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El perdón en la psicología cristiana
Robert C. Roberts
Profesor de Ética
Baylor University
El perdón de herencia cristiana es una respuesta a una ofensa real y culpable una respuesta a una ofensa real y culpable
contra el perdonador que, motivada por buena voluntad hacia el ofensor,
renuncia al enojo hacia él a la vez que reconoce la realidad y culpabilidad
de su ofensa. El perdón plenamente cristiano es, además, informado por
un reconocimiento del pecado del ofendido y del perdón divino mediante
el sacriicio de Cristo por todo pecador. Los dos tipos de perdón se derivan
del cristianismo, y el perdón no ha sido valorizado en muchas otras cosmo-
visiones. Estudios cientíicos han mostrado efectos saludables del perdón y
la eicacia relativa de entrenamiento en el perdón motivado por interés pro-
pio o por empatía con el ofensor. Estos estudios han tratado del perdón de
herencia cristiana, pero se podría investigar también el perdón plenamente
cristiano. La ciencia depende de la ilosofía y la teología para saber qué es
el perdón.
Palabras clave: perdón, cristiano, psicología, ciencia
Christian inheritance forgiveness is a response to a real, culpable offense
against the forgiver which, motivated by good will for the offender, forfeits
anger at him while recognizing the reality and culpability of his offense.
Fully Christian forgiveness is, besides, informed by recognition of the vic-
tim’s sin and of God’s forgiveness through Christ’s sacriice for all sinners.
Both kinds of forgiveness derive from Christianity, and forgiveness has not
been valued in many other worldviews. Scientiic studies have shown healthy
effects of forgiveness and the relative eficacy of training in forgiveness mo-
tivated by self-interest or by empathy with the offender. These studies have
dealt with Christian inheritance forgiveness, but fully Christian forgiveness
could also be investigated. Science depends on philosophy and theology to
know what forgiveness is.
Key words: forgiveness, Christian, psychology, science
INTRODUCCIÓN
El perdón se ha vuelto un tema importante en la psicología
profesional, después de años de relativa marginación (posible-
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mente debido a su asociación con la cristiandad). Actualmente
muchos terapeutas lo toman en cuenta, y cada vez más es objeto
de investigación empírica y discusión teórica.
De una forma general, el concepto del perdón está ampliamen-
te difundido por la cultura occidental y no es la posesión privada
de la iglesia. Sin embargo, a continuación, partiendo de un análi-
sis de qué es el perdón, se argumentará que el perdón es un con-
cepto nativo al cristianismo. Luego se considerará el papel que la
ciencia puede jugar en nuestra comprensión del perdón, y se dirá
algo sobre los límites de ese papel y cómo ese papel requiere del
complemento de disciplinas conceptuales como la ilosofía y la
teología.
EL PERDÓN COMO CONCEPTO
PSICOLÓGICO CRISTIANO
Empiezo con una descripción analítica del perdón. Como he-
rederos de nuestra cultura moral, todos tenemos un concepto in-
tuitivo del perdón, y mi descripción es un intento de articular ese
concepto. Aventuro que para la mayoría de la gente de nuestra
cultura, si no para todos, sean cristianos o no, el concepto del
perdón proviene de la tradición cristiana. Es una herencia cultural
del cristianismo.
El análisis tiene tres partes. Primero, el perdón es una respues-
ta a una ofensa real y culpable contra el que da (o debe dar) el per-
dón. Para ser culpable, la ofensa tiene que ser intencional o culpa-
blemente negligente (algo que el ofensor podía evitar, pero no lo
hizo). La ofensa tiene que ser real también, y no solo aparente. Si
pienso que alguien me ha insultado, pero en realidad me ha hecho
un cumplido (entendí mal una palabra clave), entonces esto no
es un contexto para perdonar. Más bien, es uno que requiere que
la “víctima” comprenda que no hubo ofensa; y tal comprensión
no es el perdón. Además, la ofensa tiene que ser contra la misma
persona que perdona. Yo no puedo perdonar a alguien por ofender
a otro; sólo el ofendido lo puede hacer.
Hablamos aquí en términos de la intencionalidad. El perdón es
una respuesta psicológica a una situación de la índole que he plan-
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teado. Por supuesto, frecuentemente nos equivocamos, pensando
que hubo ofensa cuando no hubo ninguna, que una ofensa fue
culpable cuando no lo fue, que la ofensa se hizo contra mi persona
cuando no fue así, etc. En tales casos, uno podría perdonar equi-
vocadamente, sin que la situación sea de la índole que lo requiere.
Sin embargo, para que el “ofendido” perdone, desde el punto de
vista psicológico, debe creer que hubo ofensa del tipo mencio-
nado. Y si, habiendo perdonado en respuesta a una comprensión
equivocada de la situación, después se da cuenta del malentendi-
do, retractará su respuesta de perdón. Esta retractación demuestra
que su concepto del perdón es como se ha descrito hasta aquí.
Segundo, la respuesta que llamamos perdón es una detención
o aborto del enojo y sus dimensiones al mismo tiempo que el per-
donador sigue juzgando que la situación es como ya se ha especi-
icado. El enojo es una emoción en la que vemos al ofensor como
odioso y queremos que sea castigado. En la justicia estricta, el
que ha cometido una ofensa real y culpable contra otro merece el
enojo. (Él mismo puede manifestar esto teniendo remordimientos
de consciencia; tales remordimientos se parecen al enojo, pero se
dirigen contra uno mismo.) El perdonador posiblemente empieza
enojado –viendo al ofensor como odioso y deseándole algún mal–
y luego, por un proceso psicológico, deja de verlo de esta manera;
o la víctima puede perdonar sin pasar por semejante proceso psi-
cológico. En todo caso el perdón consiste en juzgar que el ofensor
es culpable y, no obstante, no guardarle el rencor que merece. De
modo que, el perdón es una forma espiritual de la generosidad, es
decir, de darle a alguien mejor que lo que merece.
El punto tercero y inal en la descripción del perdón se des-
prende de este asunto de la generosidad. No atribuimos la genero-
sidad a alguien solo porque regala algo de valor. Considérese, por
ejemplo, a una persona que tiene una buena bicicleta en su garaje
pero no la usa y es demasiado perezoso para venderla. Deseando
librar espacio en su garaje, pone la bicicleta en la calle para que
alguien se la lleve. No la consideramos generosa, porque actúa
motivada solo por su pereza y su conveniencia propia. Para mos-
trar generosidad, tendría que ser motivada, por lo menos en parte,
por el pensamiento de que a alguien le gustaría tener la bicicleta;
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es decir, debe ser movida por la buena voluntad hacia el receptor
de su “regalo”. Similarmente, uno que renuncia a su enojo contra
un ofensor, pero no lo hace de modo alguno para beneiciarlo, no
satisface nuestro concepto del perdón. No ha perdonado a menos
que su renuncia al enojo sea motivado por buena voluntad hacia
el ofensor.
¿Es cristiano este concepto que acabamos de analizar? Sí, y no.
Lo que se acaba de delinear se podría llamar perdón de herencia
cristiana, pero no es el pleno concepto cristiano del perdón. Este
involucra, además, una estructura conceptual y de motivación for-
mada por la narrativa cristiana. Cuando el cristiano perdona, lo
hace con un fondo de entendimientos y suposiciones acerca de la
universalidad del pecado y el perdón amoroso de Dios expresado
en el sacriicio de Jesucristo por los pecadores. El cristiano juzga
que su ofensor merece el enojo, pero no se considera en condición
de condenarlo, porque él mismo es un pecador tan necesitado de
perdón como su ofensor. Además, para el cristiano su perdón es
una imitación de Dios y una expresión de su pertenencia al cuerpo
de cristo, la comunidad de los perdonados y redimidos. Sin estos
entendimientos, el perdón no es completamente cristiano. No digo
que cada vez que un cristiano perdona toda esta concepción moti-
vadora entre plenamente en juego; pero sí lo hará en los ejemplos
más perfectos del perdón cristiano.
Así que, hay dos conceptos psicológicos que se pueden llamar
perdón, y los dos se pueden llamar cristianos también, pero en
sentidos diferentes. Son perdón porque tienen en común los tres
elementos identiicados en el análisis ya dado, y son cristianos
porque ambos provienen del cristianismo. Uno es un vestigio del
otro, lo que resta cuando se le quita la teología.
¿Con qué justiicación podemos llamar cristiano al perdón de
herencia cristiana? La mayoría de los que han escrito sobre el per-
dón aparentemente piensan que es un concepto universal entre
los seres humanos, y no la propiedad de alguna cosmovisión o
religión particular. Pero hay razón, histórica y conceptual, para
dudar de su universalidad.
Consideremos, en primer lugar, la alta cultura de la Grecia an-
tigua. Los trágicos griegos se preocupaban de los ciclos de ven-
101
ganza, un problema social para el cual el perdón nos parece una
solución obvia. Sin embargo, según mis colegas especialistas en
la literatura griega clásica, entre todos los escritos de los griegos
no aparece en ninguna parte el tema del perdón, mucho menos
una recomendación a perdonar. La solución preferida de los trá-
gicos era la ley como medio de limitar la venganza. Hallamos
un ejemplo claro del perdón en la literatura griega, la renuncia
de Aquiles a su enojo contra la casa de Príamo, motivada por la
compasión sentía por el viejo Príamo (Ilíada, Libro 25). Tal vez
la actitud de Sócrates hacia el tribunal que lo condenaba sea otro
ejemplo (Platón, Apología), pero si Sócrates era estoico, como
pensaban los estoicos, su actitud no puede ser el perdón. En todo
caso, ninguno de estos casos aislados ejempliica un tema, como
lo hacen los casos del perdón en el Nuevo Testamento.
Si miramos la Biblia hebrea, hallamos las semillas de tal tema.
En los profetas el perdón de Dios hacia su pueblo es un tema
bastante destacado, pero hay mucho menos sobre el perdón entre
seres humanos. Otra vez, hallamos casos de perdón interpersonal
(Esaú perdona a Jacob, Génesis 33; José perdona a sus hermanos
por venderlo a la esclavitud, Génesis 45). Además, en Levítico
19:18 hallamos un mandamiento a Israel: “No te vengarás, ni
guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo
como a ti mismo”, y poco después otro que ordena: “Como a un
natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros,
y lo amarás como a ti mismo” (19:34). Esto tal vez sugiere que
el mandamiento del versículo 18 se aplica en todas las relaciones
humanas. Pero no es hasta el Nuevo Testamento que encontramos
el perdón interhumano como un tema plenamente desarrollado.
Así, hay base histórica para pensar que el concepto del perdón
es sujeto al desarrollo cultural e histórico, y que no es una dote
humana general y natural.
Nuestra descripción analítica del perdón también da razones
de pensar que el concepto del perdón no aparecerá en toda cultu-
ra o cosmovisión. Puede ser que cada cultura desarrolle medios
de manejar el enojo, pero no todo medio de este tipo involucra
perdón. Por ejemplo, la noción estoica del mal parece reñir con
el requisito de que la ofensa sea concebida como real, ya que los
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estoicos creen que lo que la gente llama ofensas en realidad no
es dañino a los “ofendidos”. Quien sufre daño es el ofensor, pues
se maniiesta como vicioso, y lo único que puede hacerle mal a
alguien es su propia falta de virtud. Los estoicos recomiendan
desarraigar el enojo, pero no a través del perdón. Ellos pensarían
que el perdón es una expresión de vicio, o al menos de mal juicio,
porque supone que la ofensa es genuinamente perjudicial.
Por lo mismo, las religiones que estiman los acontecimien-
tos en este mundo como ilusorios no pueden tener un concepto
del perdón. Similarmente, las cosmovisiones fatalistas parecen
excluir la responsabilidad humana y, así, la culpabilidad, otra
condición para el perdón. Si nadie puede ser culpable, el perdón
no tiene sentido. A Shantideva (687-763), maestro budista, se le
atribuye la siguiente enseñanza: “Es natural que los inmaduros
hacen daño a otros. Enojarse con ellos es como resentir que el
fuego arda”. Claramente, no tiene sentido perdonar un fuego por
arder. De la misma manera no tendría sentido perdonar al inma-
duro que le hace daño a uno. Si damos por sentado que el maduro
no haría mal a nadie, no parecería haber lugar para el perdón.
Algunas versiones del budismo airman que la identidad personal
e individual es una ilusión, pero el perdón, tal como lo hemos
desglosado, presupone la realidad tanto del ofensor (de modo que
él puede ser responsable de su ofensa) y del ofendido (de modo
que él puede dar perdón). Las religiones que tienen una doctrina
de karma parecen ser incompatibles con el perdón de todavía otra
manera. Quien toma en serio la doctrina del karma cree que la ra-
zón verdadera de sus problemas, incluyendo las acciones de otros
que le podrían enojar, son sus propias acciones. De nuevo, esta
manera de pensar es ciertamente un camino para mitigar la ira,
pero no es perdón y, de hecho, excluye el perdón, el cual requiere
juzgar como seria la ofensa cometida por el ofensor.
Las perspectivas que excluyen el amor o la generosidad tam-
poco pueden admitir el perdón. Como dice Robert Emmons: “Una
cultura que enfatiza los derechos individuales y la justicia estricta
no será hospitalaria al concepto del perdón”.
1
Podemos especu-
1
Robert Emmons, “Personality and Forgiveness”, en Michael McCullough,
Kenneth Pargament y Carl Thoresen, eds., Forgiveness: Theory, Research, and
Practice (Nueva York: The Guilford Press, 2000): 172. Esta podría ser otra razón
por la que los psicólogos han sido lentos para explotar el perdón.
103
lar que un factor que impidió que los griegos antiguos vieran el
perdón como solución del problema de la venganza cíclica fue su
suposición de que los requisitos de la justicia eran absolutos. El
perdón transciende la justicia, y en algunas culturas esto puede
parecer inmoral.
Así que la estructura lógica del perdón nos ayuda a entender
que no cualquier cultura o ilosofía de la vida puede hallar lugar
para el mismo. Una apreciación de la variedad de los conceptos
del mal, de la agencia humana y la responsabilidad y del orden
relativo de los valores (la justicia en comparación con la generosi-
dad y el amor) nos convence que el concepto canónico del perdón
no es algo universal. El cristianismo y el judaísmo, en cambio,
proporcionan una cosmovisión que encaja perfectamente con el
perdón: las personas son reales, son responsables de muchas de
sus acciones, el daño que pueden hacerse unos a otros es serio,
y la justicia, por importante que sea, puede ser sobreseído por el
amor. Los que escriben sobre el perdón suelen compartir estas su-
posiciones metafísicas, y esto quizá explica porque tantos piensan
que todo el mundo comparte la idea de que el perdón es bueno.
Además de estos conceptos metafísicos generales, el cristianismo
declara que Dios es perdonador y que el Hijo de Dios se ha dado
en sacriicio por nosotros los pecadores (y somos todos pecado-
res; así que nadie está en condición de condenar a otro). Es decir,
estamos rodeados por todos lados por el perdón, porque vivimos,
nos movemos y existimos en un Dios que perdona.
PARA ENTENDER EL PERDÓN:
LOS PAPELES DE LA CIENCIA Y SUS LÍMITES
Consideremos ahora la pregunta de qué podría la ciencia con-
tribuir a este recodo de la psicología cristiana. En principio nos
interesa lo que puede enseñarnos acerca del perdón de herencia
cristiana y el perdón plenamente cristiano, pero la mayor parte de
las investigaciones trata del perdón como herencia cristiana o algo
parecido, de modo que nos enfocaremos en esto. Sin embargo, al
inal del artículo sugeriré un proyecto que aplicaría la ciencia al
perdón plenamente cristiano.
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Empiezo con una observación sobre el desglose del perdón
expuesto en la primera parte del artículo. Probablemente lo expli-
cado allí ya lo sabíamos. Al preparar este ensayo, invertí trabajo
para hallar una buena forma de articular lo que yo sabía acerca del
perdón. Pero antes del esfuerzo, ya lo sabía; no tuve que consultar
estudios empíricos, datos, diccionarios ni otra fuente semejante.
Tenía el concepto, e hice el ejercicio ilosóico de dividirlo en par-
tes o aspectos nítidos y de presentar las partes con ilustraciones.
El esfuerzo no fue tanto para impartir nuevo conocimiento, sino
para clariicar el conocimiento que ya teníamos. Esto ha sido la
meta de la ilosofía desde Platón, y en esto la ilosofía se diiere
de la ciencia. Supongamos que este esfuerzo para explicar el per-
dón ha sido exitoso, más o menos. Entonces, sabemos lo esencial
acerca del perdón sin echar mano de la ciencia.
¿Qué es la ciencia, y cómo se aplica al perdón y fenómenos
psicológicos similares (gratitud, esperanza, felicidad, humildad)?
Es una actividad empírica de correlacionar cantidades variables
–de establecer asociaciones entre las cosas. Parece que lo que les
interesa de veras a los cientíicos, cuando buscan estas correlacio-
nes, son relaciones causales, y que con respecto a una acción o
proceso como el perdón dos clases de relaciones causales son de
interés: los efectos que el perdón causa, y las causas que efectúan
el perdón.
Efectos del perdón
Principiemos con algunos estudios de los efectos del perdón.
Everett Worthington y Michael Scherer han escrito un artículo
que resume una gran parte de la literatura cientíica sobre cómo el
perdón afecta el bienestar humano.
2
El concepto del perdón trata-
do en los estudios es el que hemos llamado de herencia cristiana,
y no el perdón plenamente cristiano. Worthington y Scherer son
apropiadamente cautelosos acerca de la fuerza de la evidencia
para su hipótesis, pero la evidencia que han juntado sugiere que
2
Everett L. Worthington Jr. y Michael Scherer, “Forgiveness Is an Emotion-
Focused Coping Strategy That Can Reduce Health Risks and Promote Health Re-
silience: Theory, Review, and Hypotheses”, Psychology and Health 19/3 (junio
2004): 385-405.
105
el perdón contribuye a varios procesos isiológicos saludables. Es
una manera –entre varias– de reducir el enojo y así efectuar una
reducción de procesos que pueden, en el transcurso del tiempo,
afectar adversamente la salud física. Las correlaciones que citan
Worthington y Scherer sugieren que el perdón reduce, de niveles
indicando estrés, la velocidad del latido del corazón, la tensión ar-
terial, la conducción de la piel y la electromiografía facial. Hacia
el inal del artículo también citan estudios que indican que el per-
dón contribuye a la reparación de relaciones interpersonales, así
aumentando la cantidad y la calidad de las redes de apoyo social
del perdonador, y que coadyuva a la estabilidad matrimonial.
Causas del perdón
Veamos ahora la ciencia que estudia qué factores producen el
perdón. Hace unos pocos años la Templeton Foundation comi-
sionó a Michael McCullough, Julie Exline y Roy Baumeister a
compilar una bibliografía anotada de la investigación cientíica
sobre el perdón.
3
Varios de los artículos que ellos resumieron tra-
tan de la eicacia de las intervenciones diseñadas para promover
el perdón. En este tipo de estudio el cientíico busca correlaciones
entre el procedimiento terapéutico o educativo y la realización
del perdón en los sujetos a quienes se les aplicó el procedimiento.
Las correlaciones halladas en los estudios de Robert D. Enright
y sus colegas sugieren que los programas de entrenamiento en el
perdón, aplicados individualmente o en grupos, y aun por perío-
dos de corto tiempo, contribuyen causalmente al perdón. Parecen
contribuir también a la disminución de problemas psicológicos
(ansiedad, depresión, enojo, duelo), pero no lo hacen más que
otras clases de intervenciones.
4
Un estudio de McCullough, Wor-
thington y K. C. Rachal parece mostrar el valor del entrenamiento
3
Una versión condensada de la bibliografía se halla en Everett Worthington
Jr., ed., Dimensions of Forgiveness: Psychological Research and Theological
Perspectives (Filadelia y Londres: Templeton Foundation Press, 1998): 193-
317.
4
Véase, por ejemplo, S. R. Freedman y R. D. Enright, “Forgiveness as an
Intervention Goal with Incest Survivors”, Journal of Consulting and Clinical
Psychology 64 (1996): 983-92.
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en la empatía como un elemento del entrenamiento en el perdón,
y así (se supone) la inluencia de la empatía en la realización del
perdón.
5
Worthington ha hecho estudios que comparan lo que se puede
llamar un acercamiento generoso al perdón (la “condición basa-
da en la empatía”) con un acercamiento egoísta (la “condición
basada en el beneicio propio”).
6
Explotando el hecho de que el
perdón trae beneicios al perdonador, poniéndolo más tranquilo,
aumentando la calidad de su vida social, mejorando su salud, etc.,
Worthington enseñó a un grupo de personas cómo dejar su enojo y
las motivaba a practicar las técnicas apelando a su interés propio.
A una parte de este grupo le dio una capacitación de una hora, y
a la otra parte una capacitación de ocho horas. Luego, partien-
do de otra verdad acerca del perdón, que involucra el elemento
de generosidad que ya hemos notado, enseñó a otro grupo cómo
perdonar, motivándolo con razones más altruistas, por ejemplo
que el ofensor necesita perdón y restauración, y con esfuerzos de
comprender la forma de pensar del ofensor, tratando de imaginar-
se por qué razones el ofensor cometió la ofensa. A algunos sujetos
de este grupo les dio también un curso de una hora, y a los demás
uno de ocho horas. Worthington comenta que entrenar a la gente
en el perdón generoso “es un reto. Cuando la gente está enojada,
resentida y amargada hacia alguien, lo último que quiere es hacer
algo amable para esa persona”.
7
Los resultados de estos estudios son interesantes desde el pun-
to de vista de la psicología cristiana. Worthington descubrió que
las personas que recibieron solamente una hora del entrenamiento
en el perdón progresaron más con el acercamiento egoísta que
con el acercamiento generoso. En la capacitación de una hora los
del entrenamiento egoísta no solo mostraron más adelanto inme-
diato, sino que también lograron el doble del perdón duradero en
comparación con los que recibieron el entrenamiento altruista. En
5
Michael McCullough, Everett Worthington Jr. y K. C. Rachal, “Interper-
sonal Forgiving in Close Relationships”, Journal of Personality and Social Psy-
chology 73 (1997): 321-36.
6
Everett Worthington Jr., Forgiving and Reconciling (Downers Grove, Il-
linois: InterVarsity Press, 2003): 23-27.
7
Ibid., 25.
107
los cursos de ocho horas los resultados fueron muy diferentes. La
gente con ocho horas de entrenamiento en el perdón egoísta no
se volvió más perdonadora que la gente con una hora del mismo
entrenamiento, pero los de ocho horas del entrenamiento genero-
so alcanzaron aproximadamente el triple del perdón que los del
programa egoísta. Y varias semanas después del entrenamiento,
los de la condición generosa perdonaban cinco veces más que los
de la condición egoísta.
Worthington está de acuerdo con la idea de que el perdón ne-
cesariamente involucra benevolencia hacia el ofensor. Pero si así
es, el entrenamiento en el “perdón” motivado completamente por
interés propio estará en conlicto con el concepto mismo del per-
dón. El instructor usará, sin duda, la palabra “perdón” durante el
entrenamiento, y los alumnos, miembros de una cultura que cono-
ce el concepto del perdón, harán las asociaciones, de una manera
vaga, con la benevolencia involucrada en el concepto. Así, se les
enseñará a ser benevolentes por amor al interés propio –un men-
saje confuso. Desde el punto de vista de la psicología cristiana, no
sorprende que ocho horas de este entrenamiento confuso no haga
más perdonadora a una persona que una hora del mismo. En cam-
bio, la diicultad de lograr que los sujetos sintieran benevolencia
hacia su ofensor explicaría la eicacia mayor de ocho horas, en
comparación con una hora, del entrenamiento en el perdón gene-
roso. Si el terapeuta logra que la víctima renuncie a su enojo por
benevolencia hacia su ofensor, entonces hay perdón genuino, y
una probabilidad mucho mayor de un cambio duradero en la acti-
tud de la víctima hacia el ofensor.
En esta discusión de la ciencia del perdón, hemos hablado solo
de la clase de perdón que hemos llamado de herencia cristiana,
porque la mayor parte de la ciencia sobre el perdón trata de ella,
y no del perdón plenamente cristiano. Sin embargo, el título del
artículo habla del “perdón en la psicología cristiana”, y voy a ter-
minar con una sugerencia para un poco de trabajo cientíico sobre
el perdón netamente cristiano.
Un psicólogo cristiano con formación cientíica podría empe-
zar con algunos pasajes de la Escritura sobre el perdón y desarro-
llar una intervención psicoterapéutica basada en ellos. Algunos
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textos apropiados serían Mateo 5:21-26, 43-48; 18:15-22; y Colo-
senses 3:12-17. La intervención podría involucrar ejercicios como
pensar en el ofensor como uno por quien Cristo murió, orar por
el ofensor, pensar en ocasiones cuando uno mismo ha actuado de
manera muy similar a las ofensas de él, pedir al Señor el poder
de perdonar al ofensor, dar gracias a Dios por el perdón que uno
mismo ha recibido por Cristo, visualizar cómo sería estar recon-
ciliado con el ofensor, contemplar las ventajas de perdonar para
la iglesia, el reino de Dios y el ofensor, etc. Parecería que tales
ejercicios promoverían el perdón, y el perdón fomentado proba-
blemente tendría los rasgos distintivamente cristianos. Para el di-
seño de las intervenciones, tal vez se hallaría ayuda en los escritos
de los grandes consejeros cristianos como Gregorio el Grande y
Richard Baxter.
Luego se podría hacer algunos estudios controlados, variando
la intervención para descubrir la versión más eicaz. Se podría
también compararla con otras intervenciones, por ejemplo, la in-
tervención “secularizada” de Enright y sus socios.
8
Se podría divi-
dir un grupo de cristianos en dos, dar la intervención secular a una
parte, y a la otra la cristiana, y comparar los resultados. Luego se
podría hacer lo mismo con un grupo de no cristianos. (Para usar
la intervención cristiana con los no cristianos, sería necesario ha-
llar sujetos dispuestos a suspender su incredulidad para el estudio,
tratando las creencias cristianas como material para fantasía, y se
tendría que explicarles las creencias cristianas lo suiciente para
que pudieran usarlas en la fantasía.) Estoy seguro que los cientí-
icos cristianos podrían idear muchas otras cosas interesantes que
hacer con la intervención cristiana.
8
Véase R. D. Enright, S. Freedman y Julio Rique, “The Psychology of Inter-
personal Forgiveness”, en R. D. Enright y Joanna North, eds., Exploring Forgive-
ness (Madison: University of Wisconsin Press, 1998): 46-62.