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SOBRE EL ELOGIO DE LA LOCURA, DE ERASMO. UNA LECTURA
Tomado y adaptado de Publicación blog Margarita Álvarez Villanueva


Este año 2012 se cumplen quinientos años de la publicación del Elogio de la
locura,* de Erasmo de Rotterdam. La obra finalizada, en 1509, se editó en
París dos años más tarde. Valorada como el mayor exponente de la obra y el
genio de su autor, príncipe de los humanistas renacentistas, no quiero dejar
acabar el año sin hacerle un pequeño elogio, producto de mi particular
lectura.

El marco de la obra
Como se sabe, el humanismo, constituyó una revolución del pensamiento
que se extendió por la Europa renacentista en los siglos XV y XVI.
Rechazando la herencia del medievo, el humanismo, de homo, hombre,
colocó a este último en el centro de su doctrina, confiando plenamente en
su razón y su capacidad de conseguir a través del cultivo de las letras
clásicas la sabiduría necesaria para entender el mundo.
Sin embargo, Erasmo emprenderá en esta obra una reflexión seria sobre el
concepto de sabiduría que manejan sus contemporáneos, y a través de ella,
realizará una crítica demoledora de la sociedad en que vive. ¿Qué es la

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sabiduría?, se pregunta. ¿Se requiere una gran erudición para alcanzarla
como alegan los preceptos renacentistas? ¿O se trata de algo distinto?
Erasmo tiene ya la respuesta y en razón de ella concibe el plan de la obra.
Dando no solo muestras de una gran lucidez sino, también, de no menor
dosis de humor aborda el tema de la sabiduría a través de la locura o la
necedad, encarnadas en el personaje de Estulticia. De este modo, cuestiona
de entrada la idea tradicional de sabiduría e invita a cambiar de
perspectiva: quizás la sabiduría que se defiende no es tal sabiduría, quizás
la locura o estulticia pueda ser la extrema sabiduría. La locura queda así, de
entrada, revestida de dignidad, sin los bonetes o cascabeles con que se la
representaba en la época. Y Erasmo la pone a hablar y la deja hacer su
propio elogio.

Habla Estulticia
De entrada, ella pide ser escuchada con la atención que se presta no a los
predicadores sino a los charlatanes de feria. Hecha esta petición, empieza a
poner de relieve sus cualidades que, como veremos, no son pocas ni
banales: ¿Qué puede ser más importante que causar el placer de la gente,
liberarla siquiera por un instante de la gravedad de la vida y hacerles reír?
“Soy la única –empieza diciendo- que, cuando quiero, hago reír a los dioses
y los hombres; nada más verme, los hombres desarrugan el ceño y
acompañan su aplauso con una risa amable”. “Mi sola presencia consigue en
un momento aquello para lo que los grandes oradores necesitan un largo y
pesado discurso: disipar las pesadas molestias del espíritu”.
¿No es por esta alegría de vivir espontánea, sin sentido, por la que nos
gustan los niños y los jóvenes? ¿No es esta la alegría que luego va
desapareciendo bajo el peso, aplastante a veces, de los problemas de la
vida? ¿No esperamos que los niños sean despreocupados y sentimos rechazo
por lo general hacia los niños sabelotodos?
¿Por qué siempre se representa a Cupido como un niño? Porque es un
bromista –responde Estulticia- que no dice ni piensa nada al derecho. ¿Y por
qué Venus mantiene intacta su belleza? Sin duda, también por su necedad.
El anciano que chochea –afirma- se ve libre de la angustia que atenaza al
sabio. Ni los niños ni los jóvenes ni los ancianos sienten el tedio de la vida
que atenaza la edad madura. Solo ella, Estulticia, mantiene joven el
espíritu, “detiene el paso fugaz de la juventud e impide el avance molesto

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de la vejez”. Es más, nos recuerda -cómo Homero ya señaló- que no existe
nada en la tierra alegre o placentero sin su intervención.
Por otro lado, la necedad -defiende- desempeña asimismo un importante
papel en la vida social: es la única que une y mantiene unidos a los amigos y
a los matrimonios. Sin ella, no existe ningún tipo de sociedad ni relación
humana agradable y sólida, pues no soportaríamos ni al otro ni a nosotros
mismos. Hace que uno acepte mejor quién es.
Las buenas obras y empresas vienen asimismo inspiradas por Estulticia. Todo
el mundo sabe que ni la filosofía soluciona los problemas de la vida ni la
sabiduría sirve para hacer una buena gestión de los asuntos. Sin embargo, el
insensato adquiere la verdadera prudencia mejor que el sabio porque
mientras este último se refugia en los libros tratando de buscar allí la
respuesta, el insensato lo prueba todo y eso le permite construir una
experiencia. Pues el miedo y el pudor son dos obstáculos que se oponen a
ello, pero la insensatez libera de ambos. “Nada más insensato que una
sabiduría a destiempo, ni nada más imprudente que una prudencia fuera de
lugar” -sentencia.
“Obra mal –prosigue Estulticia- el que no toma las cosas como vienen, el
que se refugia en los libros y no baja a la calle a pasear, el que no quiere
acordarse de aquella norma sabia de los banquetes: o bebes o te vas;
también el que pretende que la comedia no sea comedia”. Es además signo
de hombre prudente no querer sabiduría superior a su condición humana
común, estar dispuesto a hacer la vista gorda y a reírse de sus desaciertos
como todos los demás. “En esto consiste la comedia de la vida”.
Después de leer esto, no se puede pensar que toda locura sea un desastre.
Hay pues, según la obra, dos tipos de locura: “La que envían las furias
vengadoras desde el infierno cuando lanzan serpientes venenosas y asaltan
el corazón de los hombres con la sed de la guerra, la sed inextinguible del
oro, el parricidio, el incesto, el amor prohibido y criminal, el sacrilegio o
cualquier peste”, es decir, esa locura que lleva a la destrucción de la vida
humana y la civilización. Pero hay también una segunda locura que procede
de Estulticia y es deseable por encima de todo: “Aparece cuando el alma se
siente liberada de las preocupaciones y angustias por una especie de
desvarío”. Este desvarío, esta nueva locura proclamada por Erasmo es un
tono nuevo de humor que facilita reírse de uno mismo y lleva al juicio
irónico.

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“Negar esta última locura vacía la vida del hombre, que se ve obligado
entonces a llenar ese vacío con una especie de dios que no ha existido
nunca”.
Un hombre es tanto más feliz cuanto más insensato, siempre que se trate
del tipo de insensatez debido a Estulticia. “Nadie puede vivir sin mí”, dice
la locura. “Estoy convencida de que por doquier soy venerada con la
devoción más sincera, ya que todos los hombres me llevan en sus corazones,
me manifiestan en sus costumbres y me imitan en sus vidas”.
Después de estas palabras, Estulticia termina diciendo:
“Se ha hecho el elogio de la estulticia: bebed, vivid”.

Conclusiones
Aunque Erasmo hace desfilar ridículamente a poetas, filósofos, escritores,
reyes, cortesanos, clérigos, papas…, su Elogio no es un pasatiempo frívolo ni
una burla de la condición humana, si bien mantiene el tono de humor todo
el tiempo.
En una carta dirigida al teólogo humanista Martin Dorp, Erasmo explica que
al escribirla ha seguido los consejos de Quintiliano y de Cicerón, quienes
sostenían que el placer captura mejor la atención del lector y la mantiene.
Por eso ha tratado las verdades con humor sin apuntar a herir ni a ofender.
Se ha limitado a subrayar lo que hay de absurdo o de cómico en el hombre,
no lo repugnante, pero al hacerlo –añade- “toco cosas serias y oriento en lo
que creo que la gente debe de oír”.
Y ¿qué cosas son estas que Erasmo quiere que escuchemos? ¿Que saber vivir
es más importante que la tan idealizada sabiduría? ¿Que no se aprende a
ello en los libros? ¿Que este saber vivir no tiene que ver con encontrar el
sentido de la vida sino más bien con aprender a aceptar su falta de sentido
con humor? Esta es la lectura que propongo. Y de ello podemos deducir que
estar contento solo tiene que ver con saber disfrutar de la vida y no con que
todo vaya bien. Y que cada uno tiene que descubrir lo que le hace sentir
bien, que con frecuencia no es algo demasiado relevante socialmente ni por
supuesto esencialmente productivo.
Me parece que la importancia de la obra de Erasmo no radica en que
constituya el manual que nos falta sobre cómo vivir. Apunta a que no son las
grandes cosas de la vida las que nos hacen sentir bien, sino esas pequeñas
cosas de cada uno que escapan a la homogeneización que sufrimos al vivir

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en sociedad y que sostenerlas, defenderlas, requiere conocerlas,
reconocerlas como el propio grano de locura, amarlo. No se ama tampoco a
nadie si no se acepta el suyo.
(*) Erasmo: Elogio de la locura. Madrid: Alianza Editorial, 2006. Todas las
citas que hay en el texto están tomadas de la obra.