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¿Educación en virtudes?

Es bastante común leer en los manuales de convivencia de las instituciones educativas un
párrafo dedicado a anunciar al lector que dicha institución ofrece a los estudiantes una formación
integral. En ocasiones se dice incluso que la formación ofrecida incluye la visión de las virtudes y
los valores como parte fundamental de su oferta educativa. Con el pasar del tiempo, dichos
párrafos se van tornando cada vez más un elemento meramente decorativo, puestos allí sólo para
cumplir en cierta forma un requisito estético o de mera convención social.
¿Es la formación en virtudes un elemento tan sólo decorativo de las ofertas educativas de
las instituciones que así lo anuncian? ¿Tienen las virtudes un verdadero valor formativo de la
persona? A intentar un esbozo de respuesta a estos interrogantes va dirigido el presente escrito,
elaborado en el marco de las celebraciones por los 60 años de existencia del Seminario Menor San
Pío X, cuyos vínculos históricos con la Universidad Pontificia Bolivariana son de todos conocidos y
cuya filosofía institucional busca basarse precisamente en una formación integral de la persona
humana.
En primer lugar habría que definir algunas variables de interés para el objeto propuesto:
educación y virtud.
Históricamente, la Iglesia Católica ha sido pionera de la educación, no sólo en su papel
como fundadora y promotora de las universidades ya desde tiempos medievales, sino asimismo
ofreciendo a la sociedad hombres y mujeres eminentes en la acción pedagógica de la juventud,
como lo fueron, por ejemplo, un San Juan Bautista de La Salle o un San Juan Bosco. Pues bien, en
el corazón mismo de la actividad pedagógica de los centros educativos brotados de la iniciativa
eclesiástica está como fundamento una concepción muy clara y coherente acerca de la naturaleza
misma de la actividad educativa y del rol de las virtudes en la misma. La educación, en la visión
que ha servido y sirve de guía y norte de las instituciones eclesiales, no es otra cosa que la
conducción de la persona, ya desde la infancia y la adolescencia, hacia la plenitud humana en
cuanto tal, es decir, el logro armónico y la posesión completa del edificio de virtudes que hace al
ser humano un ser completamente desarrollado en todas las virtualidades de su especie.
Esta completa visión de la naturaleza de la actividad educativa y de su finalidad se opone
tanto a las visiones excesivamente racionalistas, las cuales tienden a eliminar de la formación de
las personas todo lo relativo al universo de la virtud y del valor para dar cabida únicamente a la
adquisición de conocimientos acordes con el paradigma científico dominante; como también a las
corrientes en exceso pragmatistas que privilegian en la actividad educativa los conocimientos de
tipo práctico, técnico o tecnológico. En detrimento de los aspectos humanistas.
Pero, y con esto se pretende abordar la segunda variable anteriormente mencionada,
¿qué significa con exactitud la expresión “plenitud humana en cuanto tal”, objeto final del
esfuerzo educativo? La antropología clásica que se encuentra a la base de la concepción educativa
que venimos analizando, concibe al ser humano como individuo en construcción, un individuo
pleno tan sólo en potencia; que debe por tanto realizar o trabajar por lograr dicha plenitud
haciendo uso de las facultades que constituyen su dotación natural, dotación que abarca lo físico,
lo psicológico, lo social y lo trascendente. Mediante el ejercicio de las facultades humanas el sujeto
logra, o mejor dicho, está llamado a lograr su auténtica plenitud humana. De la misma manera, las
facultades humanas son entendidas como verdaderos componentes de la persona, que lo
constituyen en su naturaleza específica y lo condicionan en su actuar propio. Se suele hablar
entonces de facultades intelectivas, facultades apetitivas, facultades vegetativas, facultades
locomotivas, etc. de estas, las que son más directamente el blanco de la actividad educativa son
las facultades intelectivas y las apetitivas, o en otras palabras, el intelecto y la voluntad. De ahí que
se hable de la formación de las virtudes intelectuales y de las virtudes morales, como el fin propio
de la educación humana.
Llegados a este punto cabe presentar una definición de virtud para alcanzar mayor
claridad sobre lo que se viene afirmando. La virtud no es otra cosa que la perfección de una
facultad operativa, es decir, el estado de pleno desarrollo armónico de una facultad humana, ya
sea el intelecto o la voluntad. Tradicionalmente se reserva el nombre de virtudes para referirse a
las perfecciones propias de la voluntad humana, y en dicho caso se habla de virtudes morales,
como la justicia, la fortaleza y la templanza. El caso de la prudencia, normalmente mencionada de
primera en la lista, es distinto por cuanto se trata de una perfección mixta, esto es, una perfección
tanto de la facultad intelectiva humana como de la voluntad. En cuanto a las virtudes
intelectuales, llamadas más bien hábitos intelectuales, éstas estarían conformadas por un grupo
de perfecciones específicas, entre las cuales tendrían su lugar las diversas ciencias que tanto nos
maravillan hoy día, a manera de subespecies del hábito unitario de la ciencia, perfección propia
del intelecto. No entra en el objeto del presente escrito realizar un estudio detallado de cada una
de las virtudes, cosa que nos llevaría muy lejos de los límites propios de un texto de estas
características; sin embargo, era importante aclarar un poco el concepto de virtud, para
comprender con más profundidad la concepción de la educación según la cual ésta es, en
resumen, una actividad encaminada a la formación de las virtudes humanas en el educando.
Después de todo lo que se lleva dicho acerca de la naturaleza y fines de la educación, se
puede preguntar ¿qué lugar tiene la formación científica, técnica, artística, académica, etc. en una
tal visión pedagógica? Sería un error creer que dichos elementos formativos son infravalorados,
ignorados o relegados a un lugar meramente accidental dentro del conjunto de la educación. Muy
por el contrario, la historia misma de los institutos educativos de origen eclesiástico muestra
claramente su continua preocupación por la excelencia en estos aspectos, prueba de ello lo son los
innumerables centros educativos católicos que figuran en el mundo entero entre los primeros
sitiales de honor por su calidad en dichos aspectos. Incluso la más somera aproximación a los
institutos católicos de educación bastaría para comprobar en los hechos su ininterrumpida
presencia en la vanguardia científica y académica global. Afirmación que igualmente es verdadera
si del ámbito del bachillerato quisiéramos pasar al universitario, en que las instituciones católicas
brillan con luz propia por su secular excelencia.
A la luz de las consideraciones que llevamos hechas cobra un nuevo valor la afirmación, no
sólo protocolar sino vivida, de una institución como el Seminario Menor San Pío X, según la cual su
razón de ser, o como se suele decir hoy, su misión y su visión, están dirigidas a dar a los
estudiantes una formación en virtudes, una formación integral. Se comprende de esta manera que
lo que se ha buscado ofrecer a la sociedad, desde una institución que por estos días celebra sus 60
años de existencia, ha sido un proyecto claro, digno, coherente y eminentemente útil para la
comunidad santandereana y colombiana en general. A diferencia de otras instituciones, en las
cuales quizá se incluya el tema de los valores y las virtudes más por costumbre o convención que
por verdadera conciencia y compromiso, las directivas del Seminario que han tenido a lo largo de
estas seis décadas sobre sus hombros la responsabilidad en la formación de ya varias generaciones
de estudiantes, han tenido siempre clara la base antropológica y filosófica que sustenta su
proyecto educativo. De tal forma que al leerse en su manual institucional su propósito de formar
en virtudes, se está frente a un proyecto no improvisado o fruto de experimentos pedagógicos
espurios, sino frente a un proyecto lúcido y heredero de una experiencia de siglos.
Quiera San Pío X, patrono del Seminario Menor, alcanzarle de la divina Providencia la
gracia de permanecer fiel a su misión propia, para así continuar día a día en el esfuerzo incansable
por ofrecer a la sociedad personas conscientes de su misión humana y cristiana, en un momento
en el cual es urgente la presencia de sujetos comprometidos con la reconstrucción de un tejido
social lacerado desde múltiples frentes, por el abandono sistemático de aquellos principios que
cimentaron por siglos el admirable edificio de la otrora sociedad cristiana.


Leonardo Rodríguez Velasco
Psicólogo.