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Dios reinó desde el madero en la cruz.

Lc. 23, 35-43

Sin duda el momento de la Cruz, para Jesús, es el momento cumbre de toda su vida y misión,
pues es aquí donde queda visiblemente ante todos nosotros, demostrada y atestiguada la
realeza de Jesús, pues es el Rey justo que perdona, acoge y comparte su reino con quienes
desde su libertad quieren aceptarlo.
Es aquí donde todos los hombres de buena voluntad que sin tener, ni buscar explicación
alguna en la fe, reciben por medio de Jesús la promesa del paraíso, representado en el ladrón
justo: “esta misma tarde estarás conmigo en el paraíso”…con esta insignificante y misteriosa
promesa comenzaba su reinado de perdón y misericordia. Un reinado desde la Cruz en el
calvario.
El Catecismo de la Iglesia Católica refiriéndose a este suceso nos dice que para entrar en el
reino de Dios, el cual está abierto a todos, es necesario acoger la palabra de Jesús, es decir a
acogerlo con un corazón humilde para así hacerlo vida en medio de los hermanos en la fe.
Jesús llama e invita a entrar al reino de los cielos, pero exige una elección radical para
alcanzarlo y es dejarlo todo. Es difícil en este mundo tan secularizado donde los placeres,
poderes y los desenfrenos morales están apagando y sepultando todos los valores que
construyen y capacitan al hombre para el reino de Dios comenzado en la cruz. Pero a como
expresó la Virgen en aquellas palabras dotadas de una magnificencia divina y a la vez
humilde: “para Dios nada es imposible” Lc 1, 37 y eso nos debe animar en el itinerario de
nuestra fe, que aunque se muestre oscura, llena de incertidumbre debe permanecer la certeza
de aquello que no vemos pero creemos, como es la fe en Cristo nuestro Rey.
Por citarles un ejemplo, un pajarillo que ha salido de su casa en busca del sustento diario y
que vuela libre por las alturas, al final de la tarde debe regresar, pero en el camino lo
interceptan una nubes que estropean la claridad de su camino, quiere resistirse pero sabe que
al final de esa nube esta su morada, llena de calor, sosiego y fuera de peligro.
Así es nuestra vida, volamos experimentamos, conocemos, pero en nuestro paso hay siempre
nubes que desvirtúan la claridad total de nuestro camino, e incluso nos desvían de la
trayectoria que nos conduce hacia la morada y esa es la felicidad que solo el reino de Dios
nos lo ofrece.
En la vida pública, Jesús anunciaba el reino, que era para todos los pobres y pequeños, pero
no quiere decir que nosotros los pecadores que con cada actitud, palabra, acción y
pensamiento que vamos ofendiendo y quebrantamos la relación íntima de amistad de amor
con Dios, se nos niegue entonces la entrada en el banquete del reino. Al contrario él nos dice
“yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” Mc 2, 17 y nos invita a la conversión sin
la cual no se puede entrar en el reino. Pero nos muestra de palabra y con hechos la
misericordia sin límites de su Padre hacia nosotros. La prueba suprema de este amor será el
sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” Mt 26, 28.
Podrían preguntarse ¿cómo lograré alcanzar la conversión en una sociedad donde Dios es
algo desfasado? La respuesta es sencilla, la conversión no es un salto, un cambio tan
repentino de la noche a la mañana, es mucho más que eso que nos lleva a dejarnos arrastrar
por la corriente de amor y de gracia para ir alcanzando la corona prometida como lo afirma
Pablo; pero lograr esto tan insondable sólo esto se puede adquirir en el abandono total y
seguro que Dios nos da a través de la oración.
Orar no es fácil, no es cosa de hablar con el padre, la madre o el amigo. Comprendo que sea
fácil hacer una oración vocal, unas peticiones comunitarias, unas jaculatorias o una superficial
comunicación con Dios. Pero profundizar en los inescrutables misterios de Dios, habituar y
habilitar las facultades psicológicas para el crecimiento de la gracia, condicionando este
crecimiento a los vaivenes de la estructura humana, continuar avanzando por las cuestas
oscuras y fatigantes de las exigencias de Dios hasta la unión transformante…todo este
proceso es de una lentitud y dificultad exasperante. A nosotros sólo nos corresponde ser
fieles totalmente, sin elucubrar sobre cuánto se me ha dado y cuánto debo corresponder, pues
estamos acostumbrados a la rapidez y la eficacia y para entablar un coloquio con Dios, sólo
necesitamos paciencia que corresponde a un acto de espera porque se sabe y se acepta la
realidad tal como es.
Logrando un acercamiento con Jesús, Rey supremo, en plena sinceridad podemos hablar que
es realmente nuestro rey; pues para nosotros cristianos bautizados la principal y única meta
es que el reino de Dios habite en nuestros corazones.
El reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo Rm 14, 17, los últimos tiempos en
los que estamos son un combate decisivo entre la carne y el espíritu: discerniendo según el
Espíritu, los cristianos deben y especialmente ustedes distinguir entre el crecimiento del reino
de Dios y el progreso de la cultura con la promoción de la sociedad en las que están
implicados. Esta distinción no es una separación, pues debemos poner en práctica las
energías y los medios recibidos del creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.
En esta solemnidad de Cristo rey del universo, quiero terminar con las palabras que dirigió el
Papa Benedicto XVI a los jóvenes para la Jornada Mundial de la Juventud: “queridos amigos
la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo
contrario. Es el sí de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente donde mana
la vida eterna, por eso quiero invitarlos a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios,
como fuente de vida nueva” y yo me atrevería a decir como comienzo del reinado de amor y
misericordia de Cristo Jesús.
Aprendan a ver, a encontrar a Jesús en la Eucaristía, en el sacramento de la Penitencia, en
los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda. Reitero en la oración, hablad con él,
confiad en él, nunca los traicionará.

Estar alerta y que el pecado no los domine, pues como dice el apóstol Pedro, el diablo
anda como león rugiente a quien devorar, pero ustedes no se dejen someter más bien
“arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.
Que Dios, rey celestial, impere en sus corazones para ser sus testigos ante los hombres y el
mundo, los bendiga siempre, y la Virgen los acompañe en el caminar de su fe