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Filosofía dominicana:
pasado y presente
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Tomo II.indb 4 08/12/2009 08:28:12 a.m.
Archivo General de la Nación
Volumen XCIV
Filosofía dominicana:
pasado y presente
Tomo II
Lusitania F. Martínez Jiménez
COMPILADORA
Santo Domingo
2009
Tomo II.indb 5 08/12/2009 08:28:12 a.m.
Archivo General de la Nación, Volumen XCIV
Título: Filosofía dominicana: pasado y presente, tomo II
Compiladora: Lusitania F. Martínez Jiménez
Cuidado de edición: Consuelo Muñiz Díaz
Diagramación: Guillermina Cruz y Juan Francisco Domínguez
Diseño de cubierta: José Miguel Pérez
Ilustración de portada: Giovanni Pérez: Velat, 2009
© Todos los derechos reservados
De esta edición:
© Archivo General de la Nación, 2009
Departamento de Investigación y Divulgación
Área de Publicaciones
Calle Modesto Díaz 2, Ciudad Universitaria,
Santo Domingo, Distrito Nacional
Tel. 809-362-1111, Fax. 809-362-1110
www.agn.gov.do
ISBN: 978-9945-020-86-1
Impresión: Editora Alfa & Omega
Impreso en República Dominicana / Printed in Dominican Republic
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– 7 –
Contenido general
TOMO I
Introducción. Lusitania F. Martínez Jiménez
IN MEMORIAM
La reificación en Georg Lukács. Miguel Sáez
SIGLO XVIII
Antonio Sánchez Valverde. Rosa Elena Pérez de la Cruz
SIGLO XIX
El pensamiento filosófico en Santo Domingo. La Lógica de
Andrés López de Medrano. Juan Fco. Sánchez
La Lógica de Andrés López de Medrano: estructura e ideas.
Rafael Morla
Bonó o la fenomenología del alma dominicana. Fernando I.
Ferrán
Pedro Francisco Bonó. Emancipador mental y crítico de la
sociedad dominicana de segunda mitad del siglo XIX.
Julio Minaya
Filosofía e ideas socialistas en República Dominicana.
Diógenes Céspedes
Introducción al pensamiento político de Adalberto Chapuseaux
(Las ideas pre-socialistas en la República Dominicana, 1920-1930)
.
Alexis Viloria y Angel Moreta
SIGLO XIX
POSITIVISMO
La religión de la humanidad. Federico García Godoy
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8 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Las ideas pedagógicas de Hostos y otros escritos. Camila
Henríquez Ureña
SIGLO XX
PERIODO DE TRUJILLO
Los problemas antinómicos de la categorial «Conciencia».
Andrés Avelino García Solano
La crítica categorialista a la ética kantiana.
Miguel Angel Pimentel
Filosofía de lo ético. Andrés Avelino García Solano
Metafísica categorial Andrés Avelino García Solano
Mensaje de Osvaldo García de la Concha a Alberto Einstein
en La Cósmica. Osvaldo García de la Concha.
Juan Francisco Sánchez: filósofo de dos mundos. Francisco
Pérez Soriano
La Vigencia de Santo Tomás. Juan Francisco Sánchez
Abigaíl Mejía y los inicios del movimiento feminista
dominicano. Lusitania F. Martínez Jiménez
La filosofía como fuerza generadora de la nacionalidad.
Armando Cordero
El bergsonismo. Federico García Godoy
La teoría del escorzo: aproximaciones a una gnoseología
orteguiana. José Mármol
Noticia crítica en torno a la evolución del pensamiento
filosófico de Juan Isidro Jimenes Grullón(1903-1983).
Alejandro Arvelo
EXISTENCIALISMO
A propósito del existencialismo. Juan Francisco Sánchez
Análisis del existencialismo. Estervina Matos
LOS VALORES
Biografía y valor. Pedro Troncoso Sánchez
Ética y legitimación social. Pablo Mella, S. J.
Tomo II.indb 8 08/12/2009 08:28:13 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 9
Fundamentos axiológicos de la propuesta pedagógica de J. J.
Rousseau en su obra «Emilio o la educación».Francisco Acosta
El sistema ético-moral: últimos hallazgos. Daniel Vargas
TOMO II
¿Se puede hablar en la actualidad de un pensamiento
filosófico dominicano? Tomás Novas
FILOSOFÍA-LÓGICA-CIENCIA Y PSICOLOGÍA
¿Es la filosofía lo que ha sido siempre, o podría ser de
otro modo? J. Arismendi Robiou
El conocimiento poético y el conocimiento filosófico.
Antonio Fernández Spencer
Filosofía, veracidad y originalidad. Francisco Antonio
Avelino
Conductismo y filosofía. Enerio Rodríguez Arias
El texto científico y su fundamento. Odalís G. Pérez
Kant y los historiadores de la lógica. El discurso kantiano
sobre la lógica clásica. Angel Moreta
El falsacionismo de Popper y la filosofía de la ciencia.
Enerio Rodríguez Arias
Filosofía y fe cristiana. P. Jesús Hernández, SDB
IDENTIDAD-HISTORIA-CULTURA
Espiritualidad y cultura del pueblo dominicano.
Pedro Troncoso Sánchez
La patria como agonía: palabras introductorias a la
obra de Manuel Núñez, Peña Batlle en la Era de Trujillo.
Fernando Ferrán
Estructura y esencia de la historia. Juan Francisco Sánchez
Para seguir releyendo, haciendo y recontando la identidad
cultural y nacional dominicana: pistas e interrogantes.
Jesús M. Zaglul, S. J.
La tragedia ideológica del pensamiento dominicano.
Odalís G. Pérez
Tomo II.indb 9 08/12/2009 08:28:13 a.m.
10 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Antología de ensayos filosóficos. Luis O. Brea Franco
Crítica de la razón dominicana. David Alvarez Martín
Formas y motivos del pensamiento latinoamericano.
Fernando Ferrán
La identidad narrativa dominicana. Por un nuevo
Congreso extraparlamentario. Pablo Mella, S. J.
Identidad persistente y mutante. Federico HenríquezGratereaux
La ideología del progreso. Andrés L. Mateo
El deleite del pensamiento. Andrés L. Mateo
La invención del otro. Andrés L. Mateo
Una identificación nacional «Defensiva»: El antihaitianismo
nacionalista de Joaquín Balaguer –Una lectura de La Isla al
Revés–. Jesús M. Zaglul, S. J.
Figuras de lo dominicano. Fernando Ferrán
TOMO III. FILÓSOFAS Y FILÓSOFOS:
POSTMODERNIDAD Y PENSAMIENTO
SOBRE Y DE LAS MUJERES
POSTMODERNIDAD
La analítica existencial en Martin Heidegger. Un análisis
fenomenológico. Luis F. Cruz
La postmodernidad en filosofía: hacia una posible
relación entre la perspectiva de José Ferrater Mora y
Gianni Vattimo. Edickson Minaya
Filosofía y complejidad. Un enfoque epistemológico en la
perspectiva de la complejidad. Lorenzo Jorge
La epistemología genérica y la crítica al paradigma científico
actual. Lusitania F. Martínez Jiménez
Thomas Kuhn: el problema del progreso científico y la
discontinuidad conceptual. Una propuesta desde el modelo
de representación por Marcos. Leonardo Díaz
Modernidad y postmodernidad. Rafael Morla
El desconsuelo de la filosofía. Andrés Molina
Tomo II.indb 10 08/12/2009 08:28:13 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 11
Filosofía compleja y ciberespacial. Andrés Merejo
FILÓSOFAS Y FILÓSOFOS
Entre dos mujeres: Simone de Beauvoir y
Virginia Woolf». Lusitania F. Martínez Jiménez
El pensamiento filosófico de Andrés Avelino. Mabel Marta
Artidiello Moreno
La mujer y la cultura. Camila Henríquez Ureña
Feminismo. Miguel Angel Pimentel
Del sentido religioso. Delia Weber
Las ideas sociales de Spinoza. Pedro Henríquez Ureña
Naturaleza y estado en Spinoza. Elsa Saint Amand Vallejo
Observaciones a propósito de algunos puntos de las
teorías axiológicas. Hilma Contreras Castillo
La clasificación de las ciencias según Wundt. Mercedes Heureaux
Sentido de la civilización y la mujer nueva. Delia Weber
Una lectura a Hannah Arendt y la condición humana.
Alina J. Bello Dotel
Panorama socrático. Hilma Contreras Castillo
La exclusión de las mayorías. Crítica al animal político de
Aristóteles. Ingrid Luciano Sánchez
Cotidianas. Ilonka Nacidit-Perdomo
Pedro Henríquez Ureña. Su credo filosófico. Flérida Nolasco
La educación científica de la mujer. Eugenio María de Hostos
Sartre, el filósofo de la libertad. Lusitania Martínez
Perfiles
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– 13 –
CONTENIDO
¿Se puede hablar en la actualidad de un pensamiento
filosófico dominicano? Tomás Novas ................................. 15
FILOSOFÍA. LÓGICA. CIENCIA. PSICOLOGÍA
¿Es la filosofía lo que ha sido siempre, o podría ser de
otro modo? Joaquín Arismendi Robiou ............................... 23
El conocimiento poético y el conocimiento filosófico.
Antonio Fernández Spencer ................................................ 53
Filosofía, veracidad y originalidad. Francisco Antonio
Avelino ........................................................................... 59
Conductismo y filosofía. Enerio Rodríguez Arias ................. 69
El texto científico y su fundamento. Odalís G. Pérez ............ 85
Kant y los historiadores de la Lógica. El discurso kantiano
sobre la Lógica clásica. Angel Moreta.................................. 97
El falsacionismo de Popper y la filosofía de la ciencia.
Enerio Rodríguez Arias ................................................... 115
Filosofía y fe cristiana. P. Jesús Hernández, SDB ................ 141
IDENTIDAD. HISTORIA. CULTURA
Espiritualidad y cultura del pueblo dominicano. Pedro
Troncoso Sánchez ........................................................... 147
Tomo II.indb 13 08/12/2009 08:28:13 a.m.
14 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La patria como agonía: palabras introductorias a la
obra de Manuel Núñez, Peña Batlle en la Era de Trujillo.
Fernando Ferrán ............................................................ 169
Estructura y esencia de la historia. Juan Francisco Sánchez . 179
Para seguir releyendo, haciendo y recontando la identidad
cultural y nacional dominicana: pistas e interrogantes.
Jesús M. Zaglul, S. J. ...................................................... 201
La tragedia ideológica del pensamiento dominicano.
Odalís G. Pérez .............................................................. 227
Antología de ensayos filosóficos. Luis O. Brea Franco ........ 233
Crítica de la razón dominicana. David Álvarez Martín ....... 291
Formas y motivos del pensamiento latinoamericano.
Fernando Ferrán ............................................................ 307
La identidad narrativa dominicana. Por un nuevo
Congreso extraparlamentario. Pablo Mella, S. J. ............... 333
Identidad persistente y mutante. Federico Henríquez
Gratereaux .................................................................... 361
La ideología del progreso. Andrés L. Mateo ...................... 401
El deleite del pensamiento. Andrés L. Mateo ..........................403
La invención del otro. Andrés L. Mateo ..................................405
Una identificación nacional «defensiva»: El antihaitianismo
nacionalista de Joaquín Balaguer. Una lectura de La Isla al
Revés. Jesús M. Zaglul, S. J. ............................................ 407
Figuras de lo dominicano. Fernando Ferrán ........................ 451
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– 15 –
¿Se puede hablar en la actualidad de un
pensamiento filosófico dominicano?
1
Tomás Novas
2
I. Resumen
Se habla del movimiento filosófico dominicano de los últimos diez años
desde una perspectiva optimista. Del ámbito académico, se ponderan
las reflexiones sobre el quehacer filosófico del Primer Congreso Domi-
nicano de Filosofía, 1999. Y, desde fuera de la Academia, se recogen los
destellos del siglo XXI expresados en las publicaciones de la Sociedad
Filosófica Andrés Avelino y la del grupo Break. Por último, se apuesta
a la construcción del presente filosófico dominicano, que supere la
dispersión de los pensadores y produzca la obra filosófica sistemática
y pura.
Buenas noches, señoras y señores:
Las palabras y los hechos del movimiento filosófico dominicano
de los últimos diez años, es el motivo de mis consideraciones
esta noche en que nos preguntamos si se puede hablar en la
República Dominicana de un pensamiento filosófico.
1
Conferencia pronunciada el 10 de noviembre del 2004, en la Escuela de
Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
2
Catedrático del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de
Santo Domingo, UASD. Es una de las promesas de la generación filosófica
de los ochenta. (Perfil extraído del Primer Congreso Dominicano de Filosofía.
Memorias. Balance y utopía, Departamento de Filosofía de la Universidad
Autónoma de Santo Domingo, febrero de 1999, p. 153).
Tomo II.indb 15 08/12/2009 08:28:13 a.m.
16 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Hablaremos del quehacer filosófico académico; para esto
destacaremos los acontecimientos de los últimos años en el ám-
bito de la Escuela de la Filosofía de la Universidad Autónoma de
Santo Domingo.
Además, el siglo XXI nos invita hablar de sociedades y grupos
de pensadores que desde fuera de la academia apuestan por la
reflexión filosófica.
Ahora bien, ¿de qué hablaremos esta noche? Pues, del que-
hacer filosófico dominicano, de su movimiento, perspectivas,
fortalezas y debilidades. Entremos, pues, en materia.
II. Las grandes reformas de los años noventa
Los años noventa no sólo fueron de grandes reformas a nivel
del Estatuto Orgánico de la Universidad Autónoma de Santo
Domingo; pues, desde la práctica docente, es la década que dejó
atrás el manualismo e incorporó la lectura directa de las fuentes
del saber filosófico en el ámbito de la Escuela de Filosofía.
Esta apertura permitió retomar la tradición de pensamien-
to dominicano; volver sobre los aportes del maestro Armando
Cordero, e ir más allá, al incorporar los estudios filosóficos lati-
noamericanos.
En ese sentido, el plan de estudios de la Licenciatura en
Filosofía expresa tres nuevas asignaturas que tratan de cubrir, a
nivel docente, el terreno perdido durante las décadas de los años
sesenta y setenta. Se trata de Historia del Pensamiento Domi-
nicano (FIL–431), de Filosofía Latinoamericana (FIL-337) y de
Seminario Monográfico I (Andrés Avelino) (FIL-335).
Cabe destacar la tesonera labor académica realizada por el
licenciado Luis. F. Cruz Paulino, al frente de la coordinación de
la Cátedra Historia de la Filosofía. El maestro Cruz no sólo ha
orientado las asignaciones de los estudios dominicanos y latinoa-
mericanos, sino que ha promovido la divulgación de este pensa-
miento a través del boletín Episteme, que bajo su sabia dirección
cuenta ya con 15 números.
Las grandes conquistas del pensamiento filosófico dominica-
no en el ámbito uasdiano en la última década del pasado siglo
Tomo II.indb 16 08/12/2009 08:28:13 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 17
no son un acontecimiento fortuito. Si hoy podemos hablar de
su existencia, en gran medida se debe a lo acaecido en la aca-
demia durante la década anterior. Los años ochenta marcaron
una dirección, que el presente expresa con signos de cosecha:
se trata de frutos que superan las grandes carencias como son el
manualismo, la forma y contenido, propios de la discursiva de la
práctica filosófica.
Durante las grandes reflexiones de los años noventa, que se
expresan en el Primer Congreso Dominicano de Filosofía, 1999,
una de sus voces más autorizada, el Lic. Rafael Morla señaló:
Es con la irrupción de la nueva generación de filósofos de la
década pasada, que se abre paso a la superación del manua-
lismo, y a la lectura de las fuentes. La década actual marcó
el inicio de un movimiento de escuela, bajo cuya inspiración
se escriben artículos, ensayos y libros, que reflejan una gran
calidad analítica.
3

Pues, de esa nueva generación habrá que ocuparse cuando
nos aboquemos a profundizar más allá del habla del quehacer
filosófico en la República Dominicana. Creemos que la genera-
ción de los años ochenta vislumbró el rumbo, marcó los pasos
pertinentes, y hoy, cuando se haga la reflexión de lo ocurrido,
veremos que creó la posibilidad para que en nuestro país hable-
mos de un pensamiento filosófico que se construye lentamente,
pero que terminará desalojando a las sombras de la filosofía.
Desde mi condición de testigo de excepción de lo ocurrido
en los últimos veinticinco años en el pensamiento filosófico do-
minicano, me permito hablar de sus fortalezas y sus debilidades,
de sus realizaciones y de sus esperanzas.
3
Rafael Morla, «Razón y sin razón de los estudios filosóficos en la Republica
Dominicana», Primer Congreso Dominicano de Filosofía. Memorias. Balance y
utopía, p. 149.
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18 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
III. Las profundas reflexiones del Primer
Congreso Dominicano de Filosofía
Durante los días 3, 4, 5 y 6 de febrero de 1999 se celebró el Pri-
mer Congreso Dominicano de Filosofía. Este evento permitió
hacer un balance del quehacer filosófico dominicano y plantear
las utopías.
En la ponencia «Semiótica, Hermenéutica y Filosofía del
Lenguaje», el Dr. Odalís Pérez caracteriza la actualidad del pen-
samiento filosófico dominicano con las palabras siguientes:
No existe en la República Dominicana de hoy, el pensamiento
filosófico puro. Existen pensadores, mas no filósofos profe-
sionales. Existen jóvenes críticos del pensar, pero en su forma
direccional desinstituida en un orden donde lo político, lo
histórico, lo jurídico y lo ético se expresan en un lenguaje de
la búsqueda que implica el campo de la afirmación y la de-
safirmación pronunciadas en el ensayo estético, etnohistórico,
jurídico, identitario y pedagógico.
4
Pues, no cabe duda de que los años noventa son herederos
de una ausencia de formalidad filosófica, que se produjo a partir
de la apertura democrática y el movimiento renovador.
La producción de Andrés Avelino, Juan Francisco Sánchez y
Armando Cordero, entre otros, no fue continuada por la gene-
ración posterior de pensadores, que en los años sesenta provocó
un viraje ideológico hacia el materialismo.
Ahora bien, los años noventa no sólo produjeron las grandes
reflexiones del Primer Congreso, sino que durante éstos se expre-
só la actividad filosófica en revistas y boletines. Cabe destacarse
Logos, Episteme y Academia, órganos de la Cátedra de Introducción
a la Filosofía, de Historia de la Filosofía y del Departamento,
respectivamente.
Volvamos a otros aspectos considerados de actualidad por
el Primer Congreso, que bajo el título de razones y sin razones
de los estudios filosóficos fueron tratados allí por los profesores
Luis F. Cruz y Rafael Morla.
4
Primer Congreso Dominicano de Filosofía. Memorias. Balance y utopía, p. 145.
Tomo II.indb 18 08/12/2009 08:28:13 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 19
El licenciado Luis F. Cruz señaló lo limitado del espacio de
cultivo de la filosofía, y echa de menos un movimiento agluti-
nante.
5

Para el Licenciado Rafael Morla, el enclaustramiento del
quehacer filosófico dominicano lo ha privado del contacto con
la sociedad, con lo vivo; en cambio, se ha refugiado en la historia
de la muerte de los sistemas filosóficos del pasado.
El profesor Morla es enfático en su postura cuando señala lo
siguiente:
Una de las causas profundas de la sin razón de la filosofía en
nuestros días, es que no ha trascendido el ámbito de lo pura-
mente académico.
Ella se ha quedado atrapada entre las paredes del aula. Una
filosofía así está imposibilitada para expresar el espíritu de una
época.
6

Hace cinco años que la actualidad del pensamiento filosó-
fico dominicano no sólo se pensó como balance, sino también
expresó las utopías.
El Dr. Odalís Pérez, en su ponencia antes nombrada, señaló
el carácter proyectivo de la filosofía dominicana con las palabras
siguientes:
Cabe señalar entonces que la filosofía actual es un proyecto,
memoria de una diferencia que no se estima en proceso ni
apertura, pero que tampoco se autocalifica en un sujeto res-
ponsable de una determinada perspectiva. Especulación, poe-
tización y ensayo garantizan una perspectiva que se distingue
en un orden propio de teoría, método y experiencia.
7
En el Primer Congreso Dominicano de Filosofía, el licen-
ciado Tomás Novas reflexionó acerca del papel del Instituto de
Investigaciones Filosóficas en la construcción de esa perspectiva
que coadyuve a construir un orden propio de teoría, método y
experiencia para el pensamiento filosófico dominicano.
5
«Razón y sin razón...», Primer Congreso Dominicano..., p. 152.
6
Ibídem, p. 149.
7
«Semiótica, Hermenéutica...», Primer Congreso Dominicano..., .
Tomo II.indb 19 08/12/2009 08:28:13 a.m.
20 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El profesor Tomás Novas señaló tres posibles líneas de inves-
tigación, a saber: a) Asumir al Instituto de Investigaciones Filosó-
ficas como uno de los ejes aglutinantes de las políticas de progra-
mas, proyectos y acciones del quehacer filosófico dominicano,
b) deslindar los territorios de la sistemática filosófica heredada y
definición de los campos de investigación, y c) la configuración
del perfil profesional del filósofo dominicano.
8
Cabe señalar que el proyecto Pensamiento Filosófico Do-
minicano marcha; que cinco años después de las profundas
reflexiones antes recordadas, los avances son significativos. Esta
jornada sobre la labor del Dr. Armando Cordero se constituye
de hecho en el pre-congreso del segundo congreso denominado
Filosofía, Identidad y Multiculturalismo que se celebrará en no-
viembre del año 2004. Además el milenio nos ha traído luces, allí
donde vimos sombras.
Las novedades del siglo XXI para el pensar filosófico domi-
nicano no sólo apuntan a la pluralidad de enfoques, tendencias
y corrientes filosóficas entre los filósofos dominicanos, sino que
indican que se acerca el momento de la producción de la obra
filosófica pura, sistemática y con características de contenido que
la hagan válida más allá de nuestra frontera.
IV. Los destellos del milenio
En el año 2001, la Sociedad Filosófica Andrés Avelino, publica
uno de sus órganos de difusión, se trata de la revista Arjé, que
bajo la dirección de Leonardo Díaz, Eulogio Silverio, Dustin
Muñoz y Edickson Minaya, tiene como objetivo expreso en su
página editorial:
Incentivar la divulgación y reflexión sobre los problemas
contemporáneos de la filosofía, mostrando alternativas a
perspectivas tradicionales de enfoques y solución de esos pro-
blemas, replanteamiento y esclarecimiento de los mismos, o
8
Tomás Novas, «Reflexiones acerca del Instituto de Investigaciones Filosófi-
cas y las posibles líneas de investigación», Primer Congreso ..., pp. 153-154.
Tomo II.indb 20 08/12/2009 08:28:14 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 21
simplemente, su descripción en el contexto de una tradición
determinada.
9
Este número trae el artículo de E. Minaya: «¿De qué habla
la filosofía, qué hacen los filósofos y para qué?», que el autor
desarrolla desde la tradición ilustrada europea y la metodología
de la hermenéutica. La filosofía la caracteriza como sigue:
Es un esfuerzo intelectual que trata de dar luminosidad al
hombre y a su mundo.
10

La Sociedad Filosófica Andrés Avelino saca otro órgano de
difusión, la revista Identidad, en el año 2002. En la dirección de
este proyecto editorial están Alejandro Arvelo, Eulogio Silverio
y Dustin Muñoz. En su página editorial las luces se manifiestan
aforísticamente: «El ser humano es el único animal que necesita
dar razón de su existencia». A seguidas, señala que surge a la vida
con el objeto expreso de dar cuenta de cómo somos, a dónde es-
tamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
11
Las luces o las
razones del pensamiento filosófico dominicano se expresan en
el año 2003 con la aparición de Paradigmas, revista de crítica fi-
losófica e investigación en humanidades, que es una publicación
del grupo Break, cuyo consejo directivo lo integran Leonardo
Díaz, Edickson Minaya y Marija Miric.
En la página editorial se anota que su aspiración es buscar
que se
posibilite la apertura hacia numerosos horizontes de interpre-
tación y sentido que constituyan a la configuación de nuevas
perspectivas filosóficas y humanistas en nuestra sociedad.
12
V. Conclusiones
Hablar del pensamiento filosófico dominicano desde los
registros históricos de sus eventos más significativos de la última
9
Arjé, Santo Domingo, No. III, 2001, p. 3.
10
P. 6.
11
Identidad, Santo Domingo, Año 1, No. 1, 2002, p. 2.
12
Paradigmas, Santo Domingo, Año I, No. 1, 2003, p. 4.
Tomo II.indb 21 08/12/2009 08:28:14 a.m.
22 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
década, obliga hoy a decir que el milenio III nos encuentra con
más luces que sombras. Estamos a la espera de dos utopías: la
obra sistemática, pura y de terminología propia, y una institu-
ción que aglutine el movimiento filosófico más allá del ámbito
académico, que luce aún disperso, como podría ser la creación
de una asociación de filósofos o de filosofía dominicana.
Tomo II.indb 22 08/12/2009 08:28:14 a.m.
– 23 –
FILOSOFÍA. LÓGICA. CIENCIA. PSICOLOGÍA
¿Es la Filosofía lo que ha sido siempre,
o podría ser de otro modo?
1
Joaquín Arismendi Robiou
2
Dos palabras
La publicación de estas páginas no obedecen a móvil ninguno
de vanidad.
Y aun cuando contrariemos la opinión del amigo que al
enterarse de la materia que nos ocupa, nos dice: Pero, Señor
Robiou, siento decirle que me parece oírle ya a la gente que
lea esto: ea! ponerse en estos momentos a perder el tiempo en
cosas como éstas cuando tiene uno la cabeza como un volcán y
el mundo lleno de tan graves problemas, que nadie sabe cómo
han de resolverse, por lo cual estas lecturas tienen hoy para uno
poco valor; aún contrariando esa opinión –repetimos– insistimos
en la publicación, porque ella no obstruirá la solución de tales
problemas ni la favorecerá.
Comprendemos, claro es, que no ha de caer en tierra fértil,
que el tiempo puede haber esterilizado. Y no es porque la ma-
teria repugne, sino porque es un hecho natural. Es fenómeno
que se observa en ciertas épocas de la historia. La caída de la
mentalidad actual es sólo un fenómeno de la caída de todos los
fenómenos de la vida en el actual período de su historia.
1
Joaquín Arismendi Robiou, ¿Es la filosofía lo que ha sido siempre, o podría ser
de otro modo?, Ciudad Trujillo, Imprenta A. B. C., C. por A., 1959, 55 pp.
2
J. Arismendi Robiou (1888-1964). Discípulo de Eugenio María de Hostos
y a éste dedica el ttabajo que aquí aparece (1959).
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24 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Ahora, si el hombre fuera menos egoísta, es decir, si mirara
hacia adentro menos de lo que ve para fuera, esto es, si fuera
para todos semejante a como lo es para sí, o dicho en otra forma,
si fuera más humano, no le abrumarían los problemas que tan
ponderosamente embargan hoy sus facultades.
Mientras el hombre siga, según los usos actuales, conocien-
do de la naturaleza únicamente aquello que ha de aprovechar
exclusivamente a fines privativos suyos, es decir, aquello en que
va a orientar su vida, vivirá distanciado del universo. Esa acti-
tud egoísta le impedirá conocer los fines de la Naturaleza que
continuará su curso a la vista de él, sin comprenderla, y cuando
ocurran fenómenos como los actuales, se asombrará de ellos,
que se le convertirán entonces en problemas para su mente.
Esos problemas, pues, no resultan más que del desconoci-
miento de los fenómenos con que se nos manifiesta en todo su
esplendor la Naturaleza. Cuando se conocen éstos o sus leyes, ese
conocimiento sugiere al hombre los recursos mentales propios
para orillar la situación que quisiere surgir. Por eso sería tan útil
el conocimiento de la Filosofía desde la adolescencia, porque
aun cuando el estado mental de ésta no esté aún en capacidad
de producir, y la materia en verdad corresponde a aquel período
de la vida de la madurez de la reflexión, adquiriría temprana-
mente el hábito de familiarizarse con los estados y fenómenos
de la vida de la Humanidad. Y cuando se hiciere universal este
conocimiento o estudio, podrían sin duda soslayarse muchas
situaciones dolorosas para la Humanidad.
Si al iniciarse la presente centuria, por tratarse de los últimos
cien años de la presente edad, se hubiera acudido a la Filosofía
interrogándosele acerca de los probables acontecimientos de los
que en su transcurso podíamos ser testigos, ella, de seguro, ha-
bría contestado: «Correrán ríos de sangre por su historia, como
corren sus aguas por sus terrenos desnivelados». De haberla
conocido a fondo, hubiera carecido de valor o no hubiera sido
formulada desde fines del siglo pasado esta predicción.
De haberla consultado, Alemania se habría abstenido, aun
ante el pretexto del asesinato del archiduque en Sarajevo, que
utilizó siempre, de lanzar una guerra contra sus vecinos, al haber
comprendido que su esfuerzo sería inútil, toda vez que conociera
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Filosofía dominicana: pasado y presente 25
que «su preponderancia en la historia terminaría ahora», y que
sería acusada por esa misma historia de dar el primer rudo golpe
a la civilización que ha de terminar con el siglo.
El mundo actual sabe mucho de muchas cosas, pero olvidó
consultar a tiempo esa fuente de los secretos del universo, que
lo hubiera puesto en el camino, si no de evitar, porque eso no se
podía, la producción de todos los fenómenos que estamos pre-
senciando, de limitar sin duda, con un esfuerzo mental y volitivo
apropiado, las dos contiendas armadas que han tenido lugar y
que junto con lo dolorosa pérdida de millones de almas, produ-
jeron el más grave daño al Derecho y a la Moral. Y recordando,
al entrar en el siglo, que el final de toda edad va acompañado de
estas dolorosas transformaciones y cambios, debió de estar pre-
parado para no dejar campo libre al desarrollo de la arbitrarie-
dad y del absolutismo político, como ha ocurrido, sino haberlo
mantenido contenido y en estrecha relación con él, para evitarle
a la Humanidad las zozobras que ha estado y está viviendo.
¿Es la filosofía lo que ha sido siempre,
o podría ser de otro modo?
Primera parte
Entre las varias definiciones que de la Filosofía se han dado, he-
mos escogido la formulada por una autoridad en la materia, por
más que hayamos notado en su contenido algo inexplicable para
nosotros.
Esta autoridad dice que «la pregunta de qué es la Filosofía
debe contestarse si no con una definición perentoria, por lo me-
nos con una delimitación provisional». Porque
esta pregunta tiene, sin embargo, su dificultad: todo intento de
dar una respuesta, aunque sea sólo un bosquejo aproximado,
del campo de la Filosofía o del filosofar, conduce a la entraña
misma de las discusiones filosóficas, a la lucha de opiniones y
orientaciones filosóficas. Como se ve por la etimología de la
palabra –continúa el autor– eso que llamamos Filosofía es, en
algún sentido, una búsqueda de la sabiduría y del conocimien-
to. La búsqueda de la sabiduría y del conocimiento, se verifica
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26 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
en la ciencia. Por consiguiente, la Filosofía sería una ciencia.
Pero, ¿ciencia de qué? Es costumbre distinguir las ciencias por
sus objetos: ¿Cuál es, pues, el objeto de la Filosofía? La pre-
gunta se muestra bien pronto como imposible de contestar,
porque evidentemente no existe objeto alguno que no pueda
convertirse en objeto de reflexión filosófica sobre el cual no se
pueda filosofar.
Pero, Ernst von Aster, filósofo, autor de lo transcrito, dice
luego,
solemos contraponer filosofía y ciencias particulares, lo cual
equivale a delimitarlas de esta manera: la Filosofía tiene por
objeto [aunque antes había dicho que era imposible fijar el
objeto de la filosofía] el conocimiento, no de las partes, sino
de la totalidad del universo.
Sin embargo, afirma más tarde, que es
una definición demasiado estrecha, el querer hacer de la Fi-
losofía simplemente la ciencia del universo o de la totalidad
del ser.
Precisamente, esa incongruencia manifiesta de que es el
conocimiento del universo el objeto de la Filosofía, y de que es
demasiado estrecha la definición que establece que es objeto de
la filosofía ese conocimiento, no nos ha permitido descubrir cuál
es la verdadera idea o el concepto que Von Aster tiene de la
Filosofía, y lo que también le ha impedido definirla.
Aunque se haya tenido a la Filosofía, tanto a la moderna
como a la tradicional, como un todo homogéneo, la misma difi-
cultad que ha encontrado el acucioso observador para definirla,
demuestra que lo ha sido a causa de la heterogénea naturaleza
de la materia.
En efecto, si la Filosofía fuera disciplina como cualquiera
de las ciencias ya definitivamente organizadas que existen, con
objetivo propio, podría con facilidad definírsela, como se define
toda ciencia; pero, en primer lugar, carece, como lo asevera el
filósofo citado, de objetivo propio, a pesar de que generalmente
se le considera como ciencia, y el mismo autor la llama «ciencia
de la filosofía», y en segundo lugar, su naturaleza diversa se opo-
ne a una propia concretación.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 27
¿Cuál es esa naturaleza?
En todo tiempo, desde la edad más remota hasta la presente
edad, la Filosofía ha presentado siempre la misma fisonomía,
el mismo carácter, la misma tendencia, ha sido siempre la mis-
ma; es decir, un conjunto de sistemas por medio de los cuales
abordó en todo momento el hombre los problemas de la vida
y la naturaleza. «Cada vez que pongo el pensamiento sobre una
cosa cualquiera de la Naturaleza, estoi filosofando», afirmó así
un filósofo de los mediados del siglo pasado; tal era su concepto
acerca de la Filosofía.
De ahí la millonada de filósofos con que ha contado el
mundo, superior al de especialistas en cualquiera de las otras
disciplinas conocidas. Porque de conformidad con este criterio,
cada hombre que ha dirigido su entendimiento al descubrimien-
to de la verdad en la investigación de algún hecho o fenómeno
natural, o de resolver alguna duda acerca de un hecho físico o
moral, esto es, cada pensador, tiene ganado el título de filósofo.
Bajo cierto punto de vista podría concedérsele razón, porque tal
honor podía considerarse como el premio moral al mérito de su
esfuerzo mental, esfuerzo que evidentemente lo distancia o lo
diferencia de aquellos otros seres incapacitados por su naturale-
za para la naturaleza de un esfuerzo igual. Por supuesto, no hay
duda de que esto sólo puede satisfacer a ciertos espíritus, porque
no daría seguramente satisfacción completa a aquella razón que
solo se paga de la universalidad.
Este individual o personal concepto de todos los fenómenos
visibles e invisibles de la Naturaleza y de la vida, ha sido causa
de la infinita cantidad de sistemas con que ha sido constituida
la Filosofía de todas partes y de todos los tiempos. Desde las
filosofías china e india antiguas, persa, arábiga y egipcia, hasta
la griega y greco-romana, incluyendo la filosofía particular y
nacional moderna europea, todas, todas presentan, aunque con
aparente fisonomía exterior semejante, diferencias en el fondo
sustanciales, que las alejan más y más del carácter científico que
en todo tiempo se le ha dado.
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28 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Filosofías antiguas
Hasta que llegue el momento de responder por nuestra parte
a la pregunta inicial de qué es Filosofía, respetaremos el con-
cepto tradicional que denomina Filosofía a todos los sistemas
doctrinarios o simplemente culturales, controvertidos o no, pero
aceptados como norma intelectual nacional, y llama filósofos a
todos los pensadores que han puesto todas las fuerzas de su en-
tendimiento en la interpretación o en la indagación de uno o
más fenómenos de cualquiera de las tres naturalezas.
Mientras tanto trataremos de indagar, en una manera de
revista relámpago, si ha tenido carácter científico la filosofía
antigua.
CHINA. Al penetrar en la China antigua, lo primero que
mueve el espíritu a una profunda admiración, es la sabiduría
de sus grandes moralistas. Laotsé primero, y Kungtsé (Con-
fucio), un poco más tarde, fueron los maestros y verdaderos
directores de la sociedad china de aquella época, sobre todo el
último es considerado como el legítimo modelador de aquella
sociedad. Verdad es que la moral de ninguno de los dos, que se
diferencia poco una de otra, ofrece carácter científico propio,
porque toda ella está constituida por preceptos y aforismos y
normas de conducta, tan humanos, tan profundos, que después
de veinticinco siglos, podrían servir para organizar la sociedad
de cualquiera edad de la humanidad, sociedad incipiente que
fuera, y por lo mismo no ya como la actual que ve con profundo
pesar cómo han entrado ya en descomposición los elementos
característicos de su moral.
Otros campos filosóficos chinos menos fecundos, menos
doctrinales que los anteriores, no ofrecen tampoco vestigios de
técnica científica por parte alguna.
INDIA. Al salir de la China y llegar a la India antigua, lo ha-
cemos menos esperanzados, porque llegamos con conocimiento
anticipado de que su Filosofía es eminentemente religiosa. En
efecto, su monumental obra los Vedas, que consta de varios
libros, no apacienta el entendimiento indagador que persigue
el descubrimiento de la verdad doctrinaria, el principio libre
acusador de elevada idea, del concepto propio de la finalidad de
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Filosofía dominicana: pasado y presente 29
la vida humana y de la responsabilidad del ser por todos los actos
que realiza en su relación con los demás seres, como se descubre
en los preceptos de la doctrina moral china.
Encuéntrense, sin embargo, en algunos de los himnos del
Rigveda, la tendencia a proponerse y querer resolver problemas
tan abstrusos como los de la formación del universo, del fenóme-
no de la vida y del origen de los dioses. Al menos se demuestra
que hubo entendimientos que se sintieron agitados por el ansia
de querer saber por qué existe lo que existe, que no pasaban en
el mundo como cosas, sino que sentían el interés de explicarse
cuanto les rodeaba, y por lo mismo, que no se sentían dominados,
de modo absoluto, por la idea religiosa, sino que propendían a
espaciar su pensamiento, a ponerlo en ejercicio sobre cuestiones
y problemas que serán para el hombre eternamente irresolubles
pero que vivirán, eternamente también, despertando en el espí-
ritu de todo ser reflexivo el más vivo interés.
Otro tanto ocurre con la llamada filosofía Sankya. El eje cen-
tral de esta filosofía es un arduo problema psicológico tan irreso-
luble como los anteriores. Plantea el problema de que el cuerpo
material perece, pero el espíritu sobrevive, se separa entonces
del cuerpo y va luego a encarnarse en otro cuerpo, sustentando,
de este modo, el doble problema de la inmortalidad de alma y el
de la trasmigración de las almas; problema este que fue desde la
más remota antigüedad, dogma religioso de la India.
Excepción hecha de estas interesantes cuestiones, la vida de
la India antigua se mueve alrededor del pensamiento religioso.
PERSIA. En otros pueblos, como en Persia, por ejemplo, no
se advierte aquella ansia, aquel afán que prima en otros pueblos
de su mismo tiempo y vecinos suyos, por querer explicarse cuanto
les rodea, o al menos, aquellos hechos o aquellos fenómenos que
más afectan la vida o llaman más poderosamente la atención,
pareciendo conformarse con la adoración de algo desconocido,
lejano, superior, inexplicable pero que lo presiente el espíritu, y
dándole forma exterior y coleccionando y ordenando cuanto su
mente concibe para rendir tributo de veneración esa fuerza, a
ese espíritu o ser, forma con todo ello el libro sagrado del pueblo
que llamó Zend-Avesta, obra esta cuya ordenación se atribuye a
un antiguo filósofo meda llamado Zoroastro.
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30 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
ARABIA. Los árabes no tuvieron una filosofía propiamente
nacional. Sus pensadores se acogieron al pensamiento de Aris-
tóteles y aceptaron sus teorías. Es más, su filosofía fue más bien
una mezcla de aristotelismo, platonismo y escolasticismo en que
se distinguieron mentalidades como la de Avicena y Averroes,
y antes que éstos Alfarabi que acogió, de modo incompleto, la
tradicional división de la Filosofía. Ya aquí a veces se usaba el vo-
cablo «ciencia», pero sin indicar específicamente de qué ciencia
se trataba, ni en ningún caso se dio a entender que se tenía cono-
cimiento de la naturaleza de la ciencia, sino más bien se daba tal
nombre a cualesquiera conocimientos, y eso, por supuesto, dista
mucho de lo que es verdadera ciencia.
EGIPTO. Otro tanto ocurre con Egipto, aunque en concepto
inferior, porque mientras los persas tenían la idea de una divini-
dad superior, éstos, los egipcios, tenían por objeto de veneración
los astros y los animales; y su llamada Filosofía era puramente
mitología, y las fuentes de su sabiduría residían en sus sacerdotes
que eran los intérpretes de sus divinidades, por medio de un sim-
bolismo la mayor parte de las veces inexplicable. Sin embargo, si
así fue en cuanto a ideas religiosas, y ésa fue toda su Filosofía, hay
que reconocer que por la necesidad que tuvo de disputarle al
Nilo las tierras que éste le arrebataba de tiempo en tiempo, llegó
a adquirir grandes conocimientos en geometría y a «realizar la
obra de drenaje más vasta y portentosa que ha llevado el hombre
a cabo desde que ha hecho uso de razón».
CALDEA. En los caldeos, con todo y la marcada inclinación
que mostraron siempre por la astronomía que cultivaron con
gran éxito, no se descubre ningún otro signo que revele especial
disposición en ellos por las labores del entendimiento.
FENICIA. A diferencia de los caldeos, los fenicios, por su es-
pecial estructura anímica, fueron un pueblo que privativamente
se ocupó de aquellos conocimientos que podían aplicarse a la
vida práctica, sobresaliendo, por eso, como industriales, comer-
ciantes y navegantes; no obstando esto tampoco, para que dejara
de ostentar figuras representativas del pensamiento puro como,
entre otros, Cadmo y el filósofo Mochus.
JUDEA. Como el industrioso pueblo fenicio, los judíos tam-
bién sintieron el ansia que aguijonea el espíritu y lo eleva por
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Filosofía dominicana: pasado y presente 31
encima del nivel común, y aunque no tuvieron una Filosofía
propia, sino que adoptaron como tal algunas de las doctrinas
aristotélicas, descolló entre ellos el célebre filósofo Moisés Mai-
mónides, quien llegó a idear una religión pura de la razón.
GRECIA. Vamos a llegar ahora al santuario del pensamiento
humano. Pero para llegar ahí, hay que ir sombrero en mano y
con paso lento al caminar, para no hollar con nuestras plantas la
tierra que la virtud racional de tanto sabio hizo sagrada. Iríamos
ante todo al Partenón, al célebre templo donde la mano mara-
villosa de Fidias simbolizó, con sus frisos, los votos de la fe de los
hijos de esta tierra ilustre. Allí han de rondar aún, como custodia
de su propia sabiduría y de su fe, las sombras de aquella legión
de pensadores eminentes, que llenó de gloria inmarcesible esta
nación. Allí podremos reconstruir mentalmente la historia más
noble en que han figurado los hombres como actores. Porque
en ninguna parte del mundo ha hecho el hombre uso mejor,
más noble y más ajustado a su propio destino, del entendimiento
que Dios puso en el cerebro del ser humano, que en esta tierra
feliz de la Grecia inmortal.
Allí evocaremos los nombres de los actores de esa historia,
sobre los cuales han pasado ya veinticuatro siglos y aún se pro-
nuncian con respeto y admiración.
En medio de la soledad y del silencio recogedor de este tem-
plo, pasmado el espíritu por la fuerte impresión al contemplar el
soberbio esplendor de la obra de Fidias, preguntamos: ¿adónde
está la obra de los sabios griegos?... ninguna voz responde a la
nuestra. Pero si de repente aparecieran las sombras de Sócrates
y Platón, que desde su Academia formulaban los preceptos de
moral para su pueblo, y se les preguntara por la sabiduría de sus
compatriotas, con seguridad contestarían: En nuestras Escuelas
está contenido todo el pensamiento heleno: en la Escuela Jónica
de Thales de Mileto, en la Itálica de Pitágoras, en la Eleática de
Xenófanes, en la de los Cínicos de Antístenes, en la Elíaca de
Phedon de Elis, en la de Megara de Euclides, Cirenaica de Aris-
tipo, en la Pirrónica de Pirron de Elea, en la de los epicúreos, en
la Estóica de Zenón de Citium, en la Academia vieja de Sócrates
y Platón, en la Academia media de Arcesilas y en la Academia
nueva de Carnéades.
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32 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
¡La más vasta y portentosa obra del pensamiento humano!
Sin embargo, el establecimientote de todas esas escuelas
sirvió solo para mantener dividido el pensamiento heleno sobre
la misma materia, cuando debió haberse pensado en fundar un
centro, una academia en cuyo seno, y por medio de reflexivas
discusiones, se hubieran acordado la mayor parte de los diversos
sistemas formulados sobre las mismas cuestiones, con fin de esta-
blecer principios afines en que descansara la doctrina que había
de constituir la filosofía griega.
No se hizo así y Grecia antigua pasó a la historia con un nu-
meroso cuerpo de filósofos eminentes, sin que la nación osten-
tara la posesión de una filosofía propia.
Desdichadamente, poderosos e invencibles obstáculos se
oponían a ello: sus sabios, por eminentes que fueran, no podían
pasar por encima de la estructura o de la organización íntima de
aquel pueblo.
No pudo formar nunca una unión duradera, por la misma di-
visión que existía dentro de cada ciudad. De murallas adentro
se odiaban los partidos opuestos más encarnizadamente que al
enemigo extranjero.
A no haber sido por este insalvable obstáculo, Grecia, que,
por lo que se ha dicho, fue el pueblo de la antigüedad de más
activa y profunda labor intelectual, con el pasmoso material de
la mente de que disponía, hubiera podido ofrecer al mundo un
cuerpo de doctrina con el cual hubiera contribuido a abrillantar
más aún el concepto doctrinario de la filosofía moderna, aunque
no pudo hacer de la suya lo que por la fuerza de su pensamiento
hubiera hecho bajo otras condiciones de organización social, y
aunque también, contándose después con estados sociales supe-
riores y organizaciones de todo género, tampoco ha hecho de
ella el hombre moderno lo que debía en el transcurso de tantos
siglos.
Por todo lo que antecede, se descubre que en parte alguna
de la antigüedad tuvo verdadero carácter científico la Filosofía.
Como allá, aquí tampoco lo ha tenido.
Sin entrar ahora, para demostrarlo, en la constitución pro-
pia de la ciencia, basta recordar que a todas las ciencias se les
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Filosofía dominicana: pasado y presente 33
distingue por la sola definición que de cada una de ellas se da;
en cambio a la Filosofía se le han dado diversas definiciones
desde que Aristóteles dijo que era «la ciencia de los principios»,
y el mundo con razón siguió repitiéndolo, porque decir así dos-
cientos y tantos años antes de Jesús, es como, por el supremo
avance de los conocimientos actuales, se dice hoy de esa materia.
Y aquella misma diversidad de definiciones, indica diversidad de
fines u objetivos, lo que es impropio, porque la ciencia, cada
ciencia tiene un solo objetivo o propósito y por lo mismo una
sola definición. Opónese además a su carácter científico su pro-
pia composición tradicional.
Porque aquello de Cicerón de que la Filosofía es la madre
de las ciencias, con lo que dijo por cierto una gran verdad, no lo
es, sin embargo, por el concepto con que lo afirmó. Díjolo inspi-
rando seguramente su expresión en la composición académica
de la Filosofía. Composición artificial antigua, que reunía unas
cuantas materias, carentes de la afinidad, íntima o semejante,
con la cual pudiera lograrse un todo homogéneo, armónico,
que permitiera constituirlo en ciencia, porque en verdad qué
semejanza o afinidad existe entre la Física y la Moral, entre la Psi-
cología y la Estética, entre esta y la Teodicea que una vez formó
parte de la Filosofía?
No hay duda de que esto influyera poderosamente en la opi-
nión de Hostos cuando afirmó que la Filosofía no es una ciencia,
definiéndola así: «Es el estudio de las causas en virtud de las cua-
les las cosas todas son como son».
3
Luego veremos si es posible
que la Filosofía pueda llegar a ser una ciencia.
Como la de la antigüedad, la Filosofía moderna es igual. Es
decir, es igual no en las ideas, en los principios que han sentado
sus pensadores, en la tendencia o en el pensamiento directriz,
sino que en su forma externa ha seguido el mismo patrón. Ayer
decíamos Filosofía china, indostánica, arábiga, griega, hoy de-
cimos Filosofía alemana, francesa, inglesa; ayer hablamos de la
Filosofía de los pensadores de aquellos tiempos, hoy hablamos
de la de los sabios modernos; lo que en cierto modo nos ha ex-
cusado de hacer con la moderna lo que hemos hecho con la
3
Ensayos didácticos, tomo II, p. 10.
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34 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
antigua. Porque tampoco ha sido propósito nuestro hacer una
historia comparada de la Filosofía, sino, como lo dijimos al prin-
cipio, una somera indagación de la antigua.
Pero mientras se esté atribuyendo a pueblos o naciones,
como a personalidades, la Filosofía, carecerá ésta de carácter
científico. La ciencia no es ni puede ser propiedad de nadie. No
siendo ella más que la interpretación de un orden cualquiera de
una de las tres naturalezas, no reconoce dueños ni nacionalidad.
De ahí que no sea propio decir física italiana, química alemana,
astronomía inglesa, como tampoco lo es en un individuo, a me-
nos que la vanidad le haya enfermado el entendimiento, decir
mi psicología, mi moral.
Sentado lo anterior, trataremos de ver ahora si el estudio de
la verdad nos proporciona una idea más exacta de la Filosofía.
Segunda parte
Allá por el siglo IV, hubo un sabio que dijo así: Verum est it quod est
(la verdad es lo que es).
Esta definición de la verdad, aunque no es perfectamente
correcta o exacta, es, sin embargo, susceptible de excusa y es
aún meritoria. Prodújose precisamente en aquellos primeros
siglos de esta edad en que terminaba una civilización, siglos tur-
bulentos, de luchas y persecuciones, que persistirían en tanto la
sociedad de entonces, en la iniciación de nueva vida, no pudiera
lograr su acomodo, período social este semejante a aquel otro
geológico, en el cual los grandes desprendimientos que ocurren
en los senos de la tierra, originan sacudidas de la superficie que
se suceden con intermitencia mientras las masas desprendidas
no logran acomodarse; y en aquel momento y en aquella vida en
que se estaba más por la seguridad personal, no parecía que pu-
diera haber un espíritu que tuviera el sosiego mental necesario
para las elucubraciones, las cosas abstractas o ideológicas.
Esto fue mérito de San Agustín, sabio que tanto preocupó su
mente con la noción, concepto o idea de la verdad, y que brilló
en el cielo de la Filosofía como brillan las estrellas en clara noche
estival.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 35
Pero en cuanto a su afirmación, es susceptible de dos aspec-
tos o significados. Por uno, cuando se dice que la verdad «es
lo que es», eso de «lo que es» puede interpretarse como si se
quisiera decir que la verdad es la verdad. Por otro aspecto, puede
significar: todo lo que hay, todo lo que existe. Ahora bien, no
puede pensarse que una mentalidad como aquella, cuyo vigor
intelectual le permitió ocuparse de estas cuestiones abstractas,
quisiera dar a su expresión un sentido como el de la modalidad
primera, por lo cual habría que descartarla, quedando definitiva-
mente la del segundo aspecto, es decir, que con la locución de es
lo que es, quiso expresar que es todo lo que existe. Pero, si considera-
mos la esencia de la definición que el pensador dio de la verdad,
hallaremos que la verdad y la realidad quedan confundidas,
serían la misma cosa. Porque eso de es lo que es, de la definición,
es lo que existe, es la realidad, y la verdad es otra cosa. Son cosas
distintas. La realidad es todo aquello que vemos, que tocamos y
que sin que lo que veamos y lo toquemos, tenemos la conciencia
de que existe, mientras que la verdad es la cualidad, la esencia
de la realidad. Podríamos decirlo de otro modo: es aquello que
después de atenta observación o experimentación cuidadosa,
descubrimos en la realidad.
El crítico más severo no podría acusar de falsa la definición
que nos ha servido de motivo de estas consideraciones, porque,
en primer lugar, habría que tener en cuenta que estamos a la dis-
tancia de quince siglos de su proclamación, y en segundo lugar,
que no se conocía entonces otro método para el descubrimiento
de la verdad, que el de la reflexión.
De inexcusable sí podría calificarse la afirmación de un fi-
lósofo español de la primera mitad del siglo XIX, tratadista de la
materia, quien enfáticamente dijo: «La verdad es la realidad». Y
lo afirmó cuando hacía ya tres siglos que, recomendado por el
sabio inglés Francisco Bacon, el método experimental se emplea-
ba para todos los descubrimientos. Solo por medio de estos dos
métodos, puede descubrirse la verdad; con el de la observación
para la realidad moral y con el de la experimentación para la
realidad material o física.
La verdad, tras la cual ha vivido el hombre de todas las épocas
de la historia, ha recibido distintas definiciones, caso específico
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36 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
este, que demuestra que no han satisfecho las producidas. Hostos
la definió así: La verdad es la razón o explicación de la realidad.
Fue, como acabamos de decir, objetivo de toda la antigüe-
dad, de todas las escuelas filosóficas y de todos los filósofos de
aquella época que no formaron escuela, la busca de la verdad,
pues en todo aquel período de la historia, solo se dio el caso de
Timon, discípulo de Pirron de Elea, que dijo tener diez motivos
para combatir toda la verdad. Pero, después todos, absolutamen-
te todos, solo señalaban y discutían la necesidad del hombre de
ir tras la verdad.
Claramente se ve por esto, que es afán del espíritu humano
el buscar por todos los medios la verdad, pan del espíritu, como
busca el pan material para el cuerpo. Pero no eran aquellos
tiempos propicios para el descubrimiento de la verdad, no por
los tiempos mismos ni porque la verdad estuviera en un pozo
profundo a cuyo fondo no podía llegarse, según la afirmación
de Demócrito, sino porque entonces no se disponía, como se
dispone hoy, de los medios que conducen a ella. El hombre de
aquella época se vio en presencia de las mismas realidades que el
hombre actual, pero la realidad solo abre su seno para mostrar
las verdades que atesora, no al soñador, ni al iluso, ni al tímido,
ni al que canta su belleza en la diversidad de colores con que
la luz tornasola el aire y el cielo, en tardes serenas en que el sol
declina, sino al atrevido que abre, que descuartiza el vientre de la
realidad, fecundo como el de Hécuba, y cuando la empuña dice:
¡Aquí está la verdad!
El hombre antiguo no podía sentir esa satisfacción, porque
solo contaba con un medio para realizar sus investigaciones, y
no era ese medio el que mejor podía conducirlo a la obtención
de la verdad. El medio o instrumento de que disponía para
aquella labor, era la reflexión, y ésta solo podía auxiliarlo en el
tratamiento de una sola clase de realidad, de la realidad moral,
porque es resorte ineficaz al abordar la realidad material. Para
obtener de ésta la verdad que se persigue, hay que tratarla expe-
rimentalmente.
Al estudiarse la realidad inmaterial o moral, el filósofo podía
extenderse en consideraciones, conceptos y opiniones sobre
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Filosofía dominicana: pasado y presente 37
hechos o fenómenos que, como no son visibles, no pueden com-
probarse, pasando entonces como pensador que había acertado
en el descubrimiento de la verdad.
Y como cada cual tiene el derecho de pensar de conformidad
a como ve, y considera los hechos y fenómenos de la realidad
moral, resulta de aquí, como resultó, una multitud de sistemas
que, sin haber dado con la verdad como en ciertos casos se vio,
constituyeron la Filosofía antigua.
En cambio, sometida la realidad material a un examen expe-
rimental por los medios que el hombre actual tiene a su alcance,
acierta a descubrir la verdad que ha estado enriqueciendo el
acervo de toda ciencia.
Cuando más alto ha pensado el hombre, mayor devoción ha
sentido por la verdad. Ella hizo exclamar a Hostos así:
...dadme la verdad y os daré el mundo, que yo con la verdad,
con solo la verdad reconstruiré el mundo tantas veces cuantas
haya sido destruido.
La verdad como esencia de la naturaleza que es, como espí-
ritu de lo cognoscible es el fundamento de aquellos principios
que ordenan o regulan las relaciones sociales, el fundamento de
las leyes que dirigen los movimientos de los millones de soles y
mundos que hormiguean en el espacio, y de aquellas otras leyes
que rigen los destinos del infinito.
Todo está hecho con la materialización de la verdad: el mun-
do material y el mundo moral son obra suya. Nuestros pensa-
mientos, nuestras ideas, los delicados sentimientos de nuestra
alma, al proclamar la excelencia de nuestro ser moral, viven
demostrando la verdad de la existencia de la verdad.
La verdad ha querido hacer feliz al hombre, pero no lo ha
podido, porque si muchos hombres hay que buscan la verdad
por amor a ella, muchísimos más los hay que la buscan con
propósito utilitario. El hombre ha hecho de la verdad lo que ha
hecho de la vida: un triste comercio, y a la vida la ha convertido,
además, en campo de placer, no siempre sano, sin pensar que
como condición que es de ser racional, la vida se le ha dado para
que cumpliera con la misión moral que Dios le impuso del deber
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que tiene de ser virtuoso, de ser bueno consigo mismo y con los
demás hombres.
Tercera parte
La verdad es a la ciencia lo que la célula es a los cuerpos orgá-
nicos. No hay verdad que no esté catalogada en alguna de las
ciencias conocidas. Ella es el elemento único de la estructura de
toda ciencia. En parte alguna refulge tanto el brillo de la verdad
como en el seno de la ciencia misma que forma ella. Como de la
ciencia, la verdad es también fundamento de la ley, toda vez que
ésta, a su vez, es el fundamento de toda ciencia.
Cuando se observan cuidadosamente las funciones o los fenó-
menos de cualquier orden de la Naturaleza y llega a descubrirse
una perfecta regularidad y una periodicidad exacta y constante
en la marcha de toda la función, como si obedeciera a una mis-
ma fuerza o a un solo impulso, se dice que se ha dado con la ley a
que obedece la vida de dicho orden. Por eso podemos decir que
Ley es la fuerza que regula la marcha de la función de un orden
natural, que se manifiesta siempre en hechos permanentes y en
fenómenos de marcada periodicidad. Se multiplica como serie
de fenómenos iguales se producen en el universo. Está presente,
por tal motivo, adondequiera que se produce un fenómeno o
tiene lugar un hecho natural cualquiera. Es la ley natural, la
ordenadora de los fenómenos del universo, como la ley positiva
es la reguladora de los actos civiles y políticos de la sociedad.
De ahí que a la ley deba considerársela como eje inmaterial
del universo, como la espina dorsal es el eje material de los seres
vertebrados. Por su mandato se efectúan todos los fenómenos de
la naturaleza física que viven provocando nuestra admiración,
todos los actos sociales en la generalidad de los cuales figuramos
como actores, todos los hechos intelectuales que producimos
nosotros mismos, todas las prácticas morales que nos señala el
deber.
La ley es eje también de la ciencia. Porque si ésta es expre-
sión de uno cualquiera de los órdenes de la Naturaleza, tiene
que estar sometida a la ley como otra parte cualquiera, hecho
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Filosofía dominicana: pasado y presente 39
o fenómeno de la Naturaleza. Por eso, ninguna porción de co-
nocimientos o ninguna cantidad de verdades que no haya sido
real y positivamente sistematizada, vale decir, descubierta la ley o
las leyes que la rigen, no puede calificársela como ciencia. Para
serlo habría necesidad de que mostrara: 1º el nervio, el eje, es
decir, la ley, y 2º el orden a que pertenece.
Como en el caso de la verdad y la ley, cada ley o leyes seme-
jantes productoras de los mismos efectos, constituyen un orden
natural.
Orden es, por ejemplo, aquel bajo cuyo imperio se producen
cambios y transformaciones esenciales en la materia que la Quí-
mica estudia.
Orden es también, aquel por el cual se observan ciertos fenó-
menos, condiciones y cualidades de la materia sin sufrir altera-
ciones en su composición, de que se encarga la Física.
Es orden, asimismo, el conjunto de funciones de nuestro
organismo, objeto de la Fisiología.
Orden, los actos todos de la vida de la sociedad, que investiga
la Sociología.
Orden, la cantidad de fenómenos que se observan en el es-
pacio en donde radican los mundos que estudia la Astronomía,
etcétera.
Ahora bien, como todo orden estudiado por la ciencia, está
constituido, como acabamos de decir, por leyes naturales, pode-
mos intentar ya definir mejor la ciencia, diciendo que es el estu-
dio de las leyes que rigen un orden cualquiera de la Naturaleza.
Ésta es la ciencia que es parte integrante de la sabiduría. Pero,
¿qué denominación daremos, entonces, al estudio de todas las
leyes a cuyo imperio están sometidos todos los órdenes parciales
de la Naturaleza constitutivos del orden universal?
A cualquier persona culta podía ocurrírsele decirlo. Ha es-
tado sonando al oído de todo hombre por toda la Historia, y su
derivado lo hizo celebre Pitágoras, cuando al decírsele que era
un Sofio(sabio), humildemente dijo que él era un philosophos
(filósofo, etimológicamente, amante de la sabiduría). El vocablo
original, es, pues, Filosofía.
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40 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Oportuno es el momento de dar, como lo habíamos prome-
tido, nuestra definición de la Filosofía.
Para acordar la definición al propósito o a la aspiración de la
etimología, tendríamos que decir que filosofía es el estudio de
las leyes que constituyen cuantos órdenes primarios entran en la
formación del Orden Universal.
Lo es así, porque en primer término si el propósito que hubo
al denominar este estudio con el vocablo de Filosofía (amor a
la sabiduría) fue el de la universalidad del saber, con ninguna
otra forma nos parece que se expresa mejor que con la anterior;
en segundo término, porque la definición propuesta abarca el
contenido de todas las ciencias, toda vez que cada orden natural
es objeto esencial de una ciencia.
De modo, que si la Filosofía es –como lo es– lo que hemos
dicho, y el estudio de los órdenes naturales o de sus leyes es el
objeto privativo de las ciencias, la Filosofía es, por eso, también,
el estudio de las ciencias. Por lo cual hay razón sobrada para
llamarla –ahora no antes– la ciencia madre o la ciencia de las
ciencias.
Es inexplicable que si etimológicamente la Filosofía es ami-
ga, según unos, y amante, según otros, de la sabiduría (porque
el término philo lo traducen, unas veces por amistad y otras por
amor), se la haya tenido por siglos contenida en tan estrecho
círculo, sin evolución favorable ninguna o reducida a un míni-
mo de la sabiduría.
Porque hacer consistir la Filosofía en un cuerpo de cinco
o seis materias (la Física y la Metafísica con sus compartes la
Ética, Estética, Psicología y la Lógica), es haber querido llevar
a su extremo inferior la aspiración que se quiso consagrar con
la acepción etimológica del vocablo. Composición antigua que
para su época pudo estar bien, porque entonces no se tenía co-
nocimiento de la estructura de la ciencia, y eso mismo hizo que
no pudiera resistir el empuje de nuevas ideas, como resultó de
los principios sentados por Francisco Bacon, que dieron lugar a
la separación de la Física y luego de la Teodicea, después que se
comprendio que las cuestiones que estudia esta última materia,
están fuera del círculo de facultades de nuestra razón. Así ha ido
Tomo II.indb 40 08/12/2009 08:28:15 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 41
perdiendo partes, al extremo de que hay países como Chile, por
ejemplo, «en donde la Filosofía está reducida al estudio de la
Lógica con algo de Psicología». Hoy las disciplinas de su estudio
las forman materias de carácter metafísico, constituyendo todo
una Filosofía puramente moral.
Tampoco ha sido posible comprender cómo en la segunda
mitad del siglo pasado, del Siglo de Oro, como se le llamó, que
tan grandes pensadores tuvo, no se pensó en hacer de la Filoso-
fía, tan importante y noble como es, una ciencia. Si se hubiera
pensado en ello, pudo haberse dispuesto del tiempo necesario
para preparar la celebración de una asamblea, en cualquiera de
las principales capitales del mundo, de sabios especializados en
cada ciencia, que así de su extensa y ardua labor, hubiera surgido
la ciencia de la Filosofía tal como se ha explicado.
No habría que dudar, que de alguna parte surgiera alguna
voz (que no sería probablemente la de un filósofo) para expre-
sar la opinión de que si la vida de un hombre es corta, mui corta
para el dominio completo de una cualquiera de las ciencias que
formarían parte de esa ciencia de la Filosofía o ciencia Universal,
mucho más lo sería para un estudio serio de esta obra. A esto,
sin embargo, podría objetársele que no sería esa una obra como
aquellas en las que se estudia el contenido de cualquier ciencia.
Ésta sería una obra de consulta, que vendría a ser para la ciencia,
algo así como los son los diccionarios para los idiomas. Con ella,
además, se satisfaría de modo cabal, la etimología del vocablo:
Amor a la sabiduría.
Pero de no haberse llevado a cabo tal obra, tampoco podría
tener lugar ya. Estamos pasando la segunda mitad del siglo, más
o menos como pasamos la primera, esto es, en un incesante for-
cejeo que nos permita sostenernos en pie.
Ya se ha perdido mucho, muchísimo, de aquel intenso placer
que se sintió por la lectura, ya como un pasatiempo matador
del tedio que producen los ocios, ya como un estimulante de la
reflexión. Tal vez éste, como otros muchos de los fenómenos que
está produciendo la formidable erupción cósmica que pesa tan
abrumadoramente sobre la Tierra, junto con los efectos físicos
que presenciamos con las repetidas inundaciones, terremotos
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42 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
y erupciones, está produciendo en la sociedad la ruptura del
equilibrio con que ha mantenido la serenidad mental, el respeto
al derecho, a la libertad y demás atributos de la personalidad hu-
mana, habiendo sido la causante directa de las dos grandes con-
flagraciones militares de los años 14 y 39 de este siglo; y decimos
así para dejar establecida da tal modo la verdad y no entre líneas,
con perdón de la memoria de su Santidad Pío XII, predicador
insigne que fue de la paz entre los hombres, quien unos meses
antes de morir declaró que «la Iglesia rechaza toda doctrina que
considere la guerra como efecto necesario de fuerza cósmica
etc.»,
4
porque, al formular su notable declaración, él olvidó lo
que con seguridad conocía mejor que nosotros, que uno de los
dos, Dios o la Naturaleza, descarga sobre el universo cada dos
mil años (y estamos en ellos) su tremenda carga de fenómenos y
hechos que causan la destrucción de los imperios, y la ruina de
las civilizaciones, cambiando la faz de los mundos. Y no serían,
con todo, aquéllas las únicas contiendas: la guerra estará amena-
zando continuamente al mundo, mientras la civilización actual
esté en pie, por lo cual el alma de la Humanidad suspira porque
la mano de Dios toque la frente de los hombres para que con
juicio éstos, entonces, desvíen el golpe que pudiera producir la
catástrofe universal.
Dentro de algunas décadas, entrará la Humanidad en su
nueva edad, que comenzará al terminar el año 2000 y princi-
pie el siglo veintiuno, mientras la edad presente está empeñada
en ofrecer a la Historia el informe de sus actos en estos veinte
siglos; y si cuando hubieren transcurrido diez o doce siglos de
aquella, no surge alguna mentalidad de las que habrán de for-
marse entonces a quien le diere la ocurrencia que hemos tenido
nosotros, y se esforzare en hacerla práctica, no habremos hecho
cosa de valor ninguno y seguiremos filosofando a la manera de
aquél que dijo
Cada vez que pongo el pensamiento sobre una cosa cualquiera
de la Naturaleza, estoy filosofando.
4
El Caribe, diario dominicano, mayo 23 de 1958. Ciudad del Vaticano, mayo
22, 1958.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 43
De todo un poco
La vida de la Humanidad guarda semejanzas notables con la vida
del individuo, que es el elemento constitutivo suyo. Las etapas
o períodos de la vida de éste son como los períodos o etapas
de la vida del ser social. Como la infancia, la adolescencia, la
juventud y la vejez del hombre, así es la infancia, la adolescencia,
la juventud y la vejez de la sociedad. La inconsciencia de los actos
infantiles que solo obedecen a impulsos mecánicos o reflejos, es
como aquellos tres o cuatro primeros siglos de la humanidad,
época de irresolución, de la vida casi nómada, sin gustos, sin aspi-
raciones de dejar hacer. La adolescencia, en una como en otro,
es el período de los sueños, del vuelo de la fantasía, del impulso
más que del juicio, de los arrestos marciales. La juventud, allá
como aquí, es el estado de la reflexión, del orden del método,
de las aspiraciones, del lucro, de las empresas de todo género, de
los descubrimientos e invenciones.
El cuarto y último período de la vida es la vejez. Por la mis-
ma escala por la que se asciende en la infancia, en la vejez, se
desciende. Es el período que corresponde, en el hombre, de los
setenta años en adelante; en la sociedad, de los mil novecientos
y siguientes.
Princípiase entonces a sentirse la flacidez de la estructura
muscular, la disminución de las fuerzas, la falta del equilibrio,
la inseguridad, la falta de penetración o agudeza mental, el afi-
namiento de los sentimientos en el individuo; en la sociedad,
la decadencia de aquellos hábitos que fueron expresión de fina
cultura y de esmerada urbanidad, de aquellas costumbres que
denotaron en todo momento perfecta disciplina y estricta ob-
servancia de los más puros principios morales, la negligencia en
el estricto cumplimiento del deber, la poca firmeza en la vida de
relación de la sociedad como entre los Estados por la ya fuerza
negativa del Derecho.
Cuando el individuo llega a aquel estado, ha terminado para
él su función como elemento activo de la Naturaleza y de la so-
ciedad; cuando la sociedad llega al estado que acaba de descri-
birse, ha concluido para ella también la función civilizadora que
le encomendó la Historia.
Tomo II.indb 43 08/12/2009 08:28:15 a.m.
44 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Cuando todavía no asoman en los horizontes de la vida social
los primeros signos de decadencia, ya la Naturaleza ha comen-
zado a preparar la función de la sucesión. Aparece entonces
por cualquier parte una voz proclamando, como norma, como
principio o como doctrina, la vida de colaboración entre los
hombres para beneficio y bien de los mismos. Es la anunciación
del socialismo
Es éste, en efecto, el período de la vida social en que apa-
rece el socialismo, el que la Naturaleza, no el hombre, prepara
para el desenvolvimiento de la vida de la sociedad en el período
caracterizado como infancia de la Humanidad. Este socialismo
no es un fenómeno, ni una función sino un estado, uno de los
dos estados extremos de la Humanidad, en el cual desenvuelve
su vida como puede durante los primeros siglos de la edad; de
la próxima diremos que dará comienzo cuando termine el siglo
actual. Este socialismo irá luego disminuyendo a medida en que
vayan transcurriendo los primeros siglos, si la civilización actual
termina por el desgaste o la descomposición natural de sus ele-
mentos constitutivos, en lo cual está ya bastante avanzada; que si
por desgracia terminara por la acción de una contienda armada,
que sería la tercera y última, ese socialismo entonces se tornaría
en comunismo, en el verdadero, que es el comunismo natural o
sea la vida común. I las porciones aisladas de la sociedad que re-
sultaran de la lucha, llevarían al principio una vida casi nómada,
sin guías, sin orientación, sin aspiraciones, sin propósitos fijos y
de continuas migraciones.
Hemos dicho que dos son los estados extremos de la Humani-
dad: el socialismo que acabamos de ver, es uno, y el otro es el
individualismo. Así como aquél corresponde a los primeros si-
glos de toda edad, siglos que han sido caracterizados como de la
infancia de la Humanidad, porque se piensa que ya para enton-
ces la civilización de la edad anterior ha terminado, y el esfuerzo
de todo género que se haga, material o mental, es considerado
como inicio de nueva civilización; así el estado del individualis-
mo corresponde a los siglos medios y siguientes en que se piensa
que ya la sociedad es adulta. Distínguese este estado en el uso
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Filosofía dominicana: pasado y presente 45
personal y libre que de todas sus facultades y disposiciones natu-
rales hace el hombre en provecho propio.
En el universo nada es igual a nada: todo es distinto o dife-
rente: una gota de agua no es igual sino semejante a otra gota,
dicen los físicos. La desigualdad es una ley universal. Por eso en
la sociedad, no hay un hombre igual a otro hombre. Todos se
parecen, pero todos son distintos.
De ahí que aprovechando o ejercitando cada cual las facul-
tades que los distinguen, las dirijan unos a la ciencia, otros a las
artes, éstos a la industria, aquéllos al comercio.
Es, pues, en esto en lo que estriba definitivamente el indivi-
dualismo: en la libertad que se ha conquistado el hombre para
hacer uso de todas las facultades de que está dotado, de todos los
derechos inherentes a su personalidad y en el poder que estas
condiciones dan a su espíritu, para con absoluta libertad dirigir
sus pasos adonde quiera y sin permitir que se le absorba y se le
anule como lo pretende un socialismo que no es el natural.
El comunismo actual no es el comunismo, ni puede haberlo a
pesar de la manifiesta decadencia de nuestra civilización. Nin-
gún pueblo de la Tierra está en estos momentos en condiciones
de tener que soportar situación tan extrema.
Los únicos pueblos que podían, al término de la civilización
actual o que con su actitud terminaran con ella, adoptar el socia-
lismo natural, son los del oriente europeo, por ser ellos los que
constituyen la última parte de la raza que señaló el rumbo de las
tres últimas civilizaciones; y no hay que dudar que tal fuera el
propósito del que allá por el año 17 principiara a dar nueva or-
ganización a la sociedad rusa; pero no para llamarse comunista a
menos que se ignorara la legítima acepción del vocablo, aunque
ya Rodek, director que fue del periódico ruso Yzvestia, se lo dijo
una vez: «El comunismo es la vida común que nada tiene que ver
con el Estado ni con su política». Y allí no hay ni nunca hubo
eso. Lo que allí hay es un régimen político en que han quedado
absorbidos sociedad e individuo con el nombre de socialismo
por haber sido adoptadas las ideas que desde mediados del siglo
pasado proclamó Karl Marx.
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46 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Pero no es éste el socialismo que convenía a un pueblo que
pretendía orientar una civilización, sino el natural que toma al
individuo en su valor intrínseco, como elemento generador que
al evolucionar forma el primer grupo social, la familia, y ésta en
su extensión, forma el segundo grupo, la sociedad regional, con
efectivas relaciones recíprocas.
Ha habido la errónea costumbre de confundir el colectivis-
mo con el comunismo. Son dos cosas distintas. El colectivismo
es la operación de que se vale el socialismo natural para atender
a las necesidades de la triple vida física, moral e intelectual del
hombre. Es operación que solo se práctica en la infancia de la
sociedad o cuando al término de una civilización, hay que dar
principio a una nueva organización social. Toman parte en esa
labor todos los elementos humanos según su capacidad o pre-
paración y en el instante de la producción, para atender cada
cual a sus necesidades, usan el trueque, sencilla operación con
la cual se inicia la escala económica, que, con el transcurso del
tiempo, va desarrollándose hasta establecer las leyes en que se
fundamenta la economía universal. El colectivismo no es, pues,
operación que impone autoridad ninguna, sino que surge es-
pontáneamente como consecuencia de un estado social, aunque
sí puede regularizarlo y auxiliarlo una autoridad superior.
Nada nuevo tenemos que agregar a lo ya dicho respecto
al comunismo, a no ser que quisiéramos establecer la notable
diferencia que existe entre él y el colectivismo. Comúnmente
se acostumbra llamar comunistas a los pueblos que han tenido
que usar, para el desenvolvimiento de su vida, el colectivismo.
Pero esto es un error. Los pueblos que usan el colectivismo son
sociedades en estado de organización, que saben lo que hacen y
que generalmente conocen a dónde van. El comunismo por el
contrario, y como veremos después, no es de sociedad sino de
restos de ella, que no tiene gobierno, ni autoridad ninguna, que
no sabe a dónde ha de dirigir sus pasos y en donde el individuo
vive de lo que encuentra y si algo adquiere es tan de todos como
suyo. Por eso no debe confundirse lo uno con lo otro.
El comunismo puede solo tener lugar en los casos de for-
midables guerras universales que diezmen la sociedad en forma
tal, que los restos de ella que resulten de la lucha, se vean en la
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Filosofía dominicana: pasado y presente 47
necesidad de vivir en común, para abrigarse y defenderse mu-
tuamente, y disponer para las necesidades de la vida de lo que
haya o de lo que aparezca. El comunismo es, por eso, el extre-
mo desesperado del socialismo natural. Pudo haber existido de
modo formal en la prehistoria de la Humanidad; pero la historia
positiva de estas cuatro edades que el hombre ha tenido concien-
cia de vivir, solo consigna la vida nómada de ciertas tribus, que
no es propiamente el comunismo, aunque por su primitivismo
y forma de la vida haya de considerársele una forma de él. La
tribu es la agrupación de individuos semi-salvajes, que no tiene
más propósito que el de errar, hasta que por fin da o encuentra
el lugar donde radicarse; el comunismo lo realizan o lo viven
porciones de sociedad a quienes se lo impuso la fatalidad de los
sucesos históricos.
La función natural e histórica de toda civilización es de veinte
siglos. Al terminar la actual, la Humanidad vuelve a su estado de
socialismo que le permite realizar los actos de su vida vegetativa,
por medio del esfuerzo de todos, en colaboración o colectiva-
mente. Es la vida natural y sencilla, material o física, en la que
si todavía no aguijonean el espíritu las aspiraciones, tampoco lo
mortifican las preocupaciones. En esa labor común trabajan por
igual preparados e impreparados, inteligentes y escasos; pero
después de transcurrido algún tiempo que por necesidad ha de
ser largo, y los más vivos, los mejor preparados y los de inteligen-
cia más activa por consecuencia de la natural desigualdad de los
seres, descubren que su labor es superior a la de los demás y su
producción más abundante, piensan que el fruto de su trabajo
beneficia a otros más que a sí mismos, dicen independizarse
poco a poco para de ese modo recoger ellos todo el fruto de su
esfuerzo.
Al recobrar su independencia, cada cual se dirige a lo suyo:
el mecánico, al taller; el industrial, a la fábrica; el comerciante, a
los negocios; el agricultor, a su campo; el maestro, a la escuela; el
artista, al pincel o al pentagrama; el político, a las funciones del
Estado; el escritor, a su mesa de trabajo; el pensador, al descubri-
miento de las verdades con que ha de hacer más racional y más
humano a todos los hombres.
Tomo II.indb 47 08/12/2009 08:28:15 a.m.
48 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Aparecen entonces todos los propósitos junto con todos sus
problemas, todos los sueños de grandeza con todos los anhelos
de poseer, todas las ilusiones con todas las aspiraciones, todo el
amor a los triunfos y a la gloria con las ansias de saber.
Pero ya así el individualismo le ha marcado su sendero a cada
uno, efectuándose lo que podríamos llamar capitalización de es-
fuerzos, de energías, de ideas, de intenciones, de propósito, de
economía, distinguido este último con la denominación especial
de capitalismo, por lo cual no viene éste a ser más que la conse-
cuencia del ejercicio de un estado natural de la Humanidad. El
es, pues, una función del individualismo, como el colectivismo lo
es del socialismo. Con la sola diferencia de tiempo: que mientras
con éste principia toda civilización, termina con aquél.
A primera vista podrían parecer injustos cualesquiera ata-
ques que se hiciera el capitalismo al pensarse que él es, como
hemos dicho, la natural, legítima consecuencia de un estado de
la sociedad, es decir, del uso, aprovechamiento o empleo de las
facultades naturales del individuo; pero sus vicios, sus abusos y
todos sus excesos le han hecho merecedor de todo cuanto se
ha hecho y se ha dicho de él y contra él, sobre todo de su gran
pecado, del cual no podría redimirse: de su falta de visión o de
honesto propósito de que lo acusa el abismo que ha estableci-
do entre él y el trabajo. Si en lugar de proceder así, evitando el
doloroso espectáculo de la humillante situación del trabajo y de
su arrogante postura ante éste, hubiera advertido que el trabajo
era y es su natural y verdadero asociado que participaría propor-
cionalmente de los beneficios de la labor común, otra sería, y
no la que es, la relación entre esos dos factores necesarios de la
producción de la riqueza.
Naturalmente, esa relación de los distintos grupos sociales de
abajo, del medio y de arriba, sería entonces relación de armonía,
de paz.
El socialismo actual no es el verdadero socialismo. Pero antes
diremos mejor así: en lugar de uno como efectivamente lo es,
tres son las formas de socialismo existentes. El socialismo natural
es uno, el de los países occidentales es otro, y el de los pueblos
orientales de Europa otro. El primero es aquel con el que la Na-
Tomo II.indb 48 08/12/2009 08:28:15 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 49
turaleza favorece el desenvolvimiento de la vida de la sociedad
en sus primeros tiempos; un estado por el cual ha de pasar la
humanidad periódicamente, cada dos mil años; el segundo es
sistema opuesto en sus tendencias y fines al individualismo. La
sociedad es el ser; el individuo que es su elemento constitutivo
no es tomado en cuenta. Todo debe ser hecho por el grupo y
para el grupo, y toda posición, todo propósito, toda aspiración,
todo ideal, ansiado y perseguido por él y para él; un remedo
del socialismo natural convertido en sistema por el cual vivirá
el espíritu del hombre suspirando por la realización de su ideal
irrealizable.
La última forma del socialismo es la implantada a principios
del siglo, que presenta su exterior en forma primitiva, pero solo
el exterior.
Cuando dijimos que el actual no es el verdadero socialismo, a
quisimos aludir al que implantó en su nombre el método colecti-
vista; y no al verdadero, repetimos, porque en lugar de beneficiar
con su producto a los colectivados, como debía, el beneficiado
es el Estado. El oficio de la máquina, que trabaja solo para su
dueño: se la alimenta, por supuesto, para que funcione bien; al
individuo allí se le da su pienso, claro está, para que haga bien su
trabajo. Por esta manera singular de practicar dicho método, los
colectivados aparentan la forma parecida de la esclavitud.
Sólo la Naturaleza hace siempre bien lo que hace: a la caída
de toda civilización, iníciase una nueva edad, siéntese en ella
desorientada la sociedad, sin rumbo ni propósitos fijos, y en
situación tal solo individualidades aisladas podrían encontrar los
medios de subvenir a las necesidades de su organismo; la sociedad
en conjunto atormentada con las preocupaciones de su estado,
no ve claridad ni horizonte por parte alguna, pero la Naturaleza
entonces acude en su ayuda y para satisfacer sus necesidades físi-
cas, morales e intelectuales, inspira al hombre en la organización
de las labores comunes de modo tal que el producto obtenido
beneficie a todos por igual, y que todo propósito, todo objetivo,
toda aspiración, todo ideal sea común a todos, y todos luchen
por su realización, quedando organizada así la sociedad y defini-
do de tal manera el socialismo como primer estado social.
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50 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El hombre, queriendo seguir los pasos de la Naturaleza, idea
un socialismo de tendencias semejantes al anterior, meritorio
por su propósito y sus fines, pero sin tomar en cuenta que mien-
tras aquél es por término o duración más o menos limitado, de
conformidad a las diversas etapas de la vida social, éste es, por el
contrario, por término indefinido o sin limitación en el tiempo
y aplicable a cualquier estado o situación social, contrario por
necesidad como lo es, a la ley de la vida o a aquellas etapas de la
existencia.
El sistema o doctrina adoptado por los pueblos del oriente
europeo, ha sido el preconizado por Karl Marx, que no llegó
a ver cómo al lado de la implantación de su doctrina, se come-
tían los crímenes que la moral de todas las épocas habrá de
condenar.
Esta doctrina encontró en el publicista italiano Enrique Ferri
un comentarista tan entusiasta, que después de emplear tiempo
y largo esfuerzo mental en buscarle a ese socialismo las que él
llamó conexiones naturales con el darwinismo y con el evolucio-
nismo de Spencer, se atrevió, por complacer las teorías de Marx
respecto a su crítica de la Economía Política, a afirmar que «para
el socialismo las leyes de la Economía Política son temporales».
5

Fundaba su afirmación en la ley de la evolución. Decía que en
virtud de dicha ley todo se trasforma, todo sufre cambio o mu-
danza y nada resiste al imperio de dicha ley.
Si las leyes en que están fundamentadas las ciencias, fueran
leyes positivas que son susceptibles de cambios, modificaciones y
derogaciones, podría ser; pero las leyes de la Economía Política,
como las de toda ciencia, son leyes inmutables y eternas, por-
que son parte de la estructura misma del universo. Todo sufrirá
cambio y transformaciones en virtud de la ley de evolución; pero
si ésta por ser ley produce sus efectos, las otras leyes, por serlo,
producen los suyos y no son menos imperativas y eternas que
aquélla.
La crítica de uno y otro pensador respecto de la ciencia eco-
nómica, está calzada en ideas puramente personales, ajenas a la
5
E. Ferri, Ciencia Positiva, p. 73.
Tomo II.indb 50 08/12/2009 08:28:15 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 51
ciencia, o ni uno ni otro pudo descubrir que, en primer lugar,
la Economía Política como ciencia está fuera del alcance de la
crítica, porque podrá haber disparidad de criterios respecto a
ciertos fenómenos económicos, pero siempre circunscritos al or-
den económico universal, y en segundo lugar, porque pretenden
aplicar las leyes económicas de un estado de civilización avanza-
do a un estado primario de civilización. Porque Marx, aunque
partía de una afirmación cierta de que el «fenómeno económico
es el fundamento y la condición de toda manifestación humana y
social», hablaba o escribía bajo la impresión de su concepción de
una economía para un régimen primario como es el socialismo,
que corresponde a la infancia de la sociedad o primeros siglos
de toda edad.
Hemos hecho esta ligera y breve referencia por motivo de
los apasionados comentarios de Ferri acerca de la obra de Marx;
porque Marx para nosotros, no vino a ser más, en definitiva, que
el instrumento utilizado por la Naturaleza, al término actual del
eterno ciclo universal de la Historia, para decirle a los hombres
del próximo tránsito de la presente edad a la edad venidera:
de la nueva vida, de los nuevos hechos, de las nuevas ideas;
iniciándose entonces el estado natural de socialismo con su
modus faciendi del colectivismo. De ahí el pensamiento directriz
de toda su obra: oposición al régimen económico universal por
medio del cual ha atendido la Humanidad a las necesidades de
los diversos períodos de su vida; oposición al régimen social de
todos estos siglos, oposición al régimen político de los Estados,
señalando, en cambio, los regímenes social y económico primi-
tivos (el socialismo natural que hemos descrito), que más tarde
han sido tan mal establecidos y tan mal practicados, con la falsa
denominación de comunismo.
No por esto debemos airarnos contra el nombre o contra la
memoria del hombre digno de respeto que fue por su ciencia,
porque, como acabamos de decir, no fue sino el agente de la ley
natural que gobierna a la historia, no de la humanidad, sino la
historia del universo. Lo que sí no hemos podido descubrir es si
él creyó que expresaba algo nuevo y propio, o si por lo mismo
Tomo II.indb 51 08/12/2009 08:28:15 a.m.
52 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
de su sabiduría se percataba de que solo estaba cumpliendo un
designio de los inescrutables misterios de la creación.
Por su parte, Ferri dijo:
es necesario confesar que, efectivamente, la propiedad colecti-
va es un retorno a la organización social primitiva.
6

Pero no dijo qué motivo induce a la sociedad a adoptar tal
medida ni tampoco en qué período de la historia, o mejor toda-
vía, en qué etapa de la vida de la sociedad tiene forzosamente
que ocurrir esto, conformándose con las palabras de Cognetti
de Martiis:
en la venidera evolución económica volverán a aparecer las
formas primitivas.
Tampoco quiso confesar, que, a pesar de toda la excelencia que
le atribuía a las que llamó teorías de Marx, toda esa obra conducía
solo al primitivismo de la organización social. La consideró, por el
contrario, una perfecta obra de organización de la sociedad.
El socialismo actual o cualquier otro que se inventare, no po-
drá ofrecer los frutos a que se aspira, porque es sistema que se ha
estado aplicando, y que podrá seguirse aplicando, a la sociedad
en una edad suya a que no corresponde.
El socialismo toma su nombre de la función que la sociedad
se ve obligada a realizar en los primeros siglos de cada una de
sus edades, valiéndose, para la efectividad de esa función, de la
operación a la que se ha dado la denominación de colectivismo,
por efectuarse con el esfuerzo de todos los elementos humanos
conjuntamente y para bien de todos. Ya lo hemos dicho y eso
bastaría si no quisiéramos repetirlo para terminar: el socialismo
es un estado natural de la sociedad que se ejerce por medio de
la operación que acaba de explicarse, estado que corresponde a
la infancia de la sociedad o primeros siglos de su organización, y
termina a la entrada de ella a su vida adulta
6
Ibídem, p. 76.
Tomo II.indb 52 08/12/2009 08:28:15 a.m.
– 53 –
El conocimiento poético y
el conocimiento filosófico
1
Antonio Fernández Spencer
¿Qué es la filosofía?
Ante todo problema de conocimiento se nos presenta la eterna
pregunta: ¿Qué es la filosofía? Y cada respuesta dependerá del
talante espiritual del individuo que filosofa. Se llega a saber fi-
losofía, filosofando, y no como pretenden algunos, ofreciendo
cualquier respuesta a esta pregunta. Las definiciones de la filo-
sofía que han sido formuladas son tan diversas que nos vemos
muchas veces obligados a pensar que su esencia es la diversidad,
o que no existe la filosofía, sino que caben tantas filosofías como
individuos filosofan. Pensamos, en última instancia, que de la
estructura ontológica de cada hombre dependerá la filosofía
que sustente.
¿Quién lee a un filósofo con ánimo de hallar una solución?
2

Quien tal hace no presiente ni remotamente lo que es la filosofía.
La filosofía ha presentado en el desarrollo de su historia tantas
1
Revista Dominicana de Filosofía, Ciudad Trujillo, No. 4, enero-junio de 1958,
órgano oficial de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de
Santo Domingo, 1958, pp. 53-57.
2
Hoy rechazo enérgicamente que la filosofía sea un mero ejercicio dialécti-
co y que su campo sólo se adscriba a la problematicidad. Podrá acusárseme
de científico porque intento alcanzar soluciones. Esto no me asusta en lo
más mínimo. Hace mucho que no pienso que la filosofía y la ciencia sean
fuerzas contrarias y enemigas. El conocimiento científico, el filosófico y el
Tomo II.indb 53 08/12/2009 08:28:15 a.m.
54 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
respuestas evidentes o con ribetes de evidencia como filósofos
existen, y cada una de esas respuestas es el contrapolo de otra. La
esencia de la filosofía parece ser, pues, la antinomia, como sugie-
re en su filosofía del conocimiento el filósofo Andrés Avelino.
Ahora bien: cuando preguntamos qué es la filosofía, no in-
dagamos de qué se ocupa, qué persigue o inventa la filosofía;
nuestra pregunta se refiere a su esencia, no a su quehacer.
Pero tampoco esa pregunta contiene la de qué deba ser la
filosofía, qué es el conocimiento filosófico. Todas esas pregun-
tas encuentran su respuesta en el propio discurrir filosófico. El
modo, por ejemplo, cómo Heidegger imagina y realiza su filoso-
fía, es el que corresponde a la expresión espiritual de Heidegger.
Cada filosofía auténtica es, pues, una forma personal de concebir
la filosofía.
Sería un contrasentido, en el cual suelen incurrir frecuen-
temente los profesores de filosofía, intentar establecer qué es
la filosofía antes de haber filosofado. Toda filosofía es la conse-
cuencia de un filosofar, esto es, del camino emprendido por un
filósofo.
Yo entrego mi filosofar, parece decir el genuino filósofo, us-
tedes me devolverán mi filosofía.
poético constituyen una escala en ascenso con la cual el hombre procura
conquistar la realidad.
Sólo Sócrates es el representante de la filosofía pura. No sustenta ninguna.
Su pensamiento va señalando el camino de la filosofía. Este camino no
conduce a resultados radicales. Después de Sócrates –ya con el mismo
Platón– la filosofía comienza a dejar de ser contemplación de vastos pano-
ramas. En el amanecer de su pensamiento, Platón formula su teoría de las
ideas, con la cual trata de explicar el sentido último de toda realidad. La
aventura filosófica será determinada, desde entonces, por la dialéctica. El
puro filosofar –esto es, el heroico teorizar– cede su puesto a la filosofía: a
una actividad investigadora que quiere ser, ante todo, solución de proble-
mas.
Creo, pues, que los estudios filosóficos pueden ser todo menos vacíos de
finalidad (1958).
Tomo II.indb 54 08/12/2009 08:28:15 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 55
Poesía y filosofía
Ninguna filosofía está acabada en el filósofo que la ha concebi-
do. Toda filosofía necesita el concurso del lector. Éste es quien la
completa, esto es, quien la acepta o no con validez filosófica.
Ahora bien: la filosofía es un bello juego del espíritu
3
a cuyas
leyes se someten algunos hombres por puro goce intelectual. La
filosofía por algo ha sido reconocida, no hay que olvidarlo, como
hermana gemela de la poesía.
No concibo una filosofía que no confunda, aunque sea en
parte, su realidad con la de la poesía. ¿No son acaso poetas, en su
mayoría, los filósofos presocráticos? Cuando la filosofía pierde
su adustez de cápsula contentiva de conceptos, se resuelve en
poesía. Cuando la poesía aprisiona el ser del complejo ontoló-
gico, como sucede en la obra de todo poeta verdadero, ha reali-
zado pura filosofía. Las fronteras de la poesía y de la filosofía no
están claramente delimitadas. Poesía y filosofía aparecen cons-
tantemente mezcladas en el devenir histórico de la humanidad.
Poetas y filósofos viven, en lo espiritual, más unidos de lo que
generalmente ellos confiesan.
El poeta es un intérprete intuitivo del mundo. El filósofo se
vale de un vasto arsenal de pensamientos (que en su origen fue-
ron puras intuiciones) para explicarnos el mundo.
El poeta es un pensador que sueña sus pensamientos. Su
concepción del universo la dona en forma de sueños. Su en-
sueño del universo lo ofrece como conquista de la razón. Hay
poetas del conocimiento como existen filósofos de la poesía. ¿No
es Platón un filósofo de la poesía más bien que un filósofo del co-
nocimiento? Dante, en cambio, nos da en la Divina Comedia un
conocimiento filosófico de la vida medioeval. Y Lucrecio, en su
De rerum natura, ¿no es el profundo conocedor de la naturaleza?
En los pensamientos de Lucrecio la naturaleza canta traspasada
3
Al reconocer a la filosofía como un juego, no quiero decir que sea frívola y
sin importancia. La significación exacta del Homo ludens y, por ello, del jue-
go, ha sido analizada y fijada desde Ortega hasta Huizinga. También existe
el magnífico estudio de Buytendinjk acerca de la psicología del juego en
el hombre y en el animal.
Tomo II.indb 55 08/12/2009 08:28:16 a.m.
56 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
por una clara precisión lógica. Pero esta lógica conserva el sufi-
ciente grano de mundo intuido, adivinado, que hace posible que
el verso sea canto y poesía.
La filosofía y la poesía como conocimiento de lo total
Los poetas y los filósofos coinciden muchas veces porque se
proponen conocer la totalidad. Son, en fin, dos enamorados de
la unidad. En el fondo de sus obras late una profunda nostalgia
del ser.
Sin embargo, se diferencian en las actitudes que adoptan
frente al ser. El poeta, como intuitivo profundo que es, nos
muestra al ser sin discusión. El ser para él es evidente de toda evi-
dencia. El filósofo, que en lo íntimo de su espíritu cree de modo
dogmático en el ser, duda, en cambio, de los pensamientos que
sustenta acerca del ser.
4
Toda poesía es entregada por el poeta como afirmación. El
poeta no duda de su poesía, esto es, no duda de sus concepciones
acerca del ser. El filósofo sí duda de sus conocimientos del ser.
Permanece de modo agónico en los umbrales del ser. El poeta
agoniza habiendo cruzado esos umbrales.
En su búsqueda del conocimiento absoluto, a pesar de
Descartes que hizo un falso alarde de dejar liza la tabla de la
filosofía, el filósofo parte de los conocimientos anteriores. Acla-
remos: los sueños conocidos por los otros filósofos le impulsan a
buscar un conocimiento absoluto.
5
El poeta, en cambio, inicia
4
Es probable que el poeta dude, en el fondo, del ser. Pero no duda de
los enunciados que acerca del ser expresa. Cuando un poeta dice «labios
de rosas», no hace cuestión de esta realidad, y cuando enuncia «Nuestras
vidas son los ríos», no se detiene a pensar si es cierta o no la realidad que
canta. Al enunciarla, le otorga ser.
5
En los veinticinco siglos en que la filosofía se ha venido haciendo no hay
ninguna filosofía definitivamente hecha para todos. Cada hombre está
obligado a hacerse la suya.
Si la filosofía que se sustenta no tiene interés, el hombre que anhela com-
prender se detiene un momento a escucharla e inmediatamente prosigue
su camino.
Si lo que se dice en la plaza pública del pensamiento sólo se refiere a su-
cesos vulgares, nuestra curiosidad variará de rumbo y buscará un hombre
Tomo II.indb 56 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 57
su indagar en el primer día del conocimiento. Está siempre a la
primera hora de Dios. La filosofía, sin embargo, no puede des-
prenderse de la historia. Toda filosofía es, en lo íntimo, como ya
pensó Hegel,
6
necesariamente historia de la filosofía. La poesía
modifica el sentido histórico heredado, pero no parte, de modo
tan radical y profundo como la filosofía, del pretérito, del cual
nacen sus mejores formas expresivas, en significativos momentos
de la historia de la cultura.
El filósofo tiende a lo sistemático; la poesía es asistemática. El
poeta todo lo sueña de nuevo, más bien, se libera de los sueños
de los otros poetas. El filósofo, aunque lo desee, no puede cons-
truir su filosofía sin el conocimiento de los principales sistemas
anteriores, sin sus fundamentales sueños.
Es indudable que el conocimiento del poeta es un conoci-
miento directo de las cosas. Es un conocimiento sin discusión.
Cuando discuten las evidencias de una poesía, se las convierte en
filosofía. El poeta ofrece sus verdades. Si los demás las niegan, él
las sigue sustentando sin inmutarse. La esencia del filosofar es la
duda. Porque el hombre duda, filosofa. En cambio, la esencia del
poetizar es la mostración –mejor, la iluminación– de las esencias
de los objetos y, en última instancia, del ser en su totalidad.
Existen, pues, en la vida del espíritu, dos modos de conoci-
miento de la totalidad o que aspiran a aprehender lo total: el
conocimiento poético y el conocimiento filosófico. El conoci-
miento científico es un conocimiento de generalidades.
CIUDAD TRUJILLO, 1945.
que tenga algo profundo que decir. Cuando una persona tiene hondura,
despierta una atención inagotable en nosotros, nos sorprende y deleita
porque en sus palabras oímos lo humano concreto elevarse hacia la ple-
nitud de lo universal. Hay hombres que se detienen a escuchar las voces
de los ecos y otros que quieren, ante todo, ver surgir los pensamientos de
su propia fuente. Estos hombres son los grandes filósofos y los grandes
poetas. Los místicos sólo nos dejan quedamente un contemplativo callar
ante Dios: son los creadores del silencio cargado de promesas eternas.
6
Cf. Verlesungen über\die Geschichte der Philosophie.
Tomo II.indb 57 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Tomo II.indb 58 08/12/2009 08:28:16 a.m.
– 59 –
Filosofía, veracidad y originalidad
1
Francisco Antonio Avelino
2
Estas dos concepciones han suscitado diferentes interpretacio-
nes en la historia de la Filosofía, que no es el caso mencionar,
pero sí de discutir cuál es el valor real de cada una de ellas.
Frecuentemente se suele acusar a algún filósofo diciendo que
sus profundos conocimientos del discurrir dialéctico occidental
han evitado su posible originalidad. Esta afirmación de por sí es
apresurada y poco reflexiva, pues el problema podemos decir
que es múltiple, presentándose primero esta interrogación: ¿es
el deseo de concebir un sistema cosmológico y antropológico de
lo existente con el mayor porcentaje de exactitud hasta donde le
sea posible al hombre, la finalidad esencial de la filosofía, o ésta
es meramente el panorama del mundo que cada uno creamos
de acuerdo con nuestra particular manera de ser y de sentir? En
1
Revista Dominicana de Filosofía, No. 2, órgano oficial de la Facultad de Filo-
sofía y Educación de la Universidad de Santo Domingo, Ciudad Trujillo,
1958, pp. 17-26.
2
Honorable Miembro de la Academia de la Historia y de la Academia
Dominicana de Ciencias. Profesor de Historia de las ideas políticas y des-
tacado investigador en dicha área. Autor de las obras Curso de Historia del
pensamiento político, Las ideas políticas en Santo Domingo, Reflexiones sobre las
cumbres del pasado ideológico dominicano. Hijo del reconocido filósofo domi-
nicano Andrés Avelino García (LFMJ). El nombre y los apellidos del autor
son Francisco Antonio Avelino García Ramón. El autor sólo usa sus tres
primeros nombres en sus escritos. El artículo se publicó en la Revista Do-
minicana de Filosofía en el año de 1957, en diciembre de ese mismo año la
Revista Filosófica dirigida por Joaquín de Carvalho, profesor de la Universi-
dad de Coymbra, tradujo al portugués el artículo que ahora se publica por
tercera vez por la deferente solicitud de la profesora de la UASD Lusitania
Martínez, a quien hemos complacido gratamente(FAAGR).
Tomo II.indb 59 08/12/2009 08:28:16 a.m.
60 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
el primer caso sería necesario conocer todo el acervo cultural
desde Ferecides de Siros, Onomácrito y Hesiodo, sin olvidar las
concepciones orientales en que se basan sus mitos, hasta Heide-
gger, Sartre, Jaspers y Nicolai Hartmann. Todo esto sería necesa-
rio para poder expresarnos con cierta seriedad y posibilidad de
aportar algo. En el segundo de los casos, deberíamos olvidarnos
de todo, cerrar las bibliotecas e irnos al altiplano de Bolivia a
pensar y soñar, fungiríamos de poetas, metafisicos y quién sabe si
hasta de profetas. Tal vez podríamos explicarnos la realidad con
cierta originalidad, cosa que dudo, pues pronto comenzaríamos
a parecernos en nuestras lucubraciones al Bhagavad Gita, si se
posee un espíritu apegado a lo mítico-místico o coincidiríamos
tal vez con Demócrito, Pitágoras o Platón, si poseemos una on-
ticidad científica. Pero supongamos el mejor de los casos, no se
sabe nada y se concibe un ordenamiento o desordenamiento de
lo que está ahí, que no tiene ninguna relación con cualquiera
otra concepción existente. Seríamos originales ¿pero nuestra
originalidad, resistiría las críticas que subyacen en todos los
sistemas filosóficos construidos por el hombre en el curso de
veinticinco siglos del filosofar occidental? Resistiría también el
desacuerdo necesario con las concepciones casi incontrovertibles
de la ciencia, que por hipótesis no han sido estudiadas. Si luego
de concebir la realidad a nuestra guisa y parecer, estudiamos,
como se ha propuesto, todo ese trasfondo cultural de que antes
hablábamos, no transformaríamos conscientemente, aun sea en
parte, nuestro sistema, conciliándolo con aquellos que más nos
gustasen; estaríamos sin duda cayendo en un plagio consciente,
y esto sin aportar nada, pues llegaríamos a conclusiones elabora-
das por otros hombres tal vez cientos de años antes.
Es imposible enfrentar un tema tanto de ciencia como de fi-
losofía sin tener en la mente todo lo que se ha pensado hasta este
momento sobre tal tema. Es la única forma en que sería posible
adelantar ya sea en el establecimiento de las leyes del espacio-
tiempo o en el discurrir sobre la esencia y finalidad de «eso que
está ahí», ya que «eso que está ahí» no es más que el ser en sus
múltiples formas. La originalidad no es lo que debe buscar el
filósofo sino la verdad, que permanece inaccesible para él y sólo
Tomo II.indb 60 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 61
puede acercarse a ella sin jamás alcanzarla. El único medio para
esa búsqueda es la erudición; sin ella nos alejamos del amor a
la sabiduría, pues filosofía es precisamente eso: amor al saber,
y amor es deseo, necesidad de identificarse con ese algo que se
anhela, esa ansia de identificación es el fundamento mismo de la
búsqueda. Es imposible su realización absoluta, pues para llegar
a ser lo que no somos, tendríamos que destruirnos para ser lo
otro, y esto es imposible. Lo que es, no puede dejar de ser. Esa
búsqueda tiene un camino interminable y el único carruaje con
que se puede recorrerlo es el conocimiento, ayudado, claro está,
por los ingenios de nuestro propio razonamiento.
Allá, en el fondo de la aspiración de todo filosofar está la
«cosa en sí», lo incognoscible, que es necesario buscar, pues si lo
encontráramos ya no existiría esa ansia, esa búsqueda. La filoso-
fía habría dejado de existir y el hombre se habría convertido en
Homo sapiens absoluto, algo muy parecido a lo que los creyentes
llaman Dios. La originalidad es una consecuencia de la búsque-
da, de esa imposibilidad de certeza que atormenta al hombre y
lo obliga a investigar. Por no poder resolver de manera absoluta
ninguna de nuestras grandes interrogantes, a cada latido del
tiempo surgen nuevas inquietudes que engendran un quehacer
crítico sobre todo lo anteriormente pensado. Se rechazan en
parte o en totalidad los sistemas anteriormente elaborados, y es
en el discurrir dialéctico para fundamentar ese rechazo donde
se encuentra la originalidad. Como vemos, la originalidad surge
de esa insatisfacción con que la misma erudición nos atormenta,
y que el hombre no versado en el conocimiento filosófico sufre
en impotencia, pero que a los «que estamos condenados por
Dios a ser filósofos», como decía Hegel, nos impulsa a discutir
todo eso que se nos presenta en el «estar ahí», y enfrascados en
esta investigación surgen las intuiciones que hacen posibles una
nueva concepción.
Tomo II.indb 61 08/12/2009 08:28:16 a.m.
62 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El problema de la originalidad
de la filosofía americana
La originalidad de que hemos hablado es la única posible dentro
de la labor filosófica de una cultura determinada. Pero cuando
una civilización asombra la aurora de sus primeros días y una nue-
va forma de conducta humana se moldea y comienza a deslizarse
por sobre toda la herencia recibida, las concepciones metafísicas
ajenas se discuten dentro de la sistemática extraña, y por siglos
la filosofía, la ciencia y el arte permanecen en sus viejos cauces,
mientras una conducta real frente a la vida y a los problemas
morales es cumplida de acuerdo con el nuevo medio geográfico
y humano. Tarde o temprano la disparidad entre sentimiento
y pensamiento frente a los problemas de ese estar en algo que
creemos «no ser», es decir el estar-en-el-mundo, engendra no ya
una insatisfacción sino un conflicto. La nueva civilización tiene
dos caminos, o transforma con un nuevo sentido las concep-
ciones filosóficas que ha recibido, dándoles un nuevo sentido
y significación, es el caso de Grecia con relación a Oriente; o
las acepta conciliándolas con las tangencias de su propia vida, y
simplemente desarrolla las concepciones ya clásicas de la cultura
anterior, es el caso de Roma con relación a Grecia. No es que al
afirmar esto estemos criticando o menospreciando la labor de
los pueblos posteriores al heleno, sólo señalamos dos formas de
conductas diferentes, de dos pueblos distintos, al recibir culturas
ajenas a sus respectivas onticidades. Estas dos formas de relacio-
nar pueden ser tan fructíferas la una como la otra. Los ejemplos
anteriormente propuestos así lo muestran. Grecia construyó con
los elementos fundamentales de la civilización oriental todas las
bases de las ciencia física, biológica y política actuales, creó la
filosofía sistemática y dio a la historia, a la literatura y el arte un
sentido hasta entonces desconocido. Roma perfeccionó los mol-
des clásicos de la literatura y el arte griegos, y fundamentándose
en la filosofía estoica nos legó el armazón básico y estructural del
derecho occidental.
Ahora es necesario preguntarse si en ésta, nuestra América,
somos un capítulo más de la cultura europea.
Tomo II.indb 62 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 63
O si por el contrario nuestras diferencias de origen étnico
e histórico con los europeos podrán, en el futuro, transformar
nuestras manifestaciones en el campo de la cultura, más precisa-
mente en el de la filosofía, pues en la literatura ya es un hecho
cumplido, como ya ha moldeado una conducta muy diversa de la
del europeo para encarar las muy numerosas vicisitudes y pocas
alegrías de la existencia en el quehacer práctico de la «lucha por
la vida».
No hay duda de que los hispanoamericanos sólo tenemos en
común, con los europeos, una parte de nuestros antecedentes
históricos, en cuanto heredamos su cultura, pues el indoameri-
cano es en su mayoría mestizo, mezcla del indio y del europeo en
ciertas partes del continente, o del europeo, el indio y el negro
en otras. Pero en todas es el híbrido el tipo de hombre existente,
con excepción de pequeñas minorías, que en todas partes se han
mantenido en la primera esfera social, y que se creen puerilmen-
te blancos puros.
Ha dicho Warner Jaeger al referirse al proceso de formación
de la areté heroica,
[...] es un hecho fundamental de la historia de la cultura, que
toda alta cultura surge de la diferenciación de clases sociales la
cual se origina a su vez en la diferenciación del valor espiritual
y cultural de los individuos.
3

Y vemos que nuestro proceso de diferenciación social ape-
nas está comenzado, ya que la actual situación social en Hispa-
noamérica nos fue impuesta por la conquista y mantenida por
los herederos de los conquistadores después de la indepen-
dencia. Si comparamos además las heterogéneas formas de
encarar los problemas del existir por el hispanoamericano, se
advierte que éstas responden a directivas generales comunes.
Nos damos cuenta de inmediato que en el «continente de la
esperanza» está ya gestándose una nueva forma de conviven-
3
Paideia. Los ideales de la cultura griega, México, Fondo de Cultura Económica.
Tomo II.indb 63 08/12/2009 08:28:16 a.m.
64 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
cia humana. Y por tanto una nueva forma de manifestación
cultural.
Si esta labor de cultura permanecerá como hasta ahora han
sido todas las manifestaciones del hombre occidental, una trans-
formación más acabada y completa de la cultura grecolatina,
sólo podemos afirmarlo como una probabilidad, pues hay que
contar con que a diferencia de los europeos no somos casi exclu-
sivamente pertenecientes al grupo racial indo-ario.
Por el contrario contamos con otros elementos de herencia
histórica y antropológica, que han determinado, en ese produc-
to de la mezcla racial que es el híbrido, una actitud frente a la
vida diferente y singular, que necesariamente transformará no
sólo toda la actividad humana del continente sino también toda
su manifestación cultural.
Esto ya es un hecho en ciertos sectores. La política y la li-
teratura tienen un sentido y modo de ser estrictamente hispa-
noamericanos. El proceso de reacción de lo verdaderamente
americano contra los elementos extranjerizantes que nos impuso
la conquista y han mantenido las esferas superiores con su admi-
ración intelectual a Europa, sólo está comenzando, y tal vez no
nos será dado contemplar su grandeza, pero es algo inevitable.
El devenir, ya sea humano, físico o social no se detiene jamás.
Por esto afirmamos que nuestra aparente inferioridad espi-
ritual frente a la cultura europea es sólo un fenómeno momen-
táneo.
El hispanoamericano posee un concepto del tiempo, bastan-
te reñido con el concepto clásico vivencial de éste, nos referimos
a la forma como, en el decidirse cotidiano, tenemos en cuenta
lo que habrá de suceder.
4
Es decir, su conducta frente a los pro-
blemas vitales está íntimamente enlazada a una extraña y pecu-
liar concepción de la futuricidad. Conducta que está dirigida,
en cuanto es juicio de valor, por el hecho de tener siempre el
futuro atado al azar, y en segundo término, por nuestra propia
habilidad. El más humilde cuidadano siente, en el fondo de su
4
El profesor Waldo Ross ha hecho notables sugerencias a este respecto en
su curso de filosofía hispanoamericana dictado en la Universidad de Santo
Domingo, 1956-1957.
Tomo II.indb 64 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 65
alma, que puede llegar a desempeñar cualquier actividad públi-
ca o privada, aunque no se encuentre intelectual y moralmente
capacitado para ello. Pues su patria le pertenece, ya que la ha
heredado de los conquistadores, y como es lógica consecuencia,
con lo suyo puede hacer lo que le plazca, si tiene oportunidad.
Y como todo acontece ligado a explosiones incausadas y casi
siempre particularistas, muy a menudo realiza sus deseos.
La naturaleza le ayuda, pues su prodigalidad en bienes es
asombrosa, y a menudo se ve a un «don nadie» convertirse en
«don alguien» de la noche a la mañana. Es sin duda por esto que
no ha podido existir en Hispanoamérica una verdadera norma-
lidad institucional; lo demuestra la agitada y convulsa historia
de cada una de las repúblicas que compone la gran nación ibe-
roamericana. Ahora lo pertinente es volverse a preguntar si esta
manera de encarar la realidad podrá determinar una o varias
concepciones filosóficas concordes con su espíritu.
La originalidad de este tipo que podría realizarse en nuestra
América en el campo de la investigación filosófica, probable-
mente estaría concentrada más en un sistema de moral que de
metafísica, pues no es muy difícil desprendernos de algo de que
formamos parte. Nuestra posición racional es ática, pero nuestra
acción humana es típicamente americana. Paradójico, pero cier-
to. El conflicto es que pensamos como europeos y vivimos como
americanos. ¿Hasta cuándo existirá esta disparidad, que es en sí
un contrasentido? Es difícil decirlo, pero tendrá que desaparecer.
No es que olvidemos los cánones clásicos del pensar greco-latino,
sino que dejemos de pensar dentro de un espíritu que no es el
nuestro.
Podría objetársenos que la metafísica tiene necesariamente
que determinar la moral, pues de nuestra concepción del orde-
namiento o desordenamiento de todo «eso que está ahí», tendría
necesariamente que deducirse nuestra escala de valores éticos.
Olvidaría nuestro contradictor que las concepciones morales
han existido siempre, que aún en algunos animales se observa
una cierta ayuda mutua que es según los naturalistas la génesis
del concepto moral.
Tomo II.indb 65 08/12/2009 08:28:16 a.m.
66 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El hombre lo único que ha hecho es tratar de fundamen-
tar filosófica o míticamente los conceptos de bien, de justicia
y de defensa común. El hombre filosofa o construye los mitos
religiosos, porque no alcanza a comprender la realidad, ni su
propia existencia. En un caso investiga valientemente, en otro
teme, adora y sueña. Pero no es de ninguna manera necesario
al hombre, una metafísica o una religión, para comprender la
significación del bien, la necesidad de la defensa común y la
justicia. Posteriormente trata de explicar su fundamento, pero
ya las intuía y las cumplía.
El estudio comparativo de los pueblos primitivos lo demues-
tra indefectiblemente. A pesar de que la religión es un hecho
que ha sido considerado innato al hombre, es muy lógico pen-
sar, apoyándonos en la teoría de la evolución y en datos de la
antropología, que los primitivos pseudoantropoides, el hombre
de Cromagnón, el Homo pekinensis, etc., vivían en comunidad y
esto implica ya la apreciación de la defensa común, y la utilidad
de la ayuda mutua, lo cual es sin duda un juicio de valor. Tal
vez algún idealista nos diga que es sólo una manifestación más
acabada del instinto de conservación, y de ninguna manera un
juicio de valor, pero esta manifestación sería por lo menos uno
de los elementos integrantes de la génesis del juicio de valor.
No es de lugar en este trabajo investigar el origen y esencia
de estas realidades innatas al hombre, o tal vez adquiridas en
su evolución a través de un proceso de autoperfeccionamiento
de la naturaleza. Pero sí se nos impone por lo menos discutir
someramente otra de las interrogantes que se deducen necesa-
riamente de nuestra posición. El pensamiento ¿es en sí, y no sólo
como realidad abstracta, sino también en cuanto es producido
o instruido por el hombre dependiente o no de la naturaleza de
éste?
El pensamiento en cuanto es idea, «relación de comprensión
significativa», en una palabra, entidad lógica, es por sí mismo
independiente de toda determinación humana y por lo tanto
Tomo II.indb 66 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 67
social. A comprende significativamente a B, o no la comprende,
será lo mismo en cualquier lugar del espacio, o en cualquier
estadio del decurso del tiempo.
5
Ahora bien, el pensamiento
en cuanto es filosofía está ligado indisolublemente a lo físico y
a lo humano, que son los componentes de eso que tratamos de
representarnos, el Cosmos; se encuentra determinado por éstos,
ya que sería imposible referirse a ellos sin haberlos percibido
antes, y al percibirlos, humanizamos, pues tenemos que hacerlos
pasar por el tamiz de los sentidos.
6

En cuanto que al actuar desde el momento de nuestro adve-
nimiento a la vida consciente, estamos influidos por las ideas y
sentimientos de nuestro medio y las tradiciones que estructuran
la sociedad en que vivimos, la filosofía muy ciertamente está de-
terminada, en parte, por ese conjunto de vivencias heredadas y
adquiridas que es el alma humana. Aunque estas concepciones
que hoy elaboramos, más tarde tal vez, cuando seamos «comen-
sales» en ese «banquete de los gusanos» que es la muerte, sean
modificadas a su vez por la tradición y el sentir de nuestros des-
cendientes, y determinen una forma de vida y hasta una nueva
filosofía distinta de esta misma.
Es en cuanto a esto que afirmamos que en América hispana
no existe una filosofía propiamente americana. No se ha estruc-
turado todavía un sistema de metafísica o de ética, que refleje
nuestro particular modo de ser y de sentir.
Ahora bien, nuestros filósofos en el sentido estricto de la
palabra, dialogan, es verdad, con Europa, y discrepan de sus filo-
sofías creando a veces sistemas que no tienen ninguna semejanza
con los anteriormente existentes, pero su método tanto como su
sentido y finalidad es tan europeo como las concepciones recha-
zadas por ellos.
Existen sí pensadores que filosofan sistemáticamente den-
tro de la producción literaria y sólo éstos han enunciado muy
5
Véase, Andrés Avelino, El problema antinómico de la fundamentación de una
lógica pura, Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1951.
6
Para ver esto con mayor exactitud, véase: Kant, La crítica de la razón pura.
Tomo II.indb 67 08/12/2009 08:28:16 a.m.
68 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
someramente concepciones filosóficas propiamente americanas,
Guillermo Francovich es un ejemplo.
7

Para poder afirmar la existencia de una filosofía cualquie-
ra es necesario que se haya estructurado un sistema de pensa-
miento que trate de explicar con rigidez dialéctica, o como se
ha pretendido después de Husserl por una mera descripción de
los fenómenos, todo eso que se encuentra en el mundo y en
nosotros. Pretender una filosofía hispanoamericana que despre-
cie el logos y se fundamente en una comunión irracional con
lo ambiental, lo telúrico como suele decirse, es negar con esta
misma afirmación la existencia de tal filosofía; pues no hay nada
más afilosófico que una comunión irracional con la selva.
Claro que se han estructurado filosofías de lo irracional,
pero nuestros críticos de filosofía pretenden deducir de nuestra
abigarrada y diversa literatura una concepción fundamental de
lo existente que sería nuestra filosofía. Esto no es filosofía, es
meramente la forma del hombre americano de encarar los pro-
blemas del existir, expresada del modo más anti-filosófico que
se conoce, por eso es que nuestra filosofía hispanoamericana
existe actualmente como parte integrante de la europea, con sus
caracteres diferenciales bien delineados, pero que de ninguna
manera la separan del espíritu del pensamiento occidental.
Es en cuanto a que nuestra filosofía encare los temas univer-
sales de lo antinómicamente problemático, con un nuevo méto-
do o al menos con un nuevo sentido por lo que pecamos de una
ausencia completa de labor sistemática. No podemos decir que
la producción literaria sea filosofía, esto es algo nuevo e insólito.
Nuestra filosofía está por escribirse y es tal vez a los hombres de
nuestra generación a los que la historia ha reservado las glorias y
penalidades de tan ardua faena.
7
Ver Los hijos de la roca, México, Ediciones Orión, 1954. Supay, Guillermo
Francovich, Bolivia, Editorial Charcas Sucre, 1939. El mundo, el hombre y los
valores, La Paz, Bolivia, Editorial Fénix, 1945.
Tomo II.indb 68 08/12/2009 08:28:16 a.m.
– 69 –
Conductismo y filosofía
1
Enerio Rodríguez Arias
En el presente trabajo se presentan las posiciones del conductismo radical de
B. F. Skinner, en contraste con las posiciones tanto del conductismo primitivo
como del conductismo metodológico, ante los dos problemas filosóficos cen-
trales de la psicología.
Ante el problema ontológico, se expone la ausencia de compromiso
ontológico y metodológico del conductismo radical en su actitud antimen-
talista, en contraste con el antimentalismo de inspiración ontológica del
conductismo primitivo y de inspiración metodológica del neoconductismo o
conductismo metodológico. Ante el problema epistemológico, se establece la
diferencia entre la concepción tradicional del conocimiento en términos de
copia o representación mental y la concepción skinneriana del conocimiento
en términos de conducta, señalando la implicación de una epistemología
conductual para el conocimiento del mundo psicológico o privado del indivi-
duo. Finalmente, se sugiere que el conductismo radical de Skinner constituye
la opción epistemológica más consecuente con una perspectiva conductista
de la psicología.
Conductismo y filosofía constituyen universos de discurso hetero-
géneos y complejos, por lo que el estudio de sus relaciones obliga
a especificar los parámetros dentro de los cuales se realizará el
mismo. No existe un solo conductismo, y son muy variados los
problemas filosóficos frente a los cuales podrían estudiarse las
implicaciones filosóficas de cualquier clase de conductismo.
1
Publicado en Manuel Pérez Martínez (compilador), La filosofía hoy: impor-
tancia, problemas y relaciones con las demás ciencias, Santo Domingo, Editora
Universitaria, UASD, 1985, pp. 177-193.
Tomo II.indb 69 08/12/2009 08:28:16 a.m.
70 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La primera formulación conductista de la psicología fue
hecha por Watson en 1913, en un artículo que tenía todas las
características de un manifiesto.
2
Este conductismo primitivo,
simplista e ingenuo, fue suplantado entre la tercera y la cuarta
décadas del siglo XX por el llamado conductismo metodológi-
co, al mismo tiempo que se desarrollaban otras variedades de
conductismo, siendo el más importante el conductismo radical
(el conductismo de Skinner), cuyas diferencias fundamentales
con el conductismo original de Watson y con el conductismo
metodológico serán debidamente establecidas.
Del lado de la filosofía, la presente exposición se limitará a
las posiciones del conductismo radical en torno a los problemas
centrales ontológicos y epistemológicos de la psicología. En estos
aspectos también, las posiciones del conductismo radical serán
presentadas en contraste con las del conductismo original y las
del conductismo metodológico.
El conductismo formulado por Watson fue una expresión
psicológica atenuada del positivismo filosófico de Comte.
Expresiones más radicales se habían producido en Italia con
Roberto Ardigó y en Rusia con Ivan Pavlov.
3
El conductismo de
Watson se limitaba exclusivamente al estudio de las relaciones
estímulo-respuesta. La psicología debía ser una ciencia tal que,
dado un estímulo pudiese predecirse la respuesta, y dada la
respuesta, pudiese postdecirse el estímulo. Según Watson, la
psicología debía descartar toda referencia a la conciencia como
objeto de estudio, y abandonar la introspección como método
de investigación psicológica. Para Watson, ésa era la única for-
ma en que la psicología podría ser una ciencia tan respetable
como la biología. El conductismo de Watson únicamente acep-
taba términos observacionales; no tenía lugar para términos
teóricos. Todas las proposiciones de la psicología debían ser
proposiciones empíricas.
En la tercera década del siglo pasado, se inició en Europa el
desarrollo del positivismo lógico, movimiento filosófico de gran
2
J. B. Watson, «Psychology as the Behaviorist Views it», Psychological Review,
No. 20, pp. 158-177, 1913.
3
H. Misiak, Raíces filosóficas de la psicología, 1964.
Tomo II.indb 70 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 71
influencia en Europa y Norteamérica. Los positivistas lógicos
estaban interesados en una reconstrucción lógica de la ciencia,
y algunos de ellos particularmente en el análisis lógico de la psi-
cología. Su método consistía en el análisis lógico del lenguaje de
la ciencia. A diferencia del positivismo original, el positivismo
lógico aceptaba la incorporación de términos teóricos en el
lenguaje de la ciencia, a condición de que los mismos pudiesen
mantener su vinculación con los términos observacionales. Lo
que era inaceptable para el positivismo lógico era que los térmi-
nos teóricos ocupasen el lugar de los términos del vocabulario
observacional. Hempel
4
dio el nombre de conductismo lógico al
positivismo lógico aplicado a la psicología. Según Hempel, no se
trataba de una teoría psicológica, sino de una teoría lógica sobre
las proposiciones de la psicología.
La expresión psicológica del positivismo lógico es el con-
ductismo metodológico. Sus principales representantes fueron
Tolman, Hull y Spence, a pesar de diferencias importantes entre
ellos.
A diferencia del conductismo original de Watson, el conduc-
tismo metodológico aceptaba la división en fenómenos físicos y
mentales, igualando los primeros a fenómenos públicos y los se-
gundos a fenómenos privados. Pero sostenía que los fenómenos
mentales (cuya existencia aceptaba) no podían ser estudiados
científicamente porque eran privados; la única posibilidad de
estudiarlos científicamente es su traducción al lenguaje de los
fenómenos físicos, esto es, la posibilidad de definirlos en un
lenguaje fisicalista. En ocasiones, esto se logra a través de las
definiciones operacionales.
El conductismo radical de Skinner es generalmente confun-
dido por el lego con el conductismo original de Watson, y ha sido
confundido por algunos filósofos, psicólogos y lingüistas con el
conductismo metodológico.
5
Para la gente que no ha estudiado
psicología, Skinner es uno entre los psicólogos estímulo-respuesta.
4
C. G. Hempel, «The Logical Analysis of Psychology», en H. Feigl y W. Se-
llars, (eds.), Readings in Philosophical Analysis, New York,1949, pp. 373-384.
5
N. Malcolm, «Behaviorism as a Philosophy of Psychology», en T. W. Wann
(ed.), Behaviorism and Phenomenology, pp. 141-162; S. Koch, «Psychology
and Emerging Conceptions of Knowledge as Unitary», en T. W. Wann
Tomo II.indb 71 08/12/2009 08:28:16 a.m.
72 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Es el propio Skinner quien ha señalado que su unidad de análisis
no es la conexión estímulo-respuesta, sino la conducta operante
discriminada, cuya propiedad estudiada es su probabilidad de
ocurrencia, observada como tasa de emisión. En este aspecto,
Skinner ha señalado que el uso de la tasa de respuesta como
variable dependiente, ha permitido formular adecuadamente
la interacción de un organismo con su ambiente. Dicha formu-
lación debe especificar tres cosas: 1) La ocasión en que ocurre
una conducta, 2) la conducta misma y 3) las consecuencias que
tiene dicha conducta. Las relaciones que se dan entre estos tres
elementos constituyen las «contingencias de reforzamiento», y
además de ser más complejas que las relaciones que se dan entre
un estímulo y una respuesta, son, en opinión de Skinner, mucho
más productivas tanto en análisis teóricos como experimentales.
Considera Skinner que la conducta generada por un conjunto
dado de contingencias puede ser explicada sin necesidad de
apelar a estados o procesos hipotéticos en el organismo.
6
Puede
decirse entonces que la variable fundamental en el conductismo
radical es la contingencia de reforzamiento. Este concepto, en
ningún momento debe ser reificado, pues consiste en un con-
junto de relaciones entre tres elementos, cada uno de los cuales
es definido por su relación con los restantes. Se trata de un caso
de circularidad. Ahora bien, no toda circularidad es viciosa. Al-
guna circularidad es inevitable en el momento definitorio de los
elementos de un sistema conceptual, sin que ello haga disminuir
su valor; cuando no debe haber ninguna circularidad es en los
momentos explicativos y predictivos de cualquier sistema.
Para algunos filósofos, psicólogos y lingüistas, Skinner es un
conductista metodológico. Es el mismo Skinner quien ha esta-
blecido en varias ocasiones la diferencia entre el conductismo
metodológico y el conductismo radical. Ya en 1945, señala:
La distinción entre público y privado no es de ningún modo
la misma que la distinción entre físico y mental. Esta es la
(ed.), Behaviorism and Phenomenology, 1964, pp. 1-45; N. Chomsky, «Review
of Verbal Behavior», by B. F. Skinner, Language, No. 35, pp. 26-58.
6
B. F. Skinner, Contingencies of Reinforcement: a Theoretical Analysis, New York,
1969, pp. 7-8.
Tomo II.indb 72 08/12/2009 08:28:16 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 73
razón por la cual el conductismo metodológico (que adopta
la primera) es muy diferente del conductismo radical (el cual
suprime el último término en la segunda). El resultado es
que mientras el conductismo radical puede en algunos casos
considerar los eventos privados, el conductista metodológico
se ha colocado en una posición en que no puede. «La ciencia
no toma en cuenta los datos privados», dice Boring. Pero yo
afirmo [continúa diciendo Skinner] que mi dolor de diente es
tan físico como mi máquina de escribir, aunque no público, y
no veo ninguna razón por la cual una ciencia objetiva y ope-
racional no pueda considerar los procesos mediante los cuales
se adquiere y se mantiene un vocabulario descriptivo de un
dolor de diente. La ironía de todo esto [concluye Skinner] es
que, mientras Boring tiene que conformarse con describir mi
conducta externa, yo sigo interesado en lo que podría llamarse
Boring desde dentro.
7
Por otra parte Skinner considera que el conductismo me-
todológico, que acepta la existencia de lo mental pero exige su
traducción al lenguaje de la física para fines de estudio científi-
co, contribuye a perpetuar las ficiones de la psicología menta-
lista por vía de las llamadas definiciones operacionales. Skinner
rechaza dicho conductismo, porque a su juicio una posición
auténticamente operacional debe garantizar la eliminación de
las ficciones en cualquier ciencia. En palabras de Skinner, el
operacionalismo
es un intento de reconocer algunos de los alegatos más pode-
rosos del conductismo (que ya no podían ser negados) y de
preservar al mismo tiempo las antiguas ficciones explicativas.
Se admite que los datos de la psicología deben ser conduc-
tuales en lugar de mentales si es que la psicología va a ser
miembro de las Ciencias Unidas (alusión irónica al interés del
positivismo lógico por una Ciencia Unificada, E. R. A.), pero la
posición adoptada es sencillamente la del conductismo «me-
todológico». De acuerdo con esta doctrina el mundo se divide
en eventos públicos y privados; y la psicología, para poder sa-
7
B. F. Skinner, «The Operational analysis of Psychological terms», Psycholo-
gical Review, No. 52, p. 294, 1945.
Tomo II.indb 73 08/12/2009 08:28:17 a.m.
74 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
tisfacer las exigencias de una ciencia, debe limitarse al estudio
de los primeros. Este nunca fue un buen conductismo, pero
era una posición fácil de exponer y defender, y a ella recurrían
con frecuencia los propios conductistas… La posición no es
genuinamente operacional, pues muestra una resistencia a
abandonar las ficciones.
8
Posteriormente, Skinner calificó de insensata la posición del
conductismo metodológico en torno a los eventos privados, e in-
sistió en la necesidad de que una ciencia de la conducta enfrente
el problema del mundo privado. En este sentido, señaló:
De tiempo en tiempo los conductistas han examinado el pro-
blema del mundo privado, y algunos de ellos han excluido de
sus deliberaciones las llamadas sensaciones, imágenes, procesos
de pensamiento, etc. Cuando lo han hecho así no porque tales
cosas no existan sino porque se hallan fuera del alcance de
sus métodos, se defienden de la acusación de que han despre-
ciado los hechos de la conciencia. La estrategia, sin embargo,
es completamente insensata. Es de particular importancia que
una ciencia de la conducta enfrente el problema del mundo
privado. Puede hacerlo sin abandonar la posición básica del
conductismo. Con frecuencia la ciencia habla de cosas que no
puede ver ni medir.
9
Continuando con su interés en desligar al conductismo radi-
cal de posiciones que limitan considerablemente el alcance de
un enfoque conductual en psicología, Skinner ha señalado:
Contrario a afirmaciones frecuentes, una formulación conduc-
tista no es un crudo positivismo que rechaza los procesos men-
tales porque no son accesibles al público científico. No subraya
el aprendizaje rutinario de respuestas verbales. No desprecia
los sistemas complejos de conducta verbal que se dice demues-
tran que un estudiante ha tenido una idea, o desarrollado un
concepto, o pensado una proposición. No ignora la conducta
8
B. F. Skinner, «The Operational Analysis ...», pp. 283-284.
9
B. F. Skinner, «Behaviorism at Fifty», Science, No. 140, 1963, p. 953.
Tomo II.indb 74 08/12/2009 08:28:17 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 75
involucrada en la solución de problemas éticos e intelectuales
conocida como pensamiento.
10
Como se infiere de las citas anteriores, Skinner considera
que los eventos privados constituyen un objeto legítimo de
análisis científico, y esta es una diferencia fundamental entre su
conductismo y el conductismo metodológico. No se preocupa
por posibles eventos mentales, pues el análisis científico de la
conducta verbal constituye un instrumento adecuado para
estudiar el repertorio verbal descriptivo de cualquier hablante
que se refiera a sus «fenómenos mentales». En este sentido, el
conductista radical no se impone ninguna restricción en cuanto
a términos, conceptos, construcciones, etc., pues los mismos de-
ben ser tratados como lo que en realidad son, a saber, respuestas
verbales. Según Skinner:
Para ser consistente, el psicólogo debe estudiar sus propias
prácticas verbales mediante el desarrollo de una ciencia em-
pírica de la conducta verbal. No puede, lamentablemente,
asociarse con el lógico que define una definición como «una
regla para el uso de un término» (Feigl); en vez de eso, debe
atender a las contingencias de reforzamiento que explican la
relación funcional entre un término, como respuesta verbal, y
una condición de estímulo determinada. Esta es la «base ope-
racional» para su uso de los términos.
11

Skinner se ha definido como conductista radical en el sen-
tido de que no hay lugar en su formulación para nada que sea
mental.
12
Esta expresión caracteriza la posición antimentalista
de Skinner. Pero la posición de Skinner no debe confundirse
con el antimentalismo de Watson. La posición de Watson estaba
determinada por una actitud ontológicamente ingenua. Por ello,
Watson se negaba a aceptar los repertorios verbales descriptivos
de eventos mentales. La posición de Skinner es diferente. Él
se opone al mentalismo, pero no lo hace desde una posición
10
B. F. Skinner, Cumulative Record: a Selection of Papers (3rd. edition), New
York, Appleton – Century- Crofts, 1972, p. 201.
11
B. F. Skinner, «The Operational Analysis...», p. 277.
12
B. F. Skinner, «Behaviorism at Fifty (Discussion)», p. 106.
Tomo II.indb 75 08/12/2009 08:28:17 a.m.
76 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
ontológica particular. El mentalismo es difícil de refutar desde
una perspectiva ontológica, pues el propio mentalismo tiene
raíces ontológicas. Así como aprendemos a hablar de cosas
materiales, también aprendemos a hablar de cosas mentales.
Skinner procura no dejarse enredar por los hábitos verbales
adquiridos a través de nuestra interacción con los objetos del
mundo que nos rodea. Son esos mismos hábitos los que nos
conducen a tomar términos tales como «atender», «decidir»,
«recordar» como si con ellos identificáramos actos o procesos
que se corresponden con una realidad psicológica subyacente.
Es por eso que Skinner adopta una actitud antiontológíca. Para
él, todos los términos psicológicos deben considerarse como
parte del lenguaje que utilizamos para hablar de la conducta, y
todos ellos deben ser examinados como aspectos de la conducta
verbal. Skinner ilustra las raíces ontológicas del mentalismo con
las diferentes formas en que los psicólogos reifican el concepto
de probabilidad. En ese sentido, señala:
Una ciencia debe lograr más que una descripción de la con-
ducta como un hecho cumplido. Debe predecir cursos futuros
de acción; debe ser capaz de decir que un organismo emitirá
determinada conducta en un momento dado. Como la pre-
dicción es en cierto sentido una descripción de una condición
presente, es decir, antes de que el evento predicho ocurra,
hablamos de tendencias o disposiciones a comportarse como si
correspondieran a algo que hay en el organismo en el momen-
to presente. A ese algo le hemos dado muchos nombres, desde
la disposición preparatoria de la psicología experimental hasta
el deseo freudiano. Hábitos e instintos, opiniones y hasta la
misma personalidad, todas son formas de representar en el
organismo presente algo de su conducta futura.
Este problema no puede ser evitado en cualquier descripción
científica, pero puede ser expresado con mucho más rigor. Esta-
mos tratando aquí con un problema de probabilidad, específica-
mente la probabilidad de que un organismo emita una conducta
determinada en un momento determinado. Pero la probabilidad
es siempre un concepto difícil, no importa en qué campo de la
ciencia surja. ¿Qué es una probabilidad? ¿Dónde se encuentra?
¿Cómo la podemos observar? Hemos tratado de contestar estas
Tomo II.indb 76 08/12/2009 08:28:17 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 77
difíciles preguntas dándole a la probabilidad el status de una cosa,
encarnándola, por así decirlo, dentro del organismo. Buscamos
estados o eventos neurológicos o psíquicos con los cuales pue-
dan identificarse los hábitos, deseos, actitudes, etc. Al hacerlo,
forzamos sobre la conducta propiedades extrañas que no están
apoyadas por los datos y que pueden hacernos confundir.
13
Pasemos ahora al problema del conocimiento en psicología,
y a la forma en que Skinner lo aborda. En primer lugar, presenta-
remos su concepción general sobre el conocimiento, y luego su
aplicación al conocimiento del mundo psicológico o el mundo
privado del individuo. Ya hemos señalado que según Skinner, en
el conductismo radical no hay lugar para nada que sea mental;
y él es un conductista radical consecuente. Si él no acepta las
explicaciones mentalistas de la conducta, tampoco debe aceptar
dichas explicaciones cuando se trata de la propia conducta del
científico o de cualquier otro que alegue conocer algo. A dife-
rencia de la epistemología tradicional, que ha sido derivada de
la lógica y de la filosofía, la epistemología empírica de Skinner
se deriva del análisis de la conducta de todo aquel que alegue
poseer conocimiento de algo.
No hay duda de que el problema del conocimiento fue el
eslabón más débil del conductismo de Watson, y que tratando
de salvar la credibilidad del conductismo frente a dicho proble-
ma, los conductistas metodológicos, particularmente Tolman,
llegaron a realizar transacciones oscuras con el mentalismo.
Skinner, en cambio, ha llevado su conductismo hasta las últimas
consecuencias, ofreciendo una formulación alternativa del co-
nocimiento en términos estrictamente conductistas.
Frente a la concepción tradicional del conocimiento en tér-
minos de representación o copia del mundo, Skinner ofrece la
concepción alternativa del conocimiento como una forma de
acción. En este sentido, ha señalado:
La idea de que el conocimiento consiste en impresiones sen-
soriales y conceptos derivados de impresiones sensoriales fue
13
B. F. Skinner, «Some Contributions of an Experimental Analysis of Beha-
vior to Psychology as a Whole», American Psychologist, No. 8, 1953, p. 69.
Tomo II.indb 77 08/12/2009 08:28:17 a.m.
78 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
el punto de vista del empirismo inglés y todavía es defendida
por mucha gente. Pero otros creemos que ese punto de vista
es incapaz de representar adecuadamente el conocimiento
humano(…) Suponer que el conocimiento físico existe en la
mente de un físico como material mental o psíquico –como la
forma en que él ve el mundo– me parece algo completamente
absurdo. En ningún momento una teoría física es un evento
psíquico en el sentido de una imagen o sensación.
14
Para Skinner, conocer el mundo no es crear duplicados del
mismo dentro del organismo. Él ha rechazado la metáfora grie-
ga del conocimiento como: «copia mental» de la realidad, y su
rechazo se extiende también a las teorías que definen el conoci-
miento como una «reconstrucción mental» de la realidad en un
intento de reivindicar el papel activo del sujeto, minimizado en
el concepto de copia. Todos los esfuerzos de los fisiólogos que
buscan copias del mundo real dentro del organismo han sido
infructuosos. Pero esa no es la razón por la cual Skinner rechaza
la teoría de la copia. Según Skinner, si se descubriera que no
conocemos el mundo sino una copia de él dentro de nuestro
organismo, entonces habría que explicar cómo conocemos la
copia. Asimismo, si no conocemos el mundo y lo que conocemos
es la reconstrucción que de él hace nuestro cerebro, habría que
explicar entonces cómo conocemos dicha reconstrucción. De
aquí se infiere que la concepción del conocimiento como copia
o reconstrucción conduce a una regresión al infinito, pues cada
copia o reconstrucción deberá ser conocida a través de una nueva
copia o una nueva reconstrucción. Skinner considera que estas
complicaciones pueden obviarse si prescindimos de la copia, es
decir, si el mundo que conocemos es sencillamente el mundo
que nos rodea. Skinner ofrece una concepción alternativa del
conocimiento partiendo del análisis de las interacciones comple-
jas que se dan entre el sujeto y el mundo. El sujeto actúa sobre
el mundo y lo transforma, y es transformado a su vez por las
consecuencias de su acción. Nuestro conocimiento del mundo
es nuestra conducta en relación con el mundo. En este sentido,
Skinner ha señalado:
14
B. F. Skinner, Cumulative Record..., p. 255.
Tomo II.indb 78 08/12/2009 08:28:17 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 79
En algún punto, el organismo debe hacer algo más que crear
duplicados […] Debe hacer algunas de las cosas por las cuales
es diferencialmente reforzado cuando aprende a responder
discriminativamente.
15
En otro lugar dice:
El conocimiento no debe identificarse con la forma en que
las cosas nos parecen, sino más bien con lo que hacemos en
torno a ellas […] La física atómica no es la percepción que
tiene el físico de eventos que ocurren dentro del átomo, o de
los eventos macroscópicos a partir de los cuales es inferido el
mundo atómico. El conocimiento científico es lo que las perso-
nas hacen al predecir y controlar la naturaleza.
16
Esta concepción del conocimiento en términos de conducta
permite expresar el conocimiento científico por medio de for-
mulaciones que reflejan la conducta verbal del científico y no sus
estados mentales.
El problema central del conocimiento en psicología es cómo
conocemos nuestro mundo privado, y de manera particular,
cómo conocemos el contenido de nuestra experiencia conscien-
te. Skinner no rehúye este problema, pues como conductista
radical, no impone ninguna restricción a lo que puede ser cono-
cido y de lo que se puede hablar.
A partir de las formulaciones cartesianas, se consideró al
conocimiento del mundo privado (mundo mental para las for-
mulaciones tradicionales en psicología) como más inmediato
que el conocimiento del mundo público (mundo físico para
las formulaciones tradicionales en psicología). Recuérdese que
Descartes derivó el hecho primario de su propia existencia a
partir del conocimiento indubitable de que estaba pensando,
relación que se resume en la expresión cogito, ergo sum (pienso,
luego existo). En psicología, la formulación cartesiana condujo a
la distinción entre experiencia inmediata y experiencia mediata.
Siguiendo esta distinción, Wundt (considerado el fundador de
la psicología como ciencia) distinguió entre física y psicología
15
B. F. Skinner, «Behaviorism at Fifty», p. 954.
16
B. F. Skinner, Cumulative Record..., pp. 270-271.
Tomo II.indb 79 08/12/2009 08:28:17 a.m.
80 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
diciendo que mientras la física estudiaba la experiencia mediata,
la psicología estudiaba la experiencia inmediata. El conductismo
primitivo de Watson despreció totalmente este problema, pero el
conductismo metodológico volvió sobre el mismo para rechazar
la distinción entre física y psicología sobre esa base y considerar
a la experiencia consciente inmediata como el fundamento de
todas las ciencias, pero sin ser el objeto específico de ninguna.
En ese sentido, Spence señalaba que:
[…] los datos de todas las ciencias tienen el mismo origen, a
saber, la experiencia inmediata de una persona que observa,
es decir, la experiencia inmediata del propio científico. Esto
equivale a decir que la experiencia inmediata, la matriz inicial
de la cual se desarrollan todas las ciencias, deja de ser objeto
de interés para el científico en cuanto científico. Este senci-
llamente la da como un hecho y luego procede a su tarea de
describir los eventos que ocurren en ella.
17
Como puede inferirse de la cita anterior, también para el
conductismo metodológico el conocimiento del mundo privado
es más directo que el conocimiento del mundo público, aunque
no posea las características del conocimiento científico.
La epistemología empírica de Skinner constituye una forma
de inversión copernicana del problema, para usar la analogía
kantiana: Es el mundo público el que es directa e inmediatamen-
te conocido, mientras que el mundo privado, si no totalmente
incognoscible, es por lo menos más difícil de conocer.
18
El fun-
damento de su posición está en el papel que Skinner le adscribe
a la comunidad verbal en el proceso de conocer. Aprendemos a
conocer bajo contingencias de reforzamiento dispuestas por una
comunidad verbal. Dado que esta tiene acceso de manera más
fácil al mundo público que al mundo privado, puede disponer
mejor las contingencias bajo las cuales conocemos el mundo pú-
blico. Aquí cabe señalar que para Skinner, los eventos privados
no son simplemente los que ocurren dentro del organismo y son
accesibles al propio individuo, sino aquellos que ocurren den-
17
K. W. Spence, «The Postulates and Methods of “Behaviorism”», Psychologi-
cal Review, No. 55, p. 68, 1948,.
18
B. F. Skinner, «Behaviorism at Fifty», p. 953.
Tomo II.indb 80 08/12/2009 08:28:17 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 81
tro del organismo y no son accesibles, o lo son de una manera
muy inadecuada, a la comunidad verbal.
19
De aquí surge la gran
dificultad con que adquirimos el vocabulario que usamos para
describir nuestra propia conducta. La comunidad verbal puede
enseñar fácilmente a un niño a distinguir entre diferentes colo-
res, pero no puede enseñarle con la misma facilidad a distinguir
entre diferentes dolores, sentimientos y emociones. Es así como
resulta que el mundo privado, que es más cercano al individuo,
es más difícil de conocer porque está más lejos de la comunidad
verbal que es la responsable de disponer las contingencias de
reforzamiento bajo las cuales aprendemos a conocer.
Veamos ahora cómo enfrenta Skinner el problema del con-
tenido de la experiencia consciente. Hablamos de que somos
conscientes tanto del mundo que nos rodea, como de nuestras
sensaciones e imágenes. Según Skinner, a ser consciente, bien
sea de un estímulo público, bien sea de un evento privado, se
aprende bajo contingencias de reforzamiento dispuestas por
una comunidad verbal. Rechazada la teoría del conocimiento
como copia, y definido este en términos de conducta, somos
conscientes de nuestra propia conducta en el sentido de que
podemos autodescribirnos mientras nos comportamos, y somos
conscientes del mundo que nos rodea en el sentido de que pode-
mos autodescribirnos mientras reaccionamos ante el mundo que
nos rodea. Esto quiere decir que «ser consciente de», o «darse
cuenta de» son respuestas autodescriptivas. Ahora bien, un in-
dividuo puede aprender a discriminar un estímulo, público o
privado, sin necesidad de ser consciente de ello, es decir, sin que
sea capaz de autodescribirse como que conoce dicho estímulo.
Cuando esto ocurre, la contingencia no necesita ser dispuesta
por la comunidad verbal, pues ella se sigue de relaciones me-
cánicas sencillas entre los estímulos, las respuestas y las conse-
cuencias reforzantes. Para lo que sí es absolutamente necesaria
la intervención de la comunidad verbal es para aprender una
respuesta de autodescripción, como la que ocurre cuando digo
«veo esta puerta» que equivale a decir «soy consciente de que
estoy viendo esta puerta», o cuando más tarde digo «me imagino
19
B. F. Skinner, «Behaviorism at Fifty (Discussion)», p. 107.
Tomo II.indb 81 08/12/2009 08:28:17 a.m.
82 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la puerta» que equivale a decir «soy consciente de que me estoy
imaginando la puerta». En ambos casos, se trata de la conducta
de ver que estoy viendo, y esta conducta no se puede adquirir al
margen de la comunidad verbal. Ahora bien, aunque yo estaba
realmente viendo una puerta cuando la comunidad verbal me re-
forzó por decir «veo esta puerta» (de lo contrario la comunidad
verbal me hubiera corregido), dicha conducta (ver la puerta)
puede ocurrir sin la necesidad de que esté presente la cosa vista,
que es exactamente lo que ocurre cuando digo «me imagino la
puerta»; en este caso, la conducta de ver la puerta ocurre en
ausencia de la puerta, pero bajo el control de otras variables.
Skinner resume la posición conductista en torno a la experiencia
consciente de la siguiente manera:
[...] ver no implica algo visto. Adquirimos la conducta ver bajo
la estimulación de objetos reales, pero ella puede ocurrir en
ausencia de estos objetos bajo el control de otras variables (…)
También adquirimos la conducta de ver que estamos viendo
cuando estamos viendo objetos reales, pero ella también pue-
de ocurrir en su ausencia.
20
De aquí se infiere que, para Skinner, cuando hablamos de
nuestras imágenes, recuerdos y sueños, todo cuanto hacemos es
describir nuestra conducta de ver en ausencia de las cosas vistas.
Suponer que vemos copias o representaciones internas introdu-
ce complicaciones innecesarias, pues obliga a explicar dónde
y cómo forma el organismo esas copias o representaciones, sin
añadir nada que no pueda ser comprendido cuando concebi-
mos las imágenes, recuerdos y sueños como conductas de ver.
Tomemos el caso del soñar. Si consideramos el soñar como un
despliegue de cosas vistas por el soñador, entonces tenemos que
explicar cómo elabora el soñador esas cosas que ve durante el
sueño. Si, en cambio, consideramos el soñar como la conducta
de ver, la idea de una elaboración onírica es innecesaria. Skin-
ner agrega que los movimientos oculares que ocurren durante
el soñar así como los recuerdos provocados por estimulación
eléctrica del cerebro, son más fáciles de comprender a partir de
20
B. F. Skinner, «Behaviorism at Fifty», p. 955.
Tomo II.indb 82 08/12/2009 08:28:17 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 83
su interpretación que a partir de la interpretación tradicional. Y
refiriéndose a la persistencia de la creencia humana en copias o
representaciones mentales, Skinner concluye:
Le tomó al hombre mucho tiempo comprender que cuando
soñaba con un lobo no había presente ningún lobo. Le ha
tomado mucho más tiempo comprender que no hay presente
ni siquiera una representación del lobo.
21

La formulación expuesta constituye el esfuerzo más coheren-
te que se haya hecho por llevar la actitud conductista hasta las
últimas consecuencias. Hay que reconocer que esta es la única
forma de superar las incongruencias epistemológicas en que se
vería envuelta una psicología conductista si no provee una alter-
nativa conductista a la concepción tradicional del conocimiento
en términos de copia o representación mental.
21
Ibídem.
Tomo II.indb 83 08/12/2009 08:28:17 a.m.
84 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
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Tomo II.indb 84 08/12/2009 08:28:17 a.m.
– 85 –
El texto científico
y su fundamento
Odalís G. Pérez
Todo fundamento crítico de la investigación remite a una prácti-
ca, a un modelo empírico y a una escritura científica. En la mo-
dernidad, la escritura científica se revela mediante los procesos
de representación y acción del saber. Así las cosas, los Principios
matemáticos de la Filosofía natural..., de Newton; la Geometría Ana-
lítica, de Descartes, el Tratado del mundo y de la luz, y su Tratado
del hombre y sus Principios de filosofía del mundo natural, orientan
toda una perspectiva que será tomada en cuenta por la nueva
ciencia reflexiva que encontraremos en los físicos y matemáticos
alemanes e ingleses del siglo XIX.
Pero es en el concepto de Kritik que se desarrolla procesual-
mente en Kant y más tarde en Marx y los economistas ingleses,
donde vamos a encontrar los elementos sistemáticos de un análi-
sis y aplicación de los saberes, técnicas y desarrollos del método
y el conocimiento científicos. El concepto Kritik unido al de
Kritiker, hace posible el marco de propiedad que orienta a su vez
el concepto de ley y razón.
Se trata de entender los elementos y aspectos de un nuevo
discurso del saber y los saberes especiales que aportan la quími-
ca, la física, la matemática, la biología celular y experimental, la
embriología, fisiología, farmacología y neuroanatomía, junto a
saberes reconocidos y orientados en el contexto metadisciplina-
rio y transdisciplinario (cerebro, neurociencias, cerebro social,
Tomo II.indb 85 08/12/2009 08:28:17 a.m.
86 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
autómatas finitos, circuitos lógicos, tecnología médica, oncolo-
gía, química nuclear, física cuántica y otros).
La crítica de las ciencias formales, fácticas y sociales, produce,
en el marco de los nuevos paradigmas científicos, una experien-
cia generadora de otras experiencias técnicas, biocomunicativas,
psicocomunicativas y sociocomunicativas, cuyo principal protago-
nista es el lenguaje reconocido como conjunto de mediaciones y
convergencias particularizadas en el tiempo de la investigación y
la experiencia científica. No se trata de particularizar una estruc-
tura de la ciencia en el sentido de Ernest Nagel
1
o de control en
ciencia empírica tal y como se conoce en W. Stegmüller
2
o Carl
Hempel,
3
sino más bien de entender la propiedad lingüística y
metadiscursiva del análisis en condiciones de investigación y de
lógica específica y general de la ciencia.
Particularizar un marco epistemológico y filosófico implica
aquí discriminar líneas de interpretación y entendimiento me-
diante los canales del proceso recesivo que remite siempre a la
conformación areal del saber (matemáticas sociales, econome-
tría, Evaluación de programas científicos, bioética, biotecnolo-
gía, teoría del hipertexto, fotografía científica, Historia de la
ciencia, teoría de la ciencia)en una perspectiva reclamada al
hiperracionalismo, al hiperempirismo, al formalismo crítico y
otras aventuras o procesos críticos del saber general y el saber
particularizado.
En nuestro caso, toda la problemática mencionada permi-
te instituir una actitud reflexiva que involucra la academia, la
escuela, la institución científica, la relación ciencia-ideología y
por lo mismo la relación ciencia-filosofía. Tal como ha puesto de
relieve Michel Foucault en su Nacimiento de la clínica,
4
Historia de
1
Véase en este sentido los desarrollos de Ernest Nagel, Simbolismo y ciencia,
Buenos Aires, Ed. Nueva Visión, 1972; Cf. Ernest Nagel, La esructura de la
ciencia, Barcelona, Ed. Paidós, 1991.
2
Wolfgang Stegmüller, Teoría y experiencia, Barcelona, Ed. Ariel, 1979. Es
importante destacar en este sentido la Parte A, principalmente pp. 61-88.
3
Ver Carl G. Hempel, Filosofía de la ciencia natural, Madrid, Alianza Editorial,
1987, pp. 76-103.
4
Michel Foucault, El nacimiento de la clínica.
Tomo II.indb 86 08/12/2009 08:28:17 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 87
la sexualidad,
5
Arqueología del saber,
6
El orden del discurso,
7
y en su ya
clásico Las palabras y las cosas,
8
el movimiento de las estructuras,
espacios de representación, enciclopedias de saberes, miradas
interiores y exteriores, relaciones genealógicas y arqueológicas,
remiten también a un tiempo de la producción teorética, empí-
rica y formal.
El trayecto epistémico instruido a partir de la reconstrucción
histórico-científica de Kuhn,
9
orienta además, en formatos críti-
cos utilizados por el mismo sistema de interés del conocimiento
especial y general, el concepto de programa de investigación
10
y en
el mismo Popper, su concepción del conocimiento objetivo.
11

La justificación gnoseológica aspira a legitimar el mismo
proceso de acumulación de objetos, diseños, categorías, concep-
tos y prácticas científicas, desde las fases analíticas, muestrales,
observacionales, constructivas, históricas, dialécticas, empíricas,
argumentativas y causales, entre otras. El proceso orientacional y
ético de la escritura científica, no evita el peso textual o discursivo
del saber organizado testable. Todo lo cual indica que, en tiem-
po de recuperación y observación de fases del conocimiento, la
posibilidad de materializar cuerpos e ideas en perspectivas y atri-
buciónes epistémicas permite desarrollar, siguiendo a Lakatos,
12

una historiografía de la ciencia y sus etapas recesivas.
Crítica y escritura de la ciencia están ligadas al concepto
moderno de programa. Desde esta estrategia vinculada a un
5
Michel Foucault, Historia de la sexualidad, México, Siglo XXI Ed., Vol. I,
1991; Vol. II, 1996; Vol. III, 1998.
6
Michel Foucault, La arqueología del saber, México, Siglo XXI Ed., 1982.
7
Michel Foucault, El orden del discurso, Barcelona, Tusquest Ed., 1984.
8
Michel Foucault, Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI Ed., 1968
(1997).
9
Thomas S. Kuhn, La tensión esencial, México, Ed. Fondo de Cultura Econó-
mica, 1986.
10
Inre Lakatos, La metodología de los programas de investigación, Madrid, Edito-
ra Alianza, 1989.
11
Karl R. Popper, Conocimiento objetivo, y La lógica de la investigación científica,
Madrid, Ed. Tecnos, 1992 y 1962, respectivamente.
12
Inre Lakatos, Historia de la ciencia y sus reconstrucciones racionales, Madrid,
Editorial Tecnos, 1974 (1982). Observar para mayor precisión pp. 25-37.
Tomo II.indb 87 08/12/2009 08:28:17 a.m.
88 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
modo, evento o reconocimiento de niveles o grados de la crítica
y la escritura, podemos advertir un recorrido y una solución a
problemas y procesos de experimentación basados en la práctica
y obtención de resultados. El tiempo en red, contexto y produc-
ción intelectual se inscribe en la reflexión de Hawking a propó-
sito del concepto de ciencia formal y natural.
Como hemos visto en Lakatos, en su Metodología de programas
de investigación,
13
el caso, la prueba y la disensión, se explican
por el factor de saber y el orden crítico de las proposiciones o
propuestas de los programas de investigación que inciden en las
líneas interna y externa del aprendizaje significativo. La tensión
crítica y epistémica logrará articular el proceso analítico en la
investigación, tomando como punto de interés fundamental el
método, la técnica de investigación y producción de sentido.
El texto científico
Así pues, el texto científico es una noción histórica, reconstruc-
tiva, posicional y productiva. En sus Principios matemáticos de la
filosofía natural,
14
ya Newton advertía cierta direccionalidad de
la escritura científica, así como también Leibniz reconocía un
estilo científico al igual que el biólogo, filósofo y musicólogo
J. J. Rousseau. El texto científico permanece determinado por
el principio de corrección, ensayo, error, re-escritura y posi-
cionamiento productivo del sentido. La transmisión del saber
adquiere también valores, niveles y grados de conservación y
efecto de lectura en lo que es la comunidad científica e inter-
pretativa.
Pero estos valores, niveles y grados, conjugan en su movi-
miento un tiempo y un lugar de la mirada científica. El científico
o investigador proponen y reproponen el cuadro general y parti-
cular de los saberes a través de una escritura de la ciencia crítica
y recesiva a la vez. La misma involucra perspectiva y soluciones de
13
Inre Lakatos, La metodología..., pp. 75-98.
14
Isaac Newton, Principios matemáticos de la filosofía natural, Madrid, Ed. Tec-
nos, 1987, pp. 227-258.
Tomo II.indb 88 08/12/2009 08:28:18 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 89
redacción temático–formal a partir de una visión que bien puede
ser causalista, formalista, empirista o sustancialista, dependiendo
de su nivel o grado de desarrollo en tiempo y espacio.
El texto, en este contexto de experimento y memoria de la
estructura, pronuncia sus funciones, extensiones, intenciona-
lidades, comportamientos y políticas de la producción de sen-
tido, que aspiran también a transformar los hábitos de lectura
y comprensión de saberes específicos y generales. La cohesión
del texto científico depende, en sus diversas y especiales mira-
das, de la nuclearización y distribución procesual de las estruc-
turas y funciones del discurso científico mismo. Las marcas de
los diferentes tramados textuales y discursivos de la producción
científica, constituyen los conjuntos semióticos de la ciencia en
sus espaciamientos posicionales y conjeturales.
La redacción de un programa científico desde Descartes
hasta Marx, y de Marx a los neopositivistas y estructuralistas de
postguerra, motiva una reflexión particular unida a una prácti-
ca de producción de sentido que se debate entre la opacidad y
la transparencia enunciativa. En este orden, el texto científico
es un texto insertado en la historia crítica de la ciencia y en
la dinámica de una episteme educativa direcciona1. Todo lo
anterior implica también el hecho de que la mirada científi-
ca atilda como visión su sentido en la reconstrucción teórica
motivada por el programa científico mismo. Lo que equivale a
entender la línea de los diversos tratamientos de la textualidad
científica.
15
Racionalismo, empirismo, criticismo, idealismo
crítico, funcionalismo, mecanicismo y eclecticismo, entre otras
tendencias del conocimiento, se desarrollan como propuestas
científico-metodológicas y filosóficas diferenciales en texto,
contexto y comunidad de saber. El proceso de encuadre tex-
tual, importante para comprender el texto científico en una
perspectiva empírico-formal y percepto-cognoscitiva, solicita un
movimiento de posibilidades e instrucciones particularizadas:
15
Odalís G. Pérez, La escritura académica, Santo Domingo, UASD, Eds. MM,
2008. Toda una concepción hermenéutica en tal sentido se deriva del
esquema-ejemplo del texto científico.
Tomo II.indb 89 08/12/2009 08:28:18 a.m.
90 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Ejemplo de texto científico
TC —› Texto científico
R —› Referencia
CC —› Comunidad científica
ExpC —› Experiencia científica
CM —› Construcción de modelos
FDE —› Formalización discursiva o enunciativa
NC —› Nivel de comunicación
CCE —› Contexto de comunicación escrita
FTX —› Fijación de texto
La experiencia de estas funciones en dominios críticos ge-
nerales contribuye a formalizar y a legitimar el vocabulario en
la dinámica constitutiva del texto científico. La concepción del
análisis y la puesta en práctica del vocabulario en el marco de la
acción científica, motiva también la comprensión de los casos
en álgebra lineal, física teórica, cálculo y computación, biología,
ecología crítica y otros dominios areales.
Así las cosas, en el texto científico se hacen visibles los cate-
gorizadores materiales y formales en un contexto argumentativo
como el que aparece en el cuadro de la página siguiente.
El proceso de escritura y textualización enuncia su argumento
fundamental en texto, enunciación y situación de conocimiento.
El elemento sintáctico-proposicional y semántico-textual se ex-
presa en la dinámica de los signos, objetos y relaciones signifi-
cativas que influyen en la pragmática científica, a través de una
pedagogía científica elegida en la vertiente de Peter McLaren.
16
16
Véase en este sentido Peter McLaren, Pedagogía crítica y cultura depredadora,
Barcelona, Ed. Paidós, 1998.
Tomo II.indb 90 08/12/2009 08:28:18 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 91
La fórmula crítica practicada por las líneas de acción y distri-
bución enunciativas, se perfila en la escritura misma de la ciencia
y en el encuadre del discurso teórico y científico, caracterizable
en sus movimientos dialécticos y prospectivos. Todo lo que en
dicho texto-inscripción implica, recibe o transmite niveles de
contenidos y funciones descriptivos en posición, estrategia y
construcción textual, traduce los necesarios procesos diacróni-
cos y sincrónicos de la historia de la ciencia.
La suma enunciativa garantizada por los núcleos posicio-
nales, dinamiza entonces, y a través de estructuras verbales
Tomo II.indb 91 08/12/2009 08:28:18 a.m.
92 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
cognoscitivas, órdenes expresivos o discursivos. Los verbos de
conocimiento particularizados por modalidades, en el sentido
de Greimas
17
(deber, saber, conocer, poder hacer, saber hacer,
poder hacer saber, motivar, formalizar, reformar, conformar)
inducen a unificar prácticas y sentidos, acción y producción, pro-
nóstico y ley en el contexto de reconocimiento y comunicación
escalar y procesual.
En efecto, escritura, categorización, conceptualización, texto
y modelo de producción escrita, ejercen influencia en la línea de
producción y método de trabajo científico. La conformación aca-
démica de un método que se sostiene en su inscripción-escritura
como inducción-deducción-abducción, solicita de los llamados
medios de cohesión mundos cohesivos de sentido y ejecución
de modelos y programas. Para un marco de posición, refutación
y prueba, los sujetos del saber necesitan de la estructura verbal
y redaccional ligada al fundamento especial del conocimiento e
instrucción. En nuestro caso, la topografía científica de la inves-
tigación refiere siempre a un proceso establecido como produc-
tividad y concepción del saber direccional.
Las diversas lógicas y acercamientos al hecho científico, obe-
decen también a los diferentes programas legibles de investiga-
ción y escritura, a la vez que a un sistema de acentos sobre ejes,
matrices y lenguajes que podemos llamar empíricos, formales,
cognitivos, descriptivos y constructivos. David Locke
18
se refiere
a la problematicidad de un proceso científico conjetural, cuan-
do enuncia una situación de lenguaje e interés de la escritura
científica:
[…] el método científico no es fundamentalmente diferente
de otros modos de pensamiento humano. Ni la ciencia ha in-
ventado un esfuerzo de escritura que cumpla sólo una función
referencial y no funcione en lo absoluto como lenguaje. Un
científico al emplear un lenguaje, no puede despojarlo de todo
lo que se convierte en lenguaje. En particular, el lenguaje de la
17
A. J. Greimas, Del Sentido II, Madrid, Ed. Gredos, 1983 (1990); Cf. A. J.
Greimas y J. Courtés, Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje,
Madrid, Ed. Gredos, 1991.
18
David Locke, La ciencia como escritura, Madrid, Ed. Cátedra, 1997.
Tomo II.indb 92 08/12/2009 08:28:18 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 93
ciencia no puede dejar de funcionar como un artefacto social
porque el científico que maneja el instrumento del lenguaje si-
gue siendo un ser humano, y a través de la mediación humana
el lenguaje queda marcado con todo lo que marca el lenguaje
de todo ser humano. El científico que escribe es una persona,
y el mundo escribe a través de la persona, y la escritura es el
fundamento del instrumento.
19

David Locke insiste en corregir y criticar los paradigmas de la
ciencia a propósito de la naturaleza colectiva del esfuerzo cientí-
fico, puntualizando lo siguiente:
Pero si la naturaleza colectiva del esfuerzo científico no asegu-
ra la objetividad última del conocimiento científico, sin em-
bargo, delimita eficazmente el carácter de ese conocimiento. Y
esto permite identificar forzosamente el documento científico
como artefacto social. El reconocimiento de esta circunstancia
por parte de la contradicción distingue su propia posición
con respecto a la de la tradición. Los contradicionalistas ya no
ven el documento científico como un registro desnudo y sin
adornos de lo que el científico ha encontrado ordenado en la
naturaleza; lo ven, más bien, como un artefacto configurado
por las actividades colectivas de los científicos y empleados por
ellos en su intento de alcanzar el consenso.
20

Un autor como David Locke no escatima esfuerzos en definir
el contexto de la escritura como realidad. Según Locke
Los estructuralistas/postestructuralistas ven en todo discurso el
juego constante de sistemas de signos que no tanto representan
una realidad extrema, como constituyen ellos mismos lo que co-
nocemos como realidad. De acuerdo con su teoría de la instru-
mentalidad, la escritura es el instrumento que otorga asistencia
al mundo fenomenológico. Pero, ¿es cierto este modelo para el
discurso científico? Este discurso, ¿constituye, en algún sentido,
la realidad que los científicos investigan en su trabajo? Ninguna
sugerencia podría resultar más contraria al espíritu de la ciencia
19
Ver David Locke, La Ciencia..., p. 178.
20
Ibídem, pp. 180-181.
Tomo II.indb 93 08/12/2009 08:28:19 a.m.
94 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
tradicional. Su confianza positivista en estar revelando los verda-
deros, aunque ocultos secretos del mundo, es prácticamente la
raison d’ être de la ciencia tradicional.
21

La doxa filosófica en torno a la contratradición se inscribe en
el campo extensivo del juicio sobre la textualidad. Según Locke
La contratradición, como hemos visto, hace su propia crítica
de la ciencia positivista. Pero lo que está ausente, incluso en
los puntos de vista contratradicionales, en relación con la pers-
pectiva postestructuralista, es la noción central de textualidad,
el juicio de que los científicos, sus teorías, sus paradigmas, sus
interacciones sociales se hayan incorporado a la textualidad,
configurados y formados por la textualidad que los ha condu-
cido a la existencia.
22

El concepto textualidad es significativo para comprender
también la episteme propia del artículo científico. Locke ilustra
su inserción y constitución del código que organiza la forma-
sentido del mismo:
Una mirada a una revista científica pone de manifiesto ar-
tículos tras artículos con idénticos códigos organizativos,
con frecuencia hasta con encabezamientos idénticos. Toda
subdivisión de la ciencia comporta su vocabulario especial
aceptado, su modo prescrito de organización de su discurso.
Una o dos palabras cambian aquí, una o dos palabras que
cambian allá, y se produce un nuevo artículo científico.
23

Más adelante, Locke se autointerroga y se responde a propósi-
to del llamado nuevo artículo científico:
¿Puede dudarse de que los códigos del discurso de los científicos
tengan su efecto constitutivo? ¿Qué fin cumple la codificación
sino un fin de legitimación? La rectificación por parte de la co-
munidad sigue el mismo camino de la certificación del método
detallada en el artículo científico. Esta adecuación del artículo al
modelo apropiado reafirma su defensa de la validez que caracte-
21
Ibídem, p. 220.
22
Ibídem.
23
Ibídem, p. 221.
Tomo II.indb 94 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 95
riza a la ciencia institucional, con sus claves para la publicación,
para el apoyo financiero, la promoción y reconocimiento.
24
El artículo científico, o más bien, lo que llamamos el ensayo
científico, dispone y enuncia una información influyente en un
motivo epistémico práctico y significativo que adquiere valor en
un campo cognoscitivo y gnoseológico determinado. Lo que Da-
vid Locke analiza desde la crítica de la ciencia y las humanidades,
llama la atención por el encuadre más bien epistemológico, cate-
gorial, escritural y científicamente productivo.
Entendemos, en esta perspectiva, que una epistemología del
texto científico debe dar cuenta, y a la vez proponerse como ob-
jetivo, el encuadre de una gramática de la redacción científica,
como primer paso para elaborar también una metodología de
la escritura científica. El gran fallo de casi todos los programas
de investigación en la historia de la ciencia es precisamente la
ausencia de una teoría de la escritura científica, de la textualidad
científica y sus marcos pragmáticos de traducción.
En realidad, el programa o los programas de investigación y
escritura, han formulado hasta hoy tímidamente, y desde tonos
académicos autoritarios, algunos guiones útiles para la redacción
científica, pero la insuficiencia de los mismos hace que cada día
se produzcan más copias, propuestas parasitarias y muchas veces
inútiles, denominadas Metodología de la investigación, Cómo elaborar
tesis, Cómo se hace una tesis, Metodología del proceso de investigación,
Metodología de las ciencias sociales y otras.
Se trata, en el presente crítico de una ciencia de la escritura,
de formular los pasos o fases de producción de una gramática de
la redacción científica orientada también a una pedagogía de la
producción escrita con carácter especializado, esto es, una peda-
gogía crítica que entienda la redacción de textos especializados
o de especialidad como una prioridad para la conformación
técnica del escrito científico.
En tal sentido, el texto científico aspira a una convergencia
epistemológica asumida como posibilidad y necesidad argumen-
tativa y demostrativa, en el orden de una concepción crítica de
24
Ibídem.
Tomo II.indb 95 08/12/2009 08:28:19 a.m.
96 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la textualidad académica. El productor, profesor, ensayista o
escritor, que redacta trabajos científicos o ensayos académicos,
se debe plantear la problemática de un estilo enunciativo y re-
daccional, toda vez que el mismo determina, en muchos casos,
los efectos de transmisión y recepción de contenidos y temas
asumidos como proyecto y programa de trabajo, en el marco de
una dialéctica de la producción científica orientada en el ámbito
de una escritura particularmente calificada por sus valores epis-
témicos, simbólicos y semióticos.
Tomo II.indb 96 08/12/2009 08:28:19 a.m.
– 97 –
Kant y los historiadores de la Lógica.
El discurso kantiano sobre la Lógica clásica
1
Angel Moreta
2
I. El concepto lineal de los historiadores
de la lógica
A menudo se han sacado consecuencias precipitadas y prejui-
ciadas de la consecuencia de la conocida posición que Kant
mantuvo en relación con el desarrollo y el progreso futuro de
la Lógica clásica. Dichas conclusiones, que han venido por vía
de los manuales y las obras de algunos lustres historiadores de la
Lógica nos lucen sumamente discutibles.
La posición que aquí llamamos tradicional en relación con
este problema, puede más o menos ser formulada de la siguiente
manera:
Es sumamente natural que Kant no intentase introducir
innovaciones en el campo de la Lógica formal, dado que él
la concibió como una ciencia que para su época ya se había
1
Revista Humanidades, Santo Domingo, Edit. Universidad de Santo Domin-
go, pp. 46-50.
2
Director del Departamento de Filosofía de la UASD (1984-1990). Licen-
ciado en Filosofía (Brasil, 1971). Estudios de Maestría en Filosofía (Brasil,
1977). Estudios de Doctorado en Filosofía (Madrid, 1973). Licenciado en
Ciencias Jurídicas (Rep. Dominicana, 1989). Maestría en Sociología Rural
(FLACSO-UASD, 1985). Profesor de la UASD, desde 1971, en los Departa-
mentos de Filosofía y Sociología.
Tomo II.indb 97 08/12/2009 08:28:19 a.m.
98 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
desarrollado plenamente, y a la cual socialmente se le podría
agregar algunos detalles irrelevantes.
Siendo profesor de Lógica formal, Kant no podía intentar
modificaciones teniendo este punto de vista. La prueba más evi-
dente está en su obra: Logique, que recoge, gracias a la confianza
que depositó en su discípulo y amigo J. Iasche, sus lecciones uni-
versitarias de dicha disciplina. En esta obra Kant recrea, de una
manera puramente académica y escolar, la Lógica tradicional
que circulaba en el contenido de los manuales corrientes de la
época.
Pero este punto de vista, en algunos autores, es sumamen-
te intransigente. Consideramos que el problema relativo a la
concepción kantiana de la Lógica formal debe ser visto de una
manera menos radical, admitiendo la posibilidad de ampliar el
concepto de Historia de la Lógica.
3
Algunos historiadores de la Lógica excluyen a Kant, entre
otros filósofos modernos, de la historia de dicha disciplina por
considerar, no sin cierta justicia, que este pensador no aportó
ningún sistema de lógica formal, por ejemplo, un sistema de
Lógica sentencial, de Lógica de relaciones, de Lógica de clases,
o de predicados, etcétera.
Aún más, Kant perteneció, según la argumentación de los
historiadores,
4
a un período de infertilidad, de hostilidad y de
indiferencia hacia la Lógica formal; período comprendido entre
los siglos XVII y XIX. En este intervalo floreció, según Bochenski,
la Lógica por él llamada «clásica», que aparte de la pobreza de
su contenido, se caracterizó por su carencia de problemática
profunda y por una multitud de filosofemas no lógicos.
5
En consecuencia, y en los términos de Bochenski y otros, la
figura de Kant debe ser ignorada por la historia de la Lógica
formal, al igual que Wolff, Spinoza, los empiristas británicos,
3
Es necesario problematizar, hasta donde sea posible, el hecho de que tra-
dicionalmente se ha considerado a Kant como un «hado malo» del destino
y de las perspectivas de la Lógica formal. Ese será uno de los designios
fundamentales de otro artículo nuestro.
4
Fundamentalmente, entre ellos, el ilustre historiador Bochenski, en su
famosa Historia de la lógica formal. (Véase la bibliografía).
5
Bochenski, Historia de la lógica..., pp. 270 y ss.
Tomo II.indb 98 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 99
Descartes y Hegel, excepción hecha de Leibnitz. «Uno de los
mayores lógicos de todos los tiempos».
¿Por qué los historiadores han apreciado tan negativamen-
te el papel de Kant? Nos parece que tiene un carácter lineal
la interpretación corriente de que Kant no pudo contribuir al
desarrollo de la Lógica porque opinó justamente en contra de
su progreso. Lo mismo han dicho los historiadores de la Psico-
logía: que Kant se opuso al desarrollo de dicha ciencia cuando
se manifestó en contra de un conocimiento científico del alma.
Contamos con algunos trabajos que ofrecen una interpretación
no lineal de este problema, intentan mostrar precisamente lo
contrario, proponiendo una ampliación del concepto de Histo-
ria de la Psicología.
6
Consideramos que Kant desempeñó un papel positivo en re-
lación con la Lógica formal, pese a no haber presentado ningún
sistema formal y a que indudablemente se equivocó al juzgar que
después de Aristóteles dicha ciencia no hizo progreso alguno, ni
podrá hacerlo en el futuro. Y lo creemos así porque Kant preser-
vó carácter de ciencia de esta disciplina al delimitar su objeto de
estudio y su campo de aplicación, y establecer su significado y
función dentro del conocimiento.
En otras palabras, nuestra filosofía tiene una concepción
determinada de la Lógica Formal, aun sin haber presentado un
sistema forma condición importante esta última, al parecer, para
que los historiadores le concedieran un lugar en la historiografía
de dicha disciplina.
Al delimitar el dominio de la Lógica formal, Kant desem-
peñó, pues, un papel positivo. Antes de él el territorio de dicha
ciencia no estaba rigurosamente trazado, lo que dificultaría el
«progreso» y la posibilidad. Con la delimitación hecha por Kant,
resulta posible aclarar los límites de aplicación de sus criterios,
6
La tesis de doctorado La herencia olvidada de Kant… de Enerio Rodríguez
Arias, es un trabajo que camina en el sentido de una interpretación no
lineal del papel de Kant en la historia de la psicología; fue presentada
en 1974 en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de
Santo Domingo. Trabajo interesante que debe consultarse para aclarar la
discusión con respecto a Kant en la historia de la psicología.
Tomo II.indb 99 08/12/2009 08:28:19 a.m.
100 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
su papel en la comprensión de la verdad y las leyes del proceso
del conocimiento.
Kant fue un pensador moderno que, como Descartes o Ba-
con, no tuvo un proyecto de desarrollo de sistemas lógico-forma-
les. Sin embargo, los pensadores modernos levantaron muchos
problemas en torno a la naturaleza de la Lógica, a su carácter de
canon o de Organon, a su «papel» en el conocimiento científico,
etcétera.
Los pensadores modernos tenían preocupaciones filosóficas
y científicas diferentes a las que predominaron en la Edad Media
y la antigüedad clásica, y un proyecto de naturaleza no formal,
más bien epistemológico: un proyecto «moderno».
En el caso del autor de la Logique, si es verdad que se equi-
vocó en su manera de enfocar el papel, las características y los
límites de la Lógica formal. Atribuyó a ella un carácter «puro»
que más adelante la Lógica simbólica reclamaría para su propia
concepción.
Con estos resultados, más la propuesta de la Lógica trascen-
dental, Kant contribuyó a romper con la Lógica aristotélica al
mismo tiempo que fijaba el cuadro de las limitaciones que la
caracterizaban.
Favorecemos una concepción más abierta de la historia de
la Lógica en general y de la historia de la Lógica formal, en par-
ticular. Si permanecemos en una historia sujeta estrictamente
a los tratamientos que han recibido aspectos muy particulares
del pensamiento lógico, aunque le llamemos «Lógica formal»,
se nos escaparán, y obviamente tendremos que dejar «fuera»,
diversas dimensiones históricamente interesantes.
II. La lógica formal como ciencia terminada
La Lógica que Kant manejó fue la que recibió de la tradición filo-
sófica, es decir, la Lógica aristotélica. El proyecto epistemológico
que se propuso realizar le exigió, sin embargo, la elaboración de
otra Lógica que no fuese aquella recibida desde la antigüedad.
Partió para una lógica que llamó «trascendental» a la cual abrió
un campo propio de estudio diferente del territorio ocupado
por aquélla.
Tomo II.indb 100 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 101
La lógica tradicional, en manos de Kant, no sufrió ninguna
transformación sustancial. Su lugar, dentro de la filosofía, fue
preservado y sus límites fijados; lo que permitió tomar algunos
de sus elementos como punto de apoyo para la elaboración de
su lógica trascendental.
7
Pero sería un error considerarlo así, pues son aspectos que
pertenecen más a la elegancia de la ciencia que a su estructura.
Asimismo, la Lógica, según Kant, tampoco ha podido dar
ningún paso hacia delante,
8
y según toda apariencia, parece ya
cerrada y acabada. «Ante el caso de algunos modernos que han
tratado de ampliarla introduciendo» capítulos, ya de Psicología,
sobre las diversas facultades de conocer (imaginación, ingenio),
ya de Metafísica, sobre el origen del conocimiento, o sobre las
diferentes especies de certidumbre, según la diversidad de los
objetos (idealismo, escepticismo, etc.); ya de Antropología, sobre
los prejuicios (sus cosas y remedios), sólo han hecho palpable la
ignorancia que tienen de la propia naturaleza de esta ciencia.
9
En general, estos son casos de extrapolación en que se «tras-
pasan» los límites de una ciencia y se entra al campo de otras
(como la Metafísica y la Psicología); se produce en consecuencia
una «desnaturalización» de la Lógica.
Kant recuerda que la Lógica actual proviene de la analítica de
Aristóteles, quien con toda justicia puede ser considerado como
el Padre de la Lógica. Después de Aristóteles la Lógica alcanzó
una situación de envidiable estabilidad para otras ciencias; ella
solamente podría sufrir cambios superficiales, como por ejemplo,
ganar en exactitud, en precisión o en claridad (distinción), pero
no en contenido.
10
Aristóteles no omitió ningún momento del entendimiento;
nosotros –admite Kant– somos apenas más exactos, metódicos
y ordenados. «El autor de Crítica de la razón pura», por tanto, ha
7
Véase Vicente Torretti, La Filosofía de Kant, Universidad de Santiago de
Chile, 1967, pp. 256.
8
Crítica de la razón pura, p. 127. En lo adelante abreviaremos este título como
CRP.
9
Ibídem. Véase también, Patón, Kant’s Metaphysics of Experience, 1970,
pp. 188.
10
Kant, Logique, París, Edición francesa, Vrin, p. 20.
Tomo II.indb 101 08/12/2009 08:28:19 a.m.
102 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
logrado separar la Lógica tradicional, que él llama general, en
su carácter de ciencia, de las adiciones que le fueron hechas
después de Aristóteles. Inclusive, tales adiciones no fueron ge-
neralmente contribuciones a la materia o al contenido de dicha
ciencia, y sí a su forma. Por ejemplo, haciendo un balance de la
situación de la Lógica entre los filósofos de su tiempo, dice Kant
en la Logique que:
Se ha creído que el Organon de Lambert acrecentó mucho a la
lógica, pero él no contiene más que divisiones muy sutiles, que
como todas las sutilezas, aguzan el entendimiento, pero no son
de ninguna utilidad.
11
También, muy a menudo, fueron discusiones introducidas
ilegítimamente desde otras ciencias, como la Metafísica y la Psi-
cología.
En el número de los lógicos modernos, dice Kant al respecto,
debe también contarse a Crucius, pero éste no ha reflexionado
bastante acerca de la verdadera naturaleza de la lógica, pues
que su ciencia contiene principios metafísicos y traspasa de
este modo los límites de la lógica; además, establece un criterio
de verdad que no puede ser un criterio, y, de hecho, da libre
curso a todas las divagaciones.
12
Refiriéndose al aporte de los filósofos de su tiempo, Kant con-
sidera a Leibnitz y a Wolff como reanimadores de la Lógica Ge-
neral. Consideraba el manual de Wolff «La mejor lógica general
que poseemos», y que algunos «La han combinado con la lógica
aristotélica»; como Reusch Baumgarten fue un expositor cuyo
«mérito» consistió en abreviar la Lógica de Wolff, y el mérito de
Meier, en «comentar» a Baumgarten. Y el propio Kant se encarga
de recomendarlo.
Como vemos los manuales de la época inmediatamente
anterior a Kant no eran más que vulgarizaciones de la Lógica
aristotélica, ninguno de los cuales proponía innovaciones impor-
tantes. A ello es que apunta cuando afirmaba que hasta su tiempo
11
Ibídem, pp. 20-21.
12
Ibídem.
Tomo II.indb 102 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 103
solamente se había hecho contribuciones a la «elegancia» o a la
forma, pero no a la materia o al contenido de la disciplina. Kant
remata el balance histórico refiriendo que
En nuestros días no hay lógicos célebres. Nosotros no tenemos
que hacer nuevos descubrimientos en lógica, pues ella no con-
tiene más que la simple forma de pensamiento.
13
De modo que la Lógica tradicional, que según S. Stebbing,
es aquélla basada en las doctrinas de Aristóteles, de los Escolás-
ticos y de la Lógica de Port-Royal, era un imperio universal en
la época de Kant. El propio autor de la Crítica de la Razón Pura,
de 1797, profesó regularmente cada año un curso de Lógica en
la Universidad de Koenigsberg y utilizaba como libro de texto
el manual del wolffiano G.F. Meier, a quien Kant reconoció el
«mérito» de haber sido comendador de Baumgarten.
El resultado de estos cursos fueron las anotaciones publi-
cadas en 1880 con el nombre de Lógica, una obra que recrea
expositivamente la Lógica tradicional, pese a que toda ella está
dominada por el «espíritu» de la Crítica de la razón pura, como ha
dicho J. Vuillemin,
14
opinión que nosotros compartimos.
Repetimos: uno de los méritos de Kant, a pesar de haber es-
tado convencido del carácter «acabado» de la lógica aristotélica
tradicional, fue el haber establecido y delimitado con precisión
el objeto y el campo de estudio de la Lógica formal. Esto lo hizo
tanto en la Lógique como en la Crítica de la razón pura.
La Lógica anterior a Kant, entre ella la llamada de Port-
Royal, no había conseguido depurar tal objeto. Esta Lógica era
un buen ejemplo de una obra que pertenece más bien al arte de
la controversia.
13
Ibídem.
14
«La Lógica de Kant en son entier est dominée par la philosophie critique»,
observa J. Vuillemn en su artículo «Sur les rapports entre la logique forme-
lle et la logique trascendantale de Kant». Citado por L. Guillermit en las
notas desarrolladas para la Logique, p. 163.
Tomo II.indb 103 08/12/2009 08:28:19 a.m.
104 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Elabora sutilezas técnicas que oscurecen la aprehensión de los
principios formales envueltos en el razonamiento correcto.
15
Contra las conclusiones del objeto y la naturaleza de la Ló-
gica formal se levantó el maestro de Koenigsberg, reconociendo
en Aristóteles al pensador que por primera vez estudió y expuso
en la antigüedad los problemas de la lógica en toda su ampli-
tud y profundidad. Aristóteles, en efecto, fundó la ciencia de
la Lógica cuando comprendió la importancia de la forma de
una proposición y llegó a reconocer así que toda deducción es
formal. Fue el primer lógico, como reclama S. Stebbing, que se
interesó primordialmente por la forma, y el primer intento de
exhibir los principios formales de la deducción se le puede atri-
buir a él. Aristóteles observó nítidamente que las proposiciones
tienen forma, y que ella es fundamentalmente para el proceso
deductivo.
16
El estagirita ha sido venerado al estilo de un «progenitor vic-
toriano». La autoridad del padre de la Lógica ha sido admitida
sin discusión, incluso «en aquellos casos en que se ha considera-
do que sus doctrinas son erróneas». Un ejemplo de esa actitud
lo tenemos en Leibnitz, que se vio impedido de crear la Lógica
simbólica «debido a que le era imposible admitir que un Aristó-
teles pudiera estar errado».
17
Kant no ha sido un venerador de la autoridad de Aristóteles.
El autor de la Crítica de la razón pura, se preocupó por la Lógica
formal tradicional con el propósito de fijar su objeto y caracte-
rizar su naturaleza, y poder así partir para la propuesta mucho
más amplia de una nueva Lógica no formal y epistemológica: la
Lógica trascendental, que ultrapasa, en consecuencia, la tradi-
ción aristotélica.
Por otro lado, no hay duda de que el filósofo de Koenigsberg
se equivocó al considerar la Lógica formal como ciencia perfecta,
15
En cuanto a S. Stebbing, véase su Introducción moderna a la Lógica, México,
UNAM, 1965 (prefacio 1ra. edición), p. 194.
Stebbing, La Lógica de Port-Royal, publicada en 1662 con el título La logique
ou l’art de Penser, contenant outre les Regles outre les Regles comunes, plusieurs
observations nouvelles.
16
Ibídem, p. 194. Véase también Gorski, Lógica, México, Grijalbo, p. 32.
17
Véase Stebbing, ibídem, (prefacio 1ra. ed.).
Tomo II.indb 104 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 105
pero, como veremos, tal posición está lejos de haberse convertido
históricamente en un obstáculo al desarrollo de dicha ciencia.
III. El concepto de Lógica formal de Kant
Para Kant, la Lógica formal tiene sus límites «claramente
determinados». Ultrapasarlos, penetrando en terrenos ajenos,
sería desnaturalizarla. Por eso es una ciencia con una situación
«ventajosa». Ella se ocupa de exponer y demostrar rigurosamen-
te las reglas formales de todo pensamiento, independientemente
de que sea a priori o empírico, de que tenga determinado objeto
u origen o de que encuentre obstáculos naturales o accidentales
en nuestro espíritu. Así, «al hablar de conocimiento, se tiene ya
supuesta una lógica que los juzga, aunque por otra parte sea ne-
cesario acudir a las ciencias objetivas y propiamente dichas para
adquirir un verdadero conocimiento».
18
La razón para el éxito y la completitud de la Lógica formal
está en la limitación de su objeto o de su materia. La lógica Gene-
ral, que es como Kant llamaba a la Lógica formal, «sólo conside-
ra la forma Lógica de los conocimientos en todas sus respectivas
relaciones», es decir, la forma del pensamiento en general. Ella
hace abstracción de todo contenido del conocimiento, y analiza
nuestras representaciones «bajo el punto de vista de las leyes
con que el entendimiento las emplea y reúne entre sí cuando
piensa», sin interesare el que esas representaciones se originen
a priori en nosotros o que hayan sido dadas empíricamente. Las
fuentes de las representaciones no interesan y sí únicamente la
forma en que el entendimiento puede darlas.
19
La Lógica general es una ciencia de la forma porque estudia
las reglas universales y necesarias, del pensamiento, reglas que
18
Kant, CRP, p. 128.
19
Kant, CRP, p. 205. George Pascal, en La Pensée de Kant, (París, Bordas,
1976), dice « (…) la lógica formal, tal como Aristóteles la ha constituido
en la abstracción de todo contenido del conocimiento para no interesarse
que con la forma lógica de las proposiciones y con las relaciones resultan-
tes; su punto de vista es menos el de la verdad que el de la identidad o de
la coherencia», p. 59.
Tomo II.indb 105 08/12/2009 08:28:19 a.m.
106 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
no se refieren a la materia o al contenido del conocimiento y si
absolutamente a su forma o estructura.
Esas reglas absolutamente necesarias sin las cuales no podría-
mos del todo pensar, las encontramos reflexionando solamente
acerca del empleo del entendimiento en general, haciendo
abstracción de todo conocimiento que se adquiera únicamente
con motivo de los objetos y sin la consideración de los objetos
particulares del pensamiento. Ésta es la razón por la cual las re-
glas formales de todo uso del entendimiento en general pueden
ser discernidas a priori, es decir, independientemente de toda
experiencia.
20
Y, al mismo tiempo, encerrar las condiciones del
uso del entendimiento en general.
Es posible formarse una idea de la posibilidad de la lógica
como «ciencia de las leyes necesarias del entendimiento y de la
razón en general», (o de la simple forma del pensamiento en ge-
neral)», justamente de la misma manera como nos formaríamos
la idea de una Gramática general que no contendría sino «la
simple forma de la lengua en general», pero no las palabras que
forman la materia o el contenido de los distintos idiomas.
21
Las reglas o leyes lógicas no solamente son independientes
de toda experiencia particular o a priori (esto no significa que
ellas son conocidas antes de toda experiencia) sino que también
son universales y necesarias. Ahora bien, como lo universal y lo
necesario pueden ser conocidos universalmente a priori, la Lógica
general es una ciencia a priori, es decir, independiente de la ex-
periencia justamente por su carácter «formal»; la lógica ignora
todas las diferencias en los objetos del pensamiento, cualquiera
sea la naturaleza de ellos.
Es verdad, como sugiere Paton, que aquí no se sigue el error
común que consiste en asegurar que Kant trata en la lógica al
pensamiento como si éste no tuviere objeto. Esta tesis es errónea;
lo que Kant afirma, dice Paton, es que la Lógica general ignora las
diferencias en los objetos, pero asumiendo siempre que existen
objetos del pensamiento. La Lógica no está en la «obligación» de
explicar cuáles son esos objetos, sino que supone simplemente
20
Kant, Logique, pp. 10-11.
21
Véase Paton, Kant’s metaphysics..., pp. 190-191.
Tomo II.indb 106 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 107
que esos objetos son dados. Con razón se ha dicho que la Lógica
formal es una ciencia de la realidad ya construida y no de una
realidad por construir, de una realidad fenomenal.
22
Según Kant los lógicos no deben dejar de tener presente dos
cosas en relación con la Lógica general y Pura: en primer lugar,
que la Lógica como general «abstrae la materia del conocimiento
intelectual y toda la diversidad de sus objetos», ocupándose úni-
camente de la forma del pensamiento. En segundo lugar, que la
Lógica, como Lógica pura, «no tiene ningún principio empírico
(…), no toma nada (…) de la psicología (la cual) no tiene influen-
cia alguna sobre el canon del entendimiento». En otros términos,
que la Lógica general y pura es una «doctrina demostrada», y que
«todo debe ser en ella completamente cierto a priori».
23
Asimismo, también en la Lógique, la Lógica general es para
Kant una «ciencia demostrada» o una «doctrina», porque puede
se enseñada a partir de principios a priori, es decir, principios
que permiten reducir y demostrar todas sus reglas, a las cuales
debe conformarse todo conocimiento de la razón. Además, la
Lógica es una doctrina y no una crítica,
24
porque ella no se ocu-
pa del uso común o simplemente empírico del entendimiento y
de la razón, sino, como ya hemos dicho, de las leyes necesarias
y universales del pensamiento en general. Es una doctrina que
está al servicio de la crítica, puesto que la apreciación crítica su-
pone siempre una doctrina, un conjunto de principios a priori
universales y necesarios.
La Lógica, agrega Kant en otra parte de la Lógique, es más
que una simple crítica, «es un canon que sirve a la crítica, es
decir, que sirve de principio permitiendo juzgar de todo uso del
22
Ibídem, p. 191.
23
Kant, CRP, p. 204.
24
En la nota 5 de la Logique, L. Guillermit cita a Kant respecto a la distinción
entre doctrina y crítica: «La Lógica es una ciencia demostrada. Una ciencia
que puede ser enseñada a partir de principios a priori se llama Doctrina;
en consecuencia, la lógica igualmente… La Lógica, ¿es una doctrina o una
crítica? Porque ella debe ser una piedra de toque y porque debe proceder
nuestro entendimiento, es una doctrina. La apreciación crítica supone
siempre una doctrina. La lógica no es, en consecuencia, una crítica, pero
está a su servicio». P. 165.
Tomo II.indb 107 08/12/2009 08:28:19 a.m.
108 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
entendimiento en general, de su rectitud desde el punto de vista
de la simple forma (…)
25
dado que ella no es un organon, esto
es, un instrumento o un conjunto de principios que sirvan para
el conocimiento de todo objeto.
La Lógica general es un canon a título de ciencia de las leyes
necesarias del pensamiento, sin las cuales no habría ningún uso
del entendimiento y la razón. Esas leyes necesarias, en conse-
cuencia, son las condiciones bajo las cuales el entendimiento
puede y debe ponerse de acuerdo consigo mismo. Es una lógica
de la identidad del pensamiento consigo mismo antes que una
lógica de la verdad, o una lógica de la realidad a ser construida
(es decir, una Lógica trascendental).
Del hecho de que la Lógica general tenga esa calidad de
canon del entendimiento se desprende su imposibilidad de
prestarse como principio para ninguna otra ciencia y para nin-
guna experiencia. Ella no puede servir de principio empírico,
por ejemplo, a la Psicología, de la cual no toma nada, «como
frecuentemente se ha hecho creer», ni a la Estética, pues sólo
debe contener las leyes a priori, necesarias y relevantes para la
experiencia en general.
26
IV. Diferencias de la Lógica general
con la Psicología y la Estética
La Lógica general, cuya caracterización venimos exponien-
do según el pensamiento de Kant, es una ciencia a priori de las
leyes necesarias del pensamiento y del uso correcto del entendi-
miento y de la razón en general. Por tanto, funciona de manera
objetiva (según principios a priori), y no de manera subjetiva
(según principios empíricos o psicológicos).
25
Kant, Logique, p. 14.
26
Kant, CRP, p. 204; Logique, pp. 12 y 13, Kant dice: «En Lógica, yo no pregun-
taré: qué conoce el entendimiento y cómo puede conocer, es decir, ¿hasta
dónde va su conocimiento? Porque se trataría de su propio conocimiento
desde el punto de vista de su uso material, conocimiento que formaría par-
te, en consecuencia, de la metafísica». En Lógica, dice Kant, la cuestión es
únicamente: ¿Cómo el entendimiento se conoce a sí mismo? Logique, p. 13.
Tomo II.indb 108 08/12/2009 08:28:19 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 109
La Lógica general, en efecto, deja de lado la investigación de
las condiciones empíricas en las que es aplicado el entendimien-
to, pues, ello llevaría a la explicación de cómo el entendimiento
piensa (es decir, de su mecanismo y de su proceder), pero no a
la explicación de cómo él debería pensar.
27
En la Lógica General Pura dice Kant en la crítica de la razón pura
abstraemos todas las condiciones empíricas bajo las que ha sido
aplicado nuestro entendimiento, por ejemplo: la influencia de
los sentidos, el juego de la imaginación, las leyes de la memo-
ria, el poder del hábito, la inclinación, etc., por consiguiente,
también las fuentes de los prejuicios, y en general, todas las
causas verdaderas o supuestas de que pueden derivar ciertos
conocimientos, que por no referirse sólo al entendimiento,
necesitan de la experiencia.
28
En su Lógique, Kant intenta responder a aquéllos «lógicos
que suponen principios psicológicos en la Lógica», pues admitir
tales principios en la Lógica es tan absurdo como sacar la moral
de la vida.
29
El argumento de Kant tiene dos consideraciones fundamen-
tales: Primero, si investigamos los principios de la Psicología,
nos estaremos moviendo simplemente a un nivel empírico, lo
que conducirá al conocimiento de leyes contingentes; segundo,
dado que la Lógica no trata de saber cómo pensamos (y sí cómo
debemos pensar), las reglas de la Lógica deben ser sacadas del
uso necesario del entendimiento, «que se encuentra en sí mismo
sin ninguna psicología». Lo que se quiere saber en la Lógica es
cómo el entendimiento deberá proceder en el pensar, y no cómo
él es, cómo él piensa y cómo él procede.
30
No solamente de la Psicología, sino también de la Estética debe
ser distinguida la Lógica general y pura. La Lógica es un canon del
27
Véase: Logique, pp. 14-15.
28
Kant, CRP, p. 203. La Lógica general y pura, dice ahí mismo, tiene por único
objeto principal a priori y es un canon del entendimiento y de la razón,
pero únicamente en relación a la parte formal de su uso, sea el que fuere
por otra parte su contenido (empírico o trascendental).
29
Kant, Logique, p. 12.
30
Ibídem, p. 12.
Tomo II.indb 109 08/12/2009 08:28:20 a.m.
110 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
uso del entendimiento, y de la razón; la Estética, en cambio, no
tiene canon (ley), y sí solamente una norma que consiste en el
asentimiento universal.
31
Ella contiene las reglas del acuerdo del
conocimiento con las leyes de la sensibilidad; la Lógica, las reglas
del acuerdo del conocimiento con las leyes del entendimiento.
La Estética solamente tiene principios empíricos, y no puede
en consecuencia ser una ciencia o «doctrina», pues, según Kant,
se entiende por doctrina «una enseñanza dogmática sacada de
principios a priori».
32
La distinción entre Estética y Lógica tiene su base en la se-
paración, hecha en la Logique
33
y no sólo en la Crítica de la razón
31
Ibídem, p. 14.
32
Ibídem La definición completa de doctrina es la siguiente: «Una enseñan-
za dogmática sacada de principios a priori, donde se discierne todo por el
entendimiento sin información tomada de otra parte de la experiencia y
que nos proporciona las reglas cuya observación conduce a la perfección
deseada». (p. 14). Véase la nota 19. En ella se percibe la distinción hecha
por Kant, entre doctrina y crítica, es un texto de la CRP citado por L. Gui-
llermit en la p.165 de la Logique, nota 5. Aquí «doctrina» es definida como
una ciencia que puede ser enseñada a partir de principios a priori», y la
Lógica, como una «ciencia demostrada» porque debe ser una piedra de
toque y debe preceder nuestro entendimiento. La Lógica es una doctrina
que está al servicio de la crítica.
33
La Logique expone la Lógica tradicional, pero toda ella, como ha dicho
Vuillemin (véase nota 12), está bajo el signo del Kant crítico de la CRP. En
la p. 35 se lee: «En todo conocimiento es necesario distinguir la materia, es
decir, el objeto y la forma, es decir, la manera como nacen las representa-
ciones, y es simplemente cómo ellas se devienen con la forma lógica […] A
decir verdad, la lógica trata del conocimiento, porque en el conocimiento
ya hay pensamiento. Pero una representación no es todavía conocimiento,
es el conocimiento el que presupone siempre la representación»,(p. 35).
«[…] Hay un uso del entendimiento en matemática, en metafísica, en mo-
ral, etc. Las reglas de ese uso determinado y particular del entendimiento
en esas ciencias son contingentes, porque es contingente que yo piense
tal y cual objeto, al cual esas reglas particulares se refieren». (p. 910). «Al
reflexionar sobre nuestro conocimiento desde el punto de vista de las dos
facultades esencialmente diferentes de sensibilidad y del entendimiento,
de donde ellas nacen, nosotros somos conducidos a la distinción entre
intuiciones y conceptos. De hecho, todos nuestros conocimientos, consi-
derados desde ese punto de vista, son sea intuiciones, sea conceptos. Las
primeras tienen su fuente en la sensibilidad, facultad de las intuiciones, las
segundas, en el entendimiento, facultad de los conceptos […]».
Tomo II.indb 110 08/12/2009 08:28:20 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 111
pura, de sensibilidad y entendimiento. «Estas dos facultades o
capacidades no pueden trocar sus funciones. El entendimiento
no puede percibir y los sentidos no pueden pensar cosa algu-
na. Solamente cuando se unen, resulta el conocimiento. Lejos
de confundir sus funciones, importa separarlas y distinguirlas
cuidadosamente. En semejante distinción se halla la basa para
distinguir también la ciencia de la sensibilidad en general, es
decir, la Estética, de las ciencias de las leyes del entendimiento
en general, es decir, de la Lógica».
34
La Lógica, pues, como ciencia general, abstrae la materia del
conocimiento; y como ciencia pura, no tiene ningún principio
empírico, sea de la Psicología o de la Estética.
V. La Lógica general como analítica y como
Lógica dialéctica
Canon y Organon
De la caracterización de la Lógica general hecha por Kant en la
Logique y la Crítica de la razón pura, se desprende una diferencia en-
tre el concepto de canon y el de Organon. El primero se refiere
al conjunto de principios a priori que regulan el uso correcto de
«ciertos poderes» del entendimiento y de la razón, «únicamente en
relación a la parte formal de su uso, sea el que fuere por otra parte
su contenido».
35
De esta manera la Lógica como canon establece la
condición negativa, sine qua non, de la verdad, es decir, establece las
condiciones necesarias, el criterio puramente lógico de la verdad:
La conformidad del conocimiento de las leyes universales y forma-
les del entendimiento y de la razón,
36
aunque no suficiente, de la
verdad.
34
CRP, p. 202. Sabemos que en el pensamiento de Kant la Estética no puede
ser una «ciencia». En la cita, sin embargo, se le llama de tal. Tal inexactitud
puede ser de carácter accidental, debido a la traducción o a la termino-
logía del propio Kant, que no siempre es clara, como lo han enfatizado
diversos autores.
35
Paton, Kant’s Metaphysics..., ahí también habla de «ciertos poderes del en-
tendimiento», pp. 189-190.
36
Kant, CRP, ibídem, p. 203.
Tomo II.indb 111 08/12/2009 08:28:20 a.m.
112 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Por otra parte, el concepto de Organon, en el contexto de
la Crítica de la razón pura,
37
se refiere, en general, a determinado
instrumento que nos conduce al conocimiento de los objetos.
Por Organon nosotros entendemos, dice Kant,
38
la indicación
del modo de llegar a un conocimiento determinado, lo que supo-
ne que yo conozco previamente el objeto. En consecuencia, un
Organon de la ciencia no es una simple lógica, pues presupone el
conocimiento preciso de las ciencias, de sus objetos y de sus fuen-
tes. La Lógica, que no puede anticipar la materia de las ciencias,
de sus objetos y de sus fuentes; la Lógica, que no puede anticipar
la materia de las ciencias, en su calidad de propedéutica universal
de todo uso del entendimiento en general, es solamente -con-
trario a las matemáticas- un arte universal de la razón (Canónica
Epicuri); y únicamente podría ser llamada Organon en la medida
en que ella sirve a la apreciación crítica de nuestro conocimiento,
pero no a su extensión. En cambio, la matemática es un excelente
Organon porque es una ciencia que contiene el principio de la
extensión de nuestro conocimiento en función de un cierto uso
de la razón. La Lógica, al contrario, no puede formar parte de
otras ciencias ni anticipar nada sobre la materia
.39
Analítica y dialéctica
La analítica es aquel aspecto de la Lógica general que descom-
pone en sus elementos toda la obra formal del entendimiento y
de la razón, presentándolos como principios para la apreciación
lógica del conocimiento. Ella descubre por análisis todos los
actos de la razón que efectuamos en el pensamiento en general.
La analítica investiga la forma del entendimiento y de la razón;
se le podría llamar una Lógica de la verdad (formal), es decir,
Lógica de la identidad porque ella encierra las reglas; el cono-
cimiento es no verdadero en sí mismo, independientemente de
sus objetos.
40
37
Ver Lalande, sobre canon y Organon.
38
Kant, Logique, p. 102.
39
Ibídem, pp. 11-12.
40
Ibídem, p. 15; CRP, p. 208.
Tomo II.indb 112 08/12/2009 08:28:20 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 113
Las reglas necesarias de toda verdad formal, establecidas en
la analítica de la Lógica general, son la piedra de toque negativa
de la verdad, porque la forma de todo conocimiento tiene que
ser juzgada y comprobada de acuerdo con esas reglas, antes que
examinar el contenido de esta razón.
La analítica no es más que un canon, que permite la apre-
ciación de la corrección formal de nuestro conocimiento. Es una
doctrina simplemente teórica y general, por tanto, que no basta
en modo alguno para decir sobre la verdad material (objetiva) del
conocimiento.
41
En síntesis, existe en la historia de la Lógica un punto de vista
cerrado e intransigente con respecto a la concepción de la disci-
plina en E. Kant. Se ha sostenido que el pensador de Koenigsberg
no aportó ningún sistema formal a la Lógica y que perteneció a un
período de hostilidad y de indiferencia hacia esa disciplina.
Los historiadores de la Lógica formal han aceptado que Kant
no pudo contribuir al desarrollo de esa ciencia porque en la Crí-
tica de la razón pura, su obra capital, opinó justamente en contra
de su progreso, al situarla como ciencia terminada.
Hemos visto que su preocupación clave con respecto a esa dis-
ciplina consistió en trazar sus límites como ciencia, delimitando
de manera precisa su dominio propio, trazando el territorio de di-
cho saber, que no estaba rigurosamente recortado. Mediante ese
trabajo de bisturí haría posible el «progreso» hacia la posibilidad
de que se desarrolle una nueva Lógica, una Lógica trascendental,
capaz de explicar el conocimiento científico de la modernidad.
Era necesario fundar una nueva Lógica, una Lógica trascen-
dental, para poder explicar la producción y las condiciones de
posibilidad del conocimiento científico. Tal era el proyecto kan-
tiano. Aquellos pensadores modernos que trataron de ampliar la
lógica formal introduciendo, en ella, capítulos de psicología, de
metafísica, o de antropología, sólo hicieron manifiesta la igno-
rancia que tenían de la propia naturaleza de esa ciencia, cerrada
y acabada, al parecer, según toda apariencia.
41
Ibídem.
Tomo II.indb 113 08/12/2009 08:28:20 a.m.
114 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Bibliografía
Kant, E. Logique, París, Libraire Philosophique, J. Vrin, 1970.
______.Crítica a la razón pura, Buenos Aires, Ed. Losada, 1970, 2
tomos.
Lalande. Vocabulaire Critique et Technique de la Philosophie.
Paton. Kant’s Metaphysics of experience, London/New York, Allen &
Unwin [1936], 1970.
Stebbing, S. Introducción moderna a la lógica, México, UNAM,
1965.
Torretti, V. La filosofía de Kant, Universidad de Chile, 1967.
Vuillemin, J. «Sur les rapports entre la logique formelle et la logique
trascendentale de Kant» (cit. por L. Guillermit en las notas de-
sarrolladas para la Logique, p. 163).
Tomo II.indb 114 08/12/2009 08:28:20 a.m.
– 115 –
El falsacionismo de Popper
y la filosofía de la ciencia
1
Enerio Rodríguez Arias
Universidad Autónoma de Santo Domingo
La filosofía de la ciencia forma parte de un conjunto de disci-
plinas que, por ocuparse de estudiar a la ciencia como tal, han
recibido el nombre de metaciencia. La metaciencia incluye la
historia de la ciencia, la filosofía de la ciencia, la sociología de la
ciencia y, de desarrollo más reciente, la psicología de la ciencia.
Dentro de la filosofía de la ciencia cabe distinguir la metodolo-
gía, la epistemología y el estudio de las teorías científicas.
Hasta el advenimiento de Immanuel Kant (1724-1804), nin-
gún filósofo conoció un sistema científico. Todos los fi1ósofos
anteriores a Kant que se interesaron por el conocimiento, tu-
vieron que hablar de un conocimiento posible o deseable. Kant
fue el primero que pudo hablar del conocimiento científico,
porque cuando apareció en el escenario filosófico ya existía una
ciencia positiva: la mecánica racional o física newtoniana; es por
eso que su teoría es sobre el conocimiento científico. Lo prime-
ro que observa Kant
2
es que la ciencia newtoniana se compone
de juicios (hoy diríamos de proposiciones), en las cuales hay un
sujeto del cual se predica algo. El estudio de estos juicios consti-
tuye el punto de partida de la filosofía kantiana. Desde el punto
de vista lógico, los juicios pueden ser analíticos o sintéticos. Los
1
Publicado originalmente bajo el título de: «Un aporte de Karl R. Popper a
la filosofía de la ciencia», Paradignas. Revista de crítica filosófica e investigación
en humanidades, Año 1, No. 1, pp. 28-49, enero-junio 2003.
2
I. Kant, Crítica de la razón pura, México, 1977.
Tomo II.indb 115 08/12/2009 08:28:20 a.m.
116 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
juicios analíticos son aquellos en los cuales el predicado está
contenido en el sujeto, por ejemplo, «todo triángulo tiene tres
ángulos»; los sintéticos, en cambio, son aquellos en los cuales el
predicado no está contenido en el sujeto, por ejemplo, «el calor
dilata los cuerpos». Desde el punto de vista epistemológico, los
juicios pueden ser a priori o a posteriori. Los juicios a priori
son aquellos cuyo contenido no está tomado de la experiencia
y, en consecuencia, su valor de verdad puede ser determinado
sin el concurso de la experiencia, por ejemplo, «dos más dos
son cuatro». Los juicios a posteriori son aquellos cuyo conte-
nido está tomado de la experiencia, y su valor de verdad sólo
puede ser determinado mediante el concurso de la percepción
sensible, por ejemplo, «Pedro mide seis pies de estatura». Los
juicios analíticos descansan en el principio de identidad, son
tautologías, porque repiten en el predicado lo que ya está dicho
en el sujeto. Por eso, son siempre verdaderos. Pero además de
ser verdaderos, son necesarios y universales, porque son inde-
pendientes de la experiencia; es decir, son juicios a priori. Los
juicios sintéticos, en cambio, descansan en la experiencia; es
decir, son verdaderos en la medida en que los avale la expe-
riencia y, como consecuencia de esto, son también particulares
y contingentes; estos juicios son a posteriori. En resumen, los
juicios analíticos son verdaderos, necesarios y universales, pero
como son meras tautologías, no dicen nada sobre el mundo. Los
juicios sintéticos, en cambio, dicen algo sobre el mundo, pero
como su valor de verdad tiene que ser determinado por medio
de la experiencia, no siempre son verdaderos, y siempre son
contingentes y particulares.
Kant se pregunta a cuál de las dos clases pertenecen los jui-
cios de la ciencia que él encuentra ya establecida, y se ve obliga-
do a concluir que no pertenecen a ninguna de las dos clases. No
pueden ser analíticos porque esos juicios científicos hablan del
mundo, no son meras tautologías; pero tampoco pueden ser sin-
téticos porque esos juicios científicos son verdaderos, necesarios
y universales, y una verdad necesaria y universal no puede tener
su origen en la experiencia. Ante esta situación, Kant concluye
que los juicios de la ciencia tienen que ser juicios sintéticos, por-
Tomo II.indb 116 08/12/2009 08:28:20 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 117
que de lo contrario no aumentarían nuestro conocimiento del
mundo, pero al mismo tiempo tienen que ser juicios a priori,
porque de lo contrario no serían universales y necesarios. En
suma, para Kant, los juicios de la ciencia tienen que ser juicios
sintéticos a priori. La Crítica de la razón pura está dedicada a de-
terminar las condiciones que hacen posible los juicios sintéticos
a priori. En este sentido, en la Estética trascendental, Kant ofrece
su demostración de la posibilidad de los juicios sintéticos a priori
en la matemática. La Analítica trascendental es dedicada a demos-
trar la posibilidad de los juicios sintéticos a priori en la física.
La última parte de la Crítica de la razón pura, titulada por Kant
«Dialéctica trascendental», está dedicada a contestar la pregunta
de si son posibles los juicios sintéticos a priori en la metafísica.
En la perspectiva kantiana, en todo conocimiento se da la con-
fluencia de dos elementos: la forma y el contenido. El elemento
formal está determinado por las condiciones a priori del espacio,
el tiempo y las categorías. El contenido es proporcionado por la
percepción sensible. Es este contenido ajustado a la forma lo que
Kant llama realidad objetiva, la realidad del objeto a conocer. La
forma sin el contenido es vacía; el contenido sin la forma es caó-
tico. Según Kant, la metafísica pretende conocer cosas que no
son objetos; esta pretensión atenta contra la esencia misma del
conocimiento. Después de determinar que el alma, el universo y
Dios no califican como objetos de conocimiento, Kant concluye
que la metafísica es imposible como ciencia racional.
He comenzado esta exposición sobre uno de los aportes de
Karl Popper a la filosofía de la ciencia con un breve resumen
de la perspectiva kantiana sobre la relación entre la ciencia y la
metafísica y su conclusión acerca de la imposibilidad de un cono-
cimiento racional de cualquier realidad trans-empírica, porque
constituye el primer testimonio de una historia de intermitentes
tensiones entre el conocimiento científico y el conocimiento de
realidades trans-empíricas. Ofreceré a continuación los detalles
del esfuerzo realizado por Popper para establecer un criterio
que permita distinguir entre la ciencia y la metafísica. El punto
de vista de Popper al respecto se comprende mejor si se expone
dentro del contexto filosófico en que se desarrolló, a saber, como
Tomo II.indb 117 08/12/2009 08:28:20 a.m.
118 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
una reacción a los planteamientos hechos por los representantes
del llamado Círculo de Viena.
Según Kraft,
3
los antecedentes del Círculo de Viena se remon-
tan al año de 1895, cuando en la Universidad de Viena se creó la
cátedra de Filosofía de las Ciencias Inductivas, la cual fue asignada
a Ernst Mach, quien la ocupó hasta 1901. Boltzman la ocupó de
1902 a 1906. La cátedra fue posteriormente ocupada por otros
filósofos, hasta que en 1922 se nombró en ella a Moritz Schlick.
Éste, igual que sus predecesores, había llegado a la filosofía desde
la física, pero a diferencia de ellos tenía un profundo conocimien-
to de la filosofía. Pronto se formó en Viena, alrededor de Schlick,
un círculo de estudiosos de la filosofía. Lo constituían, entre otros,
Waismann, Neurath, Feigl, Carnap, Hahn, Kraft, Kaufmann y Gö-
del. Las discusiones en el Círculo estaban profundamente influi-
das por las doctrinas de Russell y el primer Wittgenstein. Como se
sabe, Russell
4
creyó haber encontrado el fundamento de las mate-
máticas en la lógica. De su colaboración con Whitehead resultó un
sistema lógico que, en su opinión, proporcionaba un instrumento
lingüístico capaz de expresar con precisión todo lo expresable. En
el sistema russelliano las proposiciones pueden ser de dos clases:
las simples o atómicas (Pedro estudia) y las compuestas o mole-
culares (si Pedro estudia, entonces adquiere conocimiento). Las
moleculares se forman uniendo dos o más proposiciones atómicas
mediante conectivas lógicas. Tada proposición simple es verda-
dera o falsa, dependiendo de si corresponde o no al hecho que
designa, pero la 1ógica no cuenta con los medios para constatar
esa correspondencia.
La lógica se limita a calcular el valor de verdad de las propo-
siciones compuestas a partir de los posibles valores de verdad de
las proposiciones simples. En síntesis, el valor de verdad de una
proposición molecular es una función de los valores de verdad
de sus componentes. Partiendo de estas consideraciones, Russell
llegó a pensar que la estructura del mundo debe ser como la del
lenguaje de su lógica: así como las proposiciones compuestas se
3
V. Kraft, El círculo de Viena, Madrid, 1966.
4
B. Russell, «Atomismo lógico», en A. J. Ayer (ed.), El Positivismo Lógico,
México, D.F., 1965, pp. 37-56.
Tomo II.indb 118 08/12/2009 08:28:20 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 119
descomponen en proposiciones simples irreductibles, de la mis-
ma manera el mundo reflejado por el lenguaje ha de desglosarse
en hechos atómicos, últimos y separados.
EI primer Wittgenstein, el Wittgenstein del Tractatus,
5
que
a través de Schlick y Waismann influyó en el Círculo de Viena,
sostiene que toda proposición elemental representa un hecho
atómico; es como una representación o figura del hecho. El
hecho atómico es lo que corresponde a la proposición si ésta es
verdadera. Las proposiciones no elementales son funciones de
verdad de las elementales. El lenguaje es entonces una especie
de mapa de la realidad. La relación entre el valor de verdad de
las proposiciones compuestas y los valores de verdad de sus com-
ponentes, se expresa mediante las conocidas tablas de verdad,
inventadas por el mismo Wittgenstein:
6

Como se puede observar en las tablas anteriores, el valor de
verdad de cualquier proposición compuesta es una función de los
valores de verdad de las proposiciones elementales que la compo-
nen. Sin embargo, Wittgenstein identificó dos formas extremas
de expresiones lingüísticas: las que son compatibles con todos
los valores posibles de las proposiciones elementales y las que
son incompatibles con todos los valores posibles de las mismas. A
las primeras las llamó «tautologías» y a las segundas «contradic-
ciones». A toda expresión tautológica corresponde una tabla de
verdad que sólo contiene valores de verdad positivos (siempre
5
L. Wiittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, New York, 1961, pp. 32-37.
6
Ibídem.
Tomo II.indb 119 08/12/2009 08:28:21 a.m.
120 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
verdadera), por ejemplo, la disyunción de una proposición y su
negación:
En cambio, toda expresión contradictoria tiene una tabla de
verdad que sólo incluye valores de verdad negativos (siempre
es falsa), por ejemplo, la conjunción de una proposición y su
negación:
Ni las tautologías ni las contradicciones expresan nada so-
bre la realidad; según Wittgenstein, las primeras dejan abierto
todo el espacio lógico a la realidad, mientras que las segundas
no dejan ningún espacio lógico a la realidad. Para Wittgenstein,
las proposiciones de la lógica pertenecen a la clase de las tauto-
logías y en esa condición no dicen nada. Son verdades a priori,
independientes de los hechos y que, por tanto no pueden ser
verificadas ni refutadas por ellos.
Dejando a un lado las contradicciones, las proposiciones se
reducen a dos clases: las analíticas y las sintéticas. Las primeras
no tienen contenido significativo alguno; siendo tautologías,
no requieren de validación adicional. Pero las segundas, que
Tomo II.indb 120 08/12/2009 08:28:21 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 121
se refieren a hechos y cosas, deben tener una garantía en la
experiencia. Para establecer esa garantía fue que se elaboró el
principio de verificabilidad. Este principio tiene su raíz en la fi-
losofía de Wittgenstein. Éste, en sus conferencias de Cambridge
del período 1930-1933, reportadas por Moore,
7
lo formuló de
la siguiente manera: «el sentido de una proposición es el modo
en que ella es verificada». Luego, Schlick
8
hizo una formulación
más elaborada. Concuerda con Wittgenstein en que el sentido
de una proposición consiste en el método de su verificación,
pero es mucho más específico que éste al explicar el concepto
de verificabilidad. A ese respecto señala que
para hallar el sentido de una proposición, debemos transfor-
marla mediante sucesivas definiciones hasta que finalmente
sólo contenga palabras que no pueden ser definidas y cuyo
sentido pueda ser directamente señalado.
9

Como puede verse, Schlick exige que el término del análisis
sea siempre la experiencia y que el contacto entre palabra y ex-
periencia se establezca por medio de una definición ostensiva.
En un principio, Schlick no distinguió entre las condiciones para
establecer la verdad de una proposición y las condiciones para
determinar su sentido. La confusión es clara cuando Schlick dice
que
toda proposición tiene sentido en tanto puede ser verificada, y
dice tanto cuanto es verificado.
Posteriormente Schlick aclaró que decir que una proposición
tiene sentido sólo si es verificable no es lo mismo que decir que
su sentido depende del hecho de su verificación. De esa manera,
Schlick distingue entre la posibilidad lógica de verificar una pro-
posición y las circunstancias empíricas que establecen la verdad
de la misma. Entonces, para que una proposición tenga sentido,
basta con describir el hecho o el proceso que pudiere verificarla;
7
G. E. Moore, «Wittgenstein’s lectures in 1930-1933», en R. A. Ammerman
(ed.), Classics of Analytic Philosophy, New York, 1995, pp. 233-284.
8
M. Schlick, «Positivismo y realismo», en A. J. Ayer (ed.), El Positivismo Lógi-
co, México, D.F., 1965, p. 93.
9
Ibídem.
Tomo II.indb 121 08/12/2009 08:28:21 a.m.
122 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
vista en esta forma, la verificabilidad como criterio de sentido
no pasa de ser una posibilidad en el orden lógico. Al distinguir
entre la posibilidad lógica de verificación o verificabilidad en
principio, y la verificación física o práctica, y exigir tan sólo la
primera como criterio de sentido para las proposiciones sinté-
ticas, Schlick proponía una versión más aceptable del principio
de verificabilidad.
Pero aun en la versión modificada, el principio encontraba
un escollo, a saber, el problema de si una proposición sintética
es susceptible de verificación completa, siquiera en principio. Se-
gún Ayer,
10
se puede entender la verificabilidad en dos sentidos.
En un sentido fuerte, una proposición es verificable si, y sólo
si su verdad puede establecerse concluyentemente mediante la
experiencia. En un sentido débil, son verificables aquellas pro-
posiciones que la experiencia hace probables. A juicio de Ayer,
para que una proposición sintética tenga sentido basta con que
sea sometida a la prueba de la verificabilidad débil. Dice Ayer:
La pregunta que debe hacerse a propósito de una presunta pro-
posición de hecho no es ¿habrá alguna observación que haga
su verdad o falsedad lógicamente cierta?, sino sencillamente:
¿Habrá alguna observación relevante para la determinación de
su verdad o de su falsedad?
11

Carnap, por otra parte, después de adherirse inicialmente
12
a
la doctrina estricta que identificaba el sentido de una proposición
con su verificabilidad, adoptó una posición más flexible hasta el
punto de sugerir la sustitución del término «verificabilidad» por
el de «confirmabilidad».
13
Dice Carnap:
Si por verificación se entiende el establecimiento final y defini-
tivo de la verdad, entonces ninguna proposición (sintética) es
verificable jamás. Solamente podemos confirmar más y más un
10
A. J, Ayer, Lenguaje, verdad y lógica, Buenos Aires, 1965, pp. 43-44.
11
Ibídem.
12
R. Carnap, «La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del
lenguaje», en A. J. Ayer (ed.), El Positivismo Lógico, 1965, pp. 66-87.
13
R. Carnap, «Testability and meaning», en R. A. Ammerman (Ed.), Classics
of Analytic Philosophy, New York, pp.130-195.
Tomo II.indb 122 08/12/2009 08:28:21 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 123
enunciado. Por consiguiente, hemos de hablar de problema
de confirmación en vez de problema de verificación.
14

La propuesta de Carnap implica una mayor flexibilidad del
criterio de sentido. Frente a la rígida aplicación de la verificabi-
lidad como criterio de sentido a toda proposición no analítica,
Carnap sugiere que se hagan estipulaciones que rijan la admisi-
bilidad de términos dentro de un lenguaje determinado. De esa
manera, se puede imponer al lenguaje científico las restricciones
que se estimen necesarias, sin que ello implique declarar sin
sentido aquellas proposiciones que no reúnan las condiciones
impuestas.
Las modificaciones sugeridas por Carnap no encontraron
mucho eco en los miembros del Círculo de Viena, quienes si-
guieron considerando el criterio de verificabilidad como el único
medio para asegurar el sentido de toda proposición no analítica.
El programa oficial del círculo de Viena, publicado en 1929, afirmaba
categóricamente que
es precisamente la negación de la posibilidad del conocimiento
sintético a priori lo que constituye la tesis básica del empirismo
moderno.
Según ellos, sólo había dos clases de proposiciones: las
sintéticas sobre objetos de diversas clases, y las analíticas de la
matemática y la lógica. Las proposiciones de la metafísica no
son tautologías, pues versan sobre supuestas realidades que el
metafísico pretende conocer, y que pertenecen al ámbito de
lo metaempírico; esto es, realidades que estarían más allá de
la experiencia verificable. Un conocimiento de realidades me-
taempíricas es por definición inverificable, pues no es posible
especificar las condiciones en la experiencia que certificarían su
verdad. Si la verificabilidad es el único criterio de sentido para
cualquier proposición no analítica, entonces hay que concluir
que las proposiciones de la metafísica carecen de sentido. De
manera que «metafisico», «sin sentido» y «no verificable» son
expresiones equivalentes para los neopositivistas del Círculo de
14
Ibídem, p. 134.
Tomo II.indb 123 08/12/2009 08:28:21 a.m.
124 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Viena. Cabe señalar que estos fueron más radicales que Witt-
genstein en su ataque a la metafísica. En la última página del
Tractatus, Wittgenstein condena las proposiciones metafísicas
sobre la base de que ellas rebasan los límites del lenguaje. La
última proposición del Tractatus dice: «De lo que no se puede
hablar, mejor es callarse», pero unas líneas antes había admitido
la existencia de lo inexpresable: lo místico. Neurath
15
pensó que
Wittgenstein concedía demasiado a la metafísica, y agregó:
Si realmente se quiere soslayar por completo la actitud metafísi-
ca, habrá «que guardar silencio», pero no «acerca de algo».
16

La posición de Neurath concuerda plenamente con la de
Schlick
17
en el sentido de que la metafísica no es abandonada por-
que sean dudosas o falsas sus conclusiones, o porque semejante
especulación carezca de provecho; tampoco se censura la tarea
metafísica porque transporte a la mente más allá de sus naturales
capacidades. La metafísica se desploma, según Schlick, porque no
hay tal empresa.
18

Una vez suprimidas las proposiciones de la metafísica, y des-
contadas las tautologías de la lógica y la matemática, no había
más proposiciones con sentido cognoscitivo que las de la ciencia.
¿Cuál es, entonces, la función de la filosofía? De seguro que no es
la de elaborar sistemas de proposiciones sobre la realidad, pues
la ciencia es la única empresa capaz de pronunciarse con sentido
sobre los hechos, porque sólo ella se mueve en el ámbito de lo
verificable. Dos son las tareas que debe realizar la filosofía, según
los filósofos del Círculo de Viena: la primera, mostrar a través del
análisis que las supuestas cuestiones filosóficas y las pretendidas
soluciones a ellas no tienen sentido. Y la segunda, dilucidar los
conceptos y las proposiciones de la ciencia, y sentar las bases
lógicas del conocimiento científico- matemático. En esta tarea,
la filosofía se reduce a la lógica de la ciencia. Así lo ha señalado
15
O. Neurath, «Sociología en fisicalismo», en A. J. Ayer (ed.), El Positivismo
Lógico, 1965, pp. 287-232.
16
Ibídem, p. 289.
17
M. Schlick, «El viraje de la filosofía», en A. J. Ayer (ed.), El Positivismo Lógico.
18
Ibídem, p. 63.
Tomo II.indb 124 08/12/2009 08:28:22 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 125
Carnap
19
al sostener que tan pronto la filosofía es purgada de
todo elemento no científico, sólo queda la lógica de la ciencia.
La lógica de la ciencia toma el lugar de la red indescifrable de
problemas conocida como filosofía. Los vieneses pensaron que
la filosofía, al limitarse a la función más austera de analizar el
conocimiento científico, llegaba, por fin, a disfrutar del prestigio
que nunca tuvo durante sus siglos de obstinada especulación.
A pesar de que algunos vinculan a Karl Popper al Círculo de
Viena, la realidad es que Popper no fue miembro del Círculo,
si bien, mantuvo una buena relación personal con varios de sus
miembros, específicamente con Carnap, Feigl y Kraft. Popper fue
el primero en señalar la imposibilidad de verificación absoluta o
completa, según reconoció el propio Carnap.
20
Según Popper,
21

la teoría verificabilista del sentido fracasa porque es, al mismo
tiempo, demasiado estrecha y demasiado amplia; demasiado es-
trecha, porque excluye del ámbito del lenguaje con sentido las
leyes universales de la ciencia; y demasiado amplia, porque da ca-
bida a proposiciones metafísicas. Veamos cómo justifica Popper
su ataque. En cuanto a la señalada estrechez, dice Popper
22
que
los positivistas, en sus ansias de aniquilar la metafísica, aniquilan
juntamente con ella la ciencia natural, y agrega:
pues tampoco las leyes científicas pueden reducirse lógicamen-
te a proposiciones elementales de experiencia. Si se aplicase
con absoluta coherencia, el criterio de sentido de Wittgenstein
rechazaría por carentes de sentido aquellas leyes naturales
cuya búsqueda, como dice Einstein, «es la tarea suprema del
físico»; nunca podrían aceptarse como proposiciones auténti-
cas o legítimas.
23

Es evidente que en esta cita Popper se refiere a la imposibili-
dad lógica de verificar de manera absoluta una proposición uni-
versal. Veamos su argumentación al respecto. La forma en que
19
R. Carnap, Filosofía y sintaxis lógica, México, 1963.
20
R. Carnap, «Testability and meaning», en R. A. Ammerman (ed.), Classics
of Analytic Philosophy, New York, 1965, pp. 130-195.
21
K. R. Popper, Conjeturas y refutaciones, Barcelona, 1991.
22
K. R. Popper, La lógica de la investigación científica, Madrid, 1982.
23
Ibídem, p. 36.
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126 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la lógica moderna maneja las proposiciones universales y parti-
culares difiere notablemente de la forma en que lo hizo la lógica
clásica. Un supuesto básico de la lógica moderna es el de que las
proposiciones universales son meras implicaciones sin alcance
existencial alguno; sólo las proposiciones particulares tienen
alcance existencial, y es por eso que se las llama proposiciones
existenciales. Esta diferencia se señala con los cuantificadores
utilizados para simbolizar a dichas proposiciones, «(x)» que se
lee «para toda x», para las universales; y «(E x)» que se lee «existe
por lo menos una x», para las particulares-existenciales.
24
Expresada como hipotética o condicional, la proposición
universal sólo afirma la relación entre el antecedente y el conse-
cuente, sin referirse al antecedente mismo. De ella dice Blanché
25

que su verdad no sólo no presupone la existencia de un individuo
que lleve el atributo antecedente, sino que, si no existiera nin-
guno, ella sería verdadera para cualquier atributo consecuente.
Como se sabe, una proposición condicional sólo es falsa cuando
el antecedente es verdadero y el consecuente es falso; basta en
cambio que el antecedente sea falso o que el consecuente sea
verdadero, para que una proposición condicional sea verdadera.
Es por eso que P → Q es equivalente a (-P V Q). Tomemos como
ejemplo el enunciado «todos los cíclopes son geniales»; dicho
enunciado no implica la existencia de cíclopes; lo único que dice
ese enunciado es que si algo es un cíclope, entonces es genial; y
por la paradoja de la implicación, basta con que no haya cíclo-
pes para que la proposición «todos los cíclopes son geniales»
sea verdadera. A diferencia de las proposiciones universales, las
particulares-existenciales afirman una conjunción, en cuanto
dicen que algo posee el atributo P y el atributo Q, por ejemplo,
la proposición «Algunas P son Q» dice que hay por lo menos una
x que es P y es Q. Veamos un ejemplo de contenido temático:
«Algunos cisnes son negros»; esta proposición dice que existe
por lo menos un ser que posee las dos propiedades de ser cisne
24
I.M. Copi, Introducción a la lógica, Buenos Aires, 1962; W. C. Salmon, Logic,
2nd. edition, Englewood Cliffs, 1973.
25
R. Blanché, Introducción a la lógica contemporánea, Buenos Aires, 1963.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 127
y negro. Por tener la forma de una conjunción, esta proposición
sólo es verdadera si ambos elementos se cumplen.
Popper
26
distingue dos clases de proposiciones universales:
las estrictamente universales y las numéricamente universales.
Las primeras pretenden ser verdaderas acerca de conjuntos ili-
mitados de elementos para todo tiempo y lugar, mientras que las
segundas pretenden ser verdaderas para clases finitas de elemen-
tos dentro de unas coordenadas espacio- temporales también
finitas. La idea de Popper es que las proposiciones estrictamente
universales no son verificables de un modo concluyente, pues la
conjunción de proposiciones singulares (Esto es P y es Q) jamás
traduce una proposición estrictamente universal (Para todo ele-
mento, si ese elemento es P, tiene que ser Q). Las leyes universales
de la ciencia son proposiciones estrictamente universales (por
ejemplo, la primera ley de Newton: «Todo cuerpo persevera en
estado de reposo o de movimiento rectilíneo y uniforme mien-
tras una fuerza impresa no modifique dicho estado»), y como
tales, no pueden ser verificadas de modo concluyente. Pero si
las leyes más generales de la ciencia no son verificables, hay que
convenir en que siguiendo el principio de verificabilidad, las
proposiciones que expresan esas leyes carecen de sentido y por
tanto son metafísicas.
La segunda parte de la crítica de Popper está dirigida a la
excesiva amplitud del criterio, la cual, a su juicio, permite la
admisión de proposiciones metafísicas dentro del cuerpo de
las proposiciones científicas. Popper
27
ofrece como ejemplo la
siguiente proposición:
existe una serie finita de dísticos elegíacos latinos que, pro-
nunciada adecuadamente y en determinado momento y lugar,
es seguida inmediatamente por la aparición del diablo (un
ser parecido a un hombre, con dos pequeños cuernos y una
pezuña hendida).
Nadie duda de que, desde el punto de vista formal, la propo-
sición anterior es particular-existencial. A diferencia de lo que
26
K. R. Popper, La lógica..., pp. 60-61.
27
K. R. Popper, Conjeturas ..., p. 303.
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128 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
ocurre con las universales, las proposiciones existenciales son
verificables en principio. Por ejemplo, la proposición «algunos
teólogos son matemáticos» es lógicamente verificable, pues para
establecer su verdad basta con hallar un individuo que reúna los
dos atributos: el de ser teólogo y el de ser matemático. Volvamos
ahora al ejemplo de Popper; siendo una proposición existencial,
tiene una forma que hace viable su verificabilidad. Además,
el contenido mismo de la proposición es verificable, pues los
términos que la integran son puramente empíricos. Pero si la
proposición es verificable, entonces tiene sentido, y por tanto es
científica. Se podría alegar que dicha proposición es empírica,
aunque falsa. Ahora bien, esa respuesta enfrenta una dificultad
de carácter lógico: las proposiciones existenciales son verifica-
bles, pero nunca pueden ser refutadas. La proposición de que
hay teólogos matemáticos no necesariamente es falsa porque no
hayamos encontrado ninguno. Dicha proposición es empírica-
mente irrefutable. El hecho de no haber encontrado teólogos
matemáticos priva a la proposición de verificación pero no de
verificabilidad, ya que la misma permanece indefinidamente
expuesta a una posible verificación futura; en cambio, ninguna
observación podría establecer su falsedad.
La crítica de Popper no se limita a la ineficacia del criterio de
verificabilidad, sino que considera obsesiva la insistencia de los
neopositivistas del Círculo de Viena en elaborar un criterio de
sentido. Percibe que son víctimas de un perjuicio antimetafísico.
En ese sentido, señala Popper que al positivista no le agrada la
idea de que fuera del campo de la ciencia empírica «positiva»
puedan existir problemas con sentido, y a esa actitud obedece el
que traten incesantemente de demostrar que la metafísica, por
su misma naturaleza, no es sino un parloteo absurdo. Popper
rechaza la teoría misma del sentido, la que, a su juicio, no pasa
de ser una arbitrariedad. Alega Popper que nada es más fácil
que deshacerse de un problema, calificándolo de «carente de
sentido» o de «pseudoproblema» si se ha partido de un sentido
convenientemente estrecho del término «sentido». Pero, a jui-
cio de Popper, tal restricción no afecta en nada a la metafísica
porque si con las expresiones «absurdo» o «carente de sentido»
Tomo II.indb 128 08/12/2009 08:28:22 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 129
no queremos expresar otra cosa, por definición, que «no perte-
neciente a la ciencia empirica», en tal caso la caracterización de
la metafísica como un absurdo carente de sentido será trivial;
pues a la metafísica se la define normalmente como no empírica.
Pero la más grave objeción de Popper a la doctrina del sentido
es la forma en que se autoinmuniza frente a toda crítica. Alega
Popper que desde el momento en que se admite que únicamen-
te los problemas de la ciencia tienen sentido, todo debate acerca
del concepto de «sentido» resulta carente de sentido. Agrega
Popper que los positivistas se sitúan cómodamente fuera de la
discusión racional, y su postura adopta el ropaje de un dogmatis-
mo reforzado, pues una vez que ha subido al trono, el dogma del
sentido queda elevado para siempre por encima de los combates;
ya no es posible atacarlo; se ha hecho inatacable y definitivo.
28

Algunos han creído que Popper propuso el criterio de fal-
sabilidad como un criterio alternativo al de verificabilidad para
decidir sobre el sentido de las proposiciones no analíticas. Pero
es el mismo Popper
29
quien ha dicho que el problema que in-
tentó resolver cuando propuso el criterio de falsabilidad no fue,
ni el problema del sentido o significado, ni el de la verdad o
aceptabilidad de las teorías científicas. Fue, según él, el proble-
ma de trazar una línea (hasta donde ello fuera posible) entre
las proposiciones o sistemas de proposiciones de las ciencias
empíricas, y todas las demás proposiciones, fueran éstas de carác-
ter religioso, metafísico, o simplemente pseudocientífico. Para
Popper, el criterio de falsabilidad es una solución al problema de
la demarcación porque exige que para ser contadas como cien-
tíficas, las proposiciones o sistemas de proposiciones deben ser
capaces de chocar con posibles o concebibles observaciones. Es
cierto que también los neopositivistas quisieron trazar esa línea,
pero a diferencia de ellos Popper no cree que el problema de la
demarcación tenga que pasar por el problema del sentido.
No propongo, dijo Popper, trazar la línea de demarcación de
modo que coincida con los límites del lenguaje, para dejar
28
K. R. Popper, La lógica ..., pp. 33-54.
29
K. R. Popper, Conjeturas ..., pp. 57-66.
Tomo II.indb 129 08/12/2009 08:28:22 a.m.
130 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
dentro la ciencia y expulsar la metafísica, excluyéndola de la
clase de las proposiciones con pleno sentido.
30

El criterio de Popper separa dos tipos de proposiciones dota-
das de sentido: las falsables y las no falsables.
Popper
31
ha narrado las circunstancias que le condujeron al
criterio de falsabilidad. Comparó las teorías marxista y psicoana-
lítica con la teoría de la relatividad de Einstein. Mientras la teoría
einsteiniana contenía predicciones específicas que constituían
un verdadero riesgo para ella (como la del efecto observado por
Eddington durante el eclipse de 1919), las teorías marxista y
psicoanalítica eran confirmadas por todos los hechos dentro de
sus respectivos ámbitos de referencia; los adeptos a estas últimas,
veían confirmaciones por todas partes. Frente a esta situación,
Popper pensó que la diferencia entre estas teorías y la de Eins-
tein estaba en que mientras la teoría de Einstein se exponía a
ser falsada por la experiencia, las primeras eran inmunes a la
falsación. A partir de estas consideraciones, Popper llegó al con-
vencimiento de que una teoría es auténticamente científica si es
incompatible con algunos posibles resultados de observación; en
otras palabras, si es falsable o refutable por la experiencia.
En la terminología de Popper, falsabilidad, refutabilidad
y contrastabilidad son términos equivalentes. Con ellos indica
Popper que las proposiciones científicas han de ser tales que
corran el riesgo de ser rechazadas por una posible observación.
Para Popper, una proposición no falsable, si no es analítica, es
metafísica.
Hay dos aspectos en que Popper considera que su criterio
supera al criterio de verificabilidad del Círculo de Viena. En pri-
mer lugar, la falsabilidad es exclusivamente una respuesta al pro-
blema de establecer los límites al ámbito del lenguaje científico.
El criterio de verificabilidad, en cambio, fundía este problema
con el del sentido de las proposiciones; y en la medida en que
funde estos dos problemas, la verificabilidad como criterio de
demarcación es insatisfactoria, porque parte de la idea precon-
30
Ibídem, p. 313.
31
Ibídem, pp. 57-66.
Tomo II.indb 130 08/12/2009 08:28:22 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 131
cebida de que la metafísica no puede tener sentido, porque ter-
mina en la confusión de la ciencia con la metafísica. En segundo
lugar, a juicio de Popper, la falsabilidad logra asignarle a la ex-
periencia el papel preponderante en la ciencia que los filósofos
del Círculo pretendieron asignarle a través de la verificabilidad.
Tanto Popper como los neopositivistas del Círculo de Viena bus-
caban resaltar la dimensión empírica de la ciencia, pero a juicio
de Popper, mientras el carácter empírico de la ciencia se haga
depender de la verificabilidad, el proyecto está destinado a fra-
casar, porque las proposiciones observacionales no llegan nunca
a establecer como definitivamente verdaderas las proposiciones
universales. Veamos con más detalle el argumento de Popper
sobre este aspecto. Se recordará que antes hablábamos de las
proposiciones universales y particulares-existenciales. Toda pro-
posición universal es lógicamente equivalente a la negación de
una proposición existencial. Por ejemplo, la proposición «Todas
las P son Q» es lógicamente equivalente a la proposición «No
existe algo que sea P y no sea Q». Simbólicamente (x) (Px→Qx)
= -(Ex) (Px .- Qx). De un análisis de las mismas, se desprende la
asimetría de la verificabilidad y la falsabilidad: las proposiciones
universales son falsables pero no son verificables; mientras que a
la inversa, las particulares-existenciales, son verificables pero no
pueden ser falsadas.
32
La lógica moderna, que asigna contenido
existencial únicamente a las proposiciones particulares, se ve
forzada a excluir por inválidas todas las inferencias resultantes
de la oposición entre las proposiciones, exceptuando las contra-
dictorias (se excluyen por tanto, las inferencias entre contrarias,
subcontrarias y subalternas). Basta la inferencia entre contradic-
torias para deducir la falsedad de una proposición estrictamente
universal, una vez se ha establecido la verdad de su contradictoria,
y esto último es perfectamente factible, pues las proposiciones
existenciales pueden ser validadas por la observación empírica.
En esta forma, la proposición «Todas las P son Q» se demuestra
falsa si la proposición «Algunas P no son Q» es verdadera; y
para establecer la verdad de la proposición «Algunas P no son
32
K. R. Popper, La lógica..., pp. 44 y 56-67.
Tomo II.indb 131 08/12/2009 08:28:22 a.m.
132 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Q» sólo es necesario comprobar que al menos un elemento es P
y no es Q. Si llamamos a ese elemento «a», podemos formar la
proposición, «a es P y no es Q», y mediante una generalización
existencial, inferir de la proposición anterior «Algunas P no son
Q», con lo cual queda falsada concluyentemente la proposición
universal «Todas las P son Q» en virtud de la regla de las contra-
dictorias. Como se puede ver, el criterio de falsabilidad le otor-
ga a la experiencia la palabra final acerca de las proposiciones
universales. Veamos ahora, qué ocurre cuando se subordina la
dimensión empírica de la ciencia al criterio de verificabilidad.
Resulta imposible la verificación terminante de una proposición
universal. No importa el número de proposiciones individuales
de observación acumuladas, la inferencia permitida es siempre
la que va de la conjunción de ellas a una proposición particular-
existencial; de «a es P y es Q» y «b es P y es Q» y»c es P y es Q»,
etc., etc., no hay más inferencia lícita que «Algunas P son Q».
Siendo así las cosas, la experiencia no tiene la última palabra
en la ciencia si en lo que se piensa es en su poder verificador,
pues no hay en lógica más regla, para pasar de una proposición
particular a otra universal, que la dada por la relación entre las
contradictorias, la misma que da validez a la inferencia falsadora.
De aquí concluye Popper que sólo la falsabilidad sale airosa del
esfuerzo por asignar un criterio que someta con el más completo
rigor lógico las proposiciones científicas al veredicto de la expe-
riencia.
Tanto de la crítica de Popper al verificabilismo, como de la
forma en que expone el criterio de falsabilidad, se infiere que
Popper no comparte esa actitud de desprecio hacia la metafísica
que caracterizó al neopositivismo y que culminó con el califica-
tivo de «absurdo» y «sin sentido». Popper, en cambio, cree que
la metafísica ha hecho a lo largo de su historia aportaciones de
incuestionable importancia para el progreso científico. En ese
sentido dice:
Tomo II.indb 132 08/12/2009 08:28:22 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 133
no puede negarse que, así como ha habido ideas metafísicas
que han puesto una barrera a1 avance de la ciencia, han existi-
do otras –tal el atomismo especulativo– que la han ayudado.
33

Precisamente por reconocer que algunas teorías o ideas que
en un tiempo fueron metafísicas, han llegado a ser científicas,
juzga Popper erróneo el proyecto de un criterio que las declare
sin sentido en un momento y con sentido en otro. Piensa que es
preferible un criterio que permita establecer el fin de la etapa me-
tafísica y el comienzo de la etapa científica de una teoría o idea; tal
es el criterio de la falsabilidad. En este contexto, agrega Popper:
Es posible que el crecimiento de la ciencia llegue a alcanzar ideas
que antes se encontraban flotando en regiones metafísicas más
altas con las que establece contacto y las hace asentarse [...] To-
dos estos conceptos o ideas metafísicas, pueden haber ayudado,
incluso en sus formas más primerizas a ordenar la imagen del
mundo que tiene el hombre, y, en algunos casos, han llegado
a predicciones con éxito. Pero una idea de este tipo adquiere
ciudadanía científica solamente cuando se la presenta en forma
falsable; esto es, sólo cuando se ha hecho posible decidir empí-
ricamente entre ella y otra teoría rival.
34
De la misma manera que rechaza la actitud neopositivista del
Círculo de Viena hacia la metafísica, Popper se opone también
al papel que se le asigna a la filosofía en el programa del Círculo.
Como ya lo señalamos previamente, los filósofos del Círculo de Vie-
na concluyeron que como esfuerzo de penetración en la realidad,
la filosofía desemboca en el absurdo, en el sinsentido. Schlick
35

sentenció que no hay problemas filosóficos; únicamente puede
hablarse filosóficamente, es decir, sólo podemos aspirar a aplicar
las técnicas del análisis a los verdaderos problemas, los cuales son
por definición extrafilosóficos. Popper se opone a la creencia de
que la filosofía no puede proponer problemas auténticos acerca
de cosas. En este sentido dice:
33
Ibídem, p. 38.
34
Ibídem, p. 259
35
M. Schlick, «El viraje de la filosofía», pp. 59-65.
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134 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Creo que la función de un científico o de un filósofo, es la de
resolver problemas científicos o filosóficos.
Y luego agrega:
Seguirá interesándome la filosofía, sólo en la medida en que
tenga yo genuinos problemas filosóficos que resolver. No al-
canzo a comprender la atracción que pueda tener una filosofía
sin problemas.
36
Popper no duda que la filosofía, igual que la ciencia, tiene
por meta incrementar nuestros conocimientos sobre el mundo;
no duda que más allá del análisis del lenguaje, oscurecidos o
ignorados por los que se niegan a realizar cualquier investiga-
ción que trascienda la función de «clarificar», hay verdaderos
problemas que aguardan respuesta.
Veamos brevemente la teoría de la verdad que suscribe
Popper. Partiendo del hecho innegable de que podemos errar,
y que lo hacemos con frecuencia, Popper
37
señala que la idea
misma de la falibilidad y del error humano supone la idea de
la verdad objetiva. De aquí que Popper se adhiera a la teoría
de la verdad de Tarski, esto es, la verdad como correspondencia
con los hechos. Esta teoría acepta la idea de verdad objetiva o
absoluta, mientras que las teorías rivales, tales como la teoría de
la coherencia, la teoría de la evidencia, y la teoría pragmatista
o instrumentalista, son todas teorías subjetivas, en el sentido
de que parten de la posición subjetivista que concibe el cono-
cimiento como un tipo especial de estado mental, o como una
disposición, o como un tipo especial de creencia. Vale recordar
que la teoría de la coherencia identifica la verdad con la consis-
tencia, la teoría de la evidencia identifica la verdad con lo que se
conoce como verdad, y la teoría pragmatista la identifica con la
utilidad. Todas ellas, según Popper,
tratan de definir la verdad en función de las fuentes u orígenes
de nuestras creencias, o en función de nuestras operaciones
de verificación, o de algún conjunto de reglas de aceptación, o
36
K. R. Popper, Conjeturas..., pp. 98-99.
37
Ibídem, p. 38.
Tomo II.indb 134 08/12/2009 08:28:22 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 135
simplemente en función de la calidad de nuestras convicciones
subjetivas.
38

La teoría de la verdad objetiva, en cambio, encierra la posibili-
dad de que una teoría sea verdadera aunque nadie crea en ella, y
aunque no tengamos ninguna razón para creer que es verdadera;
y de que otra teoría sea falsa aunque tengamos razones relativa-
mente buenas para aceptarla.
De esta teoría se desprende que aun cuando encontremos
una teoría verdadera, nuestra afirmación sobre su verdad es un
asunto de conjetura, y muy bien podría ser imposible saber que
dicha teoría es verdadera.
Popper rastrea el origen de la teoría objetiva de la verdad
hasta Jenófanes, filósofo presocrático, de quien reproduce el
siguiente pensamiento:
Los dioses no nos revelaron todas las cosas desde el principio,
pero en el transcurso del tiempo, a través de la búsqueda, po-
demos aprender y conocer las cosas mejor. Pero por lo que se
refiere a la verdad segura, ningún hombre la ha conocido ni
la conocerá, ni sobre los dioses, ni sobre las cosas de las que yo
hablo. Pues ni aunque, por casualidad, llegara a pronunciar la
verdad final, se enteraría é1 mismo: pues todo es una red de
conjeturas entretejidas.
39

Popper compara la situación de la verdad en el sentido obje-
tivo, es decir, como correspondencia con los hechos, y su papel
como principio regulador, con un pico montañoso que está
permanentemente envuelto en nubes.
Aunque el alpinista pueda no saber cuándo ha llegado a la
cumbre, reconoce por implicación la existencia objetiva de la
cumbre. De manera similar, la idea de error o de duda implica la
idea de una verdad objetiva. Aunque el alpinista nunca tenga la
seguridad de que ha alcanzado la cumbre, con frecuencia podrá
darse cuenta de que no la ha alcanzado.
38
Ibídem, p. 275.
39
Ibídem, pp. 49-50.
Tomo II.indb 135 08/12/2009 08:28:22 a.m.
136 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
De manera análoga habrá casos en los que estaremos total-
mente seguros de que no hemos alcanzado la verdad. Así,
aunque la coherencia o consistencia no es un criterio de ver-
dad, simplemente porque hasta los sistemas cuya consistencia
es demostrable pueden ser falsos de hecho, la incoherencia o
inconsistencia permiten establecer la falsedad; de este modo,
si tenemos suerte, podemos descubrir la falsedad de algunas
de nuestras teorías.
40

A la idea de verdad objetiva, agrega Popper la idea del con-
tenido de una teoría. El contenido lógico de una teoría es la
clase de todos los enunciados que se desprenden lógicamente de
ella, mientras que el contenido empírico es la clase de todos los
enunciados básicos que la contradicen. Combinando las ideas
de verdad objetiva y de contenido y fundiéndolas en una sola,
Popper llega al concepto de verosimilitud, que es el grado de
mejor (o peor) correspondencia con los hechos, o de mayor (o
menor) semejanza o similitud con la verdad. En este sentido,
agrega Popper:
Suponiendo que sean comparables los contenidos de verdad
y los contenidos de falsedad de dos teorías T1 y T2, podemos
decir que T2 es más semejante a la verdad o corresponde me-
jor a los hechos que T1 si y sólo si: (a) el contenido de verdad,
pero no el contenido de falsedad, de T2 es mayor que el de T1;
(b) el contenido de falsedad de T1, pero no su contenido de
verdad, es mayor que el de T2.
41

Popper distingue entre verosimilitud o semejanza con la
verdad, y la probabilidad o grado de certeza incompleta, de tal
manera que la mayor incertidumbre es compatible con la mayor
semejanza a la verdad. La distinción entre grados de certeza y
grados de semejanza a la verdad había ya sido hecha por Jenófa-
nes. Sobre la importancia de la misma, Popper señala:
Sugiero que volvamos a Jenófanes y reintroduzcamos una
clara distinción entre verosimilitud y probabilidad (usando
40
Ibídem, p. 277.
41
Ibídem, p. 285.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 137
este último término en el sentido establecido por el cálculo de
probabilidades).
La distinción entre esas dos ideas es sumamente importante
porque se las ha llegado a confundir; porque ambas están es-
trechamente relacionadas con la idea de un acercamiento por
grados a la verdad. La probabilidad lógica (no analizamos aquí
la probabilidad física) representa la idea de acercamiento a la
certeza lógica o verdad tautológica, a través de una disminu-
ción gradual del contenido.
42

Popper clasifica a los filósofos en tres grandes grupos: Los
filósofos del conocimiento (o de la creencia), verificacionistas o
justificacionistas; los irracionalistas y escépticos (justificacionistas
desengañados), y los falsacionistas o falibilistas o filósofos críti-
cos del conocimiento (o de las conjeturas). Mientras los verifica-
cionistas sostienen que sólo debemos aceptar una creencia si es
posible justificarla mediante elementos de juicio positivos, esto
es, si es posible verificarla o confirmarla probabilísticamente, los
falsacionistas (grupo al que pertenece Popper) creen, al igual
que los irracionalistas y escépticos, que hay argumentos lógicos
que demuestran que nunca podemos dar razones positivas que
justifiquen la creencia de que una teoría es verdadera. Pero, a
diferencia de los irracionalistas y escépticos, los falsacionistas
creen haber descubierto una forma de realizar el viejo ideal de
distinguir a la ciencia racional de las diversas formas de supersti-
ción. Creen haberlo logrado al reconocer que la racionalidad de
la ciencia no reside en el hábito de apelar a datos empíricos en
apoyo de sus dogmas, algo que, según ellos, también hacen los
astrólogos; la racionalidad de la ciencia reside exclusivamente
en el enfoque crítico, el cual incluye el uso crítico, entre otros
argumentos, de las evidencias empíricas, especialmente las de
naturaleza falsadora.
Para nosotros [agrega Popper] la ciencia no tiene nada que
ver con la búsqueda de la certeza, de la probabilidad o de la
confiabilidad. No nos interesa establecer que las teorías cien-
tíficas son seguras, ciertas o probables. Conscientes de nuestra
42
Ibídem, p. 290.
Tomo II.indb 137 08/12/2009 08:28:22 a.m.
138 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
falibilidad, sólo nos interesa criticarlas y someterlas a pruebas,
con la esperanza de descubrir en qué estamos equivocados, de
aprender de nuestros errores y, si tenemos suerte, de lograr
teorías mejores.
43
Finalmente, qué impacto o consecuencia han tenido las ideas
de Popper en la práctica de la investigación científica. Popper
fue un filósofo de la ciencia, no un científico en el sentido más
restringido del término. Son los investigadores científicos los que
deben juzgar el valor de la falsación popperiana en la investiga-
ción científica. Veamos algunas de las opiniones emitidas por
investigadores científicos contemporáneos sobre la filosofía de
la ciencia de Popper. En este sentido, Sir Peter Medawar, premio
Nóbel de medicina por haber descubierto el mecanismo fisio-
lógico responsable del rechazo a los órganos trasplantados, ha
dicho:
Creo que Popper es, sin lugar a dudas, el mayor filósofo de la
ciencia de todos los tiempos.
44
Sir John Eccles, premio Nóbel de medicina por descubrir el
mecanismo químico de la sinapsis, se refiere a la filosofía de la
ciencia de Popper en los siguientes términos:
Popper hizo una contribución fundamental a la filosofía del
método científico con su formulación del problema de la de-
marcación o, dicho de otro modo, de los criterios que determi-
nan si un concepto particular y las observaciones relacionadas
con él son auténticamente científicos.
45

Comentando la depresión que le produjo el saber que tenía
que abandonar la hipótesis previamente abrazada sobre el carác-
ter eléctrico del mecanismo de la sinapsis, Eccles agrega:
por aquel tiempo supe, a través de Popper, que no era una
desgracia científica que la hipótesis de uno resultara falsa. Fue
ésta la mejor noticia que recibí en mucho tiempo. Popper me
convenció, de hecho, de que formulase mis hipótesis eléctricas
43
Ibídem, p. 280.
44
B. Magee, Popper, Barcelona, 1974, p. 11.
45
J. C. Eccles, Observando la realidad, Basilea, 1970, p. 124.
Tomo II.indb 138 08/12/2009 08:28:22 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 139
de la transmisión excitadora e inhibidora con tanta exactitud
y rigor que indujeran a ser desmentidas, y esto fue lo que en
realidad sucedió algunos años después [...] Gracias al consejo
de Popper, acepté gozosamente la muerte de aquel hijo de
mi cerebro que había estado criando por espacio de casi dos
decenios, y pude contribuir inmediatamente, en la medida de
mis posibilidades, a la tesis de la transmisión química que era
el niño que habían criado Dale y Loewi.
46

Eccles confiesa que su vida científica debe muchísimo al he-
cho de haberse convertido, en 1945, a las enseñanzas de Popper
sobre el procedimiento de las investigaciones científicas, tratan-
do, a partir de ese año, de seguir a Popper en la formulación e
investigación de los problemas fundamentales de la neurobiolo-
gía. Eccles aconseja a los científicos que lean y mediten sobre los
escritos de Popper acerca de la filosofía de la ciencia, y que los
adopten como base de operaciones de su actividad científica.
47

Jacques Monod
48
ha reconocido el valor metodológico del falsa-
cionismo popperiano en la investigación biológica, y el matemá-
tico y teórico de la astronomía, Sir Hermann Bondi, ha dicho
que nada es más importante para la ciencia, que su método, y
nada hay más importante sobre su método que lo que Popper
ha dicho.
49
Los testimonios reproducidos reflejan claramente la
alta valoración con que en los círculos científicos se percibe la
filosofía de la ciencia de Karl R. Popper.
46
Ibídem, p. 127.
47
B. Magee, Popper..., p. 12.
48
Jacques Monod, «Sobre el azar y la necesidad», en F. J. Ayala y T. Do- Monod, «Sobre el azar y la necesidad», en F. J. Ayala y T. Do- «Sobre el azar y la necesidad», en F. J. Ayala y T. Do- Sobre el azar y la necesidad», en F. J. Ayala y T. Do- », en F. J. Ayala y T. Do- , en F. J. Ayala y T. Do-
bzhansky (eds.), Estudios sobre Filosofía de la Biología, Barcelona, 1983,
pp. 452-472.
49
B. Magee, Popper..., p. 12.
Tomo II.indb 139 08/12/2009 08:28:23 a.m.
140 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
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Tomo II.indb 140 08/12/2009 08:28:23 a.m.
– 141 –
Filosofía y fe cristiana
1
P. Jesús Hernández, SBD
1. Introducción
Me propongo tratar un tema serio frente a una persona con
afanes intelectuales y reservas respecto a la Iglesia. Reservas que
se acompañan normalmente con un rechazo a lo dogmático. Y
digo que sí, la Iglesia es dogmática en un 10% en lo que le afecta
a su esencia y misión. En el otro 90% de las realidades humanas,
aunque maneja la fe, ésta no es decisiva, pues se mueve a nivel de
razón como cualquier hombre. Empleo un porcentaje sin preci-
sar su exactitud, lo cual es propio de cualquier orden de pensa-
miento, como cuando decimos tener evidencia de un número
determinado de cosas y recibimos lo demás por fe humana.
2. Grandeza de la razón
Pongo algunos ejemplos.
La misma existencia de Dios no es, primero, cuestión de fe,
sino de razón. La Iglesia reconoce que la existencia de Dios está
al alcance de todos, como algo previo a la fe en Dios. En este caso,
Santo Tomás, representante de los pensadores cristianos, acepta y
aprueba la posición de dos paganos, Platón y Aristóteles, cumbres
de la filosofía griega. A la existencia siguen, por vía racional, los
grandes atributos de inteligencia y bondad.
1
Jesús Hernández, Biblioteca Antillense Salesiana: Décimo año 1996-2006, San-
to Domingo, Letra Gráfica, 2006, pp. 26-32.
Tomo II.indb 141 08/12/2009 08:28:23 a.m.
142 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La aceptación de las grandes verdades éticas, algo común a
la humanidad, no se predica primero como proposiciones re-
veladas de fe sino como verdades innatas en el corazón de todo
hombre, previas a cualquier fe. Conocemos que algo es bueno o
malo a la luz de la razón.
La ordenación de la sociedad y el conocimiento de la natu-
raleza por las mil ciencias que hoy florecen, están regidos por la
razón de cada pueblo o de cada estudioso, con plena autonomía
en su especialidad. Esa autonomía no garantiza, por sí misma, la
verdad que es fruto de largos esfuerzos y fatigas.
En filosofía, el uso de la razón ha presentado grandes bata-
llas a lo largo de 2 500 años en Occidente. Se toman unas posi-
ciones de equilibrio, otras de desequilirio por exceso y aun por
defecto en las grandes o pequeñas cuestiones, particularmente
las referidas al ser y al conocer. Se puede aceptar lo espiritual sin
ser espiritualista, lo material sin ser materialista, lo ideal sin ser
idealista, lo relativo sin ser relativista, lo racional sin ser raciona-
lista, lo limitado sin ser nihilista, lo inseguro sin ser escéptico, lo
deísta sin ser agnóstico, lo teísta sin ser fideísta, lo positivo sin
ser positivista, asertor de la verdad sin ser dogmático, aceptar lo
contingente sin ser reduccionista.
El filósofo, el metafísico, el estudioso del ser es respetuoso de
la razón y de la realidad; se distingue por su actitud abierta a lo
trascendente, es capax Dei. Mientras en mil problemas no se en-
frenta con el ser sino con el ser tal, como es el caso de la filosofía
de la historia, de la ciencia, del arte, del lenguaje, de la naturaleza,
de la vida, de la sociedad, del hombre…, niveles en los cuales no
se formula la última pregunta, ni se busca la razón última.
3. Sublimidad de la fe
Tras esta premisa cabe preguntar ¿cómo entra la fe cristiana con
este mundo plural de conocimientos? La respuesta tiene dos
niveles: creer en Dios y creer a Dios.
Cree en Dios, quien acepta la existencia y la persona de Dios
testimoniada por alguien que la ha encontrado con su razón. Es
el testimonio de todos los teístas, testimonio avalado por razones
Tomo II.indb 142 08/12/2009 08:28:23 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 143
o simplemente aceptado por tradición. La razón natural no nie-
ga a nadie ese nivel de conocimiento y suele constituir la base de
toda religión natural, en peligro muchas veces de inexactitudes,
desvíos e ilusiones.
• La fe cristiana es radicalmente creer a Dios que habla por
Cristo.
Todo arranca de la persona de Cristo y de la aceptación del
pecado en que vive la humanidad. Este doble dato histórico es
esencial al cristianismo: la situación de pecado en la humani-
dad como acto personal opuesto a la conciencia moral o como
reflejado en la organización social. Sin este reconocimiento no
se entiende el segundo dato: la historia de la encarnación, vida,
muerte y resurrección de Jesús, el Cristo, con su valor de libera-
ción del pecado. El cristianismo no surge de puras especulacio-
nes libres personales, de puras consideraciones de posibilidad,
sino de datos positivos. Sin ambas realidades no cabe hablar de
fe cristiana.
• Los estudiosos del dogma distinguen tres elementos que
constituyen la fe.
Primero, lo intelectivo, lo racional. Jesús acomoda a la capa-
cidad humana el misterio que es Dios. No rebaja a Dios al nivel
de inteligencia humana, que entonces no sería Dios. Permanece
siempre misterio, superior a la evidencia racional, pero lo acerca
a lo humano. La esencia divina es unidad de esencia en trinidad
de personas: un solo Dios en tres personas.
Luego, lo volitivo. Jesús estimula la voluntad a aceptar el
misterio, aceptar como verdad lo revelado, aun sin evidencia
racional, por pruebas convincentes de amor: su vida, su palabra,
su muerte y su resurrección son la garantía de su testimonio.
El segundo constitutivo de la fe, como acto de amor, es querer
creer. La fe se propone, no se impone.
Finalmente, lo gratuito. Jesús envía su Espíritu, fuerza supre-
ma que actúa en la creatura y la introduce gratuitamente en la
realidad nueva de la redención. Por ese Espíritu el hombre se
hace creyente y participante de una nueva existencia, verdadero
regalo y don inmerecido. Así se entra en la plenitud…
Tomo II.indb 143 08/12/2009 08:28:23 a.m.
144 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
De esa acción humana (entendimiento y voluntad) y divina
(gracia) resulta la novedad cristiana, la creatura nueva del hom-
bre creado por el Padre, redimido por el Hijo y santificado por
el Espíritu. Tal es el rationale obsequium que pasa del creer en Dios
(al alcance del razonamiento y transmitido por la religión natu-
ral y aun revelada en el Antiguo Testamento) a la culminación
del creer al Dios vivo, pues implica una acción vital, un acceso
personal al Padre como creador, a Cristo como hermano y al
Espíritu vivificador.
Según esto la fe no es una cuestión intelectual, no es cuestión
de saber o acumular datos históricos y razonamientos humanos
de conveniencia, a manera de objeto, todo lo cual se puede ma-
nejar sin fe, sino que es la aceptación del Dios vivo, la inserción
en Cristo vivo, la pertenencia al Espíritu vivo, único Dios a quien
se adora, se sigue, en quien se cree, se espera y a quien se ama.
Con la premisa metafísica por la cual llego a Dios o senci-
llamente creo en Dios, y el hecho histórico de la encarnación
del Hijo de Dios que habla y nos hace conocer su persona y su
verdad como Dios, puedo decir creo a Dios, tengo acceso a la fe
dogmática de la Iglesia. A este inicio siguen los detalles, las im-
plicaciones, las variadas realizaciones. La Iglesia tiene un credo
bien definido.
4. Encuentro ¿perfeccionante o limitante?
Habiendo introducido las dos posiciones: la del hombre razona-
dor y la del hombre creyente propongo una pregunta crucial:
¿cabe una persona que sea, a la vez, historiador y cristiano, as-
trónomo y creyente, científico y creyente, moralista y creyente,
filósofo y creyente, político y creyente, sociólogo y creyente…? Y
yo pregunto ¿por qué no? Pues ni la historia, ni la ciencia, ni la
moral, ni la filosofía, ni la política ni ninguna actividad humana
recibe órdenes de la fe cristiana para lograr sus fines y consti-
tuirse como auténtica en su orden. Y, viceversa, ninguna de esas
actividades humanas impone sus normas a la fe.
La razón de todo esto reside en el ingenio y la libertad del
hombre buscador de la verdad, aun limitado como creatura y
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Filosofía dominicana: pasado y presente 145
en la realidad de Dios, que es la fuente de toda verdad, de la
percibida a través de la naturaleza y de la historia, y de la recibida
a través de la enseñanza del Verbo Encarnado.
La fe, aun siendo expresión de un misterio, no es nada absur-
do. Dios no puede afirmar y negar a la vez su única verdad. Para
Él son perfectamente simultáneas y se acoplan maravillosamente.
El hombre no ha de cortarse la cabeza (la razón) ante la verdad
superior, basta levantarse el sombrero como signo de respeto, se-
gún el decir jocoso de Chesterton. Gilson se goza de que Tomás
de Aquino lea con alegría la verdad del «ser» en la metafísica de
Aristóteles y la misma verdad en el «soy el que soy» del Génesis.
Sabiamente la Iglesia organiza la formación de los candida-
tos al ministerio sacerdotal con estudios de filosofía y teología,
ambos campos en su propio estamento, sin mezcla ni confusión,
sin intromisiones mutuas. Y es porque no es posible ser buen
teólogo sin válidos fundamentos filosóficos, y no resulta buen
filósofo, pensador, sin la apertura a la teología. Ejemplos de lo
uno son Tomás de Aquino y Karl Rahner, y de lo segundo, Xavier
Zubiri y Gabriel Marcel.
Las ventajas del acercamiento mutuo se notan en la historia
de los siglos cuando se han producido situaciones de colabo-
ración mutua. La teología, aun sabiendo la precariedad de su
terminología para expresar el misterio, usa la filosofía como ins-
trumental humano preferible, elaborado, inteligible y fácilmente
transmisible. La filosofía, a su vez, tiene la seguridad externa de
que no puede, en sus conclusiones, contradecir al dogma (ayuda
negativa) y además recibe luz para el camino en cuestiones par-
ticularmente complicadas, creadas por posiciones envueltas en
planteos sin salida. Cito el caso de querer coordinar la libertad
del obrar humano con la omnisciencia divina. Las dos realidades
se mantienen pero sin poder vislumbrar su acoplamiento.
Me cuesta privar a la razón humana o la fe cristiana de sus
sublimes valores para rebajarlas de su dignidad, reduciéndolas a
escaramuzas personales.
Tomo II.indb 145 08/12/2009 08:28:23 a.m.
146 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
5. Conclusión
He tratado el tema fuera de abstracciones y de forma sistemática,
casi a título privado. Concluyo en el mismo tono. Me gozo de ha-
ber estudiado en mi juventud seriamente la filosofía escolástica
y la teología cristiana. Me complace poder entender la amplitud
de ambos horizontes. Nunca, ni por asomo, se me ha cruzado la
confusión de ambos campos, ni siquiera la posibilidad de con-
tradecirse o rechazarse mutuamente. Comprendo el pluralismo
teológico y filosófico, leído en los maestros. No tengo reparo en
rechazar, en el campo filosófico, las posturas de librepensadores
y fundamentalistas, de ateos y panteístas, de nihilistas y monis-
tas, de dogmáticos y escépticos, de positivistas y materialistas, de
psicologistas y naturalistas… en sus tesis extremas. Y discrepo,
no por motivos de fe, sino estrictamente por el uso de la sana
razón. También porque me impedirían ser creyente, un derecho
sagrado.
Estoy convencido de que, sin contradicción, no cabe un
librepensador cristiano, un nihilista cristiano, ni un positivista
cristiano, ni un agnóstico cristiano, ni un ateo cristiano, ni un
panteísta cristiano, ni un escéptico cristiano, ni un filósofo light
cristiano.
Cultivo la BIBLIOTECA ANTILLENSE SALESIANA, instrumento que
me facilita documentar todas las posiciones y defender la mía,
que se caracteriza por la perfecta armonía entre razón y fe.
Tomo II.indb 146 08/12/2009 08:28:23 a.m.
– 147 –
IDENTIDAD. HISTORIA. CULTURA
Espiritualidad y cultura
del pueblo dominicano
1
Pedro Troncoso Sánchez
2

Un filósofo alemán, refiriéndose al Nuevo Mundo, ha apuntado
la idea de que una cultura puede primitivizarse cuando se tras-
lada.
En realidad la cultura sufre una transformación al pasar de
un lugar a otro. Es como esos vinos que se alteran cuando cruzan
los mares.
No sabría decir, sin embargo, si esta transformación, vista sin
prejuicio y con mirada más aguda, sería ciertamente una primi-
tivización, pero sí creo que el cambio no se opera por propio
movimiento interno de la cultura sino como resultado necesario
de su contacto con otro medio. Al mencionar la palabra «me-
dio», quisiera despojarla de su excesiva resonancia biológica y
evitarme así cualquier sospecha de biologismo al concebir la
cultura. No creo que la cultura sea un organismo viviente, o al
menos que sólo sea un organismo viviente. Para mí, la cultura
es al grado y la forma en que el Espíritu penetra en la carne y
1
Conferencia dictada en el Centro de Comparación y Síntesis de Roma, en
mayo de 1952. Publicado en Revista Dominicana de Filosofía, No. 1, Ciudad
Trujillo, enero-junio de 1956. Editor: Waldo Ross.
2
Santo Domingo (1904-1986). Su obra filosófica principal es Bosquejos filo-
sóficos, Santo Domingo, 1938. Realizó varios estudios, entre los cuales se
encuentran: «¿Existen los valores negativos?» (Anales de la Universidad de
Santo Domingo, septiembre-diciembre 1939); «Nuestra cultura jurídica y la
filosofía del derecho» (Seguridad Social, Santo Domingo, No. 11, 1950).
Biografía tomada de Armando Cordero, La Filosofía en Santo Domingo, San-
to Domingo, Editora Horizontes de América, 1978. p. 231.
Tomo II.indb 147 08/12/2009 08:28:23 a.m.
148 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
se expresa mediante ella. Cultura es, dinámicamente concebida,
espiritualización; y, en imagen estática, espiritualidad.
En otra ocasión no he hablado de «medio», sino de hálito de
la tierra, tal vez arbitrariamente, comprendiendo bajo esta deno-
minación no solamente los influjos telúricos directos, quizás en
gran parte desconocidos, sino los alimentos, el agua, el aire, el
paisaje, los productos naturales que el hombre encuentra y so-
mete a su servicio, las formas de vida y de cultura preexistentes.
Los hombres europeos, con su idioma, su religión, su moral,
su arte, su ciencia, su industria, su técnica, su concepción del
mundo, cruzaron el Atlántico y asumieron el dominio de todo
en el medio nuevo del mundo americano. Ellos suplantaron casi
totalmente al hombre autóctono de aquellas tierras y ahogaron
sus sistemas de vida pero el medio, necesariamente, imprimió
en ellos y en su cultura una modificación. Estos hombres euro-
peos, y sus descendientes, con todo su bagaje, fueron pronto en
América una cosa diferente de lo que habían sido en Europa. La
migración comenzó a fines del siglo XV y continúa todavía con su
inevitable consecuencia.
El encuentro de la cultura europea con el hálito de la tierra
americana ha producido una modalidad espiritual americana.
Es difícil percibirla a primera vista, puesto que a los pueblos de
América se les oye hablar los mismos idiomas, y se les ve pro-
fesar la misma religión y cultivar la misma ciencia recibidas de
Europa, pero una observación más atenta revelará que la inter-
penetración de ambos factores ha determinado –junto con los
nuevos tipos somáticos y los nuevos modos de vivir impuestos por
la naturaleza– nuevas proyecciones psíquicas, nuevas vacaciones
espirituales, nuevas expresiones. América es y no es una prolon-
gación de Europa. Cabe la esperanza de que estas vagas señales
anuncien para el futuro un neto y definido estilo americano.
No sería una novedad en la historia universal. Las culturas
de Oriente que asimiló Grecia cobraron una expresión profun-
damente diferente en las costas del Mediterráneo, si bien no
hubo, como en América, sustitución de hombres y de bienes.
Roma, hija espiritual de Grecia, no fue seguramente una simple
prolongación de ésta sino un suceso con caracteres propios en el
cuadro de la historia. El espíritu gótico trajo un nuevo mensaje al
mundo en la Europa que Roma civilizó. El Renacimiento fue más
Tomo II.indb 148 08/12/2009 08:28:23 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 149
la potente irrupción de una nueva concepción del mundo que el
renacer de la cultura clásica. Caso análogo al de América debe
ocurrir, aunque no lo he comprobado, en otras tierras lejanas en
las que el hombre europeo ha sentado sus reales, desalojando
otras razas, como Australia y Sudáfrica.
Lo dicho no significa que me adscribo a un radical relativismo
histórico. No comparto ninguna teoría que niegue las verdades
perennes, los eternos valores, y sólo vea procesos morfológicos.
Creo en la esencial unidad de la cultura, porque creo en un úni-
co Dios Espíritu Santo, que impone un denominardor común a
todas sus criaturas. Mi relativismo consiste solamente en aceptar
que las diferencias del medio material y de su resultante psico-
física, a través del tiempo y del espacio, imprimen otras tantas
modalidades en la actuación del Espíritu.
De la fusión del hombre y la cultura europea con el hálito de
la isleña tierra dominicana, rocosa y alta en una parte, llana y fér-
til en la otra, con un clima menos cálido que el correspondiente
a su latitud, habitada por el hombre indígena de raza taína, que
apenas rebasaba la edad neolítica, y situada un poco al sur del
Trópico de Cáncer, ha salido un tipo humano, una sociedad, una
expresión cultural, que yo no puedo caracterizar con precisión
porque, siendo dominicano, me falta la distancia necesaria para
verla en perspectiva, pero de la que puedo asegurar que no es
ni europea ni americana pre-colombina, y que ha vivido intensas
crisis espirituales. Tal vez Uds., con sólo escucharme, la perciban
mejor que yo.
Allí nació a fines del siglo XV una estructura social nueva, que
comenzó a crecer y evolucionar y que ahora está en la adoles-
cencia. Sí, contra todas las apariencias, es cierto que allí surgió
a la vida un nuevo ser colectivo, formado por elementos viejos.
Todo lo que ha tenido para poder ser una comunidad civilizada
lo ha recibido de la madura cultura europea, pero no es una
sociedad madura. A su vida joven y rebelde se le quiso canalizar,
amoldar, dentro de principios y sistemas jurídicos e instituciona-
les importados que las más de las veces no correspondieron a la
verdadera etapa de su evolución, presentando un raro contraste
la juvenil musculatura del cuerpo social y el inadecuado ropaje
puéstole encima. En el período colonial eran leyes y costumbres
impuestas desde la metrópoli, y en la era independiente, la
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150 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
consecuencia del gran prestigio de lo europeo y la no prepa-
ración para crear un ordenamiento propio derivado a la vez de
los principios de vigencia universal y de las circunstancias del
propio medio. La realidad social, tal como es, en su sencilla y
fuerte presencia, acabó a veces por imponerse produciéndose el
caos y la desorientación. Se creyó entonces hallar el remedio en
la reforma de leyes e instituciones, en el ensayo de poses transac-
cionales, todo dentro de un clima de vacilación, de inestabilidad,
de provisionalidad. Contra el movimiento de dentro a afuera de
su vida joven, no han podido prevalecer los moldes postizos y
externos con que se la quiso cubrir. Las leyes sociológicas se han
cumplido necesariamente. En los últimos años, sin embargo, el
régimen dominicano de vida es fiel a la realidad social y extrae
de ella las directrices del propio ordenamiento.
En su expresión individual y familiar, el dominicano es en sus
costumbres, bondadoso, sencillo, con un extraordinario sentido
de la amistad y la hospitalidad, desinteresado. Se casa por amor
y casi no concibe otro móvil del matrimonio. No tiene la malicia
que se desarrolla en el individuo de las zonas densamente po-
bladas. Según observaba nuestro gran humanista y crítico Pedro
Henríquez Ureña, el dominicano es transparente, deja ver su
alma como a través de un cristal.
El pueblo es religioso, con escasa dosis de superstición, y su
fe más viva la pone en Nuestra Señora de la Altagracia, el título
mariano más antiguo de América, a cuyo santuario va en pere-
grinación. No se abandona tanto como algunos de Europa a la
intervención de la Divina Providencia para la solución de sus
dificultades o la satisfacción de sus deseos.
Un psicólogo y pedagogo español, autor de un interesante
libro sobre la psicología del dominicano, dice que éste es altivo,
noble, afirmador de su personalidad. Observa también que tiene
una rara intuición metafísica, expresada en su lenguaje popular,
en el que se usa con extraña fuerza e independencia el verbo
ser. Confía, con naturalidad, en la buena fe de los demás. El am-
biente dominicano, con una población poco numerosa, grandes
recursos naturales, amplias posibilidades, tierra de qué disponer,
hace que allí el lobo que hay en el hombre se adormezca y eche
largas siestas, con ocasionales despertares no tan violentos como
Tomo II.indb 150 08/12/2009 08:28:23 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 151
en otros agrupamientos humanos en que no puede una persona
moverse sin darse de codazos con los demás.
Cuando los españoles conducidos por Cristóbal Colón lle-
garon a la isla antillana ocupada hoy en parte por el pueblo de
Santo Domingo, encontraron una población indígena dividida
en cinco reinos o cacicazgos, que vivía de la agricultura, la caza y
la pesca. No atribuía gran valor al oro que abundaba en el país,
parte del cual vemos todavía en Roma, en el techo de la basílica
de Santa María la Mayor. Era gente de trato suave, hospitalaria y
pacífica, pero que demostró gran amor a su libertad. La defen-
dieron heroicamente contra los ataques de los conquistadores.
La empresa para someterlos a todos duró unos cuarenta años.
Cuando el país parecía ya conquistado, el ultraje inferido por un
encomendero a la esposa del noble cacique Guarocuya, un indio
que con el nombre de Enrique fue bautizado y educado entre
frailes franciscanos, dio lugar a un alzamiento. Enrique, o mejor
Enriquillo, como ha pasado a la historia, mantuvo la rebelión
en la abrupta sierra de Baoruco durante catorce años, al cabo
de los cuales convino en descender de la montaña después de
haber celebrado un pacto con el emperador Carlos V que garan-
tizaba su libertad y la de los suyos. Este pacto fue el primer trato
concluido entre un soberano europeo y uno americano. Al decir
del cronista de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, según lo
recoge nuestro historiador Emilio Rodríguez Demorizi en «La
instrucción de Enriquillo», ciertas expresiones de aquel glorioso
príncipe antillano, uno de nuestros héroes nacionales, parecían
denunciar en él la lectura de Pietro Aretino.
El resto de los indios no resistió la pena moral y las durezas
físicas de la esclavitud y pronto se extinguió. Después desapare-
cieron los indios libres de Enriquillo. A finales del siglo XVI ape-
nas quedaban escasos ejemplares puros de la raza indígena. Fue
inútil el esfuerzo del padre Bartolomé de las Casas para defender
al indio, al que consideraba débil de cuerpo y fino de espíritu,
contribuyendo a importar negros de África para la esclavitud.
En Santo Domingo existe pues un cuadro étnico en que se
mezclan los descendientes de los europeos –y los inmigrantes
blancos de todos los tiempos– con los individuos de raza africana
y los sedimentos de la raza taína. La expresión «crisol de razas»
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152 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
es una metáfora frecuentemente usada para señalar el proceso
étnico de Santo Domingo, como de todo el continente america-
no y sus islas.
Con respecto al negro, nuestra experiencia, es que no constitu-
ye un peso muerto en la sociedad, como aún lo es el indio en otras
regiones americanas, sino un agente de superación y progreso. La
generalizada creencia en su inferioridad es totalmente un prejui-
cio y una injusticia. El negro es eminentemente perfectible. Tan
perfectible como el blanco. Es verdad que en la historia universal
no se conoce la cultura de orden superior creada por el negro,
pero éste posee un alto grado de asimilación de la civilización aje-
na, a la que imprime su propio estilo. En cualquier campo en que
se le eduque, el artístico, el científico, el religioso, el moral, la raza
negra produce frutos magníficos. El mulato revela asimismo gran
vigor espiritual. Si algo negativo pudiera imputarse al negro y al
mulato –aparte la muy discutible y superficial objeción de carácter
estético– es culpa del blanco, es la reacción ante su menosprecio y
su discriminación; una reacción, sin embargo, más dulce e inofen-
siva que la del blanco y que la del indio en igual situación.
La nueva colonia, a la que Colón había puesto el nombre de
La Española y había comenzado a crear, se desarrollaba normal-
mente cuando a principios del siglo XVII los bucaneros y filibus-
teros ocuparon la adyacente isla de La Tortuga y luego pasaron
a la parte oeste de la misma isla de Santo Domingo, nombre
este que el uso sustituyó al puesto por el Descubridor. En aquella
parte del territorio empezaron bien pronto los franceses a or-
ganizar un establecimiento colonial. Esta usurpación dio lugar
a un estado de guerra casi continuo que duró dos siglos, en el
curso de los cuales, naturalmente, la colonia española de Santo
Domingo sufrió largas penurias y vio el éxodo de muchos de sus
habitantes, deseosos de vivir en condiciones más pacíficas.
La prolongada pobreza impuso una gran sencillez de vida
y dio lugar a un insensible movimiento de nivelación entre las
clases, lo mismo que a un acercamiento entre las razas. En Santo
Domingo, tradicionalmente, el prejuicio racial es mínimo y las
costumbres son profundamente democráticas. En aquel ambiente
enrudecido por los infortunios se olvidaron un poco los conven-
cionalismos sociales, las fórmulas de cortesía, las inclinaciones de
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Filosofía dominicana: pasado y presente 153
cabeza. Por esto el dominicano es todavía parco en sus cumpli-
dos, pero trata de demostrar su buena voluntad con actos, con
servicios. No usa los tratamientos de excelencia o de señoría y a
las personas no las llama por sus títulos sino por sus nombres.
Por otra parte, aquella guerra secular hizo desarrollar en
el dominicano los sentimientos de la valentía, el honor, la ca-
ballerosidad, la resignación ante las penalidades, y lo habituó
a dirimir las cuestiones públicas y privadas con las armas en la
mano. Entre las profesiones, la de guerrero era la más extendida
y la que ofrecía mayores oportunidades, lo cual fue la principal
rémora para la tranquilidad y el progreso del país en muchos
años de la era republicana.
En la base de la expresión tradicional de la cultura, en Santo
Domingo están el espíritu hispánico y la religión católica, como
lo ha señalado nuestro ensayista Manuel A. Peña Batlle. Cuando
a estos factores de origen se quisieron sobreponer en el siglo XIX
el liberalismo racionalista y las corrientes positivistas en boga,
vino un período de desorientación que ahora estamos tratando
de rectificar volviendo, en la medida del tiempo, a las fuentes de
nuestra fisonomía colectiva.
El dominicano es emotivo, es poeta, es exaltado, es declama-
torio, rasgos estos que dan lugar también al fenómeno contrario,
es decir, a que los mejores escritores, por vía de reacción, sean
característicamente sobrios. Tiene el dominicano sus arranques
quijotescos, ilustrados en anécdotas incontables. La obra misma
de la independencia fue una inmensa quijotada que casi por mi-
lagro no terminó en fracaso. Poco dado todavía al trabajo cientí-
fico, y muy imaginativo, le complace en cambio la literatura, que
allí es planta silvestre. Ama con pasión su país, y su patriotismo se
manifiesta a veces con marcada sensibilidad. La patria, mientras
más pequeña e ignorada, más se la quiere.
En los tiempos coloniales, la ciudad de Santo Domingo de-
fendió siempre, en su pobreza, la dignidad que le imprimieron
su título de Cuna de América y su fama de ser la Atenas del Nue-
vo Mundo.
Punto inicial de la colonización de las tierras colombinas, en
la isla se fundaron, a finales del siglo XV y el curso del XVI, las pri-
meras ciudades, iglesias y sedes episcopales y, con los primeros
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154 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
conventos, las primeras universidades y escuelas. Mientras otros te-
rritorios eran descubiertos o estaban por serlo, en Santo Domingo
se instalaba la primera Real Audiencia del Nuevo Mundo; juristas,
teólogos y gramáticos enseñaban y trabajaban entre la población
española e indígena, y escritores, cronistas y poetas componían el
primer capítulo de la historia literaria americana. Allí se dijo la pri-
mera misa celebrada en América y se creó la primera advocación
americana de la Virgen María, Nuestra Señora de la Altagracia,
protectora del pueblo dominicano. Su santuario es el más antiguo
de todos. Ya existía cuando todavía Hernán Cortés no sospechaba
que iba a ser el conquistador de México.
Allí se continuó una animada vida de cultura a lo largo de la
era colonial, descrita con lujo de documentos en la obra consa-
grada a la materia por el ilustre estudioso dominicano profesor
Pedro Henríquez Ureña.
En Santo Domingo vivieron y escribieron el famoso cronista
de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo; el historiador y filán-
tropo, fray Bartolomé de las Casas; el alabado autor de «Elegías
de Varones Ilustres de Indias», Juan de Castallenos; los grandes
poetas del Siglo de Oro, Tirso de Molina y Bernardo de Valbue-
na; el predicador, fray Alonso de Cabrera; y el naturalista, José
de Acosta. Allí resonó, santa y airada, la voz de fray Antonio de
Montesinos en defensa de los oprimidos indios.
El ambiente refinado de la colonia en los primeros tiempos
no pudo menos que propiciar la formación de numerosas gentes
de letras en la población criolla, entre las cuales son singularmen-
te notables, doña Elvira de Mendoza y doña Leonor de Ovando,
primeras poetisas del Nuevo Mundo, cultivadoras del soneto,
que ya en aquella época había llegado a Santo Domingo.
La Universidad de Santo Tomás de Aquino, primada de
América, con los privilegios de las de Alcalá de Henares y Sala-
manca, fue instituida en Santo Domingo por bula del pontífice
Paulo III el 28 de octubre de 1538, y la de Santiago de la Paz,
en 1540. Servidas por catedráticos competentes, muchos de los
cuales dejaron obra estimable, a ellas concurrieron –especial-
mente a la primera, que sobrevivió a la otra–, en el período his-
pánico, no solamente jóvenes de la propia isla, sino estudiantes
de las tierras vecinas. Los antiguos registros de la institución
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Filosofía dominicana: pasado y presente 155
muestran que hasta el 1823 acudía a ella, en grupos nutridos, la
juventud de Cuba, Puerto Rico y Venezuela.
No obstante la guerra y despoblación que sufre el país en
el siglo XVII, y la pobreza que estos males traen en el siglo XVIII,
Santo Domingo continúa sosteniendo con brillo su vida cultural
y la historia puede anotar en ese lapso los nombres de persona-
lidades notables por su inteligencia y sapiencia, tales como el
predicador Diego de Alvarado; el escritor, Luis Jerónimo de Al-
cocer; el poeta, Francisco Morillas; el famoso obispo, que lo fue
de Nicaragua y de Cuba, Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, y
el historiador y tribuno Antonio Sánchez Valverde.
Los primeros veintiún años del siglo XIX, que corresponden
a los últimos de la colonia, contemplan en Santo Domingo a
ilustres varones que dedican sus talentos a las letras y las artes o
a las actividades públicas que dieron carácter a aquel período de
transformación política y social. Sobresalen en esa época el glo-
rioso José María de Heredia, el Cantor del Niágara, nacido en Cuba
de padres dominicanos; Francisco Javier Foxá, el dramaturgo;
Esteban Pichardo, el lexicógrafo; Antonio del Monte y Tejada, el
historiador; Francisco Muñoz del Monte, el poeta; Andrés López
de Medrano, tratadista de lógica; el noble Pedro Valera y Jimé-
nez, primer arzobispo dominicano, y Francisco Javier Caro, el
político. Pero por sobre todos se impone la mención de dos por
su gran significación en nuestra historia política. Son el caudillo
de la guerra de reincorporación a España, de 1808, brigadier
Juan Sánchez Ramírez, y el doctor José Núñez de Cáceres, jefe
del movimiento de independencia de 1821.
En uno de los vaivenes característicos de nuestra inquieta era
colonial, Santo Domingo había caído en manos de los franceses
al final del siglo XVIII y, a pesar de que bajo su dominación el
país progresaba, la población permanecía tan española de cora-
zón que los propios criollos organizaron una guerra contra las
fuerzas que había enviado allí el primer cónsul Bonaparte, y la
ganaron. Mientras tanto en la otra parte de la isla, la que fue
colonia francesa, ya los esclavos se habían sublevado contra el
gobierno de París y habían constituido un Estado independiente
con el nombre de Haití.
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156 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El jefe de aquel heroico movimiento de la parte dominicana
fue, como dije, el brigadier Juan Sánchez Ramírez, cuyas dotes
de guerrero eran extraordinarias. No menor fruto debía produ-
cir la prolongada actividad bélica del país. Puso en pie de guerra
a la población, y con un ejército improvisado derrotó, en una
batalla campal, a los bien adiestrados y flamantes regimientos
napoleónicos. Con esta gran empresa, acometida por amor a
España, se salvó la unidad de nuestra filiación, que permitió al
pueblo dominicano conservar una personalidad definida a tra-
vés de los peligros que amenazaron adulterarla. Según fue hábil,
activo y valeroso como soldado, fue también Sánchez Ramírez
prudente como gobernante una vez reintegrada la colonia al
seno del imperio español. A este defensor de la hispanidad de
Santo Domingo, los historiadores le agradecen haber dejado un
diario que les permite reconstruir con exactitud aquel período
de nuestra historia.
En 1821, el huracán liberador que recorría la América Latina
de un extremo a otro conmovió las almas en Santo Domingo, y
allí sonó también la hora de la independencia. Su caudillo fue
el sabio doctor José Núñez de Cácerés, rector de la Universidad,
erudito de formación escolástico-tomista, como todos sus con-
temporáneos, pero que se sumó a las ideas revolucionarias de la
época. El pueblo, sobre el cual ejercía enorme ascendiente, se
unió a su propósito, y después de una inteligente preparación
pudo darse el golpe el 1 de diciembre sin derramamiento de
sangre. Empero, una circunstancia ominosa que no es del caso
exponer ahora malogró pronto la obra, que quedó aplazada
hasta 1844, año en que realmente comienza, con carácter de
permanencia, nuestra vida independiente. De Núñez de Cáce-
res, fecundo escritor, vehemente periodista y mediano poeta, se
conservan algunos interesantes escritos y un epinicio a las hues-
tes triunfadoras de Juan Sánchez Ramírez.
La más rápida ojeada a la espiritualidad dominicana en la
era independiente no podría dejar de comenzar con el nombre
de Juan Pablo Duarte, apóstol y fundador de la República. Aquel
varón ilustre, ejemplo de patriotismo inmaculado, abnegado
y sereno hasta la santidad, creó y presidió la sociedad secreta
La Trinitaria, y en su seno enseñó filosofía y ciencias e inculcó
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Filosofía dominicana: pasado y presente 157
a la juventud las ideas de libertad que culminaron con el grito
emancipador del 27 de febrero de 1844. En su pensamiento y
su cuaderno de apuntes vivió la República, con su constitución
democrática, su escudo y su bandera, antes que en la realidad.
Él fue el primero en la idea, en el esfuerzo, en la elevación espi-
ritual, en la renuncia.
Duarte se había educado en Barcelona, y allí su espíritu se
había templado en el espectáculo de la lucha por los fueros
de Cataluña. Promediaba la primera mitad del siglo XIX y en la
ciudad condal tomaban también nuevo vigor las doctrinas de
Raimundo Lulio. En ellas hubo de iniciarse el joven antillano,
comunicando a su alma una modalidad mística que nunca aban-
donó. En la forma como organizó la agrupación patricia que
gestó la independencia, puede verse la influencia que tuvieron
los juegos mágicos del Ars Magna, y en el lema, el escudo y la
bandera de la nueva patria concebida por él, así como en el ju-
ramento que redactó para los «trinitarios», que tal se llamaban
los miembros de la sociedad La Trinitaria, se revela una perenne
actitud religiosa. Dios, la Santísima Trinidad, son siempre el pri-
mer objeto de su pensamiento; hizo de la cruz nuestra bandera
y en el escudo puso la Biblia, abierta en la primera página del
Evangelio de San Juan. «El principio era el Verbo» leemos allí
con unción, evocando el tema favorito de sus meditaciones y la
forma como nació la República en su pensamiento. Una íntima
necesidad espiritual llevó al Fundador a poner en el emblema
de la patria el supremo sentimiento de misterio expresado por
el Evangelista.
Para completar la silueta de este libertador místico, debo
agregar que nunca contrajo nupcias ni dejó descendencia. Su
desposorio con el ideal de patria no le dejó tiempo para unirse
con mujer terrena, y esta circunstancia contribuye a dar contor-
nos de mayor idealidad a su figura paradigmática.
A continuación del Padre de la Patria, se impone citar los
próceres máximos Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Mella,
el primero, hombre de letras por vocación, militar por obra de
las circunstancias, y héroe por sobre todo; y el segundo, soldado
de corazón, impulsivo y arrojado.
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158 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Sánchez fue uno de los primeros jóvenes que trabaron fra-
terna amistad con Duarte, al regresar éste al país, y ambos se
unieron en el anhelo de hacer de su pueblo una república in-
dependiente. Era alto, magro, fornido, con aire singularmente
atrayente y dotado de alma angelical; ejercía la abogacía, y su
vida fue un camino de sacrificios y amarguras que culminó en el
martirio final. Estos rasgos lo hacen comparable a Lincoln. Con
Duarte hizo la República en 1844, y después, en 1861, organizó
una expedición con objeto de librar el suelo patrio de una nueva
anexión a España que se había consumado contra el querer del
pueblo. Para ponderar el valor de esta última acción de Sánchez,
habría que conocer en detalle los sufrimientos que le había va-
lido desde la juventud su patriotismo militante y los mil motivos
de decepción interpuestos en su camino, que hubieran rendido
cualquier espíritu fuerte. Estaba enfermo, además. El héroe en-
tró al territorio dominicano, con su grupo de conjurados, por
la frontera que nos separa de la República de Haití, y a poco
cayó en una celada. Herido y prisionero, fue conducido ante
un consejo de guerra. Sánchez se irguió ante los rudos jueces
militares, sabiendo la suerte que le esperaba, y con elocuencia
y energía produjo una defensa y sostuvo que no era él sino el
tribunal que le juzgaba quien violaba las únicas leyes legítimas,
las de la República Dominicana, que él había ido a restaurar. Dic-
tada la sentencia fatal, fue puesto en capilla y suplicó le trajesen
una Biblia. Con ella pasó serenamente la noche. Cuando al alba
le conducían al patíbulo, llevado en una silla por sus heridas,
la gente le vio todavía con el libro sagrado en la mano y le oyó
repetir con David: «Tibi soli peccavi et malum coram te feci».
El otro prócer a que me he referido, el general Ramón Me-
lla, fue el impetuoso paladín que la noche del 27 de febrero de
1844, fijada para dar el grito de independencia, incendió los
corazones con su actitud decidida. En un momento en que, por
tardar en acudir a la cita algunos de los comprometidos, asomó
tímidamente a su lívida faz el desaliento, hizo cumplir sin tar-
danza el propósito heroico, quijotesco, de hacer patria costara
lo que costara, disparando al aire su trabuco. Mella fue también
héroe de nuestra guerra contra España en 1863, y en el curso de
la campaña murió minado por la fiebre. Cuentan que, en trance
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Filosofía dominicana: pasado y presente 159
ya de muerte, las escasas fuerzas que le quedaban, postrado en
el lecho, las dedicaba a seguir la suerte de un combate que se li-
braba en las cercanías de su acantonamiento, y al oír los disparos
cada vez más distantes, señal de que el enemigo se retiraba o de
que a él se le iba la vida, exclamó: «Se alejan los tiros, se alejan
los tiros. Viva la República Dominicana», y al momento expiró.
Con Duarte, Sánchez y Mella contribuyeron a crear y con-
solidar la nueva nacionalidad Pedro Santana, Antonio Duvergé,
José Joaquín Puello, Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandrino Pina
y José María Serra, autor este último de unos Apuntes para la his-
toria de los Trinitarios. Trinitario él también, y de una inflamada
descripción de los sucesos del 27 de Febrero, reveladora de que
su alma estaba poseída del ardor patriótico que infundió Duarte
a su grupo de jóvenes, y de que le ligaba al maestro y jefe, como
todos los Trinitarios, un entrañable amor que hace recordar el
profesado a Jesús por sus discípulos.
Cierro las referencias a este período heroico de constitución
y afianzamiento de la República con el nombre de Gregorio Lu-
perón, soldado y escritor, principal conductor de la Guerra de
Restauración contra España de 1863 a 1865, émulo y amigo de
los adalides de la libertad de América en la segunda mitad del si-
glo XIX: Martí, Hostos, Betances. Amigo de Garibaldi en París en
1870. Dejó extensa obra escrita sobre los sucesos en que actuó y
acerca de sus contemporáneos, que hoy constituye inapreciable
fuente para la historia. La gloria de Luperón puede sintetizarse
así: Su brazo armado fue siempre un instrumento al servicio de
elevados ideales.
La contribución de Santo Domingo al acervo espiritual de
América no comprende solamente escritores, artistas, sabios y
héroes. Cuenta también con un santo: el presbítero Francisco
Xavier Billini, de ascendencia italiana, cuya vida discurrió entre
1837 y 1890. Encarnación del amor cristiano, consagró todas sus
actividades al socorro de los desvalidos y a la educación, dejando
para estos fines instituciones perdurables. No obstante que su
época era de gran pobreza a causa de las guerras internacionales
e intestinas en que el país se había visto envuelto, el padre Billini,
sacó recursos de la nada y, como por obra de milagro, multipli-
cando en una lucha sin tregua los esfuerzos de su prodigiosa
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160 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
energía, fundó y sostuvo el primer orfanato y el primer manico-
mio del país, un hospital de beneficencia y un gran colegio de
enseñanza primaria y secundaria. Nuevo Toribio de Mogrovejo,
salía además por las calles como ángel de la caridad a enjugar
lágrimas y prodigar consuelos a la gente dolorida; a dar alimento
material y espiritual a los hambrientos y descamisados; a ofrecer
albergue, vestido e instrucción a los desamparados, desnudos e
ignorantes. Era tan amado por los humildes como respetado por
los poderosos. A estos últimos les exigía su ayuda en tono de tan
firme decisión, que anulaba toda excusa. No hubo capitalista ni
comerciante que osara negar una petición del padre Billini. Le
auxiliaban una irresistible fuerza personal y una autoridad moral
irreprochable. De este modo hacía él la caridad y obligaba a los
pudientes a practicarla.
Su obra de misericordia no le impidió cumplir los deberes
del sacerdote en la iglesia, y una vez siendo cura de la Catedral
de Santo Domingo, dispuso unos trabajos de reparación del edi-
ficio. Cuando éstos se ejecutaban un obrero que cavaba en el
presbiterio dio con una pequeña bóveda y, dentro de ella, con
una cajita de bronce que decía: «Ilustre y esclarecido varón Don
Cristóbal Colón». Era 10 de septiembre de 1877. Enterados el
gobierno y el pueblo del portentoso hallazgo, revelador de no
haber sido los restos del Descubridor los trasladados en 1795 de
Santo Domingo a La Habana y luego a Sevilla, sino aquéllos, se
colmó el santo recinto de gentes y autoridades, quienes oyeron
al arzobispo Rocco Cocchia el relato de lo ocurrido. Exhibida
al público la urna encontrada, cuya autenticidad era evidente,
según se ha demostrado después, el mitrado anunció solemne-
mente que los sagrados despojos quedarían bajo su inmediata
custodia mientras se les preparara lugar definitivo. Entonces,
como si todos instantáneamente se hubiesen puesto de acuerdo,
comenzaron a salir mil voces que resonaban con insistencia en
las bóvedas del templo pidiendo como custodio al padre Billini.
El arzobispo no tuvo más camino que acatar el clamor popular, y
el santo sacerdote tomó a su cargo la guarda de los restos del in-
signe nauta hasta que se colocaron en el grandioso monumento
donde hoy se encuentran. Después de aquel día se vio al padre
Billini andar sin sombrero por las calles. «Debo permanecer des-
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Filosofía dominicana: pasado y presente 161
cubierto ante un pueblo que me ha dado tan grande prueba de
amor y confianza», fue su explicación. Hace tiempo se comenzó
a gestionar el proceso de su beatificación, pero el tropiezo es que
la gente de Santo Domingo, por la índole de su religiosidad, no
suele dar oportunidades a la realización de milagros.
En la historia de la República Dominicana, sobresale con
acentuado relieve otro sacerdote, que fue arzobispo de Santo
Domingo y presidente de la nación: monseñor Fernando Arturo
de Meriño. Pero en este señor de cumbres –que tuvo humildí-
sima cuna campesina–, no son las cualidades que hicieron in-
mortal al filántropo Billini las que le presentan a la admiración
de la posteridad, aun cuando fue también caritativo. Su mérito
extraordinario está en haber sido el más grande orador domi-
nicano de todos les tiempos, un patriota puro y constructivo, y
un ejemplo de cívica valentía. Fueron incontables sus discursos
sagrados y profanos, pronunciados en su patria y en Venezuela.
Sus discípulos han compilado algunos de los más notables. Tam-
bién sus cartas pastorales. Compuso además una geografía física,
política e histórica de la República Dominicana.
Para poner de manifiesto la hombría de aquel ministro del
Señor, presentaré el siguiente rasgo de su vida política: Siendo
presidente de la Asamblea Legislativa, debía tomarle el juramen-
to al jefe del Estado recién proclamado, general Buenaventura
Báez, caudillo de mano fuerte que ya había gobernado y que du-
rante la guerra con España, de 1863 a 1865, había permanecido
en el extranjero no obstante ser el jefe del partido político más
numeroso. Preso de amargura por este motivo, en la ceremonia le
enrostró al férreo gobernante un discurso en que valerosamente
le dijo lo indigno que era de volver a ocupar la Presidencia de la
República. «¡Tan inesperado acontecimiento tiene aún atónitos
a muchos que lo contemplan!» exclamó, y luego prosiguió:
Empero yo, que sólo debo hablaros el leguaje franco de la ver-
dad, que he sido aleccionado como vos en la escuela del infor-
tunio, en la que se estudian con provecho las raras vicisitudes de
la vida, no prescindiré de deciros que no os alucinéis por ello,
que en pueblos como el nuestro, valiéndome de la expresión de
un ilustre orador americano: «tan fácil es pasar del destierro al
Solio como descender de éste a la barra del Senado».
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162 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Es indescriptible la sorpresa y el revuelo que estas palabras
causaron en el soberbio señor y en la multitud de adictos que
le rodeaba. Uno de ellos, queriendo contrarrestar el estupor
reinante y reencender el entusiasmo en sus copartidarios, gritó:
«¡Viva el presidente vitalicio!» Rápidamente la voz de Meriño se
impuso como un trueno: «¡Vitalicio no! ¡Temporal, alternativo y
responsable!». Al día siguiente, desde luego, el bravo sacerdote
tomaba el camino del destierro.
A la misma generación de Meriño, pertenecen el historiador
José Gabriel García; el novelista Manuel de Jesús Galván; el escri-
tor y erudito Emiliano Tejera; el dominicano libertador de Cuba,
Máximo Gómez, y el insigne maestro, nacido en Puerto Rico,
Eugenio María de Hostos.
Los tres primeros fueron grandes figuras en el movimiento
cultural dominicano y participaron activamente en la solución
de toda clase de problemas de interés general. Ya se ha observa-
do este fenómeno característico de nuestras jóvenes repúblicas
en el período confuso que siguió a la independencia, época de
educación cívica del pueblo y de adecuación de las institucio-
nes a la realidad física y social de los respectivos países: ninguna
persona inteligente pudo dedicarse exclusivamente a una labor
de pensamiento, investigación o arte y sustraerse al deber de
cooperar en la construcción política de la nación.
José Gabriel García sobresale por haber escrito, formidable
empresa, la historia de Santo Domingo. Antes de la suya exis-
tían obras históricas dominicanas de importancia, como las de
los citados Sánchez Valverde y Del Monte y Tejada, pero no una
semejante a la realizada por él, sistemática y amplia, que hilva-
nara todos los períodos, desde la época pre-colombina hasta la
contemporánea, y que comprendiera los diferentes aspectos de
nuestra comunidad. Consagró su vida, desde la adolescencia
hasta la muerte, al cumplimento de este trabajo, afrontando sin
desmayar los obstáculos que le oponían la época y el medio. De
cada episodio narrado dedujo una lección moral. La Historia
de Santo Domingo de García se editó primeramente en cinco
tomos, después en cuatro. Publicó siete obras más, entre libros
y folletos, con monografías, biografías, memorias, compendios y
libros de lectura.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 163
El nombre de Manuel de Jesús Galván está vinculado a una
sola obra: su novela histórica Enriquillo, en la que cobra vida y
encanto el período virreinal de Santo Domingo. Calificado por
nuestro crítico Américo Lugo como el dominicano de más talen-
to literario, es fama todavía que su obra máxima, la única que
salva su recuerdo, es la mejor novela dominicana en prosa. Su
traducción a varios idiomas ha sido dispuesta por la Unesco.
Emiliano Tejera fue una figura de gran prestancia intelec-
tual y moral a fines del pasado siglo y comienzos del presente.
Escritor erudito de bello estilo y honrada inteligencia, se dedicó
a la enseñanza y a la historia. No gustaba de intervenir en políti-
ca, pero aceptó elevadas funciones públicas en épocas difíciles.
Una vez se le envió ante el papa León XIII, árbitro en nuestras
diferencias fronterizas con Haití, y presentó una memoria en
defensa del punto de vista dominicano notable por la fuerza de
la argumentación. Se dedicó al estudio del Padre de la Patria
Juan Pablo Duarte, sobre quien escribió dos libros; pero sus
obras principales fueron los dos volúmenes que produjo para
establecer la irrefutable autenticidad de los restos de Colón,
hallados en la Catedral de Santo Domingo en 1877. Estos restos
habían permanecido allí ocultos desde el siglo XVII por temor a
que fueran profanados por las fuerzas francesas e inglesas que
mantenían en estado de guerra la isla. En los libros de Tejera se
demuestra que los huesos llevados a La Habana en 1795 y luego
a Sevilla, tenidos como los del Descubridor de América, son en
realidad los de su hijo el virrey don Diego.
El libertador Máximo Gómez es dominicano y se hizo hom-
bre en Santo Domingo, pero su gloria pertenece principalmente
a Cuba. Por eso me limito aquí a mencionar su preclaro nombre,
rindiendo homenaje al héroe que asombró al mundo con sus
hazañas al frente del bravo ejército cubano que hizo la indepen-
dencia.
En cambio, el gran pensador de Ámerica Eugenio María de
Hostos, sin ser dominicano de nacimiento y sólo de origen, perte-
nece de lleno a la historia de nuestra cultura, ya que entre nosotros
se estableció, enseñó, reformó la instrucción pública y escribió sus
obras. Sus discípulos dominicanos fueron maestros a su vez o figu-
raron de otro modo en los primeros puestos de la vida nacional.
Tomo II.indb 163 08/12/2009 08:28:24 a.m.
164 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Con seguridad, ningún otro pensador ha tenido una influencia
tan grande en nuestra evolución política, social y educativa como
el ilustre puertorriqueño, cuyas doctrinas en sociología, moral
social, educación y derecho constitucional se estudian en Santo
Domingo y en todo el mundo de habla española.
La poesía siempre ha sido en Santo Domingo flor muy abun-
dante. El número de sus vates sobrepasa al de los cultores de
otras artes y de las ciencias. Para referirme a los de la era repu-
blicana, elijo solamente cuatro nombres ilustres pertenecientes
a nuestro romanticismo de las postrimerías del siglo XIX: Salomé
Ureña de Henríquez, José Joaquín Pérez, Gastón Fernando De-
ligne y Arturo Pellerano Castro.
Considerada por el crítico Américo Lugo como «la Corina
que vence a todos nuestros Píndaros», la eximia poetisa Salomé
Ureña de Henríquez brilló con majestad en el ámbito dominica-
no y, al impulso de la admiración provocada por los frutos de su
genial talento poético, puesto al servicio de la patria, el progreso,
la paz y la civilización, fue objeto en vida de grandes honores. No
solamente fue notable por su obra en verso, que en ella es pulcro
y sonoro en la forma y elevado en la idea. Sacudido una vez su
espíritu sensible por el rudo encuentro de sus ilusiones patrias
con una hosca realidad, escribió el poema Sombras, de hondo
acento trágico, y desde entonces, significativamente, la poesía
dejó de ser en ella el quehacer frecuente y se consagró a la edu-
cación. Fundó un Instituto de Señoritas donde puso en práctica
los nuevos métodos de enseñanza preconizados por Hostos, con
resultados que recoge todavía la época actual.
José Joaquín Pérez descuella también triunfalmente en el
parnaso dominicano con sus poesías indianistas y de otros asun-
tos. Consagró la mayoría de sus poemas a cantar las glorias de los
caciques indígenas que se sacrificaron en defensa de la libertad
cuando la conquista, y a recoger dulces leyendas de amor y de
tragedia de la época pre-colombina. Es además muy hermosa su
composición titulada El junco verde, relativa al primer indicio de
tierra cercana que tuvieron Colón y sus marinos en las vísperas
del descubrimiento; y tierna hasta sollozar otra llamada La vuelta
al hogar, escrita por el poeta después de seis años de destierro
por causas políticas.
Tomo II.indb 164 08/12/2009 08:28:24 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 165
Gastón Fernando Deligne es el poeta filósofo y sociólogo,
de una erudición vastísima, que se propone educar al pueblo
con sus versos. Muchos le consideran el príncipe de los líricos
dominicanos, y en verdad tendría todos los títulos para merecer
tan alta calificación, si su poesía no contuviera a veces dema-
siados elementos extrapoéticos, que por otra parte encierran
valor como ideas para la obra en prosa de un buen pensador.
Tiene también composiciones patrióticas y cantos de amor con
el ligero tono sentimental que le permitió su naturaleza predo-
minantemente intelectual.
El último de los poetas citados, Arturo Pellerano Castro,
es entre nosotros el maestro del género criollista, espontánea
floración de su espíritu original, impregnado del perfume de la
tierra. Sus Criollas, que así llamó a las composiciones de nuevo
cuño, son un derroche de ingenua gracia campesina, fiel reflejo
de la innata dulzura de nuestra gente rústica, bailadora, sonrien-
te y hospitalaria, en cuya idiosincrasia predomina la ascendencia
india y española, con muy escasa influencia africana. En Pelle-
rano Castro, no existe, por eso, el retumbante ritmo de la poe-
sía afroamericana que más tarde se puso en boga y que poetas
dominicanos han cultivado no obstante ser expresión ajena a la
tierra.
Para completar el panorama cultural dominicano del siglo XIX
debo señalar por último, rápidamente, las parcelas menos exten-
sas y cultivadas de la música, la pintura y la escultura.
Entre los músicos sobresalen Juan Bautista Alfonseca, que
en su época fue el centro de las actividades musicales de Santo
Domingo y compuso música culta en varios géneros y bailables
típicos del país, como merengues y mangulinas, y José Reyes,
autor de nuestro Himno Nacional, un magnífico ejemplar de
canto guerrero. Más reciente es el maestro José de J. Ravelo,
compositor fecundo, autor de un oratorio que se ejecuta todos
los Viernes Santos en la Catedral de Santo Domingo, por impo-
nente conjunto sinfónico-coral.
En las artes plásticas están Alejandro Bonilla, pintor de am-
plios panoramas que reprodujo escenas de nuestra historia y
dejó cuadros que son la mejor reminiscencia pictórica del Santo
Domingo del siglo XIX; Luis Desangles, notable por las celebradas
Tomo II.indb 165 08/12/2009 08:28:24 a.m.
166 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
muestras de arte impresionista que compuso, y Abelardo Rodrí-
guez Urdaneta, que también fue escultor, y por muchos años
dirigió la Academia Nacional de Dibujo, Pintura y Escultura.
En el presente siglo las actividades del espíritu se han multi-
plicado e intensificado en todos los órdenes, pero no me referiré
a ellas en detalle porque he empleado ex profeso el tiempo dis-
ponible en dar una breve noticia acerca de las figuras definitiva-
mente consagradas.
Sólo diré que según se opera el desarrollo económico del país
y Santo Domingo amplía la educación del pueblo, abriéndose al
mundo para recibir todas las influencias, las vocaciones latentes
se actualizan y manifiestan con esplendidez. A este respecto es
decisiva la ingente obra de progreso que el insigne estadista ge-
neralísimo Rafael L. Trujillo Molina realiza, tanto en lo tocante
al desenvolvimiento de la riqueza material como al fomento de
la cultura.
En las esferas artística y literaria, la tendencia que domina
actualmente es revolucionaria. Hay mucho, demasiado amor, por
lo revolucionario en poesía, filosofía, pintura, escultura y arquitec-
tura. Se quiere resucitar las incitaciones indígenas primitivas. Mu-
chos exageran en la expresión irracionalista de las emociones.
En poesía, el movimiento de vanguardia más caracterizado es
el postumismo, cuyo iniciador y jefe, Domingo Moreno Jimenes,
acusa una sensibilidad nada común, una intuición extraordina-
ria, y tiene logros de impresionante profundidad metafísica. Con
la descripción de sus estados interiores, y con sus imágenes ori-
ginales, presenta un mundo de experiencias poéticas que está a
cien codos por encima de lo vulgar, servido en versos desiguales,
sin metro ni rima, pero tampoco sin una sola frase adocenada.
Es la suya una formulación nueva, profética, sorprendente, cuyo
ritmo interno sustituye con eficacia al de la sucesión de los voca-
blos. En sus sueños contempla con insistencia la gloria del futuro
americano, del cual se anuncia un precursor.
En las demás artes se busca no se sabe qué cosa, pero se busca
algo, se ensayan posiciones, actitudes, técnicas, y se revela talen-
to en esta búsqueda. En música no se ha manifestado aún tanta
osadía, pero cada día surgen compositores, instrumentistas, y
con ellos, como genuino aroma de la tierra, una música propia
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Filosofía dominicana: pasado y presente 167
fundada en los temas folklóricos. El maestro Roberto Caggiano,
italiano director de la Orquesta Sinfónica Nacional, da entusias-
ta testimonio del talento musical de los dominicanos.
En este juvenil movimiento artístico e intelectual, preside
una consciente o inconsciente rebeldía contra lo viejo, un re-
clamo de nuevos valores, de formas nuevas, que se vislumbran,
se sospechan, se adivinan, pero que no se captan plenamente.
Se pide una nueva comprensión de la vida, la belleza, la verdad,
pero nada maduro ha producido todavía esta demanda.
Al margen de estas inquietudes vanguardistas, hay altas
figuras representativas en las letras y las artes. De la primera
generación de este siglo es el ilustre humanista, filólogo y crí-
tico Pedro Henríquez Ureña, grande como Hostos en todo el
orbe hispano-parlante. Enseñó en las universidades de Harvard,
México, Minnesota, Buenos Aires y La Plata, y sus estudios sobre
las literaturas española, inglesa, francesa, italiana y portuguesa
tienen valor de primer rango.
Además, la vocación estrictamente científica encuentra cada
vez mayores oportunidades para su desarrollo y para el trabajo
de investigación en institutos y laboratorios, y se va manifestando
en libros, revistas y congresos.
Todos, revolucionarios y conservadores, pensadores y cien-
tistas, estamos atentos a Europa, a sus menores movimientos,
sentimos su proximidad. Deseamos a Europa y la necesitamos.
Queremos enseñanza europea, inspiración europea, maestros
europeos, para fecundar nuestra propia alma. Esta necesidad se
resuelve en creciente intercambio de personas y publicaciones, en
convenios culturales, en contratación de profesores, en bolsas de
estudio. Nuestra política es de puertas abiertas para lo mejor que
pueda ofrecer Europa. Desde 1930 el poder económico crece en
proporción casi geométrica, hemos sobrepasado el mínimum de
bienestar que reclamaba Aristóteles para filosofar. Escuelas, aca-
demias, publicaciones periódicas, instituciones para la educación
popular, se desarrollan y se fundan cada día. La cercana y podero-
sa influencia norteamericana de los últimos cincuenta años tiene
a este respecto su importancia y su valor, pero hasta ahora nada
tiene que ver con el espíritu. Por un lado la apreciamos, por el
otro nos defendemos de ella.
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168 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La Universidad de Santo Domingo, antes de Santo Tomás de
Aquino, merece una mención especial. Vive ahora su quinto siglo
de existencia en continuo crecimiento y en moderna ciudad uni-
versitaria. Ella es el principal centro de nuestra vida cultural. La
obligada autodidáctica de tiempos pasados es sustituida allí, en
las distintas facultades y escuelas, especialmente en la Facultad de
Filosofía, que abarca todo el saber teorético por la realización de
amplios estudios sistemáticos. Lo mismo en las escuelas de artes
plásticas, conservatorio de música y declamación, escuelas poli-
técnicas. Un detalle digno de señalarse es la participación de la
Iglesia en el progreso científico. Varios sacerdotes son profesores
de la Universidad de Santo Domingo o aportan su contribución,
muy importante, a las investigaciones históricas.
Nosotros, como los demás países de América, vivimos nues-
tro momento histórico de pueblo joven pero al mismo tiempo
estamos, queremos estar, íntimamente influidos, saturados por
los efectos del avanzado momento histórico europeo. A la carne
virgen americana se superpone, penetrándola, fecundándola la
Europa madurísima. Por esto presentamos un cuadro contras-
tante en sí mismo, contradictorio, indefinible. Nuestra fisonomía
espiritual no es uniforme, sostenida, armónica, como la euro-
pea. Nuestra actual formación no es como fue la de este lado
del Atlántico. Simplificando las ideas, puede decirse que Europa
se hizo sola, sacando de sí misma los elementos de su evolución
espiritual. No recibió el constante y poderoso influjo de una
gran cultura contemporánea y vecina. América sí lo recibe, caso
insólito en la historia, lo cual le comunica, vista desde el viejo
continente, un aire de precocidad, y le ofrece el estímulo para
un rápido desenvolvimiento de sus posibilidades inmanentes.
Dentro de América, Santo Domingo, con la tradición de
un ilustre pasado y las facilidades que le ofrece un presente
próspero, en su año ciento ocho de vida independiente, con un
territorio de 50,000 kilómetros cuadrados y 2 200 000 habitantes,
se encara con fe al porvenir, animado por decidida voluntad de
grandeza. La expresión dominicana del Espíritu se incorpora al
numen americano que tiende sus brazos a Europa para salvar la
cultura y construir un mundo mejor.
Tomo II.indb 168 08/12/2009 08:28:24 a.m.
– 169 –
La patria como agonía:
Palabras introductorias a la obra de Manuel
Núñez, Peña Batlle en la Era de Trujillo
Fernando Ferrán
I. Una ruda confesión
Temo quedar muy mal parado ante ustedes en el transcurso de
esta noche. Comienzo diciéndoles por qué.
Quedar mal, primero, por no haber seguido mi instinto pri-
mario, a saber, salir corriendo cuando me entregaron para leer
un manuscrito de 951 páginas, a un espacio, con letra particu-
larmente pequeñas y, en su versión mimeografiada, sin fotos ni
dibujos. Pues bien, precisamente por no haber huido a tiempo,
me temo que defraudaré la confianza depositada por el autor
en mí.
Segundo motivo de temor, al asumir el compromiso de hacer
alguna reflexión durante este evento, me siento impotente para
cumplir con el compromiso contraído dado el indispensable
rigor que exigen las ideas de Peña Batlle.
La mera «Nota Preliminar» del libro me hizo comprender de
inmediato que estaba ante un texto importante, fundamental; es
decir, ante una obra para cuya lectura no estaba necesariamente
preparado, pues siempre busco respetar la verdad inherente a
otras ideas y evito valerme del vulgar expediente de sumirme en
alabanzas fingidas o de enlodar reputaciones y legados intelec-
tuales arrojando al aire clichés simplistas o estériles sambenitos.
Tomo II.indb 169 08/12/2009 08:28:24 a.m.
170 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Aprovecho ambas confesiones, sin embargo, para añadir que
dicha nota me sustrajo desde el primer párrafo al continuo aje-
treo cotidiano. Más aún, cautivó mi atención. Y lo logró, en ver-
dad, aun cuando no dejé de percibir la lectura de unas cuartillas
algo desorganizadas y ajenas a la claridad de la lógica aristotélica,
al rigor de la argumentación escolástica o incluso a la sencilla y
cautivadora transparencia del discurso cartesiano.
No obstante tan sensibles límites, o mejor aún, gracias a ellos,
las páginas de Manuel Núñez prescinden de la fase de exégesis
de los textos de Manuel Arturo Peña Batlle --ejercicio este que
queda por hacer, dicho sea de paso--, y llegan al lector revestidas
de una prosa polémica, apasionada, escrita a ritmo de dramáticos
martillazos nietzscheanos y desprovista, tanto de poesía como de
cualquier tentación de sin sentido.
Las cosas así, paso a reconocerlo sin temor a equivocarme:
Hay libros complacientes con el lector, pero el de Manuel Núñez,
Peña Batlle en la Era de Trujillo, no lo es. Los hay fáciles de leer
desde el punto de vista conceptual, sin embargo, el de Manuel
no lo es. Abundan los que se acomodan a la ideología de toda
una época, empero, se los advierto, la obra que comento no lo es
bajo ninguna de sus acepciones.
Como constatará con relativa facilidad quien la lea, enfrenta-
mos una obra viril, polémica, llena de dolor de patria y de soledad.
Una obra en la que, por ausencia de hermenéutica, hablan de ma-
nera indiferente, tanto Manuel Peña Batlle como Manuel Núñez. Y
lo hacen como si se tratase de dos coetáneos que, aunque situados
en momentos políticos e históricos diferentes, se vieran herma-
nados por unos contemporáneos empeñados en poner en capilla
ardiente el legado duartiano y la nacionalidad dominicana.
II. Ante una obra monumental
En palabras de su autor, el libro que nos congrega aquí busca su
coherencia a partir de dos propósitos explícitos:
Ser una «biografía intelectual» de Peña Batlle, en tanto que
«hombre enfrentado ante el tribunal de la historia, con acusa-
ciones, deposiciones y deliberaciones».
Tomo II.indb 170 08/12/2009 08:28:25 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 171
Y segundo,
Ser «una historia de los intelectuales durante la Era de Tru-
jillo», debido a lo cual presenta un examen relativamente
minucioso de un régimen totalitario, sin otra libertad que la
de alabar y servir al Jefe.
Más que afirmar que ambos propósitos se ven coronados por el
éxito, observo que en el esfuerzo por plasmarlos en el papel, surge
un tercero que, de hecho, hilvana y da coherencia a toda la obra.
A modo de «abogado de su causa», Manuel Núñez deslinda
a Peña Batlle de sus detractores, lo defiende, y, al mismo tiem-
po, se defiende a sí mismo, en su condición de historiador y de
pensador, de cuanto intelectual o caricatura de él exponga la
integridad de la conciencia nacional, tanto ayer como hoy, a su
desintegración.
De ahí que todo el libro destile un indudable «patriotismo
cerrado e intransigente» y se enrostre la verticalidad del pensa-
miento de Peña Battle a cuantos quieren ahogarlo o marginarlo
bajo calificativos como conservador, patriotero y antihaitiano,
católico o vil lacayo de la tiranía trujillista.
Bajo la pluma de Manuel Núñez, reveladora de hechos histó-
ricos concretos y significativos, Peña Batlle sale intelectualmente
ileso de tales acusaciones. Bajo su mirada, Peña Batlle no es ni
servil ni incondicional de Trujillo.
Peña Batlle perteneció desde 1942 [léase bien: no desde 1930
y en fecha bien posterior a la matanza de 1937], hasta 1952 [es
decir, dos años previos a su muerte natural, y casi una década
antes del ajusticiamiento de Trujillo y del distanciamiento de
éste respecto a la Iglesia católica] a ese mentidero de hombres
dotados de sapiencia, que llevaron su bagaje ideológico, que
contribuyeron a contener las extravagancias y los extremismos
del régimen, y que, durante las grandes crisis diplomáticas,
lograron salvarlo del ostracismo internacional y obraron como
un Consejo de Salomones.
La pléyade de ilustres salomones es impresionante. Junto a
Peña Batlle figuran, en distintas calidades, Moisés García, Porfirio
Tomo II.indb 171 08/12/2009 08:28:25 a.m.
172 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Herrera, Carlos Sánchez y Sánchez, Ambrosio Álvarez Aybar,
Arturo Despradel, Virgilio Díaz Ordóñez, Emilio García Godoy,
Jesús María Troncoso, Luis Julián Pérez, Temístocles Messina,
Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, Telésforo Calderón,
Joaquín Balaguer, Ramón Marrero Aristy, Héctor Incháustegui,
Max Henríquez Ureña, Paíno Pichardo, Virgilio Alvarez Pina,
entre otros.
Ahora bien, adviértase de una vez y por todas que no hay
complicidad con lo mal hecho. «Ninguno de los intelectuales con-
sultores sabía qué iba a hacer Trujillo ni cuáles consejos seguiría».
Por tan sencilla y comprensible razón, no es objetivo apelar
y menos aún limitarnos a las descalificaciones personales, como
resulta ser el caso de aquellos que afirman que Peña Batlle es un
hombre de «ideas falangistas», «derechistas» y otras descalifica-
ciones lapidarias.
Manuel Núñez lo recuerda en cada rincón de su obra. La
obligación ética de cualquier pensador, de cualquier historiador
que se respete, es analizar críticamente la obra de intelectuales
del fuste y del calibre de Peña Batlle.
Limpio el camino de piedras y de escollos superficiales, sin
embargo, emerge la pregunta de fondo: ¿por qué Peña Batlle
se une a la causa trujillista, consciente como estaba del destino
de Américo Lugo y, sobre todo, luego de haberse aislado exito-
samente por más de una década de Trujillo, e incluso, de estar
amparado por el escudo que en ese entonces representaba ser
miembro si no protegido de la Casa Vicini? Una aclaración apo-
logética no se hace esperar:«La incorporación de Peña Batlle no
implicaba una abjuración de sus intereses ideológicos».
Tal parece que Peña Batlle, al igual que muchos otros antes
y después de él, consideró que la colaboración con el régimen
imperante, dentro de determinados límites, representaba una
forma particular de promover sus propios intereses. Intereses
que, en el caso particular de Manuel Arturo Peña Batlle, fueron
de índole estrictamente ideológica y no de índole pecuniaria,
comercial o de poder político.
Tomo II.indb 172 08/12/2009 08:28:25 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 173
III. La tesis central
La obra de Manuel Núñez nos lleva de la mano por un sin núme-
ro de tan espinosos como interesantes temas trascendentales.
Ahí se comentan discursos tan célebres como el de Elías Piña;
cartas tan fundamentales como la dirigida a Jorge Mañach; libros
suyos tan decisivos como el de La Isla de la Tortuga; cuestiones tan
preocupantes como la fronteriza; prólogos tan ilustrados como el
del libro del padre Llanos; contrincantes tan sistemáticos y dignos
como Price Mars, con su desenfocado, aunque urticante, califica-
tivo de bovarismo.
Pero mucha atención, ¿cuál es el hilo conductor del pensa-
miento de Peña Batlle, por no decir de éste y de su pretendido
biógrafo? ¿Cuál es, como diría Hegel, el «Begriff», el concepto
que todo lo concibe, lo esclarece, lo concilia y lo organiza?
Helo aquí: la hispanidad.
He ahí la única idea originaria que, a mi entender, hace las
veces de principio y fundamento a las casi mil páginas que afano-
samente comento. La única que reaparece al voltear cada cuar-
tilla: «Somos una nación entroncada con la América hispánica».
La dominicanidad, corazón de la nación, emerge y florece
así a partir de la hispanidad americana. Y puesto que la hispani-
dad es de naturaleza cultural, léase bien: no es racial ni étnica,
«la raza, como mecanismo de identidad, se ha volatilizado entre
los dominicanos».
Asúmase –¡lo cual reconozco que no es poca cosa!-- en esta
variante de la antropología aristotélica, transida siempre por la
ya clásica y falaz dicotomía entre cuerpo y alma, que ésta exista
o pueda existir de manera independiente a la pigmentación de
la piel. Asúmase, pues después de todo, en la conciencia domi-
nicana se asienta desde hace ya varias décadas que somos una
comunidad predominantemente mulata, lo cual nos permite
soslayar el hecho indiscutible de que no existen de manera sen-
sible ánimas sin cuerpos.
Pues bien, sólo así, teniendo por garante dicho supuesto,
puede relativizarse la continua presión --ayer militar, demográfica
hoy-- que la población haitiana ejerce sobre la dominicana. Más
Tomo II.indb 173 08/12/2009 08:28:25 a.m.
174 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
aún, sólo así puede enarbolarse ideológicamente, en el pedestal
de la hispanidad americana, la autonomía de toda una sociedad
y la soberanía de su Estado político.
Téngase en cuenta que, puesto que Peña Batlle comprendía
el sistema cultural dominicano como un todo incorporado a la
hispanidad, y dado que ese todo incluía la lengua, las creencias
religiosas, las costumbres, las tradiciones y sus modos de vida,
considero que es intelectualmente veraz y justo éticamente con-
cluir que la identidad común de quienes desde un inicio histó-
rico hablan castellano en la Isla de la Hispaniola, se reconocen
cristianos y hasta católicos, responden a un ordenamiento legal
de tipo occidental, organizan su núcleo familiar a la usanza eu-
ropea, se comportan de manera occidental y se revisten de cos-
tumbres y de tradiciones de raigambre española --esa comunidad
espiritual, lo afirmo y lo reconozco voluntariamente--, terminó
fraguando en el lado oriental de la isla una identidad común y
propia a quienes comparten una misma tradición.
Más aún, a la luz de cualquier examen empírico, esa tradición
resulta ser significativamente diferente a la herencia haitiana que
predomina en el lado occidental.
Pero concédaseme un paréntesis. Y lo hago ex profeso, pues-
to que este punto suele ser minimizado a pesar de encarnar la
tesis central de Peña Batlle y de descubrirnos el mérito indiscuti-
ble de Manuel Núñez como historiador:
Lo dominicano, siendo de raíz hispánica, no está en la
coloración de la piel, sino en la lengua, en la religión, en las
creencias, en las costumbres, en la organización familiar, en la
económica y en la política. Expresado en dos palabras, en la
cultura.
De ahí que los dominicanos, herederos y exponentes de
la cultura hispánica en esta isla y allende, tienen pleno dere-
cho para darse la organización territorial y estatal que libre y
soberanamente decidan. Y también, para defenderse de tanta
agresión interna y externa, sobre todo, tantas veces cuantas se
quiera confundir su conciencia histórica o reducir su modus
vivendi a una realidad que no sea la propia, como la realidad
haitiana.
Tomo II.indb 174 08/12/2009 08:28:25 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 175
IV. …Y la encrucijada de la historia
Peña Batlle, nos dice Manuel Núñez, «no tuvo otra vocación que
la de historiador». En este oficio, evadió la ambigüedad.
Traigo esto a colación porque precisamente el gran desafío
de su tesis central es tanto conceptual como histórico. Me expli-
co.
Dada la indiscutible presencia demográfica, social, política
y cultural de Haití en territorio dominicano, e incluso en el
imaginario colectivo internacional, ¿qué hacer para preservar y
engrandecer lo nacional y todas sus manifestaciones?
El mismo Peña Batlle está consciente de ese dilema y tal pare-
ce que parafrasea el Hamlet de Shakespeare cuando se pregunta:
«¿Nos fusionamos con Haití? ¿Mantenemos la dualidad existente en la
isla desde el siglo XVII?»
Lamentablemente, por falta de espacio y de tiempo, remito a
la lectura del texto que comento, pues no puedo más que sosla-
yar los intríngulis y los vericuetos que entrañan la respuesta que
nuestro autor da a cada una de esas preguntas.
No obstante, a buen entendedor pocas palabras. Lo que está
en juego no son abstracciones teóricas ni imágenes retóricas,
sino la organización de nuestra propia sociedad.
Y precisamente esa organización, en la medida en que sea
relativamente soberana e incluso autóctona, depende necesa-
riamente del sistema cultural «hispano» que se nos endilga y
también de nuestra capacidad de adaptación para desarrollarlo
o bien, por el contrario, para renegar de él o para desintegrarlo
y disolverlo en otra realidad dominante.
De ahí que, en la medida en que el sistema cultural hispano
puesto sobre el tapete por Peña Batlle no es estático, tampoco
depende de su dimensión biológica, léase: racial, y ni siquiera
alude a su enraizamiento o dependencia científica y tecnológica,
¿en qué medida la hispanidad dominicana, como fenómeno his-
tórico, es capaz de abrirse a lo diverso en un mundo intercultu-
ral, reafirmándose en medio de, y por efecto, del libre comercio
y del libre tránsito de las ideas y de las personas?
Tomo II.indb 175 08/12/2009 08:28:25 a.m.
176 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Podrá nuestra comprensión, nuestra vivencia, nuestra expre-
sión del sistema cultural hispánico, ¿abrirse, adaptarse y llegar
a integrar otra u otras culturas? O por el contrario, dado su
característico sincretismo, ¿lo hispánico de lo dominicano está
llamado a desaparecer absorbido por la organización y por la
cultura de otra sociedad, sea ésta la haitiana o, por ejemplo, por
una de esas que vagamente el pueblo dominicano denomina «los
países» como la estadounidense o alguna de las europeas?
Por favor, hagamos atención. No minimicemos la encrucijada
histórica que enfrentamos. Como bien se sabe, dichas preguntas
llegan, en el presente, circunscritas por dos extremos culturales:
el encarnado por la sociedad haitiana y el personificado o esce-
nificado por la sociedad anglosajona.
Pero precisamente, ¿en qué medida el hispanismo-dominica-
no, nos prepara para el futuro? ¿Será este haitiano meramente
apéndice de alguna de las culturas de los países o, si fuera el
caso, una nueva y más rica versión del dominicanismo-hispano-
americano?
Si se quisiera ahondar y ser más radical, con esas preguntas
bastaría con relativizar, independientemente de Peña Batlle, el
impacto de la cultura hispana en la población criolla.
En efecto, he argumentado en otros foros que la realidad más
originaria de lo dominicano no es lo hispánico como pareciera
ser por motivos de cronología, sino la figura fenomenológica
de la orfandad, dado el abandono en el que quedó el territorio
occidental de la isla y el indiscutible desinterés de la metrópoli
por las cuestiones de su colonia.
Pues bien, si acaso tuviera razón respecto a esa concepción
fenomenológica, propia e inalienable a mi entender de la con-
ciencia cultural de cada nacional, ¿puede asumirse, como lo
hacen críticamente Peña Batlle y también Manuel Núñez, que la
cultura hispana es el núcleo originario a partir del cual surge, se
nutre y se desarrolla la identidad y la organización de la nación
dominicana?
Quede esa pregunta librada al espíritu. Y sin otra respuesta
por ahora que su formulación.
Tomo II.indb 176 08/12/2009 08:28:25 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 177
Lo importante esta noche me parece que es reconocer el
valor indiscutible de la tesis de Manuel Peña Batlle, tal y como
queda expuesta en la nueva obra de Manuel Núñez.
Gracias a ese nuevo esfuerzo del autor se nos convoca a dis-
cernir el porvenir de la nación dominicana a partir de su sistema
cultural, y no ya y solamente en función de su aparato producti-
vo, del derrotero de sus adversidades e imposturas políticas, del
impacto trastornador de la inmigración no regulada de nacio-
nales haitianos, o de las resentidas presiones internacionales.
Igualmente, a hacerlo no sólo en el contexto de la historia pa-
tria, porque, si finalmente nos abrimos a la dimensión cultural,
de seguro que ese mismo Dios que tantos pensadores invocan,
finalmente permitirá o logrará que seamos capaces de preservar
nuestra identidad en medio de las más ingratas diversidades.
Mientras se logra esa necesaria y siempre postergada apertura
del espíritu reflexivo, felicito a Manuel Núñez por el valor indis-
cutible de su obra. Estudio este que invita a la reflexión a todos
aquellos y a todas aquellas que reconocen en la lid intelectual y
en las cicatrices de su propia conciencia, lo que a todos enseñó
con su insigne ejemplo otro dominicano ilustre. Me refiero a
Pedro Henríquez Ureña, quien cualquiera creería que se sabía
contemporáneo y coetáneo de ambos Manueles, Peña Batlle y
Núñez, cuando escribió: «Yo sólo sé de amores que hacen sufrir y
digo como el patriota: mi tierra no es para mí triunfo sino agonía
y deber».
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– 179 –
Estructura y esencia de la historia
1
Juan Francisco Sánchez
2
Para los primitivos griegos, la historia era originariamente inves-
tigación; pero una investigación sui géneris, de tal carácter, que se
puede considerar como independiente y opuesta a la teoría de
la historia y a la sistematización de la historia, esto es: a lo teórico
y a lo sistemático.
Concebida así, la historia venía a ser un relato, una descrip-
ción de los momentos o caracteres de una cosa en contraposición
a su definición esencial; es decir, algo diametralmente opuesto a
lo conceptual y científico.
Este sentido de la historia se conservó durante mucho tiem-
po. Todavía en Lord Bacon de Verulam, la historia es un saber de
hechos y no un saber de esencias. Claro está que dentro de una tal
concepción, cabe incluir –y así lo hace Bacon– una historia de la
Naturaleza, una del hombre y otra sagrada.
El objeto de la historia se ha ido restringiendo, paulatina-
mente y cada vez más, a lo humano exclusivamente, dando a su
concepción un significado distinto. Progreso histórico y proceso
1
Cuadernos Dominicanos de Cultura, Santo Domingo, Nos. 1-9, septiembre
1943–mayo 1944, 1997, pp. 215-238.
2
El licenciado en Filosofía y Letras Juan Francisco Sánchez es un fino
temperamento de artista, que se dio a conocer por sus interpretaciones
al piano y escribiendo hermosas piezas musicales. Afiliado al movimiento
teosófico e imbuido en los caminos de la masonería, su espíritu devino
filosófico y a esta última disciplina consagra ahora, principalmente, sus
entusiasmos, escribiendo ensayos que publica muy de tarde en tarde.
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180 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
evolutivo han sido bien destacados como dos conceptos que se-
paran irremisiblemente a la ciencia y a la historia. El problema
del progreso, el de la finalidad, el de la causalidad, los avances
obtenidos en una teoría de los valores y sus discusiones en tor-
no a la cultura objetiva y subjetiva, han dado lugar a diferentes
posiciones, a distintas actitudes en el campo de la filosofía de
la historia, tanto en lo que se refiere a su estructura como en lo
que concierne a la esencia de lo histórico.
La ausencia de una filosofía de la historia –cuyo nombre se
debe a Voltaire y su desarrollo sistemático a Vico– no implica
sin embargo que interiormente no haya habido determinadas
concepciones de lo histórico en culturas anteriores. Muchos
pensadores (San Agustín, Santo Tomás, Maquiavelo, etc.) han
tomado actitudes definidas frente al problema de la estructura y
al de la esencia de lo histórico.
Muchas y variadas interpretaciones han surgido para explicar
la marcha de la historia y los factores primordiales que la impul-
san. A este respecto, se han intentado multitud de clasificaciones
con que los historiadores de la historia ordenan las distintas in-
terpretaciones; nosotros preferimos hacer una distinción trina:
A) La concepción teológica, o sea, aquellas doctrinas que hacen
de la historia humana la realización de la voluntad de un
Dios personal, y en última instancia, el cumplimiento de una
teofanía.
B) La concepción naturalista, o sea, las doctrinas que erigen un
factor real como determinante de todos los acontecimientos
o que convierten la historia en el desenvolvimiento inexora-
ble de las etapas de niñez, juventud, madurez y vejez.
C) La concepción metafísica y psicológica, o sea, las teorías que
conciben la causa principal de la historia como una entidad
metafísica, desde la voluntad hasta la idea o el inconsciente.
En el inmenso e intrincado bosque de la historia, hay oportu-
nidad para todos los gustos. Hay quien afirma, conforme a las
Escrituras: «no cae una sola hoja de un árbol sin que medie la
voluntad de Dios»; otros, con espíritu científico, estudian la nu-
trición del árbol y su anatomía, destacando el hecho de que sus
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Filosofía dominicana: pasado y presente 181
raíces estén hundidas en la madre tierra y que de allí saque su
sustento; hay quienes, finalmente, se fijan nada más en la belleza
de sus flores y en las variaciones que experimenta con las esta-
ciones.
A) La concepción teológica de la historia
La concepción teológica de la historia tuvo su auge principal
en la filosofía escolástica. En la Ciudad de Dios, de San Agustín,
está contenida la primera concepción providencialista de la
historia; Santo Tomás, Paulo Orosio, el Venerable Beda, etc.,
etc., son otros tantos ejemplos de historiadores que conciben el
acontecer sucesivo como el cumplimiento de la Voluntad Divina.
Pero el caso típico es Jacobo Benigno Bossuet (1627-1704), el
contrincante de Fenelón.
El Discurso sobre la Historia Universal de Bossuet, que escribió
para enseñar la materia al Delfín, trata de explicar el significado
de la historia como una manifestación del poder de la divina
Providencia, como el drama de la Santa Voluntad de Dios en
donde todo acontecimiento es una lección dada por los cielos
al hombre. Bossuet establece que todo el acontecer histórico no
está, en su totalidad, en la posibilidad de ser explicado ya que
algunos superan nuestro entendimiento. Sin embargo, Bossuet
pretende explicar muchos misterios, como la creación de Eva, lo
que hace morir de risa a Voltaire, a quien abre el camino plan-
teando el problema de la filosofía de la historia.
Pretende también descubrir las fechas exactas del asesinato
de Abel, del Diluvio y de la misión de Abraham, estableciendo
una cronología acuciosa, pero falsa.
La estructura y la esencia de la historia dimanan en Bossuet
en un recibir de Dios por medio de la Revelación. Resuelve el
problema de la oposición entre la verdad revelada y el saber ra-
cional conciliando la verdad con la fe; así, la historia viene a ser
una revelación del decir de Dios en un saber teológico que se
expresa por un recibir de Él.
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182 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
B) La concepción naturalista de la historia
1. Interpretación geográfica
Ya en el siglo IV antes de nuestra era, Hipócrates escribió un
tratado llamado Aires, aguas y sitios, en el que habló brevemente
del influjo que el ambiente geográfico puede ejercer en la cons-
titución física de los pueblos y en la constitución política de los
Estados.
Aristóteles atribuía el buen éxito de los griegos y hasta su
superioridad mental a su clima intermedio.
También Montesquieu merece ser mencionado en este ca-
pítulo. Es el primero que tiene el mérito de buscar las causas
específicas de la grandeza y decadencia de las naciones. Sin em-
bargo, Montesquieu no pretende reducir la historia a geografía,
admite diversas causas como factores influyentes: en algunas
naciones han sido las leyes; en otras, la religión; en las de más
allá, las costumbres; en las de acá, la naturaleza y el clima, «esta
última causa es soberana entre los salvajes», exclama. Cree que
las diferencias de carácter y temperamento, que en medida tan
vasta afectan el destino de las naciones, se deben en gran parte
al influjo del clima. En las zonas frías, por ejemplo, el pueblo
tiende a ser vigoroso, mientras que en el trópico se inclina más
bien a la pereza. ¿Por qué las naciones meridionales, una tras
otra, parecen condenadas a la conquista por las tribus del Norte,
si no es porque el Sur enerva y el Norte vigoriza? Los esclavos
proceden del Sur; los amos, del Norte; once veces las nórdicas
avalanchas humanas han conquistado el Asia.
Federico Ratzel es otro campeón de la interpretación geo-
gráfica de la historia, aunque no pretende explicarlo todo por
la geografía. Fue profesor de esta materia en la Escuela Superior
Técnica de Munich durante muchos años. Antes que él, Ritter,
Kohl, Peschel y Juan Jacobo Eliseo Reclús (el más célebre de sus
cinco hermanos), habían sido maestros en este campo.
Ratzel modifica los conceptos de Montesquieu. La dificultad
de la vida en el trópico no consiste tanto en el calor como en los
peligros: terremotos, pestilencias, tempestades, bestias feroces y
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Filosofía dominicana: pasado y presente 183
sabandijas. En países semitropicales, el calor modificado es bené-
fico: inclina a la sociabilidad, a la vida al aire libre, a una sensuali-
dad intensa, y determina, en consecuencia, una feliz disposición
para las artes y para la cultura. En el Norte, más frío, la industria
y los atareados negocios –si así puede hablarse de las clases domi-
nantes–, la concupiscencia de la actividad, la ganancia y el logro,
conducen al desarrollo de la ciencia más bien que al del arte; a la
riqueza y al poderío, antes que al ocio. La vida a puerta cerrada
produce a la larga una reserva insociable, y la competencia des-
piadada desenvuelve un abrupto individualismo.
Según Ratzel, el clima llega hasta a determinar la estatura
y la fisonomía. Los ríos tienen para Ratzel una importancia de
orden primordial. El Nilo y el Ganges, el Hoang-ho y el Yang-
tse, el Tigris y el Eufrates, El Tíber y el Po, el Danubio y el Elba,
el Sena y el Támesis, el Hudson y el San Lorenzo, el Ohio y el
Mississippi... han servido de asiento, en sus orillas, a las civiliza-
ciones más importantes. Si los ríos de Rusia hubiesen corrido
hacia el Norte y no hacia el Sur, los rusos no hubiesen codicia-
do tanto tiempo a Constantinopla, ciertas grandes guerras no
hubiesen ocurrido y el curso de la historia de estos dos países
hubiese corrido otro destino. Porque los ríos de Rusia corrían
hacia el Caspio y el Mar Negro, fue por lo que el Dnieper los
hizo bizantinos, y el Volga, asiáticos. Se necesitó que Pedro el
Grande concluyese la construcción de San Petersburgo y abriese
las bocas del Neva para que Rusia mirase al Occidente y llegara
a ser una parte de Europa.
Las costas marítimas desempeñan un papel importante en
la historia. El Mediterráneo abrazó con sus costas doce civiliza-
ciones juntas, y el Atlántico condujo a Europa hacia América,
cambiando las corrientes comerciales.
Las diferencias de razas se producen por las diferencias geo-
gráficas, por el ambiente. Cuando una raza se traslada del Norte al
Sur, a las pocas generaciones empieza a adquirir las características
de los meridionales. Ratzel apunta que los alemanes que han
residido por largo tiempo en el Brasil, acaban por perder su vi-
gor nórdico, así como los ingleses en el África pierden las ganas
de trabajar y alquilan a los negros para que trabajen por ellos.
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184 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Las características raciales son, a la larga, meros resultados del
ambiente geográfico.
2. La interpretación étnica
Otra variante de la concepción naturalista de la historia la
ofrece la que afirma que los factores determinantes de ella son
los raciales.
Esta versión cuenta con ilustres representantes: Max Müller,
Weismann, Nietzsche, Grant, el conde de Gobineau, etc.; Ricar-
do Wagner llevó a la música esta teoría.
José Arturo, conde de Gobineau, diplomático francés, perso-
nalidad paradójica, es el creador de una teoría racista de la his-
toria, donde finalmente considera a la raza germana como la
misionera para construir un mundo mejor. Su amistad íntima
con Wagner y con Nietzsche es bien conocida, y la audacia y el
desenfado con que expone las teorías que dejaron pasmados a
sus compatriotas, se muestran bien claros en una carta que escri-
be a Tocqueville en noviembre del 1856, donde le dice:
Si digo que soy católico, es porque lo soy; antes he sido filósofo
hegeliano, ateo. Jamás he tenido miedo de ir hasta el fin de
las cosas. Por esa puerta final he salido de las doctrinas que
desembocan en el vacío para entrar en la que tiene valor y
densidad.
Su Ensayo sobre la desigualdad de las razas (4 volúmenes,
1853-1855) consiste en dar una base física y realista a la idea
de la superioridad de las razas nórdicas y germánicas. Para él,
la raza confiere por sí misma una superioridad física y moral;
la civilización, que busca la asimilación de los hombres entre
sí, y el humanismo, que cree en una profunda identidad de
los espíritus, son muestras de decadencia, porque favorecen
una mezcla de razas que redundará siempre en beneficio de
la raza inferior. «Cuando la civilización de un país es débil,
numéricamente hablando, indudablemente se la civiliza así:
haciéndola desaparecer o absorbiéndola». He aquí el origen
de la moderna teoría racial nazi.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 185
Por otra parte, los biólogos alemanes se encargaban de
buscar apoyo a las teorías de Gobineau. Wiesmann pretendía
demostrar que el plasma germinal yacía confinado en alguna
parte de nuestra desacreditada anatomía, y que es inmune a
todo influjo del medio. Madison Grant es otro apóstol del ra-
cismo en la historia. En su obra El ocaso de la gran raza, describe
la marcha de la historia como una estela que va detrás de la
huella que deja lo que él llama la raza nórdica, que aparece
ya como cimerianos, luego como aqueos, frigios y dorios; más
tarde vikingos y por fin sajones y teutones.
Dondequiera que van son aventureros, navegantes, guerre-
ros, gobernantes, amos, organizadores, en agudo contraste con
las demás razas europeas. La causa de la decadencia de las nacio-
nes es la mezcla de las razas: Roma decae por haberse mezclado
con los esclavos que importaba de los países conquistados; Grecia
se rindió al yugo macedónico cuando la estirpe griega se hubo
diluido en un diluvio de matrimonios híbridos.
3. La interpretación económica
El apóstol de dicha doctrina es el bien conocido Carlos Marx,
a quien Will Durant llama «el Sócrates de las barricadas». Para
Marx, el factor básico en la historia de todos los pueblos y en
todos los tiempos es el económico: el modo de producción y
distribución, división y consumo de las riquezas. Las relaciones
entre patronos y empleados, la lucha de clases entre ricos y po-
bres, etc., todo eso determina a la larga los demás aspectos, sin
excepción, de la existencia: el religioso, el moral, el filosófico, el
científico, el literario, el artístico. El conjunto de las relaciones
de producción constituye la estructura económica de la socie-
dad, o sea, el fundamento sobre el que se apoyan y levantan las
superestructuras jurídicas y políticas, y al que debe imputarse las
formas definidas de la conciencia social.
3

Así, Marx abandona la antigua división de la historia en an-
tigua, medioeval y moderna, para adoptar las divisiones de la
historia humana en el período agrícola y de los oficios manuales, y
3
Karl Marx, «Prefacio», Crítica de la Economía Política.
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186 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
en el período industrial y maquinista. Los grandes acontecimientos
históricos para él son los económicos: no son la batalla de Mara-
thon ni el asesinato de César, ni la Revolución francesa, sino la
revolución agrícola (tránsito de la caza al cultivo de la tierra) y la
Revolución industrial (tránsito de la industria doméstica al siste-
ma de fábrica). Éstos son jalones históricos que marcan nuevos
derroteros a la humanidad, según él.
La inmoralidad, el lujo, el refinamiento, no son causas sino
efectos, no determinan la decadencia de las naciones, que es-
tán sólo regidas por la ley de las condiciones económicas. En
el fondo de las ideas de Marx, está siempre la pregunta por el
suelo, la tierra: ¿es buena para el cultivo, o sólo para la caza y el
pastoreo?, ¿contiene minerales útiles, carbón, petróleo...? Ahí,
en esa pregunta, está el futuro del pueblo que la habita. Egipto
se hizo fuerte por el fértil limo del Nilo; la antigua Inglaterra,
por su estaño; la moderna Inglaterra, por su hierro y su carbón.
Cuando las minas de plata se empobrecieron, Atenas decayó;
el oro de Macedonia hizo el poderío de Filipo y de Alejandro;
Roma combatió a Cartago porque sentía de cerca el poderío que
a ésta le daban sus minas de plata en España.
Los grandes períodos artísticos sobrevienen una vez amasada
la riqueza nacional.
No es la conciencia de los hombres la que determina la rea-
lidad, es, por el contrario, la realidad social la que determina su
conciencia. El individuo cree que por sí mismo ha desarrollado
sus ideas, sus prejuicios de partido, sus sistemas filosóficos, sus
nociones morales, mediante el ejercicio lógico e imparcial de la
razón, y no sabe cuán profundamente las subyacentes condicio-
nes económicas de su vida modelan todos y cada uno de sus pen-
samientos. La religión nace con la ignorancia humana, y florece
y asienta con la explotación y con las donaciones y legados, tales
como la donación de Constantino sobre diezmos y primicias, todo
lo cual llegó a poner en manos de la Iglesia la tercera parte de
todas las tierras arables de Europa: ésa fue la base de su poderío.
El Renacimiento fue la eflorecencia del oro almacenado en la
Italia del norte como consecuencia del renovado tráfico entre
Europa y el Oriente, y la Reforma estalló cuando a los príncipes
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Filosofía dominicana: pasado y presente 187
de Germania se les ocurrió que era preferible guardar para sí
mismos el torrente de monedas que fluía de los bolsillos de sus
súbditos para engrosar los cofres del Vaticano. La Revolución
francesa se hizo, no porque los Borbones fuesen corrompidos
ni porque Voltaire escribiera sátiras agresivas y brillantes, se hizo
porque en los siglos anteriores, una nueva clase económica: la
burguesía comercial, había venido levantándose hacia la igual-
dad con la aristocracia terrateniente, y porque al cabo habían
adquirido más riqueza que los aristócratas descuidados, que
preferían danzar el gracioso minué, empolvadas las pelucas, en
los brillantes salones de Luis XVI.
América no fue descubierta para Cristo, sino para el oro. Por
otra parte, Marx reconoce que los individuos, personalmente,
se mueven a menudo por motivos no económicos, sino raciales,
religiosos, patrióticos, sexuales; pero para él, los individuos no
determinan la historia, no cuentan definitivamente en la exal-
tación o decadencia de las naciones. Por debajo, por detrás de
ellos, están los gobernantes que los manejan, y que son, para
Marx, agudamente conscientes de lo económico. Marx no aplica
el determinismo económico a los individuos, sino a las naciones
como totalidades individuales.
Marx influyó en Feuerbach, Engels, Adam Smith, etc.; su
cuerpo de doctrina se llama el materialismo histórico.
C) La concepción metafísica y psicológica
de la historia
a) La Voluntad. El filósofo alemán J. G. Fichte, variando la doc-
trina de su compatriota Hegel, pone el término voluntad donde
aquél pone la idea. Ambas concepciones se refieren a un Abso-
luto metafísico que puede muy bien identificarse con Dios, si le
entendemos no como una persona sino más bien como un ente
abstracto.
Para Fichte, este Absoluto abstracto es el yo, que no es de nin-
gún modo un elemento pasivo sino un perpetuo dinamismo, un
continuo hacerse a sí mismo en una infinita, perpetua e inagota-
ble aspiración. Este principio absoluto se descubre por medio de
Tomo II.indb 187 08/12/2009 08:28:26 a.m.
188 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
una intuición intelectual, en donde se hace patente su esencial
carácter volitivo. El yo se pone a sí mismo en un acto de libertad
absoluta, pero muy pronto, al actuar, encuentra una resistencia
que le evidencia la existencia de un no-yo que se le contrapone. De
aquí nace la aspiración a suprimir y aniquilar la limitación que
encuentra en sí mismo, que se efectúa en un primer paso por
el descubrimiento del yo en sí mismo de su propia limitación, y
nace el entendimiento. El proceso de la aniquilación del no-yo
equivale al proceso de la conquista de la libertad, y la Historia
no es otra cosa que el drama sublime del yo, de la voluntad, por
resolver, en una síntesis integrante, esta lucha de los opuestos.
El yo se ofrece, por tanto, en la esfera práctica, como una
voluntad que necesita, para seguir existiendo, de una resisten-
cia. Sin resistencia no puede el yo histórico libertarse. Por eso el
concepto del yo absoluto en Fichte deja paso paulatinamente a
la noción de la Divinidad como conocimiento absoluto y razón
absoluta.
La parte negativa de una doctrina muy parecida a la de Fi-
chte, la representa Arthur Schopenhauer, al poner, como meta
de la Voluntad, el aniquilamiento de sí misma como entidad
histórica, para alcanzar el nirvana de la nada, donde encuentra
el hombre la paz por la renunciación.
b) La Idea. Hegel llama Idea al Espíritu, a Dios. Este Dios
es lo absoluto, la suma de todas las cosas en su desarrollo. La
historia, pues, es el desenvolvimiento del Espíritu, o, lo que es
lo mismo, el crecimiento de la vida. Al principio, la vida es una
fuerza oscura, sin conciencia de sí misma. El proceso de la his-
toria es el advenimiento del espíritu o la vida a la conciencia
de sí misma y a la libertad. La libertad es la esencia de la vida,
como la gravedad lo es del agua. Historia equivale a desarrollo
y crecimiento de la libertad. Su finalidad está en que el espíritu
llegue a ser completa y conscientemente libre.
Distingue Hegel tres etapas en la historia: la primera es la
etapa oriental, en la cual UNO solo es libre; la segunda es la etapa
greco romana, en la que hay VARIOS libres; la tercera es la etapa
moder na, en la que el espíritu adquiere la conciencia de su li-
bertad, se organiza el Estado y hace a todos los hombres libres.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 189
El mecanismo del proceso histórico se explica porque toda edad
contiene dentro de sí misma alguna sutil contradicción que, con el de-
sarrollo se torna evidente, hasta que al fin sobreviene su agudiza-
ción y la consiguiente división, la lucha, la revolución, la quiebra
de tal edad. Al coronar una etapa no se llega a la opuesta, sino
a la síntesis de ella con la opuesta. De tal suerte, la edad capitalista,
en conflicto con el socialismo, no conduce al socialismo sino al
socialismo de Estado (fascismo, nazismo, comunismo), el parén-
tesis es de nosotros, y aquí, Hegel se convirtió en profeta. Los
revolucionarios se tornan capitalistas: llámanse a sí mismos el Es-
tado, y aun cuando mucha gente sufre, las condiciones generales
avanzan y se penetra en una etapa superior al fin de la crisis: la
Idea se ha liberado...
c) La razón, el pensamiento creador. Thomas Carlyle afinca su
interpretación de la historia en la palanca del genio. Para él, la
historia se contrae a la biografía de los grandes hombres, a quie-
nes él llama héroes. Fueron los conductores, los modeladores, los
escultores y en sentido amplio los creadores de todo lo que la
masa general de los hombres contribuyó a obrar o a edificar.
Todas las cosas que vemos realizadas en el mundo son propia-
mente el resultado material externo, la elaboración práctica y
la encarnación de los pensamientos que vivieron en los grandes
hombres enviados a esta tierra. El alma de la total historia del
mundo está íntegra en la biografía de los héroes (Carlyle, El culto
de los heroes). Es lo que había dicho el gran filósofo chino Mencio:
«Un sabio es el instructor de cien edades». A esta concepción se
han sumado muchos pensa dores modernos, entre ellos William
James.
Lester Ward, circunscribe esta teoría a la función creadora
del hombre en su aspecto aplicable: los grandes inventos. El
desarrollo de los conocimientos es la esencia de la historia. La
máquina de vapor hizo el siglo XIX; la electricidad, la química, el
aeroplano forjan el siglo XX.
d) La psiquis social. Carlos Lamprecht, historiador de Leipzig,
se ha hecho perito especialista en una tentativa de describir la
historia de su nación como la historia del alma de un pueblo
desde el punto de vista de un desarrollo que avanza atravesando
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190 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
por diversas fases. Construye su historia conforme al método de
las ciencias naturales, porque opina que sólo en la indagación de
una regularidad general, exactamente fijada, está la validez de
una ciencia de la historia. En realidad y en el fondo de la teoría
de Lamprecht, está el Zitgeist (el Espíritu, la Idea) de Hegel. El
gran hombre extrae de la psiquis colectiva lo que está maduro
para su desarrollo final, y se crea el leader.
Tales individuos no son conscientes de la idea general que
encarnan, pero penetran intuitivamente en las necesidades de
su tiempo. (Es una magnífica teoría para investigar el caso de
Hitler).
Les corresponde extraer lo que está condensado o a punto
de condensarse en la psiquis colectiva, en la matriz del tiempo.
El psicologista de la sociología Gabriel Tarde desarrolla una
interesante doctrina sobre la imitación. La psiquis colectiva tiene
una natural inclinación a imitar al genio; por esto, los procesos
de la imitación son, en conjunto, lo único interesante en la his-
toria. Esta es una teoría intermedia entre la de Carlyle y la de los
modernos filósofos de la sociología como Lamprecht.
El problema de la Esencia de la Historia
Como hemos visto anteriormente, al tratar del problema de la es-
tructura de la historia, dentro de las concepciones teológica, na-
turalista y metafísico-psicológica, caben multitud de posiciones.
La parcialidad de todas estas interpretaciones queda demostrada
por el hecho de que en cada una de ellas, se acentúa de un modo
exclusivo e inadmisible uno solo de los dos grandes factores, que,
aunque en modo diferente, contribuyen al desenvolvimiento
real de la historia «Estos dos factores son como Scheler ha pues-
to de manifiesto, las determinaciones ideales y los impulsos naturales».
Eliminar el factor ideal y todo lo que él conlleva es ignorar que
la historia del hombre no es un proceso natural sin sentido, es
negarle su condición esencial de ser de razón, de ente de ideas,
sello privilegiado que le diferencia de la escala zoológica. Pero,
por otra parte, querer excluir los factores reales externos o inter-
nos, desde los económicos y geográficos hasta los biopsíquicos,
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Filosofía dominicana: pasado y presente 191
es ignorar que el hombre también es la culminación de la vida
animal, del proceso natural, y que la Idea por sí sola no posee
energía suficiente, y es eficaz en tanto determina los impulsos
cuando éstos se ponen a su servicio. La historia es, pues, si la
vemos de una manera integral, el curso de los impulsos natu-
rales y de las influencias externas en tanto son determinados
por el Espíritu; «pero este espíritu no debe ser entendido al
modo de Hegel, como el factor activo del proceso histórico,
sino como aquella realidad que, asentada sobre lo natural y
necesitada de ello, lo trasciende sin embargo por el hecho de
su dirección.
4
Así, se nos presenta el problema de la esencia de la historia,
como una dilucidación centrada en el marco de una ontología
de la historia y que incluye:
a) una discusión de las diferentes interpretaciones –todas
parciales– de la historia;
b) una investigación de la esencia de lo histórico, fundándo-
se en una antropología filosófica y en una metafísica que
considere al hombre como un ser predominantemente
histórico,
c) una fundamentación de la historicidad en la temporalidad
cualitativa, lo que obliga a una discusión de los problemas
del proceso y del progreso, de la sucesión y la repetición,
etc. etc., o lo que es lo mismo: evolución y tiempo, en sus
significados más amplios.
Sin embargo –sino fatal de la filosofía–, en el campo de la
investigación de la esencia de la Historia se presenta el mismo
desgarramiento que ya hemos visto en el de la estructura: hay
diversas tendencias:
La tendencia lógica. En primer lugar, tenemos la tendencia
lógica, tal como se halla representada por la escuela de Baden
(Windelband, Rickert, Lask, Bauch, etc.) que ve ante todo en
el problema de la historia, la cuestión de la constitución lógica,
sepa rando de esta manera el campo de la ciencia en dos grandes
4
Ferrater-Mora, Diccionario de Filosofía, art. Historia.
Tomo II.indb 191 08/12/2009 08:28:26 a.m.
192 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
divisiones: ciencias de la Naturaleza y ciencias de la cultura, y asig-
nando a este último campo el lugar propio de la historia.
Para buscar la filiación de esta tendencia, hay que recordar
cómo Bacon y Hume comenzaron con una justificación de la
historia como ciencia; luego Leibniz intentó crear un ideal de
historia estricta cuyo rigor fuera semejante al de las ciencias na-
turales. Pero fue Fichte quien poniendo frente a la ciencia de la
Naturaleza y a la ciencia de la historia, por un lado, y a la historia
filosófica y empírica por el otro, echó los cimientos sobre los
cuales debieron basarse los ulteriores trabajos de Windelband y
Rickert en éstas, y de Lamprecht en aquéllas.
5
La tendencia gnoseológica. En segundo término aparece la ten-
dencia gnoseológica, defendida por Dilthey y su escuela, la cual
hace una división parecida a la anterior, de ciencias de la Natura-
leza y ciencias del Espíritu. Para Dilthey, éstas no se diferencian
por el método sino por su contenido, ya que los hechos espirituales
se nos revelan de un modo real, inmediato y completo (es decir,
a través de la intuición y por la comprensión), a diferencia de
los hechos naturales que nos son dados solamente a través de un
andamiaje conceptual.
El hombre pertenece al campo de las ciencias del espíritu y la
historicidad es su nota constitutiva; ser hombre es ser histórico, y
ser histórico es ser grávido de pasado. Ésta es la idea fundamental
de Dilthey, y que está reflejada más o menos en Spranger, Misch,
Frischeisen-Kohler, Jaspers, etcétera, etcétera.
La tendencia metafísica. En tercer lugar, existe la tendencia
metafísica, que concibe la historia como una parte de la filosofía
primera y que no admite otra constitución de la ciencia histórica
que como «desarrollo de los problemas referentes al sentido y al
destino» (Berdaiev, Keyserling, etc. etc.). Esta tendencia está más
o menos implicada en todas las demás direcciones y nace en toda
concepción que sostenga la existencia de un factor real o ideal
único, como causa del proceso histórico. El problema de la cau-
salidad pesa singularmente sobre esta tendencia en cuanto ella
enfoca el determinismo y la finalidad histórica. Por otra parte,
5
Schneider, Filosofía de la historia, Editorial Labor, 1931, pp. 239-240.
Tomo II.indb 192 08/12/2009 08:28:26 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 193
y en lo tocante a la captación del sentido de lo histórico, habría
amplio campo para explicarlo, desde la intuición artística de
Croce, hasta la teoría de Hoeffding que concibe el sentido como
una forma de la simpatía universal, acaso la forma suprema de la
simpatía humana. Lamentablemente, tal concepción alejaría a la
historia del campo de la ciencia, condicionándola a una especí-
fica facultad natural e intuitiva que deberá poseer el historiador,
el cual viene a ser una especie de profeta al revés, o bien un raro
artista cuya índole creadora se contrae a una especial imitación
del pasado.
Hechas estas divisiones generales en lo tocante al problema
de la esencia de la historia, veamos algunos aspectos particulares
del mismo problema, ellos son: el del progreso, el de la historia
como ciencia, el de su universalismo, etc., así como las discusio-
nes relativas a las interpretaciones y a la esencia.
Dijimos, que el problema de la esencia de la historia incluía
a) una discusión de las interpretaciones parciales de la historia;
b) una investigación de la esencia de lo histórico, y c) una funda-
mentación de la historicidad.
En cuanto al primer punto, la opinión más sabia, en nuestro
sentir, es la de Croce cuando afirma que la historia debería escri-
birse exclusivamente por filósofos, porque «ellos consideran las
cosas en conjunto, con visión panorámica». En verdad que todo
el escabroso problema de las interpretaciones está contenido en
esta frase. Necesitamos los datos de la ciencia y los de la filo-
sofía para tener una visión panorámica y de conjunto. Cuando
un hombre escribe, por ejemplo, la historia de Grecia, por tal
cosa entiende la vida política y económica de Grecia. Luego otro
hombre escribe una historia de la industria y comercio griegos
(un ensayo como el de Zimmern). Otro nos da una historia de la
religión; aquél, de la filosofía de Grecia; éste, de la literatura en
Grecia; otro, del arte en Grecia, etc. Dejan al hombre estudioso
la tarea de juntar todos esos fragmentos dispersos –visiones uni-
laterales– para formar una idea de la vida de Grecia. Los historia-
dores parciales suelen descomponer arbitrariamente la vida de
un pueblo en sectores independientes, olvidando que la vida no
es un compuesto de sectores aislados longitudinalmente. Cuan-
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194 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
do hacemos esto, obtenemos solamente relaciones de secuencia
y tiempo, y se nos escapan todas las relaciones de influjo mutuo,
de cooperación, y sobre todo los conflictos íntimos, las discre-
pancias y contradicciones internas que tanto aclaran y explican
el espíritu de una época dada. Tomar un tema como la política,
la filosofía o el arte, y trazar su transformación y desarrollo es ob-
tener solamente un esquema de historia dispersa. Ahí van a parar
finalmente todos los estudios especializados, que son como la
obsesión de un espectador interesado en ver solamente un color
del arco iris. Las objeciones saltan a simple vista.
A la teoría de la historia que centra su interpretación en la
raza nórdica o aria, o bien en los alemanes, se le pondría como
ejemplo de excepciones a Dante, Rafael, Miguel Ángel, Leonar-
do, Shakespeare, Platón, Voltaire, César, Napoleón, y miles de
genios que impulsaron la historia y que no fueron precisamente
nórdicos o alemanes, sino judíos, griegos, latinos, etcétera.
A la interpretación económica de Marx, se le podría objetar
con razón, que en multitud de períodos históricos, no ha sido
la economía lo que ha regido la vida de los hombres, como por
ejemplo en toda la Edad Media, cuando la Religión fue la guía y
regla de la vida social de Europa. Es un desatino de Marx afirmar
que Lincoln libertó a los esclavos no por razones morales sino
económicas y que no existen gobernantes idealistas.
También se podría objetar toda interpretación parcial de la
historia. El vasto e intrincado bosque de la historia está formado
y se desenvuelve por virtud de multitud de factores de una com-
plejidad variadísima, hecho de una fuerza lógica, y probatoria
de tal pujanza que ha llevado a dudar a muchos pensadores de
si la historia puede llegar a tener la exactitud de una ciencia.
No cabe, pues, en última instancia, sino una interpretación com-
binada, integral, ya de la historia en general o de un período
en particular, para lo cual se exige un ojo certero y una vasta
cultura, y hasta ¿por qué no? una facultad artística de intuición,
agudamente captativa.
Igual dificultad hallamos en cuanto a la investigación de la
misma esencia de la historia, en cuyo campo encontramos la
tendencia lógica (la historia como ciencia de la cultura); la ten-
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Filosofía dominicana: pasado y presente 195
dencia gnoseológica (la historia como ciencia del Espíritu), y la
tendencia metafísica (la historia como búsqueda del sentido y el
destino).
En cuanto a la primera tendencia, la que pregunta ¿es cien-
cia la historia?, existen los que la niegan en redondo, los que la
reconocen en parte, y los que la afirman enfáticamente.
La historia, a primera vista, no reproduce el tipo general de las
ciencias (química, física, biología, etc.), procede ad narrandum,
reconstruyendo, reviviendo el pasado, al revés de las ciencias,
que miran hacia el futuro y prevén en virtud de estar armadas
del valioso instrumento de la ley general que cubre una multitud
indefinida de casos particulares y posibles. En cambio, todos los
historiadores lo son de sucesos particulares. En suma: en tanto que
las ciencias se refieren a géneros, uniformidades y leyes, la his-
toria, aun cuando practique los procedimientos racionales, no
formula leyes al generalizar, sino que simplemente lo hace para
servir así a su fin último, que es la intuición individual. En tanto
que las ciencias estudian lo que se repite universalmente, lo que
es una vez, y más veces y siempre, la historia se refiere a lo único,
a lo singular, a lo que nunca vuelve a ser como fue.
Resuélvase el punto como se quiera; pero no se niegue esta
primera proposición incuestionable: si no se modifica el concepto
de ciencia, habrá siempre una especie del género que no reproducirá los
atributos genéricos, lo que es evidentemente absurdo.
Por esto, varios pensadores han preferido modificar el con-
cepto de ciencia para hacer caber en él el concepto de historia, y
encontrar así un elemento universal.
Para Aristóteles (como para Schopenhauer y otros), la filo-
sofía es conocimiento de lo universal y cada ciencia una filosofía
parcial, restringida a cierto objeto de conocimiento; pero Aris-
tóteles hace notar bien que sin un elemento de generalidad no
hay ciencia, y declara que no hay ciencia de lo particular como
particular.
6
Más adelante, el estagirita enseña: «La verdadera
diferencia (entre el historiador y el poeta) estriba en que uno
se refiere a lo que ha sido y el otro a lo que habría podido ser...
6
Metafísica II, II-Moral a Nicómaco, VI, II.
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196 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la poesía se ocupa más de lo universal y la historia más de lo
particular». Luego aquí hay un silogismo: No hay ciencia de lo
particular; la historia conoce lo particular; luego no hay ciencia
de la historia.
Reconociendo esta verdad lógica, Windelband y Rickert
se dieron a la tarea de encontrar un elemento universal para la
historia, de manera que pueda ser ciencia. Este elemento uni-
versal creen haberlo encontrado en los valores: la historia es una
ciencia cultural, no natural, dicen los partidarios de esa teoría.
Es ciencia, porque el elemento de significación universal que la
integra como tal, es, precisamente, el valor. Cada página de la
historia nos revela una conducta moral que capta este elemento
de significación universal, una época histórica capta mayormente
el valor de lo religioso; otra época, el de lo justo; otra, el de lo bello,
etc. Pero aquí hay otra dificultad: habría que poner en claro cuál
de las tesis sobre el valor es la verdadera... porque hay subjetivis-
tas del valor, hay ontologistas, hay hasta realistas del valor, y de
la respectiva posición adoptada para definir la esencia del valor
depende su universalidad o particularidad, su absolutividad o
su relatividad, su realidad o inexistencia. Así, la ciencia de los
valores se convierte en ciencia para definir otra ciencia; y esto
no está en claro todavía, pese a los encomiables esfuerzos de la
escuela Badense.
No menor dificultad entraña la distinción entre ciencias de
la Naturaleza y ciencias del Espíritu que hacen Dilthey y sus se-
guidores.
Afirman que el contenido de la historia, como el del hombre,
es de carácter espiritual y captable por la intuición y la com-
prensión. Esta posición conlleva la dificultad de que, centrado
el historiador en el campo de la intuición, viene a ser un artista,
un poeta. Los equilibrios especulativos que la mente de Dilthey
hace, no son suficientes para separar de una manera clara y pre-
cisa los campos de la historia y del arte.
Arrancando del historiador como intuitivo, han podido
Spengler y Croce asignar a la historia el campo del artista, el
primero, y el del filósofo, el segundo.
Mucho menos científica, aunque se empeñen en negarlo, es
la tendencia metafísica, que asigna, a la historia como ciencia,
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Filosofía dominicana: pasado y presente 197
la misión de encarar los problemas del destino y del sentido.
Afir maciones como la de Hoeffding de que el historiador debe
captar el sentido de la historia por medio de una misteriosa
facultad llamada la simpatía universal, están más cerca de la
teología y del ocultismo que del moderno concepto de ciencia.
No obstante ser esta la posición que el autor de este sencillo tra-
bajo comparte, no puede callar sus dudas en cuanto a convertir
en ciencia lo que es objeto solamente de algo que podríamos
llamar: la intuición histórica, facultad personalísima que rechaza
todo intento de poder ser convertida en método científico.
c) Una tercera posición que defiende Alejandro Demetrio
Xénopol (1847-1920), el genial rumano que trabajó en metodo-
logía de la historia, pretende afirmar el carácter científico de la
historia, esta vez, concibiéndola como ciencia sui-géneris.
La distinción de que se vale Xénopol para modificar el con-
cepto de ciencia y hacer caber, de esta manera, dentro de ella a
la historia, es la de sucesión y repetición.
Comienza por afirmar este autor, en el primer capítulo de
su libro Repetición y sucesión universales, la relación de todos los
fenómenos con el espacio y el tiempo. Pero espacio y tiempo
para Xénopol están lejos de ser tomados en su significación kan-
tiana de formas a priori de la sensibilidad; estas categorías son
en Xénopol fundamentos reales que provocan inmediatamente
todas las dificultades anejas a cualquier realismo ingenuo.
Dice el autor citado:
Los hechos que se han producido o se producen en ambos
marcos: el espacio y el tiempo, sin dejarse influir por las fuer-
zas modificadoras, constituyen los hechos de repetición. Por el
contrario, los que son o pueden ser influidos y transformados
por las fuerzas que obran en el tiempo, constituyen los hechos
de sucesión.
Así, para Xénopol, estas dos categorías forman el objeto
de dos disciplinas diversas: las ciencias (conocimiento de los
hechos de repetición) y la historia (conocimiento de los hechos
de sucesión). Los de repetición son el todo, la totalidad, de la
cual se separa una parte que es la que engendra o da origen a
Tomo II.indb 197 08/12/2009 08:28:26 a.m.
198 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
los de sucesión. «La repetición es el fundamento de todo lo que
existe; la sucesión no es sino su florecimiento».
Objeciones a la teoría de Xénopol
A todo pensador imparcial le parecerá, seguramente, extraña
esta idea de un tiempo o de unas fuerzas, inactivos con respecto
a ciertos hechos, y activos con relación a otros, que al fin se de-
claran íntimamente ligados con los primeros, tan ligados, que
vienen a ser como un florecimiento de los mismos.
Tal es el error fundamental de la tesis: creer en la inactividad
del tiempo marco. Pensar que la sucesión o historicidad no es atribu-
to de los hechos de repetición. Concebir dos órdenes generales
de la existencia, íntimamente ligados entre sí, y, sin embargo,
irreductibles en parte; y aún algo más (y más difícil de aceptar):
fuerzas y tiempo activos con relación a ciertos hechos, e inactivos
con respecto a otros. Si se admite la acción universal de la fuerza,
¿cómo explicar esta extraña selección o abstención?
Una planta crece espontáneamente en nuestro jardín, pero
interviene la fuerza modificadora del hombre y hace un injerto
en la planta para producir una especie nueva: es un hecho históri-
co, no de la botánica. Las nubes cargadas de vapor se condensan
y cae la lluvia, hecho natural; pero un experimentador produce
agua en su laboratorio: es un hecho histórico. ¿En cuáles hechos,
pues, no puede intervenir la fuerza modificadora del hombre?
La contestación a esta pregunta casi restringiría el campo de
las ciencias naturales a los fenómenos puramente astronómicos.
Pero aun en éstos, y previo un análisis cuidadoso, se desentraña
cierta incuestionable sucesión, cierta historicidad, si así puede
decirse. Dejando a un lado el problema de saber si el tiempo
no tiene influencia en las mismas llamadas leyes naturales (que
Montesquieu encontró necesarias, pero que modernos filósofos
como Mach encuentran simplemente cómodas), dejando a un
lado, también, la cuestión relativa a investigar si, fuera de nues-
tro sistema solar, fuera del punto del infinito que habitamos, es
decir, hoy mismo en otro punto diverso del espacio, se cumplen
nuestras uniformidades científicas (problema que preocupó a
Stuart Mill, y que al fin no resolvió por la afirmativa); y otras
Tomo II.indb 198 08/12/2009 08:28:26 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 199
consideraciones como éstas, relativas a la contingencia de las
leyes naturales, es decir, a la historia de la repetición universal; de-
jando todo esto de lado, y refiriéndonos simplemente a la repe-
tición astronómica, tipo de las repeticiones mejor definidas, por
ejemplo, la ley kepleriana de la órbita elíptica de los planetas,
es indudable que: en primer lugar, jamás el planeta describe su
hipotética órbita elíptica propiamente dicha; en segundo lugar,
nunca describe la misma cuasi elipse; y en tercer término, nunca
la describe en el mismo punto del espacio. Y esto es porque el
tiempo-marco no es inactivo como piensa Xénopol; el tiempo
transcurre fatalmente para todas las cosas.
7
Ni el mismo Dios
escapa a esto, diría yo.
Xénopol, sin embargo, prevée esta objeción, y de antemano
hace constar su manera de pensar:
Por tanto no imaginamos nosotros el lado estático o dinámico de
las cosas; la materia misma es la que presenta ambos aspectos, y
el espíritu es fiel espejo de ellos, no puede hacer otra cosa, sino
reproducir in mente esas dos maneras de ser de la realidad misma;
la de la repetición y la de la sucesión.
Pero Benedetto Croce
8
le objeta con mucha razón que en el
estudio de las relaciones de simple sucesión y no de repetición
(como en la historia de la humanidad), es incuestionable que tal
conocimiento sería imposible sin atender para nada a elementos
conceptuales y repeticiones;
perche, come mai si farebbe la storia dei fatti politici se non
si tenesse conto della constante natura politica di quei fatti: o
della poesia senza tenere conto della constante natura poetica
di tutte le manifestazione storiche di essa?
No se podría hacer la historia de los hechos políticos o poéti-
cos sin tener en cuenta la constante naturaleza política o poética
de los hechos. La inteligencia, el espíritu en sí y por sí mismos,
seleccionan lo que es sucesión -repetición indisolublemente.
7
Antonio Caso, El concepto de la historia universal, México, Ediciones Botas,
1933, pp. 61 y ss.
8
Croce, Lógica, IV, III, p. 403.
Tomo II.indb 199 08/12/2009 08:28:26 a.m.
200 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Por otra parte, el mismo Xénopol, convencido de la relativi-
dad de su anterior diferenciación, declara:
los hechos de repetición son los que se repiten sin diferencias
importantes: aquellos cuyas variaciones oscilan y pueden olvidarse,
para preocuparse tan sólo de la esencia, de la parte general del
hecho. Los hechos de sucesión, por el contrario, son aquellos en los
que la repeti ción realízase de modo que la desemejanza supere al
elemento común; y en los que las variaciones son continuas.
Pero la objeción principal es la de Croce «...se non ché, feno-
meni soltanto successivi o soltanto di repetizione non esistono e non sono
concepibili». Los fenómenos de sucesión, diversos de los fenóme-
nos de repetición no existen ni son concebibles; se trata de una
distinción sutil subjetiva, sin objetividad alguna.
Termina Xénopol la exposición de su doctrina con un nuevo
ensayo de clasificación de las ciencias, basado en la diferencia-
ción que acaba de discutirse. Las ciencias se dividen, para él, en
teóricas o de repetición e históricas o de sucesión, y concluye
afirmando, con todos los filósofos contemporáneos, que las
clasificaciones subjeti vas, es decir, fundadas en las facultades
intelectuales que se emplean para la elaboración de las diversas
ciencias, no deben admitirse, por más que, desde Platón hasta
Bacon y D’ Alembert, todas las clasificaciones propuestas hayan
sido de este orden. Croce, en su refutación, le recuerda este final
suyo; pero, sin embargo, le reconoce dos grandes aciertos:
haber entendido que la historia abarca todas las manifestacio-
nes de la realidad; y haber restaurado, en contra del naturalis-
mo, la conciencia de la individualidad.
La historia-ciencia, a través de sus vicisitudes, está en el
mismo error tradicional del intelectualismo que, al afirmar la
generalidad como objeto de la historia, niega la autonomía de la
intuición como forma irreductible del conocimiento de los seres
y las cosas únicas (singulares), es decir, irreductible también en
sí misma, a unifor midades, leyes y géneros.
Tomo II.indb 200 08/12/2009 08:28:27 a.m.
– 201 –
Para seguir releyendo, haciendo y
recontando la identidad cultural y nacional
dominicana: pistas e interrogantes
1
Jesús M. Zaglul, S. J.
2
1. Presupuestos generales
1.1 Preguntarse por la identidad
Preguntar de la forma más general por la propia identidad se
resume en castellano en dos palabras: «¿quién soy?». Si traspo-
nemos la pregunta a nivel de un pueblo y nación particular, di-
ríamos, por ejemplo: ¿quién es el pueblo dominicano?, ¿quiénes
somos los dominicanos?
A la realidad que constituye la respuesta a estas preguntas nos
acercamos por dos vías de interrogación inseparables e interre-
lacionadas: a) la imagen que tenemos de nosotros mismos; b) la
imagen que «los otros» tienen de nosotros. Estas dos vías todavía
se pueden duplicar, triplicar cuadriplicar...; c) la imagen que tene-
mos de «los otros» en relación a nosotros; d) la imagen que «los
otros» creen que tenemos de ellos en esa misma relación; e) la
imagen que «los otros» creen que tenemos de nosotros mismos; f)
la imagen que nosotros creemos que «los otros» tienen de noso-
tros; g) la imagen que quisiéramos tener de nosotros, h) la imagen
que quisiéramos que «los otros» tengan de nosotros...
1
Estudios Sociales, Santo Domingo, Año XXV, Nos. 89-90, julio-diciembre de
1992, 133-156.
2
Filósofo y sociólogo; profesor del Instituto Filosófico Pedro F. Bonó.
Tomo II.indb 201 08/12/2009 08:28:27 a.m.
202 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Lo fundamental es tener presente que la pregunta por el
«nosotros» implica siempre la pregunta por «los otros». Ni in-
dividual ni colectivamente nos identificamos sin la referencia al
«otro». El auto-descubrimiento pasa por el espejo de los demás
individuos y de las demás culturas-naciones con las cuales nos
relacionamos, junto a las cuales existimos y frente a las cuales
buscamos reconocimiento y aceptación.
Esta diversidad de perspectivas de acercamiento a la iden-
tidad anuncia ya un conflicto de interpretaciones que deberá
ser dilucidado críticamente. No hay identificación sin diálogo
interno-externo, de la misma manera que no hay identificación
sin conflicto de interpretaciones interno-externo. La historia de
estos «diálogos» y de estos «conflictos» en los que la identidad «se
busca», también constituye parte de ella. En la historia de ellos,
la identidad también «se hace». Hay una reflexividad propia de
la identidad que hace que la historia de la pregunta por ella se
vuelva parte de la respuesta a esta misma pregunta.
1.2 Cuando la pregunta se convierte en respuesta
Hemos visto cómo la pregunta general por la identidad se des-
glosa en toda una serie de interrogantes que nos implican a
«nosotros» y a «los otros». En los «diálogos» y «conflictos» que
constituyen nuestro proceso de identificación, siempre unas pre-
guntas son privilegiadas –en detrimento de otras–, y es privilegiada
una manera de hacerlas y un modo de comprender el diálogo y el
conflicto. Esto se muestra, por ejemplo, cuando la imagen de
los otros (lo «externo») pesa más y determina la propia imagen,
señal de nuestra dependencia e inmadurez; o cuando lo «inter-
no» se afirma por pura oposición-negación del otro o los otros,
vaciando la identidad de su contenido propio y de las realidades
compartidas; o cuando intentamos encerramos en nosotros mis-
mos y en nuestra propia imagen, reforzando nuestra condición
de nación-isla. Nuestra identidad cultural y nacional trae siempre
algo que compartimos con otros pueblos y algo que nos diferencia. Los
modos de comprender el compartir y la diferenciación no están
exentos de juicios de valor, pueden ser destructivos (dependen-
Tomo II.indb 202 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 203
cia/rechazo/aislamiento/negación) o constructivos. La «selec-
ción» y este «modo de preguntar» ya constituyen en cuanto tales
algo que nos identifica.
¿Qué preguntamos?
Podemos añadir otra serie de preguntas cuya selección consti-
tuye y condiciona igualmente una respuesta. Éstas se refieren a
la «extensión» de nuestra categoría, a lo que nuestro concepto
de identidad abarca y comprende, a lo que comprendemos por
identidad, por cultura y nación.
Cuando nos interrogamos: «¿qué preguntas hay que hacer
para saber quiénes somos?, «¿qué preguntas hay que hacer para
saber cómo es un pueblo, cuál es su identidad cultural y nacio-
nal?», podemos privilegiar, por ejemplo:
• ¿cuáles son nuestros saberes y nuestro conocimiento acumu-
lado?,
• ¿cuál es nuestra raza?,
• ¿cuál es nuestra lengua?,
• ¿dónde y cuándo «nacimos»?, ¿quiénes son nuestros «pa-
dres»?, ¿de dónde vinieron?, ¿qué nos dejaron?,
• ¿qué hechos más importantes han marcado nuestra histo-
ria?,
• ¿cuál es nuestro grado de desarrollo tecnológico?,
• ¿cuál y cómo es nuestro territorio, nuestra geografía, nues-
tros recursos naturales?,
• ¿cuáles son nuestras expresiones artísticas, literarias, musica-
les, folklóricas? ...;
y podemos «olvidar» otras preguntas como:
• ¿cómo es nuestra manera de relacionamos y nuestro modo
de ser?,
• ¿cuál es nuestra mentalidad, nuestra manera de ver el mun-
do, nuestra religiosidad, creencias, gustos y valores, tradicio-
nes?,
• ¿cómo se organiza nuestra economía: trabajo, producción,
comercialización, consumo, servicios?,
Tomo II.indb 203 08/12/2009 08:28:27 a.m.
204 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
• ¿cómo es nuestro modo de organizamos social y políticamen-
te, los diversos grados y formas de participación en la cosa
pública, en los destinos de la nación?,
• ¿cuáles son nuestros espejos y nuestro modo de vernos en
ellos?,
• ¿cuáles son nuestras diferencias internas: regionales, rural-
urbanas, socio-económicas?,
• ¿cuáles son nuestros proyectos como pueblo, qué queremos
ser? ...
Un verdadero interrogarse por la identidad debería tener en
cuenta todas estas preguntas y su articulación histórica.
¿A quién o a quiénes preguntamos?
Al hablar de «quiénes somos los dominicanos», por ejemplo, po-
demos o no preguntarnos también «de qué dominicanos estamos
hablando». La identidad cultural y nacional, ¿es acaso monolítica
y uniforme, o «mayoritaria» y «predominante» en medio de una
diversidad reconocida?; y en caso de ser esto último, ¿dónde resi-
de lo mayoritario y predominante?, ¿en cifras y cuantificaciones?,
¿en un mayor o menor peso y dominio social de ciertos puntos
de vista, en un mayor o menor poder e influencia ideológica? Por
eso, implicado en el interrogar por las diferencias internas que
nos particularizan, por ejemplo, va una pregunta todavía más
fundamental: ¿dónde tenemos que buscar respuesta a todas las
preguntas en que hemos ido desglosando la identidad?, o, dicho
de otra forma, ¿quiénes y cómo nos responden esas preguntas?
El «a quién preguntamos» sobre nuestra identidad a lo largo de
nuestra historia, muda y dirige ya el sentido de la respuesta.
¿A qué preguntamos?
Todavía en este «a quién» preguntar tenemos que considerar
otra serie de decisiones implicadas, como aquellas que tienen
que ver con la teoría –con lo que se dice explícitamente– y con
la práctica –con lo que «dice» lo que hacemos. No es necesa-
riamente lo mismo –ni normalmente lo suele ser– preguntar
por la identidad cultural y nacional en los textos y discursos que
Tomo II.indb 204 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 205
se refieren a ella, que en las prácticas y en los otros decires que
constituyen el mundo de la vida de un pueblo-nación determi-
nado. Si preguntamos únicamente a las formulaciones teóricas,
por ejemplo, normalmente quedarán fuera de nuestra res-
puesta dimensiones fundamentales de la realidad de nuestros
grupos sociales mayoritarios –esos que llamamos los «sectores
populares»–, históricamente puestos al margen de la posibili-
dad de expresarse, y más todavía de hacerlo de una manera
«académicamente» reconocida.
¿Cómo preguntamos?
Tampoco es lo mismo preguntar por la identidad como si fuera
«una cosa» recibida del pasado, una realidad cerrada y empa-
quetada, inmutable y determinante; una «naturaleza», «esencia»
o «substancia» sin historia, sin verdaderos sujetos que no sólo
la reciban sino que la realicen y transformen, que concebir la
identidad como un proyecto dinámico, orientado y condicionado
por lo que se recibe pero transcendido por lo que se quiere ser
y hacer, y por los pasos y creaciones nuevas que se dan en el hoy
para llegar allá. No es lo mismo pensar la identidad cultural y na-
cional como nostalgia, como historia hecha y terminada de una
vez por todas por nuestros antepasados, que entenderla como
creación participada, como historia haciéndose y contándose,
haciéndola y contándola. Cabe preguntar también aquí por el
quiénes participan en ese hacer y en ese contar, preguntar por
quiénes son los sujetos de ese o de esos proyectos que guían la
historia y la identidad de un pueblo, de una nación.
Es esta comprensión de la identidad como proyecto la que
nos permite también salir de auto-percepciones fatalistas. Al
desabsolutizar la identidad recibida, somos capaces de distan-
ciarnos de los «signos de muerte» –de las realidades indeseadas y
destructivas– que podamos encontrar en ella, y transformarlos a
partir de un proyecto que no deja de ser menos nuestro y menos
identificador. Sin afirmar que lo «nuevo» garantice algo mejor
–muchas veces constatamos lo contrario–, es al menos garantía
de su posibilidad y constancia de que también nos corresponde
Tomo II.indb 205 08/12/2009 08:28:27 a.m.
206 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
aportar algo a ese decir y hacer lo que somos; es más, estamos
condenados a ello, pues el no-hacer y el no-decir no dejan de ser
un hacer y un decir, aunque de peor categoría en la mayoría de
los casos.
1.3 Contar la identidad
La identidad no se «describe» ni se «explica» sino es «comprendi-
da» en la narración en que ella se cuenta y se recuenta. Responder
adecuadamente a la pregunta por el «quiénes somos» consiste
en contar la historia de una vida de un pueblo-cultura-nación, en
todas sus dimensiones y desde la mayoría de los puntos de vista
posibles. La identidad característica de los seres humanos y de su
temporalidad propia es aquella que con Paul Ricœur llamamos
una «identidad narrativa».
3
Al abanico de preguntas con el que hasta ahora hemos in-
tentado dominar el fenómeno de la identidad corresponde, por
tanto, un abanico de historias aún mayor: historias de las propias
preguntas y conceptos empleados, historias de las respuestas que
estas preguntas y conceptos han orientado, historias de los que
han respondido estas preguntas y de su influencia en la socie-
dad, historias de cada uno de los aspectos y dimensiones que
constituyen la realidad de una identidad y de sus articulaciones.
2. El caso de la República Dominicana
2.1 Necesidad de releer y recontar
En este artículo he escogido fijarme especialmente en las histo-
rias que corresponden a los modos o caminos tomados hasta hoy
en día en la historia dominicana para comprender la identidad
cultural y nacional. Esta opción surge de la conciencia de que el
3
Una identidad que sólo se puede decir como quien cuenta una historia,
una identidad que es la narración de una vida. Cf. P. Ricœur, Temps et récit
I, II y III, París, 1983, 1984, 1985 (traducción española de los Vol I y II:
Tiempo y narración I, II, Madrid, 1987/ Soi-meme comme un autre, París, 1990/.
«L’identité narrative», Esprit, No. 7-8, julio-agosto, 1988, pp. 295-304/. «Le
temps reconté», Revue de Metaphysique et de Morale, N° 4, pp. 436-451.
Tomo II.indb 206 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 207
problema fundamental –o uno de los fundamentales– de nues-
tro proceso de identificación radica en estas mismas categorías
que han prevalecido en la orientación y dirección de nuestro
ver-«leer», de nuestro decir-«contar» y de nuestro hacer lo que
somos.
Todo este largo proceso aclaratorio anterior –este marco teó-
rico preliminar presentado de forma condensada y simplificada–
es, pues, un punto de partida necesario para la interpretación de
los principales «olvidos» y deformaciones que han caracterizado
y caracterizan todavía hoy el marco de lectura predominante
desde el cual vemos-decimos-hacemos nuestra realidad:
• la reducción de lo cultural al saber académico y/o artístico
propio de los grupos «letrados», «cultos», «civilizados», que
dirigen el «desarrollo» y el «progreso» tecno-científico según
el modelo occidental europeo-norteamericano;
4
• la comprensión de la cultura y de la identidad en catego-
rías esencialistas y estáticas, que llega en muchos casos hasta
una biologización y un reduccionismo naturalista de ambas
realidades: es el caso, particularmente, de las interpretacio-
nes de lo nacional en términos raciales, que caracterizan la
«dominicanidad» por la oposición y biológico-«cultural» casi
absoluta frente a un Haití negro, africano y africanizador,
y por una especie de genetización de nuestra «herencia»
hispánica, capaz de «blanquearnos» cultural, moral, social y
hasta orgánicamente;
• una interpretación uniformizante, monolítica y no con-
flictiva de la nación-cultura-sociedad dominicana y de
4
Hablando de sus experiencias en este sentido con los estudiantes de la
Universi dad Autónoma de Santo Domingo, el antropólogo Jorge Cela nos
dice: «[…] entran ya en el aula con una definición teórica de cultura que
podría resumirse en la frase "toda obra humana". Sin embargo, al mo-
mento de buscar ejemplos o formas de promover la cultura difícilmente
salen de la creación de más escuelas y de grupos folklóricos. Una vuel-
ta al concepto limitado de cultura como adquisición de conocimientos
socioculturalmente definidos y expresiones artísticas. En la prác tica los
comportamientos de la vida diaria son excluidos de la categoría cultura»
(«Tengo un dolor en la cultura. Análisis cultural», Estudios Sociales, N° 56,
abril-junio 1984, pp. 23-37).
Tomo II.indb 207 08/12/2009 08:28:27 a.m.
208 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la «dominicanidad»: las diferencias sociales, económicas y
políticas son eliminadas en privilegio de la interpretación
cultural de los sectores hegemónicos;
• una «folklorización» del sujeto popular y de sus expresiones
culturales: lo «popular» se confunde con lo vulgar y popula-
chero o con lo simplemente folklórico, objeto del consumo
turístico; sus expresiones culturales son presentadas esteri-
lizadas de su fuerza política, extirpadas del contexto y pro-
yecto social que las vio nacer, del horizonte de comprensión,
valoración y de búsqueda de participación efectiva de los
sectores populares en los destinos de la nación.
Trataré de presentar a continuación, de forma excesivamente
breve y resumida, y a partir de la crítica y de los aportes que ilumi-
nan ya el camino de una nueva lectura,
5
una visión de conjunto
de las vías y senderos distorsionantes de interpretación histórica
de nuestra identidad y de los acentos que fueron marcados por
ellos. Estas reflexiones las ofrezco a modo de una muy rápida
5
A nivel de la revisión de nuestras categorías de cultura e identidad nacional
podemos citar algunos trabajos inspiradores en el área de la antropología
social y cultural: Jorge Cela (1984), «Tengo un dolor en la cultura», /
CONDOR (1985); «Cultura e Identidad nacional», Estudios Sociales, N°62,
oct-dic, pp. 61-73; en el área de la psicología social: Alba Josefina Zaiter
(1985), «La identidad como fenómeno psico-social», Ciencia y Sociedad,
XII, No. 4, pp. 488-499/ (1989); «La identidad social y nacional en la Re-
pública Dominicana», tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid
/ Alba Josefina Zaiter, Nélida Cairo y Julio Valeirón (1988), «Sociedad, cul-
tura e Identidad en la República Dominicana», tesis de maestría, UASD;
en el área de los programas y filosofías educativas: Jorge Cela (1988),
¿Dominación ideológica o tarea cultural? Reflexiones sobre educación, ideo logía y
cultura, Centro Poveda/ Alejandrina Germán y José Antinoe Fiallo(1992),
«Cultura, educación y ciencia y sus relaciones con las concepciones que
sobre el aprendizaje y la enseñanza se asumen en los planes y programas
de estudios vigentes para los niveles pre-escolar, primario y secundario»
–informe prelimi nar, Vol I–, mimeo; en el área de la ciencia política: Ra-
monina Brea (1985), «La cultura nacional: encuentros y desencuentros»,
Ciencia y Sociedad, vol. X, N° 1, 45-53; en general: Alejandra Liriano (1987),
Identidad nacional. Algunos elemen tos para su comprensión, Centro Poveda.
(Nota: cuando el lugar de edición de las referencias bibliográficas no sea
estipulado debe entenderse que la publica ción se hizo en Santo Domin-
go).
Tomo II.indb 208 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 209
visión panorámica, como un esbozo de mapa o guía de lectura
que permita elucidar críticamente y organizar lo recibido, y siste-
matizar algunas ideas (pistas) e interrogantes que puedan servir
de hilo conductor para revisar los principales lugares y modos vi-
gentes de identificación; base necesaria para poder repensar los
proyectos que quedan pendientes. Paralelamente iré ofreciendo
en las notas el estado de la bibliografía básica actual sobre el
asunto.
2.2 Una lectura y enseñanza distorsionadas de la historia
Si toda identidad humana es esencialmente narrativa, la historia
constituye el lugar fundamental de reapropiación de las «ideas-
hechos fundadores» de una colectividad. De esta manera, la lec-
tura determinada de la propia historia que predomina en una
sociedad-nación pasa a ser su «mito fundador» por excelencia.
La historia es así el lugar donde el conflicto de interpretaciones
se establece
6
y se decide.
Las encrucijadas de una historia
Entre las paradojas que constituyen la particularidad de la his-
toria dominicana, la que ha sido puesta en el centro de su pro-
ceso de diferenciación e identificación nacional es el hecho de
que, después de más de tres siglos de colonización española, los
dominicanos debieron realizar la lucha por su «independencia
6
No es extraño, pues, que sea al interior del campo de la historiografía
que se sitúen también las primeras contribuciones críticas: Emilio Corde-
ro Michel (1968), La revolución haitiana y Santo Domingo; Franklin Franco
(1969), Los negros, los mulatos y la nación dominicana; Juan Bosch (1970),
Composición social dominicana; H. Hoetink (1971), El pueblo dominicano:
1850-1900, Apuntes para su sociología histórica; Frank Moya Pons(1972), La
dominación haitiana; Roberto Cassá (1973), Historia social y económica de la
República Dominicana, 2 Vols.; Hugo Tolentino(1974), Raza e historia en San-
to Domingo: los orígenes del prejuicio racial en América; Ciriaco Landolfi (1977),
Introducción al estudio de la historia de la cultura dominicana; Carlos Esteban
Deive (1980), La esclavitud del negro en Santo Domingo, 2 Vols.; Frank Moya
Pons (1981), Manual de historia dominicana; Pedro Mir (1981), La noción de
período en la historia dominicana.
Tomo II.indb 209 08/12/2009 08:28:27 a.m.
210 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
nacional» contra sus vecinos haitianos. Estos últimos, habiendo
conquistado por su parte la independencia contra Francia en
1804, habían ocupado la parte oriental de la isla de 1822 a 1844.
La historiografía «tradicional» llamó a esta etapa el «período
negro» de nuestra historia, esa «noche oscura», esa «pesadilla»
que duró veintidós largos años. Lo más paradójico es que los
habitantes del Santo Domingo «español» habían expulsado a su
vez en 1809 al gobierno francés instalado desde 1802 en la parte
oriental, «reconquistándola» para la misma España que desde el
siglo XVII los tenía en el abandono (al punto de cederlos a Fran-
cia en 1795); habían recibido a las tropas de Boyer sin ninguna
resistencia en 1822, aunque antes se unieran a las tropas france-
sas para rechazar a los ejércitos haitianos de Toussaint (1801) y
de Cristóbal/Dessalines (1805); y a través de su clase dirigente
hatera habían anexado de nuevo el país a España diecisiete años
después de la independencia, en 1861.
Rechazando una concepción esencialista, a-histórica y
a-social de la conciencia y de la realidad nacional, algunos
representantes de la historiografía crítica reciente coinciden
en reconocer ya, hacia finales del siglo XVIII, manifestaciones
embrionarias de una idea de lo nacional. Los dominicanos for-
marían en ese sentido una «comunidad de destino». La denomi-
nación de «hispano-dominicanos» existe al menos desde 1780 y
sería reemplazada rápidamente por la de «dominicanos». Los
acontecimientos revolucionarios de Haití van a acelerar este
proceso de toma de conciencia nacional.
7
Aunque ya se puede
hablar desde 1844 en términos de «pueblo-nación», es sólo a
partir de las luchas contra España por la «Restauración» de la
República (1863-1865), que la conciencia nacional comenzará
a consolidarse a pasos lentos y con una fragilidad político-
institucional que no deja de acompañarla hasta nuestros días:
nuevos intentos de anexión del país
8
y de venta o arrendamien-
7
Cfr. Roberto Cassá y otros, Actualidad y perspectivas de la cuestión nacional en
la República Dominicana, 1986, pp. 26-33.
8
En 1869 se llegó a firmar un Tratado de Anexión entre el presidente
norteameri cano Ulises Grant y el presidente dominicano Buenaventura
Báez, que sería rechazado por el Senado norteamericano en 1871 gracias
Tomo II.indb 210 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 211
to parcial del territorio nacional por parte de algunos sectores
dirigentes; continuas guerras civiles y luchas caudillistas que
generan un cambio acelerado de gobiernos (más de 20 en el
lapso de unos catorce años, de 1865 a 1879); dos grandes perío-
dos de dictadura (Ulises Heureaux, de 1885-1899/ Rafael Tru-
jillo, de 1930-1961); intervención y control norteamericano de
las aduanas (1907); dos invasiones militares norteamericanas
(1916-24 y 1965)... Asumiendo que es a partir del tercer tercio
o del tercer cuarto del siglo XIX que el preguntamos «¿quiénes
somos los dominicanos?» toma un mínimo de fuerza significati-
va, comenzaremos a partir de entonces a considerar el proceso
de formación de la lectura privilegiada de la historia y realidad
dominicanas.
Los acentos y deformaciones de una lectura histórica
José Gabriel García (1834-1916) –considerado «el padre de la
historiografía dominicana»–, con su Compendio de Historia de
Santo Domingo, y Bernardo Pichardo, con su Compendio de His-
toria Patria (1922) –escrito a base de extractos de la obra del
anterior, con un estilo retórico más acentuado–, marcarán la
comprensión de la historia dominicana de las generaciones de
intelectuales, profesores y estudiantes dominicanos que van des-
de fines del siglo XIX hasta hace bien poco.
9
La visión histórica
a una campaña nacio nalista de los exiliados dominicanos en los Estados
Unidos. Pedro Henríquez Ureña, primer intelectual dominicano conoci-
do internacionalmente, planteará en una carta a Federico García y Godoy
que fue la Revolución Unionista del 25 de noviembre de 1873, que derro-
có a Báez, la que marcó la consolidación de la nacionalidad dominicana al
rechazar de una vez por todas el anexionismo como fórmula política en el
país (cfr. Frank Moya Pons(1986), El pasado dominicano, pp. 21 y 243.; ver
también P. Estrade (1982), «Remarques sur le caractère tardif et avancé
de la prise de conscience nationale dans les Antilles espagnoles», Cara-
velle. Cahiers du monde hispanique et luso brésillien, N° 38; y Hugo Tolentino
y (1978), «Apuntes acerca de la formación de la nación dominicana»,
Realidad Contempo ránea, año 1, N° 5-6-7.
9
Podemos decir incluso que persiste hasta hoy en día, pues aunque a ni-
vel de los textos universitarios una visión más crítica se va imponiendo,
todavía los textos de ciencias sociales a nivel de primaria, e inclusive
de bachillerato, reflejan el mismo tipo de lectura. María F. González y
Tomo II.indb 211 08/12/2009 08:28:27 a.m.
212 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
de estos autores presenta rasgos fuertes de hispanismo, provi-
dencialismo, narrativismo sin análisis, antihaitianismo, crono-
logismo y falta de sentido crítico. Postulan, entre otras cosas, el
sentido de la hispanidad como razón de ser de la supervivencia
nacional y de la formación de la dominicanidad, amenazada de
ser absorbida por el dominio haitiano –con su herencia y tradi-
ción cultural africana y francesa– durante los veindidós años de
ocupación y los continuos intentos de invasión.
10
El apoyo histórico fundamental del antihaitianismo fue el
terror causado por el saqueo, incendio, masacre y degüellos ma-
sivos realizados por las tropas de Cristóbal y de Dessalines, que
a su paso, y en la retirada que siguió al fracaso en el intento de
arrebatar de los franceses y «domínico-españoles» la ciudad de
Rubén Silié recogen algunos ejemplos de los manuales de primaria: «Las
escasas entradas de dinero, la amenaza de los haitianos y los gastos del
ejército, unido al decaimiento de su salud movieron a Santana a acelerar
sus ideas anexionistas, escogiendo para ello la nación espa ñola, tomando
en cuenta las cosas comunes que nos unían (idioma, religión, costum-
bres, etc.). Las diferencias culturales y raciales de los pueblos haitiano y
dominicano eran muy profundas y la fusión no fue posible. La religión,
las costumbres, el idioma y una nueva raza, son herencia que nos dejaron
los españoles» («La nación dominicana en la enseñanza de la historia
a nivel primario», eme eme/Estudios Dominicanos, vol. XIV, n° 79, julio/
agosto, 1985, pp. 15-29).
10
Moya Pons, de quien tomamos estas observaciones, añade en el análisis de
estos autores y de su influencia: «García no alcanzó a ver a los dominicanos
como un grupo criollo que luchaba contra un imperio explotador como
llegó a ser el español en América, sino que percibió a su pueblo como un
reducto hispánico que habla quedado abandonado en medio del Caribe
desde hacía varios siglos y que, pese a ese abandono, había luchado contra
toda clase de enemigos para mantener su identidad cultural y la soberanía
de España en esas tierras de Santo Domingo [...] La obra de Pichardo vino
a ser el catecismo histórico dominicano durante los 50 años a partir de
1922... Como de la obra de García nunca se hicieron ediciones posteriores
a la tercera que fue en 1893, hasta hace varios años (1968), el Compendio
de Pichardo se convirtió así en La Historia Dominicana. Una especie de
Biblia histórica donde estaba toda la verdad de lo que había ocurrido en
la Isla desde la llegada de Colón hasta la llegada de los americanos en
1916» (ob. cit., 1986, pp. 254-255). Cfr., también, Lil Despradel (1971),
«Las etapas del antihaitianismo en República Dominicana; el papel de los
historiadores», en G. Pierre-Charles, et al., Política y sociología en Haití y la
República Dominicana, México.
Tomo II.indb 212 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 213
Santo Domingo (1805), arrasaron con el resto de las poblaciones
de la antigua parte española, devastando casi en su totalidad las
que quedaban hacia el oeste y noroeste. A partir de este mismo
prisma de «trauma» histórico, serán leídas la entrada de Toussaint
a Santo Domingo (1801), la proclama constitucional haitiana de
que «la isla es una e indivisible», el intento de «haitianización»
de la parte oriental realizado por Boyer en los veintidós años de
ocupación y las invasiones que siguieron a la guerra de la inde-
pendencia (Pierrot: 1844-1845/ Soulouque: 1849, 1855 y 1856).
Esta lectura que opone a haitianos y «dominicanos», y que
identifica «esencialmente» estos últimos con el «ser» de los co-
lonizadores españoles (raza blanca, lengua castellana, religión
y moral católicas, cultura y civilización, tradición y costumbres
españolas...), dejará a un lado o relativizará aspectos y dimensio-
nes, acontecimientos y causas importantes de nuestra realidad
histórica. Por mencionar los fundamentales: la dimensión intere-
sada y destructiva de la conquista y colonización; el predominio
demográfico negro y mulato en la parte oriental, que aunque no
alcanzó los niveles de la parte occidental siempre fue notable;
11

el legado étnico-cultural africano en la cultura dominicana; el
peso que tuvieron los condicionantes socio-económicos, políti-
cos, ideológicos, y realidades tan significativas como la propia
esclavitud y el miedo de retornar a ella (o de perder sus bene-
ficios), en las motivaciones que dirigieron los conflictos entre
haitianos y «dominicanos» (vistos muchas veces por los anterio-
res como aliados a los imperios español o francés); la diversidad
de sectores y grupos sociales, mentalidades, intereses y proyectos
que conformaban la realidad del pueblo dominicano.
11
En 1546, por ejemplo, la cantidad de negros que había en la isla era de
unos 12 000, mientras que la población española apenas alcanzaba las 5 000
personas. La población esclava siguió aumentando hasta alcanzar los 20 000
en 1568, y aunque se reduciría tiempo después, el número de negros y
mulatos siempre llegó a ser más del doble que el de los «blancos». Para un
análisis de las cifras, ver Carlos E. Deive (1980), II, ob. cit., pp. 599-620;
Frank Moya Pons (1986), ob. cit., pp. 29-51. Una visión gráfica desde la
colonia hasta el s. XIX en Roberto Cassá(1973), ob. cit., p. 112. Para un
análisis del mestizaje en los siglos XVII y XVIII, véase: Rubén Silié (1976);
Marcio Veloz Maggiolo(1977), Sobre cultura dominicana y otras culturas.
Tomo II.indb 213 08/12/2009 08:28:27 a.m.
214 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Literatura, historia e identidad
La lectura histórica de los literatos, poetas y narradores dominica-
nos se va a constituir también de manera articulada a la historia de
los historiógrafos. Es con la narrativa romántico-indigenista, es-
pecíficamente con Enriquillo, Leyenda histórica dominicana (1882),
de Manuel de Jesús Galván, que la literatura dominicana se dará
a conocer por primera vez en América Latina. Gran paradoja
esta, si tenemos en cuenta que ya para 1520 –menos de treinta
años después de la llegada de los colonizadores–, los «indios»
de La Española habían sido prácticamente exterminados.
12
¿Qué
significa, pues, esta exaltación romántico-nacionalista y mitifica-
dora del indio-aborigen trescientos cincuenta años después de
su desaparición?
Lo que sabemos es que esta novela desempeñaría un papel
importante en la autopercepción cultural, racial y nacional de
los dominicanos. Elevada a la categoría de lectura obligatoria
del programa educativo dominicano poco después de su apari-
ción, el Enriquillo alcanzaría el nivel de «mito nacional» durante
el período trujillista. Galván, intelectual comprometido con la
anexión a España en 1861, plasmó en esta obra, por una parte,
la reconciliación entre la rebelión justificada de «lo mejor» de la
raza indígena originaria de la isla, contra la explotación de los
«malos españoles» ; y, por la otra, el ideal paternalista y protector
de los «mejores» colonizadores (Diego Colón, Las Casas), verda-
deros representantes de la cultura española y de la fe cristiana.
13
12
Así, en 1508 sólo quedaban 60 000 indios de unos 400 000 que había
quince años atrás, en el momento del descubrimiento. En 1514 apenas
vivían unos 25 000, y en 1517, solamente 11 000. Tres años más tarde, en
1520, los indios que sobrevivieron al régimen de las encomiendas apenas
sobrepasaban los 500, y 15 años más tarde quedaron reducidos a unas
pocas docenas. Como puede verse, la desaparición de la población abori-
gen fue rápida, como también lo fue la extinción del oro que se extrajo
intensivamente durante los primeros veinte años del siglo XVI» (Frank
Moya Pons,1986, ob. cit., p. 16).
13
Para los análisis del Enriquillo, véase: P. Conde (1978), Notas sobre Enriquillo;
D. Sommer (1983), «El otro Enriquillo», Revista de Crítica Literaria, Lima,
año IX, N° 17.
Tomo II.indb 214 08/12/2009 08:28:27 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 215
Enriquillo –nombre de bautismo del cacique Guarocuya– en-
carna el prototipo del buen salvaje, al mismo tiempo que asume
las características del perfecto hidalgo español. Las luchas y re-
vueltas indígenas son rehabilitadas, pero sin cortar el lazo con
el modelo racial y sociocultural español. Hay que resaltar que
la reivindicación, en 1882, de los «lazos» de la dominicanidad
con los indios –extintos– y con la tradición española, se manifies-
ta en un momento en que se busca tomar distancia frente a la
«amenaza» del modelo negro-africano, presente «directamente»
en los haitianos, y de modo «mediado», en las mayorías empo-
brecidas, mulatas y negras, dominicanas. A nivel de la literatura
dominicana de fines del siglo XIX y comienzos del XX, se han se-
ñalado también marcados rasgos segregacionistas, antinegros y
antihaitianos, en autores cultivados como César Nicolás Penson,
Francisco Gregorio Billini, Tulio M. Cestero, Federico García
Godoy, F. E. Moscoso, así como en poetas campesinos como Juan
Antonio Alix, y en el refranero popular.
14

2.3 Una definición de la dominicanidad desde los grupos
de poder
Toda esta lectura histórica anterior alcanzará vuelos insospe-
chados durante los treinta y un años de dictadura trujillista, que
le darán una fuerza mítico-simbólica mucho mayor con todo el
despliegue ideológico-propagandístico implementado por el tira-
no. Nuestra «esencia hispánica» y el antihaitianismo «defensivo»
que la salvaguarda, serán los estandartes de la «dominicanidad»,
establecida por Trujillo de una vez por todas y con brazo firme:
delimitación definitiva de las fronteras; freno a la «haitianización»
del país que representaban las «invasiones pacíficas» (robo, «me-
rodeo» e inmigración haitiana) con la matanza de más de 18 000
14
Para un análisis de esta literatura, véase: José Alcántara (1979), Estudios de
poesía dominicana; (1987), «Black Images in Dominican Literature», New
West India Guide, Vol 1, N°3-4, Utretch; (1990), Los escritores dominicanos
y la cultura/ Walter Cordero (1975), «El tema negro y la discriminación
racial en la República Dominicana», Ciencia, Vol. 11, N° 1/ Marcio Veloz
Maggiolo (1977), ob. cit./ Bernardo Vega (1988), ob. cit.
Tomo II.indb 215 08/12/2009 08:28:28 a.m.
216 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
haitianos en 1937; «orden», «progreso» y «desarrollo nacional»
frente al «caos político y moral» anterior. La «necesariedad» de
estas medidas «enérgicas» y de la «autoridad coercitiva» de este
hombre providencial fueron justificadas por pensadores como
Manuel Arturo Peña Batlle, Joaquín Balaguer, y otros de menor al-
tura, quienes formarían la lectura histórica del trujillismo reinter-
pretando los postulados básicos de la historiografía tradicional.
15

Antes de entrar en esta «nueva» lectura esbozaré brevemente al-
gunos elementos de la autopercepción nacional de la generación
de intelectuales que precedió a la dictadura.
La formación de una tradición intelectual
16
La figura que más marcó el desarrollo intelectual y educativo
del país durante el período de la postrestauración fue, sin lugar
a duda, Eugenio María de Hostos (1839-1903). Puertorriqueño
de nacimiento y de «nacionalidad», confederacionista antillano
y antimperialista de corazón y de vida, será él quien, durante
este período liberal-nacionalista, tendrá a su cargo la formación
de los educadores dominicanos. Su influencia será igualmente
fuerte en la clase política dirigente. Es a través de él que el ideal
racionalista y crítico de corte positivista entrará al país.
15
Cfr. ibídem, pp. 245, 259-260; cfr. Roberto Cassá (1982), Capitalismo y dic-
tadura, p. 762; Roberto Cassá y otros, Actualidad y perspectivas..., pp. 57-60.
Cfr., también, Joaquín Balaguer (1931), «El hombre único», La Opinión,
29 de enero/ (1983), La Isla al revés. En este último texto el autor llega a
afirmar, refiriéndose a Trujillo: «La extirpación del merodeo en las comar-
cas fronterizas no es una de esas tareas que pueden cumplirse fácilmente
y sin efusión de sangre. Con providencias de orden legal no era posible
detener una costumbre que contaba con un arraigo dos veces secular en
los instintos de la masa haitiana» (p. 76).
16
Para esta parte me apoyo fundamentalmente en los trabajos de Raymundo
González (1987) «Notas sobre el pensamiento socio-político Dominicano»,
Estudios Sociales, N° 67, ene-mar; Roberto Cassá (1976), «El racismo en la
Ideología de la clase dominante dominicana», Ciencia, Vol. 3, N° 1, ene-
mar.; A. J. Zaiter (1989), ob. cit.; Roberto Cassá y otros (1986), Actualidad
y perspectivas...; Bernardo Vega (1988), Trujillo y Haití, vol. l.; Fernando
Ferrán (1985), «Figuras de lo dominicano», Ciencia y Sociedad, Vol. X, N° 1,
ene-mar, pp. 5-20.
Tomo II.indb 216 08/12/2009 08:28:28 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 217
La influencia hostosiana sufrirá, sin embargo, desviaciones
lamentables en su posteridad intelectual. Los lazos con el positi-
vismo favorecerán la entrada del darwinismo social y del racismo
teórico spenceriano, tan explotados después por el trujillismo.
Discípulos de Hostos promoverán por otra parte el «hispanismo»
dominicano como arma contra1a influencia norteamericana y
contra la intervención militar de 1916.
Salvo excepciones –y Pedro F. Bonó es la más notoria– los
intelectuales liberales prestaron poca atención al campesinado,
siendo la sociedad dominicana de la época predominantemen-
te agrícola; sin embargo, al mismo tiempo, se creían porta-
voces del sentimiento nacional. La frustración de sus ideales
«civilizatorios» al aterrizar en la «primitiva», caótica e inestable
realidad nacional, hicieron con que prevaleciera en la mayoría
una visión pesimista del pueblo-nación dominicano: inculto,
con un desarrollo mental reducido, indolente, mal alimentado,
individualista, anárquico, voluble, de haraganería favorecida
por un clima y medio ambiente generosos. Lo más grave será
la marca que este pensamiento dejará en las escuelas a través
de los casi cincuenta años de influjo positivista, y la tradición y
«mentalidad» a la que dará origen, tanto en los medios elitistas
como populares.
17
Líderes de la restauración como Gregorio Luperón, antimpe-
rialistas como Américo Lugo, se referirán a la cuestión nacional
en perspectiva racial y por oposición a Haití, viendo, en nuestra
mezcla de sangre africana con europea, ya sea algo que por «la
ley de los climas» nos llevará un día a «regresar a la raza primitiva
17
Bonó es de nuevo, caso aparte. Al respecto véase: Raymundo González,
«Bonó: un crítico del liberalismo dominicano en el siglo XIX», Ciencia y
Sociedad, Vol. X, N° 4, pp. 472-489. Entre los representantes del «pesimis-
mo dominicano» se incluye normalmente a Américo Lugo, Francisco y
Federico Henríquez y Carvajal, Mosco so Puello, José Ramón López. Las
posiciones «pesimistas» de algunos de estos autores están siendo matizadas
a medida que los estudios sobre ellos alcanzan mayor nivel de profundi-
dad. Véase: Michel Baud, «Ideología y campesina do: el pensamiento social
de José Ramón López», Estudios Sociales, N° 61, abril-junio, 1986, pp. 63-81;
Roberto Cassá (1992), «Los últimos días de un admirable intelectual», Isla
Abiertas, suplemento de Hoy, 15 y 22 de agosto.
Tomo II.indb 217 08/12/2009 08:28:28 a.m.
218 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
de la isla», ya algo que por el exceso del componente africano
nos ha impedido la formación de un verdadero Estado.
18
Como
en otros países de América Latina, muchos positivistas naciona-
les vieron en la introducción de «sangre nueva», o sea, en el fa-
vorecimiento de la inmigración étnica blanca, la única solución
viable para la transición de la barbarie a la civilización.
La lectura trujillista de la realidad e historia dominicanas
La desintegración cultural, moral, social y racial, que según el
análisis precedente constituía el impedimento principal del
pueblo dominicano para la constitución de un Estado nacional
democrático y estable, servirá de justificación fundamental para
el gobierno absolutista y dictatorial del hombre providencial, el
«Benefactor», salvador y «Padre de la Patria Nueva». El «pesimis-
mo», en tanto que minusvaloración del pueblo y de sus posibili-
dades y capacidades para autodeterminarse participativamente,
se convierte en reclamo implícito de un dictador. El terreno
estaba más que preparado para recibirlo.
19
Ya he planteado en un artículo anterior
20
la lógica funda-
mental y las articulaciones principales del discurso nacionalista,
antihaitiano, balaguerista y trujillista –y su identificación «defen-
siva». Recojo aquí lo esencial:
18
Gregorio Luperón(1955), Notas autobiográficas y apuntes históricos, Vol. 1,
p. 27 y Vol. 11, p. 34; L. Despradel (1971), ob. cit., pp. 89 y 96; Américo
Lugo (1949), El Estado dominicano ante el Derecho Público, p. 35; Roberto
Cassá (1976), ob. cit., p. 69. El mote de «antihaitiano» que durante plena
dictadura trujillista (años 40-50) se le adjudicó a Lugo es cuestionado por
Bernardo Vega, quien aporta otros textos y contextos que relativizan las
primeras posiciones (1988, ob. cit., pp. 29-30).
19
Américo Lugo expresaba ya en 1916: «Nos falta despertar en el pueblo la
conciencia de la unidad, unificar su voluntad para hacerla pública y per-
sonificar en el Estado esa conciencia y esa voluntad. El hombre de Estado
que consiga eso, habrá creado la nación. A ese magno ideal tienden mis
esfuerzos por formar entre nosotros una conciencia histórica»(en Jaime
Julia, Antología de Américo Lugo, Vol. 11, p. 127, cit. por Roberto Cassá y
otros, 1986, Actualidad y perspectivas..., p. 107).
20
Ver Jesús Zaglul, «Una Identificación nacional "defensiva"; el anti-haitia-
nismo nacionalista de Joaquín Balaguer», Estudios Sociales, N° 87, ene-mar,
1992, pp. 29-66.
Tomo II.indb 218 08/12/2009 08:28:28 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 219
• La estrategia del discurso se centra en una antagonización, o
«enemización» casi-absoluta de los pueblos-nación haitiano
y dominicano. Esta oposición implica, a su vez y articulada-
mente, las dimensiones histórico-política, biológico y etno-
«cultural», y socioeconómica. Es en todas estas dimensiones
que los haitianos constituirán «el mayor peligro» para las
identidad-sobrevivencia nacional, dadas las «diferencias
radicales» que en ellas los separan de los dominicanos.
• El punto de partida de esta estrategia es lo que he llamado
la «presentificación del pasado mitificado»: es el haitiano de
los tiempos de Toussaint, Petion, Cristóbal, Dessalines, Boyer,
Soulouque, con el ideal-lema «imperialista» de que «la isla es
una e indivisible» y con el «odio sangriento» que devastó,
masacró, invadió y ocupó al pueblo dominicano, al que hay
que reconocer –con las mismas pretensiones– en el rostro
de los pobres y harapientos haitianos que siguen invadiendo
«pacíficamente» la República. Aquí se apoyará el «cambio de
roles» como mecanismo que intentará extirpar cualquier ras-
tro de «culpabilidad» que la masacre trujillista de haitianos
de 1937 haya podido dejar en el alma de los dominicanos:
Trujillo no hizo más que «defendernos» de esa «ola de color»
y de hambre que pretendía «comernos» desde la frontera.
• Con esta enemización frente a Haití toda negritud racial
y/o cultural fue extirpada de nuestra herencia y de nuestra
tradición. Quedaba ahora justificar-relativizar lo «oscuro»
que aún delataban los rasgos de la mayoría de la población
dominicana. Si el «indio» podía servir para decir el color
de la piel (e inconscientemente la raza) mulata o negra, o
para recordar el valor cultural de nuestras tradiciones lite-
rarias indigenistas, su temprana desaparición dificultaba un
referencial más evidentemente europeizado y menos «pri-
mitivo». ¿Por qué renunciar, por otra parte, a un blanquea-
miento total progresivo no sólo de nuestros rasgos culturales
paradigmáticos sino inclusive de nuestros rasgos somáticos
tipo? Los españoles-dominicanos se convertirán así, en la
retórica del lenguaje balaguerista, en los nuevos pobladores
«originales» de la parte oriental de la isla. Se produce de esta
manera una especie de «genetización» de la hispanidad que
Tomo II.indb 219 08/12/2009 08:28:28 a.m.
220 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
va a caracterizar no sólo la esencia cultural sino inclusive la
raza y la «naturaleza» de los dominicanos.
En todos estos análisis, que terminan colocando el acento
en lo etno-racial y demográfico, se verificará un reduccionismo
biológico, cosificante y determinista, de todos los aspectos y di-
mensiones que constituyen nuestra identidad nacional, incluida
su propia categorización. No hay que olvidar que sustentando el
«optimismo» aparente que guiaba la labor «civilizadora» y «na-
cionalista» del tirano, se encuentra siempre el personalismo cau-
dillista autoritario que no puede sino sustentarse en el «pesimis-
mo» ideológico heredado, manipulado y reforzado. Todavía hoy
no hemos conseguido zafarnos de este paternalismo caudillista
personalista y centralizador, como lo refleja la permanencia de
estas figuras e ideas del «pasado» en nuestra vida política actual.
2.4 Para no concluir: preguntas y caminos pendientes
Este recorrido histórico de la trama con el cual se fueron articu-
lando las categorizaciones y los acentos que han predominado en
la comprensión de lo que somos, nos permite, además de poder
reconocer esos caminos distorsionados para tratar de no volver
a tomarlos, el no minusvalorar su vigencia y permanencia en la
actualidad. De aquí nace también la resistencia a «terminar», a
dar el asunto por cerrado, sin dejar de señalar sólo algunos de
los desafíos y preguntas que nos quedan pendientes.
La cuestión étnico-cultural
Se escucha cada vez con más frecuencia que nuestra raza y
nuestra cultura son «una mezcla de lo indio, lo negro y lo espa-
ñol». Esto se puede considerar un paso de avance si tomamos
en cuenta que durante mucho tiempo sólo la herencia taína e
hispana eran tomadas en cuenta. Por otra parte, sin embargo, la
expresión queda ambigua y vacía mientras no se aclare cómo se
entiende esa «mezcla».
21
Muchas disputas se siguen dando entre
21
Baste señalar un ejemplo de otras épocas: poco tiempo después de la
masacre de haitianos, Guido Despradel Batista escribirá, en 1938, en su
Tomo II.indb 220 08/12/2009 08:28:28 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 221
quienes la comprenden aparentemente en términos de «propor-
ción» y propugnan que el «ingrediente» español o africano es el
predominante racial y/o «culturalmente». Algunos insisten en la
«1engua» –esencializada y considerada casi como una segunda
naturaleza– como el elemento cultural determinante, con lo
cual lo español sacaría más que ventaja a lo negro-africano. En la
mayoría de estas posiciones, no se ha integrado una visión más
histórica de la identidad. Lo importante, además, es ver cómo lo
recibido de uno y otro lados ha organizado no sólo nuestro decir,
sino nuestro ver y nuestro hacer, y cómo este ver-hacer-decir se
transforma (lo transformamos y nos transforma) históricamente.
De aquí la importancia y la necesidad de más estudios en el área
de la antropología socio-cultural y de la sociología, que desde el
«texto» de las prácticas y de la vida –de los sectores populares,
por ejemplo– nos permitan acercamos a otra lectura de los he-
chos y de la historia y la autopercepción nacional.
22
Queda pendiente lo que considero ser el problema funda-
mental implícito en la negritud o en el mulataje no asumidos:
la cuestión de la minusvaloración práctica y vivencial de todo lo
que refiere a la propia persona. Esta minusvaloración sí ha sido
famoso folleto sobre «Las raíces de nuestro espíritu» que el pueblo domi-
nicano era atrasado, inculto y subdesarrollado porque descendía de tres
razas de las cuales no podía esperarse demasiado: el indio primitivo, el
español haragán y el negro lujurioso (cfr. Frank Moya Pons, 1986, ob. cit.,
p. 244).
22
Para un primer intento de comprensión de nuestra identidad desde los
sectores populares, ver: CONDOR (1985). Para romper el mito de las per-
cepciones «pesimistas» privilegiadas sobre lo dominicano, desde la propia
autopercepción y con encuestas, ver: Rolando Tabar Manzur (1992), «Al-
gunas caracterizaciones sobre los dominicanos», ponencia presentada en
el segundo encuentro del Seminario Internacional: identidad, cultura y
sociedad en las Antillas hispanoparlantes (las actas y todas las ponencias
del seminario están ya en vías de publicación). Para el estudio de un caso
particular, ver: A. Rodríguez y L. Hernández (1991), «Estudio descriptivo
del prejuicio étnico antihaitiano en la comunidad de Jimaní en el año
1990», Tesis de Maestría, UASD. En antropología y sociología contamos
en la actualidad con los trabajos de Jorge Cela, Isis Duarte, André Corten,
Wilfredo Lozano, Carlos Dore, Carlos E. Deive, José del Castillo, Carlos
Andújar, Dagoberto Tejeda, Fradique Lizarde, June Rosenberg, M. Lun-
dahl, R. Vargas, Orlando Espín, y otros.
Tomo II.indb 221 08/12/2009 08:28:28 a.m.
222 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
asumida por los propios negros y mulatos dominicanos. Ella se
refleja en los juicios de valor negativos presentes en el lenguaje
con respecto a los rasgos somáticos negroides y en el no recono-
cimiento social: cabello «malo» (el rizado-crespo); color «indio»
oscuro o «indio» claro (para referirse a la raza negra o mulata);
«el negro no es gente» (una de las tantas expresiones populares
de carga negativa).
La cosa se complica si tenemos en cuenta que el «negro»,
para el dominicano común, sigue siendo el haitiano; y la «ne-
gritud» sigue siendo, por tanto, y además, sinónimo de miseria,
primitivismo, vodú, ser tratado como animal en los campos de
caña... La campaña ideológica del trujillismo consiguió en este
punto una de sus mayores victorias. Toda defensa de lo negro
sigue siendo tildada hoy inmediatamente de prohaitianismo
integracionista y antinacionalista. Queda, pues, el desafío de
pensar la «negritud» dominicana en sus coordenadas propias y
no sólo bajo la referencia a Haití; queda, al mismo tiempo, el
desafío de pensar las referencias mutuas de ambas «negritudes»
en sus similitudes y diferencias, sin los fantasmas de la «amena-
za» de «absorción-integración» o de «esclavización» que de uno
y otro lados de la frontera nos han recordado recientemente su
actualidad y su fuerza.
23
Un nacionalismo publicitario
Si nos preguntamos: ¿dónde se nos dice hoy qué es nuestra
identidad?, ¿quiénes son, hoy por hoy, los «nacionalistas» más
empedernidos?, ambas respuestas tendríamos que buscarlas
en las campañas comerciales de las firmas licoreras y de las
compañías tabaqueras. Podríamos decir que esto no es una
novedad –recordando, por ejemplo, aquel viejo slogan: «a mí
lo mío, mi Montecarlo de mi Tabacalera»–; sin embargo sal-
ta también a la vista, particularmente de los que frecuentan
23
Basta hojear cualquiera de los periódicos nacionales durante el año 1991
para descubrir la avalancha de opiniones y comentarios que buscan rea-
vivar prejuicios conocidos. Ver también: VV. AA. (1991) Ayiti-República
Dominicana au seuil des années 90, Port-au-Prince.
Tomo II.indb 222 08/12/2009 08:28:28 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 223
la televisión, el empuje que ha tomado desde hace algunos
años en la publicidad el recoger no sólo nuestras expresiones
folclórico-musicales, sino incluso estampas, refranes, cantos y
tradiciones de la vida campesina y urbana del país; y esto, ge-
neralmente con mucha calidad técnico-artística y retomando
la jocosidad, el sabor irónico y el espíritu festivo y bullanguero
criollo. Últimamente, una firma licorera ha lanzado una serie
de anuncios donde se van recogiendo los «valores» (riquezas
naturales, personajes distinguidos o populares-llamativos,
monumentos representativos, costumbres típicas) de las más
importantes provincias del país. Otra firma licorera ha lanza-
do una serie de comerciales que giran en torno a la presen-
cia dominicana en Nueva York y el descubrimiento que una
norteamericana hará del país. El caso es que al parecer estas
campañas han «funcionado», y deben haber aportado benefi-
cios considerables porque cada vez aumentan en número y en
competitividad.
Pero lo que me interesa destacar alrededor de todo esto
es la comprensión de la identidad nacional que es vehiculada
en estos comerciales. En algunos de ellos, creo que no deja
de tener un alcance positivo la revalorización que se hace de
lo criollo, el realce que se hace de algunos valores rurales y
urbanos que antes nos avergonzaba presentar, y hasta un cierto
y saludable orgullo y optimismo que transmiten. Sin embar-
go, bajo este ropaje se comunica una lectura de la identidad
que presenta muchos elementos cuestionables: la reducción
de lo cultural a lo folclórico-costumbrista, a lo turísticamente
presentable; la presentación desigual de los diferentes sectores
sociales, dando impresión al mismo tiempo de una homogenei-
dad nacional no conflictiva y bien integrada; la manipulación
de una concepción de lo nacional nostálgica y sentimental; la
ausencia de lo organizativo y de lo reivindicativo; la percep-
ción cosificadora y estática de nosotros y de lo nuestro («éste
es mi país y ésta es mi gente»); la reducción de lo popular a lo
«típico», o a lo llamativo.
Causó sensación en el país la frase de aquel comercial en
que un chofer dominicano mulato, en Nueva York, embebido en
Tomo II.indb 223 08/12/2009 08:28:28 a.m.
224 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la nostalgia, se burlaba irónicamente de una «americana» que
elogiaba el merengue con marcado acento gringo, diciendo en
voz alta para sí: «y eso que tú no sabes nada, americana». Más allá
del juego de doble sentido, me ilusioné imaginando todo lo que
podía haber de conciencia de sí para un dominicano ausente
detrás de esas palabras pensadas hasta con cariño y dichas con
naturalidad. Mi ilusión duró sólo hasta algunos meses después,
cuando otro comercial presentó a la «americana» viajando a
Santo Domingo, sin salir de lugares turísticos y de un bar exótico
donde a ritmo criollo se hacían mil y un malabares con botellas,
comprando una tambora y aprendiendo a decir «con-con». Y
sólo acerté a preguntarme: ¿Y ahora la americana lo sabe todo
de nosotros?
En yola y en lo que sea, pa’ los países
No puedo dejar de mencionar, aunque sea en «dos líneas», las
interrogantes implícitas y explícitas que plantea el fenómeno
de la inmigración.
24
Hablar de «los países» en República Do-
minicana fue durante mucho tiempo referencia exclusiva a los
Estados Unidos. Hoy en día, sin dejar de aumentar el flujo hacia
Norteamérica, hay que reconocer que los lugares hacia donde
se emigra «buscando vida» se han diversificado, y que Europa
(España, Italia, Holanda...) presenta cada vez más una «oferta»
tentadora. Los efectos de estos desplazamientos ya se han dejado
sentir con fuerza: comunidades rurales enteras y gran número
de familias urbanas que viven de las remesas en dólares que les
vienen del extranjero; familias divididas y desintegradas por la
ausencia de uno de los cónyuges; fomento del «narcotráfico»,
24
Cifras recientes establecen en 520 151 el número de dominicanos residen-
tes legalizados en los Estados Unidos (El Siglo, 8 de Julio de 1992); es fácil
imaginar la presencia en igual o mayor número de residentes Ilegales.
Sobre la emigración de dominicanos en los E.U., ver: F. Báez Evert/F.
D’OIeo (1986), La emigración de dominicanos a Estados Unidos: determinacio-
nes socio-económicas y consecuencias; Frank Canelo (1982), Dónde. por qué, de
qué, cómo viven los dominicanos en el extranjero; J. Del Castillo et al. (1987), La
inmigración dominicana en los Estados Unidos; H. A. Spalding (1990), «Los in-
migrantes dominicanos en Nueva York», Suplemento Realidal, periódico
EI Siglo, 22 de marzo.
Tomo II.indb 224 08/12/2009 08:28:28 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 225
la prostitución, y otra serie de valores que rompen demasiado
drásticamente los esquemas culturales recibidos, acentuando el
desarraigo. El «dominican-york» ya ha marcado su estereotipo
en la idiosincrasia nacional, dejando fuera la dimensión de
trabajo duro, sufrimientos continuos, dificultades de vida y de
adaptación que constituyen el día a día de la vida de muchos de
nuestros inmigrantes.
El «sueño» y las esperanzas de futuro para muchos domini-
canos de todos los estratos sociales está, hoy por hoy, cruzando
el Caribe o el Atlántico, con visa o sin ella. El problema fun-
damental en este punto es, a mi modo de ver, la desesperanza
y la experiencia de frustración frente a la realidad nacional y
sus posibilidades que se expresan, de forma más que simbólica,
en el arriesgar la vida en una «yola» –desafiando a los tiburones–,
en los continuos viajes ilegales de dominicanos a Puerto Rico.
La «yola» nos recuerda, por otro lado, junto a esta experiencia
frustrante que la motiva, el coraje de muchos dominicanos y su
deseo de vivir con dignidad –aunque ésta tampoco se encuentre
necesariamente del otro lado del mar.
25
25
Los beisboleros dominicanos en los EE.UU. son también lugar y símbolo
de un reconocimiento y revalorización de la dominicanidad. De uno de
ellos, Felipe Alou, recogemos la reciente afirmación: «Los muchachos de
República Dominicana no conocen el miedo. La gente de Dominicana tra-
ta de cruzar el Atlántico en botes para llegar a los Estados Unidos. La única
cosa que ellos tienen en su mente es darse ellos valor» (Listín Diario, 13 de
agosto de 1992 –traducción de una entrevista en el Baseball Weekly). A tra-
vés del merengue, y particularmente de Juan Luis Guerra y su despliegue
internacional, se recoge también una referencia identificadora de mucha
fuerza a nivel nacional. De una carta suya citamos: «Soy dominicano. Amo
a mi República y mi gente... Me duele mucho que mi gente piense que
perjudico a la nación de una u otra forma al expresar nuestras deficiencias
en energía eléctrica, educación, salud. Y sobre todo ese cordón de miseria
que hace que cada día existan más héroes que se lancen al mar y menos
héroes en tierra firme para restaurar una mejor República... Me visto con
mi bandera como siempre». (El Siglo, 22 de mayo de 1992).
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Tomo II.indb 226 08/12/2009 08:28:28 a.m.
– 227 –
La tragedia ideológica
del pensamiento dominicano
1
Odalís G. Pérez
Desde el nacimiento de la República el pensamiento dominicano
se justificó en una concepción trágica de la historia y la definición
de su identidad. Producto del negocio político de las metrópolis,
lo que fue la isla se convierte en parte, frontera, pueblo, nación,
Estado dependiente, Estado independiente, espacio protegido,
espacio de razones negadoras, compraventa ideológica, remoli-
no de políticas caudillistas y progreso de dictaduras criollas.
Pero el pensamiento dominicano por excelencia (Américo
Lugo, Federico García Godoy, Manuel Arturo Peña Batlle, Fran-
cisco J. Peynado, Rafael Augusto Sánchez, Guido Despradel y
Batista, F. E. Moscoso Puello) ha sembrado su proyecto de una
visión que, por su pesimismo, «racialismo» y darwinismo social,
dificulta y obstaculiza la concepción que en el tiempo se constru-
ye sobre, y, de lo dominicano.
Incluso allí donde su patriotismo se hace explícito desde una
teleología histórica de corte hispánico, la médula de su plantea-
miento filosófico equivoca la vertiente explicativa de su principio
crítico. Todos los pensadores mencionados hasta ahora se funda-
mentan en el extremismo de su racismo y en un pesimismo que
ve al dominicano interferido por componentes de razas inferio-
res, sobre todo «de color». La solución al atraso biológico de «la
raza dominicana» la encontramos en la inmigración de la «raza
1
Ensayo publicado en Nacionalismo y cultura en República Dominicana, Santo
Domingo, Editora Manatí-CIAM, 2003, pp. 11-16.
Tomo II.indb 227 08/12/2009 08:28:28 a.m.
228 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
blanca y sana», para que de esa manera nuestro ser nacional se
equilibre y se manifieste libre de impurezas sociales y morales.
El sentido trágico de una definición del ser dominicano lo
encontramos en la ideología misma del pensamiento dominica-
no, lo representativo del nacionalismo y de la búsqueda de lo
dominicano como definición de una conciencia nacional que
estará ligada a lo político, entendido como representación de
fuerzas históricas y sociales encontradas y finalmente derrotadas.
Pero la derrota de ese pensamiento la vamos a encontrar en
la renuncia, en tiempo y visión de dichos intelectuales, a sus prin-
cipios protestatarios, que se gestaron en las dos primeras décadas
del siglo XX y que se reconocieron en la llamada etapa liberal y
revolucionaria de los nacionalistas, propensa a una visión libera-
dora, en un momento en que la ocupación norteamericana del
1916, mancillaba la soberanía nacional y venía a «poner orden»
en una república desangrada por las revueltas y rebeliones polí-
ticas caudillistas y por las crisis económica y financiera propias
del mismo sistema.
La tragedia del pensamiento histórico y político dominicano
la encontramos también en el engaño propiciado por el discurso
militarista y dictatorial de Rafael Leonidas Trujillo Molina y su
concepto de autoridad, progreso y paz que se «vendió» y galvanizó
en la era de «la patria nueva». Idea del valor, la paz y el progreso
establecida por un nuevo discurso «nacionalista», afianzado en la
idea duartiana de la soberanía nacional, la independencia de la
República y el Juramento Trinitario que será traicionado, mane-
jado y adoptado por el discurso de la dictadura, y que es avalado
no sólo por el representante político-militar de más renombre
de esa campaña y revolución, sino también por intelectuales que
suscribieron el Manifiesto de Febrero de 1930,
2
unos engañados
y manipulados, otros con la plena confianza en el fundamento
2
Ver al respecto Bernardo Vega, El 23 de Febrero o la revolución más anunciada
de América, Santo Domingo, Eds. Fundación Cultural Dominicana, 1989.
Para un contexto referido al clima político del momento, véase también
Tomás Hernández Franco, La más bella revolución de América, Imprenta M.
Frenay y Ch Jorssen, 1930; y Gilberto Sánchez Lustrino, Trujillo, el construc-
tor de una nacionalidad, La Habana, Ed. Cultural, S. A., 1938.
Tomo II.indb 228 08/12/2009 08:28:28 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 229
de la autoridad, el poder militar y la ideología exagerada de la
«autoridad», el progreso y «el orden».
¿Por qué entonces el Peña Batlle de la etapa liberal
3
traiciona
sus principios en razón de una idea de progreso, nación, sobe-
ranía, nacionalidad y frontera? ¿Por qué el pensador «revolu-
cionario» de las dos primeras décadas y crítico de la política de
Washington claudica, valora, fundamenta y le otorga contenido
patriótico a la política de un régimen ya reconocido como de
facto en 1935?
¿Por qué Peña Batlle renuncia al ideal nacionalista de su
primera etapa y se adhiere trágicamente a una estructura y a un
pensamiento que finalmente lo golpean, lo recluyen, lo aniqui-
lan y lo sepultan?
¿Cuál fue, en ese sentido, el motivo que obligó tanto a Ma-
nuel Arturo Peña Batlle como a Gilberto Sánchez Lustrino a
claudicar, para luego caer ambos abatidos por el desprecio de la
persona y del discurso del trujillato?
La respuesta o las respuestas a estas preguntas las vamos a
encontrar a partir de los años 40, cuando tanto la dictadura de
Trujillo como su pensamiento se refundamentan en una idea que
ya empezaba a negar las promesas del famoso manifiesto febre-
rista de 1930. En este sentido es importante destacar el riguroso,
puntual y ejemplar análisis que hace el historiador francés Lauro
Capdevila
4
en su libro La dictadura de Trujillo. República Dominica-
na, 1930-1961, publicado en francés por la Collection Horizons
Amériques Latines, L’Harmattan, París, 1998, y posteriormente
traducido al español y publicado por la Sociedad Dominicana de
Bibliófilos (Santo Domingo, 2000).
En efecto, este pensamiento, esta práctica militarista ligada
a una nueva perspectiva de poder se empezó a constituir desde
1928, cuando las decisiones, ascendencia y responsabilidades
de Trujillo empezaron a minar la pobre y ya arruinada empresa
3
Véase, Manuel A. Peña Batlle, Previo a la dictadura. La etapa liberal, Vol. II,
Santo Domingo, Ed. Fundación Peña Batlle (compilación, representación
y comentarios de Bernardo Vega), Ed. Taller, 1990.
4
Ver, al respecto, las observaciones de Mario Capdevila, La dictadura de
Trujillo. República Dominicana 1930-1961, Santo Domingo, Sociedad Domi-
nicana de Bibliófilos, 2000.
Tomo II.indb 229 08/12/2009 08:28:28 a.m.
230 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
gubernamental del presidente Horacio Vásquez. La idea de una
nueva personalidad militar defensora de la paz, el orden y la
justicia, cobró entonces su significación cuando los intelectuales
que apoyaron al general Rafael Leonidas Trujillo Molina, asisten
a un teatro de fuerzas políticas donde el discurso de la razón, la
fe y el progreso enfrenta al llamado vandalismo caudillista que
azotaba la República Dominicana.
Esta idea de un Trujillo que proclamó el orden, la paz y la
tranquilidad del pueblo dominicano,
5
se arraigó en, y, con la idea
del crimen organizado, la persecución ideológica y política, no
sólo de muchos de los intelectuales que lo llevaron al poder, sino
también de los pocos caudillos que iban quedando sin fuerzas y
ya deslegitimados por las proyecciones de lo que luego sería el
nuevo Ejército Nacional.
¿Qué sucede luego de que Gilberto Sánchez Lustrino escri-
be su famosa biografía Trujillo, el constructor de una nacionalidad
(1938),
6
Manuel Arturo Peña Batlle elabora y escribe su Política
de Trujillo
7
en 1954, Joaquín Balaguer publica en 1947, en Buenos
Aires, La realidad Dominicana,
8
y Emilio Rodríguez Demorizi su
Reconstrucción de un régimen, habiendo publicado anteriormente
en 1957 su De política domínico-americana?
9
Ciertamente, la tragedia intelectual y política del pensamien-
to dominicano ha estado y está en su vacilación frente a la prác-
tica de la democracia, la falta de creencia y fe en el pueblo que
defiende, define y ensancha como ideal de progreso, identidad
y justicia. El mismo hecho de asumir el hispanismo propalado
por la práctica y el discurso trujillistas, llevó a estos intelectuales
a creer que de verdad «somos un pueblo español» por adopción
de lengua, cultura y religión. Todo lo cual nos dice que gran
5
Véase, en este sentido, Abelardo R. Nanita, Trujillo, Ciudad Trujillo, Im-
presora Dominicana, 1951. Cfr. en R. Emilio Jiménez, Biografía de Trujillo,
Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1955; del mismo autor ver Trujillo y la
paz, Ciudad Trujillo, 1952.
6
La Habana, Ed. Cultural, S. A., 1938.
7
Ciudad Trujillo, Impresora Dominicana, 1954. Prefacio de Emilio Rodrí-
guez Demorizi; ver principalmente pp. 25-32 y pp. 35-41.
8
Buenos Aires, Imprenta Ferrari-Hermanos, 1947.
9
Ciudad Trujillo, Imprenta Dominicana, 1955.
Tomo II.indb 230 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 231
parte de la intelectualidad dominicana no se ha planteado seria
y decisivamente nuestra identidad y lo que esta misma implica en
el concierto de un diálogo inter y multicultural.
Manipulado el concepto de identidad por el pavoroso pre-
juicio de la haitianofobia y la africanofobia, el pensamiento
dominicano representativo de la primera mitad del siglo XX y
cierto pensamiento intelectual de su segunda mitad, se hunden
en la defensa de la raza blanca y en el desprecio de la raza negra
entendida y extendida como raza inferior que llevamos en la
sangre y que obstaculiza nuestro desarrollo social.
Todo lo cual quiere decir que, si en un tópico como el racismo
y el «racialismo» nuestros intelectuales representativos y ligados
a la oficialidad estatal promueven una explicación desapocada,
frágil y mezquina de nuestra identidad, la misma debe ser
analizada a la luz de los nuevos fenómenos que se explican en el
contexto de una nueva realidad dominicana y no la que enfocó
y publicó Joaquín Balaguer en 1947 y que repropone en 1983 en
su libro La isla al revés.
10
Una política de la historia dominicana, así como la preten-
sión de un pensamiento historiológico representativo de la do-
minicanidad, manipulada por la ideología del Padre de la Patria
Nueva,
11
nos muestra que el ideal de progreso para la élite intelec-
tual del trujillato, constituye la traición a un pensamiento y una
conciencia histórica ligados a una ideología del autoritarismo y
la fuerza del progreso, encarnada en la dictadura y extendida
como cuerpo de desarrollo, paz y defensa de la nacionalidad.
La pretendida filosofía de la historia que sugieren los escritos
de los historiógrafos y demás intelectuales de la dictadura, se re-
sume en el derecho de frontera, la cuestión haitiana, la defensa
de la nacionalidad, el territorio, la hispanidad y el nacionalismo
como antihatianismo.
10
Pp. 58-79 y pp. 80-98.
11
Véase, Rafael Leonidas Trujillo Molina, Cartilla cívica para el pueblo domi-
nicano, Ciudad Trujillo, Secretaría de Estado de Educación y Bellas Artes,
1951; véase, además, Fundamento y Política de un régimen, Ciudad Trujillo,
Ed. El Caribe, 1960.
Tomo II.indb 231 08/12/2009 08:28:29 a.m.
232 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Como ya hemos analizado en La ideología rota,
12
este pen-
samiento adoptado por la intelectualidad de la postdictadura,
justifica bajo otros motivos y estrategias dicha práctica discursiva.
Vamos a referirnos luego a la continuidad del pensamiento tru-
jillista en autores que, como Joaquín Balaguer, prohíjan intelec-
tuales que en la década de los 90 asumen, bajo la misma retórica
formalizada, el neototalitarismo trujillista en el contexto de la
postdictadura.
La tragedia histórica del pensamiento dominicano en el si-
glo XX es la tragedia de su traición de conciencia y la incapacidad
de advertir que, aún hoy, la problemática de nuestra identidad-
dominicanidad y de la afirmación de la nación dominicana en el
marco del nuevo orden internacional, está en discusión y debate.
Dicha problemática está lejos de ser elucidada o analizada en
términos de una crítica histórica y cultural seriamente abierta a
los pedimentos de la democracia dominicana.
12
Odalís G. Pérez, La Ideología rota. El derrumbe del pensamiento pseudonaciona-
lista dominicano, Santo Domingo, Ed. Manatí-CIAM, 2002.
Tomo II.indb 232 08/12/2009 08:28:29 a.m.
– 233 –
Antología de ensayos filosóficos
1

Luis O. Brea Franco
«Deudor es el hombre de su origen.
De él depende que la historia se repita en otra historia».
JOSÉ ENRIQUE GARCÍA, El fabulador.
2

Estética, Nihilismo e Identidad
Introito. La relación de la filosofía con las ciencias
La filosofía, que se originó como una creación propia y única
del pueblo helénico hace ya más de veinticinco siglos, es la ma-
triz de donde ha surgido la concepción de la ciencia, que ha
permeado, desde entonces, como ideal de conocimiento para
toda la cultura occidental, la cual, a su vez, ha marcado con su
expansión planetaria todo tipo de conocimiento, toda praxis y
toda historia.
Esto lo reafirmamos, de entrada, para situar el alcance de la
presencia histórica de la filosofía en nuestra cultura y resaltar su
1
Texto extraído del libro Preludios a la posmodernidad, de Luis O. Brea Franco,
pp. 43-88, noviembre de 2001. Escrito en 1995 como conferencia magistral
para ser leído el día 29 de marzo en una sesión de la Cátedra Magistral
de Arquitectura, Ing. José Ramón Báez López-Pehna, en la Universidad
Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Una versión preliminar del
texto se publicó en la revista de arquitectura, Archivos de Arquitectura Anti-
llana, en enero de 1997.
2
José Enrique García, El fabulador y otros poemas, Madrid, Ediciones de Cul-
tura Hispánica, 1989.
Tomo II.indb 233 08/12/2009 08:28:29 a.m.
234 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
implícita complicación ideal en todo proceso de teorización y
práctica científicas.
En la actualidad, las ciencias se han desarrollado exuberante-
mente. Hacer ciencia, en nuestros días, significa explicar, mediante
un método rigurosamente formulado, un campo particular de
objetos. Para las ciencias, todo lo que se manifiesta con indepen-
dencia del método científico es inexistente o carece de impor-
tancia y valor.
Los éxitos crecientes de la ciencia moderna se deben pre-
ponderantemente al creciente proceso de su especialización. Sin
embargo, en tales condiciones de extrema división y subdivisión,
la unidad del saber científico no puede ser sino la pura yuxtapo-
sición de múltiples universos objetivos, separados radicalmente
los unos de los otros.
Pues, ¿qué relación parecen tener el universo de la física
cuántica y el que describe un antropólogo, un economista o un
lingüista? Esta situación ha dado lugar a que la unidad del saber,
que constituye el ideal de la ciencia desde la Ilustración, se vaya
estructurando de modo puramente casual e ingenuo, algo de lo
cual la ciencia siempre ha pretendido ser ajena.
Acontece que la unidad del saber se presenta como la uni-
ficación aleatoria de las diversas y heterogéneas especialidades,
lo que produciría, como hemos señalado, que dicha unifica-
ción ocurra de modo improvisado y desorganizado; o bien, nos
proponemos sentarla sobre una auténtica articulación, esto, si
pretendiéramos ir más allá del mero amasijo de disciplinas que
se desarrollan separadas y contradictoriamente las unas frente a
las otras, y, al lado de las otras, sin aparente nexo o conexión, sin
aparente relación de continuidad entre ellas.
Si nuestra ciencia no pretendiera alcanzar una articulación
racional y fundamentada del saber, se destruiría la pretensión
primera y el ideal del saber científico que es, precisamente,
poder explicar el mundo en su totalidad de una manera ordena-
da, metódica, siguiendo sus múltiples facetas y sentidos, dando
razón de sus diferentes planos, estructuras, dimensiones y posi-
bilidades.
Sin embargo, para plantearnos el problema de la auténtica
unidad del saber científico, tendríamos que ir más allá del mero
Tomo II.indb 234 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 235
quehacer científico inmediato; tendríamos, en primer lugar,
que trascender la práctica investigativa. Se haría necesario plan-
tearnos, en otra dimensión, cuál sería el sentido de la ciencia, y
lograr por esta vía una transformación que tenga, a su vez, una
profunda incidencia en los planteamientos metodológicos de las
ciencias. ¿Quiénes podrían hacer esto?
Considero que tales desarrollos sólo se alcanzarían a través
de un trabajo mancomunado e intenso de investigadores y filóso-
fos. Hasta que no alcancemos conciencia todos nosotros, los que
nos dedicamos a su ejercicio y cultivo, científicos y filósofos, de la
necesidad de edificar caminos que posibiliten la unificación del
saber científico y, efectivamente, trabajemos todos, con decisión,
para lograrlo; tal unificación será palabra hueca, que se nos pre-
sentará con las características nebulosas de un sueño.
En 1929, el filósofo alemán Martin Heidegger elaboró
una conferencia titulada: ¿Qué es metafísica? En ella enuncia
la famosa expresión polémica: «La ciencia no piensa», la cual
provocó una reacción de gran desconcierto y estupor cuando
fue pronunciada. El escenario en que se situaba Heidegger para
formular tal afirmación, lo definía al inicio de la mencionada
disertación:
Nuestra existencia –en la comunidad de investigadores, maes-
tros y discípulos– está determinada por la ciencia. ¿Qué acon-
tece de esencial en el fondo de la existencia (Dasein) cuando
la ciencia se ha transformado en nuestra pasión? Los dominios
de las ciencias están muy distantes entre sí. El modo de tratar
sus objetos es radicalmente diverso. Esta dispersa multiplici-
dad de disciplinas se mantiene, todavía, unida gracias tan sólo
a la organización técnica de las universidades y facultades, y
conserva una significación para la finalidad práctica de las es-
pecialidades. En cambio, el enraizamiento de las ciencias en su
fundamento esencial se ha perdido por completo.
3
¿Qué pretendía señalar el citado pensador más allá de toda
polémica momentánea cuando afirmaba que «la ciencia no
3
Martín Heidegger, ¿Qué es metafísica?, Buenos Aires, trad. esp. por Xavier
Zubiri, Editorial Siglo Veinte, 1974, p. 40.
Tomo II.indb 235 08/12/2009 08:28:29 a.m.
236 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
piensa»? A nuestro juicio, intentaba expresar, de un modo muy
abreviado, que la ciencia no se mueve en la dilatada dimensión
de la filosofía; y, al mismo tiempo, destacaba que la ciencia nece-
sita de aquella, de la filosofía, para poder ser ciencia como tal.
La ciencia, en sí misma, no puede decidir qué es el movi-
miento, qué es el tiempo, qué es el espacio, qué es el número, etc.
La ciencia no puede pensar, ni decidir con sus métodos, sobre
sus fundamentos. Esta decisión se cumple en otra dimensión, en
una dimensión que se otorga sólo en la filosofía.
El nivel de desarrollo de una ciencia se puede determinar
por su capacidad para experimentar una crisis filosófica de sus
conceptos fundamentales. Recuérdense los grandes cambios y
avances alcanzados en las ciencias más rigurosas y respetadas
durante todo el siglo XX, gracias, precisamente, a estas crisis
planteadas en sus fundamentos; piénsese en las matemáticas, en
las ciencias físicas, en la biología, en la economía, en las ciencias
históricas. Ha sido allí, en tales procesos de renovada fundamen-
tación, donde dichas ciencias han logrado redefinir una radical
vinculación metodológica con su objeto, y también ha sido des-
de tal redefinición de donde han podido alcanzar una nueva
rigurosidad que les ha permitido hacer grandes avances hacia
más coherentes desarrollos.
Para que pueda haber ciencia, en un sentido auténtico, debe
darse siempre un doble movimiento. Primero, tendríamos que
cumplir un camino que va desde la formulación de hipótesis
explicativas sobre el comportamiento de un campo objetivo es-
pecífico, para luego aplicar un método científico pertinente al
campo objetivo determinado, y extraer implicaciones concretas
de los planteamientos teóricos mediante comprobaciones obte-
nidas en laboratorios, en la experimentación, siguiendo, para
todo ello, las estrictas regulaciones definidas en la metodología.
Con posterioridad, sería necesario realizar otro movimien-
to, cumplir otro impulso que conllevaría realizar un cambio de
dirección. Entonces, habría que pasar a decontruir los resulta-
dos alcanzados, proceder a la descomposición y al desmonte
conceptual de los presupuestos constitutivos de los campos ob-
jetivos, de las hipótesis y de los procedimientos metodológicos
Tomo II.indb 236 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 237
que han sustentado el proceso investigativo con miras a edificar
sobre terreno firme y de manera rigurosa todos los conceptos,
los principales y los derivados que constituyen tal ciencia. Hacia
esta segunda dirección se orienta la instancia filosófica necesaria
para el cumplimiento pleno de la fundamentación de la ciencia
como tal.
Basten estas breves palabras para reafirmar nuestra posición
en torno a la imprescindible e indisoluble complicación de la
filosofía y la ciencia para poder aspirar a la consecución de un
saber objetivo, metódicamente controlado y verificable, funda-
mentado y riguroso, sobre el universo. Esta relación indisoluble
constituye el ideal irrenunciable de la ciencia helénica, de la
episteme, que está en la base, lo repito, de la cultura occidental
y de nuestra ciencia.
Estética
En el presente ensayo intentaremos, desde la determinación del
cometido histórico de la estética como disciplina filosófica, en-
focar el problema de la esencia de la obra de arte, su significado
para nuestro tiempo y sus implicaciones para la identidad de los
seres humanos y de los pueblos; realizado todo ello desde una
perspectiva teórico-conceptual, como corresponde a una orien-
tación filosófica.
Las meditaciones sobre lo bello y el arte son tan antiguas
como la filosofía misma. En cambio, la estética, que intenta siste-
matizar tales meditaciones y construir un entramado conceptual
para explicarlos, constituye una de las disciplinas filosóficas más
recientes. En efecto, fue a mediados del siglo XVIII cuando logró
su constitución plena y su estatus como disciplina filosófica au-
tónoma.
El término estética no surgió sino hasta 1750, cuando fue
creado por la pluma del filósofo alemán Alexander Baumgarten
(1714-1762); y, aun, en aquel entonces, sólo sirvió para dar sentido
a una «teoría de la sensibilidad», de acuerdo con la etimología del
vocablo griego, aisthesis, que se refiere al dominio de lo sensorial,
al campo de los sentidos.
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238 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La nueva disciplina alcanzó gran popularidad, a partir de ta-
les inicios, mediante los canales de difusión peculiares de aquella
época: las revistas, los salones y la ensayística.
No tardó mucho en ganar adeptos entre los filósofos más
eminentes. Así, Emmanuel Kant (1724-1804) en su tercera
«crítica», la Crítica del Juicio, confirmó que ya en su tiempo la
nueva disciplina había ganado gran relevancia en lo relativo a las
investigaciones sistemáticas concernientes a los problemas de la
belleza y del arte.
En el siglo XIX, en Alemania, Schiller (1759-1805) se ocupó
de cuestiones estéticas, y asimismo Fichte (1762-1814) y Schelling
(1775-1854). Empero, fue sobre todo el maestro por excelencia
de Alemania, Jorge Guillermo Federico Hegel (1770-1831),
quien a través de sus memorables Lecciones de Estética, dictadas
desde el ejercicio de su cátedra magisterial en la Universidad de
Berlín –editadas y publicadas póstumamente por fieles discípu-
los sobre la base de sus notas de clases y a los esquemas dejados
por el propio Hegel–, la consagró definitivamente en el parnaso
filosófico.
También filosofaron sobre temas estéticos, precisamente,
oponiéndose a Hegel, Arthur Schopenhauer (1788-1860), Fe-
derico Nietzsche (1844-1900), Carlos Marx (1818-1883), y aun
Sigmund Freud (1856-1939) trató sobre ella, desde una óptica
que pretendía superar la filosófica.
El interés por los problemas estéticos se acrecentó en el
decurso del siglo xx. Como ejemplo, de Francia, citaremos los
nombres de Henri Focillon (1881-1934), Henri Bergson (1859-
1941), Paul Valery (1871-1945), Mikel Dufrenne, y los filósofos
existencialistas, tales como: Gabriel Marcel (1889-1973), Jean
Paul Sartre (1905-1980), Albert Camus (1913-1960) y Georges
Bataille, hasta llegar a los diferentes pensadores posmodernos,
fenomenólogos y de otras orientaciones.
En Italia la lista de sus estudiosos es extensa; está presidida
por Benedetto Croce (1866-1952) y abarca a pensadores contem-
poráneos de fama mundial de la talla de Luigi Pareyson (1918-
1991), Dino Formaggio (1914-2008) y Umberto Eco (1932). La
Tomo II.indb 238 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 239
nómina de sus cultores sería interminable si detalláramos los
demás países. Por ello aquí nos detenemos en este recuento.
El tema de la estética se refiere a los saberes difusos sobre la
belleza, el arte y sus manifestaciones, los cuales, repito, admiten
una historia milenaria diseminada en la reflexión filosófica y
teológica que se ha venido tejiendo en Occidente desde la anti-
güedad griega.
Mas, el Siglo de las Luces representa el momento decisivo para
su formación, no sólo a causa de que se elaboran categorías nue-
vas en el juego interpretativo del arte y de las obras, sino, sobre
todo, gracias a la manera original de articular las anteriores vi-
siones con las nuevas que se van elaborando hasta conferirles un
estatus teórico y disciplinario nunca antes logrado. La estética
conquistó su autonomía como disciplina ilustrada.
La Ilustración pretendía, en sentido amplio, promover la
educación, la formación y el desarrollo plural de cada persona y
del género humano en su conjunto y, por otro lado, identificarse
con el ejercicio de los nuevos poderes reconocidos a la razón
humana.
Aspiraba, además, a esclarecer e iluminar racionalmente en
todas direcciones. Ahora bien, no sólo aspiraba a este esclareci-
miento, sino que promovía, en la práctica, un proceso histórico
de emancipación global del hombre, el cual se iba constituyendo
paralelamente a la toma de conciencia que se producía en el ser
humano, en ese momento, de ser un sujeto autónomo, autosu-
ficiente.
La estética, en su nacimiento, estaba comprometida con la
puesta en marcha de este proceso liberador y no tardaría mucho
en pretender transformarse en una teoría universal que, desde
una reinterpretación del ser del arte y la creatividad, aspiraría
a asumir la dirección del proceso de liberación humana con el
rango de disciplina filosófica suprema.
Desde su origen ilustrado, la estética sólo ha reconocido dos
guías: la razón y la experiencia. Entendía como su tarea histórica
abrir caminos para reconciliar tales posibilidades primordiales
de la condición humana.
Tomo II.indb 239 08/12/2009 08:28:29 a.m.
240 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Por un lado, el instinto, los sentimientos, las emociones, el
cuerpo, y, por el otro, las necesarias leyes de la razón y de la co-
herencia racional que permitirían a la humanidad convivir como
totalidad articulada, armónica.
La estética participa de la visión utópica de la Ilustración, a
través de la puesta en marcha de una praxis, mediante la cual la
razón, centrada en sus objetivos prácticos, procuraría alcanzar la
felicidad humana por medio del reencuentro de la cabeza y el
corazón humanos en el centro de la dimensión estética, reunien-
do así de manera concreta sensibilidad e intelecto.
La estética, durante toda la historia de la modernidad, ha
sido fiel a esta relación originaria con la utopía con miras a la
realización de lo estético y lo artístico en la historia.
Si bien ha oscilado entre dos visiones: una que aspira a la
universalización de lo estético a través del predominio de la sen-
sibilidad y la intuición, postula la posibilidad de la liberación hu-
mana mediante el triunfo de la dimensión estética del hombre y
confía en que le será posible superar los obstáculos con los que
tropieza, el intento histórico del poder establecido de hacer pre-
valer la razón abstracta, calculadora, cientificista e instrumental;
y otra, pesimista, convencida de que la edificación de la utopía se
estrellará contra las fuerzas oscuras que manejan la historia, de
lo inconsciente y represivo.
Con la presentación de estas determinaciones cerramos la
introducción sobre el contexto histórico en que habríamos de
situar su origen como disciplina filosófica. Pasaremos ahora a
tratar, desde ella misma, lo relativo a su método y objeto.
La estética trata sobre el arte. Y enseguida nos preguntamos:
¿Qué es el arte? Sin embargo, ¿a qué o a quién deberíamos pre-
guntar en torno a la esencia del arte? Podríamos cuestionar al
artista, que es el sujeto creador de las obras de arte.
Empero, acontece que el artista, como ocurre muy a me-
nudo, no sepa para nada definir el arte y que, más bien, nos
invite a considerar la obra para que determinemos, nosotros, los
filósofos y los críticos, la esencia de su arte, y, en consecuencia,
la del arte.
Tomo II.indb 240 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 241
El artista es la fuente de la obra y ésta, a su vez, es la fuente
del artista. El hablar de alguien como artista porque «tiene talen-
to» carece de sentido, pues, ¿cómo podríamos verificar algo tan
indefinido como el talento? Un hombre se transforma en artista
al crear una obra. El maestro se explica en la obra y, únicamente,
a través de ella.
En nuestra investigación nos damos cuenta de que nos en-
contramos en un círculo. El artista se explica por la obra y la
obra por el maestro. ¿A quién interpelar? ¿Al arte? Empero, ¿no
es éste sólo una representación indeterminada de lo que es úni-
camente concreto, a saber, el artista y la obra?
En la estética se utiliza el método circular, basado en el
testimonio que nos brinda la experiencia de que, en el ámbito
creador, la relación que guía la actividad humana no es la del es-
quema «causa-efecto», esquema de tipo lineal, monodireccional,
sino la relación intra-referencial de «apelación-respuesta».
Para conocer los actos y procesos que responden a una
trabazón intra-referencial, no basta con estudiar sucesivamente
las diversas fases que integran el proceso. Hay que tener ante la
vista, en alguna medida, el bloque, la trama constelacional que
conforman estas fases, y, consecuentemente, necesitamos abrir-
nos a su intrínseca, recíproca respectividad, a su íntima conexión
estructural.
Dicho en otras palabras, el método de la estética, y el que
nosotros hacemos nuestro en este ensayo, consiste en tener siem-
pre, ante nosotros, la totalidad plena del fenómeno estético para
desde él mismo aprehenderlo en su vibrante plenitud.
Cuando se estudia el fenómeno estético, es decisivo seguir-
lo en su propio terrero; plantearlo en su modo de presentarse
como una ambigüedad fecunda.
La captación de este género envolvente de realidades no se
obtiene adoptando una actitud meramente «espectacular», po-
niéndola ante nuestros ojos en un ejercicio de distanciamiento
signado por una actitud de indiferencia; aparece únicamente en
una vivencia comprometida en alcanzar un trato íntimo con el
fenómeno, que nos permita acercarnos, introducirnos en él y
comprender, desde dentro, la experiencia que intenta cifrar.
Tomo II.indb 241 08/12/2009 08:28:29 a.m.
242 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Esto es, la comprensión y la apertura del sentido de la obra
de arte debe actualizarse en un encuentro del ser humano inte-
gral con la realidad de la obra, vista en todo su poderío interior.
Este método, consideramos, se alcanza mediante el acatamiento
de tres reglas fundamentales: Dejar ser a la obra lo que ella es;
abrirnos a la manifestación de su realidad; escuchar, con aten-
ción y amor, lo que nos dice.
Asumido lo anterior, deberíamos ahora convenir que sea
cual sea la verdadera realidad del arte, este actúa en nosotros.
Aunque no sepamos cuál es su esencia, no podemos ignorar que
el arte se nos manifiesta. ¿Dónde se manifiesta? Se manifiesta en
la obra de arte.
Llegados a este punto, deberíamos preguntarnos: ¿Qué es
una obra de arte? Y al formularnos esta pregunta, deberíamos
prepararnos, cada uno de nosotros, trayendo a la imaginación
una obra de arte concreta.
Aquí, para facilitar la reflexión, he elegido cuatro géneros
de obras de arte tan conocidas, cada una de ellas, que tal vez
todos puedan actualizarlas en su imaginación: El Partenón del
Acrópolis de Atenas (448-437 a. C.), que representa la arquitec-
tura; el famoso cuadro de Vicent van Gogh, La silla (1888) por la
plástica; el no menos conocido Concierto para clarinete (bajo) en la
mayor, Kv. 622, (1791), de Mozart, como imagen de la música; y,
el Cántico Espiritual, de San Juan de la Cruz (1577), que aquí nos
habla del ser de la poesía. Cuando me refiera a la obra de arte,
estaremos pensando siempre en una de ellas en particular, pero
lo dicho será aplicable a cada una de ellas por igual.
A continuación procederemos a exponer el sentido y la esen-
cialidad de la obra de arte. Para ello nos serviremos, como hilo
conductor metodológico, de algunos aspectos del hoy ya clásico
análisis fenomenológico de la obra de arte elaborado por Martin
Heidegger en su ensayo El origen de la obra de arte.
4
Situémonos ante una obra de arte. Ante todo, una obra de
arte es algo material. Toda obra de arte se basa en lo material,
4
Martín Heidegger, L’origine de l’œuvre d’art, en Chemins qui ne ménent nulle
part, París, Gallimard, 1962, pp. 13-98.
Tomo II.indb 242 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 243
existe en cuanto es cosa. El edificio se funda en las columnas y
arquitrabes. El cuadro cuelga en la pared como cuelga al sol la
ropa. La partitura del concierto, los poemas, pueden ser almace-
nados en el sótano de la casa editora como se almacena el azúcar
en los depósitos de un ingenio. Además, cuentan de piedras, de
colores, de sonido, de manchas de tintas, de palabras, que son
materia, cosas materiales.
La estética contemporánea valora mucho la importancia del
trabajo sobre, con y en la materia. Empero, esto no es un des-
cubrimiento nuevo, ya Miguel Ángel (1475-1564), en el Renaci-
miento, mantenía que la escultura estaba virtualmente contenida
en el bloque de piedra original. Es más, en un soneto, sugería
que la primera fuente de inspiración del artista es la materia, y
la tarea del artista consistiría en saber conversar adecuadamente
con ella.
Algunos pensadores contemporáneos
5
han llegado a afirmar
que toda obra verdaderamente grande brota sólo desde un in-
tenso diálogo con la materia, en el cual emergen hasta nuestra
sensibilidad, desde ella misma, desde sus oscuras profundidades,
nuevas presencias sobre las que podemos ejercitar nuestra acción
reveladora, modificadora, creadora.
Así, el artista, en su labor creativa, afinaría un encuentro,
un diálogo inconsciente entre el propio cuerpo y su sensibilidad
con la materia a que se entrega e intenta moldear y abrir.
Trabajar, pensar, producir desde el propio cuerpo y la propia
sensibilidad constituiría la posibilidad originaria de donde brota-
ría, en comunión con la materia, toda forma y toda organización
formal sensible, y por ende, toda obra de arte.
Ahora, si aceptamos la constatación de la materialidad cons-
titutiva de la obra de arte, podríamos decir, para resumir, que
toda obra de arte es inmediatamente una cosa.
Sin embargo, enseguida debemos aclarar que no todo lo que
acontece en una obra de arte termina ahí. Hay en ella algo más.
Hay «un no sé qué que queda balbuciendo», como expresa el
5
Luigi Pareyson, Estética: Teoria della formatività, Bologna, Zanichelli, 1960,
cap. IV.
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244 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
magnífico verso de San Juan de la Cruz, y que tan sólo llegan a
intuir aquellos que son capaces de penetrar su misterio.
La obra de arte nos introduce en un mundo nuevo. Nos ha-
bla de algo diferente a su inmediata materialidad; se refiere a
una realidad absolutamente distinta: toda obra de arte es funda-
mentalmente metáfora
6
y como tal nos transporta, nos lleva más
allá de donde estamos situados. Nos hace trascender: nos arroba
y suspende fuera de toda inmediata realidad.
Igualmente se podría decir que toda obra de arte es inmedia-
tamente alegoría. Alegoría es un término que en griego se dice
en dos palabras: allo agoreyei, la primera se traduce como «otro»,
y «hablar, clamar, llamar» es el significado de la segunda. Unidas
significarían: «hablar de lo otro», «clamar por lo otro».
Decir que la obra de arte es alegoría indica que ella nos ha-
bla, nos llama, reclama nuestra atención; la obra constituye un
llamado a prestar atención a algo que está más allá de nuestro
mundo inmediato y cotidiano. La obra señala siempre hacia
cierto rebasamiento o trascendencia de lo que nos es inmediata-
mente dado.
7
También podríamos decir que en la cosa que es la obra y a
través de ella, algo se nos hace más próximo, algo que es más
que cosa. Ahora bien, acercar, facilitar el encuentro, poner en
relación, es el significado del término griego symballein, que tra-
ducimos con la palabra símbolo. La obra de arte se nos revelaría
como símbolo.
La obra de arte, en una primera aproximación, sería alegoría
y símbolo: metáfora.
La tarea que nos hemos propuesto es alcanzar la realidad
plena de la obra de arte con el objeto de captar, mediante su
análisis, la esencia del propio arte: cómo se revela, cómo es.
Para ello, el camino por seguir nos conduce a la cosa que
es inmediatamente la obra, para desde allí determinar qué es la
obra como tal. Para iniciarlo deberíamos cuestionarnos: ¿qué es
la cosa? ¿Cuál es la esencia de la cosa?
6
Cf. Corominas, Diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, Gre-
dos, 1974, I, p. 106; II, p. 138; III, pp. 360, 870 y ss.
7
Ibídem.
Tomo II.indb 244 08/12/2009 08:28:29 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 245
Éste es un camino largo. Por razones de oportunidad trataré
de abreviarlo. Me limitaré, en consecuencia, sólo a lo necesario
para hacerlo medianamente inteligible, dejando de tocar toda
una serie de asuntos técnicos de interés sólo para el filósofo.
En filosofía se denomina cosa a todo cuanto es. Cosa es todo
cuanto es algo, no importa el grado de su realidad.
A la cosa, en la filosofía tradicional, se le denomina ente.
Y como se puede intuir, este es un concepto extensísimo. Son
entes o cosas: el agua que contiene una copa, la copa misma, el
mar y el sol, la gaviota que vuela sobre el mar, las nubes del cielo,
la silla donde reposo, la edificación en que nos encontramos, el
árbol que da frutos y sombra, la melodía que escucho, etcétera.
Pero no sólo esto; en la filosofía, también, aunque nos pa-
rezca inadecuado, a Dios mismo se le ha considerado una cosa
o ente, precisamente, el Entísimo (de aristotélica memoria); y,
asimismo, lo es el mundo, que es algo impalpable.
Desde este punto de vista, la obra de arte es una cosa en
cuanto es ente, en cuanto es algo.
Sin embargo, generalmente, llamamos cosa a los objetos
inanimados y a los fabricados por nosotros para nuestro uso. Así,
designamos propiamente como cosas una piedra, un trozo de
madera, un reloj, una silla, los zapatos. Excluimos del orden de
las cosas a los seres vivos: el pez, la gaviota, el árbol, las hormigas,
el caballo, y tampoco a los seres humanos los consideramos
cosas. Pero sí lo serían los vegetales, las carnes y los cereales que
ingerimos para alimentarnos. En lo adelante, entenderemos
como cosas a los objetos inanimados y a los que producimos para
nuestro uso, los utensilios, los útiles.
Nuestro asunto sería, ahora, determinar la esencia de esas
cosas. Esto lo hacemos con la finalidad de indagar la realidad de
la obra de arte que en su base es una cosa.
En la historia de la filosofía se han elaborado tres interpre-
taciones clásicas de lo que es la cosa. La cosa ha sido explicada:
a) como soporte de las propiedades, b) como unidad de una
pluralidad de sensaciones y c) como materia informada. A conti-
nuación nos referiremos sucintamente a estas interpretaciones.
Tomo II.indb 245 08/12/2009 08:28:29 a.m.
246 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La primera teoría explica la cosa como el soporte de las pro-
piedades. ¿Qué significa esto? Tomemos una piedra en nuestra
imaginación para comprender mejor.
Comprobamos que una piedra es consistente, dura, compac-
ta, de contorno irregular, pesada, de ciertas dimensiones, etc.
Tales son sus propiedades. La cosa no aparece, sólo captamos
sus propiedades.
La cosa vendría a ser el supuesto núcleo en torno al cual se
adhieren las propiedades. En esta interpretación, al núcleo se lo
configura como una especie de centro mágico. Esta concepción
de la cosa fue elaborada entre los griegos. Ellos la consideraban
como la articulación de una substancia (el núcleo), y de múlti-
ples modificaciones de ésta, los accidentes. A través de nuestra
comprensión del lenguaje, que heredamos igualmente de los
antiguos griegos, mantenemos en vigencia esta manera de ver
las cosas. El esquema substancia-accidente como sentido de la
construcción de la cosa, corresponde al esquema sujeto-atributo,
esto es, al esquema de construcción de la proposición, que es
el eje de toda la construcción de la lógica y, por ende, de todo
pensamiento y de toda aprehensión cognocitivo-racional de las
cosas.
No podemos, ahora, profundizar en esta experiencia funda-
mental del ser del ente elaborada por los griegos. Nos basta con
señalar que por medio del esquema que analizamos, no podemos
distinguir los entes que existen como pura cosa de los demás, es
decir, de los animados. Este esquema vale para definir la esencia
no sólo de la piedra o del martillo, sino también para definir la
esencia del vegetal, del animal, del ser humano..., en fin, de todo
lo que es.
La siguiente interpretación histórica de la cosa proviene de
Enmanuel Kant (1724-1804). Describe la cosa como unidad de
una multiplicidad de impresiones sensoriales.
La cosa actúa en nosotros, opera sobre nuestro cuerpo, se
presenta a nuestros sentidos y, a través de ellos, tiene formas y
cualidades: es dura, huele, emite sonidos, etcétera.
Su ser llega a nosotros por mediación de los sentidos, la cap-
tamos en nuestra percepción o sensibilidad (aisthesis).
Tomo II.indb 246 08/12/2009 08:28:30 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 247
Sin embargo, como la cosa nos viene dada en varios sentidos
al mismo tiempo y sigue siendo la misma para nosotros, colegi-
mos de esto que su esencia radica en esa unidad que captamos
en la pluralidad y variedad de las percepciones sensoriales.
Tomemos ahora, nuevamente, la piedra imaginaria, y en la
mente –cada uno de nosotros– hagamos el ejercicio de percibirla
sensorialmente. La piedra será la totalidad de todas las percep-
ciones. Sin embargo, si prestamos atención a nuestra experiencia
inmediata, aprehendemos que la piedra no consiste simplemente
en un orden puesto por nosotros a nuestras sensaciones. La pie-
dra está ahí en medio, fuera de nosotros. Tiene una consistencia
que se nos impone. La piedra no es fruto de una abstracción de
nuestra capacidad perceptiva. Por ello, dada la evidente limita-
ción de esta teoría con respecto al modo concreto de imponerse
la presencia de la cosa en nosotros, comprendemos que ella no
nos ayuda a desentrañar lo que buscamos.
Pasemos, ahora, a considerar la tercera idea en torno a la
esencia de la cosa. Es la que la concibe como un compuesto de
materia y forma. Es de cosecha aristotélica. Afirma que cada cosa
está dotada de cierta consistencia, de una coherencia interna. A
través de ello, de lo que es constante y, en cierto modo, esencial,
se manifiestan sus propiedades sensibles: el color, el sonido, la
dureza, la masa, etc. Esto constituye la materialidad de la cosa.
Ahora bien, en esa materia está ya incluida, como acabamos de
decir, una constancia, una forma. Toda materia tiene siempre
unida una forma. Así, la cosa sería materia y forma o materia
dotada de una forma.
Precisamente, este par de nociones, materia y forma, se ha
aplicado siempre en toda estética como nociones que le perte-
necen. Se ha interpretado que, en el terreno de la obra de arte,
la forma natural cede su lugar a la forma artística. Parecería que
hemos dado con lo que buscábamos. Pero antes de contentarnos
con esta teoría y cantar victoria, nos cuestionamos sobre el ori-
gen de estas nociones. Mientras lo hacemos, no debemos olvidar
que el universo de las cosas lo hemos descrito como el conjunto
de los objetos inanimados y de los objetos de uso o utensilios.
Tenemos, pues, tres tipos de cosas: las puras cosas brutas de la
naturaleza, los utensilios y las obras de arte.
Tomo II.indb 247 08/12/2009 08:28:30 a.m.
248 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Para continuar con nuestro análisis, nos formulamos la pre-
gunta planteada: ¿De dónde trae su origen el complejo de nocio-
nes materia-forma: de las puras cosas, de los útiles o utensilios, o,
tal vez, de las obras de arte?
Volvamos nuestra mirada a la piedra que tenemos en la imagi-
nación como representación de la pura cosa y nos cuestionamos
¿qué es en ella la forma? Podríamos inmediatamente responder
que ésta consiste en la «repartición espacial de la materia en un
contorno, en la disposición de la espacialidad local del contor-
no», y es, desde ahí, de donde surge su volumen y la ordenación
de las partes de la materia en ella, su forma.
Pongamos ahora nuestra atención en un utensilio. Anterior-
mente mencionábamos una silla. Pensemos en una silla común
de paja y madera. Una común silla campesina.
Aquí la forma no está dominada por la materia, como sucede
en la cosa bruta, sino que es la forma la que determina la ordena-
ción, la cualidad y el tipo de materia que se utiliza. Imaginemos,
para hacer esta idea aún más clara, un martillo. La forma del
martillo determinará el tipo de materia que se ha de utilizar en
su confección y su cualidad.
Pero debemos enseguida agregar que, en el caso del utensi-
lio, la forma no es la intención que sirve de modelo en el curso
de su ejecución. La finalidad que domina la producción de un
utensilio consiste en que éste sirva para cumplir una tarea deter-
minada.
La finalidad de su producción es que éste pueda cumplir de
la manera más apropiada su facultad de servir para algo: cumplir
con su servilidad. El producto de la conjunción de materia y for-
ma, en este caso, lo fabricado, lo producido como instrumento,
tiene como fin servir para algo. Por esta razón, el instrumento
es siempre dependiente; carece, por su esencial servilidad, de
autonomía. La forma del instrumento depende del fin al cual se
le destina.
Pasemos ahora a considerar una obra de arte. La disposición
de la materia y de la forma es fruto de una tensión inédita, rea-
lizada a través del diálogo del artista con la materia. En la obra
de arte la materia es llevada a un límite, en el cual materia y
Tomo II.indb 248 08/12/2009 08:28:30 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 249
forma aparecen hermanadas en un fulgurante abrazo insepa-
rable, en él se donan mutuamente la una a la otra de manera
imprescindible. Es en tal mutua donación que, en una obra de
arte auténtica, se ofrecen la materia y la forma; ambas descansan
en este recíproco apropiarse la una de la otra. En este caso, ni la
forma ni la materia dependen de nada que les sea externo, como
vimos sucede con los utensilios, para los cuales la finalidad de
servir-para es determinante. En la obra de arte se da algo más.
La relación de materia y forma da lugar a un más, a una
plusvalía que no es explicable mediante el análisis de sus compo-
nentes. En la obra de arte la co-apropiación de forma y materia
da origen a una apertura a algo otro, lo cual no está fuera de la
obra sino que se revela en ella y sólo a través de ella.
Decimos que en la obra de arte se articula una relación ínti-
ma, autosuficiente, de materia y forma, pero esta conjunción no
explica per se la esencia de la obra, pues ésta se revela siempre
desde ella misma como ser más allá de ella misma.
Por todo esto, podemos colegir que las nociones de forma
y materia definen fundamental y originariamente la esencia del
instrumento y no la de la obra ni la de la pura cosa.
Estas nociones, sin embargo, como señalábamos anterior-
mente, se han considerado siempre como propias de la estética,
pero, como podemos ahora comprender, en realidad no dan
razón de la obra de arte en su esencia, sólo serían aplicables a
ella como una transformación y ampliación de su campo propio
de validez: el de la instrumentalidad del útil.
¿Por qué se ha producido esta extensión? Sobre ello podría-
mos postular dos razones. La primera es que se debe a que el
instrumento ocupa una posición intermedia entre la pura cosa y
la obra. El instrumento es algo más que una simple cosa bruta y
es, al mismo tiempo, algo menos que una obra de arte. Esto últi-
mo es así, en cuanto el instrumento, al igual que la obra, tiene la
huella de la intervención humana. Sin embargo, es menos que
ella, en tanto carece de la radical autonomía que, según hemos
descubierto, constituye una de las características esenciales de
toda obra de arte.
Tomo II.indb 249 08/12/2009 08:28:30 a.m.
250 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La segunda razón es mucho más compleja y es de orden
histórico-cultural. Sobre este tema trato a continuación.
Nihilismo
Nuestra cultura occidental se origina en Grecia, de donde trae
las ideas fundamentales. Sin embargo, la carga relativa con que
hemos reinterpretado tales nociones proviene del cristianismo.
Y cuando hablo de cristianismo no me refiero a la doctrina
evangélica predicada por Jesús de Nazareth, sino a la institución
histórica que ha moldeado a Occidente, al traducir y adaptar la
cultura griega a una nueva sensibilidad y a una diferente expe-
riencia de la vida y de la realidad.
Para el cristianismo, como institución histórico-cultural, la
realidad tiene una vinculación clara, establecida, con Dios.
Dios es, para esta interpretación del mundo, fundamental-
mente creador. Crea el mundo para que pudiera realizarse el fin
de la Salvación. Todas las cosas están dirigidas al cumplimiento
de esta finalidad. Las que no se conforman con ella nos apare-
cen, desde esta perspectiva, como cosas mancadas, defectuosas,
disminuidas.
Todo cuanto es considerado desde el cristianismo, actúa
como instrumento del Plan Divino misericordioso que es la Sal-
vación Eterna. Es desde tal concepción de donde trae origen la
visión instrumentalista de la realidad.
Así como Dios ha creado el mundo, el artesano crea utensi-
lios, y el artista, obras. Cada cosa, por estar subordinada al acto
de su creación, para poder alcanzar su plenitud depende de que
pueda cumplir el fin para el cual fue creada. Por esto, para poder
alcanzar su plenitud, su acabamiento, debe ser fiel a los fines o
propósitos de su creador.
Llegados aquí, se hace necesaria una breve digresión que nos
permitirá introducir algunos conceptos necesarios para comple-
tar nuestro análisis, a fin de que podamos mostrar cómo se mani-
fiesta, entre los humanos de las postrimerías del segundo milenio
de la era cristiana, la visión instrumentalista de la realidad que
nace y reposa en la dialéctica cristiana de la creación-salvación,
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Filosofía dominicana: pasado y presente 251
que roza y marca a toda la cultura occidental, extendida hoy ava-
salladoramente a todos los ámbitos del planeta.
En el siglo pasado vivió y pensó radicalmente, desde Europa,
Federico Nietzsche (1844-1900). Sus ideas no tuvieron mucha
incidencia en su época, pero en el siglo XX, que estamos al des-
pedir, su pensamiento ha tenido una influencia decisiva. Sus
ideas fueron manipuladas y utilizadas para intentar justificar
ese ensayo general del infierno que fue la Alemania nazi. Sus
concepciones han influenciado a pensadores, a quienes les ha
preocupado el sentido de la existencia, tales como: Karl Jaspers
(1883-1969); Martin Heidegger (1889-1976); Jean Paul Sartre
(1905-1980); George Bataille (1897-1962), y a pensadores más
cercanos a nosotros como Gille Deleuze (1925-1995) y Jacques
Derrida (1930).
Nietzsche estaba convencido del poder de las ideas. Por ello
creía que:
Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad.
Pensamientos que caminan con pies de paloma dirigen el
mundo.
8
Pues bien, traigo a Nietzsche a colación porque este pensador,
en los últimos tiempos de su lucidez, previó la llegada del nihilis-
mo como nota dominante del desarrollo de la cultura occidental
durante los próximos dos siglos. ¿Qué ha de entenderse bajo
esta palabra? Nihil es término latino que se suele traducir como
«nada», y el sufijo «ismo», por doctrina o concepción. Entonces
el nihilismo sería la doctrina que postula como principio de todo
a la nada. Extraña teoría, se dirá, pues creemos saber que la nada
nada es y de la nada nada se origina. Para saber lo que entiende
Nietzsche en este sentido, sólo tenemos que decidirnos a leerlo
y a meditarlo:
¿Qué significa el Nihilismo?: que los valores supremos (de
la cultura) pierden validez. Falta la meta; falta la respuesta
8
Federico Nietzsche, Así habló Zaratustra, segunda parte: La más silenciosa de
todas las horas, Madrid, Alianza Editorial, 1972, p. 214.
Tomo II.indb 251 08/12/2009 08:28:30 a.m.
252 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
al porqué,
9
y agrega, «El Nihilismo es el rechazo radical del
valor, el sentido y el deseo».
10
Nos dice que, con su llegada,
toda nuestra cultura europea se agita ya, desde hace tiempo,
con una tensión torturadora, bajo una angustia que aumenta
de década en década, como si se encaminara a una catástrofe;
intranquila, violenta, atropellada, semejante a un torrente que
quiere llegar cuanto antes a su fin, que ya no reflexiona, que
teme reflexionar.
11
Estas palabras suyas, escritas hace más de un siglo, en 1887,
parecerían un retrato del atribulado y terrible siglo xx.
¿Cuál es, para Nietzsche, el signo de la llegada del «más
inquietante de todos los huéspedes»,
12
del nihilismo? Es la deca-
dencia del cristianismo como valor cultural. ¿Qué significa esto?
Significa que los hombres ya no contamos con el cristianismo
como el valor supremo, absoluto, de nuestras vidas. Significa que
el cristianismo pierde su eficacia histórica, que pierde su veraci-
dad como el valor cultural fundamental de la historia.
Para que se pueda comprender mejor esta última afirmación,
recurriré a un par de conceptos elaborados por Ortega y Gasset
(1883-1955) en una obra, publicada en 1940, titulada Ideas y
creencias.
13
Distingue Ortega entre
ideas con que nos encontramos –por eso las llamo ideas-ocu-
rrencia– e ideas en que nos encontramos que parecen estar ahí
ya antes de que nos ocupemos en pensar.
14

Las ideas en que nos encontramos son las creencias. Son las
ideas básicas, pues son las ideas que somos. Dice Ortega:
No hay vida humana que no esté desde luego constituida por
ciertas creencias básicas y, por decirlo así, montada sobre ellas.
9
Federico Nietzsche, La voluntad de poderío. Nihilismo, aforismo 2, Madrid,
Edaf, 1981, p. 33.
10
Ibídem, libro primero, aforismo No. 5, p. 31.
11
Ibídem, «Prefacio», aforismo No. 2, p. 29.
12
Ibídem, libro primero, aforismo No. 5, p. 31.
13
José Ortega y Gasset, Obras Completas, volumen V, Ideas y creencias, Madrid,
Rev. de Occidente, 1970, pp. 379 -408.
14
Ibídem, pp. 384 y ss.
Tomo II.indb 252 08/12/2009 08:28:30 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 253
Las creencias son las ideas que somos. Las ideas-ocurrencia,
por otro lado, son las que producimos, sostenemos, discutimos,
enseñamos, combatimos en su pro o en su contra y hasta so-
mos capaces de morir por ellas. Lo que no podemos es vivir de
ellas»; concluye diciendo que el hombre tiene ideas pero está
siempre apoyado en creencias básicas [...] En efecto, [agrega]
en la creencia se está, y la ocurrencia se tiene y se sostiene.
Pero la creencia es quien nos tiene y nos sostiene.
15
Pues bien, para Nietzsche, el nihilismo surge cuando la exis-
tencia del hombre occidental ha dejado de estar sustentada en
el cristianismo.
La cultura de Occidente ha iniciado su marcha hacia la su-
peración del cristianismo desde el final de la Edad Media. La
verdad del cristianismo, la creación del mundo por parte de Dios
y el plan de la Salvación, ya no es la creencia en que se sostiene
la vida actual.
Sin lugar a duda «discutimos, enseñamos y difundimos» el
cristianismo, pero este ya no es, para la mayoría de nosotros, sino
idea-ocurrencia, experiencia intelectual, no vida inmediata, vida
espontánea, creencia inmediata y radical.
Con el brotar del nihilismo se nubla el horizonte del mundo,
se desvaloriza la atmósfera espiritual de la época, se pierde el
sentido de lo trascendente. Se instala en el seno de la cultura,
como idea directiva, la opinión de que la organización técnica
y la producción que deriva de ella establecerán un nuevo orden
en el mundo.
Organización en latín viene de struo que significa poner a dis-
posición, esto es, armar, construir, fabricar, ordenar, habilitar.
La organización técnica del mundo consiste en un ordenar
y predisponer, provocador de la realidad, de acuerdo con planes
de utilización de todo por todo. La organización técnica es la
conjunción sin salida de la voluntad de poderío y de la técnica
que «racionaliza» la Tierra devastándola.
Este poner en orden propio de la voluntad de poderío, que
ha sustituido a la Voluntad Divina en la época de la instauración
15
Ibídem, p. 384.
Tomo II.indb 253 08/12/2009 08:28:30 a.m.
254 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
del nihilismo, mediante el cumplimiento de la organización
técnica del mundo, lo nivela todo en la uniformidad de la pro-
ducción y el consumo. Es la época del capitalismo tardío, de la
disolución del mundo en las redes de una globalización de flujos
abiertos confluyentes en una dirección circular.
Este proceso desarrolla, para justificar el terrible y salvaje sa-
queo a que despiadadamente somete a la totalidad del ente, una
pseudoteoría; inventa una nueva perspectiva casi religiosa: la del
dominio absoluto del mercado. Allí toda jerarquía y todo rango
vienen destruidos desde la misma raíz; se origina un proceso de
nivelación e uniformidad de la existencia y de las cosas.
La realidad se torna un mero campo de energías explotables,
condensables y dirigibles a cualquier sitio; listas, predispuestas,
para ejercer una dominación ilimitada sin objetivo último defini-
do, a menos que no sea el de garantizar la continuidad de la pura
circularidad de los procesos y de las redes del sistema.
Esta conexión de dominación y manejo de la realidad fun-
damenta una experiencia nueva del espacio: la espacialidad del
desarraigo: el abandono de todo suelo sobre el cual se pueda
plantar raíces para la vida y los sueños.
En lo temporal, el ente discurre atrapado en las redes de
la movilización total en una nueva atemporalidad absoluta: la
temporalidad se extasía en el monótono discurrir de una rutina
signada por la provisionalidad, intercambiabilidad y reversibili-
dad de los procesos en el marco de una planificación siempre
abierta, sin finalidad, sin telos.
Los humanos, en este panorama, nos movemos sobre un ho-
rizonte de tierra devastada. Se pierde la esencial relación de las
cosas con la Tierra; se hace olvidar e impide ejercer la capacidad
de habitar y edificar en el dominio de lo esencial: habitar en la
esencia de la propia tierra y en el dominio del propio tiempo.
Se deteriora el habitar y la morada del hombre en la Tierra, que
viene anulada y ocultada por las anónimas relaciones que dicta
la imperante voluntad de poderío.
La Tierra –que siempre fue esta tierra concreta, determi-
nada histórica y culturalmente como mi propia tierra, sustento
de nuestras raíces, tierra natal– se transforma en puro objeto
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Filosofía dominicana: pasado y presente 255
disponible, predispuesto al servicio del querer que se manifiesta
como el vertiginoso paroxismo del cálculo de meras consecuen-
cias concatenadas.
He intentado condensar en unas pocas proposiciones el tipo
de relación con el universo que rige desde la actitud técnica que
se despliega en esta fase del nihilismo:
a) La realidad se la percibe sólo en función de su posible domi-
nio y control.
b) Se instala un proceso de cuantificación de la naturaleza y de
la historia; mediante este proceso, el ideal de dominio, pre-
sente en todo momento en la actitud técnica, se transforma
en el único criterio adecuado para el manejo de la relación
que el conocimiento entabla con la realidad.
c) Todos los seres y objetos aparecen bajo el único aspecto de
su ser instrumental, i. e. como instrumentos y medios, como
si todo su ser se redujera a la característica de su utilizabili-
dad.
d) El humano mismo no escapa a esta visión dominadora; como
tal, viene objetivado y cosificado con miras a establecer su
efectivo control. Así, la existencia viene matematizada en
un doble sentido: por un lado, se instala el proyecto de una
cuantificación mensurable de su ser, reduciendo lo espiritual
a lo psíquico, y esto, a la bioquímica de los procesos orgáni-
cos elementales; por otro lado, se afinan las metodologías y
los sistemas más sofisticados de cuantificación del comporta-
miento para lograr una más completa utilización de las capa-
cidades humanas para los fines de explotación y dominio de
la realidad; el hombre se torna así en un recurso más entre
los disponibles, se torna en recurso humano.
En este horizonte, también la obra de arte pierde algunos
de sus atributos fundamentales, pierde el aura que emana de su
autenticidad y desaparece su constitutiva y esencial autonomía.
Walter Benjamin (1892-1940), sensible pensador marxista
alemán, amigo cercano, en las ideas y en las vivencias, del dra-
maturgo Bertold Brecht (1898-1956), en 1936, en un ensayo
Tomo II.indb 255 08/12/2009 08:28:30 a.m.
256 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
titulado La obra de arte en la época de su reproductividad técnica
16

definió el aura que emana toda obra de arte auténtica como «la
manifestación irrepetible de una lejanía que se manifiesta como
tal por muy cercana que pueda estar».
17
Pues bien, uno de los aspectos que constituye la aspiración
de la actual cultura de masas consiste en, dicho en las palabras
del propio Benjamin, «el desmoronamiento del aura» de la obra
de arte. Esto se realiza al
Acercar espacial y humanamente las cosas en una cotidianidad
que cancela su lejanía y elimina su propio lugar y, por otro lado,
se manifiesta con la tendencia a superar lo único mediante
su reproducción. Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar
su aura, es el signo de una percepción cuya sensibilidad para
lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso ahora por
medio de la reproducción mecánica pretende ganar terreno
frente a lo único, a lo irrepetible.
18
A través de la reproducción de la imagen de la obra de arte,
se trata de acreditar un nuevo producto, como si tuviera idéntico
carisma y autoridad que el original, que cuenta con el aquí y aho-
ra característicos de toda presencia irrepetible, y está insertado
en un contexto histórico-cultural y ritual determinado.
Lo mismo que acontece con la autenticidad ocurre con la
autonomía de la obra de arte. El arte se transforma en industria,
y el movimiento de las obras viene determinado por los reque-
rimientos del mercado de obras de arte. La orientación consu-
mista de la sociedad de masas destruye la autonomía y jerarquía
de la obra de arte. En el mejor de los casos, ésta viene transfor-
mada en producto cultural, que se determina e identifica, por
un lado, por su carácter dominante en la industria cultural y,
por el otro, por el estatus de artículo de consumo, sin que sea
posible hacer emerger de esta trivial dialéctica la característica
16
Walter Benjamin, «La obra de arte en la época de su reproductividad téc-
nica», en Discursos interrumpidos I, 1973, pp. 17-57.
17
Ibídem, p. 24.
18
Ibídem, pp. 24-25.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 257
autonomía de todo sentido exterior que caracteriza a la obra de
arte verdadera.
Finalmente, cabría señalar que, en las producciones de la
cultura de masas, casi siempre la fórmula sustituye a la forma, y la
vulgarización, a la materia. Además, se produce, en este tipo de
situación una grave, disolvente consecuencia humana: le viene
negado al artista identificarse con su obra. Entre ésta y aquél se
llega a producir un infranqueable abismo. Con ello desaparece
la más alta satisfacción del artista: identificarse con su obra, fun-
dar en ella su propia trascendencia humana.
Con lo apuntado, cierro este paréntesis, en el cual he inten-
tado aproximarme a la comprensión de las razones de orden
histórico-cultural que están, a mi juicio, en la base de la extensión
de las nociones materia y forma a la interpretación de la obra
de arte, y las consecuencias actuales de tal extensión. Volvamos
ahora al análisis de la esencia de la obra de arte, guiados por las
indicaciones de la fenomenología de Heidegger.
Identidad
Decíamos, antes de la digresión anterior, que la esencia del útil
consiste en el cumplimiento de su servir para, de su servilidad.
En ello estriba su coherencia y su seguridad. Sin embargo, la
servilidad del útil descansa en la confianza.
El utensilio es tal en cuanto nos confiamos a él y a él nos
remitimos en el cumplimiento de la tarea apropiada a su cam-
po referencial. Pensemos en un par de zapatos o en unas gafas.
Son útiles en tanto nos confiamos a ellos para la realización de
la ocupación indicada por su campo referencial. En un caso el
caminar; en el otro, el ver, el leer, etcétera.
Menciono, como pura referencia a un tema que aquí no
tocamos, que cada útil, por su propio carácter dependiente,
siempre se refiere a algo otro, fuera de él. Por esta razón los
utensilios con sus campos referenciales van configurando cade-
nas de relaciones significativas, redes, que a su vez constelan en
plexos generales de referencias, los cuales se abren, siempre,
hacia un eje determinado y predominante: la conducta práctica
Tomo II.indb 257 08/12/2009 08:28:30 a.m.
258 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
del ser humano. De esta manera, la red de referencias en que se
configura el sistema de los utensilios se vertebra en la coherencia
de una planimetría de sentidos pertinentes, que constituye el ho-
rizonte de la vida práctica en un período de la historia: el mundo
de la praxis económica, el mundo de las relaciones de trabajo y
de consumo.
La esencialidad del útil, ahora descrita, se puede percibir in-
mediatamente si observamos con detenimiento la obra de Vicent
van Gogh a la que hicimos alusión al inicio de este ensayo.
El cuadro representa una silla de tosco leño, color amarillo
sucio (mantequilla fresca, según el artista), el asiento es de paja,
ablandada por el uso de sustentar el vencimiento de cuerpos can-
sados de pobres trabajadores. Es muy simple y rústica. Contrasta
con otros asientos de mayor lujo y acomodamiento. En la silla,
sobre ella, hay una pipa y un papel con tabaco. El cuadro repre-
senta una trágica silla pobre. En el cuadro no se representa nada
más. Sin embargo, ahí aparece toda la vida y las preocupaciones
de un fatigado y digno trabajador. Sobre ella se reposa y suspira;
se repone de las preocupaciones que ocasiona la búsqueda del
pan cotidiano.
Es en ella donde retoma fuerzas y recupera la tranquilidad,
y donde saborea los pequeños goces que las duras fatigas del día
le han deparado. Y es ahí donde sueña y recobra su conciencia
humana y reafirma su dignidad. Todo su mundo aparece en esa
silla estropeada y manchada. El cuadro nos revela la confianza
que constituye la esencia del útil.
El trabajador no piensa en ella, no considera su servilidad
cuando la utiliza. Simplemente la usa, se sienta en ella. El traba-
jador se confía a ella, y es en la posibilidad de una entrega confia-
da al ser del útil que descubrimos lo que constituye su esencia.
El útil, la silla, es tal en la confianza que depositamos en ella.
A ella nos entregamos, nos encomendamos, nos confiamos, nos
sometemos a su servilidad al contar con su ser como útil. A través
del útil somos admitidos a la tierra y nos colocamos al seguro
–sine cura (sin cuidado). Entonces, podemos descuidarnos de lo
primario, de lo inmediato, de la tierra.
Tomo II.indb 258 08/12/2009 08:28:30 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 259
La servilidad del útil se revela a nosotros, al trabajador, como
la confianza de que rendirá, cumplirá cabalmente lo que espe-
ramos de éste como útil. Así, al reposar en esta confianza, nos
permite entregarnos a nosotros mismos, a nuestro mundo, a
nuestras pre-ocupaciones.
Por ello se explica la presencia del tabaco en el cuadro. El
trabajador, confiado en la silla, puede relajar su cuerpo y su es-
píritu en ella y puede ocuparse de fumar su pipa, que le distrae
de las necesidades y luchas inmediatas y le permite soñar lo que
puede ser o no ha debido ser en su existencia.
La esencia de la silla, en cuanto útil, se nos revela en la obra de
arte, en el cuadro de Van Gogh. El cuadro es una apertura donde
nos es posible descubrir la verdad, el sentido de las cosas.
La obra de arte, en cuanto tal, no depende de nada fuera de
ella misma para ser. La realidad de una obra estriba en su ser sí
misma.
El útil se actualiza al cumplir con la función que tiene prefi-
jada. La obra actúa siempre. Presenta a los ojos y a los oídos de
todos, su realidad material, su cuerpo. Y lo que es además de su
cuerpo, nunca oculta a éste, como la música puede ocultar el
aparato de música en que suena. Su cuerpo nunca se convierte
en medio, ni en realidad derivada. Lo que la obra de arte tiene,
además de su cuerpo, se reduce sin cesar a su cuerpo mismo.
La auténtica obra de arte actúa, opera. ¿Qué opera en la
obra? En la obra opera una apertura al sentido de las cosas. Pero
hablar de la apertura o revelación del sentido de las cosas es lo
mismo que hablar del advenimiento de la verdad.
El cumplimiento de la verdad, la revelación de lo que es,
constituye la realidad esencial de la obra de arte. Ahora bien,
decir que esto es la obra de arte auténtica no implica que en
ella se deba manifestar, necesariamente, una realidad hermosa,
bella.
Sin embargo, en todas las consideraciones sobre el arte
hasta nuestros días, se relaciona la obra de arte con la belleza y
no con la verdad. Empero debemos aclarar, aquí, que la belleza
no es constitutiva de la obra de arte auténtica, es el resultado de
una obra de arte verdadera. Dicho de otra manera, lo bello no
Tomo II.indb 259 08/12/2009 08:28:30 a.m.
260 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
configura la obra de arte sino que está implícito en la obra de
arte constituida.
Para no abundar en estas ideas, invito a meditar sobre un
cuadro de Picasso (1881-1973), p. e., Guernica, conservado en
el museo Reina Sofía de Madrid; a través de su captación como
obra de arte, es posible encontrar confirmación de lo que afir-
mamos: «El juicio estético es [como afirmó Jeanne Hersch] en mucha
mayor medida, un juicio de realidad que un juicio de belleza».
19
¿Qué podemos sacar en claro de este resultado? Quizás, lo
primero sería observar que no es a través de la infraestructura
cósica de la obra que podemos captar su esencia, sino que, por
el contrario, es el «interior» mismo de la obra el que puede mos-
trarnos en qué consiste el carácter cósico de ella.
¿Cómo se cumple, en la obra de arte, la esencia de la ver-
dad? Para aprehender una indicación de esto tomaremos como
ejemplo una obra de arte determinada. Elegimos el Partenón
del Acrópolis de Atenas. Nadie duda que ese templo es una obra
de arte. Lo confirman la historia del arte y la crítica. Desde la
Antigüedad se consideraba el Partenón la gema más radiante del
Acrópolis de Atenas. De éste cantaba Píndaro (518-438 a. C.), el
príncipe de los poetas helenos:
Oh Tú, la refulgente,
coronada de violetas,
celebradas en los cantos,
baluarte de Hélade,
Atenas gloriosa,
divina ciudad.
20

Todo el mundo griego está encerrado en el edificio del
Partenón, desde la fruición de esta obra de arte suprema de un
pueblo, su cultura, su ser, viene liberado, revelado.
Para rasgar el velo que lo encubre, para manifestarlo, repro-
ducimos una magistral descripción de esta inagotable obra de
19
Jeanne Hersch, L’ Être et la forme, Neuchatel, 1946, pp. 119 y 120.
20
Fragmento No. 76, Edición de B. Snell.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 261
arte. Pertenece a Martin Heidegger (1889-1976) y está extraída
de la obra El origen de la obra de arte que nos sirve de hilo conduc-
tor en este análisis. El texto es de 1936:
El edificio ateniense reposa sobre la roca. Esta duración ple-
na de majestad, libera y saca a la luz la oscuridad, la potencia
y la resistencia de la roca informe sobre la cual se yergue el
templo. Con su dignidad, el Partenón resiste las borrascas que
se desencadenan sobre él y se precipitan a través de sus co-
lumnatas. Desafía la furia de las tempestades. Y, precisamente
por su serenidad, hace que destaquen con más violencia las
furias de las tormentas, de las lluvias, de los relámpagos y de
los vientos. Su dignidad tranquila pone en evidencia el furor
de los elementos. En los días de bonanza, el templo se entrega
a los fulgores del sol. Y el resplandor del sol extrae del templo
el brillo de sus piedras, sus luces y sus sombras, sus matices y sus
colores. El templo nos revela lo que es el mármol. Mediante el
juego de sus claroscuros, el templo nos hace ver la luz del día y,
merced a la tonalidad del mármol, nos permite percibir el azul
del cielo griego. A la hora del crepúsculo vespertino, cuando
el templo está aún más silencioso, y la pálida luz de la luna
se desliza entre sus columnas, comprendemos el misterio del
anochecer. La monumental inmovilidad del edificio nos hace
ver lo que son las olas de un mar agitado. El Partenón, por
el hecho de ser una obra de arte, nos revela lo que es la roca
sobre la cual se yergue, la tempestad que lo azota, el brillo del
sol que lo envuelve, el azul del cielo lejano y puro, la sombra
misteriosa de la noche. El templo nos muestra lo que es el ár-
bol, la hierba, el águila, el toro, la serpiente, el grillo [...] Todos
estos seres reciben de él sus contornos, su forma. El templo nos revela la
Tierra. [El subrayado es nuestro].
21
En esta poderosa imagen del Partenón como obra de arte,
percibimos lo que nos revela toda obra de arte auténtica. Heide-
gger, en su análisis, insiste que en toda obra de arte se adelanta y
muestra como una manifestación de lo que es, como un metrón,
como una medida, como una posible medida de realidad ¿Cómo
21
Cf. Ibídem, nota 4, pp. 44 y 45.
Tomo II.indb 261 08/12/2009 08:28:30 a.m.
262 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
se articula este develamiento? Mediante el aparecer, en ella y a
través de ella, de dos revelaciones: la presentación de un Mundo
y la manifestación de la Tierra.
¿Qué significa asegurar que en la obra de arte se produce la
presentación de un Mundo? Para responder apropiadamente de-
beríamos cuestionarnos sobre lo qué entendemos por Mundo.
Bajo este término concebimos lo que hoy denominamos
sencillamente como cultura; nos introducimos en la atmósfera
espiritual de una época determinada, se nos revela el conjunto
característico de las creencias, las ideas, la lengua, las costumbres
y tradiciones, las actitudes y los sentimientos propios de un tiem-
po históricamente determinado.
Decir, entonces, que una obra de arte presenta un Mundo,
significa afirmar que en la obra de arte se nos abre en plenitud
una cultura; se nos revela la plenitud de sus modos de ser en el
mundo y de sus formas de interpretarlo.
Mediante la obra de arte descubrimos y nos introducimos en
la grandeza, en la dignidad y en los valores de una época histó-
rica específica y, también, la obra habla de su creador, lo revela,
nos sitúa en el centro del cosmos de su creador, pues todo gran
artista da, en su obra, testimonio de su tiempo.
En la obra de arte se manifiesta, además, la Tierra. ¿Qué
significa esto?
En la obra de arte, la materia, a diferencia de lo que ocurre
en el utensilio, donde es usada al servicio de la servilidad del útil,
es descubierta, es revelada en cuanto tal.
La obra de arte se caracteriza por sumergirse en la materia,
y en ella aparecen, gracias a esta inmersión: la flexibilidad y el
dibujo de las maderas; la dureza y el brillo de los metales; la lu-
minosidad y los matices de los colores; las múltiples gradaciones
de la luz en el vidrio; la tonalidad y los timbres en los sonidos; la
gracia airosa y la esplendidez de los cuerpos humanos; la musica-
lidad, la fuerza expresiva y nominativa en las palabras.
Nos servimos aquí del vocablo «Tierra», propuesto por Hei-
degger, a diferencia del término «materia», pues aspiraríamos a
resaltar la diferencia que, entendemos, corre entre ambos.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 263
La piedra en cuanto materia la podemos medir, pesar, anali-
zar química y físicamente. Como resultado obtenemos unas cifras
y datos matemáticos, químicos y físicos. Lo mismo ocurre con el
sonido o con el color. Mas con tales resultados no lograremos
captar el carácter del color que luce magnífico en el cuadro de
Van Gogh o la áurea sonoridad que nos hechiza en el concierto
de Mozart. Por el contrario, el análisis científico de la materia
hace desaparecer la obra de arte. En el conocimiento científico
de la materia presente en una obra de arte, la obra se esfuma.
La Tierra, podríamos decir en primera aproximación, es la
revelación de los secretos de la materia tal como ella se dona y
abre en la obra. La obra de arte está hecha de materia, se hunde
en la materia. Mas la obra, al sumergirse en la materia, adquiere
el poder de mostrarnos la materia en cuanto tal, en su mismidad,
en su propia alteridad. Este abrirse de la materia en la obra, es
la Tierra.
La Tierra sólo se revela en la obra de arte. Todo intento de
abrirla mediante la violenta manipulación racional se estrella
contra su ser. Despliega, entonces, desde su interior una especie
insoportable de recato, una especie de decoro ancestral, una
timidez ontológica que busca asegurar que no se revelen las pro-
fundidades de su ser.
La Tierra sólo se abre allí donde se respetan sus secretos, sus
modos y maneras. La Tierra se abre sólo en un tratamiento en
el cual se respete su esencia y se le permita ser lo que es y cómo
es.
Esto se logra únicamente en un diálogo respetuoso que deja
ser, que deja reposar lo propio en sí mismo. Éste es el diálogo
que se instaura y se revela en la obra de arte auténtica.
Heidegger intenta definir la Tierra:
[...] aquello sobre lo cual y en lo cual funda el hombre su mora-
da. Nosotros lo denominamos la Tierra. De lo que en este caso
significa la palabra es preciso alejar tanto la representación de
una masa de materia aparte cuanto, también, la representa-
ción meramente astronómica de un planeta. La Tierra es el
seno hacia donde lo que nacer vuelve, para tomar a todo lo
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264 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
naciente como tal. En lo naciente está presente la Tierra como
lo albergante [lo que cobija; lo que protege][...]
La obra revela un Mundo y lo reconduce a la Tierra, que de
esta suerte surge, por vez primera, como suelo natal.
22
Debería quedar claro, con suma transparencia, que la esencia
de la obra de arte como presentación de un Mundo y manifes-
tación de la Tierra, constituye un tipo de relación fundamental
para nosotros, los humanos.
Por el hecho de reunir en sí la manifestación de la Tierra y la
presentación de un Mundo, la obra se constituye en el símbolo y
la medida de la identidad de un pueblo arraigado en su propia
cultura, en su propia historia.
La obra de arte es el lugar del encuentro y el acercamiento
del Mundo y de la Tierra. Por un lado, está el Mundo, que es
apertura, y como tal despeja las vías y las opciones concretas que
tiene un pueblo en su cultura y, por otro, está la Tierra, que es
la aparición de lo que es base, albergue y fundamento: raíz, que
como tal se cierra constantemente en sí y, en consecuencia, debe
ser constantemente manifestada, redescubierta.
En la obra, el Mundo y la Tierra, están co-apropiados en su
radical diferencia. El mundo se constituye sobre la Tierra, la
cual está presente en todo, en cada elemento del Mundo. En
cuanto se erige sobre la Tierra y descansa en ella, el Mundo tiene
necesidad de la Tierra para hacerla entrar en el horizonte de su
apertura.
La correlación de estos dos elementos, Mundo y Tierra,
su co-apropiación, constituye la identidad de un pueblo en el
abrazo indisoluble de su cultura con su tierra; cifra y símbolo,
metáfora de semejante encuentro ontológico es la obra de arte
verdadera. La identidad, la co-apropiación de Mundo y Tierra,
constituye la posibilidad de un concreto modo de habitar huma-
no que destella y se manifiesta como símbolo en, y a través, de la
obra de arte
22
Cf. Ibídem, nota 4, p. 45.
Tomo II.indb 264 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 265
En el combate, que se instaura entre Mundo y Tierra, en la
obra de arte, es donde se patentizan las posibilidades más pro-
fundas y originales de un pueblo en una época de su historia.
Es ahí donde se apropia de su destino como pueblo arraiga-
do en una cultura constituida sobre la tierra, sobre su tierra. Es
allí donde fundamenta, arraiga, su habitar.
Situación del arte contemporáneo
Llegados a este punto, antes de concluir, considero oportuno di-
rigir brevemente nuestra atención a la situación del arte contem-
poráneo, interpretándolo a la luz de los resultados obtenidos.
En un ensayo publicado en 1925, titulado La deshumaniza-
ción del arte,
23
Ortega y Gasset se planteaba el fenómeno de la
impopularidad e intrascendencia del arte en nuestro tiempo,
fenómeno que decía:
no consiste en otra cosa sino en haber el arte cambiado su
colocación en la jerarquía de las preocupaciones o intereses
humanos [...]. No ha perdido ninguno de sus atributos exterio-
res, pero se ha hecho distante, secundario y menos grávido.
Hoy sabemos, por el mismo darse y pensarse del arte actual,
qué quería decir Ortega. Sabemos, además, cómo viene zaran-
deada, en nuestra época, la vida de los pueblos, transformados
en meros conglomerados desagregados, disueltos, atomizados,
sin sentido trascendente y sin historia propia.
Ha surgido, en nuestro tiempo, por vez primera entre los
pueblos, paralela a la propia, una cultura «universal» que corroe
y disgrega a las demás. En ella, la creación viene desacralizada y
disociada. La cultura autóctona, enraizada en el alma popular,
y la alta cultura, antes contrapuestas, ahora se ven igualmente
disminuidas y ultrajadas.
En esta nueva cultura mundial no se establece discontinuidad
alguna entre arte y cotidianidad. No existen, para ella, reinos
solitarios, ni ceremonias, ni rituales que opongan la cultura a
23
José Ortega y Gasset, La deshumanización del arte, en Obras completas,
volumen III, Madrid, Revista de Occidente, 1966, pp. 356 a 386, cfr.
pp. 384-385.
Tomo II.indb 265 08/12/2009 08:28:31 a.m.
266 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la cotidianidad. El producto cultural aparece determinado, por
una parte, por su carácter de fruto industrial y, por la otra, por
su condición de bien de consumo generalizado, sin que pueda
emerger un espacio para la autonomía estética.
La cultura de masas es, igualmente, producida y consumida
a lo largo de todas las horas del día; se constituye como servicio
social y resulta, por ello, una especie de cultura de fondo, cultura
ambiente, una especie de cultura aerosol.
¿Qué sucede con el arte en nuestro tiempo? Sucede lo descri-
to por Ortega. El arte se retira, y, en apariencia, actúa con gran
modestia. Esto, claro está, respecto a la prolijidad de la cultura
de masas. ¿Qué ocurre entonces, ahora, en el arte?
Toda obra de arte como obra humana es fruto de una polis.
El artista trabaja, concibe, actúa y sueña siempre desde, por y
para una comunidad, y está imbricado en el movimiento con-
flictivo de su praxis social. Sin embargo, la obra de arte apunta
a formas y modos de un habitar humano posible; ilumina el pre-
sente, pero trasciende lo inmediato.
La cultura y el arte brotan de la potencia de negación pre-
sente en todo lo inaudito y original.
El artista es innovador; se planta, primariamente, como con-
tradictor de la realidad inmediata; como tal, lucha por develar la
verdad de su tiempo y de sus raíces, y combate por lo que aún no
es o por lo que ha sido y quedó olvidado como reprimido en las
redes del sueño o de la historia.
El artista como creador original es fundamentalmente revo-
lucionario, tiende a cumplir en la obra de arte la liberación de
lo real mediante su resignificación. Y esto se cumple en el arte
contemporáneo.
Su lucha, a menudo dramática y siempre radical, contra la
forma, contra toda forma constitutiva, implica y denuncia la exi-
gencia de un trastrocamiento de todas las leyes, también de las
políticas, las religiosas y las morales.
Es un arte que se sitúa bajo el signo de la «nada». Mas, esta
no se adelanta como una nada metafísica o mística, sino más
bien como una nada metódica. Se erige como un posible camino
Tomo II.indb 266 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 267
para salir de la situación histórica derivada de la implantación
del nihilismo.
La nada se presenta en la obra de arte contemporánea como
un modo de aniquilamiento de una realidad surgida de una at-
mósfera de vacío espiritual y, también, como la posibilidad de
una racionalidad más madura, porque es abarcadora en sí de
la razón histórica y de la no-razón, una razón más loca que la
locura (en que vivimos), porque la comprende y la niega desde
dentro.
En esta disposición, el trazo, el sonido, el signo, las pala-
bras, presentes en una obra de arte actual, nos hablan del ser,
mas no se constituyen en su guardián; exponen en la obra, ma-
nifiestan en ella, las «causas» de lo negativo, se mueven como
proyectos de destrucción del ser históricamente constituido y
de su identidad.
Se ofrecen como libre curso de materia y significados que
tienden a la auto-significación. Actúan como transgresión, no
viven más la causa del estatismo y de la inmovilidad del ser.
Tienden a ir más allá, intentan imponer su propia ley interna y
se ofrecen, aun en la violación de ella misma, como presencias
transgresoras.
Las obras de arte contemporáneas manifiestan la propia au-
todestrucción significativa del mundo contemporáneo, en una
orgía de libertad, verdad y autoconocimiento. Y esto lo alcanzan
no sólo con la manifestación de la presencia, sino con la de su
ausencia, con lo obtuso, lo insignificante, lo ininteligible y lo
ininteligente. Con ello, avanza una presencia-ausencia, destruc-
tora del mito de la realidad objetiva, vigente hasta nuestros días.
El arte contemporáneo actualiza la tachadura del ser. Can-
cela de un golpe la metafísica platónico-cristiana de la presencia
y del ser como eternidad e identidad inmóvil; abre posibilidad
de ser a la esencialización de todo lo finito y temporal, a su po-
livalencia abierta, polimórfica, y a la dialéctica de su continua,
abierta, infinita resignificación. Así, la obra de arte de nuestro
tiempo, nos revela los límites de todo estructuralismo y de toda
estructuración que intente hacer de la estructura un organismo
ontológico como postula el nihilismo incompleto, cuya inversión
Tomo II.indb 267 08/12/2009 08:28:31 a.m.
268 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
apropiada, como ya describimos, es la falsa positividad del utilita-
rismo, el cual fue magistralmente retratado en la figura del Gran
Inquisidor en la novela de Dostoievski (1821-1881) Los hermanos
Karamasov.
Nietzsche, a este nihilismo incompleto, opone la necesidad
de llevarlo a la perfección, para poder salir de la crisis histórica
descrita por él. Este nihilismo es incompleto en cuanto no des-
truye el lugar de los valores suprasensibles, sino que hace entrar
en su ámbito valores nuevos, diferentes, en lugar de los viejos
y destronados. Simplemente sustituye el dueño del poder, no
destruye el poder en sí mismo.
Empero, la tarea liberadora consistiría en realizar la plenitud
del nihilismo: destruir la región misma de lo suprasensible. A
la muerte de Dios debería seguir, igualmente, la muerte de los
ídolos que han ocupado su lugar y la destrucción del lugar de los
valores ultraterrenales. Cambiar los valores de lugar no conduce
a la liberación, habría que destruir, para ello, el lugar mismo de
los valores suprasensibles.
La destrucción de lo suprasensible con el perfeccionamiento
del nihilismo significaría la aurora de lo sensible y, en esta dis-
posición, la liberación del arte sobre toda realidad. Allí estaría la
posibilidad del cumplimiento de la utopía. El arte sería, así con-
cebido, la potencia misma de la vida, en cuanto su operar sería
un habitar que se interroga y se cumple en lo sensible. Por ello,
Nietzsche, llegó a afirmar: «El arte vale más que la verdad».
Propio de este operar sensible, que se hace visible en un
saber material y finito, antidogmático y liberador del hombre,
sería el tornarse en arte crítico, en cuanto incorporaría en sí y
en su estructuración operativa, de manera virtual, la forma de
la reflexión. Sin embargo, el arte, aquí, se mueve en una lógica
diferente de la lógica posicional, monodireccional, racional-
deductiva; se actualizaría a través de una lógica de lo posible.
Sobre esta lógica de lo posible, escribía Bergson:
Creo que acabará por hacerse evidente que el artista crea lo
posible al mismo a tiempo que lo real cuando ejecuta su obra,
Tomo II.indb 268 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 269
pues resulta claro que lo real es lo que se hace posible y no lo posible lo
que se hace real .
24
[El subrayado es nuestro].
El arte contemporáneo revela una nueva potencia de la ver-
dad, más allá de toda «verdad racional», apunta hacia un posible
ser más allá de toda realidad subjetiva u objetiva.
Paul Klee (1879-1940), en un período de su arte y de su re-
flexión como artista, el de la Bauhaus en Weimar (Alemania) en
1924, aspiraba a la «humanización del objeto» como el punto de
encuentro de los caminos del Mundo y de la Tierra, que desde
arriba y desde abajo, como los caminos de la comunidad cós-
mica y de las raíces terrenales, confluyen en la obra de arte.
25

Interpretar siempre, cada vez de nuevo, los signos que pueblan
el Mundo y la Tierra constituye la tarea del artista. Arraiga, de
esta suerte, en una concreta y apropiada identidad a un pueblo
en su historia y en su propia cultura.
Las vías de la creación y el arte parecerían ser las únicas que
podríamos transitar los humanos para vencer, en designio, a la
muerte; para triunfar sobre la disolución y el olvido. Ellas consti-
tuyen las posibilidades siempre renovadas de edificar la morada,
la habitación, durante nuestra brevísima estancia en la tierra, en
la utopía, en sueños de concordia, plenitud, belleza y trascen-
dencia humana.
Reflexiones sobre el problema de nuestra identidad
26
Nuestro país, desde su inserción en la historia de Occidente hace
más de quinientos años, ha tenido una vida sumamente azarosa,
marcada por la violencia, la injusticia, el aislamiento, la apatía y
el abandono.
24
Henri Bergson, Lo posible y lo real, en pensamiento y movimiento: ensayos
y conferencias, México, Colección de Premios Nobel, Ed. Aguilar, 1963.
pp. 1013-1027.
25
Paul Klee, Teorías del arte moderno, Buenos Aires, 1971.
26
Texto leído por el autor en el acto de puesta en circulación de «Preludios
a la posmodernidad. Ensayos filosóficos», en la Academia de Ciencias de la
República Dominicana. Publicado en el libro: La modernidad como problema,
en noviembre de 2007, pp. 229-243.
Tomo II.indb 269 08/12/2009 08:28:31 a.m.
270 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
A los pocos años de alborear nuestro deslumbrante ingreso
en los escenarios de la historia occidental –que llevó a algunos
ilusos a comparar el esplendor alcanzado por la ciudad de Santo
Domingo en sus primeros años con el de Atenas del período
clásico–, fuimos postergados, preteridos.
En la nueva situación se suprimió casi todo signo de actividad
espiritual y de creatividad en las artes, en los oficios, en la cultura,
y un estado de menesterosidad material se impuso en todos los
ámbitos de la sociedad, retrotrayendo la vida cotidiana a desespe-
rantes niveles de miseria, primitivismo y disolución social.
Después, como corona, vinieron las Devastaciones de Oso-
rio, el origen de la división de la isla en dos naciones cultural-
mente diferentes. A finales del siglo XVIII, cuando esta desastrosa
situación parecía que pronto sería superada, fuerzas foráneas,
operando en lejanía con total indiferencia a la situación real de
la colonia y a los sentimientos y costumbres de sus pobladores,
materializaban la cesión de la totalidad de la isla a Francia, me-
diante el Tratado de Basilea.
Este hecho impuso la tragedia de la emigración a innume-
rables familias dominicanas y dio origen a algunos versos que
recogían la terrible desazón que embargaba a los vecinos de la
parte española:
Ayer español nací,
A la tarde fui francés,
A la noche etíope fui,
Hoy dicen que soy inglés…
¡No sé qué será de mí!
Luego acontecía Palo Hincado, que trajo el desengaño de la
España Boba, la fugaz ilusión de Núñez de Cáceres, la pesadilla
de la invasión de Haití y los veintidós años de agobiante y aniqui-
ladora ocupación.
Después de tantos diluvios, renació con mayor fuerza la
esperanza: la fe y la entrega plena de Duarte y los Trinitarios
permitieron vislumbrar posibilidades viables para que la digni-
dad de los dominicanos pudiese abrirse paso a la cristalización
Tomo II.indb 270 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 271
del proyecto de edificar una patria común para los desvalidos
habitantes de tan maltratados territorios.
Siguieron guerras fratricidas, ambiciones personales, dicta-
duras, la cesión a España y la guerra de la Restauración; pasó el
sueño de una nación moderna que destella en el intento liberal
de Luperón y Hostos, y de nuevo, el decaimiento, el desengaño,
el negro manto de la tiranía.
La hecatombe perfeccionó, si fuere posible concebirlo, en el
caos total imperante en los primeros años del siglo XX, que con-
ducen en línea directa hasta la catastrófica ocupación de 1916,
a la dictadura de Trujillo, al golpe de Estado al gobierno del
Prof. Juan Bosch, a la Guerra de Abril, a una nueva ocupación, al
gobierno de los doce años y, en fin, a todo el desparpajo de que
somos testigos en nuestros días.
Tal es la realidad de nuestra historia. Sobre tales ruinas debe-
ríamos, como generación, edificar nuestro legado.
La situación de confusión y pérdida que se revela en el cla-
mor que irrumpe en el verso del padre Vázquez, de Moca: «¡No
sé qué será de mí!», resume, en esencia, no sólo una situación
del pasado, la triste realidad de lo que hemos sido en una con-
creta situación de extrañamiento histórico, sino que refleja la
continuada situación de indefinición que nos ha dominado en
torno a lo que somos y a lo que queremos ser.
Sin embargo, lo penoso, lo degradante, es que, a mi juicio,
la exclamación que sale del alma del padre Vázquez, refleja la
situación que vivimos en la actualidad respecto a la indefinición,
a la falta de derrotero cierto o sobre cuál dirección u objetivos o
proyectos se deberían guiar nuestros pasos como Nación y como
cultura.
El verso señalado nos remite a la situación que siempre nos
ha dominado, la manifestación de la ausencia de un destino que
hayamos asumido históricamente de manera clara y contunden-
te. Ese lamento, ese «¡No sé qué será de mí!», nos revela, con la
transparencia con que se manifiesta el alma popular, el sentido
de errancia histórica que nos ha dominado y aún persiste en lo
dominicano respecto a nuestros modos de ser.
Tomo II.indb 271 08/12/2009 08:28:31 a.m.
272 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Por eso considero que el problema de nuestra identidad es el
problema esencial de lo dominicano, ya que arraiga en nuestra
realidad, en nuestra accidentada y trágica historia.
Empero, si miramos bien el problema, para nosotros se agu-
diza con el despliegue de los procesos de globalización en curso
en todo el planeta.
La globalización está dominada radicalmente por la expan-
sión de los mercados. El mercado, desde tales perspectivas, ven-
dría a constituirse como la principal instancia para la toma de las
decisiones.
La racionalidad humana se identificaría con la económica.
De allí emana la pretensión de que todos los poderes, de todos
los órdenes y derivaciones, habrían de someterse al imperio, a la
lógica del mercado.
Sin embargo, tal visión ocasiona serio deterioro en la capa-
cidad de acción de instancias e instituciones que no derivan su
validez del mercado, por ejemplo, de la cultura y de las institu-
ciones políticas e históricas de los Estados nacionales.
Igualmente, la globalización como proceso dependiente de
las transformaciones que trae la constelación de cambios que
abre la modernidad, precipita la declinación de certezas y con-
vicciones enraizadas en aspectos que trascienden lo meramente
utilitario.
Ahora todo lo que no es cuantificable o traducible a térmi-
nos de operatividad mercadológica, tiende a perder prestigio y
valoración social.
Ocurre, entonces, que las culturas comienzan a extraviar sus
códigos y a perder sus referentes históricos.
Todo esto condensa en un estado de desorientación general
que se traduce en la vigencia de un tipo de experiencia social
cada día más desestructurada, desencantada, errática, ingober-
nable.
La salvaje globalización de los mercados y el permanente
descuido a los valores de nuestra identidad nacional y cultural
adelantan dos aspectos constitutivos de nuestra difícil realidad
de hoy.
Tomo II.indb 272 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 273
Consciente de todo esto, el problema sobre la cuestión de
nuestra identidad emerge, en mis escritos, como una vertiente
siempre presente en mi perspectiva filosófica.
El tema de la identidad se trata extensa y explícitamente
en el ensayo «Estética, nihilismo e identidad», del libro titu-
lado Preludios a la posmodernidad. Pero se despliega, también,
transversalmente, en todos mis escritos.
El problema presente en mi producción filosófica debe ser
analizado por los lectores dominicanos, a quienes dirijo mis
escritos, teniendo en vista el horizonte de nuestra calamitosa
historia y el asunto de nuestra identidad.
Sin embargo, aclaro al posible lector que, al acercarse y
penetrar en lo esbozado en tales ensayos, no debe olvidar que
lo leído pretende presentarse como filosofía, y como tal actuar
en todo momento.
Mis escritos adelantan planteamientos filosóficos que buscan
esclarecer situaciones y establecer criterios con cierta validez
conceptual, y aspiran a presentarse como dotados de cierta uni-
versalidad.
Esto significa que no se mira ni aspira a establecer casos
individuales ni particulares, pues ésta sería una perspectiva apro-
piada para las ciencias particulares.
Considero oportuno aclarar, antes de continuar, que cuando
hablo de universalidad, siempre me refiero a una determinada,
histórica, universalidad; no se intenta establecer aquí absolutos,
ya que no los considero posibles.
Todo análisis y criterio filosófico emerge desde un concreto
horizonte histórico, y es dependiente de la perspectiva y posibili-
dades que le ofrece semejante origen.
Depende, además, de las posibilidades que se despliegan en
la propia época, en la propia cultura, e igualmente en la percep-
ción personal y social, y en las propias circunstancias de quien
filosofa; también del ámbito objetivo que se abre en el plantea-
miento del problema y del enfoque metodológico empleado en
el análisis.
Debo confesar que siempre me ha obsesionado, desde que
comencé a estudiar filosofía, el problema de la identidad.
Tomo II.indb 273 08/12/2009 08:28:31 a.m.
274 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Empero, el problema se configura en mí como problema
filosófico. No me interesa determinar si el mangú, el meren-
gue o los palos son prendas que caracterizan nuestra identi-
dad. Mi cuestionamiento se dirige hacia otro «lugar». Si tales
bienes son característicos de nuestro ser, ¿por qué lo son?
En mi vida personal he luchado por obtener claridad en
torno a algunas preguntas fundamentales que, a su vez, pueden
reducirse a ser parte de un mismo problema, el de la identidad:
¿Quién soy como ser humano que me encuentro en un mundo
al cual no pedí venir, y con el que tengo que bregar y al cual debo
dar sentido al vivir?
La otra cuestión, ligada íntimamente a la anterior, es: ¿Qué
somos como dominicanos, como colectividad, como cultura his-
tóricamente determinada? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué será de
nosotros?
Atrapado por tales cuestiones he buscado determinar crite-
rios que me permitieran sopesar, ponderar, enjuiciar y determi-
nar qué es, y poder igualmente definir y deslindar en lo que es,
aquello que es auténtico de lo que no lo es. Separar lo consisten-
te de lo aparente.
Encaminándome hacia tales metas, encontré que lo idéntico
debe ser, en primer lugar, algo único, algo definido, determina-
do. Mas, lo único, lo individualizado, para poder cumplirse debe
de ser también, autónomo.
Empero, no sólo eso, lo que es único y autónomo, debería
ser, además, algo sumamente apropiado, sólido, auténtico.
De esto nos habla la raíz griega –que fue la primera lengua,
la lengua madre de la filosofía– en los términos idéntico, autén-
tico y autónomo. En griego, en efecto, la palabra para indicar lo
idéntico, esto es, a la mismidad referida a sí misma, tiene la mis-
ma raíz que en español manejamos en los términos autenticidad
y autonomía: Tos autos.
Durante el proceso de mi meditación, la identidad ha con-
figurado una relación marcada por la coherencia, en la cual lo
interior y lo exterior, ser y aparecer, aparecer y apariencia, deben
coincidir.
Tomo II.indb 274 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 275
Al avanzar en esto concluí que algo que tiene identidad debe
mostrar, por ello mismo, la consistencia de su propio ser en todas
las fases de su aparecer. El ser auténtico debe ser consistente tan-
to en la palabra como en el actuar. Ser idéntico sería entonces lo
mismo que significa: ser único, auténtico y autónomo.
A seguidas, comencé a indagar en cuál plano del ente, en
cuál orden de las cosas debe mostrarse a plenitud la manifesta-
ción de lo idéntico; es decir, tenía que encontrar un ente que
fuera fundamentalmente único, auténtico y autónomo.
Inmediatamente descubrí que las obras de la cultura, las
obras de arte, las obras de los pueblos, eran las que reunían en el
grado más eminente las características de la identidad.
Por eso, el siguiente paso que di, fue preguntarme por el ser
de la obra de arte.
¿Qué hace que una obra de arte sea esa cifra de plenitud que
es cuando es una obra de arte auténtica? Éste es un problema
complejo, un problema con cuernos, pues su planteamiento
trae consigo también todos los problemas de la filosofía, esto
es, tendríamos que analizar, para cumplir adecuadamente la
interrogación planteada, la problematicidad de la constitución de
los entes y de la verdad; la cuestión del sentido y del fundamento
del mundo; el sentido de la historia y el del tiempo, y hay que
traer, finalmente, a la mesa de análisis el problema de Dios, el
problema de la trascendencia.
En breves palabras, se debe afrontar toda una serie de pers-
pectivas que han cristalizado en los problemas históricos de la
filosofía. Por eso es que toda esta problemática ha sido recogida
y viene tratada como algo ineludible en mis trabajos.
Llevado por nuestro análisis, constato que la cultura cris-
taliza en obras y que éstas necesitan un soporte material para
manifestarse.
Sin embargo, las obras de arte transcienden el medio en que
se revelan: el mármol de la escultura o el barro de la artesanía;
la hoja de papel y la tinta que recoge y guarda la partitura de
Mozart o el texto de El Quijote o el CD, el vídeo, el celuloide, el
código digital que contiene y tutela la música, la actuación, la
danza.
Tomo II.indb 275 08/12/2009 08:28:31 a.m.
276 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Hay siempre, no obstante, en las obras de la cultura una
referencia fundamental a la materia, pero su característica no
la encontramos en el soporte material. A menudo, es el medio
material el que revela su plenitud en la obra, como sucede a la
caoba dominicana en las obras de Prats Ventós.
Hoy conocemos mucho sobre las técnicas específicas de cada
arte para producir obras valederas. Pero, se nos escapa la signifi-
cación intrínseca de las obras de arte.
La estética ha intentado, sin éxito, definir el valor agregado,
el intangible no sé qué que se revela en ellas. Sólo ha podido
constatar que a través del andamiaje material en que se manifies-
tan, señalan hacia fuera de sí mismas, hacia otra realidad, hacia
otro ámbito.
Sin embargo, hay que recalcar: esta referencia a lo otro la
cumplen sin salir de ellas mismas. La obra de arte constituye su
propio referente.
En ellas se produce una indicación a otro sentido, diferente
al del mundo inmediato en que nos movemos cotidianamente;
pero, repito, este referente nunca está fuera de la obra en sí mis-
ma. Es creado por ésta y permanece, reposa, en ella. Esto es lo
que constituye su riqueza inagotable.
Por eso, se dice, que las obras son metáforas. Hay, en su ser,
indicación a otros sentidos de realidad. Nos invitan a seguirlas,
y en ese tránsito nos convidan a colocarnos en otra perspectiva
de realidad.
El llamado que obra en éstas a movernos y a participar de
ópticas diferentes a las inmediatas, a las cotidianas, testimonia su
característica simbólica: ser flecha que incita a trascender hacia
otra dimensión que se revela en su ser, y sólo desde éste.
Para acceder a lo simbólico, en cuanto lo atesorado por una
creación de la cultura, habríamos de detenernos ante ésta, abrir-
nos a lo que intenta manifestar: habría que dejarla ser, dejarla
hablar: dejarla reposar en las posibilidades de su propio ser y
dejarnos llevar por lo que en su ser se muestra.
¿Hacia dónde señala una obra de cultura? Indica siempre
hacia una tierra, hacia un conjunto de valores, hacia una his-
toria, hacia prácticas sociales, tradiciones y ritos, hacia modos
de reverenciar y adorar. Engloba y habla a una idiosincrasia y
Tomo II.indb 276 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 277
a modos concretos de vida. Se inserta en el contexto de una
cultura viva. Habla a un pueblo en una época de su historia.
El mundo que se abre en la obra, se erige desde una tierra
determinada. La tierra es lo que proporciona la base y el susten-
to, la materia, para que a través de ella, en la obra, se pueda ilu-
minar, revelar el mundo, la cultura que se ha levantado apoyada
sobre esta base y en correspondencia con ella.
La tierra, la cultura y la obra de arte constituyen un espa-
cio misterioso en un juego de espejos que se reflejan y revelan
mutuamente entre sí. En este ámbito cobran sentido y reciben
savia nueva.
El espacio abierto por esta relación crea perspectiva, hori-
zonte, dirección. Crea adhesión en correspondencia con el
llamado.
En este espacio mágico se instituye y arraiga lo propio de esa
cultura, lo apropiado a ella. Desde allí se edifica su propiedad,
su patrimonio.
Pero, lo que es más importante, desde ahí nace la jerarquía
de las obras de la cultura, su carisma, frente a las otras produc-
ciones humanas.
Mientras estas últimas apuntan a funciones, por ejemplo, la
función de escribir, que en un lápiz se conforma con respecto
a su utilidad; las primeras apuntan a plenitudes de significados,
hacia aquellas constelaciones de sentidos que constituyen una
cultura. Por esto, cuando se las aísla de su tejido vital, de su pro-
pio mundo y se las trata como cosas universales o como simples
mercancías, se enroscan en sí mismas y se tornan mudas.
De esta meditación he extraído una enseñanza que para mí
ha sido capital.
La única vía posible para arraigar a un pueblo, para que una
nación o una cultura pueda lograr su propia identidad es me-
diante el cultivo de la creatividad.
La creación es lo único que nos ata a algo, nos hace admirar-
lo y amarlo, y nos incita a la perfección.
Además, comprendí que no se puede crear, ni educar, ni
cultivar sin cuidado solícito, sin la presencia del amor.
El artista crea porque ama, ama lo que pretende, ama en-
trañablemente la obra a la que, con sus manos o en su espíritu,
Tomo II.indb 277 08/12/2009 08:28:31 a.m.
278 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
da forma y sentido. Ortega y Gasset reclamaba, en otro tiempo
y lugar semejantes al nuestro de hoy, como primer deber del
ser humano la reabsorción de la circunstancia: «Yo soy yo y mi
circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Por otro lado, nunca debemos olvidar la historia cuando se
habla de identidad, de autenticidad, de autonomía.
Para hacer posible la obra de la identidad se requiere mante-
ner siempre despierta, viva, la memoria.
Empero, en el día de hoy cobra vigencia entre nosotros, un
legado del siglo XX que me preocupa y angustia, pues apunta a la
anulación del don humano por excelencia: la memoria.
Vivimos en un mundo donde los mecanismos sociales que
vinculan a los individuos con las anteriores generaciones, se di-
suelven cada día con gran energía.
Se nos impone vivir en un presente permanente. Cuando
se hace imprescindible recurrir al pasado, nos referimos a eso
como simple complemento decorativo, como aditamento retó-
rico o como antecedente funcional, utilitario, para lo presente.
Por eso, los megacentros y los hipermercados son las grandes
catedrales del siglo XX. Destacan cual símbolos contundentes de
nuestros disminuidos modos de vida.
En ellos, la presencia del tiempo se eclipsa. Todo es y está
«presente»; desaparece toda posibilidad para lo nuevo: todo está
ya contenido e inventariado en el catálogo; la vivencia se torna
en rutina.
Todo esto obra ya muy hondo sobre nosotros. Cada día
con mayor intensidad perdemos los referentes de nuestra vida,
la herencia, el patrimonio. Por ejemplo, Gazcue o Santiago o
Puerto Plata, la memoria de nuestras ciudades transformadas en
baratija, en arrabal, en tierra devastada.
Como ya sucedió con los sueños, ahora se destrozan los
últimos referentes tangibles… Después, se podrá hablar de
identidad, pero será «hablar» de algo muerto, de una imagen
desvanecida.
Últimamente he estado meditando sobre el lamentable esta-
do en que hoy nos encontramos. Rige entre nosotros una cultura
de abandono.
Tomo II.indb 278 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 279
Por dondequiera que miramos encontramos signos de igno-
rancia, negligencia, mezquindad, resentimiento, extravío, vio-
lencia. Es difícil, muy difícil, encontrar en nuestro solar signos
positivos.
Nuestras campiñas aparecen apagadas, desiertas, desampa-
radas. El paisaje viene ocultado y degradado por una publicidad
que pregona banalidades sobre cosas sin importancia.
Las ciudades se han transmutado en vertederos de todo tipo
de inmundicias reales y morales; las calles lucen destrozadas e
inseguras, abandonadas a la espera de mayor ruina.
La mayoría de los dominicanos visten harapos, y se desviven
amontonados en basurales inhóspitos y llevan una vida de ratas,
sin acceso a sus derechos, al cultivo de las propias potencialida-
des humanas y personales, a los bienes imprescindibles de la
propia cultura y a los que otorga la época moderna.
Impera en la vida social la usurpación, la calumnia, la zanca-
dilla, la corrupción, la impunidad.
En una de sus obras, Martin Heidegger medita sobre el senti-
do de la acción. Inicia describiendo el parecer que de ésta tiene
el sentido común. Para éste, el bregar con las cosas busca sólo
obtener provecho; juzga el significado de la acción sólo por el
beneficio que produce.
Sin embargo, nos dice el filósofo, la excelencia del hacer
consiste, no en la utilidad inmediata que genera, sino en condu-
cir algo a la plenitud de su ser, a la culminación de su esencia al
cumplir con su propia medida.
La diferencia entre la concepción común y la del filósofo,
podría manifestarse con unos ejemplos: la excelencia del hacer
se manifiesta en el esmero y la preocupación que tienen los
padres con sus hijos y los educadores con sus discípulos; en la
solicitud y dedicación de los creadores respecto a la propia obra;
en la acción responsable y solícita de una colectividad en formar
a sus miembros en los valores y modos de vida que la configuran
y en procurar realizarlos.
El efectismo, apunta, por el contrario, al puro resultado sin
concierto, sin sentido de calidad, a lo que salga.
Tomo II.indb 279 08/12/2009 08:28:31 a.m.
280 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Otros pensadores han reclamado la necesidad de que los hu-
manos centremos nuestra atención y voluntad transformadora
en la realización y cumplimiento de lo más cercano a nosotros,
cuidando de que llegue a florecer y a fructificar siguiendo sus
propios caminos de perfección.
Voltaire, por ejemplo, indicaba que la tarea más apropiada a
los humanos habría de ser dedicarse a engalanar la propia casa,
«a cultivar el propio jardín».
Por todo esto, considero que para poder sobrevivir colecti-
vamente, los dominicanos tendríamos que comenzar a desper-
tar de tanta dejadez, recobrar consciencia, criticidad, criterio;
revitalizar los lazos, organizarnos, precisar los fines y eliminar de
ellos el efectismo; si no lo hacemos, me parece, nos vencerá la
disolución y la muerte.
Si la fuente de la identidad es la creatividad, deberíamos
dirigir nuestros esfuerzos a potenciar, sobre todas las cosas, la
educación y la cultura.
Necesitaríamos fomentar una educación con miras a des-
pertar la creatividad de nuestra gente, en especial de nuestros
jóvenes.
Para eso tendríamos que renunciar, de entrada, a tantas teo-
rías sobre la educación y volver a lo básico.
Esto lo lograríamos asumiendo dos actitudes fundamentales.
Primero, habría que educar amorosamente para que en cada
ser humano, y en el conjunto de la nación, despertara una nece-
sidad de ser y hacer con autenticidad y autonomía.
Que aprendiéramos la virtud de la responsabilidad y el «an-
sia de perfección», como nos muestra el maestro dominicano
por excelencia, Pedro Henríquez Ureña.
Segundo, sería necesario que aprendiéramos a reverenciar
y a reconocer, colectivamente, al ser humano creador, a quien
innova y abre caminos: aquel o aquella que siembra y cultiva en
el surco de las manos, en las mentes de los jóvenes o en el ima-
ginario colectivo, ideas, métodos, símbolos, imágenes, metáfo-
ras, melodías que inciten a la creación, a la autoconciencia, a
despertar capacidades dormidas, a descubrir nuevas dimensiones
del ser, a ser mejores.
Tomo II.indb 280 08/12/2009 08:28:31 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 281
Ge-stell
27
Gestell significa en alemán: estantería, armazón, esqueleto. La
palabra dividida por un guión la utiliza Martin Heidegger para
describir la esencia de la técnica moderna. El guión subraya los
elementos significativos. El prefijo «Ge», expresa la idea de re-
unir. El sufijo: «stell» pertenece al género de palabras que en
múltiples lenguas conserva la raíz: «st», por ejemplo: instalación
o establo; «stell» significa poner. Traduzco el concepto con
una palabra de origen griego que me parece expresa la idea:
«sistematización». La técnica moderna es, fundamentalmente,
sistematización.
En la época de la tecnificación del mundo, la naturaleza,
nosotros y las cosas somos pura «materia disponible», materia
prima para su uso en los procesos de producción. Los humanos,
ahora, no somos ni personas, ni individuos, ni hijos de Dios, sino
puro recurso humano que es «empleado» para la producción de
todas las materias. Todos somos «empleados» en un sistema que
no depende de nadie y que se alimenta por sí mismo.
El mundo se ha transformado en un vórtice siniestro donde
todo pasa a ser parte del sistema y lo alimenta. El mundo sería,
como en el filme, una gran «matrix».
Marx y Heidegger coinciden en este punto. El mundo es
ahora un vasto hipermercado, el lugar de la disponibilidad de
todos los intercambios.
En el universo de la tecnificación total, nada considerado in-
dividual o colectivamente tiene valor o dignidad intrínseca. Los
recursos, incluyendo a los humanos, somos pura disponibilidad
para el fin supremo de la producción y el intercambio global de
mercancías.
Todo se asume en función de su valor de cambio. Todo lo
que vale tiene que tener un precio. Todo es materia, energía o
información para el mercado.
27
Texto publicado en el diario El Caribe, el 22 de octubre de 2004. Recogido en
La modernidad como problema, publicado en noviembre de 2007, pp. 59 - 61.
Tomo II.indb 281 08/12/2009 08:28:31 a.m.
282 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
La esencia de la técnica es la sistematización. La realidad se
ha transformado en un sistema total que todo lo interconecta y
que busca realizar –por todos lados, a todos los niveles y frente
a todo– el principio directivo del proceso tecnificador: ganar
terreno para el sistema; integrar y agregar nuevas dimensiones
y posibilidades al proceso de sistematización tecnológica del
mundo.
En este marco de realidad, todo lo que queda fuera del siste-
ma no es, no existe, ni tiene valor alguno. Heidegger afirma que
vivimos en la época del dominio total de la metafísica, cuando la
metafísica se ha transformado en el mundo real.
La técnica sería metafísica en acto; sería la realización fáctica
de la metafísica. El sistema mediante el cual la metafísica inter-
pretaba el mundo, se ha transformado en la realidad de éste, de
nuestro mundo. Esto acontece cuando Occidente –que domina
y predomina en el mundo– se rige por un solo devastador prin-
cipio: «la afirmación de la voluntad de voluntad».
La voluntad ya no tiene otro objetivo que potenciarse a sí
misma. Ahora la voluntad se quiere a sí misma, aspira al poder
para continuar el acrecentamiento de su propio poder, para am-
pliar los horizontes de dominio de su propio poder.
La técnica moderna ha construido una inmensa jaula –el
sistema que todo lo abarca– y dentro –como sus esclavos-emplea-
dos– estamos todos nosotros.
Ser y pensar
28
La modernidad se inicia con un gesto delirante que delata la
extrema arrogancia del hombre occidental: «Pienso, luego
existo».
El pensamiento, la actualización de la razón en la conciencia
humana, se postula a sí mismo como el juez supremo de todo
cuanto es. Lo que es, para poder ser verificado, tiene que contar
con la aprobación de la razón, cuya revelación se da en el ser
28
Texto publicado en el diario El Caribe, el 29 de octubre de 2004. Recogido en
La modernidad como problema, publicado en noviembre de 2007, pp. 61 - 64.
Tomo II.indb 282 08/12/2009 08:28:32 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 283
humano como la vivencia de un estado de conciencia en que
se certifica la presencia de lo presente: la certidumbre clara y
distinta.
En la máxima cartesiana se expresa y se toma como segura y
comprobada una ontología histórica.
Descartes postula que se dan, como presente en la concien-
cia de quien piensa, dos ámbitos de realidades: la res cogitans y
la res extensa. Posteriormente, deberá admitir la presencia de un
tercer elemento, que habrá de servir de marco general y vínculo
para comunicar los primarios órdenes de realidades.
En el Discurso del método, Cartesio constata, inicialmente, que
hay dos tipos de entes o realidades: el ser y el pensamiento; y
según una primera impresión, entre ellos habría una ruptura
insalvable, un abismo; la incomunicación entre ambas sustancias
tendría carácter absoluto, según puede vislumbrar el filósofo por
el momento.
El pensador necesita, entonces, postular un tercer elemento
para que funcione como vínculo y contexto, que daría sentido a
una posible relación y encuentro entre las sustancias discordan-
tes que descubre inmediatamente separadas en la realidad. Al
tercer elemento, Descartes lo denomina: Dios.
Cartesio, para asegurar la funcionalidad y la unidad de su
sistema, deberá demostrar la existencia de Dios –y para ello sólo
puede usar el pensamiento, que es la sustancia que parece más
próxima y esencial a su conciencia pensante.
Dios se demuestra necesario para que Descartes pueda resta-
blecer la comunicación entre el ser y el pensar. Dios es el gozne
que permite que la materia o extensión, y el pensamiento o ra-
zón, puedan interactuar productivamente.
Sólo Dios puede permitir –piensa Descartes– que lo que
pienso y reconozco del ser, de la extensión, se refiera efectiva y
objetivamente a ese ámbito, y que no sean puras imágenes de mi
fantasía, creadas por mí o por otros en mi mente o conciencia.
Para el filósofo francés, el ser y el pensar son realidades cons-
titutivamente independientes y contrapuestas. Sólo se podrá
justificar racionalmente que hay comunicación entre éstas y que
la visión de la realidad que me formo en mi mente corresponde
a una objetividad, si Dios existe.
Tomo II.indb 283 08/12/2009 08:28:32 a.m.
284 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Los griegos, sin embargo, nos hablan e indican hacia otra
realidad. Parménides dice: «pues lo mismo es ser y pensar».
Parménides afirma algo diferente a lo que establece Descar-
tes; fija otro modo de relación entre el ser y el pensar.
Para él, lo que sobre todo es, es el ser. Tal es el evento primor-
dial, el acontecimiento apropiador.
El ser es la circunstancia que permite y facilita, que abre
la oportunidad y crea la capacidad para que pueda fluir todo
evento, para que pueda aparecer todo como presente. El ser es
el acontecimiento que abre y despliega toda posibilidad. El ser
vendría a revelarse como apertura, como libertad.
El pensar es un modo de ser en el acontecimiento originario;
es una posibilidad y una capacidad de ser. El ser es el «elemento»
donde se mueve el pensar y es lo que lo posibilita y libera.
Como elemento, el ser posibilita el pensar. El pensar es pen-
sar del ser, en un doble sentido: pertenece al ser, que es su origen
y es del ser, porque «está a la escucha del ser». El sentido del
pensar se alcanza cuando éste escucha y actualiza las posibilida-
des de ser.
Parménides habla desde otra experiencia: el ser y el pensar
no son contrarios sino complementarios, constituyen una rela-
ción complementaria, «una copertenencia». Uno postula nece-
sariamente al otro.
Cada uno es diferente, pero uno es complementario al otro.
No hay entre ellos una cesura, un abismo. Parménides postula
que el ser y el pensar son «lo mismo». Pertenecen a una misma
relación, son modos de revelarse de «lo mismo», constituyen una
identidad.
El ser y el pensar forman una mutua copertenencia: el ser es
el origen del pensar, y el pensar es siempre pensar el ser, escu-
char al ser para intentar producir lo que el ser es.
En el siglo XX, Heidegger intenta retomar y decir lo mismo
que Parménides: «El pensar se deja reclamar por el ser para de-
cir la verdad del ser».
La identidad de ser y pensar, sin embargo, se dice de múlti-
ples maneras. Cada época del mundo es la concreción de una
posibilidad de postular la identidad de ser y pensar.
Tomo II.indb 284 08/12/2009 08:28:32 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 285
Duarte como nuestra utopía
29
El pensamiento moderno redefine la trascendencia, cancela
todo más allá del mundo, y desde la fe en el progreso pretende
edificar el paraíso en la Tierra.
Históricamente, la modernidad ha pretendido primero re-
cortar, y luego negar las posibilidades de la utopía. Nuestro tiem-
po es la era de la distopía. Hemos transitado de los «grandes»
ideales a la época de su negación total.
Utopía significa no-lugar; indica un espacio ideal imposible
de alcanzar. Empero, en el siglo XX descubrimos que somos
constitutivamente trascendencia, apertura a lo otro, libertad;
que somos los vástagos de la libertad.
Basados en el sutil y frágil principio que es el existir, esta-
mos condenados a ocuparnos de desentrañar nuestro destino.
Lo admitamos o no, desplegamos como promesa que aspira a
cumplirse como destino.
La utopía no es algo externo, agregado, postizo al existir;
nace de la raíz más entrañable en nosotros; se constituye como lo
más nuestro, como nuestro auténtico modo de ser: somos seres
abiertos, proyectados hacia posibles horizontes de sentido.
Nunca nos encontramos concentrados en un aquí, puesto
que siempre estamos preocupados por un más allá o por un no
aún alcanzado de dónde nos encontramos, y como humanos
habitamos en territorios imaginarios donde se encuentran los
sueños y el aquí-ahora de lo cotidiano.
El futuro es para nosotros el tiempo fundamental; existimos
como flecha lanzada, siempre proyectada hacia adelante. El fu-
turo –como proyecto– determina nuestro ser.
El presente tiene sentido sólo si viene iluminado por un po-
sible futuro, por un sueño, una meta, un anhelo.
Acontece cuando perdemos la visión de futuro que enferma-
mos, que nos invade la melancolía, que es el mal que destruye a
quienes extravían la posibilidad de proyectarse hacia un futuro
29
Texto publicado en el diario El Caribe, el 26 de febrero de 2005. Recogido en
La modernidad como problema, publicado en noviembre de 2007, pp. 94-96.
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286 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
promisorio. El ser humano solo lo es plenamente en cuanto
espera.
Lo depresivo como estado psicológico se produce cuando
perdemos la prospectiva de un posible futuro. Entonces el pre-
sente se torna inmenso, pesado y frío como una loza sepulcral.
La auténtica razón no es la instrumental, la razón esclava de
la exactitud, del cálculo y la utilidad, sino aquella que el pensa-
dor alemán Ernst Bloch denominó como la razón esperanzada,
la razón abierta a la utopía, abierta a aquello que aún no es, pero
que puede llegar a ser.
La razón –dice Bloch– no puede florecer sin esperanza, ni
la esperanza puede hablar sin el sentido de la razón, ambas se
necesitan y constituyen una sola realidad.
La razón utópica debe vencer constantemente la medio-
cridad satisfecha que ve el sentido de nuestro ser en alcanzar
aquella «aglomeración de artefactos» como, con suprema ironía,
Aristóteles define la riqueza material.
La razón constructiva, creativa, debe aprender a vencer el
derrotismo de los cobardes y de los perezosos, que por doquier
amenaza; debe aplicarse en dejar de lado los optimismos pala-
breros, delirantes y retóricos; debe saber concentrarse, persistir y
confiar en el propio objetivo y tarea; sobre todo, debe mostrarse
determinada a actuar, a combatir y a vencer la adocenada ten-
tación de conformarse con un resultado efectista, con las cosas
cumplidas a medias, a lo que salgan, según predica un pragma-
tismo miope que todo lo deforma y empequeñece; debe, final-
mente, saber configurar y mostrar un futuro posible, creíble,
sostenido y elevado como paradigma desde un comportamiento
ejemplar, que muestre en su obrar el sentido trascendente que
arroja sobre esa vida la utopía. Tal fue el método y el comporta-
miento de nuestro padre, Juan Pablo Duarte.
El país de Duarte aún no existe. Lo que conocemos como tal
es una ficción, una apariencia diabólica, un engaño, una burla,
una caricatura.
Nuestra única posibilidad de ser plenamente dominicanos
vive en la patria que él soñó. Vive en el sueño inagotable de un
luchador que todos, en su tiempo, quisieron dejar atrás, acallar,
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Filosofía dominicana: pasado y presente 287
aislar, denigrar, difamar, empequeñecer. Sin embargo, el Padre
de la Patria no desalentó, no renunció a su sueño.
Duarte es grande porque supo trascender la mezquina reali-
dad de su época –que es una constante en todos los tiempos.
Comprendió que los dominicanos somos dados a utilizar y a
obedecer a la retórica y a la fuerza bruta. Por eso decidió contra-
decir poderosamente nuestra historia, construir un monumento
imperecedero sin palabras, sin constricciones, sin dictar deberes
ni órdenes: decidió señalar el camino con su propia vida, erigir
su legado sobre el propio ejemplo.
Seguir el ejemplo de Duarte debería ser para nosotros el más
alto anhelo. Construir el país que soñamos, adelantándolo con
un comportamiento ejemplar; de eso se trata.
El mundo como entramado de sentido
30
La filosofía para comprender el ser o el sentido del mundo,
históricamente, ha procedido a colocar el dato inmediato que
encuentra, es decir, los hechos o acontecimientos que se dan u
ocurren en una determinada situación histórica, en un contexto
o circunstancia que fija, delimita y define –desde una visión teó-
rica– «la posición de principios» que otorgaría sentido a lo que
acontece.
El filósofo no indaga sobre hechos y acontecimientos, sino
sobre criterios y normas que permiten contextualizarlos; indaga
sobre el orden o sentido en que podrían ser enfocados y contras-
tados; busca sobre la «totalidad» o trasfondo que habría de servir
de contexto a lo que acontece y permite comprenderlo, tomarlo
como conjunto o agregado interpretable según una dirección o
plexo de direcciones de sentido.
La filosofía intenta definir, determinar, el trasfondo que per-
mite situar, comprender y explicar en un «espacio» racional lo
que acontece.
La filosofía tiene como su cometido determinar lo que da
sentido, dirección, valor o ser a «las cosas», a «los entes»; debe
30
Publicado en Areíto, suplemento cultural del diario Hoy, en enero de
2007.
Tomo II.indb 287 08/12/2009 08:28:32 a.m.
288 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
analizar sobre el sentido último que permite reunir las cosas en
una totalidad. Por ello, en el pensamiento histórico occidental se
ha buscado explicar el mundo a partir de principios, de criterios,
axiomas, creencias o de «entes» supremos o centrales.
Se ha postulado que la realidad ha de tener un principio que
ha de actuar, al mismo tiempo, como origen, norma, dirección y
criterio delimitante de lo que denominamos realidad.
Este principio se ha concebido en las diferentes épocas his-
tóricas como Dios, como orden preternatural o natural, como
legalidad histórica, como valor o como ausencia de valor o sen-
tido.
Parménides, por ejemplo, sustenta su análisis en un axioma
que define a priori su modo de ver de mundo; así, afirma tajan-
temente que la única vía para descubrir lo que «es», es el criterio
o principio de que el ser «es», y que el no ser «no-es». Para él,
la realidad coincide, significa ser, y lo que no es realidad, es no-
ser.
Parecería que Parménides habla de algo evidente, y que su
discurso es puramente tautológico; sin embargo, para poder dis-
tinguir lo que es realidad, de lo que no lo es, tuvo que definir y
contrastar lo que entendía significaba «ser» con lo que entendía
significaba «no-ser».
Parménides tomó una decisión que le serviría para discernir
lo que «es» de lo que «no-es»; decidió hacer la misma operación
que nosotros deberíamos llevar a cabo para poder distinguir algo
sobre el trasfondo de una oscuridad absoluta; si sólo hay oscuri-
dad no podremos distinguir nada, para ello tiene que surgir un
punto de luz que resalte sobre lo oscuro, que se mantenga vivo y
persista contra el fondo.
Un haz de luz que resalta en un océano interminable de ti-
nieblas es lo que denomina Parménides «ser». Por consiguiente,
cuando habla del ser, el filósofo de Elea no se refiere a una cosa,
a algo muerto, a algo arrojado ahí, dado de una vez por todas.
La realidad para él es aquello que sobresale y se impone fren-
te al no-ser, frente al trasfondo. El ser de Parménides frente a lo
otro es dinámico, es persistencia, fuerza, tensión, ejercicio de un
Tomo II.indb 288 08/12/2009 08:28:32 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 289
poderío que predomina y se impone sobre lo que no es, sobre la
oscuridad total.
Esta perspectiva constitutiva del modo de pensar occidental,
queda definida por la expresión: «Lo mismo es pensar y ser».
El ser no es algo arrojado, algo exterior; «ser» no es objeto
o algo objetivo, pues no se despliega ante nada diverso de sí
mismo; en el momento ontológico de su originarse el ser es él
mismo: «es» y se constituye en su propia eclosión: es fuerza que
se contrapone; es tensión vital –vital, asumido como metáfora
de lo que emerge y se sostiene sobre sí mismo contra el fondo
oscuro– que se impone como lo apropiado, como ser referido a
sí frente al no-ser.
Por ello, en este modo de ser, al «ser» le es siempre correlati-
vo un «ver», un modo de interpretar, un modo de comprender,
un modo de relacionarse con lo otro y consigo mismo, una iden-
tidad.
El ser emergente de sí de Parménides constituye como ex-
sistir; constituye como un salir de sí que se sostiene en sí mismo,
tal como una rosa se abre y es tal manteniéndose abierta desde sí
misma. El ser parmenidiano constituye, también, como posibili-
dad de trascendencia, de libertad.
Podría aclarar lo señalado diciendo que al ser le «va» su pro-
pio ser; según mi «ser», así mi comprensión; mi existir descubre
como mi propiedad las categorías y la capacidad con que puedo
situarme y decodificarme.
Parménides fundamenta el pensamiento occidental descu-
briendo que ser es permanecer, pero todo ser es en un «modo de
ser», y como tal, es en un «modo del comprender».
Dicho esto con suma brevedad y precisión: el ser se manifies-
ta en la relación que constituye su identidad.
Nada es en solitario, en sí: todo está en relación, es relación.
Las cosas aisladas sólo existen como posibilidad en lo abstracto
del pensamiento. El concepto, la idea, la cosa en sí, es fruto de
un proceso de abstracción en que el ser mundano se evapora,
desaparece.
Los sustantivos no se dan sino determinados; son ejes de
propiedades, que los sitúan y definen. La existencia humana
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290 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
constituye como posibilidad de relación, como trascendencia,
como vínculo indisoluble e insuperable de abrir mi ser frente a
mí mismo en lo otro y con otros.
El mundo constituiría como plexo de significaciones, como
constelación de sentidos que valen y destellan en todo cuanto es.
La vida humana es fundamentalmente ser-en-relación.
Esta situación la han descrito Heidegger y Ortega: «El exsis-
tir es ser-en-el-mundo»; «yo soy yo y mis circunstancias, y si no la
salvo a ella no me salvo yo».
Por ello estimo que para poder penetrar, desgajar y compren-
der la riqueza y la vitalidad que una visión del mundo aporta a
una época, se hace necesario describir y sintetizar la trabazón de
sentimientos, pensamientos, anhelos y actitudes que sirven de
trasfondo a su despliegue en la historia.
No sólo en las personas, en las cosas, en los acontecimientos
o hechos aislados, sino en el entramado de las múltiples relacio-
nes significativas se despliega lo que constituye el sentido de una
época histórica, de un mundo, de una cultura.
Tomo II.indb 290 08/12/2009 08:28:32 a.m.
– 291 –
Crítica de la razón dominicana
David Álvarez Martín
1. Tal como su título anuncia, este ensayo se cobija bajo la obra
de Enmanuel Kant que con el título de Crítica de la razón pura es
el punto de partida para la filosofía occidental contemporánea.
Esto significa que procuraré ubicar el problema de la identidad
de lo dominicano en el mismo contexto teórico que utilizó Kant
1

para afrontar el problema del conocimiento y lo real. Para el
profesor de Konigsberg sólo la crítica nos salva de la ingenuidad
y es por tanto ésa la óptica que debemos asumir al tratar una
cuestión tan fundamental.
En la introducción a la primera edición de la Crítica de la
razón pura, explicando el significado de lo que es la crítica que él
pretende, señala:
No entiendo por tal crítica la de libros y sistemas, sino la de
la facultad de la razón en general, en relación con los conoci-
mientos a los que puede aspirar prescindiendo de toda expe-
riencia. Se trata, pues, de decidir la posibilidad o imposibilidad
1
En la introducción a la primera edición de la Crítica de la razón pura, ex-
plicando el significado de lo que es la crítica que él pretende, señala «No
entiendo por tal crítica la de libros y sistemas, sino la de la facultad de
la razón en general, en relación con los conocimientos a los que puede
aspirar prescindiendo de toda experiencia. Se trata, pues, de decidir la
posibilidad o imposibilidad de una metafísica en general y de señalar tanto
las fuentes como la extensión y límites de la misma, todo ello a partir de
principios» (CRP, A XII) Kant asume la titánica tarea de determinar cuáles
son las posibilidades inherentes al conocer mismo. Invierte el proceso de
manera radical. La pregunta no es ¿qué conozco?, sino ¿qué me es dado
conocer?
Tomo II.indb 291 08/12/2009 08:28:32 a.m.
292 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
de una metafísica en general y de señalar tanto las fuentes
como la extensión y límites de la misma, todo ello a partir de
principios
2

Kant asume la titánica tarea de determinar cuáles son las
posibilidades inherentes al conocer mismo. Invierte el proceso
tradicional de la metafísica de manera radical. La pregunta no es
¿qué conozco?, sino ¿qué me es dado conocer?
Si nuestra aproximación a lo dominicano andará por los cau-
ces del criticismo kantiano no podemos asumir la pregunta ¿qué
es lo dominicano?, sino cuáles son las condiciones y principios
que nos permiten formular la pregunta sobre lo que es lo domini-
cano. Para alcanzar ese propósito, sólo una pregunta nos puede
dirigir. Es decir, llegar a la pregunta ¿qué es lo dominicano?, sólo
es posible si construimos la pregunta que funde nuestra metodo-
logía crítica. Vistas así las cosas, demos un segundo paso.
El segundo procedimiento que deseo hacer explícito en el
tratamiento del tema es la construcción de la formulación de
la pregunta que inquiere sobre las condiciones que permiten
preguntar sobre lo dominicano y a la vez la misma pregunta en
cuestión. Siguiendo las pautas de «la estructura formal de la
pregunta que interroga por el ser» de Martin Heidegger, en su
obra Ser y tiempo, analicemos brevemente cómo se formula una
pregunta.
3
Indica Heidegger que «todo preguntar es un buscar. Todo
buscar tiene su dirección previa que le viene de lo buscado.
Preguntar es buscar conocer «qué es» y «cómo es» un ente».
En nuestro caso se trata de una entidad muy especial, eso que
2
CRP, A XII.
3
«Todo preguntar es un buscar. Todo buscar tiene su dirección previa que
le viene de lo buscado. Preguntar es buscar conocer «qué es» y «cómo es»
un ente. El buscar este conocer puede volverse un «investigar» o poner en
libertad y determinar aquello por lo que se pregunta. El preguntar tiene,
en cuanto «preguntar por...», su aquello de que se pregunta. Todo «pregun-
tar por...» es de algún modo «preguntar a...». Al preguntar es inherente,
además del aquello de que se pregunta, un aquello a que se pregunta. En
la pregunta que investiga, es decir, específicamente teorética, se trata de
determinar y traducir en conceptos aquello de que se pregunta». Martin
Heidegger, Ser y Tiempo, México, FCE, 1980, §2, p. 14.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 293
llamamos lo dominicano. Continúa el autor señalando que «el
buscar este conocer puede volverse un “investigar” o poner en
libertad y determinar aquello por lo que se pregunta». Es decir,
la pregunta puede ser una mera inquisición ante un fragmento
de información desconocido que nos inquieta o libera lo oculto,
dejarlo ser. El preguntar tiene, en cuanto «preguntar por...», su
aquello de que se pregunta. Todo «preguntar por...» es de algún
modo «preguntar a...». Al preguntar es inherente, además del
aquello de que se pregunta, un aquello a que se pregunta. En la
pregunta que investiga, es decir, específicamente teorética, se
trata de determinar y traducir en conceptos «aquello de que se
pregunta».
Nuestro esfuerzo no busca contestar a la cuestión ¿qué es
lo dominicano?, sino debatir los necesarios puntos previos a la
posibilidad y planteamiento de dicha pregunta. Reconociendo
que existen, antes de este inquirir, cuestiones que son llamadas
como «dominicanas» y que la pregunta es de hecho efectuada
desde diversos ángulos y en diferentes momentos,
4
no vamos a
aventurarnos a darle carta de legitimidad a dicha pregunta o de-
nominación, sino a cuestionar su fuente y dirección como contri-
bución crítica a la construcción de lo dominicano, cualquiera que
fuera dicha cosa. Este paso nos ahorrará el desarrollar avenidas
de indagación que desde su seno, es decir, desde su formulación
inicial, no tienen sentido alguno.
4
Zaglul adelanta el problema de la pregunta por lo dominicano como
asunto metodológico y necesario, como una manera en que la filosofía
aporta de forma substancial al debate. Incluso establece la formulación
del preguntarse como reflejo de una alteridad que a su vez nos pregunta,
y a quienes preguntamos. «La pregunta por el “nosotros” implica siempre
la pregunta por “los otros”». Esta afirmación –es una interpretación per-
sonal– tiene en un primer momento la realidad de Haití como el «otro»
adjunto, próximo inmediato a nuestra existencia como nación y a la vez
un preguntar por el «otro», en cuanto componente social y de clase, em-
pobrecido y sometido social y políticamente, al que no se le permite tener
discurso propio, sino que se le obliga a aceptar el elaborado por los sec-
tores dominantes y los intelectuales. Jesús Zaglul, «Para seguir releyendo,
haciendo y recontando la identidad cultural y nacional dominicana: pistas
e interrogantes», Estudios Sociales, Año XXV, Nos. 89-90, julio-diciembre
1992.
Tomo II.indb 293 08/12/2009 08:28:32 a.m.
294 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
2. Etimológicamente, lo dominicano es la forma de deno-
minar a los nativos de la ciudad de Santo Domingo de Guzmán,
por extensión del término. Debido a razones históricas que no
he de debatir ahora, toda la isla paso a ser llamada la Isla de
Santo Domingo, a pesar de que su nombre era la Isla de La Espa-
ñola. Incluso con la ocupación francesa de la parte occidental, el
nombre fue preservado y traducido al francés. Cuando la inde-
pendencia del 1844 acontece, se consagra el nombre con el que
se referían a los habitantes de la llamada Isla de Santo Domingo
y se construye la denominación de la República Dominicana, es
decir, la república de los dominicanos.
Frente a esta denominación compiten la categoría de haitia-
nos que quedaba implícita en el nombre de Haití español, nues-
tro nombre fundacional de la Independencia del 1821, y el de
quisqueyano, que ha quedado consagrado en el Himno Nacional
de Emilio Prud´Homme. Ambos términos, son de origen taíno
y el debate sobre su uso obedece en gran medida a los conflic-
tos históricos generados entre la República de Haití y nuestra
nación.
Pero la consideración de lo que es un dominicano no es
asunto meramente de denominación. Debemos referirnos a un
«algo» que llamamos identidad de los dominicanos, y que en una
aproximación muy general sería lo común y lo integrador entre
todos los individuos que bajo ese nombre se refieren a sí mismos.
Esa idea de la identidad de una nación es común, en primera
instancia, sin negar diferencias, a los españoles, haitianos, mexi-
canos, italianos, rusos, etc. A nuestra conciencia se presentan
diversas denominaciones que a su vez representan las «identida-
des» de sus respectivos pueblos.
5
5
Si hemos de ser rigurosos en el tratamiento filosófico del problema, debe-
mos aceptar la crítica de Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus.
La identidad puedes ser concebida de dos maneras, según el autor, o deci-
mos que dos cosas distintas son iguales (A = B), cuestión completamente
falsa, o afirmamos que una cosas es igual a sí misma (A = A), con lo que
caemos en una tautología. A menos que no tengamos otra alternativa,
Wittgenstein concluye que la identidad no puede ser una relación. ¿Qué
afirmamos cuando decimos «la identidad de los dominicanos»? Según mi
parecer sólo es posible si diferenciamos entre «lo-que-es la comunidad de
Tomo II.indb 294 08/12/2009 08:28:32 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 295
Los matices e intensidades son importantes, así podemos ha-
blar de que la identidad haitiana está más definida o arraigada
que la estadounidense, o que los dominicanos tenemos «crisis de
identidad», en el sentido que nos resulta problemática nuestra
identidad. Incluso podemos hablar de una falta de identidad o
de que estamos perdiendo nuestra identidad en cuanto algunos
o varios elementos que asociamos con ella están perdiendo fuer-
za en la cotidianidad o están siendo suplantados por otros de
origen foráneo.
6
En todo lo que acabo de señalar , se encuentra de fondo una
perspectiva de la identidad que se presupone capaz de ser deter-
minada. Es decir, existen factores claramente identificables que
podemos señalar como pertenecientes a lo dominicano. Dentro
del género humano podemos aislar factores que nos indicarían
la existencia de unas características especiales que hace nos
consideremos como un dominicano, distinto a un venezolano,
un senegalés o un alemán. Un caso ejemplar es la tipología
individuos que llamamos dominicanos» y «lo-que-debe-ser la comunidad
de individuos que llamamos dominicanos». Y este lo-que-debe-ser puede
corresponder a la opinión de un grupo o de la mayoría de los individuos
y ser una situación del pasado o un modelo proyectivo. Por eso mi tesis es
que la discusión de la identidad es un asunto ético y político en lugar de
óntico o epistemológico.
6
Manuel Núñez actualiza de forma culta el «peligro de perder la identi-
dad». En su argumento establece claramente la preeminencia de la iden-
tidad sobre el hecho de la República; afirma que «Fue la dominicanidad,
la identidad, la que creó la nacionalidad. Antes de ser independientes por
derechos y por las armas, ya lo éramos en nuestro fuero interno». Este
razonamiento encaja perfectamente con el nacionalismo como forma de
identidad que presupone una visión hegeliana en la conceptualización de
una idea previa de lo nacional que se materializa en un Estado, una nación
organizada.
Pero esta realidad etérea, precaria, que es nuestra identidad está en diso-
lución. Los tintes del autor son sombríos al describir el estado presente de
la identidad dominicana. «Más, por lo pronto, digamos que esta ansia de
ser, que esa sed de infinito propio no se manifiesta ni en los usos sociales
ni en el pensamiento; predomina en el dominicano actual una ausencia
radical de lo que es, desconocimiento de los contornos y de los valores his-
tóricos en que se funda su nacionalidad, deseo de no perpetuar su cultura;
cualquier destino le parece mejor». Manuel Núñez, El ocaso de la nación
dominicana, Santo Domingo, Editora Alfa y Omega, 1990, pp. 304-305.
Tomo II.indb 295 08/12/2009 08:28:32 a.m.
296 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
propuesta por Ferrán en sus «Figuras de lo dominicano»,
7
pero
existen varias propuestas. La pregunta que se impone es ¿cuáles
son esos factores que nos permitirían la discriminación de lo que
es lo dominicano?
3. La historia de las identidades sociales es tan antigua como
la formación de los primeros grupos humanos, incluso prece-
dente a la formación de la misma identidad individual.
8
Fuera
mediante tótems, deidades, mitos, genealogías, lenguas, etc., los
grupos humanos buscaron formas de afirmar su pertenencia a
un grupo, el cual le brindaba seguridad y sentido, y por la vía
negativa, su diferenciación de otros grupos humanos diferentes
a ellos.
Cuando Europa transitó del Medioevo a la modernidad,
uno de sus rasgos distintivos fue la conformación de identidades
nacionales que integraran la rica multiplicidad de fenómenos re-
gionales típicos de los feudos y señoríos. El eje de esa integración
tuvo varios factores de identificación.
7
Él propone la orfandad, el criollismo barroco, el drama cultural y el pesi-
mismo. Fernando Ferrán, «Figuras de lo dominicano», Ciencia y Sociedad,
Vol. X, No.1, enero-marzo 1985, pp. 5-20.
8
La tesis de que la formación social es previa a la formación individual es
desarrollada por Vygotsky, superando la explicación marxista precedente
y, por supuesto, desbancando al conductismo. «[...] parafraseando una
conocida idea de Marx, podríamos decir que la naturaleza psicológica hu-
mana representa la superposición de las relaciones sociales interiorizadas
que se han transformado en funciones para el individuo y en formas de la
estructura individual. No queremos decir que éste sea el significado de la
postura de Marx, pero vemos en ella la expresión más plena de aquello ha-
cia lo que nos lleva la historia del desarrollo cultural. [...] Vygotsky postula
[sobre la base del marxismo] que la dimensión social de la conciencia es
primigenia en tiempo y hecho. La dimensión individual de la conciencia
es derivada y secundaria. El primer problema es mostrar cómo la respuesta
individual surge de las formas de vida colectiva». James V. Wetsch, Vygotsky
y la formación social de la mente, Barcelona, Paidos, 1988, p. 75.
Complementaria a esta posición tenemos la postura de Habermas, quien
establece claramente la distinción entre identidad social e identidad in-
dividual. «Sería falso representarse las identidades grupales como «iden-
tidades del yo» en gran formato; entre ambas no se da ninguna analogía,
sino sólo una relación de complementariedad». Jürgen Habermas, Identi-
dades nacionales y postnacionales, Madrid, Editorial Tecnos, 1994, p. 100.
Tomo II.indb 296 08/12/2009 08:28:32 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 297
Uno, lo fue la autoridad suprema de un monarca. Soberanía
absoluta de un hombre que representaba en su persona la totali-
dad de la sociedad, más allá de cualquier clase social o diferencia
regional. Articulado en el monarca en la mayoría de los países
europeos, tiene en nuestras sociedades un símil en los tiranos
que jalonan nuestras historias latinoamericanas.
Otro, lo fue el aspecto religioso. La Reforma implicó la ruptu-
ra esencial de la unidad europea medieval basada en una sola
creencia y autoridad eclesial. Las diversas confesiones les dieron
«espíritu» a príncipes y monarcas, categoría de representantes
divinos. La cuestión no era asunto de poder terrenal, sino de
preservar la fe. Por extensión, la generación de las diversas con-
fesiones identificaron unas sociedades de otras; o en el seno de
una misma sociedad, siendo todos súbditos de un mismo rey,
representaba esta división de iglesias una guerra civil en ciernes.
la Fe identificaba.
Una tercera, lo fue la lengua. La disolución del latín como
lengua franca y la elevación a categoría de idioma de las lenguas
romances, fruto de su adopción entusiasta por parte de drama-
turgos, filósofos, biblistas y gramáticos, empujó poderosamente
la identificación de las diversas naciones en la base de sus len-
guas.
El aspecto racial, heredado de las cruzadas y de estadios ante-
riores, encontró un fundamento leve en la diferenciación de las
naciones europeas occidentales entre sí, pero sí una barrera más
firme cuando de Europa hacia el resto de los pueblos se trataba.
El colonialismo e imperialismo de la modernidad tuvo una pri-
mera orientación clara en las distinciones raciales, que luego se
agregó a la religiosa. Pero no olvidemos que el tema racial volvió
con fuerza durante la crisis económica entre guerras y fue uno
de los sustentos centrales de la propuesta de identidad alemana
que propugnó el nacional socialismo.
De último es menester señalar lo que llamo folklore, en cuanto
señal de identidad. Es ese conjunto de maneras propias de vestir,
cocinar, construir, hacer música, cantar, realizar faenas agrícolas,
artesanales, etc., que a un plano muy elemental, heredado de ni-
veles de aislamiento en comunidades locales, no representan en
Tomo II.indb 297 08/12/2009 08:28:32 a.m.
298 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la actualidad un factor crítico en el desarrollo de la comunidad,
sino un vestigio diferenciador de la comunidad.
Estos cinco factores, objetivamente detectables en la historia
y el presente de muchas sociedades, son formas de identifica-
ción conservadoras. Son señales de identidad que se afirman
únicamente cuando miramos hacia el pasado, cuando hacemos
balance de lo alcanzado hasta el presente. Su apelación es co-
mún en momentos de crisis profundas, especialmente de índole
económica o política.
4. Los Estados modernos buscan identificarse como nacio-
nes y en los casos donde esto no es posible, se adoptan fórmulas
constitucionales que reconozcan las llamadas naciones o países.
El modelo español nos sirve como ejemplo. Tenemos los casos
africanos, asiáticos y otros en partes de América, donde existen
colectividades tribales o pueblos que intentan que se les reconoz-
can su diferencia y derecho a la autonomía, incluso abarcando
territorios de más de dos Estados.
En nuestro caso concreto ninguna de estas circunstancias
concurren. El nivel de homogeneidad lingüística, la indefinición
racial y la facilidad de movilidad por todo el territorio impiden
que se formen grados suficientemente fuertes de separación
entre comunidades que habitan estas tres cuartas partes de isla.
Los vestigios del aislamiento regional del siglo pasado quedan
en el nivel folklórico. Sólo la existencia del Estado de Haití, en
el tercio occidental de la isla, es motivo de diferenciación políti-
ca, lingüística y en menor grado racial. La diferenciación racial
entre Haití y República Dominicana es consecuencia de aspectos
históricos –en el pasado– y de cuestiones ideológicas –en el pre-
sente– más que un asunto real.
4.1 La raza no puede ser un criterio de identidad en nuestro caso
por dos motivos. A) El mulataje dominicano es tan intenso que
abarca completamente cualquier intento de «definición racial».
Las mitologías forjadas en cuanto a nuestra herencia racial indí-
gena o a la pretensión de ser blancos, es pura ideología racista.
B) Nuestra diferenciación racial respecto a Haití es imposible de
afirmar, salvo que nos subamos a la atalaya de grupos reducidos
del cibao central, Baní y sectores de las clases media y alta domi-
Tomo II.indb 298 08/12/2009 08:28:32 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 299
nicanas. La inmensa mayoría de nuestros campesinos, sectores
suburbanos y trabajadores son negros o mulatos tan oscuros, fe-
notípicamente hablando, que pasarían por cualquier haitiano.
Apelar al mulataje como una forma de ser tiene sentido en
términos culturales, no así racial. Toda identidad que se refiere
al color de la epidermis supone que la misma confiere rasgos di-
ferenciadores esenciales a los portadores de dicha piel del resto
de los seres humanos. Esta tesis es el centro de toda concepción racis-
ta.
9
Los individuos nos formamos en función del grupo humano
donde nos desarrollamos, como nos perciben y las expectativas
que tienen. La piel no tiene ningún papel esencial en ese pro-
ceso, salvo que la sociedad, o grupos de ella, valoren de manera
especial si se es negro, blanco, amarillo, etcétera.
La respuesta a quienes proponen una identidad basada en
el color de la piel no consiste en postular un color contrario o la
«invención» del mulato como nueva categoría racial, sino la de
negar en su misma raíz el argumento racista.
4.2 El aspecto religioso católico romano como elemento uni-
ficador de lo dominicano tiene sus raíces desde el mismo proceso
de la conquista. Sirvió de justificación ideológica para la supre-
macía hispánica; sincretizado por la pobreza del poder colonial,
no sería hasta la dictadura trujillista que tendría la oportunidad
de articularse institucional y doctrinalmente. Abierta la sociedad
en su contacto con el exterior, una vez ocurrido el tiranicidio, la
diversidad de confesiones y doctrinas que han permeado nuestro
9
En el pensamiento dominicano contemporáneo, Joaquín Balaguer es el
exponente más conocido del racismo en cuanto forma de identificación
de la nación dominicana. En su obra La isla al revés se encuentran múlti-
ples referencias a dicha ideología, baste como ejemplo el siguiente: «“No
os mezcléis con las razas occidentales”, decía Spencer a los pueblos de
Oriente. “No os dejéis influir por la inmigración procedente de la parte
occidental de la isla”, debería ser la consigna dada por todos los gobier-
nos del país al pueblo dominicano. Si ese pensamiento se realiza, habría
sido asegurado el futuro de la República Dominicana». Esta idea obsesiva
sobre la repulsa contra la negritud lo lleva a sutilmente a exaltar a Trujillo
sobre Duarte, cuando unas líneas más abajo, en la misma página, declara
«constituir una patria, tiene menos méritos que hacer de ella una nación
limpia y poderosamente integrada». Joaquín Balaguer, La isla al revés,
2da. edición, Santo Domingo, Librería Dominicana, 1984, p. 99.
Tomo II.indb 299 08/12/2009 08:28:33 a.m.
300 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
medio, niegan la pretendida mayoría indiscutible de la catolici-
dad. Además es necesario resaltar la expansión del secularismo y
el indiferentismo religioso. Salvo limitadas zonas del cibao no es
correcto hablar de una sociedad fuertemente impregnada de la
doctrina y prácticas de la Iglesia católica romana.
No es la doctrina o moral del catolicismo romano una nota diáfana
y distintiva de nuestra identidad, a pesar de los esfuerzos que la
misma Iglesia desarrolla en aras de alcanzar ese estado de resul-
tados. En términos doctrinales prevalece un profundo sincretis-
mo que tiene entre sus ejes centrales algunas ideas propias del
cristianismo en su sentido más amplio. En el aspecto ético nunca
se ajustó nuestro cuerpo social a la disciplina propia del catoli-
cismo. Basta referirnos, desde nuestro pasado más remoto, a la
promiscuidad masculina en sus relaciones fuera del matrimonio,
y en la actualidad a las prácticas de corrupción extendidas en los
sectores público y privado.
4.3 La lengua es, de los factores que estamos analizando, el
único que efectivamente sirve de identificación formal. Dicha
identidad tiene un aspecto positivo en la comunidad de hablan-
tes que formamos y que por extensión alcanza a los demás países
hispanoamericanos y a España. Por el lado negativo sirve como
cedazo frente a la realidad de Haití. Respecto a nuestra relación
con Estados Unidos es a la vez factor de separación y tensión por
resolver, tanto por la penetración de los valores culturales de di-
cha nación, como de cara a la inmensa comunidad dominicana
en Estados Unidos.
La afirmación de una lengua en su literatura es un elemento
importante de identidad para la comunidad de hablantes, en este
caso nuestra identidad; pero a la vez, la necesidad de expresar el
logos y la técnica, es decir, una filosofía y una ciencia, determi-
nan cuan independiente es dicha comunidad. La influencia del
inglés, fenómeno universal en la actualidad, es preocupante res-
pecto a nuestra lengua, si de ella nos valemos como elemento de
identidad. No basta con poesía y narrativa, es necesario expresar el ser y
la naturaleza, si queremos ser lo que somos mediante nuestra lengua.
4.4 Trujillo fue el útero de lo dominicano, tal como hoy lo
entendemos. Las fuerzas centrípetas que generó su régimen de
Tomo II.indb 300 08/12/2009 08:28:33 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 301
violencia y forma dieron lugar a la realidad dominicana. Tanto
la mayoría que se le opuso, como la minoría que lo respaldó,
son herederos necesarios del estado-de-cosas que se nos impuso.
Esa imagen semi-rural, apacible, con merengue y sancocho, pesi-
mista, ingenua y profundamente criolla, creadora del indio para
ocultar el mulato, es hechura del trujillismo. Por supuesto con
elementos preexistentes, pero colocados en su justo lugar por la
tiranía.
Creador del Estado moderno dominicano, mediante la vio-
lencia, como se formaron todos los Estados modernos. Suprimió
todos los poderes regionales, creó la realidad de la unidad de lo
dominicano. Es el génesis de lo dominicano, no sólo en cuanto
creación, sino también en cuanto pecado original. Cualquier
respuesta debemos darla de cara a Trujillo y la dictadura.
10
El
Estado dominicano heredó todo de la dictadura: sus fábricas y
propiedades, su ejército, su Iglesia oficial, el artículo 55 de la
Constitución y hasta su geografía concéntrica en Santo Domingo.
Nuestros partidos políticos y los intelectuales heredamos la dicta-
dura medularmente, cada uno propone un sustituto de Trujillo.
Se tiene todo el poder o nada, sea mediante una revolución, un
golpe de Estado o elecciones.
Cualquier intento por definir nuestra identidad tiene que
darle respuesta al componente autoritario de nuestra formación
nacional.
11
10
Moya Pons recoge de manera concisa la contradicción entre el «optimis-
mo» interno de la dictadura y el pesimismo dejado con su fin. La tiranía
trujillista «logró desatar energías dormidas en la sociedad dominicana
[...] pero como el trujillismo como ideología se asentó sobre el racismo y
otras falacias históricas, a la caída de la dictadura, cuando los dominicanos
entraron en contacto con el mundo exterior, entonces descubrieron que
habían sido engañados y se dieron cuenta que eran un país muy pequeño,
muy pobre y muy atrasado». Frank Moya Pons, El pasado dominicano, Santo
Domingo, Fundación Caro Álvarez, 1986, p. 246.
11
Los intelectuales dominicanos contemporáneos se clasifican en función
de la posición a favor de las tesis de Trujillo, en contra de las mismas o
trascendiéndolas. Bernardo Vega, tomando el caso haitiano, establece
esa división. «Etnicidad y el futuro de las relaciones domínico-haitianas»,
Estudios Sociales, año XXVI, No. 94, octubre-diciembre 1993, pp. 39-40.
Tomo II.indb 301 08/12/2009 08:28:33 a.m.
302 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
4.5 La apelación a los rasgos folklóricos de lo dominicano
es una señal muy fuerte de la impotencia de nuestra cultura e
identidad para responder a nuestras necesidades actuales o la
negación de lo que somos realmente, en función de construir
una imagen idílica que resuelva la tensión que nos provocan los
retos del presente y el futuro que se avecina. La identidad de
costumbre o «museográfica», en su sentido peyorativo, tiene en el sentido
común su expresión más acabada y es mercancía de venta en los discursos
neo-nacionalistas
12
y populistas.
Los procesos de urbanización, modernización y globalización
darán al traste con las últimas señales operativas de las costum-
bres dominicanas de finales del siglo pasado e inicios del presen-
te, sin que por ello «perdamos» nuestra identidad. Incluso en la
actualidad muchos de esos signos musicales, de baile, vestuario y
gastronomía, son de oferta regular en los beach resort y paraderos
turísticos. Las realidades materiales que llevaron a la sociedad
dominicana de ese tiempo a dar dichas respuestas, no son las
del presente y por tanto, a pesar de que sirven como referencia
histórica de lo que fuimos, no es un indicador correcto de lo que
somos.
5. En la discusión presente sobre la identidad dominicana,
superada la ideología del hispanismo,
13
hay dos tópicos cardi-
Zaglul también destaca perfiles propios de trujillismo y su conexión con el
tema haitiano, pp. 146-147.
12
Habermas señala que el nacionalismo descansa en tres factores que él
toma de P. Alter, 1. «Las ideas fundadoras de identidad provienen de una
herencia profana, independiente de la Iglesia y la religión, herencia que
viene preparada y mediada por las ciencias del espíritu, que nacen en ese
momento (se refiere a Europa, DAM)»; 2. «El nacionalismo hace coinci-
dir la herencia cultural común de lenguaje, literatura o historia, con la
forma de organización que representa el Estado», y 3. «En la conciencia
nacional se da una tensión entre las orientaciones universalistas de valor
del Estado de Derecho y la democracia, por un lado, y el particularismo de
una nación que se delimita a sí misma frente al mundo externo, por otro».
Ese último elemento es a mi juicio el que nos puede ayudar a resolver la
situación de lo dominicano.
13
La tesis hispanista «expresa los requerimientos del despotismo, forma por
excelencia de conformación del Estado Dominicano [...] el correlato de
la tesis hispanista es el racismo y, desde él, el antihaitianismo, operaciones
elevadas como recurso supremo de legalidad del autoritarismo». Roberto
Tomo II.indb 302 08/12/2009 08:28:33 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 303
nales. Por un lado la noción de mulato, no en términos raciales,
sino de sincretismo cultural, y por otro lado, el recurrente argu-
mento del pesimismo.
14
Es evidente la confluencia de tres grandes
tradiciones: positivismo, historicismo y marxismo –sin excluir
otras– que marcan en diversos grados nuestras aproximaciones
al problema. Las tres tienen en común, pero en diversos grados,
un fuerte componente determinista, especialmente referido a
la tradición histórica.
15
La mayor parte de las explicaciones que
se han formulado para explicar nuestra identidad suponen de
diversos modos que lo que hoy somos se deben en gran parte
a nuestra herencia histórica, especialmente a la de los últimos
cinco siglos.
Cassá y Genaro Rodríguez, «Algunos procesos formativos de la identidad
nacional dominicana», Estudios Sociales, Año XXV, No. 88, abril-junio 1991,
pp. 67-68. Esta postura es por naturaleza la ideología trujillista, que a su
vez es el núcleo esencial del neo-trujillismo, encarnado en el pensamiento
y acción política de Joaquín Balaguer. A su vez, debido a la naturaleza
autoritaria y premoderna de dicha ideología, acontece el pesimismo como
expresión de la imposibilidad, de la intelectualidad y los sectores políticos
liberales, de modificar el rumbo de la sociedad y el Estado dominicano.
Hispanismo, trujillismo, neo-trujillismo y pesimismo forman una parentela
ideológica armoniosa.
14
Tomamos la síntesis de Fernando Ferrán en su artículo «Figuras de lo do-
minicano». Al definir la conceptualización del pesimismo dominicano, él
destaca tres elementos: «que esta nación no tiene futuro colectivo, que su
composición racial y social vive en un continuo proceso de desintegración
cultural, y que por ello mismo sólo puede ser gobernada por la fuerza
violenta a través de un hombre providencial» ( p. 13). Como complemen-
to a esta definición, sugiero consultar un brillante artículo de Federico
Henríquez Gratereaux sobre el pesimismo dominicano, publicado el 24
de enero del 1975 en el periódico Última Hora.
15
El planteamiento de Zaglul y de Cassá tiene un fuerte componente de
apelación a la identidad en cuanto «lectura» del pasado histórico. Este
argumento puede sostenerse en función de una pedagogía que «libere»
a los sectores mayoritarios de la obligación de aceptarse tal como «lo
identifican» los sectores dominadores. Entiendo que esto puede ser muy
útil en términos pastorales o de educación crítica, pero no sustituye la
necesaria confrontación con un horizonte de retos y posibilidades que una
real democracia obliga. El historicismo y sus tendencias afines tiende a ser
determinista y a consagrar formas de interpretación, y contribuye a formas
más o menos veladas de autoritarismo.
Tomo II.indb 303 08/12/2009 08:28:33 a.m.
304 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El mulataje en términos culturales es un hecho innegable
y por tanto es mucho lo que se puede desarrollar en aras de
profundizar las nociones sobre lo dominicano.
16
El pesimismo, por otro lado, es el factor más nocivo en
cuanto a la posibilidad de construir una visión de lo dominicano
que funde racionalmente nuestra identidad. Heredero de la
conjunción de varios factores políticos y sociales, el pesimismo
es el substituto a una real propuesta de lo que debe ser nuestro
proyecto como nación. Es reflejo de la imposibilidad de nuestros
intelectuales por participar de manera propia en la construcción
política dominicana.
17
Navegando improvisadamente, respondiendo a lo urgente
y no a lo importante, llevamos ciento cincuenta y tres años de
soberanía formal (con sus interrupciones y mediaciones). Sin
buscar una «mala fe» histórica, es necesario develar que la falta
de confianza en un proyecto común tiene su pedagogía práctica y
teórica. Dictaduras y caudillos, la pobreza y lo rural, fueron caldos
de cultivo de la «creencia» de que no es posible trabajar todos en
conjunto para un objetivo común. Esta práctica también ha sido
prohijada conscientemente a través de diversos medios; en otras
palabras, el pesimismo tiene sus beneficiarios y sus promotores.
A muchos sectores internos y externos les conviene que nuestra
16
En el trabajo de Cassá y Rodríguez, existe la fundamentación teórica ne-
cesaria para considerar el mulataje en términos culturales como producto
esencialmente dominicano más allá de los hispanismos, indigenismos y
africanismos. Cfr. Roberto Cassá y Genaro Rodríguez, «Algunos procesos
formativos de la identidad nacional dominicana», Estudios Sociales, Año
XXV, No. 88, abril-junio, 1991, pp. 86-88.
17
«Es, creo, contra la pérdida de esa “identidad” nacional-cultural que se
alzan los lamentos de nuestros intelectuales de ayer y de hoy. Lamentos
que no modifican el ritmo y la estructura de ese “vacío cultural”, sino que
lo refuerzan, reforzando el racionalismo pesimista, la nostalgia del origen
y las soluciones políticas providencialistas o mesiánicas. Y como la historia
es lo que ocurre, allí donde el intelectual ve frustradas las esperanzas que
depositó en tal o cual proyecto salvador, nace su malestar cultural o su
gran desencanto de la vida, la sociedad y abandona la lucha». Diógenes
Céspedes, Estudios sobre literatura, cultura e ideología, Santo Domingo, Edi-
tora Taller, 1983, p. 203. El pesimismo, por definición, es una ideología
justificadora de la derrota.
Tomo II.indb 304 08/12/2009 08:28:33 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 305
sociedad continúe autocastrándose; ése es el carácter nocivo de
esa posición ideológica.
A través de la ignorancia, la dependencia económica,
el desorden estatal, la opinión pública liviana, el culto a la
violencia y otros muchos medios, se afianza la convicción de
que efectivamente este país no tiene solución y lo que se impone
es que cada quien busque su solución. Quienes por mucho
tiempo hicieron oposición radical a este orden de cosas
–muy especialmente los sectores «conscientes» de la pequeña
burguesía–, en lugar de ayudar a construir en firme una
solución a la sociedad que pretendían redimir, entretuvieron a
miles de corazones y cerebros valiosos con soluciones mágicas,
revoluciones inminentes y actuaciones coyunturalistas. Entre
esos dos actores, beneficiarios y payasos, se juega la tragicomedia
perversa del pesimismo dominicano.
Derrotar el pesimismo es cuestión de esfuerzo y no de simple
discurso, de investigación y estudio disciplinado y no slogan po-
pulista, pero sobre todo es un proyecto político que pugna por
abrirse camino desde la lucha antitrujillista hasta el presente, sin
una estructura definida, sino en base a un conjunto de ideales.
18

Si el pesimismo es consustancial al autoritarismo, la pregunta
por la real identidad de lo dominicano es medularmente una
apuesta por la democracia plena, es una ruptura subversiva al
orden neotrujillista.
18
«Existe, sin ser articulada, una agenda que late en los ideales y posiciones de
los diversos sectores que identificamos como liberales y que precisamente
esa agenda pendiente los constituye como tal. [...] Un primer punto esen-
cial es la reforma del Estado Dominicano. Reforma que apunta a permear
toda su estructura de la participación activa de la sociedad civil organizada
y a erradicar todas sus manifestaciones de autoritarismo. [...] El segundo
punto en la agenda liberal concierne a lo económico. Liberalizar nuestro
mercado interno, abrirnos a los esquemas de integración regional y por
esa vía avanzar hacia la globalización. [...] Un tercer punto está vinculado
al incremento del alfabetismo y el nivel educativo de nuestra sociedad.
La ignorancia es el principal aliado de los sectores autoritarios e intole-
rantes. La libertad de nuestra sociedad siempre será un préstamo o una
dádiva, mientras la mayoría de los dominicanos vivan en el oscurantismo,
el analfabetismo y la indigencia». David Álvarez Martín, «¿Dónde están los
liberales dominicanos?», El Siglo, 25 de abril del 1997.
Tomo II.indb 305 08/12/2009 08:28:33 a.m.
306 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
6. ¿Cuáles avenidas se nos abren para repensar lo domi-
nicano? Superados teóricamente los elementos constitutivos
del nacionalismo moderno y la especificidad del pesimismo, en
cuanto aberración de nuestra interpretación historicista, nos
queda por delante la necesaria construcción de una identidad
proyectiva, teleológica. No me refiero al mero ejercicio volitivo,
típico del romanticismo y los regímenes totalitarios, sino a la
necesaria articulación de un proyecto político que, basado en
nuestras reales condiciones y potencialidades en cuanto co-
lectivo y recursos naturales, pueda adelantar su posición en la
nueva configuración mundial sobre la base del incremento del
bienestar de todos los que pertenecemos a esta entidad llamada
República dominicana.
Tomando la posición de Jürgen Habermas hemos de pensar
la construcción de una identidad en la que «[...] la idea abs-
tracta de universalización de la democracia y de los derechos
humanos constituya la materia dura en que se refractan los ra-
yos de las tradiciones nacionales –del lenguaje, la literatura y la
historia– de la propia nación».
19

Nuestra identidad ha de ser universal en su núcleo esencial, evitando
las posturas historicistas y autoritarias, pero cincelada por los ricos mati-
ces que devienen de nuestra historia, maneras y emociones.
Por lo tanto, la esencia de la identidad de lo dominicano
es ante todo un asunto ético y político, y sólo en un segundo
momento, una cuestión histórica, folklórica o social. La pre-
gunta sobre ¿quiénes somos?, no puede ser formulada a una
élite política, económica o intelectual, tiene que ser contestada
por la totalidad de los que pertenecemos a dicha entidad. Pero
responder a esta cuestión presupone un estado de democracia
plena y vigencia absoluta de los derechos humanos. La identidad
social supone, antes de su solución real, la capacidad política,
económica e intelectual de todos los ciudadanos, si no será la
imagen distorsionada, aberrante, de un grupo minoritario que
fuera por impotencia o por conveniencia, defiende la tesis pesi-
mista.
19
Jürgen Habermas, Identidades nacionales y postnacionales, Madrid, Editorial
Tecnos, 1994, p. 102.
Tomo II.indb 306 08/12/2009 08:28:33 a.m.
– 307 –
Formas y motivos
del pensamiento latinoamericano
1
Fernando Ferrán
2
Este artículo es demasiado pretencioso, no obstante estar escrito
con las intenciones metódicas propias de un maestro de escuela.
Pretendo presentar el tema de América Latina en su pensamien-
to; pero en plural, en sus pensamientos, a la luz de sus diversos
motivos y formas de exposición.
Al mismo tiempo, procederé machaconamente, como se
le atribuye al maestro de escuela. Confío que así se expondrá
en orden la idea originaria de ese continente sinfónico que es
el pensamiento latinoamericano, presente en cada uno de sus
autores y temas.
Como no seguiré las vías habituales de exposición, es impres-
cindible señalar introductoriamente cuáles son esos caminos tra-
dicionales. A partir de ahí se expondrá otra manera de situarse
ante el mismo tema. Esta forma sistemática respeta en su plena
complejidad las motivaciones que conforman la geografía y la
cultura de nuestra América.
1
Estudios sociales, Santo Domingo, Año XVIII, No. 60, abril-junio 1985, Edi-
tora Amigo del Hogar, pp. 1-18.
2
Vicerrector de la Universidad APEC; M. A. en Antropología Social (Loyola
University, Chicago) y doctor en Filosofía (Universidad de Lovaina). Publi-
có Tabaco y sociedad (1976) y La historia según Hegel (1983).
Tomo II.indb 307 08/12/2009 08:28:33 a.m.
308 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
I. América Latina en su pensamiento
Considero que hay tres formas válidas y ya casi tradicionales de
abordar el tema de América Latina en su pensamiento. Antes de
enunciarlas, recuérdese que en todas ellas se encuentra implícita
una reflexión segunda. En otras palabras, todas presuponen un
texto o los textos de los autores originales cuyas ideas ordenan,
analizan, critican y relacionan entre sí. Por tanto, estas formas
no exponen el acto de leer directamente a un autor. Las mismas
hacen las veces de compiladoras de autores y temas, más que ex-
ponentes de nuevos conceptos originales.
La primera forma es histórica. En ella encontramos una expo-
sición objetiva del pensamiento latinoamericano por períodos
temáticos ordenados cronológica y regionalmente. De no errar,
ése es el mérito indiscutible, por ejemplo, de L. Zea,
3
o bien de
W. R. Crawford,
4
Soler
5
y F. Larroyo.
6
En este contexto la presen-
tación fiel de los autores, con sus respectivas temáticas, gana en
extensión temporal lo que necesariamente pierde en profundi-
dad analítica. De ahí el valor superior de la segunda forma.
Esta segunda forma es analítica más que exegética, y consta
de dos modalidades. La modalidad temática se centra en un
tema y lo considera en diversos autores relevantes. A modo de
ejemplo, ahí tenemos el origen y la evolución de la idea de
América,
7
la existencia o inexistencia de una filosofía de nues-
tra América,
8
o sencillamente la imagen de los Estados Unidos
en América Latina,
9
y el tema siempre fascinante del artista
y la sociedad, como variable esencial de la cultura moderna
3
Leopoldo Zea, El pensamiento latinoamericano, Barcelona, 1965.
4
William Rex Crawford, El pensamiento latinoamericano de un siglo, México,
1966.
5
Ricaurta Soler, Estudios sobre historia de las ideas en América, Panamá, 1966.
6
Francisco Larroyo, La Filosofía iberoamericana, México, 1978.
7
José Luis Abellán, La idea de América. Origen y evolución, Madrid, 1972.
8
Augusto Salazar Bondy, ¿Existe una filosofía de nuestra América?, México,
1968; Leopoldo Zea, La Filosofía americana como Filosofía sin más, México,
1969.
9
Carlos M. Rama, La imagen de los Estados Unidos en la América Latina, Méxi-
co, 1981.
Tomo II.indb 308 08/12/2009 08:28:33 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 309
en América Latina.
10
Igualmente, pero siguiendo el modelo
anglosajón de exposición, encontramos en esta modalidad el
tratamiento circunstancial de un tema común estudiado por
varios autores.
11

La segunda modalidad de la forma analítica es la ensayista.
En ésta, el escritor privilegia un autor de relevancia patria o conti-
nental, y estudia en su obra un tema específico o su pensamiento
en general. Así, el espíritu inquieto de un W. Fernández
12
pro-
fundiza en las raíces filosóficas de J. Martí; S. Álvarez,
13
en el pen-
samiento americanista de P. Henríquez Ureña, y J. S. Campobassi,
14

en las relaciones ideológicas e históricas de Mitre y Sarmiento.
En una u otra modalidad, la forma analítica deslinda temas
y autores. Brilla en su propia claridad narrativa y agudeza her-
menéutica. Ofrece aclaraciones pertinentes, si no luz, acerca de
las ideas y conceptos centrales alrededor de los cuales gira el
pensamiento de aquellos hombres y mujeres de América cuya
obra escrita (verba volant) sirve de horizonte para las futuras ge-
neraciones. Pero como toda forma de pensamiento, la analítica
tiene sus límites. Ésta no logra generar nuevas ideas. La forma
analítica, apegada al texto bajo consideración, impide finalmen-
te el surgimiento de un nuevo sistema simbólico de referencia
que encauce el acontecer y la reflexión continental. He ahí el
mérito de la tercera forma.
La forma crítica emerge de un dominio cultural ilustrado. La
más de las veces la acompañan unas sorprendentes corrección y
elegancia en el estilo literario. Así, el espíritu criollo, germinado
en la modernidad, se vale de todos los subterfugios de la lengua
para deslumbrarnos la imaginación, y adentrarnos idealmente
en los diversos estadios de la realidad. Su finalidad: desfondar lo
real en un complejo mar de datos y relaciones culturales. Dichas
relaciones se nutren de la criticidad, algo iconoclasta, de esta
10
Jean Franco, La cultura moderna en América Latina, México, 1971.
11
Obra colectiva, La Filosofía actual en América Latina, México, 1976.
12
Wilfredo Fernández, Martí y la Filosofía, Miami, 1974.
13
Soledad Álvarez, La Magna Patria de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo,
1981.
14
José S. Campobassi, Sarmiento y Mitre; Buenos Aires, 1962.
Tomo II.indb 309 08/12/2009 08:28:33 a.m.
310 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
forma de pensamiento, sobrecogida por la originalidad personal
de los autores que la expresan.
Para ilustrar lo dicho, basta recordar el tratado estético de
J. Lezama,
15
o bien, los trabajos críticos de O. Paz,
16
ambos en-
tretejidos por una reflexión metafísica que trasciende una natu-
raleza finalmente estética. Más cerca de nosotros, y con análoga
fuerza expresiva, quizás valga la pena recordar a P. Henríquez
Ureña
17
y, en mientes, a F. Herníquez Gratereaux.
18

Al igual que en los párrafos precedentes, éstos son algunos
ejemplos de autores en los que predomina la tercera forma. En
ella, la criticidad reside en el reconocimiento consciente de lo
siguiente: primero, el pensamiento latinoamericano carece de
una edad crítica, de un siglo XVIII poblado principalmente por
I. Kant, y también por Voltaire, Diderot, Hume. Segundo, si por
un lado no dudamos, juzgando epistemológicamente, acerca
de las respuestas recibidas, por el otro, el pensamiento crítico
reconoce sin pesar que nuestras ideas se enraizan en culturas
anteriores: europeas, asiáticas, africanas.
Ahora bien, conjugando el espíritu de la desconocida mo-
dernidad y el desarraigo cultural de un hombre que por serlo es
un enajenado, la forma crítica se esfuerza por reconstruir una
realidad que es incapaz de articular sistemáticamente. En cierto
sentido los autores críticos, al romper con la objetividad histórica
y con el análisis temático, caen en manos de la percepción esté-
tica. Mediante ella denuncian desaciertos y profetizan lo nuevo.
Pero así como Moisés sólo vio la tierra prometida desde lejos, sin
entrar en ella, ellos no superan críticamente la desarticulación y
desintegración de la realidad propuesta ante sus miradas. El acto
de trascender la civilización fragmentada de nuestra América
implica, a mi entender, otra forma de expresión.
15
José Lezama Lima, Tratados en La Habana, Buenos Aires, 1969.
16
Octavio Paz, El laberinto de la Soledad, México, 1959. Los hijos del limo, Barce-
lona, 1974. El ogro filantrópico, Barcelona, 1981.
17
Pedro Henríquez Ureña, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, en Obras
completas, Vol. V, Santo Domingo, 1978.
18
Federico Henríquez Gratereaux, La feria de las ideas, Santo Domingo,
1984.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 311
Si las formas histórica, analítica y crítica son relativamente
conocidas, no sucede así con la sistemática. En verdad, si tuviera
que defender una tesis epistemológica acerca del pensamiento
latinoamericano, concluiría así: la forma sistemática, por su mis-
ma naturaleza filosófica, es la más novedosa en nuestra América.
Característicamente, el pensamiento latinoamericano es tan ágil
e intuitivo como desarticulado. Llega a ser incluso enciclopédi-
co en casos no excepcionales. Pero la cuestión compleja acerca
del sentido, y de la articulación lógica de éste en cada esfera
de lo natural y antropológicamente real, histórico, cultural y
trascendente, escapan al trabajo arduo y metódico del escribano
reflexivo.
De ahí el valor conceptual de la forma sistemática. Esta re-
coge el valor de cada una de las tres primeras formas, pero las
supera articulando intrínsecamente la complejidad del mundo
latinoamericano, sin caer en la simplicidad reductora de un solo
discurso temático. Es así que se engendra la sistematicidad de
esta forma de pensamiento. Esto mismo lo ejemplificaré a partir
de los motivos del pensamiento latinoamericano.
II. Motivos del pensamiento latinoamericano
Cuatro motivos originarios fecundan el pensamiento latinoame-
ricano en la actualidad. Los mismos son: el estético, el social, el
teológico y, en ciernes, el filosófico.
A) A todas luces, el motivo estético es el más intuitivo y expresivo
de lo latinoamericano. En él predomina la perspectiva subjetiva,
enraizada en la inspiración literaria. Ésta ahonda en el misterio
de lo real para descubrir en él la belleza que lo trasciende y lo
recrea.
El «boom» de la novela latinoamericana fue anunciado por
autores como J. L. Borges, M. Asturias, A. Carpentier, J. Lezama
Lima, y encarnado por otros tales como G. García Márquez, J.
Cortázar, J. Rulfo, M. Vargas Llosa, J. Guimaraes Rosa. El mismo
nos lleva del impacto cultural de la Revolución cubana
19
a la
necesidad de aprovechar el relativo silencio publicitario de los
19
Emir Rodríguez Monegal, El boom de la novela latinoamericana, Caracas,
1972, pp. 18-22.
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312 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
últimos años para encerrarnos a leer y releer, tomar distancia,
hacer balance; en otras palabras,
ocuparse de lo que importa. Sólo así el estrépito y el furor del
boom habrán dejado algo más que una sensación de vacío. Sólo
así se podrá rescatar a las letras de todo un continente de las
irresponsables manos de la propaganda, sea esta comercial,
confesional o [como se quiere ahora] ideológica.
20
En este contexto, sin embargo, hay que descubrir a América
Latina «en su literatura».
21
En cierto sentido nuestro continente,
profecía filosófica en 1821 para el europeo, ya es presente, don.
Hemos dejado de ser naturaleza para convertirnos mediante la
palabra en historia universal.
Nuestra literatura habla en neobarroco, con su prolifera-
ción de lenguajes, con su sensual erotismo, y basada en una
estructura de espejos, sustituyendo realidades, parodiando lo
dramático, riendo de lo trágico, jugando con las palabras, pero
sin antojadizos anatemas, debido a las continuas metamorfosis
de la naturaleza y de nosotros mismos. Por ello vivimos en un
proceso de destrucción de los géneros literarios, y buscamos el
logos poeticon concreto. Reconstruir la realidad sin caer en una
fiel imitación de la misma, es el lema. Y en este contexto emerge
una tradición de la ruptura: con la crisis de la vanguardia frente
al modernismo, la de los años 40 con su división entre ambi-
ción trascendente y literatura comprometida, y la de los años 60
con su compromiso con la literatura como tal. Es esta tradición
contextual la que nos permite captar la motivación estética del
pensamiento latinoamericano. Recuérdense algunas de sus in-
tuiciones más notorias.
Sin ser un privilegio del Caribe, América es la tierra de «lo
real maravilloso».
22
En ella acontecen inesperadas alteraciones
de lo natural, en ella presenciamos revelaciones privilegiadas
20
Ibídem, p. 104.
21
César Fernández Moreno (editor), América Latina en su literatura, México,
1972; Luis Harss, Los nuestros, Buenos Aires, 1973; Jean Michiel Fossey,
Galaxia latinoamericana, Las Palmas de Gran Canaria, 1973.
22
Alejo Carpentier, El reino de este mundo, Montevideo, 1969, pp. 9-12.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 313
de la realidad, en virtud de una exaltación del espíritu que lo
conduce a un modo de estado límite.
En este ambiente maravilloso se intuyen los rasgos antropoló-
gicos esenciales del latinoamericano. Puesto que no se ha previs-
to la dureza del trabajo, todo sigue como antes, en un mismo ir y
venir afanoso.
23
En definitiva, el hombre nunca sabe para quién
padece y espera; padece y espera y trabaja, dice Carpentier, para
gentes que nunca conocerá. El hombre de nuestra América an-
sía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es
otorgada. Pero su grandeza está precisamente en querer mejorar
lo que es. En imponerse responsabilidades y tareas.
En el Reino de los Cielos no hay grandeza para conquistar,
puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita des-
pejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo
y deleite. Por ello, agobiado de penas y de tareas, hermoso
dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el
hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en
el Reino de este Mundo.
24

Quizás debido a esa ruptura entre ambos reinos, la soledad
de lo nuestro, y de los nuestros, es centenaria. Ahí están sus cien
años de soledad.
25
En medio de ellos se desarrolla un mundo
epopéyico frecuentemente impersonal. Y cuando no es así, tal
parece que la obstinación nace de la distancia, de épocas y de
lugares. Se naufraga en un continente de patriarcas sin que na-
die se ahogue. Se tienen ideas políticas firmes, pero se enfrían
los mitos. Se goza una intención mágica, pero nos sentimos
sobrecogidos en una rayuela y abandonados por una carta que
nunca llega. La peste del banano sólo preserva a las mujeres de
temple responsable y masculino. Los hombres, como mariposas,
se queman las alas revolucionarias en el fuego de la nostalgia.
Las calamidades medievales de Macondo se aúnan con la sole-
dad del patriarca y del coronel. Y, paradójicamente, también en
este mundo, la sangre del hijo caído y la del gallo dejado por
23
Ibídem, pp. 17-18.
24
Ibídem, p. 21.
25
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Buenos Aires, 1969.
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314 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
éste son la única esperanza de un padre humano que necesita
setenticinco años para responder qué comerá en medio de la
incomprensión, la ausencia y el recuerdo. Eso sí, la muerte no
tiene nombre, y tampoco rostro.
Este mundo y sus hombres motivan la intuición estética y el
genio literario de nuestros poetas. En el fondo, el pensamiento
literario latinoamericano sufre actualmente profundos cambios
de temas y lenguajes; J. Martí y R. Darío lo presagiaron y plas-
maron. Pasando por Doña Bárbara y La vorágine selvática hoy se
buscan nuevos personajes, se va del espacio exterior al interior,
de la fatalidad abstracta de la geografía o del destino a la ciudad
como eje central hacia el cual son atraídas inexorablemente las
tramas y las máscaras. Se rompe así con un naturalismo exacer-
bado. Y el lenguaje ahonda en el misterio. Surge del mito y de la
leyenda para recrear con imágenes y sonidos una existencia di-
versa en sus motivos, pero siempre ajena de las preocupaciones
racionalistas de las metrópolis coloniales de antaño. La lógica no
esclaviza la imaginación.
La recreación subjetiva, empero, no agota el pensamiento
latinoamericano. Ella tiene su contraparte objetiva en la motiva-
ción social.
B) La motivación social del pensamiento latinoamericano
se aúna con la explicación científica de nuestra organización
social, sus comienzos coloniales e historia. Su perspectiva obje-
tiva se ve continuamente desafiada por las estructuras sociales
vigentes, y desbordada por las luchas de clases, los movimientos
caudillistas y los revolucionarios. Los siglos de pobreza colonial
y de plantaciones esclavistas desembocan en el subdesarrollo de
nuestro capitalismo dependiente. Este hace las veces ahora de
gran «boom» de la sociedad latinoamericana. Los ejércitos de
reserva laboral son testigos expoliados del desarrollo de nuestro
subdesarrollo.
En esta perspectiva, el pensamiento latinoamericano surge
en la actualidad del análisis y enjuiciamiento del subdesarrollo
continental. Significativamente, el mismo parte de un diagnós-
tico pesimista en el campo económico.
Ahí están los cuadros estadísticos, si no los modelos mate-
máticos. Sus leyendas hablan de estancamiento de nuestro creci-
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Filosofía dominicana: pasado y presente 315
miento a partir de la década del 60. Se interpreta la realidad, en
esencia, a la luz del patrón europeo, con su revolución industrial;
pero sin haber conocido entre nosotros la revolución agrícola,
no obstante las autodenominadas reformas agrarias, y tampoco
la revolución científica con su incidencia tecnológica. Los indi-
cadores de exportaciones y balanzas de pagos tienen la última
palabra con sus saldos deficitarios.
26
Más ensombrecedor aún, los
estudios económicos son abrumadores en su aparente exactitud
científica. La predicción acerca del futuro latinoamericano sue-
le confundirse con un arraigado determinismo economicista.
27

Este determinismo de la prognosis económica sólo encuentra
un obstáculo en eventuales cambios o estallidos revolucionarios,
pero no en los análisis estructurales de la sociedad. En verdad,
con dicha excepción, el diagnóstico económico se ve corrobora-
do por el socio-político.
La estratificación social latinoamericana se presenta
desequilibrada. En ella predomina la brecha siempre creciente
entre ricos y pobres. La desigualdad de oportunidades y la
injusticia reinante entre los ingresos y el poder social de los
unos y el empobrecimiento de los otros, en campos y ciudades,
hieren la sensibilidad humana. Pero las clases sociales carecen de
tradición como tales y, consecuentemente, todos desconocemos
en nuestra América una cultura civil ajena a la estrechez de
nuestras fronteras y enraizada en un orden social, institucional,
latinoamericano. Tal parece como si sólo la sociedad política,
con sus partidos y caudillos, tuviera razón de ser.
De ahí que surja ante la reflexión el Estado. Él es una de
nuestras peculiaridades. Es un secreto a voces, predominan los
gobiernos autoritarios, independientemente de su cariz ideoló-
gico. A falta de una sociedad civil organizada y estable, la forma
democrática y el anhelo de legalidad no superan sus respectivas
26
Celso Furtado, Subdesarrollo y estancamiento en América Latina, Buenos Aires,
1966; F. H. Cardoso y A. Reyna, Cuestiones de sociología del desarrollo en Améri-
ca Latina, Santiago de Chile, 1968; F. H. Cardoso y E. Faletto, Dependencia y
Desarrollo en América Latina, México, 1970; P. Paz y O. Sunkel, El subdesarrollo
latinoamericano y la Teoría del desarrollo, México, 1970.
27
José L. Alemán, «Brecha entre ricos y pobres. Situación económica a nivel
mundial», Estudios Sociales, Vol. XVII, No. 58, 1984, pp. 75-97.
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316 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
formalidades. El costo político de las burocracias estatales en-
torpece el desenvolvimiento social. Por vía de consecuencia,
la paradoja del Estado latinoamericano, heredero del régimen
patrimonial español, así como del discurso liberal inglés y fran-
cés, y de la forma constitucional estadounidense, es indiscutible.
Pretendida palanca de la modernización, el Estado termina
ahogando el desenvolvimiento normal de la sociedad civil. Esta
situación se ve reforzada por las alianzas de la clase dominante
con el capital internacional y sus representantes. De manera tal
que las máscaras nacen ahora con el discurso político. Detrás de
ellas yace la cultura del silencio.
28

En este contexto emerge la pregunta crucial para el pensa-
miento latinoamericano. Se trata de saber si el desarrollo lati-
noamericano es o no viable; y, como se recordará, se estudia el
desarrollo exclusivamente en términos socio-económicos. Con
este propósito la CEPAL defendió una tesis básicamente opti-
mista. La iniciativa privada bajo la protección de un capitalismo
internacional enmarcado por una planificación indicativa es la
vía que debemos seguir. Para ello, sin embargo, hay que reformar
algunas estructuras arcaicas y deficientes para explotar eficiente-
mente los enormes recursos naturales de nuestro continente.
29

Sintomáticamente, empero, esta ideología desarrollista se en-
frenta en la realidad y en los libros con una tesis más crítica.
Esta tesis afirma la imposibilidad de todo desarrollo dentro
de las estructuras capitalistas actuales. Los contra-argumentos
son como siguen. Primero, la ideología desarrollista o reformista
busca un desarrollo dependiente basado en el surgimiento de
una clase empresarial nacional. Pero esta clase social no tiene
conciencia de tal. Peor aún, no ha existido en Latinoamérica.
Segundo, no se debe pasar por alto el agotamiento del actual
proceso de industrialización revertido hacia los mercados in-
ternos, una vez superada la primera fase de sustitución de las
importaciones. Lo que predomina entre nosotros es la desigual
28
Paulo Freire, Pedagogía del oprimido, Montevideo, 1970.
29
Roberto de Oliveira Campos,«Dos opiniones sobre la inflación en América
Latina», en O. Hirschmann (ed.), Controversia sobre Latinoamérica, Buenos
Aires, 1963.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 317
distribución de los ingresos y una débil tasa de ahorro, ineficien-
cia de recursos de capital para la industrialización y una casi total
dependencia tecnológica. Y en este cuadro de realidades hay
que añadir la diferencia estructural de los países desarrollados
respecto a los nuestros, de manera que no se puede proponer un
solo modelo de desarrollo.
En tercer lugar, se argumenta a partir de la incapacidad de
nuestras economías, incluso en países petroleros como México y
Venezuela, para satisfacer las aspiraciones crecientes de consumo
por parte de los grupos urbanos marginados y de un campesina-
do inserto en una economía de capitalismo agro-exportador. Esta
situación se torna explosiva debido al crecimiento demográfico,
al desempleo y a la propaganda de una sociedad con patrones de
comportamiento consumista.
Finalmente, cuarto, no hay indicios objetivos que indiquen
una posible satisfacción de las aspiraciones políticas de las ma-
yorías populares. En el horizonte político el desarrollo no es la
primera preocupación. La racionalidad política es análoga al
lucro personal y grupal, casi tribal, y a la defensa a ultranza de la
conquista del poder, su conservación y extensión; pero no al bien
común, a la justa y pacífica armonía social. La tesis pesimista, por
consiguiente, no vislumbra el futuro social latinoamericano en
un contexto neo-capitalista.
30
Al interior de este modo de pro-
ducción, nuestra industrialización es bastarda.
Por ello mismo el motivo social desafía continuamente el
pensamiento latinoamericano. Con un talón de Aquiles socio-
económico, se llega al dilema esencial: ¿existe un solo patrón
de desarrollo histórico? Pero entonces, ¿acaso cada situación
histórica no es única? Y si lo es, por el contrario, ¿cada una no es
una «metáfora» del hecho universal de ser hombres?
30
P. Sunkel, «El trasfondo estructural de los problemas del desarrollo
latinoamericano», Trimestre Económico, No. 133, 1967, pp. 11-58;
«Consideraciones sobre la estrategia de industrialización en América
Latina», Cuadernos del ILPES, No. 2, 1967; F. H. Cardoso, «Cuestiones de
Sociología del desarrollo en América Latina», Dados, Nos. 2-3, 1967, pp. 4-31;
Gonzalo Arroyo, «Pensamiento latinoamericano sobre subdesarrollo y
dependencia Externa», en Instituto Fe y Secularidad, Fe Cristiana y Cambio
Social en América Latina, Salamanca, 1973, pp. 305-321.
Tomo II.indb 317 08/12/2009 08:28:34 a.m.
318 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
En verdad, el pensamiento latinoamericano aún está próxi-
mo al de los países denominados desarrollados. Por ello, en la
medida en que el científico, a diferencia del poeta, reduce los
eventos a series; los cambios, a tendencias; y éstas, a leyes, aún
somos hijos de la concepción lineal de la historia. Dentro de esta
concepción se siguen analizando los datos económicos, sociales
y políticos. Personalmente, no creo que la historia se despliegue,
en un orden uniforme y progresivo, hacia un falso infinito de
crecimiento y felicidad. En ella irrumpen el juego y la eternidad,
y se desfonda dramáticamente el mal.
Por tal razón no todo es herencia del liberalismo, según el
cual el desarrollo de la libre empresa nos conducirá a una socie-
dad civil próspera y reducirá al mismo tiempo la función estatal
al papel de mero supervisor. Y tampoco lo es del marxismo: para
el que la aparición del socialismo equivaldrá a la desaparición del
Estado y al advenimiento del reino de la libertad en una sociedad
sin clases. Por lo demás, las sociedades modernas son hijas de la
época de las revoluciones. Sienten los períodos revolucionarios
como consecuencia del desarrollo en un contexto de desigual-
dad. Y a su vez, las revoluciones han llegado a ser encarnaciones
del mito del regreso a la edad de oro; debido a lo cual se debe
prevenir, si no evitar, que las burocracias, descendientes del des-
potismo oriental, y del racionalismo moderno, se conviertan en
herederas y continuadoras del movimiento revolucionario.
31

Ahora bien, en cualquier instancia, el pensamiento social
latinoamericano encuentra su motivo original en un cúmulo de
países subdesarrollados y dependientes: hoy, respecto al poderío
estadounidense; ayer, bajo el catolicismo de la contrarreforma y
las coronas europeas. Estos obstáculos ahogan nuestra América
y provocan su quehacer social. Sin duda, la problemática socio-
económica del desarrollo y el subdesarrollo es la más llamativa
social y políticamente. Ella permite medir nuestras sociedades.
Pero el mundo personal, simbólico, está poblado de fenómenos
culturales rebeldes a las estadísticas. En dicho mundo cultural
31
Octavio Paz, El ogro filantrópico, pp. 25-116.
Tomo II.indb 318 08/12/2009 08:28:34 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 319
sobresale la religión y particularmente la fe cristiana de los lati-
noamericanos.
C) El motivo teológico ha propiciado uno de los pensamientos
más originales en América Latina. Si el nuevo nombre de la paz
es la justicia, entonces, por lo menos en nuestro continente, el
de la teología es la liberación.
Este tercer motivo se descubre en estrecha relación con la
problemática ya presentada en términos sociales. Pero paradóji-
camente, no se relaciona explícitamente con el ámbito cultural,
por ejemplo, el estético, y desconoce una de sus raíces, la ética.
De ahí proviene su realismo vivencial, propio de toda teología
fundamental y su vulnerabilidad histórica.
El supuesto Deus absconditus vetero-testamentario, así como
el Dios Trino y el Cristo de una persona y dos naturalezas del
dogma cristiano, e incluso el Ser Supremo del racionalismo occi-
dental, se hacen carne en los evangelios. Éstos, al margen ya de
una teología de raíces agustiniana y tomista, la cual llegó al nue-
vo mundo revestida de escolástica, son interpretados y proclama-
dos eclesialmente desde los pobres. La teología de la liberación
reconoce a Dios desde abajo. Y como piedra angular de este
reconocimiento emerge la afirmación de una sola historia.
32
La
redención es liberadora, pero para ello ha de valerse de un aná-
lisis científico de la sociedad. En este contexto, las comunidades
de base si no la jerárquicamente desconocida «iglesia popular»,
33

son garantes de la desjerarquización del saber teológico y de los
compromisos comunitarios. En cualquier instancia, así como en
la Iglesia ortodoxa era Pantocrator, Jesús lleva ahora un nuevo
título en tanto que Señor; éste es «liberador».
34

32
Gustavo Gutiérrez, Teología de la Liberación, Salamanca, 1973, pp. 102-109
y 243-265; Jon Sobrino, Cristología desde América Latina, México, 1976.
33
Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: Puebla, la
evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, Santo Domingo,
1979, p. 96.
34
Leonardo Boff, Jesús Cristo Libertador. Ensayo de Cristología crítica para o nosso
tempo, Petrópolis, 1974, pp. 76-92 y 280-283.
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320 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El rompimiento innovador de la teología de la liberación
es discernible en términos continentales.
35
El punto esencial de
distinción es el de su propósito. Esto se capta mejor si se contra-
pone la teología europea a la latinoamericana.
T. Adorno hizo célebre la frase que decía:
La Teología en Europa se ve obligada a entonar un Te Deum de
acción de gracias cada vez que se niega a Dios, ya que al menos
en esa negación se ha mencionado su nombre.
De ahí que en ese contexto cultural, el teólogo europeo pre-
tenda reconciliar la modernidad crítica y secularizada con la fe
cristiana, de manera que el cristiano no sufra por desdoblamiento
de su conciencia. Sin esta armonía entre el pensamiento postkan-
tiano y la religión cristiana, las iglesias pasarían a ser reliquias del
pasado. El hombre moderno no podría ser cristiano. Por tanto,
el interés teológico europeo, en la actualidad, es principalmen-
te crítico y escatológico. Se desliga críticamente de su pasado
metafísico –ontoteológico, diría M. Heidegger– para explicitar
una antropología trascendental. Ésta, en definitiva, supera con
dificultad su propio formalismo kantiano y busca regresar a su
intuición fundamental: hacernos oyentes de la palabra. Por otra
parte, enfatiza el futuro como dimensión de la esperanza. Así
denuncia la sociedad contemporánea en nombre de la memo-
ria subversiva de Cristo y enarbola la reserva escatológica de la
Iglesia, originada en la muerte y resurrección de Jesucristo, ante
cualquier acontecimiento histórico.
En esa búsqueda de reconciliación con el espíritu moderno,
el pensamiento europeo llega a su cima teológica mediante la
contemplación estética de la gloria en la cruz. Centrado en esta
contemplación, lugar tradicional del quehacer teológico, busca
una nueva coherencia discursiva y pretende una nueva integra-
ción de la historia occidental en concordancia con el magistrado
y la tradición eclesial.
La teología de la liberación tiene otras preocupaciones y
sigue otros derroteros. Su preocupación es reconciliar el cambio
35
Enrique M. Ureña, «Teología europea y teología latinoamericana», Razón
y Fe, 1981, pp. 351-367.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 321
revolucionario y la fe y la vida eclesial. Y esta reconciliación no
es un asunto meramente de libros. El teólogo de la liberación
sabe que su continente es periférico al europeo y a su discurso
ideológico. Está en contacto directo con la miseria, injusticia y
sufrimiento de los suyos. No se puede argumentar a favor del
hombre, sino del no-hombre. Por esto mismo, si la teología eu-
ropea implica a Kant y a Hegel, por su interés de racionalidad, la
latinoamericana dialoga con Marx, en aras de la transformación
del capitalismo dependiente y sus secuelas continentales de so-
bre explotación. Si aquélla busca la mediación de la filosofía,
ésta se vale de las ciencias sociales.
El interés de transformación estructural y de medición cien-
tífica se ve reforzado en la medida en que la teología latinoame-
ricana reconoce que las teorías revolucionarias comúnmente ven
en la religión un freno ideológico y emocional a sus fines. Ante
este desafío el pensamiento latinoamericano hace una lectura
antropológica y socio-política de la situación de dominación, y
concibe la praxis concientizadora y revolucionaria como lugar
teológico. Esto implica asumir criterios no teológicos para juzgar
y orientar la acción liberadora de los cristianos, con opciones
socio-políticas (socialismo) y filosóficas (dialéctica marxista e
intentos formales de analéctica) bien definidas.
36

Consecuentemente, frente al pensamiento teológico europeo,
el latinoamericano encuentra su problemática en un análisis
científico de la realidad y busca responder a las particularidades
históricas de ésta. Entre ellas sobresale la situación de depen-
dencia y dominación. A partir de ahí la hermenéutica teológica
utilizada reconoce una interacción entre evento y palabra, una
relación dialéctica entre interpretación de realidad y lectura de
las fuentes de la fe. Es así que el lenguaje teológico se refiere a
una antropología más social e integra una teología de realidades
36
Gustavo Gutiérrez, «Evangelio y praxis de liberación», en Instituto Fe y
Secularidad: Fe cristiana y cambio social en América Latina, Salamanca, 1973,
pp. 231-245; José P. Miranda, Marx y la Biblia, Salamanca, 1975; Enrique
Dussel, «Para una fundamentación analítica de la liberación latinoameri-
cana», en Equipo Seladoc, Panorama de la teología latinoamericana, Vol. 1,
Salamanca, 1975, pp. 195-228; Juan C. Scannone, «Ontología del proce-
so...», pp. 107-150.
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322 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
políticas. En su dimensión epistemológica, empero, queda por
resolver si es válido o no partir teológicamente del conjunto
teórico-práctico de un proyecto revolucionario. El implícito de
la teología de la liberación es precisamente que ese punto de
partida es válido en función de aquella relación dialéctica entre
evento y palabra. La verticalidad de la revelación divina queda
así desplazada por la horizontalidad humana y la relatividad de
Dios ante su pueblo.
Presupuesta la validez y la posibilidad de aquel punto de par-
tida, suele decirse que el proceso teológico tiene tres tiempos.
El primero estudia la relación Iglesia-mundo. Debido a que la
salvación no es exclusiva a ninguna de estas dos realidades, hay
que desarrollar al mismo tiempo una tarea crítica frente a los
compromisos socio-políticos de la Iglesia y otra evangelizadora
ante la sociedad y sus estructuras opresoras. Ambas tareas im-
plican el segundo tiempo, es decir, la opción preferencial de la
Iglesia latinoamericana por los pobres y un estudio interdisci-
plinario de lo real. Este estudio articula una interpretación de
la realidad social en términos de dependencia y clases sociales,
y se basa en un método de análisis próximo al marxista. Pero
adicionalmente, se abre a la perspectiva teológica mediante una
reflexión utópica, al elevar el proceso de liberación a un sentido
que eleva la racionalidad científica hacia el problema penúltimo
del advenimiento del hombre nuevo y de la libertad.
Pero indudablemente, a mi entender, la consistencia de este
proceso teológico reside en su tercer tiempo, la relación de fe.
Es ésta la que articula el proceso de liberación, y hace del mismo
una unidad diversificada. Debido a dicha relación, la autonomía
de lo temporal no se desfonda en la eternidad de Dios y su gracia.
La fe permite concebir una dialéctica de implicación recíproca
de diversos planos de la realidad, sin caer en la reducción del uno
en el otro. La fe no se subordina a la política, pero tampoco ésta
a aquélla. He ahí la fuerte tensión que soporta esta teología en
el momento en que incursiona en afirmaciones concretas, como
al optar por el socialismo, participar en conflictos de clases con
conciencia de tal, inserción en un proceso revolucionario. En
última instancia, no siempre se justifican estas u otras afirmacio-
nes concretas a la luz de la síntesis teológica formulada. Pero en
Tomo II.indb 322 08/12/2009 08:28:34 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 323
cualquier alternativa, se vive el compromiso del pueblo cristiano
como una verificación de la liberación última en Cristo. Y se pre-
tende inapelablemente que la Iglesia signifique esta liberación,
expuesta y comprendida por el referido proceso teológico.
Evidentemente, lo nuevo de este proceso y sus implicaciones
prácticas ocasionan reacciones eclesiales dirigidas a velar por la
fidelidad católica al magisterio y a la tradición. Particularmente
problemático ha resultado ser el énfasis que se hace en la libera-
ción de estructuras sociales injustas, ocultando tal vez la realidad
del pecado como raíz de todo mal; y sobre todo, es discutible
el uso del análisis y de los conceptos marxistas, aparentemente
incompatibles con la fe cristiana.
37
El punto de coincidencia, sin
embargo, es el valor de la justicia. La lucha por la justicia es una
aspiración legítima y necesaria de todo pueblo. Más aún, fe y
justicia son inseparables. Pero dado el punto de coincidencia, el
problema crucial es la expresión ideológica de esta conjunción,
especialmente si Dios termina haciéndose historia y si la huma-
nidad absorbiera mortalmente el señorío de Jesús. Igualmente
cuestionables parecen ser sus consecuencias sociales, sobre todo
si el principio realidad de la justicia pasara a ser la lucha de
clases; y sus efectos racionales, si el discurso teológico quedara
invalidado por no contar con el aval de las ciencias sociales.
Radicalmente, considero que el dilema del pensamien-
to latinoamericano es el propio de toda reflexión acerca del
misterio de Dios. En la tradición judeo-cristiana, en la que se
enmarca la teología de la liberación, se trata de afirmar o de
negar eclesial, y por ende personalmente, la trascendencia
inmanente y la inmanencia trascendente del Absoluto respec-
to a la naturaleza física y la sociedad histórica. Dios es Dios,
sin tautología alguna, debido a su trinidad personal. En este
sentido no coyuntural, la problemática permanece virgen. En
efecto, la «instrucción sobre algunos aspectos de la Teología
de la Liberación»
38
que formulara el Vaticano parece dirigida a
37
«El caso de la teología de la liberación», Estudios Sociales, No. 58,1984,
pp. 99-113.
38
Ibídem.
Tomo II.indb 323 08/12/2009 08:28:34 a.m.
324 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
futuribles teológicos latinoamericanos.
39
Pero a su vez, el pensa-
miento teológico latinoamericano aún debe asumir la justificación
racional de su lenguaje. Si bien es cierto que la pregunta metódica
no debe preceder y menos aún suplantar el pensamiento como
tal, tampoco es no menos cierto que la racionalidad filosófica
debe y puede contribuir a expresar la universalidad de la fe en el
contexto cultural de su exposición teológica. Esto es así, dado que
el motivo teológico de la liberación depende siempre del Verbo
de Dios, único mediador entre él, nosotros y Él mismo.
D) En comparación con los motivos estético, social y teológi-
co, el actual motivo filosófico del pensamiento latinoamericano es
el más difícil de discernir.
Ciertamente, nuestra América se hizo eco de otros continen-
tes y expuso en el pasado las más diversas corrientes de pensa-
miento filosófico. Como tal, no impresiona la originalidad del
pensamiento sino su existencia. En una historia de las ideas en
Latinoamérica no se puede olvidar la escolástica, y tampoco el
liberalismo, el romanticismo y el positivismo. Estas escuelas de
pensamiento hicieron época, tanto en el sur como en el norte
de nuestra América.
40
Pero lo más sobresaliente es la variedad
de temáticas tratadas por nuestros filósofos. Pensaron en torno a
la independencia, el nacionalismo, la barbarie, la civilización, la
negritud, el indigenismo, la raza, la moral, la historia, la emanci-
pación política. Esta historia nos lleva a un mundo contemporá-
neo donde se debate el existencialismo, el marxismo ortodoxo
y su versión latinoamericana, la liberación, la dependencia, el
estructuralismo.
Pero incluso en el presente, la particularidad latinoamericana
que se intuía literaria y teológicamente se opaca. «Las filosofías
de Hegel y Marx han venido a ser las filosofías en que mejor apo-
yo ha encontrado la filosofía latinoamericana contemporánea en
sus esfuerzos por tomar conciencia de su realidad, y trascender
las yuxtaposiciones que ésta le presenta».
41
La lógica europea
expresada por ambos autores coacciona lo latinoamericano. Por
39
Ibídem, p. 108.
40
Francisco Larroyo, La Filosofía...
41
Leopoldo Zea, El pensamiento latinoamericano, p. 530.
Tomo II.indb 324 08/12/2009 08:28:34 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 325
esto mismo se ha podido discutir si existe o no un pensamiento
filosófico propiamente latinoamericano.
42
Éstos son los principa-
les argumentos y contrargumentos.
Salazar Bondy
43
expone que la filosofía americana es inau-
téntica. Nuestro subdesarrollo coacciona y anula cualquier viso
de originalidad en ella. Peor aún, nos condena a ser un pensa-
miento dependiente y carente de vigor. Esto mismo lo demuestra
su evolución paralela en relación con el pensamiento europeo y
estadounidense. En verdad, argumenta Salazar Bondy, predomi-
na la imitación de las corrientes extranjeras. He ahí la explica-
ción de nuestra subordinación ideológica, y no sólo económica y
socio-política, al igual que de nuestra inautenticidad. La filosofía
latinoamericana es sinóptica. Está llena de contenidos foráneos
y por ello se ve privada de su propia gestación. A su vez, la distan-
cia entre el filósofo y la comunidad es insalvable. El conato de
filosofía que resulta de ahí es trasplantado.
La constitución de un pensamiento genuino y original, y
su normal desenvolvimiento, no podrán alcanzarse para Sala-
zar Bondy sin que se produzca una transformación radical de
nuestra sociedad mediante la supresión del subdesarrollo y la
dominación. Aun en otras palabras, la filosofía es un valor de
civilización. Debemos gestarlo y alcanzarlo. Para ello hay que
partir de un supuesto inherente a la realidad; existe el salto dia-
léctico de un estadio histórico a otro. El filósofo latinoamericano
debe coadyuvar ese salto, contribuir a eliminar el actual statu quo
e incrementar la formación filosófica.
La réplica de L. Zea
44
no se hizo esperar, aun cuando conce-
de que en nuestras ideas predominan las intuiciones más que la
originalidad propia de lo nuestro. Zea considera que el referido
argumento es excesivo. El subdesarrollo no es un condicionante
suficiente para explicar y menos determinar la producción filo-
sófica. El desafío de los filósofos latinoamericanos es enfrentar
42
María R. Palazón, «Características reales y posibles de la Filosofía latinoa-
mericana», Obra colectiva, La Filosofía actual en América Latina, México,
1976.
43
Augusto Salazar Bondy, ¿Existe una filosofía de nuestra América?, México,
1968.
44
Leopoldo Zea, La Filosofía americana...
Tomo II.indb 325 08/12/2009 08:28:34 a.m.
326 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
críticamente las situaciones opresivas que padecen nuestros pue-
blos. Ahora bien, no se debe minimizar que quienes nos conquis-
taron y nos dominan tienen las armas físicas e ideológicas para la
dominación. Ellos nos piensan como inferiores. Y lo hemos creí-
do. Pero entre nosotros se dan los que, como Alberdi, no toman
los temas del mundo dominante. Nuestra filosofía no siempre
ha sido superficial y tampoco sinóptica en su aplicación a pro-
blemas concretos. Sobre todo, el aceptar la filiación respecto a
Occidente no nos anula. Autenticidad y originalidad no implican
concebir a partir de la nada. La filosofía latinoamericana está en
su propia interrogación. Lo filosófico no está en el sistema por el
sistema, sino en la actitud reflexiva frente a la realidad.
Pero el verdadero contra-argumento de Zea se encuentra en
la identificación de la filosofía latinoamericana y los proyectos
históricos de nuestra sociedad. Él señala a este propósito que
nuestra América cuenta con cinco proyectos en los que ha ins-
crito su quehacer reflexivo: el colonial, para el cual América es
concebida como parte inferior de España y Portugal; el libertario,
que pretende mantener la unidad de las antiguas colonias, pero
termina con Bolívar en una percepción pesimista de nuestras
sociedades; el conservador, que propone mantener la herencia
española y portuguesa, pero sin España y Portugal, y termina
en fuertes dictaduras; el civilizador, el cual copia el proyecto
colonizador occidental, con la primacía de la raza caucásica, y
niega el pasado tradicional; y por fin el asuntivo, según el cual
América ha de volverse sobre sí misma para superar el pasado en
el futuro.
45
Esta discusión puede hacer las veces de justificación
epistemológica de nuestro pensamiento. Ahora bien, al margen
de la razón que ampara ambas argumentaciones, la existencia del
pensamiento filosófico latinoamericano es indiscutible; si no por
otra razón, al menos por la referida discusión. Lo significativo,
sin embargo, reside en la motivación de esta filosofía. Ella se basa,
como en el caso de toda filosofía, en la pugna entre dos dimensio-
nes complementarias: el pasado y el futuro. La actual motivación
filosófica del pensamiento latinoamericano emerge del modo de
ser del americano; a saber, la espera de un ser cuya identidad
45 Ibídem.
Tomo II.indb 326 08/12/2009 08:28:34 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 327
originaria se descubre en esa inquietante dialéctica del ser como
otros para ser sí mismos. Tal parece que el desgarramiento de
nuestro ser colonizado primero y luego subdesarrollado, nos sitúe
en un «por-ser-latinoamericanos»,
46
aún indefinido. De ahí que
nuestra antropología sea histórica y que esta historia desconozca
la naturaleza social con sus instrumentales tecnológicos y lógica
científica. Vencer este desconocimiento y aquella desgarrante
enajenación es la principal motivación de nuestro pensamiento.
Por otra parte, el pensamiento filosófico latinoamericano
tiene también por delante una tarea destructiva de prejuicios y
falsos ídolos. La inautenticidad nos acosa. Se busca en el contexto
de la filosofía como liberación un pensamiento continental
que sea expresión de nuestra realidad y no un nuevo intento
de imitación.
47
Dicho pensamiento ha de concebir nuestras
necesidades. Debe configurar la expansión de una conciencia
apta para develar nuestra sujeción como pueblos y nuestra
depresión como seres humanos. Esta intención se abre a una ética
libradora
48
y rechaza todo tipo de encerramiento metodológico,
sea de tipo crítico o estructuralista.
49
La filosofía de la liberación
se entiende como un instrumento desenajenante del hombre
latinoamericano para terminar con la dependencia. Pero esto
implica la incorporación de nuestro pasado.
El latinoamericano debe reconocer su origen: ibérico, africa-
no, indio; debe asumirlo e incorporarlo. A partir de ahí ha de
construir su mundo. En él la universalidad ha de tornarse con-
creta como expresión singular del hombre latinoamericano. En
este sentido, por consiguiente, el pensamiento latinoamericano es
una promesa. No olvida que nuestra América está «rota».
50
Sabe
que «la sangre piensa» «porque también es madre la tiniebla, de
46
Juan C. Scannone, «Ontología del proceso...», pp. 107-150.
47
Obra Colectiva, La Filosofía actual..., México, 1976.
48
Enrique Dussel, «Para una fundamentación analítica de la liberación lati-
noamericana», en Equipo Seladoc, Panorama de la teología latinoamericana,
Vol. 1, Salamanca, 1975, pp. 195-228.
49
Leopoldo Zea, «La Filosofía Actual en América Latina», Obra Colectiva,
La Filosofía actual..., México, 1976, p. 205.
50
Manuel del Cabral, Los huéspedes secretos, Buenos Aires, 1974, p. 193.
Tomo II.indb 327 08/12/2009 08:28:34 a.m.
328 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
donde sale un poco la historia de la sangre».
51
Quizás los nuestros
no sepan ser eternos. Pero al menos en dicha historia aprende-
remos a pensar para siempre. Tal parece que no tuviéramos otra
cosa frente a la muerte. Por ello mismo, si a la muerte no le hemos
inventado una respuesta,
52
el pensamiento filosófico latinoameri-
cano aún tiene que discernir por qué «se mueve hacia la vida».
53

III. Unidad y pluralidad de nuestro pensamiento
En la actualidad el pensamiento latinoamericano se escribe en
plural. Sin embargo, lo esencial es concebir su unidad originaria,
su idea fundamental.
Aquella pluralidad está configurada por sus formas y moti-
vos. Esta ya ha sido tratado, no es lo mismo la motivación literaria
que la social, o la teológica, o la filosófica. Cada una es diversa a
la otra en función de la perspectiva adoptada por el pensamien-
to que la expresa. Adicionalmente, cada forma de pensamiento
–histórica, analítica, crítica, sistemática– puede tratar con relativo
valor cada uno de esos motivos. El intrincado luego de conjugar
aquellas motivaciones y estas formas origina un complejo mun-
do intelectual, en el que nuestra América encuentra un lugar de
recogimiento. En ese sentido, el pensamiento latinoamericano
es profundamente simbólico.
Dicho pensamiento es tanto más significativo cuanto su idea
originaria sea común a sus motivos y formas. Esta idea recrea y
promueve la formación de una sociedad civil latinoamericana.
La sociedad en cuestión se encontraba obstruida por las historias
colonial y republicana. Pero con el carácter simbólico de nuestro
pensamiento, emerge ante la conciencia del latinoamericano
una magna patria cultural, como reflejo ideal de la sociedad la-
tinoamericana. Ése es el valor simbólico y la relevancia histórica
de nuestro pensamiento contemporáneo. En otras palabras, con
el juego reflejo de formas y motivos se genera la formación de
una sociedad civil latinoamericana que estructura su propio pen-
51
Ibídem, pp. 62,64.
52
Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, 1959, p. 53.
53
Manuel del Cabral, Los huéspedes..., p. 61.
Tomo II.indb 328 08/12/2009 08:28:34 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 329
samiento, se reconoce en él y, al mismo tiempo, éste la significa
y promueve en sus tareas más urgentes. Paradójica y significa-
tivamente ese reconocimiento de uno mismo, y de la sociedad
civil como tal, no se consiguió mediante el Estado colonial y
tampoco por medio de nuestros Estados republicanos. Ello es
así, en parte, dada la débil formación social de nuestros pueblos.
Esa formación se halla actualmente en gestación y se encuentra
intrínsecamente ligada al desenvolvimiento normal del pensa-
miento latinoamericano. En el pasado aquel reconocimiento era
el privilegio de la religión católica y de la lengua castellana. Hoy
todo indica que el ser latinoamericano fragua su propio proceso
de identificación mediante la diversidad expresiva de sus len-
guajes: literario, social, teológico, filosófico. En éstos, América
Latina parece reconocerse como una sola sociedad continental.
La verdad de nuestro pensamiento reside en la recreación de
nuestra sociedad civil.
Ahora bien, es en este contexto temático que se evidencia el
valor singular de la forma sistemática. Ella impide la desarticula-
ción de los motivos de nuestro pensamiento y la desintegración
refleja de nuestra sociedad. En efecto, la forma sistemática no se
limita al mundo literario, o al teológico, por ejemplo. Al contra-
rio, el desenvolvimiento integrado y sistemático de los motivos
del pensamiento latinoamericano implica necesariamente dis-
cernir su unidad fundamental. Esta unidad reside en su verdad
social. Concebirla y desplegarla armoniosamente es la tarea
apremiante de nuestro pensamiento. Pero, y esto es lo decisivo,
sólo un pensamiento expresado sistemáticamente puede hacer
valer la integración cultural de América. Más aún, debido a su
propia sistematicidad, esta forma puede superar los límites de
un pensamiento cuya idea y verdad fundamental sólo son reflejo
de nuestra vida social. En juego está, a todas luces, la coherencia
del propósito y del desarrollo del pensamiento continental.
Tomo II.indb 329 08/12/2009 08:28:35 a.m.
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Tomo II.indb 332 08/12/2009 08:28:35 a.m.
– 333 –
La identidad narrativa dominicana.
Por un nuevo Congreso extraparlamentario
1
Pablo Mella
2
A Juan Félix Aróstegui
Introducción
La reflexión sobre la identidad dominicana se ha presentado
como un campo de batalla, a pesar de que el trabajo historiográ-
fico de José Gabriel García podría tenerse como un punto de re-
ferencia aparentemente no conflictivo sobre el tema de nuestra
identidad. El mismo primó por años en el texto obligatorio de
Bernardo Pichardo. Sin embargo, ya antes de esta obra funda-
dora de la historiografía-mitológica dominicana, encontramos
discusiones sobre la idiosincrasia nacional. Algunos políticos
dominicanos de las primeras décadas republicanas, imbuidos de
positivismo, nos imaginaron como una nación joven abierta al
progreso. La reacción de Pedro Francisco Bonó quiso sincerar
esta visión positivista alienante, que no ayudaba a comprender
la cultura de la mayoría de la población campesina, marcada
por la pobreza y la violencia.
3
De esta forma, nace con Bonó el
pensamiento social dominicano, un pensamiento que quiere
1
Escrito para el II Congreso Dominicano de Filosofía. La conferencia fue
pronunciada el viernes 5 de noviembre de 2004, en el convento de los
Dominicos, Santo Domingo, República Dominicana. Ha sido corregida
ligeramente, para ser publicada en Estudios Sociales.
2
Sacerdote jesuita. Filósofo. Profesor del Instituto Filosófico Pedro F. Bonó
y miembro del Consejo de redacción de Estudios Sociales.
3
Ver Raymundo González, «El pensamiento de Bonó: nación y clases traba-
jadoras», en Política, identidad y pensamiento social en la República Dominicana
(Siglos XIX y XX), Madrid, 1999, pp. 41-64.
Tomo II.indb 333 08/12/2009 08:28:35 a.m.
334 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
contemplar empáticamente la realidad de nuestra población
y pensar instituciones sociales adecuadas a esta realidad; pero,
desgraciadamente, una mirada de conjunto al pensamiento so-
cial dominicano nos mostrará que la tarea comenzada por Bonó
ha quedado en el tintero.
Dos grandes tradiciones ideológicas gravitan de manera
significativa en las representaciones colectivas dominicanas. Por
un lado, encontramos la tradición ideológica del así llamado
«pesimismo dominicano», retroproyectada por algunos a prin-
cipios del siglo XX, la que ha dejado una huella incuestionable
en la memoria reciente dominicana.
4
Este pesimismo nos pinta
como una caricatura de pueblo, desalmado, violento, pusilánime
e inepto por la pródiga naturaleza que nos rodea y la calidez
del clima, embrutecido por el hambre
5
y prisionero del atraso
económico. Somos «una ficción», en sentido peyorativo; como
estado democrático de derecho, somos inviables, y necesitamos
una mano fuerte que nos conduzca. Como subjetividades que
vivimos en contextos de modernidad, somos providencialistas y
padecemos del «síndrome de Tatica».
6
Por otro lado, encontra-
mos la ideología creada por la tradición trujillista, no totalmente
desvinculada de la anterior. Nos pinta como un pueblo español,
católico y blanco, abierto a los aires de la civilización «culta» o
«fina», «europea». Esta imagen nos reifica en un ideal que no
tiene asidero; además, busca enemistarnos de manera radical
con nuestros vecinos haitianos y muestra un desdén espiritua-
lista por la cultura norteamericana. Parecido a Sarmiento, pero
oponiendo hispanidad a yanquismo, esta tradición ha descrito
4
Ver Eduardo Jorge Prats, «Alain Touraine y el pesimismo dominicano»,
Rumbo, No. 278, 1999, p. 30.
5
Se atribuye injustamente a José Ramón López esta idea. Una lectura del
ensayo de López mostrará claramente que era, como buen positivista, un
amigo del «progreso». Ver Michel Baud, «Ideología y campesinado: el pen-
samiento social de José Ramón López», Estudios Sociales, 19, No. 61, 1986,
pp. 63-81.
6
Bernardo Vega, «El síndrome de Tatica», en Comentarios Sabatinos 1981-1982,
Santo Domingo, 1982, pp. 45-50.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 335
a vida en esta isla de Santo Domingo como una guerra entre la
civilización y la barbarie.
7
Estas visiones de lo dominicano, que considero dominantes
en el plano del pensamiento, han conocido reacciones a lo largo
del tiempo. Podemos destacar nuevamente dos tradiciones que
llamaré, para simplificar las cosas e ir a lo esencial, «popular» y
«modernizadora». La tradición popular presenta al dominicano
como un pueblo fundamentalmente negro o mulato, marcado
por la resistencia cultural. Los elementos hispánicos y católicos
son una exterioridad más o menos hipócrita o de superviviencia.
El dominicano ha ido fraguando su identidad en una lucha cul-
tural por conservar sus raíces africanas reprimidas. La tarea para
la identidad dominicana consiste en reconciliarse con su negri-
tud.
8
Por su parte, la tradición modernizadora cree que nuestra
verdadera identidad está en el futuro. Lo que realmente somos
no ha llegado a realizarse. Esta plenitud sólo se logrará en la me-
dida en que nos acerquemos al modelo de los Estados Unidos.
9

Esta visión reproduce una especie de weberianismo vulgarizador:
desea crear, en contra del catolicismo cultural heredado de la
Colonia, un ethos protestante que nos haga netos productores
de riqueza por la disciplina, el trabajo y el amor a la riqueza,
como signos de salvación. La tradición modernizadora se burla
de nuestro «complejo altagraciano», uniéndose al «síndrome de
Tatica» del «pesimismo dominicano» más reciente.
Éstas no son todas las tradiciones sobre la identidad que actúan,
como imputaciones, sobre las representaciones sociales de la iden-
tidad en nuestro país.
10
Pero las mismas, a modo de tipos ideales,
7
El ejemplo más reciente de esta tradición es la obra premiada de Manuel
Núñez, El ocaso de la nación dominicana, Santo Domingo.
8
Ver Carlos Andújar, De cultura y sociedad, Santo Domingo, Editora Manatí,
2001. Más matizado, el mismo autor habla de una «amnesia negra» en la
historiografía dominicana y de la necesidad de una identidad pluricultural
en Carlos Andújar. Tema negro en República Dominicana, en Salomé 2, N. 3,
pp. 5-10.
9
Ver Frank Moya Pons, El pasado dominicano, Santo Domingo, 1986, pp. 347-
391, esp. p. 360.
10
Cabe destacar la novedosa interpretación de la dominicanidad en términos
de diáspora, cuyo principal representante es Silvio Torres Saillant (2001),
ver esp. pp. 17-98 y 111- 127. En la obra de Saillant, sin embargo, podemos
Tomo II.indb 335 08/12/2009 08:28:35 a.m.
336 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
ofrecen un mapa suficiente ilustrativo para plantear la necesidad
de convertir el campo de batalla de la discusión sobre la identidad
dominicana en un espacio público, en el sentido de Hannah Aren-
dt, donde puedan aparecer los distintos discursos de modo que
nos dispongamos a construir un mundo común. El mundo común
arendtiano es una respuesta al totalitarismo identitario que hizo
derramar tanta sangre en el curso del siglo XX. Estas reflexiones
quieren colaborar a construir ese espacio público, sin pretender
tener la última palabra. El que se reserva la última palabra se la
secuestra a su prójimo y lo aniquila. Lo que se busca es aprender
juntos a señalar nuestros avatares y proponer caminos integrado-
res de solución de los conflictos, sin pretender una homogeneidad
aplastadora, sea nacional, sea grupal.
Desde mitad de los años 80, Paul Ricœur ha venido trabajan-
do la noción de «identidad narrativa». Quiero mostrar las poten-
cialidades éticas que tiene esta noción ricœuriana para constituir
un espacio público no totalitario que nos permita convivir y en-
riquecernos en este momento de la historia dominicana, donde
se redefine la identidad nacional de manera dramática por los
denominados procesos de globalización.
11
detectar rasgos de las tradiciones anteriores, sobre todo del pesimismo y
de la tradición popular. Aunque se descubre en la teoría de la diáspora
ciertos elementos de filosofía posmodernista, la influencia de la misma
ha sido mínima en nuestro medio. Ver Soledad Álvarez, «Un siglo de lite-
ratura dominicana: modernidad y postmodernidad, libertad y vasallaje»,
en El siglo XX dominicano. Economía, política, pensamiento y literatura, Santo
Domingo, 2002, pp. 341-437, esp. pp. 433 ss.
11
El reciente incidente, en octubre de 2004, con el pelotero de Grandes
Ligas Alex Rodríguez da testimonio de este drama. Algunos dominicanos
llegaron a proponer que Rodríguez fuera declarado persona non grata por
el simple hecho de responder a una pregunta periodística afirmando que
su nacionalidad era norteamericana. El gran público dominicano prefiere
la imagen ingenua de nacionalidad que difunde el otro gran beisbolero,
Sammy Sosa, o la ficción épica repleta de intereses económicos en torno
a la figura del velocista olímpico Félix Sánchez. Y como el inconsciente
hace siempre sus guiñadas, no por casualidad Sánchez es «Superman» o el
«Flash de Verizon».
Tomo II.indb 336 08/12/2009 08:28:35 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 337
La reflexión sobre la identidad narrativa dominicana ya ha
sido comenzada por mi colega Jesús Zaglul
12
con mucho más com-
petencia y chispa. Sin embargo, creo que se puede complementar
dicho trabajo desde el punto de vista filosófico y programático.
En un primer momento, ofreceré una interpretación de la no-
ción ricoeuriana de identidad narrativa y mostraré su potencial
reconciliador para trazar un sentido dinámico de identidad que
invite a una responsabilidad ética no totalitaria. En un segundo
momento, destacaré algunos aspectos que podemos apropiarnos
de la noción de identidad narrativa, teniendo como horizonte la
relectura y reescritura de nuestra historia y literatura. Esta tarea
es camino ineludible para la transformación del ethos político
dominicano. En un tercer momento, como una prospectiva de
trabajo, plantearé, en diálogo con Pedro Fco. Bonó y Jesús Za-
glul, algunas pistas para pensar un espacio público responsable
y creativo con sensibilidad intercultural en este momento que
vive la nación dominicana. Es lo que he denominado el «nuevo
Congreso extraparlamentario».
1. La identidad narrativa según Paul Ricœur
En primer lugar, conviene detectar los escritos en que Paul Ri-
coeur ha reflexionado sobre la identidad narrativa y el lugar que
éstos ocupan en la arquitectónica de su pensamiento, centrado
en elaborar una filosofía de la voluntad y de la acción.
13
Este
trabajo de rastreo servirá de base para tomar distancia de la
interpretación que hace Ricœur de su propia obra, pues una lec-
tura de la misma sin un trabajo de interpretación y apropiación
puede resultar esterilizante para la praxis creativa, como todos
los fundamentalismos exegéticos conocidos.
12
Jesús Zaglul, «Para seguir releyendo, haciendo y recontando la identidad
cultural y nacional dominicana: pistas e interrogantes», Estudios Sociales 25,
Nos. 89-90, 1992. pp. 133-156.
13
Ver Eduardo Casarotti (s. f.), Paul Ricœur: la constitución narrativa de la iden-
tidad personal, texto en línea, www.chasque.net/frontpage/relacion/9905/
filosofos_de_hoy.htm.
Tomo II.indb 337 08/12/2009 08:28:35 a.m.
338 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
1.1 La identidad narrativa en los escritos de Paul Ricœur
Los escritos de Ricœur que hacen referencia a la noción de
identidad narrativa pueden distribuirse en tres momentos.
14
La
noción aparece por primera vez en las conclusiones de su obra
en tres volúmenes, Tiempo y narración (1985), y constituye el pri-
mer momento. El segundo momento incluye varias conferencias
y ensayos publicados entre 1986 y 1988, de los que cabe destacar
tres: «La identidad narrativa», conferencia pronunciada el 9 de
noviembre de 1986 en la Facultad de Teología de la Universi-
dad de Neufchâtel, con motivo de un doctorado honoris causa;
Individuo e identidad personal, su intervención en el Coloquio de
Royaumont, octubre de 1985, publicada en 1987; y el ensayo
«L´identité narrative», publicado en la revista Esprit en julio de
1988. El tercer momento se centra en los estudios 5 y 6 de su
obra Soi même comme un autre (Sí mismo como otro), publicada en
1990, para muchos comentaristas su obra magna. Podría postu-
larse un cuarto momento en relación con su obra La memoria, la
historia, el olvido, publicada en 2000, pero el propio Ricœur no lo
ha hecho explícitamente. Esta tarea quedará pendiente también
en este trabajo.
Si seguimos la interpretación de Ricœur sobre su obra, la
noción de identidad narrativa en el volumen tercero de Tiempo y
narración se ve limitada por el objetivo del estudio, a saber, la in-
telección del tiempo humano. La vida humana es temporalidad;
pero este tiempo humano sólo se percibe en la paradoja que
instaura la intersección del «tiempo histórico» y del «tiempo de
ficción» (epopeya, drama, novela, etc.). El tiempo humano no
es meramente objetivo, cosmológico, ni meramente subjetivo,
experiencial o fenomenológico. Esta constatación le lleva a afir-
mar que la comprensión de uno mismo viene mediatizada por la
recepción conjunta de los relatos históricos, con su pretensión
de objetividad, y los relatos de ficción, caracterizados por su li-
14
Ver Alfonso Rodríguez, La noción de identidad narrativa de Paul Ricoeur: pre-
sentación, discusión, aplicaciones, texto en línea, http://www.pucp.edu.pe/
eventos/congresos/filosofia/programa_general/martes/sesion15-16.30/
RodriguezAlfonso.PDF
Tomo II.indb 338 08/12/2009 08:28:35 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 339
bertad creativa. La lectura, tanto en su sentido literal como en el
metafórico, es el medio por el que nos interpretamos a nosotros
mismos. Según nos vamos leyendo, refiguramos el personaje que
somos. Al escuchar relatos y narraciones nos comprendemos
mejor a nosotros mismos en las etapas que conforman nuestras
vidas. En resumen, de este primer momento aprendemos que la
propia vida es un tejido de narraciones históricas y ficticias, y que
vivimos interpretándonos, leyéndonos a nosotros mismos, con
ayuda de esas narraciones.
Ricœur ha afirmado reiteradas veces que en Tiempo y narra-
ción no profundizó en el tema de la identidad como tal. Al final
de esta obra, nos dice, abordó la identidad sin grandes precisio-
nes. Sin embargo, allí ya enunció el dilema que quería superar
en el modo de plantear la identidad personal y comunitaria en
la tradición filosófica. Por un lado, se encuentran las posiciones
sustancialistas, que defienden la existencia de un sujeto o núcleo
inmutable de la persona o del colectivo en la diversidad de sus
estados. Por otro lado, se encuentran las denuncias contra la
ilusión sustancialista, que bajo la inspiración de Hume o Nietzs-
che, sólo dan cuenta de una sucesión abigarrada de cogniciones,
emociones y voliciones. Para esta posición, parafraseando a
Foucault, lo mejor sería disolver la ilusión de que el ser de nues-
tra identidad tiene raíces. Ahora bien, ambas posiciones, a pesar
de ser contrarias, parten de lo que Ricœur llama una identidad
idem, una identidad caracterizada por una mismidad estática. La
identidad narrativa introduce un concepto de identidad alterna-
tiva, la identidad ipse, que no se agavilla desde la mismidad sino
desde el «sí mismo». La identidad ipse es dinámica y concreta,
contraria a la identidad idem que es estática y abstracta. En último
término, el concepto de ipseidad pretende integrar el cambio y
la mutabilidad en una idea de vida coherente.
En el segundo momento, los escritos de Ricœur sobre iden-
tidad narrativa van sobre todo a dilucidar esta identidad ipse. La
estrategia narratológica que sigue establece la relación que existe
Tomo II.indb 339 08/12/2009 08:28:35 a.m.
340 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
entre la trama y la identidad del personaje.
15
La idea nuclear es
que la identidad del personaje se crea con la trama que construye
el texto narrativo. La identidad narrativa del personaje es corre-
lativa a la propia historia. En palabras de Ricœur, «la identidad
de la historia forja el personaje». La historia narrada se presenta
como una síntesis de lo heterogéneo, como una apropiación de
las peripecias de la propia vida.
Ricœur está convencido de que para hablar acerca de la
identidad humana hace falta entender la expresión «sí mismo».
Para ello, sugiere que se piense en dos sentidos de la palabra
«idéntico». Primero, idéntico es lo idem como opuesto a lo dife-
rente, es decir, lo sumamente parecido, lo inmutable, lo que no
cambia en el tiempo. A él viene asociada el sentido numérico.
Segundo, idéntico es lo ipse como contrapuesto a extraño o a
otro, es decir, lo propio. Este segundo significado plantea una
relación problemática con el tiempo, que era su foco original de
interés cuando introdujo la noción de identidad narrativa.
La dimensión narrativa aporta sobre todo una respuesta a
esta relación problemática que tiene la identidad humana con
el tiempo. La narración da cuenta de la temporalidad humana
que ignoran otros estudios de la ipseidad.
16
Nos permite escribir y
percibir «la historia de una vida». Inmediatamente, se plantea el
problema del encadenamiento de la vida humana, observado por
Dilthey. Nos instalamos ante esta paradoja: intuimos una especie
de núcleo que permanece (idem) pero que está constantemente
cambiando (ipse). Para Ricœur, se trata de una antinomia irreba-
sable de la identidad humana. Por ejemplo, el nombre de una
persona permanece inmutable con el tiempo, pero su cuerpo, su
mente, contradicen esta inmutabilidad nominal.
Ricœur considera que la noción kantiana de sustancia, como
substrato permanente, se revela como una categoría de relación
inapropiada para establecer la conexión de una vida. Sólo el
15
Paul Ricœur, «La identidad narrativa», en Historia y narratividad, Barcelo-
na, 1999, pp. 215-230.
16
Concretamente, Ricœur se refiere a la teoría de la acción o del «agente»,
la teoría de los actos de habla y la teoría de la imputación moral.
Tomo II.indb 340 08/12/2009 08:28:35 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 341
relato puede mediar entre la permanencia y no-permanencia
que constituyen a las personas. La identidad narrativa queda en-
tendida como el carácter duradero de un personaje construido
como la identidad dinámica propia de la historia contada. Las
peripecias no son meros accidentes, como sugeriría una teoría
sustancialista. Al irrumpir, pueden cambiar la trama entera de la
vida. Las contingencias adquieren otro significado en la concep-
ción narrativa de la identidad. Como los personajes de un relato,
vivimos como concordancias discordantes, según el vocabulario
inaugurado por Aristóteles en su Poética. Pero la identidad de los
personajes sólo puede captarse con la trama acabada de la histo-
ria. Es decir, nos tiene que llevar de una situación inicial a una
situación final. De lo contrario, resultaría imposible comprender
la historia y sus personajes.
La identidad narrativa, como ejercicio de apropiación de la
propia identidad, consiste en escribir o leer una trama que sinte-
tiza lo heterogéneo. Remite siempre a la pregunta «¿quién soy?»,
aun cuando la narración se desarrolle como una pérdida progre-
siva de la identidad del personaje, como sugieren ciertas novelas
y piezas de teatro moderno, o en nuestro caso, la obra El ocaso de
la nación dominicana, siguiendo la tradición ideológica pesimista.
Nuevamente, se llega aquí al umbral ético. La narración explora
los caminos mediante los que la virtud y el vicio conducen o no
a la felicidad y la desgracia, sin necesidad de convertirse en una
teoría ética estructurada.
Ahora bien, según la triple mimesis ricœuriana,
17
siempre
partimos de narraciones previas. Somos más lectores que escri-
tores. Nos interpretamos sobre todo identificándonos con las
identidades narrativas de los otros. El sí mismo necesita del otro
para enriquecer la interpretación que hace de sí. O dicho de
17
Ricœur retoma un sentido particular de mimesis en Tiempo y narración.
Inspirado libremente en Aristóteles, la mimesis ricoeuriana consiste en un
movimiento ternario por el que nos comprendemos a nosotros mismos
a través de: a) la inscripción pre-reflexiva en relatos previos que nos dan
un sentido; b) la lectura comprensiva de esos relatos; c) la reescritura o
relectura de esos relatos en relatos nuevos, con la finalidad de modificar o
rectificar la comprensión de sí.
Tomo II.indb 341 08/12/2009 08:28:35 a.m.
342 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
manera sentenciosa, para identificarnos hemos de identificarnos
con el otro, reproduciendo en nosotros variaciones imaginativas
del personaje. Existe en esto un peligro. Tenemos la posibilidad
de andar errantes detrás de personajes ilusorios y extraviarnos
como don Quijote, proyectando imágenes falaces a través de las
cuales ocultamos nuestra verdadera situación. También pode-
mos radicalizar las cosas y llegar a la situación extrema en que se
lamenta la pérdida de la propia identidad, la pérdida de todos
los atributos. Se postula la propia nada, el no-sujeto. Pero aquí
puede surgir una nueva oportunidad, para un «yo» que se con-
sidera nada, como el borrachito del cuento: «¡No somos nada!».
Se trata de la experiencia radical de la no-permanencia que
conduce a auténticas conversiones, como narran las historias de
las noches oscuras del alma.
18
En este punto, el sí mismo asume,
como un don, la nueva tarea de vivir en la dialéctica de la discor-
dancia y la concordancia.
Llegamos al tercer momento en los escritos ricœurianos
sobre la identidad narrativa, los estudios 5 y 6 de Sí mismo como
otro.
19
El estudio 5 lleva como título «La identidad personal y
la identidad narrativa» y el 6, «El sí y la identidad narrativa».
Ricœur, con su estilo característico, profundiza los estudios an-
teriores. A diferencia de Tiempo y narración, que se refería a la
constitución del tiempo humano, va a investigar la constitución
del sí (soi). Busca elementos que den cuenta de la permanencia
de la persona a través del tiempo. Encuentra dos expresiones
para designar estos elementos: el carácter y la palabra dada.
En el carácter, idem e ipse tienden a coincidir; en la palabra
dada, la ipseidad se libera de la mismidad. El carácter es el con-
junto de signos distintivos que permiten identificar de nuevo a
un individuo siendo el mismo. Acumula la identidad numérica y
la cualitativa. Es el emblema de la mismidad de la persona. Pero
Ricœur cree que el carácter es el sí mismo bajo la apariencia de
la mismidad. Tanto la identidad de una persona como la de una
comunidad se identifican con valores, normas, ideales, mode-
18
Ver Josep Otón Catalán, Vigías del abismo. Experiencia mística y pensamiento
contemporáneo, Santander, 2001.
19
Paul Ricœur,Tiempo y narración III, México, 1996.
Tomo II.indb 342 08/12/2009 08:28:36 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 343
los o héroes en los cuales pueden reconocerse. Por su parte, la
palabra dada remite a otro tipo de permanencia en el tiempo:
la fidelidad. La identidad no se disimula aquí en la generalidad
numérica, sino que responde de manera decidida al ¿quién? de
la acción.
Ricœur quiere salir al paso principalmente a la tradición an-
glosajona de la identidad, representada por Derek Parfit, autor
de Reasons and Persons, pero que tiene sus orígenes en Locke y
Hume. Para Parfit, «la identidad personal no es lo que importa».
El extremo al que llega es la despreocupación por sí mismo,
en una actitud que Ricœur cataloga de «cuasi-budista». Como
colegas de tarea, se refiere a los narratólogos contemporáneos
Proust, Bremond y Greimas. Además, dialoga simpáticamente
con el filósofo comunitarista Alasdair MacIntyre, destacando las
implicaciones éticas en las configuraciones narrativas.
En Sí mismo como otro, la reflexión sobre la identidad narrativa
muestra que el yo se constituye como una especie de lucha entre
los rasgos inmutables que anclan la historia de una vida en el
carácter y los rasgos mutables que tienden a disociar la identidad
del sí de la mismidad del carácter. Los ecos heideggerianos se
hacen sentir: somos seres-para y seres para la muerte; pero Ri-
cœur no se desfonda en el abismo. La pregunta acuciante sigue
siendo: «¿quién soy de verdad?». Para responderla, hay que ele-
var a grado máximo la dialéctica de la mismidad y la ipseidad. Es
decir, tenemos que recorrer el camino que nos lleva de nuestro
carácter a nuestra palabra dada. El relato remite necesariamente
a la vida, con las tensiones que implican los múltiples caminos
de reapropiación de sí ante los quiebres que implica mantener
la propia palabra.
La reflexión narrativa sobre la identidad nos deja así, una
vez más, en el umbral de la ética. Citando a Walter Benjamin,
Ricœur insiste en que el relato tiene como finalidad el inter-
cambio de experiencias. Ricœur pasa en este momento de lo
escrito a lo oral, abriendo una perspectiva menos elitista de la
identidad narrativa. Benjamin entiende como experiencias, no
la observación científica, sino el ejercicio popular de la sabiduría
práctica. El intercambio de experiencias entraña apreciaciones
Tomo II.indb 343 08/12/2009 08:28:36 a.m.
344 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
y valoraciones. Éstas desembocan en categorías teleológicas y
deontológicas. Por eso, en el intercambio de experiencias que
realiza el relato, las acciones son aprobadas o desaprobadas, y los
agentes, alabados o censurados, siguiendo el mismo ritmo del
relato. La función catártica aparece: el lector puede descubrir
aspectos novedosos de sí mismo, en su sentir y en su obrar.
La estimación no abandona ni siquiera al relato que se
cree más objetivo, el histórico. Los historiadores aprueban y
desaprueban con sus relatos del pasado. Una circunstancia cabe
destacar en las estimaciones históricas: cuando el historiador se
confronta con lo horrible, en la figura límite de las víctimas de
la historia. Entonces, se establece una relación de deuda que no
permite olvidar.
20
En resumen, la dialéctica de la mismidad y la ipseidad constitu-
ye al sí, de acuerdo con la identidad narrativa. A final de cuentas,
la posesión de estados, pensamientos o cosas no es lo que impor-
ta. Lo que cuenta es la dialéctica de posesión y desposeimiento,
del control y el dejar ser, de tener luces sobre sí y aceptar las pro-
pias oscuridades. Se permite que irrumpa una sana «crisis» del
sí. Esta crisis tiene que ver con el irrumpir del otro, que oscurece
la relación del sí consigo, para disponerse al otro distinto de sí.
En este punto, los ecos levinasianos de la identidad narrativa son
evidentes. No hace falta que la crisis de la ipseidad sustituya la
estima de sí por el odio a sí, como parecen patrocinar la llamada
tradición pesimista dominicana y sus diversas metamorfosis.
2. Apropiación de la identidad narrativa
En este apartado procederemos a aplicar la noción de identidad
narrativa a la situación histórica en que nos encontramos. Para
lograr esa aplicación, se ha elegido un aspecto central de cada
una de las etapas por las que atravesó dicha noción en la evo-
lución del pensamiento ricoeuriano. Como todo ejercicio her-
menéutico de aplicación, nuestra tentativa adquiere un acento
20
En el caso dominicano, tenemos la matanza de haitianos de 1937, y los ase-
sinatos de la Era de Trujillo (1930-1961) o de los Doce Años de Balaguer
(1966-1978).
Tomo II.indb 344 08/12/2009 08:28:36 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 345
ético. En última instancia, la reapropiación de los relatos por los
que constituimos nuestra identidad se convierten en juicios de
aprobación o desaprobación de los cursos de nuestras acciones
personales o colectivas, sin por ello caer en un sistema totali-
zador, cerrado sobre sus propios conceptos. De esta manera, la
identidad narrativa desemboca en una peculiar ética de la res-
ponsabilidad.
21
2.1 La fragilidad de un vástago
Al concluir Tiempo y narración, Ricœur escribe esta afirmación
programática que resulta provocadora:
El frágil vástago fruto de la unión de la historia y de la ficción,
es la asignación a un individuo o a una comunidad de una iden-
tidad específica que podemos llamar identidad narrativa.
22
Por un lado, no hay identidad humana sin una unión entre
lo histórico, como pretensión de fidelidad a lo real, y lo ficticio,
como cultivo estético de lo imaginativo. O, dicho de modo
más decidido, no hay identidad propiamente humana sin esta
operación mimética que entrecruza historia con pretensión de
objetividad y ficción cargada de ilusiones. Sin la intersección
entre historia y ficción resulta imposible imputar una acción a
una persona o a un colectivo, atravesados por la temporalidad.
Con la identidad narrativa, navegamos entre un pretendido
positivismo histórico, como el de Peña Batlle o Balaguer, y un
nietzscheanismo social, que como mucho sólo conocerá de
hibridaciones puntuales y caóticas de la identidad. No existirá
responsabilidad histórica si no podemos trazar retrospectivamente
una unidad entre los diversos acontecimientos en que se han
visto implicados los actores.
Decir la identidad de un individuo o de una comunidad es
responder a la pregunta: ¿quién ha hecho esta acción?, ¿quién
es su agente, su autor?
23

21
Ver Hille Haker, «Identidad narrativa y moral en la obra de Paul Ricœur»,
Concilium, No. 285, 2000, pp. 75-85.
22
Paul Ricœur,Tiempo..., p. 997.
23
Ibídem.
Tomo II.indb 345 08/12/2009 08:28:36 a.m.
346 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Y para responderla adecuadamente, no basta con decir un
nombre propio. Para Ricœur, que en este punto sigue a Hannah
Arendt, la respuesta sólo puede ser narrativa, pues para recono-
cer al quién de la acción hay que contar la historia de una vida.
Por otro lado, la cita de Ricœur destaca la fragilidad que re-
sulta de tal operación mimética.
24
La identidad narrativa no nos
ofrece el autoentendimiento heroico de la modernidad, es decir,
no nos ofrece una teoría fuerte del sujeto, del yo domino porque
todo explico. En el momento receptivo, el de la tercera mimesis,
el lector o intérprete de su identidad cultiva un modo de ser
paciente y cuidadoso, atando los cabos de los incidentes que han
irrumpido en el decurso de su vida. La tercera mimesis consiste
en rectificar sin fin una narración anterior (digamos, nuestras
narraciones tradicionales) con una posterior. Se da así una ca-
dena de rectificaciones o refiguraciones. Ricœur señala, inspirado en
Proust, que el actor se convierte en lector y escritor de su propia
vida. Como sucede en el psicoanálisis, la identidad del sí mismo
se estabiliza pacientemente por las rectificaciones constantes
de narraciones previas, tanto verídicas como ficticias. O como
sucede en la escritura de la historia de un pueblo, la verdad se va
logrando por las correcciones que cada historiador aporta a los
colegas que le precedieron, o a las leyendas que configuraron la
sensibilidad colectiva de ese pueblo. El resultado final es que «la
identidad narrativa no es una identidad estable y sin fisura».
25
Es
posible componer diferentes tramas con los mismos sucesos. Los
sucesos han perdido su carácter de acontecimientos, es decir, de
hechos neutralmente objetivos, como gustaría una historiografía
positivista, sea de derecha o de izquierda. El actor puede recom-
poner tramas diferentes sobre lo que le ha acontecido, incluso
opuestas, en búsqueda de una estabilidad que le permita cami-
nar coherentemente en su vida. Pero esto no significa caer en
el mero subjetivismo, pues la constitución de un texto narrativo
exige verificaciones documentales similares a los que realiza la
historiografía científica, liberándose de una imaginación desbor-
dada y dañina para la persona o la colectividad.
24
Para entender esta operación mimética, puede releerse la nota 17.
25
Paul Ricœur, Tiempo ..., p. 1000.
Tomo II.indb 346 08/12/2009 08:28:36 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 347
La fragilidad de la identidad narrativa es doble, porque
además la persona y el pueblo en cuestión se ven forzados a
consultar la opinión de los demás. El acto de lectura y escritura
de sí mismo no es solipsístico; tiene que contar con los demás.
Ricoeur pone un bello ejemplo bíblico para ilustrar esta fragi-
lidad narrativa, propia de una identidad que se hace y deshace
continuamente para poder vivir confiadamente. Invita a cada
persona a hacerse la misma pregunta que Jesús hizo en la crisis
de Cesarea de Filipo: «¿quién dicen ustedes que soy yo?». En esta
búsqueda de la identidad del Mesías, la perplejidad no era sólo
del grupo de los apóstoles, sino también del propio Jesús: ¿cómo
es eso de que el maestro pregunte a los discípulos? Por eso, la
identidad narrativa no es una solución fácil al problema de la
identidad, sino el planteamiento de un problema y una invita-
ción a asumir la propia vida abierta a la sorpresa de los demás. La
inestabilidad que vehicula la identidad narrativa llama a habitar
mundos extraños a nosotros mismos. Ante todo, se activa nuestra
imaginación, y se produce o bien un éxtasis o bien un envío. Pero
este envío solo se realizará cuando cada uno lo asuma diciendo
«¡Aquí estoy!». La identidad narrativa nos deja así en las playas
de la responsabilidad ética, que constituye el momento supremo
de la ipseidad. El actor, como lector, ha de escoger entre las múl-
tiples lealtades éticas que transmiten los relatos que a él llegan;
así se ve nuevamente fragilizado por el ejercicio responsable de
su libertad y le crea una necesaria crisis de identidad. Por tanto,
la identidad narrativa no lo es todo. El ejercicio de elección de
las lealtades éticas tiene que tomar en cuenta otros elementos no
narrativos que conforman al sujeto agente.
Mientras tanto, subrayemos el aspecto de fragilidad que com-
porta una identidad narrativamente concebida. Ella se expone
humildemente a los significados ambiguos que generan todas
las acciones y reconstruye pacientemente lo que se quebró en el
camino.
2.2 Vivir coherentemente las peripecias
Muchas peripecias irrumpen en nuestras vidas personales o co-
lectivas. Entre ellas están los platos rotos de nuestro paso por el
tiempo. Ya se pregunta con sensatez la sabiduría popular: «¿quién
Tomo II.indb 347 08/12/2009 08:28:36 a.m.
348 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
paga los platos rotos?». Desde un punto de vista sustancialista,
podemos ver las peripecias como meros accidentes, y despreciar-
las como insignificantes para nuestra vida. Desde un punto de
vista trágico, podemos verlas como los azares del destino. Pero
desde un punto de vista narrativo, esas peripecias hacen que la
trama de la vida tome otro curso. Definen la identidad propia-
mente humana. Este ego frágil, del que tanto hablan sociólogos
contemporáneos de la globalización como Ulrich Beck, Anthony
Giddens y Alain Touraine, representa una herida para el sujeto
moderno ilustrado, que vive de la ilusión de un control racional
de su identidad, mientras visita adictivamente spas o bares de
moda, compensa el sinsentido con el trabajo, se hunde en el
mundo de las drogas o coquetea con ejercicios occidentalizados
de budismo, mientras se burla de las grandes tradiciones religio-
sas en nombre de una intolerante tolerancia.
Las peripecias pueden servir de base para cambios signifi-
cativos en la propia comprensión. El proceso progresivo de
fragilización de la vida no implica necesariamente una herida
incurable del ego. La fragilidad a la que nos vemos expuestos
por la peculiar identidad que tenemos los humanos entre los
seres del mundo, puede convertirse en una gran oportunidad
para el cambio hacia una vida más plena, es decir, un refuerzo
del sí mismo cargado de sensatez, de delicadeza para consigo y
los demás. Nos obliga a trazar con humildad una línea de cohe-
rencia, si no queremos desfondarnos en el abismo de la nada.
Las peripecias hay que recibirlas como tales, como esas rea-
lidades que pudieron no haber acontecido, pero que sí acon-
tecieron y nos acompañan al caminar. Por eso, la coherencia
propia de una identidad narrativa que integra las peripecias
como relectura y reescritura de la propia vida, no nos instala
en la voluntad de verdad que denuncian con justicia los autores
posestructuralistas. Se trata de una síntesis de lo heterogéneo,
como no se ha cansado de repetir Ricœur.
La expresión misma «síntesis de lo heterogéneo» expresa
ajustadamente la tarea refigurativa de la identidad humana, per-
sonal o colectiva. Se trata de una tensión que no sucumbe a una
identidad monolítica de tipo sustancialista (hay un momento
reservado a lo «heterogéneo»), ni a una existencia contingente
Tomo II.indb 348 08/12/2009 08:28:36 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 349
e irónica que considera los derechos humanos como fruto del
sentimentalismo,
26
y que se felicita de su liberalismo burgués
posmodernista
27
(hay un momento reservado a la «síntesis»
responsable). La coherencia en perspectiva narrativa no es el
resultado ni de un voluntarismo idealista, ni de una indolencia,
más que irónica, sarcástica; es paciente reconstrucción de todo
aquello que ha irrumpido en la vida, cuando se creía que se tenía
todo bajo control. La coherencia así entendida es sinónimo de
humilde lucidez.
2.3 Mantener la palabra dada en el intercambio de
experiencias
Una manera profundamente dinámica de plantear la permanen-
cia desde la identidad narrativa es el cumplimiento con la palabra
dada. La palabra dada es una salida de sí, pero no la fusión ani-
quilante del sí en la interpelación del otro. No se vuelve nostálgi-
camente hacia el pasado, sino que relee el pasado integrando sus
peripecias y lo relanza en una acción de porvenir.
El intercambio de experiencias al que hace referencia Ricœur
inspirado en Benjamin, impide entender la palabra dada como
una especie de imperativo categórico narrativo. De este inter-
cambio no nace una ética formal, que no mira las consecuencias
colaterales de su acción, aquella ética de la convicción que Weber
contrapuso a una ética de la responsabilidad. El intercambio de
experiencias invita a retomar las narrativas populares, más frá-
giles que los discursos de eficiencia y eficacia que se propugnan
por todos lados, y acerca a la suerte de las víctimas.
La estimativa moral que nace del intercambio de experiencias
no se traduce en un sistema acabado, en una arquitectónica ética
que se enorgullece de su clausura conceptual. La desaprobación
de los cursos de la acción colectiva nace de la misma experiencia
vivida y expresada por el desenlace de los relatos. No se visualiza
un moralismo impuesto por reglas formales de la acción, sino por
la paciente escucha de nuestras experiencias, donde se mezclan
26
Richard Rorty, Verdad y progreso. Escritos filosóficos 3, Barcelona, 2000, pp. 219-242.
27
Richard Rorty, Objectivity, Relativism and Truth. Philosophical Papers 1, Cam-
bridge, Cambridge University Press, 1991, pp. 197-202.
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350 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
la verdad y la ficción, para relanzar la acción, incluso después de
haber conocido momentos de violencia extrema.
28

3. Identidad narrativa dominicana: por un nuevo
Congreso extraparlamentario
El espacio público que necesitamos en República Dominicana
ha de permitir una expresión no vergonzosa de cada uno de los
miembros de la comunidad nacional.
29
Amartya Sen ha subraya-
do con razón que una de las capacidades básicas es poder pasear-
nos en público sin tener vergüenza. En una cultura periférica
donde el blanqueamiento es una divisa para progresar desde los
tiempos coloniales, la tarea es más que urgente. He visto sorpren-
dido algunos gérmenes de esta expresión no vergonzosa en las
reacciones de muchos dominicanos, incluso desde el extranjero,
a las noticias de nuestros periódicos electrónicos. Concretamen-
te, en la interpretación de las noticias sobre la violencia urbana
que hemos sufrido en mi barrio de Guachupita y La Ciénaga
en los últimos meses. Pero este germen no puede adormecerse
con el canto de sirena que sería la democracia electrónica en
un contexto donde falta la energía eléctrica y el sistema público
de educación exhibe una facha vergonzante. La expresión en
público, si bien no ha de ser vergonzosa, tampoco tiene que ser
desfachatada o irreverente; debe orientarse también por el cui-
dado y el respeto, virtudes que deben cultivarse sobre todo en la
escuela.
Precisamos aún del cara a cara de la comunicación con su ne-
cesaria paciencia, donde la presencia también sea reconciliación
con el propio cuerpo, y no el simple triunfo formal del mejor ar-
gumento de la denominada democracia deliberativa auspiciada
por las agendas de desarrollo actuales.
30
Para esbozar ese espacio
28
Aquí radica el nudo de la «ética reconstructiva» del filósofo francés Jean-
Marc Ferry. Véase su obra L’éthique reconstructive, París, 1996.
29
Para una reflexión sobre la noción de espacio público en diálogo con
Arendt, Habermas y Rawls, ver Alejandro Sahuí, Razón y espacio público,
Coyoacán, Arendt, Habermas, Rawls, México, 2002.
30
Ver Pablo Mella, «Democracia deliberativa y desarrollo humano: un rom-
pecabezas difícil de armar», Estudios Sociales 36, No. 134, 2003, pp. 31-69.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 351
público que nos permita crear un mundo común que acoja a
los recién llegados a la comunidad dominicana, echo mano del
mismo relato imaginado por Pedro Francisco Bonó en plena
madurez de su vida. En dicho relato se plantea, a mi entender,
la conformación de un espacio de formación de la conciencia y
la voluntad política nacional, que posibilite la creación colectiva
de la ciudadanía. Bonó lo presentó ficticiamente al público con
el nombre de Congreso extraparlamentario.
3.1 El Congreso extraparlamentario de Bonó
Congreso extraparlamentario es la última de las obras significativas
de Pedro Francisco Bonó. Consiste en una serie de cinco folletos
publicados entre el 7 de julio y el 18 de agosto de 1895.
31
Se
desarrolla como un relato de ficción, pero cargado de evidencia
histórica. A través de él, Bonó sugiere modos alternativos para
abordar los problemas dominicanos de entonces. Contra la ideo-
logía moderna del progreso, que despreciaba todo aquello que
no se acercara al ideal científico del positivismo, Bonó promovía
una conceptualización de la modernidad dominicana en la que
se incluyeran los sectores populares, sus faltas de ortografía y sus
gritos desafinados, para poder apreciar la vida que en ellos latía.
Para Bonó estaba claro que el cacareado progreso no podía llegar
por un hombre providencial sentado en la silla presidencial.
Bonó había expresado desde hacía años su desilusión con
respecto al funcionamiento de las instituciones públicas de la
joven República Dominicana. Por su experiencia, se lamentaba
especialmente de las cámaras legislativas, donde no se tomaba
en consideración la verdadera realidad del pueblo dominicano
como parte integrante del género humano. Para llegar a ella,
recurre a la ficción histórica, no a la historia ficticia.
El Congreso extraparlamentario es una narración no desprovis-
ta de un sano humor sobre la manera en que el mismo pueblo
31
El texto completo se encuentra en Pedro Francisco Bonó, Papeles de Pedro F.
Bonó. Para la historia de las ideas políticas en Santo Domingo, Barcelona, 1980,
pp. 352-398. Para este comentario seguimos de cerca el ensayo de Raymun-
do González, «El ‘Congreso extraparlamentario’ de Bonó», Isla abierta,
suplemento cultural del periódico Hoy, 1 de julio de 1995, pp. 4-5.
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352 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
dominicano podía encarar sus problemas. Ya lo he dicho, Bonó
se situaba muy lejos del providencialismo que ha caracterizado
la práctica política dominicana hasta nuestros días. El título ex-
presa una paradoja: un Congreso fuera del Parlamento. Figuras
alegóricas populares de todo el territorio nacional, se reunían
para discutir como diputados en medio del campo, en la sabana
de San Diego, cobijados bajo la sombra de la Mata del Borrego.
A las sesiones se convocaba un amplio auditorio, donde estaban
incluidas las mujeres.
32
Con fina ironía, Bonó compara la Mata
del Borrego con el Areópago Ateniense, donde, como sabemos,
no estaban incluidas las mujeres. En este Congreso extraparla-
mentario se estaba
al aire libre, bajo el espeso y verde follaje de árboles seculares,
en medio del inmenso llano que a veces tiene por límite el
horizonte, con vistas encantadoras y rodeados de todo el lujo
de nuestra exuberante vegetación.
Nada de edificios renacentistas o neoclásicos con sabor a dis-
curso avasallador de la diferencia o a fascismo. En este espacio
público apropiado para la imaginación creadora, los convocados
y convocadas se disponen a deliberar
sin pasiones, sin codicias soeces; sin los imperiosos mandatos
de electores de cábala; y con la buena voluntad que debe tener
todo aquel que legisla en esta u otra forma.
En fin, la convocatoria es para que todos y todas
entren de lleno a discutir los altos y difíciles problemas que
la sociedad de que forman parte pide que con urgencia se
resuelvan.
33
Bonó no idealiza el auditorio del Borrego, expresión me-
tafórica de todo el país. Lo describe compuesto por «hombres
pertenecientes a todos los gremios del país, y sus desagrados y cóleras
32
Bonó es uno de los precursores, en este punto, del reconocimiento del
derecho de las mujeres a participar en el espacio público.
33
Pedro Francisco Bonó, Congreso extraparlamentario, p. 354.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 353
pueden reputarse como el diapasón de los desagrados y cóleras de la
generalidad».
34
Al final del cuarto día de sesiones, las tareas deliberativas
deben suspenderse porque muchos diputados y campesinos del
auditorio comienzan a insultarse, a amenazarse con el puño y sa-
can a relucir puñales y revólveres. La situación se vuelve a repetir
al día sexto. Las sesiones se suspenden para unas vacaciones de
otoño y se prepara el clímax de la acción narrativa. Los diputa-
dos deliberan sobre la situación creada, en casa del presidente
del Congreso. Bonó los describe
sentados alrededor de la mesa del comedor, donde departen
los medios con que podrán, sin choques ni peligros, poner de
manifiesto las causas que obran en la cruenta miseria nacional;
en la disolución de los vínculos sociales, en los vicios reinantes
de reciente fecha, en los asesinatos diarios, y en volver a dar
a las familias despavoridas la tranquilidad y seguridad que les
falta.
35
Las causas de la miseria que crea violencia social van saliendo
al ritmo de la narración: cambios radicales en los modos de pro-
ducción del este y el sur del país, la reforma impositiva acomo-
dada a los intereses de los grandes monopolios; una autoridad
pública «siempre expuesta a ceder a las mañosas sugestiones de
estos tales», es decir, de los grandes capitales que actúan en el
territorio nacional. Es en el Congreso extraparlamentario donde
Bonó habla del «cacao oligarca» y del «tabaco democrático»
como explicación de la crisis social que se resentía en el Cibao
por entonces. Bonó era consciente de que las relaciones sociales
se establecen en vinculación estrecha con los modos de produc-
ción. Mientras el cacao tendía al latifundio y la concentración
de la renta, el tabaco tendía a la producción más autónoma en
parcelas de menor extensión y desarrollaba una auténtica red
asociativa en cadenas de trabajos especializados.
Las explicaciones sobre la situación se van tejiendo en diver-
sas narrativas: el paternalismo, la herencia colonial, el desorden
34
Ibídem, p. 385.
35
Ibídem, pp. 385-386. Cualquier parecido con la realidad dominicana ac-
tual es pura coincidencia.
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354 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
de guerras, las explicaciones raciales típicas de aquella época.
Contra el escepticismo que esto produce, el señor B, el diputado
por Santiago, describe al pueblo dominicano en estos términos:
«Nuestro pueblo tiene prendas relevantísimas individuales, es
bravo, audaz, es bondadoso, hospitalario, sencillo, trabajador,
inteligente, emprendedor. Separadamente, individuo por indivi-
duo, es de lo mejor que hay en el mundo, pero tomado colecti-
vamente es casi inútil; no tiene la sociedad dominicana esa cohe-
sión indispensable de toda agrupación humana independiente,
dueña absoluta de sus destinos. El fondo de nuestro carácter
nacional lo constituye el particularismo, el individualismo; no
se percibe en ninguno de sus actos la nota predominante que
constituye el alma de las naciones estables. Una misión que cum-
plir para sí propia, trabajando y cooperando a los destinos de la
humanidad, y colocándose como factor indispensable y libre en
las evoluciones que debe recorrer nuestra raza».
36
El clímax del relato se produce cuando el mismo diputado
de Santiago describe al pueblo dominicano como la sede de una
gran confederación antillana y americanista, que hoy llamaría-
mos intercultural, con vocación cosmopolita:
Entonces [pone Bonó en labios del diputado B] la política do-
minicana presentará al movimiento continuo de las diferentes
razas humanas, un sitio más libre donde poder residir y obrar,
y con la desaparición gradual que observamos en las ideas
actuales en la preocupaciones de color y procedencia, la do-
minicana tendrá mejor aptitud que su vecina para producir el
núcleo de una poderosa confederación que concurra de una
manera digna a la misión de los americanos en el planeta.
37
Tamaña sorpresa. República Dominicana aparece como se-
milla y ejemplo de interculturalidad, aunque para los términos
patriotas de la época, el personaje no deje de mostrar un cierto
etnocentrismo nacionalista.
36
Ibídem, p. 393. Este texto ha sido interpretado por Raymundo González
como la disociación del Estado y la sociedad dominicana.
37
Ibídem, p. 394.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 355
La narración del Congreso extraparlamentario acaba en un uni-
versalismo concreto. Este universalismo parte de la concreción
de un pueblo que, tomado individuo a individuo, es de una po-
tencialidad enorme; pero que puesto en el marco de un proyecto
político moderno fracasado, es capaz de cometer las peores atro-
cidades. El desenlace narrativo vendrá por lo que el final del rela-
to llama «pobreza de espíritu» del casero que recibe al presidente
del Congreso en su casa. Este personaje, descrito como poseedor
de recursos, cree que «la doctrina del sacrificio es lo único que re-
presenta la verdad». Y está dispuesto a poner sus bienes al servicio
de las transformaciones que necesita el país. La imagen opuesta
de este casero fue pintada un poco antes: aquellos que, cerrados
a un cosmopolitismo intercultural, presentaban la República
Dominicana «como el limitado círculo de una escasa y pobre
agrupación, que por orgullo y añejas preocupaciones no quería
ser compañera de los negros de Haití».
38
Esta posición de rechazo
visceral a nuestro Otro por excelencia se ve descalificada en el
Congreso extraparlamentario por sus mismas consecuencias: el
odio que normaliza el comportamiento violento y la mezquindad
de espíritu que siembra en la identidad dominicana.
3.2 Por un nuevo «Congreso extraparlamentario»
El nuevo Congreso extraparlamentario que necesitamos ha de
estar abierto al conflicto de las interpretaciones que nacen de
las narraciones históricas y ficticias que nos han constituido en
nuestra fragilidad, una fragilidad que no nos debe avergonzar,
pues la compartimos con todos los seres humanos. ¿Dónde
se encontrará la Mata del Borrego de nuestros días? ¿En qué
lugar podemos sentarnos a crear un mundo común que acoja
las nuevas identidades de los recién llegados a la historicidad
dominicana contemporánea?
Al finalizar su artículo, Jesús Zaglul identificaba tres tareas
concretas para seguir construyendo la identidad narrativa en
el conflicto de las interpretaciones.
39
La primera, la cuestión
étnico-cultural, ligada a un «mulataje no asumido» y a un trabajo
38
Ibídem, p. 396.
39
Jesús Zaglul, «Para seguir releyendo...», pp. 148-151.
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356 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
más paciente de tipo etnográfico que nos ayude a acercarnos a
la vida de los sectores populares y propicie reflexiones sobre la
autopercepción nacional. A esto viene asociada, en su opinión,
la minusvaloración práctica de la propia persona. La segunda, la
recepción crítica del nacionalismo publicitario. Los nacionalistas
más empedernidos en la República Dominicana de nuestros días
son las mismas grandes empresas nacionales o transnacionales
que boicotean cualquier tentativa de reforma fiscal que bene-
ficie al conjunto de la nación y le permita al Estado trazar una
política social decente. Aunque puedan reconocerse elementos
positivos en el nacionalismo publicitario, hay que estar alertas
contra una reificación folclórico-costumbrista de la identidad,
que sólo presenta lo «turísticamente correcto». Lo popular no
es lo «típico». La tercera, son las interrogantes que plantea el
fenómeno de la inmigración. Narrativamente, Zaglul lo expre-
saba así: «En yola y en lo que sea, pa´ Los Países». La yola es un
símbolo ambivalente. Podemos reconocer el coraje, el deseo de
vivir y el cuestionamiento de los pobres de la tierra a las prácticas
neo-imperialistas que se reflejan en un ordenamiento jurídico
que cierra fronteras a la gente para abrírselas al capital y nos
pone a hablar a todos de «encuentro de culturas», como en este
congreso de filosofía. Pero la yola también manifiesta un pro-
yecto de vida truncado y una identidad nacional que se percibe
como camino cerrado.
En este momento, no se trata de armar un agresivo discurso
intelectual sobre la diáspora, que llene de orgullo nacional a
tantos dominicanos y dominicanas, que intentan con dignidad
buscar una vida buena en los países del capitalismo tardío, pero
que sin ningún empacho podrían apoyar la reelección de Geor-
ge Bush hijo. Más que orgullo nacional, creo que necesitamos
sensibilidad, sensatez, responsabilidad y una nueva capacidad
para releer y reescribir las narrativas que han constituido nuestra
identidad actual. Este ejercicio hermenéutico es sólo un paso
de inicio para transformar nuestras prácticas ciudadanas en el
nuevo contexto de la globalización del capital y de la reafirma-
ción imperialista de los Estados Unidos a escala planetaria, sin
olvidar la profunda crisis que en este contexto padecen nuestros
vecinos haitianos. Bonó lo mostró bien: el desprecio al haitiano
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Filosofía dominicana: pasado y presente 357
se traduce en odio y violencia hacia nosotros mismos. Como en
el Congreso extraparlamentario de Bonó, un nuevo Congreso extra-
parlamentario tiene que motivar el ethos político dominicano
hacia una praxis intercultural e institucional que encarne una
universalidad concreta. Ojalá que alguno de nuestros literatos
sensibles a la ciencia social o alguno de nuestros científicos socia-
les con vocación literaria nos regale una versión actualizada del
Congreso extraparlamentario. Trabajos narrativos de esa índole nos
ayudarán a entendernos a nosotros mismos sin pretender tener
la última palabra. Así podremos ser más coherentes y responsa-
bles, y más cuidadosos en el trato que damos a las figuras del otro
y a nosotros mismos.
Tomo II.indb 357 08/12/2009 08:28:36 a.m.
358 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
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Tomo II.indb 360 08/12/2009 08:28:37 a.m.
– 361 –
Identidad persistente y mutante
1
Federico Henríquez Gratereaux
La construcción de la Comunidad Económica Europea es
una obra política que produce asombro y admiración. Las diver-
sas nacionalidades de Europa, tras siglos de guerras, rivalidades
comerciales y culturales, deciden formar una organización co-
munitaria dirigida a la transnación. La Unión Monetaria Europea
ha sido la coronación de muchos años de esfuerzos: unión adua-
nera, mercado común y, por fin, moneda única. Se restringe la
soberanía de cada nación para edificar una entidad mayor, más
poderosa, que defienda la estabilidad y el crecimiento econó-
mico de todos los participantes, doce, quince, veinticinco... tal
vez cincuenta y cinco. Todo ello por encima de la diversidad de
idiomas y de viejos y enconados prejuicios.
Cada país europeo configuró un ordenamiento político del
Estado con arreglo a sus vecinos y contrincantes, en respuesta a
las acciones de otros Estados, a las amenazas imperiales, cercanas
o lejanas. La historia hizo las particularidades nacionales; y las
guerras establecieron fronteras a los territorios. La autoridad del
Estado sobre un territorio debió ser defendida todos los días. Y
para que esto fuera posible era necesario contar con aglutinan-
tes colectivos culturales, sentimentales, políticos, económicos,
simbólicos. A esa suma de elementos se le llama patriotismo.
La nación es, pues, una cristalización histórica; pero el Esta-
do es un aparato político de coerción o fuerza; nación y Estado
1
Publicado en Identidad proyecto de Nación. Fundación Global Democracia y
Desarrollo, Santo Domingo, Editora Corripio, C. por A., 2006, pp. 38-85.
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362 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
descansan ambos en la identidad de una población concreta.
Identidad es el conjunto de factores unitivos que todos los habi-
tantes de un país perciben como propios, de modo inmediato,
sin que medie el razonamiento: en primer lugar, lengua y cos-
tumbres. Lo nacional significa lo que hemos sido siempre; lo
transnacional es lo que deseamos ser y que somos únicamente
en proyecto o intención. Por eso produce admiración el sur-
gimiento de una empresa de integración económica regional
que, además, discute y redacta una Constitución común y regla-
mentos administrativos para una docena de gobiernos. Lo cual
no logra borrar los sentimientos nacionales.
¿Cómo es posible que con este experimento a la vista de
todos, pervivan, más enérgicos que nunca, los sentimientos
nacionales y las ideologías nacionalistas radicales? No es fácil
encontrar explicaciones claras para la persistencia de la identidad
de los pueblos a través de la historia.
El camino práctico es atender más a los hechos que a las pala-
bras; dar más importancia a los ejemplos reales que muestran la
pervivencia de la identidad en los pueblos, antiguos y modernos; y
prestar menos oídos a las controversias teóricas sobre el tema.
El pueblo judío es el primer modelo que debemos consi-
derar, por ser el más antiguo y conocido. Los judíos perdieron
su Estado, su territorio e incluso su lengua; dispersados por el
mundo a partir del año 70 d.C., vivieron alojados en diferentes
sociedades que influyeron sobre sus costumbres ancestrales. Los
judíos asentados en España adoptaron la lengua española del
siglo XV. El judeo-español es la versión arcaica de nuestro idioma
actual. El culto religioso de los judíos sefarditas se expresa en la-
dino; en cambio, los judíos askenazitas del este de Europa hablan
el yiddish, o sea el alto-alemán con matices y agregados hebreos.
Pero no perdieron su identidad como pueblo. Conservaron sus
creencias religiosas, su música, su cocina característica, así como
específicas formas de arte, pensamiento, literatura. Los judíos
no dejaron de ser una nación durante la diáspora de casi dos
milenios. Dejaron de ser un Estado pero no de ser una nación.
Esto es, un proyecto colectivo de vida común. La identidad de los ju-
díos conservada –preservada celosamente por gaones, rabinos,
Tomo II.indb 362 08/12/2009 08:28:37 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 363
líderes y maestros–, es una de las causas del rechazo social que
sufrieron dentro de las comunidades anfitrionas. Lo cual deter-
minó muchas de las peores persecuciones de su historia.
Como bien saben todos, los judíos recuperaron su lengua.
Después de haber sido una lengua muerta, reducida al culto
religioso, el hebreo es hoy un idioma vivo, en franco proceso
de desarrollo. Tan pronto los judíos obtuvieron un territorio y
volvieron a fundar un Estado, actuaron con la coherencia de una
nación, la que siempre fueron mientras la dispersión fue casi
total.
Por supuesto, los judíos de hoy no son exactamente iguales
a los judíos de la época de Moisés o del rey Salomón. Han evo-
lucionado a partir de un núcleo básico tradicional, agregando,
podando o matizando, la «sustancia» original. Apreciaban su
historia y deseaban prolongarla; maestros, artistas, sacerdotes y
políticos colaboraron en esa tarea a lo largo de siglos.
Polonia fue repartida en 1772 entre Rusia, Prusia y Austria.
Los polacos organizaron insurrecciones que terminaron con dos
nuevos repartos, uno en 1793 y otro en 1795. Napoleón indepen-
dizó una porción de Polonia y estableció el ducado de Varsovia,
el cual volvió a ser parte de Rusia con el Congreso de Viena en
1815.
El compositor polaco Federico Chopin, el autor de las uni-
versalmente conocidas polonesas, fue enterrado en París en el
cementerio del Pere Lachaise. Antes de morir, el pianista dispu-
so que su corazón fuera enviado a Polonia. Este gesto romántico,
que nos parece propio del siglo XIX –Chopin nació en 1810 y
murió en 1849–, es sólo una muestra de la persistencia de los
sentimientos nacionales conectados con la identidad.
Polonia, a pesar de todos los repartos y presiones de rusos
y alemanes, es hoy una nacionalidad y los polacos conservan su
identidad. Los Habsburgo gobernaron durante seis siglos; el
imperio austro-húngaro no decayó hasta 1918, al terminar la
Primera Guerra Mundial. Los polacos de hoy siguen bailando
su música típica, y escuchan con emoción las polonesas de su
compositor romántico emigrado a París. No ha desaparecido la
identidad polaca.
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364 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Judíos y polacos son dos ejemplos extraídos del pretérito: del
pasado remoto y del pasado reciente. Los ejemplos actuales son
abundantes. Cualquier persona que viaje a los Estados Unidos
de América y visite ciudades como Chicago, Nueva York, San
Francisco, Miami, podrá advertir la persistencia –resistencia o
pervivencia– de los caracteres nacionales, de la identidad de los
pueblos.
Griegos, judíos, polacos, italianos, chinos, han mantenido
durante décadas la actividad de los llamados «barrios étnicos»
en todas las grandes ciudades de los Estados Unidos. La mayor
parte de estos griegos, polacos, italianos, chinos, tiene ciudada-
nía norteamericana. La nacionalidad consignada en el pasaporte
y demás documentos civiles es la norteamericana; sin embargo,
la identidad de los portadores de esos documentos no es la misma
de los estadounidenses comunes, anglosajones establecidos en
América desde hace siglos, con varias generaciones nacidas y
criadas en esa tierra. Los norteamericanos recientes han de sufrir
una suerte de «pasantía» antes de llegar a ser norteamericanos
en plenitud sentimental y no solamente jurídica. Durante ese
periodo, comparable al de los polluelos en trance de emplumar,
los polacos, griegos, italianos, desarrollan «barrios étnicos» don-
de se sirven sus comidas, se venden sus periódicos, se escucha su
música y se exhiben los objetos simbólicos de su folklore.
Metidos ya en el famoso melting pot de culturas y etnias, los
norteamericanos nuevos se protegen de la «intemperie cultural»
fabricando una atmósfera resguardada, conocida, que les ofrece
abrigo y seguridad emocional. Los norteamericanos de origen
griego siguen comiendo queso feta, aceitunas kalamata, ensala-
da Nicosia, durante un largo proceso de adaptación.
Arropados por costumbres extrañas, por una lengua que no
es la materna, los emigrantes deben construir sobre sus hombros
un caparazón nuevo, a semejanza de ciertas especies de cangre-
jos. El «barrio étnico» funciona como un refugio temporal. La
identidad de los pueblos es, a la vez, persistente y mutante.
Un caso actual y próximo es el de los puertorriqueños. So-
metidos a la influencia norteamericana durante un siglo, los
puertorriqueños no han perdido su identidad hispánica. Hablan
Tomo II.indb 364 08/12/2009 08:28:37 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 365
ingles y español todos los días de sus vidas, adoptan voces de
la lengua inglesa o deforman algunas palabras, pero continúan
atados a su identidad originaria hispánica. Muy conocida es la
vieja composición que dice: «La plena que yo conozco/ no es
de la China ni del Japón;/ La plena viene de Ponce,/ viene del
barrio de san Antón».
Pero hay puertorriqueños que llaman rufo al techo de sus
casas.
Los emigrantes cubanos, que han colonizado a Miami y bue-
na parte de la Florida, no han perdido su identidad antillana.
Han introducido en los Estados Unidos el cuban coffee; el llamado
«estilo latino» en la música, en la comida, en la manera de vestir,
ha penetrado en la sociedad norteamericana. Los fenómenos de
transculturación suelen tener dos vías. Los cubanos de Miami
ya no son los mismos de Cuba; están profundamente norteame-
ricanizados. Ellos han modificado su estilo de vida y trabajo, e
incluso algunos de sus ideales y valores. No obstante representar
una modalidad antropológica nueva, no dejan de ser otra cara
de la cubanidad.
Algunas personas piensan que el nacionalismo es, simplemen-
te, la expresión ingenua de la identidad de cada pueblo. Pero
los políticos, cuando hablan de nacionalismo, se refieren a «la
alteración fanática del sentimiento patriótico». Nacionalismo
es un vocablo que procede, como es obvio, de nación, y nación
es la cristalización histórica y cultural sobre la que se asientan
generalmente los estados, como ya hemos dicho. Pueblo, Estado,
nación, son conceptos ligados íntimamente por la costumbre y
por la lengua. No debe sorprender que estén mezclados en el
pensamiento del hombre común. Añádase a esto la nacionalidad
–la ciudadanía–, una noción jurídica, y tendremos la más com-
pleta confusión.
Se atribuye a Borges la afirmación de que los ismos son: o una
doctrina o un énfasis. En ocasiones el énfasis puede conducirnos
a la deformación. Desalojemos entonces, de manera provisional,
las ideas de Estado y nación y consideremos separadamente el
concepto de identidad.
Tomo II.indb 365 08/12/2009 08:28:37 a.m.
366 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
En primer lugar, es preciso señalar que el principio de identi-
dad fue formulado por Parménides de Elea unos 500 años antes
de Cristo. «Lo que es, es». Ése es el primer principio de la lógica
tradicional y ha sido fecundo en la geometría y en las matemáti-
cas. Desde hace algún tiempo se aplica el concepto de identidad
en las llamadas ciencias sociales, con menos rigor y poquísimo
rendimiento.
Dicho principio es fijo, inmutable, permanente. Los griegos
de la época de Parménides concibieron el ser de las cosas como
una substancia invariable, siempre igual a sí misma: «lo que es,
es». Por eso el principio de identidad era tan útil para los núme-
ros, para las figuras ideales, el triángulo, el círculo. Aplicado a la
gente, a las sociedades, a la historia, esto es, a las humanidades,
el principio de identidad deja de ser útil intelectualmente.
Hace diez años publiqué el ensayo La guerra civil en el corazón;
entonces escribí:
No es posible con un concepto rígido y fijo apresar un objeto
que fluye. El hombre es una entidad cambiante, mudadiza,
que se desarrolla y transforma en el tiempo, en el curso de la
historia. Podemos decir de un lado común a dos triángulos
que AB es idéntico a AB porque la geometría es una ciencia
que trata objetos o figuras ideales. El hombre, en cambio, no
puede estudiarse desde una «antropología eleática».
El hombre español, por ejemplo, es celta y también ibero; pero
ha sido modificado por los romanos, por los moros, por los
judíos, por los visigodos. Un español del siglo XVI, de la «edad
conflictiva», como dice Américo Castro, con la herencia de los
Reyes Católicos, de la lucha contra los árabes, de la expulsión de
los judíos, no es igual –no es idéntico– que un español falangista
de la época del dictador Francisco Franco. La identidad no es
fija, sino cambiante, con diversos acentos, con caras o facetas de
cada época, como un poliedro que oscila a la luz de la historia.
Las viejas categorías de la filosofía griega fueron concebidas
para aprehender la naturaleza; y las categorías de la filosófia
moderna tal vez sirvan para comprobar la racionalidad u «organi-
cidad» del pensamiento abstracto. Ni Aristóteles ni Kant pueden
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Filosofía dominicana: pasado y presente 367
ayudarnos a definir y apresar teóricamente la vida personal,
social, histórica. Para esa tarea necesitamos otros instrumentos
intelectuales.
Las ideas y las creencias de la gente facilitan la comprensión de
su conducta; las expectativas de futurición se producen solamente
en las almas de las personas. Los estudiantes sueñan con la futu-
ra graduación: viven proyectados hacia lo futuro; los comerciantes
saborean la riqueza por venir, los políticos gozan de antemano
con el poder que alcanzarán en la próxima campaña electoral.
El hombre que decide emigrar, elige entre varias posibilidades. El
hombre es un animal que despliega intenciones en el tiempo y en
el espacio. El esquema de lo intencional es: con algo, por algo, para
algo. ¿Con qué vivimos? ¿Para qué vivimos? ¿Por qué vivimos? El
hombre común no se plantea estas preguntas filosóficas; sin em-
bargo, las contesta, de hecho, con su conducta. Y ahí está la clave
del cambio en la identidad de los pueblos. Sea que emigren o no,
o que sean invadidos o influidos por otros pueblos, los grupos
humanos viven bajo la perpetua acción de creencias –religiosas,
políticas, sociales, estéticas–, movidos por la esperanza conteni-
da en la cápsula o capullo que es la futurición. El formato entero
de la vida humana está condicionado por la intencionalidad. Que-
remos ser santos, ladrones, escritores, gobernantes, médicos,
hombres de empresa. Hemos de adaptar nuestras existencias a
unas circunstancias que cambian de sentido, de importancia o
de valoración colectiva. Con estas categorías «existenciales» sí
conseguimos captar intelectualmente la vida humana.
En el ensayo que cito más arriba también escribí:
Que una sociedad absorba o rechace un elemento u otro de
la cultura universal –recibidos a través de medios de comuni-
cación cada vez mas abarcadores– es algo que ocurre todos
los días, en un continuo proceso de filtración osmótica o de
defensa colectiva o de adaptación social.
Cuando se rompe el equilibrio entre persistencia y mutación,
puede ocurrir un descalabro colectivo como el que sufrieron
los taínos en la isla de Santo Domingo. La desaparición total de
pueblos y de culturas no son fenómenos frecuentes. Pero es un
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368 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
hecho que ciertos pueblos han ido a parar a lo que he llamado
«sumidero de la historia».
En el sepulcro de los Reyes Católicos, en Granada, último
bastión del dominio árabe de España, hay una inscripción que
sugiere que Fernando e Isabel «aplastaron las personas» de mo-
ros y judíos. No hay más que leer las noticias de ayer acerca del
Oriente Medio para saber que no es cierto que «sus personas»
hayan sido «aplastadas». Palestinos y judíos siguen enfrentados...
como en los tiempos de David y Goliat. Han conservado su iden-
tidad.
La identidad de los pueblos puede desbordar el poder coerci-
tivo de los Estados. Ha ocurrido ya en los Balcanes que pueblos
alojados dentro de un Estado preexistente terminen arrojando
del poder a los anfitriones. Es claro que identidad es algo que
perciben claramente «los propios» y «los extraños». A menudo
las diferencias de identidad conducen a sangrientas guerras,
como es el caso de hutus y tutsis en Ruanda, dos tribus negras
enfrentadas durante años.
Es deseable que no se produzcan estos enfrentamientos en-
tre grupos separados por la cultura o por intereses vitales; del
mismo modo, es deseable que los pueblos todos prolonguen su
acción en la historia, que no pierdan su identidad, aunque expe-
rimenten mutaciones.
Para que esas dos cosas ocurran es menester que los líderes,
pensadores y maestros de cada sociedad, cumplan con la misión
social que les corresponde. Nunca esa misión es igual o, si se
quiere, idéntica a la que cumplieron los líderes y maestros del
pasado. Deben éstos, en toda ocasión, descubrir penosamente
los caminos ocultos del porvenir...asumiendo con valor el carác-
ter del presente y estudiando, minuciosamente, el pasado.
Tomo II.indb 368 08/12/2009 08:28:37 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 369
II
Identidad, raza, nación; separar las partes
Los conceptos nación y Estado son percibidos en apretada
relación, lo mismo que las ideas de pueblo y etnia. Pueblo,
Estado, nación, se nos aparecen como realidades enterizas que
no toleran ser disociadas. Para las mentes griegas de Leucipo
y Demócrito, átomo significaba unidad indivisible; en cambio,
para la física moderna los elementos que componen el átomo son
las fuerzas que explican el comportamiento y las propiedades
de la materia. Para estudiar la identidad sobre la que se edifican
pueblos, Estados y naciones, es preciso descomponer o desagregar
esas tres porciones de la realidad social; como si fueran protones,
electrones y neutrones.
Como ya dijimos, durante siglos los judíos carecieron de
territorio y de Estado pero no dejaron de ser una nación; vivieron
dispersos sin perder el carácter de comunidad, conservando sus
costumbres, ritos, creencias, «estilo de vida», visión del mundo.
De los judíos dijo el poeta alemán Enrique Heine: «son un pue-
blo cuya patria es un libro». Los hebreos no ponían los pies sobre
ninguna tierra propia. Ellos tenían identidad sin tener «patria»:
Eran una nación sin Estado.
Los polacos, por el contrario, no perdieron su territorio con
las reparticiones de 1772, 1793 y 1795; aunque muchos polacos
emigraron, el grueso de la población permaneció en su territorio
a pesar de haber perdido su Estado y sus derechos políticos. Los
polacos mantuvieron viva la identidad nacional: fueron polacos
antes, durante y después de las dominaciones de rusos, prusia-
nos, austriacos y franceses. Los judíos conservaron su identidad
mas allá del horror del holocausto, un período de extermina-
ción física programática que abarcó doce años, esto es, de 1933
hasta 1945.
La identidad no siempre está conectada con una raza deter-
minada. Hay negros puros en África que pertenecen por entero
a la cultura arábiga, que son musulmanes, usan ropajes árabes
y su lengua materna es el árabe. Los negros norteamericanos
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370 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
–llamados afroamericanos– son americanos, profundamente
americanos. El blue, los spirituals, el jazz, son contribuciones de
los negros a la cultura norteamericana que, en lo esencial, es
WASP, o sea, blanca, anglosajona y protestante. No se parecen
los negros norteamericanos a los negros del África, sean musul-
manes o cristianos, arabizados o afrancesados. No importa que
miremos la historia como un proceso –sujeto a leyes– o como una
serie ininterrumpida de «accidentes», el resultado es que razas
diversas pueden confluir en una identidad común.
Esto es particularmente importante para comprender los
«fenómenos identitarios» de la América hispánica. En los países
de nuestra América es muy difícil que tengan éxito movimien-
tos nacionalistas etnocéntricos –fundados sólo en la etnicidad,
en la pureza de una raza determinada. En América existen
tres grandes grupos étnicos que conviven desde hace siglos: los
aborígenes precolombinos –mayas, quechuas, aztecas, aimarás y
muchísimas otras etnias–; los europeos colonizadores y sus des-
cendientes directos o indirectos, y los hijos de los negros impor-
tados como esclavos en algún momento de la historia colonial.
Negros, blancos e indios han dado lugar a toda clase de mezclas:
mestizos, mulatos, zambos. No obstante los numerosos prejui-
cios existentes y las diversas luchas que separan o han separado a
estos grupos, pertenecen todos a la misma comunidad, al mismo
Estado. El que hayan luchado unos contra otros por motivos
económicos, sociales, políticos, y ocupado distintos lugares en
la escala de jerarquías públicas y de estimación, no impide que
sean nacionales del mismo país y bailen la misma música y coman
parecidos platos. Las viejas identidades son persistentes, mutantes
y, además, aglutinantes; aglutinantes por dos razones: porque in-
corporan nuevas partículas y porque mantienen la cohesión de las
sociedades. La mutación es lenta, la persistencia prolongada; y el
poder aglutinante, una fuerza política siempre activa.
En la actualidad las naciones de América hispánica tienen
poblaciones mestizas, mulatas o trihíbridas, amparadas por una
sola ciudadanía. Himno, bandera, idioma, cocina, son hoy ele-
mentos comunes a los tres grupos. Para estudiarlos es necesario
disociar o separar raza y cultura, raza y nación, raza y ciudadanía
y, finalmente, raza e identidad. Bélgica es un Estado binacional
Tomo II.indb 370 08/12/2009 08:28:37 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 371
que aloja en su estructura jurídica constitucional a dos pueblos:
a flamencos y a valones.
Todas las constituciones políticas comienzan por mencionar
al pueblo que la proclama, a la nación en nombre de la cual se con-
sagra, antes de llegar a la descripción de los poderes del Estado
que defenderá a ese pueblo y a esa nación. Inmediatamente des-
pués, las constituciones se refieren a los símbolos patrios: himno
y bandera; señalan factores unitivos de la población: lengua y
religión. Luego se aborda el tema del territorio y a seguidas, el de
la nacionalidad.
Las constituciones suelen definir la nacionalidad por uno de
dos caminos: el jus soli o el jus sanguinis. «O el territorio o la san-
gre»; o el nacimiento o la «etnia». Los países con poca población
preferían el derecho del suelo. «Gobernar es poblar», decían los
próceres argentinos. Esto reza, especialmente, para los estados
que se asentaron en los extensos territorios del Nuevo Mundo.
Cuando el territorio es pequeño y la población numerosa, en-
tonces las élites gobernantes invocan el derecho de la sangre. Los
Estados Unidos de América es el mayor ejemplo de apertura a los
emigrantes, de aplicación del referido principio constitucional
llamado jus soli o derecho del suelo. Los pequeños países euro-
peos han tenido una política estrictamente inversa. Establecer
dificultades para la obtención de la ciudadanía es una forma de
protección frente a los extranjeros, sean invasores, inmigrantes
o simplemente extraños de «otra etnia».
Las agrias disputas sobre Alsacia-Lorena que protagoniza-
ron alemanes y franceses añadieron aspectos nuevos al problema
de la identidad. Por la sangre o la biología, Alsacia-Lorena era
alemana; el territorio, sin embargo, y los intereses sobre él, cons-
tituían una cuestión política; pero las gentes de Alsacia-Lorena
preferían ser franceses «por elección y voluntad», como afirma
Edgar Morin. Surge entonces el inesperado asunto de la deci-
sión democrática de los habitantes de una región. Tierra, raza,
voluntad. Los sentimientos de las personas están conectados con
su cultura, sus intereses y, sobre todo, con la percepción de su
identidad comunal.
En América hemos querido «fundar»naciones que se parez-
can a las naciones «modélicas» de la vieja Europa. Hemos imitado
Tomo II.indb 371 08/12/2009 08:28:37 a.m.
372 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
de dichas naciones la organización política, las instituciones de
derecho, las ceremonias sociales, vestimenta y adornos, así como
su literatura y artes. Claro está, eso no es posible hacerlo íntegra-
mente; es preciso introducir modificaciones, parches o remien-
dos, porque nuestras historias son completamente distintas de
las historias de los países europeos. Diferentes son los prejuicios,
las costumbres, los componentes étnicos, la estratificación social.
Todas las sociedades son «organismos» resultantes de una historia
particular irrepetible.
Ésta es la causa de que algunos pasos de la historia americana
tengan el aspecto de una mascarada. Junto a acciones y obras
de verdadera humanidad y de empinado heroísmo, brotan ex-
crecencias salvajes, risibles, carnavalescas. Arturo Uslar Pietri, en
su novela La isla de Robinson, pone a hablar a Simón Rodríguez,
maestro de Bolívar, acerca de «aquellos pueblos americanos en
revuelta continua», «le contaba las cosas que había visto en Bo-
livia, en el Perú, en Chile. La plétora de necios, de fatuos, de
ignorantes que pretendían dirigir a unos pueblos impreparados
para la vida política». «El ciego que conduce a otro ciego». In-
tentamos establecer un orden democrático sin tener el número
suficiente de demócratas.
No es posible copiar al pie de la letra los buenos ejemplos del
orden político europeo; es como vestir el cuerpo de un flaco con
un traje hecho para un gordo. Pero sería aún peor reproducir
los malísimos ejemplos de las guerras religiosas o étnicas, de los
feroces enfrentamientos y matanzas de los nacionalismos exclu-
yentes, que han asolado a Europa. Un continente mestizo puede
y debe superar esas visiones unilaterales de limpieza racial, de
etnias privilegiadas o «superiores».
Ahora asistimos a un nuevo ascenso de los nacionalismos,
en Austria, en Holanda. El extremista francés de derechas, Jean-
Marie Le Pen, gana cada día más apoyo en varias regiones de su
país. Él opina que «la desigualdad entre razas está demostrada».
También piensa que la muerte de millones de judíos en las cá-
maras de gas es «un detalle desafortunado de una realidad que
no se ha entendido del todo bien». La América mulata y mestiza
debe rechazar ese camino autodestructivo.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 373
III
América: cohesión social en curso
«El antiguo internacionalismo había subestimado la formidable realidad
mitológica religiosa del Estado-nación. Se trata en adelante, no sólo de recono-
cerla, sino también de no pretender abolirla».
EDGAR MORIN
A esta frase de Edgar Morin habría que añadir que no sólo no
debe intentarse abolir esa «formidable realidad» que es la na-
ción, tampoco es lícito pretender fosilizar la idea nacional e im-
pedir su desarrollo, transformación o evolución. La «formidable
realidad» del Estado-nación no es únicamente mítico-religiosa.
Fustel de Coulanges, en su extraordinario libro La ciudad anti-
gua, explica los orígenes religiosos de la polis griega y de la urbs
romana. El Estado-ciudad es el tema central de este autor clási-
co; pero es claro que los modernos Estados-nación prolongan y
participan de esos arranques mítico-religiosos. Sin embargo, la
fuerza actual de los sentimientos nacionales procede de intereses
económicos y de vínculos anudados por las costumbres profanas.
Las naciones de hoy son hijas de la desaparición del feudalismo,
absorbido o integrado por la monarquía absoluta. Con las mo-
narquías, hubo territorio nacional, leyes nacionales, soberanía
nacional, moneda nacional, ejército nacional, himno nacional.
Surgió entonces algo decisivo: el «mercado nacional». Es decir,
cien ciudades sometidas a la autoridad de un solo Estado y de un
gobernante único que las representaba a todas.
Casi todos los grandes tratadistas contemporáneos de los
problemas de la nación y del nacionalismo son personas que
desde su nacimiento, o a través de la historia vivida por sus pa-
dres, han sufrido traumas colectivos. Ése es el caso del filósofo y
sociólogo Edgar Morin, nacido en 1921, combatiente voluntario
en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. El
autor de Tierra-patria, de Una política de civilización, de La comple-
jidad humana, refleja en sus obras el impacto de sus experiencias
personales y las de su comunidad.
Tomo II.indb 373 08/12/2009 08:28:37 a.m.
374 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
También ése es el caso de Ernest Gellner (1925-1995), filóso-
fo y antropólogo de nacionalidad británica, nacido en Chequia
y fallecido en Praga. Checo-Eslovaquia es una zona del planeta
bajo la constante influencia de las grandes potencias del viejo
mundo, antiguas y modernas. Rusia, Alemania, el imperio
austro–húngaro, han zarandeado esa región durante siglos. La
guerra de los Treinta Años comenzó con la famosísima defenes-
tración de Praga. La llamada república checoeslovaca se formó
con la reunión de Moravia, Bohemia, Silesia y Eslovaquia, en
1918, al concluir la Primera Guerra Mundial. Gellner conoció
directamente las sañudas pasiones nacionalistas de bohemios,
alemanes y polacos.
Ocurre igual con Benedict Anderson, nacido en 1936 en
China, de padre irlandés y madre inglesa. Anderson es un exper-
to en los problemas de Indonesia, país donde redactó la mayor
parte de su tesis doctoral mientras trabajaba como profesor asis-
tente en la Universidad de Cornell. Indonesia es un archipiélago
poblado por diversas etnias, con enormes diferencias religiosas,
culturales, idiomáticas. Por estas islas han pasado portugueses,
franceses, españoles, ingleses y holandeses. Empresarios euro-
peos instalaron en Indonesia factorías y negocios comerciales
monopólicos. Los holandeses practicaron allí «una segregación
racial completa». En Indonesia se discute todos los días acerca de
las ventajas de la «unificación nacionalista» frente a la diversidad
religiosa, cultural y étnica.
Benedict Anderson estudió el problema de las naciones nuevas
que son desprendimientos de viejos imperios. Lo cual es impor-
tantísimo para entender a las naciones de la América hispánica,
que se zafaron de la tutela colonial cuando España fue invadida
por las tropas de Napoleón. Se apoya mucho en una obra del
historiador inglés John Lynch: Las revoluciones hispanoamericanas
1808-1826. Lynch explica en ese libro que Bolívar no se atrevió a
pedir la abolición de la esclavitud porque «temía el resentimiento
de los grandes terratenientes», blancos, españoles.
En 1821, al convertirse Bolívar en presidente de la Gran
Colombia (Venezuela, Nueva Granada y Ecuador), obtuvo del
Congreso una ley mediante la cual se liberaba a los hijos de los
Tomo II.indb 374 08/12/2009 08:28:38 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 375
esclavos. San Martín promulgó un decreto para reconocer a los
indígenas o indios como ciudadanos peruanos. Bolívar había hui-
do a Haití en 1816; y prometió entonces al presidente Alexander
Petión abolir la esclavitud «en todos los territorios liberados».
Las diferencias raciales, sociales, culturales, de las poblaciones
americanas, determinaron patrones peculiares para la integra-
ción nacional, y para la forja de la identidad.
Al tocar el tema de Haití, Petión y Bolívar, es pertinente
mencionar al doctor José Núñez de Cáceres, gestor de la pri-
mera independencia del Santo Domingo español, proclamada
el 1ro. de diciembre de 1821. Núñez de Cáceres, junto a otros
siete ciudadanos, redactó el «Acta Constitutiva del Gobierno
Provisional del Estado Independiente de la parte Española de
Haití». Este documento constitucional merece ser comentado
por varios motivos: Núñez de Cáceres pone la entidad política
recién creada bajo la protección de la Gran Colombia. Bolívar,
presidente de la Gran Colombia, había recibido ayuda militar de
Petión a su paso por Haití en 1816. A este presidente le sucedió
Jean Pierre Boyer en 1818. Como todos saben, la invasión de
Boyer a la porción española de la isla de Santo Domingo ocurrió
el 9 de febrero de 1822, setenta días después de la proclamación
de la independencia. Se ha dicho que Bolívar, agradecido por
la ayuda de los haitianos, no objetó la invasión de los antiguos
esclavos a un territorio «perteneciente», de manera formal, a la
Gran Colombia. También se dice que Bolívar nunca recibió la
comunicación de Núñez de Cáceres.
Discusiones acaloradas suscita en nuestro país el hecho de
que Núñez de Cáceres no aboliera la esclavitud. Algunos histo-
riadores achacaron la invasión de Boyer, precisamente, a que los
esclavos no fueron liberados. Investigar las causas de la invasión
haitiana de 1822 no es tarea prevista en este trabajo, limitado
al tema de la identidad de los pueblos. No obstante, nos parece
que dar tierras a los soldados licenciados tras la muerte del rey
Cristóbal podría ser una de ellas; además, después de la caída de
Napoleón y de la celebración del Congreso de Viena, se hablaba
en Europa de una probable «restauración de los borbones». Bo-
yer, tal vez, aprovechó la acción de Núñez de Cáceres para ocu-
par toda la isla sin ofender a los reyes de España; y así prevenir
Tomo II.indb 375 08/12/2009 08:28:38 a.m.
376 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
que los borbones españoles –en el poder desde 1700– prestaran
el territorio vecino de Santo Domingo a los franceses, fueran
borbones o no. Boyer continuó y extendió la reforma agraria
que Petión comenzó, al repartir las tierras de las grandes planta-
ciones francesas.
Es de sobra conocido que Thomas Jefferson no abolió la
esclavitud. El gran prócer norteamericano, redactor de la Decla-
ración de Independencia y tercer presidente de los Estados Unidos,
llamaba a la esclavitud «institución peculiar». Mantener seres
humanos sometidos a la esclavitud no parece congruente con
la idea motriz de la Declaración de Independencia: «todos los hom-
bres han sido creados iguales [...] están dotados de «derechos
inalienables [...] esos derechos incluyen la vida, la libertad y la
búsqueda de la felicidad». Los esclavos de los Estados Unidos
debieron esperar hasta 1863, cuando Abraham Lincoln –presi-
dente No. 16– les dio la libertad. Núñez de Cáceres, al igual que
Jefferson, no abolió la esclavitud; sin embargo, su Acta Constitu-
tiva dispone, en su artículo 9:
Son ciudadanos del estado independiente de la parte española
de Haytí todos los hombres libres de cualquier color y religión
que sean, nacidos en nuestro territorio, o aunque lo sean en
país extrangero, si llevasen tres años de residencia o fueren
casados con muger natural. En ambos casos harán constar los
interesados al Gobierno las respectivas circunstancias por me-
dio de una información ante los Alcaldes municipales [...]
En los artículos doce y trece del Acta Constitutiva, dedica-
dos a explicar en cuáles casos se suspenden los derechos de los
ciudadanos, se especifica que las personas que no saben leer no
pueden ser elegidas, pero sí pueden elegir. Una previsión que
hace mucha falta en la Constitución vigente de la República
Dominicana.
Europa es un continente estremecido durante milenios por
guerras dinásticas, religiosas, étnicas, ideológicas, imperiales.
Europa es un «muestrario» inmenso de las diferencias huma-
nas. Banderas, lábaros, gallardetes, insignias, blasones, adornan
las puertas de casas y palacios medievales. Los especialistas en
Tomo II.indb 376 08/12/2009 08:28:38 a.m.
Filosofía dominicana: pasado y presente 377
heráldica «descifran» el significado de los escudos de ciudades,
de nobles, de reyes y señores. Antiguas pugnas y bien asentados
prejuicios sostienen ese tinglado o armazón. A los «improvisa-
dos» ciudadanos de los nuevos países de América les da trabajo
comprender claramente tan complejas estructuras de odios y
desdenes recíprocos.
IV
Discursos, ideologías, maneras de hablar
Ideología es para los marxistas sinónimo de falsa conciencia;
la ideología es un discurso de ocultamiento; un recurso mediante
el cual las clases superiores ocultan la realidad de su dominación,
justificándola con argumentos de «hermoso aspecto». Para Max
Weber la ideología es un sistema de «legitimación institucional»;
la autoridad política no puede ser ejercida en todo momento
por medio de la violencia; necesita de instrumentos racionales,
legales, de persuasión. También para Weber se trata de un dis-
curso. Entre los diversos discursos ideológicos destaca el naciona-
lismo, a juicio de autores contemporáneos muy prestigiosos. Los
lingüistas de hoy dan a la palabra discurso un valor estrictamente
ideológico. El uso ordinario de este vocablo va dirigido casi siem-
pre a la oratoria o a la literatura. En el mejor de los casos, las
ideologías son miradas como conjuntos de ideas generales que
tienden, proyectivamente, hacia situaciones que no se realizan
nunca plenamente. Aspiramos a cumplir con ciertas normas éti-
cas, políticas, administrativas, que no logramos alcanzar del todo.
Para Karl Mannheim las ideologías pueden estar subsumidas en
«ideales». En su libro Ideología y utopía, Mannheim presenta al
cristianismo como ejemplo de doctrina de cumplimiento aproxi-
mado o relativo, de imposible realización plena, pero eficaz para
mejorar conductas sociales injustas o crueles.
Los lingüistas estiman que toda lengua es, por sí, una prisión
sintáctica y simbólica que condiciona nuestro pensamiento y,
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por tanto, la intelección de la «realidad objetiva». El papel que
otorgaba Kant al «sujeto cognoscente», los lingüistas lo trasladan
a la lengua. Según Kant, no conocemos las cosas tal y como ellas
son, sino como nuestro entendimiento nos permite conocerlas.
La novedad de su filosofía consistió en afirmar el primado del
sujeto: las cosas todas, en tanto que conocidas, han de adaptarse
a mi «retícula cognoscitiva», esto es, a nuestra estructura cate-
gorial. Los antiguos griegos y latinos suponían, ingenuamente,
que conocimiento era adecuación o ajuste entre el pensamiento
y la realidad. Consideraban que los objetos naturales, externos
al sujeto, constituían el centro de la operación mental que es
conocer. Los modernos colocaron el acento sobre el sujeto,
sobre el hombre que busca o intenta conocer el mundo. En úl-
timas cuentas, el conocimiento es algo que ocurre en el interior
del hombre. No tiene lugar dentro de las piedras, debajo de la
corteza de los árboles. El conocimiento es, sin duda, un «acto
ponente» del sujeto.
Los lingüistas están convencidos de que el hablante que dice
una frase se somete al pronunciarla a unas reglas que condicio-
nan su «capacidad enunciativa». La lengua trae en su entramado
significativo, en la historia misma de sus vocablos, una ideología
que nos atrapa. La lengua funciona del mismo modo que una
horma. El orden de los distintos miembros de la oración –la
sintaxis de cada idioma– oblitera, tuerce o aplasta nuestra com-
prensión: falsifica nuestra racionalidad. La lengua condiciona «la
posibilidad de la experiencia», hace inaccesibles al conocimiento
los «objetos de la experiencia», para decirlo en el lenguaje técni-
co kantiano. Los lingüistas restauran el punto de vista filosófico
idealista, mientras suponen que hacen un «trabajo de campo»
absolutamente científico, objetivo, incluso materialista.
Por eso algunos lingüistas pretenden dar lecciones sobre los
«discursos nacionalistas», que son para ellos meramente ideoló-
gicos, encaminados a obtener resultados prácticos, en el orden
social o en el campo político. Los lingüistas sustituyen la visión
apriorística de Kant por la realidad previa de la lengua, que an-
tecede al acto de formular un razonamiento, una predicación
cualquiera.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 379
La lingüística contemporánea, «una ciencia de campo re-
ducido» –como la llamaba Pedro Henríquez Ureña–, ha ido
transformándose en una filosofía caleidoscópica, totalizadora,
que da respuesta a problemas semánticos, explica las literaturas,
desentraña los misterios epistemológicos, aclara las diferencias
de sensibilidad en las clases sociales, desmitifica los conceptos de
Estado, nación, patriotismo, obediencia o sumisión. La lingüís-
tica es una suerte de panacea intelectual, panóptica y «supera-
pofántica». La sociolingüística apunta en línea recta hacia una
política del lenguaje. Por lo menos una buena parte de su corpus
doctrinal tiene ese carácter omniabarcante.
El estudio de símbolos y mitos nos ha llevado de la mitología
tradicional a secas, a una «mitología científica», al cerrado aná-
lisis «gramaticoso» o linguístico-distintivo, esto es, a la pulveriza-
ción de la realidad en mitemas, lexemas, morfemas.
Al examinar el problema de la identidad de los pueblos, topa-
mos con los rígidos «usos académicos», impuestos o establecidos
por los lingüistas y los marxistas. Las universidades disponen
actualmente de cientos de estos «escolásticos» de nueva hechu-
ra, que ya no son aristotélicos ni continúan la tradición de los
doctores de la Iglesia.
En el Manifiesto comunista aparece la famosísima frase:
«proletarios del mundo, uníos». Marx mismo fundó la Primera
Internacional. El marxismo es una teoría general de la historia
montada sobre conceptos económicos, sociológicos, filosóficos;
postula una acción política esencialmente internacionalista.
Según la doctrina comunista ortodoxa, las clases dominantes
movilizan militarmente a los obreros para que libren guerras
en defensa de los intereses de sus opresores. Para ello se valen
de los sentimientos nacionales, de las ideas de patria, amor a la
tierra o defensa del suelo. Este discurso ideológico es considerado
un instrumento de dominio. El nacionalismo es, por tanto, algo
ajeno a los intereses de la clase obrera.
Marxistas y lingüistas no admiten la validez objetiva de los
sentimientos nacionales cuando se expresan colectivamente, sea
a través de un partido o desde el poder del Estado. Para mu-
chos marxistas «el nacionalismo es una expresión de intereses
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380 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
burgueses». Elie Kedourie afirma:«La investigación histórica del
nacionalismo pretende averiguar cómo se produjo este modo de
hablar sobre la política[…]».
Se trata, pues, de «una manera de hablar», de una ideología
lindante con la aberración. A la actitud antinacionalista de los
marxistas se ha sobrepuesto la fobia antinacional de los parti-
darios de la globalización de la economía. Estos puntos de vista
irreductibles, de rechazo de la nación, han producido irrita-
ciones en la Europa comunitaria, transnacional, multilingüe y
multiétnica. En primer lugar entre los grupos conservadores o
tradicionalistas. En Holanda, en Austria, en Francia, los movi-
mientos políticos de extrema derecha empuñan banderas nacio-
nales, asumen posturas nacionalistas o ultra patrióticas. Marine
Le Pen, candidata a diputada en las elecciones francesas del año
2002, ha dicho: «Toda la bella construcción intelectual de Euro-
pa volará en pedazos […] no cederemos a las demandas de unos
tecnócratas a los que el pueblo no ha elegido».
Esta expresión amenazadora de la hija de Jean Marie Le Pen
encuentra eco en muchas regiones de Francia. A los esfuerzos
comunitarios para construir la transnación se opone un intenso
sentimiento nacional. Se invoca la diversidad contra la uniformi-
dad, la pluralidad frente a la unificación.
Antes que ideología, discurso o aberración, el sentimiento na-
cional es un fenómeno de psicología social, que abarca a pobres
y ricos, que se confirma cada día por la costumbre, que tiene a
cuestas una tradición de varios siglos. Para colmo, se incrementa
con la educación, como lo admite el sociólogo Ernest Gellner
en su libro Naciones y nacionalismo. Los intereses económicos
inmediatos de grupos y clases en la Unión Monetaria Europea,
apagan o moderan las protestas nacionalistas, mas no logran
sofocar la persistente identidad de cada nación. Gellner, como
hemos apuntado ya, es de nacionalidad británica pero nació en
Chequia. Bohemia, Moravia, Polonia, Eslovaquia, Silesia, son
lugares donde nacionalismos encrespados y excluyentes han sido
fuerzas destructivas mortales. Los nativos de estos países, cuando
tienen oportunidad de viajar a regiones mejor integradas, más
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Filosofía dominicana: pasado y presente 381
ricas, con homogeneidad racial y cultural, reflexionan aguda-
mente sobre el carácter de los sentimientos nacionales.
No obstante, es preciso recordar al lector que América no
es como Europa. En el viejo continente podrían volver a estallar
guerras étnicas, enfrentamientos nacionalistas, luchas regiona-
les, que no deberíamos nosotros imitar ni reproducir.
El propio Gellner cita a Elie Kedourie a propósito de los
conflictos que los europeos han creado al intervenir o colonizar
otros pueblos:
No se puede poner en duda el hecho de que Europa ha sido
el origen y el centro de un trastorno profundo y radical que
se ha extendido por todo el mundo en oleadas cada vez más
grandes, llevando la inestabilidad y la violencia a sociedades
tradicionales de Asia y Africa, tanto si han experimentado di-
rectamente un gobierno europeo como si no […].
Entre las causas de estos trastornos, Kedourie señala: «La
violenta apertura de las economías autosuficientes».
En realidad, las ideologías son, a la vez que sistemas de oculta-
miento, o de embellecimiento ideal, instrumentos de revelación; de
revelación o mostración de verdades permanentes. No es cierto
que toda cultura de clase sea, enteramente, una patraña. La Es-
cuela de la Sospecha nos ha enseñado a ser suspicaces: Freud nos
dice que debajo de las sublimaciones más tiernas está presente
el sexo, una fuerza biológica impetuosa que busca satisfacción.
Marx grita que tras los argumentos falaces de los grupos privile-
giados está el interés económico rampante. Nietzsche quiere de-
mostrarnos que detrás de las refinadas obras de arte producidas
por el hombre yace, agazapada, la voluntad de poder.
Los sociólogos representantes de la llamada sociología del
conocimiento explican que el teorema de Pitágoras fue utilísimo
para la agrimensura en Egipto y, desde luego, para la casta go-
bernante de propietarios de tierras. Pero no logran explicar por
qué las verdades apodícticas que se desprenden del teorema son
inteligibles y valederas para ricos y pobres, desde la Antigüedad
hasta nuestros días.
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382 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
El conocimiento científico, para ser tal, debe reunir el razo-
namiento con la prueba experimental. Ninguna de las mal lla-
madas «ciencias sociales» puede aspirar a tantísimas exigencias
metódicas. Lingüistas, sociólogos, antropólogos culturales, han
de contentarse con cultivar disciplinas con menos certidumbres
que las ofrecidas por la ciencias naturales.
Finalmente, vale la pena anotar que algunos antropólogos
sostienen que la inteligencia humana es anterior al lenguaje
humano; que este último es una de las creaciones de la inteli-
gencia; y el lenguaje se ensancha continuamente con nuevas
posibilidades intelectuales y sentimentales. Es probable que la
razón en el hombre sea una potencia en desarrollo que aún no
ha terminado su evolución. Quizás esas crecientes fuerzas racio-
nales nos permitan, en lo futuro, librarnos con poco esfuerzo de
las trampas del lenguaje.
V
«Tribus nacionales»... grandes y pequeñas
El itinerario que hemos cumplido hasta ahora comenzó
con mostrar la persistencia de la identidad a través de larguí-
simo tiempo. Pusimos ejemplos del pasado remoto, del pasado
reciente y de la época actual; al mismo tiempo, afirmamos que
la identidad en los pueblos no puede estudiarse desde puntos
de vista inmutables, substancialistas, eleáticos. La identidad es
persistente y también mutante; precisamos que la persistencia
es prolongada y la mutación lenta. Para entender la mutación,
debemos examinar los diversos «campos pragmáticos» que los
pueblos afrontan para sobrevivir a las transformaciones de las es-
tructuras económicas, a los vaivenes de la política de las naciones
influyentes o poderosas.
Es menester separar o aislar los conceptos de pueblo, etnia,
Estado, nación, identidad, raza, cultura. Asuntos todos que se nos
aparecen en bloque, formando una espesa malla de confusiones
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Filosofía dominicana: pasado y presente 383
involuntarias. Es necesario también resaltar las diferencias entre
viejas y nuevas naciones –Europa y América–, así como entre Es-
tados racialmente homogéneos y aquellos que no lo son.
Las investigaciones contemporáneas acerca de la nación y
el nacionalismo tienden a mostrar la pequeñez de las unidades
nacionales o su anacronismo, si se las mira desde una organiza-
ción económica más abarcadora. Las naciones son vistas como
si fuesen tribus antiguas que, alguna vez, tuvieron funciones
«antropológicamente justificadas». Si las «tribus nacionales»
constituyen entidades periclitadas, los «nacionalismos tribales»
son entonces poco menos que actitudes residuales de carácter
arcaico. Los sentimientos nacionales de hoy, estimulados por la
voluntad de los Estados o por las élites dominantes, son «modos
de hablar sobre la política», meros «discursos», pura ideología o
falsa conciencia.
En los primeros cuatro apartados de este estudio, hemos
tratado dichos temas de manera sucinta, a fin de que el lector
pueda avanzar algunos pasos con relativa seguridad. Los viejos
antropólogos describían las primitivas familias, clanes, fratrías,
tribus, partiendo del concepto de parentesco y, por otra parte,
de las formas de subsistencia y producción. Los grupos huma-
nos fueron clasificados como cazadores, nómadas criadores de
ganado, agricultores sedentarios. Las tribus podían ser endo-
gámicas o exogámicas: reproducirse dentro del grupo, con los
consiguientes riesgos genéticos, o mezclarse con otras tribus
vecinas. Las explicaciones sobre la prohibición del incesto en los
pueblos antiguos forman ya una copiosa literatura. Evitar el in-
cesto amplificaba la familia, los clanes, hacía integrables las tribus
cercanas. El régimen primitivo de clanes aparece en Australia,
Asia Central, entre los indios iroqueses de Norteamérica. Clann
es una expresión celta que indica procedencia paterna, hijo de.
Irlanda y Escocia son dos ejemplos conocidos. En esos países los
clanes se distinguen por las partículas O (de) y Mac (hijo de).
Aclarar el origen de la descendencia, el parentesco, es esencial
para el grupo.
Las grandes tribus son capaces de conquistar, integrar o ab-
sorber, a las pequeñas. Ocurrió así en la América precolombina,
en la Europa pre-clásica, en Asia, en África. Ahora vemos florecer
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384 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
a nuestro alrededor críticas a la nación y a los nacionalismos con
sobra de subterfugios, artimañas argumentales y endebles ideo-
logías. Ernest Gellner, en una nota que añade a su libro Naciones
y nacionalismos, se ve obligado a aclarar:
No es nuestro propósito negar que el género humano siempre
ha vivido en grupos. Al contrario, lo ha hecho en todas las
épocas. Generalmente tales grupos perduraban. Factor impor-
tante para ello era la lealtad que los hombres sentían hacia
esos grupos y el hecho de que se identificaran con ellos. Este
elemento de la vida humana no necesitó aguardar una clase
concreta de economía para existir.
En un artículo publicado en 1993, después de echar por
tierra la afirmación de Renan que la nación es «un plebiscito
cotidiano», Gellner descubre que junto a lo que un pueblo
recuerda o conserva de su historia..., también está todo lo que
olvida. Que da lo mismo definir la nación como «memoria
colectiva» que como «amnesia colectiva». No obstante, Ernesto
Renan resulta al final fortalecido:
Aunque los franceses –como pretendía Renan– hayan borra-
do el recuerdo de sus orígenes galos, francos, borgoñones o
normandos, eso no los distingue en nada de aquellos a los que
por contraste designa: el campesino anatolio tampoco sabe si
su antepasado atravesó Syr-Daria, o si fue celta, griego, hitita o
formó parte de cualquier otro de los grupos de protohabitan-
tes de la región.
Ernest Gellner nos dice en los párrafos que preceden a esta cita:
El imperio otomano toleraba a las demás religiones [...] Esta-
ban éstas, sin embargo, estrictamente separadas de los musul-
manes, en el seno de sus propias comunidades distintas. Nunca
pudieron mezclarse libremente con la sociedad musulmana,
como habían hecho antes en Bagdad o en El Cairo [...] Si el
converso era fácilmente aceptado, los no conversos estaban
tan completamente excluidos que, incluso hoy, quinientos
años después de la toma de Constantinopla, ni los griegos ni
los judíos de la ciudad han dominado aún la lengua turca.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 385
En este caso, el Estado obliga a esas poblaciones a no olvidar
sus orígenes, a pesar de ser el imperio otomano una entidad
política multinacional, compuesta por turcos, eslavos, griegos,
armenios, árabes, sirios, kurdos. Gellner reconoce a la «amne-
sia compartida», que subrayó Renan, un papel esencial en la
creación de las naciones; tan básico como el de los «recuerdos
compartidos». Finalmente, Gellner vuelve a abordar la doctrina
del «plebiscito de cada día»:
Conjuntos políticos definidos en términos religiosos recibie-
ron ampliamente, en el pasado, la lealtad de sus miembros,
ritualmente confirmada. Eran fruto, si no de un plebiscito de
cada día, sí, al menos de un plebiscito de todos los días de
fiesta –y las festividades rituales eran muy frecuentes–.
A esto hay que agregar: «lo que se incorpora»; lo que se re-
cuerda, lo que se olvida y lo que se recoge en el camino de la
historia. El mayor registro de estas incorporaciones lo componen
la lengua y los hábitos de cocina.
Existen actualmente otras curiosidades y contradicciones en
el mundo académico. Un profesor de la Universidad de Man-
chester, John Breully, hace notar que Anthony D. Smith, el teóri-
co del nacionalismo más citado hoy, se ve en el trance de negar
que el nacionalismo alemán sea una forma de nacionalismo,
«simplemente porque su credo de desigualdad racial es incom-
patible con la visión nacionalista de una pluralidad de naciones
únicas y libres».
El nazismo queda así excluido de las ideologías nacionalistas.
Los nazis, según Breully, abolieron el término «clase social» para
sumir toda la nación en el concepto de raza. El nacionalismo
más excluyente agresivo y perverso, de toda la historia contem-
poránea, queda «exculpado» teóricamente por no caber en la
cuadrícula conceptual del señor Smith. Los alemanes, una raza
«superior», pretendían tener derecho a exterminar a los judíos,
una raza «inferior».
Breully, por otra parte, intenta demostrar que los naciona-
lismos son obra de los Estados; que la identidad de los pueblos
no es anterior al Estado sino que el Estado promueve «el sentido
de identidad para movilizar apoyo popular». Éste es un esfuerzo
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386 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
intelectual contra-natura porque la organización estatal surge y
se desarrolla cuando los pueblos están asentados en un territorio
y no antes. La soberanía del Estado se ejerce sobre el territorio,
y la ciudadanía, originariamente, viene a ser un derecho de los
pobladores de ese territorio. Tanto en el Estado-ciudad como en
el Estado-nación, los pueblos son realidades preexistentes a los
Estados.
Con la conformación de esquemas de integración económi-
ca regional, se ha revitalizado la discusión acerca de las naciones.
Las pequeñas unidades nacionales, se nos dice, no son capaces
de enfrentar solas los desafíos económicos de «las grandes tribus
nacionales desarrolladas». Las viejas unidades débiles hacen arre-
glos para ser más fuertes, de la misma manera que los habitantes
de una región árida hacen juntas de regantes para administrar el
agua o asociaciones de productores para defenderse de enemi-
gos comunes más poderosos.
En su libro Nacionalismo y Estado, el profesor Breully cita una
resolución del Parlamento Húngaro, evacuada por el Comité de
las Nacionalidades en 1867:
Desde un punto de vista político, todos los ciudadanos húnga-
ros, sea cual sea la lengua que hablen, forman una sola nación,
la nación húngara, unida e indivisible, que se corresponde con
el concepto histórico del Estado húngaro.
Los húngaros han sufrido grandes tensiones a causa de los
imperios poderosos que rodeaban su territorio y limitaban su
nacionalidad. La identidad magiar sobrevivió a las presiones de
rusos y alemanes, y al control del imperio austro-húngaro. El tex-
to citado refleja las tácticas de subsistencia que podían emplear,
en 1867, los grupos sociales más fuertes y activos de Hungría.
Pero eso no prueba que los nacionalismos sean creación de los
Estados. Los Estados usan, abusan, excitan o deprimen, los senti-
mientos nacionales, al hilo de sus intereses generales, políticos o
económicos. Napoleón, emperador de los franceses, desde fuera
de la Europa del Este, solía excitar el nacionalismo de los hún-
garos contra los rusos y contra los austriacos. Esos sentimientos
nacionales existían; Napoleón se limitaba a manipularlos para
sus propios fines.
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Filosofía dominicana: pasado y presente 387
Es posible que una buena parte de los argumentos antinacio-
nales ahora en boga sean meros «discursos», ideologías construi-
das para uso de las «grandes tribus», con la finalidad de abrirse
el camino hacia la conquista de los mercados de las «pequeñas
tribus». Las naciones débiles deben abrir sus fronteras a las mer-
cancías de las naciones fuertes; deben cambiar las legislaciones
concernientes a la inversión extranjera, con el propósito de faci-
litar los negocios de las «grandes tribus nacionales». Integración
es un vocablo que sugiere agrupación de varios elementos para
formar una entidad mayor, integración, por otro lado, es algo
que facilita el control o la administración «unitaria» de la econo-
mía de un territorio. Con la integración se supone que los mer-
cados se amplían, en primer lugar para las empresas de los países
integrados; pero también para los grandes países desarrollados
que comercian actualmente con cada nación y que comerciarán
en lo futuro con la unidad resultante de la integración.
La contratapa de Naciones y nacionalismo, de Ernest Gellner,
desde sus primeras líneas, informa al lector:
[...]contrariamente a las creencias populares e incluso académi-
cas, el nacionalismo no tiene unas raíces demasiado profundas
en la psicología humana. Tampoco posee fundamento cientí-
fico la concepción de las naciones como bellas durmientes de
la historia que sólo necesitan de la aparición de un príncipe
encantado para transformarse en Estado.
Es obvio que no existen «bellas durmientes de la historia», ni
tampoco príncipes encantados. Pero sí existen líderes que encar-
nan, en algún momento, los sentimientos de grupos humanos
que no han constituido naciones ni organizado Estados, esto es,
aparatos políticos coercitivos.
La nota de la contratapa señala también que son miles los
grupos étnicos o culturales que «han renunciado a luchar para
que sus culturas homogéneas dispongan del perímetro y la infra-
estructura necesaria para alcanzar la independencia política». Es
cierto esto último; pero es igualmente cierto que otros miles de
grupos luchan o han luchado por tener un puesto en el mundo.
Probablemente los sufridos Kurdos tendrían un Estado, de no
oponerse a ello los Estados que circundan los territorios donde
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388 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
habitan. Aun aquellos pueblos que sucumben por la fuerza, que
van a parar al «sumidero de la historia», enriquecen el léxico de
lenguas más amplias, con más desarrollo y mayor número de ha-
blantes. Ése fue el caso de los taínos en la isla de Santo Domingo.
Ocurre igual con pueblos de hoy que adoptan lenguas fuertes
más cultas, a la vez que aportan voces de su idioma a la lengua
que los engloba.
Una ideología suele ser combatida con otra ideología. Las
grandes integraciones transnacionales desconfían de las nacio-
nes emergentes que actúan fuera de su espacio de asiento o de
su ámbito de influencia. El profesor Francisco Murillo, en el
prólogo de Nacionalismo, de Elie Kedourie, nos dice que a las
antiguas naciones les llegó la hora de cantarles el réquiem, y a
las naciones nuevas habría que dedicarles la Pavana para una
infanta difunta. Irónicamente, el profesor Murillo sugiere que a
las naciones debemos referirnos con el tono y a la manera de
Marcel Proust: como la búsqueda del tiempo perdido.
Entre las naciones pequeñas y las grandes empresas de in-
tegración económica regional, hay la misma relación que entre
el poder y la libertad. El jurista Le Henaff, citado por Luis Legaz y
Lacambra en su libro Humanismo, Estado y Derecho, dice que
no existe diferencia entre el poder y la libertad, pues el poder
no es más que una libertad que domina a las otras y la liber-
tad un poder que, no logrando imponerse, se hace al menos,
respetar.
Presenciamos hoy un espectáculo histórico de grandes
proporciones. Los nacionalistas radicales proponen programas
«antidecadenciales»; sus opositores postulan una «identidad en
tránsito» hacia la «uniformidad global». Nacionalitarios y globalis-
tas emplean armas políticas, ideológicas, propagandísticas. Pero
nación es sólo unidad política, mientras que identidad es cohesión
vital de muchedumbres.
La literatura antinacionalista podría tener justificación por los
excesos históricos del fanatismo patriotero; no así la literatura
antinacional, pues son naciones, precisamente, las que han produ-
cido las organizaciones transnacionales. Aquellas naciones mejor
integradas hacia adentro han podido iniciar la nueva integración
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Filosofía dominicana: pasado y presente 389
hacia fuera. La nación integra tribus y regiones, integra lenguas
y provincias, integra razas, e incluso genera la integración con
otras naciones. Familia y nación son dos «organismos» sociales
extremos de grandísima fecundidad cultural, económica y polí-
tica.
VI
Organizaciones sociales de complejidad creciente
El proceso de integración de los pueblos no se ha detenido
nunca. No se trata de un fenómeno nuevo. Ocurría en la Grecia
antigua con las ciudades-Estado. Los atenienses eran completa-
mente distintos de los corintios y de los espartanos. La guerra
del Peloponeso se prolongó durante veintisiete años. El triunfo
de los lacedemonios sobre los atenienses, en 404 a.C., tal vez
haya sido el comienzo de una lenta evolución de los pueblos de
la península de los Balcanes hacia la «uniformidad» posterior
de la cultura griega. La famosa Liga Aquea fue una confederación
de doce ciudades-Estado, creada para luchar contra Macedonia
en 280 a.C. No pretendía ser una unión permanente, pero duró
más de un siglo.
Grecia estuvo dominada por los romanos, por los imperios
bizantino y otomano. Rodeada por albaneses, búlgaros, turcos,
yugoeslavos; Grecia ha recibido toda suerte de influencias. Los
héroes homéricos, tanto aqueos como teucros, pertenecen hoy
al mundo de la literatura arcaica.
En Francia, los normandos, bretones, borgoñones, ya son
todos franceses. La lengua provenzal es un recuerdo erudito o
una mera sobrevivencia cultural; pero no existe una nación o
un Estado lemosín. Castellanos, gallegos, vascos, catalanes, son
actualmente españoles, con todos los peros que se quiera inter-
poner con justificadas razones históricas, étnicas o lingüísticas.
El catalán se subdivide es seis variantes dialectales: leridano,
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390 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
valenciano, balear, barcelonés, algueres, rosellonés. En Barcelo-
na el sesenta por ciento de los habitantes sólo habla catalán; y
los emigrantes que se asientan en Barcelona se catalanizan rá-
pidamente. No obstante, se tiene a Barcelona por la ciudad más
europea del reino de España, un Estado donde coexisten cuatro
lenguas: español, catalán, gallego y vascuence.
En Italia existen, claro está, zonas geográficas bien caracte-
rizadas: Lombardía, Toscana, Liguria, Piamonte; los «naturales»
de esos lugares, a pesar de amar sus particularidades regionales,
son italianos «por encima de cualquier cosa».
En el siglo XV, bajo los Reyes Católicos, España llegó a ser
un Estado nacional que agrupaba pueblos diferentes, que em-
pezó a influir sobre el resto de Europa a través de una «política
nacional». Mil cuatrocientos noventa y dos es la fecha del descu-
brimiento de América, de la derrota de los árabes en Granada,
de la expulsión de los judíos de España. El sepulcro de Isabel de
Castilla y de Fernando V de Aragón lleva una inscripción que les
identifica como «postradores de los mahometanos y extintores
de las herejías».
Los imperios no sólo transportan soldados y sojuzgan pue-
blos, también introducen ideas. El imperio romano era una
fuerza militar organizada en una forma que no conocieron los
griegos. Pero el imperio romano significaba, además, unas estric-
tas reglas de derecho, una arquitectura, una lengua riquísima,
un estilo administrativo, una cultura digna de ser imitada. Los
imperios, como es sabido, «exportan ideas».
No debe, pues, extrañar que las ideologías sean parte im-
portante de los proyectos de dominio de las grandes naciones.
Empezando por el idioma, usado como instrumento de control.
El erudito don Ramón Menéndez Pidal escribió sobre el Arte de
la Lengua Castellana, de Elio Antonio de Nebrija, una anécdota
esclarecedora:
La primera gramática de la lengua romance que se escribía
en la Europa humanística fue escrita en esperanza cierta del
Nuevo Mundo, aunque aún no se había navegado para des-
cubrirlo. Pero el propósito de una gramática vulgar era cosa
tan nueva que, al presentar el autor su obra en Salamanca a la
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Filosofía dominicana: pasado y presente 391
Reina Católica, ésta preguntó para qué podía aprovechar tal
libro; entonces el obispo de Ávila, el viejo confesor de la reina,
fray Hernando de Talavera, a la sazón ocupado con entusiasmo
en allanar las dificultades que Colón hallaba para su primer
viaje, arrebató la respuesta a Nebrija, lleno de confianza, di-
ciendo: «Después que Vuestra Alteza meta debajo de su yugo
muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas,
y con el vencimiento aquellos tengan la necesidad de recibir
las leyes que el vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra
lengua, entonces por esta arte gramatical podrán venir en el
conocimiento de ella, como agora nosotros deprendemos el
arte de la lengua latina para deprender del latín.
Una idea renacentista impulsa a Nebrija: España sueña con
un imperio como el romano, y el español se igualará al latín pues
a él parecía «estar nuestra lengua tanto en la cumbre que más se
puede tener el decaimiento della que esperar la subida».
Como es bien conocido, la Real Academia Española fue fun-
dada en 1713 «por orden de Felipe V», el primer Borbón español.
Se quiso seguir la pauta trazada previamente para la lengua fran-
cesa por el cardenal Richelieu, artífice de la monarquía absoluta,
ministro de Luis XIII, destructor de las fortificaciones feudales.
Richelieu controló a la nobleza, arruinó a los hugonotes, fundó
colonias y organizó el ejército. Edificó con su talento político el
poder imperial de Francia. Las murallas de los feudos protegían
particularidades nobiliarias, ventajas regionales o sentimientos
de identidad cuasi nacionales. En la parte III de este trabajo se
toca el tema del nacimiento del «mercado nacional» en los esta-
dos modernos.
Todos los imperios han necesitado montar un andamio
ideológico «de exportación» que haga más llevadera la tarea
de imponerse por la fuerza de las armas y de los negocios. El
poder político se ejerce por la coerción, por la persuasión o la
educación.
El propósito central de muchos ensayos recientes acerca de
la nación es «demostrar» que el nacionalismo es una fórmula
raquítica y obsoleta de legitimación política. Con frecuencia es-
tos razonamientos son ideología interesada contra la «resistencia
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de las naciones pequeñas a la apertura de los exportadores ex-
tranjeros, productores más eficientes, con mayor calidad técnica,
confiabilidad en el suministro, etc». Los cambios en las socie-
dades industriales han hecho «perder legitimidad» a los puntos
de vista nacionalistas, nos explican los pensadores-antinación.
Opinan algunos de ellos que el nacionalismo, o la defensa de la
nación, ha sido una forma de preservar privilegios tradicionales
de las élites gobernantes. Pretenden convencernos de que no se
trata de «responsabilidades del liderazgo», ni de una conducta
moral orientada instintivamente a conservar la identidad. Es tan
sólo una ideología que aspira a eternizar el pasado, a «mantener
las raíces», a honrar a los «padres fundadores». Una especie de
«culto necrofílico» a un pasado.
Académicos europeos emigrados a Inglaterra o a los Esta-
dos Unidos, procedentes de países arrasados por guerras civiles,
religiosas, étnicas, racionalizan y transmiten sus terribles expe-
riencias de persecución política. La elocuencia y la buena infor-
mación cultural se juntan para producir en nosotros el rechazo
de los excesos fanáticos de ciertos grupos políticos o religiosos
en el Oriente Medio y en la Europa del Este.
José Stalin formuló la doctrina de la revolución en un solo
país. Su punto de vista parecía ir a contrapelo de la opinión de
Trotsky: la revolución en todos los países. En realidad, Stalin que-
ría difundir la idea de «revolución en un solo país» para aplacar
los temores de las grandes naciones capitalistas; indicaba así
que «no exportaría» la revolución. Se trataba de una táctica de
relaciones exteriores que buscaba impedir que varios países se
coaligaran contra la URSS. Se dijo entonces que la misión básica
de los partidos comunistas, en todo el mundo, no era provocar
una revolución en sus respectivos países; no, la tarea principal
consistía en ayudar a la consolidación de la Unión Soviética.
Pero la maniobra de relaciones exteriores se convirtió en una
cuestión teórica del comunismo. Stalin, un cruel y astuto políti-
co, llegó a parecer un intelectual. Elie Kedourie observó que «no
son los filósofos quienes se convierten en reyes, sino los reyes
quienes logran servirse de la filosofía para su uso. Tal estilo polí-
tico demanda una nueva clase de literatura: Lenin platica sobre
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Filosofía dominicana: pasado y presente 393
empirio-criticismo; y Stalin explica los principios filológicos; Hit-
ler comienza su carrera con Mein Kampf, mientras Abd al Nasir
corona su feliz coup d’État con una Filosofía de la Revolución».
El profesor Philip Wayne Powell publicó en 1971 su libro Tree
of hate, esto es Árbol de odio, en el que muestra cómo ingleses y ho-
landeses construyeron y difundieron una colosal impostura con
el fin de desacreditar a España. La famosa Leyenda negra contra
Espana es una combinación de ideología y propaganda política.
Así como la integración de los pueblos ha estado ocurriendo en
todas las épocas, también en todas las épocas circulan «doxo-
grafías» destinadas a socavar resistencias mediante «discursos»
melifluos.
En conexión con Stalin, quien fue comisario de la Nacio-
nalidades y la persona que comenzó la socialización de Rusia
en 1928, es oportuno decir que la Unión de Repúblicas Socia-
listas Soviéticas (URSS), se disolvió por no haber sido formada
por consentimiento consciente. Ucrania, Rusia, Georgia, Armenia,
Azerbaidján, eran naciones antes de la revolución bolchevique;
y siguen siendo naciones hoy. La URSS las mantuvo unidas por
la fuerza. La doble crisis, política y económica, las desgajó fácil-
mente porque estaban «pegadas con alfileres»... y vigiladas con
bayonetas. La Unión Norteamericana, en cambio, es un Estado
Federal creado con el consentimiento de los participantes; y las
diversas poblaciones de los estados federados no constituyen na-
ciones caracterizadas, con tajantes diferencias religiosas, étnicas,
lingüísticas.
Abimael Guzmán, el líder peruano del grupo terrorista Sen-
dero Luminoso, actualmente en prisión, exige a los miembros
del movimiento que aprendan el quechua, el idioma de los po-
bladores originales del Perú. La lengua española es una lengua
«extranjera», impuesta por los colonizadores; es un instrumento
ideológico «imperialista». Sin embargo, el quechua se escribe
con las letras latinas introducidas en América por los conquista-
dores españoles. En el momento del descubrimiento, el quechua
no tenía una grafía propia. Hubo que escribirlo con las letras del
abecedario castellano. Para colmo, Abimael, además de llevar un
apellido hispánico, es marxista, o sea, partidario de una doctrina
alemana, europea, blanca, «imperialista».
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394 LUSITANIA F. MARTÍNEZ JIMÉNEZ
Los pueblos son interpenetrados por las culturas. Ningún
pueblo es impermeable a la cultura ajena: los japoneses son un
pueblo oriental, de raza amarilla, con una viejísima literatura,
que practica costumbres milenarias. Pero Japón ha adoptado las
técnicas y las ciencias occidentales y es hoy un creador oriental
de técnicas occidentales. La vida civil en las grandes ciudades ja-
ponesas es parecida a la de muchas ciudades norteamericanas.
Alemanes, italianos, franceses, siguen siendo alemanes,
italianos, franceses, después de haber firmado los acuerdos de
Maastricht y establecido la Unión Monetaria Europea. Al mismo
tiempo, esos alemanes, franceses, italianos, se sienten adscritos
a la cultura europea. Descartes no es un personaje de la cultura
francesa; el Discurso del método y la geometría analítica pertenecen
a toda Europa y no sólo a los franceses; Kant no es únicamente un
filosofo alemán; es la piedra de toque del pensamiento de la mo-
dernidad europea. Leonardo y Maquiavelo no están protegidos
por la Ley de Propiedad Industrial; no pertenecen a Florencia;
son parte del patrimonio cultural de los europeos. La historia
europea la componen muchas notas, como se decía de las sin-
fonías de Mozart; hay una nota francesa, otra alemana, italiana,
española. Los europeos hablan diversas lenguas y participan de
la misma cultura. Por eso han podido organizar instituciones
transnacionales. Necesidades nacionales de expansión económica
industrial los han empujado a la colaboración comunitaria.
El poder aglutinante de la nación hace posible la organización
colectiva para fines no individuales. Esa vieja fuerza social da
coherencia a las políticas de largo alcance y permite la visión
mediata. La nación es mutante y aglutinante, como he apuntado
en la parte II de este estudio. Siempre agrega y modifica, a la vez
que conserva la unidad del núcleo persistente. Las naciones parti-
culares han parido la transnación comunitaria. Las mutaciones
se hacen a partir de ese núcleo persistente al que se yuxtaponen
las nuevas partículas o agregados. Los cambios ocurren desde «la
estabilidad» persistente.
Hay, no obstante, un juego equívoco de las «grandes tribus
nacionales» frente a las pequeñas tribus. Así como los viejos emi-
grantes asentados en los Estados Unidos desdeñan a los nuevos
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Filosofía dominicana: pasado y presente 395
«emigrantes intrusos», las grandes tribus aspiran a disolver en
las pequeñas el cemento nacional que las unió y desarrolló a todas
ellas. El método escogido es un «discurso», una ideología que
conduce directamente a un revival del colonialismo.
El escritor británico Paul Johnson, un periodista de gran
prestigio, director durante seis años de The New Stateman, escri-
bió lo siguiente:
Somos testigos de un renacimiento del colonialismo, aunque
en una nueva forma. Es una tendencia que, a mi parecer,
debiera ser alentada, tanto en el terreno práctico como en el
moral. Simplemente, no hay alternativas en naciones donde
los gobiernos se han desmoronado y las más básicas de las
condiciones para una vida civilizada han desaparecido, como
ahora es el caso de muchísimos países del Tercer Mundo.
El autor de libros tan célebres como La historia de los judíos,
Tiempos modernos, Intelectuales, propone para las naciones del
«Tercer Mundo» el fideicomiso. Lo propone para Haití, Liberia,
Zaire. En un extenso artículo, publicado por The New York Times
en abril de 1993 y reproducido por El Caribe en agosto del mismo
año, Paul Johnson nos dice:
Hay un problema moral: el mundo civilizado tiene una misión,
ir a estos desesperados lugares y gobernar.
Y concluye de este modo:
La única satisfacción será la silenciosa gratitud de millones
de mal gobernados e ingobernados que encontrarán en este
altruista renacimiento del colonialismo el único camino para
salir de sus presentes e intratables miserias.
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Apéndice
Alemanes y judíos: La «identidad interior»
El gran filósofo Johann Gottlieb Fichte escribió entre 1807 y 1808
unos célebres Discursos a la nación alemana. Los compuso durante
la ocupación de Berlín por las tropas de Napoleón. En ese mo-
mento todos los escritos hechos por alemanes, destinados al pú-
blico, debían someterse a la censura de las autoridades francesas.
Fichte redactó catorce discursos; algunos de ellos tienen carácter
pedagógico; otros describen las particularidades del pueblo ale-
mán y los efectos de la reforma religiosa de Lutero; uno versa
sobre la noción de patriotismo. En todos aparecen, de una u otra
manera, los conceptos de identidad, Estado y nación.
Un aspecto notable de estos Discursos es el tocante a la lengua
de los pueblos germánicos. Fichte nos dice que la romanización
de Europa trajo como consecuencia la falsificación del pensa-
miento de los pueblos nuevos, por causa de una lengua extraña y
vieja. Los vocablos prestados que las lenguas nuevas tomaron del
griego o del latín, lanzaron al uso común raíces que no fueron
originadas por los pueblos que las adoptaron. Las raíces de cada
idioma son resultado directo de las vidas de los grupos humanos
que las crean. Significan contacto íntimo con la realidad física,
con el entorno social con una larga tradición histórica. Las raíces
lingüísticas propias posibilitan el conocimiento, la comprensión
de las cosas en su inmediatez. Ontología y lenguaje están, según
Fichte, en apretada conexión. Los lingüistas posteriores a Saus-
sure harían bien si volvieran a leer a Fichte, un filósofo idealista
muy poco estudiado, al cual se le tiene como un simple peldaño
entre Kant y Hegel, dos hitos del pensar moderno. La edición
de las obras completas de Fichte en español «comenzó en el año
1962 y está todavía sin completar», explica una nota de la Edito-
rial Tecnos, S. A., responsable de la publicación, en 1988, de la
versión española de Discursos a la nación alemana.
La lectura de los Discursos de Fichte nos revela a un persona-
je mucho más «realista» de lo que podría parecer a los ojos de
un estudiante «tradicional» de historia de la filosofía. Fichte no
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tiene empacho en participar en política y ocuparse en asuntos
de «actualidad». El filósofo distinguía constantemente entre
razón pura y «razón práctica». Como hemos apuntado, Fichte
escribe los Discursos cuando Prusia está ocupada por Napoleón,
y la llamada Confederación del Rin había firmado una alianza
con Francia. La nación –en sentido cultural– a la que él sentía
pertenecer estaba entonces en peligro de frustrarse o de no lle-
gar a plenitud estatal. Sólo después de la guerra franco-prusiana
de 1870 Alemania empieza a ser un imperio. ¿Cuántos son los
modos identitarios de sentir adscripción o pertenencia a una
sociedad?
Un ejemplo curioso de adscripción social lo encontramos en
el psicólogo Sigmund Freud. Mi amigo israelí Saverio B. Lewins-
ky me obsequió en 1982 un escrito suyo titulado: Identidad proble-
mática del joven judío; en ese texto Lewinsky reproduce parte de
un discurso que Freud pronunció en 1926:
Lo que me ligó al judaísmo –me avergüenza admitirlo– no fue
la fe ni el orgullo nacional, porque jamás he sido creyente y
me educaron fuera de toda religión, aunque me inculcaron el
respeto por las que se denominan normas éticas de la cultura
humana. Cada vez que sentía una inclinación hacia el entu-
siasmo nacional, me esforzaba por suprimirla, considerándola
perjudicial y errónea; alarmado y prevenido por el ejemplo
de los pueblos entre los cuales vivíamos los judíos. Pero había
muchas otras cosas que hacían irresistible la atracción del ju-
daísmo y de los judíos, muchas «oscuras fuerzas emocionales