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Una visión no estatolátrica

EL CONFLICTO
ÁRABE-ISRAELÍ
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Una visión
no estatolátrica
EL CONFLICTO
ÁRABE-ISRAELÍ
JOSÉ F. DURÁN VELASCO
Prólogo de
ALBERTO ARCE
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Una visión
no estatolátrica
EL CONFLICTO
ÁRABE-ISRAELÍ
JOSÉ F. DURÁN VELASCO
Prólogo de
ALBERTO ARCE
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© José F. Durán Velasco 2009
© del Prólogo: Alberto Arce
© de la fotografía de portada: Amir Farshad Ebrahimi
Primera edición: agosto de 2009
© de esta edición: Bósforo Libros, S. L.
C/ Cocuy, 2 Esc. Ctro. 1º B
28033 Madrid
www.bosforolibros.com
bosforo@bosforolibros.com
Maquetación y diseño de cubierta: Ángel Benito
www.grupomatriz.iespana.es
Impreso en Book Print Digital, S. A.
(Botànica, 173-176 – 08908 L’Hospitalet de Llobregat)
ISBN: 978-84-936189-4-0
Depósito Legal: B-35331-2009
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede
ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por
ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación
o de fotocopia, sin permiso previo por escrito del editor.
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© José F. Durán Velasco 2009
© del Prólogo: Alberto Arce
© de la fotografía de portada: Amir Farshad Ebrahimi
Primera edición: agosto de 2009
© de esta edición: Bósforo Libros, S. L.
C/ Cocuy, 2 Esc. Ctro. 1º B
28033 Madrid
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A la memoria de Alejandra García Aguado, que fundó
y presidió la Plataforma por Palestina de Sevilla.
A todos los palestinos e iraquíes que rechazan el sionismo
y la ocupación de Iraq.
A todos los judíos antisionistas de Israel y de fuera de Israel.
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Los políticos
Los políticos son estériles.
Sólo engendran
hernias y prostatitis.
«Los achaques que he tenido», dice uno,
«hacen de mí un candidato a la Casa Blanca».
«Mi calva», dice otro,
«demanda una corona».
«Me haré estirar la piel de la cara», dice el tercero,
«para que la joven generación
vea en mí a su líder».

Lo que necesita la joven generación
es un tractor o, quizás, una escoba.

En consecuencia, escupamos al rostro de los viejos políticos.
Reza Baraheni*
1
*
Reza Baraheni es un escritor iraní, nacido en 1935 en Tabriz. Pertenece
a la minoría turca azerí (la etnia más numerosa de Irán después de los per-
sas). En su obra más famosa, Los caníbales coronados (traducida al español
como Persia sin máscara) incluye diversos ensayos («Historia masculina»,
«Memorias de prisión», etc.) y un poemario titulado «Máscaras y palabras»,
del que forma parte el poema «Los políticos». Los caníbales coronados es
una durísima requisitoria contra la monarquía, el patriarcado, el chovinismo
persa (opresor de las otras lenguas, como el turco azerí, idioma materno de
Baraheni), el imperialismo occidental y el «orientalismo» (en sus dos varian-
tes: estalinista y colonialista capitalista). En 1973 fue detenido, interrogado
y torturado por la Savak (la gestapo del shah). En 1981 fue detenido bajo el
régimen de Jomeini y al salir de la cárcel en 1982 se le prohibió volver a la
enseñanza en la universidad. En la actualidad reside en Canadá y da clases de
literatura comparada en la Universidad de Toronto. Ha escrito más de cincuen-
ta libros en persa o inglés, que han sido traducidos a varios idiomas. También
ha sido traductor al persa de Shakespeare, Fanon y otros autores.
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Índice
PRÓLOGO ........................................................................................ 11
INTRODUCCIÓN ................................................................................. 19
CAPÍTULO PRIMERO: El estado ......................................................... 25
Estado y estatolatría: razón de estado e intereses de clase ............ 25
El estado: dirigentes y dirigidos .................................................... 28
Las ideologías justifcadoras del orden establecido ...................... 33
Oriente Medio antes del estado-nación: estados imperiales
confesionales y minorías confesionales autónomas ................ 42
CAPÍTULO SEGUNDO: El estado en el mundo moderno:
nacionalismo y estado-nación ..................... 55
El nacionalismo y el estado-nación ............................................... 55
La actitud del nacionalismo y del estado-nación hacia
«los elementos extraños» y «las minorías nacionales» ........... 61
Nacionalismo aconfesional y nacionalismo confesional:
nacionalismo laico y nacional-confesionalismo ...................... 64
Cómo el nacionalismo convierte un determinado factor en eje
de la identidad, es decir, en eje de la nacionalidad .................. 67
Victimismo nacionalista y rechazo de la lucha de clases .............. 70
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8 José F. Durán Velasco
CAPÍTULO TERCERO: Los judíos y el sionismo ................................ 73
Judaidad y judaísmo ...................................................................... 73
¿Han sido los judíos un pueblo-clase? .......................................... 80
Las etnias judías ............................................................................ 91
Del judaísmo al sionismo .............................................................. 98
Sionismo y antisemitismo ............................................................. 106
El sionismo como nacionalismo ashkenazi: judío como
ashkenazi, los judíos no ashkenazis como «judíos exóticos»
marginales ................................................................................ 111
Los judíos y «la tierra de Israel» ................................................... 114
El sionismo lingüístico: hebreo versus «lenguas diaspóricas» ..... 121
El falso socialismo sionista ........................................................... 126
Sionismo y nacional-confesionalismo judío ................................. 130
El sionismo utópico: la fraternidad entre Israel y su «pariente
pobre» Ismael .......................................................................... 133
El sionismo real: la entidad sionista como colonialismo
antiárabe ................................................................................... 137
Actitud del sionismo respecto a los judíos .................................... 142
Actitud del sionismo hacia los palestinos y los otros árabes
no judíos .................................................................................. 145
Actitud del sionismo hacia los judíos del mundo árabe ................ 149
Ciudadanía, religión y nacionalidad étnica en el estado
de Israel .................................................................................... 166
Apartheid y asimilación forzosa en aras del nacionalismo
de los opresores... y de los oprimidos ...................................... 170
El Holocausto y el sionismo: lo peor es el mejor aliado
de lo malo ................................................................................ 172
La «democracia» israelí y las dictaduras de los países árabes ...... 182
«El sionista bueno» al estilo de Amós Oz ..................................... 192
Judíos antisionistas: desde Neturé Qartá hasta Anarquistas
contra el Muro ......................................................................... 201
Liberar al pueblo israelí del sionismo ........................................... 204
CAPÍTULO CUARTO: Los árabes y el nacionalismo árabe .............. 215
Las metamorfosis de la identidad árabe ........................................ 215
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Las minorías en el mundo árabe: las minorías árabes no musulmanas,
las minorías musulmanas no árabes, las minorías que no son ni
árabes ni musulmanas y las minorías árabes musulmanas
no sunníes ................................................................................ 220
Los judíos del mundo árabe: diferencias entre el Mashriq
y el Mágreb .............................................................................. 229
Religión, endogamia, confesionalismo
y nacional-confesionalismo ..................................................... 236
Nacionalismo árabe laicista y nacionalismo árabe nacional-
confesionalista islámico (o sunní) ........................................... 239
Los acuerdos de Sykes-Picot: la taifzación del Creciente Fértil .. 242
Las ideologías del mundo árabe: nacionalismos (árabe
y «locales»), socialismo e islamismo ...................................... 244
Nacionalismo árabe y nacionalismos locales ................................ 251
El sionismo como alentador del nacional-islamismo árabe
y de los enfrentamientos internos árabes ................................. 258
Cómo la judeofobia del chovinismo árabe y del fanatismo
islámico ha servido y sirve a la causa sionista ......................... 263
Declive y ruina del nacionalismo árabe: de la derrota de Náser
en 1967 a manos del estado de Israel a la destrucción de Iraq
a manos de Bush ...................................................................... 276
La sombría situación actual del mundo árabe ............................... 282
CAPÍTULO QUINTO: Los palestinos: consecuencia del colonialismo
sionista y resistencia a la colonización
de las víctimas primarias del sionismo ......... 287
Los acuerdos de Sykes-Picot y la declaración de Balfour
hacen surgir al pueblo palestino en lo que hasta entonces
había sido parte del sur de Siria ............................................... 287
Pueblo palestino versus estado sionista ........................................ 294
La resistencia palestina: derecha e izquierda palestinas ............... 297
¿Se puede hablar de una «revolución palestina»? ......................... 308
Las ideologías vertebradoras de la resistencia de los oprimidos:
nacionalismo árabe, nacionalismo palestino, socialismo
e islamismo .............................................................................. 317
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La fragmentación del pueblo palestino: «árabes israelíes»,
cisjordanos, habitantes del gueto de la Franja de Gaza
y palestinos que viven fuera de Palestina ................................ 325
La explosión demográfca palestina .............................................. 330
El mito del «estado palestino»: del maximalismo demagógico
de los comienzos de la OLP a la aceptación
de la «bantustanización» por la burguesía compradora
palestina ................................................................................... 335
La imposibilidad del proyecto sionista, la imposibilidad
de los sueños del nacionalismo árabe y la imposibilidad
del proyecto nacionalista palestino .......................................... 346
La vía no nacionalista como única alternativa al callejón
sin salida .................................................................................. 362
BIBLIOGRAFÍA .................................................................................. 367
COLOFÓN: Al Campo de la Paz israelí, sin el debido respeto ........ 373
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Prólogo
Nunca me interesé especialmente por Palestina mientras estudiaba
Ciencias Políticas y cuando miro atrás, con impotencia ante el pre-
sente, tratando de entender cómo ha sido posible deshumanizar a un
pueblo para llegar a aceptar su colonización y asedio medievales con
la indiferencia con la que se aceptan, veo con claridad que el mismo
error de apreciación que yo cometía hasta que realmente «supe lo que
estaba pasando» continúa cometiéndose hoy en día y se encuentra en
la base del problema que los palestinos aún no han sido capaces de
afrontar con éxito.
La narrativa dominante sobre Palestina ha generado, a través de
los medios de comunicación de masas y los mensajes de nuestros
políticos, un «buenismo» pacifsta del diálogo y la convivencia, que
funciona como cortina de humo sobre el lento proceso de limpieza
étnica con características genocidas que está terminando con la exis-
tencia de los palestinos. El Estado de Israel desarrolla su plan de
colonización, desplazamiento y encarcelamiento del pueblo palestino
mientras los «honrados ciudadanos de occidente» miran hacia otro
lado y pretenden que no «saben lo que está pasando», tal y como los
alemanes que vivían junto a los campos de exterminio repetían y
repiten una y otra vez. Y también mientras muchos de los ciudadanos
de ese mismo Estado de Israel, que saben perfectamente lo que está
pasando, callan y justifcan, no sólo con su silencio, sino con sus
votos, cada vez más radicales, la continuidad de la limpieza étnica
de los palestinos.
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La responsabilidad por dicho comportamiento no se encuentra sólo
en la actitud abiertamente colaboradora del conjunto de la población
israelí (salvando cada vez menos excepciones) o la contemporiza-
ción de la comunidad internacional, aplicando el doble rasero y la
vergüenza de las decisiones políticas que continuamente normalizan
al Estado de Israel como uno más entre las «naciones civilizadas». Se
fundamenta también el modo de narrarlo desde la academia y el perio-
dismo, asemejándose cada vez más muchos de los cursos y textos al
respecto a actitudes como la de Winston Churchill, cuando dijo sobre
Neville Chamberlain que era «un hombre animado por la esperanza
de pasar a la historia como fundador de la paz», cuando en realidad
se trataba del impotente ministro de Asuntos Exteriores que le dio a
Hitler el tiempo que necesitaba para preparar su política de ocupación
y exterminio.
Recuerdo de aquella época de estudiante en la que no me interesaba
Palestina (1993-1998) una lamentable jaculatoria en bucle –que se re-
pite lastimeramente aún hoy en día con menos vigor y credibilidad que
el «ave maría purísima, sin pecado concebida» de los rosarios de mi
abuela–: «La paz es posible, es necesario apostar por el diálogo y el
proceso de paz». Quince años después, mientras la situación empeora
sin límites, la mayoría de nuestros políticos, académicos, periodistas
y diplomáticos siguen repitiendo y quizás hasta creyéndose la misma
estupidez.
Entonces y ahora, siempre según ellos, no sólo la paz es posible y
se encuentra amenazada sólo por los radicales de ambos bandos, sino
que el conficto es complejo, cada vez más repleto de mapas con líneas
de muchos colores, zonas de autonomía limitada, control limitado y
control exclusivo, nombres de conferencias de paz y calendarios de
aplicación de los acuerdos, guerras y, ante todo, la necesidad original
y fuera de cuestionamiento de garantizar la seguridad de un pueblo
perseguido en la historia.
Si a eso se le suma que cuando, ya hace quince años, oía hablar
de sionismo mascullaba en silencio, con rechazo: «Ya están estos ra-
dicales otra vez utilizando terminología pasada de moda», puede en-
tenderse el motivo por el cual el conficto palestino-israelí no calaba
entre las preocupaciones ni el interés de aquel estudiante, hastiado
de la misma imagen, la misma noticia, y la misma frase de su padre
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diciendo ante el telediario «esos se matarán toda la vida, eso no tiene
arreglo». Como siguen pensando la mayoría de nuestros contempo-
ráneos.
Libros como el que aquí se presenta permiten que eso no suceda
más a partir de un enfoque omitido durante muchos años y que se
encuentra en la base de una comprensión real de lo que allí sucede.
Ojalá hubiera caído en mis manos cuando adolescente. Palestina ha
sido narrada como un conficto. Un conficto eterno, de base reli-
giosa, trufado de fundamentalismo y, ante todo, un conficto en el
que las víctimas por antonomasia de la historia europea luchaban
por su supervivencia en un entorno hostil que busca su destrucción.
Sí, empatía con los palestinos, pero ante todo una negativa de raíz a
cuestionar la legitimidad del Estado de Israel. Los judíos han sufrido
y han sido perseguidos. Tienen, por tanto, derechos. Aunque quizás
no lleven toda la razón, al menos, que se negocie, y que los árabes
acepten.
A todos nos ha llevado mucho tiempo llegar a cuestionar el axioma
de base a partir del cual se presenta este conficto. ¿Por qué? Porque
la narrativa real, más ajustada a los hechos, no se nos ha presentado
de manera correcta debido a una suerte de conjunciones de censura
y complejo de culpa que es necesario superar. Este texto lo supera
y se dirige directamente a la tarea de generar la narrativa necesaria
y urgente para comprender de qué hablamos cuando hablamos de
Israel.
Israel no tiene derecho a existir en su formulación actual, la de
un Estado judío para los judíos. Y asegurarlo no es una afrmación
antisemita. Se trata de una suma de historia y teoría del Estado mo-
derno. Israel no tiene derecho a existir porque Israel es una entidad
colonial, de ocupación beligerante. Israel mantiene un régimen se-
gregacionista y de discriminación efectiva contra la población origi-
naria del territorio en el que se estableció a partir de un proceso de
limpieza étnica, «la Nakba», que comenzó en 1948 y continúa, sin
prisa pero sin pausa, en la actualidad. En Jerusalén Este y en tantos
otros lugares donde la población originaria del territorio se ve cada
vez más encerrada y comprimida en auténticos «bantustanes a la su-
dafricana» o «reservas indias» en los que además, de tanto en tanto,
y no siendo sufciente con la extorsión de la ausencia de suministros
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o libertad de movimientos, se los bombardea indiscriminadamente
desde tierra, mar y aire como hemos visto en Gaza los pasados meses
de diciembre y enero.
Israel es un Estado que se aproxima cada vez más, si no lo es ya,
al fascismo en su estado más puro. Que viola sistemáticamente el de-
recho internacional y que además se pavonea de hacerlo, insistiendo
en que continuará comportándose de la misma manera mientras le
plazca.
Por tanto, leyendo las páginas de este libro, uno comprenderá
de dónde surge históricamente esta percepción, ya sin miedo a ser
comunicada en público. Israel es una entidad política basada en una
ideología y un movimiento político, denominado «sionismo», que
no tienen lugar entre las naciones democráticas y «civilizadas» con
las que pretende interactuar. El problema es Israel. El problema es el
sionismo. Y este libro permite formarse, entender, aprender historia y
razonar para perder el miedo. Es un libro «quitamiedos». Es un libro
que informa de la verdad y que debe generar que, en el momento en
que se cierre, uno quiera pasar a la acción. Un libro de historia para
la acción.
La casualidad y la intención me llevaron a presenciar la campaña
militar «plomo fundido» que Israel desarrolló contra Gaza entre el 27
de diciembre de 2008 y el 20 de enero de 2009. La penúltima de sus
masacres. Tras mi regreso de Gaza, pienso en 1937 cuando el poeta
peruano, varias veces exiliado, César Vallejo, escribió: «Si cae –digo,
es un decir– si cae/ España, de la tierra para abajo,/ niños, ¡cómo vais
a cesar de crecer!/ ¡cómo va a castigar el año al mes!/ ¡cómo van a
quedarse en diez los dientes,/ en palote el diptongo, la medalla en
llanto!/ ¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran
tintero!/ ¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto/ hasta la letra en
que nació la pena!».
Eric Blair, conocido más tarde como George Orwell, no había leído
este poema cuando en 1936 llegó a España y terminó por convertirse
en miembro de la milicia del POUM en el frente de Aragón, pero com-
prendió rápidamente, en aquella época y en aquel contexto, que la
caída de Belchite no era más que el comienzo de la caída de París, de
Varsovia o de Praga. El fascismo se cernía entonces sobre Europa y
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aquellas luchas –que parecían locales y civiles– se comprenden ahora
como una mera continuidad de derrotas que terminaron por sembrar el
camino al Holocausto nazi. El «nunca más» del siglo XX se construyó
sobre un conjunto de valores que posteriormente fundamentarían la
Declaración Universal de Derechos Humanos, una serie de principios
que no deberían ser vulnerados.
Palestina es hoy Belchite. Palestina es hoy, cualitativamente, la
Varsovia del Ghetto, un bantustán a la sudafricana. Israel es el régi-
men de apartheid que la destruye. Palestina cae, irremediablemente,
en un blanco y negro que remite a la Europa Central de principios de
los años 40. Poblaciones desplazadas por la fuerza de sus hogares,
concentradas y encerradas por muros y vallas, a las que se cortan sumi-
nistros y posibilidades de supervivencia material, se identifca étnica y
religiosamente, se extermina aleatoria e indiscriminadamente desde el
aire, se humilla sistemáticamente, se discrimina, anula y deshumaniza,
se elimina y expulsa en un lento, pero que viene sin pausa, proceso
que ha sido defnido por el prestigioso académico judío norteameri-
cano Richard Falk, relator de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos en los Territorios Palestinos Ocupados, como «preludio al
genocidio».
Como ciudadano, informador, cooperante, votante, si cae Palestina,
«Si cae –digo, es un decir– si cae», y no he colaborado a su defensa,
habré renunciado a esa pulsión que nos exige no permanecer en silen-
cio ante la destrucción de los valores de la civilización y la democracia
a partir de los cuales fui educado.
Hace apenas dos décadas, un régimen que desplazaba, segregaba,
encerraba, empobrecía, humillaba y asesinaba a sus ciudadanos, de
manera similar, aunque sin llegar al nivel de crueldad y sofsticación
del que somos testigos en Palestina, fue derribado. Se llamaba la Su-
dáfrica del Apartheid y la supremacía blanca. Contra su injusticia se
luchó desde dentro. Pero también desde fuera. Y se venció. Sudáfrica,
sin ser hoy un país justo, ya no es un régimen de apartheid y segrega-
ción. Palestina y Sudáfrica. Un ejemplo exitoso a seguir y un espacio
por construir. Luchas por los derechos civiles. Contra un triunfo de la
violencia donde la justicia pierde cualquier espacio y posibilidad, la
resistencia civil, no violenta, masiva, creativa, de los ciudadanos sin
fronteras. La sociedad civil palestina ha convocado a desarrollar, en
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justicia, y por Palestina, una campaña de Boicot, Desinversiones y
Sanciones contra el régimen de apartheid de Israel. Tras Gaza, tras los
muros de Cisjordania, no nos queda más opción que arrimar el hom-
bro. Yo me apunto y os convoco, con Gaza en la memoria, a que todos
y todas, comencéis el Boicot al Estado de Israel. Para que Palestina
no caiga.
Este libro despeja dudas. Para levantar Palestina y levantarnos
todos con ella.

Alberto Arce
agosto de 2009

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Nota
del editor
Siguiendo el criterio original del autor, así como un criterio editorial
que tiene como objeto evitar una saturación de mayúsculas en el texto,
se ha optado por escribir siempre con minúscula el término ‘Estado’
en su acepción política, que aparece con profusión a lo largo de todo
el libro.
Asimismo, se ha respetado el criterio original del autor en sus trans-
literaciones del árabe y del hebreo al castellano.
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Introducción
Todos los judíos israelíes saben (aunque la mayoría preferen igno-
rarlo y sobre todo que se ignore) que su «estado judío» se construyó
sobre las ruinas de una Palestina mayoritariamente no judía, que las
ciudades, pueblos y kibutzim se establecieron sobre ciudades y aldeas
palestinas destruidas, cuyos habitantes fueron expulsados o huyeron
aterrorizados en una limpieza étnica llevada a cabo en 1948.
En la actualidad, los periódicos israelíes ignoran las matanzas de
palestinos llevadas a cabo por el ejército, sólo hablan de «terroristas»
palestinos y de «nuestros soldados», pobres chicos inmaculados que
«cumplen con su deber». Sin embargo, la población judía israelí debe
de conocer muy bien las matanzas y las atrocidades llevadas a cabo
por su ejército, pues la casi totalidad de los judíos israelíes sirven en
ese ejército. No es que no sepan, es que no quieren saber. No les in-
teresa, preferen la versión ofcial y ofciosa del sionismo, del mismo
modo que los alemanes del Tercer Reich preferían creer las versiones
ofciales y ofciosas del nazismo. Si los medios extranjeros hablan de
atrocidades israelíes contra la población palestina, los sionistas se li-
mitan a acusar de «antisemitismo» a todo el que emita la menor crítica
al estado de Israel, de una manera muy similar a como toda crítica al
Tercer Reich se catalogaba como «antigermanismo» y «conspiración
judía» contra «la raza aria» y «el pueblo alemán».
El sionismo, ideología ofcial del estado de Israel, pretende que
los judíos –y sólo los judíos– en virtud de ser judíos tienen derechos
preferentes, si es que no exclusivos, sobre el país de fronteras inde-
terminadas que llaman «la tierra de Israel», de manera que sus otros
habitantes son sólo «inquilinos» temporales que pueden ser desahu-
ciados de inmediato en cuanto los «propietarios» exijan el «retorno»
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José F. Durán Velasco 20
al territorio en el que supuestamente vivieron sus antepasados hace
dos milenios. Estas absurdas pretensiones se justifcan en virtud de
un derecho divino otorgado hace unos 3.500 años por el Dios de Is-
rael a su «pueblo elegido» para convertir lo que había sido «la tierra
de Canaán» en «la tierra de Israel», con genocidio de sus habitantes
incluido. Como todo esto es demasiado impresentable propagandísti-
camente fuera de medios de fanáticos religiosos (judíos y cristianos
sionistas),
1
el sionismo «secular» utiliza versiones suavizadas, en las
que se han eliminado los aspectos más atroces y supersticiosos en aras
de una versión más aceptable: los judíos simplemente «retornarían»,
se «repatriarían» a su tierra ancestral, que sería «una tierra sin pueblo
para un pueblo sin tierra», y todas sus guerras, matanzas y expoliacio-
nes serían «legítima defensa» contra unos árabes fanáticos empeñados
en emular a los nazis. En esta versión «secular», exportable, de la
ideología sionista, el asesinato de seis millones de judíos a manos de
1
Es un hecho poco conocido en Europa que en Estados Unidos existen
millones de fundamentalistas cristianos protestantes que interpretan literal-
mente la Biblia y creen a pie juntillas que la realización del proyecto sionista
es condición necesaria para el segundo advenimiento de Cristo y el cumpli-
miento de las profecías apocalípticas. Por ello, estos cristianos fanáticos, que
en principio tienen bien poco de flojudíos, son partidarios más acérrimos del
sionismo que muchos judíos sionistas. Una parte de estos fanáticos funda-
mentalistas son islamófobos furibundos que sostienen que el Dios del islam
es distinto del Dios de judíos y cristianos y que es una entidad satánica. En los
delirios fundamentalistas de estos individuos, «el choque de civilizaciones»
de Huntington se convierte en una cruzada estadounidense-israelí contra «el
eje del mal» formado por el resto del mundo, especialmente los árabes y los
musulmanes, pero también otros pueblos afroasiáticos y hasta los europeos.
Aunque todo sea una colección de disparates grotescos, este sionismo cristia-
no de los fundamentalistas protestantes es una fuerza considerable en Estados
Unidos, donde varios presidentes han sido lo que ellos llaman «cristianos
renacidos», entre ellos Reagan y Bush hijo. Cuando a Reagan trataron de
concienciarlo de los peligros ecológicos y nucleares, contestó que no se pre-
ocuparan, porque la segunda venida de Cristo estaba al caer y esos problemas
ya no importarían. Bush hijo ha justifcado sus guerras con el argumento de
que había recibido mandatos divinos que le ordenaban invadir tal o cual país.
Pero, por muy peligroso que sea que el gobierno de la primera superpotencia
mundial esté en manos de visionarios de esa calaña, estas ideas alucinadas son
simplemente el catalizador de una política orientada por intereses económicos
de una minoría muy rica y poderosa, que ha encontrado en esos disparates la
ideología a la medida de sus intereses.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 21
los nazis durante la segunda guerra mundial otorga al estado sionista
una «licencia para matar» a todo el que se oponga a sus designios, y
quien no esté de acuerdo es que es «antisemita».
Toda esta sarta de sandeces ha sido aceptada con más o menos
entusiasmo por las grandes potencias, sobre todo por Estados Unidos.
No sólo por la grandísima infuencia del «lobby (grupo de presión)
sionista» en ese país, como pretenden algunos, sino porque el estado
de Israel desde hace décadas se ha convertido en un pilar de la política
imperialista de Estados Unidos en Oriente Medio. En estas condicio-
nes, que las dos justifcaciones del sionismo, la yahvista o la «laica»,
caigan por su propio peso, importa poco, habiendo poderosos intereses
en juego.
En esas condiciones, poco importa que todos los historiadores se-
rios sepan que hace dos mil años gran parte de la población de «la tie-
rra de Israel» no era judía o que la mayoría de la población judía vivía
fuera de «la tierra de Israel» ya antes de la destrucción del segundo
Templo. Que todos los historiadores serios sepan que el judaísmo ganó
una inmensa multitud de prosélitos durante la antigüedad, como se
ve claramente en el Talmud. Que todos los historiadores serios sepan
que el origen de los judíos ashkenazis, que constituyen la mayoría de
la población judía actual, se encuentra esencialmente en los jázaros,
un pueblo turco que se judaizó en el siglo VIII, y no en los hebreos del
rey David. Hasta el punto de que, cuando el historiador israelí Shlomó
Sand publicó en el año 2008 su libro Cómo y cuándo se inventó el
pueblo judío, en el que señala todos estos datos archiconocidos y ar-
chisabidos por los historiadores israelíes serios, esos historiadores,
que a la vez son sionistas, no se han atrevido a acusarle de falsedad
en los datos, sino de haber escrito un libro «antinacional» y (paradó-
jicamente) de que las informaciones reunidas en ese libro son datos
conocidos «que no aportan nada nuevo». Lo que sucede es que esos
historiadores sionistas consideran negativo y «antinacional» que el
gran público conozca lo que ellos saben.
Shlomó Sand no es el único de los recientes historiadores israelíes
que se ha atrevido a escribir una historiografía no sionista, antisionista
o, como muchos dicen, post-sionista. En los años noventa, cuando el
proceso de paz entre Israel y los palestinos parecía permitir más liber-
tades en el estado de Israel, una minoría de investigadores israelíes
judíos se atrevió a cuestionar la versión ofcial sionista y a desvelar
lo que siempre había sido tabú para la razón de estado del sionismo.
El más destacado de estos historiadores no sionistas o «post-sionis-
tas» ha sido Ilan Pappé, autor de magistrales estudios sobre historia
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José F. Durán Velasco 22
palestino-israelí: Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos
pueblos, La limpieza étnica de Palestina y Los demonios de la Nakba.
Las libertades fundamentales en la universidad israelí... Estas obras
no están escritas desde un punto de vista nacionalista ni estatolátrico,
sea desde el nacionalismo sionista o desde el nacionalismo árabe u
otro cualquiera, ni desde el culto a la razón de estado, sea del estado
sionista o de un estado palestino, pues no oculta su desacuerdo con
absolutos estatolátricos como «la identidad nacional» que pretenden
anular factores que no cuadran con la razón de estado:
Concibo la identidad nacional como reduccionista, ignorante ante
factores como el estatus social, el género, la situación política y la
distribución de medios económicos y tecnológicos que han infuido
en la vida humana de Palestina e Israel. Así pues, el pasado aparece
en esta historia como un arma coercitiva empleada por los movimien-
tos nacionales para manipular a la gente. Como tal, está en manos de
unos pocos que quieren que sus acciones egoístas parezcan haber sido
hechas en benefcio del reprimido.
2

Ilan Pappé tampoco oculta su posición a favor de los oprimidos
y en contra de los opresores, independientemente de su etnia y por
encima de los imperativos del nacionalismo y la estatolatría:
Al tiempo que uno desearía escribir una historia imparcial y
neutral, perviven las propias simpatías y flias. El lector encontrará
en este libro ejemplos y descripciones que coinciden con muchas de
las aseveraciones de una de las versiones nacionales, la palestina,
menos con la israelí. Ello no se debe a que el autor sea palestino, no
lo soy. Mi inclinación es evidente, pese al deseo de mis pares de que
al reconstruir las realidades me ajuste a los hechos y a la «verdad».
En mi opinión, tal intento sería vano y presuntuoso. El libro es obra
de alguien que admite sentir compasión por el colonizado, no por el
colonizador; que simpatiza con los que sufren bajo la ocupación, no
con los ocupantes; y que se pone de parte de los obreros, no de los
patrones. Se solidariza con la angustia de las mujeres, y siente escasa
admiración por los hombres que las dominan. No puede permanecer
indiferente ante los malos tratos en los niños o renunciar a condenar
a sus mayores. En una palabra, mi enfoque es subjetivo y a menudo,
aunque no siempre, estoy de parte de los vencidos frente a los victo-
2
Ilan Pappé, Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos
(Madrid: Akal, 2007), p. 35.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 23
riosos. En la mayor parte de las coyunturas históricas, los palestinos
estaban en la posición más débil, y el sionismo, y después los israelíes,
en posición ventajosa.
3

La novedad de esta minoría de historiadores israelíes no sionistas
es que unos israelíes judíos se atrevan a cuestionar los dogmas fun-
dacionales del sionismo, a hablar abiertamente de la limpieza étnica
contra los palestinos el año 1948, de cómo el estado de Israel no ha
querido la paz sino que ha buscado sistemáticamente la confrontación
para colonizar nuevos territorios y mantener la cohesión interna israelí
entre los judíos a costa de la hostilidad contra «los árabes», de manera
que la hostilidad mutua se retroalimente perpetuamente en benefcio
del estado sionista y de su clase dominante, en una espiral permanente
de violencia, de la que el benefciario es siempre el más fuerte militar-
mente, o sea, el estado de Israel, patrocinado por Estados Unidos.
La verdadera novedad de esta historiografía israelí crítica con el
sionismo es que cuestiona el absoluto nacionalista estatolátrico del
sionismo ofcial. Estos historiadores israelíes no son sólo humanistas
altruistas que sienten indignación por el trato infigido a los palestinos,
sino que también desean para sus hijos y nietos algo mejor que un
sistema de apartheid y una sucesión de guerras y violencias demen-
ciales que terminen para los judíos israelíes en una catástrofe similar
a la que sufren ahora los palestinos o en algo peor. Se dan cuenta de
que la única salida aceptable para unos y otros es que Israel deje de
ser sionista para ser israelí, es decir, que se deshaga de su ideología
fundacional (por ello se habla de post-sionismo) etno-confesionalista
chovinista para ser capaz de afrontar el reto que supone la convivencia
con los palestinos en pie de igualdad.
Sin embargo, se trata de una minoría exigua sin gran infuencia
en el conjunto de la sociedad israelí. Una minoría tolerada porque es
inofensiva y porque sirve para dar una imagen de pluralidad y de tole-
rancia útil para la propaganda israelí. Es una minoría irritante para la
mayoría patriotera, pero que no puede cambiar nada. El consenso sio-
nista es tan fuerte en la sociedad israelí, los intereses creados son tan
poderosos, que esos historiadores no resultan peligrosos. Lo que más
irrita de ellos es su repercusión exterior, donde el patrioterismo israelí
no tiene intereses creados entre la gente corriente y el flo-sionismo
es cuestión de propaganda de infuyentes grupos de presión de gente
3
Ibid., p. 34.
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José F. Durán Velasco 24
muy rica y poderosa, judía y no judía. De ahí que se haya dicho que un
libro como el mencionado Cómo y cuándo se inventó el pueblo judío
vaya a tener muchos más problemas de publicación y de distribución
en Estados Unidos que en Israel.
En un mundo cada vez más homogeneizado por la globalización,
se da la paradoja de que los mismos que abogan por la globalización
capitalista sean los que más hincapié hacen en unas diferencias cultu-
ralistas supuestamente insalvables, basadas en identidades confesiona-
les, étnicas, etno-confesionalistas y en civilizaciones «incompatibles»
y «enfrentadas». Pero tan absurdo discurso es acorde a los intereses
de quienes desean el fujo de capitales y mercancías para su lucro, a
la vez que encierran a los pueblos dentro de cárceles estatales, por no
hablar de guetos como el de la Franja de Gaza, a los que se pretende
convertir en campos de concentración. De ahí que la globalización
capitalista más feroz y la ideología neoliberal del «estado-mínimo»
vaya muchas veces de la mano de la potenciación de las estatolatrías
más fanáticas y de los nacionalismos que les sirven de justifcación,
nacionalismos étnicos, confesionales o etno-confesionales, siempre,
claro está, que no sean de signo anticolonialista ni antiimperialista y
vayan dirigidos contra el vecino, siguiendo la vieja consigna colonial
de «divide e impera». Este tipo de nacionalismos y estatolatrías son
los que forecen por doquier apoyados por Estados Unidos: esloveno,
croata, albano-kosovar, taiwanés, israelí... La taifzación está a la orden
del día: la antigua Yugoslavia, el mundo árabe, Iraq, Palestina...
En lugar de otorgar derechos civiles y políticos idénticos a todas
las personas del mundo, independientemente de su identidad étnica,
lingüística, confesional o cualquier otra, se recluye a las personas en
estados o estadículos de base cada vez más excluyente, en los que el
capital dominante tiene todos los derechos y la población los menos
o ninguno.
El caso palestino es un caso extremo de esa lógica inhumana: una
población expulsada de su tierra en benefcio de un proyecto colonial
etno-confesionalista, convertida en una población de parias en aras
de la estatolatría sionista y de los estados árabes constituidos, víc-
tima del sionismo, de un supuesto maximalismo nacionalista árabe,
del egoísmo de cada estado árabe, del propio proyecto estatal de la
clase política palestina, de los intereses de las potencias imperialistas
del momento...
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Capítulo
1
El estado


Estado y estatolatría: razón de estado e intereses de clase
Existe una dualidad en el concepto del estado que se presta a muchas
confusiones, pues por estado se entiende a la vez dos cosas diferentes:
1. El estado como organismo político instrumento de dominación
de clase y de mantenimiento de la desigualdad social.
2. El aparato administrativo, que como estructura administrativa
de una sociedad compleja no se puede abolir; se puede desmon-
tar y reconvertir pero no se puede suprimir, so pena de sumir la
sociedad en el caos.
Errico Malatesta, consciente de la segunda acepción del término
estado, prefería decir que el anarquismo no está por la abolición del es-
tado sino del gobierno, es decir de la abolición del estado en su primera
acepción, pero no en la segunda. En esta línea, muchos distinguen
entre gobierno –como dominación sobre las personas (necesariamente
oligárquica)– y la administración de las cosas.
Tampoco hay que perder de vista que cuando los actuales demagogos
neoliberales hablan de «menos estado» o «estado mínimo» o incluso
«contra el estado», no están en absoluto en contra del estado sino contra
su «desviación» social; su objetivo de «estado mínimo» es volver al
viejo estado, enteramente desprovisto de cualquier función redistribui-
dora de la riqueza, de cualquier control democrático de la economía, de
cualquier función mediadora entre los confictos de clase, para que sea
«puro estado», es decir, que esté totalmente alineado con las clases po-
Libro5_bosforo.indd 25 27/8/09 18:53:05
José F. Durán Velasco 26
seedoras, reducido a las funciones originales del estado como gestor de
los intereses de la clase dominante y como puro aparato de represión in-
terna y externa. Igualmente, el estado como instrumento de dominación
de clase no es incompatible con su privatización: un estado en el que la
policía, el ejército o la recaudación de impuestos están privatizados no es
menos estado (menos aparato de dominación de clase) que otro en el que
los policías, los militares o los publicanos sean funcionarios del estado.
De la misma manera, no hay que confundir estatismo con socialismo,
pues la estatalización de la economía no es igual a socialización de la
economía, cuestión que se prestó a grandes confusiones en el siglo XX.
Pero la dominación no se ejerce exclusivamente mediante la fuerza
bruta, pues la violencia y la intimidación policial o militar no son garan-
tía sufciente de control sostenible y mantenible. Para que la domina-
ción sea sólida, es necesario el control ideológico de los subordinados.
Cuanto mayores son las desigualdades y la explotación que el estado
ha de mantener, mayores han de ser la represión policiaco-militar y el
control ideológico. Pero los estadistas
1
inteligentes evitan la utilización
innecesaria del «poder duro» en forma de brutalidad policiaco-militar
y preferen «el poder blando», preferen ser «amados» antes que «te-
midos», pues si les aman, si consiguen que los siervos y subordinados
crean que son sojuzgados y esquilmados por su propio bien, su domi-
nio es mucho más perfecto y mucho más seguro que si sus súbditos los
ven como sus enemigos. El perfecto esclavo es el que trabaja para su
amo y le obedece sin necesidad de cadenas ni látigo. El poder brutal
que necesita de la violencia permanente y hace gala constantemente
de su crueldad y su terror es en realidad un poder débil, que se siente
amenazado e inseguro.
La razón de estado está en función de los intereses de los amos
del estado. La razón de estado es la sacralización de esos intereses,
haciendo pasar los intereses egoístas de los detentadores del poder y
la riqueza por intereses colectivos sagrados. Esa razón de estado se
1
En árabe, siyâsa (‘política’) etimológicamente signifca ‘el arte de domar
caballos’, es decir, de tratar al pueblo como ganado. Un sâ`is (en plural sâsa)
es lo mismo un ‘político’ o un ‘estadista’ que un ‘palafrenero’ o un ‘domador
de caballos’. El primer califa omeya, Mu´âwiya, que era un consumado esta-
dista (y un consumado granuja), solía decir: «No utilizo la espada donde me
basta la fusta, ni utilizo la fusta donde me basta la lengua». La etimología de
la palabra árabe para ‘política’ se aproxima a la defnición anarquista clásica
de la política como «el arte de engañar y sojuzgar a los pueblos».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 27
justifca en nombre de argumentos variados: teocráticos, de necesidad
o de mal menor. El mismo aparato represor se justifca en nombre de
la defensa contra enemigos reales o imaginarios.
2
También el orden
establecido con «el orden» a secas. Con el estado-nación, la razón
de estado se justifca en nombre del patriotismo y el nacionalismo,
identifcando la obediencia más servil a la clase dominante con «el
amor a la patria», la nación, el pueblo, merced a la ecuación: identi-
dad = nacionalidad = estado. En la actualidad se justifca incluso en
2
Aun cuando muchas veces la debilidad del estado y de su aparato mi-
litar es lo que permite la resistencia del pueblo contra el invasor. La derrota
de Napoleón en España se debió a los guerrilleros, no a un ejército que era
mucho más insignifcante que el de los países conquistados o vencidos por
el emperador francés. Durante la segunda guerra mundial, la resistencia
antinazi en los países ocupados no fue obra de militares profesionales, que
en su gran mayoría se resignaron a la sumisión al vencedor tras su derrota
en la guerra convencional, sino de partisanos movilizados por ideologías de
izquierda. Los ejércitos de los estados árabes han sido repetidamente derro-
tados por el ejército israelí y no han conseguido liberar ni un palmo de tierra
conquistada por los sionistas; sólo el Líbano logró derrotar y expulsar al
ejército israelí precisamente por tener un estado débil e inoperante. Gracias
a la debilidad de su estado, los libaneses consiguieron lo que jamás consi-
guieron ni Egipto, ni Siria, ni Jordania, ni Iraq. Hamâs obtuvo en menor
medida una victoria similar en la Franja de Gaza unos años después merced
a la debilidad del proto-estado palestino, precisamente por la negativa israelí
a crear un estado palestino y sobre todo un estado palestino mínimamente
viable. En Iraq, las guerrillas tienen en jaque a la mayor superpotencia mun-
dial desde hace años, mientras que el ejército iraquí fue incapaz de resistir ni
un mes. La función de la mayoria de los ejércitos no consiste en defender el
país, ni su soberanía, ni a su pueblo, sino de tenerlos bien sujetos, intimidar
a estados extranjeros enemigos o someter a otros pueblos. Esto explica que
cuando un ejército es derrotado en una guerra convencional, los militares
profesionales, lejos de ser los primeros en negarse a aceptar la derrota y
seguir la lucha optando por la guerra de guerrillas, suelan ser los primeros
en asumir una «actitud realista» aceptando la derrota a cambio de conservar
sus privilegios corporativos, en nueva condición de ejército subordinado al
vencedor, pues, normalmente, los vencedores suelen ser lo sufcientemente
inteligentes como para aceptarlos en ese papel, conscientes de que los ne-
cesitan para meter en cintura al pueblo del país vencido; cuando no es así
(caso de Iraq tras la invasión en 2003), los vencedores se encuentran con
que el vacío de un aparato represor interno es aprovechado por la resistencia
popular contra los invasores.
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José F. Durán Velasco 28
nombre de «la democracia», identifcando el orden vigente (plutocrá-
tico
3
o burocrático)
4
con «la democracia».
El estado: dirigentes y dirigidos
La clase dominante hegemoniza el estado, que está a su servicio. Pero
el gobierno no siempre está en manos de los miembros de la clase
dominante, ya que los gobernantes pueden ser los mismos miembros
de la clase dominante o una «clase política» a su servicio.
Gobernar es tener poder, pero tener el gobierno no es tener el po-
der.
5
Unas elecciones cambian un gobierno por otro, pero cambiar
una clase dominante por otra implica una revolución. A veces surge
el conficto, cuando hay una contradicción entre la clase dominante
y los gobernantes, cuando el gobierno no está al servicio de la clase
dominante sino en conficto con ella; esa es una situación que no puede
durar mucho tiempo y que termina, ora en revolución (el gobierno o
una clase subordinada derroca a la clase dominante), ora en derroca-
miento del gobierno.
6

3
La «democracia» burguesa como «democracia» por antonomasia. Sin
embargo, en realidad, el poder de la burguesía es incompatible con el del
pueblo, de manera que si un régimen es burgués no puede ser democrático y
si es democrático no puede ser burgués.
4
El término ‘democracia popular’ es ya en sí mismo un pleonasmo absur-
do, dado que democracia signifca ‘poder del pueblo’; el añadido ‘popular’
sobra, pero resulta muy revelador de lo poco versados en democracia que
estaban los que inventaron y han utilizado el término, o quizás de cómo nece-
sitaban insistir en términos para compensar con las palabras aquello que era
sumamente defcitario en la realidad.
5
En 1982, cuando el PSOE ganó las elecciones en España, dijeron a Fe-
derica Montseny: «Los socialistas se han hecho con el poder». A lo que ella
contestó con clarividencia: «No, es el poder el que se ha hecho con los so-
cialistas».
6
Casos del Chile de Allende a principios de los años setenta del siglo XX o
de España en los años treinta del mismo siglo. El gobierno de Unidad Popular
sólo pudo gobernar de 1970 a 1973. Tras un acoso exterior e interior, que
incluyó sabotajes permanentes con la esperanza de que UP perdiera las elec-
ciones en 1973 –inútilmente, ya que volvió a ganarlas–, la reacción recurrió al
golpe de estado liderado por el general Pinochet. En España, la inestabilidad
durante la II República fue extrema porque, a pesar de su moderación, los
partidos parlamentarios de izquierda estaban en una evidente contradicción
con la clase dominante (especialmente con sus sectores terrratenientes y fnan-
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 29
Las clases explotadas habitualmente no luchan por la supresión
total de la explotación, sino sólo por su mantenimiento dentro de lí-
mites «razonables», «moderados». Como decía el historiador romano
Tácito, pocos son los que aspiran a la libertad, la mayoría se conforma
con un amo «bueno». De ahí el mito popular del «rey justo» que haga
de árbitro «imparcial» entre explotadores y explotados («¡Viva el rey
y abajo el mal gobierno!» o «el rey es bueno, los malos son sus con-
sejeros»)... Es la ideología del «rey bueno», «el buen gobierno», que
cuestiona lo que se considera abuso de poder, «mal gobierno», pero no
cuestiona en ningún momento la dicotomía entre gobierno y rebaño,
gobernantes y gobernados, rey y regidos, porque tampoco cuestiona las
desigualdades económicas y de poder ni la explotación como tales.
Las versiones modernas de tales ideologías conciben a la clase po-
lítica como árbitro «imparcial» entre capitalistas y trabajadores, dentro
de un sistema socio-económico capitalista indiscutido y con un sistema
político en el que el pueblo elige a «sus gobernantes». En la jerga de
este sistema, «democracia» no signifca «poder del pueblo», ni demo-
cracia se contrapone a oligarquía, sino que «democracia» se contra-
pone a dictadura y signifca simplemente elección de los gobernantes
en elecciones entre partidos (normalmente dos) que son dos versiones
políticas del mismo sistema económico. Pese a que teóricamente el
pueblo podría elegir a partidos antisistema, en la práctica tal cosa no se
da, pues las fuerzas dominantes sólo aceptan ese sistema cuando están
seguras de que el pueblo no votará a partidos que propugnen cambios
amenazadores. Dado que los gobernantes no son los amos sino simple-
cieros), que se sentía amenazada por el avance de la izquierda revolucionaria
anarquista y socialista; esta contradicción terminó en un golpe de estado lide-
rado por los generales Mola y Franco. Allí donde triunfó, la clase dominante
obtuvo gobernantes a su gusto y medida, allí donde fracasó, este fracaso se
debió a una vigorosa reacción de la clase obrera revolucionaria, que no se
conformó con aplastar a los golpistas sino que aplastó a la clase dominante y
llevó a cabo una revolución social proletaria, aunque esta fue desmantelada en
su mayor parte antes de un año por la alianza entre los partidos republicanos
burgueses y el partido comunista estalinista, hasta que, fnalmente, la victoria
de los reaccionarios en la guerra civil restableció la hegemonía de la clase
dominante anterior en toda España, con un gobierno a su gusto y medida.
Los casos chileno y español son paradigmáticos de una situación de conficto
entre clase dominante y gobierno, que rápidamente termina en aniquilamiento
del gobierno mediante reacción golpista o mediante aplastamiento de la clase
dominante por medio de revolución.
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mente los gestores al servicio de los amos, en la práctica el pueblo no
sólo no gobierna sino que tampoco elige a sus amos; a quienes elige es
a los capataces, por supuesto entre dos listas de capataces feles ambas
a los amos. En estas condiciones, la dictadura es una forma especial-
mente dura que la clase dominante tiene de ejercer el poder cuando se
siente amenazada, mientras que, cuando no se siente amenazada, esa
dureza no tiene ningún sentido. Por ello, la «democracia» burguesa es
la forma favorita de gobierno de la burguesía, puesto que presupone
que no se cuestiona su poder y el pueblo acepta sumisamente el orden
existente y se limita a votar a dos partidos que se alternan en el go-
bierno.
En el mundo capitalista moderno, la clase dominante es la pluto-
cracia. A ella están subordinadas «la clase política» y el ejército. El
poder lo tiene la plutocracia. La clase política y en su caso los militares
tienen cierto poder, pero no es lo mismo tener cierto poder que tener el
poder, o mejor aún, que los demás poderes estén a su servicio. La clase
política es cada vez menos autónoma de la clase plutocrática; en Esta-
dos Unidos se llega al caso de que los plutócratas, en lugar de utilizar
a políticos testaferros, gestionan directamente sus intereses siendo a
la vez políticos y empresarios; ese es el caso del millonario petrolero
George Bush, que es un plutócrata presidente y gestiona políticamente
sus intereses sin necesidad de intermediarios. En un caso muy similar
están muchos de sus allegados, la mayoría de ellos plutócratas del
petróleo y negocios vinculados con el ejército y el gasto militar del
estado.
En los estados (mal) llamados socialistas, la clase política, o sea,
la nomenclatura del partido y la más alta burocracia, no tienen la
propiedad de los medios de producción pero sí de los medios de deci-
sión. Constituyen un mandarinato que decide y «quien parte y reparte
se lleva la mejor parte». En este caso la clase política es la clase
dominante, nunca el proletariado, aunque la ideología que sacralice
el poder de «la nueva clase» sea el marxismo-leninismo y se designe
al sistema como «democracia popular» y hasta se hable de «estado
obrero».
Nada de esto tiene mucho que ver con la democracia en el sentido
prístino helénico, que implicaba mucho más que «elegir a los gober-
nantes» y signifcaba gobierno por parte del propio pueblo, tal como
se describe en uno de los diálogos de Platón:
– El gobierno se hace democrático cuando los pobres, consi-
guiendo la victoria sobre los ricos, degüellan a los unos, des-
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 31
tierran a los otros y reparten con los que quedan los cargos y la
administración de los negocios, reparto que en estos gobiernos
se arregla de ordinario por la suerte.
7

– Así es en efecto, como la democracia se establece– dijo él–,
sea por la vía de las armas, sea que los ricos, temiendo por sí
mismos, tomen el partido de retirarse.
8

La democracia, tal como la entendían los griegos y tal como
es en el sentido prístino, es indisociable de la lucha de clases y
supone una victoria del pueblo sobre la oligarquía. Implica la eli-
minación de la dicotomía entre gobernantes y gobernados. Nada
tiene que ver con la sustitución de la dictadura oligárquica por un
sistema electivo al servicio de esa misma oligarquía. Si la demo-
cracia griega no eliminó el estado como aparato de dominación
y explotación es porque en la democracia griega el dêmos estaba
limitado a la población originaria del país, excluyendo a los ex-
tranjeros y a los residentes de origen extranjero, aceptando la es-
clavitud de esclavos importados, practicando el hegemonismo con
los aliados,
9
manteniendo las desigualdades sexistas
10
y en última
7
Nótese que no se habla por ningún lado de que democracia consista en
que el pueblo «elija a sus gobernantes» sino que la democracia consiste en que
el pueblo mismo gobierna. En la democracia griega, por ejemplo la ateniense,
el poder decisorio siempre estaba en la asamblea popular, en la que todos los
ciudadanos tenían voz y voto, mientras que las personas encargadas de la
administración ordinaria (el consejo de los 500) se designaban por sorteo, no
por elección, procurando que todos los ciudadanos participaran alguna vez en
su vida en el consejo administrativo.
8
Platón, La República (Madrid: Gredos, 1986), 557 a.
9
Excluidos de una condición de igualdad con los ciudadanos atenienses y
sometidos a tributos en benefcio de Atenas y a discriminaciones varias. Sin
embargo, aun en estas condiciones, las clases populares de los estados aliados
de Atenas preferían la hegemonía ateniense a la espartana y al dominio de sus
propios oligarcas, pues la hegemonía ateniense aseguraba la democracia en
los estados aliados.
10
La raíz de las desigualdades sexistas en los estados democráticos grie-
gos hay que buscarla en la vinculación entre democracia y participación en
la guerra. La primera democratización fue que los varones de la clase media
obtuvieran derechos políticos, cuando la infantería hoplítica (pesada) se con-
virtió en el cuerpo militar decisivo en las guerras griegas; la segunda demo-
cratización se produjo con la extensión de los derechos políticos a los varones
de la clase baja cuando estos tuvieron en la marina ateniense tanta o más
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José F. Durán Velasco 32
instancia no llevando la democracia política a la plena democracia
económica.
11

En la actualidad, la idea de la «democracia participativa»
12
implica
la idea de democratizar la política y la economía. La eliminación de la
dicotomía gobernantes-gobernados en lo político es indisociable de la
eliminación de la desigualdad de clases en lo económico.
importancia que los varones de clase media en la infantería hoplítica. Pero las
mujeres griegas habitualmente no participaban en la guerra, al contrario que
las mujeres de pueblos iranios ecuestres que fueron el referente real que dio
lugar al mito griego sobre las amazonas. Es signifcativo en cualquier caso que
Platón vinculara la participación de las mujeres en la política con su participa-
ción en la guerra, mientras que Aristóteles rechazara por igual la participación
de las mujeres en la política y en la guerra.
11
Las razones por las que ni siquiera en las póleis griegas más democrá-
ticas se llevó a cabo una democracia radical, que abarcara transformaciones
radicalmente igualitarias en lo económico parejas a las transformaciones ra-
dicalmente igualitarias en lo político, hay que buscarlas en dos causas fun-
damentales:
1)
Las limitaciones antes aludidas de la propia democracia política (exclu-
sión xenofóbica y sexista, esclavismo), que no fueron cuestionadas.
2)
Que mientras la clase media (pequeños propietarios agrícolas, sobre
todo) fue sufcientemente fuerte, la fuerza de esta clase, unida a la del pro-
letariado, hizo posible la democracia política, deseada por la clase media y
por el proletariado, pero impidió la democracia económica, que podía ser
deseada por el proletariado pero no por la clase media. Cuando, posterior-
mente (a partir del siglo IV a.C.), la clase media se hundió en su mayor parte y
aumentaron las desigualdades, hubo tendencias a una democracia más radical,
que incluyera un igualitarismo económico, pero estos movimientos fueron
contenidos por el reino de Macedonia y más tarde completamente aplastados
por el imperio romano.
12
Hablar de «democracia participativa» es un pleonasmo, pues no puede
haber más democracia que la participativa, pero se utiliza para distinguirla de
la «democracia» degradada semánticamente. Hay una contradicción radical
entre quienes pretenden elevar la realidad existente a lo que es la democracia
y los que pretenden degradar la democracia hasta hacerla sinónima del orden
existente. O lo que es lo mismo, entre quienes conciben la democracia como
una exigencia a priori y los que utilizan esa palabra como una justifcación a
posteriori.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 33
Las ideologías justifcadoras del orden establecido
El sometimiento a un sistema de desigualdad y de explotación no se
obtiene sólo con la violencia estatal y para-estatal. Hace falta además un
consenso social, obtenido mediante una mezcla de intimidación e ideo-
logía. La intimidación se obtiene usando la violencia sólo lo preciso,
aunque la violencia permanezca como espada de Damocles en caso de in-
sumisión. La ideología trata de legitimar el orden establecido tratando de
convencer a la gente de la necesidad y la bondad del sistema existente.
En las sociedades clasistas precapitalistas, la explotación econó-
mica es absolutamente transparente: la clase dominante improductiva
extorsiona a las clases sometidas productivas imponiéndoles tributos
o sometiéndolas a la esclavitud.
13
En este tipo de sociedades, la mayor
parte de la población está constituida por campesinos, productores
primarios, mientras que la clase dominante extorsionadora puede ser
estatal, esclavista o feudal. En esas sociedades, si existen una clase
comercial y el trabajo asalariado, son fenómenos secundarios menores.
Por ello, resulta bastante exacto incluir, como hace Samir Amin, todos
los modos de producción clasistas precapitalistas en una categoría de-
nominada «modos de producción tributarios».
En tales sociedades precapitalistas, con modos de producción tri-
butarios, la ideología que justifca el orden establecido ha de ser pura-
mente metafísica: la religión. Sin embargo, existen diferencias entre
las ideologías metafísicas justifcadoras, que pueden ser de tres tipos:
1) Religiones que remiten a la voluntad divina (providencia) de
unas entidades superiores más o menos antropomórfcas: los
13
Sin embargo, la esclavitud es un fenómeno periférico en los modos de
producción tributarios, en ningún caso se puede hablar de un estadio esclavis-
ta del desarrollo económico en la historia, menos aún decir que sea universal.
A lo sumo se puede hablar de hegemonía del modo de producción esclavista
en algunas zonas del mundo griego y del imperio romano durante algunas
épocas, pero incluso en esos lugares la mayor parte de la población trabajado-
ra no era esclava, salvo quizás en algunas pocas ciudades griegas, en Sicilia
en el siglo II a.C. y tal vez la península Itálica en el siglo I a.C. En la mayor
parte de los países de la antigüedad, la esclavitud fue un fenómeno marginal.
Incluso en algunas extensas regiones de Grecia, el campesinado estaba some-
tido a servidumbre de la gleba, como era el caso de Tesalia, Esparta y Creta,
donde la esclavitud era marginal o ni siquiera existía, verbigracia, en Esparta
los ilotas eran siervos de la gleba, no esclavos propiamente dichos.
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José F. Durán Velasco 34
dioses, cuya voluntad es el garante del orden social y de su
justicia. En un proceso de depuración teológica, de los dioses se
pasa a Dios,
14
pero el concepto de divinidad unido al de provi-
dencia es común a las religiones monoteístas y a sus antecesoras
politeístas.
15
2) Las religiones que remiten a la concepción de dharma-karma-
samsâra, propia de las religiones índicas. En el ámbito índico,
los dioses y su providencia, aunque no desaparecieron, perdie-
ron importancia ante las nociones más abstractas e impersonales
de karma-samsâra, que explicaban la realidad y justifcaban el
orden existente en términos de causa-efecto. En el budismo, el
jainismo y varias escuelas flósofcas brahmánicas, los dioses
quedaron reducidos a entidades más poderosas que los seres
humanos pero sin ningún valor soteriológico, muy inferiores en
virtud y sabiduría a los budas y jainas, esto es, a los «ilumina-
dos» de estas religiones; de ahí que a menudo se califque al bu-
dismo y al jainismo de religiones «ateas», lo que sólo es cierto
en el sentido de que niegan radicalmente cualquier idea de Dios
en el sentido de ser todopoderoso cuya voluntad rija el universo,
pero no es cierto en el sentido de que nieguen a los dioses, siem-
pre que se entiendan como seres muy superiores a los humanos
en virtud de su buen karma, aunque sometidos como todos los
demás a las vicisitudes del samsâra. En el hinduismo devocio-
nal, al lado de la noción de karma-samsâra, hubo una tendencia
moderadamente «monoteísta» a convertir a uno de los dioses
(Shiva, Vishnu o Devi) en Dios, reduciendo a los demás dioses
a servidores suyos o a manifestaciones de su poder.
14
A partir de la monolatría yahvista, lo que dio un carácter exclusivista
muy peculiar al monoteísmo judío, cristiano y musulmán. En Irán el mono-
teísmo mazdeísta tuvo otra génesis, vinculada al imperio persa.
15
De ahí la perfecta continuidad entre la flosofía romana más conserva-
dora y la patrística cristiana. Pensadores del estoicismo tardío, como Séne-
ca, fueron perfectamente asimilables por los pensadores cristianos. Epicteto
(siglo II) podría ser defnido como el eslabón perdido entre un flósofo estoico
extremadamente conservador y un cura, aunque mucho más cerca del cura.
Los estoicos fanáticos enemigos de los epicúreos que aparecen en los diálogos
de Luciano de Samosata son fguras casi medievales e incluso inquisitoriales.
La Inquisición aparece prefgurada en Las leyes de Platón, cuya tripartición
social (flósofos, guardianes y productores) es casi la misma que los tres esta-
dos (eclesiástico, nobiliario y llano) del sistema europeo precapitalista.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 35
3) La idea de un orden inmanente al universo: es la forma más
laica y menos metafísica de justifcación. Era la propia del
mundo chino, donde los dioses quedaron reducidos a muy poca
cosa, menos aún que en la India, y donde la idea de Dios no se
desarrolló, como tampoco la idea de una providencia divina
16

externa al mundo. El confucianismo era casi agnóstico en la
práctica: si las entidades sobrenaturales existen, cosa que no ne-
gaba, el confuciano puro renuncia a entrar en contacto con ellas
y a la idea de manipularlas. En China, en lugar de una religión
tenían una flosofía civil casi laica,
17
que se correspondía bien
con una clase dominante constituida por una burocracia civil.
18

La tendencia de las personas cultas chinas era a valorar positiva-
mente los contenidos éticos (especialmente si eran acordes con
la moral confuciana) y a despreciar los contenidos metafísicos.
Los misioneros cristianos, sorprendidos por la situación de la
religión en China, decían: «En China, las personas cultas no
creen en nada y las personas incultas creen en todo».
16
En los primeros siglos antes de la era cristiana, los moístas abogaron por
la idea de una providencia de las divinidades, pero esta idea fue rechazada por
las demás doctrinas chinas y se extinguió con la completa desaparición del
moísmo. Cuando el cristianismo llegó a China con los misioneros en la edad
moderna, los chinos y los propios misioneros subrayaron las similitudes entre
el moísmo y el cristianismo, los chinos viendo el cristianismo como el ho-
mólogo bárbaro de una doctrina antigua descartada, los misioneros cristianos
lamentando que las ideas moístas no hubieran triunfado y en su lugar hubieran
triunfado las doctrinas inmanentistas y «ateas».
17
El carácter no religioso de la ideología imperante en China y en el
mundo confuciano favoreció que, cuando se vio que el confucianismo resul-
taba inútil para afrontar los retos modernos, China y los pueblos de su órbita
cultural (Corea, Vietnam y Japón) fueran más proclives que otras sociedades
a adoptar el capitalismo o las ideas socialistas. Esa facilidad se debió a la falta
de rigidez religiosa y a que el ateísmo anarquista y marxista no podia inquietar
a los chinos o ser utilizado por los reaccionarios, dado que entre los chinos no
existía el concepto de Dios.
18
En China la clase dominante no era una clase militar o de origen militar
como en el resto de las sociedades clasistas precapitalistas, tampoco existían
ni una hierocracia ni una clerocracia (al modo de los rabinos judíos o los
ulemas musulmanes). El ejército estaba subordinado a la burocracia literaria
civil y los tao-se taoístas y los monjes budistas no gozaban de ningún prestigio
entre la élite ni de ningún rango ofcial.
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José F. Durán Velasco 36
Pero la historia no es lineal. En la antigüedad, el relativo primi-
tivismo de la religión griega, mucho menos evolucionada que su so-
ciedad, fue un desnivel que permitió el desarrollo de un pensamiento
crítico racionalista indisociable de un movimiento democrático y del
cuestionamiento de los privilegios de la oligarquía. Pese a ello, la
sociedad griega entró en una crisis de la que no supo salir, al no ser
capaz de llevar a cabo una segunda revolución democrática aún más
radical que la anterior, con una correspondiente revolución ideoló-
gica aún más igualitaria y libertaria. En la medida que esta se llevó
a cabo, desvinculada de aquella, su manifestación fueron escuelas
flosófcas que hacían hincapié en la igualdad, la libertad y la fra-
ternidad humana (como fue el caso de las escuelas cínica, epicúrea
y los primeros estoicos) pero limitadas al mundo de una conciencia
cada vez más alienada, con cada vez menos implicaciones socioeco-
nómicas y políticas. Tras la conquista romana, las tradiciones re-
publicanas (por no hablar de las democráticas) se fueron diluyendo
hasta extinguirse con el Dominado instaurado por Diocleciano y la
cristianización iniciada por Constantino. La idea de Dios único se
correspondía admirablemente con el poder despótico imperial,
19
con
criaturas sumisas homologables terrenalmente a la concepción de
súbditos y ya no de ciudadanos.
Las religiones étnicas o nacionales eran propias de los estados
pequeños, mientras que las grandes religiones universalistas se
adecuaban a los intereses ideológicos del estado imperial, especial-
19
No es casual que el título que Diocleciano asumió en latín, Dominus,
fuera la misma palabra que los cristianos de lengua latina utilizaban para Dios.
La palabra dominus en latín era la habitual para amo respecto a sus esclavos,
por ello los emperadores anteriores, como Augusto, formalmente apegados a
la tradición romana republicana, la habían rechazado para sí mismos cuando
se la aplicaron sus aduladores, a los que solían replicar que sólo eran dominus
de sus propios esclavos, en ningún caso de personas libres y menos aún de
ciudadanos romanos. Signifcativamente, unos siglos antes, cuando se tradujo
la Biblia hebrea al griego, los traductores tradujeron al griego ‘Señor’ como
Kyrios y no como despotês, palabra esta última con un sentido idéntico al de
dominus en latín y que todavía conservaba entre los griegos unas connotacio-
nes que cuadraban mal con su recientemente perdida tradición democrática; el
nombre propio de Filodéspoto (‘amigo de su amo’) era un nombre de esclavo
entre los griegos, pero muy mal habría sonado aplicado a hombres libres,
incluso en su relación con la divinidad.
Libro5_bosforo.indd 36 27/8/09 18:53:06
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 37
mente si tenía pretensiones de dominación universal.
20
La primera
religión de tales características fue el mazdeísmo, en paralelo al
imperio persa y sus pretensiones de dominación mundial;
21
pero la
religión mazdeísta se topó con los mismos límites que el imperio
persa
22
y se hundió con él fnalmente ante el asalto de los árabes
musulmanes.
En la parte occidental del Viejo Mundo fueron las metafísicas po-
pulares (cristianismo e islam) surgidas del judaísmo las que se convir-
tieron en religiones de estado. Aunque estas religiones fueron rapidí-
20
De la misma manera, modernamente las superpotencias con voluntad de
hegemonía y dominio más allá de sus fronteras estatales han utilizado ideo-
logías universalistas como «la democracia», «el socialismo» o incluso «los
derechos humanos» como coartada ideológica para su imperialismo, mientras
que las potencias y los estados más modestos, que sólo aspiraban a contro-
lar a sus súbditos y las riquezas de su territorio, han apelado a la soberanía
nacional, la no intromisión en los asuntos internos y la inviolabilidad de la
soberanía estatal.
21
Los reyes asirios precedieron a los soberanos persas en sus afanes de do-
minación universal. Pero fracasaron en su empeño y fueron destruidos porque
su proyecto imperial excedía sus posibilidades por varios conceptos:
1)
Asiria, al ser el primer imperio con tales pretensiones, se encontró con
una oposición feroz por parte de pueblos acostumbrados a la indepen-
dencia que no se resignaban a perderla.
2)
En consecuencia, el dominio asirio hubo de ser atroz, lo que provocó un
odio general incompatible con la dominación ideológica necesaria para
sostener el imperio.
3)
Los asirios carecían de una ideología adecuada. El monoteísmo con pre-
tensiones éticas era la ideología acorde con un proyecto imperial univer-
sal, pero los asirios sólo tenían una religión nacionalista centrada en un
dios que tenía el mismo nombre que su pueblo; un dios tan identifcado
con la nación opresora no tenía nada que ofrecer a los otros pueblos
(salvo un yugo feroz) y no podía servir de ideología vertebradora y ho-
mogeneizadora del nuevo orden imperial.
22
Ni el imperio aqueménida ni el sasánida fueron capaces de realizar sus
designios. La religión mazdeísta no pudo llegar a ser siquiera la de la mayor
parte de la población del imperio persa y los soberanos persas pronto se dieron
cuenta de que tratar de convertir a sus súbditos a la fuerza era contraprodu-
cente políticamente, por lo que instauraron un sistema de tolerancia multi-
confesional que fue precedente y sirvió de modelo al que luego existió en el
mundo islámico.
Libro5_bosforo.indd 37 27/8/09 18:53:06
José F. Durán Velasco 38
simamente integradas como sendas ideologías de estado, conservaron
cierto carácter subversivo más visible desde fuera que desde dentro.
23
Con el capitalismo, la explotación se vuelve algo más opaca. Los
modos de producción tributarios se fundamentaban en el valor de uso,
mientras que el modo de producción capitalista se basa en el valor de
cambio. No sólo la producción se convierte en mercancía sino que
los mismos trabajadores (asalariados) son mercancía que se autovende
temporal y «libremente» a un amo. Por ello, la explotación, a menudo
sin perder la mistifcación religiosa anterior, se vuelve economicista, se
seculariza. Pero la nueva alienación no es incompatible con la anterior,
ambas pueden coexistir, al modo calvinista.
24
En algunas sociedades,
como Francia, el triunfo de la burguesía se hizo con grave quebranto
de la religión, porque se hizo en nombre de la Ilustración y con la
cooperación activa de las clases inferiores, campesinado y proletariado
23
Moisés aparece en el Éxodo como un Espartaco victorioso; Jesús fue
crucifcado por el poder imperial romano, con gran satisfacción de la oligar-
quía sacerdotal judía; Muhammad en sus orígenes fue un huérfano pobre cuyos
primeros seguidores eran las gentes más humildes de La Meca. La polémica
medieval de la «tesis de los tres impostores» contra los fundadores de las tres re-
ligiones «abrahámicas» tuvo un origen mazdeísta y se cebaba especialmente en
la condición social humilde de esos tres personajes. Para personas que han cre-
cido en el seno de sociedades en las que estas religiones son poderes alienantes
es difícil apreciarlo, pero para personas de fuera es indudable el carácter social-
mente subversivo originario de estas religiones. Nada similar se encuentra en
los fundadores de otras religiones como el zoroastrismo, el budismo, el jainismo
o el maniqueísmo, de orígenes mucho más acomodados o incluso principescos,
cuyos mensajes no tuvieron contenido socialmente subversivo comparable, ni
siquiera en sus más prístinos orígenes. La actual teología de la liberación ha
encontrado elementos alentadores para sus tesis en aquellos fragmentos vete-
rotestamentarios y neotestamentarios que expresan el descontento social y la
rebeldía contra el orden establecido de las clases oprimidas de la antigüedad;
los mismos elementos habían servido de inspiración a las herejías socialmente
inconformistas de la edad media, y en la edad moderna a los anabaptistas.
24
De facto, todas las religiones «modernas» tienden a calvinizarse para
adaptarse a los imperativos de la sociedad capitalista. El Opus Dei es el ejem-
plo más acabado de calvinismo católico hoy en día, pero lo mismo sucede en
el budismo (en Japón, especialmente), el judaísmo, el hinduismo, el jainismo
y el islam. Aunque el islam rechaza teóricamente la usura, los capitalistas
musulmanes –medievales y modernos– se limitan a triquiñuelas para eludir el
nombre de usura pero no su realidad.

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urbano. En otros lugares la religión mantuvo su poder casi intacto,
como en Estados Unidos, aunque sea de una forma diferente a la de
las viejas religiones ofciales exclusivistas.
Es más: cuando las cosas se ponen difíciles, hay una tendencia de
los partidarios del orden establecido a utilizar la religión, incluso en
los países occidentales secularizados, bien en su versión de voluntad
divina al modo cristiano tradicional, bien en la idea de karma-samsâra,
idea esta última importada pero cada vez más extendida en las socie-
dades occidentales, donde la decadencia del cristianismo favorece la
introducción de una nueva metafísica de inspiración «oriental». Todos
los conservadores y reaccionarios, incluidos los más incrédulos,
25
co-
inciden en «las bondades» morales y sociales de la religión.
26
25
Lo que no tiene nada de nuevo. En la antigüedad los oligarcas griegos y
romanos ya fueron conscientes de la utilidad de la religión como superstición
organizada para atemorizar al pueblo y mantener el orden oligárquico. Critias,
tío de Platón y líder de los 30 tiranos, opinaba que la religión fue obra de alguien
inteligente y astuto para atemorizar al pueblo y tenerlo sometido. Su sobrino
Platón, en su República y sus Leyes, ideó un sistema legal que castigaba severísi-
mamente el ateísmo y el cuestionamiento de la religión ofcial, concebida como
«noble mentira» para mantener el poder del estado y el orden social. El histo-
riador romano Tácito, aunque al parecer era agnóstico, consideraba muy útil la
superstición para controlar a la plebe. La mayor parte de los oligarcas antiguos,
griegos y romanos helenizados, no parece que fueran muy supersticiosos perso-
nalmente, pero consideraban la superstición como su mejor aliado para mantener
sus privilegios. En la actualidad, incluso los sionistas ateos son partidarios de
honrar al judaísmo como garantizador de la cohesión del «pueblo judío».
26
El ejemplo más reciente lo tenemos en el presidente francés Sarkozy, que
contra toda la tradición de laicismo francés, ha ensalzado la religión al modo
estadounidense y ha puesto la labor de los clérigos por encima de la de los
profesores de la escuela laica francesa. Evidentemente, sus loas a la religión
son inseparables de su proyecto neoliberal de desmantelamiento del estado del
bienestar; lo que ofrece el proyecto sarkoziano al pueblo francés es tan insatis-
factorio que se impone el retorno al viejo «opio del pueblo»: el bienestar que el
capitalismo salvaje no puede ofrecer, que lo espere el pueblo en «la otra vida».
La canción de «el predicador y el esclavo» vuelve por sus fueros:
Trabaja y suda
y come forraje,
que cuando te mueras
te

espera un pastel en el cielo.
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José F. Durán Velasco 40
No obstante, con la modernidad se impone cierta secularización
de las ideologías justifcadoras del orden establecido. El nacionalismo
del estado-nación es la ideología dominante, muy por encima de la
religión, hasta el punto de que la religión propiamente dicha queda
reducida a un papel subalterno. El nacionalismo del estado-nación
se adecúa maravillosamente a los intereses de la clase dominante, al
identifcarse los intereses de esta clase con los de «la nación». Sólo
en los países de la periferia
27
esta ecuación no funciona: es demasiado
evidente que los intereses de las clases dominantes y los de la nación
divergen, pues las clases dominantes de las periferias son «vendepa-
trias», «burguesías compradoras»
28
sin otro proyecto que enriquecerse
a costa de la dependencia de su propio país y de la sobre-explotación
de la mayoría de sus compatriotas; en este caso la ideología de las cla-
ses dominantes es el «desarrollismo» dependiente y la utilización ma-
siva de la religión y el odio xenófobo contra vecinos. El renacimiento
de los fanatismos religiosos en muchos países de la periferia se ins-
cribe en este contexto, pensemos en el fenómeno islamista potenciado
27
Los términos ‘periferia’ (o ‘periferias’) y ‘centro’ (o ‘centros’) pare-
cen los más adecuados para referirse, respectivamente, al llamado «tercer
mundo» y a los países capitalistas dominantes, pues explican mucho mejor
las relaciones entre los países capitalistas-imperialistas y el mundo colonizado
dependiente que términos como Norte y Sur, «países desarrollados» y «países
subdesarrollados» o «países ricos» y «países pobres». Hablar de centros y
periferias implica la relación de dependencia, dominación-sometimiento y
desigualdad que existe entre ambas partes del mundo, cómo ambas partes son
los dos polos de un mismo sistema global.
28
Por «burguesía compradora» se entiende a la clase dominante de los
países de las periferias, que actúa como intermediaria entre sus países y los
estados imperialistas del centro, a cambio de una parte de los benefcios. Esta
burguesía compradora es una clase tan claramente anti-nacional que no puede
benefciarse de la coartada «patriótica» de sus homólogas no compradoras de
los centros capitalistas. Sólo allí donde la renta petrolífera genera enormes
benefcios y el trabajo duro recae sobre trabajadores extranjeros, como es el
caso de las monarquías petroleras de Arabia, la burguesía compradora goza
de amplio apoyo entre la mayoría de la población autóctona, que se benefcia
de la situación y obtiene su parte de los benefcios de la explotación de los ex-
tranjeros, de una manera similar a como la población corriente de los centros
capitalistas se benefcia de la explotación de las periferias, aunque sea mucho
menos que sus clases dominantes.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 41
por Arabia Saudí y Pakistán, en el odio mutuo indo-pakistaní, en el
nacional-hinduismo indio y en la ofensiva de las iglesias protestantes
en Latinoamérica para convertir esta área del mundo en una colonia
ideológica de la derecha protestante fundamentalista de la metrópoli
estadounidense.
29

Mención última merece la situación existente en países que han
hecho del marxismo-leninismo su ideología de estado, pero sin supri-
mir las clases sociales y donde, es evidente, la clase dominante no es
el proletariado sino la alta burocracia del partido y del estado.
Recapitulando, podría decirse que las ideologías o modos de alie-
nación para justifcar el inicuo orden existente pueden clasifcarse en
cuatro tipos:
1) Alienación religiosa: especialmente en los modos de producción
tributarios, pero adaptada al modo de producción capitalista. La
desigualdad y la explotación se justifcan apelando a la voluntad
(providencia) de los dioses o de Dios, al karma-samsâra o, de
una manera más «laica», a un orden inmanente del mundo.
30
2) Alienación economicista: específca del capitalismo, con su alie-
nación mercantil basada en la «relación libre» entre empresario
y empleado, «la economía de mercado» como la mejor, única y
«natural», «la mano mágica», etcétera.
29
Frente a la teología de la liberación, desarrollada por los medios progre-
sistas católicos latinoamericanos, se encuentran no sólo la ofensiva reacciona-
ria del catolicismo conservador sino también estas iglesias fundamentalistas
protestantes, sucursales del fundamentalismo estadounidense, con su teología
política reaccionaria floestadounidense y fanáticamente prosionista.
30
Esta versión «laica» de la ideología de la clase dominante es propia del
estoicismo tardío en la civilización greco-romana y del confucianismo chino. El
estoicismo romano no aguantó la crisis del siglo III, que propició el surgimiento
de la metafísica neoplatónica en flosofía y llevó a la instauración del cristianis-
mo como religión ofcial, que llegaría a sobrevivir al propio imperio romano
como ideología metafísica de los estados que le sucedieron. En China, la crisis
«medieval» fue más breve y el confucianismo pudo recuperar su posición destro-
nando al budismo (no es casual que «el gran fervor budista» en China coincidiera
con el corto «medievo chino»); esto fue posible porque la magnitud del imperio
chino y de la economía china permitieron un nivel de secularización ideológica
sin parangón con ninguna otra civilización conocida, ni siquiera la griega anti-
gua. El imperio chino pudo permitirse tener una flosofía civil «casi laica» en
lugar de una religión, un caso único en las civilizaciones premodernas.
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Alienación nacionalista: identifcación del interés de la clase 1)
dominante con el interés de «la nación», «la patria», e iden-
tifcación del patriotismo con la devoción al estado y su clase
dominante.
Alienación pseudo-socialista: 2)
31
propia de los regímenes auto-
proclamados «socialistas» pero en los que la propiedad de los
medios de producción no ha sido socializada sino estatalizada
32

y el control de estos está en manos de una nueva clase, que si
bien no posee jurídicamente la propiedad de los medios de pro-
ducción, posee los medios de decisión y una posición de poder
y riqueza muy superior a la de sus súbditos.
Oriente Medio antes del estado-nación: estados imperiales
confesionales y minorías confesionales autónomas
El paso de los reinos étnicos a los imperios con pretensiones de
dominación universal fue acompañado de un proceso de cambio
religioso, por el que las antiguas religiones locales fueron reempla-
zadas por religiones con pretensiones de universalidad. En la parte
occidental del Viejo Mundo esto supuso el paso del politeísmo al
monoteísmo. Los dioses fueron simplifcados en una sola divinidad
omnipotente y omnisciente, mucho más abstracta y trascendente que
31
En formas todavía más burdas ha sido la justifcación de regímenes
dictatoriales árabes de tipo nacionalista, dirigidos por pequeñas burguesías
populistas, rápidamente reconvertidas en burguesías de estado, que justifca-
ban su poder en nombre de un «socialismo árabe» estatista. De una forma aún
más burda que la de las dictaduras nacionalistas árabes, ha formado parte del
mito sobre un supuesto «socialismo israelí», fundamentado en el hecho de la
gran importancia que durante muchos años tuvieron en Israel el sector estatal
y la Histadrut (el gran sindicato empresario sionista).
32
La confusión entre «estatalización» y «socialización» y entre «estatis-
mo» y «socialismo» hubiera sido algo impensable antes de la revolución rusa
para cualquier marxista, pero se ha generalizado tanto que ha hecho estragos.
Ha sido utilísima para los capitalistas en su tarea de desacreditar cualquier
idea de socialismo y utilísima para los mandarines de «la nueva clase» para
justifcar ideológicamente su mandato, en nombre del socialismo. También
ha permitido hacer pasar por «socialistas» a las más ramplonas burguesías de
estado, como ha ocurrido en varios estados árabes y en el estado de Israel.
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los antiguos dioses.
33
No es difícil ver en esta deidad omnipotente
sin igual el equivalente celeste y trascendente del emperador uni-
versal.
La primera religión imperial más o menos monoteísta,
34
el maz-
deísmo o zoroastrismo, surgió como la religión del primer verdadero
imperio con pretensiones mundiales: el imperio persa aqueménida
(entre los siglos VI y IV a.C.). No obstante, la variedad de pueblos
sometidos por los monarcas persas, con sus respectivas tradiciones
religiosas milenarias, exigió que los monarcas persas fueran en gene-
ral tolerantes con sus súbditos de otras religiones; otra política habría
sido imposible de aplicar, dada la enorme variedad de pueblos y de
cultos que existía en un imperio de una inmensidad desconocida hasta
33
El proceso de transformación que llevó del politeísmo al monoteísmo
no fue «rectilíneo» ni simple. Las religiones monoteístas surgieron de una
convergencia de factores complejos y a menudo contradictorios:
1)
La tendencia antes aludida de que a un soberano terrenal único le corres-
pondiera un único señor divino.
2)
Las especulaciones teológico-flosófcas de las élites intelectuales, como
los sacerdotes egipcios y los flósofos griegos.
3)
Cultos exclusivistas como el yahvismo israelita.
En principio, unos factores podían estar en contradicción con otros. El
afán monoteísta de un soberano (Ajenatón, por ejemplo) podía estar en con-
tradicción con los intereses corporativos de una clase sacerdotal, o un ex-
clusivismo monoteísta como el judío podía convertirse en una bandera de
combate contra el imperio romano. El islam, monoteísmo estricto surgido en
la periferia árabe de Oriente Medio, asestó un golpe mortal al imperio persa,
cuyo soberano encarnaba aún más que el emperador romano el carácter de
«sombra de Dios en la tierra». El monoteísmo «desde arriba» (al estilo ajena-
toniano) fracasó rotundamente, las religiones monoteístas que acabaron por
triunfar surgieron en la periferia e inicialmente contra los poderes imperiales
(Moisés como enemigo del faraón, Jesús crucifcado por el poder imperial
romano, Muhammad como enemigo del «rey de reyes»), sólo más tarde estas
religiones se convirtieron en ideología de estado y se utilizaron para justifcar
el orden establecido: el cristianismo para sacralizar el poder imperial romano,
el islam para servir de soporte ideológico a unas formas de estado muy simi-
lares a las del imperio persa desdeñado por Muhammad, el judaísmo como
religión de los jázaros...
34
Digo «más o menos» por el fuerte contenido dualista presente en el
mazdeísmo, pese a lo cual, debido a la superioridad de Ahura-Mazda sobre
Ahrimán, puede clasifcarse el mazdeísmo como monoteísmo.
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José F. Durán Velasco 44
entonces. Cuando Alejandro Magno conquistó el imperio persa, adoptó
una política similar de tolerancia y respeto por los cultos y las devo-
ciones de sus súbditos. Los soberanos helenísticos
35
y los emperadores
romanos precristianos
36
continuaron esta política de tolerancia con los
cultos de todos los pueblos sometidos.
37
35
El conficto entre Antioco IV Epífanes y los macabeos por la heleniza-
ción del culto judío no fue provocado por el afán helenizador del soberano
seléucida sino por la propia hierocracia judía, empeñada en un sincretismo
radical entre «el dios de Israel» y el Zeus Olímpico griego; la aristocracia
sacerdotal judía flohelena fue demasiado lejos y demasiado rápido en sus
afanes helenizadores y eso provocó la violenta reacción de los enemigos de la
helenización y del sincretismo.
36
El enfrentamiento entre Roma y los judíos no lo deseaba la mayoría
de la clase alta judía, que era prorromana; el alzamiento religioso fue la ex-
presión del descontento de las clases populares judías, que encontraron en el
celotismo la ideología que encauzaba sus ansias de rebelión contra el odioso
poder romano y contra las clases altas colaboracionistas. Pese a lo irritante
que resultaba para los romanos el exclusivismo judaico, Roma, mientras fue
pagana, respetó el derecho de los judíos a seguir su religión ancestral, pues era
inherente al paganismo la idea de que los seres humanos debían honrar a sus
dioses según sus tradiciones étnicas. Lo que no obsta para que los romanos
reprimieran durísimamente las rebeliones judías y las utilizaran como pretexto
para imponer sobre los judíos cargas fscales abrumadoras (como el fscus
iudaicus) en concepto de castigo por la rebelión. Por lo demás, las medidas
antijudías en general se debieron a motivos políticos, no a un «odio teológi-
co». Los romanos trataron bastante peor que a los judíos a los druidas galos y
britanos, a los que tenían por un gran peligro para su dominio.
37
La clase dominante romana era consciente de que las oligarquías sacer-
dotales eran sumisas y que tenerlas como amigas y aliadas era provechoso
para su dominio. Esto tuvo consecuencias a la larga funestas para las religio-
nes locales, que terminaron desprestigiadas ante los ojos del pueblo; el ejem-
plo más elocuente es el caso egipcio: la mayor parte de la población egipcia
fue sometida a una explotación brutal por parte de Roma, pues el trigo egipcio
alimentaba a la plebe romana, mientras que los sacerdotes egipcios seguían
gozando de una situación privilegiada bajo el poder romano. Esta situación
fue decisiva en la conversión masiva de los egipcios al cristianismo, hasta
el punto de que el odio popular egipcio contra el orden existente, canaliza-
do por los monjes egipcios en forma de odio teológico, se desencadenó en
destrucciones de templos y agresiones contra los adoradores de los antiguos
dioses. De todas las formas de expresión que podría haber tenido el descon-
tento popular, esta era la más inocua para el poder romano, al que en realidad
reforzaba, puesto que una vez que el emperador era cristiano y el imperio era
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 45
Los soberanos arsácidas (siglo III a.C.-III), iranios pero no persas,
que no pretendían la soberanía universal, estuvieron mucho menos
apegados al zoroastrismo que sus sucesores, los persas sasánidas (si-
glos III-VII), que retomaron la idea de imperio universal a la vez que el
mazdeísmo. Durante algún tiempo, bajo Sapor I (240-272), segundo de
los monarcas sasánidas, existió la posibilidad de que una nueva religión
más sincrética y con mayor capacidad de atracción, el maniqueísmo,
38

sustituyera al mazdeísmo como religión universal del imperio con
pretensiones universales. Sapor I tanteó esa posibilidad patrocinando
a Mani, de manera que si su predicación tuviera éxito dentro y fuera
de Persia pudiera utilizarla para sus propósitos políticos; sin embargo,
tras la muerte de Sapor, su hijo Bahram, zoroastriano fanático que
estaba apoyado por el clero mazdeo, abortó cualquier posibilidad en
ese sentido. Algunos soberanos sasánidas, mazdeístas especialmente
fanáticos, persiguieron a sus súbditos de otras religiones, lo que les
valió un lugar de honor en la historiografía de los fanáticos sacerdotes
del zoroastrismo,
39
pero la mayoría de los soberanos sasánidas tuvieron
la lucidez política de rendirse a la evidencia de que no podían imponer
el mazdeísmo a todos sus súbditos, que esa pretensión, lejos de dar
solidez a su imperio, le enajenaría la voluntad de sus vasallos. Así, los
soberanos sasánidas aceptaron la pluralidad religiosa en su imperio,
dándose el caso de que el cristianismo nestoriano llegó a ser, de facto,
la segunda religión ofcial del imperio, después del mazdeísmo.
40

un imperio cristiano, el paganismo ya no se identifcaba con el sistema y los
paganos habían pasado a ser disidentes ideológicos; de esta manera, lo que
tenía como raíz el malestar popular se desvió en pogromos contra disidentes
religiosos y en actos vandálicos contra edifcios de venerable antigüedad y
notable valor artístico.
38
El maniqueísmo, fundado por Mani, fue una forma radical del dualis-
mo iranio, que participaba de un amplio sincretismo entre ideas mazdeas,
cristianas, gnósticas e índicas. Los musulmanes alto-medievales (como Ibn
an-Nadîm en su Fihrist) daban por sentado que el maniqueísmo era un híbrido
de mazdeísmo y cristianismo.
39
El fanatismo de los sacerdotes zoroástricos era tan grande que su odio
incluso se extendía a los judíos, tradicionalmente amigos y aliados de los
persas.
40
La propaganda bizantina trató de convertir la guerra entre el emperador
bizantino Heraclio y el rey de reyes persa Cosroes Parviz en una guerra santa
entre la cristiandad y los mazdeístas. Nada más lejos de la realidad: Cosroes
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José F. Durán Velasco 46
El imperio persa sasánida fue el modelo del imperio musulmán y
de los sucesivos reinos del mundo islámico. El monarca persa preis-
lámico Cosroes Anushirawán (conocido en la tradición musulmana
como «Cosroes el bueno» o «Cosroes el justo»)
41
se convirtió en el
prototipo modélico de soberano en el mundo musulmán, continuador
de la tradición persa. El lema de Cosroes era: «La monarquía depende
del ejército; el ejército del dinero; el dinero viene de los impuestos te-
rritoriales; y los impuestos provienen de la agricultura. La agricultura
depende de la justicia; la justicia de la integridad de los funcionarios;
y la integridad de los funcionarios de la perpetua vigilancia del rey».
42

Cosroes puso fn al fanatismo zoroastriano institucionalizado, pues,
aunque el zoroastrismo siguió siendo la religión ofcial, el patriarca
nestoriano fguraba en el protocolo de la corte inmediatamente detrás
del jefe de los magos o sacerdotes mazdeos. El reinado de Cosroes
fue muy fecundo en el aspecto cultural y no tiene nada de exagerado
decir que el esplendor árabe-islámico de la época ´abbâsí es una con-
no tenía nada contra los cristianos e incluso su esposa favorita, Shirín, y su
visir fnanciero, Yazden de Kirkuk, eran cristianos nestorianos. Desde el impe-
rio persa el cristianismo llegó a China, donde se conoció al cristianismo como
«la religión de los textos sagrados de Persia».
41
Cosroes (531-579) se ganó esos epítetos tan elogiosos y el de Anushi-
rawán (en persa ‘espíritu eterno’) por el agradecimiento de la nobleza persa,
ya que Cosroes aniquiló el movimiento mazdakista, movimiento religioso
fundado por Mazdak, que propugnaba el comunismo económico y sexual.
Cosroes, que aborrecía el mazdakismo, consiguió aplastar a los mazdakistas
de manera harto traicionera: hizo venir a Mazdak y a sus principales seguido-
res haciéndoles creer que los recibiría amistosamente, pero llevó a cabo una
represión extremadamente sangrienta. Según el historiador árabe al-Mas´ûdî,
los mazdakistas muertos fueron ochenta mil; según el historiador árabe Ibn
al-Atîr, Cosroes ordenó crucifcar a Mazdak y a cien mil mazdakistas. La no-
bleza quedó completamente sometida a Cosroes, que implantó la monarquía
absoluta, pero estuvo tan agradecida a su amo por la eliminación del mazda-
kismo que le dedicó toda clase de epítetos elogiosos. Esta tradición nobiliaria
tan favorable a Cosroes pasó más tarde a la tradición historiográfca árabe y
musulmana, lo mismo que el odio que la clase dominante persa preislámica
sentía por Mazdak, a quien a menudo mencionan autores musulmanes adju-
dicándole el califcativo de «maldito».
42
Peter Brown, El mundo en la antigüedad tardía. De Marco Aurelio a
Mahoma (Madrid: Taurus, 1989), p. 197.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 47
tinuación del esplendor sasánida de Cosroes. Cosroes patrocinó tra-
ducciones tanto del griego como del sánscrito. Muchas obras capitales
de la prosa árabe son traducciones de obras indias traducidas al persa
pahlevi bajo el reinado de Cosroes; este es el caso de Calila y Dimna,
del Sendebar o incluso de los orígenes de Las mil y una noches. En
el año 532, Cosroes acogió a los últimos flósofos neoplatónicos de
Atenas, cuya Academia, fundada por Platón, había sido clausurada
por el fanatismo cristiano del emperador Justiniano. En el periodo de
Cosroes y en lo sucesivo, la vida de la corte se hizo mucho más ref-
nada, preludiando lo que serían los hábitos de las cortes ´abbâsíes y
musulmanas de oriente: a la caza se añadió el polo, la música de cuerda
y el ajedrez. El nombre de Cosroes se convirtió más tarde en sinónimo
del poder y la gloria para los musulmanes. En gran medida sirvió de
modelo a la dinastía ´abbâsí, que en cierto modo fue su heredera,
43
así
como a los sultanatos persas y turcos posteriores.
El estado musulmán es esencialmente la continuación de las tra-
diciones del antiguo estado persa preislámico, cosa de la que eran
muy conscientes los mismos musulmanes.
44
También la civilización
musulmana fue una continuación de las tradiciones del imperio persa
tardío cosroiano: imperio confesional con amplio respeto a la autono-
mía interna de las confesiones distintas de la religión ofcial, soberano
absolutista, traducciones de obras griegas e indias, recepción de la
flosofía griega y de la ciencia helénica e india...
En la cuestión que nos ocupa, lo interesante es saber que la toleran-
cia religiosa de los imperios iranios (aqueménida, arsácida y sasánida)
fue el precedente de la tolerancia de los estados musulmanes con sus
súbditos no muslimes.
43
Los francos de Carlomagno llamaban al califa Hârûn ar-Rashîd, «el rey
de los persas». El elefante que Hârûn ar-Rashîd regaló a Carlomagno respon-
día a una vieja tradición persa por la que el rey de reyes regalaba animales a
los reyes vasallos (matiz que no captaron los francos).
44
Pese a una resistencia inicial árabe e islámica a las tradiciones mo-
nárquicas, que repugnaban a los árabes y a los musulmanes piadosos de los
primeros tiempos (Muhammad había dicho que «el título más afrentoso el día
del juicio sería el de rey de reyes», considerado una usurpación de una dig-
nidad exclusiva de Dios), los gobernantes musulmanes más pronto que tarde
adoptaron la administración, el boato, los títulos y la flosofía política de los
soberanos sasánidas tardíos.
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José F. Durán Velasco 48
Ya en vida de Muhammad, los musulmanes habían acordado esta-
tutos de tolerancia para los cristianos y mazdeístas de Arabia.
45
Pos-
teriormente, al producirse las grandes conquistas musulmanas fuera
de Arabia, se acordaron estatutos de tolerancia similares para la gran
mayoría de los seguidores de las religiones de los países conquistados.
En muchos casos los conquistados se benefciaron de una tolerancia
de la que no disfrutaban antes, como fue el caso de los cristianos mo-
nofsitas, los samaritanos y los judíos en los territorios conquistados
a los bizantinos. En las zonas conquistadas a los persas, los cristianos
nestorianos y los judíos conservaron el estatuto de tolerancia del que
ya disfrutaban antes. Los árabes musulmanes también fueron toleran-
tes con los hindúes y budistas del Sind, cuando a principios del siglo
VIII conquistaron esta región de la India.
El islam, pese a sus pretensiones de superioridad sobre las reli-
giones anteriores, respetaba a los seguidores de las revelaciones que
le habían precedido y les acordó un generoso estatuto de tolerancia
sin equivalente en otros ámbitos político-religiosos mucho más in-
tolerantes como la cristiandad. Además, mientras que el estatuto de
tolerancia para las otras religiones en el imperio persa preislámico
estaba motivado por exigencias de política realista y mal visto por
el fanatismo del clero mazdeo, en el islam la tolerancia con las re-
ligiones anteriores, aunque supeditada a ciertas condiciones restric-
tivas, era una obligación religiosa para los musulmanes, de modo
que quebrantarla, lejos de ser un acto piadoso, constituía una acción
nefanda contraria a las propias leyes sagradas del islam. Mientras
que el monarca mazdeísta que perseguía a sus súbditos no mazdeos
y trataba de imponerles la religión zoroástrica por la fuerza era con-
siderado por los sacerdotes mazdeos como un soberano piadoso y
ejemplar que cumplía felmente con su deber religioso, el soberano
musulmán que tratara de convertir a sus súbditos no musulmanes
por la fuerza o la intimidación era un pecador que atentaba contra
la ley musulmana. Además, la ley islámica no aceptaba la validez
de las conversiones forzadas, por lo que el no musulmán convertido
45
También en principio para los judíos de Medina, pero en esa ciudad
las relaciones judeo-musulmanas fueron muy tensas y acabaron de manera
catastrófca para los judíos: las tribus judías de los Banû Qaynuqâ´ y los Banû-
n-Nadîr fueron expulsadas y la tribu de los Banû Qurayza sufrió el exterminio
de sus varones adultos y la esclavización de sus mujeres y niños.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 49
por la fuerza al islam tenía perfecto derecho a volver a su religión
originaria.
46

Las comunidades no musulmanas gozaban de autonomía interna y
tenían instituciones propias, a menudo paralelas a las de la comunidad
musulmana dominante.
Por ejemplo, en Bagdad, junto al califa ´abbâsí, líder religioso del
islam sunní desde 750 hasta 1258, residía el exilarca judío
47
como una
especie de rey judío en el exilio. El exilarcado existió desde el siglo II
hasta 1393 y se suponía que los exilarcas eran descendientes del rey
David. Sobrevivió más de cien años al califato de Bagdad, aunque su
importancia debió de reducirse mucho desde la devastación de Bagdad
por los mongoles en 1258, porque el último exilarca del que se ha
conservado el nombre fue Samuel ben David, que ejerció el exilarcado
entre 1240 y 1270, precisamente por la época en la que los mongoles
tomaron Bagdad. Durante el periodo ´abbâsí el exilarca residía en Bag-
dad, se sentaba junto al califa y desempeñaba las funciones de califa
de los judíos. Durante gran parte de la época islámica, el exilarca judío
tuvo más poder efectivo entre los judíos que el califa ´abbâsí entre los
musulmanes. El exilarca era la instancia judicial suprema de los judíos
mesopotámicos y el responsable de la seguridad y la conducta de sus
súbditos, designaba jueces y controlaba las actividades comerciales
de los judíos, incluso llegó a designar rabinos y funcionarios fuera de
Iraq.
En el imperio otomano, cada comunidad religiosa reconocida estaba
bajo la jurisdicción de sus propias autoridades religiosas. La palabra
46
Cosa que no ocurría en el mundo cristiano, donde el bautismo, incluso
el forzado y contraviniendo la tolerancia acordada, tenía plena validez, de
manera que el no cristiano bautizado a la fuerza tenía que ser cristiano y si
volvía a su religión originaria era condenado a muerte en castigo por su apos-
tasía del cristianismo. Por ello, los judíos convertidos a la fuerza durante las
persecuciones almohades del siglo XII o las safavíes de la edad moderna en
Irán fueron autorizados luego a volver al judaísmo, mientras que los judíos
bautizados por el terror en la España cristiana a fnales del siglo XIV debieron
seguir siendo cristianos so pena de ser condenados a la hoguera, lo mismo que
los musulmanes de la corona de Aragón, obligados a convertirse al cristianis-
mo por la fuerza durante la rebelión de las germanías.
47
En hebreo rosh ha-galut, en arameo resh galutá, en árabe ra`s al-ÿâlût,
que en los tres idiomas signifca literalmente «cabeza de la diáspora».
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turca millet (en plural milletler) designaba a cada una de las comunida-
des religiosas dotada de autonomía para asuntos internos. Así, existía
el millet musulmán (conocido también como millet-i hâkime, ‘millet
gobernante’), el millet de los rûm (o sea, de los ‘romanos’,
48
que era el
de los cristianos ortodoxos), el millet de los armenios
49
y el millet de los
judíos, todos ellos regidos por sus autoridades religiosas respectivas.
Al margen del sistema se encontraban las sectas musulmanas di-
sidentes y las religiones no reconocidas como revelaciones anteriores
al islam. En esta última categoría se encontraban religiones como el
maniqueísmo o el yazidismo.
50
El maniqueísmo fue objeto de una per-
48
Téngase presente que lo que comúnmente llamamos los europeos occiden-
tales «imperio bizantino» era el imperio romano sin más, pues tras la desapari-
ción del imperio romano de occidente el año 476 no había más imperio romano
que el de oriente. Los llamados «bizantinos» siempre se llamaron a sí mismos
«romanos»; el hecho de que hablasen griego no cambiaba el hecho de que polí-
ticamente fuesen romanos, e incluso ellos mismos llamaban a su idioma griego
«lengua romana». Consecuentemente, primero los árabes y luego los demás pue-
blos musulmanes llamaron rûm («romanos») a los bizantinos y, por extensión, a
los correligionarios cristianos occidentales de los «bizantinos». De todas formas,
en el mundo musulmán siempre existió una cierta confusión terminológica entre
romanos antiguos, griegos, bizantinos y cristianos ortodoxos y occidentales. El
geógrafo Ibn Hawqal (siglo X), para aclarar la confusión, distinguía entre «rûm
puros» (los bizantinos) y rûm en el sentido amplio, categoría esta última que
incluía tanto a la cristiandad bizantina como a la latina occidental.
49
Los armenios en aquel tiempo, más que una etnia o la comunidad de
hablantes del idioma armenio, eran los pertenecientes a la iglesia armenia
gregoriana; aunque también existiera una iglesia armenia católica y más tarde
comunidades armenias protestantes. En la época fnal del imperio otomano
muchos armenios hablaban turco como lengua materna y su pertenencia a la
armenidad era más confesional que etno-«nacional».
50
El yazidismo es una religión fruto del más extraordinario sincretismo de
las religiones de Oriente Medio: islam normativo y sufí, mazdeísmo, mani-
queísmo, mazdakismo, gnosticismo, cristianismo, judaísmo, paganismo astral
mesopotámico, chamanismo... En Oriente Medio se conoce vulgar e impro-
piamente a los yazidíes como «adoradores del diablo» por la veneración que
profesan al ángel caído, al que no tienen por maléfco sino por el mejor de
los ángeles de Dios, que prefrió la condenación eterna por amor a su crea-
dor (creencia compartida con muchos sufíes musulmanes), cuyas lágrimas
apagaron el fuego del inferno, que por ello ya no existe. Los yazidíes llaman
al diablo Malak Tâwûs («el ángel pavo real») y lo veneran bajo esa imagen;
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secución inquisitorial en la época ´abbâsí y terminó por desaparecer.
51

El yazidismo, religión producto de un amplio sincretismo, llegó a estar
muy extendido por el Kurdistán al fnal de la edad media, pero ha
quedado reducido a una minoría exigua en la actualidad.
El estado imperial del mundo islámico era despótico y su monar-
quía era patrimonial, pero ese estado despótico interfería poco en la
vida de sus súbditos –mucho menos que el estado-nación moderno–,
pues, aparte de cobrar impuestos, les dejaba margen a una amplia auto-
nomía. Esto lo ha expresado muy bien el intelectual marroquí Abdallah
Laroui al advertir el diferente sentido de la palabra ‘libertad’ en el
mundo islámico premoderno y en el pensamiento liberal moderno:
En la sociedad árabe tradicional,
52
Estado y libertad individual
son cosas completamente contradictorias; cuando el alcance de aquél
en la creencia yazidí, Malak Tâwûs es uno de los siete ángeles sostenedores
del mundo. Su libro sagrado, El libro negro, está escrito en árabe, aunque la
mayoría de los yazidíes son kurdos.
51
El maniqueísmo fue rechazado en el imperio ´abbâsí por razones meta-
físicas fundamentales y por razones de proselitismo. Las autoridades musul-
manes consideraron a Mani un falso profeta (al contrario que a Zoroastro, a
quien muchos musulmanes consideraban uno de los profetas no mencionados
en el Corán) porque su dualismo puro estaba en contradicción con el riguroso
monoteísmo musulmán. Pero lo que le ganó la inquina institucional y motivó
una persecución inquisitorial contra los maniqueos bajo el califato ´abbâsí fue
que el maniqueísmo parecía sumamente peligroso por su activísimo proselitis-
mo en Iraq (centro del imperio), fundamentado en doctrinas que se pretendían
mucho más «científcas» y racionales que las de las otras religiones; por ejem-
plo, en la cuestión de la contradicción entre la existencia de Dios y del mal en
el mundo, los maniqueos argumentaban que Dios es infnitamente bueno pero
no omnipotente, con lo que salvaban la cuestión de una manera satisfactoria
racionalmente, pero radicalmente opuesta a la idea de absoluta omnipotencia
de Dios en el islam. Las obras de Mani fueron traducidas al árabe y gozaron
de gran difusión. El término zindîq (en plural zanâdiqa), sinónimo de mani-
queo, en árabe llegó a signifcar disidente religioso en general, fuera realmente
maniqueo o no, y la acusación de zandaqa (que en principio signifcaba ma-
niqueísmo y luego pasó a ser sinónimo de librepensamiento) costó la vida a
más de un distinguido intelectual del mundo islámico.
52
Abdallah Laroui se refere concretamente al mundo árabe, que es lo
que le interesa, mas entiéndase que la descripción es extensible a la realidad
estatal de todo el mundo islámico premoderno.
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es amplio, el de ésta es pequeño. Es un hecho indiscutible; lo que
hace falta subrayar es que si el Estado es tiránico, su alcance es muy
limitado, a la inversa del Estado liberal, cuyo peso sobre el individuo
es, desde luego, leve, si bien controla casi todos los aspectos de la
vida civil.
Si analizamos el Estado islámico en comparación con el Estado
liberal –cosa que se hace de modo inconsciente– constatamos que,
efectivamente, aquél contradice desde su principio la libertad indivi-
dual; pero volviéndolo a situar en su marco histórico descubrimos de
inmediato que sólo controlaba una parte muy limitada de la vida so-
cial. Por lo demás, el individuo se sentía y se declaraba libre. A fn de
cuentas los orientalistas se limitan a probar que el Estado islámico no
es liberal en el sentido del siglo XIX; ¿acaso algún historiador dudaba
de ello? En la estructura islámica tradicional la libertad política es
limitada, por no decir que es desconocida; pero el campo político, que
en modo alguno se confunde con el campo social, es por sí mismo muy
restringido. El individuo, al no estar asediado por el Estado, puede ser
libre más allá de la política.
53
La situación podía ser muy diferente según las regiones y según
la fortaleza o la debilidad del poder imperial en las distintas épocas.
Había regiones que escapaban parcial o completamente al poder es-
tatal, regiones de montaña o de desierto, por ejemplo. Las tribus del
Kurdistán (musulmanas, yazidíes, cristianas
54
o judías) podían vivir
53
Abdallah Laroui, El islam árabe y sus problemas (Barcelona: Península,
1984), p. 76.
54
Durante mucho tiempo, los cristianos nestorianos de Hakkari fueron
prácticamente independientes e incluso tuvieron a tribus kurdas musulmanas
como subordinadas. Los misioneros protestantes británicos difundieron entre
ellos la idea de que eran el remanente de los asirios de la antigüedad, por lo
que desde entonces se hicieron llamar «asirios» y surgió entre ellos la idea de
crear un estado-nación «asirio». En la primera guerra mundial se imaginaron
que bajo la hegemonía rusa e inglesa se harían con un estado propio en su
territorio natal, pero sólo consiguieron perder su tierra nativa y tener que
exiliarse en Iraq, donde, no escarmentados con la experiencia de haber sido
las marionetas del imperialismo europeo, muchos de ellos se enrolaron en
las tropas coloniales y participaron en la brutal represión británica contra los
levantamientos anticoloniales árabes y kurdos, esperando que los colonialistas
ingleses, a cambio de su colaboracionismo, les dieran un pedazo de Iraq para
asentar su estado-nación «asirio», cosa que los ingleses no hicieron. Cuando
Iraq accedió ofcialmente a la independencia formal, aunque sin perder la
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 53
al margen del poder estatal, y lo mismo sucedía con los habitantes de
la montaña libanesa, fuesen maronitas o drusos, por no hablar de las
tribus beduinas, algunas de las cuales eran de religión cristiana.
55
dependencia real del imperio británico, la venganza contra estos colaboracio-
nistas fue terrible: muchos «asirios» fueron exterminados y un tercio de ellos
se refugió en Siria, donde fueron bien acogidos.
55
En lo que actualmente son los territorios de los estados de Jordania y
Siria han existido hasta hoy tribus nómadas de religión cristiana; estas tribus,
independientemente de su religión, musulmana o cristiana, tenían el mismo
tipo de vida y sus relaciones intertribales dependían de factores distintos de
los confesionales.
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Capítulo
2
El estado en el mundo moderno:
nacionalismo y estado-nación


El nacionalismo y el estado-nación
El estado-nación y la ideología del nacionalismo en sentido estricto no
surgieron hasta la Revolución Francesa y sobre todo en el siglo XIX.
En la Revolución Francesa, «la nación» emergió como concepto
revolucionario en contraposición al sistema político del antiguo régi-
men: «nación» y «ciudadanos» frente a «rey» y «súbditos». Frente al
lema del despotismo monárquico de Luis XIV («el estado soy yo»), los
revolucionarios lanzaban la consigna de «¡Viva la nación!». La idea
de «ciudadanos» frente a súbditos estaba infuida por las viejas tradi-
ciones republicanas de la antigüedad greco-romana sobre ciudadanía
y república,
1
pero la idea de ‘nación’ era en gran medida nueva, una
creación de la burguesía emergente. En muchos aspectos, la ilustración
y los revolucionarios más radicalizados iban mucho más allá de la
ciudadanía democrática griega, al universalizar la idea de ciudadanía
1
Para muchos ardientes republicanos radicales, Bruto se convirtió en el
supremo héroe tiranicida y César en el tirano justamente asesinado. Muchos
de esos republicanos no reparaban en el hecho de que la república romana
defendida por Bruto era un régimen oligárquico y que el odio a la idea de
rex de la oligarquía romana no se debía a ideales igualitarios sino que temían
en el rex al tirano al estilo pisistrático que quebrara el poder oligárquico en
benefcio del pueblo y abriera la vía democrática, como habían hecho algunos
tiranos en Grecia.
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y extenderla a todos los seres humanos;
2
aunque, por otra parte, en la
práctica las limitaciones eran casi las mismas que en la antigüedad
(clasismo, sexismo, esclavismo en las colonias, xenofobia) e incluso
la idea de la democracia «representativa» parlamentaria tenía un conte-
nido mucho menos representativo y menos democrático que la antigua
democracia griega.
3

2
La idea democrática en Grecia raras veces superó los egoísmos de la autoc-
tonía y de la más estrecha etnicidad. Los flósofos que universalizaron las ideas
de ciudadanía (el cosmopolitismo cínico y de los primeros estoicos, próximos a
los orígenes cínicos del estoicismo) no consiguieron que sus ideas se plasmaran
en un orden político, pues las monarquías helenísticas eran hostiles a la democra-
cia clásica y Roma se encargó de destruir las democracias existentes y de abor-
tar los intentos democráticos que pretendían ir aún más allá. En la Revolución
Francesa, la proclamación de los derechos del ciudadano fue indisociable de la
proclamación de los derechos del hombre. Olympe de Gouges emitió la decla-
ración de «los derechos de la mujer y la ciudadana», pues, aunque hubiera sido
de esperar que el término «hombre» incluyera al varón y a la mujer y «ciudada-
no» fuera un término génerico, de facto, para la mayoría de los revolucionarios
franceses el ser humano al que hacía referencia su declaración de derechos era
exclusivamente varón; su idea de ciudadanía apenas alcanzaba a las mujeres, a
las que se llamaba «ciudadanas» pero no se les reconocían los correspondientes
derechos políticos ni los demás derechos inherentes al ciudadano.
3
Como es bien sabido (o debería serlo), en la democracia griega, ate-
niense, por ejemplo, las decisiones se tomaban por votación en la asamblea
popular, en la que tenían voz y voto todos los ciudadanos, mientras que la
gestión de la cosa pública recaía en el consejo de los quinientos, elegido por
sorteo. Los griegos nunca hubieran reconocido como «democracia» el sistema
parlamentario actual en el que la ciudadanía no sólo no participa directamen-
te en las decisiones sino que ni siquiera está representada por delegados, y
donde el pueblo, en lugar de gobernar, «elige a sus gobernantes». Si bien es
cierto que la idea ateniense de democracia («poder del pueblo») era limitada
en tanto que el dêmos («pueblo») era mucho más limitado que el actual, su
kratía («poder») era mucho más real que la del actual pueblo, que no go-
bierna sino que, al elegir a sus «gobernantes», cede de hecho y de derecho la
decisión; nótese además que no se trata de delegados sino de «gobernantes»,
idea intrínsecamente contradictoria con la de democracia. A duras penas la
mayoría de las «democracias» actuales tolerarían traducirse como «poder del
pueblo», hasta el punto de que el helenismo «democracia» (vaciado de su
sentido original y etimológico) se ha convertido en un término perfectamente
aceptable para la gran mayoría de las oligarquías contemporáneas, mientras
que su traducción («poder del pueblo»), que no se utiliza, mantiene el sentido
subversivo del término griego original.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 57
Desde entonces, los reaccionarios tratarán de rechazar el contenido
revolucionario de las ideas de ciudadanía y de su universalización, bien
rechazándolo abiertamente, bien, como sucede actualmente, reseman-
tizando palabras como ‘democracia’, ‘libertad’ o ‘derechos humanos’,
4

limitando los derechos ciudadanos a los habitantes de los países ricos,
lo que en un sistema mundial globalizado es lo mismo que excluir de
las decisiones políticas a la mayoría de la población mundial. Por su
parte, las personas progresistas radicalizaron las ideas de la Ilustración
y de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad para toda
la humanidad, incompatibles con la explotación (incluyendo la escla-
vitud asalariada) y cualquier tipo de discriminación clasista, sexista,
racista, colonialista o culturalista.
Las ideas de los derechos de ciudadanía y de la humanidad eran
demasiado peligrosas para las clases dominantes, detentadoras de la
riqueza y el poder. La idea de ciudadanía, unida a la de humanidad, es
letal para cualquier oligarquía. Las oligarquías necesitaban una nueva
ideología que negase la universalidad humanista y que supeditase los
intereses populares a los suyos en nombre de un ego imaginario «in-
terclasista» y antihumanista. La encontraron en el nacionalismo, que
sirvió a las clases dominantes, fueran la burguesía emergente o las
clases anteriores aliadas a ella (como los terratenientes), para limitar o
neutralizar el contenido revolucionario de las ideas revolucionarias de
ciudadanía y de humanidad.
Así, el nacionalismo, la parte más burguesa de los ideales de la
Revolución Francesa, se disoció pronto de los elementos de esa revo-
lución que trascendían con mucho los intereses burgueses. El nacio-
nalismo se disoció cada vez más de la idea de ciudadanía y se asoció
cada vez más estrechamente a la estatolatría, el culto a la razón de
estado, a poner factores como el estado existente, la raza, un idioma o
cualquier otra cosa similar por encima de cualquier idea de ciudadanía
y de humanidad.
El nacionalismo podía ser aceptable para cualquier oligarquía,
burguesa o no, pues es la ideología moderna que sostiene el estado y
los intereses de estado. Es fácilmente conjugable con cualquier otra
ideología reaccionaria, vieja (confesionalismo) o nueva (racismo, o
4
Hasta el punto de que se justifca la oligarquía en nombre de la democra-
cia, la represión en nombre de la libertad y la tortura en nombre de la defensa
de los derechos humanos.
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José F. Durán Velasco 58
culturalismo), al tiempo que ha demostrado ser un obstáculo de pri-
mera magnitud para unir a los pueblos contra sus dominadores.
5
Todo nacionalismo tiene por objetivo crear o sostener un estado-
nación, esto es, un estado (la estructura de poder de una clase domi-
nante) justifcado ideológicamente en nombre de la nación.
La ideología nacionalista llegó a ser tan hegemónica en el siglo XX
que hasta las luchas de liberación anticoloniales o de pueblos sojuzga-
dos se plantearon en términos nacionalistas como «liberación nacio-
nal» para crear sus propios estados-nación, calcados de los estados-
nación de las potencias colonizadoras.
Por ello, hay que distinguir en principio entre el nacionalismo de
un estado-nación consolidado y el nacionalismo de un pueblo sojuz-
gado; igual que no es lo mismo un nacionalismo de colonizados que
el nacionalismo de los colonizadores, no es lo mismo el nacionalismo
de un centro imperialista que el de una periferia colonizada que lucha
contra el colonialismo.
No puede negarse que exista un componente progresista en el na-
cionalismo de los pueblos oprimidos, pero no debe perderse de vista
que ese componente progresista no radica en el nacionalismo como tal
sino en su lucha contra la opresión colonial. El carácter progresista de
ese nacionalismo no está en tanto que nacionalismo (o sea, en tanto
que su objetivo sea dotar a una clase dominante de un aparato de poder
propio) sino en tanto que rechaza a unos opresores extranjeros. Pero
5
La primera guerra mundial fue la materialización más pavorosa del poder
del nacionalismo y de la debilidad del internacionalismo. La inmensa ma-
yoría de los partidos socialistas europeos traicionaron la causa del interna-
cionalismo proletario y del socialismo para abrazar «la unión sagrada» del
nacionalismo con sus respectivas clases dominantes. Después de algo así,
se comprende bien la facilidad con la que más tarde los fascismos se impu-
sieron en la mayor parte de los países europeos. Pero si se observa con más
detenimiento, se verá que la oposición internacionalista dentro de los países
capitalistas del centro a las políticas imperialistas siempre ha sido mínima: en
las guerras coloniales, la solidaridad con los pueblos de la periferia colonial
ha pesado siempre menos que el coste en bajas propias producidas por la re-
sistencia anticolonialista de las periferias. En los países llamados «socialistas»
del siglo XX, el internacionalismo se entendía como sumisión a los intereses de
Unión Soviética o más exactamente a las directrices de su equipo gobernante
(«construir el socialismo en un solo país»), y cuando esto cambió fue porque
cada partido comunista «nacional» aspiró a su propia versión nacionalista de
«socialismo en un solo país».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 59
incluso en este caso, la trampa mortal del nacionalismo es no rechazar
a los opresores como tales, sean extranjeros o indígenas, sino sólo
cuando se trata de extranjeros. La visión nacionalista, incluso cuando
se trata de pueblos oprimidos por un poder extranjero, es muy limitada
y convierte a las masas en instrumento de una clase arribista resuelta a
dotarse de un aparato de dominación.
Por su propia dinámica, el objetivo de las «élites» políticas naciona-
listas es dotarse de un estado. Aunque hagan uso de la etnicidad como
fundamento de la ideología, como su objetivo esencial es su propio
poder, dotarse de su propio estado una vez obtenida la independencia,
sólo les interesa el irredentismo o la unifcación con otras regiones
de su misma etnia si esa unifcación es extensión de su dominio a los
territorios «irredentos», no si amenaza o daña su dominio.
6

Los nacionalismos surgen en función de intereses de «élites» polí-
ticas y económicas, pero en su elaboración también intervienen inte-
lectuales más o menos vinculados a esas «élites» que les dan forma.
La población en general y las clases populares pueden participar de los
nacionalismos en función de varios factores:
1) En los países capitalistas del centro, habrá una complicidad im-
perialista frente a la periferia colonial y en la competencia entre
centros capitalistas. La socialdemocracia contribuirá no poco a
las tendencias chovinistas de las clases populares, al no cues-
tionar el sistema y buscar mejorar las condiciones de las clases
6
Los ejemplos de esta actitud son innumerables. La clase dominante de
la RFA rechazó durante toda la Guerra Fría cualquier idea de reunifcación de
Alemania que no fuese fagocitación de la RDA por la RFA en el marco no sólo
del capitalismo, sino de la hegemonía estadounidense y de la OTAN; es decir,
la clase dominante de Alemania occidental siempre sacrifcó el nacionalismo
alemán a sus intereses de clase. Lo mismo puede decirse de las famantes cla-
ses dirigentes de estados como Kosovo o Moldavia, que no han tenido ningún
interés en incorporarse o unifcarse con Albania o Rumanía respectivamente.
La clase dominante de Somalia estuvo empeñada en la unifcación de «las
cinco Somalias» cuando tal objetivo implicaba extender su dominio al Oga-
dén y tierras de Yibuti y Kenia; mientras tuvo esperanzas de hacerse con el
Ogadén, rechazó ardientemente las propuestas soviéticas de una unifcación
pansomalí en el marco de una federación con Etiopía. Más tarde, Somalia se
ha desintegrado y las «élites» antes pansomalistas ahora incluso hablan de di-
vidir la misma Somalia en dos estados siguiendo las demarcaciones de reparto
del país entre los antiguos colonialismos británico e italiano.
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José F. Durán Velasco 60
populares a costa del internacionalismo y de las clases popula-
res extranjeras. Este es el caso de Israel, en tanto que centro ca-
pitalista frente a la periferia colonial árabe circundante y frente
a palestinos que están bajo su dominio, bien como sub-ciudada-
nos de Israel, caso de «los árabes israelíes», bien como simples
súbditos pero no ciudadanos (ni siquiera sub-ciudadanos), caso
de los palestinos de los territorios ocupados en 1967.
2) En los países de la periferia colonial, neocolonial y recolonial,
7

la lucha anticolonialista, al menos hasta la independencia, puede
estar dirigida por una burguesía que se supone «nacional» y que
apelará a una «unión sagrada» contra los colonizadores extran-
jeros. Este ha sido el caso del Fath palestino.
Actualmente, el rechazo al nacionalismo por parte de la globaliza-
ción, especialmente al de los pueblos recolonizados, no es rechazo del
estado (la estructura de poder de la clase dominante) ni del naciona-
lismo como tal, sino rechazo de todo lo que se oponga al macro-estado
global, puesto que lo que se propugna no es destruir el estado sino la
creación de un estado globalizado, es decir, una estructura de poder
de una clase dominante mundial. El culturalismo, con su monserga
de «choque de civilizaciones», es de facto un macro-nacionalismo de
los centros capitalistas (bajo hegemonía de Estados Unidos) contra la
periferia: contra los países neocoloniales y contra los intentos de algu-
nos de ellos (como China o Irán) de desarrollar un proyecto nacional
burgués no subordinado.
7
Llamo «recolonialismo» a lo que el profesor Martínez Montávez ha
llamado en alguna ocasión «neo-paleo-colonialismo» para referirse a la in-
vasión y recolonización de Iraq a partir del año 2003. En todas partes el co-
lonialismo fue sustituido por el neocolonialismo (o colonialismo encubierto
de independencias estatales) a partir de la segunda guerra mundial. La única
excepción han sido Palestina y algunos otros territorios árabes ocupados por
Israel, donde el colonialismo no terminó e incluso volvió de manera directa.
El colonialismo y recolonialismo israelíes han sido en este sentido pioneros
y precursores del recolonialismo surgido a partir de la caída del bloque so-
viético y bajo el pretexto de los atentados del 11-S. Durante la Guerra Fría,
Israel fue una mezcla de la Suráfrica del apartheid (rémora colonial en un
medio internacional neocolonial) y del nuevo recolonialismo que surgiría tras
la Guerra Fría.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 61
La actitud del nacionalismo y del estado-nación hacia
«los elementos extraños» y «las minorías nacionales»
La lógica del estado-nación supone que toda la población del estado-
nación, o al menos la mayor parte, se identifque con el nacionalismo
y la nacionalidad del estado.
¿Qué sucede entonces con la población que no encaja con la def-
nición de ciudadano-étnico de un determinado nacionalismo o con la
población que se identifca con otra etnicidad u otra nacionalidad?
La lógica del nacionalismo y del estado-nación lleva a tratar a los
elementos «extraños» de tres maneras:
1) En el mejor de los casos reconociéndolos como «minorías na-
cionales» dotadas de cierta autonomía para sus asuntos propios,
en igualdad con los no «extraños» para todo lo demás.
2) Como elementos inferiores, en condiciones de franca discrimi-
nación. Incluso el carácter «diferencial» puede utilizarse para
la discriminación; por ejemplo, en nombre del «respeto» a sus
identidades nacionales y culturales diferentes, la Suráfrica racista
justifcaba la profundización en el apartheid, arguyendo que los
pueblos bantúes debían tener sus estados nacionales, los llama-
dos bantustanes.
8
8
Se conoce como «bantustanes» a las «reservas» creadas por el estado
racista surafricano a partir del año 1959, en las que pretendía acantonar a la
población negra. Algunos de los bantustanes (como Transkei, Bophuthatswa-
na y Venda) recibieron una «independencia» aparente. El pretexto del régimen
racista surafricano era que cada etnia bantú era una nacionalidad diferenciada
que debía ser dotada de su propio estado-nación. Con esta política de división
y acantonamiento, el gobierno surafricano pretendía dividir a la población
negra y despojarla de la ciudadanía surafricana, haciéndola súbdita de minús-
culos y fragmentados «estados-naciones» bantúes desprovistos de recursos,
que serían satélites políticos y económicos de la Suráfrica de hegemonía blan-
ca. De haber conseguido el objetivo perseguido, el estado racista surafricano
se habría desembarazado de la mayoría negra convirtiéndola jurídicamente en
extranjera pero quedándose con la mayor parte del territorio y los recursos del
país, ya que los bantustanes nunca supusieron más del 16% de la superfcie del
país, aunque la población negra de Suráfrica era ampliamente mayoritaria. La
estrategia de la bantustanización perseguía que Suráfrica mantuviera la supre-
macía blanca sin ser formalmente un estado racista, al convertir a los negros
del país en «extranjeros», aunque los bantustanes fueran de facto reservas
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José F. Durán Velasco 62
3) Tratando de eliminarlos total o parcialmente, de una manera u
otra.
En este último caso caben tres métodos para conseguir la elimina-
ción de los «elementos extraños»:
1) La asimilación forzada.
2) La expulsión total o parcial de la población «extraña».
3) La eliminación por asesinato: el genocidio es el caso extremo por
sus pretensiones de exterminio total, pero este caso extremo no
es lo más corriente, lo habitual es que las matanzas tengan como
objetivo la sumisión o la expulsión más que el exterminio.
La expulsión y las matanzas son los métodos habituales de lo que
se conoce tristemente como «limpieza étnica», es decir, la eliminación
de los elementos «extraños» para conseguir un territorio étnicamente
«puro», «limpio», a la medida del estado-nación que busca el naciona-
lismo. De una manera más culta se ha hablado del «lecho de Procusto
9

del nacionalismo».
10

La cosa es especialmente grave (hablando en términos cuantitativos)
cuando, como en el caso del sionismo, la población víctima del estado-
nación no es una minoría sino una mayoría, de la que el nacionalismo en
cuestión quiere deshacerse para sustituirla por «los suyos». Pero no hay
que olvidar que el caso sionista no es original en absoluto y se inscribe
en una larga historia de expulsiones y matanzas llevadas a cabo por
miserables de mano de obra barata y mercados cautivos para la economía su-
rafricana. Lógicamente, la mayoría de la población negra surafricana rechazó
la bantustanización y siempre demandó el derecho a la ciudadanía plena de
Suráfrica, sin discriminación racial.
9
En la mitología griega, Procusto era un bandido que vivía en el camino entre
Megara y Atenas y tenía por costumbre ofrecer su hospitalidad a los viajeros y
hacerles dormir en un lecho, con la particularidad de que si la talla de los huéspe-
des no se adaptaba exactamente a la longitud del lecho, si eran bajos los alargaba
mediante tortura, y si eran altos, les cortaba las extremidades que sobresalían;
Procusto ofreció su hospitalidad al héroe ateniense Teseo, pero este estaba preve-
nido y mató a Procusto. La imagen del lecho de Procusto se ajusta perfectamente
a los designios del nacionalismo y su estado-nación, con sus secuelas de inter-
cambios forzados de población, expulsiones, matanzas y genocidios para adaptar
la población a la razón de estado del nacionalismo y su estado-nación.
10
Roland J. L. Breton, Las etnias (Barcelona: Oikos-Tau, 1983), p. 98.
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el colonialismo europeo en otras partes del mundo en las colonias de
poblamiento europeo, es decir, en las colonias donde el objetivo no era
tanto explotar el trabajo de los indígenas como eliminarlos para dejar el
sitio a los colonos europeos. En este sentido Israel es un caso más de co-
lonia de poblamiento, similar a Estados Unidos, Argentina o Australia.
Sin embargo, en el caso palestino no puede hablarse propiamente
de «genocidio». El objetivo sionista no ha sido el exterminio físico
de la mayoría de la población palestina no judía sino expulsar a la
mayoría árabe no judía y reducir a la población restante a la condición
de minoría subordinada inferior. Los métodos para inducir a la po-
blación no judía a abandonar el país han incluido los asesinatos y las
matanzas,
11
pero el objetivo sionista (al menos hasta ahora) no ha sido
el genocidio de la población árabe no judía sino eliminar a esta por la
expulsión a través del terror de las matanzas.
A este respecto conviene recordar que el objetivo inicial del na-
zismo no era el genocidio de los judíos europeos sino reducirlos a una
situación de inferioridad y subordinación en Europa
12
o expulsarlos
del continente europeo. El proyecto nazi abiertamente declarado era
deportar a todos los judíos a Madagascar, e incluso hubo nazis que
simpatizaron abiertamente con el sionismo. Sólo durante la guerra
11
Menahem Begin, que fue líder del Irgún, luego del Likud y primer mi-
nistro israelí, siempre justifcó la matanza de Dayr Yâsîn arguyendo que sin
ella no habría habido estado de Israel. Quería con ello decir que la matanza
de Dayr Yâsîn tuvo un papel decisivo en la campaña de terror para expulsar a
los palestinos de su tierra durante la primera guerra árabe-israelí en 1948. Sin
matanza no habría habido terror, sin terror los palestinos no habrían huido y
sin huida de los palestinos no habría sido posible un estado-nación judío sobre
una mayoría palestina no judía.
12
Lo que no era muy diferente ni peor que la situación de los negros en
Estados Unidos durante la misma época, con la diferencia de que el alemán
medio de la época de entreguerras hubiera visto con horror que se quemasen
vivos a judíos en las calles, espectáculo que no era infrecuente en Estados
Unidos, donde los linchamientos de negros eran cosa corriente y espectáculo
jaleado por la chusma blanca estadounidense. Naturalmente, Estados Unidos
nunca entró en la guerra contra la Alemania nazi porque esta fuera racista,
sino indirectamente al entrar en guerra con Japón. El racismo legal no fue
abolido en Estados Unidos hasta los años sesenta del siglo XX (¡cien años
después de la abolición de la esclavitud!) y la condición legal de los negros
en muchas partes de Estados Unidos en nada era mejor que la de los judíos de
Alemania bajo las leyes de Nühremberg.
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mundial los nazis pusieron en marcha una maquinaria planifcada para
exterminar a todos los judíos que cayeran en sus manos; pero incluso
entonces, el genocidio de los nazis contra los judíos fue vergonzante
y nunca declarado abiertamente; era algo demasiado infame para pro-
clamarlo a los cuatro vientos.
13
En este sentido, la actitud sionista hacia la población árabe no judía
era muy similar al proyecto nazi original respecto a los judíos: expul-
sarlos en masa, no exterminarlos, «limpieza étnica» no por genocidio
sino por expulsión.
Nacionalismo aconfesional y nacionalismo confesional:
nacionalismo laico y nacional-confesionalismo
Aunque el nacionalismo y la idea del estado-nación sean concepciones
más o menos seculares, modernas, diferentes de las concepciones de
estado premodernas y en concreto de las concepciones estatales confe-
sionales premodernas, en la práctica, sobre todo en sus versiones más
reaccionarias y atrasadas, los nacionalismos suelen combinarse con un
determinado confesionalismo, dando lugar a lo que se podría llamar
«nacional-confesionalismo».
El ejemplo más próximo que tenemos en España de nacional-con-
fesionalismo es el nacional-catolicismo español. Pero no es el único
ni mucho menos. Incluso no es el único nacionalismo articulado como
nacional-confesionalismo católico, puesto que también existen los nacio-
nal-catolicismos irlandés, polaco o croata, por poner sólo unos ejemplos.
En esos casos, el nacionalismo se identifca con el confesionalismo cató-
lico hasta el punto de que apenas se concibe que se pueda pertenecer a la
nacionalidad en cuestión sin pertenecer a la confesión católica, cuando
menos «sociológicamente», si es que no como creyente convencido.
14

13
A diferencia de los genocidios llevados a cabo por los europeos y euro-
peos de ultramar en las colonias de poblamiento europeo, que frecuentemente
se realizaron abiertamente y sin vergüenza alguna. Así fueron exterminados
la mayor parte de los amerindios de Estados Unidos, Brasil y el Cono Sur (es-
pecialmente Argentina y Uruguay), los aborígenes australianos y más aún los
tasmanios. Ninguno de estos genocidios ha cubierto de ignominia universal a
sus perpetradores y sus herederos. En esos países recordar todo esto habitual-
mente se considera «indigenismo» masoquista de mal tono.
14
O como hipócrita por nacional-confesionalismo, caso de los falangistas
españoles, que podían aceptar en sus flas a ateos, siempre que lo fueran en
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Nacional-confesionalismos similares se dan en muchos países con
otras religiones: nacional-confesionalismo protestante unionista en el
Ulster, nacional-confesionalismo ortodoxo en Grecia y muchos países
eslavos, nacional-confesionalismo islámico en muchos países mu-
sulmanes, nacional-hinduismo en la India, nacional-confesionalismo
budista entre los separatistas tibetanos partidarios del dalai-lama,
nacional-confesionalismo judío en el caso sionista, etcétera.
El nacionalismo francés, a pesar de ser el pionero en nacionalismo
laico, también tiene una facción retrógrada nacional-católica que aúna
con igual fanatismo catolicismo integrista y chovinismo francés. Por
motivos de conveniencia de la burguesía francesa, el estado francés ha
jugado con las dos barajas, la laicista y la católica, en función de sus
interereses internos y externos: laica, para someter al clero y desman-
telar el «antiguo régimen», y católica, para utilizar a las minorías ca-
tólicas de la periferia colonial como quintas columnas de los intereses
imperialistas franceses, caso del Líbano, por ejemplo.
Incluso sin tener una determinada religión ofcial, un nacionalismo
puede hacer de la religión su bandera. Es el caso de Estados Unidos,
donde el nacionalismo y la ideología de estado están muy lejos de ser
laicos, aunque no exista ninguna religión ofcial, o más bien, una única y
exclusiva religión ofcial, sino que en ese país «toda religión –o incluso
toda secta– es ofcial»,
15
hasta el punto de que en Estados Unidos un pre-
sidente ateo confeso resulta inimaginable. La cosa llega al extremo de que
los presidentes estadounidenses justifcan su política, sus guerras y sus
invasiones apelando a mandatos y exhortaciones provenientes de Dios,
aunque sin aludir expresamente a una concreta confesión religiosa.
El antisemitismo europeo ha sido un nacional-confesionalismo a
la vez a escala nacional y paneuropea. Los judíos, tradicionalmente la
única comunidad confesional europea no cristiana (salvo en la Europa
oriental balcánica y algunas zonas periféricas de Rusia), al surgir los
nacionalismos en Europa, fueron vistos por muchos nacionalistas como
un cuerpo extraño a la vez a escala nacional y europea. El corolario
de este planteamiento, en versión puramente nacional-confesionalista
o en la versión racista, era que si Europa era «cristiana» o «aria», los
secreto y en público profesaran el catolicismo por razones «patrióticas». El
líder de la ultraderecha francesa, Charles Maurras, era ateo confeso y a la vez
partidario del nacional-catolicismo francés más intransigente.
15
Samir Amin, Por la Quinta Internacional (Mataró: El Viejo Topo,
2007), p. 97.
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judíos eran «extraños» desde un punto de vista confesional o «racial»,
un «cuerpo extraño» que debía ser devuelto al gueto o expulsado de
Europa (a Asia o África).
16

El nacional-hinduismo o «hindutva» tiene una posición similar
respecto a los musulmanes de la India, al hacer de la indianidad y
del hinduismo
17
algo indisociable. Lo mismo puede decirse del pa-
kistanismo, que hizo surgir Pakistán
18
como patria confesional de los
musulmanes indios.
Esta forma de pensar puede ser interiorizada por los miembros
de las minorías confesionales, que pueden acabar viéndose como
16
Obsérvese la similitud entre antisemitismo y sionismo, que no sólo com-
partían la idea del carácter extraño de los judíos en Europa y la inevitabilidad
de la judeofobia sino también su corolario: la emigración de los judíos fuera
de Europa a Asia o África. Muchos antisemitas no eran hostiles al sionismo
sino que compartían la idea sionista de crear un «estado judío» en Palestina o
en algún lugar de África. La idea original nazi de enviar a los judíos europeos
a Madagascar se parece bastante a un proyecto sionista de crear un estado
judío en Uganda.
17
Paradójicamente, ‘hinduismo’ es un término creado en el siglo XVIII
por los europeos por descarte. Llamaron «hindúes» a los indios que no eran
musulmanes, sijs, cristianos, judíos, jainistas, budistas o zoroastrianos. Para
homologar a estos «hindúes» con las demás religiones, a la palabra ‘hindú’ le
añadieron un -ismo y crearon el «hinduismo». Pero lo que llamaron «hinduis-
mo» apenas era homologable a los otros «ismos» puesto que ese «hinduismo»
incluía al menos media docena de religiones y concepciones flosófcas cuyas
diferencias entre sí eran mucho mayores que las existentes entre las otras reli-
giones. Esto no ha sido obstáculo para que muchos hindúes aceptaran la idea
del «hinduismo» y para que lo amalgamaran con el nacionalismo para crear
la «hindutva» o nacional-confesionalismo hindú.
18
Pakistán signifca ‘país de los puros’, con lo que los que inventaron y
adoptaron este nombre estaban diciendo implícitamente que los indios no
musulmanes eran impuros. Pakistán, creado por el colonialismo inglés el
mismo año que se fundó el estado de Israel, fue una especie de «Israel indo-
musulmán» y su creación provocó una tragedia no menor que la fundación
del estado sionista: un millón de personas perdieron la vida y millones de
hindúes y sijs hubieron de emigrar a la Unión India, a la vez que millones de
musulmanes emigraron (de buen grado o expulsados) a Pakistán. Las simili-
tudes entre Pakistán e Israel son considerables y ambos estados, creados para
sendos «pueblos elegidos», se convirtieron en estados etno-confesionalistas
en conficto con el medio en el que habían surgido (indio o árabe), alineados
con la superpotencia mundial y dotados de armas atómicas.
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«extraños» y aceptando la lógica del gueto interior o exterior, en
forma de exigir un estado-nación propio. Este ha sido el caso del
sionismo, el unionismo protestante ulsteriano, muchos cristianos
maronitas libaneses, etc. Así, el nacional-confesionalismo tiende a
las profecías autocumplidas, que se han dado en el caso de los judíos
del mundo árabe: a base de mirarlos con sospecha y colocarles el
sambenito de sionistas o prosionistas, los han terminado por con-
vertir en sionistas o prosionistas o cuando menos en israelíes;
19
al
mismo tiempo, el sionismo, al generar un sentimiento antijudío en
el mundo árabe, ha sido otra profecía autocumplida contra los judíos
del mundo árabe.
En todo caso el nacionalismo es ambiguo y proteico. El naciona-
lismo puede concebirse como una forma de salir del confesionalismo,
como una forma de secularización e incluso como un laicismo mili-
tante, pero también puede impregnarse de confesionalismo o hacer
suyas las banderas confesionalistas, incluso literalmente: véase si no
cuántas banderas de «naciones cristianas» incluyen el signo de la cruz
y cuántas «naciones musulmanas» incluyen el signo de la media luna
en su enseña nacional, por no hablar de la bandera israelí, que incluye
la estrella de David, símbolo judaico confesional.
Cómo el nacionalismo convierte un determinado factor
en eje de la identidad, es decir, en eje de la nacionalidad
Los nacionalismos, para establecer o enfatizar su estado-nación, han
de insistir en la vinculación de una determinada población a una de-
terminada «identidad nacional», por encima de cualquier otro tipo de
19
Pues no es lo mismo ser sionista o prosionista que ser israelí. Se puede
ser prosionista sin ser siquiera judío (incluso sin sentir simpatía alguna por
los judíos), mientras que se puede ser judío e israelí sin ser sionista e inclu-
so siendo antisionista. Esta última opción ideológica no signifca tendencias
suicidas ni masoquistas sino más bien todo lo contrario; el antisionismo de
un judío israelí puede tener su fuente principal no en un sentimiento de culpa
hacia los árabes no judíos sino en un razonable sentido de la supervivencia y
la autoconservación individual y colectiva: la consciencia de la manipulación
de los judíos por el sionismo y de que los intereses de la política sionista no
coinciden con los de los judíos israelíes como personas y como pueblo, la
consciencia de que hay que acabar con el sionismo en benefcio de los judíos
y con el estado sionista en benefcio de los ciudadanos israelíes, no sólo de los
palestinos sino también de los judíos.
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José F. Durán Velasco 68
pertenencia o identidad. Esta «identidad nacional» suele basarse en
varios factores, con el objetivo de presentar a esa determinada pobla-
ción como homogénea, a la vez que se desechan sin más otros factores
que no encajan con el propósito nacionalista.
En los casos en los que el estado precede a la nación, es decir,
cuando el estado ya está constituido y para fjarse como estado-nación
necesita convencer a sus súbditos de que es una nación, el nacionalismo
será especialmente estatalista, haciendo de la existencia del estado el
eje fundamental de la nacionalidad, la nación y el nacionalismo, de
manera que el estado y la nación serán prácticamente sinónimos en ese
nacionalismo de estado. Es el caso de Francia, Gran Bretaña, España,
Estados Unidos, la totalidad de los estados del continente americano
y la gran mayoría de los estados surgidos de la descolonización, en
especial los africanos.
En los casos en los que el nacionalismo precede al estado-nación,
los nacionalismos apelan a factores distintos del estado para la existen-
cia de la nacionalidad y la nación. Aunque el objetivo de los naciona-
listas sea el estado-nación, distinguen netamente entre estado y nación,
consideran que la existencia de la nación es disociable de la del estado
y llaman nación a lo que los otros nacionalistas llamarían «etnias»,
«conglomerados étnicos», «grupos etnoides» o –como mucho– «na-
cionalidades» pero nunca «naciones».
En España, por ejemplo, se ve bien la diferencia entre esos dos
tipos de nacionalismos:
Los nacionalistas españolistas apelan al estado, el estado es- 1)
pañol es el único que existe, ergo, para ellos, sólo hay una na-
ción, la española, lo demás son «regiones» o –como mucho y
a regañadientes– «nacionalidades». Su nacionalismo está tan
arraigado y lo ven tan «natural» que ni siquiera muchas veces
se consideran «nacionalistas», usan el término «nacionalismo»
con sentido despectivo (sin darse cuenta de que ellos también
son nacionalistas) y sólo para referirse a los nacionalismos cen-
trífugos rivales del suyo.
Para los nacionalistas catalanistas, vascos, gallegos u otros, la 2)
existencia de la nación catalana, vasca, gallega u otra es in-
dependiente del factor estatal, que desean para su nación (su
objetivo es crear otro estado-nación) pero que no consideran
esencial para la existencia de su hecho nacional, que insiste en
otro tipo de factores: hecho diferencial lingüístico, historia an-
terior al estado español, etcétera.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 69
Los problemas a los que se enfrentan ambos tipos de nacionalismos
son distintos pero a la vez similares.
Podría pensarse que el primer tipo de nacionalismo sería más libe-
ral e integrador que el otro, que supuestamente sería igualitario para
todos los súbditos del estado y aceptaría la diversidad cultural del
estado y que su idea de la identidad nacional sería la suma igualita-
ria de las partes, pero no hay tal: el nacionalista del estado-nación ya
constituido, que considera que es la existencia del estado la que hace
la nación, también profesa un exclusivismo no sólo al estado sino a su
idioma ofcial, su mitología nacional, su territorio y demás. Por ejem-
plo, el estado francés nunca ha concebido que la nación francesa sea
el conjunto en pie de igualdad de los franceses, o que sean igualmente
idiomas franceses los idiomas que se hablan en Francia, sino que ha
impuesto el idioma francés sobre los otros, a los que pretendía hacer
desaparecer en aras de la deseada «unidad nacional». El nacionalismo
español ha sido una versión desmejorada del nacionalismo francés,
pues no es lo mismo construir un nacionalismo sobre el cimiento de
una gran revolución burguesa que fue más allá de lo que los propios
burgueses hubieran querido, que construir una nación a partir de ma-
teriales deleznables: borbonismo desechado en Francia, un liberalismo
de «papanatas que imitaban la revolución francesa»,
20
desamortizacio-
nes en benefcio de especuladores, una mitología nacional reaccionaria
nacional-católica...
Cuando un nacionalismo se siente fuerte, puede llegar incluso a la
noción de «nacionalidad electiva», donde la nación es un conjunto de
personas que la eligen y (teóricamente) podrían desvincularse de ella
si lo desean.
Pero el nacionalista de la nación sin estado, que quiere construir su
nacionalismo sobre factores no estatales, hablará de los derechos de los
pueblos antes que de los del estado. Sólo que su concepto de pueblo es
igual de absoluto y totalitario, no habla de «razón de estado», pues su
nación carece todavía de estado, pero habla de la «razón (de estado)
de la nación» para construir su estado y «normalizarla» como estado-
nación. Hace hincapié en factores como el idioma (nacional), la tierra,
la raza o incluso la religión.
Pero todo esto supone una elección muy clara entre los factores.
El nacionalismo, aunque procure fundamentarse en el máximo posible
de factores, elegirá siempre algunos o alguno como el eje de su idea
20
Como bien defnió Marx a los liberales decimonónicos españoles.
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de nación, infravalorando los demás. Mientras que los factores que
defnen la identidad de una persona pueden ser múltiples y una persona
puede participar de varias identidades distintas, el nacionalismo exige
una homogeneización primando un factor sobre todos los demás.
Así, el sionismo convierte la judaidad, antes una categoría esen-
cialmente religiosa, confesional, en una nacionalidad y en el culto al
estado-nación judío. El sionismo busca y potencia su estado-nación
israelí, «el estado judío». Además, en aras de su nacionalismo, el sio-
nismo no concibe las múltiples pertenencias, las identidades comple-
jas, para el sionismo judaidad es religión y nacionalidad, vinculada
exclusivamente a «la tierra de Israel» y al idioma hebreo, no concibe
que un judío pueda ser judío (entendiendo la judaidad como religión o
como vago sentido de pertenencia étnica) y participar de otras identi-
dades dadas o elegidas que sean tanto o más importantes que la propia
judaidad, tampoco que conciba la judaidad de manera diferente de
como la entiende el sionismo.
El nacionalismo árabe, por su parte, hace otro tanto con el idioma:
para el nacionalismo árabe todos los hablantes de árabe no son so-
lamente árabes, sino que pertenecen a una «nación árabe» que debe
constituirse en estado-nación, y esa identidad nacional/ista árabe debe
estar por encima de cualquier otro factor.
Victimismo nacionalista y rechazo de la lucha de clases
Se ha defnido sarcásticamente una nación como «un grupo unido por
un error común sobre su origen y una hostilidad colectiva hacia sus
vecinos». Esta defnición pone el dedo en la llaga de dos elementos
fundamentales de todo nacionalismo:
1) La mistifcación: la identifcación con un colectivo étnico
opuesto a otros colectivos humanos, ignorando los continuos
que existen entre colectividades étnicas, la participación simul-
tánea en varios tipos de identidad, por no hablar de las fracturas
de intereses de clases en el seno del colectivo nacional reivindi-
cado por el nacionalismo.
2) El victimismo de esa colectividad.
Los nacionalismos crean su propio victimismo, ignorando las
realidades de clase. Para el nacionalismo no existen clases sociales
ni injusticias internas, la sagrada unidad nacional está por encima de
cualquier división interna de ese tipo. El nacionalismo desvía las ten-
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 71
siones internas buscando enemigos externos. Frente al viejo adagio
revolucionario «ni guerra entre pueblos ni paz entre clases», el nacio-
nalismo hace suyo el adagio reaccionario «ni guerra entre clases ni paz
entre pueblos».
Incluso las naciones todopoderosas, que subyugan a otros pueblos,
invaden países y agravian sin ser agraviadas, no por ello carecen de
su propio victimismo lacrimógeno. El ejemplo más reciente es el de
Estados Unidos, un país que ha invadido infnitos países, ha llevado
la guerra y la destrucción a innumerables pueblos, que en doscientos
años de existencia jamás ha sufrido una invasión de su territorio... no
por ello carece de victimismo en grado sumo.
21
Los contadísimos casos
de ataques en su territorio son hipertrofados hasta la alucinación en un
contraste psicopático con la absoluta falta de sentido de culpa respecto
a las innumerables agresiones contra otros países: el ataque japonés de
Pearl Harbour («el día de la infamia» en la terminología patriótica es-
tadounidense) es objeto de insistencia permanente; las 3.000 víctimas
del 11-S han causado más lamentaciones y autocompasión
22
que los
millones de víctimas del imperio estadounidense.
Un nacionalismo, por defnición, no puede consentir que la sacro-
santa unidad nacional se rompa hablando de clases, opresión de clase,
lucha de clases o liberación de clase. La sacrosanta unidad nacional
exige que las realidades sociales, económicas, sean ignoradas en aras
de un concepto ilusorio de nacionalismo homogéneo y sin fsuras. En la
práctica se trata de obtener un rebaño sumiso a su clase dominante, que
demoniza a los «extraños» y les echa la culpa de todos sus males.
Para el nacionalismo árabe, los árabes son un pueblo oprimido,
explotado, pobre, subyugado... Pero esa realidad, aunque cierta en el
caso del conjunto árabe, no es cierta cuando se tiene en cuenta que
unos árabes son ricos (una minoría) y otros pobres (una mayoría), que
algunos estados árabes tienen algunas de las rentas per capita mayores
del mundo y que sus ciudadanos explotan desvergonzadamente a otros
árabes inmigrados y a extranjeros no árabes. A los nacionalistas árabes
21
La Alemania nazi también fue sumamente victimista. El nazismo hacía
de los alemanes un pueblo-víctima para justifcar su designio de dominación
universal. Todo esto recuerda bastante a la observación que se ha hecho a me-
nudo sobre la antigua historiografía patriótica romana: leyendo a Tito Livio se
imaginaría uno que Roma conquistó el mundo en defensa propia.
22
Y de lo que podría denominarse «compasión servil» por parte de sus
«aliados».
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José F. Durán Velasco 72
les gusta mucho hablar de la maldad foránea y les disgusta sobrema-
nera hablar de «lucha de clases». Sâti´ al-Husrî, uno de los mayores
ideólogos del nacionalismo árabe, desdeñaba hablar de cuestiones
sociales. Incluso Michel ´Afaq, fundador del Ba´t, aunque hablaba
de socialismo,
23
insistió hasta la extenuación en que su socialismo era
«espiritual» y no tenía nada que ver con la lucha de clases.
El nacionalismo judío crea también su victimismo: el mito de los
judíos milenariamente oprimidos por el odio de «los otros», los malva-
dos gentiles, colectivo tan amplio que incluye al resto de la humanidad
siempre que no secunde incondicionalmente la política sionista.
23
El nombre completo del partido Ba´t es Hizb al-Ba´t al-´Arabî al-Is-
htirâkî (Partido de la Resurrección Árabe Socialista).
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Capítulo
3
Los judíos y el sionismo


Judaidad y judaísmo
La tribu de Judá fue una de las tribus de Israel. Cuando el reino is-
raelita se fragmentó en el siglo X a.C., la mayor parte correspondió al
reino del norte, conocido como Israel, mientras que el reino meridio-
nal, regido por la dinastía davídica, se conoció como reino de Judá,
puesto que, aunque no todos sus habitantes pertenecían a la tribu de
Judá –también había benjaminitas y levitas–, esta era ampliamente
mayoritaria en el reino.
Tras la destrucción del reino del norte por los asirios, el remanente,
los samaritanos, fue menor que los judíos, cuya diáspora era mayor y
practicó un activísimo proselitismo. Ambas etno-confesiones, la sa-
maritana y la judía, se consideraban a sí mismas el verdadero Israel y
despreciaban a la otra, en la que veían una desviación herética y una
etnia espúrea.
El judaísmo quedó a medio camino entre la religión étnica de
cuño antiguo y la religión universalista de cuño moderno. Esto se
explica por el hecho de que el judaísmo no llegara a convertirse en re-
ligión de ningún gran imperio de pretensiones mundiales y que nunca
perdiera del todo sus vinculaciones con la etnia de la que había sur-
gido. Sin embargo, del judaísmo surgieron religiones universalistas
del nuevo tipo, tales como el cristianismo y el islam.
1
El cristianismo
1
Si fuéramos capaces de salir de la cerrada perspectiva eurocéntrica, nos
daríamos cuenta de que hay más similitudes entre judaísmo, cristianismo e
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José F. Durán Velasco 74
incluso se considera «el nuevo Israel» y por ello los cristianos distin-
guían netamente entre judíos, cristianos y gentiles. Para los cristianos
premodernos Jerusalén era el centro del mundo tanto como para los
judíos.
Una consecuencia de esa concepción parcialmente étnica del ju-
daísmo es que, aunque en muchas épocas los judíos hayan practicado
un proselitismo activo y exitoso, el judaísmo nunca se ha concebido
como una religión que deba ser profesada por todos los seres humanos.
Los judíos siempre han aceptado prosélitos y en algunas ocasiones han
forzado las conversiones, pero el judaísmo no entiende que su propó-
sito sea convertir a todos los no judíos al judaísmo. Es más, según la
creencia judía, incluso un no judío que crea lo mismo que creen los
judíos, no tiene necesidad de convertirse al judaísmo, aunque puede
hacerlo si lo desea. Téngase en cuenta que el judaísmo no se concibe
como religión universal sino como la ley de un pueblo concreto, Israel;
según la concepción religiosa judía, los seres humanos no israelitas no
están obligados a guardar la ley de Moisés sino sólo los mandamientos
dados a Noé para todos sus descendientes, a saber:
No matar. 1)
2
No ser cruel con los animales ni comer animales vivos. 2)
3

No robar. 3)
islam que entre las religiones y doctrinas flosófcas de lo que desde el siglo
XVIII los europeos han dado en llamar «hinduismo». Si, valga la ucronía, la
India hubiera colonizado Europa y el mundo islámico en lugar de ser Inglate-
rra la que colonizara la India, quizás los «occidentalistas» indios habrían lla-
mado «abrahamismo» a esas tres religiones y «abrahamistas» a los seguidores
de esas religiones, sin entrar en excesivas disquisiciones sobre sus diferencias,
de una manera similar a como hicieron los «orientalistas» con las creencias
de la India cuando inventaron el neologismo «hinduismo» para una realidad
religiosa mucho más compleja que la de las tres religiones «abrahámicas».
2
Se sobreentiende que salvo a personas que cometan actos criminales
según la misma ley de Noé, pues en la legislación judía existe la pena de
muerte para un buen número de delitos.
3
El judaísmo y el islam proscriben la crueldad con los animales, motivo
por el que sólo se pueden comer aquellos animales que hayan sido sacrifcados
siguiendo un ritual y unas prescripciones de degüello que se supone que es
como menos sufren. En ese aspecto ambas religiones han demostrado más
sensibilidad hacia los animales que la que ha existido generalmente en el
cristianismo.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 75
No cometer adulterio ni actos sexuales antinaturales. 4)
4
4
Habría que ver qué se quiere decir con esto. Quizás no se refera sólo a
la homosexualidad masculina o la zooflia, penadas con pena de muerte en la
Torá, sino que tal vez se refera a otras cosas. Por ejemplo a posturas copula-
torias heterosexuales que no cuadran con el rígido machismo de la tradición
rabínica. Según la tradición judía, Adán, antes de que fuera creada Eva, tuvo
otra esposa, Lilith, que abandonó a Adán porque este le exigía practicar el
coito colocándose debajo de él, postura que indicaba sumisión y que Lilith
rechazaba, porque se consideraba igual que Adán, creada del mismo barro;
cuando Adán quiso forzarla a adoptar esa postura, Lilith pronunció el nombre
divino y en virtud de ello salió por los aires y abandonó a Adán. La tradición
rabínica hizo de Lilith la madre de demonios, que engendraba seduciendo
a los varones en sueños eróticos nocturnos (el nombre de Lilith en hebreo
puede entenderse como ‘Nocturna’); la tradición rabínica posterior, en su
afán por denigrar a Lilith, paradigma aborrecible para ellos de protofeminis-
ta, pretendió que mientras que Adán había sido creado del barro más puro,
Lilith lo había sido de inmundicias. Los judíos medievales escribían sobre
el lecho conyugal la inscripción «Lilith, fuera de aquí». Según la tradición
midráshica, el pecado que motivó el castigo del diluvio universal fue que los
seres humanos y los animales copulaban con la hembra encima del macho.
Por lo que se refere al adulterio, en la época bíblica los hombres simple-
mente tomaban a una mujer en propiedad, de manera que el esposo era el
ba´al (‘amo’, ‘señor’) de la esposa; todavía en hebreo moderno ba´al es el
término corriente para ‘esposo’, mientras que esposa es simplemente ishshá
(voz emparentada con el árabe untà, ‘hembra’, pero que en hebreo signifca
‘mujer’); en la etapa mishnaica se instituyeron los esponsales (qiddushim,
literalmente ‘santifcaciones’ o ‘sacralizaciones’), que consistían en que el
hombre «santifcaba» o «consagraba» a la mujer, y así el varón pasó de ser
sólo ba´al a ser también meqaddesh (‘consagrador’), lo que signifca que la
mujer queda consagrada para el hombre pero no este para su esposa (uno era
el «consagrador» y otra la «consagrada»), de manera que, por ejemplo, el
delito de adulterio sólo se daba cuando el marido tenía relaciones sexuales
con la esposa de otro hombre (o sea, con la mujer «consagrada» a otro) o
cuando la esposa tenía relaciones sexuales con otro hombre, pero no cuando
un hombre casado tenía relaciones sexuales con otra mujer que no estuviera
casada («consagrada») con otro. Por este motivo, en el judaísmo se siguió
aceptando la poliginia (pero en ningún caso la poliandria), que sólo fue abo-
lida en la edad media entre los judíos ashkenazis por un dictamen del rabino
Gershom, conocido como «la luz de la diáspora». Esto signifca que en el
judaísmo (ortodoxo) ningún tribunal puede obligar al marido a divorciarse
de su esposa; la Mishná dice que «un hombre que se divorcia no es lo mismo
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José F. Durán Velasco 76
No practicar la idolatría. 5)
5

que una mujer que se divorcia, ya que la mujer deja el matrimonio bien sea
queriendo o contra su voluntad, mientras que el marido sólo abandona a su
mujer cuando así lo desea». La mujer, en el judaísmo, no tiene derecho al
divorcio ni siquiera cuando existe una ausencia prolongadísima del esposo
o cuando se supone que ha muerto pero no se ha encontrado el cadáver. Las
mujeres en esta situación –su marido ha desaparecido pero no se sabe si ha
muerto– se conocen como ´agunot; si una mujer en esta situación se casase
con otro hombre y apareciese el primer marido, los hijos de la segunda unión
serían considerados bastardos (mamzerim), con todos los terribles problemas
legales que acarrea esa condición según la ley judía, pues los mamzerim son
una especie de parias en el judaísmo y su condición es hereditaria, con lo que
se ha dado lugar a una especie de casta, que sólo se puede desposar entre sí
o con prosélitos, hasta que el Mesías venga y los libere de su impureza here-
ditaria. En el estado de Israel no existe el matrimonio civil y la ley rabínica
regula las cuestiones de derecho matrimonial entre los judíos, sean creyentes
o no, con lo que se puede imaginar cómo estas leyes absurdas y retrógradas
infuirán en la vida cotidiana de muchas personas y las repercusiones de-
sastrosas que tendrán, por ejemplo en el estatuto legal de las mencionadas
´agunot y de los mencionados mamzerim.
5
Los judíos han distinguido entre los gentiles no idólatras y los idó-
latras. Maimónides y muchos rabinos opinaban que los musulmanes eran
gentiles no idólatras, mientras que los cristianos eran gentiles idólatras, lo
que tenía graves repercusiones en la actitud hacia unos y otros, por ejemplo
que las mezquitas fueran oratorios respetables y las iglesias antros de abo-
minación, que el Corán fuera un libro corriente y el Nuevo Testamento un
libro aborrecible. Todavía hoy, en los sellos israelíes en los que aparecen
monumentos en los que fguran cruces, estas están borradas para no ofen-
der a los judíos fanáticos, para los que la cruz cristiana en un sello israelí
sería una abominación. Evidentemente, terminajos modernos como ‘judeo-
cristiano’ en oposición a un islam demonizado son creaciones recientes de
una política interesada de acercamiento judeocristiano y una islamofobia
común. Tradicionalmente el judaísmo y el cristianismo se han considerado
tan alejados entre sí como del islam, sin contar con que el aborrecimiento
mutuo entre judíos y cristianos era mucho mayor que el que los judíos y
cristianos sentían por los musulmanes. Para los judíos el cristianismo era
una abominación y para los cristianos los judíos eran «el pueblo maldito»,
mientras que los musulmanes se limitaban a ver a unos y otros con una
tolerancia despectiva. El odio teológico que los judíos profesaban a los
cristianos y los cristianos a los judíos era mucho mayor que el que unos y
otros sentían por el islam.
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No blasfemar. 6)
6

Fomentar la creación de tribunales de justicia. 7)
7
El no judío que cumpla estos mandamientos se supone que tendrá
un lugar en «el mundo venidero» al lado de los israelitas que hayan
cumplido la ley de Moisés.
El carácter etno-confesional de la judaidad se manifesta en las dos
formas en las que según la ley judía se puede llegar a ser judío: por
nacimiento (si se nace de madre judía) o por conversión de una persona
no judía. Nótese que el mismo nombre de ‘judío’ o ‘israelita’ remite
a una tribu o una etnia y no a un fundador o una doctrina. Además, el
término judaísmo no encuentra una traducción exacta en hebreo, pues
yahadut es más ‘judaidad’ que propiamente ‘judaísmo’ y esa palabra
hebrea no se utilizó hasta la edad media.
8
El equivalente de judaísmo
sería dat Yisrael (‘la ley de Israel’), una ley teocrática que abarca tanto
lo propiamente «civil» como lo teológico. Por ello, mientras que un
cristiano, un musulmán o un budista dirán que son cristiano, musulmán
o budista por profesar el cristianismo, el islam o el budismo, un judío
creyente dirá que no es que sea judío por profesar el judaísmo sino que
practica el judaísmo porque es judío.
9
6
Recuérdese que la ley judaica prescribe la pena de muerte por la blasfe-
mia y que el nombre de Dios (Yahweh) era impronunciable, de manera que se
sustituía por Adonay (‘mi Señor’, literalmente en hebreo ‘mis Señores’), hasta
que llegó a olvidarse cuáles eran las vocales de Yahweh, pues el nombre nunca
se pronunciaba y el texto hebreo era consonántico y no incluyó las vocales
hasta mucho más tarde, como grafemas auxiliares, no como letras propia-
mente dichas. Los judíos normalmente se referen a Dios como ha-Shem (‘el
Nombre’), evitando pronunciarlo.
7
Un conocido dicho talmúdico afrma que el mundo se sostiene sobre tres
cosas: la verdad, la justicia y la paz.
8
André Paul, El mundo judío en tiempos de Jesús. Historia política (Ma-
drid: Ed. Cristiandad, 1982), pp. 90-91.
9
Idea bastante insólita en las religiones universalistas pero muy corriente
entre los hindúes y su idea de dharma: el dharma del brahmán no es el mismo
que el de las personas de otras castas. Esta similitud se debe a que tanto el
judaísmo como el hinduismo no conciben un dharma humano universal, pues
son religiones étnicas. La idea es insólita para quienes están acostumbrados a
las concepciones cristianas o musulmanas, pero no eran extrañas en el mundo
antiguo. Los romanos respetaban la religión judía como obligación religiosa
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José F. Durán Velasco 78
Esta concepción de la judaidad como algo distinto de profesar el
judaísmo va a tener consecuencias en la actualidad, cuando muchos
judíos no creyentes consideran su identidad judía como algo diferen-
ciado y disociable del judaísmo. Así, actualmente en Israel se habla de
yehudim datiyim (‘judíos religiosos’) y de yehudim hiloniyim (‘judíos
laicos’). Muchos judíos religiosos pueden lamentar la existencia de los
yehudim hiloniyim y considerarlos réprobos merecedores del castigo
divino, pero no por ello ponen en duda su judaidad, pues la ley judía
ha considerado siempre que el judío sigue siéndolo aun cuando no
profese el judaísmo o incluso si se convierte a otra religión. Esto es
así porque, primariamente, los judíos, como su nombre indica, no son
los creyentes en el judaísmo (dat Yisrael o ‘religión de Israel’) sino
los miembros de la tribu de Judá. Aunque en puridad no todos los
judíos son exactamente judíos, pues los kohanim (los levitas de más
alto rango, de linaje aarónico) y los levitas en general no pertenecen a
la tribu de Judá sino a la de Leví.
A algunas poblaciones judías tenidas por «exóticas» por sus corre-
ligionarios, a veces se les ha atribuido un origen israelita no judío, se
les ha hecho descendientes de alguna de «las tribus perdidas de Israel».
En los años setenta, los grandes rabinos de Israel dictaminaron que los
judíos etíopes eran descendientes de la tribu de Dan. Algunas organi-
zaciones judías pretenden haber hallado a los descendientes de la tribu
de Efraím en los maggadim y los maimadim de Andhra Pradesh.
10
En
la edad media había quienes creían que los jázaros eran descendientes
de la tribu de Simeón…
11
Nótese en cualquier caso la tendencia a hacer
entroncar a los conversos o los «judíos exóticos» con alguna rama
«perdida» o «exótica» de las tribus de Israel, o sea, a etnicizarlos como
israelitas de origen, aunque no como judíos (miembros de la tribu de
Judá) propiamente dichos.
En cualquier, caso, resulta innegable que es la religión judía lo que
ha hecho pervivir durante siglos la identidad judía. Los descendien-
particular de los que habían nacido en esa religión y seguían el dharma reli-
gioso de sus mayores, aunque las leyes romanas trataban de obstaculizar el
proselitismo judío y que esas obligaciones religiosas se extendieran a quienes
no eran judíos de nacimiento.
10
Xabier Zabaltza, «Onomástica, genealogía e ideología en Oriente Próxi-
mo», El Viejo Topo, mayo de 2005, n.º 207, p. 55.
11
C. del Valle Rodríguez, La escuela hebrea de Córdoba (Madrid: Editora
Nacional, 1981), p. 362.
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tes de los judíos que abandonaban la religión judía, al cabo de unas
cuantas generaciones solían perder la identidad judía, mientras que los
descendientes de los conversos al judaísmo solían acabar identifcán-
dose con la etnicidad judía hasta el punto de perder la conciencia de
sus orígenes étnicos no judíos. Herman Wouk lo expresó muy acerta-
damente cuando escribió:
Casi todos los judíos que viven actualmente descienden, a una
distancia no mayor de cuatro o cinco generaciones, de judíos practi-
cantes. Históricamente, los israelitas que dejaron de observar la ley de
Moisés se han disuelto en la comunidad que les rodeaba, perdiendo
su identidad en un siglo o dos. El desgaste sufrido en el curso de los
siglos ha sido enorme, por supuesto. Los judíos que quedaron son en
su mayoría los hijos y nietos de aquellos que conservaron su antigua
fe, preservando la continuidad de la cadena a través del tiempo, cadena
que va ininterrumpidamente desde el siglo XX hasta los albores de la
inteligencia humana.
12
Y al mismo tiempo, a la vez que el pueblo judío perdió a la descen-
dencia de muchos, incluso la mayoría de sus componentes antiguos,
ganó otros muchos más elementos nuevos por medio del proselitismo,
tal como explica igualmente Herman Wouk:
La sangre no tiene una importancia decisiva en este parentesco,
pero sí la fe. Cualquier hombre o mujer que se proponga rendir culto
al Dios de Abraham, y seguir las leyes que Él nos dio por medio de
Moisés, puede formar parte de nuestra antigua casa. De esta manera,
aunque nuestra fe no emprende cruzadas para convertir infeles,
13

nuestro número ha aumentado extraordinariamente, y hemos obtenido
así algunos de nuestros más famosos jefes y sabios. Las Santas Escri-
turas también se referen a estos hijos adoptivos. Contrariamente, a
través de la apostasía, hemos perdido a muchos judíos. Tan fuerte es,
sin embargo, la fuerza de la estirpe, que un judío convertido a otra fe
12
Herman Wouk, Este es mi Dios (Barcelona: Plaza & Janés, 1963),
pp. 22-23.
13
El judaísmo se ha impuesto por la fuerza en algunas ocasiones: los reyes
asmoneos obligaron a judaizarse a los galileos, idumeos y otros pueblos. En
el siglo VI, el rey del Yemen, Dû Nuwâs, se convirtió al judaísmo y persiguió
a los cristianos de su reino. Algunos sionistas abrigaban la esperanza de una
judaización de los palestinos si no por la fuerza, sí bajo presión.
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José F. Durán Velasco 80
sigue siendo judío converso, y nada más, a los ojos del mundo. Por
lo tanto, lo que determina la identidad de un judío es su linaje o su fe.
Esto es lo que nos asegura nuestra tradición.
14
¿Han sido los judíos un pueblo-clase?
Algunos estudiosos marxistas de «la cuestión judía», como Abraham
Leon,
15
han planteado la cuestión de la supervivencia judía a través de
la historia como un fenómeno basado en la posición socio-económica
peculiar de los judíos en el medio mayoritariamente no judío en el
que vivían, cuya situación sería similar a la de otros pueblos como
los armenios de la diáspora, los chinos de ultramar, los comerciantes
musulmanes en China, los usureros hindúes en Birmania, las minorías
alemanas en los países eslavos hasta la segunda guerra mundial, los
sirio-libaneses en el África subsahariana o los gitanos.
Plantear la cuestión en estos términos resulta sugerente y no anda
lejos de la realidad histórica. Sin embargo, el término «pueblo-clase»
no es del todo correcto, no sólo porque puede sugerir que esa ha sido la
situación de todos los judíos a lo largo de toda la historia, sino porque
puede sugerir la idea, aún más errónea si cabe, de que todos los judíos
han pertenecido a una misma clase social, cosa que nunca ha sido así,
pues las comunidades judías estaban divididas en clases sociales y las
diferencias socio-económicas entre los judíos podían ser inmensas,
desde una oligarquía plutócrática comensal de los reyes y los grandes
no judíos, hasta pobres de solemnidad, que a duras penas sobrevivían
de la caridad de sus correligionarios, y entre ambos extremos todo tipo
de posiciones sociales.
Lo que sí es cierto es que el cautiverio babilónico
16
en el siglo VI
a.C. transportó a una élite urbana judía a Mesopotamia, mientras que
la población judía rural permaneció en el país.
17
Esta élite, debido a
14
Herman Wouk, op. cit., p.29.
15
Abraham Leon fue un judío belga trotskista, autor de una obra titulada
Conception matérialiste de la question juive; murió en un campo de concen-
tración nazi durante la segunda guerra mundial.
16
Aunque ya antes existieran comunidades judías fuera del reino de Judá.
También muchos judíos escaparon a otros lugares huyendo de los babilonios,
por ejemplo a Egipto.
17
Cuando retornaron a Judea, los judíos cautivos llamaron despectivamen-
te a la población rural que no había sido deportada ´amm ha-ares (‘la gente
de la tierra’).
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 81
su cualifcación, se adaptó muy bien a la vida en Babilonia, donde
encontró oportunidades de enriquecimiento mucho mayores que en su
país de origen, y su exclusivismo religioso yahvista la mantuvo como
comunidad cohesionada que no se asimiló, al contrario que los campe-
sinos israelitas (´amm ha-ares) que en su mayor parte se perdieron para
el judaísmo.
18
Los judíos de «la diáspora», que pronto fueron muchos
más que los que vivían en «la tierra de Israel»,
19
destacaron como
comerciantes, artesanos y banqueros. Pero también como funcionarios
y soldados, primero al servicio del imperio persa y luego de los reinos
helenísticos.
20

Se ha hablado de una «explosión demográfca» para explicar
cómo una pequeña población de deportados y exiliados (aunque quizá
acrecentada con los israelitas deportados antes por los asirios) pudo
dar lugar a las enormes comunidades judías de la época helenística
y romana. Es posible que hubiera un gran crecimiento demográfco
en efecto, para el que se han querido encontrar causas variadas, entre
ellas, que el crecimiento demográfco judío pudo deberse a la prohibi-
18
Aunque ya existía un protojudaísmo, el judaísmo propiamente dicho no
surgió hasta la época de la cautividad babilónica. La clase sacerdotal y los
yahwistas más estrictos fueron deportados, en tanto que «la gente de la tie-
rra» no participó de la formación del judaísmo propiamente dicho, de manera
que su protojudaísmo, debilitado y mal defnido, entró en sincretismo con los
cultos vecinos y anteriores. La mayor parte de la población del antiguo Israel
no llegó a profesar el judaísmo o el samaritanismo propiamente dichos. La
población de Palestina no se judaizó en su mayor parte hasta las conquistas
asmoneas en el siglo II a.C., que impusieron a los habitantes de Galilea, Perea
e Idumea la disyuntiva de elegir entre judaización o muerte. Así, aunque los
habitantes de Galilea y Perea al comienzo de la era cristiana acaso fueran
descendientes de israelitas de tiempos de los jueces y los reyes de Israel, no
fueron judíos hasta el siglo II a.C. y por la fuerza de las armas.
19
Mucho antes de la destrucción del Segundo Templo por Tito y la repre-
sión romana de las insurrecciones judías de los años 67-72 y 130-135, la gran
mayoría de los judíos vivían fuera de «la tierra de Israel».
20
El rey seléucida Antioco III (223-188 a.C.) trasladó dos mil familias
judías de Mesopotamia a Frigia y Lidia tras una rebelión de los habitantes de
estas regiones; estos judíos, entre los que no faltaron levitas, se establecieron
tanto en las ciudades como en el campo (donde trabajaron como agricultores)
y proporcionaron tropas de guarnición de reserva al ejército seléucida. Es un
ejemplo de cómo los judíos eran tanto urbanitas como labriegos y del uso que
hicieron de ellos los poderes imperiales.
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ción entre los judíos del infanticidio, al contrario que entre griegos y
romanos.
21
Pero sin negar que entre los judíos hubiera un fuerte creci-
miento demográfco por una más alta natalidad y unas tasas más bajas
de infanticidio,
22
más importante en el crecimiento espectacular de las
comunidades judías durante el periodo que va del cautiverio babiló-
nico al comienzo de la era cristiana tuvo que ser la enorme cantidad de
conversos al judaísmo ganados por un activísimo proselitismo,
23
que
sólo se detuvo cuando fue prohibido en los territorios bajo dominio
de la cristiandad y el islam, las dos religiones surgidas del judaísmo y
rivales de este.
Según el historiador sirio Ibn al-´Ibrî (Bar Hebraeus), en el año 43
el emperador Claudio ordenó hacer un censo de la población judía y
este censo contabilizó 6.944.000 personas.
24
Pero fuera del imperio
romano, en el imperio parto, había más, sobre todo en Mesopotamia.
Existía un campesinado judío, pero los judíos eran más numerosos
proporcionalmente en las ciudades. Durante la época helenística, los
21
Tácito, Historias (Madrid: Coloquio, 1987), V, 5, 3.
22
Pero hay que tener presente que no todos los pueblos de la antigüedad
eran los griegos y los romanos y que tampoco todos los pueblos tenían por
normal el infanticidio o la exposición de niños no deseados. En el siglo I a.C.,
el historiador Diodoro de Sicilia en su Biblioteca histórica (I, 80, 3) mencio-
na, aunque como algo excepcional, que los egipcios criaban a todos sus hijos.
Téngase en cuenta que el infanticidio era un recurso extremo en sociedades
con graves problemas de superpoblación en relación con los recursos y las
fuerzas productivas de la época; también era una forma de evitar la pauperiza-
ción de las familias con escasos recursos (pequeños campesinos propietarios),
como fue el caso de Grecia, país de pocos recursos naturales en comparación
con Egipto. Entre los fenicios y los cananeos, el infanticidio por las mismas
razones se sacralizó en forma de sacrifcios humanos de niños, lo que era
una forma más honorable y quizás menos cruel que el infanticidio griego y
romano o el abandono de niños en la basura. Tampoco debe olvidarse que no
todos los niños no deseados eran matados por sus padres sino que muchos
eran abandonados y expuestos a lo que el destino les deparara: morir más
lentamente, ser criados por padres adoptivos o ser esclavizados; esto último
debió de ser lo más frecuente, porque una de las fuentes de aprovisionamien-
to de esclavos era la de los niños expósitos, llamados literalmente en griego
«provenientes de la basura».
23
Jean-Pierre Alem, Judíos y árabes (3000 años de historia) (Barcelona:
Península, 1970), pp. 28-34.
24
Ibid., p. 28.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 83
judíos de fuera de Palestina constituían una población intermedia entre
el elemento griego dominante y los elementos autóctonos, con una
posición inferior a la de los griegos pero superior a la de los «autócto-
nos», lo que explica la helenización lingüística y en gran parte cultural
de los judíos fuera de Palestina y Mesopotamia.
En la época romana la situación de los judíos empeoró, porque
los romanos tendieron a equipararlos con los no griegos. En Pales-
tina había un campesinado judío insatisfecho y en muchas ciudades
existía un proletariado judío cada vez más descontento, que encontró
en el celotismo la expresión político-religiosa de su rechazo al orden
establecido, mientras que la aristocracia sacerdotal hierosolimitana y
las oligarquías locales y las clases medias judías eran partidarias del
orden establecido. Esta contradicción estalló en forma de grandes in-
surrecciones judías en el siglo I y comienzos del siglo II en Palestina,
Cirenaica, Chipre y Alejandría (y en otras partes de Egipto), dirigidas
contra el poder romano pero también contra las clases altas colabora-
cionistas.
25
La represión romana aniquiló a todas estas comunidades,
incluida la de Palestina, aunque en realidad la represión en Cirenaica,
Chipre y Alejandría fue mucho más devastadora para las comunidades
judías, mientras que en Palestina en el siglo II todavía había una co-
munidad judía importante en Galilea.
Aunque los judíos formaran como comunidad etno-religiosa un
elemento aparte en el periodo helenístico y romano, no puede hablarse
de «pueblo-clase» en modo alguno, pues en ninguna parte constituían
una clase sino que había enormes desigualdades de clase entre ellos, no
sólo en Palestina y las zonas en las que había una población judía rural
de lengua semítica, sino también allí donde constituían una población
urbana con un estatuto aparte, inferior al de los griegos pero superior al
de la población autóctona. Las grandes rebeliones judías contra Roma en
grandes ciudades, incluyendo Alejandría, la segunda ciudad del imperio,
fueron insurrecciones de las clases populares judías, mientras que las
25
La guerra judía contra Roma mejor conocida es la que hubo en Pales-
tina entre los reinados de Nerón y Vespasiano y supuso la destrucción del
Segundo Templo por Tito; de ella nos dejó testimonio detallado el historiador
judío Flavio Josefo. Pero el testimonio de este autor es el de un miembro de la
oligarquía sacerdotal y enemigo de los insurrectos, tanto por razones de clase
como por contemporizar con sus protectores imperiales, de los que recibió el
nomen de Flavio, por la familia imperial de los Flavios a la que pertenecían
Vespasiano y su hijo Tito, verdugo de Jerusalén.
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acomodadas no eran partidarias de la sublevación. Los judíos no consti-
tuían exactamente un «pueblo-clase» sino una categoría confesional con
un estatuto aparte dividida en clases con intereses antagónicos.
En los siglos siguientes el judaísmo experimentó un gran declive:
las derrotas infigidas por Roma fueron devastadoras para muchas
comunidades judías, como quizás aún más las represalias fscales ro-
manas que pauperizaron a la población judía de clase humilde, cuya
demografía se resintió por ello.
El cristianismo se extendió por el imperio romano y no menos entre
los judíos que entre los gentiles. Las zonas del imperio más cristiani-
zadas fueron precisamente aquellas en las que antes había habido más
población judía, lo que sugiere que el cristianismo no sólo se extendió
a partir de las comunidades judías sino que ganaría muchos conversos
en esas mismas comunidades. La aversión mutua entre judíos y cris-
tianos puede entenderse en gran medida como una dura competencia
entre ambas religiones por el mismo «nicho ecológico» de judíos y
conversos potenciales. El cristianismo, no el judaísmo, fue de hecho el
heredero del judaísmo helenista de la diáspora urbana judía;
26
no puede
decirse siquiera que los cristianos dieran la espalda al hebreo, porque
los judíos helenistas ya lo habían hecho y sólo utilizaban la traducción
griega de la Biblia. Por el contrario, el judaísmo rabínico surgido tras la
destrucción del Templo dio la espalda al helenismo y al idioma griego,
se expresó en hebreo y arameo y se confguró en Galilea y Mesopota-
mia, al margen del helenismo e incluso fuera del imperio romano. El
declive del judaísmo en provecho del cristianismo debió de ser con-
siderable ya antes de que el imperio romano adoptara el cristianismo
como religión ofcial en el siglo IV, pero se haría todavía mayor a partir
26
Durante siglos el cristianismo constituyó en la mayor parte de los países
un fenómeno más urbano que rural. Incluso después, el campo siguió siendo
el medio más refractario al cristianismo, de ahí que «pagano» (habitante del
campo, pagus en latín) se convirtiera en sinónimo de seguidor de la antigua
religión no judía ni cristiana. El desprecio del clero cristiano por los «pa-
ganos» recuerda al de la hierocracia judía por «la gente de la tierra» (´amm
ha-ares). La continuidad entre judaísmo helenista y cristianismo explica el
carácter mixto judeo-helénico de esta religión (al que pronto se añadió un
tercer elemento: el romano) y que sea demasiado gentil desde el punto de vista
judío, pero demasiado judía desde una perspectiva gentil. Nótese también que
los cristianos distinguían netamente a judíos y cristianos de los «gentiles»;
aunque los judíos han visto en los cristianos unos gentiles más, los cristianos
no se veían a sí mismos como «gentiles» sino como «el nuevo Israel».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 85
de entonces, pues el proselitismo judío fue completamente prohibido,
se dictaron leyes contra los judíos y la población judía disminuiría aún
más por conversiones a la nueva religión ofcial.
No hay ningún motivo para pensar que no ocurriera otro tanto en
el mundo musulmán y que el judaísmo aportara proporcionalmente
menos conversos que otras religiones al islam, de manera que si la ma-
yoría de los cristianos y mazdeístas se acabaron haciendo musulmanes,
otro tanto debió de ocurrir con los judíos.
Las comunidades judías, muy numerosas en el mundo musulmán
aún en la edad media, en algunos casos ejercieron la función de in-
termediarios comerciales entre el mundo cristiano y el musulmán,
como los comerciantes que el geógrafo Ibn Jurdâdbih (siglo IX) llama
radâniyya y que se movían entre el mundo cristiano y el musulmán y
también por regiones del este de Europa que no eran ni cristianas ni
musulmanas. Estos radâniyya, según Ibn Jurdâdbih,
27
hablaban árabe,
persa, griego [rûmiyya], franco [afranÿiyya],
28
andalusí
29
y eslavo.
Pero no hay que pensar que todos los judíos del mundo musulmán
fueran comerciantes ricos. Hay testimonios que indican que la mayo-
ría de ellos eran gente dedicada a ofcios humildes y que en Oriente
Medio había más cristianos de posición acomodada que judíos. Al
menos eso es lo que se deduce del testimonio del polígrafo árabe al-
Ÿâhiz, cuando en una epístola burlesca contra los cristianos, titulada
Fî-r-radd ´alà-n-nasârà («Acerca de la refutación de los cristianos»),
menciona que los musulmanes eran más favorables a los cristianos
que a los judíos porque se veía a los cristianos como superiores a los
judíos, dado que entre los cristianos había altos funcionarios, corte-
sanos, médicos, perfumeros y banqueros, mientras que los judíos en
general no eran más que tintoreros, curtidores, alfareros, carniceros
30

27
Ibn Jurdâdbih, Al-masâlik wa-l-mamâlik, p. 131.
28
Sin duda la lengua germánica de los francos, no la lengua románica de
Francia.
29
Con toda probabilidad el idioma romance de la península Ibérica, por
aquel entonces más o menos inteligible para otras poblaciones de lengua ro-
mánica no ibéricas.
30
Dado que las normas dietéticas y de sacrifcio de animales en el judaís-
mo son todavía más estrictas que las musulmanas, la mayoría de las autori-
dades religiosas musulmanas aceptaban que los musulmanes consumieran la
carne sacrifcada por judíos, mientras que los judíos tenían reparos en aceptar
la carne de animales sacrifcados por los musulmanes.
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José F. Durán Velasco 86
o caldereros.
31
Ello sugiere que los judíos pertenecían en general a las
clases bajas urbanas. Esto tiene sentido si se tiene en cuenta que en una
sociedad mercantil tan avanzada como lo era el mundo musulmán de
la alta edad media, los judíos no podían tener tanta importancia social
como en el mundo cristiano, mucho más atrasado; quizás sólo la tenían
como intermediarios comerciales entre el mundo islámico y la Europa
cristiana occidental y el mundo todavía pagano de la Europa del este.
En este último, donde todavía era posible para los judíos practicar el
proselitismo, el judaísmo consiguió la conversión de la potencia más
pujante de la zona: los jázaros, un pueblo de guerreros nómadas en vías
de sedentarización situado en una encrucijada comercial singular entre
el mundo musulmán, Bizancio, las estepas y las regiones forestales
septentrionales.
Igualmente, en los países de la Europa cristiana que alcanzaron un
alto grado de desarrollo mercantil, como el norte de Italia, la minoría
judía perdió a partir del siglo XI el monopolio comercial. La práctica
del préstamo con interés estaba prohibida entre correligionarios y dado
que los cristianos eran mayoría y los judíos minoría, muchos judíos
encontraron un modo de vida muy lucrativo en la práctica del préstamo
usurario a los cristianos. No obstante, a comienzos de la edad moderna,
los grandes banqueros, como los Fucker, no eran judíos sino cristianos.
En 1290 el rey Eduardo I ordenó la expulsión de Inglaterra de los
judíos y el lugar de los usureros judíos fue ocupado por usureros ita-
lianos cristianos, que pronto fueron aún más odiados que los usureros
judíos anteriores.
La mayoría de los judíos no se dedicaban al préstamo usurario sino
a otras profesiones (la medicina entre otras), pero resultaba fácil iden-
tifcar a una minoría religiosa execrada («los deicidas», «los asesinos
de Cristo») con una profesión aborrecida que en muchos lugares estaba
monopolizada por miembros de esa minoría. También había judíos
que ejercían de intermediarios entre la clase explotadora (reyes y no-
bles) y las clases explotadas en forma de recaudadores de impuestos
y otros tipos de intermediarios. En estas condiciones, la judeofobia de
los cristianos de las clases humildes identifcaba a la minoría religiosa
judía, víctima de un odio teológico, con el papel detestable que tenían
parte de sus miembros como usureros y a cuenta de la clase domi-
nante cristiana. Era mucho más fácil para las clases humildes cristianas
31
Bernard Lewis, Los judíos del Islam (Madrid: Letrúmero, 2002),
p. 73.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 87
descargar su ira contra los judíos (explotadores o no) que contra las
clases altas cristianas. El clero cristiano profesaba un odio teológico
a los judíos y el bajo clero se identifcaba con sus correligionarios
humildes contra los judíos, en una amalgama de odio confesional y
confusa aversión de clase, confusa porque identifcaba a una clase (los
usureros e intermediarios de la nobleza) con una comunidad cuyos
miembros ejercían múltiples ofcios y pertenecían a clases sociales
distintas.
32
A esto también contribuía que los moralistas cristianos cle-
ricales, siguiendo a Aristóteles, considerasen el préstamo con interés
como algo criminal, al tiempo que justifcaban la explotación tributaria
por parte de la nobleza y el mismo clero.
33
Por su parte, la monarquía
y la nobleza, llegado el caso, encontraban satisfactorio que la plebe
cristiana la emprendiera contra los judíos y no contra ellas, del mismo
modo que prefería un clero virulentamente antijudío y no un bajo clero
con herejías revolucionarias radicalmente igualitaristas.
En los países europeos en los que había un protocapitalismo entre
los siglos XV al XVIII, los judíos no desempeñaban un papel en abso-
luto preponderante. Además, los judíos no eran numerosos en Europa
occidental. En la península Ibérica, donde había más que en cualquier
otro país europeo occidental, se ordenó su expulsión a principios de
la edad moderna.
Los judíos eran muchísimos más en la Europa oriental, sobre todo
en el reino de Polonia, pero el este de Europa era una zona sin desarro-
llo protocapitalista, en la que los judíos constituían una capa interme-
dia entre la nobleza y un campesinado reducido a la servidumbre. En
el reino de Polonia, muchos judíos hacían el papel de intermediarios en
la explotación del campesinado, lo que provocó un gran odio contra la
32
En ese sentido, este bajo clero era una especie de precursor del «socia-
lismo de los imbéciles», como llamó siglos después Bebel al antisemitismo.
El antisemitismo de los siglos XIX y XX va a retomar mucho del planteamiento
clerical judeófobo, pero secularizándolo, sustituyendo el odio teológico por
un odio «racial».
33
Aristóteles había condenado el préstamo con interés y defendido la es-
clavitud como algo justo y «natural»; también negaba los derechos políticos a
los trabajadores libres asalariados griegos y pedía la conquista y explotación
de los «bárbaros» (los no griegos). Los antisemitas nazis harán algo simi-
lar al abominar del «capitalismo judío» y propugnar la sumisión política del
proletariado y la subordinación servil de las «razas inferiores». El nazismo
políticamente fue muy «aristotélico».
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comunidad judía en general, odio atizado por las aversiones teológicas
entre cristianos y judíos.
34
Levantamientos contra el dominio de los
nobles terratenientes polacos, como la rebelión de los cosacos ucra-
nianos de Chmielniky en el siglo XVII, incluyeron grandes matanzas de
judíos, a quienes los cosacos veían como enemigos, tanto por razones
confesionales como por ser los colaboradores de los nobles polacos.
35

En el siglo XIX, en Europa occidental y Estados Unidos, con el
ascenso del capitalismo y las revoluciones burguesas, las barreras entre
cristianos y judíos cayeron. La asimilación fue considerable: los judíos
fueron equiparados como ciudadanos a los demás. El judaísmo se con-
virtió en «una iglesia» más, los judíos se asimilaron en todos los as-
pectos y se identifcaron con el estado-nación del país en el que vivían.
Los judíos alemanes abandonaron el yiddish por el alemán. Incluso se
produjeron muchas conversiones al cristianismo sin precedentes en los
siglos anteriores, debidas en gran parte a la indiferencia religiosa y al
34
Aversión mutua, no únicamente de los cristianos a los judíos. En reci-
procidad al odio cristiano contra los «deicidas» y «asesinos de Cristo» estaba
la aversión judía por los cristianos y su religión, a la que no consideraban
digna de ser incluida siquiera en la categoría de religión gentil no idolátrica,
categoría en la que sí incluían al islam.
35
El levantamiento ucraniano cosaco se ha interpretado de distintas ma-
neras:
1)
Los nacionalistas ucranianos (muchos de ellos antisemitas) han querido
ver en los cosacos de Chmielniky a los héroes de la independencia ucra-
niana contra el dominio extranjero y sus colaboradores judíos.
2)
Muchos judíos sólo han querido ver en Chmielniky un precursor de
Hitler y en sus cosacos a protomiembros de las SS.
3)
Muchos comunistas (judíos incluidos) vieron en Chmielniky a un «li-
bertador de las masas». De esta opinión es Israel Shahak, que en su obra
Historia judía, religión judía. El peso de tres mil años, hace una dura
autocrítica como judío del chovinismo judío y de su desprecio por la
explotación de los campesinos de Europa del este.
A mi entender, el problema para un entendimiento cabal de la cuestión
estriba en la incapacidad de unos y otros para valorar los distintos elementos:
lucha de explotados contra explotadores, pero también mistifcación confesio-
nal y extensión a un colectivo amplio del odio generado por una parte, pues
no parece que los cosacos distinguieran en sus matanzas entre los judíos que
habían participado en su explotación y los que se habían dedicado a otra cosa;
igualmente, los chovinistas judíos sólo ven «pobres judíos inocentes, víctimas
de un odio vesánico de malvados gentiles», en lo que tenía mucho de lucha de
liberación y de venganza contra los colaboradores de los nobles polacos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 89
deseo de plena integración en la sociedad circundante.
36
El matrimonio
mixto estuvo a la orden del día: en Alemania, en 1927, seis años antes
de que los nazis se hicieran con el poder, el 54% de los matrimonios de
cónyuge judío eran con un cónyuge no judío. Si los únicos judíos hu-
bieran sido los de Europa occidental
37
u originarios de ella, está claro
que el antisemitismo nunca hubiera surgido como movimiento pujante
y la población judía hubiera desaparecido por asimilación o reducida
a una minoría puramente confesional plenamente asimilada en todo lo
demás e integrada en la sociedad del país. La gran mayoría de estos
judíos pertenecían a las clases ricas o a la clase media, apenas había
obreros entre ellos y tampoco campesinos; en cambio tenían una fuerte
presencia entre los capitalistas, especialmente en el sector fnanciero
(los Rothschild, por ejemplo), lo que más tarde sirvió a la derecha
antisemita para atribuir a los judíos el papel de «capitalistas malos»
(en contraposición a los «capitalistas buenos» no judíos), que coincidía
con los viejos estereotipos heredados sobre los usureros judíos.
Sin embargo, en Europa, además de las pequeñas minorías judías
autóctonas de Europa occidental, estaban las grandes comunidades
judías ashkenazis de Europa oriental, que tenían su origen en los já-
zaros.
38
En Europa oriental las condiciones económicas, políticas, cul-
36
Pese a no ser creyente, el poeta alemán Heine optó por bautizarse y
denominó al bautismo «el billete de entrada en la civilización europea». Al
menos 250.000 judíos compraron esos «billetes» durante el siglo XIX. Pero
para la mayoría ni siquiera fue necesario, porque el avance de la seculari-
zación les permitió ser aceptados en la civilización europea sin necesidad
de asimilarse confesionalmente: podían ser judíos de religión o simplemente
prescindir de la religión.
37
Como ocurrió en China, donde los judíos desaparecieron en los siglos
XVIII y XIX por asimilación total, al no existir ningún tipo de discriminación
contra ellos y participar de todas las profesiones: comerciantes, agricultores,
funcionarios, militares...
38
Aunque los ashkenazis en el curso de los siglos habían olvidado su
origen jázaro y se consideraban simplemente como judíos, a su idioma judeo-
alemán le llamaban yiddish (‘judío’). La mayoría de ellos apenas eran cons-
cientes de la existencia de otros judíos, a no ser otros judíos europeos más
minoritarios, sefardíes o judíos occidentales asimilados. En la medida que
eran conscientes de la variedad dentro de las etnias judías, se denominaban
a sí mismos ashkenazis o judíos ashkenazis y tendían a llamar a los demás
«sefardíes», ya que la mayoría de los judíos europeos que conocían eran sefar-
díes. Esta terminología (ashkenazis versus sefardíes) será la más corriente en
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turales e ideológicas eran muy distintas de las de Europa occidental y
sus extensiones de ultramar. Se trataba de países mucho más atrasados
en todos esos aspectos y en los que en muchos casos los judíos consti-
tuían el sector intermedio entre la nobleza y el campesinado. No puede
decirse que los judíos de Europa del este fueran un «pueblo-clase» en
el sentido de que fueran una clase, ni siquiera puede decirse que los
judíos constituyeran la burguesía, puesto que la mayoría de esos judíos
no eran burgueses, pero sí que en algunos de estos países la burgue-
sía judía era la única burguesía existente entre una clase nobiliaria
cristiana y un campesinado e incipiente proletariado cristianos. El
avance del capitalismo destruía la economía tradicional de los judíos
de Europa del este y dejaba a la mayor parte de ellos entre la proleta-
rización y la lumpen-proletarización. Además, los judíos del imperio
ruso se encontraban bajo un sistema de discriminación y un régimen
zarista que cada vez más trataba de desviar el malestar político-social
canalizándolo en antisemitismo
39
y pogromos.
40
Durante la guerra civil
rusa, el antisemitismo zarista llegó al paroxismo y los «rusos blancos»
del geneal Petliura llegaron a asesinar a unos cien mil judíos bielorru-
sos y ucranianos.
41
En esas condiciones, los judíos ashkenazis de Europa oriental emi-
graron masivamente a Europa occidental y Estados Unidos, donde
constituyeron un proletariado que cultural y socialmente tenía poco
que ver con los judios asimilados y burgueses que vivían desde anti-
guo en estos países. Los judíos inmigrados, o eran judíos ortodoxos
estrictos o eran partidarios de ideologías socialistas revolucionarias,
como el anarquismo o el marxismo. La condición social, las costum-
bres y las ideas de estos judíos inmigrados los hacían inquietantes
para la burguesía nativa, fuera cristiana o judía. Los cristianos con-
Israel, donde por una mezcla de ignorancia, eurocentrismo y tabúes sionistas
se llamará sefardíes a todos los judíos que no son ashkenazis.
39
Los protocolos de los sabios de Sión, que se convirtió en «la biblia del
antisemitismo», fueron obra de la policía zarista en su afán de demonizar a
los judíos.
40
En esa época, el ruso dio al mundo el término pogrom (en ruso ‘de-
vastación’, ‘destrucción’) para matanzas o desmanes contra los judíos. Más
tarde, por extensión, la palabra se ha utilizado para cualquier tipo de matanza
o desmán contra una minoría, judía o no.
41
Nathan Weinstock, El sionismo contra Israel. Una historia crítica del
sionismo (Barcelona: Fontanella, 1970), p. 41.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 91
servadores y los reaccionarios empezaron a ver a los judíos como
una población extraña peligrosamente subversiva. A partir de ese
momento, el antisemitismo se convirtió en parte de la ideología de la
mayor parte de la derecha occidental, que cada vez más encontró en
«los judíos» el chivo expiatorio en el que descargar el malestar social.
«Los judíos» servían admirablemente para ese propósito no porque
fueran un «pueblo-clase», sino precisamente porque no lo eran. Al
haber judíos capitalistas megarricos, judíos revolucionarios obreros
o intelectuales y judíos pobres de solemnidad, el antisemitismo podía
jugar con toda clase de cartas contradictorias. El odio al «judío» de-
monizado expresaba a un tiempo el odio al capitalista, el odio al pro-
letariado, el odio a los indigentes, el odio al capitalismo y el odio al
socialismo. Al haber judíos religiosos y judíos ateos, el antisemitismo
podía proyectar en el odio al judío las ideas más contradictorias: el
viejo odio teológico cristiano al judaísmo, la aversión al cristianismo
(«religión judía» para los antisemitas anticristianos) y aversión al
ateísmo (a menudo asociado con la revolución socialista). Si los ju-
díos hubiesen sido un «pueblo-clase» homogéneo socialmente, esto
habría sido imposible.
Ni siquiera en la actualidad los judíos son un «pueblo-clase». No lo
son siquiera en Estados Unidos, donde apenas hay judíos indigentes,
pero sí hay gran diferencia entre una oligarquía judía inmensamente
rica y una gran mayoría de judíos de clase media. Las diferencias son
aún mayores en Israel, donde las diferencias económicas entre las cla-
ses son cada día mayores, por lo que no es extraño que los sucesivos
gobiernos israelíes hayan encontrado muy útil el enfrentamiento per-
manente con el mundo árabe en general y los palestinos en particular
para no tener que enfrentarse a un estallido social.
Las etnias judías
Los judíos no constituyen un pueblo homogéneo. Unidos por la religión
judía y todos los aspectos culturales que ello comportaba, las distintas
comunidades judías eran muy diferentes en todos los demás aspectos.
Ni tenían un origen común ni participaban de una misma civilización.
Se puede hablar, más que de una etnia judía, de etnias judías, algunas
de ellas muy diferentes en todos los aspectos de los demás habitantes
de los países en los que moraban, otras en cambio tan similares a sus
vecinos no judíos que prácticamente sólo se diferenciaban de ellos por
su religión. De tal modo que mientras en unos casos los judíos, por su
origen, idioma y cultura constituían una auténtica etnia aparte, en otros
lugares los judíos sólo eran una comunidad confesional distinta de las
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José F. Durán Velasco 92
otras. Pero, sobre todo, hay que tener presente que los judíos no eran
homogéneos y las diferencias (salvo en lo estrictamente religioso) eran
mucho mayores entre unas comunidades judías y otras de lo que en la
mayoría de los casos lo eran entre cada comunidad judía y su medio
circundante no judío.
Como poco, se podría hablar de más de una docena de etnias judías
diferenciadas unas de otras: ashkenazis, sefardíes, italianos, romiotas,
árabes y «arabizados» (muy diversifcados entre sí), bereberes, persas
(iraníes, afganos y bujaríes), georgianos, «judíos de las montañas»,
«judíos del Kurdistán», judíos de Cochin, mahratíes, falashas... Y eso
sin contar los modernos judíos «asimilados» en los países en los que
viven y los judíos israelíes.
Ashkenazis
Su origen se encuentra en la conversión de los jázaros
42
al judaísmo
en el siglo VIII. Los jázaros eran un pueblo turco establecido entre
el Volga, el Don y el Cáucaso, que desde el siglo VI había creado
un gran imperio del que eran tributarios muchos pueblos de Europa
oriental. Por su posición geográfca, los jázaros se convirtieron en
intermediarios comerciales entre las regiones forestales al norte
de las estepas y Bizancio y el mundo musulmán. Para preservar
su independencia frente al Bizancio cristiano y el califato ´abbâsí
musulmán, los soberanos jázaros se convirtieron al judaísmo con la
mayor parte de su pueblo.
43
El imperio jázaro entró en decadencia
en el siglo X a consecuencia de los ataques rusos; en el siglo XII
Jazaria fue completamente devastada por los ataques cumanos y en
el siglo XIII los mongoles barrieron lo que quedaba de ellos. Los
jázaros emigraron progresivamente al oeste y se extendieron por la
mayor parte de Europa oriental y central, sobre todo en el reino de
42
Los jázaros fueron resultado de la fusión de varias poblaciones turcas
en el curso de los siglos VI y VII: los akatzir (que habían sido vasallos de los
hunos) y otros elementos de las hordas de Atila que se retiraron hacia el este
tras la desintegración del imperio huno, donde se les agregaron otros pueblos
turcos como los sabires, los ogures, los búlgaros del Kubán y algunos gök-
türk.
43
El judaísmo fue introducido en Jazaria por judíos bizantinos persegui-
dos y ganó muchos prosélitos. La mayoría de los jázaros se judaizaron pero no
la mayor parte de los súbditos del imperio jázaro, que no eran jázaros.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 93
Polonia-Lituania, donde formaron grandes comunidades; allí aban-
donaron su lengua túrquica por el alemán, idioma de las ciudades de
la Polonia medieval. Por este motivo en lo sucesivo se les conoció
como «ashkenazis», porque Ashkenaz era el nombre hebreo para
Alemania.
44

Los judíos ashkenazis han sido la gran mayoría de los judíos de la
edad moderna y contemporánea.
45

Judíos caraítas de Crimea y Lituania
El origen de los judíos caraítas de Crimea y Lituania es el mismo que
el de los judíos ashkenazis, es decir, los jázaros. Sin embargo, el hecho
de que profesasen la doctrina caraíta
46
tuvo grandes repercusiones de
aislamiento y contribuyó a que los judíos caraítas de Crimea y Lituania
hayan sido muy distintos de los judíos ashkenazis: en lugar del yiddish,
su lengua vernácula era un dialecto turco cumánico,
47
y mantenían en
su folclore el recuerdo de su origen jázaro. Tan distintos eran de los
ashkenazis que los nazis al principio los excluyeron de las medidas
racistas contra «los judíos», pues no los consideraban «racialmente»
judíos sino turcos judaizados,
48
aunque al fnal los caraítas turcófonos
fueron incluidos en las medidas genocidas.
44
En el Génesis, Gomer es uno de los hijos de Jafet y Ashkenaz es uno
de los tres hijos de Gomer. Originariamente, Ashkenaz hacía referencia a los
escitas. Desde el siglo XI Ashkenaz fue el nombre hebreo que los rabinos die-
ron a Alemania, posiblemente por la similitud fonética con Sajonia o Escania.
Al ser Alemania en hebreo Ashkenaz, los judíos de lengua yiddish (judeo-
alemán) pasaron a ser conocidos como ashkenazis.
45
La mayoría de los descendientes de los judíos de la edad antigua se
convirtieron al cristianismo y al islam y se perdieron para el judaísmo. En
contrapartida, el judaísmo en la alta edad media ganó muchos prosélitos en
los países que no pertenecían a la cristiandad y al mundo musulmán, que son
los antepasados de la mayoría de los judíos actuales.
46
Los caraítas han sido llamados «los protestantes del judaísmo» porque
rechazaron la tradición rabínica y el Talmud. El caraísmo tuvo una importante
difusión durante la edad media, pero a día de hoy sobreviven muy escasas
comunidades caraítas.
47
Distinto de la lengua túrquica hablada por sus antepasados jázaros.
48
Poco se imaginaban los nazis que los judíos ashkenazis tampoco eran
de origen semita sino turco.
José F. Durán Velasco 94
Sefardíes
Los sefardíes son los judíos originarios de la península Ibérica.
49
Expul-
sados del solar ibérico a comienzos de la edad moderna, se establecie-
ron en otros países de Europa (y de allí algunos en América), en Ma-
rruecos y en el imperio otomano. En todos estos lugares conservaron su
identidad étnica, con una fuerte consciencia de su diferencia con otras
etnias judías, como los romiotas, los musta´rabîn y los ashkenazis.
Italianos
Muchos judíos italianos que no son de origen ashkenazi ni sefardí des-
cienden de los judíos que ya vivían en Italia en tiempos del imperio ro-
mano. Las familias judías aristocráticas de Roma, como los Rossi, los
Pomi o los Anau, pretenden ser descendientes de la aristocracia judía
hierosolimitana deportada a Italia a raíz de la destrucción de Jerusalén
por Tito. Sea o no sea cierta esta pretensión, el caso es que Roma es
la única ciudad de Europa con una comunidad judía importante que se
ha mantenido ininterrumpidamente desde la antigüedad. En general los
judíos vivieron en Italia mejor que en cualquier otro país europeo; en los
estados pontifcios sufrieron segregación y humillaciones pero estuvieron
a salvo de matanzas y expulsiones. Los judíos italianos fueron los judíos
más asimilados de Europa en la época premoderna y después aún más.
Romiotas
Son los judíos de lengua griega, descendientes de los judíos del impe-
rio bizantino. Cuando los sefardíes expulsados se establecieron donde
vivían los romiotas, hubo tensiones entre unos y otros; los romiotas
llamaban a los sefardíes con la palabra hebrea megorashim (‘expul-
sados’) y los sefardíes llamaban a los romiotas «griegos», ambos tér-
minos tenían connotaciones despectivas. En todo caso, los sefardíes
fueron mucho más numerosos que los romiotas.
Árabes y arabizados
En época preislámica había judíos en Arabia, descendientes de judíos
inmigrados y de árabes conversos al judaísmo. Los judíos yemeníes
49
Conocida en hebreo como Sefarad, aunque en hebreo también se utili-
zaba el nombre de Aspamiya, hebraización defectuosa de Hispania.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 95
eran esencialmente descendientes de conversos al judaísmo, que ganó
muchos prosélitos en el Yemen; incluso el último rey yemení, Dû
Nuwâs, se convirtió al judaísmo e hizo de él la religión ofcial de su
reino. Hasta la actualidad ha existido una comunidad judía yemení, a la
que sus compatriotas musulmanes tenían por descendientes de árabes
yemeníes convertidos al judaísmo.
En los demás países árabes en los que había comunidades judías, se
trataba de judíos arabizados tras la conquista árabe-islámica; ese era el
caso de los judíos de Iraq, la Gran Siria,
50
Egipto, Libia, Túnez, Argelia
y Marruecos. Cuando en algunos de esos países se establecieron comu-
nidades sefardíes, se distinguió entre los judíos sefardíes, hablantes de
español, y los judíos hablantes de árabe, conocidos como musta´rabîn
(«arabizados»).
51

Bereberes
El judaísmo se difundió asimismo entre los bereberes.
52
En el siglo VII,
la resistencia bereber a la conquista árabe-islámica estuvo dirigida por
una reina judía, la famosa Kâhina.
En Marruecos ha habido judíos de lengua bereber hasta el siglo XX.
Cuando la mayoría de los judíos marroquíes pobres emigraron a Israel,
judíos bereberes se establecieron en la zona de Ascalón.
Persas
Ciro incorporó el Creciente Fértil al imperio persa y permitió volver a
Judea a los judíos deportados por Nabucodonosor, pero muchos per-
manecieron en Mesopotamia y algunos se establecieron más al este.
Bajo Darío I (529-486) y Artajerjes I (465-429) hubo deportaciones de
judíos a Hircania, en el norte del actual Irán.
50
Por Gran Siria se entiende la parte occidental del Creciente Fértil, que
políticamente está ocupado hoy por los estados de Siria, Líbano, Jordania,
Israel y los territorios palestinos ocupados en 1967.
51
De la misma palabra musta´rab de la que viene la palabra ‘mozárabe’.
52
Las leyendas judías y musulmanas hacían de los bereberes descendien-
tes de los flisteos que huyeron aterrorizados cuando David mató a Goliat y
no pararon hasta que llegaron al Mágreb; los judíos del sur de Marruecos
relacionaban el bereber con el idioma de los flisteos. Naturalmente, eran le-
yendas sin fundamento.
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Así, ha habido comunidades judías de lengua persa hasta la actua-
lidad en lo que hoy es Irán, Afganistán y Uzbekistán (conocidos como
«judíos de Bujara»).
Georgianos
Hay judíos en Georgia desde tiempos inmemoriales.
53
Los judíos geor-
gianos hablaban georgiano y eran claramente distintos de los judíos
de otros países. En la Unión Soviética se les taxonomizó étnicamente
como «judíos georgianos», distintos de los simplemente «judíos» (los
ashkenazis). Según el último censo soviético (el de 1989) eran 16.000
personas.
«Judíos de las montañas»
Los judíos daguestaníes de lengua tat (un idioma iranio norocciden-
tal) tienen su origen en colonias militares judías establecidas en el
Cáucaso por los reyes sasánidas para defender ese fanco del imperio
persa.
La taxonomía soviética clasifcaba a estos judíos de lengua tat como
«judíos de las montañas» diferentes de los simplemente «judíos» (los
ashkenazis). Según el censo soviético de 1989, los judíos de lengua tat
eran 31.000 personas.
«Judíos del kurdistán»
En el Kurdistán iraquí ha habido judíos, posiblemente descendientes
de kurdos judaizados mezclados con judíos mesopotámicos. Estos
judíos del Kurdistán estaban integrados en el medio tribal kurdo,
aunque su lengua materna no era el kurdo sino un dialecto neoara-
meo oriental muy similar al de los cristianos nestorianos, al que los
judíos del Kurdistán llamaban «lengua del Targum», lishna yehudi-
53
En la antigüedad, los griegos relacionaron a los colcos (habitantes de la
costa de Georgia, llamada Cólquide por los griegos) con los egipcios, debido
al hábito común de colcos y egipcios de practicar la circuncisión; más tarde
se atribuyó a los georgianos un origen judío, acaso porque ese hábito pasó a
asociarse con los judíos y porque había muchos judíos en Georgia. La dinastía
bagrátida, que reinó primero en Armenia y luego en Georgia, pretendía des-
cender de judíos deportados a Babilonia por Nabucodonosor.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 97
yya (‘lengua judía’) o, en hebreo, lašon ha-galut (‘la lengua de la
diáspora’).
54

Judíos mahratíes
Los judíos de lengua mahratí se llamaban a sí mismos «bené Israel»
(«los hijos de Israel») y estaban divididos en dos castas endogámicas:
la de los blancos y la de los negros. Los bené Israel blancos pretendían
ser descendientes de israelitas inmigrados y se suponía que los bené
Israel negros eran descendientes de indios judaizados que habían sido
esclavos de los bené Israel blancos. Unos y otros vivían dispersos por
la zona de Kankan, hasta que en los siglos XVIII y XIX empezaron a
establecerse en Bombay, donde se enriquecieron. En 1948 los bené
Israel eran unos 17.000, pero después muchos emigraron a Israel y a
otros países.
Judíos de Cochin
Habitantes de la costa malabar, en Kerala, hablantes de malayalam y
divididos en tres castas endogámicas: blancos, pardos y negros.
Cuando se produjo la independencia de la India en 1948 eran 2.000,
pero tras una fuerte emigración en Cochin sólo han quedado algunas
familias.
Falashas
Los judíos de Etiopía se conocen como falashas, que signifca ‘ex-
tranjeros’, aunque el nombre que se dan a sí mismos es Israel Beta, es
decir, ‘la casa de Israel’. Los falashas afrman que llegaron a Etiopía en
tiempos del rey Salomón e incluso antes, durante el éxodo de Egipto;
en cualquier caso su origen es tan antiguo y se mantuvieron tan ais-
lados de los demás judíos que no llegaron a conocer el Talmud. Las
crónicas cristianas etíopes de los siglos XIV al XVII mencionan guerras
de los gobernantes cristianos contra los judíos, a los que vencieron
en muchas ocasiones y obligaron a aceptar el cristianismo, pero los
judíos una y otra vez recuperaban su independencia y volvían al ju-
daísmo, hasta que fueron sometidos en el siglo XVII y se dispersaron
54
Abraham Ben-Yaacob, s.v ‘Kurdistán’, Encyclopaedia Judaica, X, p.
1302.
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por distintas zonas.
55
Hasta su emigración al estado de Israel en los
años ochenta y noventa del siglo XX, los falashas eran agricultores que
vivían en aldeas dispersas en la provincia de Gondar, en el noroeste
de Etiopía. Su idioma es el agaw, lengua no semítica sino cusita, y su
lengua litúrgica no era el hebreo sino el ge´ez, la misma lengua de la
liturgia de los cristianos etíopes. En Israel, actualmente hay casi cien
mil judíos etíopes.
Del judaísmo al sionismo
El primer manifesto sionista del que se tiene noticia fue el llama-
miento que Napoleón hizo en Gaza el año 1799 a los judíos de Asia
y África. Es signifcativo que Napoleón hiciera esa proclama sionista
para los judíos extraeuropeos; mientras su aspiración con los judíos de
su imperio era asimilarlos, el mismo Napoleón confesaba que deseaba
que de cada tres matrimonios judíos, uno fuese con cónyuge no judío,
para facilitar una asimilación progresiva pero rápida. La Revolución
Francesa poco antes había equiparado completamente a los judíos
franceses al resto de ciudadanos franceses, sin discriminación alguna
pero sin permitirles ser una comunidad aparte salvo en lo estrictamente
religioso. El lema de los revolucionarios franceses respecto a los ju-
díos era «a los judíos como nación nada, a los judíos como individuos
todo».
La actitud de Napoleón respecto a los judíos no es más que una
muestra más del comportamiento de las potencias colonialistas, in-
cluso de las más laicas, como Francia: laicismo para el interior, con
supresión de diferencias sectarias confesionales en aras de la homoge-
neidad nacionalista, pero confesionalismo hacia el exterior, con vistas
a dividir a los colonizados y utilizar grupos confesionales como alia-
dos contra sus compatriotas. Como bien dice el pensador laicista sirio
Bû ´Alî Yâsîn:
56

55
Algunos fueron cristianizados, pero conservaron la conciencia de su ori-
gen judaico, son los falashmura. En la actualidad, muchos falashmura quieren
retornar al judaísmo para emigrar a Israel y escapar de la miseria de su país.
56
Bû ´Alî Yâsîn (m. 2000) fue un intelectual sirio, cuya obra más impor-
tante y famosa es At-tâlût al-muharram: dirâsa fî-d-dîn wa-l-ÿins wa-s-sirâ´
at-tabaqî («La trinidad prohibida: un estudio sobre la religión, el sexo y la
lucha de clases»); como su nombre indica, esta obra trata de lo que el autor
considera como los tres grandes tabúes de la sociedad árabe.
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Mezclar la religión con el estado impide, pues, la fusión patrió-
tica y nacional, porque lleva necesariamente a clasifcar a la gente en
categorías según sus religiones y sectas... con ello volvemos a la edad
media y creamos una entidad débil y frágil, que permite las intromisio-
nes exteriores con el pretexto de proteger a los miembros de una u otra
taifa. (...) Así, Francia, laica para dentro y católica para fuera, desde el
siglo pasado se dio a sí misma el papel de defensora de los maronitas
del Líbano, mientras la Inglaterra protestante se erigió en la protectora
de los drusos y Rusia de los ortodoxos.
57
Respecto a los judíos, Napoleón y los colonialistas que le sucedan
serán asimilacionistas en el interior y prosionistas en el exterior.
Otra cosa harto signifcativa es que la proclama de Napoleón no
tuvo ningún éxito entre los judíos a los que iba dirigida, que no mos-
traron el más mínimo interés.
En el siglo XIX, al hilo de «la cuestión de oriente», en los medios
literarios y protestantes
58
victorianos se desarrolló una corriente pro-
sionista; la novelista inglesa George Eliot fue la más ardiente represen-
tante de todo esto, con su novela Daniel Deronda. Algunos políticos
imperialistas tomaron nota y se dieron cuenta de que estas fantasías
podían encauzarse en su benefcio. El secretario particular de Napo-
león III, Ernest Laharanne, publicó en 1860 un opúsculo en el que con-
sideraba previsible la descomposición del imperio otomano y proponía
la «reconstitución de la nacionalidad judía». Este opúsculo fue el que
inspiró al judío alemán Moses Hess su obra sionista Roma y Jerusalén,
publicada en 1862. Al parecer esta obra estuvo también infuida por las
primeras muestras de antisemitismo en Alemania. Moses Hess veía la
«restauración de la nación judía» vinculada a fnancieros y al colonia-
lismo europeo; su idea era crear colonias judías en Palestina y en zonas
próximas al canal de Suez. Esta idea la retomó el político británico
Chamberlain en 1902 con su propuesta de asentar colonias judías en
57
Bû ´Alî Yâsîn, At-tâlût al-muharram: dirâsa fî-d-dîn wa-l-ÿins wa-s-
sirâ´ at-tabaqî, pp. 208-209.
58
El flosionismo protestante no es desdeñable y en la actualidad cons-
tituye un grupo de presión fanático en Estados Unidos, que cree que «la res-
tauración nacional de Israel» forma parte de las profecías bíblicas que han de
cumplirse. Esta ideología teológica flosionista a menudo va acompañada de
un racismo teológico contra los árabes y los musulmanes, pues poco diferen-
cia entre árabes y musulmanes el paleterío teocrático estadounidense.
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José F. Durán Velasco 100
la región de al-´Arîsh, en el Sinaí lindante con Palestina; propuesta
que fracasó por razones económicas, ya que se trataba de una zona
desértica donde las obras de irrigación eran costosas en demasía, pero
también por la oposición del gobierno egipcio.
59

Las obras sionistas de Leo Pinsker, Autoemancipación, en 1882,
y de Theodor Herzl, El estado de los judíos, en 1896, se escribieron
bajo el impacto del antisemitismo creciente, de los pogromos rusos de
1881 y –en el caso del texto de Herzl– del affaire Dreyfus. Leo Pinsker
pensaba que la judeofobia era incurable y hereditaria, por lo que la
única solución para los judíos era la reagrupación en un estado-nación
propio.
Herzl fue el creador del movimiento sionista organizado, fundado
en el congreso de Basilea de 1897. En principio, aunque la idea de
la colonización judía en Palestina era la más atractiva, no se dejó de
pensar en otras alternativas propuestas por el imperio británico, por
ejemplo en las proximidades de Palestina, en al-´Arîsh o Chipre; in-
cluso existió durante algún tiempo la idea de crear el «hogar nacio-
nal judío» en Uganda.
60
Algunos sionistas mantuvieron la idea de ese
«hogar nacional» en Uganda y luego en América, pero la mayoría de
los sionistas rechazó la idea de un sionismo sin Sión.
El sionismo era esencialmente un movimiento ashkenazi, especial-
mente de los judíos del este de Europa, aunque no dejaba de tener par-
tidarios fnanciadores entre algunos plutócratas judíos occidentales.
61

Herzl planteó a estos plutócratas y a los judíos occidentales en general
la conveniencia de librarse de sus correligionarios pobres de Europa
oriental desviándolos hacia una colonización fuera de Europa para evitar
que su emigración a Europa occidental y América potenciase el antise-
mitismo y perjudicase la integración de la burguesía judía occidental.
59
Las intenciones británicas en ese proyecto y las buenas razones del go-
bierno egipcio para oponerse a él quedan patentes cuando, 54 años más tarde,
el estado sionista creado en Palestina participó con Gran Bretaña y Francia en
la agresión contra Egipto a raíz de la nacionalización del canal de Suez.
60
Unos años después, los nazis propusieron deportar a todos los judíos
a Madagascar.
61
El barón Edmond de Rothschild fue el patrocinador de las primeras co-
lonias judías en Palestina a fnales del siglo XIX, se le llamó por ello «el padre
del Yishuv» (el Yishuv es el asentamiento o la población judía en Palestina).
Sin embargo, el barón de Rothschild no era sionista sino que veía a los colo-
nos judíos útiles para los intereses coloniales de Francia.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 101
Desde el principio, los sionistas vincularon el éxito de su proyecto
nacional-colonial al apoyo de una gran potencia imperial a la que pres-
tarían sus servicios. Herzl intentó llegar a acuerdos con el Kaiser, con
el sultán otomano Abdül-Hamid, con el ministro zarista Von Plehve
(que era antisemita y organizador de pogromos), con el papa, con el
rey de Italia y con Chamberlain, secretario británico de colonias. A
todos ellos les ofreció las ventajas que una colonización a su servicio
podía reportarles.
El sionismo surgió en un momento en el que las condiciones tra-
dicionales de los judíos europeos estaban en rápida desintegración.
Mientras que las minorías, no muy numerosas, de los judíos de Europa
occidental se integraban y se asimilaban, no podía ocurrir lo mismo
con los judíos de Europa oriental, muchísimo más numerosos, cuya
situación era cada vez peor, entre la pauperización y la emigración.
Con su emigración al oeste, surgía el antisemitismo en los países oc-
cidentales.
Así pues, puede decirse que en el sionismo confuyen una serie de
elementos constitutivos:
Una secularización nacional-estatolátrica del judaísmo o de la 1)
judaidad. La opción sionista por la lengua hebrea (hasta entonces
«lengua sagrada» del judaísmo) como lengua nacional-secular
en lugar del yiddish (la lengua propia de los judíos ashkenazis
y hablada por la gran mayoría de los judíos del mundo, que
eran ashkenazis) o de cualquier otra lengua, forma parte de esa
secularización nacional-estatolátrica del judaísmo.
Una reacción al creciente antisemitismo, pero compartiendo la 2)
visión antisemita de los judíos como seres esencialmente extra-
ños e inasimilables que deben abandonar Europa.
Un nacionalismo europeo más, en una época de surgimiento 3)
de las nacionalidades en Europa con pretensiones de crear su
estado-nación; o quizás, más exactamente, un nacionalismo más
de la Europa del este.
La expansión colonial: el sionismo se veía como una aventura 4)
colonial más, que podía ser muy útil a la potencia imperialista
hegemónica como base operativa autónoma en el control de
Oriente Medio, cada día más importante por razones geoestra-
tégicas y económicas. De ahí el prosionismo de Francia, luego
de Gran Bretaña y fnalmente de Estados Unidos.
Un nacionalismo apoyado por una burguesía judía que encontró 5)
interesante la idea sionista, el nacionalismo judío, que en lugar
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de movilizar a sus correligionarios pobres para luchar por una
sociedad justa para todos, judíos y gentiles, les incitase a un
proyecto nacionalista colonialista en un país lejano pero de gran
valor geoestratégico. Los judíos ricos sionistas no tienen interés
en emigrar a «la tierra de Israel» pero están interesados en la
emigración a ese país de sus correligionarios de condición hu-
milde. Theodor Herzl ni siquiera simpatizaba con la democracia
y su ideal de estado judío era una monarquía o una república
aristocrática.
En esta línea está el «socialismo falansteriano» sionista, que 6)
rechaza la lucha de clases y la sustituye por la colonización de
tierras a expensas de los indígenas; su «socialismo» sufragado
por capitalistas judíos es sólo para judíos y se subordina siempre
al proyecto nacionalista sionista.
Una forma de huida de la sociedad judía tradicional e incluso 7)
del judaísmo, pero sin romper con la judaidad.
Un complejo de inferioridad y de vergüenza por la imagen del 8)
judío tradicional y un afán de imitar las características del «gen-
til» europeo. De ahí el militarismo, el culto al estado-nación, al
occidentalismo…
62
La mayoría de los judíos rechazaron el sionismo, porque eran par-
tidarios de otras opciones:
El asimilacionismo: mayoritario entre los judíos de los países 1)
occidentales, donde los judíos gozaban de los mismos dere-
chos de ciudadanía que el resto de la población; estos judíos
deseaban integrarse en la sociedad en la que vivían, todo lo más
62
A día de hoy, muchos no judíos reaccionarios que antes habrían sido an-
tisemitas admiran el estado de Israel precisamente porque encarna los valores
de intransigencia colonialista, estatolatría patriotera, militarismo, belicismo,
brutalidad, racismo, culto a la ideología de «la sangre y la tierrra» y «el es-
pacio vital», eurocentrismo y absoluto desprecio hacia la vida y los derechos
de los no occidentales colonizados. Podría decirse que lo admiran por ser la
encarnación más acabada de los valores euro-nazis que admiran. Todo ello
con la coartada del genocidio nazi como gran bula para permitirse un com-
portamiento judeo-nazi sin complejos y poder acusar de antisemita a quien se
oponga a sus desafueros.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 103
manteniendo el judaísmo como religión (a menudo reformado)
63

pero siendo en todo lo demás como el resto de sus compatriotas;
otros muchos judíos desdeñaron toda religión y algunos cientos
de miles se convirtieron al cristianismo.
El judaísmo tradicional: 2)
64
poderoso entre los judíos del este de
Europa, hasta que Hitler prácticamente exterminó a los judíos
ortodoxos en el genocidio; la mayoría de los judíos tradicionales
consideraban el sionismo como un movimiento impío, si es que
no simplemente como una abominación.
El internacionalismo socialista marxista 3)
65
o anarquista.
66
63
Antes de la llegada de las grandes oleadas migratorias de judíos del este
de Europa a Estados Unidos a fnales del siglo XIX, la mayoría de los judíos
estadounidenses pertenecían al judaísmo reformista. El judaísmo reformista
y el conservador surgieron en el siglo XIX en Alemania, Inglaterra y Estados
Unidos como forma de aggiornamento del judaísmo en unas comunidades
judías ansiosas de asimilarse en vestido, dieta, modo de vida e ideas al medio
circundante.
64
En el siglo XVIII, el judaísmo ashkenazi vivió la reforma religiosa del mo-
vimiento hasídico, que propugnaba una mística popular en torno a sus santos,
conocidos como rebbes; para muchos judíos (conocidos como los mitnagge-
dim, «opositores») el hasidismo era una herejía, pero en el siglo XIX hasidim
y mitnaggedim aunaron fuerzas contra las corrientes modernas secularistas y
modernistas. Mención aparte merecen los frankistas, seguidores de Ya´qov
Frank, que en el siglo XVIII pretendían acelerar la venida del Mesías cometien-
do todas las transgresiones posibles de las normas judías.
65
Marx fue un judío alemán asimilado. Muchos destacados pensadores y
revolucionarios marxistas han sido de origen judío, como Rosa Luxemburgo o
León Trotsky. La revolución húngara, que proclamó durante un breve periodo
la república soviética en Hungría, estuvo dirigida por un judío, Bela Kun. Los
judíos fueron desproporcionadamente numerosos entre los bolcheviques, cosa
comprensible si se tiene en cuenta la extrema opresión de los judíos bajo el
régimen zarista; en 1927 los judíos constituían la tercera nacionalidad más
numerosa dentro del PCUS, aunque la situación cambió radicalmente bajo el
estalinismo. Ha habido muchos comunistas de origen judío entre los marxistas
occidentales y en los países árabes.
66
El anarquismo también ganó muchos partidarios entre los judíos, al
que han aportado muchos militantes y pensadores ilustres como Max Nett-
lau, Emma Goldman, Erich Mühsam, Alexander Berkman, Landauer o Noam
Chomsky. Antes de la primera guerra mundial los judíos anarquistas de lengua
yiddish constituían el grupo mayor de exiliados anarquistas procedentes del
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El socialismo autonomista judío del Bund. 4)
67

Cada una de estas opciones tuvo muchos más seguidores que el
sionismo, que hasta la segunda guerra mundial fue una corriente mi-
noritaria rechazada por la mayoría de los judíos del mundo, incluidos
los judíos de Europa oriental.
Tras la segunda guerra mundial la situación cambió de manera radi-
cal. La mayoría de los judíos del este de Europa habían sido extermina-
dos por los nazis, con la excepción de los soviéticos (y muchos de ellos
también), lo que supuso la desaparición física y del medio tradicional
de la mayoría de los judíos ortodoxos tradicionales y socialistas; buena
parte de los supervivientes del Holocausto eran refugiados desarrai-
gados que emigraron a Israel o a países occidentales. Las mayores
imperio ruso, más incluso que los anarquistas propiamente rusos. En el mo-
vimiento obrero judío londinense los anarquistas fueron el elemento político
más activo. A fnales del siglo XIX y principios del siglo XX, el anarquismo en
Estados Unidos era cosa de los judíos de las grandes ciudades, los italianos
y los exiliados rusos (muchos de ellos también judíos). En la actualidad, en
Israel, una de las organizaciones más activas y valientes contra el militarismo
y el apartheid sionistas es la organización ácrata denominada Anarquistas con-
tra el Muro, cuyos activistas han sido los únicos disidentes judíos a los que el
ejército israelí ha reprimido a tiros.
67
El Bund (Liga General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia
y Rusia) fue la corriente política más importante entre los judíos del este de
Europa. Se trataba de un partido socialista marxista no leninista. Al contrario
que el partido bolchevique y tantos otros partidos «obreros» dirigidos por
intelectuales de origen burgués, el Bund era un partido obrero dirigido por
obreros. El Bund era partidario de la autonomía cultural de los judíos y del
yiddish como lengua nacional judía (cuando hablaban de judíos se referían a
los ashkenazis), también se oponían al sionismo. Lenin describió despectiva
(e injustamente) a los bundistas como «sionistas con miedo al mareo», con lo
que venía a acusarles de nacionalismo judío y de que sólo se diferenciaban de
los sionistas en su negativa a coger el barco para emigrar a Palestina; en rea-
lidad, las diferencias entre el Bund y el sionismo eran muchísimo mayores de
lo que pretendía Lenin. El Bund fue ilegalizado y eliminado en la Unión So-
viética, pero se mantuvo con fuerza en Polonia. En este país, en 1939, cuando
la población judía eligió por última vez a los dirigentes de sus comunidades,
las qehillot, los comunistas boicotearon las elecciones porque consideraban
que las qehillot eran instituciones religiosas, pero el Bund sí se presentó a las
elecciones y obtuvo la mayoría de los votos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 105
comunidades judías fuera de Israel eran las de los judíos de Estados
Unidos, convertidos en furiosos prosionistas, y la Unión Soviética. Y
ambas superpotencias estuvieron de acuerdo en apoyar el sionismo a
fnales de los años cuarenta, lo que suponía reconocer al movimiento
sionista como el representante de los judíos del mundo, atribución al-
tamente cuestionable, pero que interesaba a una y otra superpotencia
en aquel momento.
Stalin consideró útil apoyar la creación del estado de Israel porque
pensaba que sería un factor antiimperialista contra los regímenes ára-
bes probritánicos y profranceses, sobrevaloró el «socialismo» sionista
y se imaginó incluso que el nuevo estado sería prosoviético. Por ello,
la Unión Soviética fue el primer estado del mundo que reconoció al
estado de Israel, antes incluso que Estados Unidos. La victoria israelí
en la primera guerra árabe-israelí en 1948 no habría sido posible sin
las armas checas, vendidas con la venia de Stalin y compradas por el
comunista israelí Mikunis
68
con el dinero aportado por los judíos pro-
sionistas de Estados Unidos. El estado de Israel no habría sido posible
sin la política prosionista de Stalin durante esos años.
69

Pero el cálculo estaliniano resultó completamente fallido, porque
el estado sionista rápidamente se alineó con Estados Unidos, con las
potencias coloniales en declive (agresión tripartita contra Egipto en
1956 por parte de Israel, Gran Bretaña y Francia) y en favor de la
reacción árabe. A partir de 1967 la identifcación de Estados Unidos
con el estado de Israel fue total. Los estadistas estadounidenses vie-
68
Nathan Weinstock, op. cit., p. 331.
69
Lo que no obstó para que Stalin desde fnales de los años treinta em-
prendiese una política antijudía, que incluyó la supresión de los periódicos
en lengua yiddish. Precisamente entre 1948 y 1949, al mismo tiempo que la
Unión Soviética adoptaba la postura más prosionista de su historia, el esta-
linismo procedió a la eliminación completa de la prensa, las editoriales y la
cultura judías en la Unión Soviética; en esos años fueron detenidos y enviados
a campos de concentración los poetas judíos más célebres de la Unión Sovié-
tica, a los que se ejecutó un año antes de la muerte de Stalin. Es signifcativo
que estas campañas comenzasen por los mismos años en los que la URSS fue
incondicionalmente prosionista. Aunque luego, cuando se vio que el engendro
estaliniano se volvía contra su creador, las medidas antijudías se incremen-
taron y hay motivos para pensar que si Stalin no hubiera muerto en 1953 y
hubiera vivido más tiempo, quizás habría ordenado una deportación masiva
de judíos soviéticos similar a las que había ordenado contra los alemanes del
Volga, los tártaros de Crimea y los chechenos.
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ron en el estado sionista el mejor instrumento para su dominación en
Oriente Medio. En estas condiciones, todo el bloque capitalista bajo
la hegemonía estadounidense es prosionista y el apoyo más o menos
incondicional al estado de Israel ha sido obligatorio en Estados Unidos
y para sus satélites.
70
Sionismo y antisemitismo
El antisemitismo surgió en el siglo XIX como forma de judeofobia dis-
tinta de la tradicional judeofobia cristiana confesional. Su propio nom-
bre remite a categorías pseudorraciales decimonónicas muy distintas
de las categorías confesionales anteriores: no se odiaría a los judíos
en tanto que seguidores de la religión judía (eso sería más bien anti-
judaísmo) sino a los judíos en tanto que pertenecientes a una supuesta
«raza semita»,
71
cuyos enemigos ya no se veían tanto como cristianos
70
Una de las cosas que no perdonaron al presidente del gobierno español
Adolfo Suárez fue que pretendiera practicar una política propalestina, recibien-
do a Yâsir ´Arafât y negándose a establecer relaciones diplomáticas con el es-
tado de Israel. No es casual que el anclamiento del estado español en la OTAN
(mediante el referéndum) y el establecimiento de relaciones de embajada con
el estado de Israel fueran el mismo año (1986) y casi por las mismas fechas. La
sumisión total a Estados Unidos y el proisraelismo obligatorio iban en el mismo
lote. No es casual tampoco que el más propalestino de los gobernantes euro-
peos, el canciller Bruno Kreiski (él mismo de origen judío), fuera gobernante de
un estado neutral durante la Guerra Fría. Tampoco es casual que el giro proárabe
de De Gaulle coincidiera con su distanciamiento de Estados Unidos.
71
En las tipologías pseudorraciales de los racistas, la «raza aria» sería
la raza superior, la «raza semita» sería inferior y vendría en segundo lugar,
la «raza hamita» (camita) vendría en tercer lugar y los negros ocuparían el
lugar más bajo, en tanto que más alejados de la supuesta «raza superior» de
los «arios». En tipologías varias dentro de la jerarquización racista estaban
los distintos pueblos de Asia, América y Oceanía. Pero dentro de la misma
Europa la pertenencia o no a «la raza aria» dependía de los intereses políticos
de los racistas de turno. Así, los nazis declararon «raza inferior» que debía
ser esclavizada a los eslavos (a pesar de ser europeos, rubios, de ojos azu-
les, hablantes de una lengua indoeuropea) y «arios honorarios» a sus aliados
japoneses, pero no a los chinos, clasifcados como «inferiores», aunque físi-
camente fueran similares a los japoneses y tuvieran una civilización mucho
más antigua, de la que derivaba la japonesa. Las categorías «raciales» de los
racistas eran tan absurdas que a menudo se confundían con las confesionales,
con los intereses políticos del momento o con el puro capricho del taxono-
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 107
sino como miembros de una supuesta «raza aria», a la que pertenece-
rían los europeos no judíos
72
y especialmente los germanos, pretendida
quintaesencia de la supuesta raza de los «superhombres arios».
En los países atrasados en los que la judeofobia no se había «se-
cularizado» en forma de racismo sino que conservaba su plenitud
confesional, apenas podía hablarse propiamente de «antisemitismo»
sino de simple odio a los judíos. Así sucedía en Rusia, país que dio
al mundo el término ‘pogromo’, pero donde Leo Pinsker utilizó el
término ‘judeofobia’ y no ‘antisemitismo’ porque el odio a los judíos
seguía siendo esencialmente confesional,
73
mientras que Herzl, más
occidental, vienés, utilizaba el término ‘antisemitismo’ para referirse
a la aversión a los judíos.
A fnales del siglo XIX y principios del siglo XX, el antisemitismo se
extendió mucho por Europa y América, a raíz de la emigración masiva
de judíos ashkenazis pobres del este de Europa a Europa occidental
74

mista. El alcalde de Viena, Karl Lueger, muy admirado por Hitler, decía «yo
decido quién es judío» y el propio Hitler (él mismo cuarterón de judío) podía
expedir un certifcado de «ario puro» a su médico personal, clasifcado antes
como mestizo de judío, en agradecimiento por sus servicios.
72
Los «cristianos viejos» al menos, pues en el siglo XIX muchos judíos se
convirtieron al cristianismo. En este sentido, las categorías de racismo confe-
sional existentes en la España de los Austrias –la llamada «pureza de sangre»
de «cristianos viejos» frente a la falta de ella de los «cristianos nuevos» («cris-
tianos nuevos de judíos» y «cristianos nuevos de moros»)– pueden conside-
rarse precursoras de las categorías racistas antisemitas, aunque las diferencias
entre unas y otras sean muy considerables.
73
Si bien las categorías étnicas y las confesionales se solapaban: ruso para
muchos era prácticamente sinónimo de cristiano ortodoxo del imperio ruso,
de tal modo que una conversión religiosa bastaba para convertir en «ruso»
a un judío. Con la revolución rusa las cosas cambiarían, y «ruso» y «judío»
se convirtieron en categorías de «nacionalidad étnica» taxonomizadas por el
estado soviético al margen de la religión, ofcialmente irrelevante, pues, según
la nueva ideología ofcial, el ateísmo era la orientación ofcial y las religiones
eran creencias supersticiosas toleradas pero no fomentadas.
74
A raíz de esta inmigración se extendió mucho el antisemitismo por Es-
tados Unidos, donde hasta entonces no había habido judeofobia. En cambio
en Italia, donde esa inmigración fue mínima y los judíos italianos eran en su
mayoría autóctonos antiguos asimilados en todo salvo en la religión, el fenó-
meno antisemita fue inexistente incluso en el fascismo (en el que militaron
judíos) hasta que Mussolini se convirtió en un pelele de Hitler obligado a
imitar en todo a su homólogo alemán.
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José F. Durán Velasco 108
y América. Estos judíos, extraños religiosa y culturalmente, muchos
de ellos inclinados a las ideologías socialistas, se convirtieron en el
chivo expiatorio predilecto de la derecha, que encontró en su demo-
nización la forma de desviar el malestar social de la lucha de clases al
«odio a los judíos», supuestos culpables de todos los males y «cuerpo
extraño patógeno» en la civilización occidental cristiana o aria, según
la ideología del antisemita de turno fuera confesionalista, racista o
ambas cosas.
El sionismo surgió en ese contexto, en parte como reacción al an-
tisemitismo, pero también absorbiendo buena parte del ideario antise-
mita. Antisemitas y sionistas compartían la idea de «los judíos como
extranjeros» que deben irse, mantenerse aparte o incluso asimilarse.
La idea de que los judíos alemanes no eran alemanes o los judíos
de un determinado país eran extranjeros que debían irse o mantenerse
como minoría marginada, era una idea que sólo compartían los antise-
mitas y los sionistas. La mayoría de los judíos anteriores a la creación
del estado de Israel consideraban antisemita la idea de que los judíos
son extranjeros en los países en los que han nacido, en los que viven o
de los que son originarios. Para los sionistas, los judíos son extranjeros
que deben emigrar a «su país», que es «la tierra de Israel».
Pero no todos los antisemitas deseaban la emigración de todos los
judíos,
75
igual que los sionistas no desean necesariamente la emigra-
ción de todos los judíos a «la tierra de Israel».
76
En estas condiciones, lo que el sionismo pretende es llegar a un
acuerdo con los antisemitas, pues la idea sionista de que los judíos
deben emigrar a «la tierra de Israel» no anda muy lejos de la idea an-
tisemita de «judíos extranjeros fuera». El mismo apartheid antisemita
es visto con buenos ojos por los sionistas, al menos como «mal menor»
en comparación con la aborrecida «asimilación», por lo que no han
faltado los dirigentes sionistas que han declarado abiertamente que la
asimilación y las parejas mixtas que suponen la desjudaización de la
75
El ministro zarista organizador de pogromos, con quien se entrevistó
Herzl con la intención de que el imperio zarista apoyara la causa sionista, dijo
a Herzl con toda sinceridad que deseaban la emigración de la mayoría de los
judíos, aunque no de los que como Herzl eran ricos y cultos.
76
Los sionistas no desean la emigración masiva de comunidades de «la
diáspora» que son ricas, poderosas y prosionistas, porque eso perjudicaría la
infuencia del sionismo en esos países. Ese es el caso, sobre todo, de la comu-
nidad judía estadounidense.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 109
descendencia son peores que el antisemitismo e incluso peores que el
genocidio nazi. Golda Meir dijo en cierta ocasión que el excesivo an-
tisemitismo era negativo porque llevaba a la destrucción de los judíos,
pero que la total ausencia del antisemitismo también, porque llevaba a
la desaparición de los judíos por asimilación.
Por su parte, muchos antisemitas tampoco veían a los sionistas con
antipatía. La idea de que los judíos se fueran de Europa e implantaran
una entidad colonial europea en Asia o África les resultaba sumamente
atrayente. El judío sionista que quería dejar de ser un «judío diaspó-
rico» y convertirse fuera de Europa en un europeo colonial «superior»
a «los indígenas» era visto con admiración por los antisemitas. Para
los antisemitas, el judío, considerado como «ser inferior no europeo»,
una vez convertido en colono sionista fuera de Europa, se convertía
en un colono europeo «baluarte de la civilización europea contra la
barbarie afroasiática».
Hasta la segunda guerra mundial, el antisemitismo fue el banderín
de enganche de la mayor parte de la derecha europea y americana.
Luego entró en recesión, desacreditado por la derrota nazi y por la
divulgación de la infamia del genocidio que los nazis llevaron a cabo
asesinando a seis millones de judíos.
77
La propaganda nazi exportó el antisemitismo al mundo árabe,
donde consiguió difusión por reacción al sionismo. El antisemitismo,
más o menos combinado con tópicos judeófobos islámicos, fue la
forma que encontró la derecha de los países árabes para desviar el
malestar social colonial y de clase hacia un odio a los judíos inocuo
para sus intereses. La explicación socialista anticolonialista del fe-
nómeno sionista no encajaba con los intereses de la derecha árabe,
que encontró en los tópicos antisemitas una explicación mucho más
acorde con sus intereses. De esta manera, el antisemitismo
78
se difun-
77
El genocidio contra los judíos era tan infame que los propios nazis lo
llevaron a cabo sin declararlo abiertamente y tratando de que no se supiera
en el mundo exterior. Los nazis y antisemitas posteriores muchas veces no lo
reivindican sino que preferen negarlo.
78
Es una contradicción en términos hablar de «antisemitismo» por parte
de los árabes, pues se supone que son «semitas» como los judíos. Sin embar-
go, utilizo el término ‘antisemitismo’ como un término convencional para
referirme al tipo de judeofobia que surgió en el siglo XIX, en gran medida
distinta de la antigua judeofobia cristiana tradicional. En cualquier caso, el
término ‘semita’ es convencional, originariamente aludía a una descendencia
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dió entre los conservadores del mundo árabe y también entre muchos
nacionalistas e islamistas, para desgracia de los judíos del mundo
árabe y para satisfacción de los sionistas, que encontraron en ello un
rico flón para su propaganda antiárabe. Este tardío antisemitismo,
estólido y torpe, difundido por conservadores, islamistas y naciona-
listas en el mundo árabe, constituyó uno de los mejores pretextos de
la propaganda sionista, empeñada en presentar a sus enemigos árabes
como «los nuevos nazis».
La acusación de «antisemitismo» para cualquier posición an-
tisionista ha sido constante por parte de la propaganda sionista y
prosionista. Todo no judío antisionista o simplemente crítico con la
política del estado de Israel es acusado de «antisemita», y si es judío
se le acusa de «judío que practica el auto-odio».
79
Estas acusaciones
irrisorias recuerdan mucho a cuando los nazis descalifcaban siste-
máticamente a sus enemigos como «judíos» y, cuando era evidente
que un enemigo no podía ser judío, se le llamaba «judío blanco»,
80

con lo que se mantenía la connotación negativa de «judío» en el
imaginario antisemita, aun cuando se aplicara a quien no lo era en
ningún caso.
legendaria de un patriarca epónimo, Sem, hijo de Noé, de quien descenderían
los hebreos, árabes ´adnâníes, asirios y otros, pero no los cananeos. El tér-
mino ‘semita’ en el sentido moderno se aplicó a una familia de idiomas y a
sus hablantes, que incluye a los surarábigos y cananeos, a pesar de que estos
últimos en la genealogía bíblica fueran descendientes de Cam y no de Sem.
En cualquier caso, los hablantes actuales de árabe son de orígenes diversos,
lo mismo que los judíos; la ascendencia «semítica» no es más que un origen
legendario.
79
El inefable político laborista israelí Shimón Peres califcó en su día
al canciller austriaco propalestino de origen judío Bruno Kreiski de «judío
antisemita de la peor ralea». Las acusaciones de «judíos que practican el auto-
odio» son constantes en la propaganda sionista para todos los judíos que no
son apologistas del sionismo.
80
Obsérvese que «blanco» y «judío» se sobreentendían como conceptos
antagónicos, lo que no era ajeno a la relación entre el antisemitismo y el ra-
cismo colonial. En la actualidad, los prosionistas occidentales lo son porque
ven en el estado de Israel un estado «blanco» occidental. La continuidad entre
el viejo antisemitismo y el nuevo prosionismo es evidente.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 111
El sionismo como nacionalismo ashkenazi:
judío como ashkenazi, los judíos no ashkenazis
como «judíos exóticos» marginales
El sionismo surgió como nacionalismo judío, pero con una particula-
ridad: no se concebía como nacionalismo judío ashkenazi sino como
nacionalismo judío, al mismo tiempo que no concebía más judíos que
los ashkenazis.
Esto no era exclusivo de los ashkenazis. Cada etnia judía, inmersa
en su propio medio circundante no judío, tendía a verse como «los
judíos» frente a los no judíos. Los ashkenazis llamaban a su idioma
germánico «yiddish» («judío»), los sefardíes llamaban a su idioma
español «yudío», los judíos del Kurdistán a su lengua aramea «la len-
gua judía»... todos se identifcaban primariamente como judíos, pues
«los otros» que les rodeaban eran los no judíos, los gentiles (en hebreo
goyim). Los judíos sólo se percataban de las diferencias étnicas in-
terjudías cuando se encontraban con otros judíos distintos, pero en la
mayoría de los casos cada etnia judía tenía pocos contactos con otras
etnias judías y tendía a verse a sí misma como «los judíos».
Como mucho, los ashkenazis sabían que había otros judíos euro-
peos, los sefardíes, que hablaban otro idioma y constituían una estirpe
aparte.
81
Y otros judíos aún más lejanos, todavía más exóticos, a los
que veían con la misma lejanía que a las míticas «tribus perdidas de
Israel».
«La cuestión judía», tal como la planteaba el sionismo, era la cues-
tión de los judíos ashkenazis, especialmente de los judíos ashkenazis
que vivían en el gueto y el shtetl (pueblecito judío) de la Europa del
este, más que de los judíos ashkenazis asimilados de Alemania o los
emigrados al oeste en vías de asimilación.
El eurocentrismo sionista se refeja en grado sumo en que en Israel
se llame «sefardíes» a todos los judíos no ashkenazis, pese a que la in-
mensa mayoría de los judíos no ashkenazis de Israel no sean sefardíes.
Eso signifca que ‘sefardí’ pierde todo sentido propio y se convierte en
‘no ashkenazi’, pero obsérvese que, de esa manera, todos los judíos del
mundo son clasifcados como ashkenazis y sefardíes (ashkenazis y no
ashkenazis), aplicando a todos los judíos de origen no europeo el etnó-
nimo de la comunidad judía europea no ashkenazi más numerosa.
81
En algunos países, como Holanda, había comunidades judías sefardíes
y ashkenazis, pero unos se mantenían aparte de los otros.
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Todo lo más se habla en Israel de judíos «orientales» (mizrahim en
hebreo). Pero no se habla de judíos «occidentales». Es decir, para los
judíos de origen europeo se distingue netamente entre los ashkenazis,
por ejemplo, y los sefardíes, mientras que son todos los judíos de ori-
gen no europeo los que se incluyen en una misma categoría, aunque
entre ellos haya diferencias étnicas tan grandes, al menos, como las que
existen entre los ashkenazis y los sefardíes. Pero poco importa, pues
la categoría de ‘orientales’ es un cajón de sastre para todos los judíos
de origen no europeo; judíos ‘orientales’ signifca judíos ‘exóticos’,
‘raros’, ‘extraños’, no europeos, no ashkenazis. ‘Judíos orientales’ es
una terminología eurocéntrica, digna del «orientalismo» en el peor
sentido de la palabra.
Dado que la mayoría de los judíos «orientales» proceden de los paí-
ses árabes y en la mayoría de los casos su lengua materna originaria era
árabe, es obvio que ‘judíos orientales’ es un eufemismo para evitar tér-
minos políticamente confictivos, como ‘judíos árabes’, por ejemplo. In-
cluso términos utilizados antes para referirse a los judíos de lengua árabe
no yemeníes, como judíos musta´rabim (judíos ‘mozárabes’ o ‘arabiza-
dos’), se evitan, no son políticamente correctos para el sionismo, que
dictamina que se puede hablar de «judíos europeos» o «judíos indios»
pero no de «judíos árabes». A pesar de todo lo que tienen en común
todos los judíos árabes, es obligatorio referirse a ellos por topónimos
diferenciados («judíos marroquíes», «judíos egipcios», «judíos sirios»,
«judíos iraquíes» o «judíos yemeníes») o en un todo más general como
«judíos orientales», nunca haciendo hincapié en la común arabidad judía
y menos aún en la arabidad común con los árabes no judíos.
También hay que decir que esta terminología eurocéntrica no ha
sido exclusiva de los sionistas.
En la Unión Soviética había una taxonomía de nacionalidades ét-
nicas. En el caso de los judíos, estos eran clasifcados como una na-
cionalidad étnica específca. Pero «judío» en la clasifcación de nacio-
nalidades étnicas soviéticas era sinónimo de judío ashkenazi, porque
los judíos no ashkenazis se clasifcaban aparte de «los judíos» a secas
(los ashkenazis); por ejemplo, los judíos de lengua tat se clasifcaban
no como «judíos» sino como «judíos de las montañas» y los judíos
persófonos de Asia central como «judíos de Bujara». Las autoridades
soviéticas eran conscientes de que no todos los ciudadanos judíos de
su territorio pertenecían a la misma nacionalidad étnica y que entre
los judíos había etnias distintas, sin embargo, reservaban el nombre de
«judíos» sin más para los ashkenazis.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 113
Cuando la distancia de una etnia judía era mayor aún, los ashke-
nazis incluso dudaban de su condición judía. Ese ha sido el caso de
los judíos etíopes, judíos negros en las antípodas de los muy blancos
y a menudo pelirrojos judíos ashkenazis. Muchos judíos ashkenazis
han mirado con sospecha la existencia y los orígenes de «los judíos
negros» de Etiopía, tan distintos de ellos. No se les ocurría plantearse
que unos judíos negros no eran más sospechosos de no descender de
los judíos bíblicos que los judíos ashkenazis de ojos azules, rubios o
pelirrojos. Por razones racistas y de confesionalismo, pues los judíos
reconocidos por el rabinato eran los talmúdicos y los falashas no
conocían el Talmud,
82
hasta los años setenta las autoridades israelíes
no les declararon susceptibles de obtener la ciudadanía israelí aco-
giéndose a «la ley del retorno», que permite obtener inmediatamente
la ciudadanía israelí a cualquier judío que la solicite. Este dicta-
men sólo se produjo después de que los grandes rabinos de Israel,
el «sefardí»
83
´Ovadya Yosef en 1973 y el ashkenazi Shlomo Goren
en 1975, reconocieran en los falashas a los descendientes de la tribu
de Dan. Nótese a todo esto que aunque los reconocieron como is-
raelitas, no los reconocieron propiamente como judíos, sino como
miembros de una de «las tribus perdidas de Israel». Lo más absurdo
en todo esto es que los falashas siempre se habían visto a sí mismos
como los judíos por excelencia: «La casa de Israel» era el nombre
que se daban a sí mismos. Pero ni siquiera tras las declaraciones
rabínicas haciendo de ellos el remanente de la tribu de Dan se les ha
dejado de ver como «sospechosos» de no ser «auténticos judíos».
El escándalo del desperdicio de las donaciones de sangre de judíos
etíopes por no considerarla «pura» fue la gota que colmó el vaso en
los años noventa.
84
82
Que los falashas no conocieran el Talmud es en realidad un indicio de
la gran antigüedad de su judaísmo, pues indica que su aislamiento del resto
de los judíos fue anterior a la época talmúdica.
83
‘Sefardí’ en el sentido israelí del término, es decir, no ashkenazi; ´Ovad-
ya Yosef no es sefardí sino de origen iraquí.
84
Y que además es un testimonio elocuente acerca del racismo de muchos
judíos, no sólo contra los falashas sino también contra los no judíos. Pero los
propios falashas no carecen de su propio racismo, orientado contra los pa-
lestinos; como en tantos otros casos, los últimos inmigrantes llegados como
colonos, que ocupan el penúltimo escalón de la escala social, son de los más
hostiles a los autóctonos colonizados.
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José F. Durán Velasco 114
Los judíos y «la tierra de Israel»
En la antigüedad, muchos pueblos se jactaban de su autoctonía y la uti-
lizaban como argumento para su legitimidad en el disfrute de su tierra y
para negar a los extranjeros el derecho de naturalización. Por ejemplo,
los atenienses se consideraban especialmente justos por ser autóctonos
del Ática, que jamás habían despojado a ningún otro pueblo del país
que habitaban; pero este argumento también les servía para excluir de
la ciudadanía a los extranjeros que se establecían en la ciudad y a sus
descendientes, e incluso no reconocían como ciudadanos a quienes no
fueran de padre y madre atenienses. Pueblos como los sumerios o los
egipcios ni siquiera se plantearon la cuestión de la procedencia, pues se
veían a sí mismos como pueblos que siempre habían estado en el país
que habitaban, como los habitantes originarios del país, los primeros
en establecerse allí, si es que no habían surgido de la misma tierra en
la que moraban.
Pero los israelitas siempre fueron muy conscientes de su origen
extranjero en «la tierra de Israel»: sus tradiciones les hacían origina-
rios de poblaciones nómadas de Mesopotamia. Lejos de legitimar su
posesión del país basándose en el derecho de autoctonía y considerarse
los más justos por no haber despojado a nadie del país que habitaban,
la tradición bíblica se jacta de una conquista brutal, sanguinaria y ge-
nocida, no sólo bendecida sino también ordenada por el dios de Israel,
que había maldecido a los habitantes anteriores del país, los cananeos,
y había entregado «el país de Canaán» a su pueblo elegido. El relato
bíblico sobre esa conquista es sencilllamente espeluznante, casi no
encuentra parangón en la historiografía
85
de otras naciones crueles y
85
Los historiadores romanos más chovinistas y patrioteros, como Tito
Livio, siempre intentaban deformar la historia para presentar a los romanos
como un dechado de virtud moral y de fdelidad a la fe jurada, de manera que
todas las guerras romanas habrían sido en legítima defensa y contra enemigos
inicuos y traicioneros. Se ha dicho sarcásticamente que, de creer a Tito Livio,
«Roma habría conquistado el mundo en defensa propia». Pero esa misma his-
toriografía demuestra implícitamente una actitud vergonzante por parte de los
historiadores romanos hacia el comportamiento romano real y sus auténticos
móviles, pues trataban de ocultarlos con pretextos de legítima defensa, lo que
supone que daban por sentado que la guerra de agresión y la conquista por la
conquista eran comportamientos inicuos y vergonzosos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 115
depiadadas de la misma época,
86
hasta el punto de que el historiador G.
E. M. de Ste. Croix ha podido decir con justicia:
No tengo la intención de dar a entender que los romanos fueron
habitualmente la potencia imperial antigua más cruel y despiadada de
todas. No sé decir qué nación de la Antigüedad aspiraría al título con
más justicia, pues no conozco toda la documentación. Sin embargo,
basándome en lo que conozco, puedo afrmar que sólo sé de un único
pueblo que se creyera con derecho a decir que realmente tenía orden
divina de exterminar a poblaciones enteras que pudiera conquistar,
a saber, Israel. Hoy día, los cristianos, al igual que los judíos, ape-
nas suelen fjarse en la despiadada ferocidad de Yahvé, tal como nos
la revelan no las fuentes hostiles, sino la propia literatura que ellos
consideran sagrada. De hecho, por regla general, suelen arreglárselas
para olvidar incluso la existencia de este material incriminatorio. Por
consiguiente, creo que debería mencionar que en la literatura pagana
hay pocas cosas tan moralmente escandalosas como los relatos de
las masacres que supuestamente se llevaron a cabo en Jericó, Ai y
Hazor, así como entre los amorreos y los amalecitas, todas las cua-
les no sólo fueron animadas por Yahvé sino estrictamente ordenadas
por él (véase en general Deut., XX. 16-17, cf. 10-15. En cuanto a
Jericó, véase Jos., VI-VII, esp. VI. 17-18, 21, 26; VII. 1, 10-12, 15,
24-25; respecto a Ai, VIII, esp. 2, 22-29; para Hazor, XI, esp. 11-14;
sobre los amorreos, X, esp. 11, 12-14, 28-42; sobre los amalecitas,
I Samuel, XV, esp. 3, 8, 32-33). Se podía dictar la pena de muerte,
como ocurrió en Jericó, incluso para quien, en vez de destruirlo, se
apoderara de parte del botín: «A aquel a quien se coja en posesión
de lo manchado», dijo Yahvé a Josué, «quémeselo en el fuego, tanto
a él como a todo lo que posea» (Jos., VII. 15); y cuando Acán trans-
gredió la orden, tanto él como sus hijos e hijas (por no hablar del
ganado y demás posesiones) fueron lapidados hasta morir y luego
quemados (ibidem, 24-25). Cuando según se cuenta, prolongó Yahvé
un determinado día, a petición de Josué, haciendo «detenerse» al sol
y la luna, no fue sino con la fnalidad de que el pueblo «se vengara
de sus enemigos», los amorreos (X. 12-14); Yahvé participó incluso
86
Quizás sólo los gobernantes asirios llegaran a superarlo, con sus cró-
nicas jactanciosas sobre las más atroces crueldades contra los pueblos que
se resistieron a su dominio. Si bien no cabe dudar de que los reyes asirios
cometieron las atrocidades de las que se jactaban, esas crónicas formaban
parte de su campaña de dominio por el terror y no practicaron genocidios.
Cuando los asirios conquistaron el reino de Israel deportaron a gran parte de
sus habitantes a Asiria, pero no los exterminaron.
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José F. Durán Velasco 116
en la matanza «echándoles grandes piedras desde el cielo» (ibidem,
11), lo mismo que, según se creía, Apolo salvó su templo de Delfos de
las asechanzas de los persas en 480 mediante el trueno, el rayo y los
terremotos (Hdt., 35-39). Después Josué redujo una tras otra a las ciu-
dades amorreas: no «dejó ni una, antes bien destruyó absolutamente
todo lo que alentara, como el Señor Dios de Israel le había ordenado»
(Jos., X, 40; cf. Deut., XX, 16). Y existen pocas historias más esca-
lofriantes que la del profeta Samuel descuartizando a Agag [rey de
los amalecitas] ante Yahvé en Gilgal (I Samuel, XV. 32-33). Se nos
cuenta que también los madianitas fueron exterminados sin piedad:
cuando se acabó con los hombres, Moisés reprochó a los israelitas no
haber hecho lo mismo con las mujeres; sólo consintió en dejar vivas
a las doncellas (Núm., XXXI, esp. 14-18). En las tradiciones que nos
han conservado sus adoradores, los dioses griegos y romanos podían
ser bastante crueles, pero al menos sus devotos no intentaron demos-
trar que les prescribieran la realización de genocidios.
Se nos muestra que los gibeonitas sólo lograron escapar a su total
destrucción a manos de Israel gracias a que previamente engañaron a
Josué y a los caudillos israelitas para que hicieran un juramento en
virtud del cual se les perdonaba la vida, aduciendo que venían de lejos
(Jos., IX, esp. 15, 18, 20, 24, 26). Su destino fue convertirse en criados
perpetuos de los israelitas, los «que cortaban la leña y les acarreaban
el agua»
87
(ibidem, 21, 23, 27); textos que se citan hoy día como una
justifcación del aparheid hecha por las Escrituras.
88

87
Estos textos los han mencionado algunos sionistas como modelo del
trato que el estado sionista debe dispensar a los palestinos que han permaneci-
do en el estado de Israel y se han librado de la limpieza étnica de 1948: hacer
de ellos una casta de servidores de los judíos.
88
Los piadosos cristianos racistas blancos de Suráfrica y de Estados Uni-
dos justifcaban la esclavitud o el apartheid con argumentos bíblicos de este
tipo. También identifcaban a la descendencia «maldita» de Cam con los ne-
gros. Pero los negros cristianos daban la vuelta al argumento bíblico y se veían
a sí mismos como israelitas oprimidos por los egipcios, de manera que algún
día llegaría la liberación de los negros y las plagas caerían sobre los blancos
opresores. Los colonos protestantes anglosajones se veían a sí mismos como
«los nuevos israelitas» con derecho a tomar posesión de «la tierra prometi-
da» y a tratar a los amerindios como la Biblia decía que los israelitas habían
tratado a los cananeos. En el flosionismo estadounidense late la idea de que
los israelíes son los israelitas de la Biblia con un derecho divino a desposeer
y matar a los habitantes de «la tierra prometida», y a la vez se los ve como
los pioneros del «salvaje oeste» en su lucha contra los indios (los palestinos).
A su vez, los palestinos y los árabes a menudo se han identifcado con los
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Los romanos, aunque se negaban (igual que muchas ciudades
griegas) a reconocer las uniones entre sus ciudadanos y extranjeras
como matrimonios legales, y a sus descendientes como ciudadanos
romanos, no mostraron nunca un odio tan feroz por esas uniones como
el que vemos en otro escandaloso relato del Antiguo Testamento, el de
Fineas, nieto de Aarón, en Núm., XXV. 1-15: mata al israelita Zimri
con su esposa madianita Cozbi, atravesándole a esta última el vientre,
acto por el que recibe una calurosa enhorabuena de Yahvé y con el que
cesa la peste que había provocado 24.000 víctimas.
89
Sin embargo, la realidad histórica del asentamiento israelita parece
haber sido distinta. Las investigaciones de los historiadores modernos
parecen coincidir en que la conquista israelita de la tierra de Canaán
fue diferente de como la describe la Biblia, pues esta se escribió mucho
después e imbuida de un yahvismo fanático. Parece que la conquista
fue mucho más lenta y que no hubo sólo matanzas sino también sim-
biosis y asimilación de la población indígena por los conquistadores.
Algunos historiadores han llegado todavía más lejos, hasta proponer
la hipótesis de que el establecimiento israelita se habría producido en
un contexto de luchas sociales cananeas entre los campesinos y los
centros urbanos, sedes estos últimos del poder estatal y de los explo-
tadores; en el contexto de estas luchas sociales, los pastores nómadas
israelitas se habrían aliado con los campesinos y el yahvismo habría
proporcionado cohesión ideológica a los rebeldes. Esta teoría pretende
explicar la continuidad etnolingüística
90
y la invitación bíblica a des-
truir las ciudades y a sus habitantes, sin mencionar a las poblaciones
rurales.
amerindios, como se ve en algunos versos del poeta sirio Nizâr Qabbânî y
del palestino Mahmûd Darwîsh. Los sionistas se han visto a sí mismos como
los israelitas bíblicos y justifcan su colonización con argumentos bíblicos; su
ensañamiento con los palestinos es muy «bíblico». Sería digno de estudio el
impacto que los relatos bíblicos tienen en la mentalidad de los judíos israelíes
y los sionistas en general, sean judíos o cristianos, incluso sería interesante
saber si los mismos nazis no tomaron inspiración para sus genocidios de los
relatos bíblicos, bien conocidos por los alemanes cristianos.
89
G. E. M. De Ste. Croix, La lucha de clases en el mundo griego antiguo
(Barcelona: Crítica, 1988), pp. 388-389.
90
El hebreo es una variedad de la lengua cananea no muy diferente del
fenicio.
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José F. Durán Velasco 118
Posteriormente, los reyes israelitas tuvieron excelentes relacio-
nes con los estados cananeos supervivientes: Salomón fue socio
comercial de los fenicios
91
de Tiro, que le ayudaron a construir el
templo de Jerusalén; reyes de Israel se desposaron con princesas
tirias (cananeas), Jezabel fue una de ellas. Es muy posible que la
tradición yahvista anticananea recogida en la Biblia surgiera en esa
época, en la que los profetas yahvistas se oponían ferozmente a
los sincretismos entre el dios de Israel y el Ba´al
92
fenicio: el odio
teológico yahvista contra los adoradores de divinidades cananeas
debió de influir no poco en la visión de la conquista de la tierra de
Canaán como un genocidio aniquilador contra los adoradores de
otros dioses.
Los israelitas nunca llegaron a ocupar toda la tierra de los cananeos.
Los fenicios siguieron viviendo en la costa al norte del monte Carmelo,
93

mientras que los flisteos se establecieron en la costa meridional.
94
Además, ya en el siglo X a.C. el reino hebreo se dividió entre el
reino de Israel, en el norte, y el reino de Judá, en el sur. El reino del
norte fue destruido por los asirios a fnales del siglo VIII a.C. y gran
parte de su población fue deportada a Asiria;
95
los israelitas que queda-
ron, mezclados con poblaciones extranjeras deportadas por los asirios,
dieron lugar a los samaritanos, pueblo israelita distinto de los judíos
91
Los fenicios no eran otra cosa que cananeos: fenicios era el etnónimo
que les aplicaron los griegos, cananeos era el etnónimo que se daban a sí mis-
mos. Todavía en el siglo V, según testimonio de Agustín de Hipona, los cam-
pesinos africanos de lengua púnica se llamaban a sí mismos «cananeos».
92
Ba´al en cananeo (tanto fenicio como hebreo) signifca simplemente
‘Señor’, de manera que no era difícil identifcar al dios de Tiro con el dios
de Israel. Ya antes había habido sincretismos similares con otros dioses ca-
naneos: El (‘dios’, el dios por antonomasia) era el dios principal del panteón
cananeo y un nombre del dios de Israel; El ´Elyón (‘dios altísimo’) había sido
el dios de los jebuseos y luego este nombre se convirtió en una más de las
denominaciones del dios de Israel.
93
La ciudad de Acre, antaño fenicia, nunca estuvo en manos judías hasta
1948, pero aun hoy la ciudad vieja de Acre sigue estando habitada mayorita-
riamente por palestinos.
94
Ascalón, antigua ciudad flistea, nunca estuvo en manos judías hasta
1948.
95
Acerca de estos israelitas deportados y perdidos para la israelidad sur-
gieron las leyendas sobre «las tribus perdidas de Israel».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 119
y enemigo de estos,
96
con sus propias tradiciones religiosas,
97
de los
que ha quedado un pequeño remanente hasta la actualidad en Nablus
y en Holón.
Los judíos eran los habitantes del reino del sur, conocido como
Judea, una pequeña parte del territorio del antiguo reino de Israel an-
terior a la división en el siglo X a.C.
Incluso tras las conquistas asmoneas en el siglo II a.C. y la conversión
forzada de muchos no judíos al judaísmo, los judíos de «la tierra de Is-
rael» eran una minoría frente a la gran mayoría de los judíos que vivían
en «la diáspora». Antes de las guerras entre los judíos y Roma, los judíos
sólo eran mayoritarios en Judea, Galilea, Perea e Idumea, mientras que
la costa mediterránea y la Decápolis eran mayoritariamente gentiles y
Samaria estaba habitada por samaritanos, esto es, por israelitas no judíos
que eran hostiles a los judíos. Incluso después de Adriano, durante siglos,
los judíos siguieron constituyendo una gran parte de la población de
Galilea, hasta su exterminio por los cruzados a fnales del siglo XI.
Aunque «la tierra de Israel» tenía un gran valor religioso para los
judíos, la mayoría de los judíos nunca quisieron emigrar allí, ni si-
quiera en el siglo XX. Todavía hoy, tras más de cincuenta años de «la
ley del retorno», que otorga automáticamente la ciudadanía israelí a
todo judío que la solicite, y a pesar de todos los esfuerzos sionistas por
llevar judíos a «la tierra de Israel», son mayoría los judíos que viven
en «la diáspora» y que preferen vivir en su país de origen u otro antes
que en «la tierra de Israel».
De haberlo querido, durante gran parte de la historia nadie hubiera
impedido a los judíos «volver» a «la tierra de Israel» y establecerse en
96
El odio entre samaritanos y judíos fue grande. Los Evangelios cristia-
nos se hacen eco de él. Unos y otros se disputaban la continuidad del genuino
Israel. Los judíos les aborrecían tanto que, en lugar de llamarles samaritanos
(shomronim en hebreo), les llamaban kutim (cuteos), dando a entender que no
eran israelitas de origen sino habitantes de Cuta (en Mesopotamia) deportados
por los asirios a Samaria para sustituir a los genuinos israelitas deportados a
Asiria. Según los rabinos, los kutim constituían una categoría aparte, a medio
camino entre los judíos y los gentiles, aunque admitían que estaban más cerca
de los judíos que de los gentiles.
97
Los samaritanos reconocen el carácter sagrado de la Torá (los cinco
primeros libros de la Biblia) y del libro de Josué, pero rechazan el resto de la
Biblia. Para sus textos sagrados utilizan el alfabeto cananeo (fenicio) antiguo,
que los judíos abandonaron en el siglo II en favor del alfabeto arameo cuadra-
do que hoy llamamos hebreo.
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ella. El país, durante la mayor parte de esos dos mil años, estuvo bajo
control de poderes imperiales no nacionales que no hubieran tenido
inconveniente en que los judíos se establecieran masivamente en ese
territorio, siempre que fuesen súbditos sumisos y pagasen los tributos
requeridos. El imperio otomano acogió a miles de judíos españoles,
expulsados por los Reyes Católicos, pero sólo un número muy escaso
de ellos se estableció en Tierra Santa, la mayoría prefrió establecerse
en ciudades de otros países del imperio otomano donde la vida era
más próspera. No había en el imperio otomano ninguna ordenanza
que prohibiese a los judíos establecerse en Palestina. Sencillamente: la
mayoría de los judíos no tenían interés en vivir en «la tierra de Israel»;
preferían habitar en los países de los que eran nativos, y si emigraban
de su tierra natal preferían irse a morar a tierras más ricas donde la
vida fuera mejor, cosa que no solía ser el caso de «la tierra prometida»,
un país rico («la tierra de la leche y la miel») desde la perspectiva de
los nómadas del desierto pero no desde la perspectiva de urbanitas o
campesinos de países mucho más prósperos.
La expresión «la tierra de la leche y la miel» es en sí misma muy
expresiva de la pobre realidad del país. Leche y miel son productos
propios de un país de pocos recursos, un país pequeño con pocas tierras
fértiles. Un país rico desde el punto de vista de nómadas que venían del
desierto, pero un país pobre desde el punto de vista de los agricultores
de países realmente fértiles. Se ha dicho y repetido con razón que en
ese país «incluso los métodos de cultivo más modernos e intensivos
no dan más que cosechas comparables a las que los campesinos de los
Balcanes obtienen con su agricultura primitiva y extensiva».
98
Desde la lejanía y la idealización, «la tierra de Israel» podía verse
como el país más maravilloso del mundo; el Talmud dice: «Diez medi-
das de sabiduría bajaron al mundo: nueve le correspondieron a la tierra
de Israel y una a todo el resto del mundo. Diez medidas de belleza
bajaron al mundo: nueve le correspondieron a Jerusalén y una a todo
el resto del mundo». También se suponía que vivir en ella era para los
judíos una gran bendición, equivalente a guardar todos los precep-
tos religiosos judíos. Pero todo eso no pasaban de ser exageraciones
piadosas para incitar a los judíos a vivir allí, lo que indica que pocos
motivos no religiosos podían impulsarlos a establecerse allí y que para
los judíos era más fácil emigrar de «la tierra prometida» que inmigrar
a ella.
98
Nathan Weinstock, op. cit., p. 207.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 121
Esto explica muchas cosas y contribuye a entender otras, por ejem-
plo, la dependencia de los colonos sionistas y del estado de Israel del
capitalismo exterior, o por qué el falso socialismo sionista se ha basado
en inversiones multimillonarias de capitalistas judíos, sin las cuales no
sólo no hubieran podido adquirir las tierras para los kibutzim, sino que
menos aún habrían podido crear una economía productiva y mantener
un altísimo nivel de vida en comparación con el de los labriegos pa-
lestinos; basándose en sus propias fuerzas y recursos, y aun contando
con un nivel científco y tecnológico superior, el nivel de vida de los
colonos sionistas no habría sido mucho más alto que el de los campesi-
nos árabes. También explica por qué la mayoría de los judíos no tenían
ningún interés en emigrar a un país pobre y confictivo y preferían
hacerlo a países ricos llenos de oportunidades, como los de Europa
occidental o América.
El sionismo lingüístico:
hebreo versus «lenguas diaspóricas»
El nacionalismo judío precisaba de una lengua judía, una sola, pues
igual que no concebía una pluralidad étnica judía, no admitía una
pluralidad lingüística judía, como tampoco admitía una pluralidad de
patrias para los judíos. Un pueblo, un idioma, un estado...
Como hemos visto, el sionismo apenas entendía por judíos otra
cosa que los judíos ashkenazis, que ya tenían un idioma étnico, propio,
el yiddish. Habría sido lógico, consecuente con el ashkenazicentrismo
del sionismo, que el yiddish hubiera sido la lengua sionista, pues era
la lengua de los judíos (ashkenazis). Sin embargo, aunque el sionismo
era ashkenazicéntrico, se avergonzaba del judaísmo y de la judaidad
tradicional; en su búsqueda de un pasado judío «nacional», de «estado-
nación», se remontaba a los tiempos bíblicos, a los hebreos, saltándose,
como si de una ignominia se tratara, todo el periodo «diaspórico», es
decir, la mayor parte de la historia judía.
En especial el sionismo se avergonzaba del yiddish, vergüenza
compartida por muchos judíos ashkenazis «asimilacionistas». Moi-
sés Mendelssohn, el iniciador de la haskalá (la ilustración judía) en el
siglo XVIII, trató de popularizar el alemán entre los judíos y rechazó el
yiddish, al que consideraba una «jerga inculta»,
99
una «lengua salvaje
99
María Encarnación Varela, Historia de la literatura hebrea contempo-
ránea (Barcelona: Mirador, 1992), p. 33.
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José F. Durán Velasco 122
e inculta».
100
El idioma favorito de muchos de estos judíos que des-
preciaban el yiddish era el alemán, tanto por su prestigio como por su
proximidad a su lengua materna yiddish que rechazaban, pero despro-
vista del carácter proletario, judío y no estatal
101
del yiddish. Incluso
entre los sionistas había partidarios del alemán más que del hebreo,
y el propio Theodor Herzl consideraba que el alemán era el idioma
culto natural de los judíos;
102
durante el mandato británico, entre los
sionistas establecidos en Palestina se produjo un gran conficto cuando
el Gymnasium de Herzliya quiso convertir el alemán en su lengua de
enseñanza, aunque fnalmente se impuso el hebreo. Este conficto es
sintomático de la importancia que el alemán tenía entre los judíos as-
hkenazis, sobre todo teniendo en cuenta que el yiddish, lengua materna
de la mayoría de los pioneros sionistas, nunca tuvo partidarios entre los
simpatizantes de este movimiento.
Isaac Deutscher expresó muy bien la actitud del sionismo hacia
el yiddish y los complejos que llevaron a los sionistas ashkenazis
y ashkenazicéntricos a repudiar el yiddish y sustituirlo por el he-
breo:
Así, por ejemplo, algunos israelitas se sienten neuróticamente
avergonzados del yiddish, la lengua de las primeras canciones de cuna
y de sus primeras historias bíblicas, la «jerga» en la que una literatura
asombrosamente rica foreció antes de la catástrofe judía. Si a bordo de
un barco judío o en Tel Aviv os acercáis a cualquier extranjero y le pre-
guntáis cuál es su lengua, la respuesta es: el alemán. Sólo rara vez dirá
que el yiddish. Pero en el momento en que abre la boca os dais cuenta
de que habla yiddish –del alemán apenas tiene los más elementales
conocimientos–; sin embargo, nunca lo admitirá: el yiddish pertenece
al pasado que ha decidido olvidar.
Esta actitud respecto del yiddish era característica del sionismo,
desde mucho tiempo antes de que Hitler subiera al poder. Desde sus
comienzos, el sionismo tuvo por objetivo resucitar el hebreo. En todo
ello hay un cierto esnobismo, como lo sería cualquier intento por parte
de los griegos o de los italianos de abandonar sus lenguas modernas
para volver al griego y al latín clásicos. El sionismo ha considerado
100
Ibid., p. 300.
101
Se ha dicho que la diferencia entre un dialecto o una «jerga inculta» y
un idioma es que el segundo es un dialecto con estado o con ejército.
102
Evidentemente, por «judíos» entendía a los ashkenazis.
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siempre que el judío era un príncipe encantado, condenado a vivir
en la pobreza durante cierto tiempo, al cabo del cual volvería a su
palacio real para deshacerse de los grises y sucios harapos de la triste
mascarada y vestirse de oro y púrpura. Así pues, en el umbral de Israel,
el judío abandona los harapos del yiddish por el oro y la púrpura del
hebreo.
103

Podría decirse que el hebreo se adecuaba admirablemente a esa
función por varios motivos confuyentes, algunos de ellos aparente-
mente contradictorios:
Para los judíos, el hebreo había sido 1) lashon ha-qodesh (‘la len-
gua santa’) por excelencia.
104
Utilizar el hebreo para fnes seculares era una provocación 2)
muy del gusto de ciertos sionistas secularistas. En principio los
judios ortodoxos rechazaban el empleo del hebreo para usos
profanos,
105
prácticamente lo veían como una blasfemia; todavía
hoy algunas comunidades judías ortodoxas ashkenazis utilizan
el yiddish como lengua coloquial y se niegan a utilizar el hebreo
con fnes no religiosos.
Para los cristianos occidentales (modelos para el sionismo) 3)
era la lengua de la parte de la Biblia compartida con los
judíos, es decir, una lengua prestigiosa ante los ojos de los
gentiles (europeos), cuyos nacionalismos trataba de emular
el sionismo.
No era lengua materna de ningún judío «diaspórico», pues, a 4)
decir verdad, no era la lengua materna de nadie.
103
Isaac Deutscher, El judío no sionista y otros ensayos (Madrid: Ayuso,
1971), p. 128.
104
La tradición rabínica incluso suponía que los ángeles hablaban en he-
breo y no entendían otra lengua, ni siquiera el arameo.
105
Como anécdota signifcativa del valor sacral del hebreo para el judaís-
mo ortodoxo, en contraste con la desacralización de este idioma llevada a
cabo por el sionismo, basta recordar la «fatua» del que fuera gran rabino de
Israel, Mordejai Eliahu, que prohibía cantar en hebreo en el baño e incluso
hablar en hebreo en el cuarto de baño, por tratarse de un lugar impuro en el
que predomina «el espíritu del mal». Imaginemos lo que los rabinos pensarían
de utilizar el hebreo para toda clase de menesteres cotidianos, incluyendo
actividades pecaminosas.
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José F. Durán Velasco 124
Se suponía que había sido la lengua que hablaron los judíos 5)
antes de la diáspora.
106

Se suponía que era la lengua judía por excelencia. 6)
107
Se suponía que era la lengua propiamente judía. 7)
108
El yiddish era «judío» (‘yiddish’ signifca ‘judío’) mientras 8)
que el hebreo era otra cosa. Una de las consignas sionistas era
precisamente «el último judío, el primer hebreo»;
109
otra de las
consignas sionistas era daber ´ivrit («¡habla hebreo!»), que es-
taba dirigida contra el yiddish, principal rival del hebreo, ya que
era la lengua materna de la mayoría de los inmigrantes judíos
en Palestina, a quienes iba dirigida esta consigna. Si tenemos en
cuenta que yiddish signifca ‘judío’, el contenido de la consigna
es más claro: «No hables judío, habla hebreo».
El yiddish era la lengua del pueblo, el idioma del proletariado 9)
judío ashkenazi, que a fnales del siglo XIX y comienzos del siglo
XX se convirtió en la lengua de la cultura secular de los judíos
ashkenazis y en concreto del movimiento obrero judío.
110
Frente
106
Cosa que no es cierta. La mayoría de los judíos de Palestina hablaban
arameo antes de las guerras judeo-romanas en los siglos I y II. Sólo existe dis-
cusión sobre si en Judea (pero no en el resto de «la tierra de Israel») el hebreo
se utilizaba como lengua cotidiana al lado del arameo, es decir, si en Judea
hasta el siglo II existió un bilingüismo hebreo-arameo o no; en cualquier caso,
de lo que no hay duda es de que el arameo era la lengua más difundida; en las
cuevas de Qumrân se han encontrado textos judíos en hebreo, arameo y grie-
go. También conviene recordar que el arameo era la lengua materna común
a todo el Creciente Fértil. El fenicio (casi el mismo idioma que el hebreo) se
mantuvo más tiempo en Fenicia y el Mediterráneo occidental (en Málaga se
acuñaban monedas con inscripciones fenicias todavía en el siglo II) que el
hebreo en Palestina.
107
Aunque en muchos países y épocas y a lo largo de la mayor parte de la
historia los judíos hicieron más uso de otras lenguas y no del hebreo. Entre
estas lenguas podemos citar el arameo, el griego, el árabe, el persa, el español,
el alemán, el yiddish y en la actualidad el inglés o el francés.
108
En realidad el hebreo es una variante del cananeo, el idioma de los
pobladores preisraelitas.
109
Gassân Kanafânî, Fî-l-adab as-sahyûnî (Beirut, 1982), p. 22.
110
Como anécdota altamente expresiva de esta situación se puede mencio-
nar que el anarquista alemán no judío Rudolf Rocker, cuando llegó a Londres
en 1893 como refugiado político, no tardó en relacionarse con sus camaradas
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a la concepción sionista del judío como príncipe metamorfo-
seado en rana por una triste maldición, que un día abandonaría la
charca de la diáspora y el croar en yiddish para volver a su pala-
cio y dar órdenes a la servidumbre en hebreo, los partidarios del
yiddish solían ser los que abogaban por la emancipación judía
sin veleidades principescas y esnobistas. Frente al movimiento
socialista judío, que adoptaba como suyo el idioma del pueblo,
el yiddish,
111
el movimiento nacionalista sionista hizo del hebreo
su bandera, la bandera de su esnobismo nacionalista.
Los sionistas rechazaron la pronunciación ashkenazi del hebreo y
adoptaron (en la medida de su capacidad) la sefardí; esto se debió a que
la pronunciación sefardí les parecía más próxima al hebreo antiguo y
porque, al ser ashkenazis, la pronunciación ashkenazi del hebreo les
parecía sinagogal, rabínica, demasiado «judía», no hebrea.
Sin embargo, debido al sustrato ashkenazi, el hebreo hablado en
Israel es muy distinto del hebreo original. Los judíos procedentes de
los países árabes son los que hablan un hebreo con una pronunciación
más semítica, más próxima al hebreo que los sionistas pretendían res-
taurar; los judíos árabes son los únicos que distinguen la het de la jaf
y pronuncian la ´ayn, mientras que los judíos de origen europeo pro-
anarquistas judíos y en aprender yiddish para escribir en el periódico anar-
quista judío Der Arbeter Fraint; Rudolf Rocker después fue a Liverpool y
colaboró con una pequeña revista, también en yiddish, llamada Dos Freie
Vort. En Inglaterra, la mayoría de los camaradas anarquistas de Rocker eran
judíos hablantes de yiddish; estos judíos anarquistas de Inglaterra no sólo
editaban los periódicos anteriormente citados sino que Der Arbeter Fraint se
convirtió en centro de una empresa considerable de publicaciones en yiddish,
que incluía traducciones de los grandes novelistas y dramaturgos y editaba
una revista cultural, Germinal, todo ello en yiddish.
111
El Bund, partido mayoritario entre los judíos del este de Europa, desde
el año 1910 proclamó ofcialmente al yiddish como la lengua nacional judía.
La idea del yiddish como lengua nacional judía (entendiendo por judíos a los
ashkenazis) fue la ofcial en la Unión Soviética durante el periodo leninista y
durante el estalinista hasta la segunda guerra mundial. En Palestina, el Partido
de los Obreros Socialistas, base de lo que sería el Partido Comunista, preconi-
zó en principio el uso del yiddish; también el Po´alé Sión de Izquierda preco-
nizaba el uso del yiddish en lugar del hebreo, para que el yishuv mantuviera
los lazos con el proletariado judío del exterior.
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José F. Durán Velasco 126
nuncian la het como jaf y no pronuncian la ´ayn. Los judíos ashkenazis
también pronuncian la r como gutural, como una r francesa o alemana,
al modo del yiddish; en el hebreo israelí las consonantes enfáticas no
se pronuncian como enfáticas. El sustrato germánico del yiddish es
evidente en el hebreo israelí más allá de la propia fonética: los pronom-
bres personales preceden sistemáticamente al verbo; el sujeto ocupa
habitualmente el primer lugar en la frase, antes del verbo, mientras que
en hebreo no israelí, como en la mayoría de las lenguas semíticas, el
orden normal de la frase es verbo-sujeto-objeto; el estado constructo
se sustituye habitualmente por la partícula shel; la posesión se indica
utilizando la partícula shel en lugar de los pronombres sufjados.
El falso socialismo sionista
Si socialismo y nacionalismo no parecen muy compatibles, ni siquiera
cuando se trata de nacionalismos de pueblos colonizados que luchan
por su liberación, tanto menos lo serán cuando se trata de un naciona-
lismo colonizador, como es el caso del nacionalismo sionista.
Coherentemente con su nacionalismo colonialista, el «socialismo»
sionista ha querido evitar a toda costa la lucha de clases y a lo más
que ha llegado es a practicar un socialismo utópico fnanciado por
capitalistas judíos. En la práctica, esto signifcaba evitar la lucha de
clases construyendo comunas militares de colonización, es decir, susti-
tuyendo la denostada lucha de clases por la lucha de pueblos, reempla-
zando la lucha contra el capitalismo por la lucha por la colonización,
renunciando al antiimperialismo en favor del colonialismo. Se trata
de un «socialismo» que jamás ha pretendido expropiar a capitalistas y
terratenientes en benefcio de los trabajadores, sin distinción de razas
o nacionalidades, sino que su primer objetivo fue recibir fnanciación
de los capitalistas para comprar tierras a los terratenientes árabes de las
que desahuciar a los trabajadores árabes para asentar colonos judíos.
El sionismo siempre ha oscilado entre la exclusión, expoliación
y expulsión de los indígenas no judíos y la tentación de dejarlos per-
manecer para explotarlos. La primera variante del colonialismo sio-
nista, «socialista» (más bien nacional-socialista), hace hincapié en
«el trabajo judío», expulsando a los nativos no judíos de la economía
del país; es la versión sionista de la consigna del obrerismo blanco
surafricano: «Proletarios (blancos) uníos, por una Suráfrica blanca».
Los trabajadores judíos querían mantener su poder adquisitivo superior
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excluyendo a los trabajadores árabes y haciendo «unión sagrada» con
los capitalistas sionistas. No exigían que los capitalistas judíos pagasen
igual salario por igual trabajo a los árabes sino que sólo contratasen
judíos, excluyendo a los árabes en nombre de consignas nacionalistas
de «trabajo judío» para judaizar el país desplazando a aquellos.
La vía intermedia entre la consigna sionista de «trabajo judío» y
la explotación de mano de obra árabe barata fue recurrir a mano de
obra que fuera a la vez judía y árabe. Así, ya a principios de siglo XX
los sionistas importaron a baratísimos trabajadores judíos yemeníes,
un anticipo de la llegada masiva de judíos de los países árabes en los
años cincuenta para que cubrieran el espacio dejado por los palestinos
expulsados en 1948.
Es comprensible que un «socialismo» de esa clase no haya tenido
como enemigos a los capitalistas judíos sino a los trabajadores árabes.
Porque tampoco había intención de hacer participar a los proletarios
árabes de ese «socialismo» sin lucha de clases. No compraban las tierras
para establecer instituciones colectivistas que incluyeran a trabajadores
inmigrados judíos y a los campesinos árabes, sino que esas compras
se hacían para establecer instituciones colectivistas que admitían ex-
clusivamente a trabajadores judíos inmigrados y desahuciaban a los
trabajadores árabes que anteriormente habían trabajado esas tierras.
112
112
Es signifcativo que la forma más radical de «socialismo» sionista, los
kibutzim, hayan sido la única forma de «socialismo» que ha gozado del visto
bueno de los muy capitalistas Estados Unidos. Pero, bien mirados, los ki-
butzim tienen mucho más que ver con lo que Marx llamó despectivamente
«socialismo de cuartel» o «socialismo de convento» que con un proyecto so-
cialista verdadero: los kibutzianos, «mitad monjes, mitad soldados», siempre
ávidos de tierras expoliadas a los campesinos y beduinos palestinos (o a los
sirios del Golán, o a los egipcios del Sinaí) han sido la avanzadilla colonial
sionista, una especie de cosacos del sionismo. Los kibutzim surgieron por la
infuencia dentro del sionismo de las ideas socialistas, tan extendidas entre los
judíos de Europa oriental a fnales del siglo XIX y el siglo XX: el socialismo era
tan infuyente entre los judíos ashkenazis que muchos sionistas fueron infui-
dos por él, de manera que de la hibridación de las aspiraciones socialistas y
el sionismo (pero siempre supeditando aquellas a este) surgió el movimiento
kibutziano, que al no suponer ningún peligro para los intereses capitalistas
fue fnanciado por el propio capitalismo sionista en su afán colonizador, pues
era una forma de volver inocuas las aspiraciones socialistas y de convertir el
socialismo en un «nacional-socialismo» inofensivo para el capital.
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José F. Durán Velasco 128
De esta manera no se desarrolló una conciencia de clase común
entre el proletariado judío inmigrado a Palestina y el proletariado pa-
lestino, porque los sionistas crearon una sociedad judía enfrentada a
los palestinos. Los «socialistas» sionistas no desarrollaron una clase
obrera judía aliada del proletariado palestino, que sirviera a este de
modelo, referente y apoyo, sino que echaron a los trabajadores judíos
en brazos de su clase capitalista, predicando «la unión sagrada» nacio-
nalista contra los árabes y sobre todo contra el proletariado árabe. Si
los sionistas se podían entender con algunos árabes, era siempre con
las clases explotadoras árabes: terratenientes dispuestos a vender sus
tierras a buen precio y burguesía compradora.
Esto también tuvo graves repercusiones en el lado palestino. Cuando
los campesinos y las clases populares urbanas palestinas se subleva-
ron, como ocurrió entre 1936 y 1939, o bien se dejaron manipular por
su clase dominante (con una orientación chovinista y confesionalista)
o bien vieron a todos los judíos como enemigos, tan enemigos como
los ingleses y la clase dominante árabe.
Los pocos sionistas que en un determinado momento, al fnal del
mandato británico en Palestina, se plantearon, por radicalización
nacionalista (incluso en algunos casos saliéndose del sionismo), un
enfrentamiento con el colonialismo británico y una posibilidad de
acción común con el movimiento de liberación árabe, no fueron los
sionistas «socialistas» sino sectores minoritarios de la extrema de-
recha «revisionista» como algunos militantes del Lehi. En cambio,
los sionistas «socialistas» colaboraron desvergonzadamente en la
represión de estos «extremistas enloquecidos», llegando a detener,
torturar, entregar y asesinar a los partidarios del Lehi. No es casual
que, décadas más tarde, fuera un dirigente de la derecha sionista,
Menahem Begin, el dirigente israelí que hiciera la paz con Egipto y
devolviera el Sinaí. O que durante los dos primeros años del gobierno
de Begin fueran los únicos en los que cesaran las torturas a los de-
tenidos palestinos
113
debido al prurito legalista del primer ministro y
a su recuerdo del trato que sus partidarios recibieron de los ingleses
durante el mandato.
Los kibutzim se constituyeron en su mayor parte en tierras expolia-
das a los palestinos. No se permite ser miembro de un kibutz a quien no
sea judío, pero tampoco han desdeñado la utilización de mano de obra
113
Noam Chomsky y Gilbert Achcar, Estados peligrosos. Oriente Medio y
la política exterior estadounidense (Barcelona: Paidós, 2007), p. 228.
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asalariada y barata no judía, de manera que los kibutzianos han ejercido
de «explotadores colectivos» de mano de obra barata palestina.
Fueron los laboristas israelíes, supuestos «moderados», «palomas»,
los que llevaron a cabo la limpieza étnica en 1948 y la del Golán en 1967,
los que hicieron luego dos guerras de agresión contra los árabes, los que
tomaron represalias desproporcionadas y los que se negaron a cualquier
tipo de solución pacífca. También durante el gobierno laborista se llevó a
cabo la mayor parte de la colonización de los territorios árabes ocupados
en 1967. El «halcón» Begin, el sionista derechista, fue el que desmanteló
los asentamientos que los laboristas habían creado en el Sinaí con la idea
de no abandonar jamás esa parte de Egipto conquistada.
La Histadrut, el gran sindicato sionista, ha sido uno de los instrumen-
tos del capitalismo de estado, hábilmente presentado por la propaganda
sionista como «socialismo». Durante el mandato británico, los dirigentes
de la Histadrut trataron de sabotear la solidaridad de clase entre los tra-
bajadores judíos y los palestinos (especialmente en Haifa), porque según
estos burócratas sindicales sionistas, los intereses de la clase obrera (in-
cluso de la clase obrera judía) debían sacrifcarse en aras de los intereses
del proyecto sionista,
114
o sea, de los intereses de la burguesía judía y de
los políticos sionistas. Una vez creado el estado de Israel, la mayoría de las
duras huelgas obreras israelíes han sido contra la propia Histradrut.
115
El descrédito de este «socialismo» fue grande entre los judíos
«orientales», que se encontraron con que el estamento superior ashke-
nazi privilegiado que les oprimía y explotaba se decía «socialista»:
partidos sionistas «socialistas» (incluido el hegemónico Partido La-
borista), kibutzim, Histadrut... Lo que a la postre les llevó a votar a la
derecha del Likud y a partidos religiosos como expresión de rechazo a
sus opresores «socialistas» ashkenazis.
116
Pero incluso el supuesto «socialismo» sionista se desintegra cada
día más en un estado, como el israelí, cada día más inspirado en mode-
114
Ilan Pappé, op. cit., p. 163.
115
Joaquín Bollo Muro, El sionismo, una forma del imperialismo (Madrid:
Akal, 1982), p. 125.
116
El hecho de que los líderes del Likud también fueran ashkenazis no
impedía que muchos judíos «orientales» se identifcaran con ellos porque los
veían también como marginados por el sector dominante ashkenazi «socialis-
ta». Muchos judíos marroquíes incluso creían que Menahem Begin, adversa-
rio acérrimo de los laboristas y de Ben Gurión, era también un judío marroquí,
aunque en realidad fuera tan ashkenazi y polaco como el propio Ben Gurión.
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los estadounidenses y una política económica cada vez más neoliberal.
El antiguo capitalismo de estado practicado en los primeros tiempos
ya no es necesario para el propio capitalismo, de manera que el sector
privado devora aquellos sectores de la economía que antes estaban
estatalizados por necesidades del propio capitalismo.
Sionismo y nacional-confesionalismo judío
El sionismo comenzó como un movimiento no religioso, muchos de
cuyos partidarios eran incluso antirreligiosos. En tanto que el judaísmo
ortodoxo era prenacionalista y el reformado era partidario del nacio-
nalismo de cada país, el sionismo era un movimiento secularizador, al
menos en la medida que estaba en oposición al judaísmo antisionista
y la propia naturaleza nacionalista del sionismo suponía una cierta
secularización de la judaidad. El sionismo hacía hincapié en aspectos
no religiosos de la judaidad y concebía a los judíos como nación, a la
que aspiraba a dotar de su propio estado-nación judaico, idea ajena
tanto al judaísmo ortodoxo como al judaísmo reformado. La resurrec-
ción política de Israel y de la lengua hebrea como lengua de uso no
religiosa era para la mayoría de los judíos ortodoxos una herejía y una
blasfemia, para los judíos reformistas un disparate.
Muchos sionistas se veían más como nuevos hebreos que como
«judíos». Lo hebreo entre ellos confería prestigio, en contraposición al
«judío», que para ciertos sionistas era incluso una palabra despectiva;
de ahí la consigna sionista de «el último judío, el primer hebreo».
Esta tendencia se refejó incluso en la onomástica: entre los sionistas y
luego en Israel se pusieron de moda los nombres bíblicos de persona-
jes sin relevancia religiosa, porque sonaban «más hebreos» y «menos
judíos». Fenómeno que expresó muy bien el novelista israelí Hayyim
Hazaz (1898-1973):
Bien, se sabe que el Yišub
117
se avergüenza de hablar en yiddiš,
como si hubiera en ello una afrenta o fuera un pecado. Y lo digo inten-
117
Yishuv es el término hebreo (literalmente ‘asentamiento’, ‘población’) con
el que se conoce a la población judía de «la tierra de Israel». Nótese que, aunque
debiera referirse a toda la población del país, en la jerga sionista se refere sólo a
la población judía del país; la población no judía es como si no existiera para el
movimiento sionista, cuyo objetivo es colonizar el país con judíos y deshacerse
en lo posible de los no judíos. Así, aunque la mayor parte de la población del
país fueran árabes no judíos, el término yishuv sólo alude a los judíos.
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cionadamente: se avergüenza. No odia, no teme ni reniega, sino que
se avergüenza. Mientras tanto, habla en hebreo con un acento sefardí,
que le es lejano y extraño, y lo hace con la cabeza alta, con dignidad,
con un conocido orgullo a pesar de que con él no tiene la misma fe-
xibilidad ni la comodidad que con el yiddiš, a pesar de que no tiene ni
el encanto, ni la espontaneidad ni la saludable vitalidad de una lengua
popular. ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es su causa? ¿Aceptaron sim-
plemente una pesada carga, una penosa obligación? Es muy sencillo:
no se trata de una continuación, es distinto, es otra cosa diferente en
sí misma, casi no es judía, casi no es judía en absoluto… Es lo mismo
que el que se avergüenza en el yišub cuando se le llama por un nombre
judío, común y ordinario, y se enorgullece al ser llamado, digamos,
Artzieli o Abnieli. Convinieron en que Jaimovits era un nombre judío,
demasiado judío, mientras que Abnieli… eso es otra cosa. ¡El demonio
lo entienda! Suena raro: no es judío, ¡qué majestuoso! Es por lo que
tenemos tantos Gideón, Ehud, Yigal, Tirtza…
118
Esta tendencia llegó tan lejos que, con gran escándalo de los judíos
piadosos, incluyó los nombres de los personajes bíblicos a los que el
judaísmo tenía por los mayores malvados, como el mismo Nemrod,
del que el Talmud dice que fue uno de los cinco hombres más malva-
dos que han existido. Pero precisamente por eso resultaba atractivo a
«los nuevos hebreos»: era un nombre hebreo, escandalosamente pro-
vocativo para los judíos devotos, a la vez que la persona y el nombre
de Nemrod aunaban tres cualidades que esos sionistas admiraban: la
fuerza, la violencia y la rebeldía.
119

Sin embargo el sionismo, al concebirse como nacionalismo judío,
pero no como el nacionalismo judío de una determinada etnia judía (la
ashkenazi, cuyo idioma nacional sería el yiddish) sino como el nacio-
nalismo de todos los judíos, aunque tratara de romper con el pasado
judío para remontarse al pasado «hebreo», se encontraba amalgamando
etnia, religión y «restauración nacional». De facto se convertía en el
118
María Encarnación Varela, Antología de la literatura hebrea contem-
poránea (Barcelona: Octaedro, 1992), p. 133.
119
El Génesis dice que el malvado Nemrod fue un forzudo cazador. El
nombre de Nemrod es de la raíz semítica M-R-D, que tiene el sentido de
‘rebeldía’. La tradición judía era hostil a la caza y los cazadores de la Biblia
eran grandes malvados para el judaísmo: la maldad de Nemrod y Esaú, ambos
cazadores, violentos y rebeldes, se acrecienta en la tradición talmúdica y ra-
bínica.
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nacionalismo de una población cuyo vínculo era el religioso, cuya len-
gua santa (el hebreo) se convertía en la «lengua nacional». Dicho de
otra manera: el sionismo, de facto, lo que hacía era «nacionalizar» una
judaidad cuyo fundamento durante más de dos mil años había sido la
religión judía, el judaísmo. Por grande que fuera el rechazo de muchos
sionistas por la tradición judía, e incluso por grande que fuera su deseo
de ignorarla para «retornar» a una hebraidad prejudía, lo cierto es que
la judaidad real apenas era disociable del judaísmo. Al fn y al cabo, lo
que pretendían los sionistas más seculares era que los judíos dejaran
de serlo y se transformaran en hebreos, pero «los judíos», una colecti-
vidad defnida por su religión.
De ahí la difcultad en el estado de Israel para diferenciar entre
nacionalidad étnica y religión, la negativa del estado de Israel a aceptar
que un judío étnico pueda profesar otra religión que no sea la judía o
que alguien que profese el judaísmo pueda tener una «nacionalidad
étnica» que no sea la judía. De ahí que el estado sionista básicamente
(con algunos matices menores)
120
haya aceptado la defnición de
«judío» del judaísmo ortodoxo: es judía toda persona nacida de madre
judía o que se convierta al judaísmo. De esta manera, es el judaísmo
religioso quien decide quién es judío en el sionismo. La discrepancia
será, a partir de ahí, si un judío puede seguir siendo judío sin ser reli-
gioso. Por ello en Israel hay dos tipos de judíos: los datiyim o ‘religio-
sos’ y los hiloniyim o ‘laicos’.
Más tarde, la mayoría de los judíos religiosos abandonaron la pos-
tura antisionista inicial y se hicieron partidarios acérrimos del estado
sionista. Con excepción de algunas pequeñas minorías antisionistas,
los judíos religiosos suelen ser fanáticamente sionistas. Y el rabinato
israelí es un clero ávido de poder y de privilegios
121
que no quiere ni
oír hablar de separación entre religión y estado.
120
Por ejemplo, en 1970 el Tribunal Supremo israelí permitió inscribir
como judíos a los hijos de un matrimonio de padre judío y madre no judía,
lo que contravenía la ley religiosa judía sobre quién es judío. Pero el estado
siguió sin aceptar más judíos conversos que los convertidos al judaísmo orto-
doxo, sin reconocer como judíos a los convertidos por el judaísmo conserva-
dor o el judaísmo reformista.
121
Sarcásticamente, muchos israelíes hablan del «Daticán» (por dat, ‘reli-
gión’ en hebreo) para referirse al rabinato, comparándolo con el Vaticano de
los cristianos católicos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 133
Desde su fundación, incluso cuando el Mapai (Partido Laborista)
estaba en el poder y el Mapam era el segundo partido más votado,
cuando todavía había una mayoría de judíos ashkenazis hiloniyim, el
judaísmo se institucionalizó de facto como religión ofcial, con todas
las molestias que eso supone para el judío no religioso. Esta institucio-
nalización se produjo porque Ben Gurión no estaba seguro de que se
pudiera separar la religión judía de la nacionalidad judía.
La llegada de judíos «orientales», en general mucho más religiosos
que los judíos europeos, reforzó a los partidos sionistas religiosos.
Pero lo que más incrementó el nacional-confesionalismo fueron las
conquistas de la guerra de junio de 1967. Hasta entonces el estado de
Israel había estado asentado en las regiones con menos valor religioso
judío y la capital había estado en Tel Aviv, ciudad fundada por los sio-
nistas y que en sus orígenes era el suburbio sionista de la ciudad árabe
de Jaffa. Pero, a partir de la guerra de 1967, el estado de Israel ocupó y
abrió a la colonización sionista Cisjordania (en la jerga sionista-israelí
«Judea y Samaria»); a fnales del mismo mes de junio de 1967, la
capital de Israel se trasladó a Jerusalén y esta ciudad fue proclamada
«capital eterna del estado judío».
Si hasta la mayoría de los nacionalistas «laicos» eran de hecho
nacional-confesionalistas, podemos imaginar hasta qué punto pueden
serlo los judíos ultranacionalistas que a la vez son ultrarreligiosos,
sobre todo en relación con los territorios ocupados en 1967. La mayor
parte de los colonos asentados en los territorios ocupados son a la
vez fanáticos religiosos y fanáticos nacionalistas, enemigos jurados de
cualquier retirada israelí de los territorios ocupados, pero en especial
de las sagradas «Judea y Samaria». La confuencia entre nacionalismo,
religión judía, ocupación y colonización ha creado un problema insolu-
ble, incluso a los gobernantes israelíes que quizás en otras condiciones
estarían dispuestos a aceptar una retirada de esos territorios, pues se
exponen a una guerra civil inter-judía. Si se propusiera descolonizar
Cisjordania, los colonos armados de los asentamientos de Cisjordania
supondrían un problema mucho mayor para Israel del que suponían a
Francia los pied-noirs y la OAS a la hora de descolonizar Argelia.
El sionismo utópico: la fraternidad entre Israel
y su «pariente pobre» Ismael
No han faltado planteamientos de sionistas bienintencionados que no con-
cebían el sionismo como un proyecto antiárabe sino como un proyecto
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José F. Durán Velasco 134
benefcioso a la vez para los judíos y los árabes. Este sionismo utópico,
distinto del sionismo real, ha oscilado entre la mejor voluntad igualitaria-
fraternal y el paternalismo colonial. Este último sionismo utópico, el
paternalista bienintencionado, es «el eslabón perdido» entre el sionismo
utópico y el sionismo real nada bienintencionado respecto a los árabes.
La idea misma de una simbiosis «árabe-judía» ya demuestra una vi-
sión eurocéntrica y ashkenazicéntrica de la identidad judía y un descono-
cimiento profundo de la complejidad del mundo árabe, pues supone que
judíos y árabes son dos categorías distintas e incompatibles, ignorando la
complejidad étnica y cultural de los judíos del mundo y la complejidad
confesional del mundo árabe. Para los sionistas «utópicos», como para
los no utópicos, los judíos del mundo árabe, si es que los tenían en cuenta,
eran sólo un apéndice marginal del pueblo judío (constituido por los ju-
díos europeos y sobre todo por ashkenazis), no unas comunidades con
entidad propia vigorosa que participaban a la vez del mundo judío y del
mundo árabe, comunidades diferenciadas de sus vecinos no judíos por la
religión y de los otros judíos por los demás elementos de su cultura. Así,
el sionismo utópico ya de base va a partir de fundamentos erróneos.
Una categoría de sionistas utópicos (o más bien prosionistas utó-
picos) la constituían judíos que vivían en Europa o Estados Unidos y
no tuvieron contacto directo con el mundo árabe o este fue mínimo.
Uno de los mejores representantes de esta categoría de prosionistas
utópicos bienintencionados fue Albert Einstein.
Einstein nunca pensó que el sionismo pretendiera crear un estado-na-
ción judeo-nazi a costa de los árabes; al contrario, concebía el sionismo
como convivencia binacional entre judíos y árabes. El prosionismo de
Einstein estuvo motivado por dos causas que se concatenaron:
Una reacción al antisemitismo de los nacionalismos europeos 1)
(sobre todo el nazi) que le llevó a sentirse judío, cuando antes
apenas había tenido conciencia de serlo, tal como él mismo re-
conoció: «Los judíos forman una comunidad de sangre y de
tradición, en la que la tradición religiosa no es el único vínculo.
Esto lo demuestra ante todo el comportamiento del resto de las
gentes hacia los judíos. Cuando llegué a Alemania, hace quince
años, descubrí por primera vez que era judío, y ese descubri-
miento provino de los no judíos más que de los judíos».
122

122
Albert Einstein, Mi visión del mundo (Barcelona: Tusquets, 2005), p. 123.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 135
Una visión idealizada y secularizante del judaísmo, que aunque 2)
no llegó a caer en el chovinismo, imaginaba el judaísmo como
una moral universal y un sentimiento místico cósmico, lo que
suponía la proyección de sus propias ideas secularistas y éticas
y su religiosidad cósmica en una tradición religiosa que no tenía
mucho que ver con ellas.
Aunque amigos perspicaces intentaron hacerle ver su error, Einstein
no quiso verlo, prefriendo imaginar cándidamente que el sionismo, al
que concebía como nacionalismo puramente defensivo, no tendría las
mismas lacras que los otros nacionalismos contra los que había sur-
gido; así se lo expuso en una carta a un judío antisionista:
Usted llama a esto nacionalismo, y no sin cierta razón. Pero un
trabajo de todos para formar una comunidad fuera de la cual no pode-
mos vivir ni morir en este mundo hostil no puede denominarse siempre
con esa palabra horrible. En todo caso será un nacionalismo que no
busca el poder, sólo la dignidad y la salud moral. Si no estuviéramos
obligados a vivir entre hombres intolerantes, mezquinos y violentos,
sería yo el primero en rechazar todo nacionalismo con miras a una
comunidad humana universal.
El reparo de que los judíos si queremos ser «nación» no podre-
mos ser ciudadanos normales de un Estado, por ejemplo el alemán,
revela un desconocimiento de la naturaleza del Estado, fundando su
existencia a partir de la intolerancia de una mayoría nacional. Nunca
estaremos protegidos de esa intolerancia, así nos llamemos «pueblo»,
«nación», etcétera.
123
La visión que Einstein tenía de las organizaciones sionistas y su ac-
titud hacia los árabes era completamente ingenua. Creía sinceramente
que «establecer relaciones sanas con el pueblo árabe» era «el objetivo
político primordial del sionismo».
124
Ignoraba que ya en esa época la
mayoría del movimiento sionista no tenía intención alguna de crear
una Palestina binacional sino de desplazar a los árabes para «hacer de
Palestina un país tan judío como Inglaterra es inglesa». Donde Eins-
tein quería ver convivencia «con el pueblo hermano de los árabes», la
123
Ibid., pp. 124-125.
124
Ibid., pp. 120-121.
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José F. Durán Velasco 136
mayoría de los dirigentes sionistas pretendían intercambios forzosos
de población y desplazamiento o subordinación de la población árabe
autóctona. El ideal de Eintein para Palestina era Suiza («que representa
un grado superior en el desarrollo del Estado precisamente porque está
constituida por varios grupos nacionales»),
125
pero ignoraba que la ma-
yoría de los sionistas no aspiraban a una Suiza hebreo-árabe sino a un
país mayoritariamente judío. El sionismo utópico de Einstein era una
exigencia moral a priori («será un nacionalismo que no busca el poder,
sólo la dignidad y la salud moral»), que tenía muy poco que ver con las
prácticas políticas del sionismo realmente existente.
En la propia Palestina hubo sionistas utópicos partidarios del bina-
cionalismo y de la convivencia con los árabes y no de su expulsión,
explotación o marginación. Pero se trataba de minorías que nunca
pasaron del diez por ciento de los sionistas establecidos en Palestina.
Entre ellos había intelectuales de la Universidad Hebrea de Jerusalén,
como Yehudá Magnes, y organizaciones del ala más izquierdista del
sionismo, como Ha-Shomer ha-Tza´ir y el Po´alé Tzion de Izquierda.
Ha-Shomer ha-Tza´ir (que en hebreo signifca ‘el joven guardián’)
era una organización que se consideraba sionista, marxista y bina-
cionalista, se oponía a la expulsión de los trabajadores árabes de las
empresas judías y creía en la construccción del socialismo por medio
de colonias colectivistas, evitando la lucha de clases;
126
en 1939 tenía
36 kibutzim y 7.000 miembros.
127
Tras la creación de Israel, esta or-
ganización se transformó en el partido Mapam y luego en el Meretz,
partidarios de un sionismo de izquierdas de tendencia favorable a la
paz con los árabes y la igualdad de los ciudadanos israelíes, sin discri-
minación étnica o confesional... pero sólo en la teoría y los discursos
grandilocuentes, no en la práctica y las palabras concretas.
Po´alé Tzion (que en hebreo signifca ‘los trabajadores de Sión’)
de Izquierda era un partido que estuvo afliado a la III Internacional
de 1920 a 1922; aunque participaba en el sindicato Histadrut, criticaba
la colaboración de este con los burgueses y su actitud discriminatoria
contra los trabajadores árabes. Este partido era muy impopular entre el
resto de los sionistas, por lo que los burócratas del sionismo siempre
125
Ibid., p. 114.
126
Idea que les descalifcaba como marxistas y que les incluía más bien
en las categorías premarxistas de los socialismos utópicos partidarios de los
falansterios.
127
Nathan Weinstock, op. cit., p. 268.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 137
hicieron todo lo posible para impedir la inmigración a Palestina de sus
militantes.
128
Las contradicciones entre el socialismo y el sionismo eran de-
masiado grandes y chirriantes: Ha-Shomer ha-Tza´ir eludía la lucha
de clases refugiándose en el falansterismo sionista; Po´alé Tzion de
Izquierda se convertía en el paria del movimiento sionista por la con-
dición de sus militantes como colonos anticolonialistas y sus ideas
más consecuentemente izquierdistas y poco sionistas, que incluían el
rechazo del hebreo y la postura favorable al yiddish.
En cualquier caso, estas organizaciones minoritarias no eran las que
decidían la política sionista y estaban a rebufo de las organizaciones
sionistas mayores, criticadas pero no combatidas radicalmente por los
binacionalistas. Los sionistas binacionalistas nunca tomaron las armas
para combatir contra el estado de Israel pero sí para hacer causa común
por él junto al resto de sionistas.
129

Más aún: Ha-Shomer ha-Tza´ir fue el mayor benefciario de la ex-
poliación de tierras a los árabes desarrollada entre 1949 y 1954 y el
más ávido de tierras árabes confscadas de los tres principales movi-
mientos de kibutzim sionistas.
130
En las primeras elecciones que se ce-
lebraron en Israel, el Mapam, partido político de Ha-Shomer ha-Tza´ir,
quedó segundo, pero no puede decirse que utilizara su fuerza política
en favor de los derechos de los palestinos sino todo lo contrario. Y en
1956 el Mapam no sólo apoyó la agresión tripartita contra Egipto sino
que organizó manifestaciones contra la retirada del Sinaí.
El sionismo utópico binacionalista, incluido el que se decía mar-
xista y socialista, siempre sacrifcó el binacionalismo en benefcio del
«estado judío», el socialismo y el marxismo en favor de «la unión
sagrada» con la burguesía y el internacionalismo y la lucha de clases
en aras del sionismo.
El sionismo real: la entidad sionista
como colonialismo antiárabe
Los sionistas nunca han querido la paz con el mundo árabe, ni llegar
a un arreglo pacífco, ni mucho menos aún integrarse en el medio, a
128
Ibid., p. 271
129
Ha-Shomer ha-Tza´ir tenía su propia organización paramilitar, el Palmaj,
que hizo causa común con las demás organizaciones sionistas contra los árabes.
130
Ilan Pappé, op. cit., p. 207.
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José F. Durán Velasco 138
no ser como dominadores o como agentes especiales privilegiados de
la potencia imperialista hegemónica. Aunque los sionistas en ocasio-
nes tuviesen sus diferencias con la potencia mandataria británica y no
siempre los intereses sionistas coincidiesen con los británicos, la ma-
yoría de los sionistas eran muy conscientes de que el proyecto sionista
habría sido imposible sin el poder imperial británico y de que la con-
tradicción intercolonialista entre colonialismo sionista y colonialismo
británico era infnitamente menor que la existente entre colonialismo
sionista y movimiento de liberación árabe.
Eso es así porque el sionismo real nunca ha pretendido una co-
existencia igualitaria con los palestinos y los otros árabes, su objetivo
nunca ha sido una convivencia binacional al lado de los árabes que ha-
bitaban en «la tierra de Israel». En el proyecto sionista, los habitantes
no judíos de «la tierra de Israel» debían ser expulsados en su totalidad
o en su mayor parte, para que «Palestina se volviera tan judía como
Inglaterra es inglesa», permitiendo, todo lo más, la existencia de una
«minoría nacional árabe» reducida que no amenazase el carácter judío
del estado sionista. Este objetivo lo materializaron de manera muy
efectiva durante la guerra de 1948. El avance israelí iba acompañado
de una limpieza étnica para eliminar el mayor número posible de pa-
lestinos; de esa manera, el estado de Israel no sólo se apoderó de todo
el territorio que el plan de partición de la ONU adjudicaba al estado
judío y la mitad del territorio asignado al estado árabe, sino que se des-
hizo de la mayor parte de la población palestina de esos territorios.
Podría pensarse que eso colmaría con creces las apetencias sio-
nistas y que a partir de ese momento el mayor objetivo de los go-
bernantes israelíes sería conseguir la paz con sus vecinos, a costa de
algunas concesiones, tratando de disfrutar del territorio obtenido, que
era mucho para la población judía del estado (660.000 judíos frente
a más de 700.000 palestinos expulsados), aun cuando se sumasen a
ellos algunos cientos de miles de judíos supervivientes del genocidio
llevado a cabo por los nazis. El territorio excedía las necesidades de
la población judía europea hasta tal punto que en los siguientes años,
a pesar del eurocentrismo y el desprecio que los judíos ashkenazis
sentían por los judíos «orientales», la actividad sionista se encauzó a
llevar al nuevo estado al mayor número posible de judíos de los países
árabes: yemeníes, iraquíes y marroquíes principalmente. Les eran muy
necesarios para sustituir a la población palestina expulsada, sobre todo
de las zonas en las que no había apenas población judía. De este modo,
los gobernantes israelíes prefrieron la colonización con inmigrantes
judíos a los que consideraban «indeseables» antes que tratar de llegar
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 139
a la paz con los palestinos y los árabes vecinos cediendo territorios y
permitiendo el retorno de los refugiados palestinos, cuando menos a
territorios deshabitados por judíos.
De esa manera, los gobernantes sionistas provocaron un conficto
sangrante de difícil solución: el de una gran población de refugiados
pauperizados cuya miseria les encauzaba hacia la explosión demográ-
fca y que eran el principal argumento del mundo árabe para odiar a
Israel y rechazar cualquier coexistencia pacífca.
Esta situación de conficto permitía a la clase dominante sionista
mantener a la población judía israelí en un estado de control. El odio
generado por el agravio a los palestinos servía a los dirigentes sionistas
para tener bajo control a su pueblo y atizar ese odio con represalias de
ciento por uno. La cuestión se convertía en un círculo vicioso: el agra-
vio sionista contra los palestinos y la negativa a cualquier concesión
favorecían el odio palestino contra los invasores y la hostilidad árabe
en general, que servían a su vez a los dirigentes sionsitas de pretexto
para nuevas agresiones y para reforzar su intransigencia.
Los sionistas, lejos de considerar sufciente el territorio obtenido,
lamentaron no haberse apoderado de la totalidad de Palestina y no
haber expulsado a la totalidad o la mayor parte de la población autóc-
tona. Sólo esperaban la menor oportunidad para hacer nuevas guerras
y apoderarse de nuevos territorios. Eso es lo que trataron de hacer en
1956 y lo que hicieron en 1967.
Ni siquiera es verdad que los regímenes árabes nacionalistas sólo
pensaran en destruir Israel. Náser al principio de su gobierno quería
hacer la paz con Israel, propuso la paz y el presidente israelí Moshé
Sharet estuvo a punto de aceptar, pero el primer ministro Ben Gurión
se opuso. ¿Por qué? Porque la hostilidad de los árabes era benefciosa
para el proyecto sionista. Un estado de Israel rodeado de enemigos
mortales daba cohesión a una sociedad judía israelí nada homogénea
y sumamente confictiva; esa situación favorecía la sumisión a la clase
dominante e impedía los enfrentamientos interjudíos, de clase, étnicos
o religiosos. Además, la hostilidad árabe servía para no fjar las fron-
teras y así hacer posible el expansionismo y los negocios vinculados
a ese expansionismo. El conficto permanente con el mundo árabe
otorga al sionismo la posibilidad de servir de plataforma de agresión
imperialista, lo que con el tiempo ha brindado al estado de Israel una
astronómica ayuda militar y económica de Estados Unidos, a cambio
de ser una macrobase militar estadounidense en Oriente Medio.
El apoyo incondicional de Estados Unidos al estado de Israel no
se debe sólo al peso del sionismo en la infuyente comunidad judía
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José F. Durán Velasco 140
estadounidense, se debe sobre todo a que el estado de Israel sirve a
los intereses estratégicos de Estados Unidos, mientras que el prosio-
nismo de la comunidad judía de Estados Unidos sirve para canalizar
y catalizar ese apoyo y hacerlo más intenso, violento e incondicional.
Merced al sionismo, una minoría judía estadounidense, que en prin-
cipio no tendría demasiado interés en una política tan agresiva y tan
imperialista, se convierte en un poderoso catalizador que orienta a los
gobiernos estadounidenses a las políticas más extremistas y agresivas
contra cualquier intento árabe de emancipación. A su vez, el estado
sionista se vuelve mucho más agresivo gracias al apoyo del sionismo
estadounidense, y es presa de un delirio megalomaniaco de expansio-
nismo y belicismo que hace imposible cualquier perspectiva de paz.
A veces ese apoyo incondicional puede llegar a entorpecer las po-
líticas americanas respecto a los árabes y Oriente Medio, porque la
extrema agresividad e intransigencia del estado sionista llega a poner
en cierto riesgo de desestabilización los intereses globales estadouni-
denses y de aliados suyos como Jordania o Arabia Saudí.
El proyecto sionista se basa en un estado de hostilidad permanente
contra el entorno árabe y también contra otros países de Oriente Medio
no sumisos al dictado imperialista, como Irán a partir de 1979.
131
Por
eso ni Ben Gurión ni sus sucesores han querido la paz ni la normaliza-
ción. La única «normalización» que quieren los sionistas consiste en
la sumisión de los árabes a Israel, lo que en realidad es la sumisión de
los árabes a los intereses que sustentan a Israel. Por ese motivo, saté-
lites de Estados Unidos en Oriente Medio (Arabia Saudí, Jordania,
132

Egipto a partir de Sadat...) tienen una alianza tácita con Israel.
131
Lo que no impide connivencias irano-israelíes siempre que sean en
detrimento de estados árabes considerados por la política sionista mucho más
peligrosos que Irán. Así, durante la guerra irano-iraquí de 1980-1988, el esta-
do israelí proporcionó valiosos suministros militares al Irán jomeinista en su
guerra contra Iraq; eso fue así porque los gobernantes israelíes consideraban
al Iraq árabe y nacionalista mucho más peligroso para el estado sionista que
el régimen islamista de un país no árabe, y también porque les interesaba que
ambos países se destrozasen mutuamente.
132
En 1958, Israel dejó sobrevolar su territorio a los marines británicos
enviados para evitar un posible golpe de estado pronaserista. Ben Gurión in-
formó a Estados Unidos de que si la monarquía hâshimí caía, Israel invadiría
Cisjordania. En septiembre de 1970, el ejército israelí habría invadido Jorda-
nia si el ejército sirio hubiera intervenido en favor de la resistencia palestina
o simplemente si el rey Husayn hubiera sido derrocado.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 141
El estado de Israel se confgura, pues, como un «centro joven»
dentro del sistema capitalista mundial, pero absolutamente vinculado
al centro estadounidense. Su condición de entidad colonial extraordi-
nariamente agresiva se debe a la dinámica generada por sus orígenes
coloniales, por la ideología sionista, por el provecho de los benefcios
que obtiene de su colonialismo y por su dependencia del imperialismo
al que sirve. El caso israelí es, simplemente, una versión extremada-
mente feroz de la relación entre centros y periferias dentro del capita-
lismo globalizado... con el agravante de generar una situación a medio
camino entre la Argelia francesa, la Suráfrica del apartheid y el Tercer
Reich. El racismo sionista sirve para justifcar la sobreexplotación del
proletariado palestino, pero sirve igualmente para que las clases bajas
judías israelíes acepten el orden establecido, sobre todo la población
más pobre, impidiendo una alianza entre palestinos pobres discrimi-
nados y judíos pobres.
La política de los neocons de Bush a partir del año 2001 había
tenido como precedente la política sionista, hasta el punto que se po-
dría defnir la política de Bush como un intento de «israelización» de
Estados Unidos y de Europa occidental. El objetivo de los fanáticos
del «choque de civilizaciones» es «israelizar» a «Occidente»
133
con el
objetivo de implantar la hegemonía absoluta de Estados Unidos sobre
Oriente Medio. Y, como es bien sabido, Israel, en tanto que estado
sionista, es el instrumento favorito de la superpotencia imperial. Es
la exacerbación de la contradicción entre centros y periferias que ya
comentaba Samir Amin en los años setenta, pero que se ha incremen-
tado tras la caída del bloque del este y los atentados islamistas del
11-S:
No sólo están en juego las exigencias de la alianza atlántica sino
la realidad económica cotidiana de la integración atlántica y europea
y de los intereses de los monopolios imperialistas que han atrapado en
sus redes a los pueblos de Occidente, imponiéndoles una solidaridad
«contra el tercer mundo», cuyo racismo trivial está lejos de ser la única
manifestación.
134
133
Eufemismo culturalista para referirse a los centros capitalistas en con-
traposición a las periferias coloniales, neocoloniales y recolonializadas.
134
Samir Amin, La ley del valor y el materialismo histórico (México:
Fondo de Cultura Económica, 1981), p. 118.
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Actitud del sionismo respecto a los judíos
El sionismo nunca ha visto a los judíos como un fn en sí mismo sino
como un medio. Lo que interesa no es el bienestar de los judíos como
personas sino crear, sostener y engrandecer un estado judío. Como
buen nacionalismo, el sionismo es estatolátrico, lo que le interesa no
es «el pueblo judío» como seres humanos sino «la nación judía», el
estado-nación judío. Naturalmente, esto se justifca en nombre de «la
unión sagrada» de todos los judíos, unidos por vínculos de «tierra y
sangre», pues el sionismo laico de los orígenes prefería no insistir en la
religión y se limitaba a verla como un instrumento para la transmisión
inmaculada de la identidad etno-nacional.
Aunque el sionismo gusta de presentarse como la panacea del «pro-
blema judío»
135
y el único camino posible que tienen los judíos para
evitar el antisemitismo, no se trata tanto de liberar a los judíos de la
opresión, las amenazas, el miedo y la discriminación como de utilizar
la opresión, las amenazas, el miedo y la discriminación para hacerlos
emigrar al destino deseado por los sionistas, donde se encuentran en
un conficto insoluble con los pobladores del país y de la región, que
genera más opresión, más amenazas, más miedo y más discrimina-
ción.
136
Porque el objetivo del sionismo no es liberar a los judíos del
antisemitismo sino crear a toda costa «el estado judío» en «la tierra de
135
La misma formulación como «problema judío» (no «problema antiju-
dío») y la solución ofrecida, la emigración fuera de Europa, son extraordina-
riamente similares a los planteamientos y las «soluciones» de los antisemitas
para «el problema judío en Europa». En ningún momento se concibe el an-
tisemitismo como el problema y como una lacra con la que hay que acabar,
sino que, al igual que los antisemitas, el sionismo cree que hay un «problema
judío», que el antisemitismo es «natural», insoluble y que los judíos deben
marchar a «su país» porque son «extranjeros» que deben irse. Igual que mu-
chos antisemitas, muchos sionistas no quieren que se vayan todos los judíos
sino sólo los que son pobres y potencialmente subversivos.
136
Para las víctimas del estado de Israel pero también para los judíos israe-
líes, aunque esto es conveniente para los sionistas, puesto que el sufrimiento
de las víctimas genera odio y violencia contra los judíos israelíes, que así se
sienten amenazados y eso puede servir a su vez para justifcar ante sus ciu-
dadanos judíos la intensifcación de la violencia, la brutalidad y las rapiñas
del estado sionista contra los palestinos y otros árabes. El sionismo genera así
un círculo vicioso muy favorable a sus intereses, a expensas de los intereses
de todos, salvo de unas oligarquías económicas, políticas y militares que se
benefcian de la situación dentro y fuera de Israel.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 143
Israel». Nadie expresó con tanta crudeza y tanta sinceridad la diferen-
cia entre los intereses humanos de los judíos y los intereses naciona-
listas estatolátricos de los sionistas como Ben Gurión, cuando dijo en
1938, poco antes de la segunda guerra mundial, ante una asamblea de
sionistas laboristas de Gran Bretaña: «Si yo supiese que era posible
salvar a todos los niños de Alemania llevándoles a la Gran Bretaña y
sólo a la mitad de ellos transportándolos a Eretz Israel, optaría por la
segunda alternativa».
137

El poeta sionista Hayyim Nahmán Bialik (1873-1934)
138
describió
con esta expresiva frase lo que era el ideal de normalización nacional
al que aspiraba: «El día en el que, en un estado judío, una prostituta
judía, detenida por un policía judío, sea condenada por un juez judío».
Es decir, el ideal al que aspiraba no era otra cosa que las mismas sór-
didas miserias existentes pero en el marco de un idolatrado «estado
judío»;
139
está ausente cualquier idea de emancipación humana, al no
existir en su mente nacionalista bineuronal más que dos ideas (‘judío’
y ‘estado’), cuyo resultado es intentar la reproducción de la mísera
realidad existente en clave de esas dos ideas: el judaísmo convertido
en estatolatría.
El sionista a menudo sentía un desprecio total por el judío «ga-
lútico» («diaspórico»), en el que proyectaba todos sus complejos de
inferioridad, a la vez que propugnaba el modelo ideal del pionero sio-
nista, encarnador de todas las cualidades del «super-hombre ario» en
versión hebrea.
140
Los sionistas renegaban de al menos dos mil años de
historia judía real para reivindicar una identidad judía «no diaspórica»
basada en una mezcla de «conquista de la tierra de Canaán» y de colo-
137
Ralph Schoenman, Historia oculta del sionismo (Barcelona: T.G.A.,
2002), p. 63.
138
Llamado por Yosef Klausner «el poeta del renacimiento nacional».
Yosef Klausner fue un destacado intelectual de la derecha sionista.
139
Podemos imaginar lo que los judíos anarquistas, comunistas o bundistas
pensarían de esta frasecita de nacionalista burgués estatólatra.
140
Cualidades «no judías», sansonianas (hebraicas prejudías), «arias», de
«superhombre» europeo frente a los no europeos (por ejemplo los árabes). Y
recuérdese que, para los antisemitas, los judíos europeos no eran europeos. El
objetivo del sionismo era convertir a los judíos europeos en europeos fuera de
Europa, donde encarnarían todas las «superioridades» del «hombre blanco»
frente a «los salvajes» no occidentales. Quizás por eso gran parte de la derecha
occidental, que hasta la segunda guerra mundial era rabiosamente antisemita,
ahora es estruendosamente prosionista.
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nialismo occidental, o sea, de mitos hebreos y de eurocentrismo. Los
sionistas, en su mitología nacionalista, se veían a sí mismos como los
nuevos hebreos colonizadores de «la tierra de Canaán», hebraizadores
y desjudaizadores (o más bien des-galutizadores, desjudaizadores en
tanto que el judaísmo real era diaspórico), a la vez que, en realidad, su
pretensión era edifcar una sociedad colonial eurocéntrica en Oriente
Medio, pues estaban mucho más pagados de su occidentalidad que de
su judaidad. Esta última les avergonzaba y trataban de transformarla
en otra cosa, a tono con los nacionalismos europeos que imitaban. De
ahí, entre otras muchas cosas, el complejo de inferioridad que les ins-
piraban las lenguas maternas de los judíos (empezando por el yiddish)
y el fervor por el hebreo, en el que veían algo diferente, prestigioso
además por ser la lengua de la parte de la Biblia compartida con los
cristianos europeos a los que imitaban.
La actitud de los sionistas hacia los demás judíos tendrá matices,
aunque será siempre despectiva:
Desprecio y aversión a los judíos cultos y asimilados de Europa. 1)
Los judíos de este tipo que emigraron al estado de Israel a raíz
del Holocausto fueron vistos con muy poca simpatía por los
colonos sionistas del Yishuv. Era evidente que habían emigrado
a ese país contra su voluntad, que de no mediar el genocidio, el
antisemitismo y la guerra hubieran seguido muy a gusto en sus
países de origen y que, puestos a elegir, hubieran preferido con
mucho haber emigrado a Estados Unidos o a otros países, no a
«la tierra de Israel». Sin embargo, se les consideraba fácilmente
asimilables en una segunda generación.
Desprecio y aversión a los judíos ortodoxos tradicionales ori- 2)
ginarios de Europa del este. Algunos pioneros sionistas con-
fesaban que detestaban a los árabes porque les parecían muy
semejantes a los judíos tradicionales de sus países de origen, a
la sociedad tradicional judía que habían rechazado, a sus padres
y sus abuelos.
Desprecio y aversión a los judíos «orientales», es decir, a los no 3)
originarios de Europa, en su mayoría procedentes de los países
árabes. Un desprecio muy similar al que sentían por los árabes
en general, con el agravante de que se trataba de convertir a
«esos orientales» (la expresión «judíos árabes» es tabú para el
sionismo) en judíos como ellos, al tiempo que se les daba una
categoría inferior, a medio camino entre los simplemente «ju-
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díos» y «los árabes», con la diferencia de que, en el caso de los
«judíos orientales», el proyecto preveía utilizarlos y asimilarlos
a medio o largo plazo, cosa que no se planteaba hacer con «los
árabes».
Pero la actitud del sionismo hacia los judíos también tiene que
ver con que tengan o no riqueza y poder, y con el uso que hagan de
esa riqueza y ese poder en provecho del sionismo, de manera que los
sionistas siempre han distinguido tres categorías de judíos «diaspó-
ricos»:
Judíos con riqueza y poder, que les interesaba que permane- 1)
cieran en «la diáspora», utilizando su riqueza y su poder en
benefcio del sionismo, por ejemplo los judíos estadounidenses
y de otros países ricos occidentales.
Judíos de condición social humilde, sin poder ni riqueza, que 2)
al sionismo sólo le sirven como colonos, carne de emigración a
«la tierra de Israel». En esta categoría se incluyen casi todos los
judíos de los países árabes.
141
Judíos prósperos en sus países de origen pero cuya prosperi- 3)
dad no benefcia en absoluto al sionismo, como era el caso de
muchos judíos de los países árabes (especialmente Iraq) y de la
Unión Soviética. Como esa condición próspera no se traducía
en poder y riqueza para el sionismo, a esas comunidades judías
sólo las querían como emigrantes a Israel, incluso si eso suponía
su pauperización y que en el estado de Israel fueran judíos de
tercera categoría.
Actitud del sionismo hacia los palestinos
y los otros árabes no judíos
Los primeros sionistas, judíos europeos y eurocéntricos, apenas tenían
idea de los pobladores de «la tierra de Israel», de ahí que la famosa
consigna sionista «la tierra sin pueblo para el pueblo sin tierra» sur-
141
La excepción la constituyen los judíos marroquíes de más alto nivel
económico y social, allegados a la monarquía ´alawí proisraelí, pero al resto
de la judería marroquí el sionismo la quería emigrada al estado de Israel.
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José F. Durán Velasco 146
giera más de la ignorancia que de la mala fe, aunque luego fuera utili-
zada con mucha más mala fe que ignorancia.
Pero los colonos sionistas no necesitaron más que llegar a «la tierra
de Israel» para encontrarse con que lo que creían un desierto, sin ser
un hormiguero humano, era un país poblado por gente de lengua árabe
y mayoritariamente musulmana, con una importante minoría cristiana,
una minoría drusa más exigua y otras minorías menores, entre las que
se contaban judíos de orígenes étnicos variados, así como algunos sa-
maritanos.
142
Algunos sionistas, llevados por un romanticismo flooriental,
creyeron ver en los árabes palestinos el remanente desjudaizado de
los judíos bíblicos,
143
pero que aun habiendo dejado de ser judíos
resultaban más próximos a los hebreos antiguos que ellos mismos.
Hubo sionistas que vieron en «los árabes» la «antinorma» deseable
en la línea de hebraización y desjudaización. También hubo quien los
vio como «nobles salvajes» que incluso podrían servir a los judíos ex
diaspóricos para re-hebraizarse; los pioneros sionistas en un princi-
pio trataron de parecerse a los árabes y gustaron de usar la kûfyya,
144

142
Musta´rabim, sefardíes, ashkenazis, bujaríes... Dada la condición de
tierra santa judía, judíos de las más diversas procedencias se habían instalado
allí, pero no como colonos sino como comunidades piadosas; los judíos iban
más a «la tierra de Israel» a morir que a vivir, pues creían que la resurrección
empezaría en Jerusalén.
143
Es un hecho poco conocido, pero muy signifcativo por varios concep-
tos, que tanto Ben Gurión como Ben Zvi durante muchos años consideraron
a los árabes palestinos como los descendientes de los judíos bíblicos. Ben
Gurión y Ben Zvi dejaron constancia de esta idea en un libro en yiddish pu-
blicado en Jerusalén en 1918: La tierra de Israel en el pasado y en el presente.
Esta idea se reiteró en otro libro de Ben Zvi publicado en hebreo en Varsovia
por el Comité Ejecutivo de la Unión de la Juventud y Fondo Nacional Judío
el año 1929, titulado Nuestra población en el país. Signifcativamente, uno y
otro dejaron de hablar de ello a partir de 1929, cuando la población palestina
se insurreccionó contra las pretensiones sionistas. No es que se convencieran
de que no era verdad, es que esa verdad desde ese momento no podía servir al
sionismo sino al antisionismo, de ahí que prefrieran silenciarla por razones
de estado.
144
La kûfyya es el pañuelo árabe (aunque también lo usan los kurdos), a
veces anudado con un cordón llamado ´iqâl, que puede ser de color blanco,
blanco y negro o blanco y rojo, en estos dos últimos casos tiene una forma
característica. Desde la época del mandato británico, la kûfyya blanca y negra
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 147
bailar la dabka,
145
manejar el puñal y cantar canciones orienta-
les.
146

No obstante, la etapa «arabizante» y arabófla fue muy superfcial.
En el fondo de ella lo que latía era una visión «orientalista» en el
peor sentido de la palabra: la visión del «otro» como «noble salvaje»
implicaba que «el otro» era «un salvaje» y ellos eran «los civiliza-
dos». Cuando los sionistas se dieron cuenta de que «los árabes» no
eran una exigua población que podría ser asimilada o convertida en
una pequeña minoría nacional inofensiva, sino que eran los habitantes
mayoritarios del país, que no tenían ningún deseo en verse sustituidos,
asimilados o marginados y que consideraban el país como suyo, la
visión del «buen salvaje» se cambió por la del «salvaje» a secas. «Los
árabes» eran malvados, puesto que estaban en oposición radical al
sionismo, no querían abandonar el país, ni que «el sur de Siria» o «Pa-
lestina» se convirtieran en un estado judío. «Los árabes», es decir, los
palestinos (y los habitantes del Golán a partir de 1967), pasaron a ser
considerados por los sionistas como una masa humana (para muchos
sionistas más bien subhumana) no utilizable como material humano
para el proyecto sionista, de manera que tendrían que ser tratados por
los sionistas de cinco maneras:
La asimilación. Unos cuantos sionistas abogaban por la alterna- 1)
tiva de convertirlos al judaísmo y asimilarlos. Esa era la idea la-
tente en algunos pioneros, que veían en ellos a los descendientes
de los israelitas que no abandonaron «la tierra de Israel» y que se
convirtieron al cristianismo y al islam, se arabizaron y podrían
volver al redil hebreo, previa conversión al judaísmo. En los
años de la creación de Israel, la sociedad Agudah le-ma´an gere
tzedek be-Yisrael u-ha-´olam («Sociedad para los conversos de
Israel y el mundo») se esforzó por la conversión al judaísmo de
o blanca y roja se convirtió en una prenda asociada a la causa palestina. Yâsir
´Arafât la utilizaba siempre, lo mismo que muchos fedayín, y desde entonces
se asoció internacionalmente al pueblo palestino y a la insumisión y la lucha
de liberación. Por ello sorprende ver fotos de los primeros colonos sionistas
usándola.
145
Un tipo de danza campesina propia de la Gran Siria.
146
María Encarnación Varela, Historia de la literatura hebrea contempo-
ránea, pp. 236-238.
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los musulmanes y cristianos de Palestina.
147
Algunos colonos
sionistas propusieron la conversión gradual al judaísmo de los
palestinos, pero muy pocos se judaizaron.
La expulsión. Practicada con la mayoría de los palestinos durante 2)
la guerra de 1948 en los territorios ocupados por los sionistas, a
una escala menor en los territorios palestinos ocupados en 1967
y con todos los habitantes del Golán sirio, con la excepción de
los drusos, a los que creían tan utilizables como a los drusos pa-
lestinos. La expropiación de tierras de los palestinos del estado
de Israel y de los territorios ocupados en 1967 va en esa línea
también. En la actualidad, parte de la extrema derecha israelí
propugna la idea de una expulsión general de palestinos, tanto
del estado de Israel como de Cisjordania y la Franja de Gaza.
Convertirlos en sub-ciudadanos del estado de Israel. Caso de 3)
los palestinos que no fueron expulsados de los territorios ocu-
pados en 1967, o de los drusos del Golán, a quienes se intentó
equiparar con los drusos de Israel, aunque la oposición de los
drusos golaníes a los designios sionistas ha impedido que se
hayan convertido en ciudadanos israelíes dentro de la misma
categoría que los drusos palestinos.
Convertirlos en súbditos bajo administración militar, desprovis- 4)
tos de derechos. Caso de los palestinos de los territorios ocu-
pados en 1967; los sionistas quieren hacerse con el territorio
pero sin los habitantes palestinos, para no tener que otorgarles
la ciudadanía israelí (que en el caso de los no judíos es más
bien la sub-ciudadanía israelí), a fn de que no tengan derechos
políticos ni civiles, ni siquiera en el grado menor otorgado a
«los árabes israelíes».
«Bantustanizarlos». Cuando la ocupación de los territorios pa- 5)
lestinos invadidos en 1967 se hace inviable, el estado sionista
opta por el control y la anexión de facto de la mayoría del te-
rritorio pero sin dar la ciudadanía israelí a la población, lo que
signifca mantenerlos bajo una dura ocupación militar y una
represión brutal hasta que acepten una situación similar a la de
los bantustanes de la Suráfrica racista.
147
Xabier Zabaltza, «Onomástica, genealogía e ideología en Oriente
Próximo», en El Viejo Topo, mayo de 2005, p. 56.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 149
En sus relaciones con el mundo árabe, los sionistas se han visto
a sí mismos como colonizadores europeos en el seno de un mundo
extraño, inferior, inquietante, en el que no se quieren integrar y con el
que mantienen relaciones de hostilidad. Esta relación de hostilidad se
justifca en nombre de la aversión que el proyecto sionista suscita en
el medio árabe. El trato dado a los palestinos y su agresividad hacia
los vecinos suscitan el odio y la resistencia de sus víctimas, que sirven
para justifcar una política de agresión y hegemonismo en nombre de
la seguridad del estado y del pueblo israelí.
148
Actitud del sionismo hacia los judíos del mundo árabe
El sionismo, movimiento nacionalista de los judíos europeos y sobre
todo ashkenazis, al principio no tenía gran interés por los judíos no eu-
ropeos, si es que no ignoraba sin más su existencia. Hasta después de la
segunda guerra mundial, el sionismo apenas se interesó por hacer emi-
grar a «la tierra de Israel» a los judíos «orientales». No querían árabes
ni «judíos raros» que fueran más parecidos a los árabes no judíos que
a ellos mismos, pues el estado judío que deseaban lo concebían como
un estado europeo y para judíos europeos. Los sionistas estaban mucho
más pagados de su europeidad que de su judaísmo; para la mayoría de
ellos, la judaidad era más nacionalista que religiosa, al contrario que
la de la mayoría de los judíos «orientales», para quienes su identidad
judía era fundamentalmente una identidad religiosa.
De esta manera, la única afnidad real entre los judíos europeos y
los judíos árabes era la religión judía. Fuera de esa afnidad religiosa,
las diferencias eran tan grandes que para los judíos árabes los judíos
europeos parecían «cristianos europeos», mientras que para los sio-
nistas europeos, los judíos «orientales» eran demasiado parecidos a
«los árabes».
No obstante, una vez que el sionismo entró en colisión con el
mundo árabe e intentó convertir a los judíos del mundo árabe en can-
148
O más exactamente de los judíos israelíes, pues los no judíos son consi-
derados en el mejor de los casos «minorías amistosas» (caso de los circasianos
y de la mayoría de los drusos) y en el peor «minoría hostil» o peligrosa (caso
de los ciudadanos «árabes»), pero, por su propia condición sionista, el estado
de Israel no considera a los no judíos como parte del pueblo israelí con los
mismos derechos que los judíos, sólo como minorías extrañas.
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José F. Durán Velasco 150
tera de judíos para sustituir a los palestinos expulsados en 1948, trató
de desarraigar a los judíos del mundo árabe de su medio originario.
Lo que tuvo repercusiones incluso en la denominación genérica para
ellos.
Así, mientras que los judíos europeos podían defnirse como tales
(judíos europeos o judíos de origen europeo), incluso orgullosamente,
los judíos del mundo árabe no podían ser llamados bajo ningún con-
cepto «judíos árabes» y menos aún «árabes judíos». El sionismo había
decidido que judío y árabe eran términos antitéticos e incompatibles,
que se podía ser «judío europeo», «judío americano», «judío austra-
liano», «judío este-europeo», «judío italiano», «judío persa», «judío
etíope», «judío africano», «judío marroquí», «judío iraquí», «judío ye-
mení», pero en ningún caso «judío árabe». Así, para referirse a estos
judíos originarios de países árabes, que hablaban árabe y participaban
de la cultura árabe, había que utilizar tres tipos de expresiones:
Referirse al gentilicio del país de origen: egipcio, marroquí, tu- 1)
necino, iraquí, sirio, yemení... eludiendo la común pertenencia
de todos estos países al mundo árabe y lo que todos estos judíos
compartían en cuanto a idioma y cultura árabes, entre sí y con
los árabes no judíos.
Llamarlos «judíos sefardíes», aunque la mayor parte de ellos 2)
no eran sefardíes. Sin embargo, para la jerga sionista-israelí
ashkenazicéntrica todos los judíos que no eran ashkenazis eran
sefardíes.
Llamarlos 3) yehudim mizrahim (‘judíos orientales’), a pesar de
que los judíos marroquíes
149
eran geográfcamente más occiden-
tales que todos los judíos ashkenazis y que todo el Magreb
150

es más occidental que Polonia y Rusia, de donde procedía la
149
Marruecos en árabe es al-Magrib, que signifca precisamente ‘el oc-
cidente’. Más aún: el nombre más tradicional de Marruecos en árabe era al-
Magrib al-Aqsà, que signifca ‘el occidente más lejano’ o ‘el extremo occi-
dente’.
150
Palabra árabe que signifca ‘occidente’. En la actualidad se llama en
árabe al-Magrib al-´Arabî (‘el occidente árabe’) en contraposición a al-Mas-
hriq al-´Arabî (‘el oriente árabe’), que son los países árabes de Oriente Medio.
Tradicionalmente se conocía a Marruecos como al-Magrib al-Aqsà (‘el occi-
dente más lejano’), Argelia como al-Magrib al-Awsat (‘el occidente medio’)
y Túnez como al-Magrib al-Adnà (‘el occidente más cercano’).
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 151
mayoría de los judíos ashkenazis. Además, ‘orientales’ era un
cajón de sastre que no señalaba las diferencias entre los judíos
árabes y los judíos de otras partes de Oriente Medio o de la
India. Pero, como en el caso de «judíos sefardíes» para los no
ashkenazis, mizrahim (‘orientales’) era un cajón de sastre euro-
céntrico para todos los judíos de origen no europeo, además
de un eufemismo para no referirse concretamente a los judíos
originarios del mundo árabe, hablantes de árabe y culturalmente
árabes, que era la gran mayoría de los judíos «orientales». De
facto, ‘judíos orientales’ fue el eufemismo sionista para no decir
‘judíos árabes’, término políticamente incorrecto para los sio-
nistas y sumamente confictivo para el sionismo, porque supo-
nía hacer hincapié en una común identidad entre esos judíos y
«los árabes» enemigos del sionismo.
En Oriente Medio, árabe y judío no eran identidades contrapuestas
porque no estaban en el mismo orden de ideas. Árabe se contraponía
a persa, turco o kurdo, mientras que judío se contraponía a cristiano o
musulmán. Si en Palestina se podía contraponer árabes y judíos, era
sobreentendiendo que judío era judío ashkenazi, mientras que árabe
signifcaba el nativo musulmán, cristiano o druso. En Oriente Medio,
árabe era un término etno-lingüístico, mientras que judío era un tér-
mino confesional.
Ahora bien, el sionismo entendía la judaidad como una nacionali-
dad étnica incompatible con otras, pero sobre todo incompatible con la
arabidad, pues el sionismo quería imponer sus designios en un medio
árabe, a costa de los árabes y considerando a los judíos de ese medio
como un rebaño de su propiedad. Eso tenía dos implicaciones para los
sionistas:
A los habitantes no judíos de «la tierra de Israel» no convenía 1)
llamarlos «palestinos», ni siquiera «sirios del sur»,
151
pues esos
151
Palestina era la parte suroccidental de una región geográfca más amplia
conocida como Bilâd ash-Shâm (‘el país de Siria’), o sea, Siria en el sentido
amplio, a la que también se llama Gran Siria para distinguirla de Siria en el
sentido del actual estado sirio. Téngase en cuenta que el fraccionamiento entre
Siria, Líbano, Jordania y Palestina es posterior a la primera guerra mundial, en
función de los intereses británicos y franceses, que se repartieron el territorio
y lo fraccionaron a su capricho en función de sus intereses.
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gentilicios signifcaban una vinculación al territorio, lo que
implícitamente habría supuesto considerar que estas personas
tenían una vinculación particular al país que habitaban, fuera
este un país por separado o parte de otro mayor. En cambio, el
término ‘árabes’ es un gentilicio «desterritorializado» que des-
vincula en gran medida a los habitantes árabes del país en el que
habitan, que incluso puede sugerir a los ignorantes o malévolos
que la verdadera patria de esos «árabes» sería Arabia, o que el
mundo árabe, siendo tan grande, podría acoger a esos «árabes»
desterritorializados. De ahí el gusto sionista por llamar «árabes»
a los palestinos y sus vecinos, sin entrar en diferencias, a no ser,
claro está, que le conviniese «dividir para vencer» distinguiendo
entre palestinos, libaneses, sirios, jordanos y egipcios, razón por
la que, a la vez que el sionismo insiste en que todos son «ára-
bes», abomina de cualquier panarabismo.
Una vez decidido que el enemigo eran «los árabes» y que el 2)
panarabismo también lo era, que los judíos eran una propiedad
del sionismo y que la judaidad debía entenderse en sentido na-
cionalista sionista, el término ‘árabe’ se convertía en tabú para
aplicarlo a judíos, aunque esos judíos a todos los efectos fuesen
tan árabes como sus compatriotas musulmanes o cristianos.
Taxonomizar a los judíos del mundo árabe como grupo en oposi-
ción a «los árabes» fue relativamente más fácil en el Mágreb que en
Oriente Medio, pues en el Mágreb la ideología panarabista llegó más
tarde y apenas se distinguía entre «árabe» y «musulmán», a despecho
de que la mayoría de los judíos hablasen árabe y muchos musulmanes
(y también algunos judíos) fuesen berberófonos. En Argelia, los judíos
habían obtenido la plena nacionalidad francesa desde el decreto de
Crémieux en 1870 y estaban muy afrancesados. En Túnez se distinguía
entre «árabes» e «israelitas». En Marruecos, las comunidades judías
o eran muy atrasadas o estaban incorporándose a la órbita francesa.
Sólo una minoría de judíos magrebíes, frecuentemente de izquierdas
e implicados en la política de sus países, se defnieron como «judíos
árabes» o «árabes judíos», como el secretario general del Ilà-l-Amâm,
Abraham Serfaty, y algunos otros, que apoyaron la causa palestina y
se opusieron al sionismo.
La situación era muy diferente en el oriente árabe, donde los judíos
eran una minoría más entre otras, en general se encontraban bastante
bien donde vivían y estaban mucho más integrados en sus países. In-
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 153
cluso en el atrasado Yemen, donde había medidas opresivas contra
ellos, los judíos yemeníes eran considerados árabes qahtâníes y no
arabizados como en las otras partes. Los judíos egipcios e iraquíes
participaban de la vida de sus respectivos países y estaban bien inte-
grados; muchos de ellos eran conscientes del peligro que el sionismo
ashkenazi suponía con su pretensión de crear un «estado judío» en Pa-
lestina y las consecuencias devastadoras que la política sionista podría
tener para la integración de los judíos árabes en los países en los que
vivían y deseaban seguir viviendo.
Hasta después de la segunda guerra mundial, los sionistas ashkena-
zis no habían tenido demasiado interés por los judíos «orientales». Si
a principios del siglo XX los empresarios sionistas importaron judíos
yemeníes a Palestina fue como mano de obra barata para eludir las
normas segregacionistas contra los no judíos, para que los empresarios
ashkenazis pudieran lucrarse contratando mano de obra barata árabe.
Los judíos yemeníes, árabes y judíos a un tiempo, como judíos eran
«kosher» para el sionismo, mientras que como árabes se les podía
pagar salarios mucho más bajos que a los judíos europeos.
Pero durante la segunda guerra mundial los nazis habían causado
la muerte de seis millones de judíos europeos, lo que signifcaba que
el estado sionista no iba a recibir millones de colonos europeos, como
hubieran deseado los sionistas, sino sólo algunos cientos de miles. En
1948 la población judía en Palestina era de 660.000 personas y los
palestinos expulsados fueron más de 700.000. Eso fue lo que obligó al
estado de Israel a echar mano de los «orientales». Los judíos «orien-
tales» se utilizaron para sustituir a los palestinos expulsados, para «ju-
daizar» el territorio e impedir el retorno de los expulsados.
Como ya se ha dicho, el sionismo clasifca a los judíos en dos ca-
tegorías:
Los que le son útiles en «la diáspora» como grupo de presión 1)
prosionista; en esta categoría se encuentran los judíos de Esta-
dos Unidos, así como las minorías judías ricas y prosionistas de
otros países.
Los judíos pobres o que residen en países en los que no van a 2)
infuir en favor del sionismo. Estos judíos sólo interesan al sio-
nismo como potenciales colonos judíos en «la tierra de Israel».
Desde la perspectiva eurocéntrica del sionismo, los judíos del
mundo árabe, salvo contadas excepciones (como la clase alta judía
marroquí) sólo servían como colonos, no sólo los judíos pobres sino
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incluso los judíos de clase media e incluso los acaudalados. Estos
judíos eran inservibles para el sionismo política y económicamente,
porque, fueran acaudalados, de clase media o pobres, ninguno de ellos
podía infuir políticamente en los estados en los que vivían en favor
del sionismo
152
ni tenían recursos económicos que fueran a revertir en
favor del sionismo. Si los estados eran enemigos de Israel y los judíos
hubieran seguido viviendo como si tal cosa, con tranquilidad y prospe-
ridad, eso habría sido muy negativo para el sionismo, cuya propaganda
se basa en la idea de que sus enemigos son antisemitas judeófobos; las
potenciales declaraciones antisionistas de esos judíos
153
habrían sido
una poderosa propaganda antisionista y un poderoso mentís contra la
propaganda sionista.
154
En los años cincuenta se produjo una emigración masiva de judíos de
los países árabes a Israel. Varias circunstancias contribuyeron a ello:
El porvenir incierto de los judíos magrebíes tras la descoloniza- 1)
ción, en unos países en los que no había más minoría confesio-
nal autóctona que la judía. Téngase en cuenta que, en los países
del Mágreb, el movimiento nacionalista (tanto local como paná-
rabe) era difícilmente disociable de la reafrmación islámica
155
y
152
Por la misma razón, los sionistas deseaban la emigración de los judíos
de la Unión Soviética, mientras que la emigración masiva de los judíos de
Estados Unidos, si bien útil demográfcamente para el estado sionista, habría
sido negativa para el sionismo desde un punto de vista político y económico.
153
En Iraq en los años cuarenta los judíos crearon ligas antisionistas.
154
Las posiciones antisionistas de los judíos iraquíes, inmigrantes o de se-
gunda generación, resultan especialmente irritantes para los sionistas, porque
ponen en cuestión todo el entramado de la ideología y la praxis del sionismo,
subrayan su carácter eurocéntrico y ashkenazi, y sus desafantes defniciones
de sí mismos como «judíos árabes» o «árabes judíos» atentan contra el dogma
sionista de la oposición antitética entre «judío» y «árabe». Personajes como
Shimón Ballas, Ella Shohat y Yehudá Shenhav provocan sarpullidos en los
sionistas, que apenas pueden concebir que un judío se considere a sí mismo
árabe. Téngase en cuenta que para el estado sionista y la ideología sionista
exterior, la oposición entre árabe y judío es un dogma incuestionable. Téngase
presente también que los judíos iraquíes eran los judíos más integrados en su
sociedad de origen de todos los judíos del mundo árabe emigrados a Israel.
155
Recuérdese la consigna del ulema Ben Bâdîs y que acabó siendo la
del movimiento de liberación argelino: «El islam es nuestra religión, el árabe
es nuestra lengua y Argelia nuestra patria». Esta consigna es una confusa
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 155
que muchos judíos habían ocupado un escalón intermedio entre
los europeos y sus compatriotas musulmanes,
156
de manera que
temían salir perjudicados con la independencia.
Muchos judíos eran artesanos y buhoneros, y estas profesiones 2)
entraron en declive por la competencia de la industria y por el
desarrollo de las comunicaciones y los transportes modernos.
La pérdida de sus modos de vida tradicionales, con sus secuelas
de pauperización y desarraigo, facilitaron una emigración ma-
siva que habría sido mucho más improbable en caso de haber
gozado de una estabilidad y un bienestar económicos. Esto tuvo
un papel decisivo en la emigración de los judíos pobres de Ma-
rruecos, que eran la mayoría de los judíos marroquíes, como
también de los judíos yemeníes.
La situación de pobreza y de opresión que sufrían en algunos 3)
países. Los judíos yemeníes, por ejemplo, estaban sometidos a
un estatuto opresivo y degradante.
La judeofobia despertada en todo el mundo árabe a raíz de la 4)
creación del «estado judío» a costa de los palestinos.
Una política nacionalista árabe que no distinguía entre judíos y 5)
sionistas. Los judíos egipcios sufrieron represalias por cada una
de las agresiones israelíes contra Egipto en forma de detencio-
nes, confscaciones de bienes y expulsiones.
La activa propaganda sionista, que supo utilizar en su favor todos 6)
los miedos reales e irreales de los judíos del mundo árabe.
amalgama nacional-islamista que no tenía en cuenta ni a los argelinos que
no eran musulmanes ni a aquellos otros cuya lengua era distinta del árabe.
Evidentemente, al clérigo musulmán Ben Bâdîs no le interesaban ni los judíos
ni los incrédulos (por no hablar de los escasos musulmanes convertidos al
cristianismo) y por ello no los contemplaba siquiera como compatriotas. El
nacional-islamismo argelino y la confusión entre arabismo e islam han tenido
consecuencias devastadoras para Argelia en forma de reaccionarismo religio-
so, discriminación contra las mujeres, opresión de las minorías bereberes e
identifcación entre arabidad y el más estrecho fanatismo religioso. El daño
para Argelia y para la arabidad han sido inmensos.
156
En el caso de los judíos argelinos, la política francesa llegó a la asi-
milación. A los judíos argelinos se les otorgó desde el siglo XIX la completa
ciudadanía francesa, a diferencia de sus compatriotas musulmanes, que eran
súbditos franceses pero no ciudadanos franceses.
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José F. Durán Velasco 156
Los tejemanejes (a menudo turbios) para conseguir la emigra- 7)
ción de los judíos refractarios a emigrar a Israel, pactando con
los gobiernos árabes y aterrorizando a los judíos. Este fue el
caso de Iraq.
Los judíos marroquíes de clase alta o media emigraron en su ma-
yoría a Francia, Canadá o incluso a Estados Unidos, mientras que la
mayoría pobre emigró en masa a Israel: 266.000 personas. Estos ma-
rroquíes, que constituyeron la comunidad más numerosa de emigrados
de un país árabe, han conformado la capa más baja, discriminada y
despreciada de la población judía de Israel.
Los judíos argelinos, al producirse la independencia de Argelia en
1962, emigraron en su mayoría a Francia (unos 100.000), mientras
que fueron muy pocos los que lo hicieron a Israel, sólo 7.700, cifra
que aumentó hasta los 24.000 sumando a los que emigraron con pos-
terioridad.
Los judíos tunecinos en 1949 eran 74.000 y de ellos 52.000 emi-
graron a Israel.
Los judíos libios sufrieron un pogromo en 1945 que costó la vida
a un centenar de ellos; en 1948 los judíos eran 38.000 y la mayoría
emigró poco después; en 1967 eran 7.000, pero los disturbios contra
ellos a raíz de la guerra árabe-israelí hicieron huir del país a la mayo-
ría, de manera que, cuando el coronel Gadaf se hizo con el poder en
1969, los judíos eran sólo unos quinientos. Un año después, el propio
Gadaf
157
ordenó confscar las propiedades de los judíos libios y casi
todos salieron del país.
Los judíos egipcios eran 75.000 en 1948. Cada una de las tres suce-
sivas guerras árabe-israelíes fueron acontecimientos devastadores para
los judíos egipcios. Entre 1949 y 1950 emigraron a Israel entre 15.000
y 20.000, pero la mayoría permaneció en su país; tras la guerra de
1956, un gran número de judíos fueron arrestados y sus bienes confs-
cados, y aquellos judíos que tenían la nacionalidad francesa, británica
o eran apátridas, fueron expulsados: se fueron entonces entre 40.000
157
La madre de Gadaf era una judía de Bengasi que a los catorce años se
convirtió al islam para casarse con el padre de Gadaf. Los dos tíos maternos
de Gadaf emigraron a Israel. Según la ley judía, que sólo reconoce la ascen-
dencia materna, Gadaf es judío y podría acogerse a «la ley del retorno» para
obtener la ciudadanía israelí.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 157
y 50.000, tres cuartas partes al menos a Occidente, sólo una minoría a
Israel. En 1967 sólo quedaban entre 2.500 y 3.000, y tras nuevas medi-
das contra ellos a raíz de la guerrra sólo quedaron unos cientos.
158
Desde fnales del siglo XIX, muchos judíos sirios habían emigrado
a Latinoamérica, al igual que muchos de sus compatriotas, en especial
cristianos.
159
A fnales de los años cuarenta, los judíos en Siria eran
unas treinta mil personas, que vivían sobre todo en Alepo y Damasco.
La situación de los judíos sirios se deterioró a raíz de los acontecimien-
tos de Palestina. En 1947 hubo un pogromo en Alepo que costó la vida
a decenas de judíos, y poco después la mayoría de los judíos se fueron
del país, una parte a Israel pero otros muchos a Líbano y América.
Desde los años cincuenta sólo quedan algunos miles. El gobierno sirio
ha permitido la emigración de los judíos sirios, con la condición de que
no emigren a Israel.
Los judíos libaneses eran 5.666 según el censo de 1944. El go-
bierno libanés tomó medidas para evitar desmanes contra los judíos
a raíz de los acontecimientos de Palestina; por ello, el Líbano fue el
único estado árabe donde el número de judíos aumentó en lugar de
disminuir, debido a la llegada de judíos sirios, por lo que en 1958
el número de judíos en el Líbano era de 9.000. Los judíos libaneses
no fueron maltratados durante las sucesivas guerras contra Israel ni
siquiera por parte de la resistencia palestina, que distinguió bastante
bien entre los enemigos sionistas y los judíos árabes. Sin embargo, los
judíos libaneses, como los demás libaneses, se vieron afectados por la
situación de guerra y penuria económica consiguiente, por lo que la
mayoría terminó emigrando.
Unos cincuenta mil judíos yemeníes fueron traslados a Israel entre
1949 y 1950, en lo que las autoridades israelíes llamaron «operación
alfombra voladora».
Los judíos iraquíes en 1947 eran más de cien mil personas y consti-
tuían el 2,6% de la población de Iraq; la mayoría vivía en Bagdad, donde
eran la décima parte de la población de la ciudad. Los judíos iraquíes
eran una comunidad culta en un país árabe dinámico en vías de mo-
158
Xavier de Planhol, Minorías en el islam. Una geografía de pluralidad
(Barcelona: Bellaterra, 2002), p. 380.
159
En los países de emigración, los judíos sirios mantenían muy buenas
relaciones con sus compatriotas cristianos y musulmanes. Incluso después de
1948 siguieron teniendo excelentes relaciones con los demás sirios emigra-
dos.
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José F. Durán Velasco 158
dernización, y participaban plenamente de las realidades culturales y
políticas de su sociedad. Muchos judíos iraquíes habían salido de los
guetos y convivían en barrios mixtos con musulmanes y cristianos. Los
judíos iraquíes se consideraban iraquíes y árabes,
160
tan árabes como el
resto de sus compatriotas, y en su mayoría rechazaban el sionismo como
una ideología extraña, vinculada al colonialismo británico y enemiga de
los intereses morales y materiales de los judíos del mundo árabe. Entre
los jóvenes judíos había muchos intelectuales y comunistas, para todos
ellos el árabe era su lengua,
161
incluida su lengua de cultura.
162
Pero ya
en los años treinta, los sionistas habían propuesto el trasvase de pobla-
ciones: los judíos iraquíes a Palestina y los palestinos no judíos a Iraq,
plan que fue rechazado con igual ardor por los judíos iraquíes y por los
palestinos. Tras la guerra árabe-israelí de 1948, el ministro probritánico
Nûrî as-Sa´îd animó a los judíos iraquíes a expatriarse, haciendo suyo el
proyecto sionista de los años treinta, que según él constituía un programa
de intercambio de poblaciones. Comenzaron las discriminaciones y el
ambiente era cada vez más hostil; explotaron algunas bombas,
163
que
160
También había judíos kurdos, que vivían en el norte, integrados en el
mundo tribal kurdo y que hablaban una lengua neoaramea.
161
El árabe coloquial de los judíos iraquíes era similar al de los cris-
tianos y diferente del de los musulmanes. Esto se debe a que el árabe
dialectal de los judíos y cristianos derivaba de las hablas urbanas de la
época ´abbâsí, mientras que los dialectos de los musulmanes eran de tipo
beduino; téngase en cuenta que Iraq estuvo sometido a un intenso proceso
de beduinización a raíz de las devastaciones mongolas en el siglo XIII;
desde entonces, los judíos y cristianos se retrajeron en sus comunidades
y mantuvieron el viejo dialecto, mientras que sus conciudadanos musul-
manes, más en contacto con sus correligionarios beduinos, adoptaron el
habla de estos.
162
En el siglo XX, los judíos iraquíes hicieron una destacada contribución
a la literatura árabe y el árabe estándar se convirtió en su principal lengua de
cultura. Algunos escritores emigrados a Israel siguieron escribiendo en árabe.
El más importante de los escritores judíos iraquíes en Israel, el novelista,
cuentista y dramaturgo Samîr Naqqâsh (1938-2004), escribió toda su obra en
árabe y siempre se negó a escribir en hebreo.
163
Al parecer estas bombas fueron obra de agentes de la Agencia Judía
sionista, para aterrorizar a los judíos iraquíes y provocar su éxodo a Israel,
como sucedió. Estos agentes sionistas trabajaban a cuenta del gobierno israelí
y en connivencia con los gobernantes iraquíes, que querían deshacerse de los
judíos y quedarse con sus propiedades.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 159
fueron el detonante del pánico
164
que hizo emigrar a la mayoría de los
judíos iraquíes a Israel, pues el gobierno iraquí promulgó una ley que
lo permitía (aunque los emigrantes no podían llevar más que lo puesto).
La connivencia entre el gobierno árabe judeófobo y el estado sionista no
pudo ser más clara: desde el principio, Nûrî as-Sa´îd abogó por el trasvase
de poblaciones, idea puramente sionista, y luego, a la vez que alentaba
la judeofobia, permitió la salida hacia Israel, en lugar de poner coto a
la judeofobia y tratar de impedir ese éxodo de los judíos iraquíes hacia
Israel,
165
como habría hecho un político árabe antisionista. La política
del gobierno iraquí de la monarquía era tan judeófoba como prosionista.
Esto fue lo que los judíos iraquíes llamaron con amargura «la venta de
los judíos de Iraq»: tratados como ganado que los sionistas compraban
y el gobierno iraquí vendía, fueron aterrorizados para emigrar, tal como
deseaban los gobernantes iraquíes y los gobernantes israelíes, pues el
estado de Israel quería a los judíos iraquíes para sí y los gobernantes ira-
quíes querían rapiñar sus propiedades; unos y otros consiguieron lo que
querían y los perdedores fueron los judíos iraquíes. Para estos iraquíes,
el contraste entre su situación en su país de origen y su nueva situación
en Israel fue absolutamente traumático. Muchos de ellos no olvidaron lo
perdido y el desastre sufrido, y transmitieron esas vivencias a sus hijos.
Al llegar a Israel, a los «judíos orientales» los rociaron con DDT
166

y los alojaron en «campos de tránsito». Se los estableció en los lugares
abandonados por los palestinos expulsados. La intención del gobierno
era asentar a los «orientales» en el campo contra su voluntad; pero no
en los kibutzim de los ashkenazis sino en tierras que ni los kibutzianos
querían. A los únicos «orientales» que se admitía en los kibutzim era
a los niños sin sus padres, para que fueran fácilmente asimilables. Los
164
En 1941 los judíos iraquíes habían sufrido un pogromo durante el golpe
de estado pronazi de Rashîd ´Alî. El recuerdo de esa matanza y de las atro-
cidades cometidas entonces contra ellos sin duda contribuyó al pánico y al
éxodo de la comunidad judía iraquí.
165
El traslado masivo de judíos iraquíes al estado de Israel fue denomina-
do por los israelíes «operación Esdras y Nehemías», en recuerdo del retorno a
Judea de los judíos deportados a Babilonia por Nabucodonosor.
166
Para los sionistas eurocéntricos, los judíos «orientales» eran necesaria-
mente sucios piojosos a los que había que desinsectar antes de permitirles la
entrada en su «baluarte de la civilización occidental». Aunque muchos de esos
judíos, como fue el caso de los iraquíes, pasaran de viviendas que a veces eran
palacios a la miseria de los «campos de tránsito».
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José F. Durán Velasco 160
judíos iraquíes, que eran los más cultos y más cualifcados profesio-
nalmente, se defendieron mejor y trataron de establecerse donde más
les conviniera y no donde los querían enviar.
Los que se llevaron la peor parte fueron los marroquíes, que eran
mano de obra no cualifcada y a los que se estableció en las peores vivien-
das, muchas veces vivienda estatal de mala calidad expropiada a los pa-
lestinos expulsados; además esa vivienda, aparte de mala, no era gratuita
y tenían que pagar alquileres e hipotecas. Incluso los marroquíes pobres,
que estaban acostumbrados a viviendas más amplias y con patios, encon-
traron claustrofóbicos los apartamentos diminutos de los suburbios.
167
Las
condiciones de paro, subempleo y desintegración de la estructura familiar
tradicional, fomentaron entre los marroquíes la difusión de la pequeña
delincuencia y la prostitución, fenómenos casi desconocidos entre ellos
en su país de origen, pero que los ashkenazis malignamente identifcaron
con «la perversa índole» de sus correligionarios marroquíes.
Incluso a los yemeníes, que eran muy trabajadores y efcaces, se les
intentó negar su capacidad profesional porque no eran sumisos.
168
Hay que señalar que los sionistas ashkenazis se consideraban los
«salvadores» de los judíos «orientales», a los que habían hecho entrar
en «la civilización». La política del estado hacia ellos era de asimila-
ción y en más de una ocasión Ben Gurión expresó su miedo a que el
estado de Israel pudiera «orientalizarse», es decir, convertirse en un
país más de Oriente Medio, un país árabe más con una mayoría de
ciudadanos de religión judía. Para evitarlo, se sometió a los judíos
«orientales» a un proceso de asimilación forzosa con el fn de hacer
de ellos israelíes, buenos hebreos y buenos sionistas, que absorbieran
en todo lo posible la cultura dominante sionista-ashkenazi.
169
El ideal
asimilatorio incluía idealmente el matrimonio mixto interjudío,
170
pre-
167
No digamos ya lo que fue el cambio para los judíos iraquíes o egipcios,
que en sus países de origen habían sido de clase media acomodada e incluso
ricos y pasaron de buenas viviendas a la miseria del campo de tránsito y el
suburbio israelí.
168
Ilan Pappé, op. cit., p. 251.
169
Esto ha provocado no poco resentimiento en los demás judíos, que se
quejan amargamente de que Israel no es un estado judío sino «un estado pola-
co», en alusión al origen de su clase dominante y del propio Ben Gurión.
170
El mestizaje se concebía como interjudío. El mestizaje entre judíos y
no judíos (básicamente entre «judíos» y «árabes») se contemplaba tan poco
que el estado de Israel ni siquiera ha instaurado el matrimonio civil, lo que
Libro5_bosforo.indd 160 27/8/09 18:53:14
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 161
feriblemente el constituido por varón ashkenazi y mujer mizrahí,
171
con
vistas a la eliminación de las diferencias entre judíos, entendiendo la
eliminación de esas diferencias como la ashkenización de los «orien-
tales» en la cultura «occidental» sionista-israelí.
Especialmente confictivo era el caso de unos judíos que no sólo no
eran europeos sino que además compartían el idioma y la cultura del
«enemigo», «los árabes». El sionismo, al institucionalizar y convertir
en dogma de su nacionalismo el abismo entre «judío» y «árabe», hacía
mucho más difícil la situación de los judíos originarios del mundo
árabe. Valga la expresiva anécdota de que, cuando el judío egipcio
Abraham Israel intentó, como modo de ganarse la vida, exhibir una
película en árabe, la censura israelí le prohibió exhibirla para los judíos
árabes y sólo se le permitió ponerla en Nazaret, ciudad que entonces
era totalmente palestina.
172
El estado sionista podía valorar y promo-
cionar a los pocos judíos iraquíes, sirios o egipcios
173
que habían sido
sionistas de primera hora ya en su país de origen y que habían puesto su
conocimiento de su idioma y cultura de origen al servicio del sionismo,
como «orientalistas» (en el sentido más colonialista del término), pero
para todo lo demás se entendía que los judíos debían desarabizarse
lingüística y culturalmente.
La pronunciación del hebreo de los judíos árabes era más perfecta
que la de los judíos ashkenazis, pero el sionismo ashkenazi no valoraba
eso; por el contrario, en Israel no sólo se veía mal a los judíos que habla-
ban árabe sino que estaba mal visto hablar el hebreo con acento árabe,
lo prestigioso era hablar el hebreo al modo de los ashkenazis. Para los
signifca que la población debe casarse dentro de su comunidad religiosa. La
única excepción son los matrimonios civiles contraídos en el extranjero y las
parejas mixtas no casadas. En Israel, según la socióloga israelí Nili Itamar,
existen siete mil casos de parejas mixtas documentadas, pero en la realidad
hay el doble de casos.
171
Obsérvese el planteamiento patriarcal: el varón como parte dominante
y la mujer como parte asimilada. Y eso a pesar de que uno de los argumentos
favoritos de los sionistas para la asimilación de los «orientales» ha sido el de
liberar a las mujeres del patriarcalismo «oriental». Sin embargo, eso no se ha
traducido en secularización y los tribunales rabínicos siguen manteniendo
normas discriminatorias contra las mujeres.
172
Ilan Pappé, op. cit., p. 237.
173
Como Eli Cohen, el famoso espía israelí de origen egipcio, que se infl-
tró en las altas esferas de Siria y pasó mucha información a Israel, hasta que
fue descubierto y ahorcado en Damasco.
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José F. Durán Velasco 162
mismos palestinos, «judío» era sinónimo de «ashkenazi», y «hablar
árabe como un judío» era hablarlo al modo de los ashkenazis.
174
Para integrarse, los «orientales» debían desarabizarse e insis-
tir hasta la extenuación en su judaidad, es decir, en lo que tenían en
común con los judíos de primera categoría de Israel. Pero por esa vía
tampoco obtuvieron mucho, pues a cambio de perder su idioma, su
vestimenta, su cultura y sus costumbres, los sionistas ofrecían a los
judíos «orientales» una educación de segunda categoría saturada de
adoctrinamiento sionista que no les servía para progresar ni mejorar
su situación económica, eso sin contar las condiciones penosas en las
que vivían, la discriminación que padecían
175
y lo mucho que los capi-
talistas ashkenazis se lucraron con esta mano de obra barata de judíos
árabes en vías de desarabización.
La Histadrut también los discriminaba y no les proporcionaba los
mismos servicios y subvenciones que al resto de los empleados; además,
los judíos «orientales» no tardaron en descubrir que la Histadrut, más
que un sindicato nacionalista, era una gran empresa capitalista que tenía
muchas fábricas y negocios, por lo que colaboraba activamente en con-
tra del pleno empleo porque, como empresaria, le interesaba mantener
una tasa de paro para abaratar y mantener sometida a la mano de obra.
Las tasas de natalidad eran más altas entre los judíos originarios
de los países árabes que entre judíos originarios de Europa, por lo que
ya en 1965 los judíos «orientales» llegaron a ser más numerosos que
los ashkenazis. Al mismo tiempo su descontento crecía y su malestar
social se expresaba en duras huelgas y movilizaciones contra el poder
económico y político establecido de la élite dominante ashkenazi.
La política israelí de represalias desproporcionadas contra los pa-
lestinos y la hostilidad contra el mundo árabe tenían en gran medida su
razón de ser en que resultaba útil a la clase dominante israelí mantener
la tensión con el mundo árabe, a fn de distraer las tensiones interjudías
de clase y de etnia en nombre de la sagrada unidad nacional y de la
necesidad de hacer frente a la amenaza exterior supuestamente aniqui-
ladora. El miedo a que estallara una explosión social dentro del estado
174
Yoram Kaniuk, El buen árabe (Barcelona: Versal, 1988), p. 184.
175
Discriminación que se justifcaba en nombre del «primitivismo» y la
baja cualifcación de «los judíos orientales». En realidad, lo que los ashkenazis
llamaban «primitivismo» era la diferencia cultural de los judíos no europeos y
el argumento de la superior cualifcación de los ashkenazis muchas veces no
era otra cosa que disfrazar el privilegio de «meritocracia».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 163
de Israel fue uno de los motivos que llevó a la clase política israelí a
desencadenar la guerra de junio de 1967 contra los países árabes veci-
nos, con el fn de desviar en conficto exterior colonial lo que para ella
era una situación inquietante de lucha de clases interjudía.
176
En los suburbios de Jerusalén y Tel Aviv surgió entre los jóve-
nes marroquíes el movimiento de las Panteras Negras, imitando a los
negros radicales de los Estados Unidos. En las elecciones israelíes
de 1977 las Panteras negras marroquíes se coaligaron con el partido
comunista Rakah no sionista de mayoría palestina.
Sin embargo, la rebelión mizrahí contra la hegemonía de los judíos
ashkenazis terminó encauzada por el Likud, que nada tenía que ofrecer
a los judíos «orientales» pauperizados, pues era un partido neoliberal de
derechas, pero que se benefció del odio que los «orientales» sentían con-
tra el laborismo ashkenazi. Paradojas: una rebelión, mal orientada y falta
de visión, hizo que los judíos «orientales» pobres acabaran apoyando a
un partido ashkenazi neoliberal dirigido por ashkenazis que poco podía
ofrecerles, aparte de satisfacer su resentimiento contra los laboristas.
La idea de crear un partido «oriental» no tuvo éxito porque los
judíos árabes no eran homogéneos y las diferencias entre yemeníes,
iraquíes y marroquíes eran enormes. Lo que les unía era tabú (la perte-
nencia cultural al mundo árabe) y lo demás era sólo la discriminación
común que sufrían por parte de los ashkenazis.
Finalmente, lo más parecido a un partido mizrahí fue el Shas, que ha
llegado a ser mayoritario entre «los judíos orientales». El Shas es un par-
tido religioso ultraortodoxo liderado por el gran rabino ´Ovadya Yosef. El
surgimiento de ese partido formó parte de la rebelión mizrahí, en concreto
contra los judíos ultraortodoxos ashkenazis. El Shas ha ejercido desde
1988 la función de partido bisagra entre los laboristas y la derecha.
La actitud hacia los palestinos y el mundo árabe de estos judíos es
compleja y variada. Las experiencias en sus países de origen no eran
las mismas en unos casos y otros, unos tenían muy buenos recuerdos
y otros muy malos, e incluso los buenos y los malos recuerdos de
una misma persona podían alternarse de manera esquizofrénica. Unos
añoraban como el paraíso perdido su vida en su país de origen, otros
recordaban con ira sufrimientos y humillaciones. Algunos se identif-
176
En la actualidad sucede lo mismo: la clase dominante israelí está muy
interesada en que el conficto con los árabes distraiga a sus súbditos del ma-
lestar social que genera su política económica neoliberal.
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José F. Durán Velasco 164
caban a sí mismos como «judíos árabes» o «árabes judíos»,
177
mientras
que para otros «los árabes» eran «los otros», los enemigos, a los que
odiaban. A menudo, estos judíos, a veces maltratados o golpeados por
ser confundidos con «árabes», se han convertido en extremistas del
sionismo o del odio a «los árabes». El asesinato del primer ministro
Rabin en 1996 fue obra de un fanático político-religioso de origen
yemení;
178
en las cárceles, las prostitutas marroquíes han sido el terror
de las presas palestinas,
179
etcétera. Otros vieron en los palestinos una
categoría de oprimidos con los que debían aliarse, como fue el caso
de las Panteras Negras, que en los años setenta, como se ha dicho,
concurrieron a las elecciones con el Rakah.
180

El poeta ciego marroquí Erez Biton, que trató de aunar protesta
social y expresividad folclórica marroquí, en uno de sus poemas, in-
cluido en su poemario Ofrenda marroquí, dice:
¿Qué es ser auténtico?
¿Acaso correr por la calle Dizenghof
181
gritando en judío marroquí:
«Ana men al-Magreb, ana men al-Magreb»
(«Yo soy de Marruecos, de los montes del Atlas»)?
¿Qué es ser auténtico?
¿Sentarse con un agal y una zarbya,
182

o declarar tal vez en alta voz:
«A mí no me llaman Zohar,
177
Como es el caso de los escritores iraquíes Shimón Ballas, Sami Mijael
o Samîr Naqqâsh, o del escritor de origen marroquí Albert Swissa.
178
Una de las argumentaciones que hizo en el juicio Yigal Amir fue que
Rabin había negociado sin tener la mayoría judía legítima porque sus nego-
ciaciones habían sido apoyadas por el voto «árabe», que es lo que le había
dado la mayoría. Como puede verse, este judío yemení no aceptaba el derecho
de sus conciudadanos no judíos a participar en las decisiones políticas del
«estado judío».
179
Aicha Lemsine, Ordalía de voces. Las mujeres árabes hablan (Valla-
dolid: Universidad de Valladolid, 1998), pp. 468-470.
180
Uno de los marroquíes inadaptados antisistema que han simpatizado
con los palestinos ha sido Mordejai Vanunu, el físico nuclear que en los años
ochenta reveló noticias prohibidas sobre el arsenal nuclear israelí. Vanunu
fue secuestrado en Italia por el Mosad y trasladado a Israel, donde ha estado
encarcelado al margen de todo proceso legal.
181
Una conocida calle de Tel Aviv.
182
Vestimentas típicas.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 165
yo soy Zayesh»?
No es esto, no es esto.
Y a pesar de todo, otra lengua me llena la boca
hasta que revientan las encías.
Y a pesar de todo, me invaden olores queridos, reprimidos,
y yo caigo, caigo, entre varios dialectos,
perdido, me pierdo en un Babel de idiomas.
183

En otro poema de la misma colección, titulado Algunas palabras
sobre mis raíces, dice:
Madre, madre,
de la aldea de pastos verdes de otro verde.
Desde el nido de los pájaros que daban leche más dulce
que otra leche,
y desde la cuna de miles de jilgueros
como de las mil y una noches.
Madre, madre,
que alejaba los males
con dedos cordiales
y con golpes de pecho,
en nombre de todas las madres.
Mi padre, mi padre,
que se ocupaba de otros mundos
y bendecía los sábados con arak puro,
y era experto como nadie
en ritos y costumbres de la Sinagoga.
Yo, yo que fui
muy lejos, corazón adentro,
y cuando todos dormían
yo repetía,
muy lejos, corazón adentro,
pequeñas misas de Bach
en lengua judía marroquí.
184

La corta frase ana men al-Magreb no está en «judío marroquí» sino
en todo caso en árabe marroquí, aunque en realidad lo está en árabe
183
María Encarnación Varela, Antología de la literatura hebrea contem-
poránea, p. 319.
184
Ibid., pp. 319-320
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José F. Durán Velasco 166
a secas, inteligible para cualquier arabófono, sea del Mágreb o del
Mashriq. Sin embargo esa arabidad, siquiera lingüística, es tabú, por
lo que el poeta llama a su idioma «lengua judía marroquí»,
185
sustitu-
yendo «árabe» por «judío» y dejando «marroquí». Llamar «árabe» a
su idioma es tabú.
Ciudadanía, religión y nacionalidad étnica
en el estado de Israel
Como realización del sionismo, el estado de Israel se confguró como
«el estado judío», «el estado de los judíos» de Theodor Herzl, previa
expulsión de la mayoría de los pobladores del territorio del estado,
palestinos árabes no judíos.
El estado de Israel hizo ofcialmente de «los árabes»
186
su minoría
nacional,
187
la segunda nacionalidad étnica del país, después de «los
185
Las hablas árabes de los judíos marroquíes presentaban diferencias frente
a las hablas árabes de los musulmanes, pero esas diferencias no eran mayores
que las que existían entre dialectos árabes de regiones distintas; el árabe colo-
quial de los judíos y musulmanes de Marruecos era mutuamente inteligible, cosa
que no sucede con dialectos árabes de países distintos. Dicho de otra manera: el
árabe coloquial hablado por los judíos marroquíes tenía más en común con el de
sus compatriotas musulmanes que con el de los judíos de otros países.
186
Se evitó el término ‘palestino’ porque era harto problemático para el
estado de Israel. Durante muchos años el término ‘palestino’ fue tabú para los
israelíes, que se referían a los palestinos y a los pobladores de los estados ve-
cinos como «árabes»; pero mientras que hablaban de esos otros árabes como
«egipcios», «jordanos», «sirios» o «libaneses», a los palestinos no se les podía
mencionar como tales, eran sólo «árabes». La razón es muy sencilla: hablar de
«palestinos» hubiera implicado reconocer que había una población que había
sido despojada de su tierra, expulsada y privada de sus derechos en aras de los
objetivos sionistas, mientras que referirse a ellos como «árabes» implicaba la
idea de que eran parte de un mundo árabe inmenso que debería hacerse cargo
de ellos y descargar de esa responsabilidad al «pequeño estado judío». Pero
esto no signifcaba simpatía sionista alguna por el panarabismo: sólo se insis-
tía en la arabidad cuando se trataba de infravalorar el daño y el expolio hecho
a los palestinos, por lo demás se quería a los árabes lo más divididos posible,
de ahí que con los otros árabes sí se hablara de egipcios, jordanos, sirios o
libaneses y de sus identidades locales amenazadas por el panarabismo.
187
Existen en Israel otras minorías étnicas no judías, como los circasianos
o los armenios, pero son insignifcantes demográfcamente.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 167
judíos». Consecuentemente, el idioma árabe (que en la época manda-
taria había sido una de las tres lenguas ofciales de Palestina, junto al
hebreo y el inglés) se convirtió en idioma ofcial subalterno, el idioma
nacional de la minoría «árabe».
Pero, ¿quiénes eran «los árabes»? O más exactamente: ¿quiénes
decidieron las autoridades israelíes que eran «árabes»? En principio,
los musulmanes, cristianos y drusos de lengua árabe. «Árabe» era el
arabófono... siempre que no fuera judío. El judío arabófono no podía
ser declarado «árabe» sino «judío», el judío de religión se convertía en
el estado de Israel en judío de nacionalidad étnica.
Las autoridades israelíes taxonomizaron a la población de ciudada-
nía israelí en dos clasifcaciones: religión y nacionalidad étnica.
En el caso de los judíos, obligatoriamente la religión debía ser la
judía y la nacionalidad étnica también debía ser judía. Es decir, el
estado de Israel hizo de la judaidad dos categorías: una confesional
y otra nacional, con la particularidad de que una y otra son indisocia-
bles. Un judío confesional forzosamente ha de ser clasifcado como
judío en cuanto a nacionalidad étnica y viceversa. Está prohibido
que alguien se clasifque como judío en cuanto a religión y árabe
en cuanto a nacionalidad étnica, o como ruso, o como ashkenazi, o
como etíope, o como sefardí... Tampoco se concibe legalmente que
alguien se clasifque como judío en cuanto a nacionalidad étnica y en
cuanto a religión se declare agnóstico, ateo, budista,
188
cristiano,
189

musulmán, taoísta o cualquier otra cosa, o simplemente deje la ca-
silla en blanco.
«Los árabes», en cambio, pueden ser cristianos o musulmanes. ¡Oh
paradoja!: a los oprimidos se les permite una mayor diversidad y un
concepto de la nacionalidad más laico que a los opresores.
Los drusos, a petición de buena parte de los propios drusos, fue-
ron declarados ofcialmente a la vez religión y nacionalidad étnica
188
El poeta judío norteamericano Allen Ginsberg en alguna ocasión se
defnió como «un judío budista». Esa posibilidad no se contempla en el estado
de Israel porque rompe los esquemas de su nacional-judaísmo.
189
En Israel es muy problemática la condición de aquellos judíos que se
han convertido al cristianismo y pretenden que el estado los reconozca como
judíos en cuanto a nacionalidad y cristianos en cuanto a religión. El estado
no acepta otra cosa que no sea la identidad absoluta entre etnicidad y religión
para los judíos, la condición de judío cristiano no se acepta, aun cuando el
judío cristiano sea un furibundo patriotero sionista.
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José F. Durán Velasco 168
diferente de los árabes. Las autoridades israelíes no tuvieron ningún
inconveniente en aceptarlo, ya que no suponía ningún menoscabo del
carácter judío del estado y porque servía para dividir y enfrentar a los
palestinos del estado de Israel.
La falta de correspondencia entre unas categorías y otras es evi-
dente. El sionismo supone que árabe y judío son categorías de naciona-
lidad étnica excluyentes y homologables; sin embargo, en el estado de
Israel la arabidad no está vinculada a la religión (pues un árabe israelí
puede ser cristiano o musulmán, por ejemplo, en realidad puede ser de
cualquier religión, salvo judío o druso), mientras que el judío en cuanto
a nacionalidad étnica sólo puede ser judío en cuanto a religión.
190

Las taxonomías de nacionalidad étnica y religión en el estado de
Israel no son libres e implican graves discriminaciones. Los ciudada-
nos israelíes ni tienen libertad para decidir su nacionalidad étnica y su
religión ni son iguales ante la ley independientemente de su naciona-
lidad étnica y su confesión religiosa.
Un judío extranjero tiene derecho automático a la ciudadanía israelí
y a ventajas para establecerse en el país, derechos de los que carecen
los ciudadanos israelíes no judíos. En cambio, cientos de miles de
palestinos nacidos en el territorio de Israel carecen de todo derecho a
obtener la ciudadanía israelí y a ser repatriados.
Ser judío o no serlo tiene muchas más consecuencias: más del 92%
de la tierra del estado de Israel se considera «tierra judía» y sólo puede
ser vendida o arrendada a judíos.
191
Téngase en cuenta que estas tie-
rras estatales no están a disposición de los ciudadanos israelíes sino
exclusivamente de los judíos, en detrimento de los no judíos. Desde
el principio de la colonización sionista y a lo largo de toda la historia
del estado de Israel, la intención de los sionistas ha sido apoderarse de
todas las tierras posibles para uso exclusivo de judíos. Si cualquier es-
tado del mundo tuviera medidas similares contra sus habitantes judíos,
sería acusado (con toda la razón) de antisemita y judeófobo.
190
Las ironías son fáciles. En la película-reportaje Olvida Bagdad [For-
get Bagdad, Samir, 2003], el judío iraquí comunista Moshé Huri (o Mûsà
Hûrî) señalaba la paradoja de que en Iraq fuera árabe y al emigrar a Israel se
convirtiera en judío, aunque, eso sí, qawmiyyan («en cuanto a nacionalidad
étnica») porque dînî kân yahûdî kamân fî-l-´Irâq («mi religión ya era judía
también en Iraq»).
191
Edward W. Said, Palestina: paz sin territorios (Tafalla: Txalaparta,
1997), p. 84.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 169
En Israel es imposible dejar en blanco tanto la casilla de la religión
como la de la nacionalidad étnica.
192
La razón es clara: en un estado en el
que los ciudadanos no son iguales ante la ley independientemente de su
identidad étnica y confesional, es obligatorio ser taxonomizado en estas
cuestiones para poder ser clasifcado como ciudadano si se es judío, o
como sub-ciudadano si no se es. Sucede algo parecido a lo que ocurría
en Suráfrica con la raza: había que clasifcar a toda la población dentro
de unas taxonomías raciales (a menudo más o menos arbitrarias),
193
era
indispensable, dado que los surafricanos no eran iguales ante la ley y las
taxonomías raciales (y racistas) tenían importantísimas consecuencias
en el trato del estado a unos surafricanos y otros.
El sionismo provoca una confusión inextricable entre religión,
nacionalidad étnica y ciudadanía. Aunque el sionismo fuera en sus
orígenes una especie de secularización nacionalista de la identidad
judía, a la postre, dado que la identidad judía era fundamentalmente
religiosa, es esencialmente la religión la que decide quién es o no es
judío, es decir, es la ley judía ortodoxa quien lo decide: es judío quien
es de madre judía o se convierte al judaísmo (al judaísmo ortodoxo,
se entiende). A todo esto, la legislación civil israelí a veces modifca
cuestiones menores: que el hijo de padre judío tenga también derecho
a ser considerado judío, por ejemplo.
Hablar de secularismo o de estado laico en estas condiciones es
irrisorio. En Israel ni siquiera existe el matrimonio civil, aunque la ley
192
La antigua Yugoslavia de Tito, un estado multinacional, en su censo
incluía una casilla de nacionalidad étnica, en la que cada ciudadano era libre
de poner lo que quisiera: serbio, croata, esloveno, montenegrino, macedonio,
albanés, turco o sencillamente dejarla en blanco. Muchos ponían en esa casi-
lla simplemente yugoslavo. Naturalmente, lo que se pusiera en esa casilla no
menoscababa la condición de ciudadano yugoslavo ni la igualdad ante la ley
entre los ciudadanos, a diferencia de lo que sucede en el estado de Israel.
193
En una misma familia unos eran clasifcados como blancos, otros como
mestizos y otros como negros. A veces la cosa llegaba a lo kafkiano-grotesco,
como la inefable «prueba del peine» para clasifcar si alguien era blanco o negro:
si había duda, se le ponía un peine en el pelo y si se caía se le clasifcaba como
blanco y si no se caía se le clasifcaba como negro. Evidentemente los racistas
de tipo nórdico que idearon este tipo de pruebas, no contemplaban la posibilidad
de blancos de pelo rizado. Aunque, al fn y al cabo, el objetivo con todos estos
absurdos inhumanos no era otro que mantener sus privilegios, excluyendo de
los derechos civiles y políticos (y sindicales) a la mayoría de la población para
explotarla en su benefcio y en el de las grandes compañías extranjeras.
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José F. Durán Velasco 170
israelí siempre ha reconocido la validez del matrimonio civil efectuado
en el extranjero.
194
Mientras que el atraso y el conservadurismo ex-
plican la inexistencia del matrimonio civil en el mundo árabe,
195
es el
sionismo el que explica la inexistencia del matrimonio civil en Israel,
a pesar de su carácter mucho más moderno y de que la sociedad israelí
en su conjunto haya sido más laica que la árabe.
Apartheid y asimilación forzosa en aras del nacionalismo
de los opresores... y de los oprimidos
El establecimiento de un estado sionista signifcó el establecimiento
de dos «rebaños»: el «rebaño herrenvolk» de los judíos en un «estado
judío» y el «rebaño» de los habitantes originarios supervivientes a la
limpieza étnica de 1948, denominados «árabes»
196
o «árabes israelíes»
para no llamarlos «palestinos», término excesivamente confictivo para
los sionistas, ya que subraya que ellos y los refugiados víctimas de la
limpieza étnica de 1948 son los habitantes originarios del territorio del
estado de Israel.
El «rebaño herrenvolk» judío fue sometido a un proceso de asimila-
ción forzosa inmisericorde por la casta dominante ashkenazi-sionista:
hebraización, ashkenazización, «sabrización»
197
de la segunda genera-
ción, occidentalización, israelización... Todos ellos debían ser asimi-
lados, convertidos en nuevos hebreos; los judíos «cosmopolitas» de
Europa debían ser convertidos en hebreos, los judíos del mundo árabe
debían ser desarabizados, asimilados, convertidos en «judíos» a secas,
es decir, en judíos ashkenazis, pero de segunda clase, al menos hasta
que fueran asimilados completamente.
194
Por lo que muchos israelíes que quieren efectuar matrimonios mixtos o
simplemente no quieren someterse a las autoridades religiosas suelen casarse
civilmente en Chipre.
195
No existe ni siquiera en el Líbano, donde un proyecto de instauración
de matrimonio civil no prosperó por la coalición de todas las facciones confe-
sionalistas y de todos los cleros, que se unieron contra la secularización.
196
Pongo «árabes» entre comillas porque los palestinos no judíos no eran
en principio los únicos árabes del estado de Israel; muchos judíos de los paí-
ses árabes eran tan árabes como ellos, o quizás incluso más, como en el caso
de los judíos yemeníes, pero en la jerga de las taxonomías sionista-israelíes
«árabe» signifca no judío y un judío no puede ser «árabe» en ningún caso.
197
A los judíos israelíes nacidos en el estado de Israel se les conoce como
«sabras». El nombre de «sabra» signifca en hebreo ‘higo chumbo’.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 171
Por lo que se refere al «rebaño árabe», fue convertido en una ca-
tegoría de sub-ciudadanos israelíes, con un estatuto aparte de «minoría
nacional» que no es más que un pretexto para su marginación.
De una manera parecida a como la Suráfrica racista justifcaba el
sistema de bantustanes en nombre del respeto a la diversidad etno-na-
cional de los pueblos bantúes, el sionismo israelí siempre ha justifcado
la discriminación de los «árabes» en nombre del respeto a su identidad
cultural y nacional árabes.
Así, «los árabes» (entre los que no se incluye a los drusos, menos aún
a los que se autodefnen como «árabes judíos» o «judíos árabes», pues es
el estado y no las personas interesadas el que hace las taxonomías) están
exentos del servicio militar obligatorio. ¿Cómo se justifca eso? Argu-
yendo que se hace por «humanitarismo» y respeto a su nacionalidad
«árabe», en nombre de que sería inhumano hacerles luchar contra otros
árabes («sería inhumano obligar a los ciudadanos árabes a luchar contra
sus hermanos árabes enemigos de Israel»), lo que no parece que tenga
mucho sentido si se tiene en cuenta que los drusos sí están obligados al
servicio militar obligatorio y Siria (donde viven muchos drusos, muchos
de ellos militares) es el único estado árabe teóricamente beligerante con
Israel. Dado que muchas ventajas sociales en Israel están indisociable-
mente vinculadas a haber hecho el servicio militar, resulta evidente que
todo es un pretexto para privar a «los árabes» de las ventajas de los
ciudadanos judíos; no vale argüir que esas prestaciones y ventajas son la
contrapartida por el servicio militar, del que «los árabes» están exentos,
puesto que los judíos hiperreligiosos (mujeres judías religiosas y los
estudiantes de las escuelas rabínicas), que están excluidos igualmente
del servicio militar, reciben toda clase de subvenciones de las que los
«árabes» están completamente privados. A esto habría que añadir otra
poderosa razón por la que están excluidos «los árabes» del servicio mili-
tar obligatorio israelí: el estado no se fía de ellos y por eso no los quiere
en una institución tan decisiva como el ejército. Los «árabes» que sirven
en el ejército son voluntarios admitidos como «árabes» en el ejército
israelí, elementos de probada fdelidad al estado.
Con la educación sucede algo similar. La existencia de una educa-
ción especial para «los árabes», a la que se dedican proporcionalmente
muchos menos recursos que para «los judíos», se justifca igualmente
con el pretexto del respeto al hecho diferencial y nacional de «los
árabes». Los árabes deben recibir una educación en árabe y con con-
tenidos específcos. No sólo hay un agravio comparativo sino que ni
siquiera se puede hablar de una autonomía educativa, puesto que los
contenidos de la enseñanaza «árabe» los deciden «los judíos».
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José F. Durán Velasco 172
El resultado paradójico de todo esto es que el sistema de discri-
minación entre «judíos» y «árabes» conduce a la asimilación de los
judíos al nacionalismo de los opresores, al mismo tiempo que refuerza
el nacionalismo de los oprimidos.
¿No es una contradicción que un estado anti-árabe refuerce el na-
cionalismo y la diferencia de los árabes (siempre que no sean judíos,
claro)? En realidad no, porque la existencia de un nacionalismo refuerza
al otro: la existencia de una minoría «árabe» discriminada con un fuerte
nacionalismo retroalimenta el nacionalismo de la mayoría «judía», da
cohesión al «estado judío», refuerza la ideología sionista entre «los ju-
díos», impide la unidad de acción entre los oprimidos y desvía la lucha
de clases en nacionalismo de uno y otro signo, provocando así una
retroalimentación y un círculo vicioso que estabiliza el orden sionista.
El Holocausto y el sionismo: lo peor es el mejor aliado
de lo malo
El sionismo no combatía el antisemitismo y tampoco combatió al
nazismo. El sionismo precisaba del antisemitismo para incitar a los
judíos a emigrar a «la tierra de Israel», adonde era evidente que muy
pocos judíos deseaban ir. Para conseguir sus objetivos, el sionismo
necesitaba tres cosas:

Una potencia imperial que dominase Palestina y permitiese la 1)
inmigración judía sin restricciones contra la voluntad de la ma-
yoría de sus habitantes.
Un movimiento antisemita fuerte en los países de densa pobla- 2)
ción judía no sionista, que hiciera la vida imposible a los judíos
y los incitara a emigrar.
Unas leyes de inmigración restrictivas en los países a los que los 3)
judíos amenazados deseaban emigrar, esto es, países de Europa
occidental y de América.
Cuando Hitler se hizo con el poder en 1933, el movimiento sionista
no fue hostil al nuevo régimen, pues no se oponía a sus objetivos. En
aquel tiempo los nazis no hablaban de exterminar a los judíos sino de
privarlos de sus derechos como ciudadanos, recluirlos en un sistema de
apartheid y, en última instancia, expulsarlos de Europa. Todo esto en-
cajaba perfectamente con el sionismo, que deseaba precisamente eso:
que los judíos fueran una nacionalidad aparte, que no se mezclaran con
los no judíos y que emigraran a «la tierra de Israel».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 173
Por ello no es extraño que la Federación Sionista de Alemania
enviara un memorándum al partido nazi el 21 de junio de 1933 en el
que ensalzaba el racismo nazi y la segregación del «grupo nacional
judío»,
198
deseada por nazis y sionistas. Téngase en cuenta que antes
de que los nazis se hicieran con el poder en Alemania, algo más de
la mitad de los matrimonios de cónyuge judío eran con cónyuge no
judío, de manera que era previsible que en pocas generaciones los
judíos alemanes habrían desaparecido por asimilación de un modo
similar a la comunidad judía de China. Eso sin contar el gran nú-
mero de judíos que se habían asimilado por completo y abandonado
el judaísmo y la identidad judía durante el siglo XIX,
199
lo que supuso
que cuando los nazis impusieron sus leyes racistas, clasifcaran como
judíos o semijudíos a muchas personas que nunca se habían conside-
rado judías.
Los sionistas alemanes no fueron los únicos sionistas que no re-
pudiaron el antisemitismo nazi. Ese mismo año de 1933, el Congreso
de la Organización Sionista Mundial rechazó por 240 votos contra 43
una resolución para actuar contra el nazismo.
200
Durante ese mismo
congreso, se realizó un acuerdo entre el Banco Anglopalestino de la
Organización Sionista Mundial y Hitler; de esa manera, la OSM rom-
pió el boicoteo judío contra la Alemania nazi y se convirtió en la prin-
cipal distribuidora de productos alemanes en todo el Oriente Medio y
el norte de Europa.
201
En 1934, Goebbels, ministro hitleriano de propaganda, escribió
un informe de doce páginas en Der Angriff loando el sionismo, y
también ordenó que se acuñase una medalla con la esvástica en un
lado y la estrella de David en el otro. Todo ello después de que el
barón Von Mildenstein, de las SS, fuese invitado a Palestina por los
sionistas y estuviera allí seis meses. En mayo de 1935, Heydrich,
jefe del servicio de seguridad de las SS, escribió un artículo divi-
diendo a los judíos en dos categorías y diciendo de los sionistas que
198
Ralph Schoenman, op. cit., p. 62.
199
Entre los alemanes de origen judío que no se consideraban judíos ya en
el siglo XIX estaban fguras tan destacadas como el compositor Mendelsohn
(nieto del reformador judío del siglo XVIII Moses Mendelsohn) y Karl Marx,
nieto y sobrino de rabinos.
200
Ralph Schoenman, op. cit., p. 62.
201
Ibid.
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José F. Durán Velasco 174
«cuentan con nuestros mejores deseos y con nuestra buena voluntad
ofcial».
202

Los judíos no sionistas aborrecieron el nazismo desde el principio
y trataron de combatirlo; en cambio, los judíos sionistas no encon-
traban incompatibilidad entre el nazismo y el sionismo y se abstu-
vieron de combatirlo. Muchos judíos izquierdistas encontraron en la
guerra civil española la oportunidad de combatir al nazismo con las
armas en la mano y se reclutaron en las Brigadas Internacionales,
203

y luego en la resistencia antinazi durante la segunda guerra mundial.
Los sionistas en todo ese tiempo sólo tuvieron un objetivo: hacer
emigrar hacia Palestina al mayor número posible de judíos, sólo
a Palestina y única o primordialmente a los judíos útiles para la
colonización.
Por ello las organizaciones sionistas se encargaron de boicotear
cualquier escapatoria de los judíos perseguidos que no fuera Pales-
tina. Ben Gurión, en 1938, poco antes de la segunda guerra mundial,
dijo a una asamblea de sionistas laboristas de Gran Bretaña: «Si yo
supiese que es posible salvar a todos los niños de Alemania lleván-
doles a la Gran Bretaña y sólo a la mitad de ellos transportándolos a
Eretz Israel, optaría por la segunda alternativa».
204
Durante las per-
secuciones nazis y aún después, los sionistas trataron por todos los
medios de impedir que los judíos pudieran emigrar a otro lugar que
no fuera Palestina, al mismo tiempo que entonaban una propaganda
lastimera contra las restricciones a la entrada en ese país, como si
fuese el único refugio posible al que pudieran emigrar los judíos
perseguidos o desarraigados por la guerra y el genocidio a manos
de los nazis.
Hasta que Hitler tomó el poder en Alemania, eran más los judíos
que se iban de Palestina que los que emigraban a ella, cosa altamente
202
Lo que no fue óbice para que en la propaganda nazi destinada a los
países árabes se utilizara el antisemitismo vinculándolo al antisionismo árabe,
a fn de ganar simpatías para el III Reich. Los nazis simpatizaban con el sio-
nismo, a la vez que su propaganda de cara al mundo árabe se aprovechaba
del antisionismo.
203
Durante la guerra civil española se editó en España un periódico en
yiddish para los numerosos judíos de este idioma combatientes en las Briga-
das Internacionales. No hace falta decir que no se editó ningún periódico en
hebreo para los inexistentes sionistas combatientes.
204
Ralph Schoenman, op. cit., p. 63.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 175
peligrosa para el proyecto sionista. Los nazis deseaban que los judíos
se fueran de Europa, los sionistas también. La discrepancia podía ser
en todo caso en torno al destino de los judíos europeos: Madagascar
era el lugar donde los nazis proponían enviar a los judíos, pero muchos
nazis tampoco veían con malos ojos la «repatriación» de los judíos
hacia Palestina. A todo esto, hay que decir que la mayoría de los judíos
europeos querían vivir en los países en los que vivían, o en todo caso
emigrar a países europeos occidentales o a América, en ningún caso a
Palestina. Por ello, la única forma que tenía el sionismo de conseguir
sus objetivos era un antisemitismo virulento y que se cerraran a los
judíos europeos todas las escapatorias salvo Palestina. En ello traba-
jaron.
Los sionistas no deseaban un genocidio masivo como el que lle-
varon a cabo los nazis durante la segunda guerra mundial, ya que
eso suponía el aniquilamiento del material demográfco para la co-
lonización, pero no lamentaban los padecimientos de los judíos ni
su discriminación si eso los incitaba a emigrar a «la tierra de Israel».
Si era preciso para sus objetivos colonialistas, estaban dispuestos
a sacrifcar a una buena parte de sus correligionarios (Ben Gurión
incluso a la mitad) con tal de que el resto emigrasen a «la tierra de
Israel» y se adueñasen del país. Por supuesto, los inmigrantes debe-
rían ser gente joven y dinámica, no una rémora, y por ese motivo la
Organización Sionista Mundial rechazó a las dos terceras partes de
los judíos alemanes que solicitaron la emigración a Palestina y en su
lugar aceptó a 6.000 judíos jóvenes y sionistas de Estados Unidos y
Gran Bretaña que no estaban amenazados ni vivían en un estado of-
cialmente antisemita;
205
simplemente sucedía que la OSM no quería
a quienes eran viejos inútiles, personas no cualifcadas o no sionis-
tas. El objetivo del sionismo era «el estado judío», no los judíos. En
Hungría, Rudolph Kastner, del comité de rescate de la Agencia Judía,
pactó con el nazi Adolf Eichmann para salvar a seiscientos judíos
ricos y prosionistas a cambio de «no obstaculizar el exterminio» de
la mayoría de los judíos húngaros.
Poco se preocuparon los aliados por los judíos durante la segunda
guerra mundial. Las «democracias» burguesas occidentales acogie-
ron a un número ínfmo de judíos perseguidos. En 1943, cuando el
genocidio nazi estaba en su punto culminante, sólo 4.705 judíos fue-
ron autorizados a emigrar a Estados Unidos. La excepción fue la
205
Ibid., pp. 63-64.
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José F. Durán Velasco 176
URSS, que durante la guerra contra los nazis permitió a los judíos
retirarse a las zonas no ocupadas por los nazis y así dos millones de
judíos salvaron la vida. Las organizaciones judías pidieron reitera-
damente a los gobiernos aliados que las fuerzas aéreas americanas y
británicas bombardeasen las cámaras de gas y los raíles de tren que
llevaban a los campos de exterminio,
206
pero los aliados se negaron
porque no veían ninguna utilidad militar de cara a ganar la guerra en
bombardear tales objetivos, mientras que consideraban muy práctico
bombardear masivamente las ciudades y los objetivos civiles alema-
nes (y después japoneses) para desmoralizar a la población del país
enemigo.
Los aliados no libraron la segunda guerra mundial para liberar a
la humanidad de los nazis, ni contra el fascismo. Buena parte de las
clases dominantes británicas y estadounidenses eran flonazis y veían
con muy buenos ojos el nazi-fascismo; su idea era utilizar a la Ale-
mania nazi para destruir la Unión Soviética. El propio Churchill no
desencadenó la guerra mundial porque fuera antifascista (no lo era)
ni porque le importara mucho la integridad territorial de Polonia, sino
porque era consciente de la amenaza que el imperialismo emergente de
la Alemania nazi suponía para su querido imperio británico, de manera
que para preservarlo estaba dispuesto a aliarse con quien hiciera falta,
incluso con la Unión Soviética. Stalin no hizo ascos a la alianza con
Hitler (el pacto germano-soviético) para garantizar la seguridad de la
URSS y evitar una peligrosa alianza antisoviética entre las «demo-
cracias» burguesas y los regímenes fascistas, y si la Unión Soviética
entró en guerra con la Alemania nazi fue porque, una vez comenzada
la contienda, Alemania invadió la URSS. Estados Unidos entró en la
guerra con la Alemania nazi indirectamente al entrar en guerra con
Japón, que formaba parte del Eje con la Alemania nazi y la Italia fas-
cista. En resumidas cuentas, lo que desencadenó la guerra mundial fue
el expansionismo desenfrenado de las potencias fascistas, que los esta-
dos anglosajones (Gran Bretaña y Estados Unidos) consideraron alta-
mente peligroso para sus propios intereses imperiales a corto o medio
plazo. Para Churchill se trataba de la sempiterna estrategia británica
de impedir que ninguna potencia continental se hiciera hegemónica
en Europa.
206
Zygelbojm, delegado del Bund en el gobierno polaco en el exilio, se
suicidó en Londres en 1943 como protesta contra la indiferencia de los aliados
ante el genocidio que estaban llevando a cabo los nazis contra los judíos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 177
En todo esto, la lucha contra el antisemitismo,
207
el fascismo
208
y el ra-
cismo
209
no tuvo nada que ver, a no ser como excusa a posteriori para dar
una santifcación a la causa de los estados vencedores y cubrir de igno-
minia a las potencias imperialistas emergentes derrotadas. No es que esas
potencias no fueran ignominiosas, ciertamente lo eran (aunque también
sus vencedores), pero la guerra no se desencadenó ni se libró por eso.
Lo que no fue óbice para que, una vez ganada la guerra, el genoci-
dio llevado a cabo por los nazis contra los judíos viniera como anillo
al dedo para santifcar la causa de los vencedores, en especial de los
aliados anglosajones, que presentaron la guerra como una cruzada anti-
rracista contra los antisemitas alemanes. La propaganda de los estados
capitalistas, en especial anglosajones, ha identifcado el nazismo con
el antisemitismo y el genocidio de los judíos para evitar mencionar
otras facetas del nazismo no menos importantes que la judeofobia
pero mucho más confictivas para ellos, como el anticomunismo, el
antiizquierdismo,
210
el nacionalismo virulento
211
y la obediencia cie-
207
El antisemitismo estaba muy difundido en Estados Unidos y en Francia.
Durante la guerra, los aliados temían mucho la propaganda antisemita alema-
na, que trataba de difundir la idea de que la guerra la libraban los aliados en
benefcio de los judíos. Esa fue una de las causas de que los aliados no ataca-
ran las cámaras de gas, pues no querían que sus pueblos creyesen que libraban
la guerra en benefcio de los judíos.
208
Los antifascistas europeos que consiguieron escapar a Estados Unidos
y trataron de enrolarse para combatir al fascismo, fueron rechazados por el
FBI, que los clasifcó como «antifascistas prematuros». Los miembros de la
Brigada Lincoln que habían combatido al nazi-fascismo en España entraron
en las listas negras del FBI y tuvieron muchísimos problemas a su retorno a
Estados Unidos.
209
El supuesto antirracismo anglosajón resultaba irrisorio si tenemos en
cuenta la dominación que los ingleses ejercían sobre sus colonias (precisa-
mente el propósito del imperialismo hitleriano era hacer de Rusia la India de
Alemania) y el apartheid racial imperante en Estados Unidos, donde la dis-
criminación legal contra los negros no se empezó a eliminar legalmente hasta
veinte años después de acabada la segunda guerra mundial.
210
Los judíos no fueron los únicos perseguidos por los nazis, pues antes
de que Hitler pusiera en marcha (comenzada ya la segunda guerra mundial)
su infernal máquina de concentración y exterminio de judíos, los campos de
concentración nazis estaban llenos de presos políticos de izquierdas (comunis-
tas, anarquistas y socialistas). La ideología nazi no era menos anticomunista
que antisemita.
211
Antes incluso que antisemita, el nazismo fue una forma exacerbada de
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José F. Durán Velasco 178
ga.
212
Los soviéticos no tuvieron esa necesidad de insistir en la maldad
antisemita de los nazis porque fueron víctimas de la invasión alemana
y la maldad de los nazis era algo evidente para el pueblo soviético, que
sufrió lo indecible a manos de los invasores nazis.
A resultas de la guerra y de las persecuciones nazis, muchos de los
judíos europeos se convirtieron en refugiados. En 1947 había 463.000
judíos en campos de refugiados en Europa, de ellos 200.000 en Alema-
nia y 43.000 en Austria. Habría sido lógico que estos judíos hubieran
sido dotados de un «plan Marshall» para rehacer sus vidas en sus paí-
ses de origen o en países de su elección a los que se les hubiera permi-
tido emigrar. Pero de haber sido así, es de sospechar que muy pocos
habrían elegido emigrar a Palestina, un país pobre, peligroso y extraño
para los judíos europeos. Por ello, sionistas y prosionistas necesitaban
forzarlos a emigrar a Palestina cerrándoles las otras posibilidades. La
Agencia Judía realizó una activa propaganda en los campos de refu-
giados en favor de la emigración a Palestina, e incluso a los refugiados
reticentes se les llegó a someter a chantajes y brutalidades. El teólogo
judío norteamericano Louis Finkelstein declaró en 1951: «Si los ju-
díos norteamericanos hubieran desplegado tantos esfuerzos por hacer
que se admitiera en este país a las “personas desplazadas” como han
hecho para lograr el triunfo del sionismo, todos los refugiados judíos
de Europa habrían encontrado el modo de establecerse en el Nuevo
Mundo».
213
Sólo en la zona de ocupación americana, en 1947, 55.000
judíos solicitaron emigrar a Estados Unidos, sin embargo, entre 1945 y
1948 sólo 25.000 judíos fueron a autorizados a emigrar a aquel país.
214

nacionalismo alemán. El objetivo de ese nacionalismo era dotar a Alemania
de un imperio no menor que el británico y de la hegemonía mundial.
212
Analistas lúcidos anarquistas, desde Bakunin a Ángel Pestaña, seña-
laron el culto servil a la autoridad como el gran defecto del pueblo alemán.
Ángel Pestaña hizo notar que los alemanes no eran los monstruos que presen-
taba la propaganda aliada de la primera guerra mundial, pero que lo peor de
ellos es que eran «un pueblo demasiado obediente». Este factor es en el que
menos ha interesado abundar a los poderes establecidos, pues todos los amos
han deseado siempre un pueblo lo más obediente posible, de manera que para
ellos los alemanes en este aspecto no eran vituperables sino ejemplares. De
esta manera, se ha preferido demonizar a los alemanes como pueblo antes que
señalar hechos tan evidentes como que los alemanes cometieron sus crímenes
contra la humanidad por obediencia al poder establecido, por ser obedientes.
213
Jean-Pierre Alem, op. cit., p. 195.
214
Nathan Weinstock, op. cit., p. 307.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 179
El periodista judío Sulzberger lamentó que «los desgraciados judíos de
los campos europeos fueran los rehenes desarmados para los que no
existía más que un rescate: el Estado judío».
215

De esa manera, el estado de Israel obtuvo más de medio millón de
judíos europeos supervivientes del genocidio nazi. Mucho menos de lo
esperado por los sionistas, que debieron echar mano entonces de los ju-
díos de los países árabes para que ocuparan el espacio dejado tras la lim-
pieza étnica llevada a cabo contra los palestinos en 1948. Sin embargo, el
genocidio padecido por los judíos europeos a manos de los nazis, supuso
una inmensa baza propagandística para el sionismo, que se autoerigió en
heredero legal y moral de los seis millones de judíos europeos asesina-
dos. Este legado, usurpado por una ideología que no habían compartido
la gran mayoría de las víctimas del genocidio y que tampoco había hecho
nada por ellas, ha servido al sionismo de varias maneras:
Para legitimar el proyecto sionista. El estado sionista como el 1)
«estado judío», compensación por los seis millones de víctimas
judías del antisemitismo nazi y europeo.
216
El estado sionista (en esa terminología «el estado judío») tiene 2)
bula para emprender cualquier acción, por brutal y despropor-
cionada que sea contra sus enemigos, sin que exista derecho de
reciprocidad alguna por parte de sus víctimas.
Cualquier crítica a ese estado o al sionismo se sambenita como 3)
«antisemitismo» si parte de no judíos y de «auto-odio» si los
que la hacen son judíos.
El Holocausto sirvió a los sionistas para obtener benefcios econó-
micos para «el estado judío», en forma de las grandes reparaciones eco-
nómicas que la República Federal Alemana pagó al estado de Israel en
concepto de indemnización por los sufrimientos de los judíos a manos
de la Alemania nazi.
217
La facilidad con la que Ben Gurión perdonó a
215
Jean-Pierre Alem, op. cit., p. 195.
216
Muchos observadores (entre ellos el historiador inglés Arnold Toynbee)
han señalado el hecho de que siendo coherentes con la idea de un «estado
judío» como compensación a los judíos europeos por el genocidio nazi, ese
estado tendría que haberse creado en una parte de Alemania a costa de los
alemanes, no en Palestina a costa de los palestinos.
217
Otras víctimas de los nazis no han recibido indemnización alguna. Por
poner el ejemplo más cercano: España, donde la reacción golpista triunfó gra-
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José F. Durán Velasco 180
Alemania y aceptó las reparaciones económicas de la RFA escandali-
zaron a muchos judíos, entre ellos al dirigente derechista israelí Me-
nahem Begin, que se opuso rotundamente a aceptar compensaciones
económicas de Alemania, por considerar que era vender a los muertos
y un inmundo cambalache de sufrimiento judío por marcos alemanes,
pero sus adversarios laboristas y su líder Ben Gurión las aceptaron
encantados y pusieron la gorra para trincar lo que se pudiera.
El genocidio de los judíos europeos a manos de los nazis, conocido
habitualmente en el mundo como el Holocausto y en hebreo como la
Shoá (‘la Catástrofe’), se ha convertido en el centro de la propaganda
sionista y del estado de Israel, que sirve para justifcar la política sio-
nista contra los palestinos, sus vecinos árabes y todos y cada uno de los
actos del estado de Israel, por injustifcables que sean.
A todo esto, hay que decir que la actitud de los sionistas veteranos
hacia los supervivientes del Holocausto
218
fue hostil y despectiva, pues
los veían como «judíos galúticos», antítesis del superhombre sionista,
el Goliat hebreo, el Esaú sionista, el Nemrod israelí al que aspiraba el
sionismo. El sufrimiento del judío superviviente del genocidio era des-
preciado y se consideraba vergonzoso, antitético con el ideal sionista
de gevurá (‘heroísmo’). El Holocausto se convirtió en un mito sionista
por interés propagandístico, pero, aun entonces, estuvo unido en Israel
al mito sionista de la gevurá: el nombre ofcial del día del recordatorio
israelí del genocidio nazi es el yom ha-sho`á ve-ha-gevurá (‘día de la
catástrofe y del heroísmo’).
La Shoá también sirvió para justifcar la discriminación contra los
judíos «orientales». Si los judíos «orientales» se quejaban y protes-
taban por la discriminación que sufrían a manos de los ashkenazis y
cias a la ayuda de Hitler, y donde la aviación nazi fue pionera en la destrucción
de ciudades y en convertir a la población civil en el blanco preferido de los
bombardeos. Aunque Guernica se haya convertido en el símbolo mundial de
este tipo de crímenes de guerra, España no suele fgurar en las listas habituales
de las víctimas de Hitler, posiblemente porque el dictador al que Hitler ayudó
a ganar la guerra civil fue apoyado más tarde por Estados Unidos, a cuya
disposición puso bases militares.
218
En la actualidad, en Israel más de cien mil supervientes del Holocausto
viven en la pobreza. En contraste con la pobreza de muchas antiguas víctimas
judías de los nazis, los colonos asentados en los territorios ocupados en 1967
llevan una vida de lujo, y cuando el gobierno israelí ha desmantelado algún
asentamiento, estos colonos privilegiados han recibido indemnizaciones mi-
llonarias del erario público israelí.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 181
del «estado polaco de Israel», la «élite» dominante, la casta ashke-
nazi, comparaba esos sufrimientos con el Holocausto: «¿Qué son “los
campos de tránsito” en comparación con los campos de concentra-
ción de los nazis y qué los sufrimientos de los judíos “orientales” en
comparación con los seis millones de judíos europeos asesinados en
las cámaras de gas o en matanzas colectivas todavía peores que las
propias cámaras de gas?». A los judíos «orientales» sólo les quedaba
exagerar sus padecimientos en sus países de origen e inventar un mini-
holocausto a partir de pogromos sufridos, no para ganar la competición
en sufrimiento a los judíos europeos, pero sí para dignifcarse como
sufridores («nosotros también hemos sufrido nuestro holocausto»),
«dignifcación» sufridora que, más que a los judíos «orientales», servía
al orden establecido sionista contra las reivindicaciones palestinas.
El sufrimiento palestino a manos del sionismo, al no ser igualable
numéricamente al judío a manos del nazismo (pues no ha habido seis
millones de palestinos ni de árabes muertos en cámaras de gas o de
alguna manera similar, ni un genocidio
219
propiamente dicho, «sólo»
matanzas terroristas y expulsiones), queda justifcado por el horror nazi
en la propaganda sionista y prosionista. Si los palestinos o sus simpa-
tizantes tratan de igualar ambos sufrimientos hablando de «genocidio
palestino» u «holocausto palestino», la inexactitud de estas expresiones
sirve a los apologistas del estado de Israel para acusarles de «antisemi-
tas» que infravaloran el sufrimiento judío y el horror del nazismo.
220

219
Un genocidio supone un intento de exterminio de la totalidad de una po-
blación, pero no signifca necesariamente que se trate de una magnitud mayor
de víctimas que la de una matanza que técnicamente no sea un genocidio pro-
piamente hablando. Si una población pequeña es exterminada en su totalidad
puede hablarse de genocidio aunque numéricamente las víctimas puedan ser
menos que las de una masacre que no sea un genocidio en el sentido estricto.
Tampoco hay que olvidar que el estado nazi no practicó el genocidio con los
judíos hasta comenzada la segunda guerra mundial, pero no por ello dejaba
de ser antes un régimen racista y asesino. Igualmente, hasta la fecha el estado
de Israel no ha llevado a cabo técnicamente un genocidio con los palestinos,
pero sí limpieza étnica, matanzas y atrocidades incontables.
220
El estado de Israel siempre ha justifcado sus atrocidades en nombre de
«las represalias», entendidas estas no como «ojo por ojo y diente por diente»
al modo bíblico, sino de «ciento por uno». Una vez llevada a cabo la limpieza
étnica en 1948, se impidió el retorno de los expulsados mediante la más ex-
trema violencia, y las actividades guerrilleras de los expulsados fueron objeto
de las mencionadas represalias de «ciento por uno». Este tipo de represalias
José F. Durán Velasco 182
La «democracia» israelí y las dictaduras
de los países árabes
Democracia signifca ‘poder del pueblo’, pero este es un signifcado
etimológico y apriorístico del término; en el lenguaje corriente, la pa-
son similares a las que practicaron los nazis en los territorios ocupados, donde
también vengaban la muerte de cualquier soldado alemán mediante matanzas
de muchos civiles de los países invadidos que no estaban implicados en las
acciones guerrilleras. Los desmanes nazis contra los judíos, tales como «la
noche de los cristales rotos», fueron justifcados por los nazis como represa-
lias contra los judíos por «actividades terroristas» de judíos contra el Tercer
Reich, en concreto el atentado llevado a cabo por el judío Herschel Grynspan
(de 17 años e hijo de un refugiado) contra Von Rath, consejero de la embajada
alemana en París. Un pretexto similar sirvió para justifcar la invasión israelí
del Líbano en 1982: el atentado llevado a cabo por la facción palestina de Abû
Nidâl (enemiga tanto de Israel como del Fath). Las destrucciones materiales
y los desmanes llevados a cabo por los nazis contra los judíos en Alemania a
resultas del atentado contra Von Rath fueron muy grandes y costaron la vida
a decenas de judíos; la invasión israelí del Líbano provocó destrucciones y
daños mucho mayores y costó la vida a muchos miles de palestinos y liba-
neses. Tampoco hay que olvidar que la propaganda nazi justifcaba todas las
medidas contra los judíos acusándolos de ser un peligro letal para Alemania
y el pueblo alemán. En términos estrictamente numéricos, las víctimas del
estado de Israel exceden con mucho a las víctimas judías de los nazis con
anterioridad a la segunda guerra mundial. Si Hitler no hubiera tomado la
decisión de llevar a cabo el genocidio contra los judíos una vez iniciada la
segunda guerra mundial, está claro que el estado sionista habría sido mucho
más sanguinario con los palestinos y otros árabes que el estado nazi con los
judíos. A la luz de los acontecimientos, cabe pensar que los políticos sionistas
tomarían medidas similares a las de Hitler contra los palestinos («una solu-
ción fnal» genocida del problema palestino) si tuvieran el poder que tenía
Hitler en la Alemania nazi, pues, incluso sin tenerlo, han hecho todo el daño
que ha estado en su mano en forma de limpieza étnica y matanzas. Recuér-
dese que hasta la segunda guerra mundial el proyecto nazi era de apartheid y
deportación, pero no de genocidio, las cámaras de gas y el genocidio en aquel
tiempo eran inimaginables. Todavía está por ver hasta qué punto llegarán los
sionistas si sus valedores estadounidenses se lo permiten: si bien el genocidio
con cámaras de gas parece poco probable, los sionistas no descartan nuevas
limpiezas étnicas, nuevas matanzas masivas y tal vez hasta el uso de armas
nucleares. Hitler concibió el genocidio como su venganza contra los judíos,
a los que culpaba de haber provocado la segunda guerra mundial, de una
manera similar a como los dirigentes sionistas han justifcado y justifcan sus
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 183
labra se ha degradado y ha sido resemantizada, hasta el punto de que
‘democracia’ y ‘poder del pueblo’ han dejado de ser términos sinóni-
mos intercambiables. Mientras que democracia en el sentido prístino
tenía como antónimo a la oligarquía, en el sentido resemantizado por
la ideología al servicio de la propia oligarquía ‘democracia’ no es
antónimo de oligarquía, sino de ‘dictadura’. Democracia en este uso
espúreo deja de ser ‘poder del pueblo’ para convertirse en la forma
de «poder blando» de la clase dominante, posible en países donde la
mayor parte de la población acepta el orden establecido porque las
condiciones sociales de la mayoría son relativamente aceptables
221
o
porque no se concibe la posibilidad de nada mejor.
222
En contraposición a esta ‘democracia’ se encuentra la ‘dictadura’,
forma de «poder duro» de una clase dominante que se siente débil,
incapaz de conseguir un consenso social favorable a sus intereses, y
que por eso precisa de medios policiaco-militares mucho más brutales.
El «poder duro» es el de las clases dominantes en los países pobres y
el que las metrópolis practican habitualmente en las colonias; no es
de extrañar, por consiguiente, que las «dictaduras» sean lo habitual en
los países donde la mayor parte de la población es pobre y padece el
dominio de una burguesía compradora vinculada a intereses extranje-
ros, así como en los países sometidos a ocupación extranjera, caso de
Palestina o Iraq.
Los países anglosajones suelen jactarse de no haber conocido el
fascismo y las dictaduras, de haber disfrutado de «democracias» só-
lidas permanentes. Pero tras esas loas, la realidad es mucho más pro-
saica. En los países anglosajones las «democracias» han sido de una
intensidad tan baja que nunca han amenazado el orden existente; al no
haber existido un cuestionamiento radical de los privilegios de la clase
dominante, esta nunca ha tenido necesidad de hacer uso internamente
limpiezas

étnicas y sus matanzas como respuesta a la hostilidad árabe y al
«terrorismo» palestino.
221
Caso de los países ricos con amplio estado del bienestar.
222
Caso de países ricos sin estado del bienestar pero en los que el consu-
mismo y la hegemonía de la ideología dominante permiten el consenso. El
ejemplo más acabado de este paradigma es Estados Unidos, aunque Israel
también se aproxima. El consenso se consigue en el caso estadounidense por
el chovinismo de gran potencia y los benefcios globales de la supremacía
imperial. En el caso israelí, el consenso se obtiene por el chovinismo judío y
la psicosis de amenaza exterior.
José F. Durán Velasco 184
del «poder duro» del modo más extremo, lo que no signifca que esas
«democracias» supuestamente ejemplares no hayan hecho uso (de
manera permanente) del «poder duro» en el exterior, en las relaciones
entre ellas y las periferias coloniales, neocoloniales y recoloniales.
En virtud del consenso eurocéntrico de los centros imperialistas,
el uso del «poder duro» en el exterior está mucho mejor visto que
su uso en el interior. Lo que sería fascismo intolerable y criminal
en el interior, en los centros, se considera perfectamente tolerable y
aceptable en el exterior, en las periferias coloniales. Si, pongamos
por caso, un gobierno europeo o euro-ultramarino (Estados Unidos,
Israel, etcétera) utilizara contra sus ciudadanos al ejército, la policía
o paramilitares (Blackwater y similares) de la misma manera que los
utiliza en el exterior (Palestina, Iraq o Afganistán), se vería como algo
inadmisible.
Muchos no occidentales opinan que lo que los occidentales ven como
criminal en el nazismo no fueron sus crímenes en sí, sino que se lle-
varan a cabo contra europeos, pues los occidentales no han expresado
indignación similar cuando crimenes semejantes los han llevado a cabo
occidentales contra no occidentales. Sin embargo, esta última acaso sea
una visión excesivamente culturalista, que sobrevalore la función del
eurocentrismo en el uso del «poder duro». Prueba de ello es que las clases
dominantes occidentales jamás se han arredrado a la hora de aplicar el
«poder duro» en sus formas más brutales contra las clases subordinadas
occidentales y sus enemigos políticos cuando eso ha sido necesario para
el mantenimiento de su orden.
223
Si el «poder duro» se ha utilizado más
contra los no occidentales que contra los occidentales no ha sido tanto por
racismo eurocéntrico como porque, una vez asentado el poder de la clase
dominante mediante un sistema de centros-periferias, el dominio en los
centros privilegiados se ha obtenido más por el consenso y la ideología,
mientras que en las periferias sobreexplotadas el recurso al «poder duro»
ha sido una necesidad para el mantenimiento del sistema.
223
La clase dominante española y el ejército a su servicio no fueron más bru-
tales en sus guerras coloniales en Cuba o Marruecos que en la represión interna.
Franco no fue más sanguinario con los marroquíes que con los españoles. La sor-
presa y la indignación de sus aliados fascistas italianos al ver que sus homólogos
españoles utilizaban contra su propio pueblo (europeo) métodos que los fascistas
italianos consideraban aceptables contra los abisinios pero no contra los italianos,
se debe simplemente a que la amenaza revolucionaria proveniente de su pueblo
fue mucho menor para los fascistas italianos que para sus homólogos españoles.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 185
El uso del «poder duro» en regímenes como los del bloque del
este
224
o nacionalistas de la periferia se ha debido a la debilidad de esos
regímenes, amenazados no sólo desde el interior sino también desde
el exterior por centros capitalistas que aspiraban a la «reabsorción» de
esos países como periferias subordinadas.
Pero el uso del «poder blando» en los centros y el uso del «poder
duro» en las periferias (sea por parte de los propios centros, de go-
biernos «independientes» subordinados o de gobiernos nacionalistas o
«socialistas») presenta una enorme ventaja a los centros capitalistas-
imperialistas: la de mistifcar la situación mediante una propaganda
que pretende hacer creer en su «superioridad» por evitar (interna-
mente) el uso de la brutalidad del «poder duro». ¡Qué buen argumento
es comparar «la libertad y la democracia» reinantes en ellos con las
dictaduras (ni libertades ni democracia) existentes en el resto del
mundo! Ignorando siempre que esas «democracias» han apoyado y
apoyan los regímenes más represivos de la periferia y que sólo toleran
las libertades y la «democracia» siempre que los pueblos en cuestión
no cuestionen los intereres de los centros. O que, en los mismos cen-
tros, el fascismo es la otra opción cuando los pueblos desbordan la
«democracia» político-formal con sus exigencias de democratización
política radical y socio-económica. Las dictaduras militares y los regí-
menes fascistoides no desaparecieron hasta los años ochenta en el sur
de la Europa capitalista: en Grecia, Portugal,
225
España, Turquía,
226
sin
contar «los años de plomo» en Italia. Todavía en 1980 hubo un golpe
de estado militar en Turquía.
227

En los países occidentales de la periferia las cosas no han sido dis-
tintas a las de la periferia no occidental. En los países latinoamericanos
se han sucedido las dictaduras patrocinadas por Estados Unidos, las
224
Regímenes autodenominados «socialistas» pero en realidad de econo-
mía de estado, bajo la dirección de un mandarinato burocrático.
225
La dictadura salazarista fue uno de los miembros fundacionales de la
OTAN; la dictadura no cayó hasta que fue derribada por un golpe militar de-
mocrático considerado peligroso por los jerarcas de la OTAN, que jamás se
opusieron a la dictadura portuguesa.
226
Las sucesivas dictaduras militares turcas, con sus siniestras represiones,
no impidieron a Turquía ser miembro de la OTAN.
227
El golpe de estado turco de 1980 era el modelo de los golpistas españo-
les de comienzos de los años ochenta.
José F. Durán Velasco 186
invasiones y las intromisiones estadounidenses. La «pinocheticina»
228

se ha ido alternando con los gobiernos «democráticos», en función de
que los gobiernos electos se sometieran o no a los dictados e intereses
de la hegemonía de Estados Unidos y de las burguesías compradoras
locales. En la actualidad, países como Colombia viven bajo una dicta-
dura disfrazada de «democracia» en la que el poder duro en sus formas
más brutales está disfrazado de poder blando.
En los países árabes, todos ellos pertenecientes a la periferia del
sistema, se han sucedido las dictaduras. Incluso aquellos estados que
podrían haberse permitido una «democracia» para los autóctonos (ex-
cluyendo a los trabajadores extranjeros sobreexplotados, que a veces
constituyen la mayoría de la población) en virtud de las rentas petrolífe-
ras, han tenido monarcas absolutos, todos ellos aliados incondicionales
de Estados Unidos, ese gran patrocinador de la «democracia» cuando
le conviene. Las experiencias no dictatoriales han sido muy breves,
porque los poderes imperantes (oligarquías locales y potencias imperia-
listas de turno: Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos o Israel) nunca
han estado dispuestos a permitir elecciones que pudieran dar paso a
gobiernos hostiles a sus intereses. Así, la experiencia liberal wafdista en
Egipto durante las primeras décadas del siglo XX fue siempre saboteada
por los ingleses y el rey (pelele de los ingleses). Como los resultados
de las elecciones municipales palestinas de los años setenta en los te-
rritorios palestinos ocupados en 1967 no fueron del gusto de los ocu-
pantes, se suspendieron en 1977.
229
Las elecciones palestinas de 2006,
228
Si el fascismo fue el uso del «poder duro» institucionalizado de manera
que pretendía ser permanente, la «pinocheticina» es el uso del «poder duro»
institucionalizado de manera provisional con la idea de volver al «poder blan-
do» en cuanto este sea posible, evitando los efectos nocivos para el sistema
del uso permanente del poder duro y permitiendo a la clase dominante dotarse
de una cara presentable en cuanto el poder duro ya ha cumplido su función de
destrucción de las fuerzas alternativas y ha intimidado a la sociedad para que
a nadie se le ocurra ir más allá de la «democracia» inocua para los intereses
de la clase dominante.
229
Varios alcaldes palestinos electos fueron víctimas de atentados terro-
ristas por parte de los colonos judíos. No hace falta decir que ninguno de esos
terroristas sufrió el trato que los ocupantes israelíes infigen habitualmente a
los resistentes palestinos a los que acusan de terrorismo. A lo largo de cuarenta
años de ocupación, innumerables viviendas palestinas han sido destruidas,
pero no se ha destruido un solo asentamiento judío cuyos moradores hayan
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 187
que dieron la victoria a Hamâs, fueron seguidas de un pinochetazo del
Fath –fracasado en la Franja de Gaza– y de nuevas agresiones israelíes.
El país árabe que pese a todo ha sido el más libre, el Líbano, ha vivido
un régimen caciquil de oligarquías confesionales enfrentadas por par-
celas de poder, oligarquías que han encontrado en el confesionalismo
institucional la panacea para evitar cualquier conato de lucha de clases
organizada supraconfesional y de auténtica democratización.
230
Por su
parte, la representatividad de los parlamentarios iraquíes elegidos en
elecciones bajo ocupación es cuando menos discutible (¿a quién repre-
sentan: al pueblo iraquí o a los ocupantes?).
231
Las dictaduras árabes, como todas las demás, no son la consecuencia
de una «cultura» específca, como pretende el culturalismo ramplón, sino
de unos intereses específcos, que precisan de la utilización del poder
duro para sostenerse. Otra cosa es que esa situación genere un efecto
de retroalimentación, de manera que la política establecida se refuerce
propiciando una cultura a tono con ella y un desbarajuste muy difícil
de enderezar. En este caldo de cultivo forecen los fundamentalismos
sido responsables de actos terroristas, aunque no han sido pocos los colonos
judíos convictos de atentados terroristas contra palestinos.
230
Los estudios de Mahdî ´Âmil sobre el tema son muy reveladores, sobre
todo su libro Fî-d-dawla at-tâ`ifyya («Acerca del Estado taifsta»), en el que
analiza cómo la estructura confesionalista institucionalizada del estado liba-
nés impide cualquier tipo de ciudadanía al margen de los rebaños sectarios
confesionales. Mahdî ´Âmil fue el pseudónimo de Hasan Hamdân, destacado
intelectual comunista libanés de origen chií, asesinado en 1987 por miembros
islamistas de su misma comunidad confesional de origen.
231
En 2007, una encuesta de la BBC/ABC/NHK que hizo a los iraquíes
la pregunta «¿Es aceptable hacer ataques contra los invasores?», obtuvo el
siguiente resultado: el 57% respondió que sí y el 43% que no. El 93% de los
árabes sunníes respondieron que sí, y no el 7%; los árabes chiíes respondie-
ron que sí el 50% y no el 50%; los kurdos respondieron que sí el 5% y no el
94%. Esta encuesta se refere sólo a la lucha armada contra el invasor, pues la
proporción de los iraquíes que están por la retirada inmediata e incondicional
de los invasores con o sin lucha armada es mucho mayor. Pero la encuesta
mostraba que la mayoría de los iraquíes no sólo está contra la ocupación sino
que está a favor de combatirla por las armas. Sin embargo los invasores siguen
allí. ¿Esa es la democracia que hay en el Iraq ocupado? ¿Estas proporciones
están representadas en el parlamento iraquí? ¿O como en tantos otros países
el parlamento y el pueblo van cada uno por su lado?
José F. Durán Velasco 188
religiosos,
232
que son la expresión de la frustración social, económica y
política y de la destrucción de las alternativas laicas emancipadoras.
Igualmente mistifcada está la «democracia» israelí, que la pro-
paganda sionista y prosionista –con una desfachatez alucinante (y
alucinadora)– pretende presentar como modélica, a pesar de no ser
más «democrática» que los antiguos regímenes racistas surafricano
o rodesiano, con su «democracia» para blancos y su dogma de «la
supremacía blanca»; en el caso del estado de Israel, con su «democra-
cia» para judíos y su dogma del «estado judío» para los judíos, no para
todos los israelíes, judíos o no.
A decir verdad, lo que Palestina tuvo en 1948 fue una independen-
cia «a la rodesiana»: los colonos sionistas obtuvieron la independencia
de la misma manera que los colonos blancos rodesianos. La indepen-
dencia no mejoró las condiciones de la mayoría de los habitantes sino
que las empeoró: pasaron de estar dominados por una potencia im-
perialista extranjera a estar dominados directamente por la minoría
blanca o sionista, respectivamente.
Hasta 1967 el estado de Israel evitó ser un estado formalmente
racista similar a Suráfrica o Rodesia mediante la limpieza étnica. Es
como si los racistas blancos surafricanos o rodesianos, en lugar de ins-
taurar abiertamente el apartheid, hubieran expulsado a la mayoría de
los no blancos, hubieran abierto el país a cualquier inmigrante blanco
y hubieran otorgado una sub-ciudadanía a una minoría negra que hu-
biera permanecido, a la que hubieran permitido el derecho al voto y a
participar en el parlamento –aunque el consenso de la mayoría blanca
obtenida mediante la limpieza étnica los hubiera excluido de cualquier
poder real–, hubiera dictado leyes discriminatorias contra ellos y les
hubiera privado de la mayoría de los recursos del país. Es evidente
que una Suráfrica o una Rodesia de tales características no habrían
sido menos racistas, pero habrían evitado formalmente el apartheid. La
segregación habría existido igualmente, pero de una forma más «pre-
sentable», en virtud de la extraña actitud que ve con mejores ojos la
232
Que en absoluto son exclusivos de los países árabes y musulmanes. El
fundamentalismo judío es igualmente fuerte entre los judíos israelíes, favo-
recido por el hecho de que el sionismo sea un nacional-confesionalismo y su
concepción nacionalista sea etno-confesional, sin diferenciar religión judía de
nacionalidad étnica judía. El fundamentalismo religioso también es pujante
entre los hindúes de la India y los protestantes de Estados Unidos.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 189
limpieza étnica que el apartheid dentro del mismo estado, aun cuando
la limpieza étnica sea quizás la forma más extrema del apartheid y de
la segregación, pues la población víctima es segregada hasta el punto
de que se la expulsa del territorio.
A partir de 1967, la existencia de Israel no ha sido muy diferente
de la de la Suráfrica del apartheid, desde el momento en que pasó a
dominar a una población que no gozó siquiera de la ciudadanía (sub-
ciudadanía) que Israel había otorgado a «los árabes israelíes» sino que
fue sometida a un régimen puramente colonial, cuyas condiciones son
bastante homologables a las de los judíos bajo las leyes racistas del
Tercer Reich (se entiende que hasta el inicio del Holocausto, mientras
los judíos estuvieron sometidos a un régimen de segregación racista y
no de genocidio, cuando eran súbditos del Reich y no ciudadanos, pero
aún no se los exterminaba, «sólo» se los discriminaba, humillaba, mal-
trataba o mataba). En la actualidad, los habitantes de esos territorios
están sometidos a un régimen de terror, con destrucciones y matanzas
masivas justifcadas como «represalias».
Los no judíos en el estado de Israel no son ciudadanos en el pleno
sentido de la palabra, aun cuando tengan la ciudadanía israelí, pues en
tanto que estado sionista, el estado de Israel no es el estado de los is-
raelíes sino «el estado de los judíos»; ni siquiera de los judíos israelíes,
sino el estado de los judíos. En virtud del carácter sionista del estado, ni
los no judíos pueden aspirar a otra cosa que a ser sub-ciudadanos, ni los
israelíes, aun cuando sean judíos, gozan de plena soberanía. Las con-
diciones de sub-ciudadanía de «los árabes israelíes» algunos israelíes
judíos las han comparado con las leyes racistas de Nühremberg;
233
esto
acaso sea exagerado en la teoría de la letra grande, pero no en la práctica
y la letra pequeña de las leyes, donde las discriminaciones contra los
no judíos hacen que no se pueda hablar más que de una sub-ciudadanía
israelí para «los árabes». Igual que en el Tercer Reich un judío por def-
nición no podía ser un alemán de pleno derecho (mientras que sí lo era
un «alemán étnico» ario extranjero), en el estado sionista de Israel un no
judío no puede ser un israelí con plenitud de derechos, mientras que sí
puede serlo cualquier judío extranjero con sólo solicitarlo. La «ley del
retorno» supone que cualquier judío pueda obtener automáticamente la
ciudadanía israelí con sólo solicitarla, aunque sea alguien que acaba de
convertirse al judaísmo, mientras que no se permite el retorno de los
palestinos expulsados en 1948 ni de sus descendientes.
233
Yoram Kaniuk, op. cit., p. 105.
José F. Durán Velasco 190
Pero incluso si esa «democracia» israelí se ha mantenido no ha
sido en virtud de «la superioridad» cultural,
234
no digamos ya moral o
política, del estado sionista frente a los estados árabes. Ni porque la
clase dominante israelí haya sido de una bondad especial, ni siquiera
con los judíos. La «democracia» israelí se ha mantenido estable gra-
cias a los masivos apoyos exteriores y a los benefcios coloniales de
la ocupación de los territorios palestinos. Eso es lo que ha permitido
un «poder blando» sobre los judíos, aunque no sobre los palestinos.
De esta manera, el estado sionista ha sido una «democracia» a la
rodesiana para los judíos (con una categoría de sub-ciudadanos: los
«árabes israelíes») y una dictadura brutal sobre los no ciudadanos pero
sí súbditos:
235
los palestinos de los territorios ocupados en 1967.
Hasta 1967 la situación de la «democracia» israelí fue muy ines-
table, a pesar del consenso obtenido por la clase dominante entre los
judíos a costa de «los árabes». Los problemas sociales y étnicos in-
terjudíos eran tan graves entonces, la crisis económica tan aguda, que
en la época inmediatamente anterior a la guerra de junio de 1967 no
se descartaba la posibilidad de un golpe de estado militar. El general
Ezer Weizmann, eximio representante de la clase dominante israelí,
reconoció que Israel estuvo entonces más cerca que nunca del golpe
de estado. En ese contexto, la guerra de 1967 fue una especie de pi-
nochetazo de los generales, en colaboración con la clase política, pero
orientado hacia el exterior: la clase dominante israelí (capitalistas, bu-
rocracia de la Histadrut, militares) conjuró su necesidad de implantar
el «poder duro» en el interior dando una especie de golpe de estado
hacia el exterior en forma de guerra de ocupación. De esa manera, el
fascismo israelí no se expresó en una represión interior sino en una
234
Fue la cultísima Alemania la que produjo el nazismo, es decir, la forma
más repugnante de fascismo, con racismo incluido.
235
El Tercer Reich también institucionalizó entre los habitantes de Ale-
mania la división entre «ciudadanos» (los «arios») y los simplemente «súbdi-
tos» (los «no arios»). El estado de Israel ha institucionalizado categorías más
complejas, más similares a las del apartheid surafricano (ciudadanos blancos,
sub-ciudadanos mestizos y asiáticos, súbditos negros):
1)
Ciudadanos: judíos.
2)
Sub-ciudadanos: palestinos con ciudadanía israelí, sin los derechos de
los judíos.
3)
Súbditos: palestinos de los territorios ocupados en 1967, sometidos al es-
tado de Israel pero sin derecho alguno, ni siquiera como sub-ciudadanos.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 191
guerra imperialista exterior, con lo que la clase dominante pudo matar
varios pájaros de un tiro:
Obtener el consenso patriotero que impidió el estallido social, 1)
sustituyendo la lucha de clases entre judíos por la guerra patrio-
tera de «los judíos» contra «los árabes».
Salir de la crisis económica que agobiaba a Israel mediante los 2)
benefcios que la economía israelí obtuvo de la explotación de
sus nuevas colonias.
Destruir los regímenes nacionalistas árabes anticolonialistas, 3)
con lo que demostraban a Estados Unidos que el estado de Israel
era su mejor aliado en la zona.
Mantener el carácter «democrático» del estado de Israel en un 4)
«océano árabe dictatorial», poderosa baza de cara a la propa-
ganda exterior.
Practicar el fascismo contra sus nuevos súbditos en lugar de 5)
contra sus ciudadanos judíos.
No cabe duda de que ha sido el fascismo exterior lo que preservó la
«democracia» interna, la «democracia» interna israelí a costa del fascismo
contra los palestinos y los árabes vecinos. El consenso sionista brinda unas
ventajas tan grandes a la clase dominante israelí –sin contar con las venta-
jas de la alianza con Estados Unidos– que permitió no sólo no tener que
eliminar (siquiera temporalmente) la «democracia», sino fortalecerla.
Cabe preguntarse cuáles habrían sido las consecuencias si la crisis
israelí de los años sesenta se hubiera solventado en forma de golpe de
estado militar interno y de dictadura militar similar a las de Grecia o
Turquía, es decir, si los judíos israelíes hubieran sufrido una dictadura
con asesinados, desaparecidos, torturados, exiliados y supresión de los
derechos políticos y civiles a manos de otros judíos, en lugar de hacer
todo eso con los palestinos.
¿Qué habría ocurrido si hubiera habido un pinochetazo interior y
si el estado de Israel hubiera vivido una dictadura similar a la de los
coroneles griegos o las dictaduras turcas?
236

236
El novelista israelí Amós Kenán, en una novela de política-fcción publi-
cada en 1984, titulada Camino a En-Jerod, presenta esta posibilidad y lo que
podría haber sucedido. En esa novela se describe la situación en Israel tras un
golpe militar de derechas; el protagonista es un judío israelí que quiere llegar al
único lugar de Israel que todavía no ha caído en manos de los golpistas, el ki-
butz de En-Jerod; en su fuga hacia allí, se le une un palestino que añora la aldea
José F. Durán Velasco 192
Creo que el resultado habría sido precisamente lo que la clase do-
minante y los militares quisieron evitar:
Habría hecho humanos a los judíos israelíes, al hacerles ver que 1)
sus enemigos no estaban fuera sino dentro.
Habría roto el consenso sionista. 2)
Habría provocado un sentimiento de empatía entre el pueblo 3)
israelí y los pueblos árabes vecinos, sometidos a dictaduras.
Habría dado a la lucha de clases un papel mayor en la sociedad 4)
israelí, en detrimento de la paranoia de las amenazas externas.
Habría hecho añicos la imagen «democrática» del estado sionista. 5)
El pueblo israelí se habría tenido que enfrentar a sus enemigos 6)
interiores.
Habría permitido otro rumbo distinto del sionista a la sociedad 7)
israelí.
El pinochetazo exterior permitió sustituir el fascismo interno inter-
judío por el fascismo externo de los judíos israelíes contra los palesti-
nos. Este último es mucho más aceptable para el mundo occidental, en
virtud del eurocentrismo y de la rancia tradición colonialista-imperia-
lista, que ve con muchos mejores ojos la violación de los derechos hu-
manos y la conculcación de los derechos y libertades básicas cuando se
practica en una situación colonial que cuando se practica internamente
dentro de una sociedad occidental. Aunque hay que puntualizar que el
prosionismo no se debe tanto a cuestiones de eurocentrismo como a
intereses imperialistas muy materiales y muy poco culturales. El cultu-
ralismo es el pretexto, los intereses económicos el motivo real.
«El sionista bueno» al estilo de Amós Oz
Existe un tipo de judío israelí, sionista pero «paloma», muy caro a la
«izquierda moderada» prosionista occidental. Es lo que se podría llamar
«el sionista bueno», al estilo del escritor Amós Oz,
237
muy útil para la pro-
que estaba antes de que se construyera En-Jerod. Ambos corren desesperados
en medio de un ambiente de libros quemados en hogueras, casas bombardeadas
y pelotones de fusilamiento; el judío y el palestino eran enemigos, pero el golpe
militar fascista les une en una común persecución, de manera que se encuentran
juntos buscando un lugar en el que empezar desde cero. Cuando fnalmente
llegan a En-Jerod, el kibutz está rodeado de tanques dispuestos al asalto fnal.
237
Amós Oz (n. 1939) es el más famoso novelista israelí en lengua he-
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 193
paganda de cara al exterior. Es «el sionista bueno», el sionismo con rostro
humano, distinto del «sionista malo» cuyo arquetipo sería Ariel Sharón.
«El sionista bueno» es sionista pero «moderado», es sionista pero
«quiere la paz con los árabes», es sionista y quiere que todos los judíos
de Israel lo sean, que todos los judíos del mundo sean sionistas o prosio-
nistas incondicionales, pero no quiere que se vea a Israel como un estado
judeo-nazi. Aclaremos que lo que quiere «el sionista bueno» no es que el
estado de Israel no sea judeo-nazi,
238
sino evitar que se le vea como tal.
«El sionista bueno» también es «laico», es hiloní, no quiere que los
rabinos le impongan su religión, ni su moral, ni sus normas estrictas. Tam-
poco le gusta que haya judíos ortodoxos antisionistas, ni que el judaísmo
ortodoxo tenga tanta importancia. Pero, aunque en absoluto religioso, «el
sionista bueno» no propone que el estado sea de los israelíes y no de los
judíos, ni siquiera que se disocie la nacionalidad étnica judía de la reli-
gión judía, o que desaparezca la religión de las taxonomías ofciales. Lo
que «el sionista bueno» y «laico» propone no es la separación completa
de la religión y el estado, sino que el estado reconozca otras formas de
judaísmo distintas de la ortodoxa, como el judaísmo conservador o el ju-
daísmo reformista. Su «laicismo» no va más allá de una reforma religiosa
que acabe con el monopolio del judaísmo por los rabinos ortodoxos.
«El sionista bueno» es ashkenazi, originario del este de Europa,
perteneciente a la población de primera categoría del estado de Israel.
«El sionista bueno» es «de izquierdas», es decir, es de la «iz-
quierda» sionista: primero sionista y luego de izquierdas, o lo que es
lo mismo, es de izquierdas sólo en tanto que ser de izquierdas sea
compatible con el sionismo; si el sionismo entra en colisión con la
izquierda, «el sionista bueno» elige ser sionista y deja de ser de iz-
quierdas. Porque «el sionista bueno» es «bueno» pero «realista», no
brea. Ha vivido casi toda su vida en el kibutz de Hulda. Entre sus novelas se
puede mencionar Mi Mijael, Hasta la muerte, Tocar el agua, tocar el viento,
La colina del mal consejo, La caja negra, Las mujeres de Yoel, La tercera
condición, No digas noche, Una pantera en el sótano... Excelente narrador y
gran novelista, es el mejor representante de la «izquierda» sionista y de sus
limitaciones políticas, ideológicas y éticas.
238
Yeshayahu Leibowitz (1903-1994), denostado por Amós Oz, defnía a
Israel técnicamente como «estado judeo-nazi». Leibowitz era un judío orto-
doxo que abogaba por un estado israelí laico; su activismo por la objeción de
conciencia contra el servicio militar en los territorios ocupados en 1967 y el
Líbano le costó no recibir un premio del estado poco antes de morir.
José F. Durán Velasco 194
es un «izquierdista doctrinario», no es marxista, no es anarquista, no
es «radical», es nacional-socialista, lo que signifca que lo nacional es
todo y el socialismo son las sobras, si es que queda algo.
«El sionista bueno» es kibutziano, o como diría él, kibutznik, con
el sufjo eslavo que recuerda el mundo del que es originario, el este de
Europa. «El sionista bueno» quiere pertenecer al Oriente Medio sólo
geográfcamente. Su kibutzianidad también expresa lo que entiende
por ser de izquierdas: nada de lucha de clases sino socialismo laborista,
«socialismo de convento y de cuartel» en pro del sionismo.
«El sionista bueno» no odia a los árabes, ni a los palestinos. No es que
sienta el menor aprecio por ellos, pero es demasiado inteligente como
para proclamar a voz en grito su aversión por ellos. Además, le resultan
tan lejanos y le interesan tan poco, que odiarlos abiertamente y a voz en
grito sería darles demasiada importancia. Ese feo papel de odiadores de
«los árabes» lo deja para los «judíos orientales» y «los halcones».
«El sionista bueno» se siente un moderado razonable, a mitad de
camino entre los sionistas «extremistas» que matan palestinos y «los
fanáticos antisionistas» que escriben artículos contra las violaciones de
los derechos humanos en los territorios ocupados. Tampoco quiere saber
nada de esos anarquistas judíos que reciben tiros del ejército israelí por
manifestarse contra el muro del apartheid sionista. «El sionista bueno»
está a favor de ese muro, aunque desearía que fuese a lo largo de «la línea
verde»,
239
si bien cabe sospechar que ese deseo no es tanto por respeto a
los derechos de los palestinos de Cisjordania como porque es un sionista
sufcientemente inteligente como para «ser moderado», esto es, para per-
catarse de que el deseo inmoderado de más territorios palestinos no puede
disociarse de sus habitantes palestinos. Y, puesto a elegir entre quedarse
con más territorios o más palestinos, prefere quedarse con menos tierra
pero también con «menos árabes». No es respeto a los derechos de «los
otros» sino sentido práctico: territorios extra, problemas extra.
«El sionista bueno» encuentra su más famoso representante en el
escritor Amós Oz. «Los sionistas buenos» se agrupan en la organiza-
ción sionista Shalom Ajshav (‘Paz ahora’), una asociación que busca
«la paz», alejándose de «los halcones» del sionismo. Pero no hay que
239
La «línea verde» en la terminología israelí es la que desde 1949 hasta
1967 separaba el estado de Israel de Cisjordania. Se llama así porque más o
menos separa las tierras fértiles y verdes, que quedaron en manos israelíes,
de las tierras menos verdes que no fueron ocupadas por el estado sionista en
1948 y fueron anexionadas al reino de Jordania.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 195
pensar en ningún momento que les importe mucho otra cosa que no
sean los intereses de Israel, o más exactamente de sus ciudadanos
judíos. Más que «sionistas moderados», «los sionistas buenos» son
«sionistas con sentido de la moderación», que se preocupan seriamente
por las repercusiones perjudiciales que la política de los «halcones»
del sionismo puedan tener para los israelíes y para el estado de Israel:
Las bajas israelíes. 1)
Las perturbaciones en Israel. 2)
El aislamiento internacional, al perder apoyos en Europa occi- 3)
dental e incluso en Estados Unidos.
Por tales motivos, «los sionistas buenos» estuvieron en contra de la
guerra del Líbano de 1982, pero a favor de la guerra contra el Líbano
del verano del año 2006, ya que en esta última guerra no tenían miedo
al aislamiento israelí, ni a perder apoyos extranjeros, pues, en defni-
tiva, la guerra del año 2006 era una guerra subcontratada por el estado
de Israel a cuenta de Estados Unidos.
Es la presión de la opinión pública internacional contra la política sio-
nista lo que hace moderarse a «los sionistas buenos», pero es signifcativo
que «el sionista bueno» nunca pida presión sobre Israel para negociar, no
digamos ya para ceder. La moderación es a regañadientes y lo que gusta
es la victoria espectacular, al modo de la guerra de 1967, tan celebrada
por Amós Oz en su novela Tocar el agua, tocar el viento. Lo que «el
sionista bueno» no quiere es un Vietnam israelí del tipo libanés, ni unas
matanzas de Sabra y Shatila que desacrediten a Israel ante el mundo. El
pacifsmo de Shalom ´Ajshav no es tal, porque no está realmente contra
la guerra sino contra el daño que esa guerra pueda ocasionar a Israel o
a los israelíes judíos. Cuando el apoyo de la superpotencia mundial es
total, como en la guerra de 2006, Shalom ´Ajshav se convierte de facto
en Milhamá ´Ajshav (‘Guerra ahora’). Desde ese momento su apoyo a
la alianza bélica con Estados Unidos es total: por la dominación estado-
unidense en toda la región y por la hegemonía de Israel en ella. El daño
a los otros (árabes, iraníes o quien sea), si es por el doble objetivo (domi-
nación estadounidense y hegemonía israelí), se considera más que acep-
table. Lo que de ninguna manera quiere es perder el apoyo occidental ni,
sobre todo, el debilitamiento del apoyo incondicional estadounidense.
Shalom ´Ajshav nunca ha sido un movimiento antisionista, ni crítico
con el sionismo. Es el movimiento de un estamento privilegiado ashke-
nazi, sionista, que cuestionaba el mantenimiento de la ocupación de los
territorios ocupados en 1967 y la ocupación del Líbano no tanto por la
injusticia y el sufrimiento causados a los palestinos, los sirios golanitas,
José F. Durán Velasco 196
los egipcios o los libaneses como por lo que consideraba repercusiones
negativas para el estado sionista en forma de pésima imagen exterior y
daño para el estado sionista como ocupante.
Amós Oz dice: «Los judíos y los árabes tienen algo en común:
ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de
Europa. Los árabes han sido víctimas del imperialismo, del colonia-
lismo, de la explotación y de la humillación. Los judíos han sido vícti-
mas de persecuciones, discriminación, expulsión y, al fnal, el asesinato
de un tercio del pueblo judío».
240

Este hombre parece que no se ha enterado o no quiere enterarse
de que «los judíos» que han sufrido todo eso a manos de «Europa»
también eran europeos, y que entre los europeos (y americanos) a los
que han padecido los árabes se encuentran también los europeos (y
americanos)
241
judíos. Más todavía: que los judíos han padecido, pero
los árabes todavía padecen a un «occidente» entre el que se encuentra
el estado de Israel, que practica contra ellos el imperialismo, el colo-
nialismo, la explotación, la humillación, las persecuciones, la discri-
minación, la expulsión y las matanzas.
Las propias taxonomías de Amós Oz son engañosas:
Los judíos, como un todo homogéneo, aunque en realidad los 1)
judíos ashkenazis como centro, los demás reducidos a periferias
sin importancia, destinadas a girar en torno al centro y a estar
supeditadas a los intereses del centro.
Los europeos = los cristianos... los cristianos europeos, claro, 2)
todo mezclado: europeo = cristiano... como en las taxonomías
de los racistas antisemitas.
Los árabes, modelados por fuerza en el troquel de esas taxono- 3)
mías, por consiguiente mutilados, fragmentados políticamente
porque eso es lo que conviene al imperialismo, a la vez que
vistos como un todo único negador de las diferencias entre ellos
porque eso interesa a la propaganda sionista: si los palestinos
son sólo árabes, que el mundo árabe los absorba y en paz; los
árabes judíos son judíos, por consiguiente pertenecen a Israel;
240
Así dijo en el discurso que pronunció cuando recibió en España el Pre-
mio Príncipe de Asturias del año 2007 y que tradujo al castellano la hebraísta
Raquel García Lozano.
241
Meir Kahana era estadounidense de origen y muchos colonos judíos de
Cisjordania son fanáticos ultrarreligiosos sionistas originarios de Brooklyn.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 197
los árabes cristianos pueden utilizarse para crear «israeles» cris-
tianos aliados de Israel, lo mismo que los árabes drusos....
Europeos, judíos, árabes... Son taxonomías cerradas (compartidas
por el antisemitismo) que impiden ver la realidad: se puede ser euro-
peo y judío, judío y árabe. Pero las categorías de Amós Oz son las del
sionismo ashkenazicéntrico, para el que «los judíos» eran los judíos de
Europa, más concretamente los ashkenazis; los otros judíos no existían
o simplemente no interesaban.
Ni se molesta en entender las circunstancias del antisemitismo, los
intereses que estaban detrás de él. Las clases sociales y las ideologías
no existen para él, tan sólo constantes «étnicas»: «los europeos», «los
judíos», «los árabes»... terminajos ligeramente modernizados de las
tres categorías confesionales del judaísmo más tradicional: Edom,
242

Israel, Ismael…
243
242
Edom es el sobrenombre de Esaú, el hijo de Isaac y hermano de Jacob
(también llamado Israel), patriarca epónimo de los edomitas o idumeos. Los
reyes judíos asmoneos forzaron a los idumeos a convertirse al judaísmo en el
siglo II a.C.; en el siglo I a.C. los asmoneos fueron derrocados y sustituidos por la
dinastía herodiana, fundada por Herodes el Grande, que era idumeo, floheleno
y vasallo de Roma. El odio que sus súbditos judíos profesaron a los dinastas
herodianos de origen edomita y a los romanos que los entronizaron hizo que
el nombre despectivo de Edom se convirtiera en sinónimo de Roma entre los
judíos. Según la leyenda rabínica, Roma había sido fundada por edomitas. Más
tarde, al convertirse el imperio romano en un imperio cristiano opresor de los
judíos, el nombre de Edom fue el término habitual entre los judíos para referirse
a la cristiandad y al cristianismo. Para comprender cabalmente las connotaciones
grandemente negativas del término Edom hace falta saber que, en la tradición
judía, Esaú o Edom no fue sólo el hermano bruto que vendió a Jacob la primo-
genitura por plato de lentejas, sino que la tradición talmúdica y rabínica denigró
a Esaú hasta convertirlo en uno de los mayores malvados: desde que era joven
frecuentó templos cananeos y realizó actos de violencia, antes de los veinte años
ya había cometido delitos de homicidio, violación, robo y sodomía. El nombre
de Edom se relacionó con la palabra hebrea para ‘rojo’ (adom), aludiendo al
carácter sanguinario de Esaú y sus descendientes: romanos y cristianos.
243
Ismael salió algo mejor librado en la tradición judaica que Edom, pero
tampoco mucho mejor: es el hijo de la esclava Agar, maltratador de su herma-
no Isaac, desheredado y arrojado al desierto con su madre, aunque un ángel
les auxilió y predijo a Agar que su hijo sería patriarca de un gran pueblo. En
la tradición judaica, Ismael fue el patriarca de los árabes del norte. Tras la
José F. Durán Velasco 198
Ni siquiera es capaz de ver su propia europeidad... aunque por otro
lado es muy consciente de ella. El propio Amós Oz reconoce que, hasta
el horror nazi, «los judíos eran los más europeos», porque los demás
se sentían rusos, rumanos, alemanes o lo que fuera, mientras que los
judíos eran paneuropeos. Pero, aun cuando esto es verdad, Oz olvida
decir que se refere en exclusiva a los judíos europeos (ignorando una y
mil veces a los judíos no europeos) y sobre todo a los ashkenazis, por-
que los judíos italianos eran muy italianos y los sefardíes marcaban las
distancias con sus correligionarios ashkenazis. Incluso hoy, viviendo
en un país como Israel, donde la mayoría de los judíos son de origen
no europeo, Amós Oz cuando habla de «los judíos» sigue pensando
exclusivamente en «los suyos» e ignorando el origen de la mayoría de
sus conciudadanos y correligionarios.
Otros escritores israelíes judíos sí han sido capaces de ver todo
lo que Amós Oz es incapaz de ver. Por ejemplo, Yoram Kaniuk
244
es
muy consciente de que el sionismo y el nacionalismo palestino no
han sido resultados «naturales» inevitables de una realidad eterna sino
consecuencias de acontecimientos en gran parte fortuitos y en parte
productos artifciales: el sionismo triunfa gracias al antisemitismo y el
sionismo genera el nacionalismo palestino.
245

En la novela de Amós Oz Una pantera en el sótano, cuya acción
transcurre en Palestina poco antes de la guerra de 1948, Prof, el niño
protagonista, hijo de padres judíos polacos, describe la gran biblioteca
de su padre, que es un gran erudito políglota: hay muchos libros en
hebreo, arameo, yiddish, inglés, lituano, latín, ucraniano, esloveno,
sánscrito, alemán… Están el Poema de Gilgamesh, el Enuma Elis,
«los himnos homéricos», Siddharta, El Cantar de los nibelungos,
el Poema de Hiawatha, el Kalevala, Dante Alighieri, Montesquieu,
Chaucer, Schedrin, Aristófanes, Till Eulenspiegel…
246
Y ni una sola
obra árabe, en el idioma original o en traducción a otro de los muchos
aparición del islam, Ismael fue el término judío habitual para referirse al islam
y los musulmanes.
244
Yoram Kaniuk (n. 1930) es un novelista israelí, autor de novelas como
El buen árabe, Su hija y El último judío. Sus novelas indagan en la problemá-
tica de una sociedad israelí deshumanizada por el belicismo y la guerra.
245
Yoram Kaniuk, op. cit., pp. 161, 177 y 224-225.
246
Amós Oz, Una pantera en el sótano (Madrid: Siruela, 1988), pp. 117-
129.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 199
idiomas conocidos por su erudito padre. Ni una sola mención a los
árabes en la historia o la cultura universales. Ni un solo autor árabe, ni
una sola obra árabe. Puesto a ignorar todo lo árabe, se ignora incluso lo
judeo-árabe, se menciona el Yosippon pero ni siquiera a Maimónides...
Podría pensarse que se trata de un olvido deliberado, que la aversión a
los árabes del padre del protagonista era tal que ignoraba deliberada-
mente su idioma y su cultura. Pero no es ese el caso: el padre de Prof
es un sionista bienintencionado que aspira a la paz y al entendimiento
fraternal entre judíos y árabes, que incluso preferiría establecer relacio-
nes estrechas con los árabes antes que con el mundo cristiano autor de
mil pogromos,
247
y la animadversión árabe contra los judíos sionistas
la atribuye a las manipulaciones del colonialismo británico de la pér-
fda Albión.
248
En esas condiciones resulta mucho más signifcativa la
ausencia de cualquier presencia árabe en la biblioteca. A los árabes no
se los odia, simplemente se los ignora. Da la impresión de que todo
lo que conoce de ellos se reduce a lo que el Génesis dice sobre Ismael
y los ismaelitas. No sólo ignora lo «específcamente árabe» no judío,
sino que ignora también todo lo judeo-árabe. El padre del protago-
nista vive en un país cuyos moradores son mayoritariamente árabes,
rodeados por países árabes al norte, este y sur; además, el hebreo es
un idioma semítico muy parecido al árabe, pero a este lo ignora por
completo; vive entre «la diáspora» europea e Israel, sin que el mundo
árabe exista para él como civilización. Los árabes (sean los habitantes
del país o los demás) sólo se ven como parientes lejanos defcientes a
los que hay que iluminar y que son tan defcientes que hasta su hosti-
lidad es simplemente el producto de manipulaciones de los ingleses,
249

enemigos mortales de los judíos de la Tierra de Israel.
250
Sin embargo,
a los ingleses, por más malvados que sean,
251
sí que se les reconoce una
cultura que se admira, aunque esos policías y militares ingleses colo-
niales no estén a la altura de Milton y Byron,
252
mientras que en toda
la novela no se menciona a un solo autor árabe, sea clásico o moderno.
Si el mayor desprecio consiste en no hacer aprecio, el desprecio por los
árabes no puede ser mayor: se los ignora absolutamente.
247
Ibid., p. 97.
248
Ibid., p. 35.
249
Ibid., p. 35.
250
Ibid., p. 96.
251
Ibid., p. 101.
252
Ibid., p. 145.
José F. Durán Velasco 200
Se dice que Amós Oz es un «paloma», un «moderado». Pero si se
leen las respuestas a las entrevistas que le han hecho o sus artículos,
puede deducirse que es «moderado» en el mismo sentido que podría
hablarse de un alemán nazi «moderado» o de un partidario «moderado»
del apartheid surafricano. Es como si en los años ochenta hubieran
galardonado a un escritor blanco surafricano, partidario del apartheid,
pero eso sí, «moderado»: Suráfrica para los blancos y los bantustanes
para los negros, negociar sí, pero con negros partidarios de las reservas
para negros y exterminando a los «terroristas» del Congreso Nacional
Africano...
Preguntan a Amós Oz por los fanáticos judíos y los fanáticos pales-
tinos y responde que hay que eliminar... a los fanáticos palestinos. ¿Y
a los fanáticos judíos no? Pero al entrevistador ni siquiera se le ocurre
preguntar: «¿Y usted por qué no pide que el gobierno israelí practique
con los extremistas judíos la misma política de exterminio físico que
practica con los árabes?».
Amós Oz quiere un sistema de libertades y pluralidad política...
pero sólo para los judíos. Si los judíos israelíes eligen a un gobierno
racista ultraderechista, Amós Oz quizás lo lamentará pero «democrá-
ticamente» lo aceptará. Le parecería horrible derrocarlo a cañonazos y
a base de asesinatos selectivos, o montar contra el estado de Israel un
bloqueo internacional para hacerle la vida imposible hasta hundirlo.
Pero si los palestinos de los territorios ocupados y del gueto de la
Franja de Gaza eligen a los de Hamâs, Amós Oz aprueba exterminar-
los y dar el poder a una dictadura pinochetista palestina supeditada a
Israel. Amós Oz puede lamentar la mentalidad de los judíos fanáti-
cos, pero de ahí a tratarlos como a los palestinos resistentes media un
abismo. Es el doble rasero de un sionista.
Su actitud hacia Hizbullâh, Irán y la guerra de 2006 está en la
misma línea. No temiendo ya que Estados Unidos se distancie, pues
se trataba de una guerra estadounidense subcontratada por Israel, el
apoyo a la guerra es absoluto por parte del «sionista bueno», que pide
a gritos el aniquilamiento total de todos los enemigos de Israel. Las
diferencias entre «el sionista bueno» y «el sionista malo» se vuelven
imperceptibles, una vez que «los sionistas buenos» no ven consecuen-
cias negativas para el estado sionista en la política más agresiva y
extremista. Las diferencias entre un Amós Oz y un Ariel Sharón se
esfuman, porque «el sionista bueno» y «el sionista malo» sólo ejercen
los papeles de «el policía bueno» y «el policía malo»: uno hace el
trabajo sucio del sionismo y el otro trata de ser «el rostro humano»
del mismo movimiento. A veces discrepan, pero siempre es por per-
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 201
cepciones diferentes de lo que es el interés del estado sionista. Tras la
fachada pseudo-humanista y pseudo-pacifsta sólo hay un furibundo
nacionalista etnomaniaco.
Judíos antisionistas: desde Neturé Qartá
hasta Anarquistas contra el Muro
Hasta la segunda guerra mundial, la gran mayoría de los judíos eran anti-
sionistas, aunque las razones de su rechazo al sionismo eran variadas:
La gran mayoría de los judíos religiosos rechazaba el sionismo 1)
por considerarlo un movimiento herético y casi blasfemo.
Los judíos liberales o conservadores asimilacionistas no sólo no 2)
compartían el ideario sionista sino que lo consideraban perjudi-
cial para los judíos. Los asimilacionistas o integracionistas de-
seaban que el judaísmo fuera sólo una religión, no una naciona-
lidad. Precisamente los antisemitas coincidían con los sionistas
en que los judíos eran extranjeros que debían mantenerse aparte
y que lo deseable era que se fuesen. Los judíos integracionistas
veían el sionismo como un peligro latente contra los derechos
de los judíos como ciudadanos de los países en los que vivían y
en los que querían seguir viviendo.
Los judíos socialistas (bundistas, anarquistas o comunistas) re- 3)
chazaban el sionismo por considerarlo un movimiento burgués
chovinista y reaccionario.
Una pequeña minoría de judíos de origen sionista que, nacidos o 4)
establecidos en «la tierra de Israel», habían roto con el sionismo
por radicalización y consideraban que «la nación hebrea» nada
tenía que ver ya con «los judíos». Este era el caso de ciertos ele-
mentos del Lehi que eran partidarios de unir a árabes y hebreos
en una lucha común contra el colonialismo británico.
Tras la segunda guerra mundial y la creación del estado de Israel, la
cosa cambió radicalmente. A día de hoy, la mayoría de los judíos son
más o menos prosionistas, sólo una minoría de judíos son antisionistas.
Este cambio se debió a varios motivos:
La emigración masiva de judíos a Israel. Unos fueron supervi- 1)
vientes europeos del genocidio nazi, a los que no dejaron otro
lugar mejor en el que rehacer sus vidas; otros fueron judíos
originarios de los países árabes, cuya situación en sus países de
José F. Durán Velasco 202
origen se había vuelto muy difícil precisamente por la creación
del estado de Israel.
La hábil propaganda sionista y la torpeza ideológica y propa- 2)
gandística de sus enemigos árabes. La mayoría de los judíos del
mundo (tanto israelíes como no israelíes) veían que el estado
de Israel era un pequeño país judío amenazado por un temible
mundo árabe fanático y ávido por destruirlo y «echar a los judíos
al mar». Téngase en cuenta que los judíos durante la segunda
guerra mundial habían sufrido un genocidio de proporciones
apocalípticas y los demagogos del mundo árabe repetían con-
signas de venganza que sólo podían recordar el horror reciente,
eso sin contar la nefasta difusión de la basura antisemita en un
mundo árabe traumatizado por la tragedia palestina.
La destrucción del mundo judío anterior a la segunda guerra 3)
mundial por los nazis. Los judíos ortodoxos tradicionales pere-
cieron en su mayoría en las cámaras de gas, lo mismo que mu-
chísimos judíos socialistas
253
e incluso gran parte de los judíos
integracionistas y asimilados de Europa central y occidental.
La experiencia del antisemitismo genocida nazi fue tan terrible 4)
que muchos judíos llegaron a creer que un «estado judío» era
la panacea contra el antisemitismo y la fortaleza defensiva que
impediría que tal cosa volviera a repetirse; muchos judíos pro-
yectaron en el estado de Israel sus sentimientos de defensa y en
los árabes la agresividad contra los antisemitas y los nazis.
En el mundo posterior a la segunda guerra mundial, la mayoría de 5)
los judíos supervivientes no eran ni social ni ideológicamente lo
que habían sido la mayoría de los judíos de la época anterior. Los
judíos de Estados Unidos constituian una burguesía muy vincu-
lada a los intereses de la burguesía estadounidense y, por tanto, al
estado sionista, cada vez más vinculado a Estados Unidos.
Pero las categorías antes mencionadas de judíos antisionistas si-
guieron existiendo, aunque convertidas en minoritarias.
Una minoría de judíos ortodoxos siguió rechazando el sionismo
por razones religiosas. Ese ha sido el caso de los Neturé Qartá (‘Guar-
253
El Bund era mayoritario entre los judíos polacos, pero el 90% de estos
pereció en el genocidio llevado a cabo por los nazis.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 203
dianes de la ciudad’), judíos que rechazan completamente el sionismo
por considerarlo un movimiento satánico y antijudío. Desde posiciones
más moderadas y en cierto modo más seculares, pero profundamente
religiosas, Yeshayahu Leibowitz consideraba al estado de Israel un
estado «judeo-nazi» y abogaba por la separación entre la religión judía
y el estado israelí, una secularización que no dejaría de tener conse-
cuencias des-sionizadoras para ese estado.
Siguió habiendo judíos, incluso dentro del estado de Israel, que no
se identifcan en absoluto con las ideas sionistas sobre la judaidad y
el judaísmo. Este es el caso, entre otros, de algunos judíos que, contra
las taxonomías sionistas, se consideran a sí mismos «judíos árabes» o
«árabes judíos».
El movimiento de las Panteras Negras israelíes, formado por judíos
«orientales» de segunda generación, también ha cuestionado la doc-
trina sionista ofcial.
Algunos antiguos militantes del Lehi, como Uri Avnery, prosiguie-
ron su radicalización post-sionista hasta terminar en posiciones que
propugnan la des-sionización del estado de Israel, e incluso han abo-
gado por una «confederación semítica» en la que estarían incluidos
hebreos y árabes.
Muchos judíos de izquierdas se consideran no sionistas o antisio-
nistas. Por ejemplo los militantes de partidos comunistas (en Israel los
del Rakah, cuyo secretario general ha sido el judío antisionista Meir
Vilner; en su día la organización trotskista Matzpen) o los bundis-
tas que aún sobreviven. También es el caso de los judíos anarquistas,
tanto dentro como fuera de Israel, de los que el insigne lingüista Noam
Chomsky es el más conocido representante.
Los anarquistas israelíes, muy minoritarios pero muy activos y
valientes, rechazan el nacionalismo, el fundamentalismo religioso y
la razón de estado, o sea, todos los ídolos del sionismo (y de los otros
nacionalismos). Han destacado por sus actividades en pro de la in-
sumisión contra el ejército y en general contra la política del estado
israelí. Su rechazo al apartheid sionista les ha llevado a constituir la
organización Anarquistas contra el Muro, que cuenta con un centenar
de miembros fjos y se opone mediante la acción directa no violenta
a la construcción del muro del apartheid que pretende separar a Israel
y sus asentamientos coloniales de las «reservas» de los palestinos de
Cisjordania. Los militantes de Anarquistas contra el Muro son los úni-
cos disidentes judíos a los que el ejército israelí ha llegado a reprimir
empleando fuego real, igual que a los palestinos. En diciembre de 2003
hirieron a Gil Naamati, de 23 años, en ambas piernas; el 12 de marzo
José F. Durán Velasco 204
de 2004 Itay Levinsky recibió un disparó en un ojo con una bala de
goma; en febrero de 2006 Matan Cohen fue herido por una bala de
goma; en agosto de 2006 al abogado Limor Golkstein, durante una
protesta contra la guerra, le dispararon una bala de acero recubierta de
goma a una distancia de entre diez y veinte metros...
Liberar al pueblo israelí del sionismo
Ya al fnal del mandato británico surgió una corriente minoritaria de
judíos sionistas que, por pura radicalización sionista, acabaron para-
dójicamente saliéndose del sionismo proimperialista para abogar por
la lucha antiimperialista, con el objetivo de liberar Oriente Medio
de la dominación extranjera. Estos ex sionistas se consideraban más
bien post-sionistas, hebreos más que judíos. Esta tendencia se dio en
el Lehi (Lohamé Herut Yisrael, o sea, ‘Luchadores por la Libertad
de Israel’), organización llamada despectivamente por sus enemigos
sionistas y británicos «la banda de Stern», por el nombre de su líder,
Abraham Stern, que fue asesinado por sionistas probritánicos. No
obstante, aunque el Lehi tenía una marcada tendencia antiimperialista
y en los años cuarenta fue el enemigo número uno del colonialismo
británico en Palestina, su orientación ideológica era extremadamente
confusa y oscilaba entre la extrema derecha y la extrema izquierda;
254

igualmente sus posiciones hacia los árabes oscilaban entre la idea de
un frente común de hebreos y árabes contra el imperialismo británico
y el frente común con las demás organizaciones sionistas contra los
árabes.
255
Signifcativamente, el Lehi era pobre, al contrario que la
254
Algunos de sus miembros posteriormente fueron ultraderechistas, como
Israel Scheib, otros terminaron en el Likud, como Isaac Shamir. Pero algunos
evolucionaron hacia posiciones favorables al binacionalismo árabe-israelí,
como Uri Avnery, o hacia la extrema izquierda. Natan Yalin-Mor, por ejem-
plo, abogó por un antiimperialismo pansemítico. Maxim Gilan presentó el
Lehi como una organización de izquierdas antiimperialista, pero obviaba la
participación del Lehi en la matanza de Dayr Yâsîn y que en la confusa ideo-
logía del Lehi, la tendencia antiimperialista convivía con tendencias fascistas.
Esta confusión y esta dualidad ideológicas explican en gran medida que sus
miembros terminaran en bandos políticos tan opuestos.
255
Militantes del Lehi y del Irgún de Menahem Begin llevaron a cabo
la matanza de Dayr Yâsîn, en la que murieron más de cien palestinos y que
tuvo un papel decisivo en la campaña de terror sionista para hacer huir a los
palestinos.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 205
Haganá y el Irgún, y se fnanciaba con atracos a mano armada,
256
pues
su ideario confusamente radical no era del gusto de los patrocinadores
del sionismo «laborista» o derechista.
El 6 de noviembre de 1944 en El Cairo, dos miembros del Lehi,
Eliahu Hakin y Eliahu Bet Zuri, mataron en un atentado al ministro
británico Lord Moyne, en quien veían al representante del imperialismo
en el Oriente Medio. En su defensa, en enero de 1945, Eliahu Bet Zuri
declaró: «Es erróneo que representemos al sionismo. En realidad repre-
sentamos y somos los verdaderos propietarios de Palestina y, en calidad
de tales, nos hemos comprometido en una lucha para liberar a nuestro
país de la dominación extranjera que tomó posesión de él».
257
La de-
fensa de los dos militantes del Lehi la asumieron abogados egipcios
enemigos del colonialismo británico, mientras que el procurador del
rey que hizo de fscal insistió en «el crimen cometido por los acusados
contra la causa sionista» (sic), a lo que Bet Zuri replicó: «Repito que
nuestros objetivos no son los mismos que los objetivos sionistas».
258

Hubo manifestaciones de estudiantes egipcios pidiendo la libertad de
los militantes del Lehi. Finalmente Eliahu Hakin y Eliahu Bet Zuri fue-
ron condenados a muerte y ejecutados. Y mientras que los estudiantes
egipcios se posicionaron a favor de estos dos jóvenes judíos antiimpe-
rialistas, la mayoría de los sionistas se pusieron al servicio de la policía
inglesa, hasta el punto de que voluntarios del Palmaj sionista se encar-
garon de hacer el trabajo sucio al colonialismo inglés secuestrando,
torturando y entregando a militantes del Lehi a los ingleses.
El ex militante del Lehi Uri Avnery, que ha sido director del sema-
nario hebreo Ha-´olam ha-ze y diputado en el parlamento israelí, fue
pionero en la idea post-sionista, que incluiría una «paz semítica» y la
solución del conficto mediante una «confederación semítica» hebreo-
árabe. Uri Avnery fundó en 1993 Gush Shalom (‘Bloque de paz’),
que es la organización pacifsta con más infuencia en la clase media
israelí. En el año 2003 Avnery se encerró en el cuartel general de Ara-
fat para proteger con su presencia al presidente palestino. Uri Avnery
representa a cierto sector de nacionalistas hebreos de clase media, que
pretenden liberarse del sionismo por considerarlo actualmente nocivo
para los intereses de los israelíes como nacionalidad independiente,
distinta de los judíos de «la diáspora».
256
Nathan Weinstock, op. cit., 288.
257
Ibid., p. 300.
258
Ibid., pp. 299-300.
José F. Durán Velasco 206
Durante mucho tiempo, la única formación política no sionista
tolerada en Israel fue el Partido Comunista, que por su ideología in-
ternacionalista y anticolonialista obtuvo la adhesión de gran parte de
la población palestina del estado de Israel, hasta el punto de que la ma-
yoría de sus militantes eran palestinos. En 1965, el Partido Comunista
Israelí se escindió en dos partidos:
Una minoría exclusivamente judía que se negaba a considerar 1)
el sionismo como un aliado del imperialismo. Esta facción con-
servó el nombre de Maki
259
y en 1967 apoyó la guerra y se negó
a votar contra la anexión de Jerusalén oriental. Este partido se
puede considerar como el de los comunistas chovinistas judíos
que sacrifcaban el comunismo en aras del sionismo, eran judíos
hartos de ser «impopulares», que estaban ansiosos por ganar
«respetabilidad» sumándose al consenso patriotero israelí. El
Maki se extinguió a fnales de los años ochenta.
Una mayoría del partido (en la que los palestinos eran más y 2)
los judíos menos) que tomó el nombre de Rakah (Nueva Lista
Comunista) y que mantuvo su posición no sionista. En su haber
está la defensa de los derechos de la población palestina
260
y ser
el único partido no sionista de cierta entidad y continuidad.
A la izquierda del Partido Comunista se constituyó en 1962 la Orga-
nización Socialista de Israel, conocida como Matzpen (‘brújula’ en he-
breo), movimiento trotskista que tuvo actividad hasta los años ochenta
y en el que militaron judíos israelíes y algunos palestinos israelíes. Ma-
tzpen consideraba que la guerra de 1948 había sido una «depuración
étnica», y propugnaba una federación socialista para Oriente Medio.
Tuvo relaciones con el FDLP y con la extrema izquierda europea. En
Francia, en 1975, militantes de Matzpen crearon la revista Khamsin.
261

259
Maki es la abreviatura de ha-Miféget ha-Komunistit ha-Yisraelit, que
en hebreo signifca Partido Comunista Israelí.
260
El Rakah tuvo entre los palestinos del estado de Israel un papel similar
al de la OLP para los palestinos de fuera de este estado. Con la ayuda del
partido muchos podían estudiar en universidades del bloque del este carreras
inaccesibles de facto a los palestinos en Israel, como derecho o medicina. El
Rakah también movilizó a los palestinos de Israel contra las expropiaciones
de tierras en benefcio de los colonos judíos.
261
Jamsîn en árabe signifca ‘cincuenta’, pero también es el nombre de un
viento muy cálido procedente del desierto.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 207
Es signifcativo que a pesar de ser un movimiento extremadamente
minoritario, el Matzpen fuera visto como un grave peligro por el con-
senso judeo-sionista en Israel.
En los años sesenta, los inmigrantes judíos «orientales», que cons-
tituían la población más pobre, oprimida y explotada (aparte de los pa-
lestinos), organizaron grandes huelgas y protestas. La economía israelí
entró en recesión en 1964 y en 1966 la recesión se hizo todavía mayor;
en 1966 y 1967 hubo grandes huelgas y movilizaciones obreras contra
la Histadrut (la patronal «sindical» burocrática). La situación era tan
tensa en la época inmediatamente anterior a la guerra de 1967 que Israel
estaba al borde de un golpe de estado militar similar a los de Turquía
o Grecia. El general Ezer Weizmann dijo muy claramente, unos días
antes de la guerra, después de una entrevista violenta entre los jefes
del estado mayor y el presidente del consejo Eshkol, que Israel nunca
había estado tan cerca del golpe de estado como entonces.
262
La «demo-
cracia» israelí se mantuvo porque los generales se salieron con la suya
y la crisis, en lugar de saldarse en forma, bien de justicia social, bien
de dictadura interna (un pinochetismo sionista), se la hicieron pagar
a sus vecinos árabes en forma de una guerra de agresión, conquista
y colonialismo.
263
Los generales, en lugar de dar un golpe de estado,
invadieron a sus vecinos árabes, de manera que el aspecto repugnante
de la actuación policiaco-militar (represión, torturas, asesinatos, exi-
liados, encarcelamientos) no fue a costa de los judíos israelíes sino
de los palestinos, los egipcios y los sirios.
264
El carácter «democrático
ejemplar» del estado de Israel en «un océano árabe dictatorial» pudo
mantenerse mediante el recurso de la agresión al exterior, que permitió
a Israel mantener su buena imagen eurocéntrica, ya que la represión no
la ejerció en el interior sino hacia el exterior, e incluso se suavizó un
tanto la situación de los ciudadanos palestinos de Israel («los árabes
israelíes» en la terminología ofcial), mientras que el trato dispensado
a los habitantes de los territorios ocupados y a los vecinos no empañaba
demasiado esa imagen desde la perspectiva eurocéntrica. La guerra de
262
Nathan Weinstock, op. cit., p. 413.
263
Los generales pro-OAS como Salan nunca hubieran intentado el golpe
de estado si De Gaulle en lugar de acceder a la independencia de Argelia hu-
biera decidido invadir Túnez.
264
La guerra de 1967 se hizo también por el afán de Israel de canalizar
hacia su territorio unos recursos acuíferos que eran de los dos estados, el
israelí y el sirio.
José F. Durán Velasco 208
1967 fue en gran medida un «movimiento de distracción» y creó otras
posibilidades de hacer negocio para la burguesía israelí, al tiempo que
integraba en la «aristocracia obrera» judeo-israelí a los judíos «orien-
tales» y aliviaba un poco a los palestinos israelíes; el puesto de unos
y otros como máximos oprimidos pasó a estar ocupado –y en peores
condiciones– por los palestinos de los nuevos territorios ocupados.
Los benefcios de la explotación de los territorios ocupados en 1967
aliviaron la tensión social interjudía, y la patriotería hizo el resto. Aun-
que en los años setenta los judíos «orientales» descontentos crearan el
movimiento de las Panteras Negras, que participó con el Rakah en la
coalición electoral llamada Frente Democrático por la Paz y la Igual-
dad, esta alianza resultó efímera y las Panteras Negras no tardaron
en desintegrarse como movimiento político. El malestar social de los
judíos «orientales» no fue encauzado hacia una alianza de clase entre
los oprimidos palestinos y los oprimidos judíos, sino que los judíos
«orientales» fueron ganados por partidos confesionalistas como el
Shas o por la derecha nacionalista del Likud, que no les ofrecían me-
jora social alguna pero que se benefciaban del resentimiento que los
judíos «orientales» sentían por la «izquierda» sionista.
En los años setenta y ochenta surgió el movimiento pacifsta Sha-
lom ´Ajshav (Paz Ahora), contrario a la invasión del Líbano en 1982
y que organizó grandes manifestaciones en Tel Aviv contra esta guerra
y contra las matanzas de Sabra y Shatîla en septiembre de ese mismo
año. Shalom ´Ajshav representaba al ala izquierda del laborismo y a
la clase media ashkenazi más moderada, pero no cuestionaba el sio-
nismo; en realidad, gran parte de su preocupación era que las derivas
belicistas de la derecha sionista perjudicasen excesivamente a Israel.
Esto explica la actitud mucho menos pacifsta de esta organización
posteriormente, cuando las nuevas guerras de Israel se han emprendido
sin la existencia equilibradora de la URSS, con la connivencia total
con Estados Unidos y la complacencia tácita de la Unión Europea.
El movimiento mizrahí Ohalim (‘Tiendas de campaña’)
265
es un
grupo de activistas de los suburbios, que sostienen que la pobreza se
debe en parte a los gastos excesivos en asentamientos en los territorios
ocupados en 1967.
266
265
Referencia a las tiendas de campaña de los «campos de tránsito», de
infausto recuerdo, por los que pasaron los judíos «orientales» inmigrados.
266
Ilan Pappé, op. cit., p. 310.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 209
En los años ochenta, el periódico Hadashot intentó dar una visión
neutral e incluso crítica, alternativa a la versión ofcial y ofciosa sio-
nista imperante, pero no pudo sobrevivir a causa de problemas econó-
micos. El periódico hierosolimitano Qol ha-´Ir es el único periódico
hebreo con reportajes imparciales, es decir, radicales antisionistas
desde el punto de vista del israelí medio. Los periodistas de Ha-Aretz
Gideon Levy y Amira Hass han denunciado las violaciones de los
derechos humanos llevadas a cabo por los ocupantes israelíes en los
territorios ocupados en 1967.
Existe en Israel un movimiento de objeción de conciencia. Hay 650
objetores de conciencia en Israel. La organización Yesh Gvul (‘Hay
un límite’) no se opone a hacer el servicio militar, pero sí a servir en
los territorios árabes ocupados en 1967 y en el Líbano. En cambio,
la organización Nuevo Perfl se opone a cualquier participación en el
ejército. La estrella del pop israelí Aviv Gefen ha cantado canciones
antimilitaristas y se negó a realizar el servicio militar.
Existen también organizaciones como Coalición de Mujeres por una
Paz Justa, Gush Shalom, Ta´âyush (‘convivencia’ en árabe), Rabinos por
los Derechos Humanos, Centro de Información Alternativa, Anarquistas
contra el Muro, comités contra la tortura y la demolición de casas...
La ONG Yad be-yad (‘mano con mano’ en hebreo) ha fundado
escuelas para palestinos y judíos israelíes en Galilea, en las que se
esfuerzan por impartir una enseñanza bilingüe (en árabe y hebreo)
alternativa al segregacionismo del sistema educativo israelí, además
de tratar de aportar una visión que supere el estrecho nacionalismo de
una y otra parte.
267
En los años ochenta surgió un movimiento (minoritario) que se
podría califcar de post-sionista, que cuestionaba la versión ofcial
sionista y hacía hincapié en la limpieza étnica llevada a cabo por los
sionistas en 1948, así como en el trato infigido a los palestinos y otros
árabes; aunque este movimiento no alcanzó notoriedad hasta los años
noventa. En esta línea se puede encuadrar también al catedrático de
historia Shlomó Sand, autor de un polémico libro titulado ¿Cómo y
cuándo se inventó el pueblo judío?, publicado en 2008 y en el que
cuestiona los mitos fundacionales del sionismo, incluyendo el origen
hebreo de la mayoría de los judíos actuales.
267
Ibid., p. 400.
José F. Durán Velasco 210
Resumiendo, podría decirse que el cuestionamiento del sionismo
dentro del estado de Israel viene de seis elementos:
Los palestinos, encuadrados políticamente en el Rakah u otras 1)
organizaciones políticas.
Ciertos sectores de judíos «orientales», algunos de los cuales 2)
llegan a defnirse como «judíos árabes» o «árabes judíos», que
cuestionan la doctrina y la praxis sionistas. Entre ellos han des-
tacado los judíos iraquíes, tanto inmigrantes (Shimón Ballas,
por ejemplo) como la segunda generación nacida en el país: Ella
Shohat, Yehudá Shenhav... Sin ser exactamente antisionista,
también el movimiento Ohalim estaría en la línea de cuestiona-
miento del expansionismo sionista.
Elementos minoritarios de izquierda no sionista de origen ash- 3)
kenazi: Rakah, Matzpen, Anarquistas contra el Muro, etc.
Algunos intelectuales críticos, que cuestionan académicamente 4)
los mitos del sionismo, como los post-sionistas antes mencio-
nados. Israel Shahak incluso ha cuestionado los aspectos racis-
tas de la tradición judía que han servido como fundamento al
racismo israelí.
Militantes de organizaciones de derechos humanos y periodistas 5)
críticos.
Judíos religiosos antisionistas. 6)
Pero todo esto es muy minoritario. En el estado de Israel el con-
senso sionista ha sido absolutamente hegemónico desde la extrema de-
recha hasta el ala más «izquierdista» del sionismo. Incluso el Mapam y
su continuación actual, el Meretz, que podrían considerarse el ala más
izquierdista del sionismo, siempre han sacrifcado el internacionalismo
y el socialismo en aras del sionismo; aunque proclamaran su solidari-
dad con causas ajenas y lejanas como el Vietnam, no han cuestionado
en nada fundamental el consenso sionista. Todos los partidos que han
participado en el gobierno son sionistas, y los partidos que no lo son
son «apestados» políticos condenados a la marginalidad.
Del mismo modo que a la burguesía le vino bien sustituir la lucha
de clases por la lucha de razas y el paraíso comunista por el edén ario,
la burguesía israelí se benefcia igualmente de sustituir la lucha de
clases por el mito de la tierra prometida y la psicosis persecutoria. Con
ello consigue reprimir a las clases desfavorecidas, enfrentar a unos
elementos desheredados (el proletariado judío mizrahí, por ejemplo)
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 211
con otros elementos aún más desheredados (los palestinos, sean ciu-
dadanos israelíes o de los territorios ocupados en 1967), desviar hacia
fuera todas las tensiones...
Hay tres razones por las que la clase dominante israelí no tiene
deseos de hacer la paz con los palestinos y sus vecinos:
El día que Israel hiciera la paz con los árabes, se habría de enfrentar 1)
a los problemas internos interjudíos, tanto de clase como étnicos, lo
que signifcaría solucionarlos de manera razonable o exponerse a
una implosión interna. Por eso a la clase dominante sionista nunca
le ha interesado realmente la paz con los árabes,
268
porque el con-
ficto contra los árabes es la base de su poder y lo que garantiza que
sus súbditos estén quietecitos y obedientes, por aquello de que si
no lo están llegarán los ejércitos árabes y acabarán con los judíos, o
los «peligrosos terroristas palestinos» asesinarán israelíes a granel.
El miedo y el odio a «los árabes» facilita la «cohesión social» y la
aceptación de las desigualdades entre los propios judíos.
269

El estado de Israel es una entidad artifcial, sostenida desde fuera 2)
por Estados Unidos, no sólo política y militarmente sino tam-
bién económicamente. Si no fuera así, debería integrarse en el
Oriente Medio como un país normal, debería renunciar a su alto
nivel de vida (que está por encima de sus posibilidades como
país) y su clase dominante perdería mucho dinero y poder. Así
que la clase dominante israelí prefere mantener su condición de
macrobase militar al servicio de Estados Unidos y el conficto
interminable con los árabes y hasta con Irán. En realidad todo
268
Lo que no excluye buscar armisticios duraderos con regímenes árabes
represivos y reaccionarios como el Egipto de Sadat, los monarcas jordanos, la
derecha maronita libanesa o incluso cualquier dirigente palestino aspirante a
carcelero de su propio pueblo. Tampoco se excluyen las retiradas territoriales
de cierta magnitud si eso permite asegurar otras conquistas más importantes,
tal como ocurrió con la devolución del Sinaí a Egipto por parte de Menahem
Begin, pues esa concesión era necesaria al estado sionista para asegurar la
ocupación sobre los demás territorios ocupados en 1967. En 1981, dos años
después de Camp David, Israel se anexionó ofcialmente el Golán sirio, y en
1982 emprendió la invasión del Líbano.
269
Aquí se cumple una vez más el adagio de que un pueblo no se puede
liberar en tanto que domine a otro. El enemigo de un pueblo nunca es otro
pueblo, sino otra clase.
José F. Durán Velasco 212
se basa en algo tan sencillo como esto: la economía israelí es
absolutamente dependiente de Estados Unidos.
Hay enormes intereses creados en la ocupación y el militarismo. 3)
Se supedita el gasto social al militarismo y a un desmesurado
gasto militar, lo que provoca una desenfrenada carrera de ar-
mamento y una peligrosa dinámica belicista. Existe también
un enorme sector de la construcción (economía del ladrillo)
que produce grandes benefcios a empresarios constructores a
costa de la expoliación de los palestinos, de los problemas de
vivienda de los judíos pobres
270
y de salarios miserables para los
trabajadores que no son ciudadanos israelíes.
Los grandes benefciarios de todo esto son los colonos y la clase alta
israelí. Dentro de esta última se pueden diferenciar tres elementos:
La alta burguesía. 1)
La burocracia del estado, de la Histadrut y del laborismo. 2)
Los altos mandos militares vinculados a la empresa privada: Her- 3)
zog o Dayán. Dan Halutz, jefe del Estado Mayor israelí durante
la guerra del verano del año 2006, poco antes de desencadenar el
ataque se fue a vender sus acciones en bolsa sabiendo que iban a
bajar como consecuencia del inicio de la contienda.
271
Los grupos de presión prosionistas tienen un papel decisivo en la
política sionista del estado de Israel. Téngase en cuenta que los «prois-
raelíes» extranjeros, que lo son fundamentalmente por consideraciones
colonialistas y arabófobas, o por fanatismo religioso (judío o cristiano-
sionista), pueden permitirse el lujo de apoyar una política de odio y
270
No les falta razón a los mizrahíes del movimiento Ohalim, pues los gas-
tos en asentamientos son enormes y los colonos son unos privilegiados, que
disfrutan de un bienestar del que carecen los habitantes de los barrios humil-
des israelíes. Y cuando se ha desmantelado alguno de estos asentamientos, los
colonos han recibido indemnizaciones millonarias a costa del erario público,
mientras que los gastos sociales israelíes son comparativamente irrisorios.
271
Los militares neoliberales lo que buscan es hacer dinero y aun en activo
en el ejército preparan sus negocios para después o para ya mismo, en el trá-
fco de armas o la venta de sistemas de seguridad a dictaduras o dictocracias
bananeras o narcotrafcantes.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 213
belicismo cuyas terribles consecuencias las padecerán otros. Para ellos
Israel no es un fn sino un medio, y los israelíes como personas les
importan no mucho más que los árabes. La mayoría de los proisraelíes
son derechistas y su apoyo a Israel se relaciona con consideraciones
de política imperialista y colonialista.
Todo esto impulsa a los gobernantes israelíes a una política contraria
a la paz con los palestinos, los pueblos árabes vecinos e Irán, sin impor-
tarles no sólo los terribles daños infigidos a sus enemigos sino tampoco
el daño que sufrirán los propios israelíes. Tal como escribió el ministro
surafricano de servicios secretos, Ronnie Kasrils, unos días después del
alto el fuego entre el estado de Israel y Hizbullâh en agosto de 2006:
Bombardeando Beirut, los dirigentes israelíes sabían que habría
represalias, igual que cuando ordenan asesinatos selectivos para provo-
car una reacción y sabotear negociaciones que no desean. Para ellos, el
terror de sus propios ciudadanos, huyendo hacia el sur o escondiéndose
en sus refugios, es una parte aceptable de sus cínicos cálculos. Como ob-
servaba la militante pacifsta israelí Tanya Reinhart: «Para la dirección
militar israelí, no sólo los libaneses y los palestinos, sino también los
propios israelíes, son meros peones de una gran visión guerrera».
272
El pacifsmo israelí se ha visto muy mermado por el hecho de que
el antisionismo sea muy minoritario. Mientras que contra la guerra de
1982 hubo movilizaciones enormes en Tel Aviv y llegó a haber ma-
nifestaciones de 400.000 personas, contra la represión en Cisjordania
y la Franja de Gaza y contra la guerra de 2006 se movilizaron en Tel
Aviv las cinco mil personas de siempre.
273
Esto hace evidente la necesidad de una des-sionización de Israel,
en benefcio de los palestinos, los árabes, todos los pueblos de Oriente
Medio y de los propios judíos israelíes.
272
Gilbert Achcar y Michel Warschawski, La guerra de los 33 días. Israel
contra Hezbolá en el Líbano y sus consecuencias (Barcelona: Icaria, 2007),
p. 94.
273
Ibid., pp. 87-88.
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Capítulo
4
Los árabes y el nacionalismo
árabe


Las metamorfosis de la identidad árabe
La primera mención del nombre de los árabes data del siglo IX a.C.
para referirse a las tribus del norte de la península Arábiga. Existen dos
teorías sobre la etimología de este etnónimo:
1

Según algunos, el nombre provendría del topónimo para la de- 1)
presión al sur del mar Muerto, conocida como ´Araba, de allí se
extendería a los habitantes del norte de Arabia.
Según otra teoría, el nombre provendría de una raíz semítica 2)
para «mezcla desordenada», que las poblaciones sedentarias del
Creciente Fértil pudieron aplicar a los nómadas árabes; despec-
tivo en su origen, pudo ser orgullosamente aceptado por los
propios árabes, pues lo que en boca de los sedentarios se enten-
día como «caos» tribal frente al «orden» estatal, los árabes lo
pudieron interpretar como libertad frente a la sumisión estatal.
Por extensión, los persas de la época aqueménida y los griegos
llamaron Arabia a toda la península Arábiga, más como un término
geográfco que como un término étnico.
Los habitantes de Arabia no eran étnicamente homogéneos, los no-
rarábigos eran una etnia diferente de los surarábigos. Aunque unos y
1
Maxime Rodinson, Los árabes (Madrid: Siglo XXI, 1991), p. 18.
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José F. Durán Velasco 216
otros hablaban idiomas semíticos, originariamente sólo los norarábigos
hablaban árabe, los surarábigos hablaban un idioma diferente (cono-
cido como himyarí en árabe), más relacionado con las lenguas etiópi-
cas que con el árabe. Además, el sur de Arabia poseía una economía
agrícola con un impresionante sistema hidráulico y una civilización
urbana que no tenía nada que ver con «los árabes» del norte.
Las genealogías árabes de comienzos de la edad media hacían
de los surarábigos, llamados qahtâníes o yemeníes, «los verdaderos
árabes» (´âriba, ´arbâ`), frente a los norarábigos, conocidos como
´adnâníes, qaysíes o mudaríes, que serían «arabizados» (muta´arriba,
musta´riba),
2
pues se les suponía descendientes de Ismael, el hijo de
Abraham, llegado a Arabia más tarde que los qahtâníes. Esto signifca
que, según esta genealogía, infuida por la tradición bíblica judeo-
cristiana, los únicos árabes ismaelitas eran los qaysíes.
La progresiva desertización del sur de Arabia provocó la nomadi-
zación y la emigración de muchos qahtâníes hacia el norte. Los reinos
árabes asentados en las proximidades del Creciente Fértil al fnal de
la antigüedad y comienzos de la edad media, los de los gassaníes y
los lajmíes, eran de origen surarábigo. Las tribus no judías de Medina
eran también qahtâníes, a pesar de que Medina se encontraba más al
norte que La Meca, poblada por qaysíes. Por otra parte, los yemeníes
progresivamente fueron infuidos por los norarábigos, hasta el punto
de que en la época en la que apareció el islam, el Yemen estaba ya en
vías de asimilación lingüística y la lengua himyarí estaba en retroceso,
fenómeno que se aceleró mucho con la islamización.
Las conquistas árabe-islámicas de los siglos VII y VIII supusieron la
emigración de muchos árabes a los países conquistados y la arabiza-
ción de muchos de estos países. A lo largo de muchos siglos, el árabe
fue la principal lengua de alta cultura del mundo islámico, incluida el
área cultural persa del islam.
Durante la época omeya (661-750) los conquistadores árabes man-
tuvieron una posición de preeminencia sobre los conquistados.
3
En
2
Esta palabra (musta´rab o musta´rib) será la misma que en la península
Ibérica se aplicará a los cristianos arabizados y que pasó al castellano como
‘mozárabe’. También más tarde se aplicó a los judíos de lengua árabe en con-
traposición a los judíos de lengua española (sefardíes).
3
Los árabes utilizaban el nombre de paternidad (Abû, ‘padre’, o Umm,
‘madre’, seguido del nombre del hijo mayor) conocido como kunya, tanto o más
que el nombre propio, costumbre común todavía hoy en algunos países árabes
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 217
esa época los árabes cristianos no pagaban tributos como la ÿizya, que
en cambio se obligaba a pagar a los no árabes islamizados. El imperio
omeya, aunque musulmán, fue más un imperio árabe que islámico,
lo que despertó grandes resentimientos entre los conquistados, espe-
cialmente los persas, que recordaban sus viejas glorias imperiales y el
esplendor de su civilización preislámica. Pero a partir de la revolución
que derrocó a los omeyas e instauró a los ´abbâsíes, los árabes per-
dieron la posición de privilegio dentro de un estado cuya ideología
justifcadora era el islam sunní, no la arabidad.
A partir de entonces habría dos tipos de árabes:
Los beduinos, 1)
4
que eran considerados los árabes por excelencia.
Árabes por genealogía, 2)
5
aunque ni vivieran en Arabia ni fueran
beduinos.
(por ejemplo entre los palestinos); en la época omeya, este hábito onomástico se
convirtió en distintivo de superioridad sobre los conquistados no árabes, de ahí
que el término árabe kunya haya pasado al castellano como la palabra ‘alcurnia’.
Una vez los árabes perdieron la posición privilegiada, la kunya se mantuvo entre
algunas poblaciones de lengua árabe pero sin ningún sentido de «alcurnia» ni
privilegio. Téngase en cuenta que en al-Ándalus la preeminencia árabe duró
más que en Oriente Medio porque una rama exiliada de los omeyas consiguió
instaurar un emirato omeya en al-Ándalus y más tarde incluso restauró durante
un siglo un califato omeya. Todavía en el siglo XI, en al-Ándalus las familias de
origen árabe miraban con aire de superioridad a los demás. Sin embargo, no hay
que entender ese orgullo como sentido de «pureza racial», pues las genealogías
árabes eran puramente agnáticas (es decir, puramente patrilineales) y las madres
podían ser de orígenes variadísimos. Todos los emires y califas omeyas de al-
Ándalus fueron hijos de madres esclavas de origen no árabe, lo que no impedía
que los omeyas andalusíes se consideraran puramente árabes, ya que en las
genealogías patrilineales el origen de las madres era irrelevante.
4
No todos los beduinos eran musulmanes. En lo que hoy es el territorio
de los estados de Jordania y Siria han existido hasta la actualidad tribus be-
duinas cristianas.
5
No todos los que se atribuían un origen genealógico árabe eran musul-
manes, ni en la edad media ni en la actualidad, pues no faltaban los cristianos
que se atribuían un origen árabe preislámico, sobre todo entroncado con los
gassâníes, reyes árabes de Siria antes del islam. La familia Ma`lûf (a la que
pertenece el famoso escritor libanés en lengua francesa Amin Maalouf) se
atribuye un origen gassânî. En al-Ándalus también pretendían descender de
los gassâníes los cristianos de lengua árabe dueños de dos fortalezas cerca de
Viseo (en el actual Portugal) en el siglo XI.
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José F. Durán Velasco 218
A los arabizados que no se atribuían una genealogía árabe (real o
fcticia)
6
no se les consideraba árabes. Sin embargo, con el tiempo, a la
población arabófona musulmana, descendiente de árabes y arabizados,
se la conoció como «hijos de los árabes» (en árabe awlâd al-´arab o
abnâ` al-´arab). Los arabófonos aplicaban el término ‘árabe’ cada vez
más exclusivamente a los beduinos y de manera despectiva.
7
En cualquier caso, la identidad étnica se volvió irrelevante polí-
ticamente en estados imperiales cuya ideología era confesional. Ni
el idioma ni el patriotismo geográfco eran políticamente relevantes,
nada parecido siquiera a un proto-estado-nación. Las élites políticas de
estos imperios eran completamente multiétnicas: los sultanes fueron
kurdos,
8
turcos o circasianos.
El imperio mameluco, que gobernó Egipto y Siria de 1250 hasta
1517, estuvo gobernado por sultanes de origen esclavo, primero turcos
qipchaq y luego circasianos.
El imperio otomano no fue un «imperio turco» sino un imperio
cuyo nombre remite a la familia reinante, de origen turco, pero cuya
élite política era tan multiétnica o más que las de los imperios musul-
manes que lo habían precedido.
Hasta comienzos del siglo XX se daba la paradoja de que «turco»
en boca de los urbanitas de lengua turca de Istambul se refería no a
ellos mismos sino sobre todo a «los paletos de Anatolia». Por su parte,
«árabes» en boca de los urbanitas de lengua árabe de Egipto y el Cre-
6
Aunque los árabes perdieran la posición privilegiada con el derrocamiento
de los omeyas el año 750, no perdieron tan pronto el prestigio social. Por ello,
muchos no árabes se inventaron genealogías árabes para atribuirse un origen
prestigioso. Es divertida la anécdota del poeta Abû Tammâm (siglo IX), que
sólo consiguió cubrirse de ridículo cuando se inventó una linajuda prosapia
árabe, cuando todos sabían que su padre había sido un tabernero cristiano no
árabe de Damasco.
7
El beduino en la cultura árabe ha tenido una posición ambivalente; por
un lado, literariamente era el modelo de virtudes heroicas idealizadas (genero-
sidad, hospitalidad, nobleza...) y su posición de libertad frente al poder estatal
era admirada y envidiada por quienes estaban sometidos a poderes sultánicos,
pero por otra parte, en la vida real, era despreciado por los sedentarios como
«salvaje» al margen de la «civilización».
8
El famoso sultán Saladino, fundador de la dinastía ayyûbí (1171-1250),
era kurdo. También parece haber sido kurdo Shafî ad-Dîn, en quien tuvo su
origen la dinastía safaví que gobernó Irán en la edad moderna.
Libro5_bosforo.indd 218 27/8/09 18:53:17
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 219
ciente Fértil era sobre todo un término despectivo para referirse a los
beduinos y no solían aplicárselo a sí mismos.
La población de lengua turca era turca para los no hablantes de
turco; igualmente, los que no hablaban árabe llamaban «árabes» a los
que hablaban árabe. Para los hablantes de árabe, los hablantes de turco
eran «turcos», mientras que para los hablantes de turco, los hablantes
de árabe eran «árabes».
Pero muchas veces, «turcos» en boca de los cristianos balcánicos
y europeos era un término más confesional que etno-lingüístico, refe-
rido a los musulmanes en general. «Hacerse turco» era sinónimo de
«hacerse musulmán».
En Hispanoamérica se llamó «turcos» a los emigrantes sirios
9
(la ma-
yoría de ellos cristianos) llegados a fnales del siglo XIX y comienzos del
siglo XX, cuando Siria era aún parte del imperio otomano («turco»).
Es la desintegración del imperio otomano lo que produjo simultánea-
mente la emergencia del nacionalismo turco y del árabe. Al desintegrarse
el espacio político tradicional, las poblaciones de lengua turca y árabe de
lo que había sido este imperio buscaron en el nacionalismo la ideología
y el proyecto político que sustituyera a los arruinados otomanismo
10
y
panislamismo,
11
a fn de hacer frente a la dominación imperialista.
9
Hasta la taifzación posterior a la primera guerra mundial llevada a cabo
por los colonialistas británicos y franceses, Siria era un término geográfco
que abarcaba los territorios que hoy políticamente se encuentran divididos
entre Líbano, Siria, Israel, Cisjordania, Franja de Gaza, Jordania y algunas
regiones de Turquía limítrofes con el estado sirio.
10
El otomanismo buscaba crear un «patriotismo otomano» supraétnico y
supraconfesional entre los ciudadanos del imperio otomano; en consecuencia,
el otomanismo se derrumbó con el imperio otomano tras la derrota de este en
la primera guerra mundial.
11
El panislamismo pretendía unir a los musulmanes y veía en el sultán oto-
mano al califa del islam. Esta ideología califal otomana era de cuño reciente,
basada en el relato apócrifo según el cual, en 1517, el último califa ´abbâsí del
Cairo habría transferido sus derechos califales al sultán otomano vencedor de
los sultanes mamelucos. Esta ideología se difundió mucho en el siglo XIX. El
panislamismo recibió en 1924 un golpe mortal con la abolición del califato
por Atatürk y la instauración de una república laica en Turquía. Esta abolición
del neocalifato otomano en 1924 causó muchísima más consternación en el
mundo musulmán (sunní) que la abolición del casi milenario califato ´abbâsí
por los otomanos cuatro siglos antes.
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José F. Durán Velasco 220
La nueva ideología nacionalista árabe surgió y se difundió preci-
samente en los territorios árabes de Asia que habían sido otomanos.
Implicaba la idea de que todos los arabófonos eran árabes y pasaban
a llamarse y considerarse como tales. En principio se trataba de los
árabes de Asia, sólo más tarde se extendió la idea de la arabidad y el
panarabismo a Egipto y el Mágreb.
Esto, como veremos, no fue tan sencillo, porque la arabidad lin-
güística y cultural de las poblaciones, al adquirir un contenido político
nacionalista, se complicaba con proyectos políticos variados y con-
tradictorios de carácter confesional y con los intereses de las distintas
clases sociales y los regímenes de cada estado constituido.
Las minorías en el mundo árabe: las minorías árabes
no musulmanas, las minorías musulmanas no árabes,
las minorías que no son ni árabes ni musulmanas
y las minorías árabes musulmanas no sunníes
En el mundo árabe hay minorías no musulmanas, minorías musulma-
nas no árabes y minorías que no son ni árabes ni musulmanas.
Entre las minorías no musulmanas las más importantes son las mi-
norías cristianas de Egipto y el Creciente Fértil, a su vez muy diversif-
cadas en sectas y ritos muy diversos. La pluralidad de iglesias tiene su
origen en diversidades étnicas
12
y en los cismas que se remontan a los
12
La iglesia copta se confguró como iglesia independiente expresando el
rechazo del pueblo egipcio a la dominación greco-romana de Roma y Cons-
tantinopla. El idioma litúrgico de esta iglesia es el copto, fase fnal del idioma
egipcio. Aunque en la edad media los coptos se arabizaron y abandonaron el
copto, esta lengua se mantuvo como lengua litúrgica de la iglesia copta; en la
actualidad, los cristianos coptos tienen oraciones en copto y árabe.
En Siria, al lado de la iglesia melkita (cuyo idioma litúrgico era el griego)
surgieron dos iglesias siriacas: la maronita y la jacobita, cuya lengua litúrgica
era el siriaco. Fueron la expresión del particularismo arameo frente a las élites
urbanas de lengua griega de la época bizantina; sin embargo, en Siria, donde
el helenismo había sido más fuerte que en Egipto y donde la explotación del
estado romano no fue tan grande, el melkismo tuvo muchos más adeptos y no
desapareció tras la conquista árabe-islámica como en Egipto.
En Mesopotamia, la iglesia nestoriana era una iglesia de lengua siriaca y
su divergencia sectaria con la melkita garantizaba al imperio persa sasánida la
fdelidad de sus súbditos cristianos y que no tuvieran la tentación de conver-
tirse en la quinta columna del poder imperial cristiano romano.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 221
primeros concilios ecuménicos de la cristiandad. Cuando llegó el islam,
los cristianos de Egipto y el Creciente Fértil se dividían en tres sectas:
Melkitas (de 1) melek, ‘rey’ en arameo, pues eran los cristianos
seguidores de la religión ofcial del imperio romano). Muy nu-
merosos en Siria.
Monofsitas, que rechazaban las decisiones del concilio de Cal- 2)
cedonia del año 451 (llamado por los monofsitas «el concilio
de los necios») y afrmaban que Cristo sólo tenía una naturaleza,
la divina. Eran mayoría en Egipto (los coptos son monofsitas) y
muy numerosos en Siria (donde se les conocía como jacobitas,
por el nombre de Jacobo Baradai).
Nestorianos, que rechazaban las decisiones del concilio de 3)
Éfeso del año 431 y afrmaban que la virgen María había sido
madre de Cristo pero en ningún caso de Dios. Eran la mayoría
de los cristianos de Mesopotamia.
Pero, más tarde, la diversidad de iglesias llegó a ser aún mayor.
Una rama (siriaca y en principio monotelita) de los melkitas dio lugar
a la iglesia maronita; posteriormente la propia iglesia melkita tuvo un
cisma y los melkitas se dividieron en ortodoxos y católicos. Aunque en
principio la presencia católica era inexistente en Oriente Medio, con
las cruzadas se constituyó una pequeña iglesia católica de rito latino
en Siria; también en la época de las cruzadas, los maronitas, sin renun-
ciar a sus ritos y organización eclesiástica autónoma, se catolizaron y
reconocieron al papado de Roma. En la edad moderna, cada una de las
otras iglesias no católicas tiene una rama unida a Roma:
Los melkitas católicos (también llamados greco-católicos) 1)
13
frente
a los melkitas ortodoxos (también llamados greco-ortodoxos).
14
13
Los melkitas católicos tienen su origen en los melkitas ortodoxos que
se pasaron al catolicismo en el siglo XVII, pero esto ocurrió en el medio rural y
no en las ciudades, debido al apoyo otomano a la iglesia ortodoxa ofcial. Por
ello, en el Líbano había greco-católicos en ciudades de segundo orden como
Tiro, Sidón y sobre todo Zahla, pero abundaban sobre todo en el campo, en
las comarcas del sur del Líbano y al pie del Antilíbano.
14
Pertenecientes a la misma iglesia ortodoxa que Grecia, Bulgaria, Ru-
manía, Serbia, Rusia, etc.
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José F. Durán Velasco 222
Los sirio-católicos frente a los sirio-ortodoxos 2)
15
(jacobitas).
Los caldeo-católicos frente a los nestorianos. 3)
Los copto-católicos frente a los coptos ortodoxos. 4)
16

Cuando se produjeron las conquistas árabe-islámicas y la incor-
poración de estos cristianos al mundo islámico, la mayoría de ellos
no eran árabes, aunque había árabes cristianos en Siria y Mesopota-
mia. De los árabes cristianos, unos lucharon del lado de los árabes
musulmanes y otros del lado de sus correligionarios bizantinos.
17
La
arabización fue muy rápida entre las poblaciones cristianas urbanas
de Siria y Mesopotamia, facilitada por la similitud entre las lenguas
aramea y árabe. El hecho de que la mayoría de los escribas de Siria
y Egipto durante mucho tiempo fueran cristianos y a partir de fnales
del siglo VII el árabe se convirtiera en la lengua ofcial de la burocra-
cia obligó a estos infuyentes escribas a dominar perfectamente el
árabe. Entre los siglos VIII y IX, los cristianos sirios e iraquíes, bilin-
gües (siriaco
18
y árabe) o trilingües (griego, siriaco y árabe), fueron
la mayoría de los traductores de la ciencia y la flosofía griegas al
árabe, a veces directamente del griego pero más frecuentemente a
través del siriaco. Al fnal de la edad media el copto había desapa-
recido por completo (salvo como idioma litúrgico). En la actuali-
15
El término ‘ortodoxo’ es el nombre ofcial actual de la iglesia e indica
su idea de profesar la doctrina cristiana correcta, pero los «sirios ortodoxos»
no tienen nada que ver con lo que en Occidente conocemos como «iglesia
ortodoxa».
16
El nombre ofcial de la iglesia monofsita egipcia es «iglesia ortodoxa
copta» (en árabe al-kanîsa al-urtûdûksiyya al-qibtiyya), pero es un nombre
convencional que indica la pretensión de estar en posesión de la doctrina cris-
tiana genuina, no pertenencia a «la iglesia ortodoxa» griega o rusa.
17
El último soberano gassâní, Ÿabala ibn al-Ayham, se refugió en Ana-
tolia con muchos árabes cristianos cuando se produjo la conquista de Siria
por los musulmanes. Pero fueron muchos más los árabes cristianos que per-
manecieron y los árabes cristianos que combatieron del lado de los árabes
musulmanes contra bizantinos y persas.
18
El siriaco es una variedad del arameo. Con la cristianización, ‘arameo’
se convirtió en sinónimo de ‘pagano’ y los cristianos sustituyeron el nombre
de arameo por el de sirio o siriaco. El siriaco es el arameo literario de los
cristianos arameos, basado en el habla de la ciudad de Edesa (actualmente
en Turquía).
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 223
dad hablan arameo los habitantes de tres localidades de Siria
19
y los
cristianos jacobitas y nestorianos del norte de Mesopotamia y las
montañas del Kurdistán.
20

En Yemen, Iraq, la Gran Siria, Egipto, Libia, Túnez, Argelia y
Marruecos vivían comunidades judías, la mayoría de ellas de lengua
árabe. Los judíos del Yemen descendían fundamentalmente de yeme-
níes judaizados y sus compatriotas musulmanes los tenían por puros
árabes qahtâníes. En Siria se refugiaron las tribus árabes judías de
Medina expulsadas por Muhammad. Pero en su mayor parte, las po-
blaciones judías de lengua árabe tenían su origen en poblaciones no
árabes arabizadas a partir de la conquista árabe-islámica.
En Palestina, concretamente en Nablus,
21
existe una reducidísima
minoría samaritana, pequeño remanente de los samaritanos de la anti-
güedad y de los samaritanos que todavía en la edad media eran mucho
más numerosos y tenían comunidades dentro y fuera de Palestina. Los
samaritanos son de lengua árabe, arabizados desde la edad media.
De las minorías musulmanas no árabes las más importantes demo-
gráfcamente son dos: los kurdos y los bereberes.
Los kurdos son especialmente numerosos en Iraq, donde cons-
tituyen la mayoría de la población de algunas regiones septentrio-
nales. También hay minorías kurdas mucho menores en Siria
22
y el
Líbano.
Los bereberes son muy numerosos en Marruecos, donde quizás
constituyan el 40% de la población. También son muchos en Argelia,
donde pueden constituir una tercera parte de la población y son mayo-
ritarios en la Cabilia, el Awrés y el Sáhara. En cambio son una minoría
mucho menor en Libia y hay muy pocos en Túnez. En el desierto
sahariano de Egipto existen algunos oasis bereberes, el más importante
de ellos es el de Siwa.
19
El más importante de los cuales es Ma´lûla, habitado por cristianos mel-
kitas ortodoxos y cristianos melkitas católicos. Las otras dos localidades son
dos aldeas mucho menores en las proximidades de Ma´lûla, cuyos habitantes
son musulmanes.
20
En esta zona también hablaban arameo los llamados «judíos del Kur-
distán».
21
En 1948 una parte de ellos se fue de Nablus y se estableció en Holón,
dentro del estado de Israel; los samaritanos de Holón en la actualidad hablan
hebreo.
22
El presidente del Partido Comunista Sirio, Jâlid Bagdâsh, es kurdo.
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José F. Durán Velasco 224
Minorías musulmanas no árabes menores son los circasianos, los
turcos y turcomanos y los «iraníes».
23
Los circasianos se establecieron en esas tierras en la época del impe-
rio otomano, cuando este imperio acogió como refugiados a la mayoría
de los circasianos musulmanes que huían de la expansión imperial rusa.
Las minorías circasianas más importantes se encuentran en los estados
de Siria y Jordania. En Jordania están muy vinculados a la monarquía.
En Israel viven unos cinco mil circasianos, que no se han identifcado
políticamente con los árabes palestinos sino con el estado israelí, en
cuyo ejército sirven y en el que existe una brigada circasiana.
Antes de la primera guerra mundial la presencia turca en Alepo y
las ciudades del norte de Iraq era considerable (en Kirkuk eran turcas
las tres cuartas partes de la población), lo que explica las pretensiones
de Turquía de anexionarse el norte de Iraq. Los turcos urbanos sirios e
iraquíes mantienen el idioma turco como lengua familiar, aunque están
en vías de arabización. La minoría turca iraquí, antes de que el Ba´t
se hiciera con el poder, tuvo un papel importante en la política iraquí,
lo que era una continuación del papel directivo de los turcos anterior-
mente; el general Bâqir Sidqî, partidario del «nacionalismo iraquí»,
estaba fascinado por la experencia kemalista en Turquía.
23
En Iraq, en virtud de la ley de ciudadanía de 1924, sólo se reconocía
como ciudadanos iraquíes a aquellos habitantes de Iraq que antes habían sido
ciudadanos otomanos; esto suponía excluir a muchas tribus, familias y aldeas
que para eludir el servicio militar se habían registrado como súbditos iraníes.
Aunque muchas de estas personas eran puramente árabes o de origen iraní
pero arabizadas, fueron excluidas de la ciudadanía iraquí y consideradas como
residentes «iraníes». Conviene saber que la mayoría de estas personas eran de
religión musulmana chií. La ley se aplicó con especial inhumanidad durante
los gobiernos de ´Ârif (anticomunista y enemigo del chiismo) y Saddâm Hu-
sayn, quien llegó a expulsar a Irán a un cuarto de millón de iraquíes «iraníes»
durante la guerra irano-iraquí (1980-1988); estos iraquíes se sintieron como
extraños en Irán y, a pesar de la presencia de los servicios secretos iraníes que
los vigilaban, muchos de ellos se manifestaban a favor de Saddâm, con la es-
peranza de que este les permitiera repatriarse. El caso de los iraquíes «iraníes»
es uno de los más expresivos de cómo la estatolatría, con sus famantes nuevas
fronteras y su sagrada «identidad nacional», puede vulnerar los derechos de
las personas, cómo el estado-nación se coloca por encima de los habitantes
del país y el poder decide incluso qué habitantes del país serán ciudadanos
y quiénes no tendrán siquiera derecho a ser ciudadanos del país donde han
nacido o del que son originarios.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 225
Más numerosos aún que los turcos urbanos son en Iraq los turco-
manos, que viven en el norte del país. Pero desde la invasión de Iraq
en 2003 por los Estados Unidos, los turcomanos (igual que los árabes
y otras minorías del Kurdistán iraquí) están sometidos a los intentos de
limpieza étnica por parte de los nacionalistas kurdos colaboracionistas,
que gozan de la tolerancia de los invasores.
Entre las minorías no árabes y no musulmanas la más numerosa
es la de los habitantes no árabes y no musulmanes del sur de Sudán.
24

Entre las minorías menores destaca la armenia, pero también han exis-
tido y existen otras minorías, como los judíos sefardíes, los judíos
bereberes, los judíos kurdos,
25
los yazidíes,
26
los mandeos…
27

Los armenios ya estaban presentes en la Gran Siria en la edad
media,
28
pero el establecimiento de minorías armenias considerables
en los actuales estados de Siria y el Líbano fue a raíz de la primera gue-
rra mundial, cuando los armenios fueron deportados por las autorida-
des otomanas para evitar que se convirtieran en la quinta columna del
avance ruso. En el curso de estas deportaciones se produjeron terribles
matanzas de armenios,
29
y los supervivientes se establecieron en los
24
El tercio meridional de Sudán está habitado por poblaciones que no son
ni árabes ni musulmanas, de lenguas nilóticas y religión animista o cristiana.
25
Kurdos por el país, el medio tribal y posiblemente en gran parte por el
origen, pero de lengua aramea, no kurda.
26
Kurdos seguidores de una religión sincrética en la que el islam sólo ha
hecho una aportación más en una mezcolanza única en la que predominan
los elementos de otro origen. Aunque por su lengua y otras características se
les puede considerar como kurdos, su peculiaridad religiosa es tan fuerte que
constituyen un grupo a la vez dentro y fuera del conjunto kurdo.
27
El mandeísmo es una religión aparte, fruto de un sincretismo de ele-
mentos gnósticos, mesopotámicos, iranios, judíos y cristianos. Se ha llamado
a los mandeos «adoradores de la estrella Polar» por la importancia que ese
astro tiene en su culto, también se les ha llamado «cristianos de San Juan
Bautista», nombre del todo inadecuado, pues si bien el mandeísmo otorga una
gran importancia a San Juan Bautista y le atribuye un alto rango, considera a
Jesucristo como un impostor deformador de las doctrinas de Juan. Los man-
deos hablan un dialecto arameo propio.
28
La ciudad vieja de Jerusalén se divide en cuatro barrios: el barrio mu-
sulmán, el barrio cristiano, el barrio judío y el barrio armenio. Nótese que, a
pesar de que los armenios eran cristianos, tenían un barrio propio, aparte del
de sus correligionarios autóctonos.
29
Es una cuestión muy controvertida si puede hablarse de «genocidio» o no,
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José F. Durán Velasco 226
mandatos franceses de Siria y Líbano, estados de los que se hicieron
ciudadanos sin renunciar a su identidad étnica armenia.
En un mundo árabe mayoritariamente sunní, los árabes musulma-
nes no sunníes también se pueden considerar minorías. Este es el caso
de los jâriÿíes y los chiíes.
Los jâriÿíes son mayoritarios en Omán, donde las tres cuartas par-
tes de la población son jâriÿíes. En Argelia hay una minoría jâriÿí en
los oasis saharianos de Mzâb, en Túnez en la isla de Ÿerba y en Libia
en la región de Ÿabal Nafûsa.
pues no está claro que las autoridades otomanas tuvieran realmente intenciones
genocidas. Sin embargo, la magnitud de la deportación, en invierno, a través
de montañas llenas de nieve, sin el avituallamiento necesario, provocaron un
inmenso número de muertes por hambre y frío. Añádase a eso las matanzas
llevadas a cabo por musulmanes que los odiaban por una mezcla de fanatismo
religioso y ver en ellos colaboracionistas con el enemigo ruso. Los soldados oto-
manos estaban en el frente y las labores de policía en las deportaciones fueron
realizadas frecuentemente por delincuentes y criminales sacados de las cárceles,
con el comportamiento que se puede imaginar. En cualquier caso, la mayoría de
los musulmanes que llevaron a cabo las matanzas no fueron turcos sino kurdos,
pues la mayoría de las rutas de deportación fueron a través del Kurdistán y entre
armenios y kurdos existía una rivalidad tradicional entre agricultores y pastores.
Ni siquiera los historiadores nacionalistas turcos medianamente serios niegan la
terrible magnitud del número de las víctimas armenias (que pudo sobrepasar el
millón), pero replican que el número de musulmanes (turcos o kurdos) muertos
durante la primera guerra mundial en Anatolia oriental fue igual o superior al
de armenios muertos. A eso habría que añadir que durante la primera guerra
mundial decenas de miles de árabes de la Gran Siria fallecieron de hambre sin
que fueran deportados, lo que puede dar idea de las terribles condiciones de esos
años y de que no fueron los armenios los únicos que sufrieron lo indecible. Otra
cuestión es a quién correspondería la responsabilidad del genocidio: el imperio
otomano no era un «imperio turco», por lo que endosar la herencia de la culpabi-
lidad del genocidio a la actual república de Turquía es cuando menos discutible,
máxime teniendo en cuenta que la mayor parte de los armenios asesinados lo
fueron a manos de kurdos. El nacionalismo armenio ha cargado todas las culpas
a «los turcos» y ha evitado mencionar las responsabilidades kurdas, por una
mezcla de ignorancia histórica y oportunismo táctico-estratégico. Sin embargo,
a día de hoy, gran parte de los territorios que los nacionalistas armenios reivindi-
can y que se encuentran en la actual república de Turquía no están habitados por
turcos étnicos sino por kurdos, de manera que, en el caso (harto improbable) de
que el estado turco renunciara a ellos, los nacionalistas armenios se las habrían
de ver con sus actuales moradores kurdos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 227
Entre los chiíes o de origen chií, habría que distinguir varias sec-
tas:
Los zaydíes. 1)
30
Constituyen algo más de la mitad de la población
del norte del Yemen; también hay zaydíes en zonas de Arabia
Saudí limítrofes con el norte del Yemen.
Los duodecimanos o imamíes. 2)
31
Son mayoritarios en Bahrein
(el 60% de la población); en Iraq son algo más del 50% de la po-
blación; en el Líbano son a día de hoy «la minoría mayoritaria»
y su número es similar al de todas las sectas cristianas juntas;
32

la cuarta parte de los kuwaytíes son chiíes duodecimanos; en
Arabia Saudí son la décima parte de la población y se encuen-
tran en su mayoría en la estratégica región del Golfo, donde se
halla el petróleo saudí.
33
Los ismailíes. 3)
34
Hay pequeñas minorías ismailíes en Siria,
30
Es la rama del chiismo más próxima al sunnismo, del que sólo se di-
ferencia en que, en opinión de los zaydíes, el califa debía ser descendiente
de ´Alî, pero sin reconocer al imâm características extraordinarias. Algu-
nos zaydíes se sienten más próximos al sunnismo que al resto de las sectas
chiíes, hasta el punto de que llaman al zaydismo «la quinta escuela jurídica»,
como añadida a las cuatro escuelas jurídicas sunníes (mâlikí, hanafí, shâf´í
y hanbalí).
31
La gran mayoría de los chiíes de la actualidad son duodecimanos, por
lo que en el lenguaje corriente muchas veces chií es prácticamente sinónimo
de chií duodecimano.
32
Los chiíes duodecimanos libaneses han constituido la comunidad con-
fesional con más pobres y más discriminada (lo que no ha obstado para que
haya chiíes duodecimanos muy ricos y terratenientes de esta confesión explo-
tadores de sus correligionarios pobres); la pobreza de esta minoría ha sido la
causa de su fuerte crecimiento demográfco y de que haya terminado convir-
tiéndose en la «minoría mayoritaria» del Líbano, algo más de un tercio de la
población total libanesa.
33
Las relaciones entre la minoría chií y las autoridades saudíes, fanática-
mente sunníes, son pésimas.
34
El ismailismo era la rama más esotérica del chiismo, con la metafísica
más radical y alejada del islam sunní, que motejó a los ismailíes de gulât
(«exagerados», «extremistas»). El ismailismo también se conoce como chiis-
mo septimano porque en su metafísica el siete tenía un papel esencial: siete
imâmes, siete grandes enviados divinos (el séptimo sería el mahdî o mesías
musulmán), siete dimensiones (izquierda y derecha, arriba y abajo, delante
y detrás, la séptima dimensión era Dios)... De los ismailíes surgieron sectas
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José F. Durán Velasco 228
remanentes de los antiguos seguidores del Viejo de la Mon-
taña.
35

Los ´alawíes o nusayríes. 4)
36
Constituyen algo más del 10% de la
población de Siria.
Los drusos. 5)
37
Viven en Siria (350.000), Líbano (300.000), Israel
(35.000) y Jordania (10.000).
Téngase en cuenta que algunas de estas minorías pueden serlo en el
conjunto del mundo árabe (donde los árabes musulmanes sunníes son
clara mayoría), pero en algunos estados árabes alguna de estas mino-
rías puede constituir la mayoría de la población. Más frecuentemente
aún, las minorías pueden ser la mayoría en ciertas regiones, comarcas,
ciudades o aldeas.
Los chiíes duodecimanos son mayoritarios en Bahrein y en Iraq;
en Iraq, si bien constituyen sólo una ligera mayoría entre la población
total iraquí, son claramente mayoritarios entre los árabes iraquíes. Los
jâriÿíes de Omán son la mayoría de la población. En el antiguo Yemen
del Norte los chiíes zaydíes eran la mitad de la población. En el Líbano
de los años cuarenta los cristianos constituían una ligera mayoría y
en la actualidad son los chiíes duodecimanos la minoría mayoritaria,
mientras que los musulmanes sunníes libaneses son una minoría menos
numerosa que las comunidades chií y cristiana.
político-religiosas aún más radicales de las que poco se conoce (sus escritos
eran secretos o fueron destruidos), pero de las que se sabe que poseían progra-
mas radicales de revolución social, como fue el caso de los cármatas.
35
Famosos por los magnicidios que cometieron contra sus enemigos sun-
níes; de ellos proviene la palabra ‘asesino’.
36
El ´alawismo es una rama peculiarmente sincrética del chiismo, que
incluye elementos cristianos, entre otros; el nombre de nusayríes con el que
también se les conoce puede entenderse como ‘cristianitos’, aunque deriva
del nombre de Ibn Nusayr de Basora, a quien se tiene por primer teólogo y
fundador del ´alawismo.
37
La religión drusa, aunque tiene su origen en el chiismo ismailí, más que
una secta chií constituye una religión sincrética aparte, no sólo del chiismo
sino del mismo islam.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 229
Los judíos del mundo árabe: diferencias
entre el Mashriq y el Mágreb
En el mundo árabe existían comunidades judías en el Yemen, Iraq, la
Gran Siria, Egipto, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos. Las comunida-
des judías más numerosas eran las de Iraq y Marruecos.
Los judíos del mundo árabe se podrían clasifcar en dos grupos
principales:
Los que podríamos llamar judíos árabes, 1)
38
es decir, los judíos de
lengua árabe. El origen de estos judíos era variado: árabes con-
vertidos al judaísmo en época preislámica o judíos arabizados
tras las conquistas árabe-islámicas.
Los judíos no árabes: sefardíes 2)
39
en el Mágreb, Egipto y la Gran
38
El término ‘judíos árabes’ o ‘árabes judíos’ es objeto de controversia
hoy a causa de los enfrentamientos nacionalistas entre el nacionalismo árabe
y el sionismo. Los judíos sionistas lo rechazan de plano, por considerarlo un
intento de asimilar a estos judíos como una minoría religiosa árabe más y estar
en contra del proyecto sionista, que pretende que los judíos son una nacionali-
dad étnica distinta de la árabe. En cambio, muchos judíos no sionistas, nativos
u originarios de los países árabes y de lengua árabe, se sienten orgullosos
de defnirse como «árabes judíos» o «judíos árabes», porque consideran que
los judíos son sólo una confesión religiosa similar a otras del mundo árabe
o un grupo etnoide confesional dentro de un marco árabe global. Los árabes
no judíos unas veces hablan de «judíos árabes» o «árabes judíos» con inten-
ciones integradoras de buena fe, y otras simplemente como medio de negar
las pretensiones sionistas pero sin que haya buena voluntad hacia los judíos
árabes; otros muchos árabes no judíos consideran a los judíos como una etnia
aparte y hablan abiertamente de «judíos y árabes» como de dos categorías
equivalentes diferentes e incompatibles. Aunque resulta obvio que términos
como ‘judíos árabes’ o ‘árabes judíos’ serían los más correctos para los judíos
nativos u originarios del mundo árabe que hablan árabe, la cuestión está muy
distorsionada por manipulaciones políticas nacionalistas, sobre todo por parte
del sionismo.
39
Sin embargo, los antepasados de los judíos sefardíes habían sido judíos
arabizados en la edad media. En al-Ándalus los judíos estaban arabizados y
hablaban las dos lenguas del país: árabe y romance. Precisamente las jarchas,
primer testimonio literario de lengua ibero-romance, son cancioncillas en len-
gua romance al fnal de poemas en árabe o hebreo escritos por musulmanes
o judíos. Los judíos andalusíes habían participado plenamente de la civili-
zación árabe y utilizaban más el árabe que el hebreo, aunque en este idioma
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José F. Durán Velasco 230
Siria; ashkenazis en Egipto;
40
«judíos del Kurdistán» de lengua
aramea en el norte de Iraq; judíos bereberes en Marruecos.
También existía una diferencia entre los judíos en el Mágreb y el
Mashriq (Oriente árabe).
En el Mágreb los judíos constituían la única minoría religiosa
(al igual que en Europa occidental) en un medio completamente
musulmán,
41
extraordinariamente homogéneo además, pues todos los
musulmanes magrebíes eran sunníes
42
y pertenecientes a la escuela
jurídica mâlikí.
43

En el Mashriq la situación era completamente distinta, pues los
judíos eran una minoría no musulmana más entre otras muchas (cris-
tianos, mandeos, samaritanos, yazidíes, drusos...),
44
que incluso eran
escribieron también la primera poesía secular hebrea, algo insólito en tiempos
premodernos, pues no volvería a utilizarse el hebreo con fnes seculares de
este tipo hasta la aparición del sionismo; esa poesía hebrea secular era en gran
medida una imitación en lengua hebrea de la poesía árabe, tanto de la métrica
como de los contenidos.
40
En Egipto, especialmente en Alejandría, al fnal del siglo XIX y hasta los
años cincuenta del siglo XX se establecieron grandes comunidades extranjeras
(griegos, armenios, sirios, italianos, judíos de distintos orígenes); entre estas
comunidades extranjeras se establecieron judíos ashkenazis.
41
Los últimos cristianos autóctonos del Mágreb desaparecieron al fnal de
la edad media o principios de la edad moderna.
42
Con la sola excepción de los jâriÿíes del Mzâb argelino, la isla tunecina
de Ÿerba y la región libia de Ÿabal Nafûsa.
43
Salvo algunas familias tunecinas de origen turco pertenecientes a la
escuela jurídica hanafí.
44
Fuera del mundo árabe pero en proximidad con el Mashriq árabe había
todavía más minorías no musulmanas (mazdeístas, baháis...) o sectas musul-
manas sincréticas (ahl-e haqq, alevíes...), sin contar el rico pensamiento flo-
sófco tradicional en Persia. También existían desde antiguo estrechas relacio-
nes comerciales con la India que ponían en contacto el pensamiento religioso
índico con el del Oriente Medio, lo que tal vez infuyera no poco en las ideas
de reencarnación presentes en muchas religiones, sectas y cofradías sufíes de
Oriente Medio como el yazidismo, el ismailismo, el drusismo, el ´alawismo,
el bektashismo... incluso en el cabalismo judío. Por todo ello, en el Mashriq
había un conocimiento mayor de las otras tradiciones religiosas en su rica
variedad, una pluralidad de ideas inimaginable en el Mágreb.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 231
mayoría en algunas regiones.
45
Además abundaban las sectas musulma-
nas o de origen musulmán: sunníes, chiíes, ´alawíes, drusos, yazidíes.
Los mismos musulmanes sunníes estaban repartidos entre las cuatro
escuelas jurídicas de su secta: hanafí, shâf´í, mâlikí y hanbalí.
Así, mientras que en el Mágreb ser judío era pertenecer a la única
minoría y ocupar un lugar muy marginal, en el Mashriq los judíos eran
una minoría religiosa más entre otras muchas, ser judío era pertenecer
a una categoría similar a la de las minorías cristianas, a medio camino
demográfcamente entre las grandes minorías cristianas del mundo
árabe (copta, maronita, melkita ortodoxa, melkita católica, caldeo-
católica, nestoriana...) y las pequeñas minorías como los sabeos o los
samaritanos. En este «paraíso del antropólogo», como ha sido llamado
el Oriente Medio, ser judío era bastante diferente de serlo en el Má-
greb o en Europa: ser judío no signifcaba ser el miembro de «la única
minoría» no musulmana o no cristiana sino pertenecer a una minoría
religiosa más entre otras muchas dentro de una pluralidad religiosa
general.
Otra diferencia notable entre las dos grandes regiones del mundo
árabe es que en el Mágreb
46
el afrancesamiento fue mucho mayor que
en el Mashriq,
47
a lo que hay que sumar la condición periférica del
Mágreb dentro de la cultura árabe y la gran presencia bereber. Podría
decirse que el Mashriq era más árabe y menos islámico y el Mágreb
mucho más musulmán que árabe. En el Mashriq era muy fácil dis-
tinguir arabidad de islamidad, mientras que en el Mágreb ‘árabe’ ha
sido casi sinónimo de ‘musulmán’, a despecho de las grandes minorías
bereberes presentes en la zona.
48
Mientras que en el Mashriq se podía
45
Los cristianos han sido mayoritarios en algunas zonas del Alto Egip-
to (más bien en el Egipto Medio), en algunas comarcas palestinas (como el
«Triángulo cristiano» formado por Belén, Bayt Sâhûr y Bayt Ÿâlâ), en regio-
nes del Líbano y Siria. En todos estos países los cristianos han constituido
importantes minorías y en el Líbano incluso eran mayoría.
46
No hay que olvidar que Argelia no fue colonia en forma de mandato o
protectorado sino directamente territorio ofcialmente francés. Pero el afran-
cesamiento fue enorme también en Túnez y Marruecos.
47
Con excepción de parte de las clases altas de Egipto y de parte de los
cristianos libaneses, muchos de ellos muy pagados de su afrancesamiento.
48
El bereber no constituye un idioma sino un conjunto lingüístico de ha-
blas emparentadas, frecuentemente mutuamente ininteligibles; tampoco existe
un bereber estándar que haga un papel similar al del árabe estándar respecto a
la variedad lingüística árabe. Muchos dialectos bereberes están tan arabizados
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José F. Durán Velasco 232
llamar «árabes» a todos los hablantes de árabe, fueran de la religión
que fueran, frente a los no árabes (kurdos, turcos, persas, circasianos,
armenios...), en el Mágreb, de facto, se tendía a llamar «árabes» a
todos los musulmanes (incluyendo a los berberófonos) frente a los
no musulmanes (europeos y judíos), incluso aunque los judíos fueran
arabófonos. El nacionalismo árabe laico fue mucho menos fuerte en el
Mágreb que en el Mashriq, pues en el Mágreb árabe y musulmán eran
conceptos casi sinónimos para el común de la gente.
49
La contribución de los judíos del Mashriq a la cultura árabe no
podía ser tan grande como la de los cristianos, mucho más numerosos
y presentes en Egipto y todo el Creciente Fértil, pero no era pequeña
en los países en los que eran sufcientemente numerosos y estaban
integrados, como era el caso de Egipto y especialmente de Iraq.
En Egipto, más que de una comunidad judía habría que hablar de
varias comunidades judías, culturalmente diversas y que hablaban
idiomas variados. Había judíos egipcios autóctonos, a menudo muy
que el vocabulario de origen árabe constituye más de la mitad de sus palabras.
La excepción es el bereber de los tuareg, escasamente arabizado y dotado de
una escritura propia de origen preislámico, conocida como tifnag. La con-
ciencia étnica bereber es confusa (salvo en el caso de los tuareg y los cabilios)
y para muchos bereberes el árabe es el idioma culto, mientras que su habla
bereber es una especie de lengua coloquial sin prestigio. Las manipulaciones
que intentó el colonialismo francés para dividir a los colonizados enfrentando
a árabes con bereberes sólo dieron algún fruto en la Cabilia argelina, en los
demás sitios desacreditaron cualquier conciencia de diferenciación bereber,
sobre todo en Marruecos, donde los intentos franceses de separar a los be-
reberes de los árabes fracasaron rotundamente en la época del protectorado.
Téngase en cuenta también que la división entre «árabes» y «bereberes» en el
Mágreb es muy discutible y sólo tiene sentido pleno en el aspecto lingüístico
(hablantes de árabe o de bereber, sin contar a los muchísimos bilingües), pues
por lo demás, los «árabes» son en su mayor parte bereberes arabizados y las
diferencias entre regiones y tribus pueden ser mucho más importantes que
las existentes entre hablantes de árabe y bereber. No faltan casos de regiones
en las que una parte de la población es de lengua árabe y otra habla bereber,
incluso una parte de una misma cabila puede ser arabófona y otra berberófona.
Las ciudades y las zonas llanas se arabizaron más rápidamente, mientras que
el idioma bereber se mantuvo en las montañas, de ahí que el moderno éxodo
rural a las ciudades suponga la arabización de los emigrados.
49
Aunque no hayan faltado judíos magrebíes que se hayan defnido como
judíos árabes.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 233
pobres, hablantes de árabe; judíos sefardíes que hablaban español;
judíos ashkenazis hablantes de yiddish o francés... Entre los judíos
existía una clase alta y media afrancesada, que formaba parte de
la burguesía compradora del país, pero también una clase humilde
puramente egipcia. Hasta la época de Náser, los judíos participaron
en la vida nacional egipcia como un componente más de la sociedad
del país. No faltaron los nacionalistas egipcios judíos, y los judíos
también tuvieron una importancia destacada en el comunismo egip-
cio.
En Iraq los judíos constituían una minoría muy culta e integrada, y
el árabe era su lengua tanto de uso cotidiano como de cultura. Los ju-
díos iraquíes participaban de la cultura, la lengua y la literatura árabes
tanto como los cristianos árabes de la Gran Siria y Egipto.
El sionismo era una ideología y un movimiento importado de
Europa, que tuvo consecuencias devastadoras para los judíos de los
países árabes, en especial para los del Oriente Medio. También el an-
tisemitismo fue una importación. El antisemitismo era una ideología
europea, con una fortísima impronta cristiana, ajena al mundo árabe,
mayoritariamente musulmán. Sin embargo, uno y otro, sionismo y
antisemitismo, tuvieron efectos devastadores para el mundo árabe y
contra los judíos del mundo árabe. Son dos ideologías extrañas que
se retroalimentan mutuamente: el sionismo invoca el antisemitismo
para justifcarse y el antisemitismo árabe (y musulmán) invoca el
sionismo para justifcarse. Los sionistas acusan de antisemitas a los
árabes y los árabes antisemitas justifcan su antisemitismo identi-
fcando sionismo, judaísmo y judaidad, exactamente igual que los
sionistas, pues unos y otros tienen mucho más en común de lo que
se suele creer.
Cuanto más torpe, ignorante y supersticioso es un árabe más po-
sibilidades tiene de ser infuido por el sionismo (si es judío) o el anti-
semitismo (si es musulmán o cristiano). Pero no todos los sionistas y
judeófobos lo han sido simplemente por torpeza, ignorancia o supersti-
ción; los intereses más turbios también han estado por medio. Téngase
en cuenta que la emigración de los judíos de los países árabes no sólo
benefciaba al sionismo sino que enriqueció a los políticos árabes que
se quedaron con las propiedades de los judíos emigrados, como pasó
en Iraq, donde los políticos monárquicos hicieron la vida imposible a
los judíos y dictaron una ley que les permitía emigrar a Israel pero sólo
con lo puesto; dado que los judíos iraquíes eran muchos (el 3% de la
población de Iraq y el 10% de la población de Bagdad) y no faltaban
los que eran muy ricos, las propiedades que dejaron enriquecieron a
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José F. Durán Velasco 234
los mismos que les habían impulsado a emigrar.
50
Los gobernantes de
algunos estados árabes han utilizado la judeofobia y el sionismo
51
de
un modo demagógico para eludir la responsabilidad ante sus errores,
miserias y fracasos. Los saudíes (buenos amigos de Estados Unidos y
aliados tácitos del estado sionista) han difundido sistemáticamente un
antisemitismo adaptado al mundo musulmán.
52

Muchos judíos de los países árabes vieron en el socialismo inter-
nacionalista laico la solución para los problemas de las sociedades en
las que vivían y para su problema específco como judíos. En los paí-
ses árabes, muchos destacados dirigentes y militantes comunistas han
sido judíos, en especial en los partidos comunistas egipcio e iraquí. En
Marruecos, el secretario general de la principal organización marxista-
leninista de oposición al régimen de Hasan II, Ilà-l-Amâm, era judío,
50
La demagogia antijudía hacía de todo judío un sionista o prosionista, las
leyes antisionistas impedían a los judíos emigrar a Israel con sus propiedades
(pues lo contrario se suponía que enriquecería a ese estado enemigo), pero la
existencia misma de leyes que les permitian emigrar a cambio de perder la
nacionalidad originaria y sus propiedades benefciaban al sionismo. Había
una clara confuencia de intereses entre los sionistas y los gobernantes árabes
que dictaban esas leyes. La judeofobia y el sionismo constituyeron un buen
negocio para quienes se apropiaron de los bienes de los judíos emigrados.
51
Hasta extremos que serían grotescos si no fueran trágicos. En mayo
de 1967, una revista militar siria publicó un artículo que describía al islam
como «momia en el museo de la historia» y llamaba a la creación del «nuevo
hombre árabe socialista». El escándalo fue enorme y hubo grandes disturbios
en Siria; el autor y el editor del «artículo ateo» fueron condenados a cadena
perpetua y el gobierno, para salir del paso, declaró que todo había sido obra
de «una conspiración sionista».
52
Sin embargo, por razones de hipocresía política obvias, no es Arabia
Saudí el país árabe demonizado sistemáticamente como antisemita. Esa ca-
racterización propagandística se ha reservado a países árabes donde pese a
todo existen minorías judías, bien es verdad que harto exiguas. Últimamente,
el país demonizado como antisemita es Irán, país donde habita la mayor co-
munidad judía de Oriente Medio después de Israel y donde los judíos gozan
de derechos civiles y políticos y tienen representantes en el parlamento. No
haría falta repetir cuánta mala fe hay en la confusión propagandística (sionista
y antisemita) entre judío y sionista o entre antisemita y antisionista, lo mismo
que resulta evidente cuán poco le importan al sionismo los judíos iraníes. Para
los sionistas, los judíos iraníes, lo mismo que antes los judíos iraquíes, donde
deben estar es en Israel o en todo caso fuera de Irán.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 235
Abraham Serfaty.
53
Los judíos que han permanecido en los países ára-
bes –por razones ideológicas de antisionismo más o menos militante–
han sido aquellos que tenían una ideología universalista por encima
de las diferencias confesionales y étnicas. Incluso dentro del estado de
Israel, muchos judíos iraquíes emigrados a Israel han sido comunistas
y antisionistas militantes del Rakah, el partido comunista no sionista
que ha sido tradicionalmente el partido político más importante de la
comunidad árabe palestina de Israel. En los años cincuenta y sesenta, la
actividad cultural y periodística en árabe dentro de Israel la llevaron a
cabo tanto palestinos como judíos iraquíes. La primera novela en árabe
que se publicó en Israel no fue obra de un palestino sino del judío ira-
quí Ibrâhîm Mûsà Ibrâhîm.
54
El novelista iraquí Samîr Naqqâsh (1938-
2004), aunque emigró a Israel cuando sólo tenía 13 años, escribió toda
su obra en árabe
55
y se defnió siempre no como un israelí sino como
«un iraquí exiliado» y «un árabe que profesa el judaísmo».
Actualmente las comunidades judías en los países árabes de Oriente
Medio son residuales (como en Siria, Egipto y el Yemen) o en vías de
extinción (como en Iraq), pero algo más de la mitad de los judíos de
Israel son originarios de los países árabes.
53
En 1967, Abraham Serfaty y un grupo de judíos marroquíes publicaron
un texto de solidaridad con la causa palestina. Esta solidaridad fue un fuer-
te catalizador de la radicalización de la izquierda revolucionaria marroquí y
condujo a la formación de Ilà-l-Amâm (‘Hacia delante’ en árabe). Abraham
Serfaty y muchos de sus camaradas fueron detenidos, torturados y pasaron
muchos años en la cárcel de Kenitra. Evelyne Serfaty, hermana de Abraham
Serfaty, murió a consecuencia de las torturas que le infigió la policía ma-
rroquí para que delatara el paradero de su hermano. No se sabe de ningún
sionista, marroquí o extranjero, que denunciara las violaciones de derechos
humanos del régimen hasaniano, fueran sus víctimas judías o no; en cambio,
el régimen proisraelí de Hasan II no dudó en utilizar la judeofobia para des-
acreditar a Ilà-l-Amâm, aprovechando la circunstancia de que su secretario
general fuera judío.
54
Gassân Kanafânî, Adab al-muqâwama fî Filistîn al-muhtalla (Beirut,
1982), p. 28.
55
El premio Nobel egipcio Nagîb Mahfûz defnió a Samîr Naqqâsh como
«uno de los más grandes escritores árabes actuales», pero la difusión de la
obra de Samîr Naqqâsh ha sido escasa en el mundo árabe y más aún en Is-
rael, donde sólo una de sus obras se ha traducido al hebreo. Sin embargo, se
han hecho tesis doctorales sobre la obra de Samîr Naqqâsh en Cisjordania,
Jordania e Iraq.
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José F. Durán Velasco 236
Religión, endogamia, confesionalismo
y nacional-confesionalismo
El Oriente Medio ha estado habitado por personas que profesaban múl-
tiples religiones y sectas. En la época premoderna, estas comunidades
poseían sus propias instituciones. Aunque el imperio otomano fuera mu-
sulmán sunní y el imperio safaví (y luego qaÿar) fuera musulmán chií,
los súbditos de otras religiones u otras sectas disfrutaban de un estatuto
de tolerancia ofcial
56
o de facto
57
y gozaban de autonomía. En estos
imperios, las personas ofcialmente estaban clasifcadas por su religión,
aunque otros factores como la familia, la tribu o el barrio tenían en la
práctica mucha importancia, no así la etnia en el sentido lingüístico o una
inexistente conciencia de nacionalidad, aunque existiera una conciencia
difusa étnica (entre los kurdos, por ejemplo, frente a árabes, persas y
turcos)
58
y territorial (Siria, Egipto...) sin ningún contenido político.
Los grupos confesionales eran endogámicos, las personas se des-
posaban con cónyuges de la misma religión. Teóricamente, un varón
musulmán podía desposarse con mujeres cristianas o judías y podía
tener concubinas esclavas de estas religiones, aunque no de religiones
no reconocidas como «gente del libro»;
59
pero en general, «la gente
del libro» no permitía que las mujeres de su comunidad se desposasen
56
En el caso de las religiones reconocidas ofcialmente: cristianos, judíos,
samaritanos, mandeos, zoroastrianos.
57
En el caso de las religiones o sectas no reconocidas ofcialmente: yazi-
díes, nusayríes. Los no reconocidos estaban expuestos a persecuciones, pero,
como se trataba de poblaciones montañesas tribales, consiguieron mantener
orgullosamente sus creencias y una vigorosa identidad confesional. Además,
el estado sultánico tradicional se inmiscuía poco en la vida de sus súbditos.
58
Un poeta kurdo del siglo XVIII, Ahmad Jânî, se lamentaba de la desunión
del pueblo kurdo y de que los kurdos estuvieran subordinados a persas y tur-
cos, que guardaban sus fronteras utilizando a los kurdos, cuando si los kurdos
se unieran, serían los amos de los turcos, los árabes y los persas.
59
Por «gente del libro» (en árabe ahl al-kitâb) se entiende los seguidores
de religiones reveladas por profetas anteriores al islam; si bien los musulma-
nes consideraban que los seguidores de estas religiones «caducadas» habían
falseado en parte el mensaje original revelado a sus profetas fundadores, por
el hecho de poseer una revelación divina auténtica eran dignos de tolerancia.
No ocurría eso con religiones surgidas después del islam (como el bahaísmo),
con sectas consideradas extremadamente heréticas (como los nusayríes) o
religiones excesivamente extrañas (el yazidismo o antes el maniqueísmo).
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 237
fuera de ella y las concubinas esclavas de esas religiones tenían que
provenir de fuera del territorio islámico –pues «la gente del libro» súb-
dita de un estado musulmán no podía ser esclavizada–, normalmente
del Cáucaso, Europa o el África subsahariana. Teóricamente, era im-
posible el matrimonio de una musulmana con un no musulmán, aunque
excepcionalmente se dieran algunos casos aislados marginales.
La introducción del nacionalismo en el mundo árabe planteó la
cuestión de cuál era el estado nacional que debía surgir y sobre qué
criterios: ¿territorial?, ¿etno-lingüístico?, ¿confesional? Si la cuestión
se planteaba desde el criterio territorial, habría nacionalismos como
el egipcio, el sirio o el iraquí; si sobre una base etno-lingüística, el
nacionalismo sería panárabe; si sobre una base confesional, habría una
nación copta, una nación maronita, una nación judía, una nación drusa,
etcétera. En la práctica los criterios se mezclaban.
El panarabismo era ambiguo. Los secularistas y las minorías no
musulmanas podían ver en el panarabismo laico la vía de integra-
ción en pie de igualdad de todas las poblaciones de lengua árabe en
el marco de un estado-nación árabe laico. La primera consigna de
los nacionalistas laicos, territoriales o panarabistas, fue «la religión
es para Dios, la patria para todos». Pero muchos musulmanes (sobre
todo sunníes) veían de facto el panarabismo como un sucedáneo del
panislamismo (sunní sobre todo), como una especie de panislamismo
árabe, sin distinguir netamente nacionalidad de religión, o lo que es
lo mismo, como un nacional-confesionalismo árabe musulmán (o más
bien sunní).
60
Esta percepción era compartida por muchos miembros
de minorías, que por esta causa repudiaban el panarabismo y lo veían
como nacional-sunnismo, así como por algunos intelectuales laicos,
que desconfaban de la estrecha relación entre arabidad e islam, por lo
que preferían un nacionalismo basado en criterios territoriales.
61

60
Los musulmanes sunníes fueron reticentes a la idea del nacionalismo
árabe hasta la desaparición del imperio otomano, pero se convirtieron en los
más ardientes panarabistas cuando la idea de la Nación Árabe ya no iba diri-
gida contra un imperio musulmán sunní ni contra el panislamismo sino contra
potencias colonialistas e imperialistas cristianas y un colonialismo judío. Para
muchos árabes sunníes, el panarabismo se convirtió de facto en un sucedáneo
sustitutivo del difunto panislamismo o del difunto imperio otomano sunní.
61
Caso de los intelectuales egipcios, pues en Egipto el panarabismo ape-
nas se distinguía del panislamismo, al contrario que en la Gran Siria, donde
muchos ideólogos y partidarios del panarabismo eran cristianos.
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José F. Durán Velasco 238
A menudo el nacionalismo territorial, vinculado a un determinado
espacio geográfco, era el disfraz secular del nacional-confesiona-
lismo de una minoría o de varias, o simplemente de una actitud de-
fensiva por parte de estas. Tal era el caso del nacionalismo egipcio de
los coptos; o del nacionalismo sirio de muchos cristianos melkitas,
chiíes, ´alawíes o drusos que desconfaban del panarabismo, en el que
veían un nacional-sunnismo, mientras que en el nacionalismo pansi-
rio veían un equilibrio entre las minorías no sunníes y los sunníes.
62

En el caso del nacionalismo libanés, se trataba de la expresión del
nacional-confesionalismo de los cristianos maronitas, que para re-
forzar su posición buscaban la alianza con otras minorías cristianas
63

e incluso con minorías musulmanas no sunníes, como los drusos y
los chiíes.
64

62
Antûn Sa´âda (de confesión cristiana melkita ortodoxa), que fue el ideó-
logo y líder fundador del nacionalismo sirio, consideraba que el nacionalismo
libanés era cristiano y el nacionalismo árabe era musulmán, mientras que el
nacionalismo sirio, al no ser ni cristiano ni musulmán, era el único realmente
laico. En la práctica, el pansirianismo era la opción de las minorías que des-
confaban del panarabismo y temían que fuera un nacional-confesionalismo
sunní camufado.
63
En general la derecha maronita logró atraer a muchos cristianos católi-
cos, pero no tuvo tanto éxito con los melkitas ortodoxos ni con los armenios
gregorianos. Muchos melkitas ortodoxos libaneses se hicieron militantes del
nacionalismo sirio o comunistas aliados de los palestinos; la derecha arme-
nia (el partido Dashnak) se declaró neutral en el conficto, mientras que la
izquierda armenia y la clase obrera armenia se adhirieron a la causa «palesti-
no-progresista» en la guerra civil libanesa. Describir la guerra civil libanesa
como una guerra entre cristianos y musulmanes sólo hasta cierto punto es
verdad; fue una guerra mucho más compleja, en la que los factores de clase
se mezclaron con odios y rivalidades sectarias mucho más complicadas que
la mera oposición entre cristianos y musulmanes, entre otras cosas porque ni
los cristianos ni los musulmanes eran todos homogéneos, pues se dividían en
confesiones diferentes.
64
Durante la guerra civil libanesa, el sector mayoritario de los drusos se
alineó contra la derecha maronita; el máximo representante de estos drusos,
Kamâl Ÿunblât, fue el líder de la alianza «palestino-progresista», en cambio
otros clanes drusos rivales de los Ÿunblât se aliaron con la derecha cristia-
na. La mayoría de los chiíes eran excesivamente pobres para aliarse con la
derecha maronita; entre los chiíes abundaban los comunistas y más tarde los
seguidores de Amal y Hizbullâh.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 239
El sionismo, aunque fuera una traslación colonial ashkenazi al
corazón del mundo árabe, en conficto con sus habitantes, al ser un
nacional-judaísmo, se convirtió en el nacional-confesionalismo de
los judíos del mundo árabe, un nacionalismo confesional puro, que
ni siquiera hacía uso de los disfraces habituales de otros nacional-
confesionalismos para disimular su nacional-confesionalismo con un
nacionalismo territorial.
Nacionalismo árabe laicista y nacionalismo
árabe nacional-confesionalista islámico (o sunní)
El nacionalismo árabe tiene unas relaciones harto complejas con el
islam, mucho más que otros nacionalismos del mundo islámico. Por
un lado, el árabe es la lengua santa del islam, la lengua del Corán
65
y
de los hadices;
66
por otra parte, en algunos países árabes hay muchos
más no musulmanes que en otros muchos países del mundo islámico.
Todo esto puede dar una idea de la enorme complejidad de las relacio-
nes entre el nacionalismo árabe y el islam.
67
Así, podría hablarse de
65
Para los musulmanes, el Corán no es un libro «inspirado» como para
los cristianos lo es la Biblia, sino un libro «dictado» por el ángel Gabriel al
profeta Muhammad; dicho de otra manera, los musulmanes no tienen el Corán
por un libro compuesto por Muhammad bajo inspiración divina sino como el
Verbo divino expresado en árabe. Por consiguiente, el Corán es mucho más
sagrado para los musulmanes que la Biblia para los cristianos, se podría decir
que el Corán no sería para el islam el equivalente de la Biblia para los cristia-
nos sino que, por su condición de Verbo divino, el Corán sería el equivalente
para los musulmanes de lo que Jesucristo es para los cristianos. El Corán es
indisociable del idioma árabe: no se concibe propiamente la traducción del
texto árabe, pues eso no sería el Corán; el Corán de hecho se traduce para que
lo entiendan los musulmanes que no conocen el árabe, pero esa traducción
se concibe como un comentario que en ningún caso puede sustituir al texto
original. La oración canónica y la llamada a la oración se realizan siempre
en árabe.
66
Los hadices son recopilaciones de «los dichos, hechos y silencios» del
profeta Muhammad.
67
La palabra umma (en plural umam) signifca en árabe tanto comuni-
dad étnica como comunidad de religión; esto ha sido así al menos desde que
surgió el islam, así que se puede hablar tanto de la umma de los árabes, la
umma de los turcos, la umma de los persas o la umma de los chinos como de
la umma islámica, la umma cristiana o la umma judía. Signifcativamente, ya
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José F. Durán Velasco 240
tres enfoques fundamentales sobre las relaciones entre el nacionalismo
árabe y el islam:
Existe un nacionalismo árabe abiertamente secularista que 1)
aboga por una Nación Árabe completamente laica. Este nacio-
nalismo es el de los panarabistas pertenecientes a las minorías
no musulmanas sunníes o a sectores minoritarios abiertamente
secularizados de origen musulmán sunní.
Existe un nacionalismo árabe que hace del islam uno de los ma- 2)
yores componentes del nacionalismo árabe. Este nacionalismo
es el de la mayoría de los árabes sunníes y de una gran parte de
los nacionalistas no sunníes (por ejemplo el fundador del Ba´t,
el cristiano Michel ´Afaq).
Existe un nacionalismo árabe, que podríamos califcar de puro 3)
y duro nacional-islamismo. En sus versiones extremas sólo con-
cibe el panarabismo como una etapa hacia el panislamismo.
Para sus detractores de minorías confesionales con otros proyectos
nacionalistas distintos del nacionalismo árabe, el panarabismo es sim-
plemente el nacional-confesionalismo de los arabófonos musulmanes,
o hilando algo más fno, el nacional-confesionalismo de los arabófonos
sunníes.
Así, cuando los nacionalistas árabes llamaban a sus enemigos de la
derecha libanesa anti-panarabista «taifstas» (sectarios o sectaristas),
estos respondían llamando «sunníes» a sus enemigos panarabistas,
68

en época premoderna, los autores más «seculares» utilizaban la palabra umma
exclusiva o preferentemente en sentido étnico y los autores religiosos en un
sentido exclusiva o preferentemente confesional, aunque eran muchos los que
la utilizaban en un sentido u otro según el contexto fuera étnico o confesional.
En un sentido religioso, la umma por excelencia entre los musulmanes era la
comunidad musulmana. En la época contemporánea, la palabra umma fue la
elegida para expresar el nuevo concepto de ‘nación’, y así los nacionalistas
árabes hablan de al-umma al-´arabiyya (‘la nación árabe’) y los islamistas y
panislamistas hablan de al-umma al-islâmiyya (‘la umma islámica’), pero al-
umma sin más queda ambigua y no se sabe bien si se refere a los árabes o a
los musulmanes, a no ser que el contexto sea inequívoco.
68
La mayoría de los palestinos eran musulmanes sunníes y gran parte de
sus aliados en la guerra civil libanesa también. Sin embargo, también había
palestinos cristianos y en el bando «palestino-musulmán-progresista» había
cristianos (especialmente melkitas ortodoxos y armenios), drusos y chiíes.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 241
dando a entender que el panarabismo sólo era una careta o un caballo
de Troya para destruir la hegemonía cristiana (especialmente maronita)
en el Líbano y sustituirla por la hegemonía de la taifa sunní, fagoci-
tando el pequeño Líbano cristiano en un mundo árabe en el que los
musulmanes sunníes serían aplastantemente mayoritarios. Esta acu-
sación no era totalmente cierta ni extensible a todos los panarabistas,
pero tampoco era completamente falsa ni iba desencaminada en lo
concerniente a muchos de ellos.
El nacionalismo árabe es ambiguo: puede ser un factor de secula-
rismo o un nacional-confesionalismo.
Muchos islamistas ven el nacionalismo árabe como un apéndice
del panislamismo o su sustituto en periodo de crisis, algo así como una
primera fase hacia el panislamismo, mientras que otros islamistas han
visto el nacionalismo árabe como un peligroso elemento secularizador,
que sustituye el islam por el arabismo.
Las versiones nacional-islamistas, o más exactamente nacional-
sunníes del panarabismo, se corresponden con bastante exactitud a los
temores de las minorías no musulmanas o no sunníes que rechazan el
nacionalismo árabe. Algunos de estos nacional-confesionalistas apenas
entienden que un árabe pueda profesar otra fe que no sea el islam o
que no sea el islam sunní. De ahí las declaraciones de Gadaf diciendo
que los cristianos árabes son «un cuerpo árabe con un alma europea»
y deben convertirse al islam.
69
El presidente iraquí de los años sesenta
´Abd ar-Rahmân ´Ârif confesó en una conversación privada que su
sueño sería destruir Israel y eliminar el chiismo de Iraq.
70
Para los que
piensan de esta manera, los árabes musulmanes son más árabes que los
demás, si es que no son los únicos árabes de verdad; además, los sun-
níes serían los únicos árabes auténticos. La idea de que el chiismo es
«una herejía persa»
71
va en esa línea, o que el chiismo fue la diabólica
69
Esto ocurre especialmente en el Mágreb, donde ‘árabe’ es práctica-
mente sinónimo de ‘musulmán’ y los judíos generalmente son considerados
categoría aparte.
70
Laurent Chabry y Annie Chabry, Politique et minorités au Proche-
Orient (París : Maisonneuve & Larose, 1987), p. 123.
71
Idea que no se sostiene en absoluto: el chiismo iraní es de origen árabe
y en Irán el chiismo no fue mayoritario hasta el siglo XVII, por imposición de
una dinastía no persa, la safaví, que echó mano de ulemas originarios de Ara-
bia para convertir a sus súbditos persas. Tampoco está de más recordar que el
islam persa al este de Irán es en su inmensa mayoría sunní, no chií. Algunos
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José F. Durán Velasco 242
invención de un judío falsamente convertido al islam para destruirlo
desde dentro.
72
Los acuerdos de Sykes-Picot:
la taifzación del Creciente Fértil
Durante la primera guerra mundial entre los aliados (Gran Bretaña,
Francia, Italia y Estados Unidos) y los imperios centrales (Alemania,
Austria-Hungría y el imperio otomano), los aliados hicieron promesas
a los nacionalismos centrífugos de los imperios centrales y alentaron
toda clase de esperanzas contradictorias en esos nacionalistas. Esto
último tenía poca importancia para ellos, ya que el objetivo de los
aliados era provocar la aparición de quintas columnas que debilitaran
a sus enemigos, no «liberar» a las «nacionalidades oprimidas».
73
De esa manera, los aliados hicieron promesas ambiguas a los nacio-
nalistas árabes, a los sionistas, a los nacionalistas «asirios», a los nacio-
nalistas kurdos, a los nacionalistas armenios, a los nacionalistas griegos...
Las consecuencias para todos ellos (salvo para los sionistas) durante la
guerra y después de ella fueron catastrófcas. La guerra fue atroz; aparte
de los desastres bélicos, hubo hambrunas que costaron la vida a decenas
de miles de personas, matanzas de proporciones genocidas, deportacio-
nes, traslados forzosos tras la guerra que afectaron a cientos de miles de
personas, fronteras arbitrarias impuestas por los vencedores, regímenes
títeres, colonialismo disfrazado de mandatos protectores...
Tanto en los Balcanes como en el Oriente Medio, «el principio de
autodeterminación de las nacionalidades» signifcaba un sinfín de con-
tradicciones entre «nacionalidades» que ocupaban un mismo territorio.
Los saudíes se hicieron con la región del Hiÿâz, antes en manos de
Faysal, aliado de los ingleses; Yemen del norte se hizo independiente;
de los mayores y más radicales movimientos chiíes, como el cármata, no sólo
fueron árabes sino que triunfaron en la misma Arabia.
72
Según la demonología antichií este personaje fue ´Abd Allâh ibn Saba`,
un supuesto judío yemení de más que dudosa historicidad. El elemento antiju-
dío de este bulo se ha activado recientemente como consecuencia del sionismo
y su nefasta función contra el mundo árabe.
73
No hay que olvidar que Gran Bretaña y Francia poseían los mayo-
res imperios coloniales y sojuzgaban a los pueblos colonizados; su aliada, la
Rusia zarista, era considerada la «cárcel de las nacionalidades» por excelen-
cia; y el objetivo de la Italia aliada era extender su imperio colonial a costa de
los imperios centrales.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 243
el Creciente Fértil fue repartido entre Gran Bretaña y Francia, que lo
subdividieron a su antojo: la potencia más fuerte, Gran Bretaña, se
hizo con Iraq y el sur de la Gran Siria; la potencia más débil, Francia,
se hizo con el norte de la Gran Siria.
El objetivo del rey hâshemí Faysal, aliado de los ingleses, era ha-
cerse un reino árabe a costa del imperio otomano y a la sombra de los
ingleses, convirtiéndose en rey de todo lo que había sido el Asia árabe
otomana, o cuando menos de la Gran Siria. Pero a la postre los ingleses
no le dieron tanto: a uno de sus hijos le hicieron rey de Iraq y a otro lo
entronizaron en una entidad artifcial llamada Jordania,
74
constituida
por la orilla oriental del Jordán en el sureste de la Siria meridional y un
pedazo de desierto. En el territorio al oeste del Jordán se creó un man-
dato llamado Palestina, donde el colonialismo británico patrocinó la
creación de «un hogar nacional judío» según la promesa que el político
inglés Balfour había hecho a los sionistas en 1917. El objetivo de los
hâshemíes jordanos a partir de entonces sería la anexión de una parte
de Palestina, o más exactamente, llegar a un arreglo con los sionistas y
repartirse Palestina entre su reino y el estado sionista, cosa que consi-
guieron en parte entre 1949 y 1967, cuando dominaron Cisjordania.
El estado iraquí se creó uniendo tres vilayetos otomanos (los de
Mosul, Bagdad y Basora) bajo una monarquía hâshimí vasalla de Gran
Bretaña. Para hacerse con una clase de oligarcas colaboracionistas,
los ingleses convirtieron a los jeques de las tribus en terratenientes,
poniendo a nombre de los jeques como propiedad privada lo que hasta
entonces había sido propiedad tribal.
Los franceses intentaron fraccionar todo lo posible la parte de la
Gran Siria que les había correspondido en el reparto colonial. Planea-
ron dividir el territorio en cinco estados: un estado alepino, un estado
´alawí, un estado libanés, un estado damasceno y un estado druso. Al
fnal, ante las protestas de los habitantes del país, se conformaron con
dividirlo en dos estados, Líbano y Siria, no sin antes entregar la región
de Iskandarún a Turquía en 1939, a cambio de la neutralidad turca en
la guerra mundial que se avecinaba.
Es signifcativo de los designios colonialistas que la Gran Siria,
mucho más homogénea que Iraq, fuera fragmentada, mientras que
Iraq, mucho más heterogéneo, fuera unido en un único estado. Siria
fue fragmentada y en parte entregada a extraños, Iraq se creó como
estado árabe con una región y una minoría kurdas lo sufcientemente
74
Churchill se jactaba de haber creado Jordania una tarde tomando café.
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José F. Durán Velasco 244
grandes como para ser un permanente problema para un Iraq árabe que
se consideraba parte integrante de una Nación Árabe mayor.
La sustitución del marco imperial otomano, que se encontraba en
evolución hacia formas de representación parlamentaria supraétnicas,
por el nacionalismo árabe no sólo era una jugada colonial para destruir
el imperio otomano y fragmentar a placer la parte árabe del mismo.
Había más que eso: al sustituir la estructura política supraétnica en aras
del estado-nación, la fragmentación y los confictos aumentarían en el
futuro, pues ni siquiera se había creado un estado-nación árabe sino
unos estados-nación árabes, cuyas clases dominantes no aspirarían a
la unidad árabe o, si aspiraban a ella, sería en el sentido de fagocitar a
los otros estados o colocarlos bajo su hegemonía.
La fragmentación prosiguió tras la retirada de las potencias coloniales
que habían fragmentado el Creciente Fértil. En Palestina, los sionistas
declararon la independencia del estado de Israel y se desató la primera
guerra árabe-israelí, cuyos resultados fueron que la mayor parte del terri-
torio palestino cayó en manos de los sionistas y sus habitantes originarios
fueron expulsados en su mayoría y se convirtieron en refugiados.
Las ideologías del mundo árabe: nacionalismos
(árabe y «locales»), socialismo e islamismo
En el siglo XX, las tres ideologías fundamentales del mundo árabe fue-
ron el nacionalismo, el socialismo y el confesionalismo. Pero estas tres
ideologías pocas veces se plasmaban en algún movimiento de manera
pura; normalmente, cada una de ellas se combinaba de una manera más
o menos expresa con una de las otras o con las dos.
El nacionalismo podía ser árabe o «local», según tuviera ambicio-
nes panárabes o se limitara a un determinado país árabe, con su estado
o con la pretensión de tenerlo.
El socialismo era esencialmente el marxismo-leninismo,
75
con sus
75
En el mundo árabe, el marxismo no se introdujo hasta después de la primera
guerra mundial, bajo el impacto mundial de la revolución rusa; el marxismo pre-
leninista en el mundo árabe fue casi inexistente. Hasta después de la segunda gue-
rra mundial las traducciones de las obras marxistas al árabe fueron muy escasas y
en lo poco que se tradujo primó Stalin; sólo después de la segunda guerra mundial
se tradujeron a gran escala las obras clásicas marxistas al árabe en Moscú y Bei-
rut. La importancia y la infuencia en el mundo árabe de estas traducciones se ha
comparado con la infuencia y la importancia de las traducciones de las obras de
los flósofos griegos (sobre todo de Aristóteles) al árabe en la edad media.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 245
distintas corrientes: la mayoritaria prosoviética, pero también han exis-
tido una corriente maoísta considerable y una muy escasa corriente
trotskista. El anarquismo ha sido casi inexistente en el mundo árabe.
76

En el mundo árabe, el confesionalismo por antonomasia era el islá-
mico, especialmente sunní, pero no ha sido el único, pues han existido
también un confesionalismo o nacional-confesionalismo judío (expre-
sado en el sionismo) y sus variantes cristianas locales (libanesismo, egip-
cianismo, coptismo separatista, etcétera). Minorías menores también han
tenido su propio confesionalismo, que a veces llegaba al nacional-confe-
sionalismo, como ha sido el caso de los drusos en el estado de Israel.
El mayor ideólogo del nacionalismo árabe puro fue Sâti´ al-Husrî
(1879-1967), que criticó severamente el concepto de Renan de «na-
cionalité élective» como «plebiscito cotidiano» y prefería el modelo
del nacionalismo alemán: para Sâti´ al-Husrî sólo contaba la pobla-
ción defnida por su lengua, mientras que el estado, la geografía y las
cuestiones socioeconómicas apenas tenían cabida en sus teorías o sólo
como cuestiones secundarias; su empeño categórico era que el estado
jamás podía ser factor de formación de la nación sino la consecuencia
de la nación. También desdeñaba las cuestiones sociales.
Pero el panarabismo que tuvo éxito fue el que trató de aunar el na-
cionalismo panarabista con un pretendido socialismo que las más de
las veces era un populismo estatista. Este fue el caso de los llamados
«socialismos árabes», que intentaban amalgamar socialismo y nacio-
nalismo: ba´tismo, naserismo, bumedianismo... En estos híbridos era
frecuente el uso de un componente religioso, pues a veces el panara-
bismo ha sido difícil de deslindar de un panislamismo limitado (los tres
círculos de Náser: el islámico, el árabe, el africano) e incluso el Ba´t
(fundado por el cristiano sirio Michel ´Afaq) ha hecho uso del islam,
aunque tratando de nacionalizarlo y secularizarlo. Una gran parte del
éxito del panarabismo se ha debido a su ambigüedad: para secularistas
y minoritarios confesionales era un movimiento laico, para muchos mu-
sulmanes (sobre todo sunníes) era claramente un movimiento nacional-
confesionalista e incluso una primera etapa hacia el panislamismo.
76
A diferencia de otros países no occidentales como China o Japón, donde
la difusión del socialismo anarquista había precedido al auge del socialismo
marxista antes de la revolución rusa, cuando en el mundo árabe se empezaron
a difundir las ideas socialistas procedentes de Europa, el anarquismo estaba en
declive en todo el mundo (salvo en España) y lo poco que se conocía de él en
el mundo árabe eran comentarios despectivos escritos por autores marxistas.
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José F. Durán Velasco 246
En la práctica, los nacionalismos árabes se constituyeron como
populismos en contra de la aborrecida oligarquía tradicional de te-
rratenientes y burgueses compradores aliados del colonialismo y el
neocolonialismo. Se ha señalado a veces los rasgos «fascistoides» de
estos populismos, pero eso resulta bastante inexacto, pues el popu-
lismo y el fascismo son cosas diferentes:
– El fascismo es un movimiento de clases medias al servicio de la
clase alta para dominar a las clases bajas, destruyendo sus orga-
nizaciones y su conciencia de clase; su objetivo es la despolitiza-
ción de las clases bajas para someterlas a la clase alta.
– El populismo, en cambio, es un movimiento de la clase media que
moviliza a las clases bajas, pero las somete a un control férreo,
sin permitirles tener libertad sindical ni organizativa.
Pero, por controladas que estén las clases populares y por mistif-
cada que sea su representación, los populismos, mientras son tales, no
son del gusto ni de las clases altas
77
ni de las potencias imperialistas
extranjeras, al contrario que los fascismos tercermundistas,
78
que están
al servicio de las clases altas compradoras y del capital extranjero; de
ahí el odio «occidental» contra el naserismo, por ejemplo.
Sin embargo, una vez la clase media que había tomado el poder se ha
convertido en la nueva clase alta, en unión con los restos supervivientes de
la oligarquía tradicional, si surgen los problemas y las opciones son mante-
ner las mejoras sociales para las clases populares o sacrifcarlas en aras del
enriquecimiento de la nueva clase dominante (cada vez más vinculada al
capital transnacional), las mejoras sociales se sacrifcan, al mismo tiempo
que el estatismo se va sustituyendo más o menos rápidamente por las
privatizaciones, y el proteccionismo y el desarrollismo autocentrado por la
apertura al capital extranjero. Ese fue el caso del mismo Egipto, que, tras
la muerte de Náser, en muy poco tiempo pasó del «socialismo árabe» al
inftâh (‘apertura’ económica) de Sadat. Esta transformación se acompañó
de la sustitución del nacionalismo panárabe por el particularismo egipcio
y del «socialismo» por «la vuelta» a la religión.
79

77
Recuérdese el odio virulento que las clases altas argentinas sentían
contra el peronismo, en contraste con la devoción de la clase alta chilena por
Pinochet. Quienes sólo ven los rasgos fascistoides del populismo no entienden
nada de las diferencias entre ambos fenómenos.
78
Cuyo ejemplo paradigmático es el pinochetismo.
79
En puridad, mal se puede hablar de «vuelta» de algo que nunca se había
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 247
El islamismo político fue promovido por Arabia Saudí y sus aliados
estadounidenses como el mejor freno contra el comunismo «ateo» y
el nacionalismo panarabista naseriano y ba´tista. Durante la «guerra
fría» árabe entre Náser y Arabia Saudí, el islamismo fue la ideología
favorita de la reacción proestadounidense. En el Yemen del Norte, se
llegó a una guerra abierta entre los republicanos, apoyados por Náser,
y los partidarios del rey, apoyados por Arabia Saudí.
80

En esas condiciones, fue una gran novedad la aparición en los años
setenta, sobre todo a raíz de la revolución iraní en 1979, de una co-
rriente islamista antiimperialista. Pero esta corriente era sobre todo
chií. Tampoco debe desdeñarse la infuencia indirecta de las otras
ideologías: el jomeinismo no era sólo islamismo, incluía nacionalismo
ido; el cambio no fue que se pasara de la no creencia general a la fe religiosa, sino
de un modesto secularismo a un aferramiento religioso virulento por parte de una
población frustrada política y económicamente. Aunque también la contestación
política se expresó a veces en formas islamistas, a menudo violentas, que costa-
ron la vida al mismo Sadat, el hecho era que incluso los islamistas más fanáticos
constituían un peligro menor para la nueva oligarquía egipcia en comparación con
los comunistas o los nacionalistas panárabes, pues el islamismo violento podía ser
reprimido de manera atroz («no quiero acusados sino cadáveres», dijo un ministro
egipcio en los años noventa) y el islamismo «moderado» servía perfectamente a
sus intereses de instauración del capitalismo neoliberal en Egipto.
80
En sus discursos, Náser gustaba de hacer juegos de palabras para re-
ferirse a los reyes: en lugar de decir ´awâhil al-´arab (‘los monarcas de los
árabes’), les llamaba ´awâhir al-´arab (‘las putas de los árabes’).
El rey Ahmad del Yemen del Norte escribió un poema contra el socialis-
mo y un poeta palestino pronaserista, Mahmûd Dasûqî, le contestó con otro
poema contra todos los reyes árabes en el que se refrió a Ahmad diciendo:
Y el tercero se puso el turbante
y se hizo en Sanaa poeta.
Una patria que se vende y se compra
y un liderato que a Occidente se mercadea.
Una patria que se compra y se vende
y un liderato que se entretiene apostando.
Éste glorifca su origen
y de su abuelo siempre se jacta
«Soy hijo de la hija de Muhammad
que vino de La Meca con las buenas nuevas».
Si fuera descendiente del Profeta
yo del islam renegaría.
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José F. Durán Velasco 248
iraní,
81
tercermundismo militante y cierto elemento de crítica social.
82

Bajo la infuencia de Irán surgió el Hizbullâh (‘Partido de Dios’) de los
chiíes libaneses, que se convirtió en la más importante de las fuerzas
de resistencia libanesa a los invasores israelíes y en el partido y la
milicia más fuertes del país.
En esta situación, los saudíes y los islamistas de su cuerda, para con-
trarrestar el prestigio de los islamistas iraníes y de Hizbullâh, insisten hasta
el delirio en el sectarismo sunní, tratando de potenciar el enfrentamiento
entre sunníes y chiíes. En esta nueva «guerra fría» de los saudíes, esta vez
no contra el «socialismo árabe» naserista ni contra el comunismo sino
contra la corriente islamista chií, el factor sectario sunní es vital para Ara-
bia Saudí. En esta línea se mueven también los estadounidenses atizando
el odio entre sunníes y chiíes en Iraq para tratar de convertir la resistencia
a la invasión en una guerra civil sectaria entre los iraquíes.
El marxismo fue muy importante en el mundo árabe en los años
cincuenta, sesenta y setenta. El marxismo tenía la ventaja de ser una
ideología supraétnica y supraconfesional, por encima de las diferen-
cias étnicas y sectarias
83
de muchos países árabes, pero para la propa-
81
Aunque el nacionalismo iraní no es necesariamente un nacional-isla-
mismo chií (un perso-chiismo, como le reprochan sus enemigos árabes sun-
níes), no cabe duda de que el chiismo ha sido un componente básico de la
cohesión iraní a pesar de las grandes diferencias etno-lingüísticas y de que
los propiamente persas no lleguen a ser ni la mitad de los habitantes del país.
Los turcos azeríes, segunda etnia del país después de los persas, también son
chiíes. En tiempos del shah, la ideología ofcial fue un nacionalismo persa
intolerante con las minorías lingüísticas, pero tras la revolución islámica la
situación de estas minorías mejoró mucho.
82
El jomeinismo estaba muy lejos de la teología de la liberación al estilo
latinoamericano. Sin embargo, un movimiento islamo-marxista antijomeinis-
ta, el de los Muÿâhidîn del Pueblo, sí que llegó a dotarse de una teología re-
volucionaria (y anticlerical); este movimiento amalgamaba marxismo, islam y
nacionalismo antiimperialista. En las únicas elecciones realmente libres cele-
bradas en Irán, al comienzo de la revolución, los Muÿâhidîn del Pueblo fueron
el partido más votado después del Partido Republicano Islámico de Jomeini.
Los Muÿâhidîn del Pueblo fueron los primeros en hablar de los mustad´afîn,
expresión coránica que en su ideología aunaba la noción islámica de justicia
social con la idea revolucionaria del proletariado; Jomeini tomó de ellos esa
expresión y la incluyó en su ideario.
83
Por ese motivo atrajo a sus flas a muchos miembros progresistas de
minorías oprimidas por estados confesionalistas o étnicamente extraños. Ese
Libro5_bosforo.indd 248 27/8/09 18:53:19
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 249
ganda de sus detractores nacionalistas y religiosos era una ideología
antinacional y atea.
84
En Iraq, el comunismo era mucho más fuerte y
tuvo muchos más partidarios que el Ba´t hasta los años sesenta. En
el Yemen del Sur llegó a haber un régimen marxista-leninista y se
conocía a este país como «la Cuba árabe». El prestigio de la URSS en
los años cincuenta era enorme y se veía como una alternativa al bloque
capitalista. En los años sesenta y setenta el prestigio de la Cuba cas-
trista, de la China de Mao y de Vietnam sólo iba a la zaga del prestigio
y la popularidad de Náser.
El desastre de Náser en 1967 contrastaba con la guerra victoriosa
de los vietnamitas comunistas contra un enemigo muy superior mate-
rialmente y en una situación muchísimo más dura. De ahí que a fnales
de los años sesenta y parte de los setenta, pareciera que los modelos
del «comunismo amarillo» fueran a sustituir al ajado populismo nacio-
nalista. Pero los regímenes conservadores, nacionalistas e islamistas
se encargaron de reprimir y exterminar a la izquierda marxista en el
mundo árabe
85
y en general en el mundo musulmán.
86
es uno de los motivos de que el comunismo ganara tantos partidarios entre los
judíos del mundo árabe o entre los palestinos del estado de Israel.
84
La insistencia en la descalifcación del marxismo como ideología «atea»
fue el argumento favorito de los anticomunistas, en especial de los islamis-
tas. A pesar de que los comunistas árabes no destacaron precisamente por su
fervor ateo ni hicieron del ateísmo una de sus banderas favoritas, más bien
al contrario: sus ataques a la religión fueron bastante indirectos e intentaron
hacer una lectura «progresista» del islam, queriendo ver en el mensaje original
islámico una llamada a la justicia social, al mismo tiempo que tendían a evitar
enfrentarse directamente con los aspectos vidriosos de la religión.
85
El Partido Comunista Iraquí fue duramente perseguido bajo la monar-
quía británica: seis sucesivos comités centrales fueron detenidos y la mayo-
ría de sus miembros fueron ejecutados, incluyendo al carismático secretario
general del partido, de origen cristiano, el camarada Fahd. Pese a ello, este
partido en los años cincuenta siguió siendo el más fuerte y numeroso, hasta los
años sesenta, cuando miles de sus militantes fueron exterminados por el Ba´t o
con la colaboración del Ba´t. La revolución maoísta zofârí en Omán fue aplas-
tada en 1975 por el sultán de Omán, con la ayuda de tropas iraníes enviadas
por el shah de Irán. En Egipto, el régimen naserista persiguió duramente a los
comunistas, pese a que la URSS era el mayor apoyo del régimen de Náser.
86
En 1965, un golpe de estado militar en Indonesia exterminó a más de
medio millón de comunistas y flocomunistas, con la colaboración entusiasta
de los islamistas anticomunistas. La represión del shah contra la izquierda
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José F. Durán Velasco 250
En los años ochenta el declive de la izquierda marxista era evidente.
La caída del bloque del este fue un golpe fatal para el marxismo árabe.
Desde entonces el papel de las organizaciones marxistas es secundario
en esos países. El Yemen del Sur se unió con el Yemen del Norte y, tras
una corta guerra civil, los comunistas fueron eliminados.
La caída del bloque del este y el descrédito del socialismo autorita-
rio han producido algún interés por el anarquismo en algunos sectores
árabes
87
muy minoritarios procedentes del marxismo. En el Líbano
ha surgido una pequeña corriente anarquista, al-Badîl ash-Shuyû´î
at-Taharrurî (‘la Alternativa Comunista Libertaria’). Pero más impor-
tante que ese mínimo anarquismo árabe es la creciente infuencia y el
acercamiento de los marxistas a posiciones anarquistas o marxistas no
autoritarias; esto es perceptible, por ejemplo, en Samir Amin, que al
abogar por una Quinta Internacional afrma que esta debe inspirarse
más en el carácter antiautoritario de la Primera Internacional que en las
siguientes Internacionales.
88
Samir Amin también menciona elogiosa-
mente las ideas de Kropotkin sobre la ayuda mutua.
89
El islamismo político se desarrolló gracias al sustrato religioso de
los países árabes, pero también a la fnanciación de las monarquías
petroleras, en especial la más retrógrada de todas ellas, Arabia Saudí,
iraní fue muy dura, pero el exterminio de la izquierda iraní (incluyendo a
los islamo-marxistas) fue obra del régimen islamista: la izquierda sufrió una
represión implacable, que costó la vida a miles de sus militantes, y a partir de
1983 incluso el Tudé fue eliminado, a pesar de que este partido había apoyado
incondicionalmente «la línea del imâm Jomeini». En Afganistán, entre Arabia
Saudí, Estados Unidos y Pakistán se encargaron de potenciar la insurgencia
islamista, labor que incluyó el reclutamiento de miles de islamistas extran-
jeros para luchar en el ÿihâd afgano anticomunista; de este caldo de cultivo
creado por Estados Unidos y sus aliados islamistas surgieron los talibanes,
Ben Lâden y al-Qâ´ida.
87
La situación del anarquismo en el mundo árabe es tan confusa que ni
siquiera existe en árabe una palabra consensuada general para el anarquismo
sino media docena: fawdawiyya (expresión confusa porque fawdà en árabe
puede entenderse como ‘anarquía’ pero también como ‘caos’), lâ sultawiyya
(‘no autoritarismo’), lâ tasallutiyya (‘no autoritarismo’), hurrawiyya (‘liber-
tismo’), taharruriyya (‘libertarismo’ o quizás más exactamente ‘autolibera-
cionismo’) y anârkiyya.
88
Samir Amin, Por la Quinta Internacional (Mataró: El Viejo Topo,
2007), pp. 12 y 83.
89
Ibid., p. 63.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 251
que difundió gustosamente su versión del islam, el wahhâbismo, una
forma de sunnismo literalista especialmente fanática e intolerante. Mu-
chos gobernantes conservadores e intereses colonialistas también han
considerado a estos islamistas como un buen instrumento para luchar
contra las fuerzas de izquierda, nacionalistas o de liberación. El vacío
dejado por el declive de la izquierda y la ruina del nacionalismo árabe
ha hecho que muchos se vuelvan a la religión, buscando soluciones
simples a problemas dífciles, en consignas como al-islâm huwa-l-hall
(«el islam es la solución»)
90
y similares. Sin embargo, los movimientos
islamistas son complejos y cada uno de ellos tiene una base social
diferente que condiciona sus posiciones políticas. A veces la dirección,
retrógrada y prosaudí, tiene que plegarse a los sentimientos antiim-
perialistas de su base de masas;
91
en algunos casos, el movimiento
islamista es la vertebración de una resistencia anticolonialista, como
es el caso del Hamâs palestino o de algunos movimientos islamistas
en Iraq bajo la ocupación estadounidense; en otros existe una derecha
y una izquierda islamistas, como es el caso de Irán;
92
por su parte, la
pobreza de la mayoría de los chiíes del Líbano condiciona a Hizbullâh
contra las políticas neoliberales.
Nacionalismo árabe y nacionalismos locales
El nacionalismo árabe o panarabismo, con sus dos tendencias (secu-
larista y nacional-islamista), tiene como rivales a los nacionalismos
locales, que niegan la arabidad como fundamento de su nacionalidad.
Aparte de que cada estado árabe tiene en mayor o menor medida su
propio nacionalismo de facto, por la propia dinámica de la existencia
90
Frente a este tipo de consignas facilonas y simplonas, a veces minorías
laicistas han emitido consignas poco más o menos igual de facilonas y sim-
plonas como al-´ilmâniyya hiya-l-hall (‘el laicismo es la solución’), como si
el laicismo por sí sólo fuera una panacea para todos los males del mundo.
91
Como le ocurrió al FIS argelino en 1990: los dirigentes querrían haber-
se puesto de parte de Kuwayt y alinearse con las monarquías despóticas de
Arabia, pero las bases populares exigieron y obtuvieron el apoyo a Iraq.
92
La derecha islamista busca la «recompradorización» y sacraliza las
desigualdades sociales en nombre de la religión; la izquierda islamista insiste
en la justicia social y el rechazo de las desigualdades sociales, al menos de
las consideradas excesivas, y también estima que los recursos fundamentales
del país deben estar bajo control estatal y no en manos de compañías extran-
jeras.
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José F. Durán Velasco 252
misma de un estado, cuando se habla de nacionalismos locales
93
suele
entenderse un nacionalismo ideológicamente opuesto al nacionalismo
árabe, que rechaza el panarabismo y la idea misma de una «nación
árabe». Ese es el caso de los nacionalismos egipcio, sirio o libanés.
Aunque el nacionalismo árabe trata de conseguir la unión política
árabe y aspira a un estado unitario, la idea de umma árabe es indepen-
diente de la existencia o no de un estado árabe unitario. Dicho de otro
modo: los nacionalistas árabes aspiran a la unidad de la nación árabe,
pero no a la creación de «la nación árabe», pues la existencia de esta
se da por hecha, independientemente de que haya o no un solo estado
árabe, varios o ninguno.
94
En cierto sentido, la existencia de la umma
es totalmente independiente de la existencia o no del estado (dawla),
tanto en el caso árabe como musulmán. En ese sentido no existe a
priori la estatolatría de la concepción occidental moderna, aunque los
nacionalistas aspiren a la unidad política en forma de federación o de
estado unitarista.
El nacionalismo egipcio precedió al panarabismo en Egipto, du-
rante las primeras décadas del siglo XX, encarnado sobre todo en el par-
tido Wafd. Fue una ideología liberal, integradora y supraconfesional,
que unía los egipcios (musulmanes, cristianos coptos y judíos) contra
la dominación extranjera británica. En sus versiones más extremistas
(«faraónicas»), el nacionalismo egipcio ha sido popular sobre todo
entre los coptos. Téngase en cuenta que, a diferencia de los cristianos
del Creciente Fértil, los coptos se consideraban el remanente de la
antigua población preislámica y preárabe,
95
que no sólo no era árabe
93
En el lenguaje del nacionalismo árabe, se llama despectivamente al na-
cionalismo local iqlîmiyya (‘localismo’) o qutriyya (‘regionalismo’). En la
jerga del Ba´t, ni siquiera se habla de países árabes sino de las «regiones»
árabes. Naturalmente, los panarabistas cuando hablan de nación (umma) se
referen a «la nación árabe», en cambio los nacionalistas locales (libaneses,
sirios o egipcios) usan provocativamente la palabra umma para referirse al
Líbano, Siria o Egipto.
94
Los nacionalistas sirios piensan más o menos lo mismo de «la nación
siria». Su existencia es para ellos independiente de la existencia o no del
estado sirio unitario al que aspiran. Téngase en cuenta que mientras que el
nacionalismo egipcio o el libanés tienen una patria que se identifca con los
límites de los estados egipcio y libanés, ni el nacionalismo árabe ni el sirio
tienen un estado-nación constituido sino que «la nación árabe» y «la nación
siria» están fragmentadas políticamente en varios estados.
95
Aunque los egipcios musulmanes son básicamente coptos convertidos
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 253
sino tampoco semita.
96
Y a diferencia de lo que sucedía en el Creciente
Fértil, cuando se introdujo el panarabismo en Egipto la ideología pa-
narabista apenas se distinguía del panislamismo. Muchos musulmanes
egipcios veían el panarabismo y el panislamismo como dos círculos
concéntricos, el panarabismo como un círculo menor dentro del círculo
islámico; Náser, máximo líder del panarabismo durante los años cin-
cuenta y sesenta, hablaba de los tres círculos de Egipto: el árabe, el
musulmán y el africano. El sadatismo, que intentó desvincularse del
panarabismo, volvió al nacionalismo local egipcio, pero desprovisto
del carácter secularista, anticolonialista y liberal del antiguo Wafd; por
el contrario, el nacionalismo egipcio sadatista era pro-islamista, pro-
imperialista y dictatorial; también es muy signifcativo que los coptos
detestaran a Sadat.
97
El nacionalismo sirio fue formulado por Antûn Sa´âda (1904-1949),
fundador del Partido Sirio Nacional Social, que pretendía unir en un
solo estado laico toda la Gran Siria, en la que incluía el Sinaí y Chi-
pre. Más tarde, Antûn Sa´âda incluyó en su concepto de Siria a Iraq,
Kuwayt y Juzestán, regiones a las que denominó «Siria oriental». Los
nacionalistas sirios aceptaban hablar de «naciones árabes» pero no de
«nación árabe», pues para ellos su nación era la nación siria y glorifca-
ban las antiguas civilizaciones del Creciente Fértil.
98
El nacionalismo
sirio se consideraba el nacionalismo laico frente al nacionalismo árabe,
al islam, más o menos mezclados con poblaciones inmigradas tras la con-
quista árabe.
96
Los actuales coptos hablan árabe, igual que sus compatriotas musul-
manes, pero su lengua litúrgica, el copto, no es otra cosa que la última fase de
la antigua lengua egipcia. El antiguo idioma egipcio pertenecía a la familia
de las lenguas afroasiáticas (también llamadas camito-semíticas), a la que
también pertenece el árabe (y las demás lenguas semíticas), pero no a la rama
semítica sino a un grupo aparte. Sin embargo, ese idioma egipcio antiguo,
aunque no perteneciera a la rama semítica tenía un componente semítico muy
antiguo que contribuyó a su formación.
97
Cuando Sadat fue a Estados Unidos para los acuerdos de Camp David,
entre loas ofciales y ofciosas, los que le aguaron un poco la festa fueron los
emigrantes coptos, que organizaron grandes manifestaciones en su contra, lo
que irritó sobremanera a Sadat, nada acostumbrado a tolerar manifestaciones
de egipcios contra su persona y su política. Los coptos odiaban a Sadat porque
había fomentado la corriente islamista en Egipto.
98
Muchos de sus militantes adoptaron nombres de guerra cananeos, como
Adonis, Melkart...
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José F. Durán Velasco 254
en el que veía un nacional-confesionalismo musulmán, y el naciona-
lismo libanés, al que tenía por un estrecho nacional-confesionalismo
separatista cristiano y concretamente maronita. Antûn Sa´âda dio un
golpe de estado en el Líbano para unirlo con Siria, pero fracasó y
fue condenado a muerte y ejecutado. El PSNS, no obstante, siguió
teniendo una cierta importancia en el Líbano y Siria. Originariamente
tenía algunas tendencias fascistizantes, pero más tarde tendió a posi-
ciones de izquierda y se proclamó antiimperialista y aliado de la resis-
tencia palestina. En la guerra civil libanesa hizo causa común con los
palestino-progresistas contra la derecha cristiana, y más tarde participó
en la resistencia libanesa contra la ocupación israelí.
El nacionalismo libanés surgió como un nacionalismo cristiano,
especialmente de los maronitas. En su afán de diferenciarse, tanto de
la arabidad como de la sirianidad, inventó un fenicismo desquiciado
según el cual los libaneses eran... «fenicios». Este cuento de la fenici-
dad
99
ha sido especialmente popular entre los maronitas,
100
campeones
99
Los maronitas no han sido los únicos católicos que han utilizado a los
fenicios para inventar una identidad semítica no árabe, por identifcar lo árabe
con lo musulmán. Los malteses han llegado todavía más lejos si cabe, y mu-
chos de ellos sostienen que su idioma no proviene del árabe sino del púnico,
o que al menos tendría un origen mixto púnico-árabe. En realidad, el idioma
maltés es una variedad de árabe magrebí saturada de italianismos y que se
escribe con alfabeto latino.
100
En la compleja y variada etnogénesis de los actuales maronitas contri-
buyeron:
1)
Maronitas emigrados de la zona siria del Orontes, que fueron el núcleo
fundamental de la etnogénesis maronita.
2)
Mardaítas, que eran iranios cristianos establecidos en Siria.
3)
Árabes, a través de chiíes conversos al fnal de las cruzadas y algunos
conversos de la edad moderna, tales como los emires Shihâb.
4)
Francos llegados en la época de las cruzadas.
5)
Armenios llegados también durante la época de las cruzadas.
Sin embargo, la población costera de origen fenicio poca o ninguna apor-
tación hizo a la etnogénesis maronita. Eso es así porque los fenicios de la
antigüedad vivían en la costa, no en la montaña, que en los tiempos de los
fenicios era un inmenso bosque deshabitado del que los fenicios extraían la
madera para sus barcos; la montaña sólo se pobló (y deforestó para sustituir
el bosque por los cultivos en terrazas) en la edad media, cuando los maronitas
y otras comunidades minoritarias se refugiaron allí huyendo del poder sunní.
Los maronitas tenían su origen en la zona del valle del Orontes, en el actual
estado de Siria (tan denostado por muchos de ellos). La población de origen
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del nacionalismo libanés. Los maronitas desconfaban de los musul-
manes y no tenían ningún deseo de formar parte de un estado donde
los cristianos fuesen minoría.
101
Los franceses dieron satisfacción con
creces a las aspiraciones del nacionalismo libanés, para muchos na-
cionalistas libaneses maronitas incluso demasiado, pues el colonia-
lismo francés ensanchó las fronteras del Líbano añadiendo territorios
con poblaciones musulmanas que, si bien hicieron más grande el es-
tado, también hicieron mucho más precaria la mayoría cristiana
102
y
el predominio maronita. La hegemonía de la burguesía maronita no
podía durar mucho: fue amenazada por el naserismo y se hundió en la
guerra civil. Los palestinos, la izquierda y los musulmanes apelaban
en general al nacionalismo árabe y la derecha cristiana al fenicismo.
La colaboración entre los libaneses proisraelíes y el estado de Israel
fenicio sería la de las ciudades costeras del Líbano (y de Siria y del norte de
Palestina), pero esta población era mayoritariamente sunní y melkita. Así, se
da la paradoja de que los que tienen mayor probabilidad de ser descendientes
de fenicios son los que rechazan el fenicismo, mientras que quienes no tienen
posibilidades de ser de origen fenicio son los que han hecho de los fenicios sus
antepasados venerados, aunque no hubiera nada más diferente de un fenicio
marinero que un maronita montañés. Téngase en cuenta que, hasta el siglo XIX,
los maronitas no vivían en la costa sino en la montaña, no eran ni marinos ni
comerciantes sino agricultores.
101
En la época premoderna, los cristianos de la montaña libanesa no pa-
gaban la ÿizya (impuesto de capitación que pagaban los no musulmanes),
tenían derecho a tañer las campanas y las conversiones al cristianismo de
musulmanes y drusos no eran algo inusitado en la montaña libanesa; el caso
más famoso fue el de la familia drusa de los emires Shihâb, algunos de cuyos
miembros se pasaron al islam sunní, otros al cristianismo maronita y otros
primero al sunnismo y luego al cristianismo. Uno de los argumentos favoritos
de la derecha maronita es que el estado libanés es la garantía de la libertad y
la igualdad de los cristianos, pero se olvidan de que ha sido un estado discri-
minatorio en su favor, no un régimen de libertad e igualdad para cristianos y
musulmanes.
102
Todavía a principios de los años cuarenta los cristianos suponían una
ligera mayoría y los maronitas eran la confesión más numerosa. Pero esto
cambió en las décadas siguientes, porque la comunidad chií, que era la que
tenía más miembros pobres, fue también la más prolífca, de manera que en
la actualidad los cristianos, como mucho, no son mucho más de una tercera
parte de la población y los chiíes son al menos igual de numerosos que todos
los cristianos juntos. Los maronitas han dejado de ser la confesión religiosa
más numerosa.
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José F. Durán Velasco 256
invocaba la antigua alianza entre Hiram, rey fenicio de Tiro, y el rey
Salomón. El nacionalismo libanés ha sido sobre todo maronita, con
adeptos entre miembros de otras confesiones cristianas, sobre todo ca-
tólicas, con alianzas circunstanciales con drusos y chiíes. En cambio,
los melkitas ortodoxos en general simpatizaban poco con el fenicismo
y no veían con buenos ojos el militantismo maronita y el secesionismo
del nacionalismo libanés; las razones eran varias: el hecho de que estu-
vieran repartidos por toda la Gran Siria y no concentrados en el Líbano
como los maronitas, su tradición urbana, sus buenas relaciones con los
sunníes urbanos y la existencia de una burguesía melkita ortodoxa muy
próxima a la burguesía sunní. Entre los melkitas ortodoxos han predo-
minado más bien los nacionalistas árabes, los nacionalistas sirios
103
y
los comunistas.
104
No es muy difícil ver los trasfondos confesionales de las simpatías,
las devociones pasionales, las antipatías y las fobias, en las que se han
mezclado factores de clase e intereses materiales muy concretos con
todo tipo de ideologías nacionalistas de fundamento confesional, sean
nacionalismo árabe o nacionalismos locales.
Cada nacionalismo se dota de su propio imaginario, que en parte no
es otra cosa que el imaginario de una determinada confesión religiosa
más o menos secularizado, o un pasado idealizado preislámico de un
determinado país. A veces se inventa una tradición mítica sobre los orí-
103
La Gran Siria se correspondía con la región del mundo árabe en la que
vivían los melkitas, de manera que tenía la virtud de abarcarlos sin abarcar
a más musulmanes de la cuenta, que pudieran amenazar la aconfesionalidad
del país. Sumando a todas las minorías (e incluso a los judíos israelíes, una
vez que estos renunciaran al sionismo y aceptasen ser buenos ciudadanos de
Siria) se podría conseguir que la población no sunní fuera lo sufcientemente
numerosa como para hacer inviable un estado confesionalista musulmán. Los
sunníes quedarían nivelados por los no sunníes y los musulmanes no sunníes
contribuirían a la defensa de la secularidad y la igualdad entre todos los ciu-
dadanos, frustrando cualquier tentación islamista, que al no poder ser más que
sunní, no contaría con el apoyo sino con la hostilidad de todas las numerosas
comunidades musulmanas no sunníes. Esta era la idea implícita en el nacio-
nalismo sirio de Antûn Sa´âda.
104
Muchos melkitas ortodoxos reconvirtieron su fdelidad al zar ruso en
fdelidad a la Unión Soviética. Para los sectores laicos de la comunidad, la
Unión Soviética conscientemente era un modelo revolucionario e inconscien-
te o semiinconscientemente constituía un orgullo, por ser un país tradicional-
mente «ortodoxo», como ellos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 257
genes, que resulta completamente irrisoria para los que no comparten
ese nacionalismo o son sus enemigos:
Hay nacionalistas árabes que tienden a clasifcar como árabes a 1)
todos los pueblos semitas, salvo a los etíopes y los hebreos.
105

Los nacionalistas sirios ensalzan la cananeidad y las civiliza- 2)
ciones del Creciente Fértil.
106
Antûn Sa´âda llegó a hablar de
«el imperio sirio marítimo» (los fenicios) y «el imperio sirio
terrestre» (el imperio asirio),
107
y de Aníbal como héroe sirio,
108

englobando dos entidades étnicas y políticas, los fenicios
109
y
los asirios, semíticas ambas pero enfrentadas y diferentes.
Los nacionalistas libaneses maronitas se atribuyen un origen 3)
fenicio, a pesar de que los maronitas fueran originarios del te-
rritorio del actual estado sirio, que los nacionalistas libaneses
aborrecen.
105
Esto puede llegar a extremos irrisorios, como hablar de «los árabes ba-
bilonios» o «los árabes cananeos». Por no hablar de teorías más disparatadas
aún, que pretenden hacer protoárabes a los propios sumerios.
106
Aunque en un primer momento el nacionalismo sirio incluía dentro de
Siria a la Gran Siria (y Chipre), más tarde Antûn Sa´âda incluyó a Iraq (inclu-
yendo a Kuwayt y Juzestán) como «Siria oriental». En la práctica, la mayoría
de los nacionalistas sirios cuando hablan de Siria se referen a la Gran Siria,
pero también hay quienes hablan de Sûrâqiyya (Siria-Iraq). En términos eti-
mológicos, el término Siria para todo el Creciente Fértil no es absurdo, pues
el nombre de Siria deriva del de Asiria, ya que los griegos llamaron Siria a la
parte occidental del Creciente Fértil porque era la parte occidental del imperio
asirio (Asiria, de donde pasó al griego el nombre de Siria) con la que tenían
más contacto por razones geográfcas.
107
Antûn Sa´âda, Nushû` al-umam (Damasco, 1991), pp. 167-183.
108
El nacionalismo de Antûn Sa´âda fuctúa cuando le conviene entre lo
territorial y lo étnico. Es primariamente territorial, pero cuando le conviene
no duda en reivindicar como propios a los «sirios» de ultramar. El argumento
retorcido es el siguiente: los fenicios eran sirios porque eran nativos de Siria,
luego también los fenicios que vivían fuera eran sirios, como era el caso de
los cartagineses. Así, se da un salto un tanto abusivo del criterio territorial al
étnico.
109
En cualquier caso, los fenicios nunca constituyeron una entidad política
sino que siempre estuvieron divididos políticamente; jamás hubo un «imperio
fenicio», como mucho hubo un imperio cartaginés en el Mediterráneo occi-
dental.
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José F. Durán Velasco 258
El sionismo como alentador del nacional-islamismo árabe
y de los enfrentamientos internos árabes
El sionismo, por su propia naturaleza, es un nacional-confesionalismo.
Existen sionistas laicos e incluso virulentamente ateos, pero el vínculo
entre judaidad y judaísmo es tan fuerte que el estado de Israel, a la hora
de decidir quién es judío, ha cedido esta competencia a los rabinos (con
unas mínimas enmiendas): es judío quien nace de madre judía o se con-
vierte al judaísmo, y la nacionalidad étnica judía es indisociable de la
religión judía. A partir de ahí las discusiones entre sionistas hiloniyim y
datiyim serán sobre si el estado debe ser más o menos teocrático, pero
el nexo entre judaidad y judaísmo apenas se discute, lo que implica un
carácter teocrático de facto. La misma reivindicación de «la tierra de
Israel» es a la vez una secularización de la noción de la tierra sagrada de
los judíos y una confesionalización del nacionalismo. La Biblia hebrea
como acta de derecho notarial que otorga al pueblo de Israel (el pueblo
elegido) el derecho exclusivo o preferente
110
sobre la ex tierra de Canaán,
convertida por derecho divino en «la tierra de Israel». Por ello se ha dicho
que el sionista ateo niega a Dios de iure, pero lo reconoce de facto.
111

El nacional-judaísmo sionista ha sido uno de los factores que más
han obstaculizado la tendencia laicista en el mundo árabe, pues ha
alentado directa e indirectamente tanto los nacional-confesionalismos
de las minorías del mundo árabe como el nacional-islamismo de la
mayoría musulmana sunní.
La política sionista trata de impedir que las minorías confesionales
del mundo árabe sean factor de secularización. Esas minorías confesio-
nales son potencialmente factores de secularización, en tanto que están
interesadas en la separación entre la religión y la política, en que el
110
La diferencia entre los sionistas extremistas y los moderados es esa: los
sionistas extremistas no reconocen a los no judíos ningún derecho sobre el
país; los sionistas moderados aceptan que los no judíos tengan algún derecho
como ciudadanos de segunda clase, siempre que su número sea menor que el
de los judíos y se garantice la subordinación y la marginación de los no judíos.
Cuando el carácter judío de «la tierra de Israel» está amenazado por el hecho
de que la población no judía es mayoritaria, sionistas extremistas y sionistas
«moderados» se ponen de acuerdo en efectuar una «limpieza étnica», como
sucedió en 1948 con la mayoría de los palestinos en los territorios ocupados
por los sionistas, o con los habitantes sirios del Golán en 1967; en ambos
casos, sólo se dejó permanecer a una población no judía minoritaria.
111
Nathan Weinstock, op. cit., p. 79.
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estado no sea confesional, en la igualdad entre ciudadanos y por consi-
guiente en la eliminación de la opaquización ideológica del confesiona-
lismo, eliminación indispensable para el progreso del mundo árabe. Para
evitarlo, el sionismo tendrá sumo interés en convertir a las susodichas
minorías en instrumentos de división social, no de progreso, alentando
las tendencias secesionistas en un descarado intento de taifzación co-
lonialista, a la vez que estas tendencias nacional-confesionalistas de las
minorías potencian a su vez el nacional-confesionalismo de la mayoría
musulmana sunní, lo que a su vez retroalimenta los nacional-confesio-
nalismos centrífugos de las minorías. Todo ello contribuye al atraso, al
oscurantismo y a las divisiones sectarias del mundo árabe.
Ben Gurión incluso trató de fomentar la división entre cristianos
y musulmanes dentro y fuera de Israel. En Israel consideraba a los
palestinos cristianos potencialmente más leales al estado que los mu-
sulmanes; en el exterior, su idea era la alianza con un Líbano cristiano-
maronita desgajado del mundo árabe. Aunque Ben Gurión y Menahem
Begin habían sido adversarios feroces entre sí, la idea de Ben Gurión
trató de llevarla a la práctica Begin con las invasiones del Líbano de
1978 y 1982. Tras la invasión de 1978 se creó el Ejército del Sur del
Líbano, proisraelí, mayoritariamente cristiano; en 1982, Begin intentó
hacer de Bashîr Ÿemayel el Hiram tirio
112
que desgajara defnitiva-
mente el Líbano del mundo árabe, convirtiéndolo al fn en un protec-
torado satélite cristiano del «estado judío».
113
112
Hiram, rey de Tiro, fue socio comercial de su contemporáneo Salomón,
rey de Israel, e incluso le ayudó a edifcar el famoso templo de Jerusalén. En la
mitología sionista y flosionista se propugnaba una alianza entre «los fenicios»
nacional-confesionalistas libaneses cristianos y el estado de Israel, que reme-
moraría las buenas relaciones tirio-israelitas de antaño. Los drusos israelíes
también se apuntaron al invento y se dijeron descendientes de los fenicios que
ayudaron a construir el templo de Salomón. A todo esto, conviene recordar que
los fenicios eran cananeos y por tanto entraban dentro de «la maldición» de
expolio genocida del dios de Israel, pero esto era algo que se olvidaba cuando
se trataba de hacer buenos negocios políticos. Es un ejemplo más de «memoria
selectiva» del nacionalismo y del nacional-confesionalismo en función de los
intereses políticos (y económicos) del momento.
113
Este proyecto fracasó porque era excesivo. Incluso los sectores más lú-
cidos de las Falanges Libanesas (como Karim Pakradumi) eran conscientes de
que la alianza incondicional total con Israel era a medio o largo plazo un suici-
dio para la cristiandad libanesa. Tampoco la mayoría de los cristianos libaneses
tenía interés alguno en convertirse en un satélite servil del estado sionista. Las
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La derrota en 1967 del nacionalismo árabe sumió en el estupor al
mundo árabe. Al principio hubo intentos de superar la derrota girando
hacia la izquierda (y el secularismo), pero estas tendencias revolucio-
posiciones políticas de los cristianos libaneses eran mucho más plurales de lo
que suele creerse y entre ellos han abundado los izquierdistas y los prosirios; la
opción de la derecha cristiana sólo era mayoritaria entre los maronitas (lo que
no signifca, ni mucho menos, que todos los maronitas fueran de derechas o
antisirios, también en la comunidad maronita había una izquierda radical y una
facción prosiria), no entre los cristianos ortodoxos o los armenios, muchos de
los cuales habían sido aliados de los palestinos en la guerra civil libanesa. Pero
incluso la oligarquía maronita era consciente de que su riqueza dependía de que
afuyeran al Líbano los capitales de las monarquías petroleras árabes, mientras
que la opción de un Israel cristiano sólo signifcaba espartanización, pobreza y
subordinación a los intereses israelíes. Aunque, por encima incluso de todo esto,
había otro factor fundamental de orden demográfco: los cristianos eran mayoría
en gran parte de la mitad septentrional del Líbano, no en la mitad meridional
limítrofe con Israel, lo que signifcaba que un estado libanés vasallo de Israel que
sirviese a este último de guardafronteras era imposible. Habría sido posible si las
zonas mayoritariamente cristianas se hubieran encontrado en la zona limífrofe
con Israel, y al no ser así, un estado libanés cristiano y proisraelí debería abar-
car todo el Líbano y asentarse sobre la dominación (imposible) de una minoría
cristiana, en teoría incondicionalmente proisraelí, sobre una mayoría musulmana
(con una importante minoría de refugiados palestinos) doblemente enemiga de
Israel en tanto que este estado sería el apoyo de sus dominadores. Por otra parte,
los invasores israelíes se encontraron pronto sumergidos en las guerras sectarias
entre confesiones: habían invadido el Líbano con la colaboración de la derecha
cristiana y la pasividad de la «izquierda» drusa (supuestamente aliada de la
OLP, aunque en realidad la oligarquía drusa yumblatí trataba de desplazar a los
maronitas del poder para sustituirlos), y cuando se produjo la retirada, provoca-
dores irresponsables cristianos dinamitaron el mausoleo de un santo druso, lo
que provocó la limpieza étnica contra los cristianos en toda la región del Shûf,
donde cristianos y drusos habían convivido bastante bien hasta entonces. Los
israelíes no quisieron hacer nada en favor de los cristianos y en contra de los
drusos para no enemistarse con sus propios soldados drusos israelíes. La alianza
cristiano libanesa-sionista tuvo limitaciones insuperables desde el principio, por
mucho que algunos cristianos soñasen con un Israel cristiano-libanés y por más
que muchos sionistas creyesen que el Líbano era «el eslabón débil» del mundo
árabe. En la práctica fue al contrario: el Líbano ha sido el único país árabe que ha
derrotado militarmente a Israel por medio de la guerra de guerrillas, única forma
de guerra con la que los árabes pueden enfrentarse victoriosamente a un enemi-
go con tanta superioridad militar convencional. Y en la guerrilla que expulsó del
Líbano a los israelíes participaron muchos cristianos libaneses.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 261
narias fueron aplastadas sin piedad por los poderes conservadores y na-
cionalistas, bajo la mirada satisfecha y la colaboración de Estados Uni-
dos, Israel y el Irán del shah: golpe de estado ba´tista en Iraq en 1968
y feroz represión contra los comunistas, «Septiembre Negro» de 1970
en Jordania, aplastamiento de los revolucionarios zofâríes de Omán...
En consecuencia, el mundo árabe frustrado se tiró al abismo como
«solución»: rendición neocolonial o islamismo... o ambas cosas.
En Egipto, al nacionalismo panarabista moderadísimamente laico
de Náser le sucedió la beatería islámica de Sadat, que trató de compen-
sar las frustraciones sociales y políticas de su pueblo echando mano
de la religión musulmana, además de tratar de utilizar a los islamistas
contra naseristas y comunistas para justifcar su nueva alianza con Es-
tados Unidos (enemigo de «los ateos comunistas») y con Arabia Saudí.
De rebote, el auge del islamismo en Egipto provocó el surgimiento de
un confesionalismo copto que llegó al nacional-confesionalismo en
clave centrífuga, algo desconocido hasta entonces, sólo posible en un
contexto de fanatismo religioso creciente.
Los islamistas vieron en la derrota árabe de 1967 un signo divino:
Náser y los nacionalistas habían sido derrotados porque no eran lo
sufcientemente musulmanes, mientras que «el estado judío» había
triunfado porque era el castigo de Dios a los musulmanes descarria-
dos. El shayj egipcio Sha´râwî, uno de los más populares (y más os-
curantistas) predicadores islámicos actuales, dio las gracias a Dios
por la derrota árabe en la guerra contra Israel del año 1967. Entre los
islamistas había una hostilidad admirativa por «el estado judío», ya
que ellos aspiraban a un «estado musulmán».
114
Los fundamentalistas
más extremistas consideraban que no debía lucharse contra Israel hasta
que no se hubiera derrocado a los regímenes árabes nacionalistas de
tendencia secularista.
La frustración general produjo un «retorno» a la religión. Esto supuso
profundizar en las diferencias confesionales, plantear falsas soluciones
religiosas («el islam es la solución») a problemas complejos de todo tipo
(económicos, sociales, políticos, ideológicos), opaquizar los problemas
reales, sustituir la búsqueda de las soluciones por una actitud de aban-
donismo, de aferramiento a formalidades relgiosas, de uniformización
de comportamientos, de sectarismo religioso... En defnitiva, la supuesta
114
Aunque el estado de Israel no es exactamente un estado teocrático judío
en todo el sentido de la palabra, tiene sufciente contenido teocrático como
para que los islamistas lo vean como un referente.
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solución religiosa para lo único que servía era para agrandar los proble-
mas existentes y añadir otros. Nada de esto suponía gran problema para
los intereses del sionismo y de sus aliados, al contrario, esta reacción
religiosa les era muy útil, aunque no dejara de tener a veces sus sal-
picaduras desagradables. En todo caso, comparado con una revolución
radical árabe o incluso con el panarabismo naserista, el islamismo (al
menos el sunní) era un enemigo risible para el sionismo y un aliado tácito
del orden establecido del que se benefciaba el estado sionista.
Hasta la Intifada iniciada en diciembre de 1987, la resistencia pa-
lestina no había tenido nada de islamista. El Fath nunca fue islamista,
aunque su líder, Yâsir ´Arafât, hubiera militado en los Hermanos Mu-
sulmanes de joven, cuando estudiaba ingeniería en El Cairo. Las otras
organizaciones que componían la OLP eran aún menos proclives al
fundamentalismo y sus tendencias eran mucho más secularistas: unas
se declaraban marxista-leninistas (FPLP, FDLP, ambas lideradas por
cristianos: George Habash y Nâyef Hawâtme respectivamente) y otras
ba´tistas. La tendencia islamista nunca estuvo presente en la OLP. Du-
rante décadas, los islamistas no sintieron una especial atracción por
la resistencia palestina, que les parecía demasiado laica, demasiado
de izquierdas y con demasiada relevancia cristiana. Por su parte, la
resistencia palestina desconfaba de los islamistas, en los que veía los
«tontos útiles» del sionismo y de su sostenedor, Estados Unidos.
Los ocupantes israelíes también utilizaron o dejaron hacer a los
islamistas palestinos, con la intención de dividir a los palestinos opo-
niendo el islam político contra los nacionalistas y la izquierda, para
enfrentar a los musulmanes con los cristianos y para entrentar a los
religiosos con los laicos. Los israelíes siguieron fomentando durante
la década de los ochenta a los islamistas, hasta el estallido de la Inti-
fada. Entonces, pudieron observar cómo habían jugado a aprendices
de brujo y cómo el experimento se les había ido de las manos. Aunque
no tanto: el movimiento islamista palestino se limitó a vertebrar una
resistencia popular que habría existido igualmente con otra ideología.
Al menos hasta el estallido de la Intifada en diciembre de 1987, la
causa y la resistencia palestinas eran demasiado laicas para el gusto de
los islamistas, que preferían reclutarse para el ÿihâd contra el comu-
nismo y la Unión Soviética. Los ex combatientes extranjeros veteranos
de Afganistán crearon al-Qâ´ida, cuyos atentados del 11-S tuvieron
consecuencias devastadoras contra la causa palestina y la segunda In-
tifada. Los islamistas voluntarios de Afganistán contribuyeron a hundir
la Unión Soviética, y con ella al mayor contrapeso contra Israel y su
aliado incondicional estadounidense; más tarde, con sus atentados es-
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pectaculares brindaron a los neocons prosionistas el pretexto perfecto
para justifcar ante el pueblo estadounidense una sucesión de guerras
contra los árabes, alentadas por grupos de presión sionistas.
La invasión de Iraq ha provocado unas terribles guerras sectarias, alen-
tadas por los servicios secretos estadounidenses y por el Mosad israelí,
sumamente interesados en que la resistencia contra el invasor se desvíe
en una guerra civil interétnica e interconfesionalista entre iraquíes.
115
Los
dirigentes israelíes desearían lo mismo para Siria y el Líbano; por ello, la
guerra desencadenada por Israel contra el Líbano el verano del año 2006,
con su devastadora destrucción de ese país, tenía como objetivo provocar
una guerra civil entre partidarios y enemigos de Hizbullâh.
Cómo la judeofobia del chovinismo árabe y del fanatismo
islámico ha servido y sirve a la causa sionista
Un movimiento sionista muy bien organizado, fnanciado por una acau-
dalada burguesía judía prosionista, aliado desde 1917 con las mayores
potencias coloniales y neocoloniales del mundo... ¿Qué resistencia ha
encontrado? ¿Cómo se ha articulado ideológicamente la resistencia
anticolonialista contra el sionismo?
«¿Quiénes son nuestros enemigos?» y «¿por qué son enemigos?»
son dos cuestiones importantes, que implican una tercera: «¿quiénes
somos nosotros?».
El sionismo se presentaba a sí mismo como representante de «los
judíos». Para la ideología sionista, sionista y judío debían ser términos
sinónimos; sus enemigos, «los otros», son «los árabes». Muchos ene-
migos del sionismo a menudo compartían esta visión, para ellos sus
enemigos eran simplemente «los judíos»; de esta manera, convertían a
los judíos en general en el objeto de su odio. Pero esto tiene una serie
de implicaciones:
Signifcaba dar la razón a los sionistas implícitamente, aceptando 1)
la idea sionista de identidad total entre judíos y sionismo.
Al aceptar la identifcación nacional-confesionalista del sio- 2)
nismo, estaban aceptando la nacional-confesionalización de la
identidad judía y la de los no judíos.
115
Las consecuencias han sido especialmente devastadoras para las mino-
rías confesionales: los cristianos, los mandeos y los yazidíes.
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Los judíos serán vistos como enemigos en virtud de su judaidad, 3)
entendida en un sentido confesional o nacional-confesionalista,
con lo que el antisionismo deja de ser tal y se cae en una judeo-
fobia confesionalista, étnica o etno-confesional.
Al adoptar una postura judeófoba como reacción al sionismo, el
antisionismo propiamente dicho pasa a ser secundario. Al no odiarse
el sionismo sino a «los judíos», el sionismo no se concibe como una
ideología y un proyecto político detestable por colonialista y racista
sino como una «emanación natural de la perversa índole de los judíos».
Esta judeofobia es primariamente confesional, cristiana o musulmana,
más musulmana que cristiana, pues el islam es la religión mayoritaria
del mundo árabe y el cristianismo la minoritaria.
Esta torpe judeofobia primaria, confesional, será la puerta por
donde entre el antisemitismo europeo, que vendrá a enturbiar aún más
la visión del sionismo y a confundir la lucha antisionista con una des-
quiciada judeofobia, en la que se mezclaban un anticolonialismo dis-
torsionado con un fanatismo religioso latente o consciente y elementos
de antisemitismo importados de Europa. Todo esto tendrá consecuen-
cias devastadoras para el mundo árabe:
Pérdida de las comunidades judías del mundo árabe en benef- 1)
cio del estado sionista, con el consiguiente empobrecimiento del
mundo árabe al perder una parte valiosa de sus miembros, a la vez
que el estado sionista obtenía algo más de la mitad de su pobla-
ción judía para llevar a cabo su proyecto colonial en Palestina.
Facilitar a la propaganda sionista la tarea de presentar a sus 2)
enemigos árabes como unos fanáticos judeófobos dispuestos a
llevar a cabo un segundo Holocausto, tanto en su propaganda
dirigida al pueblo israelí como en su propaganda exterior.
Completa distorsión de la lucha antisionista, al convertir una 3)
justa lucha anticolonialista en una absurda «lucha contra los
judíos», se entienda judío en un sentido confesional, étnico o
ambas cosas a la vez.
Envilecimiento del mundo árabe por una ideología profunda- 4)
mente embrutecedora, entre el chovinismo y el sectarismo re-
ligioso, lo que ha contribuido grandemente a la degeneración
nacional-confesionalista.
En última instancia, este envilecimiento ideológico ha contribuido 5)
a desbrozar el camino a los movimientos islamistas y al esencia-
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lismo retrógrado confesional, tanto de la mayoría musulmana sunní
como de las minorías religiosas no musulmanas
116
o no sunníes.
117

Tradicionalmente, los cristianos, dentro y fuera del mundo islá-
mico, habían sido más hostiles a los judíos que los musulmanes.
118

Los musulmanes no sentían por los judíos el odio teológico que tradi-
cionalmente sentían contra ellos los cristianos,
119
tampoco los judíos
experimentaban contra el islam la inquina teológica que les inspiraba
116
La guerra civil libanesa cristiano-musulmana es el ejemplo más san-
griento: un enfrentamiento de intereses de clase rápidamente degeneró en una
guerra confesional sectaria demencial.
117
La guerra civil en Iraq se ha superpuesto a la guerra de la resistencia
iraquí contra los invasores que han ocupado el país desde el año 2003. Para
satisfacción de los invasores, muchos iraquíes han desviado la resistencia a
la ocupación en enfrentamientos internos interiraquíes de tipo étnico (kurdos
contra árabes y minorías) o confesional (sunníes contra chiíes, musulmanes
contra no musulmanes), sustituyendo la lucha contra el re-colonialismo por
una guerra civil étnica y confesionalista que sirve de coartada propagandística
a los invasores.
118
Hasta el siglo XX, en el mundo musulmán los únicos que creían en
«libelos de sangre» y crímenes rituales judíos habían sido los cristianos, en
tanto que los musulmanes rechazaban tan burdas acusaciones como parte de la
psicosis cristiana contra los judíos. Los acontecimientos de 1840 en Damasco,
que conmocionaron a los judíos de Europa, se debieron a un libelo de sangre
cristiano que acusaba a los judíos de haber cometido crímenes rituales. En
1862 y 1890 hubo ataques cristianos al barrio judío de Beirut provocados por
libelos de sangre. En comparación, la actitud de los musulmanes del Creciente
Fértil hacia los judíos era mucho menos hostil; en las acusaciones cristianas,
los musulmanes sólo veían una hostilidad irracional basada en los errores
teológicos de unos y otros.
119
Téngase en cuenta que los musulmanes no creen que Jesús fuera cru-
cifcado ni que fuera Dios o hijo de Dios; en consecuencia, las acusaciones
cristianas contra los judíos de haber crucifcado a Jesús eran de algo que no
había ocurrido, por no hablar de la idea de «deicidio», puro dislate para los
musulmanes. Los judíos no negaban que hubieran matado a Jesús (cosa que
el Talmud dice) pero consideraban justa su ejecución, por haberse tratado de
un «brujo» que desviaba a Israel del camino recto. Como puede verse, todo
esto está muy lejos de la ideología «judeo-cristiana» actual con su interesado
acercamiento judeo-cristiano, muchas veces no en pro de una ecumenicidad
irenista sino excluyendo al islam de ese acercamiento y tratando de fomentar
una común islamofobia.
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José F. Durán Velasco 266
el cristianismo.
120
La hostilidad musulmana contra los judíos, en la
medida que existía, era confesional (no racial, ni étnica):
121
los musul-
120
La hostilidad cristiana contra los judíos encontraba la horma de su zapato
en la hostilidad de los judíos hacia los cristianos, que era muy grande. La mayo-
ría de los rabinos (incluyendo a Maimónides) consideraba que el cristianismo
era «idolatría», mientras que el islam era una religión respetable monoteísta.
La persona de Jesús era objeto de execración por parte de los judíos (el Tal-
mud y la tradición judía afrman que se trató de un brujo, hijo adulterino de
una judía y un soldado romano, condenado justamente por haber tratado de
desviar a Israel; en un pasaje del Talmud aparece condenado en el inferno a
estar entre excrementos ardientes), mientras que a Muhammad le llamaban
solamente «el loco». Puede parecer paradójico que los judíos tradicionalmente
vieran con odio a Jesús, judío, y vieran con mejores ojos a Muhammad, un
gentil que había hecho mucho daño a las comunidades judías de Medina, pero
precisamente la condición judía de Jesús lo hacía odioso para los judíos, que lo
consideraban un traidor y un hereje, mientras que la condición gentil de Mu-
hammad hacía que lo vieran con relativamente menos malevolencia. Téngase
en cuenta también que el islam fue mucho más tolerante que la cristiandad.
También hay que tener presentes las grandes similitudes estructurales y ras-
gos comunes entre el islam y el judaísmo: estricto monoteísmo, un concepto
similar de ley religiosa, circuncisión, abstención de carne de cerdo, etcétera.
En la actualidad, por motivos irenistas y de buena voluntad, pero también por
intereses más turbios, cristianos y judíos han intentado limar sus diferencias y
algunos han inventado la expresión «civilización judeocristiana», tratando de
amalgamar ambas tradiciones religiosas, pero, signifcativamente, tratando de
unirlas exluyendo al islam y para oponerlas al islam, lo que supone no sólo ig-
norancia (en muchos aspectos fundamentales las similitudes entre el judaísmo
y el islam son mucho mayores que entre el judaísmo y el cristianismo, por lo
que con tanto o más motivo se podría hablar de «civilización judeoislámica»),
sino también una evidente mala fe: se trata de un acercamiento judeo-cristiano
prosionista en contra de un tercero, que es el mundo musulmán, o, más bien, de
utilizar la islamofobia como pretexto prosionista y colonialista.
121
Al contrario: los musulmanes consideraban que los israelitas habían
sido un pueblo especialmente bendecido con más profetas que ningún otro.
Aunque también distinguían entre los israelitas antiguos y los judíos, pues eran
conscientes de que los judíos posteriores tenían múltiples orígenes. Además,
mientras que ‘israelita’ era un término respetable, ‘judío’ a menudo era des-
pectivo: ‘israelita’ se relacionaba con el pueblo antiguo agraciado con muchos
más profetas de Dios que cualquier otro, mientras que ‘judío’ era sinónimo de
obcecación en no aceptar las revelaciones divinas posteriores y de deformador
de la revelación recibida. Por ese motivo, antes de la creación del estado de
Israel, ‘israelita’ era el término más cortés para referirse a los judíos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 267
manes consideraban que los judíos (al igual que los cristianos) habían
sido receptores de revelaciones divinas y las habían falseado a lo largo
del tiempo, por lo que el islam había venido a restaurar la religión
verdadera, que en sus aspectos fundamentales era la misma que Dios
había revelado a Moisés y los profetas de Israel, pero no existía entre
los musulmanes nada remotamente parecido a la idea del «deicidio»; si
bien se recordaba que los judíos de Medina se burlaron de Muhammad
y le fueron hostiles, nunca existió una judeofobia de características
similares a la cristiana.
Sin embargo, en el siglo XX, como consecuencia de las pretensio-
nes sionistas sobre Palestina, el mundo árabe y el mundo islámico
han sido un campo fértil para la difusión de la propaganda antisemita
occidental. Clásicos del antisemitismo, como Los protocolos de los
sabios de Sión, se han difundido ampliamente y muchos árabes los han
aceptado como verdad y como la explicación de lo que son los judíos
y el sionismo. Los estragos que esa basura ideológica ha causado son
fáciles de imaginar.
Muchos árabes y musulmanes se dejaron ganar por la propaganda
nazi, que trataba de atraerse a los nacionalistas árabes y a otras vícti-
mas del colonialismo británico y francés con aquello de «el enemigo
de tu enemigo es tu amigo». La emisora en lengua árabe de Berlín di-
fundía propaganda antisemita que hizo mucho daño a las comunidades
judías de los países árabes, porque muchos árabes se dejaron engañar
con la idea de que el Eje les iba a liberar del colonialismo británico y
francés y de que, puesto que el sionismo era enemigo de los árabes,
el antisemitismo nazi era su aliado.
122
Toda esta terrible confusión se
debió a la confuencia de tres factores:
122
En realidad, para los nazis los judíos eran inferiores en virtud de su
pertenencia a una supuesta «raza semítica inferior», a la que se suponía que
pertenecían también los árabes. Si el Eje hubiera ganado la guerra, el mundo
árabe habría sufrido otro acuerdo del tipo de Sykes-Picot, por el que la Italia
fascista y la Alemania nazi se hubieran repartido los países árabes de una
manera parecida a como Francia y Gran Bretaña se repartieron los despojos
árabes del imperio otomano tras la primera guerra mundial. No hay ningún
motivo para pensar que los nazi-fascistas hubieran sido menos colonialistas
e imperialistas con los árabes que Francia o Gran Bretaña. Todo sugiere que
los árabes y los musulmanes que se dejaron ganar por las promesas nazis de
liberación nacional eran tontos útiles, similares a los árabes que se dejaron
engañar por promesas británicas similares.
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José F. Durán Velasco 268
La no distinción entre judíos y sionistas, pues los sionistas in- 1)
sistían hasta la alucinación en la identifcación entre judaísmo,
judaidad y sionismo, mientras que muchos de sus enemigos
árabes musulmanes (y también cristianos) seguían viviendo en
esquemas confesionalistas a los que recientemente se sumaban
los nacionalistas. La situación era muy propicia, por tanto, para
el nacional-confesionalismo, incluyendo el sionismo. De todo
esto sólo escapaban los nacionalistas más seculares (pero que
a menudo no eran nacionalistas árabes sino «locales», o sea,
nacionalistas sirios
123
o egipcios)
124
y la izquierda marxista,
aconfesional y supraétnica.
El hecho de que el sionismo se apoyara en la potencia imperia- 2)
lista británica.
El hecho de que la Alemania nazi (y la Italia fascista) fueran 3)
los enemigos de las potencias imperialistas que colonizaban el
mundo árabe.
No obstante, los árabes pro-Eje no querían ver que la Italia fascista
aliada de Hitler colonizaba Libia y tenía aspiraciones sobre Túnez. O
que la España franquista, que había ganado la guerra civil con la ayuda
de Hitler y Mussolini, colonizaba el norte de Marruecos, Ifni y el Sá-
hara, y que las ambiciones del colonialismo franquista se extendían a
123
En muchos aspectos, el nacionalismo sirio de Antûn Sa´âda era una
expresión de las minorías no musulmanas o no sunníes, en el que los judíos
tenían cabida como un elemento más de Siria. Es signifcativo que el Partido
Sirio Nacional Social aunara el antisionismo militante con una actitud mucho
más abierta hacia los judíos, incluidos los judíos israelíes de cualquier pro-
cedencia; el proyecto del nacionalismo sirio respecto a esos judíos no era
ni exterminarlos y expulsarlos sino integrarlos como ciudadanos de pleno
derecho en Siria. Esta generosidad no se debía sólo a una posición más laica
y la ausencia de judeofobia sino a que el nacionalismo sirio, en tanto que ex-
presión tácita de los temores de las minorías no sunníes, podía considerar útil
incluir a los judíos israelíes como ciudadanos sirios, de manera que la gran
minoría judía en el sur de Siria fuese un contrapeso contra la mayoría sunní,
que dejaría de ser mayoritaria y tendría que avenirse a aceptar el laicismo y la
igualdad entre todos los grupos confesionales.
124
En el movimiento nacionalista egipcio de las primeras décadas del si-
glo XX militaban por igual musulmanes, cristianos y judíos.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 269
todo Marruecos y el Oranesado argelino.
125
Mussolini también entró
en tratos con la derecha sionista y habló elogiosamente de «los judíos
fascistas» del movimiento sionista. El nazismo, aunque utilizaba la de-
magogia judeófoba en su propaganda general, no era específcamente
antisionista, más bien al contrario: los sionistas, judíos segregacionis-
tas que querían abandonar Europa, eran los únicos judíos con los que
el nazismo podía simpatizar. No hay ningún motivo para pensar que
en el caso de que las circunstancias lo hubieran aconsejado, los im-
perialismos alemán o italiano no hubieran echado mano del sionismo
igual que los imperialismos británico y estadounidense. Su apoyo al
nacionalismo árabe era puramente táctico. Utilizaban los sentimientos
anticolonialistas de los árabes en provecho de sus propios proyectos
colonialistas, desviaban en anglofobia, francofobia y judeofobia el re-
chazo árabe a los colonialismos británico, francés y sionista, del mismo
modo que antes los colonialistas franceses y británicos habían alentado
el nacionalismo árabe y la turcofobia para sublevar a los árabes contra
el imperio otomano, para después repartirse los territorios árabes de
ese imperio. Si el Eje hubiera ganado la guerra mundial, no cabe la
menor duda de que Alemania e Italia
126
habrían hecho lo mismo con el
mundo árabe en su totalidad.
La basura nazi tuvo un papel no despreciable cegando a muchos
árabes y desviando el antisionismo en una judeofobia desquiciada,
en la que se mezclaban de manera inextricable los elementos del
antisemitismo europeo con los prejuicios antijudíos tradicionales en
125
Lo que no impidió que más tarde, cuando el régimen franquista estaba
aislado y encontró útil un acercamiento a los estados árabes, el franquismo
hablara de «nuestra tradicional amistad con los países árabes». No dejaba de
ser sarcástico que un dictador que empezó su carrera criminal en una brutal
guerra colonial en Marruecos, que luego utilizó a reclutas marroquíes como
carne de cañón en la guerra civil española y se había negado a descolonizar
el Ifni y el Sáhara, se las diera de «amigo de los árabes». Máxime cuando la
ideología de su régimen era un nacional-catolicismo, uno de cuyos mitos fun-
dacionales eran los siete siglos de «reconquista» y la necesidad de «limpiar»
la España reconquistada de moros y judíos.
126
Y tal vez también España como socio ínfmo, pues cuando se hubiera
visto con total seguridad que el Eje iba a ganar la guerra, Franco se habría
apresurado a declarar la guerra a los aliados para obtener «la parte del buitre»
en el reparto del botín, a costa de los imperios coloniales de las potencias
vencidas, pero también a costa de los pueblos colonizados, que sólo cambia-
rían de amo.
José F. Durán Velasco 270
una maraña ideológica chovinista, confesionalista o ambas cosas a
la vez.
Los gobiernos árabes que declararon la guerra a Israel en 1948 no
estaban motivados por una posición anticolonialista (la mayoría de
ellos eran probritánicos), sino que su propósito era desviar las luchas
de clases y antiimperialistas internas en un ÿihâd contra «los judíos»
provechoso para sus intereses. La posición prosionista de Stalin en ese
momento, aceptando la partición de Palestina entre un estado árabe
y otro judío, secundada por la mayoría de los partidos comunistas
árabes,
127
permitió a los gobiernos árabes reaccionarios aunar el an-
tisionismo con la judeofobia y el anticomunismo. Si los estados de la
Liga Árabe se hubieran negado en 1948 a hacer la guerra y se hubieran
limitado a exigir el cumplimiento de las resoluciones de la ONU, es
decir, dos estados (árabe y judío), con todos los habitantes árabes del
estado judío con ciudadanía plena de ese estado, los sionistas quizás
habrían tenido serios problemas para llevar a cabo su limpieza étnica y
para desplazar a los palestinos a los estados árabes vecinos.
128

Una vez puestos a hacer la guerra, los estados árabes beligerantes no
tuvieron ningún plan militar serio coordinado; de haberlo tenido habrían
acabado con Israel durante las primeras semanas de su existencia, pero
cada gobierno árabe tenía sus propios intereses y perdieron esa oportu-
nidad. A mitad de la guerra, los estados árabes beligerantes se negaron
tanto como los sionistas a aceptar el plan de Bernadotte
129
en un mo-
127
Pero rechazada por el Partico Comunista Iraquí, en cuyas flas militaban
muchos judíos antisionistas que rechazaron la creación de un estado sionista
en Palestina.
128
O quizás no. Los sionistas, en cualquier plan de reparto de Palestina, sólo
veían un primer paso en el camino para apoderarse de todo el país, y si aceptaron
el plan de reparto de la ONU fue sólo como una táctica para que se viera a sus
enemigos como agresores y porque en ese momento su posición era tan débil que
un ataque árabe efcaz hubiera acabado con la presencia sionista en Palestina.
129
Bernadotte (1895-1948) fue el mediador enviado por la ONU para arbi-
trar el conficto y propuso un plan de paz basado en una partición de Palestina
entre un estado judío y otro árabe, geográfcamente más razonable que el
plan de partición de la ONU del año 1947. El plan de Bernadotte incluía toda
Galilea en el estado judío y el Negev y Jerusalén en el estado árabe. Además,
Bernadotte exigía el retorno de los refugiados a sus hogares y que ambos
estados reconociesen como ciudadanos de pleno derecho a los judíos y árabes
que moraban en su territorio. La mediación de Bernadotte fracasó entre otras
cosas porque el propio Bernadotte fue asesinado por terroristas del Lehi.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 271
mento en el que su debilidad militar era más que notoria. Los sionistas
rechazaron el plan porque ya contaban con una aplastante superioridad
militar y aspiraban a conquistar muchos más territorios y no querían
dejar volver a los refugiados palestinos; los gobernantes árabes lo re-
chazaron porque habían caído en las redes de su propia demagogia de
«echar a los judíos al mar»
130
y preferían una derrota total y un desastre
para los palestinos antes que el descrédito de dar marcha atrás.
La judeofobia desatada en los países árabes a consecuencia de esa
derrota y de la expulsión de los palestinos contribuyó no poco a hacer
un inmenso servicio a la causa sionista: contribuyó a conseguir que la
mayoría de los judíos de los países árabes emigrasen a Israel. No fue el
único factor, pero en algunos casos fue el decisivo. Sin esa judeofobia
desatada por la guerra de 1948, los judíos iraquíes, que eran la segunda
comunidad judía más numerosa del mundo árabe –después de la ma-
rroquí–, no habrían emprendido el éxodo hacia el estado sionista.
El primer ministro iraquí Nûrî Sa´îd llegó a amenazar con expul-
sar a todos los judíos iraquíes si Israel no permitia la repatriación de
los refugiados palestinos. Las actividades sionistas en Iraq, las reales y
las imaginarias,
131
sirvieron de pretexto para nuevas medidas contra los
judíos iraquíes: arrestos, exclusión de profesiones y de empleos del es-
tado. Luego se habló de un intercambio forzoso de población: los judíos
iraquíes serían deportados a Israel, «intercambiados» por un número
similar de refugiados palestinos. Nûrî Sa´îd amenazó con expropiar a los
judíos iraquíes y utilizar sus bienes para compensar a los palestinos lo
130
Obsérvese que no se hablaba de «echar a los sionistas al mar» sino a
«los judíos». La mezcolanza de anticolonialismo y de judeofobia lo envene-
naba todo, como más tarde experimentaron muchos judíos del mundo árabe,
en especial los de Iraq.
131
En Iraq existía un pequeño movimiento sionista, pero era repudiado por
la gran mayoría de la población judía. Los sionistas iraquíes eran muy pocos,
la mayoría de los judíos iraquíes eran antisionistas y muy conscientes del de-
sastre al que les podía abocar el sionismo. Los comunistas eran muchos más
entre los judíos iraquíes que los sionistas, aunque posiblemente la mayoría de
los judíos iraquíes eran apolíticos o patriotas iraquíes. El Partido Comunista
Iraquí, el más numeroso de los partidos comunistas del mundo árabe, fue de
los pocos partidos comunistas del mundo árabe que rechazaron el plan de
partición de Palestina entre un estado árabe y otro estado judío y exigió una
Palestina unida. Los comunistas judíos no eran menos antisionistas que los
comunistas no judíos, y en realidad tenían buenas razones para serlo tanto o
más que el resto de sus compatriotas.
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José F. Durán Velasco 272
que habían perdido en su tierra. Como puede verse, estas medidas eran
antijudías, pero en modo alguno antisionistas, pues Nûrî Sa´îd proponía
en clave judeofóbica lo mismo que los sionistas habían propuesto hacer
años antes: el traslado forzoso de palestinos a Iraq y de judíos iraquíes
al nuevo estado sionista. Tanto el gobierno probritánico de Nûrî Sa´îd
como el estado de Israel organizaron la emigración. En 1950 se pro-
mulgó una ley que permitía a los judíos iraquíes emigrar a cambio de
perder para siempre la nacionalidad iraquí y llevarse sólo lo puesto. Unas
bombas, que al parecer pusieron agentes sionistas con la complicidad del
gobierno iraquí, sirvieron de detonante del pánico para que la mayoría
de los judíos iraquíes se marcharan. Los judíos iraquíes perdieron su na-
cionalidad, su país, su identidad y sus propiedades. Estas últimas fueron
confscadas por el gobierno y engrosaron la riqueza de los mandamases
iraquíes. Los políticos antijudíos utilizaron el despojo de los palestinos
como pretexto para despojar a los judíos iraquíes, a la vez que los políti-
cos israelíes justifcaron el despojo de los palestinos alegando el despojo
que habían sufrido los judíos en los estados árabes. Naturalmente, los
palestinos no recibieron nada y los judíos iraquíes tampoco: unos fueron
a parar a campos de refugiados y los otros a «campos de tránsito». Los
estadistas israelíes y árabes obraron con idéntica hipocresía, sacrifcando
a palestinos y judíos en aras de sus intereses.
La judeofobia desatada en los países árabes sirvió a los estadistas
israelíes y a los sionistas en general como pretexto para justifcar la lim-
pieza étnica llevada a cabo contra los palestinos y el latrocinio de su país
y sus bienes, con el argumento de que los judíos del mundo árabe habían
sido privados de su patria natal y despojados de sus bienes,
132
que el
número de refugiados palestinos en 1948 y el de judíos del mundo árabe
emigrados a Israel es más o menos similar, por lo que se habría tratado de
un «intercambio de poblaciones» entre Israel y el mundo árabe. La razón
de estado, una vez más, machacaba los derechos de los seres humanos.
La cuestión de la injusticia cometida contra los judíos árabes ape-
nas se planteó:
Para los sionistas no eran víctimas sino simplemente judíos que 1)
«retornaban a la tierra de Israel», que era lo que el sionismo
132
Lo que sólo era cierto en parte, pues la emigración judía al estado de
Israel sólo en parte fue debida a la judeofobia desatada por la creación del es-
tado de Israel y la limpieza étnica practicada por este estado contra los palesti-
nos. Muchos judíos no fueron expulsados sino que sencillamente emigraron.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 273
deseaba. Sólo se mencionaba su condición de víctimas cuando
se trataba de denigrar al mundo árabe y de oponer un agravio al
sufrido por los palestinos.
Para los nacionalistas árabes un judío árabe interesaba poco, 2)
era sospechoso de sionismo o criptosionismo y si emigraba a
Israel era un enemigo o un traidor. El nacionalismo árabe en su
conjunto despreció a los judíos árabes, con lo que de facto se los
regaló al sionismo, que estuvo encantado con el regalo.
Los regímenes nacionalistas que derrocaron y sucedieron a los re-
gímenes desacreditados por la derrota de 1948 en general no les fueron
a la zaga a sus antecesores en cuanto a marrullería demagógica. La
impotencia y la incapacidad de estos regímenes iban a la par con los
discursos más ardientes llamando no sólo a la destrucción del estado
sionista sino al aniquilamiento de sus habitantes judíos. El hecho de
que estas amenazas fueran en su mayor parte bravatas demagógicas
para consumo interno y, lo que es más importante, que los gobernantes
y los políticos que las decían no tuvieran medios reales de llevarlas a
cabo, no cambia lo utilísimas que fueron para los sionistas, tanto de
cara a la población judía israelí como para su propaganda internacio-
nal.
Dentro del estado sionista esas amenazas desquiciadas eran el
mejor antídoto que podía tener la clase dominante para tener tranquilo
a un pueblo lleno de tensiones sociales y étnicas. Nada mejor que un
enemigo externo haciendo exhortaciones demenciales a la matanza de
los judíos israelíes, repetidas por las emisiones radiofónicas en árabe
y en hebreo, y que hicieron un inmenso favor a la causa sionista. A
una población judía originaria de Europa que había sobrevivido a un
genocidio, los discursitos de Náser y sus adláteres le sonaban a Hitler.
Para una población judía originaria de los países árabes, que había su-
frido algunos pogromos y había padecido medidas discriminatorias, no
era precisamente la mejor forma de ganarla para la causa antisionista.
En aquel tiempo, los judíos procedentes de los países árabes eran una
población marginada que ocupaba el lugar más bajo en la sociedad is-
raelí, una población profundamente descontenta que se sentía frustrada
por el sionismo y que podría haber sido un factor de acercamiento
con los países árabes. Pero con la demagogia naserista tal cosa era
sencillamente imposible.
Cuando los estadistas israelíes desencadenaron la guerra de 1967,
lo hicieron tanto para atajar los confictos internos interjudíos como
porque sabían que la propaganda de los regímenes árabes enemigos
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José F. Durán Velasco 274
había desacreditado a estos ante el mundo. Mientras que la guerra que
desencadenaron los estadistas israelíes contra Egipto en 1956 se vio in-
ternacionalmente como una agresión colonialista inaceptable, la guerra
de 1967 pudo colarse como una «guerra de supervivencia»,
133
merced
a la demencial propaganda de sus enemigos.
134
Los cambios fueron rápidos a raíz de la derrota de 1967, pero no
siempre a favor de la causa palestina. Los regímenes más favorecidos
fueron los más conservadores, como la monarquía jordana o la saudí,
que se desembarazaron de su rival naserista y así se dio por terminada
«la guerra fría árabe» entre el Egipto de Náser y Arabia Saudí, con la
victoria de esta última. Los regímenes jordano y saudí pertenecían a
la misma constelación reaccionaria subordinada al imperialismo de
Estados Unidos; por su propia naturaleza, la propaganda saudí es más
judeófoba que antisionista, o más exactamente, Arabia Saudí, por su
naturaleza, no puede ser radicalmente enemiga del estado sionista.
La resistencia palestina, emergente con la derrota de 1967, desechó
la verborragia judeófoba y optó por un planteamiento más genuina-
mente antisionista. El Fath propugnó un estado único para todo lo que
había sido el territorio de Palestina hasta 1948, en el que judíos, cris-
tianos y musulmanes gozaran de los mismos derechos, incluyendo los
judíos israelíes que renunciaran al sionismo. El Frente Democrático
para la Liberación de Palestina reconocía la existencia de un pueblo
israelí, cuyos derechos nacionales deberían respetarse en el seno de
una federación socialista que agrupara a los países de la región.
Pero la propaganda anterior de los regímenes nacionalistas fue muy
dañina para la causa palestina y antisionista. Para los sionistas era muy
fácil argüir que «si los árabes ya no hablan de destruir Israel (con sus
habitantes judíos incluidos) es porque ya no pueden», y que «si ya no
hablan de exterminar a los judios israelíes no es porque hayan cam-
biado de ideas sino porque por razones de propaganda exterior se guar-
dan mucho de decir lo que les gustaría hacer». La propaganda sionista,
para consumo israelí y para consumo exterior, siguió con sus dos frases
habituales: en brerá («no hay alternativa») y en ´im mi le-daber («no
hay con quien hablar»), dando a entender que la política belicista y
133
Hasta un Jean-Paul Sartre no pudo ver con claridad que tras la propa-
ganda sionista y la aberrante propaganda de ciertos regímenes árabes lo que
había era un puro fenómeno colonial.
134
Fidel Castro advirtió: «Un revolucionario jamás amenaza con extermi-
nar a un pueblo».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 275
agresiva era la única alternativa y que no se podía hacer la paz con los
palestinos ni con los demás árabes porque no hay entre ellos quienes
quieran la paz. Lo que no ha impedido nunca a los estadistas israelíes
hacer la paz o intentarla con los regímenes árabes más derechistas: con
el Egipto de Sadat, el rey Husayn de Jordania o la derecha maronita
libanesa. Consecuentemente con esa propaganda israelí, habría sido
absurdo intentar hacer la paz con Sadat, que desencadenó la guerra de
1973, pero la propaganda sionista no es más que eso: propaganda.
Esa misma propaganda insistió durante décadas en que no se podía
«negociar» y mucho menos «hacer la paz» con «los terroristas» de
la OLP. Hasta que la ocupación israelí en Cisjordania y la Franja de
Gaza se sintió desbordada por la Intifada y encontró útil usar a «los
terroristas» de la OLP como interlocutores válidos con vistas a crear un
bantustán palestino bajo su dirección. Esa misma propaganda sionista
insiste hasta la alucinación en el abismo ontológico entre «la demo-
cracia israelí» y «las dictaduras árabes», aunque los estadistas israelíes
nunca han desdeñado la amistad de los dictadores árabes, fueran los
reyes de Jordania, el rey de Marruecos, Sadat o cualquier otro dictador
«árabe moderado» de su conveniencia. El mismo Yâsir ´Arafât pasó
de ser descalifcado como «terrorista» a ser considerado «honorable
estadista», para más tarde ser declarado «corrupto dictador», todo en
función de los intereses sionistas y sin que el individuo en cuestión
hubiera cambiado gran cosa.
Flaco favor hizo a la causa palestina y antisionista la propaganda
nacionalista judeófoba, pero el daño de la propaganda islamista no es
menor.
En el conficto árabe-israelí, la religión envenena la política y la po-
lítica envenena la religión. Además, toda confesionalización del con-
ficto, por cualquiera de las partes, es benefciosa para la causa sionista
y dañina para la causa antisionista. La confesionalización islámica es
muy dañina para la causa antisionista,
135
mientras que los sionismos
religiosos judío y cristiano son muy valiosos aliados del sionismo y
poderosos catalizadores del sionismo extremista.
Engendros saudíes wahhâbíes y pakistaníes como Ben Laden y su
al-Qâ´ida han brindado servicios espléndidos a la causa sionista y al
imperialismo estadounidense, sea directamente como aliados contra
135
A los islamistas propalestinos y al daño que han hecho a la causa del
pueblo palestino se les puede aplicar el proverbio árabe que dice: «Un enemi-
go inteligente es preferible a un amigo necio».
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la URSS,
136
bien como tontos útiles utilísimos. Los atentados del 11-S
brindaron a la clase dirigente estadounidense los pretextos para inva-
dir Afganistán e Iraq. Para los dirigentes sionistas fueron auténtico
maná: cuando se encontraban en un serio atolladero, derrotados en
el Líbano, de donde habían tenido que retirarse incondicionalmente,
y con el estallido de la segunda Intifada, el 11-S les brindó el mejor
pretexto propagandístico (árabes igual a musulmanes y musulmanes
igual a terroristas), al tiempo que Estados Unidos adoptaba una polí-
tica acorde con el sionismo más extremista. George Bush consiguió
holgadamente la reelección en el año 2004 gracias a que, poco antes
de esas elecciones, al-Qâ´ida difundió un vídeo de Ben Laden lleno de
bravatas, amenazando con nuevos atentados y deseando la victoria del
candidato demócrata.
Las desafortunadas declaraciones del presidente iraní Ahmadineÿâd,
mezclando churras con merinas y confundiendo el antisionismo con las
dudas sobre la existencia del Holocausto, no se puede decir que ayuden
gran cosa a la causa palestina. Sólo sirven para añadir confusión ideo-
lógica a la causa antisionista y para brindar a sionistas y prosionistas la
oportunidad de presentar a sus enemigos como antisemitas flonazis.
Declive y ruina del nacionalismo árabe: de la derrota
de Náser en 1967 a manos de Israel a la destrucción de
Iraq a manos de Bush
La derrota de Náser en 1967 a manos de Israel supuso la ruina del
nacionalismo panárabe. El líder que había prometido acabar con Israel,
136
La Unión Soviética era el mayor freno para la política estadounidense
y su satélite semiautónomo israelí. Los fundamentalistas islámicos hacían la
guerra a la URSS, y una vez desaparecida esta, no ha habido freno para con-
tener la agresividad de Estados Unidos e Israel. Naturalmente, los islamistas
sunníes, que tan buenos servicios prestaron a Estados Unidos y a Israel lu-
chando contra la URSS y el comunismo, han sido la más impotente de las
fuerzas árabes ante los ejércitos del Tío Sam. Hamás es la excepción entre
los islamistas sunníes, pero no olvidemos que es un caso muy especial en el
que predomina la resistencia popular sobre el contenido islamista de cuño
hermano-musulmán y wahhâbí (ambos inocuos para Israel), y que los únicos
aliados musulmanes de Hamás son precisamente Irán y Siria, dos estados
regidos por chiíes (duodecimanos y ´alawíes respectivamente, Siria además
con un régimen de tendencia panarabista laica).
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 277
liberar Palestina y unir al mundo árabe había llevado a Egipto y sus
aliados a una derrota ante Israel mucho más bochornosa aún que la de
1948. Náser vivió y gobernó Egipto tres años más, pero sólo como una
sombra del líder carismático que había sido.
Tras su muerte, sus sucesores se apresuraron a eliminar lo que que-
daba del panarabismo y del «socialismo árabe». En Egipto, los ofciales
constituían una casta privilegiada que formaba parte de una burguesía
administrativa nada ansiosa de transformaciones revolucionarias; tras
la derrota, los cuadros dirigentes, en lugar de radicalizarse, tendieron
rápidamente a la derechización, fenómeno que ya había empezado con
Náser y avanzó a pasos agigantados con su sucesor Sadat. El nacio-
nalismo panárabe vencido ya no servía a esa clase para justifcar su
poder ni era un proyecto del que fuera a obtener benefcios, por lo
que lo desecharon en nombre del nacionalismo egipcio (la recupe-
ración del Sinaí en lugar de la liberación de Palestina, los intereses
egipcios desdeñando los objetivos panárabes); la alianza táctica con
la Unión Soviética de Náser fue sustituida por la alianza estratégica
de Sadat con los Estados Unidos, el «socialismo árabe» fue sustituido
por el inftâh o apertura al capital transnacional, las nacionalizaciones
dejaron paso a las privatizaciones. Para contrarrestar a comunistas y
naseristas, Sadat dio todas las facilidades al islamismo; carente de una
legitimidad nacionalista y socialista, Sadat recurrió a presentarse como
un piadosísimo musulmán, lo que también le servía para presentar el
anticomunismo como parte de su lucha contra el ateísmo. Las conse-
cuencias de este retroceso social y la consecuente emergencia del fana-
tismo religioso las pagó a la postre el propio Sadat, que en 1981 murió
víctima de islamistas que lo consideraban un traidor por su acuerdo de
paz con Israel. Bajo su sucesor, otro militar, Hosni Mubârak, prosiguió
la política de inftâh, el abismo social entre ricos y pobres siguió ensan-
chándose y el islamismo sociológico y político siguió creciendo como
síntoma y efecto de una sociedad frustrada y sin horizontes.
También en Siria la derrota, en lugar de provocar la radicalización
del régimen, llevó a su derechización, aunque sin llegar nunca a los
extremos de Egipto con Sadat. El golpe de estado (autodenominado
«movimiento rectifcador») del general Hâfez al-Asad puso fn al ala
radicalizada del Ba´t que había gobernado el país. Si bien teóricamente
el Ba´t sirio era un partido panarabista y el panarabismo formaba parte
de su ideología de estado, los gobernantes sirios tenían aspiraciones
mucho más limitadas: mantener el dominio sobre el estado sirio y ejer-
cer en lo posible su hegemonía sobre el Líbano y la resistencia pales-
tina. Pero no podían ir tan lejos en la derechización como los militares
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José F. Durán Velasco 278
egipcios porque sus mayores enemigos eran los Hermanos Musulma-
nes patrocinados por las monarquías árabes proestadounidenses.
137
La emergencia de la resistencia palestina a partir de 1967 también
puede considerarse una manifestación del declive del nacionalismo
árabe. La facción derechista mayoritaria en la OLP, el Fath, tenía como
objetivo prioritario la creación de un «estado palestino», es decir, otro
estado árabe más dentro de la fragmentación estatal árabe.
En Iraq, el Ba´t tuvo un importante papel en el derrocamiento del
régimen de ´Abd al-Karîm Qâsim en 1963 y la feroz represión contra
los comunistas iraquíes.
138
En 1968, el partido Ba´t se hizo con el poder
mediante un golpe de estado seguido de un sanguinario exterminio de
miles de comunistas. El partido Ba´t consiguió de facto aniquilar al
Partido Comunista Iraquí, que era la mayor fuerza laica y supraétnica
del país. Con su ideología basada en el nacionalismo árabe, el Ba´t
sólo podía tener problemas interminables con los nacionalistas kurdos,
como así fue.
139
En 1980, Saddâm Husayn creyó encontrar en la agitada situación
de su vecino iraní el momento propicio para asestarle un golpe fatal;
con ello pretendía dos cosas:
Solucionar a su favor el contencioso territorial fronterizo con 1)
Irán.
140
137
El grupo dominante del Ba´t sirio está formado por miembros de la
confesión ´alawí, aborrecida por los musulmanes sunníes fanáticos y bestia
negra de los Hermanos Musulmanes. Por ello los ba´tistas sirios no han podi-
do permitirse las derivas derechistas de los ex naseristas egipcios, ni siquiera
son considerados verdaderos musulmanes por la mayoría sunní, de manera
que la legitimación de su poder no ha podido recurrir a la religión y ha tenido
que basarse en una ideología más secular.
138
El jefe de los servicios secretos del Ba´t encargados de estas operacio-
nes de represión fue un tal Saddâm Husayn, con la ayuda de la CIA, que le
facilitó los nombres y direcciones de los comunistas.
139
No obstante, el Iraq ba´tista otorgó al Kurdistán iraquí una autonomía
y un reconocimiento de la coofcialidad del idioma kurdo sin parangón en
Turquía o Irán.
140
Además de contenciosos territoriales entre los estados iraní e iraquí,
estaba la cuestión de Juzestán (llamada por los nacionalistas árabes Ara-
bistán), región iraní de población árabe, reivindicada como territorio árabe
irredento por los nacionalistas árabes. Saddâm Husayn esperaba encontrar
en su avance un apoyo masivo de la población árabe iraní pero no fue así,
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 279
Agradar a las monarquías árabes y a Estados Unidos, enemigos 2)
del nuevo régimen jomeinista.
El cálculo fue erróneo, porque Irán demostró ser un enemigo de-
masiado poderoso y peligroso, que no sólo consiguió derrotar a los
invasores iraquíes y repelerlos de su territorio sino que el régimen jo-
meinista aprovechó la ocasión para prolongar la guerra con el objetivo
de derrocar al régimen ba´tista agresor e instaurar en Iraq una república
islámica afín y satélite. La guerra irano-iraquí duró de 1980 a 1988;
durante ese periodo, Saddâm Husayn ordenó el bombardeo de las ciu-
dades iraníes e hizo uso de armas químicas contra Irán desde 1983,
141

acciones todas ellas catalogables como crímenes de guerra, pero que
no provocaron condena internacional alguna por parte de los gobier-
nos occidentales (por no hablar de las monarquías árabes), interesados
en que la guerra se prolongase, Irán no la ganase, los dos países se
destruyeran mutuamente y las empresas de armamento pudieran hacer
pingües negocios vendiendo armas a un bando u otro o a los dos.
142

Durante la guerra, ambos regímenes, el iraquí y el iraní, hicieron uso de
su propaganda: fanatismo religioso por parte de Irán (Saddâm Husayn
como «ateo infel») y chovinismo árabe antipersa por parte de Iraq.
En agosto de 1990, Iraq invadió Kuwayt y se lo anexionó. Al pare-
cer, Estados Unidos había insinuado a Saddâm Husayn que no interfe-
aunque, por si acaso, el gobierno iraní trasladó a esa población para evitar
tentaciones.
141
En 1984, expertos de la ONU recogieron en los campos de batalla
iraníes pruebas de las armas químicas utilizadas por Iraq. Ese mismo año Es-
tados Unidos estableció relaciones diplomáticas con Iraq y desde 1985 hasta
1990 suministró a Iraq cepas de cultivo para armas biológicas, tales como
bacterias del carbunclo y la peste.
142
Israel apoyó a Irán en secreto porque los estrategas israelíes conside-
raron que Iraq era un peligro mucho más serio para Israel que Irán. La idea
israelí era que «Iraq es un enemigo permanente, mientras que Irán es un ene-
migo temporal», lo que dice mucho de cómo los estrategas sionistas siempre
vieron como mucho más peligroso para el proyecto sionista el nacionalismo
árabe que la propaganda jomeinista sobre el ÿihâd que no acabaría «hasta la
liberación de Jerusalén». Reagan vendió armas en secreto a Irán para con-
seguir dinero para la Contra nicaragüense, lo que dice mucho acerca de qué
enemigo le resultaba más peligroso: la revolución sandinista de Nicaragua, no
la «revolución islámica» de Jomeini.
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José F. Durán Velasco 280
riría si invadía Kuwayt, trampa en la que Saddâm cayó. Estados Uni-
dos aprovechó para llenar Arabia de bases suyas
143
y para destruir Iraq
con bombardeos devastadores, aunque Bush padre evitó la tentación
de conquistar el país y tratar de establecer un régimen títere, consciente
de que Iraq no era tan fácil de invadir y dominar como Panamá.
Durante unos pocos meses, desde la conquista de Kuwayt en agosto de
1990 a la derrota (totalmente previsible) ante Estados Unidos a principios
de 1991, Saddâm Husayn consiguió en el mundo árabe una popularidad
digna de Náser. Bravuconadas propagandísticas desesperadas aparte, el
propio Saddâm sabía que había caído en una trampa fatal y su intención
habría sido retirarse de Kuwayt y evitar la guerra, pero quedó claro que eso
no iba a frenar la agresión estadounidense ni la contienda, pues el objetivo
de Estados Unidos no era la retirada iraquí, ni el respeto por la soberanía
kuwaytí, la legalidad internacional o la soberanía de los estados miembros
de la ONU,
144
sino imponer su hegemonía en Arabia y destruir Iraq.
Entre 1991 y 2003, Iraq padeció un bloqueo que costó la vida a
cientos de miles de iraquíes privados de alimentos y medicinas; los
nacionalistas kurdos tuvieron manos libres en el norte de Iraq y co-
menzaron sus labores de limpieza étnica contra árabes, turcomanos y
otros, e Iraq fue sometido a devastadores bombardeos periódicos por
la aviación estadounidense y británica.
143
Las monarquías de Arabia, empezando por Arabia Saudí, carecían de
ejércitos capaces de hacer frente al iraquí. Aunque Arabia Saudí tiene un gasto
militar que dobla al cuantiosísimo gasto militar israelí, las armas que compra
le son inútiles, pues carece de militares capaces de usarlas; eso es así porque
los reyes de Arabia Saudí han preferido no potenciar el ejército para evitar
golpes de estado similares a los que han derrocado a sus colegas de Egipto,
Iraq y Libia. Estados Unidos ha sabido aprovechar esa situación para instalar
bases estadounidenses en la península Arábiga a partir de 1990.
144
Poco le había importado a Estados Unidos el derecho internacional o
la soberanía de los estados cuando Iraq fue el agresor e Irán el país invadido.
Tampoco les importaba mucho la condición de agresor de Israel, ni su in-
cumplimiento sistemático y permanente de las resoluciones de la ONU, ni su
anexión de Jerusalén y el Golán sirio. En la guerra del Golfo quedó patente
que la legalidad internacional para los Estados Unidos es sólo un pretexto que
se usa cuando conviene a sus intereses y que cuando no conviene se ignora.
Pero el mayor desprecio (al estilo nazi) a la legalidad internacional vigente
vendría más tarde de Bush hijo, cuando invadió Iraq el año 2003 despreciando
a la ONU con el mismo desprecio con el que Hitler y Mussolini trataron a la
Sociedad de Naciones de entreguerras.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 281
Finalmente, en el año 2003, Estados Unidos invadió Iraq con el pre-
texto de que este país tenía armas de destrucción masiva,
145
cosa que
no era verdad.
146
Los verdaderos motivos de la invasión fueron apo-
derarse del petróleo iraquí, privatizarlo en benefcio de las compañías
petrolíferas americanas, monopolizar el dominio sobre el petróleo del
Oriente Medio y hacer más dependientes a la Unión Europea y Japón,
en una maniobra también dirigida contra Rusia y China, para cercarlas
y privarlas de acceso independiente al petróleo. La invasión de Iraq
se encuentra dentro de una ambiciosa estrategia de mantenimiento de
la hegemonía estadounidense por medios militares que compense el
declive económico de Estados Unidos.
La invasión de Iraq ha provocado una guerra entre la resistencia
iraquí y los invasores, pero también una guerra civil entre los propios
iraquíes, esta última alentada y promovida por los invasores, que en-
cuentran en los enfrentamientos sectarios y étnicos iraquíes un aliado
de primer orden, porque les brindan un pretexto para presentarse como
los «ordenadores» del caos interno iraquí y porque los enfrentamientos
inter-iraquíes debilitan la resistencia contra los invasores, desviándola
en enfrentamientos internos entre sunníes y chiíes, kurdos y árabes,
kurdos y minorías, etcétera. Pero la mayor parte de la población es
consciente de la diferencia entre resistencia al invasor y terrorismo
sectario. La mayoría de los iraquíes aprueba la resistencia armada con-
tra los invasores, a la vez que condena la violencia terrorista étnico-
sectaria promovida por los ocupantes.
En todo caso, poco queda ya del panarabismo como fuerza política.
Aquellos estados que lo convirtieron en su ideología de estado (Egipto,
Siria e Iraq), o lo abandonaron, caso de Egipto, o han sido destruidos
145
Efectivamente, Iraq había tenido armas químicas (proporcionadas entre
otros por Estados Unidos) pero ya no las tenía, y además el gobierno iraquí
estaba dispuesto a aceptar todas las inspecciones de la ONU que se le exi-
gieran.
146
Si Iraq hubiera tenido «armas de destrucción masiva» habría amenaza-
do con usarlas y habría evitado la invasión estadounidense. Estados Unidos
invadió Iraq porque sabía que era un país inerme que carecía de «armas de
destrucción masiva» para repeler la agresión o para infigir al invasor (o a su
satélite sionista) un daño devastador. No lo invadieron porque creyeran que
tenía «armas de destrucción masiva» sino porque sabían perfectamente que
no las tenía. El pretexto era extremadamente burdo e hipócrita, pues los es-
tados invasores (Estados Unidos y Gran Bretaña) disponen de esas armas de
destrucción masiva, lo mismo que el estado de Israel.
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José F. Durán Velasco 282
(caso de Iraq), o están en una situación a la defensiva cuyo desenlace
se avecina harto sombrío, caso de Siria.
La sombría situación actual del mundo árabe
Tras la segunda guerra mundial, el declive de las potencias coloniza-
doras favoreció la independencia de los países árabes colonizados. La
única excepción fue Palestina. Los palestinos pasaron de un colonia-
lismo malo a otro peor, del yugo extranjero bajo una potencia colonial
mandataria a una entidad colonial que los desposeyó de su país en el
sentido más literal, no ya de la soberanía sino del propio país, y hasta
de los bienes particulares de los mismos palestinos.
147

Durante la Guerra Fría, los países descolonizados al menos pudie-
ron contar con el margen de maniobra que les daba la existencia de dos
superpotencias enfrentadas y que una de ellas se proclamase socialista
y anticolonialista. Incluso anticomunistas furibundos como Náser bus-
caron la ayuda de la Unión Soviética. Pese a la represión implacable a
la que estos regímenes nacionalistas anticomunistas sometieron a los
comunistas en sus países, la URSS buscó la alianza con este tipo de
regímenes, a los que los soviéticos defnieron de manera magnánima y
oportunista como «opción de desarrollo no capitalista», caso del Egipto
naserista o de los regímenes ba´tistas de Siria e Iraq. Al mismo tiempo,
la Unión Soviética, en aras de «la coexistencia pacífca» frenaba los
impulsos revolucionarios de los pueblos y los partidos comunistas ára-
bes, a veces con consecuencias a la postre devastadoras para ellos. El
Partido Comunista Iraquí, que en los años cincuenta era la fuerza po-
lítica más poderosa de Iraq, si se lo hubiera propuesto es muy posible
que hubiera conseguido hacerse con el poder, pero, obedeciendo las
directrices moscovitas, los comunistas iraquíes se limitaron a apoyar al
régimen de ´Abd al-Karîm Qâsim (1958-1963); cuando este fue derro-
cado, la represión se cebó en los comunistas, y cuando el Ba´t se hizo
con el poder en 1968 llevó a cabo una gran matanza de comunistas y
aniquiló al PCI como fuerza política alternativa.
147
A veces se ha reprochado a los palestinos que durante el mandato se
enfrentaran a los sionistas y no a los ingleses, pero los hechos posteriores
demostraron que los ingleses eran un enemigo mucho menor del pueblo pa-
lestino que el colonialismo sionista, y precisamente el mayor daño del colo-
nialismo inglés fue permitir a los sionistas poner las bases de la dominación
sionista posterior.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 283
Contra el comunismo, el Movimiento de los no alineados y la
conferencia de Bandung (1955), Estados Unidos y sus aliados opu-
sieron un frente religioso. En 1957 se creó la Conferencia Islámica,
promovida por Arabia Saudí y Pakistán.
148
Los gobernantes de Estados
Unidos sabían perfectamente que la religión,
149
lejos de ser el factor
antiimperialista que algunos imaginan, era su aliado objetivo contra la
izquierda. Los estadistas americanos, a lo largo de toda la Guerra Fría,
siempre tuvieron muy claro que su principal enemigo era el comu-
nismo, su segundo enemigo era el nacionalismo de los no alineados y
que la religión era perfectamente compatible con sus intereses, por lo
que Estados Unidos, las monarquías árabes y Pakistán patrocinaron el
islamismo y luego el ÿihâdismo afgano.
En ese orden de enemigos, Estados Unidos incluso podía apoyar a
un régimen nacionalista en su lucha anticomunista, como fue el caso
en Iraq. El caso de los islamistas chiíes de Irán fue muy especial, pero
incluso aquí el anticomunismo primó. El régimen de Jomeini demostró
una implacable efcacia, mucho mayor que la del shah, en el exterminio
de la izquierda iraní, y el Irán-gate es la prueba de que Reagan tenía a
148
Pakistán se creó en 1948, el mismo año que el estado de Israel, como
una especie de Israel musulmán para los musulmanes de la India. Fue la retri-
bución que los ingleses dieron a la Liga Musulmana por su colaboracionismo
en los años anteriores. La creación de Pakistán fue una catástrofe similar a
la creación de Israel y por motivos muy parecidos: la India fue dividida por
motivos confesionalistas, lo que provocó un éxodo de poblaciones (hindúes y
sijs a la Unión India, musulmanes a Pakistán) acompañado de espeluznantes
matanzas sectarias y todo tipo de atrocidades. Pakistán se convirtió en un
país dominado por el ejército, la religión y Estados Unidos, situación que
se expresa como «el gobierno de las 3 A»: Allâh (Dios), Army (el ejército) y
América (Estados Unidos). Como Israel, Pakistán posee armas nucleares con
la venia de Washington.
149
Naturalmente, no me refero sólo a la musulmana, sino a todas, pues
todas eran utilizables para el proyecto reaccionario de «divide e impera».
Tanto como el islam, se ha utilizado el judaísmo (por parte del sionismo). Si
el cristianismo se ha utilizado menos en el mundo árabe es porque era reli-
gión de minorías menores, pero donde no era así se ha utilizado de la misma
manera, como ha sido el caso del Líbano. Al fnal todos los confesionalismos
(islámico, judío y cristiano) venían a confuir en el provecho obtenido de
ellos por las oligarquías locales y el imperialismo estadounidense. Al lado de
esta regla general, las excepciones como Hamâs o Hizbullâh son puramente
locales, parciales y excepcionales.
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Jomeini por un enemigo secundario en comparación con la revolución
sandinista,
150
a pesar de que Irán era un país económicamente mucho
más importante que la pequeña república centroamericana. Además, el
Irán de Jomeini no tardó en enzarzarse en una guerra absurda con Iraq,
pues si bien es verdad que el Iraq de Saddâm fue el agresor inicial,
la guerra se prolongó por la obstinación de Jomeini en sus objetivos
expansionistas, que transformó a Irán de víctima en agresor. Esa gue-
rra sanguinaria y absurda sólo sirvió para destrozar ambos países y
provocar un sufrimiento atroz a ambos pueblos, en aras de los delirios
hegemonistas de sus respectivos gobernantes.
Tras la caída de la Unión Soviética, Iraq fue la primera víctima del
«nuevo orden internacional», es decir, del hegemonismo absoluto de
Estados Unidos sin el contrapeso soviético.
El «ÿihâdismo» creado por la alianza antisoviética entre Estados
Unidos, Arabia Saudí y Pakistán siguió prestando servicios impagables
a los neocons que lo habían alumbrado, incluso tras la defunción de
la Unión Soviética. El imperio tenía necesidad urgente de un enemigo
que justifcara su hegemonía, pero no había ningún enemigo compa-
rable a la Unión Soviética. Los zombis islámicos creados por la CIA
en los años ochenta cumplieron a la perfección el papel de «amenaza
fantasma», sobre todo con los atentados del 11 de septiembre, que
permitieron a George Bush utilizar «la lucha contra el terrorismo» para
desviar la atención de problemas internos motivados por las crecientes
desigualdades sociales y para justifcar nuevas guerras de dominación
y rapiña.
La frustración y el terrible vacío dejados por la aniquilación de la
izquierda y la ruina del nacionalismo árabe, dejan el campo libre a la
fantasía de la religión como solución de todos los problemas. Consig-
nas vacuas como al-islâm huwa-l-hall (‘el islam es la solución’) ofre-
cen como panacea universal la religión; pero esta no puede solucionar
nada porque no tiene ningún programa económico, social e ideológico
para los problemas del mundo (y menos aún los del mundo moderno),
de manera que lo que los islamistas presentan como «solución islá-
mica» es una utopía reaccionaria que no soluciona nada y añade un
problema más a los que ya existen.
150
Los estudiantes islámicos que asaltaron la embajada de Estados Unidos
en Teherán se obstinaron en no liberar a los rehenes hasta que Reagan se con-
virtió en presidente, con el objetivo de humillar a Carter y hacerle perder las
elecciones, lo que contribuyó a la victoria del neocon Ronald Reagan.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 285
El culturalismo desquiciado de los islamistas se retroalimenta mu-
tuamente con el culturalismo desquiciado de la islamofobia occidental
y el «choque de civilizaciones». La peste islamista y la peste neocon-
neoliberal van indisolublemente unidas.
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Capítulo
5
Los palestinos: consecuencia del
colonialismo sionista y resistencia
a la colonización de las víctimas
primarias del sionismo


Los acuerdos de Sykes-Picot y la declaración de Balfour
hacen surgir al pueblo palestino en lo que hasta entonces
había sido parte del sur de Siria
Una de las «perlas» de Golda Meir, primera ministra de Israel en los
años cincuenta y sesenta (y nacida en Kiev), fue que «los palestinos
no existen, nunca han existido». Una frase de propaganda retorcida,
basada en una media verdad.
Efectivamente, los palestinos no existían políticamente hablando
antes de la instauración del mandato británico tras la primera guerra
mundial. Hasta entonces ese territorio, como la totalidad de la Gran
Siria, formaba parte del imperio otomano. Palestina
1
era un término
1
El nombre Palestina deriva del de los flisteos. Los griegos llamaron Pa-
lestina al sur de Siria porque los habitantes de la zona costera al sur de Fenicia
con los que tenían tratos eran los flisteos, y por extensión dieron el nombre
de Palestina no sólo a la costa meridional de la Gran Siria habitada por los
flisteos sino a todo el sur de Siria, incluyendo los territorios habitados por los
israelitas, a quienes los griegos sólo conocieron a partir del siglo IV a.C. Tras
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José F. Durán Velasco 288
geográfco para el sur de la Gran Siria, no estrictamente defnido geo-
gráfcamente. Podía incluir o no unos territorios u otros de la Siria
meridional, limitarse a la orilla occidental del Jordán o incluir los te-
rritorios al este del río Jordán. Los sionistas utilizarán esta ambigüedad
más tarde para justifcar su ocupación de la totalidad del territorio de la
Palestina mandataria británica, alegando que los palestinos ya tenían
su estado palestino, que es el reino de Jordania.
2

la represión del levantamiento judío de Bar Kojbá en el siglo II, el emperador
Adriano suprimió el nombre de Judea y dio a toda la región el nombre de
Syria Palaestina (nótese que, en este nombre, Palaestina era un adjetivo, de
manera que se quería decir «Siria palestinense»). El término ‘Palestina’ pasó
al árabe como Falastîn o Filistîn y se utilizó en la geografía árabe. Palestina
también se utilizaba como término geográfco por los europeos cristianos.
Los judíos siguieron llamando al territorio Eres Yisrael (‘la tierra de Israel’);
sin embargo, los judíos de lengua árabe utilizaban el término ‘ash-Shâm’
para la Gran Siria, incluyendo «la tierra de Israel». Así, Benjamín de Tudela,
en su libro de viajes escrito en hebreo en el siglo XII, menciona a dos comu-
nidades judías distintas, la de los shâmiyyîn (de ash-Shâm, o sea, Siria en el
sentido más amplio, incluyendo el sur del país) y los ´irâqiyyîn (iraquíes o
mesopotámicos). El término adquirió carácter político y no sólo geográfco
cuando se creó el mandato británico de Palestina con límites precisos. Du-
rante el mandato, fue un término geopolítico utilizado por británicos, árabes
y sionistas. Sin embargo, tras la retirada británica y la creación del estado de
Israel, los sionistas sólo hablaron de Israel y el término Palestina se convirtió
en tabú para ellos, al tiempo que se convertía en término antisionista para
referirse al país, a todo el territorio que había formado parte del mandato
británico; el gentilicio «palestinos» se siguió utilizando para hacer referencia
a los habitantes originarios del país y sus descendientes, excluyendo a los
judíos llegados a raíz de la colonización sionista. Mientras que Palestina es
un término geográfco bien delimitado por las fronteras del antiguo mandato
británico de Palestina, el término «tierra de Israel» es mucho más impreciso,
y en boca de los sionistas no coincide con el territorio del estado de Is-
rael. Este último tampoco tiene fronteras fjas, pues los gobernantes israelíes
nunca han querido fjarlas (el estado de Israel no tiene una constitución que
defna geográfcamente los límites del estado) para expandirlas en lo posible
en función del poderío militar y político del estado, de manera que las fronte-
ras del armisticio de 1949 se veían como provisionales, sin que se descartara
la anexión no sólo del resto de Palestina sino incluso del Golán y el Sinaí si
las circunstancias político-militares lo permitían.
2
Véase cómo la estatolatría etno-confesional sionista niega los derechos
de ciudadanía a la población nativa del país; en lugar de tener en cuenta a las
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 289
Tras la primera guerra mundial, el Creciente Fértil, hasta entonces
otomano, fue dividido en mandatos auto-otorgados por los vencedo-
res, con la bendición de la Sociedad de Naciones. Iraq y el sur de la
Gran Siria para Gran Bretaña, el norte y centro de la Gran Siria para
Francia.
Una vez desintegrado el imperio otomano, la mayoría de los habi-
tantes árabes del Creciente Fértil deseaban que los territorios árabes
se agruparan en una sola entidad política, tal y como había prometido
Gran Bretaña a los nacionalistas árabes, o al menos que se confgura-
ran dos entidades políticas independientes: Siria (la Gran Siria) e Iraq.
Pero los colonialistas británicos y franceses tenían otros planes, dentro
de la consabida política imperialista de «divide y domina».
En todo esto, los pueblos decidieron bien poco. Si se tomó en
cuenta la voluntad de alguna población indígena, fue en el caso de
que sus pretensiones segregacionistas coincidieran con los intereses
coloniales, como sucedió con los maronitas partidarios de un Líbano
separado del resto de Siria, pero incluso en ese caso «el gran Líbano»
creado por el colonialismo francés, con una ligera mayoría cristiana y
una minoría mayoritaria maronita políticamente hegemónica, no era
«el pequeño Líbano» al que aspiraban los maronitas segregacionistas,
sino una entidad estatal mayor acorde con los intereses franceses. La
debilidad de la ligera mayoría cristiana segregacionista era una buena
garantía para mantener la dependencia respecto a Francia del nuevo
estado y de la población partidaria de la segregación. En el caso del
sur de la Gran Siria, los estadistas británicos decidieron que la orilla
oriental sería el reino de Jordania, mientras que la parte al oeste del
Jordán se llamaría Palestina y se abriría a la colonización sionista.
Entre los muchos movimientos nacionalistas a los que los vencedo-
res habían hecho promesas, estaba el sionismo. La presencia sionista
en Palestina era minoritaria, incluso muchos miembros de la minoría
judía en Palestina no eran sionistas. Sin embargo, el compromiso de
Gran Bretaña con la declaración de Balfour fue mucho más fuerte
que el otorgado a otras promesas similares, hechas a movimientos na-
cionalistas con mucha más base social en los territorios arrebatados
al imperio otomano. Los colonialistas británicos fueron mucho más
coherentes con la declaración prosionista que había hecho Balfour en
1917 que con las promesas hechas a los nacionalistas árabes porque
personas y sus derechos, sólo tiene en cuenta al «rebaño», y si ese rebaño (por
defnir) tiene o no un estado-nación propio.
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José F. Durán Velasco 290
consideraron a los sionistas como útiles para sus intereses, a expen-
sas de los derechos de la población de Palestina, mayoritariamente no
judía y hostil al sionismo. El carácter extranjero y colonial del proyecto
sionista, en oposición frontal a los deseos y las aspiraciones de los pa-
lestinos y de todos los pueblos de la zona, garantizaba la colaboración
sionista con el imperio británico, sin el que la colonización sionista
habría resultado imposible.
La mayor parte de la población de Palestina era árabe, entendiendo
por árabe que era de lengua y cultura árabes, independientemente de
los orígenes de estos palestinos, que en su mayoría eran de orígenes
mixtos: la población anterior a la conquista musulmana, más árabes
y otras gentes llegadas colectiva o individualmente a lo largo de la
historia. Desde el punto de vista confesional, la mayor parte de la
población palestina era musulmana, con una minoría considerable de
cristianos. Además, había minorías menores de drusos, samaritanos
y judíos de lengua árabe. La población judía de Palestina era étnica
y lingüísticamente variada: los llamados musta´rabîn (‘arabizados’,
es decir, los judíos árabes, en el sentido anteriormente expuesto), ye-
meníes, sefardíes, ashkenazis, bujaríes... Dada la condición de tierra
santa para el judaísmo, había pequeñas comunidades judías de varia-
dos orígenes. Los sionistas eran una comunidad judía aparte que tenía
poco que ver con el resto de los judíos, que eran judíos tradicionales
no sionistas.
Hasta la creación del mandato británico, los habitantes de Pales-
tina, como en el resto del imperio otomano y los estados anteriores
de Oriente Medio, se defnían políticamente por su religión y no por
su idioma o su origen étnico. La idea de una identidad nacional era
una novedad, pero una vez hundido el imperio otomano y triunfante
el concepto de estado-nación, la población se vio obligada a adoptar
una «nacionalidad», que unas veces era elegida y otras venía impuesta.
Así, la mayor parte de la población palestina se consideraba árabe, si
la idea de nacionalidad estaba vinculada al idioma, y siria, si lo estaba
a la geografía. La identidad nacional específcamente palestina de los
habitantes del territorio que los ingleses designaron como Palestina
empezó a surgir a partir de la delimitación del territorio.
La potencia mandataria estableció la ofcialidad de tres idiomas en
el mandato de Palestina: el árabe, el hebreo y el inglés. Esto contribuyó
a delimitar dos nacionalidades: la árabe-palestina y la judeo-hebrea.
Pero antes no todos los palestinos eran árabes o se consideraban árabes
como «nacionalidad», ni la mayoría de los judíos se veían como una
«nacionalidad».
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 291
En principio, todos los habitantes del mandato británico eran pa-
lestinos, judíos no sionistas y judíos sionistas incluidos. Por ello, los
sionistas se referían a los palestinos como «árabes» y no como «pales-
tinos», pues el término ‘árabes’ les convenía para desterritorializar a
sus oponentes palestinos, a los que pretendían desplazar.
Sin embargo, la taxonomía nacionalista judío-hebreo versus árabe-
palestino no fue tan sencilla de defnir en la práctica como en la teoría
ofcial:
Estaban los que bien podían ser considerados como judíos y ára- 1)
bes a la vez, o palestinos, judíos y árabes a un tiempo, pero a los
que que la taxonomía ofcial asignó la «nacionalidad judía».
Los drusos, hablantes de árabe; aunque campesinos sedentarios, 2)
genealógicamente pertenecían a tribus árabes, de manera que
podrían ser considerados «más árabes» que muchos otros pales-
tinos. Pese a ello, ya durante el mandato británico los drusos se
alinearon con los sionistas contra los demás árabes palestinos,
debido a las malas relaciones que había entre los drusos y la
mayoría musulmana sunní;
3
más tarde, el estado de Israel llegó
a clasifcar a los drusos como nacionalidad étnica no árabe.
Los beduinos de Palestina permanecieron aparte del nacionalismo 3)
árabe o árabe palestino, a pesar de que no sólo hablaban árabe
sino que eran árabes en el sentido premoderno: los beduinos per-
tenecían a tribus árabes y tradicionalmente ‘árabe’ y ‘beduino’
habían sido términos sinónimos. Los beduinos permanecieron
al margen del conficto árabe-israelí, lo que no quiere decir que
no sufrieran las consecuencias. La mayoría fueron expulsados y
3
Algunos han querido encontrar en este comportamiento una base con-
fesional, pues según la doctrina drusa, el judaísmo es «la menos condenable»
entre las religiones distintas de la drusa. Las relaciones entre drusos y judíos
siempre habían sido buenas, según testimonia ya en el siglo XII el viajero judío
Benjamín de Tudela, que dejó constancia del buen trato y la simpatía de los
drusos por los judíos. Pese a estas simpatías confesionales, el comportamiento
prosionista de los drusos palestinos se debió simplemente a la animadver-
sión contra ellos de la mayoría musulmana sunní, hasta el punto de que no
había una sola población mixta druso-sunní; los drusos sólo podían vivir en
poblaciones mixtas con los cristianos o donde los cristianos eran el tercer
componente de la población, además de los drusos y los sunníes. Estas malas
relaciones fueron el origen del colaboracionismo druso con los sionistas.
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José F. Durán Velasco 292
despojados de sus tierras, pero los que permanecieron se mantu-
vieron como grupo aparte de los demás árabes palestinos, como
una colectividad aparte que colaboraba con el estado sionista y
le aportaba tropas y guardias, igual que los drusos.
Los musulmanes no árabes, como los circasianos, no hicieron 4)
causa común con los árabes palestinos sino que terminaron
adoptando una posición prosionista y aportando tropas al ejér-
cito israelí, que cuenta con una brigada circasiana.
4

En cambio, la mayoría árabe musulmana sunní (campesina o ur-
bana) y la minoría cristiana se identifcaron con la identidad árabe-
palestina y con el nacionalismo árabe y palestino en oposición al sio-
nismo, se consideraron a sí mismos como el pueblo palestino, cada
vez más claramente confgurado y cristalizado en su lucha contra las
pretensiones sionistas. Eran la mayoría de la población y por consi-
guiente el objetivo del sionismo en su proyecto de desalojo. Los sio-
nistas podían manipular a minorías menores pero no a la mayoría. Sólo
más tarde, una vez creado el estado de Israel, Ben Gurión se planteó
la posibilidad de intentar hacer con los cristianos lo mismo que con
los drusos, pero ya era tarde, porque la oposición de los cristianos
palestinos al sionismo era sólida y porque muchos cristianos palesti-
nos habían sido víctimas de la limpieza étnica sionista, igual que los
palestinos musulmanes sunníes.
De haber sido coherentes con sus propias teorías antiárabes y he-
braizantes, los sionistas tendrían que haber sido hostiles a los beduinos
y drusos, pobladores de origen árabe, y haber mirado con muy buenos
ojos a los campesinos musulmanes y cristianos, a los que muchos sio-
nistas creían los verdaderos descendientes de los israelitas bíblicos.
Pero el sionismo tenía una dinámica propia colonial que le hacía con-
siderar como sus enemigos a la mayoría de la población y considerar
aliados potenciales a las minorías (el «divide e impera» colonialista).
Aunque la política británica a lo largo de los treinta años de mandato
tuviera sus oscilaciones en función de los intereses del momento de la
potencia mandataria, hasta el punto de que muchos sionistas vieron a
los británicos como «traidores» y hasta como «proárabes», lo cierto es
que sin mandato británico prosionista no hubiera habido jamás estado
4
Lo que dice mucho sobre el infundio de «la solidaridad islámica» con
la causa palestina.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 293
de Israel. Habría bastado con que los británicos hubieran respetado
la voluntad y los derechos de la población de Palestina para truncar
el proyecto sionista, que jamás habría sido posible sin la existencia
de una potencia colonial aplastando la voluntad de la mayoría de los
habitantes del país
5
y su derecho a un nivel de autogobierno similar al
que tenían los otros mandatos como Siria, Iraq, Líbano o Jordania, por
no hablar de Egipto, ofcialmente independiente. Gracias al mandato
británico, los sionistas pudieron desarrollar sus actividades, incremen-
tar la emigración judía extranjera y organizarse militar y paramilitar-
mente, todo ello con la venia de la potencia mandataria. Británicos y
sionistas aplastaron la resistencia anticolonial (antibritánica y antisio-
nista) de los palestinos, sobre todo cuando se produjo el levantamiento
general árabe-palestino entre 1936 y 1939. De esta manera, cuando
los británicos se retiraron en 1948, los sionistas disponían de organi-
zaciones paramilitares perfectamente equipadas y organizadas que se
convirtieron en el ejército israelí, mientras que los árabe-palestinos,
exhaustos tras la gran represión que habían sufrido, sólo opusieron
pequeñas milicias enfrentadas entre sí,
6
y esperaban todo de la inter-
vención de los ejércitos de unos estados árabes no menos enfrentados
entre ellos. La consecuencia fue lo que los palestinos llaman la Nakba
(‘catástrofe’): la primera guerra árabe-israelí, la victoria sionista en
esa guerra y la limpieza étnica llevada a cabo por los sionistas, que
convirtió en refugiados a la mayoría de los árabes palestinos.
Desde la fundación del estado de Israel, los israelíes desecharon
para sí mismos el término ‘palestinos’,
7
que hicieron suyo en exclu-
siva los árabes palestinos. Los sionistas israelíes no sólo desecharon
el término sino que prácticamente lo convirtieron en anatema, porque
suponía señalar la vinculación de los habitantes no judíos del país y de
los refugiados expulsados con el país que ellos llamaban «la tierra de
5
Un informe británico de comienzos del mandato en Palestina dejaba
constancia de la oposición al sionismo de la práctica totalidad de la población
musulmana y cristiana, así como de «una parte no desdeñable de la población
judía».
6
La milicia que operaba en Galilea, dirigida por Fawzî al-Qawaqÿî, in-
tegrada por palestinos y voluntarios árabes no palestinos, era violentamente
hostil a las milicias que operaban en la zona de Jerusalén lideradas por ´Abd
al-Qâdir al-Husaynî.
7
Al fn y al cabo, el término ‘palestino’ signifcaba originariamente ‘f-
listeo’, los enemigos de los israelitas bíblicos.
José F. Durán Velasco 294
Israel» y no Palestina. La terminología israelí y sionista para hablar de
los palestinos prefería hablar genéricamente de ‘árabes’, porque era un
término que desterritorializaba étnicamente a sus enemigos primarios.
Mientras que ‘palestinos’ subrayaba la vinculación de los palestinos
con su tierra, ‘árabes’ podía interpretarse de varias maneras:
Como que «la tierra de Israel» era el país de los judíos, ergo el 1)
verdadero país de esos «árabes» sería... ¿Arabia quizás?
Como que esos «árabes» amorfos eran parte de una «nación 2)
árabe» inmensa que bien podía acogerles en su seno en lugar de
insistir en su repatriación. Llamarles «palestinos» hubiera sido se-
ñalar que su país era Palestina, llamarles «árabes» era como decir
que se fueran al «mundo árabe», fuera de «la tierra de Israel».
Como barrer de la geografía y de la historia todo lo que no fuera 3)
judío, israelita, hebreo. Lo «árabe» como un periodo similar al
«romano», «bizantino» u «otomano», todo lo no judío como un
hiato vacío.
Todo esto explica el gran tabú que va a ser para los israelíes el tér-
mino ‘palestino’. Los sionistas gustarán mucho de subrayar las espe-
cifcidades de los distintos países árabes para debilitar cualquier cohe-
sión entre ellos: frente al panarabismo, gustarán de hablar de egipcios,
libaneses, sirios, jordanos, iraquíes, saudíes... Pero cuando se trata de
los palestinos, preferirán insistir en su supuesta identidad árabe indi-
ferenciada. O hablar de «árabes israelíes» o «árabes de los territorios»
(ocupados en 1967, muchos de ellos refugiados expulsados en 1948) y
«árabes de Judea y Samaria»… Esta curiosa contradicción de la ideo-
logía sionista responde a su necesidad de diferenciar e indiferenciar a
los árabes: diferenciarlos en el exterior para dividirlos, indiferenciarlos
en el interior y de cara a su propaganda exterior.
Pueblo palestino versus estado sionista
Un pueblo es un conjunto de personas, mientras que un estado es una
estructura de poder. Los derechos de las personas que vivían en Pales-
tina frente a la razón de estado de una entidad creada por una ideología
racista
8
estatolátrica etno-confesionalista.
8
En 1975, la Asamblea General de las Naciones Unidas condenó el sio-
nismo como una forma de racismo. Esto no tuvo consecuencias prácticas
debido al apoyo incondicional de Estados Unidos al sionismo.
EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 295
El sionismo no es original en sus pretensiones estatolátricas, ra-
cistas, nacional-confesionalistas.... son legión los nacionalismos de
las mismas características que existen en el mundo. Lo original del
sionismo es la pretensión de crear un estado judío en un país mayo-
ritariamente no judío, haciendo llegar a los judíos de todo el mundo
para desplazar a la población no judía del país, todo ello en nombre
de una presencia judía hace dos mil años
9
o en virtud de un supuesto
derecho divino.
10
Es sacrifcar los derechos de la población de un país
en aras de los objetivos de un movimiento nacional-confesionalista
extranjero con pretensiones exclusivistas sobre un territorio, donde
supuestamente vivieron sus antepasados hace dos mil años, todo ello
otorgado por potencias imperialistas extranjeras: Gran Bretaña, la
Unión Soviética, Estados Unidos...
Durante mucho tiempo, la lucha por los derechos palestinos se
enmarcó en un ámbito más amplio, el nacionalismo pansirio, luego
panárabe, después en el del nacionalismo palestino, en el ámbito de
los derechos humanos, civiles, políticos y sindicales, de una manera
similar a la lucha del Congreso Nacional Africano por la igualdad civil
y política de todos sin discriminación racista.
Los derechos de los palestinos se podrían ver como los derechos
de un pueblo frente a un estado. ¿Quién tiene el derecho: un pueblo
o un estado? Para los estatólatras, Israel, en tanto que estado, es de
facto legítimo,
11
mientras que los palestinos, puesto que nunca hubo
un estado palestino, carecen de derechos. Es la estatolatría al servicio
del estado de Israel (recalquemos lo de «estado»).
Pero eso no signifca que entre los palestinos no haya existido y
exista un nacionalismo estatolátrico: la derecha palestina naciona-
lista siempre ha aspirado mucho más a obtener su estado que a hacer
justicia a las personas palestinas agraviadas por los desafueros de la
estatolatría sionista.
La actitud del sionismo hacia los palestinos ha sido la de cualquier
nacionalismo respecto a los elementos «extraños» considerados peli-
9
Aunque ya entonces la gran mayoría de los judíos vivian fuera de «la
tierra de Israel».
10
La transformación de la Biblia judía de un texto religioso en un acta de
propiedad nacionalista.
11
Salvo que los intereses de otro estado más fuerte estén en juego. La hi-
pocresía del poder y la razón de estado es continua por parte de los estadistas
de las grandes potencias.
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grosos para su estado-nación, con la particularidad de que ese «ele-
mento extraño peligroso» para el estado-nación sionista era la gran
mayoría de la población del país donde el sionismo pretende establecer
su estado-nación:
Asimilación. Algunos de los primeros sionistas vieron en los 1)
árabes palestinos a los descendientes de los antiguos israelitas,
su idea era que los palestinos se judaizaran y fueran asimilados
por «la nación judía» y su estado-nación.
Pero en cuanto se percataron de que los habitantes del país 2)
eran hostiles al sionismo y que no iban a judaizarse (en la
creencia de esos sionistas, «rejudaizarse»), se impuso la idea
de deshacerse de ellos mediante expulsión masiva, no dejando
más que una «minoría nacional» inofensiva, discriminada y
marginada. Eso fue lo que los sionistas hicieron cuando libra-
ron la guerra de 1948, aprovechando ese acontecimiento para
llevar a cabo una gran operación de «limpieza étnica» con la
mayoría de los palestinos de los territorios ocupados.
12
Esto
se hizo también con la mayoría de los habitantes del Golán
sirio en 1967.
Cuando no fue posible realizar una expulsión similar al efectuar 3)
la conquista en 1967 de lo que restaba de Palestina, dado que los
conquistados eran demasiado numerosos y su anexión hubiera
implicado otorgarles la ciudadanía israelí, lo que hubiera sido
letal para el carácter judío del estado-nación sionista, se optó
por una colonización del territorio, anexionado de facto pero
sometiendo a la población a un estatuto burdamente colonial
de inferioridad. Los palestinos de los territorios ocupados no
eran ciudadanos israelíes ni siquiera de quinta categoría, pero sí
eran súbditos de Israel. Los sionistas querían el territorio pero
no los habitantes, o más exactamente, querían el territorio y
explotar a sus habitantes en benefcio de Israel; muy pronto
Cisjordania y la Franja de Gaza se convirtieron en mercados
cautivos para los productos israelíes y en proveedores de mano
de obra barata desprovista de los derechos de los trabajadores
israelíes. La ocupación se ha mantenido sine die: ni anexión del
12
Sólo quedaron 133.000 palestinos en el estado de Israel, de los 859.000
que habitaban el territorio antes de 1948.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 297
territorio con sus habitantes ni retirada, porque no hay intención
alguna de permitir a los palestinos ni el acceso a los derechos
de la ciudadanía israelí ni liberarlos de la dominación israelí.
Cuando la situación se volvió insostenible para el ocupante a
raíz de la Intifada, se buscó la bantustanización de estos terri-
torios: anexión de buena parte de ellos pero sin sus habitantes
palestinos, reducir a la población palestina a una condición
de bantustanización al modo del apartheid surafricano, con la
ayuda de colaboracionistas. A día de hoy, Cisjordania y Gaza
son campos de concentración para una población que vive una
realidad kafkiana, sometida a controles asfxiantes, bloqueos,
bombardeos masivos, represalias colectivas (destrucción de vi-
viendas, matanzas) y con una gran parte de la población en la
cárcel y las cámaras de tortura del ocupante.
13
La resistencia palestina: derecha e izquierda palestinas
La resistencia palestina surgió desde el mismo momento que los pa-
lestinos se percataron de cuáles eran las pretensiones de los sionistas.
Toda la historia del mandato británico en Palestina está jalonada de
luchas contra las pretensiones sionistas, que fracasaron debido en gran
parte a que el movimiento nacional palestino estuvo dirigido princi-
palmente por familias de la oligarquía palestina enfrentadas entre sí.
La guerra árabe-israelí culminó con la Nakba
14
de 1948 porque los
estados árabes, dirigidos por gobernantes incompetentes y corruptos,
se metieron en una guerra en la que no combatieron unidos y prepa-
13
El estado de Israel hace mucho que legalizó la tortura, con el eufemismo
de «presión física moderada». Si cualquier otro estado hubiera hecho algo
semejante, la comunidad internacional habría puesto el grito en el cielo, pero
el estado de Israel goza de una bula especial otorgada por Estados Unidos y
sus adláteres. En este sentido, el estado de Israel se puede considerar pionero
de las medidas estadounidenses de Bush legalizando la tortura. Nada de esto
(aparheid, racismo, tortura, guerras, violación sistemática de la convención de
Ginebra) ha provocado medidas similares a las que (al menos teóricamente)
la comunidad internacional tomó en su día contra la Suráfrica racista. Al con-
trario: Estados Unidos apoya incondicionalmente al estado de Israel, la Unión
Europea le otorga condiciones preferentes...
14
Nakba signifca en árabe ‘catástrofe’ y es el nombre que se dio a la gue-
rra árabe-israelí y la limpieza étnica practicada por los israelíes, que convirtió
en refugiados a más de la mitad de los palestinos.
Libro5_bosforo.indd 297 27/8/09 18:53:23
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rados, sino que cada uno buscaba su propio interés, sin importarles
gran cosa la causa de los palestinos a los que se suponía que habían
acudido a liberar.
En los años cincuenta y sesenta surgieron dos movimientos pales-
tinos:
El Fath, 1)
15
organización liderada por Yâsir ´Arafât, que en sus
años de estudiante de ingeniería en El Cairo había militado
en los Hermanos Musulmanes. El objetivo del Fath era libe-
rar Palestina por medio de una guerra de guerrillas y estaba
apoyado por Siria. Desde 1965, la rama militar del Fath em-
prendió una guerra de guerrillas contra Israel que fue uno de
los pretextos israelíes para desencadenar la guerra de junio
de 1967.
El Movimiento de los Nacionalistas Árabes (en árabe 2) Harakat
al-Qawmiyyîn al-´Arab), liderado por el médico George Ha-
bash, de religión cristiana melkita ortodoxa. El MNA era una
organización panarabista pronaserista, no era un movimiento
exclusivamente palestino pero estaba dirigido sobre todo por
palestinos que esperaban que Náser, cuando llegara el momento
adecuado, liderara la guerra que acabara con el estado de Israel
y devolviera Palestina a los palestinos.
La derrota árabe en 1967 arruinó el prestigio del naserismo e hizo
ver a los palestinos que Náser jamás les devolvería Palestina. Tendrían
que ser ellos mismos los que la liberaran o no lo haría nadie. Podrían
contar con la ayuda de otros árabes o de no árabes (la Unión Soviética,
los países de su bloque, China), pero la acción liberadora tendría que
venir de los propios palestinos. En la práctica, los palestinos involucra-
dos en la resistencia eran mayoritariamente los refugiados que vivían
fuera de Palestina, tanto los expulsados y exiliados de 1948 como los
nuevos refugiados de 1967.
El Fath prosiguió su lucha ganando muchos partidarios. Del
ala izquierda del MNA surgieron movimientos que se proclamaron
marxista-leninistas y buscaban inspiración en los ejemplos maoísta,
castrista y vietnamita. También existía una resistencia palestina
ba´tista.
15
Fath en árabe signifca ‘conquista’, pero leído al revés eran las siglas de
Harakat Tahrîr Filistîn (Movimiento de Liberación de Palestina).
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 299
Las organizaciones de la resistencia palestina, pronto unidas en la
OLP (Organización para la Liberación de Palestina, en árabe Munaz-
zamat at-Tahrîr al-Filistîniyya),
16
eran las siguientes:
El Fath 1) . Liderado por Yâsir ´Arafât, que se convirtió en el líder
carismático de la OLP. El Fath contaba con una amplia mayoría
dentro de la OLP y se encontraba a la derecha de los regímenes
nacionalistas de «socialismo árabe» (ba´tista o naserista) derro-
tados en 1967; aunque muy vinculado al régimen sirio anterior
a 1970,
17
el Fath estaba mucho más a la derecha que este. En
el Fath militaban algunos marxistas a título personal, pero esta
organización no tenía nada de marxista y muchos de sus miem-
bros más derechistas expresaban abiertamente opiniones anti-
comunistas.
18
Hasta los años ochenta, el Fath habló de «revolu-
ción» (su lema era precisamente «revolución hasta la victoria»),
pero esta «revolución» poco tenía que ver con otra cosa que la
lucha contra el ocupante sionista, pues el Fath no tenía ningún
programa revolucionario. El Fath ha sido la organización por
excelencia de la derecha palestina, por lo que las monarquías
petroleras la subvencionaron generosamente, lo que hizo que el
Fath y la OLP (convertida de facto en una hechura del Fath) fue-
ran en los años setenta y ochenta el movimiento de liberación
nacional más acaudalado del mundo, con una burocracia muy
bien pagada. Todo esto tendría consecuencias devastadoras para
la causa palestina a partir de los años noventa.
As-Sâ´iqa 2) .
19
Era la facción ba´tista prosiria de la resistencia
palestina, creada en el IX congreso del Ba´t en 1966, aunque
empezó a actuar tras la derrota de 1967. Era mucho más pana-
rabista e izquierdista que el Fath. Su líder, Zuhayr Muhsin, en
16
La OLP se fundó en 1964 en Jerusalén, promovida por la Liga Árabe,
pero hasta que el Fath y otras organizaciones político-guerrilleras no se inte-
graron en ella tuvo muy poca importancia.
17
Entre 1966 y 1967 gobernó Siria el ala izquierda del partido Ba´t, lide-
rado por Salâh Ÿadîd y Nûr ad-Dîn al-Atâsî, hasta que en 1970 esta facción
ba´tista fue derrocada por una facción más derechista del mismo partido lide-
rada por el general de aviación Hâfez al-Asad.
18
Gerard Chaliand, La Resistencia Palestina (Barcelona: Acervo, 1971),
p. 112.
19
En árabe as-Sâ´iqa signifca ‘el Rayo’.
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una ocasión dijo que Palestina no era otra cosa que el sur de
Siria y que si se insistía en la especifcidad nacional palestina
era esencialmente por motivos tácticos de cara a la propaganda
internacional; su objetivo era liberar Palestina de la ocupación
sionista, no crear un estado palestino (o incluso miniestado
palestino) a toda costa como pretendía el Fath. El objetivo de
as-Sâ´iqa era formar un estado democrático en Palestina con la
perspectiva más amplia de un gran estado árabe socialista en
Oriente Medio. Sus relaciones con el Fath no eran demasiado
buenas y con el FPLP eran muy malas. As-Sâ´iqa consideraba
que el Movimiento de los Nacionalistas Árabes debería haber
seguido la misma trayectoria que el Ba´t sirio, girando hacia la
izquierda y prescindiendo de «líderes desfasados»;
20
as-Sâ´iqa
se consideraba próxima al FDLP pero más «realista» y «más
cuidadosa tácticamente». Sus miembros se reclutaron en los
campos de refugiados de Siria y su implantación en Jordania
antes del Septiembre Negro de 1970 era importante, sobre
todo en los aledaños de Ammán y en Irbid; disponía de una
fuerza armada importante, aunque no contaba con armamento
pesado como el Fath. El giro a la derecha del Ba´t sirio en
1970 perjudicó a su flial palestina de manera muy perjudicial
para esta. En 1976, cuando el ejército sirio entró en el Líbano
en ayuda de los cristiano-derechistas, que estaban perdiendo
la guerra, as-Sâ´iqa actuó como un satélite del gobierno sirio
apoyando al ejército sirio contra el resto de la resistencia pa-
lestina y sus aliados libaneses. Este tipo de comportamientos
provocaron que muchísimos de sus militantes abandonaran la
organización y que as-Sâ´iqa haya quedado reducida a muy
poca cosa.
El Frente de Liberación Árabe 3) . Se constituyó en 1969 como
el equivalente ba´tista proiraquí de la as-Sâ´iqa prosiria, aunque
su importancia efectiva fue mucho menor puesto que Iraq estaba
mucho más lejos de cualquier frente árabe-israelí que Siria. Su
objetivo no era crear un estado palestino sino liberar Palestina
para incluirla en un estado-nación panárabe. La invasión de Iraq
por Estados Unidos el año 2003 fue letal para el FLA, aunque
esta organización sigue existiendo y tras el ahorcamiento de Sa-
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Alusión directa a George Habash, a quien veían como la versión algo
más izquierdista del fundador del Ba´t, Michel ´Afaq.
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ 301
ddâm Husayn constituyó un aparato militar llamado «Brigadas
del mártir Saddâm Husayn».
El Frente Popular para la Liberación de Palestina 4) . El FPLP,
liderado por George Habash, surgió de una radicalización des-
esperada del MNA a raíz de la derrota de 1967. Habash y sus
partidarios se agarraron al «marxismo-leninismo» como a una
balsa de salvamento tras el fracaso del nacionalismo árabe y
del naserismo. Los éxitos de la China maoísta y sobre todo
de la lucha vietnamita, parecían demostrar que el «marxismo-
leninismo» era la única vía hacia la victoria. El FPLP en 1970
no tenía más que un millar de combatientes y apenas tres mil
miembros,
21
por lo que durante sus primeros años trató de com-
pensar su debilidad política y militar con acciones guerrilleras
espectaculares, como secuestros de aviones, que tenían como
objeto popularizar a la organización y atraerle partidarios. En
los años noventa su líder George Habash abandonó la direc-
ción del FPLP y fue reemplazado por ´Alî Mustafà, que fue
asesinado por los israelíes durante la segunda Intifada. A este le
sucedió Ahmad Sa´âdât, que actualmente se encuentra en una
prisión israelí. Actualmente es la tercera organización palestina
después de Hamâs y el Fath.
El Frente Popular para la Liberación de Palestina - Co- 5)
mando General. Dirigido por Ahmad Ÿibrîl, que se había
formado en el ejército sirio y había sido dirigente de la orga-
n