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Otro Día Perfecto

Gonzalo Valdés














Cuento perteneciente a la antología MetaLenguaje (2014), organizada por las
editoriales Ajiaco y Andes Graund.
Soy un solitario lobo gozador
Pero no soy un chico lindo
Soy un estremecedor de espaldas
Y un puñado de diversión
Pero esto no hace la diferencia
Porque no seré fácil, fácil
La única vez que soy fácil es cuando soy
Asesinado por la muerte.
(Motörhead: «Killed by Death»)



Siempre me miran feo, ya sea por el jeans rajado, por la polera de Motörhead con la
calavera o por la chaqueta de cuero motoquera; o quizás sea por el pelo largo, o los tres
aros que tengo en la oreja izquierda, o porque siempre me siento al fondo de la sala. No
sé en verdad, ¡pero yo lo paso la raja! No hay mayor profundidad, no hay para qué
buscarle un significado más complejo. Eso fue porque un día mamá me dijo, cuando era
joven, “ven y siéntate a mi lado, mi único hijo, y escucha con atención lo que te diré; si
lo haces, esto te ayudará en algún día soleado: sé un hombre sencillo, sé algo que te
guste y comprendas”. Nah, estoy hueveando; se lo dijeron a Ronnie Van Zant, y con
eso —junto a Lynyrd Skynyrd—, hizo magia escribiendo Simple Man. Lo mío es otra
cosa, es tratar de pasarlo bien con mis amigos. Hace tiempo que no veo a muchos de
ellos, cada uno ha estado ocupado en lo suyo; así que estas últimas semanas sólo he
podido ver a los que tengo dentro de la carrera.

Estaba un día de esos, con Rodrigo, saliendo de clases, hablando las mismas hueás de
siempre. “Aerosmith no falla para agarrarse minas, voh pone… No sé, Get a Grip y la
tendrás lista; difícil que puedas calentar a la Carola con Manowar” comencé a
aconsejarle, “y en el peor de los casos, si eso no resulta: botellazo en el hocico y se
acabó la hueá” dije, rematando la oración. “Ya, hueón, de ahí veré qué hago con ella.
¿Me acompañai a buscar la entrada para Megadeth? En una de esas te prendes y
también compras una” me decía cambiando de tema, mientras bajábamos una escalera,
prendiendo puchos al mismo tiempo. “No sé, supe que están tocando el Countdown to
Extinction completo. La raja, pero Mustaine está cada vez más cagado; igual la otra
vez que vino, por los 20 años del Rust in Peace, ¡esa hueá si estuvo buena!” respondí
pensativo, mientras guardaba el encendedor en el bolsillo derecho del pantalón.

Ese hueón sonriente, de chaqueta de cuero café, es Rodrigo; su bigote le da una pinta
exótica, una mezcla del guitarrista de Black Sabbath y un actor porno de los 70’s.
Somos compañeros de universidad, nos conocimos hace un par de años, cuando ambos
teníamos 19, en… El primer día de clases, ahora que recuerdo. En el recreo, después del
primer bloque, se me acercó para pedirme encendedor. Nos hicimos amigos ahí mismo,
esa vez él andaba con una polera de Deep Purple, esa del Monte Rushmore… ¡In Rock,
esa hueá! Creemos que la perfección musical ya estaba hecha en 1989, cortesía de los
anglosajones; así que todo lo posterior que salió, poco cambió el panorama total.
Siempre, en vez de pescar las clases, sacábamos un discman —mirado en menos por
todos los maricotas que llegaban con sus pendrives— y uno de los dos decía “¡cacha el
que me conseguí ahora!”. De las clases no me acuerdo mucho, pero sí de cuando
cabeceábamos AC/DC, aunque nunca nos pusimos de acuerdo: él prefería a Brian
Johnson, yo a Bon Scott.

A la salida de la facultad casi siempre pasábamos al Eurocentro: si no íbamos para allá a
comprar entradas de recitales, era para comprar discos; caras las cagás eso sí, pero es
casi el único lugar de todo Santiago donde hay locales especializados. Siempre he
encontrado bacán aparecer por la salida del metro de Paseo Ahumada cuando está
atardeciendo. Ahí me quedaba de encontrar seguido con la Jime; ¡qué rica era! Una
rockerita rubia, de facciones bien delicadas —y con una fantástica retaguardia—, que
estudiaba periodismo… ¿O la periodista era la que me comía antes? Da lo mismo,
siempre tuve buena suerte con las cabras, no sé si era porque tenía algo de pinta, o por
ser carismático o si era mi pantalón de cuero ajustado. En casa ni se extrañaban cuando
llegaba acompañado: mi mamá, siempre que abría la puerta, me encontraba encima de
alguna mina, comiéndomela descaradamente, y me preguntaba cagada de risa si la niña
pasaría la noche aquí. Lo cierto es que siempre me dejaba llevar por las caritas
angelicales y sus chaquetas de cuero. Debían ser como yo; no podría estar con una que
esté vestida de rosadito, mientras me estuviese hablando del grupo que está de moda.
Modas bastante como la mierda.

Lo que sea. Siempre me gustó llamar la atención, de un modo u otro, por lo general
mandándome desatinadas; ese es el problema cuando me hiperventilo. Ahora en
Ahumada un evangélico acaba de cerrar su Biblia y se fue de donde estaba predicando,
nada más porque le sonreí levantándole mi pulgar… No creo que fuese por mi polera,
con la cara de Jesús, que dice Kill Your Idols. Mira la hueá, gente culiá sensible.
Llegamos al Eurocentro con Rodrigo, es viernes por la tarde y eso significa que está
lleno de pendejitos, queriendo ser asiáticos, en la entrada. Son más raros que la mierda,
hay hasta hueones usando minifalda, es el colmo. Para ellos somos como el Cuco, nos
ven y nos dejan pasar. Aunque eso también pasa con las viejas y uno que otro hueón
que se quedó pegado en la Edad Media, pan de todos los días huevear a gente así.

El vendedor aforra con la entrada de Megadeth, barata no salió. Cuando veo ese
rectangulito amarillo, con el sello holográfico de Ticketek, siempre me quedo
fantaseando con Detroit Rock City, esa película producida por Gene Simmons: lanzarse
a la vida, de un condado a otro, con un grupo de amigos para ver a Kiss. Que haya
drogas, alcohol, minas y descontrol. Pero después me acuerdo que todo aquí está
alcance del Transantiago y… No, no le deseo ni al peor de mis enemigos que una vieja
canuta le queme las entradas a alguien, mucho menos el mismo día del recital.

(…)

Es lunes, desperté tarde, anoche me quedé viendo una película hasta las 4:00 de la
mañana y perdí el primer bloque de clases, de vez en cuando me pasa eso. Llego al
medio día, a mitad de un recreo. El patio de la facultad es una hueá desagradable:
cemento por todos lados, las zonas verdes nunca existieron, y para donde mires hay
zorrones y minas huecas. Sólo salva el Club Sicodélico que está en una banca al fondo.
De allí soy miembro fundador, los renegados, todos más o menos de la misma onda.
Eugenio es el drogón que se especializa en rock de los 60’s, Rodrigo abarca los 70’s, yo
los 80’s y Leonel —Leo para los amigos— los 90’s… Y él por ser el menor y el más
responsable, además de que siempre anda con sus camisitas de franela, a veces le
hacemos bullying. Hace un par de años éramos nosotros no más, después se fue
sumando más gente, de otras carreras también, puros hueones con ojos rojos. Aunque
tampoco se descarta que alguno llegue copeteado.
Se pasa bien: tenemos altos debates, por lo general dejando a Lemmy a nivel de gurú
espiritual, o nos quedamos pegados; cosa normal en la Facultad de Letras. Y así
estábamos, chatos con el sol de las 12:30 dándonos en la jeta, hasta que llegó Nacho.
Estudia publicidad, pero ha tomado un par de ramos de nuestra carrera y así nos hicimos
amigos. Es un hippie buena onda que se parece a Jesús, y ahora llegó ofreciéndonos una
galleta verde que le estaba quedando. No podíamos compartirla entre todos o no le
pegaría a nadie… O eso es lo que me han contado. Los demás decidieron hacerlo del
modo más democrático: apostando a costa de Eugenio. Quien acertaba se llevaba la
galleta, y creo que Leo fue el que sugirió: “Quien le achunte cual fue la última mina del
curso que este hueón se comió”. Ni caché, por la jocosidad de la situación, cuando
también me metí a concursar y terminé ganando. Sólo reparé en eso cuando el resto me
miró con cara de decepción al comienzo, y luego con morbo. Claro, si nunca me había
mandado una de esas hueás para adentro. Cagué me mandó saludos, me tocaba degustar
el premio frente a los demás. Era insabora, no sentí nada raro después; no entendí por
qué Nacho se fue de allí cagado de risa al poco rato.

Pasaron un par de horas, de seguro faltaban unos quince minutos para salir de clases,
mientras leía una Rockaxis sin pescar. En eso la profesora desabrida comenzó a hablar
chillona, con la misma voz que el vocalista de Rush. Parece que las pupilas se me
dilataron, escuché Light My Fire y de repente cacho, a tres puestos de distancia, a Jim
Morrison sentado en otra silla cantándola. “¡Conchatumare, qué fuerte estaba la
Tritón!” pensé y comencé a reírme a todo hocico. Ella, junto al pizarrón, se quedó
sonriéndome: parece que justo tiró una talla malísima y fue ninguneada por todo el
curso; cree que me estoy riendo de lo que dijo, pero no tiene idea qué está pasando. Le
balbuceo “pero esa mierda no tiene nada que ver con Samuel Taylor y La Balada del
Viejo Marinero”. “Claro, joven” me responde, “¡porque este es el curso de Narrativa
Chilena!” terminó de rematar. La hueá, me quedé pegado con la canción de Iron
Maiden y water, water everywhere, not any drop to drink! Lo último que recuerdo fue
haber visto un Eddie vestido como momia, detrás de la batería de Nicko McBrain, antes
que Eugenio, que estaba sentado atrás mío, me agarrase de un ala y me sacara de la sala.
No tengo idea qué le habrá dicho a la profesora antes de dar el portazo.

“Toma aire, guacho, que te hace falta” me dijo, riéndose, ya en el patio del segundo
piso. “¡Pero si estoy la raja! ¡Pásame otra de esas galletas será mejor!” le respondí
con un semblante no muy serio, por cómo se quedó mirándome; “no pasa, ya quedaste
bien con una” fue todo lo que me dijo. “Pero hagamos algo; saquémosle la cabeza a
unos murciélagos, o algo así” balbuceé en la peor de volás que pude tener. “¿Estai
hueón? Ozzy nos demandaría por derechos de autor” contestó, y claro que tenía razón.
Eugenio es el lacho del curso, gran compañero de juergas. Lo conocí en el segundo día
de clases del primer año, 24 horas después que a Rodrigo —es más, Rodrigo también
estaba ahí, conmigo, cuando lo vi por primera vez—. Fumábamos sentados en una
banca del patio, cuando de repente llegó, voladísimo, un flaco con polera de The
Beatles. Traía lentes de sol y tenía una barba que le cubría casi toda la cara... Ah no,
espera, aún no se dejaba crecer la barba, en ese tiempo era lampiño. Nos saludó y se
presentó, de paso nos preguntó quién iría ese mismo día a Bob Dylan en la Arena
Santiago. Levanté la mano y dije que yo compré la entrada hace dos semanas atrás, que
a la salida de clases fuéramos juntos para allá. El recital culiao me lo dormí casi todo,
no sé para qué chucha traté de dármelas de oyente de folk, pero nos sirvió para hacernos
amigos de una. Ahora nos cagamos de risa siempre, y se pica un montón cuando le digo
“¡Los Bitlis son pop, hueón!”. Pero, ya en serio, con él tampoco nunca nos pusimos de
acuerdo: Eugenio prefiere la etapa sicodélica, yo la Beatlemania.

Ni caché a qué hora habremos salido de la facultad, aún no recuperaba todos los
sentidos. Era un poco tarde, ya había oscurecido; qué paja, es como cuando era un
mequetrefe de primer ciclo de Básica y tenía clases sólo en las tardes. Caminando, ya
por la Alameda, me acuerdo haber visto un par de afiches pencas de tocatas tributo,
pegados en un paradero de micros. Odio esas cagás con toda la fuerza de mi médula
espinal, no logro entender cómo pueden tener algo de atención. Aparte está esa
farándula al peo, dentro de ese circuito cagón, viciado, en pocilgas de segunda. Aún no
me cabe en la cabeza cómo siguen a esos hueones charchas —minas sobre todo—, que
se las dan de estrellas de rock. ¡Me cago en la puta! Creo que fue en el primer año de
universidad, un día en que estaba echando la talla con Rodrigo, cuando se acercó una
mina hueca del curso, que iba donde calentaba el sol, para preguntarme si me gustaba ir
a esas hueás. No alcancé a decir nada cuando él respondió por mí: “¿A qué iría?
Prefiere ver a los originales”. Ni yo mismo lo pude decir mejor.

Sí, soy como malo de la cabeza para recitales grandes; lo lamento, siempre tuve un gran
sentido de lo espectacular. El primero fue en el último año del colegio y desde ahí no
paré. Mis amigos me dicen que eso ya es pan de todos los días. ¿El mejor al que fui?
Ese tiene que ser Kiss: Estadio Bicentenario, abril del 2009. Aunque cuesta un poco
decidir, han sido alrededor de 90, vi a muchos de los hueones clave, los que los actuales
cabros chicos lamentarán no haber podido ver, cuando tengan uso de razón, porque
estarán casi todos muertos. De partida ya no pueden contar con Ronnie James Dio, yo si
pude. Uno de los vozarrones más brígidos del que se tenga registro; una mano cornuda
en su honor. ¿Qué chucha va a ser de la escena cuando se muera Tony Iommi, Bruce
Dickinson o David Coverdale? Creo que primero me cagaré de risa en las caras de los
que no alcanzaron a verlos, después de eso me iré a la mierda, pensando que la Cultura
Occidental está implosionando. O quizás busque al doctor Emmett Brown, con su
DeLorean DMC-12, para volver al pasado y verlos de nuevo. Pero es muy poco
probable, aún debo estar tocado por la galleta que me pasó Nacho.

Las luces se apagan lentamente en la Avenida Lexington y… Bah, no, esa es una
canción de Hanoi Rocks. Pero aquí es parecido cuando voy caminando todavía con
Eugenio, mientras pasamos por Dieciocho, San Martín, Lord Cochrane y así en
dirección al este. Siempre viví en la gran capital y no la cambio por nada, pero es
empelotante ver que la mayoría de lugares caigan temprano, casi todo Santiago Centro
está muerto a las 10:00 de la noche. Si no es eso, entonces mi vieja mula ya no es lo que
era: me tienen chato todos los maricones Pro Vida Saludable, que aparecieron de
repente, hueveando con proyectos de leyes Anti-Tabaco, queriendo limpiar todos los
espacios públicos. ¿Cómo quieren que así uno vaya a jugar una mesa de pool, o tomarse
un copete en el pub mimado de República? Marlboro Man debe estar retorciéndose en
su tumba.

Pero volviendo a lo que estaba: todo comenzó en el Club de Caballeros, donde
charlábamos sobre García Márquez, jugando al dominó —léase con la voz de Homero
Simpson—… Bueno, no. Recuerdo vagamente bajar una escalera mecánica, ver puertas
con vidrios polarizados y luces de neón. Dentro del local está oscuro, nos sirven una
tacita de café. Siempre que algún hueón del curso está de cumpleaños lo traemos para
acá. Pero ahora nadie está de cumpleaños, no sé qué cresta estamos haciendo aquí.
Siempre me da risa cuando viene un primerizo con nosotros y se pone tiritón frente a las
minas —minas que están buenísimas—. Alguna vez leí, en una entrevista, que cuando
Europe volvió a Chile después de un par de décadas, los trajeron a uno de estos mismos
locales en el centro; ¡ese sí que es un tour guiado! La mina se nos presenta, es una
colorina con un cuerazo que apenas lo alcanza a tapar un bikini enano. Ni siquiera
alcanzo a distinguir su nombre cuando nos lo dice, me acerco cachudo, todo lo que
habla lo escucho como los adultos de Snoopy —“momomo, momo, momomo”—;
comienzo a ver todo distorsionado, me siento tan colgado como Tom Cruise en Ojos
Bien Cerrados, cuando llega a esa fiesta culiá rara, con minas enmascaradas y en pelota,
dentro de la mansión. Las otras nos sonríen de lejos, supongo porque somos la carne
fresca del local —una que otra también ha de tener un fetiche con mi ropa de cuero—;
todos los demás clientes son ciencuentones con camisa y corbata, parecidos al Botija.

No sé cuánto rato habremos estado ahí, pero después volvemos a la Alameda, son las
11:00 de la noche y se nos pasó la hora, ya cerró el metro y la única opción para que
cada uno vuelva a su casa es en micro. ¿Ven? ¿Qué decía yo de que esto muere
temprano? A todo esto: ¿cuánto chucha dura el efecto de la galleta? Todavía me siento
ahueonado. Mientras caminamos, Eugenio me dice que la cagué al no aprender nunca a
tocar guitarra —sacrilegio para un melómano—, que si supiera, ahora estaría tocando en
La Guachaca. La Guachaca Blues Band es una hueá de rock sicodélico que salió de la
facultad, Rodrigo y él la formaron hace un par de años atrás. Es bacán irlos a ver,
cuando se consiguen una tocata en algún bar de Bellavista, sobre todo ahora que no sé
qué les habrá dado que están en esa todas las semanas. Son ambientes chichas, cualquier
otro integrante del Club Sicodélico es bienvenido con alfombra roja, participamos todos
de la arenga grupal antes de salir del camarín, y cuando terminan de tocar volvemos ahí
para curarnos raja. Manito es un robo descarado al riff de La Grange de ZZ Top, pero
qué buena es. Rodrigo como es yunta mío, siempre me dedica la que se llama Flores de
Papel, el muy conchatumare de repente lo dice apuntándome desde el escenario. Buenos
chatos todos, siempre es bueno verlos tocar; el problema es que a la mañana siguiente
no me acuerdo de todos los detalles.

Eugenio tomó la micro hace un rato, hacia los altos reinos de Las Condes. Diez minutos
después yo tomo otra, pero a la zona sur, donde los valientes mueren y los héroes se
forjan. Me pongo los audífonos y enciendo el pendrive —si, después de unos años tuve
que comprar uno—. Son saltos vertiginosos cada vez que aprieto el botón para adelantar
la canción: de Accept a Danzig, Scorpions a UFO, Van Halen y remato con Chuck
Berry; todo en la misma carpeta. Haciendo eso se me viene a la cabeza un amigo, que
cuando se curaba podía recitar, palabra por palabra, lo que una vez dijo Don Jamieson
en un episodio de That Metal Show. La cosa decía más o menos así:

«Los fanáticos del metal son extremadamente apasionados cuando de su música se trata.
A mí me gusta todo tipo de metal: desde Metallica, Motörhead y Loudness, hasta Lita
Ford. Así que es extraño conocer a esnobs, y sé que es un porcentaje bajo, pero igual.
Un buen amigo me dijo, el otro día, que si Megadeth no estaba entre mis tres bandas
favoritas, no era un verdadero fanático del metal… Esto me lo dijo un tipo que mira
American Idol; avísame cuando Dave Mustaine cante Wake Up Dead allí, mientras
tanto revisa si hay un pene en tus pantalones. Yo escucho según mi humor: cuando
estoy con una chica pongo Talk Dirty to Me de Poison; no puedes poner Cannibal
Corpse y esperar que se excite, a menos que sea un cadáver. Conocí a fanáticos que
creían que el buen metal es el más pesado, rápido y oscuro; eso está bien, ¿pero
significa que es el mejor? Pregúntenle a esas bandas noruegas de black metal… Es
cierto, no pueden, todos se mataron entre sí. La variedad le da sabor a la vida, y en el
metal es igual. Miren a Tiger Woods: no estaba satisfecho sólo con una rubia de Suecia,
él necesitaba variedad. Por eso yo no me caso sólo con Black Sabbath o Judas Priest…
Claro que en algunos estados Rob Halford y yo podríamos casarnos, pero eso es algo
entre el Dios del Metal y yo. El metal siempre fue la música de los renegados y siempre
fue rebelde. No digo que deban amar a todas las bandas, por eso es que siempre tenemos
tantos debates. Pero sin importar qué les guste, pónganlo fuerte. Y como Lemmy dice:
no dejen que los bastardos los derroten».

Brillante, me saco el sombrero; ¡ese es el programa que yo veo! Pero volviendo a donde
estaba: de pie, apoyado contra la ventana de la micro, ya ni recuerdo qué estaría
escuchando a esa altura, pero sí de que estaba en otra. Un hipster flacuchento, cuatro
ojos, me está hablando. Debo sacarme los audífonos para saber qué quiere: me pregunta
en qué parte tiene que tocar el timbre para bajarse en San Miguel, le respondo que esa es
la próxima parada y vuelvo a lo mío. Qué hueá más desagradable cuando cosas así
pasan, y allí es cuando se aplica una ley universal: una canción, mientras más grande
sea, jamás debe ponerse en donde quedó después de una pausa; se corta toda la
inspiración y se va a la mierda. ¿Te imaginas hacer eso con Rebel Rebel, Cat Scratch
Fever o Don’t Fear the Reaper? Por el respeto a esos próceres deben ponerse desde el
comienzo de nuevo; aquel que no esté de acuerdo que se vaya a jugar con tierra.
Ya son pasadas las 12:30 de la noche cuando me bajo y camino una cuadra para llegar a
la casa. Las calles están vacías. Es un poco espeluznante, no sabes si en la siguiente
esquina aparecerá una patota culiá de neandertales que querrá asaltarte. Caminar rápido
antes que los invoques es lo más sabio que puede hacerse. Cuando abro la puerta del
living, recién ahí cacho todas las luces apagadas, todos se durmieron temprano. Estoy
cansado, hueveando desde medio día, y recién ahora se me está quitando el efecto de la
galleta, capaz qué hueá dije o hice en esas horas; mañana le pegaré un pape al Nacho
por pasármela.

Me preparo algo para comer y subo con eso hasta mi pieza. Pongo en la radio el primer
disco que veo sobre el escritorio, es uno de Skid Row. Saco todo lo que traía en los
bolsillos y me tiro de espalda en la cama. Después de quince minutos me siento y
reviso, por primera vez en todo el día, el celular. Es un Nokia de hace un par de años;
me niego a estar, como el resto de los hueones mononeuronales, pendiente de lo último
que sale al mercado… Con lo que les duran sus cagás de smartphones antes que salga
una versión nueva. Aparte, ¿qué más le pides a alguien que de repente va al Persa
Biobío para comprar vinilos? La cosa es que veo un mensaje de texto, es del Leo; ni
caché cuando llegó, en la pantalla aparece como recibido a las 9:00 de la noche.
Alcanzo a leer: “Llega antes mañana, hay que repasar un poco para la prueba de
Lingüística” y… ¡Conchatumare! ¿Hay prueba mañana? Busco en el cuaderno, que está
dentro de la mochila, y veo anotada con mayúsculas la fecha de esa prueba: verdad, es
mañana —o mejor dicho en un par de horas más—. ¿Dormir quería? ¡Las pelotas! Parto
a prepararme una taza de café, es lo único que me puede salvar de morir olímpicamente
—aunque es toda una lástima que ahora no hubiese una mina en bikini que me lo
sirva—. Por lo menos, después de la prueba, me desquito yendo al Teatro Caupolican:
es el recital de Sebastian Bach. Ahora entiendo por qué estaba sobre el escritorio ese
disco de Skid Row. ¡Súbanle el volumen a esa hueá será mejor!