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EL AMIGO MANSO Y EL "CI CLO

CÉNTRI CO DE LA SOCI EDAD"
Es notori o el afecto v la si mpatí a de los lectores por Máxi mo
Manso, por sus serias vi rtudes y sus curiosas maní as, por sus fra-
casos tanto como por esas victorias suyas que consisten apenas en
conseguir a ti empo un ama de crí a para su ahijado. Verl e comer
garbanzos fi l osófi camente y observar cómo se le aclara Hegel con-
templ ando la hermosura de doña J aviera son todaví a hoy placeres
de l ector poco comunes. Y tanta suele ser nuestra si mpatí a por este
hombre que sólo existe paradój i camente, que sin quejarnos dema-
siado aceptamos incluso que se le compare a veces con don Qui -
jote, aunque sabemos de sobra que qui en acierta es doña Javiera
cuando afectuosa y burl onamente le l l ama "caballero qui j otero"
(p. 278) *.
No seré yo, vi ejo admi rador suyo y, como él, "profesor de f i l a"
(p. 11), qui en le niegue o regatee si mpatí as a Máxi mo Manso.
Entrañabl e ha de ser un modesto y estudioso profesor de filosofí a,
gozoso enamorado, que al acercarse a l a muerte le dice castizamente
a su amiga la castiza ex-carnicera: "Ya siento los efectos del gran
narcóti co; voy a tomar postura" (p. 299). Notabl e es a l o largo
del texto el que tan idealista y anti -chul apo personaje del Madri d
de 1880 se adentre a veces en un humor y un lenguaje que, más
al l á del género chico, no al canzarí a dimensiones crí ti cas hasta los
esperpentos; y más aún qui zá l o sea que a pesar de tales gestos
verbales, así como a pesar de que desde el pri nci pi o sabemos que
"no existe", su desapari ci ón, cuando llega de manera al parecer
absolutamente innecesaria, nos hunda en el desconsuelo más real
por ser uno de los raros momentos de la l i teratura español a en
que, sin abstracciones ni vi ol enci a, sin retóri ca ni mel odrama, vi -
vi mos l a "tristeza, soledad, i ndi ferenci a y ol vi do" (p. 298) ' del
anti ci po de l a muerte. Sensaci ón angustiosa que apenas si se mi ti ga
i A lo largo de este trabajo las referencias a páginas de El amigo Manso
irán en el texto, entre paréntesis, según la edición de Alianza Editorial,
Madrid, 1972.
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un cuanto gracias al humor y la distancia i róni ca con que, ya
muerto, contempl a Manso el mundo que dejó, cuando no "exi stí a".
Todo l o cual no excluye que debamos reconocer que Máxi mo
Manso es esencialmente un hombre por demás común y corri ente.
Vi rtudes, defectos, victorias, derrotas, erudi ci ón, sentido del humor:
nada en su vi da ni manera de ser es en verdad extraordi nari o, ni
Gal dós pretende que l o sea; y hemos de recordar que en el capí tul o
pri mero de la novela de su corta vi da se nos dice que l o que tenemos
entre manos es "un trabaj i l l o de poco al i ento" basado en un "agra-
dable y fácil asunto" (p. 9). Ci erto es tambi én que ese pri mer
capí tul o termi na con una impresionante afi rmaci ón de corte agóni co
casi quevedesco ("El dol or me di j o que yo era un hombre") en la
que se contradice la noci ón de "agradable y fáci l " y que, al negar
paradój i camente a distancia las primeras palabras de l a novela ("Yo
no existo. . . ") , crea una tensi ón de l a que no cabe esperar una
narraci ón común y corri ente. Sabemos que Gal dós es, en general,
un novelista atento a la di gni dad humana, sea cual sea la grandeza
o medi aní a del personaje que crea; que en su obra, por l o tanto,
el que un personaje sea por demás vulgar, no significa que aparezca
como tal y que no tenga i nterés humano: hasta los cjiie afi rman
dolorosamente c^ue no existen existen en su obra y atraen nues-
tra atenci ón. En las novelas de Gal dós, a diferencia de las cjue caen
en l o que a veces se ha l l amado la "falacia de l a i mi taci ón" (El Ja-
rama, por ej empl o), el que un personaje carezca de cualidades ex-
traordinarias y le ocurran cosas vulgares, no significa en absoluto
que no aparezca vi vi endo con la compl eji dad suficiente para atraer
al lector hacia su probl emáti ca. Esta condi ci ón paradój i ca se da
hasta con personajes principales y que ocupan toda una novela,
como "l a de Bri ngas" o "el amigo Manso". Pero no debe el lector
cometer el error que el autor no comete cuando nos lleva a inte-
resarnos por un personaje que, de por sí (si "exi sti era": fuera de
la novel a), podrí a no ser en nada interesante: tal confusi ón nos
acercarí a demasiado a los modos de leer de don Qui jote y de Mme.
Bovary; l o cual, en este caso, nos i mpedi rí a entender que el sim-
páti co, nobl e y queri do Manso no fue sino un pequeño burgués
rel ati vamente i nsi gni fi cante.
Por supuesto que algo ha de tener Máxi mo Manso que l o dis-
ti ngue de los demás madri l eños de su ti empo, que si no doña Ja-
viera, muj er muy lista, no le hubi era tomado tanto apego ni le
hubi era encargado la educaci ón de su hi j o. No es probable que
anduvi eran por Madri d entre 1877 y 1881, por l o menos cerca de
doña Javiera, demasiados hombres de sus conocimientos filosófi-
cos, de su sensibilidad, cul tura, bondad e i ntel i gente afecto i róni co
por l o real /vul gar coti di ano. Su medi ocri dad, por l o tanto, no ha
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de encontrarse en que es como los más de los profesionales peque-
ño burgueses de los cuales, desde luego, se di sti ngue; sino senci-
l l amente, en su manera de ser tal como él mi smo, sin i roní a ni n-
guna, se describe: un "humi l de auxi l i ar" que trabaja con "el paso
l ento y seguro de las medi aní as" (p. 11). Es decir: que le falta
mucho para ser un Qui jote (de l a Fi l osofí a, de la Cátedra, del
Amor; de l o que sea). De don Qui jote, o de i ntel ectual "qui jote-
r o" tiene, si acaso, l o peor; la tendencia a la frase hecha de altas
pretensiones:
Discípulo soy no más, o si se quiere, humilde auxiliar de esa falan-
ge de nobles artífices que siglo tras siglo ha venido tallando en el
bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre di vi no
(p. 11).
Era preciso - l e dice a su hermano- echar por tierra este vano
catafalco de pintado lienzo y abrir cimientos nuevos en las firmes
entrañas del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la cons-
trucción de un nuevo y sólido Estado (p. 62).
El saber archivado en mi biblioteca parecía venir a mí en rayos,
como las voces celestes que algunos pintores ponen en sus cuadros,
y yo sentí en mí aquellas voces, tonos y ecos distantes de la erudi-
ción, que me decían cada cual su idea o su frase (p. 145).
Si soci o- económi camente (y por l o tanto psi col ógi camente)
Máxi mo Manso está incrustado en la pequeña burguesí a, no parece
estar a mayor al tura en el mundo de los valores intelectuales:
según él mi smo l o declara, según se ve en su estilo y según se
revela en que, a fi n de cuentas, es exclusivamente profesor de
I nsti tuto en un Madri d donde hay Uni versi dad y exi stí a ya la I ns-
ti tuci ón Li bre de Enseñanza. Y aunque l l egará a verse rodeado
de gentes que van ascendiendo hacia los centros del poder, él no
tendrá nunca oportuni dad de actuar en esos centros (ni , por el
contrari o, en los de la oposi ci ón i ntel ectual ). Si por l o tanto, deján-
donos llevar de nuestras si mpatí as creemos ver en Máxi mo Manso
algo más que l o que Gal dós quiso que fuera, cometeremos, por
fuerza, errores de i nterpretaci ón en la lectura de la novela de su
corta vi da.
Es curioso, por ejempl o, cómo al gún crí ti co cree haber l eí do
que Máxi mo Manso es profesor uni versi tari o cuando se nos dice
bi en claramente que enseña en el I nsti tuto
2
. El error en sí no es
grave, pero revela una tendencia común a ver en el amigo Manso
más de l o que objeti vamente es. Por supuesto que ser catedráti co
de I nsti tuto no ha de di smi nui r el tal ento o val or de nadie (afir-
maci ón que ni siquiera exige que recordemos a Machado) ; pero
* Cf. RI CARDO GUI XÓN, Técnicas de Galdós, Madrid, 1970, p. 100.
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se trata de unacategorí a profesional que por ser objeti vamente
i nferi or a l a uni versi tari a choca con la tendencia de los lectores
de El amigo Manso a "ascender" a su personaje predilecto. Bi en
puede ser que ocurra un tanto l o mi smo con l o del krausismo de
nuestro catedráti co, en parti cul ar cuando se le supone no sólo krau-
sista, sino "model ado" según nada menos que don Francisco Gi ner
(loc. cit.), ya que ni l a i mportanci a del krausismo en España es la
de un fenómeno vulgar, ni hombre medi ocre era Gi ner.
Pero es ésta del krausismo de Máxi mo Manso cuesti ón difí cil.
Los argumentos a favor parecen convincentes y no deja de ser i m-
presionante que, según ha visto Pattison, tres frases claves que cita
Manol o Peña para referirse al pensamiento de su maestro estén l i -
teralmente sacadas del Pról ogo de Sal merón y Urbano Gonzál ez
Serrano a la obra del krausista belga G. TI BERGHI EN, Generación de
los conocimientos humanos (4 ts., Madri d, 1875-1876)
3
. Sin embar-
go, habrí a que tomar en cuenta, por ejempl o, que para estas fechas
ni Sal merón ni Gonzál ez Serrano eran ya krausistas, sino positivis-
tas
4
; o que aunque los pról ogos que hace Manso a Hegel y luego
a Spencer podrí an encajar perfectamente dentro de las actividades
de di fusi ón filosófica tí pi cas de los krausistas
5
, los ataques al krau-
sismo puro vení an tambi én en aquellos años desde el hegelianismo,
el neo-kantismo y los spencerianos «.
A cambio de estas ambi güedades i deol ógi cas no deja de ser cu-
rioso que al describirse Manso a sí mi smo declare: "carezco de buena
barba y voy siempre afei tado" (p. 11). Ni Sanz del Rí o ni Fernando
de Castro tení an barba; pero la han teni do los más de los krausis-
tas/institucionistas, especialmente en lageneraci ón de Manso (que
serí a más o menos la de Gi ner), y alguna especial i ntenci ón debe
haber en que el amigo Manso nos aclare que él no lleva barba.
Es curioso tambi én que expl i que que usa sombrero de copa cons-
tantemente, hasta en verano (p. 12). El que enseñe en el I nsti tuto
no es del todo extraño, puesto que profesores de I nsti tuto eran
Hermenegi l do Gi ner (krausista puro), Urbano Gonzál ez Serrano
V Eusebio Rui z Chamorro /positivistas ex-krausistas) •l o sorpren
dente para un krausista (o para un positivista ex-krausista no ene-
3 Para el krausismo de El amigo Manso, véase especialmente, D. LI DA,
"Sobre el «krausismo» de Caldos", AG, 2 (1967), 1-27, y El amigo Manso,
New York, 1963; para la referencia a Tiberghien en particular, véase W. T.
PATTI SON, "El amigo Galdós", AG. 2 (1967), p. 146.
4 Por influencia, al parecer, de Salmerón; cf. VI CENTE CACHO VI U, La
Institución Libre de Enseñanza, Madrid, 1962, t. 1, pp. 188 y 242.
o Cf. PATTI SON, art. cit.. y CACHO VI U, op. cit., p. 381.
« CACHO Viu, op. cit., cap. 7, "Efervescencia intelectual bajo la paz polí-
tica (1875-1876)". Véase también, LÓPEZ MORI LLAS, El krausiasrno español,
México, 1956.
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mi go de los krausistas) de qui en se nos narran las andanzas entre
1877 y 1881 es que, además de enseñar en el I nsti tuto no enseñara
en l a I nsti tuci ón, que se fundó en 1876 y tuvo difí cil vi da en los
primeros años, necesitando de l a ayuda de todos los fieles, entre
los cuales di eron ciases al l á, además de darlas en el I nsti tuto, Her-
menegi l do Gi ner, Salvador Cal derón y otros (CACHO V I U , op. cit.,
p. 436).
En este sentido i mporta notar el total vací o de amistades inte-
lectuales en que vi ve Máxi mo Manso. Habi endo veni do al mundo
de su novela en el Madri d de 1877, o sea, dos años después de la
separaci ón de Gi ner y otros krausistas de la Uni versi dad, cuando
se ha fundado ya, como un desafí o, l a I nsti tuci ón Li bre de Ense-
ñanza, cuando se están l l evando a cabo grandes pol émi cas en el
Ateneo sobre el krausismo y sobre l a ciencia español a (cf. infra,
nota 7), y a pesar de que nos dice que de estudiante trabó "amis-
tad con j óvenes de méri to y con afamados maestros", así como que
frecuentó "cí rcul os l i terari os" (p. 15), no encontramos en la no-
vela ni nguna rel aci ón con todo ello, no le conocemos a Máxi mo
Manso ni un amigo escritor, filósofo, l i brero o maestro y sólo una
vez se alude a que va o i ba al Ateneo (p. 50). En cambi o - y difí-
ci l mente podrí a pensarse en un comportami ento menos "krausis-
t a"- accede a echar un discurso en un gran teatro para un públ i co
conservador y algo menos que i ntel ectual . Y no deja de ser sor-
prendente tambi én que no proteste ni diga nada cuando su her-
mano le comuni ca que él y Ci marra, en charla con "el Mi ni stro",
han pensado que debí a ya pasar "a una cátedra de Uni versi dad"
(p. 93) : l a falta de referencias "krausistas" que notamos de una
parte bi en puede tener rel aci ón con este contacto i ndi recto con
mi ni steri os que habí an antes expulsado a los krausistas de la
Uni versi dad.
Pero no exageremos en di recci ón contrari a: si Máxi mo Manso
no fuera krausista, el l o no i nval i darí a que sigamos pensando que
ha asi mi l ado ideas y modos de ser de l a que fue l a tendencia fi l o-
sófica más selecta de su ti empo. Según los trabajos de Denah Li da
esto parece i ndi scuti bl e por l o que se refiere a su comportami ento
pedagógi co \ Por l o demás i mporta recordar, según i ndi ca tambi én
Denah Li da (ibid., p. 20), que "no hallamos un model o fi j o y rei -
terado" de krausista y que - recordatori o i mportante- "menos aún
encontraremos tipos puros e i nmóvi l es en las novelas de Gal dós".
Lo que, al i ntentar defi ni r el krausismo de Máxi mo Manso, tal vez
' Art. cit., p. 16. Aunque la misma Denah Lida dice que la distinción que
hace Manso entre el metafísico y el hombre de acción en su "clase famosa",
"no está de acuerdo con el desarrollo de las ideas de Krause llevado a cabo
por los discípulos de Sanz", p. 18.
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hayamos perdi do de vista, sin embargo, es que, contra todo l o que
va i mpl í ci to, conciente o i nconci entemente, en suponer que nues-
tro personaje es parte de una tan selecta tendencia, debemos reco-
nocer que Máxi mo Manso no es ni un educador i mportante ("mo-
del ado" según Gi ner, por ej empl o), ni siquiera uno de aquellos
krausistas/institucionistas de segunda fi l a que, de al gún modo, vi -
ví an en rel aci ón directa con las actividades del grupo: decisivo ha
de ser en este sentido el que Manso no hable de la I nsti tuci ón
ni de los institucionistas y que éstos no aparezcan para nada en su
vi da (esto es, en la novel a). Nuestro ami go Manso, ese "al ma de
Di os" con (o sin) "mucho pesquis", no es sino el sabio del barri o
pequeño- burgués de doña J aviera; un simple i nstrumento para
faci l i tar los acontecimientos y, en cuanto tal , la real i dad más vul -
gar de una pequeña burguesí a que, en su carrera de ascenso hacia
metas socialmente aceptables, tiene que negar sus orí genes: es decir,
la carni cerí a, tanto como la existencia mediocre de Máxi mo Manso.
Si, por l o tanto, no tiene relaciones con el mundo i ntel ectual del
Madri d de su ti empo, ¿con qui én se relaciona Máxi mo Manso?
Úni camente con doña J aviera y Manuel Peña; con doña Cándi da
de Garcí a Grande y su sobrina I rene; y con su hermano J osé Marí a
y fami l i a. Sól o cuando encuentra a Augusto Mi qui s, cuando alude
a amigos de j uventud y, muy de pasada, a su amistad con León
Roch (p, 116), y cuando se nos dice que ya no se veía con Ma-
nol o en el Ateneo, entrevemos otros posibles cí rcul os de amistades
anteriores a los acontecimientos de la novela. En vista, además,
de que es el ami go Manso qui en relaciona entre sí a las personas
que trata, hemos de suponer que para ese f i n le trae al mundo su
ami go el novelista. Cumpl e Máxi mo Manso su papel a la perfec-
ci ón y una vez cumpl i do, cuando los demás personajes van rectos
ya hacia sus destinos, desaparece de un mundo que, en todo, su-
pera su medi aní a.
Las relaciones que se establecen a través de Máxi mo Manso
ti enen, como todas, un ti empo, un espacio y, más al l á de sus aspec-
tos accidentales, una razón de ser hi stóri ca que Manso, según vere-
mos, capta perfectamente. El ti empo estricto de l a novela, según
ya hemos teni do ocasi ón de recordar, es el que discurre entre 1877
y 1881: años en que se consolida la Restauraci ón. El espacio en
que todo se trama es, en Madri d, l a casa de J osé Marí a Manso, el
hermano de nuestro profesor. Este J osé Marí a Manso, al i gual
que otros indianos de su ti empo, ha vuel to a España con una gran
fortuna no sól o para quitarse de los problemas de una Cuba ya
demasiado revuelta, sino para colocarse socialmente. Ahora bi en,
di recta o i ndi rectamente, la i mportanci a social pasaba en aquel
Madri d por la pol í ti ca y por l a pol í ti ca se decide J osé Marí a Man-
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so: ahí , a fi n de cuentas, se organizaba una parte esencial de la
estructura del "bl oque de poder ol i gárqui co" que, según Tuñón
de Lara, se va formando en España entre 1875 y 1914
8
. Estas fe-
chas (1875-1914), a diferencia de las de 1877-1881, enmarcan el
perí odo hi stóri co o ti empo a largo plazo de l a novela, dentro del
cual l a trayectoria ascendente de los diversos personajes ha de en-
tenderse como tí pi ca de la formaci ón de ese "bl oque de poder"
que aquí y en otras obras ocupa central mente a Gal dós.
J osé Marí a Manso - de qui en no vamos aquí a ocuparnos ma-
yormente- i ni ci a en su casa las relaciones y tertul i as que, por me-
di aci ón de su hermano, serán decisivas para Manol o Peña. A la
casa de J osé Marí a Manso acuden, entre otros, el ri co e i nfl uyente
Ramón Marí a (o Manuel Marí a) Pez, los no siempre prósperos
pero bi en relacionados marqueses de Tel l erí a, el mi l l onari o, nego-
ciante e i nfl uyentí si mo Marqués de Fúcar, así como "tres ex-minis-
tros y muchos diputados y periodistas" (p. 111). No ha de extra-
ñarnos que poco antes del fi nal de l a novel a se nos asegure que
J osé Marí a Manso, di putado ya, va para marqués sin probl ema
al guno. No interesa saber aquí hasta qué alturas l l egó realmente
el hermano de nuestro profesor
9
; l o i ndudabl e es que llega a ser
parte de l a estructura del poder y, en cuanto tal , además de arri -
bista él mi smo, será el pri nci pal vehí cul o para el ascenso de Ma-
nuel Peña - de qui en todo estudio de nuestra novela debe ocuparse
central mente porque para educarle viene al mundo Máxi mo Manso.
Manol o Peña, además de personaje central de El amigo Manso,
reaparece en Lo prohibido y en Torquemada en el Purgatorio. Su
"apari ci ón" en esta úl ti ma novela no podí a ser más breve: se le
nombra dos veces cuando en compañí a de Cornel i o Mal i brán,
"dos chicos y una chica de Pez", Morentí n, Manol o I nfante y J osé
Marí a Vi l l al onga, llega de vi si ta a Hernani , a la casa de veraneo
de Torquemada, durante uno de sus paseos entre Bi arri tz y San
Sebasti án
1 0
. Ahora bi en, en San Sebasti án y Bi arri tz veraneaban
entonces, según sabemos, la aristocracia y l a más alta burguesí a
español as (e inglesas) y ahí precisamente, a diferencia del poco
fachendoso Torquemada, veranea el ya di putado Manol o Peña con
su esposa I rene. ¿Y qui énes son esos amigos con los que ahora
8 MANUEL TUÑÓN DE LARA, "La burguesía y la formación del bloque de
poder oligárquico: 1875-1914", en Estudios sobre el siglo xix español, Ma-
drid, 1971. Se encontrará detallada explicación de este momento de la historia
de España en el espléndido libro de MI GUEL MARTÍ NEZ CUADRADO, La burguesía
conservadora (1874-1931), t. 4 de la Historia de España, Madrid, 1973.
» Parece ser que no reaparece en otras novelas aunque hay un marqués de
Taramundi en Torquemada en el Purgatorio, Torquemada y San Pedro y
Ángel Guerra.
io Torquemada en el Purgatorio, Parte I I , cap. 6, O.C., t. 5, p. 1060.
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pasea por la Costa Vasca? Vemos que conti núa su rel aci ón con la
fami l i a Pez, i ni ci ada en casa de J osé Marí a Manso. Y, natural -
mente, se ha ampl i ado el cí rcul o de relaciones: Manol o I nfante
(narrador de La incógnita) es un joven ri co, pariente de los muy
ricos Cisneros y di putado por Orbajosa (feudo, no olvidemos, de
Doña Perfecta) ; J osé Marí a Vi l l al onga, di putado tambi én, pero
"de la oposi ci ón", es un vi ejo y ri co ami go de J uani to Santa Cruz,
bi en relacionado con el todo Madri d y probable senador vi tal i ci o.
Por l o que respecta a Pepe Serrano Morentí n, que tambi én l l egará
a di putado, interesa ci tar l a descri pci ón que hace Gal dós mi smo:
"Era el tal -se nos expl i ca- soltero, plebeyo por parte de padre,
ari stócrata por l a materna, socialmente mestizo, como casi toda la
generaci ón que corre" (ibid., p. 1031). Esta descri pci ón nos re-
cuerda un i mportante comentari o socio-histórico de Máxi mo Man-
so, qui en en esto de "l a general i zaci ón" (p. 253-254) era, en efecto,
hombre de "mucho pesquis":
Pronto sería yo -se lamenta en cierto punto- hermano de un
marqués de Casa-Manso o cosa tal ... Lo del título era un fenó-
meno i nfal i bl e en el proceso psicológico, en la evolución mental
de sus vanidades. J osé reproducí a en su desenvolvimiento personal
la serie de fenómenos generales que caracterizan a estas oligarquías
eclécticas, producto de un estado de crisis intelectual y política, que
eslabona el mundo destruido con el que se está elaborando...
I ndudablemente, estas democracias blasonadas; estas monarquí as
de transacción sostenidas por el cabello de un artificio legal; este
sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre una cuer-
da floja y sostenido a fuerza de balancines y retórica; esta Sociedad
que despedaza l a aristocracia antigua y crea otra nueva con hombres
que han pasado su juventud detrás de un mostrador... quizás
anuncia un paso o transformación, que será la más grande que ha
visto la Historia. Mi hermano, que habí a fregado platos, liado
cigarrillos, azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado
tropas y traficado en estiércoles, iba a entrar en esa falange de
próceres que son la imagen del poder histórico inamovible y como
su garantí a y permanencia y solidez (pp. 96-97).
Manol o Peña, como su amigo el socialmente "mesti zo" Moren-
tí n i ni ci a, pues, su entrada en l a "ol i garquí a ecl écti ca" en casa de
qui en desde un mostrador, l l egarí a a marqués, reproduci endo así
en su "desenvol vi mi ento personal l a serie de fenómenos genera-
les" de l a época; poco después se pasea por San Sebasti án y Bi arri tz
- donde ya habí a pasado su l una de mi el - con un ami go que es en
su persona mi sma l a fusi ón de "sangre" que permi te a Máxi mo
Manso habl ar de "democracia blasonada" y "mestizaje". De este
"matri moni o entre la «despedazada» aristocracia «anti gua» y la «for-
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mi dabl e clase medi a»" que "naci ó en Cádi z"
1 1
tratan no pocas
obras de Gal dós; no es otro el tema del estudio ya citado de Tuñón
de Lara; y en el engranaje de la "formaci ón" del "bl oque de po-
der" que Tuñón estudia se encuentra, decidido al éxi to, nuestro
Manol i to Peña.
Le encontramos de nuevo ahí en Lo prohibido. Aparece otra
vez j unto a Vi l l al onga, como uno de los "í nti mos" de J osé Marí a
Bueno de Guzmán
1 2
y en cuanto asistente regular a "los jueves de
El oí sa" (ibid., pp. 1724-1742), donde se codea con Chapa (galante
general carl i sta), con el secretario de l a l egaci ón de Hol anda, con
Al ej andro Sánchez Botí n (di putado, inversionista, hermano del
marqués de Tel l erí a), con el general Morí a y con "el mi ni stro de
Fomento". Todo ello narrado por el mi smo J osé Marí a Bueno
de Guzmán, qui en, como se sabe, es un ri co señori to andaluz
europeizante, residente en Madri d a parti r del 80, cuya fortuna
es tan grande que habí a qui en creí a que estaba "en l a mi sma cate-
gorí a rentí sti ca de los Lari os de Mál aga; López, de Barcelona
(¿López y López, marqués de Comillas?) ; Misas, de Jerez; Céspe-
des, Murgos y Urqui j o de Madr i d" (ibid., p. 1685). De algunos
de estos señores, cuya i mportanci a real en las finanzas español as de
f i n de siglo no es desconocida, se supone que era amigo Bueno
de Guzmán ya antes de llegar a Madri d; de otros, como por ejem-
pl o Urqui j o, pasará a ser amigo en la Bolsa (por i ntroducci ón del
"hortera y carnicero y músi co y bolsista Gonzalo Torres", ibid.,
p. 1808).
Pocas cosas más di fí ci l es de probar en un juzgado que la cul -
pabi l i dad por asoci aci ón; y, desde luego que dada la existencia de
tanto gato que querí a pasar por l i ebre en l a España de l a Restau-
raci ón, qui zás no valga recurri r al "di me con qui én andas" para
entender qui én llega a ser Manol o Peña y qué sentido tiene la
novel a en que se nos cuenta su educaci ón y matri moni o. Para
saber, por ejempl o, si a través de J. M. Bueno de Guzmán, de
Vi l l al onga o del "mi ni stro de Fomento" podemos o no establecer
una rel aci ón real entre Manol o Peña y - di gamos- el Marqués de
Urqui j o, necesi tarí amos cierta i nformaci ón muy concreta de ti po
económi co o pol í ti co que no se nos da en estas obras porque, des-
graciadamente, Manol o Peña aparece en Lo prohibido y Torque-
mada en el purgatorio muy de pasada. Sin embargo, en vista de
los lugares y amistades que frecuenta; sabiendo, como sabemos, que
es r i co
1 8
; habi endo visto l o pronto y bi en que llega a di putado,
parece claro que l a trayectori a de Manol o Peña a parti r de las
" Apud V. LLORENS, "Gal dós y la burguesía", AG, 3 (1968), p. 51.
i
2
Lo prohibido, Parte I , cap. 3, O.C., t. 4, pp. 1692, 1696, etc.
is Lo declara su madre, p. 24 y lo repite M. Manso, p. 47.
428 CARLOS BLANCO AGUINAGA NRFH, XXI V
lecciones de Máxi mo Manso es algo más que la de una modesta
carrera ascendente hacia un simple y decente confort de clase me-
di a pasiva, lejos ya de la carni cerí a de sus padres.
Podrí a ser que cuando nos encontramos con casos como el de
Manol o Peña en l a obra de Gal dós padezcamos de un error de pers-
pectiva que, a grandes rasgos, consiste en considerar a la burguesí a
pi ntada por Gal dós como si fuera siempre una clase medi a pasiva,
tan alejada del poder como pueden hoy estarlo mi l l ones de prós-
peros pequeños burgueses. Desde luego que se dan muchos casos
así en l a obra de Gal dós como, por supuesto, se daban en la España
de su ti empo; pero tambi én está en Gal dós, de manera evidente,
por ejempl o en Lo prohibido, la clara descri pci ón de aspectos di -
versos de la confi guraci ón del "bl oque de poder ol i gárqui co" mis-
mo. No debemos dejarnos engañar porque todos estos Fúcar o
Bueno de Guzmán o Urqui j os o Torquemadas parezcan tan poca
cosa j unto, por ejempl o, a Rothschi l d: así eran en España los po-
derosos con respecto a "Europa" y tení an conciencia de ello
14
. Era
aquella una sociedad subdesarrollada y dependiente, pero su ol i -
garquí a era tan ol i garquí a como la de cual qui er otra parte: la
diferencia que va de un Torres a un Morgan no es sino la que
va de la Bolsa de Madr i d a la de Wal l Street o Londres. Lo cual
significa que, en España, un Torres, y más todaví a un Urqui j o,
era un Morgan y que el mi ni stro de Fomento era, a escala nacio-
nal , tan mi ni stro de Fomento como el de cual qui er otro paí s. No
es el mundo de El amigo Manso o el de Lo prohibido, por provi n-
ciano o margi nal que parezca ser (o sea) con respecto a Europa
un mundo ajeno al poder: frente al idealismo que suele caracte-
rizar las interpretaciones de El amigo Manso fijadas en el estudio
de la personalidad del maestro, i mporta entender que la sociedad
en que se mueven los amigos de Manuel Peña es, aunque de jóve-
nes, inseparable de l a del marqués de Urqui j o.
Y ese mundo de poder, no el de una acomodada y tranqui l a
clase medi a madri l eña, es el mundo al que entra Manol o Peña tras
haber reci bi do de Máxi mo Manso el mí ni mo barni z cul tural que,
sin ser tal vez del todo necesario, es siempre úti l . Recordemos,
por ejempl o, que al fi nal de la novela su madre (y él con ella) se
muda al pri nci pal de una finca (o casa de apartamentos) que
acaba de comprar, nuevecita, en la calle de Al fonso X I I , frente
al Reti ro. Se trata de un dato clave para entender el fi nal de la
novela (y desde el fi nal , la trayectoria ascendente de todos sus per-
w Cf. referencias de Bueno de Guzmán al barón de Rothschild y a J osé
de Salamanca, a quienes pone al mismo nivel de hombres de empresa, tal vez
irónicamente; Lo prohibido, pp. 1819-1820; y antes, Eloísa, p. 1707, "yo me
acuesto pensando que soy la señora de Rothschild".
NR FH , X X I V "EL AMIGO MANSO" 429
sonajes, menos Manso) puesto que en 1880 sólo la ol i garquí a vi ví a
en ese rumbo; en el número 4 de la calle de Al fonso X I I , por
ejempl o, en una casa construida por esas mismas fechas, naci ó J osé
Ortega y Gasset en 1883, y ahí mi smo, en la esquina, vi ví a Maura
(por"l o que hoy lleva su nombre una de las calles que sale de
Al fonso X I I ) . Van, pues, los Peña de una carni cerí a del centro
de Madri d, a una zona residencial entonces nueva y l ujosí si ma
donde se i ban instalando diversos mi embros de la más poderosa
burguesí a ascendente o ya domi nante. Porque si bi en los Ortega
eran en los años 80 parte de l o que Tuñón l l ama "l a otra burgue-
sí a", Maura l l egarí a a representar el poder mi smo. Barri o -socie-
dad domi nante- en el que pueden convi vi r gentes al parecer con-
trarias, al i gual que Manuel Peña convive con Vi l l al onga y otros
a pesar de tener ideas algo "más radicales" (Lo prohibido, p. 1731),
o al i gual que Máxi mo Manso, "abol i ci oni sta" (p. 57) y enemigo
del "régi men ol i gárqui co que hoy pri va" (p. 116) tol era a su her-
mano, a Ci marra, a los Pez y educa a Peña para el éxi to que a él
mismo le ha sido negado. ¿No es acaso sorprendente i magi nar que
doña Javiera Peña, "hace poco apenas carnicera, fue vecina en su
dí a de los señores Maura y Ortega y Muni l l a? Sin embargo, así es
en El amigo Manso.
Y es que era aquel mundo, según explica Gal dós en Fortunata
y Jacinta, como una "colosal enredadera" cuyos "vástagos" apare-
cen "revueltos y cruzados" en no se sabe qué "mi steri oso enlace";
de modo que "hay qui en dice que Pepe Moreno Val l ejo, el cor-
delero de la Concepci ón J eróni ma, es pri mo hermano de don
Manuel Moreno-I sla, uno de los Moreno que atan perros con
longaniza. . . [y] hay un Muñoz y Apari si , tri pi cal l ero en las inme-
diaciones del Rastro, que se supone pri mo segundo del marqués
de Casa- Muñoz. . ." [etc.]
15
. Pero no sólo se extiende la nueva clase
domi nante desde una cordel erí a hasta un reciente marquesado,
sino que, como para que quede aún más claro el hecho hi stóri co
de la fusi ón entre vi eja aristocracia y nuevos poderosos, encontra-
mos tambi én en Fortunata y Jacinta que este marqués de Casa-
Muñoz, "de la aristocracia monetari a", es pariente de "un Ál varez
de Tol edo, hermano del duque de Gravelinas, de la aristocracia
anti gua"; de l o que resultaba "no sé qué i róni ca armoní a de la
conj unci ón aquel l a de los dos nobles, ori undo el uno del gran
Al ba y el otro sucesor de don Pascual Muñoz, di gní si mo ferretero
de la calle de Ti ntoreros" (ibid., p. 138). En compañí a de tales
gentes, di cho sea de paso, aparece cenando en ocasi ón í nti ma el
amigo de Manol o Peña, Vi l l al onga (loe. cit.).
Si volvemos ahora al proceso de educaci ón de Manol o Peña,
« Forlunanta y Jacinta, en O.C., t. 5, p. 67.
430 CARLOS BLANCO AGUINAGA NRFH, XXI V
vemos que., desde el pri nci pi o, su maestro Manso, a pesar de andar
en Babia (p. i 24), tiene muy clara idea de cómo funci ona la so-
ciedad de su ti empo:
Es evidentísimo [se dice a sí mismo este "alma de Dios con mu-
cho pesquis" Cp. 24)] que la democracia social ha echado entre
nosotros profundas raíces, y a nadie se le pregunta quién es ni de
dónde ha salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplau-
dirle, siempre que tenga dinero o talento. Todos conocemos a dife-
rentes personas de origen humildísimo que llegan a los primeros
puestos" y aun se alian con las razas históricas.
El dinero y el ingenio, sustituidos a veces por sus similares, agio
y travesura, han roto aquí las barreras todas, estableciendo la con-
fusión de clases en grado más alto y con aplicaciones más positivas
que en los países europeos, donde la democracia, excluida de las
costumbres tiene representación en las leyes. Desde este punto de
vista, y aparte de la gran desemejanza política, España se va pare-
ciendo, cosa extraña, a los Estados Unidos de Améri ca... Las im-
provisaciones de fortuna y posición menudean. .. (p. 48) .
Si n embargo, Manso tambi én sabe que
. . . esta transformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al
punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que
toca a la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico,
digámoslo así, de la Sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque
solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un oar de
lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza,
pero no ha llegado a ser ciega. .. (loe. cit.).
Y sabe, por l o tanto, que "Manol i to tendrí a que l uchar para abri r-
se paso en l a sociedad y para ocupar en ella un puesto conforme
a sus altas dotes" (pp. 47-48).
"¡Del i cada cuesti ón!", exclama el amigo Manso. Y l o es, en
efecto, para qui en siendo al parecer un purí si mo educador dedica,
sin embargo, sus mejores energí as a faci l i tar l a entrada de su alum-
no a ese "ci cl o céntri co, di gámosl o así, de ia sociedad". Porque no
otra cosa qui ere Máxi mo Manso para "aquel Manol i to Peña", a
qui en, a pesar de ser "tan listo, tan discreto, tan di sti ngui do, tan
nobl e en todo y por todo" l l amaban todaví a cuando él l o toma
bajo su tutel a "el hi j o de la carni cera" (p. 49). Manso va a ser
i nstrumento fundamental en i a correcci ón de tal i njusti ci a, para
l o cual, "como el muchacho era ri co y habí a de representar en
el mundo un papel muy airoso", decide cul ti var en él "l a forma, el
buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que da al carácter l o que
l a frase al pensamiento; es decir, tono, corte, vi gor, personalidad"
(p. 47)- i dea pedagógi ca ésta muy poco krausista y que no di fi ere,
NRFH, XXI V "EL AMIGO MANSO" 431
en verdad, de los pragmáti cos deseos de doña Javiera, qui en pone
a su hi j o en manos de Manso porque qui ere "que sepa todo l o
que debe saber un caballero que vive de sus rentas" (p. 24). Siendo
Manol o, como según ella va a ser, "un gran señor, un cabal l ero"
su educaci ón ha de consistir en "l abrarl o, amigo Manso" (p. 23) .
Y bi en claro nos dice su maestro - que le l l ama nada menos que
"di vi no muchacho" (p. 171) - que l o que ha hecho con el "grande
i ngeni o" de Manol o Peña es, en efecto, darle "l a vestidura del arte",
"l a pedrerí a" en que ha de bri l l ar menos toscamente (loe. cit.).
Puesto que Máxi mo Manso tambi én sabe que en Manol o Peña
"ha queri do la Naturaleza hacer el hombre ti po de la época pre-
sente. . . cortado y moldeado para su siglo", en el cual encaja "como
encaja en una máqui na su pieza pri nci pal " (p. 173), l o' extraño
no es que deje sus amores con la "ni ña de Vandesol ", que sea di pu-
tado por decreto especial en que se le dispensa su j uventud, que
viva social mente con y como Vi l l al onga, Bueno de Guzmán, Casa-
Muñoz y J uanito Santa Cruz; l o extraño es que Manso se sorprenda
de el l o; que declare Manso, aunque sólo sea momentáneamente,
su "pasmo" por el avance social de "Manol o y ele I rene (p. 296).
Esta sorpresa, por cierto, no es en l o esencial di sti nta de la que
en Torquemada en el Purgatorio siente Rafael frente al éxi to del
prestamista:
. .. usted - l e dice a Torquemada- me ha dado el gran petardo,
porcue no sólo le admite la sociedad, sino aue se "adapta usted
admirablemente a ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y la
sociedad, que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no
ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un ser
superior dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admi-
ten en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glo-
rifican, sin distinguir si lo que dice es tonto o discreto, y le mima
la aristocracia, y "le aclama la clase media, y le sostiene el Estado,
y le bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es
un éxito y usted "mismo llega a creer que es fi nura su rudeza y su
ignorancia ilustración. . . (O? C, t. 5, p. 1108).
A la larga, sin embargo, Rafael descubre, como Máxi mo Manso,
que Jo que ocurre en la España de la Restauraci ón es que
. . . la monarquí a es una forma vana; la aristocracia una sombra.
En su lugar reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas, vulgo
prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas, el patri-
ciado de estos Médicis de papel mascado. No se qui én di jo que la
nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para fecundarse y
poder vi vi r un poquito más. .. (ibid., p. 1110) .
Lo dice negativamente qui en desde su perspectiva de aristócra-
ta en decadencia se ha negado al "mestizaje" social y, consecuente-
432 CARLOS BLANCO AGUINAGA NRFH, XXI V
mente, acabará sui ci dándose; pero la metáfora central ("Médi ci s de
papel mascado") tiene su ori gen en l o que de sí mismo piensa l a
clase ascendente, según se ve por las palabras con que Manol o
Peña responde a ciertas quejas de su maestro:
Yo quiero hacer algo, magister; yo necesito acción. Esta vida de
tiesura social y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la
edad dramática, vov a ser pedante, en el momento histórico que no
vacilo en llamar florentino, porque su determinación es arte, pasio-
nes, violencia. Los Médicis se me han metido en el cuerpo y se han
posesionado de él como los diablillos que atormentan al endemo-
niado (pp. 122-123).
Cuando Gal dós escribe estas novelas del "mestizaje" social hací a
ya trei nta años - por ejempl o en El dieciocho Brumario- que Marx
habí a descrito la medi ocri dad de l a nueva sociedad burguesa, la
manera antiheroica que tení an sus "actores" de ser algo así como
"Médi ci s de papel mascado"; otros tantos hací a que J ul i án Sorel
habí a descubierto que el prosperar en tal sociedad burguesa no era,
en verdad, cuesti ón de "tal ento"
1 6
. No nos sorprenda el retraso:
sabemos ya, contra opiniones muy di fundi das hace todaví a pocos
años, que hubo en la España de la segunda mi tad del xi x un fuerte
desarrollo capitalista; pero sabemos tambi én que es un desarrollo
tardí o y, por l o tanto, pecul i armente confl i cti vo. Si añadi mos que
este desarrollo es l o que hoy l l amarí amos (y deberí amos insistir en
l l amar) dependiente, no puede extrañarnos l a repeti ci ón tardí a
de ciertos modelos de comportami ento. Lo que debe i mportarnos
es la extraordi nari a coherencia y objeti vi dad de la obra galdosiana.
Dada esta objeti vi dad abrumadora poco i mporta preguntarse, se-
gún l o hace antes que nadie el mi smo Máxi mo Manso, si Manol o
Peña es o tal vez va a ser un hombre "si n pri nci pi os" La pregun-
ta se la han hecho tambi én los crí ti cos
18
. Me i ncl i no a estar de
acuerdo con D. L I DA (art. ci t., pp. 19- 20) en que Manol o Peña no
revela ser especialmente mal i gno, aunque, dadas las exigencias de
la sociedad en que vive, no veo que debamos suponer que no va
a resultar "tan poco escrupuloso como J osé Marí a Manso" ni que
vaya a ayudar al "progreso gradual " de España. Es dudoso que
siendo Manol o Peña un joven arri bi sta de la sociedad de la Res¬
" Según creen todavía M. Manso y, desde luego, Manuel Peña; cf. por
ejemplo, pp. 48 y 290 de la edición aquí usada.
" Se pregunta el amigo Manso: "¿Tendremos en él una de tantas emi-
nencias sin principios, o la personificación del espíritu práctico y positivo?",
p. 46.
is Es la idea expresada por G. A. DAVI ES en "Gal dós El amigo Manso: An
experiment in didactic method", BHS, 39 (1962), y que refuta D. LI DA
(art. cit., p. 19 y nota 64) .
NRFH, XXI V "EL AMIGO MANSO" 433
tauraci ón tuvi era la i ntenci ón o l a posi bi l i dad de reformar gran
cosa: no hay más que recordar su comportami ento puramente re-
tóri co y vano en l a velada de teatro dedicada a beneficio de la
retóri ca y vana Sociedad General para Socorro de los Inválidos de
la Industria. Manol o Peña es ri co, tiene ci erto talento, ambiciones
sociales y mucho don de gentes: salvo trai ci ón a sus posibilidades
objetivas, a l a tendencia hi stóri ca de su clase, no podí a sino subir
en un mundo donde, frente a la tradi ci onal domi naci ón de la aris-
tocracia empieza a llegar al poder la que, a falta de otra cosa ha
deci di do presentarse como la "aristocracia del tal ento" (p. 290) .
Por l o demás no se le plantea a Peña su rel aci ón con la socie-
dad a l a manera de aquel J ul i án Sorel que entendí a el "tal ento" en
el sentido heroico del que, según vi o Marx claramente, carecí a
precisamente la sociedad burguesa. Para Manol o Peña y para la
España de su ti empo tener "tal ento" es ya, sin tapujos, saber subi r
(o en el vulgar madri l eño de entonces y de ahora: trepar). Ante
este hecho objeti vo, de poco sirve entrar en valoraciones subjetivas
acerca de si era o no hombre de "pri nci pi os".
Tan claro es el l o para Máxi mo Manso que hasta vi vi endo enamo-
rado y, por l o tanto, ciego, entiende perfectamente a I rene una vez
pasado el asombro. A I rene la ha hecho así, se dice a sí mi smo, "l a
l ucha por la vi da" (p. 266) (idea en la que, por cierto, revela ya
Manso un ci erto "posi ti vi smo" fi l osófi co del que habl aremos). En vis-
ta de l o cual acepta como i nevi tabl e que la que veía como "l a muj er
perfecta" (p. 80) sea, en verdad, una muj er de "di sti nci ón vul -
gar", una "dama de tantas" con "ambi ci ones burguesas", "model o
de la medi ocri dad en el gusto" cuya ambi ci ón es fi gurar en la nu-
merosa clase de la "aristocracia ordi nari a" (p. 262-263). A l o que
sigue, necesariamente, la "Sentencia fi nal : era como todas. Los
tiempos, la raza, el ambi ente, no se desmentí an en el l a" (p. 296).
Y es que, en efecto, pensándol o bi en, l o asombroso hubi era sido
que I rene y Manol o hubiesen preferi do (y podi do) l l evar otro
rumbo. Quizás no esté de más recordar aquí unas tristes palabras
de Urbano Gonzál ez Serrano acerca del fracaso de la Uni versi dad
progresista que en su momento di ri gi ó Fernando de Castro:
La universidad que renovó en parte su personal docente duran-
te el periodo revolucionario -escribe en 1888-, que practicó la
libertad de enseñanza, que desagravió a los profesores expulsados
por liberales, educa a aquella juventud, que si no preparó aceptó
de buen grado la restauración (apud CACHO V I U, op. cit., p. 213).
Entre aquella j uventud uni versi tari a han de contarse, por cierto,
J uani to Santa Cruz y su amigo Vi l l al onga, amigo más tarde de Ma-
434 CARLOS BLANCO AGLINAGA NRFH, XXI V
nol i to Peña, el que usó de Máxi mo Manso para adqui ri r un barniz
de cul tura sin tener que molestarse en asistir a l a Uni versi dad que
le aburrí a.
Quizás sean demasiado obvios los aparentes conflictos de El
amigo Manso: I rene, muj er perfecta vs. I rene, muj er de "di sti nci ón
vul gar"; Manol o i ntel i gente y bueno vs. Manol o oportuni sta; Máxi -
mo Manso, hombre de mucho "pesquis" vs. Máxi mo Manso, hom-
bre que vive en Babia; i núti l profesor de filosofí a vs. prácti co i n-
di ano; hegelianismo del pri nci pi o vs. spencerianismo del fi nal , etc.
Como resulta en real i dad difí cil "acoplar y emparejar las cosas más
heterogéneas" (según querí a J osé Marí a Manso porque eso era
"l o verdaderamente i ngl és", p. 112) y como es larga entre intelec-
tuales la costumbre de inclinarse por l o "qui jotesco" (real o apa-
rente), así se lee generalmente El amigo Manso; l o que permi te
que queden demasiados cabos sueltos. Debi do a el l o no se atiende
l o suficiente a la "medi ocri dad" de Máxi mo Manso, ni a l o arque-
tí pi co de I rene y Manol o y se pasan en silencio ciertos detalles
claves.
Así , por ejempl o, es común notar que en su elogio de I rene,
Máxi mo Manso declara que le parece una "muj er del Norte", "de
naturaleza superi or", "de maravillosos equi l i bri os", "muj er razón
contrapuesta a muj er fri vol i dad" (pp. 79-80) : pero no se insiste l o
suficiente en que, con el mi smo entusiasmo, según Manso se dice
a sí mi smo "He aquí la muj er perfecta", añade que es "l a mujer
posi ti va" (p. 80). El mi smo adjeti vo se emplea para describir de
manera no negativa a Manol o Peña ("Le seducí an las cuestiones
palpitantes y positivas", p. 45) . Y a l o l argo de la novela se esta-
blece una rel aci ón entre "posi ti vo" (y "posi ti vi sta" y "de positivis-
mo") y las nociones de l o uti l i tari o y l o prácti co, de modo, por
ejemplo, que ya después de su decepci ón amorosa, Máxi mo Manso
se refiere elogiosamente al "geni o prácti co de pri mer orden" de
I rene, gracias al cual ha logrado tri unfar en "l a l ucha por l a vi da"
(p. 267) . Y no podemos ol vi dar que en ese mi smo sentido se ha
descrito Máxi mo Manso a sí mi smo cuando nos dice que es posee-
dor de un "espí ri tu observador y prácti co", que vive con "razón" y
"método", l o que le permi te tomar "las cosas como son" (p. 16),
evitando así l a creaci ón de "vanas fábri cas de vi ento y humo"
(p. 11) . Por supuesto oue - como siempre l o ha hecho la crí ti ca-
hemos' de entender estas palabras i róni camente: a f i n de cuentas,
,-qué si no "fábri ca de vi ento y humo", en barroca imagen, fue su
enamoramiento? Sin embargo, el hecho es que Máxi mo Manso toma
en efecto, "las cosas como son", no sólo en l o que a sus amores y
a su mori r se refiere ("ya siento los efectos del gran narcóti co; voy a
NRFH, XXI V "EL AMIGO MANSO" 435
tomar postura", p. 299), sino, sencillamente, en l o que se refiere
al enorme cambio de vi da que !a llegada de su hermano le signi-
fica. He aquí cómo se explica él este cambio: "yo empezaba a for-
marme una segunda ruti na de vida, acomodándome al medi o local
y atmosféri co; que es ley que el mundo sea nuestro mol de y no
nuestra hechura" (p. 89).
¿Dudaremos nosotros en calificar tan poco "qui jotesca" acti tud
de "posi ti va" (o, como le dice él a I rene y luego a Manol o: de
"encuadrada" en "un marco de posi ti vi smo", p. 251; o de "i nspi -
rada" en "ideas de posi ti vi smo", p. 274) ? Vayamos aún más lejos:
la acti tud de Máxi mo Manso ante el mundo, seria filosofí a vi vi da
honradamente, "encuadra" dentro del mi smo "marco" i deol ógi co
que la vana retóri ca de su hermano cuando éste declara vulgar-
mente que las cosas caen del lado que se inclinan (p. 95) . Nuestro
profesor de filosofía se burl a de su hermano por su apego a tales
lugares comunes, pero tambi én se burl a de él su hermano después
de su discurso, y no por "krausi sta" o "hegel i ano" (i deal i sta), sino
porque a pesar de que su discurso ha sido "prácti co y filosófico y
todo l o que qui eras" (p. 168), no ha gustado ya que, en ri gor, l o
que le falta al amigo Manso - según su hermano al menos- es,
sencillamente, talento. A fi n ele cuentas, ¿no le hemos oí do decir
vulgaridades como aquello de que "l o que debe ser es; la razón de
las cosas tri unfa de todo" (p. 241) ? (A Peña, en cambio, en qui en
ve un ri val , J osé Marí a Manso le cri ti ca el que en sus discursos
no diga nada'"prácti co", p. 189).
No se trata de proponer aquí - por oposi ci ón a l o que se ha
di cho de su krausi smo- que Máxi mo Manso es un riguroso posi-
tivista. En cuanto "pensador" no pasa de ser un ecl écti co que,
dentro de sus amplios conocimientos, y entre abstracciones, repre-
senta, en verdad, un vul gar pragmatismo que se disfraza de "fi l o-
sofí a" con toques de romanti ci smo e idealismo. Es el positivismo
la i deol ogí a domi nante de la burguesí a en el úl ti mo cuarto de
siglo, l o mi smo en los paí ses exportadores de capital y de ideas
que en los paí ses dependientes: inmersos en sus tópi cos más vul -
gares vi ven los personajes de El amigo Manso, inclusive el buen
catedráti co. Es el l o obvi o en l a maní a de J osé Marí a Manso pol-
lo prácti co y en su vol untad de reconci l i ar - como Comte- l o
i rreconci l i abl e: "l a i nsurrecci ón y el Estado, la Monarquí a y la
Repúbl i ca, la I glesia y el l i bre examen, la Aristocracia y la I gual-
dad" (p. 112) . Pero deberí amos ser capaces de reconocer la misma
i deol ogí a en qui en, corno Máxi mo Manso, tras "hartarse" de "poe-
sía y de i deal i dad" (p. 89) - como si eso fuera l o que uno hace
con la poesí a- , acepta la i mposi ci ón de las costumbres del her¬
mano oportuni sta, llega incluso hasta a usar di ari amente el frac
436 CARLOS BLANCO AGUINAGA NRFH, XXI V
para visitar su casa y predica que es ley que el mundo sea nuestro
mol de y no tambi én nuestra hechura; o en qui en, como Manol o,
en verdad no qui ere con sus pretensiones de hombre del Renaci-
mi ento sino un alegre vi vi r en la pol í ti ca mediocre de un medio-
cre paí s subcapitalista. La real i dad objeti va del "mestizaje" oligár-
qui co que Gal dós recrea, se da tambi én en la i deol ogí a y, en ver-
dad, las reconciliaciones que pretende llevar a cabo J osé Marí a
Manso no son sino las que se hi ci eron durante la Restauraci ón,
durante el proceso de creaci ón del nuevo bl oque de poder oligár-
qui co: l o que Gal dós, como muchos l l amaba "pasteleo" Desde
esta perspectiva pierde gran parte de su sentido el tratar de di l u-
cidar si un personaje-instrumento de esa sociedad era realmente
krausista o positivista, o neokanti ano
En tal mundo "posi ti vo" Máxi mo Manso es, pues, di gno maestro
de su "amado di scí pul o", de su "hi j o espi ri tual , Manuel Peña", y
no le falta razón cuando al prepararse para vol ver al Li mbo, cum-
pl i do ya su papel declara: "He dado mi f ruto" (p. 299). Lo que
no excluye, sino que exige, que por dedicarse a las cosas prácti-
cas de su ti empo, Manol o Peña y gentes que le rodean hayan ol-
vi dado todo "l o que yo enseñé" (p. 301) . . . salvo, seguramente, las
frases hechas, las citas adecuadas de los clásicos para adornar dis-
cursos, etc. No excluyamos tampoco la necesidad de que doña
Javiera, muy cercana todaví a a la real i dad más aparente y real coti-
diana, y seguramente enamorada de Manso, no entienda del todo
estas palabras que dice al mori r su buen amigo.
Sabemos que Gal dós pensó en 1870 - y " se ha citado mucho-
que la clase media era el "gran model o, l a fuente i nagotabl e"
y que a "ser la expresi ón de cuanto bueno y mal o existe en el
fondo de esa clase" habí a de dedicarse "l a novela de costumbres".
"La grande aspi raci ón del arte l i terari o en nuestro ti empo es dar
forma a todo esto", escribe. A ello se dedi có insistentemente y,
puesto que l o caracterí sti co de la clase medi a a fines del xi x en
España fue su ascenso al poder y su justi fi caci ón i deol ógi ca fue
un posi ti vi smo de mesa de domi nó, es éste uno de los temas cen-
trales de sus novelas contemporáneas. Con sus conflictos y contra-
dicciones es la esencia misma, por supuesto, de la serie de Torque-
mada; según he i ndi cado en otro trabajo
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no se entiende Fortu-
nata y Jacinta sin tomar en cuenta la presencia de este tema, tal
como aparece especialmente en el largo y detallado pri nci pi o socio-
económi co del cual tambi én aquí nos hemos val i do para entender
algunas cosas; y el tema es inseparable del adul teri o en Lo prohi-
bido. Con menos detalle y en tono menor, más i mpl í ci tamente,
19 "On «the birth of Fortunata»", AG, 3 (1968) .
NRFH , X X I V '•I X AMIGO MANSO" 437
debe tambi én este gran tema darnos la pauta de nuestra lectura
de El amigo Manso; por l o menos a un pri mer ni vel que, por
diversas razones, ha pasado desapercibido en la crí ti ca, l o que, a
su vez, ha facil itado ciertos errores de i nterpretaci ón de los que
aquí se ha tratado.
University of California,
La Jolla, California.
CARLOS BLANCO AGUI NAGA