HISTORIA DE ESPAÑA. Tema 13, pregunta 4.

El Frente Popular y la conspiración militar

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Historia de España. Tema 13. La Segunda República española. Pregunta: El Frente Popular y la Conspiración militar.
A lo largo de 1935, los sucesivos gobiernos radical-cedistas acentuaban su política moderada. Con el fantasma de una inminente revolución marxista, la extrema derecha hostigaba a la CEDA, acusándola de tibia, y José Calvo Sotelo, que se había exiliado al proclamarse la República, regresó para hacerse cargo del monárquico Bloque Nacional, con un programa totalitario. En contrapartida, Largo Caballero empujaba la UGT hacia posiciones cada vez más radicales, muy próximas a las de los comunistas, que desde la revolución de octubre iban ganando adeptos y prestigio. Mientras tanto continuaban creciendo los fascismos en Europa, sobre todo desde que Hitler compaginaba la jefatura del Gobierno con la del Estado y procedía al rearme de Alemania. La política de Berlín fascinaba a los movimientos autoritarios de Europa, pero infundía temor a los demócratas. Por su parte, Mussolini confirmaba su ideario imperialista con la invasión de Abisinia (Etiopía).

Formación y programa del Frente Popular.
Con este panorama, el comunismo internacional impulsado desde la URSS cambió de estrategia. A partir de ahora, la disyuntiva no estaría entre proletariado y burguesía, sino entre fascismo y democracia. De ahí que la política a seguir debía pasar por el establecimiento de Frentes Populares, que implicaban la alianza del proletariado con las clases medias, de los partidos socialistas y comunistas con los burgueses antifascistas, frente al enemigo común. La tarea de los comunistas no sería, por el momento, hacer la revolución, sino frenar el fascismo.

Las elecciones de febrero de 1936.
La teoría frentepopulista pronto pudo llevarse a la práctica en España, pues el desprestigio del Gobierno, comprometido en sobornos y escándalos financieros atribuidos a miembros del Partido Radical, provocaría la convocatoria de elecciones, para el día 16 de febrero de 1936, en su primera vuelta. Dejando de lado momentáneamente sus diferencias, la antigua conjunción republicano-socialista se preparó para la consulta con la firma de una alianza electoral, o Frente Popular, en la que estarían representadas las izquierdas y gran parte de las fuerzas progresistas. Su programa hacía hincapié en el restablecimiento de la política de reformas del primer bienio y en la concesión de una amnistía para los encarcelados de la revolución de octubre, según aparecía en El Socialista (16 de enero de 1936) e incluía los siguientes puntos fundamentales:
DOCUMENTO PAU. PROGRAMA DEL FRENTE POPULAR El programa mínimo aceptado por todos los partidos que intervenían en él, incluía los siguientes puntos fundamentales: 1.- Amnistía total para los insurrectos de 1934 y para todos los acusados de atentados político-sociales desde 1933 y procesamiento de todos los culpables de “actos de violencia” al reprimir los atentados políticos. 2.- Reposición en sus puestos de todos los trabajadores y empleados públicos despedidos por causas políticas y compensación plena de todas las pérdidas sufridas por ellos. 3.- Reforma del Tribunal de Garantías Constitucionales para excluir la influencia conservadora; reforma del sistema judicial con el objeto de establecer su independencia, promulgar la justicia social y acelerar su rapidez y eficacia.

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4.-Restauración de la autoridad de todos los apartados de la constitución republicana; reforma de las Cortes y de su estructura de comité; aprobación de la legislación orgánica que garantice el funcionamiento de los gobiernos provincial y municipal; reforma de la ley de orden público con el objeto de obtener mayores garantías para los derechos individuales. 5.- Continuación de la reforma agraria; arrendamientos menores y mayor seguridad para los pequeños propietarios; reducción de los impuestos y de las tasas de intereses a los pequeños propietarios; ayuda técnica acrecentada para los pequeños propietarios. 6.- Protección de los pequeños productores y los pequeños empresarios; reforma de los impuestos y las tarifas industriales; estímulo a la producción; ampliación de las obras públicas. 7.- Sujeción del funcionamiento del Banco de España al interés público; reglamentación y mejora del funcionamiento de los bancos y las instituciones de ahorro. 8.- Restauración de toda la legislación social de 1931-33; aumento de salarios; amplio programa de viviendas sociales; extensión de la educación a todos los niveles. Fuente: PAYNE, S., La revolución española. Barcelona 1977, Pág. 188. Este programa era, fundamentalmente, socialdemócrata reformista. Desbordaba la posición original de la izquierda republicana, pero se alejaba de la obsesión anticlerical que, en el pasado, le había restado tantas energías. Estipulaba un acuerdo sobre un conjunto de principios mínimos para una coalición electoral, aunque no constituía un plan para un gobierno de coalición. En el Frente Popular estaban entre otras organizaciones, el PSOE, el sindicato UGT, el partido comunista PCE, los marxistas del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), además de los partidos republicanos Izquierda Republicana (IR) de Manuel Azaña y la Unión Republicana (UR) de Diego Martínez Barrio. El pacto además estaba apoyado por los nacionalistas catalanes como ERC e incluso por el sindicato anarco-sindicalista de la CNT (quienes habitualmente pedían la abstención). Aunque la derecha consiguió formalizar alianzas en muchas provincias en un llamado Frente Nacional, careció del sentimiento de unidad que le dio a la CEDA el triunfo en 1933. La experiencia de dos años de poder pasaba factura al centro-derecha, con discrepancias y divisiones semejantes a las sufridas por la izquierda antes de los últimos comicios. Con un porcentaje de participación del 72% (muy alto) votaron: 9.864.783 sobre un censo de 13.553.710 electores. En cifras globales los resultados fueron: Frente Popular: 4.654.116 (34,3%) Frente Nacional: 4.503.505 (33,2%) Centro: 526.615 (5,4%) Los escaños se repartirían de la siguiente forma: El Frente Popular: 257 diputados Los partidos de derecha /Frente Nacional: 139 diputados Los partidos de centro: 57 diputados Beneficiada ahora la izquierda por una ley electoral que estimulaba la formación de coaliciones, los candidatos del Frente Popular arrebataron al centro-derecha sus escaños y consiguieron con holgura la mayoría absoluta necesaria para gobernar. No significaba, en absoluto, que la derecha estuviera acabada, pues recibió más apoyos que en 1933; pero se había desmoronado el sueño del presidente de la República, Alcalá Zamora, de constituir un centro fuerte. Habría que destacar dos hechos; en primer lugar el gran éxito de los comunistas del PCE, escisión del PSOE pocos años atrás, que ahora contaban con 14 diputados y un gran protagonismo en el Frente Popular; y en segundo lugar la debacle del Partido Radical del republicano Alejandro Lerroux (de 104 diputados pasó a 9 diputados) por el escándalo del estraperlo. El triunfo electoral del Frente Popular, a pesar de que tuvo un escaso margen, gozó de una gran repercusión en España y en gran parte de Europa. Muchos ya miraban a España como el primer enfrentamiento entre el fascismo, los principios liberales democráticos y los emergentes movimientos revolucionarios, sobre todo el comunismo.

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La conflictividad social. Los resultados electorales, con sus consiguientes manifestaciones de triunfo, provocaron, desde la misma noche de los comicios, los primeros conatos de fuerza entre los perdedores y distintas maniobras que no presagiaban nada bueno para la República. A pesar de la buena voluntad de Azaña, llamado a formar gobierno, los socialistas (con 88 diputados) se negaron a formar parte del nuevo gobierno, simplemente lo apoyaron débilmente. Las huelgas y las invasiones de tierra aumentaron, los conflictos sociales y laborales amenazaban más que nunca el orden constitucional, la vida política no conseguía recuperar su pulso, asfixiada por el radicalismo proletario y la degradación del orden público. Ardieron de nuevo conventos e iglesias, mientras se agravaba la ola de pistolerismo callejero, y los miembros de las organizaciones legales de derechas las abandonan en masa para militar en movimientos más extremistas. La Falange, que venía recibiendo ayuda económica de los fascistas italianos, multiplicaba sus actuaciones violentas y atentados. Los continuos rumores de golpe de Estado provocaban un intenso antimilitarismo en la prensa de izquierdas que contribuía al clima de violencia. La situación se complicó aún más cuando el Congreso decidió deponer a Alcalá Zamora de su cargo de presidente de la República y recurrió al artificio jurídico de declarar que la disolución de las anteriores Cortes ordenada por él no había sido necesaria, lo que comportaba su destitución inmediata. En mayo de 1936, Manuel Azaña fue promovido a la presidencia de la República, perdiendo notable capacidad de acción, pues esta carecía de funciones ejecutivas, asignadas por la Constitución a la jefatura del Gobierno que fue asumida por Casares Quiroga. Durante los meses de junio y julio, tanto el campo como las ciudades fueron testigos de la agitación revolucionaria. Campesinos famélicos ocupaban tierras en Salamanca, Extremadura y Andalucía sin que las fuerzas del orden consiguieran evitarlo (en Extremadura en un día, el 25 de marzo, unos 60.000 jornaleros ocupan casi 3.000 fincas, hartos del poder de los terratenientes y de la hambruna). Como demostración de su fuerza, la CNT desencadenó una huelga de la construcción en Madrid y ensayó un comunismo libertario de consumo, expoliando las tiendas de comestibles. Con los asesinatos del 12 y 13 de julio España entera se estremeció, temerosa o esperanzada, sospechando que la conjura militar podía estar a punto de saltar a la luz. La conspiración contra el gobierno del Frente Popular. El general Mola fue destinado por el gobierno de la República a Pamplona en su deseo de alejar de Madrid a los militares sospechosos. Allí, tranquilo, se ganó al requeté, el brazo armado del carlismo, y se erigió en director de la conspiración que desde el triunfo del Frente Popular algunos dirigentes monárquicos habían puesto en marcha. También los generales Franco y Goded, en sus destinos de destierro de Canarias y Baleares, respectivamente, habían maquinado a gusto, hasta encontrar la ocasión. En mayo el general Mola dio un plan estratégico detallado sobre la preparación del alzamiento. Lo firmaba con el sobrenombre de “El Director”. Dos días después entró en contacto desde la cárcel Modelo de Madrid con José Antonio, el líder de la Falange, que inicialmente no estuvo completamente de acuerdo con el desarrollo del plan. El 5 de junio, José Antonio fue trasladado a la cárcel de Alicante pero para entonces ya había aceptado la idea de que era inevitable un golpe militar y que la Falange debía participar en él. En consecuencia prometió que 4.000 falangistas prestarían ayuda al golpe. A finales de junio lo único que faltaba para fijar la fecha del alzamiento era el acuerdo con los carlistas. El general Mola veía indispensable para el triunfo de los sublevados contar con el apoyo civil de carlistas y falangistas. El 7 de julio de 1936, se celebraron las fiestas de San Fermín en Pamplona, Mola aprovechó la ocasión para dejar completamente zanjada la cuestión. Escribió a Manuel Fal Conde, dirigente carlista, prometiéndole que resolvería la cuestión de la bandera (cambiar la republicana por la monárquica) después del levantamiento. Por su parte, José Antonio, que inicialmente había criticado el carácter conservador del plan de Mola, se mostraba ahora más dispuesto a apoyarlo. A principios de julio Mola decidió que había llegado el momento. El General Sanjurjo, exiliado en Portugal, se trasladaría en avioneta desde Lisboa para ponerse al frente de los sublevados y desde las Canarias el general Franco debía trasladar al norte de África para ponerse al frente de la rebelión en Marruecos. El plan de Mola para Franco era alquilar en Londres un avión de transporte “Dragon Rapide” y con un piloto

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independiente, el capitán Bebb, llevar el avión desde Londres a Canarias, para posteriormente dirigirse a Marruecos. El Dragón Rapide llega a Casablanca camino de Canarias el 12 de julio, ese mismo día el teniente de la Guardia de Asalto José Castillo salía de su casa para empezar su servicio. Castillo, que el día anterior había reprimido con dureza una manifestación monárquica, ya había recibido amenazas de muerte de la ultraderecha. Fue muerto a tiros por cuatro hombres armados que escaparon. Los camaradas del teniente muerto, indignados, exigieron de las autoridades una lista de sospechosos a los que detener. También pidieron medidas contra la Falange y los falangistas, responsables, no confirmados, del asesinato (otras tesis apuntan a carlistas pertenecientes al Tercio de requetés de Madrid). Entre los que clamaban venganza estaba un capitán de la Guardia Civil, Fernando Condés, íntimo amigo de Castillo. Alguien sugirió que fueran a la casa del líder de la CEDA José María Gil Robles, pero éste se encontraba ausente de vacaciones por lo que finalmente se decidió ir al domicilio del diputado conservador José Calvo Sotelo. Hacía las tres de la mañana del 13 de julio Calvo Sotelo fue convencido por Condés y otros para que les acompañara a la comisaría, a pesar de que su inmunidad parlamentaria le eximía de ser detenido. El coche arrancó y a unos 200 metros de su casa, Luis Cuenca, un joven socialista que iba sentado a su lado le disparó dos tiros en la nuca. Calvo Sotelo fue asesinado a pesar de que las autoridades republicanas no habían ordenado su detención. Pero inevitablemente se culpó al gobierno de su muerte, al fin y al cabo, Calvo Sotelo había sido asesinado bajo la custodia de la policía republicana. La clase media española quedó paralizada por este cruel asesinato y ello proporcionó a los golpistas gran apoyo popular en un momento decisivo. Los socialistas seguían divididos, todavía se negaban a formar parte del gobierno, para ellos la República ya no representaba los valores que habían posibilitado su proclamación. Pero su movimiento juvenil si parecía más concienciado de la gravedad de la situación y a finales de junio se produjo la fusión entre los movimientos juveniles socialistas y comunistas, lo que dio lugar a las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) formada en su mayoría por dirigentes socialistas (como Santiago Carrillo) pero cuya línea política era comunista. El gobierno republicano con Casares Quiroga al frente parecía no tomarse totalmente en serio la situación. Diversos políticos de izquierda visitaron al jefe de gobierno rogándole que hiciera todo lo posible para evitar cualquier intentona golpista en contra del gobierno, incluso le pidieron que repartiera armas al pueblo, pero Casares, temeroso de perder su última posibilidad de mantener el orden se negaba, limitándose a decir que estaba seguro de que no ocurriría nada y de que un levantamiento militar estaba condenado al fracaso. El 17 de julio de 1936, la guarnición de Melilla se sublevó y declaró el estado de guerra en Marruecos, disparándose el mecanismo que llevaría a España a su más cruel guerra civil. Desde Canarias, Francisco Franco voló a Tetuán para ponerse al mando del ejército "africano", mientras el levantamiento se ponía en marcha en la Península ante el desconcierto del gobierno de Casares Quiroga, que perdió unas horas decisivas sin tomar medida alguna. En pocos días, ante el fracaso del levantamiento en las principales ciudades de España, el enfrentamiento entre las fuerzas sublevadas y las leales al Gobierno se convirtió en una guerra civil, en la que el general Franco, con la muerte accidental de Sanjurjo, adquirió pronto un protagonismo decisivo.