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HISTORIA DE LA ARQUITECTURA

(ENCARTA)
Arquitectura, arte o la ciencia de proyectar y construir edificios perdurables. Sigue
determinadas reglas, con objeto de crear obras adecuadas a su propósito, agradables a la
vista y capaces de provocar un placer estético. El tratadista romano Vitrubio fijó en el siglo
I a.C. las tres condiciones básicas de la arquitectura: Firmitas, utilitas, venustas
(resistencia, funcionalidad y belleza). La arquitectura se ha materializado según diferentes
estilos a lo largo de la historia: gótico, barroco y neoclásico, entre otros. También se puede
clasificar de acuerdo a un estilo más o menos homogéneo, asociado a una cultura o periodo
histórico determinado: arquitectura griega, romana, egipcia. El estilo arquitectónico refleja
unos determinados valores o necesidades sociales, independientemente de la obra que se
construya (casas, fábricas, hoteles, aeropuertos o iglesias). En cualquier caso, la
arquitectura no depende sólo del gusto o de los cánones estéticos, sino que tiene en cuenta
una serie de cuestiones prácticas, estrechamente relacionadas entre sí: la elección de los
materiales y su puesta en obra, la disposición estructural de las cargas y el precepto
fundamental del uso al que esté destinado el edificio.
La arquitectura vernácula, de la que no trata este artículo, se caracteriza por no seguir
ningún estilo específico, ni estar proyectada por un especialista, sino que se construye
directamente por los artesanos y normalmente utiliza los materiales disponibles en la zona.
Materiales de construcción
Construcción
Cuando los materiales se disponen en vertical y todas las cargas trabajan a compresión, la
estructura es bastante estable, como en el caso de los muros. El mayor problema aparece al
cubrir un espacio creado entre dos muros. Las dos soluciones básicas son el sistema
adintelado (compuesto por columnas, pilares y dinteles o vigas) y el sistema abovedado (a
base de pilares, muros, arcos y bóvedas o sus derivadas, las cúpulas). En el sistema
adintelado, los dinteles o las vigas se colocan en horizontal, apoyados sobre pilares y
columnas; a su vez, encima de las vigas descansan otras estructuras (cubiertas y forjados,
entre otras) que reciben al tejado o sirven de base para el suelo del piso siguiente. En el
sistema abovedado, por el contrario, los elementos estructurales son curvos en lugar de
rectos. El muro se abre mediante arcadas, formadas por hileras de arcos sobre pilares o
columnas; para la cubierta se emplea la bóveda de cañón, que se genera por la proyección
horizontal de un arco; y si es necesario cubrir grandes espacios de simetría central se utiliza
la cúpula semiesférica o de media naranja, creada a partir de la rotación de un arco sobre su
centro.
El sistema adintelado se puede llevar a cabo con numerosos materiales, pero las piezas
horizontales han de trabajar a flexión, es decir, deben absorber esfuerzos de compresión en
la parte superior y de tracción en la inferior. Las vigas, por tanto, suelen ser de madera,
hierro u hormigón armado. Los materiales pétreos (naturales o artificiales) son poco
apropiados, puesto que resisten mal las tensiones de tracción; para utilizarlos como
elementos horizontales han de tener un canto y un peso mucho mayores. En los arcos y
bóvedas, sin embargo, todos los elementos trabajan a compresión, de modo que siguiendo
este sistema se pueden cubrir grandes espacios con piedra, ladrillo, argamasa u hormigón.
Las bóvedas, en cualquier caso, generan una serie de tensiones laterales que deben ser
contrarrestadas con estribos o contrafuertes.
Otros elementos importantes en los sistemas de cubiertas son las estructuras (de madera u
otros materiales), que sirven para salvar mayores luces estructurales con un peso mucho
menor que el de una viga convencional. Las estructuras pueden ser de madera (llamadas
también cuchillos), o de acero (en forma de perfiles abiertos o tubos), que se conocen con el
nombre de cerchas. Pueden tomar cualquier forma, ya que se basan en la subdivisión de la
estructura en triángulos. Esta figura elemental, compuesta por la unión de tres segmentos
unidos por sus extremos, puede extenderse hasta el infinito por el principio de la
triangulación. Para fabricarla, basta con atar mediante una viga riostra otras dos vigas
dispuestas en ángulo. Cada uno de estos triángulos está sometido a sus propios esfuerzos de
tracción y compresión. En el siglo XVIII, los matemáticos aprendieron a aplicar sus
conocimientos al estudio de las estructuras, haciendo posible calcular las tensiones exactas
que se producen en cualquier situación. Así se inició el desarrollo de las armaduras
espaciales, que pueden ser simples cerchas planas o complejos entramados reticulares
tridimensionales.
Durante el siglo XIX, la ingeniería acomete una gran cantidad de obras de gran tamaño,
como puentes, diques y túneles. Para ello se hace imprescindible un avance científico en la
edificación, como el cálculo de estructuras o la resistencia de materiales. En la actualidad se
pueden cubrir espacios mediante estructuras colgantes que trabajan a tracción (al contrario
de las bóvedas, donde todos los elementos trabajan a compresión), o con estructuras
neumáticas, cuyas superficies se sustentan por medio de aire a presión. Los cálculos se
hacen particularmente complejos cuando se trata de estructuras elevadas, debido a que la
presión del viento o el riesgo de movimientos sísmicos pasan a ser factores más importantes
que la propia gravedad.
La arquitectura también debe ocuparse del equipamiento interno de los edificios y sus
instalaciones. En las últimas décadas se han inventado complejos sistemas de
acondicionamiento, instalaciones eléctricas y sanitarias, prevención de incendios,
iluminación artificial, elementos de circulación (como pasillos, escaleras mecánicas o
ascensores hidráulicos). Desde hace poco tiempo se puede utilizar la informática para
controlar todos estos sistemas, dando lugar a lo que se conoce como edificio inteligente.
Todo esto ha supuesto un incremento de las expectativas de bienestar, pero también de los
costes de la construcción.
A través de la historia se reconocen una serie de leitmotiv que han generado diferentes
tipologías constructivas. Así, las obras más conmovedoras de la arquitectura —templos,
iglesias, catedrales y mezquitas— nacen de motivaciones religiosas, y sirven para crear un
lugar propicio al diálogo con Dios, o bien para adoctrinar a los fieles, o para que éstos
celebren sus rituales sagrados. Otro de los móviles ha sido el sentimiento de seguridad: las
estructuras más duraderas se construían como elementos defensivos, como las murallas o
los castillos.
Uno de los motivos que más ha impulsado a la arquitectura a lo largo de la historia ha sido
el deseo de ostentación: edificios que sean el orgullo de un pueblo, que reflejen el estatus
personal o colectivo, o palacios para reyes y emperadores, construidos como símbolos de su
poder. En general, las clases privilegiadas siempre han sido mecenas de arquitectos, artistas
o artesanos, y sus encargos se han convertido, a veces, en el mejor legado artístico de su
época. En la actualidad, su labor la desempeñan las grandes multinacionales, los gobiernos
y las universidades, que llevan a cabo su función de una forma menos personalista.
La complejidad de la vida moderna ha provocado la proliferación de tipologías
constructivas. En nuestros días, la arquitectura occidental está especialmente dedicada al
diseño de viviendas colectivas, edificios de oficinas, centros comerciales, supermercados,
escuelas, universidades, hospitales, aeropuertos, hoteles y complejos turísticos. En
cualquier caso, el proyecto de un edificio nunca se realiza de forma aislada, sino prestando
especial atención a sus interacciones con el entorno. Tanto los arquitectos como sus clientes
están concienciados de este problema y se sirven del urbanismo para evitar impactos
negativos sobre las zonas antiguas de las ciudades.
Historia de la arquitectura
Los orígenes de la arquitectura se pierden junto con los del ser humano y sólo se conocen
por las escasas huellas que resisten el paso del tiempo. Sin embargo, es indudable que en la
prehistoria el hombre empleó las artes constructivas no sólo con fines funcionales, sino
también simbólicos. Prueba de ello son los numerosos restos de monumentos funerarios,
cavernas artificiales o recintos conmemorativos. Utilizando de nuevo el paralelismo con la
historia de la humanidad, se podría considerar que la historia de la arquitectura se remonta a
los restos conservados del lenguaje arquitectónico, es decir, compositivo. Así, se puede
datar su inicio asociado al desarrollo de las primeras ciudades mesopotámicas.
Para comprender mejor el curso histórico de la arquitectura se ha dividido su estudio en tres
grandes áreas cuya evolución ha sido relativamente independiente. Se trata de la
arquitectura oriental, la americana prehispánica y la occidental. Al margen de este estudio
se queda la arquitectura vernácula, que a menudo ha sido una fuente donde ha bebido la
arquitectura culta, pero cuyo desarrollo histórico es bastante restringido.
Arquitectura oriental
El concepto de arquitectura oriental es confuso y típicamente occidental. Sin embargo,
resulta bastante apropiado para englobar la arquitectura de una enorme zona geográfica que
comprende la India, Indochina, Indonesia, China y Japón. Durante mucho tiempo, las
religiones y culturas de esta parte del mundo se interrelacionan fuertemente, y con ellas van
evolucionando las arquitecturas que les son propias. Este periodo concluye con la
colonización occidental (incluso en Japón, donde la colonización fue tan sólo cultural),
coincidiendo con la Revolución Industrial.
India y el Sureste asiático
El material constructivo típico de la arquitectura primitiva de la India es la piedra, labrada
profusamente de acuerdo con la imaginería tradicional hindú. Esta característica, unida a la
ausencia casi total de espacios estructurados, lleva a considerar estas obras como piezas
escultóricas antes que arquitectónicas.
India
El monumento más emblemático de la arquitectura india es la stupa. Se trata de un gran
edificio de tradición budista, en forma de túmulo semiesférico. La más célebre es la de
Sanchi, cerca de Bhopal (en la parte central de la India), cuya construcción se llevó a cabo
entre los siglos III a.C. y I d.C.
Durante el periodo primitivo, la construcción de templos y monasterios se limitaba a la
excavación de santuarios en el interior de los acantilados. Las cuevas de Ellora y Ajanta (al
noroeste de Bombay) son una serie de cavernas artificiales talladas en la roca durante
siglos. Al evolucionar la construcción de templos, la excavación se sustituyó por otros
métodos más convencionales de construcción pétrea. Sin embargo, continuó el predominio
de las masas escultóricas frente a los espacios arquitectónicos.
Los templos hindúes se encuentran por toda la India, especialmente en el sur y el este,
donde el poder de los caudillos mogoles fue menor. El jainismo es un culto aún bastante
extendido y tiene su propia tradición en la construcción de templos, que sigue en vigor.
VéaseArte y arquitectura de la India.
Sureste asiático
En esta zona el templo budista se llama wat. El más conocido es el de Angkor Wat, en el
centro de Camboya, construido a principios del siglo XII (época en la que ya reinaba la
actual dinastía Khmer). Se trata de un conjunto arquitectónico de piedra tallada con
profusión, que alcanza una altura de 61 m y cuyo acceso está precedido por un puente
ceremonial de 183 m que cruza el foso circundante.
Las tradiciones arquitectónicas budistas, que a menudo tienen origen en China, son muy
evidentes en Myanmar (antes Birmania), Tailandia, Malasia, Java y Sri Lanka (antes
Ceilán). Los templos y santuarios del palacio real de Bangkok tienen menos de doscientos
años, lo que testifica la vitalidad cultural de esta arquitectura hace poco más de un siglo.
China y Japón
Entre las culturas japonesa y china se aprecian elementos comunes; sin embargo, sus
características generales son bastante diferentes. Concretamente la arquitectura de China es
muy diferente de la de Japón, tanto en la forma como en el espíritu que la alimenta.
Arquitectura de China

La inmutable estructura jerárquica de la familia extensa, sacralizada en toda China, y su
espíritu de veneración hacia los antepasados, se refleja en la forma estricta de la casa
familiar. Ésta se construye sobre una planta rectangular, con una disposición axial
siguiendo un eje norte-sur. La entrada se efectúa a través de un patio tapiado situado en el
extremo sur, mientras que los elementos de vivienda se disponen simétricamente a ambos
lados del eje. Esta estructura se repite en numerosas tipologías residenciales de mayor
envergadura, como monasterios, mansiones, palacios e incluso ciudades enteras.
La ciudad de Pekín se expandió durante siglos bajo el dominio de diferentes dinastías. Su
trazado lo componen dos rectángulos contiguos: la ciudad interior y la nueva ciudad
exterior, cada una de ellas con una extensión de varios kilómetros cuadrados. Dentro de la
ciudad interior se halla la ciudad imperial, que a su vez contiene a la Ciudad Prohibida,
antigua residencia de la corte imperial. Todas las partes de la ciudad están ordenadas
simétricamente a lo largo de una avenida que sigue la dirección norte-sur. Es la apoteosis, a
gran escala, de la casa familiar china.
Los materiales constructivos más utilizados en China y Japón son la piedra, el ladrillo, la
madera y los elementos cerámicos. Las formas características de la arquitectura de ambos
imperios provienen de las estructuras de madera. En China, los pilares sostienen una
techumbre de madera, una especie de pirámide invertida formada por capas de vigas
(tirantes) arriostradas por correas y pilares intermedios. Éstos, a su vez, sujetan las correas
y cabios sobre los que descansa la pesada cubierta de tejas. Los aleros se extienden en
voladizo más allá de las líneas de columnas, sobre unas complicadas ménsulas. El arquetipo
resultante es un edificio de planta rectangular, normalmente de una sola altura, rematado
por una empinada cubierta. VéaseArte y arquitectura de China.
Arquitectura japonesa

La evolución de la casa japonesa es muy distinta de la china. Mientras la última se ocupaba
de expresar el orden social, la casa del Japón se empeñó en crear un diálogo poético con la
naturaleza, estableciendo relaciones diversas con la tierra, el agua, las piedras o los árboles.
Esta convivencia es evidente en el palacio de Katsura (primera mitad del siglo XVII),
proyectado y construido por un maestro de la ceremonia del té. Los edificios que lo
componen parecen desperdigados de forma aleatoria, pero en realidad siguen una cuidadosa
secuencia de vistas e integración en el paisaje.
Japón perfeccionó sus estructuras de madera desde la antigüedad. El santuario de Ise,
situado en la costa, al suroeste de Tokio, se erigió en el siglo V o VI, y se reconstruye
meticulosamente cada 20 años. El edificio principal está situado en el interior de un recinto
rectangular que acoge las estancias auxiliares. Se puede decir que es una joya construida en
madera, elevada sobre postes hincados en el suelo, y coronada por una gran techumbre de
paja. La estructura de la cubierta carece de tirantes y correas, de modo que el caballete
descansa sobre una viga o cumbrera que a su vez sostienen dos enormes pilares situados en
el centro de los hastiales. Los cabios se ensamblan por encima de la cumbrera, de tal modo
que no producen esfuerzos hacia el exterior. Este monumento, pequeño pero de elegantes
proporciones, es un excelente ejemplo de la sutileza del arte japonés. VéaseArte y
arquitectura de Japón.
Arquitectura precolombina

El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón pisaba las tierras de América y se iniciaba así una
política de conquistas que destruyó gran cantidad de culturas autóctonas. Todas estas
culturas —colonizadas por España, Portugal e Inglaterra, principalmente— se conocen con
el nombre de precolombinas, y se puede decir que desaparecieron casi totalmente bajo el
poder de los imperios europeos. Las dos grandes áreas donde se desarrollaron las culturas
más fértiles de América fueron Mesoamérica —México, Honduras, Guatemala, Belice y El
Salvador— y el centro de los Andes —Perú, Bolivia y Ecuador. Por otra parte, las tribus
nómadas del norte de América no llegaron a realizar construcciones permanentes, aunque
algunas civilizaciones más cercanas a los focos culturales mesoamericanos, como los indios
mokis o pueblo de Sonora, Arizona y Nuevo México, construyeron con piedra y adobe.
Estos pueblos indígenas americanos iniciaron su declive hacia el año 1300 pero aún se
conservan restos de sus arquitecturas rupestres y de algunos poblados.
Arquitectura mesoamericana


Las dos tipologías más relevantes de la arquitectura desarrollada por las distintas
civilizaciones mesoamericanas fueron la pirámide y el juego de pelota. La pirámide
americana es diferente de la egipcia no sólo por su forma —escalonada y truncada en su
parte superior—, sino también por su función, que es la de acoger un santuario o templo en
la meseta más elevada. Una práctica habitual era levantar las pirámides por capas, de forma
que se construía un edificio nuevo rodeando al antiguo cada 52 años, que era el ciclo
establecido para la renovación del mundo. El juego de pelota, que no era un deporte sino un
espectáculo ritual, solía estar relacionado con las pirámides y consistía en un espacio
amurallado de planta en doble T.
La cultura maya se extendía desde la península de Yucatán hasta Belice, Honduras y
Guatemala, y su periodo de mayor esplendor tuvo lugar entre los siglos IV y XI. Una de las
primeras grandes ciudades mayas es la de Tikal (Guatemala), de la que se conserva un
enorme recinto sagrado (siglos III-VIII) con numerosas pirámides. Sobre las plataformas de
estas pirámides se elevan los templos o santuarios, con un espacio interior cubierto por una
falsa bóveda típica de la arquitectura de esta civilización. Otro de los centros florecientes en
la época clásica fue Copán (Honduras), un centro de estudios astronómicos donde se
conserva la monumental Escalera de los jeroglíficos (siglos VII-VIII), así como uno de los
juegos de pelota más hermosos de la civilización maya. El Palenque (llamado así por los
españoles por ser un recinto amurallado) fue el centro de esta cultura en México y su
edificio más emblemático es el templo de las Inscripciones (siglos VII-VIII), situado sobre
una pirámide que, en este caso, contiene una cámara sepulcral. Ya en el primer milenio de
la era cristiana, el guerrero Kukulcán fundó la ciudad de Chichén Itzá sobre la llanura de
Yucatán. La arquitectura de esta ciudad tiene una enorme influencia de la zona que está al
norte de la capital mexicana, como muestran el templo de los Guerreros (siglos XI-XII) y la
pirámide del Castillo (siglos XI-XII), que siguen los modelos toltecas de la ciudad de Tula.
Otros edificios emblemáticos de Chichén Itzá son el Caracol (un observatorio astronómico
al que se accede a través de una escalera de caracol) y el famoso Juego de Pelota,
flanqueado por unos muros monumentales que están ricamente esculpidos. También en la
península de Yucatán se encuentra Uxmal, cuyo hermoso palacio del Gobernador (siglos X-
XI), erigido sobre una meseta artificial, muestra la maestría compositiva que se alcanzó en
la etapa final del arte clásico maya. VéaseArte y arquitectura mayas.
La llamada cultura de La Venta (800-400 a.C.), probablemente relacionada con el pueblo
olmeca, parece haber sido una de las primeras y también la más influyente de todo el
continente americano. Su efecto se aprecia en las edificaciones de Monte Albán (siglos VI-
IX), una acrópolis zapoteca sobre la ciudad de Oaxaca, o en el palacio de las Columnas
(siglo XV) de Mitla, también en Oaxaca, con sus espectaculares muros recubiertos de
mosaicos. Otra de las civilizaciones mesoamericanas interesantes es la de El Tajín, que ha
legado su Gran Pirámide (siglo VII) de nichos tallados sobre las paredes verticales. Sin
embargo, la gran cultura clásica del centro de México fue Teotihuacán, situada sobre la
llanura noroeste de México-Tenochitlán. Su obra más fabulosa es la gran pirámide del Sol
(siglo II a.C.), un edificio de 72 m de altura y 240 metros cuadrados de extensión, cuyo
conjunto completan la pirámide de la Luna y un área en terraplenes conocida como La
Ciudadela. Hacia el siglo IX, la cultura teotihuacana sucumbió al empuje del pueblo tolteca
que introdujo el culto a la serpiente emplumada Quetzalcóatl, una imagen que representan a
menudo en los bajorrelieves de sus templos. La capital tolteca era Tula, donde se conserva
la pirámide del templo de la Estrella de la Mañana (c. 900), construida en cinco niveles de
2 m de altura. Un centro que ejemplifica la transición de la época clásica a la tolteca es
Xochicalco (casa de las flores), en el actual estado de Morelos, México; su magnífico
templo de Quetzalcóatl está adornado con bajorrelieves y glifos. Por su parte, Tula fue
destruida en el siglo XII por los chichimecas, que heredaron las tradiciones artísticas
teotihuacanas y toltecas, y construyeron la pirámide de Tenayuca (siglos XIV-XV) en cinco
capas superpuestas correspondientes a los ciclos de 52 años. La arquitectura de los
chichimecas puede dar una idea de la que produjeron los aztecas, que fundaron la Gran
Tenochitlán en 1325. En las excavaciones del templo Mayor, en pleno centro de la ciudad
de México, se ha descubierto una interesante infraestructura que permitió levantar el centro
ceremonial y político más importante de Mesoamérica en medio de un lago. VéaseArte y
arquitectura de Teotihuacán; Arte olmeca.
Arquitectura centroandina

A mediados del siglo XIV el Imperio inca consiguió dominar al resto de las culturas
andinas, entre las que destacaron las de Chavín, Mochica, Paracas, Nazca, Chimú, Huari y
Tiahuanaco.
Entre las mejores obras realizadas por culturas preincaicas destacan el templo escalonado
de Chavín de Huantar, donde se aprecian afinidades con la cultura de La Venta, en México;
la Huaca del Sol en Moche, una pirámide escalonada de ladrillos secados al sol; la Puerta
del Sol (c. 500) en Tiahuanaco, una puerta monolítica situada en un lugar sagrado similar al
de Chavín de Huantar; la Huaca del Dragón (siglos XIV-XV) en Chan Chan (capital chimú
cercana a la actual Trujillo), construida en adobe como la mayoría de la arquitectura de la
zona costera, y las chulpas, unas pequeñas torres funerarias de base circular que aparecen
en la cuenca del lago Titicaca.
Los incas se establecieron en Cuzco hacia el año 1200 y desde allí comenzaron su
expansión comenzando por los quechuas. Su arquitectura enlaza con las tradiciones de
Chavín y Tiahuanaco, como muestran las construcciones halladas en la fortaleza de Machu
Picchu, situada a una altura de 2.400 m bajo las faldas del Urubamba. Una de las
características más originales de la primitiva arquitectura inca es el ensamblaje a hueso de
piedras ciclópeas, especialmente para la erección de murallas como en Sacsayhuamán
(siglo XIII), la fortaleza de Cuzco o en los seis monolitos graníticos que cierran el templo
de los Muertos de Ollantaytambo (c. 1400), sobre el valle del Urubamba. La evolución del
Imperio supuso el perfeccionamiento en el tallado de la piedra, como se aprecia en las
construcciones del Monte Dorado o Choquequilla (siglo XV), en el valle cercano a Cuzco
de Huaracondo. VéaseArte y arquitectura precolombinas; Arte inca.
Arquitectura occidental

La cultura que hoy conocemos como occidental tuvo su origen en una serie de pueblos de la
zona oriental del mar Mediterráneo, que, con el devenir de la historia, fueron ampliando su
influencia hasta abarcar toda la costa de este mar. Más tarde fueron los grandes imperios,
como el romano o el macedónico, los encargados de extender su dominio por el mundo
conocido. La invasión de los pueblos bárbaros no hizo sino afianzar la cultura heredada,
que a partir de entonces se conoce como clásica, y se convierte en un canon o modelo a
seguir. Los imperios coloniales han ido imponiendo sus criterios al resto de los pueblos
hasta nuestros días; en la actualidad, la cultura occidental se extiende por todo el planeta,
aunque en cada zona haya un cierto grado de mestizaje con las culturas autóctonas.
En la evolución del mundo occidental hay una gran cantidad de caminos paralelos en
distintas zonas geográficas. Durante la edad media, tres imperios desarrollan
simultáneamente lo que podríamos conocer como cultura clásica: el bizantino en el
Mediterráneo oriental, el islámico (con diferentes centros de poder en Asia, África y el sur
de Europa) y el carolingio en el centro de Europa. Por otra parte, dos de las religiones más
extendidas del mundo comparten su pertenencia a esta cultura genérica: el cristianismo y el
islam. Ambas tienen un origen común en la religión judía y comparten la necesidad de
apostolado, lo cual ha favorecido su expansión colonial.
Mesopotamia
Esta región, que coincide en su mayor parte con el actual Irak, estaba comprendida entre los
ríos Tigris y Éufrates. La ciudad asiria de Jorsabad, construida con ladrillos y adobe durante
el reinado de Sargón II (722-705 a.C.), se descubrió en 1842, y gracias a las excavaciones
realizadas desde entonces se conoce la mayor parte de su planta. Este descubrimiento
supuso una base sólida para el estudio de la arquitectura de Mesopotamia porque las
antiguas ciudades de Babilonia y Ur no se excavaron hasta finales del siglo XIX.
En la antigua arquitectura persa se observa la influencia de los griegos, con quienes los
persas mantuvieron una serie de enfrentamientos (las Guerras Médicas) en el siglo V a.C.
De esta época se ha conservado el gran recinto real de Persépolis (518-460 a.C.), construido
por Darío el Grande, y un gran número de tumbas excavadas en la roca, todas al norte de
Shiraz, en el actual Irán.
Egipto

La cultura urbana también fue próspera desde los primeros tiempos del antiguo Egipto. La
estabilidad política de este gran Estado se instauró por medio de una oligarquía defensora
de las tradiciones. Sólo así, en un sistema político donde el poder se concentraba en torno al
faraón y sus sumos sacerdotes, y en una región rica en materiales pétreos (granito, piedras
areniscas y calizas), pudo llevarse a cabo la construcción de los monumentos más
impresionantes del mundo antiguo.
La obsesión de los gobernantes egipcios era edificar su propia tumba, más espléndida que
la de su predecesor. Antes de la IV Dinastía (que comienza c. 2680 a.C.), los
enterramientos de los reyes de Egipto se distinguían por medio de una mastaba, una
construcción maciza de ladrillo, de planta rectangular con los muros en talud. Ésta
evolucionó hacia la pirámide escalonada y más tarde hasta la definitiva pirámide de caras
planas. Las pirámides mayores y mejor conservadas están en el conjunto de Gizeh, cerca de
El Cairo; entre ellas destacan la de Keops (construida c. 2570 a.C.) y la de Kefrén
(c. 2530 a.C.). Estos inmensos monumentos son la muestra del enorme poder que los
faraones ejercían sobre sus súbditos, así como de la fascinación de los arquitectos egipcios
por las formas geométricas. Por otra parte, el mismo gusto por la perfección de la forma
abstracta reaparece frecuentemente a través de la historia.
Los egipcios edificaron templos no como lugar de oración, sino para exhibir los ritos que
cumplían los que ocupaban el poder y excluir al resto de los mortales. Para ello
construyeron los templos dentro de recintos amurallados, con grandes vestíbulos repletos de
columnas (salas hipóstilas) que convierten el espacio exterior en interior, dado que a cierta
distancia sólo se puede ver una masa cerrada de piedra. Una sucesión lineal de espacios
conducía hasta los recintos más sagrados. Así nació el concepto de eje, que en los templos
egipcios se extendía hacia el exterior a través de avenidas de esfinges, dispuestas para
acrecentar el espectáculo procesional de los participantes. En estas construcciones se inicia
el empleo monumental del sistema adintelado, con gruesas columnas muy próximas entre
sí, sosteniendo pesados dinteles.
Los templos mejor conocidos de Egipto están en la zona del Nilo medio, cerca de la antigua
capital, Tebas. Aquí se encuentran los templos de Luxor, Karnak y Dayr al-Bahari (siglos
XV-XII a.C.), y Edfú (siglo III a.C.). VéaseArte y arquitectura de Egipto; Templo.
Arquitectura creto-micénica
La arquitectura que se desarrolló en el territorio continental de la antigua Grecia y en las
islas del mar Egeo pertenece a una serie de culturas griegas, que precedieron a la llegada
(c. 1000 a.C.) de los pueblos jónicos y dóricos. La cultura minoica floreció en la isla de
Creta (entre los años 3000-1200 a.C.); su principal legado es el palacio laberíntico de
Minos en Cnosos, cerca de la actual Iraklion. En el Peloponeso, cerca de Argos, están los
palacios-fortaleza de Micenas y Tirinto, y en Asia Menor la ciudad de Troya —excavada en
su totalidad por el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann en el último cuarto del siglo
XIX. Micenas y Tirinto se consideran dos importantes muestras de la civilización aquea,
referente de los poemas épicos de Homero, La Odisea y La Iliada. VéaseCivilización del
Egeo.
Arquitectura griega

La tipología del templo griego se compone de un santuario y el perímetro de columnas que
lo rodean y articulan el espacio exterior. En este sentido es el modelo opuesto del templo
egipcio, cuyas columnas están dispuestas dentro de un recinto amurallado. La originalidad
de esta tipología reside en que, quizás por primera vez en la historia, se da prioridad al
aspecto externo de un edificio que contiene un espacio sagrado. La arquitectura griega no
abruma al observador con una excesiva monumentalidad y rara vez está dispuesta
simétricamente a lo largo de un eje, sino que busca las relaciones espaciales sutiles, desde
diferentes puntos de vista. Los templos griegos, que siguen aproximadamente el mismo
plan, tienen tamaños muy diversos: desde el pequeño templo de Atenea Niké (427-
424 a.C.) en la Acrópolis de Atenas, de aproximadamente 6 × 9 m, hasta el gigantesco
templo de Zeus u Olimpeión (c. 500 a.C.) en Agrigento (Magna Grecia, actual Sicilia), que
ocupa más de una hectárea.
El modelo primitivo de templo se fue modificando a lo largo de los siglos. La preocupación
por el aspecto exterior y sus relaciones con el espacio circundante llevó a los arquitectos
griegos a una carrera hacia la perfección. Fruto de este empeño son los órdenes
arquitectónicos, que consisten en una serie de reglas sobre la proporción y la articulación de
las partes del edificio, especialmente de las columnas. Hoy día se siguen llamando de igual
forma, e incluso se siguen utilizando como modelos canónicos. En ellos se regula la
disposición del estilobato o plinto, la basa, el fuste, capitel, arquitrabe, friso, cornisa y
frontón, cada uno de los cuales ejerce o simboliza alguna función estructural.
Órdenes griegos
Dos de los tres órdenes griegos se extendieron más o menos simultáneamente. El orden
dórico era predominante en el Ática y en la Magna Grecia. Es el más sobrio de todos los
órdenes clásicos, pues sus columnas carecen de basa, y todos sus elementos decorativos
representan alguna función estructural. Una de las obras maestras de la arquitectura de
todos los tiempos está compuesta según el orden dórico; se trata del Partenón (448-
432 a.C.), situado en la parte central de la Acrópolis de Atenas.
El orden jónico se originó en las ciudades del mar Egeo y Asia Menor, más influidas por el
arte egipcio y oriental. La columna jónica se caracteriza porque el capitel está adornado por
dos volutas en sus extremos, el fuste es más estilizado y con estrías más suaves que las del
orden dórico, y se apoya sobre una basa compuesta por partes cóncavas y convexas. Se han
conservado pocos ejemplos de la época arcaica, pero entre ellos destacan el Erecteion
(comenzado en el año 421 a.C.) y los Propileos (comenzados en el 437 a.C.), ambos en la
Acrópolis de Atenas.
El orden corintio es un invento ateniense, probablemente del siglo V a.C., pero su uso se
generalizó más tarde. Su característica fundamental son los capiteles decorados con hojas
de acanto; además, su fuste es aún más delgado que el jónico. Tiene la ventaja frente a éste
de no tener ninguna dirección principal, lo cual facilita su disposición en las esquinas.
El final de las Guerras Médicas (466 a.C.) supuso la reconstrucción de numerosas ciudades
griegas que habían sido arrasadas por los persas. Se abría así la posibilidad de investigar
nuevas formas de planeamiento urbanístico, una nueva ciencia cuya figura principal es
Hipodamo de Mileto, autor de los nuevos planos de Mileto (Asia Menor) y El Pireo (el
puerto de Atenas), entre otras ciudades. Su principal aporte es el trazado en parrilla,
también llamado hipodámico en su honor; igualmente, se le atribuye la idea de que el plano
de la ciudad ha de simbolizar el orden social, con un centro representativo donde situar los
edificios más señalados, en relación con los espacios públicos abiertos. El ágora griega
(plaza pública, o lugar de reunión de los ciudadanos) podía incluir un templo, una especie
de ayuntamiento o cámara de representantes (bouleuterion), un teatro, gimnasios y otros
edificios de carácter público; en ocasiones quedaba contenida en un recinto de columnas.
En la arquitectura doméstica, el megaron micénico (una especie de vestíbulo central)
evolucionó hasta convertirse en una casa familiar donde las habitaciones tenían su acceso a
través de un pequeño patio llamado atrio. Esta disposición se extendió por Italia, España y
el norte de África, donde derivó hacia distintas tipologías de vivienda mediterránea.
VéaseArte y arquitectura de Grecia; Vivienda (arquitectura).
Arquitectura romana

La arquitectura romana tomó el relevo de la griega, pero sus resultados fueron muy
distintos. En primer lugar, contrariamente al débil concepto de nación que generaban las
alianzas entre ciudades-estado griegas, Roma llegó a ser un imperio poderoso y bien
organizado, que colonizó con su política, su lengua y su arte todo el mundo mediterráneo,
llegando por el noroeste hasta las islas Británicas y por el sureste hasta la península de
Arabia. Los romanos llevaron a cabo grandes obras de ingeniería como calzadas, canales,
puentes y acueductos. Sus avances en el arte de la edificación fueron incontables y en sus
obras utilizaron toda clase de materiales constructivos como ladrillos, argamasa, piedra,
mármoles y mosaicos.
El uso del arco y la bóveda introdujo en el vocabulario clásico las formas curvilíneas; los
muros curvos producían un espacio semicircular, llamado exedra o ábside, ideal para
concluir un eje. Los elementos cilíndricos y esféricos llegaron a ser característicos de la
arquitectura romana, adecuados para cubrir los inmensos espacios propios de la escala
imperial.
La cúpula
La bóveda de cañón presenta una sección semicircular y se caracteriza porque sólo puede
cubrir una luz limitada, debido a los enormes empujes laterales que ejerce. Para solucionar
esto, los romanos inventaron dos sistemas alternativos; el primero es la cúpula, que se
puede considerar como una bóveda de desarrollo circular, mucho más estable que las
bóvedas de cañón, pero también limitada por los empujes laterales que ejerce sobre la
estructura portante y por su propio peso, que tiende a romperla por la parte central, en la
zona conocida como los riñones. A pesar de ello, los romanos consiguieron construir
cúpulas enormes, como la del Panteón de Roma, un edificio de planta circular construido en
la época del emperador Adriano, en cuyo interior se puede inscribir una esfera de 43 m. Su
arquitecto, Apolodoro de Damasco, cubrió el espacio con una enorme cúpula masiva
compuesta por anillos de materiales más ligeros a medida que se asciende, y abrió en el
centro un óculo de 9 m de diámetro que desempeña la función de anillo de compresión.
Esta gigantesca estructura se apoya sobre un muro perimetral de 6 m de ancho, horadado de
tal forma que la estructura portante la componen realmente ocho enormes machones. En
cualquier caso, el mayor problema de las cúpulas es que contienen un espacio único y no se
pueden combinar fácilmente entre sí para cubrir un espacio articulado.
La bóveda de arista
La segunda gran invención romana es la bóveda de arista, formada por la intersección de
dos bóvedas de cañón idénticas. Las líneas que configuran esta intersección son dos medias
elipses, que unen los vértices opuestos del cuadrado de la planta. Gracias a las direcciones
ortogonales de curvatura se produce un efecto estructural, basado en que cada una de las
bóvedas de cañón contrarresta el empuje de la otra. Además, la bóveda de arista presenta
otras ventajas, como es que se puede apoyar sobre cuatro pilares (dispuestos de tal forma
que absorban los empujes de la bóveda, que les llegan a 45º), dejando cuatro caras libres
para emplazar vanos o para seguir añadiendo espacios abovedados.
En las grandes termas y basílicas romanas, estas últimas dedicadas a la administración de
justicia, la sucesión de crujías cuadradas cubiertas por bóvedas de aristas proporcionaba
enormes salas, iluminadas por claraboyas situadas en lo alto de los muros laterales, bajo las
bóvedas.
Nuevas tipologías arquitectónicas
Los romanos también inventaron nuevas tipologías arquitectónicas, entre las que destacan
el arco triunfal, el anfiteatro y el circo. Además, continuaron la evolución de los modelos
tradicionales griegos como el estadio, el templo o el teatro. En cuanto a la vivienda,
desarrollaron tres modalidades: la insulae o casa de vecinos, propia de las grandes ciudades
como Roma (que llegó a tener una población de 1,5 millones de habitantes), la domus o
vivienda unifamiliar y la villa o casa de campo de las clases más acomodadas. La casa
romana es una transformación de la griega y su característica fundamental es que se cierra
totalmente al exterior para abrirse a un atrio descubierto, en torno al cual se organizan las
habitaciones. Un gran número de excelentes ejemplos de casas y villas romanas se han
conservado en Pompeya y Herculano, las dos grandes ciudades que quedaron sepultadas
por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era.
El gusto romano por los grandes planes urbanísticos se pone de manifiesto en la ciudad de
Roma, donde cada emperador enriquecía o construía un nuevo foro con su basílica, templo
y demás elementos. El foro, cuyos ejemplos arcaicos se limitaban a una sucesión caótica de
edificios y monumentos, llegó a alcanzar un orden y una complejidad únicos en el foro de
Trajano, dispuesto a lo largo de un eje que incluso contenía, adosado a uno de sus laterales,
el mercado de la ciudad. Uno de los complejos palaciegos más impresionantes es el de Villa
Adriana en Tívoli (entre los años 118-134 a.C.), que se extiende a lo largo de un enorme
territorio jalonado por estadios, teatros, termas, ninfeos, peristilos y estanques.
Los órdenes griegos (dórico, jónico y corintio) fueron utilizados por los romanos, que
además añadieron otros dos: el toscano, de aspecto más austero que el dórico por la
ausencia de estrías en sus columnas; y el compuesto, cuyos capiteles se caracterizan por
mezclar las hojas de acanto con los adornos de volutas en sus extremos. Los romanos
usaron los órdenes con más frivolidad que los griegos, a menudo como pura decoración
para los interiores, y olvidando el sentido y la sutileza del sistema adintelado. Pero también
completaron la sintaxis de los órdenes, utilizando columnas adosadas a los muros,
combinándolas con arcos y pilastras, entre otros ejemplos. Una de las combinaciones más
características es la del Coliseo de Roma, donde se fijaron para la posteridad las reglas de
uso de columnas, pilastras, arcos y dinteles conjuntamente.
Arquitectura paleocristiana

En el año 313 el emperador romano Constantino I el Grande promulga el Edicto de Milán,
por el cual se establece en todo el Imperio la libertad religiosa y se inicia un proceso que
culminará con la declaración del cristianismo como religión oficial. Hasta este momento, el
Imperio romano había reprimido, en ocasiones con gran dureza, esta religión de origen
oriental que rechazaba el culto al emperador y a los dioses clásicos, y se iba extendiendo
paulatinamente por todos los rincones del mundo romanizado.
La arquitectura cristiana de los primeros tiempos se limita a las viviendas privadas de
grandes dimensiones que acogían las reuniones de los fieles, casi siempre escondidas de la
mirada pública, como la que se ha descubierto en Dura-Europos (siglo III), que ya presenta
una serie de espacios jerarquizados de acuerdo con su uso ceremonial. Sin embargo, este
tipo de arquitectura no podía satisfacer las necesidades simbólicas de la Iglesia, que a partir
del Edicto de Milán sale de las sombras y adopta en sus templos una tipología romana: la
basílica. Este edificio se compone de un número impar de naves longitudinales (3 o 5),
separadas por filas de columnas, y la nave central es notablemente más ancha y alta. La
diferencia de alturas entre las crujías permite abrir ventanas en la parte superior de los
muros, llamadas claraboyas. Al final de la nave se dispone el altar, rodeado de un gran
ábside o exedra (también heredado del modelo romano), en donde el sacerdote oficia la
ceremonia. Una de las pocas características que difieren del modelo romano es la
sustitución de la bóveda (que no se volvió a emplear hasta aproximadamente el año 1000)
por una cubierta de madera a dos aguas, más ligera y por tanto con menores exigencias
estructurales. El espacio de la basílica resultaba perfecto por su carácter direccional,
jerárquico y claramente articulado, con la ventaja adicional de no haber sido utilizado por
ningún otro culto religioso. En Roma aún se conservan algunas de estas iglesias que evocan
el espíritu de la arquitectura paleocristiana: son las de Santa María la Mayor (422-430), de
tres naves separadas por columnas jónicas que sostienen un arquitrabe recto, y Santa Sabina
(422-432), cuyas columnas corintias sostienen una sucesión de arcos de medio punto
peraltados.
Arquitectura bizantina


En el año 330 el emperador Constantino I el Grande funda la ciudad de Constantinopla
(actual Estambul), donde traslada la corte imperial, iniciando así una ruptura en el seno del
Imperio romano. A la muerte del emperador Teodosio —que en el año 391 había declarado
al cristianismo religión oficial—, el Imperio se divide definitivamente en dos partes, el
Imperio de Occidente y el Imperio de Oriente, que será conocido como Bizancio.
La arquitectura bizantina tomó como modelo la iglesia de planta central (o cruz griega), en
la cual el espacio se organiza en torno a una cúpula central. Uno de los grandes avances de
la composición espacial bizantina consistió en cubrir mediante una cúpula semiesférica (o
de media naranja) un espacio de planta cuadrada, consiguiendo así la posibilidad de
articular una sucesión de crujías cubiertas con cúpulas. Para ello se intercalan entre los
apoyos y la cubierta cuatro triángulos curvos llamados pechinas; estas pechinas parten de
los vértices de cuadrado y se unen en la parte superior formando un anillo sobre el que
descansa la cúpula. Geométricamente se pueden definir como fragmentos triangulares de
una esfera de diámetro igual a la diagonal del cuadrado de la planta y que pasa por los
cuatro vértices de éste. Entre los ejemplos más notables de cúpulas sobre pechinas destaca
la de la basílica de Santa Sofía en Constantinopla (532-537), construida durante el mandato
del emperador Justiniano I. En este periodo se construyeron los ejemplos más relevantes de
arquitectura bizantina, tanto en Constantinopla como en la ciudad italiana de Ravena, que
después de pertenecer a los ostrogodos fue reconquistada por Bizancio. La iglesia de San
Sergio y San Baco (527) en Constantinopla y la de San Vital (526-547) en Ravena
reproducen el mismo modelo de planta octogonal cubierta por una cúpula y rodeada por
una nave circundante. Entretanto, otras dos importantes iglesias de Ravena, San Apolinar
Nuevo (c. 520) y San Apolinar in Classe (c. 530-549) mantienen la tipología basilical de
origen paleocristiano.
La iglesia de Santa Sofía (o de la Santa Sabiduría), concebida por los arquitectos Antemio
de Tralles e Isidoro de Mileto, consta de una gran cúpula central que se extiende por el eje
longitudinal siguiendo las dos exedras de los ábsides, cada una de ellas abierta a otras tres
exedras menores. De este modo se consigue que los empujes de la bóveda se trasmitan, en
dirección longitudinal, a las bóvedas de horno que cubren las exedras, hasta llegar
debilitados a los contrafuertes exteriores. El conjunto configura un espacio oval de 31 por
80 m, en el que la cubierta central se impone sobre el resto de superficies esféricas, y al que
llega luz difusa a través de un anillo de pequeños orificios situados en la base de la cúpula.
El arte figurativo bizantino desarrolló un estilo característico; su aplicación a la arquitectura
se concreta en los mosaicos, grandes composiciones murales ejecutadas a partir de
pequeñas piezas de mármol de colores o pasta vidriada (llamadas teselas). Ésta es una
técnica heredada directamente de los mosaicos romanos, con la peculiaridad de que en
Roma se utilizaba únicamente en espacios domésticos.
Las iglesias bizantinas siguieron posteriormente el modelo de Santa Sofía a pequeña escala,
con una cúpula central que descarga sobre ábsides y otras superficies abovedadas
dispuestas a su alrededor. Estas iglesias proliferaron a lo largo del vasto Imperio bizantino
—Grecia, los Balcanes, Asia Menor y parte del norte de África y de Italia—, e influyeron
en numerosos proyectos del mundo cristiano occidental. Los modelos más tardíos tienden a
minimizar el modelo original, con cúpulas cada vez menores que enfatizan el espacio
vertical. En la catedral de San Basilio en Moscú (1500-1560), así como en otras iglesias
ortodoxas rusas, la cúpula bizantina se convierte en una cúpula bulbiforme, una forma
decorativa que por otra parte no se manifiesta en el espacio interior. VéaseArte y
arquitectura bizantinas.
Arquitectura prerrománica

Una serie de pueblos bárbaros del norte de Europa fueron poco a poco penetrando en el
mundo romanizado, hasta que invadieron la totalidad del Imperio de Occidente. Sin
embargo, estos pueblos adoptaron la cultura romana y se convirtieron a la fe cristiana. A
partir de entonces se inicia un proceso de unificación de los reinos europeos que culminará
Carlomagno (742-814), en un intento de restauración del Imperio romano bajo el signo de
la cruz. En la península Ibérica, sin embargo, el reino visigodo se desmoronó un siglo antes,
y fue invadido por el islam, quedando tan sólo unos pequeños reinos cristianos al norte.
La arquitectura carolingia, como corresponde a este espíritu „renacentista‟, siguió muchos
de los modelos tardorromanos, bien en las iglesias que siguen modelos basilicales
paleocristianos, como Saint Denis o Fulda (siglo VIII), bien en el propio palacio de
Carlomagno en Aquisgrán, cuya Capilla Palatina (consagrada el año 805) recuerda a la
basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. Por otra parte, aparecen ya una serie de variedades
ligadas a las tradiciones locales que predicen la evolución hacia el pleno románico, como
los muros o las torres de Céntula (790-799) o del proyecto de San Gall (c. 820), hallado en
un antiguo pergamino.
La arquitectura visigoda, en contraste con la situación occidental de la península Ibérica,
recibió una gran influencia bizantina, marcada por el apoyo político que el Imperio oriental
concedió al reino hispánico. Las dos características más originales son el empleo de
bóvedas pétreas y arcos de herradura, estos últimos heredados posteriormente por la
arquitectura califal cordobesa. Entre las pocas iglesias conservadas destacan por su
originalidad espacial San Pedro de la Nave (680-711) y San Juan de Baños (661) que, a
pesar de su antigüedad, anticipan gran parte de la arquitectura de siglos posteriores. La
arquitectura asturiana (o ramirense, en honor del rey Ramiro I) se desarrolló en un pequeño
reino cristiano al norte de la península Ibérica, en la actual España, uno de los escasos focos
de resistencia contra la invasión musulmana. Sus espacios cubiertos por bóvedas y
articulados mediante arcos fajones, producen una original sensación de verticalidad. Éstos y
otros elementos, como los contrafuertes exteriores y los arcos peraltados, la convierten en
precursora de la arquitectura románica del resto de Europa. Entre los edificios más
destacados se encuentran el salón del reino del palacio del Naranco (842-850), más tarde
consagrado como Santa María del Naranco, y la iglesia de San Miguel de Lillo (842-850),
también junto a la ciudad de Oviedo. Otra de las arquitecturas peculiares que se desarrolló
durante este periodo en España es la arquitectura mozárabe. Los pueblos mozárabes estaban
integrados por fieles cristianos que permanecieron en territorio musulmán. Su arquitectura,
por tanto, recoge elementos de la arquitectura cristiana (visigoda y también europea) y de la
arquitectura islámica (especialmente de la cordobesa); un ejemplo asombroso de esta
confluencia cultural es la pequeña ermita de San Baudelio de Berlanga (siglo XI), un
templo cristiano de planta centralizada, cuya tribuna descansa sobre una miniatura de la
mezquita de Córdoba. Otro de los ejemplos destacados es la iglesia de San Miguel de
Escalada (consagrada en 913), cristiana en su articulación espacial e islámica en sus
elementos estilísticos. VéaseArte y arquitectura prerrománicas; Arte y arquitectura
hispanomusulmanas.
Arquitectura románica


Durante la edad media la Iglesia fue la depositaria de toda la sabiduría occidental. La orden
benedictina ya estaba bien organizada en tiempos de Carlomagno, y su influencia se
extendió por toda Europa con el transcurso de los siglos. Los arquitectos de la alta edad
media fueron monjes, puesto que los monasterios, además de preservar la salud espiritual,
eran los centros de producción de la filosofía y las ciencias. La planta basilical de los
primeros tiempos se modificó de acuerdo con las necesidades litúrgicas de la misa, en la
que un miembro del clero situado en el altar dirige la oración de los fieles y oficia los ritos
religiosos. El símbolo de la cruz se añadió a la planta de los templos mediante la ubicación
de un transepto, o nave perpendicular, en la zona próxima al ábside. De esta forma se
creaba la distinción entre las naves, reservadas a los fieles, y el presbiterio, espacio
posterior al transepto o crucero que contenía el recinto de los monjes (el coro) y el altar
mayor, que debe ser el punto de atención más importante del templo. Para resaltarlo aún
más, este altar mayor se enmarcaba en el ábside, una prolongación de la nave central de
forma poligonal o semicircular, que en ocasiones estaba rodeado por la girola o
deambulatorio, dispuesto como continuación de las naves laterales. En el templo también
debía haber otros altares, necesarios para la celebración de las misas diarias de los monjes,
situados dentro de pequeños absidiolos adosados al transepto y al deambulatorio. A los pies
de la nave, precediendo la entrada al templo, aparecía el nártex, una antecámara o pórtico
para recibir a los peregrinos y que no debían traspasar los catecúmenos.
Aunque muchas iglesias francesas cubren algunas de sus naves mediante bóvedas de cañón
—Saint Savin (nave 1095-1115), Saint Sernin de Toulouse (c. 1080-1120) o Sainte Foy de
Conques (comenzada en 1050)—, Saint Philibert de Tournus (950-1120) ya dispone de
todo un catálogo de arcos de refuerzo, arcos torales, bóvedas de medio cañón y bóvedas de
medio cañón transversales que apean los esfuerzos de la gran bóveda de cañón situada
sobre la nave central, con ventanas de claraboya bajo su línea de impostas, en la parte alta
de los muros. Como resultado de esta evolución se impuso el uso de bóvedas de arista, que
permiten situar fácilmente un claristorio en la parte alta de los muros, que constituye una
especie de coronación lumínica a lo largo de la nave central, como en la catedral de Worms
(siglo XI), en Alemania, o en la Madeleine de Vézelay (1104), en Francia. Los arcos de
medio punto que configuran una bóveda de aristas se apoyan sobre una planta cuadrada: de
este modo, el espacio queda dividido por una fila de crujías o fragmentos cuadrados. Para
mantener la misma segmentación en las naves laterales, de menor altura y anchura, se
duplicaba en ellas el número de bóvedas.
El monasterio de Cluny, en Borgoña, fue el centro de la reforma monástica del siglo X que
alentó la evolución al románico. Tal es así que este arte se llama en ocasiones cluniacense.
En el siglo XII la mayor iglesia abacial de Europa era Cluny III (1088-1121), destruida en
la Revolución Francesa, pero restituida sobre el papel a partir de dibujos y restos
conservados. Era una inmensa iglesia de cinco naves y dos transeptos, de casi 200 m de
longitud y 15 capillas o absidiolos adosadas a los transeptos y al deambulatorio. Una
bóveda de cañón apuntada cubría su nave central, que ya contaba con otros elementos
característicos de la arquitectura gótica, como el triforio ciego o el piso de ventanales altos.
Sus trazas ejercieron una notable influencia en la construcción de templos románicos y
góticos, no sólo en Borgoña, sino también en el resto de Europa.
Los caminos de peregrinación generaron un enorme flujo ideológico a través de la Europa
medieval. El más importante para Francia y España fue el Camino de Santiago, que
conducía a los peregrinos de toda Europa hasta los restos del apóstol Santiago hallados en
la ciudad gallega de Santiago de Compostela. A lo largo de este camino se fueron
construyendo toda una serie de iglesias de peregrinación, que culminaban en la catedral de
Santiago de Compostela (c. 1075-1128), obra románica de influencia francesa. El templo
consta de tres naves, la central de ellas cubierta por una enorme bóveda de cañón, y a sus
pies se abre el Pórtico de la Gloria, al parecer ideado por el maestro Mateo, que supone una
pieza clave de la escultura románica europea. En general, en el área española del Camino
de Santiago se desarrolló una forma autóctona de arquitectura románica, con influencias
orientales que en unas ocasiones derivan del contacto con los reinos musulmanes y en otras
de la antigua tradición bizantina trasmitida por los visigodos. Entre los templos destacan las
colegiatas de Toro (1160-1240) y San Isidoro de León (1054-1057), panteón de los reyes de
Castilla; las iglesias de San Martín de Frómista (c. 1066), con su peculiar cimborrio
octogonal sobre el crucero, y Torres del Río (siglo XII), de planta centralizada; y las
catedrales de Jaca (c. 1063), Salamanca (siglo XII) y Zamora (1151-1202), cuyo cimborrio
está rematado por una cúpula gallonada de origen bizantino. También se construyeron
numerosos monasterios que acogían a los peregrinos jacobeos, como el de la orden
benedictina en Silos, con su incomparable claustro románico del siglo XI, o el derruido de
San Juan de Duero (siglo XII) en la ciudad de Soria, con sus arquerías árabes.
VéaseRománico.
Arquitectura gótica


Al comienzo del siglo XII el lenguaje arquitectónico románico va a ser sustituido por el
gótico. Aunque el cambio responde a la reforma en el seno de la Iglesia cristiana,
caracterizada por el racionalismo de los teólogos tomistas, también coincide con una serie
de avances técnicos en la edificación. El proceso de construcción de una bóveda requiere en
primer lugar la colocación de una estructura de madera (llamada cimbra) que sostiene el
conjunto hasta que la curva se cierra, todos los elementos están ligados y se ha secado el
mortero de las juntas. La cimbra de las bóvedas de arista convencionales tiene que ser de
una sola pieza para cada crujía, y por tanto se requiere un complicado andamiaje que la
haga descansar sobre el suelo. Hacia el año 1100 los constructores de la catedral de
Durham, al norte de Inglaterra, y puede que simultáneamente los de San Ambrosio en
Milán, inventaron un nuevo método: en primer lugar se construyen los arcos perpiaños y
los dos arcos cruzados (llamados nervios) sobre el cuadrado de la crujía de una bóveda de
arista, utilizando una cimbra ligera que se puede sujetar a los cuatro pilares de la base;
después se rellena el resto de la bóveda mediante un material de relleno conocido con el
nombre de plementería, que se puede apoyar sobre cuatro cimbras ligeras e independientes.
El resultado es un nuevo tipo de bóveda llamada de crucería o de plementos, que aporta una
serie de ventajas evidentes: el conjunto de la bóveda pesa muchos menos, puesto que los
plementos no ejercen casi ninguna función estructural y por tanto pueden ser mucho más
ligeros, mientras que las auténticas líneas de tensión se refuerzan mediante los nervios
cruceros. Todos estos factores permiten elevar la altura de las naves y ensanchar sus luces
estructurales.
Otra novedad que ya presentaban algunos edificios románicos es la de los arcos y bóvedas
ojivales. La principal ventaja es de tipo compositivo. Las bóvedas de diferentes curvaturas
pueden cubrir crujías rectangulares e incluso trapezoidales, de modo que las divisiones de
la nave central pueden corresponderse con las de las naves laterales, y las bóvedas pueden
seguir utilizándose en el deambulatorio y en el ábside sin ninguna interrupción. Además,
las naves con claristorio (es decir, con un anillo de ventanas de claraboya) pueden elevarse
hasta la altura máxima de las bóvedas. Pronto estas claraboyas se convierten en grandes
ventanales llamados vidrieras, estructuradas mediante tracerías y compuestas por piezas de
vidrio coloreado. El espacio de la iglesia adquiere así una nueva luminosidad, que se ha
convertido en una de las características más propias de la arquitectura gótica.
Gracias a todos estos avances técnicos los maestros constructores pudieron construir
estructuras más esbeltas, altas y ligeras. Pero de cualquier forma las bóvedas ejercen una
serie de empujes transversales que no pueden contener unos pilares excesivamente altos, de
modo que se hacía necesario encontrar una solución constructiva que apeara estos empujes
hacia el exterior. Esta solución la constituye el sistema de arbotante y estribo, equivalente a
los antiguos contrafuertes adosados al muro, que tendrían que haber alcanzado
proporciones gigantescas para aguantar los nuevos esfuerzos laterales. El arbotante es un
segmento de arco que transmite en diagonal, lejos del pilar de apoyo, las tensiones que
ejerce la bóveda, mientras que el estribo es un sólido pilar que actúa como un contrafuerte
aislado, recibiendo el empuje del arbotante y descargándolo definitivamente en el suelo.
La nueva arquitectura evolucionó rápidamente en la Île-de-France. El origen se sitúa en la
abadía de Saint Denis (1140-1144), panteón de los reyes de Francia situado cerca de París.
Los obispos de las ciudades más prósperas, que competían por la destreza de sus artesanos
y arquitectos, se lanzaron a la carrera de la construcción de catedrales, rivalizando en
esplendor y en prestigio. Los mejores ejemplos se concentran en este área de Francia en
torno a París, y entre ellas destacan, con sus fechas de inicio: Laón (1160), París (1163),
Chartres (1194), Bourges (1195), Reims (1211), Amiens (1220) y Beauvais (1225). Otros
países europeos se lanzaron a esta carrera, especialmente los de mayor influencia francesa
como Inglaterra, donde se inició la construcción de las catedrales de Lincoln (1192) o
Salisbury (1220); y España, donde se inician las obras de las catedrales de León (c. 1255),
Burgos (1222) y Toledo (c. 1226). El derrumbamiento del coro de la catedral de Beauvais
en 1284 indicó que se había alcanzado el límite estructural. La anchura de las naves
principales de estas catedrales oscila entre 9 y 15 m, pero hay que tener en cuenta que el
coro de la catedral de Beauvais se reconstruyó con una altura de 47 metros.
Aunque la mejor arquitectura gótica fue religiosa, también se construyeron magníficos
edificios civiles y militares. Uno de los más impresionantes es el Krak de los Caballeros
(1131) en Jordania, una fortaleza construida por la Orden de los Caballeros Hospitalarios en
la época de las cruzadas. La arquitectura militar fue una respuesta defensiva contra los
avances en la tecnología militar; en todo caso, una de las estrategias más importantes seguía
siendo resistir un asedio. Muchas ciudades se resguardaban dentro de una muralla
fortificada y así se han conservado hasta nuestros días recintos como el de la ciudad de
Ávila, en España, Aigues-Mortes y Carcasona en Francia, Chester en Inglaterra o Visby en
Suecia.
Este periodo histórico coincide con un espectacular auge de la población urbana a causa del
desarrollo tecnológico y de la concentración de poder en torno a la nobleza y a la realeza,
así como por la aparición de nuevas clases sociales agrupadas en torno a los gremios de
artesanos y de una incipiente burguesía de nuevos oficios como banqueros y comerciantes.
Las ciudades crecieron sin la planificación teórica de la era romana ni de la posterior
renacentista. En el norte de Europa, donde la madera se conseguía fácilmente hasta la
Revolución Industrial, las ciudades se construyeron con este material que permitía bajos
costes y rapidez en la ejecución. Las naves de los monasterios, las lonjas y otras
construcciones civiles se cubrían en ocasiones mediante grandes estructuras de madera. En
Escandinavia se construyeron las iglesias con mástiles, realizadas enteramente en madera.
En los Alpes se levantaron ciudades enteras entrecruzando vigas de sección rectangular. En
numerosas regiones floreció la construcción en ladrillo, como en Lombardía, el norte de
Alemania, Holanda, Dinamarca y España, donde numerosos alarifes musulmanes
permanecieron en el territorio reconquistado por los reinos cristianos, dando lugar a la que
se conoce como arquitectura mudéjar. Estos constructores trasmitieron a la arquitectura
cristiana toda la sabiduría árabe en materia de construcción de ladrillo, con toda su variedad
de arcos y los característicos aparejos empleados para componer muros ornamentales.
VéaseArte y arquitectura góticas.
Arquitectura islámica

El profeta Mahoma creó la religión musulmana, hacia el año 622 (fecha de la Hégira), en la
ciudad árabe de Medina. La mezquita es el edificio más significativo de la arquitectura
islámica y su función no responde a rituales complejos (como el templo cristiano) sino tan
sólo a acoger un espacio para la oración. El clima del desierto, donde surgió la religión
musulmana, hace necesaria la protección del sol, del viento y de la arena, de modo que los
primeros modelos consistían en un simple recinto rectangular porticado con un patio en su
centro. La parte fundamental de la mezquita la constituye la quibla, que es el muro del
perímetro orientado hacia La Meca, donde deben dirigir la oración los fieles. En el centro
de la quibla se sitúa el mihrab, un nicho u hornacina que sirve para distinguir el muro de la
quibla. En ocasiones también se disponía, a la derecha del mihrab, un mimbar o púlpito
desde el que el imán (o cualquier otro tipo de jefe religioso o político) organiza la oración y
arenga a los participantes. Los elementos estructurales fueron diferentes a lo largo de la
historia, pero siempre con el predominio de la utilización del arco como elemento
sustentante. Las cubiertas, sin embargo, pueden ser planas, de madera a dos aguas, bóvedas
o cúpulas. Una característica común es la ausencia de vanos en los muros perimetrales, lo
que consolida el espacio de la mezquita como un espacio interior, indicado para el rezo,
cuya única luz procede del patio o de alguna abertura en la cubierta que produce una débil
incursión de luz cenital. El conjunto de la mezquita se completa con una torre llamada
alminar o minarete, desde la que se llama cinco veces diarias a la oración de los fieles. El
modelo general subsiste hoy día, aunque tan sólo se puede considerar como tipología a
efectos de uso, puesto que numerosas iglesias cristianas (como la de Santa Sofía en
Constantinopla o Estambul) han pasado a ser mezquitas sin demasiadas transformaciones.
La fe islámica prohibe las representaciones de personas y animales. Para sustituirlas, la
arquitectura islámica ha generado a lo largo de su historia una decoración característica,
empleando profusamente motivos vegetales (arabescos), geométricos y la propia caligrafía
árabe. Los materiales que se han utilizado para decorar los paramentos han sido variados:
azulejos, cerámicas, mosaicos, madera tallada, marquetería, mármoles, piedras areniscas,
estucos o mármoles con incrustaciones de gemas. VéaseArte y arquitectura islámicas.
Arquitectura islámica occidental
La dinastía Omeya, con centro en el califato de Damasco, inicia su poder en el año 661 y
dirige la expansión del islam hasta el año 850. De esta época son la mezquita de la Roca
(c. 691) en Jerusalén, y la mezquita mayor de Damasco (705), organizada como una
basílica de tres naves, pero con la orientación transversal, y flanqueada por el sahn o patio
de abluciones. Este edificio ha servido de modelo para la mayoría de las mezquitas
occidentales hasta nuestros días. Con la caída de los Omeyas de Damasco, los Fatimíes
tomaron el poder en el norte de África, donde construyeron siguiendo la tradición siria las
impresionantes mezquitas de Sidi Ocba en Kairuan (836-866), en la actual Tunicia, e Ibn
Tulun (siglo IX) en El Cairo.
En el año 755 desembarca en la península Ibérica —el extremo occidental del islam— el
único príncipe Omeya que se salva de la matanza Abasí y, a partir de este momento, se
inicia una recuperación de esta dinastía en torno al reino de al-Andalus y a la ciudad de
Córdoba. La obra más emblemática de este periodo es la mezquita de Córdoba (780-990),
iniciada en tiempos de Abd al-Rahman I y ampliada sucesivamente por sus herederos. Se
trata de una enorme mezquita (2,4 ha de superficie) que sigue el modelo de la de Damasco,
con la particularidad de que las naves se orientan longitudinalmente hacia el muro de la
quibla. Además, se introduce el arco de herradura (tomado de los modelos visigodos), que
se decora con franjas rojas características del arte cordobés. Otra de las construcciones de
este periodo es el colosal palacio de Medinat al-Zahara (comenzado en 936), casi una
ciudad construida para la corte por el primer califa Abd al-Rahman III. El califato de
Córdoba sucumbió ante el empuje de los pueblos bereberes del norte de África y de los
reinos cristianos del norte de la península, que coincidieron con su desintegración interna.
Sin embargo, casi todo el sur de España continuó bajo el dominio musulmán hasta finales
del siglo XV. En Sevilla se conservan restos de la antigua mezquita almohade (convertida
en catedral) y sobre todo su alminar, la Giralda (1184-1195), construido en ladrillo sobre
planta cuadrada y rematado como campanario cristiano en 1560. El último reino musulmán
sobre la península Ibérica fue el de Granada, vasallo de la corona castellana y gobernado
por la dinastía Nazarí. La Alhambra de Granada (1334-1391), fortaleza y residencia real, es
el palacio islámico mejor conservado de toda la edad media. Su arquitectura
compartimentada, así como las sutiles relaciones que se establecen con el paisaje
circundante y los jardines y estanques interiores, la convierten en uno de los ejemplos más
conmovedores de la arquitectura residencial de todos los tiempos. VéaseArte y arquitectura
hispanomusulmanas.
Arquitectura islámica oriental

Hacia la mitad del siglo VIII se funda el califato de Bagdad, en el actual Irak. La mezquita
más antigua de esta época es la de Samarra, construida en ladrillo, de la que se conserva el
minarete cónico con una rampa en caracol exterior, que recuerda los zigurats de la antigua
Mesopotamia. Siglos más tarde, en 1453, el Imperio de los turcos otomanos toma
Constantinopla, convertida a partir de entonces en la ciudad de Estambul. El sultán Solimán
el Magnífico, mecenas de las artes, toma para su arquitectura el modelo bizantino de Santa
Sofía y encarga a su arquitecto Sinan la construcción de la mezquita de Solimán
(comenzada en 1550) en Estambul y la de Selimiya (comenzada en 1569) en Edirne.
El actual Irán fue centro de otro Imperio musulmán, el de Persia. La capital se sitúa en
Ispahan; su arquitectura se caracteriza por las grandes mezquitas de iwanes, como la gran
mezquita de Saba (siglo XVI) o la de Masjid-i-Shah (comenzada en 1612), construida por
el sha Abbas I el Grande. Otra de las zonas que quedó bajo el dominio islámico es el
subcontinente indio, bajo la influencia persa de las dinastías mogoles. El monumento más
característico de esta tradición es el Taj Mahal (1632-1648) en Agra, un mausoleo de
mármol blanco cubierto por una cúpula bulbiforme de origen bizantino. Este periodo
también nos ha legado un impresionante catálogo de fortalezas, entre las que destacan el
Fuerte Rojo en Delhi y Fatehpur Sikri en Agra. VéaseArte y arquitectura de la India.
Arquitectura renacentista

En Europa occidental, una revolución cultural llamada el renacimiento trajo una nueva era,
no sólo en filosofía y literatura, sino también en las artes plásticas. En arquitectura se
rescataron los principios y estilos de la arquitectura clásica, que permanecen hasta nuestros
días. Este movimiento se inició en Italia hacia el 1400 y se expandió al resto de Europa a lo
largo de siglo y medio.
Arquitectura renacentista en Italia

Las familias que gobernaban las ciudades rivales del norte de Italia durante el siglo XV —
los Medici en Florencia o los Sforza en Milán— se convirtieron en mecenas de las artes
gracias a su saludable economía, fruto de un desarrollado comercio. Las clases ociosas
comenzaron a sentir un interés académico por la olvidada cultura latina —su literatura, su
arte y su arquitectura, cuyas ruinas permanecían por toda Italia.
A principios del siglo XV aún se estaba construyendo la catedral de Florencia. Se habían
levantado los pilares que debían sustentar una cúpula casi tan grande como la del Panteón
de Roma. La propuesta que finalmente se llevó a cabo fue la de Filippo Brunelleschi, que
había estudiado las soluciones constructivas romanas. La cúpula que proyectó y construyó
(1420-1436), y que aún hoy se yergue sobre la catedral, es de planta octogonal y se deriva
de las cúpulas romanas, pero incorpora numerosas innovaciones: se sustenta mediante una
doble estructura, interior y exterior, conectadas por nervios o costillas; es apuntada, por lo
que alcanza una altura mayor sobre la misma base, y, finalmente, se corona mediante una
linterna. El tambor, horadado por ojos de buey (ventanas circulares), se construyó sin
necesidad de contrafuertes, gracias a la inclusión en su base de un anillo de compresión,
compuesto por grandes bloques de piedra unidos por grapas de hierro y atados por una
gruesa cadena. Hay otros dos anillos de compresión dentro de la doble estructura de la
cúpula. Esta obra se puede considerar como la transición entre el gótico y el renacimiento.
Brunelleschi proyectó más tarde la capilla Pazzi (comenzada hacia 1441), también en
Florencia, que ya es un claro ejemplo de los nuevos principios de proporción y
composición.
Ya en los últimos tiempos de la arquitectura gótica había aparecido una nueva tipología
arquitectónica dentro de la ciudad: el palacio, residencia de las familias notables de la
nueva sociedad urbana. El palacio solía ser un edificio de varias alturas cuyas habitaciones
estaban dispuestas en torno a un cortile o patio interior. El arquitecto florentino Leon
Battista Alberti incorporó tres órdenes clásicos a la fachada del palacio Rucellai, más de lo
que se había logrado en el Coliseo de Roma, con la diferencia de que aquí el arquitecto
utilizó pilastras en lugar de columnas adosadas. El resultado se asemeja a un grabado sobre
el muro, que queda así articulado de forma racional siguiendo el ritmo de las ventanas. En
1485 Alberti publicó el primer tratado de arquitectura del periodo renacentista, basado en el
clásico de Vitrubio (que se conservó sin dibujos), y que más tarde tuvo una gran influencia
en la arquitectura clasicista.
En el siglo XVI Roma sustituyó a las ciudades del norte de Italia como centro de la nueva
arquitectura. El arquitecto milanés Donato Bramante ejerció en la Ciudad Santa desde
1499. Su templete de San Pietro in Montorio (situado en el patio del Colegio Español) es
uno de los primeros ejemplos de arquitectura renacentista en Roma, y sus elegantes
proporciones sientan las bases de la evolución arquitectónica posterior.
La construcción de la nueva basílica de San Pedro en el Vaticano se convirtió en el empeño
más ambicioso del siglo XVI. En el primer proyecto de Bramante (1503-1506) se dejaba
atrás el concepto medieval de basílica longitudinal y se optaba por una planta de cruz
griega de brazos iguales cubierta por una cúpula central (un esquema similar, a gran escala,
al de la iglesia de Santa Maria della Consolazione, en Todi). Los papas que sucedieron a
Julio II, sin embargo, encargaron la obra a otros arquitectos, primero a Miguel Ángel —que
llegó a construir los ábsides posteriores y la cúpula sobre una planta centralizada similar a
la bramantina— y posteriormente a Carlo Maderno —que acabó imponiendo la planta
basilical de cruz latina al prolongar la nave delantera. La cúpula nervada y terminada en
una linterna que realizó Miguel Ángel es una evolución lógica de la cúpula de Brunelleschi
en Florencia, con diferencias formales en planta (circular en vez de octogonal) y sección
(oval en lugar de apuntada). Los proyectos de San Pedro se convirtieron rápidamente en
modelos clásicos, repetidos en infinidad de lugares (un ejemplo es el Capitolio de Estados
Unidos, construido según el proyecto para la basílica vaticana de Giuliano da Sangallo).
Hacia la mitad del siglo XVI, una serie de arquitectos de la talla de Miguel Ángel,
Baldassare Peruzzi, Giulio Romano y Iacopo da Vignola comienzan a usar los órdenes
clásicos de una forma insólita, saltándose deliberadamente las normas establecidas en el
inicio del renacimiento para conseguir efectos dramáticos. Así, los arcos, las columnas y los
entablamentos se manipulan estableciendo nuevos ritmos, asimetrías y cambios
espectaculares de escala (el orden gigante introducido por Miguel Ángel) o de
proporciones. Este fenómeno se conoce con el nombre genérico de manierismo y entre los
ejemplos más destacables se encuentra el palacio del Té (1526-1534) de Giulio Romano, en
Mantua.
El arquitecto Andrea Palladio desarrolló su labor en el área del Véneto, especialmente en
torno a las ciudades de Vicenza y Verona. Aunque estuvo en contacto con los arquitectos
romanos, no siguió completamente la corriente manierista. En sus villas, construidas para la
oligarquía local, experimentó con numerosas variaciones propias de las normas clásicas:
ejes monumentales definidos desde el entorno, entradas únicas, habitaciones interiores
jerarquizadas en torno a una sala principal, espacios servidores dispuestos en alas
simétricas y, sobre todo, un sentido riguroso y sutil de la proporción. Sus investigaciones se
recogen en su tratado Los cuatro libros de la arquitectura (1570), en el que se establecen,
por medio de planos y dibujos dimensionados, las proporciones armónicas y sus reglas de
composición. Este libro sirvió como base para el movimiento neopalladiano de los países
anglosajones, cuyas máximas figuras fueron Inigo Jones en Inglaterra y Thomas Jefferson
en Virginia. Palladio también proyectó otros edificios, como las iglesias de San Giorgio
Maggiore (1565) e Il Redentore (1577), ambas en Venecia, o los palacios della Ragione
(1549) y Chiericati (1551-1557), en Vicenza.
Arquitectura renacentista del resto de Europa
Hacia finales del siglo XV, el renacimiento se había extendido por toda Europa occidental,
con la excepción de las islas Británicas. El rey de Francia, Francisco I, llamó a su corte a
numerosos artistas italianos (empezando por el genial Leonardo da Vinci en 1516), que
difundieron el nuevo arte y educaron a numerosos artistas locales. Se cree que el primer
edificio renacentista de Francia, el château de Chambord (1519-1547), construido por el
rey en el valle del Loira, fue obra del arquitecto italiano Domenico di Cortona. Aunque el
exterior es el de un castillo medieval, su interior es sin duda una obra del nuevo estilo. Los
arquitectos franceses Jacques Androuet du Cerceau, el Viejo, y Philibert Delorme
trabajaron en el proyecto de Fontainebleau, y Delorme fue el arquitecto del château d‟Anet,
donde Benvenuto Cellini colaboró como escultor. En París, el palacio real del Louvre fue
proyectado en 1546 por Pierre Lescot.
En la península Ibérica se da un caso similar al del château de Chambord, en el castillo de
La Calahorra (c. 1509), un edificio gótico cuyo interior puede considerarse plenamente
renacentista. Sin embargo, en España se dio la peculiaridad de que el estilo italiano se
desarrolló simultáneamente a un estilo autóctono llamado plateresco, más ligado a la
tradición gótica. Estas dos corrientes se funden definitivamente gracias a la figura de
arquitectos como Alonso de Covarrubias, Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira o Pedro
Machuca, cuyo palacio de Carlos V (1526) en la Alhambra de Granada se puede considerar
como el primer modelo clásico español. Sin embargo, la obra más significativa de este siglo
es el colosal monasterio-palacio de El Escorial (1563-1584), construido por orden del rey
Felipe II en las proximidades de la capital del reciente reino de España. En las trazas de esta
obra intervino en primer lugar el arquitecto Juan Bautista de Toledo, formado en Roma (al
parecer bajo las órdenes de Miguel Ángel), y posteriormente Juan de Herrera, que
consolida un estilo propio de corte manierista, geométrico y desprovisto de ornamentación
(llamado en su honor herreriano) y que va a influir notablemente en la arquitectura de los
siglos posteriores en España y Latinoamérica. VéaseArte y arquitectura renacentistas.
Arquitectura barroca
El proceso de experimentación sobre las normas clásicas que se había iniciado con el
manierismo desembocó en el barroco. Así, si el manierismo seguía utilizando las
disposiciones espaciales clásicas (escasa articulación, formas geométricas primarias), el
barroco rompe también con estas normas compositivas del renacimiento para obtener una
arquitectura explícitamente escenográfica. Para ello emplea los elementos clásicos, pero los
manipula de forma que resulten ambiguos, matizándolos con un sabio manejo de la luz que
añade dramatismo a los espacios.
Arquitectura barroca en Italia

Las primeras muestras del barroco aparecen en Italia, y su mejor representante es Gian
Lorenzo Bernini, que proyectó la Plaza de San Pedro en el Vaticano (comenzada en 1656).
Gracias al complicado juego perspectivo de la doble columnata (de planta oval abierta con
dos brazos) la fachada chata de Carlo Maderno para la basílica de San Pedro cobra un
nuevo vigor. Otra de sus mejores obras es la Escala Regia (1663-1666), también en el
Vaticano, donde consiguió construir en un espacio reducido una de las escaleras más
impresionantes de la historia de la arquitectura. Casi contemporáneo de Bernini es
Francesco Borromini, entre cuyas obras destacan dos pequeñas iglesias de Roma: San Carlo
alle Quattro Fontane (1638-1661; fachada terminada en 1667) se organiza en torno a una
planta elíptica, que refuerza el eje longitudinal, cubierta por una cúpula de la misma forma
sobre pechinas, y cuya fachada se curva en una ligera ondulación; la planta de Sant‟Ivo alla
Sapienza (comenzada en 1642) se origina por la intersección de dos triángulos equiláteros,
en cuyas esquinas aparecen tres nichos o absidiolos cóncavos y otros tres chaflanes
convexos alternativamente. Estos muros curvos, delimitados por pilastras, alcanzan el nivel
de la cúpula y continúan la planta hexagonal desde el suelo hasta la linterna.
Guarino Guarini trabajó en Turín pero, curiosamente, en dos de sus obras más significativas
recogió algunos temas de tradición hispana. Así, la iglesia de San Lorenzo (1668-1687) está
cubierta por una peculiar cúpula de ocho nervios cruzados, al estilo califal cordobés, que en
sus intersticios permiten el paso de la luz. La capilla de la Santa Sindone (o del Santo
Sudario, 1667-1694) está situada detrás del altar mayor de la catedral de Turín, en lo alto de
unas gradas, en una disposición similar a la de los camarines de vírgenes hispanas. A
finales del siglo XVII y principios del XVIII destacan las figuras de Carlo Fontana y
Filippo Juvarra, entre cuyas obras destacan los palacios Madama (1718-1721) y Stupinigi
(1719-1733), cerca de Turín, así como el proyecto del palacio real de Madrid (1735), que
más tarde modificó y construyó Giovanni Battista Sachetti.
Arquitectura barroca en Francia

Uno de los mejores ejemplos de arquitectura francesa religiosa del siglo XVII es la iglesia
de San Luis de los Inválidos (1676-1706) en París, proyectada por Jules Hardouin-Mansart.
El mejor arte barroco de este siglo (le grand siècle), en cualquier caso, se produjo para la
corte de Luis XIV. El château de Vaux-le-Vicomte (1657-1661) es el fruto de la
colaboración entre el arquitecto Louis le Vau, el pintor Charles Lebrun y el diseñador de
jardines André Le Nôtre. El rey Sol quedó tan impresionado por esta obra que encargó a los
mismos artistas la reconstrucción del palacio de Versalles, a una escala que fuera
representativa de su grandeza. El palacio se convirtió en el centro del poder de este
monarca absoluto y se fue ampliando desde 1667 hasta 1710. Luis XIV también llamó a
Bernini para que proyectara una ampliación del palacio del Louvre en París, aunque
finalmente fue elegido el proyecto de Claude Perrault, que entre 1667 y 1679 se hizo cargo
de las obras.
La muerte de Luis XIV en 1715 coincidió con una serie de renovaciones en el mundo del
arte que desembocaron en lo que se conoce como estilo rococó. La máxima expresión de la
grandeur real es la Plaza de la Concordia (comenzada en 1753) en París, proyectada por
Jacques Ange Gabriel, así como el gran eje y las plazas de Nancy (1751-1759), obra del
arquitecto Emmanuelle Héré de Corny. Gabriel también construyó una pequeña obra de
carácter más clasicista, el Petit Trianon (1762-1764), donde ya se deja ver la evolución
reformista pedida por el abad Laugier.
Arquitectura barroca en el Reino Unido

A principios del siglo XVII, la arquitectura de Gran Bretaña aún seguía los modelos góticos
autóctonos. La figura que va a introducir el estilo renacentista es Inigo Jones, de influencia
palladiana, entre cuyas obras merece especial mención la Banqueting House (1619-1622)
en Whitehall, Londres. El incendio de Londres de 1666 hizo necesaria la reconstrucción de
la ciudad. Entre los arquitectos que llevaron a cabo esta tarea destacó el polifacético
Christopher Wren, cuya obra maestra es la catedral de Saint Paul (1675-1710), inspirada en
los dibujos de Sangallo para la basílica de San Pedro. Aunque esta obra se puede considerar
barroca por algunos de sus elementos, es clasicista en cuanto a su concepción espacial. Es
curioso cómo la llegada tardía de los modelos clásicos supuso, al tiempo que una débil
adscripción al barroco, el inicio prematuro de lo que se conocerá como arquitectura
neoclásica. Wren proyectó numerosas iglesias por toda Inglaterra, en muchas de las cuales
introdujo el empleo del campanario de una sola torre, de planta cuadrada y pronunciado
chapitel, que más tarde se convirtió en el arquetipo de la arquitectura religiosa del Reino
Unido y de sus colonias americanas.
Arquitectura barroca en Centroeuropa
En Austria y Baviera floreció especialmente el estilo rococó. La abadía benedictina de
Ottobeuren (1748-1772), proyectada por Johann Michael Fischer (1692-1766), es tan sólo
una de las iglesias, monasterios y palacios llevados a cabo en este periodo en el centro de
Europa, entre los cuales también destaca la iglesia de peregrinación de los Vierzehnheiligen
(1743-1772) cerca de Banz (Alemania), proyectada por Balthasar Neumann, y el
Amalienburg (1734-1739) en el parque del Nymphenburg, cerca de Munich, del arquitecto
bávaro nacido en Flandes, François de Cuvilliés.
Arquitectura barroca en España y Latinoamérica


La arquitectura religiosa en España y Latinoamérica está enormemente influida por la
Contrarreforma, y especialmente por la nueva arquitectura de la orden jesuita, cuyo modelo
espacial es la iglesia del Gesù en Roma, de Vignola. Una de las iglesias donde esta
influencia es más palpable es la Clerecía de Salamanca (1614-1617), obra de Juan Gómez
de Mora, que además de la iglesia viñolesca incorpora un patio de tradición monástica. Pero
sin duda la aportación más original del barroco español es la acumulación decorativa en los
retablos y en algunos elementos murales, como en el hospicio de San Fernando (1720) en
Madrid, de Pedro de Ribera. El arquitecto José Churriguera, y posteriormente sus hermanos
Joaquín y Alberto fijaron el llamado estilo churrigueresco, en el que el barroco español da
un paso más hasta llegar a la acumulación tridimensional. Entre las obras de mayor
envergadura destaca la plaza Mayor de Salamanca (1728), de Alberto Churriguera, que
conserva el espacio porticado tradicional en este tipo de espacios urbanos.
A mediados del siglo XVII la influencia española, trasmitida en gran medida por las
órdenes religiosas, aparece en las construcciones de la América colonial. Los edificios
religiosos heredan las composiciones espaciales jesuíticas, como la iglesia de la Compañía
de Cuzco (1651-1668), Perú, proyectada por Diego Martínez de Oviedo, cuyas torres
achatadas se imponen para evitar los desastres producidos por los seísmos. También la
tradición ornamental de la península se va a dejar sentir a lo largo de toda Latinoamérica,
especialmente en el virreinato de Nueva España (hoy México), donde se inicia una
tradición propia que supera a la española en complejidad y dramatismo. Algunos de los
ejemplos más admirables de lo que se llamó barroco exuberante son la capilla del Rosario
de la iglesia de Santo Domingo (terminada en 1690) en Puebla, o las iglesias de Santa
Prisca de Taxco (1748-1758) y la jesuítica del convento de Tepotzotlán (1762, Estado de
México), que parece tener ciertas influencias hispano-musulmanas, como la cúpula califal
de la capilla de Loreto, o la decoración de azulejos en el interior.
Urbanismo barroco
Una de las características de la arquitectura barroca es la prolongación de los ejes de cada
edificio simbólico hasta alcanzar todo el ordenamiento de la ciudad, e incluso, hasta
modificar el territorio en que se enclava. La plaza del Campidoglio o Capitolio (1538-1564)
en Roma, diseñada por Miguel Ángel, sirvió en lo sucesivo como modelo de plaza urbana,
mientras que la villa Farnese (comenzada en 1539) en Caprarola, proyectada por Vignola,
mostraba la tendencia expansiva de los ejes monumentales, que se continúan a través de los
jardines. Las fachadas de las iglesias barrocas se proyectaban en relación con la plaza a la
que se abrían, aunque no se correspondieran con el espacio interior. Estos principios
reguladores alcanzaron su máxima expresión en la construcción de ciudades de nueva
planta, tanto en Europa (caso de San Petersburgo, donde el zar Pedro el Grande contó con
la colaboración de arquitectos italianos y franceses) como en el Nuevo Mundo, donde se
construyeron numerosos centros urbanos como el de la ciudad de México, Santiago de
Chile, o Antigua (Guatemala), donde además se acomodaron elementos típicamente
españoles como las plazas mayores, que a menudo servían de foco para el resto de las
trazas urbanas.
Arquitectura neoclasicista

Coincidiendo con la efervescencia cultural de la Francia prerrevolucionaria, una serie de
teóricos, como el abad jesuita Marc-Antoine Laugier (Essai sur l’architecture, 1753)
preconizaron como reacción frente a los excesos del rococó una vuelta a los modelos
clásicos, más racionales y humanistas. Por otra parte, gracias a los descubrimientos de la
incipiente arqueología, volvió a ponerse de manifiesto la excelencia de la arquitectura
griega y romana, que defendían los escritos y grabados de Piranesi (defensor de los
modelos romanos), o de James Stuart y Nicholas Revett (defensores del dórico griego en su
libro The Antiquities of Athens, 1762).
En Inglaterra, la ausencia de barroco pleno permitió a la arquitectura mantener ciertos tintes
clasicistas durante el siglo XVIII, como muestra el palacio de Blenheim (1705), obra de
John Vanbrugh. Sin embargo, las ideas continentales cristalizaron rápidamente en las obras
de numerosos arquitectos ingleses, como Richard Burlington, William Kent o John Wood,
que retomaron con interés la obra de Palladio y de su sucesor Inigo Jones. Más tarde, esta
arquitectura neopalladiana evolucionó hacia un estilo típicamente inglés llamado estilo
georgiano. En el declive del clasicismo aparece en Londres la figura de John Soane, un
arquitecto enormemente imaginativo cuya obra fundamental, el Banco de Inglaterra (1788-
1808), se ha perdido casi por entero. El estilo neoclásico se transmitió a las colonias
norteamericanas, donde además se hizo notar la influencia revolucionaria francesa. Entre
las figuras más destacadas están Samuel MacIntire (que posteriormente desarrolló el estilo
federal como expresión de la independencia de Estados Unidos) y los neopalladianos
Thomas Jefferson y Benjamin Henry Latrobe.
Una de las primeras grandes obras neoclasicistas francesas es la iglesia de Sainte
Geneviève (llamada también el Panteón, comenzada en 1757) en París, obra de Jacques-
Germain Soufflot, que combina la elegancia de los órdenes griegos con la audacia
constructiva de los edificios góticos. En la época cercana a la Revolución aparecen en
Francia una serie de arquitectos neoclasicistas, como Claude-Nicolas Ledoux y Etienne-
Louis Boullée, conocidos como „los arquitectos visionarios‟, cuyos numerosos proyectos
no ejecutados servirán de germen para la arquitectura contemporánea. Su arquitectura es
moralizante, defensora de la abstracción más estricta, y se basa en la combinación de
elementos geométricos puros.
En España, el reinado de Carlos III trajo las ideas de la Ilustración, y con ellas la
arquitectura clasicista. Entre los arquitectos más destacados de lo que se llamó en España
„la arquitectura de la razón‟ cabe citar a Ventura Rodríguez, autor de la fachada de la
catedral de Pamplona (1783), y a Juan de Villanueva, que además de utilizar con rigor los
lenguajes clásicos fue capaz de concebir una arquitectura original, basada en la complejidad
de los espacios, de la que su mejor ejemplo es el Museo del Prado (1785) en Madrid.
VéaseNeoclasicismo.
La arquitectura del hierro


La Revolución Industrial, que comienza en Inglaterra hacia el año 1760, acarreó numerosos
cambios en todas las culturas del mundo. El incremento de la capacidad productiva y la
invención de nuevos procesos industriales trajeron consigo la creación de nuevos materiales
de construcción, como el hierro colado, el acero laminado o el vidrio plano en grandes
dimensiones, y con ellos la posibilidad de construir nuevas composiciones hasta entonces ni
siquiera soñadas. Sin embargo, los arquitectos siguieron utilizando los materiales
tradicionales durante mucho tiempo, mientras las academias de las Bellas Artes
consideraban “poco artísticas” las fantásticas estructuras diseñadas por ingenieros a lo largo
del siglo XIX.
El primer edificio construido enteramente con hierro y vidrio fue el Crystal Palace (1850-
1851; reconstruido entre 1852 y 1854) en Londres, una gran nave preparada para acoger la
primera Exposición Universal, que fue proyectada por Joseph Paxton, que había aprendido
el empleo de estos materiales en la construcción de invernaderos. Este edificio fue el
precursor de la arquitectura prefabricada, y con él se demostró la posibilidad de hacer
edificios bellos en hierro.
Entre los escasos ejemplos de utilización del hierro en la arquitectura del siglo XIX destaca
un edificio de Henry Labrouste, la biblioteca de Santa Genoveva (1843-1850) en París, un
edificio de estilo renacentista en su exterior pero que en su interior dejaba ver la estructura
metálica. Los edificios de hierro más impresionantes del siglo se construyeron para la
Exposición Universal de París de 1889: la nave de Maquinaria y la célebre torre (1887) del
ingeniero Alexandre Gustave Eiffel.
Eclecticismo
A comienzos del siglo XIX la arquitectura occidental se debatía entre diferentes
recuperaciones (revivals) de los lenguajes históricos, en una especie de agonía que se
prolongó más de un siglo y que se conoce como historicismo o eclecticismo. En el primer
tercio de siglo se impuso, como heredero directo del neoclasicismo, el llamado neogriego,
entre cuyas figuras cabe destacar al arquitecto prusiano Karl Friedrich Schinkel, que en
algunos aspectos se anticipó al movimiento moderno.
En Francia se desarrolló un estilo llamado imperio, dedicado al culto del emperador
Napoleón Bonaparte, cuya obra más emblemática es la iglesia de La Madelaine (1807-
1842), una copia en el centro de París del templo romano de la Maison Carré de Nimes. En
el último tercio del siglo, coincidiendo con la época de Napoleón III (durante el Segundo
Imperio), se levantó el impresionante edificio de la Ópera de París (1861-1875), obra
neobarroca de Tony Garnier, y se reconstruyó el centro de París, obra dirigida por el barón
Haussman siguiendo los principios urbanísticos de la época de Luis XIV.
En Inglaterra se desarrolló una corriente romántica que evolucionó hasta llegar al estilo
neogótico, uno de cuyos mejores ejemplos son los edificios del Parlamento (comenzados en
1836) en Londres, construidas por los arquitectos Charles Barry y A. W. N. Pugin,
probablemente el mejor representante de este estilo. Otro de los estilos medievalistas que se
desarrollaron durante el siglo XIX fue el neorrománico, que influyó notablemente en la
arquitectura del arquitecto estadounidense Henry Hobson Richardson. Este arquitecto
formado en París fue el precursor de la arquitectura contemporánea estadounidense, y entre
sus obras más significativas se encuentra la Trinity Church (1872-1877) en Boston.
Arquitectura modernista


A finales del siglo XIX un cierto número de artistas tomó conciencia de la necesidad de una
nueva arquitectura, propia de su época y no heredada de los modelos antiguos. Nace así un
movimiento llamado en Alemania y Austria Jugendstil, en Francia y Bélgica Art Nouveau,
y en Cataluña Modernisme. Entre las figuras más emblemáticas se encuentran Victor Horta
en Bruselas, Otto Wagner, Joseph Maria Olbrich y Josef Hoffman en Viena (representantes
del movimiento vienés conocido como Sezession), y el escocés Charles Rennie
Mackintosh, que desarrolló un estilo propio con reminiscencias medievales, uno de cuyos
mejores ejemplos es la Glasgow School of Art (1898-1899). Un caso aparte es el del
catalán Antoni Gaudí, que comenzó su carrera en las filas del neogótico pero más tarde
evolucionó por un camino personal, que le llevó a construir una serie de obras, casi todas
ellas en Barcelona, de una originalidad inusitada. Entre éstas destacan la casa Milá (1906-
1910), un edificio de viviendas en chaflán cuya fachada de piedra ondula entre las grandes
ventanas, que predicen los pasos del movimiento moderno, el inacabado templo expiatorio
de la Sagrada Familia (1883-1826), o el onírico Parc Güell (1900-1914), donde al margen
de una imaginación desbordante se aprecia la maestría constructiva de este genial
arquitecto.
El rascacielos

La disponibilidad de perfiles de acero en grandes cantidades, y, sobre todo, la invención del
ascensor eléctrico, permitieron en las últimas décadas del siglo XIX la construcción de
edificios de gran altura, llamados rascacielos, iniciando así una carrera que aún hoy parece
no tener fin. El arquitecto estadounidense Louis Sullivan fue el primero en dotar de una
tipología expresiva a los nuevos edificios comerciales urbanos, como muestran el
Wainwright Building (1890-1891) en Saint Louis (Missouri), el Guaranty Building (1895)
en Buffalo (New York), y el Carson Pirie Scott Department Store (1899-1904) en Chicago.
Su carrera converge con la de los arquitectos de la llamada Escuela de Chicago, cuya mayor
aportación fue el desarrollo de la tipología de rascacielos, donde consiguieron una
combinación perfecta entre la mampostería de piedra en la fachada y la estructura interior
de hierro. Gracias a este sistema constructivo, en el que el esqueleto se levantaba
rápidamente y sobre él se disponía el cerramiento, se conseguían resolver dos de los
mayores problemas que planteaba la ciudad moderna: la escasez de terreno y la escasez de
tiempo.
Otro de los méritos de Sullivan consiste en haber sido el maestro de Frank Lloyd Wright,
uno de los mejores arquitectos del siglo XX. VéaseArte y arquitectura de Estados Unidos.
El hormigón armado
La atención de los arquitectos franceses de principios del siglo XX se concentró en otro
nuevo material constructivo: el hormigón armado. Auguste Perret construyó numerosas
obras investigando sobre el lenguaje propio de este material, entre las que destacan el
edificio de viviendas de la calle Franklin (1902-1903) y el Théâtre des Champs Elysées
(1911-1914), ambos en París. Tony Garnier proyectó, durante su estancia en Roma, una
ciudad entera construida en hormigón, que apareció publicada en 1917 con el título de La
cité industrielle. En Viena, Adolf Loos publicó en 1908 su artículo Ornamento y delito,
mientras proyectaba y construía una arquitectura extremadamente despojada. Peter Behrens
fue uno de los fundadores del Deutsche Werkbund (Asociación para el Progreso de la
Industria Alemana), y su edificio para la fábrica de turbinas de la AEG (1908-1909) en
Berlín lo convirtió en el pionero alemán de la arquitectura moderna.
El movimiento moderno



Uno de los principales catalizadores del diseño y la arquitectura del movimiento moderno
fue la Bauhaus. Esta escuela de arte (Weimar, 1919-1925; Dessau, 1926-1933) aunó las
experiencias de arquitectos, artistas y diseñadores de numerosos países, interesados en
investigar sobre los principios del arte moderno. El director de la primera etapa fue Walter
Gropius, que además proyectó los edificios de la nueva sede en Dessau, y su sucesor fue
Ludwig Mies van der Rohe. La nueva arquitectura pudo demostrar sus virtudes en los
Siedlungen (edificios de viviendas de bajo coste) construidos en Berlín y Frankfurt,
mientras que la exposición de nuevas tipologías residenciales en la Weissenhof Siedlung
(1927) de Stuttgart consiguió reunir la obra de Mies, Gropius, J. J. P. Oud y Le Corbusier.
Estas demostraciones insistían en el papel social de la arquitectura del movimiento
moderno, capaz de construir viviendas dignas (el existenzminimun) y al mismo tiempo
baratas. Por otra parte, Mies Van der Rohe mostró las capacidades expresivas de la nueva
arquitectura en el pabellón alemán de la Exposición Universal de Barcelona (1929), un
edificio sutil que explora las posibilidades de la planta libre, construido con materiales
nobles como travertino, mármol, ónice y acero cromado. Gropius, su discípulo Marcel
Breuer y Mies tuvieron que huir de Alemania con la llegada del nazismo y se exiliaron en
Estados Unidos, donde los tres ejercieron una gran influencia acrecentada por su labor
docente.
Le Corbusier es sin duda el arquitecto más influyente del siglo XX. Su extensa carrera
comenzó con la publicación de los primeros escritos, donde clamaba por una estética
similar a la de las máquinas y preconizaba la sustitución de la ciudad tradicional por una
nueva ciudad de rascacielos dispuestos sobre enormes espacios arbolados. Su Ville Savoie
(1929-1930), en los alrededores de París, es uno de los arquetipos de la arquitectura
contemporánea. En ella se combina la complejidad espacial, que juega con una sutil
ambigüedad entre el interior y el exterior, con los postulados que defendió durante años:
edificio sobre pilotis, jardín sobre la terraza, planta libre, fachada independiente de la
estructura y amplios ventanales. Ya en la década de 1950 proyectó una nueva ciudad como
capital del estado indio del Punjab, llamada Chandigarh, y proyectó los tres edificios más
representativos del Capitolio. En Francia construyó dos edificios religiosos excepcionales:
la iglesia de peregrinación de La Ronchamp (1950-1955) y el monasterio dominico de La
Tourette (1957-1961). Después de la primera etapa, más racionalista, esta segunda etapa
conocida como brutalista se caracteriza por el uso del hormigón de una forma más
expresiva, así como por los efectos dramáticos de luces y sombras.
Algunos ingenieros especialistas en el cálculo de estructuras como Robert Maillart, Eugène
Freyssinet, Eduardo Torroja o Pier Luigi Nervi han construido a lo largo del siglo XX
algunos edificios especialmente imaginativos, que han servido de inspiración a numerosos
arquitectos como el estadounidense de origen finés Eero Saarinen o el español afincado en
México Félix Candela.
El arquitecto finés Alvar Aalto trabajó durante más de cuatro décadas, sin adherirse
plenamente a la arquitectura de corte industrial, pero logrando un lenguaje propio que se
añade al catálogo de la mejor arquitectura moderna. Entre las aportaciones fundamentales
de este arquitecto nórdico se encuentran la sutileza en la composición espacial, el manejo
de la luz natural y su especial sentido para utilizar los materiales, sacando el máximo
partido a sus cualidades expresivas. La arquitectura escandinava ha dado muestras de una
gran vitalidad a lo largo de este siglo, gracias a figuras como el sueco Gunnar Asplund, o el
danés Jørn Utzon, que proyectó la espectacular Ópera de Sydney (1957-1973), en Australia.
En Estados Unidos la influencia de los maestros europeos se dejó sentir claramente después
de la II Guerra Mundial, especialmente a través de la figura de Louis I. Kahn, en cuyos
edificios se puede sentir la monumentalidad de la Roma antigua. Uno de los edificios
emblemáticos de este arquitecto es el Museo de Arte Kimbell (1972), en Fort Worth
(Texas), donde las bóvedas de cañón se abren por la clave hasta convertirse en lucernarios
cenitales.
La influencia de los maestros del movimiento moderno se comenzó a sentir en España y en
algunos países de Latinoamérica hacia finales de la década de 1920, especialmente en
Brasil, donde la influencia de Le Corbusier es evidente sobre Lucio Costa y Oscar
Niemeyer, responsables de la construcción de la ciudad de Brasilia siguiendo principios
corbusierianos. La generación de arquitectos racionalistas españoles, asociada en torno al
GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura
Contemporánea), tuvo que disolverse al final de la Guerra Civil española (1936-1939), y
mientras que Josep Lluís Sert emigró a Estados Unidos para hacerse cargo de la Facultad de
Arquitectura de Harvard, otros arquitectos como Félix Candela y Antonio Bonet emigraron
a Latinoamérica, donde se unieron a las corrientes modernas encabezadas por Juan
O‟Gorman en México y Julio Vilamajó en Uruguay. VéaseArquitectura contemporánea
española; Arquitectura contemporánea mexicana.
El International Style

Los arquitectos alemanes que emigraron a Estados Unidos con la llegada al poder del
nazismo, iniciaron allí una corriente más ligada a la tradición constructiva estadounidense.
Uno de sus discípulos, Philip Johnson, concretó esta corriente definiéndola como
International Style (estilo internacional), en alusión a su falta de referentes nacionales.
Dentro de esta corriente se pueden incluir la mayoría de la obras americanas de Mies Van
der Rohe, como los edificios de apartamentos de Lake Shore Drive (1951) en Chicago, y el
Seagram Building (1958) en Nueva York, este último en colaboración con el propio Philip
Johnson. Este estilo degeneró en una arquitectura sin carácter, que se extendió rápidamente
por todo el mundo gracias a su inocuidad ideológica y a los enormes beneficios económicos
que podía generar a las empresas constructoras.
Arquitectura posmoderna

Como reacción al International Style, y de forma más genérica al movimiento moderno,
apareció en la década de 1960 un movimiento filosófico y artístico que se conoce con el
nombre genérico de posmodernismo. Entre las tendencias que podemos encontrar en este
movimiento se distingue una de tipo clasicista, originada a partir de la publicación en 1966
del libro de Robert Venturi Complejidad y contradicción en la arquitectura, en el cual
defendía la vuelta a los modelos de la arquitectura tradicional. También el camaleónico
Philip Johnson se adscribió a esta corriente, apoyándola desde su puesto directivo en el
MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York). Otros arquitectos que han seguido los
pasos de Venturi son Michael Graves, Robert A. M. Stern, o el catalán Ricardo Bofill.[1]
La ruptura de los paradigmas de la razón occidental

En las últimas décadas del siglo XIX comienza a producirse en el campo de las artes en general una
reacción paulatina pero inexorable contra ciertos principios que habían regido la visión artística
desde el Renacimiento y que se hablan consolidado en los dos últimos siglos. Las razones de ello
son múltiples y tienen que ver tanto con los cambios económicos, sociales, políticos e ideológicos
que se produjeron a lo largo de dicho siglo como a la toma de contacto con otras manifestaciones
ajenas al pensamiento occidental moderno. Nos referimos tanto al contacto con el arte de las
civilizaciones no europeas (americanas, africanas y asiáticas), que es lo que nos atañe en este
trabajo y su relación con Wright. En la Pintura la ruptura se manifiesta en el rechazo gradual de las
realidades visibles que vinculaban con la representación del mundo real. Este rechazo es iniciado
por el impresionismo, que reducía aquella realidad a fantasmas ópticos y modos de incidencia de
la luz, proseguido por el fauvismo y el expresionismo, que tendía a su deformación expresiva,
acelerado por el cubismo, que parte en fragmentos dichas realidades para sacar de sus despojos
un juego de construcción, y culminado por la abstracción, que prescinde por completo del mundo
de las apariencias reconocibles. Luego de ello, el surrealismo despojará a dichas apariencias de su
sentido acostumbrado, revistiéndolas de otros significados, y el arte concreto preconizará una
organización de las artes plásticas que prescindirá por completo de la representación del mundo
visible, reemplazándola por la presentación de hechos plásticos carentes de toda referencia al
mundo visible.
Por otra parte, en la arquitectura la ruptura tiene un signo similar. Tanto el modo de organizar los
espacios como los métodos de composición proyectual y el vocabulario iconográfico vigente
durante el siglo XIX estaban basados en los modelos académicos transmitidos a través de las
instituciones específicas como L´Ecole de Beaux Arts, que universalizaba los paradigmas de la
arquitectura clásica occidental, recreada por el Renacimiento y realimentada por los
descubrimientos arqueológicos de Winckelman. Las corrientes arquitectónicas de fines de siglo
comenzaron a cuestionar esta tradición a través del Art Nouveau en Francia y Bélgica y sus
diversas manifestaciones locales: Jugendstil, Floréale y modernismo entre otras. Tanto el
futurismo como el expresionismo profundizaron este proceso. La ruptura total se produjo
finalmente de la mano de corrientes como el constructivismo, el neoplasticismo y finalmente el
movimiento moderno. A los maestros de la primer generación del movimiento les correspondió
reasentar el modo de hacer arquitectura sobre nuevas bases y enunciar los nuevos paradigmas de
la disciplina.


Impresionismo, simbolismo y art nouveau

Se refleja en arquitectura en las diversas experiencias nacionales centradas en torno del Art
Nouveau. La reacción contra los cánones sobre todo figurativos de la arquitectura académica y su
reemplazo por una decoración basada en la sensibilidad mórbida y vibrante de las curvas libres
que se entrelazan y en la aparición de motivos exóticos no solo significan la apertura del
vocabulario arquitectónico a ese nuevo mundo de sensaciones y sensualidades sino la primera
señal de ruptura en el orden de la arquitectura occidental. De Macintosh a Gaudí, pasando por
Horta, Van de Velde, Guimard y el Floreale italiano, los diversos países europeos atraviesan por
esta ola de libertad resalando a su vez ciertas tendencias nacionales, en contra de la universalidad
de la arquitectura académica.


Expresionismo

Tiene lugar en Austria el movimiento de la Secesión Vienesa. La reacción que la Secesión propone
contra la arquitectura académica admite una gradación de matices. En su fundador Otto Wagner,
muy comprometido aún con el monumentalismo de la arquitectura oficial del imperio Austro-
Húngaro, se manifiesta básicamente como una simplificación y estilización de la iconografía
clásica, mientras que en su discípulo Josef Hofmann aparece una sensibilidad más libre -como se
hace evidente en su magnífico Palacio Stociett-. Esta libertad se acentúa más aun en la obra de
Josef María Olbrich, particularmente en el diseño de obras como la Colonia de Mistas en
Darmstadt. Finalmente, la corriente expresionista hace su completa eclosión en vísperas de la
Primera Guerra Mundial, alrededor de 1911. La estética exasperada del expresionismo se extendió
como pocos otros movimientos a todas las esferas de la actividad artística, debido a su coherencia
y su evidente identificación con ciertos rasgos propios de la sensibilidad germánica.


Futurismo

De modo similar al expresionismo, el futurismo fue una propuesta que nació con la intención de
abarcar la totalidad de las expresiones artísticas. Los sucesivos manifiestos futuristas enunciados
por Marinetti y sus seguidores extendían el programa tanto a la pintura, la escultura y la
arquitectura, como a la música, el teatro y la poesía. Pero a diferencia del pujante movimiento
alemán, el futurismo solo plasmó sus contenidos en forma trascendente en la pintura. El resto de
las manifestaciones quedó generalmente al nivel de resonantes proclamas, proyectos irrealizados
y experimentos no cristalizados en obras. Más allá de las atrayentes figuraciones iconoclastas
presentes en estos dibujos, es evidente que ese mundo de puentes colgantes, estaciones de
ferrocarriles y rascacielos tenía que ver más con el townscape de lo que pocos años después
llegarían a ser las grandes ciudades americanas como New York o Chicago que con la realidad
urbana e industrial de la Italia que vio nacer estas propuestas.


Neoplasticismo

El arte de Mondrian y de sus discípulos, que constituyeron en Holanda el influyente grupo De Stijl,
constituye el desarrollo más evidente del arte abstracto de carácter geométrico. De Stijl fue
fundado en 1917 por el pintor Theo van Doesburg y sus miembros más influyentes fueron, además
de Mondrian, el pintor y escultor Georges Vantongerbo y los arquitectos Johannes Jacobus Peter
Oud, Gerrit Ríetveld y Coor van Eesteren. El dinamismo geométrico de las líneas y los planos de las
pinturas de Mondrian alejado de cualquier intención de simetría, encuentra su corrélato en la
descomposición elementarista de los polémicas proyectos de Rietveild y van Eesteren, así corno
en la vibración plástica del café-cabaret Aubette de van Doesburg. La influencia del movimiento
neoplástico se hizo sentir en el Bauhaus, con la cual había una fuerte corriente de intercambios.
De hecho, la etapa berlinesa de Mies Van der Rohe, antes de su exilo en Estados Unidos está
fuertemente signada por la experiencia neoplástica. Tanto su serie de proyectos de casas con
patios como el célebre Monumento a Rosa Luxemburgo registran esa impronta estética. Pero la
culminación de la manera neoplástica de Mies Van der Rohe la constituye sin lugar a dudas el
magnífico Pabellón alemán de la Exposición de Barcelona en cual el elementarismo centrífugo y a
la vez sereno de los planos fugando hacia el espacio y desdibujando las nociones de espacio
interior y exterior alcanzan un grado de síntesis no superado.


Cubismo, Purismo, Le Corbusier y el Grupo de los Seis

La esencia de la aventura cubista consiste en emprender, sobre las dos dimensiones de la tela, una
investigación autónoma de la realidad tendiente a descomponerla en un sin número de planos a
menudo imbricados y superpuestos, con el objeto a integrar, a su vez, en una sola plasmación, las
múltiples visiones en torno de los objetos y aun dentro de ellos, para después deducir de esta
operación una nueva forma de construcción de la realidad.
Esto es lo que aporta el cubismo en sus sucesivas versiones analítica y sintética. Por las diferentes
necesidades a que responden la pintura y la arquitectura se comprende que es muy difícil
encontrar un correlato de este modus operandi en las obras de arquitectura. Probablemente lo
más cercano a ello sean los estudios de casas hechos por Gerrít Rietveld y Coor van Eesteren en el
marco de la experiencia neoplástica, posterior y tributaría en más de un aspecto del cubismo. La
descomposición elementarista de esos proyectos parece ser lo que más se aproxima a la
operatoria que el cubismo habla realizado en pintura una década antes. Asimismo los proyectos
no construidos de los constructivistas rusos manifiestan claramente en su exaltada
descomposición la influencia del cubismo. Desde un punto de vista obviamente menos formal y
más conceptual, se ha querido ver en la célebre promenáde architecturel con la cual le Corbusier
hiende el corazón de su Ville Savoie de 1930 el gesto cubista que permite superponer a las visiones
habituales de cada nivel una visión interior que las atraviesa en diagonal, ampliando y desde ya
enriqueciendo la percepción de la casa.


Bauhaus, Gropius y nueva objetividad

La amplitud de la personalidad de Walter Gropius, y por ende de su creación, el Bauhaus, permitió
que en ella convivieran como maestros artistas de tan alto nivel como pluralismo en sus
tendencias estéticas. Es así como al lado de un artista como Paul Klee, cuya pintura plagada de
símbolos preanuncia el surrealismo, conviven Lyonel Feininge, cuyos planos transparentes
registran la fuerte influencia cubista, y Vassily Kandinsky, creador de la pintura abstracta. No
obstante, es importante afirmar que, a medida que las primeras concreciones de Gropius -como la
Fábrica Fagus 6 la propia sede del Bauhaus- van sentando las bases de lo que va a ser conocido
como el estilo internacional, surge a mediados de la década del ‘20 en Alemania la corriente
conocida como Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad). El anhelo común de los artistas de este
movimiento era el de obtener para su arte una amplia repercusión social y política. Gropius había
afirmado ya en 1919 que no constataba ninguna diferencia esencial entre el artesano y el artista y
la Nueva Objetividad comenzó a preconizar un arte en el que se identificaba la creación artística
con el oficio.
A partir de la segunda posguerra tiene lugar un panorama diferente, caracterizado por dos
comunes denominadores que se mantienen hasta nuestros días.
1 - Una tendencia en las diversas manifestaciones culturales y artísticas hacia la dispersión en una
multiplicidad de propuestas, tendencia que se acrecienta a medida que el siglo avanza hacia su fin.
2 - Dicha multiplicidad de tendencias suele darse, por otra parte, en el seno de cada
manifestación, no permite establecer como se ha hecho hasta ahora, paralelos entre la
arquitectura y el resto de las manifestaciones, ni de ellas entre sí.
Wright junto a su ideal


”ARQUITECTURA ORGANICA”

La radical originalidad de Frank Lloyd Wright condena de antemano a la esterilidad todo intento de
adscribirlo a una escuela a de establecer comparaciones entre su arquitectura y las demás
manifestaciones artísticas contemporáneas. Se ha hablado en ocasiones de la semejanza entre la
libertad con que trataba ya desde sus primeras casas los planos de los muros y los techos, y las
composiciones de los arquitectos neoplásticos. A su vez, el intenso decorativismo geométrico
prodigado por Wright en muchas de sus obras y diseños tiene un sugestivo parentesco con ciertos
motivos que aparecen en los diseños Arts and Crafts y en la obra de Macintosh. Pero esto debe
verse corno una reelaboración posterior que hace Wright en función de sus raíces celtas -comunes
con aquéllos- y siempre evocadas por él. Este arquitecto constituye un exponente de un fenómeno
artístico que sólo pudo haber tenido lugar en el ámbito de la dinámica cultura estadounidense,
libre de los dogmatismos culturales y la rigidez conceptual del pensamiento europeo. Creó -
trabajando desde un ámbito alejado de las influencias culturales europeas- propuestas que se
anticiparon en muchos años a los hallazgos de las vanguardias europeas. Esta suerte de
creatividad, a la vez pujante y virgen de los condicionamientos de la cultura europea, posibilitaron
en este artista anticiparse a los desarrollos europeos y aun ir más lejos en cuanto a la libertad
presente en sus obras. Es por ello que la elección del tema de este trabajo fue este gran arquitecto
que interpretó de una forma distinta y peculiar el arte de crear el hábitat humano.
La revolución industrial le proporciono los medios necesarios para construir los edificios que creo
su fértil imaginación; el trasfondo trascendental le dio el sentido permanente de los valores
humanos. Es esta una paradoja sorprendente: herramientas y métodos industriales, valores
humanos y un profundo amor por la naturaleza. Ambos elementos fueron esenciales para su
trabajo; no podía imaginarse el uno sin el otro.
Cuando Wright escribió su autobiografía, gran parte de esta está dedicada a su formación, no en la
escuela, sino en el trabajo de la granja de su tío. Esos años eran considerados por él como los años
de su vida que más lo habían instruido y formado.
Podemos inferir de ahí su gran amor por la naturaleza, y su búsqueda constante de convivencia
entre sus construcciones y el entorno inmediato. “Vivimos en la pradera. La pradera tiene una
belleza muy caracteristica. Nosotros debemos reconocer y acentuar esta belleza natural, su
tranquila extension. De ahí los tejados de ligera pendiente, las pequeñas proporciones, las
apacibles siluetas, las chimeneas macizas, los saledizos rotectores, las terrazas bajas y ls muros
adelantados que limitan pequeños jardines”
“Amaba la pradera de modo instintivo por su extraordinaria sencillez: los arboles, las flores, el
mismo cielo, un contraste excitante. Me daba cuenta de que, en la pradera, cualquier pequeña
altura parece muy grande: cualquier saliente cobraba una saliente enorme, mientras que la
anchura era menos importante….. Yo tenía la idea de que los planos horizontales de las casas
formaban parte del suelo. Y comence a poner por obra esta idea”