LUIS HERNANDO MUTIS IBARRA

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IV Congreso Internacional de la Lengua Española
Cartagena de Indias (Departamento de Bolívar, República de Colombia) Marzo 26 al 30 del 2007

COMPILACIÓN

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Luis Hernando Mutis Ibarra

República de Colombia Departamento de Nariño Municipio de pasto

DISCURSOS DEL IV CONGRESO INTERNACIONAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA
Cartagena de Indias (Departamento de Bolívar, República de Colombia) Marzo 26 al 30 del 2007

CONTENIDO
1. Discurso de Gabriel García Márquez: En su homenaje en Cartagena durante la jornada inaugural del IV congreso internacional de la lengua española 2. Discursos de Carlos Fuentes 2.1. Para darle nombre a América 2.2. Discurso en el III congreso internacional de lengua castellana 3. Discursos del periodista Juan Gossain, Director de RCN (Radio Cadena Nacional) 3.1. La lengua española y el universo. 3.2. De gallinas y verbos.

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1. DISCURSO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ1
EN SU HOMENAJE EN CARTAGENA DURANTE LA JORNADA INAUGURAL DEL IV CONGRESO INTERNACIONAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA "Ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien Años de Soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura. Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores, y hacia un artesano, insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido. Pero no se trata ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de Cien Años de Soledad no son un millón de homenajes al escritor que hoy recibe, sonrojado, el primer libro de este tiraje descomunal. Es la demostración de que hay millones de lectores de textos en lengua castellana esperando, hambrientos, de este alimento. No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente. En mi rutina de escribir, nada he cambiado desde entonces. Nunca he visto nada distinto que mis dos dedos índices golpeando, una a una y a un buen ritmo, las 28 letras del alfabeto inmodificado que he tenido ante mis ojos durante estos setenta y pico de años. Hoy me tocó levantar la cabeza para asistir a este homenaje, que agradezco, y no puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que
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Discurso pronunciado en Cartagena de Indias (Colombia), el 26 de marzo del 2007, en el marco de la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de Lengua Castellana, con motivo de su homenaje por sus 80 años de vida cumplidos el 6 de mazo del mismo año.

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me ha sucedido. Lo que veo es que el lector inexistente de mi página en blanco, es hoy una descomunal muchedumbre, hambrienta de lectura, de textos en lengua castellana. Los lectores de Cien Años de Soledad son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo. No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano. El desafío es para todos los escritores, todos los poetas, narradores y educadores de nuestra lengua, para alimentar esa sed y multiplicar esta muchedumbre, verdadera razón de ser de nuestro oficio y, por supuesto, de nosotros mismos. A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática, eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica, calculé que me costaría unos seis meses de mañanas diarias para terminar. Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos, entre ellos "La región más transparente", de Carlos Fuentes; "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, y varios guiones originales de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final, la novela era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja, para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. Pocos años después, Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús, con un aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió, empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa, hoja por hoja, con una plancha de ropa. Lo que podía ser motivo de otro libro mejor, sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo, con nuestros dos hijos, durante ese tiempo en que no gané ningún centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.

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Habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestras primeras incursiones al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con un rigor de cirujano, pasó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero: "Todo esto es puro vidrio". En los momentos de dificultades mayores, Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz: "Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses". "Perdone señora –le contestó el propietario, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?". "Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible–, pero entonces lo tendremos todo resuelto, esté tranquilo". Al buen licenciado, que era un alto funcionario del Estado y uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: "Muy bien, señora, con su palabra me basta". Y sacó sus cuentas mortales: "La espero el 7 de septiembre (sic)". Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de la ciudad de México, para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien Años de Soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina, a doble espacio y en papel ordinario y dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: "Son 82 pesos". Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera, y se enfrentó a la realidad: "Sólo tenemos 53". Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarla. Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy. Muchas gracias".

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2. DISCURSOS DE CARLOS FUENTES
2.1. PARA DARLE NOMBRE A AMÉRICA2
Conocí a Gabriel García Márquez allá por el 1962, en la ciudad de México y en la calle de Córdoba 48, una casa llamada «La Mansión de Drácula» por su evidente aspecto transilvánico y sede de la compañía productora de cine de Manuel Barbachano Ponce. Barbachano Ponce era un rotundo y energético yucateco, miembro de la llamada «casta Divina» que dominó largo tiempo a la península maya con vastas plantaciones de henequén y trabajo feudal. Desposeídos por la Revolución mexicana y en particular por las medidas del gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto, los Barbachano debieron encontrar otras hacendosas ocupaciones en la hotelería, el turismo y el cine. Manolo Barbachano renovó en su momento el lánguido cine comercial de México, cimbrado apenas por las trepidaciones bailables de «Tongolele», Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, nuestras caribeñas rumberas oficiales. Barbachano apostó a un cine documental y cuasi documental, directo, sin adornos, en blanco y negro: Torero, una experiencia de cine-verdad en torno al diestro Luis Procuna; Raíces, la adaptación de varios cuentos rurales del escritor Francisco Rojas González, y, finalmente, Nazarín, la película con la que Luis Buñuel volvió a cegar la pantalla, después de un indeseado e indeseable asueto comercial, con las navajas de Aragón y los tambores de Calanda. La historia de Pérez Galdós fue adaptada por otro español, el guionista Julio Alejandro, y situada en un México agrario y agreste donde el cura Nazario intenta hacer el bien, provoca el mal y recibe como recompensa una inmanejable piña. Digo con esto que al llegar a México a principios de los sesenta, Gabriel García Márquez fue recibido —en La Mansión de Drácula— por
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Discurso pronunciado durante la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en Cartagena de indias el 26 de marzo de 2007.

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un equipo que incluía a los republicanos españoles Federico Américo, productor de la vieja CIFESA, Carlos Velo, que en España realizó un memorable documental sobre El Escorial, y Jaime Muñoz de Baena, un seductor señorito madrileño de agudo ingenio y modas británicas. A ellos se unía muy señaladamente Álvaro Mutis, el escritor colombiano, que fue quien me presentó, en Córdoba 48, al recién llegado Gabriel García Márquez, al cual yo ya conocía, desde luego, como el joven escritor de La hojarasca, un libro de apariencia rústica y entraña nobilísima, pues de él, me parece, surge el universo creador de García Márquez. Yo había editado en los años cincuenta una Revista Mexicana de Literatura que se correspondía, en Bogotá, con la mítica revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán. Entre Mutis y Gaitán, me fue dado ir publicando los cuentos de García Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior, porque cada uno contenía al anterior y anunciaba al siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a El coronel no tiene quien le escriba y a La mala hora, pero también prolongaban, como el eco del mar dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de pasados relatos de Gabo. «La tercera resignación», «Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín forja una estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles» y «Ojos de perro azul»..., títulos que eran nombres, nombres que eran bautizos, nombres de misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos como arte y artificio, naturaleza y natividad, profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y sueño. Todo ello me impulsaba, con un movimiento del corazón, a conocer al autor que nombró esos cuentos, al artífice que los soñó: aquí estaba, en Córdoba 48, tal y como años más tarde lo describiría, en sus memorias, el presidente François Mitterrand, como «un hombre parecido a su obra: sólido, sonriente, silencioso..., dueño de un desierto de silencio como solo las selvas tropicales pueden crear». «Desde que leí Cien años de soledad —añade Mitterrand— la obra me ha embrujado». Seguramente un hombre tan perspicaz como este francés esencial, que por serlo jamás dijo una tontería, leyó en Cien años lo que muchos más vimos desde las páginas sin árbol de La hojarasca: García Márquez era un nuevo descubridor, un bautizador del nuevo mundo, hermano de Núñez de Balboa y Fernández de Oviedo, de Gil González y Pedro Mártir, en la tarea interminable de darle nombre a América. Lo conocí en 1962 en Córdoba 48 y nuestra amistad nació allí mismo, con la instantaneidad de lo eterno. Gabo culminaba en México un joven periplo que lo había llevado de Aracataca a Barranquilla, de Sucre a Zipaquirá, y luego de Bogotá a Roma, Londres y París, en mosaicas tabletas de información escritas en El Universal, luego en El Heraldo, finalmente en El Espectador, que lo sorprende en el exilio europeo dejando atrás, pero teniendo presentes siempre, las tensiones colombianas que se renuevan —porque no se inician— el 9 de abril de 1949 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y culminan con la clausura de El Espectador por Gustavo Rojas Pinilla en 1955, determinando una errancia que, al cabo, nos trae al Gabo, en un autobús Greyhound, con Mercedes y Rodrigo y Gonzalo en espera, a la ciudad de México, la más vieja

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ciudad viva del hemisferio occidental, la urbe azteca, virreinal, barroca, caótica, antiquísima, modernísima, la ciudad de roja piedra tezontle y afrancesadas mansardas esperando la improbable nevada tropical y edificios de cristal despedazado que no quieren durar más de cincuenta años. México, D. F., donde la familia de García Márquez tendría, de allí en adelante, su principal residencia para honor y alegría de México y los mexicanos. Juntos entramos al Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas, representada en un masivo monolito cuyos terribles elementos —serpientes, calaveras, manos laceradas, sexo impenetrable— le proclaman a la ciudad y al mundo: —Yo no soy Venus. Yo no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque no soy humana. Entonces, después de diez minutos de contemplación, García Márquez dice: —Ya entendí a México. Que es algo más de lo que podemos decir los mexicanos, constantemente sorprendidos por un país que no acabamos de descubrir pero en el cual García Márquez se acomodó con la sabiduría de hechicero que le atribuía Mitterrand. Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los años sesenta una de las leyes del Castillo determinaba que los extranjeros debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino — amuélense todos— en un consulado mexicano del extranjero. Esto significaba que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México. Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-ChilpancingoAcapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías? Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme». Porque en esa época, él y yo fabricábamos guiones de cine, demostrando nuestra verdadera vocación cuando nos deteníamos horas en colocar una coma o en describir el portón de una hacienda. Es decir: nos importaba lo que se leía, no lo que se veía. Por eso, semanas más tarde,

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echados en la eterna primavera del césped de mi casa en el barrio de San Ángel, Gabo pudo preguntarme: —Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir nuestras novelas? La suerte estaba echada. Yo me fui a Europa por segunda vez. Ya había estado allí en 1950, cuando la ruina de la guerra era dolorosamente visible en una Italia donde los niños recogían colillas de cigarrillo para sobrevivir, donde en el invierno los museos estaban llenos porque solo allí había calefacción, donde un pueblo empobrecido viajaba en tercera clase de los trenes con maletas amarradas con cuerdas. En una Viena donde la fachada del Hofburg era ocultada por grandes mantas con las efigies de Lenin y Stalin y de donde no se podía viajar sin un pase de una de las cuatro potencias de ocupación. De un París, en fin, donde el espíritu francés convalecía gracias a la inteligencia de Sartre y Camus, popularizada por el existencialismo personificado, a su vez, por la cantante Juliette Greco en el café Le Tabou: melena negra, mirada desencantada, voz inolvidable: Je hais les dimanches. En un apartamento vasto y congelado de la avenida de Víctor Hugo vivía la pareja literaria de Octavio Paz y Elena Garro, siempre acompañados de otra pareja, esta argentina, formada por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo: fuego graneado de citas poéticas, juegos surrealistas del cadáver exquisito y correrías nocturnas por Saint-Germain-des-Prés. Octavio me condujo a una galería de la Place Vendôme donde se exhibía un solo cuadro, titulado Europa después de la lluvia, cuyo autor, Max Ernst, allí presente como vigía de su propia obra, había pintado un paisaje lacerante, alucinado, de excrecencias pétreas. Miré los ojos intensamente azules bajo la corona blanca de Ernst y al ver la pintura, me pregunté si el verdadero surrealismo europeo solo se dio en Alemania y en España, países de imaginación mágica popular, como lo demostraba ese mismo año de 1950 Luis Buñuel con Los olvidados, en Cannes, y no en la Francia cartesiana, donde André Breton escribía con la corrección del duque de Saint-Simon en la Corte de Luis XVI. Con razón, hacia 1930, tres jóvenes escritores latinoamericanos —Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietro y Alejo Carpentier— se detuvieron un rato en el Pont des Arts sobre el Sena y decidieron echar al río el surrealismo francés, innecesario —proclamaron— en una Iberoamérica donde abundaba «lo real maravilloso». Digo esto porque a Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez, encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único adorno era un retrato de Mercedes y el único lujo tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest Hemingway y le gritó de acera a acera: «Adiós, maestro» —como hoy le gritan, adonde quiera que va, a Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo que los buenos norteamericanos van a París a morir, García Márquez hubiese dicho que los buenos latinoamericanos van a París a escribir. Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un palazzo veneciano para ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue

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una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior —muy anterior— al fax, al e-mail. Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad. Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me dijo— que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses. Angustias y alegrías: «jamás he trabajado en soledad comparable —me dice—, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces —me escribe Gabriel— me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta...». «Para no tener más vida que esta». Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad. Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para felicitarlo. No lo encontré. Entonces le escribí a nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una aldea al sur de Francia sin teléfonos ni telégrafos, un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado «el pequeño azul» al cual acudí para decirle lo siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo querer de todos. «Querido Julio: Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!». Y añado: «Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una regeneración infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin. Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros

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escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo». Dialogando con nosotros.

2.2. DISCURSO EN EL III CONGRESO INTERNACIONAL DE LENGUA CASTELLANA3
Majestades, Señor Presidente, Señoras y señores: Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que nadie. Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad. No había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y cuatro mil años. No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con las manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza, la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias, la semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes al ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca. Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo. Todo ello elevado al gran canto poético de la brevedad de la vida.
No hemos venido a vivir. Hemos venido a morir Hemos venido a soñar Pero anclado en la eternidad de la palabra: Pero yo soy un poeta Y al cabo comprendí: Escucho una canción, miro una flor, ¡Ay, que ellas jamás perezcan!

La palabra como principio del mundo. Pues como atestigua el Popol Vuh, "La palabra dio origen al mundo". Nos instalamos en el mundo, nos recuerda Emilio Lledó. Pero el mundo también se instala en nosotros. La lengua es nuestra manera de modificar al mundo a fin de ser personas, y nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del mundo. La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra experiencia. Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores, exploradores y conquistadores que llegaron a las Costas de Cuba y Borinquen, Venezuela la pequeña Venecia y la Villa Rica de la Veracruz empujados por el gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados, a su vez, de palabras, de pasado, de memoria.
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Discurso inaugural pronunciado el 17 de noviembre del 2004 (4:00 p.m.) en el III Congreso Internacional de la lengua española, realizado en Rosario (Argentina).

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La América Indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las costas del Caribe y del Golfo de México recibieron una marea que venía de muy lejos, del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina, de la palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos enseñó a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana. Hoy que se propone la falaz teoría del choque de civilizaciones seguida del peligro hispánico para la integridad blanca, protestante y angloparlante de los EE.UU. de América, conviene disipar dos mitos. El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o monocultural, sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana y na-dené en los orígenes, en seguida español de San Agustín en la Florida a San Francisco en California, francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a Detrúa (hoy Detroit) de los Illinois y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefaradí junto con el yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la migración de lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras de Los Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas, convirtiendo a otra ciudad hispánica -Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula- en el Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico. Pues también los puritanos ingleses llegaron a las costas de Massachussets en 1621 sin pasaportes o permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra parte. El contagio, asimilación y consiguientes vivificación de las lenguas del mundo es inevitable y es parte inexorable del proceso de globalización. Que la lengua española ocupe el segundo lugar entre las del Occidente, da crédito no de una amenaza, sino de una oportunidad. No de una maldición, sino de una bendición: el español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria. La predominancia del castellano desde Alaska -Puerto Valdés- hasta Patagonia -Puerto Santa Cruz- no determinó el exterminio de las lenguas amerindias. Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje amerindio de enigmas, figuras y alegorías -como lo llama el Libro de las Pruebas de Yucatán- sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte millones de seres humanos. Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuencha de Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América indohispana, el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el mundo mestizo y criollo. Y todos nuestros mundos americanos -indígenas, criollos, mestizos- son desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.

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Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones hebreas y árabes de España. Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios judíos de la Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las leyes de Castilla. Con cuánta emoción, Majestades, señoras y señores, asistimos en 1990 a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo cuando el príncipe Felipe le abrió los brazos a las comunidades judías de la vieja España para recibirlas, dijo don Felipe, "con una gran emoción y el espíritu de concordia de la España de hoy". Pero también llegó a nuestra América la España árabe. Siete siglos de convivencia nos dieron la tercera parte de nuestro vocabulario, nos legaron el rumor del agua, la frescura de los patios, la palabra visible y el rostro invisible de Dios y el rescate de nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia, conservada por Islam y transmitida a la Europa medieval a través de la arábiga Escuela de Traductores de Toledo. Hispano-árabes son el Don Julián de Juan Goytisolo y colombianohispano-árabes son los Cien años de soledad de García Márquez: libros paridos por la unión de Cherezada y Cervantes, libros fieles al testamento del Rey San Fernando en su sepulcro de la catedral de Sevilla, con los costados de la tumba escritos uno en castellano, otro en latín, el tercero en hebreo y el cuarto en árabe: rey de las tres religiones y de las cuatro lenguas. Seamos, en este gran Congreso, guardianes fieles de nuestras tradiciones vivas, capaces de iluminar caminos de paz mediante el reconocimiento de letras y espíritus compartidos. Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista. ¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora, las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz? Las une la lengua. En muy poco tiempo, el castellano de América adquiere un tono propio, indoespañol. Las une la épica, pero no sólo la que Simone Weil, leyendo la Ilíada, describe como "un poema del Poder" sino una épica dolorosa, la de Beral Díaz del Castillo maravillado por la visión de Anáhuac y obligado, en seguida, a destruir lo que ha aprendido a amar. O como dice el gran crítico Francisco Rico, "singular convivencia de naturalidad y pasmo". De este drama del deseo -anhelo pertinaz, jamás cumplido- nace una segunda épica mestiza, la del Inca Garcilaso de la Vega, y una lírica mestiza, la de Sor Juana Inés de la Cruz. Ambos quieren ser indoamericanos que hablan y escriben en español. Pero hay algo más.

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Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas y obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí -para amarse y procrearse, para armarse y rebelarse- adoptando y cambiando el habla castellana con creatividad rítmica:
Casimba yeré Casimbangó Yo salí de mi casa Casimbangó Yo vengo a buscá Dame sombra ceibita Dame sombra palo Yabá Dame sombra palo Wakinbagó Dame sombra palo Tengué

Que anuncia la velocidad que corre desnuda un día, enmascarada al siguiente, para amplificar el castellano popular de las Américas, felizmente incorporado -honor a Víctor García de la Concha- al diccionario de la Real Academia. Lo evoqué en su mexicanidad en Valladolid. Le hago eco en su argentinidad en Rosario: el covoliche no es una macana ni un jabón, es un tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más hinchas de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabar chorede el alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio lunfardo en Rayuela. Formamos parte de una civilización inmensamente rica, plural, "cósmica" como diría José Vasconcelos. Las pruebas están en todas partes y el edificio no ofrece fisura alguna. La continuidad es asombrosa, el origen enriquece al presente, el presente alimenta al porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas. Pero no todo es celebración. La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad política y económica comparable. Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la vida iberoamericana. La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus escritores. ¿Por qué? Porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación desautorizados. La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del mundo hispano es democrática o no es.

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Sin lenguaje no hay progreso, progreso en un sentido profundo, el progreso socializante del quehacer humano, el progreso solidario del simple hecho de estar en el mundo y de saber que no estamos solos, sino acompañados. El lenguaje, nos recordó Francisco Romero, es un acervo patrimonial donde nada se pierde: constantemente, la palabra vence la ausencia de nuestro pasado para crear la presencia de nuestra historia. Esa historia nuestra nacida de la ilusión de una nueva edad de oro, subyugada por la pérdida de la utopía pero renacida -nuestra historia- como vitalidad de la palabra que asume el pasado de nuestros pueblos, transmite los hechos históricos horizontalmente, entre los de hoy, pero también los transmite verticalmente entre los de ayer, entre las generaciones. La lengua no es biología: se aprende, es educación. Nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua maravillosa, que nada se pierde. Pues negar la tradición no nos aseguraría una libertad mayor. Todo lo contrario. La tradición nos obliga a enriquecerla con nueva creación. Y la tradición nos invita a ser escépticos pero exigentes. No siempre lo hemos sido. A veces, queremos creer en el Paraíso para no darle la cara a la Caída. Pero la caída es la oportunidad de la siguiente creación. Posiblemente el inglés sea más práctico que el castellano. El alemán, más profundo. El francés, más elegante. El italiano, más gracioso. Y el ruso, más angustioso. Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos. ¿Y qué decimos? ¿Qué hablamos? ¿Qué escribimos? Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo. La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física. El mundo, no, porque es creación verbal. Y el mundo no sería mundo sin palabras. Porque cuanto veamos y toquemos objetivamente en el mundo requiere, para seguir siendo, la correspondencia verbal de otro mundo al lado del mundo, que lo corrija y modifique y enriquezca verbalmente.

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Nuestra literatura, la que celebramos en este gran Congreso argentino, proclama que la libertad no puede ser ajena a la creación de un mundo lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le da accesibilidad, permanencia y actualidad. Actual es el lenguaje de Sor Juana Inés de la Cruz reclamando los derechos de la condición femenina
"Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis."

Actual es el lenguaje de Luis Cernuda en defensa de la preferencia sexual "porque el deseo -escribe- es una pregunta cuya respuesta nadie sabe" y actual la generosidad amorosa espléndidamente abarcante de Garcilaso:
"Yo no nací sino para quereros. Por vos nací, por vos tengo la vida Por vos he de morir y por vos muero."

Voz de la personalidad propia, inalienable, maravillosamente descrita por Jorge Guillén:
"A ciegas acumulo Destino: quiero ser"

Palabra metafísica del mayor poema mexicano del siglo XX, la Muerte sin fin de José Gorostiza:
"Lleno de mí, sitiado en mi epidermis, por un Dios inasible que me ahoga"

Pero, ¿no es tan física esta palabra del alma como la del cuerpo natal de Martín Fierro?
"Cantando me he de morir, cantando me han de enterrar. Desde el vientre de mi madre vine a este mundo a cantar."

¿Y hay pregunta más lúcida que la Rubén Darío a la vida y a la palabra de la vida que el saber no sabiendo de su poema Lo fatal? Popol Vuh, Martín Fierro, Rubén Darío. Ah, es cierto. Conocemos estos poemas de memoria. Pero no les hacemos justicia si no los leemos o decimos siempre por primera vez, como si los acabásemos de descubrir, convencidos de que nadie, nadie ha dicho antes, ni siquiera Pablo Neruda: “Yo la quise y a veces ella también me quiso”.

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Nadie antes de nosotros, hoy, en este momento, en el presente que es el único lugar de cita del pasado -la memoria- y el porvenir -el deseo-. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. ¡Qué extrañamiento, qué novedad cada vez que lo digo o lo leo! ¡Qué certeza de que el lector conoce algo que el escritor, ni siquiera Pablo Neruda, jamás conocerá: el futuro! El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el escritor las devuelve a fin de otorgarle mayor pureza a las palabras de la tribu. No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu manchadas, manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se subsumen en una sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de nuestra capacidad hispanoparlante para oponer al dogma la incertidumbre ¿son molinos o son gigantes?- y la otra, el poder de llenar los vacíos de la realidad con la realidad de la imaginación -sí, los molinos son gigantes-. Majestades, Señor Presidente, Señoras y señores: Estamos aquí, en Rosario, en un terreno común donde la historia que nosotros mismos hacemos y la literatura que nosotros mismos escribimos, pueden unirse. Es el espacio compartido pero siempre inacotado en el que nos ocupamos de lo interminable -la historia- a través de lo amenazado -la palabra-. Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada cuando cree que la historia está completa y todas las palabras dichas. Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su posible dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada. Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice Carmen Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia -el fin de la historia- que quiero rechazar. Nosotros, aquí, en este gran Congreso, sabemos que la historia no ha terminado, ni han terminado las palabras que manifiestan felicidad e inconformidad, escepticismo y confianza, amor y cólera benditos, dichos en lengua española. El hispano parlante de ayer le da el verbo al hispano parlante de hoy y éste al de mañana. Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos orillas por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos. Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el mundo y se oyen en castellano. Gracias.

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3. DISCURSOS DEL PERIODISTA JUAN GOSSAIN
3.1. LA LENGUA ESPAÑOLA Y EL UNIVERSO4
El siguiente es el texto de la ponencia "La lengua española y el universo", del periodista Juan Gossaín, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y director de noticias de RCN Radio, presentada en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena de Indias: "En este preciso momento, cuarenta y ocho millones de personas están aprendiendo español en Europa y Asia, la Universidad Africana de Tanzania acaba de crear
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Juan Gossaín, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y director de noticias de RCN Radio, presentada en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena de Indias (Departamento de Bolívar, República de Colombia): Marzo 26 (lunes) del 2007. Discurso Inaugural.

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su escuela para la enseñanza de nuestra lengua, se anuncia que a finales de año circulará en Pekín el primer periódico diario escrito en castellano y los Estados Unidos se han convertido ya en la quinta nación de habla hispana más grande del mundo. Sin embargo, como este Congreso de la Lengua se celebra bajo la convicción de que la diversidad nos une, según lo pregona la consigna de su convocatoria, y a riesgo de hacer aquí el papel de aguafiestas, empiezo por formularme esta pregunta: ¿la diversidad nos une o nos fragmenta? En su diccionario de sinónimos, el gran Roque Barcia advierte, con un énfasis casi premonitorio, que la diversidad lleva implícitos sus propios peligros, hasta el punto de que puede convertirse, incluso, en una negación de la identidad. Cualquiera que tenga una computadora se siente tentado a creer que en este mundo globalizado, sin fronteras ni distancias, el lenguaje también se ha convertido en una mercadería de corretaje, como las camisetas de algodón que provienen de la China o los cachivaches sonoros que fabrican en Japón. Los antiguos linderos que fijaban límites entre diverso y disperso son cada día más borrosos. En la lengua castellana de estos días que corren, diversidad podría ser el nuevo nombre de la torre de Babel. La diversidad, tan seductora como suelen serlo las palabras femeninas, no sólo es engañosa sino paradójica: por cuenta suya un turista madrileño entiende mejor lo que le dicen en el mostrador de un hotel de Miami que en el aeropuerto de Caracas. Los crucigramas que se publican en Buenos Aires son incomprensibles en Bogotá. En Lima existe una academia musical dedicada a traducir a su vocabulario de capital andina las letras de las rumbosas canciones bailables que llegan del Caribe. Lo cierto, aunque duela admitirlo, es que cada vez nos comprendemos menos, como dice con desazón y lágrimas el célebre bolero. En la azarosa ruleta del idioma, hay una palabra americana que viene a ser la prueba reina como anillo al dedo: me refiero a la palabra jíbaro. Si bien en Puerto Rico define al campesino blanco, en México -por el contrario- es el descendiente de las primeras formas de mestizaje, en Panamá es un sombrero de paja, en la Colombia de estos tiempos turbulentos es el vendedor callejero de narcóticos, en Ecuador no han podido descifrar si jíbaros son, por fin, los individuos de esa tribu indígena a la que se atribuye el privilegio mitológico de reducir cabezas, o el idioma que hablan, o ambas cosas. Como si no bastara con semejante muestrario de diversidades, Alario di Filippo agrega, en su incomparable lexicón, que estar jíbaro era la expresión original que se empleaba en ciertas regiones colombianas para describir al que quedaba saciado de comida. La palabra circula de ordinario en nuestros mares y montañas, en pueblos y ciudades, en novelas y poemas, en cantares de regocijo y en la jerigonza de antropólogos y narradores deportivos. Por eso, un anónimo diletante americano, hijo díscolo de la lengua, resuelve darle gusto a

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su obsesión enfermiza por rastrear la verdad del idioma, desempolvando etimologías. Acude, en consecuencia, a la autoridad suprema, el padre que pone orden en su prole, el tribunal sagrado, el decálogo de la ley de Dios, la corte celestial que dirime nuestras dudas: el Diccionario de la Real Academia Española, el libro que lo sabe todo, según escribió García Márquez. La calamidad sobreviene cuando uno descubre, desconsolado, que el mamotreto divino comienza sus definiciones de jíbaro con esta frase: “Palabra de origen incierto”. Confieso que me sentí tan desvalido como un huérfano y que tuve ganas de sentarme a llorar. Esta es, en síntesis apretada, mi diatriba contra la diversidad. Me dispongo a asumir ahora su defensa, porque Platón me enseñó que el universo no es más que una provocación permanente y un diálogo inagotable entre pensamientos contrarios. De la vida también he aprendido, en lo atinente a la historia de la lengua española, que la verdad completa puede armarse con pedazos de verdades diferentes. Yo sé que el lenguaje es vivo y palpitante, que no tolera camisas de fuerza ni ataduras, que camina sin zapatos por la calle, que los muchachos lo transforman diariamente en los salones de clase y en la penumbra de las discotecas, que las vivanderas del mercado público y el campesino que viene cada mañana a regatear con ellas el precio de los bastimentos hablan como hablaba el Arcipreste de Hita, y que los músicos andariegos inventan palabras a la medida de sus amoríos. El idioma son ustedes, los académicos, pero la lengua es el pueblo. A ello se debe, como ocurre con los motores en marcha, que al lenguaje no sea posible darle reversa porque está en movimiento perpetuo y se corre el riesgo de romperle la caja de velocidades. Así se formó el temple de nuestro idioma. Rufino José Cuervo, el gran filólogo colombiano, patrimonio de su gente y de su tierra, el hombre que escribió su propio diccionario, sostenía que “la lengua es la patria”, aforismo que se convirtió desde entonces en el lema de la Academia Colombiana. Don Quijote, a su turno, tenía razón cuando le explicaba al escudero que el único poder auténtico sobre la lengua lo tienen el vulgo y el uso. Cometo la insolencia de juntar por un instante a Cuervo y a Cervantes para repetir, con un pedazo de la verdad de cada uno, que la lengua es el pueblo. No es gratuito que quienes en el siglo XI se atrevían a hablar el romance llano de Castilla, todavía balbuciente, fueran calificados de “rústicos” por los refinados señores de las academias latinas. Como se me ha pedido que exponga algunas reflexiones sobre el carácter universal de la lengua española, no tanto en sus dimensiones geográficas como humanas, es mi obligación decir que hasta hoy no encuentro razones válidas para pensar que la diversidad lingüística nos haya enriquecido; pero estoy seguro, en cambio, de que acabará enriqueciéndonos, en cuanto seamos capaces de difundirla y de comprenderla, haciéndola provechosa para todos los hablantes del castellano.

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Sueño despierto con la mañana de un domingo soleado en que podamos ver a los académicos de la lengua, como si fueran la versión electrónica de la juglaría medieval, sentados en las plazas de los pueblos y en los ventorrillos del camino, con un computador inalámbrico en las piernas, explicando ante un auditorio de labriegos la diferencia entre un soneto y una décima y la forma correcta de conjugar los plurales del verbo haber. Ya sé que soy un idealista incorregible de engañosa catadura: me parezco a Sancho Panza pero pienso como Don Quijote. Lo que recomiendo, en resumidas cuentas, es que asumamos la diversidad como un desafío, preparándonos para compartirla y disfrutarla, ya que disponemos, como nunca antes en la historia humana, de las formidables posibilidades que abren ante nuestros ojos la tecnología moderna, el apogeo de las nuevas disciplinas académicas y los medios masivos del periodismo. Esa es la almendra de mi propuesta en esta ponencia. Es decir: mi proponencia. Solicito que este Congreso Internacional sea el punto de partida de una difusión entusiasta, pero también moderna, de las diversidades universales del idioma. Allí afuera, en medio de la calle, nos aguardan las maravillas cibernéticas, los milagros cotidianos del internet, el satélite insaciable que titila en el cielo como un lucero, los adolescentes que tienen en la mirada el destello verde de las pantallas galvanizadas, que es el mismo color verde que despiden las naves espaciales. Sabemos que esta lengua bella pero dispersa, tan abundosa como abundante, según decía Borges, es la mejor herencia que nos dejó España y que América la ha retribuido con largueza; sabemos que ya es el segundo idioma en Malasia y el de mayor expansión en el mundo. Ya sabemos, en fin, que jíbaro es al mismo tiempo un indio, un mestizo, un blanco, un idioma, un sombrero, un vendedor de marihuana y un hartazgo de comida. Lo que necesitamos es saber su origen y en dónde estaba acuclillado el primer nativo desnudo que musitó una palabra tan sonora entre la espesura húmeda de la selva. Con la intención de darles a estos comentarios un marco de referencia que los vincule a la realidad, pido desde ahora que nos acojamos a aquellos adagios de la picaresca según los cuales la justicia entra por casa y el escarmiento comienza en cabeza propia: que el Instituto Caro y Cuervo de Colombia reanude la titánica tarea de seguir publicando los vocabularios particulares de cada nación de la América Española, emprendida por nuestro inolvidable compañero Ignacio Chávez, a cuya memoria rindo desde aquí el homenaje emocionado de cuantos hablan español en los confines del planeta. Ha llegado la hora de irse de la boca, como decía Garcilaso, en la nueva empresa de propagar por los caminos de la Tierra la singular variedad de nuestra lengua, de vigorizar las relaciones familiares entre las academias, de entablar acuerdos pedagógicos con escuelas y universidades, de acceder a las páginas de internet, de volver profusa la circulación del afortunado “Boletín de español urgente” que distribuyen entre la prensa de su país la Real Academia Española, la agencia de noticias EFE y los patrocinadores bancarios.

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Lo recomendable sería que cada academia americana pudiera repartir ese mismo boletín entre la prensa de su respectivo país, anexándole unos suplementos lingüísticos y gramaticales de índole nacional, e intercambiándolo con las demás del continente. Los orígenes tradicionales del español, con su sustento latino, griego, árabe y americano, han sido rebasados en los últimos años por el lenguaje propio de las tecnologías, por el dialecto impenetrable de las ciencias, por el glosario refrescante de los jóvenes, que ahora llaman calceto al amigo que incumple una cita, y hasta por la germanía de los delincuentes que en el sólo caso de Colombia han impuesto un léxico nuevo, que ya se volvió común, con términos tan innovadores como traqueto, lavaperros, paraco y guerrillo. A ellos se suman el bombardeo incesante de los blancos europeos que poblaron a Chile, Argentina o Uruguay; el resurgimiento de los aborígenes de México, Ecuador y Bolivia, que están recuperando el pasado a través de la posesión de la tierra pero también de sus dialectos ancestrales, y el aporte inextinguible de los negros que se revolvieron con damas inglesas, petroleros holandeses y cocineros chinos en este caldero de razas que es el Caribe. Aquí mismo, en la ciudad invicta de Cartagena de Indias, la comunidad africana de San Basilio de Palenque, un corral amurallado de estacas en el que se refugiaron con sus hijos los esclavos insurrectos, acaba de publicar el primer diccionario español de la lengua palenquera. Lo hicieron sin que se percataran los académicos, recogiendo monedas en la calle para pagar la edición. Lo que quiero decir es que en estas costuras del mundo el idioma se reinventa todas las mañanas. Asistimos a su refundación en un aquelarre irrefrenable. Es el fenómeno que la escritora uruguaya Mercedes Vigil describe con acierto como “el nuevo mestizaje de la lengua”. Las palabras anochecen pero no amanecen y desaparecen con una velocidad sólo comparable a la de aquellas que las desplazan. El maestro Jorge Zalamea descubrió, hace ya muchos años, que las palabras son tan poderosas que tienen la costumbre de devorarse a sí mismas. Son autófagas. (Autófago no figura en el diccionario. Lo acabo de inventar yo). En esa orgía de la palabra los americanos somos pioneros y heraldos. La nave capitana está lista para zarpar de nuevo, pero ahora a la inversa, de aquí para allá, de Guahnaní hacia Palos de Moguer. La prensa es nuestra mejor compañera de viaje porque la prensa hace entre la gente pedagogía del idioma, para bien o para mal. El lenguaje de los medios de comunicación tiene entre la masa un valor sacramental. Don Juan Grillín, poeta festivo de alto vuelo, sostiene que si la Real Academia “pule, fija y da esplendor” al español, los medios de comunicación son su verdadera caja de herramientas. La prensa es el lenguaje activo. María Camila Morales, una joven reportera colombiana, ha observado que por culpa de un producto cosmético llamado “Aliser”, de aplicaciones capilares, ya en los salones de belleza el cabello de las señoras no se alisa, como antes, sino que se alisea.

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En aras de la cruzada que propongo, y para usarlas a favor de la causa, hay que establecer un vínculo estrecho y apremiante con las empresas de información, impresas y sonoras, pero en especial con los medios electrónicos, como la televisión y el internet, que son tan atractivos para los nuevos ciudadanos, para resolver las dudas de periodistas y receptores, para divulgar los nuevos léxicos, para facilitar la comprensión de reglas gramaticales, para que las gentes sepan si en el frenesí noticioso de esta época, talibán tiene por fin un plural o no lo tiene. Es una operación de comandos que nos compete a todos. Porque si la lengua es el pueblo, entonces la lengua somos nosotros. Sólo en ese momento, cuando lo hayamos logrado, el señor Cuervo tendrá la razón por completo: nuestra patria será el universo porque nuestra lengua será universal. Acudo a la benevolencia de este auditorio para que se me perdone que concluya con unas divagaciones de la pura entraña personal. Así, en tono menor, de una manera hogareña y coloquial, como si estuviéramos conversando en la sobremesa del comedor, declaro a mucha honra que soy hispanoablante de primera generación. Mi padre era un cristiano fenicio que llegó a Colombia procedente del otro costado del planeta. En materia de lenguaje no sabía de la misa la media ni había visto jamás una sola letra en castellano, aunque fuera una humilde vocal, y ni siquiera podía decir “gracias” o “adiós”. Rompiéndose la cabeza contra los duros arcaísmos del Cid Campeador, en la memorable edición preparada por Menéndez Pidal, se gastó setenta años para descifrar los misterios de unas palabras que no eran suyas pero las hizo suyas hasta la muerte. Estoy convencido de que en este recinto son pocos los que pueden decir, como yo, que estrenaron adverbios con su padre y que aprendieron a leer juntos las coplas de don Jorge Manrique. Ustedes están aquí por amor al idioma; yo estoy, además, por gratitud. Quién iba a imaginarse que su hijo sería alguna vez académico de la lengua y que lo invitarían a hablar ante los doctores de la santa madre iglesia del idioma. Tengo una pecaminosa sensación de orgullo que no puedo ni quiero disimular. Es el único título de honor que yo reclamo, aunque lamento que él no se encuentre aquí para que podamos compartirlo. El día en que los organizadores de este congreso me pidieron que preparara una ponencia sobre el español como lengua de comunicación universal, no tuve que ponerme en el trabajo de consultar estadísticas heladas sobre sus cuatrocientos millones de hablantes. Me bastó con recordar a un anciano libanés huesudo y calvo, de pómulos salientes y facciones angulosas, que cojeaba a causa de una fractura, tras el mostrador de su tienda en un pueblo sofocante del Caribe, que como si fuera poco se llama San Bernardo del Viento. Apoyándose en el bastón vendía telas floreadas y bolsas de café mientras recitaba con voz casi imperceptible, para paladear el placer de oírse a sí mismo, como quien saborea un helado, el soneto que Quevedo dedicó al

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polvo de unos huesos que seguían enamorados más allá de la muerte. Si eso no es el universo, entonces yo no sé qué diablos será".

3.2. DE GALLINAS Y VERBOS5
"Aunque este diálogo haya sido convocado con el título de 'Periodismo y literatura', yo no vengo a hablar aquí de literatura ni de periodismo. Vengo con el único propósito de defender la vida de un verbo en peligro. Habiéndome declarado su abogado de oficio, sin que nadie me haya delegado representación alguna, pido el amparo de este tribunal supremo del lenguaje, el Congreso de la Lengua, para que se proteja la vida de mi cliente, el verbo poner, uno de los más antiguos y útiles de nuestro idioma, atacado con alevosía y a mansalva por el verbo colocar, que lo está extinguiendo sin remedio, como ocurre con ciertas aves, el aire puro y numerosas especies vegetales. Las primeras noticias sobre la aparición del verbo poner en la lengua castellana aparecen registradas en la gramática de Nebrija, en 1492, pero no fue posible encontrar rastros suyos antes de esa fecha. Quinientos años después, los colombianos, que se vanaglorian de hablar el español más castizo del mundo, decretaron la ejecución sumaria del verbo poner porque les parece vulgar, indigno de la gente decente, casi obsceno, como si fuera una palabrota. La tragedia empezó el día en que alguna señora remilgada, con ínfulas culteranas, se atrevió a repetir un proverbio catalán del siglo diecinueve: sólo las gallinas ponen. Desde entonces, y con la fuerza demoledora de una sentencia bíblica, el desdichado aforismo inició su carrera de éxitos hasta extenderse a velocidades supersónicas por todo el cuerpo de la sociedad, de una manera espontánea y expansiva, con la misma resonancia de una bomba de terroristas y con resultados similares. La plaga está adquiriendo unas proporciones tan apocalípticas que un amable caballero de la ciudad de Cali acaba de enviarme de regalo una totuma de dulce de leche, que en su región bautizaron con el nombre de “manjar blanco” --demostración de que también florece la poesía en los diabéticos territorios de las golosinas-- pero advirtiéndome, eso sí, que lo guarde en la nevera “para que no se coloque rancio”. Los estragos de semejante terremoto son incontables entre la franja lunática del lenguaje. Y, tal como suele suceder con las enfermedades ponzoñosas, la “colocaderitis” rompió ya las fronteras colombianas y está haciendo metástasis en la anatomía completa del idioma, desde la América Española hasta los micrófonos de la propia España. Un periodista de Radio Nacional, en Madrid, recordaba a sus oyentes que los automovilistas infractores “tienen plazo hasta julio para colocarse al día con el pago de las multas de tránsito”.
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Discurso de clausura. Juan Gossaín, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y director de noticias de RCN Radio, presentada en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena de Indias (Departamento de Bolívar, República de Colombia): Marzo 30 (viernes) del 2007.

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Mucho me temo que los poetas, buenos y malos, deben prepararse para contemplar, a la hora azul del crepúsculo, una coloca de sol. Reconozco que yo mismo, acoquinado por las presiones de tanto esnobista que anda suelto, tuve vacilaciones para decidir si presentaba ante esta tertulia una ponencia o una coloquencia. Siguiendo la enseñanza aristotélica, según la cual toda acción produce una reacción, estamos a punto de cumplir cinco años de haber creado la Congregación de Defensa del Verbo Poner, que inventamos en un noticiero de radio. No tiene sede ni sello, ni levanta actas de sus sesiones porque no se reúne nunca ni sus integrantes se conocen entre sí. Pero ahí estamos, incansables, dedicados a velar armas al pie de la cama de hospital de nuestro amigo moribundo. La acogida a esa imaginaria fundación ha sido estimulante y reanimadora. Uno de sus cofrades, el profesor Álvaro Enrique Treviño, que ejerce funciones académicas entre los estudiantes pobres de Cartagena de Indias, ciudad avezada en el arte de rechazar a cuanto pirata asome sus naves en el horizonte, trátese de corsarios ingleses o de vocablos intrusos, se tomó el trabajo de rastrear el asunto en las páginas de “Cien años de soledad”, nada menos, obra maestra a la que este Congreso rinde tributo en sus cuarenta años. Treviño encontró en la novela de García Márquez ciento sesenta y siete formas diferentes del verbo poner y sólo ocho variedades de colocar, apropiadas todas ellas, naturalmente, sin atropellarse a codazos, según el empleo correcto en cada caso. A su turno, el ingeniero José Enrique Rizo Pombo, que en nuestra cofradía tiene a cargo la comisión de asuntos lexicográficos, también hipotética, está preparando la primera edición del novedoso “Diccionario de sustituciones del verbo poner”. Sugiere, a guisa de ejemplo, que en lo sucesivo usemos antecolocar en vez de anteponer; que los músicos digan comcolocar música en lugar de componerla; que en las argucias de los dialécticos no se vuelva a hablar de contraponer argumentos, sino de contracolocarlos, y que admitamos aunque sea a regañadientes que ocolocar es la nueva forma de oponer ideas y razones. No quiero ni pensar, para mayor abundamiento, en lo que pasará el día que una señorita pacata y distinguida exclame, con el refinamiento que exigen materias tan delicadas, que el baño está hecho para que el organismo pueda decolocar las escorias naturales. La verdad desoladora es que estamos perdiendo esta nueva batalla de Guadalete contra los impíos y los paganos. El verbo poner ha ido desapareciendo del habla cotidiana y del lenguaje escrito, ya sea en la prensa o en los libros, desterrado, en efecto, al territorio infame del gallinero. A este paso, muy pronto no será más que un anacronismo reservado a gramáticos casposos, una estantigua, una sombra del pasado, una fantasmagoría. Sin embargo, nuestra venganza perpetua contra aquel aforismo malvado tendrá lugar el día en que una campesina de los Andes anuncie con sonoro

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cacareo que su gallina “acaba de colocar un huevo”. La hecatombe definitiva sobrevendrá cuando ya ni las gallinas pongan. Entonces habremos recorrido la parábola completa, el óvalo que se cierra, la emboscada que se atrapa a sí misma y el alacrán que se muerde su propia cola. Invocamos la ayuda autorizada de cada uno de ustedes a fin de preservar la supervivencia del verbo amenazado, en sus cátedras magistrales, en sus libros, en sus conferencias, en las columnas que escriban para la prensa, o en la simple conversación de cada día, pregonándolo de boca en boca, como un bostezo. Yo sé bien que esta es una propuesta pequeña y modesta, casi insignificante, ante un Congreso que se dispone --o se discoloca-- a estudiar asuntos tan serios y trascendentales como la diversidad del español, o sus relaciones con las ciencias y las tecnologías modernas. Formulo esa modesta petición de ayuda en mi carácter de creador de la mencionada Congregación Imaginaria de Defensa del Verbo Poner. A ella he dedicado los mejores años de mi vida y no encuentro nada que la justifique más. Anuncio, en consecuencia, que Don Quijote cabalga de nuevo".