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Mariana Álvarez Teoría Literaria II
C.I.: 4.522.092-2 Prof: Gustavo Remedi
Licenciatura en Letras Prof: Roger Mirza
17/06/2014

Informe sobre I ntelectuales. Notas de investigación sobre una tribu inquieta de
Carlos Altamirano

Origen y conceptos iniciales
Carlos Altamirano, sociólogo argentino, profundiza en este libro un concepto que ya había
abordado previamente en otros estudios: el del “intelectual”. La noción del intelectual es entendida
y abordada por todo el mundo, sin cuestionársele demasiado su significado o su origen. En esta
nueva edición que Altamirano realiza de su obra publicada en 2006, bajo el título Intelectuales.
Notas de Investigación, decide repasar las ideas y nociones ya estudiadas varias veces por él. En la
obra, va desde el origen del término y las distintas equivalencias que tiene en otros idiomas,
analizando las distintas concepciones que varios teóricos sostienen sobre el tema, hasta llegar a las
ideas propias que el autor desarrolla con respecto a la cuestión.
En el prólogo, Altamirano introduce el tema refiriéndose a los “hombres de ideas”, hombres
que se encargan de establecer definiciones y categorías, siguiendo una “misión” específica que es la
de “obrar como críticos sociales o como moralistas públicos” (Altamirano, 2013:14). Ya en el
primer capítulo, el autor comienza a plantear el problema del nombre, alegando que la palabra
“intelectual” como sustantivo, es relativamente nueva en el idioma español, apareciendo por
primera vez en el Primer diccionario etimológico de la lengua española en 1881, y consolidándose
en nuestra lengua recién a comienzos del siglo XX (17).
Al hablar del origen del concepto, el autor plantea el debate alrededor del “caso Dreyfus”,
ubicado en Francia en el año 1898. Para referirse al caso, el autor cita a Jean-François Sirinelli,
quien estudió el asunto con más profundidad. Durante este acontecimiento, la palabra
“intelectuales” fue empleada por primera vez al referirse a un grupo de personas que defendían la
causa de Dreyfus, “esos intelectuales que se agrupan en torno a una idea y se mantienen
inquebrantables”. Ellos, los “intelectuales”, luchaban por la revisión de dicha causa a través de la
prensa escrita, siendo Émile Zola el primero en abogar a favor del caso. Para referirse al concepto
de “intelectual” en el idioma francés, Altamirano acuña el término clerc, “clérigo” en francés,
planteado por Sirinelli. Estos clercs afirmaron una “autoridad diferente a la autoridad política”,
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autoridad proveniente “de la reputación adquirida como escritor, erudito, científico o artista, y/o
diploma universitario” (18-22).
Lo que Altamirano afirma, y la idea en la que se centra la obra entera, es que la noción de
“intelectual”, como la entendemos hoy en día, pertenece a la modernidad, siendo su mito de origen
el debate del “caso Dreyfus”. Sin embargo, más adelante, en una entrevista que Fernando Bruno le
hizo en el contexto de la publicación de este estudio, Altamirano afirma que el modelo de
intelectual surgido por primera vez durante el ya mencionado debate, constituye solamente una de
las tantas posibles definiciones del problema, debido a que el pensador actual, a pesar de defender
una única verdad, reconoce la existencia de otras verdades distintas a la suya, defendidas por otros
hombres de letras (Bruno, 2013).
En España, el concepto surge con la llamada “Generación de 1898”, quienes se identificaban
con la “idea de la función cívica de las élites culturales”, y en Hispanoamérica el autor menciona a
Rodó, quien con su obra Ariel pretende dirigirse a un público americano intelectual. En Italia el
concepto de “intelectual” recién se instaura después de la segunda posguerra, con los escritos de la
cárcel de Antonio Gramsci, y con la política del Partido Comunista italiano, producido y dirigido a
los intelectuales del país (Altamirano, 2013: 23-27).
Gran Bretaña es un caso aparte, ya que niega la existencia de quienes son llamados
“intelectuales” en su territorio, algo totalmente absurdo de concebir. En este asunto, Altamirano cita
a William Heyck, quien afirma que la “ausencia” de intelectuales en Gran Bretaña se debe a que los
mismos se mezclan con la élite dirigente y no se diferencian de quienes están al poder. Ya a partir
de la Guerra Fría, los intelectuales británicos “eran identificados como un conjunto de categorías
profesionales”. (27-34)
El autor introduce también el concepto de intelligentsia, empleado por primera vez por el
escritor ruso Pëtr Boborykin, y retomado más tarde por Iván Turuénev. El término refiere a
la exigua minoría de literatos y pensadores que, provinieran de la nobleza, de la
burguesía o de categorías sociales más modestas, tenían como condición común el
haber recibido una formación intelectual universitaria aunque no todos completaran
sus estudios. (35)
Siguiendo lo planteado por Turuénev, no entrarían en la definición todas aquellas personas
quienes, por decisión propia o no, quedaron fuera de la educación universitaria. Así como tampoco
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entrarían en el grupo de la intelligentsia los intelectuales que vivieron previamente de la existencia
de la institución universitaria.

El “intelectual” definido por el intelectual
Altamirano establece la correspondencia del intelectual moderno con el sacerdote del
pasado, llamándolo “el sucesor moderno de los profetas”. Define al intelectual como participante
de una especie de “clase ética”, portador de una “misión, sea la de guiar la opinión de su sociedad,
la de subvertir el consenso complaciente, o la de adelantarse a sus contemporáneos indicando el
futuro”. El autor retoma el concepto de clérigo desarrollado por Julien Benda como aquel hombre
letrado sin una función política ni sociológica, sino más que nada con una misión de orden moral.
Según Benda, hoy en día los intelectuales se desvían de esa “misión” original, “sucumbiendo” a lo
que él llama “pasiones políticas”. (37-42)
El autor argentino menciona el trabajo que realiza Jean-Paul Sartre en el campo de los
intelectuales con su obra ¿Qué es la literatura?, señalando que el literato francés define al
intelectual como escritor, y al escritor como intelectual. El escritor/intelectual de Sartre, autónomo
respecto del poder político y religioso, ejerce un papel que conlleva cierta responsabilidad, cierto
compromiso con el lector al que se dirige, compromiso que consta de “inquietar” a la sociedad
sobre sí misma (42-47). Por otra parte, Altamirano también reflexiona sobre las ideas de Edward
Said, quien, a diferencia de Sartre, considera que el intelectual no puede huir de la política. El
intelectual de Said también tiene una misión, la de defender el sentido crítico y negarse a aceptar
fórmulas fáciles, ir en contra del poder y perturbar el statu quo. Said también plantea que el exilio
puede ser la mejor forma de poder analizar de manera más objetiva la sociedad, provocando un
efecto de extrañamiento en el intelectual que sensibiliza su sentido crítico (47-51). En relación con
esto, Michael Walzer desarrolla una teoría basada en el mito platónico de la caverna, en donde
algunos intelectuales hallan a sus pares en el exterior de la caverna, bajo la luz de “la Verdad”,
aunque algunos otros puedan hallarlos dentro, “en la sombra de las verdades contingentes e
inciertas” (52-55).
La conclusión a la que llega Altamirano después de la lectura de estos cuatro pensadores
(Benda, Sartre, Said, y Walzer), es que el intelectual no solo se define por una “misión” o función a
cumplir, sino también por lo que él llama una “conciencia (…), por una representación de su papel
como intelectual” (55).
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Desde un punto de vista económico/marxista del tema, el autor resalta la idea que sostiene
Karl Marx sobre los “ideólogos”, fracción de la clase dominante que se caracteriza por cumplir la
función de la supremacía ideológica, separándose de esta forma de la clase trabajadora (57-62).
Siguiendo esta línea de estudio, Altamirano cita a Karl Kautsky, quien planteó nuevamente la idea
de la intelligentsia, clase que surgió en la separación entre el trabajo manual e intelectual. Según
Kautsky, el surgimiento de este nuevo grupo social dio lugar a una nueva clase media. La
característica de esta nueva clase era el “conocimiento desinteresado”, conocimiento que
teóricamente llevaría al descubrimiento de “la verdad” (63-67). Antonio Gramsci, otro pensador que
Altamirano menciona para desarrollar su teoría sobre los intelectuales, indaga sobre el significado
del término. Según Gramsci, a diferencia de lo desarrollado previamente por Marx, cada clase crea
a sus propios intelectuales, a los que llama intelectuales “orgánicos”, quienes “le suministran a su
clase homogeneidad y conciencia no solo en su función en el terreno de la economía, sino también
en el político y social”. Por otra parte, también existen los intelectuales “tradicionales”, quienes
surgieron en la estructura económica y social anterior, pero igualmente siguen activos en los nuevos
ordenamientos. De igual forma, el autor italiano destaca la “intelectualidad” de todas las
ocupaciones de los hombres, subrayando que es la función en sí lo que distingue a una persona
intelectual de una que no lo es (67-75).
En relación con un estudio más sociológico sobre la cuestión, Altamirano cita las ideas de
Karl Mannheim, quien define a los intelectuales como un grupo social cuya función es la de
suministrar a la sociedad una “concepción general del mundo”. Según la teoría de Mannheim, la
cultura moderna se diferencia de las culturas anteriores en que “la actividad intelectual no es
privilegio de una clase rigurosamente definida, como el clero, sino más bien de un estrato social”.
Este nuevo estrato social se caracteriza por ser más abierto, por permitir la movilización de sus
integrantes, pertenecientes a diferentes clases (77-83). Edward Shils expone otro punto de vista
sociológico con relación al tema, definiendo la función de los intelectuales en la estructura social
como un “engarce entre las aptitudes de una minoría y las necesidades colectivas de actividades
intelectuales”. Los intelectuales, entonces, serían quienes tienen la función de “ayudar” al no-
intelectual a desarrollar sus capacidades preceptivas, imaginativas y reflexivas. Considera que el
poder político y el poder docto tienen que trabajar en conjunto para cumplir esta función (83-88).
Pierre Bordieu desarrolla la teoría sobre una dominación cultural, ejercida por cierto sector
intelectual, la cual establece de forma arbitraria la definición de lo que él llama “cultura legítima”.
Dicho sector es denominado por el teórico francés como campo intelectual, campo situado dentro
de otro mayor que es el del poder (89-98).
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Altamirano cita el artículo sobre los literatos de Voltaire, quienes serían los que los griegos
y romanos llamaban “gramáticos”, aquellos que no solo eran versados en gramática, sino también
en otros campos, como la geometría, filosofía, historia y poesía. Según lo que se entiende del
pensador francés, “el verdadero hombre de letras posee varios terrenos, si bien no puede
cultivarlos todos”. Estos literatos priman la razón sobre todas las cosas, la verdad de los enunciados
se valida en las pruebas de la experiencia (120-121).
El sociólogo argentino decide apoyarse en las distintas definiciones normativas, económicas
y sociológicas de varios pensadores, sobre la misma cuestión, para respaldar su teoría. A pesar de
los distintos campos, épocas y naciones abarcadas, lo planteado por los múltiples intelectuales
coincide en muchos aspectos. El intelectual existe en la sociedad para aportar su saber sobre la
verdad al resto de las personas, para, de alguna forma, “iluminar” el camino de la gente mediante
las letras y el conocimiento docto.

Lugar del intelectual
Citando a varios autores, Altamirano estudia los diferentes antecedentes que podría haber
tenido el intelectual moderno. Para empezar, menciona la idea de que el desarrollo de la escritura
no tiene que ser necesario para la existencia del intelectual, ya que igualmente en las sociedades
ágrafas existen individuos que cumplen funciones intelectuales. Luego señala otra idea que ubica el
origen del intelectual en la alta Edad Media, con el desarrollo de las nuevas ciudades y el
surgimiento de la universidad (107-110).
Más adelante el autor define al adjetivo “intelectual” como el “comportamiento de tales
personas en relación con la esfera pública, es decir, al desempeño de un papel en los debates de la
ciudad”. Señala que hoy en día puede ser directamente relacionado con el título universitario,
aunque el intelectual autodidacta exista todavía y coexista con los diplomados. Altamirano
asimismo alega que a pesar de que el intelectual necesite la relación y la aprobación de sus pares
para existir, el reconocimiento de la opinión pública, de lo que él llama “ese auditorio más
profano”, es igualmente importante para el éxito del docto. Según el autor, “son muy pocos los que
alcanzan reputación en ese doble circuito” (111-116). En otra entrevista que le hicieron sobre la
reedición revisada de su nuevo libro, Altamirano menciona a Beatriz Sarlo, escritora, periodista y
ensayista argentina, como ejemplo de intelectual contemporáneo, ya que reúne ambos aspectos
necesarios para el éxito del pensador moderno: conocimiento adquirido mediante los libros,
mediante la institución universitaria, y también otro tipo de “información” que se obtiene en la
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“calle”. De esta forma, la escritora es popular entre sus pares como también lo es en la esfera de la
opinión pública ("Hay intelectuales que obran como ideólogos de una causa", 2013).
En relación a la institución universitaria, Altamirano la define como el espacio de la
intelligentsia, siendo una comunidad creada por los intelectuales y en donde mantienen contacto
entre ellos (125-126). El autor la especifica como “el centro productor de las profesiones de donde
se recluta la enorme mayoría de aquellos que desempeñan en el espacio público el papel de
intelectuales” (132), aunque más adelante Altamirano dirá que la misma “no abarca todas las
esferas de la vida intelectual” (139). Citando a Alvin Gouldner, el autor expone el concepto de
“cultura del discurso crítico”, que serían aquellas costumbres que distinguen a los intelectuales de
quienes controlan el poder político y el económico. La universidad sería el espacio en donde estas
costumbres críticas son adquiridas (133-135).
Sin embargo, la universidad no es el único lugar en donde las prácticas intelectuales se
llevan a cabo. Altamirano también refiere a otros entornos en los cuales la actividad intelectual tiene
su espacio, por ejemplo, las bibliotecas, las librerías las editoriales, las revistas culturales (que más
adelante llamará “microsociedades intelectuales”), los periódicos, los premios al trabajo intelectual,
etc. (135-140).

Conclusiones
Para concluir, se podría decir que Altamirano, a pesar de que dirige su opinión hacia la idea
de que el concepto de intelectual como persona que defiende una verdad, es una idea bastante
moderna, también acepta las distintas teorías sobre el origen de la noción, señalando que asimismo
dependen de las distintas concepciones que se tengan sobre el término “verdad”. Al hablar del
intelectual hoy en día en la entrevista realizada por Bruno, por lo menos en lo que refiere a
Argentina, indica que existió un resurgimiento del pensador a partir del año 2008,
aproximadamente. Según él, el pensador actual sigue cumpliendo su papel de defensor de la verdad
y la justicia, manteniendo su posición en el espacio social,
(…) posición que por otra parte le es solicitada, ya que muchas veces se los
entrevista y se los interroga para que hablen acerca de cómo marchan las cosas en el
mundo, bajo el supuesto de que pueden decir algo iluminador o didáctico.
Otro punto que menciona Altamirano en dicha entrevista, es el del papel que cumplen los medios de
comunicación hoy en día como creadores de opinión, suplantando el rol que el intelectual tiene
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tradicionalmente. La oposición que existe entre ambas esferas es la de la simplificación por parte de los
medios, y la complejidad en el lado del intelectual, ya que
(…) allí donde reina la simplificación, la obligación del intelectual,
independientemente de cuáles sean sus convicciones, es introducir sentido de la
complejidad, resistir la tendencia a la simplificación y rehusarse al lenguaje de los
estereotipos (Bruno, 2013).


















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Bibliografía
Altamirano, Carlos. Intelectuales. Notas de investigación sobre una tribu inquieta. Buenos
Aires: Siglo Veintiuno, 2013
Bruno, Fernando. “¿Quién escucha al intelectual?” [entrevista con Carlos Altamirano].
Revista Ñ. 27 de agosto de 2013. Extraído el 16 de junio del 2014 de http://www.revistaenie.clarin.
com/ideas/historia/Carlos-Altamirano-entrevista_0_980301977.html
"Hay intelectuales que obran como ideólogos de una causa". La Mañana Neuquén. 26 de
agosto del 2013. Extraído el 16 de junio del 2014 de http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2013/8
/26/hay-intelectuales-que-obran-como-ideologos-de-una-causa_198170