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PROPÓSI TO DE LA ANTOLOGÍ A

P
resentamos aquí una antología del Cantar de Mio Cid, en castellano moderno, Cantar de Mio Cid Cantar de Mio Cid
que recorre ampliamente todo el argumento de la obra, y que ha sido diseñada
especialmente para el nivel de :.º de Bachillerato. El objetivo es que los alumnos, com-
binando la lectura personal con la lectura en clase, puedan hacerse una idea sufciente
del contenido de todo el poema. Se adjunta un comentario explicativo, útil tanto para
el profesor como para el alumno, y un breve repertorio de cuestiones para posibles
trabajos o exámenes.
CONCEPTOS BÁSI COS PRESENTES EN LA ANTOLOGÍ A
A. FORMA
El arte juglaresco : Las apelaciones al auditorio son constantes en la literatura épica,
que se difundía de forma oral. Frases como: ved, ved ved escuchad, escuchad escuchad he aquí, os quisiera contar…
forman parte del ofcio juglaresco de acercar la narración a su público. Sobre los ju-
glares de gesta, se recomienda consultar el número : de Per Abbat.
Las tiradas y los versos con cesura : La base estrófca de los poemas épicos son las tira-
das, agrupaciones de versos de longitud variable que presentan la misma rima asonan-
te. Los versos del poema original son irregulares, aunque coinciden en su estructura:
todos poseen una pausa interna o cesura que los divide en dos hemistiquios. En esta
antología se ha regularizado el verso en :o sílabas ( ï + ï).
Los epítetos épicos : Una de las características formales de los poemas épicos es el
empleo de los llamados epítetos o fórmulas épicas. Se trata de un amplio inventario de
apelativos ( con distintas variantes y distintas rimas) que memorizaba el juglar para
completar más fácilmente los versos o ganar tiempo en el caso de verse obligado a
1¡¡
EL CANTAR DE MIO CID:
UNA ANTOLOGÍA ÚTIL
PEDRO MARTÍN BAÑOS
IES Carolina Coronado. Almendralejo
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1¡o
improvisar. Los más destacados son los epítetos aplicados al Cid ( que en buena hora
habéis ceñido la espada; el que nació afortunado; etc. ), pero cualquier personaje podía
recibirlos ( del caballero Martín Antolínez, por ejemplo, se dice: aquel burgalés cum-
plido; el burgalés renombrado…). El mismo carácter de frases comodín se encuentra
en expresiones variadas repetidas una y otra vez a lo largo del poema: A la mañana
siguiente prosiguen su cabalgar ; Mio Cid manda posar ; etc.
B. CONTENI DO
El héroe : A lo largo de la lectura se observará que el Cid presenta, como es lógico,
un acabado compendio de virtudes: valentía, coraje, entereza, justicia, religiosidad…
Podrá insistirse, no obstante, en que el modelo heroico del Cid es un modelo muy
humano, de quien se destaca la templaza, el equilibrio, e incluso un cierto sentido
pragmático o posibilista para enfrentarse a las contrariedades. En el conjunto de la
épica europea, llama la atención este rasgo humanizador que lo aparta de otros héroes
de comportamiento más arbitrario e imprevisible.
El contexto histórico : El Cantar describe una situación histórico-social perfectamente
reconocible: la situación de los reinos cristianos en los primeros tiempos de la Re-
conquista. A diferencia de Europa, la continua actividad guerrera en tierras hispanas
permite una mayor movilidad social dentro del sistema cerrado de los estamentos
medievales. Optar por la actividad guerrera permite, por ejemplo, aun sin ser noble,
obtener riquezas, reconocimiento social y privilegios varios. Por otro lado, los reyes
se apoyan constantemente en la nobleza más baja ( infanzones o hidalgos ) para inten-
tar contrarrestar el poder creciente de la aristocracia. Ideológicamente, y ello puede
verse en multitud de ocasiones, el Cantar defende sin ambages el modo de vida de
estos nobles humildes, ligados directamente a la guerra, la consecución de botín y el
esfuerzo personal, en contraposición a la alta nobleza, cuyas ventajas y prerrogativas
son siempre heredadas.
La convivencia de religiones : A diferencia de Europa, donde el sentimiento cristiano de
cruzada ( radical e integrista) es muy fuerte, en la España medieval las religiones con-
viven de manera más armónica, teniendo en cuenta, obviamente, que se trata de una
sociedad guerrera y belicosa. La lucha de musulmanes y cristianos ( los judíos deben
considerarse aparte) es una lucha de intereses territoriales, no religiosos.
NOTA BENE: La moder ni zaci ón de l os ver s os s e ha hecho di r ect ament e s obr e el
or i gi nal . No obs t ant e, l a pr es ent e ant ol ogí a es t á en deuda con l a ver s i ón mét r i ca
de Fr anci s co López Es t r ada, publ i cada en l a col ecci ón « Odr es Nuevos » de l a
edi t or i al Cas t al i a, que r ecomendamos a qui en des ee enf r ent ar s e al t ext o compl et o
del poema.
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1¡;
CANTAR DE MIO CID. ANTOLOGÍA
CANTAR PRI MERO ( DEL DESTI ERRO)
LA SALI DA DE VI VAR
Con lágrimas en sus ojos, tan fuertemente llorando,
la cabeza atrás giraba y se quedaba mirándolos.
Vio allí las puertas abiertas, sin cerrojos ni candados,
las alcándaras vacías; no había pieles ni mantos,
ni los pájaros halcones, ni los azores preciados.
Y suspiró Mio Cid, que eran grandes sus cuidados.
Y habló después Mio Cid, tan bien y tan mesurado:
—¡Te doy las gracias, Señor, Padre que estás en lo alto!
La causa de todo esto son mis enemigos malos.
Y espolean los caballos y les afojan las riendas.
Cuando salen de Vivar la corneja vuela a diestra,
pero a la entrada de Burgos se dirige hacia la izquierda.
Mio Cid se encoge de hombros y sacude la cabeza:
—¡No entristezcas, Alvar Fáñez, que si ahora nos destierran,
más honrados a Castilla regresaremos de vuelta!
LA ENTRADA EN BURGOS
Mio Cid Rodrigo Díaz llegó a Burgos y allí entró
con sesenta acompañantes con sus lanzas con pendón.
Todos salían a verlos: así mujer o varón.
Toda la gente de Burgos a las ventanas salió,
con lágrimas en sus ojos, tan grande era su dolor.
Y a sus bocas asomaba solamente una razón:
—¡Dios, qué buen vasallo el Cid si tuviera un buen señor!
Y quisieran convidarlo, pero ninguno allí osaba,
pues saben que el rey Alfonso le tenía muy gran saña.
Antes del anochecer, a Burgos llegó su carta,
con los honores debidos, bien cerrada y bien sellada:
ordenaba que a Ruy Díaz nadie le diese posada,
y aquéllos que se la diesen supiesen, por su palabra,
que perderían sus bienes y los ojos de la cara,
y además hasta la vida, y los cuerpos y las almas.
Gran dolor sobrellevaban aquellas gentes cristianas,
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1¡8
se esconden de Mio Cid, no le osan decir nada.
Entonces el Campeador se dirigió a su posada,
y así que llegó a la puerta se la encontró bien cerrada,
por miedo del rey Alfonso, que no la quería franca;
y si no la quebrantase, no se la abrirán por nada.
Allí los de Mio Cid con voces muy altas llaman,
pero los de dentro escuchan y no responden palabra.
Aguijó el Cid su caballo, a la puerta se llegaba;
sacó el pie de la estribera y un fuerte golpe allí daba.
Nadie les abre la puerta, que persistía cerrada.
Una niña de nueve años a sus ojos se mostraba:
—¡Campeador que en buena hora habéis ceñido la espada!
El rey lo tiene prohibido, anoche llegó su carta
con los honores debidos, bien cerrada y bien sellada.
Nadie abriros osará, ni os acogerá por nada,
porque si no perderíamos nuestros bienes y las casas,
y además de todo ello, los ojos de nuestras caras.
Con nuestra desgracia, Cid, no habríais de ganar nada,
que el Creador os ayude con toda su virtud santa.
Esto la niña le dijo y se volvió hacia la casa.
Así ha comprendido el Cid que del Rey no tiene gracia.
Se retiró de la puerta, ya Burgos atravesaba;
a Santa María llega, y de la montura baja.
Hinca luego las rodillas y de corazón rogaba.
Acabada la oración, al momento cabalgaba.
Después salió por la puerta, y ya el Arlanzón pasaba.
En las afueras de Burgos, en la orilla es donde acampa.
Allí ponían la tienda, y después descabalgaba.
Mio Cid Rodrigo Díaz, que en buena hora ciñó espada,
acampó en aquella orilla pues nadie lo acogió en casa.
Junto con él van sus feles que lo ayudan y acompañan.
El Cid así se asentó como lo haría en montaña.
Le han impedido comprar, en la ciudad castellana,
todo cuanto necesita, alimentos y viandas;
ni a venderle se atrevían lo de una sola jornada.
EL ENGAÑO A LOS J UDÍ OS
Sólo Martín Antolínez, aquel burgalés cumplido,
a Mio Cid y a los suyos les ofrece pan y vino.
No los compra en la ciudad, que los llevaba consigo;
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1¡,
de todas las provisiones bien los hubo abastecido.
Se alegró el Cid y también los que van a su servicio.
Habló Martín Antolínez, ahora oiréis lo que allí dijo:
—¡Oídme, Cid Campeador, en buena hora nacido!
Durmamos aquí y mañana emprendamos el camino,
pues acusado seré de en esto haberos servido. […]
Habló después Mio Cid, que en buena hora ciñó espada:
—¡Martín Antolínez, sois brava y valerosa lanza!
Si salgo de ésta con vida, os doblaré la soldada.
El oro ya lo he gastado, y también toda la plata,
bien veis aquí lo que tengo: conmigo no traigo nada,
¡y a fe que lo necesito para los que me acompañan!
Lo habré de hacer a las malas, porque nadie me da nada.
Cuento con vos para esto: prepararemos dos arcas,
las llenaremos de arena, para que sean pesadas,
cubiertas con fino cuero y con clavos adornadas.
Los cueros serán bermejos, y los clavos bien dorados.
Buscad a Raquel y Vidas, id con paso apresurado.
Nada en Burgos me han vendido, pues el Rey me ha desterrado.
No puedo cargar los bienes, pues son muchos y pesados.
Me gustaría empeñarlos y tener con ellos trato.
Llevad las arcas de noche, que no las vean cristianos.
¡Que lo vea el Creador, y con Él todos los Santos!
Yo no puedo hacer ya más, con tristeza hago este engaño.
Martín Antolínez quiso que nada se retrasara.
Se fue deprisa hacia Burgos y por la muralla entraba.
Y allí por Raquel y Vidas con presteza preguntaba.
Encontró a Raquel y Vidas, pues juntos estaban ambos,
recontando las monedas que los dos habían ganado.
Llegó Martín Antolínez, hombre sagaz y avisado:
—¿Dónde estáis, Raquel y Vidas, amigos tan estimados?
En un lugar reservado hablar quisiera con ambos.
Y sin perder un instante, los tres juntos se apartaron:
—Escuchad, Raquel y Vidas, entregadme vuestras manos.
No habléis con nadie de esto, ni con moros ni cristianos.
Para siempre os haré ricos, de nada estaréis ya faltos.
Al Campeador los tributos a recaudar le enviaron;
grandes riquezas cobró, grandes bienes extremados,
pero para sí guardó lo de valor señalado.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1oo
Éste es, sabed, el motivo por el que fue acusado.
Tiene consigo dos arcas llenas de oro inmaculado:
aquí tenéis la razón por la que Rey se ha enojado.
El Cid sus bienes dejó, las casas y los palacios,
si se llevara las arcas revelaría su engaño.
Las quisiera confiar y dejar en vuestras manos,
y le prestaréis por ellas lo que fuese aquí pactado.
Tomad si queréis las arcas y ponedlas bien a salvo;
pero dadme juramento, dadme la palabra ambos
de que no las miraréis en lo que resta del año.
Raquel y Vidas, los dos, se apartaron para hablarlo:
—Lo que interesa es que en esto vengamos a ganar algo,
porque el Cid, bien lo sabemos, él sí que ha ganado algo
cuando entró en tierra de moros, de donde mucho ha sacado.
Quien lleva encima dinero no duerme bien reposado.
Aceptemos el acuerdo, tomemos las arcas ambos,
las pondremos en lugar que queden a buen recaudo.
—Pero decidnos, ¿y el Cid, por cuánto cerrará el trato?
¿Qué ganancia nos dará por todo lo de este año?
Dijo Martín Antolínez, hombre sagaz y avisado:
—Mio Cid sólo querrá lo que sea razonado.
Os ha de pedir muy poco por dejar su hacienda a salvo.
Se unen a él mesnadas y hombres necesitados.
Necesitaría, en suma, al menos seiscientos marcos.
Dijeron Raquel y Vidas: —Los daremos con agrado.
—Ya veis que se hace de noche, y el Cid anda apresurado,
por necesidad os pide que le deis pronto los marcos.
Dijeron Raquel y Vidas: —No funciona así el mercado,
primero queremos ver, cumpliremos luego el trato.
Dijo Martín Antolínez: —Dejad eso a mi cuidado.
Venid ambos ante el Cid, el Campeador renombrado.
Y allí os ayudaremos, pues así es lo que acordamos,
a que carguéis las dos arcas y las escondáis a salvo,
y no habléis con nadie de esto, ni con moros ni cristianos.
Dijeron Raquel y Vidas: —Dejadlo a nuestro cuidado.
Cuando tengamos las arcas, tendréis los seiscientos marcos.
Martín Antolínez quiso cabalgar apresurado.
Con él van Raquel y Vidas, por su voluntad y agrado.
No atraviesan por el puente, que por el agua pasaron,
no fuera que se enterasen en Burgos de aquellos tratos.
Aquí los veis ya en la tienda del Campeador renombrado;
así que entraron en ella, besaron al Cid las manos.
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1o1
Se sonrió Mio Cid, y así les comenzó hablando:
—¡Ah, don Raquel y don Vidas, os habéis de mí olvidado!
Ya me salgo de la tierra, porque el Rey me ha desterrado.
Por lo que a mí me parece de lo mío tendréis algo.
Mientras vosotros viváis, de nada estaréis ya faltos.
Raquel y Vidas, a una, al Cid besaron las manos,
y así Martín Antolínez ha cerrado bien el trato:
a cambio de las dos arcas darían seiscientos marcos,
y prometían guardarlas hasta el fnal de aquel año;
ellos dieron su palabra, y así lo juraron ambos,
que si las abriesen antes, como perjuros tratados,
Mio Cid no les daría ni un dinero de los falsos.
Dijo Martín Antolínez: —Carguen las arcas muy rápido.
Llevadlas, Raquel y Vidas, y poned las dos a salvo,
que yo iré tras de vosotros para cobrarme los marcos,
pues Mio Cid ha de irse antes de que cante el gallo.
Cuando cargaron las arcas, ¡ qué gozo tenían ambos!
No podían levantarlas, aunque eran fuertes y bravos.
Raquel y Vidas se alegran con los dineros guardados,
pues en tanto que viviesen muy ricos serían ambos.
Raquel se adelanta entonces, y al Cid le besa la mano:
—¡Campeador que en buena hora habéis ceñido la espada!
De Castilla ya os marcháis, hacia regiones extrañas.
Vuestra suerte será tal que tendréis grandes ganancias.
Oídme, una piel bermeja, por moriscos trabajada,
os pido que a nuestro trato como regalo se añada.
—Me complace —dijo el Cid—, la piel os será obsequiada;
si de allá no la trajese, descontadla de las arcas.
Extienden un cobertor sobre el suelo de la sala,
y encima de él una sábana, de fno hilo, muy blanca.
Echaron del primer golpe trescientos marcos de plata.
Don Martín los contó entonces, sin pesarlos los tomaba.
Los otros trescientos marcos en oro se los pagaban.
Cinco escuderos tenía, y a los cinco los cargaba.
Cuando hubieron terminado, aquí oiréis qué les hablaba:
—En vuestras manos, señores, quedan guardadas las arcas.
Yo, que os procuré ganancia, bien merecía unas calzas.
Raquel y Vidas entonces aparte se fueron ambos.
—Hagámosle un buen regalo, pues él nos propuso el trato.
—Oíd, Martín Antolínez, el burgalés renombrado,
sin duda lo merecéis, y os haremos buen regalo
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1o:
con que calzas os compréis, y rica piel y buen manto:
os otorgaremos, pues, como pago treinta marcos.
De ellos sois merecedor, pues el trato se ha cerrado,
y seréis el fiador de lo que hemos acordado.
Lo agradeció don Martín y recibió aquellos marcos;
salió fuera de la casa y se despidió de ambos.
Ya dejó Burgos atrás, y el Arlanzón ha pasado.
Se vino para la tienda del que nació afortunado.
Lo recibió Mio Cid, bien abiertos ambos brazos:
—¡Por fin llegáis, don Martín, vos que sois mi fiel vasallo!
¡He de ver que llega el día en que os compense con algo!
—Vuelvo ya, Campeador, con el dinero a recaudo.
Para vos seiscientos marcos, para mí treinta he ganado.
Mandad recoger la tienda, y vayámonos muy rápido,
que en San Pedro de Cardeña oigamos cantar al gallo.
A vuestra mujer veremos, que tiene sangre de hidalgos.
Abreviaremos la estancia, del Reino presto salgamos.
Es preciso que así obremos, pues se acaba pronto el plazo.
Des pués de pas ar por Bur g os, el Ci d s e di r i g e al monas t er i o de San Pedr o de Car -
deña, donde dej a a s u muj er, doña J i mena, y a s us dos hi j as pequeñas, doña El vi r a
y doña Sol , a l as que s abe que no ver á en una l ar g a t empor ada. Conduci dos por
Mar t í n Ant ol í nez, el des t er r ado r eci be nuevas adhes i ones de hombr es des eos os de
compar t i r s u s uer t e. Cuando l l eg an a l a f r ont er a del Rei no, en l a úl t i ma noche, el
ar cáng el Gabr i el s e apar ece a don Rodr i g o par a pr of et i zar l e un f ut ur o mej or.
LA DESPEDI DA DE LA ESPOSA Y LAS HI JAS
Ved aquí a doña Jimena: con sus hijas va llegando.
A las niñas sendas damas las traían en los brazos.
Ante el Cid doña Jimena con dolor se ha arrodillado.
Con lágrimas en sus ojos quiso besarle las manos.
—Os pido merced, Mio Cid, que nacisteis bienhadado.
Por malos calumniadores de la tierra sois echado.
Os pido merced, Mio Cid, que tenéis barba cumplida.
Dejáis aquí a vuestra esposa, y con ella a vuestras hijas.
Son muy pequeñas aún, de edad apenas chiquillas.
Con ellas están mis damas, de las que soy yo servida.
Comprendo aquí que es forzosa y fatal vuestra partida,
y que nosotras de vos nos separamos en vida.
¡Dadnos consejo, Mio Cid, por el amor de María!
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1o¡
Extendió entonces las manos el de la barba magnífca,
y a sus dos hijas tan niñas en los brazos las cogía;
las acercó al corazón porque mucho las quería.
Con lágrimas en los ojos muy fuertemente suspira.
—Escuchad, doña Jimena, mujer honesta y cumplida;
igual que quiero a mi alma, otro tanto a vos quería.
Ya veis que es algo forzoso: nos separamos en vida.
Yo debo marcharme ya, vos quedaréis acogida.
¡Quiera Dios Nuestro Señor, quiéralo Santa María,
que pueda yo con mis manos casar a estas mis dos hijas,
que me dé buena fortuna y me conserve la vida,
y que vos, mujer honrada, de mí podáis ser servida!
LA APARI CI ÓN DEL ARCÁNGEL GABRI EL
Soltaron después las riendas y comenzaron a andar,
pues pronto se acaba el plazo en que el Reino han de dejar.
Mio Cid llegó a dormir en Espinazo de Can.
De aquí y allá se le acogen gentes en gran cantidad.
A la mañana siguiente prosiguen su cabalgar.
Abandona ya su tierra el buen Campeador leal.
A la izquierda, San Esteban, una muy buena ciudad.
A diestra Alilón las torres, que en manos de moros va.
Pasó después Alcubilla, que es fn de Castilla ya.
La calzada de Quinea, fue también a traspasar,
muy cerca de Navapalos procura el Duero cruzar,
y por fn en Figueruela Mio Cid manda posar.
Gentes de todas las partes acogiéndosele van.
Después de que hubo cenado, Mio Cid allí se echó,
le invadió un sueño muy dulce, y profundo se durmió.
El arcángel Gabriel vino, y en su sueño apareció:
—¡Cabalgad, pues, Mio Cid, cabalgad, buen Campeador,
nunca con tanta fortuna cabalgó antes un varón!
Mientras dure vuestra vida, todo irá bien para vos.
Cuando el Cid se despertó, la cara se santiguó,
se persignaba la cara, y se encomendaba a Dios.
Mucho le contenta al Cid lo que acaba de soñar.
A la mañana siguiente prosiguen su cabalgar.
termina ese día el plazo, no queda ninguno más.
Allá en la sierra de Miedes Mio Cid manda posar.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1o¡
Todavía era de día, no se había puesto el sol,
pasó revista a sus gentes Mio Cid el Campeador:
sin contar con los peones, hombres valientes que son,
descubrió trescientas lanzas, cada cual con su pendón.
Tr as cr uzar el l í mi t e del r ei no, adent r ándos e ya en t er r i t or i o mus ul mán, el Ci d y
s us hombr es s e ent r eg an a l o que cons t i t ui r á s u act i vi dad dur ant e l a pr i mer a par t e
del des t i er r o: l a guer r a, que per mi t i r á que cr ezca s u poder medi ant e l a obt enci ón
de bot i nes cada vez más r i cos y el cobr o de t r i but os. Des pués de var i os s aqueos,
el Ci d ocupa s u pr i mer a pl aza f uer t e, el cas t i l l o de Al cocer, val i éndos e de una hui -
da f i ngi da. Si t i ado des pués por un ej ér ci t o mus ul mán más pot ent e, demos t r ando
audaci a y t al ent o mi l i t ar es, deci de at acar por s or pr es a a l os s i t i ador es. He aquí
dos f r agment os : uno de l a bat al l a y ot r o del r e par t o pos t er i or del bot í n. Comi enza
habl ando el Ci d.
EL CI D EN LA BATALLA
—Salgamos todos afuera, nadie dentro ha de quedar,
sino dos peones solos para la puerta guardar.
Si morimos en el campo, en el castillo entrarán;
si vencemos la batalla, la riqueza aumentará. […]
Abrieron pronto las puertas, y salen para atacar.
Los guardianes de los moros para el campamento van.
¡ Qué deprisa van los moros para las armas tomar!
El ruido de los tambores la tierra quiere quebrar.
¡Ved a los moros armarse, y aprisa en flas formar!
De la parte de los moros dos grandes banderas hay;
y los pendones comunes, ¿quién los podría contar?
En formación ya los moros se aprestan para avanzar;
a Mio Cid y los suyos quieren pronto capturar. […]
Sujetan bien escudos delante del corazón;
hacen descender las lanzas, cada cual con su pendón;
las caras van inclinadas, por encima del arzón;
y al combate se preparan con muy fuerte corazón.
A grandes voces los llama el que en buena hora nació:
—¡Malheridlos, caballeros, por amor del Creador!
¡Yo soy Ruy Díaz, el Cid, el nombrado Campeador! […] ¡Yo soy Ruy Díaz, el Cid, el nombrado Campeador! ¡Yo soy Ruy Díaz, el Cid, el nombrado Campeador!
Ved tantas lanzas allí bajar y después alzar;
tanta adarga en aquel punto sacudir y atravesar;
tanta loriga a los golpes desgarrar y desmallar,
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1o¡
y tantos pendones blancos de sangre rojos quedar,
y tantos buenos caballos sin sus dueños galopar.
Los moros gritan: ¡Mahoma!, ¡Santiago! la cristiandad.
Han caído derribados mil trescientos moros ya.
REPARTO DEL BOTÍ N
Los cuarteles de los moros los del Cid han despojado
de los escudos y armas y los bienes extremados.
Al llegar al campamento, cuando se hubieron juntado,
encontraron que allí había quinientos y diez caballos.
La alegría es grande y fuerte entre todos los cristianos;
sólo quince de los suyos allí de menos echaron.
Traen el oro y la plata que apenas pueden contarlos.
Con la ganancia lograda todos se ven mejorados.
A su castillo a los moros dentro los han regresado,
y aun ordenó Mio Cid que también les dieran algo.
Grande es el gozo del Cid y el de todos sus vasallos.
Dio a partir estos dineros y los bienes extremados.
Por su quinta parte al Cid le tocaron cien caballos.
¡ Oh, Dios, y qué bien pagó a todos esos vasallos,
tanto a los que iban a pie, como a los de a caballo!
Bien lo concierta allí todo el que nació afortunado.
Cuantos él trae consigo, todos quedan bien pagados.
Las di f er ent es conqui s t as pr opor ci onan a nues t r o guer r er o y s us mes nadas un s u-
cul ent o bot í n. Con l as r i quezas cons egui das, el Ci d enví a a Ál var Fáñez a Cas t i l l a
a pag ar l os vot os hechos a l a Vi r g en, a ent r eg ar di ner o a s u f ami l i a y a hacer un
pr i mer r eg al o al r ey Al f ons o, con l a i nt enci ón de r ecuper ar s u f avor. Mi ent r as, el
Campeador s i gue s aqueando t i er r as en Ar agón, l o que l e l l eva a oponer s e al conde
don Ramón de Bar cel ona, un nobl e cr i s t i ano que act úa en def ens a de s u pr ot ect o-
r ado mus ul mán y que cuent a con mor os ent r e s us t r opas. De él s e di ce que es un
g r an f anf ar r ón, y que hace años es t uvo ya enemi s t ado con el Ci d. Des pués de l a
bat al l a, en l a que el Ci d g ana s u pr i mer a es pada, de nombr e Col ada, don Ramón
es apr es ado.
EL CONDE DON RAMÓN, REHÉN
Ganó a Colada, que vale más de mil marcos de plata.
Allí venció esta batalla en que añadió honra a su barba.
Tomó al Conde prisionero, y a su tienda lo llevaba.
A su guardia personal su custodia encomendaba.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1oo
Salió fuera de la tienda: dando un salto se alejaba.
De todas partes los suyos volvían de la batalla.
Contento está Mio Cid pues son grandes las ganancias.
A Mio Cid don Rodrigo buenos manjares preparan,
pero el Conde don Ramón no se los aprecia en nada.
Le presentan la comida, delante se la dejaban;
él no la quiere comer, a todos los despreciaba:
—No comeré ni un bocado por cuanto hay en toda España,
antes pierda yo mi cuer po y deje con él mi alma,
pues tales desharrapados me vencieron en batalla.
Mio Cid Rodrigo Díaz escucharéis lo que dijo:
—Comed, Conde, de este pan y paladead el vino.
Si hacéis esto que yo digo, dejaréis de ser cautivo;
si no, en todos vuestros días no veréis gente de Cristo.
Dijo el Conde don Ramón: —Comed, don Rodrigo, holgad,
que no quiero yo comer, y morir me he de dejar.
Hasta que pasan tres días no le logran conformar,
repartiendo ellos ganancias, que fueron gran cantidad,
y no consiguen que coma ni un mal bocado de pan.
Dijo Mio Cid entonces: —Comed, Conde, comed algo,
porque si vos no coméis, no habréis de ver a cristianos;
y si vos coméis de modo que yo quede conformado,
prometo, Conde, que a vos y a dos de vuestros hidalgos
os daré la libertad y os soltaré de mi mano.
Cuando esto oyó el Conde, se fue al momento alegrando:
—Si cumplieseis, Cid, palabra de lo que me habéis hablado,
mientras viva, en adelante, quedaré maravillado.
—Pues comed, Conde, comed, que cuando hayáis terminado
a vos y a vuestros hidalgos os soltaré de mi mano.
Pero cuanto habéis perdido, cuanto he ganado en el campo,
sabed que a vos no daré ni un dinero de los falsos:
lo preciso para mí, y para estos mis vasallos
que comparten mi destino y andan tan desharrapados.
Tomando de vos y de otros nos iremos contentando,
llevaremos esta vida mientras quiera el Padre Santo,
pues por enfado del Rey de mi tierra fui echado.
El Conde se alegra de ello, y pidió lavar sus manos.
Un aguamanil tenían, y delante lo han plantado.
Con aquellos caballeros que el Cid le tenía dados
el Conde ya va comiendo, ¡ oh Dios, y de qué buen grado!
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1o;
Frente a él se sienta el Cid, el que nació afortunado:
—Si no coméis bien, buen Conde, como a mí me sea grato,
nos quedaremos aquí, no habremos de separarnos.
Y el Conde le respondió: —De voluntad y de grado.
Y con los dos caballeros aprisa va masticando.
Satisfecho está Mio Cid, que continúa observando,
pues el Conde don Ramón no deja quietas las manos:
—Si os parece bien, Mio Cid, el comer se ha terminado.
Mandad que nos den las bestias, y cabalgaremos rápido.
Desde el día en que fui conde no comí tan de buen grado.
Este gusto en adelante no será por mí olvidado.
Le entregan tres palafrenes, todos muy bien ensillados,
y muy buenas vestiduras de pellizones y mantos.
El Conde don Ramón parte puesto entre los dos hidalgos;
hasta el fn del campamento Mio Cid va acompañando:
—Os dejo, Conde, marchar, como un hombre libre y franco.
Mucho es mi agradecimiento por lo que me habéis dejado.
Si tuvieseis la ocurrencia de querer de esto vengaros
y vinieseis a buscarme, me encontraréis preparado,
y o bien me dejáis lo vuestro, o ganaréis de mí algo.
—Estad tranquilo, Mio Cid, aquí quedaréis a salvo.
Ya os he pagado mi cuenta por lo que resta del año,
y veniros a buscar, no quisiera ni pensarlo.
Espolea su montura el Conde y comienza a andar.
Volviendo va la cabeza y mirando para atrás,
pues recela con gran miedo que el Cid se arrepentirá,
algo que nunca él haría por cuanto en el mundo hay:
cometer tal deslealtad nunca lo haría él jamás.
Ya se fue el Conde y regresa a su tienda el de Vivar.
Se junta con sus mesnadas a las que empieza a pagar
de las ganancias que han hecho en enorme cantidad.
¡ Son ya tan ricos los suyos que no lo saben contar!
CANTAR SEGUNDO ( DE LAS BODAS)
El Ci d abandona l as t i er r as de i nt er i or y s e di r i g e a Levant e, donde cons egui r á s u
mayor l og r o: l a conqui s t a de l a ci udad de Val enci a. Como el buen es t r at eg a que
es, ant es de at acar l a ci udad l a dej a ai s l ada, ocupando l as pr i nci pal es pobl aci ones
del ent or no. En un pl azo de t r es años, el Ci d cont r ol a l os t er r i t or i os l evant i nos y
Val enci a es t á t ot al ment e i ncomuni cada. Los val enci anos, aunque pi den ayuda al r ey
Yus ef de Mar r uecos, no pueden evi t ar que l os cr i s t i anos t omen l a ci udad, con un
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1o8
enor me bot í n. Tr as es t a i mpor t ant e vi ct or i a, el Ci d puede abandonar s us campañas
de pi l l aj e, par a es t abl ecer s e def i ni t i vament e. El r ey de Sevi l l a i nt ent a r ecuper ar
Val enci a, y enví a s u ej ér ci t o, per o el r es ul t ado es una nueva der r ot a mus ul mana,
y l a cons ecuci ón de mayor es r i quezas aún. Dado que el Ci d s e ha es t abl eci do en
Val enci a, i nt ent ar á que s u f ami l i a s e r eúna con él . Par a obt ener el per mi s o del r ey
Al f ons o, el Ci d l e enví a un nuevo r eg al o con Ál var Fáñez. Además, como pr ueba
de s u nuevo poder, el Ci d i ns t aur a l a s ede e pi s copal val enci ana, nombr ando como
obi s po a don Jer óni mo, un cl ér i g o f r ancés ani mado por i deas de cr uzada. La emba-
j ada de Al var Fáñez t i ene éxi t o, y el Rey accede a que l a f ami l i a del Ci d vaya par a
Val enci a. Los éxi t os del hér oe exci t an l a codi ci a de l os i nf ant es de Car r i ón, que
s e pl ant ean l a pos i bi l i dad de cas ar s e con l as hi j as del Ci d, a pes ar de l a di f er enci a
de cl as e s oci al .
LA CODI CI A DE LOS I NFANTES
Aquí hablaron entre ellos los infantes de Carrión:
—¡Mucho han crecido los bienes de Mio Cid Campeador!
Si con sus hijas casáramos, sería para nuestra pro.
Aunque mejor no sigamos en tratar esta razón:
su linaje es de Vivar, nosotros condes los dos.
No se lo dicen a nadie, y aquí acabó la razón. […]
Se despidió ya Minaya y de la corte marchó.
Los infantes de Carrión se le acercan para hablar,
le acompañan un buen trecho mientras Minaya se va:
—Habéis actuado bien, hacedlo de nuevo igual,
saludad en nuestro nombre a Mio Cid el de Vivar.
En su provecho pensamos, cuanto podamos, se hará,
y si el Cid nos quiere bien nada en ello perderá.
Minaya les respondió: —Saludar no es molestar.
Minaya se fue y los Condes se volvieron hacia atrás.
EL REENCUENTRO CON LA FAMI LI A
El que en buen hora nació en nada se demoraba.
Se viste con una túnica; larga se peina la barba.
Le ensillan pronto a Babieca, la cobertura le echaban.
Mio Cid salió sobre él, y armas de justar tomaba.
Sobre el caballo que llaman Babieca Mio Cid cabalga,
dio una buena galopada que pareció extraordinaria.
Cuando cesó la carrera todos se maravillaban.
Desde ese día Babieca fue apreciado en toda España.
Al fnal de la carrera Mio Cid ya descabalga.
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1o,
Se dirige a su mujer y encuentra a sus hijas ambas.
Al verlo doña Jimena ante sus pies se postraba:
—¡Campeador que en buena hora habéis ceñido la espada!
Me habéis librado por fin de muchas vergüenzas malas.
Aquí me tenéis, señor, con vuestras dos hijas ambas,
gracias a Dios y por vos, buenas son y están criadas.
A la madre y a las hijas bien entonces las abraza.
De tanto gozo que sienten los cuatro allí ya lloraban,
y todos los caballeros con gran dicha se alegraban.
Jugaban allí con armas y tablados quebrantaban.
Oíd lo que dijo entonces quien en buena hora ciñó espada:
—Vos, señora, mujer mía, de mí querida y honrada,
y vosotras, mis dos hijas, mi corazón y mi alma,
entrad conmigo en Valencia, que ha de ser ya vuestra casa.
Esta heredad por vosotras la tengo yo bien ganada.
Allí la madre y las hijas ambas manos le besaban,
y con honras y homenajes ellas a Valencia entraban.
Al alcázar vino el Cid con ellas para mirar.
Hizo que ambas subieran en el más alto lugar.
Aquellos hermosos ojos todo lo contemplan ya.
Miran a un lado Valencia, cómo yace la ciudad,
de la otra parte descubren ante sus ojos el mar.
Miran la huerta fructífera, exuberante y feraz.
Alzan las manos al cielo para a Dios allí rogar
por tal ganancia que tienen, que la sepan conservar.
Mio Cid y su compaña muy a su gusto allí están.
El invierno ya se ha ido, y marzo se quiere entrar.
El r ey Yus ef de Mar r uecos acude con s u ej ér ci t o a r econqui s t ar Val enci a par a l os
mus ul manes. Una nueva bat al l a y una nueva vi ct or i a r edobl an l as r i quezas del Ci d,
l o que per mi t e al des t er r ado envi ar una nueva dádi va al r ey Al f ons o. El r eg al o
de nada menos que dos ci ent os cabal l os l og r a el obj et i vo t an l ar g ament e ans i ado:
el per dón r eal . Los i nf ant es de Car r i ón s e deci den def i ni t i vament e a s ol i ci t ar l a
mano de l as hi j as del Ci d, y convencen al Rey par a que i nt er ceda en s u des eo. A s u
r eg r es o de es t a t er cer a embaj ada, Al var Fáñez t r ans mi t e, por t ant o, dos not i ci as
al Campeador : l a de que ha s i do per donado y l a de que el Rey pr opone que s us
hi j as s e cas en con l os I nf ant es. Por t r at ar s e de l a vol unt ad r eal , el Ci d accede al
cas ami ent o, y of r ece a s us hi j as una cuant i os a dot e. Tr as l as bodas, l as dos nuevas
par ej as convi ven dur ant e dos años en Val enci a, baj o el mi s mo t echo que el Cam-
peador.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1;o
LOS I NFANTES SOLI CI TAN LA BODA
De los nombrados Infantes os quisiera aquí contar,
en un lugar apartado se ocultaron para hablar:
—Las riquezas de Mio Cid crecen en gran cantidad,
pidámosle ya sus hijas para con ellas casar ;
aumentará nuestra honra, nuestro provecho irá a más.
Llegaron al rey Alfonso con secreto y gravedad:
—¡Una merced os pedimos, nuestro señor natural!
Queremos, con vuestra venia, llegar a hacerlo los dos:
que pidáis para nosotros las hijas del Campeador ;
casar queremos con ellas, a su honra y nuestra pro.
Durante toda una hora, el Rey meditó y pensó.
—Yo fui quien echó de tierra al buen Cid Campeador,
haciéndole yo a él mal, y él a mí tanto favor,
no sé si este casamiento le dará satisfacción;
pero si así lo queréis, le propondré el trato yo. […]
Cuando lo oyó Mio Cid, el buen Cid Campeador,
durante toda una hora lo meditó y lo pensó:
—¡Esto debo agradecer a Cristo Nuestro Señor!
Echado fui de la tierra, y se me quitó el honor ;
con gran esfuerzo y coraje de nuevo lo gané yo.
Debo agradecer a Dios que del Rey tenga el amor
y que me pida a mis hijas para los dos de Carrión.
Ellos son muy orgullosos: en la corte están los dos.
Pero pues así lo quiere el que vale más que yo,
aceptaremos el trato y entraremos en razón.
CANTAR TERCERO ( DE LA AFRENTA DE CORPES)
EL EPI SODI O DEL LEÓN
En Valencia con los suyos residía el Campeador.
Con él estaban sus yernos, los infantes de Carrión.
En su escaño estaba echado y dormía el Campeador,
pero una mala sorpresa sabed que les ocurrió:
de su jaula se escapó y se desató un león.
Por en medio de la corte se vieron con gran pavor,
se envolvieron en sus mantos los del buen Campeador,
y rodean el escaño custodiando a su señor.
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1;1
Allí Fernando González, un infante de Carrión,
ni en salones ni en la torre donde ocultarse encontró;
se metió bajo el escaño, tanto era su pavor.
Diego González, el otro, por la puerta se salió,
y decía por su boca: —¡Ya no veré más Carrión!
Tras la viga de un lagar se metió con gran pavor,
y la túnica y el manto todos sucios los sacó.
En esto ya despertaba el que en buen hora nació,
y de sus buenos varones cercado el escaño vio:
—¿Qué es esto, mesnadas mías? ¿Qué buscáis alrededor?
—Cuidado, señor honrado, que nos ataca el león.
Mio Cid apoyó el codo, puesto en pie se levantó.
El manto traía al cuello y se dirigió al león.
El león, cuando lo vio, allí pronto se humilló;
ante el Cid bajó su rostro y los ojos doblegó.
Mio Cid Rodrigo Díaz por el cuello lo tomó,
y llevándolo a la diestra en la jaula lo metió.
A maravilla lo tienen todos cuantos allí son,
y volvieron a la sala donde hacían la reunión.
Mio Cid por ambos yernos preguntó y no los halló,
y aunque los llaman y llaman, ninguno allí respondió.
Cuando al fn los encontraron, venían tan sin color
que no vierais la burla que se hizo en la reunión.
Ordenó que ello dejasen Mio Cid el Campeador,
pero mucho les disgusta a los condes de Carrión.
Fiera vergüenza les pesa de lo que les ocurrió.
Tr as el e pi s odi o del l eón, s e pr oduce l a l l eg ada de l as t r opas del g ener al mar r o-
quí Bucar, en un t er cer i nt ent o mus ul mán de conqui s t ar Val enci a. Los I nf ant es s e
at emor i zan ant e l a per s pect i va de ent r ar en bat al l a, y aunque acaban haci éndol o,
s e guar dan mucho de es t ar en pr i mer a f i l a. Ganan l a bat al l a l os cr i s t i anos, y l os
cabal l er os vuel ven a mur mur ar y bur l ar s e de l os I nf ant es. El Ci d g ana s u s egunda
es pada, Ti zón, ar r ebat ada al g ener al Bucar. Ag r avi ados por l as bur l as, y s i nt i én-
dos e r i cos con el r e par t o del nuevo bot í n, l os I nf ant es comi enzan a maqui nar s u
veng anza.
SE FRAGUA LA VENGANZA
Por estas bromas y chanzas que les iban levantando,
ya de día, ya de noche, burlando y escarmentándolos,
los infantes de Carrión rumiaron desquites malos.
Aparte salieron ambos, se nota que son hermanos,
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1;:
de lo que los dos dijeron ninguna parte tengamos:
—Retornemos a Carrión, mucho aquí hemos esperado;
los dineros que tenemos son grandes y muy sobrados,
aunque viviéramos mucho no podríamos gastarlos.
Pidamos nuestras mujeres a Mio Cid Campeador.
Diremos que las llevamos a sus tierras de Carrión,
pues debemos enseñarles dónde sus dominios son.
De Valencia hay que sacarlas, de poder del Campeador,
y después en el camino actuaremos sin temor,
antes de que nos reprochen lo que fue con el león.
Por naturaleza somos de los condes de Carrión,
grandes riquezas llevamos que valen muy gran valor.
Vejaremos a las hijas de Mio Cid Campeador.
Con estos bienes ya siempre ricos seremos los dos.
podremos casar con hijas de algún rey o emperador,
pues por sangre somos ambos de los condes de Carrión.
Vejaremos a las hijas de Mio Cid Campeador,
antes de que nos reprochen lo que fue con el león.
Con l a excus a de mos t r ar l es l as haci endas que pos een en Car r i ón, l os I nf ant es
deci den par t i r con l as hi j as del Ci d par a abandonar l as y as í veng ar s e del ul t r aj e de
l as bur l as. El Ci d l o per mi t e, y ent r eg a a s us yer nos l a dot e de l as hi j as, y l as es -
padas Col ada y Ti zón. Si n embar g o, agüer os des f avor abl es hacen que des conf í e, y
por el l o enví a como hombr e de conf i anza a s u s obr i no Fél ez Muñoz. En el cami no,
l a comi t i va es hos pedada por el mor o Aveng al vón, cuya r i queza des pi er t a una vez
más l a codi ci a de l os I nf ant es : s u f al t a de es cr úpul os l es l l eva a pl anear l a muer t e
del anf i t r i ón, aunque s on des cubi er t os y r e pr endi dos. Ya en Cas t i l l a, l a comi t i va s e
adent r a en el r obl edo de Cor pes, donde s e ej ecut ar á l a t r ai ci ón.
LA AFRENTA
Por el robledo de Corpes se adentran los de Carrión.
Los montes allí son altos, las ramas tocan el sol,
y las feras y las bestias rondaban alrededor.
Hallaron un buen vergel, la limpia agua allí corrió.
Mandaron alzar la tienda los infantes de Carrión,
todo el séquito que iba por la noche allí durmió.
Con sus mujeres en brazos les demostraron su amor.
¡ Qué mal luego cumplirían a la salida del sol !
Cargaron en las monturas las riquezas de valor,
y recogieron la tienda que de noche los guardó.
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1;¡
Envían a sus vasallos adelante allí los dos.
Así lo ordenaron ambos, los infantes de Carrión,
que no quedase ninguno, fuese mujer o varón,
solamente sus esposas, doña Elvira y doña Sol,
porque quieren solazarse con ellas a su sabor.
Todos se han ido delante, ya los cuatro solos son.
¡ Qué vileza planearon los infantes de Carrión!
—Sabedlo bien y creedlo, doña Elvira y doña Sol,
aquí seréis ultrajadas, con el monte alrededor,
y nosotros partiremos, quedaréis aquí las dos.
No tendréis parte ninguna de las tierras de Carrión.
Estos recados irán a Mio Cid Campeador.
Nos vengaremos ahora por las burlas del león.
Allí les quitan el manto y también el pellizón,
sobre sus cuerpos desnudos la camisa interior.
Espuelas tienen calzadas los traidores de Carrión;
en mano prenden las cinchas, que fuertes y duras son.
Vieron esto las dos damas, y así hablaba doña Sol:
—¡Ah, don Diego y don Fernando, os lo rogamos por Dios!,
echad mano a las espadas, al acero tajador,
una se llama Colada, la otra es llamada Tizón,
y cortadnos las cabezas como a mártires, las dos.
Los moros y los cristianos murmurarán con razón
que no merecemos este tan infame deshonor,
esta afrenta vergonzosa que nos causáis a las dos.
Si aquí somos maltratadas, la vileza es de los dos:
en un juicio o en la corte tendréis vuestra humillación.
Lo que pedían las damas nada les aprovechó,
a golpearlas comienzan los infantes de Carrión,
con las cinchas corredizas las maltratan con rigor;
con las espuelas agudas les producen gran dolor;
les rompieron las camisas y las carnes a ambas dos;
sobre la tela tan blanca la limpia sangre brotó;
ellas sienten ya los golpes en el mismo corazón.
¡ Qué ventura sería ésta, si así lo quisiera Dios,
que asomase en ese instante Mio Cid el Campeador!
Tanto allí las castigaron que sin fuerza están las dos,
sobre las blancas camisas roja la sangre brotó.
Cansados están de herirlas, mano a mano están los dos,
comprobando cuál de ambos las apalea mejor.
Ya no podían ni hablar doña Elvira y doña Sol.
En el robledo de Corpes abandonan a las dos.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1;¡
Se les llevaron los mantos, las pieles de armiño ricas,
y las dejan desmayadas, vestidas con las camisas,
a las aves de los montes y a las feras más ariscas.
Por muertas ya las dejaron, sabedlo, que no por vivas.
¡ Qué ventura sería ésta, que apareciese Ruy Díaz!
Fél ez Muñoz, el s obr i no del Ci d, des cubr e l o que ha s ucedi do y r es cat a a s us pr i -
mas. La not i ci a de l a af r ent a l l eg a al Ci d, qui en en l ug ar de bus car una veng anza
per s onal s ang r i ent a, s ol i ci t a que el r ey cel ebr e cor t es en Tol edo par a enj ui ci ar a
l os I nf ant es. En l as cor t es, el Ci d pi de pr i mer ament e que l e s ean devuel t as l as
es padas ; en s egundo l ug ar, que l e s ea devuel t a l a dot e que di o a s us hi j as ; y f i nal -
ment e, exi g e una r e par aci ón del daño que han s uf r i do s us hi j as, par a l o cual s e
conci er t a un duel o ent r e l os I nf ant es ( al que s e s uma el her mano de és t os, As ur
Gonzál ez) , y t r es cabal l er os del Ci d.
LAS PETI CI ONES DEL CI D
Mio Cid besó la mano de don Alfonso y se alzó:
—Os estoy agradecido, como mi rey y señor,
por cuanto en este tribunal habéis hecho por mi amor.
He aquí lo que demando a los condes de Carrión,
pues dejaron a mis hijas tengo yo tal deshonor.
Casaron por vuestro gusto; vos, Rey, sabréis qué hacer hoy.
Cuando ellos las sacaron de Valencia la mayor,
yo los estimaba a ambos con mi alma y corazón;
les entregué mis espadas, a Colada y a Tizón,
que yo gané en los combates a manera de varón,
para que ganaran honra y os ayudasen a vos.
Cuando a mis hijas dejaron en el robledo a las dos,
me ofendieron en el alma y perdieron ya mi amor.
¡Denme, pues, mis dos espadas, porque mis yernos no son. […]
Fueron a deliberar los infantes de Carrión,
con los parientes y deudos de su bando que allí son;
pero es fácil la respuesta y hallan pronto esta razón:
—Aún se muestra generoso Mio Cid el Campeador,
cuando el ultraje a sus hijas no nos demanda aquí hoy,
del buen Rey recobraremos el amparo y el favor.
Démosle sus dos espadas y que aplaque ya su voz;
así como las reciba se alejará de los dos,
no nos pedirá más cuentas Mio Cid el Campeador. […]
Otra vez se levantó Mio Cid el Campeador:
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1;¡
—Lo agradezo al Creador, y a vos, mi rey y señor ;
me complacen las espadas, ambas, Colada y Tizón,
pero tengo otra demanda para los dos de Carrión.
Cuando a mis hijas sacaron de Valencia la mayor,
contados en oro y plata tres mil marcos les di yo.
Y habiéndoles yo dado tanto, su crueldad me infamó.
¡Denme, exijo, mis dineros, porque mis yernos no son! […] ¡Denme, exijo, mis dineros, porque mis yernos no son! ¡Denme, exijo, mis dineros, porque mis yernos no son!
Fueron a deliberar los infantes de Carrión,
mas no encuentran un acuerdo, pues las sumas grandes son,
y ya lo han gastado todo los infantes de Carrión.
Vuelven dentro de la sala y allí exponen su razón:
—Mucho pide de nosotros el que Valencia ganó;
mas pues quiere nuestros bienes, de los que toma sabor,
pagaremos con dominios de las tierras de Carrión. […]
Cuando esto hubo acabado, del Cid escucharon más:
—Os pido merced, señor, por amor y caridad,
pues la demanda mayor no se me puede olvidar.
Oídme toda la corte, y doleos de mi mal:
a los condes de Carrión, que me deshonraron mal,
no puedo sino exigirles un combate judicial.
Decidme que mal os hice a vos, condes de Carrión;
si fue de broma o de veras o en alguna otra razón,
aquí podré responderos, en este juicio a los dos.
¿Por qué quisisteis rasgarme las telas del corazón?
A las puertas de Valencia a mis hijas os di yo,
con gran honra y con riquezas que no tenían parangón.
¿Por qué, si no las queríais, como hace el perro traidor,
las sacasteis de Valencia, de su hacienda y de su honor?
¿Por qué razón las heristeis con correa y espolón?
¿Por qué las abandonasteis en el robledo a las dos,
entregadas a las fieras, heridas con gran dolor?
Por todo cuanto habéis hecho, valéis muy menos que yo.
Si no queréis responderme, que lo vea esta reunión.
En medi o de l a s es i ón j udi ci al , dos emi s ar i os de l os pr í nci pes de Navar r a y Ar agón
s ol i ci t an s ol emnement e l a mano de l as hi j as del Ci d. Los combat es j udi ci al es s e
cel ebr an en Car r i ón, donde l os t r es her manos acaban por r endi r s e, i nf amados y
des honr ados ya par a s i empr e. El honor del Campeador, en cambi o, s e hal l a en s u
apog eo, por que empar ent a con r eyes.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1;o
LOS EMI SARI OS DE NAVARRA Y ARAGÓN
Cuando la corte acababa de tratar esta razón,
dos caballeros entraron provocando admiración;
uno Ojarra era llamado, otro Íñigo Simenoz,
mensajeros de los príncipes de Navarra y Aragón.
Besan las manos al rey de Castilla y de León,
y piden sus hijas luego al buen Cid Campeador,
para que sean las reinas de Navarra y Aragón;
que se las diesen a honra, y con total bendición.
En esto callaron todos, toda la corte escuchó,
se levantó de su asiento Mio Cid el Campeador:
—¡Merced pido, rey Alfonso, pues que vos sois mi señor!
Esto debo agradecerle al amor del Creador :
que requieran a mis hijas en Navarra y Aragón.
Casaron por vuestro gusto; vos las casasteis, no yo.
Hoy de nuevo quien decide sobre mis hijas sois vos,
sin vuestro permiso regio, nada osaría hacer yo.
Se levantó luego el Rey, y la corte allí calló:
—Yo os lo concedo, Mio Cid, animoso Campeador,
si a vos os placen las bodas, en nada me opondré yo.
En esta corte se aprueba este casamiento hoy,
con él medraréis en honra, en heredades y honor.
COMENTARI O
CUESTI ONES PRELI MI NARES
El no mbr e de l a o br a y e l no mbr e de l hé r o e
La obr a s e ha conoci do i ndi s t i nt ament e con var i os t í t ul os : Po e ma de Mi o Ci d o
Cant ar de Mi o Ci d. Debe adver t i r s e l a aus enci a de t i l de en el pos es i vo, r es pet ando
l a f or ma medi eval . El nombr e compl et o del hér oe es Rodr i g o ( f ami l i ar ment e Ruy)
Dí az de Vi var. En l a Edad Medi a l os apel l i dos, que como hoy s er ví an par a i dent i f i -
car a l as per s onas, var i aban de padr es a hi j os. Tr as el nombr e vení a pr i mer ament e
el pat r o ní mi c o o nombr e del padr e: Dí az es ‘ hi j o de Di eg o’ , con una t er mi naci ón en
–z, –i z o –e z pr ocedent e del g eni t i vo l at i no, f áci l ment e i dent i f i cabl e en muchos
apel l i dos cas t el l anos ( Ál var ez, Gonzál ez, Pér ez, Muñoz o Muñi z [ ‘ hi j o de Muni o’ ] ,
Fer nández, Fer r ándi z o Fer r andi s …) . A cont i nuaci ón s e añadí a el t o po ní mi c o ( l u-
g ar de naci mi ent o o de s eñor í o) : de Vi v ar ; t ambi én hay muchos ej empl os act ual es
de apel l i dos or i gi nados en es t a cos t umbr e ( As t ur i as, Bi l bao, Cácer es, Seg ovi a,
Zamor a…) . A t odo el l o podí a, además, s umar s e el s obr enombr e o apodo: Ci d es
un apel at i vo ár abe r es pet uos o que s i gni f i ca ‘ s eñor ’ ( Mi o Ci d es ‘ mi s eñor ’ ) ; y Cam-
pe ado r , que t i ene que ver con ‘ campo ( de bat al l a) ’ , es t ant o como ‘ bat al l ador ’ o
‘ guer r er o’ .
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1;;
El f o l i o pe r di do
Al úni co manus cr i t o cons er vado de l a obr a l e f al t a un f ol i o, en el que no cabr í an
más de ci ncuent a ver s os. La hi s t or i a del Ci d er a l o s uf i ci ent ement e conoci da como
par a que el comi enzo del poema no neces i t as e ext ender s e demas i ado en expl i car
por qué al hér oe l o des t er r aban: Al f ons o vi concede cr édi t o a l a f al s a acus aci ón,
ver t i da por nobl es envi di os os, de que el Ci d s e ha apr opi ado de par t e de l as par i as
o t r i but os r ecaudados por él mi s mo en l a t ai f a de Sevi l l a. Los ver s os i ni ci al es da-
r í an cuent a, pr obabl ement e, de l a l l eg ada de l a or den r eal a Vi var, que daba al des -
t er r ado un pl azo de nueve dí as par a abandonar el Rei no. Reci bi da l a f i del i dad de
s us vas al l os, que s e di s ponen a acompañar l o, y r ecogi dos t odos s us bi enes muebl es,
el Ci d vuel ve l a vi s t a at r ás par a cont empl ar, con l ág r i mas en l os oj os, ‘ s us pal aci os
vací os ’ ( a ‘ el l os ’ s e r ef i er e l a expr es i ón ‘ y s e quedaba mi r ándol os ’ ) .
CANTAR I
LA SALI DA DE VI VAR
El de s t i e r r o
El des t i er r o s uponí a dos cos as. Pr i mer ament e, el des t er r ado er a pr i vado de s us
bi enes i nmuebl es, aunque podí a r ecog er s us ens er es o bi enes muebl es ( que en el
poema s e r es umen en l as pi el es y mant os, ver dader as r i quezas en l a época, como
puede compr obar s e en ot r os e pi s odi os ; y en l as aves de cet r er í a, modal i dad de
caza r es er vada a l os pudi ent es ) . Des de l ueg o, l a conf i s caci ón de l a vi vi enda ( cuyos
candados s e quebr ant an s i mból i cament e) y de l as t i er r as er a l a peor humi l l aci ón
par a un nobl e. La s egunda cons ecuenci a del des t i er r o er a l a r upt ur a de l a r el aci ón
vas al l át i ca con el r ey: por el l o el Ci d podr á es t abl ecer s e aut ónomament e en el f u-
t ur o, y por el l o l as g ent es de Bur g os mur mur ar án de él : « ¡ Di os, qué buen vas al l o
el Ci d s i t uvi er a un buen s eñor ! »
El v ue l o de l a c o r ne j a
Er a una s uper s t i ci ón g r ecol at i na, her edada en l a Edad Medi a, bus car buenos
o mal os augur i os en l as aves ( al gunas, como l as de l a f ami l i a de l os cór vi dos, er an
es peci al ment e apr opi adas par a el l o) . El vuel o de i zqui er da a der echa, cuando l a
comi t i va s al e de Vi var, es un pr es agi o de que el cabal l er o r ecuper ar á l a honr a
per di da. El vuel o de di es t r a a s i ni es t r a, en cambi o, anunci a l a mal a acogi da en l a
ci udad de Bur g os.
Al v ar Fáñe z
En el ej ér ci t o del Ci d hay vas al l os ‘ de s ol dada’ ( es t o es, de s uel do o j or nal ) , y va-
s al l os ‘ de cr i anza’ , o s er vi dor es con l os que el hér oe pos ee una f ami l i ar i dad más
es t r echa. Tal es Al var Fáñez, s u l ug ar t eni ent e y s obr i no, hombr e de t ot al con-
f i anza. Como apel l i do, Fáñez s i gni f i ca ‘ hi j o de Juan’ ( Fan o Han es abr evi aci ón
de I ohann) . El s obr enombr e de es t e per s onaj e es t ambi én cur i os o: Mi nay a es una
amal g ama del pos es i vo ‘ mi ’ , y de ‘ anai a’ ( ‘ her mano’ en eus ker a) .
LA ENTRADA EN BURGOS
Lo s s e s e nt a ac o mpañant e s c o n pe ndó n
El ej ér ci t o del Ci d s e compone de ‘ peones ’ , o s ol dados de i nf ant er í a, y de ‘ cabal l e-
r os ’ , equi pados con cabal l o y l anza, ador nada és t a con un g al l ar det e o pendón que
per mi t í a l a i dent i f i caci ón del g r upo en el f r ag or de l a bat al l a. Ant es de abandonar
Cas t i l l a, l as que ahor a s on s es ent a l anzas s e conver t i r án en t r es ci ent as, y es o s i n
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 1;8
cont ar el númer o de l os peones. Las bocas que el Campeador t i ene que al i ment ar
j us t i f i can, pues, s u neces i dad de det ener s e en Bur g os, as í como el e pi s odi o de l os
j udí os.
La ni ña de nue v e año s
El Ci d s e di r i g e a s u pos ada, es deci r, al l ug ar donde habi t ual ment e per noct a en
Bur g os ( bi en una pos ada en s ent i do l i t er al , bi en l a cas a de al gún vas al l o) , y l a
encuent r a cer r ada. Cuando podr í a es t ar a punt o de des at ar s e l a i r a del cabal l er o
( nót es e cómo g ol pea l a puer t a s i n baj ar s e del cabal l o) , una ni ña de nueve años s e
pr es ent a ant e s us oj os par a di s cul par l a act i t ud de s us mayor es. Es apr eci abl e el
cont r as t e ent r e l a débi l ni ña y el poder os o hér oe, que r enunci a al us o de l a f uer -
za par a no per j udi car a l os mor ador es de l a cas a. El no obt ener ayuda l e obl i g a a
acampar a l as af uer as de Bur g os ( t r as det ener s e a r ezar en l a cat edr al ) , como s i
f uer a un mendi g o o un bandol er o.
EL ENGAÑO A LOS J UDÍ OS
Raque l y Vi das , j udí o s y pr e s t ami s t as
El eng año a l os j udí os cons t i t uye uno de l os e pi s odi os más cél ebr es del Cant ar . De
ent r ada, s ól o i ndi r ect ament e s abemos que l as ví ct i mas del eng año s on j udí os : por
s us nombr es ( Raquel es, por ci er t o, l a adapt aci ón des acer t ada de un nombr e mas -
cul i no, del mi s mo modo que Vi das ) ; por el l ug ar donde vi ven ( dent r o de l a mur al l a
de Bur g os, donde vi ví an l os nobl es y l as cl as es adi ner adas, y donde habi t ual ment e
es t aban l as j uder í as ) ; y por l a act i vi dad a l a que s e dedi can ( l os pr és t amos a i nt e-
r és ) . El s ent i do del eng año es j us t ament e és t e, l a cons ecuci ón de un pr és t amo. El
Ci d no ent r eg a o vende l as ar cas a cambi o de di ner o, s i no que l as dej a en pr enda,
como aval capaz de hacer f r ent e a l a cant i dad r eci bi da en cas o de que no r et or nas e
par a devol ver l a. Dado que el i nt er és que s ol í an exi gi r l os j udí os es t aba ent r e el
:oo% y el occ% anual , y dado que el des t i er r o del Ci d i ba a dur ar pr es umi bl ement e
unos cuant os años, el t r at o a que s e compr omet í an l os j udí os l os i ba, en ef ect o, a
hacer r i cos par a el r es t o de s us vi das. Conf i ados en l a pal abr a del cabal l er o, no er a
s os pechos o, pues, que aguar dar an al menos un año par a pr eocupar s e del pag o de
l os r édi t os y de abr i r l as ar cas. La comi s i ón de Mar t í n Ant ol í nez, el i nt er medi ar i o
( de un , %, más unas cal zas, car as como t odos l os pr oduct os t ext i l es ) er a t ambi én
l a es per ada, y no r ecl amar l a hubi er a des per t ado r ecel os. El e pi s odi o s us ci t a una
úl t i ma cues t i ón: ¿ cómo conci l i ar el her oí s mo del Ci d, s u honr adez y l eal t ad, con
un eng año mani f i es t o y no r e par ado ( pues t o que l os mar cos no s er án devuel t os ) ?
La r es pues t a es dobl e: de un l ado, l a act i t ud del Ci d dej a ent r ever el ant i s emi t i s mo
coet áneo, que no s e di r i gí a t ant o a l os as pect os r el i gi os os como a l a condena de l a
us ur a ( par a l os cr i s t i anos es t aba es t r i ct ament e pr ohi bi do el pr és t amo con i nt er és ) ;
y de ot r o l ado, l os j udí os s on r et r at ados como hombr es avar i ci os os que no dudan
en apr ovechar s e de l a des g r aci a del Ci d, y que no t i enen r e par os en obt ener pi n-
gües benef i ci os ayudando a qui enes el l os cr een que es un l adr ón conf es o.
Lo s mar c o s
Las monedas medi eval es er an de di s t i nt as cl as es. És t as, l os mar cos, val í an l o que
val í a el mat er i al de que es t aban hechas, or o o pl at a, y no s u acuñaci ón. Por es o
r es ul t a cur i os o obs er var el ci ni s mo de Mar t í n Ant ol í nez, que cuent a l as monedas
per o no l as pes a, f i ándos e —él , que es qui en eng aña— de que no han s i do l i madas
o r ebaj adas. La cant i dad de occ mar cos er a muy cons i der abl e: como bas e par a l a
compar aci ón, el Ci d da al monas t er i o de Car deña : cc mar cos par a que dur ant e un
año queden cubi er t os l os g as t os de doña J i mena, s us hi j as y var i as damas de com-
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
1;,
pañí a. Obs ér ves e, además, cómo Mar t í n Ant ol í nez car g a a ci nco es cuder os con el
pes o del di ner o obt eni do.
Ext i e nde n un c o be r t o r s o br e e l s ue l o de l a s al a
En es t e ver s o hay un s al t o es paci al : des pués de concer t ar el t r at o con el Ci d, l os
j udí os r eg r es an con Mar t í n Ant ol í nez a s u cas a de Bur g os, en cuya s al a s e ext i ende
una col cha ( o qui zá al f ombr a) par a echar y cont ar l os mar cos. Se expl i ca as í que el
cabal l er o cr i s t i ano vuel va des pués ot r a vez, pas ando el r í o, a l a t i enda del hér oe.
Do ña J i me na, de s ang r e de hi dal g o s
La pal abr a ‘ hi dal g o’ s i gni f i caba en l a época ‘ nobl e de l i naj e’ ( pr ovi ene de ‘ hi j o de
al g o’ , es t o es, ‘ de al gui en’ ) , y s e ut i l i zaba par a di f er enci ar a l os nobl es de s ang r e de
t odos aquél l os que, en l as t i er r as de f r ont er a, podí an as cender en l a es cal a s oci al
y l og r ar al gunos pr i vi l egi os par eci dos a l os de l os nobl es ( t al es er an l os ‘ i nf anzo-
nes ’ ) . ‘ Hi dal g o’ s e ut i l i za aquí par a r ecal car que doña J i mena no es una nobl e ad-
venedi za. No obs t ant e, l as pal abr as ‘ i nf anzón’ o ‘ hi dal g o’ s e oponí an a l a nobl eza
de más al t a cat eg or í a, aquél l a que pos eí a t í t ul os nobi l i ar i os. Aunque no er a ci er t o,
en l a época del Cant ar er a f ama que doña J i mena er a bi zni et a de r eyes y pr i ma de
Al f ons o VI , por el l o r es ul t a cur i os o que s e al uda aquí a el l a s i mpl ement e como
hi dal g a: es pos i bl e que el aut or del poema des conoci er a es e s upues t o par ent es co,
per o t ambi én es pos i bl e que qui s i er a hacer l a des cender en l a es cal a s oci al par a que
el l o concor das e mej or con s u cr í t i ca de l a nobl eza de el evada al cur ni a.
LA DESPEDI DA DE LA ESPOSA Y LAS HI JAS
Las do s hi j as de j o ni ñas
En l a es cena más emot i va del pr i mer cant ar, el Ci d s e des pi de de s u muj er y de s us
dos hi j as pequeñas ( apar ecen s i empr e cogi das en br azos ) . La edad de l as ni ñas no
s e es peci f i ca, per o cuando r eapar ezcan s er án ya muchachas cas ader as ( pr i nci pal
pr eocupaci ón del hér oe al des pedi r s e de doña J i mena) , l o que i mpl i ca que el des -
t i er r o y l a l ucha por r ecuper ar l a honr a dur ar án unos di ez años.
Que t e né i s bar ba c umpl i da
Los cabal l er os medi eval es s e dej aban cr ecer t ant o el pel o como l a bar ba. És t a er a
s í mbol o de s u vi r i l i dad, y acos t umbr aban a cui dar l a como t al , exhi bi éndol a y en
ocas i ones eng al anándol a con ci nt as o cor dones. Mes ar l a bar ba de un cabal l er o er a
una of ens a muy g r ave.
LA APARI CI ÓN DEL ARCÁNGEL
Una g e o g r af í a r e c o no c i bl e
En es t e y muchos ot r os pas aj es s e per ci be muy cl ar ament e que t ant o el aut or del
poema como s u audi t or i o pr ocedí an de l as mi s mas t i er r as des cr i t as en l as hazañas
del cabal l er o. De ahí el gus t o por det al l ar mi nuci os ament e l as vi l l as, ci udades o
l ug ar es at r aves ados.
Se l e ac o g e n g e nt e s e n g r an c ant i dad
Las excel ent es opor t uni dades de medr o s oci al y económi co que pr opor ci onaba
acompañar al Ci d, pes e a s u condi ci ón de des t er r ado, hacen que s u ej ér ci t o cr ezca
dí a a dí a.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 18o
EL CI D EN LA BATALLA
Una t í pi c a bat al l a me di e v al
Sal vo por el hecho de que el Ci d s or pr ende de madr ug ada a s us enemi g os, s e r el at a
per f ect ament e aquí cómo s e des ar r ol l aban l as bat al l as de l a Edad Medi a. El r ui do
de l os t ambor es no er a mer ament e anecdót i co: s er ví a par a enar decer a l os s ol da-
dos pr opi os y at emor i zar a l os cont r i ncant es. Las bander as, ya f uer an l as ens eñas
pr i nci pal es o l os pendones i ndi vi dual es, t ambi én cumpl í an s u f unci ón: or i ent aban
en l os moment os de conf us i ón. Las bander as pr i nci pal es debí an de mant ener s e
s i empr e en al t o, y s i el abander ado caí a, ot r o debí a ocupar s u l ug ar. En l os años
del Cant ar , l a i ndument ar i a guer r er a no er a l a ar madur a, s i no l a l o r i g a, una es peci e
de ves t i do l ar g o de mal l a, que podí a pr ot eg er t ambi én el cuel l o y l a cabeza, y que
s e ves t í a s obr e ot r a t úni ca acol chada o be l me z. Los s ol dados s i n cabal l o s us t i t uí an
l a l or i g a por un pet o de cuer o, más bar at o. A l a l or i g a s e s umaban unas bot as al t as
y un yel mo. La bat al l a comenzaba a cabal l o: l os cabal l er os g al opaban pr i mer o con
l as l anzas en al t o, par a no des equi l i br ar s e; a medi da que s e acer caban al enemi g o,
l as hací an baj ar, i ncl i nados s obr e l os cabal l os y pr ot egi éndos e con l os es cudos y
l os ar z o ne s ( pi ezas de cuer o en l a par t e ant er i or y pos t er i or de l a s i l l a de mont ar ) .
Tr as el t r emendo choque, s e pas aba a l a l ucha cuer po a cuer po, con enor mes y
pes adas es padas t aj ador as. Los g r i t os de guer r a er an t ambi én comunes : l os mus ul -
manes s e encomedaban a Mahoma; l os cr i s t i anos a Sant i ag o ( de Compos t el a) , o
Sant i ag o Mat amo r o s , que s egún l a l eyenda acompañaba a l as t r opas cr i s t i anas s obr e
s u cabal l o bl anco ( « ¿ De qué col or es el cabal l o bl anco de Sant i ag o? » ) .
REPARTO DEL BOTÍ N
To do s s e v e n me j o r ado s
El r e par t o del bot í n s at i s f ace a t odos : l os que van a pi e podr án a par t i r de ahor a
per mi t i r s e una equi paci ón mi l i t ar más car a, y g ozar án por el l o de una mej or po-
s i ci ón s oci al y de pr i vi l egi os más ext ens os. El Ci d t oma l a qui nt a par t e, que, de
acuer do con l as l eyes medi eval es, cor r es pondí a al r ey ( r ecor demos que es un des -
t er r ado, un vas al l o s i n r ey) . Con s u habi t ual g ener os i dad, el Ci d, ya cont ent o con
el bot í n, devuel ve s u cas t i l l o a l os mor os ( y aun or dena que l es ent r eguen al guna
r i queza) , l o que demues t r a que no s i ent e haci a el l os, en t ant o que mus ul manes,
ni ngún t i po de des pr eci o.
EL CONDE DON RAMÓN, REHÉN
Co l ada
La cos t umbr e de poner nombr e a l as es padas es habi t ual en l a épi ca. Nót es e el
pr eci o ( : ccc mar cos de pl at a) , y compár es e con l os occ mar cos obt eni dos en el
eng año a l os j udí os.
Es t o s de s har r apado s me v e nc i e r o n
El e pi s odi o, de una g r an comi ci dad, t i ene como f i nal i dad cont r aponer el val or y
l a hombr í a del Ci d, un i nf anzón, f r ent e a l a cobar dí a, l a ar r og anci a y l os r emi l g os
amaner ados de don Ramón, un conde. Don Ramón es t omado como pr i s i oner o,
al g o habi t ual t r as l os combat es, con l a i nt enci ón de canj ear l o por un r es cat e.
El caut i ver i o, s i n embar g o, no es obs t ácul o par a que el r ehén s ea t r at ado con l a
máxi ma cor t es í a, y por el l o s e l e pr e par a un banquet e di gno de s u condi ci ón. La
r es pues t a del Conde no dej a de s er r i dí cul a: enoj ado por que nobl es de menor ca-
t eg or í a ( ‘ des har r apados ’ ) l e han venci do, s e ni eg a a comer como s i f uer a un ni ño
enf ur r uñado. El des enl ace no es menos cómi co, pues el Ci d l e pr omet e l a l i ber a-
ci ón t r at ándol e, de nuevo, como s e t r at ar í a a un ni ño: « Si t e l o comes t odo t e dej o
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
181
mar char » . Des pués de t r es dí as de ayuno, el Conde ace pt a el t r at o y s e l anza s obr e
l a comi da como un per r o hambr i ent o, per o es o s í , ant es de hacer l o s e l ava l as ma-
nos como el nobl e r ef i nado y mel i ndr os o que es.
CANTAR I I
LA CODI CI A DE LOS I NFANTES
No po de mo s pr o po ne r no s o t r o s e s t a r azó n
El t ér mi no i nf ant e s er ví a par a des i gnar no s ól o a l os hi j os del r ey, s i no t ambi én,
como aquí , a l os vás t ag os de f ami l i as de al t a al cur ni a per t eneci ent es a l a cor t e.
Des de el comi enzo, l os i nf ant es de Car r i ón mues t r an l a dobl e car a que habr á de
pr e par ar l os acont eci mi ent os del cant ar t er cer o: de un l ado, s u des medi da codi -
ci a; de ot r o, el or gul l o al t aner o de per t enecer a una cas t a s uper i or, y el des pr eci o
haci a qui enes, como el Ci d, el l os cons i der an i nf er i or es. El cont r as t e con el hér oe
i nt ent a, una vez más, oponer el val or y l a nobl eza de l os i nf anzones a l a cobar dí a
y baj eza de l os nobl es t i t ul ados.
EL REENCUENTRO CON LA FAMI LI A
Babi e c a
Como ot r os g r andes cabal l er os, el Ci d pos ee un cabal l o i ndi vi dual i zado, con nom-
br e pr opi o. Un nombr e que ha dado mucho que habl ar, por que, en pr i mer a i ns -
t anci a, babi eca ( de ‘ baba’ ) s i gni f i ca ‘ neci o’ , ‘ bobo’ . Ya en el s i gl o xvi s e i nvent ó
una anécdot a par a j us t i f i car l o i nconveni ent e del nombr e: s i endo Rodr i g o ni ño, s u
padr i no l e of r eci ó el egi r el pot r o que gus t as e de ent r e un buen númer o de el l os ;
conf i ando en s u i nt ui ci ón, el pequeño Ruy es cogi ó el más f eo y des val i do, y s u pa-
dr i no l e r e pr endi ó: « ¡ Babi eca, mal es cogi s t ei s ! » . Rodr i g o no s ol ament e s e r eaf i r mó
en s u el ecci ón: t ambi én i mpus o el nombr e de Babi eca a s u cabal l o.
Ar mas de j us t ar t o maba
Las ar mas er an de dos cl as es : de l i di ar , us adas par a l a guer r a; y de j us t ar , us adas en
j ueg os y j us t as. Uno de l os j ueg os er a el t abl ado , menci onado en el f r agment o: un
panel de mader a que l os cabal l er os debí an g ol pear a cabal l o, exhi bi endo s u per i ci a
y punt er í a.
La hue r t a v al e nc i ana
Todo el f r agment o es t á di s eñado par a mos t r ar l as enor mes r i quezas que el Ci d ha
cons egui do s i n ot r a ayuda que l a f uer za de s u br azo. Par a un audi t or i o cas t el l ano,
debí a de r es ul t ar enor mement e s ug es t i va l a des cr i pci ón de l a exuber ant e y mar í t i -
ma Val enci a.
LOS I NFANTES SOLI CI TAN LA BODA
A s u ho nr a y nue s t r a pr o
El nar r ador r odea es t e pas aj e de mal os pr es agi os : l os codi ci os os i nf ant es s e ocul -
t an par a del i ber ar ; pi ens an eg oí s t ament e una cos a ( en s u pr opi a honr a y pr ovecho) ,
y l a t r ans f or man públ i cament e en ot r a ( ‘ a s u honr a y nues t r a pr o’ ) ; el Rey del i ber a
l ar g ament e ant es de ot or g ar l o que pi den, de i gual maner a que des pués el Ci d, que
f i nal ment e ace pt a l as bodas como vas al l o, no como padr e. Se cont r aponen, en f i n,
el es f uer zo y cor aj e de qui en ha l evant ado de l a nada t odo l o que t i ene, al or gul l o
cor t es ano de qui enes s on l o que s on por haber naci do ar i s t ócr at as.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 18:
CANTAR I I I
EL EPI SODI O DEL LEÓN
Un l e ó n e n pal ac i o
La cos t umbr e de mant ener ani mal es exót i cos enj aul ados er a pr opi a de g r andes s e-
ñor es, como l o es ahor a el Ci d. La hor a a l a que t odo s ucede es una hor a de as uet o
( es de s uponer que l a s i es t a, pues el hér oe es t á dor mi do s obr e un es caño o s of á de
mader a, y t odos l os cabal l er os andan des ar mados y des pr eveni dos ) . El i nci dent e
mues t r a l a cobar dí a de l os I nf ant es, en cont r apos i ci ón a l os f i el es del Ci d, que
r odean a s u s eñor s i n más pr ot ecci ón que s us pr opi os mant os. La des i gual dad s o-
ci al , ahor a bi en, hace que l os I nf ant es s uf r an l as mer eci das bur l as como aut ént i cas
i nj ur i as que neces i t ar án una r e par aci ón.
SE FRAGUA LA VENGANZA
Po dr e mo s c as ar c o n hi j as de al g ún r e y o e mpe r ado r
El r e par t o del bot í n hace a l os I nf ant es r i cos. Si nt i éndos e s egur os por el l o, de-
ci den abandonar a l as hi j as del Ci d, con l a i nt enci ón de t omar ot r as es pos as más
concor dant es con s u condi ci ón de condes. Todo l o har án, no obs t ant e, a t r ai ci ón,
a es pal das del hér oe, que en pr ueba de buena vol unt ad l es ent r eg a s us es padas y
abundant e r i queza en met ál i co ( f r ent e a l os bi enes r aí ces de l os I nf ant es ) .
LA AFRENTA
Aquí s e r é i s ul t r aj adas
El ver dader o s ent i do de l a af r ent a de Cor pes des cans a s obr e l a f i gur a j ur í di ca del
r e pudi o : aduci endo una r azón convi ncent e, l os mar i dos medi eval es podí an r e pudi ar
a s us muj er es y quedar l i br es par a un nuevo cas ami ent o ( l as muj er es, en t ant o, er an
devuel t as a s us f ami l i as par a por r egl a g ener al quedar des honr adas t oda s u vi da) .
El mot i vo de r e pudi o que l os I nf ant es t i enen en ment e es l a di f er enci a de cl as e s o-
ci al : en s u opi ni ón, s us es pos as no es t án a l a al t ur a, en t ant o que hi j as de i nf anzón,
de s u al t o l i naj e de condes. Los I nf ant es t r at an a s us es pos as como a concubi nas
o r amer as : en l a pr áct i ca, l a uni ón ent r e hombr es de al t a pos i ci ón y muj er es s i n
al cur ni a s e mat er i al i zaba en l a f ór mul a del c o nc ubi nat o o bar r ag aní a; s i s e des hací a
l a uni ón, que por des cont ado no er a l eg al , l a muj er no t ení a abs ol ut ament e nada
que r ecl amar. Par a hacer más hi r i ent e aún el abandono y s ubr ayar l a condi ci ón de
concubi nas de l as hi j as del Ci d, l os es pos os l es hacen el amor l a noche ant es de l a
af r ent a, exhi ben ant e l os oj os de t odos l a car nal i dad de s u af ect o, y l as abandonan
en ‘ cami s a’ ( o r opa i nt er i or ) .
Cans ado s e s t án de he r i r l as
En el f r agment o de l a af r ent a s e obs er van con cl ar i dad l a cobar dí a, l a cr uel dad y
l a avar i ci a de l os I nf ant es. Con t ot al s egur i dad, s u pr opós i t o no er a as es i nar a l as
hi j as del Ci d ( l o cual hubi er a s i do i mpos i bl e de j us t i f i car ) , per o l o ci er t o es que,
una vez que empi ezan a mal t r at ar l as, no par an has t a que no es t án cans ados. Los
g ol pes, por ci er t o, s e dan con i ns t r ument os i nf amant es : cor r eas de cuer o y es pue-
l as. El abandonar a l as muj er es a s u s uer t e, más muer t as que vi vas, as í como el
hur t ar l es l as r i cas ves t i dur as, ponen un dol or os o punt o f i nal a l a car act er i zaci ón
neg at i va de l os per s onaj es.
En un j ui c i o o e n l a c o r t e t e ndr é i s v ue s t r a humi l l ac i ó n
Los Condes act úan movi dos por s u pr opi o códi g o l eg al : l a nobl eza ar i s t ocr át i ca
es t aba acos t umbr ada a hacer val er s us pr i vi l egi os j ur í di cos y a t omar s e l a j us t i ci a
CANTAR DE MI O CI D: ANTOLOGÍ A
18¡
por s u mano. Par a el l os, r e pudi ar y mal t r at ar a s us es pos as es t aba j us t i f i cado como
r e par aci ón de l as bur l as de cabal l er os de cas t a i nf er i or. Por el cont r ar i o, en l a épo-
ca del Cant ar s ur gí a con f uer za l a neces i dad de es t abl ecer un códi g o j ur í di co más
uni ver s al : i mpul s ado por l os r eyes y es t udi ado en l as naci ent es uni ver s i dades, el
der echo r omano i ba a s er vi r par a poner cot o a l a i mpuni dad y l as ar bi t r ar i edades
de l os nobl es t i t ul ados. És t a es l a pos t ur a def endi da por el poema.
LAS PETI CI ONES DEL CI D
Tr e s mi l mar c o s de do t e
Se mues t r a aquí a unos I nf ant es no s ol ament e codi ci os os : t ambi én des pi l f ar r ado-
r es. I ncapaces de al canzar r i quezas por s í mi s mos, cuando l as t i enen l as der r ochan
pr ódi g ament e, has t a el punt o de que ya no pos een l a i nmens a dot e que el Ci d l es
ent r egó ( i r óni cament e, ant es habí an di cho que por mucho que vi vi er an no podr í an
g as t ar t oda s u f or t una) . Por el l o pr oponen pag ar con t i er r as de s u s eñor í o ( aunque
no s e l ee en es t e f r agment o, f i nal ment e pag ar án en es peci e, ayudados además de
pr és t amos de al gunos vas al l os ) .
Un c o mbat e j udi c i al
La i mpor t anci a del combat e o duel o j udi ci al es dobl e: en pr i mer l ug ar s e cel ebr a de
acuer do con unas r egl as y en pr es enci a de t es t i g os, t odo l o cont r ar i o de l a j us t i ci a
ar bi t r ar i a a que es t aban acos t umbr ados l os g r andes nobl es ; en s egundo l ug ar, el
pr i nci pal i nj ur i ado, el Ci d, del eg a l a r es pons abi l i dad del combat e en s us cabal l e-
r os, con l o que l a s ens aci ón de obj et i vi dad y ecuani mi dad es aún mayor.
LOS EMI SARI OS DE NAVARRA Y ARAGÓN
Me ns aj e r o s de l o s pr í nc i pe s
La l l eg ada de l a embaj ada mat r i moni al cumpl e l a f unci ón de r es t i t ui r por compl e-
t o, e i ncl us o aument ar l a hones t i dad de l as hi j as del Ci d: el r e pudi o y l a des honr a
que pr et endí an l l evar a cabo l os I nf ant es s enci l l ament e queda s i n ni ngún ef ect o.
Como buen vas al l o, el Campeador s upedi t a l a ace pt aci ón de es t e g r an honor a l a
vol unt ad de s u r ey.
PER ABBAT ¡ ( :cc;) 18¡
EVALUACIÓN. REPERTORIO DE CUESTIONES
TRABAJ OS DE AMPLI ACI ÓN
• Establece el censo de las fórmulas y epítetos épicos que aparecen en la antología
del Cantar.
• Realiza un retrato físico y psicológico del Cid.
EXÁMENES
• ¿Qué era una tirada en un poema épico?
• ¿Qué función cumplían los llamados epítetos o fórmulas épicas ? Escribe alguno que
recuerdes.
• ¿Qué sentido tiene, en el contexto histórico medieval, que el nombre del héroe, Cid, Cid Cid
sea un nombre árabe?
• El botín de guerra tiene una importancia excepcional en el Cantar de Mio Cid. Ex-
plica por qué.
• Resume el episodio del engaño a los judíos. ¿Cuál es el motivo que justifca que el
Cid recurra a una treta de este tipo? ¿Crees que el engaño hubiera podido dirigirse
hacia personajes cristianos? ¿Por qué?
• Resume el episodio de la captura de don Ramón. El sentido de este pasaje es la con-
traposición entre los personajes del Cid y don Ramón. Explica en qué sentido.
• ¿Qué motiva la venganza de los infantes de Carrión? ¿En qué consiste exactamente
tal venganza? ¿Por qué razón se da tanta importancia en el poema a la celebración
del juicio?