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2014/08/25
EKONOMIA | Analisia | Los retos comunitarios
El fin de la Unión Europea
Los autores del análisis consideran que la Unión Europea, en su comportamiento
respecto al conflicto entre Rusia y Ucrania, está cometiendo errores que evidencian
la misma dependencia de Estados Unidos que se constató ante el comienzo de la
crisis económica. El problema de fondo radica en que las metas de Wall Street y de la
UE nunca han sido superar la crisis sino defender los intereses de la gran banda
evitando su quiebra.
EKAI GROUP


La guerra comercial que -siguiendo la imposición de Washington- ha lanzado la Unión
Europea contra Rusia puede significar el suicidio político de las instituciones de la
propia Unión Europea.
Recordemos que, aunque utilicemos repetidamente el término "sanciones" en
realidad no hay ninguna actuación contrastada de Rusia que la UE haya decidido
sancionar. Algunas sospechas, invenciones, campañas mediáticas ... y una
incorporación de Crimea que no es sino un movimiento de defensa propia de Rusia
ante el golpe de estado en Ucrania impulsado y financiado por Occidente cuyo





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objetivo es, precisamente, aislar y someter a Rusia o, más exactamente, aislar y
someter a la Unión Europea.
Lo cierto es que la Unión Europea, por decirlo suavemente, no funciona. Dejó de
funcionar a partir del Tratado de Maastricht, impuesto por Wall Street con el fin
precisamente de someter tanto a Europa como a Rusia y garantizar el dominio
mundial de la oligarquía financiera en el nuevo contexto abierto a raíz de la caída de
los regímenes comunistas en Europa del Este.
Hasta el Tratado de Maastricht, la Unión Europea cumplió sus objetivos
fundamentales de asegurar la paz entre los estados europeos e impulsar las
relaciones económicas entre los mismos.
A partir del Tratado de Maastricht, lo cierto es que las estructuras de la Unión
Europea, en lugar de una oportunidad de desarrollo para los ciudadanos y las
naciones de Europa, se ha convertido en un verdadero lastre para nuestro desarrollo
socio-económico.
El primer gran fracaso de la Unión Europea en este período post-Maastricht fue, sin
duda, la introducción del Euro. En este momento existe ya unanimidad entre los
expertos en reconocer que el Euro ha sido un verdadero desastre para Europa, que
descapitalizó gravemente a los países avanzados e impulsó la especulación financiera
e inmobiliaria en los países periféricos. El Euro ha sido, con claridad, una de las
fundamentales bases del desastre de especulación y sobre-endeudamiento que se
visualizó con el estallido de la crisis financiera. Los dóciles medios de comunicación
occidentales evitan cuidadosamente explicar todo esto a los ciudadanos, pero es una
realidad ya evidente. Lo saben todos los expertos, aunque la actitud políticamente
correcta entre los mismos sea reconocer en privado el fracaso de la unidad monetaria
europea y esquivar el problema en público a través de la apelación a la necesidad de
poner en marcha una nueva unidad monetaria basada en principios totalmente
nuevos y que, ahora sí, tengan unas bases lógicas.
El segundo gran fracaso de la Unión Europea ha sido la propia gestión de la crisis
financiera. Ya han transcurrido siete años desde el estallido de esta crisis en 2007 y
las variables estructurales que la generaron continúan en una situación similar, a la
vez que los instrumentos utilizados frente a la misma -rescates bancarios y expansión
monetaria- están prácticamente agotados.
Como EKAI Center ha puesto de relieve, las razones de que la crisis no se acabe de
superar no son técnicas sino de economía política. El problema de fondo radica en
que los objetivos de Wall Street -y de las instituciones de la Unión Europea- nunca
han sido superar la crisis sino, al contrario, defender los intereses de la gran banca





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evitando la quiebra de la misma, a costa de la economía real, a costa de ciudadanos,
empresas y gobiernos.
También en la gestión de la crisis, las instituciones de la U.E., encabezadas por el
Banco Central Europeo, se han posicionado frente a los gobiernos de las economías
europeas avanzadas en una defensa numantina de los intereses de la gran banca
occidental, a costa de un permanente sangrado de nuestro tejido productivo.
La actual estrategia de ruptura con Rusia -y con los países emergentes- representa,
probablemente, el fracaso definitivo de la Unión Europea. La razón radica, por un
lado, en la inmediata evidencia del sinsentido de lo que Europa -a las órdenes de
Washington- está haciendo con la rotunda oposición de los ciudadanos europeos, de
nuestros agricultores y de nuestra industria. Ni siquiera la permanente manipulación
de los medios de comunicación "oficiales" ha conseguido convencer a una opinión
pública frontalmente opuesta a la absurda estrategia beligerante contra Rusia puesta
en marcha por Washington.
Por otro lado, durante los próximos meses quedará probablemente patente el
desastre que esta estrategia va a suponer para la economía europea a corto, medio y
largo plazo. Recordemos que la estrategia básica de desarrollo económico a largo
plazo de los países avanzados europeos -con Alemania a la cabeza- se ha basado en
asentarse como el socio tecnológico de los países emergentes. Una estrategia
soportada en un creciente flujo financiero y comercial entre Europa y estos países. Ha
sido suficiente que Wall Street decida poner fin a esta estrategia para que la Unión
Europea se someta y acepte imponer a los Estados miembros la propia destrucción
de nuestras expectativas de futuro.
Lo que está sucediendo es mucho más que un fracaso de gestión. Es un evidente y
firme posicionamiento de la UE en contra de los intereses de nuestros ciudadanos,
nuestras empresas y nuestros Estados. La Unión Europea se ha visto obligada a optar
entre los intereses de sus ciudadanos y de su economía y los intereses de Wall Street.
Una vez más, para desesperación de los ciudadanos, las empresas y casi todos los
gobiernos europeos, ha quedado claro a quién obedecen las instituciones de la Unión
Europea. Demasiado claro. Nos encontramos, probablemente, ante el comienzo del
fin de la Unión Europea. Al menos, ante el fin de su legitimación política.

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