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Noviembre de 2010 A6

Columna
6
Sueldo mínimo,
torpeza máxima
La
sabiduría popular sostiene que los salarios mínimos benefician la lucha contra la po-
breza al dotar, supuestamente, de mejores ingresos a los más necesitados. ¿Cuál es la
razón por la cual los resultados de dicha política distan tanto de los objetivos esperados?
Lo primero por resaltar es que los salarios no emanan de un caprichoso ideal social, menos aún
empresarial; es la productividad del individuo (sea obrero, empleado o ejecutivo) lo que determina
el nivel salarial del mismo.
Los salarios, al igual que cualquier otro precio o ratio de valor, provienen de las utilidades margi-
nales que producen. Y, al igual que cualquier otro ratio de valor, si el mismo es controlado fijando
un “piso”, aparecerán mercados negros -léase subempleo-.
Ahora, tampoco es enteramente cierto que al subir los salarios mínimos no modificamos, gracias a
los mercados negros, las estructuras laborales; el aumento arbitrario produce mayor desempleo vía
el diferencial entre aquellos individuos cuya productividad se encuentra por encima de la produc-
tividad establecida en dicho salario (aquellos cuya productividad actual supera el salario mínimo
pero que ganaban este salario) y aquellos que se encuentran en el margen o justo por debajo de
dicho nivel salarial.
La tragedia real de los más pobres, en el fondo, es el Estado. Observemos: para empobrecer a los
menos productivos, el Estado brinda un menú completo. De entrada, un pésimo servicio de edu-
cación -en el último ranking del World Economic Forum nos ubicamos en el puesto 131 de 133
en Calidad de la Educación Primaria-. De segundo, discrimina -vía el salario mínimo- a los menos
favorecidos, aquellos que no están dotados de las competencias necesarias para justificarlo. Como
postre, traba el ingreso y egreso -vía costes y leyes- al mercado laboral.
¿Qué ganarían los menos favorecidos sin un mínimo nivel salarial? Pues, en lato, participar del
mercado laboral en trabajos de baja remuneración pero que le permitan mejorar sus capacidades
productivas -a través de la capacitación laboral, mayor experiencia, entre otros-.
Tercamente, no obstante, insistimos en el salario mínimo, dejando de lado los mecanismos rele-
vantes (mejorar la calidad educativa y promover las mejoras en productividad). Ahora, ¿por qué
sólo 600 nuevos soles (NS)? ¡No sean roñosos! ¿Por qué no 3,000 NS? ¿10,000 NS? ¿Si el salario
mínimo funciona, por qué “más” no es “mejor”? ¿No será porque, simplemente, el origen de los sa-
larios no es una cifra arbitraria? Si queremos mejorar los salarios, pues mejoremos la productividad
local, la competitividad, la calidad educativa, facilitemos el ingreso y egreso al mercado laboral…
¡rápidamente veremos cómo los sueldos superan tranquilamente los 600 NS!
Opina:
Juan José
Garrido
Koechlin
(*)

____________
(*) Fundador y Presidente Ejecutivo del Instituto Acción. Economista, se desempeña como investigador principal en temas relacionados
al análisis económico, político y flosófco desde la perspectiva liberal austriaca.
Doctor en Ciencias Administrativas (ESADE , Barcelona) y candidato a Doctor en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Bachiller de
la St. Edward's University, sus estudios de postgrado implican un DEA en Ciencias Administrativas (ESADE, Barcelona); un MBA
(St. Edward's University) y un Executive MBA (UQAM). Su experiencia académica enfoca su rol de Profesor de Escuela Económica
Austriaca en la Universidad de Ciencias Aplicadas (UPC), así como en cursos relacionados al Gobierno Corporativo y la Empresa
Familiar.
(jjgarrido@institutoaccion.com)
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