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I
EL PORTUGUÉS
OLIVEIRA
MARTINS
Pequeña glosa a las
« Cartas Peninsulares
».
f{"
leído las
.Cartas
peninsulares,
de oliveira Martins. Desde
I I
hr.. tiempo sentÍa viva curiosidad
por conocer estas cartas del
gran historiador
portugués, cuatro de las cuales. fueron escritas'
desde Salamanca en
junio
de 1894. Fué éste el cuarto
y último viaje
que hizo a España Oliveira }Iartins, ya enfermo de muerte
y todavía.
con la esperanza de que el cambio aplazase por unos meses o unas
-semanas
la definitiva consunqión de su organismo. En agosto de
aquel año se acabó en Lisboa una de las figuras más recias y repie-
sentativas del iberismo en el siglo xx.
Se lee siempre con emoción y provecho esa obra fundameital
del pensamiento hispano-portugués, titulada
.
HiStoria de la Civili-
zación lbérica',
que Unamuno consideraba como el breviario sobre
el que debe meditar todo portugués
5r
todo español medianamente
culto. Y arrastrados
por ese entusiasmo inicial, nos urgfa conocer la'
extensa obra de Oliveira, donde se mezclan cualidades de penetra'
ción, de sensibilidad
y de cultura que hacen de é1 un caso extra-
ordinario de valor mental, mucho más cuando se piensa que murió'
a los cuarenta
y nueve años y que Sus actividades estuvieron repar-
tidas entre el estuclio y la preparación de sus libros, su trabaio de
ingeniero de minas
y ferrocarriles
y la política' como Ministro de
Hacienda de su
PaÍs.
No es ocasión esta de hablar con el detenimiento
que merec-e
de Oliveira Martins, representante de una generaciÓn o gruÉo, el de
.Os
vencidos d.a vida,, del que formaban partp Raiiralho Ortigao,'
Eqa de
Queiroz,
Guerra
Junqueiro,
.r\nthero de
Quental
y el conde
de Sabugosa;
grupo de selección, con individualidadeS verdadera-
mente
geniales algunas,
que florecieron en Portulal en un momento
en que el romanticismo daba SuS últimos fulgores y nacía un setr-
timiento nuevo, matizado de amargo
pesimismo, de sarcasmo
y de
ironía,
pero con una conciencia clara de su propia significación en
la evolución de la sensibilidad
y del pensamiento de su pafs. El
pesimismo de Oliveira Martins es reflejo natural del ambiente' como
4l
1o es el de Anthero, a quien la contemplación de la vida lisboeta le
arrancó aquel tremendo grito desesperado, que da escalofríe y pavor,
tan trágico como no se ha escrito en lengua alguna.
.. .. Amigos,
qué desgracia nacer en Portugal ! ,
y que anticipaba ya el suicidio ineluctable del poeta. Pero ahora
queremos hablar tan sólo de las
.
Cartas Peninsulares,.
Oliveira Martins llegó a Salamanca en. la primera quincena de
junio
de 189{. Hace su entrada en la ciudad de noche. Es, tcdavÍa,
uná ciudad pequeña, Íntima y familiar, gu€ conquista al viajero
desde los primeros momentos, porque conserva intacto, por dentro
y por fuera, el encanto de la vida antigua. Advierte Oliveira Martins,
apenas toma contacto con la ciudad y sus gentes, que no ha¡- dife-
rencia esencial entre un castell¿rno de hoy y un castellano del tiempo
'de Santa Teresa, y nota con satisfacción cómo en su ambiente pre-
domina 1o universitario sin mengua de 1o religioso, porque
-dice-
el escepticismo es inconciliable con el alma castellana, que afirmará
o negará con el mismo ardor o apasionamiento, cualquiera que sea
la creencia que sustente.
¿Qué
hace Oliveira Martins en Salamanca? Eri su primeraCarta,
echa una mirada de conjunto al espÍritu predominante. que es
universitario, y se flja en las peculiaridades que observa en el pue-
blo, apegado por entonces
ca.sus
viejos trajes, a sus viejas costum-
bres, a su vieja lengua, dramáticamente musical'. Y no deja de
subrayar la gracia de las mujeres salmantinss,
«
Js¿¡d6, por las
calles con un andar cadencioso y breve y una mantilla cruzada sobre
el pecho,
]'que
se llevan tras de sÍ las miradas del forastero.
Pero Oliveira Martins es un viajero que sabe cómo debe mirarse
.una
ciudad. Comienza contorneándola, recreándose en la contem-
plación del panorama que la circunda y en la silueta recortada de
las torres y agujas que se divisan desde el alto de la carretera
de Zamora, dejándose conquistar por la dulce embriaguez del pai-
saje del Tormes, perezosamente lento en su fluir bajo las arboledas
.musicales que le bordean. Salamanca
-viene
a decirnos- es un
conjunto de construcciones monumentales suntuosas; es la ciudad
.de
la crruz y la pluma,, y aunque no tiene el carácter militar, cerra-
do y fronterizo de Zamora, guarda en su interior ejemplares de
todos los estilos, descle el románico al barrgco, pasando por el pla-
42
Interior de la Catedral Vieja, dibujo de Parcerisa, 1839
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-._=..=*-:=
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j
l
I
I
teresco satmantino,
que es la expresión arquitectónica de este mo:
mento español en que, terminada la guerra con Portugal
]i
conquis-
'tada
Granada,
parecÍa alcanzarse eI cúmulo de la gloria y la fortuna.
..La
vida era una apoteosis. España, señora de Italia, iba a disputar
a Francia el imperio de Europa
-]'lo
g&fiór.
Et segundo día de su estancia. en Salamanca, lo dedica nueYa-
mente Oliyeira Martins a contemplaf la ciudad desde fuera y a
reflexionar sobre los estilos arquitectónicos, estableciendo la superior
belleza del plateresco español sobre el
.manueli¡sr portugués, mez-
.cla
confusa este último de motivos ornamentales del viejo mundo y
de los trafdos de
.as
descobertas, lusitanas. Fluye en'su segunda
Cartaun entusiasmo español inteligente y contagioso,
que por fgerza
nos ha de ser simpático.
El dfa no da más de sÍ y oliveira termina su paseo solitario. Ha
caído |a noche con lentitud, en un largo crepúsculo que enciende el
.cielo
en Suaves reSplandoreS. ES un¿t nOche calurosa, Sin exceSo, de
mediados de
junio, y las gentes toman el fresco callejeando o senta-
das en los cafés, debajo de la fna claridad de la luz eléctrica, que ya
entonces
se ha instalado tímidamente en la ciudad del Tormes.
Oliveira Martins no deja de consignar este progreso,-no incompatible
con la monumentalidad antigua de la urbe.
.Fercibese
de todos los
lados
-añade-
un vibrar de guitarrad y se adivinan los
.zaPatea-
des»
eue
animan los patios de las casas'.
¿Será
ciertá esta final
observación de una ciudad estremecida por músicas y bailes, casi a
estilo andaluz? Oliveira deja en ese punto la pluma sin aclararnos
este extrémo,
que nos parece incomprensible para la tradicional
seriedad salmantina
y su reconócida fatta de imaginación.
Sin duda se trata de una alucinación o fantasÍa, más de poeta
que de historiador;
pero disculpable
.en
quien aprendió a conocer a
.Espana en Córdoba, donde viviera varios años como director de.la
mina Santa Eufemia. Porque este
Portugués,
de quien l\Ienéndez
Peldyo dijera que fué et más admirable artista historiador que pro-
dujo la Penfnsula en el siglo xlx, se dejÓ ganar por el hechizo españó1
e incluso conquistar
por el iberismo político, que por entonces levan-
taba tímidamente La cabeza en algunas mentes españolas y lusita-
nas. Su conocimiento de la historia, del arté y de la psicologÍa del
-pueblo
español fué excepcional;
y como el conocimiento supone
entrañamiento
y'amor por lá cosa conocida, Oliveira Martins acertó
a interpretar a Castilla
y España de una maneia feliz y afortunada
en sus deducciones.
45
!
E mañana, oliveira
se lanza en su tercer clía de estancia en sa-
lamanca a visitar las catedrales;
la vieja, la románica, le ini-
presiona
profundamente.
El viajero trae un bagaje histórico
y artís-
tico de abundante
y escogida
caiiclad.
Nada le sorprende,
pero le
maravilla
"rrnontr"ilo
todo tan dentro de su ambiente, viviendo una
vida actual sobre la que no han pasaclo los siglos' El retablo de Ni-
colás Florentino;
las capillas
de Talavera
y Anaya' las verjas' los
enterramientos,
las Vír.génes
y los:Cristos
son observados
por Oli-
veira Martins
rápida,
pero certeramente,
advirtiendo la confusión
realista en la que se revela el estado
plástico del alma española,
.em que se nao sabe se é a terra
que subiq ao céo, se o céo que'
desceu á terra'.
En la descripción
de la Puerta de Ramos de la catedral Nueva,
como ante la fachada cle San Esteban, oliveira se detiene
y recrea,
conmovido
y
-"in
prisas' en la contemplaciÓn
detallada' En Santo
Domingo,
ta exubárancia,
la
.furia, española es menor
-v
su armonÍa
permitá ¿rdivinar
a gentes que conocen más Ia vida y la tierra que
produjo a Horacio,
y donde el arte es una sonrisa
y la fantasía da el
brazo
a la ironia
que la atempera
y refrena entre ciertos límites'
Ribera es largamente
admiraclo
por oliveira Nlartins' Trae en la
retina el historiador
portugués el recuerdo
de los cuadros contem-
plados en el Museo del Prado,
que Son el documento
máS expresivo
.
del realismo católico español;
cuadros terribles'donde
el pintor des-
piiega una energra casi diabólica
que se recrea en la exhibición de
crudezas
que producen escalofríos.
Ante la virgen de las Agustinas,
toda suavidad
y dulzura,
el viajero se detiene asombrado
y se pre'
guntacÓmoesposiblequeelpintordel-SanJerónimooPuedaextraer
.i" ,o paleta el colorido
de la Purísima,
aquellas nubes nacaradas,
aque[ós
fondos opalinos
de gloria celeste, Suavemente azul' en que
flota la Virgen del
'EsPañoleto"
PasandespuésMonterrey,laCasadelaSalina,la-Casade-las
conchas, la Torre del clavero,
la casa de los Abarcas. san Boá1, la
casa.de [as
Muertes,
el itinerario
completo de un turista
que fuera
alavezpoeta
e historiador.
Oliveira
se detiene en laPlaza lVIayor,
.suntuosa, pero no bella',
y observa
que la población va perdiendo
carácter contemplada
en este
gran p¿rtio de ta ciudad, donde el es-
critor
portugués se despide de Salamanca
para continuar Su viaje
al dÍa iiguiente hacia el valle del Duero. Le llaman Zamora, Toro
y
las tierras castellanas
cle Castronuño,
donde el historiador
va a en-
contrarsecon.elpaisajeylasevocacionesdelaepopeyalusocaste.
llana, con las ro*brur
guerreras de Alfonso v, el
príncipe Don
Juan
46
y el Duque de Guimaraes, galogando por estas llanuras donde aún
vagan los fantásmas de Doña Isabel
J,
nl-a
Beltraneja,.
Hay en'estas
.Cartas
Peninsulares' un amoroso deseo de com-
prensión y,sobre todo,un conocimiento muy aproximado del espíritu
.castellano,
perenne en sus monumentos, en los cuadros y en el pai-
. saje que transita y describe. Nuestra Salamanca es un grato refugio
para los dÍas enfermos de Oliveira Martins. Muy pronto v.olverá a
Lisboa para morir. Su irltimo viaje por España fué de un gr¿tn con-
:str€lo y la llamarada postrera de aquel amor de toda su vida
-en-
tender

explicarse a España- que solo contados portugueses enten-
.dieron
¿tl modo clásico: cuando Gil Vicente
-v
Camoens y Cervantes
sentían la unidad espiritual
¡'geográfic.a
de la PenÍnsula y la refle-
jaban
en sus comedias, en sus versos
)'
epopey¿ts, con el poético
numen que no reconoce fronteras lingüísticas y se cernía aquilino
bajo el cielo de los destinos comunes.
Oliveira Martins nos ha acercado amorosamente a Portugal. Esta
.es
la gloria del escritor, que aproxima más que la polÍtica y los inte-
reses, sobre los que el espÍritu campea, desplegando una bandera a
la que no tenemos escrúpulo en rendir nuestro tributo de vasallaje;
ese Portugal lÍrico y campesino, navegante
]'aventurero,
romántico
y turbulento, que sintetizamos en una larga teorÍa de nombres res-
plandecientes: Don Dionís, Gil Vicente, Sá de Miranda,
Juan
de
Barros, Camoens, Marian¿t Alcoforado, Manuel de Mello, Bocage,
Juan
Bautista Garret, Alejandro Herculano, Eca de
Queiroz,
C¿rstelo
Branco, Anthero de
Quental,
Antonio Nobre,
Joao
de Deus, Sousa
'Viterbo...
Y Oliveira l\{artins.
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