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Color Esperanza

Marcelo Soto Opazo
(marcelosotoopazo@gmail.com)

Personajes: Gabriela, Euclides, Armando, Ricardo, Sofía y Presentador de TV.

I
Oscuridad. Entra Presentador de TV vestido con un traje NBQ. Un foco lo ilumina.
Presentador de TV:
A mediados de los 90‟ el gobierno argentino, con el permiso de Estados
Unidos, compra una bomba atómica con el fin de asegurar la paz mundial. Sin embargo, la
pelotudez reinante y la ingesta de mate producen una falla durante el desembarque en el
puerto de Buenos Aires. La bomba explota y hace desaparecer gran parte de la provincia de
Buenos Aires y algo que al parecer se conocía como Uruguay.
Caos, destrucción, aniquilación. No hay sobrevivientes.
En un esfuerzo de producción y con fines de exportación, lucro e internacionalización, la
televisión Tucumana logró rescatar cinco sobrevivientes para realizar un hecho histórico:
hacer un show real con lo que quedó de los porteños. Este experimento es el primer
“Reality Show” del mundo.
Sus protagonistas no saben que nos encontramos en Tucumán y menos que el lugar donde
despertarán es un set de televisión.
El escenario será el interior de un botiquín de primeros auxilios (luz completa), con sus
respectivos elementos básicos recomendados por el Ministerio de Salud (foco al animador,
se proyecta el logo del Ministerio de Salud) (cada elemento se iluminará en el momento
en que es nombrado por el animador. Los elementos son de tamaño gigante):
Jabón neutro (blanco): para higienizar heridas. Termómetro: para medir la temperatura
corporal. Guantes descartables de látex: para no contaminar heridas y para seguridad de la
persona que asiste a la víctima. Gasas y vendas: para limpiar heridas y detener hemorragias.
Antisépticos (yodo povidona, agua oxigenada): para limpiar las heridas. Tijera: para cortar
gasas y vendas o la ropa de la víctima. Cinta adhesiva: para fijar gasas o vendajes.
El casting se llevo a cabo en un solo día. La gran cantidad de muertos en la zona facilitó la
tarea del equipo pesquero. Los seleccionados son los siguientes (se proyectan fotos tipo
carnet de cada participante):
Euclides Estrella. 38 años, médico de profesión, trabajaba en un sauna.
Sofía Botinelli. 25 años, modelo de televisión, seleccionada de voleibol.
Gabriela Sosa. 32 años, dueña de casa, escéptica, vidente, ufóloga.
Ricardo Márquez. 40 años, tres hijos que no conoce. Eximio profesor de conservatorio en
los 80, luego guitarrista ocasional en eventos.
Armando Maradona. Su antiguo nombre era Juan Carlos Hernández, el que cambió tras el
mundial de 1990. Se ganaba la vida vestido del pibe de oro en Caminito.
Saquen los Panchos, prendan un cigarro, destape una birra, que aquí comienza… ¡Color
Esperanza!
(Animador se retira, lo sigue el foco hasta salir de escena)

II
Oscuridad.
Los personajes envueltos en papel celofán, tirados entre los elementos básicos se
mueven, chocan con todo. Uno a uno irán destapándose el rostro. Durante esta maraña
de sonidos, habla una voz en off en paralelo.
Voz en off: El hijo se levantará contra el padre y el padre contra el hijo. Es necesario
hacer algo contra esta sociedad maldita. Por eso me caso con una prostituta.
Bien dicen las Escrituras: «Y tú, hijo de hombre, no juzgarás tú a la ciudad
derramadora de sangre y le mostrarás todas sus abominaciones». Y estas
otras palabras, fíjate en estas otras palabras: «Y enamoróse de sus rufianes
cuya carne es como carne de asno y cuyo flujo como flujo de caballos». –Y
señalando a los «cafishios», que jugaban en torno de las mesas, dijo–: Ahí
los tenés. Entra al Royal Keller, al Marzzoto, al Pigall, al Maipú, en todas
partes donde entres los vas a encontrar. Fuerzas perdidas. Hasta esa canalla
se aburre en el fondo. Cuando llegue la revolución se les ahorcará o se les
mandará a la primera fila. Carne de cañón. Yo pude ser como ellos y
renuncié. Ahora vienen tiempos terribles. Por eso dice el libro. «Y salvaré a
la coja y recogeré a la descarriada y pondréla por alabanza y por renombre
en todo el país de confusión». Porque hoy la ciudad está enamorada de sus
rufianes y ellos hundieron a la coja y a la descarriada, pero tendrán que
humillarse y besarle los pies a la coja y a la descarriada.
„Los siete locos‟, Roberto Arlt.
Truenos, tormenta, lluvia. Se hace la luz.
Aparecen Euclides, Sofía, Gabriela, Ricardo, Armando. Gabriela y Euclides más
despiertos que el resto.
Gabriela: (agitada) Ha, ha, ha, ha. Qué. Qué, Qué, y yo qué hago aquí…
Euclides: (mirando alrededor) yo, yo, yo estaba, yo estaba en, en…
Gabriela: ¿Quién eres?
Euclides: ¿Quién eres tú? ¿Qué hago acá?
Gabriela: ¿Y ellos?
Armando: (de un sobresalto, gritando) ¡AAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
Ricardo reacciona al grito de Armando. Se destapa el rostro con furia.
Ricardo: ¿Ah?
Euclides: (agarra a Armando y lo zamarrea) ¡Ey! ¡Ey! ¡Shut! ¡Shut! (Le pega una
cachetada).
Armando: ¿Qué pasa? ¿Qué pasó?
Sofía, con pocas fuerzas se destapa el rostro.
Euclides: ¡¿Qué pasa pé?!
Armando: ¡Una pesadilla horrible! ¡Horrible! Una bomba caía en Buenos Aires. Todo
era huesos, hombres explotando, edificios derritiéndose, todo teñido de un
amarillo intenso. Y mis manos, ¡mis manos se hacían mierda en mil pedazos!
Y veía a mis amigos, llenos de vidrios en la cara, el cuerpo, todo roto, sin
ojos. Hechos mierda.
Gabriela: Y luego te veías en una ventana, sin piel y tus costillas incrustadas en los
pulmones y el rostro sin mandíbula y empezabas a gritar.
Armando: ¡Sí, sí! ¡Exacto!
Euclides: Yo también soñé lo mismo.
Ricardo: Igual.
Gabriela: Y sí.
Sofía abre los ojos, se incorpora, tambalea, vomita, cae. Armando y Euclides la ayudan.
Sofía: ¿Qué ocurre? (vomita). Me duele… (moribunda)
Gabriela: Hasta que se cumplió.
Euclides: ¡Cállate, no lo digas! ¡No te creerán!
Armando: Dale, dejá que hable.
Gabriela: No fue un sueño, hubo…
Euclides: ¡Cállate!
Ricardo: ¿Qué?
Euclides: No le crean, inventa…
Armando: ¿Qué querés decir?
Gabriela: Que vamos a morir, lentamente. La profecía dice que…
Euclides: ¡Cállate! (apoya a Sofía en la pared)
Ricardo: ¿Y qué hacemos aquí? ¿Qué es todo esto?
Gabriela: Un lugar secreto. Un experimento.
Ricardo: ¡Dejate de joder! ¡Yo me voy! (camina buscando una salida)
Euclides: ¡Eh!, calma, ven, tranquilopé.
Armando: Esto parece un sótano.
Ricardo empieza a golpear las paredes, toma el tarro de agua oxigenada y lo lanza contra
la pared. I ntenta tomar otro elemento, pero Euclides lo tira al suelo.
Euclides: ¡Quédate tranquilopé, sino peor te pondrás!
Ricardo: ¡Soltame, negro de mierda!
Euclides le da un combo. Ricardo se tranquiliza, escupe.
Sofía: Me siento mal… creo que… (se desploma)
Armando: Terminá, vieja.
Gabriela: Bajo estas vendas, no queda nada. Quizás seamos los únicos. Ellos nos
salvaron.
Armando: Quiénes.
Euclides: No preguntes más, te lo ruegope.
Armando: ¿Y para qué, ah?
Gabriela: Ciencia, querido. Ciencia. Acabar con la inmundicia. Mejorar al ser humano.
Llevarnos a otro planeta.
Armando: (mira a su alrededor, luego, explota en carcajada) Jajajajajajajajajjajajaj.
Euclides: ¡Cállate! (lo empuja) La seño dice la verdad.
Ricardo: Demuéstralo, vieja.
Gabriela: ¿En serio querés que lo demuestre?
Armando: (entre risas) Sí, sí, sí. Jajajjajja. Avance de la ciencia, marcianos….
Jajajjajaja.
Euclides: No, no es necesario. Si no hacemos nada, vamos a salir de aquí, con vida.
Gabriela: Destapen el cuerpo de ella y verán lo que les digo.
Sofía: Agua… agua.. agu (vomita)
Apagón.

III

Se proyecta sobre el espacio un video en blanco y negro con ferrocarriles de Buenos
Aires, gente despidiéndose, mezcladas con imágenes de paisajes por la ventanas desde un
ferri, e imágenes de accidentes ferroviarios. Voz en off en paralelo.
Voz en off: Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo
abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y
una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja.
Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la
muerte que hubiera elegido o soñado. „El sur‟, Jorge Luis Borges.
El mismo lugar, los mismos elementos, los mismos personajes. En el centro, el cuerpo
desnudo de Sofía sobre un improvisado colchón de gazas y vendas. Los brazos, los pies,
las pieles moradas. Muerta. Astillas de vidrio en las piernas. Olor a carne a podrida. Al
lado de ella Euclides, de pie. El resto mira y toma apuntes como si estuviesen en una
clase de medicina.
Euclides: (Tijera gigante en mano, corta la piel del pecho de Sofía y extrae dos
implantes de silicona rotos, gotean). Cada día son más las personas que se
realizan implantes de silicona con el fin de mejorar su belleza, estado
emocional y aumento de sus posibilidades laborales. El avance de la ciencia
va de la mano con el avance de los medios de comunicación, produciendo en
todos una doble afectación. Por lado, una baja de autoestima al ver cuerpos
únicos, envidiables, aclamados y difundidos en revistas y televisión. Y, por
otro lado, un aumento en la producción con el fin de conseguir la suma de
dinero necesaria para realizar el sueño de la cirugía plástica. Estudios en los
cuales he participado, comprueban que los cuerpos con siliconas son la
mejor publicidad, ya que si el motivo de la paciente es, por ejemplo, desde
niña tener más senos que el resto, más de alguna otra mujer al verla
reproducirá el sentido de angustia e inconformidad con su cuerpo, deseando
también visitar el quirófano. Cuando descubrimos este fenómeno en la
década de los 80‟, decidimos dejar de invertir en tarjetas de presentación y
comenzamos un camino al éxito: invertir en modelos, televisión, revistas y
publicidad. En un año operamos gratuitamente a más de 1000 mujeres
repartidas por todo el país para así influenciar a todas las masas sin
necesidad de argumentos. Los números lo comprueban: si en 1988 la
cantidad de cirugías estéticas eran 564 por año, para 1992 esta cifra alcanzó
la friolera suma de 4562 pacientes por año. Este éxito no sería posible sin el
apoyo de las casas bancarias, quienes ofrecían a nuestra clientela pagar en
cómodas cuotas el costo completo de la operación y la posibilidad de ganar
un viaje a Miami o Walt Disney World all inclusive. ¿Alguna pregunta?
(Todos eluden su mirada, nadie contesta). Bueno. Ahora que tenemos el
cuerpo de Sofía libre de plástico, procederemos a la momificación del
cuerpo, con técnicas heredadas de mis abuelos Mochicas. Pero antes, y por
respeto a nuestra compañera… “Tupi or not Tupí”. (Algarabía, saltos, gritos
de felicidad). Venga, acercaos. (Rodean el cuerpo)
Armando: Para que viva siempre entre nosotros.
Ricardo: Para que... (vomita).
Gabriela: Para que su muerte no sea en vano.
Euclides: Termina de hacer los últimos cortes sobre el cuerpo de Sofía, suelta la
tijera. Para que su alma sea eterna. ¡Provecho, colegas!
Todos, con la elegancia y educación de un banquete, van sacando órganos del cuerpo de
Sofía que devoran disimulando el goce que les provoca. El goce y la velocidad en que
comen aumentan, hasta que empiezan a producirse orgasmos entre los contertulios.
Orgasmos con la comida, orgasmos entre ellos. Se besan con sangre en los labios.
Armando y Rodrigo se besan, se comen, se caen, se empiezan a sacar el celofán
manchado. A tirones de pasión, a tirones, a rasguños. Con las uñas, con los dientes,
como si estuviesen peleando a cuchillos, como perros. Gabriela les tira comida y ríe.
Ricardo saca una bolsa de cocaína y arma dos líneas sobre la frente de Sofía. Armando y
Ricardo jalan. Euclides y Gabriela aplauden, hinchan el enfrentamiento. Armando y
Ricardo de pie, uno frente al otro. Giran y giran como gallos de pelea.
Gabriela: ¡Dale, dale, dale! ¡Asesínalo! ¡Asesínalo!
Euclides: (mientras come) Eso, ¡dale! ¡dale! ¡Mataloooooo! ¡Matalooooooooó!
Ricardo salta sobre Armando. Armando resiste. Se besan. Se muerden. Armando le
rompe un brazo. Ricardo una pierna. Ricardo muerde y le saca una oreja. Armando
sangra, no reacciona. Ricardo sigue golpeándolo hasta cansarse.
Gabriela: ¡Con el termómetro, matálo con el termómetro!
Euclides: ¡¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!
Ricardo se dirige al cuerpo de Sofía, hunde y revuelca su cara en el interior de Sofía.
Levanta el torso, la cara llena de sangre y grita. Toma el termómetro, lo alza como se
alzan las sillas en la lucha libre.
Euclides: ¡Matá a Armandooooooooooooo! ¡Matá al Diego!, ¡matá a Madonáaaaaaa!
Gabriela: ¡Odiar, odiar, odiar, odiar, odiar, odiar, odiar, odiar, odiar!
Ricardo danza un malambo con termómetro ante el cuerpo inmóvil de Armando. Antes
de finalizar su danza, rompe el termómetro en la cabeza de Armando. Euclides y
Gabriela aplauden.
Apagón.
IV

Se proyecta sobre el espacio un collage con videos de archivo de Carlos Saúl Menen
sonriendo, desde sus inicios en la política hasta la actualidad. Voz en off en paralelo.
Voz en off: Más de repente una voz ruda reclamó: aquí están los huevos, sacando de la
barrija del animal y mostrando a los espectadores dos enormes testículos, signo inequívoco
de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes desgraciados
pudieron fácilmente explicarse. Un toro en el Matadero era cosa muy rara, y aun vedada.
Aquél, según reglas de la buena policía debió arrojarse a los perros; pero había tanta
escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor Juez tuvo a bien hacer
ojo lerdo. „El matadero‟, Esteban Echeverría.
El escenario se ilumina lentamente. En el centro el cuerpo de Sofía momificado con los
utensilios de emergencia. Al costado, el cuerpo de Armando Maradona en proceso de
momificación. Ricardo y Euclides duermen. Cantos de zorzal criollo. Gabriela
minuciosamente saca algunos trazos de papel celofán de su cuerpo, intentando limpiar
las heridas con el jabón. Los movimientos de los personajes son cada vez más
pauperizados. Despierta Ricardo.

Ricardo: ¿Qué hacés? ¿Me lo ibas a tirar, ah?
Gabriela: No, no, como se te ocurre, no, nada de eso. Me estaba, me estaba, me estaba
lavando la cara. Sí, viste que una igual siempre tiene esas manías de lavarse
la cara, viste.
Ricardo: No hay agua, Gabriela.
Gabriela: Y bueno, qué más da, con jabón igual, viste que una se debe limpiar siempre
todos los días. Muy de pequeña, yo empecé así.
Ricardo: ¿Algo nuevo?
Gabriela: Sí, no, bueno, noooo, como se te ocuuuurrreee. ¿Con quién más iba a hablar?
Ricardo: Con Dios, (intenta moverse, se queja por la pierna).
Gabriela: Ah, si es por eso entonces hablaba con los marcianos. ¿Te duele la pierna?
(Gabriela le toma la pierna a Ricardo)
Gabriela: ¿Y eso cuerpos?
Ricardo: Ayer, lo hice mierda a Armando.
Gabriela: ¿Vos siempre fuiste tan duro?
Ricardo: Siempre salía con mi bolsita. Podía faltar la comida pero no la merca.
Gabriela: No, no, no me refería a… eso. ¿Vos siempre fuiste tan duro en la lucha?
Ricardo: ¿Te gustó?
Gabriela: Digamos que… tenés una fuerza, que…
Ricardo: Te gustó.
Gabriela: No, cómo me va a gustar que a alguien lo maten.
Ricardo: ¿Nunca mataste a nadie? ¿Nunca mataste nada?
Gabriela: ¿Cuenta una mosca?
Ricardo: Y sí, cómo no va a contar. Si podés matar una mosca, podés matar una
persona, ponele.
Gabriela: ¿A vos te parece?
Ricardo: Bueeeno, no tenía más opción. Si no era él era yo.
Gabriela: ¿Qué pensás que harán con nosotros? Digo, todo es muy trucho.
Ricardo: Dale, Gabriela, no te pongás a pensar ahora. ¿Para qué, eh? ¿Para qué?
Gabriela: Ah, bueno, ¿y vos te vas a quedar aquí muy tranquilo tirado? ¿No tenés
familia? ¿No te preguntás dónde están, qué es de ellos? Qué se yo, tanta y
tanta cosa que se me viene a la cabeza.
Ricardo: Vos lo dijiste. Afuera no queda nada, y acá dentro no queda más que
sobrevivir. Te lo digo, eh, de aquí sólo saldrá uno. ¿Y si matamos al negro
de mierda?
(Euclides despertando)
Euclides: ¿De qué hablan?
Gabriela: No, nada. Una pregunta, Euclides, ¿vos sos Argentino?
Euclides: ¿Porqué?
Gabriela: No, digo, porque no hablás como nosotros. Digo, vos venís del norte, ¿no?
Euclides: Sí, ¿porqué?
Gabriela: No, por nada, digo, sólo curiosidad.
Ricardo: ¿Sos peruano?
Euclides: Ehm, sí.
Ricardo: No parecés peruano. Hablás como peruano pero pareces uruguayo. ¿Conocés
Uruguay?
Euclides: Sólo Buenos Aires.
Gabriela: ¿De qué parte de Perú sos? Digo, los de la verdulería son bolivianos,
altiplánicos. Y vos sos como medio afro… menos bolita… digo, no parecés
peruano.
Euclides: Soy de Chiclayo, al norte de Perú. Costa. Mis padres son de la selva. No
todo en Perú es Inca.
Gabriela: No te entiendo. Pero ¿no es que en Perú todos son bajitos y quemados? Una
amiga viajó el año pasado. Todo muy lindo allá en… ¿cómo se llama ese …?
Euclides: Machu Pichu.
Ricardo: Dale Gabriela, terminá de hablar.
Gabriela: Ay, dejame que te cuente. Y bueno, viste que, que, que, todo es muy lindo,
pero todos son como… indiecitos.
Ricardo: Feos.
Gabriela: No, no digo que sean feos. Feos no, pero si más, más… originales, más…
autóctonos. Igual yo no tengo nada en contra de los peruanos, eh.
Ricardo: ¿Y qué hacés acá, Euclides? Mirá que los tuyos son todos ladrones. ¿Vos
robás?
Euclides: Quién te crees, cojudo. Ustedes roban, y roban a todo el mundo, sobre todo a
los inmigrantes. Yo trabajo, me gano la vida dignamente. Estudié medicina.
Ricardo: ¿Pero en Buenos Aires trabajás de médico? Siempre vienen los extranjeros a
morfar. ¿Y por qué te viniste, ah?
Euclides: Me amenazaron de muerte. Yo era el doctor en el hospital de Chiclayo.
Operaba a quién llegase, no importaba qué había hecho. Una mañana mi
perro apareció colgado en el tendido eléctrico a la entrada de mi casa.
Gabriela: Ay, pero qué terrible. Menos mal viajaste, aquí todo es tranquilo, aquí nunca
pasa nada.
Ricardo: No, aquí nunca pasa nada, siempre son los mismos los que roban, los que
mueren, los que joden y los que se quedan con la guita. La ley del embudo.
Decime, Euclides, ¿y qué pasó con tu familia?
Euclides: No sé, mejor no saber de ellos, así están más seguros. Estaba todo listo,
viste. Ahorré para el pasaje y me vine a Buenos Aires porque acá las cosas
funcionan. O funcionaban.
Apagón de segundos. Euclides ahora duerme.
Ricardo: Vamos a morir todos. ¿Vos confías en el peruano?
Gabriela: No sé si confío, digo, no hay porqué desconfiar. Por ahí todo anda bárbaro…
¿por qué lo preguntás?
Ricardo: Yo creo que nos matará. Vos tenés poderes, sabés de lo que hablo, aquí está
todo cocinado. ¿No dijiste que ya nada existe, que todo terminó, qué afuera
no hay nada?
Gabriela: Y sí. ¿Y qué tiene que ver?
Ricardo: No lo sé, no sé. A mí me da mala espina. Pienso, suponte que en realidad
salgamos de aquí, ponele, y afuera nuestro futuro sea todo hermoso. ¿Viste
esas películas gringas donde el primero en morir es el negro? Bueno, aquí
debería ocurrir lo mismo.
Gabriela: ¿Vos decís?
Ricardo: ¿Crees que hacerse el doctorcito y convertir en momias a Sofía y Maradona
es algo sólo porque tenía ganas de hacerlo? Haceme caso, ya sé que vamos a
morir, y mi último deseo antes de terminar hecho un sorete es ver a este
muerto de hambre hecho mierda. ¿Y si lo matamos entre los dos?
Gabriela: ¿Y qué gano yo?
Ricardo: ¡Hasta cuando la individualidad, Gabriela! No se trata de ganar, se trata de
quien muere último. Decime, ¿no te da bronca que hayan rescatado a un
peruano? ¿No te jode que este pelotudo se las dé de líder? Me da bronca,
¿me entendés?
Gabriela: ¿Y qué tengo que hacer?
Ricardo: Hablá, hablale, contále de tu vida, qué se yo, alguna pelotudez se te ocurrirá.
Y cuando esté distraído, lo mato. Si ya maté al Diego, ¿Por qué no voy a
matar a un negro de mierda? Dale, confiá en lo que te digo.
Gabriela: ¿Y si no funciona?
Ricardo: Le hablo yo y vos lo matás. Y hay que hacerlo rápido, mirá como se me pone
la pierna.
Apagón de segundos. Ahora Ricardo se hace el dormido.
Gabriela: ¿Y qué tal trabajar en un sauna? ¿Mucho laburo?
Euclides: Lo de siempre, entran, salen y se van.
Gabriela: Yo nunca he ido a uno, ¿cómo son?
Euclides: No sé, nunca he entrado, siempre estoy en la puerta o en la entrada.
Gabriela: ¿Y cómo llegaste a ese lugar si vos sos médico?
Euclides: Un amigo me dio el contacto, llamé y el dueño era peruano, al toque me dio
chamba.
Gabriela: Los peruanos tiene eso, eso que no tenemos los argentinos. Son muy
familiares, siempre anda juntos para todos lados. A parte que están por todos
lados, se reproducen como cucarachas. Llega uno, se unen con otra y se
adueñan de la cocina. ¿Cómo lo hacen?
Euclides: (piensa antes de contestar) Tenemos una pija bien gorda y grande llena de
semen para taparte la boca con leche. ¿Quieres que te la muestre?
Gabriela: (acusa el recibo, juguetona) mmm, no sé, vos decís ¿ahora?
Euclides: Me tienes loco Gabriela. Ven. Dale, pues.
Gabriela se hace la coqueta, se acerca hasta estar celofán con celofán con Euclides. La
incomodidad de las heridas y los trazos de celofán impiden que el deseo sexual irrumpa.
Dos enfermos terminales gastando oxígeno. Ricardo, fuera del ángulo de visión de
Euclides, se desliza hasta el guante de latex gigante, mientras Euclides y Gabriela
desatan la calentura, que a estas alturas ha dejado a la vista los órganos sexuales de
cada uno. Se frotan. Se chupan. Gabriela le hace una seña a Ricardo, quien se lanza
contra Euclides tapándole la cara con el guante de latex. Euclides en la telaraña, agita
los brazos como nadador olímpico. Euclides no es gil y sabe ver con los oídos, logra zafar
y es Euclides quien sujeta a Ricardo.
Euclides: Pensabas que soy un huevón, jodeputa. No huevón, soy un gallinazo, qué no
se te olvide, carajo, quién manda. Drogadicto de mierda. ¡Y tú, zorra cojuda,
lo sabía, lo sabía!
Ricardo y Euclides en una lucha constante y decadente. Gabriela toma la tijera y apunta
ballesta al pecho de Euclides quien es sostenido por detrás por Ricardo. Gabriela, con la
ínfula de la justicia, arremete.
Apagón.

V.
Mismo escenario, alfombrado de los restos esparcidos de los insumos que van quedando.
Gabriela y Euclides, uno a cada costado, exhaustos. Donde antes tenían tajos que
dejaban ver la piel, ahora hay gasas y vendas. Al centro del escenario tres cuerpos
momificados. ¿Debo decir el olor a mierda, la sangre derramada y las vísceras esparcidas
sobre la gravilla? Sáquelo por conclusión.
Gabriela y Euclides ven la luz al final de túnel. Una voz de Marciano dialoga con
Gabriela. Euclides sólo escucha la voz de Gabriela, y la mira.
Marciano: Gabriela, psti…
Gabriela: ¿Ah?
Marciano: Aquí, Gabrielita.
Gabriela: ¡¿Dónde!?
Marciano: En tu cabeza, ¿me escuchas?
Gabriela: ¿Quién sos? ¿Papá?
Marciano: ¿No me reconoces?
Gabriela: La verdad, la verdad…no.
Marciano: San Clemente de Tuyú, verano del 91.
Gabriela: ¡¿Eres tú?!
Marciano: Sí Gabriela, soy yo. Llegó la hora.
Gabriela: ¿Y por qué ahora?
Marciano: Sabes lo que ocurrió, nosotros te advertimos.
Gabriela: Ay, pasó tanto tiempo que lo había olvidado.
Marciano: Estás aquí porque tienes una misión.
Gabriela: Pero mirá como estoy, no sirvo para nada. ¿Él te escucha?
Marciano: ¡Claro que no! Telequinesis, Gabi.
Gabriela: ¡¿En serio?! ¿Algún día me enseñarás?
Marciano: Si sales de ésta no será necesario.
Gabriela: Qué divino. Mirá que viste que siempre una tiene que saber lo que piensan
los otros de una. Desde niña nadie me creyó y mirá donde estoy, viste. Viste
lo que es la gente cuando…
Marciano: ¡¡¡¡Silencio Gabriela!!!! Ni en este estado me dejas hablar, por favor.
Gabriela: Bueno, bueno, vos me elegiste, yo no te obligué, así que bancatelá, eh.
Marciano: ¿Me dejas hablar o no?
Gabriela: Siempre pensé que ustedes eran educados. Contigo me equivoqué.
Marciano: Gabriela, tienes que matarlo.
Gabriela: No te escucho, lalali, lalalai, bla bla blablablá.
Marciano: Gabriela, hablo en serio. Estás bajo mi control y te ordeno que lo mates ¿Ves
las tijeras?
Gabriela: Sí…
Marciano: ¿Y el jabón?
Gabriela: Sí…
Marciano: Bueno, lo matarás ahora. ¡Ahora! Mátalo, ¡ahora!
Gabriela: ¿Y qué gano? (Gabriela, sin voluntad sobre su cuerpo camina hacia el
jabón gigante y lo abraza con las dos manos, levantándolo) Ay, pero
esperá, esperá que me desgarro. ¿No te das cuenta que estoy hecha mierda?
Dale, dale, dejame en paz. Te pregunté qué gano yo.
Marciano: La vida eterna. (Truenos, relámpagos apocalípticos)
Gabriela: No podés decir que no he sido fiel, siempre he querido irme con vos. Dale,
llevame, llevame. (Toma el jabón contra su voluntad) Pero pará, pará. Así
no se trata a una mujer.
Marciano: Jajaja, Gabi, Gabrielita, me haces tanto reír. ¡Ay!, estos seres humanos, me
encantan. Gabriela, ya me escuchaste. Lo tienes que matar, es el último. Si
no, te dejamos morir acá y olvídate de conocer la galaxia. ¿Entendido?
Gabriela: Uy, qué malote, grrrr. Sí mi amor, seré mala. Mala, mala, mala. Por vos
todo.
Marciano: ¡Mierda! Te tengo que dejar, debo solucionar un problema en la galaxia
Coma Berenices… a la vuelta lo quiero muerto, ¿ok?
Gabriela: Pero sabés que no mato ni una mosca.
Marciano: Gabriela, me oíste bien. Me voy, tengo hambre y los delivery están de huelga
en la zona 3xz476. Ponte en mi lugar, Gabilita. Vuelvo en una hora. Te
estaré vigilando.
Los movimientos de Gabriela son incontrolables pero resistidos, toma el jabón en contra
de su voluntad y al elevarlo pega un grito. Lo va a tirar sobre Euclides, pero su cuerpo se
desconecta de la fuerza externa que la dominaba. Cae.
Silencio.
El diálogo a continuación es desfalleciendo hasta el paroxismo. Hacia el final, todo ha
quedado en silencio, toda ilusión de vida esfumada.
Euclides: ¿A quién viste?
Gabriela: Oí.
Euclides: ¿A quién?
Gabriela: A un extraterrestre.
Euclides: Jé, ¿y qué te dijo?
Gabriela: Que tenía que matarte.
Euclides: Qué lindo.
Gabriela: Sí, ¿no?
Euclides: Sí.
Silencio
Euclides: ¿Y lo vas a hacer?
Gabriela: Dejate de joder, sos una maldita cucaracha. Me hubiese gustado ser como
vos.
Euclides: Pero...
Gabriela: Soy débil y para qué seguir, dime, para qué.
Euclides: Nunca me lo pregunté.
Gabriela: Me canso… ya no pue… (tose, no termina la frase)
Euclides: Por lo menos dime tu nombre completo.
Gabriela: …
Euclides: Sólo eso, vamos.
Gabriela: Gabi… Gabriela.
Euclides: Gabriela cuánto.
Gabriela: … Juliana…
Euclides: Gabriela Juliana…
Gabriela: Sosa.
Euclides: Como Mercedes Sosa. Gabriela Juliana Sosa.
Gabriela: …
Euclides: Gabriela. Juliana. Sosa.
Gabriela: ….
Euclides: Algún día Gabriela, conocerás al señor de Sipán.
Gabriela: …
Euclides: Así será nuestro entierro, rodeado por nuestros guerreros.
Gabriela: …
Euclides: Y tú serás la sacerdotisa.

V.I.
Caen las paredes del Botiquín de emergencia. I rrumpe el set de televisión. Explosión de
papel picado, luces robóticas por doquier. De fondo la canción “Color Esperanza” de
Diego Torres.
Aparece Presentador de TV con el traje NBQ, acompañado de unas tres o cinco modelos
con trajes NBQ bien ajustados al cuerpo, quienes tomarán en andas al gran ganador,
nuestro Euclides Estrella.
Presentador de TV: (eufórico) Un hombre como ninguno, un distinto. Alguien que ha
sabido sortear los avatares del destino, y por qué no, de la vida
misma. Euclides, nuestro Euclides, sobreviviente entre pocos, el
único capaz de sobrevivir a una bomba atómica. El único
representante de los porteños, quién contará a las nuevas
generaciones cómo era vivir en aquella gran ciudad. Sí señores, no
podemos dejar de brindarle un gran aplauso a este guerrero, médico,
hombre errante, que con su espíritu nos enseñanza que es posible ver
el futuro con el corazón, que es posible pintarse la cara, ¡Color
esperanza! (aplausos grabados) (se acerca a Euclides, quien
desfallece en brazos del conjuntos de modelos). Euclides, sabemos
que estás cansado, que llegar hasta aquí no ha sido fácil, pero no
puedo dejar de preguntar, ¿Qué sientes en este momento?
(obviamente Euclides no contesta) No te preocupes Euclides,
entendemos en la delicadeza en la que te encuentras. Pero antes,
debemos contarte que… redoble de tambores (grabación)… Euclides
Estrella… con el gentil Patrocinio del Consulado de la Embajada de
Cuba en Tucumán… (pausa, redoble de tambores) un tratamiento
con todo pagado en el Hospital Pediátrico de Tarará, en la ciudad de
La Habana, Cuba. ¡Felicitaciones! No se vayan, porque a vuelta de
comerciales, un resumen con los mejores momentos de nuestro
héroe… ¡¡¡Euuuuclídes Estreeeellaaaaaaa!!!
Se apagan las luces de un tirón, queda la canción sonando de fondo por un segundo.
Apagón.
VII.
40 años después. Euclides Estrella, 78 años.
Charla TED TALKS en conmemoración a los 40 años de la desaparición de la Ciudad de
Buenos Aires.
Euclides Estrella, vestido con ropa sport, relajada, ni lujo ni simpleza.
Euclides: Yo tendría que estar muerto hace 40 años. Soy un sobreviviente. Él único
“porteño” que sobrevivió a la catástrofe nuclear a mediados de los 90.
Cuando desapareció la capital de Argentina. Un peruano, que fue llevado
clandestinamente a un programa de televisión en Tucumán. Pasé más de una
semana encerrado con otros compañeros también rescatados, cada uno con
su historia de vida, de la que hoy soy yo su único testimonio. En la
ignorancia absoluta de lo sucedido, pasé condiciones sórdidas imposibles de
explicar por la razón humana. Sin alimentación sólida, perdí 15 kilos de peso
corporal. Tuvimos el peor de los enemigos, la desconfianza completa por el
otro, incapaces de resistir envueltos en papel celofán que ocultaba nuestras
heridas. La piel carcomida por la radiación. Ante este panorama tan duro,
donde no sabíamos si íbamos a sobrevivir, empezaron a surgir acciones que
hasta el día de hoy son imposibles de borrar de mi memoria. Yo no hablé de
esto hasta 2030, para la Tercera Guerra Mundial, cuando desapareció del
mapa el país conocido como Japón. Recién ahí pude hablar. Y entendí que lo
que nos tocó vivir a nosotros fue una desgracia, una mínima desgracia en
comparación con lo que puede genera una guerra por el agua. No era mucho
lo que podíamos hacer para no morirnos, comer carne humana no era un
hecho a juzgar. Yo soy médico de profesión, y como lo dije en un principio
nací en Perú, en Chiclayo, al norte del país. Al momento de la explosión yo
trabajaba hace dos años en un sauna. Un local de prostíbulo. Escapé de mi
patria porque me habían amenazado de muerte y llegué a una ciudad donde
no conocía a nadie ni nada. Descubrí y empecé a sacar fortalezas que ni yo
sabía que tenía. No podría estar aquí si en Buenos Aires no hubiese vivido
penurias. Ver la locura de toda una ciudad enloquecida por el dinero,
enloquecida por parecer lo que no se era y tener lo que no se tenía. Esa es la
ciudad que no muchos conocen y de la cual no he hablado hasta ahora. Al
momento de la explosión yo estaba en un sótano, durmiendo las tres horas
que me quedaban para poder dormir. Me despertó un estruendo enorme,
como si lloviesen satélites sobre nuestras cabezas. Todo se vino abajo y yo
ahí entre los escombros, sin saber qué pasaba. Cuando logré salir y llegar a la
calle, todo era un mar de cadáveres. Una extensión derretida de algo llamado
ciudad. Guardo esa imagen porque es lo único que recuerdo antes de
desmallarme. De ahí la historia que ustedes saben. Está imagen (se proyecta
la imagen) es del recibimiento en Cuba, donde logré estabilizar el
comportamiento físico. Fueron 10 años de tratamiento sin salir del Hospital.
Pero hay un lugar que no se va a mejorar nunca, y es este (se apunta la
cabeza), el cerebro. Hasta el día de hoy despierto y veo a Sosa, a quien
recuerdo con mucho cariño y de seguro estaría sentada entre ustedes oyendo
esta charla, y no muriendo hasta desfallecer a solo dos metros de distancia.
El estrés post traumático, hundido en una depresión –en más de una ocasión
pensé en el suicidio–, la pérdida peso y que en el mundo no quedaba ninguna
de las personas que amé. Al llegar a Cuba me entero que toda mi familia fue
acribillada el mismo día que yo tomé el bus saliendo de Perú. Quizás lo
sabía, pero lo negaba. Negaba todo e intentaba seguir adelante. Las cosas
que hice pueden parecer hasta graciosas. Yo al despertar vomitaba, y en esos
momentos me obligaba a salir a correr por los pasillos del Hospital. Pensaba
que en caso de una bomba, lo iba a poder recordar. Participé y me llené de
actividades, una sed de locura que hoy pueden causar simpatía. Equitación,
talleres de dramaturgia, cursos de zumba, baile entretenido, marinera y hasta
clases particulares de cómo pelar una caña de azúcar. Luego de la guerra
mundial volví a Cuba. Me perdí en una finca dee cañaverales. Ese día me di
cuenta que llevaba 25 años de mi vida sin rumbo, perdido. Fue así que
empecé a sentir mejor y pude escribir lo poco y nada que recordaba de aquel
programa tucumano. Fundé una ONG, para víctimas inmigrantes de
radiaciones nucleares lejos de su patria. Y me dí cuenta que mi historia de
vida podía ayudar a mucha gente. Mi historia se volvía útil a nivel global.
Logré sacarme la culpa. Logré sentirme útil y generoso, como allá a
principios de los ochenta cuando trabaja como médico en mi natal Chiclayo.
Estos son los momentos más emocionales de mi vida, y en los momentos
más duros de mi vida, también los recuerdo. Es como si la gran gracia de la
existencia se resumiera en la posibilidad de compartirse. Yo morí hace 40
años. Sí. Y estuve muerto 25 años, en silencio. Cuando renací volví a
disfrutar la vida como en mi niñez, el olor a tierra húmeda, el aroma del
ceviche por la mañana, el canto de los pájaros, hasta la velocidad de la banda
ancha. Hasta aprendí a bailar tango en Polonia. Me di cuenta que había
vivido en un error de soledad y que la única manera de salir de ese lugar fue
enfrentar el horror por el que pasé ya no sólo en un grupo de cinco
sobrevivientes. Me di cuenta que el error es aprender a valorar tu vida
cuando vez que más gente ha sufrido lo mismo que tú. Ahora yo me
pregunto ¿cuántos años de felicidad le quedan a este planeta? Yo, no lo sé.
Sólo sé que, pronto a cumplir ochenta años, espero que sigan habiendo
guerras en el mundo, gente muriendo por hambre, gente matando sin
justificación. Así lograré disfrutar que estoy vivo y que otros mueren. Así,
porque así siempre habrá color esperanza, porque hay uno que sobrevive y
muchos que mueren. Muchas gracias.

(Aplausos grabados, luz del lugar. Nadie sale a recibir aplausos)
FIN.