia en la
filosofía contemporánea y sus consecuencias en la historiografía y en la
teología. Al final hemos de buscar la explicación teológica del
posmodernismo.
1. El proyecto de la modernidad
El pensamiento de la Edad Media, continuado en el tiempo nuevo por todas
las variantes del cristianismo confesional, era teocénctrico. Dios es la fuente
de todo el bien, es el Creador del mundo y el Señor de la historia. Las
normas y los valores no se explican por el hombre, sino por Dios, y sirven
sus propósitos. El hombre es un ser dependiente. Sólo hay una verdadera
religión.

El modernismo es la cosmovisión que niega este teocentrismo. En la Edad
Media se manifiesta en ciertas tendencias críticas, durante el renacimiento
se establece en forma del humanismo al lado del cristianismo y en el tiempo
de la iluminación se apodera de la cultura occidental y de todas sus
expresiones. En este tiempo el cristianismo se descalifica como
premodernismo, y por eso, anticuado. El modernismo es antropocéntrico,
sustituye la fe (confianza en autoridades) por la razón, que se hace la última
y única autoridad para explicar el mundo y para definir la moral.
El modernismo era la ‘liberación del hombre de su ingenuidad, de la cual él
mismo era culpable (Emuanuel Kant). Cree con una fe inmovible en la
bondad y creatividad del hombre y confía la construcción y el gobierno del
mundo a los sistemas ideológicos (liberalismo y socialismo) y a las ciencias.
Es decir, encarga a las ciencias la responsabilidad de diseñar las
alternativas del programa político, económico, educativo y moral y espera
que las ideologías den forma a estas alternativas en un sistema democrático
competitivo. Modernismo es el nombre de un proyecto ambicioso para
remoldear el mundo. Era un proyecto imperativo con esperanzas mesiánicas,
convicciones totalitarias y militantes. Aún las fuerzas conservadoras y
reaccionarias se adaptaban a su forma de pensar. De este modo el
modernismo se introducía en el cristianismo, convirtiendo la teología
(moderna) en una aliada de su programa.
Extensión y crisis de la modernidad
En el siglo XX el proyecto moderno se extendió a todo las naciones.
Colonialismo y descolonización, marxismo y posmarxismo, nacionalismo y
neoliberalismo las empujaron adelante en el camino del progreso moderno.
Urbanización, industrialización, globalización y americanización son los
efectos. Por primera vez se establece un mundo y este mundo está fundado
en los principios del modernismo.
Hay dos momentos paradójicos en este proceso: (1) La contribución de la
misión cristiana a la modernización ha sido decisiva, pero es trágico que no
haya producido un mundo cristiano, sino el mundo moderno y secular, con
toda su agresividad económica, ideológica, tecnológica y militarista. La
enemistad actual del mundo islámico contra el occidente es una oposición
contra el proyecto de la modernidad, sin embargo, significativo es que el
fundamentalismo islámico identifica modernismo y cristianismo. (2) El otro
momento trágico es que mientras el proyecto de la modernización se
expandió mundialmente, el mismo occidente, donde tiene su origen, lo
volvió la espalda. No lo sustituye por otro proyecto, sino anula sus valores
por acelerar, radicalizar e intensificar el sentido crítico y escéptico, inherente
al modernismo.
El salto - 1968
Hay diferentes factores por los que el modernismo no podía conservar la
confianza en sus propios valores. Las guerras mundiales, las revoluciones
del siglo XX, la descolonización, la Guerra Fría y la corrupción total del
marxismo manifestaron que el proyecto del modernismo no era manejable.
El neomarxismo mostró que en realidad todo el proyecto se movía por los
intereses social-económicos de la clase media y alta occidental. La
revolución del ’68, cargada con el sentimiento de culpa por el pasado, se
volvió contra las estructuras elitistas y, por eso, premodernas en el propio
occidente, radicalizando y acelerando las fuerzas ideológicas del
modernismo para realizar –por fin- los ideales ideológicos del liberalismo y
del socialismo. Cuando la generación del ’68 obtuvo el poder en todos los
sectores de la sociedad se manifestó que su fuerza ideológica ya se había
gastado. Los cambios que pudo efectuar en los sistemas políticos,
económicos, educativos y culturales son ambiguos y no satisfacen las
ilusiones de los años sesenta. La caída del muro de Berlín era la prueba
definitiva de que las ideologías no podían dirigir el mundo. Al mismo tiempo
se manifestaron las señales de que el tecnicismo y la industrialización tenían
consecuencias catastróficas para la ecología. Resultó que el proyecto
moderno era un proyecto sin dirección, y la vanguardia cultural se apartó de
sus ilusiones.
Durante unos siglos la modernidad ha desafiado y provocado el
pensamiento y la moral tradicional. Se estableció como filosofía moderna,
ciencia moderna, música, literatura, teología modernas. En todas estas áreas
la modernidad transgredió las reglas clásicas y por hacerlo descubrió
nuevas realidades. Posmodernidad desafía precisamente esta dinámica. La
provoca, critica, ironiza e irrita por radicalizarla. No observa su etiqueta y no
respeta la prudencia inherente a la modernidad de no poner en duda sus
propios principios.

2. Existencia posmoderna
El cambio de la estética
En el año 1946 el filósofo de la historia británico, Arnold Toynbee, usa el
término posmodernismo para la (probablemente) última fase de la cultura
europea, que hace empezar en 1870, pero la palabra tiene su origen en la
estética. Ya en los años veinte había un tipo de poesía en España que se
llamaba posmoderno y a partir de los años sesenta es el nombre para las
formas experimentales y vanguardistas de arte, literatura y arquitectura. Es
arte original, renovador, controvertida, que provoca por su exhibicionismo
brutal y por su ironía y parodia.
Las expresiones artísticas del posmodernismo son tan diversas que no es
posible unirlas por las características de un estilo. En la arquitectura es a
veces es la vuelta a principios tradicionales, pero casi siempre es arte hiper-
experimental con experimentos que niegan todas las definiciones clásicas y
modernas. Hay una tendencia en ella de poner en duda la realidad. Entonces
ya no quiere reflejar nada más que a sí misma y no querer comunicar nada.
Se burla de sí misma y de las convenciones morales por la publicación de
libros con sólo páginas blancas, novelas sin inicio, sin fin y sin intriga que
se hojean en la biblioteca sin leerlas, teatro que se interpreta sólo a sí
mismo, objetos triviales que estremecen por su banalidad pero que reclaman
el título de arte. El verdadero inicio del posmodernismo es el momento
cuando estos experimentos ya no escandalizan y cuando son imitados en
formas moderadas. Entonces uno ya se ha olvidado del modernismo. En
este momento los cambios en la estética penetran en la moda, produciendo
la no-moda, que no prescribe nada y que permite todo, y la anti-moda, que
rompe con las normas cívicas.
La televisión es el catalizador por excelencia de la estética posmoderna. Su
influencia coincide por completo con los cambios que observamos. Son
cambios causados por la visualidad y la superficialidad propias de este
medio que a la vez permiten su influencia. En este artículo no vamos a
prestar atención explícita a los medios de comunicación, pero su influencia
se supone en todas partes. No sólo extienden la cosmovisión posmoderna,
sino que también la determinan. Adaptan toda la realidad a sus
requerimientos y de esta manera crear una realidad hiperreal en la cual
conocimiento se convierte en información y a la vez en diversión. Además,
los medios de comunicación se ponen a sí mismos de tal manera en el
centro de esta realidad, que el medio se convierte en el mensaje.
El cambio de los valores
Los cambios de la estética casi siempre son las señales de un cambio de
valores. Las formas cambian, porque ya no corresponden con el contenido.
Posmodernismo era arte hiper-experimental y provocativa pero se convirtió
en la palabra para señalar el estilo de vida experimental de los últimos
decenios del siglo XX.
Posmodernismo sacrifica los valores morales y cívicos del mundo
occidental. Humildad, dignidad, fidelidad, prudencia, moderación,
honestidad, responsabilidad, justicia y solidaridad han perdido su prestigio.
Parece que también se ha perdido la capacidad de observar estos valores
sin acusarlos de hipocresía. La infracción sistemática de ellos, que permite
el posmodernismo, a veces tiene forma irónica y relajada, a veces es
exhibicionista, brutal, vulgar y provocativa. Siempre es hedonista y por eso
permisiva con respecto a drogas, erótica inconveniente, música extática,
religiones esotéricas y deportes arriesgados. ¿Cómo puede ser malo algo
que produce placer? La dignidad de la persona se atribuye exclusivamente a
su individualidad, que es intocable, pero no a su conducta. Cada uno tiene el
derecho de definir su propia ética. Posmodernismo es antiautoritario, pero
no es anarquista. En lugar del consenso moral basado en una ética común
con normas fijas, defiende tolerancia y pluralidad moral garantizadas por las
leyes y así se explica la combinación paradójica de relativismo y legalismo.
Exige que las leyes estatales den espacio (tolerancia) –cada vez más amplio–
a formas de conducta que antes eran reprobables, pero que en el
posmodernismo se llaman experimentales o alternativas. Sin embargo, estas
leyes no reflejan valores absolutos, sólo son arreglos que ordenan la
convivencia. La sociedad posmoderna necesariamente es multicultural
porque niega el derecho de exigir de ninguna persona la adaptación a
ningún sistema moral. Educación moral y cívica se limita a entrenamiento de
tolerancia. La influencia posmoderna cambia sistemáticamente la moralidad
por la libertad de experiencias, precisamente donde la vida es más
vulnerable y necesita más protección: el matrimonio, la familia, la vida no
nacida, la educación y el momento de la muerte. Igual que en el arte, donde
experimentos esconden el arte verdadera, los experimentos sociales
sustituyen los valores. Donde una relación homosexual se llama matrimonio,
allí se esconde el matrimonio.

Debido al cambio radical de valores, el posmodernismo no sólo es
poscristiano sino también poshumanista. Ya no comparte el optimismo de la
antropología humanista de la época moderna y no quiere sacrificarse para
realizar sus ideales. El siglo más sangriento de la historia, que se presenta
cada día en toda su suciedad, crueldad, dureza y mentira por medio de la
televisión, no da ningún motivo para creer en la bondad y la creatividad del
hombre, ni tampoco en el valor absoluto y la autonomía de la persona. Sin
embargo, el posmodernismo no tiene alternativa y por eso es profundamente
pesimista. Duda del sentido que han dado las ideologías a la vida, duda de
sus proyectos y duda del beneficio de las ciencias y de la técnica, aunque
disfruta sus efectos. Su relativismo y escepticismo son ambiguos, selectivos
y eclécticos, incluso cínicos y cobardes. Critica y relativiza por medio de
ironía y parodia pero no diseña otro mundo mejor.
Posmodernismo es nihilismo moral, que guarda las formas por motivos
estéticos. Bien y mal son cosas de etiqueta. Parece que el sentido estético
común es el único criterio para aprobar o desaprobar. La estetización de la
vida se manifiesta en una existencia sin sentido, una dinámica sin propósito,
una creatividad sin principios que se ilustran por el estilo de vida:
matrimonios sin permanencia, familias sin estabilidad, educación sin base
moral, arte y moda sin estilo y, para terminar, algunas calificaciones que
indican lo siguiente de este artículo, filosofía sin razón, historia sin pasado,
religión sin fe.
El hombre moderno era un peregrino en la senda del progreso hacia el país
prometido. El hombre posmoderno es un turista o un vagabundo, yuppy u
okupa, que callejea por su mundo que tiene apariencia de Disneyland: un
mundo sin sentido, no obstante divertido. Más que nada necesita estas
diversiones, porque sólo ellas dan el sentido a la vida y le ayudan a olvidarse
de su angustia, su vacío y su soledad.
No todo es posmodernismo
El posmodernismo, como lo vimos hasta ahora, es un tipo ideal, un maniquí,
vestido con posmodernismo. Es una combinación de todas sus apariencias
en general. En la realidad del mundo no lo encontramos con esta claridad. La
fuerza sugestiva de la palabra posmodernidad es tan grande que absorbe
fenómenos que de ninguna manera son típicos para nuestro tiempo. Hay
mucha analogía entre el posmodernismo y el sofismo, cinismo y
epicureismo griego, el escepticismo francés del siglo XVIII, la decadencia del
fin du siècle (siglo XIX-XX) y la decadencia alemana (1918-1933). Estos
fenómenos históricos contienen varios elementos que ahora se llaman
posmodernismo.
En cierto sentido posmodernismo es la proyección de la postura de vida de
la vanguardia cultural del tiempo a toda la sociedad. El futuro dirá en qué
medida esta vanguardia haya sido verdaderamente representativa.
Posmodernismo no es la única crítica de la sociedad moderna. Al lado
derecho hay movimientos conservadores que defienden los valores
cristianos y humanistas, al lado izquierdo se encuentran movimientos que
mantienen el optimismo del modernismo por su fe en el progreso moral de la
humanidad, por ejemplo el movimiento de la Nueva Era.


3. Filosofía sin razón
El fin de la metafísica
Los valores del modernismo, radicalizados y anulados por el
posmodernismo, no son cristianos sino humanistas, que tienen su base en
la metafísica. La metafísica es el descubrimiento de que detrás de las cosas
observadas hay un orden, un sistema de ideas, en el cual se refleja lo
esencial de las cosas. Es un orden que podemos deducir sin observarlo. A
continuación, la metafísica es el deseo de conocer y explicar este orden y
estas ideas: el ser, las condiciones que le dan sentido: verdad, razón,
justicia, bondad y belleza, y además las ideas generales como dios, hombre,
alma, vida, animal, flor, etc. El uso de la razón en la metafísica es ambiguo:
Como razón forma parte de ella y como el pensar es el instrumento para
acercarse a ella. Es la escalera para subir al aposento alto de la metafísica y
un mueble del mismo.
La metafísica de Emanuel Kant

La filosofía de Emanuel Kant es uno de los pilares principales del
pensamiento moderno. Por medio de la razón crítica acaba con todas las
ideas religiosas y transcendentales tradicionales porque todo el
conocimiento debe dar cuenta al tribunal de la razón. Sin embargo, antes de
todo, la razón misma debe mostrar su validez, debe venir al conocimiento de
sí mismo. Resulta, según Kant, que la razón no puede salir de la realidad
empírica y que sujeta todas las observaciones a las categorías del pensar.
La consecuencia es que toda la percepción refleja el pensamiento. Las cosas
se adaptan al pensar del hombre. Por ejemplo, el hombre moderno siempre
ve la realidad en las formas de las leyes naturales, pero son leyes inventadas
por su razón. Todos los cambios que observamos reflejan causalidad y
nunca observaremos algo que se mueve sin causa, porque nuestra manera
de pensar es causal. ¿Es posible una metafísica, una cohesión sistemática
de todo el conocimiento, mientras que la razón nunca sala del mundo
empírico? Sí, porque Kant le atribuye la capacidad de concluir, de unir el
conocimiento empírico y el conocimiento racional, por lo cual se produce
una opinión. A base de las opiniones llega a ideas universales: alma
(subjetividad), mundo (objetividad) y dios (unidad y causalidad). Kant no
define el contenido de estas ideas, sino sólo muestra su validez racional,
crea espacio para ellas. Muestra que el límite de la razón está en el punto
donde termina el saber. En este punto hay espacio para la fe. Dice: ‘Debo
debilitar el saber, para obtener espacio para la fe’. Fe en dios y en la
inmortalidad se permiten por la razón crítica, pero no se demuestran por ella.
Sin embargo, hay otro tipo de razón, la razón práctica, que prescribe lo que
se debe hacer y que así establece la moralidad. Las prescripciones no tienen
origen trascendental, sino son, igual que las leyes que observa la razón
teorética, parte del pensar. Resulta que la moralidad se revela por la razón.
Fe en dios y en la inmortalidad surgen necesariamente de esta moralidad
racional, pero al mismo tiempo son limitadas por ella, porque nunca pueden
referirse a ninguna revelación sobrenatural. Religión es el reconocimiento de
las obligaciones morales como mandamientos divinos, así que la fe y la
religión siempre se quedarán dentro de los límites de la razón práctica, es
decir, de la moralidad.


El posmodernismo es la aceleración e intensificación de la razón escéptica
que a partir del tiempo de Kant domina el pensamiento moderno. Duda
profundamente de la posibilidad de la reproducción fidedigna de la realidad
y se propone la des-construcción de todos los sistemas amplios, sean
religiosos, metafísicos o ideológicos. Es decir, por medio de una crítica
radical, inventiva y creativa fragmenta y desplaza las facetas de estos
sistemas, vacía sus conceptos principales y los priva de su legitimidad. Su
escepticismo niega la posibilidad de volver a establecer una nueva
coherencia sistemática de todo el conocimiento. No puede y no quiere saber
el sentido de las cosas.
La crisis de la razón
La consecuencia del escepticismo posmoderno es que la razón misma
pierde su función como criterio universal del conocer. Se convierte en un
instrumento del pensar con un uso local-ocasional-privado que comparte –
más que antes - su autoridad con otras funciones mentales como
imaginación, creatividad y sensibilidad. La des-legitimación de la razón
implica la eliminación de la metafísica y de todos los valores del mundo
moderno basados en ella y a continuación la liquidación de los sistemas
filosóficos e ideológicos. Por la supresión de la metafísica no hay ningún ser
esencial, ninguna verdad absoluta y eterna, ni justicia, bondad y belleza, ni
tampoco ideas intelectuales y morales generales. La vida pierde su sentido a
priori y se hace un proyecto al cual cada persona debe atribuir su propio fin.
Hiperrealismo
La eliminación de la razón significa también la liquidación del hombre como
sujeto que percibe, conoce y da sentido. El realismo del modernismo con su
racionalidad y objetividad se sustituye por hiperrealismo, que,
paradójicamente, es un nominalismo extremo. El hiperrealismo es la
sensación inmediata de la realidad directa, la intensificación de lo
momentáneo y de lo casual que impide la conexión de ella con una realidad
más amplia con más espacio y tiempo. En cierto momento percibe cierta
realidad pero no puede concluir en qué medida esta percepción se explica
por sí mismo o por algo exterior. En esta percepción momentánea e
hipersubjetiva desaparece la distinción esencial entre el sujeto y el objeto.
‘El sujeto ha muerto’, dice el posmodernismo, y con él también la posibilidad
de conocimiento objetivo y fidedigno.
El hombre posmoderno ya no es la persona autosuficiente, el burgués de la
época moderna, que reclama los derechos humanos y que conoce el sentido
de la vida, sino una persona multiforme. Su autonomía se disuelve y se
fragmenta en una existencia múltiple de muchos roles diferentes que
carecen de centro o de jerarquía. La única trascendencia de la existencia
posmoderna consiste en experiencias momentáneas y extáticas.
Lingüística posmoderna
Después de la des-construcción de la metafísica, del sujeto y del objeto no
nos sorprenderemos de que también se des-construya la lengua.
Paradójicamente, empieza con la sobrestimación de los sistemas
lingüísticos, atribuyendo un valor hiperreal a la narración o al texto, como
prefiere decir el posmodernismo. No es ninguna reflexión posterior que
refleja la realidad percibida, sino por su estructura precede a ella y le da su
forma. La realidad se adapta a la lengua. Lengua da realidad a la realidad. Es
un sistema autónomo de señales al cual tanto el autor como los lectores
están sujetos, que construye la realidad por proponer observarla según sus
estructuras. El que habla en el texto no es el autor, ni el sujeto, sino la
lengua misma que determina la forma de la narración. No hay ninguna
posibilidad de contar algo completamente nuevo porque la lengua no
permite esto. No es así que el lector lee (interpreta) el texto sino el texto
convierte al lector en lector.

Después de la sobrestimación de la lengua y el establecimiento de una
realidad hiperreal a base ella, la filosofía posmoderna inicia su des-
construcción por disminuir su capacidad. Niega que sea un instrumento
adecuado para registrar conocimiento fidedigno de una realidad objetiva. La
lengua la sustituye por la que ella misma propone de modo que la realidad
que percibimos es lingüística, consistiendo en narraciones, textos e idioma.
Es una realidad imperativa, porque es la única que existe y a la vez relativa,
porque consiste en muchas formas y ninguna de ellas es tan definitiva que
puede reclamar la verdad absoluta.

Realidad es textualidad, dice el posmodernismo. Significado, interpretación,
lógica, relación causal y estructura no tienen relación con la realidad
objetiva, sino sólo con la realidad lingüística. El texto no se explica por el
contexto (algo que no está en el texto) porque no hay nada fuera ni encima
del texto. Cada texto se precede por otros textos y con ellos forma una red
de intertextualidad. Comunicación es intertextualidad. El autor tiene la
capacidad de producir un texto gracias a otros textos y el lector puede
interpretarlo, gracias también a otros textos. Intertextualidad parece una sala
de espejos en la cual un texto refleja nada más que otros textos. Palabras
son señales y el significado de ellas no se produce por la referencia a cosas
externas, sino por la referencia a otras señales. Una cultura, una religión,
pero también la historia misma son conjuntos de sistemas lingüísticos.


4. Historia sin pasado
Crisis de la historia
El posmodernismo es una señal de que toda la confianza en la historia y en
su destino favorable, tan característica del modernismo, se ha secado. Al
hombre posmoderno sólo le queda un actuar sin sentido y sin esperanza. Es
un ser que vive al día para disfrutar del momento. Las figuras de las
películas le son más familiares que sus propios antepasados. Se ha
separado de la historia pero no experimenta la ruptura. Es un individualista,
sin historia y por eso sin contexto social, sin orientación por el pasado y sin
esperanza en cuanto al futuro, buscando la satisfacción instantánea. Incluso
las noticias diarias se hacen noticias sueltas que sólo confirman el sin
sentido de la historia.
Todas las cosas de este mundo son fenómenos pasajeros, dice el filósofo de
la historia F.R. Ankersmit, y por eso es muy probable que la historia misma
también sea pasajera. Por tanto: si el fin y el final de la historia son
idénticos, entonces el fin de la historia es la aniquilación. Este nihilismo
profundo es el centro de la ocupación posmoderna con la historia. Si la
historia no tiene sentido y si el pasado no tiene capacidad de orientación,
entonces el conocimiento de la historia es superfluo. En la medida que el
ahora todavía debe explicarse por el pasado, se lo entiende como el
resultado de todos los fallos de las generaciones anteriores que manifiestan
la vanidad de sus valores morales y espirituales. La historia ya no es una
herencia que uno debe conservar, sino una ruina que tenemos que hacer
habitable. Así se legitiman los cambios morales más radicales, y la
conciencia histórica es tan débil que ya no ofrece ninguna protección
conservadora contra ellos.

En el tiempo moderno las ideologías se legitimaban por la historia y daban
sentido a ella. El contexto político del posmodernismo es el del fin de las
ideologías. El momento dramático de la caída del muro de Berlín acabó con
la su relevancia y también con la relevancia que daban a la historia. Otro
aspecto del contexto que influye la crisis de la historia en el posmodernismo
es la abundancia excesiva de la información histórica precisamente en un
tiempo que duda el sentido de ella. La profusión aparentemente confirma el
sin sentido porque complica la claridad del juicio histórico en lugar de
favorecerlo. Incluso se habla del fin de la historia, pero resulta que la historia
se acaba por irrelevancia, que la reduce a materia prima de la
cinematografía.

Historicismo y posmodernismo

También la crisis de la historia que señala el posmodernismo, es una
radicalización e intensificación de tendencias modernas. Sobre todo el
historicismo, la profunda conciencia histórica de la segunda parte del siglo
XIX, sin postura religiosa o ideológica definitiva, le atribuyó un valor casi
metafísico por su capacidad de dar sentido a la realidad por medio de la
explicación histórica. Por causa de su indecisión ideológica el historicismo
pudo aliarse con idealismo, positivismo, existencialismo y con las ideologías
militantes así que apenas lo encontramos en forma pura. Su forma más pura
anticipa al pensamiento relativista del posmodernismo: es una conciencia
histórica que se determina por su método (esteticismo) y que se manifestó
como escepticismo profundo. Tiene interés en el pasado ‘por sí mismo’,
dándole una relevancia propia que disminuye su relevancia educativa, pero
en el fondo no tiene otro interés en la historia que conocer e investigarla.
Aunque reduce la realidad a su apariencia histórica, no la ve independiente
de la observación. Sólo por medio del esfuerzo intelectual del observador se
trasforma en una realidad con cohesión y sentido. Por su relativismo y
subjetivismo, el historicismo favorece el amoralismo, pues explica las
normas como productos irracionales del desarrollo histórico. Haciendo esto,
relativiza todos los valores morales o espirituales ya desconectados de sus
raíces espirituales. Los valores sólo le interesan en la medida que hayan
tenido influencia en cierta constelación histórica. La realidad histórica
explica los valores y nunca los valores determinan la realidad.
Los mismos historicistas temieron las consecuencias de sus pensamientos.
No obstante, el historicismo se convirtió en la cosmovisión del humanismo y
del neoprotestantismo del siglo XIX que, tal vez más que el concepto
científico de la realidad, que se desarrolló en el mismo tiempo, ha dominada
el pensamiento burgués de este siglo.



A pesar del contraste evidente entre la profunda conciencia histórica del
historicismo y el desinterés del posmodernismo, hay una continuidad entre
los dos. El escepticismo y relativismo epistemológico y moral del
historicismo ya contiene las mismas dudas con respecto a la posibilidad de
obtener conocimiento fidedigno del pasado. El posmodernismo las radicaliza
y las intensifica por la negación de la realidad y la objetividad del pasado.
Según el posmodernismo la historiografía es anterior a la historia.
Historiografía posmoderna
El posmodernismo reduce todo el pasado y toda la historia a su realidad
textual, así que el mundo y su historia son una construcción lingüística. Una
narración histórica es una (hiper)realidad. Según estas ideas el historiador
construye historia en lugar de reconstruir y representarla, como pretendía el
modernismo. En el fondo historia no es otra cosa que una creación literaria,
ficticia, estética, tan imaginaria como la imaginación y la ficción. El pasado y
la historia ya no son criterios para definir la calidad de la narración porque el
único criterio es estético.

La lengua habla, el autor ha muerto y el lector no puede penetrar en la
realidad tras la narración, dice el posmodernismo. La creación de significado
es impersonal y subjetiva, no depende del autor. Cada persona es su propio
historiador.
Por la eliminación del autor, también se elimina el contexto así que cada
hecho – si todavía podemos hablar de hechos - se convierte en un átomo sin
explicación. Todos los hechos juntos forman un conjunto casual. Según
estas ideas el texto no debe su significado al autor, ni tampoco al contexto
histórico, sino a sí mismo y a otros textos. No explica ninguna realidad
objetiva, sino sólo a si mismo y esto todavía sin pretensión de verdad
absoluta.

Rechazo de la historia

Realidad es textualidad, dice el posmodernismo, realidad histórica también
es textualidad. Esta estetización de la historia degrada a personas y hechos
a textos y narraciones y renuncia a verdad, causalidad y cronología en la
historia y también al juicio objetivo. Hay un rechazo de la historia misma en
la historiografía posmoderna. La descalifican como macro-historia, el
producto del dominio cultural del occidente que impone su concepto
histórico a todo el mundo. Es la historia de los vencedores, hombres,
blancos, un sistema que viola las muchas micro-historias. Posmodernismo
quiere librar la historia de esta macro-historia y de sus métodos y cambiarla
por una historiografía libre, escéptica, creativa, irónica, sin método
profesional.
Aparecen propósitos nihilistas y revolucionarios en estas tesis, pues si la
realidad histórica no es más que una construcción artística, legitimada por la
historiografía, puede ser cambiada con el mismo derecho. Por renunciar a la
capacidad de distinguir entre verdad y mentira, verdad y mito la
historiografía posmoderna niega la capacidad de hacer justicia histórica a
las víctimas. Ni aún puede tomar en serio su sufrimiento. ¿Cuál sería la
consecuencia cuando estas ideas posmodernas se aplicaban a la
jurisdicción?




5. Religión sin fe
Hemos observado el posmodernismo como la aceleración y radicalización
de la crítica y del escepticismo moderno en la filosofía y la historiografía.
También es la aceleración del secularismo. No obstante, no es el fin de la
religión, sino que aparece como el inicio de una nueva espiritualidad.
Religión sin Dios; el fin del teísmo
El proyecto moderno era ‘hacerlo sin Dios’, establecer un control humano
sobre todas las cosas. La teología moderna apoyó este proyecto y permitió
al hombre decidir por sí mismo el contenido de sus creencias a base de la
razón y de los sentimientos religiosos. El clímax del modernismo era la
declaración de la muerte de Dios en el siglo XIX, que tenía su eco en la
teología de la secularización de los años cincuenta y sesenta.

A pesar de que posmodernismo es una radicalización e intensificación del
secularismo moderno, parece que la teología posmoderna es una
moderación del humanismo agresivo y crítico de la teología moderna. Parece
más modesta y más tolerante, por ser menos racionalista, respetando más
las tradiciones religiosas y los conceptos teológicos. Sin embargo, a pesar
de su crítica más moderada, su escepticismo es más profundo. El
modernismo intentó librar la verdad bíblica de la cosmovisión antiguada, de
sus mitos y de su historiografía ingenua, pero estas cuestiones ya no le
interesan a la teología posmoderna. Es radical antiautoritaria y antidoctrinal,
no se sujeta a la autoridad de los criterios premodernos, ni a los modernos.
No se esfuerza para desmitologizar la Biblia, porque sus conceptos
lingüísticos no distinguen entre mito e historia. Permite la paradoja que la
historia bíblica, que si bien no ha acontecido, no obstante, es verdad, y esto
significa que todo el contenido bíblico es mito.
Espiritualidad posmoderna
La religiosidad del posmodernismo renuncia a Dios y al teísmo, pero toma
muy en serio su propia espiritualidad. Rechaza todo el racionalismo y es la
transición de una fe doctrinal (premoderna o moderna) a una fe narrativa,
poética y emocional. Su forma típica es la de ensayos y de talleres en los
cuales des-construye todos los esquemas amplios de religión y de
metafísica. Dios, como explicación y norma final de la existencia, es
sustituido por una trascendencia inmanente, que consiste en momentos
sublimes. Por la eliminación de la historia como realidad objetiva, también se
elimina la historia de la salvación. Incluso la idea de la salvación se sustituye
por el ofrecimiento de nuevas oportunidades. Dogma, doctrina, teología,
antropología, soteriología no tienen más valor que metáforas que pueden ser
sustituidas por otras nuevas, experimentales y visionarios, por
espontaneidad y sensibilidad. Todo esto sin sistema y sin norma. Los
creyentes posmodernos ya no buscan comunión basada en unanimidad con
respecto al contenido de la fe, sino se satisfacen con el acto común de creer
en algo.

Todo esto produce una verdad teológica relacional, relativa y subjetiva. El
creyente posmoderno puede conservar cierta forma de teísmo, sin embargo,
no cree en Dios pero espera que exista y se reserva para sí mismo el
derecho de dar contenido a esta esperanza según sus preferencias. Como
consecuencia admite tipos de teología con uso limitado y particularista que
acaban con la catolicidad de ella: teología de la liberación, teología
feminista, teología ecuménica. Cada creyente puede diseñar su propia fe,
cada corriente su propia teología. La subjetividad y la multiplicidad de la
verdad religiosa permiten un nuevo politeísmo. Por ejemplo: imágenes
femeninas y masculinas de dios sustituyen la idea bíblica de Dios como
Padre y la idea metafísica del dios absoluto. La consecuencia es que la ética
cristiana que se conservó más o menos por el modernismo, también se
fragmenta. La Escritura y la teología ya no pueden tener el mismo mensaje
moral para toda la iglesia.

La espiritualidad posmoderna tiene mucho en común con la de la Nueva Era,
pero la diferencia principal es su pesimista. Por eso que su espiritualidad es
esperanza sin fe y fe sin verdad. La fe ya no es la realidad de lo que se
espera, sino su ilusión. No se basa en verdad, sino en la ilusión de la verdad.
Esta espiritualidad pesimista produce tipos de religión y teología que se
obligan a callar sobre Dios, incluso a borrar su nombre y en esta forma la
encontramos en la existencia posmoderna. Desconfía de toda religiosidad
establecida y la descalifica como hipocresía. Se satisface con tópicos
negativos con respecto a ella y así crea sus propios mitos.
Religión sin objeto; teología narrativa
La teología posmoderna ha perdido su objeto, que es Dios, pero esto no
acontece por causa de que la fe y la teología cristiana hayan perdido por fin
lo último de su verosimilitud. El hombre posmoderno renuncia a Dios,
incluso al concepto metafísico de dios, porque ha perdido tanto su fe como
su incredulidad. Los dogmas ya no son dogmas y la causa no es su propia
inconsistencia, sino porque la fe se ha puesto fuera de servicio. La causa es
la misma radicalización e intensificación del escepticismo moderno que des-
construyó la razón. Este escepticismo des-construye el contenido de la fe, la
fe misma e incluso la incredulidad. Excluye la posibilidad de que la fe pueda
representar verdades religiosas fidedignas. Sólo puede producir verdades
subjetivas, crear su propia hiperrealidad religiosa en forma de narraciones y
textos. La teología se identifica con textualidad, la fe se hace una función de
la imaginación y lengua precede a las dos. El creyente posmoderno se da
cuenta de que crea su propia fe creyendo en ella.
Influencias posmodernas en el mundo evangélico
El pensamiento y la existencia posmoderna ejercen una influencia profunda
sobre la fe, la iglesia y la teología en todas las denominaciones y cada uno
de los creyentes. Hay una sensación amplia de la dificultad de la fe en el
contexto actual, que a veces se expresa como una sensación de crepúsculo
de Dios (Götterdämmerung, Richard Wagner). Muchas veces la teología y la
fe personal no están a la altura de los desafíos de la realidad posmoderna.
Parece que todas las tradiciones se hayan agotado y que también todo el
entendimiento teológico sea provisional. Los sistemas doctrinales
coherentes se sustituyen por eclecticismo, experimentalismo o por la
seguridad artificial del fundamentalismo. Hay una tendencia de sustituir la
unidad doctrinal de las iglesias por preferencias sociales y estéticas. En
lugar de unidad de los conceptos se defiende espacio para la diversidad y la
multiformidad. Liderazgo autoritario y profesional se cambia por un
concepto bajo del ministerio y por la máxima participación de voluntarios. La
fidelidad a la propia iglesia se disuelve en consumismo religioso. El
optimismo con respecto a la diaconía y la misión de la iglesia en el mundo,
fuerte en los años sesenta, se ha agotado. Hay una sensación de un abismo
infranqueable entre el mundo y la iglesia, la sensación de la incapacidad de
predicar el evangelio en el contexto cultural actual. Los creyentes se dan
cuenta de la dificultad de vivir moralmente bien. Ya no pueden delegar la
ética a las ideologías, ni a la ciencia, ni aún a la doctrina.

¿Cómo debe responder la iglesia a los desafíos de la existencia
posmoderna? ¿Debe renunciar a elementos de la doctrina y de la práctica
que se han vuelto un estorbo para la fe de la generación posmoderna, las
verdades absolutas, la ética rigurosa? Las cuestiones señalan el peligro de
sacrificar elementos esenciales al espíritu del tiempo y una ‘iglesia que se
casa con este espíritu, pronto será viuda’, ya dijo el teólogo neerlandés
Hendrik Berkhof.
6. El significado teológico del posmodernismo
El cristiano ha de discernir las señales del tiempo (Mat. 16.3). Hay tiempos de
refrigerio y otros tiempos más difíciles en los cuales los cristianos sufren un
sofoco espiritual y la obra de evangelización parece imposible (Hech.3.16;
1Tim .4.1-2; 2Tim.3.13; 4.3; 2Pedro 3.3; Jud.1.18). Hay tiempos de gracia y
tiempos de juicio. ¿Cómo hemos de valorar el posmodernismo, como un
tiempo de refrigerio, un juicio o sólo un tiempo como cualquier otro, una
apariencia de este mundo que pasará (1Cor. 7.31)?
La primera parte del siglo XX, el tiempo de Miguel de Unamuno y José
Ortega y Gasset, se caracterizó por una sensibilidad profunda, casi
profética, por las condiciones críticas de la cultura occidental y de la iglesia
cristiana. Hubo una conciencia general de crisis de la cultura por causa del
nihilismo moral y espiritual y una igual conciencia de responsabilidad. Tres
voces de la mitad del siglo XX que observaron fenómenos que ahora se
llaman posmodernismo pueden ilustrar este espíritu: El filósofo de la historia
neerlandés, Johan Huizinga (muerto 1944), preocupado por la negación
nihilista de los valores metafísicos (razón, sentido, verdad, justicia) dijo: Una
cultura debe tener una orientación metafísica, o no puede existir. ¿Es
posmodernismo el final de la cultura occidental? En el año 1944 Dietrich
Bonhoeffer (muerto 1945) en sus cartas desde la prisión observa un mundo
sin religión. La religiosidad metafísica de la época moderna, después de
sustituir la fe en el Dios vivo, se había hecho inverosímil a sí misma.
Bonhoeffer busca una fe en Dios sin contaminación por la metafísica y se
pregunta: ¿Podemos hablar sobre Dios sin religión, es decir sin
suposiciones metafísicos y psicológicas características del tiempo? ¿De
verdad la religión (la religiosidad) es una condición de la salvación? En el
año 1945, Helmut Thielicke, teólogo luterano alemán, consta que el
modernismo había producido un tipo de persona insensible para las
preguntas por la verdad, el sentido de la vida y la salvación. Un tipo de
persona sin apoyo, con sólo postura. Según Thielicke el nihilismo moral y
espiritual es el efecto del juicio de endurecimiento por causa de la exclusión
intencionada de Dios del mundo moderno. Por eso que no lo trata como un
fenómeno meramente cultural y filosófico, sino como un problema pastoral,
a pesar de su extensión general.
Conclusiones cautelosas
Es obvio que no es posible una separación radical de la fe cristiana y la
metafísica. No hay salvación por la fe en Cristo que no a la vez explique la
existencia y satisfaga los deseos más profundos del hombre. El
posmodernismo manifiesta que cristianismo sin religión, que buscaba
Bonhoeffer, no puede existir. Sólo produce espiritualidad sin fe, sin razón,
sin criterio y al final sin contenido. Una espiritualidad que a la vez es cínica
por su descalificación de todos los valores, frívola por su experimentalismo
y hedonista por convertir la religión en una diversión más. Para responder al
posmodernismo hemos de mantener el humanismo de la Palabra de Dios
que reconoce la miseria del hombre, su necesidad de salvación y sus
aspiraciones más profundas. Este reconocimiento es más que una
suposición o una coincidencia. Es activo y efectivo, porque precede y
anticipa a las aspiraciones más profundas, precisamente por despertarlas.
Por ejemplo, las bienaventuranzas del Sermón del Monte despierten la sed
de justicia, pureza y paz, la necesidad de salvación y misericordia, al deseo
de conocer a Dios y a continuación responde a estas aspiraciones.

La nueva espiritualidad del posmodernismo de ninguna manera es
arrepentimiento en el sentido neotestamentario de cambio de opinión por
causa de la palabra de Dios, sino endurecimiento. Por eso que el
posmodernismo no es el fin de la incredulidad del modernismo, sino su
intensificación y radicalización. Endurecimiento es el momento en el cual los
argumentos incrédulos se confirman aparentemente por la realidad del
mundo. En la Escritura siempre es un momento de juicio en el cual la causa
y las consecuencias del mal coinciden (Salmo 81.12; Is. 6.10-11; Ap.22.11).


¿Hay futuro después del posmodernismo; hay una posibilidad de una
liberación del mismo? La idea general de la salvación en la Escritura no es la
de una liberación del juicio, sino la de una salvación a través del juicio. Para
nuestra generación significa que no hay vuelta atrás del posmodernismo. La
iglesia ha de pasar por la prueba del mismo, ha de padecer sus tentaciones y
también las consecuencias políticas y sociales de su amoralidad.
Sorprendente y preocupante es que la mayoría de las observaciones
cristianas actuales del posmodernismo sean neutrales o predominantemente
positivas. Lo valoran como un fenómeno histórico neutral, incluso esperan
que la espiritualidad posmoderna sea una oportunidad nueva para la
predicación del evangelio. ¿Cómo pueden valorar positivamente una
corriente cultural que es catastrófica para la moral de nuestro mundo y que
paraliza la iglesia, una espiritualidad que no sólo sustituye el contenido de la
fe, sino también la fe misma? Parece que estas observaciones carezcan del
sentido profético que en la primera parte del siglo XX era común entre los
cristianos y humanistas más sensibles.

Posmodernismo manifiesta la imposibilidad de fundar la fe en algún tipo de
subjetividad, sean los sentimientos religiosos o experiencias espirituales.
Debe tener una base más sólida. Hebr. 11.1 nos ayuda por decir que la fe es
la realidad de las cosas que se esperan y la evidencia de las cosas
invisibles. Las cosas que espera un cristiano son las mismas que las cosas
invisibles. Son las cosas de Dios, incluso Dios mismo. Así entendemos que
la fe es la realidad y la evidencia de Dios.

Posmodernismo para la iglesia no es una cuestión cultural, sino pastoral. Es
una cuestión de la predicación del evangelio al mundo en el cual la función
de fe y de confianza ha cesado. Más que nunca, por las condiciones
especiales de la situación cultural, tenemos que concentrarnos en el centro
del evangelio mismo que es Jesucristo. No hemos de dudar la eficacia del
evangelio, porque es poder de Dios para salvación (Ro.1.16) y, sobre todo,
Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Hebr.13.8). El evangelio
todavía pide arrepentimiento y lo efectúa por despertar y apelar a las
aspiraciones más profundas del hombre, Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mat.5.6).

Posmodernismo reduce la verdad de la Escritura a una narración, pero tal
vez que esta misma narración, la narración relevante de la historia de
Jesucristo y de la vida de los creyentes del Antiguo y del Nuevo Testamento
es la forma más apropiada de la predicación bíblica en el mundo
posmoderno. En este mundo el evangelio ya no es confirmado por
conceptos, valores y normas de una cultura que él mismo ha establecido.
Por eso que ya no tiene sentido de apelar a ellos. Igual que en la iglesia
antigua y en todas las situaciones misioneras, la predicación del evangelio
en el mundo posmoderno tiene que crear su propio espacio, un espacia de
lengua, de comprensión y de experiencia, un espacio donde Cristo es verdad
y realidad y donde la fe es posible. Esto acontece en la predicación narrativa.

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Ponencia en el VIII seminario presencial del CEIBI.
Salou, dic. 2001 Bernard Coster
Publicado en Síntesis (Barcelona 2002)