1

MADELEINE CHASLES
CÓMO DEBEMOS
LEER EL EVANGELIO
No sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios.
(Mat., 4, 4.)
1961
2
Versión del francés por
JULIAN RUIZ, O.S.B.
NIHIL OBSTAT
DR. PLACIDUS INCHAURRACA,
Censor deputatus.
IMPRIMATUR
Victoriae, die 20 iunii 1938.
ANTONIUS M. PÉREZ ORMAZÁBAL,
Vicarius generalis.
3
ÍNDICE
Introducción...................................................................................................................4
PRIMERA PARTE..............................................................................................................6
¿CON QUÉ ESPRITU !E"EMOS #EER #OS E$AN%E#IOS&................................6
#'()o* '+ E,(n-'+io con '*./ritu d' 0u)i+d(d.............................................................1
#'()o* '+ E,(n-'+io con '*./ritu d' 2'.......................................................................13
#'()o* '+ ',(n-'+io con '*./ritu d' con2i(n4(...........................................................13
#'()o* '+ E,(n-'+io con '*./ritu d' or(ción..............................................................16
#'()o* '+ ',(n-'+io con '+ 2in d' r'2or)(r nu'*tr( ,id(............................................15
#'()o* '+ E,(n-'+io .(r( ()(r ( 6'*ucri*to...............................................................22
SE%UN!A PARTE...........................................................................................................24
¿QUÉ COSAS !E"EMOS CONOCER !E #OS E$AN%E#ISTAS 7 !E #A
PA#ESTINA&..............................................................................................................24
#o 8u' d'9')o* conoc'r d' +o* E,(n-'+i*t(*.............................................................2:
#o 8u' *' n'c'*it( *(9'r d' +( -'o-r(2/( ; co*tu)9r'* d' P(+'*tin(...........................32
#o 8u' *' n'c'*it( *(9'r d' +(* .r<ctic(* ; d' +(* *'ct(* r'+i-io*(* d' +o* =ud/o*.......36
TERCERA PARTE...........................................................................................................42
E# MISTERIO !E CRISTO EN #OS E$AN%E#IOS..............................................42
E+ )i*t'rio d' Cri*to....................................................................................................43
6'*ucri*to '* '+ M'*/(* '*.'r(do..................................................................................44
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6'*ucri*to ,'ndr< ; *'r< R'; ; 6u'4............................................................................:4
4
INTRODUCCIÓN
El objeto de estas páginas no es otro que el de ayudar a
quienes deseen entender los Evangelios y leerlos íntegramente, no
contentándose con esos pequeños trozos que se nos ofrecen en las
misas de los domingos.
Nos dirigimos a quienes, para conocer mejor la vida de
Jesucristo, relatada por los Evangelistas, necesitan que se les
oriente en el camino.
Si el alma es recta y sincera, no tardará en entrar en
contacto directo con su Salvador; le verá vivir, le sentirá obrar, y
muy pronto, como María de Betania, asida a sus pies, recibirá
una convicción más honda, o bien, dirá como los discípulos de
Emaús: “¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón
mientras nos hablaba?”
Jesucristo no aparece en los Evangelios como una pura
abstracción. No se muestra en ellos como el Dios ideado por los
soberbios flósofos y sabios; sino viviendo una vida humana como
la nuestra, y asequible principalmente a los corazones sencillos y
puros.
A éstos, no a los primeros, se dirigen especialmente las
páginas del Evangelio.
“Yo te glorifco, Padre mío, Señor de cielos y tierra, porque
has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes del
siglo, y las has revelado a los pequeñuelos” (Mat., 25).
Hay que abrir, pues, los Evangelios con alma de niño, hay
:
que leerlos como en oración. Pero al decir esto, está muy lejos de
nuestro pensamiento el menospreciar la cultura general, ni el
conocimiento de los países bíblicos. Por el contrario, éstos nos
ayudarán a comprender la vida de los judíos en tiempos de Jesús
y nos permitirán colocarnos en el ambiente de Cristo.
En este breve manual vamos a desarrollar estas tres grandes
ideas:
Debemos leer el Evangelio con espíritu de fe, humildad,
confanza, oración y amor.
Debemos leer el Evangelio, conociendo las costumbres del
país y las costumbres religiosas en tiempo de Jesucristo.
Debemos leer el Evangelio siguiendo todo el misterio de Cristo,
su revelación al mundo como el Mesías esperado —venido ya una
vez— y que volverá de nuevo.
6
PRIMERA PARTE
¿Con 8u> '*./ritu d'9')o* +''r +o*
E,(n-'+io*&
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
(San Juan 14, 6)
1
LEAMOS EL EVANGELIO CON
ESPÍRITU DE HUMILDAD
El Evangelio debe leerse con espíritu de humildad; es la
primera condición para que se nos franquee, para que lleguemos
a entenderle, si no plenamente, parcialmente. Nuestra actitud
delante de este Libro santo ha de ser como la del ignorante que
pide ser instruido; como la del viajero que, después de andar
extraviado por malas sendas, pregunta por el “buen” camino;
como la del pobre que carece de pan; como la del sediento que
busca una fuente.
Si nos llegamos al Evangelio con sinceros deseos de
instruirnos, no nos quepa la menor duda que lo alcanzaremos.
Debemos abrir el libro con sencillez de niño, y con esa misma
sencillez debemos buscar a Dios y su Reino: “Si no os volvéis y
hacéis semejantes a niños en la sencillez e inocencia, no entraréis
en el reino de los cielos” (Mat., 18, 3).
Digamos por consiguiente: “Si no os hacéis espiritualmente
semejantes a los niños, no podréis entrar en el reino de los
Evangelios.”
Si miramos al Evangelio como a la luz que guía al
caminante extraviado, si nos dirigimos hacia esta luz para hallar
en ella la libertad y la seguridad de ser guiados por el buen
camino, no dudemos que hemos de entrar en el que conduce a “la
Verdad” y a “la Vida’, por el mismo Cristo que ha dicho: “Yo soy
?
el Camino” (Juan, 14, 6).
Busquemos, pues, “la luz que Dios ha colocado en el sendero
de nuestra vida” (Salm. 118, 105), con humildad profunda, con
los alaridos del que, sin ella, se ve perdido en la oscuridad de la
noche.
Si nos sentimos pobres, si padecemos hambre de verdad y
de justicia, no dudemos de encontrar este pan en las páginas
evangélicas. Sí, allí hallaremos la verdad espléndida de la
palabra de Dios y de Jesucristo.
“El hombre no vive solamente de pan —de pan material—,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat., 4, 4).
Mendiguemos, pues, este pan de la verdad y de vida: “La
palabra viva y permanente de Dios” (1 Pedro, 1, 23).
Si nos llegamos, fnalmente, a esta fuente viva de los
Evangelios, como el extenuado que muere de sed, tengamos la
seguridad que hallaremos en ellos agua abundante.
Recordemos el episodio de Cristo acogiendo a la Samaritana
junto al pozo de Jacob (Juan, cap. 4).
Jesús estaba sentado, fatigado del camino...
Jesús está sentado; nos aguarda...
Nos aguarda junto al agua de su Palabra.
Cristo quiere abrir la fuente copiosa, pero ¿iremos nosotros?
¿Tenemos nosotros sufciente sed? ¿Tenemos sufciente hastío del
mundo, de sus vanidades y embustes?
Jesús está sentado para “conversar” con nosotros. ¿Nos
acercaremos?
Mas si nos acercamos, acerquémonos con gran humildad,
acerquémonos con nuestras miserias morales, con nuestra
5
pobreza. Él puede concedernos el perdón, puede enriquecernos. ..
Y Jesús dice a la mujer: “¡Si conocieses el don de Dios!”
(Juan, 4, 10).
La fuente espléndida se abrirá si llegas a comprender el don
que Dios hizo al mundo: “Amó Dios tanto al mundo, que no paró
hasta dar a su Hijo unigénito, a fn de que todos los que creen en
El no perezcan, sino que vivan vida eterna” (Juan, 3, 16).
Se abrirá la fuente si conocemos a Cristo nuestro Salvador y si
vamos a Él y respondemos a sus llamamientos.
En otra ocasión, estando de pie Jesús en el atrio del Templo,
el último día de la festa de los Tabernáculos, exclamaba di-
ciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan, 7, 37).
Si alguno tiene sed... Hay que tener sed para ir a Jesús.
También en otra ocasión nos revela su ardiente deseo de que
vayamos a El: “Venid a mí todos los que andáis agobiados con
trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre
vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”
(Mat., 11, 28-29).
Jesús es manso y humilde.
Tomemos, pues, a Cristo y a su Evangelio por Maestro,
porque somos ignorantes o sabios engañados.
Tomemos a Cristo y a su Evangelio por Guía, pues andamos
extraviados por el mundo.
Tomemos a Cristo como Pan de vida, pues estamos
hambrientos de Justicia.
Tomemos a Cristo y a su Evangelio como Fuente viva, pues
andamos sedientos de Verdad.
Si nos acercamos a Él considerando humildemente cuanto
13
nos falta, conociendo nuestras defciencias, llevando el peso de
nuestras enfermedades morales, 110 dudemos de que Cristo nos
“concederá el alivio”, restaurará nuestras fuerzas y vendrá en
ayuda de nuestra faqueza.
“Si alguno está en Jesucristo, ya es una criatura nueva” (2
Corintios, 5, 17).
11
LEAMOS EL EVANGELIO CON ESPÍRITU DE FE
Además de tomar el Evangelio con espíritu de humildad, se
ha de proceder a su lectura con profundo espíritu de fe.
Debemos creer en la inspiración de los Evangelios, y que
quienes narran la vida de Cristo son sinceros y no han sido enga-
ñados.
Debemos aceptar todos los milagros referidos, sin omitir uno
solo.
Debemos adherirnos sinceramente a la autoridad de la
Palabra de Cristo, según nos lo dice la Iglesia.
Si algunos puntos nos parecen oscuros o difíciles,
pasémoslos. No es necesario que comprendamos todo desde la
primera lectura, podremos volver a ellos más tarde.
Pero el que tomase en sus manos el libro de los Evangelios y
no creyese que Jesucristo es Hombre y al mismo tiempo Hijo de
Dios y Dios mismo, que es el Profeta que debía venir a este
mundo y el que vendrá como Rey y como Juez, no podrá com-
prender lo que lee.
El alma ignorante o el alma que duda debe en primer lugar
pedir a Dios le dé la luz y luego instruirse en las verdades
dogmáticas referentes a la persona de Cristo: Dios y Hombre.
Hablaremos aquí para aquellos que ya creen en Jesucristo,
pero cuya fe no es, sin embargo, muchas veces una realidad viva,
una palanca para obrar, una fuerza para transformar su vida.
Podemos prometerles que si leen los Evangelios con ánimo
recto y sincero, diciendo a Jesús las palabras de aquel padre que
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pedía la curación de su hijo: “Creo, pero ayuda tú mi
incredulidad” (Marc., 9, 23), su fe se robustecerá.
El hecho de obligarse en cada relato milagroso a decir en lo
íntimo de su corazón: “Creo”, aumentará singularmente la fe.
Esta era la petición de los apóstoles: “Acrecienta en nosotros la
fe” (Luc., 17, 5).
Advertiremos al leer los Evangelios que a menudo se exige
la fe a los enfermos para ser curados por Jesucristo.
Tomemos algunos ejemplos.
En ciertos casos, la fe provoca la curación del cuerpo; en
otros, la del alma, y hay otros en que Jesucristo se inclina ante la
fe de los que llevan al enfermo o interceden por él.
Entre las curaciones del cuerpo en que la fe interviene
recordaremos dos: la de la mujer afigida por el fujo de sangre a
la que dice Jesús: “Ten confanza, hija, que tu fe te ha curado”
(Mat., 9, 22) y la de la Cananea, mujer de Tiro y Sidón, cuya hija
estaba poseída del demonio.
Hay que leer el relato (Mat., 15, 21-28) y comprender toda la
emoción contenida en las palabras de Cristo: “¡Oh mujer!,
grande es tu fe: hágase conforme tú lo deseas.”
También es la fe la que sana las almas, y cuando la
pecadora se levanta de los pies de Jesús, la dice: “Tu fe te ha
salvado, vete en paz” (Luc., 7, 50).
Ahora bien, esta curación de los cuerpos y de las almas se
obtiene frecuentemente por la fe de los que llevan a los enfermos
o por la de los que la solicitan del Maestro en nombre del
enfermo, como en el caso del ofcial del rey o del siervo del centu-
rión (Juan, 4, 43-54, y Mat., 8, 5-13) y el de aquellos que llevaban
al paralítico y le bajaron ante Jesús después de abrir el techo de
13
la casa. “Viendo su fe, dijo Jesús: Hombre, tus pecados te son
perdonados.” He aquí la curación del alma. Va seguida
inmediatamente de la del cuerpo: “Yo te lo mando, carga con tu
camilla y vete a tu casa” (Luc., 5, 17-26).
De la lectura atenta de estas escenas en que la fe tiene tan
gran importancia, ¿acaso no se nos invita a pedir a Dios con
ardor la restauración de todo nuestro ser por medio de la fe?
También otros pasajes evangélicos en que la carencia de fe
es causa de error y provoca severos reproches de Cristo nos dan
motivo de refexionar.
Si Jesús alaba la fe de algunos, también reprende la
incredulidad de otros:
A sus discípulos, amedrentados por l
a
tempestad suscitada
en el lago, les dice: “¿De qué teméis? ¿Cómo no tenéis fe todavía?”
(Marc., 4, 40), y otra vez los llama “hombres de poca fe” (Mat., 8,
26 y 16, 8).
A Pedro, lleno de espanto al hundirse en el agua cuando
sobre ella caminaba, le dice Jesús severamente: “Hombre de poca
fe, ¿por qué has titubeado?” (Mat., 14, 31).
Finalmente, cuando los discípulos preguntaron a Jesús por
qué no habían podido echar el demonio del cuerpo del joven lu-
nático, les responde: “Porque tenéis poca fe... Si tuvieseis fe, tan
grande como un granito de mostaza, podríais decir a este monte:
Trasládate de aquí allá, y se trasladaría, y nada os sería
imposible” (Mat., 17, 19).
Si leemos con ardiente fe el libro de los Evangelios lograremos
librarnos de Satanás, curar nuestra alma y transformar nuestra vida
debilitada y tímida. No lo dudemos. Venceremos el temor al mundo y
a nosotros. “La victoria que ha vencido al mundo es nuestra fe” (Juan,
14
5, 4).
1:
LEAMOS EL EVANGELIO CON ESPÍRITU
DE CONFIANZA
Para completar ese espíritu de fe, indispensable a quien
desee comprender el sentido profundo de los Evangelios, ¿no
habrá que añadir el espíritu de confanza que caracteriza a los
niños en sus relaciones con la madre?
Si existe una actitud en nuestra época que haya sufrido
notable mengua en el alma de los cristianos es el espíritu de con-
fanza. En efecto, existe una repulsa inconsciente, pero real, de
confarse a Dios como a una madre, de creer que su poder es el
que presta a los lirios su hermosura y el alimento a los pajarillos.
Así se ha vuelto el espíritu del hombre moderno.
Por seguir la corriente del siglo, rehuimos aparecer como
“ingenuos” o “sencillos” que se confían y abandonan a Dios según
el sublime mandato evangélico.
Por otra parte, vemos que nuestro tiempo es el de los
medrosos, de los apocados, de los que no tienen sosiego; todo nos
produce angustia moral.
Ahora bien, a pesar de este doble estado de nuestro espíritu,
repetimos, sin embargo, cada día: “El pan nuestro de cada día
dánosle hoy” (Mat., 6, 11).
¿Seremos de una vez lógicos, creeremos prácticamente que
Dios nos escucha, que vela por nosotros, que nos proporciona el
alimento, que nos asiste en todas las circunstancias?
No, en vez de mirar a nuestro Padre que está en los cielos, a
su reino y a su justicia, preferimos contamos entre el número de
16
los paganos que buscan la vida del mundo y ponen sus ojos en el
trabajo de sus manos, en el comercio, en la bolsa..., en su caja-
fuerte y confían “en la fuerza de sus cabellos”, según expresión
del Salmista.
Si, pues, no llegamos a poseer, aunque no sea más que en
pequeño grado, el espíritu de confanza en Dios, numerosos capí-
tulos del Evangelio permanecerán cerrados para nosotros.
Los leeremos pensando que están escritos para los demás y
no para nosotros.
El Sermón de la Montaña (Mat., cap. 5, 6 y 7) será para el
cristiano que no vive de la confanza práctica en Dios una serie
de sentencias psicológicas, pintorescas, idealistas, buenas para
orientales, y no la expresión de una vida real para nosotros,
occidentales del siglo xx.
Pero si un alma confada lee los Evangelios con el espíritu
de abandono que deseamos, se abrirá para ella una nueva vida.
Jesucristo no será ya un moralista estoico o utópico, sino
una realidad viva, alguien que nos enseña de cerca y nos res-
ponde cuando le preguntamos: “¿Qué haremos para dirigir bien
nuestra vida?”
Comprenderemos por experiencia que los cabellos de
nuestra cabeza están contados (Luc., 12, 7) y que nuestro valer
es mucho mayor que el de las aves, porque si Dios se muestra tan
generoso con dos pajarillos que no valen un as, ¡cuál no será el
aprecio, la estima que tenga de nosotros!... (Mat., 10, 29-31).
Comprenderemos también que valemos más que la hierba
de los campos que mañana será quemada en el horno... (Mat., 6,
30), más que los lirios del campo... Ahora bien, si Salomón en
todo el esplendor de su gloria no se vistió con tanto primor como
11
uno de estos lirios, ¡cuánto más hará Dios por cada uno de
nosotros! (Mat., 6, 28-29).
Leyendo, pues, sinceramente el Evangelio el cristiano de
este temple trabajará con valentía y sin temor a faltar;
equilibrará su vida material al saber que Dios es el que dirige
todas las cosas. La inquietud no lo torturará.
“¿Quién de vosotros a fuerza de discursos puede añadir un
codo a su estatura?” (Mat., 6, 27).
“No andéis acongojados por el día de mañana, que el día de
mañana harto cuidado traerá por sí” (Mat., 6, 34).
En ese día de mañana que tan fuertemente os preocupa se hará
la voluntad de Dios. También él se hallará bajo el poder de Dios, que
“sabe lo que habéis menester” (Mat., 6, 8).
1?
LEAMOS EL EVANGELIO CON ESPÍRITU DE ORACIÓN
El Evangelio se ha de leer sobre todo con gran espíritu de
oración.
Y primeramente, antes de abrirle, debeos recogernos por un
instante. No es necesario que “digamos” una oración con fór-
mulas, sino que hagamos brotar desde nuestro corazón la
“verdadera” plegaria que pide a Dios, por medio de Jesucristo y
del Espíritu Santo, ilumine, para nuestro provecho, el texto de la
Escritura.
Nuestra lectura será así como una oración.
Las palabras de Jesucristo son tan grandes y santas que
deben ser leídas con este espíritu de intenso recogimiento.
Algunos pasajes del Evangelio son verdaderas plegarias.
La oración sacerdotal que Jesús elevó desde su corazón
hasta el seno del Padre, antes de su agonía, debe sernos muy
estimada y la debemos repetir con gran frecuencia (Juan, cap.
17).
La oración que Jesucristo mismo enseñó, el “Padrenuestro”,
debería ser “meditada” más bien que “recitada”. Cada palabra
debe ser ponderada y..., lo repetimos, “meditada” (Mat., 6, 9-13).
Si nos “impregnamos” con estas oraciones, tendremos bien
pronto un concepto nuevo de la vida íntima con Dios. Nuestro
corazón se abrirá a la intervención fuerte y efcaz.
Ya no seremos nosotros quienes oremos, sino Cristo en nosotros
y el Espíritu Santo: “El mismo espíritu es quien produce en
nuestro interior nuestras peticiones, con gemidos inenarrables”
15
(Rom., 8, 26).
Nuestra oración ha de ser fnalmente universal en unión con
la Iglesia universal.
Leyendo los Evangelios con espíritu de oración y de
recogimiento, Jesucristo, cuya vida leemos en ellos, nos
presentará al Padre y nos lo revelará (Mat., 11, 27).
Entraremos en comunión con la Santísima Trinidad y se
cumplirán las palabras de nuestro Señor: “Cualquiera que me
ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a
él, y haremos mansión dentro de él” (Juan, 14, 23).
Meditación y Oración
Los Evangelios, y toda la Biblia, han de ser la base —y me
atreveré a decir la base única— del tema de nuestras
meditaciones.
En esta materia abundan los libros.
Los manuales de meditación para cada día del mes o del año
son incontables, pero muy pocos los que están impregnados de la
Palabra de Dios.
En cuanto a los libros de meditación sobre los Evangelios, la
variedad entre la cual elegir es casi ilimitada.
Sin embargo, estoy en la creencia de que estos manuales no
serán útiles si no leemos lentamente el texto mismo, ponderando
las palabras, y no nos detenemos cuando un pensamiento nos
mueva.
Si refexionamos y oramos a la luz del Espíritu Santo, ¿no
sacaremos entonces el “jugo'’ de todos los libros de meditación?
Si durante el día volvemos a pensar en la idea leída por la
23
mañana y que ha llamado más o menos nuestra atención, ¿no
comprenderemos así mucho mejor el verdadero sentido espiritual
de los Evangelios que leyendo todas las exhortaciones de X, Y o
Z?
Estas meditaciones pueden ser muy bellas y servirnos
muchas veces, pero no siempre están hechas para nosotros, ni
para el día en que vivimos, ni para nuestras necesidades
actuales. Es un trabajo de hombres en gran parte, pero no del
Espíritu Santo que obra en nosotros.
Además, estos libros aumentan nuestra pereza espiritual.
No, jamás un libro de meditaciones podrá proporcionarnos
la plenitud del texto mismo de los Evangelios. Nos ofrece las
migajas de un pan exquisito, es verdad, ¿pero no vale más ir
directamente al pan mismo y tomar la parte que se necesita para
saciar nuestra hambre?
El hambre de las almas no es ciertamente la misma en
todos... Hay quienes se contentan con una palabra divina diluida
entre cien palabras humanas; a unos les bastan los Evangelios, a
otros les es necesaria la meditación de toda la Biblia, “la palabra
viva y permanente de Dios” (I Pedro, I, 23).
¡Dichosos estos hambrientos!
Los Evangelios meditados no solamente nos ayudarán a
reformar nuestra vida, sino que nos enseñarán principalmente el
verdadero modo de hacer oración recordándonos los consejos y
ejemplos de Jesucristo.
“Tú, al contrario, cuando hubieres de orar entra en tu
aposento, dice el Maestro, y, cerrada la puerta, ora en secreto a tu
Padre” (Mat., 6, 6).
Nos uniremos a Jesús, nuestro modelo, quien con frecuencia
21
se alejaba de la muchedumbre, incluso de los suyos, para ir a
orar solo al monte y adorar allí a su Padre. Hagamos nosotros lo
mismo.
“Jesús se retiró a orar en un monte y pasó toda la noche
haciendo oración a Dios” (Luc., 6, 12).
Después de esta prolongada oración nocturna es cuando
Jesucristo escoge a sus apóstoles.
Nada grande ni durable se hace sin oración.
Nada, por pequeño que sea, se alcanza sin intercesión.
Vayamos, pues, al Evangelio para aprender a orar, para
aprender a meditar y, sobre todo, para escuchar a Dios en el se-
creto de “la cámara interior” de nuestra alma.
22
LEAMOS EL EVANGELIO CON EL FIN DE REFORMAR
NUESTRA VIDA
Hemos dicho anteriormente que la meditación de los
Evangelios nos ayudará a reformar nuestra vida.
El que sólo pretenda admirar en los Evangelios un bello
relato histórico o la expresión del tierno amor de Jesucristo a la
humanidad y no procurase poner en práctica lo que el mismo
Maestro enseñó y practicó primeramente, no podrá alcanzar una
inteligencia verdadera del texto sagrado.
Cuando abramos los Evangelios es absolutamente necesario
QUERER —e insisto en la palabra—, querer aprender a mudar
de vida. Es necesario en primer lugar “considerarse” a sí mismo
con todas sus miserias y defectos.
Que ningún decaimiento invada nuestra alma —antes al
contrario—, que nos anime una gran alegría y una frme
esperanza, pues sabemos por el Evangelio que Jesús vino para
los pecadores y para borrar nuestros pecados. “No vine a llamar
a los justos, sino a los pecadores” (Mat., 9, 13).
¡Qué alientos tan maravillosos!
Estaremos, pues, en las condiciones requeridas para recibir
a Jesucristo como a nuestro Salvador de la misma manera con
que le recibieron Leví y Zaqueo (Mat., 9, 9-13, y Luc., 19, 1-10), si
sabemos reconocernos pecadores y si queremos cambiar de vida.
A este primer deseo de reconocernos y de reformamos ha de
añadirse otro: el deseo de santifcarnos. “Sed perfectos como
vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat., 5, 48).
23
Este gran llamamiento a la santidad no está reservado
solamente a los que viven en el claustro o detrás de las rejas.
Los consejos evangélicos son para todos los hombres. Hay
que considerar a quién se dirige el Maestro cuando dice: “Sed
perfectos.
Jesucristo no se dirige a hombres o mujeres de una raza
privilegiada en el famoso Sermón de la Montaña, cuyos prin-
cipios por El enunciados son los principios de la santidad, sino a
unos pescadores, a los labradores de la tierra de Magdala y quizá
a los de Sarón, a los carpinteros de Cafarnaúm y de Nazaret, a
los pastores de la frondosa región de Betsaida, a mujeres que
trabajan la lana, que muelen el grano, que amasan el pan.
No debemos, pues, acobardarnos ante tales consejos.
“Si tu mano derecha te sirve de escándalo o incita a pecar,
córtala y tírala lejos de ti...” (Mat., 5, 30). “Amad a vuestros
enemigos, haced bien a los que os aborrecen...” (Mat., 5, 44). “No
queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra...” (Mat., 6,
19). “Entrad por la puerta angosta...” (Mat., 7, 13).
Difíciles de practicar en un principio estos consejos que nos
libran de nuestra propia esclavitud, se trocan pronto en nuestra
fuerza, en nuestra alegría, en nuestra paz.
Acude a mi memoria un rasgo de la historia del joven
Samuel. Cuando Dios le llamó por primera vez, no supo
reconocer la voz del Todopoderoso. Pero en seguida se nos dice de
él: “Samuel iba creciendo, y el Señor estaba con él, y ninguna de
sus predicciones dejó de verifcarse” (I Samuel, 3, 19).
Nosotros no debemos tampoco dejar caer en el vacío ninguna
de las palabras de nuestro Señor; son nuestro tesoro.
Debemos servirnos de ella como de un “espejo” para cambiar
24
nuestra vida con la gracia de Dios.
He aquí el consejo del apóstol Santiago:
“No os contentéis con oír (la palabra), engañándoos
lastimosamente a vosotros mismos. Porque quien se contenta con
oír la palabra de Dios y no la práctica, este tal será parecido a un
hombre que contempla al espejo su rostro nativo y que no hace
más que mirarse y se va y luego se olvida de cómo era’’ (Santiago,
1, 22-24).
Podemos, pues, afrmar que si no leemos los Evangelios con
un corazón sincero, no subsistirá en nosotros nada perdurable; y
añadiré también: “Después de algún tiempo de lectura no
tardaremos en abandonar el libro y volver nuevamente a la vida
fácil de los mundanos, de los avaros, de los vanidosos, de los
egoístas, de los que no practican la justicia.”
Tal es “la puerta amplia”, “el camino espacioso” que conduce a
la perdición... (Mat., 7, 13).
2:
LEAMOS EL EVANGELIO PARA AMAR A JESUCRISTO
Nuestro grande y noble anhelo de transformarnos y aspirar
a la santidad no puede tener efcaz resultado si no
comprendemos la palabra de Jesús: “Sin mí, nada podéis hacer”
(Juan, 15, 5). O también la de San Pablo: “Nuestra sufciencia
viene de Dios” (2 Corintios, 3, 5).
Hemos de abandonarnos a Dios a todo trance rogándole que
nos “santifque El mismo” (I Tesalonicenses, 5, 23) y caminar
después con decisión por el camino que Él nos trace.
Cuando leemos los Evangelios, debemos procurar llegar a
comprender el amor grande con que hemos sido amados por
Jesucristo nuestro Salvador y cuánto debemos corresponder a
tan gran amor.
Le consideramos, pues, como al “que perdona nuestras
iniquidades” (Salm. 103, 3) y “lava nuestros pecados con su
sangre” (Apocalipsis, 1, 5). “Él es verdaderamente el Cristo, el
Salvador del mundo” (Juan, 4,42).
Jesús es Aquel en quien se regocijaba la Virgen María antes
de su nacimiento: “Mi alma se regocija en Dios mi Salvador”
(Luc., 1, 47), y a quien puso, juntamente con José, el nombre de
Jesús. “Él es el que ha de salvar a su pueblo de sus pecados”
(Mat., 1, 21).
¿No sentiremos crecer en nosotros un gran amor cuando
sepamos que tenemos tan poderoso Salvador? Y cuando leamos
los Evangelios que nos descubren a Cristo, ¿no brotará de
nuestro corazón un grito de agradecimiento? “Me amó y se
26
entregó a sí mismo a la muerte por mí” (Gálatas, 2, 20).
¿No vemos a Jesús inclinarse con dulzura y misericordia
sobre todas las miserias físicas y morales?
¡Con qué solicitud se acerca a los publícanos y samaritanos,
enemigos de los judíos! Jesús no teme comprometerse yendo
hacia ellos, conversando con ellos y citándolos como ejemplo.
Su amor se desborda. No teme dejarse tocar por la pecadora,
ni pedir de beber a la mujer de Samaría, ni hospedarse en casa
de Zaqueo (Luc., 7, 36-50; Juan, 4; Luc., 19, 1-10).
¡Qué magnífcas enseñanzas para nuestros corazones secos
por el formulismo y por las prevenciones contra los demás!...
El corazón de Cristo es para todos.
¿No se dejará conmover y ganar nuestro corazón con el
ejemplo de esta sublime condescendencia y con el amor inmenso
de un Dios?
Viendo a Jesucristo dar su vida para que sus ovejas —es
decir, cada uno de nosotros— tengan vida, ¿no corresponderemos
a tan gran amor?
Las páginas de la Pasión de Jesucristo, ¿no arrancarán
lágrimas a nuestros ojos?
Su corazón abierto y sus llagas sangrientas, ¿no nos
permitirán ver al amor que se entrega para lavar los pecados del
mundo?
“A Aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su
sangre... (Apocalipsis, 1, 5).
@ @ @
Habremos alcanzado fnalmente el objeto de nuestra lectura
de los Evangelios si, cerrándolos, tenemos la absoluta certeza de
21
que Jesucristo es nuestro Salvador, que nos ama, que nos da la
vida eterna, que nos revela al Padre y nos invita a la unión
completa con El:
“Que todos sean una misma cosa; y que como tú, ¡oh Padre!,
estás en mí y yo en ti por identidad de naturaleza, así sean ellos
una misma cosa en nosotros por unión de amor; para que crea el
mundo que tú me has enviado” (Juan, 17, 21).
2?
SE%UN!A PARTE
¿Qu> co*(* d'9')o* conoc'r d'
+o* E,(n-'+i*t(* ; d' +( P(+'*tin(&
Nosotros sabéis lo que ha ocurrido en
toda la Judea, habiendo principiado en Ga-
lilea, después que predicó Juan el Bautista;
sabéis también cómo Dios ungió con el
Espíritu Santo y su virtud a Jesús de Nazaret,
el cual ha ido haciendo benefcios por todas
partes por donde ha pasado... Nosotros somos
testigos de todas las cosas que hizo.
(Hechos de los Apóstoles. 10. 37-38.)
25
LO QUE DEBEMOS CONOCER DE LOS EVANGELISTAS
Los cuatro Evangelios fueron escritos en el siglo mismo en
que vivió Jesucristo. Son cuatro testimonios valiosísimos.
Responden al mandato de Cristo al subir a los cielos: “Seréis
mis testigos” (Hechos de los Apóstoles, 1, 8).
Los más antiguos son los de San Mateo, San Marcos y San
Lucas, escritos ciertamente antes de la toma de Jerusalén por
Tito en el año 70.
Estos tres Evangelios se asemejan mucho en algunos relatos
y por eso se les da el nombre de Evangelios sinópticos, de una
palabra griega que signifca “que se ve juntamente”.
El Evangelio de San Juan fue escrito unos treinta años
después. Puede colocarse su composición entre los años 90 y
100.Estudiaremos a continuación brevemente lo que caracteriza
a cada uno de los evangelistas.
Evangelio de San Mateo
Mateo se llamaba Leví. Era judío y cobrador de impuestos
en Cafarnaúm, a orillas del lago de Galilea.
Jesús le llamó y abandonó su ofcina de recaudador por
seguirle.
Escribió su Evangelio principalmente para los judíos
palestinenses. Se prueba esto por el uso de numerosas locuciones
de origen arameo como éstas: rabbí, Taca, mammón, gehnna.
Estas palabras eran, pues, familiares a quienes las leían.
33
Otra razón que prueba que su Evangelio fue destinado a los
judíos es que Mateo quiere demostrar que Jesucristo es el Mesías
esperado, la gran esperanza de Israel. Por eso recuerda
minuciosamente las profecías concernientes al Mesías ya reali-
zadas.
Así en el capítulo 2 San Mateo cita las profecías de Miqueas,
Oseas, Jeremías y las de los profetas en general. (Véase Mat.,
capítulo 2.)
Por lo tanto, esta preocupación constante de apoyar la
narración de la vida de Cristo en la realización de las profecías
que los judíos conocían perfectamente, prueba con certidumbre
que se dirigía a ellos directamente. También insiste en la
descendencia davídica de Cristo y en su carácter de rey, profeta y
taumaturgo.
San Mateo se complace en relatar los grandes discursos del
Maestro. Pueden contarse seis grupos:
1.A El Sermón de la Montaña (capítulos 5 a 8).
2.A El discurso a los discípulos cuando los envió a predicar
(cap. 10).
3.A El discurso sobre las parábolas del Reino (cap. 13).
4.A El discurso sobre los vicios de los fariseos y escribas
(cap. 23).
:.A Los discursos y las parábolas sobre la segunda venida
de Cristo y el fn del mundo (capítulos 24 y 25).
Podemos resumir en una palabra el espíritu de San Mateo
diciendo que es el evangelista del Reino de Dios. De él habla
constantemente. Dice de este Reino que es la obra de Cristo,
comenzada con su primera venida y que se termina en la
segunda.
31
Evangelio de San Marcos
A San Marcos se le ha de identifcar con aquel cristiano de
quien se nos habla en los Hechos de los Apóstoles, llamado
Marcos, o Juan, o Juan apellidado Marcos. Acompañó al apóstol
San Pablo y a Bernabé en sus misiones.
Su madre era aquella María que tenía en Jerusalén una
casa en la que se hospedó San Pedro cuando fue librado
milagrosamente de la prisión (Hechos, 12, 12).
Marcos era discípulo de Pedro, quien en una de sus cartas le
llama hijo (1 Pedro, 5, 13).
Marcos conocía la lengua griega y San Pedro le tuvo de
“intérprete” en sus discursos a la iglesia de Antioquía.
El Evangelio de Marcos es el más corto de todos. Lo dirigió
seguramente a los cristianos del mundo griego y romano, Prué-
balo el que el autor explica los términos arameos por él
empleados. Por ejemplo: Ephpheta, “Abríos”; Talitha Koumi, “jo-
ven, levántate”; Abba, “padre”.
San Mateo, que escribía para los judíos, no tradujo estas
expresiones arameas; ya lo hemos indicado.
Con ser discípulo de Pedro, el evangelista Marcos es quien
relata con más precisión que los demás la triple negación de
Pedro. Fue éste quien se lo exigió.
Marcos, que se dirige a pueblos paganos adoradores de los
falsos dioses, se propone anunciarles especialmente que el
Mesías es el Hijo de Dios; y para ello lo presenta a sus lectores
principalmente como taumaturgo. Es breve en consignar sus
enseñanzas y extenso al referir sus milagros.
Lo que caracteriza también el Evangelio de Marcos es el modo
32
con que cuenta los sucesos de la vida de Cristo. Refere los más
insignifcantes detalles, comunicados, sin duda, por Pedro.
Esto da un interés especial a su narración, que viene a ser
como la de un testigo ocular.
Evangelio de San Lucas
San Lucas era de origen muy distinto al de Mateo, Marcos y
Juan. Era griego, culto y médico de profesión. Lo sabemos por
San Pablo (Colosenses, 4, 14).
Quienquiera que conozca la lengua griega reconocerá al
momento la diferencia que hay entre el estilo literario de Lucas y
el de los demás evangelistas.
Lucas era oriundo de Antioquía; nacido de padres paganos,
debió convertirse desde las primeras predicaciones de los
apóstoles, en Antioquía, hacia el año 35.
Si no llegó a conocer a Jesús, pudo conocer fácilmente los
relatos de su vida y milagros oyendo a los apóstoles, también a la
propia Santísima Virgen, pues ha concedido un lugar muy
destacado a los acontecimientos que precedieron y siguieron al
nacimiento de Jesús.
El Evangelio de San Lucas se dirige a los griegos. Va
dedicado a un ilustre personaje llamado Teóflo (Luc., 1, 3). A
este mismo Teóflo dedicará Lucas su segundo libro, Los hechos
de los apóstoles (1, 1),
Lucas escribe en plan de verdadero historiador; él mismo
nos lo dice expresamente:
“Me pareció oportuno, después de haberme informado de
todo exactamente desde su primer origen, escribírtelos por su or-
den, ¡oh excelente Teóflo!, a fn de que conozcas la verdad de lo
33
que se ha enseñado.”
Entre los textos privativos del Evangelio de San Lucas
citemos los tres cánticos:
El de la Santísima Virgen, el Magnífcat.
El de Zacarías, el Benedictus.
El de Simeón, el Nunc dimittis.
Los caracteres femeninos, tan admirablemente descritos en
el Evangelio de San Lucas, deben ser igualmente destacados. La
mujer griega estaba capacitada para comprender el papel de las
mujeres al lado de Jesucristo. Por otra parte, sabemos que al-
gunas, como Priscila, fueron para San Pablo preciosos auxiliares
(Hechos, 18, 1-3).
Otra característica del Evangelio de San Lucas es la de
manifestar a los griegos que Cristo es el Salvador del mundo, que
vino a borrar los pecados de los hombres (Luc., 1, 47, 68; 2, 11).
Jesús es, pues, todo bondad y misericordia con los
pecadores, pero rechaza al que se cree justo. (La pecadora
perdonada, Luc., 7, 36-50; el hijo pródigo, 15, 11-32; el fariseo y el
publicano, 18, 9-14).
Por último, San Lucas emplea con frecuencia la expresión
“lleno del Espíritu Santo” para signifcar la acción maravillosa de
la tercera persona de la Santísima Trinidad en la obra de la
santifcación (Luc., 1, 15, 41, 67; 4, 1-14).
Idéntica expresión en los Hechos (2, 4; 4, 8; 7, 55; 11, 24; 13,
9; 6, 5; 9, 17; 13, 52, etc.).
También habla del Espíritu Santo que el Padre nos da (Luc.,
11, 13). El mismo nos pone en guardia contra el pecado que no
puede ser perdonado: el pecado contra el Espíritu Santo (Luc.,
12, 10).
34
Evangelio de San Juan
El apóstol Juan era hebreo. Natural de Betsaida, al fondo
del lago de Galilea; descendía de una familia de pescadores. Su
padre se llamaba Zebedeo y su madre Salomé. El hermano de
Juan llevaba el nombre de Santiago.
Juan, discípulo del Bautista, encontró a Jesús por primera
vez en las orillas del Jordán (Juan, 1, 35-40).
Sabemos que el Señor le distinguió con un afecto particular;
él mismo se designa muchas veces como “el discípulo amado de
Jesús” (Juan, 20, 2; 21, 7, 20).
Juan conoció muy bien la vida de Cristo; en el último
capítulo dice que da testimonio de las cosas que ha visto y “las
ha escrito” (Juan, 21, 24).
El Evangelio de San Juan está dirigido principalmente a los
griegos. Su estilo y pensamiento difere mucho de los otros tres
relatos evangélicos.
Su Evangelio responde a nuevas necesidades y se dirige a
cristianos ya instruidos, pero que necesitan ser fortalecidos en la
fe de Jesucristo, Hijo de Dios. “Se han escrito estas cosas con el
fn de que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que
creyendo tengáis vida en su nombre” (Juan, 20, 31).
Juan escribió en griego su Evangelio, pero se advierte en
seguida su origen judío. Su lenguaje no es tan puro como el de
San Lucas.
Conoce muy bien la Palestina. Da detalles minuciosos.
Habla de las festas y usos judíos. Está familiarizado con sus
costumbres locales, con las profecías concernientes a la venida
del Mesías.
Además, San Juan no se preocupa de contarlo todo; quiere
3:
solamente referir los milagros y discursos que puedan ilustrar su
tesis del Mesías Hijo de Dios, del Mesías Dueño del Sábado, del
Mesías igual a Dios.
Juan se preocupa de darnos a conocer al Padre, como Lucas
de revelarnos al Espíritu Santo.
Si son pocos los milagros que nos cuenta San Juan, en
cambio los refere con todo lujo de detalles. Juan fue testigo de
ellos, no cabe la menor duda.
Pero en lo que sobresale principalmente el apóstol es en el
relato que nos hace de los diálogos de Cristo con determinadas
personas, con las muchedumbres, con los fariseos y con los
discípulos.
Seis conversaciones o discursos se contienen en su
Evangelio:
1.A Diálogo con Nicodemo sobre el nuevo nacimiento (cap.
3).
2.A Diálogo con la Samaritana sobre el agua viva (la
gracia) (cap. 4).
3.A Diálogo con los judíos después de la curación del
paralítico sobre la vida eterna y la resurrección (cap. 5).
4.A Diálogo sobre el verdadero pan de vida después de la
multiplicación de los panes. Panes materiales. Pan espiritual. El
Cuerpo de Cristo y el pan de su Palabra (cap. 6).
:.A Enseñanzas dadas en el Templo durante una festa de
los Tabernáculos (capítulos 7 a 11).
6.A Últimos diálogos con los discípulos después de la Cena
(capítulos 14 a 17).
Todos estos discursos y diálogos se hallan caracterizados por
ideas distintas de los otros evangelistas, por haber sido ex-
36
puestas en medios diferentes, aunque bastante semejantes entre
sí. Los mismos pensamientos se expresan por medio de palabras
que son casi siempre las mismas.
San Juan tiene sus palabras peculiares, sumamente
signifcativas, como vida, palabra, luz, tinieblas, verdad, mundo.
Recuerda que Jesucristo se comparó al buen pastor, al
sarmiento de la vid, a la puerta del redil, a la serpiente de bronce,
etcétera.
San Juan es el que mejor nos revela la profunda fsonomía
de Cristo, su carácter humano y principalmente divino.
31
LO QUE SE NECESITA SABER DE LA GEOGRAFÍA Y
COSTUMBRES DE PALESTINA
Para que Cristo sea para nosotros un ser viviente es preciso
que le veamos desenvolverse en su propio cuadro de vida.
Es, pues, muy necesario para comprender los Evangelios tener
algunas nociones sobre la geografía de Palestina y conocer
algunas costumbres peculiares de los países orientales.
Geografía de Palestina
Palestina, cuyo nombre quiere decir país de los flisteos,
tiene unos 200 kilómetros de longitud y 140 de anchura.
En tiempos de Jesús estaba dividido este país en cuatro
provincias: Galilea, Samaria Judea y Perea o Transjordania, al
este del río Jordán.
Las principales ciudades de Galilea estaban a orillas del
lago:
Tiberiades, residencia de Herodes Antipas, en donde
probablemente no estuvo nunca Jesús.
Cafarnaúm, donde Cristo residía habitualmente. Llámasela
en el Evangelio “su ciudad”.
Bethsaida, al norte del lago, patria de Andrés y Pedro, de
Santiago, Juan y Felipe.
Magdala y Corazaín (Luc., 10, 13-15).
Otras ciudades muy conocidas son:
Nazaret, lugar donde Cristo pasó su infancia y que
3?
abandonó ante las amenazas de sus conciudadanos (Luc., 4, 16-
30, y Mat., 4, 13).
Naín y Caná, célebres por sus milagros (Luc., 7).
La ciudad principal de Samaria era Siquem, la actual
Nabulus. En sus cercanías se hallaba el famoso pozo de Jacob,
donde Jesús se entrevistó con la Samaritana (Juan, 4).Los
samaritanos habían construido sobre el Monte Garizim un
templo rival del de Jerusalén. Esta gente cismática y hetero-
génea era aborrecida por los judíos.
Jerusalén, capital de Judea y rodeada de montañas, estaba
sita a 700 metros sobre el nivel del mar; era en tiempo de
Jesucristo una ciudad importante. Las solemnidades del Templo
atraían a ella considerables muchedumbres.
Otras ciudades de Judea han permanecido célebres:
Belén, donde nació Jesús.
Betania, donde resucitó a Lázaro (Juan,
U)
-
Jericó, donde estuvo frecuentemente.
De las ciudades de Perea, situada al otro lado del Jordán,
sólo se cita una en los Evangelios: Betania, “al otro lado del Jor-
dán”, donde estuvo Jesús alguna que otra vez (Juan, 1, 28).
Palestina, país montañoso y antiguamente volcánico, es
atravesada por el río Jordán. Este río se desliza por entre una
gran falla, profunda hendidura de origen volcánico. Su curso se
halla interrumpido por dos lagos: el de Merom y el de Genesaret.
El Jordán vierte sus aguas en el Mar Muerto, a 394 metros bajo
el nivel del mar Mediterráneo, lo que prueba que en este lugar se
produjo un formidable hundimiento de la corteza terrestre.
Palestina tenía algunas llanuras fértiles, además de la
región del Jordán, que daban, merced al regadío, abundantes co-
35
sechas.
Estas llanuras son las de Esdrelón y Sarón, que se
extendían por la gran llanada de los flisteos, a lo largo del mar.
Costumbres de Palestina
Es difícil resumir en unas páginas las costumbres de
Palestina. Una visita a los países de Oriente nos enseñará en
pocos días más que la lectura de libros enteros.
¿No es verdad que interesa señalar lo bien que supo
amoldarse el Maestro a tan diverso auditorio? Cuando hablaba
en Galilea tenía en su derredor un auditorio de pescadores,
labriegos, viñadores y pastores; en Jerusalén, por el contrario,
tenía que instruir a ciudadanos, intelectuales, rabinos y
sanhedritas. Sus discursos tenían, pues, que acomodarse a estas
dos categorías de auditorio.
43
La doctrina de Cristo es para todos.
Las parábolas, expuestas casi siempre en Galilea, están
inspiradas en imágenes sacadas de la vida pastoril, de la pesca,
del cultivo de los cereales y de las viñas.
Una tras otra van evocando los trabajos del campo y del
arado, la siembra, la germinación de las plantas, la mies, la reco-
lección, la trilla y las trojes.
Otras se referen al laboreo de la viña y al tiempo de la
vendimia hechos en una hermosa fnca rodeada de un seto,
defendida por una torre completada con un lagar.
Otras veces las parábolas se inspiran en la pesca sobre el
lago y en las redes llenas de peces; nos hablan del contratiempo
41
del pescador que ha trabajado toda la noche sin coger nada.
Recuerdan la “selección” de los peces en la ribera, fgura de la
gran “selección” que tendrá lugar al fn del mundo.
También vemos al buen pastor que conoce sus ovejas, que
sale en busca de la extraviada y que por la tarde divide el rebaño
y pone por separado a los machos cabríos de las ovejas.
Verdaderamente nada ha cambiado en nuestros días la vida
pastoril de aquella región.
Con particular cuidado exponen sus parábolas el humilde
trabajo de la mujer que debe moler el trigo en el molino de mano,
de la que debe amasar el pan y mezclar la necesaria levadura,
barrer la casa, preparar la comida.
42
¡Y de cuántas cosas relativas a la naturaleza palestinense
nos habla además el Salvador! Cita los cardos y lirios del campo,
el grano de mostaza y la cizaña, las higueras y los higos, la viña,
las uvas y los olivos, los pajarillos y los camellos, las palomas y
las serpientes.
En otros relatos fgurados aparecen reproducidos con viveza
los negocios y difcultades de la vida.
Difcultades del amo al exigir cuentas, problema de los
impuestos, impopularidad de los recaudadores de aquel tiempo.
Mayordomos infeles — ladrones que roban — injusticias en
los tribunales — causas de repudio — disputas sobre el adul-
terio.
Vemos al hombre absorto en sus múltiples ocupaciones, en
sus negocios, en sus compras de bueyes.
Las alegrías de los festines y de las bodas ocupan gran
espacio en los Evangelios.
Nos informan acerca de los usos y protocolos que se
observaban en las reuniones, sobre el modo de vestir, sobre la
costumbre de aguardar al esposo y de avivar la llama de las
lámparas.
Los banquetes son suculentos; el padre de familia hace
matar el ternero cebado para festejar la vuelta de su hijo. Se
bebe en abundancia, puesto que llega a faltar el vino en Caná.
Hemos dicho que muchas costumbres propias del Oriente de
Palestina están en uso aún en nuestros días, y conociéndolas
podemos representarnos fácilmente la vida de aquel tiempo.
43
LO QUE SE NECESITA SABER DE LAS PRÁCTICAS Y DE
LAS SECTAS RELIGIOSAS DE LOS JUDÍOS
La religión judaica, basada en el monoteísmo, a saber, en la
creencia de un solo Dios, se orienta en la esperanza de un
Mesías.
La palabra hebrea Mesías quiere decir “Ungido”; en la
lengua griega le corresponde “Kristós”, y de aquí viene la espa-
ñola “Cristo”.
Fiestas judías
El Evangelio menciona las principales festas judías. Se
habla en él muchas veces de la Pascua (Luc., 2, 41; Juan, 2, 13;
11, 55, etc.), de la festa de los Tabernáculos (Juan, 7, 2), de la
festa de la Dedicación (Juan, 10, 22).
La más importante de todas era la Pascua. Se celebraba con
gran pompa en Jerusalén el 14 del mes de Nisán, por la tarde, y
duraba hasta el 22. Se conmemoraba en ella la Salida de Egipto
y el Paso del Mar Rojo.
La festa comenzaba con el convite pascual, durante el cual,
reunida la familia, se comía un cordero en recuerdo de aquellos
que Dios había ordenado inmolar poco antes de la Salida de
Egipto, y cuya sangre, después de rociar con ella los dinteles de
las puertas, libró a los hebreos del ángel exterminador (Éxodo,
cap. 12).
La carne del cordero iba acompañada de hierbas amargas y
panes ácimos.
44
Jesús dio su Cuerpo y su Sangre a sus discípulos, con el pan
y el vino del cáliz, después de celebrado este convite.
El día de la Pascua subía gran número de judíos a
Jerusalén.
Las otras festas, con cuya ocasión visitaban también el
Templo, eran tres:
Pentecostés, o festa de las Semanas, cincuenta días después
de Pascua, conmemoraba la entrega de la Ley que Dios hizo a
Moisés para el pueblo en el Monte Sinaí.
La festa de los Tabernáculos, durante la cual se vivía en
chozas de ramas para recordar el paso del pueblo por el desierto,
se prolongaba por ocho días. El último día, que era el más
solemne, se celebraba la festa “de las aguas”.
Fue en esta solemnidad, en el último año de su vida, cuando
Cristo, puesto en pie, gritaba: “Si alguno tiene sed, venga a mí y
beba” (Juan, 7, 37).
San Juan nos pinta muy al vivo en los capítulos 7, 8 y 9 la
estancia de Jesús en Jerusalén con ocasión de esta festa de los
Tabernáculos, que se celebraba a fnes de septiembre o a
principios de octubre.
La festa de la Dedicación tenía lugar en diciembre para
recordar la purifcación del Templo por Judas Macabeo después
de su profanación por Antíoco Epífanes.
También es San Juan quien nos dice que Jesús se paseaba
por el Templo, bajo el pórtico de Salomón, cuando los judíos le
rodearon y dijeron: “Si tú eres el Cristo, dínoslo francamente”
(Juan, 10, 22-24).Así, pues, las festas judías se han mezclado
íntimamente con la vida, enseñanzas y viajes de Cristo.
Pero hay una práctica religiosa judía que desempeña un
4:
papel importantísimo en el Evangelio: el Sábado.
El sábado
El descanso del sabbat, el sábado, fue instituido por el
mismo Dios para recordar cómo el Eterno, después de crear el
mundo y al hombre, “descansó”, es decir, suspendió la acción de
su potencia creadora.
Al Sábado se agregaron numerosas prescripciones que
deformaban muchas veces el verdadero espíritu de este día
dedicado al descanso y a la oración.
Jesús las combatió hasta con violencia.
Entre las prescripciones del Sábado deben señalarse la
prohibición de hacer fuego, de andar más de un kilómetro, la de
poder desatar nudos, la de trasladar objetos, aunque ligeros.
Tales prescripciones hacían del Sábado una terrible servidum-
bre.
Además, Jesús quiso manifestar su poder divino
declarándose “El Señor del Sábado” (Mat., 12, 8).
En el Evangelio se consignan las discusiones que se
suscitaron constantemente entre Jesús y los escribas con ocasión
del Sábado.
Las más célebres nos han sido referidas por San Mateo en el
capítulo 12 y por San Juan en los capítulos 5 y 9.
Los judíos querían prohibir a Jesús en absoluto que obrara
curaciones en Sábado.
Llegaron hasta oponerse a que el paralítico curado llevase
su camilla (Juan, 5, 10).
Consideraban que el solo acto de poner lodo en los ojos del
46
ciego de nacimiento era un trabajo prohibido (Juan, 9, 14).
Es, pues, necesario conocer esta mentalidad de la sinagoga
para mejor comprender el alcance de las palabras y de los actos
de Cristo contra las exageraciones del Sábado.
Algunas prácticas rituales
Nuestro Señor se alzó también contra ciertas prácticas
rituales de los fariseos, contra las preces, las limosnas, los
ayunos hechos con ostentación, contra sus largas vestiduras con
franjas y sus exageradas flacterias.
Jesús persiguió sin tregua el formulismo y la hipocresía
farisaica.
Por lo demás, existen en el Evangelio numerosas prácticas
acerca de la purifcación exigidas por la Ley, y que el divino
Maestro no las condena, y si las condena es por su defectuosa
observancia.
Los judíos contraían fácilmente impurezas legales. Por
ejemplo: Por haber tenido contacto con los paganos, con un
difunto, con un leproso, con vasos o vestidos sucios, con animales
impuros. En estos casos debía recurrir a las purifcaciones,
lavarse las manos, bañarse, limpiarse los vestidos. Todas estas
prácticas, manifestadas en el Evangelio, son auténticamente
judías.
El centro de la vida judía era el Templo de Jerusalén, a
donde debían acudir cuatro veces al año.
El edifcio se levantaba sobre la explanada actual de Haram
esch-Cherif. Esta vasta construcción comprendía patios, pórticos
y el santuario propiamente dicho.
Este santuario estaba dividido en tres partes: el vestíbulo, el
41
Santo y el Santo de los Santos.
El sacerdote en funciones entraba todos los días en el Santo
para la ofrenda del incienso (Luc., 1, 8-25), y el Gran Sacerdote
entraba una vez al año, el día de la Expiación, en el Santo de los
Santos.
Todos tenían acceso al Pórtico de los Gentiles; aquí se
verifcaba el tráfco del cambio de moneda y compra de los
animales para los sacrifcios. Jesús condena este tráfco hecho en
la casa de Dios (Juan, 2, 13-17).
Los sacerdotes
Las funciones sacerdotales estaban confadas al gran
sacerdote, a los sacerdotes y a los levitas.
El gran sacerdote era el jefe de la nación judía; tenía la
autoridad religiosa y civil. Sin embargo, dependía del procurador
romano.
Los sacerdotes aseguraban el servicio cotidiano del Templo.
Les ayudaban en sus funciones los levitas.
La instrucción religiosa estaba confada a los Doctores de la
Ley o escribas. Eran seglares, enseñaban en las sinagogas o es-
cuelas judías y formaban la clase de los intelectuales.
El Sanhedrín
En torno a los sacerdotes y escribas había un organismo
civil que los reunía (cuando menos a cierto número) y desem-
peñaba las funciones de tribunal supremo.
El Sanhedrín era un tribunal presidido por el sumo
sacerdote: contaba 70 miembros escogidos entre los Sacerdotes,
4?
los Ancianos y los Escribas.
Este es el tribunal a que fue llevado Jesucristo y el que dictó
la pena de muerte. Sin embargo, cuando condenaba a pena ca-
pital, la sentencia debía ser ratifcada por el procurador romano.
Así se explica la intervención de Pilato en los interrogatorios de
Jesús, y cómo es él quien, en última instancia, le condenó, puesto
que los Sanhedritas decían: “A nosotros no nos es permitido
matar a nadie” (Juan, 18, 31).
Los Fariseos y los Saduceos
En tiempo de Jesucristo la vida religiosa estaba sujeta a la
infuencia de dos poderosos partidos, partidos religiosos y no po-
líticos que tenían gran autoridad sobre toda la nación.
Los Fariseos, cuyo nombre quiere decir “separados”, eran
judíos ritualistas en todo el signifcado de la palabra.
Habían añadido muchas prácticas a la ley mosaica y era de
su incumbencia vigilar la observancia de los más mínimos de-
talles de sus prescripciones, así como la de todas las tradiciones
rabínicas.
Este formulismo llevaba consigo un gran orgullo y profunda
hipocresía. Jesucristo se mostró extremadamente severo con
ellos y les dirigió con razón los más violentos reproches (Mat., 23,
1-39).
Con ocasión de las amonestaciones hechas a los Fariseos,
vemos reaparecer todas las costumbres judías de aquel entonces:
estas páginas son en extremo evocadoras y están llenas de
colorido local.
Los Saduceos. Esta secta religiosa se reclutaba entre la
aristocracia judía.
45
Menos escrupulosos que los Fariseos, los Saduceos se
dejaban arrastrar al placer, a la avaricia y a la sensualidad.
“En materia de doctrina, los Saduceos eran conservadores
intransigentes y rechazaban en gran parte la Tradición oral, tan
estimada por los Fariseos. De aquí las discusiones interminables
en las que los miembros de ambos partidos terminaban por irse a
las manos.”
A pesar de sus discusiones, los dos partidos se unieron para
atacar constantemente a Cristo y conducirle hasta el Calvario.
@ @ @
En medio de esta sociedad judía y de estas sectas, tan
distintas por sus principios, vivió algunos años nuestro Salvador
para damos a conocer a todos la verdadera vida y las grandes
enseñanzas del Evangelio.
:3
TERCERA PARTE
E+ )i*t'rio d' Cri*to 'n +o*
E,(n-'+io*
«Yo soy la luz del mundo.»
(Juan, 9, 5)
:1
EL MISTERIO DE CRISTO
Para comprender los Evangelios no bastaría leerlos con
miras a nuestra formación espiritual y moral, no bastaría cono-
cer la geografía y costumbres de Palestina, si no añadiésemos a
estos conocimientos un estudio más profundo de la persona
misma de Jesucristo, si no tratásemos de penetrar el misterio de
Cristo, es decir, el conjunto de aspectos bajo los cuales Nuestro
Señor se manifestó al mundo.
Las narraciones Evangélicas tienen un fn bien determinado
que es necesario esclarecer. Su fnalidad es hacernos conocer en
Cristo:
1.A Al Mesías esperado, en cuya persona se realizaron las
Profecías y Señales que a Él se referían.
2.A Al Salvador del mundo, que vino a la vez como Hijo del
Hombre, humillado, siervo y víctima, y también como Hijo de
Dios, profeta y taumaturgo.
3.A Al Rey y Juez que vendrá lleno de gloria y majestad
para restablecer la justicia y la paz perdidas en el Paraíso.
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JESUCRISTO ES EL MESÍAS ESPERADO
Los evangelistas han querido probar con evidencia en sus
escritos que en Jesús de Nazaret se cumplieron las condiciones
vaticinadas por los profetas y que es el Mesías esperado y venido
al mundo. Para ello se apoyan en las Escrituras. ¿No se agrupa-
ron los primeros discípulos en torno al Maestro por ellas?
“Felipe halló a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquél
de quien escribió Moisés en la ley y prenunciaron los profetas”
(Juan, 1, 45).
Los Evangelios se basan en los textos proféticos.
Podríamos citar más de ciento cincuenta expresiones como
éstas:
Como dijo el profeta...
Para que se cumpla la Escritura...Escrito está... Ha sido
escrito...
Noventa y dos citas se hacen en los Evangelios de los
profetas.
San Mateo, que se dirigía a los judíos, tuvo verdadero
cuidado de apoyar sus relatos en las profecías porque estaban
familiarizados con ellas sus lectores.
Pero quien principalmente puso de manifesto las grandes
enseñanzas de Moisés y de los profetas fue el mismo Jesús. Afr-
mó que en El y por Él se cumplieron los anuncios proféticos.
Es más, Jesucristo se comparó a personajes de la ley
antigua, recordó ciertos hechos que eran como “Señales” y cuya
:3
razón de ser fue anunciar a las muchedumbres de su tiempo
algunos acontecimientos de su propia vida.
Por eso David, inspirado por Dios, ponía en boca del Mesías
estas palabras: “He aquí que vengo, conforme está escrito de mí al
principio de la ley” (Salm. 39, 8). Es decir, vengo a realizar el
cumplimiento de las Profecías y de las “Señales” que me venían
anunciando desde siglos.
Y cuando Cristo Jesús muere sobre la Cruz, afrma que su
primera misión está enteramente cumplida, que su persona ha
respondido a la expectación de los Patriarcas, de Moisés y de los
Profetas: “Todo se ha cumplido”, dice. Sólo entonces, inclinando
su cabeza, entrega su espíritu al Padre.
Entremos ahora en algunos detalles.
El Mesías debía ser reconocido por medio de las profecías
Ya se trate del nacimiento del Mesías o de su vida pública,
de su muerte o de su resurrección, los anuncios proféticos se ale-
gan continuamente en los Evangelios como realizados ya en El y
realizados “literalmente”.
En un capítulo precedente decíamos que San Mateo, sólo en
el relato del nacimiento de Cristo, apelaba al testimonio de
cuatro profetas para probar que el Niño que acababa de nacer, y
cuya historia trazaba, era en efecto el Mesías prometido y
esperado.
Las escenas de la Pasión y de la Resurrección, sobre todo las
que cuentan San Mateo y San Juan, se apoyan constantemente
en este testimonio de los profetas.
Pero donde se nos da la clave principal para comprender los
Evangelios es en el capítulo 24 de San Lucas: Conocimiento de
:4
Jesucristo alcanzado por medio de la realización literal de las
Profecías y de su fácil comprobación.
Vemos en este capítulo que Jesús el día de su Resurrección
entró en conversación con dos viajeros que caminaban a Emaús.
Queriendo que le reconociesen dijo: “¡Oh necios y tardos de
corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿Por
ventura no era conveniente que el Cristo padeciese todas estas
cosas y entrase así en su gloria? Y empezando por Moisés y
discurriendo por todos los profetas les interpretaba en todas las
Escrituras los lugares que hablaban de él.”
Y entonces, cuando los dos caminantes le reconocieron, “se
dijeron uno a otro: ¿No es verdad que sentíamos abrasarse
nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las Escrituras?” (Luc., 24, 25-27 y 32).
Y pocas horas después vemos que Jesús abrió la inteligencia
de sus apóstoles para que comprendiesen las Escrituras: “Ved
ahí lo que os decía cuando estaba aún con vosotros: que era
necesario que se cumpliese todo cuanto está escrito de mí en la ley
de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Luc., 24, 44).
Jesús quería, pues, que se leyese a Moisés (La Ley), a los
Profetas y a los Salmos, es decir, toda la Biblia, para que se le
reconociese. En otra parte afrma que Moisés había escrito de El:
“Si creyeseis a Moisés también me creeríais a mí, pues de mí
escribió él. Pero si no creéis lo que él escribió, ¿cómo habéis de
creer lo que yo os digo?” (Juan, 5, 46-47).
@ @ @
Asentemos ahora una grave e importantísima cuestión.
¿Se puede llegar a comprender enteramente los Evangelios
y tener una fe radiante y robusta si se desconoce el Antiguo
::
Testamento?
Jesús mismo responde a esta pregunta. Su respuesta es
neta: “Si no creéis lo que Moisés escribió, ¿cómo habéis de creer lo
que yo os digo?”
No se puede creer en los escritos de Moisés si no se los
conoce; ahora bien, no creeremos verdaderamente en Jesucristo
si no leemos el Antiguo Testamento. Nuestra fe será una fe
insignifcante, “superfcial”, de “escaso valor” y contra la cual
protestaba Jesús.
Los Evangelios no se nos manifestarán plenamente si
ignoramos el Antiguo Testamento, si no tenemos cuando menos
unas nociones exactas de la Historia Sagrada, si no conocemos
nada de los Patriarcas, de Moisés, de los Reyes y de los Profetas.
Sí, la lectura de la Biblia es indispensable para comprender
los Evangelios.
A la respuesta categórica de Jesucristo añadamos también
la de San Jerónimo, igualmente impresionante:“Ignorar las
Escrituras es ignorar a Cristo.”
Exacto. Y estas palabras serán citadas por los Papas León
XIII y Benedicto XV en sus encíclicas sobre la lectura de la
Biblia.
Ignorar el Antiguo Testamento es ignorar también el Nuevo,
por lo menos es ignorar su sentido completo. Podrán conocerse
algunas historias, algunos relatos milagrosos, pero se nos pasará
enteramente inadvertido el profundo sentido del misterio de
Cristo y del plan divino. Es innegable.
Es necesario haber seguido todo el desarrollo de la vida del
pueblo de Dios para comprender su desenlace: Cristo.
Por lo tanto, si al leer los Evangelios no se advierten las
:6
numerosas alusiones que se hacen a las profecías, no llegará a
comprenderse la gran importancia de las señales que Jesús ha
dado para hacerse conocer.
El Mesías debía ser reconocido por señales
Cuatro son las principales señales con que Jesús se
descubre a sus discípulos y a los judíos.
Por medio de ellas anuncia su muerte, su resurrección y su
reino venidero.
Se compara primeramente a la Serpiente de bronce para
manifestar la naturaleza de su muerte y la efcacia salvadora
que ofrece al mundo con su sangre. Si la serpiente de bronce
curaba las mordeduras de las venenosas serpientes a los hebreos
que la miraban, ¿cuánta mayor efcacia no tendrá una mirada a
la Cruz de nuestra Salvación sobre las mordeduras “de la
Serpiente antigua que se llama demonio y Satanás?” (Apoc., 12,
9).
“Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la
serpiente de bronce, así también es menester que el Hijo del hom-
bre sea levantado en alto para que todo aquel que crea en él no
perezca, sino que logre la vida eterna” (Juan, 3, 14-15).
Siguiendo la misma idea, decía también Jesús:
“Y cuando yo sea levantado en alto en la tierra, todo lo
atraeré a mí. Esto lo decía para signifcar de qué muerte había de
morir” (Juan, 12, 32-33).
Jesús se compara al profeta Jonás, que permaneció tres días
y tres noches dentro de un gran pez para anunciar su Resurrec-
ción después de su permanencia en el sepulcro.
Cuando los Fariseos reclamaban milagros o señales de la
:1
misión de Jesús, les respondió severamente: “'Esta raza mala y
adúltera pide un prodigio; pero no se le dará el que pide, sino el
prodigio de Jonás profeta. Porque así como Jonás estuvo en el
vientre de la ballena tres días y tres noches, así el Hijo del
hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra”
(Mat., 12, 39-40; comparar Jonás, 2, 1).
Nuestro Señor se compara también al Templo para anunciar
su gloriosa salida del sepulcro.
Acababa Jesús de echar a los vendedores del Templo, y los
judíos, airados, le exigían también una señal de su misión.
“Respondióles Jesús: Destruid este templo, y yo en tres días
lo reedifcaré... Mas él les hablaba del templo de su cuerpo.
Y así, cuando hubo resucitado de entre los muertos, sus
discípulos hicieron memoria de que lo dijo por esto y creyeron con
más viva fe a la Escritura y a las palabras de Jesús” (Juan, 2, 18-
22).
Finalmente, para señalar Nuestro Señor su carácter real, se
compara a Salomón (Mateo, 12, 42). Y es en el aspecto de Rey
triunfador que volverá al fnal del mundo.
Al hacer resaltar todas estas semejanzas con el Antiguo
Testamento nos vienen a la memoria estas palabras de Pascal:
“El que no saca de la Escritura el sentido de las Escrituras es
enemigo de la Escritura.”
Por eso precisamente ha querido sacar Nuestro Señor del
Antiguo Testamento la historia de su propia vida para que se vea
la admirable unidad que existe en toda la Biblia por El y en El.
Busquemos, pues, en el Antiguo Testamento las profecías y
las señales cuya realización podemos leer en el Evangelio; son
poderosas confrmaciones de la divinidad de Jesucristo.
:?
El testimonio de la profecía es una fuerza que convence a
quien bien lo considera.
¿No se ha dicho en el Apocalipsis “que el testimonio de Jesús
es el espíritu de la profecía?”
El espléndido mensaje de los cuatro Evangelios está, pues,
basado en la Profecía y en la Ley. Por no estar bien convencidos
de ello y no haberlo comprobado por sí mismos, aun leyendo
atentamente el Evangelio, hay quienes no comprenden todo su
alcance.
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JESUCRISTO ES HOMBRE Y DIOS
No es menos necesario conocer las Señales y Profecías del
Antiguo Testamento para comprender los Evangelios en lo que se
refere a los caracteres del Mesías venido en carne mortal como
Esclavo y Víctima, como Profeta y Taumaturgo.
Cristo, Esclavo y Víctima
El carácter del Mesías siervo y humillado es primeramente
revelado en las narraciones de la Infancia (Luc., caps. 1 y 2, y
Mat., caps. 1 y 2). Pero debajo de la obediencia y humillación del
Salvador se descubre su divino poder.
Es anunciado por los mensajeros celestes, quienes hablan en
nombre de Dios.
Es reconocido y adorado por los pastores y los magos, por
Simón y Ana.
Se advierte, no obstante, en los Evangelios la preocupación
de Jesús por declarar a menudo su acatamiento a Dios, su Padre.
“Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado y dar
cumplimiento a su obra” (Juan, 3-4).
La obra de Dios es el rescate de la Humanidad, y Jesús se
ofrecerá para esta misión haciéndose víctima y sometiéndose a la
voluntad de Dios. “En efecto, amó Dios tanto al mundo que no
paró hasta dar a su Hijo unigénito, a fn de que todos los que
crean en él no perezcan, sino que vivan vida eterna” (Juan, 3, 16).
Cristo víctima ha sido revelado profunda e impresionantemente
por los cuatro relatos que los evangelistas nos hacen de la
63
Pasión.
Era de capital importancia hacer brillar el carácter del
Mesías paciente por varias razones.
Para los judíos, que no querían ver en el Mesías esperado
más que un rey, un profeta, un taumaturgo y no un ajusticiado,
era ése el aspecto más inadmisible.
Era también necesario hacer compren-der cómo, al
constituirse pecador por los pecadores y víctima por las víctimas,
Cristo venía a borrar los pecados del mundo y sanar nuestras
heridas. “Con sus llagas fuimos nosotros curados... Por causa de
nuestras iniquidades fue él llagado...” (Is., 53, 5).
¿No debemos, pues, excitar nuestro amor para corresponder
al “grandísimo amor” con que hemos sido amados?
Estos son los sentimientos que los evangelistas han querido
inculcar en el alma de sus lectores al referir tan detalladamente
las horas dolorosas de Cristo.
Nuestro Redentor es quien da con toda verdad su sangre por
el mundo entero; el divino Salvador es quien generosamente
ofrece su vida por la salvación de los hombres.
Los relatos de la Pasión ponen de manifesto el valor
redentor de la sangre “del Cordero”. “He aquí el Cordero de Dios,
he aquí el que quita los pecados del mundo” (Juan, 1, 29).
Si el aspecto de Mesías paciente, anunciado por el mismo
Jesús durante las semanas que precedieron su muerte (Luc., 18,
31-34), aparece desarrollado aún con mayor claridad en los
relatos de la Pasión, no se destaca menos en ella su carácter
divino.
Vemos a Jesús, como hombre, clamar a Dios en su agonía
suprema: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
61
(Mat., 27, 46). Pero dice al ladrón señalando su poder divino:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Luc., 23, 43).
Si entonces es “el varón de dolores” y el “desecho de la
plebe”, es también Dios, Profeta y Taumaturgo.
Cristo, Profeta y Taumaturgo
Este doble carácter mesiánico de Jesús constituye el fondo
de los relatos evangélicos consagrados a su vida pública. Es el
que más se ha puesto de manifesto en las narraciones que han
dado a conocer al mundo cómo enseñó Jesús una doctrina nueva
y magnífca, pues por una parte es el gran Profeta de Dios que
viene en su nombre y por otra es el poderoso Taumaturgo que
apoya su doctrina en numerosos milagros, llegando hasta
resucitar muertos y resucitarse a sí mismo.
Los dos discípulos de Emaús defnían perfectamente el
carácter de Jesús Nazareno: “Un profeta poderoso en obras y
palabras” (Luc., 24, 19).
Las obras de Cristo son sus milagros, en los cuales exigía
que creyesen porque manifestaban su carácter de Hijo de Dios:
“Creed a lo menos por estas obras” (Juan, 14, 11).
Las palabras de Cristo son sus enseñanzas, que también
dan testimonio de su carácter divino.
Si los milagros de Cristo le revelan como Dios, también
manifestan su bondad y compasión para con los hombres. ¿No
eran ellos tal vez la expresión de su misión de Salvador que cura
con su sangre nuestras enfermedades morales?
“El curó a todos los dolientes para que se cumpliese lo que
predijo el profeta Isaías: El mismo ha cargado con nuestras
dolencias y ha tomado sobre sí nuestras enfermedades” (Mat., 8,
62
16-17; compárese Isaías, 53, 4).
Como esta breve exposición no es una lectura de apologética,
no nos detendremos más sobre el carácter de Cristo como Tau-
maturgo. Además, las narraciones de los milagros son fáciles de
comprender. Sin embargo, importa señalar aquí la preferencia
que tienen las “obras” de Cristo en los relatos de los Evangelios y
la primaria importancia vinculada al gran milagro de su
Resurrección.
Este milagro es la “clave” para todos los escritos del Nuevo
Testamento; prueba, como ninguno, el carácter humano de la
persona de Cristo que sufrió la muerte y su carácter divino que
le hizo vencer a la muerte y salir glorioso del sepulcro por su
propio poder.
La misión de Cristo Profeta, anunciada por Moisés en el
Deuteronomio (cap. 18, 15), se halla expresada en los numerosos
discursos pronunciados por Jesús tanto en Galilea como en
Jerusalén.
Estos discursos los hemos ya resumido, y como vamos a
estudiar ahora los que se referen más directamente al Reino de
Dios, no nos detendremos más sobre el carácter mesiánico de
Profeta, aunque muy real y muy signifcativo.
El estudio de las Parábolas del reino que vamos a hacer nos
permitirá considerar un nuevo aspecto de Jesucristo que es
indispensable profundizar para comprender el conjunto de los
Evangelios.
63
JESUCRISTO VENDRÁ Y SERÁ REY Y JUEZ
La gran esperanza de la Iglesia cristiana en esta segunda
venida de Cristo a la tierra para reinar y juzgar ha sido expuesta
con claridad principalmente en algunas parábolas y discursos de
Jesucristo referidos por los Evangelios.
Estas enseñanzas conciernen al Reino de Dios.
El no poseer conocimiento de lo que los evangelistas
designan con el Reino de Dios, o Reino de los cielos, o no
considerar este espléndido conjunto más que para hacer algunas
aplicaciones morales más o menos personales, ¿no es acaso
privarse de la posesión de una clave, quizá la más propia para
penetrar el sentido de los Evangelios?
Escuchemos al Cardenal Billot: La Parusía es
verdaderamente el alfa y omega, el principio y el fn, la primera y
la última palabra de la predicación de Jesús; ella es la CLAVE,
el desenlace, la explicación, l
a
razón de ser, la sanción.
Si, pues, la segunda venida de Cristo es una de las claves de
los Evangelios, ¿no estará bien que señalemos su importancia?
Las parábolas del Reino de Dios
Defnamos en primer lugar el término Parábola, ya que tan
frecuentes son las enseñanzas de Cristo bajo esta forma.
“La parábola evangélica es la narración fcticia de un
acontecimiento real o imaginario sacado de la naturaleza o de la
vida corriente para esclarecer, por medio de una comparación,
una verdad religiosa o una lección moral.”
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“La parábola se basa, pues, en un hecho real o imaginario
que constituye su elemento secundario y conduce a una idea que
es lo esencial.”
¿Cuáles son las principales parábolas del Reino de Dios?
Son primeramente las que nos permiten seguir la
instauración del Reino, su expansión y su poder. (La simiente, el
grano de mostaza, Mat., 13, 1-23 y 13, 31-32.)
Entre el período en que Cristo vino a anunciar su reino en
su primera venida y aquel otro en que volverá para establecerlo y
entregarlo al Padre, se colocan todos los siglos durante los cuales
son rechazados los Judíos, mientras que los Gentiles laborean la
viña del Padre de familia (Los viñadores homicidas, Mat., 21, 33-
46).
Numerosas son las parábolas que se referen a los tiempos
del establecimiento del Reino.
La de la Recolección, en que se recoge el buen grano y se
quema la cizaña (Mat., 13, 24-30 y 13, 36-43), y la de las redes
llenas de peces, cuya selección se verifca guardando los buenos y
arrojando los malos (Mat., 13, 47-52).
Luego viene la serie de parábolas que nos dan a conocer el
gran llamamiento a la vigilancia:
1.A Prolongada espera del Esposo (que es Cristo) por las
diez Vírgenes (Mat., 25, 1-13).
2.A Larga ausencia del Maestro (de Cristo hasta su
segunda venida), a quien los siervos esperan o no (Mat., 24, 45-
51, y Mar., 13, 32-37).
3.A Largo viaje del Rey (también Cristo), esperado por los
que recibieron los talentos para negociar con ellos (Luc., 19, 12-
27, y Mat., 25, 14-30).
6:
Finalmente, el Señor aparece como el Rey y Juez que se
sienta en su trono para recompensar o castigar a las naciones re-
unidas delante de El bajo las fguras de ovejas y machos cabríos
(Mat., 25, 31-46).
Así se nos da a conocer, bajo la forma de símbolo, el gran
misterio de la nueva Venida de Jesucristo, una de las claves de
los Evangelios. A nosotros pertenece servirnos de ella.
Enseñanzas directas de Cristo sobre los últimos tiempos
Por medio de esta serie de Parábolas, llamadas
“escatológicas”, el Señor dio a conocer una enseñanza
impresionante sobre las circunstancias que acompañarán su
Venida sobre las nubes del cielo con poder y majestad.
Descríbenos la gran Tribulación, los distintos Cataclismos,
la Separación de los buenos y abandono de los otros: “De dos
mujeres que estén moliendo, la una será tomada y se salvará y la
otra dejada y perecerá” (Mat., 24, 41).
Así, pues, estas narraciones de San Mateo, cap. 24, de San
Marcos, cap. 13, y de San Lucas, cap. 21, nos enseñan cómo de-
bemos ordenar la vida presente en vista de la Venida del Señor.
En los Evangelios se advierte a todos sin cesar que “velen” y
estén “preparados” para recibirle, porque vendrá como un “la-
drón” durante la noche y de improviso.
Por ignorar que estas enseñanzas se referen al “Día del
Señor”, aplicamos erróneamente todas estas parábolas a nuestra
muerte particular. Perdemos así el sentido verdadero de la
expectación cristiana, el verdadero sentido de la esperanza de la
Iglesia, esposa de Cristo, quien le llama amorosamente en el
Apocalipsis: “Ven, ¡oh Señor Jesús!” (Apoc., 22, 20).
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Descuidamos con frecuencia ser feles “centinelas” de las
almas “puras e irreprochables para el día del advenimiento del
Señor (1 Tesalonicenses, 5, 23).
Estos son los principales caracteres que los evangelistas nos
presentan del Mesías y cuyo conjunto nos revelan a Cristo en su
plenitud.
Desde el prólogo de San Juan, que nos coloca más allá del
tiempo, “En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios,
y el Verbo era Dios” (Juan, 1, 1), somos conducidos, siguiendo a
los Evangelios, hasta los misteriosos días de la Vuelta de Jesús
sobre las nubes del cielo, pasando por las edades antiguas en que
era esperado el Mesías, esas edades durante las cuales las
Escrituras daban testimonio de Él.
¿No es verdad que merced a estos cuatro libritos tenemos
ante la vista una magnífca exposición del misterio de
Jesucristo?
De este misterio habla el apóstol Pablo a los Efesios cuando
los incitaba a comprender juntamente con todos los santos:
“Cuál sea la anchura y largura, la altura y profundidad, a fn de
conocer aquel amor de Cristo que sobrepuja a todo conocimiento”
(Efesios, 3, 18-19).
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