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TARTESSOS

MITO E HISTORIA
Carlos Gonz‡lez Wagner
CEFYP-UCM
© Carlos Gonz‡lez Wagner 2014
i
TARTESSOS. MITO E HISTORIA
Carlos Gonz‡lez Wagner
Departamento de Historia Antigua
Universidad Complutense de Madrid
c/Profesor Aranguren s/n
28040 Madrid
ii
Desde Schulten los arque—logos han hecho un conciso es-
fuerzo por identificar primero una ciudad y luego los materia-
les propios de una cultura, pero, a pesar de los esfuerzos reali-
zados, solo han sido medianamente afortunados al describir
los rasgos y elementos m‡s caracter’sticos de la misma. A su
labor cabe a–adir el trabajo de los fil—logos en torno a las esca-
sas noticias que la tradici—n literaria nos proporciona, as’ co-
mo el de los epigrafistas sobre los escasos documentos con es-
critura tartŽsica conservados. Por otro lado, las aproximacio-
nes de los historiadores y de algœn que otro antrop—logo han
versado muchas veces sobre aspectos concretos, vinculados fre-
cuentemente con el problema de la "realeza" tartŽsica. Faltan
s’ntesis hist—ricas que en un tiempo no se pod’an hacer debido
a lo escaso y parcial de la documentaci—n obtenida, y que luego
siguieron sin hacerse no tanto por problemas de documenta-
ci—n, que los sigue habiendo, cuanto por razones derivadas de
enfoques te—ricos y metodol—gicos; y as’, pr‡cticamente, salvo
pocas excepciones, seguimos.
Si las comunidades tartŽsicas llegaron finalmente a inte-
grarse en una estructura territorial de car‡cter regional articu-
lada como un Estado incipiente, es algo que hoy por hoy no es-
tamos en condiciones de precisar por m‡s empe–o que se pon-
ga. Lo que si parece m‡s seguro es que tal cosa no sucedi—, en
caso de haber sucedido, hasta un momento tard’o. Creo que el
termino "jefatura(s)", matizado como compleja(s) o avanza-
da(s), puede caracterizar satisfactoriamente su articulaci—n po-
l’tica. En este sentido, Tartessos es fundamentalmente una so-
ciedad en transici—n bajo el impacto de un contacto colonial
prolongado y desigual cuyas consecuencias se plasman en la
desestructuraci—n econ—mica y cultural.
En las p‡ginas que siguen ofrezco al lector una serie de
trabajos que fueron publicados en revistas acadŽmicas, y en al-
gœn medio de divulgaci—n, desde la pasada dŽcada de los no-
venta hasta la primera de este nuevo siglo que hemos inaugura-
do. En ellos se puede apreciar la evoluci—n de mis planteamien-
tos sobre Tartessos a la luz de los datos disponibles en cada mo-
mento. Aunque lo cierto es que, desde mis primeras posicio-
nes, los cambios tampoco han sido tantos.

Galapagar, 12 de marzo de 2014
iii
Pr—logo
iv
TARTESSOS:
ENTRE
EL MITO Y
LA HISTORIA
Cap’tulo 1
Tartessos ha sido, y aœn hoy lo es en gran medida, el tema
estelar en la investigaci—n de nuestro pasado, all’ donde la
Historia comienza a perder sus contornos para mezclarse con
el mito y la leyenda. Para la mayor’a de la gente Tartessos es
evocaci—n de una civilizaci—n antiqu’sima, anterior a la
romana y coet‡nea de la fenicia y la griega, de un reino
floreciente que tuvo su sede en el sur de la Pen’nsula muchos
siglos antes de nuestra era. Esta venerable antigŸedad confiere
sus peculiares rasgos a Tartessos lo que, unido a la fama de sus
riquezas, codiciadas desde muy pronto por los audaces
navegantes fenicios, y al desconocimiento arqueol—gico que en
gran medida aœn subsiste, ha servido y sirve para alimentar
todo tipo de fabulaciones.
Los textos de los autores antiguos han conservado parte
del recuerdo de lo que fue Tartessos, de como lo conocieron
aquellos que lo visitaron, y de la imagen que ten’an quienes
hab’an o’do hablar de su existencia. Recuerdo que, pese a
todo, no es siempre f‡cil de establecer debido a la peculiaridad
de las noticias conservadas. Y poseemos tambiŽn los objetos y
monumentos encontrados en distintos lugares del sur de la
Pen’nsula por varias generaciones de arque—logos. Aœn as’,
subsisten bastantes inc—gnitas, entre otras cosas, porque
ninguno de estos lugares ha podido ser excavado totalmente.

TARSIS Y TARTESSOS.
Durante mucho tiempo se ha defendido la identificaci—n
del Tarsis b’blico con el Tartessos peninsular por medio de
argumentos filol—gicos hist—ricos o geogr‡ficos. En la Biblia la
palabra Tarsis es empleada con significados diversos. Unas
veces es un top—nimo, como en el Libro segundo de los Salmos
(72, 10) en el que se dice: "Los reyes de Tarsis y de las islas le
ofrecer‡n sus dones, y los soberanos de Seba y de Saba la
pagaran tributo". TambiŽn en Jerem’as (10,9): "...plata
laminada venida de Tarsis", en el or‡culo contra Tiro de
Isa’as (23, 6): "Pasad a Tarsis, lamentaos, moradores de la
costa", y en el de Ezequiel (27, 12): "Los de Tarsis traficaban
contigo en gran abundancia de productos de toda suerte; en
plata, hierro, esta–o y plomo te pagaban tus mercanc’as". En
Isa’as (66, 19) podemos igualmente leer: "Yo les darŽ una
se–al, y mandarŽ sobrevivientes de ellos a Tarsis, a las
naciones de Put, de Lud, de Mosoc, de Ros, de Tubal y de
Yav‡n, de las islas lejanas que no han o’do nunca mi nombre
y no han visto mi gloria...", y en Jon‡s (1,3): "Pero Jon‡s se
levant— para huir de la presencia de YavŽ a Tarsis, y baj— a
Jope, donde hall— un nav’o que se dirig’a a Tarsis. Pagado el
pasaje del mismo, embarc— en el para marchar con ellos a
Tarsis, lejos de la presencia de YavŽ".
La menci—n a las "naves de Tarsis" como un tipo
espec’fico de embarcaci—n se repite otras tantas veces, como
en el texto del primer libro de Reyes (10, 21-22) sobre las
riquezas del reinado de Salom—n: "No hab’a nada de plata, no
se hac’a caso alguno de esta en tiempos de Salom—n, porque
el rey ten’a en el mar naves de Tarsis con las de Hiram, y
cada tres a–os llegaban las naves de Tarsis trayendo oro,
plata, marfil, monos y pavos reales", o sobre los barcos
construidos un siglo despuŽs por Josafat (22, 49) para ir a
Ofir: "Josafat construy— naves de Tarsis para ir a Ofir en
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busca de oro; pero no fueron porque las naves se destrozaron
en Asiongaber". TambiŽn en el mencionado or‡culo de Isa’as
sobre Tiro (23, 1): "Gemid naves de Tarsis; vuestro puerto
est‡ destruido", y en el de Ezequiel (27, 25): "Las naves de
Tarsis eran las caravanas que tra’an tus mercanc’as". En
otra ocasi—n leemos en el mismo Isa’as con ocasi—n de la ira de
YavŽ (2, 15-16):"... contra toda encumbrada torre, contra toda
muralla fortificada, contra todas las naves de Tarsis y contra
los nav’os de mercanc’as preciosas".
Otras veces Tarsis aparece como un antrop—nimo, en
GŽnesis (10, 2-4). por ejemplo: " ... hijos de Jav‡n: Elisa y
Tarsis, Quitin y Rodanim", o en Cr—nicas al enumerar los
descendientes de Benjam’n (I, 7, 10): "Hijo de Jedial: Bilh‡n.
Hijos de Bilh‡n: Jehœs, Benjam’n, Ehud, Quenana, Zet‡n,
Tarsis y Ajisar", y no faltan tampoco menciones con el
significado de una desconocida piedra preciosa (Exodo, 28, 20,
Ezequiel, 1, 16, Daniel, 10, 6, entre otras).
Parece que Tarsis pudiera encontrarse en algœn lejano
lugar del Mediterr‡neo, aunque no faltan los partidarios de
una localizaci—n oriental -en el Mar Rojo o incluso la India- o
que esta palabra se utilizara para denominar de una forma
abstracta, debido a los limitados conocimientos geogr‡ficos de
los hebreos, una realidad geogr‡fica ambigua, el lejano
extremo occidente, segœn piensan otros. No obstante, la
identificaci—n con Tartessos, que tambiŽn tiene partidarios
recientes, resulta, segœn algunos, en tŽrminos filol—gicos
problem‡tica. Pero aœn admitiŽndola, las noticias sobre Tarsis
en la Biblia bien poco podr’an a–adir al conocimiento que
tenemos de Tartessos por los textos de los autores griegos y
romanos, y por los descubrimientos arqueol—gicos. Son de
interŽs, sobre todo, para las m‡s antiguas navegaciones
fenicias hacia Occidente.
LAS NOTICIAS DE LOS AUTORES GRIEGOS Y LATINOS SOBRE
TARTESSOS.
Del conjunto de noticias que en la AntigŸedad circularon
sobre Tartessos debemos separar las de car‡cter m’tico y
legendario de las de ’ndole hist—rica o geogr‡fica. Las
primeras, que incluyen el mito de Geri—n y algunas alusiones a
las haza–as en Occidente de hŽroes como Perseo, Heracles,
Sarped—n, o l os Argonautas, son el resul tado del
desplazamiento de muchos de los paisajes m’ticos griegos
desde sus localizaciones originarias, empujados por la
ampliaci—n de los conocimientos geogr‡ficos que ocasion— la
expansi—n colonial helŽnica. El mito de Geri—n, que a finales
del siglo VII a. C. el poeta Etes’coro de Himera sitœa por
primera vez en Tartessos, hab’a tenido previamente una
localizaci—n oriental, como casi todos los mitos que se sitœan
en algœn lugar del Occidente o junto al OcŽano, que por aquel
entonces constitu’a los confines del mundo conocido.
Mucho despuŽs Pausanias (X, 17, 5) atribuir‡ a un nieto
de Geri—n llamado Norax la fundaci—n de la ciudad de Nora en
Cerde–a, de donde procede precisamente una estela con
inscripci—n fenicia fechable en el siglo IX a. C., en la que
algunos investigadores leŽn la palabra Tarsis: "DespuŽs de
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Aristeo pasaron a Cerde–a los iberos a las —rdenes de Norax,
y Žstos fundaron la ciudad de Nora, la primera que se
recuerda hubo en la isla. Norax dicen que era hijo de Eritea,
la hija de Geri—n, y de Hermes".
El propio testimonio de Etes’coro nos ha sido transmitido
en Žpoca de Augusto por el ge—grafo Estrab—n (3, 2, 11):
"Parece ser que en tiempos anteriores llam—se al Betis
Tartessos, y a Gades y sus islas vecinas Eriteia. As’ se explica
que Etes’coro, hablando del pastor Geri—n, dijese que hab’a
nacido enfrente de la ilustre Eriteia, junto a las fuentes
inmensas de Tartessos, de ra’ces argŽnteas, en un escondrijo
de la pe–a". M‡s adelante hace el siguiente comentario: "Y
como el r’o tiene dos desembocaduras, d’cese tambiŽn que la
ciudad de Tartessos, hom—nima del r’o, estuvo edificada
antiguamente en la tierra colocada entre ambas, siendo
llamada esta regi—n TartŽside, que ahora habitan los
tœrdulos. Erat—stenes acostumbraba a llamar TartŽside a la
regi—n cercana a Calpe, y a Eriteia "isla afortunada". M‡s
Artemidoro, opinando en contra afirma que ello es falso".
El mismo Estrab—n (3,5,4) recoge la idea de que hab’a
sido la riqueza en pastos y ganados de la zona la que hab’a
dado lugar a la localizaci—n del mito: "Para FerŽcides parece
ser que las Gadeiras son Eriteia, en la que el mito coloca los
bueyes de Geri—n, m‡s segœn otros, es la isla situada frente a
la ciudad, de la que est‡ separada por un canal de un estadio.
Justifican su opini—n en la bondad de los pastos y en el hecho
de que la leche de los ganados que all’ pastan no hace suero".
En el aspecto triforme de Geri—n, personaje gigantesco de tres
cuerpos o tres cabezas, se ha querido ver una alusi—n a la
presencia celta en la Pen’nsula y en el mismo Tartessos, y
tambiŽn se ha interpretado como la existencia de car‡cteres
sobrenaturales propios de los reyes primigenios o la naturaleza
de un poderoso guerrero.
Otro mito, no menos controvertido, ha sido preservado
por un œnico autor de Žpoca tard’a, el epitomista Justino (44,
4) en el resumen que hizo de la obra de Trogo Pompeyo,
historiador de tiempos de Augusto. Segœn su relato, los
tartesios y los curetes habitaban los bosques, siendo uno de
s us pr i me r os r e y e s G‡r gor i s , que de s c ubr i — e l
aprovechamiento de la miel. Este monarca tuvo un hijo fruto
de unas relaciones incestuosas por lo que fue abandonado en
el monte, en donde sin embargo fue amamantado por las
fieras. Arrojado al mar, las olas lo devolvieron a la orilla y una
cierva lo cri— entre sus cervatillos, adquiriendo su agilidad y
costumbres. Capturado finalmente por unos cazadores se
convirti—, tras ser reconocido por su padre y llamado Habis, en
un rey sabio que dio leyes a su pueblo, en las que prohib’a
trabajar a los nobles, y les ense–o a cultivar la tierra con
bueyes uncidos al arado. "...Se le impuso el nombre de Habis
y, cuando recibi— el reino, fue de una grandeza tal que no en
vano parec’a salvado de tantos peligros por majestad de los
dioses, ya que uni— a aquel pueblo b‡rbaro con leyes y fue el
primero que ense–o a domar los bueyes con el arado y a
buscar el trigo en el surco...prohibi— los trabajos serviles y
dividi— la plebe en siete ciudades. Al morir Habis el reino fue
retenido durante muchos siglos por sus sucesores. En otra
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parte de Hispania constituida por islas, el reino estuvo en
manos de Geri—n".
El mito, que presenta al personaje de rey civilizador o
hŽroe cultural, frecuente en otros relatos similares, ha atra’do
el interŽs de muchos estudiosos. La mayor’a, desde Caro
Baroja, admite su autenticidad, atribuyŽndole un origen
aut—ctono, mientras que una minor’a duda de ella y cree que
es una creaci—n del periodo helen’stico, sin que poseamos
pruebas definitivas a favor de una u otra opci—n. El mito, en
cualquier caso describe el origen de una realeza muy antigua y
el paso de una civilizaci—n muy simple a otra m‡s compleja.
Igual de problem‡tico resulta el testimonio de Avieno,
poeta tard’o, que en su composici—n erudita Ora mar’tima,
realiza una descripci—n de las costas peninsulares. Aunque el
autor afirma haber utilizado para su redacci—n fuentes muy
antiguas, y entre ellas "los oscuros anales de los pœnicos", lo
cierto es que no sabemos nada seguro al respecto y que
algunos investigadores piensan que utiliz— fundamentalmente
datos obtenidos de un periplo griego massaliota, mientras que
otros creen que se bas— en un itinerario pœnico de, al menos, el
siglo VI a. C., debido a que el nombre de Ampurias no aparece
y a que mucha de la onom‡stica que utiliza es tan antigua que
no se encuentra en textos posteriores.
En su poema Avieno (265-295) recoge que Tartessos es
una ciudad situada en el golfo del mismo nombre a la que
confunde con Gadir (C‡diz): "Aqu’ se extienden en su
amplitud las costas del golfo tartesio;...Aqu’ est‡ la ciudad de
Gadir, pues la lengua pœnica llamaba gadir a un lugar
cerrado. Fue llamada, antes, Tartessos, ciudad grande y
opulenta en tiempos antiguos; ahora es pobre, ahora
peque–a, ahora abandonada, ahora un mont—n de ruinas.
Nosotros en estos lugares no vimos nada digno de admirar,
excepto el culto a HŽrcules...El r’o Tartessos, desliz‡ndose por
campos abiertos desde el Lago Ligustino, ci–e la isla por
ambos lados con su corriente. Y no corre por un s—lo lecho, ni
surca el s—lo la tierra subyacente, pues, por el lado por donde
nace la luz de la aurora, proyecta tres brazos sobre los
campos; dos veces, con dos desembocaduras, ba–a tambiŽn
las zonas meridionales de la ciudad. Pero, encima de la
marisma, se proyecta el monte Argentario, llamado as’ por
los antiguos debido a su aspecto, pues refulge en sus
vertientes por la gran cantidad de esta–o, y despide m‡s luz
todav’a hacia los aires, en la lejan’a, cuando el sol ha herido
sus excelsas cimas con rayos de fuego. El mismo r’o, a su vez,
hace rodar, con sus aguas, limaduras de pesado esta–o y
arrastra el valioso metal junto a sus murallas...Como hemos
dicho m‡s arriba, el mar de en medio separa la ciudadela de
Geronte y el cabo de un templo, y, entre rocas escarpadas se
forma una bah’a. Junto al segundo cabo desemboca un ancho
r’o. Al fondo se proyecta el monte de los tartesios, de
sombr’os boscajes. Aqu’ se halla la isla Erit’a, de extensos
campos, y, en otro tiempo bajo el dominio pœnico, pues unos
colonos de Cartago fueron los primeros en ocuparla. Y Erit’a
est‡ separada del continente por un brazo de mar a cinco
estadios s—lo de la ciudadela.".
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Avieno proporciona otras informaciones: El golfo, en la
que se alza Tartessos, estar’a situado m‡s all‡ del estrecho
tartesio (53-54). La duraci—n de un viaje por mar desde
Tartessos hasta el cabo Aruio -en la desembocadura del Duero-
era de cinco d’as (162-164), mientras que desde la regi—n en
que se alza el cabo de Ofiusa - estuario del Tajo- el camino por
tierra apenas se pod’a cubrir en cuatro (177-181). As’ mismo,
desde Tartessos hasta el Anas (Guadiana) hab’a una jornada
de navegaci—n (265-267), y por tierra un viaje de cinco d’as
hasta Malaka, en donde los tartesios pose’an una isla
consagrada a Noctiluca (181-182, 428-430). Las gentes de
Tartessos comerciaban desde antiguo con las Oestrimnidas
(113-114) y el l’mite de sus territorios alcanzaba la regi—n
habitada por los masienos (463-464). Esto œltimo aparece
refrendado en el texto del segundo tratado romano/cartaginŽs
del 438 a. C, conservado por Polibio (III, 24 ) en el que se hace
menci—n expresa de Mastia de Tartessos, localidad que
comœnmente se sitœa en las proximidades de Cartagena.
La confusi—n de Tartessos con Gadir tambiŽn se produce
en otros autores de Žpoca romana. Plinio el Viejo (4, 120)
escribe: "nosotros la llamamos Tartessos y los pœnicos Gadir,
lo que en lengua pœnica significaba reducto". De forma
similar se expresan Cicer—n, Valerio M‡ximo, Silio It‡lico y
Arriano. No obstante, cuando Estrab—n habla de Gadir no
alude a Tartessos, si bien reconoce al r’o de este nombre en el
Betis (Guadalquivir). Antes que Žl, ƒforo, ge—grafo griego del
siglo IV a. C. que extracta textos m‡s antiguos, se–ala que dos
d’as de navegaci—n separan a Tartessos de Gadir. En esta
noticia, conservada en Escimno de Qu’os (164-166), se llama a
Tartessos "ciudad ilustre, que trae el esta–o arrastrado por el
r’o desde la CŽltica, as’ como oro y cobre en mayor
abundancia". No est‡ claro como se produjo la confusi—n entre
Gadir, la antigua ciudad fenicia, y Tartessos. Lo cierto es que el
Estrecho de Gibraltar, donde se ubicaban las Columnas de
Heracles, es llamado "gaderita" en los textos m‡s antiguos,
denomin‡ndolo "tartesio" los m‡s recientes.
La confusi—n Tartessos/Gadir podr’a proceder del
periodo helen’stico, pues es entonces cuando comienza a
emplearse el calificativo de "tartesio" para referirse al sur de la
Pen’nsula IbŽrica. Algunos investigadores consideran que
pudieron haber existido originalmente dos "gadir" o
fortificaciones fenicias y que una bien pudo haber estado
pr—xima a Tartessos, mientras que otros consideran que fue su
fama como la m‡s floreciente ciudad en Tartessos la que, tras
la desaparici—n de este emporio, llevar’a a la equiparaci—n
entre ambas. En alguna otra ocasi—n se menciona en los textos
antiguos la existencia de una ciudad, como ocurre con algunas
noticias de Hecateo recogidas mucho despuŽs por Esteban de
Bizancio (FGrH, I, 38): "Tartessos, ciudad de Iberia
nombrada por el r’o que fluye de la monta–a de la plata, r’o
que arrastra tambiŽn esta–o".
De todos los textos que la AntigŸedad nos ha conservado
sobre Tartessos son de particular interŽs los que debemos a
Herodoto. El historiador de Halicarnaso menciona en dos
ocasiones las relaciones de los griegos con Tartessos, al que
llama emporion akŽraton (en el sentido de lugar de
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intercambio "intacto" o "protegido") y se refiere tambiŽn a su
rey Argantonios que gobernaba "a la manera de un tirano". En
relaci—n a la aventura de Colaios de Samos en la Žpoca de la
fundaci—n de Cirene dice lo siguiente (4, 152): "Acto seguido
los samios partieron de la isla y se hicieron a la mar ansiosos
de llegar a Egipto, pero se vieron desviados de su ruta por
causa del viento de Levante, Y como el aire no amain—,
cruzaron las Columnas de Heracles y, bajo el amparo divino,
llegaron a Tartessos. Por aquel entonces ese emporio
comercial estaba sin explotar, de manera que a su regreso a
la patria, los samios con el producto de su flete, obtuvieron,
que nosotros sepamos con certeza muchos m‡s beneficios que
cualquier otro griego...Los samios apartaron el diezmo de sus
ganancias -seis talentos- y mandaron hacer una vasija de
bronce, del tipo de las cr‡teras arg—licas, alrededor de la cual
hay unas cabezas de grifos en relieve. Esa vasija la
consagraron en el santuario de Hera sobre un pedestal de
tres colosos de bronce de siete codos, hincados de hinojos".
Por otra parte, al hablar de los viajes de los focenses hacia
Occidente cuenta (1, 163) que: "Los habitantes de Focea
fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes por
mar y son ellos quienes descubrieron el Adri‡tico, Tirrenia,
Iberia y Tartessos. No navegaban en naves mercantes sino en
pentec—nteras. Y al llegar a Tartessos hicieron gran amistad
con el rey de los tartesios, cuyo nombre era Argantonios, que
(como un tirano) gobern— Tartessos durante ochenta a–os y
vivi— un total de ciento veinte. Pues bien los focenses se
hicieron tan amigos de este hombre que, primero los anim— a
abandonar Jonia y a establecerse en la zona de sus dominios
que prefirieses, y, luego, al no poder persuadirles sobre el
caso, cuando se enter— por ellos de como progresaba el medo,
les dio dinero para rodear su ciudad con un muro. Y se lo dio
en abundancia, pues el per’metro de la muralla mide, en
efecto, no pocos estadios y toda ella es de bloques de piedra
grandes y bien ensamblados".
La longevidad de Argantonios, que lo convierte en un
personaje de leyenda, era celebrada por otros autores de la
AntigŸedad, como el poeta Anacreonte que resid’a en la corte
del tirano Pol’crates de Samos y que, segœn Estrab—n (3,2,14)
"no desear’a ni el cuerno de Amaltea, ni reinar ciento
cincuenta a–os en Tartessos", o por Plinio (7, 154): "El poeta
Anacreonte dio a Argantonios, rey de los tartesios, ciento
cincuenta a–os". Cicer—n, Valerio M‡ximo, Luciano de
Samosata o Apiano, recogen la misma noticia, que los
investigadores modernos han venido interpretado muy
frecuentemente como la duraci—n total de una dinast’a.
HISTORIA DE LA INVESTIGACIîN ARQUEOLîGICA EN
TARTESSOS.
Lo que los autores antiguos escribieron sobre Tartessos
nos permite situarla en el sur de la Pen’nsula IbŽrica.
Her—doto aœn precisa m‡s al afirmar que se encontraba m‡s
all‡ de las Columnas de Heracles (Estrecho de Gibraltar) y
distinguirla de Iberia, que para los griegos representaba el
litoral mediterr‡neo, en el que se encontraba Emporion. ƒforo
afirma incluso que se hallaba a dos d’as de navegaci—n de la
Gadir fenicia. Otras fuentes posteriores confunden ambas o
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asocian Tartessos al Estrecho y al Guadalquivir (Betis). La
conclusi—n que se puede obtener es que Tartessos era en un
principio el nombre de un lugar en la costa atl‡ntica para,
posteriormente, abarcar un territorio m‡s amplio que, a
grandes rasgos, llagar’a a comprender todo el sur peninsular.
Pero ÀquŽ era Tartessos?.
La lectura de las fuentes induce a pensar en un reino
floreciente, con una capital amurallada situada en la mœltiple
desembocadura de un r’o que arrastra esta–o entre sus aguas y
nace en una monta–a rica en mineral de plata. Un lago se
encuentra pr—ximo. Durante mucho tiempo, y desde la famosa
obra de Schulten, que fue el primero en situar Tartessos en un
lugar concreto del sur de la Pen’nsula, los arque—logos
buscaron una ciudad en distintas ubicaciones -Isla del SaltŽs
(Huelva), marismas y Hasta Regia (Sevilla), Coto de Do–ana,
Mesa de Astas (C‡diz)- sin que el Žxito les sonriera. A finales
de los a–os sesenta esta etapa de la investigaci—n se percib’a
agotada, por lo que a partir de entonces se sentaron las bases
para, renunciando por el momento a la localizaci—n y
excavaci—n de la ciudad de Tartessos, llegar a definir
arqueol—gicamente la cultura tartŽsica, precisamente cuando
los hallazgos fenicios comenzaban a producirse a un ritmo
acelerado. De esta forma, se prodigaron los sondeos y cortes
estratigr‡ficos a fin de obtener secuencias cronol—gicas m‡s
seguras y se realizaron algunas excavaciones que despertaron
gran interŽs debido a las expectativas que suscitaron, como el
Carambolo en Sevilla, asociado al famoso tesoro, o a los
resultados obtenidos, caso de La Joya en la ciudad de Huelva.
El contexto arqueol—gico "orientalizante" as’ definido
estaba formado por diversos tipos de objetos -cer‡micas,
bronces, joyas, marfiles- encontrados unos en las nuevas
excavaciones realizadas, reestudiados otros que ya eran
conocidos de excavaciones antiguas, o fruto del hallazgo m‡s o
menos casual los terceros. Desde esta perspectiva Tartessos y
su cultura aparec’an cada vez m‡s vinculados a la colonizaci—n
fenicia en la Pen’nsula, cuyas pruebas arqueol—gicas se
multiplicaban con el descubrimiento de numerosos
asentamientos en las costas mediterr‡neas, y cuya presencia
apenas se hab’a llegado a sospechar a–os atr‡s. De esta forma,
del floreciente reino filohelŽnico que hab’a imaginado
Schulten y algunos investigadores posteriores, se paso a
concebir Tartessos como resultado de una fuerte influencia
cultural de origen fenicio sobre las poblaciones del sur
peninsular. Pr‡cticamente todo lo que significara algœn
progreso respecto a los per’odos anteriores de la Edad del
Bronce -el torno, la escritura, la metalurgia del hierro, la vida
en ciudades, la vid y el olivo, las artesan’as - habr’a sido tra’do
por los fenicios desde el otro extremo del Mediterr‡neo.
Tal interpretaci—n acab— por suscitar dos tipos distintos
de reacciones. Por un lado, algunos investigadores intentaron
resucitar la vieja idea de un protagonismo griego en la
formaci—n de Tartessos, en detrimento, claro est‡, del
elemento fenicio. Otros, por el contrario, comenzaron a
minimizar, sin negarlas, las aportaciones externas, buscando
las razones de la aparici—n de Tartessos en la propia din‡mica
local de las poblaciones de finales de la Edad del Bronce, tarea
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nada sencilla ante la escasez, en muchos casos, de informaci—n
arqueol—gica sobre los momentos m‡s antiguos.
En los œltimos a–os se ha producido un lento progreso,
como ocurre siempre en arqueolog’a si no hay de por medio un
descubrimiento sensacional, debido a la reexcavaci—n de
algunos yacimientos conocidos de tiempo atr‡s y estudiados
con nuevos mŽtodos, a algunos hallazgos realizados y a una
relectura cr’tica de los textos antiguos, todo lo cual ha
permitido delimitar mejor los objetivos centrales de la
investigaci—n. Recientemente una nueva y entusiasta
generaci—n de j—venes arque—logos, pertrechados con tŽcnicas,
mŽtodos y planteamientos procedentes de lo m‡s avanzado de
la arqueolog’a europea y americana, comparte la investigaci—n
con aquellos que llevan muchos a–os en la tarea, aportando
ideas, cr’ticas y discusiones en un proceso de renovaci—n que
puede aportar resultados muy interesantes.
LOS RESULTADOS DE LA INVESTIGACIîN ARQUEOLîGICA EN
TARTESSOS: EL BRONCE FINAL.
Los vestigios de los asentamientos m‡s antiguos
ocupados por las gentes de Tartessos en el sur de la Pen’nsula
se remontan a finales de la Edad del Bronce. Se trata de
poblados m‡s que de villas o ciudades, ya que se hallan
compuestos por caba–as de planta oval o circular, excavadas
en el suelo a poca profundidad, con paredes y techumbres
construidas con entramado vegetal cubierto de barro, y
dispuestas sin una organizaci—n clara del espacio, y sin una
distinci—n de ‡reas por actividades, al menos en lo que las
excavaciones dejan conocer. Algunos de estos poblados son
muy antiguos y, como Setefilla (Lora del R’o, Sevilla),
Carmona (Los Alcores, Sevilla), Montemol’n (Marchena,
Sevilla) El Berrueco (Medina Sidonia, C‡diz) o el Llanete de
los Moros (Montoro, C—rdoba) y Colina de los Quemados
(C—rdoba), se sitœan en lugares estratŽgicos que dominan los
caminos y los recursos agr’colas de la zona, remont‡ndose a
mediados de la Edad del Bronce o a comienzos del Bronce
Final. Otros, sin embargo, surgen en un momento posterior,
hacia la mitad del siglo IX a. C., como los que ocupan los
cabezos de Huelva, el Carambolo, Cerro Macareno, y Valencina
de la Concepci—n, los tres en la provincia de Sevilla. Algo
despuŽs, desde comienzos del siglo VIII a. C, surgen otros
asentamientos m‡s directamente relacionados con los trabajos
mineros y metalœrgicos. Algunos est‡n situados en la ruta que
conduc’a desde las minas de Huelva (R’o Tinto, Aznalc—llar) al
Bajo Guadalquivir, como San BartolomŽ de Almonte o Tejada
la Vieja (Escacena, Huelva). Otros junto a las minas de R’o
Tinto, como Cerro Salom—n o Quebrantahuesos.
TambiŽn aparecen poblados con otras localizaciones,
junto a la Gadir fenicia, como Castillo de Do–a Blanca (Puerto
de Santa Mar’a, C‡diz) y en lugares m‡s alejados y estratŽgicos
de cara al acceso de territorios muy al interior, como Medell’n
(Badajoz). Al mismo tiempo que surgen estos nuevos
poblados, aumenta el tama–o de los anteriores y la forma en
que todos se disponen sugiere una organizaci—n territorial
jerarquizada, en los que los centros m‡s recientes y peque–os
se sitœan en torno a los m‡s antiguos, algunos de los cuales,
como Carmona, se dot an de poderosas mural l as.
13
Caracter’sticas de todos ellos son las cer‡micas, cuencos, urnas
y vasos, con decoraci—n bru–ida o, en menor medida, pintada
geomŽtrica.
Desgraciadamente no se conocen las necr—polis de esta
Žpoca correspondientes a todos estos lugares, por lo que se nos
escapa una gran parte de valiosa informaci—n arqueol—gica.
Curiosamente los objetos que componen el restante registro
arqueol—gico de este periodo se encuentran en su mayor parte
descontextualizados o su contexto es muy dif’cil de establecer.
Tales son, en primer lugar, una serie de estelas labradas en
piedra con toscos grabados que representan, de forma muy
esquematizada, lo que parecen ser guerreros rodeados de su
panoplia -escudos redondos, hachas, lanzas y largas espadas
de tipo "atl‡ntico"- y otros objetos como liras, peines, espejos
de bronce y carros de parada. Estos monumentos se difunden
por el sur de la Pen’nsula, con una mayor concentraci—n en la
zona extreme–a, apareciendo algunos ejemplares aislados
mucho m‡s al norte, sobre el curso del Tajo y tambiŽn en sitios
como Coca y Zaragoza. Se les atribuye una funci—n funeraria,
en relaci—n con los enterramiento de inhumaci—n en cista de la
Edad del Bronce, pero lo cierto es que ninguna ha aparecido
hasta el momento vinculada a tal tipo de sepulcro, quiz‡ como
consecuencia de haber sido removidas de su ubicaci—n
originaria, y tan s—lo tres han aparecido en las proximidades
de alguna otra clase de tumba. Algunos investigadores
consideran que pudieron haber servido como mojones, a modo
de indicadores de territorios y caminos, mediante la
formalizaci—n de un lenguaje simb—lico comœn, una especie de
pre-escritura o de escritura pictogr‡fica muy simple, lo que sin
duda constituye una hip—tesis muy sugestiva que tiene, no
obstante, en su contra la escasa altura de las estelas, lo que
hace muy dif’cil que pudieran ser avistadas sino era desde muy
cerca. Por œltimo, hay quien ha querido ver en ellas la huella
de la presencia de gentes cŽlticas en Tartessos, guerreros de
fortuna o "mercenarios" que podr’an haber sido utilizados por
las poblaciones del mediod’a peninsular para la defensa de los
cotos mineros.
Los hallazgos de dep—sitos de armas y otros utensilios de
bronce, como el famoso de la R’a de Huelva, encontrado en
1923 al dragar el puerto, corresponden tambiŽn a este periodo.
Aparte de algunas espadas aisladas descubiertas en grietas de
las rocas, los conjuntos de armas suelen aparecer bajo las
aguas de un vado de un r’o, en un lugar de confluencia entre
un r’o y su afluente, o en una zona de estuario. Adem‡s de las
espadas largas de tipo "atl‡ntico", est‡n presentes en estos
hallazgos las m‡s cortas de tipo "mediterr‡neo" y probable
factura local, as’ como las puntas de lanza, puntas de flecha,
pu–ales y algœn que otro objeto personal, como las f’bulas. No
menos importantes son los descubrimientos de tesoros,
compuestos en su mayor’a por piezas de oro -brazaletes,
torques, diademas, cuencos y jarros- asociados frecuentemente
con los cruces de caminos o el paso por una zona monta–osa.
Hallazgos de este tipo se han descubierto en Sintra (Portugal),
Sagrajas (Badajoz) y Berzocana (C‡ceres), entre otros sitios.
Parad—jicamente el m‡s fabuloso de estos tesoros, con un
peso de m‡s de 9 kg de oro, fue encontrado en 1963 en la
14
localidad de Villena (Alicante), en un contexto que
geogr‡ficamente est‡ alejado de Tartessos, pero en posible
relaci—n con el cercano poblado de la Pe–a Negra (Crevillente,
Alicante), descubierto y excavado posteriormente, que muestra
la presencia de fuertes influjos tartŽsicos y fenicios.
LOS RESULTADOS DE LA INVESTIGACIîN ARQUEOLîGICA EN
TARTESSOS: EL PERIODO "ORIENTALIZANTE".
A partir del 775 a. C. una serie de cambios observables en
el registro arqueol—gico permiten hablar de la transici—n hacia
un periodo "orientalizante" en consonancia con la difusi—n por
el Mediterr‡neo de objetos y modas de procedencia oriental
protagonizada primero por los fenicios y m‡s tarde tambiŽn
por los griegos. Ser‡ entre el 700 y el 550 a. C cuando este
ori ent al i zant e en el sur peni nsul ar produzca sus
manifestaciones m‡s notorias. Las cer‡micas fenicias y otras
importaciones comienzan a hacer su aparici—n en los poblados
tartŽsicos y en las necr—polis de esta Žpoca. Algunas, como los
peines de marfil, los espejos de bronce, las f’bulas o los carros,
son el equivalente, en piezas de ajuar funerario, de las
anteriores representaciones de objetos similares en las estelas.
Otras, como los jarros, p‡teras y estatuillas de bronce, las
cajas o arquetas de marfil, las joyas de oro y plata, los objetos
de vidrio tallado, los cuchillos de hierro con empu–adura de
marfil, o los recipientes de cer‡mica o alabastro para
perfumes, esencias, b‡lsamos y cosmŽticos aparecen ahora por
primera vez y se concentran, con los anteriores, en algunas
tumbas que por su tama–o y contenido alcanzar‡n a lo largo
del siglo VII a. C. un car‡cter principesco. Junto a estas
importaciones "de lujo" encontramos tambiŽn en los poblados
tartŽsicos otras m‡s "comunes", y que sin duda obedecen
tambiŽn a la presencia de los fenicios, como son las ‡nforas
que deb’an contener vino y aceite, as’ como telas, collares y
otros abalorios, cuentas de vidrio, amuletos de estilo
egipzianizante, etc.
Los cambios observables en el registro arqueol—gico
durante este periodo no se reducen s—lo a la aparici—n de
objetos y artefactos tra’dos por los fenicios. En los mismos
poblados se pueden constatar modificaciones importantes en
la tŽcnica de construcci—n de las casas, ahora de planta
cuadrada o rectangular, con muros enlucidos de mampuestos y
15
tapial que se alzan sobre cimientos y z—calos de piedra. En
ocasiones el suelo aparece cubierto con un pavimento de
guijarros formando mosaicos. Desconocemos, debido a las
peque–as superficies excavadas, si estos cambios se
corresponden a una nueva distribuci—n del espacio en los
asentamientos segœn una especializaci—n de tareas y
funciones, aunque en algunos lugares como Tejada la Vieja y la
propia Huelva parece que as’ es. En otros, en cambio, como en
Cer r o Sal om—n, l os ves t i gi os de l as act i vi dades
minero-metalœrgicas -martillos de granito, yunques de piedra,
escorias, crisoles y toberas- se localizan en el interior mismo
de las viviendas, sin que se aprecie una diferenciaci—n
funcional por zonas en el ‡rea del poblado.
Algunos de estos poblados, en especial los que ocupan
posiciones estratŽgicas de control del territorio, como la Mesa
de Setefilla (Sevilla) o en las rutas que conduc’an desde los
centros mineros a los puertos de la costa, como Tejada la Vieja
(Huelva) se fortifican por aquel entonces. En esta œltima
localidad se construy— durante el siglo VII a. C. una
importante muralla de m‡s de un kil—metro y medio de
longitud, en forma de talud y reforzada por torres
semicirculares. En algunas zonas de Sevilla y C—rdoba los
vestigios de nuevos habitats parecen guardar relaci—n con una
explotaci—n agr’cola de la campi–a.
Bastante avanzado el periodo, casi ya a final del mismo,
se construyeron grandes edificios en algunos lugares que, por
su ubicaci—n, presentan una disposici—n perifŽrica en relaci—n
al Bajo Guadalquivir y la zona de Huelva, donde se han
concentrado la mayor parte de los hallazgos. En C‡stulo
(Linares, JaŽn) un peque–o santuario del siglo VI, muy
parecido a estructuras similares descubiertas en Chipre,
estaba, segœn parece, relacionado de alguna forma con la
actividad metalœrgica. As’ mismo, el palacio/santuario de
Cancho Roano (Zalamea de la Serena, C‡ceres), tambiŽn
presenta en su construcci—n huellas de una evidente influencia
oriental, pero difiere del santuario de C‡stulo en que no se
encuentra pr—ximo a ningœn poblado de la Žpoca que
conozcamos arqueol—gicamente, lo que hace m‡s dif’cil su
interpretaci—n. Ningœn otro edificio pœblico o de prestigio de
este periodo se conoce en parte alguna.
Como centros de actividades especializadas, la presencia
de edificios pœblicos, sede por otra parte del poder econ—mico
y pol’tico, suele ir asociada a la de la escritura. Los restos m‡s
antiguos de una escritura en Tartessos corresponden
precisamente a este periodo. Se trata de una escritura de
aspecto geomŽtrico y de probable procedencia fenicia que
s e gœn l os t e s t i moni os que pos e e mos s e ut i l i z —
fundamentalmente para escribir f—rmulas estereotipadas sobre
un tipo de estelas, al parecer funerarias, que se consideran
posteriores a las estelas decoradas del Bronce Final, as’ como
algunos grafitos muy simples, tal vez marcas de propiedad,
sobre recipientes cer‡micos.
Las necr—polis, por su parte, se caracterizan por la
diversidad, casi mezcolanza, de ritos y estructuras funerarias.
16
Inhumaci—n e incineraci—n aparecen incluso dentro de la
misma tumba y otras veces comparten el mismo recinto
funerario, en tumbas de c‡mara cubiertas por un tœmulo, en
fosas alargadas y poco profundas, o en simples oquedades
practicadas en el suelo. Toda esta variedad puede estar
reflejando simult‡neamente la presencia de influencias
externas, la coexistencia en un mismo lugar de poblaciones
diversas y los cambios culturales y sociales que se produjeron
durante este periodo. Algunas tumbas, como en la Joya
(Huelva), el Acebuchal (Sevilla) o en C‡stulo, conten’an restos
de un ajuar muy rico cuando fueron excavadas.
En otras ocasiones la construcci—n de grandes estructuras
funerarias -tœmulo y c‡mara-, que albergaban tambiŽn ricos
ajuares, fue realizada sobre los restos de enterramientos
anteriores mucho m‡s modestos que resultaron destruidos,
como en Setefilla, lo parece describir un proceso de
enriquecimiento y encumbramiento social de ciertos grupos de
la poblaci—n. Estos tœmulos principescos, en los que se
entierran uno o a lo sumo dos individuos, con sus joyas,
marfiles y un carro de parada, contrastan con otros m‡s
antiguos sin c‡mara interior y de tipo colectivo, como los de la
necr—polis de La Cumbres (Puerto de Santa Mar’a, C‡diz) que
albergaban enterramientos m‡s modestos en cista o en fosa,
sin apenas diferencias de tama–o y de ajuar entre ellos, y con
una disposici—n en grupos que sugiere su car‡cter familiar.
Grandes tumbas sin c‡mara funeraria interior se han
encontrado tambiŽn en Alcantarilla y Ca–ada de Ruiz S‡nchez
(Carmona, Sevilla). Al margen de las diferencias en el tama–o,
la forma y la altura de los tœmulos, la presencia o no de
c‡maras funerarias y de los ricos ajuares, la cultura material
tal y como se observa, por ejemplo, en las cer‡micas, es la
misma antes y en el momento de la construcci—n de las tumbas
principescas, por lo que no se pueden achacar a un grupo
for‡neo y parecen corresponder, m‡s bien, a la aparici—n entre
la poblaci—n de personajes ricos y poderosos.
Las cer‡micas locales comienzan a fabricarse a torno en
este periodo y tambiŽn se imitan formas y modelos
caracter’sticos del repertorio de las cer‡micas fenicias. Sin
embargo esta imitaci—n no es generalizada. Se copian sobre
todo los cuencos, vasos y ollas, vajilla de mesa y de cocina,
mientras se ignoran aquellas otras piezas, como los peque–os
recipientes de ungŸentos y perfumes, propias de un uso m‡s
especializado. Parece que tambiŽn se llegaron a fabricar
localmente algunos de estos objetos t’picos del repertorio
"orientalizante", como los jarros o los timaterios de bronce,
joyas y algunos objetos de marfil, si bien los arque—logos
mantienen dudas, por lo que la polŽmica subsiste, sobre si
fueron realizados por artistas y artesanos tartŽsicos que hab’an
aprendido las tŽcnicas y se inspiraban en los modelos
orientales, o por fenicios que viv’an en las colonias de la costa
e, incluso, entre la misma poblaci—n de Tartessos.

De entre los descubrimientos m‡s espectaculares
pertenecientes a este periodo, adem‡s de la necr—polis de la
Joya y del palacio/santuario de Cancho Roano, figuran dos
17
importantes tesoros orientalizantes, muy diferentes en
contenido y estilo a los del Bronce Final. El primero de ellos
fue descubierto a comienzos de los a–os veinte en la Aliseda
(C‡ceres), pero hasta hace pocos a–os no ha sido objeto de una
valoraci—n adecuada. Se trata de joyas femeninas de oro
-anillos, brazaletes, pendientes, collar, diadema y cintur—n- de
complicada manufactura fenicia realizada en la Pen’nsula o
importadas de Oriente, como la botella de vidrio que, con un
cuenco de oro, un par de vasos y una fuente de plata y un
espejo de bronce, completaban el hallazgo, relacionado con
una tumba de c‡mara cubierta por un tœmulo.
Estas joyas orientalizantes son ligeras e intrincadas y
est‡n realizadas en peque–as l‡minas con tŽcnicas como el
granulado, la filigrana y las soldaduras de oro. Tesoros m‡s
peque–os de este tipo se han encontrado en Cortijo de Evora
(C‡diz), Serradilla (C‡ceres) y Baiao (Portugal). El tesoro del
Carambolo (Sevilla), el segundo en importancia de esta Žpoca,
conten’a por el contrario piezas de oro m‡s pesadas, propias
de un personaje masculino, -pectorales, brazaletes, diadema,
cintur—n y collar- y fue hallado asociado a las estructuras de un
poblado, cuya excavaci—n, dada la envergadura del
descubrimiento, defraud— sin embargo las expectativas
iniciales. Ningœn gran centro tartŽsico fue descubierto all’,
como al principio se esperaba, sino tan solo un asentamiento
similar a otros tantos conocidos.
Hacia mediados del siglo VI a. C., o m‡s concretamente
entre el 575 y el 540 se produce la llegada a la zona de Huelva
de cer‡micas de importaci—n de origen griego oriental, en
especial copas jonias as’ como ar’balos y p’xides que conten’an
perfumes y otros vasos m‡s elaborados entre los que destacan
un par de fragmentos atribuidos al taller de Cl’tias. Ya antes
hab’an aparecido algunas piezas de origen rodio, samio o
eolio. No faltan ahora las ‡nforas procedentes de Qu’os,
Corinto, Samos, o la misma Atenas, contenedores seguramente
de aceites y vinos de calidad. Todas estas piezas griegas, con
un total de unos dos mil fragmentos hallados, apenas suponen,
sin embargo, un 3% del total de la cer‡mica encontrada, tanto
importada como de f‡brica local, por lo que su presencia
sugiere un comercio restringido a grupos y sectores sociales
muy espec’ficos y reducidos y confirma las noticias de
Herodoto a tal respecto.
UNA APROXIMACIîN A LA HISTORIA DE TARTESSOS.
Cuando intentamos interpretar toda esta documentaci—n
arqueol—gica y las noticias trasmitidas desde la AntigŸedad
surgen algunos problemas. Carecemos de una secuencia
m’nima fiable de acontecimientos y una aproximaci—n desde la
historia social s—lo puede realizarse a grandes rasgos. Si
Tartessos, adem‡s de un emporio fue una ciudad, como leemos
en los textos antiguos, situada m‡s all‡ de las Columnas de
Heracles, todos los datos parecen indicar a Huelva, en el
estuario del Tinto-Odiel, como la candidata m‡s id—nea, no
s—lo por la potencia de su orientalizante, como se percibe en la
necr—polis de La Joya, y el tama–o que lleg— alcanzar la
ciudad, sino porque el paisaje circundante coincide
notablemente con el descrito en tales textos. Ello nos lleva a
plantear la cuesti—n de la formaci—n de las ciudades tartŽsicas,
18
en Huelva y otros lugares, as’ como el papel que la presencia
colonial -fenicia y en menor medida griega- detectada jug— en
aquel proceso. Durante bastante tiempo se ha considerado a
Tartessos el resultado de la llegada a nuestras costas de
pueblos mediterr‡neos. Schulten ya pensaba en unos or’genes
debidos a gentes relacionadas con los "Pueblos del Mar",
hip—tesis que, de forma matizada, ha sido reivindicada en los
œltimos a–os por algunos investigadores. Desde los
descubrimientos, iniciados a mediados de los a–os sesenta, de
los asentamientos fenicios en el litoral mediterr‡neo, se ha
impuesto, sin embargo, la idea de un protagonismo fenicio. Se
concibe Tartessos como resultado de los cambios culturales y
sociales provocados por la presencia de los colonizadores y
comerciantes fenicios.
Pese a ser la m‡s extendida, esta explicaci—n no deja de
tener sus puntos dŽbiles. Otorga a las gentes del sur peninsular
un papel meramente pasivo en la conformaci—n del mundo
tartŽsico, pero Žste no es su principal defecto. Asume, sin m‡s,
que el comercio es el causante de las transformaciones
culturales y sociales observadas durante el "orientalizante", lo
que no est‡ en modo alguno probado, y da a Žstas un alcance y
una intensidad que no se corresponde muchas veces con los
resultados de la propia investigaci—n arqueol—gica sobre la que
pretende apoyarse. Ciertamente se produjeron cambios en
Tartessos durante los siglos VIII, VII y VI a. C, pero parece que
afectaron, sobre todo, a la forma de vivir de peque–os grupos
sociales que son los mismos en los que se concentr— la riqueza
que observamos en el registro arqueol—gico ÒorinetalizanteÓ.
Las poblaciones que habitaban el sur de la Pen’nsula
durante el final de la Edad del Bronce practicaban una
econom’a b‡sicamente ganadera, en la que la agricultura
parec’a ocupar un papel secundario, y estaban organizadas en
grupos familiares que a su vez se articulaban en grupos de
parentesco m‡s amplio, como linajes y clanes. Podemos estar
bastante seguros de Žsto a partir de lo observado en sitios
como Las Cumbres. Se trataba de una sociedad de la que sus
vestigios arqueol—gicos no permiten atisbar importantes
diferencias sociales ni una especializaci—n acusada en
actividades de gobierno o de tipo econ—mico. La metalurgia del
bronce, del oro y de la plata produc’a exclusivamente objetos
ornamentales y armas. Los utensilios y herramientas
corrientes se fabricaban de piedra, hueso o madera. Las
cer‡micas, algunas de gran calidad, estaban hechas a mano, y
los poblados en los que se detecta la existencia del trabajo
metalœrgico ten’an un car‡cter estacional que permit’a
compaginarlo con el cuidado del ganado y el trabajo de la
tierra. Se trata, en definitiva, de una sociedad ganadera propia
de la Edad del Bronce, similar a las que en otros lugares de
Europa y el Mediterr‡neo precedieron la formaci—n de
civilizaciones m‡s complejas.
Desde principios del siglo VIII a. C -aunque algunos datos
sugieren m‡s bien mediados del siglo IX- la presencia de los
fenicios en la costa comenz— a manifestarse tambiŽn entre las
poblaciones tartŽsicas. Mediante el intercambio de regalos y la
sacralidad proporcionada por el templo de Melkart en Gadir,
que hab’a sido fundada un poco antes, los mercaderes y
colonos fenicios se granjearon la confianza de los dirigentes
19
locales. El car‡cter pac’fico de la presencia fenicia ayud—
mucho en este sentido. La coexistencia y la amistad entre
ambos grupos culturales, que se observa en la presencia de
fenicios en Huelva, como los que construyeron el muro de
refuerzo del Cabezo de San Pedro, o en las tumbas fenicias de
la necr—polis de Las Cumbres, se nutrieron de pactos y
alianzas que se sellaban, como era la costumbre, con
matrimonios mixtos. El prestigio que tales uniones llegaba a
proporcionar a los dirigentes locales comenz— a encumbrarles.
Adem‡s, a cambio de moderadas cantidades de plata y cobre,
consegu’an toda una serie de objetos ex—ticos, que figuran
representados en las estelas, lo que les permit’a una
ostentaci—n propia de un rango superior al de los restantes
miembros de su comunidad. Estos bienes de prestigio, muy
valiosos y escasos, eran utilizados para la concertaci—n de
nuevas uniones y alianzas, con las que se asentaba una
jerarqu’a y una posici—n social emergentes. De esta manera se
fueron consolidando unas elites incipientes que se hallaban
muy interesadas en mantener relaciones cordiales con los
fenicios.
Superada esta etapa inicial de los contactos, los fenicios,
por su buena acogida entre las gentes de Tartessos, se hallaban
en condiciones de incrementar la demanda de los metales
-plata, oro, cobre- que les interesaban, proporcionando a
cambio un mayor nœmero de mercanc’as, unas tra’das
directamente desde Oriente, otras producidas en sus factor’as
del litoral. La perspectiva debi— satisfacer sin duda a las elites
tartŽsicas que se toparon, sin embargo, con algunos problemas
tŽcnicos y de movilizaci—n de fuerza de trabajo. Las pegas de
tipo tŽcnico, que no eran las m‡s importantes, fueron resueltas
gracias a alguna aportaci—n por parte de los fenicios, aunque
limitada, ya que se procuraba siempre excavar los filones m‡s
superficiales. El mŽtodo empleado para la obtenci—n de la
plata por medio de fusi—n y copelaci—n, que requer’a
temperaturas de 1000-1200 grados, era sumamente complejo
y sugiere tambiŽn influencias fenicias, aunque no est‡n
comprobadas.
La movilizaci—n de la gente necesaria para trabajar en las
minas y en la metalurgia fue resuelta por las elites tartŽsicas,
en parte utilizando gentes desplazadas procedentes de la
Meseta, cuyas peculiares cer‡micas encontramos en sitios
como Cerro Salom—n, en las minas de R’o Tinto, y en parte
recurriendo a l a pobl aci—n l ocal . No sabemos que
procedimientos se usaron. Algœn investigador prestigioso ha
sugerido recientemente que la presencia de gentes de la
Meseta en Tartessos no debe entenderse s—lo como
trabajadores de la minas, sino tambiŽn, y sobre todo, como
grupos armados que fueron empleados para defender las zonas
mineras y los centros metalœrgicos de la codicia de gentes de
otras regiones. Algunos de estos grupos, utilizados tal vez para
obligar a trabajar como mineros a parte de la poblaci—n local,
pod’an haber escalado una posici—n social preeminente,
imponiŽndose por la fuerza.
De hecho el nombre de Argantonios parece indoeuropeo,
pero este es un indicio poco fiable, pues se trata m‡s de un
apelativo dado por los griegos a un gobernante del lugar que
20
de un nombre propio. Dos cosas parecen ciertas, la ’ndole
familiar del trabajo realizado en centros minero-metalœrgicos
como Cerro Salom—n, y el car‡cter poco guerrero de las gentes
de Tartessos, como se deduce de la ausencia de armas en las
tumbas y los poblados.
La poblaci—n local necesaria para trabajar en las minas
pudo haber sido movilizada, sin recurrir necesariamente a la
coerci—n o a la violencia, mediante presi—n social. En una
sociedad, como aquella, en la que el parentesco constitu’a aœn
el principal elemento en torno al que giraban las relaciones
entre individuos, deber un favor o haber recibido una esposa
situaba a las personas en una posici—n de obligaci—n, que se
incrementaba si el "acreedor" pertenec’a a un grupo social
distinguido. Un procedimiento tan sencillo como Žste pudo
bastar, junto a la expectativa de conseguir alguno de los
art’culos que proporcionaban los fenicios, para que parte de la
poblaci—n trabajara en las minas y en la metalurgia,
aprovechando la facilidad de las poblaciones ganaderas para
disponer de gente que no cuida de los reba–os durante una
parte del a–o. De este modo las elites incipientes consiguieron
apropiarse, en forma del trabajo realizado en las minas, de una
parte del excedente y convertirlo en riqueza.
Esta es precisamente la imagen que describe Herodoto
cuando afirma que Argantonios gobern— "a la manera de un
tirano" en Tartessos, lo que para un griego de su Žpoca s—lo
pod’a significar una cosa: un poder que se obtiene a partir de
la riqueza proporcionada por el comercio, como suced’a con
los tiranos griegos. De acuerdo con esta interpretaci—n, la
"realeza" que representa Argantonios no es tal, al menos en el
sentido tradicional de las monarqu’as mediterr‡neas, y la
legitimaci—n de su poder no reside en su sacralidad, ni en la
trasmisi—n din‡stica, aunque es posible que una estirpe con
ese nombre haya existido en Tartessos.
El poder de estos "reyes" proven’a de su riqueza, la
misma que observamos en las tumbas principescas de La Joya
y otros lugares, y los intentos de una legitimaci—n religiosa
parecen haber sido posteriores y un tanto perifŽricos, como
sugieren la presencia del monumento funerario de Pozo Moro
(Albacete) o el mismo palacio/santuario de Cancho Roano.
Que se trataba de un poder que se encontraba en sus fase de
formaci—n parece poder deducirse de la presencia de gentes
que han sido enterradas en las necr—polis tartŽsicas despuŽs
de haber sufrido una muerte violenta, tal vez sacrificados a la
manera de los sirvientes de los jefes escitas -enterrados
tambiŽn con una profusi—n de riquezas bajo tœmulos
principescos- o de los cortesanos de los reyes de Ur y de
algunos de los primeros faraones egipcios, segœn una pr‡ctica
que permite estabilizar el poder en las sociedades arcaicas, ya
que nadie matar‡ al dirigente si su destino es acompa–arle en
la tumba.
Poco m‡s sabemos sobre estas Žlites tartŽsicas y sus
reyes. La trasmisi—n hereditaria de su autoridad parece
reposar en algunos indicios, como son la interpretaci—n de la
longevidad de Argantonios en tŽrminos de una familia de
21
dinastas, o el enterramiento de la Tumba de la Casa del Carpio
(Belv’s de la Jara, Toledo) en el que una mujer joven y un
ni–o, presumiblemente su hijo, fueron sepultados con un ajuar
orientalizante de cierta riqueza. Ya que los arque—logos
consideran una tumba infantil rica como el signo de que una
posici—n social preeminente que se trasmite por herencia, nos
permite pensar en la existencia de grupos de car‡cter
aristocr‡tico. Si esto ocurr’a en la periferia de Tartessos en un
momento tard’o es posible sospechar, aunque no haya prueba
alguna al respecto, una situaci—n similar y anterior en el Bajo
Guadalquivir y Huelva. Parece que se produjo un aumento de
la poblaci—n o una reorganizaci—n de la misma, que se
concentr— en los centros m‡s grandes, adquiriendo algunos
caracter’sticas casi urbanas, mientras que se colonizaban
nuevas tierras agr’colas. La mayor parte de las herramientas
sigui— fabric‡ndose, sin embargo, en los materiales
tradicionales: piedra, hueso y madera.
El estilo de vida de aquellas elites tartŽsicas,
caracterizado por la ostentaci—n de la parafernalia
orientalizante -joyas, vestidos, perfumes- y la acumulaci—n de
la riqueza proporcionada por el comercio, se difundi— por todo
el sur peninsular, junto con algunos elementos m‡s comunes
de la cultura material, como las tŽcnicas de construcci—n de
viviendas y las cer‡micas, alcanzado incluso las costas de
Levante. No parece, sin embargo, a la vista de los resultados
arqueol—gicos, que haya existido un gran reino tartŽsico que
controlara bajo una direcci—n pol’tica œnica todos estos
territorios.
M‡s bien habr’a que pensar en una expansi—n econ—mica,
en la que los propios fenicios estar’an involucrados, con el
objetivo de ampliar el horizonte de las transacciones
comerciales, haciendo intervenir cada vez a un mayor nœmero
de participantes, estrategia muy t’pica del comercio
desarrollado en aquellas condiciones. De este modo se
expl i car’ a l a presenci a de i nfl uenci as tartŽsi cas y
"orientalizantes" en Extremadura (Cancho Roano, Medell’n,
etc) y, m‡s al norte, en la zona del Tajo, como en la
mencionada Tumba de la Casa del Carpio o en Arroyo
Manzanas (Las Herencias, Toledo), influencias que llegan
hasta Levante, donde est‡n presentes en sitios como los
Saladares (Orihuela, Alicante), Vinarragel (Castell—n de la
Plana), y en la Pe–a Negra (Crevillente, Alicante), tal vez la
antigua Herna, donde confluyen con la presencia en el lugar de
artesanos fenicios y la cercana colonia fenicia de Guardamar,
junto a la desembocadura del Segura.
El car‡cter pac’fico de la colonizaci—n y de la presencia
fenicia en Tartessos (Huelva, Tejada, Carmona, etc) ten’a, no
obstante, su reverso. Se trataba, en esencia, de un intercambio
desigual, por el que los fenicios obten’an grandes cantidades
de metales a cambio de un volumen relativamente modesto de
manufacturas. Tal tipo de intercambio encubr’a una
sobre-explotaci—n del trabajo, generada por la transferencia de
riqueza entre sectores econ—micos, el fenicio colonial y el
tartŽsico, que funcionaban sobre la base de relaciones de
producci—n diferentes. El modo de producci—n de las
comunidades tartŽsicas, simple y poco especializado, qued—
dominado por el modo de producci—n, complejo y
22
especializado, de los colonizadores y comerciantes fenicios, y
sometido a un proceso de transformaci—n en el que, por una
parte los fenicios estaban interesados en conservarlo tal cual, a
fin de utilizarlo para satisfacer su demanda de metales, ya que
los fenicios no trabajan ellos mismos en las minas, pero por
otra terminaron modific‡ndolo, ya que le privaron, por medio
del comercio y la explotaci—n del trabajo minero, de los medios
que tradicionalmente aseguraban su continuidad, al alterar sus
estructuras econ—micas y sociales.
El final de Tartessos, que fue concebido en su momento
como una destrucci—n violenta a mano de sus m‡s poderosos
adversarios, los cartagineses, se contempla hoy, a falta de otras
pruebas arqueol—gicas, como un fen—meno b‡sicamente
interno, caracterizado por la reducci—n del habitat, como se
observa en la misma Huelva y en otros lugares, el abandono o
el decrecimiento del trabajo en las minas, consecuencia quiz‡
del agotamiento de los filones m‡s superficiales, y la
desaparici—n de las manifestaciones del lujo orientalizante.
Tartessos sucumbi— v’ctima de un crisis compleja que afect—,
sobre todo, a las elites sociales, y que fue provocada en gran
medida por la excesiva dependencia de gran parte de su
econom’a del sector minero-metalœrgico, que depend’a a su
vez, econ—mica y tecnol—gicamente, de la presencia colonial
fenicia. Desde entonces, siglo V a. C., su recuerdo se fue
borrando hasta quedar finalmente convertido en leyenda.
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24
25
Cap’tulo 2
HISTORIA
ANTIGUA
Y
ANTROPOLOGêA
HISTORIA ANTIGUA Y ANTROPOLOGêA: DOS CAMINOS. COM-
PLEMENTARIOS.
Durante mucho tiempo los estudios sobre Historia Anti-
gua y los de Antropolog’a han seguido trayectorias claramente
separadas. Salvo unas pocas excepciones como los trabajos de
Rohde (1973) que recurre cuando los necesita a las comparacio-
nes etnol—gicas, y el mismo Engels (1972) que se sirvi— de las
investigaciones de Morgan (1971) considerado junto con Tylor
(1912) como el fundador de la moderna ciencia antropol—gica,
historiadores y antrop—logos apenas han compartido sus inves-
tigaciones y buscado la experiencia del otro m‡s all‡ de sus
propias filas. La Historia Antigua ha crecido casi siempre en su
autosuficiencia, auxiliada por disciplinas afines como la Fi-
lolog’a o la Arqueolog’a. Con sus mŽtodos propios y su veter-
ana aprensi—n a la elaboraci—n de modelos te—ricos, ha per-
manecido largamente aislada y desconocedora por tanto de los
progresos que en otras ciencias sociales se ven’an realizando.
Tan s—lo recientemente esta tendencia parece penetrar en
un progresivo aunque lento declive; a pesar de ello, en aquellas
contadas ocasiones en que se ha producido un acercamiento
entre historiadores y cualquier otra clase de cient’ficos socia-
les, ello ha redundado finalmente en beneficio de una mejor
comprensi—n de los problemas planteados, especialmente
cuando el contacto se ha producido con las investigaciones y
modelos desarrollados por los antrop—logos
Como metodolog’a antropol—gica, el estructuralismo fran-
cŽs con su gran Žnfasis en los sistemas simb—licos ha tenido ci-
erta incidencia en el an‡lisis de diversos aspectos de la AntigŸe-
dad, relativos casi siempre al mundo griego, como muestran
los conocidos trabajos de Detienne (1985; 1986; 1988) Vernant
(1982) o Vidal-Naquet (1983). Claro que un precedente muy
anterior lo encontramos en Finley, quien en su Mundo de
Odiseo utiliza las categor’as sociol—gicas de Marcel Mauss
(1954) sobre el intercambio de dones, as’ mismo adoptadas
por los antrop—logos estructuralistas. TambiŽn relacionados
con los antiguos griegos est‡n los trabajos de Gernet (1968) y
la m‡s eclŽctica s’ntesis de Humpreys (1978) que representa
un esfuerzo muy notable por ofrecer un estado de la cuesti—n
de la aportaci—n de la ciencia antropol—gica al conocimiento de
la antigua Grecia.
Debe mencionarse igualmente la influencia de la antro-
polog’a econ—mica de Karl Polanyi y su escuela (1968; 1976) en
la aceptaci—n por parte de algunos historiadores del car‡cter
integrado de las econom’as antiguas, como es el caso de Austin
y Vidal-Naquet (1986; 22ss) o Mele (1979) y en el empleo en
sus trabajos, como hace Whittaker (1978; 1983) de varias de
sus m‡s significativas categor’as metodol—gicas, como las de
"comercio dirigido" o "administrado" y "puerto de comercio"
(En sus l’neas generales los estudios de historia econ—mica de
la AntigŸedad realizados por Finley y sus disc’pulos -cfr: Garn-
sey, Hopkins y Whittaker, 1983- convergen con los plan-
teamientos sustantivistas de los seguidores de Polanyi acerca
del car‡cter no formal e integrado de las econom’as antiguas y
en la ausencia de mercados creadores de precios). M‡s recien-
temente Liverani (1988; 53ss, 143ss.) ha hecho uso de elemen-
tos similares para explicar el funcionamiento de los sistemas
27
de intercambio en el Pr—ximo Oriente Antiguo. Los estudios de
los antrop—logos modernos, mediante la superaci—n del matri-
arcado decimon—nico de Bachofen (1987) han influido igual-
mente en la puesta a punto de una interpretaci—n hist—rica del
origen de las desigualdades sexistas como la de Lerner (1990).
Asimismo, desde la Antropolog’a se han realizado impor-
tantes contribuciones te—ricas para la comprensi—n de los
procesos hist—ricos que llevan a la aparici—n de las sociedades
complejas y del Estado (Krader, 1972; Krader y Rossi, 1980;
Cohen y Service 1978; Llobera, 1979; 133ss, 267-322) no siem-
pre bien valoradas por los historiadores de la AntigŸedad. Otra
contribuci—n igualmente notable tiene que ver con una mejor
comprensi—n de las formas de vida de los pueblos n—madas y
sus relaciones con los sedentarios urbanizados. Pero donde la
investigaci—n hist—rica (y arqueol—gica) de lo que llamamos
mundo antiguo parece haberse beneficiado espec’ficamente de
la aplicaci—n de planteamientos antropol—gicos, al menos a
tenor del volumen de literatura cient’fica publicada, ha sido en
el terreno de la aculturaci—n (Dupront, 1965; Effenterre, 1965)
metodol—gicamente reelaborada por historiadores -no siempre
de la AntigŸedad- (Gruzinski y Rouveret, 1976; Wachtel,
1978).
Por lo que a nuestro pa’s se refiere m‡s en concreto, los
contactos entre los antrop—logos y los diversos especialistas en
el mundo antiguo han sido extraordinariamente infrecuentes,
y en las escasas ocasiones en que se han producido han obede-
cido a la iniciativa de los antrop—logos que, como Caro Baroja
(1986) se han aproximado a los problemas que plantea el cono-
cimiento de las culturas de la AntigŸedad, pero casi nunca a la
inversa. Excepciones, claro est‡, las hay, como demuestran
desde a–os atr‡s los trabajos de Bermejo (1981 y 1982) muy in-
fluidos por el estructuralismo francŽs, y aquel otro de Urruela
(1981) pionero en lo que a la aplicaci—n de los estudios de acul-
turaci—n se refiere. Esta problem‡tica ha sido recientemente
incorporada por Bl‡zquez (1989: 99-181 y 573-614) a sus estu-
dios sobre la romanizaci—n.
TARTESSOS: UNA REVISIUîN CRêTICA DE LA HISTORI-
OGRAFêA.
Dentro de nuestro ‡mbito peninsular, Tartessos se nos
presenta como un marco adecuado para la aplicaci—n de un en-
foque y una metodolog’a antropol—gicas, y constituye como tan-
tos otros casos una buena muestra de su excepcionalidad. Aun-
que existen referencias muy anteriores, la historiograf’a sobre
Tartessos que ha ejercido o aœn ejerce influencia sobre las opin-
iones cient’ficas actuales arranca de la m‡s que cŽlebre obra de
Schulten (1924; 1945). No merecer‡ la pena que nos detenga-
mos ahora en su an‡lisis historiogr‡fico, y no tanto porque los
puntos de vista del erudito alem‡n, cargados de romanticismo
idealista y difusionismo antisemita, estŽn hoy ampliamente su-
perados y apenas tengan influjo alguno en la investigaci—n ac-
tual, lo cual es m‡s o menos cierto para la casu’stica concreta
-si bien los planteamientos de fondo acusan todav’a su heren-
cia-, sino debido a que tal revisi—n ha sido ya iniciada con Žxito
y con m‡s detalle del que podr’amos dedicarle aqu’ (Cruz An-
dreotti, 1987, 1988; S‡nchez JimŽnez y Cruz Andreotti, 1988).
28
Fue precisamente a causa de la influencia de las ideas de
Schulten, quiŽn conceb’a Tartessos como una cultura superior
con una formaci—n pol’tica compleja, una sociedad urbana con
una organizaci—n estatal en forma de reino, que la primera fase
de la investigaci—n arqueol—gica, iniciada en la dŽcada de los
cuarenta, centr— sus esfuerzos en la localizaci—n, por otro lado
nada segura (se dudaba entre Huelva: isla de SaltŽs, Sevilla:
marismas, Asta Regia, y C‡diz: Mesa de Astas, Jerez) de la su-
puesta capital del reino tartŽsico (Ant—n, 1941; Pem‡n, 1941a y
1941b; Bayerri, 1941; Ausejo, 1942). La bœsqueda, con todo,
fue infructuosa, como infructuoso hab’a resultado antes el
mismo empe–o del propio Schulten por desenterrar la ciudad
que Žl cre’a fundada por los tirsenos y cuya ubicaci—n hab’a
propuesto en el Coto de Do–ana.
Por todo ello, a finales de los a–os cincuenta y comienzos
de los sesenta del pasado soglo se llegaba a un replan-
teamiento de la investigaci—n sobre Tartessos (Maluquer,
1960). Interesaba ahora particularmente lograr una identifica-
ci—n de la cultura tartŽsica mediante el an‡lisis de sus vestigios
materiales, una vez que se hab’a renunciado a la bœsqueda de
la capital del antiguo reino. Se abr’a de este modo una segunda
fase en la investigaci—n, predominantemente arqueol—gica, de
la que fueron pioneros algunos trabajos publicados en el n¡ 29
del Archivo Espa–ol de Arqueolog’a (Garc’a y bellido, 1956;
Blanco, 1956; Cuadrado, 1956). El nuevo enfoque, sin duda
m‡s s—lido que el que hab’a presidido la fase anterior, aunque
con sus propias limitaciones, en particular en lo referente al
marco te—rico y a la metodolog’a, encontr— su primera expre-
si—n articulada en el V Symposio de Prehistoria Peninsular,
que bajo el lema: Tartessos y sus problemas se celebr— en
Jerez en 1968, siendo publicado en Barcelona un a–o despuŽs.
M‡s fruct’fera que el anterior per’odo de investigaci—n, se
consigue a partir de ahora identificar un horizonte "orientali-
zante" que se considera an‡logo a momentos culturales seme-
jantes en la antigŸedad mediterr‡nea, sobre todo en Chipre,
Grecia y Etruria, consecuencia para la mayor’a de los investiga-
dores de la presencia de los fenicios y su actividad comercial
en el mediod’a de la Pen’nsula (Garc’a y Bellido, 1960; Blanco,
1960; Bl‡zquez, 1972; Almagro Gorbea, !977; Garrido 1979).
No en vano la arqueolog’a fenicia en nuestras tierras viv’a mo-
mentos de esplendor con los recientes descubrimientos de una
necr—polis en Almu–Žcar, la antigua Sexi (Pellicer, 1962) y un
asentamiento en el cortijo de Toscanos, junto al r’o VŽlez en
M‡laga (Niemeyer/Pellicer/Schubart, 1964) all’ donde pre-
cisamente Schulten hab’a situado la colonia griega de Mai-
nake.
La multiplicaci—n de hallazgos de asentamientos fenicios,
o de sus necr—polis, sobre las costas mediterr‡neas andaluzas,
en particular en la provincia de M‡laga, que sigui— a estos
descubrimientos, junto con la imposibilidad de localizar ar-
queol—gicamente las colonias foceo-masaliotas a que alud’an
textos literarios tard’os en ese mismo litoral y m‡s al norte, in-
clin— decisivamente la balanza en favor de unos or’genes feni-
cios para este "orientalizante" peninsular, que es como pasaba
ahora a concebirse Tartessos. En contra de tan generalizada
opini—n apenas se alzaron unas pocas voces discordantes (Mon-
29
tenegro, 1970; Bendala, 1977, 1979) que propon’an unos or’ge-
nes greco-orientales, vinculados en parte con la supuesta lle-
gada a Occidente de los Pueblos del Mar; lo que por otro lado
no era sino una nueva versi—n, aunque m‡s elaborada, de la
vieja teor’a de Schulten.
Pero en este desproporcionado debate, unos y otros com-
part’an otra antigua herencia del sabio alem‡n: el empe–o por
situar en unas coordenadas externas los or’genes de Tartessos,
bien haciŽndolo depender de los tirsenos, de los griegos o de
los fenicios. Difusionismo puro y simple, lo que resultar‡ f‡cil
de entender si consideramos la gran dependencia de la may-
or’a de estos arque—logos de la "escuela" de la arqueolog’a
cl‡sica alemana. Este legado winckelmaniano fue abusiva-
mente magnificado en muchas ocasiones, y no s—lo en las inves-
tigaciones sobre Tartessos, hasta el punto de que termin—, en
su obsesi—n del objeto por el objeto y la tŽcnica de excavaci—n
por la tŽcnica de excavaci—n, por provocar la reacci—n cr’tica
de algœn investigador (Llobregat, 1976-8). Efectivamente, to-
das las deficiencias que un reciente libro sobre la Edad del
Bronce (Mart’nez Navarrete, 1988) atribuye a la arqueolog’a
peninsular, y que pueden resumirse en la adopci—n de una me-
todolog’a positivista combinada con una estrategia de investi-
gaci—n idealista, o en su defecto con una completa ausencia de
una teor’a general y globalizadora de la cultura, pueden
aplicarse por igual a la mayor parte de las investigaciones ar-
queol—gicas sobre Tartessos que caracterizan a este segundo
momento de la investigaci—n posterior a Schulten. A lo que se
podr’a aœn a–adir la destacada tendencia de muchos investiga-
dores a interesarse tan s—lo por la lectura de trabajos de con-
tenido arqueol—gico, algo propio de una arqueolog’a "autosufi-
ciente", que considera a la investigaci—n hist—rica m‡s como
un rival desafortunado que como un complemento necesario.
As’, pese a algunos descubrimientos espectaculares (Carri-
azo, 1970; Garrido, 1971) una localizaci—n m‡s segura del ‡rea
nuclear tartŽsica (Luz—n, 1962; Garrido, 1979) la adscripci—n
de algunos materiales, como las cer‡micas bru–idas o las es-
telas decoradas del SO, al complejo cultural tartŽsico y ensayos
de periodizaci—n con cronolog’as contrastadas (Pellicer, 1979-
80) el tŽrmino "orientalizante" quedaba en gran medida vac’o
de contenido, y se continuaba sin conocer adecuadamente
muchas cosas importantes acerca de c—mo estaba estructurada
aquella sociedad, cuyos vestigios m‡s relumbrantes (algunos
tesoros junto con los bronces y marfiles "orientalizantes") llega-
ron a provocar un deslumbramiento tal en los investigadores
que sus consecuencias aœn no han desaparecido del todo.
El af‡n por las soluciones externas al complejo problema
de Tartessos, ya que eran minor’a quienes matizaban esta influ-
encia exterior alegando que muchos de los rasgos caracter’sti-
cos de la cultura tartŽsica se encontraban ya formados desde el
Bronce Final con anterioridad por tanto al "orientalizante"
(Abad Casal, 1979: 178ss) fue hegem—nico durante todo este
per’odo, y en buena medida se resiste a desaparecer hoy to-
dav’a. Fue tambiŽn en gran medida el responsable de la gener-
alizaci—n de un punto de vista segœn el cual los aut—ctonos actu-
ar’an como receptores pasivos de las influencias que, proceden-
tes de culturas m‡s complejas, les llegaban por el Medi-
30
terr‡neo a travŽs del comercio con los fenicios, y que acabar’an
por modificar necesaria y "positivamente" sus formas de vida.
Y de la mano de todo ello se introdujo paulatinamente un uso
indiscriminado y casi siempre confuso del concepto de acultu-
raci—n, empleado para explicar la transformaci—n de la cultura
local bajo el impacto externo en su sentido m‡s primitiva-
mente (y toscamente) difusionista, mientras se ignoraba la re-
formulaci—n que de la aculturaci—n hab’an hecho los historia-
dores mucho m‡s recientemente. Una reformulaci—n que nada
tiene que ver con los presupuestos ideol—gicos que animaban
la vieja antropolog’a y arqueolog’a difusionista, (Burke, 1987:
127ss). Pero la mayor’a de nuestros arque—logos parecen sencil-
lamente no haberse enterado. Tal aculturaci—n, aunque al prin-
cipio no se la denominara as’ y se manejaran tŽrminos como
"impacto" o "influjo", se considera producida a instancias de
las interacciones propiciadas por el comercio con los asenta-
mientos fenicios de la costa, lo que constituye una simplifica-
ci—n m‡s que discutible.
En ocasiones se llega a afirmar, evidenciando el esquema
difusionista en uso, que ciertas transformaciones las comuni-
dades aut—ctonas del Bronce Final, y que afectaban a aspectos
de la demograf’a, la econom’a o el h‡bitat, eran consecuencias
de contactos de tipo precolonial (Almagro Gorbea, 1977: 491ss)
restando valor a la capacidad de cambio que emanar’a de la
propia din‡mica interna de las comunidades tartŽsicas. Posteri-
ormente se ha observado que muchos de los artefactos y otros
elementos culturales que en principio denotar’an la "orientali-
zaci—n" no eran precisamente los m‡s comunes en los asenta-
mientos fenicios de la periferia (Wagner, 1986b: 145ss) y que
la asimilaci—n de las influencias externas se produjo de forma
parcial y selectiva (Aubet, 1977-7: 98ss). TambiŽn se pone en
duda hoy la autor’a aut—ctona de muchos de los objetos que
han servido para definir el "orientalizante" y se atribuye su
aparici—n a la presencia de talleres y artesanos fenicios instala-
dos bien en la costa, bien en el interior (Aubet, 1984: 453; Be-
lŽn, 1986: 226 y 269).
Se ha ido imponiendo as’ una visi—n sumamente
esquem‡tica y sesgada del mundo tartŽsico, en la que cada in-
vestigador tiende a interpretar el conjunto desde la perspectiva
de su propio yacimiento (a pesar de que las excavaciones no
han sido nunca extensas) lo que no viene tampoco a favorecer
la comprensi—n de la interacci—n entre las distintas comuni-
dades locales que lo integraban. No es extra–o, por tanto, que
muchas preguntas queden sin contestaci—n (e incluso que no
se hayan llegado a formular) o que cuando Žsta se produce, re-
sulte a menudo tan artificiosa como poco satisfactoria Un ejem-
plo entre otros tantos: segœn se ha ido apreciando que el hori-
zonte "orientalizante" se dilu’a desde finales del siglo VI a.C.,
se ha buscado frecuentemente otra "soluci—n" externa para ex-
plicar el fin de Tartessos, haciendo del imperialismo cartaginŽs
el principal responsable. La sombra de Schulten permanec’a
aœn agazapada tras tales intentos. Entre tanto, los estudios
hist—ricos y las pocas aproximaciones antropol—gicas eran
descuidados y aun marginados por la tendencia arqueol—gica
dominante.

31
No quiere ello decir que historiadores y antrop—logos no
se hayan ocupado de Tartessos, como as’ ha sido por contra
(Caro Baroja, 1971; PŽrez Prendes, 1974; Arce, 1974; Garc’a
Iglesias, 1979; Garc’a Moreno, 1979; Bermejo, 1982; Presedo,
1986; Alvar, 1980,1982, 1987, 1989; Wagner, 1983, 1986a y
1986h) pero la mayor’a de las veces sus opiniones han sido de-
satendidas; entiŽndase bien: no criticadas, sino sencillamente
no tenidas en cuenta, como si nunca hubieran sido emitidas.
Excepci—n hecha de los trabajos de algunos fil—logos y epi-
grafistas que han analizado la ecuaci—n Tarsis/Tartessos (Garb-
ini 1965; Tackholm, 1965, 1969 y 1974; Tyloch, 1978) -que en
realidad pertenece a un debate ajeno a la cuesti—n, puesto que
no a–ade nada a nuestro conocimiento y tiene mucho m‡s que
ver con la supuesta antigŸedad de las navegaciones fenicias a
Occidente que con una comprensi—n profunda de la realidad
hist—rica de Tartessos, cfr: Alvar (1988) -, o que se han enfren-
tado con el complejo problema de la lengua y la escritura
tartŽsica (G—mez Moreno, 1961; Tovar, 1964, 1969; De Hoz,
1962, 1979; Correa, 1978 1985-6; PŽrez Rojas, 1986) en el plan-
teamiento de la investigaci—n sobre Tartessos ha primado du-
rante todo este tiempo la perspectiva de los arque—logos forma-
dos segœn el "modelo" alem‡n. Tanto es as’ que cuando, en
raras ocasiones, arque—logos o fil—logos de posterior forma-
ci—n arqueol—gica han elaborado s’ntesis de conjunto sobre
Tartessos con alguna pretensi—n hist—rica, esto es deseando
transcender la mera descripci—n de la cultura material a travŽs
de los artefactos encontrados (Maluquer, 1969, 1970, 1985;
Bl‡zquez, 1968, 1975) ha sido un estricto criterio arqueol—gico
positivista fuertemente impregnado de viejo historicismo el
que ha prevalecido en la preparaci—n, elaboraci—n y presenta-
ci—n de sus trabajos. El conocimiento hist—rico de Tartessos,
esto es, el que da raz—n de ser de la din‡mica propia de sus es-
tructuras, ha quedado as’ relegado frente a una abundant’sima
bibliograf’a arqueol—gica centrada sobre todo en aspectos con-
cretos como la identificaci—n y descripci—n de las cer‡micas y
otros materiales, la excavaci—n de peque–as extensiones en
algœn poblado y en alguna necr—polis, y la elaboraci—n de se-
cuencias estratigr‡ficas y cronol—gicas como base de distintas
y no siempre conciliables periodizaciones.
Al mismo tiempo que se sobrevaloraba frecuentemente el
dato arqueol—gico estricto, la escasa informaci—n literaria dis-
ponible (la escritura tartŽsica aœn no se ha descifrado y por
otra parte el nœmero de documentos y la longitud de los textos
son sumamente escasos y muchas veces formularios: Wagner,
1990a) ha sido tratada con una ausencia de criterios meto-
dol—gicos sorprendente. Tan pronto se conced’a autoridad
hist—rica a mitos y leyendas relativos a primitivas realezas o se
tomaba al pie de la letra alguna metaf—rica alusi—n de un po-
eta, como se negaba la veracidad de informaciones m‡s contra-
stables, o simplemente se proced’a a una lectura literal y
acr’tica de los pocos textos literarios, no siempre hist—ricos,
disponibles (Wagner, 1986a).
En consecuencia, la interpretaci—n hist—rica resulta fre-
cuentemente condicionada por muchas hip—tesis aceptadas sin
debate desde los a–os de Schulten. As’, durante algœn tiempo
aœn prevalecer‡ entre los que integraban esta segunda etapa
de la investigaci—n (arqueol—gica) sobre Tartessos la idea de
que la colonizaci—n fenicia y la presencia griega constitu’an
32
fen—menos contrapuestos y excluyentes en un clima de abierta
competencia por los recursos de Occidente, como transposi-
ci—n desafortunada de los competitivos imperios mercantilis-
tas modernos a aquel contexto de la AntigŸedad. Asimismo, se
considera por muchos fuera de cualquier duda el car‡cter ur-
bano de la sociedad tartŽsica, pese a que ninguna ciudad
tartŽsica ha sido desenterrada aœn, y la monarqu’a es tenida
como su m‡s seguro sistema pol’tico. Tartessos era por tanto
un reino floreciente, como se ha vuelto ha decir recientemente
(Judice Gamito, 1988: 133ss) y en este sentido, en lo que se
refiere a su conocimiento hist—rico, el œnico avance que se ha
producido desde Schulten es que ahora se sabe que se trataba
de un reino "orientalizante".
Frente a una interpretaci—n hist—rica de tan corto alcance
y tan pobres resultados, pues la mayor’a de estos arque—logos
no estaban familiarizados con ningœn tipo de metodolog’a
hist—rica que no fuera la simple ordenaci—n y exposici—n de los
datos (arqueol—gicos) desde unas perspectivas fijadas de ante-
mano y que, aunque no siempre se quisiera reconocer, acusa-
ban aœn mucha influencia de la obra de Schulten, una especie
de ultrapositivismo arqueol—gico ha venido a colmar en
muchos casos la ausencia de cr’tica hist—rica. Por poner un
ejemplo no muy lejano, los nuevos hallazgos de cer‡micas grie-
gas en Huelva desataron una sobrevaloraci—n arqueol—gica de
estos datos, lleg‡ndose a afirmar la existencia de una intensa
aculturaci—n de origen helŽnico (Olmos y Cabrera, 1980; Ol-
mos y Garrido, 1982) que necesit— ser matizada m‡s tarde (Ol-
mos, 1984).
Desde Schulten los arque—logos han hecho un conciso es-
fuerzo por identificar primero una ciudad y luego los materia-
les propios de una cultura, pero no han sido muy afortunados
al describir los rasgos y elementos m‡s caracter’sticos de la
misma. A su labor cabe a–adir el trabajo de los fil—logos en
torno a las escasas noticias que la tradici—n literaria propor-
ciona, as’ como el de los epigrafistas sobre los escasos docu-
mentos con escritura tartŽsica conservados. Por otro lado, las
aproximaciones de los historiadores y de algœn que otro an-
trop—logo han versado muchas veces sobre aspectos concretos,
vinculados frecuentemente con el problema de la "realeza"
tartŽsica. Faltan s’ntesis hist—ricas que en un tiempo no se
pod’an hacer debido a lo escaso y parcial de la documentaci—n
obtenida, y que luego siguieron sin hacerse no tanto por proble-
mas de documentaci—n, que los sigue habiendo, cuanto por ra-
zones derivadas de enfoques te—ricos y metodol—gicos; y as’,
pr‡cticamente, continuamos.
Afortunadamente, desde hace algunos a–os venimos asis-
tiendo a un empe–o, aœn ciertamente minoritario, por
globalizar en un contexto cultural provisto de una din‡mica
propia todas estas informaciones sectoriales, acompa–ado de
una pr‡ctica arqueol—gica menos dependiente de la tradici—n
filogermana y m‡s abierta a los avances te—ricos y metodol—gi-
cos que este tipo de investigaci—n ha experimentado en otros
lugares, particularmente en el mundo anglosaj—n. Se ha inici-
ado, as’, lo que me parece una tercera fase de los estudios so-
bre Tartessos, anunciada ya en su momento por un trabajo par-
ticularmente importante de Aubet (1977-8). Desde esta nueva
perspectiva de enfoque, que trata de reconstruir las estructu-
33
ras mismas de la sociedad tartŽsica, cuyos inicios ya no se bus-
can en la llegada de colonizadores mediterr‡neos sino en las
culturas locales del Bronce Final (Fern‡ndez Miranda, 1983:
847ss, 1986: 227ss) y aœn antes (Aubet et alli, 1983) as’ como
de explicar sus transformaciones no atendiendo solo a los facto-
res externos, una necesidad de interdisciplinariedad se viene
haciendo cada vez m‡s evidente (Wagner, 1983).
Con todo, el peso de la tendencia arqueol—gica dominante
durante tantos a–os es todav’a enorme, por lo que muchos de
los estudios m‡s recientes denotan aœn la influencia. Se puede
afirmar por ello que conviven actualmente dos planteamientos
de investigaci—n bien distintos: uno mayoritario y adscrito a la
corriente dominante desde los a–os sesenta y que corresponde
a la segunda fase o per’odo de los estudios posteriores a Schul-
ten, con sus interpretaciones esquem‡ticamente difusionistas
y su apreciaci—n sesgada de los procesos de cambio, y otro, aœn
incipiente y minoritario, como clara reacci—n a las influencias
del anterior.
LA CONTRIBUCIîN DE UN ENFOQUE ANTROPOLîGICO AL
CONOCIMIENTO HISTîRICO DE TARTESSOS.
Como se ha visto, desde hace unos pocos a–os, el "orien-
talizante", con su imprecisi—n y su metodolog’a centrada la
mayor de las veces en la cuantificaci—n acr’tica, ha venido a ser
concebido por muchos en tŽrminos de un proceso de "acultura-
ci—n". Si de entrada podr’a haber supuesto la ventaja de poner
sobre la mesa la gran complejidad de las interacciones cul-
turales a que alude, en la pr‡ctica su utilizaci—n apenas ha apor-
tado novedades dignas de interŽs. Ello se ha debido a que esta
"aculturaci—n" ha sido la mayor’a de las veces vaciada de su
contenido, d‡ndose una utilizaci—n generalizadora, indis-
criminada y acr’tica. Es por ello que en las investigaciones so-
bre Tartessos el empleo del tŽrmino aculturaci—n ha venido a
reemplazar o matizar el de "orientalizante", pero sin apenas
aportar beneficio, ya que si bien se ha adoptado el vocablo y el
concepto, se ha hecho casi siempre en su m‡s genuino sentido
de origen difusionista, propio de una antropolog’a colonial hoy
afortunadamente superada, y casi siempre se han ignorado los
avances te—ricos y metodol—gicos surgidos de la reelaboraci—n
posterior. No se diferencia entre aculturaci—n y "difusi—n cul-
tural", entre aculturaci—n impuesta o espont‡nea, entre "asimi-
laci—n e integraci—n" (Wachtel, 1978: Wagner,1990b). En de-
finitiva, se trata de una aculturaci—n te—rica y metodol—gica-
mente superada, ya que hoy antrop—logos e historiadores versa-
dos entienden por aculturaci—n una cosa bien distinta (Burke,
1987; 127ss).
As’ una enga–osa sensaci—n de progreso se alza sobre ilu-
siones terminol—gicas, y evidencia bien a las claras la imperi-
osa necesidad de una mayor y autŽntica interdisciplinariedad
que rompa definitivamente con la sobrevaloraci—n del dato ar-
queol—gico estricto y la marcada aversi—n al empleo de enfo-
ques te—ricos y procedimientos metodol—gicos procedentes de
disciplinas que normalmente se consideran ajenas, cuando no
del todo extra–as. Y es en este terreno de lo interdisciplinario
donde la Antropolog’a (cultural, social, econ—mica, simb—lica)
tiene mucho que ofrecer. La aplicaci—n de una perspectiva an-
tropol—gica a Tartessos permite establecer sin mayor duda el
34
car‡cter aldeano de las comunidades locales del Bronce Final,
distinguir entre difusi—n y aculturaci—n, y caracterizar esta œl-
tima en gran medida como un elemento integrante de un
proceso de explotaci—n colonial. Permite, asimismo valorar la
din‡mica propia y la resistencia al cambio de las poblaciones
aut—ctonas, abrigar la sospecha de que las interacciones cul-
turales no descansaban sobre la œnica base del comercio ejer-
cido desde la costa distinguir distintos grados y ritmos de acul-
turaci—n, y establecer el car‡cter finalmente disfuncional y de-
sestructurador del cambio cultural, as’ como el alcance parcial
del mismo.
Pero la investigaci—n arqueol—gica de base interdiscipli-
nar tiene todav’a entre nosotros pocos adeptos, al contrario de
lo que ocurre m‡s all‡ de nuestras fronteras (Hodges, 1987;
Smith, 1987). Una excepci—n, si no la œnica tal vez s’ la m‡s sig-
nificativa y temprana, la constituye Aubet, que en varias ocasio-
nes ha utilizado planteamientos antropol—gicos para explicar
el funcionamiento de distintos aspectos del mundo tartŽsico
presentes en el registro arqueol—gico. En sus trabajos leemos
por vez primera acerca del car‡cter selectivo de la aculturaci—n
en Tartessos, del parentesco como elemento integrador de las
relaciones socioecon—micas (1977-8: 95, 99 y 104) y de las
aportaciones de la antropolog’a econ—mica (1991: 33ss) para el
entendimiento de problemas que han sido frecuentemente ex-
cesivamente simplificados.
En mi opini—n, la aplicaci—n de una metodolog’a de in-
spiraci—n antropol—gica puede ayudarnos a resolver muchas in-
certidumbres sobre Tartessos, que los arque—logos e historia-
dores por s’ mismos no parecen capaces de despejar. As’,
cuando se insiste en una aculturaci—n r‡pida, profunda o gener-
alizada (o todo a la vez) lo que sucede muchas veces, se incurre
en apreciaciones parciales que se hacen generalizables debido
sobre todo a insuficiencias de ’ndole metodol—gica.
Como ya expuse mis argumentos en otro lugar (Wagner,
1986b) no insistirŽ nuevamente en ello, aunque s’ creo impor-
tante recalcar otra vez que se ahusa de una metodolog’a cen-
trada en la cuantificaci—n acr’tica y de un concepto trasno-
chado de aculturaci—n "positiva", y por ende "necesaria", muy
vinculado aœn, se reconozca o no, al difusionismo como estrate-
gia hist—rica de explicaci—n de los fen—menos socioculturales,
sin tener en cuenta que la aculturaci—n puede obrar en muchos
casos destructivamente (Wachtel, 1978: 154; Gudeman, 1981:
219ss; Burke, 1987: 127) dando lugar por ende a fen—menos de
rechazo y supervivencia cultural, o contraculturaci—n, que se
pueden manifestar de muy diversas formas (Gruzinski y Rou-
veret, 1976: 199-204). En otras ocasiones, como se aprecia en
el contexto de la colonizaci—n griega en Occidente, la acultura-
ci—n puede dar lugar a una situaci—n que se conoce como "plu-
ralismo estabilizado" (Wagner, 1990c) all’ donde las culturas
implicadas se atienen a un mutuo acomodo en una misma ‡rea
en una relaci—n asimŽtrica que les permite persistir respectiva-
mente en su l’nea distintiva (Morel, 1984: 132-135).
En este sentido una visi—n antropol—gica de los proble-
mas planteados por el "orientalizante" puede resultar muy œtil
35
para desterrar viejas nociones de "progreso" hist—rico y desen-
mascarar los supuestos mecanismos del mismo como sutiles
pero autŽnticos instrumentos de control y explotaci—n. Uno de
los aspectos en que se manifiesta con m‡s fuerza la presencia
de un sistema tal de explotaci—n colonial en Tartessos es el de
esa forma de depredaci—n ecol—gica que fue la deforestaci—n
(Wagner, 1986b: 157; Aubet, 1991: 41) no por dif’cilmente cuan-
tificable menos evidente. La metodolog’a antropol—gica nos
permite caracterizar m‡s ajustadamente lo que sucedi— en
Tartessos durante el "orientalizante" como un proceso de ex-
plotaci—n colonial sustentado en un contexto de intercambios
desiguales regido por relaciones asimŽtricas.
El concepto de intercambio desigual y su metodolog’a
fueron propuestos originalmente para analizar la naturaleza
del comercio centro-periferia en el ‡mbito de los actuales mer-
cados mundiales capitalistas (Emmanuel, 1972; Am’n, 1986).
No obstante ha sido aplicado con Žxito al comercio realizado
en la AntigŸedad entre culturas con diversos grados de com-
plejidad (L—pez Pardo, 1987: 410; Liverani, 1988: 153) Lo que
define el intercambio desigual es la situaci—n desequilibrada
en la que la parte econ—mica, tecnol—gica y organizativamente
m‡s avanzada consigue grandes cantidades de materias primas
a cambio de un modesto volumen de manufacturas y objetos
"ex—ticos", como consecuencia de la diversa escala de valores
en uso en ambos polos del sistema de intercambios. Ahora
bien, de acuerdo con la cr’tica realizada por Meillassoux (1977:
131 ss) la parte que obtiene el beneficio, en este caso los coloni-
zadores fenicios, no se est‡ tan s—lo aprovechando de las men-
cionadas diferencias en costes sociales de producci—n, sino
que, precisamente por ello, el intercambio desigual encubre
una realidad de sobre-explotaci—n del trabajo, que se articula
en la transferencia entre sectores econ—micos que funcionan
sobre la base de relaciones de producci—n diferentes. En este
marco el modo de producci—n propio de las comunidades
aut—ctonas, al entrar en contacto con el modo de producci—n
de los colonos orientales queda dominado por Žl y sometido a
un proceso de transformaci—n.
La contradicci—n caracter’stica de tal transformaci—n, la
que realmente la define, es aquella que toma su entidad en las
relaciones econ—micas que se establecen entre el modo de pro-
ducci—n local y el modo de producci—n dominante, en las que
Žste preserva a aquŽl para explotarle, como modo de organiza-
ci—n social que produce valor en beneficio del colonialismo, y
al mismo tiempo lo destruye al ir priv‡ndole, mediante la ex-
plotaci—n, de los medios que aseguran su reproducci—n.
La dependencia tecnol—gica (y la subordinaci—n
econ—mica que conlleva) as’ como las diferencias de valor (en
coste social de producci—n) de lo que intercambiaban dos cultu-
ras con sistemas econ—micos radicalmente distintos, consti-
tuyen piezas claves en semejante proceso. As’ vistos, los resul-
tados de la aculturaci—n "orientalizante" no parecen tan benŽfi-
cos como comœnmente se pretende, o en todo caso cabe
preguntarse a quiŽn beneficiaron particularmente los cambios
producidos durante dicho per’odo. Mientras que los colonos
obten’an una alta rentabilidad en las transacciones como con-
secuencia de las diferencias en los costes sociales de produc-
36
ci—n entre las manufacturas que proporcionaban y las materias
primas que consegu’an, las gentes de Tartessos apenas ac-
ced’an a unos pocos bienes de prestigio asimŽtricamente dis-
tribuidos por los mecanismos internos de la redistribuci—n.
Las Žlites locales parecen haber sido los œnicos grupos de
la poblaci—n que obtuvieron determinadas ventajas concretas
(un aumento de su poder y de su capacidad de control) a cam-
bio de integrarse en una posici—n subordinada en la jerarqu’a
de decisiones impuesta por el estamento dirigente colonial.
TambiŽn aument— su riqueza, no tanto por los beneficios mate-
riales que el comercio exterior les proporcionaba (aunque los
hubo) cuanto por un mayor encumbramiento que les permit’a
practicar en el seno de sus comunidades una redistribuci—n de
marcada inequidad. El resto sufri— a la larga las consecuencias
de una desestructuraci—n" (Alvar, 1990: 23ss) cuyo alcance
real no estamos aœn en condiciones de precisar, en la que la
desigualdad y la dependencia tecnol—gica, siempre a favor de
los colonizadores, desempe–aron un importante papel (Wag-
ner, 1991).
El parentesco fue progresivamente sustituido por otras
relaciones de explotaci—n de car‡cter m‡s netamente clasista,
las bases que garantizaban las formas tradicionales de acceso a
la propiedad de los recursos se resquebrajaron, y en consecuen-
cia los contrastes socioecon—micos aumentaron (Wagner,
1983: 11ss). Por contra, los supuestos avances de la m‡s com-
pleja cultura colonial (como la escritura y la tecnolog’a del hi-
erro) a los que se responsabiliza a menudo del "progreso" de
las comunidades tartŽsicas durante el "orientalizante", tarda-
ron mucho en incorporarse a las pr‡cticas aut—ctonas o lo hici-
eron muy parcialmente (Wagner, 1986b: 134ss; 1990a) como
corresponde a un modelo colonial de "intercambio desigual", y
cuando novedades formales al—ctonas fueron aceptadas, los
mecanismos de integraci—n determinaron casi siempre una ac-
ulturaci—n muy superficial.
No pretendo afirmar que las comunidades tartŽsicas del
Bronce Final, o preorientalizantes, constituyeran sociedades
igualitarias. He insistido desde un principio y en diversas oca-
siones en su car‡cter jerarquizado (Wagner, 1983: 12; 1986b:
154; 1991) y no soy el œnico (Aubet, 1984: 447ss; 1991: 36ss)
pero no estoy tampoco de acuerdo con aquellos que consideran
el mundo tartŽsico del Bronce Final como una cultura com-
pleja y muy elaborada. La perspectiva antropol—gica nos mues-
tra, por el contrario, unas comunidades aldeanas que se carac-
terizan por la presencia generalizada de poblados de caba–as,
cer‡micas a mano, escasa o muy localizada actividad metalœr-
gica, utillaje mayoritariamente l’tico y un modo de producci—n
domŽstico con todas las limitaciones de cara a la intensifica-
ci—n de la producci—n y a la maximizaci—n de los excedentes
que implica (Wagner, 1991). Dado que la metalurgia ha sido
uno de los elementos fundamentales sobre la que se ha constru-
ido la noci—n de una notoria complejidad cultural tartŽsica du-
rante el Bronce Final, tomŽmosla ahora como ejemplo de lo
que una sobrevaloraci—n de los datos arqueol—gicos fundamen-
tada en metodolog’as positivistas o eclŽcticas (cuando las hay)
puede llegar a proporcionar como explicaci—n aparentemente
satisfactoria.
37
Recientemente, sin embargo, la metalister’a tartŽsica ha
sido definida, bas‡ndose en los hallazgos, como un mito cre-
ado en gran parte por la erudici—n (Pellicer, 1989: 157). La cu-
esti—n, por otra parte, no radica tanto en conocer la supuesta
antigŸedad de las tŽcnicas minerometalœrgicas entre las pobla-
ciones locales del SO peninsular, sino en evaluar su importan-
cia concreta en el ‡mbito de las relaciones socioecon—micas
dominantes. A tal respecto, el que se conociese el beneficio de
la plata desde el segundo milenio (Aubet, 1991: 36) parece un
dato en s’ mismo no demasiado importante, si no lo asociamos
a un determinado modo de producci—n en que adquiera su sig-
nificado.
En este contexto los estudios antropol—gicos demuestran
que la presencia de artesanos especialistas no equivale
autom‡ticamente a la existencia de una acusada divisi—n del
trabajo, sino que Žstos son perfectamente asumibles dentro de
las relaciones entre linajes cuyas actividades productivas de-
penden de la agricultura y la ganader’a (Godelier, 1974:
275ss). Y en el mundo antiguo la Grecia homŽrica proporciona
un excelente modelo. Del mismo modo, ciertas tareas de in-
terŽs comœn pueden ser emprendidas a niveles m‡s altos que
las simples unidades domŽsticas productivas, por grupos de de-
scendencia o por la comunidad de aldea en un conjunto
(Sahlins, 1972: 121). Y la propia experiencia emp’rica viene a
demostrar que la metalurgia fue conocida durante un milenio
en Europa antes que la intensificaci—n de los sistemas de sub-
sistencia crearan el contexto social adecuado para la acumula-
ci—n de riqueza y estimularan al florecimiento de la tecnolog’a
(Gilman, 1981: 19).
La presencia de objetos met‡licos y otros artefactos no
productivos s—lo prueban la existencia de "bienes de presti-
gio", que en las sociedades aldeanas integran una esfera difer-
enciada de la de los "bienes de subsistencia", con los que no lle-
gan a confundirse ni a intercambiarse (Godelier, 1975: 131;
1981: 92). Estos bienes de prestigio pueden conseguirse medi-
ante desplazamientos e intercambios con grupos lejanos o ser
fabricados por la propia unidad productiva domŽstico familiar.
TambiŽn pueden darse artesanos a tiempo parcial, ya que los
ciclos agr’colas no ocupan todo el a–o, o especialistas, itineran-
tes o no, integrados de diversas formas en las relaciones de pro-
ducci—n existentes. En relaci—n al denominado comercio le-
jano, Žste es perfectamente plausible en una sociedad aldeana
como la tartŽsica del Bronce Final cuyo alcance se documenta
en la vega de Granada, Extremadura y la Meseta (Aubet, 1991:
36) y en su vertiente mar’tima ha vuelto a ser reivindicado reci-
entemente (Fern‡ndez Miranda, 1991: 89Ss) pese a que no se
dispone de demasiada base para considerar la existencia de
una tradici—n mar’tima local (Alvar, 1980; 1988) aun en contra
de la opini—n m‡s frecuente. No obstante, para aceptar que el
desarrollo de sistemas de intercambio tuvo alguna incidencia
notable en la aparici—n de una mayor complejidad socio-
cultural habr’a que probar que tuvieron una incidencia acu-
sada en el incremento de la producci—n agr’cola, favoreciendo
la aparici—n de nuevas y m‡s eficaces tecnolog’as. No es Žste el
caso; fundamentalmente se trataba de armas y otros artefactos
que podemos definir como bienes de prestigio.
Con todo, estos bienes de prestigio no constituyen riqu-
eza, sino tan solo su imagen, ya que la autŽntica riqueza la pro-
38
porciona el control que se ejerce sobre los medios de produc-
ci—n a travŽs de la redistribuci—n y las alianzas matrimoniales
(Meillassoux, 1972). Es as’ precisamente que los bienes de pres-
tigio adquieren su significado al poder ser utilizados como ele-
mentos de la dote para la adquisici—n de mujeres. Significativa-
mente los objetos de prestigio representados en las estelas
decoradas del SO (Barcel—, 1989; PŽrez, 1991) son muy escasos
en los hallazgos arqueol—gicos. Ello se debe a que no se cono-
cen las necr—polis de este per’odo donde precisamente se enter-
rar’an estos s’mbolos de rango (y riqueza) dado que es preciso
neutralizarlos finalmente para evitar una acumulaci—n exce-
siva que desvirtuar’a su car‡cter, ya que en este tipo de cultu-
ras la competencia social toma la forma de una acumulaci—n
de mujeres o una multiplicaci—n de los aliados (Godelier, 1981:
92-3) que se obtienen precisamente gracias a estos bienes de
prestigio en manos de los jefes de linaje. En aquellas comuni-
dades aldeanas tartŽsicas, socialmente segmentadas en grupos
de parentesco que integran a las unidades domŽsticas producti-
vas, el conflicto y la explotaci—n adquieren rasgos no clasistas,
oponiendo fundamentalmente a los grupos de edades (j—venes
productivos y adultos que controlan los linajes) como ocurre
en esta clase de sociedades (Renfrew, 1984: 76).
El desarrollo demogr‡fico junto con el escaso avance de
las fuerzas productivas (divisi—n social del trabajo) a–ade a la
larga una segunda oposici—n entre linajes m‡s dŽbiles y aquel-
los otros m‡s fuertes, si bien no se trata de una simple cues-
ti—n de tama–o sino de capacidad para intercambiar mujeres y
establecer alianzas. El crecimiento de la poblaci—n y su concen-
traci—n en asentamientos estratŽgicos (Aubet, 1977-8: 89ss;
1991: 36; Almagro y Gorbea, 1991 98; Escacena y BelŽn, 1991)
provocar’a la segmentaci—n de muchos linajes y una creciente
competencia por los recursos que se advierte en el car‡cter de
centro territorial que adquieren ahora los poblados m‡s
grandes, que se rodean de fortificaciones (Aubet, 1991: 37). En
este ambiente, la jerarquizaci—n de los grupos de descendencia
supedita unos linajes a otros, apareciendo posiciones centrali-
zadas de decisi—n no coactiva que denominamos jefaturas
(Wagner, l990b). Pero las diferencias de autoridad y de presti-
gio no descansan aœn en la acumulaci—n de riqueza, o sea, en
la apropiaci—n del excedente, sino en la misma capacidad para
aumentar la base productiva (incrementando el intercambio
de mujeres) y los circuitos de redistribuci—n (consiguiendo
m‡s aliados).
La aculturaci—n "orientalizante", como elemento no abier-
tamente agresivo de un sistema de explotaci—n colonial, in-
cidir‡ diversificando las pr‡cticas econ—micas (Wagner, 1983:
10) y al crear una demanda externa de minerales constre–ir‡ a
los jefes situados en el centro de los sistemas redistributivos
locales a movilizar la mano de obra necesaria para la intensifi-
caci—n de las tareas mineras antes claramente estacionales.
Esta mano de obra pudo haber procedido perfectamente de
aquellos grupos que, en un ambiente de creciente competencia
por los recursos que garantizan la subsistencia, hab’an que-
dado peor situados de cara al acceso a aquellos. La perspectiva
antropol—gica nos muestra adem‡s que la capacidad intensifi-
cadora y la eficacia para movilizar mano de obra de los per-
sonajes situados en el centro de los sistemas redistributivos es
sumamente operativa (Sahlins, 1972: 148ss; 1979: 280ss; Ren-
39
frew, 1984: 74) para que tengamos que recurrir a imaginar rela-
ciones sociales de dependencia de tipo servil o esclavistas,
propias de sociedades ya estratificadas. Pero con la intensifica-
ci—n de los trabajos mineros, aun con formas simples de organi-
zaci—n, las Žlites tartŽsicas acced’an a una parte del excedente
que luego era objeto de intercambio con los colonizadores. Y
mediante esta transferencia se produc’a una apropiaci—n real
del mismo, en forma de trabajo extra (cfr: Gudeman, 1981:
256) ya que la redistribuci—n de las contrapartidas coloniales
era claramente asimŽtrica, como revelan los testimonios ar-
queol—gicos.
El comercio colonial fue aumentando de este modo el po-
der de las Žlites redistribuidoras al proporcionar, a cambio de
la satisfacci—n de la demanda de metales, un mayor nœmero de
bienes de prestigio susceptibles de ser puestos en circulaci—n a
fin de concretar nuevas alianzas e intercambios, y un control
m‡s adecuado sobre los sistemas redistributivos locales. La es-
tructura de autoridad previamente creada se refuerza ahora
mediante la adquisici—n de bienes de lujo o de bienes necesa-
rios para controlar a los productores del excedente. Con ello se
producir‡ un aumento neto del fondo de poder que las Žlites
detentaban, siendo capaces de actuar con un alcance cada vez
m‡s amplio, tal y como la distribuci—n de los objetos orientali-
zantes de Portugal y Extremadura sugiere. Se introducen de
este modo una serie de relaciones centro periferia que dibujan
un sistema formado por c’rculos econ—micos concŽntricos y jer-
arquizados, lo que permitir’a a las Žlites tartŽsicas acceder a re-
cursos situados fuera de los territorios que directamente con-
trolan, asegurando de esta forma el incremento del volumen
de materias primas y recursos que permitiera perpetuar y re-
producir su rol dominante en Tartessos (Aubet, 1991: 40-1).
Se pasa as’, progresivamente, de la jerarqu’a a una incipi-
ente estratificaci—n. Muy frecuentemente los investigadores no
distinguen entre ambas, pero la distinci—n es pertinente
porque las diferencias son muy grandes (Fried, 1979, 141). En
tŽrminos econ—micos, "jerarqu’a" es sin—nimo de redistribu-
ci—n simŽtrica o equitativa, mientras que "estratificaci—n" lo es
de redistribuci—n asimŽtrica y por consiguiente de inequidad.
La transici—n entre ambos niveles se encuentra en las jefaturas
avanzadas (o cacicatos en la terminolog’a m‡s tradicional) que
durante el "orientalizante" sustituyen en Tartessos a las anteri-
ores jefaturas de car‡cter m‡s simple. Dichas jefaturas avanza-
das, de marcada ’ndole territorial, constituyen la propuesta an-
tropol—gica al debatido problema de la "realeza" tartŽsica
(Caro Baroja, 1971; Garc’a Moreno, 1979; Bermejo Barrera,
1978: 215ss; 1982: 61ss; Wagner, 1986a: 218; Presedo, 1986:
61ss; de Hoz, 1989: 40) "realeza" que no se cimenta en una so-
ciedad urbana, pues el urbanismo en Tartessos, al margen del
tama–o de los asentamientos y de la forma de la planta de las
viviendas, aœn no se ha constatado (los ejemplos de urbanismo
colonial no son v‡lidos) por lo que debemos pensar en una es-
tructura de poder que descansa sobre una sociedad aldeana
compleja con una econom’a centralizada. Conviene por ello
se–alar que el tŽrmino polis que en las fuentes literarias es
utilizado a menudo para caracterizar los asentamientos tartŽsi-
cos no constituye, como contrariamente se ha pensado en dis-
tintas ocasiones, un argumento de gran autoridad, ya que los
mismos autores cl‡sicos, como Hecateo, lo emplean en un sen-
40
tido muy amplio que no necesariamente implica la existencia
de autŽnticas ciudades (de Hoz 1989: 32). El testimonio de Avi-
eno, que no estaba preocupado por legar a la posteridad un reg-
istro fiable, carece, como se ha indicado recientemente (de
Hoz, 1989: 43; cfr: Pellicer, 1989: 182) de fiabilidad. En cuanto
a las noticias de otras fuentes, es probable que la confusi—n
Gadir/Tartessos haya incidido notablemente en este sentido
(Wagner 1986b: 225; Alvar, 1989).
En cualquier caso polis podr’a estar indicando œnica-
mente, de acuerdo con la utilizaci—n amplia del tŽrmino que
hacen los antiguos, la existencia de un ethnos fortificado que
dispone de una chora (Duthoy, 1986) no necesariamente de
una ciudad. Conviene tambiŽn tener presente que tal estruc-
tura de poder no es tanto el resultado de la din‡mica propia de
las comunidades locales cuanto de una imposici—n de las rela-
ciones asimŽtricas que rigen todo el entramado colonial. Esto
se percibe con claridad en la presencia de los bienes de presti-
gio de car‡cter "orientalizante" en los enterramientos m‡s sun-
tuosos de las necr—polis tartŽsicas, a los que confieren pre-
cisamente su car‡cter "principesco" (Ruiz Delgado, 1981) as’
como de servicios funerarios de clara inspiraci—n fenicia. Tales
datos, a menudo interpretados como pruebas de una integra-
ci—n ideol—gica, son fundamentalmente testimonios de una os-
tentaci—n de las Žlites locales que pretenden ahora equiparar
su prestigio al de la jerarqu’a colonial.

La integraci—n de las Žlites tartŽsicas en este esquema, en
el que la aculturaci—n actœa como una estrategia de control y
dominaci—n, quedar’a mejor representada por la posibilidad
de que el conjunto arquitect—nico de Cancho Ruano corre-
sponda a un "palacio" construido por los colonizadores para
un notable local, el cual actuar’a, en un momento ya tard’o del
"orientalizante", como agente redistribuidor a cuenta de los
fenicios (L—pez Pardo, 1990: 161). En directa relaci—n con todo
ello, muchos de los materiales orientalizantes, incluidos los
mismos bienes de prestigio, que en un tiempo fueron atribui-
dos a una manufactura aut—ctona, se consideran hoy obra de
artesanos fenicios ubicados en la proximidad o incluso dentro
de las mismas comunidades tartŽsicas (Aubet, 1984: 453; Be-
lŽn, 1986: 266 y 269) signo nuevamente de la dependencia (y
no s—lo tecnol—gica) de las Žlites locales.
Antropol—gicamente contemplados los documentos liter-
arios, de muy distinto origen y muy diversa fiabilidad, sobre
los que se ha pretendido hacer descansar la realidad de una
monarqu’a tartŽsica, carecen de valor probatorio alguno.
Como recientemente se ha se–alado, a lo sumo los m‡s fiables
aluden a alguna forma de concentraci—n personal del poder,
sin aclarar nada sobre su alcance y el origen de su legitimidad
(de Hoz, 1989: 32ss). Resulta por ello mucho m‡s apropiado
plantear la cuesti—n en tŽrminos de una "cultura de pr’ncipes"
en el marco de las llamadas econom’as de prestigio (Aubet,
1991: 39) lo que en palabras de antrop—logos equivale a hablar
de rango y jerarqu’a, redistribuci—n y jefaturas avanzadas.
Junto a todo ello, las evidentes pruebas arqueol—gicas de
una forma familiar de organizaci—n del trabajo en los poblados
41
minero-metalœrgicos, incluidos los de car‡cter permanente
como Cerro Salom—n, nos indican que el modo de producci—n
domŽstico, lejos de desaparecer en pro de una econom’a m‡s
avanzada y diversificada, subsisti— aunque supeditado al
sistema de relaciones coloniales ahora dominante, y con un
car‡cter perifŽrico. Un sistema que se caracteriza por la
m‡xima aproximaci—n posible de los centros productores de
manufacturas y otros elementos de intercambio a los lugares
en que Žste se realiza por metales y otras materias primas, lo
que de paso explica la aparici—n de los numerosos asentamien-
tos fenicios sobre las costas mediterr‡neas andaluzas (Wagner,
1988: 424ss) y por los intercambios planificados y tutelados
por la administraci—n colonial.
Hay que evitar malinterpretar, no obstante, la incidencia
de este comercio en el conjunto de la econom’a de Tartessos,
que si bien se subordina en gran parte a Žl, continœa siendo
predominantemente agr’cola, por lo que no conviene sobreval-
orar elementos como el valor de cambio, el mercado o la oferta
y la demanda. En la din‡mica del intercambio desigual no hay
demasiado sitio, al quedar establecida la dependencia tec-
nol—gica respecto al exterior con la subordinaci—n econ—mica
que conlleva, para que actœe holgadamente la ley de la oferta y
la demanda, que requiere adem‡s un suficiente nœmero de
compradores y vendedores competitivos. Por eso la clave no
consiste en averiguar si con la presencia colonial fenicia
primero y el comercio focense despuŽs, se introdujeron elemen-
tos de una econom’a protomonetal, sino en establecer el papel
que desempe–an tales pr‡cticas en el conjunto de la econom’a
tartŽsica supeditada al interŽs colonial.
En Tartessos la mayor parte de la poblaci—n sigui—
dedic‡ndose a las actividades agr’colas tradicionales con tŽcni-
cas y formas de organizaci—n tambiŽn tradicionales, como
demuestra la no renovaci—n del utillaje productivo. Ello
equivale a hablar de la existencia de unos mercados muy locali-
zados y a un intercambio limitado a productos muy espec’ficos
y a sectores sociales minoritarios. El comercio era una relaci—n
exclusiva con una parte externa espec’fica, estableciŽndose por
adelantado y con exactitud quiŽn intercambia con quiŽn. De
esta forma son las relaciones sociales y no los precios los que
conectan a los "compradores" con los "vendedores" (Sahlins,
1977: 319ss). Por supuesto que hab’a beneficios, pero Žstos, ba-
sados en la diferencia de valores subjetivos (utilidades socia-
les) apreciados desigualmente en dos sociedades distintas que
intercambian productos raros cuyos costes sociales de produc-
ci—n ignoran o no comparten, no debe confundirse con la
ganancia de capital comercial (Am’n, 1986: 24).
La nueva "riqueza" se concentr— sobre todo en los grupos
elitistas de la sociedad (Bisi, 1980: 34, Aubet 1984: 447) benefi-
ciando escasamente al resto de la poblaci—n, lo que constituye
otra de las caracter’sticas de un contexto de intercambio
desigual. Y si bien es cierto que puede haber competencia por
el volumen del comercio externo, y que de hecho los sistemas
internos de prestigio descansan a menudo sobre ella, Žsta no
surge como una manipulaci—n de los precios u otros procedi-
mientos similares, sino que suele reposar sobre el aumento de
los "socios" externos o del volumen del comercio ya existente
(Sahlins, 1977: 322). De ah’ el interŽs de Argantonio por la
presencia en Tartessos de los focenses.
42
La tentaci—n de considerar el comercio con los coloniza-
dores como un factor de desarrollo socio-pol’tico, adem‡s de
econ—mico, que llevar’a a la aparici—n de una organizaci—n esta-
tal en Tartessos, ha sido y sigue siendo grande. Los autores
que mantienen esta postura no tienen en cuenta, sin embargo,
que œnicamente en ausencia de relaciones asimŽtricas, esto es,
gozando de plena autonom’a, el control del comercio lejano
por las Žlites puede producir esta consecuencia (Am’n, 1986:
37ss). Y aun as’, debe tratarse de un comercio que afecte, di-
recta o indirectamente, al sector b‡sico de la subsistencia fa-
voreciendo el progreso de las fuerzas productivas (lo que fa-
cilita la creaci—n del excedente necesario para reproducir las
condiciones de tal comercio). Un comercio reducido en gran
parte a bienes de prestigio, como ocurre con las culturas del
Bronce europeas, es m‡s un s’ntoma de la existencia de Žlites
que la causa de ellas, y dif’cilmente puede incidir de forma ac-
tiva en los procesos de estratificaci—n (Gilman, 1981: 5). A este
respecto, la existencia de un contexto de intercambio desigual
en Tartessos reforzar‡ el poder de las Žlites locales, sobre las
que los colonizadores descargan la responsabilidad de organi-
zar y movilizar la fuerza de trabajo necesaria para hacer efecti-
vos los intercambios, pero al mismo tiempo son los propios
colonizadores los m‡s directamente interesados en que no au-
mente desproporcionadamente.
Los mecanismos de sujeci—n ya los conocemos: dependen-
cia tecnol—gica y subordinaci—n econ—mica. De esta forma, la
aculturaci—n "orientalizante" provoc— a la larga una incipiente
estratificaci—n que, sin embargo, no tuvo ulteriores consecuen-
cias. No hay prueba alguna de la aparici—n del Estado en
Tartessos, y el retroceso observado a finales del per’odo en
muchos asentamientos que no llegar‡n a alcanzar una cate-
gor’a urbana (Aubet, 1977-8: 100; 1991: 41; BelŽn y Escacena,
1989) sugiere que no lleg— a eclosionar.
El enfoque antropol—gico permite, por otra parte,
subrayar la complejidad de las interacciones culturales en
Tartessos y someter a cr’tica la idea de que el comercio con los
asentamientos coloniales de la costa haya constituido el factor
predominante de la aculturaci—n supuestamente detectada.
Frente a esta comœn explicaci—n, que crea m‡s incertidumbres
que problemas resuelve (Wagner, 1986b: 145ss) se abre por el
contrario la posibilidad de una colonizaci—n fenicia en el inte-
rior representada por elementos arqueol—gicos t’picos, como
son las pr‡cticas y estructuras funerarias y los objetos de cul-
tura material asociados (urnas cinerarias globulares, lucernas
unicornes y marfiles) caracter’sticas de yacimientos del Bajo
Guadalquivir, como Cruz del Negro, pero bastante raras en las
necr—polis fenicias del litoral (Wagner y Alvar, 1989).
Por lo dem‡s, la hip—tesis que plantea el car‡cter total o
parcialmente colonial de yacimientos de esta ’ndole, considera-
dos por lo comœn tartŽsicos, se ha visto recientemente refor-
zada por el hallazgo en Ibiza de una necr—polis fenicia arcaica
enteramente similar en su contenido arqueol—gico (G—mez Bel-
lard et alii, 1990). Y como no resulta muy probable una coloni-
zaci—n tartŽsica de la isla, ni que una aculturaci—n de origen
fenicio haya producido resultados tan iguales sobre substratos
tan distintos, parece l—gico admitir la existencia de una presen-
43
cia fenicia en lugares como Cruz del Negro, Frigiliana o Me-
dell’n.
Un enfoque hist—rico-antropol—gico de la "desaparici—n"
de Tartessos tiene poco que ver con el supuesto imperialismo
agresivo de los cartagineses, que a la luz de una revisi—n de las
evidencias disponibles se ha revelado, por otra parte, falso
(Whittaker, 1978; Wagner, 1989) o con la ca’da de Tiro cuyas
repercusiones en Occidente deben ser desechadas (Aubet,
1991: 41; Alvar, 91). La ventaja consiste en que en lugar de acu-
dir a los factores externos, se incide especialmente en las cau-
sas internas que realmente aparecen provocadas por la nega-
tiva experiencia colonial. Lo que realmente desaparece es el
horizonte "orientalizante", como consecuencia de un profundo
reajuste del sistema colonial que busca y encuentra ahora sus
beneficios en otra parte Esquilmando el centro se recurre a la
periferia, que ahora se convierte en centro a su vez. Pero el ‡m-
bito tartŽsico ha quedado desestructurado, como se advierte
en la degradaci—n de comunidades aldeanas que a finales del
"orientalizante" hab’an alcanzado un car‡cter protourbano ci-
ertamente avanzado, por lo que la recuperaci—n ser‡ lenta y pe-
nosa. Lo que antes era Tartessos se convierte ahora en un
mundo arcaizante frente a la eclosi—n de las comunidades ibŽri-
cas.
El agotamiento de los recursos mineros de acuerdo con la
tecnolog’a empleada (no superada hasta Žpoca romana) fue se-
guramente uno de los factores desencadenantes de la crisis del
"orientalizante". Pero seguramente tampoco fue el œnico. La
deforestaci—n, al elevar los costes para la obtenci—n de la mad-
era necesaria para los trabajos de extracci—n minera o de manu-
factura artesanal, tuvo tambiŽn su incidencia. Y los costes
socio-pol’ticos de la incipiente estratificaci—n, que requiere
una intensificaci—n de la producci—n para aumentar el exce-
dente, mientras que la tecnolog’a agr’cola tampoco es reno-
vada, tuvieron muy probablemente tambiŽn que ver con todo
ello. Como dice Aubet: "Acaso haya que buscar las causas de la
crisis en factores internos y preferentemente de marcada ’n-
dole social. La desaparici—n de las tumbas principescas en el
Bajo Guadalquivir y en Huelva, el declive de la actividad me-
talœrgica en el puerto de Huelva y el colapso del fen—meno "Ori-
entalizante" coincide, en cualquier caso, con un despla-
zamiento de los principales centros de producci—n hacia esa
"periferia" que, como la regi—n del Alto Guadalquivir, ver‡ na-
cer los primeros focos urbanos propiamente dichos del medi-
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53
Cap’tulo 3
FENICIOS Y
AUTîCTONOS
EN
TARTESSOS
INTRODUCCIîN
Pese al avance de recientes aproximaciones (Pl‡cido,
1989, 1993a y 1993b, Cruz Andreotti, 1991) logrando una
mejor contextualizaci—n de la imagen de Tartessos como
producto de un proceso hist—rico -el de la Grecia arcaica- que
nos proporcionan las escasas noticias de las fuentes literarias,
lo insuficiente de su informaci—n, con su alto contenido de
ambigŸedad (Wagner, 1986a; De Hoz, 1989) hacen recaer el
peso de la investigaci—n en el estudio de los materiales
arqueol—gicos. Estudio, claro est‡, efectuado segœn un enfoque
y una metodolog’a que responden, en realidad, a las ideas que
tiene cada investigador de los fen—menos hist—ricos, de lo que
entiende por los factores que propician cambios y
transformaciones en la din‡mica de los acontecimientos y los
procesos que los configuran. Algo, al parecer, tan evidente que
casi nunca se explicita.
As’, toda la discusi—n sobre las diversas interpretaciones
que reposan en el an‡lisis del registro arqueol—gico versa, en
œltimo tŽrmino, sobre la forma de trabajar de cada uno,
condicionada, se reconozca o no, por tales ideas previas. Hay
quien, con una concepci—n idealista de la cultura y aconteceres
hist—ricos, se sirve sin m‡s de los datos arqueol—gicos y
literarios, orden‡ndolos e interpret‡ndolos en una s’ntesis
descriptiva basada en procedimientos inductivos segœn el m‡s
puro proceder normativista. Esta fuerte confianza en los datos
en s’ mismos, y en la informaci—n que proporcionan, se
adereza otras veces con explicaciones a posteriori, utilizadas
para justificar, impl’cita o expl’citamente, la ordenaci—n y
selecci—n mismas de los datos previamente realizadas. En tales
ocasiones predominan las de car‡cter historicista y
difusionista, y hay tambiŽn algunas muestras de un acusado
eclecticismo (Iudice Gamito, 1988) de decepcionantes
resultados. S—lo en contadas ocasiones (Barcel—, 1992) se
procede a un planteamiento previo del modelo te—rico del que
se nutren las hip—tesis a validar y contrastar.
No obstante el dato en s’ no es algo valioso, sino que
adquiere su significado dentro de un marco te—rico en el que
se contextualiza., por lo que estoy totalmente de acuerdo con
Carrilero (1993: 164) cuando afirma que: "el dato no es algo
asŽptico que aparece en una excavaci—n arqueol—gica o en un
texto escrito susceptible de ser interpretado, el dato es una
elaboraci—n intelectual de ordenaci—n y evaluaci—n segœn un
modelo expl’cito, por lo tanto, Žste constituye una s’ntesis, un
punto de llegada que nos sirve para construir hip—tesis que
han de ser validadas o contrastadas". As’, el modelo que a lo
largo de estas p‡ginas se propone para su discusi—n, y que de
forma menos articulada he defendido en publicaciones
anteriores (Wagner, 1991 y 1993a), est‡ elaborado desde una
perspectiva que concibe la expansi—n fenicia arcaica (siglos
VIII-VI a C.) como una modalidad de comercio lejano
i nsert a en un si stema mundi al de rel aci ones
centro/periferia, y caracterizada por una estrategia
dinamizadora de los intercambios que origina la colonizaci—n,
con la aparici—n de asentamientos pr—ximos a las zonas en que
se efectœan aquellos, y en la que la necesaria explicaci—n de los
procesos que ligan el centro y la periferia (Gilman, 1993, 107)
se articula en un conjunto de relaciones sociales, econ—micas y
55
pol’ticas que se establecen en un contexto de intercambio
desigual (Wagner, 1991: 15 y 24, 1993a: 105 y e.p.).
Un model o que, des de l a per s pec t i va de l a
arqueoantropolog’a materialista, pone el Žnfasis en las
relaciones sociales, la desigualdad y la explotaci—n, en vez de
en l os as pec t os pur ament e c ul t ur al es que c r eo
justificadamente criticados (Alvar, 1994: 39), y cuyas
implicaciones son:
a) el car‡cter aldeano de la formaci—n social tartŽsica antes de
su contacto con los colonizadores fenicios; una sociedad
estructurada en torno al parentesco y con un modo de
producci—n domŽstico como forma econ—mica dominante,
que se ver‡ transformada a consecuencia del contacto
colonial. Contacto que se articula en el ‡mbito de un
b) comercio colonial, como una modalidad de comercio lejano
y de intercambio desigual que aquel conlleva como modos de
transferir riqueza desde una formaci—n social a otra, dando
como resultado
c) una transformaci—n que se produce, no en el sentido de
"progreso" hist—rico a que tantas veces se alude y sin las
consecuencias "modernizantes" ("apogeo econ—mico",
"econom’a de mercado") que se le atribuyen, y en la que es
preciso distinguir el cambio cultural del cambio social que
tan frecuentemente se confunden.
Una transformaci—n que, por el contrario, permite a las
Žlites emergentes utilizar el comercio colonial para apropiarse
del excedente, manteniendo una posici—n de prestigio y
privilegio en la que el control de la redistribuci—n favorece los
intereses de los fenicios al capacitarlas para movilizar la fuerza
de trabajo que Žstos demandan en forma de materias primas,
pero que acentœa la tensi—n con las formas de organizaci—n
tradicionales, favoreciendo el tr‡nsito a formas acusadas de
desigualdad econ—mica, al tiempo que produce dependencia
tŽcnica y subordinaci—n econ—mica.. En tal contexto d) la
aculturaci—n orientalizante se constituye en una estrategia no
violenta de explotaci—n colonial, mediante la cual las Žlites
aut—ctonas quedan subordinadas a las decisiones e intereses
que se imponen desde la jerarqu’a colonial, y e) la presencia
colonial en el interior en un medio de dinamizar los
intercambios y de atenuar las tensiones en el centro (las
ciudades de Fenicia) mediante la manipulaci—n de la periferia.
Procede, por tanto, la validaci—n y contrastaci—n de tales
propuestas. A tal respecto el registro arqueol—gico no es lo
completo que se desear’a, consecuencia en gran parte de que
las investigaciones arqueol—gicas se hallan realizado muchas
veces desde posiciones puramente intuitivas y especulativas
sin m‡s referencias te—ricas de partida (Carrilero, 1993: 163,
L—pez Castro, 1993), pese a todo lo cual la documentaci—n
disponible no desarmoniza, en mi opini—n, con la
interpretaci—n que propongo.
EL CARçCTER DE LA FORMACIîN SOCIAL TARTƒSICA.
Pese a los variados intentos por despejarla, el car‡cter de
la formaci—n social tartŽsica antes de su contacto con los
56
fenicios continœa siendo en gran medida una inc—gnita. Ello no
ha impedido que se realicen diversas aproximaciones desde
otras tantas perspectivas. Algunas, como la que defiende la
existencia de las Žlites con el argumento de que es
precisamente a estas Žlites a quiŽn va destinado el comercio
fenicio y sin cuya presencia no habr’a podido articularse la
relaci—n impl’cita en el comercio colonial, constituyen un claro
ejemplo de hip—tesis ad hoc, que de momento no est‡
contrastada en el registro arqueol—gico. Como bien ha
observado Gilman (1993: 109), la evidencia sobre la
organizaci—n econ—mica y social que fundamente cualquier
hip—tesis sobre el car‡cter de la formaci—n social tartŽsica ha
de ser aœn desarrollada, al mismo tiempo que "el impacto de
los contactos fenicios y griegos durante el Primer Milenio en
Iberia s—lo puede proponerse en un ‡mbito que dŽ primac’a
explicativa al marco pol’tico y econ—mico del intercambio".
Como tambiŽn se ha se–alado recientemente (Carrilero,
1993: 166) "de momento no constatamos una sociedad que
estŽ claramente estratificada en el Bronce Final, ni que existan
unas Žlites definidas, sencillamente porque no se han puesto
los medios ni te—ricos ni pr‡cticos para desentra–ar que
organizaci—n social encuentran los fenicios en el sur
peninsular a su llegada a nuestras costas". Los œnicos vestigios
que pod’an inducirnos a pensar en la existencia de Žlites en las
comunidades del Bronce Final, las estelas decoradas del S.O.,
presentan un grado de variabilidad tan alto en los patrones
iconogr‡ficos que se puede deducir de ello la inexistencia de
una definici—n n’tida del prestigio, lo que indicar’a una
ausencia de cohesi—n social entre las Žlites representadas en
ellas (Barcel—, 1992: 269) o, sencillamente, la inexistencia de
tales Žlites al corresponder las estelas a un sistema de
representaci—n de rangos en una "sociedad donde los
guerreros participen en la producci—n y donde exista una total
ausencia de lazo directo entre poder y riqueza" (Carrilero,
1993: 166).
Una interpretaci—n distinta de las estelas, que las
desvincula parcialmente del supuesto contexto funerario a que
normalmente se adscriben (Bendala Gal‡n et alii , 1994: 66
ss), las considera se–ales en el territorio, a modo de
indicadores de rutas ganaderas y comerciales (Ruiz-G‡lvez
Priego y Gal‡n Domingo, 1991) que trasmiten al mismo
tiempo, mediante un lenguaje iconogr‡fico y simb—lico
complejo, ideas de posesi—n territorial a la vez que expresan
relaciones sociales, aunque se reconoce tambiŽn su
vinculaci—n con grupos elitistas que se est‡n consolidando en
una zona marginal del principal foco tartŽsico (Gal‡n
Domingo, 1993). Como se ve, ante la falta de otros datos, las
estelas pueden interpretarse en sentidos muy diferentes, sobre
todo si se piensa que la metalurgia y el comercio no siempre
son indicios seguros de complejidad sociocultural.

Aunque en ocasiones se me ha atribuido, no he afirmado
nunca que las comunidades tartŽsicas del Bronce Final, o
preorientalizantes, constituyeran sociedades igualitarias. Por
el contrario, he insistido desde un principio en su car‡cter
incipientemente jerarquizado (Wagner, 1983: 12; 1986b: 154;
1992: 93 y 1993a: 104), lo que no implica la existencia
57
necesaria de Žlites desarrolladas y estratificaci—n social sino
posiciones de prestigio al frente de una red redistributiva
suprafamiliar. Posiciones centralizadas de liderazgo que en
tŽrminos pol’ticos denominamos jefaturas y que no suponen la
formaci—n de un grupo social de ’ndole aristocr‡tica capaz de
realizar la apropiaci—n de la tierra comunitaria. Por eso estoy
en desacuerdo con aquellos que consideran el mundo tartŽsico
del Bronce Final como una cultura compleja y muy elaborada.
A este respecto me parece que gran parte de la discrepancia
proviene de los indicadores que cada uno considera adecuados
a un determinado nivel de complejidad cultural, y que algunos
arque—logos y prehistoriadores identifican, de manera err—nea,
sociedad aldeana con "ambiente neol’tico". Yo interpreto que
el registro arqueol—gico del Bronce Final, all’ donde es
m’nimamente fiable, nos muestra unas comunidades aldeanas
que se caracterizan por la presencia generalizada de poblados
de caba–as, cer‡micas a mano, escasa o muy localizada
actividad metalœrgica, utillaje mayoritariamente l’tico y un
modo de producci—n domŽstico (Wagner, 1983: 9, 1991: 16,
1992: 90 ss; Carrilero, 1993, 169), lo que en mi opini—n no
constituyen muestras de una complejidad cultural acusada ni
de una compleja estructura socioecon—mica.
La ausencia de necr—polis conocidas de este periodo
a–ade una dificultad m‡s a la contrastaci—n de mi hip—tesis, y
de cual qui er otra, pero l o que conocemos de l os
enterramientos m‡s antiguos de la necr—polis de Las Cumbres,
como el tœmulo 1 sugiere la existencia de pr‡cticas funerarias
de car‡cter comunitario (Ruiz Mata, 1991b: 215 ss; Ruiz Mata y
PŽrez, 1989: 292 ss) que encajan bien con lo propuesto.
Dado que, sin embargo, la metalurgia ha sido uno de los
elementos principales sobre el que se ha generado la idea de
una notoria complejidad cultural tartŽsica durante el Bronce
Final, la tomarŽ ahora como objeto central de mi an‡lisis.
Identificar autom‡ticamente la presencia de trabajo
metalœrgico con altos niveles de complejidad sociocultural
constituye un error hace tiempo se–alado (Rowlands, 1971).
Por ello no interesa tanto conocer la supuesta antigŸedad de
las tŽcnicas minerometalœrgicas entre las poblaciones del SO
peninsular, sino evaluar su incidencia concreta en el ‡mbito de
los procesos de trabajo locales y de las relaciones
socioecon—micas dominantes. El que se conociese el beneficio
de la plata desde el segundo milenio (Aubet, 1991: 36) parece
un dato en s’ mismo no demasiado significativo, si no lo
contextualizamos debidamente en un determinado modo de
producci—n en que adquiera significado. En otras palabras,
este dato en s’ no constituye indicador fiable que nos sitœe en
un determinado nivel de complejidad cultural. Tal y como ha
mostrado Carrilero (1992a: 970) en su an‡lisis de las
sociedades de la Prehistoria reciente en el S.E. peninsular, la
experiencia hist—rica y etnoantropol—gica coinciden en se–alar
que la presencia de artesanos especialistas no equivale
autom‡ticamente a la existencia de una acusada divisi—n del
trabajo, sino que Žstos son perfectamente posibles en un
marco caracterizado por las relaciones entre linajes cuyas
actividades productivas dependan de la agricultura y la
ganader’a (Rowlands, 1971: 215; Godelier, 1974: 275 ss).
Del mismo modo, ciertas tareas de interŽs comœn pueden
ser emprendidas a niveles m‡s altos que las simples unidades
58
domŽsticas productivas por grupos de descendencia o por la
comunidad de aldea en su conjunto (Sahlins, 1972: 121). Y la
propia experiencia emp’rica viene a mostrar c—mo la
metalurgia fue conocida durante un milenio en Europa antes
que la intensificaci—n de los sistemas de subsistencia crearan
el contexto social adecuado para la acumulaci—n de riqueza y
estimularan el desarrollo de la tecnolog’a (Gilman, 1981: 19).
Por consiguiente habr’a que averiguar si tal intensificaci—n
tuvo lugar. A este respecto se discute acerca de la expansi—n
agr’cola que habr’a, segœn algunos, caracterizado el periodo
(Aubet, 1977-8: 106; Barcel—, 1992: 266; Carrilero, 1993: 165)
lo que tal vez se perciba tambiŽn en una mayor estabilidad del
h‡bitat (Gal‡n Domingo, 1993: 57 ss) a medida que, por causa
quiz‡ de un aumento de la poblaci—n, la agricultura obtuviera
un mayor peso que antes en el control y explotaci—n de los
recursos. Con todo, nada seguro se sabe al respecto.
Por otra parte, incluso durante el "orientalizante" los
vestigios de actividades relacionadas con la miner’a y la
metalurgia raramente se asocian a una especializaci—n
funcional de los espacios en zonas espec’ficas, sino a una
especializaci—n por asentamientos que, no obstante, presentan
en muchos casos claros indicios de una organizaci—n
domŽstica de los procesos de trabajo al vincularse los
hallazgos, como en Cerro Salom—n, no con zonas concretas de
producci—n sino con las mismas estructuras de habitaci—n que
conforman el poblado. En otras ocasiones asentamientos
c l ar ament e c ar ac t er i z ados por s u f unc i onal i dad
minero-metalœrgica presentan unos fuertes indicios de
ocupaci—n estacional (Ruiz Mata, 1989: 214 ss) lo que no aboga
precisamente en favor de una gran divisi—n del trabajo
(Rowlands, 1971: 212 ss). M‡s significativo aœn me parece el
que cuando esto no sucede as’, como es el caso de Huelva o
Tejada, todos los indicadores apuntan a una clara presencia
del elemento colonial (Garrido, 1979: 39 ss; Ruiz Mata, 1989:
229; Fern‡ndez Jurado, 1989: 353). Si en el registro
arqueol—gico los vestigios de una especializaci—n en los
procesos de trabajo relacionados con la metalurgia se asocian
a huellas inequ’vocas de la presencia fenicia, document‡ndose
una organizaci—n domŽstica de los procesos de trabajo o un
ritmo de ocupaci—n estacional cuando Žstas faltan, dif’cilmente
podremos concluir que el trabajo del metal constituye un
exponente de elevada complejidad sociocultural en Tartessos.
Por lo que al volumen de los hallazgos respecta, resulta
indicativo el que la metalister’a tartŽsica, en contraste con el
nœmero de hallazgos en culturas europeas contempor‡neas,
haya sido calificada como un mito creado en gran parte por la
erudici—n (Pellicer, 1989: 157) y que se haya se–alado la
sobrevaloraci—n que se hace de estos objetos, normalmente
descontextualizados, que han servido para crear un mito sobre
Tartessos, heredado en gran medida de una lectura acr’tica de
las noticias recogidas por las fuentes literarias (Carrilero,
1993, 164). No deja de ser significativo que la mayor
proporci—n de estos hallazgos se concentre en dep—sitos
"utilitarios" o "votivos" que han sido interpretados como
prueba del control ejercido localmente en la redistribuci—n de
los artefactos met‡licos (Barcel—, 1992: 267), de los que se ha
resaltado tambiŽn la escasez de œtiles frente al predominio de
59
armas y joyas (Ruiz-G‡lvez, 1987: 256; Gal‡n Domingo, 1993:
69)
En el contexto de las relaciones sociales, la presencia de
estos objetos met‡licos y otros artefactos no productivos s—lo
constituye un indicador de la existencia de "bienes de
prestigio" que pueden conseguirse mediante desplazamientos
e intercambios con grupos lejanos, como pudieron ser los
contactos atl‡nticos y mediterr‡neos (Ruiz-G‡lvez, 1986).
TambiŽn pueden darse artesanos a tiempo parcial, ya que los
ciclos agr’colas no ocupan todo el a–o, o especialistas,
itinerantes o no, integrados de diversas formas en las
relaciones de producci—n existentes (Rowlands, 1971: 213 ss).
Con todo, estos bienes de prestigio no son en si riqueza
sino su imagen (Carrilero, 1992a: 969; Wagner, 1991: 18), ya
que la autŽntica riqueza en estas sociedades la proporciona el
control sobre los medios de producci—n mediante la
redistribuci—n y las alianzas matrimoniales (Meillassoux,
1972), al tratarse de unas condiciones en las que el efecto de la
eficacia tecnol—gica hace innecesaria la apropiaci—n de la
tierra, resultando mucho m‡s fruct’fero el control de la fuerza
de trabajo y su producto. Es as’, precisamente, que los bienes
de prestigio adquieren su significado al poder ser utilizados
como elementos de la dote para la adquisici—n de mujeres y
regalos para sellar alianzas.
Significativamente los objetos de prestigio representados
en las estelas decoradas del S.O. (Barcel—, 1989; Celestino
PŽrez, 1991; Gal‡n Domingo, 1993) son muy escasos en los
hallazgos arqueol—gicos. ÀSe debe a que no se conocen las
necr—polis de este periodo?. En dichas necr—polis se
enterrar’an estos s’mbolos de rango, dado que es preciso
neutralizarlos finalmente para evitar una acumulaci—n
excesiva que pudiera desvirtuarlos, ya que en sociedades de
esta ’ndole la competencia social toma la forma de una
acumulaci—n de mujeres o una multiplicaci—n de los aliados
(Godelier, 1981: 92-3) que se obtienen gracias a estos bienes
de prestigio en manos de los jefes de linaje.
ÀSe debe esta ausencia de necr—polis no tanto a factores que
inciden de forma aleatoria en la investigaci—n arqueol—gica,
cuanto al mismo car‡cter de las pr‡cticas funerarias de
aquellas poblaciones del Bronce Final, tal y como se viene
defendiendo œltimamente (BelŽn y Escacena, 1992b: 517;
Barcel—, 1992, 265)?. En cualquier caso, la presencia de
dep—sitos, en los que tampoco aparecen las espadas y las
f’bulas (Barcel—, 1992: 266), contrasta con la ausencia de
enterramientos de este periodo en los que supuestamente se
hallar’an tales ajuares met‡licos, y puede interpretarse, en mi
opini—n, como prueba de las escasez de aquellas.
De toda la cantidad de metal que circulaba entre la
Pen’nsula IbŽrica, el llamado C’rculo Atl‡ntico y el
Mediterr‡neo central durante este periodo s—lo una peque–a
parte se qued— en Tartessos a juzgar por la distribuci—n y el
volumen de los hallazgos. En este sentido se sugiere que,
aunque se produjo un incremento durante el Bronce Final en
60
el uso de metal procedente de la Pen’nsula IbŽrica y una
disminuci—n del centroeuropeo, "dado que no son muchos los
testimonios de comercializaci—n directa de la materia prima,
es posible que Žsta fuese conseguida por la refundici—n de
objetos manufacturados en circulaci—n (Barcel—, 1992: 268),
idea que yo mismo he defendido (Wagner, 1983: 7) y que
constituye una de las pr‡cticas comunes en la obtenci—n de
metal en contextos poco especializados, donde el metalœrgico
es aprovisionado por su "cliente" (Rowlands, 1971: 211 y 212).
Tampoco carece de significaci—n que la mayor
concentraci—n de tales objetos en el S.O. peninsular se
produzca en un momento, finales del siglo VIII- siglo VII a C.,
en que se detecta el auge del comercio fenicio, si bien m‡s
significativo aœn resulta el descubrimiento de un nœcleo
metalœrgico en cuyos talleres se elaboraban œtiles y armas del
m‡s puro estilo atl‡ntico en un lugar tan perifŽrico de
Tartessos como la Pe–a Negra de Crevillente (Alicante),
constatando all’, en un lugar claramente aut—ctono, adem‡s
del comercio colonial desde la œltima mitad del siglo IX, la
presencia misma de los artesanos fenicios (Gonz‡lez Prats,
1991: 114).
ÀDebemos interpretar todos aquellos intercambios como
otro signo de la supuesta complejidad cultural? Cabe se–alar
que un comercio de largo alcance es perfectamente posible en
una sociedad aldeana como la tartŽsica del Bronce Final. Dicho
comercio, responsable seguramente de la introducci—n de
objetos de origen europeo y mediterr‡neo, que suelen
agruparse bajo la rœbrica de relaciones de tipo precolonial, no
constituye tampoco una prueba de diversidad econ—mica,
especializaci—n y complejidad sociocultural. Las gentes de las
sociedades aldeanas pueden organizar, desde las posiciones de
rango que presiden sus redes redistributivas, incursiones o
expediciones hacia objetivos lejanos con el fin de procurarse
objetos escasos u ex—ticos o conseguir bot’n de guerra. En
ambos casos las dificultades estructurales son salvadas por la
eficaz actuaci—n del liderazgo centralizado al frente de la
movilizaci—n ceremonial del esfuerzo que tales actividades
requieren y del consenso para llevarlas a cabo. No obstante
tampoco las expediciones lejanas son siempre necesarias;
como se–ala Rowlands (1971: 11) "the trade of raw materials
and finished products in metalworking need not therefore be
the result of specialized trade contacts or long-distance trade
routes, but a more diffuse pattern of interlocking trade
networks may have existed dealing in numerous exchange
commodities besides copper and tin and in which wider
section of the population shared". Adem‡s, la evidencia
arqueol—gica acumulada es de tal ’ndole que puede ser
utilizada de muy distinta manera, tanto para afirmar
(Ruiz-G‡lvez, 1986: 22 ss) como para negar (Alvar, 1988: 436
ss) un protagonismo de los aut—ctonos en estas navegaciones e
intercambios.
Para aceptar que el desarrollo de sistemas de intercambio
de gran alcance tuviera alguna incidencia notable en la
aparici—n de una mayor complejidad socio-cultural habr’a que
probar que ejercieron un impacto positivo en el incremento de
la producci—n agr’cola, favoreciendo el desarrollo de nuevas y
61
m‡s eficaces tecnolog’as, o que la alta calidad del trabajo en
metal con que se comerciaba estimul— una demanda capaz de
provocar finalmente un aumento de su producci—n que
implicara una especializaci—n acusada (Rowlands, 1971: 220).
No es Žste el caso, como se ha visto. Fundamentalmente se
trataba de armas y otros artefactos que podemos considerar
bienes de prestigio por lo que caen dentro de la esfera de las
manifestaciones simb—licas y no en la de las actividades
productivas, y su distribuci—n, as’ como el hallazgo del taller
de metalurgia "atl‡ntica" en Crevillente sugiere una
producci—n no localizada mayoritariamente en el S.O.
peninsular.
En aquel l as comuni dades al deanas t art Žsi cas,
soci al mente segmentadas en grupos de parentesco
incipientemente jerarquizados que integran las unidades
domŽsticas productivas, el conflicto y la explotaci—n adquieren
rasgos no clasistas, oponiendo a los grupos de edades y sexos
(j—venes productivos y adultos varones que controlan los
linajes), como ocurre en este tipo de sociedades (Renfrew,
1984: 76). Esta es la primera esfera, la que corresponde al
interior de los grupos de parentesco, en que se produce una
explotaci—n, limitada a la apropiaci—n de una parte del trabajo
de las mujeres y los m‡s j—venes por los adultos para
convertirlo en bienes de prestigio. Otra oposici—n se establece
entre linajes m‡s dŽbiles y aquellos otros m‡s fuertes, segunda
esfera en que se manifiesta el conflicto, si bien no se trata de
una simple cuesti—n de tama–o sino de capacidad para
intercambiar mujeres y concretar alianzas entre c’rculos
jerarquizados de parientes debido distinto coste de las mujeres
de los diversos linajes (Friedman, 1977: 202 ss), de mayor
eficacia, en suma, para asegurar las condiciones de la
reproducci—n social y mantener al mismo tiempo una posici—n
de prestigio.
Los c’rculos igualitarios de matrimonio se convierten as’
en una jerarqu’a de linajes que dan mujeres y linajes que
reciben mujeres, produciŽndose un reagrupamiento de los
mismos en c’rculos de aliados capaces de pagar un "precio"
similar por la novia, como consecuencia de que los linajes
capaces de costear los ceremoniales m‡s importantes, aquellos
que detentan mayor rango en la jerarqu’a social, son con
quienes tienen m‡s interŽs los dem‡s en establecer alianzas,
pero cuyas mujeres resultan m‡s "caras".
Finalmente, pero de forma paralela, el crecimiento de la
poblaci—n y su concentraci—n en asentamientos estratŽgicos
(Aubet, 1977-8: 89ss; 1991: 36; Almagro y Gorbea, 1991: 98;
BelŽn y Escacena, 1992a) provocar’a la segmentaci—n de
muchos poblados con el subsiguiente aprovechamiento de
nuevas tierras puestas en explotaci—n con tŽcnicas
tradicionales (Carrilero, 1993: 165; Wagner, 1993a: 105), as’
como una incipiente competencia por los recursos, tercera
esfera en que se produce el conflicto, lo que se puede advertir
en el car‡cter de centro territorial, si bien a peque–a escala,
que adquieren durante el Bronce Final los asentamientos m‡s
grandes, que se rodean de fortificaciones (Aubet, 1991: 37). En
este ambiente, la jerarquizaci—n de los grupos de descendencia
supedita unos linajes a otros apareciendo posiciones
62
centralizadas de decisi—n no coactiva que denominamos
jefaturas (Wagner, l990). Pero las diferencias de autoridad y
de prestigio no descansan aœn en la acumulaci—n de riqueza, o
sea, en la apropiaci—n del excedente, sino en la misma
capacidad para aumentar la base productiva (incrementando
el intercambio de mujeres) y los circuitos de redistribuci—n
(consiguiendo m‡s aliados).
PACTOS, ALIANZAS, MATRIMONIOS: EL MARCO SOCIAL Y
POLêTICO DE LOS INTERCAMBIOS COLONIALES.
Si bien se siguen utilizando conceptos como "mercado"
aplicados a lugares como Huelva (Fern‡ndez Jurado, 1991:
172) en la interpretaci—n de los lazos econ—micos entre
aut—ctonos y colonizadores, el comercio, en un contexto como
aquel, constitu’a una relaci—n exclusiva con una parte externa
espec’fica, estableciŽndose de antemano y con exactitud quiŽn
intercambia con quiŽn. De esta manera eran las relaciones
sociales y no los precios las que conectaban a los
"compradores" con los "vendedores" (Sahlins, 1977: 319 ss).
Precios y mercado pudieron existir, pero no dirig’an los
procesos econ—micos. El intercambio a travŽs del mercado s—lo
llega a dominar el proceso econ—mico en la medida en que la
tierra y los alimentos son movilizados por ese intercambio y
all’ donde la fuerza de trabajo se ha convertido en una
mercanc’a que puede adquirirse libremente. Lo que el registro
arqueol—gico sugiere es m‡s bien un intercambio limitado a
productos muy espec’ficos y a sectores sociales restringidos. Y
si bien es cierto que pudo haber existido competencia por el
volumen del comercio externo, y que de hecho los sistemas
internos de prestigio de las sociedades aldeanas jerarquizadas
descansan a menudo sobre ella (Rowlands, 1980), aquella no
surge como una manipulaci—n de los precios u otros
procedimientos similares, sino que suele reposar sobre el
aumento de los "socios" externos o del volumen del comercio
ya existente (Sahlins, 1977: 322).

Por el contrario en una situaci—n como la que, creo,
caracteriz— el encuentro y la "coexistencia" entre aut—ctonos y
fenicios en el S.O. de la Pen’nsula, las actividades
"econ—micas", "sociales" y "pol’ticas" quedan entretejidas en
un œnico marco de relaciones sociales que es el que posibilita
la fluidez de los contactos e intercambios en el ‡mbito colonial.
La presencia de santuarios, centrales, como el de Gadir o
perifŽricos, como los de C‡stulo y Alc‡cer do Sal, los regalos,
pactos, alianzas y matrimonios mixtos constitu’an otros tantos
elementos que posibilitaban la vertebraci—n de las relaciones
entre unos y otros en un ambiente de marcado car‡cter
colonial.
La funci onal i dad pol i val ente de l os santuari os
(Grottanelli, 1981) ilustra la mezcla de intereses y actitudes a
que me refer’a l’neas arriba. Adem‡s de lugar de culto pose’an
un cometido en la organizaci—n y preservaci—n de los
intercambios comerciales, de los que se constitu’an en œltima
instancia en garantes. Los santuarios facilitaban, con su
misma presencia, la consecuci—n de objetivos relacionados con
el interŽs por establecer v’nculos de amistad con la poblaci—n
aut—ctona (L—pez Pardo, 1992: 96 ss) As’, el santuario de
Melkart en Gadir era expresi—n, al mismo tiempo de la eficacia
63
organizativa que caracterizaba al comercio fenicio, del car‡cter
pac’fico que se le quer’a imprimir a las relaciones que
posibilitaban tal comercio, y nexo entre la periferia colonial y
el centro, constituyendo un elemento clave en el trasvase de la
riqueza que se extra’a en el lejano Occidente. Por ello, si por
un lado el templo de Melkart constitu’a un factor de
integraci—n que proporcionaba y garantizaba seguridad y
fluidez en los intercambios (Aubet, 1987: 239 ss), era tambiŽn,
por otra parte, el m‡s claro exponente del desequilibrio de una
pol’tica de pactos y alianzas que resultaban en la pr‡ctica
desiguales, ya que la poblaci—n aut—ctona no gozaba de las
mismas condiciones tŽcnicas y organizativas que preservaban
los intereses de los colonizadores fenicios. Los regalos
cumpl’an as’ mismo una finalidad diversa. Representados en
el registro arqueol—gico por aquellos objetos de lujo
"orientalizantes" que se difunden ahora por los mismos
lugares que antes los bienes de prestigio (armas, joyas,
cer‡micas) durante el Bronce Final (Barcel—, 1992: 264),
fueron utilizados por los colonizadores para procurarse el
interŽs y la amistad de los "jefes redistribuidores" locales as’
como para penetrar en las redes de redistribuci—n que
quedaron conectadas, de este modo, con el comercio colonial.
Mediante los regalos se establecieron v’nculos de reciprocidad
que m‡s tarde se transformar‡n en dependencia.
Los matrimonios mixtos, que han sido considerados
como veh’culos de la aculturaci—n (Whittaker, 1974: 74;
Almagro Gorbea, 1983: 446), ser’an otro de los medios
empleados en la articulaci—n de v’nculos sociales entre los
colonizadores y los aut—ctonos, adem‡s de una necesidad
inherente a muchos procesos de colonizaci—n en que se
desplazan mayoritariamente los varones. La obtenci—n de
mujeres servir’a para establecer relaciones de alianza y
asegurar lazos de parentesco entre los colonizadores fenicios y
las poblaciones aut—ctonas, mediante un sistema de
intercambio de dones, similar al que posibilitaba el
intercambio de manufacturas y materias primas (L—pez
Castro, 1995: 46). Ser’a tentador vislumbrar su huella
arqueol—gica en algunos de los enterramientos presentes en las
necr—polis tartŽsicas pero soy consciente de las dificultades de
su interpretaci—n. Aœn as’ se puede decir que matrimonios
mixtos y regalos constitu’an en realidad dos aspectos del
mismo proceso cuyo objetivo consist’a en crear las condiciones
de una "coexistencia" que se refleja, por ejemplo, en la
presencia de espacios funerarios fenicios en un contexto de
enterramientos aut—ctonos, como en el tœmulo 1 de la
necr—polis de Las Cumbres, cerca de C‡diz (Ruiz Mata, 1991a:
94, 1989a: 213), lo que implica que los colonizadores hab’an
sido admitidos dentro de la estructura social del grupo
aut—ctono. Los procedimientos bien pudieron haber sido la
adopci—n y/o el matrimonio.
COMERCIO COLONIAL E INTERCAMBIO DESIGUAL: EL MARCO
ECONîMICO DE LAS TRANSACCIONES.
Constituye, cuanto menos, una posici—n ingenua
considerar que las relaciones entre los colonizadores fenicios y
las comunidades tartŽsicas se establecieron en un plano de
igualdad. La ausencia de agresi—n manifiesta, de violencia
directa como una caracter’stica de la presencia fenicia en
Occidente se–alada en ocasiones (Ruiz Mata, 1991a: 94) no da
64
pie para afirmar el resultado mutuamente beneficioso de unas
relaciones que se establecen entre miembros de dos
formaciones sociales muy distintas. Quienes tal cosa
argumentan olvidan, o desconocen, que el comercio colonial,
como una de las formas en que se manifiesta el comercio
lejano, constituye en realidad un modo de transferir una
fracci—n del excedente desde una formaci—n social a otra, lo
que implica ganancia y un intercambio no equitativo (Wagner,
e.p. 1) que tambiŽn va m‡s all‡ de las diferencias de "precios"
ocasionadas por la "distancia" social (Bradley, 1985). Todo ello
se materializa en las condiciones de desigualdad en que se
realiza el tr‡fico comercial. Desigualdad en el ‡mbito de las
capacidades tŽcnicas y en aquel de la organizaci—n de los
procesos productivos, que se manifestar‡ en diferencias netas
en los costes sociales de producci—n de lo que se intercambia.
Desigualdad, en suma, que se concreta en un trasvase de
riqueza en el que la parte econ—mica, tecnol—gica y
organizativamente m‡s avanzada, en tŽrminos convencionales,
consigue grandes cantidades de materias primas a cambio de
un modesto volumen de manufacturas y objetos ex—ticos,
como consecuencia precisamente de la diversa escala de
valores en uso en ambos polos del sistema de intercambios
(cfr: L—pez Pardo, 1987: 410).
Por ello supone un error considerar que para que las
grandes inversiones en materia de comercio a larga distancia
resultasen rentables era necesario un intercambio a gran
escala (Barcel—, 1992: 262). En realidad no se trata tanto de
una cuesti—n cuantitativa como cualitativa, ya que las
ganancias no proceden tanto del volumen de los intercambios
cuanto de las diferencias en costes sociales de producci—n de
los productos que se intercambian. Claro est‡ que hab’a
beneficios, pero Žstos estaban basados en la diferencia de
valores subjetivos (utilidades sociales) que eran apreciados
desigualmente en dos sociedades distintas que intercambiaban
productos cuyos costes sociales de producci—n no compart’an,
y no deben confundirse con la ganancia de capital comercial
(Am’n, 1986: 24). Hab’a otras formas de asegurar las
inversiones como eran eliminar costes de transporte y
almacenamiento aproximando lo m‡s posible los centros de
producci—n a los lugares de intercambio, sobre todo cuando el
volumen de las mercanc’as as’ como su valor de uso implica
cargamentos voluminosos (L—pez Pardo, 1987: 342ss; Wagner,
1993b: 86). Ello explica, de paso, la proliferaci—n de centros
fenicios sobre la costa del litoral mediterr‡neo andaluz en un
patr—n de asentami ento que se caracteri za por su
extraordinaria densidad y con muestras evidentes de
actividades econ—micas diversificadas (Wagner, 1988: 426ss).
Por supuesto todo ello no supone desinterŽs por parte de
los colonizadores en dinamizar los intercambios, pero tal
dinamizaci—n afecta no s—lo al volumen, sino a la intensidad y
a la penetraci—n en nuevos contextos aut—ctonos, ampliando
de esta forma el alcance de las relaciones de ’ndole colonial.
De todo ello constituyen claros indicadores la presencia fenicia
en lugares como la Pe–a Negra de Crevillente (Gonz‡lez Prats,
1986) y la existencia de asentamientos coloniales como el de
Guardamar, junto a la desembocadura del r’o Segura
(Gonz‡lez Prats, 1991: 113), el de Sa Caleta en Ibiza, con sus
claras evidencias de una procedencia del "C’rculo fenicio del
65
Estrecho" (Ram—n, 1991), as’ como el recientemente
descubierto de Abul en Alc‡cer do sal (Mayet et alii, 1993).
Debe quedar igualmente claro que la parte que obtiene el
beneficio, en este caso los colonizadores fenicios, no se est‡
tan s—lo aprovechando de las mencionadas diferencias en
costes sociales de producci—n, sino que, precisamente por ello,
el i nt ercambi o desi gual encubre una real i dad de
sobre-explotaci—n del trabajo (Meillassoux, 1977: 131 ss), que
se articula en la transferencia de riqueza entre sectores
econ—micos que funcionan sobre la base de relaciones de
producci—n diferentes. En este contexto el modo de
producci—n propio de las comunidades aut—ctonas, al entrar en
contacto con el modo de producci—n de los colonos orientales
queda dominado por Žl y sometido a un proceso de
transformaci—n. La contradicci—n caracter’stica de tal
transformaci—n, la que realmente la define, es aquella que
toma su entidad en las relaciones econ—micas que se
establecen entre el modo de producci—n local y el modo de
producci—n dominante, en las que Žste preserva a aquŽl para
explotarle, como modo de organizaci—n social que produce
valor en beneficio del colonialismo, y al mismo tiempo lo
destruye al ir priv‡ndole, mediante la explotaci—n, de los
medios que aseguran su reproducci—n.
El problema, por tanto, es m‡s amplio y complejo que
una simple pol’tica de pactos y alianzas (desiguales) con las
Žlites locales. Por una parte el contacto con los colonizadores
incidi— acentuando la diversificaci—n de las pr‡cticas
econ—micas (Wagner, 1983: 10) al propiciar una demanda
externa de minerales que cre— el incentivo para que los jefes
situados en el centro de los sistemas redistributivos locales
movilizaran la mano de obra necesaria para la intensificaci—n
de las tareas de extracci—n minera. La experiencia acumulada
procedente de otros entornos nos muestra que la capacidad
intensificadora y la eficacia para movilizar mano de obra de las
personas situadas en el centro de los sistemas redistributivos
es sumamente operativa (Sahlins, 1972: 148 ss; 1979 280 ss;
Renfrew, 1984: 74), por lo que no es necesario recurrir a
imaginar relaciones sociales de dependencia de tipo servil o
esclavistas, propias de sociedades estratificadas. Por supuesto,
las Žlites locales (Aubet, 1984), en pleno proceso de formaci—n,
respondieron positivamente a los requerimientos de la
demanda de los colonizadores fenicios. En un sistema de rango
y jerarqu’a, como aquŽl, el comercio con los colonizadores les
proporcionaba la capacidad no s—lo de adquirir nuevos bienes
de prestigio que contribu’an a reproducir las relaciones
sociales que les hab’an encumbrado sino que mediante su
adquisici—n se apropiaban, al movilizar la fuerza de trabajo
necesaria para dar respuesta a los requerimientos de los
colonizadores, de una parte del excedente en forma de trabajo
extra (cfr: Gudeman, 1981: 256).
No fue por tanto el trabajo artesanal el que propici— las
condiciones necesarias para que la Žlite se apropiara del
excedente (Barcel—, 1992: 261 y 270), y no poseemos tampoco
claros indicios de un fuerte desarrollo de la especializaci—n
durante el orientalizante, sino la redistribuci—n asimŽtrica o
desigual de lo obtenido a partir del trabajo extra que era capaz
66
de movilizar desde su control de la red redistributiva. Por eso
creo err—neo considerar que la desigualdad intr’nseca al
intercambio radicara en que la naturaleza del beneficio que
cada parte persegu’a era distinta, obteniendo los fenicios
"dinero", valor de cambio, y las Žlites tartŽsicas prestigio,
reconocimiento y poder (L—pez Castro, 1995: 52).
Las Žlites locales en Tartessos tambiŽn se enriquecieron
con el comercio con los colonizadores fenicios, pero el proceso
y la forma en que se produjo tal enriquecimiento fueron
distintos. Por un lado, la riqueza "orientalizante" en manos de
las Žlites emergentes diversific— su procedencia al dejar de ser
proporcionada en exclusiva por el control ejercido sobre los
medios de producci—n a travŽs de las alianzas y el intercambio
de mujeres, pero al mismo tiempo, y por ello, las Žlites
quedaron supeditadas a su colaboraci—n en el mantenimiento
del comercio colonial.
Tales intercambios, al proporcionar una forma de
"realizar" el excedente (Terray: 1977: 149 ss) controlado por
las Žlites, desempe–aba un importante papel en el
sostenimiento del sistema econ—mico y las Žlites aut—ctonas
pasaron a depender cada vez en mayor medida del comercio
con los colonizadores para poder seguir practicando en el seno
de sus comunidades una redistribuci—n asimŽtrica que
produc’a beneficios econ—micos, amŽn de sociopol’ticos,
permitiŽndoles apropiarse del excedente en forma del trabajo
invertido en la obtenci—n del mineral (Wagner, 1991: 21, 1993:
106).
Quiz‡ por ello, al producirse un aumento neto del fondo
de poder sobre el que se situaban, actuaron con un alcance
cada vez m‡s amplio, tal y como la distribuci—n de los objetos
orientalizantes en Portugal o Extremadura sugiere,
introduciendo de este modo una serie de relaciones
centro/periferia que esbozan un sistema formado por c’rculos
econ—micos concŽntricos y jerarquizados, lo que permiti—
finalmente a las Žlites tartŽsicas acceder a recursos situados
fuera de los territorios que directamente controlaban, de
forma m‡s regular que mediante los anteriores intercambios
espor‡dicos, asegurando de esta forma el incremento del
volumen de materias primas y recursos que permitiera
perpetuar y reproducir su rol dominante en Tartessos (Aubet,
1991: 40-1). Seguramente los propios fenicios se encontraban
interesados en ello, ya que de esta forma se reproduc’an al
mismo tiempo las condiciones que dinamizaban el comercio
colonial, y es en este contexto, al margen de la interpretaci—n
espec’fica de su car‡cter como palacio/santuario etc, que
puede hallar su significaci—n Cancho Roano (L—pez Pardo,
1990; Celestino PŽrez y JimŽnez Avila, 1993: 154 ss) como un
elemento inserto en una estrategia colonial que persigue
ampliar el horizonte de los intercambios.
Pero al mismo tiempo que las Žlites se consolidaban era
necesario preservar las redes redistribuitivas que controlaban,
lo que les permit’a, en suma, movilizar la fuerza de trabajo
necesaria para las tareas minero-metalœrgicas. Aunque
pr‡cticamente carecemos de informaci—n al respecto, la
pervivencia de las pr‡cticas econ—micas tradicionales adquiere
67
un valor significativo. Tal pervivencia se advierte en la
continuidad del patr—n de asentamiento (Amores y Rodr’guez
Temi–o, 1984; cfr: Barcel—, 1992: 263), en la escasa renovaci—n
tecnol—gica que supuso la tard’a incorporaci—n del utillaje de
hierro, as’ como en un desarrollo artesanal lento que se
percibe en hechos tales como el m‡s de siglo y medio que
fueron necesarios para que se generalizara la cer‡mica a torno.

Tal es la din‡mica que explica la continuidad del modo de
producci—n domŽstico en Tartessos (Wagner, 1993a: 110 ss) as’
como los cambios que al tŽrmino del periodo "orientalizante"
(fines del siglo VI a C.) modificaron las relaciones entre los
colonizadores fenicios y la poblaci—n aut—ctona. Tales cambios
fueron, en œltima instancia, consecuencia de la tensi—n que
introdujo la aparici—n de formas simples de econom’a pol’tica
sobre las estructuras tradicionales en un momento en que
comenzaba a producirse el agotamiento de los recursos bajo
f or mas de dependenci a t ecnol —gi ca col oni al . La
desarticulaci—n de la formaci—n social tartŽsica, que
desapareci— finalmente para dar paso a la posterior formaci—n
ibero-turdetana, su desestructuraci—n, fue en definitiva, y por
m‡s que desconozcamos los detalles, la consecuencia hist—rica
de la din‡mica contradictoria del proceso por el cual los
colonizadores fenicios se beneficiaban de la sobre-explotaci—n
del trabajo de las poblaciones del extremo occidental
mediterr‡neo.
CAMBI O CULTURAL Y CAMBI O SOCI AL: ALCANCE Y
SIGNIFICADO DE LA ACULTURACIîN "ORIENTALIZANTE".
Manejando los mismos datos procedentes del registro
arqueol—gico una parte de la investigaci—n (Almagro Gorbea,
1991a: 240; Fern‡ndez Jurado, 1991: 171 ss, 359; Ruiz Mata y
PŽrez, 1989: 293) realiza una interpretaci—n de las
consecuencias del contacto intercultural durante el
orientalizante en tŽrminos de lo que describen como una
aculturaci—n r‡pida e intensa, as’ como bastante generalizada,
de las poblaciones del S.O. peninsular, mientras que otros
investigadores interpretan los resultados de dicho contacto
como una aculturaci—n mucho m‡s lenta, parcial y selectiva,
un fen—meno que afect— sobre todo a las Žlites (Aubet, 1977-8:
98 ss, Wagner, 1986b, 1993: 107; Tsirkin, 1981: 417 ss),
permaneciendo el resto de la poblaci—n al margen o bajo el
"impacto" de una aculturaci—n ciertamente superficial. Tales
discrepancias ponen una vez m‡s de manifiesto como los datos
que poseemos no bastan por s’ solos para explicar los procesos
por lo que se hace necesario su estudio dentro de un modelo
elaborado a partir de unas proposiciones te—ricas previas.
En los estudios sobre Tartessos, y nuestra protohistoria
en general, no se suele diferenciar entre aculturaci—n y
"difusi—n cultural", entre aculturaci—n impuesta o espont‡nea,
o entre "asimilaci—n e integraci—n" (Wagner, 1993c) y se tiende
a percibir el resultado de la interacci—n cultural como un
conjunto de fen—menos positivos, y por consiguiente
"necesarios", en tanto que generan "progreso" hist—rico o
mejoran, mediante las innovaciones que introducen, las
condiciones en que se desenvuelven las comunidades que
68
reciben su impacto. M‡s raramente se advierte que la
aculturaci—n puede obrar destructivamente, como la evidencia
procedente de otros entornos ha se–alado (Wachtel, 1978: 154;
Murphy y Steward, 1981: 219 ss; Burke, 1987: 127), dando
lugar a fen—menos de rechazo y supervivencia cultural, o
contraculturaci—n, que se pueden manifestar de muy diversas
formas (Gruzinski y Rouveret, 1976: 199-204). En otras
ocasiones la aculturaci—n puede ocasionar una situaci—n que se
conoce como "pluralismo estabilizado", all’ donde las culturas
implicadas se atienen a un mutuo acomodo en una misma ‡rea
en una relaci—n asimŽtrica que les permite persistir
respectivamente en su l’nea distintiva (Morel, 1984: 132 ss;
cfr: Chapa, e.p.). Tampoco se suele tener presente que la
aculturaci—n es un proceso din‡mico, con diferentes fases y
niveles por lo que sus resultados diferir‡n dependiendo del
momento en que tal proceso se encuentre (Alvar, 1990).
TambiŽn se confunden otras veces cambio cultural y cambio
social. Ello es en gran parte consecuencia de la mayoritaria
adscripci—n de l os investigadores a l a arqueol og’a
hist—rico-cultural en la que el difusionismo constituye la
explicaci—n por excelencia de las distintas secuencias
hist—ricas (L—pez Castro, 1992: 48 ss; 1993).
Aunque, en general, los cambios culturales se relacionan
estrechamente con los sociales, a los que pueden preceder o de
los que, en algunas ocasiones, pueden actuar como
desencadenantes, es preciso establecer una distinci—n n’tida
entre ambos, en tanto que afectan a distintos tipos de pr‡cticas
y conductas. El cambio cultural implica alteraciones en ideas y
creencias, afectando por tanto a las actitudes y las costumbres,
mientras que el cambio social entra–a transformaciones en la
estructura de las relaciones sociales, de sus cometidos y
funciones. Creo, en contra de una idea bastante extendida, que
la poblaci—n de Tartessos se vio a la larga afectada por un
cambio social como consecuencia de la desarticulaci—n de las
relaciones de parentesco que fueron sustituidas por formas de
dependencia "clientelar" (Wagner, 1993a: 111), en las que la
apropiaci—n de la riqueza no entra–aba la de la tierra sino la
del trabajo extra no agr’cola, tal y como se percibe en las
escasas modificaciones del patr—n de asentamiento en
contraste con el proceso que caracterizar‡ el ‡mbito ibŽrico
(Ruiz y Molinos, 1993: 262 ss; Santacana, 1995: 151 ss), lo que
en œltimo tŽrmino no fue sino el resultado de la tensi—n
provocada por la explotaci—n colonial sobre las formas
tradicionales de organizaci—n social. Pero el cambio cultural
incidi— poco en ella, y cuando lo hizo fue mediante la
reinterpretaci—n de las innovaciones que adquir’an de esta
manera sentido acorde a las pautas, ideas, valores y
costumbres propios de la tradici—n local.
Como ya he expuesto mis argumentos en otra parte
(Wagner, 1986b, 1991, 1993a y e.p. 1) no insistirŽ nuevamente
sobre ello, pero s’ dirŽ que en consonancia con el modelo que
defiendo a lo largo de estas p‡ginas, la aculturaci—n
orientalizante constituy— el resultado de una estrategia
colonial no violenta, en tŽrminos convencionales, de control
que reposaba sobre la subordinaci—n econ—mica de las Žlites
tartŽsicas, lo que hac’a posible su supeditaci—n a la jerarqu’a
colonial en el proceso de toma de decisiones. Fue resultado,
por tanto, del marco econ—mico y pol’tico en que se
69
establecieron los intercambios, y sus consecuencias no parecen
tan beneficiosas como comœnmente se pretende, o en todo
caso cabe preguntarse a quiŽn beneficiaron m‡s y a quienes
menos los cambios producidos durante dicho per’odo.
Las fuerzas productivas no parecen haberse desarrollado
especialmente, pues aœn admitiendo que la mayor’a de los
objetos "orientalizantes" que aparecen en las tumbas de
car‡cter "principesco" (Ruiz Delgado, 1989) hubieran sido
manufacturados por artesanos aut—ctonos que hubieran
adquirido sus habilidades de los colonizadores, lo que no es
seguro (BelŽn, 1994: 500), dicha tecnolog’a, al no participar en
las tareas productivas sino en otras de car‡cter simb—lico no
constituye sino un exponente de una econom’a de prestigio y
no documenta ningœn desarrollo de aquellas (Carrilero, 1992b:
131 ss).
La especializaci—n artesanal no parece haber adquirido
tampoco un desarrollo notable como consecuencia,
precisamente, de la dependencia tecnol—gica que implicaba el
intercambio desigual. Dependencia que se aprecia en la
especializaci—n colonial que utilizaba la fuerza de trabajo
aut—ctona en la extracci—n del mineral y en los niveles menos
complejos de los procesos de trabajo metalœrgicos, mientras
que reservaba las fases que implican una mayor complejidad y
por tanto conoci mi entos m‡s especi al i zados a l os
colonizadores, tal y como se observa en el registro
arqueol—gico, ya que siempre que constatamos una
especializaci—n acusada en el seno de las actividades
metalœrgicas, constatamos simult‡neamente la presencia de
los colonizadores en el mismo lugar, como ya dijimos que
ocurre en Huelva o Tejada. Tal es la raz—n por la que
probablemente cesa la fabricaci—n de bronces orientalizantes
en el S.O. desde finales del siglo VI, momento en que
culminar‡ la desestructuraci—n de la formaci—n social
tartŽsica. As’, la din‡mica de cambio, sometida a la tensi—n
inherente al contacto colonial, se plasm— en un cambio social
paulatino en el que la aculturaci—n no tuvo demasiado
protagonismo. A este respecto la asimilaci—n de los objetos no
conlleva necesariamente, como a veces se piensa, la de "las
ideas conexas" ya que es preciso diferenciar entre forma
(categor’as, modelos) y contenido (informaci—n cultural)
(Wagner, 1993c: 446) y la aceptaci—n de la una no implica
siempre la del otro, sino que es posible, sobre todo en
situaciones de aculturaci—n espont‡nea como la que nos
concierne, adoptar una forma cultural externa y dotarla de un
contenido propio.
Si, como creo, las Žlites tartŽsicas surgieron a partir de
posiciones sociales de prestigio (liderazgo centralizado)
gracias a la oportunidad que el comercio colonial les brind—
para apropiarse del excedente en forma de trabajo extra
invertido en las actividades minero-metalœrgicas, y no sobre la
base de una apropiaci—n real de la tierra, entonces las
distorsiones en el comercio que se detectan hacia finales del
orientalizante, hubieron de afectarlas negativamente. De ah’,
seguramente su interŽs en dinamizar un sistema propio de
intercambios entre el centro (el S.O.) y una periferia
(Extremadura) que acusa ahora el impacto tard’o de los
70
contactos orientalizantes (Aubet, 1991: 40) como una
alternativa al comercio colonial que las hab’a encumbrado y
del que tan estrechamente depend’an.
En su conjunto la formaci—n social tartŽsica sufri— a la
larga las consecuencias de una "desestructuraci—n" (Alvar,
1990: 23 ss), cuyo alcance real no estamos aœn en condiciones
de precisar, en la que la desigualdad y la dependencia
tecnol —gi ca, si empre a favor de l os col oni zadores,
desempe–aron un importante papel. Por contra, los supuestos
avances de la m‡s compleja cultura colonial (como la escritura
y la tecnolog’a del hierro), a los que se responsabiliza a
menudo del "progreso" de las comunidades tartŽsicas durante
el "orientalizante", tardaron en incorporarse a las pr‡cticas
aut—ctonas o lo hicieron muy parcialmente (Wagner, 1986b:
134ss; l991b), como corresponde a un modelo colonial de
"intercambio desigual", y cuando novedades formales
al—ctonas fueron aceptadas, los mecanismos de integraci—n
determinaron casi siempre una aculturaci—n muy superficial.
Por todas estas consideraciones no me parecen
convincentes los argumentos que abogan por una fuerte
aculturaci—n, perceptible incluso en el marco de las creencias y
pr‡cticas funerarias, a partir de contactos predominantemente
comerciales y realizados fundamentalmente desde los centros
coloniales de la costa. Tal vez esto pueda ser posible en un sitio
tan pr—ximo a la colonia fenicia de Gadir como Torre de Do–a
Blanca, con indicios, adem‡s, de coexistencia estrecha entre
colonizadores y aut—ctonos (Ruiz Mata, 1993), pero resulta
menos veros’mil a medida que penetramos hacia el interior.
En todo caso quienes defienden la aculturaci—n r‡pida e
intensa dejan sin explicar el porquŽ ha de producirse la
atracci—n cultural, puesto que dan por supuesto que Žsta era
inevitable, pero como he dicho la evidencia emp’rica
procedente de otros contextos muestra que esto no siempre es
as’. Tampoco se explica c—mo es posible que una sociedad, la
aut—ctona, adopte con tanta facilidad rituales funerarios
ajenos mientras que en otras ocasiones, y en relaci—n a
actividades que implicar’an niveles mucho m‡s superficiales
de aculturaci—n, se muestre mucho m‡s conservadora
discriminando, por ejemplo, quŽ tipo de recipientes cer‡micos
se imitan y cuales no.
En mi opini—n existe una mejor manera de comprender la
presencia de tumbas y rituales de procedencia fenicia en el
seno de un ambiente marcadamente aut—ctono, lo que pasa
por admitir la presencia fenicia en el interior e incluso cierto
grado de mestizaje. Parto para ello de la consideraci—n de que
es dif’cil admitir un fuerte protagonismo de las relaciones
comerciales en los cambios culturales supuestamente
detectados. En ninguna parte el comercio, por intenso que sea,
actœa como factor que propicie la aculturaci—n (Wagner, e.p.
2), siendo en todo caso responsable de la aparici—n de
fen—menos de difusi—n cultural que no deben confundirse con
aquella. Por ello la presencia de tumbas y rituales fenicios en
el interior ha de interpretarse de una manera distinta a como
se ha venido haciendo hasta ahora, por lo que si las gentes que
se entierran siguiendo costumbres fenicias en el Valle del
Guadalquivir o Extremadura no eran fenicios, sino aut—ctonos
71
profundamente aculturados, debemos sospechar la presencia
cercana y permanente de aquellos para que tal aculturaci—n
fuera posible, por lo que se impone su verificaci—n en el
registro arqueol—gico. Pero puesto que debido al peso de las
concepciones acadŽmicas imperantes (L—pez Castro, 1993;
BelŽn, 1994: 501 y 506) se parte de la consideraci—n previa de
que no es posible encontrar fenicios muy alejados de la costa,
dif’cilmente, si antes no nos desprendemos de Žl, podremos
verificar su presencia, puesto que de inmediato lo
interpretaremos como consecuencia de algœn tipo de
aculturaci—n.
LOS FENICIOS EN LA COSTA Y EN EL INTERIOR.
La proliferaci—n de asentamientos fenicios en la costa se
corresponde con una proliferaci—n de datos que pueden ser
le’dos como testimonios de una presencia fenicia en el interior
(BelŽn, 1994: 506) a poco que nos libremos del t—pico que
convierte a los fenicios en mercaderes exclusivamente
asentados en el litoral. Cada vez m‡s, por otra parte, la
evidencia procedente de otros lugares del Mediterr‡neo
muestra c—mo en realidad esto no siempre fue as’ (cfr: G—mez
Bellard, 1991: 52, Manfredi, 1994: 214). Si las estructuras y las
pr‡cticas funerarias que advertimos en lugares como la Cruz
del Negro (Carmona, Sevilla), con su rŽplica arqueol—gica en el
sector arcaico de la necr—polis ibicenca del Puig des Molins
(GomŽz Bellard, 1990) se encontraran en algœn lugar de la
costa probablemente no tendr’amos tanta dificultad para
admitir su car‡cter fenicio. Al menos no lo tenemos en sitios
como la necr—polis de Las Cumbres correspondiente al Castillo
de Do–a Blanca (Ruiz Mata, 1989) o en la de Villaricos (Astruc,
1951, Chapa, e.p.) donde tambiŽn conviven pr‡cticas
funerarias propias de los aut—ctonos y de los colonizadores.
Cabe preguntarse quŽ tipo de raz—n metodol—gica nos
obliga a pensar que la tumba fenicia encontrada en un
contexto funerario mixto, que por lo dem‡s no es exclusivo de
la Pen’nsula, corresponde a la sepultura de un fenicio cuando
se halla en la costa y a la de un aut—ctono profundamente
aculturado cuando la hallamos en el interior. M‡s aœn, cabe
preguntarse quŽ clase de criterio metodol—gico nos induce a
pensar que el comercio con los colonizadores establecidos en
la costa, por intenso y asiduo que lo consideremos, es la
relaci—n responsable de tal aculturaci—n expresada en el
terreno funerario, m‡xime si tenemos en cuenta que las
tumbas fenicias de este tipo no constituyen precisamente,
aunque las conozcamos en Ibiza y otros lugares fenicios del
Mediterr‡neo, la forma de enterramiento predominante en las
necr—polis coloniales del litoral, como Trayamar, Almu–ecar o
la misma C‡diz (Wagner, 1993b: 89 ss). Dado que no
encuentro respuesta apropiada me inclino a considerar que en
realidad, y a despecho de nuestros t—picos m‡s enraizados, las
tumbas fenicias que encontramos en el interior corresponden
a sepulturas de fenicios en los que, por supuesto, se puede
percibir tambiŽn el impacto de la aculturaci—n de procedencia
aut—ctona (BelŽn, 1994: 511).
Una cuesti—n bien distinta es que podamos proporcionar
una explicaci—n medianamente convincente que nos permita
contextualizar su presencia en lugares que no siempre
72
aparecen vinculados de forma clara con el comercio
orientalizante. La cosa, por supuesto, no resulta sencilla. Una
primera dificultad consiste en hallar formas que nos permitan
conceptualizar la situaci—n, en su relaci—n con la tierra, de
tales fenicios, al menos si consideramos que probablemente no
todos fueron comerciantes y artesanos. En este sentido las
fuentes literarias pueden echarnos una mano cuando leŽmos
que Argantonio ofreci— a los focenses la posibilidad de
establecerse en su "reino" (Herodoto, I, 163, 3) lo que lleva a
pensar en formas de implantaci—n o presencia territorial que
no entra–en necesariamente tensi—n o violencia. En cualquier
caso es el mismo tipo de problema que debemos plantearnos
en relaci—n con la ubicaci—n de los asentamientos fenicios en
los territorios de la costa.
Otra dificultad procede de la conveniencia o no de
admitir una penetraci—n agr’cola fenicia a lo largo del valle del
Guadalquivir, dificultad que se percibe m‡s notoria si nos
empe–amos en concebir tal empresa de forma aislada de la
realidad que deb’a conformarla. Pero, si nos es posible
asimilar la idea de una coexistencia entre aut—ctonos y
colonizadores fenicios en un lugar de la costa como Do–a
Blanca o m‡s al interior como en la Pe–a Negra ÀquŽ tipo de
prevenci—n nos impide imaginar una situaci—n igual, digamos.
en los Alcores de Carmona? Aœn asumiendo plenamente la
cr’tica de Carrilero (1993: 178 ss) sobre nuestra interpretaci—n
de tales necr—polis, -aœn no se hab’an producido las recientes
excavaciones en Cruz del Negro- y entendiendo que en ellas
conviven una multiplicidad de formas y ritos en los que,
adem‡s, el prestigio no aparece aœn claramente definido,
Àsobre quŽ descansa entonces la imposibilidad de pensar que
l as tumbas fenicias que aparecen en tal es l ugares
correspondan efectivamente a fenicios all’ enterrados?.
La soluci—n que se propone como alternativa tampoco
explica porquŽ determinados grupos de la poblaci—n tartŽsica
escogen las formas y el ritual fenicio y otros no, y al convertirlo
en una consecuencia del cambio social producido durante el
ÒorientalizanteÓ, la transici—n entre las formas antiguas y las
nuevas en la que aœn no est‡ nada plenamente definido, lo que
explicar’a la variabilidad de rituales y de las diversas
manifestaciones de prestigio con ellos asociadas, tampoco se
deja claro de quŽ manera el cambio cultural influye en el
cambio social.
En mi opini—n el cambio social operado en Tartessos
durante el orientalizante no es incompatible con la presencia
de colonizadores agr’colas en el interior, lo que aclarar’a de
paso la toponimia de origen semita en el mediod’a peninsular
que no creo pueda achacarse a la ulterior etapa de influencia
cartaginesa (Wagner, 1993b: 82 ss, 1994), como consecuencia
de una estrategia mediante la cual "el centro" (las ciudades de
Fenicia) logran atenuar la tensi—n y los conflictos desatados,
en œltimo tŽrmino, por las invasiones asirias, transfiriendo una
parte de la poblaci—n rural desarraigada a la periferia (Wagner
y Alvar, 1989; Wagner, e.p. 1). As’, la explotaci—n a que el
centro somete a la periferia no se manifiesta s—lo en el trasvase
de riqueza desde Žsta hacia aquel sino tambiŽn en el traslado
del "sobrante" de su poblaci—n hacia Žsta. Ya que estamos
73
trabajando en una reelaboraci—n de nuestra hip—tesis sobre "la
colonizaci—n agr’cola" que publicaremos pr—ximamente no
tratarŽ m‡s el tema aqu’ por el momento. No obstante me
gustar’a advertir que no es necesario pensar en una migraci—n
de grandes proporciones, sino en grupos distribuidos aqu’ y
all‡ en los diversos lugares en que los fenicios se encuentran
asentados en el Mediterr‡neo, lo que tambiŽn explica porque
crecen todos sus asentamientos coloniales en el mismo
periodo. En el Valle del Guadalquivir, y en algunos otros
lugares, su presencia posibilit— una convivencia m‡s estrecha
con los aut—ctonos, posiblemente hasta un mestizaje,
fen—meno que no es desconocido en el marco de la expansi—n
fenicia (Whittaker, 1974: 70; L—pez Castro, 1995: 45 ss) as’
como la asimilaci—n de influencias rec’procas que confieren su
peculiar complejidad al registro arqueol—gico.
BIBLIOGRAFIA
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80
81
Cap’tulo 4
DE LA ALDEA
A LA
CIUDAD
El tr‡nsito de las formas de vida aldeanas a las urbanas
en la Pen’nsula Iberica y en Tartessos durante la protohistoria
constituye un tema que plantea no pocos problemas a la inves-
tigaci—n. Unos son de ’ndole metodol—gica, y no los menos im-
portantes, mientras que otros conciernen a la documentaci—n.
Por supuesto tambiŽn est‡n los problemas derivados de plan-
teamientos te—ricos inadecuados, y sobre todo de la propia
carga sem‡ntica que otorguemos a conceptos como "ciudad" y
"urbanismo", que muchas veces se identifican m‡s con las es-
tructuras f’sicas que permiten su reconocimiento externo que
con las formas de organizaci—n de la sociedad que las generan,
como concentraciones espaciales del proceso social (Hunter y
Whitten, 1981: 650).
Algunos especialistas, por ejemplo, consideran la estruc-
tura f’sica (tŽcnica constructiva, planificaci—n del habitat)
como el elemento m‡s caracter’stico o el m‡s f‡cilmente re-
conocible del fen—meno urbano, y de esta forma se llega a de-
finir lo que se considera como un modelo m‡s o menos general
de la "ciudad antigua" como un "asentamiento compacto de
casas y calles" (cfr: Drews, 198l: 13-17). Tal apreciaci—n es su-
mamente parcial (Finley, 1978: 173-208), y si puede ser de al-
guna utilidad en una perspectiva evolucionista para diferenciar
un asentamiento de caba–as dispersas de otro de casas alinea-
das en torno a "calles" o espacios abiertos, dif’cilmente dar‡
raz—n de las distintas formas de urbanismo que podemos en-
contrar en el mundo antiguo. Con semejante criterio asenta-
mientos neol’ticos como Jeric— o Chatal Huyuk pueden consid-
erarse propiamente ciudades, mientras que a Micenas o a Es-
parta les resultar’a problem‡tico acceder a tal clasificaci—n. Y
es que, pese a la extendida tendencia a primar los aspectos
estŽtico-arquitect—nicos (Pounds, 1969), al final se llega a re-
conocer que la ciudad es un hecho tanto f’sico como institu-
cional (Drews, 1981: 136). Pero es en las instituciones donde
tiene la ciudad el control sobre la organizaci—n de las formas
de vida que la han hecho posible, y de este modo asegura su
mantenimiento y su reproducci—n.
Toda esta problem‡tica, con las inferencias te—ricas que
suscita, incide sobre dos niveles de la investigaci—n que tam-
poco son mutuamente ajenos: el de la detecci—n o captaci—n
por los investigadores del fen—meno urbano, esto es, su identi-
ficaci—n, y el de la explicaci—n e interpretaci—n del mismo. Las
siguientes l’neas se ofrecen como un motivo de reflexi—n y de-
bate.
LA IDENTIFICACIîN DE LOS FENîMENOS URBANOS.
Metodol—gicamente hablando, los criterios muchas veces
empleados para detectar la presencia de estructuras urbanas
en la Pen’nsula IbŽrica durante su protohistoria denotan un
acusado reduccionismo, y son por consiguiente demasiado sim-
plistas. Se ha hablado en no pocas ocasiones de "ciudades"
tartŽsicas e ibŽricas, desde la perspectiva de la magnitud de los
asentamientos detectados y a partir, sobre todo, de la prospec-
ci—n y de excavaciones parciales, pues ninguno de ellos ha sido
objeto de una investigaci—n arqueol—gica sistem‡tica en su to-
talidad. En esto œltimo han tenido en gran manera que ver los
condicionantes t’picos de nuestra investigaci—n arqueol—gica
83
de campo, muchos de los cuales escapan a la responsabilidad
de los propios arque—logos.
Pero en donde los investigadores no quedan ya tan excul-
pados de su responsabilidad es en el af‡n se suplir tales limita-
ciones con una metodolog’a m‡s cuantitativa que cualitativa,
intentando conciliar dichos criterios simplistas con la escasa
informaci—n que proporcionan las fuentes literarias. Ya que los
textos antiguos aluden a veces a "ciudades" en Tartessos y en
el mundo ibŽrico, algunos investigadores no han puesto en
duda tal car‡cter ante el tama–o de los asentamientos detecta-
dos y la presencia en ellos de estructuras de habitat de planta
cuadrada o rectangular, as’ como de fortificaciones. No ob-
stante, es preciso tener mucho cuidado con los tŽrminos que
aparecen en las fuentes literarias. FijŽmonos, por ejemplo, en
la utilizaci—n por los autores griegos de la palabra polis.
Adem‡s del car‡cter externo e indirecto de tales fuentes
cuando se usan para caracterizar el fen—meno urbano en la
Pen’nsula, dicho tŽrmino es frecuentemente empleado en las
mismas con un sentido muy amplio (De Hoz, 1989: 32), que no
necesariamente implicar’a la existencia de lo que general-
mente se entiende por una ciudad (Duthoy, 1986).
Por lo dem‡s, el tama–o resulta un criterio enga–oso y
nada definitivo, que ni satisfac’a las exigencias de los antiguos,
ni colma las de los modernos (Finley, 1978: 174ss), ya que la
ciudad se distingue del poblado no tanto por una cuesti—n de
magnitud o tama–o cuanto de organizaci—n interna: constituye
una agrupaci—n fundada en la divisi—n del trabajo (Liverani,
1976: 308). En otras palabras: la ciudad es el corolario espacial
de la especializaci—n funcional, independientemente de su den-
sidad y extensi—n, y como tal contienen unas determinadas
relaciones de producci—n As’, mientras que una aldea puede
ser definida arqueol—gicamente como una aglomeraci—n de es-
tructuras residenciales sin gran heterogeneidad interna (Tay-
lor, 1987: 4), la ciudad se traducir‡ en contrastes espaciales y
en la multiplicidad de ambientes constructivos (edificios pœbli-
cos, plazas, calles, ‡reas residenciales), eso que denominamos
su morfolog’a, caracterizada adem‡s por la presencia de diver-
sas muestras artefactuales, propias de una acusada divisi—n del
trabajo.
El tama–o de las primitivas comunidades urbanas del
Pr—ximo Oriente, entre las 50 y las 100 ha, y con poblaciones
que oscilaban entre los l0.000 y los 50.000 habitantes (Red-
man, 1990, 326 y 337ss) no encuentra parang—n en parte al-
guna de Europa, donde muchos asentamientos considerados
como "ciudades" eran incluso menores que muchas aldeas
neol’ticas orientales, como Chatal Huyuk con sus casi 13 ha, o
la m‡s modesta Jeric— con sus m‡s de 5 ha. Claro est‡ que el
car‡cter urbano de estos asentamientos europeos no siempre
est‡ bien establecido (Wells, 1988: 104-111); sin embargo, en
ocasiones, como ocurre con los asentamientos del Hel‡dico An-
tiguo, muchos centros de reducido tama–o -el mayor cubre ape-
nas 2 ha- presentan caracter’sticas netamente protourbanas,
como una marcada especializaci—n econ—mica, una incipiente
organizaci—n interna del habitat, la presencia de murallas y edi-
ficios monumentales (Evans, 1976: 505), que no tienen los
84
asentamientos posteriores de otros lugares de Europa con
mucha mayor extensi—n .
Micenas, incluso, extendiŽndose sobre una superficie
muy similar a la de Jeric—, dif’cilmente podr’a ser considerada
como una ciudad si atendiŽramos solo a su tama–o de 4,5 ha;
pero no hay duda sobre su categor’a de centro pol’tico estatal,
contando, adem‡s de sus impresionantes fortificaciones, con
una estructura palacial y residencias de funcionarios y artesa-
nos, estando rodeada de poblados y aldeas m‡s peque–as con
sus correspondientes necr—polis (Childe, 1982: 31). Puede que
ello se deba a un particular modelo de urbanismo difuso que
tambiŽn aparece, aunque con otras variantes, en distintos luga-
res de Europa, como Italia (Lucania), Dacia y otros sitios de la
Europa sudoriental (Gualtieri, 1987; Taylor, 1987: 15ss), pœes
de hecho otros emplazamientos micŽnicos, como Tirinto, o Mi-
leto, con sus casi 6 ha, sugieren un modelo m‡s compacto. Con
todo, es la emergencia del palacio y la ciudadela como centros
de poder, administraci—n y actividad econ—mica a gran escala,
m‡s que el tama–o, lo que caracteriza desde un principio al ur-
banismo micŽnico (Evans, 1976: 506).
Por ello, no se trata de localizar simplemente grandes
aglomeraciones de habitat concentrado, aunque estŽn dotadas
de construcciones de planta rectangular o cuadrada dispuestas
en torno a "calles" o espacios abiertos. Ni la planta de las
casas, ni las tŽcnicas con que han sido construidas constituyen
por s’ solos indicios fiables de urbanismo, si bien es cierto que
las casas de planta rectil’nea son caracter’sticas de las ciu-
dades. Es preciso, consiguientemente, constatar la existencia
de otros elementos, como son los contrastes funcionales y resi-
denciales en la organizaci—n del espacio, que suelen corre-
sponder a una forma de vida basada en la especializaci—n y en
el consumo. A este respecto, no es lo mismo detectar que a par-
tir de un determinado momento en un asentamiento dado han
sido sustituidas las antiguas viviendas de planta circular por
otras rectangulares y mejor construidas sin que ello llegue a
afectar a su tama–o y, sobre todo, a su disposici—n interna, que
constatar por el contrario que la sustituci—n implica tambiŽn
alteraciones netas en la dimensi—n y la distribuci—n del espacio
interno de tales construcciones (BelŽn y Escacena, 1989). En
este œltimo caso no solo ha habido un cambio de tŽcnica con-
structiva; tambiŽn ha cambiado la forma en que se organizan
las actividades del poblado.
Tampoco es suficiente que los asentamientos se encuen-
tren territorialmente jerarquizados y especializados en ac-
tividades econ—micas diversas, sino que debe manifestarse den-
tro de ellos esta misma diversidad para poder ser considerados
totalmente urbanos. Muchas sociedades aldeanas practican
una especializaci—n estacional, o pseudoespecializaci—n, que
requiere la existencia de distintos tipos de asentamientos de
ocupaci—n no permanente, pero en todos ellos es el modo de
producci—n domŽstico, que recae sobre el grupo familiar con la
sola divisi—n del trabajo por grupos de edades y sexos, la forma
de organizaci—n productiva. Ahora bien, puesto que la ciudad
se sustenta en una m‡s acusada divisi—n del trabajo, y requiere
sobre todo de especializaci—n, el modo de producci—n domŽs-
tico, con sus limitaciones tecnol—gicas y organizativas, no ser‡
85
en ella el œnico, ni el determinante. Las Žlites palaciales, las bu-
rocracias de los santuarios o la aristocracia en su caso, impon-
dr‡n un modo de producci—n que garantice, mediante la prop-
iedad o el control sobre el sistema productivo, la apropiaci—n
del trabajo y el excedente; pudiŽndose entonces percibir en la
organizaci—n del espacio y en la funcionalidad de los complejos
arquitect—nicos: "la funci—n del territorio en la econom’a de la
ciudad, los modos de explotaci—n ligados a las estructuras soci-
ales, a veces mismamente a sus instituciones pol’ticas, ejercen
su influencia sobre las estructuras urbanas, sobre el aspecto ar-
quitect—nico y monumental de la ciudad, aquellos que consti-
tuyen la forma y la naturaleza de su planta" (Martin, 1973:
107).
Por ello hablar de la ciudad es tambiŽn hablar de una so-
ciedad estratificada. Pero hay distintas formas de estratifica-
ci—n, como hay diversas clases de ciudades. As’, la aparici—n
del urbanismo est‡ en gran medida ligada a la formaci—n de or-
ganizaciones estatales, aunque Žsto no ocurre siempre a la in-
versa. Consecuentemente, la arqueolog’a de las formas de go-
bierno (Trigger, 1974) puede ser tambiŽn una ayuda de utili-
dad. Es comœnmente aceptado que una poblaci—n densa y
abundante en tŽrminos relativos constituye una condici—n sin
la cual dif’cilmente se dar‡n los procesos de estratificaci—n so-
cial que conducen al urbanismo y al Estado (Krader, 1972: 73;
Trigger, 1974: 97ss; Cunliffe, 1976: 354; Harris, 1978: 106-7).
Cuando no sucede as’, las Žlites emergentes suelen configu-
rarse, t—mese el ejemplo de la antigua Tesalia, como una organ-
izaci—n aristocr‡tica no ciudadana sobre la base de se–or’os ru-
rales (Lepore, 1978: 218). Ello influir‡ por tanto en la modifica-
ci—n de los patrones de asentamiento, que es detectable a
travŽs de su huella arqueol—gica.
La plasmaci—n espacial del Estado implica una jerarquiza-
ci—n funcional de los yacimientos que puede ser reconocida me-
diante la aplicaci—n de modelos adecuados elaborados por
ge—grafos y antrop—logos, y aplicados con Žxito por los ar-
que—logos (Hodges, 1987; Cherry, 1987). La estratificaci—n so-
cial impone as’ mismo contrastes acusados en el acceso a los
recursos y en la capacidad de consumo, lo que normalmente
denominamos distribuci—n de la riqueza, y suele ir acom-
pa–ada igualmente de otros contrastes residenciales. La dis-
tribuci—n del espacio, y de los distintos tipos de artefactos en
Žl, reflejar‡, por consiguiente, las nuevas condiciones surgidas
dentro del Estado y de los procesos de estratificaci—n social,
por lo que podemos analizarlas a partir de sus vestigios mate-
riales (Smith, 1987). La cosa, sin embargo, dista mucho de ser
sencilla. Si bien con la aparici—n del Estado en un medio ur-
bano es de suponer un aumento neto en el tama–o de los asen-
tamientos, as’ como una jerarqu’a entre los mismos, una jerar-
qu’a de asentamientos se da tambiŽn en las sociedades comple-
jas e incipientemente estratificadas pero aestatales (Earle,
1978 ; Wright, 1984; Wells, 1988: 149) y de car‡cter aœn al-
deano o protourbano, por lo que su sola presencia no puede
ser considerada un rasgo definitivo. Habr‡ que buscar,
adem‡s, una diferenciaci—n funcional permanente de los asen-
tamientos jerarquizados, que no siempre las condiciones en
que se desarrolla la investigaci—n arqueol—gica permiten obser-
var. Es preciso distinguir entre asentamientos propiamente ur-
banos, dotados de edificios y lugares pœblicos (palacios, santu-
86
arios, plazas...), con una importante especializaci—n econ—mica
(almacenes, talleres...) y con una segregaci—n residencial en la
utilizaci—n del espacio, que aparecen rodeados de granjas y al-
deas m‡s peque–as (Trigger, 1974: 101ss; Price, 1977), de aquel-
los otros que pese a poder tener un tama–o considerable no
presentan en conjunto tales rasgos. Esto es precisamente lo
que se conoce como "estratificaci—n de yacimientos", que no
debe confundirse con una simple jerarquizaci—n territorial de
los mismos. De igual forma, y esto es importante para una cor-
recta aplicaci—n de la teor’a del "lugar central" (Butzer, 1989:
210ss), en condiciones pre y protourbanas el tama–o y la densi-
dad del asentamiento tampoco constituye total garant’a al re-
specto. Testimonios procedentes de distintos lugares de Eu-
ropa siguieren que lugares y recintos fortificados (hill-forts)
sin muestra de una apreciaba densidad de ocupaci—n interna
han podido actuar como "lugares centrales" de sus respectivos
territorios, y algunos de ellos han llegado ha adquirir carac-
ter’sticas protourbanas evidentes (Cunliffe, 1976: 349;
Gualtieri, 1987: 35ss). Por otra parte, un asentamiento que
actœa como lugar central, esto es: que ofrece servicios (cul-
turales, religiosos, administrativos y pol’ticos) y facilidades (re-
distribuci—n, centro de mercado, producci—n manufacturera) a
la poblaci—n rural de su territorio, puede perder igualmente
este car‡cter, por lo que los procesos de urbanizaci—n no deben
ser entendidos cano una l’nea de continuidad irreversible (Col-
lis, 1982: 75ss).
Por otro lado, mientras que la estratificaci—n social puede
ser detectada y hasta en cierta medida evaluada sin un an‡lisis
directo de su manifestaci—n en la organizaci—n del espacio y de
los contrastes de calidad y tama–o en las construcciones de los
asentamientos, por ejemplo mediante el estudio del grado de
especializaci—n laboral que implican los bienes de prestigio
(Peregrine, 1991), o a travŽs de las manifestaciones funerarias
en ajuares, simbolismo, tipolog’a y estructura de los enter-
ramientos, o segregaci—n espacial (Morris, 1989; Llul y Picazo,
1989), las formas de poder y gobierno que conlleva toda estrati-
ficaci—n social tienen tambiŽn su reflejo en la arquitectura
monumental (Trigger, 1990). Grandes edificios y monumentos
suelen ser una caracter’stica de la topograf’a urbana, si bien
grandes construcciones est‡n tambiŽn presentes, aunque de
forma menos elaborada, en culturas tribales y aldeanas, en las
que pueden ejercer de poderoso elemento de identificaci—n y
cohesi—n social, impelido por la autoridad jerarquizada de una
jefatura (Renfrew, 1984; Alcina, 1990). La densidad de pobla-
ci—n y el tama–o de los asentamientos urbanos puede diferir,
como se ha visto, segœn los casos, pues ni el urbanismo, ni la
estratificaci—n social, ni la aparici—n del Estado est‡n asocia-
das necesariamente a una concentraci—n de la poblaci—n en
asentamientos caracterizados exteriormente por su gran mag-
nitud, como se constata, por ejemplo, en el Egeo durante el
Bronce Final (Evans, 1976: 506).
Adem‡s, debemos distinguir entre las manifestaciones de
un urbanismo compacto y aquellas otras propias de un urban-
ismo difuso. Este œltimo, que implica la existencia de una
ret’cula urbana menos constre–ida pero caracterizada igual-
mente por la especializaci—n y la estratificaci—n social, puede
aparentar, como en algunas sociedades "feudalizantes", la
ausencia de un poder pol’tico central. Sin embargo, all’ donde
87
los centros de administraci—n pol’tica no se corresponden con
centros de poblaci—n y actividad econ—mica, puede suceder
que su car‡cter disperso ofrezca facilidades a un autoridad cen-
tral frente a problemas de comunicaci—n y desuni—n interna
(cfr: Trigger, 1974, 101ss). Dicho de otro modo, es posible la ex-
istencia de un urbanismo sin la concentraci—n de mucha pobla-
ci—n, o lo que es lo mismo, sin asentamientos relativamente
grandes ni compactos.

Ni que decir tiene que este œltimo es siempre menos f‡cil
de reconocer, a no ser que contemos con el hallazgo de un cen-
tro pol’tico importante, bien principal o secundario, con su
palacio, almacenes, talleres, registros y una actividad diversifi-
cada y especializada, con todo lo cual no ocupar‡ seguramente
una extensi—n superior a las 5 ha. Un asentamiento de may-
ores dimensiones -una ciudad o una villa protourbana- es mas
f‡cil de reconocer, pero no siempre es posible precisar el mo-
mento dado en que un asentamiento acaba de perder su
car‡cter de villa protourbana para convertirse en una ciudad.
Si tama–o y densidad no son elementos suficientes para deter-
minar el fen—meno urbano, ser‡ preciso entonces fijar la aten-
ci—n en los otros componentes que integran el estilo de vida de
las ciudades, como es una acusada especializaci—n del trabajo,
que se manifestar‡ en una determinada disposici—n funcional
del espacio y en la presencia de una diversidad de œtiles y her-
ramientas. En general, la evidencia de una actividad manufac-
turera especializada reflejada en distintas zonas de un asenta-
miento sugiere la presencia de una fuerte especializaci—n fun-
cional. En este sentido, puesto que la ciudad vive fundamental-
mente de su territorio, el an‡lisis de Žste puede resultar suma-
mente ilustrativo. La parcelaci—n de la tierra, los sistemas de
explotaci—n, las formas de implantaci—n del habitat rural y su
dispersi—n/concentraci—n (en definitiva el grado de estratifica-
ci—n de la chora), las v’as de comunicaci—n y la distribuci—n de
artefactos de manufactura no local, que definen las relaciones
de la ciudad con su territorio, pueden constituir poderosos in-
dicadores. Igualmente puede resultar œtil analizar las interac-
ciones entre distintos yacimientos urbanos y su plasmaci—n es-
pacial. Algunos investigadores han sugerido que la especializa-
ci—n artesanal tiende a producir una distribuci—n hexagonal de
ciudades de aproximadamente igual importancia en un territo-
rio dado (Trigger, 1972).
Al estar el urbanismo ligado a la especializaci—n
econ—mica y a la diversidad de actividades, as’ como a la exis-
tencia de formaciones estatales, la aparici—n de mŽtodos de
contabilidad y registro, aœn incluso poco difundidos social-
mente, constituye otro indicio apreciable. Pesas y medidas, la
escritura y su distribuci—n geogr‡fica en un ‡rea determinada,
teniendo en cuenta la contextualizaci—n de los testimonios en-
contrados y la dispersi—n/concentraci—n en los yacimientos en
relaci—n a sus territorios, pueden llegar a constituir tambiŽn
un indicador fiable de la presencia de formas de vida urbana
(Panosa, 1989). Por supuesto, no todos los testimonios poseen
en este sentido el mismo valor, por lo que habr‡ que diferen-
ciar entre un uso administrativo y pol’tico de la escritura,
amŽn de literario, y las simples muestras de una utilizaci—n
particular y/o ocasional de la misma, como marcas de propie-
dad o incluso ep’grafes funerarios, que pueden responder a
una aculturaci—n superficial que no se corresponda con el ver-
88
dadero contenido de las formas de vida locales (Wagner,
1990b).
En cualquier caso, la estructura del documento, aœn si se
trata de textos no enteramente descifrados, como los ibŽricos,
constituye un buen indicador al respecto. Parece, pues, que
para la detecci—n del fen—meno urbano contamos con diversos
tipos de variables o indicadores. La siguiente propuesta, que
no pretende otra cosa que ser una aproximaci—n metodol—gica,
se basa en la actualizaci—n y reelaboraci—n de las categor’as de
Childe:
a) Variables altamente indicativas: estratificaci—n de yacimien-
tos en un determinado territorio, contrastes en la distribuci—n
funcional del espacio (pœblico/residencial/econ—mico) aprecia-
dos en el asentamiento que ejerce de "lugar central", multiplici-
dad de ambientes constructivos (diferencias en el tama–o y
calidad de las construcciones), evidencia de alta especializa-
ci—n econ—mica, ingenier’a civil (puentes, carreteras, canaliza-
ciones), sistemas formalizados de medidas y registro (pesas y
medidas, escritura).
b) Variables medianamente indicativas: arquitectura monu-
mental (palacios, templos, fortificaciones), sofistificaci—n art’s-
tica, planificaci—n del habitat, moneda.
c) Variables escasamente indicativas: tama–o/extensi—n, densi-
dad, planta de las estructuras de habitat. En definitiva, solo
una vez establecidas el mayor numero de variables posibles,
atendiendo a su valor indicativo, y teniendo siempre presente
la diversidad de manifestaciones, que incluso pueden presen-
tarse de manera difusa en diversas variantes, podremos tener
la seguridad de haber detectado un contexto propiamente ur-
bano. Para ello hacen falta estudios de arqueolog’a espacial
que no se limiten a los modelos cuantitativos para el an‡lisis
de patrones, sino que impliquen una reconstrucci—n de los
sistemas de asentamientos y sus caracter’sticas. Prospecci—n
sistem‡tica y excavaci—n en ‡rea de poblado/necr—polis tipo re-
sultar‡n fundamentales.
LA INTERPRETACIîN DEL FENîMENO URBANO Y LA GƒNESIS
DEL URBANISMO EN LA PROTOHISTORIA PENINSULAR.
En la Pen’nsula IbŽrica los poblados del Bronce resultan
ser asentamientos preurbanos, t’picos de las formas menos
complejas de vida aldeana. Por el contrario, muchos de los pos-
teriores asentamientos ibŽricos presentan caracter’sticas
protourbanas y algunos de ellos parece que llegaron a conver-
tirse en ciudades, aœn antes de la llegada de los romanos. Pero
una vez constatada la presencia de formas de vida protourbana
y urbanas, es preciso proceder a una explicaci—n e interpreta-
ci—n de las mismas. Cuestiones como los origenes y la funci—n
de los asentamientos detectados son de suma importancia. Y
de nuevo los planteamientos te—ricos sobre las que descansan
no son en modo alguno ajenos.
En nuestro caso la tentaci—n difusionista es particular-
mente notable; comercio (Alexander, 1972; Wells, 1988) y acul-
turaci—n son frecuentemente invocados como responsables de
los procesos de urbanizaci—n que explicar’an en la Pen’nsula y
en Tartessos el tr‡nsito de los poblados de la Edad del Bronce
a los de Žpoca ibŽrica y la final eclosi—n de las ciudades antes
89
de la conquista romana. Pero cuando esto sucede, se cae una
vez m‡s en planteamientos reduccionistas. El comercio, por im-
portante que sea, no explica siempre por si s—lo la aparici—n de
asentamientos urbanos, y se debe diferenciar tambiŽn entre la
eclosi—n de un urbanismo de ra’ces aut—ctonas y aquel que se
produce por imposici—n (no necesariamente agresiva) colonial.
Afirmar que la aculturaci—n constituye una fuerza motriz
que impele la trasformaci—n de las formas poco complejas de
vida aldeana t’picas de la Edad del Bronce en los complejos
protourbanos de Žpoca ibŽrica, resulta una explicaci—n poco
satisfactoria. Como en otros lugares (Pallotino, 1979: 139;
Drews, 1981: 154ss; Lepore, 1981) la aculturaci—n podr‡ sobre
todo tener algo que ver con la aparici—n de nuevas tŽcnicas con-
structivas y de planificaci—n del habitat importadas del con-
texto colonial, lo que en nuestro caso tampoco es siempre se-
guro, pero dif’cilmente dar‡ raz—n de los cambios m‡s profun-
dos experimentados por unas sociedades que abandonan sus
formas tradicionales de vida para acceder al rango de lo que,
tan impropiamente, se denominan culturas superiores o civili-
zaciones. A no ser que se trate de una r’gida aculturaci—n im-
puesta, como tras la conquista romana, pero no parece ser este
el caso que nos ocupa. En la Pen’nsula, el tr‡nsito de los pobla-
dos del Bronce a los ibŽricos equivale a hablar del abandono de
unas tŽcnicas productivas simples y de la adopci—n de otras
m‡s complejas. La final difusi—n de la tecnolog’a del hierro
tuvo mucho que ver en ello, y para su adopci—n no hace falta
tampoco recurrir, como se hace con exceso, a los factores exter-
nos. Es un hecho conocido por los antrop—logos, al que sin em-
bargo arque—logos e historiadores no conceden siempre la de-
bida atenci—n, que si bien cabe esperar la presencia de una ciu-
dad en el punto de convergencia de varias rutas comerciales, el
comercio solo no puede ser tomado como explicaci—n unifactor-
ial (Hunter y Whitten, 1981: 157). La propia opini—n de los an-
tiguos al respecto es bien significativa al inclinar la balanza de-
cisivamente en favor de la agricultura y en contra del comercio
y la producci—n manufacturera (Finley, 1978: 183ss).
Claro est‡ que hubo excepciones y algunas de las ciudades
del mundo antiguo (Biblos, Tiro, Cartago, Egina, Qios, Massa-
lia...) constituyen la muestra significativa de ello; pero al fin y
al cabo, las excepciones no dejan de ser eso, excepciones, y
siempre cabe preguntarse si realmente fue el comercio el œnico
factor responsable de su aparici—n. Una observaci—n m‡s pro-
funda puede llegar a revelar que el comerci— constituy— m‡s
una causa de su desarrollo y engrandecimiento que de su apari-
ci—n, como por ejemplo sucedi— en Cartago (Alvar y Wagner,
1985). Se podr‡ objetar que en la propia Pen’nsula IbŽrica, Ga-
dir constituye el ejemplo m‡s notable de la aparici—n de una
ciudad a causa del tr‡fico comercial. Pero esto solo constituye
una verdad a medias. No fueron tanto los beneficios produci-
dos por el comercio, como la necesidad de disponer de un cen-
tro desde el que gestionar las actividades de intercambio lo
que decidi— a los fenicios a fundar un santuario (Aubet, 1991:
134 y 137ss), en torno al que m‡s tarde se desarrollar’a la ciu-
dad. El imperativo no fue tanto econ—mico-mercantil cuanto
administrativo e incluso ideol—gico. Y lo mismo podr’a
aplicarse a muchas de las ciudades comerciales de la AntigŸe-
dad.
90
Una prueba adicional la constituye el hecho de que dispo-
ner de un buen puerto no era requisito suficiente. Como ya
se–alara Finley (1978: 181ss) decir que Roma se volvi— hacia el
mar porque hab’a llegado a ser una gran ciudad resulta m‡s
adecuado que lo inverso, y otros enclaves con excelentes situa-
ciones portuarias, como Brundisium y R‡vena, tambiŽn en Ita-
lia, nunca consiguieron convertirse en grandes centros de com-
ercio. Otra prueba m‡s de que la incidencia del comercio en el
desarrollo de los procesos de urbanizaci—n ha sido frecuente-
mente exagerada, la encontramos en la Francia meridional
mediterr‡nea " donde a finales de la Edad del Hierro algunos
oppida situados en ‡reas "avanzadas" y pr—ximas a las rutas de
comercio son abandonados, mientras que asentamientos ubica-
dos m‡s hacia el interior subsisten (Collis: 1982: 77). En el sur
de Inglaterra parece que el comercio constituy— un factor entre
otros m‡s de urbanizaci—n durante el mismo periodo, y que
contribuy— fundamentalmente a la aparici—n de algœn que otro
aislado "puerto de comercio" (Cunliffe, 1976: 352 ss). Todo ello
se corresponde bien con el localizado y restringido papel del
comercio en las econom’as antiguas (Garnsey, Hopkins y Whit-
taker, 1983), digan lo que digan los defensores del
pensamiento œnico de extracci—n neoliberal, hoy m‡s beligeran-
tes que nunca.
En contra de la interpretaci—n funcionalista m‡s habitual
cabe resaltar que el control del comercio y la aparici—n de siste-
mas de intercambio no est‡n siempre, ni siquiera frecuente-
mente, en la base de los procesos de estratificaci—n social que
llevan a la aparici—n de las ciudades y los estados.
Como ha sido se–alado, el comercio no fue el responsable
de la aparici—n de las Žlites durante la Edad del Bronce euro-
pea, ya que concern’a principalmente a bienes de prestigio, y
no a elementos susceptibles de incrementar el excedente
agr’cola controlado por aquellas (Gilman, 1985: 5). Esto no
quiere decir que en determinadas circunstancias de especializa-
ci—n regional o cuando los intercambios afectan directamente
el sector b‡sico de la subsistencia en la econom’a, el control
del comercio no se constituya en factor de emergencia de las
Žlites y de desarrollos urbanos paralelos. No obstante, no hay
pruebas de que Žstas fueran las condiciones que prevalecieron
en la protohistoria de la Pen’nsula IbŽrica.
TambiŽn se ha argumentado que durante la Edad del
Bronce, la aparici—n de sistemas redistributivos de jerarqu’a y
prestigio en la Pen’nsula no tuvo tanto que ver con el comercio
lejano y el desarrollo de sistemas de intercambio de tipo
"centro/periferia", como con la necesidad de control sobre los
recursos cr’ticos (Chapman, 1982). Si en los posteriores desar-
rollos de la Edad del Hierro, urbanismo y estratificaci—n social
van comœnmente asociados, como se ha visto, y en la Pen’n-
sula el comercio protohist—rico concern’a tambiŽn fundamen-
talmente a bienes de prestigio, dif’cilmente entonces ha po-
dido constituirse en un factor que origine el tr‡nsito de las for-
mas de vida aldeanas a las urbanas. Parece m‡s bien que fue la
mayor complejidad lograda en las tŽcnicas de producci—n
agr’cola, como en el caso ibŽrico, el factor fundamentalmente
responsable de la aparici—n de excedentes cada vez mayores
que permitieran una mayor especializaci—n, y por lo tanto de la
eclosi—n final de las ciudades.
91
Cuales fueron las causas que promovieron una agricultura
m‡s compleja y especializada es otro de los puntos a los que
merece prestar atenci—n. La progresiva escasez de determina-
dos recursos cr’ticos y/o el crecimiento de la poblaci—n, que es
un hecho en ocasiones parcialmente documentado, su concen-
traci—n en determinados asentamientos con la reorganizaci—n
territorial que ello implica, las presiones medioambientales y
demogr‡ficas son factores a tener en cuenta a la hora de expli-
car los procesos de estratificaci—n social y de urbanizaci—n en
nuestra protohistoria. Como ya se ha se–alado en relaci—n al
Bronce Final en territorio tartŽsico (Aubet, 1977-8: 90) un in-
cremento de la poblaci—n, que puede explicarse por causas in-
ternas (sociales, econ—micas, biol—gicas y ecol—gicas) que
crean condiciones favorables, puede estimular la producci—n,
el desarrollo tŽcnico y cultural, intensificar la econom’a y la or-
ganizaci—n social y, en consecuencia, acelerar el proceso hacia
el cambio cultural. Pero es necesario que este crecimiento de la
poblaci—n estŽ acompa–ado de ciertas condiciones (ambienta-
les y/o humanas) de Òcircunscripci—n territorialÓ, ya que si no,
puede resolverse en una segmentaci—n de las comunidades pre-
existentes que no implica una mayor complejidad productiva.
Al mismo tiempo deben darse facilidades de acceso a recursos
y materias primas que constituir‡n la base tecnol—gica del
nuevo sistema de producci—n.
Si todo ello se cumple, la especializaci—n en agricultura
(como ocurre con los policultivos mediterr‡neos) debe normal-
mente ser acompa–ada por un incremento de la especializa-
ci—n en otras formas de la producci—n (Champion, 1982: 64).
Un punto de vista reciente sostiene, en la necesidad de prote-
ger las mayores inversiones en esfuerzo y recursos y el car‡cter
m‡s permanente de los trabajos que requieren una agricultura
especializada, el arranque de los procesos de estratificaci—n so-
cial (Gilman, 1981). Pero, en cualquier caso, el desequilibrio en-
tre poblaci—n y recursos de subsistencia, que incentivar’a la
adopci—n de tŽcnicas productivas m‡s complejas, parece haber
constituido el acicate previo al desarrollo de formas de agricul-
tura m‡s avanzada. Este desequilibrio no debe interpretarse
œnicamente en tŽrminos de un crecimiento de la poblaci—n. La
escasez de recursos disponibles, ocasionada por una ca’da en
la eficacia de la tecnolog’a productiva, puede explicar una es-
trategia de cambio semejante.
La ventaja de este planteamiento radica, en mi opini—n,
en que pondera los factores y causas internos en detrimento de
las explicaciones externas de corte difusionista. Se apoya, al
mismo tiempo, en un entramado te—rico s—lido que establece
que toda intensificaci—n productiva (puesto que una expansi—n
o crecimiento indefinido es irreal) choca m‡s pronto o m‡s
tarde con los l’mites impuestos por la capacidad de sustenta-
ci—n. Frente a quienes perciben en ello un esquema excesiva-
mente funcionalista, cabe recordar que la propia capacidad de
sustentaci—n resulta afectada por las reglas de tenencia del su-
elo (Hardesty, 1979: 205) que son expresiones de las relacio-
nes sociales de producci—n. El cambio tecnol—gico aparece
como la soluci—n m‡s frecuente frente a los riesgos inherentes
de una fuerte degradaci—n medioambiental y el exceso de tra-
bajo requerido por unos rendimientos decrecientes (Harris,
1990: 124-7). La intensificaci—n y desintensificaci—n de la pro-
ducci—n agr’cola, junto con las correspondientes formas de te-
92
nencia de la tierra y de estructura social, producir‡n cambios
en los patrones de asentamiento que pueden ser percibidos me-
diante la elaboraci—n y aplicaci—n de modelos
6
pertinentes
(Bintliff, 1982).
La intensificaci—n de la producci—n conlleva normalmente
la concentraci—n de los asentamientos como una respuesta al
abandono de las ‡reas marginales cuyo potencial agr’cola se
haya visto reducido a consecuencia de una sobreexplotaci—n
(Champion, 1982: 63). El cambio tecnol—gico puede permitir
la recuperaci—n de dichas zonas y una nueva reordenaci—n de
los patrones de asentamiento. Ahora bien, el proceso de urbani-
zaci—n no debe entenderse siempre como una evoluci—n grad-
ual en crecimiento y complejidad, ni como un proceso irreversi-
ble. Cambios sœbitos en los patrones de asentamiento (Collis,
1982: 75ss; Champion, 1982: 63; Escacena y BelŽn, 1991: 10)
que implican traslados y abandonos, son por el contrario re-
sponsables de nuevas secuencias dotadas de mayor compleji-
dad que los estadios anteriores. Por otra parte, la experiencia
acumulada por la investigaci—n en muchos y muy diversos si-
tios demuestra que no existe tampoco un œnico contexto inicial
para los procesos de urbanizaci—n. As’, centros de caracter’sti-
cas urbanas han podido desarrollarse desde supuestos muy dis-
tintos: a partir de una peque–a aldea originaria, en torno a un
primitivo santuario rural, mediante ese fen—meno de agrega-
ci—n que conocemos como "sineicismo" (confluencia de pe-
que–as aglomeraciones o absorci—n de las otras por una de el-
las), y tambiŽn a partir de un poblamiento disperso que en una
fase posterior se nucleariza).
En lo que llamamos mundo ibŽrico, los procesos de ur-
banizaci—n tienen que ver con la aparici—n de incipientes
reg’menes aristocr‡ticos en los que, a la larga, la antigua es-
tructura social de las comunidades aldeanas resultar‡ profun-
damente modificada. Como en otros lugares de Europa (Gil-
man, 1981: 8) la aculturaci—n y el comercio es m‡s un s’ntoma
de la presencia de estas Žlites aristocr‡ticas que una causa de
las mismas. Con todo, es necesario considerar tambiŽn que la
urbanizaci—n no es un proceso irreversible, como se advierte
en Tartessos a finales del "orientalizante" (Aubet, 1977-8: 100;
BelŽn y Escacena, 1989; Wagner, 1991), y que, sobre todo, lo
que entendemos por "mundo ibŽrico", constituye un mosaico
integrado por distintos ambientes socioecon—micos y pol’ticos,
lo que dar‡ lugar a una disparidad de procesos y a una diversi-
dad de ritmos. Poblados y aldeas preurbanas, asentamientos
m‡s grandes y complejos que podemos definir como villas
protourbanas, santuarios rurales o recintos fortificados con
habitat interior nuclearizado, pueden todos llegar a adquirir la
categor’a de un "lugar central". La pervivencia en unos casos
de formas de organizaci—n tribal o aldeana no tiene parang—n
con la aparici—n, en otros, de contextos protourbanos y ciu-
dades. La posible existencia de jefaturas avanzadas (Alvar,
1986) y de formas de servidumbre comunitaria (Mangas, 1977)
o de otro tipo (Ruiz, 1989), as’ mismo sugeridas, son igual-
mente fruto de toda esta diversidad.

TARTESSOS: EL IMPACTO DEL URBANISMO FENICIO EN EL çM-
BITO AUTîCTONO.
La primera distinci—n pertinente establece una diferencia
neta entre la adopci—n de las tŽcnicas constructivas y la adop-
93
ci—n de la mentalidad y usos que subyacen tras una determina-
da concepci—n del espacio domŽstico y la organizaci—n del h‡bi-
tat. En l’neas generales se puede afirmar que las sociedades au-
t—ctonas adoptaron algunos elementos y soluciones constructi-
vas propias del urbanismo fenicio, como la planta cuadrangu-
lar de las viviendas y el empleo de revestimientos elaborados
recubriendo la superficie de las estructuras, pero no la concep-
ci—n ni distribuci—n de la casa fenicia de varias estancias, cerra-
da al exterior y abierta a un patio interior. Aœn as’, en algunos
lugares, como San BartolomŽ de Almonte (Huelva), El Cerro
de la Encina (Monachil, Granada), Galera (Granada) o la Coli-
na de los Quemados (C—rdoba) se mantiene el h‡bitat de caba-
–as. Y en otros, a pesar de la instalaci—n de poblaci—n fenicia
en un sector del asentamiento, como ocurre en la Pe–a Negra
(Crevillente, Alicante), el panorama es el de una falta de homo-
geneidad que alterna la pervivencia de tŽcnicas -muros de ta-
pial- y estructuras -planta circular, banco corrido- propias de
la tradici—n local con la presencia de innovaciones, sobre todo
enlucidos y revestimientos, muros de adobe aunque de forma
minoritaria, y plantas en ‡ngulo recto que podemos atribuir,
almenos en parte, ya que las casas angulares est‡n tambiŽn pre-
sentes entre las viviendas m‡s antiguas, a la influencia fenicia.
Por otra parte, la aceptaci—n de los elementos arquitect—-
nicos y las tŽcnicas constructivas de los fenicios parece haber
sido bastante lenta en algunas regiones, como en Los Alcores
de Sevilla, la zona costera al este del Estrecho, pese a la tempra-
na y abundante presencia de asentamientos fenicios, o el ‡rea
del SE peninsular, y s—lo cristalizan a fines del siglo VII e ini-
cios del VI, en contraste con lo que se observa en el zona de
Huelva o en C‡stulo, por lo que podemos hablar de un impacto
muy desigual en el tiempo y el espacio. Por otra parte, se trata
de un urbanismo que imita m‡s el aspecto que el contenido o
la funcionalidad de las viviendas fenicias.
En lo que a la arquitectura pœblica o ÒmonumentalÓ con-
cierne, los datos disponibles sugieren una temprana presencia
fenicia en los sitios en que se constata. As’, en Tejada la Vieja
(Huelva) la aparici—n de construcciones con z—calo de piedra y
planta rectangular, un urbanismo planificado en torno a calles
de trazado rectil’neo y una muralla construida con tŽcnica feni-
cia parecen responder al asentamiento de poblaci—n fenicia a
finales del siglo VII a. C., mientras que la presencia en Quinta
de Almaraz (Almada, Portugal) de un foso similar al de Castillo
de Do–a Blanca, de un vaso de alabastro y pesos cœbicos de plo-
mo muy parecidos a los encontrados en el Cerro del Villar ha
sido interpretada, al menos a nivel de hip—tesis, en el mismo
sentido. En Montemol’n (Marchena, Sevilla) han salido a la
luz, junto a una vivienda fenicia, restos y plantas de edificios
(C y D) que tienen su origen en Siria y Fenicia, con gran desa-
rrollo en los siglos VIII-VII a. C. Un an‡lisis minucioso del re-
gistro arqueol—gico y el estudio faun’stico realizado ha permiti-
do identificar uno de ellos, el denominado edificio D, como par-
te de un centro ceremonial en el que se llevaban a cabo ofren-
das y sacrificios. Por otro lado, la iconograf’a orientalizante de
las cer‡micas policromas de este yacimiento se ha considerado
propia de individuos que, pese a su ascendencia for‡nea, lle-
van viviendo largo tiempo en la Pen’nsula, Todo hace pensar
en un grupo de poblaci—n fenicia que reside en el asentamien-
to. Otro tanto puede decirse respecto de C‡stulo (Linares, Ja-
94
Žn) aunque aqu’, como en Montemol’n, la aparici—n de las
construcciones ÒfeniciasÓ es m‡s temprana, d‡ndose en la se-
gunda mitad del siglo VIII a. C.. Intervenciones arqueol—gicas
recientes en el Cerro de San Juan en Coria del R’o (Sevilla),
han sacado a la luz sectores de un santuario y viviendas adya-
cientes que formar’an parte de un barrio fenicio ubicado en la
Caura tartŽsica, por aquel entonces situada junto a la paleode-
sembocadura del Guadalquivir.

En el Carambolo pudo haber existido un santuario de As-
tartŽ, como en ocasiones se ha defendido y los œltimos descu-
brimientos vengan tal vez a avalar. TambiŽn se ha se–alado
que: ÒEl Carambolo recibe precisamente su nombre del hecho
de ser uno de los promontorios mas elevados de la cornisa
oriental del Aljarafe, y desde luego el m‡s cercano a Sevilla de
dicho otero, en linea recta hacia poniente. As’ que, si esta œlti-
ma ciudad es una fundaci—n fenicia como quiere la leyenda y
sugiere el propio top—nimo Spal, no deber’a extra–arnos la pre-
sencia de un santuario oriental en sus inmediacionesÓ. Parece,
por tanto, que podr’a tratarse de dos recintos que ser’an com-
plementarios y de fundaci—n coet‡nea promovida por los feni-
cios hacia mediados del siglo VIII a. C., segœn una revisi—n re-
ciente de algunos de los materiales ya conocidos, en un lugar
que entonces se encontraba muy pr—ximo al litoral.
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99
Cap’tulo 5
COLONIZACIîN,
ACULTURACIîN,
ASIMILACIîN
Y
MUNDO
FUNERARIO
En la complejidad totalizadora de la realidad hist—rica,
conviene tener presente el problema de precisi—n y distinci—n
entre las transformaciones que derivan del mundo
estrictamente social y las que se refieren principalmente al
‡mbito cultural. Las transformaciones sociales aparecen en
principio m‡s evidentes, siendo m‡s complicada la captaci—n
de aquellas transformaciones que afectan al mundo de las
manifestaciones culturales. Seguramente ello est‡ en relaci—n
con la complejidad y la dificultad real con que se producen las
transformaciones en el campo de las ideas y creencias de
quienes experimentan los cambios, cuando, por el contrario, se
han operado de modo flexible o forzado aquellos que afectan a
las estructuras sociales. (Wagner, Pl‡cido y Alvar: 1996, 141
ss).
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE CAMBIO CULTURAL,
ACULTURACIîN Y ASIMILACIîN.
Por supuesto, estamos hablando del cambio cultural. Se
llama as’ a las modificaciones en los elementos y modelos de
un sistema cultural dado que implica alteraciones en ideas y
creencias en torno a como podr’an ser hechas las cosas o a
valores y normas acerca de como debieran ser hechas las
cosas. Es preciso distinguirlo, por tanto, del cambio social que
entra–a modificaciones en la estructura de las relaciones
sociales, es decir, en los cometidos y funciones sociales y en
sus interrelaciones, as’ como en las que existen entre los
grupos o instituciones (Wagner: 2001, 42). Una parte
importante de la investigaci—n considera que los cambios
culturales se relacionan estrechamente con los sociales, a los
que pue de n pr e c e de r o de l os que pue de n s e r
desencadenantes. Es esta una afirmaci—n que, no obstante,
necesita una serie de matizaciones. En principio, la
consecuencia m‡s probable de cualquier innovaci—n es una
retroalimentaci—n, o espiral de interacciones negativa que no
altera el sistema socio-cultural en que se produce (Harris:
1982, 88).
Aœn as’, cierto tipo de cambios infraestructurales, que
afectan a la tecnolog’a, la demograf’a o la ecolog’a, y
estructurales, que inciden sobre las formas y cometidos
sociales o sobre la econom’a, en vez de resultar amortiguados
tienden a propagarse y amplificarse, dando por resultado una
retroalimentaci—n positiva que puede llegar a alcanzar los
niveles superestructurales, produciendo una modificaci—n de
las caracter’sticas fundamentales del sistema socio-cultural.
As’, el cambio cultural resulta m‡s probable si lo modificado
por medio de la influencia o el impacto externo constituye un
aspecto crucial de la estructura o la infraestructura que si
ata–e, exclusivamente, al nivel superestructural (Wagner,
Pl‡cido y Alvar: 1996, 142).
En este contexto, el tŽrmino aculturaci—n define
espec’ficamente los procesos y acontecimientos que provienen
de la conjunci—n de dos o m‡s culturas, separadas y
aut—nomas en principio. Los resultados de esta comunicaci—n
intercultural son de dos tipos. Un proceso b‡sico es la difusi—n
o transferencia de elementos culturales de una sociedad a otra,
que va acompa–ada invariablemente de cierto grado de
reinterpretaci—n y cambio en los elementos. Adem‡s, la
101
situaci—n de contacto puede estimular en general la
innovaci—n en cuanto a ideas, pr‡cticas, tŽcnicas y cometidos.
En este sentido, la aculturaci—n puede implicar un proceso
activo, creativo y de construcci—n cultural.
Sin embargo, es frecuente que la adquisici—n de nuevos
elementos culturales tenga consecuencias disfuncionales o
desintegradoras, lo cual se produce especialmente en
situaciones de aculturaci—n r’gida o forzada (Wachtel: 1978,
154; Burke: 1987, 127), en las que un grupo ejerce dominio
sobre otro y por fuerza orienta las peculiaridades de la cultura
subordinada en direcciones que el grupo dominante considera
deseables. En tales circunstancias, cuando los miembros de un
grupo subordinado perciben que la situaci—n de contacto es
una amenaza para la persistencia de su cultura, pueden
intentar librarse del mismo o erigir barreras sociales que
retrasen el cambio (Wagner: 2001, 49 ss).
La aculturaci—n larga y continuada puede terminar en la
fusi—n de dos culturas previamente aut—nomas, en especial
cuando ocupan un mismo territorio. El resultado en este caso
es el desarrollo de un sistema cultural completamente nuevo.
Sin embargo, no siempre ocurre as’. Por el contrario, algunas
veces varias culturas se atienen a un acomodo mutuo en un
‡rea, quiz‡ en una relaci—n asimŽtrica que les permite persistir
respectivamente en su l’nea distintiva, como parece ser el caso
de pœnicos e iberos en la necr—polis de Villaricos (Chapa:
1997). Es lo que se ha denominado "indiferencia cultural
rec’proca" o de un modo m‡s tŽcnico "pl ural ismo
estabilizado". En otras ocasiones, los representantes de una
cultura pueden llegar a identificarse con el otro sistema, a
costa de un gran cambio en sus valores internos y visi—n del
mundo; si son plenamente aceptados el resultado es la
asimilaci—n. Con este œltimo tŽrmino entendemos una forma
espec’fica de actuar en la pol’tica social, ya que representa uno
de los modos en que una comunidad huŽsped puede decidir
comportarse con respecto a individuos y grupos que le son
cultural, lingŸ’stica y socialmente ajenos. Puede seguirse una
pol’tica de asimilaci—n cuando individuos o grupos extra–os
penetran, activa o pasivamente, en el marco socio territorial de
una sociedad huŽsped, como ocurre con las mujeres
aut—ctonas que se desposan con los colonizadores, pero hay
otros modos de vŽrselas con los extra–os: pueden ser
rechazados, establecidos en enclaves culturales separados,
sometidos a una pol’tica de aculturaci—n forzada pero jam‡s
asimilados, pueden ser esclavizados o insertos en un grupo de
rango inferior (Wagner: 2001, 43).
La asimilaci—n es, por su parte, un proceso din‡mico que
i mpl i ca necesari amente ci erta medi da de contacto
aculturativo; sin embargo el contacto cultural no es de por s’
suficiente para causar la asimilaci—n de los extra–os. Por otra
parte, el contacto intercultural se percibe como una realidad
cada vez m‡s poliŽdrica. Frente a la imagen tradicional de un
prŽstamo mec‡nico, directo y homogŽneo de los colonizadores
sobre los ind’genas, se consolida la idea de una reciprocidad
no f‡cilmente definida y, sobre todo, la desigualdad del
impacto cultural (Alvar: 1990; Wagner: 1995, 120 ss). En
contraste con la aculturaci—n, la asimilaci—n opera casi
102
siempre en sentido œnico: una parte o la totalidad de una
comunidad se incorpora a otra. Por el contrario, aquellas otras
situaciones en que representantes de diversas sociedades se
reœnen para formar una tercera comunidad, enteramente
nueva e independiente, se explican mejor segœn el modelo de
etnogŽnesis.
Adem‡s, la asimilaci—n no constituye un fen—meno del
todo o nada, no representa disyuntiva alguna, sino un
conjunto variable de procesos concretos, los cuales implican
generalmente la resocializaci—n y reculturaci—n de individuos o
grupos socializados originalmente en una comunidad
determinada, que alteran su status y transforman su identidad
social en medida suficiente para que se les acepte plenamente
como miembros de una comunidad nueva en la que se
integran, lo que, por ejemplo, sucede en Cartago con algunas
personas de origen egipcio y griego segœn prueban los
testimonios epigr‡ficos procedentes del tofet (Fantar: 1993,
173). Lo que significa que pueden coexistir un pol’tica
deliberada de asimilaci—n hacia determinados individuos o
grupos con otras actitudes contrarias, como la segregaci—n,
respecto a otros (Wagner: 2001, 44). Tal es lo que pudo haber
ocurrido en muchos casos respecto a la poblaci—n que habitaba
los territorios donde se llegaron a establecer los asentamientos
de los colonos fenicios, segœn sugieren los indicios
arqueol—gicos de que disponemos (vid. infra p. 5).
TambiŽn, como se ha dicho, la aculturaci—n puede obrar
destructivamente en muchas ocasiones, sobre todo cuando
forma parte de un sistema de explotaci—n colonial, dando lugar
entonces a fen—menos de rechazo y supervivencia cultural
conocidos como contra-aculturaci—n, que se pueden
manifestar de muy diversas formas, y a la desestructuraci—n de
la formaci—n social que recibe el impacto de los elementos
culturales externos (Alvar: 1990, 23 ss), consecuencia muchas
veces de una aculturaci—n forzada como alternativa a la
asimilaci—n. En tales consideraciones se fundamenta la cr’tica
al car‡cter supuestamente positivo de la aculturaci—n y a las
consecuencias beneficiosas de las relaciones de intercambio
cultural.
Por consiguiente, los resultados de la interacci—n cultural
son muy diversos y no dependen s—lo, ni aœn de forma
predominante, de la iniciativa y la actividad de los agentes
externos de la aculturaci—n, como los comerciantes y
colonizadores, sino que en gran medida se deben tambiŽn a la
actitud de quienes reciben el impacto cultural externo, y que
no debemos considerar como meramente pasiva. La
asimilaci—n, como una de las consecuencias posibles del
contacto cultural, no s—lo depender‡ de la pol’tica empleada a
este respecto por los colonizadores, sino tambiŽn de la actitud
de los aut—ctonos hacia ella.
LAS FORMAS Y EL CARçCTER DEL CONTACTO CULTURAL EN EL
çMBITO DE LA INTERACCIîN COLONIAL.
Aunque poseemos algunas noticias de violencia en el
marco de la presencia colonial fenicia, los intentos realizados
para interpretarlas no siempre han resultado satisfactorios.
103
Durante mucho tiempo se pens— en tŽrminos de "coexistencia"
para caracterizar las relaciones coloniales establecidas por los
griegos y de "dominaci—n" e "imperialismo" las de los fenicios
y pœnicos. Pasada aquella "helenof’lia", la "fenicofobia"
subyacente fue sustituida por una "fenicof’lia" igual de
exagerada. Parece cierto que la conquista no fue el mŽtodo
principal empleado por los fenicios, ni siquiera por los
cartagineses (Whittaker: 1978, 64 ss; Wagner: 1989, 149 ss cfr:
L—pez Castro: 1991a y 1991b), pero ello no implica la ausencia
de violencia en el contexto colonial. No es preciso que exista
conquista para que se de la dominaci—n y la explotaci—n, por el
contrario ambas se encuentran tambiŽn presentes en los
sistemas de colonizaci—n "pac’fica", all’ donde la violencia no
ha sido el instrumento principal empleado por los
colonizadores, as’ como en las relaciones comerciales. Las
fortificaciones sobre el litoral norteafricano pr—ximo a Cartago
y en la zona de influencia de las ciudades pœnicas (Tharros,
Sulcis, Caralis) de Cerde–a revelan estrictos objetivos de
control territorial y acceso a los recursos del interior (G—mez
Bellard: 1990, 52) que dejan planteada la cuesti—n del
comportamiento frente a las gentes aut—ctonas que las
habitaban, que de forma bastante acr’tica se suele considerar
como "bueno" o "pac’fico", as’ como su estatuto en el seno de
las relaciones que se establecen en el marco colonial.
Es Žsta una cuesti—n de gran importancia, dado el alcance
de aquellas interpretaciones que defienden la "coexistencia"
m‡s o menos pac’fica en el contexto de las relaciones
coloniales. No obstante, el tŽrmino "coexistencia" no dice nada
por s’ mismo, si no es acompa–ado de un significado social
que lo llene de contenido (Morel: 1984, 126). La cuesti—n de la
violencia en los contactos interculturales es particularmente
compleja, ya que por violencia no debe entenderse tan s—lo la
mera agresi—n f’sica que se ejerce de forma m‡s o menos
directa sobre las personas o las cosas. De hecho la agresi—n
puede revestir modos mucho m‡s sutiles e incluso
inintencionados. Baste pensar en los casos que implican, por
ejemplo, la transformaci—n por el grupo culturalmente extra–o
del espacio y el paisaje cultural y sagrado local, o la violaci—n,
que puede ser o no deliberada, de un determinado tabœ o de
una regla especifica de conducta.
En todos estos casos, el grupo cultural afectado percibe
una agresi—n por parte de los miembros de la cultura externa.
El contacto violento ser‡, por consiguiente, aquel que implica
cualquier forma de agresi—n externa sobre la cultura local,
dejando a un margen la cuesti—n de la intencionalidad
concreta. Esta agresi—n puede manifestarse en el plano
demogr‡fico (eliminaci—n directa o indirecta de las personas),
ambiental (destrucci—n o modificaci—n de paisajes locales),
cultural (violaci—n de tabœes, espacios sagrados, normas de
conducta, etc), econ—mico (destrucci—n o apropiaci—n de
fuentes de recursos locales), social (eliminaci—n o alteraci—n de
las pautas y relaciones sociales y de las formas de integraci—n y
cohesi—n social propias), conductual (introducci—n de normas
de conducta perversas o modificaci—n indeseada de las
existentes) o biol—gica (introducci—n de enfermedades)
104
En la Pen’nsula IbŽrica, en Toscanos y otros lugares de la
colonizaci—n fenicia arcaica hay datos arqueol—gicos
-cer‡micas a mano de tradici—n aut—ctona, el muro
fortificaci—n de Cerro Alarc—n- que permiten suponer un
primer momento de "coexistencia" que luego es reemplazada
por la expulsi—n, Ào quiz‡s la asimilaci—n? de los aut—ctonos
(Whittaker: 1974, 71 ss; Mart’n Ruiz: 1995-6; cfr: JimŽnez
Flores: 1996, 161 ss). Otro tanto cabe decir de Lixus, sobre la
costa atl‡ntica de Marruecos, donde la cer‡mica a mano con
formas propias del Bronce Final tard’o del sur de la Pen’nsula
IbŽrica presenta un alto porcentaje en los niveles de la primera
mitad del siglo VIII a. C. para disminuir en momentos
posteriores (L—pez Pardo: 2002, 6 ss).
Conflictos entre Gadir y sus vecinos, cuyo significado
exacto aœn desconocemos, han encontrado eco en las fuentes.
Por otra parte, hay diversos posibles indicios de una presencia
fenicia en el seno de comunidades aut—ctonas. As’, la
iconograf’a orientalizante de las cer‡micas policromas de
Montemol’n (Marchena, Sevilla) es considerada propia de
individuos que, pese a su ascendencia for‡nea, llevan viviendo
largo tiempo en la Pen’nsula. Quiz‡, incluso, se trate de una
segunda generaci—n, nacida ya en Occidente, pero que no
tienen relaci—n necesaria con los habitantes de las colonias y
asentamientos costeros, ni del propio Gadir (Chaves y De la
Bandera: 1993, 71 ss). Cabe resaltar que en el mencionado
yacimiento las excavaciones han puesto a la luz la existencia de
plantas de edificios que tienen su origen en Siria y Fenicia, con
gran desarrollo en los siglos VIII-VII a. C, y que por el
momento no han sido detectados en los asentamientos
coloniales de las costas de nuestra Pen’nsula (Chaves y De la
Bandera: 1991).
Un an‡lisis minucioso del registro arqueol—gico y el
estudio faun’stico han permitido identificar uno de ellos como
pieza clave de un centro sacrificial (De la Bandera, ea: 1995).
Hallazgos recientes en Carmona, como el recinto ceremonial
excavado en el solar de la casa-palacio del MarquŽs de Saltillo,
ubicado en el barrio m‡s cercano a la necr—polis de la Cruz del
Negro (BelŽn: 1994, 2000, 303 ss y 2001, 8 ss), sugiere, por la
riqueza y profunda simbolog’a de sus materiales, la presencia
de una comunidad oriental afincada en el lugar (BelŽn y
Escacena: 1995, 86 y 91 ss; 1998). Por otra parte, si en el
Carambolo existi— realmente un santuario de AstartŽ, como en
ocasiones se ha defendido (Bl‡zquez, Alvar y Wagner: 1999:
388 ss.), "no parece muy razonable sostener, por muy
ind’genas que puedan ser otros materiales arqueol—gicos
desprovistos de tanta carga simb—lica hallados en el
yacimiento, que dicho recinto sagrado sea fiel reflejo de las
pr‡cticas religiosas de la comunidad aborigen. El Carambolo
recibe precisamente su nombre del hecho de ser uno de los
promontorios mas elevados de la cornisa oriental del Aljarafe,
y desde luego el m‡s cercano a Sevilla de dicho otero, en l’nea
recta hacia poniente. As’ que, si esta œltima ciudad es una
fundaci—n fenicia como quiere la leyenda y sugiere el propio
top—nimo Spal (D’az Tejera: 1982, 20; cfr: Lipinski: 1984,
100), no deber’a extra–arnos la presencia de un santuario
oriental en sus inmediaciones" (BelŽn y Escacena: 1995, 86).
Parece, por tanto, que podr’a tratarse de dos establecimientos
complementarios y de fundaci—n coet‡nea promovida por los
105
fenicios hacia mediados del siglo VIII a. C., segœn una revisi—n
reciente de algunos de los materiales ya conocidos, en un lugar
que entonces se encontraba muy pr—ximo a la costa (Arteaga,
Schulz y Roos: 1995).
Intervenciones arqueol—gicas recientes en el Cerro de San
Juan en Coria del R’o (Sevilla) han sacado a la luz sectores de
un santuario y viviendas adyacientes que formar’an parte de
un barrio fenicio ubicado en la Caura tartŽsica, por aquel
entonces situada junto a la paleodesembocadura del
Guadalquivir (Escacena e Izquierdo: 2001; Escacena: 2002).
Por otra parte, la fundaci—n del m‡s antiguo santuario de
Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) sobre una
construcci—n ovalada que se encontr— en los niveles m‡s bajos
del yacimiento, siguiendo una pauta que conocemos en otros
lugares, como El Carambolo, Mesa de Setefilla o Montemol’n,
responde a un est’mulo exterior (Celestino PŽrez: 2000, 147;
2001, 36) que, sin embargo, no parece que haya sido
protagonizado por gentes tartŽsicas, habida cuenta de la
l ent i t ud con que se i ncorporan l as i nnovaci ones
arquitect—nicas y urban’sticas en el mundo orientalizante y el
escaso alcance de la aculturaci—n religiosa (vid. infra p. 8), lo
que sugiere, de nuevo, una presencia fenicia, que ya hab’a sido
sospechada por otros investigadores dadas las car‡cter’sticas
del edificio y sus materiales arqueol—gicos (L—pez Pardo: 1990;
L—pez Domech: 1999, 65). Ahora bien, Òen el an‡lisis del
funcionamiento econ—mico de los santuarios caben
perspectivas muy diferentes. Su papel como reguladores o
agentes econ—micos ha sido ya destacado; pero no menos
intresante es su importancia como centros organizadores de
ocupaci—n territorial...Ó(Alvar: 1999, 12).
La presencia estable de gentes fenicias en el asentamiento
de La Pe–a Negra en la Sierra de Crevillente sugiere,
asimismo, la instalaci—n de una factor’a dependiente de la
colonia litoral de La Fonteta (Guardamar de Segura, Alicante)
y ha sido igualmente documentada por la investigaci—n
arqueol—gica (Gonz‡lez Prats: 1983; 1986 y 1993). Una
situaci—n similar se puede percibir en Tejada la Vieja (Huelva)
con la aparici—n de construcciones con z—calo de piedra y
planta rectangular y un urbanismo planificado en torno a
calles de trazado rectil’neo (Fernandez Jurado y Garc’a Sanz:
2001, 166 ss.) que parecen responder al asentamiento de
poblaci—n fenicia en el lugar a partir de finales del siglo VII a.
C. (Wagner: 1993, 21; 1995, 113 y 2000, 333; cfr: D’es Cus’:
2001, 100). Otro tanto puede decirse respecto de C‡stulo
(Linares, JaŽn) aunque aqu’, como en Montemol’n, la
aparici—n de las construcciones ÒfeniciasÓ es m‡s temprana,
produciŽndose ya en la segunda mitad del siglo VIII a. C. (D’es
Cus’: 2001, 103 ss). Por œltimo, una inscripci—n funeraria en
car‡cteres cursivos fenicios sobre una l‡mina de oro con
figuraci—n egipcia, perteneciente a un var—n y procedente de
Moraleda de Zafayona (Granada) vuelve a sugerir la presencia
semita en el interior (Ruiz Cabrero: 2002).
As’ pues, tanto la formaci—n de comunidades mixtas
como los fen—menos de mestizaje debieron de ser habituales
en los asentamientos aut—ctonos como Mesas de Asta,
106
C a r mo n a , Mo n t e mo l ’ n o l a mi s ma C ‡ s t u l o
(Fern‡ndez-Miranda: 1995, 405), como lo eran tambiŽn en la
costa. En este œltimo lugar, famoso tambiŽn por su santuario
oriental ((Bl‡zquez y Garc’a-Gelabert: 1987) se han detectado
posibles testimonios de mestizaje, as’ como un ritual funerario
de tradici—n semita patente en la selecci—n de los objetos del
ajuar con funciones espec’ficas en ceremonias de libaci—n,
combusti—n de esencias y ofrendas (De la Bandera y Ferrer:
1995), que tambiŽn aparece en muchos enterramientos de las
necr—polis orientalizantes.
EL ALCANCE DEL CAMBIO CULTURAL EN LAS POBLACIONES
AUTîCTONAS.
Se ha se–alado en ocasiones el car‡cter selectivo y poco
profundo de la aculturaci—n "orientalizante" de est’mulo
fenicio en Tartessos (Aubet: 1978-9, 99 y 106; Wagner: 1983,
18 ss; 1986a; BelŽn y Escacena: 1995) donde el "orientalizante"
parece un fen—meno que afecta sobre todo a las Žlites locales.
El conocimiento y uso del alfabeto, la metalurgia avanzada que
inclu’a la tecnolog’a del hierro, la fabricaci—n del vidrio, el
torno de alfarero, diversas tŽcnicas y manifestaciones
arquitect—nicas, as’ como el acceso a creencias y pr‡cticas
religiosas de origen oriental, y una mayor prosperidad
econ—mica consecuencia de la incorporaci—n a los circuitos de
intercambio mediterr‡neos, suelen considerarse los rasgos
m‡s significativos de esta aculturaci—n ÒorientalizanteÒ
(Bl‡zquez: 1991, 35 ss). Ahora bien, si la aculturaci—n de las
elites locales no implicaba necesariamente, como parece, la del
resto de la poblaci—n (Tsirkin: 1981, 417 ss), que en general se
mostr— poco proclive al cambio cultural, es preciso considerar,
por otra parte, el "orientalizante" como un proceso hist—rico de
cambio, de transformaci—n de las relaciones sociales al tiempo
que de la tecnolog’a, que afect— a toda la formaci—n social
tartŽsica y no s—lo a sus Žlites (Carrilero: 1993, 171), lo que
pone de manifiesto la complejidad de la din‡mica responsable
del acontecer hist—rico y subraya el car‡cter no pasivo de las
poblaciones "aculturadas" en tal proceso. Por ello mismo el
car‡cter "aculturador" del "orientalizante" se relativiza mucho,
mientras adquieren significaci—n otros fen—menos que son de
’ndole m‡s socioec—n—mica (encumbramiento de las Žlites,
nuevas relaciones de dependencia, plasmaci—n territorial del
poder pol’tico...) que cultural.
En el territorio ÒtartŽsicoÓ la hegemon’a sociopol’tica se
destaca, fundamentalmente, por la ostentaci—n orientalizante
que simboliza sus relaciones de poder y aquello que las
legitima. Conocemos esta ostentaci—n, sobre todo, en el
terreno funerario, donde la imitaci—n de rituales y la rŽplica
met‡lica del servicio cer‡mico utilizado por los colonizadores
fenicios en sus tumbas no es tanto s’ntoma de una
aculturaci—n (Mart’n Ruiz: 1996, 39-49; 2000, 1835 ss) que en
otros campos no se manifiesta tan intensa ni profunda
(Wagner: 1995, 120 ss), cuanto una manifestaci—n simb—lica
de la legitimidad de su poder. Al menos en Andaluc’a
occidental, parece que en el proceso de evoluci—n desde el siglo
VIII a. C. las poblaciones aut—ctonas conservan en buena
medida su identidad a pesar de convivir con los fenicios
(BelŽn: 1986, 263-74).

107
La asi mi l aci —n del i mpact o cul t ur al ext er no
"orientalizante" se produjo de forma selectiva y, en muchas
ocasiones, con un ritmo ciertamente pausado. Estudios
recientes sobre la influencia de la arquitectura fenicia entre las
poblaciones aut—ctonas (D’es Cus’: 2001; Escacena e
Izquierdo: 2001) y la incidencia de las pr‡cticas y creencias
religiosas orientales en el ‡mbito cultural tartŽsico
(De la Bandera: 2002; BelŽn y Escacena: 2002) apuntan en
este sentido, dejando abierta la posibilidad de la presencia de
grupos estables de poblaci—n fenicia en aquellos lugares en los
que la aceptaci—n de los elementos culturales externos, tanto
arquitect—nicos como religiosos, se hizo con mayor rapidez y
de forma m‡s completa. Por otra parte, como ha sido
observado Òentre comunidades de muy distinto nivel
tecnol—gico y de diferente estructura econ—mica, la
transferencia de ideas pol’ticas y sociales resulta, si cabe, tan
problem‡tica o m‡s que la de las formas y los conceptos
religiosos. En este terreno, las intercambios suelen ser fluidos
s—lo cuando las necesidades de una de las dos comunidades en
contacto hacen que el prŽstamo por parte de la otra aparezca
como el invento de m‡s bajo coste. Y aœn as’, cuando la cultura
supuestamente m‡s propensa a transformarse por su inferior
desarrollo tŽcnico se encuentra bien adaptada al ecosistema en
que vive, a largo plazo la impermeabilidad suele prevalecer
sobre las presiones favorecedoras del cambio. Esta es la
impresi—n general que nos produce el mundo de la
Protohistoria del Bajo Guadalquivir cuando abordamos el
an‡lisis de la secuencia cultural completa que va desde el
Bronce Final hasta los comienzos de la conquista romanaÓ
(BelŽn y Escacena: 1995, 87).
Lo que parece haberse producido, por consiguiente, no es
tanto una aculturaci—n generalizada cuanto un proceso en el
que la econom’a local se introduce en los circuitos del
intercambio colonial, con lo que supone de aumento de la
riqueza, ostentaci—n e incremento de la complejidad social
(Barcel—: 1992, p. 267). Los objetos y ritos fenicios son
imitados porque traducen al plano simb—lico una realidad
segœn la cual la hegemon’a de la aristocracia tartŽsica
descansa sobre la presencia colonial fenicia. La aristocracia es
poderosa porque el comercio con los fenicios le permite
"realizar" el excedente, gracias a que as’ puede apropiarse del
producto del trabajo ajeno. En un sistema de rango y jerarqu’a
el comercio con los colonizadores proporcionaba la capacidad
no s—lo de adquirir nuevos bienes de prestigio que contribuyan
a reproducir las relaciones sociales que han encumbrado a los
grupos dirigentes de la sociedad, sino que mediante su
adquisici—n, al movilizar la fuerza de trabajo necesaria para
dar respuesta a los requerimientos de los colonizadores,
posibilitan la apropiaci—n de una parte del excedente en forma
de trabajo extra (Wagner: 1995).
Debe considerarse, por tanto, que en los grupos situados
en la cœspide de la jerarqu’a social de las sociedades
aut—ctonas, la aculturaci—n constitu’a sobre todo un
mecanismo eficaz para su integraci—n en el estamento colonial,
incorpor‡ndolas a la jerarqu’a organizativa, si bien en un
posici—n subalterna que aseguraba la primac’a de los
colonizadores y la capacidad para movilizar fuerza de trabajo
local. La aculturaci—n actuaba, por lo tanto, como una forma
de dominaci—n, acercando los intereses de las elites aut—ctonas
108
a los de los colonizadores, de tal forma que aquellas realizaban
el trabajo que interesaba a los fines de Žstos. La consecuencia
era un aumento de la explotaci—n, si definimos como tal la
producci—n de un excedente que luego sera objeto de
apropiaci—n por otros en el marco de la trama de relaciones de
dependencia colonial, y de las desigualdades, no s—lo
culturales, sino lo que es m‡s importante y significativo,
econ—micas y sociales.
LAS ELI TES ORI ENTALI ZANTES EN EL REGI STRO
ARQUEOLîGICO FUNERARIO.
Los datos m‡s interesantes proceden de Las Cumbres (El
Puerto de Santa Mar’a, C‡diz), Setefilla (Los Alcores, Sevilla) y
La Joya (Huel va) pri nci pal ment e. En l a pri mera,
enterramientos de incineraci—n en urna bajo tœmulo
aprovechan l as oquedades del suel o, se deposi tan
directamente sobre la roca o en un peque–o hoyo practicado
en el mismo. El tœmulo 1, el œnico excavado hasta el momento,
se extiende sobre una superficie circular de unos 500 m2,
alcanzando, con una secci—n troncoc—nica, una altura m‡xima
de 1,80 m en su parte central m‡s alta. Alberga un total de 62
incineraciones y se estima que estuvo en uso entre ochenta y
noventa a–os antes de ser definitivamente clausurado a finales
del siglo VIII a. C. (Ruiz Mata y PŽrez: 1989; Ruiz Mata: 1991)
El centro estaba ocupado por el ustrinum, disponiŽndose los
enterramientos en torno suyo. Los ajuares m‡s ricos, que
inclu’an objetos met‡licos, como broches de cintur—n de un
s—lo garfio, f’bulas de doble resorte y cuchillos de hierro
afalcatados, corresponden a las tumbas m‡s cercanas a Žste,
mientras que segœn nos alejamos del centro las tumbas
presentan ajuares m‡s pobres e incluso ausencia total de Žstos.
En algœn momento se asocia al tœmulo principal, en su lado
S.O., una estructura tumular mucho m‡s peque–a, un tœmulo
secundario cuyo centro lo ocupa una incineraci—n rodeada de
un muro circular de mamposter’a y que descansa sobre un
suelo artificial de arena de playa. Este enterramiento destaca
por su posici—n, su estructura m‡s elaborada y su mayor ajuar
de las trece restantes incineraciones del tœmulo secundario
que contienen, sin embargo, ajuares de cierta riqueza (Ruiz
Mata y PŽrez: 1996, 176 ss). Se ha sugerido su pertenencia a un
grupo de fenicios integrados, de esta manera, en la necr—polis
aut—ctona (Ruiz Mata: 1991, 213; cfr: Gonz‡lez Prats: 2000,
309). Pero no hay atisbos arqueol—gicos de la existencia de
unas elites sino, a lo sumo, de diferencias de rango y prestigio
social entre los individuos insertos en unas mismas
estructuras de parentesco.
En Setefilla, los tœmulos A y H, fechados en el siglo VII a.
C., contienen c‡maras funerarias de piedra de planta
cuadrangular que fueron levantadas sobre las necr—polis de
incineraci—n de base. De notables dimensiones -la del tœmulo
A mide 10 m de longitud por 5,50 m de anchura en forma de
pir‡mide truncada que encierra una c‡mara interior de 3,50
por 2,20 m-, albergaban inhumaciones individuales o dobles
(tœmulo H) en fosa con un rico ajuar met‡lico -jarros, p‡teras
y quemaperfumes de bronce- adem‡s de objetos de oro y
marfil y cer‡micas fenicias de importaci—n (platos y cuencos
de barniz rojo). La construcci—n de estas c‡maras parece haber
destruido parcialmente los enterramientos sobre los que se
alzan (Aubet: 1975, 1981a, 1981b y 1982). Se aprecia tambiŽn
109
una estrecha relaci—n entre la disposici—n espacial de las
tumbas dentro del tœmulo y la riqueza de los ajuares que
contienen.
En el tœmulo A, de 29 m de di‡metro y con una altura que
pudo alcanzar en su zona central los 3,50 m, las tumbas m‡s
ricas con objetos de plata, alabastrones, f’bulas y broches de
cintur—n, adem‡s de cer‡mica fenicia importada, son las que
se hallan m‡s cerca del centro. En posici—n semiperifŽrica se
encuentran aquellas que no contienen objetos de importaci—n
y con escasos elementos met‡licos. En la periferia del tœmulo
aparecen las tumbas m‡s pobres, que contienen por lo general
una urna exclusivamente (Aubet: 1995, 404). El an‡lisis de los
restos de las incineraciones y de los ajuares permite sostener
que estas œltimas pertenecen, por lo comœn, salvo algœn
individuo adulto, a j—venes y neonatos. Las tumbas en posici—n
semiperifŽrica corresponden a enterramientos masculinos,
femeninos e infantiles indistintamente, mientras las m‡s
cercanas al centro y de ajuares m‡s ricos pertenecen a adultos
j—venes, con algœn individuo de mayor edad, casi siempre
varones (Aubet: 1995, 402 ss).
Esta disposici—n se repite en el interior del tœmulo B, de
dimensiones m‡s peque–as (16, 70 m de di‡metro y 1,30 de
altura) y mejor conservado. Es algo m‡s tard’o y no tiene
c‡mara funeraria central, aunque los ajuares son en general
m‡s ricos. Una rasgo significativo lo constituye la presencia de
algunos enterramientos dobles, generalmente cerca del centro,
que corresponden a adultos y ni–os. Casos excepcionales son
la presencia de tumbas con ajuares ricos en la periferia del
tœmulo. En el tœmulo A se ha documentado la de un adulto
var—n con un ajuar bastante rico formado por objetos y
herramientas, toberas, la–as, etc, propias de un metalœrgico.
En el tœmulo B destaca por su posici—n perifŽrica la sepultura
relativamente rica de una ni–a de unos 6/8 a–os de edad
(Aubet: 1975, 403 ss; Ruiz Mata y PŽrez: 1996, 181-184). En
otras ocasiones, en las necr—polis de esta misma regi—n, como
sucede en Acebuchal o en Ca–ada de Ruiz S‡nchez, los
tœmulos contienen inhumaciones en fosa con ajuares muy
ricos. En Acebuchal dos inhumaciones, al parecer una de ellas
femenina, ocupaban una misma fosa de mamposter’a, cuyo
ajuar met‡lico conten’a objetos de plata (broche de cintur—n,
f’bula), y de oro (perlas, tisœs) adem‡s del comœn repertorio de
objetos de bronce y cer‡micas fenicias (Mart’n Ruiz: 1996, 9
ss).
En la necr—polis de La Joya (Huelva) destaca la variedad
de ritos (inhumaci—n e incineraci—n) y de tipolog’as funerarias
(c‡maras, fosas, hoyos) sin que existan dos enterramientos
iguales (Garrido y Orta: 1978, 17, cfr: Ruiz Mata y PŽrez: 1996,
190 ss). Los ajuares m‡s ricos se dan tanto en las tumbas de
inhumaci—n como en las de incineraci—n. Entre las primeras
destaca la n¼ 17, con dos ‡nforas de saco, dos platos de engobe
rojo, tres platos de cer‡mica gris, quince cuencos a mano y un
soporte, un jarro, un brasero, un quemaperfume, un espejo, un
broche de cintur—n y dos soportes de bronce, dos cuchillos de
hierro, as’ como piezas de un carro de parada y bocados de
caballo. Entre las segundas, la n¼ 18, que conten’a dos platos
de engobe rojo, dos ‡nforas de saco, cuatro copas de paredes
110
finas y cuencos y grandes vasos a mano, as’ como placas de
bronce caladas, un jarro y un brasero de bronce, restos de un
probable escudo, un colgante de oro, un cuchillo de hierro y un
huevo de avestruz. TambiŽn destacan algunas inhumaciones
en posici—n ÒviolentaÓ, con el cr‡neo fracturado y con escaso o
ningœn ajuar. Algunas tumbas conten’an escorias met‡licas
como elementos de ajuar y una descansaba sobre un suelo
artificial de arena de playa (Ruiz Mata y PŽrez: 1996, 190 ss;
Mart’n Ruiz: 1996, 11, 23 y 26 ss).
La c‡mara cuadrangular y, sobre todo, la adopci—n del
rito de inhumaci—n que contrasta con las restantes
incineraciones, puede interpretarse como un deseo por parte
del ocupante de la tumba ÒprincipescaÓ de reforzar su reciŽn
adquirida posici—n social mediante una conexi—n directa con
antepasados lejanos; como si fuera descendiente de unas elites
que arqueol—gicamente podr’amos asociar en la regi—n a los
vestigios en el Bronce Pleno de inhumaciones con ajuar
guerrero (Ruiz Mata: 1994, 247 ss). Esta opci—n tiene sin
embargo en su contra un excesivo distanciamiento cronol—gico
(BelŽn y Escacena: 1995, 89) y el hecho de que apenas
sabemos nada sobre las pr‡cticas funerarias del Bronce Final,
lo que se ha atribuido a un vac’o de investigaci—n que los
recientes hallazgos de Mesas de Asta (C‡diz) tal vez puedan
colmar en parte (Ruiz Mata y PŽrez: 1996, 194; Gonz‡lez,
Barrionuevo y Aguilar: 1995, 218) o a un tipo de ritual
funerario que apenas deja rastro (Ruiz G‡lvez: 1992, 236;
BelŽn, Escacena y Bozzino: 1991, 225 ss).
En aquellos casos en que, como en Acebuchal o Ca–ada
de Ruiz S‡nchez, el tœmulo conten’a œnicamente el
enterramiento ÒprincipescoÓ podemos sospechar una
separaci—n inicial de los miembros de las incipientes elites de
sus respectivos grupos de parentesco. El cualquier caso el
proceso no debi— de ser homogŽneo, como revela la
persistencia de las incineraciones en algunos de los
enterramientos m‡s suntuosos, como ocurre tambiŽn en
Ca–ada de Ruiz S‡nchez, C‡stulo o La Joya (Ruiz Mata y
PŽrez: 1996, 190). En esta œltima necr—polis el proceso de
acumulaci—n de riqueza parece haber sido m‡s r‡pido y
distinto que en Setefilla, afectando a un mayor nœmero de
personas.
El caos tipol—gico y funerario sugiere una pronta
disoluci—n de los v’nculos de parentesco y, al mismo tiempo,
una ausencia de definici—n n’tida de prestigio propia de un
proceso r‡pido de acumulaci—n de riqueza. Las personas
enterradas en las tumbas ÒprincipescasÓ ostentan una posici—n
social de privilegio que no tiene tanto que ver con el lugar que
ocupan en sus linajes cuanto con la riqueza que les
proporciona la relaci—n en el ‡mbito colonial con los fenicios.
EL PROBLEMA DE LAS ÒTUMBAS FENICIASÓ EN LAS
NECRîPOLIS ÒORIENTALIZANTESÓ.
En contraste con todo lo expuesto hasta el momento, el
registro arqueol—gico proporciona en algunas necr—polis las
supuestas pruebas de la profunda aculturaci—n de algunos
grupos de la poblaci—n local, m‡s all‡ de la elite
111
redistribuidora que controla los intercambios con el ‡mbito
colonial, si bien, como cabr’a esperar, no de una forma
homogŽnea. Y si aceptamos que las denominadas Òtumbas
principescasÓ (Mart’n Ruiz: 1996 y 2000) constituyen
precisamente el reflejo funerario de aquellas elites
orientalizantes, el tipo de sepultura que delatar’a la presencia
de los aut—ctonos m‡s aculturados no tiene, por el contrario,
nada de principesco, ni en las estructuras ni en los ajuares
funerarios, lo que implica ya una contradicci—n ante la
posibilidad de que grupos no elitistas de la poblaci—n local
hayan resultado m‡s profundamente afectados por el cambio
cultural que las propias elites.
Se trata de incineraciones de claro Òambiente funerario
fenicioÓ depositadas bien en ‡nforas pithoides o contenedores
de similar tipolog’a y tambiŽn de las denominadas tumbas tipo
ÒCruz del NegroÓ, enterramientos de incineraci—n en un
recipiente a torno de tipolog’a fenicia -urnas de cuerpo
globular de perfil esfŽrico u ovoide con decoraci—n b’croma en
franjas horizontales, cuello cil’ndrico o troncoc—nico y
peque–a asas geminadas que arrancan de la parte central del
mismo- que es depositado directamente en el suelo, en una
peque–a oquedad practicada en Žste o, en ocasiones, en una
fosa (Maier: 1966, 159).
En el Bajo Guadalquivir este œltimo tipo de tumbas est‡n
presentes, adem‡s de en la necr—polis de la que toman el
nombre, en las tambiŽn sevillanas necr—polis de Bencarr—n,
particularmente en la Del Camino (Maier: 1996; S‡nchez
Andreu y Ladr—n de Guevara: 2000), as’ como en El Acebuchal
(Torres Ortiz: 2000, 72) y Campo de Las Canteras (BelŽn:
1986, 267) y en el tœmulo 1 de Las Cumbres (Ruiz Mata: 1991,
212). TambiŽn aparecen en Huelva, en algunos enterramientos
de la La Joya (Garrido: 1970, 33 y 36; Garrido y Orta: 1978, 24
ss, 45 ss y 48 ss). En Extremadura est‡n presentes en los
enterramientos m‡s antiguos de la fase I de la necr—polis
Medell’n (Badajoz) as’ como en la vecina de Mengabril
(Almagro Gorbea: 1977, 280 ss). En Portugal tumbas tipo
ÒCruz del NegroÓ han sido encontradas en la necr—polis de
Senhor dos M‡rtires, en Alc‡cer do Sal (Arruda: 1999-2000,
74 ss).
Pero, seguramente, el hallazgo m‡s sorprendente y a la
vez interesante se ha producido en la necr—polis alicantina de
Les Moreres, espacio funerario del asentamiento de la Pe–a
Negra, que en su fase II, con una cronolog’a del 750 al 625 a.
C., ha proporcionado varios de este tipo de enterramientos
formando un grupo homogŽneo presumiblemente de varones
(Gonz‡lez Prats: 2002, 242, 255, 275 y 277). Si ya resultaba
poco convincente la profunda aculturaci—n funeraria de una
parte de la poblaci—n aut—ctona alejada socialmente de las
elites y presuntamente detectada en necr—polis de la regi—n
tartŽsica y ‡reas geogr‡ficas vecinas, su presencia en Les
Moreres a–ade aœn m‡s interrogantes, ya que significar’a un
resultado pr‡cticamente idŽntico de la aculturaci—n
orientalizante de influjo fenicio sobre poblaciones muy
distantes. Por consiguiente, si en una necr—polis aut—ctona,
como es el caso, se detecta a partir de un momento dado un
cambio significativo en las pautas de enterramiento,
112
acompa–ado de importaciones fenicias y de un grupo
homogŽneo de tumbas que, en contraste con las dem‡s,
presenta claras analog’as con los enterramientos fenicios de la
Ibiza arcaica y, por supuesto, con enterramientos similares
presentes en algunas necr—polis ÒorientalizantesÓ Àestamos
obligados a pensar que todo ello no es sino el resultado de la
aculturaci—n?. Pero, sobre todo, cuando sabemos de la
presencia estable de fenicios en el vecino asentamiento por la
misma Žpoca. Es obvio, por otra parte, que no podemos pensar
en una asimilaci—n cultural, ya que todas estas Òtumbas
feniciasÓ se han descubierto, en muchos casos, en necr—polis
en las que comparten, como en Les Moreres, el espacio
funerario con enterramientos considerados de tradici—n
aut—ctona, todo lo cual sugiere una convivencia, cuando no un
mestizaje, entre fenicios y aut—ctonos, algo de lo que ya nos
hablaban los textos antiguos (Estrab—n, III, 2, 13: cfr: BelŽn:
2000, 308).
Otro problema procede de la necesidad de localizar el
foco colonial aculturador. Curiosamente, este tipo de
enterramientos apenas est‡ representado en las necr—polis
fenicias del litoral, salvo en el polŽmico caso de Frigiliana,
aunque es cierto que realmente apenas podemos hablar de
necr—polis, sino m‡s bien de grupos de tumbas como se ha
se–alado recientemente (Aubet: 1996, 503 y 505), por lo que
muchas de las necr—polis fenicias de la costa estar’an aœn por
descubrir. Conocemos, sin embrago, desde hace tiempo una
interesante salvedad que, no obstante, no ha sido valorada en
todo su interŽs. En Ibiza, el sector arcaico de la necr—polis de
Puig des Molins plantea algunas cuestiones de gran
significaci—n (Costa Ribas: 1991; G—mez Bellard, ea: 1990, 30
ss, 91-122). Se trata de una necr—polis de incineraci—n que
presenta las siguientes variantes:
a) Los huesos se depositan directamente sobre la roca.
b) Los huesos se colocan en un agujero de la roca, que puede
ser natural, haber sido parcialmente retocado o tratarse de una
cavidad totalmente artificial.
c) Los huesos son introducidos previamente en una urna que a
su vez es depositada en algœn de los tipos de cavidades
mencionadas.
d) Los restos incinerados son colocados en fosas, de las que se
pueden distinguir, las simples, aquellas que tienen resaltes
laterales y las que presentan un canalillo central (G—mez
Bellard, ea: 1990, 156 ss).
El tipo de sepulturas, un peque–o hoyo excavado en el
suelo o una oquedad natural de Žste, el rito de cremaci—n y la
propia tipolog’a de las urnas cinerarias, del tipo ÒCruz del
NegroÓ, (ibid., 157) se documentan todos ellos en otros lugares
fenicios del Mediterr‡neo, como Motia en Sicilia, Rachgoun en
Argelia o la misma Cartago. TambiŽn aparecen, como
acabamos de ver, fosas de cremaci—n simples, as’ como
escalonadas o con canalillo central, estructuras funerarias que
tambiŽn se encuentran en Cartago, Cerde–a y en la Pen’nsula
IbŽrica, en Jard’n, Villaricos y la propia C‡diz (Aubet: 1996,
497 ss, Torres Ortiz: 1999, 131 y 133). De todas ellas destacan
las cremaciones sin urna depositadas en fosas en C‡diz y
113
Villaricos (Ramos Sainz: 1990, 42, 62 y 65 ss). No faltan los
encanchados tumulares utilizados para sellar alguna sepultura
(G—mez Bellard, ea: 116), un tipo de estructuras que se
conocen bien en las necr—polis ÒorientalizantesÓ de la
Pen’nsula. ÒPor lo tanto, el an‡lisis del comportamiento
funerario en los enclaves fenicios debe completarse con los
nuevos datos que apuntan a una mayor complejidad en los
sistemas de enterramiento del mundo fenicio occidental, que
ya no puede ser reducido a los modelos de Laurita-Trayamar,
Jard’n-Puente NoyÓ (Gonz‡lez Prats: 2002, 330).
Los ajuares de las cremaciones arcaicas de Puig des
Molins son, en general, escasos, estando constituidos por
peque–as ampollas tipo Bisi-3, platos y lucernas de dos picos
de engobe rojo, cuencos tr’podes y cuencos de pasta gris,
cer‡micas a mano, as’ como cuentas de collar de pasta v’trea,
‡mbar y coralina. Hay pocos objetos de metal, entre los que
sobresalen aretes, pendientes, cuentas de collar, anillos y
colgantes de plata (G—mez Bellard, ea: 1990, 125-149 y
159-161). Lo m‡s sorprendente es que, en gran manera, esta
necr—polis constituye una rŽplica muy pr—xima al paisaje
funerario de algunas de las necr—polis "orientalizantes" de las
que venimos tratando, lo que exige explicar tal confluencia.
En tierras peninsulares, la necr—polis del Cortijo de las
Sombras, en Frigiliana (M‡laga), cuyos enterramientos de
cremaci—n en urna presentan notables semejanzas con Cruz
del Negro o Puig des Molins, ha sido objeto de controversia en
su adscripci—n cultural. Considerada primero fenicia por sus
excavadores (Arribas y Wilkins: 1965) que, destacando su
originalidad, advirtieron las importantes similitudes con la
necr—polis argelina del Faro de Rachgoun (Vuillemot: 1955),
fue posteriormente reconsiderada como aut—ctona (Aubet:
1986, 119 ss; Mart’n Ruiz, Mart’n Ruiz y Esquivel: 1996;
Torres Ortiz: 1999, 100 ss), si bien algunos investigadores han
seguido defendiendo su car‡cter fenicio (Rubio y Sierra:, 1993;
Wagner: 1993, 88 ss; Bl‡zquez, Alvar y Wagner: 1999: 351;
Gonz‡lez Prats: 2002, 325), mientras que otros han sugerido
su pertenencia a una poblaci—n mestiza, tanto en tŽrminos
culturales como Žtnicos (Gran-Aymerich y Anderica: 2000,
1813). Probablemente, su adscripci—n a un ambiente funerario
ÒtartŽsicoÓ es consecuencia de una contradicci—n que Òderiva
de la idea preconcebida de que las poblaciones fenicias solo se
asentaron en la costa, de donde se deducir’a que todos los del
interior ser’an cementerios ind’genas.
Esta tesis no ser’a especialmente rechazable si no fuera
por la existencia de necr—polis idŽnticas en la zona fenicia del
litoral malague–o -atribuida en este caso a orientales- y en la
regi—n de Los Alcores, donde ser’an por tanto locales. De ah’
que se haya se–alado (BelŽn: 1994b, 508) la contradicci—n
metodol—gica de afirmar que pertenezcan a mundos distintos,
solo en raz—n de la comarca donde se ubican, las tumbas de la
Cruz del Negro y las de Frigiliana, dos cementerios tan
parecidosÓ (BelŽn y Escacena: 1995, 85). Una forma de
resolver dicha contradicci—n es la que resulta de caracterizar la
necr—polis del Cortijo de las Sombras como aut—ctona, en
parte por l os ri tual es observados, l o que tras l os
descubrimientos de Ibiza pierde gran parte de su valor, pero
114
sobre todo por los ajuares funerarios. En cualquier caso, como
se ha se–alado muy recientemente, el debate est‡ lejos de
haber concluido (Gonz‡lez Prats: 2002, 327 ss).
Si en un principio el ritual funerario de la necr—polis del
Cortijo de las Sombras, tan alejado de las cremaciones de
Trayamar o Laurita, recalcaba para algunos su originalidad
mientras que otros buscaban emparentarlo de cerca con el
ambiente funerario del Bajo Guadalquivir, que duda nos cabe
que los descubrimientos en el sector arcaico de la necr—polis
ibicenca de Puig des Molins hace necesario cambiar tales
puntos de vista. Por otra parte, la reciente valoraci—n de los
vestigios de la necr—polis fenicia del Cortijo de Monta–ez,
espacio funerario del asentamiento del Cerro del Villar (Aubet,
ea: 1995) aporta importantes datos sobre los contenedores
cinerarios. Los recipientes cer‡micos, pertenecientes a la
Colecci—n Loring, muestran una mezcla tipol—gica poco
habitual en las escasas necr—polis fenicias de la costa
andaluza: cinco ‡nforas, un p’thos de cuatro asas, una urna
globular de engobe rojo con decoraci—n pintada de bandas,
una urna del tipo Cruz del Negro, un jarro de boca de seta, dos
de boca trilobulada y una lucerna de dos picos.
No insistiremos sobre el car‡cter de contenedor cinerario
de la urna ÒCruz del NegroÓ en tales ambientes, ni de las
‡nforas, que tienen paralelos cercanos en recipientes
cinerarios de Trayamar y La Joya, pero si es preciso destacar el
p’thos, pues variantes de este tipo aparecen como
contenedores cinerarios en Frigiliana, Rachgoun, Medell’n,
Jard’n y Cuz del Negro (Aubet, Maass-Lindemann y Mart’n
Ruiz: 1995, 226; Torres Ortiz: 1999, 84; Gonz‡lez Prats: 2002,
331). ÒDe acuerdo con los paralelos mencionados de Trayamar,
Cruz del Negro, Huelva y Rachgoum, todos los recipientes de
gran tama–o pudieron haber servido de contenedores
cinerarios, si bien, y a excepci—n del jarro y la lucerna, estos
apenas proporcionan indicios acerca del contenido y ajuares
funerarios de estas sepulturasÓ (Aubet, Maass-Lindemann y
Mart’n Ruiz: 1995, 232).
Entre los ajuares de la necr—polis de Frigiliana destacan
las f’bulas de doble resorte, muy abundantes, los broches de
cintur—n con garfios, pinzas, varillas, anillas y brazaletes de
bronce, muy caracter’sticos de las necr—polis ÒorientalizantesÓ
andaluzas, y unos pocos objetos de hierro, en concreto una
punta de jabalina, un posible trozo del enmangue o la hoja de
un cuchillo y otro de vaina de pu–al o espada (Arribas y
Wilkins: 1969, 197 ss). No es menos cierto que este tipo de
ajuares no aparecen en el sector arcaico de la necr—polis
ibicenca del Puig des Molins, aunque s’ en la de Rachgoun, de
la que, por cierto, tambiŽn se ha sugerido su pertenec’a a un
ambiente funerario propio del Bajo Guadalquivir (Aubet: 1986,
114ss, 120 ss y 129 ss; Esquivel, Martin Ruiz y Martin Ruiz:
2000), luego Àestamos realmente dispuestos a caracterizar la
etnicidad de una sepultura por los objetos materiales que
componen su ajuar?. As’ lo hacen los estudios estad’sticos
realizados sobre la necr—polis del Cortijo de las Sombras
(Mart’n Ruiz, Mart’n Ruiz y Esquivel: 1996), como sobre la de
Rachgoun (Esquivel, Martin Ruiz y Martin Ruiz: 2000) y los
comparativos de necr—polis tartŽsicas y fenicias (Mart’n,
115
Mart’n, Esquivel y Garc’a: 1991-2). Pero entonces, ÀquŽ hay de
las estructuras y los ritos funerarios?.
Respecto a las primeras, muchas de las estructuras
funerarias presentes en las necr—polis orientalizantes, salvo los
tœmulos, son propias tambiŽn de necr—polis fenicias, como
Puig des Molins, Jard’n, Villaricos y la propia C‡diz. Tal
ocurre con las cremaciones primarias en hoyos o fosas que
encontramos tambiŽn en este ambiente funerario fenicio y con
las cremaciones en urna depositada en un hoyo, en una fosa
simple o en una fosa escalonada (Ramos Sainz: 1990, 65 ss;
G—mez Bellard, ea: 1990, 156 ss; Torres Ortiz: 1999: 129 ss).
Sin pretender caer en la Òtentaci—n difusionistaÓ tal
confluencia nos parece, en principio, sospechosa. En cuanto a
los segundos, ocurre pr‡cticamente lo mismo. Los silicernia o
fuegos de ofrenda, las libaciones rituales, el uso de perfumes o
los sacrificios de animales tienen su correspondencia en el
‡mbito funerario fenicio-pœnico (Ramos Sainz: 1990, 116 ss;
C—rdoba Alonso: 1998; JimŽnez Flores: 2002). Otro problema
plantea la presencia de monumentos funerarios tales como
estelas y cipos. Estos œltimos han aparecido en C‡diz,
Villaricos, Puig des Molins (BelŽn: 1992-93; 1994c; G—mez
Bellard, ea: 1990, 95 ss, 113 y 147) as’ como en la necr—polis de
Cruz del Negro (Bonsor: 1927, 292).Por lo dem‡s, los
mencionados an‡lisis estad’sticos adolecen de algunas pegas
que hacen que sus resultados sean discutibles. As’, la muestra
de necr—polis fenicias es escasa, en parte debido a la
documentaci—n arqueol—gica disponible, pero tambiŽn porque
no se ha incluido entre ellas el sector arcaico de Puig des
Molins. Por otra parte, algunos de los elementos considerados
como propios de un ambiente funerario ÒtartŽsicoÓ a la hora de
clasificar las variables, tales como cer‡micas a mano, restos de
fauna o armas, y de los que se dice que no aparecen en las
necr—polis fenicias (Esquivel, Martin Ruiz y Martin Ruiz:
2000, 1174), plantean algunas dudas, ya que de hecho si se
constata su presencia en Žstas. Cer‡mica a mano, como las
conocidas cooking-pots, son frecuentes en las necr—polis
fenicias del Mediterr‡neo y no faltan tampoco, aunque no
abundan, en Ibiza, donde incluso aparece en un enterramiento
una urna de tradici—n talay—tica (Ram—n Torres: 1981; G—mez
Bellard, ea: 1990, 144).
Las armas, por su parte, est‡n presentes en algunas fosas
de cremaci—n de Villaricos (Rodero, ea: 1998) as’ como en el
sector arcaico de la necr—polis de Puig des Molins (G—mez
Bellard, ea: 2000, 147). Por otro lado, la polŽmica sobre la
presencia de armas en las necr—polis fenicias sigue abierta a
ra’z de los descubrimientos de Bitia, en Cerde–a (Botto: 1996).
Por lo que respecta a los restos de animales, bien sea de
ofrendas alimenticias o de sacrificios fœnebres, se han
detectado en algunas tumbas de las necr—polis de Laurita
(Almu–ecar, Granada), Villaricos, Jard’n, Puente Noy, C‡diz y
en el sector arcaico de Puig des Molins (Ramos Sainz: 1990, 69
ss, 86 ss y 123; G—mez Bellard, ea: 1990, 97).
En lo que respecta, precisamente, a los ajuares, es preciso
plantear ciertas cuestiones, como por quŽ raz—n aparecen
algunas f’bulas de doble resorte en Trayamar (Schubart y
Niemeyer: 1968, fig. 13) o Puig des Molins (G—mez Bellard, ea:
116
2000, 147), cuchillos afalcatados, tan corrientes en el mundo
orientalizante y cuya procedencia oriental parece segura
(Mancebo D‡valos: 2000, 128) en fosas de incineraci—n de
Villaricos (Rodero, ea: 1998), necr—polis en la que tambiŽn ha
aparecido algœn broche de cintur—n con garfios, pinzas de
bronce y brazaletes lisos de secci—n circular y con apŽndices
terminales (Siret: 1907, fig. 36; Osuna y Remesal: 1981, fig. 3,
4; cfr: Arribas y Wilkins: 1969, 206). La respuesta es que
puede tratarse de elementos tomados en prŽstamo del ‡mbito
cultural aut—ctono, donde previamente algunos, como los
cuchillos, habr’an sido introducidos por los fenicios, en un
proceso de difusi—n cultural de doble direcci—n, y su car‡cter
minoritario en estas necr—polis fenicias obedecer’a a su
alejamiento, m‡s cultural que geogr‡fico, de dicho ‡mbito. Por
lo dem‡s, los vasos a Òchard—nÓ utilizados como urnas
cinerarias en algunas necr—polis del Bajo Guadalquivir y que,
sin embargo, forman parte del ajuar en sitios como Cruz del
Negro o Rachgoun pueden estar, en este œltimo caso,
reemplazando con elementos locales las tan difundidas
cookin-pots de las necr—polis fenicias, ya que ambas formas
corresponden a cer‡micas hechas a mano.

RECONSIDERACIîN FINAL.
Trabajos realizados en los œltimos a–os han sacado a la
luz una serie de testimonios de una presencia fenicia estable
en el seno de territorios y comunidades aut—ctonas, algo que
ya se ven’a sospechando y que los datos arqueol—gicos ahora
disponibles parecen establecer con un buen grado de certeza.
Al mismo tiempo, otras investigaciones han puesto de relieve
la participaci—n de los propios aut—ctonos en el seno de los
enclaves coloniales fenicios, tal vez formando parte activa de
los procesos de trabajo all’ desarrollados. Con todo ello, la
colonizaci—n fenicia arcaica en la Pen’nsula IbŽrica va
adquiriendo unos tintes de complejidad, m‡s all‡ de la
instalaci—n de peque–os asentamientos en el litoral, que el
descubrimiento de autŽnticas ciudades, como Castillo de Do–a
Blanca (Ruiz Mata: 2001) o La Fonteta (Gonz‡lez Prats y Ruiz
Segura: 2000), ha venido a incrementar. Se abren as’ grandes
posibilidades de clarificaci—n de los fen—menos de cambio
social e interacci—n cultural anta–o explicados de forma no
muy convincente a partir de los intercambios comerciales con
los centros coloniales de la costa.
Seguramente, en sus relaciones con la poblaci—n
aut—ctona los colonizadores fenicios se hallaban mediatizados
por las propias relaciones que la din‡mica hist—rica del
proceso colonial estableci— entre ellos, haciendo as’, no una
cuesti—n de etnia o de diferencias culturales, sino de clase,
como ser percibe bien en el caso griego (Morel: 1984, 135 ss).
La poblaci—n finalmente esclavizada, que seguramente era la
que trabajaba en las minas durante el periodo ÒorientalizanteÓ
(Moreno Arrastio: 2000, 157 ss), uno de los sectores aunque
no el œnico ni el m‡s importante de la econom’a colonial
(Alvar: 2001, 22), o las formas de dependencia rural en el
ÒhinterlandÓ de las colonias de la costa, de las que apenas
sabemos nada pero sin duda debieron haber existido
(Bl‡zquez, Alvar y Wagner: 1999, 349, 354 y 380) se–alar’an a
las claras el car‡cter social del conflicto y de las relaciones en
las que se inscribe, muy por encima de la diversidad Žtnica o
cultural, que resultan fen—menos secundarios, como es propio
117
de la sociedad colonial, aunque la ideolog’a y la propaganda
los sitœe en primer plano (Wagner: 2001, 30).
En lo que al ‡mbito funerario de esta realidad compleja, y
posiblemente en parte mestiza, concierne, la valoraci—n del
sector arcaico de la necr—polis ibicenca de Puig des Molins
resulta especialmente clarificadora, al igual que no menos lo
resul t a l a presenci a de un grupo homogŽneo de
enterramientos tipo ÒCruz del NegroÓ en Les Moreres,
necr—polis del asentamiento aut—ctono de la Pe–a Negra,
donde, lo sabemos, resid’an de forma estable un nœmero
indeterminado de fenicios, mientras que, por otra parte, el
empe–o de catalogar culturalmente las necr—polis y sus
enterramientos con datos arqueol—gicos obtenidos sobre todo
de los ajuares encontrados en las tumbas debe ser sometido a
discusi—n. En lo esencial, se acepta un contraste en los ajuares
de las necr—polis ÒorientalizantesÓ que diferenciar’a,
pri nci pal mente, l os enterrami entos Òpri nci pescosÓ,
caracterizados por la presencia de objetos met‡licos como
jarros de bronce, recipientes rituales con asas de mano
tambiŽn denominados ÒbraserilloÓ, quemaperfumes, p‡teras y
calderos (Mart’n Ruiz: 1996, 23 ss; 2000), de los restantes,
que presentan una gran diversidad, tanto en los componentes
como en sus combinaciones, lo que se achaca a que conviven
en ellas una multiplicidad de formas y ritos en los que,
adem‡s, el prestigio no aparece aœn claramente definido como
consecuencia del cambio social que se produjo durante el
ÒorientalizanteÓ (Carrilero: 1993, 178 ss). Pero hasta ahora no
se ha explicado porquŽ determinados grupos de la poblaci—n
aut—ctona escogen las formas y el ritual fenicio y otros no, ni
como es posible que tales grupos adopten con tanta facilidad
pr‡cticas funerarias ajenas, mientras que en otras ocasiones, y
en relaci—n a actividades que implicar’an niveles mucho m‡s
superficiales de aculturaci—n, se muestran mucho m‡s
conservadores discriminando, por ejemplo, quŽ tipo de
recipientes cer‡micos se imitan y cuales no.
Dejando a un lado, si se quiere, las estructuras funerarias
m‡s simples, como los hoyos y oquedades, la aparici—n de
otras m‡s elaboradas, como las fosas de cremaci—n simples o
con canalillo central, en las necr—polis ÒorientalizantesÓ estar’a
sin duda indicando la presencia de un sistema de
enterramiento fenicio
3
. Lo curioso es que tanto las estructuras
m‡s simples como las complejas aparecen en el sector arcaico
de la necr—polis ibicenca de Puig des Molins que nadie, hasta
ahora, ha considerado como Òaut—ctonaÓ, seguramente por la
escasa proporci—n de elementos de esta procedencia en sus
ajuares.
Una explicaci—n alternativa puede provenir de considerar
la aculturaci—n como un proceso de doble direcci—n (BelŽn:
1994b, 511). ÀPorquŽ s—lo los aut—ctonos han de aceptar
elementos culturales externos en sus ajuares funerarios?. ÀQue
imped’a realmente que los fenicios hicieran lo mismo?. Parece
que nada, en realidad, ya que, como hemos visto, en ocasiones
los fenicios introducen en los suyos f’bulas, broches de
cintur—n, cuchillos y, por supuesto, cer‡mica a mano. ÀPor que
raz—n las tumbas tipo ÒCruz del NegroÓ con elevado numero de
ÒimportacionesÓ fenicias y algunos elementos propios del
118
ambiente funerario aut—ctono en su ajuar no han de ser de
fenicios?, como parece que eran los que se enterraban,
exactamente de la misma forma, en el sector arcaico de Puig
des Molins, y que sin embargo, por cuestiones geogr‡ficas
obvias, no dispon’an apenas de tales objetos.
BIBLIOGRAFIA
ALVAR, J. (1990) "El contacto intercultural en los procesos de
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Cap’tulo 6
FENICIOS
EN
TARTESSOS:

ÀINTERACCIîN
O
COLONIALISMO?
La presencia fenicia en Tartessos se ha venido caracteri-
zando como un proceso hist—rico de signo positivo, tanto para
los colonizadores como para las poblaciones aut—ctonas penin-
sulares que entraron en contacto con ellos. Son muy pocos los
investigadores que han se–alado el conflicto y la violencia co-
mo partes integrantes de dicho proceso (Tsirkin 1997; Moreno
Arrastio 1999; Wagner 2005), al tiempo que se excluye o silen-
cia cualquier tipo de explotaci—n econ—mica y se concede a las
segundas un destacado, cuando no, absoluto protagonismo, de
tal manera, que los fenicios estar’an en Tartessos porque su
presencia era vista por los aut—ctonos como una posibilidad
clara de mejora y progreso y, sobre todo, porque Žstos se lo per-
mit’an y consent’an. ÀSon realmente esas las circunstancias en
que transcurre un proceso colonialista?. Probablemente no.
Tal vez por ello, œltimamente se tiende a eliminar la coloniza-
ci—n (y el colonialismo), como un rasgo propio de los fenicios
establecidos en Tartessos, subrayando sobre todo el destacado
papel que adquirir’a la aculturaci—n y la interacci—n entre los
dos mundos en contacto (Ruiz Mata 2006: 67).
Y tambiŽn debe ser por esa misma raz—n que se admite
que Tartessos resultar’a ininteligible sin la presencia fenicia,
quedando Žsta sin embargo bastante diluida en el seno de unas
relaciones esencialmente no conflictivas y mutuamente benefi-
ciosas con las poblaciones aut—ctonas (Celestino PŽrez 2008:
224 ss

). Se piensa, adem‡s, que no resulta muy admisible con-
siderar, tras varias generaciones, a los descendientes de aque-
llos primeros colonos como fenicios estrictamente y no como
tartesios de pleno derecho. Entramos aqu’ en el espinoso tema
de las identidades y su posible reflejo en el registro arqueol—gi-
co (Hernando Gonzalo 1995).
Un descendiente de fenicios que llevan viviendo varias ge-
neraciones en Occidente Àha dejado de ser fenicio y se ha con-
vertido en tartesio?. Si Tartessos es el resultado de la presencia
fenicia en el extremo Occidente podr’amos considerar que el
fenicio que reside all’ es tartesio, de alguna manera. ÀPero ha
dejado por ello de ser fenicio?. No parece probable si sigue ha-
blando y escribiendo en fenicio, habitando en casas construi-
das como las casas fenicias, cocinando segœn la costumbre feni-
cia, comiendo y bebiendo en una vajilla fenicia, frecuentando
santuarios edificados a la manera fenicia y enterr‡ndose segœn
los ritos y las creencias fenicias.
Con todo, es necesario se–alar que la identidad Žtnica no
es m‡s que una entre otras identidades sociales y no siempre
la m‡s importante para establecer relaciones con otros indivi-
duos y comunidades. Adem‡s hay distintos niveles de etnici-
dad, esto es: se puede ser fenicio y al mismo tiempo, tirio, ga-
deirita o tartesio, igual que hay diversos niveles de identidad
cultural: el familiar, el local, el regional, y no siempre se actœa
de la misma forma en todos ellos. Y hablando de identidad, Àse
pierde la identidad colonial al cabo de varias generaciones?. ÀY
quŽ es una identidad colonial?. Como se ha se–alado reciente-
mente a prop—sito de los asentamientos fenicios occidentales:
ÒPr‡cticas materiales asociadas a la arquitectura, a los rituales
llevados a cabo en los ‡mbitos domŽsticos y funerarios, a las
vajillas utilizadas en el consumo de determinadas comidas y
128
bebidas, a las instalaciones tecnol—gicamente novedosas en el
Mediterr‡neo occidental como la siderurgia o la alfarer’a a tor-
no fueron los ejes que permitieron construir en estos escena-
rios una identidad colonialÓ (Delgado y Ferrer 2007a: 16).
Bien, Àno podr’a haber ocurrido lo mismo en Tartessos?.
EN BUSCA DE UNA IDENTIDAD: LAS FUENTES LITERARIAS.
Las tradiciones literarias sobre Tartessos (Bl‡zquez 1969;
Wagner 1986; De Hoz 1989) permiten identificar dos periodos
cronol—gicos distintos. Uno que comprende desde finales del
siglo VII a. C hasta mediados del VI en el que las menciones a
Tartessos adquieren el car‡cter de un top—nimo y m‡s concre-
tamente de un cor—nimo y otro, desde el siglo V a. C. en adelan-
te, en que aparece el etn—nimo tartesio (Alvarez Mart’-Aguilar
2009). Trabajos recientes han minimizado bastante, por otra
parte, el retrato hist—rico de un personaje como Argantonio, al
que se considera como una figura llena de una carga mitol—gi-
ca que lo asemeja a un Òguardi‡n de la Edad de PlataÓ (Araujo
Albuquerque 2008a) y que por su comportamiento (hospitali-
dad y generosidad) y su riqueza y longevidad adquiere caracte-
r’sticas propias de los hombres lim’trofes que habitan los confi-
nes del mundo y que viene a cumplir la funci—n de un Alc’noo
occidental en la construcci—n de un relato de viajes (el de los
focenses) independientemente de reflejar o no la realidad
(Araujo Albuquerque 2008b: 75 ss).
TambiŽn se ha se–alado, tras un an‡lisis de los testimo-
nios antiguos que avalan la identificaci—n de top—nimos como
Cotinusa, Tarteso o Gadir, que Òla fuerte vinculaci—n del top—-
nimo ÒTartesoÓ con el ‡mbito gaditano, y muy concretamente
con una de las islas que integraban su archipiŽlago, permite
planear la hip—tesis de que el nombre de Tarteso fuera otorga-
do, desde sus primeras apariciones, a realidades inscritas en el
paisaje geogr‡fico y humano de los fenicios implantados en el
suroeste de la Pen’nsula IbŽricaÓ (Alvarez Mart’-Aguilar 2007:
491). De acuerdo con todo ello, parece bastante dif’cil -al mar-
gen de si en las menciones a Tartessos como cor—nimo o al Žtni-
co tartesio debemos contemplar una posible presencia fenicia,
lo que no es del todo descartable (Alvarez Mart’-Aguilar 2009:
103 ss) o incluso si Tartessos fuera un nombre aplicado en mo-
mentos antiguos al ‡mbito colonial de Gadir (Alvarez Mart’-A-
guilar 2008)-, identificar Tartessos con una realidad anterior,
y m‡s concretamente con la que la investigaci—n arqueol—gica
y el paradigma dominante hace arrancar de un Bronce Final li-
bre aœn de los fenicios, rasgo este œltimo que, como se ver‡, re-
sulta cada vez m‡s controvertido.
Parece, por el contrario, m‡s aceptable considerar que, al
menos desde mediados del siglo X a. C., esta realidad, que re-
sulta inseparable de los viajes y el asentamiento de los fenicios
en el extremo occidente, fue conocida en las fuentes orientales
(fundamentalmente b’blicas, pero no s—lo) con el nombre de
Tarsis, como bien ha demostrado M. Koch (2003: 215 ss) y los
hallazgos arqueol—gicos recientes parecen querer confirmar.
Nos encontrar’amos, por tanto, con una identidad temprana,
la de Tarsis (luego conocida como Tartessos por los griegos),
que resulta desde un comienzo una mezcla de grupos de pobla-
ci—n oriental y aut—ctona, en un ‡mbito que tiene muchos visos
de constituir un claro ejemplo de colonialismo.
129
SOBRE LA RECUPERACIîN COMERCIAL DE TIRO TRAS LA CRI-
SIS DEL 1200 A. C.
Como en muchos otros lugares de Mediterr‡neo Oriental, el co-
lapso del sistema comercial regional a finales del siglo XIII a.
C. supuso la interrupci—n de los contactos mar’timos de las ciu-
dades costeras de Fenicia con el Egeo y otras regiones del Medi-
terr‡neo. No esta claro hasta que punto algunas de ellas pudie-
ron resultar afectadas por la ola de destrucci—n que sacudi— to-
da la zona (Gilboa 2005: 49 ss)
,
pero, en cualquier caso, las
que escaparon a la devastaci—n, como parece haber sido el caso
de Tiro, que sin embargo muestra una disminuci—n dr‡stica de
las importaciones entre el 1200 y el 1050 a. C. (Aubet 2000:
79), mantuvieron, pese a todo, su actividad comercial con Chi-
pre y Egipto (Gilboa 2005: 62).
De acuerdo con M» E. Aubet (2000: 80) la evidencia ar-
queol—gica se–ala claramente que desde el siglo XI a. C. Tiro
est‡ asumiendo un papel importante en el control del comercio
mar’timo interregional. La reestructuraci—n de las estrategias
de la producci—n, que se percibe en la aparici—n de una zona de-
dicada al trabajo de la cer‡mica, joyer’a y textiles, orientada
ahora a la manufactura de bienes de intercambio, coincide con
la presencia de las primeras importaciones procedentes de Chi-
pre, Grecia y Egipto, lo que indica una recuperaci—n del comer-
cio a larga distancia. Tal vez por ello debamos preguntarnos si,
a la rec’proca, esto no significar’a una cada vez m‡s activa pre-
sencia de los fenicios de Tiro en aquellos lugares que como Pa-
leopaphos, Amathonte y Salamis en Chipre, Lefkandi en Eubea
(Negbi 1992: 605 ss), la necr—polis de Tekke en Knossos o el
templo A de Kommos, ambos en Creta (Shaw 1989), manifies-
tan la llegada de importaciones y de personas desde el siglo XI
y durante el siglo X a. C. procedentes de un ambiente cultural
fenicio. Ya que la cer‡mica de Eubea en este periodo solo apare-
ce en Tiro y que Hiram I tiene que sofocar una insurrecci—n en
Chipre, parece bastante l—gico considerar que son los fenicios
de Tiro los principales impulsores de todas estas actividades.
En cualquier caso, la expansi—n comercial y colonial de
los fenicios revela una estrategia perfectamente programada y
organizada (Aubet 2008: 249) y todo ello viene a encajar bas-
tante bien con una pol’tica de expansi—n tiria que se inaugura,
segœn una de las m‡s acreditadas tradiciones del Pr—ximo
Oriente en la AntigŸedad, con la conquista simb—lica de los
confines del mundo, representada por la llegada de los tirios a
Gadir, Lixus y Utica en torno al 1100 a. C. (Wagner 2008).
EL CARçCTER POCO PACêFICO DE LA INCIPIENTE EXPANSIîN
TIRIA.
Diversas investigaciones arqueol—gicas han venido a mos-
trar como el reino de Tiro inicia, desde mediados del siglo XI
a. C. una expansi—n territorial hacia la fŽrtil llanura costera de
la regi—n de Akko y Monte Carmelo, unos 45 km al sur de la ciu-
dad, destruyendo de paso algunos asentamientos ocupados por
los Òpueblos del marÓ como Dor y probablemente Akko, y ocu-
pando otros sitios como Achziv, Tell Abu Hawam, Tell Keisan,
Kabul, Shikmona, Tell Mevorakh, Tell Qasile y Tell Michal
(Stern 1991: 92 ss; Aubet 2000: 81), en lo que parece una pol’ti-
ca clara de expansi—n territorial.
130
Tiro consigue de esta forma el control de lugares no solo
costeros sino algunos tambiŽn situados sobre las colinas de la
Baja Galilea, bastante tiempo antes de la supuesta compra a Sa-
lom—n de las Òtierras del pa’s de KabulÓ, denominaci—n admi-
nistrativa del territorio de la tribu de Asher en Galilea (Lemai-
re 1991), con lo que se quiebra la imagen que ten’amos del au-
ge de Tiro mediante la diplomacia y el comercio.
Los niveles de destrucci—n en lugares como Dor y Akko re-
velan una estrategia claramente violenta y coercitiva, dirigida
no solo a dominar la entera franja costera entre Tiro y Monte
Carmelo, sino tambiŽn a apropiarse de una regi—n clave para el
desarrollo agr’cola y el control de las rutas terrestres (Aubet
2000: 92 ss). Asimismo, una serie de fortificaciones de casama-
tas en la Alta Galilea (Ben-Ami 2004), con claros paralelos feni-
cios en otros lugares de Oriente, est‡ sugiriendo un ambiente
de pugna por el control de estos territorios. Si nos atenemos a
la informaci—n b’blica, una parte de aquellas tierras en las que
moraban las gentes de la tribu de Asher, debi—, por consiguien-
te, haber escapado al control de Tiro despuŽs de su anexi—n en
la segunda mitad del siglo XI a. C., tal vez por obra de las con-
quistas de David (Aubet 2000: 88), que sin embargo parece ha-
ber sido aliado tambiŽn del monarca de Tiro, segœn Flavio Jo-
sefo, por lo que Hiram I estar’a despuŽs interesado en su adqui-
sici—n, dada su importancia agr’cola, y habr’a decidido final-
mente comprarlas a Salom—n.
No obstante, si las recientes propuestas sobre la dimen-
si—n m‡s modesta del reino de Israel por aquella Žpoca, que re-
bajan considerablemente el poder ejercido por David y Salo-
m—n y el alcance de sus conquistas sin caer en las tesis minima-
listas (Ruiz Cabrero y Wagner 2005) resultan cre’bles, Hiram
se convierte, siguiendo el modelo del periodo hist—rico prece-
dente, en un rey poderoso que mantiene tratos y relaciones de-
siguales con otros pr’ncipes y monarcas de la regi—n, y la noti-
cia

sobre la pretendida compra del pa’s de Kabul no estar’a si-
no ocultando la exigencia del soberano de Tiro de control total
sobre unas tierras en las que, desde su anexi—n por los feni-
cios, habitaban tambiŽn gentes israelitas. Por otra parte, como
ha se–alado F. L—pez Pardo (2000: 24): ÒHiram no parece ser
el art’fice de una incipiente expansi—n por el territorio circun-
dante, L’bano y Chipre, sino el heredero de una presencia colo-
nial firme en Chipre y una red comercial ya consolidada en Oc-
cidenteÓ.
TESTIMONIOS DE LA TEMPRANA PRESENCIA DE FENICIOS EN
TARTESSOS: EL EMPORIO PRECOLONIAL DE HUELVA Y LA RE-
BANADILLA-SAN ISIDRO.
Los recientes hallazgos del denominado Òemporio precolo-
nial de HuelvaÓ (Gonz‡lez de Canales, Serrano y Llompart
2004: 29 ss; 2008a: 631-655) muestran como, desde la pers-
pectiva de la investigaci—n arqueol—gica, una presencia de feni-
cios procedentes de Tiro es tan antigua en el extremo Occiden-
te como en Eubea o Creta. De los 7.936 fragmentos de cer‡mi-
ca revisados, 3.233 pertenecen a vasos de tradici—n fenicia (pla-
tos, cuencos, lucernas, jarros, ‡nforas, etc.) de los que los ele-
mentos m‡s consistentes para establecer la antigŸedad de la
presencia de fenicios en Huelva son un conjunto de once ‡nfo-
ras del tipo 12 de Tiro (Bikai) y, quiz‡s, un probable jarro del
131
tipo 9 y tres Òspouted jugÓ, 4.703 a vasos de tradici—n ind’gena,
33 a griegos, 30 a sardos, 8 a chipriotas y 2 a villanovianos. En-
tre las cer‡micas griegas, destacan 9 vasos adscritos al GeomŽ-
trico Medio II ‡tico Ðc. 800 a 770/760 a.C.- (2 c‡ntaros, 2 esci-
fos, 3 c‡ntaros o escifos, un jarro y un asa) y 21 al Subprotogeo-
mŽtrico Eubeo-cicl‡dico (2 escifos con semic’rculos colgantes,
15 platos con semic’rculos colgantes y, m‡s dudosos, un alabas-
tr—n, una tapadera, un jarro y un asa). De estos, los m‡s anti-
guos podr’an ser algunos platos (Gonz‡lez de Canales, Serrano
y Llompart 2004: 66 ss) que A. Nitsche adscribe al Subproto-
geomŽtrico I-II (c. 900-850 a.C.). Una inscripci—n (la n¼ 2) so-
bre la superficie externa del cuerpo de un ‡nfora ha podido ser
fechada, por sus paralelos con un ostrac—n hallado en Israel,
en los siglos XI-X a. C (Gonz‡lez de Canales, Serrano y Llom-
part 2004: 133).
Junto a las cer‡micas, destacan, adem‡s, los restos de tra-
bajo de marfil, madera, hueso, ‡gata y trabajos metalœrgicos
de plata, hierro y cobre presentes en las escorias, crisoles, hor-
nos, moldes de fundici—n, y piezas acabadas encontradas, ade-
m‡s de algunos vestigios de actividades agropecuarias (Gonz‡-
lez de Canales, Serrano y Llompart 2004: 143 ss, 157 ss, 163 ss,
167 ss, 173 s). Igualmente interesantes resultan las determina-
ciones de fechas calibradas de C 14 en el mismo contexto. A tal
respecto, cabe se–alar una presencia fenicia en el lugar en la
primera mitad del siglo IX a. C, si bien es posible que Žsta fue-
ra incluso anterior ya que existe al menos una fecha que se re-
monta al 980/890 a. C. con un 60% de probabilidad (Nijboer y
Plicht 2006: 35). A. Mederos (e. p.) considera por su parte Òla
presencia provisionalmente de cuatro posibles fases, Huelva
1a-Tiro 14, ca. 1015-975 AC; Huelva 1b-Tiro 13, ca. 975-960
AC; Huelva 2a-Tiro 10b y 10a, ca. 930-920 AC; y Huelva 2b-Ti-
ro 7 y 6, ca. 875-825 AC. Una posibilidad alternativa ser’a uni-
ficar el material de Huelva 1a-b y Tiro 13 ca. 975-960 AC y
Huelva 2a-b y Tiro 7-6 ca. 875-825 AC., por la presencia de for-
mas cer‡micas ya menos frecuentes en estratos m‡s modernos,
lo que implicar’a la presencia de dos grandes fasesÓ.
As’ que los fenicios se habr’an instalado en Huelva a fina-
les del siglo X a. C., sino antes como parece pausible, por lo
que la posterior presencia fenicia en el lugar, documentada en-
tre otros indicadores por la arquitectura (Rodr’guez Mu–oz
2004: 56, 57 y 59; Izquierdo 1998), y que habr’a convertido
Huelva en un emplazamiento bipartito en el que los aut—cto-
nos habitar’an originariamente las laderas medias de los cabe-
zos mientras el ÒbarrioÓ fenicio se extiende por la parte baja de
la ciudad (Pellicer 1996), se remonta a momentos muy tempra-
nos, lo que ha llevado a identificarla con la Tarsis b’blica (Gon-
z‡lez de Canales, Serrano y Llompart 2008).
Todos estos hallazgos suponen, por otra parte, que el su-
puesto car‡cter prefenicio de la fase I del Cabezo de San Pedro
se esfuma por completo, pues su repertorio aut—ctono se en-
cuentra bien representado, junto a cer‡micas fenicias, en los
materiales del Òemporio precolonial de HuelvaÓ, con lo que los
tartesios precoloniales dejan de ser evidentes en este contexto
(Gonz‡lez de Canales, Serrano y Llompart 2008b: 80). Y tam-
biŽn pueden influir decisivamente a favor de los fenicios en el
132
debate que se viene planteando sobre los or’genes aut—ctonos
o no de la copelaci—n de la plata en Tartessos (Izquierdo 1997).
Otro tanto puede decirse de los recientes descubrimientos
debidos a la ampliaci—n del aeropuerto de M‡laga, en La Reba-
nadilla y cercana necr—polis de San Isidro que muestran un ho-
rizonte arqueol—gico muy parecido al del emporio precolonial
de Huelva, as’ como una cronolog’a inicial similar (Marcos et
al. 2012), por lo que esta temprana presencia fenicia no puede
ya entenderse como un hecho aislado sino que viene a asumir
todas las caracter’sticas de una estrategia colonial bien planifi-
cada.
EL SANTUARIO DE ASTARTƒ EN EL CARAMBOLO.
El descubrimiento fortuito del Tesoro del Carambolo (Ca-
mas, Sevilla) en septiembre de 1958, marc— un hito en la inves-
tigaci—n arqueol—gica sobre Tartessos. El tesoro est‡ formado
por una serie de piezas de oro -pectorales, brazaletes, diade-
ma, cintur—n y collar- y fue hallado asociado, por una posterior
excavaci—n, a lo que se consider— entonces un "fondo de caba-
–a" en el que aparecieron tambiŽn una serie de cer‡micas pin-
tadas, desconocidas hasta le fecha que sirvieron para dotar a
Tartessos de una cultura material propia de la que hasta enton-
ces carec’a. Junto a estas cer‡micas, denominadas a partir de
entonces "tipo Carambolo" y que desde un principio se vincula-
ron con la tradici—n de las cer‡micas pintadas del geomŽtrico
griego y del fen—meno geomŽtrico mediterr‡neo en general, se
documentaron tambiŽn cer‡micas de ret’cula bru–ida. Ambas
fueron desde entonces utilizadas como f—sil-gu’a para identifi-
car la etapa precolonial tartŽsica de los yacimientos arqueol—gi-
cos del sur de la Pen’nsula, como Cabezo de San Pedro (Huel-
va), Colina de los Quemados (Sevilla), Setefilla (Sevilla), San
BartolomŽ de Almonte (Huelva) o Carmona (Sevilla), entre
otros.
Un d’a despuŽs del hallazgo del tesoro, mientras se reali-
zaban unas obras de reforma en las instalaciones de la Socie-
dad del Tiro al Pich—n que ocupaban la parte alta del Cerro,
apareci—, asociada tambiŽn al fondo de caba–a, una peque–a
figurilla de bronce de la diosa fenicia AstartŽ, un exvoto en cu-
ya base figura la siguiente inscripci—n:
"Este (voto) ha hecho Baalytn
hijo de D'mlk y Abdabaal hijo
de D'mlk hijo de Y!'l para
'AstartŽ de la colina ya que
ha escuchado la voz de sus plegarias".
Dado que desde un principio se hab’a caracterizado el tesoro
como tartŽsico, interpretaci—n que tambiŽn se aplic— al conjun-
to del yacimiento, se consider— esta estatuilla como una prue-
ba de los intercambios mantenidos por los aut—ctonos con los
comerciantes fenicios.
Dos a–os m‡s tarde se iniciaron las excavaciones en el Ca-
rambolo Bajo (el tesoro hab’a aparecido en la parte alta del ce-
rro) que duraron hasta finales de julio de 1961. Gracias a ellas
se localizaron las estructuras de un poblado de casas de piedra
133
y otros materiales con plantas cuadradas o rectangulares y cua-
tro niveles sucesivos de ocupaci—n, que sin embargo, dada la
envergadura del descubrimiento, defraud— finalmente las ex-
pectativas iniciales.
No obstante, algunos investigadores, como Blanco y
Bl‡zquez se–alaron pronto la incongruencia que supon’a consi-
derar el Carambolo como un poblado y no como un lugar de
culto, pese a lo cual las consideraciones iniciales siguieron pre-
valeciendo ampliamente en el conjunto de la investigaci—n so-
bre Tartessos y la protohistoria del sur peninsular. A la inter-
pretaci—n como tartŽsico del tesoro, y por ende del yacimiento,
hab’a contribuido poderosamente el replanteamiento de la in-
vestigaci—n, preocupada ahora por lograr una identificaci—n de
la cultura tartŽsica mediante el an‡lisis de sus vestigios mate-
riales, una vez que se habla renunciado ya a la bœsqueda de la
capital del antiguo reino, aunque con el descubrimiento del
mismo se hab’an albergado inicialmente esperanzas de haber
encontrado por fin la ciudad de Tartessos.
Con el tiempo se produjeron interpretaciones alternativas
sobre el yacimiento, como las de BelŽn y Escacena, que consi-
deran muy probable la existencia de un santuario, de tipo em-
p—rico, en el lugar dedicado al culto de AstartŽ: ÒEl Carambolo
recibe precisamente su nombre del hecho de ser uno de los pro-
montorios mas elevados de la cornisa oriental del Aljarafe, y
desde luego el m‡s cercano a Sevilla de dicho otero, en linea
recta hacia poniente. As’ que, si esta œltima ciudad es una fun-
daci—n fenicia como quiere la leyenda y sugiere el propio top—-
nimo Spal, no deber’a extra–arnos la presencia de un santua-
rio oriental en sus inmediacionesÓ. Parece, por tanto, que po-
dr’a tratarse de dos establecimientos complementarios y de
fundaci—n coet‡nea promovida por los fenicios hacia mediados
del siglo VIII a. C., segœn una revisi—n reciente de algunos de
los materiales ya conocidos, en un lugar que entonces se encon-
traba muy pr—ximo al litoral" (BelŽn y Escacena, 1995).

TambiŽn se han producido cambios en la interpretaci—n
del tesoro, que el propio Mata Carriazo hab’a considerado dig-
no de Argantonio. Inicialmente se pens— que ser’an las joyas
que vestir’a una persona de alto rango, presumiblemente un
var—n, en el curso de ceremonias importantes. En cualquier ca-
so, constitu’a la prueba arqueol—gica del refinamiento y la ri-
queza que hab’a llegado a adquirir la Žlite tartŽsica orientali-
zante. TambiŽn se pens— que pudieran ser los adornos de algu-
na estatua ritual, como un toro. Por œltimo, una nueva lectura
de la funci—n de las joyas considera que habr’an servido para
engalanar a los b—vidos sacrificados a Baal y AstartŽ (placas y
pectorales) y las vestiduras sagradas del sacerdote oficiante (co-
llar y brazaletes).
Tras las excavaciones de 2001-2005 el Carambolo ha deja-
do de ser tartŽsico. DespuŽs de varias campa–as realizadas por
A. Fern‡ndez Flores y A. Rodr’guez Azogue han salido a la luz
las estructuras arquitect—nicas de un santuario, de planta y tŽc-
nica constructiva oriental, que llega a alcanzar una gran com-
plejidad y a ocupar un ‡rea muy extensa durante sus cuatro fra-
ses de desarrollo, que comienzan en algœn momento entre fina-
134
les del siglo X y el œltimo cuarto del siglo IX a. C. Entre las dis-
tintas sorpresas que han deparado las excavaciones se encuen-
tra la identificaci—n del supuesto "fondo de caba–a", en el que
hab’a sido hallado el cŽlebre tesoro y sobre el cual el propio
Mata Carriazo hab’a expresado algunas dudas, como una fosa
vertedero de ’ndole ritual.
No menos sorprendente es la aparici—n de cer‡micas a tor-
no en el estrato IV de dicho "fondo de caba–a", ahora fosa ri-
tual, ya que los materiales que se hab’an documentado en las
excavaciones antiguas se consideraron t’picos del Bronce Final
tartŽsico, y por ende precolonial, y se utilizaron para datar to-
da una serie de estratigraf’as en otros yacimientos tartŽsicos.
As’ que, segœn se desprende de los nuevos hallazgos: "La pre-
sencia de materiales a torno en el nivel IV del "fondo de caba-
–a" y su cronolog’a absoluta, lo invalidan como referente para
determinar el horizonte previo a la presencia fenicia, entendi-
do Žste como periodo precolonial o Bronce Final y, en conse-
cuencia, a las distintas estratigraf’as que se han basado en Žs-
te, bien de forma directa o indirecta. Por tanto, los niveles ini-
ciales de la serie de yacimientos analizados deben considerarse
como coet‡neos a la presencia oriental, se cual fuese el origen
de los elementos for‡neos presentes e independientemente de
la fecha que se otorgue al fen—meno colonial o a una posible
precolonizaci—n" (Fern‡ndez Flores y Rodr’guez Azogue 2007:
77 ss). Tradicionalmente relacionada con el Protogeometrico
griego los hallazgos de varias piezas en Paterna de la Ribera
(Medina Sidonia, C‡diz) de cer‡micas geomŽtricas pintadas
chipriotas han permitido a M. Pellicer (2006: 28) considerar
que: ÒLos motivos pintados de la cer‡mica geomŽtrica chiprio-
ta fueron imitados e introducidos en el repertorio de las cer‡-
micas pintadas de tipo Carambolo y en las grabadas del Bronce
Final tartŽsico de los siglos X-VIII a. C.Ó. Pero hay otras impli-
caciones, si consideramos que la decoraci—n geomŽtrica de es-
tas cer‡micas peninsulares del Bronce Final se ha considerado
inspirada en los patrones estil’sticos de telas y tejidos importa-
dos del Mediterr‡neo oriental que ser’an Òidentificativos de
rango social y de la imagen del Òpr’ncipe orientalÓ y se difun-
den en la Pen’nsula ibŽrica hacia mediados del siglo X a. C.Ó
(C‡ceres GutiŽrrez 1997: 137). ÀSer’a ahora, a la luz de la nue-
va evidencia, muy arriesgado considerar que los fenicios han
podido estar relacionados con ello?.
TambiŽn es importante el papel que vienen a adquirir las
cer‡micas de ret’cula bru–ida que, junto con las geomŽtricas,
sirvieron para identificar los niveles fundacionales de los asen-
tamientos tartŽsicos y que podr’an estar indicando la presen-
cia de gentes aut—ctonas que participaban en los procesos de
trabajo en los asentamientos fenicios. Destaca, sobre todo, la
ausencia de grandes contenedores, para lo que se emplearon
normalmente ‡nforas fenicias, como las encontradas en el Ca-
rambolo Bajo, y suelen aparecer en los asentamientos fenicios
de la costa.
Cer‡micas a mano de similar tradici—n aut—ctona han
aparecido tambiŽn en otros enclaves fenicios m‡s lejanos,
como Lixus (Aranegui Gasc— 2001. 77 ss; L—pez Pardo 2002:
120 ss), Mogador (L—pez Pardo 1996: 364 ss)

y en la misma
Cartago (Mansel 2000: 170 ss). TambiŽn est‡n documentadas
135
en algunos lugares frecuentados o habitados por los fenicios en
Portugal, como Lisboa, Alc‡•ova de SantarŽm, Santa Olaia,
Alc‡cer do Sal y Setubal (Arruda 1999-2000: 116, 174 ss, 183).
Tal dispersi—n, bastante amplia, sugiere una muy cercana vin-
culaci—n a los colonos fenicios, pero dado su car‡cter mayorita-
rio de cer‡mica domŽstica parece que se pueden excluir las ra-
zones de tipo comercial.
En definitiva, una presencia temprana al igual que sucede
en el emporio precolonial de Huelva, de los fenicios en el Ca-
rambolo en un santuario de AstartŽ, como hab’a sospechado
inicialmente A. Blanco (1979: 95 ss) y despuŽs J.L. Escacena y
M. BelŽn ( 1995: 86), y en la que gentes aut—ctonas parecen ha-
ber sido empleadas como auxiliares o fuerza de trabajo, lo que
sugiere un contexto de cariz colonialista.
ÀTEMPLOS FENICIOS EN LUGARES AUTîCTONOS?.
En Montemol’n (Marchena, Sevilla) han salido a la luz,
junto a una vivienda fenicia, restos y plantas de ediÞcios (c y d)
que tienen su origen en Siria y Fenicia, con gran desarrollo en
los siglos VIII-VII a. C. (Ch‡vez Trist‡n y De la Bandera 1991).
Un an‡lisis minucioso del registro arqueol—gico y el estudio
faun’stico realizado ha permitido identiÞcar uno de ellos, el de-
nominado ediÞcio D, como parte de un centro ceremonial en el
que se llevaban a cabo ofrendas y sacriÞcios. Por otro lado, la
iconograf’a orientalizante de las cer‡micas policromas de este
yacimiento se ha considerado propia de individuos que, pese a
su ascendencia for‡nea, llevan viviendo largo tiempo en la Pe-
n’nsula (Ch‡vez Trist‡n y De la Bandera 1993: 71 ss). Todo ha-
ce pensar en un grupo de poblaci—n fenicia que reside en el
asentamiento. Hallazgos en Carmona, como el recinto
ceremonial excavado en el solar de la casa-palacio del MarquŽs
de Saltillo, ubicado en el barrio m‡s pr—ximo a la necr—polis de
la Cruz del Negro (BelŽn 1994), sugiere por la riqueza y
profunda simbolog’a de sus materiales, la presencia de una
comunidad oriental afincada en el lugar (BelŽn y Escacena
1995: 86, 91 ss), por lo que no extra–ar‡ que algunas de las
cer‡micas ÒorientalizantesÓ encontradas hayan sido atribuidas,
a partir del an‡lisis iconogr‡fico y estil’stico, a una producci—n
fenicia de ‡mbito colonial (BelŽn et al. 2004: 165).

Intervenciones arqueol—gicas en el Cerro de San Juan en
Coria del R’o (Sevilla), han sacado a la luz sectores de un
santuario oriental, altar de lingote chipriota o Òpiel de toroÓ
incluido, y viviendas adyacentes que formar’an parte de un
barrio fenicio ubicado en la Caura tartŽsica, por aquel
entonces situada junto a la paleo desembocadura del
Guadalquivir (Escacena 2002, Escacena e Izquierdo 2001).
Otro santuario de cariz oriental se conoce desde tiempo
atr‡s en C‡stulo (JaŽn), donde tambiŽn se ha detectado
posibles evidencias de mestizaje as’ como un ritual funerario
de tradici—n semita en la selecci—n de los objetos del ajuar para
ceremonias de libaci—n, combusti—n de esencias y ofrendas (De
la Bandera y Ferrer Albelda 1995), que tambiŽn aparece en
muchos enterramientos de las necr—polis ÒorientalizantesÓ. El
santuario oriental de Castro Mar’n (Arruda 2007) y la posible
existencia de otro en Tavira (Fraga da Silva y Pereira Maia
136
2004) vienen a sumarse a esta lista. La presencia de estos
santuarios y lugares de culto en el territorio considerado
tartŽsico implica la de un contingente de gentes fenicias, m‡s
que una profunda aculturaci—n religiosa de los aut—ctonos, y
constituyen un claro exponente de una situaci—n de
colonialismo en la que las grandes instituciones, como es el
templo, adquieren relevancia y pasan a un primer plano.
M‡s recientes aœn son las excavaciones que han sacado a
la luz dos edificios de claras caracter’sticas orientales, en un
contexto aut—ctono del Bronce Final y con una cronolog’a
similar de finales del siglo IX a. C. Uno de ellos en los
Castillejos de Alcorr’n (Manilva, M‡laga) con pavimewnto de
conchas incluido, y el otro en el Castro dos Ratinhos, junto al
Guadiana en el sur de Portugal, en un contecto aut—ctono muy
similar, ya que como en Alcorrin se trata de un poblado en
altura fortificado y con una Òacr—polisÓ en la parte m‡s elevada
del mismo en la que se ha documentado un edificio que ha
sido interpretado como un santuario fenicio. En este sentido,
el templo es un elemento dinamizador de la colonizaci—n y,
sobre todo, un factor de control, no solo ideol—gico, sino
tambiŽn pol’tico. No olvidemos que: ÒLos cultos, son, como las
armas, instrumentos de monopolio, cuyo control y concesi—n
se rigen por los mismos principios de proteger ante todo su
propia reproducci—nÓ (Moreno Arrastio 2008: 56).

FENICIOS Y/O AUTîCTONOS: IDENTIDAD Y ARQUEOLOGêA.
Una poblaci—n mestiza culturalmente, y habr’a que
preguntarse si no lo era tambiŽn en su composici—n Žtnica, al
menos en una parte, puede ser detectada en muchos otros
yacimientos orientalizantes, como en la fase V del Cerro de los
Infantes en la Vega de Granada, con habitaciones
cuadrangulares de nueva planta, cer‡micas grises, platos de
engobe rojo, ‡nforas R-1 y Cruz del Negro, materiales que no
se diferencian mucho de los de los asentamientos fenicios de la
costa (Mederos Mart’n y Ruiz Cabrero 2002: 58). TambiŽn
una inscripci—n funeraria en caracteres cursivos fenicios sobre
una l‡mina de oro con figuraci—n egipcia, perteneciente a un
var—n y procedente de Moraleda de Zafayona (Granada) vuelve
a sugerir la presencia fenicia en el interior (Ruiz Cabrero
2003).
En Tej ada l a Vi ej a ( Huel va) l a apari ci —n de
construcciones con z—calo de piedra y planta rectangular y un
urbanismo planificado en torno a calles de trazado rectil’neo
(Fern‡ndez Jurado y Garc’a Sanz 2001: 166 ss)

parecen
responder al asentamiento de poblaci—n fenicia en el lugar a
partir de finales del siglo VII a. C. (Wagner 2000: 333; Diez
Cus’ 2001: 100), m‡s que a una aculturaci—n arquitect—nica y
urban’stica que no se percibe r‡pida ni generalizada en lugares
como Los Alcores de Sevilla, la zona costera al este del
Estrecho, pese a la temprana y abundante presencia de
asentamientos fenicios, o el ‡rea del S.E. peninsular (Wagner
2007: 64 ss). En la propia Huelva perviven varios ejemplos del
h‡bitat en caba–as en momentos tan avanzados del
orientalizante como mediados del siglo VI a. C. (Rodr’guez
Mu–oz 2004: 56).
137
Parece claro que se trata de un tipo de construcciones que
responden a una sociedad basada en lazos familiares, sin
especializaci—n ni grandes diferencias jer‡rquicas (Garc’a Sanz
1990: 158; Rodr’guez Mu–oz 2004: 54) por lo que resulta
dif’cil considerar que este tipo de h‡bitat sencillo no sea un
indicio de una sociedad poco desarrollada tecnol—gicamente
sino reflejo de una ideolog’a isonomista que oculta la
expresi—n de las diferencias socioecon—micas entre los
individuos que tampoco la manifiestan en el ‡mbito funerario.
Me pregunto entonces, como podremos llegar a captarlas a
travŽs del registro arqueol—gico que constituye nuestra œnica
fuente de informaci—n. Otros creen, sencillamente, que aœn no
se han encontrado las residencias Òaristocr‡ticasÓ que podr’an
estar en la parte no excavada e intramuros de los poblados
(G—mez Toscanos y Campos Carrasco 2008: 135 ss).
Puesto que la caba–a circular ha sido considerada como
un indicador Žtnico (Izquierdo 1998), Àno asume entonces la
arquitectura oriental un papel similar?. En este sentido se ha
se–alado que en los asentamientos fenicios: ÒEste estilo
arquitect—nico expresaba materialmente un claro v’nculo entre
la colonia y las tierras de origen de sus fundadores. A travŽs de
las formas de sus casas, sus talleres y almacenes los residentes
de esta comunidad crearon lazos identitarios con la metr—polis
oriental y con otros enclaves fenicios de las costas atl‡nticas y
mediterr‡neas. Al mismo tiempo, esta arquitectura oriental
generaba una enorme distancia visual entre el asentamiento
colonial y los poblados de las comunidades nativas, formados
por agrupaciones de peque–as caba–as circulares de paredes
construidas con entramados vegetales y barro que se elevaban
sobre z—calos de piedra.Ó (Delgado y Ferrer 2007a: 3ss). ÀNo
podr’an ser, por tanto, la arquitectura y el urbanismo oriental
de Tejada la Vieja, as’ como la arquitectura oriental de Huelva
y Coria del R’o un claro ejemplo de un fen—meno similar?.
Parece l—gico pensar que as’ es, por lo que estar’amos ante la
presencia de uno claro indicador de la construcci—n de una
identidad colonial en Tartessos.
En lugar de enterramiento de estos colonos sigue siendo
una inc—gnita, toda vez que aœn es objeto de debate el
supuesto car‡cter oriental que se ha atribuido a algunas de las
necr—polis consideradas como tartŽsicas. En este contexto,
muy recientemente el hallazgo de la necr—polis de Rabadanes
(Las Cabezas de San Juan, Sevilla), as’ como su estudio han
permitido sugerir su car‡cter oriental, al tiempo que se
reconoce como tales Cruz del Negro y Angorilla (Pellicer y
Escacena 2007: 18 ss), con lo que la discusi—n sigue abierta.
Por otro lado, la presencia de parte de un repertorio cer‡mico
que no sigue la tradici—n fenicia podr’a estar indicando, al
contrario que en los asentamientos coloniales de la costa en los
que la construcci—n de la identidad colonial segrega las
cer‡micas aut—ctonas y las pr‡cticas asociadas en el registro
funerario fenicio (Delgado y Ferrer 2007b: 46), que en el
territorio tartŽsico la distancia social entre ambos grupos
(colonos y aut—ctonos) no es tan amplia como en las colonias
del litoral ibŽrico.
Un posible indicio de ello puede ser la adopci—n de un
elemento oriental, como es la urna Òtipo Cruz del NegroÓ, que
138
ahora sabemos que aparece tambiŽn en las necr—polis fenicias
de Andaluc’a (Rodr’guez Mu–oz 2006), por parte de los
aut—ctonos, lo que estar’a evidenciando no tanto una
aculturaci—n en el terreno de las pr‡cticas y rituales funerarios
cuanto un claro ejemplo de Òmentalidad colonialÓ en el que se
intenta construir una identidad distintiva, dentro de un
proceso de hibridaci—n cultural (van Dommelen 1997: 309),
para redefinirse en el contexto colonial en relaci—n a la cultura
dominante de los colonizadores.
COLONIALISMO, CONVIVENCIA, CONFLICTO.
Una identidad que no parece ser la misma que la de
aquellos que imitan, en metal, la vajilla funeraria fenicia
compuesta por jarros, platos y lucernas. Como se ha afirmado:
ÒLa pr‡ctica totalidad de los objetos de bronce que circulan
entre los arist—cratas locales son productos salidos de los
talleres enclavados en las factor’as fenicias de la costa
hispanaÓ (JimŽnez Avila 2002: 379), mientras que los marfiles
ÒorientalizantesÓ (Aubet 1978, 1980), que se distinguen
perfectamente de los que encontramos en las colonias fenicias
de la costa, y de los que se ha dicho tambiŽn que pueden ser
obra de un taller o talleres locales ÒorientalizantesÓ de
inspiraci—n fenicia, se distribuyen en un ambiente geogr‡fico
tan amplio, desde Portugal hasta Cartago y la isla de Samos,
que sugiere una activa presencia fenicia.
Todo ello nos muestra un procedimiento t’picamente
colonialista en el que los colonizadores proporcionan a las
elites locales que colaboran con ellos objetos de prestigio y de
poder, como ocurre tambiŽn con las elites atl‡nticas con las
que compiten los nuevos mecanismos identitarios integrados
ya en la esfera del poder colonial (Perea 2005: 102), pero sin
que se realice nunca una trasferencia tecnol—gica (JimŽnez
Avila 2002: 380) que garantice, al menos en este ‡mbito, el de
la expresi—n y legitimaci—n del poder, la independencia de
aquellas. Sumisi—n, pues, a cambio de participar de ciertas
ventajas del impuesto sistema colonialista. Esta aparente
ÒconvivenciaÓ, no debe por tanto llevarnos a enga–o. A pesar
de la insistencia de la cr’tica postcolonial en la necesidad
continua de ÒnegociacionesÓ que garanticen la viabilidad del
proceso, lo cierto es que la ventaja tecnol—gica Ðque no se
transfiere (otro aspecto del monopolio)- y el poder pol’tico,
expresado por los templos, favorec’an sin duda alguna a los
fenicios. Con todo, se ha insistido mucho en el car‡cter
pac’fico de las relaciones de interacci—n entre los fenicios y los
aut—ctonos. Ya hemos visto como no toda la expansi—n tiria
puede considerarse como pacifica y una serie de trabajos
recientes han venido a llamar la atenci—n sobre cuestiones
como el conflicto y la violencia en el ‡mbito de la colonizaci—n
fenicia arcaica en Occidente (Wagner 2005; Moreno Arrastio
1999, 2000, 2001).
Por otra parte, se ha se–alado recientemente que la
propia din‡mica de crecimiento de la colonizaci—n fenicia
generar’a un fuerte impulso hacia un monopolio, de un
espacio protegido primero, de territorios, recursos, medios,
m‡s adelante, que intentar‡ replicarse en cada una de sus
acciones y cuya œnica alternativa es el conflicto abierto o la
sumisi—n (Moreno Arrastio 2008: 51-57). Y en este contexto la
139
superioridad tecnol—gica de los colonizadores parece una
buena baza. Pero adem‡s, constituye una importante
contradicci—n afirmar el car‡cter pac’fico de la sociedad
aut—ctona del Bronce Final en base a la ausencia de
fortificaciones en los asentamientos y armas en las tumbas y
admitir, al mismo tiempo, la existencia de una sociedad
guerrera estructurada en torno a jefaturas militares sobre la
base de las estelas decoradas del SO, que han sido
reci ent ement e adscri t as a un ‡mbi t o cronol —gi co
contempor‡neo dentro del Bronce Final (Gal‡n s.f.). Una cosa
parece clara, si el prestigio es uno de los elementos del
lenguaje simb—lico de las estelas, lo que no siempre es
admitido, el otro lo es la violencia con su representaci—n de
armas (Moreno Arrastio 2000).
Parece, en definitiva, que conflictos y violencia no
debieron estar ausentes del todo en ese Tartessos que ahora se
vislumbra como: Òla coexistencia dif’cil de dos mundos que se
vieron uno a otro distintosÓ en el marco de unas relaciones ÒÉ
tan conflictivas como muestran otras muchas colonizaciones
hist—ricas por doquierÓ (Escacena 2004: 16). Pero en cualquier
caso, el conflicto violento, la violencia abierta y manifiesta en
su expresi—n m‡s agresiva y descarnada puede resultar bastan-
te invisible ante la falta de datos condicionada por el estado
del registro arqueol—gico, a la vez que muy oscurecida, por no
decir del todo ignorada, por los propios marcos l—gicos utiliza-
dos en la interpretaci—n desde una perspectiva que pone el Žn-
fasis en las formas ritualizadas de amortiguar o evitar los con-
flictos, una preocupaci—n que suele resultar m‡s nuestra que
de aquellas gentes, m‡s interesadas en aprovecharse y prote-
gerse de sus conflictos que de apaciguarlos.
COLONIALIMO Y EXPLOTACIîN: A PROPîSITO DE CIERTAS
INTERPRETACIONES DE LA ARQUEOLOGêA POSTCOLONIAL.
Apenas se habla del conflicto o de violencia como factores
cruciales de la presencia colonial de los fenicios en Occidente,
y en particular en la Pen’nsula IbŽrica, y se suele excluir o silen-
ciar cualquier tipo de explotaci—n econ—mica. La arqueolog’a
postcolonial, nacida como el resto de la arqueolog’a postproce-
sual de la cr’tica del procesualismo con su deshumanizaci—n de
las ciencias sociales as’ como del contexto filos—fico postmoder-
no, parec’a abocada a aportar interesantes soluciones, pero fi-
nalmente no ha sido as’, no tanto por la necesaria cr’tica a las
arqueolog’as procesuales cuanto por su excesiva dependencia
del pensamiento postmoderno.
Como se ha dicho, aunque el objetivo de la arqueolog’a
postcolonial es reconocer y caracterizar la diferencia, al llamar
la atenci—n sobre ella en la literatura occidental y pedir respeto
para ella, se la est‡ incluyendo en la l—gica hegem—nica desde
la que se actœa, preservando as’ una apariencia de diferencia
ya que la autŽntica y profunda queda absorbida y neutralizada
al no poder ser descrita desde nuestro discurso (Hernando
Gonzalo, 2005: 231). Y no deja de tener su aquel que se defien-
dan identidades esenciales (las de la diferencia) desde la postu-
ra anti-esencialista del postmodernismo.

140
Por otra parte la aparente carga de novedad te—rica que
parece aportar la Arqueolog’a postcoloial no es tal. Conceptos
como mestizaje, hibridaci—n y resistencia, que inclu’an un an‡-
lisis pormenorizado de la realidad a partir de ellos, hace mu-
cho tiempo que fueron incorporados a la Antropolog’a de la
aculturaci—n, si se la puede llamar as’, que tambiŽn hab’a mani-
festado una clara preocupaci—n por Òlos otrosÓ. Otro tanto se
puede decir de las denominadas Òsituaciones intermediasÓ que
cabe entender como las maneras en que las poblaciones locales
transformar’an los cambios que le son impuestos, dando lugar
a mœltiples casos de mezcla cultural, apropiaci—n y otros proce-
sos que ocurrir’an en el seno del encuentro colonial de forma
dialŽctica. Tampoco en esta ocasi—n hay nada nuevo. Todo ello
ha sido formulado anteriormente de una manera u otra.

No obstante, frente al car‡cter casi omnipresente de la
Ònegociaci—nÓ dentro de las relaciones entre los grupos en con-
tacto, que torna invisible la explotaci—n, algunas voces aisladas
han vuelto a llamar la atenci—n sobre el car‡cter desigual de las
relaciones, sobre la aculturaci—n como estrategia de domina-
ci—n colonial y sobre el conflicto y la violencia como, partes in-
tegrantes e importantes de todo el proceso (Ordo–ez Fern‡n-
dez, 2012), algo que ya se hab’amos se–alado tiempo atr‡s des-
de una perspectiva no vinculada ni al Postmodernismo ni a la
Arqueolog’a Postcolonial.
La excesiva dependencia de la Arqueolog’a Postcolonial,
que tampoco constituye un cuerpo te—rico y metodol—gico uni-
tario, respecto al Postmodernismo se nos revela como uno de
sus lastres m‡s significativos. Y desde su intento de ocultaci—n
del conflicto y la violencia para sustituirlo por negociaciones se
realiza, en ocasiones, una lectura sesgada del registro arqueol—-
gico. Como cuando se afirma, segœn ha sido muy bien observa-
do Ò...que las respuestas dadas por la poblaci—n del sur penin-
sular a la presencia oriental, al menos hasta el siglo VI a.C., no
responden a la existencia de relaciones asimŽtricas de explota-
ci—n y dominaci—n entre colonizadores y colonizados, que es lo
que define una situaci—n colonial, segœn se ha planteado ante-
riormente, lo que nos obliga a (re) pensar las categor’as de los
an‡lisis bas‡ndonos en el registro arqueol—gicoÓ (Mar’n Aguile-
ra, 2012: 152).
Considerar la presencia o ausencia de murallas en un
asentamiento como claro s’ntoma de la presencia o ausencia
de relaciones asimŽtricas de explotaci—n o de dominaci—n resul-
ta, a estas alturas, de una simplicidad pasmosa, adem‡s de no
tener en cuenta las distintas formas de violencia, incluidas las
encubiertas, con que se puede y suele manifestar el contacto
dentro de un proceso colonial. La presencia de cer‡mica aut—c-
tona dentro de los asentamientos fenicios puede interpretarse
tambiŽn, de una manera menos ingenua a como hacen en oca-
siones los arque—logos postcoloniales, como una evidencia de
fuerza de trabajo al servicio de los colonizadores ,y el nœmero
de estos œltimos, por otra parte, ya que se compara el peque–o
tama–o de la mayor’a de los asentamientos fenicios peninsula-
res con Mozia, en Sicilia, que es mucho mayor (sin tener en
cuenta que las estrategias coloniales pueden ser muy distintas
en ambos casos) no importa tanto cundo se cuenta con la ven-
taja de la superioridad tecnol—gica.
141
Recientes intervenciones arqueol—gicas en el Castro dos Ra-
tinhos, un poblado fortificado del Bronce Final, estratŽgica-
mente situado sobre la orilla izquierda del Guadiana a media
distancia de la desembocadura de dos de sus afluentes, El Ar-
dilla y el Debege, han sacado a la luz en el sector denominado
Òacr—polisÓ, junto a grandes caba–as de planta redonda un edi-
ficio de planta paralelep’peda y construcci—n compleja de tipo
oriental, aunque de modestas dimensiones, que ha sido inter-
pretado como un santuario fenicio dedicado a Ashera y Baal,
datado en sus inicios a finales del siglo IX a. C. y destruido por
un incendio, que afect— tambiŽn a parte de la muralla, hacia el
760 a. c. (Berrocal, Silva, Prados, 2012) ). Segœn parece las rela-
ciones no fueron aqu’ tan pac’ficas como algunos arque—logos
postcolonialistas pretenden. DespuŽs del incendio desapare-
cen del poblado todas las manifestaciones de una posible pre-
sencia o influencia fenicia en el mismo.
De acuerdo con el esquema de las econom’as de bienes de
prestigio (M. Krueger, 2008), los colonizadores distribuir’an
entre las elites locales, toda una serie de productos suntuarios,
manufacturados casi exclusivamente en el contexto colonial, a
fin de reforzar una muy necesaria colaboraci—n entre ambos
grupos. Todo ello nos muestra un procedimiento t’picamente
colonialista en el que los colonizadores proporcionan a las men-
cionadas elites objetos de prestigio y de poder, como ocurre
tambiŽn con las elites atl‡nticas con las que compiten los nue-
vos mecanismos identitarios integrados ya en la esfera del po-
der colonial, pero sin que se produzca nunca una trasferencia
tecnol—gica que garantice en este ni en ningœn otro ‡mbito la
independencia de aquellas. ÀNegociaci—n o sumisi—n? a cam-
bio de participar de ciertas ventajas del impuesto sistema colo-
nialista.
Ya que la explotaci—n econ—mica en unos sistemas colonia-
listas como fueron aquellos se efectœa en gran parte por medio
del llamado "intercambio desigual", resulta, cuanto menos cho-
cante, la resistencia de los arque—logos postcoloniales a admi-
tir la desigualdad de los intercambios. Argumentan, en este
sentido, que una pol’tica continuada de pactos y negociaciones
constituy— la principal estrategia colonial por ambas partes y
que el valor de uso de las manufacturas proporcionadas por los
colonizadores entre los aut—ctonos no ten’a porque equivaler a
su valor de cambio, ya que gozaban de una alta estimaci—n en-
tre los ellos, lo que equivale en la pr‡ctica, adem‡s de no haber
comprendido la mec‡nica del intercambio desigual, a un espe-
jismo que tiene como objeto hacer invisible la explotaci—n. Ade-
m‡s, el hecho de que los intercambios tengan, adem‡s del eco-
n—mico, un contenido y un significado social, y pol’tico, amŽn
de simb—lico, no anula, como en ocasiones se pretende, su ca-
r‡cter desigual -pues ello no elimina la existencia de procesos
de trabajo con muy distintos costes sociales de producci—n, y
no solo valores subjetivos- sino que m‡s bien tiende a encubrir-
lo a los ojos de los participantes (y, por lo que se ve, de algunos
investigadores) en unas relaciones ÒpactadasÓ en las que la cla-
ve reside en comprender si son fruto de una negociaci—n simŽ-
trica y paritaria, en la que ambas partes muestran similar capa-
cidad, por el contrario, de una imposici—n, que se pretende in-
visible desde la f—rmula del pacto, de quienes actœan con la
ventaja que proporciona una posici—n, econ—mica y tecnol—gi-
ca, dominante.
142
¼Argumentar, que las elites aut—ctonas ÒpactanÓ con algunos
grupos de colonizadores ind’genas en calidad de iguales resul-
ta, en todo caso, bastante ingenuo y no es esa, precisamente, la
din‡mica del colonialismo. Por otra parte, que algunas elites
aut—ctonas se hayan podido beneficiar de los intercambios no
resulta raro, ya que son ellas precisamente los encargados de
movilizar la mano de obra y convertir el sobretrabajo en exce-
dente del cual se pueden apropiar, pero esto no entra en contra-
dicci—n tampoco con el car‡cter desigual de los intercambios.
Porque, en realidad, no se trata solo del valor de uso o del va-
lor de cambio, y de como eran distintamente apreciados por
unos y otros, sino del coste social de producci—n de lo que se
intercambiaba, que es de donde proceden, de las diferencias en
costes sociales de producci—n, los beneficios que obtienen los
colonizadores mediante este intercambio. Por otra parte, y pre-
cisamente por ello, se produce una sobre-explotaci—n del traba-
jo con el fin de satisfacer la demanda colonial, que se articula
en la transferencia entre sectores econ—micos que funcionan
sobre la base de relaciones de producci—n diferentes. Esto signi-
fica sencillamente desplazar el foco de nuestra atenci—n desde
los intercambios a las relaciones sociales de producci—n sin las
cuales no ser’an posibles.

Parafraseando a Marx, aunque no estŽ de moda, la dife-
rencia entre considerar la sociedad colonialista y el trabajo en
este contexto desde el punto de vista de la —rbita de la circula-
ci—n simple o cambio de mercanc’as o hacerlo desde el punto
de vista del proceso de la producci—n es enorme. Lo que desde
la primera perspectiva son dos personas que contratan libre-
mente y como iguales, una vendiendo el resultado de su fuerza
de trabajo y otra compr‡ndolo, y cada una persiguiendo su pro-
pio interŽs y realizando el bien comœn, se convierte desde la se-
gunda en un colonialista, Òpisando recio y sonriendo desde–o-
so, todo ajetreadoÓ, y un colono, Òt’mido y receloso, de mala ga-
na, como quien va a vender su propia pelleja y sabe la suerte
que le aguarda: que se la curtanÓ.
El entramado colonialista es por tanto mucho m‡s amplio
y complejo y va m‡s all‡ que una pol’tica colonial de pactos y
alianzas con las Žlites locales, con cuyo reforzamiento pol’tico
consiguen los colonizadores que les sea reclutada la fuerza de
trabajo necesaria y que, una vez movilizada, sea conducida por
las propias elites hacia las actividades de interŽs para ellos. Al
mismo tiempo es necesario preservar las condiciones locales
de la reproducci—n de la fuerza de trabajo, que, sin embargo,
resultar‡n, a la larga, modificadas, en buena medida, debido a
la sobre-explotaci—n a que es sometida.
Por otra parte, como ha sido muy bien observado (More-
no Arrastio, 2001:113), desde nuestra preocupaci—n actual en
los mecanismos que evitan los conflictos preferimos ignorar
que en muchas ocasiones la existencia de pactos no es tanto un
recurso que asegure la convivencia, cuanto una amplia precau-
ci—n, una respuesta adaptativa del grupo que se sabe dŽbil en
el contexto del contacto colonial. Pensar que los aut—ctonos po-
siblemente no se sent’an enga–ados ni explotados porque nece-
sitaban los productos que les proporcionaban los colonizado-
res para garantizar y fortalecer sus propias estructuras sociales
143
equivale a decir que si no eres consciente del enga–o (y de la
explotaci—n) es como si no fueses enga–ado (y explotado).
ÀRealmente quienes as’ argumentan son verdaderamente
conscientes de lo que est‡n diciendo?. Su preocupaci—n por el
papel activo que desempe–aron los aut—ctonos y el no querer
verlos como simples comparsas (lo cual es un rasgo positivo de
la arqueolog’a postcolonial) les ha jugado en esta ocasi—n una
mala pasada y convierte a aquellos en alienados, a su pesar,
dentro del proceso colonialista. Transferir la explotaci—n a las
elites aut—ctonas dejando a los colonizadores libres de respon-
sabilidad en esto, no puede resultar, por otro lado, m‡s simplis-
ta y, al mismo tiempo, irreal, y, por tanto, ahist—rico. Si algo sa-
bemos con bastante certeza es el car‡cter sombr’o del colonia-
lismo y sus formas de explotaci—n de las que no se puede desli-
gar en modo alguno a los colonizadores (Moreno Arrastio,
2008). El relativismo y subjetivismo postmodernos no hacen
sino convertir la explotaci—n colonialista en una especie de cari-
catura de si misma, haciŽndole un muy flaco favor a sus v’cti-
mas, precisamente a las que los arque—logos postcoloniales di-
cen identificar y defender.

HACIA UN NUEVO MODELO EXPLICATIVO.
Recientemente se ha concluido que ÒTartessos no fue una
civilizaci—n ind’gena, sino la realidad que conocieron los
griegos cuando llegaron a la Pen’nsula IbŽrica en el siglo VII a.
C., un conglomerado de colonias fundadas por orientales que
llevaban dos siglos viviendo en ellas" (Fern‡ndez Flores y
Rodr’guez Azoge 2007: 269). Si bien esto parecer‡ a muchos
una propuesta radical, lo cierto s que viene a decir casi lo
mismo que hab’a declarado M. Koch mucho tiempo atr‡s
(Koch 1984) y yo mismo no me encuentro muy alejado de ella.
No obstante, durante los œltimos veinticinco a–os han
imperado un paradigma, que como muestra el muy c0mpleto
estudio historiogr‡fico de M. Alvarez Mart’-Aguilar (2005: 205
ss), se ha caracterizado por su fuerte autoctonismo y que
œltimamente muestra como caracter’sticos los siguientes
componentes:
- Aculturaci—n en lugar de colonizaci—n
- Bœsqueda de una aristocracia prefenicia
- Coexistencia y cooperaci—n
- Igualdad en las relaciones econ—micas
Con todo, y gracias a los recientes descubrimientos se est‡
configurando un nuevo modelo explicativo, deudor tambiŽn en
parte de la oposici—n de algunos investigadores al hasta ahora
paradigma dominante, en el que prevalecen:
- Una cada vez m‡s temprana presencia fenicia
- Una reducci—n del protagonismo aut—ctono, limitado a
ciertas peque–as Žlites y a fuerza de trabajo para los
colonizadores
- Una aculturaci—n escasa y muy limitada socialmente
- Colonialismo y explotaci—n econ—mica
- Tensiones y conflictos como consecuencia de todo ello.
144
De esta forma, si el ÒorientalizanteÓ es fundamentalmente
un fen—meno de emulaci—n y de econom’a de bienes de
prestigio que afecta sobre todo a las Žlites aut—ctonas en el
marco de un contacto entre sociedades desiguales (Aubet
2005) ÀquŽ es lo que nos queda entonces de Tartessos?: Unas
poblaciones que no parecen haberse beneficiado mucho de la
presencia fenicia y, sobre todo, evidencias cada vez m‡s s—lidas
de una temprana instalaci—n de grupos ciertamente densos de
colonizadores en su territorio.
A modo de conclusiones.
Como resultado de los nuevos descubrimientos de una
temprana presencia fenicia en Huelva y El Carambolo el
denominado ÒBronce Final tartŽsico precolonialÓ esta en
trance de desaparecer. Lo cual tiene no pocas implicaciones.
Que el conocimiento de la copelaci—n y el inicio de la
extracci—n de la plata no corresponda a los aut—ctonos y que
fueran introducidos por los fenicios es una de ellas. Que la
presencia fenicia m‡s temprana no se limitara a simples
contactos comerciales, sino que implicara grupos densos de
poblaci—n es otra. Que desde muy pronto los templos, como
representantes espec’ficos de la monarqu’a tiria, articularon
esa presencia, constituye otra m‡s. Que la fuerza de trabajo
aut—ctona estuviera desde un principio al servicio de los
intereses de los colonizadores, es seguramente una de las m‡s
significativas. Que todo ello generara una dependencia
econ—mica y tecnol—gica viene a sumarse a la lista. Y que
Tartessos no fuera sino el resultado del colonialismo fenicio en
el sur de la Pen’nsula IbŽrica es seguramente la mejor manera
de englobarlo todo.
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151
152
Cap’tulo 7
APƒNDICE:
LAS
TRADICIONES
LITERARIAS
TARSIS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO:
I. "Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecer‡n sus dones, y
los soberanos de Seba y de Saba la pagaran tributo" Salmos,
72, 10
II. "Los de Tarsis traficaban contigo en gran abundancia de
productos de toda suerte; en plata, hierro, esta–o y plomo te
pagaban tus mercanc’as" Ezequiel, 27, 12
III. "Yo les darŽ una se–al, y mandarŽ sobrevivientes de ellos
a Tarsis, a las naciones de Put, de Lud, de Mosoc, de Ros, de
Tubal y de Yav‡n, de las islas lejanas que no han o’do nunca
mi nombre y no han visto mi gloria..." Isa’as, 66, 19
IV. "Pero Jon‡s se levant— para huir de la presencia de YavŽ a
Tarsis, y baj— a Jope, donde hall— un nav’o que se dirig’a a
Tarsis. Pagado el pasaje, embarc— en Žl para marchar con ellos
a Tarsis, lejos de la presencia de YavŽ" Jon‡s, 1, 3
V. "No hab’a nada de plata, no se hac’a caso alguno de esta
en tiempos de Salom—n, porque el rey ten’a en el mar naves de
Tarsis con las de Hiram, y cada tres a–os llegaban las naves de
Tarsis trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales" 1
Reyes, 10, 21-22.
VI. "Josafat construy— naves de Tarsis para ir a Ofir en busca
de oro; pero no fue- ron porque las naves se destrozaron en
Asiongaber" 1 Reyes, 22, 49
VII. "Gemid naves de Tarsis; vuestro puerto est‡ destruido",
Isa’as, 23, 1
VIII. "Las naves de Tarsis eran las caravanas que tra’an
tus mercanc’as",Ezequiel, 27, 25
IX. "... contra toda encumbrada torre, contra toda muralla
fortificada, contra todas las naves de Tarsis y contra los nav’os
de mercanc’as preciosas",Isa’as, 2, 15-16
X. "...plata laminada venida de Tarsis", Jerem’as, 10, 9
MITOS Y LEYENDAS GRIEGOS:
XI. "DespuŽs de Aristeo pasaron a Cerde–a los iberos a las
—rdenes de Norax, y Žstos fundaron la ciudad de Nora, la
primera que se recuerda hubo en la isla. Norax dicen que era
hijo de Eritea, la hija de Geri—n, y de Hermes", Pausanias, X,
17, 5
XII. ÒCeto, por su parte, engendr— con Forcis, a las Grayas, de
hermosas mejillas, canosas desde su nacimiento, a las que
154
ancianas llaman los dioses inmortales y los hombres que por la
tierra caminan; a Penfredo, de hermoso peplo; a En’o, de
azafranado manto, y a las Gorgonas, que habitan al otro lado
del famoso OcŽano, en el l’mite de la noche, donde las
HespŽrides, de armoniosa voz, Esteno, Eur’ala y la
desventurada Medusa. Esta era mortal, pero las otras
inmortales y exentas de vejez las dos. Con ella sola yaci— el de
azulada cabellera en el suave prado, entre primaverales flores.
Cuando Perseo le cort— la cabeza surgieron el inmenso Crisaor
y el caballo Pegaso. Este tuvo este nombre porque naci— junto
a las fuentes del OcŽano, y el otro porque tiene una espada de
oro en sus manos. AquŽl, abandonando de un vuelo la tierra,
madre de reba–os, se fue junto a los inmortales y habita en la
morada de Zeus, llev‡ndole el trueno y el rayo al prudente
Zeus. Crisaor engendr— al tricŽfalo Geri—n, uniŽndose a
Cal’rroe, hija del famoso OcŽano; a Žste lo mat— el fuerte
Heracles junto a sus bueyes de torn‡tiles pies en Eritea,
ba–ada por todas partes, el d’a en que se llev— hacia la sagrada
Tirinto los bueyes de ancha frente, atravesando el curso del
OcŽano [tras haber matado a Orto y al boyero Euriti—n en el
umbroso establo, al otro lado del famoso OcŽanoÓ. Hesiodo,
Teog., 270-295.
XIII. ÒComo dŽcimo trabajo le encarg— traer de Erit’a las
vacas de Geri—n. Erit’a, ahora llamada Gadir, era una isla
situada cerca del OcŽano; la habitaba Geri—n, hijo de Crisaor y
de la oce‡nide Cal’rroe; ten’a el cuerpo de tres hombres,
fundidos en el vientre, y se escind’a en tres desde las caderas y
los muslos. Pose’a unas vacas rojas, cuyo vaquero era Euriti—n,
y su guardi‡n Orto, el perro de dos cabezas nacido de Tif—n y
Equidna. Yendo, pues, en busca de las vacas de Geri—n a travŽs
de Europa, despuŽs de matar muchos animales salvajes, entr—
en Libia y, una vez en Tartessos, erigi— como testimonio de su
viaje dos columnas enfrentadas en los l’mites de Europa y
Libia. Abrasado por Helios en el trayecto tendi— el arco contra
el dios, y Žste, admirado de su audacia, le proporcion— una
vasija de oro en la que cruz— el ocŽano. Ya en Erit’a, pas— la
noche en el monte Abas; el perro, al darse cuenta, lo atac—,
pero Žl lo golpe— con la maza y mat— al vaquero Euriti—n, que
hab’a acudido en ayuda del perro. Menetes, que apacentaba
all’ las vacas de Hades, comunic— lo sucedido a Geri—n, quien
alcanz— a Heracles cerca del r’o Antemunte cuando se llevaba
las vacas, y, trabado combate, muri— de un flechazo. Heracles
embarc— el ganado en la copa, y habiendo navegado hasta
Tartessos, se la devolvi— a HeliosÓ Apolodoro, Bibl. II, 5, 10.
XIV. "Parece ser que en tiempos anteriores llam—se al
Betis Tartessos, y a Gades y sus islas vecinas Eriteia. As’ se
explica que Etes’coro, hablando del pastor Geri—n, dijese que
hab’a nacido
casi enfrente de la ilustre Eriteia, junto a las fuentes
inmensas de Tartessos, de ra’ces argŽnteas, en un escondrijo
de la pe–a.
Y como el r’o tiene dos desembocaduras, d’cese tambiŽn que la
ciudad de Tartessos, hom—nima del r’o, estuvo edificada
antiguamente en la tierra colocada entre ambas, siendo
llamada esta regi—n TartŽside, que ahora habitan los tœrdulos.
Erat—stenes acostumbraba a llamar TartŽside a la regi—n
cercana a Calpe, y a Eriteia "isla afortunada". M‡s Artemidoro,
155
opinando en contra afirma que ello es falso", Estrab—n, III, 2,
11
XV. "Para FerŽcides parece ser que las Gadeiras son Eriteia,
en la que el mito coloca los bueyes de Geri—n, m‡s segœn otros,
es la isla situada frente a la ciudad, de la que est‡ separada por
un canal de un estadio. Justifican su opini—n en la bondad de
los pastos y en el hecho de que la leche de los ganados que all’
pastan no hace suero", Estrab—n, III, 5,4
XVI. ÒEl poeta que tantas cosas cant— y de tanto dio
noticia, brinda ocasi—n para pensar si no tuvo realmente
conocimiento de estos lugares. Si alguien quisiera juzgar
rectamente de la cuesti—n, tendr’a que considerar tanto las
cosas que dijo con poca fortuna como las que manifest— con
m‡s raz—n y verdad. As’, pues, no acierta al decir que
[Tartessos] est‡ situada hacia el final del Ocaso, cuando, como
Žl mismo afirma, cae en el OcŽano la brillante lumbrera del
Sol, arrastrando tras s’ la noche negra sobre la tierra de
fecundos senos. Pero como la noche, por su nombre siniestro,
evoca evidentemente la idea de un lugar pr—ximo al Hades, y
Žste a su vez confina con el T‡rtaro, pudo creerse que se sirvi—
de lo que hab’a o’do de Tartessos, asimilando este nombre al
de T‡rtaros, para aplicarlo luego a la parte m‡s alejada de las
regiones subterr‡neas, no sin embellecerlo de mucha ficci—n,
conforme al uso de los poetas. As’ tambiŽn, sabedor de que los
cimerios habitaban junto al B—sforo, en los lugares situados al
Norte y al Poniente, los transport— al Hades, dej‡ndose llevar
en esto por el odio comœn de los jonios contra aquel pueblo,
del que se dice invadi— en tiempo de Homero, o poco antes, la
Eolia y la Jonia....Por todo ello, de la ficci—n del T‡rtaro,
aunque basada en datos falsos, podr’a creer cualquiera que
hab’a conocido los lugares cercanos a Tartessos.
Pero es mejor aœn lo que vamos a recordar: la expedici—n
de Heracles y la de los fenicios a estos parajes diŽronle, de sus
habitantes, la idea de un pueblo rico y de buena condici—n; as’,
pues, su sujeci—n a los fenicios fue tan completa, que hoy d’a la
mayor’a de las ciudades de Turdetania y de las regiones
vecinas est‡n habitadas por aquellos. Me parece cierto,
asimismo, que Odiseo llegase hasta aqu’ en su expedici—n, la
cual le sirvi— de pretexto para que, como en la Il’ada, tambiŽn
en la Odisea convirtiera lo hist—rico en narraci—n fabulosa,
segœn costumbre de los poetas. En efecto, no s—lo se hallan
vestigios de estas cosas en Italia, Sicilia y otros lugares, sino en
Iberia, donde hay una ciudad de nombre Odisea, un templo de
Atenea y mil otros indicios de las andanzas del hŽroe y de los
dem‡s que sobrevivieron a la guerra troyana, tan funesta para
los defensores como para los conquistadores de Troya.
Efectivamente, no lograron sino una Çvictoria cadmeaÈ y, en
cambio, perdieron sus casas, sin conseguir cada uno m‡s que
una peque–a parte de bot’n; as’, pues, se vieron obligados a
echarse a la pirater’a, tanto los helenos como los que hab’an
escapado y sobrevivido a la destrucci—n de su patria, unos por
valor, los otros por venganza. Porque cada uno se hab’a dicho:
que es bochornoso estar largo tiempo lejos de los suyos y
volverse de vac’o a ellos. As’, al lado de las andanzas de Eneas,
de Antenor y de los Henetos, la Historia ha registrado las de
Diomedes, de Menelao, de Menesteo y de muchos otros. Ahora
bien, instruido por la voz de la Historia de todas estas
156
expediciones guerreras a las costas meridionales de Iberia,
conocedor tambiŽn de la riqueza de estas regiones y de los
bienes de todas clases que poseen y que los fenicios dieron a
conocer, tuvo la idea de colocar aqu’ la mansi—n de las almas
piadosas, y los Campos El’seos donde, segœn la predicci—n de
Proteo, Menelao deb’a vivir algœn d’a:
En cuanto a vos [Menelao], los inmortales os conducir‡n al
Elysion Ped’on, en los fines mismos de la Tierra: donde reina
el rubio Radamantis, donde los humanos gozan de una vida
feliz al abrigo de la nieve, de la escarcha y de la lluvia, y
donde desde el seno del OcŽano se levanta el soplo armonioso
y refrescante del CŽfiro.
La pureza del aire y la dulce influencia del cŽfiro son, en
efecto, caracteres propios del Iberia que vuelta por completo al
lado del Occidente, posee un clima verdaderamente templado.
Adem‡s est‡ situada en los œltimos confines de la tierra
habitada, es decir, en los mismos lugares donde la f‡bula Ñ
como hemos dichoÑ ha colocado el Hades; porque la menci—n
de Radamantis en los versos que preceden implica la vecindad
de Minos, y ya se sabe lo que dice [Homero]:
All’ vi a Minos, el noble hijo de Zeus, que con su cetro de oro
en la mano administraba justicia a los muertos.
Poetas venidos despuŽs han imaginado cosas semejantes
a Žstas: el robo de los ganados de Geri—n, y la expedici—n con
el fin de conquistar la manzana de oro de las HespŽrides, y
estas islas de los Bienaventurados, en las que reconocemos hoy
algunas de las islas sitas no lejos de la extremidad de la
Mauritania, que est‡ frente a las GadeirasÓ Estrab—n, III, 2,
12-14.
MITO DE GçRGORIS Y HABIS:
XVII. ÒLos cunetes poblaron el territorio de los tartesios,
donde se dice que los titanes hicieron la guerra contra los
dioses, cuyo rey m‡s antiguo, llamado G‡rgoris, fue el que
invent— la costumbre de recoger la miel. Como a Žste le naciese
un hijo procedente del estupro de una hija, por la vergŸenza
del castigo, quiso matar al peque–uelo por distintos
procedimientos. Pero conservado Žste por una fortuna en
todas las vicisitudes, al final lleg— al trono por conmiseraci—n
de tantos peligros. El primero de todos fue que le mand—
exponer, y cuando al cabo de unos d’as orden— observar el
cuerpo del exp—sito, lo encontr— alimentado por la leche de
distintas fieras. DespuŽs, llevado a casa, mand— arrojarlo en
un sendero estrecho por donde sol’an pasar los reba–os,
proceder crudel’simo, porque prefiri— que su nieto fuera
pisoteado en vez de matarlo de una muerte simple. Pero
tambiŽn esta vez qued— inc—lume y no careci— de alimentos. Lo
ech— entonces a los perros azuzados por muchos d’as de
abstinencia, y m‡s tarde a los cerdos. Pero como no s—lo no
recibiese da–o alguno, sino que incluso se aliment— de sus
ubres, al final lo mand— arrojar al ocŽano. Entonces
claramente se manifest— un numen, y entre las olas agitadas le
condujo como en una nave, no por una corriente, siendo
depositado en el litoral en mar tranquilo. No mucho despuŽs
se present— una cierva que ofreci— sus ubres al peque–o. Del
trato con su nodriza el ni–o adquiri— una enorme ligereza de
pies. Entre las manadas de ciervos recorr’a montes y bosques
sin cederles en velocidad. Al final, capturado en un lazo, fue
regalado al rey. Entonces fue reconocido como su nieto por la
semejanza de los rasgos y las marcas del cuerpo que hab’an
157
sido grabadas a fuego al muchacho. Por la admiraci—n ante
tantas aventuras y peligros fue destinado al trono por el rey. Se
le impuso el nombre de Habis, y cuando recibi— el reino fue de
tanta grandeza que no en vano parec’a elevado por la majestad
de los dioses en tantos peligros: pues dio leyes al pueblo
b‡rbaro, fue el primero que ense–— a uncir los bueyes al arado
y a cultivar los alimentos. Oblig— a los hombres a comer
alimentos m‡s civilizados, en vez de los agrestes por el odio de
los que hab’an sufrido. Sus aventuras parecer’an fabulosas, si
no se les comparase con las de los fundadores de Roma
alimentados por una loba, y los de Ciro rey de los persas,
alimentado por una perra. Prohibi— los oficios serviles al
pueblo, y dividi— la plebe en siete ciudades. Muerto Habis, el
reino fue conservado muchos a–os por sus sucesores. En otra
parte de Espa–a, formada por islas, existi— el reino de Geri—n.
En ella hay tanta abundancia de pastos que si no se pusiera
coto a la alimentaci—n, los ganados reventar’an. Por lo cual los
reba–os de Geri—n, que entonces era lo œnico que constitu’a la
riqueza, alcanzaron tanta fama que tentaron a HŽrcules desde
Asia por el tama–o de la presa. Adem‡s no fue Geri—n de triple
naturaleza, sino que eran tres hermanos de tanta concordia
que parec’a que gobernaban con el mismo ‡nimo. Tampoco
hicieron la guerra a HŽrcules de su propia voluntad, sino que
viendo c—mo se llevaba sus reba–os, los recobraron por la
fuerzaÓ. Justino, XLIV, 4-16.
AVIENO:
XVIII. "Aqu’ se extienden en su amplitud las costas del
golfo tartesio;...Aqu’ est‡ la ciudad de Gadir, pues la lengua
pœnica llamaba gadir a un lugar cerrado. Fue llamada, antes,
Tartessos, ciudad grande y opulenta en tiempos antiguos;
ahora es pobre, ahora peque–a, ahora abandonada, ahora un
mont—n de ruinas. Nosotros en estos lugares no vimos nada
digno de admirar, excepto el culto a HŽrcules...El r’o
Tartessos, desliz‡ndose por campos abiertos desde el Lago
Ligustino, ci–e la isla por ambos lados con su corriente. Y no
corre por un s—lo lecho, ni surca el s—lo la tierra subyacente,
pues, por el lado por donde nace la luz de la aurora, proyecta
tres brazos sobre l os campos; dos veces, con dos
desembocaduras, ba–a tambiŽn las zonas meridionales de la
ciudad. Pero, encima de la marisma, se proyecta el monte
Argentario, llamado as’ por los antiguos debido a su aspecto,
pues refulge en sus vertientes por la gran cantidad de esta–o, y
despide m‡s luz todav’a hacia los aires, en la lejan’a, cuando el
sol ha herido sus excelsas cimas con rayos de fuego. El mismo
r’o, a su vez, hace rodar, con sus aguas, limaduras de pesado
esta–o y arrastra el valioso metal junto a sus murallas...Como
hemos dicho m‡s arriba, el mar de en medio separa la
ciudadela de Geronte y el cabo de un templo, y, entre rocas
escarpadas se forma una bah’a. Junto al segundo cabo
desemboca un ancho r’o. Al fondo se proyecta el monte de los
tartesios, de sombr’os boscajes. Aqu’ se halla la isla Erit’a, de
extensos campos, y, en otro tiempo bajo el dominio pœnico,
pues unos colonos de Cartago fueron los primeros en ocuparla.
Y Erit’a est‡ separada del continente por un brazo de mar a
cinco estadios s—lo de la ciudadela.", Avieno, Ora mar’tima,
265-295
XIX. ÒTambiŽn los tartesios acostumbraban a comerciar
hasta los l’mites de las Estr’mnidas. TambiŽn los colonos de
158
Cartago y el pueblo establecido alrededor de las Columnas de
HŽrcules llegaban hasta estos maresÓ. Avieno, Or. mar., 114
ss.

XX. ÒEl r’o Anas fluye all’ a travŽs de los cinetes y surca su
territorio. Un golfo se extiende despuŽs, y la tierra formando
un arco se abre hacia el surÓ. Avieno, Or. mar., 205 ss.
XXI. ÒGadir, la primera, domina el mar con su
inquebrantable ciudadela y levanta su cabeza entre las dos
columnas. Gadir se llamaba al principio Cotinusa, con un
nombre antiguo, y, despuŽs, colonos de Tiro la llamaron
Tartessos; la lengua b‡rbara emplea todav’a el nombre de
Gades, pues los pœnicos llaman ÒgadirÓ a todo lugar cercado
por los lados y con un dique de tierra levantado delante.
Los tirios, esparcidos ampliamente por los inh—spitos
mares, as’ que ocuparon las costas de esta regi—n levantaron
sus moradas, dedicaron tambiŽn el mayor templo al hijo de
Anfitri—n y veneraron a esta divinidad como protectoraÓ.
Avieno, Descriptio orbis Terrae, 610 ss.
NOTICIAS HISTîRICAS Y GEOGRçFICAS:
XXII. "Tartessos, ciudad de Iberia nombrada por el r’o que
fluye de la monta–a de la plata, r’o que arrastra tambiŽn
esta–o", Hecateo, FGrH, I, 138
XXIII. "Acto seguido los samios partieron de la isla y se
hicieron a la mar ansiosos de llegar a Egipto, pero se vieron
desviados de su ruta por causa del viento de Levante, Y como
el aire no amain—, cruzaron las Columnas de Heracles y, bajo
el amparo divino, llegaron a Tartessos. Por aquel entonces ese
emporio comercial estaba sin explotar, de manera que a su
regreso a la patria, los samios con el producto de su flete,
obtuvieron, que nosotros sepamos con certeza muchos m‡s
beneficios que cualquier otro griego...Los samios apartaron el
diezmo de sus ganancias -seis talentos- y mandaron hacer una
vasija de bronce, del tipo de las cr‡teras arg—licas, alrededor
de la cual hay unas cabezas de grifos en relieve. Esa vasija la
consagraron en el santuario de Hera sobre un pedestal de tres
colosos de bronce de siete codos, hincados de hinojos",
Her—doto, IV, 152
XXIV. "Los habitantes de Focea fueron los primeros
griegos que realizaron largos viajes por mar y son ellos quienes
descubrieron el Adri‡tico, Tirrenia, Iberia y Tartessos. No
navegaban en naves mercantes sino en pentec—nteras. Y al
llegar a Tartessos hicieron gran amistad con el rey de los
tartesios, cuyo nombre era Argantonios, que (como un tirano)
gobern— Tartessos durante ochenta a–os y vivi— un total de
ciento veinte. Pues bien los focenses se hicieron tan amigos de
este hombre que, primero los anim— a abandonar Jonia y a
establecerse en la zona de sus dominios que prefirieses, y,
luego, al no poder persuadirles sobre el caso, cuando se enter—
por ellos de como progresaba el medo, les dio dinero para
rodear su ciudad con un muro. Y se lo dio en abundancia, pues
el per’metro de la muralla mide, en efecto, no pocos estadios y
159
toda ella es de bloques de piedra grandes y bien ensamblados",
Her—doto, I, 163
XXV. "...no desear’a ni el cuerno de Amaltea, ni reinar
ciento cincuenta a–os en Tartessos", Estrab—n, III, 2,14
XXVI. "El poeta Anacreonte dio a Argantonios, rey de los
tartesios, ciento cincuenta a–os", Plinio, VII, 154
XXVII. "Tartessos, ciudad ilustre, que trae el esta–o
arrastrado por el r’o desde la CŽltica, as’ como oro y cobre en
mayor abundancia", Escimno de Qu’os, 164-166
XXVIII. ÒA continuaci—n la mar se hace muy angosta, y las
costas de Europa y Africa se aproximan, formando los montes
de Abila y Calpe, que, como dijimos, constituyen las Columnas
de Heracles; ambos entran casi por completo en medio del
mar, sobre todo el de Calpe. Este tiene la particularidad
notable de ser c—ncavo; casi en medio del lado occidental hay
una abertura que luego, al aumentar su ensanchamiento, se
hace f‡cilmente practicable en casi toda su longitud. M‡s
adelante se abre un golfo en el cual est‡ Carteia, ciudad
habitada por fenicios trasladados de Africa, que algunos creen
que es la antigua Tartessos...Ó Pomponio Mela, II, 95.
XXIX. ÒCerca del litoral que acabamos de costear en el ‡ngulo
de la BŽtica, se hallan muchas islas poco conocidas y hasta sin
nombre; pero entre ellas la que no conviene olvidar es la de
Gades, que confina con el Estrecho y se halla separada del
continente por un peque–o brazo de mar semejante a un r’o.
De lado de la tierra firme es casi recta; del lado que mira al
mar se eleva y forma, en medio de la costa, una curva,
terminada por dos promontorios, en uno de los cuales hay una
ciudad floreciente del mismo nombre que la isla, y en el otro
un templo de HŽrcules egipcio, cŽlebre por sus fundadores,
por su veneraci—n por su antigŸedad y por sus riquezas. Fue
construido por los tirios; su santidad estriba en el hecho de
guardar las cenizas (de HŽrcules); los a–os que tienen se
cuentan desde la guerra de Troya. Sus riquezas son los
productos del tiempo. En Lusitania est‡ Erit’a, que, segœn nos
informaron fue la mansi—n de Geri—n, y algunas islas m‡s que
no tienen nombres particulares...Ó Pomponio Mela, III,
46-47
XXX. Ò...Carteia, llamada por los griegos TartessosÓ.
Plinio, NH, III, 8.
XXXI. ÒLa comarca que se extiende m‡s all‡ de la que
limita el Betis, acabada de describir, y que llega hasta el Anas,
se llama Beturia y se divide en dos partes y otras tantas gentes:
los cetas, que lindan con Lusitania, y que pertenecen al
Convento Hispalense, y los tœrdulos, que limitan con la
Lusitania y la Tarraconense, pero que dependen de la
jurisdicci—n de C—rdobaÓ. Plinio, NH, III, 13.
160
XXXII. ÒFrente a la Celtiberia hay varias islas a las que los
griegos llaman CassitŽrides por su abundancia en plomo, y
ante el promontorio de la regi—n de los arrotrebos ‡lzanse seis
islas de los dioses, que algunos llamaron Afortunadas, Al
comienzo de la BŽtica y a 25.000 pasos de la boca del Estrecho
h‡llase Gades, que tiene una longitud, segœn escribi— Polibio,
de 12.000 pasos y una anchura de 3.000. En la parte donde se
aproxima m‡s a la tierra firme dista de Žsta menos de 700
pies, pero en las restantes se aleja en m‡s de 7.000. Su
extensi—n es de 15.000. Tienen un opidum que goza de los
beneficios del derecho romano, al que se llama Augustana
Urbs Iulia Gaditana. En la parte que mira a Hispania y
aproximadamente a 100 pasos hay otra isla de 1.000 pasos de
longitud y otros 1.000 de anchura, en la cual antiguamente
estuvo el opidum de Gades. Es llamada Eritea por ƒforo y
Fil’stides, por Timeo y Sileno Afrodisio, y por los naturales
Insula Iunonis. Segœn Timeo, la mayor fue llamada Cotinusa
por sus olivos. Nosotros la llamamos Tartessos, mas los
pœnicos Gadir, lo que en lengua pœnica significa reducto. Fue
llamada Eritea porque los tirios, sus abor’genes, se dec’an
oriundos del Mar Eriteo. Segœn opini—n de algunos, aqu’ vivi—
en otro tiempo Geri—n, al que HŽrcules arrebat— los ganados;
pero hay quienes creen que esta isla es otra, a la que colocan
frente a la Lusitania y la citaban all’ antes con el mismo
nombreÓ. Plinio, NH, III, 119-120.
XXXIII. Ò...nosotros la llamamos Tartessos y los pœnicos
Gadir, lo que en lengua pœnica significaba reducto", Plinio,
IV, 120
XXXIV. ÒPero vayamos a casos ciertos: es poco m‡s o menos
verdad que Argantonio el gaditano reino ochenta a–os, y se
cree que comenz— a reinar en el cuadragŽsimo de su vidaÓ.
Plinio, NH, VII, 156
XXXV. ÒSe dice que los primeros fenicios que llagaron por
mar hasta Tartessos volvieron, a cambio de aceite y la pacotilla
que hab’an llevado consigo, con tal cargamento de plata que
no pod’an tener ni recibir m‡s, viŽndose obligados, la volver
de aquellos parajes, a fundir en plata todas aquellas cosas de
que se serv’an, incluso las anclasÓ. Ps. Arist—teles, mir., 135.
XXXVI. ÒEl Tartessos, dicen, es un r’o del pa’s de los Iberos
que da al mar por dos bocas, y hay una ciudad del mismo
nombre en medio de las bocas de Žl. Es el r’o mayor de Iberia y
como recibe la marea, los de despuŽs le han llamado Betis.
Algunos creen que la ciudad ibera de Carpia se llam—
antiguamente TartessosÓ.
Pausanias, VI, 19, 3.
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