Francisco Coloane ElúltimoGrumetede laBaquedano 1

¡EL ULTIMO GRUMETE! ¡ Alza arriba! ÐUn potente grito del contramaestre estalló desde. la
escotilla d el entrepuente. Un estridente toque de corneta anunció la diana, y, c
omo un solo hombre, todos los marineros saltaron de sus coyes. Alejandro también b
ajó de su coy y sintió sobre sí la mirada de asombro de cientos de ojos. Ð,Y éste? Ðdijo, en
tono despectivo, un marinero. СSólo falta que traigan guaguas y mujeres! Ðg ritó otro. СCal
iente el biberón, mi cabo Santos! Ð.exclamó un pecoso mala cara. El niño, parado, con su
s ropas ajadas, sintió una Intensa congoja. Ese enorme y obscuro entre- puente, ll
eno de hombres extraños, hostiles, burlones, sobrecogi ó su tierno espíritu. El pañol de
las ratas era un paraíso al lado de la desolac ión que le produjo tanta gente extraña
. Los marineros fueron saliendo por la esc alera hacia la cubierta. Todos pasaba
n a echarle una mirada, una mirada de curio sidad algunos, de indiferencia otros
, y algunos de bondad. Pronto la escotilla, como una boca abierta a la luz, se t
ragó al último marinero, y el entrepuente qu edó vacío como una gigantesca tumba. El niño
tiritó de desamparo, sin saber qué hacer; miró sus ropitas, el cielo raso gris, y apre
tó sus manos arrugando los ex tremos de su modesta chaquetita. ¡Oh, esto era más duro
de lo que se imaginaba! Por la escotilla apareció de pronto una cabeza redonda, un
a cara blanca y unos o jos buenos. 2
Un grumete de unos diecisiete años descendió por la escalera de fierro y se diri gió a
Alejandro: ÐVen arriba, a lavarte; anoche te vi cuando te sacaron de tu es condit
e, no tengas miedo, no seas tonto, sólo algunos de esos viejos brutos son malos, e
l resto son buenos, les gusta hacer chistes pero no hacen daño. Ya verás , si quedas
a bordo lo vas a pasar bien; yo te vine a buscar, porque me gustan l os tipos ªga
llosº, y no es cualquiera el que se atreve a embarcarse de ªpavoº en un buque de guerr
a. ª¡Si quedas a bordo!. · .ª --e1 niño recordó las palabras d el comandante:Ð: ªLa orden de v
je dispone seguir directo a Punta Arenas.ª; est o lo hizo sentirse confortado. ÐGrac
ias Ðdijo, y siguió al grumete, que 1. pasó su toalla y su jabón. ÐDespués preguntas dónde que
da la ªAyudantíaº, y te presen tas al sargento primero escribiente; él te ordenará lo que
hagas Ðle dijo aquél. En la cubierta, la tripulación estaba formada pasando revista, y
, en realidad, se dio cuenta de que nadie se fijaba en él ahora, como si no existi
era. Esto lo alentó: prefería sentirse solo; se lavó, devolvió a su protector los útiles d
e a seo y se dirigió a la Ayudantía, que quedaba en el centro del buque. De paso, pu
do ver un mar verde, florecido de olas regulares, que reventaban en espuma, emp
u jadas por un fresco viento que daba de' costado en las velas. La nave, siempre e
scorada de babor, corría velozmente surcando el Océano Pacífico; costas no se di visa
ban por ninguna parte, a pesar de la claridad del día, brillante de sol. El agudo
silbato del contramaestre se dejó oír, y, al pie de los palos, voces vigor osas orde
naron: ªCargar las escotas de las cuchillas y de la mesana!º Los grumet es se apiñaron
junto a los motones y jarcias, se oyó el chillido de cabos que se cobran, las vel
as verticales que quedan 3
entre los palos viraron un poco hacia el centro del buque, y éste se inclinó aún más, ad
quiriendo mayor velocidad. De vez en cuando un ruido se producía en las lonas de l
as vergas y una manga de viento bajaba haciendo crujir los aparejos. Ð ,Qué hay? Ðdijo
el sargento escribiente, gordo y rechoncho, al ver al niño, y co ntinuóÐ: ¡Ah!... Tú eres
el ªpistoleroº que se metió a bordo; hay diez hombres d e plantón' por tu culpa y un teni
ente en su camarote. СPerdone!... ÐSí, sí Ðle interrumpió el escribienteÐ ; todo el barco con
e ya tu historia; agradece que eres hijo de un ex marino; yo conocí a tu padre, y
andas con suerte: la Superior idad contestó el radio del comandante, autorizándole p
ara seguir a bordo ocupand o la plaza del ªúltimo grumeteº. El corazón del niño no pudo co
ntenerse de júbil o; dos lágrimas rodaron de sus ojos, y con una sonrisa de felicida
d, exclamó: ª¡ Gracias, mi sargento!º Era la primera vez que nombraba a un marino en for
ma regl amentaria, como si hubiera sido un antiguo grumete. Y ya, desde ese mome
nto, lo era. Durante la mañana pasó por todas las disposiciones reglamentarias: fili
ació n, examen médico, corta de pelo al ras y, por último, lo llevaron al pañol de ro pa
, donde le entregaron su uniforme de dril para el servicio y de paño azul para sal
ida, ropa blanca, alpargatas y zapatos. Cuando vestido de grumete, con su pe queño
gorro blanco de faena, subió a cubierta para presentarse a sus superiores, una in
tensa emoción lo embargaba. Se sentía marino, su gran sueño; la sangre de su padre rev
ivía en el océano. Hinchó, orgulloso, el pecho con el aire salino, miró la esbelta proa
de su buque, y se dio cuenta de que, después de su madre, l o que más amaba era la g
loriosa corbeta. La vieja nave pareció tener alma, pues levantó su bello mascarón de p
roa oteando los lejanos horizontes y emprendió con nuevos 4
bríos su carrera entre el jardín de espuma y olas del océano. En plena mar. le h abía na
cido un hijo más en su viaje postrero: Alejandro Silva, ªEl último grumet e de La Baqu
edanoº. ¡TRES BULTOS A ESTRIBOR! DURANTE una semana estuvo recibiendo instrucción mari
ne ra. Tuvo que aprenderse de memoria un libro de tapas rojas donde estaban los
nom bres de todos los compartimientos, jarcias, velas y detalles de la estructur
a de una corbeta. Cuando sus instructores lo aprobaron, entró a servir en el perso
na l del palo trinquete, pues la tripulación se divide en guardias que corresponde
n a los tres palos, de proa a popa: trinquete. mayor y mesana. Cada personal com
p ite con los otra para mantener en mejor estado el aparejo y velamen de su palo
y para ser los mejores y primeros en las maniobras de la navegación a vela. Se di
viden en guardias, y, noche y día, permanentemente hay un grupo de grumetes y ma
rineros al pi de cada palo, listos a los silbatos de los contramaestres que orde
nan las maniobras de esta delicada navegación. Por fortuna, le correspondió su p ri
mera guardia nocturna una noche en que el Pacífico había calmado sus furias. Ð ¡La guard
ia del trinquete a formar! Ðgritó un cabo contramaestre, y los grumetes y marineros
que les correspondía guardia subieron al puente. El mar estaba en c alma, la luz d
e la luna reverberaba entre las pequeñas olas y una brisa del Oest e apenas inflab
a los foques, juanetes, jarcias, vergas y cuchillas. A pesar de l a calma, se fo
rmaban algunas mangas de aire que bajaban arremolinadas por el vel amen, y una d
e ellas, arrancó de cuajo el café que un grumete conducía en una ga rrafa. 5
СCierra la tarasca! Ðle gritó uno del trinquete. En el puente de mando se divis aba al
oficial de ruta, dando las últimas instrucciones. La ªChanchaº, como cari ñosamente se l
e llama en la marina a ªLa Baquedanoº, cabeceaba lentamente, como un tardo cetáceo, en
busca del lejano Sur. El toque de silencio, lastimero y pro longado, salió del co
rneta de guardia y se fue estirando, sin eco, por la inmens idad del mar. Casi t
oda la tripulación dormía en los entrepuentes; solo los de g uardia permanecían sobre
cubierta. Un profundo silencio invadió a la nave despué s del toque de corneta; lueg
o, monótona, se dejó oír una voz en el canastillo, s ituado en lo alto del palo de tri
nquete, que dijo: ª¡Uno!. . .ª; ª¡Dos!º, exclam ó como un eco otra voz: ª¡Tres!º, remató una t
y el silencio reinó de nue vo en el buque. Pero no mucho; al poco rato las extrañas
voces que brotaban de l a noche repitieron con ritmo monótono: ª¡Uno, dos, tres!º. ªLuego
me va a tocar a míº, se dijo el grumete Alejandro. y se tendió para dormir al pie del
trinquet e, con sus demás compañeros. El ya sabía el origen de esas voces: durante la
nav egación a vela, en las noches, tres vigías permanecen en constante alerta; uno p
arado en la cofa del trinquete, atalayando las negruras, se denomina ªel topeº, y d
os a cada costado de la cubierta, que se llaman ªserviolasº. Cada cierto tiem po, el
ªtopeº grita: ª¡Uno!º; ª¡Dos!º, repite el serviola de estribor; y ª¡Tres! º, el de babor; est
que no hay novedad en el mar y que permanecen alerta . Como estas guardias son
muy duras, especialmente cuando hay temporal, el ªtope º permanece una hora en la co
fa, y los serviolas , dos. Además, atrás, en la pop a, paseándose sobre la toldilla de
babor a estribor, otro marinero con un salvav idas terciado, listo para ser arr
ojado al mar, es el encargado de vigilar si un hombre cae al agua desde las jarc
ias y dar el conocido grito de alarma: ª¡Hombre al 6
agua!º A este' vigía, en jerga marinera, se le llamaba ªel picarónº, por el pare cido que ti
ene el salvavidas redondo con ese sabroso comestible. ÐEh, arriba el ªtopeº! Un grumet
e lo sacudió con fuerza. Alejandro se levantó restregándose los ojos, miró la luna que s
e había corrido hacia el Occidente, y se dispuso a subi r a la cofa. En esos insta
ntes descendía el relevado. Era la primera guardia que hacía en ese puesto. Subió por
la escalera de cuerda, que a la vez servía de vi ento al trinquete, y se instaló en
la cofa. `En el día, durante la instrucción, le había parecido sencillo, pero en la noch
e, suspendido como un péndulo de relo j, invertido, a tanta altura, aquello era im
presionante. El barco avanzaba lenta mente, cabeceando por la mar ªboaº. Los tumbos
hacia estribor eran contenidos po r el velamen, pero hacia babor eran tan grande
y el palo trinquete se inclinaba tanto sobre el mar, que Alejandro tenía que toma
rse con ambas manos del canastil lo de la cofa para sentirse seguro. ª¡Uno!º, gritó desd
e lo alto, por primera ve z. ª¡Dos!º, ª¡Tres!º, repitieron los ªserviolasº, y él se puso más c
o y co n más ánimo para resistir los vaivenes, al pensar que ya servía como un avezado
grumete. ª¡Uno!º, ª¡Dos!º, ª¡Tres!º. Ya hacía media hora que iniciaba las palabr as que caían
a monótona gotera en medio de la paz de la noche y el tenue crujir de las jarcias.
El viento, arriba más intenso, empezaba a cal arle el cue rpo, a pesar del grueso
chaquetón de pelo de camello. ª¡Uno!º, ª¡Dos!º, ª¡Tres!º . Y nada en la inmensidad del mar, a
do suavemente por la luna. Desde la co fa, Alejandro, antes de gritar, ponía siemp
re la mano a manera de visera sobre l os ojos, echaba el cuerpo fuera del 7
canastillo y, como un viejo lobo de mar de los antiguos tiempos, recorría con su v
ista los horizontes; sólo hasta entonces, cuando se cercioraba de haber cumpli do
fielmente su deber, exclamaba: ª¡Uno!º. Así contemplaba con cierto agrado el mar, que de
sde su puesto parecía un campo arado, la mitad lleno de luz y la otra mitad lleno
de sombras, cuando, de súbito, vio que en dirección a la amura de e stribor, en la l
ejanía, tres bultos negros avanzaban en dirección a la corbeta, rompiendo ágilmente la
s aguas. СTres bultos negros por la amura de estribor! Ðg ritó. СTres bultos negros por la
amura de estribor! Ðrepitieron los serviolas. El oficial de guardia dio una voz d
e mando, y el silbato de un contramaestre lac eró el espacio. En un instante, las
guardias de los tres palos estuvieron listas , al pie de las escotas, para manio
brar con las velas. El grumete vio desaparece r a los tres bultos, que semejaban
submarinos a gran velocidad, y gritó de nuevo : ÐDesaparecieron los tres bultos! СDesa
parecieron los tres bultos! Ðrepitieron uno a uno los serviolas. Pero no bien había
terminado su exclamación, cuando, d e súbito, los tres bultos negros aparecieron cas
i al costado de la corbeta, leva ntando grandes olas y lanzando gigantescos chor
ros de agua. El niño quedó confus o; el mastelero del trinquete casi pasó rozando uno
de los chorros en un vaivén, y apenas se dio cuenta de lo que era, gritó con todas s
us fuerzas: СTres balle nas a babor! СTres ballenas a babor! Ðrepitieron loe serviolas.
8
Los enormes cetáceos, con sus lomos color pizarra relucientes, se alejaron veloz m
ente hacia `la vastedad del mar. Al descender de su guardia de ªtopeº, Alejandr o vio
que sus compañeros lo miraban con ironía. Al acostarse, uno le dijo: ªHay que conocer
a primera vista lo que se ve en el mar; para otra vez grita desde un principio: ª¡Ba
llenas a estribor!º, y así no harás despertar y levantarse a tod as las guardias. Mañana
te van a hacer muchas bromasº. El niño se mordió el labi o inferior y un desgano pasó c
omo una ráfaga helada por su cuerpo y su espíritu. Efectivamente; al otro día, en cuan
to alguien lo avistó, le gritó: ª¡Tres bulto s a estribor!º, y una carcajada resonó en el en
trepuente. A la hora del almuerzo , la aventura de ªlos tres bultos a estriborº fue
comentada por toda la tripulac ión. Esta era la hora en que la marinería conversaba
las incidencias del viaje m ás libremente. Cuando el ranchero, desde un extremo de
la mesa, limpia y blanque ada con agua y soda, repartió los grandes trozos de pan
, al lanzar el que le cor respondía a Alejandro, uno gritó: ª¡Cuidado, bulto a estribor!º СLo
s bultos no se comen! Ðexclamó otro. Ese día recibió el primer bautismo de los bromistas
del barco: fue reconocido por el apodo de ªTres bultosº. 9
10 EL FANTASMA DEL ªLEONORAº El día, durante la navegación, estaba distribuido en guardi
as, instrucciones, ej ercicios y comidas. A excepción de la enseñanza militar y mari
nera, para los gru mete y cadetes navales, el barco no tenía gran diferencia con u
n instituto que d e pronto se hubiera lanzado a navegar con su alumnado adentro.
Aquella tarde cor respondían clases de matemáticas, historia y geografía. Al final de
las clases, aquí donde todo está reglamentado, se ordenó una `hora de costura. Cada gru
mete sacó de su cajón una carretilla de hilo, agujas y una cauta con botones, y unos
en el entrepuente y otros en cubierta, empezaron a revisar sus ropas, a coserla
s , a prenderles los botones, etc. Alejandro se dirigió con su grupo al castillo,
lugar preferido por él, porque desde allí se dominaban todo el buque, las maniob ras
y la vastedad del mar. Sentados en cuclillas, grumetes y marineros iniciaron la
revisión de sus prendas de vestir. Los muchachos comentaban alegremente dive rsas
incidencias de la navegación; los peligros en que uno estuvo al cargar las velas
de un sobrejuanete, otro en el extremo de una yerga a punto de caer al mar , en
fin, cosas sanas y simples de su vida marinera.
Así estaban, cuando, con un pantalón en la mano y una caja de costura en `la otr a, ll
egó a sentarse entre los grumetes un viejo sargento primero carpintero, el sargent
o Escobedo. 11 СA ver, muchachos, háganme un lugarcito; voy a aprovechar un ratito de
tiempo p ara remendar este pantalón que está más viejo que yo, con la diferencia de q
ue é l tiene quién lo cosa, mientras que a mis pobres huesos no los retempla ni el d
i ablo! Ðdijo el viejo sargento. Escobedo, prestigioso carpintero de ªLa Baquedanoº, h
abía vivido su vida en ese buque, y, ahora que sabía que a la vuelta lo iban a desgu
azar, estaba un poco ap esadumbrado y pensaba que antes de pisar otras cubiertas
preferiría acogerse a l a jubilación. De índole noble, amaba a los grumetes y los ayu
daba con sus consej os y experiencias para que no los castigasen; pero, sobre to
do, gustaba contarle s las aventuras de sus mocedades. ÐYo, en mis primeros años, fu
i ªmercantosoº (n ombre con que despectivamente los marinos de guerra llaman a sus c
olegas de la m arina mercante) Ðempezó diciendo el sargento Escobedo aquella tarde e
n el castil lo de proa, mientras los grumetes, cosiendo, le escuchaban respetuos
amenteÐ. Via jé en los carboneros, en buques fruteros por los mares ecuatoriales, tu
ve muchas aventuras, pero nunca como la que me ocurrió en el puerto a donde llegar
emos de ntro de poco: Punta Arenas. ¡Ahí vi un fantasma; ha sido la única a vez en mi
la rga vida que he visto cosa tan rara!
Al oír nombrar el lejano lugar. Alejandro levantó la cabeza con atención, vínole a la me
moria su hermano, del cual tenía un vago recuerdo, y la promesa que le h abía hecho
a su madre de buscarlo por los canales y mares del Sur, a donde ªLa B aquedanoº se d
irigía ahora. ÐMe quedé en esas tierras, hace muchos años Ðcontinu ó el viejo sargento carpi
nteroÐ, con el propósito de hacer dinero trabajando en las estancias ganaderas; pero
aunque pude hacerlo, no soporté la ausencia del ma r, y me dirigí a la ciudad de Pu
nta Arenas, en busca de plata a bordo de cualqui er barco. Los grumetes se acomo
daron, aprontándose a escuchar una de las buenas narraciones del viejo Escobedo. ÐY
no encontré embarco Ðsiguió el sargento, con acento calmosoÐ; pero, en cambio, leí en un p
eriódico que se necesitaban dos hom bres de mar para el pontón ªLeonoraº. El ªLeonoraº había s
ido un hermoso velero de cuatro palos que, rescatado de las rocas del Estrecho d
e Magallanes, en un na ufragio acaecido hace muchísimos años, había sido convertido en
pontón por una c ompañía naviera; es decir, en bodega flotante, para guardar mercadería
s de trasb ordo. ªSu tripulación taba compuesta de un ªpatrónº (título de la marina mercant
e que llevan los que comandan un remolcador o un pontón) y cuatro marineros. ªTo do
esto lo averigüé en la pensión de marineros donde me alojaba, y, al decirle a uno de m
is compañeros de hospedaje que me iba a presentar para contratarme de m arinero en
el ªLeonoraº, me advirtió con cierta alarma: ªMire, no es conveniente que vaya a ese ba
rco; para el ªLeonoraº sólo se contratan los desesperados, los peores marineros, los q
ue no encuentran contrato; porque desde hace muchos años , cada cierto tiempo, des
aparece misteriosamente de ese barco un hombre; nadie s abe cómo mueren; a veces s
e encuentra el cadáver en la playa y otras veces 12
ni eso. Yo tuve un compadre, Jesús Barría, que aguantó a bordo cuatro años y dur ante es
e tiempo desaparecieron cuatro de sus compañeros, uno por año. ªÐ¡A mí no me lleva el demoni
o que tiene embrujado a éste barco; voy a acabar con él! Ðdec ía. golpeándose el pecho, mi
compadre; fatalmente, también se lo llevó una noche , porque todos han desaparecido
de noche. 13 ªÐ¡Este año no se ha llevado a nadie aun, y no vaya a ser usted el elegido
! Ðter minó medio en serio y en broma mi compañero de pensión. `No le hice caso, nunca he
creído en patrañas; aunque ahora que me estoy poniendo viejo suelo atar los c abos d
e tantas cosas que me han sucedido y tengo mis dudas Ðcontinuó, sonriendo, el sargen
to. mientras algunos grumetes se tendían en la cubierta del castillo c on la cara
entre las manos, mirando al viejo para no perder detalle de su relato . ªFui a la
Oficina Armadora y me contraté para el Leonora ; de allí esperaría e l paso de algún vap
or para regresar a la zona Norte. ªClaro que mis compañeros e ran unos granujas, de
los que bota la ola en los puertos; me lo dijeron, apenas los vi sus caras, dond
e más de un cuchillo había dejado su huella. El mismo patr ón no parecía de los trigos m
uy limpios. ªAquí no hay tal embrujamiento Ð me dij eÐ; ¡con éstos, quién no va a desaparecer!
ªEn fin, a lo hecho pecho, y me pus e a cumplir mis obligaciones, que eran muy po
cas, pues la vida a bordo de los po ntones es descansada; están toda la vida ancla
dos, girando sobre sus cadenas con la proa siempre' al viento. Se trabajaba sólo cua
ndo atracaba algún barco a des cargar o a cargar; el resto del tiempo me entretenía
haciendo pequeños bergantin es o pescando sabrosos róbalos, choros o centollas. ªRecor
rí el barco, que había sido hermoso. Las paredes y cielos de la cámara, tallados; las
sillas y mesas, de caoba y cedro; las escaleras, con figuras de serpientes en la
s barandas, incr ustaciones
de bronce macizo; en fin, toda la riqueza de las antiguas naves. Pero lo que más m
e llamó la atención fue cuando, desde un bote, vi el mascarón de proa (figura represen
tando una diosa, un dios o una bella mujer, que los antiguos barcos llev aban en
la proa, bajo el bauprés, y sobre los cuales corrían mitos y leyendas). Representab
a una sirena, la cara y el cuerpo tan bonitos como una virgen, sus do s lindos b
razos abiertos como queriendo abrazar al mar y las aletas pegadas a lo s bordes,
igual que una aparición, blanca como el mármol.º Una ligera brisa suel ta hizo flamea
r algunas velas que resonaron como un bombo; el sargento miró escu driñando el horiz
onte. ÐParece que se va a levantar fresco Ðdijo, y continuó su relato: ªTuvimos algunos
temporales a bordo del ªLeonoraº, sin peligro ni consec uencias. Llegó el Invierno, la
s montañas, la ciudad y la costa misma se pusieron blancas de nieve, los temporale
s disminuyeron y todo se puso tan tranquilo y fr ío que parecía de vidrio. ¡Ya verán ust
edes lo rara que es esa tierra! ªNada ext raño ocurría a bordo; bajábamos muy pocas vece
s a tierra y hasta nos olvidamos d el caso que daba tanta fama al ªLeonoraº. ªLlegó juli
o, mes en que obscurece a l as cuatro de la tarde y amanece a las 9 de la mañana.
Las noches eran largas y p esadas y la vida se hacía aburridora en el pontón. Es mal
o que el hombre se acos tumbre' a flojo, y si no ha encontrado un lugar a su gusto
, debe moverse hasta h allarlo; para eso la tierra es redonda y de todos Ðsentenció
el sargento. ªLa fl ojera y la falta de trabajo me hacían pensar tonterías y así me desv
elaba noches enteras oyendo cómo el viento silbaba en los palos de ese buque que p
arecía mue rto, y que en otros tiempos tuvo un velamen tan lindo como el de nuestr
a querida ªchanchaº. ªA estos desvelos me acompañaron las pesad illas, y me tomó el mal g
enio en tal forma, que no hablaba con nadie. ªDecidí, pues, poner término a mi c ontra
to, y me dispuse para marcharse a tierra en quince días más. 14
ªUna noche, después de una nevada, salió la luna, y todo quedó tan quieto y cris talino,
que aquello parecía otro mundo. Di un paseo por la cubierta y me fui al camarote;
no se' extrañen, teníamos cada uno su camarote; había tantos que no te nían importancia.
Yo, seguramente, ocupaba el que fue de algún primer piloto... ªApagué la vela Ðusábamos es
a luz en el interiorÐ., y no diré que me quedé dormi do, sino que en ese estado en que
uno, casi despierto, ve y sueña cosas que jura ría verdaderas. ªAsí estaba, cuando sentí
que abrían mi puerta, cuidadosamente, y una figura blanca entró a mi cuarto; al prin
cipio creí que era la luz de la lu na, pero luego vi que la figura cerraba la puer
ta y continuaba tan blanca como l os ªcautilesº (fosforescencias que algunas noches
aparecen en el mar cuando lo r ompe la proa de una embarcación o el paleo de los r
emos). ªYo siempre les he ten ido más temor a las cosas de este mundo que a las del
otro, a los vivos que a lo s muertos, y como aquello tenía trazas de una aparición,
me quedé no más tranqui lo, esperando lo que sucediera. Y sucedió que la figura se me
acercó con cautela ; vestía una túnica blanca; su cara, tan `hermosa que no la olvidaré ja
más, y su s manos me hicieron señas de que la acompañara. ªComo permaneciera indeciso, m
e tomó del brazo y, no sé, me sentí como atraído por esa figura tan bella y la seg uí con `l
a confianza con que se sigue a un niño. ªCaminamos sobre la cubierta ta pizada de ni
eve, descendimos por la escotilla de una bodega de proa, ella siempr e adelante
y llevándome de una mano; en el fondo de la bodega buscó un rincón qu e siempre estaba
cubierto de telarañas, abrió una puerta que hasta entonces no c onocía y por una pequ
eña escalerilla bajamos hasta la sobrequilla, de allí avanz amos hacia la roda y en
la obscuridad atenuada por el resplandor que producía su figura, me señaló un enorme c
andado enmohecido que pasaba dos eslabones. 15
ªVolvimos a subir por donde bajamos y, ya en cubierta, me condujo hasta el escob én;
yo quería preguntarle qué había detrás de ese enorme candado enmohecido por los años, hac
ia dónde me llevaba, etc., pero la lengua se me trababa y una atrac ción irresistibl
e y misteriosa me obligaba a seguirla. ªPasamos el escobén y emp eZarnos a caminar s
obre el bauprés, siempre de la mano y con una seguridad que n o la tiene el mejor
grumete en el tangón. ªYa nos acercábamos al extremo, cuando oigo un grito: ªÐ¡Eh, Escobedo!º
lgo extraño pasó por mi persona, di vuelta l a cara y vi al patrón del ªLeonoraº, arrebuja
do con un chaquetón y con una carab ina en las manos. ªPero apenas lo alcancé a ver, p
erdí pie, me abalancé y caí de l bauprés. Aferrado fuertemente de un cable del canastill
o, quedé suspendido bal anceándome. ª¡Pero qué terrible! ¡Mejor hubiera caído al mar! Los pelo
s se me er izaron de punta ante la visión, y grité: ªAquí está!º ªAllí estaba mirándome, co n
mismos ojos, con la misma cara, con las mismas manos que me condujeron a t ravés d
el barco, el gran mascarón de proa. ¡Era la misma figura de la visión! ªÐ Usted se está volv
iendo loco, Escobedo! Ðme dijo el patrón cuando ya estaba en l a cubierta. ªÐNo si es su
eño o verdad, patrón; no soy sonámbulo, pero le juro qu e la vi, y es la misma del mas
carón; si usted no me grita, ésta es la hora en qu e estoy entre los erizos y centol
las, con ella o sin ella. Mi turno había llegad o, y usted me salvó la vida Ðle dije a
l patrón del ªLeonoraº, después de contarl e el extraño caso. ªÐVamos a tomar un trago de Gine
bra Ðme dijo el hombre, y con tinuóÐ: Sentí ruido de pasos, creí que algún bote de ladrones
había asaltado al pontón, tomé mi ªWinchesterº y me iba a despertarlos, cuando vi que uste
d cruzab a con una mano estirada, 16
como si esperara que alguien se la tomara, del escobén al bauprés. Irá a levanta r algún
anzuelo, me dije, pero luego vi que, como un sonámbulo, caminaba sobre e l bauprés
y, antes que cayera al mar, le grité. ªAl día siguiente conté lo suced ido a mis compañero
s; me miraron con curiosidad, como si no me encontraran mi sa no juicio; pero lu
ego llegó el patrón y confirmó mi relato. 17 ªÐVamos a ver si es cierto lo del pañol con el
candado Ðdije; y bajamos a la bod ega. Encontré la misteriosa puerta, pero llena de
telarañas, sin muestra de habe r sido abierta. ªÐ¡Esta es la puerta! Ð.exclamé; todos la mir
aron asombrados; na die se había dado cuenta, antes, de ella. Descendimos por la e
scalerilla a la ro da, por el mismo camino que había recorrido con el fantasma o v
isión. Llegamos, alumbrándonos con un farol, hasta unos tambores antiguos de brea vi
eja, endureci da por los años, como piedra. Los retiramos con gran esfuerzo, y allí
vimos la p equeña puerta cerrada con el enorme candado. ªCon una barreta rompimos el
mecani smo del candado y a tirones abrimos la puerta ajustada a su marco por lo
s años. ªAgachándonos, penetrarnos, el patrón y yo, en esa especie de cubichete casi met
ido en la misma roda, como una carlinga. ªÐ¡Qué raro es todo esto! Ðmurmuró el p atrón del ªL
noraº, mientras yo levantaba el farol para ¡luminar aquel cuartuch o. ªEn el suelo des
cubrimos un pequeño bulto, casi a ras con el piso; al ir a to marlo, algo se me de
shizo entre los dedos, como esas cortezas de árboles podrida s y secas. ªNos acercam
os a mirarlo, y vimos un cadáver, al parecer de mujer, cu yo esqueleto estaba envu
elto en algo que semejaba ropas; la calavera era el miem bro que se hallaba más in
tacto. ªNada más encontramos en el cubichete, y ya nos disponíamos a retiramos, impres
ionados por el hallazgo, cuando divisé algo como
un papel cerca del cadáver. ª¡Un momento!º, dije, y me dirigí a recogerlo. ªEra realmente un
papel apergaminado; lo acercamos al farol y leímos en él: ªHe caído en manos de un homb
re cruel y vengativo. Quiso arrancarme el secreto de los ban cos de perlas que q
uedan al Norte del cabo Anan -Aka; primero, ofreciéndome su m ano y dándome todo lo
que te nía, incluso este barco en cuya proa hizo esculpir un mascarón representando
mi persona; después, me ha sometido a terribles suplic ios; y, por último, me encarc
eló en este siniestro lugar. Lo odio, porque asesin ó a mi padre y destruyó nuestra fl
ota pesquera. Sé que me quedan pocas horas de vida en medio de un gran sufrimiento
; pero no importa: ya que no pude vengar a m i padre, me llevaré a la tumba el sec
reto de los bancos de ostras perlíferas. Un a maldición eterna caiga sobre Childrake
, sobre su barco que lleva mi nombre y m i figura en su proa, sobre su tripulación
y sobre todo el que habite a su bordo. ÐLEONORA BRUCE.Ð 1 3-VI-l 863.º ªPusimos los ant
ecedentes en manos de las autori dades marítimas. Se llevaron a tierra los pocos h
uesos y el polvo del cadáver. E l patrón del ªLeonoraº no quiso saber nada con el mascarón
y, hecho pedazos, lo botó al mar. ªEn el Cementerio de Punta Arenas, en un rincón apa
rtado, hay una c ruz que clavaron manos piadosas, y en ella una inscripción que di
ce: ªLeonora Br uceº, y debajo, donde se ponen las fechas de nacimiento y fallecimie
nto, dos sig nos interrogativos ÐQ,4)Ð cerrados por un paréntesis. ªCada vez que recalam
os en ese puerto. voy al Cementerio a visitar la cruz, pregunto si ha desapareci
do al gún tripulante más del ªLeonoraº: y me responden que no, desde hace muchos años Ðtermi
nó el sargento carpintero. 18
El horizonte empezó a cargarse de nubes hacia el Suroeste; el pito de un oficial i
nstructor se dejó oír, y la tripulación fue llamada a otras obligaciones. 19
20 TEMPESTAD MAR AFUERA ¡ATRINCA para la Mar! ¡Atrinca para la mar! ÐLa enérgica voz de
orden fue repeti da por diferentes voces de popa, y un movimiento de hombres y j
arcias recorrió a la corbeta y sus trescientos un tripulantes. СEl barómetro sigue baja
ndo! Ðexc lamó el Comandante Calderón, mientras se paseaba en el puente de mando. ÐY al
an ochecer estaremos a la altura del Cabo Tres Montes! Ð dijo el oficial de navega
c ión, Teniente Martínez. La corbeta navegaba ya en plena zona austral, donde los ma
res son extremadamente tempestuosos y los vientos huracanados. La conversación ent
re el primer comandante. capitán de navío Calderón, y el oficial de ruta, Te niente Ma
rtínez, tenía lugar precisamente cuando ªLa Baquedanoº empezaba a tener a la cuadra de b
abor a esa arisca cabezota que se interna en el Pacífico, antes del Golfo de Penas
: la península de Tal-Tao. La corbeta avanzaba a grandes volt ejeadas, mar afuera,
luchando con un fuerte viento del Sureste, muy raro en esas regiones y que cuan
do sopla es augurio de tempestad.
El velamen superior había sido cargado (recogido) y sólo se navegaba con las cuc hil
las, mesana y vergas bajas. Todo en la cubierta indicaba que algo extraordina ri
o se esperaba. СHoy sí que vas a ver bailar a ªLa Chanchaº! Ðdijo un marinero , frotándose la
s manos de gusto, cuando encontró a Alejandro. El niño ya había v isto algunos tempora
les pequeños; pero desde que, por el frío y las borrascas, n otó que habían entrado a un
a zona tempestuosa, empezó a esperar con inquietud el anuncio de un temporal. Los
contramaestres con los marineros más prácticos reco rrían de popa a proa, amarrando ca
bles, engrasando motones, retirando todo lo qu e pudiera estorbar en cubierta y
disponiendo las escotas y jarcias para la rapid ez de la maniobra. Un barco que
fuera a entrar en combate no se prepararía mejor . Y un combate de proporciones lo
esperaba al parecer, pues el comandante Calder ón se había vestido con su ropa de a
gua, puesto sus botas y su gran sombrero ªso uth westº. Esto lo sabía muy bien la trip
ulación: cuando el viejo lobo de mar sa lía de su lujosa guarida de popa y se ponía es
ta tenida, era porque ya había oli do la tempestad. A pesar de la pericia con que
se realizaban las voltejeadas y v irajes, no era mucho lo que se avanzaba en con
tra de ese maldito viento del Sur. este. La costa de la península es abrupta, inhósp
ita y no hay dónde fondear. С Lo importante es ªganarº el Cabo Tres Montes, y luego, si e
l temporal arrecia, d oblar hacia el interior del Golfo de Penas y buscar fondea
dero en la costa Norte ! Ðdijo el comandante, empleando la jerga marinera, que era
el vocabulario que u saba cuando se encontraba brazo a brazo luchando con su ge
nte. СLo importante e s pasar el Cabo! Ðsubrayó el oficial de guardia. 21
La comida se sirvió como se pudo. Nadie pensó en comer en plato, sino que los ma rin
eros, abrazados a las mismas garrafas, ingurgitaron con sus cucharas las sopa s,
los porotos y el asado, mientras el barco bailaba de babor a estribor. A bord o
la disciplina militar de cuadradas, manos a la visera, etc., llega sólo hasta cie
rto limite; es imposible que un cabo se cuadre ante su teniente en medio de u n
temporal, cuando la cuadrada puede hacer perder la vida a ambos. A bordo, en e s
os instantes, hay otra disciplina: la del corazón, la del valor, la de la seren id
ad; es superior sólo el que posee más grandes cualidades. ÐSi puede ser tan gr ande el
tenpora1, ¿por qué no encienden los fuegos y navegamos a máquina? Ðinter rogó un grumete.
СCállate, imbécil, eso no lo dice un marino de ªLa Baquedanoº! Ðle replicó otro, y continuóÐ
orden de navegar a vela hasta el Messier, y se cumplirá hasta donde se pueda. La n
oche empezó a caer con sus sombras negras, más negras que otras noches. ÐIE1 barómetro s
igue bajando, comandante! Ðcomunic ó el oficial de ruta. СNo importa; más fuerte que el t
ifón que tuvimos en el Ja pón no ha de ser éste; lo importante es alcanzar Tres Montes
! Ðexpresó el comand ante. La obscuridad de la noche se hizo densa. La lluvia arreció
en aguacero. To do fue amarrado y cerrado. Ni un ruido extraño denotaba una puerta
abierta, un c able suelto o un barril rodando; parecía que el barco había recogido
todas sus c osas sueltas y las hubiera apretado c su cuerpo hasta sentirse más sólid
o, más u nido y aligerado, para entrar en la lucha con su eterno enemigo: el mar.
22
СTodo el mundo a su coy, con la ropa de agua lista; sólo quedan en cubierta las guard
ias reforzadas! Ðordenó el comandante. En el entrepuente, la marinería se dispuso a de
scansar. Los viejos marineros se sacaron las ropas como todos los dí as y algunos
empezaron a roncar como si estuvieran anclados en a mas tranquila d e las bahías.
Los grumetes estaban un poco azorados; algunos se recostaron con l a ropa de agu
a puesta, en los coyes; otros, imitando, forzadamente, a loe viejos lobos de mar
que roncaban, se desvistieron, pero sólo para darse vueltas, nervi osos, en sus c
olchones. СDuerman, niños; si ªLa Chanchaº se va para abajo, lleg aremos durmiendo hasta
la madre jibia! Ðdijo uno. СEsta noche sí que no hay ªtr es bultos a estriborº, amigo Silva
! Ð exclamó un grumete. СNi pilchas que echar por la borda! Ðreplicó Alejandro, aludiendo a
la flojera de su compañero, que p or no lavar su ropa la colgaba de una soga en l
a borda y dejaba que el mar se la lavase durante la navegación, por lo cual había si
do amonestado en repetidas oc asiones. СEsta noche no hay tope ni serviolas; van a
faltar brazos para cazar y aflojar las escotas! Ðhabló otro. СHoy todos somos iguales! Ðe
xclamó un marine ro joven, muy dado a la lectura. ÐA ver, tú, ¿por qué no vas al puente a
tocar s ilencio? Ðdijo alguien, cuando apareció el corneta. СAnda a tocarle al viento p
ara que deje de bramar! СTe la hace tragar! Ðdijeron varios. 23
El corneta, sosteniéndose en un fierro, llevó el instrumento a sus labios y lanz ó un
toque estridente, molesto, en venganza. СEh, nos vienes a hacer ruido en v ez de si
lencio! Ðalcanzó a protestar uno que fue despertado por el toque. Eran l as 21 horas
en punto, y ya no se oyó voz alguna en el entrepuente. En la cubiert a sólo dominab
an el aguacero, el viento y el mar. Los puestos más peligrosos est aban servidos p
or marineros, y los grumetes en los secundarios. Algunos, por ord en superior, e
staban amarrados al palo o a alguna parte del recinto en que les c orrespondía man
iobrar. Las bordadas eran prolongadas y fatigosas. Durante ellas el barco corría v
eloz, escorado a estribor cuando iba hacia el Este, y a babor c uan. do al Oeste
. Las guardias se agazapaban guareciéndose como podían de las ol as que barrían la cub
ierta. 24 El temporal no daba señales d amainar; por el contrario, iba en aumento.
El coma ndante Calderón, en persona, salía a la intemperie del puente a dar de prop
ia vo z las voces de mando, por medio de un megáfono; parecía un lobo de mar, reluci
en te y corpulento, con su encerado baldeado por el agua. Los oficiales miraban
sus relojes, nerviosos, sabiendo que las tempestades amainan o aumentan de cuatr
o e n cuatro horas. En el entrepuente ya no dormían ni los marineros más viejos; se
encendieron las luces, y los hombres, de caras serenas, pero con los ojos bien a
biertos, miraban fijamente al techo. La corbeta parecía quejarse, crujían sus co st
ados como si fuerzas enormes quisieran reventarla como un huevo. Los niños, es dec
ir, los grumetes, empezaron a abrir sus labios en un gesto de temor a cada g olp
e de mar que parecía hacer pedazos a la pobre nave.
`El ruido del mar venía de todos lados: de abajo, de los costados, de la cubiert a m
isma, donde se oía azotarse las olas contra los palos y casetas. Algunos grum etes
, temerosos, temblaban ante una formidable sacudida, y se preguntaban mental men
te si estarían navegando sobre el mar o bajo él. Las luces se apagaron de pro nto y
el sobrecogimiento aumentó. Alejandro, con la ropa de agua puesta, se sent ó en su c
oy y miró en derredor; todo estaba en sombras, era aterrante; todos des piertos y
atentos, pero nadie profería una palabra. La luz se volvió a encender. El niño, acosta
do, recordó las palabras de un marinero que un día le dijo: ªEn el mar, cuando la muer
te se acerca, hay que abrir bien los ojos y mirarla de fre nte; entonces no asus
ta: es como si fueras a desembarcar de una chalupa a un mal ecón. Por eso es menos
feo un naufragio en un bote que en un buque; en el bote, uno está mirando a la mu
erte cara a cara, dan ganas de levantarse y salir camina ndo del brazo de ella p
or entre las olas; pero en un gran trasatlántico hay tant o aparato, tanto ruido y
bocinazos, la muerte se anuncia con tanta cosa terroríf ica, que cuando llega uno
está vuelto loco. Cuando más grande es el barco, más f eo es el naufragioº. De pronto e
l entrepuente se fue elevando hasta un punto a d onde' no había llegado antes, y des
pués descendió vertiginosamente y un golpe so rdo hizo temblar en forma estruendosa
a la nave; después quedó como detenida en un punto, oscilando, palpitando toda, como
si estuviera en el umbral del abismo. Los coyes chocaron contra el cielo raso d
el entrepuente, uno o dos hombres caye ron al suelo y algo como un chillido de t
error se oyó en un rincón. Alejandro qu edó con el corazón en suspenso, como si se le fu
era a salir por la boca, apretó sus manos hasta hundirse las uñas en la carne y abrió
los ojos desmesuradamente, esperando, esperando a 25
la muerte, cara a cara, como le había dicho el marinero... Pero ªLa Chanchaº sig uió dan
do señales de vida entre tumbo y tumbo, más resuelta que nunca a luchar c on el mar.
En realidad, tres grandes olas la habían pescado en una delicada mani obra de vir
aje y estuvo en el punto en que un buque puede irse por ojo. una vira da por ava
nte; parece que se está poniendo seria la cosa! Ðhab1ó un marinero, de spués de mucho ra
to. 26 СLos foques y trinquetilla seguramente no cazaron bien el viento en la virad
a, y el barco se aconchó! Ðcontinuó otro. СEs preferible la virada por avante, de' otro mod
o se puede perder todo lo avanzado en la bordada; el comandante Calderó n es buen
marino, y jamás virará dándole el trasero al viento! Ðterminó un viejo . СRelevo de guardias!
Ðgritó un contramaestre, abriendo la tapa de la escotill a. Eran como las cuatro de
la mañana. Los marineros y grumetes que les correspon día reemplazar a sus compañeros
se aperaron con sus encerados y subieron por gru pos hacia la cubierta. Entre l
os del palo trinquete estaba Alejandro. Esperaron el paso de una gran ola y agru
pados corrieron a sus puestos correspondientes; al niño, con dos compañeros más, le co
rrespondía una de las escotas. El espectácul o de la cubierta no era menos terrible
que el del entrepuente. El buque corría m ontando verdaderas montañas de agua; el Pa
cífico Sur estaba en una de sus noches de furia, y sólo grandes marinos podían desafia
rlo así. Las mares chicas las pasaba velozmente y con facilidad; pero cuando llega
ban las tres características mares grandes, la velocidad disminuía, se gobernaba emp
roa ndo de medio lado a las olas y las
cruzaba con el reventón de una de ellas sobre la cubierta, que era barrida de pr o
a a popa. Era el momento de peligro; los grumetes se aferraban al suelo para no
ser arrastrados por el golpe de mar. Noche horrenda. El ser humano se reduce a u
n frágil juguete de los elementos y sólo el heroísmo no le permite' entregarse prontamen
te a una muerte que se espera. СEn tres bordadas más! creo que comenza remos a doblar
Tres Montes! Ðdijo el comandante, mirando su reloj. СPasó la hor a en que podía amainar,
y la cosa sigue peor! Ð exclamó el oficial de guardia. Ð ¡La dirección del viento no camb
ia! Ðobservó el oficial de ruta. La corbeta volt ejeaba hacia mar afuera, segura a p
esar del peligro. Alejandro comprobó, ya empa pado de agua, que era preferible est
ar afuera midiendo el peligro que encerrado en la ratonera del entrepuente. De p
ronto se oyó un silbato que atravesó las boc anadas de agua y viento, y un grito de
orden. СPrepararse para virar por avante ! Ðgritó el cabo contramaestre, que mandaba la
guardia del trinquete. En todos l os palos los hombres se pusieron alerta. СVirar
por avante! Ðgritó una voz. СC azar las escotas de estribor! Y otras voces de mando suc
edieron a éstas. La trip ulación en sus puestos empezó a aflojar y recoger los cabos d
e las escotas. La c orbeta dio más popa al viento y emprendió una carrera más veloz. C
uando iba en e l momento mejor de esta carrera, el comandante, en el puente de m
ando, gritó: С Cierra a babor! 27
Y dos timoneles, con gran fuerza, dieron vueltas a las cabillas de la rueda, y l
a nave empezó a virar hacia ese lado. СCazar las escotas de babor! Ðse ordenó e n los pa
los. ªLa Baquedanoº puso proa al viento, disminuyó de golpe su andar y e l velamen emp
ezó a flamear como trapos sueltos, con tal fuerza, que parecía que iba a hacerse tri
zas. La barca se debatía sin velocidad y, por lo tanto, sin dir ección entre las gra
ndes olas. Los instantes eran terribles; el momento, el más peligroso de la navega
ción. Pronto el pitifoque, foque y trinquetilla dejaron de flamear, y en su seno e
mpezaron a recoger el viento por el lado de estribor, el buque fue virando hacia
babor, el resto del velamen empezó a tomar viento y par tió de nuevo, escorado, en
su carrera, a medias, contra el viento. Los marineros y grumetes, después de tesar
y amarrar sus escotas, se agazaparon de nuevo sobr e el suelo de la cubierta en
espera del término de ese suplicio. Pronto Alejandr o cambió de pensamiento y opinó q
ue era preferible morir descansando en el entre puente que sufrir los azotes de
esa noche horrenda en la cubierta. Empapado, el frío empezó a minar su cuerpo de muc
hacho de 15 años, y, poco a poco, fue entran do en ese estado de' inanición en que se
quiebran la voluntad más heroica y el e spíritu más vigoroso. El mar aumentaba sus fur
ias; ya no parecía océano, sino un mundo de montañas enloquecidas que bailaban estrellán
dose unas con otras. El vi ento aullaba y bramaba a ratos, el aguacero caía como s
i otro mar se descargara encima. De vez en cuando, algo como unos gritos laceran
tes, plañid eros, estentó reos. salía de las bocanadas de agua y viento: era la voz de
la tempestad. 28
La bordada se iba haciendo `larga; hacía una hora que se navegaba en la misma di rec
ción, cuando de nuevo sonó el silbato y resonaron las voces. СPrepararse par a virar po
r avante! El mismo movimiento anterior. Los `hombres a sus puestos y l os cabos li
stos. De nuevo la corbeta dio más velamen, emprendió su veloz carrera y. cuando iba
en lo mejor, un golpe de timón la hizo virar, esta vez hacia estr ibor. `El mismo fl
ameo de foques, cuchillas y mesan a; las mismas mares terrible s entrando por la
proa y queriendo hacer zozobrar al buque, y los mismos instant es álgidos con la
muerta al frente. Los foques cazaron el viento, la mesana y cu chillas se inflar
on, y empezaba la otra bordada, cuando algo extraño se vio que ocurría en el palo ma
yor. Una yerga no obedecía y, trabada, se oponía al viento, haciendo peligrar la pre
caria estabilidad de la nave. El temporal pareció aprov echar el instante desventa
joso en que se encontraba su enemigo, y aumentó sus fu rias; el buque avanzaba en
mala forma. El estruendo de la tempestad era horríson o. De pronto un hombre se de
stacó entre las jarcias del mayor y trepó como un mo no hacia la yerga trabada. Toda
la tripulación, en suspenso, contemplaba como po día el acto de ese valiente. A vec
es oscilaba como si fuera a caer al mar; pero esperaba que pasara el balance y e
n la otra viada aprovechaba de trepar un poco más. De súbito, un resplandor iluminó su
cara. El comandante había ordenado que iluminaran la yerga con el reflector. Subió
con más seguridad; su cara era noble y confrontaba el peligro serenamente, sin una
mueca de indecisión. 29
El comandante y los oficiales contemplaban, emocionados, desde el puente de mand
o, la maniobra del marinero. Alejandro se olvidó de la tempestad y se aferró a d os
manos para ver mejor la heroicidad de este hombre. Subió al pie de la yerga. Set
le vio afirmarse en unas jarcias y sacar un cuchillo marinero que relampague ó a l
a luz del reflector; se agachó y empezó a cortar un cabo manila. 30 De pronto se le
vio morder el cuchillo con los dientes y tomarse del cabo que te nía trabada la ye
rga; pero esto duró un segundo; al instante, su cuerpo se despr endió de donde estab
a afirmado y, colgando del cable que cortara, empezó a `bala ncearse. Aferrado con l
as manos al chicote del cabo y con el cuchillo entre los dientes, era un espectácu
lo sobrecogedor. Trató, con una maroma, de trepar por e l cabo; pero una ola inmen
sa escoró peligrosamente al barco, un golpe de viento hizo girar el velamen de la
yerga y. azotado entre las jarcias, se desprendió de pronto y, como una sombra, se
perdió entre la noche y el mar. Estaba de más el grito de ª¡Hombre al agua!º, como asimis
mo inútil ªel picarónº con su salvavidas en la toldilla. Tal cual lo preveía el comandante
, a la tercera bordada, ªLa Ba quedanoº dobló el Cabo Tres Montes y entró de un largo ha
cia el interior del Gol fo de Penas, en busca de un puerto para capear el tempor
al. Con las primeras luc es del alba, en una feliz maniobra, entraba a ªpalo secoº e
n la guarecida bahía de Puerto Refugio. que queda en la parte Norte del Golfo. En
el puerto le espera ba una sorpresa: una flota ballenera con el buque madre y cu
atro pequeños cazado res capeaba el temporal. También lo esperaba una huella trágica:
el transporte d e la Armada ªValdiviaº, encallado años antes en una roca marina descon
ocida, mos traba su popa en la superficie, como una triste advertencia a sus com
pañeros de flota.
La gloriosa corbeta había tenido un hijo más en la primera etapa de su ruta; per o h
abía perdido otro muy querido. ¡El libro bitácora consignaba la misma tripula ción del día
de su partida de Talcahuano: trescientos hombres! 31
LA CAZA DE 32 BALLENAS Amaneció un día espléndido. La bahía de Puerto Refugio es un rincón
rodeado de g randes cordilleras que lo defienden de todos los vientos. Musgos y
algunos roble s raquíticos e la única vegetación de esos cerros. La tempestad se había
disipad o, y como recuerdo de ella, sólo algunas nubes blancas y algodonosas pasab
an de vez en cuando desgarrándose en los altos picos. En el centro de la bahía, ªLa Ba
quedanoº descansaba como un perro mojado o como un caballo sudado que hubiera ga
lopado leguas y leguas. Las velas colgaban de los mástiles, mojadas, inertes, co m
o brazos caídos; en la proa se secaban los foques, semejando esos pañuelos que les p
onen en la frente a los enfermos enfebrecidos. La pobre nave, alicaída, mos traba
todos los rastros del horrendo temporal que había corrido la noche anterio r. En c
ubierta, oficiales y tripulación recorrían las dependencias arreglando lo s destrozo
s de la tempestad.
СºLa Chanchaº parece una boya, por lo buen a para la mar! Ðdijo Alejandro, mien tras ayud
aba a un compañero a extender una vela del trinquete en el castillo. С Y casi lo es! Ðr
espondió aquél, y continuóÐ: Tiene triple fondo, primero el casc o de fierro, luego una
gruesa capa de madera especial, impermeable, dura y livia na como un corcho, y,
por último, encima de todo, una revestidura de planchas de cobre para que no penet
re la broma (gusano que horada el fondo de los barcos). Esta no se hunde sino a
pedazos Ðterminó el grumete. СNo saldremos hasta repara r los desperfectos; tal vez has
ta pasado mañana! Ðcomentó otro. Un toque de clar ín vino a interrumpir esta conversación;
se llamaba a formación para la lectura de la Orden del Día y pasar lista. Toda la t
ripulación, de comandante a grumete, se puso en correcta formación en la cubierta. U
n cabo escribiente fue nombrando uno por uno a los tripulantes, que contestaban,
cuadrándose, con la voz de ª¡Fi rme!º. Había nombrado ya más de la mitad de la tripulación, c
uando dijo: СMarin ero primero, Juan Bautista Cárcamo! Un breve silencio, y luego se
oyó una voz fu erte, pausada y grave: СMuerto en actos del servicio! Algo extraño recor
rió los rostros de esos trescientos hombres, algunas pupilas tristes se elevaron p
ara m irar la bandera tricolor que flameaba a media asta en el palo de mesana y
otras cabezas se agacharon tocadas por algo hondo en el corazón. Alejandro revivió l
a visión del marinero que se perdió entre la noche y el mar con el cuchillo reluci e
nte apretado entre los dientes, y algo nuevo sintió en su interior: un sentimie nt
o 33
de solidaridad, de unión con esos doscientos noventa y nueve hombres y ese barco .
Todos eran una sola cosa. El cabo escribiente continuó pasando lista. Una vez que
`hubo terminado, empezó la lectura de la Orden del Día. Después de leer las disposicion
es de las faenas y maniobras diarias, llegó al siguiente acápite, bre ve, con ese la
conismo que caracteriza a los mensajes de los hombres de mar: 34 ªMarinero Primero
, Juan Bautista Cárcamo. A las 4.45 de la madrugada, en circuns tancias que este t
ripulante, en un acto de arrojo, subió a cortar unas jarcias q ue entrababan a la
yerga del mayor, haciéndo peligrar el barco, después de haber lo conseguido, cayó al m
ar, pereciendo. Murió cumpliendo con su deber.º El coman dante, interrumpiendo la le
ctura de la Orden, habló: СVamos a guardar un minuto de silencio en memoria de ese va
liente hombre de mar! СAtención, firmes! Ðorde nó el segundo comandanteÐ. ¡Corneta, toque sil
encio! El lastimero toque de silen cio resonó por los ámbitos de la bahía; la tercera
nota, alta, prolongada, se fu e extinguiendo como un lamento, y los trescientos
hombres permanecieron firmes, cuadrad os, hieráticos, con los ojos fijos en la nad
a. Algunos grumetes no pudie ron contener las gruesas lágrimas que rodaban por sus
mejillas adolescentes. Tod os tenían la cabeza alta, menos uno, el viejo sargento
carpintero Escobedo, que allá en un extremo, con la cabeza ladeada, contemplaba c
on intensa tristeza al m ar, como quien contempla una tumba abierta. Recordaba q
ue en esa misma posición había estado otras veces, en otros mares y latitudes, a bor
do de ese mismo barco , despidiendo a muchos compañeros idos. El día y el personal s
e distribuyeron en arreglo de destrozos, en pesca de choros, en botes, y una com
isión de cadetes y grumetes,
al mando de un oficial, fue invitada por los cazadores de ballenas a presenciar
una cacería. Pasaron primero a saludar al capitán del buque insignia, ªIndus 1º, donde s
e descuartizaban las ballenas y se derretían en grandes calderos para ob tener el
aceite, y luego se distribuyeron en dos cazadores de los cuatro que esa mañana se
hacían a la mar: el ªChile' y el ªNoruegaº. 35 Los marinos noruegos y chilenos que tripula
ban la flota les obsequiaron con boqu illas de ámbar de ballena y otros hermosos o
bjetos de marfil, elaborados durante sus ratos de ocio. A Alejandro, que iba en
la comisión, le correspondió subir a l ªNoruegaº, pequeño y extraño vaporcito que comandaba
un noruego macizo y ancho como un hipopótamo. Mientras montaba la borda, vió cómo sobr
e las enormes balle nas que rodeaban al buque madre andaban hombres con zapatos
que tenían grandes c lavos en la suela par a sostenerse en la resbaladiza piel y c
ortar con especies de hachas grandes lonjas de ballena que eran izadas por los a
parejos del ªIndus 1º y llevad as a los tachos para derretirlas. Cuatro sirenas a un
tiempo resonar on en la paz de Puerto Refugio. Contestó, más potente y gruesa, la d
el buque-mad re, y los cuatro pequeños, gráciles y esbeltos balleneros tomaron rumbo
mar afue ra, a dieciséis millas por hora. Se abrieron en abanico. Dos de ellos ll
evaban u na comisión de tres o cuatro días, y el ªNoruegaº y el ªChileº sólo de un día, p ara
r oportunidad a los estudiantes de ªLa Baquedanoº de presenciar una cacerí a. ÐLo import
ante es que encontremos ballenas! Ðhabló un piloto del ªNoruegaº, y explicándoles a los ca
detes y grumetes, continuóÐ: Los cazadores salen a alta m ar en busca de ballenas, p
or tres o cuatro días. Primero se dedican exclusivamen te a cazarlas. A cada balle
na cazada se le coloca en el lomo una bandera que lle va el nombre del barco, se
la deja flotando a la
deriva, porque sería imposible continuar persiguiendo a las otras con uno o dos de
estos pesados cetáceos a remolque. ªDespués, cuando se considera oportuno, se vuelve
recogiendo las ballenas muertas; uno conoce las corrientes y los vientos y es mu
y difícil que se pierda una, salvo que un temporal continuado, de varios días, la ar
rastré muy lejos. ªGeneralmente, cada cazador trae de dos a cuatro b allenas, a vece
s logra cazarlas en un día, y otros demoran cuatro para obtener u na. Difícil es que
regrese' uno sin ballenas al puerto, donde nos espera el buqu e-industria o insig
nia, y si así sucede, se tapa la cara de vergüenza antes de e ntrarº, terminó, sonriendo
, el piloto chileno. Mientras el ªNoruegaº navegaba a toda máquina, visitaron, además, e
l cañón de proa donde se coloca el arpón y se dispara con una carga de pólvora igual que
un proyectil. ÐEl arpón s un fierro a guzado de más o menos un metro de largo y dos p
ulgadas de diámetro Ðsiguió expli cando el pilotoÐ, que en su punta lleva recogidos tres
o cuatro fierros más pequ eños que se abren en la forma en que se abren los rayos d
e un paraguas cuando el arpón ha penetrado en el cuerpo de la ballena y el cable a
que va adherido lo c ontiene; eso se llama espoleta. La ballena, herida, se lan
za a toda velocidad y el cable empieza a desenrollarse desde un tambor que hay e
n el fondo de la bodeg a y que tiene, además, un gran resorte de acero, para amort
iguar los tirones de los últimos estertores. Habrían navegado más de dos horas. El ªNoru
egaº empezó a dar grandes círculos, mientras en la cofa un vigía escudriñaba las lejanías. С
grumete Silva debía estar allí! Ðdijo uno, y todos rieron con cordialidad rec ordando
la equivocación del niño cuando hizo su primera guardia de tope. El mar, con una ol
a un poco gruesa, parecía un inmenso potrero arado. En la lejanía se' divisaba al ªChileº,
rondando también como un curioso centinela de esos mares. 36
Se sirvió un almuerzo frugal a bordo. ÐNuestras amigas ballenas parece que les t ien
en miedo a ustedes! Ðdijo en la pequeña cámara el grueso capitán noruego. A l a media ta
rde se oyó, de pronto, la voz del ..¡Ballenas a babor! La tripulación corrió a sus puest
os. El capitán noruego tomó personalmente la rueda del timón; el piloto chileno, que e
ra el cazador, se fue a proa junto al cañón que estaba c argado con el arpón y los vis
itantes se acomodaron de la mejor manera para prese nciar la cacería. En el horizo
nte, de súbito, varios chorros de agua se levantar on hacia el cielo. СVienen arranca
ndo del ªChileº! Ðprofirió el capitán. Luego los chorros desaparecieron. El capitán ordenó a t
oda máquina, viró rápidamente a su buque y lo dirigió a un determinado punto, lejos del
lugar donde habían apar ecido los chorros. 37 El viejo lobo de los mares nórdicos de
Europa conocía muy bien su profesión. Vió que las ballenas se zambulleron, y como sabía
la dirección en que iban a nadar bajo el mar, se dirigió calculando el punto precis
o en que suponía que debían as omar de nuevo a la superficie. El ªNoruegaº corría a más de d
ieciséis millas por hora. Todo el mundo estaba anhelante en sus puestos. Sólo el mar
, impasible, pa recía no darse cuenta de que le iban a arrancar a uno de sus más her
mosos y gran des hijos. De pronto se ordenó parar las máquinas; ni un ruido se oía a b
ordo, y el capitán, en la caña de timón, con la viada del andar, empezó a zigzaguear ca
utelosamente.
De súbito, el mar se levantó como impulsado por una extraña corriente y algo com o una
ola más negra brotó en la superficie; luego otra más pequeña emergió a su lado y cuatro c
horros de agua se levantaron a gran altura. Eran una ballena gran de y otra pequ
eña. El barco giró como lo hace un caballo sobre sus patas trasera s cuando el huaso
le' aplica un golpe de riendas y de espuelas. Una detonación 38 dominó el ruido de ag
uas y el animal se sumergió rápidamente. El cable se desenr olló sólo un poco. El capitán,
en tono airado, gritó: СNo dió en blanco, piloto ! СSí, capitán; el arpón le entró en pleno
do! Ðrespondió el piloto, con s eguridad. Los segundos que pasaban eran de expectación
. De pronto, e pequeño bar co cazador se estremeció y una cola gigante emergió en uno
de sus costados, pasó más arriba de la borda y se azotó contra las casetas del barco.
La gente arranc ó despavorida hacia el otro costado, y cadetes y grumetes se mojar
on como si hub iera entrado una ola. La ballena, embravecida, siguió dando terribl
es coletazos en el costado del pequeño cazador. СAdelante, a toda máquina! Ðordenó el capitá
n, y el Noruega se desprendió de su enemiga.
La ballena se sumergió de nuevo y esta vez el cable empezó a desenrollarse verti gin
osamente. El ªNoruegaº navegaba a toda máquina en la misma dirección; sobre la superfici
e una gruesa estela de sangre indicaba el pos trer camino del cetáceo. Al poco rat
o, el carretel de la bodega dió todo el call e que enrollaba y sólo quedó el resorte q
ue amortiguaba los fuertes tirones que en los últimos estertores, desde la lejanía.
producía la ballena ahondando su he rida con el arpón y su espoleta abierta como cua
tro anzuelos en sus entrañas. ÐR ara vez sucede esto; generalmente, apenas se siente
n heridas, arrancan sumergida s Ðdijo el piloto a los grumetes. El buque empezó a re
coger el cable a medida qu e avanzaba, disminuyendo su andar proporcionalmente.
Al acercarse, se vió algo q ue rondaba alrededor del cetáceo muerto; dos chorros de
agua se levantaron de nu evo y desaparecieron de la superficie. СEs un ballenato, l
a ballena es hembra! Ðdijo el capitán, y continuóÐ: Para muestra, basta por hoy; remolqu
emos con el m ismo cable' la ballena hasta Puerto Refugio. Al iniciar el remolque,
el ªNoruega º con su 39
ballena al costado, surgió en la superficie nuevamente el pequeño y hermoso ball ena
to al lado de su madre muerta. _¡Disparémosle! Ðpropuso alguien. СNo Ðdijo e l capitánÐ; el c
ador debe matar sólo lo necesario! 40
LOS ALACALUFES DE un largo, navegando una noche y un día, ªLa Baquedanoº atravesó el Gol
fo de P enas, desde Puerto Refugio a la entrada del Canal Messier. Al atardecer
estuvo a la cuadra (al frente) del Faro San Pedro y de la Radioestación que hay en
ese s olitario paraje. La etapa de navegación a vela estaba cumplida. Se ordenó arr
iar e1 velamen y la corbeta entró en las tranquilas aguas de los angostos can ales
con sus máquinas auxiliares, que sólo la hacían desarrollar una velocidad máxima de sie
te millas por hora. Además, la navegación a vela, para un buque grande, e s imposibl
e en esos estrechos canales de vientos extraños y arremolineados. La n avegación con
tinuó con cierta monotonía. El barco se deslizaba noche y día por e ntre canal es tort
uosos, en medio de grandes montañas y por aguas quietas, profu ndas y renegridas p
or las sombras de los cerros. Los canales magallánicos son ún icos en el mundo. Es c
omo si la Cordillera de los Andes estuviera partida en dos partes, en su lomo más
alto, y en medio de ella hubiera un largo y angosto can al que' la recorriera de N
orte a Sur entre picos nevados. La vida está represent ada en esos desolados lugar
es sólo por las manadas de focas, las nutrias y algun a que otra paloma del Cabo,
que destaca su plumaje blanco sobre el gris del pais aje. Las guardias se reducían
a cosas livianas; ya no había que dormir al pie de los palos. Sólo a veces, en medi
o de la noche, cuando la tripulación estaba en el sueño más profundo, se tocaba zafarr
ancho y se realizaban maniobras como de ª hombre al aguaº, ªabandono de buqueº, ªfuego a b
ordoº, etc. 41
Algunas tardes ntes. La banda formaba en el atril, y a los naban hermosas 42
se hacía instrucción de canto, una de las más bellas e impresiona de la corbeta se col
ocaba en el castillo de proa y la tripulación puente. Tres toques daba el maestro,
un suboficial músico, en el acordes de la excelente band a, cerca de trescientos
hombres ento canciones marineras y marchas militares.
En medio de la paz de esos canales, en la tranquilidad de ese mundo estático, se e
levaban las voces varoniles formando una sola voz grandiosa, impresionante, cu y
o eco repetían sonoramente los ancones, como si de todas esas soledad es se lev an
taran de pronto innumerables voces humanas, de hombres, entonando himnos de co n
quista al paisaje arisco y sobrecogedor. El ªPaso del Abismoº fue una visión in olvida
ble para los grumetes y cadetes: las montañas empezaron a ser más elevadas y cortada
s a pique y el canal se fue angostando cada vez más. De repente aquell o sobrepasó l
os limites de toda imaginación, el canal se hizo angostísimo, como una garganta andi
na, y los cerros, arriba, parecía que iban a juntarse. La luz q ue entraba por esa
garganta era tan poca que el buque navegaba entre la penumbra de un constante c
repúsculo. Después del ªPaso del Abismoº vino la ªAngostura In glesaº, el paso más difícil de
s canal es magallánicos. Al avistarla, se torna ron todas las medidas que ordena e
l reglamento náutico; se comprobó la corriente , la posición de las pirámides situadas e
n la cumbre de las innumerables islas y rocas, las boyas y otras balizas que hacía
n el papel de policías dirigiendo el tránsito entre esa tierra despedazada. En la an
gostura sólo puede pasar una nave de una vez. Así es que el reglamento dispone que,
antes de iniciar el paso, el buque lance un prolongado toque de sirena, como los
autos al doblar una curva en las carreteras.
Dos hombres se pusieron en los winches del cabrestante, listos para largar las c
adenas al fondo del mar en caso de peligro, y, cuando estuvo todo dispuesto, la
corbeta dió un pitazo largo y a toda máquina empezó a culebrear entre los islote s. E
n el último, la maniobra se hizo más difícil; debía bordear una isla redonda pasamano al
borde de un gigantesco cerro. Aquí muchas naves han terminado su ca rrera. ªLa Baqu
edanoº pasó rozando los robles del cerro. Viró rápidamente a babo r y estribor y salió por
el canal abierto que' conduce a Puerto Edén. Puerto Edé n es tan hermoso como su nomb
re lo indica. Es una bahía que se encuentra después de un dédalo de islas. СEs extraño que
no nos haya salido al encuentro una flo tilla de indios alacalufes, pues aquí hay
muchos! Ðdijo un marinero que', junto al niño, miraba la entrada al laberinto de islas
. СMire! Ðdijo el niño, y señal ó un barco de gran tonelaje que apareció detrás de una isla.
ncallado! Ð exclamó el marinero. Efectivamente, el barco estaba con la proa levantad
a y lade ado de estribor. A su alrededor había ocho o diez canoas con indios. La c
orbeta pasó de largo, dio un rodeo por otro paso y fue a anclar en la bahía. Los ind
ios , cuando la vieron, se embarcaron en sus canoas y se perdieron canal adentro
. С Algo malo han hecho estos badulaques, cuando escapan! Ðdijo el comandanteÐ; de l o
contrario, se hubieran acercado a pedir pan y ropas. СMire, comandante! Ðdijo el ofic
ial de ruta, señalando una pirámide sobre una isla. СCanallas! Ðexpresó aquélÐ. Cambiaron la
rámide de una isla a otra para hacer equivocarse al capi tán del barco y encallar la
43
nave; avise inmediatamente a las Radioestaciones y a los barcos que naveguen en
la ruta. Los alacalufes son considerados la raza más atrasada de la tierra; vive n
en los canales comiendo lobos y peces, y tenían esta costumbre criminal de cam bi
ar las balizas para hacer encallar a lo buques y robar cuanto pillaban. Afortu n
adamente la Armada ha construido en esta zona balizas que, por su solidez, son i
ndestructibles e inamovibles. Un día entero la tripulación trabajó para dejar l a pirámi
de en su sitio, y se siguió rumbo a Punta Arenas. ÐComunique a las naves que navegan
en la ruta que el canal está lleno de témpanos y la navegación es p eligrosa! Ðordenó el
comandante. La corbeta, a medio andar, avanzaba por entre u na caravana de extraña
s figuras blancas: elefantes echados, cisnes, esquifes, ca tedrales, rascacielos
, figuras humanas, en fin, todas las formas caprichosas que tienen los témpanos cu
ando se desprenden de los ventisqueros y las que van adqu iriendo a medida que s
e van dando vueltas por las corrientes marinas. El témpano es una masa de hielo de
los mares australes que tiene sumergido cinco o seis ve ces el volumen que mues
tra sobre la superficie; de allí que un choque con uno qu e parece pequeño sea a vec
es fatal para un barco. ÐHoy tenemos ejercicio de tiro , mi capitán. ¿Por qué no aprovec
hamos los témpanos para blancos? Ðdijo un joven oficial artillero, dirigiéndose al Seg
undo. СDespués de realizar lo que ordena el reglamento, probaremos algunos disparos c
on ellos! Ðreplicó el Segundo, con seriedad, pero accediendo a la petición del oficial
. Una hora más tarde, desde e l puente donde estaba instalada la central de tiro,
comandada por un teniente se gundo artillero, se oyó una voz de orden: 44
СLos artilleros a ocupar sus puestos! Se iba a efectuar el primer ejercicio. La cor
beta entró a una pequeña ensenada en forma de herradura y echó anclas. Sorpr esivament
e, al otro lado del canal empezaron a pasar a la cuadra de la nave vari as boyas
, como pequeños barriles, que llevaban una banderola roja, y que habían sido largada
s por un bote-motor que se adelantó a la corbeta. 45 Las boyas, que eran los blanc
os para efectuar el tiro, pasaban arrastradas por e l viento y la corriente a ba
stante velocidad. El telemetrista maniobró y, rápida mente, el teniente director de
tiro dio la orden: СFuego! Un disparo y el proye ctil levantó una columna de agua cas
i junto a la pequeña boya. Después de horqui llar al blanco con dos tiros, un tercer
o hizo saltar la banderola destrozando el barril. Luego surgieron numerosas boya
s con sus banderolas. Las órdenes se' rep itieron más enérgicarmente y los cañones de la c
orbeta empezaron a disparar rápi damente. Las columnas de agua se sucedían. Los serv
idores de las piezas de artil lería, no bien colocaban el proyectil en la recámara,
tiraban el cordel del gati llo y el cañón reculaba sobre sus muelles. En menos de do
s minutos, la flotilla de boyas quedó destruida; sólo una, con su banderola flameand
o, parecía desafiar la puntería de los artilleros; pero un cañón quedó solo, disparándole. E
l oleaj e del canal subía y bajaba a la boya; los proyectiles levantaban columnas
de agu a en su base misma y cuando envuelta en espuma aparecía después, volvía a surgi
r entera, con su band era al tope. El cañón seguía disparando con sus artilleros, ansi
osos
de hacer desaparecer ese frágil objeto que se burlaba de su puntería. Ya en la l eja
nía, un disparo hizo volar la banderola. Una exclamación de triunfo hubo en c ubiert
a; pero era sólo la banderola; el pequeño barril, apenas visible, seguía e n la superf
icie. El director de tiro ordenó cesar el fuego: el blanco era ya tan diminuto que
hacía imposible la puntería. 46 La corbeta elevó anclas y partió de nuevo hacia el cana
l, uno de los más anchos de la ruta. La corriente y el viento habían acumulado numer
osos témpanos hacia u n costado del canal. El buque-escuela empezó a navegar apegado
a la otra costa, a toda máquina. Se oyeron las mismas voces de mando y la artille
ría empezó a atr onar el canal. Algunos témpanos reventaron por los aires como pequeños
y extraño s navíos en un .combate naval. Se usaban proyectiles de percusión; balas que
pen etran en el interior y luego estallan como una bomba. En una vuelta del can
al ap areció de súbito un témpano gigantesco, como un enorme navío de cristal que de p r
onto se hubiera hecho a la mar. La visión era fantástica; la luz del sol se des comp
onía en mil colores vivos en las entrañas del hiel o, y reflejaba esa luz co mo si i
nnumerables reflectores pequeños iluminaran la navegación de tan bello ba rco. Bello
, pero peligroso; un choque con él hundiría cualquier barco. La corbet a, a todo and
ar, viró un poco para dirigir todos sus cañones de babor hacia el t émpano, y una deto
nación atronó el canal. El buque- escuela había disparado una andanada que lo hizo esc
orarse corno cuando navegaba a vela. Los proyectiles pen etraron en el corazón del
témpano y después de unos segundos estallaron, haciend o volar a la gigantesca masa
de hielo, desde sus cimientos, regando el cielo y e l mar con pedazos de hielo
y de luz.
La corbeta cumplía así una doble misión: realizar sus ejercicios reglamentarios y barr
er con los témpanos que hacían peligrar la navegación de otros barcos. Es decir, prepa
rarse como buque de guerra y servil como buque de paz. 47
48 DE PUNTA ARENAS A LA TUMBA DEL DIABLOº LA BAQUEDANO visitó algunos faros, repartió
algunas ropas y víveres entre los in dios alacalufes, pasó a llenar sus bodegas en l
as carboneras que la Armada tiene en la península Muñoz Gamero, dio la vuelta al cab
o Froward , abrupto peñón que marca el fin de la parte continental del Nuevo Mundo y
, pasado el Faro San Isid ro, una mañana de invierno avistó la herniosa ciudad de Pu
nta Arenas, de cuarent a mil habitantes, situada en las márgenes del Estrecho de M
agallanes, frente a l a legendaria isla de Tierra del Fuego. La tripulación subió a
cubierta para cont ernplar la primera ciudad después de un mes de viaje por paraje
s inhabitados, ca nales y fiordos, efectuando maniobras. ª¡Punta Arenas!º, suspiró Aleja
ndro en el puente del castillo, mirando a la ciudad que empezaba a destacarse en
la lejaní a y
pensando en la promesa que le había hecho a su madre: encontrar a su hermano Man u
el o noticias de él. La ciudad, recostada en las faldas de la península de Brün swick,
apareció completamente blanca de nieve, como si fuera una fantástica metr ópoli de márm
ol. La corbeta echó anclas al mar, frente a un gigantesco muelle qu e avanzaba mar
adentro y donde poderosas grúas cargaban y descargaban mercadería s de grandes barc
os, con banderas de diferentes nacionalidades. ÐSon buques capo neros y laneros qu
e vienen de Europa a buscar lana y carne frigorizada, principa les riquezas de e
sta gran zona ganadera! Ðexplicó un marinero a Alejandro. Con l os cañonazos reglament
arios se recibió la visita de las autoridades navales y el Comandante' de la Plaza.
El día siguiente era domingo, y en aquella última ciud ad de Chile se realiza una ce
remonia especial al mediodía: el izamiento de la `b andera. En homenaje a la ciudad,
la tripulación de desembarco de la corbeta desf ilaría al día siguiente en la ceremon
ia patriótica. Efectivamente, como a las 11 de la mañana, al otro día, los botes de la
corbeta empezaron a desembarcar a la tropa del buque. Los pequeños botes-motores
parecían racimos de margaritas con las gorras blancas de los apuestos ªmanagusº (marin
eros de la Armada). СAl homb ro, armas! ¡A la derecha, conversión por escuadras! ¡De fren
te, mar!... Ðordenó, con poderosa voz de mando, el teniente que comandaba a la tropa
de desembarco. La banda inició una vibrante marcha y la compañía de desembarco, con s
us `hombre s vestid os de azul, gorra blanca y pequeñas polainas cafés, inició la marcha
co n las bayonetas caladas. 49
La nieve cubría las calles, los autos se deslizaban como grandes cucarachas, pat i
nando, y todo aquello era extraño y hermoso para los ojos de los jóvenes marino s. E
l público aplaudía el paso de los marinos que desde el corazón de la patria llegaban a
la lejana ciudad, y lo que más les llamaba la atención eran las arrie sgadas prueba
s que realizaba el tambor mayor con su guaripola en los instantes q ue convergía e
n las esquinas. La Plaza, con sus árboles cargados de nieve, como si fueran durazn
os en primavera tupidos de azahares, estaba repleta de gente esp erando a los ma
rinos. La compañía presentó armas y luego desfiló gallardamente e n medio de los aplauso
s y exclamaciones del público. Hubo grandes festejos duran te una semana; en todas
partes `os jóvenes grumetes y cadetes eran jubilosamente ' recibidos. Al final de esa
semana, un grumete muy joven, adolescente aún, poní a la siguiente carta en el Corr
eo de La localidad: ªSeñora María vda. de Silva.Ð Talcahuano. Querida mamá: Te escribo en
la primera ciudad y en el primer correo que hemos encontrado después de tan largo
viaje. Sé que usted ya me habrá perdon ado, como me perdonó el comandante de mi buque,
que me hizo grumete de la Armada de Chile.º Después de narrarle las partes más intere
santes del viaje, terminaba la carta así: ªAquí, en esta ciudad de Punta Arenas, todo
es hermoso y blanco. Hemos visitado las grandes estancias donde pastorean los do
s millones de ovejas que dicen tiene toda la Patagonia; hemos visto los frigorífic
os donde congelan l a carne que mandan al Norte del país y a Europa, principalment
e; hemos visto cóm o juega la gente en patines de hielo, esquí y trineos. Las casas
son muy bien co nstruidas, las calles pavimentadas, y todo está tan en orden y lim
pio como el ce ntro de Concepción y otras ciudades de Chile. 50
ªMadre, he recorrido todos los rincones en busca de mi hermano, y nadie me ha da d
o una noticia, En los Registros de la Gobernación Marítima aparece su llegada; pero
después no hay datos de que haya salido de ¡a ciudad. Tampoco los hay en lo s retene
s de Carabineros que anotan la salida de viajeros por los únicos dos cam inos que
parten de la ciudad. ªUn viejo cazador de lobos me dice que bien puede que se haya
embarcado a última hora, clandestinamente, en algún cúter (velero pe queño) que haya sa
lido en la caza de nutrias y lobos de dos pelos. ªEn fin, madr e, no se desespere
todavía; mañana zarpamos hacia el Cabo de Hornos, último punt o de nuestro viaje, y pu
ede ser que encuentre noticias de Manuel. ªLa besa y la a braza su hijo ALEJANDRO.º
En realidad, el niño estaba desesperado, y no quería decírselo a su buena madre en la
carta. Había buscado por todas partes a su her mano, sin encontrarlo, y ahora partía
otra vez a regiones desoladas y habitadas sólo por indios, cazadores de nutrias,
loberos, buscadores de oro y contrabandis tas, donde menos podía hallarlo. Al día si
guiente, por la tarde, después de habe rse pertrechado de víveres y carbón, la corbeta
zarpó rumbo al Cabo de Hornos, e mpleando navegación mixta: vela y máquina. Al pasar
frente a los últimos barcos fondead os al final de la bahía, el Sargento Escobedo, s
eñalando con la mano un viejo velero, maltrecho y oxidado por los años, casi fundido
con las leves sombr as del atardecer, dijo a Alejandro: СEse es el ªLeonoraº del fanta
sma! Fui a ve r la cruz en tierra, y me dijeron que nadie ha muerto aún a su bordo
; como ves, yo desembrujé ese pontón. La corbeta empezó a descender por la cola de Améri
ca, a través del Canal Magdalena. 51
СHace mucho frío y es extraña esta tierra! Ðdijo un grumete una tarde en que la nieve caía
silenciosamente tapizando la cubierta y engrosando fant6sticamente l as jarcias.
Las nevadas impidieron la navegación a vela en los canales anchos. E n el terribl
e paso del ªBrechnwockº la corbeta sintió un preludio del Cabo de Ho rnos. Enormes ola
s y raras corrientes la zarandearon durante el par de horas que duró la travesía. Lu
ego entró por el brazo Noreste del canal ªBeagleº, famoso e ntre los navegantes por se
r la ruta más austral del mundo, y pasó la temida Isla del Diablo, que marca la conf
luencia de los dos brazos del canal. Una noche, en plena zona de ventisqueros, e
l Sargento Escobedo empezó a mostrarle a Alejandro y a otros grumetes las enormes
montañas de hielo que veteaban la costa. СSon l os ventisqueros Italia y Romanche! Ðdij
o el sargento. Y continuóÐ: Una vez se de sprendió de uno de éstos un témpano fantasma, qu
e tuvo atemorizados por un buen tiempo a los navegantes. En medio de las tempest
ades aparecía de pronto entre la s olas y hundía a las embarcaciones. Sobre el témpano
, un cadáver indicaba con s u mano estirada que los navegantes volvieran al Norte,
y cuando no obedecían, lo s hacía naufragar. Los indios yaganes decían que era el Gra
n Espíritu de su raza que echaba a los blancos que iban a cazar las nutrias y lobo
s de sus mares. Per o un día el témpano se deshizo y todo se descubrió: era un indio y
agan que se ha bía perdido en el ventisquero persiguiendo alguna nutria; murió helad
o, los hiel os lo incrustaron, y, cuando el témpano se desprendió, salió al mar como u
n maca bro pasajero del témpano. 52
СEsto ya es el fin del mundo Ðdijo EscobedoÐ; cuando pasemos por el canal Murra y verán cóm
o las corrientes cambian, los lobos no les temen a los hombres y las estrellas e
n las noches parece que se pudieran alcanzar con la mano! La Baquedan o visito a
Navarino, Gendegaia, Kamasaka, las Islas Lenox, Picton y Nueva, donde algunos e
sforzados pobladores llevan una vida de desterrados. Todo es fiero all í: el mar,
las montañas enormes, el viento, la nieve, la naturaleza toda. Acaba, en verdad, e
l mundo en esa tierra chilena. Volvió la corbeta a recorrer esa par te del ªBeagleº y
bajó por el canal Murray, donde las corrientes son peligrosas y abundan las loberías
. Como en los grandes momentos, una mañana se dio la orden de izar todo el velamen
: la corbeta iba a visitar el Gran Cabo de Hornos, y el comandante quería hacerlo
como corresponde a un gran marino y a un gran velero. La nave empezó a surcar las
enormes olas y, navegando de un largo, se `lanzó mar afuera, como un pez en el agua.
La tripulación hinchó de nuevo el pecho de gust o. Poco antes del atardecer, en la
lejanía apareció un peñón que caía destrozado en grandes rocas al mar. СEs el famoso Cabo de
Hornos que marca la unión de lo s dos océanos: el Pacífico y el Atlántico! Ðdijo un sargen
to. СHoy está como un a taza de leche! Ðdijo otro. СNo le hables así al `Cabo Tiesoº! Ðdijo
ine roÐ; éste oye y se enfurece en un minuto. La corbeta, gallardamente, dio un gran
viraje frente al peñón. El lugar era de desolación: ni un ave, ni un animal, só lo ese
peñón agreste y solitario a donde iban a romperse las enormes olas de los dos océanos
en el fin de la América: el Pacífico y el Atlántico. 53
El sargento Escobedo se acercó al grumete Alejandro, que contemplaba sobrecogido e
l Cabo de Hornos, y le dijo: ÐAquí está la sepultura del Diablo; está amarrado y fondead
o con tres toneladas de grilletes y cadenas! ¡En las noches de tempest ad arrastra
sus cadenas debajo del mar, y los pocos marinos que lo han oído y es tán vivos dice
n que es un ruido terrible, que queda en los oídos para siempre! ¡ Más horrible que el
de la tempestad! Acababa de decir estas frases el sargento c arpintero, cuando
las grandes olas empezaron a ennegrecer, algunas bocanadas de viento vinieron ta
nto del Pacífico como del Atlántico, y la corbeta emprendió ve lozmente el regreso. 54
55 DETRAS DE LOS TEMPANOS ¡MAÑANA entraremos en la zona inexplorada que sólo se conoce
con el nombre que l e dan los indios yaganes, ªDetrás de los Témpanosº! Ðdijo el comandan
te a un ofi cial. La corbeta ascendía por unos extraños canal es, rodeados de cordil
leras cu biertas de nieve. El mar en algunas partes estaba helado, y las gaviota
s y palom as del Cabo, acosadas por el hambre, por no poder pescar su alimento,
descendían patinando sobre la superficie helada.
Muy de tarde' en tarde asomaban los bigotes de algún gran lobo, que rompía el hi elo c
omo un monstruoso maniquí que quebrara los cristales de una gran vidriera. Al día si
guiente, el oficial de ruta ordenaba: СNo es prudente seguir más adela nte; el can al
se angosta cada vez más y el aumento de sargazos indica la presen cia de peligros
as rocas submarinas! 56 La corbeta buscó un buen fondeadero, y ese mismo día empezar
on a prepararse las chalupas que debían continuar las exploraciones en el interior
de esos desconoci dos fiordos y canales. СDisponemos de siete días para explorar y l
evantar las r espectivas cartas de navegación! Mañana, a primera hora, deben partir
dos comisi ones hidrográficas Ðordenó el comandante a su segundo. Escudriñando con sus c
ata lejos, un oficial, de pronto, exclamó: СAlgo se mueve allá en el fondo del cana l,
parecen canoas que avanzan! Al poco rato se confirmaba la suposición: una flo till
a de cinco canoas se acercaba; pero estas canoas eran mejor construidas que las
de los indios alacalufes, más esbeltas y llevaban un mástil para la vela. С Son yaganes
! Ðcontinuó el oficialÐ. Aprenden a leer en dos meses; cuando los pri meros navegantes
los descubrieron eran alrededor de quince mil almas, de las que ahora sólo quedan
unas quinientas. Las canoas se acercaron al costado del buque . Entre la veinte
na de indios de rostros morenos y ojos oblicuos, parecidos a lo s japoneses, se
destacaba la cara blanca de un hombre corpulento. СHay un blanc o entre ellos! Ðprofi
rió el oficial de guardia. СPuede ser algún ro evadido del presidio argentino de Usuahía,
o bien algún aventurero buscador de oro que se h a quedado entre los indios! Ðcomen
tó un oficial.
La canoa en que venía el hombre blanco se acercó a la escalera del buque y por e lla
subió el extraño compañero de los yaganes, cubierto con un traje de pieles d e nutria
. СQuisiera hablar con el capitán del buque! Ðdijo al oficial que le salió al encuentro e
n el portalón. ÐSi desea víveres, no hay necesidad de mol estar al comandante; le dare
mos unos pocos! Ðle contestó e l guardiamarina. СNo somos como otros indios; no recibim
os las cosas de limosna , sino que las compramos; par a eso tenemos pieles y pep
as de oro! Ðreplicó el v isitante. СPero usted no es indio! no interesa, es lo mismo qu
e si lo fuera! El oficial no quiso discutir más, y lo llevó a presencia del comandan
te. Al pasar el portalón, casi tropezó con el grumete de guardia, que mantenía su cara
bina al hombro. Al cruzarse sus miradas, quedaron como sorprendidos, y algo extr
año pas ó por los ojos del grumete' y el visitante. Sólo fue un rápido instante; éste si guió
hacia la cámara del comandante. Un compañero se acercó al grumete de guardi a, y le di
jo: СOye, Alejandro, ni hermano que fueras del que entró; tu cara y l a de él son parec
idas! Al oír la palabra hermano, el niño abrió la boca como si de súbito hubiera descubi
erto algo enorme, y sólo atinó a exclamar: СA lo mejor es él! Ð,Qué te pasa? Ðle dijo, asombr
o, el otro grumete. 57
СAndo buscando a mi hermano Manuel, que partió al Sur hace muchos años, cuando yo era p
equeño! Ð-dijo el grumete revelando el secreto que también era causa de su viaje. Ante
la intransigencia del visitante, el comandante ordenó que se le c ambiaran víveres
por piel es, bajo el control del Teniente Contador, para vender las en el Norte
y mejorar el rancho o comprar algo para el bienestar de la tripu lación. Como asim
ismo, si algún tripulante quería venderles ropas, debía hacerse ante el oficial paras
evitar abusos con los indígenas. Al salir de la cámara, e l grumete Alejandro Silva
se cuadró ante el oficial que conducía al visitante, y le dijo: СPermiso, mi guardiamar
ina, para hablar con este hombre! `El oficial accedió con un movimiento de cabeza, s
orprendido. ÐPara qué? Ðintervino, secamen te, el aludido. СQuisiera saber su nombre! Ðdijo
el niño. СEso no interesa en estas tierras! Ðreplicó molesto el visitante. El guardiamar
ina, de pronto, se di o cuenta del parecido de las dos personas, y esperó con curi
osidad el término de l diálogo. СEs que!... Ðbalbució el grumete; pero el extraño interrumpió
nombre no interesa a nadie aquí; no soy un escapado del presidio de Usuahía, sin o
un pacifico cacique de esta tribu de yaganes que vive libremente de la caza! Ð ter
minó el cazador, y sin esperar más siguió su camino. Alejandro quedó atónito, desolado; ib
a a decir algo, pero se le trabó la lengua de emoción. Estuvo al bo rde de una felic
idad inmensa, que ahora parecía escapársele por ese nudo de angu stia que le apretab
a la garganta. СOiga, deténgase! Ðordenó el oficial, y conti nuóÐ: ¿Por qué no le dice su nom
al grumete? ¡De todas maneras va a tener que decirlo, porque no se le' venderá nada si
n firmar las facturas en que conste lo que ha recibido y entregado! 58
СBueno, si es así, lo diré! Ðdijo el cazadorÐ: ¡Me llamo Manuel Silva Cáceres! СMi hermano!
jandro, abalanzándose a abrazarlo. La escena que presenc iaron los tripulantes que
estaban cerca fue patética. Los dos hermanos estaban a brazados con la más profunda
emoción. Manuel se separó un poco, y con el entrece jo ceñido de emoción, contempló la ca
ra de su joven hermano, cuyas lágrimas roda ban por su rostro, y le dijo: СPor eso, a
lgo raro me pasó cuando te encontré en el portalón; al verte, la cara de mi madre se m
e vino a la memorial ¡Pero jamás pensé que tú pudieras ser el pequeño Alejandro que dejé un
día en Talcahuano! 59
60 ªEL PARAISO DE LAS NUTRIASº
NADIE puede llegar hasta aquí Ðdijo Manuel a Alejandro, señal ando un formidable venti
squero que cerraba, de pronto, totalmente el canal, y prosiguióÐ: Si algún ser humano
llegó alguna vez hasta aquí, no habrá pasado más adelante, porque ha creído que el canal t
ermina en el ventisquero; pero más adelante verás el secre to. СNo olvides que el Ofici
al del Detalle me dio sólo tres días de permiso! Ðd ijo Alejandro, mientras se acomoda
ba en la popa de la canoa junto a su hermano. La flotilla de cinco canoas tripul
adas por yaganes llegaba a un ventisquero giga nte que daba término al tortuoso ca
nal. El Segundo Comandante, en vista de los a contecimientos, había concedido tres
días de permiso para que el grumete visitar a los dominios de su extraño y aventure
ro hermano, ya que la corbeta iba a estar anclada una semana en ese lugar. efect
uando levantamientos de cartas. Los dos h ermanos con alma de aventureros se había
n contado sus vidas. Simple y corta la u na, larga y accidentada la otra. СEs muy d
ifícil escribir desde estos lugares, visitado sólo por uno que otro cúter lobero en e]
año! expresó ManuelÐ. Además, no quería apenar a mi pobre vieja contándole mi decisión. ªVine
quí desde puert o Haberton. Allí los indios eran explotados canallescamente por un e
x presidiari o que capitaneaba una banda de buscadores de oro, crueles y desalma
dos. ªTuve un a reyerta con ellos, de la cual salí muy herido. Una joven india, la q
ue luego c onocerás, y que es mi esposa y madre de' mis tres hijos, curó mis heridas. ªC
onv encí al jefe de la tribu que viniéramos a estas tierras desconocidas. Los conduj
e con experiencia y cuando descubrí ªEl Paraíso de las Nutriasº, como le puse a la región
que queda detrás del ventisquero, me nombraron su segundo jefe. Luego murió e] caci
que y m designaron para gobernarlos. 61
ªLes he enseñado a leer, a hacer herramientas y a ser buenos y nobles como en la soc
iedad más civilizada. ªVivimos felices, y ya me he acostumbrado tanto a esta vida, q
ue creo que jamás saldré de El Paraíso de las Nutrias Ðtermino Manuel. D io una orden en
lengua yagana, y la flotilla se acercó hasta el borde de la mura lla de hielo que
avanzaba hasta tocar con la roca de la montaña; pero, en realid ad, el ventisquer
o sólo parecía chocar con la montaña, pues, una por una, las ca noas fueron bordeándolo
y pasando a través de un pasaje de agua, increíblemente pequeño, que dividía las dos mol
es, la de piedra y la de hielo. ÐNadie se atrevi ó llegar hasta aquí1 Ðdijo Manuel. Las
canoas fueron pasando por esa abertura co mo un abismo y salieron a un mar inter
ior de extraordinaria belleza; por un lado , la costa era el ventisquero que seg
uía tierra adentro, y por el otro, la monta ña que descendía en hermosos faldeos cubie
rtos de exuberantes robledales. ÐEsto está protegido de los vientos, y, más al interio
r, el clima no es tan duro como en el resto de la zona. Hay nutrias en abundanci
a y un río cuyo lecho está carga do de oro. Cazamos sólo lo necesario y sacamos el oro
justo para comprar víveres a un poblador, con el que cada seis meses nos encontra
mos en la península Paste ur. Así no provocamos sospechas contra esta fuente de riqu
ezas y mantenemos el s ecreto de ªEl Paraíso de las Nutriasº. Tú, por la felicidad de nu
estra tribu, de bes guardar también este secreto. СTe lo prometo! Ðdijo Alejandro. Las
canoas a tracaron a una suave playa bordada de juncales, mata negra, calafates,
y más al interior parrillas y robles. ªEl Paraíso de las Nutriasº tenía una vegetación má s pr
iga que otros lugares de la zona. Los yaganes, que serían más o menos unos cincuenta
, hacían una pequeña población, al borde de esa playa, de más o menos quince 62
rucas, construídas con una armadura de madera sobre la cual se extendía una carp a d
e piel de lobo de mar. La indiada recibió con curiosidad al extraño visitante . Manu
el habló en lengua yagana y la curiosidad se transformó en simpatía. ¡Era el hermano del
jefe! Una india, hermosa y joven aun, vino a una indicación de Ma nuel, seguida d
e tres niños, y fue presentada al grumete. Luego el sacerdote o b rujo y otras per
sonalidades del clan. Todos estaban vestidos con pieles. Una gra n carpa de cuer
o de lobo, curtido y amarillento por los años a la intemperie, se destacaba en el
centro de la toldería. СEs el ªYoughouseº! Ðexplicó Manuel, y continuóÐ: Vas a asistir a una
monia que se practica en él, y que consiste e n conceder el derecho que las tradic
iones de la tribu dan al hombre cuando los n iños llegan a doce años. Esta noche sal
imos a una cacería de patos de mar, pingü inos y otras aves que nos gustan muchísimo.
No te acerques, por ahora, al Yougho use ; los niños ya están encerrados, ayunando,
y está prohibido mirarlos. La ani mación que había en la toldería correspondía, en verdad,
a la ceremonia que se p reparaba. Llegó la noche, y quince canoas fueron ocupadas
por hombres, mujeres y algunos niños. Al grumete l llamaron la atención unos largos
palos de cuyo extr emo se amarraba una enorme bola de junco seco y otras pajas,
empapadas en una es pecie de esperma o aceite. Cada canoa llevaba tres de estos
hizopos. La flotilla se internó mar adentro, surcó un estrecho canal interior y des
embocó en una gra n bahía. Manuel y Alejandro iban en la canoa que abría la marcha. 63
De pronto, a una señal de Manuel, todas las tripulaciones de las canoas se agach a
ron, y los remeros bogaban así, diestra y sigilosamente. ÐAgáchate y no hagas r uido! Ðd
ijo al grumete. Silenciosamente, las quince canoas o ªanansº, como se ll aman en yag
an, avanzaron junto a un sombrío acantilado, protegido por las negrur as; parecían e
squifes fantasmas deslizándose sin rem os y sin remeros, en la noc he. La distanci
a entre canoa y canoa se fue acortando hasta unirse las popas con las proas y fo
rmar una compacta hilera. Un leve rumor de alas turbó el gran sil encio de la noch
e, y algo como graznidos y píos se dejó oír en las cercanías. С Estamos llegando a la pajar
era! Ðmusitó Manuel en el oído de Alejandra. El grume te alzó los ojos y vio que el acan
tilado estaba sembrado de pechos blancos de pi ngüinos, gaviotines, ªpatos a vaporº, p
atos de mar y otras aves. A medida que av anzaban, el acantilado estaba más replet
o de aves, que apenas se sostenían en la s grietas de las rocas. Algunos pingüinos,
que vieron las canoas, levantaron la cabeza con su característica estupidez, mirar
on de medio lado y continuaron tran quilamente, pues es el ave más zonza de las ma
rinas. La cantidad era tal, que sa cando una mano por la borda de una canoa podía
tornarse a uno de ellos por el pe scuezo y echarlo adentro; pero la flotilla bus
caba otra ave más apetecida. De sú bito, el jefe sacó un mano fuera de la canoa e hizo
una señal. Los remos fueron acomodados en el interior y. suavemente, las canoas s
e apagaron junto a la piedr a misma. Algunas aves se lanzaron al agua; pero en e
l instante mismo, Manuel dio un grito y cuarenta y cinco antorchas enormes 64
iluminaron el acantilado repleto de pájaros y una gritería inmensa atronó de gol pe al
pacífico lugar. Alejandro, sobrecogido por el espectáculo grandioso, vio c ómo ardían l
os hisopos de pajas empapados en aceite de lobo y enceguecían a las aves que caían a
tontadas al mar y dentro de las canoas mismas. Todos los tripula ntes. con unos
pequeños garrotes, asestaban certeros golpes en las cabezas de pa tos y pingüinos qu
e, muertos, eran estibados en el fondo de las ªanansº. El mism o tomó un garrote y ayu
dó a sus acompañantes a cazar. Las aves que estaban más a rriba volaban despavoridas o
caían al mar; la gritería era ensordecedora y la hi lera de cuarenta y cinco grande
s antorchas ardiendo al borde del paredón desgarr aba fantásticamente las sombras de
aquella noche tupida de aleteos, graznidos y chillidos de pájaros y humanos. La a
lgarabía crecía y decrecía con las llamarada s, y así, en conjunto, el rumor que había rot
o la paz de la noche fue disminuyen do a medida que disminuía la luz de las antorc
has. Por último. sólo se' usaron p ara alumbrar la recogida de las aves muertas, que f
lotaban sobre las aguas. Las canoas iniciaron el regreso completamente cargadas
de pájaros muertos; los indio s comentaban, jubilosos, la cacería. СEsta es una de las
buenas pajareras que t enemos en ªEl Paraíso de las Nutriasº! Ðdijo Manuel a su hermano,
mientras en la s negruras del cielo se oían aún los aleteos de millares de aves asu
stadas por l a cacería. Algunos lomos relucientes subían huyendo entre los peñascos de
l acant ilado; eran nutrias cuyo sueño había sido también turbado. Al día siguiente, la
toldería estaba de fiesta: en la noche se iba a abrir el ªYoughouseº para realiz ar lo
s ritos que convertirían a los niños yagan es en adultos. Manuel hizo que p reparara
n un pato de río asado para su hermano, algunos peces especiales y erizo s. 65
El grumete comió; pero no podía comprender cómo su hermano comía, junto con los indios,
aves a medio asar, con cuero. СSon muy ricos! Ðle decía tronchando unas gordas piernas
de quetro. En la tarde se hizo un gran montón de pájaros muertos frente al ªYoughouseº,
se le llevaron en tinas algunos brebajes y se hicieron l os últimos arreglos para
la fiesta. 66 СLos yaganes tienen muy hermosas tradición es! Ðdijo Manuel a su hermano,
despu és de comida, sentados en el umbral del toldo. Tienen un diluvio universal
y un arca de Noé igual que los cristianos. Hay una tradición que dice que en estas r
e giones llovió durante muchas lunas, muriendo todos los yaganes, menos tres famil
ias. ªCuando las aguas descendieron, estas tres familias con sus tres ªanansº (c anoa
) quedaron flotando en la `laguna de ªAgamacaº. que esté en el interior de l a Patata, a
l otro lado del canal. Esta laguna es muy hermosa y está rodeada de g randes junca
les. ªEn la laguna también quedó una enorme! ballena que no podía na dar y cuyo lomo salía
fuera del agua. Pues bien, los yaganes salvados del diluvi o empezaron a dispar
ar sus flechas sobre la ballena, hasta que le dieron muerte, y se alimentaron de
su carne. ªLa tradición termina diciendo que las flechas se reprodujeron hasta form
ar el juncal que hoy circunda a la bella laguna de ªAgam acaº, y que las tres ªanansº co
n sus familias se reprodujeron también hasta form ar de nuevo la gran raza yagana
que alcanzó a tantos como miles de' juncos hay. ªEste relato sigue siendo transmitido
de generación en generaciónº Ðterminó Manu el.
67
ªLA AVESTRUZ DEL MARº EN dos filas fueron entrando las mujeres y hombres a la gran c
arpa de cuero del ªYoughouseº. En el interior, una fogata que corría en el centro y a
lo largo ilu minaba siniestramente el sombrío recinto. Lejos de la fogata, una rue
da de niños de más o menos doce años contemplaban, sentados en cuclillas y con las man
os cr uzadas, la entrada de los hombres y mujeres. Las mujeres se sentaron a un
lado d e la fogata; y al otro, los hombres. Después entró el sacerdote de la tribu,
aco mpañado del jefe, que fue a sentarse en medio de las dos filas, presidiendo la
c eremonia. Después de una deliberación, Alejandro, como profano, fue admitido en u
n rincón del ªYoughouseº. El grumete' contemplaba asustado todo aquel lo, como si estuvi
era soñando alguna exótica novela de aventuras. El sacerdote se subió s obre una tarim
a, forrada en piel de lobo, inclinó las manos y la cabeza hacia ad elante y empezó u
n murmurio monótono y lastimero. La concurrencia, con la cabeza gacha, permanecía en
silencio. La oración subía de tono, a medida que levantaba los brazos, cada vez más f
uerte. Llegó un momento en que' el sacerdote empezó a gritar y a lanzar unos alaridos
de dolor, mientras el sudor empezaba a borrarle las rayas rojas con que se había p
intado la cara. Los gritos eran cada vez más fuertes, hasta que, poseído de una espe
cie de locura, llegó al máximo de desespe ración y cayó inerte sobre la tarima. 68
Los niños miraban llenos de pavor. Entonces un rumor empezó a levantarse en las fila
s de hombres y mujeres sentados. El jefe se levantó y empezó a dar pasos a d erecha
e izquierda alrededor de la fogata; en seguida lo siguieron todos los dem ás. El r
umor se convirtió en gritería, y los pasos e brincos. Mujeres y hombres empezaron a
danzar con los brazos abiertos y cruzándose de filas alrededor de la fogata. Los n
iños fueron tomados de las manos y obligados a entrar en la danza. Era la danza de
ªLa avestruz de marº, y consistía en bailar imitando esta gran ave de la Patagonia. L
os danzarines continuaron hasta que uno por uno fueron cay endo cansados al suel
o. La ceremonia estaba terminada. Al otro día, en medio de las fiestas, Manuel dij
o a su hermano: СEs un misterio el nombre de ésa danza: se flama Avestruz de mar', cuan
do no hay indicios de que en la Tierra del Fuego y a este lado del camal ªBeagleº ha
ya existido jamás ese gran pájaro que tanto a bunda en la Patagonia! Las noches clar
as se acabaron y una gran nevada vino a po ner fin a las fiestas de los yaganes.
El grumete debía partir a su barco. Los do s hermanos presintieron que algo les f
altaba que decirse y fueron a sentarse jun to al mar, sobre unas rocas. ÐLlevarás a
nuestra madre dos bolsitas de oro que t engo en el toldo Ðdijo ManuelÐ; las bolsas s
on de cuero de lobo, curtido, y en l as dos hay más de ochocientos gramos; además, c
uarenta cueros de nutria y diez d e lobos de dos pelos, para que se haga lo que
ella desee, en mi nombre. 69
ªNo le digas todo lo que has visto; dile que estoy trabajando en yacimientos de or
o, en una isla en donde no pasan barcos y que, cuando haga más dinero, regresa ré a
su lado. ªY ahora, embárcate en mi canoa, que mis hombres te llevarán a tu barco. Los
dos hermanos, de pie, se miraron emocionados; sabían que era la ultim a vez que se
velan. ¡Instante supremo para dos seres que se quieren! Ð-¡Lloro po r mi madre que nu
nca más te va a ver! Ðdijo Alejandro. Al separarse, algo produj o un rumor de aguas
cerca de la costa: era un témpano que se había volcado en el mar. Los dos hermanos s
e volvieron a mirarlo. СSomos como los témpanos! Ðexcla mó en voz baja ManuelÐ. ¡La vida nos
da vuelta a veces y nos cambia totalmente d e forma! Al subir a la canoa Alejand
ro, desde la playa, el cazador le alcanzó a decir: СNo le' cuentes nada a la pobre viej
a, y guarda el secreto del ªparaíso de las Nutriasº. 70
71 DE REGRESO Y RECALAMOS después en Castro, Quenchi, Ancud y Puerto Montt. Desde
aquí fuimos en tren a Osorno. Conocí muchos puertos y ciudades; en todas partes desf
ilamos y fuimos aclamados por el pueblo. La conversación tenía lugar en el cuarto de
pla nchado de doña María, en Talcahuano.
Su hijo le había narrado todas las aventuras de su viaje. СMe siento feliz, que rida
madre! Ðcontinuó AlejandroÐ. A bordo me aficioné a la radio. El suboficial radiotelegraf
ista me enseñó sus conocimientos e informó al oficial instructor de mi interés por esa r
ama, y ahora acaban de destinarme, terminado el viaje d ins trucción, a la Escuela
de Radiocomunicaciones de la Armada, que se encuentra en Valparaíso, en ªLas Salina
sº. ªYa gano un pequeño sueldo para mantenerme y, un a ño más, ingresaré a las naves de la E
scuadra como radiooperador.º Doña María, co n los ojos llorosos, interrumpió a su hijo,
que regresaba de tan largo viaje. С Pero, hijo mío, todavía no me has dicho una palabra
de tu hermano! СAh..., mama cita, la gran noticia la estaba dejando para el último m
omento! Fue a buscar su saco cacharpero de lona y sacó de él un fardo de pieles de n
utrias y lobos y dos bolsitas de cuero. СAquí le manda su hijo Manuel valiosas pieles
y dos bolsas que contienen más de veinte mil pesos en pepitas de oro; está sano y s
alvo, busc ando oro en una isla solitaria, donde no pasan barcos, y me dijo que
vendría en cuanto hiciera más fortuna. `Luego narró el encuentro con Manuel en las helad
as regiones del Cabo de' Hornos, ocultando piadosamente, como se lo había prometido
a su hermano, parte de la verdad. De pronto, le vinieron a la memoria `las últi mas
palabras de su hermano, y dijo: СMadre, esos témpanos que vi en el Sur son como los h
ombres; el mar, como la vida, les hace dar muchas vueltas y siempre ap arecen en
la superficie con distintas formas! Y se abalanzó en brazos de su madr e, solloza
ndo. 72
73
LA LOCURA DE ESCOBEDO 74 QUINCE días después, en Valparaíso, dos encontraban en el asc
ensor del cerro Art illería. grumetes se СCómo te va, Silva! Ðexclamó uno, y continuóÐ: ¡Veng
visitar al sargento ca rpintero Escobedo! Ð,Qué le pasa? Ðpreguntó Alejandro. СEstá en el Ho
spital Nav al de Playa Ancha, bastante trastornado. Cuenta raras historias de ap
arecidos y de buques fantasmas en los mares del Sur. Dice que su querida chancha
, por la co rbeta ªBaquedanoº, tiene un fantasma a bordo, y que él es el único que puede'
de sembrujarla, como lo hizo con el ªLeonoraº. ªLa verdad es que el pobre sargento no
pudo resistir el alejamiento de ªLa Baquedanoº, que, como tú sabes, fue decla rada fue
ra de servicio, y se lleva pensando en regresar a bordo. ¡Tiene razón, p asó toda su v
ida en ella!º СAhora mismo voy a verlo! Ðdijo el grumete Silva, y se despidió de su compañe
ro. Minutos más tarde, el grumete entraba en una de' la s blancas salas del Hospital
Naval. СAh!... ¡Viva el último grumete de ªLa Baqu edanoº! Ðexclamó un rostro enflaquecido,
ando vio entrar a Alejandro.
Ð,Cómo está, mi sargento? Ðdijo el niño, acercándose' al enfermo. СBien, hijo! ¿Sabes? ¡A nue
rida ªchanchaº la han embrujado! ¡Tiene un fantasma a bord o! ¡Está convertida en un pobre
pontón! ¡No dejan entrar a nadie, pero yo voy a ir a rescatarla del mal espíritu, com
o lo hice en Punta Arenas con el ªLeonoraº! ¡A tiempo has llegado! ¡Tú eres el único que pue
des acompañarme! ¿No es cierto? 75 СIremos, mi sargento! Ðhabló el niño, conmovido. Ð!Bravo!
esperaba menos de ti! Ðexclamó el viejo sargento Escobedo, y continuó, llevándose la man
o a una i maginaria visera, como cuando se cuadraba ante sus superiores a bordoÐ: ¡Y
o soy el primer sargento de ªLa Baquedanoº, y tú El ULTIMO GRUMETE DE ªLA BAQUEDANOº Ð ¡Sí, mi
argento! Ðrespondió el grumete, estrechando la mano que le tendía el vi ejo hombre de
mar, y agachó la cabeza, estremecido de emoción. Dos generaciones se despedían sobre' el
recuerdo de la vieja y gloriosa corbeta que, como el sarg ento, yacía anclada tam
bién ªfuera de servicio. 13 de abril de 1940.