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LAS LEYES DE POBRES Y EL ESPÍRITU ECONÓMICO DE LA POBREZA.

Manuel Montalvo.
Miguel Ángel Durán.
Departamento de Economía Aplicada.
Universidad de Granada.

1. PUNTO DE PARTIDA.

La hipótesis de partida, metodológica y general, del presente ensayo es que la realidad, lo que se
acepta como objetivamente existente, depende del punto de vista adoptado. El objetivo es aplicar una de
las consecuencias de dicha hipótesis a las relaciones existentes entre las Leyes de Pobres y la aparición,
en el mundo de las ideas, de la Economía Política.
Al ceñirnos al ámbito de las ideas económicas, ese punto de vista al que se hace referencia no
son más que las teorías económicas desde las que interpretamos el suceder de las cosas. Al hablar desde
una teoría económica, dicho de forma harto sintetizada, estaremos hablando acerca de un mundo
particular, acerca de una determinada concepción del mundo, de una determinada forma de aprehenderlo,
de explicarlo y de ubicarnos en él. Bajo ciertas circunstancias, un interlocutor imbuido de una teoría A
estará platicando acerca de una realidad radicalmente distinta a aquella acerca de la que un interlocutor
imbuido de una teoría B puede conversar. Así, al hablar en idiomas diferentes, aquel interlocutor y este no
podrán llegar a entenderse.
Este modo de analizar las relaciones que las teorías mantienen entre sí se fundamenta en las
aportaciones de Paul Feyerabend y Thomas S. Kuhn a la Epistemología. Sin embargo, estas hojas, como
se acaba de mencionar, no se interesan por la totalidad del interrogante metodológico que plantea el
hecho de que el mundo sea distinto en función de los lentes con los que nos cubrimos los ojos para
mirarlo, sino tan sólo por un aspecto particular del mismo. Este aspecto, que constituye uno de los motivos
por los que los dos individuos anteriores de las teorías A y B no pueden apenas dialogar, es que los
problemas -incluso aquellos claves- para una teoría económica pueden no existir para otra. O, más
concretamente, que la aparición de un determinado corpus de pensamiento económico, con su
correspondiente concepción nueva de la sociedad, puede implicar que se plantee como problema
económico lo que antes ni por asomo lo había sido. Estrechando aun más el círculo sobre lo que

2
constituye el argumento de estas páginas, se trata de poner de manifiesto cómo la pobreza y sus
benefactoras, las Leyes de Pobres, que hasta principios del siglo XIX no habían sido un problema
económico, pasan a serlo a partir de que la sociedad es observada y aprehendida desde el punto de vista
de la Economía Política.
Por otra parte, una de las consecuencias principales de la hipótesis de partida es que deshace el
halo de cientificidad con el que suelen recubrirse las teorías económicas. La veracidad -o la falsedad- de
estas deja de ser establecida en términos científicos -si es que estos términos se hallaran nítidamente
definidos en el ámbito del pensamiento económico-, y se sustituye por lo que Uskali Mäki, profesor de la
Universidad de Rotterdam, llama, aunque con intenciones distintas -y sin que sea pertinente profundizar en
ello-, plausibilidad:

"Plausibility" is a property of statements in their relation to human beings:
statements are plausible if people believe in them [Mäki, 1995; p. 1304]
1
.

De este modo, y en relación con el tema que nos ocupa, una vez que la cosmovisión propuesta
por la Economía Política fue aceptada, una vez que la Economía Política fue plausible, la realidad de la
Economía Política sustituyó a cualquier otra realidad anterior, la Economía Política fue el mundo.
Que las teorías económicas no sean científicas, sino plausibles -en el sentido definido-; o que dos
teorías económicas distintas sitúen a sus creyentes en mundos distintos, y que el tránsito de uno de estos
mundos al otro implique, previamente, adoptar un punto de vista distinto, situarse sobre otros ejes de
coordenadas mentales; estas ideas, lógicamente, no eran compartidas por los economistas clásicos. La
Economía Política, muy al contrario, se construyó como un corpus teórico que se consideraba científico y,
por tanto, verdadero.

1
"La plausibilidad es una propiedad de las afirmaciones en relación con los seres humanos: las afirmaciones son plausibles si
la gente cree en ellas" [Traducción propia].
Dentro de ese corpus se hallaba la teoría del fondo de salarios de Senior, sobre la que este autor
fundamentó su contribución a la Poor Law Amendment Act del año 1834. En el último epígrafe de este
ensayo se señalan algunas de las incoherencias y equivocaciones del fondo de salarios. Sin embargo, lo
importante no son los errores. Lo relevante, lo verdaderamente destacable, es que, debido a que la

3
Economía Política ya gozaba de plausibilidad, Senior, armado con su teoría, ayudó a legislar una
regulación de la pobretería que definía un mercado de trabajo sin intervención estatal. Lo relevante,
independientemente de los errores, es la finalidad política que la teoría del fondo de salarios vino a
cumplir, adecuando -permítasenos el juego de palabras- el mundo al mundo.

2. INTRODUCCIÓN HISTÓRICA.

Hasta los albores del capitalismo, la pobreza era contemplada, por una parte, desde la
concepción cristiana de la vida, que valoraba la ayuda al infortunio ajeno: los pobres eran esos pobres del
Señor, que decía Quevedo. Y, por otra, como un posible riesgo contra el orden público. Sobre estos dos
ejes, el religioso y el de la preservación del orden, se redactaron la mayoría de las legislaciones,
ordenanzas y reglamentos que regulaban el derecho al socorro.
Los textos de las Leyes de Pobres inglesas, así, revelan una preocupación, a lo largo de dos
siglos, que mira a la pobreza, no como a un problema económico, sino como a una especie de fatalidad,
algo inevitable que se debe ir paliando bajo el principio de hermandad que confieren las enseñanzas
bíblicas a la sociedad, y, sin duda, para evitar revueltas y motines. La pobreza carecía de la condición de
problema económico. No lo era. Sólo cuando es necesario formar un mercado de trabajo sin trabas,
cuando las Leyes de Pobres chocan con los intereses de la Economía Política, cuando la única realidad
posible va configurándose como la de toda oferta crea su propia demanda adquirirá tal naturaleza. Sólo
entonces, ya en otro mundo, y con las correspondientes propuestas para resolverlo, aparece el problema
económico. Sólo entonces aparece el problema económico, que ha de acometerse de forma analítica y
cartesiana, dejando a un lado los motivos religiosos y, al menos aparentemente, también los políticos. Se
impone la razón pura, que no puede ser otra que la económica. Los espíritus no económicos hubieron de
dormir el sueño de los justos cuando los pobres dejaron de ser necesitados y alborotadores posibles para
transformarse, bajo una cosmovisión de la sociedad distinta, en trabajadores potenciales, mano de obra
protegida por unas leyes contrarias al desenvolvimiento de las relaciones capitalistas.
La primera ley oficial de pobres es conocida como Act of Elizabeth, del año 1601. En ella se
recoge como un deber del Estado la protección de los pobres frente al hambre, las epidemias y las
secuelas de la guerra. Aunque su finalidad, encubierta, no era otra sino controlar los disturbios sociales

4
que se pudieran producir.
Posteriormente, son destacables la llamada Settlement Act, de 1662, y, sobre todo, el acuerdo de
los magistrados de Berskhire, de 1795, o, como mejor se conoce en el pensamiento económico, los
Acuerdos de Speenhamland, necesariamente incompatibles con las proposiciones económicas contenidas
en un libro revolucionario publicado dos décadas atrás, La riqueza de las naciones.
En los Acuerdos de Speenhamland se declara explícitamente el interés en eliminar las penurias
que recaen sobre los pobres por el mero hecho de nacer y se proclama la intención de garantizar a la
población industriosa un digno nivel de vida. Para tal fin, los salarios quedaron regidos por el principio del
mínimo vital, o, lo que es lo mismo, su cuantía se hizo depender del precio del pan y del número de
personas por familia. Asimismo, se acordó que las dos terceras partes del salario fueran sufragadas por el
patrón y el resto por vía impositiva, con lo que se recogía el mecanismo de la ley isabelina de 1601,
consistente en financiar las ayudas a los pobres con el establecimiento de impuestos recaudados por
funcionarios locales.

3. LA FORMACIÓN DEL MERCADO: LAS LEYES DE POBRES Y EL ESQUEMA DE CLASES.

Siguiendo el esquema de clases que, basado en la distribución de la riqueza, incorpora la
Economía Política para el análisis de las cuestiones sociales, novedoso y revolucionario en el saber,
pueden distinguirse tres opiniones
2
acerca de las Leyes de Pobres.

2
Si bien se ha preferido, sólo para evitar mayores confusiones en lo que se refiere a la hipótesis metodológica de partida y no
con la intención de establecer conceptos metodológicos claramente definidos, reservar el término punto de vista -en el sentido antes
utilizado de concepción del mundo- para aquellos casos en los que se trata de una determinada teoría económica o de un determinado
corpus teórico, tras las opiniones de los terratenientes, de los propietarios manufactureros y de los trabajadores acerca de las Leyes de
Pobres subyace también una determinada concepción teórica de la realidad. Especialmente, en lo que se refiere a los propietarios
manufactureros, y -como más adelante se verá de forma contundente al analizar las contradicciones de Malthus- a los terratenientes.
Como afirmaba Keynes, Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son
generalmente esclavos de algún economista difunto [Keynes, 1943; p.337].

5
1. La opinión de los terratenientes
3
, tenedores de una manera de interpretar el mundo que está
siendo absolutamente desechada al cambiar la centuria, eran, dados los beneficios que obtenían, firmes
partidarios de que se concedieran subvenciones a los pobres. No sólo se veían favorecidos por la
contratación de trabajadores a unos salarios más bajos, sino que, además, disponían libremente de una
mano de obra abundante que podían utilizar en los períodos de recolección y de siembra sin contraer
obligación alguna. El resto del año, el cobijo y la manutención de los pobres corría a cargo de la parroquia
a la que estuvieran adscritos. La continuidad de las Leyes de Pobres permitía a los terratenientes
compatibilizar las ganancias de la tierra con los salmos de la liturgia.
2. La opinión de los patrones manufactureros, avalada por los contenidos de la flamante
Economía Política, rechazaba de plano cualquier tipo de subsidio a los pobres, y ello, fundamentalmente,
por tres razones. En primer lugar, las Leyes de Pobres distorsionaban la mecánica anónima y perfecta de
la competencia; al falsear los costes de producción, los subsidios situaban a los manufactureros que
podían contratar a trabajadores subvencionados en condiciones ventajosas con respecto a aquellos otros
que no gozaban de símiles facilidades. En segundo lugar, los propietarios de la naciente industria se
quejaban de que los subsidios, al reducir los incentivos para el trabajo, disminuían la productividad de los
trabajadores. Argumento este cuya escasa solidez se desbarata por sí sola, pues parte del principio falso
de que el montante del salario que se deja de percibir y el subsidio son equiparables, soslayando el hecho
de que los subsidios no han pasado nunca de ser una limosna. En tercer lugar, a juicio de los patrones, las
Leyes de Pobres reducían la oferta de trabajo y, así, entorpecían el funcionamiento del mercado.
Efectivamente, las ayudas arbitradas legalmente liberaban, hasta cierto punto, a los jornaleros de la
necesidad imperiosa de abandonar los campos y buscar trabajo en las ciudades
4
; los liberaban, pero sólo
hasta cierto punto, de ser engullidos por las fábricas manufactureras.
3. En relación a la opinión de los trabajadores y de los pobres, que, al fin y al cabo, pasan a ser
simplemente mano de obra, baste decir que, al igual que sus intereses, carecían de relevancia política o
social alguna, y que, en el mejor de los casos, eran tratados como seres inferiores capaces de todos los

3
Al hacer, en el texto, un aparte con la opinión de los terratenientes, y contraponerla a la de los patrones manufactureros, no se
niega que pudieran existir propietarios de la tierra, a principios del siglo XIX y, sobre todo, a medida que avanza la centuria, partícipes del
espíritu económico. De hecho, una vez que ese espíritu monopoliza la interpretación de la realidad, da igual aquello de lo que se sea
propietario.
4
Ver Polanyi, 1989; p. 449.

6
vicios sin posibilidad de virtud alguna. Para ellos, si bien las Leyes de Pobres no eran la abundancia venida
de la generosidad impositiva de los pudientes, sí que eran, al menos, el sostén necesario para mantener la
depauperación en la frontera de la sobrevivencia.
En el primer tercio del siglo XIX, se están enfrentando dos concepciones del mundo que,
materialmente, vienen representadas por las opiniones respecto a las Leyes de Pobres de los
terratenientes y de los patrones manufactureros. Los intereses de los obreros nada importaban cuando el
problema de fondo que planteaban las Leyes de Pobres era el de ser un obstáculo a la emergencia de un
mercado capitalista de trabajo, un mercado libre y competitivo en el que la mano de obra adquiriese su
verdadera condición de mercancía y su precio de equilibrio, que sería menor conforme la oferta de trabajo
fuese más abundante. Para que ello fuera así, era preciso que el mercado hiciese de la precariedad e
inseguridad de los trabajadores los ejes de coordenadas sobre los que se encuentran las curvas de oferta
y de demanda.

4. LAS LEYES DE POBRES: INCONSISTENCIAS Y OLVIDOS.

Se puede comprender que los economistas clásicos fueran partidarios de la abolición de las Leyes
de Pobres. Era requisito indispensable exigido por la coherencia de un proyecto de sociedad construido a
partir de pilares tales como la idea del laissez-faire.
El tono mesurado y grave de Ricardo, cargado de formalismos lógicos, se torna beligerante al
arrostrar la cuestión de las Leyes de Pobres, consideradas por él dañinas en extremo para el bien de la
sociedad:

No es más cierto el principio de gravitación universal que la tendencia de tales
leyes a cambiar la riqueza y el poder en miseria y debilidad; apartan los esfuerzos del
trabajo de todo objeto que no sea el de atender a la sola subsistencia; se oponen a toda
distinción intelectual; ocupan de continuo la mente en satisfacer necesidades del cuerpo;
y así llegará un momento en el que todas las clases sociales se verán infectadas por la
plaga de miseria universal [Ricardo, 1959 ;p.82].

Cuando se expresa de forma tan harto inflamada, Ricardo está mirando a la productividad del
trabajo y está persuadido -persuadido por los principios liberales- de que las Leyes de Pobres son una

7
intervención ilegítima en el funcionamiento de las relaciones capitalistas. Y así es, esa es la realidad
mirada desde el punto de vista de Ricardo, si se tiene en cuenta que el razonamiento del autor de los
Principles parte de que el estado natural de la economía es el pleno empleo y que, por tanto, las crisis
económicas no existen. Bajo tales premisas, ¿qué sentido podían tener los subsidios concedidos a los
pobres? Una medida funesta, sólo y exclusivamente un error que empobrece a los ricos y ni tan siquiera
enriquece a los pobres
5
. De ahí que se muestre tan firme partidario de la abrogación de tales leyes,
aunque no de forma fulminante, sino gradual,

para prevenir el desamparo absoluto de aquellos para cuyo beneficio
erróneamente fueron promulgadas [Ricardo, 1959; p. 81].

Como el propio Ricardo afirma, estaba convencido de que las ideas de Malthus acerca de la
pobreza eran acertadas. Sobre todo, como suele ocurrir, porque, en este caso, coincidían con la ideología
liberal. Pero se trata de una excepción a la que constituía la norma en los textos de Malthus.
Malthus se declara enemigo acérrimo de las Leyes de Pobres, y las critica con toda la tozudez de
la que era capaz:

La transferencia de tres chelines adicionales al bolsillo de cada trabajador no
aumentaría la cantidad de carne existente en el país. (...) ¿Cuál sería, pues, la
consecuencia? La competencia (...) haría que subiera con rapidez el precio de ella (...), y
ese artículo de consumo no se repartiría entre un número mucho mayor de personas que
en la actualidad. (...) cuando las subsistencias son escasas en proporción al número de
habitantes importa bien poco el que los miembros más pobres de las sociedad posean
dos chelines o uno [Malthus, 1951; p. 320].

El fundamento de su crítica es que los subsidios a los pobres suponen un aumento de la demanda
cuya única consecuencia es la subida de los precios. Las posibles consecuencias positivas que dicho
incremento de la demanda pudiera provocar sobre la producción serían ampliamente contrarrestadas por
el crecimiento demográfico:


5
en lugar de enriquecer a los pobres, están calculadas para empobrecer a los ricos [Ricardo, 1959; p. 80].

8
Tal vez se diga que el mayor número de compradores para cada artículo sea un
acicate para la actividad productiva (...); pero hay que tomar en cuenta que esas riquezas
imaginarias sería un acicate aún mayor para un aumento de la población, que
contrapesaría con creces el de las subsistencias [Malthus, 1959; p. 321].

Sin embargo, en el capítulo titulado "Del progreso de la riqueza" de sus Principios de Economía
Política, Malthus afirma lo siguiente:

La riqueza general, lo mismo que determinadas partes de ella, vendrá en todos
los casos tras una demanda efectiva [Malthus, 1946; p.305].

De igual modo, en la abundante correspondencia que mantuvo con Ricardo, Malthus le asegura
que

intento mostrar cuáles son las causas que ponen de manifiesto los poderes de
producción; y, si recomiendo una cierta proporción de consumo improductivo, es sólo
obvia y expresamente con el único objetivo de proporcionar el móvil necesario para una
máxima producción continua. Todavía pienso que esta cierta proporción de consumo
improductivo (...) es absoluta e indispensablemente necesaria para movilizar los recursos
de un país [Ricardo, 1965; pp. 20/21].

Entre las dos primeras citas, que reflejan el liberalismo de Malthus en lo que hace a las Leyes de
Pobres, y las dos segundas, que apuntan al principio de demanda efectiva, existe una clara inconsistencia.
Si los estancamientos, que sí que existen en el epistolario manado de su pluma y dirigido a Ricardo, son
un hecho derivado de la insuficiencia de la demanda improductiva, Malthus habría debido tener en cuenta,
en pro de la lógica, que los subsidios a los pobres podían ser considerados una medida para paliar la
debilidad del gasto y, así, evitar los estrangulamientos. De hecho, incluso se acerca bastante a esta idea
cuando incluye a los trabajadores improductivos en el principio de demanda, aunque, al referirse a las
remuneraciones de estos, lógicamente, lo que tiene en mente son los intereses de terratenientes y
eclesiásticos.
Podría argüirse que los textos que recogen la crítica de Malthus a las Leyes de Pobres están
contemplando el problema de la población y que, por tanto, no tienen la finalidad concreta de demostrar la
pertinencia teórica del principio de demanda efectiva; argumentación que, sin embargo, llevaría a

9
plantearse la cuestión de si las proposiciones de la Economía Política son torticeramente diferentes en
función de los fines que se persigan. Si ello fuera así, Malthus no se vería obligado a tener el menor recato
en negar el efecto benéfico de la demanda sobre la producción cuando el gasto tiene su origen en los
subsidios de los pobres y, por el contrario, afirmarlo con rotundidad cuando el dispendio procede de la
prodigalidad terrateniente. Los fines son distintos: de haber convencido a Ricardo de la necesidad de
introducir el problema de los gluts, tal cual él lo enfocaba, dentro del corpus de la Economía Política,
Malthus habría conseguido darle legitimidad científica al gasto improductivo de la clase terrateniente.
Puede decirse, en definitiva, que Malthus no participa de la modernidad y de la revolución que en
los comienzos del siglo XIX supone la Economía Política. Su defensa de la demanda improductiva de los
propietarios de la tierra, junto a las inconsistencias a las que esto le conduce, pone de manifiesto que
Malthus no se ha desligado de esa realidad terrateniente que se extingue. Malthus está nadando entre las
orillas de dos mundos. La defensa del gasto en un contexto teórico en el que el ahorro se impone,
indiscutiblemente, como el progreso no puede ser más que un delirio.
En el laudatorio canto que Keynes hace de Malthus como fundador del principio de demanda
efectiva, se "olvida", tendenciosamente, de que la completitud del principio estaba precisamente en
comprender la función que ejercían los subsidios a los pobres en el funcionamiento de la economía
capitalista
6
.

5. LA LEY DE POBRES DE 1834 Y EL FONDO DE SALARIOS.

Con la Poor Law Amendment Act del año 1834 se opera un cambio fundamental en lo que había
venido siendo el enfoque de la legislación acerca de la pobreza. No se trata ya de criticar los efectos
perniciosos que los subsidios causan sobre el mercado y sobre el desarrollo vicioso de la pobretería, sino
que la ley queda enmarcada dentro del razonamiento de la Economía Política, y no es un hecho
insustancial ni aleatorio que vaya unida a la teoría del fondo de salarios. De ambas es responsable, en

6
Keynes, en el artículo "Robert Malthus (1776-1834): El primer economista de Cambridge", reproduce casi al completo una
carta de Malthus a Ricardo, fechado el 16 de Julio de 1821, en la que aquel trata la cuestión de los móviles de la actividad productiva. No
por casualidad, Keynes excluye los dos últimos párrafos de dicha epístola. Si bien el último de ellos carece de interés, no así el
penúltimo: El consumo improductivo de las clases trabajadoras mismas, en un nivel superior al necesario, (...) es tan diferente del
consumo improductivo de sus patronos que origina exactamente el efecto opuesto sobre las utilidades. Es más, aunque en un sentido
puede llamarse propiamente gasto improductivo, viene a caer bajo aquella división del producto total que se destina a reponer el capital,
y no a aquella destinada al consumo inmediato (según Adam Smith) [Ricardo, 1965; p. 22].

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buena parte, Senior, que toma a este, al fondo de salarios, como fundamento de aquella, la Ley de Pobres
de 1834.
Schumpeter
7
, en su parcial Historia del análisis económico, al ocuparse de la Ley de Pobres de
1834, considera relevante que en su redacción tomara parte Senior. En su opinión, esto le concedió un
halo de cientificidad que, prudente y razonablemente, sería mejor, sin embargo, por motivos que
Schumpeter rechazaría, no tomar en consideración. Y es que la ley, a pesar de la reforma administrativa
que conllevaba, merece ser destacada por la teoría del fondo de salarios, que, construida sobre una
pléyade de inconsistencias, carece de toda cientificidad
8
. No obstante, lo que merece ser destacado es
que, a pesar de esas inconsistencias, la doctrina -este es justamente el término- del fondo de salarios se
convierte en un principio político que consagra la independencia del Estado, por un lado, con respecto a
los pobres -que ya no son pobres, sino mano de obra comprable al precio que corra-, y, por otro lado,
aunque al mismo tiempo, con respecto al mercado de trabajo. Es decir, la independencia del Estado con
respecto a la suerte, mala o peor, de la clase trabajadora. En este sentido, los instrumentos administrativos
empleados adquieren plena eficacia.
Aparentemente, las dos medidas administrativas tomadas -la suspensión de las ayudas
domiciliarias y el traspaso de las competencias recaudatorias de las autoridades locales a las centrales- no
debían ser demasiado beligerantes: no eran más que cambios administrativos indicados para mejorar la
eficacia de los subsidios. Pero no era así: la centralización y la limitación de la beneficencia a la
manutención en las llamadas workhouses -talleres de las casas de misericordia- y la prohibición de la
ayuda domiciliaria supone una ruptura con la autonomía del pobre, que es controlado, sometido a todas
las vejaciones posibles y que, a la postre, es empujado necesariamente a formar parte de la oferta de
trabajo en las condiciones que rijan en el mercado, que tiende a ser hegemónico.
Los horrores que vivían los pobres acogidos a los parcos beneficios de la Ley de 1834 los recoge
Engels
9
, para dejar constancia de los vejámenes que hubieron de soportar niños, ancianos, mujeres y

7
Ver Schumpeter, 1971; pp. 456 y ss.
8
Si bien, como se dijo en el primer epígrafe, las características que una determinada teoría económica debe reunir para que se
le puede atribuir la condición de científica no son en absoluto diáfanas, es evidente que la consistencia sería una de ellas. Aunque, por
otro lado, como también se puso de manifiesto en la introducción, la cientificidad o no cientificidad de la economía es una cuestión que, al
sustituir la idea de verdad por la de plausibilidad (en el sentido de que las afirmaciones son verdaderas si la gente cree en ellas), carece
prácticamente de sentido.
9
Ver Engels, 1976.

11
hombres, víctimas de los malos tratos que en esas casas, junto con el pan escaso de la caridad oficial, se
repartían. Mejor, mucho mejor, era para los pobres en condiciones de trabajar someterse a la disciplina de
las otras cárceles, las fábricas.
En palabras del propio Schumpeter:

el hombre sin trabajo, pero capaz de trabajar, que se encuentra en la miseria,
aunque no se debe abandonar a la inanición, ha de ser mantenido en condiciones de
semipenalización [Schumpeter, 1971; p. 457].

La otra medida administrativa novedosa, que modificaba las competencias en materia
recaudatoria, se insertaba en el carácter general que debía tener la ley con el objetivo de homogeneizar
sus efectos, en correspondencia con un mercado globalizador y único.
Dentro de este marco administrativo renovado se debe aprehender la doctrina del fondo de
salarios de Senior. La teoría del fondo de salarios arranca en Smith y fue desarrollada por Torrens,
McCulloch y Mill, ante los problemas teóricos que les planteaba el hecho de que el concepto de salario
natural de Ricardo tuviera en su base elementos históricos y sociales, que fuera considerado una variable
exógena emplazada fuera del juego de determinaciones de la oferta y la demanda. La introducción de
esos elementos históricos, tan absolutamente contraria a la idea económica del salario, no podía ser
concebida por los citados seguidores de Ricardo, a menos que el salario natural y el salario de mercado,
con la el fondo de salarios como clave explicativa, fueran iguales. Para el pensamiento revisionista de
Senior, tales cuestiones eran simplemente un error.
El modelo de la doctrina del fondo de salarios se puede plantear de una forma sencilla.
Supongamos una economía en la que se emplean dos factores productivos, trabajo y capital, y en la que
se producen dos bienes, un bien de capital y un bien de consumo; además, se considera al precio del bien
de consumo como numerario.
LLamamos:
L, a la fuerza de trabajo.
K, al capital.
w
r
, al salario real.
w
s
, al salario de subsistencia.

12
L*, a la fuerza de trabajo en situación de pleno empleo.
La idea del fondo de salarios surge como la necesidad de apartar una porción del producto
obtenido en el período anterior para mantener a los trabajadores mientras se consume el ciclo productivo
presente. Esta cantidad de salarios, W
F
, que es la parte que los capitalistas dedican al trabajo, se
concretaría en el siguiente montante:
W
F
= w
r
· L.

Si se representa gráficamente el mercado de trabajo por las curvas de oferta, L, y de demanda, W,
el salario de equilibrio que determina la situación de pleno empleo sería w
e
. La coincidencia entre este
salario de equilibrio, w
e
, y el salario real, w
r
, sólo puede darse en el caso de que la demanda de trabajo
absorbiese a toda la oferta. Para ello es necesario que los trabajadores acepten el salario que deriva de
dividir el fondo destinado a su sostenimiento entre la totalidad de la mano de obra, lo que sólo podría
ocurrir si las ayudas a los pobres no creasen "bolsas de ociosidad". La conclusión inexcusable es que los
subsidios han de ser abolidos, de tal suerte que el
resultado sería un aumento de la laboriosidad.
Sin embargo, la curva de oferta de trabajo,
a pesar de la doctrina del fondo de salarios, ha sido
representada en la gráfica, antes de llegar al punto
en el que se alcanza el nivel de pleno empleo,
como una línea horizontal, es decir, como una
oferta absolutamente elástica en el nivel del salario
de subsistencia. Lo antes mencionado acerca de
las condiciones a las que el Poor Law Amendment
Act de 1834 sometía a los pobres, así como la afirmación de Ricardo acerca de que el salario real no
podía caer por debajo del nivel de subsistencia, así lo permiten. En las condiciones en las que el mercado
laboral queda tras 1834, carece de sentido afirmar que un salario más alto que el de equilibrio crearía
desempleo. Y no porque la economía estuviera o no en situación de pleno uso de los recursos productivos,
sino porque el salario real era siempre el de subsistencia.
De este modo, lo que en realidad ocurriría de tener lugar un crecimiento de la oferta de trabajo, un

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crecimiento que absorbiera toda la demanda de trabajo, sería que el salario de subsistencia, igual al real,
coincidiría con el de equilibrio en el punto A de la figura. Ese punto, en el que w
r
= w
s
= w
e
, sería el único
en el que el salario sería compatible con el máximo de beneficios y con el pleno empleo.
La doctrina del fondo de salarios, basada en que las curvas de oferta y de demanda determinan el
salario, así pues, carece de sentido. Carencia que se ratifica al observar las inconsistencias existentes
entre la teoría en cuestión y algunas de las premisas de la Economía Política. Si tenemos en cuenta que,
al igual que hacían los clásicos, es una hipótesis plausible considerar la relación técnica de producción
como fija debido a que la emergencia y la aplicación generalizada de las innovaciones tecnológicas tienen
lugar en horizontes temporales muy dilatados, la relación K / L será conocida. De igual forma, al culminar
el proceso productivo, se sabrá también cuál es el total de la producción, así como qué porción se
destinará al fondo de salarios, W
F
, con lo que se podrá establecer sin mayor esfuerzo la relación K / W
F
.
El salario, de este modo, se fija en el cociente W
F
/ L. La oferta y la demanda de trabajo se han esfumado.
Sin embargo, la cuestión no reside en que la doctrina del fondo de salarios sea errónea, que lo es,
o deje de serlo. El punto al que se debe prestar atención es que, una vez que se impuso la realidad de la
Economía Política, el salario sólo podía tener naturaleza económica, sólo podía ser una magnitud fijada
por el mercado a través del juego de la oferta y la demanda. La doctrina del fondo de salarios cumplió
eficazmente la finalidad política de hacer de los jornales una parte de la función del capitalista,
descargando así al Estado de la responsabilidad que le debe competer con los trabajadores y con los
pobres. Aunque la diferencia entre los unos y los otros se tornara difusa, por no decir inexistente, bajo el
dictado del edificio construido por la Economía Política.
La influencia que John Stuart Mill tuvo en su tiempo fue, en realidad, a pesar de sus veleidades
socialistas, poco beneficiosa para los trabajadores. Al abrazar sin ninguna clase de reservas el credo del
fondo de salarios dio como bueno algo que no se sostenía, pero que en cambio se convirtió en una
poderosa arma política contra los intereses de los pobres y de los trabajadores, a los que no les podían
bastar buenos propósitos como estos:

El asunto de las Leyes de Pobres sería de muy escasa importancia si los hábitos
de todas las clases del pueblo fueran moderados y prudentes y la propiedad estuviese
repartida de manera satisfactoria [J. S. Mill, 1951; p. 826].


14
De no haber sido por la atención que Stuart Mill le prestó, el fondo de salarios, posiblemente, no
habría pasado de ser una mera anécdota en la historia del pensamiento económico.

6. REFLEXIÓN FINAL.

El objetivo de este ensayo, al atender al enorme coste social que para los pobres supuso la
llegada del espíritu económico, ha sido sacar a la luz algunas cuestiones relacionadas con la pregunta
acerca de qué son y cómo se relacionan las teorías económicas.
Lo fundamental no son las inconsistencias, ni tan siquiera la corrección o incorrección de
determinado argumento económico, si es que pueden usarse tales términos, sino que, en un determinado
contexto histórico, un conjunto de teorías económicas sean reconocidas como ciertas
10
. Si esto sucede, las
medidas adoptadas de acuerdo con la concepción del mundo de esa formulación teórica gozarán de
legitimidad.
Y, para concluir, hacer hincapié en que la llegada de la Economía Política, el arribo de ese espíritu
económico encarnado en el mercado y en la competencia implicaba ver la realidad de otro modo, con un
filtro que veía y explicaba arrieros donde antes había pobres.

BIBLIOGRAFÍA.

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KEYNES, J. M.: "Robert Malthus (1766-1834): El primer economista de Cambridge"; introducción a
MALTHUS, ROBERT (1970): Primer ensayo sobre la población. Madrid: Alianza Editorial. Primera edición

10
Economics theories and models do not speak for themselves and against their rivals. Data do not speak for or against
theories. Logic does not speak for or against theories. Economists speak for or against theories by appealing to data, logic, and a
number of other things [Mäki, 1995; p. 1303] ("Las teorías y los modelos económicos no hablan a favor de sí mismos y en contra de sus
rivales. Los datos no hablan a favor o en contra de las teorías. La lógica no habla a favor o en contra de las teorías. Los economistas
hablan a favor o en contra de las teorías haciendo referencia a los datos, a la lógica, y a algunas otras cosas" [Traducción propia]).

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en inglés del artículo: 1933.
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