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UNIVERSIDAD CATÓLICA SANTA MARÍA LA ANTIGUA

FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS RELIGIOSAS
Dirección de Formación Integral
Fundamentos del Cristianismo


EL PROYECTO MESIÁNICO DE J ESÚS DE NAZARET
Piero Coda


El testimonio más antiguo, conservado en el Nuevo Testamento, sobre la historia de J esús
de Nazaret es preciso al fijar sus extremos en dos acontecimientos bien determinados: el
bautismo en el río J ordán y la muerte en cruz.

También se da esta precisión en el trazar a grandes rasgos el cuadro geográfico de su
acción: Galilea y J udea, y de modo particular J erusalén.

En los Hechos de los Apóstoles, el libro en el que Lucas describe el inicio y la primera
expansión del movimiento cristiano, se narran, de manera estilizada, algunos discursos de
Pedro y Pablo en los que los dos apóstoles hacen un sintético anuncio de la experiencia
que ha transformado radicalmente su vida. La antigüedad de los términos y de los
símbolos usados atestigua en favor de su sustancial autenticidad: Lucas, escribiendo los
Hechos, incluyó en su relato textos antiguos en los que se conserva lo esencial de la
primitiva predicación de los Apóstoles. He aquí, por ejemplo, cómo se expresa Pedro en
uno de tales discursos:

“Ustedes saben lo sucedido en toda J udea, comenzando por Galilea, después que J uan
predicó el bautismo; cómo Dios a J esús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con
poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de
los judíos y en J erusalén; a quien llegaron a matar colgándolo de un madero...” (Hch 10,
37-39).

Siguiendo este antiquísimo testimonio, que traza casi un sintético esquema de lo que
serán después los evangelios, iniciamos también nosotros la reconstrucción de la historia
de J esús de Nazaret desde su bautismo.

1. El Bautismo de J esús y su ministerio.

Todos los evangelistas – si bien con matices diversos – retornan y precisan esta escueta
noticia del primitivo kerigma (=anuncio) cristiano. Más aún, intentan mostrar el
significado profundo que tiene este acontecimiento del bautismo para la historia de J esús.
En efecto, no sólo es importante saber que J esús ha “salido a vida pública” con ocasión
del bautismo, sino - sobre todo - intentar comprender porqué J esús ha elegido este modo,
y no otro, para hacerlo. Intentemos ahora dar una rápida ojeada sobre la situación socio-
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religiosa en la que se inserta el bautismo predicado por J uan Bautista, al que J esús
libremente desea someterse.

Las corrientes religiosas del J udaísmo en tiempos de J esús
En el momento en que J esús entra en escena, la vida religiosa de Israel está dominada por
dos corrientes que encontraremos a menudo en el camino del Nazareno, y que al final
determinarán su destino: fariseos y saduceos. Ellos, a pesar de la variedad de sus
posiciones ideológicas y prácticas, representan en el fondo la más estrecha ortodoxia
religiosa e, incluso siendo como hebreos, íntimamente contrarios al poder extranjero, en
realidad constituyen los pilares del status quo socio-político de Palestina en aquel tiempo.
Mientras los primeros, los fariseos, representan socialmente la media y alta burguesía y
religiosamente tienen su punto fuerte en la observancia escrupulosa de la Ley, los otros,
los saduceos, son la clase sacerdotal, más aristocrática y conservadora y, por supuesto,
tienen su centro de poder y de influencia en el Templo de J erusalén.

En tiempos de J esús, sin embargo, la situación distaba mucho de estar tranquila y bajo
control: la dominación romana y el intermitente rebrotar de la esperanza mesiánica,
atravesada por vetas apocalípticas, formaban un marco general bastante heterogéneo e
inestable.
Había sobre todo algunos grupos de israelitas piadosos que, considerando que los
poseedores del poder religioso estaban comprometidos irremediablemente con la
dominación romana, se alejaron de la sociedad civil formando una especie de comunidad
mesiánica con un carácter rígidamente ascético, y decididamente proyectada en la espera
de la próxima venida de un enviado de Yahvé que, en poco tiempo, iba a instaurar el
Reino de Dios. Se trata de los esenios, de los que encontramos numerosos testimonios en
escritos de aquel periodo, y sobre cuya vida nos ha proporcionado preciosas noticias el
descubrimiento de restos arqueológicos y de algunos textos que se refieren a la
organización interna, en las famosas cuevas de Qumran.

Otra dirección habían elegido los llamados zelotas, a quienes parecen referirse algunas
alusiones contenidas en los evangelios: un grupo que interpretaba en términos claramente
políticos la llegada del Reino de Dios, por lo cual consideraba esencial un levantamiento
armado contra los opresores injustos, para restablecer la monarquía davídica. En el fondo,
las reacciones revolucionarias que continuarán también tras la crucifixión de J esús, y que
empujarán a Roma a intervenir duramente con la destrucción, por obra del emperador
Tito, de la misma J erusalén (estamos en el 70 d.C.), se deben colocar en esta perspectiva
político-mesiánica.


2. El Bautismo predicado por J uan

La predicación de J uan se inserta en este agitado panorama. En realidad eran muy
numerosos los predicadores y los “bautistas” que, como signo de conversión y de espera
del “día de Yahvé”, invitaban a un bautismo de purificación en las aguas del J ordán.
La singularidad de J uan, y la amplia fama de profeta y de hombre de Dios de que gozó en
vida y tras su muerte, y de la cual es testigo incluso el historiador Flavio J osefo, deriva de
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la orientación que él dio a su predicación y de la relación que ésta tuvo con la aparición
de J esús de Nazaret en el escenario de Israel.

Los acentos de la predicación de J uan, testimoniados por los evangelios, son
decididamente fuertes, más aún, apremiantes: el tiempo está para cumplirse, el día del
juicio con el que Yahvé, antes de instaurar su Reino, pronunciará una condena sin
apelación para los injustos, es inminente. Para escapar del juicio la única vía es la
conversión.
J uan se sitúa en la línea de la más genuina profecía del Antiguo Testamento, y parece
cerrar un período (el de un largo silencio del espíritu profético en Israel), para inaugurar
uno nuevo, de decisiva importancia.

¿Es él verdaderamente aquel Elías que debe volver, y cuyo retorno en la tradición de
Israel se asociaba a la llegada del Reino?
Esta pregunta y esta esperanza era alimentada por muchos, y la palabra fustigadora de
J uan (recordemos las acusaciones contra Herodes que le llevaron a la muerte) no hacía
sino impulsarla. J uan indica un camino nuevo a Israel: no la fidelidad más bien estática y
exterior a la tradición, que puede convertirse en conformismo religioso, de saduceos y
fariseos, y que casi inevitablemente se transforma en conformismo social y político; no el
puritanismo y la separación de los hombres que hacían los esenios; no la revuelta
guerrillera de los zelotas; sino la invitación, dirigida a todos, y en primer lugar a quien es
y se siente pecador, a la conversión y a la espera de la venida de Dios según su promesa.

Y J esús desde el inicio, inequívocamente, y con una coherencia que demostrará a lo largo
de su (no largo) ministerio mesiánico y que, a fin de cuentas lo llevará a la condena de
muerte, elige el camino de J uan: o mejor, metiéndose - al menos de paso - en el
movimiento penitencial del Bautista, abre - como veremos - más allá del mensaje
profético de conversión de este último, el camino de novedad que J uan mismo señalaba,
sin conocerlo.


3. La “Elección Mesiánica” de J esús

J esús se hace bautizar por el Bautista. Entre fuga del mundo y lucha armada, J esús elige
la vía de la solidaridad con los hombres, en primer lugar con los pecadores. También él se
mete en el agua, sumergiéndose en su destino común: se hace “uno” con ellos, uno de
ellos. No es una casualidad que toda la existencia de J esús, con su desenlace en la cruz,
sea expresada por J esús y por la Iglesia primitiva a través del símbolo de un único
“bautismo”, un único, radical movimiento de inmersión en la condición del hombre, que
culminará en el evento de la cruz.

Por lo demás, la tradición evangélica le concede al acontecimiento del bautismo una
importancia particularísima. Este gesto concreto con el que J esús inaugura su ministerio
es el primer testimonio que poseemos de su elección mesiánica y, en consecuencia, de su
misma autoconciencia acerca de la misión que le es confiada por Dios y que lo empuja a
inaugurar un camino nuevo.
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Por un lado, J esús parece decidido desde el inicio a elegir la vía del “Siervo de Yahvé”
del Deutero-Isaías: la vía de la solidaridad con todos los hombres, llevada hasta el
sacrificio de sí, y, como se diría hoy, con una opción preferencial por los últimos.
Por otra, los evangelios enmarcan el acontecimiento del bautismo en el contexto de una
teofanía: los cielos abiertos, Dios que se complace en J esús, la consagración del
Espíritu... La diferencia entre las distintas redacciones evangélicas deja abierta una doble
y fundada línea de interpretación:

- J esús realiza su elección en profunda adhesión al querer del Padre (en coherencia con
aquello que es el eje portador de su experiencia), empujado y consagrado a un tiempo,
por aquella divina energía (el divino Espíritu, el ruah) que ya habían experimentado los
profetas y que había sido prometida con sobreabundante plenitud para los tiempos
mesiánicos;
- el Bautista reconoce y señala en él (a todo el pueblo reunido en las orillas del J ordán y a
sus discípulos, muchos de los cuales llegarán a ser seguidores de J esús) al enviado que
esperan.


4. Las «Tentaciones» y el Ministerio de J esús

El mismo tema de la “elección mesiánica” de J esús está en el centro de un episodio que
los evangelios sitúan tras el bautismo: las tentaciones en el desierto. Aun prescindiendo
de la historicidad del acontecimiento, la narración concentra en el inicio del ministerio de
J esús, o sea, en la fase preparatoria que inmediatamente lo precede, lo que será un
leitmotiv de su existencia: ser coherente con la elección del Siervo de Yahvé, resistir (y
rechazar) la recurrente tentación (por parte del pueblo de Israel, de los jefes, de los
mismos apóstoles), de dar una coloración política o teocrática o falsamente religiosa a su
mesianismo. J esús lo evita con decisión: su elección es otra.

¿Cuál? Lo podemos deducir de su mensaje y de su estilo de vida, de su praxis. Pero antes
detengámonos todavía un instante en la segunda indicación ofrecida por el texto de los
Hechos citado al inicio: la periodización de su ministerio.


5. Los dos períodos del ministerio de J esús

“En toda J udea, comenzando por Galilea...”, narran los Hechos. J esús inicia su
predicación en Galilea, donde había vivido hasta ahora (en Nazaret), para desplazarse
después a J udea, y en particular a J erusalén, donde acontecerá el enfrentamiento final con
los que pronto se convertirán, a su pesar, en sus adversarios.
El mismo Lucas que es el autor de los Hechos, plantea su evangelio sobre la base de un
único viaje de J esús hacia J erusalén. Aparte de esta evidente esquematización (el
evangelio de J uan, por ejemplo, habla de tres venidas de J esús a la ciudad santa por lo
menos), no es difícil reconstruir, al menos en sus grandes líneas, el itinerario de J esús en
torno a estos dos polos, geográficos, cronológicos y también teológicos (concernientes al
significado profundo del anuncio y de la acción de J esús mismo):
- el período galileo y
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- el período jerosolimitano.

El período galileo, que parecía tener su epicentro en la pequeña ciudad de Cafarnaún (de
donde provienen también algunos de sus discípulos), se caracteriza por el anuncio
programático de J esús: la venida del Reino de Dios - del que en seguida intentaremos
recoger su significado.
J esús, por tanto, habla de Dios, no de sí. Este anuncio hace acudir a un gran número de
personas tras el Nazareno: entre ellas destaca pronto un grupo más restringido que
comparte de cerca su misión.

Comienza así un movimiento de una cierta importancia, cuya noticia llega también a
J udea, suscitando al principio interés, más tarde el desconcierto y también el rechazo de
los representantes de la ortodoxia religiosa y de los detentadores del poder socio-político.
El período jerosolimitano no abarca sólo la última visita de J esús a J erusalén, la que
conducirá a su arresto y a su condena, sino, en general, a toda la segunda parte de la
misión de J esús.
En un cierto momento (y los evangelios nos ofrecen numerosas huellas de esto) el
proyecto mesiánico de J esús parece atravesar una cierta “crisis” más bien profunda. No
sólo la hostilidad de los fariseos y saduceos crece, no sólo los zelotas ven frustradas las
esperanzas político-mesiánicas que la aparición de J esús había suscitado, sino que
también la gente sencilla disminuye alrededor de J esús. Se produce un rechazo total
(hecho de abierta hostilidad o también sólo de desinterés práctico) que la mayoría de
Israel, tras el entusiasmo inicial, opone al proyecto del Nazareno.

Todo esto - como veremos con más detalle - no hace sino precisar, en la autoconciencia
de J esús y en su modo concreto de afrontar los acontecimientos, el significado de su
misión. A partir de este momento J esús parece dedicarse con un cuidado particular a la
formación de sus discípulos más cercanos, precisando a ellos más directamente y más
abiertamente la naturaleza de lo que va a suceder y su identidad de enviado del Padre.

La tradición evangélica señala también, con una cierta precisión, un momento que sirve
de bisagra entre los dos períodos de la actividad de J esús: el famoso episodio que lleva el
nombre de confesión de Cesarea, sobre el que nos detendremos en el momento oportuno.

Fuente:
Piero Coda: Dios entre los hombres, Editorial Ciudad Nueva, páginas 51-57.