#4

BARRA LIBRE
RESEÑAS
Emilio Calvo de Mora Villar
Las realidades improbables son las
más disfrutables, pero siempre tiene
que haber una brizna de verosimilitud.
Se trata de que la cosa impostada, la
que se impone a lo real, no malogre la
posibilidad de que la trama se
desbarate al deslizar un elemento
fantástico, un recurso narrativo que....
LOS CUENTOS DEL
AMOR SIDERAL
I
Las realidades improbables son las más disfrutables,
pero siempre tiene que haber una brizna de
verosimilitud. Se trata de que la cosa impostada, la
que se impone a lo real, no malogre la posibilidad de
que la trama se desbarate al deslizar un elemento
fantástico, un recurso narrativo que luego sea
incómodo y sobre el que penda toda el equilibrio de la
mentira. Porque siempre andamos mintiendo.
Incluso cuando decimos la verdad, en el momento en
que relatamos prolijamente lo que pasó, sin el
concurso de la ficción, estamos incurriendo en una
falsedad o estamos manipulando lo que sabemos, tal
vez inconscientemente, pero al final lo que cuenta es
lo que se lee o lo que se cuenta, de modo que no hay
manera de que algo sea escrito o sea contado,
siempre está ahí la invención, contaminándolo todo.
Por eso las realidades probables, las que podemos
reconocer inmediatamente, por familiares, por
íntimas incluso, no son las que más convienen. Hace
falta mentir.
No decir: me llamo Emilio Calvo de Mora Villar, nací
en 1966 en Córdoba, no tengo hermanos, mis padres
están bien de salud todavía, tengo una mujer y dos
hijos, trabajo como maestro de inglés, tengo un blog,
bebo cerveza, escucho jazz, veo cine negro, leo poesía,
me dejo la barba antes de navidad y me pelo al cero
en verano, no tengo perro, leo la prensa a diario,
adoro las barras de los bares, me pierdo en el campo,
sé apreciar el talento ajeno, procuro afinar el mío,
sostengo la idea de que no hay otra vida después de
ésta, cuido a mis amigos y dejo que me cuiden
también, no conduzco, nunca he hecho deporte
alegremente, jamás he montado a caballo, sufro con
el mal que devasta al mundo, fumo medio paquete a
la semana, no sé usar un taladro, nunca me ha
preocupado la bolsa, creo en la política a pesar de
todo, me gusta escribir en los bares. No decir nada de
esto. Ni dónde naciste ni si te gustan las mujeres que
leen a Kavafis. Estar en el mundo sin que nada tuyo
sea relevante ni haga que los demás te observen o te
traten o te juzguen conforme a eso que saben. Estaría
bien que nos andásemos descubriendo a diario.
Hemos perdido la conquista de los otros. Sabemos
que tenemos una mujer o un marido, padres, hijos,
amigos, compañeros de trabajo, compadres de farra
o esos conocidos, de los que nada sabemos, con los
que nos cruzamos todos los días, yendo o viniendo a
Los cuentos del amor sideral / 2
la escuela, saliendo del supermercado o tirando la
basura en los contenedores. Pero no podemos dejar
de ser lo que somos. Yo soy para muchos el que
escribe en un blog o el que enseña inglés o el que
habla con entusiasmo del cine que ha visto, de la
música que ha escuchado o de los libros que ha leído.
Luego está el otro, el de adentro, el que anda
emboscado en otros asuntos. Uno que miente con
absoluta convicción. A fuerza de escribir tanto, de
contar lo que no existe, se tiene cierta inclinación a
mentir. El otro día me descubrí en un desliz que no
era tal. Dije algo que no era cierto. Supongo que no
seré el único. Era la realidad improbable venciendo a
la previsible. Era la ficción con su vértigo y con su
fiebre apartando fieramente a la realidad. Era el
deseo como un caos ganando terreno a l as
evidencias. No es grave mentir. Lo es si uno lo hace
porque no tiene nada mejor con lo que recabar la
atención de los demás. En ese sentido, la literatura es
una enorme mentira. Es lo improbable sobre lo
fehaciente, pero siempre tiene que haber una brizna
de veracidad. Se trata de que el engaño no sea tan
enorme que invalide todo lo demás y no deje que la
trama avance y los detalles, que son los importantes,
lo que luego trasciende cuando la lectura ha
terminado, prosperen. De todo lo que leemos solo nos
quedamos con detalles, con escenas sueltas de un
todo que se va perdiendo irremediablemente. Quedan
palabras sueltas incluso, diálogos no siempre bien
hilvanados. Y el ingenio recurre a la invención para
completar las partes dañadas. Lo que no recordamos
se cubre con lo que incorporamos para que no se vea
el roto.
No debería decirse: me llamo Juan Alberto Pérez
Huertas, nací en 1976 en Toledo, tengo cuatro
hermanos, mis padres murieron no hace mucho, los
mató el cáncer, primero uno y luego al otro, mi mujer
me dejó por esa época, ahora anda con un instructor
de yoga al que saca veinte años, tengo un hijo, está
metido en cosas que no entiendo, me habla poco y a
veces me habla mal, suelo salir de paseo al campo,
paseo y pienso, casi nunca llego a ninguna conclusión
satisfactoria, luego cojo el coche y vuelvo a la ciudad,
me paro en un estación de servicio, me tomó un café
bien cargado y leo la prensa deportiva, Cristiano
Ronaldo es un crack, el hijo de la gran puta, es un
profesional como pocos, se cuida mucho y luego eso
se nota en el campo, yo no me cuido, hace mucho que
no me cuido, en realidad no me hace falta cuidarme,
Los cuentos del amor sideral / 3
trabajo en una oficina, estoy sentado frente a un
ordenador diez horas al día, como en treinta
minutos, el bar de comidas caseras es limpio y no es
caro, allí conocí a Mónica, me habla con afecto, me
mima en cierto sentido, cuando me sirve el postre me
dice siempre algo que no tendría que decirme, me
cuenta que está sola, que su pareja va y viene, no
t i ene padres, muri eron de cáncer t ambi én,
deberíamos vivir en un mundo sin enfermedades, le
digo, pero no me escucha, hace falta algo más para
que se fije en mí, debo tener una cara muy triste, yo
siempre tengo la cara triste, Juan Alberto Pérez
Huertas, el triste, el que no tiene esposa, el que vive
solo, ahora no me preocupa tanto, pero cuando
Verónica se fue entré en una depresión severa, no
comía, no adecentaba la casa, no cuidaba mi higiene,
me llamaron la atención en la empresa, Alberto,
hueles como un cochino, tómate mañana el día libre y
ven el martes como dios manda, te la juegas, no está
la cosa para rollos depresivos, a todo el mundo le
deja la mujer o el marido o se le mueren de cáncer los
padres o se enamoran de la chica que le pone los
postres en un bar de comidas caseras, son cosas que
pasan, el mundo gira, el mundo siempre está
girando, no nos mira ni a ti ni a mí, va a lo suyo,
mueren reyes y nacen putas, dios está arriba,
vigilando a su manera, el cabrón vigila de pena,
deberíamos hacer un club de ateos, no como los que
suele haber, el nuestro sería un club reivindicativo,
ojalá dios existiese y fuese bueno y nos librara de
indeseables y de cazurros y de gente pendenciera,
viviríamos de puta madre, Juan Alberto, tú no
estarías hecho polvo por lo de Verónica, tu hijo no
estaría por ahí, perdido, haciendo la revolución con
el dinero de su padre, empastillado, no me miras mal,
es que lo vi el otro día y tenía una pinta muy extraña,
andaba con otros que no iban mejores, no sé en qué
anda metido, pero yo debo contártelo, Juan Alberto,
por eso es mejor que mañana no vengas, te quedas en
casa, ordenas tu cabeza, arreglas el piso, limpias los
platos, seguro que tienes la cocina hecha un desastre,
cuando mi mujer se fue con su hermana a un viaje a
Santo Domingo y yo tuve que quedarme de Rodríguez
viví todo eso que dices, me entra una depre severa, no
sabía qué hacer, no tenía nada en el frigorífico, le
dije que no se preocupara, que se fuese y disfrutase,
yo me apañaría en el comedor de la empresa, pero
luego me arrepentí, es muy triste comer solo, en un
bar, en un comedor de una empresa, te pregunta todo
el mundo, qué te pasa, Andrés, por qué comes aquí, tú
Los cuentos del amor sideral / 4
nunca comes en la empresa, y debes contarles que tu
mujer y su hermana se han ido a Santo Domingo, ya
sabes, te dicen que a qué han ido, que si los chorbos
en el Caribe la tienen así de grande, todo es muy
patético, triste y patético, lo mejor es quedarse en
casa, no tener que escuchar a nadie, pones la
televisión y ves las noticias, los muertos de los
terremotos y los parados del gobierno, los goles de
Cristiano Ronaldo y la últimas películas que puedes
descargarte con el torrent, puedes dormir en el sillón,
ya recogerás los platos, esta noche los recojo, esta
noche seguro, pero los días van pasando y se va
acumulando el trabajo que no has hecho, y un día
volvió Ana María con su hermana, abrió la puerta y
me vio con barba de una semana, oliendo a cochino,
el piso era un desastre, no te puedes ni imaginar,
botellas de vodka, bolsas de doritos, latas de cerveza,
Diogenes estaría contento conmigo, me dio un
ultimátum, dijo que se iba al Zara a comprar unos
trapos, que en tres horas estaba de vuelta y quería
verlo todo como los mismos chorros del oro, así que
dejó la maleta en la entrada y cogió el ascensor a la
cochera, se montó en el bmw y tiró de american
express un poquito más, las mujeres son adorables,
Juan Alberto, pero tienen esas cosas, mandan,
mandan y mandan, no hay manera de que no
manden, incluso cuando no mandan, cuando parecen
que están atentas a nuestras cosas y se avienen a lo
q u e d e c i mo s , e s t á n ma n d a n d o , ma n d a n
sibilinamente, deberían dedicarse a escribir y dar
rienda suelta a esa manera de mandar, a los
personajes se les manda bien, uno hace con ellos lo
que quiere, los lleva a callejones oscuros, hace que los
maten o que los hieran muy gravemente, si uno es
bueno, todos los escritores son buenos en el fondo, no
buscan el mal asi como así, buscan un mal suavizado,
el que admiten hacia sus adentros, leí una vez una
novela en la que el autor mataba al protagonista en
la segunda página, pero se tiraba las otras
doscientas contando la historia del muerto, dónde
nació, qué le hizo delinquir, cómo birlaba a la ley, en
fin, tú ya sabes, bueno, creo que mañana no vienes,
Juan Alberto, te tomas el día libre, vendrás mejor, no
lo dudes, sé de lo que hablo, llama a Mónica, la de los
postres, dile que la invitas a un té en casa, antes de
eso la limpias un poquito, que no sepa a la primera
que eres un auténtico cerdo, eso debe descubrirlo
después de que te la hayas tirado, ya sabes, tienes
que decirme si está buena Mónica, a mí me gustan
entradas en carnes, con buenas ubres, que haya
Los cuentos del amor sideral / 5
donde perder las manos, ay, Juan Alberto, vamos a
dejar de hablar, que me estoy poniendo como un toro,
lo dicho, nos vemos, tú hazme caso.
En lo que no es cierto hay más verdad incluso. En la
ficción está el mecanismo que hace que la verdad se
sostenga y tenga sus predicamentos sociales. No
hacemos caso de quien miente, no le aceptamos en
nuestro círculo de amigos, no le confiamos nuestras
cosas ni le pedimos que nos aconseje cuando tenemos
un problema. Al que miente se le aparta. Es el
apestado, el que hiere, el que no merece ninguna
atención ni aprecio, pero en cambio buscamos a los
apestados en las historias que leemos. No queremos
gente como Emilio Calvo de Mora Villar, tan
previsible en todo, que profesa aficiones compartidos
por tantos y que ejerce sus oficios, los de hijo, padre,
esposo, amigo, maestro, con un empeño cartesiano,
de poco fuste narrativo. No se puede sacar nada
relevante de una vida a la que no le calzamos una
horma más ancha o más estrecha, pero nunca la
suya. El pie tiene que ir incómodo para que se de
cuenta de las travesuras del camino.
No debería decirse, y sin embargo decimos, y
queremos saber más. A lo que nos inclinamos es a ser
fisgones a tiempo completo. Lo que nos gusta es que
la vida de los otros se nos muestre. Da igual que sea
de modo íntegro, sin guardar nada, o que algo se nos
reserve, con la esperanza de que nuestra sagacidad
la desvele. No sabemos nada, y sin embargo
queremos saber más: No me hiciste caso, Juan
Alberto, tuvimos que tomar medidas, yo hablé con la
jefa, le dije que estabas pasando por una mala racha,
le conté lo de tu mujer, lo de Mónica me lo callé, luego
me cuentas si te la tiraste o no, lo que importa es que
te han largado, han pensado que no estás cualificado,
no porque no sepas desempeñar tu trabajo, cuántos
años llevas, diez años, no, once, eso es una vida
entera, pero últimamente te has abandonado, tío, has
caído y te has dejado caer, yo creo que incluso te ha
gustado la caída, no me dirás que no se vive bien en
la indigencia moral, sin pensar en qué comer o a qué
amigos llamar, dándote lo mismo si tu hijo se estrella
con una moto o si saca cum laude en la facultad, llega
un momento en que mueres, aunque estés vivo, Juan
Alberto, tú notas que tu corazón late, aprecias cómo
te crece la barba, te duele el costado al subir las
escaleras y tienes dolor de cabeza por las noche, un
zombi registrado por el fisco incluso, un zombi al que
Los cuentos del amor sideral / 6
no le importa nada, un zombi de segunda, porque los
zombis que yo he visto en las películas, los que andan
lento y tienen jirones de piel y se le ven los huesos, los
huesos roj os, sol o pi ensan en al i ment arse,
curiosamente solo piensan en seguir muertos, fíjate
lo que digo, pero tú te has apartado de las cosas
buenas de la vida y ahora estás ahí, en el limbo, en
tierra de nadie, y ahora cuéntame si te tiraste a
Mónica, cabrón.
II
No debería extrañarnos que dos astronautas de corta
edad deambulen un barrio de las afueras. Es en la
extrañeza en donde subsiste el asombro que hace al
mundo girar. Ahora lo que nos interesa no es asentir.
El mundo gira. El asombro. Qué bien. Todo eso tiene
un valor, pero si estás sentado en un butacón y
afuera llueve lo que deseas escuchar es una historia.
Bien contada, a ser posible. La de los astronautas en
las afueras de la ciudad, que es como si dijésemos que
han llegado a una estación sideral que está a años luz
y han salido a ver el ambiente. Deber haber una línea
que no vemos que aparta lo real de lo que no lo es. No
sé a qué lado quedarme. Supongo que depende de
cómo haya ido el vuelo. Días de absoluta necesidad
de ciencia-ficción. Miéntanme, díganme que hay un
Nostromo por ahí. Que dentro hay aliens. No me
tengan en la duda de si se salvarán o no. Uno no
puede irse a la cama sin saber si los dos astronautas
fueron devorados por una entidad sobrenatural. No
es morbo o lo es de un modo absolutamente lúdico.
Días de realidad también. Acudimos al arte para
sacudirnos el gris de los días. Yo veo en el jazz o en el
cine negro o en la poesía (no en todo el jazz, ni en
todo cine negro ni por supuesto en toda la poesía)
una fuente maravillosa de asombro, raciones
enormes de asombro con el que elevar la cumbre de
la jornada. Quizá los astronautas sean los que velan
por la integridad de esa belleza. Están ahí para
preservar la tozuda necesidad de querer saber más,
qué es lo que hay detrás. Toda la carrera espacial
será eso, una tentativa de infinito, una dulce sesión
de cuentos al amor de las estrellas. Todos somos
astronautas. Yo fui uno zurdo y escribí sus cuentos.
Ya saben. Vine para hablar de mi libro.
Los cuentos del amor sideral / 7
Alberto Granados
Acaba de llegar a las librerías el último
título de Rhisas Bromescu, “Los deseos
del eunuco” (Granada, Editorial Gallo
del Viento, 2028), con prólogo del
académico neogalés Ginés Bernhardinn
y una nota final del prestigioso filólogo
norteamericano afincado en nuestra
ciudad, Nicholas Redwine...
LAS LETRAS DE LA
NADA
Acaba de llegar a las librerías el último título de
Rhisas Bromescu, “Los deseos del eunuco” (Granada,
Editorial Gallo del Viento, 2028), con prólogo del
académico neogalés Ginés Bernhardinn y una nota
final del prestigioso filólogo norteamericano
afincado en nuestra ciudad, Nicholas Redwine. Esta
obra cierra la multiforme tetralogía que el autor
inició en 2004 con “La tempestad congelada” y
continuó con “Polvo de nube” (2017) y “Cirrosis en el
alma” (2021).
Las tres obras anteriores ofrecían al lector un
universo caótico y aleatorio, lleno de recovecos
intimistas y referencias a los iconos de la cultura
alternativa de estos últimos años y el nuevo libro da
una ulterior vuelta de tuerca a los conceptos, a la
técnica y al contenido entero de la obra. En efecto,
Bromescu adelgaza el concepto hasta convertirlo en
mera voluta inconsútil que se esfuma en polvo, en
sombra, en nada…, como afirma Michael Cobowsky:
“La literatura de Bromescu ha dejado de ser
conceptual, ya que apenas contiene ideas. Sólo es un
entramado de artificios literarios y metaliterarios
que al ensamblarse en el texto deberían funcionar
perfectamente y seducir al lector. El problema es que
tampoco hay texto y tal vez no llegue a haber lector.
En ese caso, Bromescu sería él mismo toda la
literatura e incluiría al autor y al público, con lo que
vaciaría de contenido el histórico concepto de obra
literaria, tal es su capacidad creadora” (“En Quassi-
Revista de literatura alternativa” nº 117, Perogil
Tower University Press, octubre de 2028).
El tono aforístico, el planteamiento antidiscursivo y
la voluntaria (o no) dejación de los postulados de la
ortografía hacen de esta singular obra un piélago de
dificultades para seguir su decurso expositivo. La
hispanista argentina Mariel Rappettini, que ha
c o ns e gui do aunar di s c ur s o i nt e l e c t ual y
psicoanálisis, nos dice: “Leída esta cojudez, observo
que todo en esta obra de Bromescu es subversión en
el texto. La sintaxis se desestructura, el léxico se
desvirtúa, el concepto se pierde y el tema se diluye. Si
no fuera por la genialidad de sus planteamientos se
diría que el lector se aburre, que Bromescu es un
tarado, el muy boludo.” (El Fanzine de Buenos Aires,
nº 108, Mendoza, abril de 2028).
La última entrega del dominical de El Eco de Lucena
ofrece, en la reseña del eminente profesor Emile Bald
Las letras de la nada / 9
von Moorish un brillante análisis de esta obra. “Es –
nos dice- una mezcla de los aforismos de Wilde con
las fotonovelas de los setenta, pero llega mucho más
allá en la corriente experimental: los poemas
escritos con los captchas que le han ido saliendo al
incluir sus comentarios en los foros de internet aúnan
la originalidad, la capacidad creadora… y la
inanidad más absoluta, en la misma línea de algunas
de sus obras primerizas”. Sin duda, el profesor Bald
se ref i ere a obras t al es como “Pompas de
jamón” (1993), “¿Y ahora qué, so imbécil?” (1998) o
“Vomitera” (2000).
De la misma opinión es el crítico de libros de The
Badajoz Post, Raymond “Kiss” O’Nyass que, en la
última separata cultural (1 de noviembre de 2028)
decía haberse sentido trasladado a las regiones más
sublimes del éter cuando, mientras leía esta singular
obra, se bebió una botella de Saint Emilion, gran
reserva del 2004. “Bromescu, que dice haber buscado
siempre la simpleza en su obra, peca de humildad: no
es una obra simple, sino simplísima, pero tiene su
punto”.
Por mi parte, confieso que el pasaje del libro que me
ha parecido más brillante es aquel en que reproduce,
sin puntos ni comas, un catálogo de ofertas de
Hipercor, aunque tampoco está mal ese capítulo
donde mezcla aleatoriamente flyers recogidos de la
calle y la carta de un McDonald: ahí el joven
Bromescu deja claro el rumbo que la creación
literaria, en general, está a punto de iniciar. O tal vez
sería más exacto usar la palabra derrotero en vez de
rumbo… Derrot ero de derrot a absol ut a, de
claudicación total y definitiva de la literatura… Era
previsible: cuando un ministro como Wert impuso la
LOMCE, los viejos del lugar ya sabíamos que la
creación literaria podía llegar a esto.
NOTA: Debe quedar claro a cualquier lector que pase por esta
reseña que es una mera invención, un divertimento en el que no
hay ni un solo dato verdadero: autor, títulos, nombres de las
publicaciones, portada, fecha… forman parte del reto de reseñar
un libro inexistente, objetivo pactado por los integrantes del
Barralibre.
Los nombres de los críticos que menciono son, en cambio, un
guiño a mis libreros de Nueva Gala, Bernardino y Ginés, y a los
otros integrantes de este singular bar.
El dardo contra el ministro Wert, sin embargo, sale de lo más
sincero de mi pesimismo.
Las letras de la nada / 10
Miguel Cobo
SONETIL 500 es un preparado
terapoético de amplio espectro con el
que el doctor Edgar Alien Poet ha
logrado sintetizar el principio activo
Inspiradona en sus Laboratorios
Desmayers Sisif S.L. de Baltimore.
SONETIL 500
SONETIL 500 es un preparado terapoético de amplio
espectro con el que el doctor Edgar Alien Poet ha
logrado sintetizar el principio activo Inspiradona en
sus Laboratorios Desmayers Sisif S.L. de Baltimore.
Se presenta en cajas, ya de 14 comprimidos
efervorescentes, ya de 33 cápsulas bioanímicas.
Además del principio activo, cada comprimido o
cápsula contiene los siguientes excipientes: ácido
metafórico, anaforato estético, disrimil consonántico
y similitol polisilábico.
Los efectos del SONETIL 500 sustituyen con creces a
los de los poemarios tradicionales y ha permitido,
tras décadas de vanguardismos anabolizantes,
superar las contraindicaciones del egolatrismo
endémico, también conocido como “mal de los
poetas”, con todos sus egoistmos, asimilados en la
corriente global Mester de Egolatría.
La sustitución de la palabra oral, escrita o digital por
el preparado SONETIL 500, permite metabolizar
fácilmente su principio activo, la inspiradona, y
asimilar sus efectos hipersensibilizantes, una vez que
pasa al torrente sanguíneo a través del parénquima
gástrico. Posteriormente, la enzima del lirismo,
liberada en el córtex, sublima la emocionina, un
alcaloide que proporciona gran placer intelectual, sin
necesidad de saber leer. Razón por la cual el
SONETIL 500 está indicado para el analfabetismo, la
incultura y la insensibilidad crónica.
Puede ser administrado sin problemas a cualquier
persona sin distinción de raza, sexo, edad o idioma,
contribuyendo así a volatilizar la barrera del
elitismo clásico y a transfundir la quimiocultura a
t odo t i po de t ej i dos soci ocul t ural es, t ant o
epidérmicos como viscerales.
No está contraindicado durante el embarazo ni la
lactancia, sino todo lo contrario. Durante el
tratamiento se pueden conducir máquinas y es
compatible con todo tipo de dispositivos móviles,
excepto e-books.
Contraindicado a lectores compulsivos y poetas de
tierna rima que nada saben mirar y son como pobres
ciegos que no saben a donde van.
De venta solo en farmacias.
SONETIL 500 / 12
Ramón Besonías Román
Corrían malos tiempos; malos para el
pueblo elegido, pero suculentos para
este incipiente periodista, redactor en
un viejo periodicucho de provincias, Ad
absurdum, que sobrevivía gracias al
mecenazgo de romanos conversos que
desde la clandestinidad y adaptados
desde décadas al judaísmo...
APÓCRIFO
Corrían malos tiempos; malos para el pueblo elegido,
pero suculentos para este incipiente periodista,
redactor en un viejo periodicucho de provincias, Ad
absurdum, que sobrevivía gracias al mecenazgo de
romanos conversos que desde la clandestinidad y
adaptados desde décadas al judaísmo, casados con
judías, circuncidados en secreto, renegaban a su
forma contra los excesos de la pax romana. Ese era
yo hace veintitantos años: un joven ávido de noticias
f rescas, cuant o más t rucul ent as mej or. La
dominación romana era el hándicap perfecto para
cubrir cada día al menos seis papiros. Entre los
impuestos abrasivos de los procuradores, la
persistente guerrilla de zelotes, el ruido de los pseudo
profetas en la plaza y cientos de mesías diletantes en
busca de un minuto de gloria, tenía rotativa para
una semana. En unos años logré decenas de
informadores por toda Judea, dispuestos a soplarme
una noticia incunable por un mísero lepton. Fue por
aquella fecha cuando llegó a mis oídos una historia
increíble que solo ahora me atrevo a publicar, por
respeto a mi fuente. Fue en boca de un lacayo de
Zadoq; sí, ese mismo, aquel que fundara años atrás
el movimiento independentista judaico, un huraño
fariseo reconvertido en azote de centuriones. Tengo
algo para ti, algo que te cubrirá de gloria, me dijo. Al
parecer alguien quería hablar conmigo, solo
conmigo. Mi chivato me aseguró que se trataba de un
bombazo, una noticia que haría removerse de su
tumba al mismísimo Salomón. Mi desconfianza solo
podía ser superada por mi curiosidad, de ahí que
pese al peligro que corría al aceptar una cita
nocturna con vete tú a saber quién, acabé cediendo
por mero orgullo profesional. Por aquel entonces,
Séforis era un cuartel blindado por varias cohortes
que vigilaban cada esquina en busca de insurgentes.
Debía ir con cuidado, no respetar el toque de queda
promulgado tras la revuelta contra el censo era
castigado con la amputación de una mano; la otra
mano y un ojo para aquel que reincidía. Los perros
callejeros agradecerían este improvisado manjar; el
perímetro de las murallas se convirtió en pocos años
en un manto de metacarpos y falanges. La mitad de
los seforianos acabaron tullidos.
Tras varios zigzags, huyendo de la soldadesca,
llegamos a un terreno baldío, a las afueras del
poblado, adornado tan solo por un par de sicomoros
resecos y lo que parecía una vivienda de poco más de
un par de cañas de medir. Dentro iluminaba la
Apócrifo / 14
estancia un candil herodiano, creando extrañas
siluetas en el techo; un anciano alto y espigado, con
aspecto de esenio, oculto su rostro bajo una capucha
de esparto, comía un mendrugo aceitado. Al vernos
llegar, izó su rostro huesudo y clavó su mirada sobre
mí. Por un momento quizá pensó haberse equivocado
al concertar la cita, o quizá desconfiara de mi
identidad; no era para menos. En cualquier caso, no
tardó en alzar su mano e invitarme a sentarme junto
a él. Debo confesarme, dijo. Aquello me desconcertó;
esperaba que mi confidente fuera un aprovechado o
un zelote en busca de propaganda, pero no; por el
tono de su voz intuía que se trataba de un hombre
honesto en busca de redención. Tengo un sexto
sentido para las personas; sé por experiencia si
alguien miente, viene con verdades a medias o sale de
su alma la verdad; y este individuo era de fiar, os lo
aseguro. Tardaría poco tiempo en confirmar mi
augurio.
A solas, bajo aquella choza de adobe y ramas,
comenzó su relato, sin más preámbulo que una
extraña petición: Aquello que voy a contarle debe
quedar entre usted y yo, no debe ser publicado hasta
después de mi muerte. No quise importunarle,
temiendo que mi escepticismo silenciara su voluntad.
Asentí sin más y escuché. Intentaré transcribir sus
palabras lo más fielmente que pueda. Por ventura, al
llegar a casa pasé el resto de la noche escribiendo su
confesión, desconfiando de que mi memoria
desfalleciera. Hasta hoy ha permanecido oculta en un
talit, a la espera de poder compartirla. En no pocas
ocasiones he estado tentado de sacarla a la luz, de
desvelar su verdad a fieles y paganos, pero tal fue la
honda impresión que causaron en mí las palabras de
aquel hombre que enmudecí, en contra de mi natural
querencia a la incontinencia informativa. He aquí sus
palabras:
«Nací en Nazaret; eso sí que es cierto. Pocas cosas se
dirían de mí años después que obedezcan a la verdad.
También lo es que mis padres eran artesanos y yo
mismo acabaría heredando la carpintería que
durante más de cien años regentara con sabiduría y
rectitud el padre de mi padre y también su padre.
Hasta la edad de 17 años no era diferente a cualquier
otro judío temeroso de Yahveh. Pero debido a no
sabemos qué pecado de mis antepasados, acabé
siendo el hombre más desdichado que haya existido
sobre la faz de esta tierra. Una mañana soleada -aún
Apócrifo / 15
la recuerdo como le veo a usted en este momento-
andaba yo afanado en pulir un par de tablones, un
encargo entre tantos otros que realizaba cada día
para el gobernador romano. Por aquel entonces era
habitual crucificar un día sí y otro también como
escarmiento, cuando no como mero entretenimiento
para la tropa. De ahí que el oficio de carpintero fuera
esencial para el mantenimiento del orden imperial.
Pero volvamos a aquella mañana. Me ausenté unos
minutos para rellenar un par de pieles con agua de
un pozo cercano, y allí estaba ella. Ojos como de
palomas, cabello como manada de cabras. Labios de
hilo de grana, habla hermosa; sus mejillas, dos
granadas rebosantes. Así la sentía mi entendimiento
y mi voluntad. No era lujuria, no, téngalo por
seguro; mi amor fue desde el comienzo sincero. Al
principio no nos hablamos; apenas podía emitir un
leve gruñido en su presencia. Hasta salivar me
costaba, no fuera a notar mi aprecio. Tan era mi
cándida timidez. Pero ella bien sabía desde el primer
dí a que mi corazón prendí a ant e su mera
contemplación. Hoy, más sabio por viejo que por
letrado, no me recrimino mi honesto cariño hacia
ella, pero sí mi ignorancia en relación a lo sucedido
meses después. Su silencio y distancia dieron paso en
pocas semanas a miradas cómplices, roces fingidos
de involuntariedad al pie del brocal, una frase hilada
al vuelo, y al final, como premio a mis esfuerzos, su
voz, canto celestial para mis oídos.
Apenas terció un par de semanas y su padre, de
nombre Joaquín, apareció de la nada, reclamando su
mano en pago de su honra. Ni siquiera sabía su
nombre: María, María. Hoy puedo hablar claro y sin
miedo a aquellos que durante décadas han sellado
mis labios. María, con poco más de 13 años, fue
sorprendida cuando alimentaba animales por un
rudo centurión recién llegado, superviviente de la
emboscada de tres legiones a manos del bárbaro
Arminio, allá por tierras de aquellos a quienes se
conocen como germanos. Destinado en Galilea,
Quintilio -así se llamaba- quizá en prenda por su
exilio involuntario a estas tierras, creyó justo
compensar sus servicios a Augusto cubriendo a
María. Sus padres, deshonrados e impotentes,
buscaron sin éxito y con celeridad un chivo que
expiara la culpa y de paso cubriera las apariencias.
He aquí que aparecí yo en escena como nexo
conciliador de este drama familiar. De la noche a la
mañana fui acusado por sus padres de haber
Apócrifo / 16
mancillado a su hija y obligado por reducción al
absurdo a contraer santo matrimonio. Mi primera
reacción fue negarme a servir de animal de
sacrificio, pero mis futuros suegros se encargaron de
dosificar aviesamente entre los vecinos suficiente
información como para que en pocos días nadie en
decenas de kilómetros requiriera de nuevo de mis
servicios como carpintero. De ser un honrado y
habilidoso artesano pasé a convertirme en un
leproso. Por esta razón, contra mi voluntad, me vi
forzado a casarme con María y a huir la noche
siguiente hacia Belén, a fin de evitar que la preñez
llegara a ser más explícita a ojos de los fariseos.
Años después llegaría a mis oídos que Herodes,
instado por el mismísimo emperador Augusto,
ordenó dar muerte a todos los niños recién nacidos
en aquella comarca. Una masacre de la que por
suerte salimos ilesos gracias a que logramos
ocultarnos en un mísero pesebre; veintitrés días
permanecimos al calor de las bestias. Al parecer,
Quintilio, padre natural de mi hijo, era sobrino de la
mismísima Agripa, quien dispuso a la mayor
brevedad la eliminación de cualquier prueba que
pudiera ensombrecer la futura carrera política del
que por entonces era tan solo un centurión como
tantos otros, desahogando sus necesidades sobre
carne pagana. Sin embargo, Quintilio apenas
llegaría a ser algo más que Primus Pilus y moriría
años después a manos de bárbaros en tierras
remotas. Me consuelo con la esperanza de que su
muerte fuera lenta y dolorosa.
Hasta aquí puede que mi relato ofrezca poco más que
un interés dramático y tenga más naturaleza de
cuento para divertir a los niños en una noche oscura
que de verdadera revelación. Sin embargo, déjeme
que siga y verá que merece la pena la espera. En
aquel pesebre vi aparecer por primera vez la cabeza
de mi hijo, al que llamaríamos Jesús en honor al
pastor que nos dio cobijo durante nuestro cautiverio.
Permanecimos lejos de Judea durante ocho largos
años. A nuestra vuelva, exentos de explicaciones y
libres de peligro, intentamos sin éxito rehacer
nuestra vida. La desgracia no sobrevino a causa de
penurias económicas; al contrario, la carpintería
funcionaba a pleno rendimiento y nunca vi en mi
vida entrar tantos denarios. Sin embargo, María
nunca fue la misma. Al regresar a Nazaret, los
demonios de su juventud regresaron y pronto se vio
Apócrifo / 17
sumida en una profunda oscuridad de la que nunca
logró recuperarse, pese a mis esfuerzos. Comenzó a
reunirse con un grupo de zelotes, comandados por
Judas el Galileo, que le metieron en la cabeza
extrañas ideas sobre el origen de nuestro hijo.
Regresaba de aquellas reuniones clandestinas como
poseí da, afi rmando que nuestro hi j o era el
mismísimo Mesías, el hijo de Dios. Yo la conminaba a
reprimir sus accesos en público, temeroso de que su
locura llegara a oídos del Sanedrín. Intenté hacer
todo lo que estaba en mi mano para que las
ensoñaciones de María no afectaran a Jesús, pero de
nada sirvió. Acabó inoculando en mi pequeño la idea
de que no era un hombre cualquiera, sino el hijo de
Dios en la tierra. Que antes de que naciera un ángel
de Yahveh entró en su casa y le anunció que daría a
luz un hijo, pese a no haber conocido varón; que ese
niño crecería y se convertiría en el Mesías, salvador
de Israel. El resto de la historia es bien conocida por
estas tierras. A los 23 años de edad mi hijo salió de
casa para no volver; se fue a vivir con un grupo de
iluminados que creyeron sus alucinaciones y acabó -
ironías de la vida- crucificado en maderas fabricadas
por mí. Y aún los hay que siguen creyendo tales
patrañas para justificar que algún día Yahveh tendrá
a bien salvar a su pueblo elegido.
Pero no se agota aquí mi perplejidad. Pocos años
después de que Jesús se emancipara, María apenas
pasaba por casa. Andaba todo el día siguiendo los
pasos de su hijo, rezando a Dios por haberla elegido
como madre del Mesías y pasando el día con su secta
habi tual de zel otes y eseni os naci onal i stas,
esperanzados en que Jesús fuera realmente el azote
definitivo que obligara a los romanos a salir de
nuestra tierra y restaurara la grandeza vivida en
tiempos de Salomón. Por supuesto, nada de eso
sucedió. Mi hijo acabó asesinado a causa de su
propia estupidez, víctima de la locura de su madre y
de miles de lunáticos, presos de esta escatología
redentorista. Todo se hunde a nuestro paso, mi
paciente amigo, todo. Nada de aquello que vimos
crecer pervive. No tardé ni dos años en abandonar a
María. Emigré a Samaria en busca de paz. Hace poco
más de un año, un viejo amigo de mis años de
adolescente vino a visitarme y me confesó muy
arrepentido haber sido durante media vida un fiel
zelote, mano derecha de Judas el Galileo. No podía
aguantar el peso que había cargado sobre su corazón
todo este tiempo y deseaba aliviarse, narrándome
Apócrifo / 18
con todo tipo de detalle la intrincada conspiración
que habí a teni do a mi hi j o como pri nci pal
protagonista, siendo éste inconsciente de los hilos que
sostenían su fatal destino. Al parecer, el frente
revolucionario para la liberación de Israel se había
enterado del origen romano de Jesús y de que este
hecho había provocado la famosa masacre de
i nocentes. Aprovechando esta ci rcunstanci a,
urdieron un plan para convertir a Jesús en un
instrumento de propaganda independentista. Pero
raramente en este mundo caminan de la mano
voluntad y realidad. Jesús, pese a los ímprobos
esfuerzos de María por vengar su violación,
utilizando a su propio hijo como herramienta para
sus propósitos de insana redención, voló a su aire,
desoyendo a su madre y uniéndose a la secta de los
esenios de Qumrán, a los pies del mar Muerto,
quienes al igual que los zelotes también esperaban la
llegada del Mesías, pero rehuyendo de la violencia
como método de persuasión defendían la vía del
ascetismo y un concepto más espiritual que político
del advenimiento.
Los zelotes infiltraron en el grupo de Jesús a Judas
Iscariote e intentaron aprovechar la ocasión propicia
para convertir a mi hijo en mártir, ya que como
Mesías dejaba mucho que desear. Esperaban que su
muerte provocara una sublevación popular que
obligara al ejército romano a replegarse y huir.
Como ya sabe usted, esto no solo no sucedió, sino que
la represión contra los judíos se ha recrudecido. Y lo
que nos queda.
Después de mi partida a Samaria solo volví a ver a
María en una ocasión. El día en que murió nuestro
hijo. Pero no hablamos; tan solo nos miramos a lo
lejos. Poco más. Intenté reprimir mi ira, olvidar el
daño que unos y otros habían provocado en Jesús. Ni
siquiera tuve voluntad de llorar; no me salían las
lágrimas. Un dolor inaguantable ahogaba mi
indignación. Corrí entre el gentío que se congregaba
ansioso por asistir en primera fila al espectáculo.
No tardaron mucho en llegar las amenazas. ¡Calla o
morirás como tu hijo! Si no me mataron fue quizá
por mediación de María. Callé no solo por ellos;
necesitaba olvidar, regresar a la rutina, centrarme
en el trabajo, dejar que los días pasaran hasta
entregar mi alma a Yahveh. Pero hace unos días leí
en su periódico que una secta llamada de los
Apócrifo / 19
cristianos crecía como un incendio por todo Israel,
anunciando la segunda venida de Jesús, resucitado
de entre los muertos, y pensé que mi historia no
puede quedar en el olvido. Sé que me queda poco
para abandonar este mundo desquiciado por la
superstición y la vileza del poder. Le ruego haga
buen uso de mi relato.»
Enmudecí . Est aba acost umbrado a reci bi r
información como un mero intercambio de intereses,
pero nunca como el episodio biográfico de mis
confidentes. Ayer murió José, el carpintero, hijo de
carpinteros, padre de Jesús, aquel a quien muchos
llaman el Mesías, y esta es su historia.
Apócrifo / 20
http://espacobarralibre.blogspot.com.es
Invita la casa
BARRA LIBRE