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GUERRA EN LA SANGRE

SALVADOR DE MADARIAGA




















USO EXCLUSIVO DE VITANET,
BIBLIOTECA VIRTUAL 2006.








CAPITULO I

1

Apenas paró su caballo, Rodrigo Manrique se tiró de la silla al suelo y sin mirar
atrás cruzó el umbral.
—Eh, ¿adónde vas, Quince-Abriles? —le gritó Antonio todavía jadeante, desde lo alto de
su montura—. Ven acá y ayuda a mis Sesenta-Inviernos.
Rodrigo se paró sin mirar atrás.
—No me da la gana.
—No te da la gana, ¿eh? Vaya educación, para un Manrique. Qué lindo Conde de
Nezabal vas a hacer con esos modales.
Rodrigo, de pie, de espaldas, mirando al suelo, ni hablaba ni se movía.
—Ya, ya sé lo que estás pensando. Que tenerle el estribo a un escudero pobre no es para
un hijo de conquistador.
El mozo se volvió airado.
—No es para un nieto de rey.
Antonio, todavía a caballo, le miró perplejo.
—¿Nieto de rey? Ahora me sales tú con ésas. Anda, anda, échame una mano y airéate la
cabeza, que la tienes llena de humo.
—Sobran indios que te ayuden —le ladró el mozo.










Frunció el ceño Antonio:
—Mira, niño, cuando yo enseñé a montar a tu padre...
—Bueno. Ya me lo has contado tanto, que me lo sé de memoria.
—Pues te aguantas y lo oyes otra vez, que siempre hay algo nuevo.
—Siempre lo mismo.
—Escucha, Rodrigo. Cuando allá en España, en Torre- mala, el lugar de tu padre...
—¡Valiente nido de ladrones y bandidos! —echó a borbotones el muchacho.
—Eso me quedaba por oír... Bueno, si no quieres ayudar, me bajaré solo. Si no fuera por
esta maldita pierna... Conque la casa de tu padre, la que será tuya, un nido de bandidos...
Ven acá... No, no me des coces con el codo, que pareces potro por domar. Ven acá. ¿Ves
este patio, estas arcadas, este surtidor?
Todo robado al rey de Tetzcuco por los españoles.
—Válgame Dios, y qué dirá tu madre. Ven acá... Pancho... Llévate esos caballos a la
cuadra.
Rodrigo le miró con malicia sombría.
—¿Por qué no los llevas tú? ¿Por qué mandas así a ese indio?
—Cómo que por qué —balbuceaba Antonio. El mozo le echó a la cara su respuesta:
—Pues porque vinisteis aquí los españoles y les robasteis todo.
—Pero ven acá, muchacho; siéntate aquí a la sombra y sosiégate. . . ¿Cómo quieres que
cuatrocientos cincuenta hombres y dieciséis caballos les robaran la tierra a una











millonada de indios? Mira lo que pasó con esta casa. Hoy es de tu padre. Mañana será tuya.
Ayer era de tu abuelo, el rey de Tetzcuco. Pero tu padre la tiene porque…
—Porque la robó.
—Porque se casó con tu madre. ¿Y sabes por qué se casó con tu madre? Porque ella se
enamoró de él. ¿Por qué me miras así con ojos de fuego?
—Ojalá fueran arcabuces, que ya estarías muerto.
—Lo creo. Pero estoy vivo. Y te lo vuelvo a preguntar. ¿Por qué me miras con odio?...
No me lo quieres decir. Claro. Como que no lo sabes.., y silo sabes...
—Porque eres español y me has robado mi país.
—Pero tú, ¿cómo te llamas? Rodrigo Manrique, ¿no? Te callas otra vez. Ya te lo estaba
diciendo. O no sabes por qué me odias o silo sabes no lo entiendes.
—Ni falta que me hace.
Se callaron los dos. Sólo se oía el surtidor del centro del patio, y el frote de las sandalias
de una india que pasaba por el soportal bajo las arcadas de enfrente.
—Allí va la doncella de tu madre, Citlali —dejó caer Antonio.
—Ya la he visto —contestó el mozo desabridamente.
—Pregúntale cómo se conocieron tu padre y tu madre.
Que te lo cuente.
Rodrigo guardaba silencio.
—Aquí mismo fué.
El mozo seguía silencioso y adusto, con los ojos en el suelo.
—Enfrente, al otro lado del surtidor, estaba tu madre con la cara pintada de amarillo por
arriba y de negro por abajo.








—Es mentira.
—Es verdad. Pregúntaselo a Citlali.
—Se lo preguntaré a mi madre.
—Era una ceremonia de su religión del Demonio.
—Será del Demonio, pero los indios no se han ido a España a robar Torremala. Son los
españoles quienes vinieron aquí a robar a Tetzcuco.
Sin inmutarse, Antonio prosiguió:
—Tu madre iba a ser la víctima. Cuando ya la iban a degollar... ¿ves ese arco por donde
hemos entrado? Ahí de repente, tu padre. El primer español que entraba en Tetzcuco. Los
sacerdotes del Demonio salieron huyendo. Tu madre corrió a abrazar a tu padre.
Rodrigo se quedó mirando al suelo unos instantes, se levantó, barrió con los ojos de
arriba abajo la figura escuálida de Antonio y le lanzó:
—Pues más valía que la hubieran degollado.
Y se adentró en la casa cabizbajo.

2

Contento como unas pascuas, iba en su canoa Rodrigo Manrique cruzando el agua que
separaba a Tetzcuco de Méjico. Mientras remaban sus indios, él soñaba: “Sol, cielo y agua.
Tiempo. Vida. Paz. Poder.” Sensaciones oscuras que le pasaban por el ser entre dos aguas
sin llegar a aflorar en pensamientos. A lo lejos se divisaba la silueta de la Méjico española,
edificada sobre Tenochtitlán, la Méjico azteca, blanca como la otra. Blanca, luminosa,
suave como agua de la laguna y el deslizarse de la canoa,








era la vida. Pero ¿el fondo? ¿Sabandijas? ¿Veneno? ¿Fuego de los volcanes? ¿Temblores?
¿Lava ardiente? Como las onduelas que levantaba la canoa, las preguntas oscuras de su
ánimo se disolvían en suavidad. La canoa se metió por una Venecia azteca, el barrio indio
de Méjico, y al fin paró ante una puerta que se abría sobre el agua. Saltó a tierra con la
agilidad de sus diecisiete años y se encontró en un inmenso almacén.
Había de todo, y de todas partes. De comer, de vestir, de montar, de cazar, de pescar, de
guerrear, de dormir, de leer y de cantar y de tañer. Entre anaqueles y fardos pasaban indios
silenciosos de pie felino, y negros locuaces y estatuarios llevando y trayendo, cargando y
descargando. Se fué derecho al escritorio que estaba al lado opuesto, cerca de la entrada por
la calle seca, y entró sin llamar ni pedir venia. El dueño del almacén sentado a su mesa de
despacho levantó los ojos, y luego la cabeza.
—Señor don Rodrigo, esto no es ningún molino.
El reproche implícito se perdió en el vacío.
—Esquivel, vengo a veros porque es ya la cuarta vez que os pido la silla que os encargué,
y la silla no llega.
Con la pluma de ave que tenía en la mano Esquivel apuntó: —Allí está.
—¿Dónde?
—Aquélla, la segunda del primer… ésa.
—Pues me la llevo.
—Eso sí que no.
—¿Y por qué no?
—Porque yo no regalo sillas. Las vendo.
El cobre del rostro del muchacho se le coloreó y le chispearon los ojos negros.








_Perro judío, ya sé que te debo dos; y ya te he dicho que te las pagaré.
—Señor don Rodrigo Manrique —Esquivel se puso en pie—, o retiráis ese insulto o…
—No retiro nada. Lo digo otra vez. Perro judío. Todo el mundo lo sabe, aquí y en
Tetzcuco.
— ¿Tetzcuco dijisteis? En Tetzcuco vive don Alonso Manrique, vuestro padre.
—Bueno, ¿y qué?
— ¿Lo sabe él?.. . Ah, parece que ahora os calláis.. ¿Sabe don Alonso Manrique que yo
soy un perro judío?
— ¿Qué importa que lo sepa o no?
—Importa mucho, señor don Rodrigo. Porque si don Alonso Manrique sabe que Vicente
Esquivel es judío, Vicente Esquivel sabe que doña Isabel, la madre de don Alonso
Manrique, era judía.
El mozo buscó en el aire un apoyo, halló una silla y se sentó. Silencio. Luego, sin
levantarse, con una calma falsa que encubría mal su turbación, dijo lentamente:
—Eso es mentira.
Esquivel seguía de pie.
—Tanto se me da que lo creáis como que no. Pero es bueno que todos los Manriques
sepan que si me echan un sambenito yo les echaré otro a ellos.
Rodrigo se apabulló en su silla; mas luego se rehizo y arguyo:
—Para eso haría falta dar pruebas.
— ¿Pruebas? Señor don Rodrigo, sois muy niño. Vuestro padre sabe que yo sé muchas
cosas. Y hay una que por lo visto no sabéis, pero que vais a saber. Yo soy de Torremala.









— ¿De Torremala?
—Sí, señor. Y he jugado de niño con el hijo del señor de Torremala, que es ahora vuestro
padre, el Conde de Nezabal. Y conocí a su madre, doña Isabel Santamaría, como le pusieron
al bautizaría, que ella se llamaba Salomé. Y mi padre conoció a su abuelo, el padre de doña
Isabel. Se llamaba Samuel Ha-Levy. Era el rabino de Torremala... Ahora os calláis, don
Rodrigo. Ahora miráis al suelo, donde los nobles Manriques ponen sus perros, cerca de los
pies…Los perros que tanto les gusta comparar con los judíos. Andad, señor don Rodrigo,
nieto de una judía, y no me volváis a llamar perro si no queréis ser nieto de…
Una oleada de cólera incorporó a Rodrigo en la silla y lo irguió de pie.
— ¡Calla, ladrón!
Esquivel seguía de pie detrás de su pupitre.
—Calma y no insultéis. ¿Qué culpa tenéis de que vuestro abuelo se enamorara de una
hebrea? Y guapa que era. Como vuestro padre. Como vuestra hermana. Rubia, de ojos
azules y más buena que el pan. Dios la tenga en su gloria. Andad, don Rodrigo... Andad en
paz. Ni una palabra sobre esto… Tened, llevaos la silla. Cuidado. No resbaléis. La canoa
está mojada. Ahí va la silla. Mis respetos a don Alonso el conde.
¿Cómo se marchó así sin palabra ni gesto, sin protesta ni violencia, aceptando aquella
limosna de la silla? Todo el camino de regreso venía preguntándoselo. ¿Cobardía? la idea le
hacía reír. Confusión, sorpresa, desengaño... Qué de cosas se ven en el fondo de esta agua
... Y qué más cosas habrá que no se ven, todavía más repugnantes.











Huir... Huir... ¿Pero adónde? Donde no haya lagunas muertas, cosas turbias que son y no
son... Y su padre que no le dice nada. . . con esa cara de santo de altar, Dios sabe los
secretos que guardará, las sabandijas y lagartos...

3

Esquivel se paseaba por su despacho, ensimismado. Era hombre de cerca de cincuenta
años, grueso sin obesidad, calvo, con un bigote entrecano y una barbilla recortada. Llevaba
quevedos que le hacían a veces rebrillar la mi rada. Iba y venía debatiendo consigo mismo el
pro y el contra de la escena con el mozo heredero de los Manriques. Al fin se decidió, salió
a la puerta del despacho y lanzó una orden al espacio del almacén:
—La canoa.
Por el camino, siguió a merced del movimiento rítmico de sus remeros concentrado en
sus meditaciones, sin ver ni contestar los saludos que le hacían al cruzarle los muchos
indios que iban de Tetzcuco a sus almacenes cargados de vituallas vivas y muertas.
Desembarcó en el muelle de jaspe del palacio de Manrique (el antiguo palacio del rey
Nezahual) y mandó uno de sus remeros indios a que lo anunciara al conde.
Una luz verde se filtraba por las persianas. En la sala azteca de paredes tapizadas con
labor de pluma de ave de brillantes colores encuadradas en jaspe, los muebles eran de
Castilla. Sentado en un sillón frailuno le recibió el conde. Eran de una misma edad, pero
Alonso Manrique era enjuto y rubio y llevaba el pelo largo, y una barba










corta pero poblada. La nariz aguileña. La frente vasta. Los ojos azules. Sin frialdad ni
efusión, y sin levantarse, le preguntó:
—¿Qué te trae?
—Pues verás.. . Yo no quisiera molestarte…
—Siéntate.
—Ya sabes que desde que llegué he procurado no acercarme a ti… Aparte las cosas que
pasaron allá… en fin, ya sabes... Tú eres de los de Cortés. Y sin duda creerás que yo soy de
los del virrey…
—No sé nada sobre tus preferencias.
—Bueno. Ni hace al caso. Porque yo no he venido a hablarte de nuestras guerras civiles,
que no parece sino que esperábamos a vencer y pacificar a los indios para...
—Pero, ¿no dices que no venías a hablar de eso?
—Tienes razón. Venía a… otra cosa.
—Pues habla.
—El caso es que no es fácil. Ni sé cómo empezar.
—Vaciló algo más, y luego, ya decidido:— Mira, lo mejor será que te cuente todo como
fué. Y no es largo. Tu hijo ha venido a pedirme una silla que me encargó hace ya tiempo.
—¿Por qué le hiciste esperar?
—Ya me debe dos.
—¿Qué?
—Que ya me debe dos.
—Pues te las pago ahora mismo.
—Aquí tienes la cuenta.
Leyó don Alonso, abrió un cajón de su mesa y con un cucurucho de papel espeso de
henequén sacó del cajón






polvo de oro que echó sobre el platillo de una balanza.
—Toma y firma.
Mientras firmaba, dijo el mercader:
—Ya pronto tendremos moneda labrada.
—Ya lo sé.
—¡Hora era!
—Bueno, pero ¿es posible que vinieras a yerme para...?
—No. No es posible. Vine para otra cosa.
—Qué misterioso te has vuelto.
—No, Alonso. Te la estaba contando cuando al enterarte de que tu hijo me debía dinero...
—¡Ah!, que te interrumpí. Bueno, pues perdona y sigue.
—Sigue... Sigue... Eso se dice fácilmente. Yo no quisiera tener que volver atrás. . .
recordar contigo los tiempos de Torremala. . . Tú eras el hijo del señor…yo el de un pobre
armero del pueblo que les vendía arados y cuchillos a los labradores... Me miras como... Sí,
ya comprendo que te preguntarás adónde iré a parar con todo esto...
—Te confieso que...
—Pues pronto lo vas a ver. Allá en España había muchas luchas y muchos recelos.
—Aquí también los hay.
—Sí, Alonso, lo reconozco. Yo mismo te lo decía hace un rato. Pero ¿crees tú que
conviene levantar aquí todo lo que había y hay allá sobre… por ejemplo, sobre
los... moriscos.
—Aquí no hay moriscos.
—Pero hay… otros.








—¡Ángela María! A eso querías ir tú a dar. ¿Y quién piensa aquí en la Inquisición ni en
los judíos?
—Tu hijo.
—¿Rodrigo?
—No creo que el chiquitín esté tan adelantado.
Fruncía el ceño el conde.
—¿Y quién te ha dicho a ti que Rodrigo...?
—Al decirle yo que le daría la tercera silla cuando pagase las dos primeras, me llamó
perro judío.
Se oían fuera los pájaros en la masa verde del jardín y el croar pertinaz de una rana.
—-¿Y tú qué hiciste?
—Pues ahí está. Por eso vengo a verte. Perdí los estribos y le dije…pues ya te lo
figurarás.
—No. No me lo figuro.
—Yo tenía que defenderme. Alonso, date cuenta, si la ciudad se pone a decir que soy
judío, me arruinan. Habrá quien busque papeles, historias...
—Mucho miedo tienes, Vicente. ¿Quién se va a molestar en averiguar que a tu padre lo
quemó la Inquisición? Ya han pasado...
—Diecisiete años.
—Mucho tiempo. Ya nadie piensa en eso. —Alonso se levantó y se puso a pasear por la
sala. Esquivel le seguía con los ojos su ir y venir.— Déjalo dormir, Vicente, y no te
preocupes.
—¿Cómo no me voy a preocupar? Viene tu hijo, me llama perro judío y cuando me
quejo me contesta que todo el mundo lo dice en Méjico. Era absolutamente preciso meterle
el resuello en el cuerpo.
—¿Cómo meterle. . .? —Se había parado ante Vicente





mirándolo de arriba abajo explicarse al borde de la silla.— Habla. Qué... ¿Cómo vas tú a
meterle el resuello en el cuerpo a mi hijo?
—Pues recordándole que…tienes que comprenderlo, Alonso. Yo tenía que defenderme...
—Bueno. Ya me lo has dicho tres veces. Pero ¿cómo te has defendido?
—Recordándole a tu hijo que él también, en fin, vosotros...
—¡Ah! De modo que tú te tomas la libertad de decirle a Rodrigo cuando y como a ti te
parece lo que yo pensaba decirle cuando y como me pareciera a mí...
—Alonso, ten calma y no alces la voz. Mira que nos va en ello mucho a los dos.
Don Alonso lo barrió de arriba abajo con la mirada. Vicente no se había levantado de la
silla, mirando hacia arriba con los ojos miopes detrás de los espejuelos.
—¿Qué estás ahí diciendo? ¿Qué nos va a los dos? ¿Qué tiene que ver un judío de padre
y madre, hijo de un quemado, con lo que puede haber de... mezcla en la sangre de un
cristiano viejo, cuando esa mezcla hasta en el virrey la hay?
—Alonso, escúchame. Yo no te digo que sea lo mismo. Te digo que nos va mucho a los
dos. Que me va más a mí. Desde luego. Pero te va mucho a ti también... Tampoco te digo
que hice bien... No lo pude remediar. Debía haberme callado yhaber venido a verte, Pero
ya ves. Somos así. Y en cuanto me di cuenta he venido.
Don Alonso se paseaba ceñudo y silencioso por aquella estancia que había sido del rey
Nezahualpilli. Olor de maderas aromáticas y de frutas y flotes nunca vistas en












Castilla, excitadas por el sol. Rostros, pechos, piernas de cobre. Nuevo mundo. ¿Nuevo?
Todo aquel viejo mundo se le echaba encima. Rencillas. Intrigas. Marqués contra virrey.
Curas contra frailes. Conquistadores contra leguleyos. Y ahora, para colmo de veneno, los
judíos, la Inquisición. El compañero de sus correrías de infancia, el hijo del judío
mosaizante quemado por la Inquisición, le venia a recordar su propio tormento en la cárcel
de la Inquisición de Sevilla, el tormento de su madre, la hija del rabino, rediviva en su
propia hija Isabel, tan rubia y hermosa como ella.., y todo aquello, ¿iba a salir otra vez?
¿Quién era ese hombre oscuro sentado en esa silla?
—Bueno. ¿Qué quieres que haga?
—Haz que se calle tu hijo.
—Anda con Dios, Vicente. Gobierna tu casa, que yo gobernaré la mía.
—Sí, ya lo sé. Pero no se trata de eso. ¿Te das cuenta, Alonso? Tengo miles y miles de
ducados metidos en el negocio. Ahora mismo, con las fiestas de esta semana, ¿te das cuenta
de lo que he adelantado para los banquetes, sobre todo para los dos grandes, el del virrey y
el del marqués…es como un cuento de Oriente…y para las justas, y la cacería, y el
simulacro… Ellos se lucen, pero el que trabaja y suda y adelanta el gasto soy yo...
—¿Qué tiene que ver...?
—Mucho, Alonso. Estoy al descubierto. Además hay señores de mucho fuste que me
deben dinero. Si se enteran de que con acusarme de judío y empapelarme se libran de la
deuda...
Don Alonso le miraba en silencio.
—¿Comprendes? Ya ves que te hablo claro. Llevo años









aquí y no he venido ni una vez, porque sé que no te gustaría... —Echó una ojeada rápida
por si Alonso hacía un gesto deprecatorio; pero Alonso seguía al parecer impasible.— Pero,
a pesar de todo y de muchas cosas que yo sé que... en fin, tú las habrás olvidado porque
eres generoso... cosas de nuestra infancia en Torremala, y cosas de cuando servíamos los
dos en el ejército de Cortes.., a pesar de todo, yo aquí, si me pasa algo, no tengo más amigo
que tú… —Volvió a mirar de reojo y creyó ver alguna nube de disgusto en el rostro de
Alonso.— Vamos, quiero decir, una persona que no sólo no me haría daño, sino que
procuraría protegerme. Por eso cuando salió tu hijo con aquello…me descompuse más que
si hubiera venido de otro.
—Tú tenías un hijo también, ¿no?
Esquivel sintió en la pregunta una como reconciliación; casi un reconocimiento tácito de
la solidaridad que los unía.
—Sí. De la edad del tuyo. Un poco mayor.
—¿Y qué es de él?
—Está en Salamanca. Estudiando leyes.
—¿Y sabe...? ¿Le has dicho tú qué...?
—Pues no.
—¿Por qué?
Esquivel, que se había instalado bien a fondo en su silla, volvió al borde.
—Pues verás.. . Si yo fuera un caso normal.
—¿Normal?
—Quiero decir, suponte que yo soy un cristiano nuevo y nada más... pues se lo hubiera
dicho. Pero tú ya sabes mi historia familiar: mi padre en la hoguera, y yo recon-








ciliado. Eso, Alonso, no tiene más que un remedio: el olvido. No hablar de ello nunca. Ni a
mi mismo hijo.
—Y si el silencio vale para ti, ¿por qué no ha de valer para mí?
—Tú... tu caso es muy distinto. Hace un rato lo decías tú mismo.
—Claro que es distinto. Pero ¿por qué no he de ser yo quien decida si se lo diré a mi hijo
y cuándo y cómo?
Esquivel bajó la cabeza.
—Lo siento, Alonso. Pero el hombre es el hombre, y tu hijo me insultó. La culpa es suya.
Y si él hubiera sabido que aquella sangre que injuriaba corría por sus venas.
Ahora era don Alonso el que miraba al suelo, aquel suelo de jaspe del palacio de
Nezahualpilli cuya sangre corría por las venas de sus hijos, juntos con la jud ía de su madre,
la goda de sus abuelos paternos y la mora de una de sus abuelas.
—Mira, Vicente. Es inútil buscar culpas. También es inútil ponerle puertas al campo. Yo
haré lo que pueda y tú también. Más no puedo hacer; y más no prometo. Y ahora véte, que
tengo que hacer.
Ya en la puerta de la sala, don Alonso volvió a hablar:
—Si algún día temes algo, avísame. Pero ven antes. No después.

4

—Isabel, ¿dónde estás?
—¡Ah, Citlali! Qué susto. Estaba pensando en... Dios sabe qué. Es tan bonito este jardín
desde la ventana. Y las rosas… las rosas... Qué bien lo cuida tu marido.








—Aquí tienes las sedas.
—Déjalas sobre la mesa.
—Aquí sobre tu cama estarán mejor.
—¿Por qué me hablas siempre en nahoa, Citlali?
—Para que no se te olvide. No, no abras lo s ojos, que ya los tienes bien grandes, y qué
bonitos que son.
—Toma, uno, dos y tres besos por el piropo.
—Qué loca eres, Isabelita. . . ¿Sabes qué te digo? Que estabas en la ventana soñando con
besar a alguien y me llevé los besos yo. ¡Ah, ah! ¡Qué colorada te has puesto!
—No te vuelvo a besar en mi vida, Citlali. Lo menos, lo menos, media hora te vas a
quedar sin un solo beso mío. Y ahora contesta. ¿Por qué me hablas siempre en nahoa?
—Si ya te he contestado. Para que no se te olvide. Ya, ya sé que lo sabes bien. Pero si no
lo hablas se te olvidará.
—Pues lo sé mejor que Rodrigo.
—Verdad, dos años tiene más que tú...
—Uno y medio. Él tiene diecisiete.
—Y lo habla mal, es decir, no lo habla. Tu hermano no llega a saberlo. No sé por qué.
—Pues yo sí, Citlali. . . ¡Qué! ¿No quieres que te lo diga?
—Ya sabes que no soy curiosa.
—Pero te gusta saber cosas si te las dicen. ¿Sabes por qué Rodrigo no acaba de hablar
nahoa? Pues porque como tiene cara de indio, si habla indio, pues ya ves... ¿Comprendes?...
Quiero decir que lo tomarán por indio. Y él tiene orgullo de ser español.
—Bien puede ser. Anda, mira las sedas.
—¡Qué bonitas! Verde…no, Citlali. Verde no, que







no va a las rubias... ¿Ves? Si Rodrigo fuera rubio y tuviera los ojos azules como yo... pues
no le importaría hablar nahoa.
—Mira las sedas y deja en paz a tu hermanito.
—En paz... en paz... El que no me deja en paz es él. ¡Oy! éste sí, éste sí que sería un
vestido…
—¿Te gusta?
—Mira. Ponlo así. Cruzado sobre el pecho, y esto caído, así como si fuera la falda. Qué
azul más…
Le dió una sacudida al brazo y le pareció como si aquel azul sedoso se le acuchillase
súbito de amarillo.
—¿Qué es eso?
—Las trompetas del pregonero.
—Ven a la ventana. ¿Ves aquel del caballo blanco? Es el pregonero del virrey. Qué
trompetas más bonitas. De plata deben de ser.
—Cállate, niña, que oigamos lo que dice, que ya se quita el bonete.
La plaza estaba llena de gentío, españoles vistosos, indios escuetos, indias con huipiles
de algodón, tal amarillo, tal verde, tal morado, tal color ladrillo. Los caballos de los cuatro
trompetas ocupaban las cuatro esquinas de un cuadro en el que se situó a sus anchas el
pregonero mayor, bien sentado en su hacanea blanca. Con su bonete amarillo de plumas
rojas y blancas reposando en el antebrazo derecho, el pregonero desplegó con la mano iz-
quierda un rollo de papel duro de maguey y se puso a leer con voz viril y sonora:
—Esto es lo que la Excelencia del Virrey don Antonio de Mendoza manda saber:
Que para celebrar la paz de la cristiandad que ha sido conveni-








da en la ciudad de Aguas Muertas este junio pasado del año de gracia de 1538 en
Francia entre la Sacra Cesárea Majestad del Emperador Rey don Carlos y Su Alteza el
Rey de Francia, mañana y pasado mañana se celebrarán en la gran plaza de Méjico
justas, fiestas y torneos para goce y satisfacción de todos.
Sonaron las trompetas de plata sobre el vasto mur mullo popular.
—Citlali, Citlali —Isabel bailaba de gusto.
—Mañana, Isabel. Pero si no vamos a tener tiempo para hacerte los vestidos.
—Tres necesito, Citlali. Uno.
—¿Tres? Pero no todos para mañana.
—Para mañana, dos.
—¡Dios mío! Habrá que trabajar toda la noche.
—Y, ¿sabes? Que estén bien, ¿eh? Porque uno es para el balcón. Mamá me lleva al del
marqués.
—Si vieras qué raro me suena...
—¿Qué raro? ¿Cómo?
—Eso de “marqués”. Para nosotros, que lo vimos venir....
—Qué pensativa te has quedado, Citlali.
—¡Qué tiempos! Cómo han cambiado. El primer español que llegó aquí, ¿sabes quién
fué?
—Pues claro, mi padre.
—¿Y sabes quién venía con él?
—Tu marido.
—¿Quién te lo dijo?... Pero niña... ¿Qué te pasa, mujer?, déjame respirar. ¿No dijiste que
no me ibas a besar ya en tu vida?







—¿Yo dije eso? ¿Pero qué quieres que haga si eres así?... Mira que preguntarme quién
me dijo que Cara Larga vino con mi padre, cuando me lo has contado tú mil veces.
—¿De veras? Pues no me acordaba. Si vieras qué... No sé cómo explicarte. . . Eran
dioses, no eran hombres. Tu padre, tan hermoso, alto, aquellos ojos tan claros como el
cielo, el pelo como el sol. . . Y ahora también a él lo han hecho conde...
—¿Qué, no te gusta?
—Conde de Nezabal. Me gustaba más “Alonso Manrique”. Me gustaba más “Hernán
Cortés”. Eran nombres de dioses. Eso de “Conde de Nezabal”, “Marqués del Valle” son
nombres de señorones.
—Pero Nezabal es bonito. Es el nombre de mi abuelo... No digas que no te gustaba,
Citlali.
—Parece que lo veo. Era muy hermoso, pero era un hombre, no un dio6 como tu padre.
——Citlali, no digas eso, que es ofender al Dios del cielo.
—Era un rey muy sabio, nuestro Nezahualpilli. Y tenía una mujer tan guapa y buena. No
parecía hermana de Moteczuma.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Moteczuma tenía mucha maldad.
—¿Lo conociste?
—Tu madre lo conoció.
—Nunca me dice nada de él.
—Ya te lo dirá. Cuando seas mayor... ¿Por qué me miras con esos ojazos de cielo? Anda,
vamos a los vestidos. Eh, no te sientes encima.









—¿Por qué hay que esperar a que sea mayor?
—Para que comprendas mejor... algunas cosas.
—Ya sé muchas, Citlali.
—Más sabrás. Anda. Escoge. Este azul, bueno. ¿Y ahora? ¿No crees que este amarillo y
negro le gustaría?. Anda, no te hagas la tonta, que ya sabes quién digo.
— ¡Citlali!
—Ese que. . . en fin, el que tenías en los pensamientos cuando entré y te asustaste.
—¡Citlali, fuera de aquí!
Era la voz ruda y ya varonil, chillona y todavía infantil de Rodrigo Manrique.
—No le hagas caso, Citlali. ¿Quién eres tú para mandar en mi cuarto?
Citlali los miró a los dos con larga mirada silenciosa y salió.

5

—Estoy harto de esa perra india. No sé cómo la aguantas. Hasta huele mal.
Isabel temblaba.
—¿Y tú qué eres? Mírate en el espejo. Anda. ¿Qué eres?
El cobre del rostro se le volvió gris.
—Soy hijo de tu padre y de tu madre. Eso es lo que soy.
—Pues mi madre es india. ¿Vas a llamarla perra también?
—Prefiero parecerme al rey Nezahualpilli que. .
—¿Que a quién?










—A la hija de un rabino, que es a lo que te pareces tu.
Isabel abrió los ojos.
—¿Rabino? ¿Con qué se come eso?
—¡Ah!, no lo sabes, ¿eh? Pues te lo voy a decir yo, para que lo sepas. Rabino quiere
decir el clérigo que tienen los judíos.
—Qué tonto eres. Como si los judíos tuvieran clérigos. ¿No ves que no tienen religión?
—La tonta eres tú...
—No, ahí no. Que te vas a sentar sobre mi traje nuevo.
—¿Otro?
—Para las fiestas de mañana y de pasado. Voy a la ventana del marqués.
—Ya lo sé. Y también sé quién te ha invitado.
—Pues yo no. Que me dijo madre que íbamos.
—Os invitó Alvarado el viejo porque se lo pidió Alvarado el mozo... ¿Por qué te pones
colorada?
—Yo no me he puesto colorada.
—¿Que no? Mírate al espejo. Ahora te toca a ti.
—Bueno, mejor. Me pongo colorada porque puedo. Que hay otros que aunque
quisieran…
—¡Isabel! No me vengas con... lo de siempre, que te daré en la cara y entonces sí que te
pondrás como la grana. Ya te he dicho que vale más ser indio que judía.
Airada, ella replicó:
—Vergüenza deberías tener. ¿Qué tengo yo de judía, a ver?
—Tu abuela. La hija del rabino de Torremala.
—¡Mi abuela, judía!
—Eh, loca, ¿adónde vas?
—A preguntárselo a mi madre.





—¡Si dices algo te rompo las muelas! Isabel rompió a llorar.
—¿Y cómo quieres que me quede con ese veneno dentro? Yo, judía… —Se irguió, se le
secaron los ojos como por encanto, y le retó:— Pues si yo lo soy, tú también. Mi abuela es
la tuya.
—Yo me parezco al rey Nezahualpilli. Tú te pareces a la judía de Torremala. Era tan
guapa como tú y tan rubia y tan blanca. Todas las judías son rubias y blancas.
—Como la Virgen.
Sentado sobre la cama de su hermana, la miró de abajo arriba con ojos de azabache,
dejando ver las córneas amarillas.
—Bonita la seda. Cómo le va a gustar a don Fernandito de Alvarado… No vayas a
contarle lo de la hija del rabino. Se echaría atrás.
Palideció la niña. H sonreía con risa de conejo. Ella callaba, rumiando.
—¿Quién te lo ha dicho, Rodrigo?
—¿Qué?
—Lo de... eso de Torremala.
—Yo que lo sé.
—Alguien te lo habrá dicho.
—Alguien. Pero no te lo diré.
—Y... ¿es seguro?
—Seguro.
Se callaron los dos, ella pensando en su idilio quizá roto, él en la escena de la revelación.
Silenciosa y sin ruido se deslizó en el cuarto como una sombra una mujer menuda y triste.
—Madre, dice Rodrigo... —la niña se calló de pron-








to. Y su madre, volviéndose al muchacho, le dijo en cas tellano muy dulcemente:
—Anda, Rodrigo, te llama tu padre.


6

—¿Qué decía Rodrigo? —Doña Suchil sonreía a su hija con los labios, pero los ojos
tristes desmentían la sonrisa.
—Dice que nosotros somos... dice que nos ha invitado el marqués porque se lo pidió
Fernando a su padre.
—Qué cosas se le ocurren a Rodrigo. ¿No ves que el marqués es todavía más amigo de tu
padre que de los Alvarados?
Con desencanto, exclamó Isabel:
—¿Entonces no fué por Fernando? Doña Suchil se rió.
—Vamos. Tú querías que fuera por Fernando y para ti. Pues ya verás. Fué por el marqués
y por tu padre. No te pongas triste. Lo que menos importa es quién te invitó. El caso es que
vas.
—¿Y estará él?
—¿Quién? ¿Fernando? Claro que sí. Y aun... pero no te diré nada para que te lleves más
sorpresa.
—Decídmelo, madre.
—Ni una palabra.
—Sí.
Isabel daba con el pie en el suelo. Doña Suchil frunció el entrecejo, mirando el pie. Isabel
se ruborizó.
—Perdón, madre. Pero...





—Ya sé, hija. No digas más. ¿Qué seda es ésa?
—La de mis vestidos.
—¿Pero aún estamos así? Vé a llamar a Citlali. No vas a tener qué ponerte si no
empezamos en seguida.
—Madre...
—¿Qué te pasa? Anda. Vé por Citlali.
—Madre... ¿Qué tiene Rodrigo, que la echó de aquí con malos modales y luego me dijo
que...? —Miró a su madre y se calló. El rostro de doña Suchil volvió a su honda tristeza.
—No te apures, Isabel, mi plumita preciosa.
Isabel se sonrió al oír aquella caricia verbal traducida del nahoa, y sin darse cuenta pasó
del lenguaje paterno al materno.
—Es que. . . no sé. . . dice cosas tan raras…
—Pues no le hagas caso.
—A veces creo que tiene vergüenza de parecer indio.
Su madre le clavó una mirada rápida, pero siguió hablando con su voz suave de siempre.
—No te imagines cosas…
—Pero, madre, si hay que oírle cómo habla... Y lue go, no sólo de eso… sino también...
Yo creí que sólo le apuraba parecer indio… pero hoy me dijo cosas…y luego me amenazó
si las contaba. —Se refugió en el pecho de su madre.— Tengo miedo, madre, tengo miedo.
Contagiada, doña Suchil tembló también de miedo sin saber por qué. Besaba a su hija en
silencio. Así abrazadas siguieron en silencio hasta que un lagrimón de la madre se fué a
disolver en el llanto que cubría el rostro sonrosado de la hija. Isabel lo notó. Alzó los ojos y
vió llorar a su madre.









—¿Es verdad?
—No sé qué te dijo Rodrigo, mi plumita preciosa. Alguna de esas locuras que dice a
veces.
—¿Por qué lloráis, madre?
—Por verte llorar a ti. Isabel le cubrió el rostro de besos.
—¡Madre! ¿Es verdad que yo tengo cara de judía? Estaban tan estrechamente abrazadas,
que no se veían los rostros. Sin moverse, sin dar señal de emoción alguna, doña Suchil
preguntó:
—¿Quién te ha dicho eso?
—Rodrigo. Dice que me parezco a mi abuela, que era judía.
—No era sino muy buena cristiana y una santa, que yo la conocí.
La voz tranquila, la seguridad de la negativa penetraron como aura matinal en el ánimo
de la niña. Le sonrieron los ojos.
—¿Es verdad que me parezco a ella?
—Mucho. Sobre todo en la voz.
—¿Y el pelo, y el color?
—También. Ahora —añadió con una débil sonrisa— también tendrás que parecerte en la
santidad.
—Ya voy a misa todos los domingos y muchos días de diario.
—No basta. La santidad no viene de fuera adentro. Sale de dentro afuera.
—¿Queréis decir eso como no mentir?
—Por ejemplo.
—Pues Rodrigo bien miente, que me dijo que la abuela era judía.








Doña Suchil guardó silencio, pensativa.
—Quizá no mintiera.
—Pero madre, si...
—Es que pensarla a su manera. A veces pasa que llamamos dos cosas distintas de la
misma manera. Él quiso decir una cosa, y yo otra.
—¡Madre!
Se había separado de ella y se volvió a abrazar a ella como a un leño en el agua.
—Nuestro Señor Jesucristo vino a salvarnos a todos. Todos los que se quieren salvar son
cristianos. Unos son españoles, otros franceses; unos son blancos y otros son indios y otros
son negros. En queriendo que los salve, todos son cristianos. Tu padre es español y
cristiano; tu madre es india y cristiana; tu abuela era judía y cristiana.
Isabel rompió a llorar otra vez y se abrazó fuertemente a su madre.
—Tengo miedo, madre, tengo miedo.
—¿De qué vas a tener miedo, mi plumita preciosa?
—Tengo miedo. Los judíos son mala gente. Lo dicen todos los sermones. Maltrataron y
mataron a Nuestro Señor... Tengo miedo, madre.
—Pero, Dios mío, qué cosas dices. —Doña Suchil abrazaba a su hija.— Qué cosas dices.
Esos judíos que maltrataron al Señor no eran malos porque eran judíos eran malos porque
eran malos. Y no eran cristianos. Tu abuela era una cristiana muy santa. ¿Por qué tienes
miedo? ¿De qué?
Isabel sollozaba por toda respuesta. Su madre la miraba en silencio, leyéndole el rostro.










—¡Ah! Ya sé por qué tienes tú miedo. Ya sé. Alzó los ojos llorosos Isabel.
—¿Verdad que no? ¿Que no me dejaría de querer si lo supiera?
Su madre no contestaba. Volvía la congoja a oprimirle el pecho. Su madre la miraba y
miraba, pero no decía nada. florar. Más llorar. Y luego, cuando se acaban las lágrimas,
¿qué?
—Escucha, Isabel. Te diré una cosa; pero sólo para ti. ¿No se lo dirás a nadie?
Isabel dijo “no” con la cabeza.
—Pues verás. Eso de decir y hablar mal de los judíos es cosa de gente ruin...
—Pero, madre, Rodrigo...
—Es un niño. Ya se lo quitaremos. La gente que... la gente bien nacida no habla mal de
los judíos. Muchos se casan con sus hijas, como tu abuelo. Tú no eres la única que tiene
abuela de familia judía, que ella ya te dije que era cristiana y buena como el pan. Los seño-
res más altos tienen muchas abuelas judías.
—¿El marqués?
—El marqués no. Pero... ¿sabes quién sí? Pues el virrey.
Se le abrieron los ojos azules, con una sonrisa mojada.
—¡El virrey!
—Pero acuérdate. Es mejor no hablar de esas cosas. De modo que punto en boca.
Isabel dió un salto del regazo de su madre, se puso en pie y, como para sellar el pacto, la
besó en los labios.











7

Rodrigo entró en el despacho de su padre cejijunto y receloso. Alonso Manrique le
esperaba sentado a su mesa de trabajo, mirando unas rosas que su mujer le había puesto en
un florero de cristal.
—¿Me dais licencia?
—Entra y siéntate.
Rodrigo se sentó frente a su padre, en el borde del asiento. “Se sienta como Esquivel”,
pensó su padre, y se quedó mirándolo en silencio un buen rato.
—Hace tiempo que no te veo. ¿Qué has estado haciendo?
—Nada —contestó Rodrigo sin levantar la vista.
—Algo harás todo el día de Dios. ¿Qué estudias? ¿Cómo vas de gramática?
—¿Gramática? Vuesa merced querrá decir latín.
—Quiero decir gramática, que así se llamó siempre.
—Pues el latín lo tengo abandonado.
—Muy mal hecho. ¿Y por qué?
—Porque se han llevado al fraile.
—Rodrigo, más respeto. Se dice “el padre Gaona”.
Hosco, sin levantar la vista, refunfuñó el mozo:
—Padre... No es mi padre. Y es fraile.
—Alza la cara que se te vea, y mira de frente, que es como debe mirar un hombre de
bien. Te he dicho que hables con más respeto del padre Gaona. ¿Adónde se ha ido?
—A bautizar indios, que dicen que hay tantos que bautizar que no bastan los frailes... los
padres. —Volvió







a bajar los ojos y, mirando al suelo, añadió:— Como si sirviera para algo.
Alonso le miró largamente, con el ceño fruncido.
—¡Ah! De modo que tú, que ahora tienes diecisiete años, vas a saber mejor que los
padres lo que sirve y lo que no sirve.
—Señor, yo tengo ojos para ver y oídos para oír.
—¿Y qué te dicen los ojos y los oídos?
—Que esta indiada no será cristiana nunca.
Alzó la vista, con sorpresa, mientras su padre, todavía sereno, preguntaba: —¿Cómo
estás de gramática?
—¿De latín? Mal. No me entra. Ni sé para qué me serviría.
—Para no andar por el mundo como un bruto.
—Como no he de decir misa...
—¿Qué ejercicios haces?
—Por la mañana, me enseña Antonio la lanza.
—¿Te gusta?
—No.
—Pues no hay esgrima más bella. Ya quisiera que vieses al marqués manejándola, o a
Alvarado, don Pedro, digo. Son las mejores lanzas que han pasado acá desde Castilla.
—Será muy bonito, pero ya, con los arcabuces...
—No te hagas ilusiones, muchacho. La lanza seguirá siendo el arma del caballero. El
arcabuz es bueno para el soldado. Tú, cuando empieces a servir, que será pronto... ¿Por qué
te sonríes?
—¿Yo, señor? No me...
—Pues te prevengo que tendrás que servir pronto, que aquí o en otro sitio, en el Perú, en
Guatemala, no fal-






tarán guerras. Y cuando las haya, no vas a ir tirando con arcabuz, tirando a mansalva, a
distancia del enemigo. Irás a caballo, con tu lanza, y dando el cuerpo.
—Pues los soldados que vienen de Italia, que han ser vido con el Gran Capitán, se ríen de
la lanza.
—Pues no te rías tú, que no te lo consentiré. Ya verás en las justas de esta semana...
—No voy.
—¿Cómo que no vas? ¿Qué remedio te queda?
—No, señor; no voy.
—¿Rodrigo? He dicho que vas y basta.
—Si es una orden, iré.
—Lo es. Y vas. Pero ahora dime por qué no quieres ir. Mira que será cosa muy de ver.
Cosa de maravilla.
—Me han ofendido.
—¿Quién?
—Los que mangonean todo. Los Alvarados.
—¿En qué?
—No me dejan correr ni en las justas ni en las carreras de anillos ni en nada.
Don Alonso guardó silencio.
—¿Has hecho tú algo, o dicho algo que les disgustase?
—No, señor. Pero yo ya sé por qué...
—Dímelo.
—Porque... Fernando Alvarado me lo dijo... porque parezco un indio.
Frunció el ceño don Alonso. Rodrigo insistió:
—Lo mismo que el año pasado en lo de la procesión. Y cuando...
Don Alonso alzó la mano para contener el desfile de los recuerdos.






—Yo me ocuparé del asunto.
—No, señor.
—¿Cómo? ¿Me vas tú a dictar a milo que...?
—No, señor. No quiero ir de limosna.
—No digas sandeces. Eso es cosa mía.
—Es mía, señor.
—Cuando seas hombre tendrás cosas tuyas. Eres un niño y tus cosas son mías.
—No, señor. Vuesa merced es blanco y rubio y yo soy indio.
—Rodrigo, basta ya. Volvamos a tu tiempo. ¿Qué haces por la tarde?
—Por la tarde voy con Antonio a dar un paseo a caballo.
—¿Qué caballo llevas?
---Casi siempre el Moro.
—¿Te gusta más que los otros?
---Corre más. Pero está poniéndose muy gordo.
—No lo correrás bastante.
—Más no puede ser. Y sin embargo, ya le he tenido que comprar dos veces silla más
ancha.
—¿Cómo es eso?
—Sí. Las otras se le caen cuando engorda.
—Estás tú bueno. ¿Conque vas a tener una silla a medida para cada caballo? ¿Y dices
que las compraste?
—Sí, señor. Las compré.
—¿Estás seguro que las compraste?
Rodrigo miró a su padre por vez primera.
—Sí, señor. Seguro. Las tengo abajo.
—Mira ese papel. —Y don Alonso le apuntó el recibo de Esquivel, que estaba sobre la
mesa. Rodrigo lo leyó,




lo dejó otra vez sobre la mesa y bajó los ojos.— ¿Qué haces con el oro que te doy para tus
cosas?
—No sé. Todo se va.
—Pues si no te cuidas más de tu nombre no seremos amigos. Un Manrique no debe
dinero a un Esquivel.
—Por las pupilas entreabiertas del mozo pasó un destello que el suelo se tragó, y en los
labios una sonrisa amarga que decía: “Tan judío el uno como el otro.” Alonso leyó la
sonrisa.— Tenlo muy presente, Rodrigo. Y también que un Manrique no insulta a nadie.
—¿A quién he insultado yo?
—A Esquivel.
—No, señor. Yo... es verdad que le llamé judío, pero eso no es un insulto.
—Según la intención. Y no le llamaste judío, así a secas. ¿Qué le llamaste?...
¿Rodrigo?... Estoy esperando... ¿Qué le llamaste?
—Lo que es.
—Rodrigo, no me provoques. ¿Qué le llamaste?
—Perro judío. Lo que es.
Padre e hijo se miraron en los ojos. Se miraron sin comprenderse. Don Alonso no
penetraba en los ojos negros de Rodrigo. Rodrigo no penetraba en los ojos azules de don
Alonso.
—Antes me dijiste que no habías insultado a nadie.
—A nadie.
—Y llamar a Esquivel perro judío, ¿no es insultar?
—Es decir la verdad.
—Esquivel no es ningún perro. Y tampoco es judío, que es cristiano. —El mozo volvió a
bajar los ojos.
—Cristiano y judío. Como la madre de vuesa merced.





Callaron ambos, pero Rodrigo echó a su padre una ojeada furtiva y siguió observándolo al
ver que don Alonso se había quedado absorto mirando el florero. Aquellas rosas, ¡qué
tranquilas! Viviendo, y nada más. Colores, formas y aromas, viviendo a la gloria de Dios,
oraciones de olor y de color ante un altar universal.
—Rodrigo, es menester que tengas más juicio. Un cristiano no es un judío. Judío es el
que sigue la ley de Moisés, y cristiano el que sigue la ley de Cristo.
—Pero Cara-Larga y Citlali, por ejemplo...
—Son cristianos.
—Pero son indios cristianos.
—Eso no tiene nada que ver.
—Esquivel es un judío cristiano.
—Esquivel es un español cristiano.
El mozo hizo un mohín de disgusto y aun de rebeldía.
—Pues algo habrá en ello cuando la gente le moteja de judío.
—Rodrigo, ten juicio. Un Manrique no se deja llevar de lo que dice la gente.
—Yo no soy un Manrique.
—¿Pues qué eres?
—Muchas cosas. Un Nezahualpilli soy. Y soy un Ha-Levy.
—Pues si eres un Ha-Levy, ¿por qué insultas a Esquivel?
—Le llamé perro, y perro es. Y le llamé judío, y judío es. Pero no le insulté por judío
sino por perro. Y cuando le... cuando se lo dije, yo no sabia que era un Ha-Levy. Me lo dijo
él. —Volvió a echar una ojeada furtiva a su padre, y al verle cabizbajo, añadió:— Si vuesa
merced








me lo hubiera dicho antes... Pero como lo tenía tan secreto.
La cólera iba subiendo en el pecho al parecer sereno de Alonso Manrique.
—¿Qué querías? ¿Que te contara toda tu genealogía de un golpe? ¿Te he dicho que tienes
una bisabuela árabe?
Rodrigo alzó los ojos con sorpresa espontánea y franca.
—¿Arabe?
—Hija de un gran visir de Granada.
—¡También árabe! Señor, por lo que más queráis, ¿hay más gente en mi cuerpo? ¡Ya
somos tantos! Indios, españoles, godos, judíos, y ahora árabes también. ¿Y aún quiere
vuesa merced que tenga juicio y que me gobierne?
—¿Qué estás diciendo, muchacho? ¿Qué tiene que ver que tengas estos o aquellos
abuelos para gobernarte con juicio?
Aquella voz sincera, angustiada, profunda, no hacía mella en el precoz espíritu del tantas
veces mestizo. Del trasfondo de su ánimo tornasolado le surgía en aquel instante un como
regocijo trágico, una desesperación fes tiva y hasta jocosa. Mirando a su padre por las
rendijas de sus ojos indios tornadizos y enigmáticos, continuó:
—¿Quién va a gobernar a tanta gente como vuesa merced me ha metido dentro? Cada
uno irá por su lado sin saber si encomendarse a Dios o a Jehová, a Alá o a Uitzilópochtli...
Una furia surgió de las entrañas de don Alonso y le invadió la mano, que asió el florero y
lo arrojó a la cabeza de Rodrigo. El mozo salió del salón limpiándose la sangre, mientras su
padre, con las manos en los brazos del asiento, sacudido por la furia hacía temblar la silla.











CAPITULO II


1


Alonso Manrique fué a visitar a Juan Alvarado en las casas que este capitán se había
construido en el centro del Méjico español, sobre las ruinas del Méjico azteca. Era Juan
Alvarado hombre cincuentón, alto, fornido, el pelo y la barba castaños, el habla espesa, el
labio sensual, hombre de sangre en el ojo. Se encontraron en el patio.
—Pero Juan, ¿qué es esto? Madera, cal, yeso por todas partes. ¿Cuándo terminas de
construir?
—Ya sabes que es mi locura. Cada uno la suya.
—¿Tu locura? En la conquista tu locura era otra. No había huipil seguro.
Juan se rió con risa ronca y sonora.
—Aquellos eran otros tiempos. Ahora ya va uno para viejo...
—Valiente pillo. Ya, ya sé yo cosas.
—¿Y quién no? ¿Sabes quién ha estado a yerme? Tu cuñado.
—¿Carlos? ¿Ha estado aquí?
—Ayer mismo.
—No me dijo nada.
—Se queja mucho de ti.
—Siempre.









—Claro que…hay que ver las cosas con sus ojos. Tú eres el usurpador. Verdad es que la
hermana, tu mujer, es mayor. Pero ellos también tenían la herencia por línea masculina, y el
rey, tu suegro.
—Todo eso, Juan, es historia antigua. Yo no tengo lo que tengo por haberlo heredado del
rey de Tetzcuco, sino por haberlo recibido del rey de España.
Sonrióse Juan de Alvarado, enseñando un colmillo feroz como un jabalí en la espesura de
la barba.
—Bueno. Formas, ¿eh? Tú te lo conquistaste a punta de lanza. Por algo eres el Conde de
Nezabal y no de Torremala. Ven adentro y sentémonos. ¡Julián!
Salió un negro de un rincón del patio.
—Trae de beber. Cosas frescas.
—Mira, Juan, estos príncipes indios se quejarán siempre...
—Y con razón.
—Y con razón... según. Carlos... Culebra de zarcillos, como se llamaba en sus tiempos
de pagano, no tiene por qué estar quejoso. El rey le ha dado más de la mitad de lo que tenía
su padre Nezahualpilli, y él... vamos que ya explota a sus indios.
Alvarado se puso a jugar con la cadena que llevaba al cuello.
—Pues te prevengo que quiere lo menos la mitad de los tuyos.
—¿Y para eso vino a verte?
—No. Luego te diré por qué vino a yerme. Pero, entretanto, me contó que le va a pedir al
virrey que le den los indios que tú le has robado.
Entró el negro Julián con los refrescos.









—Toma, Alonso, bebe y no te acalores.
—Es que ese lenguaje es un poco fuerte. Yo no le he robado nada a nadie. Iré a ver al
virrey. Ya le enteraré yo de cómo comercia mi cuñado con...
—Yo que tú no me metería en eso.
—¡Toma! ¿Y por qué?
—Hay que dejarles a estos caciques un poco de libertad.
—¿Libertad? ¿Para vender el trabajo de sus indios y la castidad de sus indias?
Juan de Alvarado se volvió a reír.
—Pero ¿qué eres tú, vamos a ver, conquistador o fraile? Mira que ir a perder el sueño por
la castidad de las indias. Pues no hace falta tener poco qué hacer. Alonso, fíjate bien. Si no
nos hacemos amigos de los caciques gor dos como tu cuñado, vamos a tener que conquistar
Méjico otra vez lanza en mano y palmo a palmo. ¿Sabes a qué venía tu cuñado? Pues a
quejarse de que en las justas no le hemos dado un lugar para lucirse a caballo con las armas
de Castilla.
Don Alonso se le quedó mirando.
—¿Y por qué no?
—Pues ahí voy. Porque no era prudente exponernos a una manifestación india. Si llega a
derribar al adversario, o si lo derriban a él, podría ocurrir alguna novedad de cuidado.
—¿Tanto teméis?
—Pues no sé. Pero la prudencia...
—El caso es que yo venía a verte para algo muy parecido.
—Tú dirás.









—¿Por qué no habéis dado un lugar a mi hijo Rodrigo en las justas juveniles?
—¡Ah! Eso es cosa de Fernando.
—Bueno. Pero Fernando es tu hijo, y no te guardará secretos.
—No sé, no sé. Muy secreto me tiene que está enamorado... y de tu hija.
—Cosas de chicos. Pero no cambies la conversación.
—Te digo que no sé.
—Te repito que no te creo.
Alvarado se sonrojó y los ojos le chispearon. Tragó saliva, meditó.
—Pues mira, Alonso, te lo diré francamente. Los muchachos pensaron que había que
limitarse a la gente de la capital; y como tu chico es de Tetzcuco.
—Fué eso lo que le contaste a Carlos, ¿no?
—Hombre, sí. Pero, en su caso, no le dije la verdad.
—Pues en el de Rodrigo tampoco la dices.
Se levantó de su asiento Juan, se bebió el vaso de naranjada, y respiró fuerte.
—Alonso, no puedo hablar si no me prometes la mayor discreción.
—Bien está.
—Es orden del virrey. Para los dos. Para don Carlos, tu cuñado, porque es indio. Y para
tu hijo Rodrigo porque lo parece.
—Pero Juan...
—El virrey está muy preocupado. Cree que estamos muy cerca de un alzamiento de
indios; y está resuelto a evitarlo si puede. Ya te he dado un perfil de su política. Amistad
con los caciques; nada de ocasiones para que se









alborote la indiada. Discreción. Por eso no correrá tu chico; ni tu cuñado. Además, va a
aplazar las fiestas unos días. Algo debe de haber sabido. Los pregones saldrán esta tarde. . .
En cambio, si tu cuñado se va al virrey a pedirle tus indios… no sé, no se...
Y Juan de Alvarado meneó la cabeza con gesto nada prometedor.

2

¡Señor, Señor, qué hermosa hiciste la noche! Con tantos ojos de luz que le diste para que
nos mirara. Y qué mirarán... ¡Qué hermosura... La nieve del Pococatepetl, tan linda y
blanca; y el agua de la laguna, tan quieta... Que no me miren... Que no me miren a mí. No.
Yo no soy como la nieve, ni la laguna... Yo soy fea... Sí, lo sé... es verdad.., no quiero
serlo.., no quiero creer que lo soy... Lo veo en las miradas de los hombres que pasan sobre
mí, como si mi rostro hediese a sus ojos, para irse a recrear en los rostros
hermosos…Isabel, Isabel Nezabal... qué suerte tienes.., yo aquí en la noche... ahí van las
tres en la campana de la Catedral.., yo aquí en la noche, devanando la madeja de mis penas
porque Dios me negó lo que da a la margarita más humilde de los campos como aquella
marga rita que yo le di un día a Rodrigo Manrique para que me quisiera... no, no, es mucho
pedir... para que me mirara nada más y de qué sirve Señor si cuanto más me miran más se
les aleja de mí el deseo, que soy fea sin poderlo remediar y me quedaré para vestir
imágenes a pesar de ser la hija de don Juan de Alvarado, una de











las mayores fortunas de Nueva España con más de diez mil indios nada más que aquí cerca
sin contar los de Zacatecas y las joyas que mí madre tiene y la esmeralda grande y el collar
mío que me regaló el marqués que lo que es mi madre no me regalaría nada que es una
egoísta feroz y ni un poquitín de su hermosura me ha dado a mí que toda se la dió a
Fernando su hijo favorito y a mí ni yerme puede que la avergüenzo en las fiestas por mi
fealdad y ella se cree que yo no sé que soy fea porque no quiero que lo sepa porque en vez
de compadecerme y quererme más se gozaría en mi pena y se refría de mí y mi padre no me
sirve que no sabe que soy fea porque me parezco a él y él se cree hermoso y lo es que una
cara de hombre que está bien en un hombre no está bien en una mujer aunque yo no tengo
cara de hombre pero sí los rasgos de mi padre y si la gente supiera que no soy dura y ruda
como él sino tierna y blanda y amante como mujer que soy que si no no estaría llorando
lágrimas de pena y de vergüenza como ahora que me caen rodando por el pecho y entre los
senos que nadie acariciará jamás y eso que son tan hermosos y jóvenes… dieciocho años…
y nadie se fija en eso, que la cara puede ser fea y el cuerpo hermoso y yo tengo el cuerpo
tan bonito tan bonito que es una lástima que por tener la cara así se vaya a quedar yermo
toda la vida... Ya se han casado todas las de diecisiete y hasta María Rangel que no llega,
que ni dieciséis tiene, y aquí estoy yo, despierta de noche y oyendo al oactli en la laguna...
¿por qué no dormirá? Ay si pudiera dormir para que se me olvidara esta pena... Rodrigo...
¿dónde estás? ¿Por qué no me quieres tú con esa cara de indio que tienes que no te mira
nadie y











te pasa lo que a mí que te resbalan las miradas para no verte y si me quisieras yo te querría
y descubriría en ti lo hermoso que eres que la gente no lo sabe porque no se para a mirarte y
tú gozarías de todas mis hermosuras que nadie ha visto y podrías pasear tus manos así y así
ver que soy hermosa y... ay Rodrigo cuánto, cuánto te querría y te abrazaría así. . . Las
cuatro. . . las cuatro ya. . . Cuántos se estarán gozando ahora, ahora mismo, en el lecho de la
noche que ni las estrellas veny sin miradas de nadie, cuántos... Las cuatro... Los cascos del
caballo de don Bernardino que vuelve a casa de la de su mulata… Qué hermosa es la
mulata... Cuando anda baila; cuando habla, canta; cuando mira, alumbra... Y qué labios,
Señor, y qué pecho y qué caderas... Si yo fuera así no estaría despierta ahora y llorando en
la oscuridad. . . El portalón... Vuelve mi padre... Dios sabe de qué mujer... que el hombre y
el oso cuanto más feo…y él tiene todas las que quiere y eso que mi madre hermosa es... oh
qué misterio…si valdrá más ser fea... el borriquillo de las verduras con sus pies
chiquitines…Pronto amanecerá y no he dormido nada... ¿Por qué habrán aplazado las
fiestas? Iba yo a estar sentada al lado de Rodrigo. .. No le dejan salir a caballo a la plaza...
Cosas de mi hermanito... Dios sabe qué ojeriza le tendrá... Pero yo le consolaré... Rodrigo...
Ay, si estuvieras aquí ahora, cómo te consolaría y te cubriría de besos. Las estrellas
palidecen. La mañana... Pronto comienza otro día… como ayer…como anteayer... Pena,
pena, pena. Paz.
















3


Don Carlos “Culebra de Zarcillos”, Cuanacoch, hijo de Nezahualpilli, medio hermano de
Suchil, la madre de Rodrigo, vivía a lo azteca en una casa española como Alonso Manrique
vivía a la española en una casa azteca. Al apoderarse del valle, Cortés le había construido
en los altos que dominaban Tetzcuco una mansión de estilo castellano digna de un príncipe.
No había cumplido los cuarenta. Era de buena presencia y casi blanco de color. Sentado en
un icpalli de junco cubierto de cuero de tigre, el cuerpo escultural medio vestido con una
manta de algodón blanco prendida sobre el hombro derecho con un broche de oro, don
Carlos recibió a Issil con altivez. Issil, no obstante, entró sin humildad alguna. Tres altos
ventanales iluminaban la escena.
—Señor, me has llamado y aquí estoy.
—Necesito cuatrocientos hombres.
—Muchos me parecen.
¿Cómo?
—No estamos en los tiempos de nuestra libertad. Sacrificar cuatrocientos hombres a los
dioses.
—¿Quién piensa en eso? —Luego, con una sonrisa fría, casi siniestra:— Según qué
dioses, y según qué sacrificio. No necesito cuatrocientos esclavos para ofrecer cuatro-
cientos corazones a Uitzilópochtli; necesito ochocientos brazos y cuatrocientas espaldas
para ofrecerlos a don Juan de Alvarado, que es una especie de Uitzilópochtli español.
Frunció el ceño Issil.









—Señor, esa irreverencia la has heredado de tu padre Nezahualpilli, que era un
incrédulo. Y así le fué.
—No te ofendas. Me olvidé de que eres el Sumo Sacerdote de nuestro dios. Él te lo
pagará. Alvarado se está haciendo una casa. Ya van tres. Y quiere trabajadores.
—¿Los paga?
—Ni los paga ni los alimenta.
—Pues, señor, no hay que dárselos. El rey de España lo ha prohibido, y el obispo, que es
“protector de los indios” y toma en serio su título, se quejará al virrey.
Don Carlos echó mano de un tabaco y lo encendió con yesca y pedernal.
—Issil, déjate de reyes, y de obispos y de virreyes. Esta gente ha sido mía antes que
vinieran los españoles, y lo sigue siendo. Yo le he prometido a don Juan de Alvarado
cuatrocientos hombres para sus casas; y tú me los traerás porque te lo mando. Y hemos
terminado.
—Bien, señor.
—¿Has traído las mozas?
—Ahí en el patio están.
—Que pasen una a una.
Issil salió y volvió al instante con una india de unos quince años.
—Quítale el huipil, que la veamos.
Cuanacoch la miró a su gusto. Era un hermoso cuerpo aldeano.
—Bien. Para mí.
Así fueron pasando mozas y más mozas.
—¿De dónde es ésta? Parece más blanca. ¿De dónde eres? —La moza no respondió.
—Señor, las demás las compré a saco de maíz por







pieza. Ésta hubo que robarla. El padre la defendió arma en mano.
—¿Ah? ¿Y qué pasó?
—Pues que nuestros hombres se echaron encima y lo tenemos preso.
—Podrás ofrecerlo a la Diosa de la Sal.
—Eso pensaba.
—Esta moza es muy cabal. Se la daremos a don Juan.
—No, señor.
—¿Cómo te atreves. .
—Señor, yo no me atrevo a nada. Pero tuve un sueño y lo estudié después con la ciencia
de los astros. Esta niña... Ven por aquí, Papálotl... Ponte allí junto a tus compañeras.
—¿Por qué te la llevas tan lejos?
—Señor, luego puede volver. No debe oír los secretos de los dioses. Esta niña...
Uitzilópochtli me lo ordena... será la mujer de tu sobrino.
—¿Rodrigo?
—Nezahual. Así lo bautizaré. Es ya nuestro.
—¿Seguro?
—Tan seguro que ya lo llevaría a los sacrificios del mes que viene, si no fuera que hay
que prepararle el ánimo.
—Mira que corremos peligro. Nos ahorcan si se le va la lengua.
—No haya temor. Los dioses están en ello. Me han dicho... muchas cosas.
—Dime algunas.
—No puedo todavía. En cuanto suelten mis labios los dioses las sabrás.









—Pero ese casorio. . . Mira Issil, a Rodrigo. . . ¿qué años tiene?
—Diecisiete.
—¿Es robusto?
—Como un tronco de árbol.
—Pues organízale una buena fiesta en honor de la Diosa Carnal. Jóvenes todos. Licencia
plena. Eso es lo que necesita. No menees la cabeza, que tú no entiendes de eso. Y yo sí.
—Error. Estás ciego, Cuanacoch. Yo conozco a Neza hual. La sangre cristiana que tiene...
Cuanacoch solió la carcajada.
—¡Ah, sangre cristiana! ¡Si la vieras hervir como yo la he visto! Pregúntale a don Juan
de Alvarado qué hace con la sangre cristiana cuando le doy una niña tenochca de quince a
veinte. ¡Ah, la sangre cristiana! Nada, Issil. La fiesta a la Diosa Carnal…¿qué pasa? No me
vas a sacar ahora otro sueño... ¿No? Pues anda, organízalo...
—Lo haré, pero yerras.
—Ya veremos. ¿Qué nuevas tienes del campo?
—Los frailes hacen camino. Muchos se bautizan. Miles. Pero el culto sigue. El día es
para los cristianos. La noche, para nosotros.
—¿Resistencia armada?
—Es pronto, señor. Lo menos nos faltan dos años.
—¿Tienes bastantes esclavos para los sacrificios?
—Tengo para tres meses.
—¿Cuándo vas a bautizar y casar a Rodrigo?
—Dentro de diez días.
—¿Y ha de ser con esa...? ¿Cómo la llamas?
—Papálotl.







—¿Ha de ser con ella?
—Con ella ha de ser.
—A ver, tráela acá otra vez. . . Es muy cabal. Muy cabal. Será mejor que le pongas el
huipil... Bien. Te la doy para él. Pero déjamela una noche.
—Señor, el dios habló muy claro. No puedo faltar a sus órdenes.
Cuanacoch tiró del tabaco varias veces.
—Bueno. Pero llévasela a la fiesta, que la conozca allí.
Quedamos en que le mandas cuatrocientos hombres a don
Juan Alvarado. Tienen que empezar a trabajar mañana.
Esas muchachas. . . ¿cuántas son?
—Catorce.
—Déjame doce a mí. Dos de las mejores se las mandas también a Alvarado.
—Bien, señor.

4

—¿Adónde vas, Rodrigo, tan de mañana?
—¿Y no lo ves, Isabelita?
—No. Desde aquí arriba, no lo veo... ¡Ah! El rosario... ¿Y ese libro?... ¿Un
devocionario? ¡Qué temprano y tan santo ya!
—Ya sabes que no me gusta la gente. Quiero rezar solo
—¿Pero qué prisa tienes? Espera y bajo para ir contigo.
—No, que ya sé lo que tardas en componerte. El mozo salió corriendo como alma que
lleva el diablo, y corriendo aún subió la cuesta que llevaba a la iglesia nueva, por entre
casas suntuosas de conquistadores a un






lado y los jardines de Nezahualpilli (ahora de su padre) por el otro. El sol le daba en la
espalda y hacía correr delante de él su propia sombra.
Ya en la iglesia, desierta todavía, Rodrigo entró en la sacristía, donde le esperaba el
sacristán.
—Issil.
—Llámame Lorenzo. Es más prudente.
—¿Vamos?
—Vamos. Aguarda que encienda una cera. Ten cuidado. Estos escalones son muy
traicioneros. Cuéntalos. Siete. Ocho. Nueve. Ya no hay más. Agáchate. ¿Dónde andará el
cirio? Ah, aquí está. Fiat Lux.
—Qué envidia te tengo, Issil. A mí el latín no me entra. En cambio, el nahoa si.
—Es la sangre que tira. Tú te llamarás Manrique, pero eres Nezahual puro. Anda. No
perdamos tiempo. Siéntate frente a mí. A la lección. La memoria es el mejor libro del
hombre. Los libros de agave mienten y nos traicionan. La memoria es fiel. Fiel como
nosotros. Di primero los mandamientos para ti.
—Primero: hablar bien el nahoa. Segundo: ocultar que lo sabe. Tercero: servir la causa
azteca. Cuarto: ayudar al servicio de los dioses. Quinto: dar la vida.
—Bien. Ahora mis mandamientos. Dílos tú.
—Primero: enseñarme el culto. Segundo: elevarme por las gradas del saber secreto hasta
lo alto del teocalli. Tercero: prepararme para el día. Cuarto: vigilarme. Quinto: quitarme la
vida si flaqueo.
—Bien. Ahora me vas a recitar el Canto de la Diosa de la Tierra.
—Quavi, quavi, quilaztla coaeztica.








—No. No con ese acento como un niño que recita el Musa musae para un fraile. Con voz
de hombre hecho. Voz de méxica.
Con voz fuerte y viril, Rodrigo recitó entonces en nahoa el Canto Sagrado.

—El águila, el águila, Quilaztli,
Está pintada con sangre de serpiente,
Plumas de águila forman su corona.
La mujer del águila está pintada
con sangre de serpiente.
Las plumas del águila forman su corona.

El maíz está en el campo del dios.
En el báculo de sonaja se apoya ella.
La espina de maguey,
La espina de maguey,
Descansa en mi mano.
En el campo del dios,
En el báculo de sonaja se apoya ella.

La espina de maguey está en mi mano.
Con mi tabla de sonaja siembro yo.
Con ella cavo la tierra.

Trece-águilas, nuestra madre,
La diosa de los chalmeca,
Dame el dardo hecho de espinas
Dame la insignia sagrada.

Nuestra madre la guerrera,
Nuestra madre la guerrera,
El ciervo de Coluacán,
Plumas tiene que son de ella.


La guerrera, vuestra madre,
En Coluacán, que es mi tierra,
Regala las plumas de águila
Para hacer hombres de guerra.

Raya el alba. Ordende guerra.
Raya el alba. Orden de guerra.
Que haya muchos arrastrados.
El ciervo de Coluacán
Plumas tiene que son de ella.
Que haya muchos prisioneros
Que se quede desolada
La tierra.
Yo regalo plumas de águila
Para hacer hombres de guerra.

—Ya ves que en nuestros cantos le damos el primer lugar a la guerra. En los tiempos de
nuestra libertad había un misterio en esto. Un día lo sabrás. Hoy la guerra es necesaria para
en su día libertar al pueblo de tu madre del pueblo de tu padre. . . Te centellean los ojos. . .
Así te quiero ver. Ha llegado la hora de que entres en nuestro culto. Te vamos a bautizar. Y
después te haremos una fiesta en honor de Tlaculteutl, la Diosa Carnal…
Rodrigo abría los ojos con una curiosidad infantil.
—¿Has tenido unión carnal con mujer alguna?
—No.
—Mejor. Nosotros creemos que un hombre no llega a completa unión con su pueblo
hasta que ha desflorado a una virgen de su pueblo. Te daremos una virgen. Será tu
revelación como méxica, tu unión para siempre con el pueblo méxica. Pero esta unión no la
harás solo, sino

en compañía de muchos jóvenes de tu edad, hombres y hembras.
Sintió el mozo que se le caían las alas del corazón.
—Pero...
—No interrumpas.
—Es que es muy...
—¿Qué pasa?
—Eso que dices de... de la compañía...
—¿De qué estás hablando, muchacho? Yo no te he mentado compañía alguna.
—¡Ah!, creí que... ¿No dijiste que cuando me... cuando me uniera a mi mujer habría
otros?...
—Pues claro que habrá otros. Será una fiesta en honor de Tlaculteutl, y no vas a celebrar
tú solo. Celebrarán todos los jóvenes de tu edad con sus mujeres nuevas... ¿Qué tienes?
¿Por qué me miras así? Si quieres ser de los nuestros tendrás que tomar nuestras
costumbres. Tu mujer no es sólo tu hembra para tu placer secreto, como entre los cristianos.
Es tu pueblo encarnado en ella. La conocerás en común, con tu pueblo por testigo.
—Bien, Issil.
—Y acuérdate. Todo esto habrá de quedar secreto como todo lo que hablamos. Repite el
juramento.
Rodrigo se puso en pie:
—Juro por el sol y por la tierra guardar secreto lo que vea y haga, y en fe de ello como
esta tierra. —Tocó el suelo con un dedo y se lo metió en la boca.— Issil, pero ¿y los
sacrificios?
—Hoy ya no se hacen sacrificios. Desmayó Rodrigo.
—¿Que no?







Sin convicción, repitió Issil:
—Hoy ya no se hacensacrificios. Hay... cosas que sabrás cuando estés más adelantado.
—¡Issil, Issil!. . . No tienes confianza en mí.
—Sí tengo. Pero...
—Dímelo todo, que soy fiel.
—Hoy no puede ser. Cuando te hayas bautizado y casado. Te llamaremos Nezahual
como tu abuelo Nezahualpilli y tu bisabuelo Nezahualcoyotl. Y te casaremos...
—¿Y cuándo?
—Ya te avisaré. Ahora quiero que te aprendas de me moria estas instrucciones: “Del alto
del Cu antiguo ciento cuarenta y cuatro pasos al Oeste; de allí, doscientos cuatro pasos al
Sur; de allí, cuatrocientos pasos al Oeste.” Repite.
El mozo repitió.
—Bien. Cuando yo te diga “Vé”, allí es donde hay que ir. Vámonos, que es tarde y
podría venir gente a la iglesia. Apaga el cirio. Dame la mano. Por aquí. Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis.., ya clarea la puerta. Sal tú solo y véte.


5

Sobre un soberbio alazán, don Carlos “Culebra de Zarcillos” cabalga por las calles de
Méjico, precedido de su portaestandarte a caballo y seguido de una escolta de doce jinetes.
Todos indios puros; todos espléndidamente ataviados a la española. Por donde pasan
hienden una multitud indo-española. Vertiente india: destellos som-








bríos de odio con desprecio; vertiente española: sonrisas de soma, y aun gestos de
admiración. Son las once de la mañana. El sol alumbra y crea todo el cuadro con su divina
luz imparcial. Sigue la comitiva en diagonal hasta la gran arcada-porral del palacio del
virrey. La guardia—casco y lanza, uniforme rojo y amarillo— hace al príncipe de Tetzcuco
los honores militares. Un gentilhombre de la cámara acompaña a don Carlos escalera arriba
y abre con gesto noble la cámara donde aguarda don Antonio de Mendoza, primer virrey de
Nueva España.
Era don Antonio hombre grave pero no triste, de rostro cetrino, pelo entrecano, nariz
grande caída sobre el labio, boca hendida y un si es o no es amarga, mirada pene trante pero
sin brillantez. La voz algo cascada.
—Señor don Carlos, muy grata visita es ésta.
—Para mí, Excelencia. Siempre me es grato veros. Pero no vengo más veces por el qué
dirán.
---¿Qué dirán? Dejad que digan, Don Carlos. Sentaos. ¿Y qué van a decir?
—Que busco favor. Cuando lo que busco es justicia.
—¿Tan mal os tratamos?
En el cobre del rostro brilló la obsidiana de los ojos.
—Dios Nuestro Señor no lo quiera. No. Vuestra Excelencia sabe que yo no soy de los
que se quejan de los españoles. Aunque el marqués... En fin, ya el señor virrey sabe lo que
pienso de cómo se hicieron las par tijas de la herencia de mi padre el rey Nezahualpilli. Las
casas bajas, las mejores, se las llevó mi hermana, es decir, Alonso Manrique. Bien. Pase.
—Pero las casas altas...
—Según. Las casas altas viejas, que eran de mi abuelo








Nezahualcoyotl, también se las llevó Manrique. Las que yo tengo me las hizo el marqués.
—Hermosas son.
—No lo niego. Pero lo son más las antiguas.
—Lo mejor es enemigo de lo bueno, don Carlos.
El virrey sonreía enseñando el hueco negro de un diente ausente entre dos dientes
amarillos.
—Señor virrey, no quiero más enemigos. Quiero amigos.
—Como yo. —Volvió a sonreír el virrey.
—Es honor que me hacéis y que no olvidaré. Puesto que me lo permitís, diré que como
amigo venía por un asunto... ¿No os ha hablado Alvarado?
—¿Cuál de ellos? ¡Hay tantos!
—Don Juan.
—Pues no, no recuerdo. Ah sí, me parece que me dijo algo... Bueno será que me lo
recordéis.
—El caso es, señor virrey, que mi cuñado Alonso Manrique se ha quedado con cerca de
diez mil indios que me pertenecen.
—Hubo como una sombra en el entrecejo del virrey.
—Bueno, don Carlos. Ya sé lo que queréis decir, y no os lo tomo a mal. Pero los indios
pertenecen a Nuestro Señor, porque son libres, y luego, como vasallos, pero libres, a la
Corona.
A Cuanacoch le centellearon los ojos; los labios se le entreabrieron y en la hendidura
estrecha le brillaron los dientes. Todo lo observó el virrey.
—La Corona. . . Sí, señor virrey. Nadie discute eso; y el señor virrey sabe que yo soy el
hombre más adicto a la Corona en todo Méj... en toda Nueva España.







Pero esos diez mil indios eran de mi padre. No eran libres. Eran de mi familia.
—De acuerdo. Pero al llegar los españoles, a todos los hicieron libres.
—Entonces, ¿los que se reparten?
—Servidores sí; esclavos no.
—Pero los que se le dieron a Alonso Manrique, al crear el condado de Nezabal.
—Fueron en repartimiento, como servidores.
—¿Y por qué a él y no a mí?
—Por gracia real, don Carlos.
—Señor virrey, lo concedo. Por gracia real. Pero si mi hermana y yo teníamos igual
derecho...
—¿Derecho? —preguntó el virrey con una ceja más alta que la otra.
—A la herencia de nuestro padre...
Con los ojos graves pero paternales el virrey miró largamente a su visitante.
—Señor don Carlos, si os aferráis a vuestro derecho no sacaréis nada. Todo lo que el
conde tiene en Tetzcuco lo tiene por gracia real. Si me dijerais que pudo ha berse concedido
la gracia real con más miramiento para tal o cual cosa o persona, quizá podríamos
entendernos.
El virrey jugaba con la venera de diamantes que le colgaba sobre el pecho, único
ornamento de su austera vestimenta. Cuanacoch meditaba.
—Con tal de que nos entendamos, señor...
—Bien, don Carlos. Yo os prometo estudiar la cosa con la mayor amistad. Pero en
cambio...
—El señor virrey habla mucho con los ojos, pero no me dice palabra.









—Bien está si comprendáis la mirada. Sois de bastante edad para el juicio; pero bastante
joven para la lección... Sobre todo de un viejo como yo.
---Que mi vejez sea como la de Vuestra Excelencia. Es lo que le pido a Dios.
Suspiró don Antonio.
—Señor don Carlos, un consejo de amigo. Ya sabéis que entre cristianos tenemos mucho
respeto a la mujer. Recordadlo, recordadlo... ¡No! No os defendáis... Si os defendéis os
acusáis, y yo no soy confesor. No os defendáis. Y decidme, ¿cómo está la gente? ¿Hay tran-
quilidad, inquietud?
—Hay de todo, señor virrey.
—¿Idolatrías? Me dicen los frailes que hay bastante idolatría secreta.
—Es natural, señor. Hace apenas veinte años esta tierra no tenía ni noticia del Santo
Evangelio. La gente sencilla.
—Sí, ¿pero los principales?
—Los principales, señor, son todos cristianos fieles y velan por nuestra santa religión.
—Pues me dicen que hay cosas, en fin, inquietud...
—Nada que pueda preocuparos. Mientras tengáis a vuestro lado a los que antaño
mandábamos, todo irá suave. Pero os aseguro, señor, que en lo de las mujeres…
—Ni una palabra. Ni una palabra. Adiós, don Carlos, y volved pronto, que siempre os
veo con placer.
















6

Iba Rodrigo a su lección de costumbre con Issil cuando ya cerca de la iglesia le pasó en
la calle un desconocido. Era un joven indio de buena figura. Se le acercó con gran
comedimiento, y en lengua nahoa le dijo:
—Issil dice “Vé”.
Luego, sin esperar respuesta, se alejó a buen paso.
Rodrigo recordó sus instrucciones y subió al alto del antiguo Cu. Los españoles habían
evitado construir sobre las cercanías de aquel templo, quizá por respeto a los manes de los
indios allí sacrificados antes de su venida; quizá por temor a sus ánimas en pena; de modo
que en su ascensión por aquel sendero de piedra viva bordeado de tunas silvestres, Rodrigo
no se topaba más que con naturales que le miraban, ya con sorpresa, ya con satis facción, ya,
y eran los más, con la impasividad habitual en su estirpe.
Llegado a la cumbre, por el lado norte del templo, que era una pirámide cuadrada,
Rodrigo la rodeó buscando el lado oeste, y se paró en el eje de aquel lado. Tenía delante
una planicie que había sido sin duda barrio importante de la ciudad antigua, pero que no era
ya más que un tablero de cascote. Con arreglo a sus instrucciones, echó a andar con la
espalda al Cu hasta contar ciento cuarenta y cuatro pasos; y ya cumplidos, se paró y giró
hacia el mediodía. La vista era idéntica. Echó a andar, y contó doscientos pasos hacia el sur.
Volvió a pararse. Giró a occidente, y se dispuso a andar la última etapa










de sus instrucciones: cuatrocientos pasos. Iba cambiando el paisaje. Habían terminado las
ruinas de la antigua ciudad, y se iban apoderando del terreno las tunas silvestres que
parecían brotar de entre pedruscos, aunque en realidad hundían la raíz en el suelo ocre y
seco pero fecundo que a los pedruscos servía de lecho. A lo lejos una cortina de arboleda de
un verde oscuro parecía como barrera del mundo, pues no se le veía más allá. Rodrigo llegó
a la barrera oscura justo cuando daba el paso cuatrocientos. “Qué casualidad”, pensó. Quiso
ver lo que había más allá, pero no logró penetrar el espesor de la fronda. Bajar no podía;
porque aquella fronda brotaba del borde de una pared ciclópea a pico. No había nadie.
Rodrigo se sentó con la espalda apoyada en un tronco de pino-ocote y se dispuso a esperar,
contemplando el paisaje rojiblanco que había recorrido, dominado por la mole gris del Cu
Mayor.
Súbitamente dos brazos le sujetaron los hombros contra el pino y se encontró en
completa oscuridad. ¿Cómo le habían tapado los ojos? Tan rápido fué que ni darse cuenta
pudo.
—Nezahual, levántate y vamos.
—Issil. Te conozco por la voz.
Se puso en pie. Issil le tomó una mano; otro le tomó la otra. Comenzó la bajada. ¿Cómo y
por dónde? No lo sabía. Pero los movimientos, las precauciones, las instrucciones de sus
compañeros, y el esfuerzo que tenía que hacer con piernas ytorso, lo decían bien claro.
¡Qué calor! Y no era sólo cosa del esfuerzo muscular. Era como bajar a otro clima.
Vegetación. Roce con hojas, ramas, palmas. Sol fuerte que quemaba el rostro y delicia de
los









trozos de sombra. Así fué bajando Rodrigo mucho tiempo. ¿Cuánto? Le parecía que una
hora lo menos. Pero lo mismo podían ser dos que tres. En estos cálculos ociosos iba
distrayendo el ánimo cuando Issil le dijo: “Ya llegamos.” Y al instante volvió a la luz.
¡Pero qué luz! Ardían unas teas de ocote en los cuatro rincones y otras dos en el centro de
cada lado de aquel inmenso cuadrilátero, y la luz de las llamas vibraba sobre las cuatro
paredes del antro, que parecían animarse y vivir con centenares y millares de presencias.
Sombras y luces pasaban y volvían a pasar como oriflamas trans lúcidos, ya rojo-ocre, ya
gris-negro, sobre aquellos muros de ringleras de rostros de ojos negros inmensos, dientes en
dentera perpetua, narices romas cortadas a ras de los dos agujeros; y al temblor de los
reflejos todas aquellas calaveras vacilaban, hacían gestos, retornaban en fugaces ins tantes
engañadores al sí y no y qué sé yo de la vida para volver a recaer en la perfecta inmóvil
indiferencia de lo que eran, materia en que la vida, al huir, había dejado el sello de su
forma.
Mientras Rodrigo miraba atónito aquella cueva inmensa que miles de calaveras
decoraban, sus ojos se iban acostumbrando a la semiluz semioscuridad de la escena. En las
paredes largas, a igual distancia de los testeros, creyó observar un diseño, como si las
calaveras del muro, aun situadas en ringleras, dibujasen en relieve alguna figura. Poco a
poco la iba reconstituyendo. ¿No era como una silueta gigantesca de hombre? Y enfrente,
¿de mujer? Todavía dudaba cuando echó de ver que del centro de la primera silueta, del
encuentro de sus dos piernas, salía y avanzaba sobre el espacio de la cueva, a gran












altura, un gran barrote, un inmenso brazo horizontal, hecho también de calaveras, pero de
niños. Rodrigo contempló largamente aquel artefacto que avanzaba a me dia altura: ¿qué
será?, se preguntaba; y cuando comenzaba a darse cuenta de que era un falo colosal,
observó que frente por frente la silueta femenina hacía vis-a-vis a la primera y dibujaba un
sexo femenino por la mera sustitución de calaveras de niños a las de adultos entre las ingles
de la figura. Nadie parecía ocuparse de él mientras iba haciendo estos descubr4nientos.
Pero cuando comenzaba a invadir su cierta repugnancia oscura, como bruma del alma que
le velaba la percepción, volvió a surgir del vacío la voz de Issil.
—Nezahual, despierta. Ha llegado la hora de tu bautizo y de tu boda.
Rodrigo volvió en sí no sin sobresalto.
—¿Mi bautizo también?
—Todo es uno para un adulto como tú. Al recién nacido se le bautiza con agua. Al varón
hecho, con sangre.
Rodrigo se estremeció.
—Con sangre de mujer —terminó Issil.
Rodrigo le escrutó el rostro, que seguía grave.
—Desnúdate... Sí. Los zapatos, todo... Ponte este pañete. Ahora aguardas aquí, y cuando
hayan pasado todos tus compañeros, pasas el último de la cadena, y haces lo que ellos.
Aquella voz de autoridad en Issil, Rodrigo no la había oído todavía. Sonó un redoble.
Rodrigo reconoció el teponaztli, el tambor de madera de los méxica, de tonos roncos y
varoniles; y tras el redoble una como marcha que el teponaztli siguió ritmando durante toda
la ceremonia.









Iba entrando en la vasta sala una cadena de mancebos desnudos, salvo el maxtlatl o
pañete, que era blanco. Cada uno llevaba la mano izquierda posada en el hombro derecho
del que le precedía. Al ritmo del teponaztli iban cantando:
Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.
Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.
Clavarte he...

Apenas habían entrado un par de docenas de mozos, y mientras el canto y el redoblar del
teponaztli continuaba, comenzó a entrar por el otro extremo de la sala la cadena de las
doncellas, todas de huipil blanco, unidas mano en hombro en igual forma que los
mancebos, y acompañadas por el huehuetl o tambor tiple, también de madera. El ritmo era
el mismo, y el canto correspondía:

Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva.
Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva.
Clavarme has...

Así fueron mezclando sus dos cantos mientras entraban; pero cuando se encontraron
frente a frente, en dos filas paralelas dominadas por las inmensas siluetas de las paredes de
cráneos, se separaron las voces, intercalándose el canto macho y el canto hembra para
decir:

Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.



Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva,
mientras se unían otra vez al final de cada estrofa, cantando:
Si me acerco te toco.
Si te acercas me tocas.
El canto, que había empezado con relativa lentitud, se iba acelerando a medida que el
verso unísono iba haciéndose más apremiante, y las líneas parejas de hasta un centenar de
cuerpos cada una avanzaban y retrocedían en movimiento monótono pero acelerado:
Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.
Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva.
Si me acerco te araño.
Si te acercas me arañas.

Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.
Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva.
Si me acerco te beso.
Si te acercas me besas. Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.
Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva.







Si me acerco te muerdo.
Si te acercas me muerdes.
Clavarte he la aguja de maguey,
Mango dulce.
Clavarme has la aguja de maguey,
Sangre nueva,
Si me acerco te como.
Si te acercas me comes.
Al cantar este paso, muy cercanas las parejas, cada mancebo le arrancó el huipil a su
doncella y cada doncella le arrancó el pañete a su mancebo. Seguía el baile en plena
desnudez, cada vez más dominado por el sexo.
Rodrigo había entrado en el baile al final y se encontraba frente a Mariposa (Papalotl),
que veía por vez primera. El ritmo de los dos tambores, el canto, el baile, las luces
temblorosas que pasaban como manos impávidas y transparentes sobre las calaveras, aquel
cuerpo de mujer que se le ofrecía, todo el torrente de impresiones que le invadía por los
cinco sentidos le tenía acongojado. En su ser se daba como una disociación. El cuerpo cedía
al poder del sexo y avanzaba hacia la carne. El espíritu se encogía en congoja de muerte.
Arrancó el huipil como los demás y se dejó desnudar el sexo, y ya en el ápice de su
exasperación, y con el alma colgada de aquellos cráneos muertos, se abalanzó como una
fiera en celo sobre la carne de su hembra y la forzó.
Toda la hilera de muchachos había seguido su ejemplo, pero ¿se daba é1 cuenta? Cuando
la furia se le descargó en placer, se quedó como atontado con aquel cuerpo extraño entre los
brazos, aquel cuerpo de la que iba a ser








su mujer. Ni mirarla quería. Pero no podía no verla, y ¡cómo le disgustaba el olor!... El
teponaztli y el huehuetl no habían cesado un momento de redoblar su diálogo, y en la sala
cuajada de parejas la paz del deseo satisfecho comenzaba a esfumarse a medida que se
rehacían las fuerzas viriles. Había llegado el momento de la promiscuidad. Mozos y mozas
se enlazaban al azar de la proximidad, del capricho, del juego; redoblaban su incitación al
baile sexual el huehuetl y el teponaztli; se formaban parejas para bailar que terminaban en
pugilatos lúbricos, ya caídos entre otros cuerpos, ya de pie y en plena agitación rítmica a
tono con los tambores. Todo lo contemplaban las calaveras con sus ojos como lagunas
negras, sus dientes en dentera. Poco a poco los delirios individuales se fueron sumergiendo
en una serie de espasmos comunes a todos y a todas. Pasaban por aquel mar humano como
olas de pasión que lo sacudían en paroxismos sexuales dejándolo pasivo, exhausto, muerto
hasta que otra ola venía a levantarlo de su estupor. Al extremo donde medio muerto medio
triste yacía Rodrigo, una de estas olas de paroxismo lanzó a un joven atleta en plena tensión
de deseo a intentar apoderarse de Mariposa. Irguióse en el mestizo toda la sangre
fieramente individual del español, se puso en pie de un salto felino y le echó las garras al
cuello al agresor. Mas cuando iba a dar el apretón mortal, Rodrigo sintió un pinchazo en el
costado —nada más que un pinchazo— y toda aquella escena se apagó.

















7


—Ya te lo había dicho, Cuanacoch. No quisiste seguir mi consejo. Debimos haberle
casado a lo corriente, él solo con Papalotl; y no en una orgía a Tlaculteutl. La sangre
cristiana se le soliviantó.
Don Carlos se sonreía con soma.
—¡Cristiana! ¡Cristiana! A cualquier cosa llaman cristiana los sacristanes.
A Issil le rebrillaron los ojos.
—Ya sabes que no le tolero a nadie... ni aun al hijo de mi rey... que se burle de mí porque
hago de sacristán para ocultar mejor...
—Bueno. Olvídalo y no hablemos más. Pero ¿cómo no quieres que me ría cuando me
dices que fué la sangre cristiana lo que le hizo echarle las garras al cuello...?
—Pon la sangre española.
—Eso es otra cosa.
—Es lo mismo. Todos los españoles son cristianos.
—Eso dicen ellos. Pero.., sigue.
—Yo, que me lo tenía tragado que algo iba a pasar... tenía unas agujas mojadas en jugo
de hongos sagrados. Le pinché y se me cayó en los brazos.
—¿Y qué hiciste con él? Tiene para rato. Y lo que soñará... Yo, una vez... Hay que avisar
a su padre.
—Me lo traje aquí. Como viene a veces a pasar la noche contigo... Al fin eres su tío...
Por primera vez asomó una sonrisa al rostro de Issil.










8

Cuando aquella escena se apagó de súbito, Rodrigo se echó mano al pinchazo, buscando
la causa de... pero ¿qué era aquello?, y retiró la mano con gesto brusco y rápido. ¿Quién se
atrevía a clavarle en el costado un falo? ¿Y cómo podía pinchar aquello? “Mariposa, ¿lo
entiendes?” Y ella, sin contestar, le sonreía. Pero ¿por qué le sonreía con la cara fea de
Catalina Alvarado? Si era Mariposa. El cuello corto, los pechos enhiestos, el vientre
redondo, tan bonito, y las caderas anchas... ¿por qué se había puesto la cara en luna
menguante, el pelo rubio, los ojos azules, la boca grande de Catalina? ¿Quién se empeñaba
en burlarse de él? ¡Ah!, y el olor... Aquel cuerpo no olía a Mariposa; olía a Catalina, que
bien lo recordaba él aquel olor.., aquel día en Xochimilco, cuando estaban jugando hacía
tres, no, cuatro años, y ella hizo que se caía al agua y se desmayaba y él la tuvo que llevar
en brazos y no hacía más que olerla, tanto le gustaba su olor... El de Mariposa es amargo y
verde…pero ¿cómo va a ser verde un olor? Pues sí que es verde, verde amarillento y
amargo, no me gusta, y eso que... y eso que se parece al olor de mi madre… mientras que el
de Catalina es un olor de rosa y color rosa, sí, señor, un olor color rosa... como.., pues sí,
como el de Isabel. .
¿Será que el de Mariposa es olor indio y el de Catalina olor blanco, y entonces yo... ¡ah!,
¡ ah!, ¡ ah! Ahora va a resultar que me gusta el olor de mi padre, a mí, el olor de mi padre,
el bandido con cara de santo de altar…















¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! ¿Lo oyes?, ¿me oyes reír, Mariposa? ¿Dónde estás? ¡Ah!, ¿y por qué te has
ido tan lejos? ¡Ah, claro! Por eso que te dije del olor.., pero si eres Catalina... no hay más
que verte la cara... ¿Quién está detrás de ti que trae rosas en la mano. . . es Catalina... No, es
Isabel...
“—¿Qué haces tú aquí? “—Me mandó padre...
“—Ah, el bandido con cara de santo de altar...
“—Padre.
“---¿Y a qué te mandó?
“—Pues verás…
“—Pero ¿por qué te cambias en Catalina? ¿Eres Isabel o eres Catalina?
“—Soy Mariposa.
“—Que vas a... con ese olor a india…
“—Como el tuyo...
“—¿Quién te lo ha dicho?
“—No hay más que verte. Color y olor van juntos. Y tú...
“—Basta ya. Que yo no aguanto... Ya sé que estoy soñando…pero no aguanto que
nadie me eche en cara... A ver, ¿qué está pasando aquí? ¿Quién es toda esta gente?
“—Yo te lo explicaré, Nezahual.
“—Pero tú, ¿quién…? ¡Ah, Issil! Ven acá que te huela... No, es inútil. Olerás a lo que
eres. A indio mi serable.
“—¿Qué dices, muchacho?
“—Mira que meterme en esa pocilga donde todos y todas fornicaban juntos como
perros y perras…








“—¿Y cómo quieres que fornique la gente si no como perros yperras?
“—Cada pareja en su cama, como cristianos.
“—Vicio, vicio, Nezahual. Lo inocente es fornicar en común, para todos, y lo egoísta es
fornicar a oscuras para sí.
“—¿Quién sonríe allá en la tercera fila?
“—Nezahualpilli, tu abuelo.
“—Pero ¿qué hace aquí mi abuelo? ¡Cuánta gente, se-flor! Si hasta Citlali ha venido.
Madre, ¡tú también! Más valía que te hubieran degollado. No llores, que se va a incomodar
tu marido, el santo de altar. Mírale, mírale cómo frunce el ceño como siempre que me ve.
¿No lo ves? Al otro lado. Frente a tu padre, Nezahualpilli. Viene con Isabel y con Catalina.
Mira... Mira... Detrás de mi abuelo Nezahualpilli, mira a Uitzilópochtli... qué grande es...
todos parecéis pequeños… tú, y Citlali, y tu padre, y Mariposa, ¿sabes, madre?, mi mujer...
Se llama Mariposa, Papálotl... Huele como tú y como yo... verde-amarillo, amargo... Mira
ahora a este lado, los de olor de rosa, los de color de rosa... Catalina Alvarado y tu hija...
no, tu hijo soy yo, Isabel es la hija de tu marido, y él también viene, con esa cara de santo
de altar, y detrás el Gran Crucificado... mira, mira cómo clava los ojos en Uitzilópochtli... y
Uitzilópochtli le enseña los dientes porque trae sangre, madre, sangre que le gotea cara
abajo de las espinas de maguey... ¿Dónde estás, Mariposa? Clavarte he la espina de
maguey. . . ¿Dónde estás, Mariposa?... Pero no son de maguey las espinas del Crucificado,
son de rosales, de los rosales que dan las rosas que me trae Catalina escondidas entre los
pechos…











Madre, madre, estas gentes blancas se llevan las rosas y le dejan las espinas a su Dios…
Madre, madre, ¿por qué te pasaste al enemigo? ¿Por qué abandonaste a Uitzilópochtli?”






































CAPITULO III

1


—¿Triste? ¿Siempre triste?
—Ay, Alonso, tu mano en mi frente.., qué alivio... parece que me barres el cavilar.
—Falta te hace, Suchil. Ese hijo nuestro.
—¿Qué te quería Juan Alvarado?
—¿Lo ves, Suchil? Quisiste cambiar la conversación, alejar el pensamiento de Rodrigo.
—Me duele tanto, Alonso, aquí en las entrañas en que lo llevé...
—Pero no podemos, Suchil. Lo tenemos tan dentro que no podemos alejarnos de él.
Viene a donde vamos y se queda donde nos quedamos.
—¡Qué hermosa es la noche! Dios mío, mira qué estrellas. Parecen los ojos del Señor. Y
qué paz... qué silencio... Podríamos ser tan felices…
—Más desgraciados, también... No, no suspires... Tú siempre tan animosa...
—Dame la mano, Alonso. ¿Sabes cuándo sentí que perdía valor? Cuando me quitaste...
no, perdóname... cuando tuvimos que mandar al niño a España...
—Pero hicimos bien, ¿no?
—Creo que sí, Alonso... Creo…en fin, creo que

















sí. Al lado de Rodrigo se nos hubiera torcido también. Pero fué un desgarrón... Alonso, ¿no
crees tú que el alma también tiene sangre? Yo me desangré toda por dentro.
—Pero volverá, Suchil. Y verás, hecho un gran mozo...
—Eso es lo que me duele. Lo pierdo en los años...
—Se pasó la mano por la frente.— Bueno, déjalo. ¿Qué te quería Juan Alvarado?
—Ah, pues a eso iba. ¿Te acuerdas que que rías cambiar de conversación? Pues volvemos
a lo mismo. Yo le había hablado de las fiestas. No le habían hecho a Ro drigo ni un solo
hueco. Me quejé. Me contestó...
—Sí. Ya me acuerdo lo que te contestó.
—Pero ahora... Tú ya sabes que Alvarado querría casar a su Catalina con Rodrigo...
Alzó la cabeza ella.
—¿Con Rodrigo? Es muy fea para mi hijo. Y mayor que él. Y eso que a mí me es muy
simpática. Debe de ser muy buena. ¿Quién sabe? Podría ser que...
—No vayas tan aprisa. La niña está enamorada. El padre sueña con emparentar con
nosotros... Pero Rodrigo… bueno, no es cosa para hoy ni aun para mañana. El caso es que
Alvarado, creyendo darme gusto, hacerme un servicio, se fué con el cuento al virrey.
—¿Qué cuento? ¿Qué tiene que ver el virrey con los amores de...?
—No. No es eso. Quise decir con lo de las justas y las fiestas.
—¡Al virrey con estas minucias!
—Pues de donde viene el mal, ahí hay que poner el remedio.












—Ah, claro... Se me había olvidado.
—Pues el virrey se creyó también obligado a desagraviarme.
—¿Y qué? ¿Dejan que Rodrigo...? ¡Ay, qué alivio!
—Verás, verás que no hay tal alivio. El virrey sigue empeñado en que ni tu hermano, ni
Rodrigo, ni indio alguno...
—Rodrigo no es indio.
—Bueno, Suchil, ya sabes lo que quiero decir. Entonces don Antonio, para
desagraviarme, ha resuelto y dado orden que entre yo en las justas y quiebre una lanza con
Juan. —Se callaron ambos.
—¿Te das cuenta, Suchil? Ni Juan Alvarado ni el virrey tienen idea del mal que hacen.
Tan contentos y satisfechos están, que no habría manera de explicárselo... aparte de que es
todo cosa nuestra que no podemos ni... en fin, ya ves mi situación.
—Con lo mal que re quiere ya tu hijo...
—¿Cómo le explico yo eso al virrey? Él me ordena salir a plaza, y lo estimo un honor.
¿Quién le dice ahora que si salgo en vez de mi hijo, mi hijo me odiará todavía más...?
—Por Dios, Alonso, no digas eso. Rodrigo no te odia. Lo que pasa es que no te sabe
querer. Hay que saber querer. Y qué difícil es, a veces…
Callaron otra vez.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Qué puedo hacer? Negarme es imposible. Ir a la plaza sin explicárselo a Rodrigo
sería imperdonable. Hay que hablar con él. Le llamaré y…
—Alonso...









—¿Qué?... Dime. ¿Por qué callas?
—Deja que se lo explique yo.
—Con mil amores, Suchil. Pero yo quería evitarte el mal rato.
—Peor lo pasaría esperando que terminarais de hablar.
—Como quieras.
—Yo le hablaré. Y, ¿sabes? Le encuentro algo cambiado.
—¿Desde cuándo?
—Desde que pasó dos días con mi hermano.
—¿Y cómo? ¿Dónde está el cambio?
—No sé. Lo adivino. Esta más... no se....menos frío… parece que se me acerca un poco.
¡De tan lejos que se me había ido!... Alonso, ¿te acuerdas qué alegría cuando nació, en
Torremala? ¡Cómo veías en tu hijo el lazo entre españoles y mejicanos, la unión, el abrazo
de los dos pueblos!...
Callaron ambos bajo las estrellas que habían visto la conquista de Méjico con los ojos de
Dios.


2

Rezando en su cuarto al pie de un crucifijo estaba doña Suchil cuando dos brazos le
echaron al cuello un dogal afectuoso, y sintió un beso en la mejilla. Le tembló el corazón.
—Rodrigo, Rodrigo, qué alegría me has dado.
Se volvió a él, se sentó en el suelo y lo atrajo a sí.
---¡Cuánto tiempo hacia!... ¿Qué te pasa? Mírame, que te vea los ojos.








—Me da vergüenza.
—¿De qué? Mírame. De niño, tenías los ojos tan bonitos.
Alzó los ojos.
—¿Y ahora no?
—Ahora... hoy sí. ¿Sabes? Los ojos son la ventana de la casa. Se asoma lo que está
dentro. Si es el cariño…
—Como ahora.
—Ay qué gusto, Rodrigo, verte sonreír. ¡Qué gusto! Ven acá que te abrace.
Se quedaron un buen rato abrazados en silencio.
—Madre... ¿sabéis lo que he notado?
—Dímelo.
---Que cada persona tiene su olor.
—¿Cómo su olor?
—Sí. La piel de cada persona. Vos oléis como... Citlali y como yo. Isabel como padre.
—¡Qué cosas se te ocurren!
—Lo noté... Lo noté ahora al pasar dos noches con mi tío. Allí todos huelen amargo.
Aquí todos... Otra cosa, madre. Estuve mirando las historias que tiene mi tío de nuestro
abuelo Nezahualcoyotl.
—Pues no debió habértelas...
—No os apuréis que no las sé leer. ¡Pero allí saben tantas cosas! De los cultos antiguos.
—Deja eso, Rodrigo, que son idolatrías.
—Y de cómo festejan a sus dioses.
—Festejaban, gracias a Dios.
—Bueno, festejaban. Y hay cosas que, vamos, que no me gustarían.
—Claro. Como que eran horribles.










—Pero no sólo cosas horribles, madre. Cosas feas.
—Feas... Sí. También feas...
—Como las fiestas que hacían a Tlaculteutl, que era una diosa que...
—¿Quién te ha hablado a ti de eso?
—Nadie, madre. A mí nadie. Pero lo oía. Lo estaban contando todo, las fiestas que le
hacen y cómo venían los mozos por un lado y luego las mozas.
—Rodrigo, olvídalo, por lo que más quieras. Olvídalo. No pienses más en esas cosas.
Gracias a Dios, eres buen cristiano y estás limpio de.
—Por cierto, madre, que hace tiempo que no me confieso. Como se fué el padre Gaona...
¿Cuándo vuelve?
—Ya me enteraré. Pero.. . Rodrigo, ven acá, mírame bien en los ojos... quieres
confesarte, ¿eh? Pues acuérdate, es inútil ir a confesarse sin dolor de corazón.
Rodrigo se quedó ensoñando unos instantes.
—Dolor de corazón... Sí, lo tengo, madre. A doña Suchil se le iluminó el rostro.
—¡Hijo de mi alma! ¿De veras? Anda, vé, vé en seguida y díselo.
Rodrigo se quedó atónito.
—¿A quién?
—A tu padre, hijo. Díle que te duele el corazón de... de no haberle querido como se
merece.
El mozo bajó los ojos y se quedó callado un buen rato. Su madre aguardaba.
—Madre, me gustaría leer crónicas de los españoles. Los Manriques han sabido hacer
muchas cosas grandes, ¿no?
—Sí, hijo. Pregúntale a tu padre. Él tiene muchos li-








bros, y en alguno que hemos leído juntos se habla de lo que hicieron los Manriques.
—Yo quisiera ser un Manrique de fama.
—Como tu padre.
—Tengo que dedicarme más a las armas y a los caballos. Como Fernando Alvarado, que
ya alancea tan lindo.
—Pues tú a caballo y lanza en mano vales tanto como él.
—¿De verdad lo decís, madre?
—Tanto como él, te digo... Los Manriques no tienen nada que aprender de los Alvarados.
Tu padre es la mejor lanza de Nueva España después del marqués.
—Pero el marqués ya...
—Todavía, todavía. Pero ya verás a tu padre cuando en las justas…
—¿Cómo en las justas?
—Sí. Ya verás. Parece que andaban algo cortos de cosas famosas en la fiesta. Todo era
cosa de mozos. Fernandito y eso... Pero faltaba algo de más peso, ¿comprendes? De más
fama. Hombres hechos. Y han pensado que tu padre y don Juan harían un torneo a lanza.
Verás qué bien alancea. No lo hay como él... Tú, sólo cuando seas mayor, podrás imitarle,
quizá ganarle...
Rodrigo, taciturno, cejijunto, callaba, con los ojos bajos. Y cuando recobró la palabra su
madre se estremeció. Le había cambiado la voz. Ahora era la de antes, la del rebelde
solitario. Hablaba sonriendo con malicia siniestra, enseñando los dientes crueles; y le
rebrillaba la obsidiana de los ojos.
—Claro. Como yo no sirvo porque soy indio, ponen









a un español. —Se soltó de los brazos de su madre y se puso en pie.— Bueno. Ya me
vengaré.
—Rodrigo, hijo mío, ven acá.
—Ya me vengaré, madre. No temáis. Ya me vengaré.


3

—Ponlos aquí, Citlali, sobre mi cama.
—Bueno. Pero Isabelita, por Dios, que no se te manchen. ¡Mira que son colores tan
delicados! Todavía a este de las flores se le podía esconder una mancha, pero.
Entró doña Suchil, ya vestida de viaje.
—¿Cómo? Isabel, Citlali. ¿Todavía estamos así?
—Señora, es que los vestidos no han estado hasta este momento. Acabo de traerlos. Los
estuve planchando.
—Sí, ya lo supongo. Pero, hija, el tiempo pasa. Los cofres están por llenar. Y hay que
salir sin falta a tiempo para cenar con el marqués.
—Pero, madre, la cena no es hoy...
—Según qué cena, Isabelita. La cena grande del mar qués es mañana. Pero hoy llegamos
a su casa y cenamos en familia con él.
—Ay, madre, que no lo sabía.
—Pero ¿qué importa?
---Que no tengo qué ponerme.
—¿No te bastan cuatro vestidos?
—Qué tonta eres, Citlali. ¿No ves que hay cinco fiestas?
—¿Cinco?
—Cinco. La cena grande del marqués, la cena grande




del virrey, las justas, la fiesta de la plaza y ahora esta cena de esta noche.
—Lo de esta noche no es para tanto, niña. Te pondrás uno de los vestidos que tienes para
recibir aquí. Anda. Pronto. A tus cofres... ¿Rodrigo? ¿Qué traes ahí? A buena hora...
—Madre, son tan bonitos. Dos renacuajos que saqué del estanque. Mira cómo bailan en
el agua.
—Madre, échalo de aquí. Que me va a manchar los vestidos con sus alimañas.
—Anda, Rodrigo, véte y... ¿Has terminado tu cofre?
—¿Qué cofre? Ah, ya me lo hará Cara-Larga, que para eso está.
—Cara-Larga tiene ya bastante con preparar los cofres de tu padre.
—Pues si prepara los de mi padre, que prepare los míos.
—Anda, hijo. No digas locuras.
—Mira, Isabel, éste tiene cola. Y eso que los renacuajos...
—¡Qué asco! Anda, márchate, que me distraes. Y tengo mucho que hacer. Menos mal
que Citlali me ha llenado casi un cofre.
—Bueno. Para que veas que soy buen chico...
—¿Qué haces? ¿Adónde vas?
—Voy a dejar este bocal en la terraza y a ayudarte. ¿Dónde pones los vestidos?
—Ay, no los toques. Ya los meterá Citlali, y si no yo. Tú puedes ayudarme a hacer este
pequeño donde llevaré los zapatos. Y yo terminaré el cofrecillo de las joyas.
Doña Suchil, que lo miraba todo, preguntó:











—¿Te dijo tu padre que irías en la segunda canoa encargado del equipaje?
—Sí, madre.
—No te podía dar mayor prueba de confianza. A ver si la mereces. Harás que la
servidumbre reúna todos los cofres en el embarcadero. Ten cuidado que los carguen de
modo que vaya todo a nivel, no vaya a zozobrar la canoa. En fin, ojo en todo, que hoy tú
serás el capitán...
—El cargador.
—No, Rodrigo, no. El capitán de la retaguardia. Tu padre quiere que aprendas ese oficio,
que es tan importante como el de mandar la vanguardia.
—Id sin cuidado, madre, que cumpliré como... vaya si cumpliré.
—Pues vámonos, niña. ¿Estás? Tu padre espera abajo.


4

—Mira, Alonso. Salen a recibirnos el marqués y la marquesa.
—Pues no lo han hecho nunca con nadie. Y esperan. Que todavía nos faltan unas cuantas
brazas.
—Madre, cómo rebrilla la marquesa. Si viene cuajada de joyas.
—El vestido es precioso. Brocado de Italia.
—Peto las joyas, madre. Mirad las perlas trenzadas con el pelo. . . y las esmeraldas del
collar. .
—Lo más hermoso, hija, es el rostro.
—Y él, Suchil, fíjate, qué sencillo. Su paño negro; el medallón de la Virgen sobre el
pecho. Nada en la gorra. Antes solía llevar otro medallón con Santiago...






—Mira cómo nos saluda.
—Bienvenidos, amigos. Señora, esa mano, que os ayude a desembarcar. La niña tan
bonita como siempre. Pero... ¿y el mozo Rodrigo?
—Señor, viene de jefe de la retaguardia, con los bagajes.
—Aprendiendo para la guerra, ¿eh?
—Así es.
Se sonrieron con los ojos, recordando sus tiempos de la conquista. Y mientras departían
llegó Rodrigo. El marqués le echó una larga mirada.
—A ver. Venga acá el mozo.
Se le acercó Rodrigo, huraño, y Cortés le puso las manos en los hombros.
—A ver, a ver. . . Bien. Bien. Buena madera. Hará soldado. —Se calló un instante, y
luego añadió:— ¡Cómo se parece a su madre! Y aun diría que… Señora, si mal no
recuerdo, la madre de vuesa merced era...
---... hermana de Moteczuma —terminó doña Suchil.
—¡Ah, ah! —repetía Cortés frotándose la cicatriz oculta bajo la barba—. Hermana de
Moteczuma. Eso me parecía. Hermana de Moteczuma... —Cortés seguía mirando a
Rodrigo, pero le había quitado las manos de los hombros.
En el silencio difícil sonó la voz de don Alonso.
—Señora marquesa, yo no olvidaré jamás que el mar qués fué mi padrino de boda.
—Ni yo que sin los servicios de vuesa merced no se habría hecho la conquista —repuso
Cortés.
Y la marquesa:
—-Cuántas veces me ha contado el marqués cómo os








conoció: aquella batalla que ganó vuesa merced apareciendo de pronto al galope sobre un
caballo blanco que parecía Santiago...
—Y doña Suchil, qué guapa estaba cuando la llevé del brazo a su boda. La primera boda
de Nueva España. Y por poco se me desmaya, eh, que bien lo sentí en el brazo...
Doña Suchil sonreía.
—Era de felicidad, señor marqués. Y aquella escena tan hermosa, el altar, digo, con sus
luces. Nosotros, aquí, señora, no teníamos luces, ni de los ojos ni del alma.
Cortés clavó los ojos en Rodrigo, que bajó los suyos.
—Gracias al Señor, las tenemos hoy todos. Y si no se nos tuerce la empresa, haremos de
esta tierra un reino cristiano.
Todos observaron el fervor con que hablaba el marqués, y nadie se atrevía a decir nada.
—Vaya, señora —dijo Cortés a la marquesa, vámonos, que nuestros huéspedes querrán
descansar…y luego habrá tiempo para hablar de todo.


5

Estaba poco después doña Suchil abriendo sus cofres con Citlali cuando se oyó un grito:
— ¡Madre!
—Citlali, es Isabel. Vé, corre a ver lo que pasa, que voy yo en seguida en cuanto me eche
una bata encima.
Pero antes que saliera Citlali, entró Isabel llorando a lágrima viva.









—¡Madre! ¡Madre! ¡Mi vestido! ¡El más bonito!
—¿Pero qué le pasa a tu vestido? ¿Te lo dejaste en casa?
—Todo echado a perder. Todo manchado.
—¡Bah! No será nada. Ya lo limpiaremos. Vamos a verlo.
Salieron las tres, y cuando Citlali, que iba delante, entró en la estancia de Isabel, el pie, al
pisar, provocó un como estallido que la hizo saltar.
—¿Qué es esto?
Se pararon las tres ante el repugnante espectáculo de un renacuajo aplastado. El rostro de
doña Suchil se ensombreció mientras Isabel redoblaba el llanto y Citlali corría al cofre a
sacar los otros vestidos.
—Gracias a Dios, todos están bien.
—Sí, pero mira el azul, mira el azul, Citlali. El azul lo tenía su madre, que lo estaba
mirando mucho.
—Bueno. Ya veremos si se puede limpiar —dijo al fin sin convicción.
—Ya veis, madre, lo que es Rodrigo. Los ha metido adrede en el cofre esos bichos que
trajo, adrede para es tropearme...
—¿Cómo lo sabes? A lo mejor saltaron...
—Si yo dejé el cofre cerrado. Y además no estaban encima, que estaban dentro de un
pliegue. Fué Rodrigo, Rodrigo...
—Bueno. Ya le castigaremos. Pero ahora cálmate y vístete para cenar.
—No puedo, madre. ¿Cómo voy a bajar así toda acongojada? Ni hablar podré.










Su madre la miró un rato en silencio.
—Bien. Quédate y acuéstate. Citlali, tráele algo de comer.

6

Alonso entró en el cuarto de su hijo, que estaba tumbado en cama y, al ver a su padre, se
puso en pie de un salto.
—¿Qué? ¿No te vistes para cenar?
—No.
—No, señor.
—No, señor.
—¿Y por qué?
—Porque el marqués me ha insultado.
—¿Insultado? ¿Cuándo? Alonso se sentó en un sillón. Rodrigo se sentó en su cama.
—Levántate y aguarda que te autorice a sentarte.
El muchacho se levantó.
—¿Cuándo te ha insultado el marqués?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes? Entonces, ¿cómo sabes que te ha insultado?
—Bueno. Me desprecia.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Dice que me parezco a Moteczuma.
—No ha dicho tal cosa. Pero, aunque lo hubiera dicho, no veo que sea un insulto
compararte con un emperador.
Rodrigo guardó hosco silencio unos instantes.
—Un emperador cobarde...
—¿Cobarde Montezuma? ¿Y tú qué sabes? Pues yo,




que lo conocí, te digo que no era sino muy valiente,
—¡Gallina de los españoles! le llamaban los indios.
Alonso le miró de arriba abajo.
—Mira, Rodrigo, lo que tú necesitas es aprender. No sabes bastante para meterte a juzgar
si Montezuma era valiente o no. Anda, vístete, que es tarde.
—No bajo. El marqués me ha insultado.
—¿Otra vez?
—Todo eso de Moteczuma era para decir que parezco indio y no conquistador como... él.
Se levantó Alonso de su asiento, le echó un brazo al cuello y se sentó en la cama con él.
—Ven acá, hijo. ¿Por qué andas siempre con esa cavilación? Tan bueno es un indio
como un español. Todo está en que sea bueno. Mira qué gran mozo es tu tío Carlos, el
hermano de tu madre, y es indio puro. Y tú no eres indio, que eres lo uno y lo otro. Tú te
pareces a los dos, a tu madre y a mí... Ven. . . No te apartes. Y el marqués no quería decir
eso que tú te imaginas. Andaba buscando el parecido del parentesco. Montezuma era tío de
tu madre. ¿Qué mucho que se parezca a ti? Tienes que ser razonable, Rodrigo. Ahora,
quédate aquí sentado, que te veo mejor desde el sillón. Y dime, ¿por qué le has manchado
el vestido a tu hermana?
—¿El vestido? ¿Yo? ¿Qué vestido?
—Pues ¿quién iba a ser? ¿Quién iba a meter esos bichos en su cofre?
—Ah, los renacuajos. ¿Y le mancharon...? Pues no...yo no quería mancharle los... Quise
asustarla. No se me ocurrió que le mancharían la ropa...
—Rodrigo, no seas niño. Tienes ya diecisiete años. A tu









edad ya andan por ahí muchos hijos de conquistadores guerreando como hombres. Y tú te
dedicas a asustar niñas con renacuajos. ¿No te da vergüenza?
—¡No!
—No, señor.
—No, señor.
—Pues debiera darte, y mucha.
—Pues a mí no me da vergüenza, ni mucha ni poca. No es ganar buena fama matar
indios.
—Sí. Ya sé... ya te lo he oído decir otras veces.
—Mandadme a España y seré soldado en Italia.
—Vamos. Prefieres matar cristianos, ¿no?
—Si... señor.
—¿Y no te da vergüenza decir esas insensateces?
—No, señor. Es mejor matar malos cristianos que buenos indios.
—¿Por qué han de ser malos?
—Porque le hacen la guerra a los buenos. Rodrigo sonreía maliciosamente al ver a su
padre luchar con este tema escabroso. Alonso callaba, en el fondo por falta de
argumentación válida. Rodrigo prosiguió:
—Y además los cristianos andan todos bien armados, mientras que los indios... Lo que
me daría vergüenza es matar indios sin armas.
—Ya te hubiera yo querido ver a ti en el sitio de Méjico.
—Pues me hubierais visto con Cuauhtemoc.
—Anda. No digas locuras. ¿Qué haces?
—Vestirme para bajar.
—Tienes primero que ir a pedir perdón a tu hermana. Ha tenido que acostarse con el
disgusto.





—No voy. Eso no. Señor, yo... no puedo, no puedo pedir perdón, no. No sé cómo se
hace.
—Pues o vas o no bajas.
—Pues no bajo.
—Bien. Daré orden de que te dejen sin cenar.
—Bueno.
Alonso le miró largamente y salió cabizbajo.


7

—Pero... ¿los jóvenes?
—Señor marqués, la niña está un poco malucha...
—y doña Suchil, sin atreverse a terminar, miró a Alonso.
—Rodrigo pide mil perdones, señor... Quizá sea mejor que los pida yo. Cosas de familia.
No se ha portado como debiera, y yo...
—Señor don Alonso... me perdonaréis que no me haga a eso de Conde de Nezabal. . .
Para mí seréis siempre Alonso Manrique...
—Me honro en ello, señor.
—Pues bien, señor don Alonso, hoy tengo que pediros un favor. Quiero que vuestro hijo
esté a la mesa. Ya veréis por qué. Y muy pronto.
—Mi capitán manda siempre en mí.
—No querrá Dios eso. Ha de ser con vuestra venia y la de mi señora doña Suchil.
—Yo voy a traerlo —ofreció la marquesa.
—¡Oh, señora! —exclamó doña Suchil.
—No, que voy yo.
Y antes que doña Suchil y don Alonso se rehicieran de su asombro, Cortés salió del
salón.



…………………………………………………………………………………………
—Vamos, mozo, ¿qué es eso de estarse ahí revolcándose en la pereza?
—Señor... yo...
—Buen brinco. Bueno. Al menos ya os veo de pie.
—Señor... yo...
—Ni una palabra más.
—Señor, mi padre...
—Vuestro padre os perdona todo. Y yo os ruego que bajéis a cenar como caballero que
sois. Y además os prometo que durante la velada oiréis maravillas, y tales que os levanten
en el pecho el ansia de salir al campo.
—Señor... yo...
—Veamos el atuendo. Pero si estáis que ni pintado para una cena de caballeros. Vamos,
vamos, que las damas aguardan.
………………………………………………………………………………………….
Cuando llegaron al salón hallaron a un recién llegado. Cortés se fué derecho a él, con las
manos acogedoras por delante.
—Bienvenida Vuestra Paternidad. Con impaciencia os esperaba. Señora, señor don
Alonso, el padre Marcos de Niza, que hará penitencia con nosotros esta noche, pero luego...
—Luego, señor marqués, pagaré el escote con cuentos que parecen de hadas.
Estaban departiendo en una hermosa sala abierta sobre el embarcadero y la laguna. La
luz de un sol pronto a ponerse reverberaba en jaspes y metales y daba vida a los paños de
las tres paredes, tapizados con labor de plumería del país. En el cuadro de una doble puerta
abierta hacia








el comedor, se presentó el mayordomo a anunciar la cena, y en el momento en que Cortés
se levantó para dar la mano a la Condesa de Nezabal, se oyó la música de los ministriles —
arpa, vihuela y flauta— que en el comedor aguardaban.
En contraste con la fastuosidad de la sala, era el comedor austero y hasta frailuno en su
fondo y ser, si no en sus materiales: mesa negra, sillones negros claveteados de oro; friso de
ébano hasta media altura, y lo alto enjalbegado, con cuadros religiosos en los espacios que
dejaban la puerta, los ventanales a la laguna y el gran trinchero de ébano. Todo el servicio
de mesa, candelabros, cubiertos y vajilla era de oro macizo.
—Padre, la bendición.
Apenas terminado el piadoso preludio y comenzada la cena, Cortés no pudo ya refrenar
su impaciencia.
—Bien está, que el padre Marcos no es benedictino
—dejó caer con su acostumbrada malicia.
—Ya entiendo a Vuestra Señoría —replicó el padre, sonriendo—. A los benedictinos les
está vedado hablar en la mesa.
Cortés se limitó a sonreír. Don Alonso trajo refuerzos.
—El caso es que si lo que Vuestra Paternidad tiene que contar es tan maravilloso, ¿cómo
esperar?
—Yo, señor, haré lo que me manden. Pero temo incomodar a las señoras. .
—¿Incomodar? Si nos morimos de curiosidad.
—Señora marquesa, ¿qué no haría yo por salvar la vida a dos damas tan principales?
La vihuela, la flauta y el arpa ponían su comentario cortesano a este madrigal del
religioso.








—¡Ah! —replicó la marquesa, volviéndose a Cortés—. ¿Lo veis? ¿Lo veis?
—Yo no veo nada, señora.
—¿Lo veis cómo siempre son los franceses maestros en eso de mezclar el ingenio con la
cortesía?
—Señora marquesa, en qué trance me pone Vuestra Señoría. ¿Cómo corregirla cuando
tanto me halaga?
—¿Corregirme?
—Señora, yo no soy francés. Soy saboyano. Soy de Niza.
—Saboya, Francia, todo uno.
—No se enfade Vuestra Paternidad —rogó Cortés—, que demasiado conoce a los
castellanos. Para ellos todo lo que no es del rey de España es del rey de Francia.
—Pero Saboya, señor, si no fuera en la realidad de las cosas tierra imperial, ¿estaría yo
aquí? Vuesas mercedes saben que yo soy, aunque indigno, provincial de los franciscanos.
¿Lo sería si Saboya fuera Francia?
—Pobre de mí —exclamó la marquesa—, que creí que le daría gusto.
—Señora, ¿quién no lo recibiría de Vuestra Señoría con sólo oírla?
Y la miraba con ojos penetrantes y claros de hombre a la vez agudo y limpio de espíritu.
—Terminado el episodio —pronunció Cortés—. Padre, ya no hay más excusa, preludio
ni escarceo. Vamos al cuento de las Siete Ciudades.
—Señor, tiene poco que contar. El año pasado de 1537 del Señor, pensé mandar una
misión a predicar el Evangelio por las costas del Mar del Sur; no lo pude realizar hasta
principios de este año. Los hermanos que mandé, dos excelentes predicadores, se
adentraron costa arriba ha-








cia el norte, y luego al nordeste, y tanto se adentraron que descubrieron maravillas.
—¿Maravillas dice, padre?
—Sí, señora, maravillas. Ciudades con casas de piedra de uno y dos sobrados, todas
juntas, por orden, portadas labradas y adornadas con turquesas, la gente vestida de paño...
—Será país más frío que éste...
—Cae mucho más al norte, señor. En fin, que volvieron tan entusiasmados que. . y tales
cosas contaban que yo humildemente confieso que no las creí. Así que me determiné a ir yo
mismo a ver lo que había de verdad en ello.. . Vamos, no es que dudase de la veracidad de
los hermanos, ¡pero la fantasía puede tanto!
—¿La fantasía, padre?... Sin la fantasía no estaríamos aquí. Dígalo si no el señor Conde
de Nezabal, que me escucha.
—Será mejor que hable el padre.
—Salí, pues, de Culiacán el 7 de marzo; hace apenas cinco meses, tomando la vía del
norte. Llevaba conmigo a un hermano en religión, fray Honorato, y un negro que
llamábamos Esteban o Estebanico. Pero el hermano enfermó y lo tuve que dejar en
Petatlán, a setenta leguas de Culiacán. Quedaba en buenas manos.
—¿Cuáles?
—Señora, las mejores que puede haber. Las de los indios. Nos habían tratado en todas
partes con tanta caridad, que parecían cristianos.
Doña Suchil cambió una mirada con su hijo.
—Y eso que no conocen todavía nuestra ley —comentó la marquesa—. ¿No será por
buen natural?









Todos miraron al padre Marcos. La pregunta flotaba en todos.
—Señora, estos indios son hombres como nosotros: unos buenos, otros medianos, otros
malos y otros peores. Como nosotros, señora. Pero si les hacemos daño, ¿qué ha de pasar?
Que se vengan. ¿No nos vengamos nosotros?
Doña Suchil veía brillar los ojos negros de Rodrigo.
—Decía pues que dejé a fray Honorato en Petatlán, y con el negro Estebanico me dispuse
a seguir hacia el norte por la costa de Sinaloa, no sin grandes trabajos, pues tuve que
atravesar un desierto que duró cuatro días. Se acercaba la Pascua de Resurrección y me
quedé en un pueblo que llaman Vacapa, a cuarenta leguas del mar; pero mandando por
delante a Estebanico. A los cuatro días, llegó un indio con un recado de Estebanico
diciendo que ya tenía completa relación de la tierra que buscábamos. Decía que estaba a
treinta jornadas; que había siete grandes ciudades de piedra, en fin todo lo que ya antes dije
a vuesas mercedes. Me puse en marcha, y pronto me encontré con indios que me regalaron
turquesas y tocando mi hábito decían que de esta tela había mucha en Tonteac, que es el
nombre de uno de los tres reinos que hay en aquella tierra.
—Pero la tierra, ¿cómo se llama?
—Quivira, señor. Es una tierra muy vasta, que comprende tres reinos, como si dijéramos
Castilla, León y Galicia... También decían que la tela la hacen del pelo de unos animales
pequeños del tamaño de unos galgos que llevábamos. A los cuatro días, desembocamos en
un llano muy labrado donde las gentes llevaban turquesas al cuello, en las orejas y en la
nariz, y hablaban tanto de










Cibola, su gran dudad, como en Michoacán de Méjico. Allí me enseñaron un cuero tanto y
medio como un cuero de vaca, que era de un animal que tiene un cuerno solo que le sale de
la frente y se le encorva hasta el pecho. Seguí andando, siempre con Estebanico a una
jornada por delante; cuando un día llegó a mi muy lloroso un indio de los nuestros
contándome que Estebanico era muerto. A dos jornadas de Cibola, Estebanico había
enviado al señor de las Siete Ciudades un calabazo con una sarta de cascabeles, una pluma
blanca y una
4
roja en señal de paz. Pero el señor aquel se enojó, echó al fuego el calabazo y
cuando llegó el negro lo encerró y lo mandó matar.
—Pues este indio, padre, no le salió tan cristiano como los otros.
—Mi señora la marquesa querrá decir “de tan buen natural”, porque cristianos que matan
a gentes nada más que por ser nuevas, ya los he conocido, que lo permite Nuestro Señor.
Otra vez observó doña Suchil cómo brillaban los ojos negros de Rodrigo.
—Razón tiene el padre que le sobra —concedió Cortés.
—Dios se lo pague a Vuestra Señoría. Pero confieso a vuesas mercedes que la noticia me
conturbo no poco, que al fin la carne es floja. Pero me daba tristeza volverme sin haber
visto con mis ojos lo que contado me habían; y así seguí camino, aunque uno de mis indios
mejicanos me vino a avisar que los indios del país que iban de guías me iban a matar por el
temor que tenían de morir ellos. Los apacigüé con turquesas y buenas palabras y seguí
camino. Y al fin vi la ciudad prometida; asentada sobre la falda de un cerro redondo, con
innu-











merables casas de piedra, todas con azoteas y sobrados... mucho mayor que Méjico.
Se quedaron todos mirándole. Pero el fraile, por lo visto, había dado por terminado el
relato.
—Bueno, padre —exclamó Cortés—, ya hemos aguardado bastante. ¿Qué pasó después?
—Nada, señor marqués. Planté una cruz sobre el cerro, tomé posesión de la tierra en
nombre del emperador y del virrey, y me volví por donde había venido.
Cortés y Alonso se miraron. La marquesa dijo:
—Vámonos a la sala, que escuchando al padre nos hemos quedado a la mesa más de lo
que duró el manjar.
La flauta, la vihuela y el arpa saludaron su salida con una marcha lenta y solemne.

9

Las dos arañas venecianas que pendían del artesonado de cedro resplandecían con sus
cincuenta candelas encendidas, y los paños de plumería se irisaban en colores de tan rica
fantasía, que toda la sala parecía vivir un tono o dos por encima del diapasón diario.
— ¡ Señor don Alonso, señor don Alonso! —exclamaba Cortés también un tono más alto
que de costumbre—. ¡A Quivira, a Quivira!
—A Quivira cuando lo mande el capitán —respondió Alonso con el rostro encendido.
—A Quivira, señor don Alonso. Que nos aguarda otro Méjico.
—A ver si Quivira resulta quimera —advirtió la mar quesa.










—Lo mismo me decían en Cuba cuando me embarqué para Méjico —replicó Hernán
Cortés.
—Eran otros tiempos. Erais mozo y no teníais hijos. Apenas vuelto de las quimeras del
Mar del Sur...
—Señora marquesa, no son quimeras sino muy buenas tierras con muchos indios que
convertir.
—Padre...
—Perdonad, señora —interrumpió Cortés. Y volviéndose al padre—: A la vista está que
no pudisteis llevar el Evangelio a Quivira porque no os atrevisteis a entrar en su primera
ciudad. . . ¿Cómo la llamáis?
—Cibola, señor. Lo reconozco. Muerto Estebanico, no quise correr la misma suerte.
—Porque ibais sin armas.
—Además, si me permite el señor marqués...
—Decid, don Alonso.
—Además, la conversión desde abajo, hombre a hombre, es muy lenta. Yo sé algo de eso
porque, como sabe el señor marqués, he vivido entre los indios muchos años antes que
vinieran los nuestros. Hay que convertir desde arriba, apoderándose del trono.
Doña Suchil observaba a su hijo, que, sin darse cuenta de que le miraban, expresaba en
su rostro el mayor desprecio para su padre.
Cortés confirmó:
—Los pueblos se forman y transforman desde arriba.
—Señor... —murmuró tímidamente doña Suchil.
—Hablad, señora.
—Yo entiendo poco de estas cosas. Pero cuando Vuestra Señoría dijo que los pueblos se
forman y transforman desde arriba…






—¿Qué? ¿Lo dudáis?
—No sé si me atreva… El caso es que la costumbre de fumar tabacos les ha entrado a los
capitanes españoles por los soldados.
Rióse Cortés y exclamó:
—No sé yo nada de eso porque no fumo. Y la marquesa intervino:
—Porque no os dejo yo, que si no...
—Pues Alonso fuma, cuando no le ven. Y si me lo perdona la señora marquesa diré
que la culpa la tiene mi señor don Hernán Cortés en persona, que le regaló una joya de
mechero, de oro con las armas del marqués por un lado y las nuestras por el otro.
—¡Qué callado me lo teníais! —dijo la marquesa, amenazando con el dedo a don
Alonso—. Pues de castigo ahora va vuesa merced a estrenar un paquete de tabacos que nos
han enviado de Cuba.
—¿Yo, señora? ¿Y me lo permitís?
—Os lo mando.
Con el tabaco en la mano, buscó don Alonso el mechero de oro en su faltriquera. El
mechero no aparecía.
—¡Raro! Juraría que lo había traído de casa.
Doña Suchil creyó observar que su hijo se ponía colo rado; pero ¿quién sabia? La luz de
las candelas…la tez cobriza… La marquesa hizo traer una candela. Formando sus palabras
con humo aromático, siguió la discusión el fumador.
—Pero conste que yo no cogí el vicio de los soldados, sino de Antonio.
—¿Y quién es Antonio?
—Señora, Antonio, que anda renqueando en mi casa








con sesenta y un años a cuestas, fué paje de mi padre y antes lo había sido de don Cristóbal
Colón.
—¿Del almirante?
—Del Muy Magnífico Señor Almirante. Colón estuvo en nuestra casa de Torremala a la
ida y a la vuelta de su primer viaje. Antonio iba de paje con él. A la vuelta, se quedó en
Torremala.
—¿Y cómo abandonó a un señor tan reluciente?
Sonrió don Alonso.
—Ah, eso es una historia larga de contar...
—Pues, aun larga...
—Mi padre me la contó tantas… Traía Colón un loro al que era muy aficionado, y en la
mesa se puso a hacer encomios. . . que si el loro rezaba el Padrenuestro… en fin, ¿yo qué
sé? Mandaron traer al pájaro, que cuidaba el paje Antonio; y Antonio lo envió al comedor
en manos de un indio. Pero al cabo de unas cuantas devociones, el loro se puso a decir
cosas que.
—Decid, por Dios, que nosotras no nos alarmaremos.
Don Alonso miró a Cortés.
—Andá, don Alonso, que son ambas mujeres de soldados, y el padre Marcos no es
asustadizo.
—Pues el animalito dice: “Es un puto bellaco, es un puto bellaco, es un puto bellaco… el
Almirannnnnte.” Ya pueden vuesas mercedes...
Cuando se calmó la risa, dijo el fraile:
—Ya veis qué argumento en contra de lo que vuesas mercedes sostienen. ¿Para qué
convertir desde arriba? ¿Para hacer loros?
Admiráronse todos de la sagaz conclusión del padre Marcos; pero don Alonso no se dió
por vencido.





—Las costumbres como ésta —y enseñó el tabaco— no digo. Pero las creencias... Estoy
seguro de que no hay otro modo de cambiarle la religión a un pueblo que la conquista. Los
padres han probado sin armas; ¿y qué pasó? O se volvieron, como Vuestra Paternidad, o los
echaron del país los indios, o los martirizaron, como tantos padres que han muerto de
muerte cruel.
—¿Qué decís vos, señora? —preguntó Cortés a doña Suchil.
—¿Qué pienso?... —iba a decir “lo mismo que mi marido”, pero echó una mirada al
rostro de su hijo y terminó—: Señor, yo no sé bastante de estas cosas.
—Pues el virrey —apuntó el padre Marcos— no se para en barras. Está decidido a ir a la
conquista de Quivira.
—Dios dirá —sentenció Cortés.


10

“¿Quién será tan de mañana?”, iba pensando don Alonso Manrique mientras bajaba la
escalera. En la gran sala le esperaba un visitante.
—¿Tú aquí, Esquivel?
—Perdona, Alonso. Me enteré de que habías llegado ayer, y la tentación de tenerte tan
cerca... Ya sabes que estoy a dos cuadras de aquí...
—Bueno, hombre, no hace falta que te disculpes...
—No. Es que no me gusta estorbar. Y además ahora, que estoy loco de trabajo... No te
figuras lo que he tenido que hacer para los dos banquetes... No va a








quedar bicho viviente en el país. Se los van a comer todos en dos días...
—Y tú...
—Sí, yo. Todo lo he tenido que hacer yo. Y Dios sabe cómo, que apenas si me queda
tiempo...
—¿Pero no te sientas?
—Pues, si me lo permites. Decía que apenas si me queda tiempo para enterarme de quién
me trae los novillos, cerdos, ansarones, gallinas... Compro, pago, y en paz. Lo que hay
detrás, Dios lo sabe... Y como si no bastara, ahora se me echa encima lo de Quivira.
—¿Lo de Quivira?
—Sí, hombre, sí. Figúrate que el virrey me ha avisado que le prepare vituallas para tres
días de marcha para…bueno, no te digo más; pero para mucha gente.
Don Alonso se quedó pensativo. Esquivel, que lo observó, siguió hablando:
—Tú ya comprenderás que yo no me voy a meter entre el virrey y el marqués. Allá ellos.
Entre dos muelas cordales nunca pongas los pulgares. Tanto más ahora que...
—¿Pero tú a qué venías hoy?
—Pues a eso iba precisamente. Tanto más hoy. Figúrate que... Se trata de mi hijo.
—¿Tu hijo?
—Sí. ¿No te acuerdas que me preguntaste aquel día que fui a tu casa si…? Bueno, pues
ese hijo mío. . . Ya te dije, ¿no?, que estudiaba leyes en Salamanca…
—Sí. Creo que sí... sí. Pero, dime, ¿cómo es eso? Un hijo de... ¿tendrá más de veinte
años? ¿Cuándo...?
—Sí. Claro. Tú no sabías... Es que yo me lo tenía









muy callado. Lo tuve con una dama muy principal.., en Cuba... antes que vinieras tú por
aquí.
—Bien, hombre. ¿Y cómo es que...?
—Vivió con su madre en Cuba hasta hace unos años que decidimos mandarlo a
Salamanca. Y ahora. . . el caso es que no me atreví a decírtelo todo.
—¿Tan malo es?
A Esquivel le sonrieron hasta los espejuelos.
—Al contrario. Demasiado bueno. Frunció el ceño don Alonso.
—No lo entiendo.
—Pues bien sencillo es. Tú ya sabes lo que nos pasa a nosotros... no nos atrevemos a
subir demasiado aprisa por si enfada a la gente...
—¡Ah, vamos!
—Pues sí. Luis, mi hijo, ha salido de Salamanca hace un mes con tantos méritos, que el
Consejo de Indias lo manda para acá a servir en la cancillería del virrey.
—Plácemes, Vicente.
—Te lo agradezco. Pero, ya ves, yo quise que fueras el primero en saberlo (claro está que
fuera de don Antonio de Mendoza>, primero por nuestro relación ya tan antigua, y
después...
—Habla, hombre; habla sin empacho.
—Pues no sé qué pensarás de mi idea. Pero ya sabes lo que son los padres, que todo les
parece poco para los hijos…
Pasó una sombra por el rostro de don Alonso, y, no sin un esfuerzo sobre sí mismo,
preguntó:
—Qué, ¿no te parece poco?
—No. No es eso. Es algo difícil de explicar. Verás a






lo que voy. El muchacho trae su propio mérito, mucho o poco. Lo que yo quisiera es que
por... lo que tú sabes... no se le vayan a hacer las cosas más difíciles de lo que son de suyo,
vamos, por ejemplo, de lo que serían para otro que no fuera de su sangre. ¿Me entiendes?
—No estoy muy seguro. Vamos, si te he entendido, quisieras que tu hijo tuviera el campo
libre para hacer carrera sin que nadie le eche encima el sambenito…
—Exacto.
—Pero ¿cómo evitar que...?
—Pues a eso voy. Yo creo que si hubiera dos o tres personas de viso que le apoyen.., y
por eso pensé en ti.
Don Alonso había tomado de sobre la mesa un cortapapeles de marfil, obra de un artífice
chino, y le pasaba los dedos por el filo. “Así —soñaba Esquivel— probaba mi padre en
Torremala las hoces que les vendía a los labradores, azuzándolos contra los judíos.”
—Verás, verás —dijo don Alonso con los ojos puestos en las figuras chinas talladas en el
cortapapeles de mar fil—, verás. Yo no creo que por estas tierras le sea muy molesto a tu
hijo un sambenito oculto bajo la toga. Pero lo que sí le va a estorbar.. . y mucho. . . —detrás
de los espejuelos se asomó la ansiedad a los ojos miopes de Esquivel. Alonso le hacía
esperar, acariciando el marfil chino—. Y, y mucho.., es que su padre sea el mercader más
pudiente de toda Nueva España.
Respiró Esquivel.
—Pues yo no veo...
—Pues me extraña que no lo veas, Vicente. Si mañana hay un litigio sobre tus compras y
ventas, y el asunto viene ante la Audiencia… ¿quién preside la Audiencia









si no el virrey? ¿Qué dirán tus contrincantes cuando sepan que tu hijo está en la cancillería
del tribunal que ha de dirimir el asunto?
Arrugaba el entrecejo Esquivel y se afilaba la boca con las puntas de los dedos.
—Sí, ya veo, ya veo...
—Mira, Vicente. Yo haré por ti lo que pueda. Pero, por ahora, un consejo. Si quieres que
tu hijo suba pronto aquí, márchate.
Siguió meditando Esquivel.
—Marcharme... Sí... No es la primera vez que... Ya se me había ocurrido alguna vez... A
España no, por supuesto, pero a Flandes...
—¿Flandes?
—Sí. Tengo allí un sobrino... Un hijo de Marta...
—¡Marra! Tu hermana... Se casó, ¿eh?
—Pues... Sí...
Don Alonso observó cómo vacilaba; y dedicó un recuerdo a aquella Marta que tanto le
había humillado en su juventud. “¿Quién sabe —pensaba— si este hijo es el que me
achacaba a mí y resultó ser obra de Antonio?” Esquivel seguía meditando con la vista
clavada en el suelo. Así pasó un buen momento. Esquivel no se iba.
—¿Sabes lo que te digo, Vicente?
Casi sobresaltado, volvió Esquivel de su ensimismamiento.
—Pues que tú no has venido a yerme ni porque estaba a dos cuadras de ti ni por tu hijo,
sino por algo que todavía no me has dicho.
Brillaron los espejuelos.









—Buen zahorí. Bueno, por todo vine, ¿eh?, que conste; pero sí es verdad que algo me
queda en el buche.
—Pues anda, dilo pronto, que hoy hay mucho que hacer.
—Precisamente, Alonso. Demasiado que hacer. Vosotros tenéis la cacería, las justas, los
torneos, el vestiros
y el desvestiros. Yo tengo que entregar la mercancía.
Y si aun me dejaran en paz...
—¿Pues qué te pasa?
—Hoy es la cena del marqués. Todo estaba en regla. No te doy números porque no me
creerías. Pero, en fin... te aseguro que sólo de novillos y de puercos había para un ejército.
Pues viene el mayordomo del virrey y arrambla con todo… o casi.
—Pero, hombre...
—Pues sí. Mira, Alonso, tú eres amigo y te puedo ha blar claro. El virrey y el marqués no
están muy bien avenidos, pero, en fin, se respetan. En cambio, sus gentes... Con los que
rodean al virrey no se puede hablar del marqués, porque ladran. . . o muerden… Por Dios,
no me traiciones, que me pierdes…
Adusto, reprobó don Alonso:
—Yo no acostumbro a traicionar a nadie.
—Perdona. Fué palabra fea, pero ya sabes lo que... No lo tomes a mal, porque te
necesito. En una palabra, no puede haber cena hoy.
—¡Estás loco!
—Tú verás. El mayordomo del virrey tiene los víveres. Yo no soy ningún mago. ¿Cómo
quieres que dé de comer sin carne? Así pues, o Cortés le saca los novillos y los puercos al
virrey, o me da un día más. Al fin y al







cabo la cena del virrey es recién dentro de tres días.
—Bueno, Vicente. Hablaré con Cortés. Pero Dios sabe lo que pasará cuando le diga...
—Pero ¿qué le vas a decir? Fíjate. Si le dices la verdad, me pierdes. Si no la dices,
también, aunque por otro camino...
Don Alonso meditaba.
—¿Tienes tú una idea para salir del paso?
—Pues verás. Hoy es la cacería. Mañana, las justas. Las justas, todos sabemos lo que
pueden durar. Pero la cacería, Dios sabe. Yo pensé que podrías explicarle al marqués que
los del virrey son muy capaces de hacer durar la cacería hasta estropearle la cena, para que
resulte más lucida la del virrey; ya sabes cómo han andado a la greña sobre las dos cenas
desde el principio, porque el virrey sólo quería una..~ y así conseguirás que sea el mismo
Cortés el que me pida a mí...
Con el cortapapeles de marfil don Alonso trazó una cruz en el espacio.
—¡Vade retro! ¿Qué te has creído tú, que Cortés se chupa el dedo? Nada. Con Cortés no
hay más que un arma: la verdad.
—Me pierdes, Alonso.
—¿Por qué? ¿Crees tú que ni él ni yo vamos a decirle a nadie...? Nada. La cosa es más
sencilla de lo que parece. Yo le cue nto todo el caso a Cortés, tal y como me lo has contado.
Le digo además que me lo has contado tú. Le explico tus temores.. . No hará falta, porque
ya él los adivinará. Y le propongo que sea él mismo quien pida que se aplace la cena sin dar
explicaciones. ¿Estamos?










Los espejuelos irradiaban luz.
—¿Crees tú que…? Sería magnífico. Se puso en pie don Alonso.
—Hecho. Véte tranquilo.




























CAPITULO IV


1

La plaza mayor estaba transformada en bosque. Sotos de pinos, robles, olmos, parecían
haber brotado súbitamente de su suelo, y aun había árboles caídos ya carcomidos y verdes
de moho. El ramaje vibraba con la alegría de millares de pájaros, canto, color, movimiento.
En las bocacalles, semiocultos en sendas espesas arboledas, aguardaban grupos de negros
imitando salvajes, armados unos de fuertes garrotes nudosos, otros de arcos y flechas. En el
bosque de la plaza iban y venían en aparente libertad venados y conejos, liebres y zorros.
Atados a fuertes troncos se aburrían dos leoncillos y cuatro tigres pequeños. Todo lo
contemplaba con admiración y comentaba con algarabía una multitud de espectadoras
resplandecientes de sedas, damascos, oro y pedrería que florecían todas las ventanas de la
plaza como ramilletes humanos.
Sonaron unos clarines, y los venados y demás animales salieron corriendo del bosque al
tiempo que los negros “salvajes” irrumpían en la plaza para perseguirlos y darles caza. Mas
he aquí que cuando la cacería estaba en su auge, surge entre las dos tribus una disputa
convenida, y dejando a las alimañas que se las arreglen como puedan sin cazadores, se dan
una batalla los del garrote contra











los del arco, con gran contento y satisfacción de las damas que en las ventanas
contemplaban el espectáculo. De pronto, vino a transfigurar la fiesta una cabalgata de un
centenar de jinetes negros de ambos sexos, ataviados no ciertamente a lo salvaje, sino de
tejidos de oro y plata, de seda y de damasco y aun de plumería mejicana.
Iban primero un rey y una reina, muy galanes, al paso de unas hacaneas blancas
amaestradas, que alzaban la rodilla con la solemnidad de cabalgaduras regias. Tocábanse la
cabeza con sendas coronas de oro; y sus dalmáticas, de tela de oro exornada con cuerdas de
perlas, casi se encontraban en las muñecas de las manos que llevaban unidas, formando
como un puente de oro entre los dos caballos; puente flexible y aun sensible, que bailaba al
compás de la andadura de las hacaneas y de la orquesta de ministriles que oculta dominaba
todo aquel movimiento.
El séquito era digno de tan altos monarcas, y se componía de como dos docenas de filas
de jinetes, a razón de dos parejas por fila, las damas negras dentro, los caballeros en los
bordes, imitando en atuendo, postura y andadura a sus rey y reina.
Así fueron avanzando hacia la plaza caballos blancos, dalmáticas de oro y plata, rostros
de ébano, coronas de oro y plata; hasta que se toparon con los negros salvajes que a
garrotazos y flechazos bregaban en oscura mezcolanza. Apartóse el rey con su reina de la
mano, e hizo una señal. Sonó la ronca voz de un cuerno; y los negros de a caballo, soltando
cada cual a su dama, se despojaron de sus vistosas dalmáticas, cubriéronse el rostro con
sendas máscaras terríficas, tomaron cada cual una garrocha que de las arcadas le traía un
mozo y arremetieron contra










los salvajes a grandes lanzadas, sin pararse a escudriñar quién tenía razón en la querella, y
haciéndoles igual daño para probar su imparcialidad. Los salvajes (que no lo eran tanto
como para ignorar su obligación de dejarse vencer por los civilizados> huyeron por las
bocacalles; con lo cual los caballeros negros, ya desgarrochados y desenmascarados,
volvieron a sus dalmáticas, a sus damas y a sus puestos en la comitiva, y los ministriles al
ritmo majestuoso y lento de su marcha ceremoniosa.
En las salas y corredores de los dos palacios, el del virrey y el del marqués, se servían
colaciones. Iban y venían con las bandejas de oro o plata los hijos de los conquistadores y
aun de algunos de los conquistados incorporados por su rango entre los indios a la nueva
aristocracia. Ofrecían mazapanes, alcorzas de citrón, almendras y confites, todos envueltos
en papel de oro y plata con las armas del marqués o del virrey, según la casa; todas las
frutas de España y de la tierra; vino, aloja, cacao; y en este ir y venir de las colaciones, y en
el espectáculo que unos y unas se daban a otras y otros, iba pasando la tarde.
—Isabel —dijo doña Suchil, que con su hija ocupaba una ventana de las casas del
marqués—, echa una ojeada a ver si encuentras a Rodrigo, que hace tiempo que no lo veo.
—Madre, ya sabéis dónde andará. Entre los caballos y los salvajes.
—Anda. Vé a ver y no hables sin pensar en lo que dices.
Iba a replicar Isabelita cuando súbitamente cambió de parecer y se alejó. Se alejó
Isabelita sin vacilar hacia el












único sitio de la gran sala llena de gente donde no se atrevía a dirigir los ojos — una de las
puertas que daban al corredor. ¿En qué difería aquella puerta de las otras? Igual marco de
cedro labrado; igual escudo de armas sobre el dintel. Pero, apoyado a la pared, al borde del
río de gente que entraba o salía, se erguía una figura que Isabelita había divisado al discutir
con su madre y que no se atrevió a volver a mirar. Era un joven de hasta veinte años, alto,
fornido, de ojos azules y pelo castaño, mentón fuerte, labios gordezuelos y nariz recta mas
no aguileña. Tenía en la mano una bandeja de oro llena de golosinas que ofrecía sin
convicción. Hacia él se dirigía Isabelita guiada por la intuición, con los ojos al parecer
puestos en la superficie abigarrada del mar humano que iba atravesando.
—Señora...
La bandeja de oro, la apuesta figura, la voz varonil, le cerraron el paso. Isabelita tembló
por dentro. Era la primera vez en su ya larga vida de quince años y meses que la llamaban
“señora”.
—Señora, escoged la golosina que más os agrade.
Cruzaron la mirada; y fué para Isabelita como un torrente de luz del sol que se le entraba
por los ojos y le inundaba la sangre. Algo quería decir, pero ¿dónde se le había metido la
voz, en qué rincón del cuerpo, que no le llegaba a la garganta? Le sonrió con los ojos y él
hizo un gesto con la bandeja. Ella, con el pulgar y el índice por pinzas, iba de un dulce a
otro sin saber dónde posar, pensando en otra cosa; hasta que él dijo “ése”, y ella, con los
ojos rebosantes de agradecimiento, lo tomó y se lo metió en la boca, aquella boca suya sin
voz.










—Rico, ¿verdad?
—Mucho —quiso decir ella y no pudo con los labios, aunque sí y muy bien con los ojos.
—Pues una gracia os pido, señora: que todos los dulces que toméis en esta fiesta vengan
de una bandeja que sostengan estas manos.
Isabelita se puso como la grana; dijo “sí” con los ojos y se alejó con paso ingrávido,
como a través del aire, le parecía, hasta que llegó a su madre y, recobrando la voz, dijo
positiva y concreta:
—No veo a Rodrigo por ninguna parte.


2

Rodrigo había aprovechado la multitud para volverse a Tetzcuco, obedeciendo órdenes
de Issil, en la misma canoa que le había traído el recado.
—¿A dónde vas? —le había preguntado su madre al ver que se marchaba de la ventana
cuando apenas empezaba la fiesta. Y él había explicado que le esperaban para ayudar entre
bastidores.
—¿Qué haces que tienes abandonada a tu mujer? —le preguntó Issil no sin cierta
severidad. Se habían encontrado en la iglesia, y hablaban en la sacristía, por saber que todo
el clero estaba en Méjico, viendo la fiesta.
—¿Mi mujer? Ah, si. Se me había olvidado.
Issil le miró con asombro. Estaba inquieto.
—¿Que se te había olvidado? Pues yo creí que no se te olvidaría. ¿Por qué no te vas a
verla ahora?
—No hay tiempo.






—De sobra. Aun faltan dos horas para vísperas y la fiesta no terminará hasta bien pasada
la medianoche.
—Bueno.
—¿Qué? ¿No te gusta Papálotl?
Rodrigo no contestaba.
—Dí la verdad.
¿La sabía él, acaso? Miraba tan pronto al suelo tan pronto a Issil, y no se resolvía a
hablar. Al fin, sin que él dijera nada, una voz que era la suya dijo sin su permiso:
—No me gusta el olor.
—¿Cómo? ¿Qué es eso? No entiendo.
—Me gustaría como es. Pero el olor que tiene.
Issil se quedó perplejo.
—¿Cómo va a tener olor si se lava toda?.., como todas nuestras mozas. . . todos los días.
—No digo eso. Limpia lo es. Pero no me gusta cómo huele.
Issil contempló en silencio la situación durante unos minutos, mientras Rodrigo, paciente
y pasivo, aguardaba. Luego, imperiosamente y con cierta impaciencia, exclamó:
—Anda, véte a verla.
—¿Dónde?
—En las casas de tu tío Cuanacoch. La última de arriba.
Rodrigo salió sin murmurar. “¿Por qué —iba pensando— las órdenes de Issil las
obedezco siempre y las de mi padre me soliviantan?” Así iba inquiriendo el misterio de sí
mismo mientras subía entre tapias de adobe la cuesta que llevaba a las casas de su tío. Al
fin se paró ante una no muy grande, toda blanca, sin ventana alguna, pero








con una entrada acogedora, que un emparrado protegía del sol. “Aquí debe de ser”, pensó, y
sin más vacilar se adentró en la fresca sombra.
Un pasillo corto, donde se hinchaban a sus anchas las panzas rojizas de dos tinajas, le
llevó a un patio cuadrado, fresco, silencioso, coloreado y aromado por dos hileras de tiestos
de flores. En el suelo, empedrado a la andaluza con guijarros redondeados, blancos y
negros, había extendida una red que parecía de pescador. Pero ¿lo era? Tan fino el hilo, tan
esmerada la labor... “No —se decía Rodrigo—, no es red para pescar.” La fantasía se le fué
a caza del enigma, y en ello andaba tan lejos de la ocasión, que fe sobresaltó la voz de
Mariposa:
—¡Nezahual! ¡Tú aquí!
—Pues sí. ¿Te extraña?
No se enteró de lo que contestaba porque la estaba mi rando. Tenía puesto un huipil
blanco y una falda verde-amarillo. Se quedó como ensimismado. Bajo aquellas prendas,
veía en imaginación el cuerpo que había gozado en la fiesta a la Diosa Carnal: los pechos
pétreos, el vientre perfecto. Se daba cuenta ahora de que no se había fijado antes en el
rostro de aquel ser que era su mujer, aunque secreta. Tenía la frente lisa y estrecha como un
camino entre el bosque del cabello y las dos lagunas de los ojos; y una boca de labios ni
finos ni gruesos que le sonreía enseñando unos dientes blancos como granos de maíz.
Mariposa se le acercó, le echó los brazos al cuello y le besó en la boca.
Rodrigo no había dicho todavía esta boca es mía, ni había oído tampoco todo lo que
Mariposa le había estado diciendo, afectuosos reproches por su larga ausencia, deseo










de verle, fidelidad, cariño. Sin saber interpretar tan largo silencio, ella parecía fiarse en los
instintos y fuerzas naturales. Lo volvió a abrazar y a besar en la boca; y aun vislumbró que
le despertaba el deseo; pero cuando más juntos parecían, se apartó él con suave firmeza, y
señalando la red preguntó fríamente.
—¿Qué estás haciendo?
Se le nublaron los ojos a Mariposa y miró la red como si mirara otro planeta.
—Ah, sí; es para el Joven Divino.
—¿Para el Joven Divino? Ven acá y explícame eso.
—La tomó de la mano y se la llevó a un asiento de piedra bajo la arcada. Ella le seguía
dócil y aun con un tímido renuevo de esperanza.— Issil me lo ha explicado todo. De modo
que no me hacen falta detalles.
Mariposa luchaba entre su deseo de obedecerle y su poco humor para llevar la
conversación por tan extraño camino.
—Si ya lo sabes todo por Issil.
—¿Por Issil? Ah, sí… Pero tú me lo contarás mejor; y tienes la voz más bonita.
Volvió hacia él los ojos grandes agradecidos y le hizo un gesto con los labios como
pidiendo un beso. Pero él fingió no verlo.
—Anda. Cuéntamelo.
—¿Qué quieres que te cuente? ¿Lo del Joven Divino? Es un culto muy antiguo. ¿Sabes
quién es Tetzcatlipuca? Pues a este dios más grande que Uitzilópochtli se le consagra todos
los años el joven más hermoso que tenemos.
—¿Consagra? ¿Consagra? —preguntaba Rodrigo con avidez.









—El Joven Divino encarna a Tetzcatlipuca durante el año. Lleva ropas muy finas, y una
red como ésta. Y todos le festejan. Tres meses antes del sacrificio.
—Ah, del sacrificio. —Le rebrillaba la obsidiana de los ojos, y entre los labios, los
dientes de arriba y los de abajo se tocaban por el filo.
—Sí. Tres meses antes, le dan las cuatro mozas más hermosas para que las goce.
—Las cuatro más hermosas... Entonces, ¿tú?
Se ruborizó y le besó la mejilla, ya que él no se volvió hacia ella bastante para más.
—Me habían escogido ya, pero luego pensaron en ti... y me reservaron para ti. —Él la
miraba desde lejos, ya absorto otra vez. Ella prosiguió:— Al cabo de tres meses de goce, lo
llevan al teocalli y…Se me olvidaba decirte que durante el año por dondequiera que va toca
la flauta, una nueva cada semana. Estas flautas las lleva todas en una cesta el día de su
gloria; y a cada grada del teocalli que va subiendo va rompiendo una flauta. Cuando llega
arriba lo cogen los sacerdotes, lo echan sobre la piedra y le arrancan el corazón para.
Rodrigo estaba de pie, irradiando fuego por piel y ojos y cabellera, y con la mano
izquierda ofrecía al cielo un corazón imaginario. Asombrada, se levantó Mariposa, y al
verle los ojos se asustó:
—Ven, que estás muy sobresaltado. Te salta el corazón en el pecho. Ven.
Le cogió una mano y lo llevó adentro. Rodrigo se dejaba guiar como un sonámbulo. La
alcoba estaba oscura y fresca.
—Ven. Tienes calor.











Se puso a desnudarlo.
—¡Qué hermoso eres! Si te hubieran visto desnudo los del templo, te hacen Joven
Divino. Ven. Ven pronto.
Rodrigo estaba todavía en el estado de estupor exaltado en que le había puesto la
revelación. Y así continuó hasta que Mariposa logró hacer de él su varón. Abrazados
estaban todavía, ella aun vibrante, él ya vuelto a su ser y comenzando a sentir indicios de
repugnancia, tristeza, arrepentimiento, cuando ella dijo:
—¡Qué bien huele tu cuerpo! ¿Sabes, Nezahual, a qué huele? A rosas.
Se incorporó Rodrigo sobre el petate de mantas que les servía de lecho; de un salto se
puso en pie, y comenzó a vestirse en silencio. De pronto observó en un plato de barro unos
como hongos.
—¿Qué es eso?
Mariposa, desnuda y triste a sus pies, contestó:
—Hongos sagrados. Ya sabes:

Dos, lucha amarga.
Tres, dulce suerte.
Seis, vida en goce.
Diez, goce en muerte.

—¿Para qué los tienes?
—Pues si no hubieras venido hoy, habría tomado...
—Sí ¿eh? Pues ya no los necesitas. Me los llevo. —Y se los echó a la faltriquera.
—Pero ¿te vas? ¿No te quedas?
—No. Tengo que volver a las fiestas.
Y sin despedirse de ella, se fué a paso ligero.





3

¿Qué hora será? A juzgar por las estrellas, deben faltar lo menos tres horas para la
medianoche. ¿Cómo andará la fiesta? Todos decían que no terminaría antes de las dos de la
madrugada. ¿Habrá notado alguien mi escapada? Sí. Dos personas. Mi madre y Catalina.
¡Cómo me desea la pobre y qué fea es! ¡Pero qué olor rico tiene! Mira que esta Mariposa...
Ésa sí que huele verde-amarillo... Salirme ahora con que yo huelo a rosas... Pero el caso es
que ella. . . Para ella yo soy un blanco.
Claro... Ahí está el misterio... Ya estoy en la esquina de la tapia de casa. ¿Qué hago? A la
derecha. A la laguna y a casa, digo, a la del marqués. O a la fiesta, que es donde estarán
todos todavía... No. A la izquierda. A mi casa de Tetzcuco. Entraré por la cancela de atrás,
la que guarda mi perro fiel, mi Romo, que sabe recibirme en silencio, y luego, no creo que
me vea nadie... Vamos allá... ¡Qué oscuro! Menos mal que me sé todos estos caminos de
memoria... Ya veo la cancela. Cuidado. Sin ruido. Ah, Romo, qué contento te pones, ¿eh?
Pero silencio, silencio. Sí, quédate ahí. Ya te veré al salir. . . Vamos por aquí, que voy más
seguro, aunque dé más rodeo... Cómo crece esta arboleda…no vale podaría… Sigue
creciendo... Nadie... Ni una luz... Aquí está la terraza con nuestras cuatro alcobas vacías. El
pilar de mi esquina. La trepadora. Arriba. También estas ramas crecen que es un primor...
La puerta-ventana de mi cuarto ¿abierta? Sí. Mejor. No faltaría ahora más que un paso













en falso y que se cayera al suelo algo estrepitoso... ¿Dónde estará la puerta del armario? Ah,
ya di con ella. Tercer cajón. Debajo de los pañuelos. Ah... Ya lo tengo. Conque, señor
Conde de Nezabal, cara de santo de iglesia, buscabais el mechero de oro, ¿eh? Pues sabed
que lo tiene vuestro hijo el indio, que sabrá hacer con él cosas muy sonadas, vaya si serán
sonadas... Y no estaría de más llevarme también una daga pequeña, que se pueda esconder
fácilmente, por si me resulta útil para rebajarle los humos a don Fernandito Alvarado, que
me encuentra demasiado indio para las justas... Bueno. Ya lo tenemos todo... Ya podemos
regresar a Méjico... Bajaremos por la enredadera... El sendero... ¿Qué bulto es aquél?
Parece que se mueve… Sí que se mueve. Claro que se mueve... Como que es la palma de la
esquina, que siempre tiene viento, o de la laguna o de la calleja. . . Bien…
Calladito, Romo, que ya me voy, pero no gimas, ¿eh? Calladito... Adiós. ¡ Qué caminito
este más pedregoso! Los remeros van a creer que me ha pasado algo.. . y no se equivocarán,
que algo me ha pasado... ¡Qué callado me lo tenía Issil! Siguen con sus sacrificios. Si lo
supiera el padre Gaona... ¡Si lo supiera mi madre!... Silencio... Mucho silencio... Yo,
heredero de Moteczuma, también heredaré de él la buena mano para sacar corazones.
Tengo que aprender... ¿Me querrá enseñar Issil? Hay que cubrir a Mariposa. Si se entera
Issil de que me lo ha contado... La engañé, que si no, es seguro que no me habría dicho
nada... ¡El Joven Divino! Qué... Me tiembla el brazo, el derecho, el del puñal... Parece que
ya siento la comezón de sacrificar una víctima. Ah, la canoa.












---Vivo, que tengo prisa…
…………………………………………………………………………………………
¡Qué suave el movimiento sobre el agua...! Me parece que me he debido de dormir. Ya se
ven las luces en las casas del virrey y en las del marqués. No tengo prisa. ¿Qué se me ha
perdido a mí entre tanta vanidad? La sombra es mi amiga y mi protectora. La luz sólo
puede iluminar más mi rostro indio que tanto entristece a mi madre, irrita a mi padre, exalta
a Isabel, me humilla a mi...
—Bien está. Ahora volveos a donde Issil y decidle que me habéis dejado en la plaza.
Por aquí. Voy a darle toda la vuelta al almacén de Esquivel. Desde luego hay una fachada
entera que da al canal. Es donde está la puerta del muelle de embarque de los fardos...
Además es la fachada a donde dan las ventanas de la casa de Esquivel... Eso no me
conviene. Yo necesito lo seco y no quiero que me vea el judío. De modo que esta fachada
es la mejor. Es la que le da la espalda a la casa de Esquivel, que seguirá roncando a su
placer. También es donde el agua coge más lejos. Este rincón.. Magnífico. Aquí se podrá
preparar todo. Y como por aquí siempre sopla el viento de noche, hará chimenea. Vámonos
a la fiesta.


4

El virrey había ido a media tarde a la recepción del marqués. Ya caída la noche, el
marqués fué a devolverle la visita. Don Antonio de Mendoza hizo pasar a su hués ped al
despacho oficial.








---Señor marqués, honras como ésta entran pocas en libra.
—No lo es sino por la cortesía de Vuestra Excelencia.
—Sentaos, señor.
—Con vuestra venia lo haré, que bien quisiera aprovechar esta ocasión para hablar sin
que nos coreen lenguas sin seso.
—Ya sabe Vuestra Señoría que siempre le escucho con placer. Y si me lo permite, le
propondría que olvidásemos las excelencias y señorías, como hombres llanos.
—Que me place. Lo primero que me llena el ánimo es lo de mis indios del Valle. —El
virrey levantó los brazos.— Ya, ya sé que a vos también os encocora este asunto. Pero,
señor, hay que decidir. El rey nuestro señor
—y Cortés se levantó la gorra de paño al decirlo—, me otorgó 23.000. Yo digo que eran
23.000 fuegos o familias. Hay gentes en vuestra cancillería que afirman ser 23.000 cabezas.
Hay que decidir, señor virrey.
—Marqués, yo os prometo que lo decidiré pronto. El legajo está en un desorden
espantoso a causa de... todo lo que ha habido aquí cuando estabais descubriendo y
conquistando en las Hibueras y yo no había llegado. Tanto me preocupa que he hecho venir
de España un buen letrado recién salido de Salamanca, para que me lo estudie sin ladearse a
una u otra opinión.
—¿Y llega pronto?
—Ya navega. Tendrá que comenzar por poner orden en los papeles y hallar los que se
han perdido... ya por descuido, ya por interés.
—De ser así, señor virrey, suspenderé mi acción hasta ver qué hace la nueva lumbrera.
Pero, ¿qué os diré del








segundo asunto? Aquí ha estado gobernando en mi ausencia un tirano infame...
—¿Queréis hablar de Nuño de Guzmán?
—Un tirano infame. Señor virrey, este reino se hundirá en sangre si hombres como
Guzmán quedan impunes. Ávido de dinero y de mujeres, cruel...
El virrey alzó la mano.
—Lo reconozco. El obispo me habla de él en términos aun m~s severos. Pero en su
litigio con vos...
—Es tan tirano como en lo demás.
—Bien podrá ser, marqués. Pero hay que probarlo por vía de justicia. Y aquí digo lo de
antes: el legajo es un caos. Aguardemos a nuestro nuevo relator y todo se pondrá en su
punto.
Mohino, Cortés calló unos instantes.
—Bien, señor virrey. Aguardaré. Pero bueno sería que de cuando en cuando me cupiera
alguna satisfacción.
—En lo que de mí dependa...
—Pues a fe, señor, que en el tercer punto que desearía tratar, de nadie depende mi
satisfacción sino del mismo don Antonio de Mendoza.
—Si es de veras así, contad que es hecho.
—Pues vamos a verlo. El padre Marcos de Niza me ha hecho relación del
descubrimiento... o por lo menos vislumbre…del reino de Quivira. Como capitán general,
me dispongo a hacer la conquista de ese reino, con la venia del virrey.
En el rostro de don Antonio se pintó la vera efigie del desengaño. Alzando los brazos al
cielo, exclamó:
---Pero, señor marqués, por lo que más queráis, pedidme algo que esté en mi mano.









—Pues qué, ¿no está en vuestra mano lo de Quivira?
—¿Cómo lo va a estar? ¿Cómo es posible que yo, con mis propias manos, desmiembre y
descuaje lo que Su Majestad ha hecho con las suyas?
—No lo entiendo, señor.
—Pues lo aclararé más. Su Majestad ha dispuesto que gobierne la Nueva España un
virrey; y que, bajo la autoridad suprema del virrey, gobierne en lo militar un capitán
general. Para nadie es un misterio, señor marqués, y menos para vos, que si el capitán
general no se llamara Hernán Cortés, no habría tal capitán general, o lo sería el mismo
virrey. ¿Estamos?
—Escucho, señor.
—Así las cosas, surge lo de Quivira. Es un asunto de gobierno...
—Es un asunto militar.
—Señor marqués, no hay asuntos militares. No hay más que asuntos de gobierno. Claro
que para ir allá será menester un cuerpo militar. Pero ¿qué cuerpo? ¿Con qué jefe? Cosas
que me conciernen a mí, con vuestro consejo, sin duda, pero a mi.
La boca fina, los ojos grises, la mano cortando el aire con gesto horizontal, la voz quieta,
todo decía firmeza.
—Bien —le replicó Cortés, no menos firme—. Pero si estas cosas os conciernen a vos
para decisión y sólo me atañen a mi para consejo, ¿a qué rogarme hace un rato que por Dios
os pidiera algo que estuviera en vuestra mano?
El golpe era tan certero, que estuvo a punto de desconcertar al virrey.
—Va mucho de Roma a Santiago, señor marqués; y










otro tanto de “concernir” a “estar en mi mano”. Yo no puedo, por respeto a Su Majestad,
resolver los asuntos como sería mi deseo, sino como conviene a su servicio.
Y no conviene al servicio de Su Majestad que vayáis
a Quivira.
Sombrío, Cortés miraba por la ventana las luces de la iluminación.
—Dura cosa es verse excluido de conquistar en su propia conquista.
—Lo comprendo, señor marqués. Pero el servicio de Su Majestad y el interés de Nueva
España.
—No habría Nueva España sin mí.
—También es verdad. Pero la hay. Y tenemos que go bernarla. Y yo os necesito aquí, no
en Quivira.
—Yo no os he pedido ir...
Alzó la cabeza el virrey con gesto rápido:
—¿Pues entonces?
—No os diré que no pensaba en ello.., pero hubiera podido enviar a uno de mis
oficiales...
—¿De vuestros oficiales, señor marqués? Yo creí que no los había más que del rey.
Se mordió el labio inferior el marqués, y con la mano derecha apretó el brazo del sillón.
Las venas de las sienes se le hincharon. Pasó un momento de silencio tenso.
—No juguemos sobre las palabras, señor, que ya no somos mozos. En toda Nueva
España se conoce a los conquistadores que vinieron conmigo por “los hombres de Cortés”,
y a nadie se le ocurrirá jamás echar nubes sobre...
Alzó el virrey una mano deprecatoria.
—Dios no lo quiera. Calmaos, que si en algo os ofendí







no ha podido ser mi intención. Marqués, lo tengo todo muy meditado. Irá a Quivira una
fuerza al mando de un buen soldado: Francisco Vázquez Coronado...
—¿Vuestro maestresala?
Cortés no había podido reprimir un tono y gesto de desprecio.
—Algo tendrá el agua cuando la bendicen, marqués. Y a Francisco Vázquez lo ha
nombrado el Consejo de Indias gobernador de Xalisco.
—Pues más difícil lo va a encontrar que preparar vuestros banquetes, aun como el de esta
semana.
—Dios le ayudará, señor marqués; como nos ayuda a todos cuando en Él confiamos.
Pero ahora me toca a mi pediros un favor.
—Pues, señor, os diré lo que antes vos a mí. Pedidme cosas que estén en mi mano.
—Que me ayudéis a convencer al señor Conde de Nezabal que vaya de segundo jefe con
Vázquez.
Sorprendido un breve instante, Cortés no ocultó la admiración que le causaba la
maniobra.
—Señor, seguro estoy de que don Alonso Manrique lo tendrá a mucha honra.
—Mucha ganó en la conquista con vos, Marqués.
—Más ganará en Quivira con vuestro maestresala. Es buen soldado y conoce dos lenguas
de por aquí. Amén de que sabe respetar a los naturales, que no es cosa que saben siempre
los españoles.
Poco después, virrey y marqués recorrían juntos los salones de ambas casas, al parecer en
la mayor cordialidad.














5

Asomados a una de las ventanas de la plaza en las casas de Cortés, doña Suchil, Rodrigo
e Isabel admiraban el espectáculo.
—Pero, madre, ¿cómo es posible? En una noche todo ha cambiado. Ayer era un bosque
de fieras y hoy es un castillo, todo de almenas y torres...
—Pues ya ves, hija. Todo lo puede el trabajo. Uno para inventar, y muchos para
trabajarlo. Dios sabe cuántos hombres habrán trabajado toda la noche.
—¿Y qué representa?
—Pero, isabelita, ¡Si ya te lo dijo tu padre ayer!
—Estaba medio dormida.
—Explícaselo tú, Rodrigo.
—Es Rodas.
—¿Rodas? ¿Pero qué es Rodas?
—¿No sabes lo que es Rodas? Pues es una isla de Grecia, allá junto al Gran Turco. Y la
defienden unos caballeros cristianos. Y la atacan los turcos. Y ahora verás al marqués
dirigiendo la defensa. Y luego habrá dos duelos...
Isabelita se puso en pie.
—Ah, ya sé, ya sé... Me lo dijo Catalina. Se batirán Fernando Alvarado haciendo de
cristiano...
—¿Cómo haciendo? Pues ¿no lo es?
—¡Qué tonto eres! Y de turco saldrá Pablito Rangel.
—Sí, pero lo mejor viene después, que saldrá tu futuro suegro...








—Rodrigo, no te metas con tu hermana. Di las cosas como son.
—Bueno. Pues saldrá don Juan Alvarado de turco contra tu padre, de cristiano.
—¿Por qué dices mi padre? También lo es tuyo.
—No. Mi madre es ésta.
—Pero yo digo tu padre.
—Mira, Isabel, ya te he explicado bastante.
—¿Qué es eso?
De aquella inmensa caldera cuadrada de luz, color, murmullo y movimiento había
surgido un vocerío de admiración.
—Son los cien comendadores que vienen a defender a Rodas —explicó Rodrigo.
—Parece un río de oro.
—Mira, Cortés, a caballo. Allí, el que va delante, justo detrás del estandarte. El caballo
blanco.
—¡Qué telas de oro! ¡Qué perlas! Oye, Rodrigo, ¿eran los comendadores tan ricos?
—¡Qué iban a ser! Pero aquí todo el mundo es rico. Mira qué caballos llevan, que hasta
los arneses son de oro o de plata; y mira las lanzas y las adargas, y hasta los arcabuces.
¡Cómo les brilla la plata de las guar niciones!
—¡Oh, qué bonito! ¡Cómo pasan por aquel arco... como si el río de oro pasara bajo un
puente!... ¡Y los navíos! Mira. ¡Parece mentira, navíos en plena plaza mayor!
—Todo mentira... Como los duelos que habrá luego; el de Fernando y... el otro. Todo
apañado para que ga nen los cristianos y no los turcos. Y eso que a lo mejor...










Y Rodrigo se calló. Pero ni su madre ni su hermana observaron su silencio. Sonaron
disparos. Era la artillería de los cuatro navíos. Sonaron unas trompetas.
—¡Los turcos! —gritó Isabelita, pero su voz se ahogó en la algarabía general, al par que
irrumpían en la plaza dos capitanías de turcos de teatro, todo sedas carmesí y grana, mucho
oro, ricos turbantes—. Rodrigo, Rodrigo, ¿cómo van a hacer la guerra con tan buenos
vestidos? ¡Qué lástima de seda!
—¿No te digo que es todo mentira? ¿Ves aquel pastor que está con sus carneros junto a
la fuente?
—Sí. ¡Cómo corre! ¿Crees que tiene miedo?
—No. Va a avisar a Cortés, que es el maestre de Rodas. Y él ¿sabes quién es? Pues
Felipín, el de la escuela, ¿te acuerdas? Ya te digo que todo es mentira. ¡Como si Cortés no
hubiera visto a los turcos!
—¿Adónde vas, Rodrigo? —preguntó doña Suchil.
—A verlo más de cerca.
Corrió su madre tras de él, pero Rodrigo se había escabullido.
—Mira, madre. Ahora los turcos se llevan los carneros.
—Pues verás cómo vienen los cristianos... ¿Ves? Ahora dan la batalla.
—Da miedo, ¿verdad, madre? Parece de veras. ¡Ay, mira, sale el marqués! ¿Por qué se
apeará? Y cojea. Le deben de haber hecho daño. Mira, por esta otra calle vienen más turcos.
A ver si van a ganar... ¡Ah, ya ha vuelto a montar Cortés! Pero lleva el pie vendado, fijaos,
madre. Y ¿por qué no habrán salido con los cristianos padre y Fernando?










—Porque los reservarán para que no se cansen antes de las justas.

*
* *


Rodrigo había calculado sus movimientos con perfección. Cuando llegó a los corrales, se
encontró a los animales abandonados. Dueños y mozos estaban en la plaza o como actores
o como espectadores. Fué primero al caballo de Fernando, sacó la daga y le cortó la cincha
bajo el cueto junto a la silla todo lo ancha que era, dejando a lo más una pulgada sana.
Después se fué al caballo de su padre y lo acarició y le habló y le ofreció un puñado de
hongos sagrados envueltos en paja, que el animal comió con avidez; y ya cumplido su plan,
se volvió muy tranquilo a reunirse con su madre y hermana.
—Se ve mejor desde aquí —dijo con indiferencia.
Iba terminando la batalla, y los turcos llevaban, desde luego, las de perder. Grana y
carmesí huían ante oro y perlas, a no ser que se dejasen prender para halagar la vanidad
cristiana; y en esto, suenan unas trompetas y toda la plaza se vacía.
—¿Por qué? —preguntaba inquieta Isabel.
—Van a volver. Ya verás. ¿Ves? Ya vuelven. Ahora se ponen los cristianos allá, a la
derecha, y los turcos a la izquierda...
—Pero si iban prisioneros…
—Sí. Pero no importa. Todo mentira. Y ahora van al torneo.
—¿Ahora viene Fernando?
—Ahora mismito.
Salió por el lado turco Pablito Rangel, con turbante






amarillo, unos zaragüelles blancos y una chaqueta corta de seda carmesí, y un caballo negro
como el azabache; y por el otro, don Fernando Alvarado, jinete en un magnífico caballo
blanco, casco dorado, una armadura de acero y oro que así protegía su pecho como dejó sin
protección el de Isabelita, cuyo corazón latía a más no poder.
—Mira, Isabel. Fíjate bien en la banderola que lleva Fernando en la lanza. Es un regalo
que le hicieron a su abuelo los reyes don Fernando y doña Isabel.
Isabelita se llevó la mano al corazón. Era una bandera verde con las dos letras F 1
bordadas en oro. Los ojos se le nublaron de lágrimas, y de pura felicidad asió y apretó la
mano de su madre.
Los dos caballeros se saludaron con las lanzas y aguardaron. Sonó un clarín y los jinetes
arremetieron a un buen trote hasta que se hallaron a punta de lanza. Y entonces ocurrió lo
que sólo uno entre aquella multitud de espectadores pudo haber adivinado. Al atacar Pablito
Rangel, hizo un brusco movimiento Fernando, ladeándose sobre el caballo, y caballero y
silla se derribaron, quedando el caballo desnudo. La multitud se quedó sin aliento; y en el
silencio se oyó una risotada estridente y sardónica. Isabelita se había echado en los brazos
de su madre sollozando; pero doña Suchil no miraba a su hija pálida y angustiada, sino a su
hijo, cuyos ojos muy abiertos bebían sedientos el espectáculo.
Fernando se había incorporado y pedía otra silla. Sus mozos le ensillaron otra vez el
caballo, se montó y comenzó el lance, en la forma convenida. El “turco” se dió por
vencido; y al ruido del entusiasmo popular, se consoló Isabelita.











Del lado turco salió ahora don Juan Alvarado, muy voluminoso en sus envolturas
“turcas” de sedas y damascos y con un turbante en la cabeza que parecía una calabaza
descomunal. Como era mucho más conocido que Pablito Rangel, el disfraz causó cierta
hilaridad y puso a la multitud de humor jocoso. Así la cosas, salió del lado cristiano don
Alonso Manrique, ricamente ataviado y armado; pero con cara tan cavilosa que ya en sí
habría bastado para estimular la hilaridad de la multitud. Le apuraba la conducta extraña de
su corcel, que parecía dormido y avanzaba con gran lentitud, como sonámbulo, con gestos
casi mecánicos de las patas. Las gentes iban cediendo a la risa cada vez más; hasta que
estalló una explosión de carcajadas cuando el caballo dobló las patas y se durmió, con su
jinete intacto a cuestas.
Corrido y avergonzado se retiró don Alonso Manrique. Se había ido apagando la risa
general; y en el relativo silencio dominó súbitamente el murmullo de los comentarios otra
carcajada sardónica y estridente. Doña Suchil miró a su hijo y se estremeció.


6

Espléndida había sido la cena del marqués, pero la del virrey fué legendaria. Los
corredores de las casas reales donde se pusieron las mesas se habían transformado en
verdaderos jardines, con su arboleda y flores, y sus pájaros; y hasta un remedo de la fuente
de Chapultepec con manaderos chicos de agua, y sendos grupos a ambos lados
representando un tigre encadenado y un arriero, dormido









junto a unos pellejos de vino, con cuatro indios que se emborrachaban a su costa.
Pasaban de trescientos los caballeros, de doscientas las damas. Había dos cabeceras, la
del virrey y la del marqués, ambas con sus maestresalas y pajes y con su orquesta de arpas,
violas, flautas, dulzainas y chirimías, así como trompeteros para anunciar los cambios de
servicio. La vajilla era toda de oro y plata.
Rodrigo estaba sentado entre Catalina Alvarado y Pepita Rangel.
—¿Tienes hambre? —preguntó Catalina.
—Tengo sed.
—Pues pronto te traerán vino. Mira cómo lo vienen echando en las copas.
—¡Qué bonito traje traes!
Catalina se ruborizó hasta las cejas.
—¿Te gusta? Es copia de uno que le hicieron en Flandes a la emperatriz.
Pero ya Rodrigo se había vuelto hacia su otra vecina, cuyo vestido parecía interesarle de
modo especial.
—¿Para qué sirve eso, Pepita?
—De adorno nada más.
—¿De adorno? ¡Pero si parecen bolsillos!
—Pues mira, podrían servir de bolsillos, pero se estropearían, ¿sabes?
Sonó una llamada de trompetas.
—Ah, comienza el servicio. Bueno. Como en la del marqués. Ensaladillas varias. ¿Sabes
para qué sirven? Para tirar del vino.
—Pues ahí lo tienes —replicó Pepita—. ¿Te fijaste en las mangas del indio que te lo ha
echado? Todo oro.








Rodrigo vació la copa.
—Catalina.
Catalina se estremeció del cabello a los pies.
—Te voy a leer la carta de lo que vamos a comer en el primer servicio. ¿Escuchas?
Con frivolidad fingida, la fea contestó:
—Te escucho.
—Pues ahí va. Cabritos y perniles de tocino asado a la ginovisca...
—¿Qué será eso de ginovisca?
—No sé, niña. Pero sospecho que es a la genovesa con un antifaz.
—Siempre gracioso, Rodrigo. Sigue.
—Pasteles de codornices y palomas inocentes.
—Eso de “inocentes” lo añades tú, ¿no? —dijo Catalina inclinándose sobre el papel.
—¡Oh, qué bien hueles! —exclamó Rodrigo sin saber lo que decía.
—Es una esencia italiana de mi madre.
—¡Esencia italiana!... Española, te digo, y muy española. Tuya, que te nace de la piel.
Ven otra vez. ¡Oh, qué bueno!...
Catalina estaba encendida.
—Lee, lee y no digas...
—Leo. Pavos rellenos; manjar blanco.
—Mira. Ya llegan los cabritos a la ginovisca, Rodrigo.
—Pepitoria. Torta real. Pollos y perdices en escabeche...
—¡Jesús!, ¿quién va a comer tantas cosas?
—Pues aun hay más.
—No. En este servicio, no.







—Sí, Catalina. Hay fruta de la tierra. Mira. Ven a leerlo aquí. Lo leeremos juntos. . . ¿Ves?
Fruta de la tierra como tú...
Y al punto en que la flauta y el arpa terminaban una melodía, le plantó un beso detrás de
la oreja.
En el corredor de los personajes, entretanto, a corta distancia del virrey, sus madres, doña
Suchil Manrique y doña Jacinta Alvarado departían amigablemente. Era doña Jacinta la
mujer más hermosa de Nueva España, si no de hecho, de fama. Llevaba el cabello, que
cuidaba primorosamente como su joya más preciada (y lo era), peinado a la moda imperial,
con una trenza que le rodeaba la cabeza como la banda de un turbante haciendo resaltar una
frente lisa y clara. El color oscuro y luminoso a la vez de aquel cabello, con ser natural,
sugería calidades artificiales de la ebanistería o la joyería, barnices ricos, lacas, ciertos
topacios. Topacios los ojos, sombreados por largas pestañas, parecían iluminar desde arriba
las mejillas suaves como fruta fresca que la lozanía iluminaba desde dentro. Dura pero fina
la nariz, fina pero dura la boca, duro y fino el mentón ligeramente hendido por el meñique
del hada de la gracia; y todo aquel rostro de Venus se erguía y como endiosaba sobre un
cuello alto y esbelto pero imperioso, que lo hacía de Juno. A su lado, doña Suchil, la gentil
princesa india hispanizada, parecía una esclava.
—Así que no sé qué hacer. Figúrate, Suchil, si le digo a Juan que me quedo, me mata.
Para él, faltar a una cacería en su finca es una traición. Si me dejo aquí a Catalina... tú
tienes una hija y sabes lo que es eso…vamos, que no lo trago.











—Se me ocurre una idea.
—¡Ay!, dímela pronto, Suchil.
—Te vas con Juan y me dejas a mí a Catalina.
—Pero… ¿te la llevarías a Tetzcuco?
—Claro.
—Cómo te lo agradezco, Suchil... Pero déjame pensarlo...
—¡Pues!
—No sé si le gustará a Juan. . . Tú ya sabes cómo es Juan. Además se le ha metido en la
cabeza que Catalina está enamorada de tu hijo.
Doña Suchil se sonrió levemente.
—Bueno. Algo hay. Pero en mi casa...
—Pues claro, mujer. Yo ni qué decir tiene. A ciegas te la confío. Pero ya sabes lo que
son los hombres. Juan sobre todo, que es un turco. Si vieras. . . en lo de Ro das, yo me decía
para mis adentros: “Ahora sí que estás pero que ni pintado. Turbante y bombachos. ¡Turco
neto!”
Acertó a recoger el tema un truhán de los que andaban en torno a las mesas diciendo
gracias y chocarrerías.
—¡Ay Juan, Juan, y qué propio estabas de turco que no te faltaba más que el serrallo! …
No os riáis tanto, que no me oye... Bien que quizás lo llevabas escondido en los zaragüelles,
que parecían el Nuevo y el Viejo Mundo, así Dios te bendiga, que para hacer de turco te
hizo esa cara de media luna. . . Que no os riáis, digo… ¿Qué mucho que el caballo del
conde al ver la luna en la plaza se durmiera?
Pasaban los indios de casaca de tejido de plata, con aguamaniles de oro para lavarse los
dedos; y otros de







casaca de tejido de oro para levantar los manteles, a lo que doña Suchil exclamó:
—Menos mal que se termina. ¡Tanto comer!..
—¡Ay, Suchil! —replicó Jacinta Alvarado—. Qué poco sabes de esto. Ahora va a
empezar el segundo servicio.
Sonaron las trompetas. Debajo de los manteles levantados había otros con sus pañizuelos.
—¡Ah!, ¿pero no hemos terminado? —preguntó Isabelita a su vecino Fernando.
—Apenas si empezamos.
Batió palmas la niña.
—¿Tanta hambre tenéis? —preguntó el galán.
—¿Hambre? No. Pero se está tan a gusto aquí...
—Se ruborizó y comentó:— ¡Es tan bonito!... ¡y los trajes son tan hermosos!...
Servían ahora un cocido de vaca, carnero, puerco, coles, nabos y garbanzos que nadie
comió. Y luego pasaron los indios-de-oro enseñando pavos asados con los picos y los pies
plateados; ansarones asados con los picos y los pies dorados; cabezas de puercos y de
venado. La gente miraba y dejaba pasar, mordisqueando rábanos, fruta, confites y bebiendo
vino en copas de oro.
Rodrigo tomó una cucharilla de oro y la echó en uno de los ‘~bolsos” decorativos del
traje de Pepita Rangel. Al instante, un indio-de-oro la volvió a poner en su sitio. Volvióse
Rodrigo a Catalina y le dijo al oído:
—Mira bien este juego y te divertirás.
Tomó otra vez la cucharilla y la volvió a echar en el bolso del vestido. El indio volvió a
recogerla y a ponerla en su lugar.









—¡Ah!, ¿pero ahora te enteras, Rodrigo? Pues claro. Fíjate que en la cena del marqués se
llevaron plata y oro por valor de más de cien marcos.
—¿Nada más?
—¿Te parece poco? Pues esta vez el virrey... ¿ves?... detrás de cada invitado hay un
indio-de-oro de pie con las manos en el respaldo de la silla... ¿lo ves?.., y detrás de cada
indio-de-oro que trae una bandeja y de cada indio-de-plata con un aguamanil o con agua
para beber... ¿ves?.., otro indio -de-oro. Para vigilar la vajilla.
—¡Qué bonito!, ¿eh? Un indio honrado para vigilar a cada cristiano ladrón...
—Rodrigo, ¡qué cosas dices!...
—¡Qué algarabía! ¿Qué es eso?
—Todas las caras se han vuelto. Mira, Rodrigo. No se ven más que colodrillos.
—¿Sabes lo que es?
—Yo no veo más que esos cuatro negros sudando con el peso que traen.
—En las angarillas, una cazuela de barro grande como una bañera o más. Se ven cuatro
patas en alto... ¡Ah!, mira, un novillo, abierto panza arriba, parece un barco lustroso de
grasa caliente que le resbala por La piel morena... ¡Y qué tripulación! Gallinas asadas,
pavos...
—Codornices también, mira.., y las guirnaldas, ¡qué bonitas!... Parecen gallardetes...
¿Quién se va a comer eso?
—Los negros y los indios de la servidumbre. Ya verás. ¿Ves? Lo enseñan por grandeza y
se van por donde habían venido. No dejan más que el olor.










Y luego, al son de una trompetería dramática, unos indios-de-oro presentaron a las damas
más ilustres unas grandes empanadas que al abrirse daban suelta a conejos vivos,
codornices y palomas vivas que se dispersaban por las mesas echando abajo copas de vino,
de aloja, de cacao. La música se iba animando y la conversación se hacía más vivaz en las
mesas jóvenes, más lenta y cansada en las mesas mayores.
—Rodrigo, ¿estás bebido? ¿Cómo te atreves...? —La sonrisa de Catalina desmentía el
enojo de la voz.
Dos indios-de-plata se llevaban inerte a un chocarrero ebrio. Pepita había desaparecido
de escena. Las dos damas de enfrente, a un lado y a otro de un conquistador que se había
dormido sobre la mesa, chachareaban sobre su espalda. Rodrigo, con los ojos centellantes,
acosaba a Catalina.
—¿Qué le voy a hacer si no haces más que decirme que eres más hermosa en lo que no
se ve? No me extraña. Lo que más me gusta de ti es el olor. Hueles a rosas.
—Cállate.
—No me callo. Si te pudiera desnudar, ya verías, ya verías... Yo sé ya muchas cosas.
—Demasiadas.
—Ya te enseñaría algunas ahora mismo, que tengo unas ganas... Verías cómo te haría
arder con el fuego que traigo dentro... Y tú... Si vieras qué rosas rojas te han salido a las
mejillas. . . ¿Por qué me miras así?
—Rodrigo, si tanto me quieres, ¿por qué no me pides?
—Pedirte ¿qué?
—Pedirme a mis padres... por mujer.
—Por mujer...








—Sí, hombre. Por mujer. ¿Qué? ¿Tan extraño te parece?... Te has quedado alelado...
—Por mujer... ¿Has dicho por mujer? Por mujer te tomaba yo ahora, que soy hombre. ¡Y
cómo te iba a gustar!...
—Por esposa.
—¿Casarme? ¿Contigo? —Se puso a menear la cabeza negativamente.— Para acostarme
contigo eras buena, buena, y hueles pero qué bien... Pero para casarme... ¿tú?, ¡quiá! Eres
muy fea.
Catalina sintió un martillazo en la boca del estómago y luego un mareo mortal. Se le
barrió la vista. El mundo se le hizo noche.
Rodrigo vió cómo se aovillaba sobre sí misma y caía al suelo. Dos indios se inclinaron
para darle auxilio. Ro drigo se escabulló.

7

Ya de madrugada, los invitados iban saliendo de las Casas Reales hendiendo una
muchedumbre de curiosos y de servidores que todavía se deleitaban con los restos de la
mesa. Por encima de los edificios de la plaza, el cielo azul- negro claveteado de oro parecía
tomar a occidente un resplandor rojizo. Se oían murmullos: “¿Qué será?” “Toma, el alba
que asoma.” “Y desde cuándo has visto tú salir el sol a Poniente?” “Ah, pues tienes razón.”
De pronto cundió la voz: “Un incendio.” Y el lago de la multitud se hizo torrente para ir a
verlo.
Ya de camino iban gritando: “¡Arden los almacenes de Esquivel!” En las casas fr onteras
de la última boca-








calle, las mujeres que miraban desde las azoteas parecían esculpidas en fuego. La vibración
candente de las llamas se reflejaba en las fachadas de adobe, y ahondaba la negrura de las
puertas abiertas. Frente a los almacenes, un gentío inmenso e inactivo se gozaba
ingenuamente en el espectáculo. Las paredes, de adobe, resplandecían sin ar der; pero la
techumbre, de madera, daba pábulo a las llamas, que crecían al favor de la brisa matinal.
Tras el telón de llamas la madera ardía en formas fantásticas, ahuecándose en cuevas de oro
incandescente, brotando en surtidores de sangre, arropándose en togas de raso escarlata,
esculpiendo con rubíes y carmesíes máscaras efímeras que se transfiguraban en torreones a
su vez desmoronados y disueltos en salamandras, endriagos, dragones y fantasmas de humo
que huían aire arriba enroscándose en el viento.
Sonó una trompeta, y un escuadrón de soldados de caballería consiguió, no sin causar
gritos y carreras, desalojar el espacio circundante, en cuyo centro apareció, cojeando,
Hernán Cortés en persona. En un santiamén se habían organizado tres cadenas de agua, una
de conquistadores, otra de artesanos blancos, otra de indios, que pasaban cubos de la laguna
y los iban arrojando al almacén. Pero si bien salvaban alguna mercancía, el edificio seguía
ardiendo, hasta que con ruido de trueno la techumbre en llamas se hundió bajo una nube de
humo.
—Te has salvado, Vicente —dijo don Alonso a Esquivel, que pálido como un muerto
contemplaba su ruina con él desde una azotea frontera.
—¿Salvado?
—Sí, hombre. Mira. Al caer la techumbre de esta ala,










ya podremos aislar lo demás. Y como el almacén está anegado, aquí también terminará el
fuego.
—¡Salvado! Miles de ducados se me han ido en maíz nada más. Y eso que el fuego no ha
llegado a la pólvora.
—¿Pólvora? ¿Dónde?
—Sí, hombre. Tan aturdido me quedé, que se me había olvidado. En el número 3. Ha
ardido el 1. Si se salva el 2...
Don Alonso no escuchaba ya. Habla salido a todo correr. Esquivel le siguió, sin prisa.
Iba limitándose el incendio, como lo había previsto don Alonso; y del número 1 salía ya
más humo que llama. Vicente siguió camino hacia el 3. El 2 y el 1, construidos en ángulo
recto, hacían rincón. Al pasar, Esquivel creyó ver brillar un objeto en aquel rincón oscuro,
siempre que las llamas se rehacían. Aguardó un instante. No era un objeto. Eran dos... y aun
quizá tres. Se acercó. Había un montón de cenizas, y junto a las cenizas la empuñadura de
plata y media hoja de una daga rota. Esquivel se puso a buscar la otra media hoja que
faltaba, y lo que encontró fué un mechero de oro con escudos de armas que sus ojos miopes
no lograron descifrar en aquella media luz; finalmente, clavada en una tabla a medio arder,
halló la media hoja que faltaba a la daga.
Oyó voces y se agazapó en su rincón. Era don Alonso que le decía a Cortés:
—Ya está toda la pólvora a salvo, y el fuego vencido. Nos podemos ir a dormir
tranquilos.
Sobre el murmullo de fondo de la multitud, desgarró el aire nocturno una carcajada
estridente y sardónica.









CAPITULO V


1


El padre Gaona era un franciscano de hasta cincuenta años, de cara que la naturaleza
quiso redonda, pero que la abnegación y la penitencia habían demacrado. La nariz roma y
los ojos azules, sin brillo, pero serios, la boca bondadosa, un cuello firme y robusto. Se
había instalado en un sillón de cuero con respaldo de madera, entre doña Suchil y don
Alonso. Los tres parecían meditabundos o, más bien, preocupados, pensativos y cabizbajos.
—Y dicen vuesas mercedes que fué él quien laceró la cincha. . . Pero ¿es seguro?
—Seguro... según, padre. Nadie lo vió. Pero como anunció que se vengaría...
—Y luego, padre, aquella carcajada que me heló la sangre. Tiene a veces unos
relámpagos de voz, que me asustan. Sobre todo que vienen sin razón alguna.
—Todavía, señora, todavía... No me parece muy probado. Claro es que las otras cosas...
—Ya venimos observando tantas... Lo de mi caballo es seguro. Se le encontró un hongo
sagrado aplastado en la faltriquera aquella misma noche... Luego, el incendio... Ahí donde
está sentada Vuestra Paternidad, estuvo Esquivel...





















—Yo, señor conde, no me fiaría mucho de Esquivel. No diré más porque la caridad me lo
veda.
—Padre, yo lo conozco desde la niñez y sé cuándo y dónde fiarme de él. Pero no se trata
de Esquivel en persona, sino de lo que traía. El mechero, la daga, recuérdelo, padre...
—Ya, ya lo recuerdo. Y no crean vuesas mercedes que no me preocupa todo esto. Tanto
que, por no tener confianza en mis dotes, he rogado... espero que me perdonen vuesas
mercedes… me he tomado la libertad de llamar a consulta a fray Bernardino.
—¿El del Colegio de Tlatelolco?
—Sí, señor conde. El del Colegio de Santiago, el padre Sahagún. Que no es poco mérito
el haber fundado un colegio para enseñar latín a los naturales, cuando tanto ofende la idea a
nuestros hermanos del clero secular.
—Y a muchos conquistadores y pobladores también, padre.
—Ya, ya lo sé, señor conde. ¿Y sabe vuesa merced lo que alegan muchos sacerdotes, que
no deja de tener gracia? Pues que si los naturales saben latín leerán la Escritura, y entonces
verán que los patriarcas sagrados tenían varias, y aun muchas mujeres... ¡y como nosotros
les combatimos la poligamia!...
—Pues no hace falta que aprendan latín para ver poligamia en los cristianos, padre. Pero,
decidme, el padre Bernardino...
—No es sólo un religioso. Es además el hombre que mejor conoce el modo de ser de
estos naturales, y está escribiendo un libro sobre sus costumbres y sus idolatrías y su
historia.










—Pues no veo cómo...
—Permitidme, señor, que os explique... Pero aquí está él, que lo hará mejor.
Entró en el salón un fraile como de cuarenta años, alto, narigudo, de ojos muy grandes y
rostro a la vez sagaz y cándido.
—Padre, sentaos, que os aguardábamos con impaciencia —dijo don Alonso.
Sonrió el recién llegado sin decir palabra, y miró a su hermano en religión como para
incitarle a entrar en materia.
—El caso es delicado. Los señores tienen un hijo de diecisiete años que les da muchos
quebraderos de cabeza. A todos ofende, con todos está mal. Tiene gran desvío hacia el
padre.
—Me odia, es la dura verdad.
—Tiene apego a su madre, pero ni la respeta ni le evita el menor disgusto; y es capaz de
todo con tal de satisfacer sus pasiones favoritas, que parecen ser el odio y la venganza.
—¿Tiene hermanos?
—Uno pequeño, que está en España, y una de quince.
—¿Que vive con él, vamos, con la familia?
—Sí, señor.
—¿Y contra quién van sus iras... sus malos humo res...? ¿Su padre... otras personas?
—Contra su padre, su hermana...
Fray Bernardino posó la mirada de sus ojos grandes sucesivamente en don Alonso y en
doña Suchil.
—Por lo que me decís, deduzco que la hermana se parece al padre y él a la madre.









—En efecto.
Todos callaron, hasta que el padre Sahagún preguntó:
—¿Y qué pensáis hacer con él?
—Pues para decidirlo pensamos en pedir vuestro consejo.
Tentativamente, dijo don Alonso:
—Mandarlo a España...
Meneó la cabeza fray Bernardino:
—Es tarde. Quizá de niño…Pero ahora es tarde.
Don Alonso y doña Suchil cambiaron una mirada.
—Yo, francamente —dijo el padre Gaona—, a juzgar por los disparates que hace, creo
que tiene el demonio dentro. Lo mejor sería exorcizarlo.
Volvióse hacia él fray Bernardino y le clavó una mirada penetrante.
—Siempre hay tiempo para. . . eso, si nos falla lo que tenemos a mano.
—La guerra... Mandarlo a donde se bate la gente...
—Don Alonso seguía pensando en alta voz.
—Señor, si ya es violento de su ser, no creo que sea lícito darle adversarios de guerra
como carnaza para su violencia.
—¿Qué aconsejaría Vuestra Paternidad? —pregunté doña Suchil.
—Para mí, lo mejor sería que viviera entre los naturales unos cuantos meses, sin tratarse
con españoles... en la familia materna, por ejemplo.
—Uno de nuestros planes era mandarlo a casa de don Carlos, mi hermano.
—¿Don Carlos?... ¿En Tetzcuco?
—Sí. El hijo de Nezahualpilli.








—Eso sí... Bueno... No digo que no corramos algún riesgo...
—¿Riesgo? —preguntó don Alonso.
El padre Sahagún miró a doña Suchil atentamente antes de contestar.
—Si la señora condesa me perdona...
—Por Dios, padre...
—Se trata de la salud del alma de su hijo. Pienso que en casa de don Carlos corte dos
peligros: uno es dejarse tentar de las idolatrías pasadas...
—Padre, mi hermano es cristiano.
—Gracias a Dios, señora. Pero es que también él corre el mismo peligro. Y aun queda
otro que es ya más especial a don Carlos. La señora condesa ya sabrá que don Carlos es...
—Ya sé, padre. Pero mi hijo tiene diecisiete años. Es pronto para que sutío lo malee.
—Con todo... Pero aun con estos dos riesgos, que para mí existen, yo aconsejaría que el
muchacho viva unos meses entre los naturales, sin tratar con españoles.
Don Alonso le miraba intrigado.
—¿Y por qué, padre?
—Señor, es uno de los misterios de nuestra naturaleza. lo que pasa a su hijo es que vive
entre dos sangres. Para los españoles es indio. Para los indios es español. Si parece indio, lo
mejor será darle un descanso haciéndole vivir entre los indios. Cuando se le calme el
ánimo, lo recobraremos, y si algo ha perdido por otro lado se lo corregiremos. Si sana, por
ese camino ha de ser.
Entró un negro con un pliego sobre una bandeja de oro.
—Suchil, es para ti.









Leyó Suchil, y dijo:
—Me llama Jacinta Alvarado. Parece que está grave Catalina. Si me perdonan Vuestras
Paternidades, iré en seguida.

2

Cuando la Condesa de Nezabal llegó a casa de Juan Alvarado, Jacinta la aguardaba con
impaciencia, ya vestida de viaje. ¡Y qué bien vestida! Una falda de algodón mejicana, fina
como la seda, de un color canela delicado; una camisola de seda blanca; una chaqueta larga,
cazadora, de ante, color rosa subido; un sombrerillo de fieltro casi hombruno, del color de
la falda; unos botines blancos de cuero con guarniciones de oro. Y para realzarlo todo, su
belleza natural.
—¡Jacinta! ¡Qué guapa estás! Pareces una estampa de Diana cazadora.
Sonrió la bella.
—¡Ay! No sabes lo que te agradezco que te encargues de Catalina.
—¡Ah!, pero ¿es tan urgente?
—Figúrate, Suchil. Esta hija mía... Siéntate. Verás. No sé cómo se las arregla, pero el
caso es que siempre me lo estropea todo. Basta que yo me proponga hacer algo para que me
lo impida.
—Pero tú te vas, ¿no?
—Hija, gracias a ti. Pero...
—Bueno. ¿Pero qué le pasa a Catalina?
—Sabes que vino anteayer de la cena toda desmadejada.









—No. No lo sabía.
—Pues sí. Parece que hasta se desmayó. Por lo menos, eso me dijeron los indios que la
recogieron del suelo y algunas personas. Yo, cuando llegué, me la encontré muy pálida,
dándose aire con un pañizuelo del servicio de mesa... Cuando me vió, se ruborizó hasta la
raíz del pelo. No sé qué hubo, pero no me lo cuenta.
—¿Quién tenía a su lado?
—Uno de los Ramírez a la derecha, y a su izquierda, no sé, creo que era tu hijo. Sí, era tu
hijo, que me lo dijo Pepita Rangel.
—Tengo que preguntarle a Rodrigo.
—En fin, ayer lo pasó en cama, sin comer. Y hoy dice que tiene dolor de cabeza y está
mareada. Creo que hasta vomitó, según me dijo Rosario, la mulata que le sirve de doncella.
—Bueno, mujer. Espero que no será nada.
—¡Qué va a ser! Ya sabes que mi hija es muy aparatosa. La menor cosa la hincha para
hacerse. . . en fin, le gusta que se ocupen de ella. Pero como me tengo que ir, te llamé para
ponerte al corriente. A Rosario le di todos los detalles de dónde estaré, y si algo pasa, me
mandas recado.
—¿Y tú te vas en seguida?
—Hace ya horas que me espera Juan. Debe de estar furioso.
—Pues anda, anda. ¿Te despediste ya de Catalina?
—Sí. No. Bueno, es lo mismo. Como vuelvo dentro de unos días. Adiós, Suchil. Tú sí
que eres una amiga fiel.
Doña Suchil salió al patio a verla partir, y luego al portal. Espléndida amazona en un
alazán del color exacto








de su falda y sombrerillo, seguida de un escudero muy galán jinete en un caballo negro. Al
dar la vuelta a la calle, sacó un pañuelo rosa y lo agitó en el aire con un ademán tan
elegante que, aun natural, parecía estudiado. La esquina ocultó la bella estampa como la
página de un libro que se vuelve. Doña Suchil volvió al patio. Apenas había entrado, corrió
hacia ella Rosario, la mulata.
—La señora. . ¿Se fué ya?
—Sí, Rosario. Ya se fué.
—¡Ay, señora condesa! ¿Qué va a ser de mí...?
—Pues, ¿qué pasa?
—Toda la mañana tratando de explicar a doña Jacinta... ¡Cómo si yo no supiera lo que es
esto! La niña Catalina tiene una fiebre que quema. Le duele la espalda. Devuelve lo que se
le da de comer...
—¿Qué crees tú que es?
—¡Seguro, señora, seguro!
—Seguro ¿qué?
—Viruela, señora, viruela.
—No.
—Sí, señora. Si no hago más que decirlo, y no me quiere creer nadie... digo nadie, doña
Jacinta, que los otros... Aquí no queda nadie. Don Juan se fué ayer, don Fernando se fué
con él. ¿Qué va a ser de mí?
Y la pobre mulata —una joven que no llegaba a los treinta— se torcía las manos.
—Vamos a ver a la enferma.
La mulata la cubrió con una mirada de agradecimiento por aquella decisión que
aseguraba dirección, jefatura, orden.
En la alcoba, Catalina yacía sin reposar, volviéndose







de un lado y de otro entre suspiro y suspiro. El rostro encendido acusaba fiebre alta. Doña
Suchil iba a ponerle la mano en la frente, cuando cruzó su imaginación la imagen de su hijo
y se abstuvo.
—¿Qué sientes, Catalina?
—¡Ah, doña Suchil! ¿Y mi madre?
—Pues…pronto viene. Pero entretanto me ocuparé yo de ti. Dime qué sientes.
—Me duele todo. Y tengo un mareo...
—¿Desde cuándo?
—Desde que…desde hace dos días.
—¿La cena del virrey?
—Sí, señora.
—¿Comiste demasiado?
Catalina hizo un gesto negativo con la cabeza rodándola sobre la almohada; y su rostro
expresó un dolor más que físico.
—Bueno, niña, déjalo. Vamos a ver cómo te ponemos bien pronto.
Salió de la alcoba y llamó con la mano a Rosario.
—Manda dos mozos, uno a casa del marqués, para decir que venga en seguida don
Alonso, y el otro al hospital del Convento de Méjico, que digan a fray Lucas de Almodóvar
que venga a ver a una enferma.

*
* *



Cuando llegó don Alonso ya se había marchado el fraile.
—¿Qué hay? ¿Qué pasa?




—Una jugada de Jacinta. Ya debía conocerla, pero me ha vuelto a embaucar...
—¿Pues?
—Se ha ido de caza al coto, a reunirse con Juan y con Fernando, y apenas ha dado la
espalda me encuentro con que Catalina tiene viruela.
—¿Viruela? ¿Cómo lo sabes?
—No es tan difícil. Pero hice venir a fray Lucas de Almodóvar.
—¿Por qué no llamaste a fray Juan de Unza, que al menos es médico y ha estudiado?
—Mira, no se me ocurrió. Pero fray Lucas es maravilloso y ha hecho curas increíbles. En
fin, no se me ocurrió. Fray Lucas me confirmó que es viruela; y me dió por instrucciones
limpieza, no tocarla con nuestras manos desnudas, dieta y confianza en Dios.
—Pues no nos faltaba más que esto. Como si no tuviéramos ya bastante con… lo nuestro.
¿Y qué vas a hacer?
—Traerme mis cosas. Me voy a instalar aquí.
—Pero esta niña tiene sus padres. . . Y tú tienes tus hijos...
—Sí, ya lo sé. Pero hay que ver las cosas como son, Alonso. Jacinta no volverá. Ha
salido huyendo por miedo a perder su hermosura... Los dos hombres son... hombres. Tú ya
los conoces. Además, para estos casos no sirven. Mientras hay peligro, no habrá aquí nadie
más que yo...
—Suchil, yo creo que…en fin, me parece que llevas muy lejos tus buenos sentimientos.
—Tú me los enseñaste, ¿no? Ya sabes que yo tomo











en serio las enseñanzas de Cristo que me diste... como las tomas tú.
—Bien. Pero...
—Parece que tienes algo en el pecho que quiere salir y no se atreve.
—Pues sí, algo hay. Hay, Suchil, que me voy.
—¿Te vas? ¿Adónde?
—¿Te acuerdas, el otro día, el cuento aquel que nos contó el padre Marcos de Niza?
—¿Lo de Quivira?
—Bueno. Pues voy a eso.
Doña Suchil se dejó caer en el sillón.
—¡Mas conquistas! ¡Más guerras!
—Ya te lo explicaré todo más despacio. Pero no me puedo negar. Iré de segundo jefe, y
aunque no creo que podamos salir con el grueso de la fuerza hasta entrado el año que viene,
tendré que ir de vanguardia pronto para preparar las etapas.
—¿Y vas a estar fuera mucho tiempo?
—Meses. No creo que llegue al año.
—¿Y qué voy a hacer con la niña...y con Rodrigo?
—Rodrigo se lo mandamos a tu hermano Carlos... Ya le hablaré... A Isabel... ¿Cuánto
tiempo crees tú que vas a estar de enfermera aquí?
—No sé. Un mes, dice fray Lucas.
—Pues en ese mes la puedes dejar con la marquesa. Y luego te la llevas a casa.
—¿Pero entonces tú te vas en seguida?
—Dentro de muy pocos días.









3

—Este sol que se pone... Don Alonso, ¿se os ha ocurrido alguna vez pensar en cómo el sol
nos cambia los pensamientos?
—Pensar, no sé, señor. Pero sentirlo, sí. Que yo cuando no hay sol...
Cortés alzó una mano. Estaban sentados en sendos sillones junto a las escalerillas del
embarcadero de jaspe.
—¡Ah!, no digo eso. Claro que en tiempo nublado desde el virrey hasta el último lagarto
se siente triste.
—Pues entonces, señor, no acierto a...
—Parece como si los rayos del sol naciente invitaran a las obras; y los del sol poniente a
los sueños, que sean de la imaginación, que sean de la memoria. Ahora, con este sol que se
pone, se me va el ánimo a las cosas que fueron.
—Mucha luz derraman algunas, señor.
Cortés le sonrió con los ojos.
—A lo mejor no es el sol que se pone el que me lleva a rememorarías…es un deseo de
huir de hoy... Termina el día... termino yo...
—¿Vos, señor? ¿Terminar? Dios no lo permitirá.
—¿Quién es capaz de saber lo que Dios permite? Yo me he encontrado en Tetzcuco,
tené, en vuestra casa, don Alonso, con una orden prohibiéndome entrar en Méjico. Dios
permitió que el rey de España no me dejara entrar donde Montezuma no pudo impedírmelo.
Don Alonso bajó la vista.









—Mi sol se pone en el Nuevo Mundo para no volver a amanecer. Harto sabe el hombre
que sabe cuándo muere.
Don Alonso alzó la cabeza con rápido movimiento.
—¿Morir, señor? Es palabra fuerte.
—Hay morir y morir. El cuerpo dura a veces cuando ya no queda vida para el espíritu.
Yo soñé con esta conquista... Un país por hacer. Dos pueblos que unir. Aquel día en que os
casé con aquella joya azteca que era vuestra futura, fué para mí no menos feliz que para ella
y para vos. Fué para mí prenda que el Señor ponía en mis manos de que llegaría a casar a
los dos pueblos... Hoy...
Elevó al cielo que se doraba en la agonía del día dos manos con más fe que esperanza.
Don Alonso callaba, escuchando su propia pena íntima.
—Vos y yo hemos visto aquí grandes cosas que quedarán en la memoria de los dos
mundos. Nuestro encuentro con Montezuma en la calzada, no se lo borrará el tiempo ni a
un pueblo ni al otro. Grande fué la simiente. ¿La cosecha? Gentecilla vino aquí a mandar.
Oro, mujeres y vino, Y nuestra honra como hombres se habría hundido en la basura si no la
hubieran salvado los frailes. Aun ellos, con ser tan generosos de su cuerpo y tan caritativos
de su alma, se han ensañado a veces con exceso contra los templos y libros sagrados de los
naturales...
—Pero, señor, era menester destruir el culto abominable que...
—Lo reconozco. Pero, por curiosidad, se debió haber conservado algo que lo conocieran
los que vengan después










de nosotros. En fin, yo tenía mis ideas. Ni tan sublimes como las de los frailes, ni tan.., me
da horror y vergüenza que los nuestros se comporten como tiranos vi1.... Ese Guzmán...
¿Cómo evitar que un día haya aquí un alzamiento y una matanza de españoles? Yo soñé
con un pueblo rico y feliz administrado por caballeros y educado por santos varones...
Sueños, don Alonso, sueños de imaginación, que ahora me vuelven como sueños de
memoria. Ese sol que se pone... Dentro de unos días saldréis para Quivira…antes que
regreséis, habré traspuesto yo el horizonte del mar..
—¿Cómo, señor?
—Yo no hago ya nada aquí. Un virrey y yo... no cabemos en Nueva España. Me voy a
España la vieja—sonrió con melancolía—. Me voy a que mi sol se ponga hacia Levante, al
revés de ese que se nos va.
Tocaba el sol en las últimas azoteas y se iba hundiendo lentamente al otro lado de la gran
ciudad española que el Conquistador había elevado sobre las ruinas de la gran ciudad
azteca.

4

Alto, recio, sencillo hasta la pobreza en su hábito de fraile, el obispo de Méjico, padre
Zumárraga, subió con pie seguro la escalera de la Casa Real. Don Antonio de Mendoza no
era sólo el virrey. Era un amigo seguro.
—Padre, ¿qué os trae?
—Señor, no vengo como obispo de Méjico, sino como protector de los indios.
Sonrió el virrey.








—Habíamos quedado en que no ejerceríais como tal.
—Oficialmente... bueno. Aunque la Cédula Real me nombró Protector de los indios,
reconozco que no es fácil ejercer la protección sin meterse en todo. Pero ¿cómo voy a
abandonar a quienes el rey me manda proteger?
—¿Pues qué pasa?
—Un escándalo, señor. Esas dos cenas... —El obispo se detuvo mirando de hito en hito
al virrey.— Ya os previne a tiempo, señor; tales alardes de gula y de ostentación mal
pueden servir nuestra labor aquí, que es la de atraer a Cristo a los naturales.
—Pero —interrumpió el virrey algo impaciente—, ¿hay razones nuevas que...?
—Sí, señor virrey. Ayer mañana han venido a quejarse los calpixques o alcaldes de tres
pueblos cercanos. Parece ser que los novillos, los puercos, los pavos, las gallinas, los
ansarones, en fin, todos los animales domésticos que se comieron en la cena del marqués,
se los robaron a estos tres pueblos.
—Pero eso no puede ser. Si a mí me aseguró el marqués que se los había pagado a
tocateja a Esquivel. Y aun me dijo que no muy barato.
—Así es señor.
—Pues entonces...
—Me he enterado personalmente de todo, señor virrey.
—El obispo hablaba con seguridad en el fondo, con modestia en la forma y modales. La
larga nariz aguda, los ojos grandes llenos de sincero anhelo, la boca fina sombreada por el
bigote caído y unido a una barba corta ébano- y-plata, el cerquillo en torno a la calva, todo
su rostro puro y noble garantizaba con su sola presencia y









vida la veracidad de su relato.— Me he enterado, señor virrey. Es verdad que Esquivel se
los vendió caros al marqués. Es verdad que él los compró caros a quien se los compró. Pero
los que se llevaron los dineros fueron don Carlos Culebra-de-Zarcillos y don Juan
Alvarado; y los animales pertenecían a estos tres pueblos. El indio y el conquistador
vinieron con fuerza y se los quitaron.
—Pero eso no puede...
Alzó la mano el obispo.
—Aun queda algo más. Don Juan y don Carlos se excusan diciendo que hubo que hacer
la operación aprisa y de cualquier manera porque los animales que Esquivel tenía
contratados para la cena del marqués, se los llevó por la fuerza el maestresala del virrey.
—¿Cómo pudo ser eso? Yo no sé nada.
—Señor, os he dado un resumen del asunto. Para mí, lo que haya entre don Juan
Alvarado, don Carlos de Tetzcuco, Esquivel, el marqués y vuestro maestresala no tiene
importancia. Lo grave es el dolo que se hace a los naturales. ¿Cómo creerán en Jesucristo si
los cristianos los tiranizan? ¿Para qué mueren nuestros hermanos en religión de muerte
atroz a manos de los indios bravos, y sufren penalidades sin cuento otros para convertir
pueblos enteros si.
Esta vez fué el virrey quien alzó la mano.
—Padre, ¿estáis seguro de que don Juan Alvarado y don Carlos de Tetzcuco no han
abonado a los naturales…?
—Mientras no intervine yo, nada. Después algo, pero mucho menos de su valor; y
además, los naturales no querían vender. Fué una violencia como las que solía









cometer Nuño de Guzmán. Es intolerable, señor virrey.
—Otra pregunta. ¿Qué culpa creéis que le alcanza a Esquivel?
El obispo lo pensó un poco.
—Todo depende de lo que haya sobre vuestro maestresala. Si es verdad que Esquivel
tenía adquirido a tiempo lo necesario para la cena del marqués y que vuestro maestresala se
lo quitó por la fuerza, el apremio en que le pusieron excusaría que buscara por todos los
medios cumplir con el marqués. Yo no creo que ni don Carlos de Tetzcuco ni don Juan
Alvarado sean hombres para dejarse influir o dirigir por Esquivel. Oirían el apuro en que
Esquivel se encontraba y buscarían el medio de sacarse unos miles de pesos. Sería quizá
injusto echarle en cara a Esquivel que fuera a enterarse de dónde les venía a aquellos dos
señorones el ganado que le vendían.
El virrey escuchaba con la mayor atención...
—Bien. Lo voy a estudiar todo, y os prometo...
—Señor virrey, estos dos desdichados...
—¿Quiénes?
—Alvarado y el príncipe de Tetzcuco…me traen a mal traer. Esta jugada de los ganados
ha sido más sonada. Pero los dos se entienden como tahures en garito. Don Carlos da a don
Juan indios para que le hagan las casas y también indias para su placer. Don Juan sostiene a
don Carlos por sus relaciones con la Corte. Algo habrá que hacer. El escándalo es público.
—Sí, padre, sí. Lo concedo. Pero... ¿me permitiréis una observación que quizá tenga
malicia pero no malignidad?










El padre Zumárraga miró al virrey con ojos algo desconcertados.
—Padre, es más fácil marcar el camino que recorrerlo. Es más fácil ser obispo que
virrey. Vuestra Paternidad me dicta lo que debo hacer. Yo hago lo que puedo hacer. Todo
se andará. Hoy no puedo enderezar del todo la conducta de don Carlos. Pero lo que es ese
robo de ganado, le respondo de que lo castigaré.
El padre Zumárraga se quedó mirando al virrey, sopesando aquellas palabras.
—Señor, grave cosa es que el que tiene en mano el poder no pueda.
—Grave, padre; pero frecuente.
—Es muy de meditar en un reino tan vasto y tan lejano de la madre de la fuerza; tan
pocos los españoles, tan numerosos los indios. Pero no le veo otro remedio a la situación
que dos reglas: extirpar el culto pagano y tratar a los naturales como cristianos que somos
nosotros y que queremos que sean ellos.
—Así es, padre. Pero.
—Si así es, señor, vuelvo a decir, estos dos principales nos hacen mucho daño; porque
maltratan a los indios; y además el don Carlos de Tetzcuco... —Meneó la cabeza el
obispo.— Hay que tenerle la vista encima., señor. Mucho me temo que en secreto no sea
fiel a Nuestro Señor.
—¿Creéis pues que favorece la idolatría?
—Lo sospecho.
—¿Con fundamento?
—Si hubiera fundamento no sospecharía. Sabría.
—¿Pues cómo?









—Señor, nosotros tenemos mucha experiencia de estas cosas; y casi diría que olemos al
pagano por mucho y bien que se disfrace de cristiano.
—Padre, vigíleme eso.
—En ello estoy.


5


—¿Da vuesa merced licencia?
—¡Rodrigo! ¿Tú aquí? ¿Ya?
—Es que...
—No hay “es que” que valga. Tienes orden de no venir a esta casa ni a la de ningún
español mientras vivas en casa de tu tío.
—Señor, es que...
—Ya te he dicho que no hay “es que”. Apenas llevas quince días cumpliendo y ya
desobedeces. Márchate.
—Señor...
La voz suplicaba.
—¿Qué pasa? ¿A ver?
Rodrigo entró lentamente en la estancia y se quedó de pie, a medio andar entre la puerta
y su padre, como era su costumbre ante su padre, mirando al suelo.
—Es que me ha dicho Antonio...
—¿Cuándo has visto tú a Antonio?
—Me lo encontré por casualidad en el barrio indio.
—¿Y qué te dijo?
—Pues que vuesa merced salía mañana para Quivira.
—Pues ni salgo mañana ni salgo para Quivira —replicó don Alonso.



Sorprendióse el mozo y miró a su padre. Don Alonso se sonrojó levemente:
—Salgo pasado mañana, y no voy a Quivira, sino a... Sinaloa.
Rodrigo sonrió levemente, y bajó los ojos.
—¿Qué te va en ello?
—Señor, dice Antonio que vuesa merced sale a preparar la conquista de Quivira.
—Dice bien.
—Pero es que yo... Vuesa merced recordará que el marqués en persona vino a buscarme
a mi alcoba para que bajara a cenar.
—Sí, pero...
—Pues el marqués quiso que bajara para que oyera al padre Marcos.
—Así es. Pero.
—Pues el marqués me dijo que bajara porque oiría maravillas que me levantarían en el
ánimo el deseo de salir al campo.
—¡Ah!... Conque ahí querías venir, ¿eh? De modo que quieres salir al campo como un
hombre...
—Yo... no sólo yo... El marqués también lo quiere. Fué él quien..
—El marqués no te conoce. Cree que eres un hombre hecho y derecho.
Se irguió el mozo, alzó la vista y preguntó:
—Pues ¿qué soy?
—Un mozuelo.
Se le puso gris el rostro cobrizo y bajó otra vez los ojos, donde rebrillaba un fulgor
maligno.
—Ya tengo diecisiete años, uno más que Pablo Ran-








gel, y a él lo llevó su padre a lo de los indios de Oaxaca.
—No se miden esas cosas por la edad, sino por los hechos.
—Pues Pablo Rangel no sabe ni tirar con honda. Y yo, de lanza sé poco, pero sé más que
él, y a honda nadie me gana en Méjico, que doy siempre donde pongo el ojo.
—¿Dónde está el mechero de oro?
—¿Qué mech...? No sé.
—Pues yo sí sé dónde está. ¿Y dónde está la daga que te regalé hace dos años con tus
iniciales?
—La daga...
—Sí. La daga. La que fué de tu abuelo, que se llamaba también Rodrigo. ¿Dónde está?
—No se.
—¿Y cómo quieres salir conmigo al campo si no sabes dónde tienes la daga? Pues yo sé.
Estaba donde el mechero. Y está rota. Y la punta clavada en una tabla. Y también sé que
tienes unas calzas manchadas con el jugo de un hongo sagrado, que llevabas en la
faltriquera el día de las justas, y…más cosas aun que son de mozuelo y no de hombre de
armas. Anda, Rodrigo, véte a casa de tu tío y cumple mis órdenes. Hasta que vaya yo o
mande a buscarte, no veas ni frecuentes españoles, ni vengas para nada por casa, para nada,
¿lo oyes? Y entretanto prepárate para salir al campo... —Rodrigo alzó la vista
bruscamente— aprendiendo el manejo de las armas, sobre todo la lanza, que todavía te
queda mucho que aprender. La guerra no es cosa de mozalbetes, ni guerrear con honda es
cosa para un Manrique. Díle a tu tío que te enseñe la lanza, que es muy buena lanza él, que
le enseñé yo.









Rodrigo no se movió. Mirando al suelo, en silencio, se gozaba en su propio rencor.
—Anda. Véte, que tengo que hacer.
El mozo salió en silencio, siempre con la cabeza baja.

*
* *


A los dos días salió la expedición. Don Alonso había decidido hacer de noche las
primeras etapas, en parte para ejercicio de sus tropas, en parte para evitar el calor. A eso de
medianoche se reunieron en la gran plaza de Tetzcuco los cien jinetes castellanos que
llevaba y obra de cincuenta acemileros indios con sus mulas. Sonó un clarín, y con don
Alonso a la cabeza el escuadrón se puso en marcha. Brillaba la luna llena. El escuadrón se
dispuso a subir las cuestas que llevaban a la sierra, pasando por callejuelas donde las
herraduras de los caballos hacían brotar chispas del pedernal de los guijarros secos. En la
sombra azul se adivinaban bultos de indios curiosos. Al pasar don Alonso por una vuelta
que la luna iluminaba arrancando destellos a su armadura, sintió un golpe en la espalda.
—Mira qué es —le dijo a Cara-Larga, que de escudero cabalgaba detrás de él.
—Señor, está un poco abollada la coraza entre las hombreras. Debe de haber sido una
pedrada, y con honda.











6


¿Qué nubes serán esas tan espesas y tan negras que el viento se lleva? ¿Y es viento o es
luz? Parece un viento de luz. Y por encima de la nuca parece como que me salen y vienen
nadando por el aire unas mañanas frescas con brisas rebosantes de pájaros de color que se
quedan presos en el ramaje de los árboles verdes llamando a otro pájaro que duerme aquí
bajo las sábanas, aquí bajo el pecho izquierdo que duerme y parece feliz y quieto como si
descansara después de tanto revolotear como loco cuándo y dónde no me acuerdo ni por
qué pero sé que era de noche y la luna ardía como un incendio detrás de las nubes y no se
veía nada más que aquella luna de sangre ni se respiraba más que fuego mientras que ahora
se respira brisa de mañanas frescas y se oyen pájaros de color y se ve luz quieta y todo es
paz que...
—¡Ah! ¡Madre!...
—No soy madre. Soy Suchil.
—¡Madre! ¡Qué mañana tan dorada!
—Catalina, ¿qué...? ¡ Pero si estás que da gusto verte!
—Pues claro, madre. ¿Por qué me miráis con esa cara de duda?
—¿Pero no ves que no soy tu madre?
Catalina le alargó los dos brazos en súplica. Estaba desnuda bajo las sábanas.
¡Madre! Llevo... ¿cuántos días estuve en cama?
—Treinta y cinco.
—Llevo treinta y cinco días descansando en vuestro regazo, ¿y todavía no sabéis que sois
mi madre?







Venciendo el nudo que se le hizo en la garganta, contestó doña Suchil:
—¡Qué cosas dices! Cómo se ve que estás mejor.
—Y me curaré pronto. Con una condición. Que me... que queráis ser mi madre.
—¡Pero, hija de mi alma, si tienes la tuya!
—No, no. Madre no la he tenido hasta ahora. Y está aquí, a mi lado. ¡Qué cosa más...! —
Se le nublaron los ojos.— Ahora ya no necesito tener envidia a Isabel... Sólo por los años
que perdí y que ella tuvo. ¿Me querréis, verdad?
—Pues claro que te quiero. Pero deja ya eso, que no te conviene para ponerte mejor
pronto. Tengo carta de tu madre. Ha estado muy mala.
—No lo creo.
—¡Catalina!
—La conozco. Siempre inventa una enfermedad cuando no quiere hacer lo que no
quiere... Y como no quiere venir... Claro... Pasarse las noches sin dormir... Se le estropearía
el color de las mejillas.
—¿Por qué la juzgas tan mal? Ya ves si te equivocas, que han tenido que llamar a un
cirujano...
—No, si yo no digo que no haya estado enferma de verdad. Es capaz de eso... Yo la he
visto ponerse enferma de verdad porque le convenía... más de una vez. Siempre que padre
decía que tenía que ir de viaje, se ponía enferma ella. .
—Pero, hija, eso es natural. Si le quiere, como le querrá...
—Madre, no la conocéis. Si mi padre iba de viaje por cosa de las fincas o de caza o por
su gusto, había enfer -









medad segura. Si tenía que salir con armas y coraza, no había enfermedad.
—Bueno. Deja eso y no critiques a tu madre, que me escribe preguntando por ti con tanto
cariño. Vamos a bañarte y verás qué guapa te ponernos Rosario y yo.
—Guapa, madre... no puede ser. Toda la hermosura de mi madre se la llevó Fernando.
Pero.., en cambio... Madre, no me había fijado... ¿qué es esto? ¿Qué manchas son estas que
tengo en los brazos... y en el pecho?... Madre, madre, ¿las tengo también en la cara? Un
espejo, por Dios, un espejo... ¿Pero qué he tenido? ¡Oh! —Rompió a llorar.— Ahora
comprendo por qué se fué esa mujer y no quiso cuidarme... y vos.., que lo sabíais... treinta y
cinco días aquí, conmigo... el suelo besaré donde pongáis los pies... madre, madre... por
amor y por vergüenza que no me vean la cara... que ya era tan... ¿qué va a ser de mí?... ¿qué
va a ser de mi?...
Suchil le pasó la mano por la frente, acariciándola en silencio. Catalina alzó los ojos yle
sonrió a través de su llanto.
—Es la primera vez... Es la primera vez que me... no sabía que una mano podía dar tanto
amor... ¡Oh, qué feliz soy!... ¡Qué...! ¡Cómo me ha protegido el Señor!...
Siguieron así en silencio. Doña Suchil acariciando la frente de Catalina, que pasiva se
dejaba vivir.
—Madre, un espejo. Quiero saberlo todo de una vez, ahora, ahora que estoy... que estáis
conmigo.
Doña Suchil le trajo un espejo.
La enferma se quedó callada mirándose con los ojos muy abiertos. Doña Suchil le decía:










—No creas que te lo digo para consolarte; pero yo encuentro que las pecas te dan cierta
gracia. ¿Te acuerdas de Manolita Velázquez, aquella que se fué a España casada con el
veedor?
—También tuvo... sí, me acuerdo que tenía... y tenía más que yo.
—Como que estuvo mucho más grave que tú, que la viruela de aquel año fué muy mala.
Pues bien salada era y bien se casó. Y no digamos de Inés, la del secretario, y
Juana, y tantas otras. Anda. Deja el espejo, que te voy a bañar.
—¿Qué dice mi madre?. . . ¿La otra?
---Que viene dentro de una semana. En cuanto esté bien.
—Sí. En cuanto esté yo bien. Pues no quiero verla.
—Hija, no digas eso, que te castigará Dios.
—Dios es justo y me comprenderá. Madre, he sido buena enferma, ¿no?
—Modelo.
—Pues, en recompensa, ¿puedo pedir un favor?
—Pues claro.
—No me atrevo. Es que es mucho pedir. Pero para mí sería la vida.
—Si de mi mano esta...
—Ir a sanar a... vuestra casa de Tetzcuco.
—Por mí, hecho.
—¡Oh, que os abrace!
Se abrazaron.
—Pero dije “por mí”. Falta que tus padres quieran.
—Escribidles, madre, que dirán que sí. Qué más quieren ellos que echarme fuera…








7

—Todo el mes que llevo aquí lo he pasado cont igo. ¿De qué te quejas, Papálotl?
—Hay pasar y pasar, Nezahual. Tu cuerpo ha estado aquí... al menos por la noche...
—¿Y te parece poco? Acuérdate que al principio no me gustaba nada dormir contigo.
Mariposa le clavó sus ojos negros.
—¿Cómo se me olvidaría?
—Y ahora llevas un mes entero teniéndome aquí de noche. No vas a querer también que
esté de día.
—¿Por qué no, si eres mi hombre?
—Secreto. Ya bastante difícil va a ser guardar secreto que paso las noches contigo. Con
la gente que hay en estas casas... ¿Quién sabe cuántos espías tendrán aquí los frailes?
Además, de día tengo que hacer. Mi tío me enseña esgrima de lanza, y con Issil lo del culto.
—Pues no te puedes quejar de que te eche de menos. Cuanto más vienes, más te quiero
ver.
—¿Qué estás haciendo?
—Harina de bledo para amasar el cuerpo de Uitzilópochtli.
—Ah, claro. Es la fiesta hoy. ¿Por qué no me lo recordaste?
—¡Tengo tantas cosas en qué pensar!
Se sentó sobre los talones para descansar de la molienda que estaba haciendo en el suelo,
de rodillas, miró a Rodrigo como intentando comprenderlo, y suspiró.










—¿Qué te pasa? Hoy tienes un humor que no es el de los demás días.
—No me pasa nada.
—Entonces ¿por qué se te llenan los ojos de agua?
—No sé.
—Sí sabes. Lo que pasa es que no me lo quieres decir.
—Sí te lo diría. Pero...
—Pero ¿qué? Habla, mujer. Mira que tengo que irme en seguida a la fiesta del dios.
—Estás muy lejos.
Se le acercó Rodrigo y le echó un brazo al cuello.
—¿Qué pasa?
Volvió el rostro hacia él, mirándolo con ojos suplicantes llenos de lágrimas, y con la
mano se tocó el vientre.
—¿Estás enferma?
Meneó la cabeza negando.
Al fin, el inexperto mozo cayó en la cuenta.
—¡Ah! Ya. Bueno, mujer. Era de esperar, ¿no? ¿Por qué te apuras tanto?
Rompió a llorar, sollozando. Rodrigo la soltó y se puso a andar por la estancia
procurando medir la situación nueva.
—Nos separarán, Nezahual. Issil no querrá que nadie sepa... Nos separarán.
Y como Rodrigo recibía la noticia sin pena ni gloria, Mariposa lloraba cada vez más.












CAPITULO VI

1

En la azotea de Esquivel, la luna alumbraba con pálida luz dos figuras sentadas en sendas
mecedoras. Los reflejos que daban los rayos lunares enredados en los espejuelos delataban
al propio Esquivel. El otro era un hombre joven de rostro bien delineado, vasta frente y ojos
sagaces, nariz aguda y labios como hilillos de seda roja.
—Llegas a punto. El virrey te espera con impaciencia. Me consta.
—¿Por qué? Con tanta gente de toga como tiene... Y yo recién salido del cascaron...
—Precisamente. Los asuntos aquí se complican todos por la pasión personal; y la
cancillería, en vez de quedarse fuera, se mete en la refriega. Ya te imaginas lo que eso
significa. Los papeles desaparecen cuando molestan al bando que los tiene.
—¡Vaya justicia!
—Ya, ya irás curándote de espanto. Aquí hay dos grandes bandos: el del marqués y el
del virrey. El marqués va de capa caída. ¡Quién lo diría! ¡Aquel Hernán Cortés que hizo la
conquista! Los que fuimos sus soldados lo teníamos casi por un dios. Los indios sin casi. Le
llamaban Malintzin.












—Qué nombre tan raro... ¿y por qué?
—Porque tenía una amiga india que le servía de intérprete. Se llamaba Marina. Doña
Marina. Y como ellos hacen de la erre ele, le llamaba Malintzin, “el Señor que viene con
Marina”. Pero ya de señor... aquí poco le queda.
—Pues en la Corte tiene mucha fuerza.
—Aquí no. En el mismo reino que conquistó, no pinta nada. Aquí manda el virrey.
—¿Y el obispo?
—Son muy amigos. Y el obispo tiene la fuerza de su santidad.
—¿Tan santo es?
—Admirable, Luis. Pero yo te recomiendo que te pongas siempre del lado del virrey.
—¿Y eso por qué?
—Porque es el que manda; y porque es tu jefe; y porque es el más fuerte.
—Padre, yo procuraré siempre ponerme del lado de quien tenga razón.
—Ah, hijo, y ¿quién la tiene? La razón es un sueno de los hombres. Como la felicidad.
No se realiza jamás.
—Filósofo estáis.
—Es la experiencia. Créeme y guíate por mi.
—¿Y qué asuntos grandes hay pendientes? —preguntó Luis.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—En la cancillería. Supongo que si hay asuntos famosos se hablará de ellos y los
conoceréis.
—Hay dos gordos, que tocan al marqués. Uno es el de sus indios de Oaxaca. Él pide
23.000 familias. El Vi-








rrey no le quiere dar más que 23.000 cabezas. Y hay su pleito por los dineros que le debe
Nuño de Guzmán.
—¿Y cosas que no atañan al marqués?
—La más fuerte me atañe a mí. Ya te lo conté. Lo de los ganados que don Carlos de
Tetzcuco y don Juan Alvarado les robaron a los pueblos de por aquí.
—¿Y qué pensáis vos de eso?
—Que los dos señorones son un par de sinvergüenzas; porque me hicieron pagar doble
de lo que valían unos animales que no les habían costado nada.
—¿Pero teníais vos conocimiento?
—Sospecha. Conocimiento, no.
—Y sospechando, ¿por qué...?
—Ya aprenderás. Había que cumplir. Tenía el cuchillo al cuello. No, no me remuerde la
conciencia de nada. Ese asunto no me quita el sueño. Lo que me hace cavilar es lo del
incendio.
—¿Y se perdió mucho?
—Miles de pesos que había pagado por lo que se quemó, maíz sobre todo, y mercancía
pequeña, y muchos más miles que dejé de ganar.
—Con todo, tuvisteis suerte en no perder más.
—La tuve. Pero no sé cómo rehacerme.
—¿Y no se sabe nada de cómo empezó?
—Todo.
—Pues entonces... Si hay un responsable...
—No es tan fácil como crees. El responsable lo sabemos su padre y yo. Es el hijo de
Alonso Manrique.
-¡Ah!
—¿Lo ves? Claro que yo no voy a perder miles de ducados sin procurar rehacerme. Pero
la maniobra es de-




licada. Y a lo mejor, al querer recobrar eso pierdo lo demás.
—¡Qué mundo!
—Así es. Pero, sea como sea, y con todo el tacto que se quiera, esos ducados... además,
los necesito. Sobre todo ahora que pensaba marcharme.
—¿Adónde? ¿Y por qué?
—Pues ante todo por ti.
—¿Por mí?
—Creo que subirás mejor si no tienes aquí a tu padre de mercader.
—A ver, a ver. ¿Cómo es eso?
—Si tienes en la cancillería un asunto mío, estarás mal a gusto para resolverlo.
—Se lo paso a otro.
—¡Qué joven eres! Además, si te enamoras de alguna hija de conquistador, vale más que
nadie vea a tu padre vendiendo garbanzos a dos cuadras de tu casa.
—Pero como no pienso enamorarme de una hija de conquistador...
—Pero, muchacho, ¿de quién te vas a enamorar aquí? Si no hay más que eso... Y te
convendría... ¿sabes? Tienen mucha fortuna. Bien que les gusta casarse entre ellos. Pero a
veces hay mercancía que no se vende... Mira, el mismo Alvarado tiene una hija que no
consigue casar... Y eso que es gente que no sabe lo que tiene. Es feúcha. Y además acaba
de salir de la viruela. Se ha quedado toda pecosa. Pero es buenísima. Tiene fama de ser un
ángel. Suponte ahora que tú te casaras con ella…todo lo resolvíamos: tu carrera; mi viaje…
—¿Adónde?










—Yo levantaría la casa y me iría a Flandes.
—¿Con tía Marta?
—Con tía Marta.
—Y ¿dónde viven esos Alvarados?
—Aquí a tres cuadras, al otro lado de la plaza. Pero la niña se ha ido a convalecer a
Tetzcuco, a casa de los Manriques.
—¿Los de Torremala que me contabais?
—Los de Torremala.
—¿Y decís que es muy fea?
—Hombre, no. Lo que pasa es que no es hermosa, como su madre, por ejemplo, o la hija
de Alonso Manrique, que ha salido a la abuela, la que fué hija del rabino de Torremala.
—Entonces, ¿no es muy fea?
—No. En fin, tú verás. Eso va en gustos. Tiene bonito cuerpo.
—¿Y decís que ahora está en Tetzcuco?
—Sí. Pero ya pronto volverá.
—¿Y cómo la conoceré?
—Oh, eso aquí es muy fácil. La verás en la misa mayor, el domingo. Y luego en las
recepciones que hace el virrey. Además, aquí no es como en España. Hay más libertad.
Luis Esquivel se atusó el bigote.












2

A medianoche se celebró en el Valle Secreto el necololo o procesión para la ceremonia
de lavar a Uitzilópochtli. Rodrigo fué nombrado Yiopoch, es decir, designado para ir
vestido con el atavío del dios, bailando delante de su imagen. Llevaba Rodrigo, como el
dios gigantesco que le seguía, una máscara de mosaico de turquesa, ojos fijos redondos,
blancos, con la pupila negra en obsesión, boca rectangular con las dos hileras de dientes en
dentera; al cuello, un collar de corazones de oro con colgantes en forma de camarones;
calzaba botas negras de caña alta, exornadas con camarones de oro; le ceñía el talle un
cinturón de culebras de oro; en la mano izquierda blandía una flecha de ébano labrado y
decorada con incrustaciones de plata, y en la diestra, cinco flechas negras con puntas de
plata.
Seguía a Rodrigo la estatua gigantesca de Uitzilopochtli, en andas, que llevaban cuatro
sacerdotes, no a hombros, sino sostenidas a mano, con el brazo a lo largo del cuerpo. Al
lado de cada sacerdote, un mancebo desnudo, salvo el pañete, azul y amarillo a rayas,
blandía su tea. Seguían hasta cien mancebos con teas. Todos iban salmodiando el himno
sagrado a Uitzilópochtli:

Uitzilópochtli, yaquetlaya, yyaconay, ynohuihui.
Uitzilópochtli, el guerrero. Nadie me iguala.
No en vano me vestí de joyas amarillas:
Por mí sale el sol.









Al hombre del país de las nubes le ha enviado
(un mal agüero
Al hombre del país del frío le ha quitado un pie.

Dos filas de flautas de hueso acompañaban la salmodia. Así iba serpenteando la
procesión por un sendero techado por el ramaje de una espesa arboleda hasta dar con la
boca de la cueva de las calaveras. Rodrigo recordó el lugar de sus desposorios en común;
pero las siluetas y símbolos de la diosa carnal habían desaparecido. La procesión entró por
el eje de la gran sala rectangular, reanimando las calaveras muertas con sus luces y sus
voces que reverberaban en ecos y reflejos. Los cuatro sacerdotes colocaron la imagen del
dios sobre un altar bajo. Luego, el Tehoua puso una jícara de calabaza pintada de azul
encima de una tablilla hecha de cuatro cañas verdes> colocada ante la estatua; y con el agua
de la jícara le lavó la cara y todo el cuerpo al dios; mientras Rodrigo sentado inmóvil a sus
pies parecía una copia en miniatura del dios lavado. Seguía entretanto la salmodia sagrada:

Uitzilópochtli, el guerrero, nadie me iguala.

Terminada la ceremonia de la purificación, comenzó la del reparto. El cuerpo de aquel
Uitzilópochtli descomunal estaba amasado con harina pura y finísima de bledos. De la
oscuridad del fondo de la sala-cueva surgió a la luz temblorosa de las teas otro dios, pero
vivo: era Quetzalcoatl, Dios de los Vientos, Serpiente de Plumas Preciosas. Venía pintado
de negro, y llevaba una camisa blanca bordada y calada. Tocábase la cabeza con una mitra
de piel de tigre que coronaba un penacho de plumas.








En la diestra mano un arco y en la siniestra una flecha. Los sacerdotes y mancebos que
rodeaban a Uitzilópochtli se formaron a un lado y a otro de su dios; pero Yiopoch, que
personificaba Rodrigo, siguió impasible sentado entre los pies de Uitzilópochtli. El dios
recién llegado armó el arco con la flecha, apuntó y dió en el corazón de su rival, quedando
la larga flecha clavada en la masa. En el mismo instante cesó la salmodia y se hizo un
silencio total. Rodrigo se puso en pie.
Los cuatro sacerdotes desnudaron al dios muerto, mientras el coro, con Quetzalcoatl a su
frente, cantaba:

El caudillo de los guerreros nuevos,
El caudillo del templo,
Se ha puesto el traje de águila
Sembrado de cuchillos de pedernal.

Oh guerrero nuevo del templo,
Mi prisionero tiene plumas pegadas.
Ya me temen, ya me temen.
Mi prisionero tiene plumas pegadas.

Ya estaba desnuda la imagen de harina de bledos. Rodrigo contemplaba con estupor el
detalle de su forma, en que se distinguían no sólo los miembros, sino el corazón todavía
atravesado por la flecha del dios nuevo. Los sacerdotes separaron cuidadosamente el
corazón, que colocaron en una bandeja de oro. Rodrigo se preguntaba dónde había visto
antes aquella bandeja, pero no acertaba con la respuesta. Partieron los sacerdotes el cuerpo
en cuatro pedazos, mientras Quetzalcoatl dividía el coro en cuatro secciones. Cada grupo
recibió uno de los cuatro





pedazos del dios; cada mancebo del grupo tomó su porción y la envolvió devotamente en
un papel sagrado. Había terminado le ceremonia. Se volvió a formar el necololo o
procesión y, salmodiando ahora el canto del guerrero nuevo, volvió por el sendero del
bosque a la cueva primera donde se había iniciado.
Mientras Rodrigo se quitaba su traje divino, Issil le recordó:
—Ante todo, tu juramento de silencio absoluto.
—No temas, Issil. ¿Qué hacemos ahora?
—Subiremos con la fresca. Si aguardamos a que salga el sol, hará demasiado calor.
—¿Y esa bandeja de oro con el corazón?
—Yo llevaré el corazón y tú la bandeja. Es para tu tío Cuanacoch.


3

El canciller del despacho era un viejo chupado y arrugado con ojos vivaces que iban y
venían entre sus arrugas como un gato entre zarzas. Con gestos casi mecánicos, iba
colocando los papeles a la firma del virrey, vertiendo arenilla sobre la firma y
depositándolos boca abajo en la cartera de cuero rojo marcada en letras de oro: FIRMA. El
virrey escuchaba con atención disfrazada de aburrimiento el breve sumario de cada papel
que se le ponía delante.
---... esto es una providencia en lo de los indios del marques...
El virrey se detuvo más de lo acostumbrado. Por en-









cima de su rostro inclinado por la lectura, el rostro del canciller se avinagró.
---... sin importancia, señor… puro trámite...
—Dejadlo sobre la mesa. No es cosa urgente.
—Si Vuestra Excelencia lo prefiere me lo llevaré para revisión...
—No. Ponedlo ahí, en la segunda bandeja.
---…éste es cosa sin interés. Se trata de unos papeles de Nuño de Guzmán que...
El virrey recorría el texto.
—Veo que se habla del marqués...
—Sí, señor. Pero no le toca en nada a sus intereses. Puro papeleo...
El virrey seguía leyendo.
—Bueno. Tampoco es cosa de prisa. Dejadlo ahí, con el otro. ¿Hay más?
—Cuatro o cinco.
Siguió firmando Su Excelencia sin sospechar las miradas de despecho e indignación
que su canciller le disparaba, y al fin terminó la operación.
—¿Qué hay del nuevo?
—¿El doctor Esquivel?... Muy sabio, señor, muy sabio.
—¿Pero sirve?
—Ello dirá, señor. Un poco metementodo.
—¿Cuánto tiempo lleva en la cancillería?
—Ayer hizo dos semanas.
—Yo mandé que se encargara del archivo. ¿Se ha hecho?
—Como todo lo que manda Vuestra Excelencia. Desde el primer día. Llega, se
encierra con los papeles y no








se le ve en todo el día. Qué hará entre papeles muertos, no lo sé, ni lo quiero saber.
El virrey le miró con un matiz de socarronería que no advirtió el canciller.
—Bien. Podéis retiraros. Mandadme al doctor Esquivel... Ah, y una cosa: que os quitéis
de la cabeza que los papeles están muertos. Viven, y hasta colean.
El canciller se fué haciéndose cruces. Jamás había ha blado el virrey con tanta frivolidad.

*
* *


—Entrad, entrad, doctor Esquivel.
—Señor, me dice el canciller...
—Sí. Os mandé llamar para daros instrucciones. Pero antes deseo saber qué impresiones
tenéis de vuestros primeros días en la casa.
—Señor, sin experiencia alguna...
—Precisamente. Lo que quiero saber es qué impresión le causa la cancillería a una
persona nueva.
—Señor, yo no quisiera...
—Os ruego que habléis. Y si es menester os lo ordeno.
—Bien, señor. Pues comienzo por decir que yo de la casa no conozco más que el archivo.
—Ya es algo. ¿Cómo está el archivo?
Luis Esquivel vacilaba.
—Podría estar mejor.
—¿Qué le falta?
—Orden, señor.
—Decid, decid. ¿Cómo es eso?





—Señor, no hay un plan general de clasificación y colocación. De modo que los papeles,
si se encuentran, es por azar o por la bendición de Dios.
—¿Y a qué se debe, según vos?
—A abandono, desde luego.
—Pero parece que lo decís como si no fuera esa la causa única...
—Señor, yo no me atrevería a ir más allá con la seguridad de acertar. Que hay abandono,
de eso estoy seguro. Que haya otra cosa, ya no lo estaría tanto.
—¿Qué otra cosa?
—A veces he tenido la impresión de que los papeles que faltaban eran precisamente los
de más fuerza en el legajo. Y cuando esta impresión se fué repitiendo, me quedé con la
sospecha de si habría intención.
—¡Ah! Pues habrá que poner remedio a eso. Y por ahora, esa será la labor que os confío.
—Señor, me confunde tanta confianza. Al fin y al cabo, apenas salgo de la .......
El virrey detuvo al joven doctor en su exhibición de modestia.
—Ni una palabra más sobre esa tecla. Lo dicho vale como instrucciones generales. Pero
me quedan dos especiales. Tenemos en esta casa dos asuntos enojosos, que atañen al
marqués. Tengo muy especial interés en que se ventilen y resuelvan con arreglo a justicia.
Para lograrlo, hay que empezar por establecer unos legajos completos, irreprochables. Me
corisideraré bien servido si dedicáis preferente atención a esta labor.
—Así lo haré, señor.
—Se trata de los asuntos aquí tratados.










Y el virrey pasó a Luis Esquivel los dos papeles que no había querido firmar.
Echó una ojeada Esquivel a uno y otro, y se sonrío.
—Confío en que me traeréis estos dos expedientes completos en lo que quede de mes.
—Señor, ya están.
—¿Cómo ya están?
—Están completos los dos. Su trabajo me costó. Pero no falta nada, O, para ser más
exacto, tales y como están se pueden resolver.
El virrey miraba a su nuevo archivero con los ojos muy abiertos.
—No entiendo bien eso.
—Señor, en uno y otro legajo faltan piezas; y muy importantes. Pero los que las
quitaron... bueno, es una suposición o sospecha... los que las quitaron no pararon mientes
en que su contenido figuraba íntegro y tan autorizado en otras piezas que han quedado.
—De modo que, según vos, se puede dictaminar...
—Sin duda… Si se juzga prudente.
El virrey le clavó una mirada.
—Bien, bien, doctor Esquivel. Vamos a ver. Si aceptamos la suposición de que las piezas
que faltan no faltan por casualidad, es que ha habido intención. En ese caso, ¿qué
intención?
El joven doctor se quedó callado contemplando la pregunta.
—Estoy procurando… Señor, la respuesta firme quizá pediría mayor estudio.
—¿Pero vuestra primera impresión?
—Ha habido dos intencio nes sucesivas y contrarias:









una, primero, contraria al marqués; otra, luego, favorable. Y parece como que en tiempo
todavía más reciente ha vuelto la intención a volverse contra el marqués.
Esta vez le tocó al virrey quedarse callado contemplando la respuesta.
—Dijisteis antes que los legajos tal y como están ahora permitirían ya una decisión.
¿Cuál, a vuestro entender?
Nuevamente meditó Luis Esquivel, con calma y sin que le perturbara hacer esperar al
virrey.
—Señor, en lo de los indios del Valle, la concesión regia permite las dos interpretaciones.
Cualquiera que se tome es justa, porque ambas caben. La solución tiene que ser puramente
política. Sobre eso yo no soy competente.
—¿Es seguro que no hay ni texto ni principio de ley que nos obligue a un lado u a otro?
—En mi opinión, es seguro. Pero puedo estar equivocado.
—¿Y en lo de Nuño de Guzmán?
—El caso es muy distinto. Todo lo que el marqués alega contra Guzmán como tirano
parece probado. De serlo, como creo que lo es, Guzmán merecería en just icia perder todos
sus derechos, pero no a beneficio del marqués, sino de Su Majestad. En cuanto al pleito
civil, habría que ventilarlo ante la Audiencia.
Tras breve silencio, el virrey tomó la palabra:
—Os ruego que me hagáis dos notas para mí solo, sin copia en los legajos, dándome esas
dos opiniones con apoyo de los textos que convenga.
—Bien, señor.
—¿Para cuándo estarán?
Bajó los ojos Esquivel y se puso colorado.








—Señor, ya las había redactado, sospechando...
—Ah, bien. Pues me las traeréis ahora mismo... Un momento, que no hemos terminado.
Tengo un asunto que quisiera que me estudiarais. Se trata del suministro de víveres para
una gran cena que dió hace poco el marqués. Parece que dos grandes de aquí, un español y
un mejicano, han cometido graves desmanes.
—Señor...
—¿Qué pasa? ¿Ya lo tenéis también. .
—Señor, yo obedeceré si Vuestra Excelencia me lo manda; pero está mi padre de por
medio.
—Yo confío en que aun así me diréis la verdad.

4

—Entra, Nezahual. Te he llamado esta vez a la cueva pequeña porque es más segura que
la sacristía.
—Pues bien segura es aquella cueva también, ¿no?
—Era. Pero no me fío del monaguillo nuevo que han puesto. Es uno de esos niños que
convierten los frailes y les salen listillos y los ponen a enseñar la doctrina a los más torpes.
Todos espías.
—¿Entonces, haremos aquí la lección siempre?
—Será mejor. Siéntate en ese poyo.
Era una cueva natural, donde hasta los asientos estaban apenas esbozados al hacha en la
roca viva.
—O si quieres, fuera...
—Estaremos más al fresco aquí.
—Como quieras... Supongo que ya sabrás que tu mujer está embarazada.
—Me lo dijo ya hace días.




—Ahora hay que cambiar las cosas para acomodarse a lo que viene. Primero y principal,
nosotros no creemos bueno y sano que el marido tenga acceso a la mujer embarazada. De
modo que lo mejor es separaros por ahora.
—Bien.
Issil le clavó una mirada penetrante.
—Tú dormirás en la habitación de arriba, que ha sido la tuya para todos, menos para los
que estábamos en el secreto de tu matrimonio.
—Bien.
—Papálotl se irá a un lugar que ya tengo escogido hasta que dé a luz.
—Bien.
—Tú, entretanto, seguirás la enseñanza militar con tu tío y la religiosa conmigo.
—Bien. Pero...
—¿Pero qué?
—Que ya me tarda aprender lo principal.
—Ya. Ya sé qué quieres decir. Cómo se ve que tienes en las venas sangre de
Moteczuma...
—¿Por qué?
—Porque Moteczuma fué un gran sacrificador.
—¡Ah!, ¿pero Moteczuma mismo...?
Sin hacer caso del efecto que la revelación había hecho en el educando, Issil continuó
con voz doctoral:
—Hay buenos, medianos y malos sacrificadores. Moteczuma era un magnífico
sacrificador. Jamás erraba el golpe y no andaba como ciego en feria buscando el corazón.
En un relámpago de tiempo, todo estaba hecho; y el puño erguido ofrecía el corazón al dios.







—Pero Moteczuma mismo... Pero Moteczuma mismo... el tío de mi madre... Ah,
Moteczuma... él mismo...
—Cálmate, muchacho, y siéntate otra vez. Moteczuma, el tío de tu madre, él mismo...
Pues sí. Era un gran sacrificador. Y por eso creo yo que, por ser tú de su sangre, lo harás
muy bien. Porque eso se hereda con la sangre. Tú te pareces a él... Los viejos que te han
visto y que conocieron a Moteczuma de joven, todos me lo dicen. Tú, que te pareces a él,
serás también un buen sacrificador.
—Pues no sé cómo, si no aprendo primero...
—Es un arte que no se aprende. De nada serviría que yo te dijera: agarra el cuchillo así;
da entre tal y tal costilla; abre el pecho así; arranca el corazón así. . . no te serviría para
nada. Porque te encuentras frente a la víctima, que es un ser vivo como tú, y si no te inspira
el dios, no harás nada a derechas. El sacrificio no lo haces tú, lo hace el dios con tu brazo.
Pero hay quienes sirven mejor al dios que otros. Y éstos son los buenos sacrificadores. Así
era Moteczuma. Y así lo serás tú.
—Pero ya, ¿para qué?
—¿Cómo para qué? ¿Te imaginas tú acaso que cuando seamos libres y echemos de aquí
a los Pálidos, no vamos a honrar a nuestros dioses en la forma de siempre?
—Pero ya no sabréis sacrificar. Os faltará la costumbre. Rodrigo le miraba atentamente,
espiando el menor matiz en la expresión.
—Todo llegará a su hora —sentenció Issil impasible, con voz de oráculo.











5

Dar vueltas y más vueltas y no poder dormir... Yo. Moteczuma. Yo. Moteczuma y yo.
Moteczuma soy yo. Yo tengo un brazo que no se engaña y sabe abrir el pecho y dar al
punto con el corazón. Gran sacrificador. La víctima es un hombre como yo, como Mo-
teczuma, que soy yo. Con el brazo en alto le doy en el pecho, me doy en el pecho, con el
puñal del sacrificio, sobre la Piedra del sacrificio, le doy, a Moteczuma, a mí, me doy en el
pecho, yo de pie y yo echado en la Piedra, yo, sacrificador y yo sacrificado, dos
Moteczumas, y me abro el pecho y me arranco el corazón y lo alzo en el aire con mi brazo
que no se equivoca porque es el brazo de Moteczuma, y se lo enseño a Uitzilipochtli para
ofrecérselo como su sacerdote que soy porque soy Moteczuma subido en lo alto del
teocalli… pero qué mal se duerme sobre esta Piedra del sacrificio que es un petate… claro
como que no hay más que dos mantas de algodón entre el suelo y yo…ay quién me diera mi
cama tan cómoda con sus dos colchones a la española, y aquella puertaventana que se abre
sobre la terraza y aquella enredadera para subir a la terraza que da entrada a mi cuarto
donde está mi cama donde ahora duerme Catalina la del olor color de rosa que se ha
quedado tan pecosa de las viruelas pero que huele tan bien…mucho mejor que Mariposa
que al fin me ha dejado en paz y ahora estoy libre y puedo acostarme con Catalina si quiero
pero no puedo... pero ¿por qué no? si fuera ahora que es medianoche,












todo el mundo duerme en las dos casas y yo entro por la puerta de arriba, la del parque y
Romo no chista y subo por la enredadera y oh... eh... para... para de latir, corazón, no se
entere Moteczuma y te ofrezca... Voy, voy, voy, y le arranco el corazón a Catalina, le abro
el pecho a Catalina, me echo encima de Catalina... despierta... Rodrigo. ¿A dónde vamos?...
Estás loco... Ir ahora a tu casa, forzar a Catalina... ella chilla... nos oyen... mi padre me
mata.., y cómo lo está desean. do... que no aguarda más que la ocasión.., y mi madre se
muere de vergüenza y de pena... vergüenza que tiene de su hijo indio.., ah Catalina que me
enciende la sangre nada más que recordar el olor de tu cuello... aquel beso... quiero más...
quiero más... ¿qué me importa que chille? Y no chillará, que más se desmayará de gusto y
me pedirá que me quede…cómo me miraba diciendo: “¡Cómeme!” A comerte voy,
Catalina, ahora mismo, ahora que no me deja el deseo.., aguarda y verás lo que es
vivir...Catalina... ya vengo, ya vengo... ¿ pero y si mi padre?... ya vengo, Catalina, ya
vengo…y si duermes sueñas y si sueñas verás cómo voy a despertarte... ya vengo.

6

Ay qué gusto, qué paz en esta casa. . . sin las tormentas de mi madre ni su ansia de
mandar…y esta suerte... no me acostumbro a esta suerte.., pasan noches y noches... y no me
acostumbro a esta suerte.., dormir en la cama de Rodrigo... ¡quién lo diría! Cuando me lo
dijo su madre... mi buena madre ahora…por poco











me desmayo.., parece que lo estoy oyendo todavía... “como Rodrigo estará en casa de su tío
mientras estés aquí, te pondré en su cuarto...” ¡Y me lo dice así como si no dijera nada! Ay
qué gusto, qué…dormir con la cabeza en su almohada, con el cuerpo entre sus
sábanas…valía la pena pasar por la viruela y quedarse pecosa... al fin y al cabo ya era fea...
serlo más o menos.., y cómo me lo dijo aquella noche terrible en la cena.., cómo me lo
dijo... pero también me dijo otras cosas que me hacen latir el corazón nada más que
recordarlas.., y parece que sabe de... eso... ¿cómo lo sabrá?... Si tendrá a lo mejor una amiga
india…tantos amigos de Fernando tienen una, y aun unas.., pero son mayores, que Rodrigo
no debe llegar a los dieciocho y Fernando ya va para los veintiuno que tiene tres más que
yo, y me tengo tragado que tiene algún apaño en Méjico a pesar de las cucamonas que le
hace a Isabelita la pobrecita durmiendo como un ángel en el cuarto de al lado tan inocente
de que a lo mejor está sirviendo de pantalla a Fernando para un lío con alguna mulata y las
hay hermosas de verdad.., la misma Rosario aquel día que la vi bañándose que parecía una
estatua de esas que el marqués se trajo de Italia, y qué tonta soy que si no fuera por la cara
no tendría que tener envidia de ninguna mujer que todo esto y esto…ay Rodrigo que no
estas aquí, que tantas veces soñé contigo como estoy soñando ahora que me besabas en
cama y me acariciabas todo, todo el cuerpo, sin respetar rincón y yo era tu mujer y tú eras
mi hombre y yo gozaba tanto tanto pero siempre eras ligero como una pluma y eso que me
estrujabas y me apretabas toda con tu cuerpo encima del mío pero












sin peso y hoy ¿qué pasa que pesas tanto y parece que te gozo más que te gozo más como
si estuvieras de verdad conmigo encima de mí y en mí Rodrigo Rodrigo que me quema tu
aliento y ¿por qué me tapas la boca? suelta suelta que quiero gritar mi amor mi amor...


7

Entiéndalo el demonio, que yo no lo entiendo. Tan guapa Mariposa, tan fea Catalina, y
cada vez que me tenía que acostar con la guapa era como tomar una medicina y la fea me
gusta, me gusta... ya llevo semanas y cada vez me gusta más. Aquí esperando como un
tonto que se ponga la luna para ir a meterme entre sus sábanas que son además las mías.., y
qué suerte hemos tenido que ni me han visto ir o volver ni nadie se ha despertado en la casa
con lo cerca que duerme mi madre, a dos puertas de distancia y hasta Isabelita al lado pared
por medio... Bien que el mejor amor es el más silencioso pero, ¿he dicho amor? ¿Acaso le
tengo yo amor a la pecosa ésa? Debe de ser cosa muy distinta.., aún no sé lo que es... todo
el mundo habla de amor pero yo no sé lo que es... yo sé lo que es esto que ahora me tiene
despierto aguardando la hora de ir a echarme sobre el cuerpo tibio y oloroso de Catalina...
yo sé lo que es eso pero no sé lo que es amor.., sino que es una cosa que cantan en los
romances. Ya baja la luna… vamos allá…qué negro se ha quedado el sendero.., si ahora
hubiera aquí un espía de... de quien ....... ¿cómo lo iba a ver?... Hay que ir a ciegas
confiando en la










suerte... Vaya, aquí está la cancela... ¡Maldito perro! ¿Qué te pasa hoy?.., no armes ese
escándalo. . . ¿por qué ladras hoy? Estabas dormido... Apuesto que estabas dormido... Pues
me has fastidiado... Cualquiera baja ahora... Anda, anda, Romo, vuélvete a dormir. Maldito
perro. Ya me la pagarás. Ya me la pagarás. Y caro que te va a costar... ¿No sabes tú que yo
soy vengativo? El que me la hace me la paga... Ya me la…pagarás…Y caro...

8

Todo el día y toda la noche esperándote. Como ayer. Como anteayer. Como todos los
días desde aquel de nuestras bodas ocultas. Llegó la mañana y no lograba levantarme.
¿Quién se levantaría de esta cama donde habías estado tú tan cerca, tan cerca de mí, tan
dentro de mí... así que cuando vino mi buena madre a ver cómo estaba le tuve que decir que
tenía dolor de cabeza y me quedé aquí todo el día pensando en ti, soñando en ti mientras el
sol daba en el quicio derecho y luego entraba hasta mí y luego daba en el quicio izquierdo y
toda la casa iba como un girasol dándole la vuelta al día amos y criados todos girasoles y yo
sola inmóvil... contemplándote a ti que eres mi único sol así que cuando se puso el del cielo
el de fuera y cerró la noche y no quedó más que ceniza de luz mientras la casa toda amos y
criados se ponían también y se ocultaban en sus cuartos quedé yo sola, girasol de noche
contemplándote y esperándote como te estoy contemplando y esperando ahora, ah ve n
pronto, ven pronto que tengo sed, que tengo sed de ti, ven pronto ah,











Dios mío, qué ha sido eso, Romo, es Romo, le conozco el ladrido...¿quién será que Romo
no le ladra nunca a él... Sea el que sea, ya se fué mi sueño…Rodrigo no se atreverá a
venir.., ya se terminó mi sueño... pobre de mí... ya se terminó.., se termino.., bien empleado
te está…algún día tendrás que pagar tu traición... anda llora, llora, no de haber perdido el
goce de tu mozo.., llora de vergüenza…de haber engañado a tu buena madre que expuso su
vida y su rostro y sus ojos para salvar tus ojos y tu rostro y tu vida y te trae aquí y te da
mesa y cama y en la misma cama que te da... llora, llora de vergüenza... Señor, Señor, ¿por
qué soy así que debiera llorar de vergüenza y lloro de sed de amor?... ¿Soy como las demás
mujeres o soy una...? ¡oh! me he quedado sola… qué sola me he quedado... Rodrigo ¿qué
hablaba yo con él que ni a respirar nos atrevíamos por miedo…qué feliz era yo entonces...
antes de…antes de Rodrigo.., sin conocer el miedo... fea…era fea...pero era yo... no tenía
miedo... y tenía a mi buena madre a quien querer con quien hablar y ahora ¿con quién
hablar? a quién abrir este pecho que tengo dentro.., a ella se lo diré todo se lo diré mi pena
y mi vergüenza y haré que sus ojos lo vean todo y me quedaré libre y sana... ¡Qué horror!
darle a ella mi pena...pasarle a ella mi vergüenza...decirle que fué su hijo.., avergonzaría
con la vergüenza de los dos... no... antes sufrir este infierno de la boca cerrada.., ah
Rodrigo... tu mano tapándome la boca mientras la otra…eso fué tu amor…pobre de
mí...soy una muerta en un sepulcro tapado con losa de silencio... bajo la losa de silencio me
pudriré…














9

Ahora vas tú a ver lo que es ladrar a deshora, Romo, ahora lo vas tú a ver. Hala, hala, a
correr, a correr por el campo que estamos solitos tú y yo y esta yegua de mi tío que si no
fuera tan terca no estaría mal…¡No, Romo! No. Nada de meterte a correr conejos hacia el
valle que hoy no estamos para bromas… Por ahí, por el bosque, que ya sé dónde está
nuestra cita con…con Moteczuma... Como si yo necesitara citarme con Moteczuma cuando
lo llevo dentro y manda en mi brazo y mano y sangre... Sí, todo eso está muy bien, pero si
no se ejercita, Issil dirá lo que quiera, no se puede hacer bien.., pues no es poco abrir un
pecho de un golpe sin dar en hueso y sacar el... vamos que si no se ha hecho muchas veces
mal no se podría hacer bien como no sea por casualidad... Vaya. Ya llegamos, Romo, no
saques la lengua…al menos todavía…ya verás tú para qué sirve ladrar a deshora y echarme
a perder una noche de... de lo que sea. Quítate de ahí, no te pise al apearme…que la víctima
debe ir intacta a Uitzilópochtli. Bien. La yegua se va a dar una buena panzada atadita aquí
con un pasto tan rico. ¿Ves? ¿Romo? Este es el tronco caído que me dió la idea. Tiene la
forma exacta de la Piedra del sacrificio, con esta esquina saliente. Ahora te vas a echar de
espaldas encima, así. . . no, así no… vamos, no te empeñes, ¿quién manda aquí, tú o yo?
¿Ves? esta cuerda no te hará daño; te ataré las patas así a estas ramas... te digo que este
tronco es una maravilla...












parece que lo derribó así Uitzilópochtli en persona para los aprendices de sacrificador como
yo. . . Vas a ver, Romo, vas a ver lo que es bueno... ahora, si no te parece mal, te voy a atar
el cuello, no, no temas, no te aprieto, podrás respirar bien... todavía te queda un rato... eh,
¿qué te parece? Estás que vamos, si te viera Moteczuma te tomaba por una víctima de
lujo... ya, ya veo que no sabes qué pensar de esta ceremonia... me miras como diciendo
“¿que querrá hacer mi amo? Yo no recuerdo de memoria de perro haber estado así atado
boca arriba con manos y patas en cruz”. Claro. ¿Qué vas a recordar? Como que no has sido
nunca perro de Moteczuma, y yo soy Moteczuma redivivo como tú vas a ser ahora Romo
muerto en ofrenda a Uitzilópochtli... no me mires así... A ver, deja que te encuentre las
costillas…el corazón... pues no sé como voy a... si no hay sitio para la daga entre los
huesos... Que no me mires, Romo, que necesito inspiración... Bueno, allá vamos. La daga...
Alzó el brazo armado y procuró concentrar el ánimo en el sacrificio, la vista en el
corazón. La daga brilló un segundo en el aire y luego cayó al suelo arrancando un grito
metálico a un pedernal. Rodrigo se echó sollozando sobre el animal atado, que al oírle se
puso a aullar. Rodó al suelo, tropezó con la daga, cortó las cuerdas, se abrazó con Romo y
así abrazados siguieron aullando el uno, sollozando el otro, anegados en una angustia
común.














CAPITULO VII



1


—¿Y qué vas a hacer con Papálotl?
—Me la llevaré a Istatlán. Sitio seguro y sin espías de los frailes.
Don Carlos rumié la idea en silencio.
—¿Qué te propones con eso?
—Ya veremos. Por lo pronto, hacerme con la criatura. Aquí sería un peligro constante.
—¿Y por qué?
—¿Suponte que sale a los Manriques, rubio con ojos azules? Además, ¿cómo viviría
aquí, tan cerca de su padre sin que...? No, es imposible. Lejos. Lejos…
—Pero en Istatlán también…
—Es muy distinto. Allí, Uitzilópochtli sabe a qué soldado o capitán de paso le podemos
echar la culpa. Además lo guardamos mejor. Puede sernos útil mañana como rehén.., si hay
guerra.. . Si decidimos que vale más darle muerte, es más fácil allá que aquí. Y si a
Nezahual se le despierta la paternidad, lo ata más a nosotros.
—No sé.... No sé...
—¿Qué es lo que no te place?
—El riesgo. La gente que hay que emplear. De algún tiempo a esta parte noto cierta
desconfianza en el virrey.












Ese obispo… los espías de los frailes... No te fíes de nadie, Issil. Desde que empezamos
esta aventura con Ro drigo estoy en ascuas. Cualquier día nos pueden delatar.
—Yo estoy tranquilo. Nezahual es nuestro. Y eso que...
—¿Por qué no terminas?
—Estaba pensando... Me dejó perplejo cuando le dije que nos llevaríamos a Papálotl. . .
Ni una palabra en contra. Fíjate... Su mujer. Todo lo aceptó. Yo creí que por la mujer. . . o
por la criatura. . . le parecería una... Pero…nada... Tan tranquilo...
—¿Y no te inquieta?
—Pues no. Porque su ambición es sacrificar. Y el día que haya sacrificado, es nuestro
para siempre.
—¿Pero si se te echa atrás?
—¿Cómo?
—¿Si le falta valor? ¿Si se marea al ver la sangre, el pecho abierto?
—Ya iré con cuidado, y al fin y al cabo tiene sangre de Moteczuma, que no temblaba al
sacrificar.
—Claro que una vez que haya sacrificado, ya no puede echarse atrás.
—¿Por qué dices eso, Cuanacoch?
—Si lo descubren, va a la hoguera.
Issil le clavó una mirada altiva.
—No va por ahí. Nezahual es bravo, y no teme ni a la hoguera. Tú no has sacrificado y
no sabes lo que es. El que ha sacrificado una víctima no tiene más que un sueño: volver a
sacrificar.









2

En una sala desnuda de piedras sin labrar, trabadas con adobe, el padre Sahagún, sentado
en un sillón frailuno, presidía una clase de gramática del colegio de Tlatelolco. Sentados en
dos largos bancos a una mesa de madera negra, hasta cuarenta jóvenes indios le escuchaban
con atención. De pronto cerró el libro y pasando del latín, en que había hablado hasta
entonces, al nahoa, exclamo:
—Se terminó la lección por hoy. Los que deseen pueden ir al recreo o a la capilla. Los
demás se pueden quedar conmigo para ayudarme en mis estudios. Ya sabéis que todo lo
que sabe a usos y costumbres de vuestra gente me gusta recogerlo y estudiarlo. Hombres,
cosas, plantas, animales, consejas, remedios, todo. ¿Trae alguien algo?
Uno de los estudiantes contestó:
—Yo, padre, tengo aquí una nota... Poca cosa es...
—Pues con pocos se hace el mucho. —Y el padre Sahagún sonreía a su discípulo con sus
grandes ojos negros.— ¿Sobre qué es?
—Sobre el conejo de la luna.
—¡Ah! Y ¿qué conejo es ése?
—Padre, entre nosotros llamamos conejo de la luna esas sombras que se ven en su rostro
cuando está llena, porque parece un conejo.
—Pues en Castilla esas sombras nos parecen ser las del rostro mismo de la luna, la nariz
y las cejas y la boca. De modo que aquí... Espera que tomare nota...
—No hace falta, padre, que la tengo redactada ya.












---Pues léela, para que los demás nos digan si está bien.
—La fábula del conejo que está en la luna es ésta: dicen que los dioses se burlaron de la
luna y le dieron con un conejo en la cara y el conejo le quedó señalado en la cara y con esto
Le oscurecieron la cara como con un cardenal.
Sonaron tres golpes a la puerta.
—Bien. Dame acá la nota y no se hable de esto por ahora. Vaya uno a ver quién es.
—Padre, es el padre Gaona, que pide licencia...
—Pasad, padre Gaona. ¿Cuánto bueno por aquí?
—No quisiera ser importuno...
—¿Importuno vos? Dios no lo permita. Ya había terminado la lección y estábamos
departiendo...
—Pues el caso es que...
El visitante echó una ojeada a los estudiantes indios, todos con sus hopas negras como
grandes insectos ávidos de luz. Los dos frailes habían estado conversando en castellano. En
latín, Sahagún rogó a sus estudiantes que los dejaran solos.
—Padre, vengo a pedir vuestro consejo en el caso más singular de toda mi vida de
confesor y guía de almas.
—Sentaos, padre Gaona.
—Tan singular es, que no vacilo en quebrantar el secreto de confesión, claro que inter
nos. La hija de don Juan Alvarado, Catalina…¿ya la conocéis?
---Fea. Sufre de serlo. Madre hermosa. ¿Qué más dolor?
---Encima, la viruela, las pecas…Pero como consuelo le mandó el Señor un amor de
madre…
---¿De madre?










---De hija debí haber dicho. La Condesa de Nezabal...
—¡Si nuestras españolas fueran tan cristianas como esa india!
—No hay alma má s hermosa en toda Nueva España, padre Sahagún.
—¡Cuántas veces la he citado a quienes me dicen que es yana empresa convertir indios!
—Pues esta señora cuidó a la enferma en su viruela mientras la madre huía.
—Hermosa. Egoísta.
—Se la llevó a su casa de Tetzcuco. Y allí…¿recordáis, padre, aquel mozo, el heredero
de los condes?
—El español agriado en supiel india... ¿Lo mandaron a casa de su tío?
—Lo mandaron, padre, lo mandaron. Y parece que la fea, por falta de algo mejor, soñaba
con él. Y él... en fin. . . en la noche y sin que nadie lo supiera, el sueño se le hizo vida... o la
vida sueño... —Callaron ambos.
—¿Embarazada?
—Pues…no. Parece que la ha protegido el Señor.
—De todos modos, recién salida de viruelas... Pero si no está embarazada... ¿sabe
alguien lo ocurrido?
—Nadie. Y ahí está el bien. Pero ahí está el mal. Catalina se atormenta. Por un lado la
conciencia. Por otro el amor de su segunda madre, doña Suchil. En fin, no duerme y se
consume. Creo que me lo confesó todo por no saber con quién hablar más que por
penitencia.
—¿A doña Suchil?...
—No se atreve a decirle nada por ser el hijo el culpable.









—¿A su madre?
—Inútil. No hay amor. Esa niña está sola. Si hablamos, haremos más mal que bien. Peto
algo hay que hacer.
El padre Sahagún meditaba; las manos ocultas en las mangas contrarias del hábito, los
ojos grandes contemplando el tema, la larga nariz ganchuda como buceando una solución.
—¿Es lista?
—Yo le enseñé algo de latín cuando era niña... Sabe poco... Tiene muy buena cabeza,
gracias a Dios.
—Creo que lo mejor sería darle qué hacer. En vuestro lugar, padre Gaona, procuraría
conve ncer a los padres de Catalina que le pusieran un profesor de gramática. El latín no
estorba nunca y la distraerá. Y que aprenda historia también…en fin, todo lo que se le
ocurra. El caso es llenarle la cabeza.


3

—¿Has oído, Citlali?
—¿Qué, Isabelita?
—Corre. Ven. Deja la costura. ¿Ves?
—El caballo de…¡Ah!, mira, si parece que viene hacia acá.
—¿Y a dónde quieres que venga, Citlali?
—Niña, ¡qué vanidosa! Pues podría ir de paseo hacia el monte.
—De paseo. . . Mira cómo se para... Ahora se apea... ¡Oh, qué traje tan bonito! Mira,
Citlali. Es ante, ¿verdad? Y bordado de oro. ¡Qué hermoso color!... ¿Sabes lo que me
recuerda? El de los tabacos de padre. Y qué bien






le va la moda de las calzas ajustadas hasta arriba... Qué alto es... Se parece a dalia Jacinta,
¿verdad? No me dirás que no es guapo... Dios sabe lo que le dirá ese tonto... A lo mejor le
dice que no hay nadie... Como no está madre…
—Pues mira, se queda. Y hasta parece que sube.
—¿Lo ves? Viene a yerme a mí, a mí.
—Loca, no chilles, que te va a oír.
—¡Ay, que me oiga!... ¡Qué más quiero yo!
Entró un criado indio.
—Señora, don Fernando Alvarado, para visitar a vuesa merced.
—¿Qué hago, Citlali?
—Recibirle. Yo estaré ahí al lado.
—Pero deja la puerta abierta.
—Claro, mujer.
Entró don Fernando, esbelto, altivo, la cabeza hacia atrás, el mentón al aire, las pestañas
largas velándole los ojos. En la mano derecha una gorra de terciopelo negro posada sobre el
antebrazo.
—Señora, no sabia que mi señora la condesa estaba fuera. Espero me perdonéis...
—Sentaos, don Fernando. Mi madre lo sentirá tanto...
—Tenía que ser hoy. Precisamente hoy. Porque mañana...
(Si me sigue mirando con esos ojos de topacio voy a sollozar. Tragar, tragar y valor.) —
¿Y qué pasa pues mañana?
—Mañana, señora... Yo no sé sí mi señora la condesa tendrá algo, recado, carta, lo que
sea, para don Alonso...










Las manos de Isabelita se posaron como dos aves muertas sobre su regazo.
—Pero...
—Mañana. Sí, señora. El maestresala del virrey sale mañana con el grueso de la
expedición a Quivira. Dentro de dos o tres días veremos a don Alonso.
—Se miraron en silencio. Sonrió ella.
—¿Y por eso vinisteis?
—Por si la condesa...
—¡Ah, ya! —Se le aguaron los ojos.
—Quería además...
Estiró el cuello, avanzó el mentón, pero no dijo más. Ella aguardó unos instantes:
—¿Qué queríais además?
—Llevarme una imagen en los ojos.., una imagen fresca y nueva...
—¿Y tenía que ser aquí donde...?
—Pues sí. Tenía que venir a buscarla aquí.
—¿Pero no las hay en Méjico?
—La imagen que yo buscaba está aquí.
-¡Ah!
—La estoy mirando ahora. Y tengo los ojos tan llenos que no veo otra cosa.
—Yo tampoco —dijo Isabelita sin saber por qué. Y se enjugó las lágrimas que le
brotaban sin poderlo remediar.
—Y aun vine para otra cosa, señora...
—¿Y vais a estar fuera muc ho tiempo?
—¿Quién sabe? Meses quizá. Quivira es lejos. Y hay mucho que hacer.
—¿Batallas? ¡Dios mío!...
—No es seguro. Ya veremos. Somos tan fuertes que






quizá los indios se dejen conquistar. Y don Alonso conoce eso tan bien...
—Pues si le veis...
—Claro que le veré. Es nuestro segundo jefe.
—Le diréis que me habéis visto.., y que...
—Que os he bebido entera por los ojos para que…
—Niña Isabel, ¿me llamabas?
—No, Citlali... Estaba escuchando a este señor. ¿Decíais...?
—Decía, señora, que había venido por una tercera razón. Querría... me perdonaréis si soy
demasiado atrevido... ¿me haríais el honor de darme un recuerdo para llevar a la campaña?
Se ruborizó Isabel.
—¿Recuerdo? ¿Qué recuerdo?
—Una prenda... Un pañuelo... Yo bien sé el que preferiría...
—¿Cuál?
—Gracias, señora, por el don.
—No... el caso es que no sé si podré... Pero si lo diera... es un suponer... ¿cuál sería?
—¿Para qué escoger si luego me voy con las manos vacías?...
—Yo no he dicho que... Dije que no sabía... No sé si a mi madre le gustará...
El caballero se levantó.
—Señora...
La sequedad ceremoniosa de su voz y ademán le helaron el corazón. Balbuciendo,
imploró:
—Un momento, don Fernando. Tengo que pensarlo. Don Fernando se sentó.









---Mientras lo pienso, ¿por qué no me decís cuál sería el preferido?
—El que llevabais al cuello el día de las justas, cuando os ofrecí la bandeja...
A Isabelita le sonrieron los ojos.
---¡Citlali! ¿Dónde está? ¿Te acuerdas? ¿El de seda violeta?
Sin decir palabra, Citlali lo trajo de la estancia de al lado y volvió a salir.
—Helo aquí, don Fernando.
—Señora, no está completo.
—¿Cómo?
—Para que el recuerdo vaya vivo, tiene que ir sellado.
Con el índice se tocó los labios, y señaló con el mentón imperioso hacia ella. Isabelita
tomó el pañuelo y lo besó.
—Aquí. Aquí —dijo él. Y se llevó el mismo sitio a los labios.
Isabelita se puso como la grana y bajó los ojos. Cuando los alzó, don Fernando había
desaparecido.


4

—Tanto pasear como león en jaula. Ya me mareas. Don Juan Alvarado se paró ante su
mujer.
—Ah, de modo que hasta ir y venir por mi casa te parece mal.
—Bastante lo haces por las ajenas.
—Mira, Jacinta, tengamos la fiesta en paz.
—Yo no veo la fiesta por ninguna parte. Vaya fiesta verse desatendida en su propia casa
y por su propio marido.






Don Juan seguía paseando.
—¿Y se puede saber en qué te he desatendido?
—¿En qué me has atendido desde... casi desde que nos casamos?...
—No vengas ahora con historia antigua.
—Desde que nació Catalina.
Se volvió él casi con furia.
—Te estoy hablando de ahora. ¿Para qué volver a lo de siempre? De ahora, te he dicho.
Jacinta se tapó los oídos.
—No rujas, por Dios, que pareces león de feria. Y te van a oír los negros. Este patio está
lleno de ecos...
—Que me oiga hasta el virrey. Estoy ya harto. Y todo porque un fraile te pide que
eduques a tu hija.
—¡Latín! ¡Latín! ¡Para qué quiere latín Catalina! Si todavía se casaran los obispos...
—¡Qué cosas dices, Jacinta!
—¿Y desde cuándo te has convertido tú a eso del latín para las mujeres? Cuando yo
quise aprender latín, ¿te acuerdas cómo te reías a carcajadas?
Se sonrió don Juan.
—¡Qué ibas tú a querer aprender latín!
—¿Pues qué quería, a ver?
—Todo moda y vanidad. Porque vino con el virrey aquella dama de la emperatriz que
leía a Cicerón. Vanidad pura. En cuanto enfermó y se fué a Castilla, adiós latín.
—Y entonces ¿por qué quieres que lo aprenda Catalina?
—Consejo del fraile. A mí me es igual que lo sepa o que no.








—¿Qué sabe ese fraile? Es manía vieja en él. Ya se lo quiso enseñar cuando era
niña…Hasta que me planté yo... Son unos inocentes esos padres... La niña suspira y llora
por... lo de siempre.
—Pero ¿tú sabes algo?
—A mí tu hija no me dice nunca nada.
—¿Mi hija? La pariste tú. Y bien que chillabas...
—Pero es tu hija. Fernando es el mío. Y ya podías esperar a darme estos disgustos y no
el día que se va...
—Mira, Jacinta, ni lágrimas ni suspiros. Fernando se va donde debe ir. Y yo no te he
dado ningún disgusto.
—¿Te parece poco?
---¿Qué? ¿Exactamente qué?
—Venirme con que Catalina aprenda latín cuando siempre te negaste a que lo aprendiera
yo.
Don Juan se paró otra vez ante ella contemplándola. Qué hermosa estaba, con el rostro
encendido por el mal humor y aquel vestido recién llegado de Italia, verde oscuro con un
cordoncillo de oro a lo largo del escote; y una sarta de perlas entrelazada con sus trenzas de
oro.
— ¡Ah!, ¿pero tú quieres de verdad aprender latín? Pues nada, te pongo profesor hoy
mismo.
El pie menudo en chapín de ante verde, batió con vio lencia. Se veía la media de seda
negra.
—Yo no quiero nada.
—Entonces, ¿qué quieres que haga, vamos a ver?
—En primer lugar, que no le hagas caso a tu hija. Todo es ganas de que se ocupen de
ella. Se desvive por eso. Así estamos nosotros siempre pendientes de ella.
—Pues ella algo tiene, que el fraile...




—Déjate de frailes. Yo no digo que no haya algo... cosas de chicos. Ese Rodrigo
Manrique...
—Ya te avisé yo que no la dejaras ir a Tetzcuco.
—Ya sabes por qué fué. Se empeñó Suchil, que es una entrometida. Si cada cual se
quedara en su casa...
—Pues hubieras tenido tú que venir a cuidar a Catalina en su viruela.
—Demasiado sabes tú por qué no vine…que no me dejaste tú.
—¿Yo? —Don Juan se volvió hacia ella rápidamente, con los ojos abiertos por el
asombro.— ¿Yo?
—Sí, señor, tú.
—Jamás te dije la menor cosa...
—Decir... Decir... Claro que no lo dijiste. Pero ya te conozco yo a ti y sé lo que piensas.
Mira, Juan, eso de Catalina déjamelo a mí, que tú no entiendes de mujeres.
Don Juan se sonrió. Iba en su paseo de espaldas a su mujer.

5

—El doctor Esquivel desea ver al señor.
—Díle que pase.
—¿Quién es el señor Esquivel, Juan?
—El hijo del abarrotero.
—¡Qué horror! ¿Y lo recibes? Me voy.
—Aguarda, Jacinta. Además es el secretario particular leí virrey.
—¡El sec...!
—Llegó recién salido de Salamanca. Se encargó del






archivo. Y a los tres meses, secretario particular. Veintiún años.
—Bienvenido, señor secretario. Ya veis hasta qué punto sois bienvenido, que doña
Jacinta Alvarado se queda para recibiros.
—Demasiada honra para mí, señora.
—Sentaos, doctor Esquivel. Aquí, a mi vera. Y... Juan, ¿vale preguntar?
—Según qué.
—Querría preguntar al doctor... Me ha sorprendido tanto verle tan apuesto.. . Parece un
caballero de luto, no un hombre de toga...
—Señora, en nuestra profesión no está mandado llevarla. La lleva quien quiere.
—¿Y vos no queréis?
—Es enfadosa para andar ligero.
—¡Pero qué joven es para ya...!
—Bueno, Jacinta. Yo no creo que el señor secretario haya venido para hablar de su toga
y de su edad.
—Me envía el virrey, don Juan.
Alvarado se inclinó.
—Soy todo oídos para los recados de don Antonio.
—¿Puedo hablar?
—No tengo secretos para doña Jacinta.
—Se trata, señor, de lo de los tres pueblos.., lo del ganado y demás...
—¡Ah, ya!
—Lo recordaréis, don Juan. Se ha hecho la indagación. El legajo está completo; y el
virrey está a punto de firmar el pase del asunto a la Audiencia.
Don Juan se irguió en el sillón. Le chispeaban los ojos,







y entre el bigote y la barba le rebrillaba un colmillo de jabalí.
—¿La Audiencia? ¿Va el virrey a llevar a la Audiencia a un conquistador?
Tenue sonrisa rizó apenas la boca fina de Luis Esquivel.
—Me explico perfectamente los sentimientos de un conquistador. Pero las instrucciones
que trajo el virrey...
—¡Qué instrucciones ni qué niño muerto! Este reino de Nueva España, ¿quién lo hizo
sino nosotros? Sin nosotros no habría Audiencia ni virrey.
El secretario callaba, dejando que el silencio y el tiempo trabajaran para él.
—No sé si me expliqué bien. El virrey me envía precisamente para ver cómo puede
evitar que el asunto pase a la Audiencia.
—Pues bien fácil le es evitarlo. No tiene más que no firmar el pase.
Volvió a sonreír Esquivel.
—Su Excelencia no es omnipotente. Tan sometido está a la ley como los demás vasallos
de Su Majestad.
Don Juan contemplaba sus zapatos con cara de pocos amigos. Doña Jacinta contemplaba
a don Juan con cara burlona.
—Yo, señor secretario, no entiendo de estas cosas como mi marido, que las lleva muy
bien, gracias a Dios; pero se me ocurre preguntar: ¿tiene el virrey alguna idea para evitar...
lo que don Juan no quiere?
—No lo sé de cierto, señora; pero sospecho que sí.
—Y si el señor secretario sospecha que hay idea, ¿no sospechará también cuál sea ella?










Luis Esquivel, que se había sentado frente a Alvarado, hizo girar la silla hacia doña
Jacinta.
—Señora, se trata de unos miles de pesos. Los indios piden tanto. Se les da cuanto, y ya
está.
—¿Piden mucho?
—Diez mil.
Alvarado dió un respingo: —¿Diez mil? ¡Ya es pedir por cuatro novillos y una manada
de gansos!
—Bueno, Juan. Ofrece cinco.
—Pero no soy yo solo el que... Vamos a ver, doctor Esquivel, ¿se va a perseguir también
a don Carlos Culebra-de-Zarcillos?
—No cabe duda.
—¿Entonces tendrá que pagar también?
—A medias.
—Doctor, lo pensaré. Y hablaré con don Carlos.
—Bien, señor. Dos cosas más, si me dais venia. Lo primero: no ofrezcáis menos de siete
mil. El virrey no aceptará. Me consta. Lo segundo: no tardéis. El virrey no aguardará
mucho.
—¿Cuánto?
—Días, pero no semanas... Señora, beso a vuesa merced la mano.
—¿Qué prisa tenéis, doctor? Juan, llama que traigan refresco; no, mira, ahí viene
Julián… ¿Qué hay?
—Un recado para el señor.
—Pues dílo.
—Es que…señor, el que viene trae orden que es para el señor…nada más.
—Voy a ver.
—Señor, quizá valdría más...




—No, no, doctor, quedaos, que os quiero hablar...
—Señora...
—¡Qué envidia os tengo! ¿Sabéis de qué? De haber estudiado en Salamanca.
—Hermosa ciudad.
—No. No es por eso. Es por el latín.
—¿El latín?
—¡Le tengo tanta afición! Tanta que, no lo toméis a mal, me avergonzaba de mi marido
porque no lo sabe.
—Mi señora entonces...
—¡Ay!, se me ha olvidado todo... Y eso que solía leer a libro abierto. Cicerón y tantos
otros... Todos los clásicos romanos... Séneca, Avicena, Tácito... A mi marido, que siempre
se moría por las cosas militares, pero no sabe latín, le leía a Julio César, a Marcial.
—¡Ah! Marcial, sí.
—Sí. Todo lo militar... En mis tiempos de soltera, todas en la Corte leíamos latín y hasta
lo hablábamos entre nosotras. No es como ahora. Ya veis a mi marido... ¿queréis creer que
no quiere que mi hija aprenda latín?
—Ah, pero...
—Sí, yo quería que lo aprendiera como yo lo aprendí. Pero Juan... Bueno, ahora ya sí,
porque le he convencido. Pero no le digáis nada, por Dios, que es muy quis quilloso...
—¿Yo, señora?.. . ¡Dios me libre!
—Ah, Juan, ¿qué, qué era?
—Nada... Aquí, Julián, sobre esa mesa... Cosas de Cuanacoch.
—Le estaba diciendo al doctor que quieres que Catalina aprenda latín.








—Así es, doctor. Y por cierto.., es así una idea que me pasa por la cabeza...
—Doctor, ¿naranjada? ¿Aloja? ¿Vino blanco?
—Naranjada, señora.
—Pues como os decía, doctor, es una idea, vos diréis pero…¿por qué no os encargaríais
de enseñarle a Catalina?...
—Yo, señor, muy honrado por tanta confianza, pero tengo muy poco tiempo... en fin, me
gustaría.., pero ¿me permiten los señores que lo piense?
—Poco tenéis que pensar, doctor. Y os prometo buenos emolumentos. Los que me
pidáis.
—El señor secretario se ha quedado meditabundo.
—Ah, señora, ¡qué bien dijisteis: “El señor secretario”~ Porque al “doctor”, como antes
decíais, le encantaría servir a vuesas mercedes; pero el secretario tiene que andar con
mucho cuidado. No le basta con ser honrado. Tiene que parecerlo.
—A ver cómo es eso, que no lo he entendido.
—Me explico, señor. Vuesa merced me acaba de ofrecer pingues emolumentos. Todo el
mundo sabe que tiene pendiente un asunto de diez mil pesos en la cancillería ¿Qué dirá la
gente?
—Pues francamente, señor secretario, no se me había ocurrido.
—Habría, si, una solución. Yo me encargaría de enseñarle gramática a mi señora doña...
—Catalina.
doña Catalina, a título de amistad sin honorarios ni gajes de ninguna clase.
—Pero eso no puede ser… Sería demasiado generoso.









—Yo lo haré, señora, con el mejor deseo. Jacinta batió palmas.
—¿Qué haces?
Acudió un negro.
—La niña Catalina. Que baje. Señor secretario, tendréis que ser todavía más generoso en
lo moral. Catalina está de muy mal talante desde que tuvo la viruela. Ya no era muy
agraciada. Al quedarse pecosa, se le ha puesto muy mal humor. Y quizá un poco tarda. No
sé cómo adelantará en latín. Cuando yo me acuerdo de mis... Pero aquí llega... Catalina, el
doctor Esquivel, que nos hace el favor de enseñarte gramática.
—Señora, será para mí gran honor.
Catalina, de pie, los brazos caídos, la frente arrugada, los ojos apagados, sonrió sin
alegría.
—Vamos, mujer, di algo. ¿No se te ocurre nada? Pues yo a tu edad...
—Algo dice quien bien calla, señora .Y si me lo permite vuesa merced, aprovecharé el
silencio de doña Catalina para convenir detalles. Mi trabajo en la cancillería no me deja
más tiempo libre que por la noche, después de la cena.
—Pues después de la cena —convino don Juan.
—¿Todos los días? —preguntó Catalina.
Abrió los ojos sorprendido el doctor Esquivel.
—¿Todos los días? Señora, si es vuestro gusto, así será.














¿Dónde estará ahora Nezahual? Qué buen mozo y qué fuerte es. Y qué lejos. . . Cinco
jornadas de Méjico... ¿Para qué me habrán traído tan lejos?. . . ¿Por qué me tendrán tan
oculta que ni a la plaza del pueblo me atrevo a ir?... ¡un solo día que fui me riñó
Osomatli!... Ese Osomatli me parece a mi que debe de ser uno de los del culto secreto… el
pelo enmarañado... el olor a tabaco.., sería capaz de echarme sobre la Piedra y sacri-
ficarme si diera un paso en falso... pero aquí... ¿qué haré? ni un solo español más que mi
criatura que llevo dentro que tiene sangre de español…una parte de cuatro…, pobre criatura
¿qué va a ser de él?...”él” dije... es que va a ser varón que yo no pensaba…me lo qui-
taran...me lo robarán…quizá me lo mataran... por algo me han traído a este sitio tan
apartado donde no veo a nadie más que las águilas que vienen de Méjico de volar en torno a
Nezahual…aquí sola... y si me sale el niño muerto. . . y si muero yo al menos iré a la Casa
del Sol donde van los soldados victoriosos en la guerra pero ¿llegaré entera? ¿Quién me
defenderá contra los soldados nuevos que querrán cortarme el dedo medio izquierdo y el
pelo para meterlos en la rodela y vencer en las batallas? ¿Y contra los hechiceros que me
querrán cortar el brazo izquierdo para sus robos en la noche? Qué loca estoy con estas
imaginaciones...¿qué sombra es ésa?...La luna juega con las ramas de los árboles…no...no
es la luna... ¿quién será?...tan tarde...más

















de medianoche... me llama.., sabe mi nombre... sí que lo murmuró bajito.., no es Osomatli...
pero... si se parece a mi padre...si es él... su fantasma tiene que ser, que vuelve después de
meses que han pasado desde su sacrificio.
—¡ Papálotl!
—¡Padre! ¿Cómo habéis vuelto de la región sin puer tas ni ventanas?
—Todavía no he ido allá.
—¡Padre! ¡Oh padre! ¿No os sacrificaron?
—Me encerraron para sacrificarme a la Diosa de la Sal... Pero.., me tuvieron que soltar.
—¿Y cómo? ¿Cómo?
—Dame de comer, que tengo hambre. Unas tortillas bastarán.
—Esto tengo. No más.
—Un festín. Vengo viajando de noche para que nadie sepa que te vi. Me iré antes del
alba.
—Pero ¿cómo... como fué?
—Vino un fraile. Se asustaron. Me soltaron. Me vigilaban mucho. Pero me escapé.
—¿Un fraile?. . . ¿Hablasteis con él, padre?
—¿Por qué me lo preguntas?
—No sé... Si os salvó la vida.
—No fué él en persona. Fué su Dios.
—¿Cómo su Dios?
—Pudo más que la Diosa de la Sal.
Callaron ambos.
—Padre...
—Papálotl...
—¿Creéis que si en vez de la Diosa de la Sal hubiera






sido Uitzilópochtli o Tetzcatlipuca... hubiera podido más el Dios de los frailes?
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Porque Moteczuma era mucho más fuerte que Malintzin y tenía cien guerreros por uno
de Malintzin y ganó Malintzin. Y ni siquiera con la ayuda de su Dios ya crecido… Sólo
traía a la Madre y al Dios Niño.
—El Dios Niño. . . ¡qué hermoso debe de ser tener un dios en el vientre!
—¿Cuánto te falta?
—Dos lunas.
—Si sale con remolinos en el pelo.
—¡Padre!
—Ya lo sabes. Acuérdate lo que te contó tu madre de su hermanito. . . Se lo llevan los
sacerdotes de Tlaloc y lo sacrifican para que llueva y haya mucho maíz.
—¡Padre!
—¡Qué diferencia con los frailes! Ellos ponen un niño con su madre en el altar, para que
lo adoren todos.
—Padre... Sola, aquí... ¿Qué será de mí? Daré a luz sola...
—Yo no sé quién te podría socorrer... Me da pena... pero no sé...
—¿Socorrer? No hay socorro posible. Sólo huir... quizá...
—Pero ¿dónde?
Callaron ambos otra vez.
—Si sale rubio o pálido con ojos celestes te lo quitarán en seguida.









—Noches enteras he pasado temiéndolo.
—Nadie lo puede defender…como no sean los pálidos...
—También lo pensé. . . Pero si se entera Osomatli me echa sobre la Piedra..
—¿Por qué se ha de enterar?
—Todo lo ve.
—No me ha visto.
—Esto está rodeado de precipicios.
—Yo, bien he llegado.
—No sé qué hacer.
—Fiarte de la Señora con el Niño, que puede más que Uitzilópochtli.
—Yo ya me fiaría. Pero, ¿cómo se lo digo?
—Se lo diré yo.
—¿La conocéis, padre?
—Le digo mis oraciones todas las noches, desde que su Hijo me salvó la vida.
—¿Y os escucha?
—Me dijo que viniera a verte.
—¿De veras, padre?
—De veras.
—Padre, decirle hais que si me salva a mi hijo...
—No te escuchará. . . eso.
—¿Por qué, padre?
—Porque pones condiciones como mercader. Díle que serás suya que te salve al hijo o
no.
—Padre, pero yo quiero que lo salve.
—Ya lo hará si lo cree así. Pero tú abrázate a ella y fíate de ella... ¿Qué dices?
—Que sí, padre.





—Pues calla, piensa en ella, y yo haré lo demás.
—¿A dónde vais?
—Adiós, hija. Pronto volveré.


7

—Nezahual, ha llegado el gran día para ti. Hace ya meses que vengo estudiando los
astros para que te sea propicio el día escogido.
—¿Y por qué hoy?
—Porque todos los signos son favorables. Estamos en el mes de Tititl. Mes dedicado a la
diosa llama, que también llamamos Tona o Madre Nuestra. Te mandé llamar para que veas
la ceremonia.
—¿Habrá sacrificio?
—Morirá una mujer.
—¿Seré yo el que...? —Le fulguraban los ojos; y alzó el brazo en alto.
—No. Todavía no. Tienes que... tienes que ver primero cómo se hace.
—Pero ¿no decías que no sirve de nada aprender, y que todo viene del dios?
—Sí dije, sí. Pero bueno es que lo veas antes. Te pondré entre los sacerdotes…junto a la
Piedra. Antes se hacía en lo alto del Cu. Ahora, como todo es en la cueva, subimos nada
más unos escalones hasta donde está la Piedra. Ven conmigo, que te enseñaré la víctima.
Pasaron a la cueva grande, que estaba alumbrada con teas de ocote. Unas jóvenes estaban
terminando de ataviar a la víctima, joven como ellas. Sobre las enaguas blancas








le habían puesto una falda de cuero que formaba hacia abajo largo fleco de correas cada una
con un caracol. Calzaba cótaras blancas. Al brazo una rodela blanca con un corro de plumas
de águila cosido en el centro; en la otra mano llevaba la rueca azteca. Pero todos estos de-
talles se esfumaron para Rodrigo en una lejanía gris; porque no tenía ojos más que para el
rostro de la víctima. Aquel rostro estaba pintado de dos colores, negro de la nariz para
abajo, amarillo de la nariz para arriba. En el ánimo de Rodrigo surgían a borbotones
recuerdos sin perfil y sensaciones sin médula.
Amarillo arriba. Negro abajo...¿Cuándo ....... ¿Quién me lo dijo?.. . ¿Quién estaba pintada
así?.. Esos caracoles…no…no había caracoles. . . No había más que amarillo arriba negro
abajo… y la iban a degollar pero no la degollaron... y ¿por qué no la degollaron?...más valía
que la hubieran degollado... sí... es lo que yo le dije... pero ¿por qué valía más?...no, si no es
que valiera más ahí fuera donde las cosas valen y no valen como ellas quieren… es que
valía más que la hubieran degollado aquí dentro donde todo vale lo que yo quiero... pero
¿por qué valía más aquí dentro? ahí está que no me acuerdo... y qué furioso se puso cuando
se lo dije. . . ¿quién se puso furioso? Hay un furioso ahí fuera... hace mucho tiempo…aquí
no hay más que Issil y esas mozas y la mujer pintada amarillo arriba negro abajo…eso es lo
que me dijo y yo le dije “no es verdad” y él me decía que preguntara a Citlali pero yo le
dije que preguntaría a... qué golpe me ha dado el estómago...a mi…claro…como que era
Antonio el furioso contándome cómo iban a sacrificar













a mi madre y si la hubieran sacrificado no estaría yo pudriéndome metido en esta piel de
indio que no me puedo escapar nunca nunca y hoy van a sacrificar a mi madre sin que
venga el santo de altar a impedirlo que está robándoles el país a los de Quivira sólo que no
es mi madre la que sacrifican sino...
—Vamos, Nezahual. ¿Duermes o has bebido?
—Ah, Issil, perdona, estaba distraído.
—Ponte esto.
—¿Qué es?
—La máscara de dos caretas de la diosa llama. Encima, esta corona de papel. En la
mano, así, esta caña. No. El tridente hacia arriba. La punta hacia abajo. Ya te expliqué el
baile de ayer. Dos pasos adelante, uno atrás, alzando los pies.
—¿Qué ruido es ése?
—El huehuetl y el teponaztli. Comienza la danza. Esos que vienen delante son los dioses.
Cada sacerdote lleva la máscara de uno. Ahora vas tú.
Rodrigo, con su máscara de dos caretas —boca cuadrada, ojos saltones— se incorporó al
baile. Al final de una doble hilera de Uitzilópochtlis, Tetzcatlipucas, Tlalocs y otros dioses
venía bailando la víctima, haciendo de instrumento de música por los caracoles colgados
del fleco de cuero de su falda. Al ritmo de los dos tambores y de los caracoles los
sacerdotes iban cantando:

Ahuiya cosavic xochtila oyacuepouca...
Se abrió la flor amarilla…
Ella, madre nuestra, pintada la cara
Con la piel del muslo de la diosa
Vino de la casa del Oeste






Donde nacen los hombres.
En la acacia de espinas
Nuestra madre se hizo diosa
Mariposa de obsidiana.

Rodrigo, sudoroso y sofocado, sintió una sacudida traspasarle el cuerpo.

Mi madre. Mi mujer. Van a sacrificar a mi madre: amarillo arriba, negro abajo; para
hacer diosa a mi mujer Itzpapalotl, la Mariposa de obsidiana. Se abrió la flor
amarilla…es el maíz... eso dice…la flor amarilla... mi flor amarilla fué Mariposa...
Nuestra madre se hizo diosa… la pintaron de amarillo por arriba y por abajo de negro.
Nuestra madre se hizo diosa... mariposa de obsidiana... Mariposa es mi mujer…y mi
madre y mi madre viene aquí detrás de mí... bailando a la sepultura. . . los caracoles
tintinean el huehuetl y el teponaztli se casan y se ayuntan como perros y perras... los
caracoles tintinean y mi madre va bailando a la sepultur a... las lágrimas le van cayendo
por el rostro amarillo…algunas llegan hasta lo negro y los dos tambores siguen
fornicando sin vergüenza de lo que los ven... ya va la tercera vuelta al Cu... Todos se
paran... a mi madre le quitan el huipil blanco y las enaguas. . . está desnuda…tiene los
pechos enhiestos como Mariposa…de obsidiana... la pintura negra le cae por entre los
pechos arrastrada por el llanto.., ya no lleva nada puesto... tiene el vientre virginal como
Mariposa... Mariposa de obsidiana... cuatro hombres le han agarrado los dos brazos las
dos piernas... la han tumbado sobre la Piedra ya no










veo el amarillo ya no veo el negro ya no veo más que los pechos enhiestos que cubren el
corazón... ¡Issil!... él... el cuchillo.., buen golpe... qué, ¿ya?... el corazón en alto... ha muerto
mi madre... ha muerto mi madre... ha muerto mi madre... no si no es mi madre... regocíjate
Rodrigo.., no era tu madre... tu madre está en su casa... está en Tetzcuco esperándote... y
podrías olvidar todo este sueño que debe ser sueño…oh qué calor tengo con esta máscara
encima... ¿Cuándo me la podré quitar para saber si han matado a mi madre o si fué
Mariposa... Mariposa de obsidiana?... ¿Qué es esto?... ¿Quién me ha puesto en la mano
estos cabellos... y cómo pesan... claro como que viene la cabeza bailando, colgando y yo
voy bailando con la cabeza cortada de mi madre amarillo arriba negro abajo con la cabeza
de mi madre colgándome de la mano bailando al son del huehuetl y el teponaztli... la perra
y el perro... Mariposa de obsidiana…amarillo y negro… con la cabeza colgando bailando
colgando bailando...

8

—Ahora está tranquilo. Duerme. Pero ha soñado mucho.
—¿Hablaba?
—Mucho.
—¿En nahoa?
—Y en castellano.
—¿Lo ves, Issil? Estamos en peligro. Ya te dije que se nos asustaría a la primera
sangre...










—Eso nos pasa a todos, Cuanacoch. Déjale dormir, que no se asustará a la segunda. Y
tienes tú la culpa.
—¿Y por qué?
—Porque te empeñaste en que viera primero un sacrificio antes de hacerlo. Si lo hubiera
hecho no lo hubiera visto.
—No te entiendo, Issil.
—Porque nunca has sacrificado, que vergüenza te debiera dar, un sobrino de
Moteczuma...
—Bueno. Explica y no sermonees;
—EL que sacrifica está lleno del espíritu del dios. Es sólo un instrumento. No mata él.
Mata el dios. No ve él. Ve el dios. Nezuahual delira porque me vió matar a mí. Pero yo no
vi que mataba. No vi nada. Si él hubiera matado, no deliraría. Todo esto te lo he explicado
una bolsa de veces; pero no lo entiendes porque te falta la experiencia del sacrificio.
—Vamos a verle. Toma una antorcha.
—Por aquí. No... por este pasillo es mejor. Así entramos por detrás y nos quedaremos de
pie donde no nos vea si despierta.
—¿Qué voz es ésa?
—Es Nezahual, que sueña otra vez en alta voz. Ven. Entra.

Madre... qué alegría de veros viva…creí que os habían sacrificado…¿no teníais la cara
amarilla y negra?... ¡qué alegría qué alegría!... ¿por qué no decís nada? ¿Estáis muerta?...
Yo os llevé la cabeza con cuidado para que no se cayera al suelo…el pelo me resbalaba en
la mano con el peso y no quería que os








lastimarais al caer... decidme algo... como las cosas que me decíais ante que os degollaran...
no si ya sé que no erais vos que era Mariposa de obsidiana... no... tampoco... era.., no sé
quién era la víctima del sacrificio. . . eso. . . eso. . . de eso me hablabais vos.., de la víctima
del sacrificio que era Jesucristo que murió por nosotros todos... habladme de eso... de eso
madre que os quiero oír la voz. .. mirad cómo corren.., corred corred que vienen los
soldados de Jesucristo galopando caballos.., corred corred que os matarán a todos para
quitaros los hijos... corred... corred.., los hijos... quieren los hijos para comerles el
corazón.., corred que vienen los cristianos a degollar a Uitzilópochtli y comerle el
corazón…la cruz.., la cruz sobre el teocalli... corred... corred que corren más los
caballos…echadles espinas. . . espinas de mague y... clavarle heis la espina de maguey en
los cascos.., los cascos.., los cascos.., clavarle heis espinas de maguey que no corran tanto..,
los cascos... los cascos... los cascos... madre... madre... ¿Por qué corren? ¿Oís los cascos,
los cascos, los cascos. . .? Los manda padre con esa cara de santo de altar… la lanza.., la
mejor lanza que vino al nuevo mundo.., la lanza clavada en el indio. . . me clava la lanza
porque soy indio…la lanza... clavarte he la lanza de maguey... santo de altar.., de altar de
Jesucristo... alanceando indios.., sangre... sangre…os salvó la vida... os iban a degollar...
alancea los indios.., les roba las tierras... Jesucristo... perdón... pide perdón... pide perdón a
Uitzilópochtli... Jesucristo te han alanceado el costado…eres indio Jesucristo. . . ¿quién te
clavó

















la lanza en el costado? Sería el santo de altar... Jesucristo... Cristo indio alanceado…los
cascos los cascos los cascos. . . sangre. . . sangre…sangre…
—Es nuestro, Issil. Pero mucho cuidado. Que no salga de aquí por ahora.
—Hasta que haya sacrificado.






































CAPITULO VIII

1

—¡Qué paz! ¿Verdad, madre?
—¿Paz?... ¡Ah, sí!... Esto es tan tranquilo... y de…noche…
— ¡Y qué hermosa! Mirad, desde la terraza se ve una luna redonda... Parece una
escudilla de plata.
—¿Estás cansada de bordar? Mira que el vestido tiene que estar terminado para la fiesta
de la Virgen.
—Ya lo terminaremos, madre. ¿Sabéis lo que estoy pensando?
—¡Vé tú a saber!
—Si a lo mejor estará... padre mirando a la misma luna y nos encontramos los ojos allí.
—“Padre”, ¿eh? Ya, ya sé yo qué ojos te quieres tú encontrar en la luna, ya.
—¿Hago mal?
—No, hija, no. ¿En qué vas a pensar, a tu edad?
—Ya llevamos tantos días sin noticias…
—Treinta.
—La última vez decía padre que no tardarían en escribir. Ni dos semanas, decía. Ya van
cuatro.
—¡Están tan lejos!
—¿Oísteis, madre?













—Es un oactli.
—Pues yo creo que no. El oactli hace yeccan, yeccan, cuando canta. Era otro ruido.
—Otro pájaro. ¡Hay tantos en el jardín!
—¿Como qué lejos estarán?
—Lo menos diez jornadas.
—¡Ay, qué lejos, madre! ¿Y si les pasara algo?... Dicen que el oactli es de mal aguero.
—Según. También lo es de buen aguero. Y tú dices que no era un oactli.
—¿Y hay muchos indios en aquellas tierras?
—Anda y ven a bordar y no pienses en lo que no debes.
—Pero decidme si hay muchos indios.
—No sé, hija. Pero he oído decir que son tierras de poca gente.
—¡Ay! Pero ¿qué van a comer entonces? No habrá maíz ni ganados…¿Qué es esto?
¿Oísteis?. . . Hay algo... alguien en el jardín.
—Tantas cosas habrá. Conejos, ratones, gatos.
—No, madre. Hay alguien.
—No puede ser, hija, que ya habría ladrado Romo. ¡Bueno es él para dejar que pase
nadie!
—Madre, hay un hombre. Yo he visto a un hombre cruzando el claro.
—¿Cómo era?
—No lo vi a él. Sólo la sombra.
---¡Bah! La sombra de un árbol.
—No, que se movía.
—El viento.
—Madre, madre, alguien sube...







—¡Cómo “subir”!... ¿Dónde? ¡Jesús María, la enredadera!... ¿Y si se rompe?... Pero
¿quién? ¡Rodrigo!
—Madre, no gritéis. Chitón. Vamos adentro.
—¡Rodrigo! ¿Tú aquí?... Si te dijo tu padre que...
—Que me quedara entre indios.
—Pues ¿por qué no le obedeces?
—Madre, india sois.
Doña Suchil miró a su hija.
—Isabel, es tarde. Será mejor que te acuestes.
—Bien, madre. Pero...
—¿Pero qué?
—Si hubiera...carta...
—¿A estas horas? Anda, duerme tranquila. Mañana Dios dirá.
Se arrodilló Isabelita a los pies de su madre, que le posó las manos sobre la cabellera
rubia.
—Buenas noches, madre.
—Isabel, ¿y Rodrigo?
—¿Querías que te dijera “buenas noches”?
—Isabel, no seas niña.
—Buenas noches, Rodrigo.
—Madre, solos al fin. Tenía deseo de veros.
—Ya hace mucho tiempo que te fuiste. Pero dime cómo has entrado.
—Por la cancela del sendero. Romo no dice nada. Me conoce. Y ahora sobre todo. Desde
que...
—¿Desde qué?
—Nada. Me ladró una vez.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pues... no me acuerdo. Le castigué... Pero que damos amigos...



—¿Y cómo te atreviste a trepar por la enredadera? Si se te rompe una rama...
—¿La enredadera? ....... la conozco bien. Cuántas veces...
—¿Sí? Pues no lo sabía.
—Ejercicio, madre. Me gustaba más subir así que entrar por la puerta. Me latía el
corazón pensando en lo que me iba a encontrar en la oscuridad…a tientas…
—¿Pues qué te ibas a encontrar?
—¡Ah!... Pues nada... mi cama, como siempre... pero no es como cuando uno entra por la
puerta y trae luz y ya sabe. . . ahora, madre, subí con el corazón dándome brincos en el
pecho... ¿Sabéis por qué? Porque venía a ver si estabais viva.
—¡Jesús! ¿Qué estás diciendo?
—Tuve un sueño... terrible, madre, un sueño...
—¿Por qué te callas? ¿No te atreves a decírmelo?
—Soñé que... era una cosa de... de antes de los españoles, madre…de... ya sabéis... la
Piedra…
—¡Hijo, por Dios, siempre con lo mismo!... ¿Por qué no lo olvidas?
—¿Os acordáis que un día me contó Antonio cómo llegó padre y le visteis por…?
—¡Rodrigo!
—Pues eso soñé. Y me apretó el corazón tanto, que quise venir en seguida. Y por eso
vine de noche para que nadie me viera ni allá ni aquí. . . Madre… Los cristianos no tienen
sacrificios, ¿verdad?
—No, hijo. Los méxica sacrificaban hombres a los dioses; los cristianos nacen del
sacrificio del Hijo de Dios por ellos.











—Pero entonces, madre, ¿por qué matan indios?
—¿Matan indios?
—Sí. Ahora, padre está matando indios.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo soñé, madre. Había una batalla y los indios se defendieron y perdieron y salieron
corriendo y los cristianos corrían más galopando en sus caballos y los alanceaban como
hacemos con los jabalíes en la caza y padre iba delante con la lanza y era el que más
mataba.
—Sueños, hijo.
—Madre...
—¿Qué?
—Los sueños, ¿qué son? ¿Son siempre mentira?
—Muchas veces.
—¿Y otras?
—Otras pueden ser noticias o avisos que el Señor envía. Yo soñé con tu padre y él
conmigo antes de conocernos.
—¿Antes que os fueran a degollar?
—¡Rodrigo!
—¡Cuántos indios habría matado antes de llegar y asustar a los sacerdotes que os iban...!
¡Si vino guerreando desde Tlaxcala, cuántos indios mataría por el camino!
—Rodrigo, hijo mío, ¿por qué estás siempre dándole vueltas a lo mismo? ¿No ves que
para hacer cristiano a es te país había que conquistarlo? Tu padre mataría muchos indios,
pero Ahuitzotl, el emperador tío de Moteczuma, en un solo día sacrificó a veinte mil.
—¡Veinte mil! ¡Madre! ¡Ahuitzotl! ¡Tío de Moteczuma! ¡Tío de nuestro tío! Veinte mil...
Madre, ¿y sacrificaba él mismo, digo, con su misma mano, así?






—Él mismo, sí. Digo, no. Pues no sé.
—Han llamado al portón.
—Ya contestarán.
—¿Quién será tan tarde?
—Algún criado del virrey.
—¿A esta hora, madre?
—Si hay noticias de tu padre... Vé a ver.
…………………………………………………………………………………………….
—Cartas, madre.
—¿Dos? Una será para Isabelita.
—No. Las dos para vos.
—Vamos a leerlas.
—¿Llamo a Isabel?
—No. Aguarda que las leamos primero. Empezaré por la más nueva. “El Señor nos ha
protegido, pero el apuro no fué pequeño. Como te decía ayer... —Es esta que no hemos
leído todavía. . . — nos atacaron los indios con gran furia. Eran diez contra uno. Pero
salimos bien del peligro y aun los hicimos correr a lanza y caballo.”
—Madre, ¿por qué no seguís?
—Parece tu sueño, Rodrigo.
—¡Lo vi tan claro!
—“Tuvimos unos heridos. A Fernando lo derribó...” ¡Isabel!... ¡Vé, Rodrigo, levántala!
¿Por qué viniste a escuchar, hija mía?... Trae vinagre…llama a Citlali... Isabel, hija mía, ¡si
no fué nada!... Escucha lo que sigue…Dice la carta: “Ya está mejor.” Mira, mira, Isabel. Y
dice: “Lo mandamos a reponerse a Méjico.”
—¿Verdad? Madre.
—Te lo juro, hija.
—Gracias a Dios.




—Ayúdame, Rodrigo... Bueno. Así. ¿Estás bien? Pues descansa y no pienses más. . . Ven
ahora, Rodrigo; que repose un poco.
—¿Oísteis, madre?
—¿Qué, hijo?
— “Gracias a Dios”, dijo Isabel. Fué Dios quien la salvó pata que se cure y vuelva a
lancear indios como jabalíes. Adiós, madre.
—¿Adónde vas? Ven, oye la otra carta. Espera.
—Adiós, madre.
—¡Te vas a matar bajando a ciegas por la enredadera!... ¡Te vas a matar!...
—¡Ojalá!

2

—Los vengo observando hace tiempo. Casi desde la primera lección. El cambio en
Catalina es fuerte.
—Tú, Jacinta, te morirás un día de un empacho de imaginación. Yo no veo cambio
alguno.
—Juan, para ver hay que mirar. Y tú no miras más que a las mulatas guapas.
—Déjate de sandeces. ¿Qué cambio hay en Catalina? ¿A ver?
—Está más llena. Más rosa. Los ojos más altos. Antes siempre iba mirándose a las
puntas de los pies.
—Pues yo la encuentro tanfúnebre como siempre.
—Triste... Sí. Sigue triste. Pero… no sé... es una tristeza distinta. Sin desesperación
como antes.
—¿Y por qué? ¿Tienes tú alguna idea?
—Sí. Creo que le gusta el doctorcito.





—¿Qué? ¡Un chupatintas hijo de un abarrotero... y judío por más escarnio!
—Bueno. Eso ya lo veríamos en su día. Por ahora yo te cuento lo que observo. A
Catalina le gusta el doctorcito.
—Pues a mí no me gusta, y hemos terminado.
—¡Qué tonto eres, Juan!
—¿Tonto? ¿Qué quieres? ¿Que deje formarse una relación que luego habrá que romper?
—¿Y por qué? ¿Romper por qué?
—¡Ah! ¿De modo que tú quieres que una Alvarado se manche con un judío que vende
garbanzos?
—Mira, Juan, si no vas a hablar con sentido común, yo tengo mucho que hacer...
Escucha y no digas disparates. Esquivel no vende garbanzos. Salió de Salamanca cum laud.
Es el secretario particular y el hombre de confianza del virrey. Y, sobre todo, métete esto
bien en la cabeza, tu hija es fea, ¿lo oyes?, más fea que un dolor… y si la quiere un buen
muchacho, pues hala y a ayudar.
---Fea...fea... No veo...
—No, claro. Como que se parece a ti. Pero el hombre y el oso, ya lo sabes, cuanto más
feo más hermoso. Y por eso eres tú el hombre más hermoso de Méjico. Como que eres el
más feo.
—Deja eso, y habla de la niña, que es lo que me preocupa.
—Pues si te preocupa, por algo será. Si Catalina tiene un partido, será cosa muy de
admirar. Si se lo quitamos, tendrá mil veces razón de maldecirnos.
—Pero ¿qué partido?... Eso, suponiendo que lo ten-












ga. Porque tú hablas mucho de que le gusta el doctorcito. Pero, ¿ella a él?
—También.
—¿Cómo lo sabes?
—Pues verás. Para una chica fea como Catalina...
— ¡ Dale con la fealdad!
—Pues claro. Si quieres adivinar lo que pasa no vas a razonar lo mismo sobre una fea
que sobre una guapa… Si Catalina, que es fea, se atreve a. . . a que él se dé cuenta de que le
gusta, es porque ha adivinado que no se exponía a un disgusto.
—¿Y cómo sabes que ella...?
—¿Otra vez? Pues mira, Juan, para que te convenzas: cuando empezaron las lecciones,
Catalina venía con un vestido que parecía de monja y ni una joya. Luego comenzó a
acicalarse más y se puso una cadenita de oro al cuello tan fina que parecía un hilo de oro
para bordar... ¿Te acuerdas? Una que le diste tú cuando cumplió cinco o seis anos... Luego
se puso una cadena de oro más gruesa; luego, la cruz de perlas; luego, el collar de esme-
raldas; y ahora lleva el de perlas grandes... ¿Te parece poco?
De pie, delante de su mujer, Alvarado se puso a soltar carcajadas roncas y bruscas.
—¡Qué líos os hacéis las mujeres! ¿De modo que porque Catalina lleva esto o lo otro al
cuello, ya...?
—No te convences, ¿eh? Pues te diré otra cosa. Tú ya conoces a los Alvarados... En fin,
tú mismo eres uno de la tribu. ¿Desde cuándo les ha dado a los Alvarados por el latín,
vamos a ver? Ya sabes que se les atraganta hasta el Dominus vobiscum, ¿no?... ¿Sí o no?













—Sí, es verdad que entre nosotros… las letras...
—Bueno, pues tu hija.., hay que ver qué entusiasmo. Comenzó con tres noches por
semana; luego, lección diaria. Pues ahora, los domingos después de la misa también. ¿Qué
te parece?. . . Esta vez creo que te he encerrado.
—No... bueno... no se. Estaba pensando... Ese doctorcito... como tú le llamas, lo que
busca es casarse con nuestro oro, y lo que menos le importa es Catalina.
—Lo más probable. Tú comprenderás que un buen mozo, con una gran carrera por
delante.., porque dentro de diez años ese mozo es oidor...
---¡Ca!
—¿Te juegas mil pesos?
—No. No los tengo. Pero oidor es mucha carrera para diez años.
—Pues ya lo verás. Para un mozo así, casarse con una fea tiene que ser cosa de ambición.
Porque si se contenta con menos dote, le sobrarán las guapas.
—Estos judíos siempre van al dinero.
—Ya lo creo, Juan. Derechitos.. . ¡Como si fueran cr istianos!
—El caso es que tiene gran privanza con el virrey.
—Ya, ya te veo yo venir a ti, ya...
—¿Y qué ves? ¿Se puede saber?
—Ya te estás tú diciendo: “Si le dejo acercarse a Catalina, tendremos un buen valedor en
la Audiencia, y nos resolverán lo de los diez mil pesos que nos piden los indios…”
—Pues mira, no se me había ocurrido, pero...
—Claro. Esos judíos van siempre al dinero, ¿no?









—Pues ahora no te comprendo. ¿Qué tienen que ver los judíos...?
—Bueno, déjalo, que a lo mejor te da dolor de cabeza. El caso es que tienes que tenerlo
todo bien pensado; porque, de un día a otro, el doctorcito te pide a Catalina, y entonces
tienes que saber lo que vas a contestar.
—Y tú ¿qué contestarías?
—Pues que se la lleve con Dios, Juan, que será más feliz con él que con nosotros.


3

—Este lugar, señora...
—Por lo que más queráis, doctor Esquivel, llamadme Catalina, que eso de “señora”...
—Así lo haré, pero, como decimos los letrados, “a título de reciprocidad”.
—¿Y eso qué quiere decir en cristiano?
—Pues que os llamaré Catalina si me llamáis Luis,
—¡Ah! Pues vaya por la reciprocidad. ¿Decíais?
—Que este lugar le habría encantado. El patio de pie. dra. La palma en el rincón. Los
tiestos. Este banco de piedra y esta mesa de piedra. Y el sol y sombra que corta el patio. Y
la paz. Y el ocio. Pero el interior no. Los suelos pulidos, el oro por todas partes... Horacio
era sencillo. ¿Recordáis aquella oda que leímos el otro día?:

Non ebur ne que aureum mea renidet in domo lacunar.

No quiere en la techumbre de su casa ni el relucir del oro ni el marfil. Siempre vuelve a
lo mismo. Contra la riqueza, por la libertad.






—Y sin embargo, Luis, ¿no es el rico más libre que el pobre?
—Pues…no. El de en medio, sí. El rico, no. Le da demasiado que hacer la riqueza. Hay
una oda de él, que leeremos un día, donde, hablando de esto, le viene a la pluma “la India”.
Parece que está hablando de las Indias y de la sed de oro.

Intactis opulentior
Thesauris Arabum, et divitis Indiae...

Parece que esta oda la escribió pensando en los que por codiciar oro pierden lo que vale
más que el oro.
—¿Y qué, según vos, vale más que el oro?
—Pues Horacio...
—No. Si no digo según Horacio. Digo según vos, Luis Esquivel.
—Eso, señora.., perdón, Catalina... eso... ¿qué interés tiene?
—Más que lo que pensaba Horacio.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—Porque Horacio ya va para muchos siglos que está bajo tierra. Mientras que Luis
Esquivel está vivo.
—Pues el caso es que yo pienso como Horacio.
— ¡Vaya!... Está visto. Voy a tener que enterarme de cómo pensaba ese señor.
—Para eso vengo, ¿no? Y hasta los domingos como hoy, en vista de que no bastaban las
noches...
—¿Lo sentís?
—Lo propuse yo.
—No lo olvidé.
—Pues Horacio pensaba...





---Lo que yo quería saber es qué vale más que el oro.
—Miserarum est neque amori dare ludum neque dulci
Mala vino lavere...
—Pero, si os entiendo bien, querríais que la mujer se dedicase al amor y ahogase sus
penas en el vino. ¡Qué vida licenciosa!...
—Licencia poética, licencia poética. En lo que estoy con Horacio es en que hay que
vivir, gozar del día, de la hora, del minuto, y no perseguir el oro y el oro y el oro.
—¿Y a qué llamáis el día, la hora, el minuto?
—Pues a este día, esta hora, este minuto.
—¿Éste?
—Este... Catalina.
—¿De verdad.., de verdad?
—¿Por qué dudarlo?
—Por.., pues sí, ¿por qué dudarlo? Soy tonta, ¿verdad? Perdonad, Luis. Se me mojan los
ojos, y no sé por que.
—Catalina...
—¿Qué?... Luis, ¿por qué tan serio? ¿He hecho algo malo?
—Catalina... No desconfiáis de mí, ¿no?
—¿Por qué he de desconfiar?
—Natural sería en una señora de vuestro rango desconfiar de los motivos de un...
—¡Luis! ¡Por lo que más queráis! ¿Desconfiar por qué? Ni aun ahora lo entiendo bien...
O no me atrevo a entenderlo... Luis, ¿no me habéis creído ruin... bastante ruin para
sospechar...?








—Con el alma os lo agradezco, Catalina. Pero, entonces, decidme honradamente, ¿por
qué tanta dificultad en creer que a mí me parezca este minuto más valioso que el oro?
—Ya os lo dije, Luis.
—Decidlo otra vez.
—Porque soy tonta…O quizá... como no estoy muy sobrada de afecto... En fin, ¿lo veis?
Ya estoy llorando otra vez, y no sé por qué.
—Yo sí, Catalina. Yo sé por qué.
—¿Cómo? ¿Si? ¡Pero si no lo sé yo!
—Yo os lo voy a decir. Porque ya hace semanas que lo vengo pensando y lo tengo muy
pensado.
—Miedo me dais.
—No temas nada de mí. Ya ves que soy yo el que da el paso. Permíteme el tú. Estaré así
más cerca para decirte las cosas graves... No, las cosas serias que quiero decirte.
—Decid.
—¡Dime!
—Dime.
—Catalina, tu pena viene de que no crees tu rostro digno de ti. Los más no se paran a
mirar lo que hay detrás de tu rostro, lo que tú eres de verdad. Yo sí me paré. Y sé que es
hermosura, de la de buena ley, de la que dura y persiste cuando el rostro se marchita. Ahora
las lágrimas que te caen por las mejillas ya no te que man. Son lágrimas que refrescan y
harán florecer las rosas de tus mejillas. ¿No?. . . Sí, ¿verdad? Pues ahora que ya lo sabes
todo, paz. Paz te digo... ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras más que antes?.. . ¡Catalina! Por
Dios,








sosiégate, no solloces, que te oirá la servidumbre, y... cálmate... ven... ¿adónde vas?
—Perdona... Perdona... Véte, Luis...Véte…¡Adiós!

4

—Así que estoy perplejo y no sé qué pensar, padre.
—Sí que es extraña la conducta de esa niña... ¿Te importa mucho?
—Mucho. Ya recordaréis que cuando llegué me hablasteis de ella como de un buen
partido para mi... Todo era entonces cosa de situarse, de dinero, de éxito...
—No son cosas para...
—No, padre, no. No digo que lo sean. Pero hoy me parecen despreciables al lado de... no
sé... algo más serio y más hondo. Catalina, “fea y pecosa” para los demás, tiene para mí un
imán.., tan grande, padre, que sólo me lo puedo explicar cuando pienso en lo hermosa que
es por dentro... Me recuerda esas casas moras que hay por Andalucía: por fuera, nada. Una
pared enjalbegada y se acabó. Por dentro, el jardín, los patios frescos, las flores, una
delicia... Eso es ella. Os sonreís, ¿eh?
—Estás enamorado.
—¿Y os parece poco?
—Pues ya sabes el refrán: enamorado: loco.
—¿Y qué?
---Que el enamorado no ve las cosas como son.
—Según. Yo tengo mis opiniones sobre eso. El ena-









morado ve lo que los demás no ven. Pero eso no quiere decir que sea él el que se equivoca.
—¿Y se lo has dicho?
—Expressis verbis, no. Pero se lo he dado a comprender esta mañana. Y lo que más me
confunde es que precisamente cuando se dió cuenta se me descompuso.
—¿La emoción?
—No. Era un llorar muy distinto y muy extraño. Hasta entonces, sí, pareció emoción; la
emoción natural en una niña que se siente querida. Pero algo se le debió representar de
pronto que la hizo romper en sollozos; y aquello ya no era llanto dulce, era desesperación.
—Miedo al “no” de los padres, Luis. ¡Figúrate! Los Alvarados. La gente de más fuste
aquí fuera del marqués; ¡y tú, al fin y al cabo, uno de la raza de Caín!
—No sé... Quizá no fuera eso...
—¿Qué piensas hacer?
—¿Qué haríais vos?
—Hablar con los padres. Pedirla. ¿No aspiras a casarte?
—Claro.
—Pues yo que tú la pediría. Así veríamos lo que lleva dentro el asunto.
—Eso es si el misterio está en los padres. Pero ¿y si está en ella?
—¿Tú qué piensas hacer?
—Hablar con ella, hasta que ella misma lo aclare.
—Pero ¿no te dijo “adiós”?
—Cosa del momento. Volverá a mí. Mañana mismo. Iré a la lección después de cenar y
ella bajará.
—¿Lo de los diez mil pesos…?








—¿Qué diez mil pesos?
—Hombre, lo del dinero que don Juan y don Carlos...
—¡Ah, sí! Esos indios y sus novillos... Se me había olvidado.
—Pues eso te facilitará las cosas.
—¿A mí? ¿Y qué tengo yo que ver con...?
—Pues sí que estás hoy tardo. Si don Juan ve La posibilidad de que le arregles la cosa,
no Catalina, sino tres Catalinas que tuviera, te las daba.
---¡Padre!
—¡Qué!... ¿Te asombra?
—¿Sería capaz?
—¿Don Juan? ¿De eso? ¿Y por qué no? Aquí todos se lo aplaudirían.
—Pues yo no estoy dispuesto a comerciar con mi toga.
—Eres joven.
—Ni que fuera viejo. Mi vida privada no tiene nada que ver con mi profesión.
—Bien, hijo. Respeto tu integridad. Pero te aviso a tiempo. Si pides a Catalina te
encontrarás con las dos cosas: los Alvarados creerán que te vendes a una fea por su dinero;
y los Alvarados te pedirán que prevariques en su favor.
—¡Nobleza!
5

—Vamos, Julián, que sirvan. ¿A qué hora se cena en esta casa?
—Señora, ya lo he dicho, que estaban las señorías en el comedor, pero no sé lo que pasa.
—Pues vé a ver.








—Hay ruido ahí afuera. Voy a ver yo...
—Aguarda, Juan, que Julián vuelve.
—Señora, es un recado del virrey, que mañana llegará don Fernando.
— ¡ Ay, Juan, y yo que creí que tardaría más!
—Mujer, mujer. Alégrate.
—Sirve, Julián. Pero ¿no ves que voy a tener que cuidarlo yo, pobre hijo?
—Bueno. Mejor. Cuanto antes llegue, antes lo cuida su madre.
—Es que no tengo nada.
—Pero ¿qué necesitas?
—Me pensaba hacer dos trajes blancos... Es más limpio, ¿sabes?, para cuidar a un
herido... No sé, no sé si Domitila...
—¿Quién es Domitila?
—La modista. ¿Todavía no sabes su nombre, Juan?... Eres de lo que no hay. No comas
tanto, que te va a hacer daño. Mira que el puerco de noche es muy pesado.
—Pues no. No sabía que se llamaba Domitila. ¿Es la mulata del pelo gris?
—Ésa es la costurera, Brígida.
—Pues no sé. Ni me importa. Lo que me importa es que Fernando llega mañana, que
viene en una camilla y que tiene un muslo destrozado.
—No me lo recuerdes, por Dios. ¡Pobre hijo! ¡Y yo sin nada para recibirle!..
—Habrá que hacer hilas…
—Padre, ya las tengo hechas yo.
—¿Muchas?
—Creo que bastarán, madre.








—¿Y por qué no me dijiste nada?
—Sí, madre. Os lo dije. Pero o no lo recordáis...
—O no me lo dijiste. Lo que pasa es que a mí no me dicen nunca nada de lo que importa
en esta casa. Como si fuera un mueble.
—Pues mira, Jacinta. No estaría mal que fueras un... Bueno, dejemos eso. ¿Y qué?...
¿Dónde vas a poner a Fernando?
—Lo mejor sería en tu alcoba, y tú en la suya. Así estaría más cerca de mí, y si necesitara
algo de noche.
—Pues siento decirte que no estoy de acuerdo.
—¡Toma! Eso ya lo sabía.
—No estoy de acuerdo porque para un enfermo como él, su alcoba es mucho mejor.
Habrá que llevarlo a la terraza a que tome el sol. Mi alcoba no tiene terraza. Y tendrá que
cuidarle Julián toda la noche.
—Yo misma...
—No.
—¿De modo que ahora tú me vas a impedir que cuide a mi hijo? ¿Y te crees que lo voy a
consentir?
—Ya lo has consentido.
—¿Cuándo?
—Cuando “no te dejé yo” venir a cuidar a Catalina.
—¿Que no me dejaste tú? ¿Cómo que no me dejaste tú? Demasiado sabes tú que estaba
mala y no pude venir
—¡Ah! ¿Conque era por eso?
—¿Pues por qué iba a ser?
—Es que entonces quedamos en que era yo quien te lo impedía.
—Eres imposible, Juan. ¿No te acuerdas que hubo que llamar al cirujano?





—¡Que si me acuerdo! Cien pesos me pidió por decirme que no tenias nada.
—Nada... ¡y no me podía mover por aquellas humedades que me calaban los huesos!
—Pues ahora no conviene que te pongas mala ha ciendo de enfermera nocturna. Lo
cuidará Julián. Y me quedaré en mi aposento.
—Padre, si me dais licencia...
—¿Adónde vas, Catalina?
—Madre, a clase con el doctor Esquivel.
—¿A clase?
—Sí. ¿Por qué?...
—¡Pero si no estás compuesta!... Llevas el mismo traje del primer día, que pareces una
monja... Y ni un hilo de oro al cuello... ¿Qué te pasa? Habla, que estás ahí con la cara como
un tomate...
—Bueno, Jacinta. Déjala en paz. Que se ponga lo que quiera.
—Es que me da rabia que no se componga... ¡como si no lo necesitara!
—Madre…no tuve tiempo.
—Pues ¿qué hacías?
—Preparar la lección. Hoy va a ser muy difícil.
—Bueno. Anda. Véte.

6

—Aquí está el Horacio.
—Bueno. Pero antes de estudiar, Catalina, tenemos que hablar.
—Es inútil, Luis.







—¿Cómo inútil? ¿Me vas a dejar en la incertidumbre de...? ¿Te has olvidado cómo te
fuiste ayer? ¿Sin una palabra de explicación, nada, nada?
—Sí, lo siento. Perdonadme, Luis.
—¡Perdona!, por Dios te lo pido, Catalina. Tutéame, como yo a ti.
—No puedo...
—¿Por qué?
—Bueno, poder sí podría. Pero no debo.
—¿Por qué?
—Porque el camino por donde nos habíamos metido no va a ninguna parte.
—¿A ninguna parte? ¿Hacer un hogar juntos no es...?
—Imposible, Luis.
—¿Por qué?
—No puedo decirlo.
—¿Tus padres?
—No. No es eso.
—¿Quieres a otro?
—No.
—Pues ¿entonces?
—No puedo decirlo, Luis. Perdonadme. Vamos al latín, que será más útil. Es lo único
que puedo hacer ya.
—¿Qué quieres decir, Catalina?
—Seré monja.
—Monja... Monja... Si te metes monja, Catalina, te echaré una maldición. Pero no te la
digo.
—¿No? ¿Por qué?
—Porque tengo el ánimo para otras cosas.
—Luis... ¿creéis posible...?
—Dí crees posible.



—¿Crees posible... la intimidad, el amor entre dos personas con un secreto entre ellas?
—Según el secreto.
—¿Cómo? No lo entiendo.
—Yo podría muy bien ocultarte... no confiarte cosas de mi profesión. . . cosas sobre
terceras personas.
—Pero ¿sobre tu persona?
—No.
—Vamos a leer a Horacio, ¿sí?
—¡Catalina!
—¿Qué os pasa, Luis?
---Que no juegues conmigo. ¿Cómo voy a leer a Horacio cuando me acabas de decir que
me ocultas un secreto sobre tu persona?. . . ¿O sobre la mía?. . . Catalina, jura que me dirás
la verdad a una pregunta que te voy a hacer.
—Bueno, Luis, silo deseas...
—Jura.
—Te lo juro.
—¿Es tu secreto sobre mi... familia, mi sangre?
—No, Luis. Ya sé en que estás pensando. Mi secreto no es sobre tu persona. Es sobre la
mía. Jamás pasará mis labios. Toda la noche he estado cerrándome a esa... traición. De
modo que... Luis... no pienses más en mí... Sí, estoy llorando otra vez. Cosas de mujer. Llo-
rar por... Pero te aseguro que no lloro de pena; casi te diría que es de alegría, de ver que
tengo la fuerza de decirte adiós. Luis, véte como... Luis. Quédate sólo como maestro. Anda.
Horacio.
—Pero...
---No. Luis. ¡Está tan claro! Entre tú y yo hay un se-






creto. Lo habrá siempre. De modo que lo que tú querías.., y yo también, sí, yo también... no
puede ser.
—Catalina, no renuncio. ¿Lo oyes? No renuncio. Tengo que pensarlo todo muy bien.
Vamos con Horacio.
—¿Qué quieres que leamos hoy?
—Abre al azar.
—La Oda XVI.
—¿Libro?
—Tercero.
—Me la sé de memoria.

Inclusam Danaen turris aenea
Robustaeque fores et vigilum canum
Tristes excubiae munierant satis
Nocturnis ab adulteris...

—Qué maravilla, Luis. Tu memoria, digo, que los versos...
—Se trata de Danae, que visitó Júpiter una noche, a pesar del encierro en que la tenía su
padre, cayendo en lluvia de oro sobre la torre en que se alojaba. ¿Comprendes? Y dice así
lo que te recité: “La torre de bronce, las robustas puertas, la vela triste de los perros vigilan-
tes, habrían bastado para guardar a Danae de los adúlteros nocturnos. . .“ Catalina, ¿qué...
pero qué te pasa? ¿Estas enferma? ¿Por qué sollozar? ¿Ves como hiciste mal en meterte en
Horacio cuando...? Catalina, repórtate, por Dios. ¿Qué creerán de mí en tu casa? Cálmate.
—Sí…Si... Un momento... Ten... paciencia... Ya me... ya me dominaré... Déjame llorar
un poco, Luis... Déjame... lee tú mientras.., ah, que ya la sabes...esa oda... Ya la sabes... Ya
sabes tanto...





Ya sabes todo... El perro... Luis... el perro no ladró... Cuando ladró... una noche… Ya era
tarde... era… ya hacía quince noches... quince.., mas... tantas.., no me acuerdo... las
puertas…sí... fuertes y con centinelas.., pero la cancela de atrás... sólo el perro.., y no
ladraba... no ladraba porque era su amo... ¿ves? ¿No te dije que no podía ser? Anda, Luis,
todo se acabó. Todo. Todo. Anda... enséñame latín. Escoge otra oda. No ésa... No... No
ésa… esa de Danae y del oro.., y de los adúlteros nocturnos… no... no esa…escoge otra y...
no pienses más en lo otro... ya ves.., estaba yo tan débil.., convaleciente de la viruela.., y tan
sola... ¿qué digo? ¡Qué indigna mentira! Mi buena madre me cuidó tanto... no mi madre, la
de mi cuerpo, Luis... no...la madre de... de mi alma; que es su madre, la madre de él... y en
su casa fué... yo como su hija... la quería tanto y la quiero... yse parecen, Luis…eso es lo
peor... y ya ves…quince noches… Luis, ¿lo ves?.., no puede ser... anda, véte, que es
tarde…y me van a ver que he llorado... véte, que es tarde.., y no pienses más... ¿en qué
piensas? No dices nada... Te has quedado tan pálido... Luis... me desprecias...
claro…adiós... Ya te lo dije que no podía ser... Adiós...
—Catalina, hasta mañana. Déjame pensarlo todo hasta mañana. De aquí a mañana,
Catalina, ni una palabra a nadie. ¿Lo oyes? A nadie.















7

—Ya vienen. Ya vienen. Rosario, ayúdame a bajar, que me tiembla el corazón. ¡Pobre
hijo!
—Señora, no tan aprisa, que se caerá vuesa merced y serán dos los heridos.

1
Ay!
1
Qué delgado estás, hijo mío!... ¡y esa barba!...
—Bueno, Jacinta. Cálmate y apártate a un lado, que vamos a subir la camilla. A ver, tú,
Julián, toma las andas de arriba; no, las de los pies. Vamos. Cuidado con esta vuelta… y
ésta. Muy bien.
—Señor, será mejor parar aquí en el descansillo.
—¿Te cansas?
—Es por el herido.
—Por mí no paréis, padre, que voy sin dolor.
— ¡Ay, hijo… y qué gusto oírtelo decir!
—Jacinta, vé a ver si ha llegado Unza.
—¿Qué Unza?
—El padre Unza, el cirujano. Que le mandé recado. Anda abajo y recíbele. Que aquí no
haces falta... Bien. Cuidado, Julián. Este es el momento difícil. Pasarlo de la camilla a la
cama sin moverle el muslo herido.
—Padre, un momento, que abriré la cama.
—Razón tienes, Catalina. ¿Ves? Lo más necesario se me olvidaba.
—Será mejor que quite la ropa de encima y luego la vuelvo a hacer.
—Catalina, tienes vocación de enfermera.
—A ver, Julián... Aguarda. Pasos…el padre Unza.









—Conque ¿éstas tenemos? Don Fernando. Vamos a ver, vamos a ver qué le han hecho
esos tunantes de Quivira.
—¿Quivira, padre Unza? Ni de lejos. Aventuras de encrucijada.
—Vamos a ver... Bueno... Bueno... No diré que es poco, pero me temí más. Voy a...
Señor don Juan, la madre y la hermana del herido podrían ir a otra estancia y prepararme
agua caliente y jabón.
—Ya lo habéis oído.
—No son cosas para ojos de mujeres, don Juan. Sí. En efecto, es un buen tajo de espada
india, obsidiana. Más temible que el mejor acero de Toledo, don Juan. Vamos a lavar la
herida aquí. . . que traigan el agua y el jabón, pero no las dejéis venir, don Juan.
—Julián, anda.
—Está el hueso intacto. Los tendones.., bien. El músculo cortado. Don Juan, suerte que
hemos tenido. Paciencia y limpieza. El Señor hará lo demás. ¡Ah, el agua! Lavaremos la
herida. La vendaremos. Y luego, sin mover el muslo, eso es lo importante, sin moverle, lo
pasaremos de la camilla a la cama... ¿Duele?
—Un poco.
—¿Donde? ¿Aquí?
—Todo el muslo.
—Padre Unza, ¿qué necesita para su cuidado?
—Don Juan, ya pueden volver las damas. Ya está vendado. Vamos a trasladarlo a la
cama. Yo me encargo del muslo. Así... Bien.
—Catalina, ya puedes cubrir la cama.
—No, lo haré yo. Deja, hija; tú no entiendes de eso.








—Padre, para su cuidado, Julián, ¿no?
—Eso, don Juan. Un buen criado de confianza que lo atienda. Y sobre todo, ni su madre
ni su hermana.
—Padre, ¿y por qué? ¿Quién mejor que su madre?
—Señora, hay que pensar primero en el enfermo...
—¿Y en quién pienso yo?
—Todos pensamos en él. Pero hay que pensar bien. Lo que necesita es una persona a
quien no vacile en molestar todo lo que sea necesario. Un caballero como lo es don
Fernando sufrirá mucho antes de molestar a su madre o a su hermana. El mayor cuidado
que una madre puede hacer a un hijo es no cuidarlo en su enfermedad. Cuidar una hija, sí,
que es distinto. Nada mejor que una madre. Pero un hijo que es caballero, jamás. Señor don
Juan, lo repito, paciencia y limpieza. Lo demás lo hará el Señor.
—Os acompaño, padre.
—Dejad, que ya sé el camino.
—Vengo.
—Fernando, qué delgado estás…
—¿Qué esperabais, madre?...
—Se te cierran los ojos.
—Cansancio.
—¿Quieres descansar?
—Será mejor.
---¿Algo más antes que te deje?
—Que avisen a Isabel Manrique. Y que venga a verme.
—Deja eso, hijo. Siempre hay tiempo cuando estés mejor.
—No, madre. En seguida.
—Bueno, hombre. Bueno.





8

—Luis...
—Catalina...
—Toda la noche pensando en ti...
—Toda la noche pensando en ti...
—Llegó mi hermano, herido, esta mañana. Y lo veía sufrir en aquella camilla, y luego en
la cama... pensando en ti.
—¿Y qué pensabas?
—En lo que pensarías tú de mí después de lo de anoche. Te fui dando mi secreto a
pedazos... Luis... ¿qué piensas? Todo lo sabes ya.
—Algo más quisiera saber.
—Dime, Luis. Te abriré mi pecho de par en par.
—¿Le querías?
—Creía que sí, Luis. Hoy sé que no. Me equivoqué. Pero, ¿sabes?... Toda mi vida sin
cariño… ¿Sabes lo que es eso?
—Sí.
—¡Ah! ¿Tú también?
—Lo mío no es para hoy.
—Una madre que no me puede ver; un padre bueno pero ocupado en sus ....... en fin, eso
ya te lo había dicho tantas veces… y creí que le quería.., y luego su madre, Luis, tan buena
para mí, mi verdadera madre... tú ya sabes cómo la descubrí.., pero yo... vamos, para mí fué
una sorpresa... yo estaba dormida cuando él entró en mi alcoba.., que era la suya... por la
terraza...







—¿Y después?...
—¡Luis, perdóname!
—Te dejaste ir. . . Las demás noches.
—Hoy no me lo explico, Luis. Entonces me pareció natural. Y no tenía yo fuerzas para
resistir...
—Pero ¿amor?
—Nada, Luis. Bastó que me... que dejara de venir…
Callaron.
—¿En qué piensas?
—¿En qué quieres que piense, Catalina? Todo esto es lo que adiviné durante la noche.
Toda la noche pensando en ti y en mí. Me he estado descubriendo.., cosas que llevaba
dentro y que no sospechaba.
—¿Me las dirás?
—A eso he venido.
—Te callas...
—No sé cómo empezar... ¿Ves tú? Yo no soy como los demás… eso es lo que he
descubierto. No soy como estoy seguro que es tu hermano, por ejemplo, o tu padre, o
cualquiera de los amigos que tendrás. . . esos caballeros de capa prieta que te rodean.
—Me gustas más tú.
—No es eso, Catalina. Te quería explicar lo que he descubierto en mí al revelarme tú...
eso que tenias oculto. Tu hermano, tu padre, verían en tu... en lo que has perdido…tu
inocencia... escúchame con calma, Catalina, domínate... verían en tu inocencia perdida una
tragedia sin remedio, sin otra salida que una muerte y un convento, ¿no?
—Sí.
—Bueno; pues lo que yo he descubierto en mí es que






no me enciende el ánimo, no me desoía el corazón, no me quita la serenidad. Yo no sé si es
cosa para elogio o para censura; pero así es.
—¡Oh, Luis!
—No te digo que no me hace sufrir… que no hubiera preferido... haberte conocido…
antes. Pero prefiero que me hayas abierto tu corazón…
—Horacio lo abrió... El Señor, por medio de Horacio... Porque tú me pediste que abriera
el libro al azar... Y fué la oda aquélla…
—Catalina, yo te quiero como… antes, y quiero que seas mía como antes.
—¿Lo ves? Ahora son lágrimas de agradecimiento a Dios…que me quiere…como tú...
más de lo que merezco.
—Sosiégate, que nos queda algún camino todavía.
—Anda... Ya te escucho... Pero déjame llorar...
—Yo tengo que confesarte mi mayor defecto. Soy muy orgulloso. Para mí es una tortura
pensar en lo que dirá la gente. Dirán que me casé por tu dinero.
—¿Ves? Si te hubieras enamorado de una guapa, no lo dirían.
—Deja eso, Catalina. Ahora, con…tu secreto, las cosas se ponen peor. ¿Nadie lo sabe
más que tú y. . . él?
—Y el padre Gaona.
—Ah, y el padre Gaona también.
—Sí, Luis. No podía. Tenía tanta fuerza mi secreto... ¿A quién decírselo? Sola no podía
llevarlo. Así que se lo confesé al padre Gaona, porque así se quedaría oculto en él.
—Secreto de confesión… ¿Quién sabe? Cualquier día









nos encontramos con que aumenta el círculo de los enterados, se dice> se murmura.
—¡Luis!...
—No se trata de sufrir. Se trata de ver y de resolver. Yo tengo que salvar mi integridad.
—Bien, Luis; pero ¿qué…quieres que yo...?
—Verás. Yo me quiero unir contigo, con tu persona. No quiero tus riquezas. Te quiero a
ti sola, sola, ¿lo entiendes?, desnuda.
—¡Qué feliz me haces!
—No quiero que ni tu padre ni tu madre ni ninguno de estos godos y godas me mire de
arriba abajo porque te tomé por mujer. Para eso es indispensable que vengas de tu casa a la
mía con lo puesto y nada más.
—¿Sin dote?
—Ni un maravedí.
—Vendré, Luis.
—Piénsalo bien.
—Lo tengo pensado.
—Mira que estás acostumbrada a un lujo que yo no te podré dar.
—Vendré, Luis.
—Vivirás vida de mujer de secretario, no de conquistador.
—Viviré.
—Y me firmarás una renuncia en regla a toda la herencia paterna y materna.
—Firmaré.
—Déjame que te bese las manos. Mañana te pediré.
—¿Adónde vas? Espera. No me dejes sola ya con el peso de tanta dicha.








—No, si no me iba. Nos queda un momento todavía para la lección.
—Parecía que...
—No. Vamos a cumplir ahora... A cumplir con Horacio.
—Ya ves lo que le debo. Mi confesión… y tu bendición... ¡Ah!
—¿Qué te pasa?
—Luis, ¿te acuerdas? Cuando te hablé de meterme monja, me amenazaste con una
maldición. Y luego no te atreviste.
—No; atreverme… no era eso. Es que no tenía humor para...
—¿Y ahora?
—Pues no... tampoco.
—Luis, hazme un favor. Dímela. ¡Tengo tanta curio sidad!... ¿Por qué te sonríes? Y con
una sonrisa tan maliciosa...
—Es que... no... no te lo digo.
—Vaya que sí. No me vas a negar eso hoy. Aparte de que echarle una maldición a una
monja...
—No sé por qué se me ocurrió…
—Anda... Sigue...
—Cosas de estudiantes, Catalina. Nada muy fino...
—Lo que sea. Quiero saber qué cosa es eso que a tus ojos sería una maldición que
echarme...
—Si te metías monja. Sólo si te metías monja.
—¿Cuál era?
—En Salamanca corría entre los estudiantes un papel... era una poesía en latín, sobre una
monja...
—¿De quién?






---Dios sabe de quién. De algún fraile malicioso quizá.

Plangit nonna fletibus
inenarrabilibus.

Es una monja que se queja con lágrimas indecibles y dice:

Heu misella!
Nihil est deterius
tali vita.
Cum enim...

No. No te lo digo.
—Pero qué tonto eres, Luis. ¿No vamos a ser marido y mujer?

—Cum enim sum petulans
et lasciva.

—¡Ah! Y esa iba a ser tu maldición, ¿eh?
—Pues no he terminado. Luego se queja de que repite el Salterio al son de la campanilla,
y abandona el grato sueño cuando quisiera dormir:

Sono tintinnabulum,
Repeto psalterium,
Gratum linquo somnium
Cum dormire cuperem,

y para al fin…me perdonas, ¿sí? Lo que me hizo pensar en la maldición:

pernoctando vigilo
cum non vellem;
juvenem amplecterer
quam libenter...

—Pues no lo he entendido. El primer verso sí, y el segundo, “cuando no quiero”. Y
juvenem.
—¡Cuánto más me gustaría abrazarme con un buen mozo!
—¡Pobre monja!... ¿Te vas?
—Bueno. Ya hemos dado lo que quedaba de lección, ¿no?
—¿Y me levantas la maldición?
—Según el juvenis.


9

—Se trata de un asunto delicado, Eminencia, y creí prudente tratarlo aquí en el
monasterio y no ir al obispado.
—¿Confesión? Ya sabéis, padre Gaona, que en cosas de confesión yo no...
—No, señor obispo. No es cosa de confesión. Un caso de idolatría secreta. Pero que me
parece muy grave.
Por las personas.
—¿Y cómo vinisteis a dar con él?
—Como todo en este mundo. Por la Providencia Divina. Nuestros hermanos de Tetzcuco
habían hecho un prosélito, un hombre ya no muy joven. ¡Este indio les quedó tan
agradecido por su conversión, que se fían de él mucho! Hace poco, vino a contarles cosas
tales, que acudieron a mí a pedirme consejo. Yo no me atreví a dar un paso sin consultar,
¿qué digo?, sin poner el asunto en manos de Vuestra Eminencia.
—Bueno, pero ¿qué es ello?
—Señor, con vuestra venia, haré venir al indio que tengo aquí escondido en mi celda.



---Traédmelo pues.
……………………………………………………………………………………
—¿Cómo te llamas? Levanta del suelo. Las rodillas son sólo para Nuestro Señor.
—Sí, señor.
—¿Cómo te llamas?
—Tomazquitl... me llamaban, señor.
—Tu nombre cristiano.
—Tomás.
—¿Cuándo te bautizaron?
—Hace catorce lunas.
—¿Quién te bautizó?
—Los padres de San Francisco.
—¿Tienes familia?
—Una hija, señor.
—¿Quién es su madre?
—Cocotl.
—¿Dónde está?
—¡Quién sabe, señor!
—Y tu hija, ¿cómo se llama?
—Papálotl.
—¿Dónde está?
—En Istatlán.
—¿Cómo tan lejos?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Con quién vive?
—Sola, señor.
—¿Por su gusto?
—¡Quién sabe, señor!
—Y tú ¿querrías que volviera?
—Sí, señor.

—¿Y por qué?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Está soltera?
—Sí, señor... No, señor.
—¿Sí o no?
—No, señor. Soltera por Cristo. Casada por...
—¡Ah!... ¿Y quién la casó?
— ¡Quién sabe, señor!
—¿Quién es su marido?
—Nezahual, señor.
—¿Méxica?
—No, señor.
—¿Español?
—No, señor.
—¿Entonces?
—Los dos. Español, padre; méxica, madre.
—¿Y dices que se llama Nezahual?
—Sí, señor.
—Pero ¿en cristiano?
—Rodrigo.
—¿Rodrigo qué?
—Rodrigo Manrique.
—¿El hijo del conde?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Y cómo le diste tu hija en matrimonio pagano?
—¡Quién sabe, señor!
—Eminencia, no entiende eso de pagano.
—Te pregunto cómo le diste a tu hija por mujer.
—Yo no, señor.
—¿Pues quién?
—¡Quién sabe, señor!
—¿No vivía contigo?
—Sí, señor.
—¿Salió de tu casa para casarse?
—No, señor.
—¿De dónde?
—De casa de Cuanacoch.
—Don Carlos, señor obispo.
—¡Ah! ¿El tío de...?
—Sí, Eminencia. Y... con dolor de corazón lo digo…en casa de don Carlos vivía y
todavía vive Rodrigo Manrique, por culpa mía.
—Ya me explicaréis eso, padre Gaona. Sigamos con nuestro interrogatorio... Y dime
ahora, Tomás, ¿cómo pasó tu hija de tu casa a la de Cuanacoch?
—¡Quién sabe, señor!
—¿La mandaste tú?
—No, señor.
—¿Se fué ella porque quiso?
—No, señor.
—¿Se la llevaron por gusto?
—No, señor.
—¿Por engaño?
—No, señor.
—¿Por la fuerza?
—Sí, señor.
—¿De quién era la fuerza?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Españoles?
—No, señor.
—¿Méxica?
—Sí, señor.


—¿De Tenochtitlán?
—No, señor.
—¿De Tetzcuco?
—Sí, señor.
—¿De Cuanacoch?
—Sí, señor.
—¿Y tú sabes que la casaron?
—Sí, señor.
—¿Quién te lo dijo?
—Ella, señor.
—¿Y por qué se la llevaron tan lejos?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Está embarazada?
—Sí, señor.
—¿Muy avanzada?
—Ocho lunas, señor.
—¿Y está contenta?
—No, señor.
—¿Por qué?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Padece soledad?
—Sí, señor.
—¿Miedo?
—Sí, señor.
—¿A qué?
—¡Quién sabe, señor!
—¿A que la maten?
—No, señor.
—¿A que le quiten el hijo?
—Sí, señor.
—¿Y qué quieres que hagamos por ella?
—Que hablen con Nuestra Señora. Que vayan a buscarla.
—¿Para qué?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Para que no la maten?
—Sí, señor.
—¿Para que no le roben el hijo?
—Sí, señor.
—¿Pero ella es pagana?
—¡Quién sabe, señor!
—Tomás, fíjate en lo que Su Eminencia te pregunta.
—Sí, señor.
—¿No es cristiana?
—No, señor.
—Pero querrá serlo, ¿ no?
—Sí, señor.
—¿Y si viene se bautizará?
—Sí, señor.
—Bien, Tomás. Tú también tienes que hablar con Nuestra Señora y pedirle que vaya.
—Sí, señor.
—¿Y cómo ha de ir?
—Conmigo, señor.
—¿Por qué contigo?
—Por guía, señor.
—¿Es difícil el camino?
—Sí, señor.
—¿Montaña?
—Sí, señor.
—¿Para caballos?
—No, señor.


—Bien, Tomás. Ruega a Nuestra Señora y ya te avisaremos.
—Ocho lunas, señor.


10

—Hoy es, Nezahual. Hoy vas a vivir tu primer día de Moteczuma completo.
—¿Sacrificar?
—Sacrificar. Es la fiesta del mes Panquetzalizt li. Claro que no es lo que era. La hemos
tenido que reducir a lo que cabe en la Gran Cueva. Tú no tendrás otra cosa que hacer que
sacrificar. Ya verás cuándo. Te irán trayendo las víctimas...
—¿Más de una?
—Muy pocas. No tenemos gente. Muy pocas... Y sobre todo no temas hacerlo mal. Lo
harás muy bien. Eso viene con la sangre. No viene de la cabeza, como el saber. La
inspiración re la dará Uitzilópochtli. La mano, Moteczuma, que vive en ti, y tu otro
antepasado, el glorioso Ahuitzotl. El año 8-Cañas, reinaba sólo hacía un año, Ahuitzotl
dedicó un Cu nuevo a Uitzilópoctli sacrificando veinte mil prisioneros.
—¿Veinte mil, dijiste?
—Veinte mil. Los había de Masatlán, Taplán, de Tzicoac, ¿qué sé yo? Hasta de
Yoaltepec. Se sacrificó en catorce templos. Las colas de víctimas llegaban hasta fuera de la
ciudad.
—¿Y el mismo Ahuitzotl...?
—Él mismo. Con su propia mano sacrificó millares.








Era hombre incansable, de brazo fuerte. Pero, acuérdate, el que inspira es el dios.
—No temas, Issil.
—Hazte pequeño. Hazte nada. Y él lo hará todo en ti.
—¿Qué ruido es ése?
—Las cornetas de caracol. Vamos. Ponte esta toga negra, haz lo que yo hago. Esta bolsa
de tabaco, así, colgada a la espalda. En la izquierda, el cucharón de madera. Este cuchillo
de pedernal en la derecha... para ti. No. Así. Hay que empuñarlo así para que no se te
resbale en la mano al dar el golpe. Bien. Vamos.
En solemne procesión que iba dando vuelta a las gradas del Cu, los esclavos que iban a
morir cantaban el tlaxotecáyotl:

Ay tlaxotla tenamitl yuictli macocmumupuxotiu...
En la gente tlaxotlana se repartirán las plumas
Que se ha pegado el guerrero.
Mi dios se llama Tepanquizqui,
El vencedor de la gente.

Llevaban el rostro, los brazos y las piernas teñidos a rayas o bandas azules y amarillas;
una saetilla atravesada en la nariz, de que pendía un semicírculo. Tocábanse la cabeza con
unas corozas de cañas atadas coronadas con un manojo de plumas blancas. En lo alto del
Cu dominaba la escena una imagen colosal de Uitzilópochtli, amasada de harina, cuyo
tamaño reducía a pigmeos a los sacerdotes que a sus pies la rodeaban. De pronto uno de
ellos bajó las gradas con un mazo voluminoso de papeles blancos, que ofreció a los cuatro
puntos cardinales y arrojó después en un pilón; mientras que el otro bajaba con una







tea de ocote encendida, disfrazado de culebra, con un plumero de plumas coloradas en la
boca simulando fuego. Bajaba culebreando, iba derecho al pilón y arrojaba en él la tea
ardiente, donde se prendían los papeles blancos al son de trompetas y caracoles.
Rodrigo, entretanto, había tomado posición al lado de la Piedra, cuchillo de pedernal en
mano. Un tercer sacerdote bajó solemnemente de lo alto del Cu llevando en la mano una
imagen pequeña de Páinal, el dios satélite de Uitzilópochtli, dió lenta y hiératicamente
vuelta al pilón y se puso a la cabeza de las víctimas, guiándolas hacia lo alto, donde las
aguardaba la muerte. Súbitamente, para Rodrigo el mundo cambió. Sobre la Piedra había un
hombre, pecho en alto, brazos y piernas en cruz. Rodrigo sintió que por la nuca le penetraba
un flúido extraño e íntimo y potente que era él y que no era él, un flúido que le henchía el
cuerpo y le hacía hervir la sangre y en el hervor subir, subir por encima del lugar que sus
pies oprimían, subir, subir por encima del mundo y de las cosas donde no hay peso ni aire
ni luz ni ayer ni ma ñana ni tú ni yo ni nadie, y desde aquella cumbre donde él, sereno,
dominaba la vida y la muerte, vió cómo Moteczuma le levantaba el brazo derecho y lo
abatía sobre la víctima con golpe certero, y cómo con su brazo izquierdo infalible penetraba
en aquel pecho abierto, arrancaba vivo y palpitante el corazón y lo ofrecía en alto a
Uizilópochtli. Con destreza de siglos el brazo izquierdo arrojó al cuauxicalli de piedra el
corazón ya muerto. Otra víctima aguardaba ya. También el brazo derecho aguardaba
vibrando en el aire cuchillo en mano, cuchillo vivo en mano, vivo del espíritu del dios que
en él palpitaba,











y pedía víctima y la tuvo y cayó y tajó abriendo camino para el brazo izquierdo, y otro
corazón subió ofrecido en el aire a Uitzilópochtli y otro tajo y otro corazón y otro tajo y
otro corazón y cuando se acabaron las victimas quedó el brazo derecho vibrante en el aire
con el cuchillo vivo hambriento de pechos y el izquierdo con la mano vacía buscando
corazones.


























CAPITULO IX

1

—Suchil, qué gusto verte. Hija, te mandé llamar porque a Fernando no se le cuece el pan
hasta ver a Isabelita. Vaya, niña, ¿cuántos años tienes?
—Quince, voy para dieciséis, doña Jacinta.
—Y ya conquistando a conquistadores, ¿eh?
—¿Y cómo viene Fernando?
—Pues mira, Suchil, me temí que vendría peor. La herida.., no me la han dejado ver.., de
modo que debe de ser honda... en el muslo. Pero está muy sano y se rehará pronto.
—Al lado de su madre...
—¡Ca, hija! Ni caso me hace. Cuando pienso en mis tiempos... Mis hermanos se
desvivían por una sonrisa de mi madre. ¡Hoy!... Fernando daría un mes mío por una hora de
tu hija. Anda. Anda, Isabel. Vé a verle, que suspira por ti.
—No se lo dijiste dos veces.
—Partió como un rayo. ¡Qué bonita es!... Mira, Suchil, a mí me encanta la idea, ¿sabes?
Porque mi hijo es tan buen mozo... espero que no se quede cojo. El padre Unza me asegura
que no... Y tu hija es un primor. Ya para fealdad en la casa me basta con Catalina.













—¿Pero qué culpa tiene ella de no ser tan guapa como su madre?... ¡Y qué guapa estás
hoy!... Toda de blanco, ¿eh?
—Bueno. Me lo hice para cuidar a Fernando. Porque aquí, Suchil, si yo no hago las
cosas... Ya ves. Juan se empeña en que lo cuide Julián de noche... pero un negro, Suchil,
¿qué va a saber? Y Catalina de día... pero Catalina es incapaz.
—Pues no me dió a mí esa impresión. Ya sabes cómo la quiero yo a Catalina. ¿Se le ha
quitado la tristeza?
—Es un misterio esa chica. Tan pronto le sube el ánimo como le baja. Pero creo que se
va a poner bien. Tiene un galán.
—¿Qué me dices?
—Sí. Ya ves lo que son las niñas de hoy día. Apenas si hace un año se moría por tu hijo y
ahora está toda ensimismada porque la quiere un cualquiera.


—¡Isabelita! ¡Qué contento se va a poner Fernando!
—Me dijo tu madre que subiera...
—Pues claro. Pero ten cuidado. Todavía se cansa un poquito.
—¿Será mejor que no entre?
—¡Ca! De verte se pondrá mejor.
—Catalina... ¿Está muy cambiado?
—La barba. Como no se puede afeitar en cama el pobre...
—¿Y quién lo cuida?
—De día, yo. De noche, Julián, el mayordomo. Y, desde luego, mamá siempre. Noche y
día. Es una enfermera ejemplar. ¡Y tan elegante!







— ¡Catalina!
—Anda, entra, entra... ¿Sabes lo que me acaba de pedir, en cuanto oyó voces abajo?
—¿Qué sé yo?
—Te lo doy en tres.
—Ni uno.
—Tu pañuelico violeta. Para ponérselo al cuello.
—Porque venía yo, nada más. Para darme gusto.
—No se lo ha quitado ni para dormir. Se lo quité yo a la fuerza para lavárselo. Y se lo
acababa de planchar. Conque ya ves...

—Tú comprenderás, Suchil, que no me entusiasma. Pero, en fin, el mozo es apuesto, y a
juzgar por lo bien que apunta a nuestro caudal, hará carrera. Pero...
—Quizá lo juzgues mal. A lo mejor está enamorado.
—¿Cómo quieres que se enamore nadie de mi hija? Ya era fea antes, que parecía su
padre con faldas, y encima se me pone pecosa de viruelas que... en fin.., a una le vienen a
veces ideas malas y descabelladas, pero te aseguro que más de una vez lo pensé cuando
estaba con viruelas... Bueno. Total, que es fea. De modo que si un mozo guapo y de
porvenir se le acerca, pues... verde y con asas.
—Mira, Jacinta, el mundo es muy complicado y no hay que empeñarse en hacerlo
sencillo. Yo, por ejemplo...
—Tú eres una santa. Todo el mundo lo sabe. Pero por si acaso te llevaste el marido más
guapo de Nueva España y aun de la otra.
—¡Qué loca estás! Te decía... Te quería decir que yo si fuera hombre me enamoraría de
Catalina.







…………………………………………………………………………………………
—¡Isabel! ¡Isabelita! Ya no os digo más “señora”.
— ¡Ay, don Fernando!, ¿y cómo estáis?
—Mal. Muy mal.
—Fernando, ¡qué tonto! ¡Vamos!
—Catalina, haz de dueña y cállate, que yo bien sé lo que digo. Isabel, estoy muy mal.
—¿Duele?
—Mucho.
—¡Ay, qué embustero!
—¡Catalina! Isabel, duele mucho.
—¿Dónde?
—Aquí en el corazón. Y dolerá hasta que me quitéis ese don.
—Pues pronto te vas a curar. Isabel, llámale Fernando.
—¡Pero si no tengo costumbre!
—Por algo se empieza.
—Bueno. Vaya. Fernando. Sea.
—Pues veréis, Isabel. En cuanto llegué le dije a mi madre que esto de la herida se me
curará muy pronto. Madre abrió unos ojos como bandejas y me preguntó cómo. Y yo le
contesté: “pues haciendo que venga Isabel Manrique”.
—Oye, Isabel, os quedáis, ¿no?
—No sé, Catalina. Madre no me dijo nada. No traemos ropa.
—Ni falta que os hace. La mandaremos a buscar.
…………………………………………………………………………………………….
—No puede ser, Jacinta. La juzgas mal a ella también.
—Te aseguro que no. Ya ves si la conoceré. Mi hija.
—Yo también la conozco. La he vivido dos meses, a tu





hija. Y te aseguro que no tiene nada de indiferente. Es muy tierna. Y muy noble. Hará muy
buena esposa.
—¡Ay qué gracia! Te voy a encargar que estés aquí para recibir al doctorcito cuando
venga a pedirla. A ver si nos rebaja la dote.
—Cualquiera que te oyera...
—Con las cosas que pedirá... Estos judíos...
— ¡Ah!, ¿pero es...? Claro, ahora me acuerdo. ¡Esquivel! ¡Cuántas cosas contaba Alonso
de su padre!... Pero no sé por qué han de ser peores que los otros. Los hombres, Jacinta,
todos son unos. Ni buenos ni malos.
—Más bien malos que buenos, Suchil. Pero yo no sé, los judíos... Juan no los puede ver.
Y eso que yo le digo lo que tú, que tanto monta... pero...
—Mi suegra había sido judía. Y era una santa.
—¡Ah!, es verdad. Mira, y se me había olvidado. Y a Juan también.
—¿Y a Fernando?
—Le tiene sin cuidado, a Fernando, ¿sabes?


—Son cosas que no se pueden evitar. Por muy de paz que uno vaya.
—Muy de paz, Fernando, no ibais con tantas lanzas y tantos arcabuces.
—Bueno, Catalina, pero... en fin, que lo explique Fernando, que lo hará mejor.
—Lo hacíais a maravilla, Isabel. El caso es que hay que prepararse para lo peor aun
queriendo lo mejor. Ibamos de paz, porque si no se nos hacía guerra no pensábamos usar
las armas.













—Pero de todos modos ibais a obligar a aquellos indios a...
—Bueno, Catalina, si no hubiéramos obligado a estos indios a recibirnos...
—Y a dejarnos su país.
—¡Catalina! Hablas como mi hermano Rodrigo. Parece que te ha quedado huella de él
cuando estuviste en casa.
—¿Adónde vas, Catalina?
—Un momento... Vuelvo... Vuelvo...
—Isabel, la habéis ofendido.
—Así parece.
—¿Sabéis por que? Porque antaño le gustaba Rodrigo. Y ahora piensa en...
---¡Cuidado, que vuelve!
—Ya me pasó.
—Pues ¿qué era?
—No sé. Una cosa en la garganta que por poco me atraganta.
—El caso, Isabel, es que nos atacaron. Eran la mar. No se... Cientos... Miles... Decenas
de miles…yo todavía no sé calcular una multitud. Y si no llega a ser por los caballos, no lo
contamos.
---¡Qué horror!
—Pero éramos doscientos de a caballo, y eso vale diez mil indios lo menos. Les dimos
una carga y salieron corriendo y las lanzas entraban que parecía una cacería...
—¿Y la herida?
—La herida, Isabelita, fué al volver. Todo parecía terminado y el campo era nuestro.
Volvíamos al paso. De pronto, de un pinar espeso salió una emboscada de indios








armados con espadas de esas que ellos hacen, que son de madera con bordes de pedernal
negro, como navajas de afeitar, y nos atacaron por sorpresa y me dieron este tajo.
—¿Y os caisteis del caballo?
—No. ¿Por qué?
—Pero... ¿con esa herida...?
—Pues no. Seguimos al pueblo, y allí me curaron.
…………………………………………………………………………………………….
—Mis hijos en eso no tienen nada de godo. Parecen... no sé...
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con “nada de godo”?
—Pues ya sabes, Suchil. Los godos todos nos creemos descender de Júpiter por lo
menos, y a los que no son rubios o castaños, de ojos azules o verdes o amarillos, los
miramos de arriba abajo. Pues mis hijos, ya ves. Catalina empezó por enamorarse de tu
Rodrigo, que parece un indio, y ahora se me entusiasma con un judío. Y Fernando...
—No sé como dices eso de los godos, como tú los llamas. Porque aquí todos se mezclan
bien. Y aun en España, según me cuenta Alonso, a ningún godo le parece mal un judío con
tal de que sea rico.
---Ay qué razón tienes! Pero este judío que se lleva a Catalina no es ni rico siquiera.
—Y el virrey.., no hay más que verle la nariz al buen señor.
—¿Sabes que no me había fijado? Claro. Estos Mendozas emparentaron con los
Pachecos, que son judíos, y de gran fuste. A lo mejor por eso protege tanto a nuestro
doctorcito. ¡Ay!, charlamos, charlamos y se me olvidaba lo más importante. Te quedas,
¿no?









—No. Nos volvemos a Tetzcuco hoy mismo.
—No puede ser. Tenéis ya todo preparado aquí, y a Fernando no le darás ese disgusto.
—Es que si vienen noticias..
—Antes te llegan aquí que a Tetzcuco. Mandaré recado al virrey que estás aquí. Y ahora,
¿qué te parece?, yo me iría arriba con los tórtolos y te mandaría a Catalina.
……………………………………………………………………………………………
—Me dice madre que...
—Ven acá y dame un abrazo, Catalina. ¡Qué guapa estás! ¡Qué traje tan lindo.., y qué
bien va el color castaño con la puntilla rosa y las amatistas del collar!... Pero ¡qué guapa!
—Madre, mi buena madre, hasta vos os burláis de mí.
—Pero niña, por Dios, qué cosas dices. Si aunque no lo creas, es verdad que estás guapa.
Te luce la tez como si llevaras una luz adentro... ¡Quizá la llevas!
—Madre mía… no sé cómo decíroslo...
—Algo me dijo tu madre...
—¡Ah! ¿Y qué os dijo?
—Lo que ya sabes tú mejor. Ya ves que fui yo zahorí. Has encontrado la horma de tu
zapato. ¿Es guapo?
—Madre... Tengo... No sé qué tengo... Me da vergüenza.
—¿Vergüenza? ¿Y de qué? ¿De ser feliz?
—No. No siento eso... No sé lo que es... No es vergüenza... Y no es con los otros... Sólo
con vos...
—¿Sólo conmigo?... Y ¿qué podrá ser?... ¡Ah!, ya caigo… Temor de que me disguste...
¡Como antes te gustaba tanto Rodrigo!... ¡Catalina! ¿Qué es eso? Pero, hija, ven que te
abrace. No es para tanto. ¿Por qué no







has de cambiar? Vamos. Ten calma y no solloces... Siéntate. Ya sabes lo que yo te quiero.
—No, si no es... No sé lo que es, madre querida... Es algo que no puedo... Es que os lo
debí haber dicho todo, todo, y no pude.
—Bueno, pues ahora me vas a dar un gran gusto. No vas a pensar más en eso y me vas a
contestar a la pregunta que te hice antes.
—No me acuerdo.
—Toma mi pañuelo para secarte los ojos, que los quiero ver claros. Así. Ahora vas a
sonreír, que para ti luce el sol, y no te ocupes de las noches de ayer.
—Madre...
—¿Vuelta a llorar?
—No, madre, no. Ya no más. Os lo prometo. Tenéis razón… como siempre. Es ofender
al Señor, que me ha traído tanta dicha cuando no la merecía.
—¡Bah, bah! Deja eso de los merecimientos, que eres muy niña para culpas graves. Y
dime, ¿es guapo?... Te has quedado como en un trance... soñando en él, ¿eh?
—¡Ah, sí, guapo, madre! Es alto y esbelto y tiene unos ojos vivos y que entran…
entran.., pero hasta adentro.
—Ya me dicen que es el favorito del virrey.
—Es que vale mucho, madre. Y sobre todo, honrado como el oro de ley.
—Si vieras cómo me alegro. ¿Ves cómo te lo predije? La mujer que vale por dentro se
gana siempre la mirada del hombre que sabe ver.
—Pero, ¿creéis vos que yo valgo por dentro?
—Con toda mi alma.











—Madre mía, dejadme llorar esta vez, ¿sí?, así, abrazada con vos.

2

—Señora, señor don Juan, he pedido venia para venir a presentaros mis respetos.
—¿Qué? ¿Otro recadito del virrey?
—Esta vez, señor don Juan, vengo por cuenta propia. Espero me dispensen vuesas
mercedes el atrevimiento: vengo a pedirles la mano de mi señora doña Catalina.
—¿Cómo? Pero, señor doctor, yo creí que habíais entrado en mi casa como instructor, y
ahora resulta que...
—Si a don Juan le parece mal, con inclinarme, pedir perdón y salir, habremos terminado.
—Señor doctor…
—Señora.
—¿Tanta prisa tenéis? Veo que estáis mirando en derredor. ¿Un asiento? Tened. Sentaos
y hablaremos en paz y gracia de Dios.
—Señora, no quiera Dios que peque de desagradecido por el favor que me hacéis.
—Decíais, pués, que veníais a pedirnos la mano de Catalina. A nosotros no nos ha dicho
nada.
—Fácil os será, señora, averiguar lo que ella piensa.
—Lo que ella piensa, señor doctor, es lo de menos. Su padre soy yo.
—Por eso estoy aquí, don Juan.
—Supongo que habréis medido bien las distancias antes de dar el salto. .
—Sí, señor don Juan. Todas las distancias.









—Es mucha subida en rango y en caudal.., y en otras cosas.
—Bajada, querréis decir, señor don Juan.
—¿Cómo es eso? Doctor, que a mí me suena a un-pertinencia.
—Dios me libre de toda impertinencia, don Juan. Vuesa merced quiso decir que sería
gran subida... para mi. Yo quiero decir que será gran bajada... para doña Catalina.
—Juan, el doctor se explica bien. Reconocedlo.
—Según. Según. Que Catalina baja en rango, eso lo veo. Pero también veo que el doctor
sube en caudal.
—Veis mal, don Juan.
—¿Tan rico sois?
—Lo bastante para no querer más caudal.
—Todo eso está muy bien. Pero os queréis casar con una rica heredera, y ya se sabe lo
que pasa en un matrimonio. Lo tuyo es mío y lo mío también.
—Yo no me caso con ninguna heredera.
—Catalina es una de las más dotadas de Nueva España.
—Señor don Juan, ¿puedo pediros un señalado favor?
—Según cuál.
—Que tengáis la bondad de llamar a doña Catalina y me permitáis hacerle en vuestra
presencia dos o tres preguntas.
—Anda, hombre. ¿Por qué no?
—Sea... Julián... A la niña Catalina, que baje.
……………………………………………………………………………………………
—Catalina, el señor doctor ha venido a pedir tu mano. Nada nos dijiste.
—No, señora.







—¿Por qué?
—Pues no sé.
—Señora, según convinimos, he pedido vuestra mano a mi señor don Juan y a mi señora
doña Jacinta. He rogado que os llamaran para que oigan de vuestros labios mis condiciones.
—Señor doctor, antes que mi hija conteste tengo que protestar contra tanta pretensión.
¿Desde cuándo se ha visto que nadie ponga condiciones a...?
—Juan, por Dios, deja eso. Deja que Catalina nos explique. Luego tendrás todo el tiempo
que quieras para protestar.
—Madre, es muy sencillo. Luis... el doctor Esquivel desea que nadie pueda sospechar
que se casa por... nada que no sean sus sentimientos para conmigo; y me ha pedido dos
cosas: que me case sin dote y que renuncie a mi herencia.
—¿Y tú...?
—Yo he concedido lo que se me pedía.
—Pues yo, que soy tu padre, te niego el derecho a deshonrar tu casa.
—Juan, por favor, ¿dónde ves tú la deshonra?
—No hablara ya de... otras cosas que todos sabemos. Pero te pregunto a ti, Jacinta, que
eres su madre: ¿te parece a ti bien que Catalina Alvarado vaya a vivir vida de hidalgo
hambriento?
—Señor don Juan, ni soy hidalgo ni soy hambriento. Soy hijo de mis obras, y ellas dirán.
—Señor secretario, yo, Juan Alvarado, no estoy dispuesto a tolerar que mi hija viva
estrecheces que no ha conocido desde la cuna.










—Pues yo, Jacinta Alvarado, te digo, Juan, que tienes que pensarlo mejor. Aquí no se
trata de ti, sino de Catalina…
—Que es mi hija.
—Que es tu hija y también la mía. Pero que no es tuya... ni mía.., como tus caballos o tus
muebles. De modo que lo que importa es lo que ella quiere.
—Ella es una mozuela de diecinueve años que hoy quiere a este señor y ayer quería a
otro que tú y ella y yo sabemos.
—Doctor Esquivel, por favor, calma y paciencia. Catalina, no solloces, que ya sabes que
me marea verte llorar…Juan, estás poniendo las cosas al revés. Es la primera vez que veo a
un padre ofendido porque no quieren pedirle dote, ni siquiera herencia. Siempre ocurre al
revés. ¿Qué sería si el novio viniera a pedirte una dote de oro y un adelanto sobre la
herencia? No te pide nada. No quiere nada de ti. Toma sobre sí la vida de tu hija. Y aun te
quejas.
—¿Qué garantías tengo yo de que podrá sostenerla en su rango?
—¿En cuál, señor? En el de Alvarado, ni puedo ni quiero. En el... mío, sí. Y no hay razón
para dudar de mi porvenir.
—Señor doctor, mucho hará un padre por una hija. Hasta tener a un secretario por yerno.
Pero tener por consuegro a un mercader...
—El doctor Esquivel no lo tomará a mal, pero en esto pienso como mi marido. Si fuera
posible alejarlo. .
—Mi padre está en ello, señora. Pero sería difícil que se marchara sin compensación de
las pérdidas del fuego.









—Algo sé yo de eso.
—Si es así, señora, podríais ayudar...
—Hablaremos con don Alonso Manrique en cuanto regrese.
—Os quedaré obligado, señora.
—Puestos a hablar, doctor... ¿Por qué no intervenir en la cancillería para que no nos
molesten más con esos dineros que piden los indios...?
—Señora, eso no es cosa mía...
—Pero si vinisteis vos ya una vez sobre eso por encargo del virrey. . . ¿No os acordáis,
doctor?
—¡Cómo lo olvidaría, señora, si fué ocasión de que conociera esta casa, donde iba a
hallar…!
—Pues ya veis que estabais equivocado. Cosa vuestra y bien vuestra es.
—Señora, cosa es de la cancillería que sirvo. Pero no es cosa mía, como, por ejemplo, la
compensación que se debe a mi padre por el incendio.
—No te molestes, Jacinta. El doctor no piensa hacernos ese favor.
—No está en mi mano, don Juan. Yo vine a Nueva España a servir al rey. Si me sirvo a
mí mismo...
—A nosotros, doctor.
—Por complacerme a mí mismo, señora. Nada me complacería más que servir a la madre
de Catalina. Pero no puedo porque no debo.
—Bien está, doctor. Quizá fuera indiscreto pediros un favor tan pronto...
—Ni pronto ni tarde, señora. No es cosa de tiempo. Es que no está en mi mano... Don
Juan, señora, cuando llegué hace un rato hice una petición. De concederse,











traía esta sortija para ponerla al anular de vuestra hija. ¿Qué hago?
—¿La puedo ver?
—Hela aquí, señora.
—Preciosa. ¿Diamantes y esmeraldas? ¡Qué dibujo!... Jamás lo había visto.
—De la India Oriental, señora.
—Mira, Juan. Por aquí trabajan bien las joyas; pero no hacen esto.
—¿Señora?...
—Catalina, recíbela.
—Gracias, Luis. Yo no tengo nada para ti.
—Sí. Un collar que vale más que diamantes y esmeraldas. Tus brazos.

3

—Mariposa, este señor es el padre Zumárraga, obispo de Méjico. Es él quien te ha traído
de Istatlán para salvar a tu niño.
—A sus pies me echaré. Su esclava soy.
—No sino hija mía quiero que seas.
—Pero ya tengo padre.
—Yo te querré como hija.
—¡Oh, señor!
—Levántate. Levántate del suelo. Ven. Siéntate aquí. Piensa en tu hijo que llevas en el
vientre. Reposa. Y contesta a mis preguntas. Padre Gaona, tomad nota si algo hubiere...
—Todo lo tengo a mano.
—Hija mía, tú naciste en la religión de tu pueblo. ¿Cuántos años tienes?







—Dieciocho, señor.
—¿Y cómo te casaste?
—No sé, señor.
—¿Cómo que no sabes?
—No sé.
—¿Quieres decir que no quietes contestar?. . . Es eso, ¿no?... Pues vamos a ver. ¿Por qué
no quieres contestar? ¿Te negarás siempre o hablarás más tarde?
—Según, señor.
—¡Ah!, vamos, pones condiciones... ¿eh?
—Según, señor.
—¿Cuándo hablarás?
—Cuando esté segura, señor.
—¿De qué?
—De que mi hijo tendrá padre, señor.
—Pero ya lo tiene, ¿no?
—Hoy, señor.
—Y mañana también.
—Si no lo matan, señor.
—¿Quiénes?
—Los cristianos, señor.
—¿Por qué lo han de matar?
—Por ser mi hombre, señor.
—Escucha, Mariposa, yo te aseguro que al padre de tu hijo no le pasará nada.
—Una vida pide juramento, señor.
—Padre, traed acá los Santos Evangelios.
—Señor, no puede ser... Mariposa, ¿sabes lo que pides? ¡Que jure el Santo Obispo! No
puede ser.
—Calma, padre Gaona. Y más humildad en Jesucristo. Traed, digo, los Santos
Evangelios.


—Aquí, señor.
—Mira, Mariposa, este es el libro sagrado de los cristianos. Sobre el Evangelio te juro
que se respetará la vida del padre de tu hijo.
—Eso no es juramento, señor.
—¿Pues?
—Hay que comer tierra, señor.
—Bueno, Mariposa.
—Señor, ¿Vuestra Eminencia no va a jurar a lo pagano?
—¿Y por qué no, padre? El caso es decir la verdad. El traje que le ponemos es lo de
menos. Mira y oye, Mariposa. “Juro por el sol y por la tierra que se respetará la vida del
padre de tu hijo, y en fe de ello como esta tierra.” —El obispo tocó el suelo con un dedo y
se lo metió en la boca.— ¿Estás segura ahora?
—Sí, señor.
—Bien. Pues cuéntame todo.


4

—Cuanacoch, creo que nos ha llegado la hora y que no hay tiempo que perder.
—¿Qué pasa, pues?
—¿Han robado a Papálotl.
—¿Cómo?
—Te acordarás que su padre...
—Lo sacrificaste a una diosa, ¿no?
—Lo iba a sacrificar. A la de la Sal. Pero se entrometió un fraile, se asustaron, y se
escapó. Luego la fué a ver.





—¿Cómo se enteró?
—Espías, Cuanacoch. Ellos los tienen. Nosotros los tenemos. Y así me enteré de que
Tomazquitl, su padre, había ido a verla de noche. Este mentecato se ha convertido - . - eso
cree él. . . y se llama Tomás; y parece que medio la convenció de que se convirtiera. Luego
habló con el obispo en el monasterio de los frailes franciscos, y le organizaron una
expedición. Para despistarnos fingieron un suicidio. Sangre por todas partes. Parece que
mataron una oveja. Lo hicieron muy mal. Lana por todas partes. Pero aunque lo hubieran
hecho bien... Yo tenía aquello muy vigilado. Hoy han tenido a Papálotl toda la mañana en
el monasterio. Allá fué el obispo. De modo que a estas horas, Cuanacoch, tú y yo estamos
en peligro.
—Tú sí. Yo no.
—¿Y por qué no?
—Issil, conmigo no se atreven.
—Según. No estaría yo tan seguro. Con el que no se atreverán es con Nezahual.
—¿Dónde está?
—No sé. Por tu casa andará.
—De todos modos, conviene avisarle. Da una voz ahí fuera que me busquen a Nezahual. -.
Bueno, Issil. Vamos a decidir. Tú desapareces. Te vas al norte, donde se preparan las cosas
para el día del gran golpe. Antes de irte deja todo arreglado para que no quede ni rastro del
culto en la Cueva Grande. Mientras la descubren...
—Papálotl sabe ir.
—Papálotl tiene que dar a luz, Issil. Y después...
—No habrá “después”. La partera es de las nuestras. Tiene instrucciones. Habrá pérdida
de sangre y se morirá.







—Bien. Mejor. Yo me quedo como si no pasara nada. Y verás que no se atreverán a
tocarme. No les conviene. Harán como con Nezahual... ¡Ah!, aquí viene... Nezahual, ya
sabrás lo ocurrido...
—No sé nada.
—Han robado a tu mujer. Está en un monasterio de Tenochtitlán.
—¿Y qué vais a hacer?
—Yo me quedo. Issil se va.
—Yo con él.
—No. Tú te quedas.
—Pero, Issil.
—Contigo no se atreve nadie. No les conviene.
—No, tío, si yo no pensaba en eso.
—¿Pues?...
—Es que ahora aquí ya no habrá culto, y yo ¿qué voy a hacer?
Se miraron Cuanacoch e Issil.
—Pues paciencia. Tú te quedas aquí, y yo, desde.. desde donde sea, te mandaré avisos.
Mi contraseña será “En alto, corazones.” Hasta pronto, Nezahual. Juntos veremos todavía
grandes cosas. Hasta pronto, Cuanacoch. ¡Ojo!
—Issil... ¿y si soy yo el que necesita comunicar?
—Cuanacoch será el puente.
—¿Y si. . . se rompe el puente?
—Siempre a Poniente, y luego al Norte...
—No entiendo.
—Si te has de mover, que sea hacia Poniente, y luego al Norte.










5

—Señor, he pensado que ya era hora de que se resolviera este asunto. Se trata de los
dineros que los tres pueblos indios les reclaman a don Juan Alvarado y don Carlos Culebra-
de-Zarcillos.
—¿Pero todavía no estaba resuelto?
—Ni lo hubiera estado jamás, señor, si no hubiera puesto yo los ojos en el asunto.
—A ver, señor canciller, explicadme eso.
—Bien poca explicación ha menester, Excelencia. El legajo no ha salido de la mesa del
doctor Esquivel.
—Pues no veo todavía.
—Quizá no haya llegado aún la noticia a oídos de Su Excelencia.
—¿Qué noticia?
—El doctor Esquivel se casa con la hija de don Juan Alvarado.
—¿Que el doctor Esquivel...?
—Sí, señor virrey.
—¡Ah!... Pero ¿es público?
—No, señor. Es secreto. Lo tienen muy callado las dos familias. Pero no tanto que no
haya llegado a mis oídos.
— ¡Habladurías!
—No, señor. Es seguro. La niña es fea y se ha quedado pecosa de viruelas. Incasable.
Pero el mozo parece dispuesto a todo, y la fortuna vale la pena. Después de la del marqués,
quizá la primera de Nueva España.
—Pero…vamos a ver, ¿el padre tampoco está en la miseria?









—¿Esquivel el viejo? Pues, según, señor. Muy quebrantado por el incendio. Y su negocio
muy en el aire. Crédito más que sustancia. Un par de naufragios, y quiebra.
—¿Y decís que tenía los papeles sobre su pupitre?
—No los soltaba.
—Dejadme acá. ¿Qué habéis resuelto?
—Los indios piden diez mil. Es una.., en fin, ya el señor virrey los conoce; lo mismo les
da mil que diez mil. Puestos a pedir... Yo he estudiado bien el asunto, y creo que con cuatro
mil que se les dé, dos mil don Juan y dos mil don Carlos...
—Bien. Dejádmelo ahí y lo veré con calma.
—Señor, ya huele a puchero de enfermo. Quizá sería mejor echarlo fuera antes que el
doctorcito lo vuelva a secuestrar.
—Eso es cosa mía, señor canciller. . . Mandadme a Esquivel.
……………………………………………………………………………………………
—A ver, doctor, ¿en qué está lo de los dineros que deben a los indios don Juan Alvarado
y don Carlos de Tetzcuco?
—El asunto, señor, duerme sobre mi mesa.
—¿Y por qué no se ha resuelto?
—Por instrucciones verbales de Vuestra Excelencia. Cumpliendo órdenes del señor
virrey, fui hace meses a visitar a don Juan, y le indiqué que tendrían que pagar
conjuntamente diez mil pesos; me preguntó si habría medio de componer el asunto.
Aconsejé... Su Excelencia recordará que era lo convenido... Aconsejé que ofrecieran
menos, pero nunca menos de siete mil; y que no









tardasen. “Días sí, pero no semanas.” Así le dije a don Juan.
—Pero ya han pasado meses...
—Al mes, lo recordé a Vuestra Excelencia. Todo lo anoté en el legajo. Veo que lo tiene
Vuestra Excelencia. Ahí estará. Notas fechadas de pluma mía.
—No veo nada.
—Las numeré. Es un método que no practica la cancillería, señor. Así sabemos si faltan
papeles. Pero a mis colegas no les gusta numerar. Mis notas eran 154, 156y 157.
—Pues no están.
—No me extraña. El 155 era... veo que tampoco está... Era una proposición para el señor
virrey.
—¿Qué decía? ¿Lo recordáis?
—Que se decretase por autoridad el pago de 7.500 pesos más los intereses del año y pico
que ha pasado ya y se ejecutase en seguida, a reserva de consideraciones políticas en cuanto
a don Carlos; que don Juan pagase en seguida, y que la cancillería, mientras se decidía lo de
don Carlos, avanzase el dinero correspondiente a su parte.
—¡Ah!... bien… bien... Y ahora una pregunta, doctor Esquivel: ¿seguís pensando lo
mismo?
—No me explico... señor... no creo que... ¿Hay papeles nuevos? Si no hay nada nuevo,
no veo razón para cambiar de parecer.
—Muy duro me parecéis, doctor Esquivel, para quien va a ser vuestro suegr o… Parece
que se os ha cortado la elocuencia… Sabed…sois mozo y hay que tenerlo en cuenta. . .
sabed que hubiera preferido enterarme an-










tes, y por vos…y hasta que me hubierais pedido consejo... quizás hasta permiso...
—Señor… reconozco que he cometido un error... creo... confío en que Vuestra
Excelencia lo verá como es... más grave en la forma que en el fondo.
—Grave y de fondo es para uno de mis consejeros aliarse con una familia poderosa de
mis administrados.
—Señor, no hago ni pienso hacer tal cosa.
—Luego no os casáis con...
—Señor, me casaré con Catalina Alvarado… si me dais licencia.
—Tarde la pedís.
—Lo reconozco.
—Pero, si os casáis, ¿cómo negáis que habrá alianza con esa familia poderosa?
—Habrá alianza entre su hija y yo.
—Unión de intereses.
—He puesto buen cuidado en evitarlo, señor.
—No lo entiendo.
—Mi futura no trae dote.
—Bueno, pero...
—Ni herencia.
—¿Cómo?
—La notaría real tiene el acta que Catalina Alvarado firmó de su renuncia total a las
herencias paterna y materna.
—Doctor, ¿y por qué tan...? ¡Sois un Catón, doctor Esquivel!
—No, señor. No lo hice por pureza, sino por prudencia.
—¡Tan joven y ya tan prudente!







—Precisamente, señor. Por ser joven y querer subir, creí prudente ir más ligero. Pesa
mucho el oro.
Entró un ujier.
—Señor, el obispo.
—Bien, doctor Esquivel. Pensaré en todo esto y hablaremos. Id en persona a traerme al
padre Zumárraga.


6

—Padre, preocupado venís.
—No me falta razón, señor virrey.
—Pues si en algo...
—A eso vengo. Recordaréis, señor, que os hablé un día de don Carlos de Tetzcuco.
—Culebra-de-Zarcillos.
—El mismo. Os decía que no me merecía gran confianza su conversión. Hemos salvado
por la misericordia divina una india joven que... os aseguro, señor, que hay tantas cosas,
que no sé por dónde empezar. Esta india resulta ser esposa, a lo indio, de. . nada menos,
señor, que de don Rodrigo Manrique, el hijo y heredero del Conde de Nezabal.
—¿Cómo? ¿Cómo?
—Sí, señor. Del Conde de Nezabal, don Alonso Manrique. Parece que los casó more
indiano nada menos que el sacristán de la parroquia de Tetzcuco, Lorenzo en cristiano, Issil
en nahoa. Este Issil, en secreto, es nada menos que gran sacerdote de su paganidad.
—Pero, padre Zumárraga, esto es gravísimo.
—Gravísimo, señor. Todo lo venía cubriendo don Car-







los en ese mundo que es su casa y servicio. La moza india está embarazada de Rodrigo
Manrique y dará a luz en cosa de días.
—Y ese sacristán del demonio... ¿cómo lo llamáis?...
—Issil. Ha huido.
—¡Ah!, pero ¿se ha enterado?
—Al parecer.
—¿Y don Carlos?
—No se ha movido.
—Habrá que hacer un castigo ejemplar.
—Doy gradas al Señor, que os ha inspirado esas palabras. Confieso que me temí que la
cautela política os...
—Cautela no impide fuerza, padre.
—Creo que en este caso hay que hacer un ejemplo. Si no lo hacemos, estamos perdidos.
Además, gracias a esta joven que se nos ha venido a las manos por la misericordia divina,
sabemos que se hacía culto pagano en una hondonada no tan lejos de Tetzcuco que no la
podamos descubrir.
—Pues a ello, padre Zumárraga; y si necesitáis fuerza, yo os la daré.
—Eso será para mañana. Por ahora, hay que asegurarse de don Carlos y ver qué pasa con
el hijo que va a tener Rodrigo. La familia no sabe nada.
—El caso es duro, padre. Don Carlos es hermano de la mujer de don Alonso...
—Una mujer cristiana ejemplar, señor.
—Pues ahora le van a venir encima dos golpes duros: por un lado su hijo, por otro su
hermano... No hay que precipitarse. Don Carlos, decís que no se ha movido...
—No se ha movido.







—Ni creo que se mueva. Sería declarar su culpa. ¿Es mucha?
—A lo que parece, no lo hay más culpable. Todo lo lleva y dirige él.
—Va a ser muy difícil. . . La situación en el Norte no es como para permitir...
—Señor, hay que poner el pie encima de la bestia pagana o esto se pierde.
—En eso estoy. Pero hay que saber cómo y cuándo se pone el pie. Don Carlos no se
moverá. Nosotros nos moveremos con sumo cuidado. Por ahora, nada. Issil... ¿decís que se
llama Issil?. . . de seguro se ha refugiado en el Norte, con los conjurados que se levantarán
el día menos pensado... Creo que por ahora es mejor no molestarse en buscarlo. En cuanto
al joven Rodrigo.., si su padre estuviera aquí. . . es trance fuerte contarle todo a la condesa,
su madre... Voy a despachar hoy un correo urgente llamándole a Méjico.
—¿Y si da a luz Mariposa?...
—¿Quién es Mariposa?
—La india embarazada de Rodrigo, que casó con él a lo pagano.
—Bueno. Si da a luz, aguardaremos a que venga don Alonso Manrique y le confiaremos
el nieto.
—Se me ocurre una idea, señor.
—De seguro es buena, padre.
—Si rogásemos a la condesa... Doña Suchil se encuentra ahora en Méjico, en casa de
Juan Alvarado. Si le dijéramos que por caridad se ocupara de la parturienta, ya tendríamos
bien preparado el camino. Es ella de tan buen corazón...












---Por mí. Que se haga, padre. ¿Dónde está la…?
¿Cómo la llamáis? ¿Mariposa?
—Los padres franciscanos la tienen en el asilo para mujeres enfermas que tienen.
—¿Y podría doña Suchil...?
—Sí, señor. Podría.., le darían aposento los padres en el asilo.
—Por mí, que se haga, padre. Pero claro es que Mariposa no tardará en soltar prenda...
La condesa sabrá en seguida quién es el padre de la criatura que nace.
—Mejor. Eso es precisamente lo que busco. Que lo sepa de ese modo. Las mujeres
siempre arreglan mejor esas cosas, señor.
—Por mí, que se haga... Pero siempre y cuando quede en el mayor secreto toda la
historia.
—Mariposa tiene órdenes severísimas de no revelar nada.
—Pero, entonces, ¿cómo esperáis que le revele a doña Suchil...? ¿Vais a autorizarle una
excepción?
—Señor, ¿y tan poco conocéis a las mujeres?
—¿Pues vos, padre?
—El confesonario, señor, es gran cátedra. No le diremos nada. La moza dirá a la madre
de su amante...
—¿Sabrá quién es?
—Pronto. Esas cosas salen de suyo. Le dirá lo esencial para ellas dos... y si algo más
dice, no ha de ser doña Suchil quien lo revele.
—¿Ni siquiera para poner sobre aviso a su hermano?
—Más de lo que ya está no puede ser.
—Padre, todo lo traéis bienpensado. Id con Dios.








7

Cuando doña Suchil llegó al cuarto, salió a recibirla una india gruesa, de carnes
desbordantes y ojos grandes a medio abrir que no miraban nunca de frente.
—¿Eres Hamoli? —preguntó doña Suchil con su sonrisa amable. Había hablado en
nahoa; pero la india contestó en castellano.
—Hamoli me llamaban en mi idolatría. Hoy me llamo Amalia.
—Bueno, mujer. Me alegro de saber que estás bautizada. Y ¿cómo va la enferma?
Miró Hamoli a la parturienta con ojos medio abiertos.
—Bien. Bien. —Algo, un no sé qué en aquella voz, le encogió el corazón a doña
Suchil.— No hacía falta que se hubiera molestado la señora. Ya la habríamos sacado
nosotras del apuro.
Doña Suchil pasaba rápida revista al cuarto. Era chiquito, limpio, blanco, con reflejos
verdes de la arboleda que por la ventana abierta la refrescaba. Sobre la cama, que dominaba
una tabla de la Virgen y el Niño, yacía Mariposa, sonriente. “Qué bonita es”, se dijo doña
Suchil.
—Hamoli...
—Amalia, señora.
—Amalia, no te necesito ahora. Si algo hiciera falta, te llamaré.
Hamoli salió con cara de pocos amigos.
Del castellano doña Suchil pasó al nahoa.
—¿Y cómo te llamas?








—Papálotl, señora.
—Bonito nombre. ¿Y quién es tu padre?
—Mi padre se llama Tomazquitl.
—¿No sois cristianos?
—Mi padre, sí. Y yo... quisiera serlo.
—¿De dónde sois?
—De Tetzcuco.
—¡Ah!, como yo. Lo adiviné por el acento. ¿Dónde vives en Tetzcuco?
—Antes, cerca del agua. Mi padre hacía canoas. Y después...
—¿Después de qué?
—Señora...
—¿Qué? ¿No te atreves a contármelo?
—Yo, sí, señora, me atrevería. Pero he jurado...
—¿Jurado? ¿Y a quién?
—Al... al padre Gaona.
—¡Ah!, bien. Pues lo que juraste no decir no lo digas. Pero dime dónde vivías después...
de eso que no puedes contar.
—En las casas de don Carlos Cuanacoch.
—Y... dame la mano, Papálotl Somos amigas, ¿verdad?
—¡Oh, señora!
—¿Me dejas que te pregunte?
—Sí, señora.
—¿Y cómo tuviste este hijo?
—¿Verdad, señora, que será niño?
—¿Tú qué quieres que sea?
—Niño.
—¿Por qué?




---Porque quiero que sea como su padre.
---¿Y cómo es su padre?
---Señora yo no sé si puedo…
---¿No te quieres confiar en mí?
—Silo haría... Pero...
—¿Juraste también? No es cosa para llorar. Has tenido un percance sin casarte. . . eso
ocurre, y en la fe. . . de antes no se veía tan mal. Yo me acuerdo de mis tiempos... ¿Por qué
dices que no? ¿No ha sido percance? ¿Pues qué, estás casada?
—En la fe. . . en la fe de antes sí.
—¡Ah!... ¿Y el niño es de tu marido?
—Sí, señora. A nadie conocí más que a él.
—¿Ni siquiera en la fiesta a Tlaculteutl?
—No, señora. Ni siquiera. Porque él... vino otro mozo sobre mí, y él, como un dios
español, se le echó encima y...
—¿Y qué más? Dí.
—Issil.
—¿Quién es Issil?
—Lo... Es un sacerdote de la fe antigua.
—¡Ah! ¿Y qué, es de él?
—Pues ¿quién sabe, señora?
—¿Y decías que Issil...?
—Cuando en la fiesta de Tlaculteutl se quiso echar un mozo sobre mi, y mi marido,
como un dios español...
—¿Es español tu marido?
—Señora...
—¡Ah!, claro que no, porque os casasteis por la fe antigua...
—Señora...




---¿Qué te pasa, Papálotl? Mira que no te conviene acongojarte tan cerca de...
—Es que os estoy mirando, y... me recordáis tanto a...
—¿A quién?
—No. No lo puedo decir.
—¿Por qué?
—Tengo la boca sellada. He comido tierra. Para salvarle la vida. No lo puedo decir.
—¿Cómo... vas a tener la boca sellada sobre si yo me parezco o no a alguien?. . .
Papálotl. . . Dime…dime, por... ese niño que va a nacer... Papálotl... dí... habla.., no me
atormentes más... Papálotl... ¿es de. . . él?
—¿De quién, señora?
—¿Por qué me torturas?... ¡Ah!. . .ya veo.., tu no sabes quién te... No sabes que yo soy...
Dime, ¿a quién me parezco yo?
—No puedo, señora.
—¿Sabes quién soy yo?
—No, señora. Pero me lo dice el corazón.
—Entonces, ¿tu hijo es de Rodrigo?
—Señora…perdón… perdón...
……………………………………………………………………………………………..
Todavía tiemblo. Llamé a Hamoli, la comadrona india que tienen los frailes en el asilo y
me vine a escribirte. Tenía el corazón en un puño; y lo tengo todavía. Rodrigo ha estado
haciendo vida de pagano méxica. No me atrevo ni a mirar de frente este pensamiento.
Alonso, Alonso, y tú tan lejos… ¿Nos habremos equivocado? ¿Seremos tú y yo dos locos
que soñamos unir dos sangres enemi gas?... No sabes cuánto tiempo he estado con la pluma








en el aire resistiéndome a escrib ir esa palabra... Enemigas nuestras sangres, la tuya y la mía,
que tanto se han amado y se aman... Y sin embargo en las venas de Rodrigo, ¡qué guerra,
Dios mío! Ya ves, por odio a... a todo lo español, renegando se nos ha ido a los dioses que
tú derribaste de sus altares inmundos… Mirando esta desgracia, me olvido del pobre niño
que va a nacer, hijo de nuestro hijo... Mañana iré a ver al padre Zumárraga. Por ser obispo
será el primer interesado en que no se sepa que un Manrique ha renegado de la fe de
Nuestro Señor. Así iré capeando el temporal hasta que vuelvas. Pero vuelve pronto. Ahora
entra la comadrona.

—Señora, un niño.
—¿Y la madre?
—Mal, señora.
—¿Cómo?
—En cuanto la vi, sabía que terminaría mal.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Ya he visto tantas... Estos tipos así como el de Papálotl, casi siempre tienen
hemorragia.
—¿Pero vive?
—Quizá todavía, señora.
—Voy en seguida.
—¿Ya, para qué, señora? Se va a morir, seguro.
—Voy corriendo.

Mariposa sonreía a su niño. Doña Suchil lo tomó en brazos. Mariposa murmuró con voz
pálida:
—Ojos...
—¡Azules!




—Sí, señora. ¡Tan como vos, señora, y ojos azules!
—¿Qué quieres? ¿Que me acerque?
—Sí.
—¿Más?
—Sí.
—Habla. Ya te oigo.
—Que se vaya Hamoli.
—Amalia, déjanos. Cierra la puerta.
—Señora, mire que puedo hacer falta.
—Déjanos he dicho.
…………………………………………………………………………………………….
—Señora, me ha matado.
—¿Qué dices, Mariposa?
—Di a luz… bien. Todo bien. Después, me metió una na vaja... Creyó que iba a morir…
que no me daría cuenta... Me ha matado... Es del bando de Issil... Mi niño.., es vuestro...
—Y tuyo. Vivirás... Verás cómo te pondremos bien. Toma, aquí tienes a tu niño junto al
corazón, bien calentito en su nido. Verás cómo te pondremos bien y pronto jugarás con él al
sol.
—No, señora. Es tarde. La Madre- y-el-Niño ha salvado a mi hijo. Uitzilópochtli se ha
vengado y me lleva a la región sin puertas ni ventanas... Señora... un favor... Que digáis a la
Madre-y-al-Niño que me perdone que no le doy las gracias... no me atrevo... Uitzilópochtli
me está mirando... Si no me mirara con esos ojos negros... qué feliz soy que mi niño tenga
ojos azules…ojos negros... Uitzilópochtli, no me mires, que quiero dar las gracias a la
Madre-y-el Niño, que salvó el mío.., ya sé que me llevas tú... que has podido más que la
Ma-






dre y... oh qué ruido... qué ruido.., es el huehuetl que llama. . . y yo voy la primera en la
fila. . . clavarme has la aguja de maguey sangre nueva sangre ....... fué Hamoli se lo dijo
Issil... la navaja yo la sentí la navaja donde estaba el niño antes. . . sangre nueva... pasan por
la laguna las canoas de la fiesta. . . ya viene Uitzilópochtli sobre las puntas del monte que
fuma ¿dónde me meteré con este niño que llevo tapado bajo el huipil para que nadie lo
vea... Nezahual... tuyo es tu hijo es y tú no lo tapas siquiera... mira Uitzilópochtli que se lo
va a llevar. . . calaveras. . . calaveras… son de niños… son calaveras de niños las de aquí y
las de eso enfrente. . . son calaveras de mi tuno. . . Lo mató IJitzilópochtl.. Lo mató con una
espina de maguey... la que me clavaste tú Nezahual. . . ya es grande mi niño tan grande
como tú ya lo echan sobre la Piedra y le abren el pecho y le sacan el. . . sangre nueva. . .
sangre nueva la Madre- y-el-Niño me proteja…ah Uitzilóp...
Doña Suchil abrió con la mano derecha el nido entre los pechos de la víctima, le sacó el
niño con la izquierda y lo alzó en ofrenda a la Madre y el Niño. Luego se sonrojó y se sentó
con el niño en el regazo, bautizándolo con llanto.

















CAPITULO X

1

—Bienvenido, señor Conde de Nezabal. ¿Qué nuevas me traéis?
—¿Qué nuevas me reserva el señor virrey, que me mandó llamar con tanta urgencia?
—No tanta que no pueda aguardar las del servicio del rey.
—Señor, si a lo de Quivira os referís...
—Pues ¿qué otra cosa?...
—Parece que va para largo, y que crece la empresa. Ya no basta la gente que mandasteis.
En Xalisco he visto al adelantado de Guatemala.
—¡Ah!, ¿os habéis visto con mi amigo don Pedro de Alvarado?
—Sí, señor. Y me hizo saber que estaba carteándose con Vuestra Excelencia sobre lo de
Quivira... Sí... Sobre lo de la conquista y cómo y por quién hacerla... Sí, señor... Pues... Sí...
El adelantado trae una flota muy pujante.
—¿La habéis visto?
—Toda.
—¿Y de verdad está...?
—De lo mejor que he visto. Yo, señor, claro está, no












olvido que para conquistar Nueva España, el marqués echó a la costa y barrenó los navíos...
—Eran otros tiempos, don Alonso.
—En aquellos tiempos, el adelantado era el segundo de Hernán Cortés, que ponía en él
toda su confianza... Eran otros tiempos...
—¿Cómo está la indiada?
—Hay de todo. Valles tranquilos…sierras adustas... Señor, no me maravillaría que nos
encontrásemos de pronto con novedades de bulto.
—¿Y por qué?
—La gente está descontenta porque les quitamos sus tierras y les derribamos sus dioses.
Las mujeres se quedan; los hombres huyen.
—¿A dónde?
—A las quebradas donde no entran caballos. Y allí, Dios sabe lo que se prepara…Por
eso, señor, le explicaba yo al adelantado que no es este el momento de dividir nuestras
fuerzas, ni menos para disgustar a un hombre como el marqués, que sólo él vale por un
ejército.
—¿Y qué decía a eso don Pedro de Alvarado?
—Ya lo conoce Vuestra Excelencia. Sigue tan pelirrojo... Yo, en nuestra juventud, le
solía bromear sobre el color del pelo y barba. “Eres del color de Judas.” Como es colérico,
se enfadaba mucho, pero le pasaba pronto. Broma o no broma, algo hay en ello; porque
para un lugarteniente de Hernán Cortés pactar con Vuestra Excelencia una conquista que
ansiaba el Marqués del Valle...
—Señor conde, por lo que más queráis, no me hagáis al adelantado un judas, que me
hacéis a mí...








—Dios no lo quiera, señor, que por ese camino íbamos todos a la blasfemia. Vuestra
Excelencia es libre y no le debe obligaciones a nadie; pero mi amigo Pedro el adelantado,
¿qué sería sin Hernán Cortés?
—Pues yo os tengo que pedir un favor, don Alonso. La conquista de Quivira la voy a
hacer yo con la flota de don Pedro de Alvarado. Firmaremos pronto las capitulaciones.
Vendrá don Pedro a Méjico. Iré yo antes a la costa a verle. Todo esto tiene que caerle muy
mal a vuestro amigo el marqués.
—Por fuerza.
—Yo respeto y hasta admiro el calor que habéis puesto en defender a vuestro amigo. Por
eso precisamente os pido que hagáis todo lo que en vuestra mano esté para suavizar las
cosas. La lucha es inútil, porque el marqués no irá a Quivira...
—¿Por qué?
Miró el virrey al conde en silencio y se echó los dedos a la venera de diamantes que le
colgaba del cuello.
—El marqués, decía, no irá a Quivira. De modo que, ¿para qué seguir bregando?
Sigamos tan amigos como antes y dejemos Quivira en paz. ¿Puedo contar con vos?
—Señor, para todo lo que sea servicio de Su Majestad.
—Pues os lo tendré en cuenta. Y a mi vez haré lo que pueda para que las tribulaciones
que os aguardan...
—¿Tribulaciones, señor?
—Ya os supondréis, señor conde, que si os mandé llamar, apartándoos del servicio de Su
Majestad...
—Algo grave he sabido por la condesa, señor; pero no esperaba más que una tribulación.
—Pues hay dos. Sólo que la segunda, hasta que vi-







nieseis, ha quedado oculta... aun para la condesa, sobre todo para la condesa.
—Señor, os quedo muy agradecido.
—De vuestro Rodrigo, ya sabéis lo que hay. El matrimonio pagano, el hijo que ha
recogido tan caritativamente doña Suchil. . . ¿Dónde está?
—¿El niño? En mi casa de Tetzcuco.
—Así es mejor. Discreción. Por ahora, mucha dis creción.
—Pero ¿y lo otro?
—Pues ahí voy. Esta aventura de vuestro Rodrigo... nada grave en otras circunstancias. . .
ha rasgado una cortina; y así hemos descubierto en el mismo Tetzcuco un pozo de
iniquidad: culto pagano y casi seguramente sacrificios humanos. Nos falta la prueba. La
madre de vuestro nieto nos la pudo haber dado; pero...
—Yo creí que habían tenido tiempo de sacarle todo antes de...
—Mucho, sí; pero no todo. Y quizá no lo supiera... Pero aquí viene lo peor para vos,
señor conde, y para doña Suchil. El culpable es vuestro cuñado. Os confío bajo secreto y
palabra de caballero...
—Señor, esa pausa me ofende.
—Os confío, pues, señor conde, que el padre Zumárraga, nuestro santo obispo, el hombre
más bondadoso y caritativo de este reino, en fin, ya lo conocéis, se priva de todo por los
indios…la sotana raída, el pan seco, con tal de que los indios vistan y coman.., pues
nada…está decidido a llevarle a la hoguera. Y yo, a pesar de que…la gente india está muy
movida…no creo que pueda oponerme.










—La hoguera. Señor, sería la primera vez en este Nuevo Mundo...
—Tarde o temprano... Lo que siento es que el primero en perecer de ese modo sea un
hermano de doña Suchil, a quien tanto queremos todos en Nueva España.
—Dios os pague esos sentimientos, señor. Pero, en cuanto a don Carlos, ¿qué...? ¿Os
puedo preguntar qué contáis hacer?
—Mis decisiones aguardaban esta entrevista.
—No lo olvidaré mientras viva.
—Don Carlos sabe que sabemos, porque su sacerdote, un tal Issil, Lorenzo en cristiano,
se ha dado a la fuga. Pero no sabe cuánto sabemos; y creo que se cree más seguro de lo que
está. A vuestro hijo no lo podemos tocar.
—Señor...
—No merezco crédito, ni el obispo tampoco. Hemos hecho solemne promesa...
—¿A quién?
—A la india que murió del parto. Además sería demasiada campanada un Manrique
pagano. Ni siquiera le harán preguntas; porque si las contesta se acusa y si se acusa hay que
aplicar la ley. Pero para el gobierno de vuestra casa…
—Duro trance, señor…
—Así es. Pero creo que podréis reducirle el campo al mal. Ahora, lo de don Carlos
Cuanacoch... Tengo encima de él unos sabuesos que le olfatean sus hechos; y en cuanto
esté probada la culpa, no tendré más remedio que prenderle. Cuento con vos.
—¿Qué queréis de mí?










—Silencio. Y cuando llegue el caso, obediencia.
—Dura será, señor, pero la tendréis…Para su hermana, será gran dolor. Para mí, gran
vergüenza. ¿Puedo hablar del caso con el señor obispo?
—Con él, sí. Pero con nadie más.
—Si os entiendo bien, me dais venia para obtener perdón.
—Según. Para salvarle la vida, sí. Pero, de un modo o de otro, el castigo es inevitable.
Hay que dar una lección.
—Ya lo entiendo. Pero si el hecho es cierto…
—¿La culpa? Segura.
—Entonces no veo modo de evitar el escándalo.
—No lo hay, señor conde.
—Bajaré la cabeza, señor.
—Más deseo.
—¿Queréis que os dé fuerza?
—Tanto no pido. Pero sí que me apoyéis.
—Señor, esta vez no es sólo el servicio de Su Majestad, sino de otra Majestad más alta.
—Su Majestad sabrá con qué lealtad le servís en esta ocasión... Y... algo más, señor don
Alonso. Os he impuesto un secreto necesario. No quiero que sea cruel. Si lo habéis de decir
o no a la condesa, lo dejo a vuestra conciencia.

2

—Cuidado con la escalerilla, padre Sahagún.
—Señor don Alonso, desembarcar y poner el pie en esta piedra de vuestra casa. . . ¡qué
maravilla!
—¿Y por qué, padre?





—La piedra que pisó Nezahualpilli, señor… Para mi, que tanto amo aquellos. . . tanta
curiosidad tengo por aquellos modos de vivir... Fué un gran monarca.
—La condesa, su hija, tiene devoción por su recuerdo. Debió de ser un hombre como hay
muy pocos... Pero seguidme, padre, que ya os esperábamos con impaciencia. También está
en casa el padre Gaona.
—Señora, mis respetos. Padre Gaona, me alegro de veros aquí.
—Ya sabéis, padre Sahagún, por qué os mandamos llamar. El padre Gaona os ha contado
todo. La condesa y yo nos encontramos en un trance aun peor que cuando...
—Señor, confieso que vengo avergonzado de tanta bondad. Por consejo mío se trajo al
hijo de vuesas mer cedes a casa de su tío don Carlos. Bien que yo advertí el peligro a
tiempo. Pero no lo creí tan grande.
—Todavía no sabemos lo grande que ha sido el mal.
—Así es, señor. Pero la caridad de vuesas mercedes es mayor. Porque ¿cómo pensar en
consultarme otra vez, cuando la vez primera...?
—Nuestra confianza sigue firme, padre Sahagún. Ro drigo sigue siendo para nosotros una
prueba que nos manda el Señor. Y en verdad que no sabemos qué hacer.
—¿Dónde está?
—Sigue en casa de su tío...
—Pero ya no...
—Es que se niega a volver.
—¡Ah! ¿Y por qué?
—Padre, mi marido no puede contestar a esa pregunta sin.., en fin, la contestaré yo. Le
mandé recado, y me contestó que no volvería hasta que se marchara su padre.








—¡Ah!, sigue la aversión. . . ¿Y ni siquiera la atracción de su propio hijo chiquito...?
—Padre, el niño le es indiferente. Ni pregunta por él ni lo quiere ver. Como si no hubiera
nacido.
—¿Y la muerta…?
—Nunca habla de ella, según nos dicen.
—¿Y se sabe si se ha metido más en el culto indio? Hay muchas cosas. . . ¿Tiene
cicatrices de espinas? ¿En la lengua, por ejemplo, o en las orejas. .
—Pues no... A decir verdad, no hemos indagado; pero nos Lo hubieran dicho.
—Mariposa...
—¿Quién es Mariposa, padre Gaona?
—La pobrecita muerta, padre, asesinada por la partera.
—Por cierto, padre Gaona, ¿qué se hizo de ella?
—Señora, quiso ponerse en salvo huyendo, pero la encerramos.
—Padre, ¿y no pecasteis de ingenuos?
—¿Por qué, señor?
—Hubiera sido mejor dejarla escapar y seguirle los pasos, para dar con la madriguera.
—A fe que no se nos ocurrió. Pero aún es tiempo.
—Os corté el relato, padre Gaona; seguid, si...
—Señora, así lo haré. Iba a decir que Mariposa, aunque hablaba con mucha cautela, me
dió a entender que Rodrigo había entrado bastante en su culto.
—Que sus padres me lo perdonen, que yo me siento muy culpable. Bien es verdad que
no veía entonces otro camino. A lo que veo, no se le ha curado la tirantezque lleva dentro
por la distancia de las dos sangres. Mucho he pensado en él desde que el padre Gaona me
contó lo







ocurrido. Creo que ahora lo que nos estorba es la idea que le domina: la humillación del
indio por la conquista.
—Y no sólo la humillación, padre, sino la caza al indio, la lanza, el perro, el arcabuz.
—Así es, señora. En todo eso vengo pensando. Y si es así, se me ocurre que habría que
darle el espectáculo contrario: el buen trato del indio y la humillación del cristiano ante el
indio por la caridad.
—¿No pensaréis en una de las misiones cerca de las tribus salvajes?
—No, señor conde.
—Porque Rodrigo no serviría para...
—No. Ya lo veo. Más me gustaría que fuera a uno de los hospitales de la Santa Fe que ha
fundado don Vasco de Quiroga.
—Hay uno cerca.
—Ya lo sé, padre Gaona. Pero yo creo que sería mejor mandarlo al de Pátzcuaro. Allí
verá, señora, la verdadera caridad.
—¿Qué dices, Alonso?
—Me parece buena idea. Pero ¿cómo persuadirle?
—Señor, el padre Gaona o yo lo podríamos intentar.
—¿Y cómo son? ¿Qué clase de vida...?
—Señora, la del Evangelio. El hospital en su cuerpo es un cuadrado con un ala de
contagio y otra de enfermos corrientes, frente por frente; y separados por los edificios del
administrador y del ecónomo. En el patio, una capilla para que los enfermos oigan misa
desde la cama. El hospital en su alma es una congregación con escuelas, talleres,
almacenes. . . Lo administran y trabajan familias que viven en casas de la congregación.
Todo el mundo







trabaja por turno, en la tierra o en el hospital. La cosecha se reparte entre el hospital y las
familias. Lo que sobra se da a los pobres.
—¿Y los españoles?
—Señora, en un pie de absoluta igualdad con los indios.
—Padre, explicadle eso a mi hijo y decidle que hace falta él allí. Que necesitan gente.
Para socorrer a los enfermos indios.

3

—Señor canciller, esta vez seré yo el que os dé noticias.
—El mundo al revés, Excelencia.
—Su Majestad os nombra segundo jefe de la Cancillería Real de Valladolid.
—Señor, me resisto a creerlo... La primera cancillería de España. . . ¡Un canciller ilustre
en la profesión!
—Aquí tengo las cartas reales.
—Señor, yo bien sé que se lo debo todo a Vuestra Excelencia...
—Algo habrá de quedar para vuestros merecimientos.
— ¡Oh, señor!... Yo hice siempre lo que pude...
—Os lo aviso con tiempo porque quiero que preparéis el viaje ama.
—Señor, no tardaré ni... dos meses.
—¿Dos meses? ¿Qué habéis dicho, señor canciller? Ni dos semanas.
—Imposible, señor. Levantar una casa...
—Sois viudo. ¿Qué casa tenéis que levantar? Vivís en posada.








—Libros, señor. Algunos muebles son míos. Tengo un caballejo...
—Nada. Eso no es nada. A partir de mañana estáis libre...
—Y los papeles, señor... Los papeles... Instruir a mi sucesor... Es todo tan complicado...
Hay tantas cosas que habría que explicar. . . Porque no bastan los legajos. . . Hay también el
estado de los asuntos...
—Ahí ya tendré que ser más exigente. Los legajos deben estar en orden tal, que
cualquiera que los lea no necesite más explicaciones. Para eso se forman los legajos y se
tiene una cancillería. Si en cualquier día de estos años pasados el Señor hubiera arrebatado
al canciller a Su gloria como hizo con Elías...
—El señor virrey se chancea...
—Nada de eso. Los legajos tienen que estar siempre a prueba de muerte.., como el buen
cristiano.
—Señor, yo haré lo que pueda por dejarlos en orden, pero dos semanas…
—Ni dos os doy.
---¡Señor!...
—Os doy diez días a contar desde mañana. Tenéis que salir de Méjico para Veracruz en
diez días; lleváis un pliego urgente para Su Majestad.
—Señor, me abruma tanta honra. Y a quién... ¿quién va a ser mi sucesor?
—Entregaréis la cancillería al doctor Esquivel.
—¿Todo, señor?
—¿Cómo “todo”?
—Hay notas confidenciales que... por ejemplo, sobre









su padre, el judío del almacén… ya lo recuerda el señor virrey…quiero decir… Vuestra
Excelencia sabe...
—Todo. Entregaréis todo. Esta misma tarde.
—Señor, es tarea larga.
—Os tomaréis la noche también si menester fuere.
—Bien, señor.

4

—Señor don Carlos, vengo de parte de la hermana de vuesa merced.
—Vengáis de quien vengáis, padre Sahagún, aquí siempre seréis bienvenido.
—Dios os lo pague, señor. Me rogaron don Alonso y doña Suchil que viniera a hablar
con su hijo Rodrigo...
—Pues aquí al lado está. Lo mando llamar en seguida...
—Si me lo permitís, señor. Un minuto de atención os pediría primero. Preferiría la
entrevista en vuestra presencia..
—Muy bien.
—Con vuestro apoyo.
—Ni que decir tiene. . . aunque no sé de qué se trata; pero viniendo de vos, padre...
—No hay duda sobre eso, señor. Y, por último, preferiría que Rodrigo no sepa que vengo
por encargo... bueno, por encargo… quiero decir con permiso y anuencia de sus padres.
—Bien, padre. Lo llamaré.
…………………………………………………………………………………………….
---Rodrigo, ya conoces al padre Sahagún.







—Sí, señor.
—Siéntate. Parece que te trae un recado... ¿de quién dijisteis?
—Del señor obispo. Se trata, señor, de unos hospitales muy santos que ha fundado el
señor don Vasco de Quiroga.
—¿El que fué oidor? Muy santo varón.
—El mismo, señor.
—¿Y para quién, padre? ¿Para los españoles?
—No, señor don Rodrigo, sino para los indios.
—¡Ah! ¿Y por qué...?
—Pues ahí voy. Estos hospitales, como todas las cosas de la caridad, a pesar del gran
bien que hacen, andan siempre a corto de gente. Necesitan hombres y mujeres de buena
voluntad. El padre Zumárraga ha creído que haría mucho bien a los hospitales y también a
los mozos jóvenes de las grandes familias, si de cuando en cuando fuera uno u otro de estos
mozos a servir por caridad para con los indios enfermos…unas semanas cada año, por
ejemplo... Y pensamos en vuesa merced...
—No frunzas el ceño, Rodrigo. A mí me parece una idea excelente. Y tú… tan amigo de
los indios.
—Eso no tiene nada que ver...
—Hombre, ¡me gusta eso! ¿De modo que no tiene nada que ver? Pues ¿qué tendrá que
ver entonces?
—Hay otros modos de ser amigo de los indios... A mí, eso de vivir en un hospital... Me
marean los olores...
—¿Olores, señor? Poco sabéis de los hospitales de don Vasco. Más limpios que el rostro
de la luna. No hay sino aire y agua y luz y mucho dolor que aliviar.







—Vamos, Rodrigo, ¿qué haces aquí? Ya nada. Perder el tiempo. Más vale que te ocupes en
algo. ¡Ya sabes tanto de guerra! La lanza. . . eres capaz de ganarle hasta a tu ....... De jinete,
no digamos... Véte... no es mucho.., quince días o ~í... ¿verdad, padre?
—Lo que buenamente quiera él dar de su tiempo. Los pobres indios se lo agradecerán.
Una hora que les diera.
—¿Pero qué. . .? ¿De qué iba a servir?
—Eso, señor, el rector del hospital os lo diría.
—Dejádmelo pensar, padre. No. Creo que no me...
—Y el lugar es tan...
—¿Dónde es?
—Pues hay dos. Uno está a dos leguas de aquí. El otro está en un sitio muy placentero,
junto a un lago muy bello, en Pátzcuaro...
—Eso es en Michoacán, ¿no?
—Sí, señor don Carlos.
—A Poniente, ¿no?
—Claro, señor don Rodrigo.
—Bueno, padre. A mí me parece muy... pero lo pensare.
—¿Para qué pensarlo más, Nez... Rodrigo?
—Vamos, señor. Dejaos tocar el corazón.
—¿Qué decís? Padre. . . Tocar el. . . ¡Ah, ya! Si. Bueno. Iré. ¿Pátzcuaro dijisteis? A
Poniente. Bueno, padre. Iré.
—Señor, os lo tendrán en bien los pobres indios enfermos, y en cuenta el Señor.
—¿Cuándo me pongo en marcha?
—Mañana es tarde, señor, como decimos en mi tierra.







5

—Aquí me tienes otra vez, Alonso; pero creo que la última.
—Bueno, Vicente, no seas tan... ¿Qué te pasa? ¿Te vas?
—Sigo tu consejo.
—¿Mi consejo?
—Por lo visto, te has olvidado.
—No me...
—Cuando te pedí apoyo para mi hijo, me dijiste que lo mejor para su carrera.
—¡Ah, sí! Ya recuerdo.
—Pues a eso vengo. Me voy. Quería hablarte de tu parte en ello.
—¿Mi parte?
—Sí, tu parte. Ya sabes quién le pegó fuego a mi almacén.
— ¡Ah!, perdona. Se me había olvidado. Tengo tantas cosas en la cabeza, que...
—Me lo explico. Además, aquí en esta casa tan hermosa, con esta arboleda, las rosas, el
agua, las aves acuáticas. . . debes de ser feliz, Alonso, ¿no?
—Si... a veces. Cada cual tiene sus sombras...
—Pues tú... en fin, volveré a lo mío.
—Vicente, ya sabes que lo que tú estimes justo...
—Plena confianza en ti. Verás. Yo calculo que perdí unos veinte mil ducados.
— ¡Vaya!










—Te lo justificaré en detalle, si quieres.
—Te creo.
—Lo merezco, Alonso. Pero de esos veinte mil ducados, yo quito lo que calculé de falta
de ganancia, unos dos mil quinientos, y otro tanto por el servicio que me hiciste al correr y
sacar la pólvora. Todavía no me explico cómo me quedé yo mano sobre mano y tan tran-
quilo... Así que quedan quince mil.
—Pues te los pago. ¿Cómo los quieres?
—No sabes cómo te lo agradezco.
—¡Hombre! En un caso así la gratitud es casi una ofensa. Y tú me entregaste las pruebas
del delito sin pedirme nada. Quiero que sepas que no lo olvidaré.
—Mira, Alonso, yo seré mejor o peor, pero no me gusta pasar por lo que no soy. Si se
hubiera tratado de otro... Pero yo sabía con quién trataba. Riesgo, cero.
—Bueno. Tregua de cumplimientos. ¿Cómo te pago?
—Eso, en parte, depende de ti. Yo te pediría que me situaras cinco mil ducados en
Amberes…
—Eso es fácil. ¿Y lo demás?
—Lo demás... Yo voy a formar aquí un grupo para continuar el negocio. Son gente de
confianza. Yo tomaré una parte fuerte, casi la mitad. Estos amigos darán el nombre y la
gestión. Pero el fondo vendrá de señores de la ciudad. Rangel toma diez partes. Velázquez,
cinco. Creo que Alvarado toma quince. Y quisiera que tomaras tú veinte.
—¿Y para qué?
—Pues verás. El negocio iría mejor por dos razones: si estáis hombres como tú y don
Juan Alvarado, y Rangel y Velázquez, nadie se atrevería a hacer cosa que no esté








bien, por temor a que vosotros metáis en la cárcel al ladrón; y si hay dificultades en el
Consejo de Indias, o con quien sea, ayudaría mucho saber que estáis dentro.
—Mira, Vicente, todo eso está muy bien pensado; pero yo no quiero más quebraderos de
cabeza. Bastantes tengo ya. De modo que te pondré cinco mil ducados en Amberes y te
daré los diez mil…
—Es que así te podías quedar con ellos. Los ponía a tu nombre. Los irías abonando en
mercancías, maíz, metales.., y yo cobraba tu parte de la ganancia.
—No. Te lo agradezco. Pero te los daré contantes y sonantes.
—Bien. Pues entonces me pones diez mil en Amberes y me das cinco mil aquí en oro.
—Hecho. ¿Cuándo te vas?
—Pronto. Para que se case mi hijo.
—¿Tu hijo? ¿Se casa?
—¿Sabes que el virrey lo hace canciller?
—Maravilla. Bueno, ya tienes ahí la garantía que buscabas para tu negocio.
—¡Ay!, no lo conoces. Catón era un hombre corrupto a su lado.
—¿De veras? Me gustaría conocerlo.
—Pronto lo conocerás. Se casa con una niña favorita de la condesa, hija de un amigo
tuyo.
—¿Quién?
—Catalina Alvarado.
—¡Cata...! Pero... ¿cómo es posible?
—Todo es posible, Alonso. La condesa lo sabe todo. Te dará detalles. Yo me di cuenta
en seguida de que








hasta que el mercader se marchara no había boda, y me voy.
—Bueno, hombre. Pues te puedes ir tranquilo. ¡Canciller y yerno de Alvarado!
—No sé si me atreva a pedirte algo más.
—Habla sin empacho.
—El marqués se va.
—Ya lo sé.
—Si me llevara en su navío. . . Para mí sería un aho rro grande, y para él… le podría ser
útil… Yo le respondería de todo. Lleva un mundo de cosas. Ajuar de casa, oro, papeles...
Necesita quien le organice todo.
—Ya tiene tanta gente…
—Sin vanidad…no como yo.
—Bueno. Le diré algo. Todo depende de él.


6

¿Qué haré yo aquí a caballo camino de Pátzcuaro y qué se me habrá perdido a mí en
Pátzcuaro? La mañana es fresca y bonita como…no sé qué tenía yo ahí dentro que me
recordaba la mañana bonita y fresca que huele a sí misma y parece como que me hace
retozar la sangre... bonita.., fresca... huele a…ya sé lo que es... huele a Catalina cuando la
tenía tan cerca…tan cerca...qué lejos ahora y qué será de ella…ojos como esos plumajes
que juegan en el sol que vuelan y huyen brotando de la sombra y maleza de la tierra al paso
de mi caballo que va camino de Pátzcuaro sin saber por qué lo mismo que yo y sólo porque
va hacia Poniente y me







dijeron que a un hospital a ver enfermos cuando lo que yo busco aquí dentro en lo oscuro
son indios sanos que me sirvan de víctimas para el brazo de Moteczuma que se me alza
siempre buscando el cuchillo y el pecho. . . de buena gana... este indio que me acompaña..,
ahora que no hay nadie.., no se ve a nadie.., el sendero pedregoso.., el cielo tan alto.., tan
alto que no hay brazo que lo alcance y ese árbol seco que alza los brazos tor cidos y los
huesos de los dedos. . . el viento le llevó las hojas y el agua la tierra de las raíces. . . al aire
las raíces... al aire los brazos... y se sostiene... yo también me sostengo...los pinos verdes. . .
las acacias espinosas... espinosas.., espinas. . . sangre... este indio... ni sé cómo se llama. . .
que me lleva la acémila. . . no sería mala víctima.., me lo pide el brazo... me lo pide la
sangre. . . sangre…sangre. . . me quedaría solo sin acemilero-cocinero-criado. . . qué loco
estoy. . . lo encontrarían los frailes. . . y no tengo cuchillo sólo la espada y una daga de
acero que es...no…se doblaría…qué hermosa la mañana... ya llevamos horas desde el
último campo. . . allá parece que se divisan chozas…lejos todavía. . . parecen como las
costillas abiertas de un gigante echado al sol cara arriba. . . la víctima para un sol-
moteczuma sacrificándose a sí mismo como yo que me sacrifico a mí mismo y me estoy
sajando el pecho y sacándome las entrañas porque no me caben y me aprietan por dentro
que voy a estallar. . . las raíces al aire…los brazos torcidos... los huesos de los dedos
desgarrando el cielo para arrancarle… no se ve nada… no se oye nada... nadie habla en lo
alto... yo... sólo yo... por este lado baja la tierra hacia el cielo… por este otro












sube.., y el cielo muy alto.., no dice nada.., nada... y el árbol gritaba... gritaba con los brazos
tuertos.., las raíces al aire. . . todo él gritaba. . . sin que lo oyera el cielo.., gritaba como
gritan los brazos cuando no hay pecho que abrir. . . corazón que alzar. . . “En alto cora-
zones”. . . eso es Issil... “Sursum corda” eso es el padre Gaona... dicen lo mismo... este
indio. . . estoy solo... si no me viera nadie. . . las raíces...
—Señor...
—¿Qué pasa?
—La sombra dice mediodía y las bestias no caminan bien.
—Haz el campo y comeremos.
—¿Mismo aquí?
—Mismo aquí.
—¿A la sombra de este ocote?
—Yo sigo un rato y volveré para comer.
—Bien, señor... No es por ahí.
—Ya sé. Voy a dar un paseo fuera del camino.
... Qué tentación de echarlo sobre la Piedra.., claro que no hay Piedra pero se podría
improvisar y... me tiembla el brazo nada más que de imaginarlo. . . en esta soledad ¿quién
lo iba a saber?. . . ¿pasos? un conejo, quizá una tachituya. . . le oigo el vuelo... y eso que...
no... son pasos... detrás…y de hombre.
—Señor...
—¿Quién eres? ¿A qué me vienes a estorbar?
—Señor, perdón, perdón; una bolsa de veces perdón.
—¿Por qué? ¿Quién eres?
—Tomazquitl, señor.
—No sé quién eres.






—El padre de Papálotl.
—¿Tú?... Mientes. Al padre de Papálotl lo sacrificaron a Uiztociuatl.
—No, señor. No llegaron.
—¿Cómo? ¿Te salvaste?
—Me salvé la Madre-y-el-Niño.
—¡Ah!,¿te hiciste cristiano?
—Sí, señor. Pero...
—Pues la Madre-y-el-Niño no salvé a Papálotl.
—No, señor. Pudo más Uitzilópochtli.
—¡Ah! . . . ¿ves? Si te hubieras dejado sacrificar a Uiztociuatl, quizá viviría Papálotl.
—¡Quién sabe, señor!
—¿Pues?
—Al nacer el niño, ¿quién sabe?
—¿Qué quieres? ¿Vives aquí?
—No, señor.
—¿Dónde, pues?
—En Tetzcuco.
—¿Cómo has venido aquí?
—Siguiendo al señor.
—¡Cómo! ¿Y por qué?
— ¡Quién sabe, señor!
—Pues ¿no lo sabes tú?
—No, señor.
—¿Quién te hizo venir?
—El de dentro, señor.
—¿Y no sabes lo que quiere el de dentro?
—Paz, señor.
—¿Quién lucha, pues?
—La Madre-y-el-Niño contra Uitzilópochtli, señor.


—¿También tú?
—Sí, señor.
—¿Y quién puede más?
—¡Quién sabe, señor!
—¿Quién quieres tú que venza?
—El que vencerá, señor.
—¿A quién vas a ayudar?
—¡Quién sabe, señor!
—Se te ven las raíces al aire. ¿Quién te llevó la tierra?
—¡Quién sabe, señor!
—Sería el agua.
—No, señor.
—Y las hojas.. . ¿Quién te llevó las hojas, que llevas los brazos secos al aire?
—¡Quién sabe, señor!
—Sería el viento.
—No, señor.
—¿Qué sabes tú?
—Nada, señor.
—¿Quién te llevó la tierra de las raíces y la hoja de los brazos?
—El tiempo, señor, que es agua para la tierra y viento para la hoja.
—Si tuviéramos una Piedra aquí podríamos sacrificar a Uitzilópochtli.
—Sí, señor.
—Tú serías la víctima.
—Yo, si, señor. Pero él no querría.
—¿Por qué?
—Porque no tengo tierra ni hoja.
—Tierra ni hoja. Y el tronco hueco. El tronco hueco,




que es lo peor. ¡Ay si abres un pecho y te encuentras con que no hay corazón!...
—Y se disgustaría la Madre-y-el-Niño, y a lo mejor...
—A lo mejor qué...
—No lo quiero decir.
—¿A lo mejor gana ella?
—Eso, señor.
—¿Por qué no decirlo?
—Por si me oía el Otro y se incomodaba conmigo.
—¿Por qué viniste tras de mí tantas leguas?...
—¡Quién sabe, señor!
—¿Buscabas tierra?
—Sí, señor.
—¿Y hoja?
—Sí, señor.
—Véte.
—¿Adónde, señor?
—A Poniente, y luego al Norte.
—Sí, señor.
—Hasta que encuentres a Issil.
—Sí, señor.
—Le cuentas todo. Cómo ganó la Madre-y-el-Niño y cómo ganó luego Uitzilópochtli.
—Sí, señor.
—Y le dices que estoy en el hospital de la Santa Fe en Pátzcuaro.
—Sí, señor.
—Y que me duelen los brazos.
—Sí, señor.





7

—Julián, tráenos el chocolate al patio, a la sombra. Supongo, señor doctor, que ya
habréis entrado en nuestra costumbre de tomar chocolate después de la comida.
—Señora, ¡qué banquete para mi primera comida en vuestra casa!
—¿Y qué menos para festejar al nuevo canciller de Su Excelencia? Juan, ¿no te lo dije
yo?
—Verdad, doctor, que canciller a los.
—Acabo de cumplir veintidós, don Juan.
—Será el primer caso en vuestra profesión.
—Así lo creo. Pero no hay que olvidar que los letrados son gente muy sedentaria.
—¿Qué tiene eso que ver?
—Ah, sí, señor. Se quedan pegados en casa al amor de la lumbre, y eso de cruzar los
mares. . . ni sonar.
—¡Ah, vamos!... Pocos rivales en las Indias...
—Eso es, señor.
—Bueno, Luis, pero aquí había varios y más viejos que tu...
—Tiene razón Catalina. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
—No digo que no, señora. Pero aun así, el mérito... lo menos la mitad. . . le corresponde
al señor virrey.
—A ver, a ver, explicadnos eso, doctor.
—Señora, no podríamos ya apear el tratamiento? Me llamo Luis.
—Por mí, que sea. Pues explicadnos eso, Luis.








—Señora, desde que llegué he intentado hacer comprender al virrey que, tanto en las
cosas de gobierno como en las de justicia, yo no doblaría nunca la vara.
—Alguna vez habréis de hacerlo, amigo mío... Sois muy joven.
—Señor don Juan...
—A ver, a ver. Que no lo entiendo muy bien. ¿Qué es eso de doblar la vara?
—Señora, torcer lo justo, quise decir, ya por conveniencia, ya por algo peor. Cuando
llegué, dicho sea entre nosotros, me encontré con... muchas cosas que no estaban como
Dios manda. Sin jamás acusar ni delatar a nadie…que es feo oficio. . . procuré enderezarías.
El virrey se dió cuenta. Si él hubiera sido otro, mi rectitud habría sid o rémora, y no
estímulo para mi carrera. Pero el virrey es la rectitud misma. Y por eso soy canciller.
—Pues yo, mi querido amigo, soy mucho más modesto. Yo no creo que se pueda
gobernar un país como Nueva España sin torcer a veces lo justo.
—Ni yo tampoco, señor don Juan—¡Hombre! Que me place. Al oíros, confieso que os
había tomado por un Séneca.
—¿Séneca?
—Mi marido quiere decir Catón.
—Sí, eso... Séneca, Catón... uno de esos antiguos intratables...sabios de Grecia todos...
bueno, pues yo creí al oíros que erais uno de ellos; pero veo con agrado que comprendéis
las necesidades de la vida. La justicia es cosa de Dios; no de los hombres.
---¿Qué dice a esto el sabio de Grecia Catón?











—¡Ah, señora, qué gusto ver esa sonrisa, aunque sea a mi costa!
—Mejor no meternos en eso, doc... Luis.
—Pues digo que estoy y no estoy de acuerdo.
—¡Hombre! O se está o no se está de acuerdo.
—Juan, eso para un caballero. Pero para un letrado...
—Según, señora. Yo creo que don Juan tiene razón. O se está de acuerdo o no se está.
Pero a condición de definir bien sobre qué. Si lo que se discute no está claro, cabe
distinguir.
—¿Por ejemplo. .
—Por ejemplo, lo que estábamos discutiendo. La prudencia del gobernante puede
obligarle a torcer lo justo. Pero la lealtad del servidor real no tiene derecho a tales
lenidades. Por eso dije que estaba y no estaba de acuerdo. El virrey podrá ladearse por
intereses mayores o más urgentes que el de la justicia; yo no.
—Pues sí que lo siento.
— ¡Señor!
—Olvidáis los siete mil pesos.
—Siete mil quinientos, señor.
—¡Ah!, ¿si?
—Sí, señor. El virrey justamente me mandó pediros hoy...
—¿Hoy?
—Hoy, señor don Juan.
—Pues bien callado lo teníais.
—No quise en la mesa...
—¿Y para en seguida?
—Para hoy, señor. Pero sólo la mirad. La otra le corresponde a don Carlos.






—Fuerte suma es.
—Juan, no seas avaro. ¿Qué te importan tres o cuatro mil pesos cuando la dote de tu
hija...? Y, ya ves, le ha valido a tu futuro yerno la cancillería. Es como si se los hubieses
dado a Catalina. Luis, ¿qué hay del viaje de vuestro padre?
—Señora, tengo entendido que el marqués se va pronto...
—Dentro de una semana.
—Mi padre se va con él.


8

—Esta será nuestra última entrevista, Luis. Quizá para siempre.
—¿Quién sabe, padre? ¡El mundo da tantas vueltas!
—Muchas habría de dar para llevarte a Flandes.
—Ya soy canciller aquí. No faltan ministros del rey en Flandes. Cualquier día...
—No lo presiento. Además, ¿te convendría? Con Marta y su familia por aquellas
tierras... Mi hermana no tuvo nunca buena reputación.
—Quizá volváis por aquí.
—No sé. Por lo pronto te quiero dar instrucciones. En esta caja hallarás una copia de mi
testamento y una lista de mis caudales. Si voy a los tiburones, sigues lo que he escrito.
También te dejo una lista de mis haberes aquí. De los cinco mil ducados que Manrique me
paga, te dejo dos mil...
—Ni uno.








—¿Cómo?
—Ni uno, padre. Tengo el firme propósito de seguir mi senda solo. Ni dinero ni tratos.
Todo lo que dejéis aquí de material, os lo suplico, sin mí y hasta lejos de mí.
—Bueno, señor canciller, así se hará. Pero queda lo más delicado. Cualquier día te
saldrán con la cantilena: “hijo de reconciliado, nieto de quemado”. Y ese día tu carrera
peligra. Si vieras venir algún ataque y quisieras prepararte una retirada. . . o una defensa. . .
me escribes; pero no en claro, sino en cifra.
—¿Pero en qué cifra?
—Verás. Vuelves la palabra al revés; intercalas una letra cualquiera entre cada dos, y
escribes lo que da en caracteres hebreos. Luego tomas el papel y…
—Eso de los caracteres hebreos no me gusta nada.
—Pero es mejor que en los latinos.
—¿Por qué no en griegos?
—¡Ah!, pues mira... ¡muy bien! En griegos. Luego te vas al padre Juan de Jesús...
—¿El agustino?
—El agustino. Isaac Mordecai. Rabino. Buenísima persona. Y le confías el papel. Lo
demás corre de su cuenta.
—¡Jamás lo hubiera creído!...
—¡Más veredes!
—Pues ésa es fuerte. ¡El padre Juan de Jesús!
—Y más gordas... Parece que hay mar de fondo entre el marqués y el virrey.
—Ya está mejor. Muy airado el marqués por lo que él llama la traición de Pedro
Alvarado...
—¿Tu futuro pariente?
—Primo de mi suegro. Pero don Alonso Manrique lo






ha resuelto tan bien, que mañana cenan juntos en palacio los cuatro.
—¿Y a ti quién te cuenta todo eso?
—¿Cómo quién me cuenta? El virrey. Somos muy amigos.

9

—Señor marqués, me honraréis presidiendo la mesa.
—Excelencia, la majestad real que representáis...
—Estamos entre amigos y no hay virrey. Deseo que la última vez que os sentáis a mi
mesa no sea nada oficial.
—Bien, señor, que la mesa es cuadrada...
—Para marcar vuestra presidencia, pondré a don Pedro a vuestra derecha y a don Alonso
a la mía.
—Así, señor, todos salimos ganando.
—Os lo tengo en bien, don Alonso, y más lo que habéis hecho para que nos reuniéramos
los cuatro en paz y en gracia de Dios. Estas candelas que nos alumbran arderán con llama
tranquila.
—Tranquila es la llama que arde en candelas de oro.
—No lo creáis, Alvarado.
—¿Pues qué, señor Marqués, tal mal os va en vuestra opulencia?
—La opulencia no es fin, sino medio. Oro daría, y mucho, por los pilotos que no me
envían.., y yo con mis cinco navíos esperando para descubrir. Por eso es natural que a veces
me falte la paciencia, y que me lo perdone el señor virrey... Razón tenéis, señor, en darle el
mérito a don Alonso. Sólo su amistad pudo haberme traído a comer con don Pedro. Él, que
me conoce, y es noble, lo sabrá comprender.






—Reconozco, señor marqués, que mis pactos con don Antonio os pudieron parecer
desleales. Mi intención no lo fué.
—No volvamos ya sobre lo hecho.
—Sobre todo, señor virrey, que, a mi ver, tanto don Hernán Cortés como don Pedro de
Alvarado aspiran a ir Con vos a una aventura que...
—¿Dudáis del éxito, don Alonso?
—Señor virrey, del éxito de armas con tales caudillos ¿quién dudaría? Pero de lo
demás...
---¿No creéis en los cuentos de fray Marcos de Niza?
—No creo en sus cuentas.
---¿Cómo?
—Creo que no hay ni gran gente ni gran riqueza. Queda sólo la conversión. Y la
conversión, señor...
—Señor virrey, mucho me maravilla oír a don Alonso, que en los tiempos de la conquista
era, con el marqués el más fogoso defensor de la conversión desde arriba.
—¿Y eso qué es?
—Excelencia, don Pedro alude a una lucha constante que llevábamos en el ejército de
Cortés…señor, así se llamaba entonces... entre los que querían conquistar y luego convertir
y los que querían convertir y luego conquistar.
—¡Ah!, ¿y vos, don Pedro, de qué lado...?
—De ninguno, señor. Porque, para mi, la fe de. Cristo no se hizo para los indios.
—Muy callado se ha quedado el marqués.
—Señor, callaba, en efecto, porque la cosa me muerde el ánimo cada vez más. Si don
Pedro da en el clavo, si la fe de Cristo no se hizo para los indios, ¿cómo durará







en Nueva España la huella de la España vieja? La mezcla de sangres no bastará, que los
indios son muchos. La fuerza, tampoco. Tarde o temprano sabrán usar nuestras armas y
nuestras letras, y nos vencerán por el número.
—Yo veo las cosas como el marqués. Y el señor virrey me comprenderá cuando diga
que, además, creo que la mezcla de sangres será un factor de lucha y desorden más que de
orden y de paz. Cuando haya en Nueva España cientos de miles, quizá millones de
mestizos, Excelencia, ¡ el virrey tendrá mucho que hacer!
—Fuerza, fuerza. Si Su Majestad da cada reino a un buen capitán... En Guatemala no se
mueve nadie sin que yo alce el dedo.
—La fuerza no basta. Aquí tuvimos a un Nuño de Guzmán, y preguntad a don Alonso,
que lo vió, y al señor virrey, que bien lo sabe, por poco perdemos a Nueva España. Con
pena lo digo: los malos conquistadores ya nos habrían dejado sin la conquista, de no ha-
bernos salvado los frailes... Y todavía se abusa del indio... Cuando veo esta sala, señor, esta
caoba que refleja como un espejo candelas y oro y plata, los lienzos blancos como nieve,
las sedas bordadas de las paredes, el oro y ébano del alfarje y esa araña de Venecia que de
él cuelga en cadena de oro, y los aromas de Arabia que embalsaman el aire…todo este
bienestar, aquí en su cumbre, pero esparcido por doquier en las casas de los españoles. . . y
cuando traigo a mi memoria la inmensa indiada de hombres sufridos, trabajados hasta el
sudor, maltratados hasta la sangre, hambreados hasta los huesos, vejados en sus mujeres e
hijas... señor, señor, ya me contentara yo con que la fe de Cristo se hubiera hecho para los
cristianos










—Mi general, que lo sigue siendo, erró la profesión. Gran general fué, pero habría hecho
mejor obispo.
—No os chanceéis, Alvarado; no os chanceéis que la cosa es grave. A los indios hay que
tratarlos como hombres. Y no es cosa sólo de personas. Es cosa de gobierno. Habría que
darlos en vasallaje a hombres de pro que tuviesen la confianza del rey.
—¿Por qué sonríe el señor virrey?
—Don Alonso es muy observador. Escuchando al marqués, pensaba en lo que diría mi
nuevo canciller. Letrado recién salido de Salamanca.
—¿Y qué importancia tiene...?
—¡Ah, don Pedro, don Pedro!... Hay que escuchar cómo late el corazón del tiempo en
que se vive. Todavía os creéis en la época en que los nuestros, las treinta o cuarenta
familias de la nobleza española, regían el país. Eso se va. Es muy confuso y disperso para
nuestros tiempos. Cosas de lanza y adarga para la era del arcabuz.
—Armas de cobarde que la cristiandad tendría que abolir, señor virrey.
—Don Pedro, ¿y quién le pone puertas al campo?
—Señor virrey, si el Santo Padre...
—Bien se está San Pedro en Roma, don Pedro. ¿Cómo va el vicario de Cristo a dar
órdenes sobre el modo de matarse?
—Pero ¿qué dice vuestro canciller, señor?
—A eso iba, señor marqués. Ya desde los Reyes Católicos venían cambiando las cosas.
Duques, condes y marqueses iban haciéndose cada vez más escasos, y en su lugar figuraban
letrados, gente media, ni grandes ni pequeños, de vida llana, correctos, enterados,
comedidos,








que no reciben dones ni profesan amistades ni gastan en vestir y festejar... en fin, el vero
retrato de mi canciller. Vamos a un mundo nuevo. Esta nueva manera de gobernar que
trajeron los Reyes Católicos se ha ido extendiendo a toda la cristiandad. Significa tres
cosas: la ley en vez de la fuerza; el poder al rey en vez de a los nobles; y la cosa en vez de
la persona.
—Señor, espero morir antes.
—Ya es tarde, don Pedro. Ya estamos en ello. Lo exigen el arcabuz y el falconete. Y aun
dice más mi canciller. En Salamanca escuchó las lecciones de un dominico, un tal padre...
Vitoria, creo que me dijo. Me ha prestado los apuntes. Este buen fraile sostiene que no
tenemos más que un derecho a estar aquí: la enseñanza y práctica del Evangelio. Para él el
Nuevo Mundo es de los indios, y aquí no tenemos derecho a nada si no servimos a Dios. El
doctor Esquivel me asegura...
—¿Esquivel? Yo tuve un Esquivel en mi compañía...
—¿Te acuerdas, Pedro? Por poco lo matas un día de un mandoble. ¡Lo salvé yo! Bien
furioso que estabas... Pues su hijo.
—¡Ah!, ¿y ahora...?
—Pues sí, ahora ese joven es mi canciller. Excelente y limpio. Puro letrado. Y me dice
que se preparan leyes para aplicar estos principios a las Indias.
—Serán cosas del padre Las Casas.
—Serán. Pero parece que vienen.
—Pues me temo, señor, que los conquistadores y pobladores se alcen contra ellas.
—Pedro, antes se alzarán los indios contra nosotros.









CAPITULO XI

1

Sabana de agua unida a la tierra por esa franja de musgo verde. Encima duerme la luz.
Esos álamos quietos… tan pensativos... ¿qué pensarán?... Tan altivos… ni se fijan en los
concanautli que vuelan por entre las espadañas ni oyen ramas ni ven.., tan solo sueñan... en
sí mismos... y la luz dormida, tendida como un haz de espadas de acero que aguardan las
manos y los brazos que las harán erizarse en el aire y entrechocarse antes de quebrar la piel
con las puntas finas.., entre los juncos verdes y las espadañas violáceas duermen las ranas...
croan las ranas despiertas.. . ¿qué dirán?.. . algo dicen... algo se dicen que no entiendo... ah
si a lo mejor soñaran bajo el agua dormida... soñaran no en sí mismas como los álamos
altivos con el pensamiento en el cielo…si soñaran con las espadas que aguardan tensas
sobre la sabana de agua.., dormidas... soñando también en el brazo...
—Por aquí, señor. Esta es la puerta del hospital.
—¡Ave María!
—¿Qué busca el señor?
—Díle al rector que soy don Rodrigo Manrique.
…………………………………………………………………………………………….
—Sí. Me escribió el padre Sahagún. Dios os pague la caridad. Mucho hay que hacer, y
pocos brazos.










—Señor rector, ¿qué deseáis de mí?
—Todo, don Rodrigo. Primero, y sobre todo, el corazón.
—¡Ah!... ¿Cómo...?
—Sí. Como en la santa misa. Sursum corda. Los corazones a lo más alto, que es el
Señor. Y a los enfermos, que son sus criaturas. Sois joven...
—Voy para veinte años.
—¡Qué maravilla! Y fuerte.
—Como un toro.
—Bien. Os pondré a servir en eh ala de contagio. Sabréis resistir al mal, que los más
flojos no pueden.
—¿Contagio?
—Sí, leprosos y enfermos de fiebres que pasan de unos a otros. Vos las resistiréis.
¿Traeréis cama, como todos los españoles de viaje?
—Sí, señor. El acemilero...
—¡Ah!, ¿y acémila también?
—Sí, señor.
—¡Estamos tan mal de camas! Catorce enfermos dur miendo en petates... Tengo una
enferma, Rodrigo... os voy a quitar el don, porque aquí todos somos iguales.
—Señor, yo... estoy acostumbrado... a mi padre le gusta que se use...
—Bueno, sí. En Tetzcuco. Y en la Corte del virrey... Pero aquí, ¿qué es eso sino
vanidad? Os decía, Rodrigo, que esa cama vuestra... Tengo una enferma grave de fiebre de
los fuelles del pecho... Muriéndose... Estos enfermos, al final, se les sube la fiebre a la
cabeza y deliran y ven visiones... Pues la tengo durmiendo en el suelo... La puse en una
cámara sola, para que se muera







tranquila la pobre... Allí le haremos la cama, la vuestra.
—Pero, señor, yo...
—Dormiréis sobre un petate, don Rodrigo. Veinte años.
—Es que, señor... mi familia…no sé... me parece tan raro…una cama de caballero con
sábanas de Holanda... para una india que no está acostumbrada...
—¡Ah, si vierais qué pronto se acostumbran!... Ya veréis que todo eso es muy fácil.
Como vos también, Rodrigo, os acostumbraréis al petate. Os daré uno muy bue no: el mío.
Esa acémila…también la necesitamos para ir y venir... y para los enfermos que hay que ir a
buscar a Pátzcuaro... ¿Traéis dinero?
—Doscientos pesos, señor.
—Bien. Eso nos importa menos. Si acaso necesitara algo, os pediría un donativo. Por
ahora no... ¡Ah!, padre ecónomo, llegáis a tiempo. ¿Necesitáis dinero?
—Algo, señor, para unas palas que me piden las familias. Parece que quieren abrir más
tierras... como cada vez hay más enfermos...
—Don Rodrigo Manrique os dará lo necesario.
—Me bastarán diez pesos, señor.
—Dios os lo pague, Rodrigo. ¡Y qué linda moneda! Nueva, ¿no? Vamos, Rodrigo. Os
llevaré a ver a mis enfermos, que serán los vuestros mientras estéis aquí.













2

—Me da pena ese niño. ¡Y sufro más, Alonso! Porque parece que le tengo más lástima
que amor.
—Pero ¿Isabel no se ocupa de él?
—No. No le tiene cariño ninguno. Todo lo que pude he hecho por que se ocupara de él...
Nada. Y lo peor, Alonso...
—¿Qué, Suchil? ¿Por qué te callas?
—Lo peor es que sé por qué... Isabel le tiene aversión a todo lo indio. Es tan Manrique,
que la sangre de los Neza hual que tiene le quema las venas... Ya ves, Alonso, no salimos de
nuestro tormento.
—¿Nada de Rodrigo?
—Yo nada. Ni carta ni recado.
—Yo sé que está en Pátzcuaro por el padre Sahagún.
—¿Sin más?
—Le escribieron sólo que acababa de llegar.
—No sé... no sé... Alonso, yo lo dejé ir porque no veía otra cosa. Pero no veo a mi hijo
cuidando enfermos... con el orgullo que tiene y esa... parece como casi locura... Alonso,
¿por qué nos ha castigado Dios así? ¿No quisimos hacer Su obra aquí?
—Quizá por eso...
—No te entiendo.
—Una vez…no te lo conté nunca.., en Torremala, cuando mi abuelo el rabino, después
de llevarse a sus fieles expulsados, volvió ya de fraile... ¿te acuerdas?
—Nunca se me olvidará, Alonso. Iba yo de paseo un







día, esperándote... estabas tú en la cárcel de la Inquisición... sin saber de ti, y subo a la
ermita y veo aquel anciano de espaldas y se vuelve…y se parecía tanto a ti, que me cortó el
resuello.
—Pues le pregunté yo si habíamos hecho bien los españoles en tomar en el Nuevo
Mundo la obra del Señor. Y me contestó: “No hay nada más impío que eso de tomar sobre
sí y decidir lo que sea la labor del Señor.”
—Pero entonces, Alonso, ¿qué hacéis aquí los españoles?
—Suchil... es la primera vez en veinte años que me separas de ti.
—Perdóname, perdóname, Alonso. Te aseguro que tengo el alma descuartizada con todas
estas preguntas que me hago. No sé... Antes, mientras fué niño Rodrigo, ¡tenía yo tanta
firmeza! Íbamos los dos de la mano por el camino real, guiando a este pueblo de mi padre
hacia el pueblo del tuyo y hacia el verdadero Dios…Pero ahora, desde que veo sufrir a mi
hijo, descuartizado por dentro...
—Un día, ese mismo día fué, le pregunté a mi abuelo, el fraile, si teníamos derecho a
conquistar a Yucatán…Así llamábamos entonces a todo Méjico... Y me dijo:
“Ya te lo diré dentro de trescientos años, cuando vea lo que habéis hecho con la
conquista”... Tenía razón. No hay que desesperar... Rodrigo... sí... Pero hay otros. Ya ves
qué alegre y sereno iba don Martín Cortés, el mestizo, al lado de su padre el marqués, y sin
dársele un bledo que su madre doña Marina es india... Por mucho que suframos los dos... y
nos queda todavía un cáliz muy amargo que apurar...
—¿Todavía más, Alonso?










—Todavía más, Suchil.
—¿Precisamente nosotros?
—Tú y, por lo tanto, yo.
—Alonso... por lo que más quieras... ¡pronto!
—Tengo la boca sellada por una palabra de honor... pero con permiso de revelártelo si mi
conciencia me lo permite.
—¿Y cómo...?
—Para mí significa tan sólo que puedo hablar si estoy seguro de que tú resistirás el golpe
en silencio.
—¿Y tú qué crees, Alonso?
—Que sí. ¿Y tú?
—¿Es sobre Rodrigo?
—No.
—Habla, Alonso.
—Mañana, al alba, prenden a tu hermano Carlos.
—¿A Carlos?
—Tienen ya todas las pruebas. Era el jefe del culto secreto en todo Tetzcuco y muchas
leguas hacia el Norte... hasta Zempoala lo menos.
—¡Qué horror!
—Se ha probado que protegía sacrificios humanos, que se hacían en todas las fechas
prescritas... El sacerdote era el sacristán de nuestra parroquia.
—¿Lorenzo?
—Lorenzo. En su idolatría, Issil.
—Hace tiempo que no lo veo.
—Se dió a la fuga hace meses. Debe de andar por Zacatecas.
—Alonso, ¿qué le harán?
—¿A Carlos? Pues el virrey querría por lo menos sal-




varle la vida... Pero... Suchil, me prometiste ser fuerte.
—Y lo seré. Pero aquí, contigo...
—Pues toma fuerzas... que las necesitarás...
—Habla, Alonso. Lo peor es la suspensión.
—El padre Zumárraga ... exige... un castigo muy fuerte.
—¡Él!... ¡Tan bondadoso siempre y tan amigo de los indios!...
—Él. Exige un ejemplo, Suc hil. Y no creo que el virrey se atreva a negárselo.
—Pero ¿qué ejemplo? ¿La muerte?
---Sí… Y no cualquier género de muerte.
—¿Lo... de Córdoba, entonces? ¿La hoguera?
—Ten fuerza, Suchil... Tú siempre fuiste tan valiente... ¡Fuerza!... Estoy a tu lado... Y
nada nos separara...
—Pensaba en ti, Alonso. ¡Qué sino te persigue! la hoguera en España; la hoguera aquí.
Que si tu abuelo judío allá; que si tu cuñado idólatra aquí. Y todo lo llevas... Estaré a tu
lado como tú al mío. Pero, ¡ay, Alonso!... ¡cómo suspiro por aquellos días de mi inocencia
cristiana, cuando a tus pies oía el relato maravilloso de la vida de Jesús!

3

—Las cinco. Despierta, Rodrigo.
—Señor rector...
—Las cinco. Hoy es domingo. Hay doctrina para el pueblo. Ya te lo explicaré. Anda.
Vamos allá.
—¿Adónde?







—Al patio de fuera. Al atrio, le llaman aquí. Mira, ya viene la procesión. ¡Y qué bonita!
¿Ves? La cruz de la iglesia que lleva aquel acólito…
—Es indio.
—Aquí todos son indios menos el párroco... ¿Ves?... Es de ébano con incrustaciones de
plata. Nos la regaló don Vasco de Quiroga cuando era oidor. Mira las dos filas de niños y
niñas todos de blanco, y detrás sus madres, y luego sus padres...
—¡Cuánta gente, señor, y tan temprano!
—La doctrina es mandato real; para nosotros que la damos y para ellos que la reciben. Al
que no viene se le castiga. La vara de fresno.
—Señor, pero la vara... ¿pegarles?
—La vara. No conocen otro castigo.
—¿Qué diría Nuestro Señor?
—El fin es santo. Mira ahora cómo se forman en el patio chicos y hombres a un lado,
mujeres y niñas al otro. Ahora la doctrina; luego el sermón; luego la misa. ¡Y silos oyeras
cantar en misa!... Ni en Roma cantan mejor.
Sonó una trompeta. Se hizo un silencio en aquella plaza blanca de rostros cobrizos. El
párroco se situó frente a la multitud que aguardaba con paciencia, inmóvil. La voz potente
del párroco pregunto:
—¿Cuál es el primer artículo de la fe?
Ritmada, clara, uniforme, salió de las trescientas bocas la respuesta:
—Es creer en Dios.
—¿Y quién es Dios? —preguntó la voz potente.
Y la boca múltiple contestó:








—Es un Señor - infinitamente bueno - sabio, poderoso -principio y fin - de todas las
cosas.
Siguió el diálogo entre la Voz Potente y la Boca Múltiple.
—¿Es Dios una persona?
—No, padre, sino tres - en todo iguales.
—¿Cuáles son?
—Padre - Hijo - y Espíritu Santo.
—¿El Padre es Dios?
—Sí, padre.
—¿El Hijo es Dios?
—Sí, padre.
—¿El Espíritu Santo es Dios?
—Sí, padre.
—¿Son tres dioses?
—No, padre, sino que son - uno en esencia - y trino en personas.
(—Señor Rector, eso no lo entenderán.)
(—No importa que no lo entiendan con la cabeza. Hay que metérselo en el corazón.)
(—El corazón... el corazón hay que sacárselo y alzarlo al cielo.)
(—¿Qué dices, Rodrigo?)
(—Digo Sursum Corda.)
—¿Y tiene Dios figura corporal como nosotros?
—No, como Dios - porque es espíritu puro.
—¿Cuál de las tres divinas personas se hizo hombre?
—El Hijo.
—¿Cómo fué concebido?
—Tomando cuerpo - y alma racional - no por obra de varón, sino milagrosamente.





(—Lo mismo que Uitzilópochtli, señor rector, que le concibió su madre por una bola de
pelusa que le entró en el seno entre las piernas.)
(—Rodrigo…es que... ¡A ver si resulta que me han mandado aquí a un loco!)


4

—Ven por aquí, que llegaremos antes cortando por la calleja.
—Pero es mucha cuesta.
—No importa que soples un poco. ¿No ves el gentío? Estará llena la plaza.
—¡Qué cerrada la casa de los Manriques! Puertas y ventanas.
—Ya ves cómo estará doña Suchil, sabiendo que la hoguera que arde en la plaza es para
su hermano.
—¿Sabes por qué han puesto la hoguera en la plaza?
—¡Toma!, para que no se les escape don Carlos. De su puerta a la hoguera, un paso.
—No es sólo eso.
—¿Pues?
—Si lo ponen a atravesar nada más que una calle, se alza la indiada por éL
—Eso, de todos modos...
—No. Hay demasiada gente de armas.
—Aquí, ¿pero en el Norte?
—Ven por aquí. Mira cuántos indios vienen y qué cara traen.
………………………………………………………………………………………….








—Es una especie de Xócotl Uetzi que tienen los cristianos.
—¿Cómo pues? Yo no he visto ni el árbol grande adornado con los papeles, ni las
banderolas, ni la imagen de Páinal...
—Yo no te dije que era igual. Pero es muy parecido. Nosotros les echábamos incienso de
copal a la cara de las víctimas y las atábamos y luego las tirábamos a la ho guera; ellos atan
a la víctima a un poste hasta que se queme toda. Total, igual.
—¿Pero luego?
—¿Cómo luego?
—¿La sacan también con unos ganchos, como hacíamos nosotros, para abrirles el pecho
y ofrecer el corazón?
—No. Digo, no sé. Pero me dijeron que no. Que la dejan que se muera atada al poste.
—Pues no llamo yo a eso ofrecer una víctima. ¡Dejarla morir como si fuera un animal!
—Bueno. ¿Tú no le vas a pedir a un cristiano que entienda de culto a los dioses?
—Como que no tienen más que uno.
—Eso de uno... Tienen muchos. Sólo que no los llaman dioses. Los llaman santos.
—Esos no son dioses. Son así como sacerdotes que se quedan siempre vivos en el aire, ni
arriba ni abajo. Pero Dios no hay más que uno.
—¿Y a quién le hacen hoy este Xócotl Uetzi?
—A ese Dios, que otro no tienen.
—Corre, ponte en la primera fila, que ya se abre la puerta de la casa de Cuanacoch.
…………………………………………………………………………………………….










—Corazón no os faltará, don Carlos, que sois hombre...pero alzadlo al cielo.
—Así lo hago, padre. ¡Cuánto gentío!
—Dejad eso, hijo, que es cosa terrena. No miréis sino el crucifijo, que os va a guiar en
vuestro postrer viaje.
—Dejad, padre, dejad, que para Nuestro Señor Jesucristo siempre hay tiempo.., arriba; y
ahora despedirme he de mi pueblo.
—No haréis tal cosa, que el virrey lo prohibió.
—Señor capitán, el virrey sólo manda en los vivos, y yo soy un muerto. El muerto es
libre.
—No os lo toleraré.
—Hijo, pensad en la gloria eterna.
---¡Hermanos...!
—Don Carlos, si habláis en nahoa tengo orden de taparos la boca con un arcabuz.
—Pues no la cumpliréis, capitán, que os taparían la vuestra con mil puños y habría
sangre…¡Hermanos, en alto los corazones!.. . Padre, el mío espera. Vamos.
……………………………………………………………………………………………
—Ved, señor capitán, cómo ha subido con pie firme.
—Valiente, padre, pero no cristiano.
—Secreto y misterio de Dios. Esos miles... cómo les iluminan el rostro las llamas de la
hoguera.
—Pronto nos abrasará ese fuego, padre.










5

—Ya es muy tarde. Duerme. El rector me dijo que tienes que dormir para curarte la
fiebre de los fuelles del pecho.
—No me duelen los fuelles. Me duele la cabeza.
—¿Cómo te llamas?
—Quetzalli.
—Mientes. Te llamas Catalina. Que estás acostada en mi cama.
—¿Y tú?
—Yo me llamo Rodrigo por fuera y Nezahual por dentro. Pero soy Moteczuma en este
brazo y Uitzilópochtli en la cabeza.
—¿Quién es Uitzilópochtli?
—¿No sabes quién es Uitzilópochtli?
—No. Ni quién soy yo tampoco. Sólo sé que me duele la cabeza.
—Es el señor de los corazones. A él se levantan al salir calientes de aquí.
—Pon ahí la mano otra vez... así. Déjala. En mi pueblo...
—¿Cuál es tu pueblo?
—No sé. Al Norte. Se llama Tlaltenango; es cerca de Zacatecas.
—Allí está Issil.
—Yo también estoy allí.
—Pero también estás aquí, en mi cama.
—¿Es ésta tu cama?









—Sí. Aquí me acostaba yo con Catalina.
—En mi pueblo sería.
—No. En Tetzcuco.
—Tetzcuco no está en mi cabeza. Por eso me duele. No. No quites la mano, que se me
para el corazón, y se lo tengo que ofrecer a Tecoroli.
—¿Quién es Tecoroli?
—El dios a quien se ofrecen los corazones.
—Ése soy yo, Uitzilópochtli. Lo dicen todos los cristianos. Sursum Corda.
—¿Quién es Sursum Corda?
—Un cristiano muy viejo que nació antes de Uitzilópochtli.
—¿Y se acostaba en tu cama?
—No. Sólo yo, con Catalina.
—¿Pues qué esperas que no te acuestas?
—Es que Catalina se fué. Y tú estás en tu pueblo.
—Estoy con Tecoroli. Pasan nubes. La luna se tapa la cara con el huipil. Pero Tecoroli
sabe dónde está y le tirará un conejo a la cara.
—Yo me la dejé en Tetzcuco. Quería meterse en casa por el jardín, pero Romo se puso a
ladrar y la luna se asustó y se cayó en la laguna.
—Ya la iremos a buscar cuando se alcen las piedras de la sierra y se metan en las hondas
para matar pálidos. ¿Eres pálido tú? No te veo bien. Pero hueles a pálido.
—Yo no, que huelo verde-amarillo como tú, Papálotl.
—¿Por qué me llamas Papálotl cuando me llamo Quetzalli?
—Porque eres Catalina por dentro. En cuanto te metes en mi cama te vuelves Catalina
por dentro.







—Mira cómo van subiendo los guerreros a la sierra negra. Llevan espadas de pedernal y
hondas de cuerda de maguey.
—Pero se han dejado olvidadas las espinas.
—No. ¿No ves que las llevan los sacerdotes de Tecoroli? Dos, cuatro, seis, mira, mira,
cuántos, y llevan una víctima para ofrecérsela. ¿Sabes quién es? Soy yo. Por eso lo veo
todo tan bien desde aquí. Porque lo veo por dentro. Me duele la cabeza.
—Te la podría cortar para quitarte el dolor.
—Pero la necesito. Y el dolor se me metería en el corazón, que le he prometido a
Tecoroli.
—Me voy a Tetzcuco.
—No. No vayas tú. Que te lo traigan aquí.
—¿Por qué no quieres que vaya a Tetzcuco?
—¡Ah! Humo. Veo humo. Sale de la plaza. Hay una hoguera en el centro. Al lado una
puerta grande. Encima una terraza. Otra puerta. La hoguera es tan alta como la terraza.
Humo. Fuego. Gentío... Se abre la puerta... Sale un hombre alto, joven, con un fraile a la
derecha y un capitán a la izquierda... Humo. Fuego... Grita... lo atan al poste... Humo...
Fuego...
—Ése es mi tío Culebra-de-Zarcillos, que arde.
—¿Por qué arde tu tío?
—Lo sacrificaron a Sursum Corda.
—Me duele la cabeza.
—Es porque te vas a morir. Me lo dijo el rector. Que te morirías esta noche.
—¿Y si me muero se me parará el corazón?
—Creo que sí. Ya casi no lo siento en la mano.
—Pues no quiero que se pare. Se lo prometí a Teco-






roli, y le dije que estaría todavía revoloteando cuando le llegara.
—Si quieres te lo puedo sacar yo.
—¿Tienes cuchillo? Tiene que ser un cuchillo de pedernal.
—No tengo. Pero Moteczuma, que es mi brazo, tenía uno.
—¿Dónde está?
—En la Cueva Grande. Lo escondió Issil.
—Vé a buscarlo.
—Es muy lejos.
—No. Es aquí. Debajo del colchón. Lo puse yo para que lo tuvieras cuando vinieses a
ofrecerme a Tecoroli.
—¿Quién te dijo que vendría?
—Tecoroli.
—¿Te hablas con él?
—Todas las noches me viene a ver.
—Como a mí Uitzílópochtli.
—¿Lo encontraste?
—Aquí está. Y me corté un dedo. ¡Qué hermoso es! ¿Me lo das?
—Te lo daré, pero sólo si lo haces bien todo. Ya lo sabes: de pecho a pecho. Que es
como sale mejor. Y no le dejes que se pare. Que esté bien vivo y revoloteando.
—¿A ver? ¡Qué bonito pecho tienes! ¡Claro, el de Papálotl! ¿A ver? Desde aquí hasta
aquí. Mírame bien. Que te vea el fondo de los ojos. ¡Ahám!... Helo aquí. En alto a ti
Uit…Tecoroli.
……………………………………………………………………………………………
¿Qué hago ahora con el corazón? No hay cuauxicalli. Se lo llevaré a Issil. . . A la cuadra.
. . A la derecha. El






patio. A la izquierda. La puerta. ¿Dónde está la puerta? ¡Ah, ya!... ¡Qué maravilla! ¿Quién
habrá ensillado el caballo...? Debe de haber sido Uirzilópochtli, o Tecoroli... ¡Ah!, me
reconoces, ¿eh? Aguarda, que tengo una mano ocupada. ¡Ajajá! ¡Adelante! Menos mal que
hay luna, y qué bonita brilla sobre las aguas!... Bonita... Era bonita Quetzalli... Ella cree que
me engaña, pero yo sé bien que era Papálotl, sólo que no me lo quería decir para que no me
diera cuenta de que se había muerto de sobreparto... El corazón... Tecoroli... Debe de ser el
dios de Zacatecas. A él se lo llevo. Así me recibirá mejor. ¡Al Norte! ¡Al Norte!

6

Los cascanes adoran a Tecoroli. Tecoroli es el dios de los cascanes. Tepic, Zacatecas,
Tlaltenango, Cuzpatlán, el suelo tiembla y las montañas fuman el acayetl de guerra.
Matatlán, Ixcat lán, Nochistlán, Autlán, Etzatlán, Zapotlán, Chapala, Tonalá... los cascanes
adoran a Tecoroli; Tecoroli es el dios de los cascanes.
Ya viene Tecoroli... Ya viene... De las Piedras Altas de Zacatecas ya viene posando el
pie de pico en pico con plumas de águila en la frente y camarones de oro en las cótaras. Ya
viene Tecoroli.
Tepic, Zacatecas, Tlaltenango, Cuzpatlán, Nochistlán, Matatlán, Ixcatlán, Autlán,
Erzatlán, Zapotlán, Chapala, Tonalá, Tlacotlán, Maxcuala... ya viene Tecoroli de las
Piedras Altas posando el pie de pico en pico con plumas de águila en la frente y camarones
de oro en las cótaras. Ya viene Tecoroli.










Ya viene Tecoroli. ¿Dónde están los corazones de los pálidos para ofrecerle al alba? Ya
viene Tecoroli con nuestros abuelos redivivos, de rojo y negro pintados empenachados de
plumas... ya viene Tecoroli a vengarse de los que lo abandonaron por el Dios pálido. Les
quitará la luz del día y los dará en manjar a los tigres del Monte... Ya viene Tecoroli... los
que vuelvan la espalda a los frailes pálidos y retornen a su fe no morirán y vivirán siempre
jóvenes y fuertes y con muchas mujeres que fecundarán con su simiente... Ya viene
Tecoroli, y a los que se contentan con una sola mujer los matará con sólo mirarlos...
Ya viene Tecoroli. . . Tepic, Zacatecas, Tlaltenango, Cuzpatlán, Matatlán, Ixcatlá n,
Nochistlán, Autián, Etzatlán, Zapotlán, Chapala, Tonalá, Tíacotlán, Maxcuala... ya viene
Tecoroli de las Piedras Altas posando el pie de pico en pico con plumas de águila en la
frente y camarones de oro en las cótaras. Ya viene Tecoroli.
Ya viene Tecoroli. Los nopales de Tepic se lo han dicho a los magueyes de
Zacatecas…Ya viene Tecoroli…El espejo de obsidiana de Tlaltenango le vió el rostro
empenachado de plumas de águila... En las cótaras se ha puesto camarones de oro de
Cuzpatlán... Ya viene Tecoroli... Matatlán le ofreció una bolsa de corazones... Ya viene
Tecoroli... con un ramo de flores amarillas del maíz de Ixcatlán. . . Ya viene Tecoroli con
un haz de mancebos de Nochistlán pintados de rojo y negro... Ya viene Tecoroli con un
ramillete de mo zas de Autlán con plumas de gallina pegadas en los muslos... Ya viene
Tecoroli con rebaños de venados de Etzatlán que corren más que el viento... Ya viene
Tecoroli con











espadas de obsidiana de los montes de Zapotlán... Ya viene Tecoroli con las trompetas de
concha de Chapala... Ya viene Tecoroli redoblándole la marcha teponaztlis de Tonalá... Ya
viene Tecoroli con las flechas de Tíacotlán con el arco de Maxcuala... Ya viene Tecoroli...
Huyen los pálidos... Ya viene Tecoroli... Cogedlos vivos para que haya corazones para él...
Ya viene Tecoroli...


7

—Señor don Pedro Alvarado, os agradezco este socorro. Creed que estaba en gran apuro.
—Grave cosa es para un gran gobernador como Cristóbal de Oñate tener que pedir
socorro.
—Aunque sólo fuera por vuestro nombre... Cuando los indios rebeldes sepan que ha
venido en mi auxilio nada menos que el adelantado de Guatemala...
—¿Es mucho el peligro?
—Tanto, que me temí la semana pasada que estaría perdida Guadalajara, que es como
decir toda la provincia.
—Pues os traigo cien infantes y unos veinte jinetes.
—Con eso y vuestro nombre, señor Adelantado...
—Ya veréis que durará poco el apuro. Yo tengo prisa de volverme a mis conquistas y
descubrimientos.
—Tengo también pedido socorro al virrey. Me manda cien hombres con don Alonso
Manrique y un sobrino de vuesa merced, don Fernando de Alvarado.
—Señor gobernador, ¿no os parece mucho socorro para tan poca cosa?







—No hay que tocar más eso, señor Adelantado, que yo soy hombre de experiencia. Diez
años me han enseñado que es más difícil conservar lo ganado que conquistar lo por ganar.
Y por el Sur el indio es rico y tiene mucho que perder si se alza. Por aquí, poco o nada. Tre-
pan como gatos a la sierra y se esconden en los cerros, y si los echamos de un risco se
suben a otro. Además, los favorece la estación del año; las lluvias crían grandes ciénagas y
la caballería no puede moverse a sus anchas. Yo os aconsejo que aguardemos el tiempo
seco. Por ahora, el nombre de vuesa merced bastara para contenerlos... Y así damos tiempo
a que llegue don Alonso.
—Señor gobernador, machacar el hierro en caliente. No aguardemos, que mis navíos me
esperan.
—Don Pedro, no tentéis al Señor. Fiaros heis del hombre sabedor del terreno que pisa.
—No se hable más. Ya está echada la suerte. En el nombre de Dios, a marchar. Amigos,
cada uno haga su deber.
……………………………………………………………………………………………
—Señor, la posición de los indios es muy fuerte. Siete cercas de piedra la rodean.
Ciénagas por todas partes.
—Arriba y al asalto.
……………………………………………………………………………………………
—¿Lo veis, Falcón? Ya está tomada la villa.
—Sí, don Pedro, pero están en el fuerte, y hemos per dido diez españoles.
—Pues ahora veréis cómo se toma el fuerte. A pie. Mozo, tú te quedas aquí con mi
caballo. Todos conmigo. ¡Arriba!









—Señor, las piedras... Son honderos que no hay más que hablar y tienen miles de
piedras.
—¡Arriba!
…………………………………………………………………………………………….
—Razón teníais, Falcón. Toca retirarnos.
—Si podemos, señor. Los indios saben que estamos quebrantados y se han formado en el
llano, en media luna.
—Decid a los que deben hacerlo que se queden atrás conmigo, y retírense los demás a
buen paso.
…………………………………………………………………………………………….
— ¡Ay!, señor Adelantado, ¿qué ha sido?
—El caballo de Montoya, que resbaló y se me ha caído encima. Hasta aquí hemos
rodado.
—Levantaos, pues.
—Ya es tarde, Falcón. Tomad mi bastón y mis armas. Quedaos en retaguardia que os
tomen por mí.
—¡A ver! Unas parihuelas. Y llevaos al señor Adelantado, que está malherido.
…………………………………………………………………………………………….
—Señor Adelantado, a uña de caballo vengo de Guadalajara a prestaros auxilio, y os
encuentro así...
—Oñate, un abrazo... Me quedan pocos ya...
—¿Qué tenéis? ¿Qué os duele?
—El alma. Llevadme adonde la pueda curar con penitencia... Que el cuerpo ya no sirve.








8

—Amigos, os he reunido en consejo de guerra porque la ciudad está en peligro. La muerte
del Adelantado ha dado mucho empuje a la indiada. Los valles de Maxcuala y de Tlacotlán
parecen hormigueros humanos. Pronto habrán cercado la ciudad. Yo no quiero vacilantes.
Ya habéis visto cómo eché de aquí a los de Alvarado que andaban mandoneando. Doce me
quedaron, y de los buenos, que aquí están con nosotros. Bien sabían que no se quedaban
para ninguna fiesta. Con ellos y los veintitrés pobladores hacemos treinta y cinco hombres.
Los indios son miles. El que quiera hablar, que hable, que aun queda tiempo. Pero ya queda
muy poco.
—Señor gobernador, yo creo que no debemos dejarnos encerrar. Hagamos una salida y
tiremos para el Mediodía, al encuentro de la gente que manda el virrey.
—Pues yo pienso, señor gobernador, que salir así de la fortaleza treinta y cinco contra
dos valles llenos de indios, es querer ofrecerle el corazón a Tecoroli sobre un tajón.
—Sin contar las mujeres y los niños.
—Bueno, eso...
—¡Ah!, ¿pero también las mujeres se van a meter en un consejo de guerra?
—Beatriz Hernández está aquí porque lo he mandado yo, que soy el gobernador.
—Y porque Juan de Olea, que soy yo, soy su marido, y basta.
—Pues si el señor gobernador me lo permite, yo,











Beatriz Hernández, estoy aquí para decir que los hombres pueden ocuparse de los hombres,
porque yo me ocuparé de las mujeres y de los niños.
—Bueno, yo no lo dije para tanto...
—Pues volvamos a lo del día.
—Habría que trasladar la ciudad a un punto más fuerte, señor gobernador.
—Eso es más fácil para dicho que para hecho.
—Tiene razón que le sobra el señor gobernador. Pero yo creo que lo mejor es abandonar
la ciudad y marcharse de Nueva Galicia, donde nadie ha logrado hacer fortuna.
—No se hable así en mi presencia. Españoles somos y cristianos. Estamos aquí para
defender los dominios del rey y acrecentar los-de Jesucristo. No para hacer fortuna, que es
lo de menos. A hacer frente a los salvajes cascanes, eso es lo que nos toca hacer.
—Señor, tienen caballería.
—¿Visteis vos alguna?
—Tienen diez caballos que tomaron en lo de la muerte de don Pedro de Alvarado.
—Pero la caballería. . . hay que saber manejarla.
—Eso pronto se aprende. Y tienen un buen jefe, bien montado.
—¿Lo visteis vos?
—Sí, señor. Le llaman Nezahual. Y creo que debe de ser hijo de español, o por lo menos
lo parece.
—¿Nezahual, dices? ¿Será pariente de don Alonso Manrique? Él se llama Conde de
Nezabal.
—No es lo mismo.
—Bueno. Dejemos eso. Contra caballería o sin ella, aquí estamos bien situados. La
ciudad baja no se defen-







derá. El cuadrado que hemos hecho con muros de adobe bien altos y espesos será nuestra
ciudadela. Las mujeres y los niños ya están en el fuerte que hay dentro de él, con todo lo
que había de valor en las casas de abajo. La puerta es tan estrecha, que el que quiera entrar
muere.
…………………………………………………………………………………………….
—Olea, ¿dónde está tu mujer?
—¿Por qué lo preguntas?
—Hombre, ya que me dió aquella lección, que venga a esta puerta. Dos horas llevamos
ensartando indios como jabalíes, y apenas cae uno ya hay tres pidiendo entrada al fuerte
para que se la demos al infierno. Se le cansa a uno el brazo.
—Pues más falta hace Beatriz arriba que aquí. Se ha puesto un tahalí y un alfanje corvo y
ha empuñado una lanza, y está guardando el fuerte de las mujeres... ¡Eh!... Míralo... cómo
se ha escabullido ese indio colándose por la puerta... ¡A él, que sube al fuerte!... ¡A él!...
—Déjalo, Olea. Déjaselo a tu mujer.
—Mírala, mírala cómo lo ataca... Al suelo lo ha tirado de un mandoble... ¿Qué hará
inclinada sobre él?... Parece que está cortando leña. . . Mírala, mírala que viene...
—¡Con la cabeza de su presa en la mano!
—¡Olea!...
—Beatriz... ¿qué has hecho?
—Lo que no supiste hacer tú.











9

— ¡Uy!
—¿Qué ha sido, Isabelita?
—Que me he cortado con las tijeras.
—Hija, ¡cómo estás hoy!...
—Mirad, sangro mucho, ¿no?
—No es para tanto. Ven que te ponga una venda chiquita.
—Es la segunda vez, hoy. Ya por la mañana, al ponerme la sortija de pedida...
—Pues no me dijiste nada.
—No quise disgustaros, madre.
—¿Por qué me había de disgustar?
—No sé. Como era la sortija de Fernando...
—No sé qué tiene que ver... Pero ¿qué te pasó?
—Pues que estaba flojo un brillante, y la pinza de oro me pinchó este dedo.., y también
sangré.
—Bueno, hija... no llegará la sangre al río...
—No es por la cantidad, madre. Es que...
—Que ¿qué?
—No sé. No me gusta que salga sangre así... cuando están padre y Fernando guerreando.
—¡Jesús, María, y qué cosas raras se te ocurren!
—¿Qué necesidad tenía Fernando de ir a esa guerra?
—Pero, hija, ¿cómo iba a decir que no?
—¿Por qué? Si además no tenía que decir no... nadie le pedía que fuese... El padre Unza
le dijo que todavía tenía la herida mal cerrada. Pero es tan terco. .






—Los hombres son así, Isabelita. Les gusta la guerra. Por eso cazan... Cuando no hay
hombres que matar, matan animales.
—Madre, ¿lo veis? Por eso no me gusta sangrar cuando... Me parece de mal agüero.
—No te dejes. . . Isabel…esos pensamientos, échatelos de la cabeza.., no sé cómo se te
ocurren estas cosas.
—¿A vos no, madre?
—¿A mí?... A mi no.
—¿Por qué tardasteis tanto en decirlo?
—¿Tardar?... No... ¿Qué quieres? ¿Que me atropelle a contestar?
—Pues yo no hago más que pensar en sangre desde que están los dos.
—Los tres.
—¿Cómo los tres?
—Rodrigo...
—Pero, madre, de Rodrigo no sabemos nada.
—No, saber no sabemos nada. Pero me dice el corazón que está también en esa guerra.
—Pues entonces pronto se encontrarán…Madre, ¿qué os pasa? Lloráis. . . Madre, por
Dios. . . ¡Qué pena me da veros sollozar. . .! Es la primera vez que os oigo así... Siempre
tan serena, y hoy... Madre, al menos estoy yo aquí.
—Sí, hija mía, si. Y ese pobrecito que duerme ahí al lado…tan inocente... Ven, Isabel,
vamos a pedir protección a la Virgen para él y para nosotras... y vida para ellos...











10


—¡Don Fer...nan…do...!
—¿Qué pasa, hombre? Resuella primero y habla después.
—Una pedrada de honda le ha dado a don Alonso en la cabeza. Ha perdido el sentido.
—Llévame allá.
…………………………………………………………………………………………….
—¿Hace tiempo que está así?
—Lleva ya un buen rato, don Fernando. Le quitamos la coraza, lo acostamos en esta
piedra, y no vuelve en sí.
—Parece que no sangra.
—No, señor. Pero no parece vivir tampoco.
—Vivir, sí vive. Dejadlo aquí. Que lo guarden dos indios. Los españoles, los necesitamos
todos. Vamos a socorrer a Oñate.
…………………………………………………………………………………………….
—Ya viene Tecoroli... Tepic. . . Zacatecas, Tlaltenango, Cuzpatlán... ya viene Tecoroli...
al galope... al galope...
—Nezahual, los pálidos del virrey.
—¿Los de a caballo?
—Los de a caballo.
—A ellos... Al galope...
…………………………………………………………………………………………….
—No, ese no. Ése es para mí... ¡Ahá!, Fernandito, esto no es la plaza de Méjico. . . Aquí
va de veras. Vente






acá que te derribe de verdad sin ojos dulces que te miren… ¡Ahá!..
—¡Rodrigo!... ¿Tú?... ¡Renegado!... Quítate de ahí, que no quiero...
—¡Ahá!... No quieres, ¿eh? Pues yo sí. Defiéndete o te mato como a un perro.
—¿Qué haces, loco? Quita allá esa lanza.
—Quítala tú si puedes, barbilindo. Ya te enseñaré yo a despreciar indios…Toma… y
toma.., y toma... y... ¡cae!...
—¡Ay de mí! Me ha muerto... Isabel. . . ¡Adiós!
…………………………………………………………………………………………….
—¡Tecoroli! ¡Ya viene Tecoroli! No les deis respiro. Rodeadlos, y uno que vaya a buscar
a los de a pie. Todos a ellos... No les deis respiro...
—Pero tú, Nezahual…¿te vas?
—Vuelvo pronto. Pero tengo que... Me llama Tecoroli... No dejéis que se vaya ni uno.
Vuelvo pronto.
…………………………………………………………………………………………….
¿Dónde estará? Iré en su busca... todo tranquilo... Todo tranquilo…qué tranquila es la
muerte. ¿Y dónde andará el santo de altar? Con lo contento que se pondría Tecoroli...
¿Dónde me dejé el cuchillo de pedernal que me dió Quetzalli? ¡Ah!, aquí estaba...
Cualquier día me separo de él…Ahora que ya soy Moteczuma, Uitzilópochtli y Tecoroli
también... ¿Quién me gana en eso de sacrificar? Y a lo mejor soy yo el primero que le hinca
el cuchillo sagrado a un santo de altar. . . Claro, como que no había santos ni altares en
tiempos de Moteczuma o de Ahuitzotl... ¿Y que será que se ve allí sobre aquella peña? Si
hasta parece una víctima ya en









posición... Dos indios echan a correr... Serán de los que traían los pálidos. . . Si les echo la
garra se los mando a Tecoroli... Vamos a ver quién es esta víctima inmóvil... ¡Ah! ¡Ah! Al
fin... Al fin... Al fin... Ganó Uitzilópochtli... Ganó Tecoroli... Al fin te tengo, yo,
Moteczuma, yo, Ahuitzotl... Al fin te tengo... con Piedra y todo... solos tú y yo... y nos-
otros.., y la tierra y el cielo para verlo... y qué bien me lo habéis colocado sobre la Piedra...
Anda, anda, Moteczuma, tenlo por los pies... Ahuitzotl, por los brazos. . . tirad bien…que
saco el cuchillo sagrado. . . Uirzilópochtli, inspírame, guíame, Tecoroli... ¡Ahám!... Al fin...
¡Sursum Corda! ¡Sursum Corda! ¡Sursum Corda!
Desgarró el aire una carcajada estridente y siniestra. Rodrigo se plantó de un salto en la
silla y le clavó en los flancos al caballo una espuela asesina. Rasgando la tarde, el caballo
se lanzó a un galope loco hacia el sol que se moría desangrándose sobre un pico de
pedernal... Rodrigo, con el rostro bañado en la sangre del sol moribundo, hundiendo
furiosamente las espuelas en los ijares del caballo, iba gritando:
—Párate... Párate... Párate... Rodrigo, párate... Párate, Nezahual... Párate, Nedrigo...
Rozagual, párate... Pár... Pár... Pár...
El viento le deshilachaba los gritos y los iba sembrando en la tierra vacía.

FIN