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Este trabajo^ recoge el texto levemente modificado de una confe

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rencia dada en la Universidad de Verano de Santander en el de 1955,
año en el cual, tras un ensayo previo ^ en que otros compañeros y yo
abordamos el problema de la idea general del Hombre a lo largo de la
Historia y la Literatura griegas, pasamos, como complemento lógico
del enfoque inicial, al estudio de la evolución de uno de los aspectos
más importantes y, al mismo tiempo, más misteriosos, más apasionan-
tes de la vida y la conducta de los hombres: el amor como expresión
de la personalidad humana.
Pero al adaptar a la imprenta el texto primitivo, labor larga e inte-
rrumpida por otras mil ocupaciones, me ha ocurrido lo que con harta
frecuencia sucede a los de nuestro gremio: que, encariñado con el tema,
que a mi entender presenta aspectos en que aún se pueden decir cosas
nuevas, he visto con cierto espanto cómo se me multiplicaba el mate-
rial hasta rebasar ampliamente el esquema proyectado. Tres posibili-
dades me quedaban ya entonces: o abandonar la empresa, decisión tal
vez la más sensata; o prescindir del texto de la conferencia y lanzarme
a escribir un libro más sobre la poetisa, lo cual parecería petulancia
innecesaria en un siglo que ha visto tantos y tales estudios como los
que se encontrarán citados; o, en fin, contando con la paciencia y gene-
* Es obligado mostrar aquí mi más cordial agradecimiento al profesor Gennaro Perrotta, de quien
tanto he aprendido, y a los buenos amigos Antonio Blanco, Emilio Lorenzo, Esteban Pujáis,
Francesco Sbordone, Francisco Esteve, Joaquín de Entrambasaguas, José Manuel Pabón, Justo
Garda Morales,.Mariano Yel a, Pedro Laln, Ugo Gallo (q. e. p. d.) y Wi l hel m Muster por la ayuda
que me han prestado en cuestiones de pormenor bibliográfico. Por razones tipográficas se ha
prescindido del punto baj o las letras griegas dudosas de los papiros.
• Cf. el librito El concepto del hombre en la antigua Grecia publicado por la Facultad de Filosofia y
Letras de la Universidad de Madrid y que contiene ( 1955) conferencias de MANUEL F. GALIANO
(El concepto del hombre en el pensamiento griego arcaico, pp. 7- 46) , FRANCISCO R. ADRADOS
(El concepto del hombre en la edad ateniense, pp. 4 7 - 8 0 ) y JOSÉ S. LASSO DE LA VEGA (El con-
cepto del hombre y el Humanismo en la época helenistica, pp. 8 1 - 1 2 6 ) .
M . F . G A L I A N O
^ SNELL Die Entdeckung des Geistes. Studien zur Entstehung des europäischen Denkens bei den Grie-
chen, Hamburgo, 1948 » (cf., s. t., pp. 57-86). Cf. nota final.
' S 153-351.
·> Z 392-496.
• 8 266-366.
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rosidad de editores y lectores, entregar al público de una parte el tra-
bajo, coherente y unitario por sí solo, y de otra las muchas notas en
que hallará, espero, observaciones de interés el que áfe atreva a penetrar
en ellas.
Inútil es decir cuánto debe esta publicación a la fértil iniciativa de
la «Fundación Pastor de Estudios Clásicos» y al fundador mismo: el pro-
greso de los estudios helénicos en España será el que, andando los años,
hable claramente de lo mucho que hay ya hoy no sólo de esperanza,
sino de realidad en esa gran obra.
* * *
Se halla, pues, el lector ante el primer capítulo de una serie titulada
El descubrimiento del amor en Grecia, con lo cual quiere decirse que la
evidencia literaria y gráfica del amor entre los helenos va a ser enfocada
desde el único punto de vista en que se justifica un tal estudio, es decir,
no a partir de Homero, sino en función de la verdadera revolución sen-
timental que, con la aparición de la lírica, representa el situarse ante
el amor no ya como ante el comer o el dormir, mei as servidumbre bio-
lógicas del humano, sino como quien está frente a un problema antes
ignorado. Lo cual no sucede en Homero. Si nos atenemos al lúcido y
profundo libro * en que no hace mucho nos ha mostrado Snell de qué
modo tan trabajoso, tan angustioso a veces, fué elaborándose a sí mismo
el pensamiento griego y descubriendo, intuitiva o metódicamente, la
existencia del espíritu como tal a lo largo del lento desarrollo mental
que presuponen lírica, tragedia y filosofía, también diremos que en
Homero el amor, como en general el espíritu, «está allí», pero sin cali-
dad de tal: hay, sí, apetitos camales, como en el famoso pasaje de la
unión de Zeus y Hera *; hay afectos familiares y ternura paterna en la
despedida de Héctor y Andromaca hay fidelidad al ausente en Penè-
lope, grácil presentimiento de bodas en Nausícaa, adulterio en la jocosa
escena triangular de Ares, Afrodita y Hefesto hay incluso un leve
atisbo del poder de la seducción de la que se dice que «hasta a los más
S A F O
Realmente, SNELL se ve un poco embarazado ante este pasaje chocante
( S 216-217. IvS' Ivi (ièv <fOi6-a\n, Iv S' tixcpos, «v S' eotptoT¿c
•Kdffaai.c,, •íj T' IxXeiJje vóov Ttixa Ttep fpovEÓvTCijv)
tanto en p. 66 de o. c. como en pp. 86-87 de Sapphos Gedicht a>atveTa( (lot xijvoc (Hermes LXVI
1931, 71-90 y 368). Cf. n. 11.
Buena visión de la época en D E SANCTIS Storia dei Greci dalle origini alla fine del secolo V, I, Fl o-
rencia. 1940, pp. 274-284 y, por lo que toca a la Urica, 342-365.
sabios trastorna»', pero todo ello dentro de la esfera más primaria y
vegetativa, sin que aparezca en ningún momento la conciencia plena de
una posición íntima ante el problema amoroso. Deseo, satisfacción, sacie-
dad y nuevo deseo: eso es todo. Y así tenía forzosamente que ser desde
el momento en que el epos no nos habla jamás del amor atormentado,
entorpecido, puesto en trance de frustración por esos obstáculos de
diversa índole (tabú, prejuicios, trabas sociales o éticas, extravíos pasio-
nales, ausencias, desvíos) que han llenado millones de páginas en veinti-
séis siglos de Literatura erótica. En Homero el amor va asociado común-
mente a los demás goces vitales con las delicias de la mesa bien abas-
tecida, el buen vino de las sobremesas, el canto y las danzas; pero el
amor como sufrimiento, las torturas de los celos, el doloroso aguijón
del querer no correspondido, todo eso queda ya lejos del sensual y jubi-
loso campo de la epopeya. Ahora bien, no valdría la pena haberse ocu-
pado en ello si la Literatura griega no hiciera más que enlazar suave-
mente con nuestro mundo burgués de hoy en ese manso y rutinario suce-
derse de eslabón tras eslabón de la especie humana: pues si algo van a
tener de interesante nuestras páginas es la posibilidad de que merced
a ellas quede un poco más claro no lo que nuestro intelecto y nuestra
sensibilidad perciben sin dificultades, sino aquello cuya comprensión
está condicionada por la intensidad del previo esfuerzo de acomodación
en la visión actual de mundos antiguos.
Hemos, pues, escogido la edad de los líricos como punto de partida:
la edad de los líricos, es decir, los siglos —^mediados del vii a. J. C. a
principios del v aproximadamente— que presenciaron la ruina de las
viejas monarquías patriarcalistas de tipo homérico, la creación de las
aristocracias locales y el múltiple estallido de las mil ciudades griegas
en un incesante florecer de banderías y conjuraciones: la época también
en que triunfan la individualidad sobre el anonimato, el presente sobre
el pasado, la realidad plástica y personal sobre el mito generalizador
La época, en fin, que nace con aquel volcán de candente sensibilidad
que es el parió Arquíloco.
M . F . G A L I A N O
* Fi s. 104 (δύστηνος ΙγκεΊμαι πόθ'ωι
άψυχος, χαλεπ^ιοι θεών όδύνηισιν Ικητι
πεπίϊρμένος Si' όστέων)
y 118 D. : άλλα μ' i X\ysíμεX•ής, <δ 'ταΐρε, δαμναται πάθος.
' · Fr. 112 D. : τοΐος ­χάρ φιλότητος Ι ρως οπό καρβίην ίλυσθείς
πολλήν κατ' άχλυν ομμάτων εχευεν
κλέψας Ικ στηθέωΜ άπαλάς φρένας.
Sobre estos pasajes de Arquíloco y su correlación en fr. 3 1 (citaremos siempre a Safo por la exce­
lente y reciente edición de LOBEL­ PAGE Poeíarum Lesbiorum Fragmenta, Oxford, 1955, que
contiene los frs. 1 ­ 2 1 3 en pp. 1­110) y otros de Safo, cf. BOWRA (Greek Lyric Poetry from Alemán
to Simonides, Oxford, 1936, pp. 218­219 del cap. dedicado a la poetisa en pp. 186­247), SNELL
(lib. c. 66­68) y GRIFFITH (p. 41 de PLATNAUER Fifty Years of Classical Scholarship, Oxford,
Í954, donde Safo está tratada por él en pp. 41­45 y 66­67): Arquíloco (a cuyo ir. 118 D. sigue
Safo tomando de él el λυσ*μέλη ς de fr. 1 3 0 sobre el cual cf. n. 20) imita a Homero (κλέψας ... φρένας
en fr. 112 D. frente al Ικλεψε vóov de Ξ 217, sobre el cual cf. n. 7), pero se ve obligado a inven­
tar una especie de terminología erótica aplicando al amor síntomas (cf. n. 292) que en Homero
lo eran de miedo o dolor (desmayo producido por la pena en X 466­467; dolores lancinantes da
ti po físico en Ε 398­399). En Safo (cí. también SNELL art. c. y TÜRYN Studia Sapphica, Lwow,
1929) la fraseología está ya desligada de Homero.
" Frs. 12 a­14 D.
" Con esta afortunada expresión concluye WILAMOWITZ la parte dedicada a la lesbia (pp. 15­78) en
Sappho und Simonides. Untersuchungen über griechische Lyriker, Berlin, 1913.
8
Los fragmentos de Arquíloco que hoy conocemos no son muchos,
por lo cual sería temerario formular conclusiones demasiado tajantes en
cuanto a puntos concretos de su ideario. No podemos, pues, saber bien
hasta qué grado hay pasión del alma o simple acuciamiento del deseo
físico en ese pàthos » o ese fhilótetos éros^^ de que hablan tres fragmen­
tos: fóthos que domeña al poeta, que paraliza sus miembros, que le deja
exánime, calado hasta los huesos por agudos dolores; èros que arrebata
el sentido y cubre de niebla los ojos del amante..."
Pero, aunque tuviéramos más elementos de juicio sobre el carácter
de la pasión amorosa en Arquíloco, tampoco en ese caso le habríamos
elegido para ejemplificar de manera típica el ideal erótico de la Grecia
aristocrática; porque Arquíloco es hombre, y por serlo, reparte su vida,
su dura y ajetreada vida de soldado, entre mil pasiones y cuidados dis­
tintos: la guerra, la política, la discordia civil, la penosa conquista del
pan cotidiano, y con ellas, el amor, sí, pero no polarizado, no erigido
en dueño y señor del espíritu entero. Y lo mismo ocurre, por ejemplo,
con Mimnermo, el blando y dulce poeta colofonio, desmoralizado por
la molicie asiática y la dominación extranjera, que, aun subyugado por
los encantos exóticos de Nannó, aun aterrorizado ante el fugit irrepara­
bile tempus y la certeza de la muerte, encuentra ánimos y humor para
cantar la lucha de los esmimenses contra Giges^^
Mientras que, en cambio. Safo, la mujer, la más pura y auténtica
representante del «eterno femenino» ella sí que sabe permanecer ausente
S A F O
' * Una posible repercusión de las guerras exteriores en la vida de Safo será citada en n. 245.
1· Sobre la complicada historia de Lesbos en la época de Safo y Alceo, en cuyos pormenores no puedo
entrar aquí, cf. MAZZARINO (Per la storia di Lesbo nel VI° secolo a. C, en Athenaeum X X I 1943,
38­78), GALLAVOTTI (Storia e poesia di Lesbo nel VII­VI secolo a. C. Alceo di Mitilene, Bari,
1948), DELLA CORTE (Saffo. Storia e leggenda, Turin, 1950), PAGE (Sappho and Alcaeus. An
Introduction to the Study of Ancient Lesbian Poetry, Oxford, 1955), etc.
No es seguro que Safo haya sufrido destierro (cí. n. 117) ni marchado a Sicilia, como afirma el
Marmor Partum 36: no son probativas a este respecto ni la cita de un Πάνορμος (fr. 3 5 ) , ni la
referencia a Creta (el fr. que menciona a las Kpijooai es colocado por LOBEL­ PAGE Ο. C. 294
como el 1 6 incertum utrius auctoris) en el fr. 2 (cf. mis arts. Algo más todavía sobre el tiostracont
sáfico, en An. Filol. Cl. V 1950­1952, 81­90 y Nuevamente sobre el «ostracont sáfico: una acla­
ración, en Emerita X X I V 1956, 66­71, así como mi versión citada en n. 322), ni la existencia
en el pritaneo de Siracusa de una escultura de Safo hecha por Silanión (Cicerón, / / Verr. I V 57),
ni las conexiones occidentales de la leyenda de Faón (cf. u. 316).
^' Magnífica, la expresión de RI LKE (Ausgewählte Werke, Π, Wiesbaden, 1951, 203) en Die Aufzeich­
nungen des Malte Laurids Brigge (pasaje agudamente aducido por PERROTTA en pp. 22­23 de
Saffo e Pindaro. Due saggi critici, Bari 1935, que trata de Safo en pp. 3­101): «Er kennt auf einmal
dieses entschlossene Herz, das bereit virar, die ganze Liebe zu leisten bis ans Ende. Es wundert
ihn nicht, dass man es verkannte; dass man in dieser überaus künftigen Liebenden nur das
Uebermass sah, nicht die neue Masseinheit von Liebe und Herzleid» (pág. 144 de la tr. esp. Los
cuadernos de Malte Laurids Brigge, Buenos Aires, 1957). DÍ EZ DEL CORRAL (La función del mito
clásico en la Literatura contemporanea, Madrid, 1957, 144) apunta bien que, de acuerdo con la
concepci ón de la Antigüedad en RI LKE como «un conjunto de arquetipos perennes, de figuras
paradigmáticas para nuestra vida» (cf. su pág. 143 con la cita de págs. 143­144 detr. cit. ). Safo es
aquí «prototipo de las muchachas y mujeres que en el lenguaje de RI LKE llevan el nombre de
' Li ebende' , ' amante' ».
' · Fr. 1 3 0 : ' Ερος δηδτέ μ' è λυσιμίλης δίνει,
γλυκύπικρον άμαχανον δρπετον (ci. η. 2θ).
SNELL (lib. c. 76 y art. c. 87­88) ha visto hi&a que es un concepto todaví a ajeno a lo homérico
(aunque expresiones como el δακρυόεν γελοίσασα de Ζ 484 creen un problema no resuelto del
de ese mundo complicado y poco inteligible de los varones para vol­
verse de cara al pequeño universo de sus afectos y pasiones personales:
para Safo no hay guerras, a pesar del estrépito militar que recorre el
Asia Menor en sus azarosos tiempos ni revoluciones, aunque la Miti­
lene de su época sea un hervidero de sediciones y conflictos ni viajes,
ni estancias en tierras lejanas^»; ni apenas vida familiar, salvo en la
escala más elemental y primaria; ni labor profesional que no sea, como
veremos, la que se relaciona precisamente con el amor de los otros; ni
afán didáctico ni parenético; ni actividades literarias relacionadas con
la transmisión de su arte o la creación de escuela propia; ni gusto por
los despliegues eruditos en el rebuscamiento lexical ni en el tan preciado
ornato de las galas mitológicas; ni, seguramente, esmero extraordinario
en la parte musical de sus canciones. De Safo no puede decirse que es­
criba de amor, ni que prefiera el amor, ni que se dedique al amor, sino
que ella misma es amor, amor, amor en cada poema, en cada verso, en
cada palabra de sus cantos. Y un amor que no es mero goce sensual,
sino también, y en una gran medida, sufrimiento^': un amor agridulce
que lleva consigo dolor y placer indisolublemente unidos y contra el
que no se puede intentar defensa alguna^*; un amor que sacude sus entra­
M . F . G A L I A N O
todo) el de la tensión interna, el ser el alma un obj eto de disputa entre dos sentimientos o sen­
saciones desemejantes o contradictorias. Así en este famoso γλυκύπικρον, para el que he estado
dudando entre emplear «agridulce» (como ORTEGA Y GASSET en p. 434 de La poesía de Ana de
Noailles, en Obras completas, IV, Madrid, 1947, 429­435) o «dulciamargo», que me parecía reco­
ger mejor (cf. n. 190) esta unión de conceptos dispares. Cf. Anacreonte, fr. 79 D.
(έρέω τε δηδτε κοδκ έρέω
καΐ μαίνομαι κου μαίνομαι)
y (en lo que es llamado «Entdeckung der innern Mischgefühle» por THEILER en pp. 225­226 de
Griechisches Dichten und Denken, en Der Aufstieg Europas, I I I tomo de Historia Mundi, Berna,
1954, 216­270) la propia Safo, fr. 51 (oäx olS' δττι θέω· δίχα μοι τα νοήμματα), sobre el cual
cf. nn. 2á4, 269 y 312. El fr. 130 procede probablemente de la misma poesia que el 131, de
modo que puede estar relacionado con la historia de Atis (cf. nn. 12'3­13i'4).
" Fr. 47: "Ερος δ' Ιτίναξέ μοι
φρένας, ώς άνεμος κατ δρος δρύσιν Ιμπέτων.
Cf. η. 19Ö y ORTEGA 1. c. Hay expresiones parecidas en el fr. 6 D. de í bi co.
Fr. 130 (cf. nn. 11 y 18).
*' Tema bellamente tratado por SCHADEWALDT (ZU Sappho, en Hermes L X X I 1936, 363­373, y Sappho.
Welt und Dichtung. Dasein in der Liebe, Berlin, 1950, cuyas notas no se han publicado todavía).
Cf. también PERROTTA­ GENTILI Polinnia. Antologia della lirica greca, Mesina, 1948, 148 (Safo
está tratada en pp. 99­192).
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ñas como el viento a las encinas del monte un amor que, como a
Arquíloco, también a ella le paraliza los miembros en dulce embria­
guez^"; amor, amor siempre, en todos y cada uno de los centenares de
fragmentos sáficos que hoy podemos leer...
No es raro, pues, que, dentro de ese descubrimiento del espíritu de
que antes hablé, le haya tocado en suerte a Safo el ser tenida por la
verdadera reveladora del amor en Occidente por ella, la vieja Afro­
dita impura de los cultos orientales se levanta, como en el trono Ludo­
visi, desde las turbias aguas de la sensualidad animal hasta las oreadas
colinas de una espiritual Lesbos. Y esta especie de teofania operada por
su arte maravilloso es la que nos ha transmitido, a través de genera­
ciones y generaciones, un concepto del amor cargado y recargado de
evocaciones, adherencias emocionales, tópicos e intelectualismo: si hemos
ganado con ello o no, si era necesario vestir, aderezar y hermosear lo
que al desnudo resultaba intolerable o si, al contrario, no se ha hecho
más que lastrar con sentimental ganga un simple y desenfadado apetito
vital, éste es otro problema que no he de tocar aquí. Pero lo que en este
aspecto somos, para bien o para mal, a Safo en primer lugar se lo
debemos.
Ante todo, ¿quién es Safo? O mejor dicho, ¿cuál es la verdadera
Safo? Porque la poetisa de Lesbos ha pagado muy caro ese insigne
honor que significa el verse erigida en descubridora del amor para el
Occidente entero: lo ha pagado, si así podemos decirlo, en las propias
carnes de sus textos líricos, despedazados por gramáticos y metricistas
S A F O
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no menos crueles que las arenas del desierto egipcio; lo ha pagado en
su alma, en su fama postuma, sometida también implacablemente a la
polémica y el desmenuzamiento laborioso de los filólogos. Hoy día Safo
no es más que un yerto cadáver, un montón de polvorientos y dilace-
rados fragmentos sobre los que se afana la turbamulta de los críticos
con la esperanza de que una palabra, una simple letra, decida para siem-
pre la monstruosa cuestión que se ha dado en llamar la «Sapphofrage».
Y digo monstruosa por lo que de repugnante, de desagradable y hasta
de ridículo tiene el presenciar cómo se diserta doctamente, a veces en
latín, sobre si tal o cual fragmento demuestra que la poetisa llegó o no
a ciertos extremos en sus devaneos amorosos; pero no porque tenga la
menor importancia el hecho de que la cuestión quede resuelta en un
sentido o en otro.
Porque, en eso vamos estando ya conformes casi todos, resulte lo
que resulte de estas concienzudas investigaciones, la fama de Safo no
padecerá el menor quebranto por ello. Pues una de dos: o no se com-
prueban las tales prácticas, y entonces no hay problema mayor, o se
comprueban, lo cual será dificilísimo, porque el más elemental pudor
pondrá siempre fronteras a la franqueza en cualquier nuevo fragmento
sáfico que llegue a encontrarse. Pero, aun suponiendo que sobreviniera
una comprobación indudable e inequívoca, ¿por qué vamos a juzgar a
Safo, que vivió hacia el 600 a. J. C. en una pequeña isla vecina al mundo
oriental, con criterios europeos y cristianos del 1958? Y aunque la
" Esta consideración, que tan evidente parece, va necesitando ya demasiado tiempo para imponerse
entre la generalidad de los críticos. Hace casi medio siglo que la formuló hermosamente BELOCH
(«jeder hat. . . das Recht, nach der Sitte seiner Zeit und seines Landes beurteilt zu werden», en
p. 4 0 9 con n. 2 de Griechische Geschichte, I*, Estrasburgo, 1912) ; la repitió en otra forma JAEGER
(«sería absolutamente vano e inadecuado... tratar... de probar la concordancia de los sentimien-
tos del círculo sáfico con los preceptos de la moral cristiana y burguesa», en p. 1 5 3 de Paideia,
tr. esp., I , México, 1946*, que dedica a Safo pp. 150- 154) ; la dej ó traslucir, aunque sin expresarla,
PERROTTA en muchos lugeires de o. c ; la puso de relieve en términos vehementes ZÜNTZ (indigna
est singularis muUeris cum nostrae aetatis umbrática magistellula comparatio: indignum Studium
illud quo sinceri ardentisque amoris documenta ad nostratium morum normam adulterantur...
sane mireris eum mentis habitum quo quis... velandam imminuendam negandam ducat cupidinem
ab ea qua nos utimur diversam, en p. 8 9 de De Sapphus carminibus è 3, % 4, è 5, en Mnemosyne
V I I 1938, 81- 114) y la hizo suya también SCHUBART («der Philologe hat kein Recht, den über-
lieferten Text nach heutigem und abendländischem Empfinden auszulegen», en p. 3 1 6 de Bemer-
kungen zu Sappho, Alkaios'und Melinno, en Philologus X C V I I 1948, 3 1 1 - 3 2 0 ) . Muy afortunado
de expresión. TOLA en p. 11 de Safo (Lima, 1957) : «Safo fué realmente una mujer pura. . . Y lo
fué sobre tbdo portjue ella no se plantea el problema de la calificación moral de las pasiones que
vi ve; ni asoma en ella la sospecha de que son vituperables; ni, recelando que viola una ley moral,
goza o se vanagloria con esa violación. Las vi ve y las expresa porque surgen en ella, sin cinismo
ni malicia y sin recelos, al margen de todo juicio ético...» No tiene, en cambio, razón MERKEL-
BACH (en p. 7 de Sappho und ihr Kreis, en Philologus CI 1957, 1- 29) al decir que el amor homo-
sexual «uns leichter fällt als früheren Generationen»: lo que ocurre es que lo encuadramos
mejor en el mundo a que corresponde.
M . F . G A L I A N O
" Sobre la falta de atención hacia los valores estéticos que se ha producido en muchos espíritus exce­
sivamente preocupados con la «Sapphofrage» insiste particularmente BONNARD La ­poésie de
Sapho. Étude et traduction, Lausana, 1948. El hecho es cierto: en cambio. Platón (cf. η. 190)
parece que demostró ya buen olfato en materia poética. Una bella estimación literaria de Safo
la hay en CASTIGLIONI I nuovi frammenti di Saffo, en At. e Roma XVI I 1914, 2 2 4 ­ 2 5 2 . Es dis­
tinto el problema de si lo recientemente encontrado llega o no a la altura estética de las dos odas
conocidas desde antiguo. PAGE O. C. 1 1 0 opina en sentido negativo, con lo cual no parecen estar
de acuerdo PIERACCIONI (en p. 5 8 de Recenti edizioni di Saffo e di Alceo, en Maia Vi l i 1956,
5 6 ­ 7 1 ) UÌ MEDEI ROS (en p. 2 0 6 de Em torno de uma nova antologia do lirismo grego, en Humani­
tas VI I ­ VI I I 1 9 5 5 ­ 1 9 5 6 , 195­ 214) . En general. PAGE no parece apreciar suficientemente la cali­
dad poética de Safo: cf. DAVISON en p. 2 2 de res. de su o. c. (Class. Rev. VI I 1957, 19­ 23) , donde
dice que «few lovers of poetry are likely to be satisfied with PAGE' S views of Sappho as apoet».
' * Me ha divertido descubrir a posteriori, una vez escritas ya estas palabras, que he venido a decir lo
mismo, aunque con menos gracia literaria, que REINACH (Pour mieux connaître Sappho, en
Ac. des Inscr. et Belles­Lettres. Comptes rendus des séances de l'année 1911, 7 1 8 ­ 7 3 4 ) , que en
p. 7 2 3 subraya cómo «entre la Ménade effrontée qui finit comme une grisette amoureuse et la
noble poétesse... le contraste frappait les yeux» y se pregunta en p. 7 2 0 : «Faut­il voir en elle
cette haute et pure figure de Muse passionnée, que Plutarque comparait à la Pythie sur son
trépied, ou une amante vulgaire et j e ne sais quel professeur de dépravation?»
condenáramos, ¿es que esto constituiría el más mínimo demérito para
S U inmortal fama como poetisa? ¿Es que se le puede negar el derecho
a ser juzgada literariamente por solas sus obras, como lo han sido Villon,
Aretino u Osear Wilde? Que Safo es una de las primeras figuras de la
Literatura universal es cosa de que nadie duda, y yo, que he de tratar
de amor y no de Letras, no insistiré más en ello"*.
Y además, voy a procurar, en lo que cabe, comportarme con inge­
nuidad científica, es decir, despojarme de prejuicios y de lugares comu­
nes e irme con ustedes a ver lo que encuentro en los textos como si los
estuviera leyendo por primera vez. Olvidemos, pues, a las distintas
Safos artificiales, groseros engendros nacidos en calles y plazuelas o
pálidas creaciones de los gabinetes de los filólogos: a la tribade impú­
dica y lasciva, a la ramera vulgar, a la suicida frenética de amor... pero
también a la dama ilustre, noble y pura, casi canonizable, injustamente
calumniada por malandrines y follones"*. Y veamos, en cambio, si de
nuestro examen sale un deshilvanado amasijo de datos dispares o bien
la figura de una Safo verdadera o, al menos, verosímil.
Primero, el ambiente, las cuatro pinceladas que sirvan de fondo
a la silueta de nuestra poetisa; y, puesto que mi descripción no podría
nunca superar a la que ya otro ha trazado magistralmente, voy a copiar
unas líneas de Symonds recogidas por Page que van a sumergir ideal­
mente al lector, espero, en el ambiente deleitoso de la Mitilene del vii y vi:
«Todas las delicias y elegancias de la vida que aquel clima y los ricos
valles de Lesbos podían proporcionar, estaban a la disposición de sus
habitantes: jardines exquisitos, donde exhalaban sus aromas la rosa y
12
S A F O
»5 Cf. SYMONDS (Studies of the Greek Poets, Londres, 1920», 191­193, citado por PAGE O. C. 140­142) y,
sobre este último punto, MAZZARINO ( Fra Oriente e Occidente. Ricerche di storia greca arcaica,
Florencia, 1947) y GALLAVOTTI O. C.
" El fr. 58, en que aparece esta palabra, presenta varios problemas. En primer lugar, no se ve clara
la relación entre el tema de la vejez con que empieza lo conversado {cf. n. 299) y esta afirmación
final (vs. 25­26) que, a pesar de haber sido transmitida por Ateneo XV 687 b antes que por los
papiros, no es fácil (cf. MARTINAZZOLI en p. 229 n. 44 de Ethos ed Eros nella poesia greca, Floren­
cia, 1947, que trata de Safo en pp. 207­286 con nn. 1­J80) interpretar con seguridad:
Ιγω 8è φίλημμ' άβροσύναν, ] τοδτο καΐ μοι
το λα[μπρον Ιρος τώελίω καΐ το κα]λον λέ[λ]ογχ'ε.
Ni me convence la versión de EDMONDS («I. . . love soft living, and for me brightness and beauty
belong to the desire of the sunlight* en pp. 436­437 de Lyra Graeca, I, Londres, 1928' , que da
los textos sáficos en pp. 140­307) ni la de SCHADEWALDT: «ich aber liebe die Köstlichkeit, (ein
süss Ding) das, und ist mir in der Liebe das Leuchten des Sonnenlichts und auch das Schöne
geworden» (lib. c. 161). El adjetivo αβρός, generalmente con sentido despectivo, se convirtió
en la Literatura posterior en «a common epithet of Asiatics» (LIDDELL­SCOTT S. v. ) : cf. el
Ι ώνων ... αβρός ... όχλος de Antífanes (fr. 91), los Άγαθυρσοι . . . άβρότατοι άνδρες de Heród. I V
104, la nota de Jenofonte (Gir. VI I I 8, 15) sobre los persas que viven en τ^ζ ... Μήδων ... άβρότητι,
la cita del άβροδιαίτων ... Αυδών όχλος por Esquilo (Pers. 41­42), etc. En Safo se emplea muchas
13
el jacinto; riberas fluviales encendidas de adelfas y granados silvestres;
bosquecillos de olivos y fuentes en que florecían, con el plumoso cabello
de Venus, el exclamen y la violeta; ensenadas sombreadas por pinos que
permitían el baño en la calma de un mar sin mareas; frutos tales como
únicamente el sol meridional y el viento marino son capaces de madurar;
roquedos marmóreos sembrados en primavera de junquillo y anemona,
olorosos durante todo el año a mirto y lentisco y empetro y romero de
campo; ruiseñores que cantaban en mayo; templos en que contrastaba
la severidad del oro oscuro con el brillo del marfil; estatuas y frescos
con figuras heroicas. Y un breve, pero duro invierno para tonificar los
nervios e impedir el hastío de los sentidos por un exceso de molicie.»
He aquí la isla de Safo.
Hallamos, pues, aunque eliminemos mentalmente ciertas exagera­
ciones embellecedoras por parte de Symonds, una tierra verdaderamente
privilegiada, no sólo por sus especiales condiciones de índole física y
climatológica, sino también por su situación topográfica que la hizo
guardiana natural del Helesponto y lugar de paso casi forzoso entre el
floreciente, ya casi decadente mundo oriental y la nueva Hélade que
se estaba forjando entre las nieblas del medievo griego". Situación ésta
que no sólo debió de ser fuente de gran prosperidad, sino que también
trajo consigo, como consecuencia importantísima, una influencia espi­
ritual del vecino Oriente, y más particularmente de la poderosa y refi­
nada Lidia, que se refleja de modo especial en lo que la propia Safo
designa como abrosúna^^, concepto difícil de traducir en que se unen
delicadeza, ternura, elegancia espiritual, molicie, blandura y hasta, en
M . F . G A L I A N O
veces, generalmente para designar a personas: fr. 2, 14 (Cipris escancia aßpox;), 25, 4 y 84, 5
(sin contexto apenas), 44, 7 (Andromaca), 100 (un tej ido), 128 (las Gracias) y 140', 1 (Adonis).
Casi con el mismo sentido se usa en otras ocasiones ¿TtaXo?: fr. 81 ( b) , 2 (unas manos); 82 (a)
hablando de Girino (cf. n. 89); 94, 16 (un cuello); 94, 22 con aplicación tal vez a personas
(cf. PAGE o. c. 79-80); 96, 13 (perifollos); 122 (una niña); 126 (una amiga). Cf. TREU Von Ho-
mer zur Lyrik, Munich, 1955, 177-183.
" Cf. SCHMID Geschichte der griechischen Literatur, I, Munich, 1929, 404-406.
" Alceo, fr. 69 Lobel-Page; cf. PAGE (o. c. 226-230) y n. 128.
2» Cf. nn. 40, 116, 1.28, 246, 274, 279-280 y 284.
=0 Cf. SCHADEWALDT (lib. c. 67-68) y n. 128.
' 1 Ateneo XI V 624 e. Cf. BUEROHNER Real-Encyclopädie der classischen Altertumswissenschaft, XI I ,
Stuttgart, 1925, s. v. Lesbos (coli. 2107-2133, s. t. 2122) y LESKY Geschichte der griechischen Lite-
ratur, Berna, 1957, 123.
Último término, afeminamiento y disolución del brioso temple viril del
hombre homérico. Y, claro está, sensibilidad suma en lo artístico, y más
concretamente, en lo musical; una sensibilidad que propende natural-
mente a lo dulce, a lo tierno, a lo voluptuoso, pero sin dejarse caer, gra-
cias al recio fermento helénico, por la pendiente que conduce en defi-
nitiva al decadente preciosismo o la enervada indolencia de la poesía
oriental. En este sentido es característico el ejemplo de Terpandro",
probablemente el creador de la escuela que produjo a los grandes poetas
lesbios: Terpandro se rinde a los encantos de la muelle música lidia como
aceptará más tarde Alceo el dinero de Creso "» y como suspirará Ciéis,
la hija de Safo*«, por los atavíos de aquel París de la moda^» que era
Sardes para las mitilenenses de la época, porque lo próspero y opu-
lento, y más si es exótico, y con mayor razón si además es bello, no
deja nunca de seducir y agradar; pero el métron griego exigía siempre la
raya en el suelo y el «de aquí no se pase», y así Terpandro cambia la lán-
guida flauta dionisiaca por la sonora lira y pone el luminoso, claro esque-
ma de sus cantos bajo el patrocinio del siete, el número sagrado de Apolo.
En fin, el caso es que ya tenemos, rodeado de aquella naturaleza
lujuriante, un pueblo fino, sensible, sensitivo, sensual; un pueblo bien
dotado artísticamente; un pueblo que, como dice Heraclides en frag-
mento recogido por Ateneo está compuesto de gentes sanas, opti-
mistas, con algo quizá de altaneras y aun de fanfarronas en su modo,
por ejemplo, de criar caballos o de acoger a los huéspedes, pero que en
el fondo no son malas, sino que lo que ocurre es que les rebosa por todos
los poros de la piel, en el amor como en la bebida, su intensa vitalidad,
la alegría de vivir, y de vivir precisamente allí. Empiezan ya a delimi-
tarse las coyunturas, hasta ahora históricas y geográficas, que han de
producir a Safo.
14
S A F O
Estrabón XI I I 2, 3: ή Σαπφώ, θαυμαστόν τι χρ^μα­ ou γ«ρ ίσμεν Ιν τψ τοσούτψ χρίνφ τψ μνημονευομένψ
φανεΐσκν τινα γυναίκα Ιναμιλλον οδδέ κατά μικρόν εκείνη πΛιήσεως,χαριν.
Tucídides I I 45, 2.
3» Sobre la posición de la mujer en la Grecia clásica, cf. PAOLI La donna greca nelV Antichità. Floren­
cia, 1955, s. t. pp. 1­12.
=5 I 128­130 y 270­272.
·•>« Alceo, fr. 130, 32­35 L. ­ P. Cf. nn. 82 y 180 y PAGE (O. C. 168 n. 4).
Pero además hacía falta otro requisito para que naciera aquella
«cosa extraordinaria» de que habló Estrabón^^ En la mayor parte de
las ciudades griegas, Safo no habría pasado de ser una mujer de su casa
dedicada, en la oscuridad del gineceo, a procurar que, como pedía Peri­
cles no se hablara de ella ni para bien ni para mal**; pero en Lesbos,
al parecer —pues la verdad es que en esto apenas tenemos más datos
que los versos de los grandes poetas nativos— las mujeres habían alcan­
zado no sólo un cierto grado de cultura, sino mayor libertad que en las
demás ciudades griegas para salir y entrar, hablar entre ellas o con hom­
bres, reunirse en tertulias y grupos de carácter más o menos religioso
y aun celebrar, muy de acuerdo con el culto a la hermosura innato en
aquel país de estetas, los famosos kalUsteia, concursos de belleza feme­
nina ya apuntados tal vez en Homero*^ y de que desde hace algunos
años tenemos interesante documento en una de las nuevas poesías de
Alceo
Clima dulce y templado, mar y montaña, ríos y flores; música, can­
ciones, poesía; prosperidad, lujo, refinamiento; mujeres hermosas en
amable coro; ¿podrían dar otro resultado estos sumandos que un indi­
soluble consorcio de amor y Safo?
Y ahora vamos ya a ver los fragmentos mismos de la poetisa, mucho
más probativos que cualquier otro indicio que puedan proporcionamos
las fuentes indirectas; pero no sin hacer notar antes una dificultad que
presenta este material, y es que la brevedad y escasez de los textos y
la imprecisión con que se expresan los comentaristas no nos permiten
a veces deducir claramente si Safo está hablando o no en nombre propio.
Hay, en efecto, una cosa indudable, y es que una de sus actividades
poéticas consistió en la composición de epitalamios destinados a ser
cantados coral o individualmente en las bodas de otras personas. Esta
era, naturalmente, una labor profesional, a lo largo de la cual tenía la
poetisa que someterse en contenido y forma a las normas usuales en
este tipo de cantos: el elemento popular, muy marcado en tales compo­
siciones y que, por cierto, no contribuía a introducir el mejor gusto en
15
M . F . G A L I A N O
Fr. 1 0 2 : γλύκηα μδτερ, ούτοι δύναμαι κρέκην τόν Ιστον
πόΟωι δαμεισα παΚος βραδίναν Si' Άφροδίταν. Cf. LESKY O. C. 136.
Cf. nn. 211, 214 y 285.
Fr. 1 4 0 (Ά)'. κατθνα<1>σκει, Κυθέρη', άβρος "Αδωνις· τί κε θείμεν;
καττύπτεσθε, κόρα ι, καΐ κατερείκεσθε κίθωνας.
Cf. nn. 183 y 288.
" P. ej . , el conocido fr. 4 4 , el de la fiesta de los troyanos que celebran la llegada de Héctor recién casado
con Andróraaca: es notable que PAGE, tan poco dado a la especulación, se aventure a suponer
(o. c. 71­72) que en este supuesto epitalamio la novia, llegada a Lesbos en condiciones parecidas
a las de Andrómaca (cf. n. 42), será quizás alguna amiga extranjera de la poetisa (Góngula,
Eunica o Anactoria, sobre las cuales cf. nn. 40 y 123) traída por alguien a quien conoció en
compañí a de Safo. La tesis es aceptada por MERKELBACH (o. c. 17­19) y refutada por LESKY
(o. c. 135), que ve un mal augurio en la elección de una pareja mí ti ca desdichada. Cf. también,
por lo que toca a lo legendario, los frs. 1 0 3 y 1 4 1 ­ 1 4 2 .
*" Algunas de ellas, sin embargo, no existen más que en la imaginación de ciertos filólogos. Agalis es
producto de la restitución φαΐνομ' Άγαλλί (sic) de PATÓN (TWO Emendations of Sappho, en
Class. Rev.' XI V 1900, 223) para fr. 3 1 , 16, una hipótesis débilmente basada en el hecho de que
éste es nombre usual entre cortesanas tardías, siendo así que las mujeres de tal género solían
tomar los nombres de las amigas de Safo (incluso se ha querido ver un anagrama en Lalagen
de Horacio Od. I 22, 23­24, donde dulce ridentem y dulce loquentem responden a 5δυ φωνεΐσας y
καΐ γελαίσας ί'μέροεν de los vs. 3­4 y 5 del fr. sáfico); y también para suplir la falta de nom­
bres propios en la misma oda han propuesto Βρόχυλ' ώς MI LNE (p. 20 de Musings on Sappho's
ΦαΙνεταί μοι, en Symb. Osl. XI I I 1934, 19­21) y Βρόχε' , ώς («Brocheo») EDMONDS (O. C. 186­
187) para v. 7. Por su parte, GALLAVOTTI (en p. 171 de Auctarium Oxyrhynchium, en Aegyptus
X X X I I I 1953, 159­171) ha sugerido un φαίνομ' Άβανθι basado en el [Ιρό]εσσ' "Αβανθι del
fr. 261 de Al ceo y en el posible Άβ] ανθι DE fr. 2 2 , 10. Nosis y Erina (puesta en relación con Safo
por el léxico Suda s. v. "Ηριννα, 11. 18­19 DE ed. Adler, II, Leipzig, 1931, 587, 14­19) deben su
indebida introducción en el grupo de amigas (cf. n. 202) a su calidad de poetisas más tardías.
Nada sabemos DE Eunica de Salamina ni DE Telesipa (cf. ibid.), mencionadas por el mismo léxi­
co s. V. Σαπφώ (ed. c , I V 1935, 32.2, 33 a 323, 11). Es dudoso que Hermí one (ir. 2 3 , 4) sea un
personaje real y no mitológico (cf. n. 87). Filóstrato (Vida de Apol. I 30) habla de una pan­
filia Damófila (cf. n. 202) que fué amiga de Safo, y Ovi di o (Heroid. XV 17) cita a una tal Cydro
o Cydno (cf. n. 139): de ninguna de las dos conocemos otros datos. Sobre Ciéis, hija y no amiga
16
ellas, imponía ya de por sí ciertos temas, situaciones, comentarios, estri­
billos o frases hechas. No tienen, pues, gran valor, excepto en un punto
de que luego hablaré, los fragmentos procedentes de epitalamios para
el estudio psicológico de la persona de Safo; ahora bien, como muchas
veces no es segura la atribución a este género de poesías, quedará siem­
pre una zona dudosa en que será mejor no penetrar cuando podamos
abstenemos de ello. Pero, en fin, prescindiendo de los citados epitala­
mios; de un breve fragmento en que una joven, que no puede ser la pro­
pia autora, declara a su madre su amor por otra persona *'; de un trozo
de una canción funeraria en honor de Adonis que tal vez sea un encargo
hecho a la poetisa para una ceremonia ritual '*; y de unos cuantos frag­
mentos banales con restos de sentencias o de narraciones más o menos
míticas 3 » o con palabras sueltas, todo lo demás es relativamente homo­
géneo y nos permite adentramos bastante bien en el mundo de Safo.
Y lo primero que vemos es que nuestra poetisa está rodeada por un
grupo muy numeroso de mujeres: quince, veinte, veinticinco mucha­
chas *" que probablemente pertenecieron a familias ilustres o, al menos,
S A F O
17
bien acomodadas, pues no se trata en general de jóvenes lesbias, sino
procedentes de lugares más o menos remotos *i desde los que no le sería
fácil trasladarse a cualquiera.
Y que como vienen se van: a casarse, suelen decir los filólogos
aunque la verdad es que en los textos no hay ningún lugar en que tal
cosa se nos diga expresamente. El caso es que se van, con gran aparato
de lloros y consternación en las despedidas; y esto nos plantea un pro­
blema verdaderamente fundamental. ¿Cuál ha sido la actividad de estas
muchachas? ¿A qué se han dedicado mientras han permanecido con
ella? ¿Para qué han ido a Lesbos? ¿Que es lo que las ha impulsado a
vivir durante una temporada en la isla? En una, palabra, ¿cómo definir
el grupo de Safo y sus amigas? ¿Cuál es el lazo de unión entre unas y
otras? ¿Bajo qué denominación podemos incluir este tipo de convivencia
o amistad?
Quien supiera contestar a esta larga serie de preguntas tendría ya
resuelto el famoso problema sáfico; pero lo que sabemos a este respecto
es muy poco.
Por de pronto, hay una cosa clara: que la casa de Safo es llamada
por ella «la vivienda de las cultivadoras de las Musas» en un pasaje en que,
por cierto, hace ver sobria y severamente a su hija, en una ocasión luc­
tuosa, que no está bien que haya trenos ni lamentos en un tal lugar
Ya tenemos, pues, una especie de «local social» de un grupo dedicado a
actividades más o menos culturales de las que pueden damos idea la
alusión a la habilidad para el canto de su amiga Atis y la referencia a
la sophía en que sobresale un miembro femenino del grupo. Pero lo que,
en cambio, no resulta ya tan evidente es que en aquella casa vivieran
como alguna vez pudo creerse, cf. nn. 29. 116, 128, 246, 274, 279­280 y 284. Sobre Aná­
gora, cf. nn. 41 y 123; y sobre Arignota, cf. η. 12 7. En cuanto a Hero, de la rocosa isla de Ci a­
ros (cf. nn. 41, 79 y 189), es un personaje que plantea un montón de problemas: ni es seguro
que el fr. 6 2 D . sea sáfico ( LOBEL­ PAGE Ο. C. 293 lo dan como el 11 incertum utrius aucicris),
ni se sabe si en Ήρων hay una referencia a la mítica Hero, cuya leyenda se cantaría (cf. COLONNA
L' antica lírica greca,Ύ­ατΙη, 19S5, p. 138 del à sección destinada a Safo, que abarca pp. 117­151),
ο el nombre de una verdadera «discípula» ( THEANCEE pp. 62­63 η. 4 de Studia Sapphica, en
Éranos X X X I I 1934, 57­85), o, en fin, una confusión con el >)ρως Ayante, hijo de Oileo, que
murió j unto a la ΓυραΙην πέτρην (S 507) cuyo nombre es tan parecido al de Γυάρων.
El léxico Suda (cf. nn. 40 y 123) menciona (ed. c. 323, 8­9) con Eunica y Anágora a Góngula de
Colofón (cf. nn. 91, 93­96 y 222). Cí. lo dicho en n. 40 sobre la supuesta Hero y en n. 83 sobre
la no menos supuesta Mnasis.
" Cf. nn. 39, 83, 128 y 291 sobre frs. 3 1 , 44, 94 y 101. Cf. también n. 139.
" Fr. 150: ou γάρ θέμις Iv μοισοπόλων | οίκΙαι
θρηνον εμμεν'­ où κ' (ΐμμι ταδε πρέποι.
En realidad no está claro si prevé la poetisa su propia muerte o habla de la de otro: quizá el
marido, se ha supuesto desde LUÑÁK Quaestiones Sapphicae, Kazan, 1888 (cf. nn. 190, 201,
279, 283, 300 y 307).
M . F . G A L I A N O
•* En fr. 96, 3 leen LOBEL­ PAGE (O. C. 78) ώσπ . [...] . ώομεν; el usual πεδεζώομεν «vivíamos juntas»
no está en el texto y es lingüísticamente imposible, como hace notar PAGE O. C. 89.
" Frs. 2, 6; 55, 2; 74 ( a) 4; 94, 13; 96, 13.
" Fr. 2, 10 según conjetura del que suscribe en p. 89 de la primera o. c. en n. 16.
" Fr. 96, 13­14.
" Fr. 2, 9.
" Fr. 2, 3 y 6.
" Fr. 191.
" Fr. 81 ( b) 2.
' » Fr. 2, 4.
" Frs. 2, 14 y 192.
" Fr. 94, 21.
·» Fr. 46, 2.
«· Fr. U9 .
" P. ej . , fr. 22, 13.
" Fr. 152.
»» Fr. 92, 7.
«o Frs. 54 y 92, 8 y 13.
" Fr. 92, 5 y 8.
" Fr. 177.
·' Fr. 92, 9.
" Fr. 101, 1.
" Fr. 98 ( a) 10­11.
«« Fr. 39.
·' Fr. 94, 19­20.
" Fr. 179.
·· Fr. 189.
18
las muchachas: esta es una hipótesis que durante muchos años ha estado
apoyada en la falsa restitución de un pasaje para el que hoy se rechaza
tal lectura **.
Sea como sea, se desprende de los textos con toda evidencia que la
vida de Safo y de sus amigas se desarrolla, no diré lujosamente ni en
medio de un gran fausto, pero sí en un ambiente muelle, delicado, im­
pregnado todo él de aquella impalpable habrosuna de que antes hablé.
Abramos por cualquier página las obras de Safo y nos saldrá al paso
un montón de objetos marcados o no con los adjetivos ábros o ápalos,
pero que, aun sin calificativo alguno, se bastan por sí solos para formar
parte del inconfundible .escenario en que se nos presentará el amor sáfico:
rosas y lirios * · , melilotos y perifolles hierba fresca de los prados
manzanos para el dulce reposo de las siestas **, guirnaldas de apio *" y
de eneldo incienso *^ copas doradas mullidos cojines divanes
manteles de blanco lino y también, cosa inevitable tratándose de
mujeres, vestidos, muchos vestidos " teñidos de mil colores con aza­
frán** o púrpura*", peplos", tuni qui l l asmantos**, bellos tocados
de cabeza **, diademas importadas directamente de Lidia «*, calzados
lidios también y luego, en la intimidad de los dormitorios, ungüentos
y cremas cajas llenas de perfumes «*, jabones de tocador ·», una espe­
S A F O
' » Fr. 210.
" Cf. MAAS Real­Ene. I X 1914, 1 3 0 ­ 1 3 4 (s. v. Hymenaios) y MANGELSDORFF Das lyrische Hochzeils­
gedicht bei den Griechen und Römern (dis. Glessen, 1913) ; cf. también SNELL (art. c.) y η. 186.
Ultimamente, D' ENRI CO L'epitalamio nella Ictteratma latina, dal fescennino nuziale al c. 62 di
Catullo, en Ann. Fac. Lett. FU. Univ. Nap. V 1 9 5 5 , 7 3 ­ 9 4 .
' · Fr. 104: Έσπερε πκντα φέρων 2σα φαίνολις Ισκέδασ' Αϋως,
Ί" φέρεις διν, φέρεις αίγα, φέρεις άπυ | ματερι παϊδα.
Hemos acogido para él la interpretación general (cf., p. ej . , SCHADEWALDT en p. 3 6 6 n. 3 de
art. c.) garantizada por la imitación de Catulo LXI I 2 0 ­ 2 5 . La tesis de PERROTTA­GENTILI («ri­
porti alla madre il suo figlio» en o. c. 174­ 177) no convence: precisamente el asindeto resulta
sumamente eficaz como patético procedimiento para marcar la fuerte oposición entre los ani­
males que vuelven al redil y la hija que parte, y no vemos tampoco dificultades gramaticales.
Cf. n. 163.
cié de peine para teñirse el pelo' ". . . ¡Eterno todo ello, desde la más
remota antigüedad hasta nuestros días, y mientras haya una mujer en
el mundo!
Y, claro está, amor. Pero un amor exclusivo, absorbente, encerrado
en aquel pequeño círculo un poco sofocante de menudas delicias y pla­
ceres femeninos; un amor del que el varón queda absolutamente elimi­
nado. Más aún, diríamos que hay en el grupo sáfico una tónica general
no sólo de indiferencia, sino de aversión hacia el hombre: una aversión,
eso sí, en que tal vez descubramos, si recurrimos a la lupa, hostilidad
y desdén ostensibles, pero también —luego se verá por qué digo esto—
deseo encubierto en una porción al menos de la femenina compañía.
Examinemos, por ejemplo, los fragmentos de los epitalamios. Es
cierto que, como antes dije, los trozos de este género tienen muchos
elementos formularios en cuanto que son expresión literaria de unos
usos populares que no le sería posible modificar mucho al escritor no
incurriremos, pues, en el error de atribuir íntegramente a Safo el espí­
ritu de estos cantos en que las doncellas hacen causa común con su
compañera, víctima inocente de un horrible dragón, y fingen intentar
salvarla para dedicarse después, ante el fracaso de sus esfuerzos, a llo­
rar la virginidad perdida por la novia. Pero hay en muchos de estos
hermosísimos poemas un énfasis tan especial y personal, un sentimiento
tan vivo, una sinceridad tan sobrecogedora, que en seguida nos damos
cuenta de que aquí la poetisa no está limitándose a cumplir de manera
formularia un encargo remunerado o no, sino que se está entregando
con todo celo a una tarea que le es tan grata a ella como a las jóvenes
de su grupo: a increpar al Véspero, el lucero de la tarde, que aparta a
la hija de su madre a la misma hora en que ovejas y cabras tornan al
redil"; a poner en labios de la doncellez personificada ese melancólico
19
Μ . F . G A L I A N O
20
«ya no volveré más a ti, nunca más» a comparar a la novia con una
manzanita solitaria y abandonada en lo más alto de la copa del árbol,
pero no, no está abandonada, sino que lo que ocurre es que los cose­
chadores, esos groseros pateadores de lo puro y de lo hermoso no
pudieron hasta ahora poner sus sucias manos en ella a burlarse, en
fin, del gigantesco mozo que va a penetrar torpemente en el tálamo '*
o del portero de enormes pies a quien el novio ha encargado de estorbar
el paso a la alegre comitiva de las amigas de la desposada".
Esto no quiere decir que en otros fragmentos de epitalamios no haya
felicitaciones más o menos sentidas y augurios para un futuro feliz
pero lo típico de este género de canciones sáficas, tan apreciadas sin
duda en el jovial círculo de sus amigas, es la consideración del varón
como un enemigo frente al que hay que defenderse. Luego veremos
cuánta razón tenía la poetisa desde su punto de vista al opinar así.
Toda la ternura, toda la más vivaz y honda expresión del sentimiento
amoroso, la reserva Safo para sus amigas o compañeras del mismo sexo.
Vamos, pues, a sorprender algunas menudas escenas de la vida íntima
del grupo sáfico para que se tengan elementos de juicio con miras a la
discusión que luego habré de iniciar; y perdóneseme, lo advierto de
antemano, que me detenga un poco prolijamente en esta serie de cua­
dros plásticos cuya contemplación se hace imprescindible para cual­
quiera que desee ahondar en el problema.
Ante todo, una despedida": ya dije antes que las idas y venidas
Fr. 114: παρθενία, παρθενία, ποϊ με λίποισα f οί^χηι;
•f οδκέτι ηξω προς σέ, ουκέτι ηςω f­
Sobre la forma dialógica, cf. n. 288, y sobre una versión, η. 1δ1. Ci. también fr. 107 {ήρ' Ιτι
παρθβνίας επιβάλλομαι;)
' * Fr. 105 ( c ) : οΐαν τάν δάκινθον Ιν ώρεσι ποιμένες άνδρες
πόσσι καταστείβοισι, χαμαι 8έ τε πόρφυρον άνθος ...
Cf. η. 163. ^
" Fr. 105 ( a) : οίον το γλυκύμαλον Ιρεύθεται άκρωι Ιπ' ΰσδωι,
άκρον Ιπ' άκροτάτωι, λελάθοντο δε μαλοδρόπηες,
ού μάν Ικλελάθοντ', άλλ' οΰκ Ιδύναντ' Ιπίκεσθαι.
Es dudoso que, como dice el Ρ. ERRANDONKA (ρ. 1453 de Diccionario del mundo clásico, I I , Bar­
celona, 1954, 1453­1454, s. ν. Safo), la poetisa se refiera en este fragmento a su propia soledad.
Cf. n. 163.
" Fr. 111, 5­6: γαμβρός f εισέρχεται ί'σος t "Αρευι,
άνδρος μεγάλω πόλυ μέζων.
" Fr. 110 ( a) : Ουρώρωι πόδες Ιπ;τοράγυιοι,
τά δέ σάμβαλα πεμπεβόηα,
πίσσυγγοι δέ δέκ' εξεπόναισαν.
" Frs. 105 ( b ) , 112­ 113, 115­ 117.
" Fr 94 (cf. especialmente vs. 1­11). En cuanto a la personalidad de la amada que marcha, nada
podemos inferir con certidumbre (cf. nn. 94 y 128) de «Hero (cf. n. 40) oder Anaktoria oder
wie sie heiss» habla WILAMOWITZ O. C. 50. La tesis del propio gran filólogo, según el cual la oda
es una especie de advertencia a las «alumnas» (cf. n. 186) para que no se comporten tan in­
S A F O
gratamente como la ausente que ha olvidado ya a Safo, ha sido refutada de convincente ma­
nera por SCHADTWALDT art. c. No parece probable que, como quiere PAGE (O. C. 83), pueda
tratarse de un poema de tipo convencional cuyo primer verso no sea más que «a commonplace,
a pet phrase in the speech oí her society»: el tenor general de la oda, bien entendido por
SCHADEWALDT y por el propio PAGE («yo entonces te daba ánimos porque tú estabas física y
moralmente deshecha, pero ahora puedo arrojar ya aquella valerosa careta y decir que soy yo
la que muero de amor, yo la que necesito consuelo...»), resulta de un patetismo y una sinceri­
dad sobrecogedores (cf. n. 251). Sobre los versos finales y su espinoso problema, cf. n. 214.
*" Fr. 17. En realidad, esta interpretación que damos no es sino una hipótesis expuesta por PAGE
o. c. 62 y acogida por MERKELBACH O. C. 23^25.
" Fr. 81 ( b) 1­2: o6 8ε στεφανοις, ώ ΔΙκα, πέρθεσθ' Ιρα'τοις φόβαισιν
δρπακα/ς άνήτω συναέρραισ' άπκλαισι χέρσιν.
·· Fr. 82 ( a) , que planteaun problema textual. Enel selee εδμορφοτέρα Μνασιδίκα τάς άπο'λας Γυρίννως,
pero uno de los testimonios de que procede da Μνοιδος y considera en nota Μναίς como nom­
bre propio, lo cual hace admitir a LOBEL­ PAGE (O. C. 57) la posibilidad de una lección εδμορφοτέρα,
Μνάσι, ΔΙκα κτλ. con la que estaría de acuerdo nuestra interpretación. En cambio, con el textus
receptus habría que suponer que la que supera en belleza a Girino es Mnasídica (cf. n. 90), y
aun cabe también imaginar que la Di ca del fr. 81 ( b) y la hipotética Mnasis del 101 (cf. n. 83)
no son más que hipocorísticos abreviados y referidos ambos a la propia Mnasídica. PERROTTA­
GENTILI (o. c. 140) ponen en relación este parangón con los certámenes de belleza a que se hace
referencia en nn. 36 y 180.
·' Fr. 101, muy oscuro, en que WILAMOWITZ, cambiando el τατιμασεις de Ateneo por τά τοι Μνασις,
introdujo una Mnasis (cf. π. 82) que envía toallas o servilletas de Focea, ciudad de la que pro­
cedería y adonde tal vez habría ido a casarse (cf. nn. 41­42 y 186).
de las muchachas eran motivo constante de manifestaciones sentimen­
tales. Aquí nos habla Safo, pero a posteriori: Safo, que ahora se siente
desesperada por la ausencia de su amiga hasta el punto de desear la
muerte, pero que en el momento del adiós tuvo que aparentar presencia
de ánimo frente a la muchacha deshecha en llanto. «¡Ay, Safo! —dicela
joven— ¡Qué horrible es lo que nos pasa! ¡Bien sabes tú que te dejo contra
mi voluntad!» Y la poetisa, con fingida serenidad, la despide exhortán­
dola a acordarse de ella y de los felices momentos pasados, aquellos
dulces días deliciosamente transcurridos en común.
Otro fragmento «o; otra muchacha que se va. Esta vez Safo, que
parece estar más tranquila, se limita a pedir a los dioses que concedan
viento favorable al bajel que lleva a su amiga.
Y veamos ahora cómo se dirige a una de sus compañeras, Dica,
para aconsejarle que procure agradar a las Gracias poniendo bellas
guirnaldas en sus cabellos y entretejiendo ramos de eneldo con sus deli­
cadas manos. Esta Dica debía de ser una de sus preferidas, pues hay
otro verso en que la poetisa la proclama por más hermosa que otra de
sus amigas. Girino « 2. Por cierto, diré de paso que esta afirmación se
hace en un canto dedicado a una tal Mnasis que debió también de mar­
charse en un momento u otro, pues parece que en un fragmento muy
desfigurado se habla de que ha enviado algo desde la lejana Focea
Dica, por lo visto, pertenecía al grupito de las más adictas. ¡Y cómo
21
Μ . F . G A L I A N O
22
gozaba Safo con los triunfos amorosos como éste! Por ejemplo, cuando
recuerda, en la bien conocida oda que nos transmite Dionisio de Hali­
carnaso los esfuerzos, coronados por éxito feliz, que tuvo que reali­
zar para atraerse a una muchacha mal dispuesta en un principio: y
hasta tal punto llegó la cosa, que la poetisa hubo de llamar en su auxilio
a su eterna protectora*^, la sonriente Afrodita llevada en áureo carro
tirado por gorriones, para que pusiera fin a sus angustiosos tormentos.
«No te preocupes —^le respondió la diosa—: esa ** que hoy huye de ti,
te perseguirá algún día; esa que rehusa tus regalos, será mañana quien
te los ofrezca; esa que te niega su amor, mendigará pronto el tuyo.» Y
así, por lo visto, ocurrió; y Safo, triunfadora, cantaba su proeza en el
círculo de las íntimas. Y entre tanto, éstas, embelesadas, esperaban
anhelantes el pequeño requiebro lanzado al paso: ¿a quién le tocaría
esta vez ser comparada con Helena pináculo de toda beldad, o con
" Fr. 1: Ποικιλόθρον' άθανατάφρίδιτα, κτλ. Es verdaderamente difícil (cf. nn. 236­244) separar en
este poema el elemento meramente personal del religioso, con todas las implicaciones rituales
y aun mágicas, reflejadas inevitablemente en lo estilístico, que tan bien ha estudiado CAMERON
(Sappho's Prayer to Aphrodite, en Harv. Theol. Rev. X X X I I I 1940, 1­ 17) . PAGE (O. C. 16­ 17)
llega a la conclusión de que «this is not a cult­song, an appeal for epiphany recited with ritual
accompaniment on a formal occasion in honour of Aphrodite: yet it is constructed in accor­
dance with the principles of the cult­song». La solución quizá sea equívoca, pero al menos no se
deja llevar, como BOWRA (O C. 193­ 195) , a extremos tales cual el de hablar de una «experience
which can only be called mystical» y citar al Dante y a S. Juan de la Cruz, añadiendo que «Sappho
really believed that she had seen Aphrodite*. Tiene razón PERROTTA (O. C. 23) cuando dice (alu­
diendo, por cierto, al texto de RI LKE de que hablaremos en η. 168 y en que yo no veo misti­
cismo, al menos en el sentido usual de la palabra) que «la vera Saffo non ha proprio nulla di
mistico», ni en lo relacionado con supuestas visiones producidas en trance, que es lo que, por
lo visto, encuentra en ella BOWRA, ni menos, desde luego, por lo que toca al raro paralelo de
TRI ACÚ (pp. 189­ 190 de La poesia griega: unos pasos al encuentro de su mundo, en Rev. Est. Cl.
VI 1955, 183­ 195) , para quien «Safo describe dolorosamente, de un modo asaz parecido, en la
forma, a los éxtasis de Santa Teresa, sus transportes amorosos». Sobre traducciones o imita­
ciones del archiconocido fr., cf., p. ej . , nn. 156, 158, 165, 167 y 322, a lo cual agrego a última
hora la hermosa versión del austríaco JOSEF WEI NHEBER en pp. 1 2 4 ­ 1 2 5 de Hier ist das Wort
(Salzburgo, 1947) .
" Sobre otras invocaciones de Safo a Afrodita, cf. PAGE O. C. 126­ 128; pero además hay poemas o
fragmentos dirigidos a las Gracias (frs. 53 y 128), a las Musas (127­128) y a Calíope (124).
' · Vs. 2 1 ­ 2 4 (cf. n. final): καΐ γκρ ai φεύγει, ταχέως διώξει,
αί δέ δώρα μή δέκετ', άλλα δώσει,
αι δέ μή φίλεί, ταχέως φιλτ5σει
κωυκ έθέλοισα.
Es curioso el hecho de que en realidad no hay más que una palabra (o mejor dicho, la ausen­
cia de una letra) que indique sexo femenino en la amada de Safo (cí. pp. 9­ 11 de ZIELINSKI
Sappho und der leukadische Sprung, en Klio XXI I I 1929, 1­ 19) . Si se admite, con la vulgata,
el texto aquí recogido para v. 2 4 (o bien, como sugería LOBEL en p. LXI V de Αλκαί ου μέλη,
Oxford, 1927, κωδ κε θέλοισα para adaptarse al uso general lèsbico en relación con el verbo),
será una mujer la que se vea impulsada por ciego instinto a amar aun en contra de su repug­
nancia a embarcarse en una aventura erótica inútil; mientras que, si se prefiere el ya antiguo
κωδκ έθέλοισοίν, como RABANAL Safo (Odas y fragmentos), León, 1944, o el κωδ σε θέλοισαν
de KNOX (On Editing Hipponax: A Palinode?, en St. It. Fil. Cl. XV 1939, 194 n. 3) , cabe duda
en cuanto al sexo (cf. η. 285).Έη todo caso, φιλήσει no significa «besará» (cf. WILAMOWITZ O. C. 48) .
" Fr. 23, en que, al parecer, se considera a una amiga de Safo como comparable a Helena y supe­
rior a su hija Hermíone (cf., no obstante, n. 40). Cf. THEANDER Studia Sapphica. II, en Era­
nos X X X I V 1936, 4 9 ­ 7 7 .
S A F O
·· Fr. 34: αστέρες μέ·ν άμφΐ κα'λίχν σελοίνναν
à'ii άποκρύπτοισι φαεννον είδος,
δπποτα πλήθοισα μάλιστα λαμπηι
γβν . . .
Cf. η. 130 γ, con un cariñoso piropo al parecer, fr. 163 (μέλημα τώμον).
*· Pero con un problema lingüístico en el nombre, pues, frente al Γυριννώ general, se lee Γόριννα en
un ms. de Máximo de Tiro XVI I I 9 á y ΓυρΕννης en un códice de los que dan, inserto en el texto
de Querobosco, el citado fr. 82 (a). Cf. n. 26.
·· Cf. n. 82.
" Fr. 22, s. t. vs. 13­ 14: ά γαρ κατοίγωγις αδτα[
Ιπτόαισ' Εδοισαν, Ιγω δέ χαίρω.
Sigo la interpretación de MILNE Sappho's Ode to Gungyla (fr. 36 D.), en Hermes LXVI I I 1933,
4 7 5 ­ 4 7 6 ; pero esta hipótesis caería por tierra si fuese seguro que, como leen LOBEL­ PAGE (O. C. 2 0 )
en V. 11, es una t (dudosa según ellos) la inicial del Γ[υρίννως suplido por aquél. La tesis de
THEANDER (pp. 8 0 ­ 8 5 de su art. c. en n. 40) es bastante distinta: Góngula ha fascinado con su
vestido a alguien, y Safo se alegra de que esté tan bella y elegante, pues así la muchacha podrá
agradar a Afrodita y expiar la falta que cometió la poetisa al presentarse vestida negligente­
mente ante la diosa (?).
·' Fr. 90 (1) col. III 15: ΧΒΐγυρινν[. También aparece citada la muchacha en fr. 29 (24) 3: ]υριννοι.
Wi LAMcwi TZ (o. c. 5 0 n. 1) restituye el nombre de Girino en un texto combinado por él con
el fr. 48 y unas palabras de Juliano, testimonio único para dicho ir., que en realidad no
23
la luna, ante cuya aparición palidecen las estrellas? ¡Con qué ino­
cente arrogancia miraría a las demás quien recibiera esta alabanza, más
dulce que ninguna otra precisamente por eso mismo, porque establece
comparaciones!
Hasta ahora, como puede verse, todo ha sido paz, cordialidad y
amor conmovedores en el pequeño grupo. Pero las mujeres... son muje­
res, y así no es raro que en lo sucesivo nos tropecemos a cada momento
con rencillas y fastidiosas disensiones.
Por ejemplo, lo ocurrido con Girino, cuyo nombre conocíamos desde
la antigüedad como el de una de las amigas de Safo *», Algo debía ya de
suceder en relación con ella cuando, como hemos dicho se la humilló
públicamente rebajando su belleza ante la de Dica; pero no fué eso todo.
Tenemos también el incidente del vestido que, aunque el texto estiá.
mutiladísimo, es posible restituir de varias maneras: por ejemplo, supo­
niendo que hubo un tiempo en que, con la irónica petulancia propia de la
juventud excesiva, se rió Girino de Safo al verla consumirse en la pasión
por Góngula, pero luego llegó un momento, aquel en que se escribe la
oda, en que bastó la contemplación de un elegante atavío llevado por
Góngula para trastornar a la antes sarcàstica y ahora enamorada Girino.
«Y yo me alegro», dice malévolamente la poetisa. ¡Para que vea lo que es
el amor! En fin, todo esto indica una situación de cierta tirantez que
hace que no nos extrañe nada el encontrar, en un poema muy despe­
dazado el nombre de Girino junto al de la famosa Andrómeda, de
que luego trataré bastante.
M . F . G A L I A N O
24
Mas volvamos a Góngula, una muchacha de Colofón de que también
los antiguos nos habían hablado Alguien ha sugerido que pueda ser
ésta la amiga de Safo, no citada por su nombre, a cuya patética despe-
dida asistíamos hace un momento pero yo no lo creo. No lo creo,
porque Góngula parece haberse mostrado siempre particularmente reacia
a las insinuaciones de la poetisa. Se recordará que ésta provocó los
reproches o el sarcasmo de Girino precisamente por obstinarse en reque-
rir de amores a Góngula, o más exactamente, por implorar la ayuda de
la diosa Afrodita en la empresa que tan ardua se presentaba. En otro
fragmento. Safo cita también el nombre de la esquiva Góngula para ter-
minar diciendo una vez más que está poseída por el deseo de morir y
contemplar las orillas del Aqueronte, cubiertas de lotos regados de rocío;
lo cual permite suponer que también este acceso de melancolía se debe-
ría a los desdenes de su cruel amiga De modo que tampoco en este
caso nos sorprende nada encontrarla en otro pasaje unida ya, en com-
pañía de dos tales Plistodica y Arqueanasa de quienes hasta hace poco
no conocíamos ni el nombre, al bando de Gorgo, esa otra enemiga de
Safo a que en seguida me voy a referir «*. ¡Mala suerte tuvo nuestra
poetisa con Góngula!
Pero también con Irana debió de haber sus más y sus menos: Irana,
que en un fragmento escucha las quejas de Safo contra la golondrina
del alba que ha interrumpido demasiado pronto una noche llena de deli-
cias pero, en cambio, recibe en otra parte improperios por estar ese día
«más antipática que nunca» *^ La pobre Irana no sabría a qué atenerse.
Y lo que más agriaba los conflictos, esas diminutas querellas que
siempre ha habido, hay y habrá en toda sociedad, y más si es feme-
nina, era el hecho de que Safo tenía que temer constantemente las
son probablemente más que alusión al 1 1 6 : en todo caso, la conjetura, hecha «probeweise» por
el insigne crítico, no se impone ni mucho menos.
·· Cf. nn. 41, 202 y 222. Anotaré como curiosidad que el nombre ha sido utilizado por EZRA POUND
(cf. MURRAY A Note on Sappho and Ezra Pound, en Cl. Journ. XLVI 1950-1951, 304-305) en
el poema brevísimo Papyrus (p. 122 de Personae en la ed. de Londres, 1952), que dice así:
«Spring...
Too long. . .
Góngula...»
" Cf. n. 79.
»> Fr. 9 5 , 11-13: x<xt6érr¡v S' 'líspóz TI? [Ixei ¡is xal
XUTIVOI? SpoaéevTaq [S-
X[e]ot5 ÍSTIV ' Axsp[
Góngula está citada en v. 4. Cf. n. 305.
<" Fr. 2 1 3 , 2-6 y 9 (cf. nn. 100 y 222). Arqueanasa vuelve a aparecer en el POxy. 2357.
" Fr. 1 3 5 : tt y.e HaMSÍovii;, (úipava, xzUSta...; La interpretación es hipotética (cf. n. 215).
" Fr. 9 1 : àoapoTépa? oùSdy.a Ttáiipavoí oé9ev ru/ oioav.
S A F O
" Fr. 144: μαλα 8ή κεκορημενοις
Γ6ργω;ς.
'»» Cf. nn. 96 y 222.
LOBEL­ PAGE (o. c. 26) apuntan dudosísimamente que el nombre de Gorgo pudiera estar en
fr. 29 ( 6) ( a) 9.
Las cuatro letras ]ρβμε[ del nombre de Andrómeda se leen en fr. 65, 2 (cf. n. 106). Tal vez podría­
mos suponer cambio de interlocutor cada dos versos, con lo que tendríamos un vocativo en 2
(Safo habla a Andrómeda); otro, clarísimo, en 5 (ésta contesta a la poetisa llamándola Ταπφοι,
a lo que sigue σεφ1λ[); una alusión de Safo a Afrodita en 6 (Κύπρωι β[α]σ1λ[); Andrómeda habla
de la gloria en 9 (πάνταi κλέος [); y, en fin. Safo le predice ( 10) un oscuro fin en el Aqueronte
(καΐ σ' Ivv ' Αχέρ[οντ) con p^Ubras semejantes a las del fr. 5 5 (cf. n. 104).
Fr. 57: τί ς 8' άγροίωτις θέλγει vóov . . .
άγροίωτιν έπεμμένα σπόλαν ...
ουκ Ιπισταμένα τά βράκε' Ιλκην ΙπΙ τών σφύρων;
La rùstica podría ser Atis (cf. nn. 106 y 123­134), en que se cebaría la cólera de la despechada
Safo, si no fuera inconcebible que ésta se ponga ella misma en tan mal lugar como quien ha
incurrido en idéntica falta al amar antes a persona merecedora de tan poca atención (cf. n. 190).
Lo que es seguro es que el fragmento versa περί Άνδρομέδιις según anota Ateneo I 21 b­c, una
de las autoridades que lo transmiten; pero en realidad no hay nada que se oponga a la hipóte­
sis (cf., p. ej . . PERROTTA­GENTILI o. c. 138­ 139) de que la rústica es Andrómeda, y el poema
está dirigido no a ella, sino a la moza a quien ha cautivado (así también PIERACCIONI en p. 59
de Antologia della lirica greca, Florencia, 1 9 5 7 ' , que dedica a Safo pp. 4 2 ­ 7 4 ) .
»M j ; i es el 5 5 : κατθάνοισα δέ κείσηι οδδέ ποτα μναμοσύνα σέθεν
Ισσετ' ουδέ f ποκ' f δστερον ο5 γάρ πεδέχηις βρόδων
τών έκ Πιερίας· άλλ' άφάνης κάν Άί δ α δόμωι
φοιτάσηις πεδ' άμαύρων νεκύων Ικττεποταμένα.
Sus autoridades lo consideran dirigido προς άπαίδευτον γυναίκα (Estobeo Flor. I V 12) , πρός
asechanzas de dos incansables y sagaces rivales, las directoras de otros
dos grupos similares de Mitilene: Andrómeda y Gorgo.
De Gorgo apenas sabemos nada: ni siquiera su nombre, pues es más
que probable que el apelativo con que la designa Safo, tan cargado de
evocaciones desagradables, no sea más que un mote despectivo aplicado
a ella por el bando contrario. En un lugar se nos dice que algunas perso­
nas están hartas de Gorgo **; en otro, como ya apunté antes, que la feroz
Gorgona ha conseguido llevarse nada menos que a tres amigas de Safo ^'">.
No tenemos, pues, grandes elementos de juicio acerca de ella^o^
En cambio, a la otra competidora la conocemos algo mejor"' ' . An­
drómeda era probablemente una mujer no muy letrada ni de muy buen
gusto, según parece desprenderse de un fragmento en que es objeto de
las burlas de Safo por dejarse prender en los encantos de una rústica
moza que no sabe ni mover su falda en tomo a los tobillos i " ^; pero, en
cambio, su posición económica sería desahogada, si es que tal conclu­
sión hay que sacar de los comentarios añadidos por las cuatro autori­
dades distintas que nos transmiten aquel canto, lleno de desdeñosa aver­
sión, en que anuncia la poetisa a una mujer que no quedará de ella el me­
nor recuerdo después de su muerte, «porque —dice— no tienes acceso a
las rosas de Pieria, de modo que no harás más que andar revoloteando
anónimamente entre los oscuros muertos» ^<'*.
25
M . F . G A L I A N O
τινα τών άμούσων καΐ άμαθην γυναικών (Plutarco Quaest. conv. I l i a 2), πρός τινα πλουσίαν (Plut.
Praec. coni. 48). Nada hay, pues, que fuerce a pensar en Andrómeda como destinataria de este
poema, aunque la opinión general sea efectivamente ésta. El fr. 1 9 3 (cf. n. 271) parece ser una
paráfrasis del 5 5 hecha por Elio Aristides XXVI I I 51. GRIFFITH (o. c. 42­43 nn. 25­26) ha seña­
lado bien una corriente órficopitagórica (a pesar de p. 420 de o. c. de SCHMID, que trata de Safo
en pp. 416­429) en la cita de las rosas de Pieria para la poetisa fallecida (cf. la colocación de
los pii uates en el Elíseo y la exclusión de gui diuitiis soli incubuere repertis por parte de Virgilio,
En. 662 y 610) y (lo cual había observado ya TURYN The Sapphic Ostracon, en Trans. Pr. Am.
Phil. Ass. LXXI I I 1942, 308­318) en la descripción de un lugar paradisíaco qué nos presenta
el fr. 2. Cf. también, a este respecto. ALFONSI (Appunti sulla fama dell' ode saffica dell' ostracon
fiorentino tra i poeti latini, en Aeg. X X V I 1946, 3­12), la Srta. ROCHA PEREIRA (n. 3 de p. 154
de Concepfójs helénicas de felicidade no além. De Homero a Platdo, Coimbra, 1955), MERKELBACH
o. c. 25­29 y, antes que ellos, LAVAGNINI (Ancora suW ode di Saffo dell' ostrakon tolemaico, en
Ann. R. Se. Norm. Sup. Pisa XI 1942, 8­19, nota reproducida en pp. 21­38 de i3a Mimnermo
a Callimaco, Turfn, 1949), que vino a parar, inevitablemente, al fr. 129 Sn. de Pindaro y A
Aristóf. Ranas 449­459. Cf. nn. 102, 121, 174, 191. 271, 273 y, sobre una traducción, 153.
" » Cf. DELLA CORTE O. C. 50­51.
»·· Fr. 7 1 , vs. 2­3: ]Xá σ' Ιγωδκ ίάσω
]ν φιλότ[ατ' ] ήλεο Πενθιλήαν [
Mica aparece citada en ν. 1. Según la ingeniosa hipótesis de THEANDER (Atthis et Andromeda,
en Éranos XLI V 1946, 62­67), ésta sería otra «amiga fantasma»: en realidad se trataría de hipo­
corístico aplicado a Atis («la pequeña», cf. fr. 4 9 y nn. 103 y 123­134), y la referencia a Andró­
meda en V. 3 quedaría casi garantizada no sólo por lo que nos dice sobre la traición de Atis el
fr. 1 3 1 , sino por el hecho de que tanto el 7 1 como el 6 8 (cf. n. 107) como el 6 5 (cf. n. 102) per­
tenecen todos a un mismo papiro (el POxy. 1787 del que son, respectivamente, frs. 6, 7 y 4 ) ,
lo cual permite deducir afinidades temáticas entre fragmentos recogidos juntamente.
Fr. 6 8 ( A) . Mégara, mencionada por el Suda (ed. c. 323, 7) como amiga de Safo, parece estar citada
en el v. 12; Andrómeda está casi seguramente en el 5; los Tindáridas, en el 9. Cf. nn. 106 y 202.
Alceo, fr. 70, 6 L. ­P.
" » Cf. SCHADEWALDT art. c. 365 n. 1.
26
Parece, por tanto, que Andromeda era tal vez una «nueva rica» que
gozaba de gran influencia además por razones políticas. Es más, ha
habido incluso quien se ha atrevido a apuntar que Andrómeda pudo
haber sido la esposa de Pitaco, el tirano mitilenense " 6 ; evidentemente,
la afirmación es demasiado audaz, pero hay en este problema, hoy por
hoy todavía irresoluble, una serie de datos que quizá no sea tan difícil
compaginar entre sí.
Uno de ellos es el fragmento en que Safo reprocha a su amiga Mica
el haber preferido al suyo el amor de la casa de Pentilo ahora bien,
los Pentílidas eran una vieja familia que dominó en Lesbos y que pasaba
por descender de Pentilo, hijo de Orestes. En otro lugar se habla de
Mégara, antigua amiga de Safo seducida también por Andrómeda, y
algo más arriba, de los Tindáridas pues bien, resulta que Alceo, con
motivo del matrimonio de Pitaco, que casó con una descendiente de los
Pentílidas, habla cáusticamente de «la boda con los Atridas» I » * , lo cual
deja entrever la posibilidad de que también en el verso sáfico haya
una malévola alusión a las mal reputadas Tindáridas, Clitemestra y
Helena, esposas, respectivamente, de los Atridas Agamenón y Mene­
lao Y hay todavía un tercer pasaje que puede tener relación con
S A F O
" O Fr. 155.
'•^ En realidad, lo que hace (1. c.) es hablar de Gorgo y Andrómeda y añadir que «tan pronto ataca
a éstas como ironiza y refuta al modo aquel célebre de Sócrates» para terminar comparando
el principio del Ion (τον "Ιωνα χαίρειν) con el π6>λα μοι τάν Πωλυανάκτιδα παί8α χαίρην de Safo.
Cf. η. 190.
Fr. 98 ( b) 7 (cf. Alceo, fr. 112, 23) .
Alceo, fr. 112, 2 4 (cf. fr. 444) . Cf. n. 222.
Fr. 99 (Πωλυανακτ[. . ]a en v. 2 y . .Xu. .ακτιΧαν en v. 2 3 ) . Cf. nn. 219­221.
Cf. BOWRA en p. 5 de su art. de POWELL New Chapters in the History of Greek Literature, III, Ox­
ford, 1933, 2­ 13.
" * Fr. 98, sobre cuyos complicados problemas no puedo entrar aquí; PAGE (O. C. 9 7 ­ 1 0 3 ) expone los
hechos cauta y escuetamente (cf. nn. 29, 40, 128, 246, 274, 279­280 y 284).
Cf. n. 16.
Cf. MARTINAZZOLI o. c. 2 1 6 ­ 2 1 7 n. 2 1 .
Fr. 178 (Γέλλωςπαιδοφιλωτέρα). Cf. THEANDER art. c. ( enn. 6 6 n. 1. SCHADEWALDT (lib. c. 150)
más bien parece considerar el fr. como alusión dedicada a Gorgo.
Fr. 133, 1: εχει μέν "Ανδρομέδα καλαν άμοΐβαν.
27
nuestro caso: aquel en que con atroz ironía desea la poetisa «mucha salud
a la hija de Polianacte» Si, como se deduce de las palabras de Máximo
el tirio, transmisor del fragmento, esta hija de Polianacte es Andró­
meda " i , tendríamos una pieza más de este rompecabezas de despeda­
zados textos; porque los Cleanáctidas, citados por Safo una vez" *, y
posiblemente los Arqueanáctidas, a que hace referencia Alceo ^ i * , eran
familias nobles de Lesbos como también, seguramente, los Polianácti­
das a que pertenecería la odiada rival; y si añadimos a esto el penoso
pasaje en que se ha creído ver sucias insinuaciones relacionadas con
estos mismos Polianáctidas creo que podemos ya afirmar con rela­
tiva certeza que Andrómeda era mujer acaudalada, de familia aristo­
crática y, probablemente, hostil políticamente al partido en que Alceo
militó"^ y del que, a juzgar por cuanto puede deducirse de un frag­
mento dudoso"* y de la leyenda del supuesto destierro"^ fué simpa­
tizante Saf o" ^
El caso es que Andrómeda, nos dice la poetisa en un fragmento, era
una especie de Gel o" ' , un personaje mítico, un a modo de vampiro
que recorría de noche los caminos para arrebatar los hijos a sus madres;
sólo que a Safo lo que le robaba no eran ya niños pequeños, sino muje­
res en toda la sazón de su hermosura juvenil.
Ya he hablado de Girino, de Mica y de Mégara, tres fracasos que
seguramente le resultaron dolorosísimos; también hay otros fragmen­
tos que, por breves que sean, sirven para reflejamos instantes paté­
ticos de lo que debió de ser lucha despiadada, como aquellos en que
leemos «Bien empleado le está a Andrómeda» i ^" , «Digo que alguien más
M . F . G A L I A N O
Fr. 147: μνάσασθαΙ τινα φαιμι f κ«1 έτερον t άμμέων. PERROTTA­GENTILI (O. C. 136­ 137) y THE­
ANDER (pp. 3 3 ­ 3 4 de Ad poemata ahquot Sapphus et Alcaei adnotatiunculas scripsit C. Th., en
Humanitas II 1948, 3 3 ­ 3 9 ) prefieren ver en el pequeño texto una ingenua afirmación compa­
rable con el fr. 5 5 (cf. n. 104) y referente a la gloria imperecedera que aguarda a la poetisa
(cf. nn. 271 y 304).
1 " Fr. 27, 9­ 10: δττι τάχιστα [
πα]ρ[θ]ένοις άπ[π]εμπε.
Cf. THEANDER art. c. (en η. 106) 6 4 ­ 6 6 , pero hagamos notar que el suplemento de papiros
posteriormente publicados, con σ]τείχομεν γαρ ές γαμον en ν. 8, hace pensar más bien en un
epitalamio. Pudiera ser también (cf. SCHADEWALDT lib. c. 151) una alusión a la desvergüenza
de Andrómeda el τίοισιν οφθαλμό loi(v); (como quien dijera «¿con qué cara?») del ir. 162.
" * El nombre de Atis, en un contexto mutilado, parecen contener los frs. 8 , 3 y 9 0 ( 10 A) 15. En Máxi­
mo de Tiro XVI I I 9 d (cf. n. 190) se lee δ τι γαρ ΙκεΙνφ (se. Σωκρατει) "Αλκιβιάδης καΐ
Χαρμίδης καΐ Φαιδρός, τοδτο τ^ Λεσβίς: Γύριννα καΐ ΆτθΙς' Ανακτορί α, Ιο cual ha hecho pensar
a varios (cf., s. t., DIEHL Anthologia lyrica, 1 4, Leipzig, 1935 2 0 ­ 2 2 y SCHMID O. C. 4 2 0 n. 8)
que Atis y Anactoria son una misma persona, «Atis la milesia» (cf. nn. 39, 128 y 202). El Suda,
al citar a Atis y no a Anactoria, reforzaría esta hipótesis, y Ovidio (Heroid. XV 17­ 18) habría
sufrido un error al hablar de Anactorie (cf. n. 139) y de Atthis como de dos personas distintas.
Pero a esta conjetura se oponen varios argumentos cuya discusión puede hallarse en LAVAGNINI
L'ode di Saffo per Anattoria (98 Diehl), en Riv. Indo­greco­it. XVI 1932, 1­ 5, s. t. 2 n. 1 (repro­
duci do en pp. 9 ­ 1 5 de l i b. c. en n. 104); LAVAGNINI Nuova antologia dei frammenti della lirica
greca, Turin, 1 9 3 2 , 1 7 7 ­ 1 7 9 (Safo está tratada en pp. 141­ 190) ; THEANDER art. c. (en n. 40) 7 9 ;
PERROTTA O C. 4 2 n. 1; THEANDER art. c. (en n. 106) 6 2 n. 1: I. " Que el ms. Ν de Máxi mo de
Tiro presenta un καΐ antes de "Ανακτορία, lo cual no tiene valor en sí, pues la palabra falta en el
arquetipo R, sino porque significa que el escriba ha creído ya necesaria tal conjetura. 2. " Que en
el Suda debe de aparecer también el nombre de Anactoria corrupto en Άναγόρα (cf. nn. 40­41 y
128). 3.o Que es lógico que a tres discípulos de Sócrates se opongan tres amigas de Safo. 4. « Que
la hipótesis queda anulada si se admite la conexi ón de Anactoria, y no de Arignota, con fr. 96.
" * Fr. 49: ήροίμαν μέν Ιγω σέθεν, "Ατθι, πάλαι ποτα'...
σμΙ·κρα μοι παις Ιμμεν' έφαίνεο κάχαρις.
Cf. nn. 132, 190 y 211.
" · Fr. 5 6 : οδδ' ίαν δοκίμωμι προσίδοισαν φαος άλΙω
εσσεσθαι σοφίαν παρθενον εις οδδένα πω χρόνον
τεαύταν.
Es la única aparición en Safo de la palabra σοφία (cf. η. 200), que THEANDER art. c. ( enn. 106)
6 3 ­ 6 4 considera, probablemente con razón (cf. n. 133), como referida aquí a las habilidades
musicales. Cf. n. 139.
" · Fr. 96, 5 si pudiéramos leer, como muchos, σόι δέ μαλιστ' έχαιρε μόλπαι, pero el papiro (cf. η. 127)
da σε f δέ κτλ.
se va a acordar de mi» o «Devuélveme en seguida a las mucha­
chas» Pero lo que especialmente debió de entristecer y desazonar a
Safo, dejándola llena de amargura e impotente rencor, fué el episodio
de Atis.
Atis era una muchacha sin grandes atractivos físicos, pequeña y
poco graciosa"*; pero intelectualmente sería tal vez de las mejor dota­
das del círculo, si es que de verdad se aplica a ella el fragmento en
que asegura la poetisa no haber visto jamás a ninguna joven tan
inteligente Como cantora resultaba deliciosa i ^*; y nos explicamos
bien que se enorgulleciera Safo de haber logrado aquella gran trans­
formación en criatura de tan pobre apariencia en un principio. Comienza,
pues, una más o menos breve luna de miel; pero Atis, persona indepen­
diente en punto a preferencias amorosas, produce a la poetisa una primera
28
S A F O
Los vs. 4­5 del fr. 9 6 , que leen LOBEL­ PAGE (O. C. 78)
t θεασικελαν άρι­
γνωτασε f
(empalmando con lo citado en n. 126), han provocado un verdadero problema filológico. WI LA­
MOWITZ (o. c. 53) imaginó un nombre propio Arignota que, en nominativo, vendría a dar una
lectura parecida a
β[εβ!ζω]ς Ιχεν
σέ θεδι (sic) ϊκέλαν Άρ ι ­
γνώτα
y lo mismo opinan DIEHL (O. C. 61­63) y COLONNA (O. C. 144), pero equivocándose ambos al con­
siderar Άριγνώτα como vocati vo, y PERROTTA (O. C. 65 n. 1), PERROTTA­GENTILI (O C. 156­157,
con θέοισ' ) y KAMERBEEK (pp. 100­101 de Sapphica, en Mnemosyne I X 1956, 97­102). Pero lo
general hoy día, desde LOBEL (Σαπφούς μέλη, Oxford, 1925, 45), es escribir, dejando sin resti­
tuir lo anterior,
θέαι σ' ίκέλαν άρι­
γνώται
(GALLAVOTTI en p. 122 de Lira ellenica, Milán, 1949, que trata de Safo en pp. 85­134, y PAGB
o. c. 87 y 89) o
θέαι ίκέλαν άρι­
γνώται
como LAVAGNINI en p. 165 de lib. c. y p. 136 (Safo está tratada en 109­144) de Aglaia, Turin
1947' (conservando en lo anterior el β[ εβαω] ς Ιχεν de WILAMOWITZ y explicando el hiato
por una F­) y MARZULLO (Arignota l' amzca di Saffo, en Maia V 1952, 85­92), Incluso SCHADE­
WALDT, que en art. c. 372 creía en un nombre propio, traduce ya «dich einer offenbaren Göttin
gleich geehrt hat» en lib. c. 120 (el άριγνώτας, adjetivo, de ZUNTZ O. C. 94­95 no parece que
lleve a parte alguna). Y es que los argumentos de los partidarios del «Arignotalied (últimamente
cf. STEFFEN en pp. 115­116 de Antologia lityki greckiej, Wrocl aw, 1955, que trata de Safo en
pp. LXXXVI I I ­ XCVI I I y 103­117, y LEEKY O. C. 141 n. 24) resultan flojos: es verdad que nada
significa el hecho de que no hablen los antiguos de esta muchacha (como tampoco de Mnasis,
Dica, Plistodica, Arqueanasa, etc. , sobre las cuales cf. nn. 82 y 222 y fr. 2 1 3 ) , y es cierto t am­
bién que Arignota y Arignoto son nombres antiguos auténticos, pero no lo es menos que la ver­
sión «parecida a una diosa gloriosa o indigne» es irreprochable, y la posible fuente homérica
(ζ 101­109) aducida por MARZLLLO (O. C. 90) resulta casi decisiva. Cf. n. 40.
El fr. 1 6 , que empieza hablando de la locura amorosa de Helena (cf. nn. 192­195), termina con
la expresión de la nostalgia de Safo ante la ausencia de Anactoria, cuya contemplación prefe­
riría a la de los carros y la infantería lidia. Ahora bien, esta última alusión exótica resulta tan
sorprendente (MERKELBACH O. C. 14 opina que se trata de un ataque contra los necios de los
varones, que se extasían ante cosas tan absurdas como los caballos y las naves) que se ha hecho
necesario imaginar que la ausente Anactoria está precisamente allí, en Lidia. EDMONDS (O. C. 209
n. 1) ha conjeturado que la antigua «discípula» de Safo partió (cf. nn. 42 y 186) para casarse
en Lidia con un militar: de ahí la cita bélica. THEANDER art. c. (en n. 40) 78­79 sugiere que
Safo prepara una visita a Lidia en que asegura que se sentirá más impresionada por los encan­
tos de Anactoria que por el imponente aparato guerrero de aquel reino. LAVAGNINI, en fin, esta­
blece la siguiente e ingeniosa hipótesis en art. c. (en n. 123); lib. c. (en n. 123) 153­154, 161,
164 y 177­182; o. c. (en n. 127) 123, 132 y 135: I.» Anactoria es milesia, porque en el Άναγόρα
Μιλησία del Suda (ed. c. 323, 8) hay un error textual (cf. η. 202), y 'Ανακτορία es nombre usual
en Mileto (incluso tal parece que fué el apelativo primitivo de dicha ciudad j óni ca); sobre la
hipótesis errónea de una Atis milesia, cf. n. 123, a lo cual añadiremos de paso la tímida con­
j etura de una Atis ática apuntada por WI LAMOWI TZ en n. 1 de p. 54 de o. c. y PAGE en n. 3 de
desilusión intensa al conceder sus favores a una hermosísima muchacha
a la que algunos filólogos llaman, parece que sin razón, Arignota ^*^.
Mas he aquí que esta joven tuvo que marcharse a la lejana Lidia,
para casarse o no, que esa es cosa que ignoramos y que tal vez ignore­
mos siempre. Es más, ha habido incluso quien ha creído poder identi­
ficar a esta lejana ausente con Anactoria, la amada a quien se canta
en aquel otro poema famoso que empieza con la alusión al delirio eró­
tico de Helena Todo esto son elucubraciones incomprobables: el
29
M . F . G A L I A N O
p. 13 de The Authorship of Sappho β 2 (Lobel), en Cl. Quarí. X X X 1936, 10­15. 2.» La mucha­
cha, como lo demuestra su propio nombre ilustre, pertenecía a una de las familias proceres de
la ciudad. 3.o El citado fr. 1 6 indica que Anactoria está en Lidia. 4.0 De la ausente de fr. 9 6
(excluida, como se di j o en n. 127, la posibilidad de una Arignota) se dice que «brilla entre las
lidias», es decir, que ocupa allí una posición preeminente. 5.° Es difícil pensar en la coinciden­
cia de que haya en Lidia dos compañeras de Safo; luego Anactoria sería también la amiga le­
jana del ir. 9 6 . 6.o Es probable que Anactoria perteneciera a la familia de Trasibulo, tirano
de Mileto de principios del s. vi , y que, en virtud de los acuerdos entre Aliates y Trasibulo que
dieron lugar a una «detente» entre Lidia y los jonios poco después del 599, pasara a formar parte
del «harem» de aquel rey lidio (hay un paralelo, el de Damódi ce, hija del rey de Cime, que pasó
al del frigio Midas). 7." Anactoria sería también la interlocutora de Safo en la despedida del
fr. 9 4 (cf. n. 79). La tesis resulta tan difícil de sostener como de atacar: no se impone por sí
misma, pero lo único positivo que han logrado aducir contra ella PERROTTA (o. c. 41 n. 2) y
PERROTTA­ GENTILI (O. C. 130­131) es, aparte de la incompatibilidad de Arignota con Anactoria
en fr. 9 6 , el hecho de que no es seguro que la j oven del fr. 1 6 vi va en Lidia, pues el fr. 1 3 2 (y
podrían haber añadido el 3 9 y 9 8 , sobre los cuales cf. nn. 28­30, 40, 116, 246, 274, 279­280
y 284) demuestra que la cita de Lidia y de lo lidio no era más que un tópico para referirse a
cosas exóticas y suntuosas. MERKELBACH (O. C. 13­15, s. t. 15 n. 2) ve en la oda un paralelo entre
Anactoria, que es lo más bello para su amante Safo, y Helena, que lo era para Menelao. Pero
ésta prefirió a Paris y aquélla a su esposo.
Fr. 9 6 , 6­9: vSv δε Λύδαισιν Ιμπρέπεται γυναί­
κεσσιν ώς ποτ' άελίω
δύντος ά βροδοδοίκτυλος f μι^να
παντχ περ<ρ>έχοι σ' άστρα.
Υ 15­17:
πόλλα δέ ζαφοίταισ' άγανας Ιπι­
μνασθεισ' "Ατθίδος ι'μέρωι
λέπταν ποι φρένα κ[ . ] ρ ... βόρηται.
La ingeniosa y, para mí, acertada hipótesis es de SNELL (art. c. 83 n. 2) y resultaría reforzada
si fuera cierto que, como opina VOGLIANO (Una strofe della II delle odi berlinesi di Saffo, en
Athenaeum X X 1942, 114­118), el canto termina con halagadores elogios de la hermosura de
Atis. SCHADEWALDT (art. c. 372­373) cree, sin querer decidirse frente a la tesis citada, más bien
en un nostálgico canto de Safo ante la ausencia de «Arignota», no siendo Atis más que una especie
de pantalla o refugio pudoroso para su propia emoción. En PAGE (lib. c. 93) como en BOWRA
(lib. c. 210) y PERROTTA­GENTILI (o. c. 153­160) no hay más que un amable intento de Safo
para consolar a su amiga, pero en seguida vemos por dónde cojea esta hipótesis al leer en el
segundo de ellos que «so fuUy does she enter into this that the poem seems almost a reflection
of her own love» y al hallar que los últimos dicen de las palabras iniciales del v. 18 (κψι δ' ελΟην
άμμ. [) que «esprimono il desiderio di Arignota che Saffo e Attis vadano da lei a Sardi». Es decir,
un platónico encuentro de las tres amigas muy poco compatible con lo que se nos ofrece en los
demás testimonios de las relaciones amorosas del grupo sáfico.
" · Es curioso, y lamento no tener más espacio para entrar a fondo en ello, el gran papel que desempe­
ñan en Safo los temas nocturnos. Aun prescindiendo de alusiones aisladas a la luna (fr. 1 9 9 )
o a una determinada estrella (fr. 1 0 4 ) , o de las comparaciones en que el astro lunar eclipsa a los
demás como en este fr. 9 6 y en el 3 4 (cf. n. 88), o de pasajes insignificantes por poco extensos
como los frs. 1 4 9 y 1 5 1 , queda una serie de lugares interesantes en que la poetisa aplica sus mej o­
res dotes artísticas a situar al lector en una noche de amor triunfante (fr. 1 9 7 , sobre el cual cf.
n. 216), de amor solitario y nostálgico (fr. 9 4 D. con nn. 310­312) o de dulce pasión difusa y
tibiamente sentida en el encanto mágico de una fiesta nocturna (παννυχίς) del grupo de amigas:
cf. frs. 4 3 («cerca está el día» en v. 9), 3 0 (νύ·κτ[, παρθένοι y παννυχισδο. [ . ] α. [ en vs. 1­3), 2 3
(παν]νυχίσ[δ]ην en ν. 13), 1 5 4 (las muchachas rodean un altar a la luz del plenilunio) y (si no
caso es que, fuera o no Anactoria esta muchacha, y hubiera o no ido
a Lidia a casarse, ausente estaba cuando Safo, con esa sutil astucia
que a veces inspira el amor apasionado, discurrió un bello señuelo
para atraer a la ingrata Atis, privada ya de su amante: «Ahora, Atis
—canta en hermosísimos versos—, nuestra amiga está muy lejos de
nosotras, en el lejano Oriente, eclipsando a las mujeres lidias como el
astro lunar a los demás La luna misma, al nacer en las colinas asiáticas,
30
S A F O
me equivoco en mi conjetura de p. 8 9 del primer art. c. en n. 16) 2, pues es posible que el fa­
moso canto del ostracon no refleje la grata calma de un mediodía estival, sino el ameno escenario
de una fiesta nocturna con epifanía de Cipris. SCHMID (o. c. 4 2 0 con nn. 5 y 6) y M.^RTINAZZOLI
(o. c. 2 8 0 con n. . l67) han señalado bien la presencia en Safo de un fermento orgiásticodionisiaco,
no homérico, que se manifiesta también en las conexiones (cf. nn. 183­184) con el culto de
Adonis (frs. 16θ y 140 con el 24 incertum utrius auctoris).
" 1 Fr. 131: "Ατθι, σοΙ 8' Ιμεθεν μέν άπήχθετο
φροντίσδην, ΙπΙ 8' Άνδρομέδαν πόται.
Cf. nn. 18, 103 γ 106.
" « Fr. 129: ... Ιμεθεν δ' Ιχηισθα λα'θαν ...
ή τιν' άλλον ανθρώπων Ιμεθεν φίληισθα ...
Cf. también fr. 49 con nn. 124 y 289.
^" Fr. 120 (cf. n. 191), en que, a decir verdad. Safo no afirma (cf. η. 252) sino que ella no es rencorosa
(cf. η. 262), sin referencia a ninguna mujer ni asunto amoroso:
άλλα τι ς οδκ Ιμμι παλιγκότων
3ργαν, άλλ' άβ^κην τάν φρέν' εχω ...
THEANDER Ο. C (en η. 106) 6 3 ­ 6 4 pone en relación este pasaje con el fr. 56 (cf. n. 125): Safo
empezaría por reprochar a Andrómeda el habérsele llevado una discípula tan inteligente, pero
terminaría por ablandarse. No me parece que tal fuese el carácter de Safo: ni creo que tenga
razón SCHADEWALDT (lib. c. 149) al contar entre sus méritos el seguir interesándose por las dotes
musicales de Mica (fr. 71 con nn. 106, 125 y 200) incluso una vez que ésta se había pasado al
bando de Andrómeda.
Fr. 26, 2­ 4: «]ττινα[ς γαρ
εδ θέω, κηνοί με μα]λιστα παίντων
σίνοντα]ι.
SCHADEWALDT (art. c. 3 6 5 η. 2) opina, basándose en el masculino de v. 3 y en un γόνωι (en rea­
lidad ] . γονωμ[ según LOBEL­ PAGE O. C. 23) del v. 6, que Safo no se refiere aquí a sus contrarie­
dades amorosas, sino al asunto de su hermano (cf. nn. 259­264): es posible, pero creo que el
masculino puede bien admitirse con valor general aun siendo mujeres aquellas de quienes se
habla. Cf. n. 305.
31
nos la recuerda; y al derramar su fría y plateada luz sobre quienes la
amábamos, nos cubre bajo un mismo manto estableciendo una especie
de comunión anímica entre nosotras e invitándonos a queremos en
recuerdo suyo.»
Pero Atis no mordió el anzuelo: muy al contrario, lo que hizo, puede
imaginarse con qué rabioso dolor por parte de Safo, fué pasarse, como
tantas otras, al bando de Andrómeda Y entonces no le quedó ya
a la poetisa otra cosa que lamentarse amargamente"", asegurar sin
gran sinceridad que no guarda rencor a la fugitiva y decir, llena de
melancolía explicable, que «aquellos a quienes quiero bien son los que
más daño me hacen» i * * .
Con esto se han visto, salvo una excepción que dejo para luego, los
pasajes que, de entre lo poco que conocemos, resultan más significativos
para adquirir una idea, desde luego imperfecta, de lo que pudo ser la
vida sentimental de las amigas de Safo. Ahora bien, lo más curioso es
que, después de esta quizá demasiado larga revisión de materiales, esta­
mos todos, los lectores y yo, tan mal informados como al principio con
respecto a una serie de puntos importantes. Tal vez, pues, sea lo mejor
M . F . G A L I A N O
^ " Cí., sobre el juicio de la posteridad acerca de Safo, ROBINSON (Sappho and her Influence, Boston,
1924) y RuEDiGER (Sappho, ihr Ruf und Ruhm bei der Nachwelt, Leipzig, 1933) . Los testimo-
nios antiguos más importantes con respecto a ella están cómodamente recogidos en EDMONDS
(o. c. 140- 181) , TREU (Sappho, Munich, 1954, 108- 127) y, con más extensión, en pp. I 27- 65
de la ed. de GALLAVOTTI Saffo e Alceo, Ñapóles, 1947- 1948, donde la poetisa está tratada en
pp. I 5 - 6 5 y 7 4 - 1 5 5 y I I 6 9 - 9 7 , 1 1 0 - 1 1 5 , 1 1 8 - 1 2 0 y 1 2 3 - 1 2 9 ( 2. « ed. del vol. I pubi , en 1956, pp. 7-62
y 7 1 - 1 5 8 ) .
" * En realidad conocemos más nombres que datos sobre la indudablemente larga tradición de Safo
como personaje de comedia. Nada sabemos de las llamadas Safo de Amipsias (fr. 16 Kock) y
Anfis (fr. 3 2 ) . En la igualmente denominada de Efipo (fr. 20) se habla de libertinos según At e-
neo XI I I 5 7 2 c (no de prostitutas, como afirma ALY en coli. 2 3 6 6 - 2 3 6 7 de Real-Ene, 2. » serie,
I 1920, art. Sappho, coll. 2 3 5 7 - 2 3 8 5 ) . En la Safo de Antífanes, la poetisa propone un enigma a
su interlocutor (frr. 196- 197) . En el fr. 4 de la Antilaide de Epícrates, el que habla dice saberse
de memoria las obras eróticas de nuestra lesbia. En la Safo de Timocles (fr. 30) , alguien no quiere
ya acercarse a otra persona (¿a la poetisa?) porque prefiere a los jóvenes. El fr. 7 9 de la come-
dia del mismo nombre de Dííilo son unas palabras dirigidas a Arquíloco; y el 8 0 , la referencia
indirecta de que en dicha obra aparecían el citado poeta e Hiponacte como amantes de Safo
(cf. n. 286). Con la leyenda de Faón (cf. nn. 313-318) estaban relacionadas una comedia de
Gratino cuyo nombre ignoramos (fr. 3 3 0 ) , el Fadn de Platón (frr. 173- 182, sin nada acerca de
Safo), el de Antífanes (fr. 2 1 4 sobre «camas, lechos, divanes»), los "AOTUTOO de Eubulo (fr. 14),
La leucadia de Menandro (frr. 2 5 5 - 2 6 2 Körte, s. t. 258) y probablemente La leucadia o El leu-
cadio de Antífanes (frr. 1 4 1 - 1 4 2 ) , La leucadia de Anfis (fr. 26) , La leucadia o Los fugitivos de
Ale-xis (frr. 130- 132) y La leucadia de Dífilo (fr. 5 3 ) . Como se ve, no es mucho lo conocido, pero
basta para inducir que se tomaba generalmente a la poetisa in malam partem.
w» En realidad los pasajes en que Safo es citada por Horacio no resultan condenatorios para la poetisa.
En Od. II 13, 2 4 - 2 5 , donde el poeta asegura haber estado a punto de ver, con ocasión de un
peligro de muerte,
Aeoliis fidibus querentem
Sappho puellis de popularibus,
esta última palabra tiene probablemente el inocente significado de «paisanas». En Od. I V 9,
1 0 - 1 2 no se nos dice nada que ignoremos acerca del temperamento ardiente de Safo:
... spiral adhuc amor
uiuuntque commissi calores
Aeoliae fidibus puellae...
Sobre Ep. I 19, 28, cf. n. 247. En resumen, no parece justificada la ira de CHRIST (p. 198 de
32
que se me tolere una digresión aparente que posiblemente no vaya a
resultar del todo inadecuada para este lugar.
Ha sido, verdaderamente, una desgracia para Safo el hecho de que
su nombre haya entrado desde tan pronto en los ardientes campos de
la polémica ética y literaria. Y lo ha sido, no solamente porque sus dotes
artísticas extraordinarias han dejado de obtener a causa de ello el reco-
nocimiento general que merecían, sino también porque la delicada cues-
tión moral que sus versos plantean no ha sido casi nunca resuelta con
espíritu imparcial y libre de prejuicios"^. Comenzaron los cómicos ate-
nienses"* por desfigurar, con la estrechez de miras frecuente en ellos,
la personalidad de Safo en un sentido muy distinto de lo que normal-
mente podríamos sospechar, es decir, no insistiendo obscenamente en
lo tocante a las relaciones de la poetisa con sus amigas, sino derivando
por la senda de las torcidas interpretaciones de la leyenda de Faón.
Luego vinieron Horacio, con sus enigmáticas expresiones"'; Ovidio, o
S A F O
Geschichte der griechischen Literatur, I, Munich, 1 9 1 2 ·, que dedica a Safo las pp. 197­ 200) cuando,
en «una eco dello spirito antilatino dei vecchi dotti tedeschi» (MARTINAZZOLI O. C. 215 η. 14) ,
acusa a «die schmutzige Phantasie der Römer» de haber dado un giro peyorativo a la leyenda
sálica, como si los citados testimonios de la comedia no significasen nada.
* " Existe, desde luego, un problema de autenticidad en relación con el poema, pero ésta es cosa que
aquí no nos interesa, pues las citas de otros lugares de Ovidio concuerdan inequívocamente
con su tono general: Ars am. I I I 3 3 1 (nota sit et Sappho; quid enim lasciuius illaf); Rem. am. 761
(me certe Sappho meliorem fecit amicae); Am. II 18, 3 4 (del uotam Phoebo Lesbis amata lyram);
Trist. I I 3 6 5 (Lesbia quid docuit Sappho nisi amare puellas?).
Evidentemente, el autor de la Heroida (cf. n. 316) ha conocido, si no el texto de Safo como opina
TREU (Ovid und Sappho, en La par. del pass. Vi l i 1953, 3 5 6 ­ 3 6 4 ) , una biografia parecida a la
del papiro (cf. n. 143). El largo poema, una carta de Safo a Faón, empieza ( 9­ 12) con un uror...
me calor Aeinaeo non minor igne tenet. No encantan ya a Safo las muchachas de Pirra o de Metimna
ni el resto de las lesbias ( 15­ 16) :
uilis Anactorie, uilis mihi candida Cydro,
non oculis grata est Atthis, ut ante, meis
atque aliae centum, quas non sine crimine amaui;
improbe, multarum quod fuit, unus habes
( 17­ 20; cí. nn. 40, 123­134, 151, 158; preciso es agregar que existe una moralizadora lección
hic sine crimine). Faón es bello, pero ella, aunque fea, pequeña y negra (cf. n. 268), tiene el
don del genio poético (mihi difficilis formam natura negauit, 3 1 ; sum breuis, 3 3 ; candida... non
sum, 35) . Safo tenía seis años cuando murió su padre ( 61­ 62; cf. n. 245); su hermano se dej ó
seducir por una meretriz, se arruinó por ella,viéndose ahora reducido a navegar mercenariamente,
y odia a Safo por haberle amonestado ( 63­ 68; cf. nn. 259­264). La poetisa tiene una hija pe­
queña ( 69­ 70; cf. nn. 279­280). Su hermano se regocijará ante la pena que ahora sufre ella
( 117­ 120) . Invocación a las lesbias (cf. n. 42) en 199­ 202:
Lesbides aequoreae, nupturaque nuptague proles,
Lesbides, Aeolia nomina dicta lyra,
Lesbides, infamem quae me fecistis amatae,
desinile ad citharas turba uenire measi
Séneca (Epíst. L X X X VI I I 3 7 ) es quien nos transmite esta noticia, añadiendo donosamente otros
ejemplos de necedades escritas por Di di mo quae erant dediscenda, si scires.
En VI I 6 9 compara a una tal Teófila con Safo teiminando ( 10) con castior haec et non doctior illa
fuit; y en X 3 5 , 15­ 18, para ensalzar a Sulpicia, se dirige a la poetisa diciendo:
hac condiscipula uel hac magistra
esses doctior et pudica, Sappho:
sed tecum pariter simulque uisam
durus Sulpiciam Phaon amaret.
**· En Adv. Graec. X X X I I I se expresa con el mayor desprecio que darse cabe: καΐ ή μεν Σαπφώ γύναιον
πορνικον ΙρωτομανΙς καΐ τήν έχυτής άσέλγειαν ^8ει. En cambio, S. Gregorio de Nacianzo leería
a Safo con gusto y provecho si fuera cierto que en Carm. mor. 14 hay una imitación de fr. 2 como
sugiere CATAUDELLA Saffo fr. 5 (4)­6 (5) Diehl, en At. e Roma VI I I 1940, 199­ 201.
La biografía incompleta del POxy. XV 1 8 0 0 (GRENFELL y HUNT The Oxyrhynchus Papyri, Lon­
dres, 1922, 137­ 150) se limita a decir (fr. 1, 1­ 35) que κ[α]τηγ6ρηται S' ύπ' |ν[1]ω[ν] ώς άτακτος
οί5[σα] τον τρόπον καΐ γυναικε[ρασ]τρία ( 16­ 19; el hecho de que se hable de «algunos» es, como
anota LESKY O. C. 1 4 0 , demostración de que las obras de Safo no resultaban inequívocas en
quien fuera el autor de la Heroida XV " S ese «pastiche» penosamente
amasado con datos de segunda mano que tanto ha contribuido a gene­
ralizar la idea de un amor lascivo y practicado non sine crimine^"'; el
pedantesco Didimo, con su certamen retórico acerca de an Sappho pu­
blica fuerit^^°; Marcial y sus insinuaciones ; el austero Taciano, que,
como tantos de los recios ascetas de su tiempo y de otros, no veía más
allá de sus narices en cuestiones de amor y poesía los gramáticos
y comentaristas, con sus acusaciones poco concretas y, en tiempos
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M . F . G A L I A N O
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más modernos, los escritores de todo género que, desde el Renacimiento,
se han precipitado sobre la figura de Safo para interpretarla a su manera.
Primero, la erudición renacentista, con Boccaccio y Petrarca a la
cabeza, seguida de la larga pléyade de clasicistas (Ronsard"*, Lyl y" *,
sentido peyorativo); y el Suda, tras una lista de sus amigas, añade (ed. o. 323, 7­8): ΠΡΟΣ δς καΐ
διαβολήν εσχεν αίσχράς φιλίας (cf. η. 202). Un escolio de Porfirión al último lugar de Horacio
citado en n. 137 (cf. η. 249) apunta brevemente: quia (ribas diffamatur fuisse. Y eso es todo;
lo cual, ciertamente, no es mucho (cf. η. 234). Añádase el argumento e silentio de WI LAMOWI TZ
(o. c. 73), que, para poner de relieve la escasa base de la leyenda hostil a Safo entre los anti­
guos, hace notar que Aristóteles (Reí. II 23, 10) cuenta cómo los parios honraron a Arquí l oco
καίπερ βλασφημον δντα agregando que también los mitilenenses hicieron lo mismo con Safo καίπερ
γυναίκα οδσαν, Io cual evidentemente no se habría dicho si hubiera algo peor que predicar de
ella. Pero, sea como sea, el caso es que la leyenda desfavorable para Safo existió entre los anti­
guos, y el eslabón entre éstos y la crítica moderna está constituido sobre todo por DOMITIUS
CALDERINDS, que recogió noticias sobre mala fama de la poetisa en su comentario a la Heroida X V
de Ovi di o (cf. η. 1S9) de la ed. de las Epistulae Heroides Ovidii de Venecia, 1516 (cf. RUEDI ­
GER o. c. 19­20).
La figura de Safo empieza a cobrar relieve poético en BOCCACCIO (que da el título De Sapphone puella
Lesbia et poeta al cap. XLV de su De claris mulieribus) y PETRARCA, cuyo Trionfo d' amore I I I
25­27 (p. 16 de la ed. GIANNINI de / Trionfi di Messer Francesco P., Ferrara, 1874) nos hace
contemplar una dulcísima imagen:
«una giovane greca a paro a paro
co' nobili poeti i va cantando
et un suo stile avea soave e raro».
Pero quedó reservado al genio de RONSARD el verdadero descubrimiento de Safo, es decir, de
la pequeña parte de la obra de la poetisa que él podía leer entonces. El gran poeta, que había
saludado con júbilo la aparición de las Anacreónticas (cfTp. 224 de mi art. Los problemas de auten­
ticidad en la Literatura griega, en la Rev. Univ. Madr. I 1952, 213­238), fantasea, anticipándose
a los siglos, sobre una posible resurrección de Safo en el poema A Christophle de Choiseul, en la
louange de Belleau, traductor de Anacreonte (ed. BLANCHEMAIN, VI , París, 1866, 201­204):
«Anacreon me plaist, le doux AnacreonI
Encores voulust Dieu que la douce Sapphon,
qui si bien réveilloit la lyre lesbienne,
en France accompagnast la Muse Teïenne!»
Y en otro lugar (Oda IV 4, en II 1857, 249­253) habla bellamente de
«Sapphon, qui sur tous
sonne plus dous.»
Las dos odas que él llama sáficas (V 30­31, en II 376­378) son más bien frías. La Chanson («Quand
je te veux raconter mes douleurs, etc.») de I 1857, 199­200 (imitación del fr. 3 1 , sobre el cual
cf. n. 291, a través de un epigrama latino de MARULLE) tiene cierto nervioso garbo. En la Oda
I 16 (II 114­116) es un aderto el llamar a Safo simplemente «l' amante». Pero lo que sobre t odo
nos encanta es la traducción del fr. 9 4 D. (cf. nn. 310­312) titulada De Sapphon (VI 408):
«Ja la lune s'est couchée,
la poussiniere est cachée,
et j a la mi­nuict brunette
vers Γ aurore s' est panchée,
et je dors au lict seulette».
Este último diminutivo, con el «douce» o «dous» que, como hemos visto, parece ir asociado en su
espíritu a la figura de Safo, nos lleva inevitablemente a la famosa estrofa A son ame, i ncompa­
rable paráfrasis del animula uagula blandula de Adriano ( VII 1866, 315­316):
«Amelette Ronsardelette,
mignonnelette, doucelette,
tres­chere hostesse de mon corps,
tu descens l à bas foiblelette,
pasle, maigrelette, seulette,
dans le froid royaume des mors...»
Aquí como allá, la suave melancolía de RONSARD ha limado aristas pasionales para legarnos
S A F O
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la Scudéryi", Boileau"' , Racine, la Dacier"«, Wieland"», Verri
Chénier, Hölderlin, Foscolo ^^i ) , que nos dieron, con los naturales ma-
tices en cuanto a calidad y tendencias, la consabida estatua de indi-
una quizá desvaída, pero indeciblemente dulce imagen de la poetisa sola ante la noche y del
alma sola ante un mundo desconocido y lleno de augusta serenidad (cf. nuestro art. Safo y tinos
cuantos poetas, en Cuad. Hispanoam. X X X I 1957, 133- 148) .
1 " En 1582 (la primera ed. es de Londres, 1584 y la última ocupa las pp. 3 6 1 - 4 1 6 del vol. I I , Oxford,
1902, de The Complete Works of J. L.) estrenó JOHN LYLY, el autor de aquel Euphues que dio
nombre a toda una escuela literaria, el mal drama llamado Sapho and Phao.
" · MADELEINE DE SCUI ÉRV, una de las más conspicuas «précieuses» de su siglo, cuyo salón alcanzó
gran boga, publicó (París, 1649- 1653) un novelón de clave en diez tomos (Artamène ou le Grand
Cyrvs) donde aparecían el gran Conde, con el nombre del famoso rey persa, y, en medio de un
montón ingente de otros personajes, la propia autora que se introdujo a sí misma en la novela
baj o el seudónimo de «Sapho» (cf. n. 1 4 7 y p. I X de Sapho, poëme en dix chants, 1-11, París, 1805,
donde GOESSE tiene toda la razón del mundo al alabar el buen gusto demostrado por la poste-
ridad «en vouant au ridicule les oeuvres de mademoiselle SCUDÉRV»), ES un ejemplo más de la
mala costumbre que siempre ha habido (cf. nn. 152-15S y PEREOTTA O. C. 18) de llamar «nueva
Safo» a cualquier poetisa o autora más o menos pedante. Costumbre de que, por cierto, es fecundo
exponente nuestro LOPE DE VEGA, que en su Laurel de Apolo (cf. M. NELKEN Las escritoras
españolas, Barcelona, 1930, 116- 117, 147- 149 y 152- 153) acude infaliblemente a la cita de Safo
o de Corina cuando de mujeres literatas se trata. Por ejemplo, hablando de D.» ANA DE CASTEO
EGAS,
«!Oh, tú, nueva Corina,
que olvidas la del griego Achelodoro. . . !»
(vol. XXXVI I I de la Bibl. de Aut. Esp. , Madrid. 1856, 191) ; o de D.« FELICIANA ENRÍQÜEZ
DE GUZMAN,
«...la dama
que nueva Safo Salamanca llama...»
(ibid. 199) ; o de D. » MARÍA DE ZAYAS:
«...sin pasar a Lesbos ni a las playas
del vasto mar Egeo,
que hoy llora el negro velo de Teseo,
a Safo gozará mitilenea
quien ver milagros de mujer desea»
(ibid. 218) . otras veces la expresión tópica es el «décima musa» de Platón (cf. n. 190). Así, VÉLEZ
DE GUEVARA llama «décima musa sevillana» a D.» ANA CARO (CÍ. NELKEN o. c. 150) en El diablo
cojuelo (vol. X X X I I I de la Bibl. Aut. Esp. , Madrid, 1854, 41) , y nadie ignora que ya la primera
ed. de las poesías de SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ (OÍ. MEhÉNDEZ Y PELAVO Antología de poe-
tas hispano-americanos, I, Madrid, 1893, pp. LXVI - LXXV) llevaba el grotesco título de Inun-
dación casíálida de la única poetisa, musa décima, S. J. I. de la C, (Madrid, 1689) . Cf. una contra-
posición entre «la divina Safo, coronada de violetas sobre sus dorados cabellos», y lo que él llama
«intelectualisas», en ENTRAMBASAGUAS La papelera volcada, Madrid, 1956, 177- 178.
BoiLEAU, en su Traité du Sublime (Oeuvres de Boileau Despréaux, II, París, 1800, 2 5 0 - 2 5 1 ) presenta
una versión en alejandrinos, con inteligente comentario, del fr. 31 (cf. n. 291), que comienza:
«Heureux qui près de toi pour toi seule suspire...» Discrepo de MEKÉNDEZ y PELAYO, que habla
(El abate Marchena, Buenos Aires, 1946, 74) de la oda «tan mal traducida y tan desfigurada»:
no habrá quizá pasión en estos versos, pero sí una serena dulzura muy agradable. En cambio,
el diálogo Les héros de roman, dedicado a satirizar a los malos novelistas de su época y en par-
ticular a Mlle, de SCUEÉRV (cf. n. 146), pone en escena a una insoportable Safo que quiere en
los infiernos que Pintón le explique «ce que vous pensez de 1' amitié, et si vous croyez qu' elle
soit capable de tendresse aussi bien que 1' amour» (ed. c. II 3- 43) .
La imitación del fr. 31 de Safo (cf. n. 291) que se halla en la escena I I I del acto I de la Phèdre de
RACINE («Je le vis, je rougis, je pâlis à sa vue. . . » queda muy por debaj o no ya del original, sino
de muchas traducciones o adaptaciones. Sobre Mme. DACIER cf. n. 178.
" · También WI ELAND, como BOILEAU, introduce a Safo bastantes años después ( 1782) en otro diá-
logo con Nireo, Anacreonte y, claro está, el inevitable Faón (tercero de los Gespräche im Elysium,
en pp. 3 9 7 - 4 1 1 de C. M. Wielands Sämtliche Werke, XXVI I , Leipzig, 1821) , pero con más alto
sentido de la ironia y mayor vivacidad en los personajes. Cf. RUEDIGER o. c. 1 2 0 - 1 2 2 .
^" Es muy floja la novela de ALESSANDRO VERRI ( 1741- 1816) titulada Le avventure di Saffo, poetessa
M . F . G A L I A N O
ferente y gélido mármol; luego, las agudas apreciaciones de Herder y
los Schlegel " 2 ; la ardiente pasión de dos mujeres, otras dos literatas,
«Corina» y «Safo», es decir, Mme. de Staël y la Avellaneda, tan afines
di Mitilene (cf. GORSSE O. C. pp. XI I I - XI V) y que pretendía pasar por una traducción del griego.
Hay, al parecer, ediciones de Padua (1780), Vercelli (1783) y Piacenza (1804), y otra, de que
en seguida hablaremos, de París, 1790. Hemos oído decir que esta obra fué publicada en tra-
ducción francesa (Les aventures de Sapho, poétesse de Mytilène, París, 1803) y que fué vertida
a esta lengua por CHAUSSARD y unida a su libro sobre fiestas y cortesanas griegas, pero la edi-
ción que hemos consultado (Fêtes et courtisanes de la Grèce. Supplément aux voyages d' Ana-
charsis et d'Anténor, 4.» ed., París, 1821 y ss.) no contiene tal cosa (cf. WILAMOWITZ O. C. 18 n. 2) .
Del mismo tipo es La Faoniade, que fingía ser una colección de himnos y odas traducidas del
griego y que en realidad era obra original de G. VINCENZO IMPERIALE O IMPERIALI, llamado entre
los Arcades SOSARE ITOMBIO (cf. GORSSE O C. p. XI V) : hay ediciones de Venecia (1786), París
(1790, con la novela arriba citada), Parma (1792), Parma o Pisa (1801), Florencia (1819), y una
traducción (Hymnes de Sapho, nouvellement découverts et traduits) de J. - B. GRAINVILLE (Paris,
1796). En la última ed. italiana mencionada, La Faoniade (mal citada por WILAMOWITZ ibid.)
va acompañada de otra muestra similar de mala literatura sentimentaloide: Amori di Saffo
e Faone, que es, al parecer, versión de Les amours de Sapho et de Phaon de C. L. M. SACY (Ams-
terdam, 1775; cf. GoRSSE o c. p. XI I I ) .
ANDRÉ CHÉNIER tradujo a los 16 años (en 1778) el fr. 1 1 4 (cf. n. 73). La versión (Bue. 36, en p. 98
de Oeuvres poétiques de A. Ch., ed. MOLANO, I, París, s. a.) no tiene nada de particular, aunque
el poeta estuviese muy satisfecho de ella, según asegura en vs. 10-16 de la elegía (18) Au marquis
de Brazais (ed. c. I 201-203):
«A peine avais-je vu luire seize printemps. . .
ma jeune lyre osait balbutier des vers.
Déj à même Sapho des champs de Mitylène
avait daigné me suivre aux rives de la Seine.»
Más interesantes hubieran sido tres elegías sáficas que dej ó en proyecto el poeta según su sobrino
GABRIEL DE CHÉNIER (ed. c. I 308): una de ellas iba a ser «tribádica» y a tener como protagonista
a Cydno (cf. nn. 40 y 139). La V de las Odes (ed. c. I I , s. a., 261-262) es una imitación libre
del fr. 31 (cf. n. 291) que comienza:
»Fanny, 1' heureux mortel qui près de toi respire
sait, à te voir parler, et rougir, et sourire,
de quels hôtes divins le ciel est habité.»
HOELDERLIN (Sämtliche Werke, Stuttgart, 1951, vol. II 1 p. 58 y vol. I I 2 pp. 514-520) había
puesto el subtítulo Sapphos Schwanengesang a una primera versión de su poema Thränen (del
1802 o algo más tardío) empezada en versos sáficos; pero luego cambi ó el metro por la estrofa
alcaica y no parece (a pesar de SCHADEWALDT lib. c. 159) que el texto definitivo pueda ponerse
en relación con la poetisa. En cuanto a FOSCOLO, hizo (Tragedie e poesie, Milán, 1883·, 285)
dos buenas traducciones del citado fr. 31, de las que, a nuestro parecer, es mejor la que empieza
«Quei parmi in cielo fra gli dei, se accanto. . . »; pero es más interesante todavía aquella conocida
y dulce evocación (p. 191 de All' amica risanata, recogida en pp. 189-191 de ed. c ) :
«Ivi erra, ignudo spirito,
di Faon la fanciulla;
e se il notturno zeffiro
blando sui flutti spira,
suonano i liti un lamentar di lira!»
HERDER demostró entender muy bien a Safo con su definición casi perfecta (Sämtliche -Werke,
ed. SUPHAN, I, Berlin, 1877, 351): «eine Sängerin, die in der Anordnung ihrer Gesänge, ihrer
Bilder und Worte; in der zarten Glut, die alles fortschmilzt, und in einer feinen Wahl der wohl -
klingendsten Ausdrücke eine zehnte Muse (cf. n. 190) geworden». El trozo está incluido en
un bello art. (Sappho und Karschin, I 350-354 de ed. c.) en que niega la posibilidad de una com-
paración entre la gran lesbia y la poetastra ANA LUISA KARSCHIN, protegida de Federico II y
Federico Guillermo II, a quien era un tópico ya (cf. nn. 146 y 153) el poner en parangón con
la antigua poetisa (cf. el übro de KOHUT Die deutsche Sappho, Dresde, 1887): «die Deutsche
Sappho, in ihrem Feuer mehr wild als sanft, mehr stürmisch als schmelzend, dörfte eher in
ihren Werken Androgyne seyn, als eine zärtliche Freundin der Venus, wie die Griechin war»
(p. 351). A continuación agrega con humor que Safo rediviva hubiera dedicado a la KARSCHIN
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S A F O
a la lesbia en ciertos aspectos de sus mundos afectivos " 3 ; el delicado
toque alusivo de Wordsworth el romanticismo de Kleist Byron,
Lamartine, Grillparzer Platen I " , Balaguer en que Safo es figura
el ir. 5 5 (cf. n. 104); y más allá encontramos una defensa briosa de Safo, cuyas poesías «gerie-
then unter die unerbittliche Verstümmelung kritischer Kipper und Wipper», contra alguien
que ha sido tan necio como para afirmar que la destrucción de las obras de la lesbia es un cas-
tigo divino por su inmoralidad. Hay muy buenas traducciones de Safo en ed. c. X X V 1885,
85-87 y X X VI 1882, 167; y una serie de menos interesantes epigramas relativos a la poetisa
en XXVI 30, 38, 51, 67, 73, 75, 105, 118 y 135. Citemos, en fin, el trabajo Alcäus und Sappho
( XXVI I 1881, 182-198) en que está (p. 192) la frase («Wie flehend ist der Sappho Gebet um die
Beihülfe ihrer Göttinni Welche stille Glut haucht ihre Ode im Anblick des Geliebten!») que tanto
gustó a PERROTTA (O. C. 15) y en la cual parece inspirado otro hermoso pasaje de FEDERICO SCHLE-
GEL en p. 298 de su trabajo Charakter der aeolischen Schule ( Friedrich Schlegel's sämtliche Werke,
I I I , Viena, 1822, 281-299): «In diesen wenigen Gesängen und verlohrnen Lauten der hochge-
feyerten Sappho athmet die tiefste Gluth der begeisterten Seele, welche sie, wie in jenem Gedichte
liebevoll zu der schönen Göttin hinaufgewendet, ganz aushauchen möchte in Laute der klagen-
den Sehnsucht» (cf. RUEDIGER O. C. 90-96). La poetisa parece haber sido figura predilecta de
ambos hermanos, pues también AUGUSTO GUILLERMO SCHLEGEL introduce una gentil Safo
(cf. nn. 84-86) en el cortejo de su elegía Die Kunst der Griechen, dedicada a GOETHE en 1799
(cf. RUEDIGER ibid. 96-99):
«Sappho führte den Reihn, geschmückt mit pierischen Rosen,
Lesbos Wonne, zu der oft mit dem Taubengespann
Paphia kam, und kos' te mit ihr, vom himmlischen Antlitz
lächelnd: doch Hades Neid birgt den melodischen Geist»
(August Wilhelm von Schlegel's sämtliche Werke, I I , Leipzig, 1846, 5-12, de la que estos vs.
167-170, están en p. 11).
1 " No debe admirarnos (cf. nuestro segundo art. c. en n. 144) la existencia de nexos literarios y huma-
nos entre Safo y la baronesa de STAËL, pues todo predisponía por naturaleza a esta última para
ello: su personalidad hipersensible, polarizada en la sensación y la pasión tumultuosa; su ima-
ginación enfocada, como resultado de una larga tradición de clasicismo literario, hacia el mundo
antiguo; su vago sentimentalismo rousseauniano; su tendencia al feminismo militante, esa obse-
siva idea —en el fondo, un injustificado compl ej o de inferioridad— de que la mujer de genio
es incomprendida y humillada por los varones (idea para la que, por cierto, ha servido infalible-
mente de estandarte simbólico el glorioso nombre de Safo no sólo en el caso de la STAËL, sino
en otros muchos de que hablamos en nn. 176-179 y en el que al final de esta misma nota va
a encontrarse). Así, su famosa novela Corinne ou I' Italie, escrita en 1807, es una verdadera
disección espiritual de la mujer erudita y, por tanto, una minuciosa, aparentemente objetiva,
pero apasionada autodisección. Porque Corina, según ha visto todo el mundo, no es otra sino
la propia autora, propensa como siempre a repartir materia autobiográfica entre los diversos
personajes de sus obras. Es más, yo sospecho que si la protagonista ostenta el nombre capricho-
samente elegido de una poetisa de segundo orden entonces casi desconocida (cf. con todo n. 146)
y no el de Safo, es únicamente porque la baronesa ha sentido reparos ante la existencia de una
turbia leyenda sáfica: la prueba es que en la novela se dice más de una vez (cf., p. ej . , Oeuvres
complètes, París, 1844, 663), eu forma directa o no, que la nueva Corina es una reencarnación
de Safo. Sea como sea, la obra representa la apoteosis gloriosa de la mujer genial («c' était pour
la première fois qu' il était témoin des honneurs rendus à une femme, à une femme illustrée
seulement par les dons du génie» en p. c.) y su desquite frente a la turba ignara de los varones
(«dès qu' une femme est signalée comme une personne distinguée, le public en général est pré-
venu contre elle», se lee en p. 304 del cap. IV de la II parte de De la littérature, ed. c. 196-334,
cap. que es todo él una defensa de las mujeres letradas); pero lo que más procura recalcar la autora
es que a Corina —y por tanto, a ella mi sma— toda esa gloria mundana que culmina en la coro-
nación del Capitolio le exige a cambio una doble tragedia humana: la de no ser comprendida
por el sexo opuesto (cf. p. 305 del cap. c , donde acusa a los hombres de considerarse libres de
deberes con respecto a las mujeres extraordinarias y, renunciando por pereza mental a enten-
derlas, volverles la espalda dejándolas como a seres «objet de la curiosité, peut-être de 1' envie,
et ne méritant en effet que la pitié») y la de, en ese trágico aislamiento ocasionado por lo excep-
cional de su propia personalidad, no ser capaz de encontrar la verdadera dicha. En este sentido
es biográficamente importante, aunque adolezca de todos los vicios de la época (grandilocuencia,
palabrería, abuso del «cliché» clasicista, falta de comprensión histórica para con Safo y cono-
cimiento imperfecto de sus versos, como cuando traduce al revés el fr. 5 5 sobre el cual cf. n. 104),
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M . F . G A L I A N O
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bifronte de mujer tiernamente enamorada y fantoche desmelenado y
frenético; el incomparable canto, tan personal, de aquel clasicista ro-
mántico o aquel romántico clasicista^5' que fué Leopardi""; los sere-
el drama Sapho (Oeuvres posthumes, París, 1844, 4 9 1 - 5 0 9 ) , escrito en 1811, es decir, en el mismo
año en que contrajo la autora segundo matrimonio con una persona mucho más j oven que ella. La
STAËL tiene entonces 4 5 años y se dispone a probar desesperadamente fortuna en un audaz movi -
miento pasional, pero sus presentimientos no son buenos, a juzgar por lo que hallamos en el drama:
una Safo envejecida, que no es ni sombra de lo que era y que, despreciada por Faón y privada del
amor de éste por la propia adolescente a quien más amaba ella, se sacrifica por los dos en el fatal
salto de Léucade. Pero en realidad (.¡quién sabe si Safo no desaprovechó una última ocasión en la
negat i vaaquese refiere nuestra n. 309Ì), GERMAINE NECKER fué, al parecer, másdi chosaquesu
heroína: aquel «mariage ridicule» de que habla LANSON (Histoire de la Littérature française,
Paris, 1924^' , 8 7 5 ) resultó mejor de lo que ella misma esperaba. En cuanto a GERTRUDIS GÓMEZ
DE AVELLANEDA, su vida parece haberse desarrollado, al menos desde su punto de vista litera-
rio, baj o el signo de la lesbia: ella misma debió de creerse una reencarnación de Safo tan desdi-
chada como su modelo. De una parte, a las calumnias de que fué obj eto la poetisa de Mitilene
por obra de sus detractores responderían las violentas campañas desarrolladas contra ella a
partir de su frustrado ingreso en la Academia (cf. COTARELO La Avellaneda y sus obras, Madrid,
1930, 2 4 1 - 2 5 4 ) , las desfavorables críticas de sus dramas (ibid. 2 5 4 - 2 6 8 ) , el conocidísimo incidente
del «gato encerrado» con el fracaso de Tres amores (ibid. 2 9 0 - 2 9 8 ) y la agresión contra su esposo
(ibid. 3 1 8 - 3 3 7 ) a que todo ello DIO lugar. Por otro lado, también la cubana tenía un frío y egoísta
Faón que dos veces (ibid. 3 5 - 6 7 , 1 5 4 - 1 7 2 y 2 6 8 - 2 7 0 ) se burló de ella. Con eso y con el exaltado
temperamento romántico de la poetisa no es de extrañar que sean infinitas las alusiones a este
extraño mundo sáfico que se había creado. Su Soneto imitando una obra de Safo, una paráfrasis
más del fr. 31 (cf. n. 291), empieza siguiendo muy ceñidamente a BOILEAU (cf. n. 147) y QUI N-
TANA (cf. n. 322):
«IFeliz quien junto a ti por ti suspira!
¡Quien oye el eco de tu voz sonoral
I Quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!»
Pero en seguida comienza a flojear hasta terminar en un hueco y seudopatético
«[Deliro, gozo, te bendigo y muero!»
(Obras literarias de la señora doña G. G. de A., I, Madrid, 1869, 71) . Su poema A la célebre can-
tatriz señora Ana de La Grange, en la representación de la ópera (Safo*, que la mereció coronas del
público sevillano (no sabemos qué ópera seria de las mencionadas en n. 162) es (ibid. I 3 7 8 - 3 7 9 )
una autodefensa
(«La envidia de abrojos sembró su camino;
la hirió la calumnia con ciego furor;
matóla el desprecio de un hombre mezquino,
que aun vive en sus cantos sublimes de amor»)
con implicaciones biográficas («La Safo española recuerda en esta ocasión sus propias desven-
turas», dice COTARELO O. C. 361) . La poetisa «gustaba mucho de que la diesen el nombre de Safo»
(ibid. 350) y, por otra parte, era puesta en parangón por sus amigos con la STAËL (ibid. 4 6 ) .
En el aludido drama Tres amores (ed. c. I I I 1870, 5 2 9 - 6 1 5 ) , la protagonista triunfa con una tra-
gedia titulada precisamente Safo. Y, en fin, era ya clásico (cf. n. 146) el llamar a la AVELLA-
NEDA «nuestra moderna Safo», como D. EUGENIO DE OCHOA (cf. COTARELO O. C. 236) , o cantora
del «afecto al hombre de Safo», como el P. BLANCO GARCÍA (ibid. 376) , o poetisa sin rival «a no
ser que retrocedamos hasta las Safos y Cerinas de los más gloriosos tiempos de la Grecia», como
D. JUAN VALERA (ibid. 380) , o «astro donde la luz de Safo se [refleja]», como CAROLINA CORO-
NADO (ed. c. V 1871, 3 8 9 - 3 9 0 ) . Es más, hasta se da el caso de que, como de la misma Safo
(cf. nn. 163, 165 y 169), se haya dicho de ella (ibid. 389) que «no es la AVELLANEDA poetisa,
sino poeta» (FERRER DEL RÍ O) . Claro está que esa especie de obsesión sáfica le acarreó también
las inevitables burlas: p. ej . , a raíz de su berrenchín cuando lo de la Academia le escribió D. Lui s
FERNÁNDEZ GUERRA (cf. COTARELO o. c. 254) un romance que empezaba
«Yo, doña Safo segunda,
entre avellanada y fresca,
musa que soplo a las nueve
y hago viento a los poetas...»
y que «cayó tan en gracia... que entre el grupo enemigo era comúnmente designada DOSA GER-
S A F O
nos versos de Morike^"; la turbulenta catarata musical de las óperas
tan típicamente decimonónicas "^· la noble y púdica reserva victoriana
de Tennyson y Arnold con la lúcida imagen, como en miniatura, del
TRUDis con el nombre de ' Doña Safo'». Más curiosa todavía (ibid. 349-350) es la biografía de
Safo publicada en el Album cubano de 1860 y que viene a ser en realidad una especie de auto-
biografía, pues habla del cruel Faón que «roto el lazo, vol vi ó a amarla; pero sólo por amor propio
y únicamente sensible al placer de oir resonar su nombre por toda la Grecia, inmortalizado en
composiciones sublimes de ternura y poesía que no merecía inspirar»; se refiere equívocamente
a «infinitos adoradores, entre los que se contaban los tres poetas más famosos de su siglo» (cf. n. 286
y recuérdese a GARCÍA TASSARA, sobre el cual cf. COTARELO O. C. 129-143); habla de los que se
burlaron de ella y del agresor de su esposo, etc., aparte del delicioso párrafo que nos muestra
a una buena conocedora de su propia naturaleza volcánica: «una pronta viudez la constituyó
en nueva situación (cf. nn. 277-278), que por su extremada juventud, su gusto por la libertad
y tal vez por su complexión era para ella peligrosa». Anotaré, para terminar esta nota larguí-
sima, que, con Corina y Telesila (llamada «Tesálida»), Safo (¿cómo no?) apsirece citada como
«célebre entre los más célebres poetas griegos de su época» en p. 304 de la serie de artículos, es-
critos en esa agresiva vena feminista de que arriba hablábamos, que lleva por título La mujer
y que están publicados en ed. c. V 283-306; artículos que han provocado la graciosa indignación
de COTARELO (o. c. 350-351) expresada en estos términos: «El método demostrativo de la AVE-
LLANEDA es de lo más inocente que puede concebirse. En tal ciencia, arte, profesión o lo que sea.
Fulana y Mengana hicieron esto y lo otro; luego la mujer es más apta que el hombre para todo
lo que depende del entendimiento; como si los hombres no hubiesen hecho nada en las mismas
y otras materias. Por desgracia, este prurito estúpido de comparar al hombre y la mujer en
general ha hecho prosélitos, y no sin fastidio lee uno artículos en revistas o periódicos u oye con-
ferencias en el Ateneo y otros centros más o menos literarios, con las mismas sandeces de si
Mad. Tal o Cual dicen esto o lo otro; si Safo, si Corina... si la madre de los Gracos, si Juana de
Arco, si María Pita. . . siempre las mismas cosas tomadas de las mismas fuentes... pues hasta
libros se han escrito sobre tan necio asunto, para concluir siempre que los hombres son unos
brutos y que si no fuera por la mujer andarían aún en cuatro patas.»
No he podido localizar el pasaje en que cuenta WORDSWORTH cómo
«...the Lesbian maid
with finest touch of passion swayed
her own Aeolian Iute...»
Es de las de menos calidad entre las obras de KLEIST SU Sappho. Bin dramatisches Gedicht, Ber-
lín, 1793.
" · BVRON trata a Safo muy superficialmente. Dos de los pasajes del Don Juan en que la cita están
escritos con buen humor: uno de ellos, en I 42 (The Works of Lord B. Poetry, VI , Londres, 1918 ·,
26), ironiza sobre lo poco edificante (cf. n. 291) que es el fr. 31
(«I don' t think Sappho' s Ode a good example,
although Longinus tells us there is no hymn
where the Sublime soars forth on wings more ampie»),
mientras que en I I 205 (ibid. VI 139) se habla con gracia de
«Sappho the sage blue-stocking, in whose grave
all those may leap who rather would be neuter*,
y en I I I 107 (ibid. VI 180) hay una imitación de fr. 1 0 4 (cf. n. 72). Las reflexiones que inspira
al poeta (Childe Harold's Pilgrimage, II 39, en ed. c. II 1922, 125) su paso por la punta meri-
dional de la isla de Léucade son aJgo más profundas:
«Dark Sapphol Could not Verse immortal save
that breast imbued with such immortal fire?
Could she not live who life eternal gave?»
Y, en cambio, recae en lo convencionalmente banal su famoso canto del Don Juan ( III 86, en
ed. c. VI 169):
«The Isles of Greece, the Isles of Greece!
Where burning Sappho loved and sung, etc.»
Tampoco es notable la «elegie antique» de LAMARTINE titulada Sapho, tercera de las Nouvelles
39
M . F . G A L I A N O
prerrafaclista Rossetti ^ «3; la rica musa colorista del inmortai Carduc-
ci " *; el intimismo de Swinburne en esa turbadora Anactoria que deja
al lector suspenso entre el entusiasmo y la náusea"^; la banalización
méditations poétiques (Oeuvres completes de M. A. de L., I, Paris, 18S0, 195- 200) , que es una
más entre las reiteraciones de un tema tan resobado como es el del Faón ingrato y lejano frente a
«Sapho, les yeux en pleurs, errante, échevelée,
frappant de vains sanglots la rive désolée,
brûlant encore pour lui, lui pardonnant son sort,
et dressant lentement les apprêts de sa mort.»
El autor mismo reconoció más tarde la escasa calidad de esta obra primeriza, de la que dice
que «ce fut mon baptême poétique» y que fué escrita en la época «où j' imitais au lieu de sentir
par moi-même» (cf. pp. 313- 314 de GUYARD Le rêve grec de Lamartine, 'ETCIOT. 'ETTET. OiX. S x .
IlavETT. ' A6. VI I 1956- 1957, 309- 322) . A primera vista puede observarse perfectamente que
a la vaga dulzura del romántico no le cuadra bien esta materia poética. Y cuando falla la ins-
piración, ocurre lo que a GRU-LPARZER. ES curioso el hecho (cf. PERROTTA o. c. 17- 18 y RUE-
DiGER o. c. 132 por quien cito) de que el poeta alemán no parece haber sido gran admirador
de Safo ni de las poetisas en general: «ich habe wenigstens (aus den Fragmenten der Sappho
lässt sich kein ganzes Urteil fällen) nie an ihren Werken Gefallen finden können». Pero esto
no obstó para que escribiera en 1817 su Sappho, desigual obra de juventud compuesta en cuatro
semanas e influida por Mme. STAËL (cf. n. 153), cuya Corinne leyó el autor en 1811. El drama
tiene momentos líricos hermosos, pero no carece de ninguno de los requisitos del género mel o-
dramático, sobre todo en su final, donde se amontonan una plegaria de Safo a Afrodita imitada
del fr. 1 (cf. nn. 84-86), la bendición de la poetisa a Faón y la j oven Melitta, gritos, impreca-
ciones, lloros, desmayos, castos besos y el espectacular suicidio final (cf. RUEDIGER ibid.
126- 132) .
Las Gesammelte Werke de PLATEN (Stuttgart, 1839) ofrecen una poesía inspirada en Safo (pp. 30- 31) ,
una fría traducción (cf. nn. 310-312) del fr. 94 D. (p. 154) y, lo mejor para mi gusto por lo que
revela de comprensión del espíritu sáfico el no desear para ultratumba sino el misericordioso
descanso del alma atormentada, un epigrama (p. 50) dedicado a las dos suicidas Hero und Sappho ·
«Eros, grausamer Gott, dir sanken sie beide zum Opfer,
führe denn du sie hinab in der Persephone Rei ch;
doch an den Busen Leanders geleite die festische Jungfrau,
aber zum lethischen Strom führe die Lesbierin.»
La traducción de CARDUCCI (Poesie di Giosuè C, Bolonia, 1906, 937) no reproduce, a mi enten-
der, toda la sobria y melancólica belleza del original (cf. n. 164).
Realmente, VÍCTOR BALAGUER realizó un esfuerzo para documentarse sobre Safo, cuyas obras no
pudo conocer en el texto griego. El tomo I de sus Tragedias (Barcelona, 1891) contiene en sus
pp. 281- 320: una biografía en castellano de la poetisa, de segunda mano, con muchos errores;
traducción castellana del fr. 1, en prosa, a partir del francés (cf. nn. 84-86); dos versiones
también castellanas del fr. 31, en prosay verso (cf. n. 29Í J ; una traducción en prosa y en nuestra
lengua de algunos de los más importantes fragmentos que entonces se conocían; el original cata-
lán de su monólogo o soliloquio lírico Saffo, terminado con un himno «a Venus»; una traducción
castellana del mismo poema, hecha por el propio autor, con omisión del himno antedicho; otra
traducción castellana de JOSÉ M. » DE REÍ ÉS, himno inclusive; y unos versos de MANUEL DB
REI NA dedicados al autor. En cuanto al soliloquio en sí, puesto en boca de la poetisa cuando
va a morir en Léucade, no carece de bellos efectos, sobre todo al final, en las apasionadas pala-
bras de Safo, que, aunque hoy nos suenen a anticuada retórica, tienen su valor poético:
«¡Deesa del Erí x, j o ' m cremo, ' m cremo!
Deesa del Erí x, j o no puch viure
si no visch d' eli y ab eli. ¡ Avuy m' abraso,
y m' abraso com si entortolligada
j o portés á mon cos la roj a túnica
tenyida ab la sanch negra del Centauro!
¡ Ay! j j o m' encench, m' encenchi J o ' m cremo vi vai . . .
Si me 1' has de tornar, sálvam, ¡oh Venus! . . .
¡Si no me '1 tornas pas, mátam llavorasl*
40
S A F O
libresca de Carmen Sylva i " ; la fresca, luminosa versión del estetismo
de Pascoli y d'Annunzio i " ; el nostálgico idealismo de Rainer Maria
Ri l ke" 8; a lo largo de todo un siglo, esa línea claramente decaden-
O en la graciosa invocación inicial a
«. . . vosaltres
las que ami , no sens crim, donas de Lesbos,
vosaltres...
. . . Cydno la blanca,
tan blanca com la Uet; Athis la rossa,
daurada com la mei; y tú. Corina,
la que mon j oi y ma delicia fores.»
En cambio, resulta ridicula la concepción de Safo como una pecadora promiscua
«. . . amorejant ab tots y ab totas»
en
«la amistansada
sensualitat y los desordres báquichs
de las lesbianas voluptuosas festas»
que ha encontrado, como una nueva Dama de las Camelias, su redentor en Faón:
«Safio, esmersadora
de crims y jois d' amor, prostituida
en lo fanch de sos vicis, per tos besos
redemptors s' aixecava redimida.»
Pero no hay que culpar demasiado a nuestro dramaturgo. La figura de Safo tal como había
sido transmitida por la leyenda antigua se prestaba insuperablemente al melodrama: nótese
la gran cantidad de tragedias sobre el tema que hemos recogido, a las que podrían sumarse tantas
otras, como la Saffo del italiano LEOPOLDO MARENGO (1831-1899). Pero el caso es que BALAGUKR
hubo de sufrir, por estas razones literarias y otras políticas como su catalanismo, las burlas
(pp. 49-53) de A. FERNÁNDEZ MERINO en su libro Estudios de Literatura griega. Safo ante la
critica moderna (Barcelona, 1884 »), que aprovecho la ocasión para declarar que es un muy acep-
table trabajo si se tiene en cuenta su fecha: bien documentado, ponderado y lleno de buen sen-
tido en su actitud bastante favorable a Safo.
" · Cf. MoNTOLiu en p. 10 de Cuatro etapas en la evolución de la Literatura catalana moderna (Madrid,
1956): «Sólo citaremos a LEOPARDI, cuya poesía es la máxi ma expresión del romanticismo escép-
tico y demoledor de los valores tradicionales de la civilización occidental, pero al cual, sin em-
bargo, es forzoso calificar de clásico, de puro clásico, por la corrección impecable de su arte
poético y por la serenidad olímpica con que expresa el desengaño sin consuelo de la ' iniinita
vanità del tutto' , que siente de modo constante... y aun podemos añadir el nombre de CAR-
DUCCI, romántico por sus sentimientos y su ideología y clásico por la forma radiante y olímpica
de su expresión poética.»
^" El Ultimo canto di Saffo, una de las más bellas composiciones del sublime poeta de Recanati (I canti,
ed. ScHERlLLO, Milán, 1924 », 205-207), fué escrito (ed. c. 371) el 7 de mayo de 1822, en la época
en que el poeta, agotado por varios años de «studio matto e disperatissimo» (carta del 2-III-1818
en ed. c. 372) y atacado por grave neurastenia, pasa por una terrible crisis (cf. mi segundo art. c.
en n. 144). Se ha convertido en una verdadera obsesión para él la deformidad fisica, el «aspetto
miserabile» que presenta su cuerpo por causa de prematuros achaques. La persona fea (dice en
su diario el 21-V1II-1820 como puede verse en ed. c. 378) no tiene derecho ni aun a la verdadera
compasión, que por lo regular se ejerce solamente sobre objetos amables; y el asi despreciado
por todos tiene en contra de sí hasta a la naturaleza, a la que ama con pasión no correspondida
sintiendo el mismo dolor que cuando se contempla a la novia en brazos de otro: «egli sente quasi
che il bello e la natura non è fatta per lui, ma per altri» (nota del diario de 5-III-1821, ed. c. 380).
No es raro, pues, que el poeta haya ido a fijarse en la fea Safo (cf. nn. 268-270) para poner
en sus labios la queja inmortal:
«Bello il tuo manto, o divo cielo, e bella
sei tu, rorida terra. Ahi di cotesta
infinita beltà parte nessuna
alla misera Saffo i numi e 1' empia
sorte non fenno. . .
41
M . F . G A L I A N O
tista que baja del triste simbolismo de Baudelaire"* para bifurcarse
llegando,de una parte a la melancolía otoñal de la Noailles y de otra,
más allá de los instintos oscuros sofocados bajo el jugueteo sonoro de
. . . A me non ride
r aprico margo, e dall' eterea porta
il mattutino albor...»
Se explica que, en la desesperación de aquel período de su vida, haya sentido brotar de su propi o
espíritu, puesto en labios de la poetisa, el lamento que parece un eco del famoso lugar calde-
roniano:
«Qual fallo mai, qual si nefando eccesso
macchi ommi anzi il natale, onde sì torvo
il ciel mi fosse e di fortuna il volto?
In che peccai bambi na. . ?»
Pero además, la rigidez glacial y feroz intransigencia de la madre, atenta de manera exclusiva
a la estricta observancia de sus cultos religiosos, no podí a contribuir a hacer más llevaderas
las angustias del j oven, entre otras cosas porque la condesa, lejos de compadecerse de las mise-
rias materiales del hijo, se complacía en poner de relieve sus defectos físicos incitándole a dcir
gracias a Dios por haberle así alejado de las tentaciones de este mundo. Hubo, pues, una época,
entre la fuga fracasada y la definitiva marcha a Roma, en que el poeta anduvo preocupado con
la idea del suicidio, como lo demuestran el Bruto minore, compuesto el 20 de diciembre de 1821,
y varios fragmentos de cartas y del diario. Uno de ellos, sobre todo (ed. c. 61), sirve de manera
excelente para introducirnos en el ambiente emocional del Ultimo canto : es aquel en que el poeta
confiesa haber pensado, contemplando indeciso las aguas de un estanque: «S' io mi gittassi qui
dentro, immediatamente venuto a galla mi arrampicherei sopra quest' orlo, e sforzatomi d' uscir
fuori, dopo aver temuto assai di perdere questa vita, ritornato illeso, proverei qualche istante
di contento per essermi salvato e di affetto a questa vita, che ora tanto disprezzo e che allora
mi parrebbe più pregevole.» Y añade que tal vez en esta posibilidad —l a del alma renacida a
un jubiloso mundo nuevo tras un grave peligro— se base la antigua tradición relativa al salto
de Léucade (cf. n. 315). Es decir. LEOPARDI piensa ya en Safo y considera que nadie mejor que
la desdichada poetisa puede convertirse en portavoz del propio j oven escritor que sueña con
adelantarse a la enfermedad, a la vejez y a la sombra de la gélida muerte cantando melancóli-
camente:
«Ecco di tante
sperate palme e dilettosi errori,
il Tartaro m' avanza; e il prode ingegno
han la tenaria Di va,
e l' atra notte, e la silente riva» (cf. n. 164).
EDUARD MOERIKE escribió en 1863 un bello diálogo titulado Erinna an Sappho (Gesammelte
Schriften, I, Leipzig, 1905, 101-102) en que la predestinada Erina (cf. n. 40) da expresión a sus
tristes presentimientos.
' ·» Nuestra poetisa aparece como protagonista en las óperas Sapho de REICHA (1822), Saffo de PACINI
(1840), Sappho de GOUNOD con libreto de AUGIER (1851), Sapho de MASSENET (1897), etc.
También los poetas ingleses han acogido el tema sáfico durante el siglo xi x. TENNYSON nos ofrece
(cf. n. 291) una paráfrasis del fr. 31 («I watch thy grace, etc.», en p. 24 de su Eleünore, contenido
en pp. 22-24 de The Works of Alfred T., Londres, 1878); alude a la poetisa
(«in arts of grace
Sappho and others vied with any man»)
en The Princess (pág. 205 de ed. e , que recoge el poema en pp. 193-254); y llama con otro»
(cf. nn. 153, 165 y 169) «el poeta» a Safo en una referencia (cf. n. 72) al fr. 104 («Hesper, whom
the poet call' d the Bringer home of all good things», en p. 26 de la ed. de Londres, 1886 que
lleva como título Locksley Hall Sixty Years After, el del poema recogido en pp. 1-38). MATTHEW
ARNOLD también acude a la manida reelaboración del fr. 31 en su no muy feliz A Modern Sappho
(Poems by M. A., I, Londres, 1869, 195-197); y es una verdadera j oya, preciosamente trabajada,
la versión (Poems and Translations, Londres, 1912, 102) de los breves fragmentos (cf. nn. 74-75)
numerados como 105 ( a) y 105 ( c) que titula DANTE GABRIEL ROSSETTI One Girl (A Combina-
tion from Sappho). Anoto a última hora una influencia del fr. 104 en T. S. ELIOT
(«... the violet hour, the evening hour that strives
homeward, and brings the sailor home from sea...»)
en vs. 220-221 de The Waste Land, cf. DÍ EZ DEL CORRAL O. C. 138 n. 5.
42
S A F O
43
Banville^'" y la divina armonía de Verlaine^", a Pierre Lotiys^" y sus
Chansons de Büüis, con su musicalismo rebuscado y penetrado de ese
barato perfume de perversión sexual muy «fin de siècle» que, con retraso
como siempre, nos llegó a nosotros después de la primera postguerra.
No puede haber ninguna persona de mediano gusto estético que no conserve grabada en la retina,
más que en la mente, aquella escena sin par, todo un cuadro botticcelliano, de la primera (I. Eolia)
de las Primavere elleniche de CARDUCCI (ed. c. 638-640):
«E un lieve il seguita pe '1 grande Egeo
legno, a purpuree vele, canoro:
armato règgelo per 1' onde Alceo
dal plettro d' oro.
Saffo dal candido petto anelante
a r aura ambrosia che dal dio vola,
dal riso morbido, da 1' ondeggiante
crin di viola,
in mezzo assidesi...»
Así pinta, que no canta, quien en la misma oda se confiesa.
«de gli eolii sacri poeti
ultimo figlio».
También son hermosísimas la 14 de sus Juvenilia (ed. c. 24), con la plástica descripción de
Safo enamorada
(«né mai l evò si neri occhi lucenti
Saffo i preghi cantando a Citerea,
quando nel petto e per le vene ardenti
a lei si come nembo amor scendea»),
y la 67 de la misma colección (ed. c. 156-159), en que vemos a Safo
«errando
del lamentoso Egeo lungo la riva»
con subsiguiente aparición de Afrodita e inspiración concedida por ésta a
«un dolce
canto che ripetuto, ahi con un molto
ansar del petto e scintillar de gli occhi,
de i neri occhi d' amore, e un batter forte
de la man su le corde, iscolorava
le fanciulle di Lesbo».
Estas citas, con lo dicho en n. 157, demuestran (cf. nuestro segundo art. c. en n. lèi) el inte-
rés especial que concedió CARDUCCI a la egregia poetisa: es cierto que la imagen de las Primavere
tal vez tenga, como dice PERROTTA (O. C. 19), algo de «rappresentazione classicistica, del tutto
convenzionale», pero los otros lugares me parecen dejar traslucirse una mayor compenetración
del poeta moderno con la verdadera Safo, y a ellos pueden añadirse otros dos en el mismo sen-
tido. Uno es el comentario sobre fr. 94 D. (cf. nn. 310-312) en la Nuova Antologia del 16-VI-I890:
« C è tanta passione nel sospiro angoscioso della fanciulla antica»; y el otro, el escolio al canto
de LEOPARDI recogido en p. 382 de ed. c. en n. 160, en que. por cierto, yo no hallo, como PER-
ROTTA o. c. 28, ningún concepto despectivo hacia el poeta de Recanati, sino una negativa ro-
tunda sobro la cuestión que trataremos en n. 268 («non fu nè brutta nè infelice come il LEO-
PARDI r accolse a imagine sua da una tarda tradizione») y el sincero elogio de las innegables
calidades del Ultimo canto.
Corresponde, verdaderamente, a ALGERNON CHARLES SWINBURNE el honor insigne de haber sido
uno de los que mejor han comprendido a nuestra poetisa en los tiempos modernos; y acertadísimo
estuvo A. NOYES (p. 287 de In Memory of Swinburne, incluido en pp. 286-288 de sus Collected
Poems, I I , Edimburgo. 1910) al llamarle «brother of Sappho». Ya es significativo que en The
Living Age (tomamos la cita de PERROTTA O. C. 19-20) haya proclamado a la lesbia no sólo como
la mayor poetisa que el mundo ha conocido (lo cual, apunta graciosamente el filólogo italiano,
«è il banale riconoscimento di tutti i filistei»), sino, más valerosamente, como «the greatest poet
who ever was at ali»; importante es también que se haya inspirado muchas veces en ella (p. ej . , en
M . F . G A L I A N O
Por cierto, que Wilamowitz, el grave filólogo honestamente encua-
drado en el ambiente severo y sobrio de la Alemania del Kaiser, se es-
candalizó tanto ante la aparición del libro de Pierre Louys que le dedicó
los bellos Sapphics de The Poems of A. Ch. S., I, Londres, 1905, 2 0 4 - 2 0 7 ) ; pero el documento
estremecedoramente sensacional de esta veneración del inglés por Safo es su Anactoria, poema
que ocupa las pp. 5 7 - 6 6 de ed. c. Allí encontramos, trenzada con retazos parafrásticos de frag-
mentos sáficos (y ésta es quizá la parte más débil de la composición, como cuando la aparición de
la diosa es descrita con las mismas palabras poco más o menos que en el fr. 1 tratado en nn. 84-86),
toda la gama de las más cálidas e intensas —dolorosamente intensas— notas de la pasión amo-
rosa. El monólogo dirigido por Safo a Anactoria es, a mi parecer, uno de los más hermosos can-
tos amorosos que jamás se han escrito: no hay una sola palabra que no esté desgarradoramente
vi va en esta especie de trágica cantata por la que discurren desordenadamente los más diversos
sentimientos de un alma ciega de amor que apenas sabe qué quiere ni adónde va: impotente
amargura en los versos iniciales {«my life is bitter with thy love. . . »); un arrebato (no se olvide
que SWINBURNE era lector atento del marqués) de tenebroso sadismo
(«I would my love could kill thee; I am satiated
with seeing thee live, and fain would have thee dead. . .
I would find grievous ways to have thee slain,
intense device, and superflux of pain...»)
que viene a desembocar, menos intranquilizadoramente, en una especie de platónico deseo de
fusión con el ser amado
( « . . . O that I
durst crush thee out of life with love, and die,
die of thy pain and my delight, and be
mixed with thy blood and molten into thee»);
hastío profundo («I am weary of all t hy words and soft strange ways») y vértigo sublime («Yea,
all thy beauty sickens me with love»); la pasión frenética de aquellos impresionantes versos que
empiezan con «Ah that my lips were tuneless lips...» y ese patético grito de dolor casi físico («Ah,
ah, thy beauty! Like a beast it bites...»; rebeldía contra las potencias sobrenaturales, con el
«Why hath he made us?» que es reto y lamento a la vez; y en los últimos versos, nada más ya
que el ronco estertor del espíritu derrotado que ha encontrado al fin su camino hacia la negra
nada del reposo final:
«...till supreme sleep shall bring me bloodless ease;
till time wax faint in all his periods;
till fate undo the bondage of the gods,
and lay, to slake and satiate me all through,
lotus and Lethe on my lips like dew,
and shed around and over and under me
thi ck darkness and the insuperable sea».
Se dirá, naturalmente, que hay mucho que no tiene nada que ver con la Safo auténtica en esta
especie de disección espiritual maravillosamente hecha, y ello es muy cierto, pero, si se prescinde
de la anacrónica presencia de elementos «modernos», lo que resta responde muy bien al compl ej o
anímico de la poetisa a que al final habré de referirme. Otra cuestión es la de la «tolerabilidad»
de estas páginas para un lector moderno: evidentemente, la Anactoria es plato para estómagos
fuertes. FRACCAROLI / lirici greci (Poesia melica), Turin, 1913, 1 9 6 - 1 9 8 llama la atención
(cf. n. 1 de p. 5 2 de NENCIONI Per la critica di Saffo, en Athenaeum X X 1942, 41- 61) sobre el
hecho de que, a su parecer, «amore doloroso è quello che rappresenta lo Swinburne, e come tale
può avere anche in noi grandissimo riflesso; ma è insieme amore mostruoso, e perciò non può
comunicare se non con chi sia affetto da uguale perversione...» Y en p. 199 anota que con los
versos de la propia Safo no ocurre lo mismo: «1' amore di Saffo è un amore che si riflette in ogni
amore». NENCIONI lo interpreta en el sentido de que los poemas de Safo se han liberado «da ogni
elemento biografico e torbidamente contingente» en una especie de «catarsi della oggettivazione
artistica», pero la cuestión, al menos para mi , es distinta: lo que salva al lector de Safo del tur-
bado rubor y aun del asco que indudablemente acechan a quien lea a SWINBURNE es el senti-
miento de que en éste, aunque la arrebatadora belleza del texto nos lo oculte a veces, la pasión
es algo biográficamente imposible y, por tanto, ficticio, privado, en último término, de la alta
calidad emocional que da al más banal fragmento de Safo su carácter de sincero documento
humano.
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S A F O
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una reseña llena de indignación en una revista científica de Gotinga"*:
reseña que forma parte de su libro Sappho und Si moni des publicado
años más tarde"*. Y tanto en la reseña como en el libro podemos leer
La más vulgar y ajad ; melancolía postromántica se desprende de las páginas de Sappho (Leipzig,
1880) , novela en verso de CARMEN SYLVA que ha calificado bien RUEDIGER (O. C. 138- 139) de
«Verkitschung Sapphos».
Un bonito Epitalamio lesbia con imitación del ir. 105 (Poesie di Giovanni P., Verona, 1951 *, 1 2 5 1 -
1252) y dos buenas traducciones (ed. c. 1435- 1437) en sáficos (cf. nn. 84-86 y 291) de los frs. 1
y 31 (de las que es mejor quizá la primera) hablan ya claro de la influencia sáfica en el poeta
humanista PASCOLI, que también en otros lugares (cf. PERROTTA O. C. 21) emite inteligentes
apreciaciones sobre la poetisa. Pero especialmente nos incumbe aquí señalar el espléndido canto
Solón, primero de los Poemi conviviali (ed. c. 6 2 1 - 6 2 4 ) , inspirado por la anécdota narrada en
Estobeo I I I 2 9 , 5 8 (ed. HENSE, I I I , Berlín, 1894, 638, 10- 639, 4) , en que al filósofo se le pre-
senta una mujer de Éreso para entonar dos canciones en metro sáfico al son de la «risonante
pèctide». La primera es un triste poema del amor
«bello, ma bello come
sole che muore»;
la segunda, con briosos trémolos de la lira, se adentra en el tema de la inmortalidad del poeta
(«muore la virtù dell' eroe che il cocchio
spinge urlando tra le nemiche schiere;
muore il seno, si, di Rhodòpi , 1' occhio
del timoniere;
ma non muore il canto che tra il tintinno
della pèctide apre il candor dell' ale»)
para terminar gloriosa, pero mansamente, muy a la dulce manera pascoliana:
«E chi voglia me rivedere, tocchi
queste corde, canti un mio canto: in quella,
tutta rose rimireranno gli occhi
Saffo la bella»
(cf. nuestros arts. El mundo clásico de Giovanni Pascoli, en Arbor X X X I V 1956, 161- 181, y el
segundo c. en n. 144). El canto es tan bello que GABRIELE D' ANNUNZI O, cuando ha querido
terminar su Alcyone (Laudi, Verona, 1940, 8 3 8 - 8 4 1 ) con una "maravillosa caracterización de
PASCOLI, lo ha elegido como el más significativo de
«r ultimo figlio di Vergilio,
prole divina,
quei che intende i linguaggi degli alati,
strida di falchi, pianti di col ombe,
eh' eguale offre il cor candido ai rinati
fiori e alle tombe,
quei che fiso guatare osò nel cèsio
occhio e nel nero 1' aquila di Pella
e udi nova cantar sul vento efèsio
Saffo la bella».
No, tampoco D' ANNUNZI O, último de una serie de grandes poetas, ha permanecido insensible
al lánguido y tal vez un poco morboso encanto de la Safo tradicional; y así, en fugaz, pero vi vi da
pincelada, canta un trozo delicioso de su Maia (ed. c. 70) :
«o grappoli sparsi in su l' aie
quadrate per cuocersi al sole,
densi e violacei come
il crine sul collo di Saffo!»
RAINER MARIA RILKE dedica a la poetisa (cf. nn. 17 y 293) unas bellas páginas de Die Aufzeich-
nungen (ed. c. II 201- 204) : Safo es «die kleine, ins Unendliche hinaus gespannte Gestalt», la
amante que «auf der Höhe ihres Handelns nicht um einen klagte, der ihre Umarmung offen
liess, sondern um den nicht mehr Möglichen, der ihrer Liebe gewachsen war»; porque ella sabia
M . F . G A L I A N O
46
el más enérgico y apasionado alegato en favor de la poetisa, calumniada
y mancillada, a juicio de Wilamowitz, por una crítica miope y sumida
en torpe afán de obscenidad. En lo cual había tenido ya sus predeceso-
que «mit der Vereinigung nichts gemeint sein kann als ein Zuwachs an Einsamkeit», y así, «im
Dunkel der Umarmungen nicht nach Stillung grub, sondern nach Sehnsucht» (pp. 144- 145 de
tr. c ) . He aquí una Safo desligada ya de toda materia y proyectada hacia un más allá inalcan-
zable (cf. n. 84). Y así también viene a presentarse en varias Neue Gedichte rilkianas (Leipzig,
1935) , que son Sappho anAlkaîos (pp. 12- 13) , paráfrasis del fr. 137 (cf. n. 288); Sappho anEranna
(p. 11) y, sobre todo, el estremecedor texto de Eranna an Sappho (p. 10) :
«Unruh will ich über dich bringen,
schwingen will ich dich, umrankter Stab.
Wi e das Sterben will ich dich durchdringen
und dich weitergeben wie das Grab
an das Alles: allen diesen Dingen.»
" · El poema Lesbos de BAUDELAIRE ( Oeuvres posthumes, París, 1908 25- 27) contiene una curiosa
amalgama de aciertos y errores. Es equivocado (cf. nn. 231-234) el considerar a Lesbos como
la «mère des j eux latins et des voluptés grecques», como la isla donde «les Phrynés l' une l'autre
s'attirent», es decir, como el paraíso del vicio que, convertido en tópico, ha venido rodando a
través de una larga escuela de decadentistas franceses con gran escándalo de los sabios alemanes,
como ALY («erst dem 16. Jhdt. blieb es vorbehalten, dem Namen Sappho den Klang zu geben,
den er i m Französischen hat und wohl leider behalten wird» en o. c. 2 3 7 7 ) y WILAMOWITZ, que
prevé pesimistamente (o. c. 17) que «man kann kaum erwarten, dass ' Safó' (sic) und ' Lesbos'
im Französischen den obscönen Nebensinn verlieren könnte». Esto llega hasta tal punto que,
cuando ALPHONSE DAUDET necesita un nombre «evocador» para una cortesana enfangada en
el pervertido ambiente del París vicioso, llama Sapho a la novela (de la que hemos leído que va
a hacerse una película cinematográfica, suponemos que horrenda) y emplea para su protagonista
«ce mot de Sapho qui à force de rouler les siècles s'est encrassé de légendes immondes sur sa
grâce première, et d ' un nom de déesse est devenu l' étiquette d' une maladie» (p. 6 7 de la ed. de
Paris, 1884) . Pero, volviendo a BAUDELAIRE, es un medio acierto el haber entrevisto el destino
trágico del amor sáfico, con su contrapartida de dolor que hace perdonable en cierto modo el
extravío. Es anacrónica explosión de «satanismo» el hablar de un amor que está más allá de las
leyes de lo justo y de lo injusto y que, por tanto, ninguno de los dioses está autorizado a con-
denar. Resulta muy bella la muda centinela del poeta en la roca de Léucade
«pour savoir si la mer est indulgente et bonne,
et parmi les sanglots dont le roc retentit,
un soir ramènera vers Lesbos, qui pardonne,
le cadavre adoré de Sapho. . . »
Es una novedad que los antiguos no habrían aprobado jamás el considerar la patética muerte
de Safo como un castigo por haberse dado a Faón «insultant le rite et le cuite inventé» (cf. n. 171).
Y, en fin, resulta bien por casualidad, aunque el autor se atenga a la más turbia interpretación
de Horacio (cf. nn. 247-248), la descripción de
«la mâle Sapho, 1' amante et le poète,
plus belle que Vénus par ses mornes pâleurs».
El tema de Safo parece haber obsesionado a BAUDELAIRE: en Oeuvres complètes de Ch. B. Juve-
nilia. Oeuvres posthumes. Reliquiae, 1, Paris, 1939, 1 9 - 2 0 , hay fragmentos de una tragedia Sapho,
al parecer escrita en 1845 y en colaboración con BANVILLE, DUPONT y ViTU, que, aunque haya
habido en ello alguna confusión, no tenía nada que ver con el drama Sapho de ARSÈNE HOUS-
SAYE publicado ( 1850) en una revista. Sobre la CONDESA DE NOAILLES, cf. n. 312.
" · BANVILLE (Choix de poésies, París, 1912, 134- 138) nos presenta (con dedicatoria, por cierto, a PHI -
LO XÈNE BUYER, autor de un drama en verso titulado Sapho y escrito en 1850) un bellísimo
poema en Erinna; bellísimo, sí, pero nada más. Aquel insuperable versificador, maestro en el
arte de embelesar con los brillantes colores, como fuegos artificiales, de sus rimas perfectas, hace
dirigir a Erina, «en qui revit. . . le grand coeur de Sappho», una especie de alocución o arenga
a las poetisas de Lesbos. Pero cuando volvemos a la realidad desde la hermosa cascada de sono-
ras frases, resulta que tras ellas no había nada más que una oscura y mal trabada serie de con-
ceptos poco inteligibles. Pero BANVILLE no nos engaña: «le rhythme est tout», dice Erina, y
tiene razón desde el punto de vista de este poeta para quien todo lo es la forma y nada el con-
S A F O
47
res: Federico Gottlieb Wel cker" ^ a quien con toda intención dedica
Wilamowitz el libro, y mucho antes, la casta, ingenua y algo pedante
Mme. Dacier^'*, que había proclamado entusiásticamente, en un arre-
tenido, otras alusiones a Safo tienen menos importancia, como el «grande Sappho, ma soeur»
(cf. n. 165) de p. 7 de Les Cariatides (Poésies compièies. Les Cariatides, etc., Paris, 1879, 6-8)
o el «grande Sappho, reine de Mitylène» de p. 20 de La voie lactée (ibid. 12-43). Cf. n. 169.
La Sapho de VERLAINE (Oeuvres complètes, I I , Paris, 1900, 225) es poema francamente flojo. La
bien conocida descripción inicial
(«Furieuse, les yeux caves et les seins roides,
Sapho, que la langueur de son désir irrite,
comme une louve court le long des grèves froides...»)
resulta, si se prescinde de las crudezas de expresión, casi lamartiniana y contiene más retórica
de la que para los demás quería aquel que exhortaba a retorcer el cuello a la elocuencia. El tema
general del canto («la pâle Selène qui venge les Amies» ante una Safo «oublieuse du Rite») ya
estaba en BAUDELAIRE (cf. n. 169). Y, en fin, ha sido un desacierto la situación de la obra en
la colección verlainiana, donde cierra, en el libro Parallèlement, una serie de cinco poesías do
alcoba horriblemente obscenas, es cierto, pero más sinceras, desde el punto de vista del «pauvre
Lélian», que estos versos mal encajados en un lugar que no les corresponde.
Les chansons de Bilitis traduites du grec pour la première fois, Paris, 1895, cuya dedicatoria presenta
cínicamente el libro («ce petit livre d' amour») como «dédié respectueusement aux jeunes filles
de la société future». Bilitis —di c e— era una panfilia que vivía en Mitilene y fué discipula de
Safo. Los cantos de Bilitis fueron encontrados grabados en la tumba de la panfilia descubierta
por un supuesto filólogo o arqueólogo alemán M. G. Hei m. La primera parte del libro se refiero
a Panfilia; la segunda (con aparición de una «Psappha» viril y dominante), a Mitilene; la ter-
cera, a Chipre. En cuanto a España, tenemos un perfecto espécimen de este tipo de literatura
francamente pornográfica en Safo inmortal. En plena naturaleza, novelucha de MIGUEL RIVAS
(Barcelona, 1930), cuya protagonista es una «nieta de Safo, de esa inmortal diablesa que al tra-
vés de los siglos aun deja y dejará eternamente sentir el influjo de su funesta perversidad» (p. 247),
y que nos hace reir a carcajadas cuando leemos una especie de disquisición seudohistórica (pp. 131-
132) en que se habla de Safo, y de Faón, y de una discipula de aquélla llamada (sic) «Rodopisa» (I).
Hay otra novela que sospechamos que es del mismo tipo, Nora o la bella Safo, de FABRICIO DEL
DONGO (Barcelona, 1906), pero no hemos podido llegar a localizarla. La novela de ALEXANDER
KRISLOV NO Man Sings, traducida al francés (París, 1956) con el título Sapho, poète de Lesbos,
trata los hechos con alguna mayor delicadeza, pero resulta también del género ridículo.
Reseña publicada en Gott. Gel. Anz. 1896, 623 y ss.
1'* WILAMOWITZ O. C. 63-78. La reseña merece ser leída, no sólo por lo mucho que en ella puede apren-
derse sobre Safo y el amor lesbio en general, sino también por la luz que arroja sobre el carácter
serio, honesto, caballeroso de este filólogo que se atreve a «herzhaft in den Kot zu fassen» cuando
se trata «um die Reinheit einer grossen Frau» (p. 63) y que protesta encolerizado (p. 73) con fra-
ses ante las que sonríe PAGE (O. c. 146 n. 1): «Und nun Sappho! Eine vornehme Frau, Gattin
und Mutter, die in ihrer Frauenwürde dem Bruder ein unpassendes Verhältnis zu einer Dirne
verweist (cf. nn. 259-264), die in ihrer Dichterwürde den ungebildeten Reichtum direct an-
greift (cf. n. 104)...» Y algo parecido dice el mismo WILAMOWITZ en p. 41 de las dedicadas a
Safo (40-43) en Die griechische Literatur des Altertums (Die Kultur der Gegenwart. Die griechische
und lateinische Literatur und Sprache, Leipzig, 1912' , 3-318): «Die Frau. . . ihr reines Haupt
erhebt, so hoch und so rein, dass die menschliche Gemeinheit nicht müde wird, mit ihrem Sch-
mutze danach zu werfen. Wi r sind es gewohnt, dass die Menschen verhöhnen, was sie nicht
verstehen». Pero, a pesar de todo, resulta un poco exagerado pensar que el gran filólogo se ha
dejado llevar por su pasión, como BICKEL (en p. 202 de Catulls Werbegedicht an Clodia und
Sapphos Phaonhlage im Hochzeitslied an Agaiiis, en Rhein. Mus. L X X X I X 1940. 194-215) y
PAGE (lib. c. 32 n. 2) insinúan, hasta el punto de omitir deliberadamente de su versión del fr. 31
(cf. n. 291) la traducción de v. 13 (xàS H ¡i' iSp<ùq "jiü/poc Izet según el texto de PAGE) porque
(EICKEL 1. c.) «von Schweiss und Schwitzen zu reden ist für die Wel t des ' Mädchenpensionates'
(cf. n. 186)... unangebracht». Cf. n. 224.
" » WELCKER Sappho von einem herrschenden Vorurtheil befreyt, Gotinga. 1816. A GOETHE (cf. RUEDI -
GER o. c. 105-109 y PERROTTA O. C. 29) no le gustó nada este intento de morahzación impulsado
por un afán caballeresco.
" * MME. DACIER Les poesies d'Anacreon et de Sapho, traduites de Grec en François, Paris, 1681. Cf. la
Srta. MALCOVATI Madame Dacier. Una gentildonna filologa del gran secolo, Florencia, 1953,
25-28 y nuestra res. de Est. Gl. I I 1953-1954. 153.
M . F . G A L I A N O
bato de solidaridad f e mi ní s t i c al a inocencia de aquella purísima e
ilustre mujer cuya reputación han intentado manchar en vano los envi­
diosos varones
Todo esto^'*, naturalmente, nos hace reír un poco. Porque además.
Cf. nn. 153 y 179.
«Je crois donc que ceux dont les vers auroient esté trouvez incomparables, si Sapho n' en eût jamais
fait, ne furent pas de ses amis, et que Γ envie a fait écrire les calomnies dont on a tâché de la
noircir» (o. c. 3 9 4 ) . Por cierto, que la helenista hubo de sufrir las ironías de PIERRE BAYLE, que
en su Dictionnaire historique et critique (n. D de p. 4 5 del art. Sappho recogido en pp. 4 4 ­ 4 8 del
vol. V, Amsterdam, 1 7 3 4 ' ) dice: «On ne sauroit blâmer la charité de Mademoiselle le Fevre. . . ,
qui a tâché pour Γ honneur de Sappho de rendre le fait incertain; mais je la crois trop raison­
nable pour se fâcher que nous en croiïjns nos propres yeux». Hasta aquí no va mal la cosa; pero
empezar a hablar en seguida de «amour de concupiscence» (ibid.) y de «tempérament... combus­
tible» (n. F de p. 46) es franca necedad.
Podemos citar muchísimas encendidas defensas de la poetisa: la obra de MUELLER (Historia de la
Literatura griega, tr. esp., Buenos Aires, 1946, 2 6 6 ­ 2 7 7 ) ; las coll. 2 3 7 7 ­ 2 3 7 8 de o. c. de ALY («ein
Mensch mit unreiner Phantasie hat einmal, im Widerspruch zu bekannten Tatsachen, von per­
verser Sexualität gefabelt»); la o. c. de ROBINSON, que dice a cada paso cosas como «the moral
purity of Sappho shines in its own light» (p. 43) y del cual PERROTTA (O. C. 3 0 n. 3) comenta con
humor algunas candidas manifestaciones, como la de que no es posible que haya sido mala per­
sona quien, además de escribir tan bien, se gozaba en las flores; la n. 8 de p. 4 1 8 de o. c. de SCHMID
(«über... all den Schmutz, nach dem. . . vergeblich geschnüffelt wurde, ist. . . kein Wort weiter
nötig»); los libros (auténtica bazofia filológica) de BASCOUL ( Ή αγνά Σαπφώ. La chaste Sappho
de Lesbos et le mouvement féministe à Athènes au IV^ siècle av. J.­C, Paris, 1911, y La chaste
Sappho de Lesbos et Siésichore... Les prétendues amies de Sappho, Paris, 1913) y JYM (Sappho
de Mitylène réhabilitée. Fragments authentiques de ses poèmes, Angers, 1937, que habla de una
«détestable légende» en p. 9 ) ; otros dos de calidad científica mucho más alta, los de VALGIMIGLI
(Saffo, en Poeti e filosofi di Grecia, Bari, 1951 · , 7­ 26) y ROMAGNOLI (I poeti lirici. II. Terpan­
dro, Alceo, Saffo, Bolonia, 1932, que dedica a Safo las pp. 1 7 5 ­ 3 2 5 , la defiende especialmente
en p. 1 7 9 y llega, creo yo, un poco lejos al calificar en p. 184 de «spiriti impuri» a los que
discrepan de él); varios trabajos españoles, como, hay que suponer, la conferencia de GONZÁ­
LEZ ANDRÉS dada en 1854 en el Liceo de Granada y titulada Reflexiones sobre las poesías
de Safo (cf. Sra. PARRA Historial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de
Madrid, Madrid, 1956, 236) , la Breve exposición histórica de la literatura griega (Madrid,
1866) del mismo autor (que trata de Safo en pp. 7 1 ­ 7 2 y dice en la última de ellas que «hay
razones para desechar toda nota desfavorable a su fama»), el artículo de GONZÁLEZ GARBÍN
llamado Las poetisas de Lesbos (publicado parece que por vez primera en Barcelona, 1879, según
se desprende de PARRA o. c. 2 4 1 ­ 2 4 2 , y recogido en pp. 1 6 9 ­ 1 9 9 de Estudios de literatura clásica,
Madrid, 1899, en cuya p. 181 se llama a Safo «una matrona excelsa y respetable» convertida
por «impostura indigna» en «seductora hetaira presa de la voluptuosidad y de erotismo impuro»)
y el art. c. del P. ERRANDONEA, quien adopta la actitud caritativa que era de esperar en su con­
dición sacerdotal; y, en fin, los libros de varias mujeres que, con gran espíritu de solidaridad,
se han movilizado en pro de Safo desde el punto de vista moral, como (recuérdese lo dicho de
Mme. DACIER) las Srtas. GIARTOSIO DE COURTEN (Saffo, Milán, 1921, de la cual cf. s. t. las pp. 3 0 ­
3 5 y 8 7 ­ 9 3 con el «noi crediamo alla sua innocenza» de p. 34) y LISI (Poetesse greche, Catania, 1933)
con su predecesor (o predecesora) L. GORSSE (O. C) , que protesta airadamente (p. V I ) contra la
«calomnie ourdie par la méchanceté et fomentée par l' amour propre; il semble qu' on ait cherché
à prouver que l' imperfection est le constant apanage d' un sexe qui cependant l' emporte sur
l' autre, dans les actions de la vie, par les qualités du coeur, et dans les ouvrages de l'esprit, par
une légèreté de composition inimitable». La Saffo de la Srta. MASSA POSITANO (Ñapóles, 1945)
es obra mucho más crítica y en que se observa mayor ponderación. En cuanto a REINACH (O. c ) ,
su posición resulta más bien favorable con restricciones (suele citarse su expresión certera de
p. 734, «ne fut ni une sainte ni surtout une prude»), pero, aun así, PUECH (en REINACH­ PQECH
Alcée. Sapho, Paris, 1937, 169 n. 1) invita, con respecto a la tesis del entonces ya difunto hele­
nista y de WILAMOWITZ, a «corriger ce qui se trouve sans doute. . . d' opt i mi sme un peu excessif
par le jugement plus froid, et si délicatement mesuré, d ' ALFRED CROISET». En efecto, CROISET
(Histoire de la littérature grecque, I I , Paris, 1 9 1 3 · , 2 3 3 ­ 2 5 1 ) se muestra muy sobrio y desapasiona­
do, situándose a mitad de camino (en p. 238) entre el optimismo de WELCKER (O. C.) y MUELLER
(o. c.) y el pesimismo de MURE (A Critical History of the Language and Litera uj­e of Antient Greece,
I I I , Londres, 1850, 279, que trata de Saio en pp. 2 7 2 ­ 3 2 6 ) y renunciando al intento de «déter­
48
S A F O
miner avec précision des limites que le langage même semble si souvent prendre à tâche de
confondre; amitié plus ou moins esthétique et sensuelle, amour plus ou moins platonique» (p. 2 4 2 ) .
En cambio, GEFFCKEN (que trata de Safo en Griechische Literaturgeschichte, I , Heidelberg, 1926,
87­ 91 y I . Anmerkungen, 1926, 9 2 ­ 9 6 con nn. 168­ 231) es más positivo (p. I 8 9 y I Anm. 9 4 η. 192) :
«es ist ein Gefühl des Schmachtens, dessen innere Glut in poetische Flammen ausschlägt, aber
trotz aller Liebessymptome nie auf perverse äussere Liebkosungen brennt». Terminaré apun­
tando que los defensores de Safo han recibido últimamente un considerable refuerzo con la
ed. c. de TREU: para él (p. 137) no hay enigma ni problema alguno, sino que todo está discutido
y sentenciado desde que WELCKER la liberó del antiguo «Vorurteil und Makel».
Cf., p. ej . , SCHMID (O. c . 418) y su opinión de que los grupos de Safo, Gorgo y Andrómeda son «Kult­
vereinen (θίασοι)» y de que Afrodita, tal vez con las Musas y Gracias, era la «Patronin der Schu­
le»; WILAMOWITZ Ο. c. (en η. 13) 73, con su Safo dueña de un «Musensitz» y autora de canciones
cultuales para los dioses; BOWRA lib. c. 188, en que dice «it was primarily an association of young
women under a leader who devoted themselves to the cult of the goddess» y aduce como para­
lelo el partenio de Alemán y como manifestaciones afines a la existencia de este θίασος, que
asi le llama él, los famosos καλλιστεία de Lesbos (cf. nn. 36 y 82) y de otros lugares; y sobre
todo SCHADEWALDT (lib. c. 12­ 13) , que habla también de «Thiasos» y saca a relucir los partenios
de Pindaro y Alemán (cf. η. 230) γ a. las poetisas Praxila y Telesila y textos de Teocrito y qué
sé yo cuántas cosas, y ALY (O. C. 2 3 7 7 ) , que da una pormenorizada descripción del «Thiasos»
con su Safo como «Priesterin» no ya de una, sino de varias diosas, etc. (cf. MERKELBACH O. C. 2­ 3
y últimamente todavía la Srta. LANATA en pp. 1 7 3 ­ 1 7 6 de La poetica dei lirici greci arcaici, en
Α Ν Τ Ι Δ Ω Ρ Ο Ν Hugoni Henrico Paoli oblatum, Genova, 1 9 5 6 , 1 6 8 ­ 1 8 2 ) .
Las inscripciones, aducidas por SCHMID (O. C. 4 1 8 n. 3) , son una de Éreso referente a un «die Mjänner
ausschliessender Frauenkult» y otra de Paros correspondiente a un «Frauenthiasos um Aphro­
dite Oistro». Ahora bien, ZUNTZ (en el apéndice de pp. 1 1 3 ­ 1 1 4 de o. c. llamado De Sapphus
amicarumque coetu adnotatiuncula) hace notar, con respecto a la primera, que feminis, non viris,
hac inscriptione interdici non sine admiratione cognoscimus, y que en la segunda no aparece nullus
meretricum thiasus, sed mulieres honestas quae ad templum restituendum pecuniam coHegerunt,
los argumentos generalmente empleados por estos acérrimos defenso­
res de Safo, que quitan de todas partes pasión amorosa para sustituirla
por limpia amistad o solicitud maternal y completan, mutilan, remien­
dan, zurcen y retuercen los asendereados textos con el más vehemente
celo moralizador, suelen, por regla general, caerse ellos solos, de puro
débiles, en cuanto se les aplica el menor sentido crítico.
Así, por ejemplo, en la ya antañona cuestión que antes planteé para
eludirla de momento, la que se refiere a la índole del grupo formado por
Safo y sus amigas, a las razones por las cuales acudieron éstas a Lesbos
desde tierras lejanas.
Suele decirse que el grupo sáfico es un tíaso, una especie de reunión
de mujeres encargada de tributar culto a determinada divinidad; en este
caso se trataría, claro está, de Afrodita i * " . Pero resulta que no hay en
la antigüedad ningún paralelo seguro con respecto a asociaciones feme­
ninas de tal género. Entonces, los que ven en Safo a la directora de un
tíaso se ponen a aducir unas inscripciones que parecen indicar la exis­
tencia de sociedades de este tipo, y precisamente, al parecer, en Éreso,
la patria chica de la poetisa. El hallazgo parece importante; pero mete
baza en el asunto un crítico desapasionado y demuestra que no hay tales
tíasos, sino únicamente mala lectura de inscripciones i " . ¡Vaya por Dios!
49
M . F . G A L I A N O
aparte de que este templo no era de Afrodita, sino de Ilitía. Se explica, pues, que ZUNTZ emplee
cauta y vagamente la palabra coeius después de censurar con razón la expresión desafortunada
de REINACH, que en o. c. 7 2 8 habla de «hétérie».
A mi, al menos (aunque no le haya ocurrido lo mismo a CHANTRAINE en n. 2 de p. 2 6 5 de la res. de
libb. ce. de LOBEL- PAGE y PAGE en Rev. Phil. X X X 1956, 2 6 2 - 2 6 7 ) , me convencen los argumentos
mediante los cuales llega PAGE (lib. c.) a conclusiones de este tipo: «we shall find nothing that
suggests, let alone enforces, the recognition of a priestess or the principal of an academy» (p. 111) ;
«epithalamian poems are very scantily represented in the fragments of Sappho; and if they
were much commoner, they would teach us nothing new—we should infer no more than we know
already, that Sappho wrote songs for presentation by herself or others at weddings; but this
would not prove, or even indicate, any formal relation of Sappho t o Aphrodite, or to Atthis
and Anactoria, or to the wedded pairs; we should still know nothing whatever about any aca-
demy or cuit-association» ( 112) ; «ali or almost all her poems were recited by herself informally
to her companions* ( 119) ; «there is no clear trace of ceremonial poetry» ( 126) ; etc. Y termina
categóricamente ( 139- 140) : «we have found, and shall find, no trace of any formal or official
or professional relationship between [Sappho and her companions]: no trace of Sappho the
priestess, Sappho the president of a cult-association, Sappho the principal of an academy; with
feigned solemnity we exorcise these melancholy modern ghosts». Verdaderamente, como ha hecho
notar LASSERRE (p. 4 6 9 de res. de libb. ce. de LOBEL- PAGE y PAGE en Ani. Class. X X I V 1955,
4 6 7 - 4 7 1 ) , «M. PAGE prend un visible plaisir à dégonfler les ballons les plus vigoureux de la cri-
tique moderne».
Cf. n. 38.
Cf. PAGE lib. c. 127: «One might have expected that the champions of the modern theory of Sappho' s
profession and character would make some use of this relic. If they should be inclined to do so
hereafter, let them reflect, first, that there is not a particle of evidence that Sappho herself t ook
part in the ceremony for which she composed this poem; secondly, that (to speak with discre-
tion and brevity) the less she has to do with a cult of Ishtar-Aphrodite, the better their cause
will be served» (cf. n. 130). Cautamente se expresa LESKY O. C. 1 3 9 .
El libro de LARNAC y SALMON (Sappho, Paris, 1934) es un puro disparate todo él, pero especialmente
los dos capítulos (pp. 17- 34) dedicados a narrar novelescamente la vi da de la sacerdotisa Safo
entre sus amigas y la conclusión final: «pour plaire à l' Aphrodite, la prêtresse érésienne devait
chanter l' amour, et non seulement le chanter mais le pratiquer. Si elle avait, avec ses compagnes,
des amours charnelles, ce n' en étaient pas moins des amours sacrées. Et voi l à comment Sappho
put se montrer sensuelle sans être libertine, à la faveur d' une antique religion naturaliste héritée
des temps minoens».
50
Pero, sin embargo, ahi están los epitalamios, que indudablemente
presentan a Safo como participante en ceremonias de tipo más o
menos cultual... Sí, sí, pero esas no son más que poesías compuestas
de encargo que en definitiva no sabemos si eran o no cantadas por el
grupo de sus amigas. Y las citas tan frecuentes de Afrodita, ¿no
indican una poesía de carácter religioso? No, no son más que invoca-
ciones perfectamente encajadas dentro del estilo formulario de la lírica
individual. ¿Y las alusiones mitológicas? Tampoco hay nada que las
identifique como fragmentos de himnos o de cantos ceremoniales
¿Y ese fragmento de carácter adónico de que antes se hablaba? ¡Ah,
ese sí que parece estar relacionado con el culto sirio de Astarté, pero
si lo tomamos como argumento en pro de una Safo directora de grupo
religioso, es decir, dignificada en sus relaciones con las muchachas, mala
elección ha sido la nuestra, pues lo que hacemos no es más que mez-
clarla en ritos de la más cruda y atroz lascivia! Y entonces irrumpen
en la polémica otros dos autores, dos franceses por cierto ¡Pues claro!
S A F O
La tesis de una Safo maestra o directora de academia femenina (que no le parece «so abwegig» a
MERKELBACH o. c. 4 n. 1) ha ido haciéndose cada vez más ridicula al cargarse, pasando de uno
a otro autor, con pedantescos y fantásticos pormenores. En realidad, no hay nada audaz en
sostener que, puesto que Safo tenia amigas y era más culta y mayor que ellas («Saffo, con la
sua forte personalità, era il centro del tiaso: è vano pensare ad altro», dice PERROTTA o. c. 32
n. 1), algún elemento más o menos pedagógico tuvo que haber en la relación entre unas y otras:
por lo menos, las muchachas escucharían alguna vez consejos dictados por la experiencia o instruc-
ciones sobre un tema que ella conocía tan bien como el arte de la composición poética. Incluso
las palabras de REINACH en o. c. 728 («on a comparé ees ruches féminines tantôt à des couvents
ou à des pensionnats, tantôt à des conservatoires de musique et de déclamation, tantôt même
à des salons littéraires ou à ces cercles esthétiques de dames que la mode a fait éclore depuis
quelques années d' un côté et de l' autre de la Manche. Il y avait évi demmentun peu de tout cela,
mais il y avait surtout l' étroite et tendre intimité de jeunes filles de bonne naissance entre elles
et avec leurs dirigeantes») no resultan del todo desentonadas en su buscada vaguedad, aunque
recaiga acto seguido ( p. 729) en la exageración al hablar de Safo como de la Mainte-
non de un Saint-Cyr mitilenense (cf. la alusión de ROMAGNOLI o. c. 182 a «una specie
di salotto»). Pero ya WI LAMOWI TZ O. C. (en n. 174) 41 habla de un «Mâdthenpensio-
nat», de «Schülerinnen» y de «Meisterin»; ROMAGNOLI (O. C. 181), de «accademie per signo-
rine»; y SCHMID (O. C. 421) llega al col mo presentando un «plan de estudios» compl eto y
una especie de Reglamento académico en que no falta ni lo que podríamos llamar la «asociación
de antiguas alumnas». Pero todavía complican más las cosas quienes, con ALY (O. C. 2377) a la
cabeza, comienzan a sacar a relucir a los pueblos primitivos; por ejemplo, SCHADEWALDT (l i b. c. 13-
14) con sus paralelos etnológicos del pueblo de los Nanzela de la Rodesia septentrional y de otras
tribus de Liberia. Ahora bien, en estos dos casos se trata no de una «formación cultural», como
es lógico, sino de una simple preparación para el matrimonio, con su «erotische Unterweisung»
y todo; pero tal vez no haya que irse a Africa a buscar instituciones de esta índole, pues de nues-
tras Canarias dice JIMÉNEZ SÁNCHEZ, en p. 29 de Silo colectivo prehispánico o Agadir de Valeren
(Cuesta de Silva), en Rev. Hist. X 1944, 24-31, que «Pedro Gómez Escudero, cronista de la Con-
quista de la Gran Canaria, nos habla de doncellas que. . . estaban recogidas en monasterios...
El historiador... Antonio de Viana habla de las ' harimáguadas' o jóvenes que, prometiendo
virginal pureza, vivían en grandes cuevas como en monasterios. El Padre Abreu Galindo refié-
renos del trato especial que recibían las elegidas para el matrimonio, trato o engorde que, en
opinión de los cronistas más antiguos, hacía a las jóvenes casaderas más aptas para concebir».
iHe aquí un pormenor alimenticio que echamos de menos en el grupo sáficol Pero, en fin, bro-
mas aparte, los filólogos están obsesionados con el tema de los epitalamios (cf. nn. 71-78) y
las odas supuestamente dedicadas a «ex alumnas» casadas ya o a punto de casarse o en trance
de hacerlo (cf. nn. 79, 83, 128 y 291), y así se explica que llegue a decirse, como BOWRA (lib.
c. 188), que «they prepared themselves for marriage, and their thoughts, instead of being turned
to the beauties of the unmarried state as they might be in a nunnery, were turned into emo-
tional, even passionate, channels. The goal of their lives was marriage, and when it came, Sappho
wrote their Wedding Songs for them and then severed her relations with them. But until this
came, they led a clustered life, cut off from male society, and their thoughts and emotions were
turned to each other and to Sappho». ¿No parece inverosímil esa especie de «convento prenup-
cial» que, por otra parte, resulta cosa morbosa, sofocante y, en definitiva, más obscena aún
que las más atrevidas hipótesis sobre el amor sáfico? Muy sensatamente, LESKY O. C. 138-139.
51
¡He aquí la manera de explicarlo todo! ¡Es que Safo al pecar carnal-
mente lo hacía por mandato de una diosa soberana, etc., etc.! Y los
defensores de la tesis moralizadora se tapan, escandalizados, los oídos
y se refugian en otra trinchera.
Lo que pasa —dicen— es que Safo es una especie de directora de
una pensión o educandato para señoritas de la buena sociedad: he aquí
la solución. Por eso acuden a Lesbos las muchachas: para prepararse
con vistas al matrimonio. Y por eso se marchan más tarde: para acu-
dir a las bodas una vez terminado ya el período de aprendizaje"».
Más aún, los que así opinan se creen autorizados a darnos una espe-
M . F . G A L I A N O
1 " PAGE lib. c. 111 n. 1.
PERROTTA O. C. 3 2 n. 1.
»8» No demuestra nada el dudoso ISeSÍSa^e del incierto fr. 62 D. (cf. n. éO).
190 WILAMOWITZ O. C. (en n. 13) 7 7 lia visto bien que en el paralelo ingeniosamente trazado por Máxi mo
el tirio ( XVI I I 9 c-k) entre Safo y Sócrates no hay sino semejanzas de ti po más bien externo:
«Die Aehnlichkeit liegt in dem Verkehre einer überlegenen Person mit unreifen Angehörigen
desselben Geschlechtes; weiter reicht sie nicht». Y algo parecido dice también MARTINAZZOLI
(o. c. 2 7 2 n. 140) . En realidad no nos ilustra excesivamente la comparación (d) entre Alcibiades,
Cármides y Fedro, por un lado, y Girino, etc., por otro (cí. n. 123): y el oponer a Sócrates
como avTÍTEXvoi a Pródico, Gorgias, Trasimaco y Protágoras situándolos en el mismo plano
que a Gorgo y Andrómeda con respecto a Safo (d) es una crasa equivocación. El parangón (d)
entre el fr. 155 y el principio del Ion (cf. nn. 110-111) sería un despropósito si el texto sáfico
tiene efectivamente el sentido admitido por nosotros y una banalidad si en uno y otro caso se
trata de simples frases de saludo (cf. PAGE lib. c. 135 n. 11) . Ni tampoco significan nada impor-
tante las alusiones {e) a la excesiva juventud en algún momento de Alcibiades y de Atis (cf. fr. 49
y n. 124) o al misero atuendo (/) de los sofistas y de la muchacha rústica (cf. fr. 57 y n. 103)
o a la consideración de Eros como sirviente de Afrodita en Banq. 2 0 3 c y fr. 159 (g) o como crotpiCTTrjí;
(h) en Banq. 2 0 3 d y ¡xueÓTcXoxo? en fr. 188. El que Safo haya llamado al amor àX^eatStopo? «rega-
lador de dolores» en fr. 172 y fXuxÚTtixpov (cf. n. 18) en fr. 130 no tiene nada que ver con las
manifestaciones de Diotima en el Banquete ( 2 0 3 e) acerca del amor que tan rápidamente florece
como se marchita [g]. Y son haladles [i-k) los paralelos entre el ir. 47 (cf. n. 19) y la ocasión
cíe de plan de estudios para este período preparatorio que, según no sé
qué paralelos de Rodesia o de Liberia, creen que debía de preceder al
matrimonio en Lesbos: Lengua y Literatura, con estudio particular de
los poetas; Mitología; Preceptiva Literaria; Rudimentos de Música y
Canto; Danzas y Coros; Urbanidad y Ceremonial; Educación Física,
con atención especial al cuidado del cuerpo y a la Cosmética; tal
vez Corte y Confección; y una preparación prematrimonial de carác-
ter general que, como dice Page con muy mala intención, no se ve
bien en qué podría consistir ¿Verdad que todo esto es ridículo
y le da la razón a Perrotta cuando comenta socarronamente que
los filólogos no están contentos si no meten en todas partes escue-
las y bancos?
Porque es que, además, lo único que se ve clarísimo en todo este
asunto es que en Safo no hay la menor frase, la menor palabra que denote
afán pedagógico o deseo de instruir en ningún sentido a sus amigas
Por eso a mí confieso que me dejan un poco frío esas elucubraciones
sobre el amor sáfico comparado con el amor socrático basadas en un
paralelo insulsísimo de Máximo el tirio. Que Jaeger admita el amor
sáfico como componente de la educación encaminada a una formación
mejor de las almas, es cosa que encaja perfectamente en su tesis y que,
por ello, se hace en este autor argumento disculpable y aun plausible;
pero la verdad —^y no sé si con esto me estaré acreditando de torpe o
ignorante— es que no veo claro nada de esta supuesta pai dei a sáfica ^^o.
Los pequeñísimos retazos de poesía aparentemente parenética admiten
52
S A F O
53
casi siempre otra interpretación^"; y de otra parte, ¿qué cuerpo de doc­
trina pedagógico podía haber en los versos exaltadamente individua­
listas de esta mujer que derriba los valores éticos más consagrados al
compararse a sí misma con Helena, la heroína sempiternamente vili­
en que Sócrates Ικβακχεύεται ΙπΙ Φαίδρφ Είπα τοΰ ?ρωτος ο entre la contrariedad del filósofo
ante el llanto de Jantipa en el Fedón ( 60 y la prohibición de los trenos y lamentos en el fr. 150
(cf. nn. áS, 201, 279, 283, 300 y 307). ¿Qué queda ahora de ese supuesto paralelismo? Nada
en absoluto. Y obsérvese que Máxi mo no se refiere en momento alguno a virtudes pedagógicas
de Safo, lo cual no ha obstado para que hable SCHMID (O. C. 418) , en relación con el texto del
tirio, de que «Erziehung durch Liebe, die im Lehrer durch die nach Griechenart als Symbol
seelischen Adels verstandene sinnliche Schönheit des Schülers ausgelöst wird, ist tatsächlich
beiden gemeinsam, und Sappho ist damit die Vorgängerin des Philosophen geworden», ni para
que, con su habitual ligereza, LICHT (Sexual Life in Ancient Greece, tr. ingl., Londres, 1 9 4 9 ' ,
326) aiirme que la relación entre Safo y Sócrates es innegable. Es como lo relativo a la ironía
socrática en la poetisa: el hecho de que Máxi mo diga que ella Ιλέγχει (¿dónde?) y ειρωνεύεται
como Sócrates (cf. n. 111), ha bastado para que SCHADEWALDT (art. c. 3 7 3 ) , seguido de la seño­
rita MASSA POSITANO (O. C. 4 7 ­ 4 8 ) , haya encontrado esa ironía en la especie de púdica reserva
con que procura la lesbia dejar hablar a los hechos por sí sin manifestar casi nunca sus senti­
mientos; pero ni veo claro hasta qué punto puede compararse esto con la ironía socrática ni
cabe duda de que Máximo no se refiere a ello, sino a habilidades desplegadas burlonamente en
el juego conversacional. Otra cosa distinta es el supuesto parentesco del amor sáfico con el
γνησίως παιδεραστεΤν de Platón. Podemos prescindir de Eliano Var. hist. XI I 19 (cf. n. 226),
que, citando de memoria el pasaje del Fedro que voy a mencionar, asegura (cf. PERROTTA O. C. 5
n. 2 y Srta. MASSA POSITANO O. C. 4­ 5) que Platón llama sabia a Safo, lo cual no es cierto; pero
sí lo es que el filósofo parece conceder gran importancia a la poetisa. Nadie ignora que Safo es
designada c omo «décima musa» (cf. nn. 23 y 152) en el dístico a él atribuido (Ant. Pal. I X 5 0 6 )
ni que en el Fedro ( 235 c) se pone a «la bella Safo» (cf. n. 268) j unto a Anacreonte como maes­
tros de amor, todo lo cual indica que el filósofo, que puso en labios de Diotima su magna expo­
sición erótica, ha encontrado también algo especial en los poemas amorosos de esta otra mujer:
p. ej . , como dice SCHADEWALDT (lib. c. 22) , «ein Urwissen um die Liebe». JAEGER (O. C. 152)
ha dicho que «el paralelo entre el Eros platónico y el Eros sáfico salta a la vista»; MARTINAZZOLI
(O. C. 2 7 2 ­ 2 8 5 ) ha escrito hermosas páginas sobre afinidades en los cosmos amorosos de ambos
autores e incluso sobre el «fenomeno lirico­morale» de Safo como presupuesto imprescindible
para la construcción espiritual platónica; y DEL GRANDE, en Hybris. Colpa e castigo nelV espres­
sione poetica e letteraria degli scrittori della Grecia antica (Da Omero a Cleante), Ñapóles, 1947,
nos ha hablado (pp. 4 1 ­ 4 2 ) de «relazioni spirituali», de la «pienezza della dedizione spirituale
reciproca» presidida por Afrodita Urania en cuya expresión sáfica hay «una favilla di quello
che sarà Γ insegnamento di Diotima a Socrate», de una interpretación ya platónica del amor
de Safo como «grado d' elevazione superiore». Bien, ' yo no dudo de nada de esto (cf. también
MERKELBACH O. C. 2 9 η. 3) ni discuto a JAEGER que la profundidad espiritual de la lirica sáfica,
no alcanzada hasta entonces, haya constituido un elemento importante en el proceso de for­
mación de las personalidades humanas; pero lo que afirmo es que, si así ha sido, si la poesía
sáfica ha alcanzado en cierto modo un nivel formativo en el sentido en que JAEGER lo entiende
y si el propio Platón ha sabido captar estos valores para incorporarlos a su propia doctrina del
Ιρως παιδαγωγικός, no ha habido en nada de ello una «voluntad pedagógica» por parte de la
poetisa, que jamás cantó con otras miras que el sim'ple desahogo estético­sentimental ni
desempeñó nunca, aunque nos lo quieran repetir en todos los tonos, el prosaico papel de l a
pedagoga de oficio. Cf. KI RKWOOD en p. 9 0 de res. de lib. c. de PAGE y otros (Cl. Journ. LI I
1956, 8 9 ­ 9 2 ) .
P. ej . , el fr. 50 (cf. n. 270) es más bien polémico y constituye una especie de «apología de la feal­
dad»; el 52 no es una exhortación, sino manifestación personal de limitación de aspiraciones
(cf. n. 304): sobre el 120 cf. n. 133: el 158 (admonición contra la ira) no lo conocemos más
(cf. n. 306) que por una paráfrasis (ή Σαπφώ παραιινεΤ σκιδναμένας εν στήθεσιν δργας πεφύλαχθαι
γλώσσαν μαψυλακαν) de Plutarco De cohib. ira 7; y asi, el único fragmento de contenido clara­
mente ético es el 148, critica de la riqueza sin virtud, que no puede ser del todo una justificación
de la propia pobreza (cf. nn. 104 y 276), porque luego se defiende, al modo pindàrico, la opu­
lencia virtuosa como un ideal:
Ò πλοδτος άνευ f άρέτας ο5κ άσίνης πάροικος
ά S' αμφοτέρων κρδσις f ευδαιμονίας Ιχει το άκρον t­
Fr. 16.
M . F . G A L I A N O
Hoy, conocidos nuevos restos de papiros en cuanto a este fragmento (cf. LOBEL­ PAGE O. C. 14), es
imposible ya (como había sostenido, sin manejar los textos recientes, HAMPE Paris oder Helenaì,
en Mus. Helv.Ylll 1951, 144­146) admitir (así, p. ej . , DIEHL o. c. 20­21) que el ávSpa de v. 7 es
Paris y no Menelao.
Nos llevaría muy lejos el hablar por menudo de esta famosa «Priamel» (cf. n. 128) a que han dedi­
cado páginas muy interesantes MARTINAZZOLI (o. c. 249­253 n. 98), SNELL (lib. c. 61­65), PER­
ROTTA­GENTILI (o. c. 125­132), SCHADEWALDT (lib. c. 123­126), FRAENKEL (pp. 249­252 de Dich­
tung und Philosophie des fYühen Griechentums, Nueva York, 1951, qne trata de Safo en pp. 230­
253) y, antes que ellos, BOWRA (lib. c. 203­208), que, por cierto, cita en paralelo atinado unos
versos de nuestro GI L VICENTE:
«Muy graciosa es la doncella,
Icómo es bella y hermosal
Digas tú, el marinero
que en las naves vi ví as,
si la nave o la vela
o la estrella es tan bella.
Digas tú, el caballero
que las armas vestías,
si el caballo o las armas
o la guerra es tan bella...»
(Poesías de G. V., ed. de D. ALONSO, Madrid, 1934, 13­14.)
No me acaba de convencer la objeción opuesta a la afirmación de FRAENKEL (o. c. 251­252) en p. 473
de la res. de GUNDERT (Gnomon X X V I I 1955, 465­483): «nicht der Mensch setzt das Mass des
Schönen, sondern die Göttin. Zeigt sich da nicht, wie wenig es das ' Nächste' dieser Dichtung
verträgt, mit dem späteren Massstab eines ' Absoluten' gemessen zu werden?» Pero, ¿no hay
en el fondo, tanto en Safo como en Protágoras, una afirmación de la personalidad que, arras­
trada o no por impulsos venidos de la divinidad o de otra parte, se rebela contra el canon para
imponerlo ella?
La cita es de ξ 228: άλλος γαρ τ' άλλοισιν άνήρ Ιττιτέρπεται εργοις.
Fr. 41 D. : άλλ' άλλος άλλωι καρδίην ίχίνεται.
54
pendiada por los poetas, que dejó al más noble de los maridos por
seguir a Paris estimando que no hay más módulo de belleza o bondad
absoluta que aquello de que está uno enamorado? Precisamente
lo que hay en estos versos, como Fraenkel ha visto, es un paso de gigante
en el camino de siglos que viene a desembocar en la tesis protagórica
sobre el Hombre como medida de todas las cosas Homero —des­
cubre sagazmente Snell— se limita a comprobar que a cada humano
le alegra una tarea distinta^**; Arquíloco, tímidamente todavía, señala
que cada cual encuentra en una cosa diferente el calor y la alegría de
su corazón'^*'. Hasta aquí no hay más que separación, clasificación de
valores, pero no se atiende a marcar escalas, gradaciones, preferencias
entre esta multiplicidad de cosas capaces de interesar o atraer al hom­
bre. Pues bien, frente a los módulos morales de la poesía gnómica, frente
a la creciente consideración de la arete como deseable objetivo, el pri­
mer grito sedicioso, ese «al diablo con todo lo preestablecido», es Safo,
precisamente Safo quien lo lanza. Luego vendrá la inscripción del Letoo
S A F O
1 " Publicado en p. ? 0 1 de BETHE Das archaische Délos und sein Letoon, en Hermes L XXI I 1937, 1 9 0 ­ 2 0 1 :
καλλιστον το δικαιάτατον, λώιστον δ' uyiatveiv,
πάντων ·ζ8ιστον οδ τις Ιραι το τυχεΐν.
I 2 5 5 ­ 2 5 6 : καλλιστον το δικαιότατον λώιστον δ' δγιαίνειν
πράγμα δέ τερπνότατον, τοδ τις Ιρδι, το τυχεΐν.
Cf., con respecto también al fr. 9 D . de Tirteo, DEL GRANDE Filologia minore, Milán, 1956, 6 5 ­ 6 9 .
««» Cf. nn. 125 y 133.
»»» Cf. nn. 43. 190, 279, 283, 300 y 307.
La distinción que establece el Suda (ed. c. 3 2 3 , 6­ 9) , considerando como έταιραι ... καΐ φίλαι a Atis
(cf. n. 123), Telesipa (cf. n. 40) y Mégara (cf. n. 107), añadiendo que por ellas cobró Safo mala
fama (cf. n. 143), y como μαΟήτριαι a Anágora (cf. n. 128), Góngula (cf. n. 93) y Eunica
(cf. n. 40), es un misterio para nosotros, y parece, por tanto, demasiado audaz el extraer de
ello deducciones, como THEANDER o. c. (en n. 40) 79, acerca de la mayor o menor edad de unas
u otras. El propio Suda llama εταίρα Σαπφούς καΐ όμόχρονος también a Erina; y esto, j unto
con el hecho observado por PERROTTA (o. c. 3 2 n. 1) de que las poetisas griegas imitadoras de
Safo (Erina, Nosis y Damófila, cf. n. 40) tuvieran, según los textos, cada una un grupo de ami­
gas, pero no de discípulas, hace sospechosa la expresión del léxico con respecto al último grupo.
En cuanto a la propia Safo, emplea el voc. ώ φίλαι en fr. 4 3 , 8; έταρας o εταίρας aparece en fr. 1 2 6 ,
y εταίραις en fr. 1 6 0 . Evidentemente, la traslación semántica sufrida posteriormente por esta
palabra habrá contribuido a dar matiz peyorativo a la leyenda sáfica (cf. DELLA CORTE O. C. 35) ,
aunque el carácter inocente del vocabl o en la poetisa queda demostrado por el fr. 1 4 2 , en que
se dice que Leto y Ní obe eran φίλαι ... εταιραι. En cuanto al párrafo siguiente de nuestro teixto,
nos parece un poco aventurada la afirmación de MERKELBACH (O. C. 5) : «Nun dichtete ein frühgrie­
chischer Lyriker fast niemals ein Gedicht ohne einen äusseren Anlass.»
de Délos y más tarde, casi con las mismas palabras, Teognis^»',
y tantos y tantos otros; pero Safo es quien por primera vez se atreve
a opinar que no es cierto que debamos aspirar o aspiremos a lo bueno
o a lo hermoso, sino que, al contrario, lo bueno o lo hermoso no lo
son en sí, sino precisamente porque no el hombre en general, sino
el individuo A o B lo prefieran en un caso o en otro. ¿Y esto se quiere
que haya sido el «motto» de una docta y morigerada academia para
señoritas?
Pero, lo que es más, ni aun tampoco en el sentido estrictamente
literario recibe confirmación alguna esta tesis de la academia o educan­
dato. Es cierto, sí, que, como ya dijimos, habla Safo, en relación con
su amiga Atis, de habilidades cantoras y de una extraordinaria sophía
que no puede ser, desde luego, más que cultura musical 2*" ' ; pero unas
alusiones tan breves e insignificantes no bastan, ni aunque se añada
el dato ya citado de la designación de la vivienda como «casa de las
Musas» ^"^j para permitir la hipótesis de una escuela literaria contra la
cual hablan no sólo la falta de otras poetisas que pudieran haber sido
sus discípulas, sino más tajantemente la ausencia de toda clase de
consejos o admoniciones estéticas en sus versos. ¿Qué importa, frente
a esto, que el léxico Suda, muchos siglos después, hable ya de «alumnas»
de Safo?
Y es que lo raro sería que nuestra genial lesbia hubiera dejado rastro
55
M . F . G A L I A N O
56
como maestra u orientadora de jóvenes escritoras; porque para ello
haría falta un concepto especial del arte poética, un espíritu de escuela,
una vocación de literato profesional que aquí faltan del todo. Safo —
esto creo que está claro como la luz— no escribe, recita o canta con
ningún fin determinado: ni para honrar a ninguna divinidad, ni para
enaltecer a ninguna figura mítica, ni para educar o instruir a supuestas
discípulas, ni aun siquiera para deleitar a auditorios que en definitiva
no sabemos si existieron como tales. Safo canta espontánea y libremente
para su propia satisfacción y consuelo, y sus versos son como desahogos
líricos de un alma sensitiva que se ha encerrado en el amor para hacer
de él la clave de todo su universo espiritual. Y la reunión con las
muchachas más jóvenes que ella no es un tíaso, ni una cofradía, ni
un pensionado, ni una academia, ni una escuela poética. En realidad
no sabemos lo que es: si se me apurara para que lo describiese, yo lo
definiría como una colección de amigas que se reúnen para oir versos
sáficos, tal vez para cantarlos, o quizá, todo lo más, para dedicar sus
actividades conjuntas a la interpretación en común de epitalamios com-
puestos por nuestra poetisa. Todo lo que sea pasar de estas modestas
afirmaciones es incurrir en grave peligro de error.
¡Ah! Pero hay otra cosa que tampoco es el grupo de Safo: pues si,
en efecto, deducimos que en torno a ella revoloteaba constantemente
una serie de muchachas, y no precisamente de vecinas o de amigas de
la misma Mitilene, ni aun de la propia Lesbos, sino que, como hemos
visto, solía ocurrir con frecuencia que las jóvenes hicieran largos viajes
con el solo objeto, al parecer, de reunirse con Safo; siendo así las cosas,
resulta absurdo, como ha visto muy bien Gallavotti 2»*, pensar que
tras de esos viajes o estancias de muchachas solteras en Lesbos pueda
no haber otra cosa que un burdel más o menos elegante. Esta es cosa,
no ya diré ofensiva, sino, lo que es peor, inverosímil y risible
Es decir, que no hay, a mi entender, motivos para considerar el
amor del círculo sáfico más que como algo adjetivo o secundario, si
GALLAVOTTI O. C. (en n. 127) 89, cuya tesis, inspirada por COMPARETTI (Saffo e Paone dinanzi
alla critica storica, en Poesia e pensiero del mondo antico. Ñapóles, 1944, 1- 38) da ciertamente
que pensar: se tratarla, si no he entendido mal, de un desajuste expresivo en virtud del cual,
a causa de no estar todavía entonces elaborado como hoy el lenguaje poético en materia amorosa,
se confunden sensualidad y sentimiento atribuyendo un matiz equívoco (para nosotros, claro
está) a afectos en sí purísimos.
2»* Resulta, pues, justificadísima la encendida protesta de REINACH (o. c. 734) contra la grosera equi-
vocación que hizo a DESCHANEL (Les courtisanes grecques, París, 1855) incluir a Safo en una
tan poco honrosa compañía. Cf. también CHAUSSARD O. C.
S A F O
Verdaderamente es éste tema poco agradable de tratar: ello explica los epítetos que frecuentemente
leemos aplicados a la «Sapphofrage», como el «incresciosa» de VALGIMIGLI (O. C. 9) y MARTINAZ­
ZOLI (o. c. 2 2 4 n. 31) o el que le dedica FERRARI (en p. 5 3 de Due note su αγνός, en 5/ . / / . FU.
Class. XVI I 1940, 3 3 ­ 5 3 ) : «Ι' aborrita ' Sapphofrage' , che si va sempre più allontanando dalla
nostra sensibilità moderna». COMPARETTI (O. C. 1) exigía incluso que la cuestión fuera tratada
«a ' porte chiuse'», y algo parecido viene a decir BURY (en p. 4 9 8 de Greek Literature from the
Eighth Century to the Persian Wars, cap. XI V, pp. 4 6 9 ­ 5 2 1 , de BURY, COOK y ADCOCK The Cam­
bridge Ancient History, IV, Cambridge, 1930, que trata de Safo en pp. 4 9 6 ­ 4 9 9 ) : «there are limits
beyond which it is as impertinent to inquire into the private lives of eminent people of the
past as of eminent people who are alive»; pero la Srta. MASSA POSITANO contesta graciosamente
al primero de ellos (o. c. 3 0 n. 1) que sí, pero que lo más cómodo es desde luego lo que tantos
hacen, «chiuder le porte senza trattarne». Nosotros hemos preferido un camino más espinoso
en el que podríamos hacer nuestras las palabras de KALINKA en col. 1 3 0 0 de la res. de o. c. de
la Srta. LISI (Philol. Wochenschr. L i l i 1933, 1299­ 1301) : «Auch mir ist Homosexualität wider­
lich; aber... darf man nicht unsern Massstab anlegen, darf nicht die Frage so stellen, ob einer
Sappho ein Laster wider die Natur zuzutrauen ist, sondern muss wie in allen geschichtlichen
Untersuchungen die zuverlässigsten Zeugen verhören und das sind vor allem ihre eigenen Ge­
dichte.»
así se quiere llamarlo, con respecto a ese fin primordial que no he sabido
definir con exactitud y que era lo que realmente reunía, no sólo en el
caso de Safo, sino también probablemente en los de Andrómeda y Gorgo,
estos círculos íntimos de mujeres lesbias.
Ahora bien, lo que solamente un necio o un obcecado podría ya igno­
rar o confundir con otra cosa es la existencia de sentimientos amorosos
entre las componentes del grupo: el lector, que acaba de presenciar un
breve desfile de escenas muy significativas, puede juzgar con plena
capacidad acerca de ello.
Aquí es cuando nos encontramos, al cabo de tantas vacilaciones
y rodeos, con el cogollo mismo, el peliagudo y áspero cogollo de la «Sap­
phofrage». Y aquí será también cuando más prudencia necesitaré yo
y más amplitud de espíritu quien me lea para que nadie pueda decir
que ha habido procacidad en el uno ni escándalo justificado en el otro
Se trata, en una palabra, de la cuestión, que tantas veces aparece
en los libros envuelta en más o menos púdicos velos dialécticos, de qué
es lo que fundamentalmente hubo en aquellas relaciones amorosas de
Safo con sus compañeras o de éstas entre sí: de si todo quedó en simple
juego sentimental, en mera caricia y halago inofensivo de amiga a amiga,
o si tenemos muestras de verdadera pasión carnal y, desde nuestro
punto de vista, pecaminosa entre ellas. Una cuestión muy difícil, no
sólo por su propia índole, sino por varios motivos evidentes para todo
el que haya repasado con atención los textos sáficos.
En primer lugar tenemos lo que dije al principio: la improbabilidad
de que aparezca jamás la solución definitiva en forma de cruda y des­
57
M . F . G A L I A N O
Cf. KRAFFT- EBING Psychopathia sexualis, tr. franc. París, 1931, 5 1 5 : «le sexe féminin, même en
matière d' homosexualité, est beaucoup plus réservé dans ses communications à des tierces
personnes».
Cf. KRAFFT- EBING O. C. 515- 516: «la femme, même homosexuelle, n' est pas sexuellement aussi
sensuelle; souvent 1' acte sexuel ne j oue pas un aussi grand rôle que chez 1' homme. C est pour-
quoi bien des femmes n' ont point conscience de leur homosexualité. . . chez bien des femmes,
les transitions du penchant sexuel au penchant non sexuel sont beaucoup plus faciles que chez
r homme. Les caresses entre femmes sont beaucoup plus fréquentes et on n' est pas en droit,
pour cette raison, de supposer une homosexualité». Cf. algo parecido en KI NSEY, POMEROY,
MARTIN y GEBHARD Conducta sexual de la mujer, tr. esp.,. Buenos Aires, 1954, 4 5 6 . Para SIMONE
DE . BEAUVOIR (Le deuxième sexe, I I , Paris, 1 9 4 9 ' , 173- 174) , «les amours sapphiques... apparais-
sent souvent chez l' adolescente comme un ' Ersatz' des relations hétérosexuelles qu' elle n' a
pas encore l' occasion ou l' audace de vi vre: c' est une étape, un apprentissage...»
PAGE O. c. 10.
=«' LAVAGNINI lib. c. (en n. 123) 171- 172. Cf. también nn. 225 y 265.
58
carnada confesión que el pudor suele negar, y más a una mujeríos. Pero,
además, es que en estos asuntos resulta muy difícil trazar fronteras
claras entre lo anímico y lo físico, entre el amor del espíritu y el de la
carne. Ya sería éste un problema grave, casi irresoluble, en un amor
normal, de hombre y mujer, o en la mayoría de los casos de homosexua-
lismo masculino; pero cuando se trata de la relación afectiva de dos
mujeres entre sí, no se sabe nunca a qué atenerse, como no ignoran los
especialistas en la materia, en cuanto a la proporción de idealismo o
materialismo que pueda darse en lo que generalmente es una mezcla
de una y otra cosa, una amalgama de inocente y sincera amistad, hiper-
bólico intercambio de requiebros verbales, efusiva sensualidad no siem-
pre malsana y cerebralismo erótico 2<" que constituye en su conjunto
un campo poco atractivo para quien, no siendo un confesor o un médico
experimentado, pretenda evitar el riesgo innegable que hay en el aqui-
latar o definir en tales materias. No tiene, pues, nada de extraño que
haya terminado Page ^"^ metiéndose en un verdadero berenjenal con
sus disquisiciones acerca de si hay o no una auténtica terminología
erótica en el uso alternativo de philótas, èros, pàthos o ímeros. ¿Pero
es que vamos a creer que la propia Safo era en cada caso capaz de
discriminar introspectivamente en busca de la palabra correspon-
diente al casillero del «deseo en general» o bien al del «deseo sexual»,
como dice Page con expresiones, por cierto, no muy adecuadas?
Ni tampoco convencen a nadie, aunque resulten conmovedores, los
equilibrios del bondadoso Lavagnini ^o» para hablar freudianamente de
inversión y de libido en relación con Safo, pero terminando, en amable
pirueta «per consolare i benpensanti», con la afirmación gratuita de que
la poetisa permaneció siempre «materialmente pura».
S A F O
De la tendencia femenina a los «accenti iperbolici» y a las «esagerazioni verbali» trata ROMAGNOLI
en pp. 182 y 183, respectivamente, de o. c. Tanto él (p. 183) como REINACH (Ο. C. 730) ponen
como ejemplo de este tipo las cartas de Mme. de SÉVIGNÉ a su hija Mme. de Grignan. El último
dice: «le sentiment maternel, logé dans une âme vive et primesautière, peut présenter... tous
les caractères d' une idolâtrie jalouse et parler sans fausse honte le langage coloré de la passion».
Fr. 126: δαύοις άποίλας έταρας Ιν στήθεσιν. SCHADEWALDT, con su cómoda tendencia a resolver
muchos problemas atribuyendo los fragmentos a los epitalamios (p. ej . , los frs. 49, 102, 1 2 1 ,
137 y 1 9 7 , sobre los cuales cf. nn. 37, 124, 216. 288 Y 309), hace desaparecer aquí la dificul­
tad suponiendo que la poetisa se dirige a un desposado (lib. c. 57) .
= Fr. 4 6 : Ιγω S' ΙπΙ μολθοίκαν
τύλαν κασπολέω f μέλεα
más unas palabras dudosas.
Fr. 4 8 : ήλθες, f καΐ t Ιπόησας, Ιγω Μ σ' Ιμαιόμαν,
δν δ' Ιψυξας εμαν φρένα καιομέναν π'όθωι.
Cf. η. 214.
Los vs. 2 1 ­ 2 3 del fr. 9 4 son quizás el texto más importante para nuestro enjuiciamiento del amor
sáfico, pero, como suele ocurrir, las lecturas del papiro no permiten deducciones seguras acerca
de un trozo en que —esto sí es cl aro— Safo habla, al despedirse de su amiga, de la vida que
han llevado mientras ésta permaneció en Lesbos (cf. η. 79). Ahora bien, es evidente [así lo reco­
noce, con un «leider», ALY O. C. 2 3 7 8 y lo mismo dice LAVAGNINI lib. c. (en n. 123) 177, agregando
que el descubrimiento le duele, porque «i filologi sono anche un poco poeti, e, come poeti, idea­
listi»] que el pasaje no confirma la tesis optimista sobre la índole del amor sáfico, y fué un gran
resbalón de REINACH (O. C. 732) el apoyarse precisamente en estos versos para dar voz a una
briosa defensa de la poetisa: «Je n' aperçois pas même une tresse de cheveux dénouée, pas même
une coupe de vin vieux vidée ensemble. Des fleurs et encore des fleurs, des parfums et encore
des parfums, enfin quelques douces larmes: c' est à quoi se réduit la bacchanale des prétendues
Ménades de Lesbos. Pour trouver une souillure dans cette poésie, il faut commencer par Γ y met­
tre.» También FERRARI (O. c. 53) utiliza el fragmento, «ove son rappresentate con appassionata
delicatezza le secrete gioie del suo tiaso», nada menos que para negar en redondo la existencia
de una cuestión sáfica. Pero la reacción de los críticos en general es muy distinta. PERROTTA­
GENTILI (o. c. 153) aducen (en una edición, es cierto, de tipo escolar) que «si legge troppo poco»;
otros intentan defender lo indefendible, como WILAMOWITZ O. C. (en n. 13) 4 9 ­ 5 0 [«auf weichem
Polster... hast du das Bedürfnis (der Ruhe) gestillt»], EDMONDS O. C. 4 3 3 («theréférenceis doubt­
Ahora bien, no vayamos tampoco nosotros a dejarnos caer por la
vertiente opuesta ni a sobrestimar los datos, escasísimos y no siempre
textualmente incontrovertibles, que nos dan los textos. Realmente, lo
que se ha visto a través de mi breve excursión por la lírica sáfica no
permitirá a nadie, creo yo, adoptar una actitud demasiado condena­
toria en el aspecto amoroso. ¿Qué hemos encontrado allí? Suspiros,
lágrimas, pueriles arrebatos; sonrisas, mimos, cariñosas frases; celillos,
querellas, desdenes: nada grave, en una palabra, nada que no le resulte
mil veces familiar a cualquier maestra o encargada de un internado
femenino para adolescentes
Pero es que —se nos alega— en un fragmento se habla de dormir
apoyada en el pecho de una compañera 2 " ; en otro, de extender los
miembros sobre blandos cojines ^i ^; y otra vez, de alguien que, al acudir
a una cita, ha refrescado un alma ardiente de nostalgia ^ i ' ; y al final
de la oda del adiós se dice que la amiga anónima solía en tiempos «satis­
facer su deseo» (y aquí, largas disertaciones sobre el modo de una tal
satisfacción a cargo de los más graves y eminentes críticos) " *; y luego.
59
Μ . F . G A L I A N O
60
ahí está aquel fragmento que se citaba antes, el de las recriminaciones
a la golondrina mañanera 5^ o ese otro en que pide Safo a los dioses
una noche dos veces más larga que las ordinarias " β . ¿Y el famoso frag­
mento de las Pléyades? ^ i ' ¿Y el ­phaínetaí mot kénos, esa maravillosa
descripción de síntomas eróticos enraizados en la más auténtica y ator­
mentada carnalidad?
Mas lo que sí sería un verdadero mazazo, un golpe de ariete formi­
dable que vendría a derribar con estrépito los andamiajes de todo nues­
tro concepto moral acerca de Safo, es una sola palabra, la palabra ólisbos,"
que aparece en uno de los papiros publicados hace apenas cinco años^^*.
less to eating and drinking») y, un poco ridiculamente, THEANDER O. C. (en η. 87) 62: virgini
mi a se discedenti in memoriam revocai Sappho, primo quam familiariter illa aliis quibusdam
virginibus alienigenis usa sit simul cum ea domi poetriae versantibus, quantum deinde illis domum
profectis dolorem perceperit; quem turn dolorem ita lenitum esse et sedatum, ut Sappho benevola
virgini tectum parari iuberet molliter stratum, cui incubans placidum carpens somnum requiesceret.
Y otros, en fin, admiten la posibilidad de un amor menos puro, comò ZUNTZ (O. C. 87­90), que se
indigna un poco contra los citados intentos (pudet singula recensere quae philologi sibi finxerunt
ut Sapphus de se ipsa testimonia ad suas ipsorum de finibus malorum bonorumque opiniones deri­
gerent vel potius inflecterent), SCHUBART (O. C. 315­316) y, sobre todo. PAGE (lib. c. 75 y 79­80),
que presenta un texto
καΐ στρώμν[αν έ]πΙ μολθα'καν
άττβίλαν πα. [ ] . . . ων
Ιξίης π6θο[ν ]. νί8ων
(añadiendo que el tentador suplemento νε]ανί8ων es imposible) y deja bien sentado que στρωμνί}
no es un sofá, ni un cojin, sino un verdadero lecho (y, claro está, el argumento de VALGIMIGLI
o. c. 9­10 acerca de que «i letti servivano ad assai più usi che presso noi» es discutible en extremo);
que Ιξίης πόθον a duras penas puede ser otra cosa que expellebas desiderium (ya ZUNTZ tra­
ducía explebas desiderium): que el πόθος (cf. frs. 22, 48, 74 y 102 con nn. 9, 37, 91 y 213) no
puede ser deseo de comida ni de bebida, y que, a juzgar por paralelos como Ω 227 (γόου Ιξ Ιρον
ειην) ο Α 469 (πόσιος καΐ Ιδητύος Ιζ Ιρον Ιντο) y, más claramente aún, Teognis I 1063­1064
(Iv 8' ήβηι παρα μέν ξυν όμήλικι παννυχον εί18ειν
ίμερτών Ιργων Ιξ Ιρον Ιέμενον),
este πόθος solamente se expele de una manera, y no precisamente durmiendo («by indulging it»,
dice PAGE).
Cf. n. 97.
^" Aqui si es posible, con respecto al fr. 197 (Σαπφώ ... ouSàv Ικώλυσεν εΰξασθαι νύκτα aùr­g γενέσθαι
διπλασίαν) transmitido indirectamente por Libanio / Or. XI I 99), que tenga razón SCHADEWALDT
(lib. c. 57) en su tendencia (cf. n. 211) a recabar fragmentos para los epitalamios: el verso desearla
a los desposados la concepción de prole abundante y robusta, lo mismo que Alcmena engendró
a un Heracles τριέσπερος (cf. Lue. Sueño 17). El problema está en el αυτ^. MARTINAZZOLI (O. C. 235
n. 62) cita un curioso pasaje epigramático (Ant. Pal. V 282, 5­6) donde se añoran «noches cime­
rias» para un amante. Cf. n. 130.
» ' Cf. nn. 310­312.
Cf. nn. 289­293.
Sobre el δλισβος (el «godemiché» francés o «self­satisfier» inglés), cf. n. 234 y LICHT (O. C. 314­315);
KROLL (coli. 2101­2102 del art. Lesbische Liebe de Real­Enc. XI I 1925, 2100­2102); KOERTE
art. Olisbos ibid. XVI I 1937, 2480­2482) y, en general, KRAFFT­ EBING (O. C. 437 y 516) y HA­
VELOCK ELXIS Estudios de psicologia sexual, III, tr. esp., Madrid, 1913, 119­120 (reseña histó­
rica que se remonta al s. xi i ) y 124­125 (relatos de Zanzibar y de la India). Los testimonios
antiguos son suficientemente claros: Aristófanes Lisistr. 108­110, donde se une la ausencia de
los varones movilizados a la imposibilidad de importar mercancías de Mileto
(Ιξ οδ γαρ ήμδς προύδοσαν Μιλήσιοι,
ουκ εΐ8ον ου8' δλισβον οκτωδακτυλον,
ος ήν áv ήμΤν σκυτίνη 'πικουρία);
S A F O
id. fr. 320, 13 K. (inclusión entre los componentes de un tocador); id. (atribución dudosa) n." 44,
vs. 13­16, de PAGE Select Papyri. III. Literary Papyri. Poetry, Londres, 1950, 222­225
(κα[ί μ]ήν λέγεται γ' ώς Ισθ' [ό'μοιον πρσθίωι
άλη[θ]ινώι κ[αΙ τ]ουτο.—νή Δ[ ί ' , ώγαθή,
ώσπερ [σ]ελτίνη γ' ήλίωι" τήν μ[Εν χρόαν
ΐδεΤν ομοιόν Ιστι, θάλπει 8' οδ[8αμώς);
Gratino fr. 316 Κ. (parodia de un oráculo); id. fr. 344 Κ. (lugar dudoso y conjetural); vasos áticos
descritos por KOERTE (O. C. 2481); el famoso mi mo VI de Heredas, donde (v. 19) se le llama
βαυβών; Luciano Amor. 28 (άγε vüv, ώ νεώτερε χρόνε καΐ τών ξένων ηδονών νομοθέτα, καινάς ο8ο6ς
άρρενος τρυφής Ιπινογ^σας χαρισαι τήν Γσην Ιξουσίαν καΐ γυναιξίν, άλλήλαις όμιλείτωσαν ώς άνδρες'
ασελγών δέ οργάνων ύποζυγωσαμεναι τέχνασμα, άσπόρων τεραστιον αίνιγμα, κοιμάσθωσαν γυνή μετά
γυναικός ώς άνήρ); id. Dial, meretr. V 3 (εχω ... τι αντί τοΰ ανδρείου, dice Megila a Leena; cf. η. 233);
sch. a Aristóf. Ltsistr. 1. c. recogido en el Suda, ed. c. I l i 1933, 518, 19­23, s. v. δλισβος (αίδοϊον
δερμάτινον, φ Ιχρώντο αΙ Μιλήσιαι γυναίκες, ώς τριβάδες καΐ αισχρουργοί' Ιχρώντο 8έ αυτοΤς καΐ αί
χήραι γυναίκες); Séneca Controv. I 2, 23 (Hybreas, inquit, cum diceret controuersiam de ilio qui
tríbadas deprehendit et occidit, describere coepit mariti adfectum, in quo non deberet exigi inhonesta
inquisitio: Ιγώ 8' εσκόπησα πρότερον τον άνδρα, ει Ιγγεγένηταί τ'ι ί| προσέρραπται). ΕΙ hecho de
que en la comedia de Aristófanes se hable de Mileto ha motivado que en el fr. papiráceo editado
por PAGE (cf. supra) se hayan introducido (ya antes de él) mujeres milesias en una laguna, y
también que Pucci oNi (Herodae mimiambi, Florencia, 1950, 114­115) considere que se desarro­
lla en dicha ciudad la acción del mi mo VI , pero nada de ello es base suficiente para adjudicar
a la industriosa población el monopolio de un tal comercio. La mayor parte de los testimonios
no pasan de indicar un uso personal y privadísimo (cf. KI NSEY O. C. 147 de donde se deduce
decadencia actual de la práctica), salvo los dos pasajes de Luciano y el de Séneca (cf. KRAFFT­
EB: NG O. C. 437 y KI NSEY o. c. 448) indicativos de un primer procedimiento que alternaba con
el citado por Marcial I 90 y VI I 67 (sobre cuyas exageraciones, productoras de fábulas eróti­
cas, cf. HAVELOCK ELLIS O. C. I I I 154­155, KRAFFT­ EBING O. C. 437 y KROLL O. C. 2102) y con
el φοινικίζειν (cf. n. 231), que es el mal llamado «safismo» por HAVELOCK ELLIS ibid. En cuanto
al fr. de Safo, es el 99, cuyo texto ofrece según LOBEL­ PAGE (O. C. 82), en el lugar en cuestión,
ολισβ. δοκοις περκαθ .... ενος (1. 5). Añade PAGE O. C. (en n. 15) 144 n. 1 que «it is practically
certain that ολισβ­ is what was written*; que «λεσβ­ was certainly not written»; y, en fin, que
hay una posibilidad de que el fr. sea de Alceo, pero remotísima. Posteriormente, nos ha tran­
quilizado bastante a quienes queremos creer en una Safo menos chabacana la tesis de SNELL
(Der Anfang eines aolischen Gedichts, en Hermes L X X X I 1953, 118­119), que ve en la mayor
parte del fragmento en cuestión una obra más bien de Alceo, y más aún la de MERKELBACH
f p. 91 de Literarische Texte unter Ausschluss der chrisilichen, en Arch. Papyrusf. XVI 1956, 82­
129), que, basado en una observación métrica del propio SNELL (pp. 288­290 de Zu den Fragmen­
ten der griechischen Lyrikrr, en Philologus XCVI 1944, 282­292), considera desaparecido el prin­
cipal moti vo para la atribución a Safo. De no ser esto seguro, el problema filológico y ético
sería grave, y no adelantaríamos nada con suponer infundadamente (como CHANTRAINE en
p. 266 de o. c.) que «il y a quelque humour» en la nota de PAGE. Cf. nota final.
Cf. PAGE O. C. (en n. 15) 144 n. 1.
Cf. n. 114.
En cambio, al otro pasaje (fr. 213) aducido como importante por PAGE O. C. (en n. 15) 144 n. 1 no
61
Afortunadamente, la lección es dudosa: una vez más, ese geniecillo
maligno que parece presidir el destino de la Papirologia ha logrado dejar
en suspenso una cuestión importante (en este caso, nada menos que la
de la integridad moral de una mujer) y hacer que la solución dependa
de los desvaídos vestigios de tinta que según las luces o las horas pueden
fingir una e o una i apenas visibles sobre el fondo rugoso y moreno del
papiro. Y si la lección se confirmara, nos quedaría aún el recurso, última
trinchera de suponer que la autora no hace aquí más que criticar las
perversas prácticas de su enemiga la Polianáctida, cuyo nombre es posi­
ble que esté en lugar no lejano ^^i; pero ¡cómo nos dolería encontrar
tanta rudeza, tanta grosería en la cantora de las flores y del amor!
M . F . G A L I A N O
le doy demasiada trascendencia: el hecho de que a Arqueanasa (cf. n. 113 sobre los Arqueanác­
tidas y n. 127), Plistódica (cf. n. 127) y Góngula (cf. nn. 41 y 93) se las designe, en cada caso,
como σύνδυγος o σύνζυξ de Gorgo (cf. nn. 96 y 100) no quiere decir gran cosa, y el mismo
PAGE cita acepciones totalmente ¡nocentes de la palabra.
SCHUBART O. C. 316. Ya PERROTTA (O. C. 31) habia dicho lo mismo con respecto a Safo y Alceo
(cf. Pi ERAcci oNi en pp. 70­71 de o. c. en n. 23), y MAMELI LATTANZI (p. 5 de res, de o. c. de
PERROTTA en Mondo Cl. VI 1936, 3­5) coincidía en ello; confieso —t al vez sea yo muy torpe—
que no puedo entender por qué estas manifestaciones son tan acerbamente criticadas por NEN­
cí oNi (o. c. 48­49), pues PERROTTA no ha dicho que este revolverse de la conciencia filológica
ante la hipótesis de' una Safo petadora no sea explicable, sino que no es equitativo, y creo que
tiene razón.
Cf. n. 174.
Cf. n. 209.
Hablando de componendas (cf. PUECH en REINACH­ PUECH O. C. 170 n. 2), el primer ingenioso zur­
cidor de datos incómodos fué (cf. WILAMOWITZ p. 24 de o. c. en n. 13) el filólogo antiguo, para
nosotros hoy desconocido, que, aprovechando la circunstancia de que no está claro si Safo era
de Éreso o de Mitilene, introdujo la distinción entre dos Safos que se refleja en Ninfodoro (cf. W I ­
LAMOWITZ ibid. 22 n. 2) o Ninfis ap. Ateneo XI I I 596 e (Safo hetera de Éreso, homónima de la
poetisa y amante de Faón; pero para leer esto hay que modificar el texto con KAI BEL enmen­
dando el ilegible ή Ιξ Έρέσου SI τής εταίρας Σαπφώ en ή Ιξ ' Ερέσου Ss της <ποιητρίας όμώνυμος>
εταίρα Σαπφώ; cf. η. 316), Eliano Var. hist. XI I 19 (una Safo escritora, hija de Escamandrónimo
y llamada sabia por Platón, y otra lesbia Safo hetera, no poetisa; cf. nn. 190 y 245) y el Suda,
que tras hablar (ed. c. IV 322, 33­323, 11) de una Safo lírica de Éreso, dedica otro articulo
(ibid. 12­14) a la Safo ψαλτρ ια de Mitilene, suicida por amor de Faón y a la que algunos atribuyen
las poesías, y cita también (s. v. Φαων, ed. c. IV 698, 18­21) a una Safo no poetisa, lesbia, que se
despeñó por amor. En cuanto a la «patria chica» de Safo, nos hacen inclinarnos más por Éreso
el que la poetisa hable parece que despectivamente de un mitilenense en fr. 98 y el testimonio
de Dioscórides con su την ' Βρέσφ Μοΰσαν εν Αίολίδι en Ant. Pal. VI I 407, 4, todo lo cual
debe pesar más que el POxy. XV 1800 (το μέν γένος] ήν Αε[σβία, πόλεως δε Μιτ]υλήνης en
Is. 3­4; cf. η. 143), las alusiones a Mitilene de Heród. (II 135), Tulio Láureas (Ant. Pal. VI I 17, 2),
Nosis (ibid. VI I 718, 1) y Damocárides (Ant. Plan. 310, 2) y la propia suscripción del poema
de Dioscórides εις Σαπφώ τήν Μιτυληναίαν, porque lo verosímil es que la ciudad grande haya
usurpado la gloria de la pequeña: cf. WILAMOWITZ O. C. (en n. 13) 22­23, ALY (O. C. 2361) y SCHMID
(o. c. 417 n. 4). Pero no hay que desdeñar la posibilidad de que la poetisa, nacida en Éreso, se
haya trasladado a Mitilene (cf. TREU ed. c. 143).
Dejemos, en fin, este tema con unas breves palabras finales. Es
realmente injusto —dice Schubart — que nos encarnicemos de este
modo en la disección moral y física de la persona de Safo mientras, en
cambio, pasamos silenciosa y púdicamente la hoja dejando gozar tran­
quilamente de su «Knabenliebe» a Platón y a Teognis (y yo agregaría
a Alceo, íbico, Anacreonte, Pindaro, y al menos otra docena de nom­
bres más si tuviera tiempo para ello). Pues bien, de eso no tenemos la
culpa ni usted ni yo, mi querido maestro, ni tampoco, en general, los...
llamémosles detractores de Safo, que casi siempre suelen pasar como
sobre ascuas por estos lugares tan resbaladizos como desagradables.
Al contrario, son más bien los indomables campeones de la virtud y los
equilibristas de la componenda, los Wilamowitz y ¡ Qg Lavagnini ^2^,
quienes han provocado la discusión y, con ella, estos crueles análisis
sobre el espíritu y la carne viva de Safo^^».
Y es que hay aquí una curiosa peculiaridad de este ente psicológico
que es el varón. En el fondo, si nos importa un rábano lo que hicieran
62
S A F O
63
Platón, Teognis, Miguel Ángel, Shakespeare o Rimbaud mientras que,
en cambio, sentimos un íntimo desasosiego ante la idea de una Safo
homosexual, la culpa la tiene esta nuestra vanidad varonil que lleva-
mos como sello indeleble. Lo cual se manifiesta especialmente, donjua-
nescamente, en el campo erótico; y así, es curioso leer, en esos dos reso-
nantes libros de Kinsey que hoy recorren el mundo, lo muy rebelde
que generalmente se muestra el varón a admitir que pueda haber casos,
como los hay con frecuencia, en que el sexo opuesto se basta a sí mismo
en el ascetismo o la frigidez, la inocente amistad femenina o el homo-
sexualismo declarado 2^' . Es, pues, nuestro subconsciente despecho ante
este mundo ajeno u hostil a nosotros lo que a los varones nos conduce,
en ciertos casos, a retorcer o negar la evidencia, y si no, por lo menos
a ahondar indebidamente en un tema tal que «peor es meneallo».
Con esto puedo ya abandonar, aunque sea sin haber llegado a solu-
ciones definitivas, la espinosa cuestión de lo que pudiéramos llamar
calidad o modalidades del amor sáfico para pasar a consideraciones de
otro género que me permitan encuadrar mejor mi tema dentro de la
evolución histórica del amor. En otras palabras, no se trata ya de cómo
fuera aquella pasión, del mayor o menor grado de pureza de sus efusio-
nes o manifestaciones, sino de por qué es precisamente este tipo de amor,
el homosexual, el que se manifiesta en las poesías de Safo: cuestión que
se descompone a su vez en otras dos. Es decir, se plantean aquí dos pre-
guntas cuya solución no es tan difícil como en el caso anterior lo era:
la de cuáles son las condiciones históricas o sociológicas que han per-
mitido presentar en público y sin escándalo unos textos y posiblemente
unas actividades que en nuestros días habrían llevado a la autora y al
grupo de amigas suyas al Juzgado de guardia o, en el mejor de los casos,
al desprecio y rechifla más generales que quepa imaginar; y en segundo
lugar, otra cuestión más personal, la de si había en ella algo que la pre-
dispusiera, entre tantos y tantos miles de mujeres sexualmente norma-
les, a ser ella precisamente la más genuina representante y el más sonoro
portavoz de este tipo de amores.
Con respecto a la primera pregunta, cualquiera se estará dando cuenta
de que el problema rebasa los límites del caso de Safo y aun del amor
Cf., como uno entre tantos ejemplos, la frase, en KI NSEY, POMEROY y MARTIN (Conducta sexual
del varón, tr. esp., México, 1949) que empieza por «el hombre cree que su pareja femenina...»
(p. 116) ; o bien, en o. c. (en n. 207) de KI NSEY y otros, las alusiones a la vanidad masculina
(p. 147) o a las quejas de ciertos varones (p. 6 5 9 ) .
M . F , G A L I A N O
lèsbico considerado en sí. Se trata, en esencia, de una propensión al
amor homosexual fomentada por el modo de vida que trajeron consigo
las nuevas condiciones históricas después de aquella ruina de las monar-
quías de tipo patriarcal a que en un principio me refería: el modo de
vida que, al sustituir como unidad social la familia tradicional por la
cofradía religiosa, el «club» político, la tertulia para hombres solos, el
gimnasio, la palestra o el pelotón de adiestramiento premilitar, separó
rígidamente a los sexos, como ha indicado de modo magistral Gaetano
de Sanctis, en la edad precisa en que viene a surgir en los adolescentes
ese instinto irrefrenable que llamamos amor. Con ello, al quedar re-
ducida la mujer a la modesta y oscura posición de ama de casa e ins-
trumento de la propagación de la especie en un amor convertido en
mero instinto animal sin pasión ni intimidad, sin contenido intelectual
ni afectivo de ninguna clase, era forzoso que la vena sentimental que
cada hombre medianamente cultivado lleva en sí encontrase desahogo
y escape en el único círculo en que podía prosperar con cierto éxito la
delicada flor del amor más o menos espiritual. Y así, el varón dotado
de la más mínima elevación moral se iba a buscar entre el grupo de sus
amigos lo que la inculta y ruda compañera de su hogar no podía darle,
y a esto se le llamaba amistad, y con frecuencia era eso, amistad, pero
otras veces... ¿quién le pone puertas al campo?
Y además vino a caerse en una especie de férreo círculo vicioso. El
hombre intelectualmente bien dotado se aferraba a sus compañeros en
la angustia de su soledad psíquica, y si la suerte o el acierto se le mos-
traban favorables, encontraba, en efecto, perfeccionamiento cultural en
el trato de personas educadas; y con ello, cerrándose más el círculo, la
literatura, la música, el noble arte de la conversación iban cada vez exclu-
yendo más de su seno a la mujer, y ello hasta el punto de que puede
afirmarse sin temor a errar que en casi toda la lírica primitiva —^recuér-
dense los grandes nombres masculinos que antes cité— el amor por
excelencia, lo que hoy llamamos amor para distinguirlo del simple y
rutinario perpetuarse biológicamente, es, sin necesidad de explicaciones
previas ni de distingos o excusas de ninguna clase, el amor homosexual,
la relación erótica más o menos pura entre el erastés y su pai di ká.
Cf. SCHMID (O. C. 4 2 2 - 4 2 3 ) , ZIELINSKI {O. C. 3- 5) , JAEGER (O. C. 153) , D E SANCTIS (O. C. 348- 349) ,
PucciONi (pp. 8 5 - 8 7 de La poesia di Saffo, en Antiquitas I I - V 1947- 1950, 8 4 - 1 1 1 ) y FRAENKEL
(o. c. 2 3 7 ) .
64
S A F O
" » Cf. GARZYA Alcmane. I frammenti. Ñapóles, 1954, 9 ­ 7 6 (fr. 1).
" » Frs. 9 4 a —1 0 4 d Sn. Cf., sobre los partenios, a. 180.
Cf. El. Dionis. 8 7 , 1 Schw. (λεσβίσαΐ' το αίσχρώς μολΟναι το στόμα· Λεσβίοι γάρ διεβάλλοντο) y Hesiq.
s. V. λεσβιαζειν (προς ávSpa στοματεύειν Λεσβιαδας γάρ τάς λαικαστρίας Ιλεγον), clarísimos tex­
tos citados por KROLL (O. C.) con otros de Aristófanes (Avisp. 1345) , Galeno ( X I I 2 4 9 K. ) y
Luciano (Pseudol. 28) , de los cuales los dos últimos distinguen esta acción del φοινικίζειν
(cf. n. 219). Todos estos pormenores son ignorados por LICHT (o. c. 3 1 6 ­ 3 1 8 ) . Cf. n. 169.
Anacreonte, fr. 5 D. (cf. nn. 286 y 294 y nota final):
ή δ' — Ιστιν γάρ άπ' εΰκτίτοχ)
Λέσβου — τήν μεν Ιμήν κόμην,
λευκή γάρ, καταμέμφεται,
προς δ' άλλην τινά χάσκει.
ΕΙ sentido está claro. Anacreonte empieza como si fuera a desarrollar el tópico de que la mu­
chacha le desdeña por otro más j oven, pero luego se divierte sorprendiendo al lector con la noti­
cia de que a quien prefiere la lesbia es a otra: cf. PAGE O. C. (en u. 15) 143. No faltan, sin em­
bargo, interpretaciones «moralizadoras»: άλλην se referiría a otra cabellera menos canosa (así,
con dudas, PERROTTA­GENTILI o. c. 2 3 4 ­ 2 3 5 y, ya como cosa segura, COLONNA O. C. 176­ 177) .
Con respecto a la lesbia Megila (un caso de lo que llama «viraginidad» KRAFFT­ EBING O. C. 520)
se dice en Dial, meretr. V 2: τοιαύτας γάρ Iv Λέσβφ λέγουσι γυναίκας αρρενωπούς, οπο άνδρων
μεν οδκ Ιθελούσας αδτο πάσχειν, γυναιξί δέ αδτάς πλησιάζουσας ώσπερ άνδρας (cf. η. 219).
Εη cuanto a la concepción general de Lesbos como patria de los amores ilícitos, no convence
Ahora bien, si en el resto de Grecia ocurría todo esto en relación
con los varones, nada de extraño tiene que en Lesbos, cuyas mujeres,
como dije al principio, llegaron a adquirir una cierta personalidad social
y cultural por razones ligadas tal vez a la existencia posible de viejos
factores matriarcales, no se haya circunscrito solamente al sexo mascu­
lino, como en otros lugares, esa cristalización de las formas de vida aris­
tocráticas en asociaciones colectivas con sus secuelas en el orden senti­
mental, sino que, como lo muestran los tan citados ejemplos de Safo
y sus dos rivales, el fenómeno se extendió allí también al mundo de las
muchachas solteras. Lo cual tampoco era una absoluta novedad, como
observará quien recuerde el famoso partenio de Alemanas» o los menos
conocidos de Pindaro como bellas muestras de las actividades juve­
niles del sexo femenino en Esparta y Tebas respectivamente; el genio
poético de Safo es lo que ha dado relieve y trascendencia enormes al
caso concreto de su isla natal.
Pero, entendámonos bien, que no sirvan estos párrafos míos para
extender el error, ya demasiado divulgado por desgracia, que ve en
Lesbos la cuna o el foco máximo de la perversión sexual a la que hoy
en general se da el nombre de lesbismo. Nadie, en efecto, duda ya, al
menos entre los buenos conocedores de la Antigüedad, de que lesbidzein
o leshízein era otra cosa muy distinta ^ai; bien es verdad que Anacreonte
habla precisamente de una lesbia en el lugar que luego citaré y que
también Luciano atribuye la misma patria a una tribade de sus diálo­
gos meretricios pero esto no demuestra nada sino que ya desde muy
65
M . F . G A L I A N O
mucho la idea de DEL GRANDE (O. C. 40) , según el cual Fanocles (fr. 1 Pow. ) citaba ya Lesbos
como lugar de arribada de la cabeza de Orfeo precisamente por haber sido el amor homosexual,
según la leyenda por el alejandrino adoptada, la causa de la muerte del héroe.
Sobre la mala fama prontamente adquirida por Safo, cf. especialmente n. 143. Sobre la atribución
de este vicio a las samias también, cf. KROLL (O. C) , que menciona Ant. Pal. V 2 0 6 y Plut.
Quaest. gr. 5 4 . Sobre la ausencia de testimonios vasculares, frente a lo citado en n. 219, y la
no existencia de la tribadería como tópi co en la comedia, cí. KROLL (o. c.) y WILAMOWITZ o. c.
(en n. 13) 7 2 - 7 3 , que dan también, con otros pormenores, información sobre «términos técni-
cos»: éTatptoTpioe (Plat. Banq. 191 e y Lue. Dial, meretr. V 2) , Tpiptí? (muy frecuente), tribas
(Marc. V I I 6 7 y 70) , frictrix (Tertul. De pali. 4 y De resurr. carn. 16) , subigitatrix (Plaut. Pers. 227) .
Cf. nn. 79-134.
2' · Cf. PAGE O. C. (en n. 15) 3 - 1 8 sobre fr. 1, para el que DEL GRANDE (o. c. 4 1 ) propone una inter-
pretación muy distinta: precisamente el hecho de que se invoque a Afrodita, que, como diosa,
de la fecundidad, no patrocinaba amores homosexuales, es señal evidente de que no habia i m-
pureza alguna en los afanes eróticos de Safo. Cf. nota final.
2 " Cf. nn. 84-86.
!3» PJ. hipotéticamente interpretado, pues el texto no dice sino á? SéXeT' i5¡inei;. Cf. también n. 2 6 9 .
66
pronto, como indica el primero de estos casos, empezó la leyenda popu-
lar a cebarse en Safo como resultado de una interpretación torpe y cha-
bacana de sus versos 2^*.
En cuanto a la segunda de las cuestiones que antes me planteaba,
todo el que haya seguido atentamente nuestra revista de fragmentos
habrá observado, si reflexiona sobre ello, que, como vulgarmente se
diría, «hay algo que no marcha bien» en el juego de afectos y pasiones
entre Safo y sus amigas. ¿A qué se debe, en primer lugar, ese continuo
cambio de preferencias, ese incesante desfile de favoritas que se mul-
tiplicaría seguramente por diez si conociéramos la totalidad de las poe-
sías sáficas?
Denys Page, apartándose por una vez de la lúcida sagacidad que
generalmente caracteriza a su ya desde ahora fundamental libro, expone,
en relación con el fragmento transmitido por Dionisio 2**, una teoría
que desde ahora creo que debemos rechazar. Se trataba' de la bella oda
en que se dirige la poetisa a Afrodita para solicitar su mediación en el
logro de los favores de una beldad esquiva. Ahora bien, el error de Page
consiste, a mi entender, en considerar que puede aplicarse a las últimas
palabras de la diosa esta versión parafrástica: «¿Por qué me llamas una
y otra vez? ¿De quién se trata ahora. Safo? ¡Ha ocurrido ya esto con
tanta frecuencia, y el fin fué siempre el mismo! Hoy eres tú quien ama
y ella la que se resiste: mañana será ella quien persiga, tú quien huya.
Tan inconstante es tu pasión, tan pasajero tu sufrimiento.» ¿Habre-
mos, pues, de ver una especie de veleta amorosa, una caprichosa coqueta
en Safo, precisamente en Safo que al parecer dejó dicho por escrito^**
que ella no variaría nunca de humor mientras no lo hicieran sus amigas?
S A F O
23» SNELL lib. c. 7 2 - 7 4 .
2 " FRAENKEL O. C. 2 4 0 - 2 4 1 : «in gleitender Rede tritt alles nacheinander in denselben, einzigen Vor-
dergrund. Es fehlt auch die Tiefendimension der Intensität; sie ist durch massierte Quantität
ersetzt. Die Göttin fragt und verheisst nicht ' dringend' und ' nachdrücklich' , sondern sie fiagt
und verheisst vielmals immer wieder das gleiche. Sappho ihrerseits richtet an Aphrodite nicht
zum ersten Mal eine solche Bitte; wieder und wieder muss die Göttin ihr helfen in gleicher Not».
'^^^ Fr. 7 9 Garz. (cf. n. 229). Nos parece, en cambi o, fundamentalmente errada la tesis de MERKEL-
BACH (p. 6 de o. c. en n 22), para quien no habría en el adverbio connotación de coquetería,
sino de un rutinario y casi profesional relevo de muchachas al irse casando las sucesivas «edu-
candas».
2 " Frs. 5, 17, 26, 4 5 y 7 9 D.
2 " Fr. 6 7 a D. (cf. nuestra o. c. en n. 2, pp. 19 y 5 1 ) .
Fr. 51 (cf. nn. 18. 269 y 312).
Atribuyen al padre el nombre de Escamandrónimo cinco fuentes muy diversas: Heród. I I 135;
Eliano Var. hist. XI I 19 (cf. n. 226): un sch. a Plat. Fedro 2 3 5 c (cf. n. 190): el POxy. XV
1800 (cf. u. 143), que por otra parte admite la posibilidad de que se llamara Escamandro (Is. 5- 7) ;
y el Suda (cf. nn. 40 y 226), que da a elegir nada menos que entre los ocho nombres de Simón,
Eumeno, Eerigío (Eurigio en el epigrama de Scholia velera in Pindari carmina, ed. DRACHMANN,
I, Leipzig, 1913, 10- 11) , Ecrito, Semo, Camón, Etarco y Escamandrónimo, de los cuales (cf. ALY
o. c. 2360) el tercero se debe a una confusión con el hermano (cf. n. 255), mientras que Ká^wv
será una corrupción textual de 2xávtcov, forma abreviada (recogida como un artículo del léxico
en IV 3 7 2 , 12) que puede haber dado origen por otra corruptela a Sí(i&)v. Que el padre (no los
padres, como dice PAGE en n. 3 de p. 132 de o. c. en n. 15) mui i ó cuando tenía Safo seis años,
lo dice Ovid. Heroid. XV 6 1 - 6 2 (cf. n. 139). En una inscripción de la isla de Halene, de la Pro-
póntide, puede leerse (cf. WILAMOWITZ Nordionische Steine, Berlín, 1909, 63- 64) Sxa]ijiavSp«)-
v[uiio? ... |iaxó]¡iEvos Ss áTtéOav[s, de lo cual se ha deducido (cf. BOWRA lib. c. 186 n. 5, DELLA
CORTE O. C. 5 5 - 5 6 y, más escéptico, PAGE ibid.) que este guerrero muerto en combate pudo ser
el padre de Safo caído en las luchas por la posesión de los estrechos (cf. n. 14).
67
Mi opinión franca es que no; y menos todavia si se reconoce en la pala-
bra deúte, «otra vez», como han hecho Snell y Fraenkel no ya
una simple alusión cronológica en relación con algo así como un catá-
logo de conquistas a lo D. Juan Tenorio, sino, como en Alemán y
Anacreonte 2*2, la expresión típica de la lírica arcaica para indicar, sus-
tituyendo volúmenes de intensidad por acumulación de superficies lo
mismo que los pintores primitivos, un repetirse incesantemente, como
en los latidos de un corazón, de situaciones y estados anímicos que, por
su misma reiteración y superposición, son ya una especie de ley vital,
aquel «ritmo que gobierna a los hombres» de que habló Arquíloco
No, Safo no es una veleidosa coqueta; y si sus asuntos sentimentales
no van bien, si no encuentra acomodo estable en ninguna postura, si el
fin de las aventuras es siempre la defección de la amada en la forma
que más pueda herir a la amante, probablemente lo que hay en el fondo
de todo ello es un estado especial de desequilibrio e insatisfacción espi-
rituales, una inquietud del que no sabe lo que quiere claramente expre-
sada para nosotros en un breve fragmento 2**, un no encontrar paz el
espíritu tarado quizá desde la niñez por complejos torturantes.
Vamos a fijamos, ante todo, en la vida familiar. Muere el padre, tal
vez en combate, cuando tenía la hija seis años^*^. La madre debió de
M . F . G A L I A N O
2 " El nombre Κλείς de la madre de Safo, de la que habría tomado el suyo la nieta, aparece en el Suda
y en el epigrama citado en n. 245; el primer verso del difícil fr. 98 lo contendría también si
fuera cierta la conjetura de S n e l l & γαρ με γέννα[τ' Ιφα Κλέις.' pero lo que sí parece es que
alU se recoge un dicho.de la madre de Safo (cf. nn. 29. 40. 116. 128. 274. 279­280 y 284).
^" Ep. I 19, 2 8 : temperai Archilochi musam pede mascula Sappho (cf. η. 137).
" « Cf., p. ej . , n. 169.
2»» Porfirión da, j unto a la explicación peyorativa (cf. η. 143). otra versión hermenéutica: quia in
poetico studio est. in quo saepius mares; y Wi l a mo wi t z o. c. (en η. 13) 17 η. 1, que aprueba esta
interpretación, añade que mascula es mares aequiperans (la mascula libido de Epod. V 4 1 , apunta
A l y o. c. 2 3 6 8 , sería cosa muy diferente). P e r r o t t a (o. c. 11) atribuye a las palabras de Horacio
un sentido más técnico: «Saffo sarebbe detta pede mascula, perchè avrebbe tolto da Archiloco
ritmi tutt' altro che femminili. (Orazio intende certamente. . . che Alceo e Saffo hanno tolto dai
giambi e dai trochei di Archiloco gli elementi che costituiscono la strofa alcaica e saffica)».
Ya Ausonio VI 21 decía
et de nimboso saltum Leucade miratur
mascula Lesbiacis Sappho peritura sagittis
(«nel senso ben diverso di ' coraggiosa di fronte alla morte' , dice P e r r o t t a o. c. 11 de quien
tomo la cita), y algo parecido (desgraciadamente el texto no está claro) se hallaría en Estacio
Silv. V 3, 154­ 155:
actusque egressa uirilis
non formidata temeraria Leucade Sappho
(ed. Phi l l i mo r e ) . Por esta vez casi coincido con Li c h t o. c. 3 2 0 .
»> Cf., p. ej . , η. 79.
" « Cf., p. ej . , n. 133.
2 " Cf. F r e u d (Obras completas, tr. esp., I 1948, 1 0 2 0 , con respecto al caso de que se hablará en η. 265) :
«La muchacha había pasado en sus años infantiles y sin accidente alguno singular por el pro­
ceso normal del complej o de Edipo femenino, comenzando luego a sustituir al padre poi uno
de sus hermanos, poco menor que ella.» Ibid. 1021: «La esbelta figura, la severa belleza y el duro
carácter de aquella señora recordaban a la sujeto la personalidad de su hermano mayor.» W e i g a l l
(Sappho de Lesbos, tr. fr., París, 1951, 277) ha sugerido, como origen de la cólera de Safo contra
su hermano, una «jalousie sororale»; y, por lo que toca a la situación de «madre de familia» en
que debió de quedar la poetisa huérfana, cf. T r e u ed. c. 144: «Vater­ und Freundesstelle hat
Sappho dem Bruder gegenüber vertreten.»
sobrevivirle algunos más, puesto que Safo recuerda palabras suyas en
el fragmento de la mitra lidia, mas no muchos probablemente 2*«. No
podemos, pues, asegurar nada, pero no sería raro que la poetisa hubiera
quedado encargada de tres hermanos menores cuya educación tuvo
por fuerza que dar rasgos viriles, de jefe de familia, a su mundo
de complejos psíquicos. Mascula Sappho la.llamó Horacio^*', y otra
vez voy a ponerme en el término medio al no ver en este adjetivo ni la
obscena alusión en que se cree generalmente ni tampoco la referen­
cia a la capacidad para codearse en poesía con los hombres que hay en
otras interpretaciones 2* « , sino quizás un epíteto distintivo de aquella
fuerza de ánimo poco usual en las mujeres la misma que le iba a
permitir hacer de tripas corazón en las tristes despedidas y comen­
tar en tonos aparentemente frivolos sus más atroces desengañóse^*.
Que en esas condiciones concibiera un gran cariño por sus hermanos
menores, es cosa bien explicable; que junto a esto se haya desarrollado,
según la más pura ortodoxia freudiana 2^^, una subconsciente transfe­
68
S A F O
" * FREUD 1. e n . 1: «No veo, en la introducción del término ' compl ej o de Electra' , progreso ni ventaj a
alguna que aconsejen su adopción.» Cf. también p. 4 0 de El complejo de Edipo y cuatro romances,
de J. CANO (Santander, 1956) .
« " Cf. POxy. XV 1 8 0 0 (11. 8 y 13­ 14) . Los otros dos eran Χάραξος (ibid. 8­ 13) , sobre el cual cí. nn. 269­
264, y ' Ερίγυιος (según 1. 8 del papiro oxirrinquita) o Εδρύγιος según el Suda (cf. n. 245).
·" POxy. XV 1800, 13­ 14: τον 8έ Λα'ριχον <ν έ ο ν > δντα μάλλον ήγππησεν.
» ' Ateneo Χ 4 2 5 α (fr. 203). Cf. η. 272.
Sch. Y 2 3 4 . No merecen el menor crédito las fantasías de WEI GALL (O. C. 197­ 198) sobre una carta
de Safo a Lárico con moti vo de unas reconvenciones de éste por la mala conducta de su hermana
mayor, pues todo se basa en una fantástica restitución dada por EDMONDS (O. C. 2 0 4 ­ 2 0 5 )
al fr. 3.
" · Las fuentes para este episodio, bastante abundantes, son: frs. 5, tal vez 7, 15, 202 y posiblemente
209; Heród. II 135; Estrab. XVI I 8 0 8 ; Ateneo XI I I 5 9 6 b­c, con un epigrama de Posidipo; el
POxy. XV 1800, 9­ 13; Ovid. Heroid. XV 6 3 ­ 6 8 y 1 1 7 ­ 1 2 0 (cf. n. 139); el App. Prov. I V 5 1 ; y
el Suda (y también Focio) s. v. ·Ρο8ώπι8ος ανάθημα (ed. c. I V 2 9 7 , 2 6 ­ 3 0 ) .
Los frs. 15 y quizá 7 citan a Dórica, nombre que también aparece como único en Ateneo, Posidipo
y el papiro (10­11). Heródoto y el App. Prov. hablan sólo de Rodopi s, y Estrabón y los lexicó­
grafos recogen la dualidad, pero advirtiendo que Safo emplea Δωρίχα. O bien hay una confu­
sión por parte de Heródoto, o bien, como apuntan agudamente BOWRA (lib. c. 229) y PAGE O. C.
(en n. 15) 4 9 n. 1, en ' Ρο8ώπις hay un «love­name», un «suitable nickname» que, naturalmente.
Safo se abstendría de utilizar.
69
rencia al ámbito fraternal del complejo de Electra (expresión que, por
cierto, no le gustaba a Freud) esto queda cada cual en libertad de
creerlo o no en virtud de sus opiniones o prejuicios en torno a la vali­
dez de los credos psicoanalíticos. Yo no voy a hacer aquí más que dar,
como antes, hechos escuetos.
Safo tuvo un hermano, el menor de todos, Lárico al que prefería
sobre los demás; así, al menos, parece desprenderse de la afirmación
del biógrafo de Oxirrinco y de otra noticia según la cual se jactaba
la poetisa de que su hermano había sido elegido como coperò del pri­
taneo de Mitilene cosa que generalmente se reservaba a los mance­
bos no sólo pertenecientes a familias nobles, sino también dotados de
aquella grácil hermosura que era de esperar en un émulo de Ganime­
des " ^ Lárico era, pues, como las niñas de los ojos para su hermana
primogénita.
Pero había también otro hermano mayor, que fué causa de gran­
des penas para Safo ¿Qué se creerá que hizo? Pues nada menos que
lo siguiente: irse a Egipto con miras a la importación de vino de Lesbos
en aquel país; enamorarse allí como un colegial de una bellísima cor­
tesana tracia, Dórica, a la que Heródoto llama Rodopis^*"; ponerse en
relaciones con ella y arruinarse libertándola de la esclavitud a costa
de mucho dinero, probablemente todo lo ganado en la empresa. Hubo,
entonces, gran indignación por parte de Safo; intercambio quizá de
agrias y destempladas cartas; un viaje del ausente con rumbo a casa,
momento que aprovechó ella para escribir un propémptico en que se
M . F . G A L I A N O
Frs. 5 (Κύπρι καΐ] Νηρηίδες κτλ.) y 15 ( b) 9­ 12.
Dice Heródoto que Safo πολλά κατεκερτόμησέ μιν, y PAGB Ο. C. (en η. 15) 5 0 anota con razón
que estas mordaces censuras no pueden corresponder a los frs. 5 y 15, pues el historiador las
sitúa después de la llegada del hermano. Al estado de cosas subsiguiente a ellas correspondería
lo descrito por Ovidio en vs. 6 7 ­ 6 8
(me quoque, quod monui bene multa fideliler, odit,
hoc mihi libertas, hoc pia lingua dedit)
y 1 1 7 ­ 1 1 8
(gaudet et e nostro crescit maerore Charaxus
f rater...).
Cf. n. 13a. El hecho de que Posidipo, en el epigrama citado en η. 259, haya dicho que las pági­
nas de Safo harán inmortal el nombre de Dórica, sin ninguna alusión a criticas ni ataques, ha
hecho pensar a PERROTTA (O. C. 5 1 ­ 5 2 ) que hubo un momento en que Safo aprobaba todavía
el amor de su hermano, o tal vez, de acuerdo con el fr. (cf. η. 133) en que dice la poetisa no ser
rencorosa, se produj o alguna reconciliación tardía: es posible, pero no probable (cf. η. 306).
En este sentido se distinguió ya (o. c. 3 9 1 ­ 3 9 3 ) Mme. DACIER (cf. Srta. MALCOVATI O. C. 26) , a la
cual han seguido, entre otros (tomo algunos datos de pp. 5 0 ­ 5 1 de PAGE O. C. en n. 15), WI LA­
MOWITZ (cf. η. 174), SMYTH (p. 2 5 2 de Greek M clic Poets. Londres, 1900, que dedica a Safo
pp. 2 4 ­ 3 6 y 2 2 6 ­ 2 5 3 : «Sappho' s sensitiveness to the voice of public reproach occasioned by her
brother' s ill­fame is morally inconceivable had she herself not been innocent of the turpitude
with which she was charged by the Athenian writers of comedy»), REINACH (O. C. 725) , BOWRA
(lib. c. 229: «true to her aristocratic upbringing, Sappho disapproved strongly of Charaxus'
quixotic action towards a woman who was outside her own society, and there could be no better
evidence for Sappho' s own high standards of conduct*) y TREU ed. c. 148. El argumento es ab­
surdo («triti ed inconcludenti» ha llamado a éste y a otros NENCIONI Ο. C. 4 5 η. 2) , de modo que
la refutación ha sido facilísima: así MURE (o. c. 2 9 7 ­ 2 9 8 : «were the brother of a modern lady
of noble birth and high fashion to select as his paramour a beautiful prostitute of the lowest
order; were he to provide her with a handsome establishment, parade her in public, and waste
the family estate in ministering to her follies and vices, his sister would hardly be precluded
from her right to lampoon him in verse... by the consciousness that her own reputation was
not immaculate»), CROISET con mucha gracia (o. c. II 2 3 9 η. 2: «il ne faut. . . pas. . . affirmer...
que les attaques de Sappho contre son frère Charaxos et la courtisane Rhodopi s prouvent Γ austé­
rité de sa vie; car Ninon elle­même, si elle avait eu un frère qui se fût ruiné pour une Rhodopi s,
était femme à lui faire la leçon»). BURY (O. C. 4 9 9 : «it is a little amusing to see this incident nai­
vely used by some admirers of Sappho as an argument for her blameless life, as if either in ancient
or in modern times the indignation of a well­born lady at the publicity and scandal caused by
a brother' s liaison with a notorious courtesan would prove that her own life was impeccable»), etc.
Da un poco que pensar la circunstancia de que tres de los testimonios citados en n. 259 coincidan en
poner de relieve los dispendios hechos por el hermano (Heródoto Ιλύθη χρημάτων μεγάλων;
11. 11­ 13 del papiro κατεδαπανησεν είς ταύτην πλείστα; Ovidio factus inops), mientras que Ateneo
70
pide a Afrodita una travesia feliz para su hermano y la liberación de
las pesadas cadenas del amor de Dórica e*i; la llegada del viajero, su
irritación ante las intromisiones de Safo, nuevas querellas y por último,
si hemos de creer a Heródoto, versos despectivos e hirientes que pro­
bablemente hicieron imposible la definitiva reconciliación He aquí
una verosímil versión de los hechos.
Los filólogos, como siempre, arriman el ascua a su sardina valo­
rando, por ejemplo, como prueba de la intachable virtud de Safo su
intolerancia para con el impuro amancebamiento*** o asegurando sin
pruebas que lo único que provocó las iras de la poetisa —apersona, dicen,
muy amante del dinero— fueron las extravagancias dispendiosas del
hermano Allá cada cual con sus prejuicios subjetivos. Yo voy a limi­
S A F O
va más allá y nos informa de que Safo censuró a Dórica ώς πολλά τοΰ Χαραξου νοσφισαμένην.
Ello hace suponer que la poetisa mencionaba en alguna parte las sumas gastadas poi su hermano,
pero no creo que esto permita asegurar, como Pa g e o. c. (en n. 15) 5 0 ­ 5 1 , que «it was not the
fact but the extravagance of the liaison which aroused her fury»; ni nos consta que fuera sola­
mente esto el moti vo de la irritación de la poetisa, ni dejaría de estar justificada esta ira si, como
parece (cf. nn. 272­276), el comportamiento del hermano mayor resultaba intolerable en com­
paración con las estrecheces que estaría pasando la familia. En general. Pa g e (ibid. 4 5 ­ 5 1 ) se
muestra en este capítulo tan duro para con Safo como compasivo con respecto al hermano:
éste —di ce— «was indeed infortunate», porque tuvo que sufrir el verse ridiculizado por Safo en
los frs. 5 y 15 y después, al mostrar «some natural annoyance», se vio obligado a afrontar un
chaparrón de insultos a los que —¡ pobreci to! — «he may well have been unable to make an ade­
quate reply»; y en cuanto a Safo, se muestra cruel (κατακερτομβΤν quiere decir no «reprochar»,
sino «mock, taunt, jeer at»), indiferente en cuestiones morales («there is nothing to recommend
the notion that Sappho was distressed or shocked because her brother kept a mistress in Egypt»),
avara, indiscreta (al mostrar «want of discretion* en su «broadcasting» de las malas noticias, lo
cual fué, además, la principal causa del deshonor recaído sobre la familia), violenta (falta de
«good temper») y, en una palabra, tal que «there is nothing to indicate the presence of superior
virtues in beiseli: as if resentment of vexatious notoriety, and indignation at the sins of others,
were the exclusive privileges of the pure in heart». Apena leer estas páginas, y no puede uno
dejar de preguntarse qué es lo que ha movi do al insigne filólogo a ocuparse de persona tan detes­
tada, al parecer, por él (cf. n. 28á y nota final).
Cf. Fr e u d (pp. I 1 0 2 1 ­ 1 0 2 2 del trabaj o Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina
en o. c. I 1016­ 1030; cf. nn. 253­254 y 282) • «La muchacha se encontraba en la fase de la revi­
viscencia del complejo de Edipo infantil en la pubertad cuando sufrió su primera gran decep­
ción. . . No fué ella quien tuvo el niño, sino su madre. . . Indignada y amargada ante esta traición,
la sujeto se apartó del padre y en general del hombre. Después de este primer doloroso fracaso
rechazó su feminidad y tendió a dar a su libido otro destino. En todo esto se conduj o nuestra
sujeto como muchos hombres, que después de un primer desengaño se apartan duraderamente del
sexo femenino infiel haciéndose misóginos». Lavagni ni dedica pp. 1 7 1 ­ 1 7 2 de lib. c. en n. 123
al estudio psicoanalítico de la cuestión, con aducción de la citada historia clínica de Fr e u d ,
para llegar a la conclusión de que «la diagnosi di ' inversione' si impone. Saffo fu una ' invertita' :
essa trasferì sopra creature del medesimo sesso il potenziale afettivo (' libido' secondo la termi­
nologia di Fr e u d ) che avrebbe dovuto normalmente rivolgere su persone del sesso opposto».
Y a continuación se expresa, con respecto a la indole material de estos afectos, como puede verse
en n. 209. Es importante que P e r r o t t a (o. c. 3 0 n. 1) haya dicho: «Una pagina coraggiosa
scrive... il Lavagni ni . . . col quale consento in tutto, benché abbia meno fiducia di lui nella
psicanalisi». En cambio, Va l g i mi g l i arremete contra los «un po' troppo devoti di freudismo»
en p. 9 de o. e , y Ro ma g no l i (o. c. 183 n. 2) no se contenta con menos que denostar a la «pes­
tifera fissazione di Fr e ud» .
»«· Ma r a S ó n LOS estados intersexuales en la especie humana, Madrid, 1929, 147­ 148: «Esta forma sen­
timental del fracaso sexual es, a mi modo de ver, infinitamente menos importante para la géne­
sis de la homosexualidad que la forma orgánica que acabamos de estudiar. El fracaso sentimen­
tal conduce a la actitud despectiva hacia la mujer tan frecuente en el hombre amargado, pero
compatible con una libido normal, cuya expresión práctica es la poligamia ordinaria o la misan­
tropía solitaria. Sólo en sujetos muy predispuestos orgánicamente puede conducir a la homose­
xualidad.»
tarme a insinuar modestamente: ¿no pudo haber en la desviación sexual
de Safo, como en el caso de la señorita vienesa que tan perfectamente
estudió Freud, un sentimiento en que se combinaran asco y afán de
venganza contra los hombres que la habían defraudado?
Esto no es más que una hipótesis, a la que voy a añadir otra por
ver si se refuerzan entre sí o tal vez, como en los castillos de naipes,
voy a ser yo mismo quien derribe el edificio tan poco sólido. Me refiero
a la posibilidad del «chagrín d'amour», de ese fracaso o impotencia sen­
timental que según parece, aunque lo dude Marañón 2**, ha arrojado
71
M . F . G A L I A N O
Cf. HAVELOCK ELLIS (O. C. III 203) : «Otra causa excitante de la inversión, a la cual se concede de
ordinario poca importancia, es el desencanto amoroso. . . En otros casos, sin embargo —especial­
mente en personas intelectualmente débiles y desequilibradas—, un desengaño o contrariedad
amorosa realmente les envenena el instinto normal, y un amor más o menos impotente hacia
la muj er se transforma en otro igualmente impotente hacia el hombre.» Cf. tambi én S. DE
BEAUVOIR O. C. II 186 (cf. SELTMAN Women in Antiquity, Londres, 1956, 100) : «Passé le temps
indécis de l' adolescence, le mâle normal ne se permet plus d' incartade pédérastique; mais souvent
la femme normale retourne aux amours qui ont —platoniquement ou non— enchanté sa j eu­
nesse. Déçue par l ' homme, elle recherchera dans des bras féminins l' amant qui l' a trahie.»
·"« Los testimonios antiguos son dispares: de una parte el POxy. XV 1800, 19­ 24 (τήν 8έ μορφήν
[εο]καταφράνητος δοκεΐ γε[γον]ένα[ι κα]1 8υσει8εστάτη{ν}· [τ]ήν μεν γαρ δψιν φαιώδης [δ]πηρχεν,
το δε μέγεθος μεικρά παντελώς), el bonito sch. a Luciano Ιηιαξ. 1 8 (δσον είς σώμα ειδεχθέστατη
Σαπφώ, μικρά τε καΐ μέλαινα όρωμένη, καΐ τΐ γάρ άλλο αηδών άμόρφοις τοΓς πτίλοις ΙπΙ σμικρφ
τ φ σώματι περιειλημένη), Ovidio (cf. η. 139) y Máximo el tirio XVI I I 7 b (... μικράν οδσαν καΐ
μέλαιναν...); y de otra. Platón (cf. η. 19 ö j . Ateneo Χ 4 2 5 a (cf. Ώ..2δ7) y XI I I 5 9 6 6 (cf. n.259).
Plut. Amat. 18 y Juliano Epist. 3 0 , todos los cuales hablan de Σαπφώ ή καλί} ο de ή καλή Σαπφώ.
Algunos se han obstinado, por prurito idealista, en tomar al pie de la letra lo dicho por estos
últimos; asi, después de CARDUCCI (cf. nn. 160 y 16 á), PERROTTA (O. C. 4 n. 4, donde se admi ­
ten la pequenez y la negrura de Safo, pero rechazando lo de la fealdad, porque «1' esaltazione
della bellezza quale appare dai frammenti di Saffo, sarebbe inconcepibile in una donna brutta»,
y cargando la creación de la leyenda sobre las anchas espaldas de los cómicos atenienses) y CA­
TAUDELLA (Historia de la Literatura griega, tr. esp., Barcelona, 1954, 74) . Otros, en cambio, se
resignan a aceptar los datos históricos como BROUZAS (que en The Complexion of Sappho and
The Meaning of Ίοπλοκος, en Trans. Froc. Am. Philol. Ass. LXVI 1935, pp. XLV­ XLVI
explica el ιόπλοκε del fr. 3 8 4 de Alceo, a que me referiré en nn. 319­321, como alusión a un
pelo negro azulado, en lo cual le habia precedido ya CROISET O. C. I I 2 4 0 η. 1, pero hablando
de «beauté brune») y explican la disparidad traduciendo la expresión de Platón y los demás
como «Saffo dalla bella anima» (MARTINAZZOLI o. c. 2 1 6 n. 19) y advirtiendo (como SCHMID
o. c. 4 1 7 n. 7) que no hay en ello ninguna referencia a hermosura material, según el lugar citado
de Máximo con su afirmación de que Platón se complace en llamar bella a Safo 8 id τήν ώραν των
μελών. Y alguno, en fin, se las ingenia (cf. n. 312) para sacar a esta innegable fealdad tanto
partido como REINACH (O. C. 729) en párrafo que no resisto a la tentación de transcribir par­
cialmente: «elle était une petite femme brune, vi ve, de belle humeur et de frane parler, tres­
saillant à toutes les émotions de la nature et du coeur, malicieuse avec grâce, aimante avec
fougiie...» No anda descaminado quizá ROMAGNOLI (O. C. 185) al decir que Safo debió de pare­
cerse, en cuerpo, figura y garbo, a George Sand.
? " Sé que es una audacia traducir de este modo el fr. 41
(ταΙς καλαισιν δμμι νόημμα τώμον
ou δια'μειπτον),
y he estado a punto de suprimir este trozo en la redacción definitiva, pero lo he dejado por si,
al menos, estimulo a otras personas péira que busquen una solución al problema de cómo l a
última palabra, que lleva consigo idea de intercambio, no de simple transformación (cf. LIDDELL­
ScoTT con su «communicable» s. v. y el «exchange» que traduce a διαμείβω), puede ser interpre­
tada como lo hacen todos (p. ej . SCHADEWALDT «euch Schönen bleibt mein Sinn unwandelbar»
en p. 157 de lib. c ; cf. η. 238). Es cierto que el fr. 51 (cf. nn. 18, 244 y 312) favorece más bien
a ciertas personas psíquicamente predispuestas del campo del amor
heterosexual al de las perversiones amorosas*".
Safo fué fea, pequeña y negra, nos dicen los biógrafos, y nadie lo
duda hoy ni considera el epíteto de hermosa que le dedican varios sino
como inteligente apreciación de sus extraordinarias dotes literarias
Y ella, que lo sabía perfectamente, hacía lo que tantas que están en su
caso: insistir una y otra vez sobre la escasa importancia de este pequeño
pormenor que es la belleza física en comparación con la hermosura de
una mente soberana. «Vosotras, las hermosas, no podéis cambiar vues­
tras inteligencias por la mía», dice orguUosamente en un lugar**». «El
72
S A F O
a la tesis general, sin que quepa extraer conclusiones de los otros fragmentarios contextos en
que entra νόημμα: frs. 12, 4, 60, 3 y 90 (4) 4.
«'« Fr. 50
(á μεν γαρ κσ'λος ίσσον ίδην πέλεται < κ α λ ο ς > ,
ο 8έ κάγαθος αυτικα καΐ κάλος Ισσεται),
que, con la corrección de HERMANN rechazada por MARTINAZZOLI (Ο. C. 2 8 2 η. 175) , se referiría
a lo efímero de la belleza frente a la virtud (cf. η. 191). Ci. TREU O. C. (en n. 26) 174 y LESKY
o. c. 1 4 0 , que ve en el verso un precedente de la καλοκαγαθία clásica.
Fr. 55 (cf. n. 104), una de cuyas autoridades (Plut. Praec. coni. 48) describe este inocente orgullo al
decir que Safo 8ιά τήν έν τοΤς μέλεσι καλλιγραφίαν Ιφρόνει τηλικοδτον, ώστε κτλ. (también en el
fr. 193, cf. ibid., habla Elio de μεγαλαυχεΤσθαι con respecto a Safo). Cf. η. 121.
» " Cf. nn. 257­258.
Ci. η. 104.
" * Parece que éste es el sentido del mal inteligible fr. 98 (cf. n. 246), en los vs. 1­3 de cuya sección (6)
se lee
σοΙ 8' ϊ γω, Κλέι, ποικίλαν
οδκ Ιχω πόθεν Ισσεται
μ ιτραν < αν > .
SCHADEWALDT (en p. 5 0 5 de Sappho: *An die Tochter Klets», en Studies Presented to David Μ. Ro­
binson, I I , S. Luis, 1953, 4 9 9 ­ 5 0 6 ) sugiere que Ciéis puede haber pedido el atavío con ocasión
de su boda (cf. también nn. 29, 40, 116, 128, 279­280 y 284).
Cf. n. 264.
" > Cf. n. 191.
Suda ed. c. I V 3 2 3 4­ 5: Ιγαμήθη 8έ άνδρΙ KepMXcf πλουσιωτα' τφ, όρμωμένφ άπο "Av8pou (otros leen
Κερκώλι^ o Κερκόλ<}).
hermoso solamente lo es por lo que toca al aspecto, mientras que el que
es bueno, automáticamente se convierte también en hermoso», apunta
en otro fragmento ¿Y no le perdonaremos la pueril jactancia que se
insinúa tanto en estos pasajes como, por ejemplo, en la feroz diatriba
contra la opulenta ignorante a que antes me referí?
Porque es que, además. Safo es pobre, o mejor dicho, pertenece a
una familia aristocrática pero venida a menos: ésta es una espina
que sobre todo la amargará constantemente en sus luchas contra la
poderosa rivalidad de Andrómeda Esto y también el no poder pro­
porcionar a su hija, a su querida hija Ciéis, los lujos a que con la inge­
nuidad propia de su edad cree la niña poder aspirar y quizá no ande­
mos lejos de la clave si atribuímos, entre otras causas, a esta dura pri­
vación su cólera contra el insensato derroche de su hermano Claro
está que también en este punto se consuela a su modo con la consabida
muletilla de que el dinero sin virtud no vale nada*'»; pero, sea o no sincera
la aparente resignación, el hecho es que esta poco desahogada situación
económica no debió de hacerle mucho favor en su experiencia amorosa.
Safo estuvo casada; no sabemos por cuanto tiempo, pero lo estuvo.
El léxico Suda nos habla de un tal Cércilas, al que otros llaman de forma
un poco diferente: un hombre opulentísimo procedente de la isla de
Andros"' ' . Pero este marido, acerca del que reina, por lo demás, un
73
M . F . G A L I A N O
" · WILAMOWITZ o. c. (en n. 13) 2 4 considera siguiendo a otros (ya FERNÁNDEZ MERINO O. C. 14) como
«Erfindung» el nombre Κερκόλας Άνδρι ος (de κέρκος (tmembrum virile» y άνήρ «varón»), que
es —añade— algo así como Virbius Caudinus. ALY (O. C. 2 3 6 1 ) lo da ya como seguro. SCHMID
(o. c. 417) duda un poco; TREU, sorprendentemente, apunta escepticismo (ed. c. 143) ; y ZI E­
LINSKI (o. c. 8­ 9) se revuelve airadamente contra la hipótesis («es ist, wie wenn man sich auf
deutsch über einen etwaigen unbekannten Herrn Ruthner aus Mannheim tiefsinnige Gedanken
machen wollte»), mientras que LÜSÁK (O. c. 8 3 ­ 8 6 ) sugería que pudiera tratarse de la isla de
Antandros, cercana a Lesbos, en vez de Andres.
En el fr. 132 (cf. nn. 29. 40. 116, 128, 246, 274. 280 y 284) dice
Ιστι μοι καλα παις χρυσίοισιν άνθέμοισιν
Ιμφέρην Ιχοισα μόρφαν Κλέις άγαπα'τα,
άντί τα ς εγωοδε Αυδίαν παίσαν ουδ' Ιροίνναν . . . ,
Ιο cual en rigor no imponía la existencia de una hija. Pero el POxy. X V 1 8 0 0 (11. 14­16) dice que
θυγατέρα ... Ισχε Κλέιν όμώνυμον τ^ εαυτής μητρί y el Suda, después de mencionar al marido,
añade (ed. c. IV 3 2 3 , 5­6) que θυγατέρα Ιποιήσατο Ιξ αΰτοϋ, ή ΚλεΙς ώνομοίσθη. Por otra parte,
Máximo el tirio, transmisor del fr. 150 (cf. nn. 43. 190, 201, 283, 300 y 307), hace constar
que la prohibición de los trenos la dirige Safo «a su hija». Cf. además Ovid. Heroid. X V 6 9 ­ 7 0
(cf. η. 139):
et tamquam desini quae me sine fine fatigent,
accumulai curas filia parua meas.
Se justifica, en fin, el brioso alegato de PERROTTA (o. c. 5 2 η. 1) en pro de la existencia de una
hija, pasaje escrito (lo cual le da más mérito) antes de ser conocido el fr. hauniomediolanense.
Fr. 98 (cf. nn. 29, 40, 116, 128, 246. 274. 279 y 284).
Cf. BOWRA (lib. c. 186, «spinsterhood was alien to the traditions of her time and her class») y PAOLI
(o. c. 4 1 , «nel mondo onestamente borghese per la donna matura non vi era una posizione inter­
media fra Γ essere madre di famiglia e Γ essere donna mancata: la zittella, se c' era, era un relitto,
un peso, una specie di assurdo familiare»). No nos convence, en cambio, LICHX (O. C. 3 6 ­ 3 7 ) cuando
afirma que «we may conjecture that the woman who never marries, the Old maid' , may have
been no rarity in Greece, although our authorities certainly do not trouble themselves in special
detail about this regrettable type of the female sex, but onl y for the very reason that in Greek
literature the woman generally onl y plays a subordinate part and particularly ' the old maid' ».
74
sepulcral silencio, ha preocupado siempre a los críticos, que se veían im­
potentes para encajar una pieza incómoda en el «puzzle» de sus prejui­
cios; y ello hasta el punto de que ha encontrado casi general aprobación
una tesis absurda, según los hechos han demostrado en seguida. No hubo
tal marido —pontificaron los filólogos—: su nombre y el de su isla natal
no pasan de ser producto de un soez juego de palabras de algún cómi­
co Ni tampoco hubo tal hija: la hermosa niña Ciéis, parecida por su
hermosura a las más doradas flores, por la cual no cambiaría Safo la Lidia
entera, sería simplemente una más entre las compañeras del tíaso*'».
Pero he aquí que sobrevienen los fragmentos de Copenhague y de
Milán, y con ellos, la catástrofe de toda esta hipótesis. Porque allí está
otra vez Ciéis, pero una Ciéis que tiene forzosamente que ser hija de
Safo*^". Luego, si hay hija, tuvo que haber marido; y la verdad es que
no vemos claro por qué pudo creerse en un fenómeno poco frecuente
en Grecia, como sería el de una mujer solterona*", y por qué fué
tenido por incompatible un matrimonio normal con tendencias amo­
rosas de otra índole. Ni incluso la simultaneidad de ambos amores
S A F O
Cf. KRAFFT­ EBING O. C. 5 2 2 : «Bien des hermaphrodites psychiques féminins et même des homose­
xuelles vraies contractent des mariages avec des hommes, soit par méconnaissance de leur état
normal, soit pour être à Γ abri du besoin. Quelques­unes de ces alliances ne sont pas malheu­
reuses. Il se produit une certaine adaptation...» Cf. KI NSEY o. c. (en n. 207) 4 4 9 ­ 4 5 7 , en el
capitulo sobre «el equilibrio heterohomosexual». FREUD (o. c. I 1026) anota de la sujeto estu­
diada (en el caso citado en η. 266) que «despreciativamente decía que. . . en último caso. . . no
era imposible mantener simultáneamente relaciones sexuales con un hombre y con una mujer».
Cf. nn. 43. 190, 201, 279, 300 y 307, con la posibilidad de una alusión a la muerte del esposo.
Cf. MARASÓN O. C. 156: «hay un rasgo esencial en la homosexualidad de la mujer, que es la extre­
mada debilidad o la ausencia del instinto materno». Ahora bien. D E SANCTIS (O. C. 3 5 1 ) aduce,
como muestras de la limitación afectiva de Safo, no sólo la frialdad de los versos dedicados al
hermano mayor (cf. η. 264), sino también la falta de afecto maternal: esto podi a aún afirmarse
cuando Ciéis no era para algunos (cf. nn. 29, 40, 116, 128, 246, 274 y 279­280) sino una
más entre las compañeras de Safo, pero hoy ya, después de conocer el fr. 98, hay que rendirse
a la evidencia y aceptar una verdadera ternura de madre en él y en el 132 (cf. RABANAL O. C. sobre
los fragmentos «en... que se poetiza un amor más puro, el amor de madre»). También queda
con ello invalidado lo dicho en p. 1 1 0 de o. c. (en n. 127) por LAVAGNINI: «la Poetessa non sembra
molto sensibile alle gioie della maternità. . . nella lirica di questa donna non sono mai ricordati
i bambini. La vocazione di Saffo non è la maternità».
Sobre fr. 102, cf. η. 37. Sobre la posibilidad teórica, admitida por ZIELINSKI (cf. CROISET O. C. II 2 4 1
n. 3) , de que fr. 1 cante un amor heterosexual, cf. η. 86; y acerca de otra semejante relativa
al fr. 31, nn. 291­292. Sobre fr. 121, cf. η. 309. El fr. 37, algo oscuro, parece hablar de «llanto»
(σταλαχμον) y contener una maldición contra un personaje masculino que la ha censurado, a
quien se desea que se lo lleven «los vientos y las preocupaciones»
(τον 8' Ιπιπλάζοντ' άνεμοι φέροιεν
καΐ μελέδωναι).
Cf. TREU O. C. (en n. 26) 2 1 1 .
Hermesianacte (en Aten. XI I I 5 9 8 b­c) presenta (fr. 7 Pow. , vs. 4 7 ­ 5 6 ) una supuesta rivalidad entre
Alceo (cf. nn. 288 y 319) y Anacreonte (cf. nn. 232 y 294) por el amor de Safo. El propio
Ateneo ( XI I I 5 9 9 c­d) cita una afirmación de Cameleonte, biógrafo de la poetisa, según el cual
había quienes consideraban a Safo como interpelada por Anacreonte en el fr. 5 D. (cí. n. 232)
y autora de una estrofa, a todas luces espuria (fr. 26 de BERGK en p. 9 8 de Poetae lyrici graeci,
I I I , Leipzig, 1882 *, que recoge los frs. sáficos en pp. III 82­ 140) , en que se respondía a sus insi­
nuaciones (cf. THEANDER en pp. 1 5 5 ­ 1 5 6 n. 1 de Lesbiaca, en Éranos XLI 1943, 139­ 168) . Sobre
los frs. del comediógrafo Dífilo (Aten. XI I I 5 9 9 d), cf. η. 136. Sobre una supuesta relación de
Safo con Estesícoro, cf. JURENKA (p. 192 de Zur Klärung der Sappho­Frage, en Wien. Stud.
X I X 1897, 189­ 210) , que (cf. ALY Ο. C. 2 3 6 4 ­ 2 3 6 5 ) ha dado origen a las fantasías de BASCOUL OO. ce.
sería teóricamente inconcebible ^sz; pero si se considera como efímera la
convivencia con el opulento marido, que, como se ha visto, no dejó
riquezas tras de sí^^^, y si admite la posibilidad de un fracaso senti­
mental por parte de la hipersensible Safo, la tesis de un homosexualismo
por reacción gana terreno a cada paso. Es cierto que hay algo que no
encaja del todo en este cuadro: esas muestras de un delicado amor ma­
ternal que no parece frecuente en este tipo de perversiones Pero
Safo, no lo olvidemos, tenía una inmensa capacidad para extender en
direcciones varias la amplia red de sus afectos.
A partir de entonces, los hombres desaparecen para siempre de su
vida: nada de amores masculinos desde el matrimonio fracasado
por más que nos vengan con la leyenda de Faón o con los absurdos
relatos sobre raras y, en parte, anacrónicas relaciones con Arquíloco,
Hiponacte, Alceo o Anacreonte*^». Más aún: odio y desprecio para el
75
M . F . G A L I A N O
»«' En WEIGALL (O. C. 323) hallamos una interpretación que hace reflexionar, y perdóneseme lo largo
de la cita: «il est bien évident que, dans Γ abstrait, le caractère et la forme mâles étaient sus­
ceptibles d'éveiller ses émotions; mais en pratique elle semble avoir craint ou bravé le tempé­
rament masculin habituel, et avoir redouté cette domination de l ' homme sur la femme qui . . .
procure si souvent à l'esprit féminin un certain plaisir instinctif. Elle était... intégralement
femme, et ses vers sont essentiellement féminins; mais cela ne veut pas dire qu'elle fût en con­
séquence attirée par l' homme intégralement homme. Au contraire, sa nature... était repoussée
par les qualités habituellement dominantes chez le mâle; et quoique son être physique fût nor­
mal au point qu' il réclamait (bien que rarement avec une insistence tyrannique) son complément
physique dans l' union des sexes, il était anormal par son refus presque constant de cette même
union à cause du dégoût que lui inspirait l' attitude mentale de la généralité des hommes envers
les femmes. En un mot, elle fuyait en pratique le mâle mû par l'instinct mâle, mais en pensée
elle ne fuyait pas le masculin comme complément physique du féminin». Tal vez en el fondo
no queden demasiado lejos estas aventuradas deducciones de la postura de DEL GRANDE (o. c. 4 0 ­
41 y 4 3 3 ) : Safo es perfecto modelo, en relación con su frigidez para lo conyugal o masculino en
general, de aquella mujer a la que da no sin razón su nombre Paulo Silenciario (Ant. Pal. V 246)
lamentando que
ψυχή ... Ιξ αδάμαντος άπειθέος· άχρι γαρ οίων
Ιστιν Ιρως στομάτων, τάλλα 8έ παρθενίης.
Esta simbólica Safo «libera all' amore la sola epidermide e per il resto o si nega, o se anche si
dà, nell'amplesso mai perviene allo spasimo», de manera que «per l' intima fredezza è detta
simile alla lesbica che negli epitalami seppe cantare deUziosamente anche le lodi degli sposi,
ma riserbò i suoi slanci ad anime ferventi di fanciulle ignare dei modi maritali». Se tratarla,
pues, en el caso de Safo, de «relazioni spirituali tra giovani vergini e una donna appena sfiorata
da un matrimonio presto spezzato per la morte del coniuge, e che ha mantenuta intatta una
verginità d' anima, rafforzatasi con la vedovanza» (cf. η. 320).
" » El fr. 137 (cf. ή. 168) es bien conocido:
θέλω τί τ' εϊπην, άλλα με κωλύει
αΓδως
αί δ' ήχες Ισλων ίμερον ή κα'λων
καΐ μή τί τ' εϊπην γλώσσ' Ικύκα κα'κον,
αΐδως f >«έν σε οδκ f ήχεν 5ππα­
τ ' άλλ' έλεγες f περί τώ δικαίω f.
Aristóteles (Ret. 1367 a) presenta el fragmento con unas palabras introductorias (ωσπερ καΐ
Σαπφώ πεποίηκεν, είπόντος τοΰ Αλκαί ου κτλ.) que modifica un escolio anónimo (πεποίηκε γαρ
•f¡ Σαπφώ λέγοντα τον Άλκαΐον κτλ.). En cambio, el comentario de Estéfano habla de que el primer
interlocutor puede no ser Alceo, sino άλλος τις. Todo ello crea un problema en el que, como
ha señalado muy bien PAGE O. C. (en n. 15) 104­ 109, caben por lo menos tres hipótesis. 1.» Que
los dos primeros versos proceden de Alceo, y tal vez, como ya defendió MAAS (Aehrenlese, en
Sokrates VI I I 1920, 20­ 26) siguiendo a BERGK (p. III 171 de o. c , qué presenta los frs. de Alceo
en I I I 147­ 197) , eran continuación inmediata del fr. 3 8 4 de aquel autor (cf. nn. 286 y 319­321);
y a ello se debería el que Safo, por esta única vez, haya compuesto en alcaicos los otros cuatro
versos para hacer de su canto un «pendant» con el del poeta (esta es la opinión que en general
aceptan PAGE ibid, y CHANTRAINE en pp. 2 6 4 ­ 2 6 5 de o. c ) . 2. » Que todos los versos son de Safo
(opinión al parecer de GALLAVOTTI en pp. 1 6 ­ 1 7 de Interpretando Saffo e poi Catullo, en Al. e
Roma XI 1943, 3­ 17) y que la poetisa presentaba un diálogo mimico con intervención de ella
y de Alceo (cf. el fr. 114, con una conversación entre una muchacha y la virginidad, sobre el cual
cf. η. 73; el 140, tratado en n. 38, en que el coro y Afrodita hablan alternativamente; el 65 si
tiene razón nuestra n. 102; el poema LI de Catulo, también amebeo, acerca del cual cf. η. 290;
y sobre todo el famoso Doñee gratus eram tibi de Horacio, Od. I l l 9, que puede haber recibido
76
sèxo masculino en lo que de vida quede a la mujer defraudada y agra­
viada
Y así se explican aquella ironía sangrienta que al principio nos sal­
taba a la vista en los epitalamios, y la áspera repulsa con que se acoge
una insinuación varonil en el fragmento amebeo en que parece que
interviene el poeta Alceo *^*; y, sobre todo, esa impresionante oda que
lleva el número 31 "«s.
S A F O
77
La poesía es bien conocida, y ha sido imitada por Catulo en forma
que d i o y da lugar a infinitas discusiones*^". Safo está contemplando
a una de sus amigas predilectas mientras ésta charla y ríe alegremente
con un hombre; y ello, en la boda de la amiga precisamente, se ha sos­
tenido con un pintoresco concepto de lo que pudo o debió de ser un
epitalamio. Pero no, no hace falta suponer tal cosa: se trata simplemente
de una escena de la vida vulgar. La pareja habla y habla, abstraída
en su propia felicidad; y la autora, semioculta, sufre horriblemente ante
la visión de aquella muchacha deliciosa y aquel hombre cuya dicha le
parece comparable con la de los dioses. Su corazón late desbocado; su
voz se enronquece; la lengua se pega al paladar; un calor angustioso
recorre sus venas; los oídos zumban; la vista se turba; el sudor baña
su cuerpo entero; un temblor nervioso la recorre a toda ella; y su cuerpo,
más verde que la yerba recién segada, se siente desfallecer
su inspiración de los poetas lesbios). 3. » Que Aristóteles se equivoca por completo, y el fr., corres­
pondiente a un epitalamio (cf. n. 211) en que una doncella rechazaba al pretendiente, habría
entrado a formar parte de la leyenda sobre relaciones entre Safo y Alceo de que son testimonio
(cf. pp. 3 3 8 ­ 3 4 4 de Pi c ar d Art et littérature: sur trois exégèses, en Rev. Ét. Gr. LXI 1948, 3 3 7 ­
357) el vaso monacense del taller de Brigo ( Lul l i e s Griechische Vasen der reifarchaischen Zeit, Mu­
nich, 1953, láms. 94­ 96) y el pasaje de Hermesianacte mencionado en n. 286: cf. Schmi d o. c. 4 1 1
n. 3, Pe r r o t t a ­ Ge n t i l i o. c. 189­ 191 y, con la hipótesis ya del epitalamio, Wi l a mo wi t z o. c. (en
n. 13) 41 n. 3, Bo wr a lib. c. 2 3 3 ­ 2 3 5 y S c h a d e wa l d t lib. c. 186. En cuanto al fragmento pro­
piamente dicho, es muy poco lo que sabemos de las relaciones entre Safo y Alceo para poder
juzgar: cf., con nn. 319­321, el citado fr. 3 8 4 alcaico que sería el único dato si no se admite el
Άλκα' de G a l l a v o t t i (ed. c. 1« 123) en fr. 98 ( b) 8. A Bo wr a (lib. c. 234) le parece inexplicable
el tono poco amistoso de Safo, pero Pa g e o. c. (en n. IS) 1 0 7 ha apuntado que puede no haber
aquí otra cosa que un «good­humoured retort from friend to friend». Cf. nota final.
Es la transmitida por Ps.­Long. De subí. 10, que empieza por Φαίνεταί μοι κήνος ίσος θέοισιν y
con la cual tal vez esté relacionado el fr. 129 (cf. n. 132), que habla de άλλον ανθρώπων en mascu­
lino (cf. n. 218). Las traducciones e imitaciones han sido innumerables: cf., p. ej . , nn. 144,
147­148, 151, 153, 156, 158, 163, 167, 312 y 322.
Renuncio, para no hacer interminables estas notas, a tratar muchos aspectos interesantes de la
imitación catuliana ( LI) . En el libro de Cos t anz a Risonanze dell' ode di Saffo FAINETAI
MOT KENOS da Pindaro a Catullo e Orazio (Mesina, 1950; cf. mi res. de Emerita X X I I 1952,
214­ 215) pueden hallarse ampliamente estudiadas otras «resonancias» antiguas: Pindaro fr. 1 2 3
Sn.; Plat. Fedro 251 a­b; Apol. Rod. I I I 9 5 9 ­ 9 6 4 ; Teocrito I I 1 0 3 ­ 1 1 0 ; Leónidas Ant. Pal. I X 3 2 2 ;
Lucrecio I I I 152­ 158; Valerio Edituo, epigr. 4 2 Mor.; Horacio Od. I 13, etc.
" 1 El problema planteado por esta oda (sobre cuyo difícil final cf. n. 302) no es quizá tan complej o
como podría creerse por la enorme cantidad de bibliografía escrita al respecto y que puede ha­
llarse casi toda en Cos t anz a o. c. 1 0 n. 2 y Pa g e o. c. (en n. 15) 3 0 n. 2. En realidad, la cuestión
entera (cf. una inteligente apreciación de Tr i a d ú en pp. 1 8 7 ­ 1 8 8 de o. c.) gira en torno a la índole
de los sentimientos experimentados por Safo ante la contemplación de la pareja amorosa. El
ver en los tormentos de la poetisa, como hace Zi e l i ns ki (o. c. 7­ 8) , una lucha entre la idea apo­
linoaristocrática del «Verein» homosexual y el concepto familiar de la vi da, es sin duda un bello
símbolo, pero no nos ayuda gran cosa. Considerar, con G a l l a v o t t i (pp. 113­ 124 de Studi sulla
lirica greca, en Riv. Fil. Istr. Class. X X 1942, 1 0 3 ­ 1 2 4 y o. c. en n. 288) y S e t t i (Sul fr. 2 di
Saffo, en St. It. Fil. Class. XVI 1940, 195­ 221) , que lo principal en la oda es el contraste entre
la divina y gozosa serenidad del amado y los sufrimientos pasionales de Safo (sacudida por «un
intenso ritmo dionisiaco di vita» frente al amor «pacato ed apollineo» que ella no comprende,
dice G a l l a v o t t i en p. 8 de o. c. en n. 288), tampoco nos sirve de mucho en cuanto al análisis
de estos sufrimientos en sí. Va l g i mi g l i (o. c. 21­ 22) y Co l o nna (o. c. 121­ 123) niegan que la
poesía responda a celos de Safo, y G a l l a v o t t i o. c. (en n. 127) 9 1 ­ 9 3 y 9 8 ­ 1 0 1 precisa más en
su exclusión del «sentimento di gelosia» asegurando que «quella che è la posizione sentimentale
M . F . G A L I A N O
del giovine verso l' amata, non interessa Saffo; l' amore suo e l' amore del giovane per la medesima
ragazza sono due cose che non si escludono, appunto perché Saffo sa bene che sono di tutt' altra
natura; e se sono entrambe amore, pure a Saffo interessa soltanto la diversa manifestazione di
tale amore nelle due differenti sensibilità, quella del giovane e quella propria» (p. 92) . Es decir,
que, si no entiendo mal, aqui no hay más que una lúcida, desapasionada, casi científica compa­
ración entre dos amores de los que se afirma, no veo por qué, que «no se excluyen entre sí». Pues
bien, la tesis me parece rechazable, y temo que GALLAVOTTI se haya dejado impresionar en
exceso por lo meticuloso y fino de un análisis psicológico en que parece revelarse, más que la pa­
sión de una amante, el rigor descriptivo de un investigador; pero si llevamos las cosas a este punto,
no habrá un solo lírico en que no se plantee el problema de hasta qué extremo sea sincera una
pasión que no impide elegir vocablos, atender a la rima o, en fin, cuidar en general la forma del
poema. Para mi no hay duda de que aquí el sentimiento predominante son los celos, y voy en
tan buena compañía como la de ROMAGNOLI (O. C. 2 1 7 ­ 2 1 9 ) , PERROTTA (O. C. 4 6 ­ 4 9 con n. 1 de
p. 47) , PERROTTA­GENTILI (o. c. 109­ 116) y PAGE O. C. (en n. 15) 19­ 33. Ahora bien, si es así,
como parece, cae de su base (así PIERACCIONI lib. c. 5 2 ­ 5 5 , CHANTRAINE O. C. 2 6 4 y KI RKWOOD 1. c.)
la inadmisible tesis de que, como muchos han defendido ( WILAMOWITZ, O. C. en n. IS, 5 6 ­ 5 9 y
7 5 ­ 7 6 ; KRANZ Catulls Sapphcübertragung, en Hermes L XV 1930, 2 3 6 ­ 2 3 7 ; SNELL art. c ; IMMISCH
Catulls Sappho, Sitzungsb. Heid. Akad. Wiss. 1 9 3 3 ­ 1 9 3 4 , 2, Heidelberg, 1933; SCHADEWALDT
art. c. en n. 21; BOWRA lib. c. 2 1 3 ­ 2 1 8 ; SCHROEDER Sapphos «Φαίνεται μοι ίσος θέοισιν» in
neuer Beleuchtung, en Philologus XCI 1936, 2 4 6 ­ 2 4 7 ; TIETZE Catulls 51. Gedicht, en Rhein. Mus.
L XXXVI I I 1939, 3 4 6 ­ 3 6 7 ; BICKEL O. C; BOWRA S. V. Sappho en pp. 7 9 2 ­ 7 9 3 de The Oxford
Classical Dictionary, Oxford, 1949; SCHADEWALDT lib. c. 9 8 ­ 1 1 2 ; y, con reservas, GRIFFITH
o. c. 4 1 ) , la oda (cf. nn. 42 y 186) haya sido escrita en calidad de epitalamio (así, últimamente,
MERKELBACH en pp. 7 ­ 1 2 de o. c. en n. 22) : cf. las magnificas refutaciones de SETTI O. C. PAGE
o. c. (en n. 15) 3 0 ­ 3 3 y LESKY O. C. 137; y cf. tambi én GEEFCKEN (O. C. I Anm. 9 5 n. 200) y
DiEHL (O. Ó. 7­ 10) con su carmen nuptiale non audio, aunque luego se equivoque, creo yo, al
seguir con audio poetriam discidium ab Agallide alumna amantissima —nupíura aliquando
ut άριγνώτα illa 98— acerbissimum praesentientem. Ύ&ΐΐάα&τέ rechazando en pocas palabras
la desacertada hipótesis de BEATTIE (Sappho Fr. 31, en Mnemosyne I X 1956, 103­ 111) : Safo
no está expresando aquí sus celos ante la mujer cuyo amor le ha arrebatado un hombre, sino
ante el hombre cuyo amor le ha arrebatado una mujer. Pero ni las varias modificaciones tex­
tuales requeridas para ello son convincentes, ni es admisible el argumento de que el autor del
ΠερΙ ϋψους no es probable que haya escogido para sus citas un tema inmoral, ni dejan de ser
las alusiones al delicioso reir y el dulce charlar de la otra mujer una inequívoca señal de pasión
celosa que no ha podi do extinguir un amor violento. Cf. nota final.
· · ' Cf. nn. 11, con autores allí citados, y 174. El marqués de VALMAR (en pp. 1 2 ­ 1 3 del tomo I de las
Poesías de MENÉNDEZ Y PELAYO publicadas en Madrid, 1955, que recogen su carta­prólogo
a VALERA precedente a los Estudios poéticos del santanderino que vieron la luz en Madrid, 1878)
acertaba al hablar de «descripción fisiológica perfecta y elocuente», pero anda tardo de oí do
artístico al confesar que no gusta del fr. 31, en el que no ve más que la expresión de un triste
amor, «el... de la sensación y no del sentimiento». Es más difícil de lo que parece lograr que con­
vivan en una sola alma la admiración estética y la repugnancia moral, tan grande en el caso
de VALMAR, que se aferra desesperadamente a la absurda tesis recogida por PIERRON («al ver
la extremada energía del sentimiento derramado en la célebre oda. . . han creído algunos que
la oda debiera intitularse ' Al muy amado' y no Ά la muy amada' », p. 2 1 8 de la tr. esp. Historia
de la literatura griega, Madrid, 1861, que dedica a Safo pp. 2 1 5 ­ 2 2 1 ) sobre expresión de amor
heterosexual en el canto (cf. n. 291) para no tener «el disgusto de imaginar que la antigüedad
impúdica nos ha legado una obra. . . precursora de la monstruosa literatura qu­; ha producido
en nuestros días la novela titulada Mademoiselle Girod, ma femme». La contestación de VALERA
a la carta (p. 2 8 de voi. c.) defiende blandamente a Safo.
¿Qué tenemos, pues, en esa colección de síntomas*»* maravillosa­
mente descritos por la escritora ya serena? ¿Simple amor carnal hacia
la muchacha? Sí, es posible, pero también aguda pena por la defección
más dolorosa que ninguna otra; porque esta joven no se ha limitado
a cambiar de bando uniéndose a Andrómeda o a Gorgo, lo cual sería,
después de todo, lo menos malo, sino que ha dado al corazón de Safo
la peor puñalada que quepa imaginar al entregarse precisamente al
78
S A F O
»»» Cí. n. J 6 S y agregúese otra cita de RI LKE en ed. c. (en n. 17) I I 2 0 3 : «. . . den Tod derjenigen... die
der Gott einzeln anreizt, aus sich hi'nauszulieben ohne Erwiderung» (pág. 144 de tr. cit., que
no da bien el matiz del verbo compuesto con su «amar fuera de ellas mismas»).
Cf. nn. 232 y 286.
TILLY Mémoires du comte Alexandre de T. pour servir à V histoire des moeurs de la fin du 18* siècle,
I - I I I , Paris, 1 8 2 8 (cf. HAVELOCK ELLIS O. C. I I I 122 n. 2) .
Mimnermo, frs. 1-6 D.
Fr. 74 Garz. Safo habla del alción en fr. 195.
79
varón, ese aborrecible enemigo al que en el fondo se sigue añorando.
Y así, el sufrimiento de ella es doblemente penoso: porque ha sido
inconscientemente humillada por la muchacha en la vuelta de ésta a
la normal expresión de sus instintos, y también, y no en menor grado,
porque la amable conversación con el hombre remueve los más pro-
fundos posos de una insatisfacción*** que no bastan a remediar los
amores pasajeros con las amigas. Insatisfacción dolorosa, porque dolo-
rosa es también la esencia de un amor incompleto, mutilado en su más
plena manifestación. Y si no, compárese la actitud de Safo, toda sufri-
miento impotente, con el buen humor de que hace gala el sano y jovial
Anacreonte en el caso opuesto, al ser desdeñado en sus incitaciones al
amor normal por una lesbia de tendencias afines a las de aquélla***: ac-
titud que encuentra eco siglos después en las curiosas palabras, de un
joven desairado en las mismas condiciones, que toma Havelock Ellis
a las Mémoires del conde de Tilly: «J'avoue que c'est un genre de riva-
lité qui ne me donne aucune humeur; au contraire, cela m'amuse et
j'ai l'immoralité d'en rire»*»^
Otra cosa que nos consta es que Safo llegó a una edad relativamente
avanzada, y con esto se plantea un problema de carácter psicológico.
¿Qué efecto produjo el paso de los años en ese estado anímico que hemos
hallado en ella? ¿Se agudizó su complejo en dirección a la neurosis
declarada? ¿O bien obró como un sedante la vejez con su consiguiente
amortiguamiento de toda clase de pasiones?
Tal vez tampoco en este aspecto sean suficientes los datos con que
contamos, pero podemos decir, aunque sea en forma más o menos pro-
visional, que lo que predomina en estos fragmentos tardíos es una ma-
yor resignación en lo que toca a las inevitables consecuencias de la an-
cianidad; y esto resalta de manera más patente todavía si se comparan
los versos en cuestión con aquellos otros en que expresan Mimnermo
sus negros presentimientos*»». Alemán su melancolía*" o Anacreonte
M . F . G A L I A N O
»»« Fr. 44, 9­11 D. :
Άί δ ε ω γοίρ Ιστι δεινός
μυχός, άργαλέη δ' Ις αυτόν
κατοδος.
Fr. 58 y, con palabras muy parecidas, fr. 21. La interpretación es de STIEBITZ (ZU Sappho 65 Diehl,
en Philol. Wochenschr. XLVI 1926, 1259­1262), que cita a Horacio Od. I I 16, 30 sobre Titono.
SCHADEWALDT (lib. c. 158­159) cree ver nostalgias de la juventud perdida en fr. 24 ( a) , pero el
texto está demasiado mutilado para permitir tales deducciones. Cf. nn. 26 y 305. LESKY (o. c.
133) ha escrito un bello párraío en que dice que, como ha notado GUNDOLF en su libro sobre
Goethe, a cada gran figura literaria nos la imaginamos en un momento determinado de su vida:
«für Sappho ist dies die reife Höhe eines Frauenlebens, das, aller Schönheit und Jugend weit
offen, von den Schatten der Vergänglichkeit noch nicht in seiner Helle gemindert ist».
30» 201 en Aristót. Ret. 1398 b: ή ωσπερ Σαπφώ, οτι το άποθνι^σκειν κακόν οί θεοί γαρ οΒτω
κεκρίκασιν άπέθνιισκον γαρ άν. Sobre aversión a lo luctuoso, cf. nn. 43, 190, 201, 279, 283
y 307.
sol f j ­ 24 ( b) 6, τ]όλμαν; fr. 27, 12­13, donde parece que se dice que el Olimpo es inaccesible para los
hombres.
»»« En v. 17 de fr. 31 (cf. n. 291) se lee άλλα πάν τόλματον, sobre lo cual cf. SNELL (art. c. 82 n. 1),
SETTI (o. c. 217­219), SCHADEWALDT art. c. (en n. 21) 371 n. 1, MARTINAZZOLI (O. C. 260 n. 121).
Sobre el final del fr. en general, cf. MI LNE The Final Stanza of ΦΑΙ ΝΕΤΑΙ ΜΟΙ, en Hermes
L X X I 1936, 126­128.
">' Fr. 16, 21­22:
]. μεν oò δυνατόν γενέσθαι
] . ν άνθρωπ[ . . ( . ) π]εδέχην δ' αρασθαι.
SU impresionante terror ante «la horrible caverna de Hades»***. No,
Safo no hace más que enumerar los fenómenos de decadencia que, como
a toda mujer, tanto debían de entristecerla, y una vez terminado el
penoso inventario —flacidez de la piel, caída del cabello, debilidad de
los miembros— concluir apacible y serenamente: «Pero, ¿qué voy a
hacer yo? Ni la propia Aurora, siendo una diosa, consiguió para su esposo
Titono la inmortalidad, sino una miserable vejez llena de achaques y
pesadumbres aun peores que las mías»*»». Resulta, pues, digna y deco­
rosa esta actitud de última hora, y más si se tiene en cuenta que quien
la adopta no es un espíritu ascético y aborrecedor de las cosas de este
mundo, sino una mujer que supo amar y apreciar lo bello y decir con
desenfado en uno de sus escritos que evidentemente la muerte debe de
ser un mal, puesto que los dioses se han reservado sabiamente para sí
mismos la calidad de inmortales*"". Pero es que la vejez ha hecho aflo­
rar en esta mujer la oscura veta de la tólma fatalista *"i que, en el hervor
pasional de la sangre joven, apenas pudo en los buenos tiempos insi­
nuarse tenuemente para templar el duro desengaño causado por la mu­
chacha del phaínetaí moi^"^ o el desconsuelo de la ausencia de Anacto­
ria*"*.
Y esta facilidad para resignarse a lo inevitable, combinada con el
sentido práctico tan femenino que ya la impulsó una vez a predecir,
como renuncia simbólica a toda utópica aventura, que ella no tocaría
80
S A F O
» " Fr. 52: ψαύην S' ou δοκίμωμ' ορα'νω f δυσπαχέα f­ T h e a n d e r (o. c. en n. 121) preferiría unirlo
a fr. 147 como una modesta atenuación de la jactancia que pueda haber en éste. En fr. 63, 5­6
puede que deba leerse otra afirmación de humildad:
ϊλπις 8é μ' Ιχει μή πεδέχϊΐ[ν
μηδέν μακοίρων Ιλ[
Cf. η. 191.
S c ha d e wa l d t art. c. (en η. 21) 371 η. 1 cita también, con lo mencionado por mí en nn. 301­304,
los frs. 2¡6, 9­10 (en que se habla de «estar dispuesta a sufrir» después de aludir a la ingratitud
de alguien, cf. n. 134), 58 (cf. n. 299) y 95, 10 («ein Wort der Selbstbescheidung neben dem
Todeswunsch»; cf. n. 95).
Aquí vendría bien la interpretación tradicional (cf. nn. 259­264) de vs. 7­8 de fr. 5 («möge uns
niemand mehr íeind werden», traduce, rechazando la hipótesis, Sc huba r t en ρ . 303 de Bemer­
kungen zu Sappho, en Hermes L X X I I I 1938, 297­306), si no fuera porque, realmente, parece
un pensamiento demasiado cristiano y que no encaja con el contexto precedente: cf. también
Pa g e o. c. (en n. 15) 47. En cambio, el fr. 158 (cf. n. 191) sí parece ser testimonio de un aquie­
tamiento de las pasiones.
Por el carácter ridículo de la hipótesis hay que rechazar la idea de W e i g a l l (o. c. 329­330), que,
siguiendo a Edmonds (o. c. 214­215), ve en el fr. 24 ( a) una especie de adiós de la poetisa a sus
«heteras», licenciadas a raíz de la grave enfermedad (?) de que serían testimonio el fr. 150
(cf. nn. 43, 190, 201, 279, 283 y 300) y otros textos caprichosamente arreglados por el propio
Edmonds con conjeturas sui generis.
308 ρ, ­ 207, en Serv. ad Virg. Egl. VI 42. Una censura del sexo femenino habría también en f r. 16, 13­14
si tuviera garantías la incierta conjetura de T h e a n d e r o. c. (en n. 40) 71:
θύμος εδκ]αμπτον γάρ [εφυ γυναικός,
τδς Έ]ρο.ς κούφως τ[ρέπεται ν]όησ[ι]ν.
Fr. 121 (cf. η. 153). Existe cierta tendencia a considerar este fragmento muy conocido
(άλλ' Ιων φίλος αμμι
λέχ'ος άρνυσο νεώτερον
ού γαρ τλα'σομ' εγω συνοί­
κην εοισα γεραιτέρα)
como correspondiente a un epitalamio; asi Wi l a mo wi t z o. c. (en η. 13) 41 η. 3, S c h a d e wa l d t
lib. c. 44 (cf. n. 211), Lavagni ni (pp. 139­140 de o. c. en n. 127), etc. Wi l a mo wi t z sugería
nunca el inaccesible cielo es lo que, por suerte para nuestra poetisa,
le trajo el equilibrio espiritual que sus años mozos no habían sabido
darle » 05.
Pero por esta paz del alma hubo seguramente de pagar Safo un
elevado precio: el de la soledad. Porque las mujeres, las dulces y fieles
compañeras de su juventud, la habían ido dejando sucesivamente sin que
ella, por su parte, las buscara tampoco con demasiado afán*"'; y es que
tal vez no sea todo insincera hipérbole ni lugar común en la afirmación,
que hallamos en un fragmento, de que la mujer, como dice Hesíodo, es
una nociva plaga enviada por los dioses a la Humanidad
Y en cuanto a los hombres, aun en la edad madura hubieron de ser
causa de gran tristeza para ella cuando, con lenguaje dolorosamente
circunspecto, se vio obligada a rechazar la propuesta de matrimonio
de algún joven atolondrado y falto del tacto más elemental. ¡A Safo,
la poetisa, la fina catadora de amores juveniles, la que pudo elegir entre
lo más florido y selecto de las costas del Egeo, venirle con tardías ofer­
tas movidas quizá por una lástima que ella jamás solicitó!
81
M . F . G A L I A N O
Parecía, pues, una sarcàstica burla del destino aquella especie de
inoportuno y grotesco homenaje ofrecido demasiado tarde por los hom­
bres que antaño la habían excluido rudamente de los sanos y joviales
campos del amor normal. Y, si dejamos correr la imaginación en grado
algo mayor que de costumbre, podemos suponer que fué en aquella
noche de insomnio, la noche llena de recuerdos removidos torpemente
en un alma que aspiraba a olvidar, cuando escribió aquellos versos
inmortales que hoy le niegan los críticos, pero que cuesta trabajo creer
que no sean de ella:
«La luna se ha puesto
y se han puesto también las Pléyades;
es media noche ya;
el tiempo se está pasando;
y yo duermo sola...»
además que el fr. debía ser unido al 125 y al tan conocido άι παρθένος Ισσομαι que era en DIEHL
el fr. 102 (o. c. 64) ; pero LOBEL­ PAGE presentan el primero en forma ilegible (o. c. 9 1 ) y adscri­
ben a Al ceo, como v. 5 del fr. 3 0 4 , el segundo (o. c. 2 3 7 ) . LESKY (O. C. 136) cree que el fragmento
no es autobiográfico, sino perteneciente a una poesía convencional. Cf. n. 285.
No acabaríamos nunca si empezásemos a recoger cuanto se ha escrito sobre el famosísimo fr. 94 D. :
δέδυκε μέν ά σελανΜα
καΐ Πληίαδες. μέσαι 8έ
νύκτες, παρά 8' Ιρχετ' ώρα·
Ιγω δέ μόνα κατεύδω.
ΕΙ canto ha sido justamente ensalzado por todos los que han sabido ver en él un maravilloso
contraste, expresado con las más sencillas y exactas palabras, entre el personal desamparo y
aflicción del alma y la sublime indiferencia y grandiosidad (cf. n. 130) del «contorno cósmico»,
como ha dicho muy bien ORTEGA Y GASSET (p. 4 3 4 de o. c.) con relación al fragmento: cf. tam­
bién PERROTTA­GENTILI («la bellezza di questi quattro versi è nella nuda semplicità dell' espres­
sione... e nel contrasto potente tra il divino silenzio della notte e la sofferenza d' un cuore che
si strugge nella lunga e vana attesa» en p. 145 de o. c.) y BERNERT Alkman frg. 58 (Diehl), en
Philologus XCI V 1940, 2 2 9 ­ 2 3 1 , que aduce este texto sáfico y el fr. 6 D. de Ibi co como indicios
de que también la famosa descripción alemánica (fr. 4 9 Garz.) de los campos y montes dormidos
apuntaba a poner en paralelo la calma de la Naturaleza con «die eigene innere Ruhe». Nuestro
trozo plantea un grave probl ema de autenticidad (cf. las vacilaciones de LESKY O. C , que niega
en p. 1 3 6 y duda en p. 101) : el hecho de que Hefestión, al transmitir el texto en Enquir. XI 5,
no lo dé como de Safo, es ya un argumento fuerte para los escépticos, cuya tesis han venido
a reforzar la circunstancia (cf. LOBEL, que en p. 7 2 de o. c. en n. 127 da el fr. como
6 incerti auctoris, y PAGE en n. 4 de p. 128 de o. c. en n. 15) de que el dialecto no parece eòlico
y la consideración, anotada principalmente por LAVAGNINI (pp. 169 y 1 8 4 ­ 1 8 9 de lib. c. en n. 123
y pp. 140­ 142 de o. c. en n. 127), de que resulta insólita «la... crudezza realistica del sentimento
istintivo ed elementare, di cui non ricorre altro esempio in Saffo (per cui la realtà si attenua
e si trasfigura in una magica luce di sogno)», frente a lo cual habla KALINKA (Ο. C. 1300) de «die
zwei entziickenden, echt sapphische Innigkeit, Naturschwarmerei und Schwermut atmenden
Verse». Todo esto ha hecho pensar a algunos, comenzando (ρ. 7 5 η. 1 de o. c. en n. 13) por WI LA­
MOWITZ (a quien esta vez creo que es injusto acusar por ello de «pruderie» como ha hecho PER­
ROTTA o. c. 62) , que podría tratarse (cf. ALY o. c. 2 3 7 0 ) de un canto popular lesbio anónimo
(así especialmente LAVAGNINI OO. c e ) , tesis que tendría en su apoyo (cf. TREU en p. 2 1 1 de ed. c.
y pp. 2 0 8 ­ 2 0 9 de o. c. en n. 26 j el argumento de que en Safo seria una rareza un pbema de sola­
mente cuatro versos. Así, LOBEL­ PAGE, por ej empl o, eliminan de o. c. este texto, lo cual parece ex­
cesivo a GALLAVOTTI en la res. de La par. del pass. X 1 9 5 5 , 1 5 5 ­ 1 5 6 . No han faltado, sin embargo,
defensores, de los que el más valeroso ha sido en los últimos tiempos PERROTTA (O. C. 6 2 nn. 2­ 3 y
82
S A F O
«El tiempo se está pasando», es decir, «la juventud, el momento que
pudo haber traído la más intensa felicidad, huye para siempre» *^^; y
así, en la estrellada noche serena, Safo llora su vida estéril, su amor
frustrado, su inquieto deseo insatisfecho...*^*
63; cf. tambi én P e r r o t t a ­ Ge k t i l i o. c. 144­146): los alegatos de éste convencen en cuanto a la
omisión del nombre de Safo en Hefestión (como de la poetisa conocían el trozo los imitadores de
que vo y a hablar y sobre todo Ovidio) y en cnanto a que conocemos demasiado poco de Safo (cf.,
p. ej . , nn. 211­222) para juzgar de si la crudeza es o no excesiva, aspecto en el cual se equivocó de
plano (en lo que llama Ge f f c k e n o. c. I Anm. 90 n. 116 «ganz unglückliche Experiment») Luñá k
(De Sapphus fragm. 52 commentariolum, en Wien. Stud. X L 1918, 97­101) con su «moralización»
radical del trozo mediante la lectura μόνα oú κατεύδω y la traducción ego... sola deserta non
dormio en p. 99. Por lo que toca al enjuiciamiento general, ya Ro ma g no l i (negando, por cierto,
a κατεύδω el valor de «duermo» en n. 1 de p. 200) habia puesto reparos al pretendido «tòno popo­
laresco» del fr. en o. c. 267­268; pero, en cambio, los argumentos lingüísticos de P e r r o t t a resul­
tan flojos, y creo que él mismo se da cuenta de ello. Ahora bien, en lo que no estoy ya de acuerdo
es en que, admitido el fragmento como sáfico, pueda haber en él otra cosa que una sincera mani­
festación personalisima: en ese sentido voy con la Srta. Mas s a Po s i t a no (o. c. 173) y no con
MuENSCHER (p. 29 n. 4 de Metrische Beiträge, en Hermes L I V 1919, 1­45). El fragmento fué
célebre desde la Antigüedad (cfi Ma r t i na z z o l i o. c. 235 n. 60): prescindiendo de ecos dudosos
como el de Aristóf. Asambl. 911­913
(at'at τί ποτε πείσομαι;
ουχ ήχ.εί μουταϊρος·
μόνη δ' αυτού λείπομ' ),
tenemos imitaciones de Asclepíades en Ant. Pal. V 150
(ώμολόγησ' ήξειν εις νύκτα μοι 1J ' πιβόητος
Νικά) ...
κουχ ήκει, φυλακή δε παροίχεται),
Teócr. X X 45 (μώνα δ' άνά νύκτα καθεύδοι en una maldición) y las palabras de Aquiles, dis­
frazado de mujer, en Β ion I I 27­30
(άλλαι μέν κνώσσουσι συν άλλήλαισιν άδελφαί,
αύταρ εγώ μούνα, μούνα 8έ σύ, νύμφα, καθεύδεις.
αί δύο παρΘενικαΙ συνομοίλικες, αί δύο καλαί,
άλλά μόναι κατά λέκτρα καθεύδομες)
y una alusión en la ya citada Heroida X V de Ovidio (vs. 155­156):
Sappho desertas cantal amores...
media cetera nocte sileni.
Y aun ha sido más alabado, traducido e imitado el pasaje en los tiempos modernos (cf., p. ej . ,
nn. 144. 157. 164 y 322).
" 1 El verso tercero ha creado un problema en que, creo yo, todos tienen un poco de razón. Es evidente
que, como dice Lavagni ni (pp. 187­189 de lib. c. en u. 123 y 141­142 de o. c. en n. 127), ώρα no
puede tener nuestro sentido astronómico moderno, y se equivoca Asclepíades (1. c.) al emplear
el φυλακή alusivo a la división de la noche en turnos de guardia; y en cuanto a la otra objeción
del filólogo, no veo qué puede oponerse a παρέρχεται, que reproduce mejor que el «perfecto»
παροίχεται la angustia de un instante no transcurrido aún, pero que está a punto de transcurrir
(no es necesario, por tanto, acudir a la rara interpretación de Ma a s , que en p. 142 de la o. c. en
n. 127 de Lavagni ni sugiere, apoyándose en una acepción del Etymologicum Magnum para
ώρα, «está pasando la ronda nocturna, lo cual quiere decir que ya es tarde»). Para mí, ώρα tiene
el sentido vago de «momento oportuno para una cosa» y debe ser traducido indeterminada­
mente por «tiempo» (cf. P e r r o t t a o. c. 62 u. 2 y Srta. Mas s a Pos i t ano o. c. 172­173 con Pe r ­
r o t t a ­ Ge n t i l i o. c. 145). El pasaje, como casi siempre toda poesía que signifique algo, tiene
una doble interpretación: por una parte (coincido con Lo ng o Aristofane e un' interpretazione
di Saffa, en Maia V I 1953, 220­223, que aduce certeramente el τί ποθ' άνδρες ουχ ήκουσιν;
ώρα δ' ήν ππλαι de Aristóf. Asambl. 877) «se está pasando el momento de la noche (en que el
amante debía haber venido)», con lo cual van bien las determinaciones estelares, etc., y por
otra, calando más hondo en el acongojado mundo psíquico de Safo, «se está pasando el momento
(de la vida) más oportuno (para el amor)» (cf. Ma r t i na z z o l i o. c. 235 n. 60 con su paralelo de
Hesíodo Trab. 409 donde la ed. de Ma z o n traduce «Saison»), esto es, en definitiva, el flos aetatis
83
M . F . G A L I A N O
Y aquí me uno, para terminar, a figura tan insigne como es la del
más grande de los filólogos, Ulrico von Wilamowitz­Moellendorff, que,
si erró por exceso de pasión en alguna cuestión relacionada con nuestra
poetisa, puede apuntarse, en cambio, un grandísimo acierto *" en la ínter­
defendido por Lavagni ni con aducción del Eíym. Magn. ωρα· σημαίνει τήν μορφήν καΐ το κάλλος.
De este modo, el fr. encaja perfectamente en el complej o anímico de aquella «mujer 'rebelde
al otoño' , para quien ha pasado la hora incendiada del amor» de que habló Or t e g a o. c. 4 3 5 .
=1" Es extraño que Lavagni ni , no creyendo (cf. η. 310) en la autenticidad sáfica del fr. 94 D. , haya
escogido (en pp. 1 8 4 ­ 1 8 9 del lib. c. en n. 123, nota reproducida en pp. 1 5 ­ 2 0 del lib. c. en n. 104)
una poesía de la condesa A n a d e N o a i l l e s , q­ue reproduce íntegra (Parfums dans l'ombre,
en pp. 3 3 8 ­ 3 4 0 de la ed. 14» de Les éblauissements, libro publicado por primera vez en París, 1907)
para poner en contraste la «semplicità» del «grido, pri mi ti vo ed elementare, dell' amore deluso
e dell' attesa vana» que hay en dicho fr. con la «sinfonia lirica. . . ricca di note secondarie e di
determinazioni accessorie» y llena áe «coKiplessa analisi interiore» que aparece ante nosotros
en la obra de la poetisa moderna. La condesa, ante el inútil prodigai' se de las flores olcJrosas en
la noche, exclama melancólica:
«Ah! Comment ne viennent­ils pas,
les rêveurs, en pèlerinage,
ce soir, ainsi que des rois mages,
vers ma vie et vers ce lilas...»;
pero todavía las lilas, «en qui Γ infini respire», son dichosas, pues podrán gozar eternamente,
en ellas o en sus sucesoras, de la lánguida noche estival,
«mais moi! qui dira mon délire
le j our où mon corps sera mort?»
Y es extraña, decía yo arriba, la coincidencia porque precisamente Or t e g a y Ga s s e t (o. c. 4 3 5 )
puso de relieve una serie de curiosas semejanzas entre Safo y la francesa. Curiosas, pero no siem­
pre exactas, porque, si bien es verdad que en «un radieux effroi fait trembler mes genoux» hay
un recuerdo, uno más, de ir. 31 (cf. η. 291), y aun los bien conocidos versos
«deux êtres luttent dans mon coeur:
c' est la bacchante avec la nonne»
hacen venir a las mientes el fr. 51 (cf. nn. 18, 244 y 269) a pesar de que no sabemos a qué se
refiere exactamente esta inquietud interna de Safo, es, en cambio, un paralelo fallido el que
más abajo establece nuestro gran escritor. «Las dos mujeres divinas, situadas en ambos extre­
mos del destino europeo, sienten la fuerza anónima del silencio con inesperada coincidencia. La
actual ' observa, tenso el espíritu, como un cazador, el curso ilimitado y puro del silencio'. La
antigua, con mayor modernidad, dice sólo esto: ' La noche está llena de orejitas que escuchan' ».
Ahora bien, tendría razón Or t e g a en cuanto a la sensibilidad de ambas para el gran silencio
de la Naturaleza si fuera segura (cf. η. 310) la atribución a Safo del fr. 94 D. ; pero la νΰξ πολύως
que leían aún Re i na c h (o. c. 7 3 2 ) y A l y (o. c. 2 3 7 4 ) en fr. 96, 19 ha desaparecido ya (cf. Pi e ­
r acci oni en p. 6 5 de o. c. en n. 223) de las ediciones modernas. En cuanto a la última frase
del trabajo, yerra el filósofo (cf. η. 268) al afirmar que «Safo dij o de sí misma que era pequeña
y morena» y acierta, si se puede juzgar por las fotografías, al terminar garbosamente, con ga­
lante humor: «La condesa de N o a i l l e s no lo dice, pero lo es maravillosamente». De todos mo­
dos hay que advertir que el paralelo sáfico con respecto tanto a la No a i l l e s como a muchísimas
otras poetisas de la primera mitad de este siglo resulta a veces demasiado fácil y puede ser enga­
ñoso. Por ejemplo, ya terminado este libro leemos el artículo Sobre Gabriela Mistral de A l b e r t o
InstJa, publicado en Madrid del 22­ 1­ 1957, que habla de Al f o n s i n a St o r ni , «la émula de Safo,
que buscó el olvido en el mar» y que, «insatisfecha en su ardiente sensualidad... imitó a la poetisa
de Lesbos, y su Leucate fué la onda apacible de Mar del Plata». Pues bien, en la St o r ni no hay,
al menos en la parte de su obra que conocemos, ecos de la verdadera pasión sáfica —y no me
refiero ya al amor aberrante, sino al clima emocional tan sincero e íntimo de la lesbia—, sino
una similitud casual entre su suicidio ( 1938) y el fin de la consabida leyenda y tal vez, tal vez,
afinidades con respecto a Safo en el «temperamento varonil» que le ha reconocido algún crítico
(como Ai t a La literatura argentina contemporánea, Buenos Aires, 1931, 8 6 ) .
^" Wi l a mo wi t z o. c. (en n. 13) 2 5 ­ 4 0 ; cf., entre otros, P e r r o t t a o. c. 2 5 n. 1. Los testimonios sobre
la leyenda los recogen L o b e l ­ Pa g e en el fr. 211 (o. c. 109­ 110) . Ecos modernos pueden verse,
p. ej . . en nn. 145, 149­151, 153, 156­158, 160, 169 y 171.
84
S A F O
85
pretación, bella y verosímil a un tiempo, de esa rara leyenda, popula­
rizada posteriormente por Ovidio, que nos presenta a la trágica Safo
despeñándose por la roca de Léucade ante la insensibilidad para con
ella del hermoso Faón.
Leyenda, digo, y mejor sería haberla calificado de conglomerado
de leyendas: bastó, en efecto, que Safo hablara en versos hoy perdidos
de un amante de Afrodita que en esencia no era más que un genio
simbolizador de la fertilidad vegetal de la Naturaleza que, en algún
pasaje de esta poesía, pusiera en boca de la diosa palabras que podían
ser tomadas por expresión de sentimientos personales de la autora; y
que, en fin, haya sido impulsada por la melancolía a apetecer en algún
otro lugar, como lo hizo también Anacreonte, el prodigioso salto desde
la leukás pétra, la peña blanca que, según las creencias populares, otor­
gaba al audaz acróbata el olvido de los males y la regeneración puri­
ficadora de quien entrega a las aguas marinas su pesar obsesivo ' i ^ ;
' 1· De Faón nps dicen en confusa mescolanza los antiguos: 1." Que era un anciano barquero lesbio
tan honesto en general y que tan bien se comportó con Afrodita, disfrazada igualmente de vieja,
que la diosa le premió haciéndole recobrar belleza y juventud {Paléfato De incred. 4 8 y Luc.
Dial, muert. I X 2) . 2. 0 Que esto lo hizo Afrodita dándole un ungüento (Eliano Var. hist. XI I 18)
con el cual, en lo sucesivo, el barquero lesbio feminas in suum amorem trahebat (Varrón en Serv. ad
Virg. En. III 279) . 3. " Que era —o se convirtió en— el más bello de los hombres, y que las muj e­
res de los mitilenenses le amaban, hasta que al fin fué muerto por haber sido sorprendido en
adulterio (Eliano 1. c ) . 4. " Que, si es cierta la interpretación usual del fr. 174 del cómi co Platón
(cf. n. 136), alguien, tal vez la celosa Afrodita, rechazaba a las mujeres que querían gozar del
amor de Faón. 5.» Que Afrodita escondió al bellísimo Faón iv θριδακίναις, «entre las lechugas»
(Eliano, 1. c ) . 6. " Que la diosa hizo esto por amor (Cratino, fr. 3 3 0 en Aten. II 6 9 d: cf. n. c ) .
7. " Que no lo hizo con Faón, sino con Adonis (Calimaco, fr. 4 7 8 Pf. en Aten. II 6 9 c). 8. ° Que
lo que ocultó Afrodita fué el cadáver de Adonis (Eubulo ir. 14 en Aten. II 6 9 c­d y Comes Nata­
lis Mitol. V 16; cf. n. c ) . Parece, pues, que hay aqui celos de la diosa, un ocultamiento del amado
para sustraerlo a la turba femenil atraída por él, y la infortunada circunstancia (¿o tal vez se
tratará de un castigo o precaución de la diosa?) de que el contacto con el vegetal, bien conocido
por sus virtudes antiafrodisiacas (cf. Ateneo II 6 9 c, άσθενεΤς ε'ισΐ προς αφροδίσια oí συνεχώς
χρώμενοι θρίδαξι, acerca de la planta llamada άστ,υτίς, con nombre derivado del prefijo nega­
ti vo y de στύω, por Lico ap. Aten. II 6 9 e; ya se dijo en n. c. que la comedia de Eubulo se lla­
maba Άστυτοι , algo así como Los impotentes), produjo a Faón insensibilidad para con las
mujeres (y claro está, también para con Afrodita cuya precaución, si es que la hubo, resultó
contraproducente); y es evidente que Faón, como Adonis con quien se le confundía, fué origi­
nariamente un demón representante del alternativo florecer y marchitarse de la vegetación
(Marsias el j oven, en Aten. II 6 9 d, habla de cebada y no de lechugas). Safo debió de tratar esta
leyenda, según se desprende de Paléfato 1. c. (οδτος ¿ Φαων Ιστίν, έφ' φ τον ίρωτα αυτή»;
ή Σαπφώ πολλάκις Ιμελοποίησεν, donde αυτής, ηο αδτής, se refiere a la diosa), Comes Natalis 1. c.
(scriptum reliquit Sappho Adonim mortuum fuisse a Venere inter lactucas depositum) y Plin.
Hist. Nat. X X I I 2 0 , que dice que Faón fué amado por Safo gracias a la virtud mágica de la
planta llamada erynge cuando la realidad es probablemente que la poetisa habia aludido al
citado vegetal en relación con los amores de Faón y Afrodita. El hecho de que Paléfato, Varrón,
Eliano, Platón, Plinio y el Suda hablen de Lesbos y de Mitilene con respecto a Faón se deberá,
naturalmente, a haber sido ya la leyenda influida por el supuesto amor de Safo. Sobre todo
esto en general, cf. S t o e s s l Real­Enc. X I X 1938, 1790­ 1795, s. v. Phaon.
Parece probable (cf., con lo citado en n. 313, Zi e l i ns ki o. c. y L e s k y o. c. 134 y 166) que «tirarse
de la roca blanca» (cf. Anacreonte fr. 17 D. ,
αρθείς δηδτ' άπο λευκο'δος
πέτρηις Ις πολιον κδμα κολυμβέω μεθύων Ιρωτ'ι,
Μ . F . G A L I A N O
86
bastó, digo, todo esto para que surgiera, como una más entre las mil
torcidas interpretaciones de lo sáfico, un cuento difícilmente concilia­
ble con lo que nos enseñan los fragmentos mismos de la poetisa * i * .
Pero acertó, casualmente o no, la leyenda, como ha demostrado
aguda e inteligentemente Wilamowitz. Porque amar a Faón, el joven
dotado por Afrodita de la mayor hermosura, pero también de la más
glacial indiferencia hacia la multitud de sus adoradoras, es como amar
un bello ideal, un bello imposible*". Y el amor de Safo*", el amor des­
y Eurípides Cid. 164­167,
ώς ΙκπιεΤν γ' άν κύλικα μαινοίμην μίαν,
πάντων Κυκλώπων άντιδοος βοσκήματα,
^ΐψαί τ ' Ις άλμην λευκαδος πέτρας άπο,
άπαξ μεθυσθείς καταβαλών τε τάς οφρδς)
no era primitivamente suicidarse (cf. WILAMOWITZ en pp. 42­43 de o. c. en n. 174, «wenn so von
dem leukadischen Felsen springt... so heisst das, nicht den Tod, sondern Erlösung von den
Seelenqualen finden, wie sie die Götter nur darum ihren Begnadeten auferlegen, weil sie ihnen
zugleich den Vorzug verliehen haben, zu sagen, was sie leiden»), sino liberarse de preocupaciones
u obsesiones, bien por medio del vino, como en el caso de Eurípides, bien por otro procedimiento
heroico que, ante una situación peligrosa o angustiosa (cf. n. 160), trajera consigo la solución
o al menos el olvido, la paz interior: cf. WILAMOWITZ (p. 74 de o. c. en n. 13), «Der Sprung be­
deutet den letzten Versuch, sich von einer verzehrenden Leidenschaft zu lösen; weiter nichts,
keinesweges Selbstmord». La λεύκας πέτρα la habría en muchas partes (p. ej . , en Calcis, Mag­
nesia y el Bosforo); pero la que adquirió más celebridad y se convirtió en escenario del supuesto
suicidio de Safo fué l a de Léucade (cf. las comedias citadas en n. 136, y especialmente la de
Menandro sobre la cual cf. n. 316). Como se ve, hay una deformación más de la leyenda en supo­
ner una muerte voluntaria de Safo por desesperación amorosa, y probablemente tiene razón
DEL GRANDE' (O. C. 42) al comparar el mito con las fábulas de Dafne, Hipólito o Narciso: la catás­
trofe final es concebida como el inevitable castigo aplicado por la Afrodita pandemia a quien
la ha ofendido violando las leyes naturales.
" · Cf. Menandro, fr. 258 K., de la com. di a La leucadia (cf. n. 136):
οδ 8ή λέγε<ται πρώτη Σαπφώ
τον ύπέρκομπον θηρωσα Φάων'
οίστρώντι πόθφ ^Εψαι πέτρας
άπα τηλεφανοδς;
Varrón 1. c. (in queis fuit una, quae de monte Leucate, cum potiri eius nequiret, abiecisse se dicitur,
unde nunc auctorare se quotannis solent qui de eo monte iaciuntur in pelagus); Plauto Miles 1247
(sobre Faón el lesbio amado por una mujer); Luciano Navig. 43 (el que habla desea superar en
hermosura a Jacinto, Hilas y «Faón el quiota», y que las abandonadas por él mueran de pena);
Ateneo XI I I 596 e (;Σαπφώ τοδ καλοδ Φαωνος ΙρασθεΤσα περιβόητος ήν) y el Suda, que dice αδτη
δι' ϊρωτα Φαωνος τοδ Μιτυληναίου έκ τοδ Λευκάτου κατεπόντωσεν έαυτήν s. ν. Σαπφώ (ed. c. IV
323, 12­14) y τοδ γαρ Φάωνος Ιρασ6ήναί φασι συν πολλοίς καΐ Σαπφώ, οδ τήν ποιήτριαν, άλλα
Λεσβίαν, καΐ άποτυγχάνουσαν (^Τψαι έαυτήν άπο τής Λευκάδος πέτρας s. ν. Φαων (cf., sobre todo
esto, η. 226). Tenemos, en fin, la. Heroida XV de Ovi di o (cf. n. 139 y añado a última hora la
cita de p. 25 de RONCONI Introduzione alla letteratura pseudoepigrafa, en St. Cl. Or. V 1955,
15­37), carta de Safo a Faón que, hastiado de ella, ha marchado a Sicilia; en este texto, muy
discutido en cuanto a si prevé o no el suicidio de Safo, parecen basarse los relieves del ábside
de la basílica de la Porta Maggiore de Roma, sede por lo visto de una comunidad neopitagórica,
en que Safo apai ece a punto de saltar desde la roca. La comedi a de Menandro fué imitada en
latín por la Leucadia de Turpilio, sobre la cual cf. PARATORE (en pp. 160­161 de Storia del tea­
tro latino, Milán, 1957) y PASTORINO (Turpilio fr. 213 R?, en Maia VI I 1955, 43­45), que cree
que el romano se inspiró tambi én en la Safo de Antífanes (cf. n. 136).
Cf. WILAMOWITZ O. C. (en n. 13) 74, «ihn lieben heisst sich in unbefriedigten Sehnen verzehren».
Dicho autor sugiere (ibid. y en ρ. 42 de o. c. en η. 174) que Faón puede tener que ver algo con
Φαέθων (que en fr. 65, 8 no figura como nombre propio, sino como adjetivo) o ser «ein überir
disches Wesen, etwa der Morgenstern».
En este lugar decía el texto de nuestra conferencia: «. . . ese amor caracterizado insuperablemente
S A F O
87
viado desde las amenas sendas naturales hacia los abruptos caminos
en que tanto desdén e ingratitud iba a encontrar, tenía fatalmente que
morir, cayendo desde la blancura resplandeciente del precipicio som­
breado de pinos, en las aguas azules otorgadoras al fin de deleitosa paz.
Y allí, en lo más profundo del mar de las innumerables islas, deje­
mos reposar aquella turbamulta de Safos frenéticas, procaces o neuró­
ticas para quedamos con la deliciosa cantora a quien rindió inmortal
tributo su compatriota Alceo «Safo, la pura Safo la de los cabellos
ceñidos de violetas**^, la de la dulce sonrisa...»***
como ταλας ' desdichado' por un pintor de vasos...» Pero hemos tenido que suprimir el trozo.
Se trata de un crater de la colección Middleton, ahora perdido, en cuyo dibujo publicado por
JAHN (lám. I de Ueber Darstellungen griechischer Dichter auf Vasenbildern, en Abh. phil.­hist.
Cl. konigl. sacks. Oes. Wiss. I I I 1861, 697­760) se ve a la poetisa, rotulada como ΣΑΠΦΩ y con
un rollo en la mano, y a un mensajero alado con la inscripción ΤΑΛΑΣ que le aporta una corona.
Esto es lo que hizo a WILAMOWITZ (O. C. 40) utilizar el vaso con su bella imagen del amor infor­
tunado (aún así, GALLAVOTTI ed. c. I ' 49) . Pero desgraciadamente BEAZLEY sugería ya la lectura
καλός (si no recordamos mal lo que creemos haber leído no sabemos en qué lugar de ROBINSON
o. c.) y asegura (Greek Vases in Poland, Oxf ord, 1928, 9 η. 2) que es posible que haya habido
obra de restauradores y que ταλας es i mprobabl e.
Fr. 384 (cf. SCHMID O. C. 411 n. 3 y nn. 286 y 288 con lo allí citado): ίόπλοκ' άγνα μελλιχόμειδε
Σίίπφοι. Sobre la primera palabra, cf. η. 268 y LIDDELL­ SCOTT S. V. , «with dark locks», contra
la corriente interpretación (cf. τι. 146).
FERRARI (o. c.) demostró (cf. pp. 87­88 de mi primer art. c. en n. 16) que, antes del s. v, αγνός
únicamente significa «puro» en sentido religioso, y que éste es el único lugar de la poesía arcaica
en que el epíteto se aplica a una persona. Es porque Alceo (dice en p. 52) «aveva vagheggiato
nella donna il soffio divino di una poesia ardente e dolcissima»; y así (p. 53) «d' ora innanzi,
quando si accenner à di nuovo a questo verso, non si parli più di un Alceo paladino della castit à
di Saffo, ma di un Alceo che sente in Saffo la presenza del nume». Esto significa que aqui habría
que traducir algo así como «veneranda» o «divina». A esto se opone DEL GRANDE (o. c. 41 y 428­433)
interpretando άγνα como «coerente ad una posizione di liceit à rehgiosa o morale» o como epíteto
aplicable a aquella que «vedova, serbava in purezza la castità vedovile». Y, en fin. PAGE O. C.
(en n. J5^ 108 n. 1 pone su gotita de acíbar al sugerir que el verso sea irónico. Para mí no hay
inconveniente en traducir «pura» siempre que se entienda que no se trata de pureza material
(cf. CHANTRAINE O. C. 265 n. 1), sino de esa indefinible y maravillosa aureola que daba a la poeti sa
su excelsa personalidad: me inchno más bien hacia la tesis de FERRARI, pero no apruebo su
intento de verter a otra lengua un concepto intraducibie de puro sutil e inmaterial.
Cf., no obstante, n. 268.
Perdónenos el paciente lector que, ateniéndonos a precedentes como el de RUEDIGER con su Geschich­
te derdeutschen Sappho­Ueberseízungen (Berlín, 1934; cf. buena res. de SCHOENEMANN en Philol.
Wochenschr. LV 1935, 204­209), recojamos a modo de apéndice lo más importante (además de
lo antes citado en nn. 2, 16­18, 75, 84, 86. 144, 146­147, 153, 158, 167, 172, 176, 179,
290 y 292) de cuanto sobre Safo se ha hecho en España: a) MENANDEZ Y PELAVO (Orígenes
de la novela, I I I , Madrid, 1943, 12­14) ha señalado que en una traducción anónima catalana
de BOCCACCIO se intercala una poesía («no puch dormir soleta, etc.») en que puede o no haber
una coincidencia con fr. 94 D. Parece desarrollo del mi smo tema (cf. MENÉNDEZ PIDAL España
y su historia, I, Madrid, 1957, 789­790) el pasaje del Villancico fecho por el Marqués de Santillana
a unas tres hijas suyas que se lee en p. 137 de Poesías del Λί_ de S. (Barcelona, 1942):
«La niña que amores ha
sola ¿cómo dormirá?»
b) De Casual (ibid. 273 n. 1) califica MENÉNDEZ Y PELAVO la similitud entre el citado fr. y el
canto de Melibea en la segunda escena del j ardí n de la Celestina (ed. CEJADOR, I I , Madrid, 1954,
179, U­ 14) :
«La media noche es passada,
e no viene.
Sabedme si ay otra amada
que lo detiene.»
M . F . G A L I A N O
88
En los apostrofes lastimeros de Pleberio al Amor (ed. c. I I 2 1 1 , 18- 19) se lee: «Pues a Sapho,
Ariadna, Leandro, ¿qué pago les diste?» c) FERNANDO DE HERRERA ofrece una traducción no
muy acertada del mismo fr. en Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones de F. de H. (Se-
villa, 1580) . El último verso («y duermo sola yo, aym' é, mezquina»), del que dice con razón ME -
NÉNDEZ Y PELAVO (Biblioteca de traductores españoles, II, Madrid, 1 9 5 2 , 2 1 5 ) que «realmente
es inarmónico», fué censurado por FERNÁNDEZ CE VELASCO (cf. ibid. 212- 215) . d) El final de
la Imitación de diversos de FRAY LUI S DE LEÓN
(«... si, a la fin, dormís, señora,
en el solo y frío lecho?»)
no parece proceder directamente de Safo (pese a HURTADO y GONZÁLEZ FALENCIA Historia
de la Literatura española, Madrid, 1 9 3 2 » , 314) , sino del BEMBO (cf. Obras completas castellanas
de F. L. de L., ed. del P. FÉLI X GARCÍA, Madrid, 1944, 1496- 1498) . e) TOMÁS TAMAYO DE VAR-
GAS obtuvo en 1621 las licencias (cf. APRAIZ Apuntes para una historia de los estudios helénicos
en España, Madrid, 1876, 105 y M. y P. B. de tr. esp. IV 1953, 283) de un Novus Musarum Chorus
que había de comprender versiones latinas de nueve poetisas griegas y que quedó inédito.
f) D. BERNARDINO DE REBOLLEDO, en sus Ocios del Conde D. B. de R., Amberes, 1660, ofrece
(cf. M. y P. B. de tr. esp. IV 148) un madrigal
(«Dichoso quien te mira
y más dichoso quien por ti suspira...»)
que recuerda al fr. 3 1 . g) IGNACIO DE LUZÁN tradujo los frs. 1 y 3 1 , que fueron publicados des-
pués de su muerte por SEDANO (Parnaso español, IV, Madrid, 1770, 169- 171) . M. y P. (B. de
tr. esp. II 3 6 7 - 3 7 0 ) reproduce la segunda de dichas versiones, anotando que «la mayor parte de
los versos son débiles y arrastrados y algunos carecen hasta de la acentuación debida». La tra-
ducción es francamente mala, h) En una de las notas marginales puestas por MENÍ NDEZ Y
PELAVO a un ej . de la o. c. de APRAIZ se dice (Bibliografia hispano-latina clásica, X, Madiid,
1953, 242) que D. BERNARDO M. » DE CALZADA, escritor del xvi i i , tradujo el fr. 3 1 «por tabla,
según el texto de BOILEAU» (cf. n. 147). i) En las Poesías postumas de IGLESIAS DE LA CASA
(Salamanca, 1795) se incluyó por error una paráfrasis del fr. 1 que el poeta citado conservaba
entre sus papeles. M. y P. la reproduce (B. de tr. esp. I 1952, 8 9 - 9 1 ) calificándola de excelente;
confesando ignorancia en cuanto a autor y época (en la nota marginal citada arriba se habla
del s. XVI) y sugiriendo la idea de que pueda ser ésta una de las versiones que, obra de él mismo
o de su discípulo D. JOSÉ RODRÍGUEZ DE ROBLES, prometía (cf. APRAIZ O. C. 80- 81 y 148) FRAY
BERNARDO AGUSTÍN DE ZAMORA en el prólogo de su Gramática griega filosófica (Madrid, 1771) .
j) Obras de Sapho, Erinna... traducidas del griego en verso castellano por D. JOSEPH y D. BER-
NABÉ CANGA-ARGÜELLES, Madrid, 1796. Las versiones de los frs. 1 y 3 1 están reproducidas,
con notas laudatorias, en pp. I 2 8 1 - 2 8 2 y I I 3 6 8 , respectivamente, de la Bibl. de tr. esp. de M. y P.
Una parte de las versiones sáficas está recogida en el tomo L X I X de la «Biblioteca clásica» (Poe-
tas líricos griegos, Madrid, 1884, 2 7 5 - 3 0 5 ) y en el vol. V de la colección «Las cien mejores obras
de la Literatura Universal», titulado Los poetas griegos (2. » ed., Madrid, s. a., pp. 6 3 - 6 6 ) . k) Poe-
sías de Saffo... traducidas de griego por D. JOSEPH ANTONIO CONDE, Madrid, 1797. Las versiones
de frs. 1 y 3 1 están reproducidas en pp. I 3 5 3 - 3 5 4 y II 3 6 8 - 3 6 9 , respectivamente, de la Bibl. de
tr. esp. de M. y P., que acusa justamente al traductor de haber estado desdichadísimo en la elec-
ción de metro con sus heptasílabos que forman una especie de «retahila de romancillo». También
algunas de estas versiones figuran en el tomo citado de la «Bibl. clás.». El abate JOSÉ MAR-
CHENA, en una nota al Fragmentum Petronii ex bibliothecae S. Galli antiquissimo ms. excerptum,
nunc primum in lucem editum, gallice vertit ac nolis perpetuis illustravit Lallemandus, Basilea,
1802 (sobre el cual cf. M. y P. en pp. 7 0 - 7 4 de o. c. en n. 147) traduce el fr. 3 1 al francés en
versión que, según nuestro crítico (ibid. 74) , «no es ciertamente un modelo de buen gusto y ado-
lece de la palabrería a que parece que inevitablemente arrastran los alejandrinos franceses;
pero tiene frases ardorosas y enérgicas». D. MARCELINO cree por lo visto que el fragmento no
ha sido traducido directamente, sino a través de Catulo, añadiendo que el tintinant aures de
éste (LI 11) nunca ha sido mejor interpretado que en la versión, muy bella por cierto en estos
versos, de MARCHENA:
«Immobile, sans voix, accablée de langueur,
d' un tintement soudain mon oreille est frappée,
et d' un nuage obscur ma vue enveloppée:
un feu vif et subtil se glisse dans mon coeur».
m) En el fr. 3 1 se inspiran unos versos de MANUEL JOSÉ QUINTANA (p. 9 0 , 11- 14 de las Poesías,
ed. ALONSO CORTÉS, Madrid, 1927, en la oda A la hermosura) :
S A F O
89
«¡Dichoso aquel que junto a ti suspira,
que el dulce néctar de tu risa bebe,
que a demandarte compasión se atreve
y blandamente palpitar te mira!»
n) Anacreonte, Safo y Tirteo traducidos del griego en prosa y verso por D. JOSÉ DE CASTILLO Y
AYENSA, Madrid, 1832. La traducción comprende cuatro fragmentos. Quizás exagere M. y P.
(B. de tr. esp. I 282 y 329-334) al proclamarla por muy superior a todas las traducciones sáficas
no ya españolas, sino del mundo entero, pero lo cierto es que las versiones son bastante buenas,
sobre todo si se tiene en cuenta que el texto griego en que se apoya el traductor no es siempre
satisfactorio. Las traducciones de CASTILLO Y AYENSA han sido reproducidas, en todo o en parte,
por GONZÁLEZ GARBÍN (O. C. 190-191) y MENÉNDEZ Y PELAVO (Bibl. de tr. esp. I 332 y II 369)
y en 1. c. de Los poetas griegos, así como en el folleto Safo y Erina. Odas (Barcelona, s. a.; editado
por «La Academia Calasancia»). ñ) MANUEL NORBERTO PÉREZ DEL CAMINO dej ó inéditas dos
versiones del fr. 31 (cf. M. y P. Bibl. de tr. esp. I V 57 y Bibl. hisp.-lat. clás. X 242). o) MENÉN-
DEZ Y PELAVO contó a la lesbia entre sus autores predilectos: en su Epístola a Horacio publicada
en o. c. (en n. 292) I 183-192 habla del «ancho mar de Pindaro y de Safo» y de
«la alada estrofa en que de Ciéis la madre
supo inflamar con férvidos amores
a bien trenzadas vírgenes lesbianas»;
ibid. I 197-202 nos ofrece Sáficas con la inevitable cita
«de la áurea lira, que pulsara en Lesbos
mísera Safo»;
y en su Carta a mis amigos de Santander (ibid. II 60-71) se remonta un poco más con el conocido
«apagadas cenizas sólo quedan
de la llama de Safo»
seguido de acertados esbozos de paráfrasis de los dos únicos fragmentos entonces conocidos.
Además, nuestro filólogo, tan amante de lo helénico (cf. nuestro art. Menéndez y Pelayo y los
estudios clásicos, en Arbor X X X I V 1956, 384-409), se atrevió también con el texto sáfico y tra-
duj o los dos frs. 1 y 31 por primera vez en El Comercio de Santander cuando contaba 18 años.
Ambas traducciones, de las que sin duda alguna es mucho mejor la muy aceptable del fr. 31
(que a VALMAR o. c. no le gustó), están publicadas en muchas partes: Bibl. de tr. esp. II 370
(cf. III 1953, 157 y 159); pp. 285-286 del vol. c. de la «Bibl. clás.»; pp. 192-193 de GONZÁLEZ GAR-
BÍN o. c ; pp. I 41-43 de o. c. en n. 292; y en los dos libros citados Los poetas griegos y Safo y
Erina. Odas. Al gran polígrafo sigue, en su cita sáfica, C. E. DE ORY LOS que se nombran en la
poesía (El Español. 20-1-1945, p. 6) . El tomo XCV de la «Biblioteca Universal» (Antiguos poe-
tas griegos. La musa helénica. Madrid, 1884) contiene (pp. 89-96) unos cuantos frs. traducidos en
verso por A. LASSO DE LA VEGA, q) En el citado folleto Safo y Erina. Odas hay una versión
«directa y literal en prosa» de los frs. 1 y 31 hecha por D. JOSÉ JORDÁN DE URRÍES y una tra-
ducción catalana de los mismos, no muy afortunada en nuestra opinión, de RuBi ó Y LLDCH.
r) Es pésima versión en prosa de TOMÁS MEABE la que figura en pp. 335-340 de Obras completas
de Pindaro. Edición enriquecida con fragmentos de las obras de Anacreonte, Safo y Erina, París,
s. a. (1913). El editor del tan citado librito Los poetas griegos. A . AGUILAR Y TEJERA, se sale
un poco de lo corriente al ofrecer (pp. 65-66) una versión del fragmento papiráceo 96. t) La
traducción de RABANAL citada en n. 86 (cf. nuestra res. en Emerita XI I 1944, 389-391) com-
prende bastantes fragmentos y tiene aciertos grandes: lástima que haya sustituido los sáficos
y adonices de fr. 1 por una rara y no demasiado agradable combinación de versos de doce y
seis sílabas, u) Una versión nuestra del fr. 2 apareció en El Correo Español de Bilbao del 14 de
octubre de 1949. El fr. 94 D. está traducido en prosa por MENÉNDEZ PIDAL en 1. c. ) La
más compl eta versión española es la de TOLA O. C , que recoge todos los frs. conocidos en 1937.
Su traducción en prosa es cuidada y correcta, x) Sabemos que tiene hecha una traducción iné-
dita nuestro amigo y compañero JOSÉ MARÍA CABEZALÍ.
NOTA FINAL. Hallándose ya en prensa este trabaj o, llegan a nosotros tres obras que parece
útil apuntar aquí. En p. 416 de la res. dedicada por DALY a o. c. de LOBEL- PAGE y lib. c. en
n. 15 de PAGE (Am. Journ. Philol. L XXVI I I 1957, 414-420) se califica de ingeniosa, aunque
«bold and uncertain» al mismo tiempo, la conjetura de GALLAVOTTI sobre fr. 98 ( b) c. en n. 288.
En p. 213 de HARVEY Homeric Epithets in Greek Lyric Poetry (Cl. Quart. VI I 1957, 206-223),
M . F . G A L I A N O
el fr. de Anacreonte c. en n. 232 recibe la interpretación usual. En cuanto al art. de BEATTIE
A Note on Sappho fr. 1 (ibid. 180-183), insiste en la tesis que rechazamos en n. 291 sobre fr. 31;
toma base en una improbable conjetura suya sobre 1. 24 de fr. 1 para vol ver (cf. nn. 86 y 285)
a la posibilidad de un hombre como obj eto del amor de Safo en dicho poeima, añadiendo
(cf. n. 236) la inverosimilitud de una petición de ayuda de la diosa para aímores ilícitos; y es,
creo yo, deimasiado optimista acerca de la «Sapphofrage» al hablar de «the failure of commen-
tators to establish abnormality in other poems of Sappho» y, en relación con la actitud de PAGE
comentada, por ej emplo, en nn. 219 y 264, afirmar erróneamente que éste ha mostrado «that
all charges of immorality brought against Sappho may well be due to scandalous gossip in later
times». Terminaré (cf. n. 3) confesando no haber podi do utilizar aún la tercera ed. (1955) del
libro de SNELL.